<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/" xmlns:blogger="http://schemas.google.com/blogger/2008" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0" version="2.0"><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682</atom:id><lastBuildDate>Fri, 08 Nov 2024 14:58:50 +0000</lastBuildDate><category>Expectoratum</category><title>EXPECTORATUM</title><description></description><link>http://expectoratum.blogspot.com/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>13</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-4268821326940314216</guid><pubDate>Wed, 30 Sep 2009 11:00:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-01-26T14:04:00.968+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>LA LEY DE LA GRAVEDAD</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo el peso de quien se gana la vida ayudando a los indefensos se esconden los grandes demonios de la miseria humana. Es allí, donde yace invisible, que se oculta tal ignorancia y el arrebatado interés porque así permanezca. Un mostrador romo precede el lugar, donde las víctimas de mirada evasiva reservan su desdén hasta que lo evidente se revela por sí solo. Vestido de &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;quis per la&lt;/span&gt; pasea su cuerpo hilarante, dando pasos cortos y disgustada su frente sinuosa y enrojecida, arrastrando camas vacías para su propio divertimento a la espera de ser devoradas por su obtuso apetito superior. Almacena mientras su sangre para el mejor postor, derramándola como un latente hilo vocal a su antojo. Limitados, pasábamos el tiempo en su lista de espera, desheredados en la huída, y ninguno nos privábamos de sus promesas, ansiosos en nuestro turno por entrar. Tras su amplia vidriera cristalina quedaban la alegría y cierta despreocupación por lo que en su interior sucedía. La Ley de la Gravedad se subdividía en competencias estrictamente delimitadas a las cuales nadie ajeno se permitía aproximarse, siendo cada uno propietario de un ingrediente de tal secreta fórmula.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Infantes nacidos, sostenidos, llorosos y gritones. Voltean y giran en su ansia aún desconocida. Ancianos silentes, sostenidos, en su reposo estéril. Vivos y muertos sostenidos, con la ambigua pretensión de su camino. Todos llantos, atracciones, cambios de invitación estacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Singularidad. Autonomía. Libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Josefa Heredia airea sus pulmones, parcialmente desnuda a sus setenta y tantos, susurrando barrancos y fresas. Una nueva compañía se desviste a su lado, aún inconsciente y hablando inglés. Bellos ojos que se cierran mientras oculto a mi padre entre mis brazos para llevarlo al bar más cercano. Una hermosa joven entreabre la puerta y asoma sus secos labios, los mismos que me piden enmascararme para hacerle compañía. Aires volantes, antibióticos y antivirales. Mediciones, indicaciones, contradicciones… ausencia de sabores. Siempre blanco y azul bajo este cielo techado. Gente llegando, siempre más gente. Frente a ellos, alrededor, nunca a mi lado. Junto a mí sólo ronquidos empolvados sobre sillas vacías y sábanas arrugadas que estirar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestro linaje se extinguirá mientras atravieso linealmente el camino a su olvido. Como un suspiro  mi alma corresponderá ahora al mundo de los sueños, y  ésta, mi existencia, es lo único que poseeré como propio. Los que se hacen llamar &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;cognitivos&lt;/span&gt; mienten. El diseño de La Trama es frágil, una sola rasgadura bastaría para confundirla. Albert Einstein supo reconocer la inhibida dualidad de Aristóteles en una sublime relación que entremezcla el subconsciente y su gran antagónico, portador de tan largas y oscuras penas, atrayéndose mutuamente. La distancia es la clave, y hacer trampas es posible. Futuro desconocido, pautas. Creencia, deseo, intención... físicamente reconozco al OTRO que fiel a su cometido me busca. Tangible como mis necesidades más ocultas, imitable cual artificio mecánico. Genial, en su término más purista, él será ahora mi espejo intermitente, pues no es sino una ilusión ficticia que aporta más lugares a este tiempo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regreso frente a la puerta de Josefa, ya cerrada, y una silla de ruedas se desvía acompañada. A través de la salida de incendios los astros perecen calmos, y todo ha quedado  en  un molesto silencio.  Atrás permanecieron vasos plásticos y servidumbres usadas, tubos engomados y ceras ennegrecidas, también luces olvidadas por los lentos pasantes. Hijos sin madre, padres sin sueño, visitas de antesala y vacías. Camino hacia una cocina escondida en los sótanos de urgencia, entre pasillos cerrados que yo abro insistentemente, con cierta irreverencia. Siempre humo en la entrada mientras pasan las horas aferradas a su pulcra superficie repleta de engaños, manchadas con sangre, sin prisa. Quince minutos pensando en atravesar esta pluma en mi cuello. Parada respiratoria, entonces me rodean por todas partes. Hablan a trompicones, repetitivamente, y no les entiendo. Acabaron arrojándome a patadas y les agradezco aquello. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ases y ochos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, sin espacio que habitar,  continúo aspirando y continuamente mojado observo al día. Un niño desgraciado se acerca hasta mi posición, junto a la acera, y acaba con mi resto sobre un sucio charco de lluvia, dejándome allí tirado. Nuestra vida siempre caerá por su propio peso, tardía o precipitadamente, a nueve coma ocho metros por segundo al cuadrado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/09/la-ley-de-la-gravedad.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>1</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-2695395955006878729</guid><pubDate>Mon, 31 Aug 2009 11:00:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-09-29T17:00:08.119+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>LA CASA DE VINOS</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Existen lugares donde uno podría desaparecer sin apenas darse cuenta de ello. Asientos más que apropiados lo pueblan, endurecidos por palacios reservados, eso sí, sólo a paseantes que así lo anden buscando. Previo pago todas las especies, así, secretamente, como un atrio abierto sin desvelarse. Con cierta prudencia, sus habitantes de antiguas cepas, sin crianza en la fantasía, se apropiaban de todo cambio mientras asumían su grado de culpa. Se mantenía oculta la sequedad de la ladera que la rodeaba, como una olorosa solera de antaño. Aquel monasterio hacendado, lejos de la medicina y de aquellas sutiles ciencias presentes. Situada en Montebaco, las laderas se impacientaban por un otoño tardío. Mientras, algunos leones infantes se apropiarían de sus contornos, tal y como lo haría un sastre de mano larga. Una ermita no muy alejada del monasterio me daba refugio por unos días a cambio de unas monedas. Podía permitirme un despropósito como este. &lt;br /&gt;Atravesaba nuevamente el Prado Negro, aproximándome a un señorío envuelto por rocas calizas. Mano a mano iba adentrándome, con cierto sigilo, en aquel feudo de pétalos de Bierzo. Una finca antigua se mostraba frente a mi paso. La deje atrás en su herencia, allende los mares cristalinos que, presumía a lo lejos, abrazaban la cercana isla de Santa Cruz. Abundaban allí las pujas, al mejor postor, por pasar la noche entre sus acantilados. Marqueses y condes pretendían los favores de sus embrujos allí estancados, rojos intensos apropiándose de las blancas colinas que se sostenían a lo lejos. Mientras me aproximaba a la entrada de la casa, añoraba las alegrías que en la mañana se manifestaban. Recobraba hace unos instantes la calma que había dejado atrás, y entre vidrios silenciosos me permitía brillar por mí mismo. Junto a la puerta de entrada había un abridor. Quizás olvidaré pronto la humedad de esta lejana torre de dominio incierto, pero ahora era temprano. Aún no habían abierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tren se había puesto en marcha bajo un cielo nublado azul y gris. Estaría de vuelta a media tarde, cuando la casa permitiese la entrada, o al menos eso pensaba. El paisaje árido que desplegaba su movimiento en mis ojos avanzaba a buen recaudo de indeseables, perdidos como yo. Ocres caducos sin retorno, maquinarias oxidadas, empedrados amparos sin techo.  A esto se veía reducida mi perspectiva a través del ventanal que había junto a un adherente asiento.  Mi destino estaba en una pequeña localidad industrial, alejada del resto, donde presumía me darían trabajo. Habíamos dejado atrás todas las estaciones intermedias y, con cierta paciencia intranquila, pensaba que estábamos detenidos en un punto de no retorno. Varios golpes severos en la ventanilla me despertaron y un viejo hombre con una extraño sombrero de esparto me ofrecía sus escasas pertenencias a cambio de algo de dinero. La estación se sostenía sobre una decrépita decadencia, como aquel hombre, estática y aparentemente contagiosa. Finalmente, con algo de esfuerzo, conseguí subir la ventana a través de los raíles gastados. El olor de los restos orgánicos que se descomponían entre la basura amontonada en el andén invadió el vagón. El viejo señalaba una vieja carretera que atravesaba las colinas, incitándome a bajar del tren, sin aparente motivo alguno. Sostenía una caja de madera agrietada que contenía algunas naranjas, unos libros viejos, una vieja cuerda marina y varios objetos menudos   ―entre ellos un dedal de plata ennegrecido, un cuaderno rojo apenas usado, un mechero de yesca desgastada y lo que parecía ser varias bolsas con semillas en su interior. Dejé algunas monedas en la caja y recogí de ella el cuaderno rojo, esperando que fuesen suficientes por el cambio. Un silbido agudo y vaporoso anunció nuestro avance, y aquel viejo hombre desapareció, junto con la estación, tras el horizonte.         &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/08/la-casa-de-los-vinos.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-8254462401852352117</guid><pubDate>Fri, 31 Jul 2009 12:08:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-08-20T12:17:22.567+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>ESBOZO DE LA DICOTOMÍA DE UN MONSTRUO</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él, de nombre invisible, poseía unos atributos escarpados, hirvientes como un punzón en la región baja de la espalda. Inevitable mujeriego, monstruo redimido, poseía el irresistible encanto de los menos agraciados. Arrepentido, desgarrado por la soledad, permanecía en una situación siempre dominante, empujando entre gritos una insatisfacción imposible de colmar.  Al borde de la quiebra, él bebía en exceso, siempre rodeado de mujeres, quizás deseando que alguna de ellas le esperase en casa. Un aire melancólico desplomaba el cielo tras de sí, situándolo al nivel de ojos de nuestro nombre protagonista, el cual apresura su lápiz para conservar esta belleza que escapa sobre el papel. Minutos más tarde sólo un borrón tiznado desciende sobre el polvoriento suelo, y unas letras que rezaban la leyenda “No me dejes querer, Dios”, junto a unos gotas secas de sudor. Alguien toca su hombro con relativa insistencia, llevaba horas sentado sobre aquel sillón…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como bien imaginarán, él pegaba a las mujeres en sus ratos libres por alguna razón, por una vida hecha pedazos. Ella estaba entre dos hombres, y ninguno de ellos era él, sin embargo se veían cada día. Unos minutos más tarde, mientras pensaba sobre ello, todos le rechazaban mientras pretendían algo de él. Le colmaban de suspiros pretendientes a su favor y así se desenvolvía entre unos y otros, casi siempre en silencio. Se dispersaban entonces, y se reunían sospechosamente de nuevo a su alrededor, mientras nuestro Nombre no se permitía detenerse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un jardín románico de amplias fuentes y bancos de mármol, verdes degradados naturales, humedecía las horas que allí transcurrían, entre rojos celestiales que colmaban el vidrio y alimentaba la tierra. Dos bellas mujeres descansaban a su lado al unísono, mientras la mirada de él se eclipsaba tras las montañas, allá a lo lejos. Se desvestían al unísono para él también, y su corazón avivaba la noche que no tardaría en llegar. Un grupo de hombres se sitúan frente a ellos con excitante curiosidad por ver como acabaría aquello. Nuestro Nombre apuró su copa y desapareció en busca de otra instantáneamente, olvidando por el momento lo que acababa de ver. La mesa que sostenía las bebidas también servía de apoyo a una joven de pelo dorado, vestida con amplios vuelos sobre sus vaqueros gastados. Él sirvió su copa y la bebió detenidamente, observando a la chica solitaria. Ella apenas se esforzaba en desatenderle, mostrándose aburrida ante tal compañía ocasional. Tampoco se interesaba por aquel niño gordito de rizos caídos que revoloteaba por los alrededores, y que era el único hijo de productor teatral que los había invitado. Una mujer que rondaba los cincuenta, de corto pelo cano y tatuajes que coloreaban aquella carne descubierta le tomó del brazo y lo sacó de allí. Ambos se sentaron a beber sobre las escalinatas que daban acceso al nivel superior, donde dos estatuas angelicales abrían paso al laberinto floral del jardín. La mujer estaba echada hacia atrás acariciando su cabeza, en busca de cierta brisa ausente aquella tarde de verano. Uno de los dedos de su mano derecho acababa de ser sesgado por una comentario afilado y de allí goteaba escasamente algo de sangre fresca, ahora descendiendo sobre sus cejas casi ausentes, después sobre sus párpados. Mientras, él contemplaba a algunos que atragantaban, no muy lejos, su estómago con delicias calientes y sólidas, afortunadamente representaban una escasa minoría. Decidido a dejar de contemplarlos, por lo hiriente de tal visión de extremada crudeza, se adentró en el laberinto, solo. La chica de vaqueros gastados entró tras él, con un vaso en cada mano, mientras una brisa repentina arremolinaba los vuelos de su tirante vestido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Cielo, que se te pasa el perro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño gordito continuaba comiendo, y lo decía bien claro entre bocado y bocado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Dos moscas son amigas, en serio. Porque caminan juntas buscando algo que comer. Una gelatina verde que se mueve, sola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/07/esbozo-de-la-dicotomia-de-un-monstruo.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-832683098011851848</guid><pubDate>Tue, 30 Jun 2009 16:09:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-08-19T21:07:22.109+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>DOBLES PAREJAS</title><description>&lt;p face=&quot;trebuchet&quot; style=&quot;text-align: justify;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;Desde un tercero marítimo me gusta imaginarme junto a los paseantes que contemplo. Les observo oculto, en el mismo nivel que algunas luces de neón que los iluminan. Horas previas al encierro que sufro desde hace unos instantes no necesitaba tal ejercicio de suposición, pero imagino evidente el cambio que ahora se produce, tras haber perdido la reserva de mi dinero restante. Una joven morena de amplios pechos y trasero endurecido sostiene, desde el otro lado de la puerta, las llaves que acaban de encerrarme tras su paso. Compartía, hace unos breves instantes, partida con unos cuantos habitantes de la calle. Allí estaba Manuel, un paracaidista retirado tras sufrir una grave caída, la cual le retiró de la tumba y obligaba a asomar a su lengua, la cual le precedía allí donde iba, enmudecida desde entonces. Yo sufría calor por tales embarazos, y varias gotas de sudor empapaban hasta decolorar un diamante de mi ocho. Este terrible verano, el peor recordado esta última quinquena de siglo. Aún peor consideraban al jugador que codiciaba frente a mí, de larga mata rizada y negra con ambulantes ojos pequeños de brillo denso alcohólico. David apostaba por el simple hecho de permanecer allí donde se encontrase la baza final. Una joven a mi lado, con el mayor mostacho del barrio que frecuentaba desde hace unos meses. Y entre ellos y yo, allí estaba él. Decidió sentarse junto a mí. pensando en las horas que no habíamos compartido, mirándome seguramente por vez primera, orgulloso del más que decente montón de monedas de cambio que aún me quedaban por arriesgar. Su novia dominicana suspiraba a su espalda, como tantas otras hicieron con anterioridad. Completaban la mesa un enfermero retirado cuyo nombre no recuerdo, y un padre primerizo a pesar de su avanzada edad. Sólo vasos a medio hacer en la mesa, sólo cartas arrugadas por el desuso de las manos que las sostenían. Monedas corrosivas viajando desde lo oculto de las telas hasta el frío granito que les servían de reposo. Yo llevaba bebiendo desde hace varios días aprovechando que en este antro mi dinero no valía. La noche anterior había descansado un par de horas frente a su puerta.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;     Dejaba que me gotease el bikini que estaba sobre mí. Quería permanecer en la terraza fumando y observar el mar que se mezclaba con el cielo negro. Un árabe cerraba su kiosco en ese momento, y el hierro alargado que llevaba en su mano resonaba contra el suelo una y otra vez. Máquinas de limpieza limpiaban, mientras los habitantes de aquella playa nocturna se protegían de su cercano ruido. Había obligado a mis ojos a contemplar el mar, y sin embargo se fijaban en los transeúntes, como un águila de presa adecúa su festín.  Las luces de un mercante lejano son mi única subsistencia mientras escribo y mi mirada se torna agotada. La luna tan cercana como el abanico de luz que reposaba subrayándola, bajo ella, en el mar.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;Volví entonces a la partida. Yo quería hacer trampas, pero no era posible, sólo podía ver entre los símbolos para descubrir una gran verdad. Mi primer recuerdo le pertenecía de forma indirecta. Y cuando me refiero a él, eres tú. Tenía tres años cuando las esperas se hacían eternas. Quiero decir, crecer con el temor cruel de ver su rostro  sufriendo. Qué ingenua fue al enamorarse de ti. Aquellas absurdas cartas que le enviabas... Quizás comprendía que tu amargura dictaría nuestra vida tras su muerte, nadie volverá a amarte así. Jamás. Pero, ¿Que pasó entonces, en el tiempo perdido? Tú lo sabías, te conocías... y lo permitiste. Me acusas de su muerte. Te llenas la boca de gritos cobardes e inseguros., de los mismos de los cuales ella y yo escapábamos, en mitad de la noche, hacia las calles. Al parecer disfrutabas de tus encuentros en el bar y eras feliz abrazando a otras. Yo era el encargado de ir a buscarte y soportar sus burlas. Yo soy la prueba de que fueron reales y eso no podrás arrebatármelo. Pero sí mi capacidad de amar. Ella lo sabía. Su hijo pródigo transformándose día a día en ti. Soy igual de culpable que tú, pero ahora éste es mi tiempo, el tuyo ha pasado. No soportaré más tus verdades inventadas. Desde que tengo uso de razón bebías utilizándome como coartada.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;Porque había sido premiado, porque me había ido, o porque había regresado, porque estábamos juntos, porque desconfiabas de mí, porque eras consciente de que me arrastrabas a tu abismo, porque te llamaba el día de tu cumpleaños, porque en mis estancias en la ciudad no telefoneaba, por tu frustración. Porque sentías que eras valiente en tan cobarde intento, porque lograste sobrevivir y, porque luchaste por conseguir lo que deseabas y la vida te lo arrebató. Por tu insaciable soberbia, porque así mismo ya se hizo contigo y yo estaba condenado. Porque heredé sus ojos, y no tu carisma. Porque no sabías cómo hacer que nada progresase, y no descubrirías esa vergüenza ante nadie, porque los que te amaron te dieron de lado con razones más que suficientes, y la compasión hizo el resto. Porque cada perro se lame su rabo, porque alguien te rechazó dinero prestado y lo conseguiste. Porque en la vida todo cansa, hasta el amor. Porque tú sufriste lo que yo y reconoces mis palabras como tuyas, porque sí tuviste el valor que yo no tuve, pero de nada te sirvió para escapar. Por miedo a que yo sólo sea un recuerdo. Por temor a no comprender el azar de la vida, o pánico a no poder controlar tus juicios. Por justificar lo horrible de este mundo inventado por nosotros mismos, como tus verdades. Porque me renombraste con tu condena, y de improviso. Por tus asquerosos prejuicios acrobáticos,  porque te sorprendiste una mañana sabiendo que no serás capaz de amar, sino de sólo poseer. Porque yo me convertiría en ti algún día y no tendrías el valor de salvarme, aun sospechando que sería mi perdición. Porque encontré la felicidad y no era a tu lado. Porque yo no soy tú, pero tú si eres yo. Porque mi abandono es tuyo, y mi fortuna escasa. Porque la idea de que alguien como tú nunca debería tener descendencia te acompañará incansable hasta el día de tu muerte,  porque lo único por lo que has rogado miserablemente a tu dios ha sido porque este momento permaneciese en la oscuridad y nunca fuese alumbrado.&lt;/span&gt;..&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;     Mientras pensaba esto, la partida había finalizado. Solamente quedábamos él y yo. Bebí mi copa de un trago mientras se marchaba hacia la noche, con los bolsillos vacíos.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/06/dobles-parejas.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-8732852572884336030</guid><pubDate>Sun, 31 May 2009 11:00:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-11-30T19:13:31.697+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>LA TÉRMICA</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Siempre lo recordamos en este equipo, y la historia como tal sucedió así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos niños en escena, una central térmica como fondo. Un divertimento en sus entrañas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;―¡Eh, esperadme! ¡Os he dicho que me esperéis! ¡Eh! ¡Esperadme, por favor!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Todos niños engullidos en su desánimo. Los tres detenidos ante la puerta de entrada. Un guardia de seguridad descansa sudoroso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Alguno se tiene que quedar aquí fuera. El Segurata no puede vernos dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo descubrí yo, y voy a sacarlo, con vuestra ayuda o sin ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Venga, no me jodas. ¿Me estás diciendo que lo vas a levantar por encima de esta reja tú solo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Los tres comenzamos. Diana se incorpora al grupo. Recuerdo su gesto primerizo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Porqué no me habéis esperado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—SSHHH! No grites,  nos van a oír.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—De acuerdo. Entraremos los tres, pero como nos pesquen no le salvaré el culo a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Los tres comenzamos a reír. Diana nos interrumpe. El escenario de fondo es amplio, árido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Os puedo ayudar? Yo también quiero jugar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Claro Diana, podrías...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo siento, pero esto no es un juego, será mejor que te largues.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Diana, baja la mirada y posteriormente la cabeza, se da media vuelta y comienza a marcharse. Rafael ayuda a Daniel a subir la Reja, es Jaime el único que se queda estático y pensativo por unos momentos. Hombros encongidos&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Espera Diana!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Jaime corrió hacia mí. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Piénsalo un poco, necesitamos un vigilante, y tenemos a Diana, ella nunca se chivaría, te lo aseguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;No repondí a Jaime. No parecía necesario entre nosotros. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No seas membrillo. Le voy a decir que se quede vigilando, además, si la ve el guardia seguro que no sospecha nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Daniel nos interrumpió desde lo alto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo conozco a uno que se quedó así y le hicieron una estatua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Los dos reimos entonces, necesariamente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Eh, venís o qué!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Jaime me miró y me estrechó la mano. Corrió de nuevo, esta vez hacia la figura de Diana, que se alejaba. El paisaje jamás cambiaría.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué estáis tramando Jaime? ¿Quieres hacerme otra broma pesada como las que me hacen tus amigos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, para nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Jaime y Diana se miraron fijamente o, al menos, así recuerdo imaginarlo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nos gustaría que te quedases cerca de la reja de la entrada, vigilando. Si ves al guardia de seguridad andando hacia donde estamos silba, y hazlo fuerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pensaba que tu no eras de los que robaban cosas....&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Un silencio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La central está abandonada. Cogeremos sólo el futbolín que utilizaban los trabajadores de la antigua planta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Una piedra aterriza al lado de sus pies y les interrumpe. Rafael y Daniel hacían señales a lo lejos. La piedra continúa allí, inmovil mientras tanto.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—No lo olvides, si ves que se mueve, silba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Jaime comienza a correr hacia la reja. Diana se queda parada y sola. Un papel doblado en su mano que parecía haber estado siempre allí. No sabe que hacer, mira al guardia de seguridad, que estaba durmiendo sentado en su cabina. Sin percatarse todavía de la importancia del papel de Jaime, se lo guarda en el bolsillo. Diana, ahora sentada sobre una agrietada piedra de hormigón, resopla pensando que, durante un rato, va a estar muy aburrida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ascendemos mientras tanto las escaleras interiores del edificio en ruinas. Los cristales de las ventanas se habían desprendido. En algunas habitaciones ni siquiera hay paredes, y la luz entra libremente. Vemos una parada de autobús a través de los huecos dejados por los muros inexistentes, también una carretera por la que circula una larga serpentina de automóviles, directos hacia cualquier playa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subiendo, sorteando metales oxidados y cristales rotos.  Sólo nos detuvimos ante aquel preciado juguete de madera.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Os lo dije, ahí está. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;De improviso, el vacío invade la sala. Daniel y Jaime se miran.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, la verdad es que...  yo lo imaginaba un poco menos... hecho polvo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está completamente destrozado...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Los dos ríeron abiertamente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues ya sabéis lo que podéis hacer... ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, no, si está de puta madre... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ...para hacer una hoguerita en San Juan. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;El futbolín desprendió un chasquido seco. El trozo de madera que lanzo cae a través de la ventana. Los tres nos miramos y corrimos a averiguar si había despertado al guardia de seguridad. Asomándonos con sumo cuidado comprobamos que el guardia continua apaciblemente dormido en su turna. Diana estaba  sentada en su posición.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya te vale, ya te vale. Has estado a punto de despertar al segurata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si no fueras tan graciosillo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No pasa nada... Vamos a coger el futbolín y larguémonos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Mientras, Diana está pensativa y observando el paisaje, como de costumbre. Como en las últimas diecisieteveces en los últimos ocho  minutos se dispone a girar la cabeza para observar al vigilante, y una vez más descubre que sigue durmiendo, incluso tras el fuerte ruido que ella había escuchado no hace mucho. Recordó el folio doblado. Para distraerse un rato, decide abrirlo y ver lo que había escrito en él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dentro del edificio, los chicos, menos enfadados, descargamos el futbolín por las escaleras. Solamente nos queda  un piso y nuestra decepción.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vaya par que estáis hechos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Daniel y yo, algo sucios de polvo como si nos hubieran revolcado por el suelo, sonríamos de reojo. Estábamos fuera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esperad, ahora vuelvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Venga Jaime, no tardes, todavía nos queda la reja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Jaime subió corriendo en dirección a la última planta. Entonces comprendí el problema.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;— ¿Cómo vamos a sacar esto de aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Daniel me miraba intrigado. Todo sucedió muy rápido. Los ocupantes de la larga fila de coches fijaron su mirada en nosotros dos tras la reja. El guardia de seguridad despertó aturdido por la insistencia aguda de los sonidos metálicos que de allí provenían. Nosotros saltamos la reja y escapamos apresurados a traves de los campos marchitos que rodeaban la central térmica. Diana permaneió largo rato sentada sobre una piedra plana, silbando silenciosamente para sí misma. Jaime nunca regresaría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/05/la-termica.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-4363205175515428093</guid><pubDate>Thu, 30 Apr 2009 12:28:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-05-11T14:17:20.039+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>ESPERANDO ENFERMAR (A Beckett)</title><description>&lt;p style=&quot;&quot; right=&quot;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: right; font-style: italic;&quot; right=&quot;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;Querido escritor &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet; font-style: italic;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;Le hago llegar esta breve confesión pues estoy enfermo. maldito, confinado a la técnica y al progreso. Miro a nuestro interior y descubro infelicidad, insatisfacción recubierta de una gruesa pero transparente capa de soledad. El amor ha desaparecido entre gigantes mecanismos que succionamos para su posterior desecho. Asertividad transformada en pestilente franqueza. Egolatría y hedonismo triunfantes en la materia orgánica. Creamos desechos humanos, tuercas giratorias. Inconstantes. Nuestros cementerios, la tierra, se alimentan de ellas y todo se oscurece.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet; font-style: italic;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;—Y lo desechamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deseo revelarle que mi búsqueda se ha detenido un instante por vez primera, revelándome futuras penas largas y oscuras.  Familias que rogaron a gritos comprensión y cariño y a las cuales respondimos con nuestra más enérgica repulsa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi mentira, la de todos, es una. El error. Jamás sería sincero a mis seres amados, pues lo creo, sincermanente, una gran equivocación. Solo mostraré mi visión real a quien juzgue sin motivo, a quien desee crear de nuevo sobre nuestro triste entorno repleto de placer efímero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como bien sabrá estoy enfermo de belleza, malditamente enfermo. El amor nunca comprendió, condenado a errar, alejándome en este desesperado intento. Deseo entender cuánto es poder conocer. El aprendizaje es la clave y no guarda ningún fruto secreto. Su funcionalidad está destinada al viaje interior del alma, atormentada o no. El gran viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi mente enloquece genialmente para mí mismo, estúpida e innecesariamente para el resto. Imaginará cómo mi humanismo se extinguió. Ahora solamente pervive el espacio invisible entre los seres vivos y el mundo, eso a lo que llaman Vida.. Nadie conseguirá provocar una fuga de este refugio, convertido en prisión por la lógica incierta. Sólo la intuición me libera de prejuicios y falsos condicionamientos externos. Que nadie se atreva a amarme, pues nunca conseguirá que le salve de él mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comprenderá que estoy enfermo, porque a nadie le importa. Y ese gran “nadie” cada vez provoca una carcajada mas honda y sonora en mi alma, pues se ha transformado súbitamente en un sutil “todos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora transcurren horas que se entretienen en pantomimas de desviarlos mas allá del horizonte de mi cariño. Así pues, en mi delirio, todo podría volver a ser lo que un día pretendí.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet; font-style: italic;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;Ella regresando a casa.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p  style=&quot;text-align: justify;font-family:trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;—Me alegra que sea tarde para ellos. Y el momento preciso para mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/04/esperando-enfermar.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>1</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-3644772498835309737</guid><pubDate>Tue, 31 Mar 2009 18:00:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-04-18T21:07:06.471+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>BAR DE PROVINCIAS</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había aceptado trabajar junto a mi propia hija. Siempre vestida de negro, con aquellos enormes ojos castaños bajo un flequillo sesgado de ternura.  Pequeña y valiente se sentaba frente a mí, éramos los últimos que permanecían junto a la barra de un bar de provincias. Ella había comenzado a temblar de frío y yo me alejé unos centímetros más, nuestras copas resaltaban vacías y me apresuré en pedir otra ronda.  El camarero se sirvió otra para sí mientras prolongaba nuestro servicio. El teléfono del bar sonó varias veces y se interrumpió enseguida. La miré sin disimulo, necesitado de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Espera a que él me llame. Cavará su propia tumba si no lo hace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella jugueteaba con un mechero prestado, sin prisa, entre sus dedos. Lo golpeaba contra el muslo mientras su pierna descendía una y otra vez bordeando el frío metal sobre el que descansábamos. Merecíamos aquello. A la mañana habíamos sido testigos de unas extrañas muertes en el zoo donde trabajábamos a media jornada. Un elefante había sido atormentado por una toxina mortal y una cabra había aparecido ahorcada con la soga a la que permanecía atada. Sus enormes ojos castaños aún resultaban vidriosos. Nosotros no habíamos compartido nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tengo mucho frío. Vámonos de aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pediré una botella— Cogí su chaqueta y la coloqué sobre sus hombros desnudos. Metí la mano rápidamente bajo la barra justo cuando el teléfono del bar comenzó a sonar de nuevo. La puerta de aquel antro de provincias chirrió tras nosotros.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una ciudad de paso, en la que siempre nos quedábamos, cada uno en nuestro lado.  Al menos esta noche teníamos un par de botellas bajo el brazo. No recordábamos nada, la noche anterior había sido dura.  Yo estaba allí por ella, y no sabía ver más allá de mi propia mentira. ¿Acaso no era esto una satisfacción? Sólo una persona podía cambiarlo todo, mientras nos manteníamos suspendidos sin horizontes que otear.  Distracciones fáciles, desprovistas del sentido de lo bello. Se adecuaba a la gente, los satisfacía olvidándose de sí misma, asumiendo tal condena. Conforme, yo forzaba esta lucha pasajera a la que no me dispondría a renunciar hasta descubrir sus límites. Estaba agotado y mi espalda, ya curvada, reposaba cansada sobre este aire humeante y desconsiderado ante la belleza raída que dejábamos atrás a cientos de kilómetros por hora. Secuencias sucedidas y carentes de significado, lentas y espesas. Detestaba estas horas que compartíamos juntos, con gusto las hubiese arrojado al abismo del olvido, cayendo suavemente, reflejadas por mis entrañas manchadas de sus abrazos ya perdidos. Ya no era su padre. Habían pasado años desde que no la veía y pensaba que aquello podría ser permanente. Nuestros encuentros se habían reducido hasta anularse por completo. Amante de la discordia, nos había conducido a un callejón sin salida, donde yo habitaba mis noches a la hora de cierre. Su desnudez resultaba oceánica entonces, y luchaba contra mi memoria ilimitada, por nublar su rostro, detestando entonces su mandato y retrospectivo mal humor con el que siempre decidía acompañarme, minimizando nuestros esfuerzos de convertirnos en héroes encadenados sobre sus tumbas, como florecientes luces desprovistas del sentido de lo bello. Compartía entonces su discordia mientras su ángel la visitaba a destiempo. Aquel balcón con vistas a lo inaccesible e inacabado. Finalmente querría abandonarlo todo y asesinar su tiempo, por miedo a que la sobreviviese. Atrás sus afectos, atrás todo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras salíamos de aquel bar de provincias,  yo me adentraba en mí mismo., descubriendo una gran verdad, que resulta también mentira.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/03/bar-de-provincias.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-3358931502569163269</guid><pubDate>Sat, 28 Feb 2009 17:52:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-02-28T18:52:00.319+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>ELLA (II)</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;Su memoria regresa y escapa con la misma intensidad y similar arrojo, exenta de intenciones, objetivos o recuerdos. Permanecía inmóvil ante el día presente que siempre estaba por llegar. Todo estaba dispuesto. Tras la ventana nevada su mirada vacía busca una referencia a sí misma. Su dedicación ordenada controla cada elemento a su alrededor, siempre en movimiento y nunca en su lugar. El calendario mostraba un tres de Enero y el tictac de un reloj sueña impaciente con alguien que lo detenga. Recibía el periódico local diariamente, y el de hoy revelaba un ocho de Marzo. Sin duda había cierta condescendencia en su rutina de desempolvar aquella escena vacía que se representaba frente a ella. El tiempo había transcurrido. La alegría la colma falsamente, segundos después sobreviene la desesperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Pensión no contributiva. Ella sentó las manchas de su solapa sobre su falda raída y pidió un café que no pagaría. Minutos después se dirigía a otra parte, tras haber conseguido algunas monedas de la clientela no habitual. Una de sus manos se salvaguardaba —en un bolsillo lateral del abrigo— mientras la otra sostenía desnuda una bolsa de papel marrón a pocos centímetros del suelo de la ciudad.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su memoria había dado rienda suelta al olvido, a un carácter que emergía superfluo, vacío de significado alguno. Meses disueltos sin contacto alguno, encerrada en casa. Ninguna llamada telefónica este año, ni visitas desesperadas que alarmasen su tiempo ya muerto. Un calendario vacío, un buzón vacío. Un vaso vacío. Una espera. En el salón, todo estaba dispuesto sobre un halo de quietud vibrante. La mirada de María se detenía con fuerza en la ventana que le servía de soporte. Su rostro agrietado como la oscura madera que enmarcaba aquellos dulces momentos que, sin duda, llegarían tarde para ella. Llegarían tarde los hombres jóvenes, los compañeros incondicionales, las amigas lejanas. Recibos inservibles, botones inservibles, todo almacenado en bolsas plásticas de blanco transparente. Uno de sus pelos encrespados cae al vacío y desaparece sobre el mármol blanco. Restos de cenizas se acomodaban en sus esquinas, petrificadas ante el avance de lo nuevo. Su memoria era ella, lo había perdido todo. Sólo preguntas de inservible respuesta. María ahora era vieja, pues había dejado atrás todas sus edades. La verdad no significaba más que sus reservas, aún conservadas, de un pasado dedicado a los demás. El único recuerdo de sus mejillas enrojecidas. El único recuerdo. Todo su alrededor le indicaba que tenía algo que resolver, pero no sabía el qué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Horas más tarde no recuerda su espera pero se mantiene firme en su indecisión. Observa a través de una mirilla un pasillo apagado y vacío, y vuelve sobre sus pasos. Su padre repara una maquina de coser con la que su madre recompone los andrajos de los huéspedes. María debe preparar la comida junto a la sirvienta, los alumnos llegan. Tendría que apresurarse si quería llegar a tiempo para cumplimentar su ingreso. ¿Qué le importaban a ella las niñas de diez años? Ella estudiaría también. Efectivamente, al pasar lista, todos los profesores le preguntarían por su hermana menor. Aquella hermana tan aplicada y serena, que había conseguido una educación gratuita a través de sus logros académicos. Aquella que nunca ejerció sus dotes para poder así contraer matrimonio. Un marido por cuyo salario trabajaría… era más que suficiente. María podía sentir aquella sensación de abandono que aún la acompañaba.               &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/02/ella-ii.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-5989314285590995591</guid><pubDate>Sat, 31 Jan 2009 12:28:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-03-10T14:33:45.000+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>ESTE, ESE o AQUEL</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despropósito relativo es, este  afán por sobrevivir a otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo ennegrezco días, uno tras otro, consecutivos,&lt;br /&gt;sin pretender ayuda alguna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días contiguos, paralelos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vieja manecilla acertada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Incomparables,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;enfrentados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días ajenos,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;una ciudad de retorno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un breve encuentro,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;tras una despedida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días lejanos,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;indestructibles,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;eternos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo entonces una niñez pasajera que me sobreviene sin respiro, arrebatadora en caricias, en noches anteriores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Culmino mi tristeza bajo los cimientos de este descanso mientras centenares de infantes me rodean en una hora tardía, recién salidos de sus quehaceres diarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces esta niñez, y asiento donde otros ya lo hicieron antes para poder relatar ciertas maldiciones tardías, allí donde unas franjas opacas subrayan un amplio ventanal por el que contemplar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta ardiente oscuridad de extravío cotidiano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2009/01/este-ese-o-aquel.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-3523682061518561976</guid><pubDate>Wed, 31 Dec 2008 12:02:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-01-21T11:39:37.935+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>OCHO</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahumados de pescado y carne descongelada y cruda, bañada en aceite. Ocho era pintor, uno que hablaba de estancia, de experiencias compartidas, préstamos y modelos que se integraban sin rubores a cierta poética orgánica sin privilegio alguno. En él se unían aquel sentimiento de culpabilidad con cierto aburrimiento por las formas visibles, la desidia de quien tiene todo el tiempo del mundo a su favor. Respetaba y creía en su libre albedrío. Si alguien cuestionaba su partida él le hablaba de lo tan cruel que resultaba la suya. Apenas se molestaba en levantar su mirada del vaso en que bebía. Tenía como pasatiempo cuestionar su tiempo, para después dejarse llevar por la futilidad de cualquiera de sus destinos inciertos, arrebatado por el placer que aquello le proporcionaba. Unas prostitutas habían parado su coche antes que el agente de policía que estaba por llegar. Había rechazado muchas invitaciones aquella noche y pretendía deshacerse del próximo inconveniente que se presentaba.  Podía resultar para algunos un hecho un tanto peculiar en esta encrucijada temporal que hoy se denominaba cambio de siglo. Ocho se largó de allí con el maletero de su Ford goteando sobre el asfalto. Al llegar al aparcamiento del próximo antro de camino ocultó sutilmente la matrícula del coche que había robado. Se había convertido en lo que más había odiado: un alcohólico. Un borracho ejemplar que frecuentaba las calles a diario, exceptuando los festivos. Aquello no sería una regla fija, él elegiría cuándo y dónde, lo que resultaría casi siempre. El tiempo jugaba como su peor enemigo, pero Ocho apenas lo respetaba, desconociendo la difusión que representaba desde ayer por la tarde. Él dormía cuando lo necesitaba, no cuándo le habían enseñado a hacerlo, y aquello le había creado algún que otro malentendido. No había descanso día tras día en aquel infierno de habitaciones de hotel, arrepentido por cada justificación a su comportamiento, por hacerse valer frente a su propio día de hoy. Almendros en flor blanca adueñándose de las rocosas montañas cercanas a la costa que le vio nacer. No quería vivir hoy, quizás en otro momento, quizás mañana. Dudaba de la verdad, del cariño escondido de los que no negaba haber querido. Cartas de juego. Conductoras traseras. Monumentos gráciles, festivos. Como comer doce manzanas azules a la sincronía de un reloj a medianoche, la misma duda. Podía sentir esa sensación multitudinaria, lejana a su contacto diario. La humanidad, sin embargo, celebraba aquel acontecimiento que se repetía pocas veces. Llegado el momento se avecinaba el siguiente y no todos estaban preparados. El Ocho se descubría a sí mismo, con ambigüedad. Permisivo en sus derrotas y sus victorias por igual. Prefería un buen vino tinto sin decoro, algo que poder disfrutar sin un ritual incómodo donde poder descansar su culo. Todo estaba demasiado meditado para poder disfrutarlo en compañía. Ocho no podría detenerse a tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, Sara fumaba un cigarrillo esperando al café hervir. Se había despertado sin prisa, retozando las sabanas rojas que iluminaban su cuarto oscuro al amanecer. Vestía unas zapatillas únicamente y al cabo de un rato las dejaba atrás. Un trago humeante era lo único que necesitaba. Le molestaban los detalles previstos de antemano. Una ocasión singular se convertía en su peor condena, regalada por lo presumible de una espera, paciente en su metamorfosis, limitada. Un espíritu dependiente que generaba una actitud suspendida en el vacío que más odiaba. La espera. El éxito de Sara había llegado demasiado pronto. Quién sabe si alguien más lo pretendería, y su naturaleza ahora lo añoraba con cierta cautela vespertina. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ocho se echaría a dormir allí mismo, sobre la barra del bar, y esperaría a mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2008/12/ocho.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-5398786412941829547</guid><pubDate>Sun, 30 Nov 2008 12:56:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-01-10T13:11:27.451+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>ELLA (I)</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Limpiaba una mancha de su abrigo viejo. Un resto endurecido y amarillento que no podía ser una sombra. Lo rasqué con el ímpetu que me quedaba, apenas consiguiendo provocar una grieta en la superficie. Aquel muro de lamentos, que supuse era mucosidad reseca, la acompañaba desde el mediodía. Amelia no apartó su vista en ningún momento y continuaba parada frente a mí, en mitad de la calzada. Una calle de un barrio deshabitado, por donde no circulaban automóviles y su pelo gris enmarañado, desplomándose sobre sus ojos inquietos, redondeados por la inocencia de quien vaga cada día. Ella, conocida por todos, más allá de los confines de nuestra ciudad, apenas tambaleándose. No como yo. La observo frente a mí, sonriendo sus ansias de compañía, triste a fin de cuentas por andar siempre sola, y pienso en su buen hacer desde que nos conocimos. En su mano lleva unas fotografías, Ella en primer término y todas réplicas exactas entre sí, duplicados de la misma. La cogí del brazo y la traje hacia mí. No tenía prisa por volver a mi apartamento y nuestras direcciones eran contrarias, así que asumí el inicio de una distante voz a la que necesitaba escuchar de cerca. Me hablaba de aquella ocasión en la que regresó para traerme algo que comer. Unas conservas de atún, lonchas de queso,  y una crema catalana conformaban su elección. No me reconocía, apenas habían pasado unos días desde mi llegada a la ciudad. Desde entonces sólo había ruido, frases mal escritas. &lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;— ¿Por qué sigues aún aquí?—.  Por su mueca sugerente, me preocupaba que yo le interesase. Me había seguido lentamente durante varios días, sin haberlo notado. Yo no sabía que responder a su pregunta. Ella resultaba conforme, o al menos, haber conocido a alguien como yo, enfrentándose al mismo conflicto. &lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;Tenía razón.&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;Parecía estar al corriente. Ese fue nuestro primer encuentro. Yo había decidido renunciar a la ciudad al anochecer. Había pasado la tarde en uno de los camastros de una comisaría de policía, situada por los alrededores.  Aquella mañana, mi madre había muerto. Amelia no parecía saber dónde estaba. En cualquier caso, parecía buscarse a sí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2008/11/ella-i.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>1</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-993102125794088337</guid><pubDate>Fri, 31 Oct 2008 07:30:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-18T16:24:34.539+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>LA FOSA COMÚN</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style=&quot;text-align: right; font-style: italic;&quot;&gt;“Ellos no querían abrir la tumba…”&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;br /&gt;Hoy era el día. Guillermo de la Rosa tenía todo el dinero en sus bolsillos, y los de este tipo le vestían por completo. Estaba forrado de los pies a la cabeza por montones de ellos, el cabrón. El tipo era todo bolsillo de seda en los que ya no entraban ni la lealtad ni su enorme nariz. Tenía un narizón descomunal, fabuloso, como de un palmo al menos, más grande que su diminuta polla ahogada entre sus piernas cruzadas, seguro, con aquel cigarro de mierda que se le apagaba cada dos por tres, siempre entre sus manos.  Invertía en obras de arte siempre por recomendación ajena y le iba bien. No tenía ni puta idea de arte, pero tenía pasta. Aquel maldito sitio donde vivía te recordaba que el pobre hombre tenía que estar loco—podría haber residido en una mansión fantasmagórica o simplemente tener a algunos invitados gorrones de vez en cuando, pero éste no era el caso del paraíso artificial al que acababa de entrar por la puerta delantera. Guillermo de la Rosa vivía su soltería en la tercera planta de un edificio residencial para podridos de su especie. Tenía el pelo blanco y por costumbre cenar un cangrejo todas las santas noches. Se sentaba en la mesa con su estúpida sonrisa, se quitaba las gafas e inclinaba sus ojos hacia su derecha. Cogía aquel trasto de madera tan exquisitamente impoluto con su mano limpia y machacaba la vida que tenía delante, justo por el medio. Una red de grietas se expandía entonces en su superficie, dejando la carne al descubierto. La base del plato estaba llena de whisky aunque su copa permanecía vacía. Con una servilleta limpiaba el borde chorreante de sangre deshidratada. Sacaba unas cerillas de sus gigantescos bolsillos y la utilizaba para prender fuego al plato. Le colocaba una tapa metálica con forma de campana y lo cocinaba durante varios minutos. Se encendía un cigarrillo y se servía una copa de ginebra seca. Grandes ventanales, cortinas negras, una cúpula de cristal recubriendo el techo, ese tipo de mierdas de lujo. Vasos vacíos, traseros cómodos, chicas esperando tras la puerta y unos pantalones que no abrochaba desde dios sabe cuándo. Guillermo había tenido mucho éxito entre las mujeres que poblaron su juventud, a pesar de su oscuro rostro, y todas ellas precedieron a su imperio. Desde entonces, él vivía solo. Yo llevaba varios días sin probar bocado por simple inapetencia, me mantenía bien con un par de cafés y varios gramos de polvo, pero pensaba que mi apetito regresaría. El espectáculo inmóvil que contemplaba casi me revienta las ganas de volver a comer de nuevo. El tipo se lo montaba bien. Le gustaba trinchar la carne lentamente, escuchar el crujido del esqueleto atravesado. Con un rápido movimiento de cirujano introducía aquella carne muy dentro, sin dejar rastro en su boca torcida ni en su impermeable bigote. Se contorneaba satisfecho después de cada bocado. Guillermo de la Rosa restregaba sus sudorosas manos por el pantalón. Repetía el proceso, repetía el proceso. Era el anfitrión perfecto, y seguramente me obligaría a robarle alguna botella de aquel rojo celestial antes de marcharme. La copa que sostenía también me la llevaría, pensé, era pura poesía, un trago considerado. Olvidé que yo no fabrico bolsillos y que tampoco tenía ninguno conmigo donde ocultar todo aquello. Guillermo de la Rosa era propietario, entre otras cosas que ahora no interesan a nadie, de varios bares y restaurantes de la ciudad. Yo le entregaba un informe cada semana, y en él describía lo que mi jefe me pedía observar. Su hocico y su pitillo carraspearon y abandonaron la mesa presumidos. Los acompañé hasta un amplio despacho en el que ni siquiera había asientos, ni libros, sólo una mesa en el centro de la habitación fabricada con algo que parecía madera o alguna otra víctima parecida, y un teléfono descolgado sobre ella. Ni siquiera había una ventana o una rejilla que permitiese la entrada de aire limpio. Me pagaba bien por estar allí y no le habría importado que llegase tres horas tarde con sus respuestas bajo el brazo. Era sábado por la noche, y no tenía un plan mejor que cobrar mis honorarios y marcharme de la ciudad. Había llegado a un trato conmigo mismo y me dedicaría a refugiarme un tiempo. Yo sabía que los camareros de aquel antro llamado La Pécora, dónde me había mandado a olisquear, no le estaban robando. No todos ellos, y no de todas las formas posibles que alguien como yo podría observar. No podrían pagarme mejor que su jefe por mi silencio, pero no me habían cobrado ni una sola cerveza durante aquella semana. Nos enchufábamos juntos hasta los cambios de turno y nos cuidábamos del resto de la ciudad hasta la llegada del amanecer. Buenos tipos todos ellos, excepto el hombre hermético, un gorila del tamaño de un infierno que no entonaba con el desprecio que el resto me ocultaba. Estaba bien entrenado en cobrar más de la cuenta y lo revelaba como un niño que no sabe muy bien lo que hace. Descubrí que él también era un informador y lo descarté enseguida por aburrimiento. La clientela era otro asunto. Un antro con clase, donde todos hablaban de lo que creían era todo, un nido de soplones. El que dijo que mientras se escribe no se puede vivir debía de ser una de aquellas putas enfrascadas en su mierda continental, a mi lado ahora, a las que dejaría ponérmelo fácil antes de gastar mi saliva en ellas. El adonis no sabía donde coño estaba y no paraba de mover la cabeza, sudando espanto en aquella camisa marrón a rayas, mientras intentaba centrarse en el trasero de su compañera de barra. Aquellos cabrones pensaban que estaba sordo y me limitaba a mantener mi mirada baja, y mis labios humedeciéndose en la copa. Un poco de polvo me sentaría cojonudo, pensé, y eso es lo que haría tras cerrar la puerta del baño desde dentro. Estaba claro que un trabajo cualquiera era válido, y todos lamían como posesos. Al regresar a mi asiento había aparecido un ángel de largo pelo negro y mirada curiosa, pero me había confundido con otro. No conseguí articular palabra, pero hubiese llorado todos mis pecados frente a ella antes de marcharme. Desconfiar de ella se convertiría en la mayor equivocación que he cometido hasta el momento y algún día se lo contaría al oído. Por ahora respetaba su distancia y respondía únicamente lo que ella debía saber. La encargada de la barra era como una hermana, como eyacular en las manos de un desconocido. Me cortaría los oídos sin pensarlo, pero mañana todo esto no tendría sentido. Me despertaría muerto de nuevo, y no sabría cómo acabar con esto. Pasadas varias horas el ángel se había marchado. Sólo estábamos tres allí dentro pero parecía que apenas había espacio. Me quedé a solas con la encargada tras desechar al hermético enfundado de pestilente cuero bajo la lluvia, y ambos cerramos el antro antes de despedirnos. Había acabado con la primera de siete noches, y ahora que lo pensaba yo tenía todas las de perder.  La siguiente noche no tenía ganas de escribir, así que me centré en averiguar si alguien se follaba a la camarera. Aquellas tetas debían complicarlo todo hasta el exceso. Algunos clientes maquillados al final de la barra no estorbaban. Una tríada se sentó a mi lado. Sólo turistas hoy hasta las dos de la madrugada. La tríada persistió en escuchar mi historia, aquella que daba comienzo en el mismo lugar donde había acabado. Me concentré en encender un cigarrillo y pedir otra copa donde expulsar el humo una vez vacía. La tarde había olido a hierbabuena y a cabrones presuntuosos, que se fumaban su hash mientras comentaban el suplemento de cualquier periódico. Jodidas estrellas sin fulgor alguno, creyéndose dignos de soportar su calvicie y de hacer preguntas indiscretas. Estilo libre, y una mierda. Obviaban la naturaleza salvaje, las otras gentes buscándose a través de las ciudades, prodigando su desdicha ante los indefensos. El camarero no me sirvió un trago en un buen rato y aquello estuvo a punto de acabar conmigo. Sus amigos bebían  como lactantes en paro. O me partían la cara o me conformaba con la escarcha sobrante. Reina de tréboles y el resto sólo son aperturas de mi cuaderno. Me dejaba entonces embriagar por un dilema y su nueva faceta de chantajista. No quería que ella se fuese, mierda, me estaba volviendo un sentimental. A la segunda noche ya la eché de menos y aquel bar perviviría durante algunas horas más en una vorágine absoluta. Me sonrió de reojo al pasar a mi lado. Dejó una cerveza abierta junto a mí y se marchó pensando en lo que le esperaba al llegar a su apartamento. Me distraje bebiendo mientras vomitaba un poema sin futuro, pero cargado con todos ellos y listo para detonarse desde la recámara de mis pensamientos. Alcohol y destiempo. Liquido acuoso en sus vasos y sorbos descarados a los pechos de la sirvienta tras la barra, palabras condescendientes después. Ella los tenía en su sitio y hacía con ellos lo que quería, caprichosos y malcriados de sonrisas precoces mientras sus tristes hijos permanecían en la habitación de al lado, oyendo la saliva de su madre crujir entre gritos de quiero follar al llegar a casa. Era la hora del cierre. Al terminar la jornada de la cuarta noche me invitan a cenar en su mesa, invitación que yo rechazo por costumbre. Mi plato regresaba envenenado y volverían a intentarlo la noche siguiente. Salí de allí sostenido por los edificios que comenzaban a asomarse tras la neblina del alba. Yo había cambiado de estilo y ahora me centraba en lo que los desamparados se empeñaban en gritar a las calles vacías. A la tarde siguiente todo se transformó en inmediatez. La encargada de La Pécora se había enfundado su traje de viuda. Un velo plástico casi volátil cubría sus preciosos ojos azules. Sospechaba, ahora detenido frente a una rosa blanca enganchada a su largo pelo negro, que Lydia sería la causante de mi muerte y que su proposición me extinguiría. Durante toda la tarde nos miramos fijamente a intervalos de ciertos segundos. Nadie aparece por el bar. Observo al ángel respetuosamente, con relativa timidez, mientras vacío una botella de rojo celestial. Durante una hora no cesa de hablar, una charla intrascendente repleta de vacío. Unos minutos más. Sus mejillas enrojecidas adelantaban lo que estaba a punto de suceder, y sus lágrimas me convencieron torpemente. Prefería mostrarme excéntrico con tal de no relatarle la verdad. Un recuerdo me sobrevino ansioso, una noche en la que perdimos nuestro rumbo a través de un sendero desértico y fuimos guiados por un sucio perro durante cinco o seis kilómetros. Aquella noche sentí el mismo frío helado, el mismo que sentía ahora frente a Lydia. Abrió otra botella para mí, y se dirigió al almacén. En ese momento entró alguien, el amante de Lydia. Era un chico bien parecido, rondaba los treinta, muy bien hecho. Me preguntó por ella y respondí que no la había visto por allí. Un tipo excesivo, difícil de sobrellevar. Seguía bebiendo mientras el chico esperaba en pie, a mi lado, a quien quiera que fuese. Los ojos de Lydia asomaban al fondo, a través de un pequeño ojo de buey oculto, fijos en el chico. Desaparecieron en el instante que el chico desistió. Lydia apareció con otra botella de vino en la mano y me percaté de que mi vaso estaba vacío. Pensaba que ya estaría durmiendo en mi apartamento y aquel chico sólo había insistido allí media hora. Lydia me sonrió con sus labios carnosos, untados de Red Russian. Entonces me lo contó, todo. Ahora era yo la puta, aunque fuese vestido en blanco y negro. Estaba húmedo, sudaba nervioso por aquella nueva compañía. Me tomé aquel trago mientras mi mano estuvo sobre su hombro y el vértigo desapareció. Guillermo de la Rosa estaba sentado, impaciente, frente a mí. Encajó el brazo hasta el fondo de uno de sus bolsillos, la espera fue eterna. Lentamente el antebrazo se descubría hasta la muñeca, y así hasta unos finos dedos que sostenían mi futuro. Él tenía la pasta en la mano, tres mil. Dejé el informe de La Pécora sobre la mesa. Los ojos de Guillermo se centraron en él y permanecieron así mientras me desvanecía lentamente hasta entrar en el ascensor Le imaginaba detenido, solo, en aquel despacho vacío, incapaz de creer en nadie. Salí a la calle, sentí aquel frío de nuevo. Entré al  coche de Lydia. Había unos ciento ochenta mil bajo el asiento trasero. Su sonrisa... Mañana sería otro día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2008/10/la-fosa-comn.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-8869002102968675682.post-4045642465831087819</guid><pubDate>Tue, 30 Sep 2008 10:59:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-01-10T13:11:43.529+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Expectoratum</category><title>LA MUJER DE LAS ZAPATILLAS AZULES</title><description>&lt;p style=&quot;text-align: justify; font-family: trebuchet;&quot; class=&quot;MsoNormal&quot;&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comienzo de todo no era un misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La imaginé caminando torpemente sobre sus zapatillas azules. Aquel era mi trabajo. Chaqueta de plata y rubio de bote. Tendría aspecto de tener veinte años, cincuenta años mejor.  Una enorme sombra bajo sus ojos tras las gafas de sol, la cual ocultaba como su más preciada posesión. Le costaba mantenerse en pie mientras arrastraba al anciano que la acompañaba a su lado. El viejo no parecía saber dónde coño estaba. Un paso tras otro eso sí, firmemente agarrado a una mano femenina, acercándose un poco más hacia un lugar apartado. Los niños jugaban entre los árboles. Uno de ellos cruzó frente a mí, corriendo y gritando como un jodido poseso. Aquel chaval estaba fuera de sí. Las flores en mi mano se tambalearon. Tras el niño, sólo silencio. Se detuvieron junto a uno de los pequeños puentes de piedra que atravesaban el cementerio.  Yo detestaba aquel lugar, húmedo y seco a partes iguales. Me limité, para hacer tiempo, a caminar lentamente por una de sus calles, centrando mi atención en todos aquellos rostros, fotografiados o esculpidos para tal fin. Sus representaciones componían una repulsiva mezcla de existencias que, ordenadas sin criterio alguno, me recordaban con desgana que la vida resultaba la única apuesta segura en esta especie de circuito infernal. Aquello me puso de mal humor y encendí un cigarrillo. Dejé las flores sobre un banco y me senté a su lado. Había una pequeña porción de hierba allí tirada bajo mis pies. Miraba el suelo. Vi pasar unas piernas, las de un tipo de mantenimiento, con aquel mono azul asomando sobre sus botas embarradas. Emitió lo que me pareció un chasquido con su boca, la saliva que le quedaba la escupió sobre la tierra en la que tenía fijados mis ojos. Pasó de largo tirando de sus piernas y tras ellas varios metros de goma tubular, hasta que desapareció de mi vista. El rastro que había dejado aquel tipo parecía el de una serpiente satisfecha por haber jodido decentemente. Toda aquella saliva extendida a través del surco sinuoso me recordaba que todas las mujeres habían llegado tarde a mi vida. Coloqué las flores sobre la hierba. Yo llevaba por allí casi una hora y Linda estaría al llegar. Por suerte, Linda era puntual. Su tía, Carole Delacroix, se había encargado de ello durante los años que habían vivido juntas. Carole y yo habíamos trabajado juntos en un par de ocasiones, por motivos de encargo, y el cliente siempre había estado más que satisfecho. Pero esta vez lo haría con Linda, pensé. Carole no estaría disponible en mucho tiempo y Linda había aceptado el trato amablemente. Decidí levantar mi culo y esperarla en la entrada, las flores no eran para ella. El funeral se celebraría en veinte minutos y tenía toda la información preparada. Mis clientes pagaban bien, y querían asegurarse de que todo fuese como la seda. Se dejaban una pasta en limpiar lo que ellos ensuciaron. Eran unos cobardes los cabrones, y yo una puta de encargo. A partir del primer cheque, tomaba el control. Y lo primero era hacerme con la información que aquella persona recibiría de ahora en adelante. Pondré como ejemplo a una mujer que vivía en mi misma calle —curiosamente siempre habitaban grandes ciudades, y aquello lo hacía todo más sencillo y rápido—. Aquella mujer era un prototipo, una ama de casa madre de un hijo único y casada con un borracho ocasional que soñaba con ganar la partida de póker perfecta que le permitiese dejar su trabajo de mierda y frecuentar otras putas, y más jóvenes. La mujer tenía un horario fijo desde hacía más de veinte años, leía a Corín Tellado a escondidas y ocasionalmente se permitía un vestido nuevo en la tienda que hacía esquina con el edificio donde yo estaba alquilado. El barrio estaba podrido, pero el alquiler me permitía frecuentar los bares cercanos sin preocuparme por esconder las apariencias. No deja de sorprenderme lo relativamente fácil que resulta conocer si una persona sabe lo que la hace feliz o no, y cómo trata de conseguirlo. Experimentar sus vidas haciéndome pasar por ellos no me llevaba más de un par de semanas, quizás menos. El comienzo siempre era el mismo, sentado en mi apartamento con una botella —normalmente de vino— a mi lado. Contestaba al teléfono casi de madrugada la llamada de una voz cobarde, que al día siguiente con suerte se presentaba con una foto de la víctima en una mano y dinero en la otra,  y la seguridad plena de que sus fines rozaban lo heroico.  Un encargo a seguir que me resultaba difícil no traspasar. Pasado aquel momento, me ocupaba de ello. En el caso de aquella ama de casa no tuve que trasladarme, aunque normalmente no me era necesario, con un ordenador portátil me bastaba. Los comienzos siempre resultan extraños, pero cualquier ser humano se habitúa pasado cierto tiempo al azar de su existencia. Sólo que, en este caso, me habían encargado adueñarme de él. Era una cuestión matemática, de círculos concéntricos, y mi estilo se caracterizaba por comenzar desde el más alejado de todos.  Las matemáticas daban paso a la mecánica, era el trabajo sucio.  La mujer tenía todo lo que yo necesitaba para comenzar a actuar: un teléfono móvil, una dirección de correo electrónico, y un confidente que confirmase sus expectativas. Atravesé la entrada del cementerio camino a la calle, no había rastro de Linda. El chico de mantenimiento estaba por allí sudando como un cabrón, haciendo su trabajo. Le pregunté por el bar más cercano y lo convencí para que me acompañase. Aquel tipo necesitaba un trago más que yo. Me dijo que debía regresar en media hora, porque había un entierro, y tenía que sujetar la escalinata que utilizarían los veladores para colocar el ataúd en su sitio. Después llegarían los yeseros, me dijo, para sellar aquel estropicio.  Los familiares nunca estaban conformes con ellos, resultaba violento que unos tipos echaran cemento en un cubo para después levantar una pequeña pared entre la vida y la muerte. La media hora dio para  mucho, y acabamos con una decena de cervezas entre lo dos. El bar era uno cualquiera, ni mejor ni peor que de costumbre. Servían a destiempo y cobraban por anticipado, se notaba que era el bar más próximo al cementerio, y que había gente que se moría por pagar su cuenta. El dueño era un gordo que estaba a punto de palmarla. Le habían cortado varios dedos del pié derecho, y apenas trabajaba con aquella excusa. Se sentaba con los clientes y se bebía unas cuentas cervezas mientras su hijo sacaba brillo a todo lo demás y daba de comer como podía a los pocos clientes que lo frecuentaban. Había un chico por allí que entraba en la cocina cuando le daba la gana y llenaba su plato con frutos secos de una gran bolsa de plástico, mientras su padre hundía en la máquina tragaperras las monedas que encontraba en sus bolsillos. El chico se zampaba los cacahuetes mientras aprendía combinatoria de tercer grado y se preguntaba por qué aquel antro no tenía una máquina de videojuegos. Aún así se mostraba atento en descubrir el puto aliciente de echar una moneda y esperar que la combinación te reporte beneficio, él se conformaba con depender de su destreza y que la partida que jugaba le pillase concentrado en la pantalla, y no en el borracho de la esquina al que todos miraban. Cuando regresamos al cementerio encontré a Linda esperándome apoyada en su Renault Clío de color blanco. Al menos me llevará de regreso a la estación de tren de aquel maldito pueblo en su coche, pensé. Terminar aquel trabajo sería fácil, pero la necesitaba para hacerlo bien. Linda resultaba perfecta y había teñido su pelo de rubio a petición mía. Llevaba un vestido largo, con tirantes descolgándose sobre sus hombros delgados y a juego con sus ojos negros.  El tipo de mantenimiento había visto a la familia de la difunta colocarse en su sitio y salió disparado, sin molestarse en poner en pie la motocicleta en la que habíamos llegado y que ahora estaba tumbada sobre el asfalto. Miré de nuevo hacia la posición de Linda, que aún no se había percatado de mi presencia allí, y me entristecí al recordar que éste no era mi jodido funeral. Resultaba atractiva mientras se distraía ojeando sus papeles, con aquellas piernas, todo eran piernas que me hacían dudar si sólo habría un lugar donde meterla en el instante donde acababan. Metió sus papeles y la chaqueta dentro del coche. Yo había hecho bien mi trabajo, pero el asunto se había complicado. La mujer había muerto unas semanas después de haber finalizado el encargo. Mi cliente quería guardar las apariencias, prolongar la credibilidad de todo aquello haciendo que sus conocidos y familiares también fuesen partícipes de la feliz difunta. Por dinero me había convertido en varios de sus amantes pasados que deseaban continuar amándola, en un hijo que se arrepentía por haberse marchado de su lado, en las amigas que envidiaban secretamente ser como ella y se lo habían revelado un día cualquiera, en el anónimo desconocido que trabajaba en la taquilla de los multicines y que en ocasiones le regalaba un pase gratis para la siguiente sesión a la que apenas acudía nadie, en el viejo profesor de Literatura que reconocía su talento. Había condicionado su percepción de lo que la rodeaba durante los últimos diez meses. Ella había desperdiciado su vida resignándose ante los demás, y yo había recobrado todo lo perdido, al menos eso era lo que ella pensaba y lo único que importaba.  Aquel era mi trabajo. Linda levantó la mirada mientras me aproximaba hacia su posición y sonrió. Llevas una mancha en el pantalón, me dijo, pero la camisa está bien. Atravesamos juntos aquella enorme puerta oxidada y que siempre estaba abierta. Los albañiles se habían marchado y el sacerdote, junto a la familia, desplegaba una breve oración por el ama de casa, el tiempo apremiaba. El niño que corría y gritaba frenético seguía por allí. Los otros niños parecían haberse marchado y él estaba junto a un árbol lanzándole piedras. Desde mi posición descubrí que intentaba alcanzar a un gorrión que descansaba entre sus ramas. El crío tenía al menos doce años, debería estar meneándosela por ahí en vez de molestar. El sacerdote puso la mano y se la llevó llena. La familia de la difunta no le puso mucho empeño al asunto, pero parecía que no podrían dar más aquellos pobres diablos. Todo muy ordenado, sin alzar los llantos cuando no venía a cuento y aguantando su leve ronroneo durante el tiempo que se consideraba oportuno.  Linda estaba tardando más de la cuenta, pero era su primer cliente. El mío ni se había molestado en aparecer, al menos no estaba entre las trece personas que permanecían por decoro frente a la tumba de la mujer. Los familiares se marcharon de allí y ni siquiera me percaté mientras pensaba en Linda. Decidí buscarla y regresar a mi apartamento. Los familiares permanecían a la espera en la puerta de entrada, sin saber qué hacer, junto a sus lujosos coches. Regresé al banco donde había estado sentado y recogí las flores que había traído. Recordaba haber visto un jarrón que algún espabilado había desechado por tener la superficie desconchada, así que lo cogí y lo llené de agua hasta el borde. De vuelta dejé las flores sobre la tumba de Carole, y me detuve a esperar a Linda. Encendí otro cigarrillo. Las zapatillas azules asomaron al fin tras la esquina del pequeño puente de piedra. Sin duda, el viudo había agradecido el servicio. Linda no tenía prisa por cobrar sus servicios pero el viejo tenía problemas con su bragueta. Tironeaba sin éxito una y otra vez con sus dedos frágiles y con su prisa. Ella los detuvo, y él permaneció inmóvil. Su mirada fija en aquel suelo albero, revuelto de gravilla y millares de piedras grises. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo encontró allí todo lo que tuvo, y todo lo perdió.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://expectoratum.blogspot.com/2008/09/la-mujer-de-las-zapatillas-azules_15.html</link><author>noreply@blogger.com (Gael Monsour)</author><thr:total>0</thr:total></item></channel></rss>