<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:blogger='http://schemas.google.com/blogger/2008' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162</id><updated>2026-04-02T06:10:18.378-03:00</updated><category term="Argentinos"/><category term="Microcuento"/><category term="Realista"/><category term="Cuentos cortos"/><category term="Humor"/><category term="Reflexión"/><category term="Absurdos"/><category term="Españoles"/><category term="Clásicos"/><category term="Estadounidenses"/><category term="Fantástico"/><category term="Indios"/><category term="Julio Cortázar"/><category term="Misterio"/><category term="Uruguayos"/><category term="Alejandro Dolina"/><category term="Ana María Shua"/><category term="Anónimo"/><category term="Arcipreste de Hita"/><category term="Chilenos"/><category term="Chéjov"/><category term="Colombianos"/><category term="Costumbristas"/><category term="Don Juan Manuel"/><category term="Eduardo Galeano"/><category term="Eraclio Zepeda"/><category term="Etgar Keret"/><category term="Franceses"/><category term="Fábulas"/><category term="García Márquez"/><category term="Héctor Tizón"/><category term="Israelíes"/><category term="Joaquín Gómez Bas"/><category term="José L. Urbina"/><category term="Juan Carlos Vecchi"/><category term="Juanjo Hernández"/><category term="Kemal Bilbasar"/><category term="Leo Maslíah"/><category term="Luis Pescetti"/><category term="Mark Twain"/><category term="Martínez Estrada"/><category term="Maupassant"/><category term="Mexicanos"/><category term="Muñoz Valenzuela"/><category term="Pía Barros"/><category term="Ramiro Calle"/><category term="Richard Matheson"/><category term="Rusos"/><category term="Silvina Ocampo"/><category term="Tagore"/><category term="Turcos"/><title type='text'>Cuentos Ya</title><subtitle type='html'>Cuentos y microcuentos para leer online</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25'/><author><name>Admin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14449645779596359682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>27</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-5444641271940035758</id><published>2017-01-22T15:29:00.002-03:00</published><updated>2017-01-22T15:29:13.185-03:00</updated><title type='text'>EL TIMADOR DESENMASCARADO Frank Kafka</title><content type='html'>Finalmente, a eso de las diez de la noche, llegué ante la casa señorial a la que había sido invitado, acompañado por un hombre al que había conocido previamente de un modo pasajero, y que se había unido a mí de improviso, callejeando a mi lado durante dos horas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–Bien –dije, y di una palmada como signo de la absoluta necesidad de despedirme. Durante el camino había realizado toda una serie de intentos, aunque no tan específicos como éste. Ya estaba bastante cansado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–¿Sube usted ahora mismo?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–preguntó. Y oí un ruido extraño procedente de su boca, como de dientes que rechinan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–Sí. Yo estaba invitado, se lo acababa de decir. Pero estaba invitado a entrar, no a permanecer frente a la puerta y a mirar por encima de las orejas de mi acompañante. Y para colmo ahora permanecía mudo a su lado, como si nos hubiéramos decidido a quedarnos largo tiempo en aquel sitio. Las casas de alrededor tomaban parte, por añadidura, en nuestro silencio, así como la oscuridad por encima de ellas hasta las estrellas; además de las pisadas de paseantes invisibles, cuyo camino no tenía ganas de adivinar, y el viento, que una y otra vez soplaba contra la acera de enfrente; también un gramófono, que sonaba frente a la ventana cerrada de una habitación cualquiera. Todos se dejaban oír a través del silencio, como si éste fuera de su propiedad desde siempre y para siempre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y mi acompañante se sumó en su nombre y, después de una sonrisa, también en el mío, extendió el brazo derecho a lo largo del muro y apoyó su rostro en él, cerrando los ojos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, no pude ver esa sonrisa hasta el final, pues la vergüenza me obligó a darme la vuelta. Después de esa sonrisa había reconocido que se trataba de un timador, nada más. Y yo llevaba ya meses en la ciudad, había creído conocer por completo a esos timadores, cómo salían por la noche de las calles laterales, cómo rondaban alrededor de las columnas de anuncios en las que nos parábamos, cómo, en pleno juego del escondite, espiaban, al menos con un ojo, detrás de la columna, cómo en los cruces, cuando nos asustábamos, aparecían sorpresivamente ante nosotros en el borde de nuestra acera. Los comprendía tan bien; en realidad habían sido mis primeros conocidos en la ciudad, en las pequeñas tabernas, y les debía la primera visión de una intransigencia que ahora me era tan imposible disociar de la tierra, que ya prácticamente la empezaba a sentir en mi interior. ¡Cómo permanecían todavía frente a uno, aun cuando ya se les había dado esquinazo, es decir cuando ya no había nada que atrapar! ¡Cómo no se sentaban, cómo no se caían, sino que dirigían miradas que siempre convencían, aunque fuese desde la lejanía! Y sus tácticas eran siempre las mismas: se plantaban ante nosotros, tan aplanados como podían; trataban de apartarnos de nuestro destino; nos preparaban, como sustituto, una vivienda en su propio corazón y, finalmente, surgía en nosotros un sentimiento concentrado que era tomado como un abrazo, al que se arrojaban con el rostro por delante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y esta vez sólo había podido reconocer todos esos viejos trucos después de tanto tiempo de mutua compañía. Froté las puntas de los dedos para hacer que aquella vergüenza no hubiese sucedido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi hombre, sin embargo, se mantuvo apoyado como antes, se tenía todavía por un timador, y la satisfacción con su destino le sonrojó la mejilla libre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–¡Te reconocí! –dije, y le di un ligero golpe en el hombro. Inmediatamente después me apresuré a subir las escaleras, y los rostros fieles del servicio, arriba, en el recibidor, me alegraron como una bella sorpresa. Los miré a todos por turno, mientras me quitaban el abrigo y limpiaban el polvo de las botas. Respiré profundamente y entré en la sala bien erguido.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/5444641271940035758/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2017/01/el-timador-desenmascarado-frank-kafka.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/5444641271940035758'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/5444641271940035758'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2017/01/el-timador-desenmascarado-frank-kafka.html' title='EL TIMADOR DESENMASCARADO Frank Kafka'/><author><name>Admin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14449645779596359682</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-105812444614851471</id><published>2014-12-07T01:27:00.002-03:00</published><updated>2014-12-07T01:31:54.573-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Chilenos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="José L. Urbina"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microcuento"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Muñoz Valenzuela"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pía Barros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión"/><title type='text'>3 microcuentos chilenos - Cuentos cortos de Chile</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjGeg8vuy1H3Uo1psSV4K3FG5TuaDc8vbk3STB7kzwS6ed3e1CACx7yUq7YcEi41PFn8CqmSGQCMokQbUVtzuPp70L3Z0dAi11B_xsVUIzA3n_YgsnAUFe7A3n30U6y8OeLD8H6kOl2JTGY/s1600/cien-microcuentos-chilenos.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;3 microcuentos chilenos para leer online&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjGeg8vuy1H3Uo1psSV4K3FG5TuaDc8vbk3STB7kzwS6ed3e1CACx7yUq7YcEi41PFn8CqmSGQCMokQbUVtzuPp70L3Z0dAi11B_xsVUIzA3n_YgsnAUFe7A3n30U6y8OeLD8H6kOl2JTGY/s1600/cien-microcuentos-chilenos.jpg&quot; height=&quot;200&quot; title=&quot;Cien microcuentos chilenos&quot; width=&quot;127&quot; /&gt;&lt;/a&gt;El cuento “&lt;b&gt;El verdugo&lt;/b&gt;” fue tomado de &lt;b&gt;&lt;i&gt;Cien microcuentos chilenos&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (antologador Juan Armando Epple), Ed. Cuarto Propio, y éste a su vez de &lt;b&gt;&lt;i&gt;Nada ha terminado&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; de &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Diego_Mu%C3%B1oz_Valenzuela&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Diego Muñoz Valenzuela&lt;/a&gt;, Ed. Obsidiana.&lt;br /&gt;
Los cuentos “&lt;b&gt;Padre nuestro que estás en el cielo&lt;/b&gt;”, de &lt;a href=&quot;http://www.akal.com/autores/243/JosE-Leandro-Urbina&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;José Leandro Urbina&lt;/a&gt;, y “Golpe”, de &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/P%C3%ADa_Barros&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Pía Barros&lt;/a&gt;, fueron extraídos del artículo &lt;i&gt;&lt;b&gt;El microcuento en Hispanoamérica&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, María Isabel Larrea O. 2001-2002.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2&gt;
El verdugo - Diego Muñoz Valenzuela&lt;/h2&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El verdugo, ansioso, afila su hacha brillante con ahínco, sonríe y espera. Pero algo debe vislumbrar en los ojos de quienes lo rodean, que petrifica su sonrisa y se llena de espanto.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El Heraldo se acerca al galope y lee el nombre del condenado, que es el verdugo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;h2&gt;
Padre nuestro que estás en el cielo - José Leandro Urbina&lt;/h2&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Dónde está tu padre? —preguntó.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Está en el cielo —susurró él.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Cómo? ¿Ha muerto? —preguntó asombrado el capitán.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No —dijo el niño—. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;h2&gt;
Golpe - Pía Barros&lt;/h2&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe? Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio. El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/105812444614851471/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/12/3-microcuentos-chilenos-cuentos-cortos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/105812444614851471'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/105812444614851471'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/12/3-microcuentos-chilenos-cuentos-cortos.html' title='3 microcuentos chilenos - Cuentos cortos de Chile'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjGeg8vuy1H3Uo1psSV4K3FG5TuaDc8vbk3STB7kzwS6ed3e1CACx7yUq7YcEi41PFn8CqmSGQCMokQbUVtzuPp70L3Z0dAi11B_xsVUIzA3n_YgsnAUFe7A3n30U6y8OeLD8H6kOl2JTGY/s72-c/cien-microcuentos-chilenos.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-8942156403081621558</id><published>2014-01-17T19:16:00.000-03:00</published><updated>2014-01-17T19:16:03.060-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Silvina Ocampo"/><title type='text'>2 cuentos cortos de Silvina Ocampo</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi0f1j02riTdNYOyXbVuJ96QuA9ZijA8-dzbpOmn7tYgUC7wQZfdQ7FL9fKc2BdfaSj2uwj09sJvFI9CkMdco6ZyWt1hG0ppUvIltfS6lT7TEtLG03maDWjOc7GCTmrxFX-Ucu0mTA5EU8a/s1600/silvina-ocampo-cuentos-completos-i.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro Cuentos Completos I de Silvina Ocampo&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi0f1j02riTdNYOyXbVuJ96QuA9ZijA8-dzbpOmn7tYgUC7wQZfdQ7FL9fKc2BdfaSj2uwj09sJvFI9CkMdco6ZyWt1hG0ppUvIltfS6lT7TEtLG03maDWjOc7GCTmrxFX-Ucu0mTA5EU8a/s1600/silvina-ocampo-cuentos-completos-i.jpg&quot; title=&quot;Cuentos Completos I - Silvina Ocampo&quot; /&gt;&lt;/a&gt;Los cuentos “&lt;b&gt;Los funámbulos&lt;/b&gt;” y &quot;&lt;b&gt;Rhadamanthos&lt;/b&gt;&quot; fueron tomados del libro &lt;i&gt;&lt;b&gt;Silvina Ocampo - Cuentos Completos I&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed. Emecé.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Silvina Ocampo&lt;/b&gt; (1903-1993): narradora y poeta argentina, hermana de Victoria Ocampo y esposa de Adolfo Bioy Casares. Su obra, junto con la de Borges, Cortázar, Roberto Arlt y Ernesto Sábato, se encuentra en lo más alto de la literatura argentina. Entre sus libros de cuentos más conocidos figuran &lt;i&gt;&lt;b&gt;Autobiografía de Irene&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;La Furia&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;Las invitadas&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;Antología esencial&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Cornelia frente al espejo.&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; &lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los funámbulos&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Vivían en la oscuridad de corredores fríos donde se establecen co­rrientes de aire producidas por las plantas de los patios. Tenían al­mas de funámbulos jugando con los arcos en los patios consecutivos de la casa. No sentían esa pasión desesperada de todos los chicos por tirar piedras y por recoger huevos celestes de urraca en los ár­boles. Cipriano y Valerio —Cipriano y Valerio los llamaba sin oírlos la planchadora sorda, que rompía la mesa de planchar con sus gol­pes—. Cipriano y Valerio eran sus hijos, y cada vez se volvían más desconocidos para ella; tenían designios oscuros que habían naci­do en un libro de cuentos de saltimbanquis, regalado por los dueños de casa.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cipriano saltaba a través de los arcos con galope de caballo blanco, y Valerio de vez en cuando hacía equilibrio sobre una silla rota y escondía cuidadosamente su afición por las muñecas. No comprendía por qué los varones no tenían que jugar con muñecas. No había sabido que era una cosa prohibida hasta el día en que se había abrazado de una muñeca rota en el borde de la vereda y la ha­bía recogido y cuidado en sus brazos con un movimiento de canción. En ese momento lo atravesaron cinco risas de chicas que pasaban —y su madre lo llamó, y con el mismo gesto de tirar la basura le arrancó la muñeca. Cipriano había aumentado ampliamente su ver­güenza con sus lágrimas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La planchadora Clodomira rociaba la ropa blanca con su mano en flor de regadera y de vez en cuando se asomaba sobre el patio pa­ra ver jugar a los muchachos que ostentaban posturas extraordina­rias en los marcos de las ventanas. Nunca sabía de qué estaban ha­blando y cuando interrogaba los labios una inmovilidad de cera se implantaba en las bocas movibles de sus hijos. Era una admirable planchadora; los plegados de las camisas se abrían como grandes flo­res blancas en las canastas de ropa recién planchada, y planchaba sin mirar la ropa, mirando las bocas de sus hijos. Detrás de las ca­bezas se elaboraba algún extraño proyecto que largamente trató de adivinar en el movimiento de los labios, hasta que acabó por acos­tumbrarse un poco a esa puerta cerrada que había entre ella y sus hijos. Por las mañanas los dos chicos iban al colegio, pero las tardes estaban llenas de juegos en el patio, de lecturas en los rincones del cuarto de plancha, de pruebas en imaginarios trapecios que la ma­dre empezaba a admirar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cipriano había ido al circo un día con su madre. Durante el en­treacto fueron a visitar los animales. Cuando volvieron, al cruzar delante de la pista Cipriano sintió el vértigo de altura que había sentido en la azotea de la casa adonde raras veces lo habían dejado subir. Soltó la mano de su madre y corrió hacia adentro del picade­ro, dio vueltas de caballo furioso, dio vueltas de carnero de pruebis­ta, se colgó de un alambre de trapecista, se dio golpes de clown. Y todo eso con una rapidez vertiginosa en medio de una lluvia de aplausos. Todo el público lo aplaudía. Cipriano, deslumbrado en las estrellas de sus golpes, era el caballo blanco de la bailarina, el prue­bista de saltos mortales con diez pruebistas encima de su cabeza, el trapecista de puros brazos con alas que atraviesan el aire para lue­go caer en la red elástica sobre un colchón enorme, donde duermen los trapecistas. Su madre lo llamaba por entre el tumulto de aplau­sos: ¡Cipriano, Cipriano! y se creyó muda, con su hijo perdido para siempre. Hasta que un acomodador se lo trajo lleno de moretones y bañado en sudor. El público sonreía por todas partes y Clodomira sintió su terror furioso transformarse súbitamente en admiración que la hizo temer un poco a su hijo como a un ser desconocido y pri­vilegiado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando llegaron de vuelta a la casa, Valerio, que estaba enfermo con la cabeza tapada dentro de las sábanas, asomó los ojos y vio to­do el espectáculo glorioso del circo desenrollarse como una alfombra en los cuentos de Cipriano. Cipriano llevaba un nimbo alrededor de su cara del color de la arena de la pista, sus moretones adquirían for­mas extrañas de tatuajes sobre sus brazos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cipriano vivió desde ese día para volver al circo, Valerio para que Cipriano volviera al circo. Era a través de su hermano que Va­lerio gozaba todas las cosas, salvo su afición por las muñecas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El fervor acrobático sin cesar crecía en el cuerpo de Cipriano; llegaron a inventar un traje de saltimbanqui hecho con medias de mujer y camisetas viejas del portero.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Un día no sentían ya el frío de la tarde sobre los brazos desnu­dos. Parados en el borde de una ventana del tercer piso, dieron un salto glorioso y envueltos en un saludo cayeron aplastados contra las baldosas del patio. Clodomira, que estaba planchando en el cuarto de al lado, vio el gesto maravilloso y sintió, con una sonrisa, que de todas las ventanas se asomaban millones de gritos y de bra­zos aplaudiendo, pero siguió planchando. Se acordó de su primera angustia en el circo. Ahora estaba acostumbrada a esas cosas.&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Rhadamanthos&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La envidiaba por sus pecados con una envidia que la carcomía, una envidia que no la dejaba descansar, y ahora, ahí estaba, muerta. Nada en el mundo podría resucitarla. Ahí estaba, muerta como una piedra preciosa, que no sufre, con todos los honores, con todas las ceremonias. ¡Ni siquiera desfigurada! Y si lo hubiera estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. Joven, nada le quitaría la juventud; tranquila, nada le quitaría la tranquilidad; impura, nada le quitaría su aparente pureza. Las iniciales, sobre el paño negro del coche fúnebre, brillaban, y sus retratos ya se repartían entre los amigos de la casa. No había modo de contener las lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho años, un marido de treinta y esa corte ridícula de amigos que la admiraban, aún más que antes. En los armarios, aquellos vestidos que olían a perfume, serían sus delegados. Con ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en su memoria. Las santas tienen altares, pero ella, que se había suicidado, tendría en cada corazón alguien que suspiraba secretamente por su memoria.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Injusticias de la suerte&lt;/i&gt;, pensaba Virginia, mientras subía las escaleras. &lt;i&gt;Yo que he sufrido tanto, yo que soy pura, yo que tengo a veces cara de muerta, yo que no tengo miedo a nadie, yo no me he suicidado. Nadie llora por mí.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Entró en el cuarto donde la velaban. Flores, las flores que le agradaban tanto, la cubrían. En la luz trémula de los cirios brillaban la frente, los pómulos, las mejillas, el cuello y los labios, como si estuviese viva. Ninguno de sus defectos se veía, ni los dedos de los pies, que eran tan insólitos, ni las piernas demasiado fuertes. Se había arreglado, peinado, pintado, para torturarla.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Para no verle la cara se arrodilló; para no pensar en ella rezó. Un zumbido de voces le llenó los oídos. La gente hablaba, ¿de qué? Sólo de ella. Era pura, decían, como la luz. Se puso de pie. Por suerte nadie advierte en las miradas los íntimos sentimientos de un ser.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Virginia se dirigió al dormitorio de la muerta. Buscó el peine, para peinarse, buscó el lápiz de los labios, para pintarse, buscó el perfume, para perfumarse, y se miró en el espejo. Salió de la casa apresuradamente; entró en una tienda donde compró papel de cartas (el papel que tenía en su casa era un papel ordinario). Caminó por la calle mirando la punta de sus zapatos de bruja; subió por un ascensor interminable, abrió una puerta y entró en su cuarto. Se puso a escribir maravillosas cartas de amor dirigidas a la muerta, revelando en ellas, con toda suerte de subterfugios, la vida monstruosa, impura, que le atribuía. Al pie de las cartas firmaba con el nombre del supuesto amante. En una noche, mientras velaban a la muerta, escribió veinte carta, cuyas fechas abarcaban toda una vida de amor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A la mañana siguiente, al alba, hizo un paquete con las cartas, las ató con la cinta rosada de uno de sus camisones, las llevó a la casa mortuoria y las depositó en el armario de la muerta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/8942156403081621558/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/01/2-cuentos-cortos-de-silvina-ocampo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/8942156403081621558'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/8942156403081621558'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/01/2-cuentos-cortos-de-silvina-ocampo.html' title='2 cuentos cortos de Silvina Ocampo'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi0f1j02riTdNYOyXbVuJ96QuA9ZijA8-dzbpOmn7tYgUC7wQZfdQ7FL9fKc2BdfaSj2uwj09sJvFI9CkMdco6ZyWt1hG0ppUvIltfS6lT7TEtLG03maDWjOc7GCTmrxFX-Ucu0mTA5EU8a/s72-c/silvina-ocampo-cuentos-completos-i.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-2351971256606727301</id><published>2014-01-14T18:41:00.001-03:00</published><updated>2014-01-14T18:41:43.041-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Julio Cortázar"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microcuento"/><title type='text'>Dos microcuentos de Cortázar</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiQpOeCWZHxIcIbArQgqt_m9V8hm5oqxhyT15DXDMWpQJkKAVo6J_aqdMs4wCvEtxIt1e4BfX2PDoxRd723iM50xaqobdfoBJ6t51cytRtEjCY4r4XUnSjJk81Y8u-9u0U73Eh-4H004eMg/s1600/historias-cronopios-famas.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiQpOeCWZHxIcIbArQgqt_m9V8hm5oqxhyT15DXDMWpQJkKAVo6J_aqdMs4wCvEtxIt1e4BfX2PDoxRd723iM50xaqobdfoBJ6t51cytRtEjCY4r4XUnSjJk81Y8u-9u0U73Eh-4H004eMg/s1600/historias-cronopios-famas.jpg&quot; title=&quot;Historias de cronopios y de famas - Julio Cortázar&quot; /&gt;&lt;/a&gt;Los microcuentos “&lt;b&gt;Esbozo de un sueño&lt;/b&gt;” y “&lt;b&gt;Las líneas de la mano&lt;/b&gt;” fueron tomados del libro &lt;i&gt;&lt;b&gt;Historias de cronopios y de famas&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed. Suma de Letras, S.L.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Julio Cortázar&lt;/b&gt; (1914-1984): poeta, cuentista, novelista, ensayista y traductor argentino, perteneciente al movimiento llamado del &quot;Boom&quot; y considerado uno de los autores más innovadores y originales de su época. &lt;i&gt;&lt;b&gt;Rayuela &lt;/b&gt;&lt;/i&gt;(novela), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Salvo el crepúsculo &lt;/b&gt;&lt;/i&gt;(poesía) &lt;i&gt;&lt;b&gt;Bestiario &lt;/b&gt;&lt;/i&gt;(cuentos), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Historias de cronopios y de famas&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (misceláneas) y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Todos los fuegos el fuego&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (cuentos) son algunos de sus libros más conocidos.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Esbozo de un sueño&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Bruscamente siente gran deseo de ver a su tío y se apresura por callejuelas retorcidas y empinadas, que parecen esforzarse por alejarlo de la vieja casa solariega. Después de largo andar (pero es como si tuviera los zapatos pegados al suelo) ve el portal y oye vagamente ladrar un perro, si eso es un perro. En el momento de subir los cuatro gastados peldaños, y cuando alarga la mano hacia el llamador, que es otra mano que aprieta una esfera de bronce, los dedos del llamador se mueven, primero el meñique y poco a poco los otros, que van soltando interminablemente la bola de bronce. La bola cae como si fuera de plumas, rebota sin ruido en el umbral y le salta hasta el pecho, pero ahora es una gorda araña negra. La rechaza con un manotón desesperado, y en ese instante se abre la puerta: el tío está de pie, sonriendo detrás de la puerta cerrada. Cambian algunas frases que parecen preparadas, un ajedrez elástico. «Ahora yo tengo que contestar…» «Ahora él va a decir…» Y todo ocurre exactamente así. Ya están en una habitación brillantemente iluminada, el tío saca cigarros envueltos en papel plateado y le ofrece uno. Largo rato busca los fósforos, pero en toda la casa no hay fósforos ni fuego de ninguna especie; no pueden encender los cigarros, el tío parece ansioso de que la visita termine, y por fin hay una confusa despedida en un pasillo lleno de cajones a medio abrir y donde apenas queda lugar para moverse.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al salir de la casa sabe que no debe mirar hacia atrás, porque… No sabe más que eso, pero lo sabe, y se retira rápidamente, con los ojos fijos en el fondo de la calle. Poco a poco se va sintiendo más aliviado. Cuando llega a su casa está tan rendido que se acuesta enseguida, casi sin desvestirse. Entonces sueña que está en el «Tigre» y que pasa todo el día remando con su novia y comiendo chorizos en el recreo &lt;i&gt;Nuevo Toro&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las líneas de la mano&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Julio%20Cort%C3%A1zar&quot;&gt;Otros cuentos de Cortázar &lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/2351971256606727301/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/01/dos-microcuentos-de-cortazar.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/2351971256606727301'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/2351971256606727301'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/01/dos-microcuentos-de-cortazar.html' title='Dos microcuentos de Cortázar'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiQpOeCWZHxIcIbArQgqt_m9V8hm5oqxhyT15DXDMWpQJkKAVo6J_aqdMs4wCvEtxIt1e4BfX2PDoxRd723iM50xaqobdfoBJ6t51cytRtEjCY4r4XUnSjJk81Y8u-9u0U73Eh-4H004eMg/s72-c/historias-cronopios-famas.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-6458197221785608041</id><published>2014-01-04T18:16:00.000-03:00</published><updated>2014-01-04T19:07:44.008-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Kemal Bilbasar"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Turcos"/><title type='text'>La venta de Saltanat - Kemal Bilbasar</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjVfg2SpXVbV1TWInvtwmqqSVLo4ZcLrRe761XpzN4W-QT_rJ4LkXb21xL6A7B-Rid-2ofq4kjbchF4oxt2MGcKCos7cidPVMn4qH7mQVrpRzhbyXhYWNilg9ebbyGrs_1fChZDv1kh1oDD/s1600/los-relatos-mas-bellos-del-mundo.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img border=&quot;0&quot; height=&quot;200&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjVfg2SpXVbV1TWInvtwmqqSVLo4ZcLrRe761XpzN4W-QT_rJ4LkXb21xL6A7B-Rid-2ofq4kjbchF4oxt2MGcKCos7cidPVMn4qH7mQVrpRzhbyXhYWNilg9ebbyGrs_1fChZDv1kh1oDD/s200/los-relatos-mas-bellos-del-mundo.jpg&quot; width=&quot;163&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;b&gt;KEMAL BILBASAR&lt;/b&gt; es un escritor turco, nacido en Cannakale en 1910. Alternó siempre la literatura con su carrera de maestro, que abandona en 1961 para dedicarse definitivamente a su arte. El renombre de que ahora goza tanto en Turquía como fuera de ella —preferentemente en Alemania— puede extenderse mucho entre nosotros mediante este relato directo y primitivo, que refleja la vida y costumbres semibárbaras de una apartada región de su país. &lt;br /&gt;
El cuento &quot;&lt;b&gt;La venta de Saltanat&lt;/b&gt;&quot;, así como la presente reseña biográfica, fueron tomadas del libro &lt;b&gt;Los relatos más bellos del mundo&lt;/b&gt;, Ed. Selecciones del Reader&#39;s Digest.&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La venta de Saltanat&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Saltanat, la hija del molinero, sólo tenía doce años cuando llegó a mujer. Si bien su aspecto era el de una rama sin hojas, la decisiva feminidad de su cuerpo había llegado de improviso; la chica había florecido como capullo en primavera.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Su padre, Hasso, en tanto contemplaba a los sacos de trigo amontonarse en pilas más altas que nunca, pensaba aquel día que la cosecha iba a ser muy abundante; de no haberse peleado los dos muchachos por Saltanat, Hasso ni se habría dado cuenta de la súbita madurez de su hija. Uno de aquellos mozos había visto el fresco, redondeado cuerpo de Saltanat mientras ella lavaba una camisa del padre en la corriente que hacía rodar al molino, y atraído por su hermosura, como enajenado, intentó llevársela arrastrándola por el pelo. Entonces había intervenido el otro que estaba cargando su burro con sacos de trigo, y que, después de observar la escena, intentó defender a la chica. Momento en el que ambos muchachos se habían peleado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al oír sus jadeos y sus gritos, los chillidos de Saltanat y los ladridos de Karakurt tirando desesperadamente de su soga, Hasso y todos los campesinos que estaban esperando su trigo se precipitaron al patio. A la primera ojeada, el molinero lo comprendió todo: la causa de la pelea era evidente. Saltanat estaba con las manos en las mejillas, como enmarcando sus ojos negros, agrandados a la sazón por el miedo, mientras su blusa dejaba entrever un hombro terso y torneado.   &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se desvaneció el ceño entre las pobladas cejas de Hasso y una sonrisa le iluminó la cara. Hmmm... ¡la muchacha había llegado a la edad de ser vendida! A sus años, convertiría a su padre en suegro. Miró a su hija de pies a cabeza y se sintió muy contento; él solo la había criado, sin la mano de una madre. ¡Y vaya ojos que tenía! ¡Menos mal que no se parecían nada a los suyos!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En aquel momento, uno de los luchadores había conseguido arrojar al agua al otro; la satisfacción de Hasso dio paso a una sonora carcajada y aquella risa del molinero contagió a todos los demás. El alborozo general terminó al punto con la pelea, y, por fin, los dos chicos se incorporaron; uno se estaba restañando la sangre de la nariz, y Saltanat huyó a la casa, impulsada por una vergüenza que ella no alcanzaba a explicarse.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Perros! —gritó Hasso—, ¡perros! ¿No tiene un padre la chica? ¿Habéis olvidado ya la costumbre? ¿Por qué intentáis romperos el cuello en vez de hacer las cosas bien hechas y pedirme que os la venda?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los dos muchachos agacharon la cabeza, convencidos, y el molinero siguió vociferando dando rienda suelta a la rabia que ahora le hervía dentro:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Por lo más sagrado que lo que necesitáis los dos es una buena paliza! ¿O es que quiero demasiado? ¿No está claro que no pienso abusar de los dineros de una buena persona? Si Saltanat ha llegado a la edad de ser vendida, eso es lo que voy a hacer. Y de esta forma: ¡quien quiera llevársela debe estar dispuesto a demostrar su valentía en la llanura Karga el primer día que nieve!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La proposición se extendió como la pólvora y, al anochecer, varios jóvenes de los tres poblados más próximos se enamoraron rendidamente de la hermosa molinerita. Pero en el interior de todos los mozos apuntó de pronto una sospecha: ¿qué valentía era la que Hasso quería para su hija? Este enigma se convirtió en el tema central de todas las conversaciones del bar y las tabernas del pueblo, y cada día salían a la luz nuevas sugerencias y cálculos respecto a la prueba de valor que Hasso exigiría a todo el que aspirase a la mano de su hija. La mayoría se inclinaba a pensar que podía tratarse de un asunto de robo; encontraban altamente probable que Hasso les obligase a robar caballos de las comunidades campesinas próximas. Y aquellos que robasen un caballo le esquilarían crin y cola de tal manera que su dueño no pudiera reconocerlo incluso después de seguirle la pista hasta el pueblo. Hasso, pensaban, vendería después el caballo y obtendría así el dinero correspondiente a la venta de Saltanat. O bien preferiría el oro de la dentadura de un hombre rico que yacía en el cementerio de poco tiempo atrás...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Con el transcurso de los días, se pronosticaban muchas otras clases de proezas, que convirtieron a sus posibles protagonistas en héroes de cuento infantil. Alguien recordó la escasez de agua que el molino padecía en verano y presentó la idea de que tal vez Hasso quisiera recibir el agua de las montañas, predicción con la que las suposiciones llegaron a su más alto punto imaginativo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Hasso, sin embargo, aún no había movido un dedo ni dicho una palabra. De día y de noche continuaba moliendo el trigo, la avena, la cebada, afilando cada tres fechas las muelas del molino y no queriendo saber nada de cuanto se refiriera a la prometida competición. No había hecho más que aumentarle la ración a Karakurt, su perro. En cada comida cortaba un buen trozo de pan, lo migaba en un cubo con agua y se lo daba al animal. A medida que Karakurt engordaba, relucía más y más su pelo y ladraba con mayores energía y ferocidad a los campesinos que acudían a moler, a los asnos y las mulas, y trataba de atacar a todos, forcejeando con la cadena que ahora lo sujetaba.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando cayó la niebla sobre los montes Suphan y la nieve se posó en sus faldas, cubriéndolas de blancura, los lobos bajaron a la llanura Karga y, durante tres jornadas, el campesinado tuvo que suspender sus diarias faenas. Una mañana los despertó un blanco centelleo. Los niños se sintieron felices porque podían deslizarse sobre la primera nieve, y los mayores porque había llegado el día del torneo. Apenas salido el sol, una voz rebotó de tejado en tejado:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Ahí vienen los Hasso!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Abandonando la leche y las &lt;i&gt;tarhanas&lt;/i&gt;, mujeres, hombres y niños corrieron a la calle. Hasso llegaba ya por el sendero del molino. Bien abrigado por su pelliza de piel de oveja, encaramado en su burro, fumaba una pipa y parecía sumamente satisfecho. Saltanat le seguía, con una piel de lobo como abrigo y calzando altas botas. En torno a la cabeza llevaba un chal de viva lana roja y sus muñecas y sus brazos aparecían protegidos por tiras de fieltro. Sujetaba a Karakurt con una fuerte correa y el perro avanzaba ansioso, tirando de Saltanat; entre los afilados dientes le asomaba una lengua inquieta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La pequeña expedición hizo alto en la plaza del pueblo y Hasso revistó con la mirada a la gente que los observaba desde portales, ventanas y tejados. Se llevó una mano a la boca y gritó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Oídme bien, chicos! Voy a llevar a mi hija a la llanura. ¡Quien esté seguro de su valentía puede venir a por ella!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y, sin esperar respuesta, Hasso, Saltanat y el perro abandonaron la plaza del lugar y se dirigieron hacia la llanura Karga, aplastando con sus pasos la nieve del camino.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ya sabían, por fin, lo que durante tiempo les había tenido en vilo: quien quisiera a Saltanat tendría que separarla de su perro. La fiebre de la competencia se apoderó de la llanura Karga y los jóvenes que confiaban en sus canes se envolvieron en fieltros y trapos; concluidos estos preparativos, pusieron las carlancas a sus perros y caminaron orgullosamente al terreno de la contienda, seguido cada uno de ellos por un tropel de amigos y parientes.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sobre el mediodía, las altas botas verdes, amarillas, rojizas, los pantalones abombados, aflojaron el paso, y los espectadores se agruparon para contemplar el torneo. Mientras sujetaba a Karakurt en un claro sin nieve, Saltanat esperaba ya al valeroso joven que obtendría su mano. Karakurt levantó la cabeza y enderezó las orejas; arañaba el suelo, impaciente, con las pezuñas. Y los jóvenes que debían contender se sentaron en cuclillas bajo los árboles que salpicaban la llanura. Sus perros, agrupados aparte, no ladraban ni se peleaban entre sí.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Uno a uno, los muchachos se fueron acercando a Saltanat. Antes ya de que llegara el momento de empujar a su perro al ataque, muchos comprendieron que se trataba de una batalla perdida. Y no tanto por las temibles arrancadas de Karakurt como por el miedo que infundía a los perros del torneo la piel de lobo de Saltanat, cuyo olor les hacía esconder el rabo y agachar las orejas retrocediendo. Así, y pese a los insultantes gritos de los espectadores, los jóvenes iban retirándose del terreno de combate. Ni siquiera el amo de la alquería, el hijo de Ali Agha, ni Kuyruksuz, su famoso perro de pastor, que tantas veces había luchado contra los lobos, consiguieron separar a Saltanat de Karakurt. Sangrando por el cuello y las patas, Kuyruksuz abandonó también la lid, y Hasso rió a voz en grito ante el hijo de Ali Agha; todos los jóvenes derrotados se sentían humillados al oír sus palabras:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Perros, qué vergüenza! Vais a dejar a esta muchacha sin marido. ¡No hay ya ni un hombre valiente en toda la llanura Karga!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El gentío escuchaba en silencio al molinero, y los deudos de los vencidos apretaron las mandíbulas y se deshicieron en maldiciones contra ellos y su derrota.  &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Empezaba ya a moverse la gente, disponiéndose para la retirada, cuando, de repente, un aullido y un relincho resonaron bajo el grupo de árboles &lt;i&gt;bitim&lt;/i&gt;, hacia el lado derecho de la llanura: el rumor y el movimiento de retirada cesaron como por encanto y todos miraron hacia donde habían surgido. Un momento después, Mem de Van, criado de Ali Agha, apareció arrastrando con una cadena a una loba.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La decisión de Mem se produjo apenas conocida la clase de competición que Hasso se proponía. El muchacho, sin perder un momento, había saltado entonces a su caballo y cabalgó hacia el bosque por el que resonaban los aullidos de los lobos. Amedrentó con su fusil a una manada de ellos, separó del grupo a una loba y la acosó hasta que la fiera cayó, rendida, al suelo. Mem se acercó, le pasó una cadena por el cuello, esquivando sus tarascadas, y la arrastró hacia el llano.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El molinero, que había dejado de reír y gritar, clavó sus ojos en Mem. El airoso salto con que Mem dejó su cabalgadura y el firme dominio con que sujetaba a la loba, usando la cadena como un látigo, le hizo palidecer: aquel mozo no se parecía a los otros.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Saltanat, a su vez, se asustó al ver cómo Mem arrastraba a la loba hacia el terreno de combate. Y Karakurt enderezó las orejas como si estuviera viendo algo muy desacostumbrado; sus ojos denotaban más curiosidad que fiereza. La loba vio a Karakurt, su brillante pelaje negro, sus relucientes pupilas, y empezó a aullar y a enseñar los dientes, mientras unas chispas blancas le asomaban a los ojos. Ello aumentó las esperanzas de la gente en que la loba huyese, no porque fueran partidarios de Karakurt, sino porque deseaban que la muchacha y la fama de valiente no fueran conseguidas por un criado como Mem. Comenzaron, pues, a alentar al perro y, como si los entendiera, Karakurt arañó la tierra con las patas y ladró vigorosamente. Sin embargo, al ladrar no enseñaba los dientes. Se iba aproximando muy despacio a la loba igual que un macho ventea a la hembra, cuidando de no asustarla. Mas, lejos de lograrlo, alarmó a la loba; como si supiera que no tenía a nadie a su favor, que estaba sola y era detestada, ésta arqueó el lomo. Pero no se movía.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mutuamente, Saltanat y Mem se estaban mirando a los ojos. Las oscuras pupilas del muchacho habían tocado el corazón de Saltanat, lo habían hecho estremecerse de miedo y, junto al miedo, de una sensación desconocida para ella. Sentía impulsos de huir de aquel joven y, al tiempo, de reclinar la cabeza en su pecho y llorar. Una confiada sonrisa iluminaba ahora la cara de Mem.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ya muy cerca de la loba, Karakurt empezó a husmearla moviendo la cola suavemente. La loba comprendió que el perro no abrigaba intenciones agresivas y dejó de enseñarle los dientes, permitiéndole olisquearle el cuerpo mientras gruñía sordamente. Los dos animales continuaron olfateándose el uno al otro, pese a los gritos de la reducida muchedumbre:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Venga, Kara, vamos! ¡Muérdele ya!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Con la cola entre las patas, la loba proclamó al fin su miedo. Los concurrentes observaban el nervioso jadeo de ambos animales y nadie pensó entonces en gritarle a Saltanat que azuzara a su perro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mem y la muchacha también seguían estudiándose mutuamente y los ojos de él parecían haberse dulcificado. Saltanat se sintió algo más tranquila y, poco después, una extraña dicha sustituyó a sus temores. Casi sin darse cuenta, ambos soltaron las ataduras de sus respectivos animales. Apenas se vio libre, la loba echó a correr, seguida muy de cerca por Karakurt; los dos producían extraños ruidos mientras corrían hacia el grupo de árboles &lt;i&gt;bitim&lt;/i&gt;. La loba trotaba con la cabeza vuelta hacia atrás, como para ver si el perro continuaba siguiéndola; Karakurt, por su parte, rastreaba a la hembra, saltando en torno a ella a derecha e izquierda.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Aún por un instante, Mem y Saltanat contemplaron a ambos animales y se sonrieron el uno al otro. Mem, después, tomó la muñeca de la muchacha y la condujo muy gustosa hasta su relinchante caballo.&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/6458197221785608041/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/01/la-venta-de-saltanat-kemal-bilbasar.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6458197221785608041'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6458197221785608041'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2014/01/la-venta-de-saltanat-kemal-bilbasar.html' title='La venta de Saltanat - Kemal Bilbasar'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjVfg2SpXVbV1TWInvtwmqqSVLo4ZcLrRe761XpzN4W-QT_rJ4LkXb21xL6A7B-Rid-2ofq4kjbchF4oxt2MGcKCos7cidPVMn4qH7mQVrpRzhbyXhYWNilg9ebbyGrs_1fChZDv1kh1oDD/s72-c/los-relatos-mas-bellos-del-mundo.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-6635181974528851617</id><published>2013-12-12T22:25:00.000-03:00</published><updated>2013-12-12T22:50:11.547-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Costumbristas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Héctor Tizón"/><title type='text'>Tres cuentos cortos de Héctor Tizón</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiNfzQGIbP6lil03nU5-w4Yer6PG57ga0dud8X8mNEQRC09BJE1a-1ecsF4-6141BC7iIvasH91MkvbE-VFLYFaSBFYiF7wYWVeS-PuHhjBJdgSL_TD_dsD21Z3F1XWgAe_jNThxLU0Bl4H/s1600/obras-escogidas-hector-tizon.GIF&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro Obras escogidas cuentos de hector tizon&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiNfzQGIbP6lil03nU5-w4Yer6PG57ga0dud8X8mNEQRC09BJE1a-1ecsF4-6141BC7iIvasH91MkvbE-VFLYFaSBFYiF7wYWVeS-PuHhjBJdgSL_TD_dsD21Z3F1XWgAe_jNThxLU0Bl4H/s1600/obras-escogidas-hector-tizon.GIF&quot; title=&quot;Héctor Tizón - Obras escogidas&quot; /&gt;&lt;/a&gt;Los cuentos “&lt;b&gt;El traidor venerado&lt;/b&gt;”, “&lt;b&gt;Mazariego&lt;/b&gt;” y “&lt;b&gt;Ciego en la resolana&lt;/b&gt;” fueron tomados del libro &lt;b&gt;&lt;i&gt;Obras escogidas&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, tomo I, Ed. Libros Perfil.&lt;br /&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;b&gt;Héctor Tizón&lt;/b&gt; (1929-2012): escritor, periodista y abogado argentino, nacido en Yala, provincia de Jujuy. Sus libros dan cuenta de la lengua, el paisaje y las preocupaciones del hombre del noroeste argentino. Entre sus obras más conocidas figuran &lt;b&gt;&lt;i&gt;Fuego en Casabindo&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela), &lt;b&gt;&lt;i&gt;A un costado de los rieles&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (cuentos), &lt;b&gt;&lt;i&gt;Luz de las crueles provincias&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela) y &lt;b&gt;&lt;i&gt;La mujer de Strasser &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;(novela).&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El traidor venerado&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
Aquella sería la última comida juntos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El que era indigno de ajustarle el cordón de los zapatos estaba ebrio. Toda esa noche la pequeña campana de la estación ferroviaria sonó incesantemente, a lo lejos, sacudida por el viento. Llovía a ratos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El Chaguanco abrió una lata de picadillo, lo fue untando con su cortaplumas sobre el pan que les quedaba y luego repartió los pedazos. “Yo no tengo hambre” —dijo. Quispe, un hombre inquieto y de poca talla que ya estaba borracho, tomó el primero y se lo tragó con buen apetito; después permaneció mudo y apartadizo, contemplando el débil movimiento de las ramas delgadas —agitadas por el aire— del ceibal.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La fama del Chaguanco había cundido no sólo en Yala, sino también en las comarcas vecinas desde donde la gente acudió hasta formar multitudes albergadas en carpas y vehículos, o debajo de las copas de los árboles alrededor del miserable rancho, a cuya puerta se asomaba, abandonando sus meditaciones, en los amaneceres. Entonces los que habían perdido la salud, los que aún esperaban algo, caían de rodillas ante su mano levantada.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pero al poco tiempo comenzó la persecución, elu¬dida hasta hoy en que se cumplía un año de peregrinaje; un año de penoso ocultamiento, mudando siempre de lu¬gar, durmiendo a la intemperie o bajo las alcantarillas en los caminos, desde Tilquiza hasta Valle Grande, de Tumbaya a Susques, seguido por algunos fieles desesperados, enfermos, opas y ladrones arrepentidos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando un alegórico ladrar de perros anunció a los perseguidores, el Chaguanco concluía también su sentencia postrera, y el hombrecito enjuto y nervioso a quien iba dirigida, exclamó, más bien para sí: “Esa palabra es dura. ¿Quién la puede oír?”.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ahora los agentes del destacamento estaban cerca. Era la noche de San Roque y una botella de ginebra ya¬cía, seca, en el suelo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El ladrar se convirtió en aullido mientras el viento, a lo lejos, seguía torturando a la campana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando Quispe desapareció, entendiendo el Cha¬guanco que había llegado el fin y que en seguida lo con¬ducirían a la ciudad, a la cabeza de una multitud de cu¬riosos —como un político—, preguntó a los que quedaban si también ellos querían irse; después se apartó a corta distancia, pero sin ocultarse.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La campana y los perros dejaron de hacerse oír y la partida cayó sobre él. No opuso resistencia ninguna y —esposado— llegó sobre un camión maderero a la ciu¬dad. Allí debió esperar turno porque el Tribunal estaba distraído con otros delincuentes, pero, el día señalado, fue sometido a proceso y juzgado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pocas personas acudieron al plenario y entre ellas Quispe, principal testigo de cargo, que, antes de escuchar la sentencia, se ahorcó colgándose de una viga en el re¬trete del Palacio de Justicia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Finalmente el Tribunal, al no hallar mérito sufi¬ciente para sostener una condena, lo absolvió.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y cuando el Chaguanco —deshonrado y solita¬rio—, después de mucho tiempo regresó a Yala, encontró que muy pocos se acordaban de él y que la gente ya en¬cendía velas pagando promesas en la tumba del otro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mazariego&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
&lt;i&gt;MAZARIEGO&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
&lt;i&gt;¡Abríos puertas inmortales!... porque Dios &lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
&lt;i&gt;se dignará visitar muchas veces con placer &lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
&lt;i&gt;las moradas de los hombres justos y con &lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
&lt;i&gt;frecuente comunicación enviará a ellos sus &lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
&lt;i&gt;alados mensajeros.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
Milton, &lt;i&gt;El paraíso perdido&lt;/i&gt;, Libro VII&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La anciana Lambra levantábase mucho antes del alba y permanecía en el umbral de su casa, justo a la entrada del pueblo, mirando hasta el cielo, como adivinando la luz que ya vendría. Por estas razones (por vivir a la entrada del callejón y por madrugadora) fue la primera en observar la llegada de Mazariego, ocurrida un día cualquiera. Con su increíble pañuelo negro cubriéndole la cabeza, sus viejos ojos hundidos sin brillo, apenas si emitió un graznido cuando al llegar pasó a su lado saludando alegremente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mazariego —nieto de uno de los fundadores del pueblo— había resuelto instalar en la antigua casa familiar un negocio de venta de bicicletas. Para ello remozó la ruinosa construcción de adobes, uniendo las dos habitaciones anteriores (una de las cuales había servido de sala), abrió dos grandes ventanales habilitándolos como escaparates, y en esos cuartos dispuso el salón de exposición y ventas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Calculó Mazariego que, con buena suerte, podría vender dos bicicletas por mes y que así —en un año, que era el término de vida que sus médicos le vaticinaron, pues padecía una extraña enfermedad incurable— habría vendido un par de docenas de bicicletas, con una ganancia excelente para estos tiempos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Transformada la casa, cuyos venerables muros de adobes se elevaban sobre la única calle del pueblo, Mazariego colocó con la ayuda de nadie ese letrero que decía: “Mazariego - Rodados” en fuertes caracteres de imprenta, blancos sobre fondo azul. Mandó imprimir en la ciudad unos carteles de atrayentes colores, en los cuales se veían ciclistas montados en sus bicicletas, todos con atuendos distintos y ocupados en diversos menesteres: una dama con un abanico en la mano, un señor con pipa mondando una naranja al tiempo que pedaleaba, otro quitándose el sombrero en cortés reverencia, uno más, en fin, llevando un pesado baúl en el portaequipaje. Esos carteles aparecieron por todo el pueblo: en los muros, en los troncos de los árboles, en el portal de la capilla. Y un viernes, el comerciante anunció que al día siguiente inauguraría el local de ventas, el que sólo permanecería abierto medio día, por ser sábado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Muy temprano, el sábado ya tenía Mazariego dos clientes que, boquiabiertos, contemplaban las flamantes bicicletas en los escaparates, sin animarse a entrar. Mazariego los alentó con gritos cordiales proferidos desde adentro y ampliados con un altavoz; hasta que finalmente, y luego de intercambiar pareceres, uno de ellos entró, saliendo al cabo con una bicicleta. La primera. Algún trabajo costó a este hombre aprender a montar y, ayudado por el propio Mazariego que lo sostenía y empujaba, arrancó de pronto para desaparecer a golpes de pedal en el polvoriento recodo del camino. Y ya no se lo volvió a ver.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
No había concluido el vendedor de contar el dinero cuando tenía dos clientes más, en uno de los cuales creyó reconocer al propio al propio agente de policía que lo autorizara a fijar los afiches de propaganda y en el otro, al Juez de Riego. Cada uno salió con su bicicleta y ambos desaparecieron como tragados por el polvo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Transcurridas dos semanas y pese a que Mazariego a partir del cuarto día suprimiera toda clase de propaganda, las ventas habían superado los cálculos más ambiciosos. Diariamente —de la mañana a la noche— frente al negocio se agolpaban los pobladores de ambos sexos, sin contar los niños que, como suele ocurrir, eran los que más alborotaban con su vocinglería. Todos, salvo dos —al cabo de tres meses— habían desfilado lo menos una docena de veces frente a los rutilantes escaparates. Esos dos eran el bolichero y su mujer, ambos obesos y pálidos, quienes, taciturnos, combatieron sordamente el advenimiento de Mazariego, un poco por espíritu conservador y otro tanto porque, al cabo de algunos días, comprobaron la enorme disminución de sus propias ventas de vituallas y licores.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La llegada del otoño no hizo menguar el entusiasmo por la compra de bicicletas, sino todo lo contrario. La maestra de escuela se llevó una con el cuadro niquelado, el ingeniero otra, de carrera; también el jefe de la estación ferroviaria y la anciana Lambra obtuvieron las suyas. Algunos —los más pudientes— incluso adquirieron dos, alegando posibles fallas que les impidieran seguir rodando en mitad del camino. Otros llegaron a vender todas sus pertenencias —en general semovientes— para poder comprar la bicicleta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las hojas de los árboles languidecieron como era de esperar y el éxodo comenzó a causar grandes males: cementeras estériles, techos que se derrumbaban por falta de reparación en las viviendas abandonadas por los ciclistas; el propio Jefe del Registro Civil y su mujer partieron, pedaleando a su vez, y desde entonces dejaron de anotarse defunciones y nacimientos, sin mencionar los matrimonios que, para peor, desde el comienzo de la venta de bicicletas aumentaron. Fue cuando las calamidades empezaron a asolar el pueblo: depredaciones y robos provocados por una banda de salteadores, impunes por falta de resguardo policial; una invasión de serpientes que —según se sabe— se animan a rondar por viviendas deshabitadas, cinco muertos en seis meses quedaron insepultos, las aves del corral desamparadas huyeron, la campana de la iglesia dejó de doblar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Después del otoño llegó el invierno adulterando la claridad del cielo, convirtiendo en escarcha sutil y quebradiza los rocíos de todos los largos amaneceres y cuando no había culminado aún el décimo mes, Mazariego se sintió morir. Pero ya no había quedado nadie y el pueblo, vacío y oscuro, también languidecía con sus casas derruidas y cubiertas de amarillentas, duras plantas trepadoras. Ese día el vendedor de bicicletas vomitó y supo que era el fin. Serían las nueve de la mañana inicial del invierno, particularmente plomiza y fría cuando, arrastrándose, trató de cruzar el salón de ventas para cerrar las persianas de los escaparates y la puerta. En ese momento distinguió los rostros demacrados, los codiciosos ojos del bolichero y su mujer. Desde el suelo los contempló horrorizado, trató de gritar algo, pero sólo pudo hacerlo con el último brillo de sus ojos, con esa postrera luz con la que vio impotente —las inútiles manos crispadas sobre el suelo de baldosas— cómo ambos, ávidamente, dispuestos a todo, penetraban en el local y apoderándose de la última bicicleta que restaba, huyeron pedaleando a gran velocidad (la mujer trepada a los hombros de su marido) hasta desaparecer en el recodo del camino, de ese camino que ya sólo era senderillo angosto entre el yuyaral.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ciego en la resolana&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora está el ciego otra vez sentado al sol al promediar la mañana. De él se dice que no siempre fue ciego y era fama también que, al no alternar sus ojos las sombras y la luz, dormía menos que un pájaro. Cualquiera que subiese al viejo y abandonado campanario de la iglesia podría contemplarlo allí, en medio del parque que rodea la casa. En eso consistía, precisamente, el gran desquite de su cónyuge, mujer obesa y rubia, de blancura impresionante, en cuyos brazos bailoteaban innumerables pulseras. Ella, canturreando muy quedo un aria en su lengua materna, empujaba la silla rodante del ciego hasta detenerla en un lugar no muy distante, donde crecían unos mimbres agobiados por plantas trepadoras. Así quedaba el ciego, aislado, en la suave y luminosa resolana, mudo, aterrorizado por las serpientes que pudieran deslizarse en el jardín; temor subyacente aun en los instantes en que ella, asomada al gran ventanal y ensayando unos gorgoritos alentadores lo azuzaba para que cantase la dulce tonada que él nunca llegó a saber cuándo había aprendido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Enseguida del almuerzo el ciego volvía a su mecedora, en la galería, aguardando la llegada del otro, cuando su mujer se ocultaba en la interminable pausa de la siesta. Allí no hacía más que esperar alguna señal, sin que se le escapara el mínimo ruido porque todo el poder de sus ojos se había trasladado a sus oídos. Luego armaba cuidadosamente el ingenioso aparato que reproducía el vaivén de su cuerpo en la silla: una piedra de peso adecuado puesta en el extremo del arco de la mecedora y en el otro una cuerda elástica amarrada a una estaca entre los trípodes de los innumerables maceteros, que se ocupaba en disimular. Con tal mecanismo la mecedora no interrumpía su balanceo cuando él se incorporaba cautelosamente para pegar su mejilla contra la puerta de la habitación. Entonces transcurrían momentos tensos para el ciego —horas, a veces—, tiempo controlado por él mismo con su vieja maestría para calcularlo, de acuerdo al ritmo de sus pulsaciones (seiscientas pulsaciones divididas en grupos de veinte). Era testigo así de jadeos, voces ahogadas, quejidos, pequeñas risas silenciadas de pronto por inaudibles advertencias; a veces, por ciertos estrépitos sofocados, parecían rodar cuerpos en el suelo; o surgía el silencio y sólo se escuchaba el crepitar del reseco maderamen de la mecedora en la galería, moviéndose, vacía, en perpetuo vaivén. Pero cuando eso ocurría ya el ciego estaba impaciente, y sintiendo el frío del picaporte en sus mejillas mojadas por las lágrimas gritaba dando feroces golpes en la puerta. Desde el interior la mujer gorda trataba de calmarlo, gritando a su vez con voz dulce:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Qué pasa? ¡Ya voy, chiquitín!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al oírla, el ciego cesaba de golpear y rápidamente regresaba a su mecedora, desanudaba el cordón elástico, ocultaba la piedra y permanecía en espera, distraídamente, con la mirada de sus ojos hueros en dirección de las montañas.&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/6635181974528851617/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/12/tres-cuentos-cortos-de-hector-tizon.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6635181974528851617'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6635181974528851617'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/12/tres-cuentos-cortos-de-hector-tizon.html' title='Tres cuentos cortos de Héctor Tizón'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiNfzQGIbP6lil03nU5-w4Yer6PG57ga0dud8X8mNEQRC09BJE1a-1ecsF4-6141BC7iIvasH91MkvbE-VFLYFaSBFYiF7wYWVeS-PuHhjBJdgSL_TD_dsD21Z3F1XWgAe_jNThxLU0Bl4H/s72-c/obras-escogidas-hector-tizon.GIF" height="72" width="72"/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-1842786866799318655</id><published>2013-11-23T05:22:00.000-03:00</published><updated>2013-11-23T05:22:56.912-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Etgar Keret"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Israelíes"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión"/><title type='text'>Cuento corto de Navidad - Etgar Keret</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgAkhLOGKlHN3GG5a5c5lVJ4yGQNVu3fYNS7vx9S0-eqwkkEdnEWeQfMPNlXcTf_Z3LOwy9I-F7z-c91oc7FJcgflqXkqxdSttI_NKr6Nr0URSctmb7J4WfuNSsOVZoBl4odJP5egvamGRN/s1600/Etgar-Keret1.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Imagen de Etgar Keret Cuento de Navidad una postal navideña&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgAkhLOGKlHN3GG5a5c5lVJ4yGQNVu3fYNS7vx9S0-eqwkkEdnEWeQfMPNlXcTf_Z3LOwy9I-F7z-c91oc7FJcgflqXkqxdSttI_NKr6Nr0URSctmb7J4WfuNSsOVZoBl4odJP5egvamGRN/s1600/Etgar-Keret1.jpg&quot; title=&quot;Etgar Keret&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;strong&gt;Etgar Keret&lt;/strong&gt; nació en Tel-Aviv en 1967. Es escritor, guionista y director de cine, y en todas estas disciplinas ha recibido importantes premios por su labor. Es uno de los referentes más importantes de la literatura hebrea contemporánea; sus libros son bestsellers en Israel. En sus textos suele explorar el humor negro, lo grotesco, lo extravagante...,  mostrando un interés constante por crear situaciones originales y muchas veces simbólicas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El cuento &quot;&lt;strong&gt;Una postal navideña&lt;/strong&gt;&quot; fue tomado del libro “&lt;i&gt;&lt;b&gt;Buenas intenciones&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;”, Ed. Biblioteca Digital de Aquiles Julián, 2011.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una postal navideña &lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Había una vez un tipo que podía caminar sobre el agua. No es para tanto. Mucha gente puede caminar sobre el agua. Por lo general no lo saben porque no lo intentan. No lo intentan porque no creen que puedan hacerlo. Como quiera que sea, ese tipo sí creía, lo intentó y lo logró. Y ahí empezó el desastre.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ese tipo tenía un apóstol que le era muy cercano y lo traicionó. Eso tampoco tiene nada de especial. Mucha gente es traicionada por alguien muy cercano. Si no fueran cercanos, entonces no sería considerada una traición, ¿o sí? Luego vinieron los romanos y lo crucificaron. Eso tampoco tiene nada de particular. Los romanos crucificaban a mucha gente. Y no sólo los romanos. Muchos pueblos más crucificaban y mataban a mucha gente. A todo tipo de gente. A quienes hacían milagros e incluso a quienes no. Pero ese tipo, tres días después de ser crucificado, resucitó. Por cierto, ni siquiera aquello de la resurrección sucedió aquí por vez primera, o última, para el caso. Pero ese tipo, dice la gente, ese tipo murió por nuestros pecados. Mucha gente muere por nuestros pecados: avaricia, envidia, orgullo u otros pecados menos conocidos que no existen desde hace tanto tiempo. Mucha gente muere como moscas a causa de nuestros pecados y nadie se toma siquiera la molestia de escribir un artículo para Wikipedia sobre ellos. Pero sí se escribió uno sobre ese tipo. Y no cualquier artículo, sino uno muy largo con muchas fotos e hipervínculos en azul. No es que un artículo de Wikipedia sea la gran cosa. Hay perros que tienen sus propios artículos de Wikipedia. Como Lassie. Y hay enfermedades que cuentan con sus artículos, como la fiebre escarlata y la esclerosis múltiple. Pero ese tipo, dicen, a diferencia de la esclerosis múltiple o de Lassie, logró lo que logró mediante el poder del amor. Que es algo que también ya hemos escuchado. Después de todo, ahí tenemos a esos cuatro tipos británicos de pelo largo y barbados, igual que él, aunque ellos fueron un poco menos famosos, que cantaron muchas canciones sobre el amor. Dos de ellos ya murieron, justo como él. Y ellos, por cierto, también tienen su artículo de Wikipedia. Pero ese tipo tenía algo de especial. Era el hijo de Dios. Pero, en realidad, todos somos hijos de Dios, ¿o no? Fuimos creados a su imagen y semejanza. Así que, ¿qué demonios tenía ese tipo que lo convirtió en algo tan importante? ¿Tan importante como para que tanta gente a lo largo de la historia haya sido salvada o asesinada en su nombre?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Como quiera que sea, cada año, hacia finales de diciembre, la mitad del mundo celebra su cumpleaños. En varios lugares, el día de su cumpleaños cae nieve y todo el mundo está feliz. Pero incluso en lugares donde no nieva, la gente está contenta ese día. ¿Y todo por qué? Porque un tipo delgado que nació hace más de dos mil años nos pidió que viviéramos vidas de amor y moralidad y lo mataron a causa de ello. Y si eso es lo más feliz que esta extraña raza tiene para celebrar, entonces también merece su artículo de Wikipedia. Y de hecho existe uno. Vayan a la computadora más cercana. Tecleen “humanidad” y aparecerá el artículo. Breve. Muy breve. Pocas fotografías. Pero aun así. Un artículo completo para una raza fascinante y un poco desconcertante. Una raza capaz de asesinar a todos aquellos que creyeron que el mundo puede ser un mejor lugar y que, en la mayoría de los casos, se ha encargado de hacerlo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Así que les deseo una feliz Navidad.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/1842786866799318655/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/11/cuento-corto-de-navidad-etgar-keret.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/1842786866799318655'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/1842786866799318655'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/11/cuento-corto-de-navidad-etgar-keret.html' title='Cuento corto de Navidad - Etgar Keret'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgAkhLOGKlHN3GG5a5c5lVJ4yGQNVu3fYNS7vx9S0-eqwkkEdnEWeQfMPNlXcTf_Z3LOwy9I-F7z-c91oc7FJcgflqXkqxdSttI_NKr6Nr0URSctmb7J4WfuNSsOVZoBl4odJP5egvamGRN/s72-c/Etgar-Keret1.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-7384928811385789114</id><published>2013-10-22T01:12:00.003-03:00</published><updated>2013-10-22T01:12:56.353-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Absurdos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Luis Pescetti"/><title type='text'>2 cuentos cortos de Luis Pescetti</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh2eHQzAfD9Ml0q5VhFB1428MDcM9sxXdn1lUUnwiYX2VeWEuyHsSAKDt0qONtFksH3txYRnvibd0M88Afxg9xLRWirubzB_K-YOXHoaF00pL_GTysU30yOwb_L5gmFL4EQv_r9eHgH9FYE/s1600/luis-pescetti.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Dos cuentos de luis pescetti - cuarto llamado - amnesicos&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh2eHQzAfD9Ml0q5VhFB1428MDcM9sxXdn1lUUnwiYX2VeWEuyHsSAKDt0qONtFksH3txYRnvibd0M88Afxg9xLRWirubzB_K-YOXHoaF00pL_GTysU30yOwb_L5gmFL4EQv_r9eHgH9FYE/s1600/luis-pescetti.jpg&quot; title=&quot;Luis Pescetti&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;strong&gt;Luis Pescetti&lt;/strong&gt;: escritor, cantautor y actor argentino. Ha publicado siete CD&#39;s y más de una veintena de libros (cuentos y novelas) y ha recibidos gran cantidad de premios nacionales e internacionales. Sus textos destacan por la agilidad —muchas veces sustentada en la abundancia de diálogos— y las situaciones absurdas y desopilantes. Un autor sumamente recomendable para niños y adolescentes. &quot;&lt;strong&gt;Cuarto llamado&lt;/strong&gt;&quot; fue recogido del libro &lt;i&gt;&quot;&lt;b&gt;Aprender a escribir&lt;/b&gt;&quot;&lt;/i&gt;, de Marcelo di Marco / Nomi Pendzik, Ed. Sudamericana; y &quot;&lt;strong&gt;Amnésicos&lt;/strong&gt;&quot; aparece en &lt;i&gt;&quot;&lt;b&gt;Nadie te creería&lt;/b&gt;&quot;&lt;/i&gt;, Ed. Alfaguara. &lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuarto llamado&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Teléfono&lt;/i&gt;—Riiiing riiiing...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—¿Hola?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¿Con la casa del señor Moc?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—No, con el señor Moc.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¿El señor Moc, por favor?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—¿Sí?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—Digo... ¿Se encuentra él?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—Nunca me perdí a mí mismo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¿Hablo con el señor Moc?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—En este momento sí.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—Bien, le hablo para avisarle que ha recibido un premio.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—No es cierto.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¿Cómo no?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—A mi casa no ha llegado nada.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¡...! ...entiendo. No, yo me refiero a que usted ha sido premiado y lo llamo para eso.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—¿El premio era una llamada?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—No, la llamada es para darle la noticia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—¿Era un premio o una noticia?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—Quiero decir... lo llamo para comunicarle esa noticia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—Bien...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¿Perdón?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—Démela, deme la noticia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—La noticia es el premio.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—El medio es el mensaje.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¿Qué?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—Usted dijo una frase y yo le respondí con otra.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¿No me va a preguntar de qué se trata?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—¿Quién?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—El premio...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—¿Está en tratamiento?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—... disculpe, estoy un poco... confundida, ¿puedo hablarle en otro momento?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—Sólo si marca mi número.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—Ssí, gracias...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—No, gracias a usted.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—Al contrario...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Moc&lt;/i&gt;—Usted a gracias, no.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;i&gt;Señorita&lt;/i&gt;—¡Click!&lt;i&gt; tut tut tut tut&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Amnésicos&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Estamos aquí reunidos para celebrar la… nuestro…&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—“Cuarto” (susurró el vicepresidente).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí, nuestro cuarto, eso, eh, nuestro cuarto… eh…&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En la sala se sintió un silencio incómodo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Nuestro cuarto… cómo se llama… (volteó hacia el vicepresidente, pero él tampoco sabía, levantó la mirada hacia el salón repleto de asistentes). Nuestro ¿cuarto?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sobre la mitad de la sala, un muchacho levantó tímidamente la mano, señaló la tapa de la carpeta que les habían dado:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿“Encuentro anual”?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Eso! (aprobó el orador aliviado y la sala estalló en un aplauso) ¡Muchas gracias por su valiosa aportación!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No, bueno es que estaba escrito acá… (señaló el joven) en la… la…&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Carpeta! (ayudó otro, la sala se distendió con una risa cómplice).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Mejor leo lo que preparé, para no hacerles perder tiempo (el presidente buscó en su portafolio). No acá no está.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Fíjese en los bolsillos! (gritaron desde el fondo).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí, claro (hurgó), ¡Uy, unas llaves que busqué la semana pasada! No, en éste no.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿No serán estos papeles? (preguntó el vicepresidente).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿A ver? ¡Sí! Ya los tenía encima de la mesa (aplausos en la sala. Miró la hoja que decía: “Por cualquier cosa: empezar acá”). Bien: El objetivo de este Cuarto Encuentro Nacional de Amnésicos es compartir nuestras experiencias cotidianas para ayudarnos a superar los escollos en los que tropezamos día a día. Lo declaro inaugurado, comencemos ya mismo con las primeras ponencias.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Otro aplauso recorrió la sala. Se fue acallando sin que nadie subiera al estrado. El vicepresidente tomó el micrófono:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Adelante el primer orador, por favor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—… (silencio).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Podemos pasar a un breve receso, pero acabamos de empezar y sería mejor que el invitado para la primera conferencia pasara.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—… (murmullo incómodo). ¿Y quién era? (preguntó uno).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿”Quién era” qué? (el vicepresidente).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ése.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Cuál “ése”?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Que usted decía recién.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿”Yo” decía?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿No nombró a alguien, usted?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Si ni hablé!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se incorporó otro participante:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí, habló… e invitaba a una persona a que fuera con ustedes.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Y para qué?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ah, no, eso ya no sé (el señor se sentó nuevamente).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Quiere pasar alguien con nosotros?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿A qué?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡No lo sabemos! (contestó el vicepresidente desencajado) ¡Si supiéramos no lo estaríamos llamando!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Un murmullo tenso recorrió la sala. El Presidente intentó salvar la situación.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No nos pongamos nerviosos, caballeros. El vicepresidente sugirió que pase alguno de ustedes y, si alguien tiene voluntad de hacerlo, pasa un minuto y ya. ¿Alguien quiere?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Silencio incómodo de los participantes que evitaban ser escogidos. Uno alzó la mano y se incorporó.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Yo voy, pero aclaro que no sé bien a qué (se adelantó en medio de un aplauso).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Llegó hasta el escenario, se paró frente a todos, miró a los miembros de la mesa como preguntándoles “¿Y ahora?”. El presidente le señaló el público. Se volteó, miró hacia el salón, dudó un instante y luego se inclinó en un saludo. La sala rompió en otro aplauso, él agradeció y bajó del estrado con la intención de regresar a su lugar; pero titubeó. El presidente interpretó la situación y preguntó en el micrófono:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Alguien ve una silla desocupada cerca suyo?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tres personas levantaron la mano, señalando hacia un hueco entre ellos, y el participante regresó a su asiento. Se aplacó la excitación de ese momento y regresó la inquietud de saber qué seguiría después. Silencio. El Presidente retomó la palabra:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Quién más quiere pasar?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Uno levantó la mano, pasó al estrado, lo aplaudieron. Divertido por esa aceptación saludó alzando ambos brazos, como si sacara músculos, la sala se rió, él saludó y regresó al lugar. Pasó otro sin que el Presidente se viera en la necesidad de solicitarlo. Hubo aplausos y el participante directamente hizo el gesto de mostrar sus músculos. Risas, aplausos. Luego pasaron otro y otro. Cada uno dobló sus brazos, sacó pecho y adoptó posturas de fisicoculturista. Subió otro participante y preguntó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Yo traía una ponencia escrita, ¿quieren que la lea o…?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡No! ¡Mús-cu-los! ¡Mús-cu-los!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Respondió la audiencia y comenzaron a batir palmas al unísono. Este participante tenía una prominente barriga y arrancó a bailar en broma, al ritmo de las palmas. Arrojó sus apuntes al aire, buscó a los integrantes de la mesa, armó un trencito que hizo estallar de alegría a la sala. Bajaron del estrado e invitaron a la sala a sumarse al tren. Formaron una hilera enorme. Salieron del salón y del edificio. Ganaron la calle. Como era época de elecciones la policía no se atrevió a dispersarlos. Los escoltaron pensando que querían dirigirse a la plaza frente a la Casa de Gobierno. Ellos, a su vez, entendieron que los guiaban y se dejaron llevar. Se agolparon debajo del balcón principal. El Presidente de la República estaba con representantes de la prensa extranjera y salió al balcón, invitando a los fotógrafos a que lo siguieran. Saludó con las manos, pero enseguida advirtió que varios de los manifestantes hacían gestos como de sacar músculos. Interpretó que era una manera de pedirle que debía ser fuerte. Sin dudarlo respondió con el mismo gesto, y pensó para sí que era verdad, el propio pueblo le pedía que fuera fuerte. La gente rompió en aplausos y se unificaron en ese gesto de sacar músculos. Los fotógrafos no perdieron esa oportunidad. El Presidente de la República, atento a los &lt;i&gt;flashes&lt;/i&gt;, redobló su postura de fuerza, con los brazos doblados y el ceño serio y tenso.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Esa imagen dio la vuelta al mundo. En los principales periódicos de Europa fue foto de tapa, así quedó la impresión de que éramos un país de bárbaros, de monos prontos a caer en un período de violencia. Bajó el turismo, decayó la inversión extranjera y aumentaron las tasas de interés para la deuda externa. Pero ya nadie recuerda eso.&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Cuentos%20cortos&quot;&gt;Otros cuentos cortos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/7384928811385789114/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/10/2-cuentos-cortos-de-luis-pescetti.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/7384928811385789114'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/7384928811385789114'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/10/2-cuentos-cortos-de-luis-pescetti.html' title='2 cuentos cortos de Luis Pescetti'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh2eHQzAfD9Ml0q5VhFB1428MDcM9sxXdn1lUUnwiYX2VeWEuyHsSAKDt0qONtFksH3txYRnvibd0M88Afxg9xLRWirubzB_K-YOXHoaF00pL_GTysU30yOwb_L5gmFL4EQv_r9eHgH9FYE/s72-c/luis-pescetti.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-8291244134095288419</id><published>2013-09-29T18:04:00.000-03:00</published><updated>2013-09-29T18:55:05.085-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Indios"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microcuento"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Tagore"/><title type='text'>Microcuento de Rabindranath Tagore</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgiORkk75JzIwSuDqAk56-PshB1SYoyPqBy94DepFVYfLSF6OzrLtuK0DUI9IIU2OoKcVZA5HNSbDZcGiJaCta1Chr_29Z7twr_53YQbgsR3KwiCn2410jXq6eQgoRKRL_NWJyzOU7Wwc3I/s1600/gitanjali2.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro Gitanjali de Tagore microcuento poema 50&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgiORkk75JzIwSuDqAk56-PshB1SYoyPqBy94DepFVYfLSF6OzrLtuK0DUI9IIU2OoKcVZA5HNSbDZcGiJaCta1Chr_29Z7twr_53YQbgsR3KwiCn2410jXq6eQgoRKRL_NWJyzOU7Wwc3I/s1600/gitanjali2.jpg&quot; title=&quot;Gitanjali - Rabindranath Tagore&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;b&gt;Rabindranath Tagore&lt;/b&gt; (1861-1941) fue un escritor y filósofo nacido en Calcuta (La India), que se destacó principalmente como poeta aunque también escribió novela, cuento, teatro y canciones. En 1913 recibió el Premio Nobel de Literatura —primer autor no europeo en recibir esta distinción—. Escribió más de un centenar de libros, entre los que mencionaremos &lt;b&gt;&lt;i&gt;La casa y el mundo&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela), &lt;b&gt;&lt;i&gt;Gora&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela) y &lt;b&gt;&lt;i&gt;Gitanjali&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (poemas); de este último fue tomado el &quot;Poema 50&quot; que, aunque se presenta dentro de un libro de poesía, tiene todos los ingredientes necesarios para ser mirado como un cuento.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;h2&gt;
Poema 50&lt;/h2&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado quién sería aquel Rey de reyes.&lt;br /&gt;
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.&lt;br /&gt;
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: &quot;¿Puedes darme alguna cosa?&quot;.&lt;br /&gt;
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di.&lt;br /&gt;
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dárteme todo!&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Microcuento&quot;&gt;Otros microcuentos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/8291244134095288419/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/microcuento-de-rabindranath-tagore.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/8291244134095288419'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/8291244134095288419'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/microcuento-de-rabindranath-tagore.html' title='Microcuento de Rabindranath Tagore'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgiORkk75JzIwSuDqAk56-PshB1SYoyPqBy94DepFVYfLSF6OzrLtuK0DUI9IIU2OoKcVZA5HNSbDZcGiJaCta1Chr_29Z7twr_53YQbgsR3KwiCn2410jXq6eQgoRKRL_NWJyzOU7Wwc3I/s72-c/gitanjali2.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-3206334794573861030</id><published>2013-09-20T08:29:00.001-03:00</published><updated>2015-11-07T22:00:26.968-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Clásicos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Don Juan Manuel"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Españoles"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Fábulas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión"/><title type='text'>2 cuentos cortos de El Conde Lucanor</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhJYCZNE-Y3QCIoEMnI40yOoAl2POv21Ip6T7ZtuIts_oZE2JGQ7683yviqTyA4xNWJe5RU_f_yQg5vibh8NCR0GLgLk23yhycjAM_4qhs7EXLmjLx9igkvHzcfyYRyLC9MiY9S9k_jMp2K/s1600/conde-lucanor.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro el conde lucanor de don juan manuel&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhJYCZNE-Y3QCIoEMnI40yOoAl2POv21Ip6T7ZtuIts_oZE2JGQ7683yviqTyA4xNWJe5RU_f_yQg5vibh8NCR0GLgLk23yhycjAM_4qhs7EXLmjLx9igkvHzcfyYRyLC9MiY9S9k_jMp2K/s1600/conde-lucanor.jpg&quot; title=&quot;El conde Lucanor - Don Juan Manuel&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;b&gt;Don Juan Manuel&lt;/b&gt; nació en Toledo en 1282, y murió en Córdoba en 1348. Fue político y escritor. Era sobrino del rey Alfonso X el Sabio y nieto de Fernando III el Santo. Sabía esgrima, equitación, latín, historia, derecho y teología. A los ocho años perdió a sus padres. A los doce fue a la guerra contra los moros. Se casó tres veces y llegó a ser uno de los hombres más ricos de Europa: tenía un ejército de mil hombres y acuñaba su propia moneda. El libro que lo hizo inmortal fue El conde Lucanor, conjunto de cuentos moralizantes al que pertenecen los dos &quot;ejemplos&quot; que te presento a continuación.&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;h2&gt;
&amp;nbsp;&lt;/h2&gt;
&lt;h2&gt;
Ejemplo II: De lo que sucedió a un honrado campesino con su hijo&lt;/h2&gt;
&lt;br /&gt;
Un honrado campesino y su hijo vivían cerca de la ciudad. Un día de mercado el padre pidió a su hijo que se encaminase a ella para adquirir algunas cosas que necesitaban y acordaron llevar una bestia para traerlas. Yendo al mercado, llevaban el animal descargado y ambos iban a pie. En tal momento, encontraron a unos caminantes que venían de la dicha ciudad. Cuando hubieron conversado brevemente, se separaron, y los hombres empezaron a dialogar diciendo que no les parecían de mucho tino el padre y su hijo, pues llevaban la bestia sin carga e iban a pie. El labrador, después de escuchar aquello, preguntó a su hijo cómo le parecía lo que afirmaban. Éste manifestó que era cierto y que no tenía sentido ir ellos a pie llevando la bestia descargada. Ordenó entonces el labrador a su hijo que subiese al animal.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Proseguido el camino, encontraron a otros viajeros, quienes, al alejarse de ellos, comenzaron a decir que era grave error el de aquel labrador ir él —ya viejo y agotado— a pie, mientras el mancebo, resistente a la fatiga, iba montado. Interrogó entonces el buen labrador a su hijo sobre aquella afirmación, y éste le respondió que era razonable. Entonces él ordenó a su hijo que descendiese para subir él en el animal. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Poco después se encontraron con otros, y éstos expresaron que era un error que fuese a pie el joven, de pocos años, nada resistente al cansancio, y el anciano, ya acostumbrado a los sufrimientos, sobre el animal. Ordenó, pues, el labrador a su hijo que trepase en la bestia para que así ninguno fuese a pie.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Caminando así, encontraron a otros viajeros, quienes empezaron a decir que el animal era flaquísimo: apenas podía recorrer el camino, de modo que cometían gran yerro en ir ambos sobre él. Preguntó el labrador a su hijo qué le parecía la afirmación y él le respondió que era verdad, por lo que el padre dijo lo siguiente:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Esto te ha de servir de experiencia para lo que acaezca en tu patrimonio: ten la certeza de que nunca harás cosa que todos aprueben. Si quieres hacer lo más elevado y de mayor beneficio, trata de realizar lo mejor y lo que comprendas te sea de más honra; no tratándose de algo malo, no dejes de cometerlo por temor al qué dirán, pues es cierto que la gente tiene costumbre de hablar antojadizamente y no analiza lo que es para su mayor beneficio.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ejemplo V: De lo que sucedió a una zorra con un cuervo que llevaba un pedazo de queso en el pico&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En una oportunidad, un cuervo encontró un gran trozo de queso y subió a un árbol para poderlo comer a su antojo, sin recelo ni preocupación. Cuando allí estaba, pasó por abajo la zorra y al ver el queso que tenía el cuervo empezó a tramar la manera de arrebatárselo, por lo cual comenzó a hablarle de este modo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Don Cuervo: hace largo tiempo que oí hablar de vuestra nobleza y hermosura y aunque os he buscado mucho, no quisieron Dios ni mi suerte que os encontrase hasta ahora, que os veo y comprendo que en vos hay mucha más belleza de la que me ponderaban. Para que veáis que no os lo digo por lisonja, así como os mostraré las excelencias que en vos encuentre, así también os señalaré aquello en que la gente considera que no sois tan apuesto. Todos consideran que el color de vuestras plumas, de vuestros ojos, del pico, las patas y las uñas es negro, y porque lo negro no es tan bello como lo de otro color, siendo vos así, piensan que constituye mengua de vuestra hermosura, y no se dan cuenta de que se equivocan mucho. Pues aunque vuestras plumas son negras, ese color es tan brillante e intenso, que da reflejos azules, como el plumaje del pavo real, la más hermosa ave del mundo. Y aunque vuestros ojos son negros, en cuanto a ojos, son mucho más hermosos que otros ningunos, pues la propiedad del ojo no es sino ver, y como todo lo negro conforta la visión, las mejores pupilas son las de ese color, por lo que se loan las de la gacela, más oscuras que la de ningún otro animal. Además, vuestro pico y garras son más poderosos que los de ninguna otra ave de vuestro tamaño. Igualmente, sois tan ligera en el vuelo que nada os daña ir contra el viento, por fuerte que sea, lo que otras aves no pueden hacer con la facilidad que vos. Por ello considero que, pues Dios todo lo hace con razón, no habría consentido que, siendo vos tan perfecto, hubieseis tenido la deficiencia de no cantar mejor que otras aves. Y ya que Dios me hizo tanta merced de veros y sé que reside en vos mucha más belleza de cuanto oí loar de vos, si pudiese escuchar vuestro canto me consideraría eternamente bienaventurada.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Por las buenas razones que le había escuchado como por los halagos y ruegos que le hacía la zorra para que cantase, abrió el pico para satisfacerla. Y cuando empezó a cantar, cayó el queso en la tierra, lo tomó la zorra y huyó con él.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Entendiendo don Juan Manuel que este apólogo era excelente, ordenó incluirlo en el presente libro y agregó los versos que contienen, abreviado, su sentido moral:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
&lt;i&gt;El que te alaba con lo que no tienes,&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
&lt;i&gt;llevarse lo tuyo sin duda quiere.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Don%20Juan%20Manuel&quot;&gt;Otros cuentos de Don Juan Manuel &lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/3206334794573861030/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/2-cuentos-cortos-de-el-conde-lucanor.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/3206334794573861030'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/3206334794573861030'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/2-cuentos-cortos-de-el-conde-lucanor.html' title='2 cuentos cortos de El Conde Lucanor'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhJYCZNE-Y3QCIoEMnI40yOoAl2POv21Ip6T7ZtuIts_oZE2JGQ7683yviqTyA4xNWJe5RU_f_yQg5vibh8NCR0GLgLk23yhycjAM_4qhs7EXLmjLx9igkvHzcfyYRyLC9MiY9S9k_jMp2K/s72-c/conde-lucanor.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-6952754233125596329</id><published>2013-09-10T00:06:00.002-03:00</published><updated>2013-09-10T16:38:14.940-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Absurdos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Carlos Vecchi"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microcuento"/><title type='text'>4 microcuentos de Juan Carlos Vecchi</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiOiiKnlJQOrnV-NZZOjP2Z_XQoPrkiCWayA4ww0mb08P-pFDhuCsPBKf7plaCXcIF-NK65zwBbvoKyLpeaERyg6iZOtfy7CGcnZbt4UCTnhFldIrBYg2fZcFIZA7rgLgM9Yyq-VhnpFxJt/s1600/juan-carlos-vecchi.JPG&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Imagen de Juan Carlos Vechi 4 microcuentos&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiOiiKnlJQOrnV-NZZOjP2Z_XQoPrkiCWayA4ww0mb08P-pFDhuCsPBKf7plaCXcIF-NK65zwBbvoKyLpeaERyg6iZOtfy7CGcnZbt4UCTnhFldIrBYg2fZcFIZA7rgLgM9Yyq-VhnpFxJt/s1600/juan-carlos-vecchi.JPG&quot; title=&quot;Juan Carlos Vecchi&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Juan Carlos Vecchi&lt;/b&gt; (Olavarría, Buenos Aires, 1957) es escritor, corrector de estilos literarios, asesor técnico literario, coach literario y tiene un largo historial como coordinador de talleres presenciales y virtuales. Actualmente coordina el taller de creación literaria &quot;LA FÁBRICA DEL ESCRIBA&quot;.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ha publicado &lt;i&gt;&lt;b&gt;Latidos&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (aforismos y poemas), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Amanecer Blanco&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (poemas) y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Diario de a bordo&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (relatos, crónicas y cuentos), libro que fue candidato a recibir Faja de Honor de la SADE.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los microcuentos que aquí te presentamos son inéditos,  © 2013, Juan Carlos Vecchi.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
(Más información sobre Juan Carlos Vecchi, al final del post.)&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Quiromancia&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Con sus ojos seriamente redondos, la mujer leyó la mano temblorosa de Zacarías y predijo con voz de sótano clausurado:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No se me entusiasme en programar mucha cosa para la semana que viene, Zacarías.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Zacarías desprendió como pudo I la mirada de ojos redondos de sus manos y al toque, como pudo II, despegó sus asustadas manos de las manos firmes de la vidente. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Zacarías no dijo nada; como pudo III se levantó de la silla y desapareció de la extraña habitación como laucha por tirante.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Para el domingo de la semana siguiente, Zacarías seguía vivito y coleando, e incluso sabiendo por qué la médium le había recomendado aquello de no programar nada para esa semana, ya que no encontraba la agenda personal por ningún lado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Attenzione a che porta&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En la casa de la familia Domiciano siempre se dijo que esa puerta nunca debería abrirse porque del otro lado la muerte está sentada y espera. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Eso fue lo que dijo el anterior propietario, Don Duilio Moretti, sin quitar los ojos abreviados de la puerta prohibida, momentos antes de cerrar el trato con la familia Domiciano, a efectos de evitar un futuro cargo de conciencia si bien el precio de la venta era similar al de Uganda (subasta del año 1755).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Durante muchos años nadie abrió aquella puerta aunque más de uno se comió las uñas de las manos y pies, e incluso, las uñas largas enganchadas en las cuerditas de su charango bonsái, el tío artista, de nombre Antolín Domiciano. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Todo esto a modo de “puro blablablá” porque la historia comienza una noche del año 1898, cuando —y cuando no— uno de los abuelos (al que le amputaron ambos brazos porque era insoportable su manía de abrazar a todo aquel que se le arrimara) no aguantó más el secreto que la puerta señalada escondía y abrió la puerta de un patadón.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Achalay! —eso fue lo que se escuchó cuando la famélica oscuridad devoró de una sola mordida su encorvada y anciana figura. Luego, un silencio de la santa madre sopló la última letra del senil grito, y al siguiente luego, un viento del tipo “portero de edificio de 16 pisos sin ascensor”, cerró violentamente la puerta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Nunca de los jamases salió de la habitación el abuelo Belisario y por esa trágica circunstancia, la dolida familia Domiciano, a la mañana siguiente, se vio obligada a enterrar, previo velorio sin percepción sensorial, interpretación mental y constelación emocional, a un tal Hedilberto Usre.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ochenta y ocho&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ayer fue el cumpleaños número ochenta y ocho de Greco Bola. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A cinco minutos de la visita de otra medianoche perfecta, sonó el teléfono por primera vez en el día.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ring. Ring. ¿Ri…? &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El todavía cumpleañero, hambriento de voz alguna, levantó el tubo del teléfono.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Hola. Sí. ¿Que quién? ¡Ah, no no… entonces número equivocado!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Greco cuelga el tubo. Mira la puerta del baño y calcula la distancia (se le hace más lejana que la sucursal de China en Urano). Su pierna derecha decide dar el primer paso, pero es entonces cuando sucede el fatal sincronismo cenestésico: corrida de toros friolentos por la espalda, nudo sin corbata en la garganta, encogimiento en el corazón (sin amor a la vista ni balcón con Julieta en camiseta de frisa), y el hervor de sangre necesario para darle ese mortal “toquecito final” al puchero interno de Greco.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Luego son los ojos de Greco que se abren redondos como si enfocaran once millones de dólares sobre la cama y, en el siguiente luego, es Greco quien cae sobre el suelo como mimo que ha recibido once balazos en la frente (un balazo por cada millón de dólares).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pero qué manga de porquerías son los verbos de la muerte cuando salen de joda.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Nadie es profeta de su tierra &lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
“Nada más seguro que los clásicos de amor…”&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
Romántico anónimo&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Era muy popular y querido en el pequeño pueblo porque todas las noches caminaba las calles recitando, con un embudo de plástico barato, poemas clásicos de amor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una noche de capa baja y faroles rotos decidió compartir con sus vecinos un poema de autoría propia, titulado “El último de los mohicanos no usaba gomina Lord Cheseline”; desde una azotea con vista al cementerio, dos manos anónimas le arrojaron una batería de tractor que le partió la cabeza.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
No murió, pero desde entonces respira la humedad de la vida enclaustrado en el sótano de su casa, dedicado a la trágica lectura de la tabla de logaritmos, la tabla de cálculos estequiométricos y la tabla de lavar la ropa, decidido a flagelar alma arrepentida y espíritu santo, amén...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
*****&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Reseña biográfica de Juan Carlos Vecchi&lt;/b&gt;&amp;nbsp;&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
(Olavarría, 1957). Es escritor, corrector de estilos literarios, asesor técnico literario, coach literario, coordinador de talleres de creatividad literaria ( LA FÁBRICA DEL ESCRIBA..., 1993/2013), talleres literarios presenciales y virtuales, nivel inicial y avanzado (personalizados y grupales).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ha publicado &quot;Latidos&quot; (1982, Aforismos y Poemas, edic. independiente, 1000 ejemplares); &quot;Amanecer Blanco&quot; (1985, Poemas, edic. independiente, 1.000 ejemplares); &quot;Diario de a bordo&quot; (1997, relatos, crónicas y cuentos, Editorial Argenta, 5.000 ejemplares). &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ha publicado más de 1.000 textos (poemas, prosas, cuentos y relatos), en blogs y revistas digitales de varios países: Argentina, Uruguay, Colombia, Chile, Perú, Venezuela, Panamá, México, Estados Unidos de América, Canadá, España y Bélgica. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Es co-autor de innumerables antologías provinciales, nacionales e internacionales, también de ediciones cooperativas latinoamericanas; por citar algunas de ellas: “Letras y Voces” (edición 2009, de Editorial NUEVO SER); “LUNARIO” (edición 2008, de Editorial DUNKEN); “DE POESÍA Y NARRATIVA BREVE” (edición 2008, editorial NUEVO SER); “HOMENAJE A DON QUIJOTE” (edición 2006, editorial CEPAN); “HUMOR Y EXPRESIÓN DEL CONO SUR DE AMÉRICA” (edición 2005, editorial DESPEÑADERO).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ha trabajado como periodista en el diario local El Popular (hasta el año 1982), y como asesor técnico literario y coordinador de talleres literarios para la Secretaría de Cultura del Municipio de Laprida, Provincia de Buenos aires (1998, 1999, 2000 y 2001). También ha dirigido talleres literarios en bibliotecas y otros espacios culturales de su ciudad, zona rural y localidades aledañas (Hinojo, Loma Negra y Sierra Chica). &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ha formado parte de innumerables jurados para concursos de Poesía, Relatos y Cuentos, a nivel local, provincial y nacional. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Fue candidato al premio anual “Faja de honor”, género narrativa, de la S.A.D.E., casa central, en el año 1997 por su libro “Diario de a bordo”.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se le otorgó el reconocimiento “Al mérito ciudadano”, por decreto del Honorable Consejo Deliberante en el marco de la Sesión Plenaria celebrada el día 14 de noviembre del año 2002, por las innumerables jornadas ad- honorem realizadas en escuelas, bibliotecas y otros espacios culturales y recreativos de Olavarría y la zona (adolescentes y pre- adolescentes).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Reconocido como &quot;El escritor del año&quot;, por la MUESTRA LIBROS EN OLAVARRÍA (2011).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Para contactar al autor: &lt;/b&gt;&lt;a href=&quot;https://www.facebook.com/jcvecchi?fref=ts&quot;&gt;Perfil de Facebook&lt;/a&gt; | &lt;a href=&quot;mailto:jcvecchi@speedy.com.ar&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;Correo electrónico&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Microcuento&quot;&gt;Otros microcuentos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/6952754233125596329/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/4-microcuentos-de-juan-carlos-vecchi.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6952754233125596329'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6952754233125596329'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/4-microcuentos-de-juan-carlos-vecchi.html' title='4 microcuentos de Juan Carlos Vecchi'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiOiiKnlJQOrnV-NZZOjP2Z_XQoPrkiCWayA4ww0mb08P-pFDhuCsPBKf7plaCXcIF-NK65zwBbvoKyLpeaERyg6iZOtfy7CGcnZbt4UCTnhFldIrBYg2fZcFIZA7rgLgM9Yyq-VhnpFxJt/s72-c/juan-carlos-vecchi.JPG" height="72" width="72"/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-6368123823348503867</id><published>2013-09-08T22:34:00.000-03:00</published><updated>2013-09-08T22:34:17.040-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Fantástico"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Leo Maslíah"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microcuento"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Uruguayos"/><title type='text'>La buena noticia - Leo Masliah</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgU1OBVzDFXPI9fQ06VcDX9O-ea0gYulo1x_WcC6Vdec5FuMsPo7gfL4BjObScofgnvKzPrckWmWFgzyj0m0lDUHLIisQqrE8c8tzV8oWsN8Y_AoeoQOdWyLLtPvuTQxIFRsWs2GgvpitgF/s1600/leo-masliah.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Imagen de leo masliah cuento la buena noticia&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgU1OBVzDFXPI9fQ06VcDX9O-ea0gYulo1x_WcC6Vdec5FuMsPo7gfL4BjObScofgnvKzPrckWmWFgzyj0m0lDUHLIisQqrE8c8tzV8oWsN8Y_AoeoQOdWyLLtPvuTQxIFRsWs2GgvpitgF/s1600/leo-masliah.jpg&quot; title=&quot;Leo Maslíah&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;strong&gt;Leo Maslíah&lt;/strong&gt; es un músico y escritor nacido en Montevideo, Uruguay. Ha grabado más de veinte discos y tiene una cantidad similar de libros publicados. En sus espectáculos musicales acostumbra intercalar textos literarios entre canción y canción, y su estilo narrativo se caracteriza por su tono humorístico y a veces irónico. Para conocer más sobre Leo Maslíah, visita su &lt;a href=&quot;http://www.leomasliah.com/&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;página oficial&lt;/a&gt;.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El cuento &quot;&lt;strong&gt;La buena noticia&lt;/strong&gt;&quot; fue tomado de un show en vivo.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La buena noticia&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Leticio vivía desde hacía diez años con su mujer, a la que amaba con la misma intensidad que el primer día, o quizás todavía más, y con su suegra, a la que detestaba también con la misma intensidad con la que la había venido detestando todos esos años, o incluso más. La única razón por la que no la echaba de la casa, o no tomaba alguna medida más drástica, como hervirla en aceite o tirarla por el balcón cuando pasara el camión de la basura, era el amor que sentía por su mujer, para quien albergar consigo a su pobre madre enferma constituía un deber ineludible. Además, como el matrimonio, pese a haberlo deseado con fervor, no había logrado tener hijos, la mujer, que por otra parte no trabajaba, dedicaba todo su tiempo a cuidar de su progenitora.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pero un día las cosas amagaron cambiar radicalmente. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Leticio llegó a su casa, después de una ardua jornada de trabajo, y su mujer lo recibió diciéndole que tenía para darle dos noticias, una buena y una mala.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Voy a empezar por la mala —dijo—. Leticio: esta tarde murió mamá.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Leticio corrió al dormitorio de la vieja y vio que, efectivamente, había quedado dura. Entonces corrió a poner un disco de rock pesado y se puso a bailar frenéticamente, gritando:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Qué bueno! ¡Si ésa es la mala noticia, lo que debe ser la buena!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—La buena —le dijo su mujer— es que voy a ser mamá.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Leticio volvió a saltar de alegría. Hacía diez años que venía deseando tener un niño que alegrara el hogar, y ahora, sin la vieja que escorchara todo el día, ese hogar iba a transformarse en un verdadero paraíso. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pues bien, al día siguiente, después del entierro de su suegra, Leticio se fue a trabajar, y cuando salió, antes de volver a su casa, fue a comprar ropa de bebé, para levantar el ánimo de su esposa. Pero cuando llegó a la casa y se dirigió al dormitorio, donde creyó que encontraría a su mujer, encontró que la que estaba esperándolo era la vieja, su suegra. Y estaba viva. Él pegó un grito de horror, y entonces la vieja le dijo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Leticio, qué te pasa! Soy yo, ¿no me reconocés? Soy tu esposa. Yo te dije, ¿no te acordás? Te dije que iba a ser mamá, y no pensé que sucediera tan pronto, pero sí, sucedió, Leticio, ¡soy mamá!&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Cuentos%20cortos&quot;&gt;Otros cuentos cortos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/6368123823348503867/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/la-buena-noticia-leo-masliah.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6368123823348503867'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6368123823348503867'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/09/la-buena-noticia-leo-masliah.html' title='La buena noticia - Leo Masliah'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgU1OBVzDFXPI9fQ06VcDX9O-ea0gYulo1x_WcC6Vdec5FuMsPo7gfL4BjObScofgnvKzPrckWmWFgzyj0m0lDUHLIisQqrE8c8tzV8oWsN8Y_AoeoQOdWyLLtPvuTQxIFRsWs2GgvpitgF/s72-c/leo-masliah.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-6147586934121584075</id><published>2013-09-03T20:45:00.001-03:00</published><updated>2013-09-03T20:50:28.467-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Martínez Estrada"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><title type='text'>La inundacion - Ezequiel Martinez Estrada</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjRTzAA42y4QuZ4BJCehGL89JAPtQzpkoP_1t3qqoBfgG3RNBdxJn-hAup-ULwf_B_YNaMwk5j9TmImpeGHEKM0x60MFxBCuo3E5-kM7GlPUx3b0Zx_NzpnclG3uTyPCZ7j-L1tdRQnER42/s1600/Ezequiel-Martinez-Estrada.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Imagen de Ezequiel Martínez Estrada cuento la inundación&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjRTzAA42y4QuZ4BJCehGL89JAPtQzpkoP_1t3qqoBfgG3RNBdxJn-hAup-ULwf_B_YNaMwk5j9TmImpeGHEKM0x60MFxBCuo3E5-kM7GlPUx3b0Zx_NzpnclG3uTyPCZ7j-L1tdRQnER42/s1600/Ezequiel-Martinez-Estrada.jpg&quot; title=&quot;Ezequiel Martínez Estrada&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El cuento &quot;&lt;b&gt;La inundación&lt;/b&gt;&quot; fue tomado del libro &lt;i&gt;&lt;b&gt;70 años de narrativa argentina: 1900/1970&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed. Alianza.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Ezequiel Martínez Estrada&lt;/b&gt; (1895-1964) fue un biógrafo, narrador, poeta, dramaturgo y ensayista argentino, nacido en San José de la Esquina, Santa Fe. Durante un período de cinco años fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Recibió dos veces el Premio Nacional de Literatura, y el reconocimiento le llegó principalmente con sus ensayos &lt;i&gt;&lt;b&gt;La cabeza de Goliat&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Radiografía de la Pampa&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&amp;nbsp;&lt;/h2&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La inundación&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Nadie imaginó que en aquella iglesia cupiera tanta gente ni que alguna vez hubiesen de ser invadidas sus naves por una horda de vecinos pacíficos, capaces ahora de los mayores excesos. Lo cierto es que no menos de mil doscientas personas, contando los niños de pecho, estaban allí hacinados, durmiendo en el suelo, sobre bancos y al pie de los altares, preparándose sus comidas en improvisados hornillos, satisfaciendo con naturalidad las necesidades apremiantes de la vida y abandonándose a extremos y desórdenes de la promiscuidad y la desesperación. Todavía estaba sin terminar el interior de la iglesia y las fachadas sin revestir; paneles, columnas, zócalos, mostraban como tejidos desollados los ladrillos y el grosero material de la construcción que habría de desaparecer pronto bajo mármoles y estucos. Pendían aún los andamios contra las paredes y se notaba que el trabajo se interrumpió en forma inesperada.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sin embargo, estaban colocadas ya en sus hornacinas y peanas las imágenes y concluida la instalación del inmenso órgano, que abarcaba toda la pared testera, cerrando el coro una baranda de cedro labrada y esculpida con primor. Los colosales tubos plateados brillaban a semejanza de blandones en un candelabro apocalíptico. El altar mayor y el púlpito estaban concluidos también. Desde el año anterior se oficiaba misa, y en aquel púlpito del padre Demetrio se quejó infinidad de veces de la endeble y tibia fe de los habitantes de General Estévez. Le era imposible congregar los domingos a más de cincuenta personas, siempre las mismas. Ahora estaba ahí el pueblo entero, con lo que habían podido llevar consigo, aglomerados, forzosamente guarecidos bajo la triple y enorme bóveda del templo, tal como lo presagiara un día de cólera el sacerdote; es decir, impelidos por un desastre de bíblica magnitud.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ornaban los vitrales, iluminadas por la tenue luz del exterior, escenas de la vida de San Julián, a quien se consagró la iglesia grande y suntuosa como una catedral. Lo demás era un horror. Familias íntegras formaban pequeños campamentos, separadas entre sí por cortinas hechas con frazadas o sábanas tendidas de cuerdas y alambres, que aprovechaban para secar la ropa. El humo de los braseros y del tabaco y el vaho de las cacerolas y de las ropas que se usaban, todavía húmedas, formaban una densa atmósfera que oprimía el pecho, bien distinta de la nube angélica del incienso que solía quemarse, fuera de las ceremonias, para amortiguar la acritud de las emanaciones de tantos seres y objetos apiñados.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Hacía una semana que estaban allí, refugiados de la inundación, que había cubierto casi completamente el pueblo. El agua formaba una inmensa laguna y no se veían pájaros, ni siquiera cerca de la iglesia. Tras una sequía de tres meses, que obligó a llevar los ganados muy lejos, desbordó el río Largo como desde cincuenta años no se tenía noticia. A los tres días de lluvia diluviana salió del cauce y se volcó en la hondonada, donde alzábase la población. A la distancia se veían los techos y los molinos, las copas de los árboles y maderas y enseres boyantes.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los vecinos huyeron despavoridos, a pie, transportando en carros y jardineras lo que pudieron cargar en el apuro. No menos de sesenta vehículos cargados de víveres, ropas y vituallas de toda clase. De muchos sólo quedaban las ruedas y los herrajes, porque les arrancaron la madera para hacer fuego. Los caballos pastaban sueltos, sin que se apartaran mucho de los carros, debajo de los cuales los perros se guarecían en lo más recio de los chaparrones.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al ir llegando a la iglesia la caravana, el padre Demetrio quedó aturdido. En vano intentó oponerse a que tuvieran asilo en ella los fugitivos. Al principio rogaron con humildad, y al fin exigieron. Bajo la llovizna que caía lenta, insistentemente, hombres y mujeres comenzaron a rugir con igual fiereza. El padre Demetrio, anciano de setenta años, y el sacristán, don Pedro, más viejo todavía decidieron abrir de par en par las puertas. Tuvo la impresión el anciano sacerdote de una profanación en masa y como si la turba pasara con los botines cubiertos de barro sobre su cuerpo y sobre los santos objetos del culto. El alud penetró y fue ocupando los espacios libres, según la importancia que cada cual se atribuía. Las familias principales se instalaron en la sacristía, junto al altar mayor o en el coro; las más humildes en las naves laterales. Separados o contiguos, los vecinos de General Estévez conservaban incólumes sus viejos enconos, rivalidades y desprecios. Por lo cual encontrábanse en situaciones muy embarazosas cuando, por motivos apremiantes, habían de dirigirse la palabra aquéllos que durante años se negaron el saludo. El agua invadió las casas por igual, y el mismo instinto de conservación los reunió sin reconciliarlos. Otros, en cambio, reanudaron el trato, especialmente las mujeres. Y como los días y las noches eran interminables, hasta trabaron una segunda amistad.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La iglesia había sido construida sobre una colina, a tres kilómetros de General Estévez, yendo hacia Felipe Arana, que distaba cinco leguas, más o menos. Don Julián Fernández dejó un legado de toda su fortuna, al morir octogenario, para que se elevara allí mismo ese templo, que costaba dos millones de pesos, y para cuyo sostenimiento destinó los réditos de un millón, depositados en títulos. Allí, allí mismo, recibió él, volviendo de un viaje, una prueba inequívoca de la protección de su santo patrono. Al desbocarse los caballos de la volanta y destrozarla y matarse ellos, quedó ileso. Nadie se explicaba el hecho sino como un milagro, y él, poco a poco, fue aderezándolo, sin proponérselo, con presagios y ulteriores sueños que le confirmaron  que era así.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Para edificar la iglesia, empezada cinco años antes, hubo de llevarse todo desde Buenos Aires: materiales y operarios. El envío de gente y de cosas ocupó casi totalmente las líneas férreas en todo ese lapso, y aún seguían llegando vagones y vagones con materiales. Ingenieros, arquitectos, artistas y artesanos vivían consagrados a la obra con una especie de obcecada devoción. Había albañiles de toda especialidad, carpinteros, cerrajeros, pintores, mosaiquistas, un mundo de personas constantemente en movimiento, como hormigas. Al comienzo se pensó que jamás se acabaría todo lo que se proyectaba hacer; ahora estaba hecho y en tres años más esplendería como una joya en la soledad del campo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Aquella invasión de seres que parecían haber perdido el pudor y la razón, fue contemplada por el sacerdote como castigo del cielo y resultado natural de los pecados de incontinencia que todo el mundo sabía muy bien que cometió el testador. El primer día el padre Demetrio cayó en un estado de agobio y permaneció en su habitación, rezando de rodillas. Cuando don Pedro le ofreció el almuerzo, no contestó. Prorrumpió en insultos y en mutiladas frases en latín, que tanto podían ser fragmentos de oraciones como de invectivas dignas de los profetas. Don Pedro no atinaba a explicarse ese estado de abatimiento, acostumbrado a verlo más bien jovial y agradecido del Señor hasta por los sucesos más insignificantes. Le conocía desde muchísimos años, veinte al menos; desde cuando peregrinaba de un pueblo a otro con su bolsa de “linyera”. Un buen día se avino a la paz y al sosiego eclesiásticos, sin soñar que de la humilde capilla irían a residir en una iglesia que todos admiraban con estupor. El padre Demetrio lo acogió de buen grado, aunque con los años comenzó a tomarle aprensión por considerar excesivo su fervor en algunos días y venírsele a la memoria aquella antigua vida de andariego solitario, nunca explicada. Pero apóstoles y santos hubo que hicieron lo mismo, y de ahí que el padre Demetrio nunca se decidiese a despedirlo, ni siquiera en aquellos otros días en que era indudable que los diablos les desbarataban el humor. Se toleraban con indulgencia, convencidos de que se podía convivir sin afectos de ninguna especie. Nadie simpatizaba con ellos, y menos con el padre Demetrio, por su carácter irritable y huraño. La consecuencia era que muy pocos hombres concurrían a la iglesia, excepto en los funerales y ceremonias de pompa, y que las mujeres consideraban el deber de oír misa el domingo como uno de los ineludibles menesteres domésticos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ahora la desgracia los había obligado a pedir que se los albergara allí, quién sabe por cuánto tiempo, y a permanecer reunidos, como en una casa común, amigos o enemigos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Trajeron víveres la semana pasada, principalmente galleta, y el carro volvió vacío a Felipe Arana. No pudo obtenerse que ni una de las familias se decidiera a partir cuando pudieron hacerlo; tal era la confianza en que pronto cesaría de llover. Ya no podían marchar ni recibir alimentos, porque los caminos y sobre todo el río Largo, que se interponía entre los pueblos más próximos y que había que vadear, lo imposibilitaban. Consumidas las pocas vacas lecheras, que era lo único que quedó de los rebaños, sacrificaron la mayor parte de la caballada que trajeron, y pronto tendrían que matar la restante. Aunque dos días antes cesara la lluvia, el cielo continuaba nublado, y a ratos se oía algún lejano y prolongado trueno, que parecía restallar en otro cielo separado de la tierra por la capa espesa de nubes.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los primeros días rara vez entró el padre Demetrio en la iglesia. Sólo una mañana dijo misa y no obtuvo el respeto debido: muchos hablaban en voz alta; otros reprendían a los hijos; los menores chillaban y lloraban, y el alboroto crecía, amagando convertir el sagrado sacrificio en una pantomima. Hasta el sacerdote tuvo la sensación de que realizaba un simulacro sin sentido, si bien continuó el sacrificio hasta el final. Impartió la bendición y se fue, decidido a no repetir tan inútil auxilio espiritual.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Como coincidió que durante la misa arreciara la lluvia con furioso ímpetu, los ateos atribuyeron al padre Demetrio, un poco en broma, pero tomándolo en serio al final, la causa de tal calamidad. En los siguientes días olvidó esa mortificación y frecuentó las naves, movido por la piedad, por la curiosidad y por el deseo de comprobar cuál era el grado de destrozos que iban haciendo los huéspedes en los bancos y en las instalaciones. Removía las cortinas sin avisar y permanecía mudo ante cualquier escena, siempre inesperada, o contestaba con alguna frase lacónica de reproche más bien que de consuelo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Este chico está afiebrado, padre. ¿Cree que estará enfermo?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—El hijo con fiebre y el banco en el redondel de la cacerola. Pregúntele al médico.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A lo largo de los pasillos y entre los bancos y los altares se agolpaban los mayores, apretujados, en mangas de camisa los más y descalzos casi todos. Los zapatos no llegaban a secarse bien, cuando no quedaban encogidos, y era cosa de quitárselos y ponérselos, tanto iban al campo a mirar al cielo. Muchísimos bancos se apilaron para dejar mayor espacio libre, otros se acumularon contra las paredes de la entrada, donde había también tablas de andamios y cajones con mosaicos y lajas de mármol. Allí pusieron a secar maderas arrancadas de los carruajes para leña. Acercábanse los refugiados al padre Demetrio y porfiaban por hablarle; no tanto porque necesitaban respuestas reconfortantes, cuanto porque les parecía que no se portaba con solicitud y bondad suficiente. El padre amonestaba, compadecía o fijaba su mirada en el pecho de interlocutor con la misma remota indiferencia con que los observaba desde el púlpito. Al tercer día de asilo se mezclaron mujeres y hombres, que hasta entonces permanecieron, conforme lo hacían en la misa, unas a derecha y otros a izquierda, y eso fue para el sacerdote la prueba desfachatada de que habían olvidado hasta los escrúpulos elementales.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Afuera quedaron los perros, temblando de frío y empastados de barro hasta el lomo. Serían como doscientos, bajo la lluvia, enflaquecidos por el hambre y achicados por el agua. Iban de acá para allá, prorrumpían casi al mismo tiempo en lúgubres quejidos, arañaban con sus patas las paredes y las puertas o se peleaban sin necesidad. Cantidad de ellos, heridos a dentelladas, seguían gruñendo, desafiadores, después de lastimados. Buscaban amparo hasta en los lugares más absurdos: en los contrafuertes y en los quicios, contra los tapiales y en los restos de los carros desmantelados o se tendían con la cabeza entre las patas cavilando su abandono. En cuanto creían oír una voz conocida se levantaban y empezaban a ladrar o a aullar de nuevo, reiniciando la carrera habitual en torno de la iglesia. Terminaron por tomar cierto color plomizo, y los que murieron no estaban más flacos que los vivos. Emanaban un hedor que parecía penetrar en la iglesia a través de los anchos muros, porque no había otra ventilación que por la sacristía, que daba al patio, y los olores que entraban se adherían a las cosas, a los cuerpos, y persistían mucho tiempo en el ambiente, pegados a las mucosas de la nariz. Cuando por la noche rompían a aullar desde adentro les contestaban las mujeres con rezos para conjurar cualquier triste augurio o con imprecaciones que los hombres pronunciaban con más estentórea y nítida voz.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Entre los refugiados, y apartados de todos, estaban doña Ramona y su nieto Ángel, los mendigos del pueblo. La abuela tendría ochenta años y el nieto veintiuno. Éste representaba doce a lo sumo, porque el tifus, que lo atacó de chico, fue alelándolo y reteniéndolo en la niñez. Era demasiado corpulento para la edad que aparentaba, y el cabello lacio daba la impresión de que se le hubiera mojado y secado muchas veces. Hablaba poco y parecía que miraba con toda la cara, como los ciegos. De muchacho estudió en un colegio de jesuitas y era muy inteligente, pero los estragos del mal eran tan sensibles en su alma como en su cuerpo. Abuela y nieto se ubicaron en un rincón, entre los bancos y los tablones de los andamios. Proseguían allí su vida de pordioseros, casi indiferentes a lo que ellos y a los demás les ocurría. En el pueblo retiraban de las casas de comercio lo indispensable para subsistir, nunca dinero. De modo que, más o menos, estaban como antes, participando de las privaciones de todo el mundo. Junto a ellos, también en el rincón y tras un confesionario, se instaló un matrimonio extranjero, María y Bronislao, con una nena de seis meses. Eran húngaros, pero en el pueblo los conocían por “los rusos”. Llegaron dos años antes, y él trabajaba como repartidor de pan.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Doña Ernestina, la mujer del carpintero, lamentaba la pérdida de sus aves de corral, que creía reconocer flotando en la inmensa laguna y entre los heterogéneos objetos que sobrenadaban inmóviles.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
No se hubiera creído que un pueblo tan chico y aparentemente deshabitado contuviera tanta gente. Hasta se sospechaba que estuviesen allí innumerables forasteros que nadie había visto, llegados acaso para aumentar las tribulaciones y el recelo. Con el trato obligado averiguaban quiénes eran y el mucho tiempo de residencia. Al fin, la impresión general fue de que todos se conocían o detestaban desde época remota. Con ellos, y en un rincón del crucero, se albergaba un médico español al que las autoridades locales permitieron ejercer la profesión sin revalidar su título. Se le respetaba porque atendía con amable asiduidad a sus enfermos, no reparando en velar toda la noche junto a ellos si el caso lo exigía, y porque era moderado en el cobro de honorarios. Tenía conciencia de la responsabilidad y orgullo de la profesión. Era un hábito elegante en él, siempre correctamente vestido, sostener el cigarrillo con tres dedos mientras hablaba, como si lo ofreciera al interlocutor. Las yemas de esos dedos estaban doradas por la nicotina.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Lo poco que hablaba el marido de doña Ernestina referíase a la clase de las maderas empleadas en la iglesia y a la obra de mano y a los trabajos rústicos: peldaños, andamiaje, pues poco le interesaban las tallas y taraceas. Aludía con ese motivo a sus herramientas y a las maderas de su taller, que sin duda habrían salido flotando por encima de los alambrados o estarían oxidándose en sus cajas. Su conversación con la esposa giraba en torno de tales temas, y si no hubiera sido porque la aflicción general tenía de sí sobrada importancia, habría explicado al pormenor lo que eso significaba para él.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En contraposición al carácter dócil de doña Ernestina, la esposa del jefe de la estación estaba constantemente malhumorada, como si supiera que el culpable de la calamidad era su marido y no encontrara la forma de decirlo. En general, eran las mujeres quienes estaban más mortificadas. Tenían que atender a todas las faenas, como de costumbre, aunque con menos comodidades, y a las exigencias de los maridos, que no consideraban el lugar en que se encontraban ni tenían miramientos de ninguna especie.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Comenzaba a preocupar la escasez de víveres, racionados ya al extremo y perjudicados por la humedad, y se presentía el próximo agotamiento. Sacrificaron las reses que les cedieron en las chacras vecinas y casi todos los caballos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Va escaseando la comida —aventuraba alguno—. Pronto tendremos que carnear los perros.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Los perros nos van a comer a nosotros.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Casi convirtióse en un hábito salir a mirar en dirección a Felipe Arana, a pesar de que sabían muy bien que ningún socorro podía llegarles de aquella población mísera. ¿Y de dónde si no? ¿De Jagüel Viejo? Estaba a veinticinco leguas. Finalmente las miradas se levantaban desde los caminos fangosos y desde la laguna que sepultaba al pueblo, para recorrer el cielo siempre oscuro. A la izquierda, en dirección de la iglesia al pueblo inundado, circuido de una tapia de ladrillos sin revoque, estaba el cementerio. Destacábanse los ángeles, exactamente iguales todos, y los fastigios de los panteones. Desde la iglesia alcanzaban a verse las cruces sobre el agua.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El jefe de la estación conservaba su flemática importancia. Padecía de jaquecas intermitentes que lo obligaban a permanecer horas y horas tendido, con compresas que le abarcaban la frente y los ojos. Cuando no lo postraba el mal, salía, aunque lloviznara, a contemplar el vasto campo anegado y a respirar aire puro. Mas era imposible permanecer fuera largo rato, ya porque la tregua de la lluvia duraba poco, ya porque los perros se echaban sobre quienquiera que saliese, colocándoles las patas embarradas encima, implorantes y feroces. Dos días antes carnearon un caballo para ellos, y, sin esperar a que fuera trozado, arrebataron enormes pedazos que devoraban en tropel acometiéndose entre sí a mordiscos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cada vez resultaba más difícil abrir las puertas, pues los perros porfiaban por entrar, acosados por el hambre y la intemperie. Habían tragado ya los cueros y los huesos de los caballos y hasta los cadáveres de sus compañeros, respetados bastante tiempo. Ladraban, aullaban y escarbaban desesperados en el barro impregnado de sangre, como si hubiesen escondido antes su presa y no recordaran dónde. Al gritar en torno de la iglesia, iban en un remolino silencioso batiendo el barro hasta formar un picadero de lodo liso como una pista.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El padre Demetrio vino a las naves y fue rodeado por la muchedumbre que acaso esperaba de él cualquier milagro, o noticias que pudieran reanimarlos. Él mismo sintió como culpa suya el no poder prestar ningún auxilio a los desgraciados, el no tener nada que decirles y el carecer de valor para invocar los bienes de la fe en ese trance.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Más duró el diluvio, que duró cuarenta días —dijo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ángel, el idiota, que escuchaba atentamente cada frase del anciano sacerdote, replicó con insólita vehemencia:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Cuarenta días y cuarenta noches, hasta que el Señor acabó con los pecadores—&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Cuarenta días! —afirmó doña Ernestina—. Llevamos doce ¡Si volverá el diluvio!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Por algo será —contestó el cura—. Saque usted a su chico de ese banco. Está ensuciando y echando a perder la iglesia entera.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Padre, ¿cree usted que será un castigo de Dios?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Hasta las velas de los altares han quitado. Vea usted: ese cirio es del altar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Tenemos que alumbrarnos. Casi ni de día se ve.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—La humedad echa a perder los fósforos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Nos ponemos la ropa todavía mojada.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero para fumar y llenar el templo de asquerosidades sí hay fósforos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—De noche no hay con qué alumbrarse.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—De noche hay que dormir y no meter el escándalo que ustedes hacen, ni comportarse como cerdos más bien que como cristianos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Entre los gritos de los chicos y los aullidos de los perros, vamos a enloquecernos, si usted no nos ampara.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Siempre hay algún chico que se descompone de noche. Ya ve, padre, cómo estamos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Para qué se han metido ustedes aquí? Esta es la casa del Señor. Vean el piso... Caminando sobre los restos de la comida...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Es un hueso.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ni las mondaduras de las papas han tirado afuera.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Padre Demetrio, ¿no tendría usted un poco de alcohol? Rafaela tiene cólicos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Que la vea el médico.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Detrás del cura iba don Pedro, sin contestar a los que los interrogaban, con cierta solemne convicción de que también él había llegado a ser persona importante. La gente agolpábase, y era de temer que concluyera por agredirlos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Padre, usted podría hacer algo por nosotros —exclamó una anciana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Es un pecador, es un pecador, es un pecador! —irrumpió el idiota—. Por eso nos castiga Dios a todos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El padre Demetrio se sobresaltó, lo miró fijamente, no con mirada tan firme y segura como la de su agresor, y juntó las manos con fuerza. Se hizo silencio y todos ciñeron al sacerdote, como si lo hubieran herido de muerte. Pero nadie habló en su defensa ni apartó al ofensor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Dios te perdone, porque eres un insensato. Y el sacerdote le hizo la señal de la cruz casi rozándole la cara.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Es un pecador contra la Iglesia y el Evangelio —prosiguió Ángel, y comenzó a santiguar al cura. Este reaccionó en igual forma y parecía que ambos se disputaban, por la rapidez de los movimientos y el ahínco, la gloria de ver caer fulminado por Dios al adversario.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Día llegará en que la cólera del Señor se manifestará con espanto.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Afuera, afuera con Satanás! ¡Afuera este loco de la porra!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Hará crujir los dientes a los perversos, y los sacerdotes impuros pagarán por ellos y por sus fieles.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El padre Demetrio proseguía sus exorcismos en latín y retrocedía en una retirada dificultosa. Muchos se le habían puesto detrás y no lo dejaban irse.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Tiene Satanás, tiene Satanás, puerco hereje.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Por algo lo dirá —se oyó a una mujer desde un ala de la nave.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Quiso echarnos de aquí como a los perros.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Escondió las velas para dejarnos morir a oscuras.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ayer nos maldijo a todos, porque los muchachos se metieron en su pieza.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ahí esconde la comida.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Qué dices infeliz? —rugió el padre Demetrio, lanzándose sobre el idiota, que había cesado de hablar y, asiéndolo por los hombros:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Vade retro!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El idiota había cambiado súbitamente de actitud. Con la cara lampiña de bobo, los ojos muy abiertos, comenzó a sollozar sin lágrimas, mirando siempre con fijeza al sacerdote, que mascullaba frases en latín, rojo y empañado el rostro de sudor. Sin soltar al idiota, miraba a uno y otro lado, comprendiendo que estaba sin protectores, solo entre la jauría humana. Alguien que había trepado al coro silbó y el silbido restalló como una víbora en el ámbito del templo. Otro produjo un ruido agraviante, soplándose con fuerza la palma de la mano. Las mujeres y los chicos lloraban; todos hablaban a la vez y, desde afuera, los perros, al oír la grita, levantaron aullidos lastimeros. Había quien increpaba al padre Demetrio y quien lo defendía. Pero don Pedro continuaba inmutable, firme y mudo, como si no supiera qué tenía que hacer en tales inusitadas circunstancias. El alboroto retumbaba en las bóvedas y en las paredes, rebotando y cayendo sobre los nuevos tumultos como olas sobre olas en la playa. El sacerdote fue conducido a la sacristía, sostenido del brazo por don Pedro. En la iglesia todos hablaban a un tiempo, culpando ahora al idiota que, protegido por la anciana, parecía ignorar por completo lo que había dicho. La abuela gritaba mientras le pasaba la mano por la cabeza: ¡Déjenlo, déjenlo; no son palabras de él, son palabras inspiradas!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Por unos segundos los refugiados se miraron entre sí como si se les hubiera dado una explicación satisfactoria del incidente; bancos atrás, el jefe de la estación, con sus compresas de agua fría en la frente y los ojos, seguía tendido e inmóvil, mojando a cada rato la toalla en un jarro colocado en el suelo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Varios vecinos salieron para aplacar a los perros, y resultó que, aprovechando el descuido, entraron atropellando bancos, equipajes y personas con diabólica alegría. Cuando pudieron cerrar las puertas, casi todos los perros estaban dentro. Corrían gritando, en busca de sus amos. Saltaban por encima de los obstáculos y atravesaban como flechas los compartimientos formados por las cortinas de frazadas y sábanas. Se produjo un nuevo tumulto, peor que el anterior. Acometieron a puntapiés a los perros, más éstos se echaban sumisos ante los agresores sin reparar que fueran seres conocidos o no. Lamían la cara a los chicos y dejaban pegado el barro en todas partes. Los que no encontraron a sus amos se agazapaban bajo los bancos, o se refugiaban detrás de los andamios y los cajones, o penetraban en los confesionarios, para salir inmediatamente con renovados bríos. Si se intentaba echarlos con palos o tirándoles cosas, mostraban los dientes, y hubieran mordido de insistirse en el castigo. Muy pronto volvieron a sus jubilosas demostraciones, pasando del furor al regocijo inocente. Comenzaron a oliscar con apresurada ansiedad, a lamer las cacerolas, a husmear las valijas y las cestas, y acabaron por arrojarse contra ellas sin que nadie intentara contenerlos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Era el atardecer. La luz difusa entraba suavemente por los vitrales, y las imágenes resplandecían en sus oros y piedras de colores con un fulgor mortecino. Humos y vahos esfumaban las vastas, nebulosas bóvedas velándolas con una niebla sucia y gris, muy semejante a la que cubría a veces el campo. Tan densa era la atmósfera, que parecía hacer vibrar los perfiles de los objetos lustrosos. En el altar mayor, a los lados del crucifijo, ardían dos cirios que constantemente se renovaban, pues los substraían antes de arder por completo. Se los mantenía encendidos día y noche como súplica silenciosa para que cesara la lluvia. La iglesia quedó inundada de un vago rumor, impregnada del olor de los perros mojados, que paulatinamente se aquietaban. Ese olor llegó a predominar sobre todos los demás, acres y punzantes, hasta provocar náuseas. Por momentos formábanse silencios compactos y abismales. En seguida oíase levantarse, como una ola ancha y oscura, el murmullo de las voces contritas o el musitar de las plegarias o el comentario de los hechos increíbles. Deploraban la afrenta al sacerdote y esperaban verle para pedirle perdón en nombre del idiota. Muchos temieron que el disgusto ocasionara la muerte del anciano, y no se sabía dónde estaba escondido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Fuera, los perros que no pudieron entrar, ladraban sin cesar, rondaban la iglesia corriendo en tropel y raspaban con las patas y los hocicos las paredes y las puertas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Hay que echar a estos perros, o matarlos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Más bien hay que entrar a los otros. Llevan diez días bajo el agua.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En fin, se abrieron las puertas y entraron.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ante la sorpresa de todos, se vio al anciano sacerdote subir, con fatiga de pena y vejez, la escalera que conducía al coro. Allí arriba permaneció unos minutos inmóvil; después se arrodilló para rezar. Todo el mundo lo observaba con curiosidad y respeto; hasta con simpatía. En seguida avanzó hacia el teclado del órgano, e inesperadamente resonó en la iglesia un canto profundo y trémulo, de sombrías y reverberantes voces que se fueron afinando y elevando, en un vuelo místico, hasta alcanzar las notas más altas del instrumento y de las posibilidades de la humana audición. La música sonó entonces como nunca se había oído, y las manos del ejecutante creaban un cántico de unción celestial, improvisado bajo las dolorosas emociones de la afrenta y del perdón. Los sonidos expurgaban lo que la voz del sacrílego mancó: las imágenes, las paredes, las columnas, las figuras coloreadas de los vitrales, corazones y objetos por igual. Extendíase la música sobre cada cosa y cada ser como un bálsamo, y purificaba el ambiente de tanto miasma y pecado, y superponía en la turbia luz crepuscular un fino epitelio vivo a todo lo sólido e inerte.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Luego todo quedó en sombra, apenas quebrada por el fulgor vibrante de las hachas del altar mayor; y al cesar las voces del órgano se percibió de nuevo aquel silencio compacto, húmedo, sombrío. Apenas se distinguían las imágenes de los vitrales, donde se historiaba la vida del santo hospitalario, y la lluvia reanudaba su precipitación con furia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una mujer, con voz muy apagada, le dijo a otra:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ernesto tiene fiebre, su frente quema la mano. ¿Quiere usted tomarle el pulso?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La otra mujer se aproximó al niño tendido sobre un cobertor, boca arriba, y le puso la mano en la frente. Más lejos se oía una voz: Moja esta toalla en el agua de la lluvia y tráemela pronto.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Qué tienes? —preguntó la mujer al niño.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Acá —contestó el chico tocándose la garganta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Doña Ernestina se acercó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Tiene vinagre aromático?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Para qué?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Necesitaba.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No traje ningún medicamento. Miel rosada, si usted quiere.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Nadie ha traído medicamentos. A mí sólo se me ocurrió traer un frasco de yodo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Yo traje un frasco de jarabe. ¿Lo quiere?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El médico iba de un compartimiento a otro, pasando por debajo de las cortinas, revisando a los niños, pálido y agitado. No contestaba ninguna pregunta. Sólo decía como para sí: No hay elementos, no hay elementos. Es increíble. Al rato se lo vio sentado en el escalón de uno de los altarcitos, con la cabeza entre las manos. Cuando iban a buscarlo las mujeres, musitaba: Ya fui, ya fui; y no levantaba los ojos. Se llevaba las manos al cuello como si algo le molestara. Después se encaminó a la sacristía abriéndose paso entre la gente que, en voz baja, parecía inculparlo, como antes al cura, de todas las desdichas. Llamó a don Aniceto y le dio una hoja del recetario escrita, urgiéndolo a que partiera a caballo hasta jagüel Viejo. Era imposible vadear el largo para ir a Felipe Arana. Jagüel Viejo era un pueblo de sólo la estación y algunas casas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se oía conversar en lo alto, en el coro. Allí estaban numerosos hombres, que se retiraron de las naves para dejar mayor espacio. Los dos cirios de la súplica ardían con llamas rojizas, y alguna que otra vela iluminaba cuerpos de personas y de perros tendidos en el suelo. Hacía un calor inusitado. Las imágenes de cera, apenas alumbradas, parecían parpadear y tener las mejillas encendidas de fiebre. El Cristo del altar mayor, por la humedad que todo lo impregnaba, relucía como si lo bañara entero un mador que con la sangre de su Faz corría por los hombros, el pecho, los flancos brillantes y el vientre hundido, a lo largo de los muslos hasta los pies. La atmósfera oprimía las gargantas, la brasa de los cigarrillos se levantaba, ardía más vívida y bajaba de nuevo. Percibíase la respiración fatigada de los ancianos y de los niños, como un jadeo febril. Las noches eran peores que los días, infinitamente más largas y desoladas, aunque no ocurrieran escenas de desesperación. Así pasó la noche. La lluvia amainó.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los húngaros, María y Bronislao, estaban despiertos, con la nena entre ellos. Se les había muerto mientras alborotaban el cura, el idiota y todos los demás. Todavía la madre, de vez en cuando, vertía en la boca de la criatura una cucharadita de té muy dulce. Los padres no hablaban y se habían unido, con la hija en medio, ocultándola. La madre la envolvió en una frazada, y así estuvieron toda la noche sin decirse una palabra. Había una agitación muy grande, aunque silenciosa. Mujeres y hombres iban de un lugar a otro con inquietud. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A la mañana siguiente dos criaturas habían fallecido. También ese día tuvieron que sepultar, algo más lejos de los niños, al médico. Lo encontraron detrás del altar mayor tendido y con el bisturí entre los dedos, como si sostuviera un cigarrillo ensangrentado. A todos se los sepultó cerca de la iglesia, donde los perros habían escarbado y enterrado comidas. A un metro de profundidad, la tierra estaba casi seca. Los sepultaron sin ataúd; a los niños amortajados con sus ropitas, las mismas que usaron.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El padre Demetrio subió al púlpito. Todos esperaban mortificados un largo sermón de reproche o de consuelo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Hijos míos: Dios nos prueba hasta el fin.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Fue lo único que dijo, y se tapó la cara con las manos. Sollozaba. Ángel lo miró desde el rincón de los andamios, con su mirada fija y blanda. Quiso hablar, pero sólo pudo balbucir palabras incoherentes, acaso injuriosas. La anciana repetía mecánicamente: Si tiene que hablar, hablará.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mas el idiota sólo atinaba a mover la mandíbula inferior, como si estuviera bajo el influjo hipnótico de la figura del padre Demetrio, que permanecía aún en el púlpito cubriéndose el rostro. Después, el sacerdote se dispuso a descender, indeciso. La gente hablaba en voz baja; palabras y sollozos se ahogaban con pañuelos y manos. Los perros husmeaban constantemente, yendo y viniendo veloces. El padre Demetrio rogó con voz débil, mientras bajaba por la escalera del púlpito.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Hijos míos: es preciso sacar del templo a los perros. Esto es un castigo de Dios por la nueva profanación de su casa.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Todos se miraron con estupor. Afuera estaban recién cubiertas, las tumbas de los niños sepultados horas antes. Un escalofrío recorrió el cuerpo de las mujeres. Los muchachos en particular trataron de asir sus perros, o los que tenían más cerca, para que no los sacaran. En el mismo sitio, los húngaros continuaban en igual actitud, sentados y sin hablarse. Contestaban lacónicamente a quienes se les acercaban, y nadie advirtió que la madre no tenía en sus brazos a la hijita.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El día fue deslizándose lento, como luz que se extinguiera con infinita languidez. A la entrada de la noche, se oyó a la abuela del idiota:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Quiere profetizar, quiere profetizar!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ángel echó a andar decidido, atrayendo por la mano a la abuela. No quería dejarlos  avanzar hasta la escalera del púlpito.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—La maldición de Jehová sobre los pecadores —decía el muchacho y su labio imberbe dejaba caer esas palabras como una baba amarga. Pero al llegar ante el altar mayor, vio al sacerdote que se levantaba de orar y quedó como petrificado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Hablará, hablará! —exclamaba la anciana, que ahora tiraba de la mano del nieto, rígido y atónito.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los perros continuaban su incesante búsqueda, familiarizados ya con el templo, las escaleras, la sacristía y las habitaciones interiores.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Esa noche también pasó.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A la mañana siguiente, antes de amanecer, estaban fuera del templo muchos hombres, mirando en dirección a Felipe Arana y a Jagüel Viejo, por si veían llegar algún socorro. Sabían perfectamente bien que no era posible hacer ese camino sino a caballo. Pero don Aniceto podría traer ya las inyecciones y los medicamentos, siempre que los hubiera allá. No se percibía en el cielo sobre las lagunas, cada vez mayores, sino algunas gaviotas y pájaros aislados, a lo lejos, cerca de los árboles cubiertos por el agua. Las gaviotas volaban alto sobre la iglesia, de horizonte a horizonte.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los húngaros, sentados todavía, tenían a su alrededor no menos de cincuenta perros. Sin moverse ni hablar, con los pies desnudos trataban de ahuyentarlos. Apenas se movían, los perros se retiraban para aproximárseles de nuevo, callados, estirando la cabeza hacia ellos. Entre marido y mujer estaba el envoltorio, enorme ahora, formado con todas las cobijas que tenían. Las usaron para cubrir el cuerpecito de la hija, porque no querían dejarla sepultar como a las otras criaturas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
De pronto comenzó a aclarar el cielo y pareció que hacia el Este abríase contra la tierra una franja azul, precursora del fin de aquel diluvio. Se aprovechó la tregua para enterrar a los niños y a tres mayores que murieron la noche anterior, entre ellos doña Ernestina. El cura pronunció los responsos, y cuando penetró en la iglesia siguió asperjando cuanto hallaba a su paso con el hisopo, como si se tratara de la misma ceremonia, ya concluida. Terminada la tarea, los ojos se dirigieron hacia el pueblo de Felipe Arana, hacia el de General Estévez, bajo las aguas, y vagamente hacia el de Jagüel Viejo. No se veía llegar a nadie. Únicamente las gaviotas, que surgían de largo en vuelo altanero. El cielo, menos oscuro, no dejaba abrigar muchas esperanzas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—El Señor nos oirá —dijo el sacerdote cuando salió, luego de haber recorrido la iglesia con el hisopo—. No ha de llover más. Por allá se ve que aclara.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero es por el Este, padre.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—La tormenta sigue recostada al Sur y al Oeste.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Hace tres días que también estaba así.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Reingresaron todos al templo. Muchos se habían quedado dentro, junto a sus hijos, auxiliándolos como podían, ayudándolos a respirar. Bronislao y María continuaban aún como dos días antes, rodeados por los perros. Comenzábase a percibir olor a carne descompuesta, más penetrante que el husmo habitual. Todos siguieron con la mirada al sacerdote, que se encaminó al altar mayor para rezar en voz alta. Los cirios seguían ardiendo y las imágenes de los vitrales traslucían, mejor que nunca a esas horas, la claridad esfuminada de la tarde. Entró de pronto un joven que gritó en un arranque de alegría:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡El arco iris, el arco iris! ¡No llueve más!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Todos se apresuraron a salir de la iglesia, y el sacerdote echó a caminar tambaleante y firme a la vez. Miró al cielo para descubrir algún vestigio del arco iris.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Allí, ven. ¿Ven?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Nadie veía nada. Quedaron callados, en suspenso, esperando más bien el milagro que el más lejano indicio razonable. Mucho tiempo estuvieron así, sin que nadie se atreviera a desmentir al iluso. Las paredes de la iglesia iban oreándose. Sólo hilos de agua caían de las altas gárgolas. De pronto se oyó, muy lejos, por el fondo del cielo, hacia el Sur, un trueno que rodaba ancho como el firmamento.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Dios hará el milagro de salvarnos y no permitirá que muramos así.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al poco tiempo, algo más destacado de la vaga oscuridad de las nubes, otro vasto trueno resonó henchido de sombra y humedad. El cielo se adensó, seguramente porque caía la tarde, y en seguida, como cuando empezó, después de tres meses de sequía, la lluvia precipitaba sus gruesas gotas sobre los rostros levantados.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Realista&quot;&gt;Otros cuentos realistas&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
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&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
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&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El microcuento &quot;&lt;b&gt;La Muerte en Samarra&lt;/b&gt;&quot; fue tomado del libro &lt;i&gt;&lt;b&gt;Cómo se cuenta un cuento&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed. Sudamericana; &quot;&lt;b&gt;El drama del desencantado&lt;/b&gt;&quot; y &quot;&lt;b&gt;El soldado mutilado&lt;/b&gt;&quot; pertenecen a dos discursos del autor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Gabriel García Márquez&lt;/b&gt; (Gabo): escritor y periodista nacido en Aracataca, Colombia, en 1927. Ha escrito cuentos, novelas, ensayos y guiones de cine. Entre sus libros más celebrados figuran &lt;i&gt;&lt;b&gt;Doce cuentos peregrinos&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, y las novelas &lt;b&gt;&lt;i&gt;Cien años de soledad&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, &lt;b&gt;&lt;i&gt;El amor en los tiempos del cólera&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;Crónica de una muerte anunciada&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;Relato de un náufrago&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;&lt;b&gt;El coronel no tiene quien le escriba&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;. &lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La Muerte en Samarra&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El criado llega aterrorizado a casa de su amo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Señor —dice— he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El amo le da un caballo y dinero, y le dice:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Huye a Samarra.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza —dice.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No era de amenaza —responde la Muerte— sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El drama del desencantado&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El soldado mutilado&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Un soldado argentino que regresaba de las Islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono desde el Regimiento I de Palermo en Buenos Aires y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba —según dijo— de un recluta de 19 años que había perdido una pierna y un brazo en la guerra, y que además estaba ciego. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La madre, aunque feliz del retorno de su hijo con vida, contestó horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado, y se negó a aceptarlo en su casa. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Entonces el hijo cortó la comunicación y se pegó un tiro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Microcuento&quot;&gt;Otros microcuentos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Garc%C3%ADa%20M%C3%A1rquez&quot;&gt;Otros cuentos de García Márquez&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/4771451718563722979/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/3-microcuentos-de-garcia-marquez.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/4771451718563722979'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/4771451718563722979'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/3-microcuentos-de-garcia-marquez.html' title='3 microcuentos de Garcia Marquez'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg-HhvYhQcwhzED_hdtOVn3xGyXpkJtL_l_G4J81ss_pzD7JLYBQLxKdOBB9ludMQWFLMteoo0Uuf2pLvR7AjjQJ3W7tq6GhEkneJoM79dEVWTJ2Uq1FI_LcWO8GmRkhQsofabgIBNkTm64/s72-c/Garcia-Marquez.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-6113083050336886265</id><published>2013-08-29T23:05:00.000-03:00</published><updated>2013-08-29T23:40:27.271-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Estadounidenses"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Mark Twain"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><title type='text'>El disco de la muerte - Mark Twain</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjtTc3tF8f3F-af-JaECCJJ3DvxOzSSLOZwwAxCyMYFnKk-nF4jRW4qb4CSqbooKjK4Fpt4UocM0Khoyq38ZOS7y5gDURI5a_x-3jqUUZ4fj-khmllHJRe7upSulLMMwxN4Eu0k7wM0N4GW/s1600/mark-twain.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Imagen de mark twain cuento el disco de la muerte&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjtTc3tF8f3F-af-JaECCJJ3DvxOzSSLOZwwAxCyMYFnKk-nF4jRW4qb4CSqbooKjK4Fpt4UocM0Khoyq38ZOS7y5gDURI5a_x-3jqUUZ4fj-khmllHJRe7upSulLMMwxN4Eu0k7wM0N4GW/s1600/mark-twain.jpg&quot; title=&quot;Mark Twain&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
El cuento &quot;&lt;b&gt;El disco de la muerte&lt;/b&gt;&quot; fue tomado del libro &lt;b&gt;&lt;i&gt;Cuentos breves para leer en el bus 1&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, Ed. Booket.&lt;br /&gt;
&lt;b&gt;Mark Twain&lt;/b&gt; (1835-1910): nació en Misuri, Estados Unidos, y aparte de escritor fue tipógrafo, periodista, cajista, ayudante de navegación y hasta minero. Algunos de sus libros, como &lt;i&gt;&lt;b&gt;Las aventuras de Huckleberry Finn&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Las aventuras de Tom Sawyer&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, son iconos de la novela de aventura. También le pertenecen los clásicos &lt;i&gt;&lt;b&gt;Príncipe y mendigo&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (novela) y &lt;a href=&quot;http://libros-completos.blogspot.com.ar/2013/04/diarios-de-adan-y-eva-completo-mark.html&quot;&gt;&lt;i&gt;&lt;b&gt;Diarios de Adán y Eva&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;&lt;/a&gt; (cuento largo).&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;&amp;nbsp;&lt;/b&gt;&lt;/h2&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;El disco de la muerte&lt;/b&gt;&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
I&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Eran los tiempos de Oliver Cromwell. El coronel Mayfair era el oficial más joven de su rango en los ejércitos de la Commonwealth; sólo tenía treinta años. No obstante, a pesar de su juventud, ya era un veterano curtido por los rigores de la guerra, pues había empezado su vida militar a los diecisiete años. Participó en muchos combates, y su coraje en el campo de batalla le valió, poco a poco, su alto cargo en el servicio y la admiración de los hombres. Pero ahora se veía en serias dificultades; una sombra se cernía sobre su futuro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Caía la noche invernal, y afuera azotaba la tormenta y la oscuridad. Adentro, reinaba el silencio melancólico, pues el coronel y su joven esposa hablaron de su dolor hasta el cansancio, leyeron la Biblia y rezaron la oración de la noche, y ya no podían hacer otra cosa que quedarse sentados, tomados de la mano, mirando el fuego, y pensar... y esperar. No tendrían que esperar mucho tiempo, lo sabían, y la esposa se estremeció al pensarlo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tenían una sola hija, Abby, de siete años, adorada por ambos. La niña no tardaría en bajar a darles el beso de las buenas noches, y el coronel decidió hablar en ese momento:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sécate las lágrimas y aparentemos alegría, por su bien. Tenemos que olvidar por ahora lo que va a ocurrir —dijo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lo haré. Los guardaré en mi corazón, que se está destrozando.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Y aceptaremos lo que nos ha de venir, y lo soportaremos con paciencia, sabiendo que Él todo lo hace con rectitud y bondad.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Y diciendo: hágase Su voluntad. Sí, puedo decirlo desde el fondo de mi alma y mi mente... y también lo diría desde el fondo de mi corazón, si pudiera. ¡Ah, si pudiera! Si esta querida mano que oprimo y beso por última vez...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Calla, mi amor! ¡Ya viene la niña!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una pequeña figura de cabellos rizados, en camisón, se apareció por la puerta y corrió hacia su padre, que la abrazó y la besó con fervor una, dos y tres veces.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Papi! No me beses así, que me enredas el cabello.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ah, lo siento, lo siento mucho. ¿Me perdonas, querida?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero por supuesto, papi. Pero ¿de verdad lo sientes? ¿No estás fingiendo, y realmente lo sientes?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Bueno, juzga por ti misma, Abby —y el coronel se cubrió la cara con las manos y simuló sollozar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La niña se llenó de remordimientos al ver el hecho trágico que había causado, y empezó a llorar, a tirar de las manos de su padre y a decir:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Ay, no, papi, por favor no llores! Abby no lo dijo en serio; Abby nunca lo volverá a hacer. Por favor, papi. —Mientras tiraba y se esforzaba por separar los dedos, vio fugazmente un ojo detrás de la mano, y exclamó—: Ah, papi travieso, ¡no estás llorando! ¡Es una broma! Y ahora Abby se va con su mamá, porque tú no tratas bien a Abby.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La niña intentó bajarse, pero su papá la abrazó con fuerza y le dijo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No, quédate conmigo, querida. Papi se portó mal y lo admite, y lo siente mucho. Ahí está, déjalo que te bese las lágrimas; le pide perdón a Abby, y hará todo lo que Abby le diga que debe hacer, como castigo. Ya los besos secaron las lágrimas y ni uno de los rizos se despeinó..., y lo que Abby mande...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y se reconciliaron; en un instante volvió la alegría y se le iluminó la cara a la niña, que empezó a acariciar las mejillas de su papá, mientras nombraba el castigo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Un cuento! ¡Un cuento!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
¡Atención!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los padres contuvieron el aliento y escucharon. ¡Pasos, apenas perceptibles entre las ráfagas de viento! Se acercaban poco a poco —más fuertes, más fuertes—, y luego pasaron de largo y desaparecieron. Los padres respiraron aliviados, y el papá dijo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Quieres un cuento, dijiste? ¿Alegre?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No, papi, uno de miedo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El padre quería contar un cuento alegre, pero la niña insistía en sus derechos... Tal como acordaron, podía obtener lo que ordenara. El coronel era un buen soldado puritano y había dado su palabra. Se dio cuenta de que tenía que respetarla.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Papi —explicó la niña—, no tienes que contarme cuentos alegres todo el tiempo. La niñera dice que la gente no siempre vive momentos felices. ¿Es cierto, papi? Ella dice eso.  &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La mamá dio un suspiro, y volvió a pensar en sus problemas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Es cierto, querida —respondió el padre, con suavidad—. Siempre llegan las preocupaciones. Es una lástima, pero es verdad.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ah, entonces cuéntame algún cuento sobre ellas, papi..., uno de miedo, así todos temblamos y hacemos como que nos pasa a nosotros. Mami, acércate y toma a Abby de la mano, de modo que si es demasiado terrible, va a ser más fácil que lo soportemos todos juntos, sabes. Ya puedes empezar, papi.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Bueno, había una vez tres coroneles...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Ah, qué bien! Yo conozco coroneles. Es fácil, porque tú eres uno y sé cómo se visten. Sigue, papi.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Y durante una batalla cometieron una falta de disciplina.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las palabras importantes le resultaron agradables a Abby, y levantó la vista, llena de asombro y de interés:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Eso se come? ¿Es rico, papi? —preguntó.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los padres esbozaron una sonrisa, el coronel contestó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No, es otra cosa, querida. Se extralimitaron en el cumplimiento de sus órdenes.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Y eso se...?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No, tampoco se come, igual que lo otro. Se les ordenó simular un ataque a un puesto muy defendido durante una batalla ya casi perdida, con el fin de dispersar al enemigo para que las fuerzas de la Commonwealth tuvieran la posibilidad de retroceder; pero, llevados por el entusiasmo, pasaron por alto las órdenes y convirtieron la simulación en un hecho real. Tomaron el puesto por asalto, salieron victoriosos y ganaron la batalla. El general se puso furioso por su desobediencia. Los elogió mucho, pero los mandó a Londres para que los sometieran a juicio.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Ése es el gran general Cromwell, papi?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Ah, yo lo he visto, papi! Y cuando pasa delante de nuestra casa, tan magnífico en su caballo grande, con los soldados, parece tan..., tan..., bueno, no sé cómo, sólo que parece que no está contento, y se nota que la gente le tiene miedo. Pero yo no le tengo miedo, porque a mí no me mira así.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ah, mi querida charlatana. Bueno, los coroneles fueron a Londres como prisioneros y, bajo su palabra de honor, les permitieron ir a ver a sus familias por última...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
¡Atención!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se quedaron escuchando en silencio. De nuevo pasos, pero una vez más siguieron de largo. La mamá recostó la cabeza sobre el hombro de su marido para ocultar su palidez.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Llegaron esta mañana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La niña abrió los ojos, llenos de asombro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero, papi, ¿es un cuento verdadero?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí, querida.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Qué bueno! Así está mucho mejor. Sigue, papi. Pero ¡mami! Querida mami, ¿estás llorando?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No me hagas caso, preciosa. Estaba pensando en..., en... las pobres familias.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero no llores, mami; todo va a salir bien..., vas a ver; los cuentos siempre terminan bien. Sigue, papi, hasta la parte en que vivieron felices y comieron perdices; así ya no va a llorar. Ya vas a ver, mami. Sigue, papi.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Antes de dejar que volvieran a su casa, los llevaron a la Torre.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Ah, yo conozco la torre! Desde aquí podemos verla. Sigue, papi.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sigo lo mejor que puedo... bajo las circunstancias. En la Torre la corte militar los juzgó durante una hora, los declaró culpables y los condenó a ser fusilados.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿A morir, papi?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Ay, qué malos!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Querida mami, estás llorando otra vez. No lo hagas, mami; pronto va a llegar a la parte buena..., vas a ver. Apúrate, papi. Hazlo por mami. Tienes que contarlo más rápido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí, lo sé, pero es porque me detengo mucho a reflexionar, supongo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero no debes hacerlo, papi. Tienes que seguir adelante.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Muy bien, pues. Los tres coroneles...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Los conoces, papi?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí, mi amor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ay, a mí me gustaría conocerlos. Me encantan los coroneles. ¿Crees que me dejarían que les diera un beso?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al coronel le tembló un poco la voz cuando le respondió:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Uno de ellos, sí, preciosa. A ver..., dame un beso por él.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Toma, papi..., y estos dos son para los otros. Creo que sí me dejarían que los besara, papi, porque les diría: «Mi papá también es un coronel, y muy valiente, y él hubiera hecho lo mismo que ustedes, así que no puede ser tan malo, digan lo que digan esas personas, y no tienen que avergonzarse de nada.» Entonces me dejarían besarlos, ¿no es cierto, papi?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Dios sabe que sí, hija mía!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Mami..., ay, mami, no debes llorar. Ya va a llegar a la parte feliz. Sigue, papi.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Entonces, algunos se arrepintieron... en realidad, todos. Me refiero a la corte militar. Y fueron a ver al general, y le dijeron que habían cumplido con su deber —porque era su deber, sabes—, y ahora le rogaban que perdonara a dos de los coroneles y que sólo fusilaran al otro. Les parecía que uno sería suficiente como ejemplo para el ejército. Pero el general era muy severo y les reprochó que, habiendo llevado a cabo su deber y aliviado su conciencia, quisieran inducirlo a ser menos y mancillar de ese modo su honor de soldado. Pero le respondieron que no le estaban pidiendo nada que ellos mismos no harían si ocuparan tan alto cargo y tuvieran en sus manos la prerrogativa del perdón. Eso lo impresionó. Hizo una pausa y se quedó pensando, mientras desaparecía la severidad de su rostro. Entonces les pidió que esperaran y se retiró a su gabinete a pedirle consejo a Dios por medio de la oración. Y cuando volvió a salir, les comunicó: «Harán un sorteo. Lo decidirán ellos, y dos conservarán la vida.»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Y lo hicieron, papi, lo hicieron? ¿Y cuál va a morir? Ay, pobre hombre.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No. Se negaron.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿No lo hicieron, papi?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Por qué?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Dijeron que el que sacara el grano fatal se condenaría a sí mismo a morir a través de un acto voluntario, y eso no sería otra cosa que suicidio, lo llames como lo llames. Afirmaron que eran cristianos y que la Biblia les prohibía a los hombres que se quitaran la vida. Enviaron esa respuesta y dijeron que estaban listos... y que ejecutaran simplemente la sentencia de la corte.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Eso qué quiere decir, papi?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Que..., que los van a fusilar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
¡Atención!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
¿El viento? No. Tram... tram... r-r-r-amble, damdam... r-r-r-amble, damdam...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Abran! ¡En nombre del general!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ay, qué bueno, papi. ¡Son los soldados! ¡Me gustan los soldados! ¡Déjame abrirles, papi, déjame a mí!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pegó un salto, corrió hacia la puerta y la abrió, gritando contenta:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Pasen, pasen! Aquí están, papi. ¡Granaderos! ¡Conozco a los Granaderos!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Entraron los soldados y se pusieron en fila con las armas al hombro. El oficial saludó, mientras el coronel condenado se mantenía derecho y devolvía el saludo. Su esposa estaba a su lado, pálida y con las facciones contraídas por el sufrimiento interno, pero sin dar ninguna otra muestra de dolor, en tanto la niña observaba el espectáculo con ojos chispeantes...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Un largo abrazo, del padre, la madre y la niña. Luego la orden: «A la Torre... ¡Marchen!» Entonces el coronel salió de la casa marchando con paso y porte militar, seguido de la fila de soldados. Entonces, se cerró la puerta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ay, mami. ¿No es cierto que resultó lindo? Te lo dije, y se van a la Torre, y papi los va a ver. Él...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ah, ven a mis brazos, pobre niña inocente...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
II&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A la mañana siguiente, la afligida madre no pudo dejar la cama. Los médicos y las enfermeras estaban a su lado y de vez en cuando susurraban entre ellos. A Abby no le permitían entrar en la habitación y le dijeron que saliera a jugar, que mamá estaba muy enferma. La niña, bien abrigada, salió y jugó en la calle un rato, pero entonces le pareció raro, y también mal, que su papá estuviera en la Torre sin saber lo que estaba ocurriendo en su casa. Había que remediar esa situación, y ella lo haría en persona.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una hora después, la corte militar recibió órdenes de presentarse ante el general. Éste se encontraba de pie, ceñudo y en posición rígida, con los nudillos apoyados sobre la mesa, y les indicó que estaba listo para escuchar el informe.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Les hemos pedido que vuelvan a considerar su decisión —dijo el portavoz—, se lo hemos implorado. No obstante, insisten. No van a hacer el sorteo. Están dispuestos a morir, pero no a profanar su religión.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La cara del regente se ensombreció, pero no dijo nada. Se quedó pensando un rato y luego expuso:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No morirán los tres. Otros harán el sorteo —los rostros de los miembros de la corte brillaron de gratitud—. Vayan a buscarlos y ubíquenlos en esa habitación. Que se coloquen uno junto al otro, con la cara vuelta hacia la pared y las muñecas cruzadas a la espalda. Avísenme en cuanto estén allí.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando se quedó solo, se sentó y de inmediato le dio una orden a un asistente:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Vaya y tráigame al primer niño que pase por la puerta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El soldado no demoró ni un segundo en volver; llevaba de la mano a Abby, cuya ropa estaba apenas cubierta de nieve. La niña fue derecho hacia el jefe de Estado, ese formidable personaje que hacía temblar a los soberanos y poderosos de la tierra ante la sola mención de su nombre, y se sentó en su regazo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lo conozco, señor —dijo la niña—. Usted es el general. Lo he visto. Lo he visto mientras pasaba delante de mi casa. Todos le tenían miedo, pero yo no, porque usted no parecía enojado conmigo. Lo recuerda, ¿verdad? Llevaba puesto mi vestido rojo con adornos azules en la parte de adelante. ¿No se acuerda?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una sonrisa suavizó las líneas austeras de la cara del regente, y se esforzó por encontrar una respuesta diplomática:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Esto..., déjame ver..., yo...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Me encontraba justo delante de la casa, mi casa, ¿sabe?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Bueno, linda criaturita, debería sentirme avergonzado, pero te diré que...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La niña lo interrumpió, con tono de reproche:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ya veo: no lo recuerda. ¿Por qué? Yo no me olvidé de usted.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ahora sí que me siento avergonzado, pero no te voy a olvidar otra vez, querida niña. Te doy mi palabra. ¿Podrás disculparme, por un momento? Y seguiremos siendo buenos amigos para toda la vida, ¿verdad?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí, de verdad que sí. No sé cómo pudo olvidarlo. Debe ser muy olvidadizo, pero yo también lo soy a veces. De todos modos, puedo perdonarlo sin ningún problema, pues creo que usted quiere ser bueno y hacer bien las cosas, y creo también que es muy bondadoso..., pero tiene que darme un abrazo, como hace papi. Hace frío.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Te daré todos los abrazos que quieras, linda amiguita, y serás mi vieja amiga para siempre, de aquí en adelante, ¿no es cierto? Me recuerdas a mi hija cuando era niña. Ya no lo es, pero era amable, dulce y delicada como tú. Tenía tu encanto, pequeña hechicera, tu irresistible y dulce confianza en los amigos y en los extraños por igual, esa confianza que somete a voluntaria esclavitud a todo aquel que reciba su precioso halago. Solía quedarse en mis brazos, como lo haces tú ahora, y alejaba con su encanto el cansancio y las preocupaciones de mi corazón, y le daba paz, como lo haces tú ahora. Éramos camaradas e iguales, y compañeros de juego. Hace ya mucho tiempo que desapareció y se desvaneció ese agradable paraíso, pero tú me lo has traído de nuevo. ¡Recibe por ello la bendición de un hombre agobiado, pequeña criatura, tú que soportas el peso de Inglaterra mientras yo descanso!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿La quería usted mucho, mucho, mucho?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ah, a ver qué opinas: ella daba órdenes y yo obedecía.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Creo que usted es encantador. ¿Quiere darme un beso?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Con gusto... y, además, lo considero un privilegio. Toma... Éste es para ti, y éste es para ella. Sólo me lo pediste y podrías habérmelo ordenado, porque la representas, y lo que mandas, debo obedecer.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La niña aplaudió encantada ante la idea de esa gran promoción, y entonces oyó un ruido cercano, el paso fuerte y regular de hombres marchando.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Soldados, soldados, general! ¡Abby quiere verlos!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Los verás, querida, pero espera un momento. Tengo que encargarte una misión.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Entró un oficial e hizo una profunda reverencia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ya llegaron, Alteza —anunció, volvió a hacer una reverencia y se retiró.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El jefe de Estado le dio a Abby tres pequeños discos de cera, dos blancos y uno rojo subido: pues esta misión sellaría la muerte del coronel al que le tocara el rojo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Ah, qué lindo disco rojo! ¿Son para mí?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No, querida niña. Son para otros. Levanta la punta de esa cortina, allí, que oculta una puerta abierta; crúzala y vas a ver a tres hombres en fila, de espaldas a ti y con las manos atrás..., así..., cada uno con una mano abierta... igual que una taza. Pon una de estas cosas en cada una de las manos abiertas, y luego regresa a donde estoy yo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Abby desapareció detrás de la cortina, y el regente se quedó solo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sin duda —dijo, piadosamente—, se me ha ocurrido ese buen pensamiento durante mi estado de perplejidad, y me lo ha enviado Él, que siempre está presente para ayudar a los que vacilan y buscan Su auxilio. Él sabe dónde debe recaer la elección, y ha enviado a Su mensajero libre de pecado para que se cumpla Su voluntad. Otro se equivocaría, pero Él no se equivoca. Los caminos del Señor son maravillosos y sabios... ¡Bendito sea Su santo nombre!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La pequeña hada cerró la cortina tras ella y se detuvo un instante para examinar con curiosidad y avidez el mobiliario de la cámara nefasta, las rígidas figuras de la soldadesca y los prisioneros. Entonces se le iluminó la cara de alegría, y se dijo: «¡Caramba, uno de ellos es papi! Reconozco su espalda. ¡Le voy a dar el más bonito!» Se acercó contenta y dejó caer los discos en las manos abiertas; luego se asomó por debajo del brazo de su papá, levantó el rostro sonriente y exclamó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Papi! Mira lo que tienes. ¡Te lo di yo!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El padre le echó un vistazo al regalo fatal, cayó de rodillas y, en un paroxismo de amor y compasión, estrechó contra su pecho a su inocente y pequeño verdugo. Los soldados, los oficiales, los prisioneros en libertad, todos se quedaron paralizados por un instante ante la enormidad de la tragedia. Pero entonces la conmovedora escena les rompió el corazón, se les llenaron los ojos de lágrimas y lloraron sin pudor. Durante unos minutos, hubo un silencio profundo y reverente. Luego el oficial de la guardia se adelantó, de mala gana, y tocó al prisionero en el hombro, mientras le decía, con suavidad:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Me apena, señor, pero el deber me lo ordena.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Ordena qué? —preguntó la niña.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Tengo que llevármelo. Lo siento mucho.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Llevárselo? ¿Adónde?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—A..., a... ¡Dios me ayude! A otro lado de la fortaleza.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero no puede. Mi mamá está enferma y voy a llevarlo a casa. —La niña se soltó, trepó sobre la espalda de su padre y le pasó los brazos alrededor del cuello—. Abby ya está lista, papi. Vamos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Mi preciosa niña, no puedo. Debo irme con ellos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La niña saltó al suelo y miró a su alrededor, perpleja. Entonces corrió hacia el oficial, pegó una patada en el suelo, indignada, y le gritó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Le dije que mi mamá está enferma, y debería escucharme. Suéltelo. ¡Debe hacerlo!  &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ay, pobre niña. Ojalá Dios me lo permitiera, pero realmente debo llevármelo. ¡Atención, guardias! ¡En fila! ¡Armas al hombro...!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Abby desapareció como un rayo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
No tardó en regresar, arrastrando al general de la mano. Ante aquella formidable aparición, todos los presentes asumieron la posición de firmes, los oficiales hicieron el saludo y los soldados presentaron armas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Deténgalos, señor! Mi mamá está enferma y necesita a mi papá. Les dije que lo soltaran, pero no me escucharon ni me hicieron caso, y se lo están llevando.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El general se quedó inmóvil, como aturdido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Tu papá, hija mía? ¿Él es tu papá?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero por supuesto. Siempre lo ha sido. ¿Acaso le hubiera dado el lindo disco rojo a otro, cuando quiero tanto a mi papi? ¡No!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una expresión de horror transfiguró la cara del regente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Que Dios me ayude! —exclamó—. ¡Por culpa de las artimañas de Satanás he cometido el acto más cruel que puede cometer un hombre! Y no tiene remedio, no tiene remedio. ¿Qué puedo hacer?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Angustiada e impaciente, Abby exclamó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Por qué no les dice que lo suelten? —y empezó a llorar—. ¡Dígales que lo hagan! Usted me dijo que diera órdenes, y ahora, la primera vez que le ordeno que haga algo, no lo hace.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una luz suave iluminó el rostro viejo y arrugado, y el general posó la mano sobre la cabeza de la pequeña tirana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Gracias a Dios —dijo— por esa promesa impensada, ese accidente que nos ha salvado, y gracias a ti, inspirada por Él, por recordarme mi juramento olvidado. ¡Ah, niña incomparable! Oficial, obedezca sus órdenes..., ella habla por mí. El prisionero está perdonado. ¡Déjelo en libertad!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Mark%20Twain&quot;&gt;Otros cuentos de Mark Twain&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
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&lt;b&gt;Eduardo Galeano&lt;/b&gt;: nació en Montevideo, en 1940. Es periodista y uno de los escritores más relvantes de latinoamérica. Ha publicado unos cuarenta libros, y su estilo combina la ficción con la historia, la crónica y la política. Algunos de los más conocidos son &lt;i&gt;&lt;b&gt;Las venas abiertas de América Latina&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;El libro de los abrazos&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Memoria del fuego&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;.&lt;/blockquote&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El beso&lt;/h2&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Antonio Pujía eligió, al azar, uno de los bloques de mármol de Carrara que había ido comprando a lo largo de los años.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Era una lápida. De alguna tumba vendría, vaya a saber de dónde; él no tenía la menor idea de cómo había ido a parar a su taller.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Antonio acostó la lápida sobre una base de apoyo, y se puso a trabajarla. Alguna idea tenía de lo que quería esculpir, o quizá no tenía ninguna. Empezó por borrar la inscripción: el nombre de un hombre, el año del nacimiento, el año del fin.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Después, el cincel penetró el mármol. Y Antonio encontró una sorpresa, que lo estaba esperando piedra adentro: la veta tenía la forma de dos caras que se juntaban, algo así como dos perfiles unidos frente a frente, la nariz pegada a la nariz, la boca pegada a la boca.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El escultor obedeció a la piedra. Y fue excavando, suavemente, hasta que cobró relieve aquel encuentro que la piedra contenía.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Al día siguiente, dio por concluido su trabajo. Y entonces, cuando levantó la escultura, vio lo que antes no había visto. Al dorso, había otra inscripción: el nombre de una mujer, el año del nacimiento, el año del fin.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;La institución conyugal&lt;/h2&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El capitán Camilo Techera siempre andaba con Dios en la boca, buenos días si Dios quiere, hasta mañana si Dios quiere.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Cuando llegó al cuartel de artillería, descubrió que no había ni un solo soldado que estuviera casado como Dios manda y que vivían todos en pecado, retozando en promiscuidad como las bestias del campo.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Para acabar con aquel escándalo que ofendía al Señor, mandó llamar al sacerdote que oficiaba misa en la ciudad de Trinidad. En un solo día, el cura administró a los soldados de la tropa, cada cual con su cada cuala, el santísimo sacramento del matrimonio en nombre del capitán, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Todos los soldados fueron maridos desde aquel domingo.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El lunes, un soldado dijo: &lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;—Esa mujer es mía.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Y clavó el cuchillo en la barriga de un vecino que la estaba mirando.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El martes, otro soldado dijo: &lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;—Para que aprendas.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Y retorció el pescuezo de la mujer que le debía obediencia.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El miércoles...&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El parto&lt;/h2&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Tres días de parto y el hijo no salía.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;—Tá trancado. El negrito tá trancado —dijo el hombre.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Él venía de un rancho perdido en los campos.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Y el médico fue.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Maletín en mano, bajo el sol del mediodía, el médico anduvo hacia la lejanía, hacia la soledad, donde todo parece cosa del jodido destino; y llegó y vio.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Después se lo contó a Gloria Galván:&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;—La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba y tenía los ojos muy abiertos. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Yo temblaba, estaba sin un criterio. Y en eso, cuando corrí la cobija, vi un brazo chiquitito asomando entre las piernas abiertas de la mujer.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: No hay nada que hacer.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Y sin embargo, quién sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa inerte y al llegar a la manito, súbitamente la manito se cerró y le apretó el dedo con alma y vida.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Entonces el médico pidió que le hirvieran agua y se arremangó la camisa.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Microcuento&quot;&gt;Otros microcuentos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Eduardo%20Galeano&quot;&gt;Otros cuentos de Eduardo Galeano&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/59585010236951098/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/3-microcuentos-de-eduardo-galeano.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/59585010236951098'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/59585010236951098'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/3-microcuentos-de-eduardo-galeano.html' title='3 microcuentos de Eduardo Galeano'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEggJCw1M0oEyaS6IvIYzgFzp96BnnalCPOmgIxv-vPKpl-fMDXZzSj1wN1hrhpdhQD-wud2SP9PqCCsSePg4Z_8pQiECsKn2wlZNZhLO99ilZ8ZMUiOFCK13_aotexsuMmdZr6rMrAHeI33/s72-c/eduardo-galeano.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-1688809454257502400</id><published>2013-08-23T22:55:00.001-03:00</published><updated>2013-08-23T23:01:27.541-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juanjo Hernández"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Misterio"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><title type='text'>El inocente - Juan Jose Hernandez</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh25eCzBiMPTufwqmGIXen-Jd1jjkDX1CWhQ6-qBFdhrcZH4rKZ4ibAyP7zgH9Sc1-CtdcoWgS1ZTE8FeVJJgiEbLpFRYMp4_E7sng7q6sYNtv7pGszurhvSJzu0qHwOTzdcdnUUC_99bIW/s1600/la-ciudad-de-los-sue%C3%B1os-juanjo-hernandez.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada libro la ciudad de los sueños de Juanjo hernandez el inocente&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh25eCzBiMPTufwqmGIXen-Jd1jjkDX1CWhQ6-qBFdhrcZH4rKZ4ibAyP7zgH9Sc1-CtdcoWgS1ZTE8FeVJJgiEbLpFRYMp4_E7sng7q6sYNtv7pGszurhvSJzu0qHwOTzdcdnUUC_99bIW/s1600/la-ciudad-de-los-sue%C3%B1os-juanjo-hernandez.jpg&quot; height=&quot;200&quot; title=&quot;Narrativa completa de Juan José Hernández&quot; width=&quot;133&quot; /&gt;&lt;/a&gt;El cuento &quot;&lt;b&gt;El inocente&lt;/b&gt;&quot; fue tomado de &lt;i&gt;&lt;b&gt;La ciudad de los sueños (Narrativa completa)&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed. Adriana Hidalgo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Juan José Hernández&lt;/b&gt; (1931-2007): elogiado entre otros por Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, José Bianco, Virgilio Piñera, Manuel Mujica Lainez y Silvina Ocampo, Juan José Hernández está considerado por los escritores y la crítica como un poeta exquisito, un gran traductor, un filoso ensayista y uno de los mejores narradores argentinos. Entre sus libros más conocidos citaremos &lt;b&gt;&lt;i&gt;Desiderátum&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (poesía), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Escritos irre&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;&lt;b&gt;b&lt;/b&gt;&lt;i&gt;&lt;b&gt;erendes&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (ensayos) y &lt;i&gt;&lt;b&gt;La ciudad de los sueños &lt;/b&gt;&lt;/i&gt;(novela corta).&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El inocente&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
A José Bianco&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Estábamos acostumbrados a que se dijera de Rudecindo que era una desgracias para su madre, que hubiera sido preferible que naciese muerto, y otras frases por el estilo que empezaban con un piadoso &quot;Dios nos libre y guarde&quot; o &quot;Que Dios no me castigue, pero...&quot; y que terminaban con un suspiro de resignación.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando hablaba de su hijo doña Teresa ponía los ojos en blanco:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Qué habré hecho para merecer esta cruz! —se lamentaba.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mis tías, al oírla, se esforzaban por disimular una expresión de tristeza adecuada a las circunstancias:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Una madre es siempre una madre —le decían luego, sentenciosamente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Doña Teresa se ganaba la vida cosiendo vestidos para las mujeres del barrio. Nunca le faltaba trabajo. &quot;Puesta a pedalear en la Singer, Teresa es un portento. En menos de una hora se despacha un batón de entrecasa&quot;, decían de ella con admiración. Pero había otros motivos por los cuales la madre de Rudecindo era tan solicitada. Gracias a su profesión, estaba al tanto de la intimidad de muchos hogares, y de una manera velada descubría la avaricia, la dejadez o la infidelidad conyugal de una vecina sospechosa.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Por lo general doña Teresa llegaba a mi casa después de mediodía, con la valija donde guardaba el centímetro, las tijeras, el alfiletero, la tiza y el papel para los moldes. Detrás de ella, enredado en los pliegues de su falda, caminaba Rudecindo. Al entrar, doña Teresa se disculpaba por traer a su hijo. &quot;No puedo dejarlo solo. Es un peligro. Todo se lo lleva a la boca&quot;, explicaba. En efecto, era corriente verla abandonar la máquina donde cosía, sentada bajo el parral del segundo patio, para precipitarse sobre Rudecindo y arrebatarle la hoja de helecho, la piedrita del cantero o la hormiga que estaba a punto de tragar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Por más que las personas mayores y en especial tío Esteban nos habían advertido hasta el cansancio que era de niños maleducados mirar con insistencia y que lo correcto es adoptar un aire indiferente, terminábamos por olvidar estas recomendaciones y acercarnos fascinados al rincón del patio donde Rudecindo, con los ojos entornados y las piernas cruzadas, parecía dormitar en una actitud idéntica a la del Buda de porcelana que había en la vitrina de la sala. De vez en cuando se mojaba los labios con la punta de la lengua, una lengua carnosa, curiosamente vivaz en su cara redonda, inexpresiva.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tío Esteban, hermano de mi difunta madre, vivía con nosotros y nos odiaba a Julia y a mí porque hacíamos ruido a la hora de la siesta mientras él descansaba. A veces, furioso, abría la ventana de su cuarto y nos arrojaba un zapato que esquivábamos hábilmente mientras corríamos a refugiarnos en el cuarto de mi abuela. De tío Esteban habíamos oído decir que era un extravagante, un solterón y un ocioso; de mi abuela, que estaba loca; de Julia y de mí, que no éramos primos sino hermanos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tío Esteban ocupaba parte de su tiempo en peinarse; ordenaba cuidadosamente frente al espejo sus escasos mechones de su pelo hasta formar con ellos una especie de casco uniforme y retinto, tarea inútil porque el pelo, al secarse, se entreabría y dejaba al descubierto su calvicie. Además de cuidarse el pelo, tío Esteban tenía otra pasión: un gato que se llamaba Roberto, aborrecido por las mujeres de la casa desde el día que atrapó de un zarpazo a un colibrí; al advertirlo, corrimos hacia el gato para salvar al pajarito. Pero ya era tarde: Roberto se relamía, con los ojos más brillantes que de costumbre, como alimentados por aquella trémula llama verde que acababa de devorar. Una semana después del episodio, Roberto desapareció. Al principio nadie se preocupó por ello; quizá anduviera por los techos, como otras veces, y en cualquier momento apareciera de nuevo en la cocina, con el rabo caído y una oreja lastimada, maullando frente a la botella de leche. Pero no fue así. Poco tiempo después Julia y yo lo descubrimos muerto en la quinta del alemán. Ocultamos nuestro hallazgo. Nos habían prohibido subir a la pared del fondo que daba a la quinta, pero a menudo desafiábamos el peligro para robar naranjas. Nunca saltábamos la tapia; hacerlo hubiera sido correr la misma suerte del gato. Provistos de un palo de escoba en cuyo extremo habíamos dispuesto un alambre en forma de gancho, cortábamos de un violento tirón las naranjas de los árboles cercanos. Abajo, los perros guardianes de la quinta ladraban, echaban espuma por la boca, mostraban los dientes, gemían de furia e impotencia. El alemán, un ingeniero agrónomo que vivía en el centro de la ciudad, sólo les daba de comer una vez por semana para volverlos más feroces. En su quinta había un tipo de naranja de piel muy fina, extremadamente dulce, que a Julia y a mí nos desagradaba pero que hacía las delicias de la abuela, no sólo a causa de su sabor, sino también porque las características del fruto le permitían un curioso entretenimiento. Con sus manos pequeñas apretaba la naranja hasta volverla blanda como una pelota de goma; luego con un alfiler la pinchaba en un extremo y por allí comenzaba a sorber el jugo, con expresión de éxtasis, lentamente. Sobre la mesa de luz quedaban amontonadas las naranjas, exangües y arrugadas como las mejillas de mi abuela.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tío Esteban no se resignó fácilmente a la desaparición del gato. Revisó las habitaciones, abrió todos los roperos, temeroso de que Roberto estuviera encerrado en alguno. Desconsolado, trepó al techo. &quot;Robertito, minino querido&quot;, repetía hasta el cansancio, y por las noches dejaba en el patio un plato de carne picada por si volvía el ingrato.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Mis tías dijeron que la ingratitud es propia de los felinos, que los gatos tienen mal olor, que a los animales no se los debe llamar con nombres de cristianos, que tío Esteban, en vez de lamentarse por esas tonterías, debía ponerse a trabajar en algo útil, y que después de todo había en el mundo desgracias mayores, como el caso de doña Teresa, la costurera.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
¿Motivó la desaparición del gato que tío Esteban comenzara a interesarse en Rudecindo y emprendiera con él una tarea no demasiado apropiada a su carácter irritable? Bastaba con que Julia o yo no supiéramos la tabla de multiplicar o cometiéramos el menor error de ortografía para que tío Esteban arrojara el cuaderno contra la pared y nos cubriera de insultos. A pesar de que no ignorábamos por las conversaciones de los demás que sus enojos eran pasajeros (&quot;Amaneció con la luna&quot;, decían. &quot;Es mejor no contradecirlo&quot;) temíamos sus estallidos de cólera, sobre todo Julia, que a veces lloraba cuando él, fuera de sí, exclamaba: &quot;Cerebro de mosquito, como tu madre; no me extraña: de tal palo tal astilla&quot; olvidando que se refería a su propia hermana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Como mi abuela, tío Esteban era muy religioso; rezaba el rosario por las tardes, se persignaba al pasar por una iglesia, y en las procesiones de Semana Santa marchaba detrás del Cristo y de la Virgen de los Dolores. Las mujeres de la casa se burlaban en secreto de tío Esteban y lo llamaban santurrón y anticuado cuando él criticaba la desvergüenza de una parienta que, a su juicio, iba a misa &quot;escotada y pintarrajeada como una perdida&quot;.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Su decisión de enseñar a leer y a escribir a Rudecindo fue considerada un disparate: &quot;Qué ganas de perder el tiempo. Una piedra aprendería con más facilidad&quot;. Sin embargo, él persistió en su propósito. Tres veces por semana, al atardecer, doña Teresa aparecía con su hijo. &quot;No quisieron admitirlo en ninguna escuela, don Esteban&quot;, le decía, &quot;pero ya verá que el chico es inteligente&quot;.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tío Esteban sentaba a Rudecindo en una silla frente a la mesa del vestíbulo, y ponía fuera de su alcance el lápiz y la goma de borrar, sobre todo esta última que Rudecindo miraba con ojos de codicia, entreabriendo la boca. Nosotros observábamos la escena desde el corredor, y a menudo sofocábamos la risa cuando tío Esteban, empeñado en que Rudecindo copiara una letra del abecedario, inclinaba la cabeza sobre el cuaderno, movimiento que hacía despegar un largo mechón de pelo que su alumno atrapaba, también con la intención de llevárselo a la boca. Meses después, tío Esteban mostró a la familia el resultado de su esfuerzo: una hoja cubierta de garabatos, en la que podía leerse con buena voluntad &quot;papá&quot; y &quot;mamá&quot;. Ya por entonces tío Esteban nos permitía, después de sus lecciones, jugar al escondite o a la mancha con su alumno, llevarlo a la heladería y a la plaza. A Julia y a mí nos divertía pasear con Rudecindo; la gente se asomaba a los balcones para verlo; después, en la plaza, los chicos interrumpían sus juegos y nos rodeaban, absortos. Julia prodigaba a Rudecindo las mismas delicadezas que a su muñeca preferida: lo sentaba cuidadosamente sobre el césped, le peinaba el flequillo, le arreglaba el cuello del traje marinero. Si bien es cierto que Rudecindo no había adelantado mucho en sus estudios, el esfuerzo mental y la disciplina impuestos por mi tío desarrollaron en él cualidades que yacían aletargadas en su naturaleza. Algo, como una luz interior, empezó a despejar la informe superficie de su cara; los párpados se alzaron, las comisuras de su boca adquirieron movilidad; sus manos, de palmas carnosas y rosadas, una gran destreza. A veces, mientras las personas mayores dormían la siesta, Julia y yo tomábamos algunas revistas ilustradas e íbamos al patio donde doña Teresa trabajaba en la máquina de coser; Rudecindo, a su lado, llenaba de números dos la hoja de un cuaderno: &quot;El dos es un patito&quot;, murmuraba en voz baja, recordando la lección de tío Esteban. Julia le pedía prestadas las tijeras a doña Teresa para recortar figuras de flores y pegarlas en un álbum. Un día, ante nuestra sorpresa, Rudecindo tomó la tijera y recortó a la perfección un crisantemo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tío Esteban, que aprovechaba cualquier oportunidad para instruirnos, nos aseguró una vez que Rudecindo, de haber nacido entre los antiguos musulmanes, hubiera gozado de un prestigio comparable al de un santo. Lo cierto es que Julia y yo habíamos observado ya que Rudecindo ejercía ciertas influencias misteriosas sobre los pájaros y otros animales. Era frecuente que los gorriones se acercaran a él y se posaran en su cabeza; las palomas, al verlo, hinchaban el buche y daban vueltas a su alrededor, confiadas, rumorosas. Pero el episodio más sorprendente ocurrió una tarde cuando volvíamos de la plaza. Al pasar junto a la quinta del alemán, los perros guardianes que mataron el gato de mi tío nos reconocieron y empezaron a mostrar los dientes, amenazadores, detrás del alambre tejido. Rudecindo se zafó de nosotros y echó a correr en dirección al portón. En el acto los perros se calmaron: moviendo la cola, gemían cariñosamente, las orejas echadas hacia atrás; luego se revolcaron en el pasto, agitando en el aire sus patas encogidas y flojas, satisfechos y mimosos como si una mano invisible les rascara la barriga.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sin embargo, Rudecindo no cambió por completo; de vez en cuando tenía raptos durante los cuales recuperaba su aspecto oriental: entornaba los párpados, el labio inferior le caía sobre el mentón huidizo; burbujas de saliva adornaban nuevamente las comisuras de su boca.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Otro detalle que nos llamó la atención fue la simpatía que mi abuela demostró por Rudecindo no bien lo conoció, hasta el punto de regalarle uno de los caramelos de leche que guardaba debajo de la almohada. Hacía más de veinte años que mi abuela no se levantaba de la cama, y en los últimos tiempos hablaba y se conducía como una muchacha soltera. El médico explicó a la familia que mi abuela, al olvidar los años que siguieron a su casamiento, había recuperado la felicidad. Algunas malas lenguas dijeron que era una lástima que hubiese perdido la memoria porque la anciana, dos veces viuda y de una famosa belleza en su juventud, tendría sin duda muchas cosas interesantes para recordar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La perturbación de mi abuela la llevó a evitar el trato de las personas mayores y a enfurecerse cuando alguno de sus hijos, en un momento de descuido, la llamaba mamá. Su tema favorito eran los noviazgos y rivalidades amorosas de hombres y mujeres, la mayoría muertos, que había conocido a principios de siglo. En eso era distinta de doña Celina, una de las pocas amigas de su generación, que solía visitarla los domingos, a la salida de misa, y que no recordaba nada, absolutamente nada, salvo el nombre de la medicina contra la arterioesclerosis, o el de la pomada para aliviar el reumatismo. Al irse la visita, mi abuela sonreía con dulzura. Decía: &quot;¡Qué pena! Con ese peinado tan sin gracia y esos dientes tan feos, Celinita nunca se casará&quot;.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A Julia y a mí nos gustaba que mi abuela dijera que éramos novios. Yo pensaba casarme con Julia cuando terminara mis estudios. ¿Tío Esteban, acaso, no nos había explicado que el matrimonio entre hermanos, en las familias reales de Egipto, estaba permitido?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Precisamente el año en que terminé sexto grado, durante las vacaciones, mi abuela cambió de actitud hacia Rudecindo. Estábamos en su dormitorio, hojeando viejos ejemplares, de &lt;i&gt;Caras y Caretas&lt;/i&gt;, cuando me llamó y me dijo en voz baja, con la mirada fija en Rudecindo: &quot;¿Quién es ese hombre? No lo conozco. Que se vaya inmediatamente de mi cuarto&quot;. Divertido por esta nueva rareza de mi abuela, al día siguiente le repetí a Julia sus palabras. &quot;Tiene razón&quot;, me dijo. &quot;A mí, de sólo verlo, me da escalofríos.&quot; &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Habían pasado dos veranos desde que tío Esteban tuvo la idea de educar a Rudecindo, sin obtener ningún éxito en su empresa, pero doña Teresa continuaba enviándolo por las tardes a casa. &quot;Pobrecito, conmigo se aburre&quot;, explicaba. &quot;Pero si molesta demasiado me lo mandan de vuelta con toda confianza.&quot; Mis tías dijeron que Rudecindo no molestaba, que era muy juicioso, y que nosotros deberíamos aprender de él, tan calladito, mirando durante horas la figura del almanaque del vestíbulo (una bañista en el extremo del trampolín) o aguardando pacientemente que asomara el cucú del reloj.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La reacción de mi abuela hizo que yo reparara en el aspecto de Rudecindo. Contrariamente a Julia y a mí, que crecíamos hacia arriba y teníamos las piernas largas y flacas, el cuello frágil, la cara angosta, triangular (&quot;Crecen como la mala hierba&quot;, decían de nosotros, &quot;de un año a otro ninguna ropa les queda bien&quot;), Rudecindo crecía a lo ancho, sin aumentar su estatura, hasta adquirir el aspecto de un enano musculoso. Sus mejillas se cubrieron de vello; el timbre de su voz era ronco y monótono; hacía pensar en el canto de los sapos, o de un repollo (si los repollos tuvieran voz).&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
También Julia había cambiado, aunque en otro sentido. En vez de salir conmigo prefería pasear con sus amigas; cuchicheaban entre sí y de sus conversaciones me excluían como a un intruso. Cuando una vez le propuse robar naranjas, me contestó que una señorita no se trepa a las tapias, y que aquellos eran juegos para chicos de mi edad.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí —continuó Julia—, Rudecindo es un puerco. Siempre mirando el almanaque con la mano en el bolsillo del pantalón.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ruborizado, sin atreverme a levantar los ojos, balbuceé:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No entiendo lo que querés decir.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Luego, en mi cuarto, lloré amargamente, culpable ante mí mismo, despreciado por Julia y por el mundo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Un buen día decidió abandonar su nuevo estilo de señorita recatada para que fuéramos a cortar naranjas de la quinta del alemán. Tuvo también la idea de llevar a Rudecindo con nosotros: &quot;Con él no hay peligro de que los perros se alboroten y despierten a tío Esteban, que en castigo nos dejará el domingo sin ir al cine&quot;. ¿Acaso Rudecindo no ejercía sobre los animales un extraño poder, comparable al de Androcles, que acariciaba impunemente la rojiza melena de un león ante la decepcionada muchedumbre de espectadores romanos? Yo tenía mis dudas acerca de la eficacia de su poder porque, como decía mi tío, la fuente de la gracia se agota con los malos pensamientos, y no eran precisamente buenos aquellos que turbaban a Rudecindo delante del almanaque del vestíbulo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Esa tarde fuimos a buscarlo. Doña Teresa levantó a su hijo de la cama donde dormía la siesta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&quot;Ustedes son unos santos&quot;, nos dijo. &quot;Miren que molestarse por él, y con este calor.&quot; Llevamos a Rudecindo hasta el portón de la quinta. Habíamos decidido que entretuviera a los perros mientras nosotros, desde la tapia del fondo de mi casa, cortábamos naranjas con la mayor tranquilidad. Ágil como un mono, Rudecindo trepó por el alambre tejido y de un salto cayó del otro lado del cerco. Avanzó entre los árboles, se sentó a esperar. Nos disponíamos a volver a casa cuando vimos a los perros que corrían presurosos en dirección a Rudecindo. Entonces nos detuvimos a contemplar la consabida escena, la conversión de las fieras en corderos, pero el milagro no ocurrió. Ante nuestras miradas atónitas, los perros despedazaron a Rudecindo a dentelladas. Luego lo arrastraron hacia el interior de la quinta.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Juanjo%20Hern%C3%A1ndez&quot;&gt;Otros cuentos de Juanjo Hernández&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/1688809454257502400/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/el-inocente-juan-jose-hernandez.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/1688809454257502400'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/1688809454257502400'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/el-inocente-juan-jose-hernandez.html' title='El inocente - Juan Jose Hernandez'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh25eCzBiMPTufwqmGIXen-Jd1jjkDX1CWhQ6-qBFdhrcZH4rKZ4ibAyP7zgH9Sc1-CtdcoWgS1ZTE8FeVJJgiEbLpFRYMp4_E7sng7q6sYNtv7pGszurhvSJzu0qHwOTzdcdnUUC_99bIW/s72-c/la-ciudad-de-los-sue%C3%B1os-juanjo-hernandez.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-2835037974187908624</id><published>2013-08-22T19:17:00.000-03:00</published><updated>2013-08-22T19:25:00.345-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Alejandro Dolina"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Fantástico"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microcuento"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión"/><title type='text'>2 cuentos cortos de Alejandro Dolina</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;/div&gt;
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&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj6PsqRxQJScO8VnY93aBmamU7VJ1HKcnkCNw24AKy20TTmnxMsuimm5U5AdkE33B7ucAdLwvWwE-lddcBujsA0WlAEdQnbPBiu7FmOdN2v-rxYYJz1W0EDXvJwpfgIKg6Z54nqRfs67tZ8/s1600/el-libro-del-fantasma.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro del fantasma de alejandro dolina cuentos novia magia&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj6PsqRxQJScO8VnY93aBmamU7VJ1HKcnkCNw24AKy20TTmnxMsuimm5U5AdkE33B7ucAdLwvWwE-lddcBujsA0WlAEdQnbPBiu7FmOdN2v-rxYYJz1W0EDXvJwpfgIKg6Z54nqRfs67tZ8/s1600/el-libro-del-fantasma.jpg&quot; title=&quot;El libro del fantasma - Alejandro Dolina&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los cuentos &quot;&lt;b&gt;Magia&lt;/b&gt;&quot; y &quot;&lt;b&gt;Novia&lt;/b&gt;&quot; fueron tomados de &lt;i&gt;&lt;b&gt;El libro del fantasma&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed. Colihue.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Alejandro Dolina&lt;/b&gt;: escritor, músico y conductor de radio, nacido en Baigorrita, provincia de Buenos Aires. Sus escritos suelen ser breves tratados filosóficos acerca de temas cotidianos, en los que por lo general abundan el humor y/o la melancolía. A la fecha, ha publicado los libros &lt;i&gt;&lt;b&gt;Crónicas del Ángel Gris&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, &lt;b&gt;&lt;i&gt;El libro del fantasma&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;El bar del infierno&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Cartas marcadas&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;. &lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Novia&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Hace mucho tiempo, yo tenía una novia buena y hermosa. Me amaba con una devoción tal, que no pude resistir la tentación de ser malvado. Me solazaba en la traición, en el capricho, en la impuntualidad, en la mentira gratuita.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ella lloraba en secreto, cuando yo no la veía, pues sabía que su llanto me irritaba. Pero un día, un incidente que ni siquiera recuerdo me despertó el temor de perderla.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El amor crece con el miedo. Mi conducta cambió. Me fui haciendo bueno. Quise pagar el daño que había hecho y empecé a vivir para ella.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Le hacía el amor en todos los zaguanes. Le cantaba valses de Héctor Pedro Blomberg. La llevaba a pasear por los lugares más hermosos del mundo. Le imponía aventuras inesperadas. Me hice sabio y generoso sólo para merecer su amor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pero un día me dejó.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No te quiero más —me dijo, y se fue.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Supliqué un poco, sólo un poco, porque era bueno. Después me puse a esperar la muerte sentado en un umbral.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al cabo de un tiempo, aparecieron los celos. Pensé que seguramente me había dejado por otro. Decidí averiguarlo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Indagué a los amigos comunes, pero todos afectaban un aire de trabajosa indiferencia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Resolví seguirla. Pasaba las noches acechando su puerta. Durante el día, me apostaba en la esquina de su trabajo. El resultado de mis pesquisas fue nulo. Mi novia se desplazaba por circuitos inocentes. Perdí mi empleo, mi salud y hasta mis amistades. Mi vida era una perpetua vigilancia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pasaron largos meses sin que nada ocurriera. Hasta que una noche la vi salir de su casa con aire decidido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tuve el presentimiento de que iba a encontrarse con un hombre, tal vez porque estaba demasiado linda.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La seguí entre las sombras y vi que se detenía en una esquina que yo conocía bien. Me escondí en un portal. Ella se detuvo y esperó, esperó mucho.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cerca de una hora después, apareció un hombre alto, oscuro, soberbio. Algo familiar había en su paso. Ella intentó una caricia, pero él la rechazó.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Inmediatamente comprendí que el hombre se complacía en verla sufrir y amar al mismo tiempo. Se trataba de un sujeto diabólico. Cada tanto, me llegaban ráfagas de una risa vulgar. No podía concebirse un individuo más vil y detestable.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Caminaron. Tomaron un rumbo que no me sorprendió.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al llegar a la luz de una avenida, pude ver que aquel hombre era yo. Yo mismo, pero antes. Con el desdén cósmico que tanto me había costado borrar del alma, con la maldad de mis peores épocas. Con la impunidad de los necios.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
No pude soportarlo. Pensé en cruzar la calle y pegarme una trompada, pero me tuve miedo. Quise gritar, ordenarme a mí mismo dejar tranquila a aquella muchacha. Pero el imperativo no tiene primera persona y no supe qué decirme.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se detuvieron un instante y pasé delante de ellos. Ella no me vio. Yo sí me vi. Me miré con un gesto de advertencia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Después los perdí de vista y me quedé llorando.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Magia&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El mago Rizzuto no conocía ningún truco. Su número era bien sencillo: golpeaba su galera con una varita azul y luego esperaba que apareciera una paloma.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Naturalmente, la total ausencia de dobles fondos, de mangas hospitalarias y de juegos de manos conducía siempre al mismo resultado desalentador. La paloma no aparecía.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Rizzuto solía presentarse en teatros humildes y en festivales de barrio, de donde casi siempre lo echaban a patadas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La verdad es que el hombre creía en la magia, en la verdadera magia. Y en cada actuación, en cada golpe de su varita azul estaba la fervorosa esperanza de un milagro. Él no se contentaba con las técnicas del engaño. Quería que su paloma apareciera redondamente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Durante largo tiempo lo acompañaron la desilusión y los silbidos. Otro cualquiera hubiera abandonado la lucha. Pero Rizzuto confiaba.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una noche se presentó en el club Fénix. Otros magos lo habían precedido. Cuando le llegó el turno, dio su clásico golpe con la varita azul. Y desde el fondo de la galera salió una paloma, una paloma blanca que voló hacia una ventana y se perdió en la noche.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Apenas si lo aplaudieron.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las muchedumbres prefieren un arte hecho de trampas aparatosas a los milagros puros.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Rizzuto no volvió a los escenarios. Tal vez siga haciendo aparecer palomas en forma particular.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Alejandro%20Dolina&quot;&gt;Otros cuentos de Dolina&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Cuentos%20cortos&quot;&gt;Otros cuentos cortos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/2835037974187908624/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/2-cuentos-cortos-de-alejandro-dolina.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/2835037974187908624'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/2835037974187908624'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/2-cuentos-cortos-de-alejandro-dolina.html' title='2 cuentos cortos de Alejandro Dolina'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj6PsqRxQJScO8VnY93aBmamU7VJ1HKcnkCNw24AKy20TTmnxMsuimm5U5AdkE33B7ucAdLwvWwE-lddcBujsA0WlAEdQnbPBiu7FmOdN2v-rxYYJz1W0EDXvJwpfgIKg6Z54nqRfs67tZ8/s72-c/el-libro-del-fantasma.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-3791384235286494269</id><published>2013-08-21T18:57:00.000-03:00</published><updated>2013-08-21T20:15:33.593-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Franceses"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Maupassant"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><title type='text'>Pierrot - Guy de Maupassant</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjy8Vja3iIKtrutKtk4MAnU-gvixU459pwGd7zZLth-U4F6aPxoasdydJpUx-T-RRpl18hsPuLbdpdhVviSx-rlHKMNm4HrvR4uhS1b4FOTq0UlwECOxLdLuCDkKI23cF49bUCvZ0lYV5t6/s1600/maupassant.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Imagen de Guy de Maupassant - pintura - cuento pierrot&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjy8Vja3iIKtrutKtk4MAnU-gvixU459pwGd7zZLth-U4F6aPxoasdydJpUx-T-RRpl18hsPuLbdpdhVviSx-rlHKMNm4HrvR4uhS1b4FOTq0UlwECOxLdLuCDkKI23cF49bUCvZ0lYV5t6/s1600/maupassant.jpg&quot; title=&quot;Guy de Maupassant&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El cuento &quot;&lt;b&gt;Pierrot&lt;/b&gt;&quot; fue tomado del libro &lt;b&gt;&lt;i&gt;Cuentos breves para leer en el bus 1&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (selección y prólogo de Maximiliano Tomas), Ed. Booket.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Guy de Maupassant&lt;/b&gt; (1850-1893): fue uno de los más grandes narradores de cuentos, para muchos a la altura de Edgar Poe. Discípulo de Gustave Flaubert, escribió novelas y una enorme cantidad de cuentos, entre los que figuran sus archifamosos &quot;&lt;a href=&quot;http://de-poco-un-todo.blogspot.com.ar/2013/06/descargar-el-horla-maupassant-pdf-epub.html&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;&lt;b&gt;El horla&lt;/b&gt;&lt;/a&gt;&quot; y &quot;&lt;a href=&quot;http://de-poco-un-todo.blogspot.com.ar/2012/06/descargar-bola-de-sebo-guy-de.html&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;&lt;b&gt;Bola de Sebo&lt;/b&gt;&lt;/a&gt;&quot;. Conoció el éxito y la locura, y murió internado en una clínica de Paris un año después de intentar cortarse la garganta con una navaja.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pierrot&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;
&lt;i&gt;A Henri Roujon&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La señora Lefèvre era una dama de pueblo. Era una viuda de esas medio campesinas, de cintas y sombreros aparatosos, que hablan con dureza y adoptan en público aires grandiosos; de esas que ocultan, bajo aspectos cómicos y expresivos, un alma de pretenciosa estúpida y esconden, bajo guantes de seda, sus inmensas manos rojas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Esta mujer tenía por criada a una campesina buena y simplona, llamada Rose.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las dos vivían en una casita de postigos verdes, junto a un camino en Normandía, en el centro de la región de Caux. Como tenían frente a la casa un pequeño jardín, cultivaban algunas hortalizas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una noche les robaron alrededor de una docena de cebollas. Apenas Rose lo notó, corrió a avisar a la señora, que bajó las escaleras en camisón de lana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se produjo una sensación de desconsuelo y terror. ¡Le habían robado a ella, a la señora Lefèvre! Entonces, si había ladrones en la región, probablemente podrían regresar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las dos mujeres, espantadas, contemplaban las huellas en el suelo, comentando y suponiendo mil cosas. «Fíjate, pasaron por acá. Apoyaron los pies en el muro, y saltaron al parterre.»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y ambas se estremecían pensando en lo que podría ocurrir. ¿Cómo dormir tranquilas de aquí en adelante?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La noticia del robo se propagó. Los vecinos llegaron, constataron, discutieron por su lado; y las dos mujeres explicaron a cada recién llegado sus ideas y suposiciones.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Un granjero que vivía cerca les dio un consejo: «Deben conseguir un perro.»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y era cierto. Debían conseguir un perro, aunque fuera sólo para dar la alarma. ¡Pero no un perro grande, ah, no! ¿Qué iban a hacer ellas con un perro así? Nada más que en alimentarlo se quedarían sin un centavo. Mejor un perro chico (o como dicen en Normandía, un &lt;i&gt;can&lt;/i&gt;), un perrito faldero que supiera ladrar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En cuanto se fueron todos, la señora Lefèvre consideró durante un buen tiempo la idea del perro. Después de reflexionar hizo mil objeciones, aterrorizada por la idea de un tazón lleno de migas, puesto que ella pertenecía a aquella raza parsimoniosa de damas campesinas que siempre llevan centavos en la cartera y dan la limosna públicamente a los pobres de los caminos y en las colectas de los domingos. Rose, que amaba a los bichos, dio sus razones y las defendió con astucia. Finalmente, decidieron adquirir el perro. Un perro chiquito.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Empezaron la búsqueda, pero sólo encontraron perros enormes, tan tragones que daba miedo. El tendero de Rolleville tenía uno, pequeño, pero pedía por él dos francos para cubrir los gastos de la crianza del animal. La señora Lefèvre le dijo que ella estaba dispuesta a criar a un perro, pero no a comprar uno.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una mañana el panadero, que estaba al tanto de los sucesos, trajo en su carreta un extraño animalito, amarillo, de patas cortas, con cuerpo de cocodrilo, cabeza de zorro y cola enrulada, igual a un penacho, tan grande como el resto del cuerpo. Un cliente quería deshacerse de él. A la señora Lefèvre le pareció encantador el bicho inmundo, ya que no le costaba nada. Rose lo tomó en sus brazos y preguntó cuál era su nombre. El panadero le respondió: «Pierrot.»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Lo instalaron en una vieja caja de jabón, y le pusieron agua para que bebiese. La bebió. Le dieron entonces un pedazo de pan. Lo comió. La señora Lefèvre, intranquila, tuvo una idea: «Cuando se haya acostumbrado a la casa, lo dejaremos libre. Encontrará qué comer en los alrededores.»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Lo dejaron en libertad, en efecto, aunque eso no impidió que el animalito se muriera de hambre. Además, no ladraba más que para pedir comida: y en esos casos, ladraba con ganas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Todo el mundo podía entrar en el jardín. Pierrot festejaba a cada recién llegado y luego permanecía sin hacer ningún ruido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sin embargo, la señora Lefèvre terminó acostumbrándose al animal. Llegó incluso a tomarle cariño: de vez en cuando le daba, de su propia mano, pedazos de pan remojados en la salsa de su guiso. Pero ella no había ni pensado en la existencia del impuesto sobre los perros, y cuando vinieron a cobrarle los ocho francos —¡ocho francos, señora!— por ese pedazo inservible de &lt;i&gt;can &lt;/i&gt;que no sabía siquiera ladrar, la señora casi se desmaya de la impresión.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Decidieron de inmediato deshacerse de Pierrot. Nadie lo quiso. No hubo una sola persona en diez leguas a la redonda que lo aceptara. Se resolvió entonces, a falta de otra solución, hacerlo «rascar las paredes».&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Dejarlo «rascar las paredes» no es otra cosa que hacerlo comer piedra caliza. La gente hace «rascar las paredes» a un perro cuando quiere deshacerse de él.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En medio de un terreno muy grande había una pequeña choza, o, mejor dicho, un miserable techo de caña, colocado a cierta distancia del suelo. Es la entrada a la cantera de piedra caliza. Un enorme pozo de veinte metros de profundidad desciende verticalmente, para abrirse en una serie de largas galerías de minas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sólo se baja por este camino una vez al año, en la época en que se abonan con piedra caliza las tierras. El resto del tiempo sirve como cementerio a los perros condenados. Y suele pasar que, al caminar junto al pozo, se perciben desde el fondo ladridos furiosos y desesperados, aullidos lastimeros de súplica sollozante.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los perros de los cazadores y de los pastores huyen con terror al acercarse al fúnebre agujero. Y al inclinarse ante éste, se siente surgir, desde las profundidades, un repugnante olor a podrido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las escenas más terribles tienen lugar entre aquellas sombras.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando un animal, después de diez o doce días en el fondo, agonizante, se nutre de los inmundos restos de sus predecesores, uno más grande y, sin duda, más vigoroso, es arrojado de repente. Los dos quedan allí, solos, famélicos, con ojos centelleantes. Se miden, se siguen uno al otro, vacilando, ansiosos. Pero el hambre pronto los presiona; comienza el ataque, luchan durante largo rato, encarnizadamente, y el más fuerte termina comiéndose al más débil. Lo devora vivo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Habiéndose decidido que se haría «rascar las paredes» a Pierrot, se inició la búsqueda del verdugo. El peón que cuidaba los caminos pidió cincuenta centavos por el servicio. Esto le pareció a la señora Lefèvre tremendamente exagerado. El muchacho que trabajaba de aprendiz para el vecino no pedía más que veinticinco centavos. Era mucho, también: y, dando a entender a Rose que más les convenía hacerlo ellas mismas, puesto que así el animal no sería tratado de manera brutal y no se daría cuenta de lo que le esperaba, se acordó que las dos lo harían, al ponerse el sol.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Le ofrecieron, esa tarde, un buen plato de sopa con un pedazo de manteca. Engulló hasta el último bocado. Y como movía la cola de felicidad, Rose tuvo a bien colocarlo encima de su delantal.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las dos cruzaron a grandes pasos el terreno, como un par de delincuentes. Apenas divisaron la cantera y se acercaron a ella, la señora Lefèvre se inclinó para escuchar si alguna bestia gemía. No, no había ningún sonido. Pierrot estaría solo. Entonces Rose, con lágrimas en los ojos, lo abrazó, y luego lo lanzó al hoyo. Ambas se acercaron y prestaron mucha atención.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Lo primero que oyeron fue un ruido sordo; luego, el lamento agudo y desgarrador de un animal herido. Después, una sucesión de chillidos de dolor. Más adelante, llamados desesperados, súplicas de un perro que imploraba, con la cabeza levantada hacia la entrada del pozo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ladró. ¡Ay, cómo ladró!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se sentían llenas de remordimiento, de miedo, de un temor tonto e inexplicable, y salieron corriendo. Y, como Rose iba más rápido, la señora Lefèvre gritaba: «¡Espérame, Rose, espérame!»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Toda la noche tuvieron terribles pesadillas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La señora Lefèvre soñó que estaba sentada a la mesa y que iba a tomar la sopa, pero, al levantar la tapa de la sopera, veía a Pierrot dentro del plato. Éste saltaba y le mordía la nariz.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se despertó, y creyó oír de nuevo sus ladridos. Prestó atención: no, se había equivocado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Volvió a quedarse dormida, y soñó que vagaba por una ruta interminable. Conforme avanzaba, a mitad del camino veía una enorme cesta de granjero, abandonada. La cesta le daba miedo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al final terminaba abriendo la cesta, y Pierrot, que se encontraba agazapado adentro, le mordía la mano y no la soltaba. La señora, sabiendo que no podía liberarse, continuaba su camino con el perro colgado del brazo, con las fauces firmemente cerradas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando amaneció se levantó muy perturbada, y corrió a la cantera.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El pobre ladraba, seguía ladrando: había ladrado toda la noche. La señora rompió en sollozos y comenzó a gritarle palabras cariñosas. El animal respondía a todas las palabras tiernas con voz de perro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En ese momento quiso recuperarlo, y se prometió a sí misma que lo haría feliz hasta su muerte.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Fue corriendo a buscar al sujeto encargado de la extracción de la piedra caliza, y le contó su problema. El hombre la escuchó sin decir palabra. Cuando hubo terminado, le dijo: «¿Quiere usted a su perro? Le va a costar cuatro francos.»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La señora tuvo un sobresalto. Todo su dolor desapareció de repente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Cuatro francos? ¡Como si fuera a morir en el intento! ¡Cuatro francos!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Él respondió:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Cree usted que voy a agarrar mis cuerdas, mis herramientas, armarlo todo, y bajar hasta el fondo con mi ayudante, y además me voy a arriesgar a que me muerda su perro de porquería, por el puro gusto de traérselo? ¿Para qué lo tiró?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La señora se alejó, indignada. «¡Cuatro francos!»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En cuanto regresó a la casa, llamó a Rose y le contó lo que le pedía el hombre. Rose, resignada como siempre, repetía: «¡Cuatro francos! Y es bastante dinero, señora.»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Luego, añadió: «¿Y si vamos y le arrojamos algo de comer, al pobrecito, para que no se muera?»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La señora Lefèvre asintió, feliz. Así que las dos se encaminaron nuevamente, esta vez con un buen pedazo de pan con manteca.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Empezaron a cortar pedazos y los arrojaron uno tras otro, mientras le lanzaban, alternadamente, palabras de aliento. En cuanto se comía un pedazo, Pierrot ladraba pidiendo el siguiente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Volvieron esa noche, y al día siguiente, y así, todos los días. Pero hacían solamente un viaje.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Hasta que una mañana, en el momento en que iban a arrojar el primer bocado, escucharon en el fondo del pozo un enorme ladrido. ¡Había dos, no uno! Alguien había tirado un perro grande.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Rose gritó: «¡Pierrot!» Y Pierrot ladró. Empezaron a darle su ración del día, pero con cada pedazo que arrojaban podían oír claramente un alboroto terrible, seguido de los aullidos lastimeros de Pierrot, que había sido mordido por el otro mientras éste, más grande y más fuerte, se comía todo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las mujeres aclaraban: «Es para ti, Pierrot.» Pierrot, obviamente, se quedaba sin comer.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las dos mujeres, impotentes, se miraron. Y la señora Lefèvre dijo, con tono áspero: «De ninguna manera voy a alimentar a todos los perros que tiran al pozo. Dejémoslo así.»  &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y, aterrada con la idea de tener que mantener a todos los perros del mundo, inició el camino de regreso, mientras se comía lo poco que quedaba de la ración de pan.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Rose la siguió secándose las lágrimas con una punta de su delantal azul.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Guy%20de%20Maupassant&quot;&gt;Otros cuentos de Maupassant&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/3791384235286494269/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/pierrot-guy-de-maupassant.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/3791384235286494269'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/3791384235286494269'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/pierrot-guy-de-maupassant.html' title='Pierrot - Guy de Maupassant'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjy8Vja3iIKtrutKtk4MAnU-gvixU459pwGd7zZLth-U4F6aPxoasdydJpUx-T-RRpl18hsPuLbdpdhVviSx-rlHKMNm4HrvR4uhS1b4FOTq0UlwECOxLdLuCDkKI23cF49bUCvZ0lYV5t6/s72-c/maupassant.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-3341055754387824346</id><published>2013-08-20T18:19:00.000-03:00</published><updated>2013-09-04T04:24:35.515-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Ana María Shua"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microcuento"/><title type='text'>3 microcuentos de Ana Maria Shua (Fenomenos de circo)</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhidHHBXkFBMRTf3BVpQ3aOBHO8jdd79QzaGax2odZPq_-ADRD0kvuo-NyBUs3DRgHPME9W7VU_QPEaaaGK3ab0YWJWZ_RjatZMt0e_MDPnUi9G7l50vc6CHKpEEzPom2Dyh7PRKCSKEs9C/s1600/fenomenos-de-circo.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro fenomenos de circo de ana maria shua&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhidHHBXkFBMRTf3BVpQ3aOBHO8jdd79QzaGax2odZPq_-ADRD0kvuo-NyBUs3DRgHPME9W7VU_QPEaaaGK3ab0YWJWZ_RjatZMt0e_MDPnUi9G7l50vc6CHKpEEzPom2Dyh7PRKCSKEs9C/s1600/fenomenos-de-circo.jpg&quot; title=&quot;Fenómenos de circo - Ana María Shua&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Los microcuentos &quot;&lt;b&gt;Artistas del trapecio&lt;/b&gt;&quot;, &quot;&lt;b&gt;Circo pobre&lt;/b&gt;&quot; y &quot;&lt;b&gt;Ausencias&lt;/b&gt;&quot; fueron tomados del libro Fenómenos de circo, Ed. Emecé. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Ana María Shua&lt;/b&gt; nació en Buenos Aires. Escribe para adultos y niños, y es además periodista y guionista de cine. Ha publicado más de cuarenta libros, y sus microrrelatos son reconocidos como joyas del género. Recomendamos &lt;b&gt;&lt;i&gt;Los amores de Laurita&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela), &lt;b&gt;&lt;i&gt;La muerte como efecto secundario&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela), &lt;i&gt;&lt;b&gt;La sueñera&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (microcuentos), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Temporada de fantasmas&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (microcuentos), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Fenómenos de circo&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (microcuentos) y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Que tengas una vida interesante&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, que reúne sus mejores cuentos.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Artistas del trapecio&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
No tengas miedo, volará, heredó nuestros genes, dice el artista del trapecio. Y desde el punto más alto lanza a su hija, un bebé todavía, por el aire, hacia los brazos de la madre aterrada e infiel. No debería temer: por las artes de su verdadero padre, el mago, la niña realmente vuela. O les hace creer que vuela.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Circo pobre&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En un circo pobre cada artista tiene que cumplir varias funciones. Si nos fijamos bien, sin dejarnos engañar por el cambio de traje y maquillaje, veremos que muchos tratan de aprovechar sus habilidades en varias suertes. Por ejemplo, la equilibrista es la écuyère, los acróbatas son contorsionistas, el director del circo es el boletero y también el mago (ante el público, ante los acreedores). Algunos son más difíciles de descubrir, porque eligen papeles muy distintos entre sí, como la trapecista que hace de mono amaestrado (o al revés), los elefantes que trabajan de acomodadores, los payasos convertidos en aro de fuego. Pero la prueba más difícil es la del domador, que es también el tigre, cuando tiene que meter la cabeza adentro de su propia boca.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ausencias&lt;/h2&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Está bien, a su artista le faltan los pies, pero con eso no es suficiente. ¿Qué sabe hacer? ¿Al menos camina con las manos? Es una suerte muy común, pero en un hombre sin pies podría sacarle provecho. Ya veo. Tampoco tiene manos. Sería interesante si pudiera hacer algún tipo de acrobacia con los muñones. ¿Ni brazos ni piernas? Bueno, eso ya vale la pena. Un hombre gusano. ¿Vio alguna vez la actuación del Príncipe Randian en la película Freaks?… Pero por lo que me dice, el torso… ¿Y la cabeza? Una cabeza que habla siempre impresiona, sobre todo si podemos demostrar que no es un truco. ¿Tampoco eso? Me parece cada vez más atractivo. ¿Por qué no me lo trae para que lo vea? Ah, ya está aquí, comprendo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Ana%20Mar%C3%ADa%20Shua&quot;&gt;Otros cuentos de Ana María Shua&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/3341055754387824346/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/3-microcuentos-de-ana-maria-shua.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/3341055754387824346'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/3341055754387824346'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/3-microcuentos-de-ana-maria-shua.html' title='3 microcuentos de Ana Maria Shua (Fenomenos de circo)'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhidHHBXkFBMRTf3BVpQ3aOBHO8jdd79QzaGax2odZPq_-ADRD0kvuo-NyBUs3DRgHPME9W7VU_QPEaaaGK3ab0YWJWZ_RjatZMt0e_MDPnUi9G7l50vc6CHKpEEzPom2Dyh7PRKCSKEs9C/s72-c/fenomenos-de-circo.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-7936426221573371640</id><published>2013-08-19T16:35:00.000-03:00</published><updated>2014-12-04T23:39:15.113-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Arcipreste de Hita"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Clásicos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Españoles"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión"/><title type='text'>Disputa por señas - Arcipreste de Hita</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgIlLrNRZqLxSxwGmnAKaN2T0HTFBi1OQ9HBGzCUzKbPYFid1QSf3KFfKIP7ijtKsKiRCqlWiyFF3vqsuohJUZ7jnwkX4pIzdsQEiFWNcyAcJqu9ROgcEwVYuu4Fb3nB8J-WzTawOmKTZ0j/s1600/cuentos-tradicionales-literarios.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro cuentos tradicionales literarios disputa por señas griegos y romanos&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgIlLrNRZqLxSxwGmnAKaN2T0HTFBi1OQ9HBGzCUzKbPYFid1QSf3KFfKIP7ijtKsKiRCqlWiyFF3vqsuohJUZ7jnwkX4pIzdsQEiFWNcyAcJqu9ROgcEwVYuu4Fb3nB8J-WzTawOmKTZ0j/s1600/cuentos-tradicionales-literarios.jpg&quot; title=&quot;Cuentos tradicionales literarios - Antología&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;b&gt;Juan Ruiz&lt;/b&gt;, el &lt;b&gt;Arcipreste de Hita&lt;/b&gt; (1284-1351): nació en España (aún se discute si fue en Madrid o en Jaén), fue Arcipreste en la ciudad de Hita y creó el muy célebre &lt;b&gt;&lt;i&gt;Libro del buen amor&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, obra escrita en verso y de la cual se extrajo el texto que aquí te presentamos.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;El cuento &quot;&lt;b&gt;Disputa por señas&lt;/b&gt;&quot; (o también &quot;&lt;b&gt;De la disputa entre griegos y romanos&lt;/b&gt;&quot;) fue tomado del libro &lt;b&gt;&lt;i&gt;Cuentos tradicionales literarios&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, Ed. Colihue La adaptación a prosa de &quot;&lt;b&gt;Disputa por señas&lt;/b&gt;&quot; es de Florencia E. de Giniger.&lt;/div&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2 style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Dispusta por señas &lt;/h2&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Sucedió una vez que los romanos, que carecían de leyes para su gobierno, fueron a pedirlas a los griegos, que sí las tenían. Estos les respondieron que no merecían poseerlas, ni las podrían entender, puesto que su saber era tan escaso. Pero que si insistían en conocer y usar estas leyes, antes les convendría disputar con sus sabios, para ver si las entendían y merecían llevarlas. Dieron como excusa esta gentil respuesta.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Respondieron los romanos que aceptaban de buen grado y firmaron un convenio para la controversia. Como no entendían sus respectivos lenguajes, se acordó que disputasen por señas y fijaron públicamente un día para su realización.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Los romanos quedaron muy preocupados, sin saber qué hacer, porque no eran letrados y temían el vasto saber de los doctores griegos. Así cavilaban cuando un ciudadano dijo que eligieran un rústico y que hiciera con la mano las señas que Dios le diese a entender: fue un sano consejo.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Buscaron un rústico muy astuto y le dijeron: “Tenemos un convenio con los griegos para disputar por señas: pide lo que quieras y te lo daremos, socórrenos en esta lid”.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Lo vistieron con muy ricos paños de gran valor, como si fuera doctor en filosofía. Subió a una alta cátedra y dijo con fanfarronería: “De hoy en más vengan los griegos con toda su porfía”. Llegó allí un griego, doctor sobresaliente, alabado y escogido entre todos los griegos. Subió a otra cátedra, ante todo el pueblo reunido. Comenzaron sus señas como se había acordado.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Levantóse el griego, sosegado, con calma, y mostró sólo un dedo, el que está cerca del pulgar; luego se sentó en su mismo sitio. Levantóse el rústico, bravucón y con malas pulgas, mostró tres dedos tendidos hacia el griego, el pulgar y otros dos retenidos en forma de arpón y los otros encogidos. Se sentó el necio, mirando sus vestiduras.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Levantóse el griego, tendió la palma llana y se sentó luego plácidamente. Levantóse el rústico con su vana fantasía y con porfía mostró el puño cerrado.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;A todos los de Grecia dijo el sabio: los romanos merecen las leyes, no se las niego. Levantáronse todos en sosiego y paz. Gran honra proporcionó a Roma el rústico villano. &lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Preguntaron al griego qué fue lo que dijera por señas al romano y qué le respondió éste. Dijo: “Yo dije que hay un Dios, el romano dijo que era uno en tres personas e hizo tal seña. Yo dije que todo estaba bajo su voluntad. Respondió que en su poder estábamos, y dijo verdad. Cuando vi que entendían y creían en la Trinidad, comprendí que merecían leyes certeras”.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Preguntaron al rústico cuáles habían sido sus ocurrencias: “Me dijo que con un dedo me quebraría el ojo: tuve gran pesar e ira. Le respondí con saña, con cólera y con indignación que yo le quebraría, ante toda la gente, los ojos con dos dedos y los dientes con el pulgar. Me dijo después de esto que le prestara atención, que me daría tal palmada que los oídos me vibrarían. Yo le respondí que le daría tal puñetazo que en toda su vida no llegaría a vengarse. Cuando vio la pelea tan despareja dejó de amenazar a quien no le temía”.&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Cuentos%20cortos&quot;&gt;Otros cuentos cortos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/7936426221573371640/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/disputa-por-senas-arcipreste-de-hita.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/7936426221573371640'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/7936426221573371640'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/disputa-por-senas-arcipreste-de-hita.html' title='Disputa por señas - Arcipreste de Hita'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgIlLrNRZqLxSxwGmnAKaN2T0HTFBi1OQ9HBGzCUzKbPYFid1QSf3KFfKIP7ijtKsKiRCqlWiyFF3vqsuohJUZ7jnwkX4pIzdsQEiFWNcyAcJqu9ROgcEwVYuu4Fb3nB8J-WzTawOmKTZ0j/s72-c/cuentos-tradicionales-literarios.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-5539055933567786708</id><published>2013-08-18T18:59:00.001-03:00</published><updated>2017-03-09T09:08:05.570-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Argentinos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Julio Cortázar"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><title type='text'>Dos cuentos cortos de Cortazar</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhUQQQyrbH-UhhSfKW5_7CktP1lHI-dd38g1Ee0UnWB66pQ9TEmTsXG1PTT5r9IQvNG619OrJg4MQKrBWLE_cE0FdOAmyo72WZ-iWog0pMqj1eNIrAM-jMDERJOR3AMjRP70tyizgwr8rey/s1600/Julio-Cortazar.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Imagen de julio cortazar dos cuentos cortos&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhUQQQyrbH-UhhSfKW5_7CktP1lHI-dd38g1Ee0UnWB66pQ9TEmTsXG1PTT5r9IQvNG619OrJg4MQKrBWLE_cE0FdOAmyo72WZ-iWog0pMqj1eNIrAM-jMDERJOR3AMjRP70tyizgwr8rey/s1600/Julio-Cortazar.jpg&quot; title=&quot;Julio Cortázar&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
Los cuentos &quot;&lt;b&gt;Lucas, sus compras&lt;/b&gt;&quot; y &quot;&lt;b&gt;Lucas, los hospitales I&lt;/b&gt;&quot; fueron tomados del libro &lt;i&gt;&lt;b&gt;Un tal Lucas&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed Alfaguara. &lt;br /&gt;
&lt;b&gt;Julio Cortázar&lt;/b&gt; (1914-1984): poeta, cuentista, novelista, ensayista y traductor argentino, perteneciente al movimiento llamado del &quot;Boom&quot; y considerado uno de los autores más innovadores y originales de su época. &lt;i&gt;&lt;b&gt;Rayuela &lt;/b&gt;&lt;/i&gt;(novela), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Salvo el crepúsculo&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (poesía) &lt;i&gt;&lt;b&gt;Bestiario &lt;/b&gt;&lt;/i&gt;(cuentos), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Historias de cronopios y de famas&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (misceláneas) y &lt;b&gt;&lt;i&gt;Todos los fuegos el fuego&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (cuentos) son algunos de sus libros más conocidos.&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;h2&gt;
Lucas, sus compras&lt;/h2&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En vista de que la Tota le ha pedido que baje a comprar una caja de fósforos, Lucas sale en piyama porque la canícula impera en la metrópoli y se constituye en el café del gordo Muzzio donde antes de comprar los fósforos decide mandarse un aperital con soda. Va por la mitad de este noble digestivo cuando su amigo Juárez entra también en piyama y al verlo prorrumpe que tiene a su hermana con la otitis aguda y el boticario no quiere venderle las gotas calmantes porque la receta no aparece y las gotas son una especie de alucinógeno que ya ha electrocutado a más de cuatro hippies del barrio. A vos te conoce bien y te las venderá, vení enseguida, la Rosita se retuerce que no la puedo ni mirar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Lucas paga, se olvida de comprar los fósforos y va con Juárez a la farmacia donde el viejo Olivetti dice que no es cosa, que nada, que se vayan a otro lado, y en ese momento su señora sale de la trastienda con una Kódak en la mano y usted, señor Lucas, seguro que sabe cómo se la carga, estamos de cumpleaños de la nena y dese cuenta justo se nos acaba el rollo, se nos acaba. Es que tengo que llevarle fósforos a la Tota, dice Lucas antes que Juárez le pise un pie y Lucas se comida a cargar la Kódak al comprender que el viejo Olivetti le va a retribuir con las gotas ominosas, Juárez se deshace en gratitud y sale echando putas mientras la señora agarra a Lucas y lo mete toda contenta en el cumpleaños, no se va a ir sin probar la torta de manteca que hizo doña Luisa, que los cumplas muy felices dice Lucas a la nena que le contesta con un borborigmo a través de la quinta tajada de torta. Todos cantan el apio verde tuyú y otro brindis con naranjada, pero la señora tiene una cervecita bien helada para el señor Lucas que además va a sacar las fotos porque ahí no tienen mucha cancha, y Lucas atenti al pajarito, ésta con flash y ésta en el patio porque la nena quiere que también salga el jilguero, quiere.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Bueno —dice Lucas— yo voy a tener que irme porque resulta que la Tota.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Frase eternamente inconclusa puesto que en la farmacia cunden alaridos y toda clase de instrucciones y contraórdenes, Lucas corre a ver y de paso a rajar, y se encuentra con el sector masculino de la familia Salinsky y en el medio el viejo Salinsky que se ha caído de la silla y lo traen porque viven al lado y no es cosa de molestar al doctor si no tiene fractura de coxis o algo peor. El petiso Salinsky que es como fierro con Lucas se le agarra del piyama y le dice que el viejo es duro pero que el portland del patio es peor, razón por la cual no sería de excluir una fractura fatal máxime cuando el viejo se ha puesto verde y ni siquiera atina a frotarse el culo como es su costumbre habitual. Este detalle contradictorio no se le ha escapado al viejo Olivetti que pone a su señora al teléfono y en menos de cuatro minutos hay una ambulancia y dos camilleros, Lucas ayuda a subir al viejo que vaya a saber por qué le ha pasado los brazos por el pescuezo ignorando por completo a sus hijos, y cuando Lucas va a bajarse de la ambulancia los camilleros se la cierran en la cara porque están discutiendo lo de Boca versus River el domingo y no es cosa de distraerse con parentescos, total que Lucas va a parar al suelo con el arranque supersónico y el viejo Salinsky desde la camilla jódete, pibe, ahora vas a saber cómo duele.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En el hospital que queda en la otra punta del ovillo Lucas tienes que explicar el fato, pero eso es algo que lleva su tiempo en un nosocomio y usted es de la familia, no, en realidad yo, pero entonces qué, espere que le voy a explicar lo que pasó, está bien pero muestre sus documentos, es que estoy en piyama, doctor, su piyama tiene dos bolsillos, de acuerdo pero resulta que la Tota, no me va a decir que este viejo se llama Tota, quiero decir que yo tenía que comprarle una caja de fósforos a la Tota y en eso viene Juárez y. Está bien, suspira el médico, bajale los calzoncillos al viejo, Morgada, usted se puede ir. Me quedo hasta que llegue la familia y me den plata para un taxi, dice Lucas, así no voy a tomar el colectivo. Depende, dice el médico, ahora se usan indumentos de alta fantasía, la moda es tan versátil, hacele una radio de cúbito, Morgada.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando los Salinsky desembocan de un taxi Lucas les da las noticias y el petiso le larga la guita justa pero eso sí le agradece cinco minutos la solidaridad y el compañerismo, de golpe no hay taxis por ninguna parte y Lucas que ya no puede más se larga calle abajo pero es raro andar en piyama fuera del barrio, nunca se le había ocurrido que es propio como estar en pelotas, para peor ni siquiera un colectivo rasposo hasta que al final el 128 y Lucas parado entre dos chicas que lo miran estupefactas, después una vieja que desde su asiento le va subiendo los ojos por las rayas del piyama como para apreciar el grado de decencia de esa vestimenta que poco disimula las protuberancias, Santa Fe y Canning no llegan nunca y con razón porque Lucas ha tomado el colectivo que va a Saavedra, entonces bajarse y esperar en una especie de potrero con dos arbolitos y un peine roto, la Tota debe estar como una pantera en un lavarropas, una hora y media madre querida y cuándo carajo va a venir el colectivo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
A lo mejor ya no viene nunca se dice Lucas con una especie de siniestra iluminación, a lo mejor esto es algo así como el alejamiento de Almotásim, piensa Lucas culto. Casi no ve llegar a la viejita desdentada que se le arrima de a poco para preguntarle si por casualidad no tiene un fósforo.&lt;/div&gt;
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&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;br /&gt;
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&lt;h2&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/h2&gt;
&lt;h2&gt;
Lucas, los hospitales (I)&lt;/h2&gt;
&lt;/div&gt;
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Como la clínica donde se ha internado Lucas es una clínica de cinco estrellas, los-enfermos-tienen-siempre-razón, y decirles que no cuando piden cosas absurdas es un problema serio para las enfermeras, todas ellas a cual más ricucha y casi siempre diciendo que sí por las razones que preceden.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Desde luego no es posible acceder al pedido del gordo de la habitación 12, que en plena cirrosis hepática reclama cada tres horas una botella de ginebra, pero en cambio con qué placer, con qué gusto las chicas dicen que sí, que cómo no, que claro, cuando Lucas que ha salido al pasillo mientras le ventilan la habitación y ha descubierto un ramo de margaritas en la sala de espera, pide casi tímidamente que le permitan llevar una margarita a su cuarto para alegrar el ambiente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Después de acostar la flor en la mesa de luz, Lucas toca el timbre y solicita un vaso de agua para darle a la margarita una postura más adecuada. Apenas le traen el vaso y le instalan la flor, Lucas hace notar que la mesa de luz está abarrotada de frascos, revistas, cigarrillos y tarjetas postales, de manera que tal vez se podría poner una mesita a los pies de la cama, ubicación que le permitiría gozar de la presencia de la margarita sin tener que dislocarse el pescuezo para distinguirla entre los diferentes objetos que proliferan en la mesa de luz.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La enfermera trae en seguida lo solicitado y pone el vaso con la margarita en el ángulo visual más favorable, cosa que Lucas le agradece haciéndole notar de paso que como muchos amigos vienen a visitarlo y las sillas son un tanto escasas, nada mejor que aprovechar la presencia de la mesita para agregar dos o tres sillones confortables y crear un ambiente más apto para la conversación.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Tan pronto las enfermeras aparecen con los sillones, Lucas les dice que se siente sumamente obligado hacia sus amigos que tanto lo acompañan en el mal trago, razón por la cual la mesa se prestaría perfectamente, previa colocación de un mantelito, para soportar dos o tres botellas de whisky y media docena de vasos, de ser posible ésos que tienen el cristal facetado, sin hablar de un termo con hielo y botellas de soda.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Las chicas se desparraman en busca de estos implementos y los disponen artísticamente sobre la mesa, ocasión en la que Lucas se permite señalar que la presencia de vasos y botellas desvirtúa considerablemente la eficacia estética de la margarita, bastante perdida en el conjunto, aunque la solución es muy simple porque lo que falta de verdad en esa pieza es un armario para guardar la ropa y los zapatos, toscamente amontonados en un placard del pasillo, por lo cual bastará colocar el vaso con la margarita en lo alto del armario para que la flor domine el ambiente y le dé ese encanto un poco secreto que es la clave de toda buena convalecencia. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sobrepasadas por los acontecimientos, pero fieles a las normas de la clínica, las chicas acarrean trabajosamente un vasto armario sobre el cual termina por posarse la margarita como un ojo ligeramente estupefacto pero lleno de benevolencia. Las enfermeras se trepan al armario para agregar un poco de agua fresca en el vaso, y entonces Lucas cierra los ojos y dice que ahora todo está perfecto y que va a tratar de dormir un rato. Tan pronto le cierran la puerta se levanta, saca la margarita del vaso y la tira por la ventana, porque no es una flor que le guste particularmente.&lt;/div&gt;
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&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
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&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjfdvArvxDaWsceAOfsky5MlQMbVq1QF20dqqikCet6Gj9v2jWuN7-eb1hBZlKGbUw40kmcO2iQhsYxmNjkhMR9xKXowusK786br21CEvFe1GTOBLZHn7ySK2olO4S77hv6kiEFPhNs7rYy/s1600/cuentos-raros-e-inquitantes.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro cuentos raros e inquietantes cuento don chico que vuela&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjfdvArvxDaWsceAOfsky5MlQMbVq1QF20dqqikCet6Gj9v2jWuN7-eb1hBZlKGbUw40kmcO2iQhsYxmNjkhMR9xKXowusK786br21CEvFe1GTOBLZHn7ySK2olO4S77hv6kiEFPhNs7rYy/s1600/cuentos-raros-e-inquitantes.jpg&quot; title=&quot;Cuentos raros e inquitantes - Antología&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El cuento &quot;&lt;b&gt;Don Chico que vuela&lt;/b&gt;&quot;, así como la mini-biografía que figura a continuación, fueron tomados del libro &lt;i&gt;&lt;b&gt;Cuentos raros e inquietantes&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;, Ed. Eudeba.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;b&gt;Eraclio Zepeda&lt;/b&gt; nació en Chiapas, México, en 1937. Es un escritor, poeta y político de gran popularidad. Su obra recoge tradiciones y costumbres de los pueblos indígenas del sur de su país, con musicalidad y encanto notables. Algunos de sus títulos cuentísticos más representativos son &lt;b&gt;&lt;i&gt;Benzulul&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, &lt;i&gt;&lt;b&gt;Andando el tiempo&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;&lt;b&gt;Horas de vuelo&lt;/b&gt;&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
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Don Chico que vuela&lt;/h2&gt;
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&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Te paras al borde del abismo y ves al pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina entre tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios, sus destinos. Sabes que en la línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamaca, suspendido entre los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y sin embargo el camino real, el camino verdadero, te desploma hasta los pies del cerro, bajando por vericuetos difíciles, entre barrancas y cascadas, entre piedras y caídas, hasta llegar al fondo de la quebrada donde corre espumeando el gran caudal del río que debes cruzar a fuerza, para iniciar el ascenso metro tras metro. Muchas horas después llegas cansado, lleno de sudor y lodo y volteas la cabeza para ver tu propio pueblo a distancia, como antes viste la plaza en la que estás ahora.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Ahí es donde le das la razón a don Pacífico Muñoz, don Chico, quien no soporta estas distancias que tú has caminado y dice que ir a pie es inútil y a caballo tontería, que para estas tierras volar es indispensable.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Hace años que le escuchaste los primeros proyectos de vuelo y contravuelo. Fue cuando sentado, como tú ahora, al borde del abismo, viendo al otro pueblo, dijo dándose un manotazo en las rodillas:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Si no es tanto lo encogido de estas tierras sino lo arrugado. Montañas y montañas acrecentando las distancias. Si a este estado lo plancharan le ganábamos a Chihuahua… ¡Y ya vuelto llano a caminar más rápido! Pero así como estamos, sólo vueltos pájaros para volar quisiéramos.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y así fue como la locura del vuelo se le fue colocando entre oreja y oreja a don Chico, como un sombrero de ensueño.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Volar fue la única pasión que le impulsaba en el día, a otro día, a otro mes, para seguir viviendo un año y otro año más. Si no fuera por el ansia del vuelo habría muerto de tristeza desde hace mucho tiempo, como tú me comentaste el otro día.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Don Chico subía, tú lo viste muchas veces, al cerro más alto para contemplar las distantes montañas azules y perdidas entre el vaho que viene de la selva. Allí sentado en la piedra donde escribió su nombre, tú escuchaste muchas veces a don Chico:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—La tierra desde el aire está al alcance de la mano. Los caminos son más fáciles al vuelo. Qué cerca están los mercados y las plazas a ojo de pájaro. Los valles y los ríos y las cañadas y cañones, los campos sembrados, los ganados en potreros lejanos, las ciudades nuevas y las viejas construcciones perdidas en la selva y al fondo el mar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Don Chico inventaba una prodigiosa geografía expuesta a los ojos en vuelo, ávidos ojos tratando de reconocer ranchos y rancherías, vados y ríos, caminos, pueblos, lagos y montañas vistas desde arriba, desde el sueño, desde el aire de un sueño.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Don Chico regresa al pueblo, con la boca seca, abrasada por la fiebre de la aventura que le espesa la lengua, le ves llegar a la plaza y tomar de la fuente agua con las manos, enjuagarse, refrescarse la cara y declarar muy serio:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Señoras y señores, voy a volar…&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Recordarás como todos subimos y bajamos la cabeza para decirle que sí, que cómo no, que claro don Chico que vuela, y por dentro sentiste la risa alborotando el pecho y la barriga y tú aguantándote.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Don Chico entró a su casa, cogió una gallina, la pesó minuciosamente, anotó la lectura de la báscula, midió la distancia que va de punta a punta de las alas, anotó eso también, acarició a la gallina y la regresó al corral.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Inventó un complicado cálculo para conocer la secreta relación existente entre el peso del animal y el tamaño de las alas que permite vencer la gravedad y levantar el vuelo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Don Chico dudó un instante si era adecuado tomar una gallina para tal experimento. Una paloma de vuelo largo habría sido mejor. Pero en su corral no había palomas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Habiendo encontrado la fórmula que explica la relación entre el peso de la gallina y el tamaño de sus alas, se pesó él mismo, anotó la lectura y, aplicando la fórmula descubierta, calculó el tamaño de las alas que habría de construirse para poder volar. Apuntó la cifra en su libreta, se frotó las manos y se fue al parque.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El problema era ahora el diseño de las alas. Pensó que el mejor material era el carrizo, ligero y fuerte. Se detuvo un momento para dibujar con un palito sobre la tierra el esquema de su estructura. Satisfecho lo borró con el pie izquierdo y grabado en la memoria lo llevó a su casa. Para recubrir la estructura nada mejor que el tejido del petate, la dúctil alfombra de palma.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Una vez que hubo construido las alas, descubrió molesto que eran pesadas para sus fuerzas. Recordó la relación entre las alas y el peso de la gallina y no se atrevió a modificarla.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Se suscribió a una revista sueca donde aparecían lecciones de gimnasia y dedicó algunos años a esta dura disciplina. Satisfecho sintió cómo aumentaban sus bíceps, crecían sus tríceps, se endurecían sus músculos abdominales, se marcaban nítidamente los dorsales y una potencia sentía nacer don Chico desde el centro de su cuerpo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En el año sexto de su experimento movía con destreza las alas. Con sus brazos aleteaba con movimientos llenos de gracia, en un simulacro de vuelo, no de gallina torpe sino de agilísima paloma.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En el pueblo había un orgullo compartido. Don Chico prometió volar antes de las fiestas patrias y se le invitaba a los patios a simular el arte complejo del vuelo. Acudía siempre hasta que descubrió que tales convivios no eran nacidos de la admiración a su técnica sino tan sólo el interés de producir ventarrones en el patio que barrieran de hojas y basura todo el pozo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Unos días antes de las fiestas patrias alguien levantó la cabeza. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús el primero que lo vio. Lo que sí se sabe que al instante todo el pueblo levantó la cabeza y vimos a don Chico arriba del campanario con las alas puestas, iniciando cauteloso el aleteo que habría de conducirlo a la gloria. Detenía a veces el movimiento. Se mojaba con saliva el dedo y comprobaba la dirección del viento, abría de par en par las alas y descansaba la cabeza sobre el hombro, semejante a nuestro viejo escudo nacional. De pronto reinició el aleteo, arresortó la pierna derecha contra el muro del campanario para tomar impulso, apuntó el pie izquierdo hacia El Porvenir, que tal era el nombre de la cantina que está enfrente de la iglesia, y se dispuso a iniciar la epopeya. Alguien le preguntó tocándole la punta del ala izquierda:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Va usted a volar, don Chico?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Seguro —respondió.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Y… llegará lejos, don Chico?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lejísimo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Y de altura, don Chico?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Altísimo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Al cielo llegará, don Chico?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Al cielo mismo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
La cara de aquel que preguntaba se iluminó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Por vida suya, don Chico, llévele al cielo este queso a mi mamá que se murió con el antojo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Don Chico aceptó con ligereza el queso, buscando deshacerse del impertinente sin considerar el error que habría cometido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús, el primero que hizo el encargo al otro mundo. Lo que sí se sabe es que al instante todo el pueblo subió al campanario y don Chico siguió aceptando quesos y chorizos, dulces y aguardiente, tostadas y jamones para llevar al cielo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando don Chico resorteó la pierna derecha, siguiendo la dirección al Porvenir, abrió el espectáculo grandioso de sus alas. El pueblo escuchó el estruendo de carrizos rompiéndose y petates rasgándose en el aire y quesos rodando por la calle.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando el silencio volvió, alguien dijo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lo mató el sobrepeso. Si no fuera por los encarguitos, don Chico vuela.&lt;/div&gt;
&lt;ul style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Eraclio%20Zepeda&quot;&gt;Otros cuentos de Eraclio Zepeda&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;

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</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/8130050282929386215/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/don-chico-que-vuela-eraclio-zepeda.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/8130050282929386215'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/8130050282929386215'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/don-chico-que-vuela-eraclio-zepeda.html' title='Don Chico que vuela - Eraclio Zepeda'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjfdvArvxDaWsceAOfsky5MlQMbVq1QF20dqqikCet6Gj9v2jWuN7-eb1hBZlKGbUw40kmcO2iQhsYxmNjkhMR9xKXowusK786br21CEvFe1GTOBLZHn7ySK2olO4S77hv6kiEFPhNs7rYy/s72-c/cuentos-raros-e-inquitantes.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-6491719855714834778</id><published>2013-08-16T18:53:00.001-03:00</published><updated>2013-08-16T19:19:05.528-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cuentos cortos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Estadounidenses"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Misterio"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Richard Matheson"/><title type='text'>La futura difunta - Richard Matheson</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQoBUzXaxITtnUq1rcjUmz5dznELhbDxaxnktBBsIGzPNx9ZcXug9zxlQhH81ivP8huUmDhUguvWQ1oFtz3KTVz-GnIFkXvjjeiyg6vUZyj9A90jwnFIqm3gBuUSF60IDXkqrRHfgOi9fz/s1600/historias-de-terror-y-misterio.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro historias de terror y misterio&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQoBUzXaxITtnUq1rcjUmz5dznELhbDxaxnktBBsIGzPNx9ZcXug9zxlQhH81ivP8huUmDhUguvWQ1oFtz3KTVz-GnIFkXvjjeiyg6vUZyj9A90jwnFIqm3gBuUSF60IDXkqrRHfgOi9fz/s1600/historias-de-terror-y-misterio.jpg&quot; title=&quot;Historias de terror y misterio - Antología&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
El cuento &quot;&lt;b&gt;La futura difunta&lt;/b&gt;&quot; aparece en el libro &lt;b&gt;&lt;i&gt;Historias de terror y misterio&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;, Ed. Realidad B. &lt;br /&gt;
&lt;b&gt;Richard Matheson&lt;/b&gt; (1926-2013) fue un escritor y guionista estadounidense, autor de varios capítulos de la serie La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), y el director Steven Spielberg adaptó para el cine su cuento largo &quot;Duelo&quot;. &lt;b&gt;&lt;i&gt;El hombre menguante&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Soy leyenda&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (novela), &lt;i&gt;&lt;b&gt;Las playas del espacio&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (cuentos) y &lt;i&gt;&lt;b&gt;El último escalón&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; (novela) son algunos de sus libros más importantes.&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2&gt;
La futura difunta&lt;/h2&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
El hombrecillo abrió la puerta y entró; fuera quedó la deslumbradora luz del sol. Aquel hombrecillo larguirucho, de aspecto simple y ralo cabello gris, rondaría los cincuenta años o poco más. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó en el lóbrego vestíbulo, en espera de que los ojos se le acostumbraran al cambio de luz. Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Su pálido rostro aparecía sin transpiración a pesar del calor. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra, se quitó el sombrero panamá y avanzó por el pasillo hasta el despacho: sus zapatos negros no hicieron ruido alguno al pisar sobre la alfombra. El empleado de la funeraria levantó la vista de su escritorio para saludarle.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Buenas tardes.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Buenas tardes —repuso el hombrecillo, que tenía una voz suave.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Puedo ayudarle en algo?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí —respondió el hombrecillo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Con un ademán, el empleado de la funeraria le indicó la butaca que había del otro lado de su escritorio y le dijo:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Por favor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El hombrecillo se sentó en el borde de la butaca y dejó el panamá sobre su regazo. Observó que el empleado de la funeraria abría un cajón y sacaba un impreso. Después, retiró una estilográfica negra de su base de ónice, y preguntó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Quién es el difunto?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Mi esposa —dijo el hombrecillo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El empleado de la funeraria emitió un cloqueo de condolencia.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lo siento.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ya —replicó el hombrecillo con una mirada inexpresiva. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Cómo se llamaba?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Marie Arnoid —respondió el hombrecillo en voz baja.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El de la funeraria escribió el nombre.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Dirección?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El hombrecillo se la dio.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Está ella allí ahora?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Si, está allí —respondió el hombrecillo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El otro asintió.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Quiero que todo sea perfecto —dijo el hombrecillo—. Quiero lo mejor que haya.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Claro, claro, por supuesto.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No me importa lo que cueste —insistió el hombrecillo. Su garganta osciló cuando tragó saliva—. Ahora ya no me importa nada. Salvo esto.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lo comprendo —dijo el de la funeraria.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Quiero lo mejor que tenga —volvió a insistir el hombrecillo—. Ella es preciosa. Debe tener lo mejor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lo comprendo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Siempre tenía lo mejor. Yo me encargaba de ello.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Claro, claro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Asistirá mucha gente —comentó el hombrecillo—. Todo el mundo la quería. Es tan hermosa..., tan joven... Tiene que darle lo mejor. ¿Me comprende?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—A la perfección —le aseguró el de la funeraria—. Le garantizo que quedará más que satisfecho.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Es tan hermosa —repitió el hombrecillo—. Tan joven.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No lo dudo —asintió el de la funeraria.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El hombrecillo permaneció sentado, sin moverse, mientras el empleado de la funeraria le formulaba unas preguntas. El tono de voz del hombrecillo no varió mientras hablaba. Sus ojos parpadeaban  tan de vez en cuando que el empleado no los vio moverse ni una sola vez. El hombrecillo firmó el impreso ya rellenado y se incorporó. El de la funeraria hizo lo propio y rodeó el escritorio.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Le garantizo que quedará usted satisfecho —dijo al tiempo que le tendía la mano.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El hombrecillo se la estrechó. La palma de su mano estaba seca y fría. &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Dentro de una hora iremos a su casa —le indicó el agente funerario.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Perfecto —repuso el hombrecillo.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El empleado avanzó por el pasillo, al lado del cliente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Para ella quiero que todo sea perfecto —dijo el hombrecillo—. Sólo lo mejor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Todo saldrá tal como usted desea.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Se merece lo mejor. —El hombrecillo miró al frente con fijeza—. Es tan hermosa. Todo el mundo la quería. Todo el mundo. Es tan joven, y tan hermosa...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Cuándo ha muerto? —preguntó entonces el de la funeraria.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El hombrecillo no pareció haberle oído. Abrió la puerta, salió a la luz del sol y se puso el panamá. Había recorrido ya la mitad de la distancia  que lo separaba de su coche cuando, con una leve sonrisa en los labios, contestó:&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—En cuanto llegue a casa.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Richard%20Matheson&quot;&gt;Otros cuentos de Robert Matheson&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Cuentos%20cortos&quot;&gt;Otros cuentos cortos&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/feeds/6491719855714834778/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/la-futura-difunta-richard-matheson.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6491719855714834778'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8359390025193289162/posts/default/6491719855714834778'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentos-ya.blogspot.com/2013/08/la-futura-difunta-richard-matheson.html' title='La futura difunta - Richard Matheson'/><author><name>Anonymous</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/blank.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQoBUzXaxITtnUq1rcjUmz5dznELhbDxaxnktBBsIGzPNx9ZcXug9zxlQhH81ivP8huUmDhUguvWQ1oFtz3KTVz-GnIFkXvjjeiyg6vUZyj9A90jwnFIqm3gBuUSF60IDXkqrRHfgOi9fz/s72-c/historias-de-terror-y-misterio.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8359390025193289162.post-1611053711048036902</id><published>2013-08-15T18:32:00.000-03:00</published><updated>2017-03-09T09:02:30.091-03:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Chéjov"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realista"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Rusos"/><title type='text'>En la oscuridad - Anton Chejov</title><content type='html'>&lt;div dir=&quot;ltr&quot; style=&quot;text-align: left;&quot; trbidi=&quot;on&quot;&gt;
&lt;blockquote class=&quot;tr_bq&quot;&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgCD_6CSOS8tWQHGtHzPeMRYPc_OYzFlBDQ-YC6Tqa9VUGbPehWqiq0MHFN-XzsNy_dPbks9TtnRyAmRYiIptRF5tm4RukfysT8qR7TQ6JdxYS0LFQVMZU_bGaYp7wGojXLLgps_0pdFcOJ/s1600/Cuentos-breves-para-leer-en-el-bus.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro cuentos breves para leer en el bus&quot; border=&quot;0&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgCD_6CSOS8tWQHGtHzPeMRYPc_OYzFlBDQ-YC6Tqa9VUGbPehWqiq0MHFN-XzsNy_dPbks9TtnRyAmRYiIptRF5tm4RukfysT8qR7TQ6JdxYS0LFQVMZU_bGaYp7wGojXLLgps_0pdFcOJ/s1600/Cuentos-breves-para-leer-en-el-bus.jpg&quot; title=&quot;Cuentos breves para leer en el bus - Antología&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;b&gt;Antón Chéjov&lt;/b&gt; (1860-1904): escritor y médico ruso. Sin dudas uno de los cuentistas más grandes de todos los tiempos. Ha escrito gran cantidad de relatos cortos que aparecen en innumerables antologías. También fue dramaturgo, ensayista y novelista. &lt;b&gt;&lt;i&gt;La gaviota&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (teatro), &lt;b&gt;&lt;i&gt;El jardín de los cerezos&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (teatro) y &lt;b&gt;&lt;i&gt;La estepa&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; (novela) son algunas de sus obras más conocidas.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&quot;&lt;b&gt;En la oscuridad&lt;/b&gt;&quot; fue tomado de &lt;b&gt;&lt;i&gt;Cuentos breves para leer en el bus&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;i&gt; &lt;/i&gt;(selección de Maximiliano Tomas), Ed. Booket. &lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;h2&gt;
En la oscuridad &lt;/h2&gt;
&lt;br /&gt;
Una mosca no muy grande se abrió paso por la nariz de Gagin, asistente del procurador. Quizá la inspiró la curiosidad, o quizá llegó hasta allí por atolondrada o a causa de un accidente en medio de la noche; sea como fuere, la nariz advirtió la presencia de un cuerpo extraño e hizo ademán de estornudar. Gagin estornudó, estornudó de manera impresionante, con tal descarga y tal ruido que la cama se sacudió y los resortes traquetearon. La esposa de Gagin, María Mijailovna, una mujer rubia, regordeta y fornida, también se sobresaltó y se despertó. Miró a través de la oscuridad, lanzó un suspiro y giró hacia el otro lado. A los cinco minutos, volvió a girar y apretó los párpados con fuerza, pero ya no podía conciliar el sueño. Después de varios suspiros y de dar vueltas a uno y otro lado, se levantó, pasó por encima de su marido, se puso las pantuflas y se acercó a la ventana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Afuera estaba oscuro. Apenas podía distinguir los contornos de los árboles y el techo de los establos. Se veía, en dirección al Este, una tenue palidez que pronto quedaría cubierta por las nubes. La quietud del ambiente era perfecta, envuelta en somnolencia y brumas. Hasta el guardián, contratado para alterar el silencio, callaba; incluso callaba el rey de codornices, la única criatura alada que no huye de la presencia de los veraneantes.   &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
María Mijailovna fue quien rompió el silencio. Desde la ventana, con la vista fija en el patio, lanzó de pronto un grito. Le pareció que una sombra salía del vergel del álamo deshojado en dirección a la casa. Por un segundo creyó que era una vaca o un caballo; pero después de frotarse los ojos, distinguió la silueta de un hombre.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Notó entonces que la sombra se acercaba a la ventana de la cocina y, después de un momento de indecisión, ponía un pie en el alféizar y desaparecía en la oscuridad de la ventana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
«¡Un ladrón!», pensó, y una palidez mortal le atravesó el rostro.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
En un segundo, le cruzó por la mente esa imagen tan temida por las mujeres que van de veraneo al campo: un ladrón que se mete en la cocina, y que de la cocina, entra en el comedor... la platería en la alacena... y luego va a la habitación... con un hacha... el rostro de bandido... las joyas... Le flaquearon las piernas y le corrió un escalofrío por la espalda.  &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Vasia! —gritó, sacudiendo a su marido—. ¡Vasili! ¡Vasili Prokóvich! ¡Ah! ¡Por Dios, no reacciona! ¡Despierta, Vasili, te lo ruego!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Mmm... ¿Sí? —protestó el asistente del procurador, aspirando una gran bocanada de aire y lanzando un gruñido.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Por amor de Dios, levántate! ¡Entró un ladrón en la cocina! Estaba mirando hacia fuera y vi que alguien se metía por la ventana. Pronto va a llegar al comedor... ¡Los cubiertos están en la alacena! ¡Vasili! Se metieron en la casa de Mavra Yegorovna el año pasado.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Qué..., qué pasa...?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Cielos! No me entiende. ¡Escucha, idiota! Te estoy diciendo que acabo de ver a un hombre entrar por la ventana de la cocina. Pelagia se va a llevar un buen susto... ¡y la platería está en la alacena!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Tonterías.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡No aguanto más, Vasili! Te hablo de un peligro real y tú te echas a dormir y a roncar. ¿Qué te pasa? ¿Prefieres que nos roben y nos asesinen?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El asistente del procurador se levantó con lentitud, se sentó en la cama y empezó a bostezar.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Dios mío, qué criaturas las mujeres! —murmuró—. ¡No te dejan en paz ni por la noche! ¡Despertar a un hombre por una tontería así!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pero, Vasili, te juro que vi a un hombre entrar por la ventana.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Bueno, ¿y qué? Déjalo que entre... Estoy seguro de que es el novio de Pelagia, el bombero.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Cómo? ¿Qué has dicho?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Digo que es el bombero de Pelagia, que ha venido a visitarla.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Peor todavía! —aulló María Mijailovna—. ¡Peor que un ladrón! No voy a permitir tal cinismo en mi propia casa.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Vaya arrogancia! ¡Ahora somos virtuosos! ¿No vas a permitir tal cinismo? ¡Como si eso fuera algo cínico! ¿Por qué de repente empiezas a usar palabras extranjeras? Querida, es algo que sucede desde que el mundo es mundo, y la tradición lo justifica. ¿Para qué nos sirve un bombero, si no es para hacerle el amor a la cocinera?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡No, Vasili! ¡Hablas como si no me conocieras! Nunca permitiré algo así... en mi propia casa. ¡Debes ir en este instante a la cocina y decirle que se vaya! ¡En este mismo instante! Y mañana le voy a decir a Pelagia que no puede rebajarse de ese modo haciendo esas cosas. Cuando me muera, podrás tolerar toda la inmoralidad que quieras en tu casa, pero hasta entonces, ¡nada de eso! Ahora, ¡anda!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Maldita sea —renegó Gagin, fastidiado—. Usa tu microscópico cerebro de mujer: ¿para qué voy a ir?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Vasili! Mira que me desmayo...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Gagin maldijo, se puso las pantuflas, volvió a maldecir y se dirigió a la cocina. Afuera estaba oscuro como el fondo de un barril, y el asistente del procurador tuvo que guiarse por el tacto. A tientas, llegó hasta la puerta de la habitación de los niños y despertó a la niñera.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Vasilisa! —llamó—. Anoche te llevaste mi bata para pasarle el cepillo. ¿Dónde está?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Se la di a Pelagia para que ella la cepillara, señor.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Qué descuido! Te la llevaste y no me la devolviste... ¡Ahora tengo que andar por la casa sin la bata!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Al llegar a la cocina, se dirigió al rincón donde, en una caja debajo del estante de las cacerolas, dormía la cocinera.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Pelagia —dijo, sacudiéndole el hombro—. ¡Pelagia! ¿Por qué finges? ¡No estás dormida! ¿Quién es el que acaba de entrar por la ventana?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Mmm... Eh... ¡Buenos días! ¿Por la ventana? ¿Y quién podrá ser?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Vamos, no sirve de nada que me mientas! Lo mejor que puedes hacer es decirle a ese bribón que se vaya cuanto antes. ¿Me escuchas? ¡No tiene nada que hacer aquí!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Se siente bien, señor, por amor de Dios? ¿Acaso cree que soy tan tonta? ¡Me paso todo el día trabajando, sin un minuto de descanso siquiera, y ahora me viene a hablar así en medio de la noche! Cuatro rublos al mes... además de tener que pagar por mi propio té y mi propia azúcar, ¡y éste es el reconocimiento que recibo por el trabajo que hago! ¡Antes vivía en la casa de un comerciante y nunca me insultaron de esta manera!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Bueno, bueno, ¡no me vengas ahora con tus quejas! En este momento tu amigo se tiene que ir. ¿Me entiendes?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Debería darle vergüenza, señor —dijo Pelagia, y Gagin podía oír las lágrimas en su voz—. ¡Gente tan elegante y educada, pero sin la menor idea de lo mucho que trabajamos... durante nuestra vida miserable! —Rompió a llorar—. Qué fácil es insultarnos. No tenemos a nadie que nos proteja.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Bueno, está bien... A mí no me importa. Tu patrona es la que me manda. Puedes dejar entrar al mismo diablo por la ventana, si quieres. ¡A mí me da igual!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Lo único que le quedaba al asistente del procurador era aceptar que se había equivocado y volver con su esposa.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Lo que te decía, Pelagia —continuó—, es que tú tienes mi bata y la ibas a cepillar. ¿Dónde está?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Ay, lo lamento, señor. Me olvidé de ponerla en su silla. Está colgada de un gancho cerca del horno.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Gagin fue hasta el horno, tomó la bata y se la puso. Volvió silencioso a su habitación.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Cuando su marido salió, María Mijailovna volvió a meterse en la cama y se puso a esperar. Los primeros tres minutos se quedó tranquila, pero luego empezó a preocuparse.  &lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
«Cuánto tarda», pensó. «No me importa que sea ese hombre... el inmoral ese... ¿pero si es un ladrón?»&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Y una vez más, le vino a la cabeza la imagen de su marido entrando en la cocina a oscuras... un golpe con un hacha... muriendo, sin proferir un gemido, en silencio total... un mar de sangre...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Pasaron cinco minutos... cinco y medio... por fin, seis... Un sudor frío le corrió por la frente.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Vasili! —gritó—. ¡Vasili!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Qué tanto gritas? Acá estoy —oyó la voz de su marido y sus pisadas—. ¿Te están asesinando?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El asistente del procurador se acercó a la cama y se sentó en el borde.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—No había nadie en absoluto —le explicó—. Fue una fantasía tuya, criatura endemoniada... Puedes dormir tranquila. La tonta de Pelagia es tan virtuosa como su patrona. ¡Qué cobarde eres! ¡Qué...!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El asistente del procurador comenzó a burlarse de su mujer. Estaba bien despierto en ese momento y no tenía deseos de volver a dormir.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¡Eres una cobarde! —se rió—. Deberías ir mañana a ver al doctor para que te cure esas alucinaciones. ¡Eres una neurótica!&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Qué olor a aceite —lo interrumpió su mujer—. A aceite o algo así, cebolla, o sopa de repollo...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Sí... Hay un olor... No tengo sueño. Quiero decir, voy a encender una vela. ¿Dónde están los fósforos? Y, de paso, te voy a mostrar la fotografía del procurador del Palacio de Justicia. Nos dio a todos una fotografía con su autógrafo cuando se despidió de nosotros ayer.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Gagin frotó un fósforo contra la pared y encendió una vela. Pero antes de que pudiera levantarse para ir a buscar la fotografía, oyó un grito espeluznante a sus espaldas. Se dio vuelta y notó que su mujer lo miraba, con los ojos muy abiertos, llena de asombro, ira y horror...&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Te quitaste la bata en la cocina? —preguntó, pálida.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—¿Por qué?&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
—Mírate.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
El asistente del procurador se miró en el espejo y tragó saliva.&lt;/div&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
Sobre los hombros no llevaba la bata, sino el sobretodo del bombero. ¿Cómo podía ser? Mientras trataba de encontrar la respuesta, su esposa comenzó a imaginar una escena muy distinta, espantosa e intolerable: oscuridad, silencio, susurros... y muchas, muchas cosas más.&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://cuentos-ya.blogspot.com.ar/search/label/Ch%C3%A9jov&quot;&gt;Otros cuentos de Chéjov&lt;/a&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;

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