<?xml version="1.0" encoding="UTF-8" ?>

<rdf:RDF
  xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#"
  xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"
  xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
>

	<channel rdf:about="http://crisei.blogalia.com/rdf.xml">
		<title>CRISEI</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com/</link>
		<description>LA BITÁCORA DE RAFAEL MARIN

</description>
		<dc:language>es-ES</dc:language>
		<dc:rights>Copyright rafamarin</dc:rights>
		<dc:publisher>rafamarin</dc:publisher>
  		<dc:creator>rafamarin</dc:creator>
		<items>
			<rdf:Seq>
								<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/78660" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/78074" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/78073" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/77979" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/77934" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/77931" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/77744" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/77738" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/77734" />
				<rdf:li resource="http://crisei.blogalia.com//historias/77732" />

			</rdf:Seq>
		</items>
	</channel>

	
	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/78660">
		<title>CRISEI ON THE ROAD AGAIN</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/78660</link>
		<description>Vuelvo a la carretera. Los viejos blogueros nunca dicen nunca. Por si quieren ustedes continuar, aquí seguiré mientras tenga algo que decir:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 Nuevo blog: &lt;a href=&quot;https://crisei.com&quot;&gt;CRISEI&lt;/a&gt;</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/78074">
		<title>MEMENTO MORI, UNA HISTORIA DE ORA PRO NOBIS</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/78074</link>
		<description>&lt;IMG SRC=&quot;https://d1n11wevxmtw6b.cloudfront.net/p/o/7e/325de789dc5507e.jpg&quot;&gt;</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/78073">
		<title>VICTORIA, crítica de Miguel Matesanz</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/78073</link>
		<description>Empezamos este 2019 con la estupenda &quot;Ora pro nobis&quot; del gran Rafael Marín y lo terminamos con la extraordinaria &quot;Victoria&quot; del gran Rafael Marín, autor grande al cuadrado, para mí (ya lo dejé dicho por aquí hace once meses) el mejor escritor español de los últimos treinta y cinco años, o al menos el que más me entretiene y deleita como lector al que le importa por igual tanto la forma como el contenido, ese infrecuente equilibrio que sólo unos pocos artistas logran alcanzar y que Marín despacha con la aparente y engañosa soltura de un creador en vena permanente. La primera y la última reseña de este 2019 cierran el círculo de la maestría, porque si un título se ha ganado Marín con la larga lista de libros que ha publicado es el de maestro, para todos cuantos han escrito al mismo tiempo que él y para todos cuantos vendrán, las generaciones futuras acosadas por el cambio climático y la incertidumbre económica y social y la ausencia de un horizonte que despierte anhelo en sus corazones. Quizá esos jóvenes autores del futuro no lleguen a conocerlo, quizá no sepan de él ni de sus obras, porque en este mundo de consumo acelerado cada vez resulta más difícil que un escritor evite las fauces del Tiempo, pero si hay uno, entre todos cuantos se dedican al arte de contar historias en España, que merezca ser leído, recordado, apreciado, es él, porque no andamos sobrados de maestros, y él lo es, por eso está aquí hoy, en la última reseña de este 2019, al timón de la Victoria, para demostrar la clase de escritor y maestro y navegante que es.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El 20 de septiembre de 1519 se hizo a la mar, desde Sanlúcar de Barrameda, una flota de cinco naves cuyos nombres ya forman parte de la leyenda: San Antonio, Santiago, Trinidad, Concepción y Victoria. Comandaba la expedición el portugués Fernando de Magallanes, con el mandato de la Corona española de abrir una ruta comercial con las islas de las especias, las Molucas. ¿Existiría un paso entre el Océano Atlántico y el Pacífico? Existía. A duras penas, dieron con él. El 6 de septiembre de 1522, tres años después de su partida, la Victoria atracó en Sanlúcar, capitaneada por el vasco Juan Sebastián Elcano. De cinco naves, sólo una regresó. De los doscientos treinta y nueve miembros que iniciaron la singladura, sólo dieciocho volvieron al puerto de origen, convertidos en los héroes que lograron completar la primera circunnavegación de la Tierra. Estos son los hechos, los datos fundamentales. Ahora, olvidemos la Historia y hablemos de literatura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo que podría haber sido en otras manos una novela de encargo (autor solvente acomete la narración de un hecho histórico aprovechando la celebración del quinto centenario de tan memorable suceso) se convierte, por obra y gracia del inmenso talento de Marín, en una obra vibrante, poderosa, la única escrita en pantalla panorámica de todas cuantas he leído este año, más grande que la vida y, al mismo tiempo, tan humana como cualquiera de nosotros, una novela que no se limita a narrar una expedición marítima con todas sus peripecias, sino que acomete la empresa mayúscula de involucrarnos por entero en la aventura, convirtiendo a los lectores en mucho más que en testigos: los convierte en miembros de la tripulación comandada por Magallanes, gracias a la estilizada fisicidad de la narración y a la primera persona con la que se nos cuenta la historia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Francesco Antonio de Pigafetta, hombre de ciencias y con afán de saberes, será el práctico que nos guiará en esta apasionante travesía narrativa. Desde su privilegiada posición, muy próxima a Magallanes, tendremos acceso expedito a todos los puntos de interés de la aventura: la reservada y altiva personalidad del capitán, con sus enigmáticas decisiones; el recelo del resto de los capitanes y las intrigas de poder que sacuden las aguas con más fuerza que el viento embravecido; los encuentros con diferentes enclaves de indígenas, entre la incertidumbre y la necesidad del trueque y el más puro espanto; y, por encima de todo, la vida en la mar, retratada con la minuciosidad justa, con nervio y también con serenidad, con una mirada reflexiva que convierte el relato en una crónica certera y demoledora de la cara oculta de la épica, de los imperios, del hombre enfrentado a sí mismo y a los demás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es en esta actitud premeditadamente reflexiva de la voz narradora donde Marín encuentra la entonación perfecta para que su obra surque libremente las aguas y termine alcanzando la gloria, o la victoria (perdón por la gracieta). Casi todos los capítulos comienzan con una frase de carácter lapidario que determina metafóricamente cuanto está a punto de suceder. Primero, la reflexión, preparando al lector para que no se fije sólo en los hechos que puede ir imaginando gracias a esa frase inicial, sino para que centre su atención en los detalles importantes, aquellos que los libros de historia nunca mencionan, o prefieren ignorar. Y después, combinación milagrosa, el aliento poético (en oposición al épico) con el que la primera persona del narrador expresa sus sensaciones frente a la zozobra de la vida en el mar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, la vida en tres años. La vida concentrada en una aventura irrepetible. La vida a merced de los elementos, como la de todos y cada uno de nosotros. La vida a merced de nosotros mismos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les aseguro que no se me ocurre mejor libro, entre todos cuantos he leído en 2019, para cerrar este año. Para cerrar el círculo. Para conmemorar no el Quinto Centenario de la primera circunnavegación de la Tierra, sino para conmemorar la vida, la aventura que debe ser la vida y, sobre todo, la aventura que debe ser, siempre, la creación. Rafael Marín, se quiera enterar o no el personal, ha circunnavegado la creación a lo largo de los últimos treinta y cinco años sin miedo alguno a los motines o a los acantilados del negocio editorial. Marín ha circunnavegado la creación para fortuna de todos aquellos que hemos disfrutado de la visita de cada uno de sus barcos, siempre elegantes y hermosos, siempre surcando las aguas en pantalla panorámica. Aquí tienen el último de sus barcos. Pueden embarcar en él o quedarse en puerto, viendo cómo se aleja. Lo bueno que tienen los lectores es que siempre son libres. Nadie decide por ellos. Hagan lo que hagan, disfruten de estas fiestas que ya se nos echan encima, como una tormenta perfecta, y para el año que viene les deseo, cómo no, que la vida les ofrezca, cómo no, esa Victoria, al menos una, que cada uno de ustedes desea.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De corazón, disfruten de la travesía.</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/77979">
		<title>VADE RETRO</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/77979</link>
		<description>&lt;br /&gt;
El Neanderthal, en su roca de Europa, negó el paso a los Cro-Magnon que venían de África. El hambre los mató a uno y a otros. Y ya no hubo historia.</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/77934">
		<title>VICTORIA, crítica literaria </title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/77934</link>
		<description>Un barco agoniza como agoniza un hombre:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
resoplando, resistiendo, intentando arrancar al viento otro segundo,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
poco importa que esa misma supervivencia implique&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 un instante replicado de dolor y de agonía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cruje como la respiración de un moribundo,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
silba y desentona, al encuentro del olvido final.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay esperanza mientras los pulmones funcionen, mientras las velas se hinchen&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
y se arranque un nudo más a la resistencia de las olas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
            Con tan magnífico párrafo comienza esta epopéyica novela sobre una de las mayores gestas de todos los tiempos. Y con tan intensas palabras cruzamos la pasarela, inquietos ya, embarcándonos en un relato salvaje. Al timón, un prestigioso capitán,  versado y curtido en andanzas e innumerables travesías: Rafael Marín.  &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De inmediato despierta nuestras ansias de aventuras, la emoción de devorar cada párrafo, cada página, cada capítulo&amp;#8230;; saboreando de manera voraz esta recreación veraz de la hazaña que abrazó la redondez del mundo por vez primera. Una vieja proeza acaecida hace quinientos años a la que debe su génesis el fenómeno de más rabiosa actualidad; ese que hoy, cinco siglos después, denominamos globalización.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
            La globalización comienza entonces, cuando Homero se reencarna en un noble veneciano, caballero de la Orden de Malta, con algunos temores, pero repleto de ansias de empresas azarosas, riqueza y fama, se enrola en la primera expedición que se dirige hacia las Indias pasando por el Nuevo Mundo. La ruta es fruto del conocimiento y osadía de dos portugueses: Fernão de Magalhães y Rui Faleiro, a los que su rey había ninguneado despreciándolos. Deciden dirigirse a la corte española y se trasladan hasta aquel Valladolid cortesano, donde fueron escuchados por un joven monarca recién llegado y que pronto se convertiría, además, en emperador.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apoyo del rey Carlos les muda en súbditos españoles. Ruy Falero queda en tierra y Fernando de Magallanes parte como almirante de una flota de cinco naos y doscientos cincuenta hombres. La intensidad de la empresa inmortalizará a sus grandes protagonistas, convirtiendo a Magallanes en Áyax el Grande; y a Elcano, uno de sus marinos más experimentados, en el mismísimo Ulises. Y, como éste tardó pero consiguió regresar a su Ítaca, a diferencia de su vecino de Salamina y Peribea (o nacido portugués y muerto español).&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
            Literariamente esta soberbia obra de Rafael Marín: Victoria, es una hermosa amalgama entre la novela documental, al modo de A Sangre Fría de Truman Capote, o Los Desnudos y los Muertos de Norman Mailer; y la novela de aventuras, deudora sin duda de joyas como La Odisea del ya citado Homero, Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino de Julio Verne, fusionada con otros de sus fantásticos relatos como Miguel Strogoff y Cinco Semanas en Globo; además del gran Joseph Conrad y su alter ego marinero, Marlow, en sus distintas narrativas; y del sin par Alejandro Dumas y su El Conde de Montecristo. Y todos ellos a su vez, salvo por lógica Homero, son morosos de Antonio de Pigafetta, quien inició su viaje en Sevilla y lo concluyó en aquel Valladolid cortesano, ahora lugar de residencia de todo un césar, pues Carlos aglutinaba ya sobre su testa dos coronas: Rey de Las Españas y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Marín nos obsequia frases antológicas, párrafos de un nivel literario rayanos en la perfección tanto de composición como de eufonía, en una prosa ágil y que conduce, a caballo entre el relato original del texto del sobresaliente enrolado y el profuso conocimiento de literatura que el autor nos regala, a devorar capítulos con el ansia codiciosa de que comience el siguiente, pero deseando secretamente no acabar el libro. Son sus más de trescientas cincuenta páginas toda una amalgama de belleza, dolor y esperanza; lo que es la vida misma, incluida la cruz de la moneda única: la muerte.  Rafael domina todas y cada una de las facetas, mostrándonos una nativa brasileña que nos trae a la memoria la Venus por antonomasia, la de Botticelli, y su sensualidad; describiéndonos lugares remotos e inhóspitos ajenos a nuestros, aún hoy demasiado, ojos occidentales; recordándonos la emoción de lo nuevo, porque ése es el eje de este relato: la turbada agitación, el temor y la exaltación por lo inexplorado. En realidad, todo era desconocido, comenzando por la ruta y terminando con las futuras riquezas. Desde el prólogo en el que descienden de la nao Victoria las dieciocho figuras cadavéricas humanas que consiguieron arribar a la costa gaditana, al puerto de Sanlúcar de Barrameda; hasta el epílogo, donde esos mismos dieciocho se despiden con la prosa de Lombardo, nombre con el que se inscribió Pigafetta en tan magna empresa. Con absoluta maestría Rafael Marín intercala en el devenir de la narración pinceladas, retazos, matices, momentos ígneos y álgidos de los protagonistas de aquella primera circunnavegación que aun hoy se considera una auténtica proeza. Lástima que en el presente que nos ocupa, una de las personalidades públicas que tendrían que enorgullecerse, &amp;#8211;y sin embargo obedeciendo vete tú a saber a qué complejos ocultos&amp;#8211;, ha pretendido cambiar el relato de los hechos&amp;#8230;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
            El autor, Rafael, al que ya consideramos amigo, porque alguien que escribe con esa generosidad no puede ser lo contrario, ni siquiera un simple y tímido conocido; va desvelando paulatinamente la personalidad de los principales personajes de su relato (y también del que le sirve de base: Primer Viaje Alrededor del Globo, la crónica de aquella primera vuelta al mundo): su fidelidad, su buen quehacer o su ruindad en la huida o dignidad en su muerte; además de describir escueta, pero magistralmente el carácter de las embarcaciones: su agilidad, poderío, capacidad de carga,&amp;#8230;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde el inicio de su relato, similar a los impactantes comienzos de Dostoievski, Marín decide atraparnos, subyugándonos con su prosa, estimulando nuestro apetito de lectores fervientes, como un exquisito gastrónomo que toma un queso emmental, con todos sus orificios y lo convierte en un enérgico queso curado de oveja castellano, compacto y genuino. Victoria, y todos los que hayan leído la crónica de Pigafetta lo comprenderán a la primera, es una bella y enriquecedora saturación de aquel relato escrito con hambre y sed, oleaje y calma chicha, calor y frío, culpa y esperanza, amor y odio, sangre y lágrimas, pero ardiente de deseos: de aventura, de riquezas, de descubrimientos&amp;#8230; cuando la moneda a pagar era la vida, tal y como dice Rafael en su obra y nos permite atisbar el vicentino en la suya.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
            Ya sabrán que este país es un gran país desde que Escipión decidió desembarcar para frenar a Aníbal y unió toda aquella península. Y a pesar de los nacionalismos (todos) que no hacen más que ensuciar por exceso o por insulto (sin saber que no insulta quien quiere sino quien puede); y de los cohibidos políticos que ahora tenemos, por desgracia tan faltos de conocimientos de esta grandeza pasada que ni se han parado a homenajear una gesta tan impresionante como la primera vuelta al mundo, para no ofender a alguien que lleva cinco siglos exánime&amp;#8230;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quien conozca hace tiempo la obra del gaditano Rafael Marín sabrá de su enorme genio literario. Los que no hayan tenido aún el placer de disfrutar sus creaciones, no dejen de deleitarse con su última novela: Victoria. Es sencillamente una obra maestra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
            Para finalizar, nos sumamos a la gentil honra que todos los integrantes de tan enorme audacia merecen, no sólo los dieciocho que llegaron al puerto de Sanlúcar de Barrameda sino los doscientos cincuenta que partieron del mismo. Terminamos con un pasaje, el final, del libro de Pigafetta:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El martes bajamos todos a tierra en camisa y a pie descalzo,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 con un cirio en la mano, para visitar la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
y la de Santa María la Antigua, como lo habíamos prometido&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
hacer en los momentos de angustia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De Sevilla partí para Valladolid, donde presenté a la Sacra Majestad&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 de don Carlos, no oro ni plata, sino cosas que eran a sus ojos mucho más preciosas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 Entre otros objetos, le obsequié un libro escrito de mi mano,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
en el cual había apuntado día por día todo&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 lo que nos había acontecido durante el viaje.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Carlos Giralda / Pilar Cañibano&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Revista Atticus</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/77931">
		<title>VICTORIA, LA ODISEA DE MAGALLANES Y ELCANO</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/77931</link>
		<description>&lt;img src=&quot;https://d1n11wevxmtw6b.cloudfront.net/p/o/32/PB9788417389932.jpg&quot;&gt;</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/77744">
		<title>RESEÑA DE ORA PRO NOBIS POR MIGUEL MATESANZ</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/77744</link>
		<description>&lt;br /&gt;
&lt;img src=&quot;https://apachelibros.com/357-large_default/ora-pro-nobis.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para que las cosas nos vayan lo mejor posible durante este 2019, vamos a empezar el año como Dios manda: topándonos con la Iglesia y con el mejor escritor español de literatura de género de todos los tiempos. Así es la cosa, un dos por uno que no tiene desperdicio, un ofertón para empezar el año con buen pie y mejores lecturas, un detallico de este negociado que vela en todo momento por el óptimo aprovechamiento, queridos todos, de su tiempo de ocio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y qué mejor propuesta para iniciar este nuevo ejercicio fiscal y literario que un libro de esos que se devoran de una sentada? O de tres, porque tres son los relatos que conforman la nueva obra del gran Rafa Marín: dos que bordean las cien páginas cada uno y un tercero, que es el segundo en el orden de presentación, de apenas doce y que es una demostración apabullante del poderío narrativo de este autor incombustible y ejemplar, el más enérgico y exquisito a la hora de imaginar aventuras y pesadillas con mucha intención y con una prosa que suele tender a la excelencia en mi canon particular.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los más viejos del lugar ya habrán adivinado que este Rafael Marín es el mismo Rafael Marín Trechera que firmó, hace nada menos que treinta y cinco años, la mejor novela de ciencia ficción que se haya escrito en España, Lágrimas de luz, una joyita que hoy resulta muy difícil encontrar en formato físico, algo que dice mucho sobre lo colosalmente ingrato que siempre ha sido el negocio editorial, aunque existe la posibilidad de descargar el ebook gracias al sello Sportula, comandado por otro clásico de la literatura de género patria, Rodolfo Martínez. Este Rafael Marín es el mismo Rafael Marín Trechera que firmó una trilogía maravillosa titulada La leyenda del navegante o, una vez suprimido el segundo apellido, el gozoso pastiche holmesiano Elemental, querido Chaplin, que habría deleitado por igual al investigador de Baker Street, a su anexo disfrazado de doctor y al creador de ambos, por no hablar del actor del bastón, el bombín y los pies a las diez y diez. En 2015 publicó una novela de casi mil páginas dedicada a Don Juan y titulada tal cual, un texto colosal y deslumbrante que le ha vuelto a confirmar como el gran escritor que siempre ha sido y será, se mueva en los campos de juego y en los géneros en los que se mueva.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En esta ocasión, como ya ha quedado dicho, se adentra en las dependencias más recónditas y desconocidas de la iglesia católica, allí donde solo pueden acceder el Papa de Roma y sus tres elegidos: el comandante en jefe de la Curia y la reducida tropa de un ejército en lucha eterna contra el Mal. A las sombras más oscuras no se las puede combatir con oraciones ni con encíclicas. Se precisan métodos más contundentes y radicales. Así es como entran en escena nuestros tres aguerridos protagonistas: Esaú Falconi, Ismael Nero y Ángela de Ory. La guardia pretoriana de la Luz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hagamos en este mismo instante un rebobinado temporal y vayamos al año 2000. Es en ese entonces cuando Rafael Marín es fichado por nada menos que la editorial Marvel para escribir los guiones de la mítica serie mensual protagonizada por Los Cuatro Fantásticos. Lo acompaña en esa portentosa empresa el dibujante Carlos Pacheco, que ya había colaborado con Marín en los guiones de otra serie marvelita, la de los Inhumanos. Si para ambos debió de ser un sueño imaginar nuevas aventuras de Reed Richards y compañía, para los lectores españoles supuso un éxtasis que nos llenó de orgullo y satisfacción. ¡Era la hora de las tortas gaditanas!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Por qué les cuento esto? Pues porque si le quitas un fantástico al famoso cuarteto, te quedan Los Tres Fantásticos de la Santa Madre Iglesia, que es lo que vienen a ser los protagonistas de esta novela. Ni Esaú Falconi se estira como Reed Richards, ni tampoco Ismael Nero se convierte en una llama viviente como Jhonny Storm, ni la hermosa Ángela de Ory es capaz de volverse invisible como Sue Storm, señora de Richards, pero, en el fondo, lo que Rafael Marín nos presenta en esta fantástica obra es a un grupo de superhéroes sin poderes&amp;#8230; o, para ser más preciso, con todos los poderes que el mandato papal les puede otorgar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Contado así, puede que a más de uno el asunto le resulte gracioso (y, en el fondo, lo es, aunque ese fondo sea muy profundo y le pillemos el puntito, sobre todo, los que conocemos sobradamente la trayectoria del autor), pero Marín se toma muy en serio las andanzas y las tribulaciones de este supergrupo divino y nos sumerge de golpe, y sin ninguna clase de prevención, en un universo de espantos que le sirve no solo para enganchar y angustiar al lector, sino, sobre todo, para reflexionar sobre asuntos muy actuales y, en última instancia, desvelar el lado turbio de la fama, el glamour, el adocenamiento de las redes sociales y el envilecido precio del triunfo allí donde no existe mayor recompensa que la desolación eterna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esto es literatura de género de mucha calidad, o lo que es lo mismo: literatura de mucha altura, da igual el género al que pueda adscribirse. Marín domina los resortes de la narración en todo momento y nos deja tres relatos que fascinan y aterran por igual. Su estilo, esa forma milagrosa de encadenar las palabras y las frases para regalarnos imágenes potentísimas y estilizadas, sigue funcionando como una maquinaria perfecta en la que nada sobra ni falta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué quieren que les diga? Da gusto leer a este autor. Aunque sus querencias personales y argumentales le hayan podido alejar durante años del gran público, es uno de los mejores narradores de nuestro país. La elegancia en la expresión y en la construcción, el ritmo medido, los símiles exquisitos y unos personajes que, siendo profundamente humanos, consiguen trascender la mera anécdota de sus pesquisas y enfrentamientos para convertirse en el principal sustento de la creación (con minúscula y con mayúscula, tanto da) son solo algunos de los elementos que convierten esta obra en una completa gozada. Puede que los lectores más estirados piensen que leer esta clase de libro es un placer culpable, un pecado literario, pero no hay tal. No peca quien lee a Rafael Marín, sino quien ignora a un autor que escribe (imposible acabar de otro modo) como Dios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
MIGUEL MATESANZ, publicada en &quot;La Ventana de la Agencia&quot; el 14 de enero de 2019.</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/77738">
		<title>JOHN BUSCEMA: EL EMPERADOR DE TODAS LAS TEMÁTICAS</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/77738</link>
		<description>&lt;img src=&quot;https://lasoga.org/wp-content/uploads/2014/10/Conan-04-John-Buscema-comic.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No estuvo en Marvel desde el principio, pero sin él no puede entenderse lo que fue Marvel. Hoy, el aficionado a la historieta es cicatero y miope y juzga la validez del medio y su afición a partir de su experiencia limitada o de lo que otros le han dicho que tiene que ser su baremo. Así, glorificando la figura capital de Jack Kirby (en detrimento de la otra figura capital que fue Stan Lee), se ha pasado por alto (o, peor aún, se ha ignorado) la aportación  importantísima que, durante décadas, realizó John Buscema.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Reconozcámoslo hoy como se reconoció en su momento: los cómics Marvel explotaron durante sus cinco o seis primeros años de vida una estética feísta y un tanto deslavazada, épica de andar por casa, un tropel de emociones y personajes más grandes que la vida que pillaron a contrapié a la Distinguida Competencia, donde todo era armonía y blandura. Las estéticas casi contrapuestas de Kirby y Ditko, más los autores de menos calado que los imitaron (quizá sobre todo en narrativa) no llegaron al grado de estilización máxima y a la belleza formal hasta que la editorial recupera la figura de Buscema, que se había retirado de los cómics y trabajaba en publicidad y que, aprovechando los rifirrafes que ya empezaban a producirse entre Stan Lee y sus colaboradores, entra en la Casa de las Ideas con cierta timidez, sin aspavientos (quizá lo mismo sucedió con el otro esteta reclutado en la segunda hornada, John Romita Sr.), para estallar como la bomba creativa que fue en cuanto se afianzó en la manera exagerada y grandilocuente de narrar e hizo suyos a los personajes, a quienes dotó de la armonía y el sex-appeal del que hasta entonces carecían.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Buscema tiene una formación clásica y bebe de tres grandes de los  cómics de prensa (Foster, Raymond, Hogarth), pero su estilo está ya hecho y, desde su electrizante aparición en The Avengers solo puede mejorar de número a número. Cierto, su paso por Fantastic Four o The Mighty Thor quizá no deslumbre (¿no quiso Big John intentar hacerle sombra a Jack Kirby?), pero su deslumbrante Silver Surfer y su joya de la corona Conan the barbarian, nos demuestran pronto que Buscema no debe nada a nadie y lo consolida a los ojos de los lectores (y a los de Stan Lee, que no era tonto precisamente) como el mascarón de proa, el referente de lo que es Marvel.&lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
	La magia de los lápices de Buscema picotea en todas las series, en portadas, en los números uno de toda colección que se precie. Y en Savage Sword of Conan, realizando lo que hoy podríamos llamar &amp;#8220;novelas gráficas&amp;#8221; si nos diera la tontuna, y entintado por un tropel de dibujantes diferentes que no siempre hicieron justicia a sus lápices, Buscema no solo no pierde su fuerza imparable, sino que, de los pinceles ajenos, nos muestra una versatilidad que nos lo multiplica. Podemos quejarnos de las tintas puntuales de algún número, pero también podemos agradecer que nos ofreciera muchas estéticas y muchos Buscemas diferentes. Nunca, de todas formas, fue más sutil y hermoso su trabajo que en las demasiado pocas ocasiones en que se entintó a sí mismo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Buscema fue el alma de Marvel durante décadas. Su listón de calidad nunca bajó del sobresaliente, y tarde o temprano la historia tendrá que reivindicar su memoria como lo que fue: el emperador de todas las temáticas.&lt;br /&gt;
	&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/77734">
		<title>CISCO KID: EL VAQUERO MÁS GUAPO</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/77734</link>
		<description>&lt;img src=&quot;https://3.bp.blogspot.com/-HhURogI1-2M/ULln6QXDwfI/AAAAAAAAF1k/r81DoP6f94Y/s640/Cisco_libro2.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque también hiciera suyos temas adultos y ofreciera en ocasiones el escenario ideal para desarrollar para nuestro tiempo temas equivalentes a la tragedia griega, el western fue durante buena parte del siglo veinte una distracción para todos los públicos, el ensueño de niños por todo el planeta. Eso explica en parte su larga supervivencia y quizá también su declive: sobreexplotación por un lado (en especial con la llegada de la televisión y las muchas series del oeste que tantos conocimos en nuestra ya lejana infancia), y la misma incapacidad de adaptar aquella visión del mundo en blanco y negro (buenos muy buenos, malos muy malos, ninguna gama de grises en medio) al escepticismo, la ironía y la desconfianza en los valores sociales que la guerra del Vietnam (y, en el género, el spaghetti western) trajeron de la mano ya en las postrimerías de los años sesenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Grandes autores de cine hicieron grandes películas, a menudo a partir de historias menores de autores menores (el western fue antes que nada género periodístico, luego pliego de cordel, diversión sencilla con pocos nombres de relumbrón en lo literario), pero hubo cientos de películas de bajo presupuesto y simples planteamientos, Tom Mix y sus imitadores, ya desde el principio de la historia del cine: recordemos que el mismísimo John Ford, alfa y omega del género, comenzó dirigiendo peliculitas veloces hasta que ofreció la primera gran revisión del western con La diligencia (Stagecoach, 1939).&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Curiosamente, la historieta parece que dudó en acercarse al género. Más allá de los comic books (que, en su inicio, tenían la calidad artística que en décadas posteriores podríamos asimilar a los fanzines), en la aristocracia de los periódicos apenas cabe citar el Red Ryder de Fred Harmann o las obras (tan influidas por John Ford, Harold Foster y Alex Raymond) de Warren Tuffs: Casey Ruggles y Lance.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Cisco Kid tiene su origen en lo literario. Más concretamente, en un relato de O. Henry ya en 1907, The Caballero&amp;#8217;s Way, donde nuestro jinete del sombrero y las chorreras es&amp;#8230; nada menos que el malo. Y malo fue en su primera aparición cinematográfica, para convertirse ya en la segunda (para que luego hablemos de resettings) en uno de los buenos. Y bueno es en la tardía adaptación al cómic de prensa (unos años antes ya hubo comic books) que realizan entre 1951 y 1967 Rod Reed a los guiones y el argentino José Luis Salinas a los dibujos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Acompañado por su fiel escudero Pancho, trasunto de Sancho Panza sin su sabiduría de pueblo, contrapunto cómico a las heroicidades del protagonista, Cisco Kid puede englobarse en la revisión realista que los cómics en general y los cómics de prensa en particular experimentaron tras la Segunda Guerra Mundial. Es un cómic amable, extraordinariamente bien dibujado, afectado por la política imperante de reducir las historias a un número determinado de semanas. Jamás tuvo una página dominical donde Salinas pudiera haberse explayado experimentando con formatos y tamaños de viñetas; es, en cierto modo, un western infantil donde los misterios se solucionan rápido y la pareja protagonista parte a otra aventura donde encontrará más de lo mismo: los malos muy malos, los buenos muy sencillos, las bellas muy bellas que se enamoran (igual que él) del Cisco Kid, el vaquero más guapo de cuantos ha habido en la historia de los cómics, un dandy impoluto y lampiño que siempre sonríe y que, como un Don Juan del oeste, conquista y suspira y no se deja atrapar ni por las maquinaciones de sus enemigos ni por los sueños de matrimonio de las féminas que se encuentra a su paso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Salinas demuestra su capacidad para dibujar retratos: los primeros planos son fabulosos, las chicas espectaculares, los caballos veloces. Sus malos son inconfundibles a primera vista (ahí tienen ustedes a ese delicioso Red Riata, trasunto del actor Wallace Beery). Sus paisajes, quizá, no son todo lo ricos que podría esperarse, en tanto en ocasiones parecen demasiado pedregosos y áridos (Salinas dibujaba desde Argentina, ya que no quería que su hijo acabara combatiendo en Corea) y los planos se antojan demasiado lejanos. Es un western donde prima le emoción y lo romántico sobre las complicaciones de la trama y la acción violenta que en ocasiones retrotrae a las cabalgadas de Tom Mix y los vaqueros de sombrero blanco que iniciaron la leyenda del oeste en las películas de cine mudo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/77732">
		<title>FLASH GORDON/JUNGLE JIM: JINETES DE SELVAS Y ESPACIOS</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/77732</link>
		<description>&lt;img src=&quot;https://www.zonanegativa.com/imagenes/2017/02/Flash-Gordon.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El medio era tan joven que aún no tenía  el nombre con el que, equívocamente, nos empeñaríamos todos en llamarlo durante muchas décadas. Los títulos que los periódicos ofrecían en sus páginas no eran ya exactamente &amp;#8220;funnies&amp;#8221;, ni eran, como luego, &amp;#8220;comics&amp;#8221; (sin la tilde), y sus dibujantes eran &amp;#8220;cartoonists&amp;#8221; aunque trabajaran en series continuadas y desarrolladas en secuencias, no necesariamente en caricaturas ni en una sola viñeta. El medio era tan joven que todavía podía explorar y expandirse, buscar soluciones narrativas y recursos gráficos.  &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Los cómics (llamémoslos así, a fin de cuentas, ahora ya con tilde obligatoria) quizá desarrollaron la estética &amp;#8220;realista&amp;#8221; (aunque no lo fuera)  precisamente por esa necesidad de búsqueda de recursos (la expresividad del primer plano o la espectacularidad del plano general vienen inmediatamente  a la cabeza), así como la necesidad de los artistas de demostrar que eran algo más, mucho más que caricaturistas. Aunque cada uno disponga de características propias, la influencia del medio hermano, el cine, no puede soslayarse, ni tampoco las modas sociales de cada momento, sus miedos, sus anhelos. Había terreno virgen por explorar en temáticas y estéticas. Quizá, como hemos visto tantas veces antes y luego, nadie quiso ser el primero en abrir senda: es siempre más seguro ser el segundo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Con ilustres precedentes (¿quién puede negar que  los mundos oníricos de Little Nemo no instan al sueño de la aventura, o que la valentía tan de Harold Lloyd del pequeño Wash Tubbs, o el sarcasmo viajero de Popeye no estaban ya haciendo cosquillas a la aventura?), los cómics estallaron en busca de nuevos potenciales con la publicación casualmente simultánea de dos títulos que buscaban el apoyo de la literatura de masas y, al menos uno de ellos, contaba con la bendición de la popularidad del cine: desde 1929, el exotismo selvático de Tarzan of the Apes y los mundos futuros de Buck Rogers in the 25th Century  reventaron las fronteras de la narrativa dibujada. Apenas  dos años más tarde, fruto de la popularidad del cine de gánsteres y  de los propios hampones en el mundo real, aparece Dick Tracy, el sabueso detective que ganó su placa de un día para otro (las cosas de los cómics) y que se convirtió en el primero y más implacable de los muchos policías de ficción que vinieron luego. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Había mundos por explorar, mundos a los que hacer la competencia. Si los cómics, en sus entregas diarias o sus hermosos suplementos dominicales, ayudaban  a vender periódicos, y ya existían los precedentes de fichajes y trasvases de una agencia de prensa (los &amp;#8220;syndicates&amp;#8221;) a otros, tanto de autores como de personajes, no es extraño que, en aquellos años en que el medio de la aventura diera sus primeros pasos balbuceantes, se buscaran autores capaces de enfrentarse al reto de arrebatar lectores a los autores pioneros. La buena fortuna, o el destino, quiso que King Features Syndicate contara ya entre sus filas con un joven que apuntaba maneras, aunque nadie quizá hubiera podido imaginar entonces que acabaría por convertirse en uno de los más grandes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Alexander &amp;#8220;Alex&amp;#8221; Gillespie Raymond había nacido en 1908, en una familia católica de New Rochelle. Aunque tenía buena mano para el dibujo, la muerte de su padre, ingeniero civil, y la necesidad familiar lo encaminaron hacia una prometedora carrera como corredor de bolsa. El crack de 1929 y la Gran Depresión lo desviaron de ese mundillo y lo  hicieron volcarse en su afición artística. Hizo de ayudante y luego de &amp;#8220;negro&amp;#8221; para autores como Russ Westover en Tillie the Toiler  y, una vez en King Features Syndicate, de  Lyman Young y su hermano mayor Chic. Con el tiempo, hemos podido advertir, por un lado, la estilización de la estética de Blondie y su inocente sensualidad fruto de la influencia del joven ayudante, y sobre todo, la inclusión en las aventuras selváticas que ya no los abandonarían de aquella pareja de jóvenes vagabundos, Tim Tyler y Spud, nuestros Jorge y Fernando .&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Raymond era joven, rápido y ambicioso. Estar a la sombra de otros autores, sin reconocimiento autoral, y con un sueldo exiguo, no era suficiente. Es de suponer, además, que tanto los artistas con quienes trabajaba como los jefes para los que ofrecía su labor artística estaban al tanto de las capacidades de la joven promesa. Ante la necesidad de enfrentar a Buck Rogers con otro héroe espacial (y Brick Bradford, creado en 1933, acabaría siéndolo, pero entonces aún no lo era), KFS empezó a buscar un título que pudiera luchar con sus mismas armas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alex Raymond presentó un proyecto que fue rechazado por su falta de acción, la historia de un grupo de científicos donde uno de ellos, no el protagonista, se llamaba ya &amp;#8220;Flash&amp;#8221;. Un segundo intento, algo más estilizado, fue rechazado también. Se buscaba la aventura y el exotismo, un poco al estilo de las novelas de John Carter de Marte de Edgar Rice Burroughs, cuyos derechos no pudieron conseguirse . El tercer intento de Raymond, ya con el nombre Flash Gordon y la peripecia como motor de arranque, recibió el visto bueno. Al socaire del éxito de  la novela de 1933 When Worlds Collide (Cuando los mundos chocan, llevada finalmente al cine en 1951), y ocupando dos tercios de la segunda página en color de los periódicos dominicales, Flash Gordon ofrecía aventura a raudales, un no parar de situaciones al límite, villanos orientales, razas alienígenas, mujeres hermosas de erotismo deudor de la descocada década que quedaba atrás. Y muchos prestamos artísticos del gran Harold Foster,  lo cual nos indica la admiración que el joven Raymond sentía por el ya maduro maestro y, más que ninguna otra cosa, las prisas con las que tenía que abordar su trabajo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Porque, si Flash Gordon se enfrentaba a Buck Rogers, la página de los periódicos quedaba completada por otra serie del mismo autor, Jungle Jim, donde se intentaba ofrecer una respuesta &amp;#8220;civilizada&amp;#8221;  a Tarzan y se contaban las aventuras desaforadas, igualmente sin pies ni cabeza, de un  explorador y cazador  de fieras vivas (basado en el popular cazador Frank Buck y con el físico del hermano menor del propio Raymond, Jim) en una improbable Malasia donde hay leones, tigres, tribus de &amp;#8220;negros&amp;#8221;, malvados orientales, femme fatales y hombres blancos que se reflejan en su mayoría como explotadores sin escrúpulos.  Y todavía tendría Alex Raymond tiempo para dibujar las entregas diarias, con supuestos guiones de Dashiell Hammett, de Secret Agent X-9.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Cualquier otro habría sucumbido en el proceso, pero Raymond era joven y, ya se ha dicho, ambicioso. Con los guiones un tanto inanes de Don Moore (que no firmaría su colaboración hasta los tiempos de Austin Briggs), las dos series en color irían explorando no tanto la aventura colonial o la fantasía espacial como el desarrollo y el avance de la capacidad cuasi mágica del dibujante. De todos los autores de cómics que en el mundo han sido (quitando a  Foster, que ya comenzó su andadura en la perfección y nunca se separó de ella) se espera   que evolucionen en su grafismo, que tengan buenos y malos momentos, que se adocenen o acaben por repetirse en fórmulas cómodas. No es el caso de Alex Raymond, quien, esteta inquieto, explora y mejora de semana en semana, experimentando con tramas, rayados, formatos de viñeta, del barroco al clasicismo, buscando siempre la belleza absoluta. Nadie, en la historia de los cómics, ha sido capaz, ni antes ni después, de evolucionar de la manera en que lo hizo Alex Raymond, desde sus titubeantes inicios como dibujante anónimo hasta su temprana muerte en 1956. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Durante diez años, Raymond dibujaría sus dos series dominicales (abandonó pronto la presión de las tiras diarias de X-9), hasta que, inquieto siempre, se ofreció voluntario al cuerpo de marines, pese a su edad, para participar en la Segunda Guerra Mundial. Volvería tras la contienda al mundo civil y crearía, en Rip Kirby (1946), una nueva obra maestra, pero sus personajes primeros gozarían de vida más allá de la espectacular progresión gráfica de su autor, no solo en el medio de los cómics de prensa, sino también, como es sabido, en seriales radiofónicos, cine de serie Z para los sábados, comic books, series de televisión, dibujos animados,  abundante merchandising y al menos una película de alto presupuesto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Pero los auténticos Jim de la Jungla y Flash Gordon son los que, desde 1934 y hasta 1944, poblaron de sueños, aventuras exóticas, experimentación sin límite y glamour las páginas en color de los periódicos de su tiempo. Esos que podemos disfrutar, aquí, de nuevo, ahora.&lt;br /&gt;
</description>
	</item>


</rdf:RDF>
