23 enero 2019

Pelea de gallos - María Fernanda Ampuero


Edición: Páginas de Espuma, 2018
Páginas: 120
ISBN: 9788483932346
Precio: 14,00 € (e-book: 5,99 €)

María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) escribe sobre lo que las mujeres saben y callan, sobre lo que aprenden para sobrevivir en una sociedad hostil, todavía más en Latinoamérica. Después de publicar dos libros de crónicas, esta periodista ecuatoriana debutó en la narrativa con una compilación de cuentos, Pelea de gallos (2018). En general, se trata de relatos muy breves, narrados por niñas o jóvenes que descubren el mundo a hurtadillas, desde esa perspectiva de quien no lo conoce todo, pero observa con atención lo que los adultos dejan entrever con sus actos. En todos hay violencia, mucha violencia expuesta sin paliativos. Algunas muchachas son víctimas y otras, depredadoras; en ocasiones, encarnan ambos roles, el uno lleva al otro.
Las historias se desarrollan en ambientes de extracción humilde, embrutecidos, y exploran temas que ya son una constante en las autoras latinoamericanas actuales: el miedo, la intimidación, el abuso, el cuerpo, el tabú, la sordidez. Están narradas con una voz cercana al habla coloquial, acorde con el contexto. La autora es hábil a la hora de plasmar una atmósfera amenazante, esa sospecha de que va a ocurrir algo terrible pero no se sabe con seguridad el qué. Quizá el rasgo más distintivo de su estilo sea su crudeza, su rotundidad para expresar lo macabro sin adornos. Llama a las cosas por su nombre, describe la sangre, los fluidos, la fealdad, hasta rozar lo grotesco.
En el primer cuento, «Subasta», probablemente el mejor, una mujer se vuelve poderosa ante la adversidad, da con la tecla exacta para liberarse de los abusos de los hombres y dejar de ser vista como un objeto de deseo. El relato se asienta sobre la paradoja (bien encontrada) del comportamiento «contradictorio» de ellos: audaces para cometer atrocidades, y sin embargo temerosos hacia situaciones naturales, domésticas, en las que las mujeres, por costumbre, se desenvuelven mejor. El resto de historias siguen esta tendencia, aunque se encuadran más en el ámbito del hogar, las relaciones entre hermanas, madres e hijas, amigas. Sin impactar como el primero, examinan la violencia latente en cada casa, las relaciones de poder del núcleo familiar, haciendo hincapié en la idea de que el verdadero terror no está en los monstruos imaginarios del cine, sino en las zonas oscuras de la cotidianeidad, en lo que se esconde detrás de una habitación cerrada, en un trauma del pasado, en la desesperación y la locura.
María Fernanda Ampuero
A pesar de sus aciertos, el libro en conjunto no termina de convencer. Por un lado, se aprecia cierta dificultad para cerrar los relatos, los finales resultan un tanto apresurados, algunos cuentos se quedan en una tentativa. Por otra parte, la voz es tan similar en todos que, leídos del tirón, suenan repetitivos, carecen de entidad propia. Además, la autora es demasiado explícita en lo escabroso, se recrea más de lo necesario en ese tipo de descripciones; lo que en el primer cuento sorprende –y se aplaude– acaba siendo un recurso repetitivo en los siguientes. Falta sutileza y contención. Aun así, Pelea de gallos no es una mala carta de presentación, insinúa un potencial (narración, imágenes) que seguro enriquecerá en sus próximas obras.

21 enero 2019

Marx y la muñeca - Maryam Madjidi


Edición: Minúscula, 2018 (trad. Palmira Feixas)
Páginas: 216
ISBN: 9788494836602
Precio: 18,50 €

Uno de los motivos por los que me interesa la literatura actual, la literatura que están escribiendo mis coetáneos, es conocer su mirada hacia la sociedad que compartimos. Leer puede ser una forma de enriquecer nuestro punto de vista, de prestar atención a cuestiones que nos pasaban inadvertidas, de reforzar la empatía, sin renunciar por ello al «placer» genuino de disfrutar de una buena obra literaria. En concreto, ahora que el discurso xenófobo y racista vuelve (por desgracia) a llenar los titulares, la lectura de narrativa me parece eficaz para comprender mejor el entorno multicultural en el que vivimos, y de este modo combatir la ignorancia que alimenta los prejuicios y el odio. La novela, a diferencia del ensayo o el reportaje, tiene el atractivo de contar una historia, de crear unos personajes, de evocar y suscitar (si funciona) «emociones». Es ahí, en su fuerza para implicar al lector, para conmoverlo e invitarlo a la reflexión, donde se encuentra su baza para que, al terminar, este se sienta robustecido.
Escribo estas líneas a propósito de Marx y la muñeca (2017), el flamante debut de Maryam Madjidi (Teherán, 1980), galardonado con el Prix Goncourt du Premier Roman. La autora, afincada en Francia desde 1986, pertenece a una generación de narradores francófonos que ha crecido entre dos culturas, una rama que abarca a escritores tan distintos como Leila Slimani, Gaël Faye o Saphia Azzeddine. La formación de esa doble identidad resulta esencial en la novela de Madjidi, que como muchas óperas primas, es de carácter (abiertamente) autobiográfico. Se estructura en torno a los tres «nacimientos» de la protagonista: en el Irán posterior a la Revolución iraní, con unos padres comprometidos con el comunismo; en el París de finales del siglo XX, donde empieza a hacer uso de la razón y más tarde disfruta su juventud; y, por último, un viaje a su tierra natal, ya como adulta, una suerte de reconciliación con sus orígenes.
Marx y la muñeca esboza el recorrido vital de una chica entre dos mundos. Estas dos culturas, sin embargo, tienen una incidencia desigual en su aprendizaje. La iraní, tan cruda en los primeros años de su vida –el padre en la cárcel, la madre asistiendo a una manifestación embarazada, la violencia de las revueltas– pronto queda relegada al ámbito doméstico en cuanto la familia se instala en París y Maryam se habitúa a las costumbres occidentales. El título alude, precisamente, a la parte de ella que se quedó en Teherán: el comunismo que defendían sus padres, que les llevó a obligar a Maryam a desprenderse de todos sus juguetes. La «muñeca» que abandonó se erige en el símbolo de esa primera infancia perdida por la fuerza, así como a los parientes que se quedaron. Con todo, este país no desaparece de su vida: los recuerdos de los padres, las llamadas, todo traza un hilo que la mantiene al tanto de lo que ocurre ahí.
En París, la pequeña Maryam se ve en la situación de muchos niños inmigrantes: con una identidad en el hogar y otra en la escuela, en la calle. De forma progresiva, la identidad francesa arrincona la iraní, lo que le causa un conflicto consigo misma y con sus padres. Destacan sus observaciones sobre el papel primordial de la lengua en el proceso de «integración»: el francés se impone hasta que el persa queda relegado a idioma que habla pero del que no domina la escritura. La narradora repasa las clases especiales del colegio para los no nativos, donde se mezclan alumnos de diversas nacionalidades: pese a reconocer las buenas intenciones del sistema, detecta el etnocentrismo del modelo de enseñanza, que, en su objetivo de unificar conocimientos, margina e invisibiliza las diferencias. En otras palabras: los alumnos se gradúan con una base sólida de cultura francesa «normativa», pero con grandes lagunas en su comprensión de las otras culturas presentes en su sociedad. Hoy la autora se dedica a enseñar francés a extranjeros, así que sin duda tiene una opinión razonada al respecto.
El libro muestra la indefensión del inmigrante en Occidente: la discriminación, la noción de exotismo. No obstante, en la voz de Madjidi no hay ni rabia ni autocompasión. Ha digerido su pasado antes de sentarse a escribir, y se expresa con el tono jovial de una mujer que se cuenta a sí misma, y se cuenta bien. Esta no es, aunque pueda dar esa impresión, la típica novela lineal, de la niñez a la juventud, sino que se compone de retazos breves, con saltos temporales, y no todo es «narración», puesto que intercala reflexiones, historias que le cuentan otras personas e incluso algún poema. Algunos capítulos se acercan al reportaje, ya que recoge testimonios (por ejemplo, cuando sus conocidas le explican lo que supone ser mujer en el Irán contemporáneo). Y, aun con esta diversidad de recursos, mantiene la cohesión, no es un texto deslavazado. Tiene un estilo ameno, sencillo y a la vez esmerado, poético. Sobresale su vocación de narradora, de cuentacuentos, por su gusto por introducir historias dentro de la historia, heredera de la transmisión oral. Escribe con el oído, no solo con las letras.
Maryam Madjidi
En ocasiones, las novelas autobiográficas, sobre todo las de escritores primerizos, adolecen de tedio, dan la impresión de que el autor no sabía adónde quería llegar. No es este el caso: Madjidi tiene una historia interesante que contar y posee el pulso para hacerlo con desenvoltura. Marx y la muñeca me recuerda en cierto modo a Pequeño país (2016; Salamandra, 2018), de Gaël Faye: libros de calidad notable que, además, resultan «instructivos» en el sentido de introducir al lector occidental en una cultura con la que no está muy familiarizado. Concentra temas pertinentes en nuestro contexto social (la emigración, la asimilación cultural, el desarraigo, la lengua) y los expone en un registro literario y accesible; es perfecto para clubes de lectura. Esta novela aporta una nueva aproximación al hecho de sentirse extranjera en dos lugares, desde la mirada de una autora joven que ya ha encontrado su voz. Tiene mérito, mucho mérito, debutar así.

18 enero 2019

Un pie en el paraíso - Ron Rash


Edición: Siruela, 2018 (trad. Pablo González-Nuevo)
Páginas: 232
ISBN: 9788417454470
Precio: 19,95 € (e-book: 9,99 €)

Un pie en el paraíso (2002), la primera novela de Ron Rash (Chester, Carolina del Sur, 1953), un autor que por entonces ya había publicado poesía y relatos, se enmarca en la tradición del sur de Estados Unidos, esa que tantas alegrías ha dado a la literatura (William Faulkner, Eudora Welty, Carson McCullers, Flannery O’Connor...). Ron Rash cuenta con una trayectoria sólida en su país, aunque aquí es un desconocido –solo se había publicado En lo más profundo del río (Punto de Lectura, 2007); mientras que su obra más aclamada, Serena (2008), sigue sin traducir–. Viene avalado por Alice Munro y Edna O’Brien, dos escritoras a las que servidora tiene en alta estima. Entre esto y mi fascinación (literaria) por ese sur tan sórdido, no quedaba otra que leerlo.
Corren los años cincuenta en un condado rural de los Apalaches cuando un hombre, veterano de guerra, desaparece sin dejar rastro. Tanto su madre como el sheriff están convencidos de que lo ha matado otro, pero el cuerpo no aparece. El tipo no era lo que se dice ejemplar, por lo que a nadie le sorprende que pueda haber terminado así. A partir de este suceso, el autor desgrana los acontecimientos previos a la desaparición, una trama de pasión y venganza que involucra a varios personajes de la localidad. Lo importante no es averiguar qué ha ocurrido con el hombre –enseguida se revela–, sino que este hecho sirve de puente para revolver lo que de verdad interesa a Ron Rash: esa sociedad sureña embrutecida, llena de sombras, de costumbres anquilosadas, en la que nadie es inocente del todo, por mucho que no se haya manchado las manos.
Ron Rash es un gran narrador, ameno, con sentido del humor y oído para el diálogo. Firma una historia dinámica que entretiene y a la vez posee revestimiento «literario». Carson McCullers decía que lo característico del gótico sureño es su planteamiento de la crueldad con un tono de escritura que se permite lo liviano, lo cómico; de este modo profundiza en los recovecos del alma humana. Esta obra es así, detrás de la ficción hace una radiografía de ese sur de antaño, violento, turbio y desigual. Cada parte está narrada por uno de los protagonistas, sin que se pierda el ritmo, y cada uno tiene, claro, sus conflictos: la ascensión social, el matrimonio, el deseo de tener hijos, las secuelas de la guerra, el distanciamiento dentro de una familia, la soledad, el perdón. Una sociedad de contrastes, en la que ni siquiera el sheriff (primer narrador y un personaje memorable) se libra de las manchas, aunque de entrada esté en una esfera superior al resto (tiene estudios y está casado con la hija de un médico). En la práctica, todos, los afortunados y los humildes, los tranquilos y los bravucones, afrontan problemas no tan diferentes. No falta en el elenco la «bruja» de turno, o anciana ermitaña, representante de las supersticiones inherentes a este sur tan rancio.
Ron Rash
El relato se encuadra, además, en un marco «mítico»: más allá de la acción individual, el destino, como en la tragedia griega, supera a los personajes, perseguidos por sus errores, la culpa y el castigo. Esto se extiende al pueblo en conjunto, que se halla en proceso de desaparición porque una compañía eléctrica pretende construir un lago. La historia culmina en una catarsis redonda. Tiene bastante en común con Fuego en la montaña (1962; Errata naturae, 2018), una novela de Edward Abbey (1927-1989) que también se recuperó el pasado otoño (¿renace el interés por la narrativa de la Norteamérica campestre, esa de hombres recios, aventuras, traición y encuentros furtivos?). En cualquier caso, Un pie en el paraíso es una novela altamente disfrutable, escrita con oficio, con personajes muy bien perfilados y un aire de historia clásica que hoy cuesta encontrar. Ojalá no sea lo último que se traduzca del autor.

14 enero 2019

Noveno aniversario del blog: tiempo de cambios

… y ya van nueve. En los primeros aniversarios contaba números, que si seguidores, que si visitas; estadísticas que desde hace tiempo me parecen ridículas, ingenuas y presuntuosas. También me daba por reflexionar acerca de lo que he aprendido con el blog, o lo que el blog me ha aportado (ni que tener un blog de reseñas literarias fuera como emprender un viaje a la otra punta del planeta). En los últimos años, me he quejado más de la cuenta. Porque querría que me pagaran por escribir y no obstante aquí sigo, en este rincón donde nadie (nadie que podría darme trabajo) me hace caso.
Hoy no voy a hacer nada de eso.
Yo también he cumplido años, he madurado con el blog. A medida que me hago mayor, me libero de superficialidades. Cuando uno es joven, lo quiere todo y lo quiere ya, determinados asuntos le parecen una prioridad absoluta, se es más vulnerable a las necesidades creadas por la publicidad. Esa etapa se pasa, por suerte se pasa. 2018 fue un punto de inflexión para mí: me desprendí de cargas, adopté otra filosofía, me volví más práctica. Más serena. Con la edad te salen canas, pero aprendes a darles a las cosas la importancia justa. Ganas en fortaleza. Estoy en esta fase.
Y esta fase se extiende al blog. Para continuar con él, necesito liberarlo de lo superfluo. Hacerlo más pequeño (al menos, en detalles importantes para mí). En la entrada sobre mis mejores lecturas de 2018 dije que cometí el error de sentirme crítica literaria, o periodista cultural, sin serlo. Sin serlo porque no cobro por ello. Por lo demás: redacto unas ochenta reseñas al año, recibo ejemplares de las editoriales, me mantengo al día de las novedades, las difundo en las redes, un grupo de lectores (menos voluminoso de lo que parece, pero tampoco desdeñable) tiene en cuenta mis recomendaciones, qué decir de los autores que me piden que los lea… Soy una suerte de influencer (ay, esta palabra) sin sueldo ni vocación.
En eso último está la clave: no tengo vocación de influencer. A mí lo que me gusta es leer y escribir, no la comunicación. Algunos lectores me han animado a registrarme en Instagram o hacerme un canal de YouTube. No, no es lo mío. Leer, estudiar, reflexionar, ampliar conocimientos, escribir; esto sí. Soy una rata de biblioteca. Pensé que el blog podría ser una prolongación de mi actividad. Sin embargo, me he convertido en una persona que recomienda libros. Poco importa lo que escriba en las reseñas, al final todo se resume en si lo recomiendo o no, me gusta o no me gusta, por qué no puntúas con estrellitas que así lo veo mejor. Normal: si la gente apenas tiene tiempo para leer libros, cómo va a leer, además, reseñas. Lo entiendo, de verdad.
A veces uno se pregunta por qué hace lo que hace, qué satisfacción encuentra en ello, en redactar una reseña, colgar un tuit para compartirla, responder un correo en el que un desconocido pide recomendaciones sobre un tema concreto. Y, sí, me lo paso bien hablando de libros, aquí y en esa extensión del blog llamada Facebook y, sobre todo, Twitter. Tampoco me cuesta nada recomendar libros si conozco la materia. No dejaré de hacerlo, ni dejaré de escribir (para mí, como digo, lo esencial). Pero quiero cambiar algunas cosas. Liberarme de esas responsabilidades que nadie me pidió asumir. Como no trabajo como periodista ni como librera, no tengo por qué leer tantas novedades. Me he acostumbrado a aconsejar a lectores que me preguntan por este o aquel libro, siempre recién salido del horno. E, insisto, no tengo por qué. No me pagan. Me puedo permitir ir a mi aire, desconectar de las novedades. No quiero ser influencer. Quiero ser mejor lectora, escribir más y mejor, y crecer como profesional en el mundo del libro.
En resumen: el blog sigue adelante. Por supuesto. Lo que no sigue adelante, o como mínimo no a este ritmo, es la vida de falsa crítica literaria. Si algún día alguien me paga por escribir reseñas, o artículos, o lo que sea, me adaptaré a lo que me pida con mucho gusto. Mientras solo lo haga en el blog, leeré lo que me plazca y escribiré lo que me plazca. Sin compromisos porque un lector me pregunte por esto, o porque tal editor o escritor me caiga bien (reseñar en la era hiperconectada: tengo tantos pensamientos al respecto que no puedo sintetizarlos aquí). Me aburre ver cómo los blogs (y las redes en general) parecen escaparates, todos hablando de lo mismo. Me he cansado. El cambio tardará en notarse (aún tengo novedades de 2018 por reseñar), pero espero lograrlo. Desengancharme de esos vicios llamados inmediatez, clic e influencia. Perseverar en lo que me importa de verdad: leer y escribir.
A la larga, estoy segura de que será lo mejor. Para mí, y para quien siga buscando un espacio realmente personal en este blog. A vosotros, gracias.

11 enero 2019

Armand - Emmanuel Bove

Edición: Hermida, 2017 (trad. M.ª Teresa Gallego y Amaya García Gallego)
Páginas: 120
ISBN: 9788494664717
Precio: 15,00 €

En la Francia de los años veinte, Armand, de treinta años, mantiene una relación con Jeanne, una viuda adinerada y mayor que él. Un día, el protagonista se reencuentra con Lucien, un amigo de la adolescencia al que la vida no ha tratado tan bien. Lucien presenta un aspecto andrajoso y malvive en un pequeño piso. Lejos de alegrarse por el reencuentro, los dos se sienten incómodos: Armand no sabe cómo tratar a su colega, hasta se avergüenza de él; mientras que Lucien, rabioso, cree que Armand está con Jeanne por interés y trata de malmeter en su relación. En esas circunstancias, entra en escena Marguerite, la hermana menor de Lucien. Como él, es una muchacha humilde y sencilla, pero su aparición basta para quebrar el orden de Armand.
Emmanuel Bove (París, 1898-1945), escritor de éxito en el periodo de entreguerras (y olvidado después), narra en títulos como Armand (1927) y Un padre y su hija (1928) las vicisitudes de personajes de origen modesto que han prosperado, pero no obstante lo pierden todo, y no por una «jugada del destino», sino por ellos mismos, por su acción o su inacción, por su torpeza, su miedo o su orgullo. Con una narración de frases llanas e incisivas, va dando forma, por acumulación, a un universo narrativo rico, que denota capacidad de observación y pericia para condensar en pocas palabras los dilemas de los personajes. Las nouvelles mencionadas se caracterizan, además, por los conflictos de los protagonistas en su relación con las mujeres, que determinan sus puntos de inflexión y, a la postre, su caída en desgracia.
Aun así, los dos libros tienen sus diferencias. Armand transcurre en apenas unos días, descompone paso a paso, y en primera persona, cada jornada del protagonista, cómo entra y cómo sale, con atención particular a las prendas y los gestos (y la información que estos dan de los personajes). Un padre y su hija, por su parte, abarca toda la existencia de un hombre, desde la juventud a la madurez, concentrada en cien páginas. Es decir: en uno expande una acción minúscula y en el otro sintetiza la amplitud de una vida entera. Técnicas diferentes, novelas igualmente notables; una prueba de que Bove no se conformaba con escribir una y otra vez el mismo libro y puso en práctica otras estructuras narrativas, sin dejar de ser coherente con su proyecto.
Emmanuel Bove
Armand explora el tema (imperecedero) de la amistad entre dos personajes que estuvieron unidos en su juventud pero han evolucionado de manera distinta y ya no están tan cómodos juntos; pone de manifiesto cómo la noción de clase condiciona los vínculos afectivos. En segundo lugar, indaga en la relación de una mujer madura y rica con un hombre más joven y con aspiraciones, un planteamiento similar al clásico Chéri (1920), de Colette –que fue, por cierto, la primera editora de Bove, y él le dedica esta novela–, aunque con un tono más contenido, serio, que hace hincapié en la dimensión social. Merece la pena destacar la precisión de las descripciones, detalles de la apariencia de los personajes que revelan el malestar particular de cada uno, como la Jeanne que intenta rejuvenecer y parecer más femenina a ojos de su amante o el Lucien que no esconde sus carencias. En suma, una obra más que recomendable de un autor al que hay que seguir leyendo y reivindicando.

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