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	<title>Aletreando</title>
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	<description>Relatos de ficción para una vida demasiado real.</description>
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		<title>Y si tal vez, quizá, posiblemente&#8230;</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Aug 2020 15:57:39 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Siempre me sentí fascinado por aquellos que tenían tan clara su vida que eran capaces de escribírtela en la servilleta de un bar sin que aquellos garabatos en papel satinado dejasen de tener enjundia. Sí, soy ese tipo de personas que no sabe nunca lo que quiere, que jamás está a gusto con lo que ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre me sentí fascinado por aquellos que tenían tan clara su vida que eran capaces de escribírtela en la servilleta de un bar sin que aquellos garabatos en papel satinado dejasen de tener enjundia. Sí, soy ese tipo de personas que no sabe nunca lo que quiere, que jamás está a gusto con lo que le ocurre. Soy como la paloma que duda entre arriesgarse a comer las migas a escasos centímetros de los humanos o echar el vuelo asegurando su vida antes que su estómago. Ojalá hubiera sido alguien más seguro de sí mismo. Ojalá.</p>
<p>¿Qué habría pasado si en lugar de dudas hubiese tenido certezas? ¿Si desde niño hubiera sabido lo que quería antes de cometer el error más grave en el que caen todos los niños, crecer? Es difícil saberlo, pero creo que, simplemente, habría dado menos bandazos. No habría sido conformista y sí más exigente; empezando por tomar dos petit suisse en lugar de uno o decidiéndome a rematar mi lista de amores platónicos arriesgándome, como mínimo, a decirles un hola. Habría dicho sí sin titubeos más a menudo. Y no. De hecho, el no estaría instaurado en mis labios igual que la desconfianza en el corazón.</p>
<p>De haber sido más seguro de mí mismo habría comenzado a escribir más temprano. No hablo de escribir como simple manera de matar el tiempo o deleitar a los contados ojos dispuestos a leerme, me refiero a escribir con el deseo de construir mi futuro en la hoja en blanco, como quien construye su casa sin ser arquitecto y es capaz de vivir en ella con la certeza de que no se le caerá encima. Certezas y no dudas, esa es la clave. Habría sido más claro, sobre todo conmigo. Porque a estas alturas de la vida ya empiezo a notar que ella siempre habló con franqueza, incluso cuando amenazaba con hacerme sufrir el paso del tiempo.</p>
<p>Siendo sincero, y analizando con lupa mi evolución hasta este preciso momento, tampoco se me dio tan mal. Es cierto que sigo sin saber qué es lo que quiero, pero sí vislumbro cómo brota la seguridad entre el manto de acontecimientos por el que camino. Jamás pude decir te quiero a mis amores infantiles, pero sí se lo dije a la mujer que me acompañó hasta ser adulto. Sigo sin saber a qué dedicarme, pero me dedico a algo que me gusta. Aún no construí mi casa en una hoja en blanco. Esa casa literaria carece de paredes, de un techo bajo el que cobijarme cuando amenaza tormenta, no tiene muebles, ni siquiera un catálogo de Ikea con veinte nombres impronunciables subrayados para una futura compra. Mi casa literaria no se erige ni siquiera unos centímetros, pero tengo los cimientos bien asentados. Es un logro al que no le doy todo el mérito que se merece.</p>
<p>Tampoco yo me di mérito. Nunca. Otro error que me apunto en la lista.</p>
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		<title>Me encantaría ser tu madre</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 02 Sep 2018 17:32:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[Conocí a Luisa en una de las típicas fiestas de pueblo. Era una noche de agosto con cierto regusto a desilusión por el fin de las vacaciones y ambos nos encontrábamos disfrutando de las últimas horas libres antes de retomar nuestros puestos de trabajo a cientos de kilómetros de allí. Yo había acudido a la ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Luisa en una de las típicas fiestas de pueblo. Era una noche de agosto con cierto regusto a desilusión por el fin de las vacaciones y ambos nos encontrábamos disfrutando de las últimas horas libres antes de retomar nuestros puestos de trabajo a cientos de kilómetros de allí. Yo había acudido a la fiesta con mis amigos, ella hizo lo propio con sus amigas. En un momento de la noche ambos grupos nos juntamos aprovechando que la orquesta maltrataba un éxito veraniego y nos mezclamos en la plaza al ritmo de lo que podría calificarse como música. Yo me agarré a su cintura mientras ella hacía lo propio con una de sus amigas y a mí me agarraban de idéntico lugar de mi anatomía sin que ahora recuerde quién era. Aquella extraña comunión desembocó en una danza coral que fue creciendo en ímpetu hasta que todos acabamos gritando, pataleando y bañados en sudor. El calor apretaba, es otro de los detalles que recuerdo. Poco más aparte del rostro de Luisa cuando al fin terminó el baile y se giró para ver quién la tenía agarrada. Me aseguraré de no volverla a soltar.</p>
<p>Las vacaciones terminaron poco después de las fiestas del pueblo, que resultó ser el de Luisa. Ambos retornamos a nuestros domicilios, casualmente Barcelona. Dado que nos dimos los teléfonos, y acordamos llamarnos una vez estuviéramos en la ciudad, pronto entablamos una relación que fue creciendo en intensidad hasta que nos convertimos en pareja, yo le presenté a mis padres, ella me presentó a los suyos y poco después me invitó a pasar las vacaciones en su pueblo. No todo fue igual de bonito durante nuestro primer año juntos porque sucedió un hecho que cambió el carácter de Luisa. De estar siempre alegre y hacer de la extroversión su seña de identidad pasó a encerrarse en sí misma perdiendo esa sonrisa perenne con la que me arrebató el corazón nada más solté por primera vez su cintura. Tampoco puedo echarle la culpa, supongo que debe ser una tragedia asistir a la muerte de tu padre.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Quizá no sea lo mejor —le dije a Luisa cuando ella me comentó su plan para las vacaciones. Hacía solo dos meses que había muerto su padre tras una agonía que le ató a la cama del hospital durante las últimas tres semanas de su existencia—. Volver al pueblo de tu padre te despertará recuerdos para los que puede que no estés preparada.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Él lo habría querido así —su sonrisa era tímida, lánguida, pero evocaba ternura—. Llevo pasando las vacaciones en el pueblo desde que tengo uso de razón, no concibo un agosto fuera de aquellas calles por las que disfrutaba paseando en bici —la sonrisa se evaporó igual que se esfuman los días cálidos a finales de octubre—. Si quieres no vengas, puedes quedarte en tu pueblo, tampoco está lejos del mío.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Yo quiero estar contigo, da igual que también esté tu madre.</p>
<p>Aún no habíamos dado el paso de vivir juntos pese a que yo planeaba pedírselo. Con la tragedia de su padre decidí esperar, por lo que las vacaciones planteaban una especie de amago de lo que podría implicar nuestra convivencia; por más que compartir casa con la madre de Luisa no fuese mi ideal de vida en pareja.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Yo también quiero estar contigo —la sonrisa ascendió de nuevo a sus labios coincidiendo con el calor en sus ojos—. Pero ya sabes que no estaremos solos. Y mi madre es un poco clásica, deberemos dormir separados. Si vieses la cara que puso cuando me atreví a plantearle la idea&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No importa que no podamos dormir juntos, seguro que tendremos más de un momento a solas para compensarlo.</p>
<p>Y vaya si lo tuvimos. Pese a que Luisa y su madre continuaban afectadas por la trágica muerte del cabeza de familia, el ambiente enrarecido de tristeza pronto dio paso a una relación familiar que a los tres nos sentó mejor de lo que hubiéramos esperado. Marcela, la que ahora es mi suegra y que en aquel momento solo aspiraba a serlo, resultó ser una mujer tan divertida como alocada. Tras unos primeros días en los que apenas hablaba en mi presencia pasamos a una relación más cercana cuando asumí las tareas que su marido realizaba el año anterior. Y con solo una semana parecía casi mi madre. Se mostraba amable, cercana, reía todas mis bromas, tampoco se entrometía en mi relación con su hija y, estoy convencido, nos dejaba tranquilos durante las dos horas de la siesta a sabiendas de que ocupábamos aquel lapso para disfrutar de nuestros cuerpos desnudos. Eso sí, por la noche a habitaciones separadas por un pasillo que crujía como si la casa, de más de cien años y construida a mano por el abuelo de mi pareja, supiera nuestras andanzas y decidiese alertar al pueblo entero si a mí se me ocurría poner los pies sobre la madera más allá de las doce.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Tendríamos que mirar si el techo tiene goteras y tapar todos los agujeros —dijo un día Marcela durante el desayuno—. El año pasado mi marido comentó que tocaba hacerlo estas vacaciones, pero creo que él estará indispuesto para la tarea.</p>
<p>Su hija, sentada enfrente de mí y con una magdalena sumergida en el café, que se desprendió yendo a parar al fondo, emitió un gruñido de desaprobación para después atragantarse en el intento de pasar el amasijo de bizcocho gaznate abajo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¡Mamá! ¿¡A qué viene esa broma!?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Luisa, tu padre tampoco habría querido que estuviésemos tristes, ya sabes cómo era.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Lo sé, mamá, pero aún no estoy preparada para asumir por completo su ausencia, sigo echándole de menos.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Yo también, por supuesto, a ver si te crees que eres la única —asistí a aquella batalla dialéctica entre madre e hija deseándome esconder bajo la mesa. No tuve que hacerlo, Marcela continuó dirigiéndose a mí—. ¿Entonces qué? ¿Te atreves a subir al desván y tapar los agujeros del tejado?</p>
<p>No podía negarme. Así que, una vez terminamos de desayunar, y tras un par de reprobaciones más de la hija a la madre, me vi con un bote de espuma en la mano y subido a lo alto de una escalera. Nunca había usado aquel tipo de espuma, la que sale a presión de un bote y termina expandiéndose varias veces su volumen, pero tampoco debía de ser muy complicado. Saqué la cabeza por lo alto del desván y miré en derredor. El tejado era alto y artesanal, con vigas robustas de madera apoyadas formando un ángulo de cuarenta y cinco grados para ofrecer soporte a los listones de madera que, a su vez, sostenían las tejas, que estaban encima. Podía ver algunos agujeros por los que se filtraba la luz, agujeros que debía tapar. Miré a Luisa, que se mantenía preocupada mientras sujetaba la escalera, y ascendí el último peldaño entrando con cierta dificultad en el desván. El suelo no era uniforme, tampoco confiable: solo las vigas que cruzaban la planta de extremo a extremo eran aptas para colocar los pies, el resto conformaba un falso techo y una trampa para mis pies si se me ocurría ponerlos fuera de las vigas. Me erguí con cuidado procurando no golpearme con el tejado y me sobresalté al ver que se precipitaban sobre mí unas criaturas voladoras.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¡Hay murciélagos, mamá! —Dijo Lucía a mis pies. Se mantenía en mitad de la escalera dispuesta a dirigir la tarea de tapar agujeros—. ¡Tenemos murciélagos en casa!</p>
<p>Nunca había visto un murciélago de cerca, pero, una vez corroboré que lo que volaba debían ser aquellas criaturas, dejé de tener miedo para sentir curiosidad. Avanzando con cuidado por la viga central me acerqué hasta una de las juntas de madera, justo donde había aterrizado uno de los murciélagos. Allí estaba colgado de las patas y moviendo sus enormes orejas orientándolas en todas direcciones. Sentí deseos de tocar aquel animal, pero me contuve alertado por las historias de enfermedades que rodean a la especie. El murciélago pareció intuir mi rechazo ya que levantó de nuevo el vuelo aleteando con extraordinaria habilidad por el reducido espacio hasta que escapó por un pequeño tragaluz del extremo contrario al que yo me encontraba. Justo en ese lugar aprecié unos bultos cubiertos con tela, único elemento ajeno a la construcción de la casa que había en el desván.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Y eso qué es? —Le pregunté curioso a Lucía. Esta apartó la mirada del último murciélago revoltoso y se fijó en el extremo al que apuntaba con el dedo—. Es lo único que hay en el desván.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Aparte de polvo&#8230; —Añadió ella.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Sí, aparte de polvo.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Pues no sé lo que es, la verdad. Aquí arriba no guardamos nada porque el techo no soporta apenas peso. De hecho, me extraña que haya algo. ¿Puedes traerlo?</p>
<p>Caminé como un funambulista por la viga central, sujetándome con las manos a los maderos del techo, y llegué a la altura de los bultos descubriendo tres cajas de cartón bajo una especie de colcha vieja de color rojo. La colcha estaba cubierta de polvo y de excrementos de animal, seguramente de murciélago o de ratón, quizá de ambos, pero las cajas estaban intactas. No eran muy grandes, podía llevar las tres apiladas con solo rodear con los brazos la base de la pila. Así lo hice: pese a mi escaso equilibrio logré recorrer el tramo que me separaba del agujero en el suelo sin que se me cayese la mercancía ni yo mismo. Le alcancé con cuidado a Luisa cada caja, una a una y asegurándome de que las ponía con seguridad en el suelo del piso inferior, y descendí por la escalera olvidando de manera momentánea mi tarea de tapar agujeros. Marcela ya no se encontraba allí, tampoco pude escucharla en el resto de la casa. Luisa atrajo mi atención.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—A ver qué guardan mis padres allá arriba.</p>
<p>Abrió la primera caja sin ninguna dificultad: las lengüetas superiores estaban entrecruzadas para así impedir la entrada de polvo sin utilizar ningún tipo de precinto. Facturas del banco, escrituras de la casa, planos detallados con la extensión y localización de los distintos terrenos que la familia poseía en el pueblo, la primera caja no reportaba mucho interés. Luisa devolvió todos los documentos a su sitio y cerró la caja de idéntica manera a cómo se encontraba originalmente; el mismo cierre que ofrecía la segunda caja, esta mucho más llamativa. La infancia de Luisa recibió la luz tras años aguardando en el desván mostrando una colección de juguetes con los que había disfrutado siendo niña. Pude advertir cómo se emocionaba al abrir sus libretas infantiles con sus primeros dibujos o al tomar las muñecas en las manos para acariciar con delicadeza su pelo y ajustar con mimo los vestidos. Mientras lo hacía me contaba la historia de aquellos juguetes, cómo era su vida siendo niña, lo mucho que disfrutaba jugando con ellos en solitario y también con su padre. El recuerdo dulce de su infancia se tornó amargo al emerger desde el fondo y tomar contacto con los acontecimientos más recientes.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No llores —dije mientras le acariciaba los hombros—. Haber disfrutado todos esos momentos con tu padre es una suerte, yo no la tuve cuando era niño. Seguro que allá donde esté no quiere verte triste.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Supongo que tienes razón.</p>
<p>Luisa devolvió sus juguetes a la caja, que era más bien una cápsula del tiempo, y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano derecha. Obligándose a recomponerse procedió a abrir el tercer paquete. No lo sabíamos en aquel momento, pero el premio, igual que en los concursos de la tele, estaba en la última caja.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Y esto?</p>
<p>El premio gordo lo formaba un conjunto de cartas atado con una goma que, justo cuando Luisa estiró del elástico para liberar las misivas, se deshizo del nudo de caucho al fragmentarse la goma en pequeños trozos. Ajena al latigazo, Luisa se vio atraída por las cartas al ver escrito en ellas el nombre de su padre y un apartado de correos de Barcelona como única dirección; y un remite en el reverso que correspondía con una mujer que, según me explicó, le era completamente extraña. No a su padre, por desgracia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Quién será Beatriz Marsa? —Preguntó en voz alta como si yo pudiese responderla—. En cada uno de los remites está escrito ese nombre; junto con una dirección que tampoco conozco.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Este pueblo está a pocos kilómetros —añadí reconociendo el nombre del lugar.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Sí, no está demasiado lejos. Lo que me extraña es que la tal Beatriz mandase todas las cartas a Barcelona. Ella y mi padre debían mantener una correspondencia bastante activa porque hay un buen montón de estas cartas. ¿Qué coño se dirían?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Supongo que para eso las tendrás que leer.</p>
<p>Jamás ofrecí peor consejo que el que le di aquella mañana de agosto a Luisa, la que más tarde acabó siendo mi mujer. Esta me miró, observó después las cartas y se dijo a sí misma que debía saber qué se traía entre manos su padre con la desconocida Beatriz Marsa. Abrió una al azar, como quien escoge la carta de un mago deseando verse sorprendido por la pericia y misterio del truco. Sorpresa hubo. El misterio se agotó nada más leer el encabezado de la hoja de papel que se encontraba dentro del sobre.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Aún sigo enamorada de ti, Andrés —leyó Luisa en voz alta sin esconder el estupor. Advertí cómo la ira comenzaba a apoderarse de ella—. Sé que lo nuestro no tiene futuro, que estás casado y que también tienes una hija. No me olvido de lo último que me dijiste cuando nos vimos en el café asegurando que aquella sería la última de nuestras citas. No creas que ignoro que las barreras entre nosotros son demasiado altas, que resultaría imposible salvarlas. Pero todo eso no importa, sé lo que sientes, me lo dijiste con tu último beso a pesar de que no articularas palabra. ¡Último beso!</p>
<p>Luisa elevó tanto la voz que estoy convencido de que el grito se escuchó en todo el pueblo. También lo debió escuchar su madre, pero esta no hizo acto de presencia. Luisa continuaba leyendo la carta, lo hacía en voz baja. Separó los dos papeles, hojeó las cuatro caras y se fijó especialmente en la fecha. Me estremecí: la carta estaba fechada hacía solo dos años.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No hagas conclusiones precipitadas —le dije intuyendo el choque de sentimientos que se producía en su cabeza—. No puedes juzgar a tu padre por lo que hay escrito en esa carta, tampoco por lo que pueda decir el resto. Quizá&#8230;</p>
<p>No me escuchaba, Luisa se mantenía absorta en sus pensamientos y en la lectura de aquella declaración de pura necesidad amorosa. Dejó en el suelo las hojas, el primer sobre y fue abriendo todas las cartas una por una sin importarle el fluir del tiempo ni tampoco mis consejos pidiéndole que lo dejase estar. Esos no los siguió.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—En todas le declara su amor, lo mucho que le quiere, que le necesita. Y parece que mi padre correspondía de alguna forma porque eso es lo que deja intuir en las palabras, en cómo se dirige a él planteándole todas las dudas que despertaba su amor. ¡Hasta le comenta lo guapa que yo le parecía! —Sus lágrimas me encogieron el corazón—. ¡Aquella mujer me conocía! ¿¡Pero cómo es posible que no me contase jamás nada!? ¡Nada!<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Tampoco sabes..<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿El qué no sé? ¿Si se veían a escondidas de mi madre? ¿Si quedaban para follar en un hotel y luego mi padre llegaba a casa diciendo lo cansado que volvía de trabajar cuando en vez de eso se había estado tirando a una zorra?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No sé, es muy fácil sacar de contexto estas cartas, quizá no sucediese tal y como lo estás pensando.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Es igual lo que piense, no conocía a mi padre cuando yo creía que sí&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Estás sacando las cosas de quicio.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿¡De quicio!? —Luisa arrugó los papeles que tenía en la mano alzando el puño en una actitud amenazadora. Tuve miedo—. ¿¡Que estoy sacando las cosas de quicio!? ¿Qué pensarías tú si descubrieras que tu padre llevaba una doble vida con otra mujer?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Básicamente mis padres se separaron por eso.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Ojalá los míos lo hubiesen hecho&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No sabes lo que estás diciendo.</p>
<p>Soy incapaz de mantener la boca cerrada, es uno de mis defectos. Otro es el de no saber cómo consolar a una persona en sus peores momentos, tampoco sé intuir la chispa que origina las peleas. Todo junto creó una combinación que aún hoy me pone la carne de gallina cuando la recuerdo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Eres un imbécil —se lo pensó, pero lo terminó diciendo—. Como mi padre.</p>
<p>Luisa recogió todos los papeles del suelo sin poner demasiado empeño en ordenarlos, hizo lo mismo con los sobres para juntarlos después en un montón con las cartas manuscritas de Beatriz y se levantó del suelo claramente furiosa. No supe cómo pedir perdón, tampoco cómo detenerla en su empeño por auto destruirse: cuando me quise dar cuenta me encontraba solo en la estancia asfixiado por el ambiente enrarecido que había dejado la desilusión, el desengaño, la ira y la pérdida de la inocencia. Asistí a un proceso extraño desarrollado de idéntica manera a la explosión de un cartucho de dinamita. Rápido, imprevisible, destructivo. De la añoranza por un padre recientemente desaparecido Luisa pasó a la renuncia de sus mejores recuerdos infantiles. Todo era falso, el hombre que venía a su memoria resultaba un fraude, un impostor que había puesto en juego a su familia para perderla en el casino de la infidelidad. Y ya nunca sería la Luisa que fue, como quedó patente horas más tarde, justo a la hora de comer.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Qué te pasa? —Preguntó su madre. Los tres estábamos sentados a la mesa con unos huevos fritos delante y sin empezar. Marcela sí había mojado con pan ambas yemas—. No has probado tus huevos y hace mucho tiempo que desayunamos. ¿No tienes hambre?</p>
<p>Silencio. Hubiese dado cualquier cosa por estar a kilómetros de distancia de aquella mesa. Por desgracia, uno no decide cuándo se ve envuelto en una guerra, solo estalla alrededor sin que puedas hacer nada por escapar de las bombas. La primera no tardó en caer.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Sabes qué me pasa? —Tragué saliva—. Me pasa que no conocía a mi padre, el que era tu marido. Porque lo era, ¿no?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿A qué viene esa tontería?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Que a qué viene? Mamá, sé quién es Beatriz.</p>
<p>El rostro de la madre quedó petrificado en una mueca de sorpresa. Intentó decir algo, pero solo consiguió balbucear.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Bueno, en realidad no sé quién era Beatriz. ¿Una amante de papá, una buscona? ¿O era mi verdadera madre?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No seas tonta, Luisa. Tu madre soy yo.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Pues como madre creo que me debes más de una explicación. Porque tú lo sabías, ¿verdad?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Sí.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Y por qué nunca me dijiste nada?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No podía hacerlo, hija. Era un secreto.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿¡Secreto!?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Sí. Comprendo que te enfades, yo también lo hice cuando me enteré hace diez años.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿¡Diez años!?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Beatriz es una amiga mía desde mucho antes de que tú nacieras. Yo se la presenté a tu padre después de conocernos. Salíamos mucho juntos, los tres hicimos grupo con otros amigos y acostumbrábamos a quedar los fines de semana. Ignoro cómo ocurrió, sí sé que surgió algo entre ambos. Tu padre me lo dijo, luego lo corroboró la propia Beatriz.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Algo&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Tu padre me juró por tu vida que no era nada serio, que solo fue una amistad íntima que se hizo demasiado estrecha. Me negué a creerle y le amenacé con el divorcio, tú tendrías unos trece años.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Tendrías que haberte divorciado de él.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Las cosas no son tan fáciles como tú te crees. Yo le quería, más que a nada en el mundo. Incluso más que a ti —escuchar cómo una madre antepone a su marido antes que a su hija supone una contradicción difícil de entender, la cara de Luisa lo ejemplificaba. También la mía, seguro; pese a que ninguna de las dos pudo apreciarla—. Sé que te resulta duro escucharlo, pero hubiera dado cualquier cosa por él. Y eso hice, darle una segunda oportunidad. Sabía que jamás iba a olvidarla, pero sí hice que cortara cualquier lazo con ella, cartas incluidas. Ambos se escribían en secreto, tu padre tenía un apartado en Correos.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No las destruyó, las cartas estaban en el desván, por eso me enteré.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Entonces me mintió, porque él me aseguró que las había tirado a la basura —Luisa se levantó de la mesa para ir a buscar las cartas de la vergüenza. Fue uno de los minutos más largos de mi vida—. ¿Las has leído?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Todas —Luisa extendió el arsenal sobre la mesa y se sentó de nuevo—. Se me hacía un nudo en el estómago, pero las leí.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Y qué dicen?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Beatriz cuenta lo mucho que quiere a papá, cuánto le echa de menos. Abarcan un periodo de quince años hasta hace dos. Por lo general hay una carta cada mes, aunque hay meses que Beatriz le escribía hasta tres veces; con espacios entre cartas que después se distanciaban. Cuentan lo que hacían juntos, desde tomar café a dar paseos. También explica lo bien que le hacían sentir los besos de papá y todas las veces que&#8230; —Las palabras se atragantaron—. Hacían el amor, así es cómo lo explica Beatriz. Por lo que he entendido al principio mantenían una relación que se fue enfriando con el tiempo hasta que apenas coincidían. En las cartas también habla de ti, pero soy yo la que ocupa más texto después del protagonismo de papá. ¿Sabías que Beatriz me conocía?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No lo sabía, pero tampoco me extraña.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—En una de las cartas habla de mí casi como si fuera su hija. Cuenta lo guapa que era de pequeña y lo mucho que le hubiese gustado ser mi madre. Me sentí muy extraña, como si toda mi vida hubiese sido una invención y no lo que sucedió realmente. ¡Cómo pudo hacer eso!<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Nunca lo supe, hija. Yo le quería y él me correspondía. O eso era lo que yo pensaba.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No te correspondía, si no las cartas habrían desaparecido. Si estaban en el desván es porque no quería perderlas; por lo que mantenía los sentimientos hacia esa puta de Beatriz.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No lo sabremos nunca, hija, el secreto se lo llevó a la tumba. Y quizá sea mejor así.</p>
<p>En ese momento intuí que Luisa no seguiría el consejo de su madre y se empeñaría en saber lo que verdaderamente ocurrió entre su padre y la amante. Madre e hija se abrazaron obviando mi presencia, ninguna de las dos volvió a articular palabra durante el resto del día, tampoco cuando llegó la noche y yo me resistí a volver a mi dormitorio buscando darle consuelo a mi pareja. No lo rechazó, tampoco devolvió las caricias ni los besos, solo se dejó hacer. Al día siguiente supe que había trazado un plan que, cuando lo valoré más adelante, entendí que era la única salida lógica.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Iré a ver a esa Beatriz.</p>
<p>Estaba decidida, la determinación con la que hablaba, y el gesto fruncido acorde con el empeño de sus palabras, me confirmaron que no habría manera de que se echara atrás. Solo podía estar de su lado o en contra suyo. Elegí la más obvia.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Y cuándo quieres ir?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Ahora mismo.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Ahora?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Sí, necesito saber qué había entre mi padre y esa mujer. El odio me corroe, siento cómo germinó una duda que se está adueñando hasta de mis ganas de vivir —al tiempo que confesaba su decisión Luisa recogía lo imprescindible para marchar de casa, llaves del coche y chaqueta incluidas—. Si no vienes conmigo voy yo sola.</p>
<p>Media hora más tarde nos encontrábamos delante de la casa de Beatriz Marsa. Era una vivienda típica de los pueblos de aquella zona. Muros robustos de piedra vista para una casa con dos plantas, un pequeño jardín y una valla de media altura hecha en piedra que rodeaba el terreno, tendría una media hectárea. A la casa se accedía a través de un pequeño pasillo hecho de losas sobre el verde y tupido césped. No había puerta de acceso al terreno, solo un pequeño tejadillo naranja sobre columnas gruesas de madera bajo el que pasamos sin ningún rubor. Luisa caminaba decidida estirando las zancadas para hacerlas coincidir con las losas. Una vez llegó a la puerta de la vivienda llamó con el picaporte que colgaba a la altura de su cabeza. El sonido fue potente, con un eco que resonó en mis oídos durante unos segundos. Los que tardó en abrirse la puerta.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Beatriz Marsa? —Preguntó Luisa con voz dulce.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Te estaba esperando —respondió la mujer sin inmutarse. Yo juraría que hasta la vi sonreír sin ningún tipo de maldad—. ¿Eres el novio de Luisa?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Sí&#8230; —La afirmación se atragantó en mi garganta. No supe si por el hecho de dirigirse a mí o porque su actitud era la propia de conocernos con anterioridad.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Eres Beatriz? —Repitió Luisa, entonces acobardada.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Lo soy. Y supongo que tendrás muchas preguntas. ¿Queréis pasar?</p>
<p>Pasamos. El interior de la casa presentaba un aspecto acorde con el exterior, el estilo rústico dominaba el ambiente ofreciendo todo tipo de muebles de madera maciza junto a muros de piedra cuidadosamente restaurados. Beatriz nos guió por el recibidor, accedimos a un pasillo largo que desembocaba en el comedor, apuntó con la mano al sofá que dominaba la estancia con sus cinco holgadas plazas y allí nos sentamos Luisa y yo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Queréis algo de beber? —Ambos negamos con la cabeza—. Entonces no retrasemos más lo inevitable.</p>
<p>Beatriz se sentó en la esquina del sofá, un sillón rinconero que cubría el fondo del comedor con una mullida composición de cojines y tela en color ocre. La mujer se reclinó y, sin dejar de mirar a Luisa, aguardó hasta que esta pudo conseguir el arrojo para preguntar.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Quién eres?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Soy Beatriz Marsa. Pero supongo que ya lo sabías.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—El nombre y tu apellido sí, lo leí en las cartas. Pero nada más.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Pensé que tu padre te habría contado algo, pero veo que no. Tampoco debía haber conservado las cartas, estaban mejor destruidas.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Pero ¿por qué le enviabas esas cartas a mi padre? ¿Erais amantes?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Es difícil de explicar.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No me iré hasta que me lo cuentes —Luisa recuperó parte de su arrojo.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Tienes todo el derecho de saberlo, por supuesto —Beatriz se acarició el mentón en búsqueda del hilo con el que comenzar su historia—. Yo diría que no éramos amantes, ambos nos queríamos mucho antes de que tu padre se casara con tu madre, incluso antes de que se conocieran.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No es eso lo que me contó mi madre ayer por la mañana, justo cuando encontramos las cartas.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Hay tantas cosas que no te ha contado tu madre&#8230; Y, por desgracia, deberás creerla a ella o a mí; por más que yo te asegure que todo ocurrió tal y como te lo voy a contar.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;«Ambos éramos muy jóvenes cuando nos conocimos. No recuerdo bien el momento, sí que fue en una de las fiestas de su pueblo. El caso es que intimamos y, antes de darnos cuenta, salíamos juntos como pareja. Entonces no estaba tan bien visto como ahora el hecho de quedar, besarse o intimar, mucho menos en pueblos tan cerrados como eran los nuestros. Eso sí, cualquier cosa que ocurría terminaba en boca de todos, por lo que debíamos escapar de aquel encierro rural llevándonos nuestra vida, junto con nuestro amor, fuera de aquel ambiente enrarecido. Elegimos Barcelona».</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;«Los inicios en Barcelona no fueron fáciles. Empezamos malviviendo en una pensión para después conseguir un alquiler económico por más que el piso estuviese que se caía a pedazos. Los dos conseguimos un trabajo en el que prosperamos poco a poco hasta vislumbrar un futuro que parecía sernos benévolo. Entonces tu padre conoció a la que es tu madre, era una compañera de trabajo en la oficina donde dedicaba su vida desde el amanecer hasta más allá de caída la noche».</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;«Tu padre me dijo un día que una compañera le hacía la vida imposible. Empezó dejándole notas, después pasó a insinuarse, hasta le encerró en el baño de hombres pasando sigilosa tras él y cerrando la puerta por dentro una vez él se negó a intimar con ella. No imaginas lo amargado que llegaba cada noche a nuestro piso de alquiler, era un sinvivir. Pero aguantaba porque estaba esperando un ascenso que iba a dar mucho aire a nuestra economía. Ascenso que se terminó llevando tu madre».</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;«Recuerdo el día que me lo dijo, estaba furioso. Siguió aguantando en el trabajo pese a que tu madre ejercía su superioridad volviéndose aún más tiránica. Y un día le dijo que o se la follaba o le despedía. Accedió por más que yo le supliqué que no lo hiciera, pese a que le dije que le abandonaría para volverme al pueblo. No me hizo caso. Una tarde, seguramente la peor de mi vida, y no dudo que también la de él, me confesó que se la había tirado. Lo dijo justo con esas palabras, que se la había tirado. Me dejó desolada, pero le quería tanto que me decidí a olvidarlo asumiendo que el malo no había sido él, sino ella. El caso es que aquella maldad fue una travesura con respecto a todo lo que vino después».</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;«Tu madre estaba enamorada tan terriblemente de tu padre que se dispuso a hacer cualquier cosa para tenerlo a su lado pese a que sabía de sobra que él me quería a mí. Así fue como se le ocurrió utilizarte a ti para extorsionarle: le dijo que esperaba una hija suya, no te imaginas cómo le destrozó. Cómo nos destrozó a ambos, eso suponía la ruptura de nuestro amor para siempre».</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;«Supongo que a estas alturas de la historia te estarás imaginando a tu padre como un libertino, un simple aprovechado que debe cumplir la pena de haber cometido un error. No fue así: él estaba dispuesto a hacerse cargo de ti. Y tu nacimiento le cambió para siempre, jamás imaginé que volviese a sonreír. Yo, por el contrario, me hundí en la depresión, sobre todo cuando ambos se casaron. Sé que no fue feliz con tu madre, pero sí contigo: hubiese dado su vida por ti. De hecho así lo hizo ya que tuvo que convivir con un matrimonio no deseado poniendo buena cara a diario para que tú no sospecharas nada. Solo le preocupaba eso, que tú fueras feliz. Poco importó que su rutina se convirtiera en un infierno o que yo tuviese que salir de su vida poniendo mi propia vida en peligro ante una decisión que no solo no entendía, también me parecía terriblemente injusta. Pero eso no fue lo peor porque tu madre le confesó que realmente no era tu padre ya que ella se había acostado con uno de sus amigos mucho antes del fatídico día. Sé que no me crees, pero te juro por su vida que es la pura verdad. El que creías que era tu padre realmente no lo es. Nunca le preocupó: tú eras su hija por más que el ADN no dijera lo mismo. Y así se comportó hasta el fin de sus días, te dio todo el amor que supo darte, así me lo contaba cada vez que quedábamos. Al principio era a menudo, en los últimos años las citas fueron cada vez más esporádicas. Supongo que terminó acostumbrándose a su mujer pese a que realmente no la quería. O eso creo yo».</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;«Nos estuvimos enviando cartas casi hasta que entró en el hospital, siempre de manera secreta y al apartado de correos de Barcelona que solo conocíamos él y yo. Tu madre descubrió las cartas y él le prometió que las destruiría, me alegro de que realmente no lo hiciese. Y en cuanto a mí&#8230; Bueno, suponía que tarde o temprano tendría que contarte esta historia cumpliendo con el deseo que me expresó la última vez que nos vimos: que terminaras sabiendo la verdad. Ya la sabes. Y ahora tendrás que decidirte cuál te crees, si la mía o la que te haya contado tu madre».</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Yo&#8230; —Luisa no sabía cómo tragar la confesión que habíamos escuchado. Quise ayudarla, pero supe que era una tarea que no me concernía—. Se me hace muy difícil. Hace unos días yo creía que tenía una familia normal. Y ahora&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Ninguna familia es normal, todas tienen sus particularidades.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Pensaba que mi padre nos había engañado a ambos, a mi madre y a mí. Y ahora&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—La realidad es la que te he contado. Entiendo que te cueste asumirla, pero eso no cambia lo que ocurrió.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No puedo creer que mi madre se comportase de esa manera.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Yo estaba enamorada de tu padre, igual que tu madre. Lo amaba con locura, hubiera matado por él. Pero él quería a una persona por encima de todo lo demás, y esa persona eres tú. Jamás pude hacerle daño, por lo que me terminé alejando cuanto pude; por más que mantuve el vínculo de las cartas y también de nuestras citas en secreto, a veces contigo como invitada. Siempre entendí su amor y su determinación: me habría encantado ser tu madre. Y, si me dejas, algún día me gustaría ser, al menos, tu amiga. Allá donde esté tu padre estoy convencida de que es lo que querría.</p>
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		<title>Una cosa llevó a la otra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 25 Aug 2018 08:36:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
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					<description><![CDATA[La relación que mantenían Marta y Juan podría calificarse de cualquier manera menos de emocionante. Ambos eran personas tranquilas, amantes de la quietud personal, una mujer y un hombre que preferían el ambiente hogareño a quedar para ir al cine o salir de copas. Ninguno de los dos disfrutaba más con el otro que consigo ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La relación que mantenían Marta y Juan podría calificarse de cualquier manera menos de emocionante. Ambos eran personas tranquilas, amantes de la quietud personal, una mujer y un hombre que preferían el ambiente hogareño a quedar para ir al cine o salir de copas. Ninguno de los dos disfrutaba más con el otro que consigo mismo, pero ambos apreciaban la compañía mutua y lo que traía consigo dicha compañía. El sexo era uno de los extras.</p>
<p>Su manera de quedar no permanecía ajena a la férrea personalidad de la pareja. Bastaba un simple WhatsApp con un «¿Te apetece salir el martes?» para que el contrario expresase un «Sí» sin que tuviese que argumentar más palabras. El resto llegaba rodado: tanto Marta como Juan se preparaban para la cita sin variar su vestimenta, tampoco se adecentaban más de lo habitual o incluían los regalos en su ceremonia de reencuentro. La única concesión fueron unas gotas de perfume que a Marta se le ocurrió echarse un día. El comentario de «Hueles bien» flotó en el ambiente durante más tiempo que el propio perfume. Ambos recordarían esa cita como especial pese a que ninguno volvió a mencionarla nunca.</p>
<p>Si la monotonía era el denominador común de su vida fuera del lecho la cosa cambiaba de manera radical cuando se establecía entre ambos la conexión que activaba sus genitales. No ocurría con frecuencia, sí con cierta asiduidad. Una simple mirada, un gesto, una respiración entrecortada cuando Marta acariciaba las manos de Juan, un beso en el cuello cuando Juan introducía las manos bajo la falda de Marta, un deseo que de repente explotaba como si descendiese una bomba nuclear sobre sus cabezas y ninguno de los dos quisiera huir buscando refugio. El sexo era explosivo, animal, toda una contradicción para dos personas que se parecían más a dos corderos que a una pareja de leones. Bastaba que se desataran las fieras que yacían en su entrepierna para que los vecinos tuviesen que llamar a la policía ante el temor de que estuviesen descuartizándolos vivos. Pasó más de una vez. A la cuarta los vecinos dejaron de escandalizarse y prefirieron comprarse tapones para los oídos.</p>
<p>La historia que contaré a continuación es fruto de uno de tantos arrebatos sexuales de la pareja. No podía creerlo cuando me enteré. Y sigue siendo inverosímil pese a que sé con seguridad que ocurrió. No en vano fui yo quien pagó la fianza para que pudieran salir de la cárcel.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Hola —le dije al único policía de todo el recinto. Este miraba abstraído su teléfono móvil desde el otro lado del escritorio, único mueble del recibidor de la comisaría—. Vengo a por una pareja que tienen retenida.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Los depravados han engañado a alguien para que les saque del cuartelillo? —Comentó sin esconder el sarcasmo. Sus ojos permanecían clavados en la pantalla de su móvil, lo que había allí era más interesante que mi conversación—. Supongo que le habrán dicho que debe pagar la fianza. ¿O no le contaron todos los detalles?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—He pasado por el cajero antes de venir a la comisaría —lo cierto es que Marta no me contó esos detalles cuando me llamó por teléfono para pedir ayuda, pero no iba a darle la satisfacción al agente de explicármelos—. Eran quinientos euros, ¿no?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Eso dictaminó el juzgado. Yo los habría mandado directamente a la cárcel, pero se ve que pillaron al juez de buenas. Igual que al cura que les agarró desnudos en el confesionario.</p>
<p>Con cada pincelada que dejaba caer el agente más extrañado quedaba yo. Si ya me pareció inconcebible que detuviesen a Marta y a Juan, dos personas con una vida menos emocionante que un catálogo de muebles, más extraño resultaba que les hubiesen pillado en un confesionario cuando ambos se declaraban abiertamente ateos. Y desnudos. Habían drogado a mis amigos, no cabía otra explicación.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—¿Va a pagar o no?</p>
<p>El policía apartó la mirada de su móvil clavándola en mis ojos. Saqué mi cartera, extraje los diez billetes de cincuenta euros y le alcancé el fajo con dolor dado que reunía casi todo mi patrimonio. Me tendrían que devolver hasta el último céntimo, eso seguro. Además de darme todas las explicaciones.</p>
<p>El policía agarró la fianza y la guardó en un sobre junto con el resto de la documentación; que fue a parar a uno de los cajones del escritorio. Tras la última mirada al móvil, y un lapso eterno que fue claramente intencionado, se levantó con esfuerzo, como si la silla y el trasero estuviesen unidos por velcro, y rodeó el escritorio para dirigirse a la puerta del fondo.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Acompáñeme.</p>
<p>Guiado por el agente, abandonamos el recibidor de la comisaría y cruzamos el límite de la zona pública accediendo a un largo pasillo con distintas puertas a lo largo del recorrido, todas ellas cerradas. El silencio dominaba el ambiente, no se escuchaba ni a otros policías trabajar ni conversaciones ni siquiera gritos arrancados en plena confesión. Aquello no se parecía en nada a las películas, estaba claro. O puede que el lunes por la tarde no fuese el momento más animado de aquella comisaría, tampoco la jornada con más personal: en todo el paseo no nos cruzamos con nadie. Algo que agradecí, con la actitud de un policía condescendiente tuve bastante.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Aquí están los depravados.</p>
<p>La diminuta cárcel, si es que esa estancia de apenas treinta metros cuadrados podría calificarse como tal, constaba de un pequeño corredor separado de la zona privativa de libertad por una reja de pared a pared con una pequeña puerta enrejada en la que destacaba un pestillo asegurado con candado. Tras las rejas, un conjunto de barrotes separados entre sí lo suficiente como para no dejar pasar ni al más delgado de los faquires, encontré a mis amigos con claros síntomas de vergüenza y, por fortuna, completamente vestidos. Tanto Marta como Juan se encontraban sentados en el suelo y con la espalda apoyada contra la pared opuesta a la entrada de aquel cuartelillo claramente improvisado. Ninguno de los dos se levantó cuando abrimos la puerta, tampoco cuando el policía extrajo un manojo de llaves del bolsillo y se entretuvo buscando la correcta. Se tomó la tarea con toda la parsimonia del mundo, como si liberar a mis amigos fuese el único divertimento que iba a disfrutar durante su jornada de trabajo. Seguramente fuera así.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Levántense, han venido a por ustedes —Marta y Juan permanecieron inmóviles, como si su mente se hubiese fugado de aquellas rejas—. Han pagado su fianza, pueden ir a follar a casa.</p>
<p>Iba a replicar con que no era necesario seguir avergonzándolos, pero lo dejé correr. Lo único que quería era salir de allí y clausurar el lunes con mi cuenta restaurada a su nivel de euros original. No lo conseguiría si aquellos dos no se dignaban a salir de la celda, así que tuve que poner mi propio empeño.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Va, salid ya. Vayamos a tomar algo, así podéis contarme lo que ha ocurrido.</p>
<p>Fue Marta la primera en reaccionar. Me miró con timidez, como si le doliese encontrarse con mis ojos, y sonrió. Después observó a Juan, sumido como estaba en sus propios pensamientos. Le tomó la mano y le instó a levantarse. Tras hacerlo salieron pesadamente de su cautiverio y me abrazaron. Correspondí con todo el cariño que pude siendo consciente del mal trago que suponía para ellos. Nos separamos del abrazo y les guié fuera de la comisaría sin esperar a que el agente me mostrase el camino de regreso.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Necesito una explicación —dije rompiendo el silencio. Caminábamos por la calle sin un destino fijado, como tres supervivientes de un apocalipsis zombi—. Decidme qué hicisteis para que os llevaran a comisaría. ¿Tan grave fue? El policía me dijo que os pillaron desnudos en un confesionario, pero se me hace muy difícil de creer.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Por desgracia, fue así —dijo Marta sin torcer la mirada del frente—. No sé cómo se nos fue la cabeza de esa manera. Quedamos como todos los domingos, nos vimos en un parque, estuvimos un rato besándonos y&#8230; —La narración escocía, pude apreciarlo en la pausa—. Una cosa llevó a la otra.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Sentémonos y me lo contáis todo.</p>
<p>Me detuve en una terraza eligiendo una de las mesas vacías, la que más alejada estaba del bullicio. Aparté dos de las sillas y elegí la tercera para mí levantando la mano para atraer la atención del camarero.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Por favor, contadme por qué he pasado el lunes por la tarde en comisaría y por qué he dejado temblando mi cuenta corriente.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Te lo devolveremos todo —se apresuró a decir Juan—, no te preocupes.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Por el dinero no me preocupo, sois mis amigos y confío en vosotros. Lo que no imaginaba era que tuvieseis una faceta oculta.</p>
<p>Fui incapaz de esconder la sonrisa, algo que ambos advirtieron. Conscientes de que no podían escapar de las explicaciones por mucho más tiempo esperaron a que el camarero trajera las consumiciones, dos tilas para ellos y un café con leche para mí, jugaron con el paquete de la infusión sumergiéndolo y sacándolo a flote como si fueran dos niños, ambos casi al unísono, y comenzaron su historia. Marta llevaba la voz cantante, esto sí me era familiar. Los hechos que relató no.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Como te decía, quedamos ayer domingo para dar un paseo por el parque. Llevábamos dos semanas y media sin vernos, con el trabajo ha sido imposible. Así que ambos teníamos muchas ganas de estar juntos. Quedamos en el mismo banco de siempre, uno que da al estanque de los patos. Es un lugar muy bonito&#8230;<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Y romántico —añadió Juan.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Nos encanta ese sitio. Y claro, después de tanto tiempo sin vernos, y con los besos, la pasión, las ganas de sexo&#8230; —Me resultaba increíble ver a Marta confesando sus deseos ocultos. A ella también: a pesar de que narraba los hechos con sumo detalle, su concentración se dirigía a la tila y al sobre de infusión; que sumergía y sacaba del agua en bucle, como si el movimiento la hipnotizase—. El caso es que empezamos a meternos mano sin preocuparnos de que alguien pudiese estar mirando. Como decía, una cosa llevó a la otra, por lo que decidimos movernos en busca de un lugar oculto a las miradas.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Cerca del estanque hay un rincón lleno de arbustos y juncos que permanece resguardado de las miradas —intervino Juan. Marta emitió un sonoro suspiro, más por cansancio que por alivio—. Allí nos escondimos; o eso pensamos nosotros. Nos dejamos llevar. Y cuando quisimos darnos cuenta estábamos haciendo el amor sobre el césped sin caer en la cuenta de que nuestros gemidos atraían la atención de todos los que paseaban cerca de los arbustos. No nos importaba lo más mínimo, el sexo nos ciega. Supongo que igual que al resto de parejas, pero en nuestro caso es como una liberación, como si fuéramos personas completamente distintas, despreocupadas. Así que, pese a que sabíamos que nos observaban, nos dio igual. Hasta que caímos en la cuenta de que eran unos niños. Bueno, quizá no fuesen tan niños, más bien adolescentes, pero el matiz no mejoraba el hecho de que estábamos pervirtiendo a unos menores. Así que nos vestimos a toda prisa y salimos del escondite entre los aplausos del público.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Qué vergüenza, ¿no? —Comenté.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—La verdad es que no sentí vergüenza —dijo Juan.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Yo tampoco —corroboró Marta.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Cuanto más contáis más flipado me dejáis. Lo teníais muy escondido.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—El caso es que se nos ocurrió escondernos en la iglesia que hay junto al parque —continuó Juan—. Quizá parezca una locura, incluso una falta de respeto por más que seamos ateos, pero el deseo pensaba por mí, por lo que la idea de Marta me pareció genial.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No podía esperar a casa y la emoción de sentirme observada me había calentado todavía más. Como la iglesia está desierta los domingos por la tarde pensamos en escondernos en el jardín que rodea el edificio, hay unos cuantos rincones que muchos aprovechan para desfogarse —Marta hizo una pausa adivinando mi pregunta, que no hice—. Sí, no es la primera vez que merodeábamos por los alrededores de la iglesia del parque, pero sí fue la primera que encontramos las puertas abiertas. Entramos por curiosidad y nos quedamos porque dentro no había ni un alma. Me dio por esconderme en el confesionario: se encuentra en la esquina contraria a la entrada de la iglesia y parecía un excelente lugar para quitar el deseo. Entré en el confesionario y Juan me siguió. A pesar de que el interior es estrecho nos las arreglamos para desnudarnos y&#8230; Bueno, ya imaginas lo que hicimos.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Entonces os pilló el cura —adiviné intuyendo el final de la historia.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—No, no nos pilló el cura —dijo Juan recogiendo el testigo del relato. Marta había perdido el aura de incomodidad y de vergüenza. Hasta parecía que disfrutaba contando la anécdota, también escuchándola en boca de su compañero—. Habíamos aprendido la lección y lo hacíamos en silencio, al menos todo lo callado que podíamos. Entonces entró una mujer del otro lado del confesionario. Aún resuena el «¿Qué es ese ruido, Padre?» en mi cabeza.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Y en la mía —dijo Marta con una sonrisa—. Habíamos terminado con lo nuestro, ya me entiendes, pero Juan tenía ganas de guasa. Haciéndose pasar por un cura, o como él creía que hablaban los curas, le siguió el rollo a la mujer hasta que la situación fue insostenible. «Algo que me ha sentado mal en la comida, discúlpeme», le dijo. Entonces a ella le dio por confesarse, supongo que para eso se había metido en nuestro confesionario. Que si sentía deseos oscuros por un hombre que no era su marido, que si el hombre se le había insinuado y ella, en vez de disgustarse, le había encantado la sensación de «sentirse deseada de nuevo», que si había accedido a un encuentro con aquel hombre que había terminado en una serie de indecencias que detalló con pelos y señales, felaciones incluidas. Entonces Juan le dijo que no debía preocuparse, que tampoco estaba tan mal sentirse atraída por otra persona y probar experiencias fuera del matrimonio. ¿Cómo era esa frase que le dijiste? ¿Te acuerdas?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—»Si el sexo le llama no se preocupe de quién es la polla» —dijo Juan con voz grave engolando el tono, supuestamente imitando a un cura. Yo no daba crédito.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—La mujer salió de allí gritando, pude escuchar su eco recorriendo toda la iglesia —continuó Marta—. Los dos reímos sin caer en la cuenta de que estábamos completamente desnudos y despreocupados. Y pasó lo que tenía que pasar: se abrió la puerta del confesionario apareciendo un cura con un enfado tal que por un momento pensé que iba a estrangularnos. No lo hizo, solo llamó por teléfono a la policía y el resto ya te lo puedes imaginar: acabamos retenidos y con una fianza de quinientos euros.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Fianza que aún me tenéis que devolver.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Ahora pasamos por un cajero y te los devuelvo —dijo Juan.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Te lo agradecemos mucho —añadió Marta—. No sabía a quién llamar, me alegro de que me decidiera por ti.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Espero que no me volváis a pedir un favor así, con una vez he tenido suficiente.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—El caso es que&#8230; —Dijo Juan.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Habíamos pensado en casarnos —remató Marta—, la espera en la comisaría nos dio mucho tiempo para reflexionar.</p>
<p>Ambos se tomaron de las manos, se miraron y dijeron dirigiéndose a mí.</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Queremos que seas el padrino de nuestra boda.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Después de haberos sacado de la cárcel, lo de ser vuestro padrino me parece hasta normal.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Gracias por las dos cosas —dijo Juan.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Eso, muchísimas gracias.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;—Pero que la boda sea dentro de varios meses, que mi economía está bajo mínimos.</p>
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		<title>Fuga de letras</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 25 May 2015 17:29:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[A pesar de que los autores consideren que todo lo que escriben es suyo, opinando de idéntica manera aquellos que les encumbran a base de leer sus historias, lo cierto es que cada texto corresponde en propiedad a sí mismo. Sí, quizá parezca el delirio de un escritor de finales del siglo XIX tras haberse ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">A pesar de que los autores consideren que todo lo que escriben es suyo, opinando de idéntica manera aquellos que les encumbran a base de leer sus historias, lo cierto es que cada texto corresponde en propiedad a sí mismo. Sí, quizá parezca el delirio de un escritor de finales del siglo XIX tras haberse amorrado a un alambique de absenta o el mantra poético de una organización en defensa de la cultura, pero esto es lo que sucede: las letras laten bajo las capas y capas de celulosa que componen los libros, disponiendo de voluntad y conciencia además de habilidades motoras. Como lo estáis leyendo: son capaces de pensar y de moverse. ¿No lo creéis?</p>
<p style="text-align: justify;">Busquemos un lugar en el que habitualmente se lean libros. ¿Una biblioteca? No. ¿Un parque bajo el atardecer de un soleado día de primavera? Tampoco: el metro. Tal vez hayan variado los soportes de lectura o el tipo de personas que acostumbra a abrir un libro entre estación, transbordo y actuación de músico itinerante, pero las costumbres permanecen incólumes desde los más de cien años que lleva constituido este transporte público: dejar que viaje la imaginación mientras el cuerpo se deja trasladar de un punto a otro de su monotonía. Y tampoco ha cambiado la actitud de las letras más díscolas en relación al hogar literario que les cayó en suerte: disfrutar de él si resulta de su agrado y fugarse en el caso de que lo consideren un escarnio para su naturaleza. De ahí que prefieran el metro para trazar sus fugas: el vacío entre texto y texto es de unos pocos centímetros; que es la distancia que suele separar a lectores contiguos, claro. Para las letras implica un salto de fe, pero no os engañéis: son mucho más valientes de lo que aparentan.</p>
<p style="text-align: justify;">Fijaos en los lectores del metro. Sentados en cualquier superficie horizontal elevada unos centímetros por encima del suelo, de pie en los andenes esperando a que llegue el convoy para disputarse las escasas plazas libres, asidos a las barras verticales con una mano mientras con la otra sujetan el libro procurando que no se escape la página&#8230; Y observad también un detalle: si ancláis el punto de mira en sus gestos, si prestáis atención a sus miradas, descubriréis ciertos signos comunes con quien pierde el bolígrafo en su propio escritorio. ¿Alguna vez leísteis un libro y tuvisteis que repasar un renglón porque faltaba una letra, una palabra o porque estaba mal escrito algún carácter? Ése es el gesto: sorpresa, incredulidad, incomprensión. No, no creáis que ha fallado un eslabón de la cadena que pone en nuestras manos los libros: han sido las propias letras las causantes del desaguisado.</p>
<p style="text-align: justify;">Cubrid con un aura de dictador a esa figura que se mantiene escribiendo durante horas delante de la pantalla sin apenas levantarse ni para hacer su vida. Mandando sobre las únicas que cree dominar, imponiendo sus manías por encima de cualquier estamento narrativo… ¿A quién le gustaría sentirse atado hasta el fin de los tiempos creyendo que aquél no es realmente su sitio? A las letras les ocurre lo mismo; de ahí que se organicen en busca de un nirvana literario a golpe de salto.</p>
<p style="text-align: justify;">Si alguna vez encontráis letras, palabras o frases que no corresponden con la historia que acontece en vuestro libro, no penséis que son errores de quien las ha escrito o de su editor: sencillamente, os habéis topado con una fuga de letras en busca de un mejor párrafo donde vivir. E imitad a esas letras: quizá vuestra vida también forme parte de un libro en el que no os convenga permanecer.</p>
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		<title>Entre notas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Apr 2015 05:54:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[El director sujeta en alto delicadamente su batuta como si acariciase una extensión de su propio cuerpo y mira en derredor comprobando que todo está preparado para devolverle la vida a la música yacente en nuestras partituras. Hace amago de comenzar, los nervios se disparan entre todos los componentes de la orquesta, incluyendo yo mismo, ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El director sujeta en alto delicadamente su batuta como si acariciase una extensión de su propio cuerpo y mira en derredor comprobando que todo está preparado para devolverle la vida a la música yacente en nuestras partituras. Hace amago de comenzar, los nervios se disparan entre todos los componentes de la orquesta, incluyendo yo mismo, y marca la entrada del conjunto de percusión, que ejecuta el inicio de la pieza abriendo el apetito ante la idea de devorarla nota a nota. El director ondea suavemente la batuta, alza la mano izquierda apuntando a la sección de cuerda y marca la entrada en vigor de este último, obligando a mover el arco siguiendo el ritmo trenzado por los timbales. Allá voy.</p>
<p style="text-align: justify;">No me hace falta mirar la partitura, me sé la melodía como si la hubiese escrito yo mismo. Sólo he de dejarme guiar por el ritmo y edificar un puente entre mi corazón y el violín logrando que la música fluya como si mi cuerpo fuese un mero camino de paso. Levanto la mirada de las cuerdas rematando armónicamente mi intervención, paso página hasta localizar de nuevo mi punto de entrada tras el lucimiento del piano, observo el incesante fluir de la batuta y me preparo para el siguiente movimiento dejándome empapar por la intensidad que se respira en el foso de orquesta: se avecina el cierre del primer acto.</p>
<p style="text-align: justify;">Toca dejarse el alma en cada nota, así que articulo los dedos de la mano izquierda sobre el puente al tiempo que mi otra extremidad balancea el arco con frenesí alcanzando el orgasmo sonoro como sólo se alcanza en las mejores parejas: al unísono y combinando el placer para satisfacer al cuerpo, al alma y al instrumento. ¿Será una sensación compartida? Levanto despacio la cabeza degustando el momento y alcanzo a vislumbrar a mis compañeros de cuerda: exhaustos y, aun así, deseosos de continuar; más allá puedo ver cómo el pianista acaricia las teclas dándoles las gracias por haberse dejado arrebatar la música que atesoraban las cuerdas; en percusión descansan los brazos tras el esfuerzo; igual que hace el director de orquesta que, dejando la batuta sobre el atril, afloja la postura deseoso de girar en redondo para recibir su merecida recompensa. Nuestra merecida recompensa, ésa que nos acaricia los oídos dando de comer a la necesidad de seguir interpretando. ¿Nadie se arranca? Quizá sea sólo el primer acto, pero necesitamos esos aplausos. ¿Nadie? ¡Por favor! ¡Un músico necesita aplausos!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">El violinista avanzaba por el vagón extendiendo su vaso arrugado de papel sin que ninguno de los viajeros se animase a escurrir los bolsillos; a pesar de que, según la opinión silenciosa de la mayoría, había alimentado oídos como quien esparce miel entre bocas sedientas de azúcar. Cansado, pero sin dejarse llevar por el desánimo, el ahora músico ambulante puso los pies en el andén arrastrando tras de sí el amplificador, la batería portátil, el violín y su esperanza, deseando con todas sus fuerzas encandilar al público de la próxima representación. O a los viajeros del siguiente tren, por más que la imaginación permaneciese eternamente entre sus compañeros de orquesta.</p>
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		<title>Me quiere, no me quiere</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Apr 2015 18:19:31 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[«Me quiere, no me quiere, me quiere&#8230;» —¿Estás deshojando una margarita? —No, yo&#8230; — La chica arrojó la flor al suelo sin asegurarse de que se perdiera entre el resto de margaritas; aunque así sucedió—. Estaba&#8230; —No te preocupes. Al fin y al cabo, ¿quién no ha deshojado margaritas alguna vez soñando con una persona ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">«Me quiere, no me quiere, me quiere&#8230;»</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Estás deshojando una margarita?<br />
—No, yo&#8230; — La chica arrojó la flor al suelo sin asegurarse de que se perdiera entre el resto de margaritas; aunque así sucedió—. Estaba&#8230;<br />
—No te preocupes. Al fin y al cabo, ¿quién no ha deshojado margaritas alguna vez soñando con una persona amada?<br />
—Qué va —el nerviosismo la invadía—. Yo estaba&#8230; Oliendo las flores.<br />
—¿Hace falta quitarles los pétalos para olerlas?<br />
—Claro, así se aprecia el perfume en toda su intensidad.</p>
<p style="text-align: justify;">El chico se sentó junto a ella procurando que sus cuerpos no se rozasen. Aún así, y dada la cercanía, casi podía sentir el roce de la piel contraria. De hecho, la sentía. O se lo imaginaba, lo cual era lo mismo que sentirlo.</p>
<p style="text-align: justify;">—A ver&#8230; —El chico arrancó con delicadeza una margarita y desmembró algunos de sus pétalos. «Me quiere, no me quiere&#8230;» pensaba acorde con el seccionado de la flor—. ¿Estás segura de que así huele más?<br />
—Claro. Aplasta los pétalos con los dedos junto con el resto de la margarita y llévatelos a la nariz.</p>
<p style="text-align: justify;">El chico obedeció centrándose más en el tacto imaginario que en el olor real. Aspiró mostrando más convicción de la que tenía y le dio la razón a la chica a pesar de que, a juzgar por aquella primera prueba, no debería dársela.</p>
<p style="text-align: justify;">—Parece que sí que huele más, sí.<br />
—Ya te lo dije, yo siempre tengo razón.<br />
—No siempre —bromeó el chico zarandeándola con delicadeza tras agarrarla por los hombros. Un oloroso aura se desprendió con el zarandeo: su perfume sí que embriagaba, y no el de las margaritas—. Que aún recuerdo cómo le aseguraste a tu madre que mi padre tenía fiesta en Semana Santa.<br />
—Eso fue lo que dijo —se empeñó la chica frunciendo el ceño—. Lo comentó a la hora de la cena, tú también tuviste que escucharlo.<br />
—No, qué va —»Ojalá lo hubiese escuchado»—. Estaba ayudando a tu madre con la mesa.<br />
—Siempre te escaqueas cuando te necesito —»siempre», repitió melancólica y mentalmente—. Cuando me llama mi madre nunca estás para&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Una voz femenina interrumpió el alegato con una llamada a comer proferida en grito. No hubo necesidad de que la chica terminase la frase: ambos sabían lo que quería decir.</p>
<p style="text-align: justify;">—Habrá que ir a comer.<br />
—Sí, será mejor que no hagamos enfadar a tu madre.<br />
—Oye, que también es la tuya.<br />
—Entonces mi padre también es de los dos.</p>
<p style="text-align: justify;">Se levantaron con pesadez, como quien abandona la intimidad debiendo regresar a ese lugar público al que no quiere pertenecer. Se miraron sin decirse nada con palabras, trataron de decírselo todo con los ojos y, tras su «Lost in translation» particular, enfilaron los pasos en dirección a la casa conjunta deseando estrecharse las manos para así dejar de caminar a solas. ¿Qué pensarían si les vieran tal y como ambos deseaban verse? Seguramente nada dado que les confundirían con hermanos. Por más que ese parentesco fuese el último al que ambos desearían pertenecer.</p>
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		<title>¿Qué pensarán las mantas del verano?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 31 Mar 2015 14:24:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[Aquella frase me había marcado como el garabato de un rotulador permanente sobre el azulejo, consiguiendo que le diese vueltas al conjunto de palabras hasta que casi se desdibujó el significado de cada una por separado y en su conjunto. ¿Qué habría querido decir con la pregunta? ¿Construyó la metáfora intencionadamente o resultó ser una ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Aquella frase me había marcado como el garabato de un rotulador permanente sobre el azulejo, consiguiendo que le diese vueltas al conjunto de palabras hasta que casi se desdibujó el significado de cada una por separado y en su conjunto. ¿Qué habría querido decir con la pregunta? ¿Construyó la metáfora intencionadamente o resultó ser una simple casualidad? Imposible saberlo en su momento y ahora, pero, al menos, lo dejaré escrito como último recurso para evitar olvidarlo. Aunque dudo que se me pueda escurrir de entre mis recuerdos…</p>
<p style="text-align: justify;">—Quiero que nieve, papá —»y yo», pensé, aunque sólo fuese para que abandonara el tema—. ¿Por qué nieva en todas partes y aquí no?<br />
—En todas partes no, hija —aclaré cansado. Soy consciente de mi tono, pero a veces me resulta imposible cambiarlo—. El mundo es demasiado grande —»y nosotros muy pequeños»—, en la mayor parte de sitios no nieva. De hecho, hay millones de personas que no ven la nieve en toda su vida.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo a la perfección su gesto, como si mi cerebro conservase una instantánea del instante. Pensativa, frunciendo ligeramente el ceño para arrojar una expresión a medio camino entre la reflexión y la ternura, derrochando esa inocencia que sólo se ve en aquellos que se enfrentan a lo desconocido armados únicamente con el afán de conocimiento&#8230; Sí, lo recuerdo como si fuera ayer; sin embargo, han pasado ya cinco años.</p>
<p style="text-align: justify;">—Pero aquí ha nevado más de una vez&#8230;<br />
—¿Cuántas veces hemos ido al parque de atracciones? —Decidí cambiar de táctica.<br />
—Una.<br />
—¿Y te gustó?<br />
—¡Mucho!<br />
—Pero eso no significa que vayamos a ir cada año —como un ninja escondido en las sombras dispuesto a abalanzarse sobre su objetivo en décimas de segundo, corté su objeción sellándole los labios con el dedo índice—. Igual que ocurre con la nieve, te gustaría ir al parque de atracciones continuamente —asintió suavemente librándose del dedo. No dijo nada, limitándose a observarme abriendo tanto los ojos que casi podía entrar por ellos accediendo a sus pensamientos. De hecho, así lo hice—. ¿Y seguiría gustándote igual si fueras al parque de atracciones cada semana?<br />
—¡Si!<br />
—No —corregí secamente. O de manera despótica, ahora mismo no sabría cómo calificar el tono—. Cuanto más hagas una cosa menos desearás hacerla de nuevo.</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que esta manera de pensar resulta exageradamente paternalista, pero ya se sabe cómo somos los padres: siempre intentando abrirles los ojos a los niños para que así se enfrenten con mejores armas a la realidad. Aunque, por suerte, mi hija se mostraba inmune a mis razonamientos, manteniendo intacta su inocencia incluso aunque yo me empeñara en doblegarla. Como si, por suerte, estuviese refugiada en un fuerte con defensas expertas en repeler a las hostilidades adultas. Y recalco lo de suerte por más que en aquel momento no pensase de la misma manera.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Si comieras todos los días espaguetis seguirían siendo tu comida preferida? —yo continuaba con lo mío tratando de hacerla entrar en mi razón para así calmar sus inquietudes. O las mías.<br />
—¡Sí!<br />
—O no, eso no lo sabes.<br />
—¡Sí que lo sé!<br />
—Es imposible que sepas algo con seguridad si no te has encontrado dentro de esa situación —la paciencia se agotaba, podía sentirla escapando de mi cuerpo—. Igual que con la nieve: como has tenido muy pocas experiencias con ella crees que, de nevar continuamente, sentirás lo mismo día tras día. Y no es así.<br />
—¿Por qué?<br />
—Por lo que te he dicho: por más que creas que algo que te gusta mantendrá ese atractivo siempre, lo cierto es que repetir a diario acaba aguando la afición que mostramos hacia ello.</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que no entendió la mayor parte de mi alegato. De hecho, y una vez que lo he transcrito casi literalmente (quizá no fuese tan enrevesado, pero estoy convencido de que lo era en gran medida), tampoco me extraña ni una pizca que no lo entendiese. Pero lo cierto es que captó la idea al vuelo, apañándoselas para darle la vuelta de tal manera que acabó desmontando mis argumentos. Incluso desmontó mis lágrimas.</p>
<p style="text-align: justify;">—No es verdad que deje de gustarte algo porque lo tengas siempre: a mí me sigue gustando estar contigo.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo responder a esta confesión? Sin palabras, es la única manera.</p>
<p style="text-align: justify;">—Papá, no llores. No quería ponerte triste…<br />
—No me has puesto triste, hija. Sólo es que —»me has abierto los ojos»— me alegra tanto que te guste estar conmigo que me he puesto a llorar de alegría.<br />
—Y nunca dejará de gustarme —nos abrazamos. Mi memoria aún mantiene el volumen de su menudo cuerpo entre mis brazos—. Igual que los espaguetis o el parque de atracciones.<br />
—Quizá tengas razón —claudiqué—: hay cosas que siempre serán iguales por más que las disfrutemos continuamente.<br />
—Y también me gustaría que nevase…</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué más daba que ella siguiese obcecada con la nieve? Le gustaba y quería repetir las sensaciones que le habían provocado en su momento. ¿Quién era yo para tratar de borrarle esos sentimientos?</p>
<p style="text-align: justify;">—Seguro que algún día nieva, ya verás.<br />
—¿Tú crees?<br />
—Claro, aún hace frío —caí en la cuenta de que aquella afirmación estaba basada en la realidad, así que la tapé cuidadosamente atrapando las mantas y la colcha bajo el colchón—. El verano tardará en llegar, no hay que perder la esperanza.<br />
—El verano no me gusta…<br />
—¿Y eso?<br />
—En verano no hay nieve…</p>
<p style="text-align: justify;">Debí suponerlo. Pero no, no lo supuse. Y me alegro: aquel despliegue de sinceridad me inspiró un ataque de ternura. ¿Cuánto tardaría en crecer echando a perder aquella intimidad que manteníamos?</p>
<p style="text-align: justify;">—No hay nieve, pero hay otras cosas —eché mano de mi almacén mental—. Está la piscina, los picnics en el campo, el poder dormir sin mantas encima…<br />
—A mí me gustan las mantas —como reafirmándose en su aseveración, mi hija se estremeció por debajo de las capas de abrigo estirando de ellas hasta que el repliegue en los pies de la cama no dio más de sí. Sólo se le veían los ojos, la frente y el pelo—. Y quiero seguir durmiendo con ellas.<br />
—Pero en verano no puedes hacerlo —ella se estremeció de nuevo, colándose unos centímetros más en el interior de la cama—. No te puedes tapar con las mantas en verano.<br />
—Por eso no me gusta.<br />
—¿Porque no te puedes tapar?<br />
—Y porque no hay nieve…<br />
—Pero también podemos ir al parque de atracciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Me tocaba jugarme el comodín, así que no dudé en usarlo. Al instante, se destapó de su iglú de tela mostrando una sonrisa tan amplia que los dos hoyuelos a ambos lados de las comisuras me saludaron sin timidez.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿¡Iremos!?<br />
—Claro —esto sí que podía prometerlo, no como la nieve—. Te prometo que en verano iremos al parque de atracciones.<br />
—¿Y por qué no mañana?<br />
—Porque aún hace frío y no está abierto —y añadí—. Cuando no tengas que usar mantas porque sea verano, te prometo que iremos al parque de atracciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Se quedó pensativa durante unos segundos mientras jugaba con el extremo de la colcha. La enrollaba en torno a su mano, deshacía el lío y volvía de nuevo con el proceso, dando la impresión de que trataba a aquella tela casi como a un amigo</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Y qué pensarán las mantas del verano?</p>
<p style="text-align: justify;">No me esperaba la pregunta, por lo que tardé un tiempo en estar apto para responderla. Y lo que vino a continuación acabó descolocándome por completo.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿A qué te refieres con «qué pensarán las mantas del verano»? —Repetí la pregunta tratando de encontrarle sentido—. Las mantas son mantas, no piensan.<br />
—Pero en verano dejamos de usarlas, las abandonamos.<br />
—No es cierto. Sencillamente, las apartamos a un lado porque han dejado de ser útiles.<br />
—¿Como hizo mamá con nosotros?</p>
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		<title>Serendipia, la ciencia detrás de una palabra que no existe</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Mar 2015 10:15:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
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					<description><![CDATA[Aún no sé muy bien cómo llegó a ocurrir lo que ocurrió, lo cierto es que casi podría afirmarse que el ciclo de los acontecimientos fue puramente paradójico. No me pregunten por qué, pero, como una cosa lleva a la otra, al final acabas donde empezaste. O no, sencillamente es al revés; tampoco espero que ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Aún no sé muy bien cómo llegó a ocurrir lo que ocurrió, lo cierto es que casi podría afirmarse que el ciclo de los acontecimientos fue puramente paradójico. No me pregunten por qué, pero, como una cosa lleva a la otra, al final acabas donde empezaste. O no, sencillamente es al revés; tampoco espero que me entiendan.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras esta confusa introducción, seguiré diciendo que, como todos saben, soy profesor de instituto. Igual que tantos otros que acabaron su ciclo de aprendizaje y decidieron dedicarse profesionalmente a aquello que tanto esfuerzo les había costado asimilar, fui incapaz de encontrar trabajo en lo que quería, a pesar de haber sido de los primeros en mi promoción y de obtener el doctorado en química tras defender mi tesis y verla aprobada por el jurado más estricto imaginable. Muy celebrada a pesar del escepticismo inicial, discúlpenme por esta pizca de engreimiento, pero es que fue así. ¿De qué me ha valido ese mérito? Ya les he dicho que no conseguí trabajo de lo que quería: los laboratorios, tanto públicos como privados, estaban en plena oleada de recortes por la crisis, por lo que buscar una investigación en la que aportar mi granito de arena resultó tan infructuosa como frustrante. Por lo que terminé opositando a un puesto en la enseñanza pública, teniendo la «suerte» (quiero entrecomillarlo a pesar de que mi discurso sea orado) de conseguirlo. Plaza fija, por cierto, que sé que tampoco me puedo quejar.</p>
<p style="text-align: justify;">Serendipia. Sí, sobre eso trataba mi tesis, sobre la serendipia. Ya saben, esa traducción directa del inglés que vendría a englobar a todos aquellos descubrimientos científicos que se suceden como fruto del azar. La historia de la ciencia está plagado de ellos, así que yo decidí dedicar todo un año de mi vida a hurgar en tratados científicos, revistas y publicaciones especializadas, memorias, biografías&#8230; en busca de cualquier hecho que pudiera englobarse dentro de la llamada serendipia. Al final conseguí un compendio completísimo de casos populares, de logros menos conocidos, de variables de investigación con las que propiciar el desencadenamiento de conclusiones aleatorias y casuales&#8230; En fin, logré mayor éxito del que me propuse antes de comenzar a escribir mi tesis sobre el dichoso tema. Pero ese éxito no se tradujo en lo que yo esperaba. De hecho, y aquí comienza la paradoja que quiero destacar en mi intervención, me encontré delante de mis alumnos relatándoles ejemplos curiosos y poco conocidos de la maldita serendipia. De casualidad en casualidad, así se mueve la historia más reciente de mi vida.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Para qué nos vamos a matar estudiando y poniendo en práctica lo que aprendamos si nuestros mayores logros pueden llegar en una rama totalmente contraria a la de nuestros estudios y por pura casualidad?</p>
<p style="text-align: justify;">Maldito niño. Disculpen mis palabras, sé que él está aquí en el auditorio junto con sus padres, pero esa misma frase fue la que cruzó por mi mente: maldito niño. Como si fuera un ministro de educación cualquiera regodeándose en su incultura tras promover leyes contrarias al ministerio que dirige, aquel adolescente de quince años se había levantado de su silla, había interrumpido mi disertación sobre la serendipia, en la que había comenzado a explicar el apasionante caso de Dupont y sus investigaciones sobre nuevos refrigerantes dando casualmente con el Teflón, y me había puesto en evidencia delante del resto del aula mofándose de la manera en la que estaba dando clase, de la elección del tema tras haber abandonado las aplicaciones a la aeronáutica de la tercera ley de Newton (me pareció demasiado denso para un viernes por la tarde) y, sobre todo, burlándose de mí. Y de mi tesis. Y de mi carrera. Pero sobre todo de mí.</p>
<p style="text-align: justify;">—Una cosa no tiene nada que ver con la otra —le dije tratando de volcar el máximo de aplomo en mis palabras. Recuerdo que ardía de rabia por dentro, como si me hubieran acercado una cerilla encendida después de salpicarme con gasolina—. Si no estudia no podrá dedicarse a lo que supuestamente pueda desencadenar su trabajo —era más que rabia. Aquel maldito niño había destapado un circo de pulgas, sintiendo cómo aquellos insectos imaginarios ejercían de trapecistas sobre la seda tensada de mis frustraciones—. Dicho de otra manera: si no estudia, dudo mucho que en su puesto de obrero de la construcción consiga descubrir otra cosa que no sea una forma más práctica de apilar los ladrillos antes de levantar una falsa pared.</p>
<p style="text-align: justify;">No quiero que piensen que menosprecio a los obreros de la construcción o a cualquier otro trabajador, sea del gremio que sea: simplemente me salió así. Con esas palabras. O más o menos: la interpretación de los hechos será una constante en todo mi discurso.</p>
<p style="text-align: justify;">—Usted ha dicho más de una vez que tiene un doctorado en química —interpuso mi alumno. Dejaré de llamarle maldito porque, a esas alturas de la historia, puedo decir que aquello, más que una crítica destructiva, se convirtió en un aporte positivo para el resto de la clase. Vaya, casi como cualquier crítica razonable—. Entonces, si tiene un nivel educativo tan alto, ¿qué hace explicando el temario de cuarto de la ESO a una panda de idiotas como nosotros?<br />
—Yo no pienso que sean idiotas —repuse con respeto. Sé que va a dejarme en mala posición y que seguramente empañe el reconocimiento hacia mi persona, pero seré sincero con ustedes: también soy de esos profesores que han pensado en alguna ocasión que sus alumnos eran idiotas. Por suerte, eso forma parte del pasado—. Sólo creo que no se esfuerzan lo suficiente como para garantizar su futuro; que seguramente engrosen la lista del paro con un currículum tan vacío como sus aspiraciones. Y lo peor no será que carezcan de formación o de experiencia, que también, sino que carecerán de algo igual de importante.</p>
<p style="text-align: justify;">Hice una pausa dramática al más puro estilo Hollywood, aguardando a que alguno se levantara de su asiento imitando al compañero elocuente. Pero, como suele ocurrir en los intermedios de televisión que se anticipan escuetos, ninguno hizo ademán de mover su trasero el más mínimo milímetro, dejándome con la palabra en la boca, con el hilo de la conversación rebozándose por mi cabeza para fagocitar a las ideas que brotaban como despertadas por la lluvia y con una frustración que se diluía rápidamente en algo que no supe discernir en el momento. Aunque ahora sí que lo puedo denominar: esperanza. No quiero ser grandilocuente al estilo Hollywood: les juro que aquel cóctel de emociones llevaba esos justos ingredientes. La perspectiva del tiempo me lo dice.</p>
<p style="text-align: justify;">—Motivación —lo repetí una vez más, dándome la vuelta para escribir la palabra en la pizarra—. MO-TI-VA-CIÓN.</p>
<p style="text-align: justify;">En vistas de que nadie objetaba, y de que el gesto general era de curiosidad a excepción de un par de alumnos entregados al bostezo, me envalentoné y seguí improvisando. Entre ustedes y yo: más que un profesor de instituto con doctorado parecía un simple escritor de libros de auto ayuda. Y no es que yo tenga algo en contra de los escritores, tampoco de los que escriben sobre pseudo psicología. Pero, desde luego, no había estudiado para aquello. ¿Y saben qué? Por primera vez en la vida, no me importó.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Sabían ustedes que Albert Einstein trabajaba en la oficina de patentes suiza cuando publicó su famosa teoría de la relatividad parcial?</p>
<p style="text-align: justify;">Lo sé: jugar la carta de Einstein con unos alumnos de instituto es como añadir a la mano de póker el comodín escondido en la manga. Ignoro si es por el enorme éxito alcanzado con su trabajo, por el carisma inherente en su persona o porque sus conocimientos siguen fascinando casi sesenta años después de su muerte: basta mencionarle para despertar la atención en el público. Igual que emitir cualquier ruido a pocos pasos de un Doberman.</p>
<p style="text-align: justify;">—Así es —continué—. Albert Einstein no poseía una vocación acorde con el trabajo que ejercía. Seguramente habría podido vivir de la oficina de patentes manteniendo a su esposa y a su hijo sin mayores dificultades. Pero, ¿saben qué? Eso no le ató las inquietudes, manteniendo al máximo nivel su vocación y su curiosidad —justamente era eso: a mis alumnos les faltaba curiosidad. Al fin y al cabo, es lo que acaba moviendo a las personas en pos del conocimiento—. ¿Y qué me dicen de Newton?<br />
—¿El de la manzana?<br />
—Exacto —siempre es lo mismo, la manzana—. Parece mentira, pero, de todos los aportes que realizó a la humanidad este genio de la física y de la matemática, lo que ha quedado para la posteridad es una anécdota contada por su primer biógrafo, y amigo personal, William Stukeley. William escribió en su libro, Memorias de la vida de Sir Isaac Newton, que el científico se fijó en la trayectoria perpendicular de las manzanas al caer, cayendo en la cuenta, y nunca mejor dicho, de la ley de la gravitación universal. Presentada en el libro de Newton Principios matemáticos de la filosofía natural.</p>
<p style="text-align: justify;">Me estaba enredando demasiado, se advertía. Lo que en principio eran caras de interés, poco a poco se transformaban en gestos de hastío, contagiándose los bostezos a bastantes más personas que al primer par. A pesar de que en aquel momento no me di cuenta, la situación era un reflejo de la enseñanza en este país, donde unos estudiosos empapados de teoremas y de textos de libro creen que la educación es transmitir conocimiento sin la posibilidad de que se cuestione el contenido o de que éste trate de asimilarse de una forma distinta a la que plantean. Al fin y al cabo, ¿no aprendemos cuando nos dejamos guiar por lo que atrae nuestra curiosidad? No digo que en aquel momento hiciese una valoración tan profunda de la situación de mi clase y del sistema, lo que les estoy explicando ahora es pura dramatización de los hechos. Pero sí que decidí analizar las proporciones de mi enseñanza incorporando mayores dosis de curiosidad, una buena parte de motivación y varias porciones extra de ciencia entendible.</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Lo que le ocurrió a Newton podría formar parte de la “serpenditia” ésa? —Preguntó otro de mis alumnos—.<br />
—Serendipia —corregí sonriendo—. Pues sí, podría serlo en cierta medida. Y aquí es donde yo quería llegar. Si os mantenéis en guardia, si os esforzáis, si estudiáis al máximo para abarcar la mayor cantidad de áreas posible, si mantenéis en marcha vuestra capacidad de análisis y de raciocinio… seréis capaces de captar al vuelo cualquier oportunidad —como la metáfora seguía teniendo juego, añadí—. Como Newton con la manzana: observó su caída y fue capaz de unir los conceptos que bailaban en su cabeza.<br />
—Usted se parecerá a Newton —increpó mi primer alumno, que se mantenía tan erguido como crítico—. Pero yo no le llegaría a la altura de los zapatos. Ninguno de nosotros. Ni siquiera hemos aprendido las dichosas tres leyes de Newton —una de las alumnas, la más estudiosa de la clase, hizo ademán de levantar la mano, pero la bajó instantáneamente antes de que nadie, excepto yo, descubriera su atrevimiento—. No importa cuánto nos esforcemos: jamás lograremos aprender nada que tenga la más remota relación con la ciencia.<br />
—Si les dijera que el videojuego que usan en su teléfono móvil guarda una estrecha relación con los descubrimientos en física realizados por Sir Isaac Newton hace trescientos cincuenta años, ¿no les interesaría saber por qué? —como el tímido gorjeo de los pájaros previo al amanecer de una mañana de invierno, el murmullo de curiosidad dominó el ruido de fondo. En vistas de que conseguía desperezar nuevamente a mis chavales, me aventuré a exponerles un problema práctico—. Imaginen un tiro de falta de Cristiano Ronaldo —el murmullo cesó. Su desmotivación había caído definitivamente en mi trampa para alimañas—. Este jugador es capaz de aplicarle al balón una fuerza de, aproximadamente, 270 Newtons. Con una velocidad promedio de 33 m/s para el balón que sale despedido por el puntapié, dicha velocidad sería una décima parte de la inicial en el disparo de una bala. Con estos datos sobre la mesa, ¿ustedes creen que el balón de Cristiano Ronaldo sería multado en una autopista?</p>
<p style="text-align: justify;">A partir de ese momento, la clase cambió radicalmente, migrando del pasotismo más absoluto al interés por todo lo relacionado con la ciencia. Evidentemente, no fue un cambio instantáneo ni uniforme, pero el caso es que el desaliento de mis alumnos mutó en una curiosidad creciente por todo cuanto les rodeaba. No voy a ser tan cínico de afirmar que el mérito es exclusivamente mío ya que, igual que ocurriría con un tesoro escondido, tan sólo necesitaban saber el lugar exacto donde cavar. Pero sí que me gustaría decir que fui yo quien dibujó esa X en el mapa.</p>
<p style="text-align: justify;">Háganse esta pregunta: ¿por qué triunfan los programas televisivos de ciencia ligera en los canales temáticos? A nadie le asusta la ciencia, sólo se ven apabullados por datos y teoremas difíciles de entender por el cerebro poco estimulado. Démosles la oportunidad a nuestros hijos de que aprendan siguiendo sus propias pautas, acerquémosles el conocimiento sin imponérselo y pongamos a su alcance todas las herramientas para que desarrollen su curiosidad sin plantarle zancadillas a la motivación: sólo el tiempo dictará sus logros. Y la serendipia, algo que está mucho más vinculado a nuestra vida de lo que imaginamos.</p>
<p style="text-align: justify;">La serendipia también ha sido la causante de que yo haya subido al escenario a darles esta interminable charla. Que más parece la doctrina de un sacerdote que el discurso de agradecimiento de un profesor de ciencias de instituto, lo asumo. Sí, quiero dar las gracias a mis alumnos por que se tomaran tan en serio el concurso de inventos juvenil y por que aportaran todo su empeño en desarrollar el envase de espaguetis con dosificador incorporado de raciones. Ya ven: es una idea simple, práctica y terriblemente útil que a nadie se le había ocurrido antes. Y surgió del talento de sus hijos y de su cohesión como grupo de investigadores. Puede que piensen que algo tan banal no forma parte de la ciencia, pero se equivocan: todo cuanto les rodea es una aplicación práctica de complejos desarrollos científicos. ¿No sienten curiosidad por saber cómo funciona aquello que utilizan a diario? Sus hijos sí que la sienten. Y gracias a ello tendrán la educación superior garantizada por los beneficios de la patente que han conseguido vender. Seguro que el propio Einstein hubiese estado orgulloso de registrarla…</p>
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		<title>¿Qué es la felicidad? ¿Y tú me lo preguntas?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Mar 2015 13:47:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desvaríos]]></category>
		<category><![CDATA[analisis]]></category>
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					<description><![CDATA[¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué es la felicidad? No hace falta que hayáis leído a Coelho o que os haya salido en una bolsa de patatas la típica experiencia en la que te regalan la primera terapia con un “coach”: cuestionarse si se es feliz forma parte del crecimiento personal al que ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué es la felicidad? No hace falta que hayáis leído a Coelho o que os haya salido en una bolsa de patatas la típica experiencia en la que te regalan la primera terapia con un “coach”: cuestionarse si se es feliz forma parte del crecimiento personal al que todos nos enfrentamos cuando un problema se nos planta delante cuan portero de discoteca pidiéndonos el pase VIP. ¿Os habéis hecho la pregunta conforme habéis empezado a leer este texto? Siento deciros que sí: por mi culpa habéis dejado de ser felices.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejemos clara una cosa: la felicidad no es más que un concepto emocional inventado por los escritores de auto ayuda con la intención de que acabemos pensando que nuestra vida es una mierda; para después comprar sus libros y descubrir que no sólo era una mierda, también teníamos veinte euros más en la cartera. El caso es que la felicidad no se compra ni se vende; no se puede escribir sobre ella y pretender hacer felices a todos los que te lean; tampoco es moneda de cambio ni sirve para obtener ventajas sobre los demás. ¿Por qué? Porque es el unicornio de las emociones: existe sólo en nuestra imaginación. Y en la de los escritores de auto ayuda, coachers, vendedores de humo, conferenciantes de a mil euros la charla, tuitstars que inundan las redes sociales con aforismos de libro…</p>
<p style="text-align: justify;">Suele ser más sencillo evadirse de los problemas que enfrentarse a ellos, acumulándose en nuestro subconsciente hasta que la carga se hace demasiado pesada como para acarrear con ella manteniendo la sonrisa. Y entonces surge la desesperanza, rompiendo la cáscara de seguridad que nosotros mismos debilitamos para imponer su tiranía como un velociraptor emocional. ¿En ese momento dejamos de ser felices? No, mucho antes. De hecho, tampoco podría calificarlo como felicidad, que ya os he dicho que no existe; más bien lo llamaría… satisfacción. Y dejamos de estar satisfechos cuando existe algo que se escapa a lo que nosotros entendemos como control.</p>
<p style="text-align: justify;">Estar satisfecho emocionalmente es el eufemismo más práctico que he encontrado para la felicidad. De hecho, opino que el eufemismo iría en sentido contrario, pudiendo aplicar un paralelismo entre satisfacer el estómago y satisfacer la mente. La mente, sí: todo lo que suframos, con cualquier cosa que nos asustemos, nuestros temores más profundos… todo, absolutamente todo, nos lo inventamos para así poder darle de comer. Y como ocurre con el estómago, si la tentamos con pensamientos poco saludables la mente cederá a sus instintos bulímicos provocándose una indigestión. Para provocarse después tristeza, desánimo, desmotivación… Ese cóctel de emociones que desborda hasta las ilusiones más férreas.</p>
<p style="text-align: justify;">La mayor parte de los problemas que nos puede arrojar la vida tienen menor importancia de la que les atribuimos, debiendo relativizarlos al máximo para así favorecer su metabolismo. No lo olvidéis: la mente se alimenta de todas nuestras experiencias, necesitando una dieta lo más variada y sencilla posible para que así funcione correctamente. Vamos, que no sólo las vivencias positivas nos alimentan, también aquellas que consideremos negativas. De hecho, estas últimas son las más nutritivas, por más que suelan parecer una putada.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Se puede buscar la felicidad si ésta no existe? Bueno, hay quien cree en la homeopatía o en que Hacienda somos todos, con estos dos ejemplos os lo dejo claro; aunque eso no significa que no se pueda buscar la manera de sentirnos satisfechos. Seguid con el empeño, ponedle esfuerzo a vuestro trabajo, mantened la ilusión en esos pequeños momentos que se acaban sucediendo a lo largo del día y alimentad de forma correcta vuestra mente: todo eso está en vuestras manos. La felicidad no.</p>
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		<title>Nuevo proyecto: hablar de porno sin porno</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 Jul 2014 07:37:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blogs]]></category>
		<category><![CDATA[blog]]></category>
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					<description><![CDATA[Quienes me conocéis ya sabréis que no paro quieto ni un solo momento: mi cabeza está en tantas partes distintas que resulta tan complicado centrarla que he desistido ya de intentarlo. De ahí que continuamente afloren nuevas ideas y proyectos, acabando algunos en la papelera, otros en el apartado de estudio y, por último, existiendo ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Quienes me conocéis ya sabréis que no paro quieto ni un solo momento: mi cabeza está en tantas partes distintas que resulta tan complicado centrarla que he desistido ya de intentarlo. De ahí que continuamente afloren nuevas ideas y proyectos, acabando algunos en la papelera, otros en el apartado de estudio y, por último, existiendo algunos que acaban saliendo a la luz. Como éste en el que me he embarcado recientemente: <strong>NoSóloPorn</strong>.</p>
<p style="text-align: justify;">Os habrá llamado la atención el nombre, seguro. Y no me extraña ni una pizca: el término «<strong>porn</strong>» sobresale dentro del título que hemos utilizado para el espacio. Pero es que justamente trata de eso: de porno. Contenido para adultos, XXX, erotismo, pornografía&#8230; Y no sólo de esta temática, de ahí que también hayamos incluido el «<strong>NoSólo</strong>» para bautizar a la criatura. Aunque no os asustéis porque, por más que lo parezca, en <strong>NoSóloPorn</strong> no vais a encontrar absolutamente nada de porno. Bueno, al menos en lo que se refiere a contenido multimedia: como a los tres autores nos apasiona escribir, nos dedicamos básicamente a eso. ¿Artículos en torno al controvertido mundo del porno? Justo así. Además de que incluiremos algo en lo que no he destacado a lo largo de mi trayectoria como escritor: <strong>los relatos eróticos</strong>. ¿Qué mejor manera de entrenarse en este subgénero literario que forzándome a escribir sobre él de manera continuada?</p>
<p style="text-align: justify;">¿A que os entra la curiosidad? Pues antes de colocar el enlace hacia <strong>NoSóloPorn</strong>, hablaré de mis compañeros dentro de este divertido proyecto. <strong>Samuel</strong>, una persona intachable que disfruta poniendo línea tras otra sobre cualquier página en blanco; y <strong>Anna</strong>, redactora por vocación y apasionada de la prosa por convicción. Ambos, junto conmigo, formamos un trío bien avenido que se ha empeñado en dar rienda suelta a su imaginación y a la líbido; componentes que forman el germen de <strong>NoSóloPorn</strong>, el blog/revista/espacio sobre porno que no tiene porno.</p>
<p style="text-align: justify;">Hala, no me quiero despedir sin dejar el enlace: podréis encontrar mis textos, junto a los de <strong>Anna</strong> y <strong>Samuel</strong>, <a href="http://nosoloporn.com/" target="_blank">en este enlace a NoSóloPorn</a>. Estoy convencido de que vais a disfrutar leyéndonos.</p>
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		<title>El empeño no se pone si no te lo descubren &#8211; Relato</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 May 2013 17:56:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
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					<description><![CDATA[—Muchas gracias a todos por este premio —Silvia pronunció las palabras al tiempo que recogía el trofeo con el símbolo Pi tallado en cristal, el más reconocido de la ciencia matemática a la que pertenecía—. Sobre todo —Silvia se envalentonó—, quiero agradecérselo a mi madre, sin ella no habría podido llegar hasta aquí. La mujer ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">—Muchas gracias a todos por este premio —Silvia pronunció las palabras al tiempo que recogía el trofeo con el símbolo Pi tallado en cristal, el más reconocido de la ciencia matemática a la que pertenecía—. Sobre todo —Silvia se envalentonó—, quiero agradecérselo a mi madre, sin ella no habría podido llegar hasta aquí.<br />
La mujer a la que se dirigía, que se encontraba en el asiento central de la primera fila del auditorio, no se inmutó, manteniendo el mismo gesto esculpido en el ánimo de roca que tan familiar le era. «Es imposible que no muestre algo de emoción”, pensó Silvia manteniendo cierta esperanza que, a su vez, contenía la crecida del reproche alimentada tras años y años de desengaños infantiles. «Por favor, mamá, esto es muy importante para mí». Pero aquella impasible mujer no hacía caso de los ruegos que le transmitía mentalmente su hija, manteniéndose expuesta en su museo de cera a pesar de los aplausos crecientes en número e intensidad.<br />
—Siempre imaginé qué diría si algún día llegaba este momento —Silvia se enjugó la emoción con la mano libre mientras apretaba con la otra el trofeo contra su pecho—, y ahora sé que he de darte las gracias. Gracias por tu empeño en que no aflojara mi voluntad. Gracias por tu exigencia a pesar de que nunca la entendí. Y gracias también… —la voz se le quebró—. Por enseñarme los números en nuestros interminables viajes en metro, me han acompañado toda la vida volcando en ellos mi amistad, mi alegría y mi amor —»el que tú no me diste», añadió mentalmente—. Gracias.<span id="more-3643"></span><br />
Agarró el trofeo con las dos manos y lo alzó en alto orgullosa mientras abandonaba el escenario envuelta en aplausos, sintiéndolos más vacíos e inútiles que una sábana como único abrigo contra una relación glacial. Y dicha relación no dio indicios de solucionarse, ni durante el resto de la entrega de galardones ni en el viaje de vuelta que, ante la negativa de la madre a tomar un taxi, volvieron a realizar en metro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Cuántas paradas hay entre Universitat y Clot?<br />
—¡Seis!<br />
La niña, de apenas siete años, se tomaba como un juego aquel reto que su madre le planteaba habitualmente en el metro, desenvolviéndose con soltura entre sumas, operaciones de lógica o de memoria sin darse cuenta de su nivel tan avanzado. Aunque sí que era consciente de la exigencia de su madre, pero sentirse aprobada por ella compensaba el esfuerzo.<br />
—¿Cuánto tardaríamos en llegar a Fondo desde Urquinaona si hay tres minutos entre parada y parada?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">—¿Por qué no me has felicitado? —preguntó Silvia emergiendo de sus recuerdos para encontrar a su madre tal cual permanecía en ellos, aunque cuarenta años mayor—. ¿No puedes tener un gesto después de lo que he conseguido?<br />
—¿Qué has conseguido?<br />
—He conseguido… —Silvia balbuceó— He conseguido que me respeten. Todos los científicos de aquella sala me respetaban. No como tú, que nunca has tenido una palabra de consideración.<br />
—No has necesitado palabras para crecer, sólo fuerza de voluntad —la madre se levantó del asiento y caminó hasta la puerta, esperando que el metro se detuviera en su parada—. ¿Acaso estarías donde estás sin el empeño que yo te inculqué?<br />
—Me inculcaste los números, el empeño lo puse yo.<br />
—No seas infantil —la madre accionó la palanca de la puerta poniendo los pies en el andén—. El empeño no se pone si alguien no te lo descubre.<br />
Con esta sentencia, la madre dejó atrás a su hija dejándole, también, una tímida sonrisa como despedida. Y como premio, siendo este mucho más valioso que cualquier trofeo matemático.</p>
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		<title>Llamando a puertas &#8211; Haiku número 1070</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Jul 2012 12:10:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[haiku]]></category>
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					<description><![CDATA[Pincha en el haiku para llamar a su puerta. &#160;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a class="lightbox" title="Llamando a puertas siempre hay un momento en el que se abren" href="http://www.aletreando.com/haiku/2012/07/lhaiku-llamando-puertas-grande.jpg"><img decoding="async" fetchpriority="high" class="alignnone size-full wp-image-3637" title="Llamando a puertas siempre hay un momento en el que se abren" src="http://www.aletreando.com/haiku/2012/07/lhaiku-llamando-puertas.jpg" alt="" width="400" height="239" srcset="https://www.aletreando.com/haiku/2012/07/lhaiku-llamando-puertas.jpg 400w, https://www.aletreando.com/haiku/2012/07/lhaiku-llamando-puertas-300x179.jpg 300w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Pincha en el haiku para llamar a su puerta.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Colores monótonos &#8211; Haiku número 1069</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Jun 2012 11:46:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[haiku]]></category>
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					<description><![CDATA[Pincha sobre el haiku para encontrar todos sus colores. &#160;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a class="lightbox" title="Si no hay color es igual de monótono que sólo con uno" href="http://www.aletreando.com/haiku/2012/06/haiku-color-monotono-grande1.jpg"><img decoding="async" class="size-full wp-image-3634 aligncenter" title="Si no hay color es igual de monótono que sólo con uno" src="http://www.aletreando.com/haiku/2012/06/haiku-color-monotono.jpg" alt="" width="400" height="208" srcset="https://www.aletreando.com/haiku/2012/06/haiku-color-monotono.jpg 400w, https://www.aletreando.com/haiku/2012/06/haiku-color-monotono-300x156.jpg 300w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /></a><br />
Pincha sobre el haiku para encontrar todos sus colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Perdiendo la esencia &#8211; Relato</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 15:20:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
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					<description><![CDATA[El metro hizo acto de presencia en la estación de Plaça Catalunya removiendo pelo y ánimos de quienes aguardaban a subirse en él para transportarse a sus inmediatos destinos. Aunque había quienes carecían de destino predefinido, como Salvador, que se mantuvo en su nube incluso cuando el resto se peleaba por adquirir un asiento libre. ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El metro hizo acto de presencia en la estación de Plaça Catalunya removiendo pelo y ánimos de quienes aguardaban a subirse en él para transportarse a sus inmediatos destinos. Aunque había quienes carecían de destino predefinido, como Salvador, que se mantuvo en su nube incluso cuando el resto se peleaba por adquirir un asiento libre. Salvador hizo un rápido inventario de todas las tarjetas que atesoraba mientras se sostenía aguantando el equilibrio, avanzando posteriormente por el pasillo del tren para observar con atención a cada personaje de la peculiar función cotidiana. Unos estaban ausentes, otros conversaban y unos pocos, inmersos en el pozo de sus propios problemas, se escondían tras el gesto triste de quien no puede poner otra cara.<span id="more-3630"></span><br />
Laia arrastraba los pies por el suelo del andén como un antiguo preso que se hubiera escapado conservando la bola anclada al tobillo, dejando que los pasos condujeran su desgracia hasta el interior del metro, recién llegado a la estación. Las entrevistas frustradas de trabajo sumaban tanto peso en el extremo del balancín de su vida que ya ni hacía pie para levantarlas, careciendo de ánimos incluso para agarrarse a las barras del vagón. Aunque no tuvo que hacerlo, el único asiento libre atrajo sus penas hasta sentarlas, siendo el primer golpe de una suerte que acabaría ganando el combate.<br />
“Esta chica…”, pensó Salvador observando a Laia. “Está triste por algo”. Avanzó hasta ella resuelto e interrumpió sus cavilaciones alcanzándole una de las tarjetas, habiendo seleccionado minuciosamente el mensaje como el hábil jugador de póquer que se conoce al dedillo el número y posición de todos los naipes. Laia alzó la mirada fijándola en Salvador y en la tarjeta, por ese orden, prestando a ambos la misma falta de interés.<br />
-Es para ti -insistió Salvador agitando la tarjeta-. Quédatela, te hará falta.<br />
-No tengo dinero.<br />
-Ni lo quiero. Mi labor es desinteresada, no pido ni la voluntad.<br />
Tras agarrar sin temple la tarjeta, Laia la sostuvo mientras Salvador proseguía su camino pasillo adelante, dejándola con tantas preguntas que iba a necesitar mucho entusiasmo para, siquiera, planteárselas. Pero no tardó en sentir la presencia de ese entusiasmo, abandonando el fondo del pozo gracias a la mano que tendía el mensaje.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><em>Si no pones pasión</em><br />
<em> en aquello que buscas</em><br />
<em> acabarás perdiendo</em><br />
<em> tu propia esencia.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">¿Era factible que alguien conociese el mal momento que vivía? Claro que no, y menos un desconocido. Pero la nota no dejaba lugar a dudas, sumando certezas con cada lectura, despertando ánimos conforme los versos bailaban en su cabeza, reviviendo intereses enterrados según asimilaba el mensaje como propio, hasta que Laia fue capaz de verse como quien se contempla del otro lado del espejo, decidida a recuperar su esencia a base de destilar nuevas metas. Empezando por devolver a Salvador el pequeño gesto hecho montaña, llegando más tarde a su casa con la mente puesta en la tarea. No lo tuvo fácil, pero consiguió encauzar el torrente de emociones hasta sólo cuatro líneas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><em>Giraste mi mundo</em><br />
<em> con pocas palabras</em><br />
<em> y espero que estas mías</em><br />
<em> nunca cambien tu vida.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Tras semanas de búsqueda, Laia localizó a Salvador en la misma línea de metro, alcanzándole su nota entre agradecimientos por parte de ambos. Salvador agregó la tarjeta a su colección particular sintiendo el deber cumplido, sabiendo que, en caso de perder el entusiasmo por la filantropía, tendría un nuevo arma con la que apoyarse para recuperar su esencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Esta historia participa en el <a href="http://relatscurts.tmb.cat/es/relat/lliure/2729">concurso de relatos cortos</a> de TMB.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Pasear con pies cansados &#8211; Haiku número 1068</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Apr 2012 08:32:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[haiku]]></category>
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					<description><![CDATA[Pasear de la mano de este haiku es tan sencillo como pinchar sobre él. &#160;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a class="lightbox" title="Siempre habrá calles por las que pasear los pies cansados" href="http://www.aletreando.com/haiku/2012/04/haiku-calles-pasear-grande.jpg"><img decoding="async" class="size-full wp-image-3629 aligncenter" title="Siempre habrá calles por las que pasear los pies cansados" src="http://www.aletreando.com/haiku/2012/04/haiku-calles-pasear.jpg" alt="" width="400" height="228" srcset="https://www.aletreando.com/haiku/2012/04/haiku-calles-pasear.jpg 400w, https://www.aletreando.com/haiku/2012/04/haiku-calles-pasear-300x171.jpg 300w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Pasear de la mano de este haiku es tan sencillo como pinchar sobre él.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Cómo romper por Whatsapp &#8211; Relato</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 15 Apr 2012 18:44:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[-Hola! -Hola&#8230; ¿Quién eres? -No me tienes en tu agenda? -Pues no. ¿Te conozco? -Claro. -Entonces, ¿quién eres? &#160; (+34639000012 está escribiendo) &#160; -Va, ¿quién eres? ¿Tan largo es tu nombre? -Sorpresa&#8230; -¿Te has tirado dos minutos escribiendo sólo para poner sorpresa? -Va, adivina. -No tengo mucho tiempo para juegos, voy en el metro. -Creía ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>-Hola!<br />
-Hola&#8230; ¿Quién eres?<br />
-No me tienes en tu agenda?<br />
-Pues no. ¿Te conozco?<br />
-Claro.<br />
-Entonces, ¿quién eres?<br />
&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">(+34639000012 está escribiendo)</p>
<p>&nbsp;<br />
-Va, ¿quién eres? ¿Tan largo es tu nombre?<br />
-Sorpresa&#8230;<br />
-¿Te has tirado dos minutos escribiendo sólo para poner sorpresa?<br />
-Va, adivina.<br />
-No tengo mucho tiempo para juegos, voy en el metro.<br />
-Creía que te gustaba jugar.<br />
-&#8230;<br />
-Parece que ahora eres tú el ke se keda callado.<br />
-¿Lucía? No conozco a muchos que manden mensajes escritos de esa manera.<br />
-Podría ser&#8230;<br />
-¿Eres Lucía o no?<br />
&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">(+34639000012 está escribiendo)</p>
<p>&nbsp;<br />
-Otra vez igual&#8230; ¿Tanto tienes que escribir?<br />
-Con lo mucho que nos vemos y que no sepas kien soy&#8230;<br />
-Lo mucho que nos vemos&#8230;<br />
-Claro. Acaso no es así?<br />
-Sólo hay una persona a la que veo más que a mi mujer.<br />
-Y esa persona es&#8230;<br />
-¿Qué haces con un número nuevo, Lucía? ¿Para que no te pille tu marido?<br />
-Sorpresa.<br />
-Qué enigmática que estás por Whatsapp, con lo lanzada que eres cuando estamos juntos&#8230;<br />
&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">(+34639000012 está escribiendo)</p>
<p>&nbsp;<br />
-¿Estás ahí?<br />
¿Lucía?<br />
Vaya, parece que esta estación no tiene cobertura&#8230;<br />
Bueno, si no leo el mensaje que estás escribiendo me lo dices en persona, nos vemos en 5 minutos.<br />
-¿¡Cinco minutos!?<br />
-Claro. ¿No habíamos quedado donde siempre y a la misma hora?<br />
-¿¡Así que quedas con ella a mis espaldas!?<br />
-¿Lucía&#8230;?<br />
-Qué Lucía ni qué leches&#8230; ¡Soy Marta!<br />
¿Te has quedado mudo?<br />
Engañarme con mi mejor amiga usando Whatsapp… ¡Serás rastrero!<br />
-No… No es lo que parece…<br />
-¿Que no es lo que parece? Más te vale que no vuelvas, hemos terminado.<br />
-Pero…<br />
-Ni me mandes mensajes por Whatsapp.<br />
Vete a la <img decoding="async" loading="lazy" class="wp-image-3624 alignnone" title="mierda" src="http://www.aletreando.com/haiku/2012/04/caca1.png" alt="" width="20" height="18" /><br />
&nbsp;<br />
Este relato participa en el <a href="http://relatscurts.tmb.cat/ca/relat/lliure/998">concurso de relatos cortos de TMB</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Cómo casarse en el metro &#8211; Relato</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 Apr 2012 09:32:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[En el vestíbulo de una estación de metro se puede ver casi cualquier cosa, aunque una mujer ataviada con un vestido de novia pasa de ser poco común a totalmente extraordinario. Así que para Marta resultaba natural el despertar todas esas miradas que se quedaban enganchadas en la cola de su vestido como las moscas ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En el vestíbulo de una estación de metro se puede ver casi cualquier cosa, aunque una mujer ataviada con un vestido de novia pasa de ser poco común a totalmente extraordinario. Así que para Marta resultaba natural el despertar todas esas miradas que se quedaban enganchadas en la cola de su vestido como las moscas en un papel pegajoso, ascendiendo por el conjunto de una pieza en gasa y tul de color blanco puro sin detenerse en el escote, un clásico palabra de honor, hasta llegar a la altura de los ojos y descubrir el remate a tan extraño atuendo con un velo cubriendo completamente su rostro. ¿Hacia dónde iría una novia vestida como tal? Los viajeros de la estación de Clot lo tenían claro: se dirigía a su boda en metro. También pensó lo mismo el dueño del quiosco de golosinas, que la observaba extrañado desde su esquina privilegiada mientras Marta descendía por las escaleras del andén central arrastrando la cola del vestido por los escalones, sin preocuparse del tono gris que estaba adquiriendo dicha porción de tela.<br />
Los viajeros bajaron de los vagones del metro recién llegado a la estación sorprendiéndose ante la imagen de aquella novia vestida de boda, ramo de flores incluido, siendo incapaces de abandonar la estación hasta comprobar si subía o no a aquel tren. Pero no lo hizo. Marta se quedó casi sola en el andén central, observando a un hombre del otro lado de la vía que había pasado inadvertido sólo por saltar menos a la vista que ella. Aquel hombre vestía traje azul oscuro con una camisa color rosa pálido que afloraba a la altura del cuello y de los puños, llevando anudada una corbata granate y un clavel blanco sobresaliendo del bolsillo de la chaqueta. Él también miraba a Marta, manteniendo el contacto visual, adornándolo con sonrisas y besos lanzados al aire, hasta que hizo acto de presencia un nuevo metro. Ambos entraron en idéntico vagón encontrándose allí con una tercera persona que casaba completamente con ellos. Y nunca mejor dicho: vestía de cura. Alzacuellos incluido.<span id="more-3622"></span><br />
Los tres participantes de tan extraño espectáculo se situaron en el pasillo interior del vagón tomando como propio el espacio que les cedieron los pasajeros, que se arremolinaron en torno suyo picados por la curiosidad de lo que estaba a punto de ocurrir.<br />
—¡Hola a todos! —exclamó Marta rompiendo los cuchicheos— Mi novio Luis y yo —este hizo una reverencia— nos conocimos en el metro, enamorándonos a primera vista.<br />
—Y ahora&#8230; —continuó Luis— ¡Vamos a casarnos en este metro!<br />
Los cuchicheos ascendieron de tono hasta convertirse en un murmullo perfectamente audible, mezclado con gritos de ánimo y aplausos.<br />
—Luis&#8230; —recitó el hombre disfrazado de cura tras situarse detrás de la pareja— ¿Quieres a esta mujer por esposa para amarla y respetarla hasta el fin de tus días?<br />
—Sí, quiero.<br />
La audiencia repitió por lo bajo la aseveración, tan propia de películas y novelas, mientras los nuevos viajeros que subían en Glóries se sumaban asombrados al público.<br />
—¿Y tú, Marta, quieres a Luis para amarle y respetarle hasta que la muerte os separe?<br />
—Sí, quiero.<br />
—Pues yo os declaro&#8230; —el hombre vestido de cura alzó la mano derecha bendiciendo torpemente a la pareja recién casada— marido y mujer. Podéis besaros.<br />
Quiénes subían en la estación de Marina asistían atónitos a aquel primer beso de matrimonio creyendo que, en lugar de a un metro, habían subido a una típica iglesia de Las Vegas, tan extravagante como fuera de lugar. Aunque pronto se dejaron contagiar por el público ya presente, rompiendo a aplaudir con tanta intensidad que los aplausos duraron toda una parada, igual que la unión de labios, que se detuvo justo al llegar a Arc de Triomf. Allí, Marta se giró dando la espalda a la mayoría de viajeros, mientras anunciaba sus intenciones de lanzar el ramo.<br />
—¡A ver quién lo coge!<br />
Y lo lanzó hacia atrás sin que chocara en el techo del vagón de metro, algo difícil teniendo en cuenta su escasa altura. La mujer que consiguió agarrarlo, ajena a esta casualidad que denotaba cierta experiencia por parte del lanzador, sonrió mientras exhibía el trofeo.<br />
—Y ahora&#8230; —declamó Luis alzando las manos— Os rogamos que colaboréis con nosotros. Como sabéis, cualquier aportación es bienvenida para unos recién casados.<br />
Los tres intérpretes del espectáculo pasaron a recoger todas las monedas que les tendieron los viajeros, acumulando tal recaudación que las manos pronto se quedaron pequeñas para albergar tanta moneda, debiendo utilizar todos los bolsillos del atuendo en el caso de los hombres y el bajo de la falda del vestido en el caso de la novia, que pasó a recogerlo contra la cintura sin importarle el ir mostrando las ligas y el nacimiento de los muslos. Tan productiva había sido la boda que aún estaban recogiendo aportaciones cuando llegaron a Plaça Catalunya, dejando pausadamente la estación al ritmo del tintineo del jugoso metal recién ganado. Marta y Luis aún necesitarían unas cuantas funciones más para pagar su viaje de novios descontando la parte del actor con el que completaban su boda en el metro, pero no cabía duda de que aquel estaba siendo un negocio tan redondo como las propias monedas. Y seguiría siéndolo, las sucesivas bodas dieron toda la fe de ello.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Este relato participa reducido en el <a href="http://relatscurts.tmb.cat/es/relat/lliure/216">concurso de relatos cortos</a> de TMB</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La soledad de ninguna parte &#8211; Relato</title>
		<link>https://www.aletreando.com/2012/04/la-soledad-de-ninguna-parte-relato/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 02 Apr 2012 07:14:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[relatos]]></category>
		<category><![CDATA[historia]]></category>
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					<description><![CDATA[Joan ascendió al autobús levantando con pesadez los pies, como si una fuerza invisible se opusiera a su ascenso al transporte público. Y apenas tardó unos instantes en identificar dicha fuerza. Tras introducir el billete en la máquina validadora y avanzar unos pasos por el pasillo vacío de gente, consiguió encontrar el motivo de su ...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Joan ascendió al autobús levantando con pesadez los pies, como si una fuerza invisible se opusiera a su ascenso al transporte público. Y apenas tardó unos instantes en identificar dicha fuerza. Tras introducir el billete en la máquina validadora y avanzar unos pasos por el pasillo vacío de gente, consiguió encontrar el motivo de su apatía: también él se encontraba vacío. Se sentó en un asiento sin nadie a su lado, observando por la ventana cómo el resto de personas se deslizaban acompañadas de sus parejas, amigos e, incluso, familiares, siendo incapaz de no perderse en el laberinto al que le había arrastrado silenciosamente su melancolía. ¿Por qué él estaba solo? Era difícil saberlo, y más aún sentirlo.<br />
Una chica llegó corriendo desde lejos, justo a tiempo para entrar en el autobús antes de que el conductor cerrase las puertas. Se retiró el pelo de los ojos, introdujo la T-10 en la máquina y, justo cuando alzó la mirada para localizar un sitio libre, localizó también a un viejo amigo. Ahí estaba Joan, mirando ensimismado por la ventana de su asiento, tan abstraído como le recordaba de años atrás.<br />
-¡Hola! –exclamó ella acercándose hasta él para tomar asiento justo al lado-. ¡Cuánto tiempo!<br />
Joan la miró asustado, tardando unos segundos en poner los pies en el suelo para darse cuenta de que, justo allí, sentada junto a él, se encontraba una de las pocas amigas a las que él consideraba mucho más que eso. ¿Cuántos años habrían pasado?<span id="more-3620"></span>-¡Hola Laia! –la exclamación fue a juego con la sorpresa, a juego también con la alegría de encontrarse a alguien conocido justo cuando más solo podría encontrarse-. Hace por lo menos… tres años que no nos vemos.<br />
-Y cuatro –respondió ella sin disimular la sonrisa-. He lamentado tanto el no habernos despedido como merecíamos&#8230; Y míranos, aquí estamos de nuevo.<br />
-Quizá sea el destino –se aventuró a decir Joan. Miró fijamente a Laia, descubriendo en el fondo de sus ojos un halo de tristeza que le recordaba vagamente a la suya-. ¿Qué tal estás?<br />
-Bien –mintió Laia-. ¿Y tú?<br />
-No me puedo quejar. Tengo trabajo estable y no demasiadas preocupaciones.<br />
-Igual que yo. Parece que la suerte nos sonríe.<br />
Ambos amigos siguieron conversando durante el resto del trayecto sin que ninguno se diera cuenta de que la ciudad de Barcelona seguía latiendo mientras permanecían aislados en su propia burbuja, deslizándose por el exterior de aquel autobús de línea como el tiempo que se escurre en el reloj de arena de los que duermen, llegando el momento de despertarse del sueño justo con la caída del último grano. Y ese despertar sucedió en la parada de Plaça Catalunya, anunciándose la mala noticia a través de las escuetas palabras de Laia.<br />
-Me bajo aquí.<br />
Joan quiso decir algo más de lo que dijo, pero el silencio le hizo un nudo en la garganta.<br />
-Que te vaya muy bien.<br />
-Y a ti…<br />
Laia se acercó hasta su amigo plantándole un beso en el rostro, tratando de convertir dicho beso en un ancla capaz de mantenerla alejada de su propia deriva. Pero no fue así. Poco después, se encontraba fuera del autobús, observando a Joan a través de la ventana por la que, también él, la contemplaba. Joan deseó seguir los pasos de Laia y abandonarse a la incertidumbre del reencuentro, pero fue incapaz. Tan sólo alcanzó a alzar la mano derecha agitándola en un gesto de despedida, mientras el autobús reemprendía la marcha teniendo como destino la soledad de ninguna parte.</p>
<p>&nbsp;<br />
Esta historia participa en el <a href="http://relatscurts.tmb.cat/es/relat/lliure/10">concurso de relatos cortos</a> de TMB.<br />
&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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			</item>
		<item>
		<title>Lo cercano y su valor &#8211; Haiku número 1067</title>
		<link>https://www.aletreando.com/2012/03/lo-cercano-y-su-valor-haiku-numero-1067/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Mar 2012 09:36:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[haiku]]></category>
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					<description><![CDATA[Haiku dedicado a @PilarZ, una buena amiga distante en kilómetros y muy cercana en amistad. &#160;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a class="lightbox" title="Viviendo lejos descubres el valor de lo cercano." href="http://www.aletreando.com/haiku/2012/03/haiku-viviendo-lejos.jpg"><img decoding="async" loading="lazy" class="size-full wp-image-3619 aligncenter" title="Viviendo lejos descubres el valor de lo cercano." src="http://www.aletreando.com/haiku/2012/03/haiku-viviendo-lejos1.jpg" alt="" width="400" height="216" srcset="https://www.aletreando.com/haiku/2012/03/haiku-viviendo-lejos1.jpg 400w, https://www.aletreando.com/haiku/2012/03/haiku-viviendo-lejos1-300x162.jpg 300w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Haiku dedicado a <a href="https://twitter.com/#!/PilarZ">@PilarZ</a>, una buena amiga distante en kilómetros y muy cercana en amistad.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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			</item>
		<item>
		<title>A falta de viento buena es brisa &#8211; Haiku número 1066</title>
		<link>https://www.aletreando.com/2012/02/a-falta-de-viento-buena-es-brisa-haiku-numero-1066/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Iván]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 24 Feb 2012 12:46:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[haiku]]></category>
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					<description><![CDATA[Pincha en el haiku para dejarte llevar por su brisa. &#160;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a class="lightbox" title="Espero al viento. Mientras tanto me mueve alguna brisa." href="http://www.aletreando.com/haiku/2012/02/haiku-viento-brisa-grande.jpg"><img decoding="async" loading="lazy" class="size-full wp-image-3616 aligncenter" title="Espero al viento. Mientras tanto me mueve alguna brisa." src="http://www.aletreando.com/haiku/2012/02/haiku-viento-brisa.jpg" alt="" width="400" height="216" srcset="https://www.aletreando.com/haiku/2012/02/haiku-viento-brisa.jpg 400w, https://www.aletreando.com/haiku/2012/02/haiku-viento-brisa-300x162.jpg 300w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Pincha en el haiku para dejarte llevar por su brisa.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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