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Aprovecho estas horas cálidas para bajar a comprar un helado de chocolate mientras espero que se restablezca la conexión (otra avería masiva, al parecer). Nubes gordas y algo grises bloquean por momentos el sol. Recuerdos de hace diez años, cuando mis gatos se sentaban a mi alrededor en el jardín de mi abuela y yo compartía mi helado con ellos. Me embarga una sensación de tranquilidad que no había sentido en varios días. El mundo sigue girando. &lt;br /&gt;
Doy la vuelta para regresar al estudio, preparar una taza de café y seguir esperando. Una gota cae sobre mi mano. Las hadas danzan entre las gotas de una breve lluvia de media tarde, figurillas indescifrables que se pierden en el rabillo del ojo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Aunque me siento bastante cómodo viendo el mundo a través de un monitor, y a veces desde el balcón o la azotea, también me gusta salir de casa de vez en cuando y sentir el viento, pasar el tiempo caminando, viendo tiendas y conversando con amigos, decidir dónde comeremos más tarde, sentarnos a reír. Comparar precios de cosas que hace unos minutos no se nos hubiese ocurrido buscar. Darnos cuenta de que hemos caminado tanto que, cuando nos sentamos a comer algo, el sol ya se ha ocultado y los pies no quieren dar un paso más en un buen rato. Quejarnos del clima, de la crisis, de que la hora se pasa demasiado rápido y ya tenemos que volver, y cada uno a su respectiva madriguera y a ver cuándo nos volvemos a encontrar para repetir el plato con algunas variantes. &lt;br /&gt;
Una taza de café y a seguir traduciendo este texto que finalmente empieza a tener sentido. Más tarde un par de llamadas, a ver qué se puede hacer y cuándo se puede hacer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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