<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/" xmlns:blogger="http://schemas.google.com/blogger/2008" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0" version="2.0"><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-6258376853405120133</atom:id><lastBuildDate>Thu, 24 Oct 2024 22:39:29 +0000</lastBuildDate><category>Hugo Ardila Ariza</category><category>Narrativa</category><category>escritor colombiano</category><category>Cuentos.</category><category>Cuentos Inéditos</category><category>Las Gitanas y otros relatos</category><category>Prisionero de guerra y otros cuentos</category><category>Requiem por un ratón y otros relatos</category><category>Suave rumor de un verano</category><title>Hugo Ardila Ariza</title><description></description><link>http://hugoardilaariza.blogspot.com/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (Hugo Ardila Ariza)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>5</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6258376853405120133.post-1260486019635526259</guid><pubDate>Fri, 18 Jul 2008 01:36:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-17T18:39:43.469-07:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Cuentos.</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">escritor colombiano</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Hugo Ardila Ariza</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Las Gitanas y otros relatos</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Narrativa</category><title>El Apremio</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Pugnaba por adentrarse en mí. No de otra manera entendía la agonía de su incesante seguimiento. Ese arrastrar los zapa&amp;shy;tos siempre en el límite del desespero.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Me descubrió una noche. Caminaba presurosa hacia el lugar de habitación alerta ante un posible salteador. Súbitamente es&amp;shy;cuché, muy cerca, que alguien avanzaba raudo. Volteé a mirar pero una calle vacía de posibles transeúntes o perros callejeros se extendía a mis espaldas. Apuré el paso inculpando a la ago&amp;shy;tadora jornada vivida durante el día. Y las pisadas sonaron nue&amp;shy;vamente.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Los días subsiguientes advertí que alguien rozaba suavemen&amp;shy;te mis piernas con sus manos o que la hoja en que escribía se quebraba incomprensiblemente en los bordes. Incluso la falda se encogía dejando al descubierto las piernas a la altura de los muslos.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Empecé a interpretar que todo aquello se hallaba ligado a una presencia interesada en darme a conocer una inquietud, un deseo. Procuré entonces comunicarme a través de un breve pensamiento, una lacónica nota, de lanzar al aire un corto y claro mensaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A menudo el acoso incidía negativamente en mi estado de ánimo. ¿Cómo escapar de él cuando cambiaba de ropa o pasaba a la ducha? En la oscuridad se movía con dificultad como si la ausencia de la luz hiciera lerdos sus desplazamientos. Para faci&amp;shy;litar su acceso dejaba una lámpara encendida y en noches de luna llena descorría la cortina para que su resplandor se posara sobre la cama.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;No conocía si era portador de otros sentimientos, virtudes o defectos, la única valoración constatable tenía que ver con su afán de permanecer a mi lado. &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Se convertía en una obsesión alcanzar algún tipo de comu&amp;shy;nicación. Frecuenté iglesias intuyendo que en ellas sintonizaría su existencia. Caminaba los fines de semana por campestres caminos. O me introducía en el lecho dejando navegar en el aire una fuga, un minueto, una sonata, un aria o una sinfonía buscando el terreno que permitiera la materialización de su mensaje.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;La ansiedad aumentaba. Además tenía dificultades para con&amp;shy;ciliar el sueño: sabía que aprovechaba la quietud de la noche para acercarse a mí. Algo empezó — de repente, a interponerse entre nosotros. Su respiración y el calor que despedía desapa&amp;shy;recieron. Como un cristal inherente a su nueva condición.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Dormía una siesta en la oficina —transcurría el primer año— — cuando sentí que una tímida luz atravesaba una planicie, un paraje visto anteriormente o intuido durante la infancia. Nada dijo en palabras. Percibí sí que entre su entrecortada misiva — ausente de palabras o signos convencionales — una alegría infi&amp;shy;nita se traslucía. &quot;Hace mucho tiempo camino en pos de usted. Busco su corazón&quot;.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;En este instante la comunicación había cesado bruscamente. A continuación una inmensa explosión de pálidas luces cubría la planicie. Hondamente afligida volví en mí. Desde entonces no sé nada de él.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;Hugo Ardila Ariza&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://hugoardilaariza.blogspot.com/2008/07/el-apremio.html</link><author>noreply@blogger.com (Hugo Ardila Ariza)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6258376853405120133.post-165837456055743775</guid><pubDate>Mon, 14 Jul 2008 02:12:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-13T19:49:17.977-07:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Cuentos.</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">escritor colombiano</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Hugo Ardila Ariza</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Narrativa</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Prisionero de guerra y otros cuentos</category><title>La tienda de Harvey</title><description>&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style=&quot;font-size:85%;&quot;&gt;In memorian&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style=&quot;font-size:85%;&quot;&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style=&quot;font-size:85%;&quot;&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Era la primera edificación al comienzo de nuestra ciudadela de Santo Domingo. Harvey, su propietario, era hombre parco, tenía bigote y contaba treinta y dos años. Su mujer era menudita, blanca, ojos claros y le acompañaba una sonrisa lejana, casi triste. Tenían dos hijos de escasa edad y sus rostros dejaban ver cierta desnutrición.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Al comienzo llegaba hasta allí, y dejándome caer sobre una banca de madera, pedía una cerveza. Cierta noche me aventuré a llevar un cassette de Silvio. Ella lo colocó y al concluir advirtió que le agradaba mucho. Hacia las nueve arribaron varios hombres procedentes de Cali, intelectuales de los tantos que aparecían. Intimamos rápidamente. Desde entonces, cada noche nos reuníamos a departir en torno a la música o a los recuerdos. Ella escuchaba en silencio la conversación.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;A la media noche abandonaba, ya embriagado, el sitio. Incluso Harvey me saludaba con cierto cariño. Cuando cancelaba la cuenta aprovechaba para tocar la punta de sus dedos y ella aceptaba sin renuencia.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Un día Harvey se ausentó para ir a comprar la remesa del mes. Como cada vez llegaba más visitantes, los productos escaseaban con rapidez y Harvey no quería perder clientes.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Llegué al sitio en compañía de mis contertulios y noté que el hombre no estaba. &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;¿Y Harvey? —pregunté. &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Viajó, debe estar por llegar.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Pero, al rato ella fue llamada a la oficina de Telecom: era su marido que le informaba que no había alcanzado a tomar el bus de regreso; a primera hora del día siguiente estaría allí. Así se lo contó a una de las hijas de doña Luz que bajó a comprar un kilo de sal.  Por la musica del trópico navegamos esa noche, no quise beber licor, me contenté con tomar gaseosa moderadamcnte. Ella por el contrario bebió con cierta premura. Entonces me atreví a pasarle un papelito: &quot;Quisiera hacer el amor contigo&quot;.  Su rostro no cambió de actitud. Partí hacia mi cambuche y cuando la música se apagó y las luces de la tienda tam&amp;shy;bién, me deslicé en la oscuridad y penetré por la parte tra&amp;shy;sera al lote en el cual estaba ubicada su casa. Un animal pequeño, que no era un ratón, saltó sobre una de mis botas. Todo estaba oscuro, una tímida luna gobernaba cierto trecho de la montaña. Entonces di un paso en falso y caí justo sobre un pequeño charco de barro ubicado cerca al lavadero, una olla de metal sonó brevemente. En frente de la puerta estuve un momento. A lo lejos los perros echaron a ladrar. Avancé hacia su rectángulo y con cuidado empujé la puerta que cedió dócil. El chorro de luz de una veladora lanzaba destellos agónicos y pude ver a un costado una pequeña cama en la que plácidamente dormían los niños, al fondo unas cajas y sobre el otro costado su cuerpo vencido bocabajo. Permanecí un momento contemplando aquella conmovedora escena. Entonces me acerqué y suavemente llevé mi mano hacia sus cabellos. Estaba dormida. Un fuerte olor a orín de bebé con loción modesta reinaban en aquel sitio. Como pude me acomodé a su lado, uno de los niños balbuceó entre sueños algún mensaje extraño y acaricié su espalda y sus piernas. Lentamente emergió del sueño, entreabrió los ojos con placer y musitó quedo: &quot;Ven, quítame la ropa&quot;.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;Hugo Ardila Ariza&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;Bogotá, Julio de 1998&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://hugoardilaariza.blogspot.com/2008/07/la-tienda-de-harvey.html</link><author>noreply@blogger.com (Hugo Ardila Ariza)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6258376853405120133.post-5475513859162645074</guid><pubDate>Mon, 14 Jul 2008 01:43:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-13T19:02:29.651-07:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Cuentos.</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">escritor colombiano</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Hugo Ardila Ariza</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Narrativa</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Suave rumor de un verano</category><title>La pulga y la religiosa</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Una monja de la comunidad Carmelita se desplazaba hacia la librería en la cual trabaja. Sobre su hombro izquierdo llevaba un maletín de cuero negro que contenía una Biblia en edición de lujo y elementos de aseo personal. En su cerebro las palabras de San Pablo, musicalizadas por ella, se dejaban oír:&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-size:85%;&quot;&gt;Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser metal que resuena, o címbalo que retiñe.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-size:85%;&quot;&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;De repente un agudo pinchazo en su ingle izquierda le asalta. Con moderación se rasca, justo sobre el lugar del que emerge el ardor, pero aumenta tanto éste que decide, sin ambigüedad, contrarrestarlo; por lo que públicamente se rasca sin reato alguno. &quot;Es una pulga de Nuestro Señor&quot;, pensó para sí, pero igualmente hubiese podido decir: &quot;Es una pulga de Lucifer&quot;.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Apresurada alcanzó la puerta de la librería. &quot;Buenas, buenas&quot; dijo a las dependientas del establecimiento que se encontraban limpiando el polvo de los estantes. Sin mayor mediación se dirigió al baño tras cuya puerta se ocultó.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&quot;La hermana viene con algún malestar estomacal, o alguna otra emergencia fisiológica&quot; especuló seriamente una de ellas. Las otras sonrieron ingenuamente.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Ya dentro y uno tras otro separó los botones de los ojales, hasta que brotó a la luz una fina combinación de seda que le enviara su hermana menor residente en Los Ángeles y desposada con un ciudadano libanés. Levantándola hasta el plexo solar indagó en su ingle izquierda para determinar si era un sarpullido o, si por el contrario, se trata&amp;shy;ba de una pulga.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Allí estaban los inconfundibles círculos rojos de aquéllas: no cabía duda, el insecto se había escondido en su vello púbico. Husmeó veloz e imparcialmente en su interior pero sólo descubrió que efectivamente las picaduras eran más recientes. Sin embargo, la pulga había huído de allí.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;En el fondo de sí una remota emoción se dejó sentir: el recuerdo de la adolescencia con el descubrimiento del propio cuerpo y el placer que concitaba su tacto le alegraron. Quiso repetir lo que tantas veces hizo en el pasado, pero la conciencia de la penitencia que debería luego asumir la inundó.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Por eso se abrochó prontamente el hábito y santiguándose ofreció a Dios el sufrimiento que durante el día la pulga produciría en su cuer&amp;shy;po. La puerta se abrió ante ella.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Hugo Ardila Ariza&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;Bogotá, julio 4 de 1997&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://hugoardilaariza.blogspot.com/2008/07/la-pulga-y-la-religiosa.html</link><author>noreply@blogger.com (Hugo Ardila Ariza)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6258376853405120133.post-8828552364118847057</guid><pubDate>Wed, 04 Jun 2008 13:29:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-13T19:05:34.398-07:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Cuentos Inéditos</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">escritor colombiano</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Hugo Ardila Ariza</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Narrativa</category><title>El Duraznero</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Finalmente, el duraznero ha florecido. Debieron pasar días y noches, sol y lluvia, sonidos y silencios, luces y sombras, para que sus pétalos se abrieran y sus frutos tersos pudieran reflejar el azul del cielo.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Será un tiempo exquisito éste del árbol habitado por sus hijos. Una savia alegre correrá por sus caminos vegetales. Una música nueva fluirá de él y los pájaros serán su caja de resonancia. Del verde de su piel tomarán su alimento las mariposas.&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;Un día ya solo, deshabitado el árbol aguardará paciente el arribo de la cosecha. Se preparará para ello como lo haría quien aguarda el tiempo de la fiesta. ¿Se atrevería alguien a dudar de su optimismo vegetal, de su movimiento ascendente, de su potente cadencia de voz baja?. &lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;Hugo Ardila Ariza&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;Bogotá, septiembre 26 de 2007&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://hugoardilaariza.blogspot.com/2008/06/el-duraznero-finalmente-el-duraznero-ha.html</link><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6258376853405120133.post-4077015555084227105</guid><pubDate>Sun, 01 Jun 2008 01:09:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-13T19:04:01.437-07:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Cuentos.</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">escritor colombiano</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Hugo Ardila Ariza</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Narrativa</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Requiem por un ratón y otros relatos</category><title>La muchacha de los vestidos infinitos</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;Sé que acabó de pasar por aquí pues todo está bien barrido y casi no hay viento. Era ella; sólo ella tenía esos vestidos largos... largos... que no sé de dónde traía. Le preguntaba quién se los confeccionaba y respondía que su madre, mas yo sabía que ella no hacía vestidos, que únicamente cocinaba sabroso y amaba con firmeza a la gente. Nunca me dijo de dónde sacaba tanta tela y tan hermosa para hacer sus vestidos. A veces proponía que si yo lo deseaba me podría hacer una camisa desbaratando uno de ellos, a cuya sugerencia objetaba que aparte de agradarme llevara encima los vestidos qué iba a hacer con camisas tan largas entre el pantalón —no me gus&amp;shy;taba andar con la camisa por fuera como a Ernesto Che— y ella argumentaba que mejor ya que siempre iría a permanecer limpio: esa tela jamás se ensuciaría.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;Cuando llovía ella me envolvía en su vestido íntegramente de tal modo que no podía ver hacia fuera sino a través suyo, por sus ojos y si llegaba la borrasca colocaba las manos prote&amp;shy;giéndose la cara, mas no eran sus manos sino mis manos y tampoco eran mis manos sino las suyas, y su cara y mi cara... no sé si me dé a entender... y era en ese momento cuando me contaba cómo sus vestidos hablaban entre sí y con ella, y yo le contaba también que mis lápices hablaban entre sí y conmi&amp;shy;go, porque siempre lograba sacarme el secreto más recóndito con una facilidad que a menudo me producía miedo: a lo mejor adivinaba lo que yo pensaba y por escucharlo de mi propia boca aludía al tema para que a la postre yo confesara incluso cuántas veces durante el día había pensado en ella.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;Prosigo contándole, mi otro yo, que cuando caía la lluvia guardaba el vestido entre sus manos, es decir, no todo sino la parte de abajo y así no se mojara; pues si no tenía tiempo de colocarlo sobre sus manos para que lo secara el sol debía acomodarlo encima de todas las casas de la ciudad y alcanzar a extenderlo, por tanto, en su totalidad: el vestido, los vestidos sólo podían ser completamente desplegados en sus manos y fuera de ellas se requeriría una ciudad o tal vez dos para que duraran secándose por espacio de dos años bajo el mismo sol.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;No le he dado nombre alguno: Nunca supe cómo se llamaba, ni dónde vivía; decía que en el firmamento. Ella sabía cuándo llegaba a casa avanzada la noche, ya que me quedaba en la calle jugando a las escondidas —no en su compañía porque se iba temprano a dormir todos los días—, e imaginaba lo conocería mediante la magia, pero no... resulta que el canario de la casa dormía en la ventana de nuestra habitación; y claro, cuando arribaba tarde encendía la luz y él despertaba siendo presa del insomnio de ahí en adelante. A la mañana siguiente le refería todo, aún lo que hablaba dormido. Todo esto lo supe después que sacó el canario de la jaula y lo ocultó en su cabello prome&amp;shy;tiendo darle un trino incansable y armónico que ahuyentaría de su corazón toda congoja. Desde entonces cuando quería hablar hablaba, y cuando ansiaba verme adentrado en el sueño cantaba así tuviera que demorar algún tiempo para lograr su cometido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;Desconozco cuándo se dio y el motivo de su ausencia; lo cierto es que me dejó un sabor salado en la boca y en los ojos. Usted, mi otro yo, señala que desde esa fecha estoy llorando; de mi parte le digo que no me daba cuenta, hasta ahora com&amp;shy;prendo qué significa llorar.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;No hay duda que pasó por aquí; corriendo voy a alcanzarla para que hagamos un pacto, que me deje vivir en su cuerpo no para aprender magia ni a cantar como ella, sino para estar por siempre en su compañía. Déme la mano, mi otro yo, que en ella hay campo para los dos...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;Además, si ella quiere usted puede aprender a confeccionar&amp;shy;le los vestidos que con sólo tenerla cerca nos sobra la alegría hasta para regalarla... No le digo mentiras, mi otro yo, camine y verá que es cierto...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align=&quot;right&quot;&gt;&lt;em&gt;&lt;span style=&quot;font-family:georgia;&quot;&gt;Hugo Ardila Ariza&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://hugoardilaariza.blogspot.com/2008/05/la-muchacha-de-los-vestidos-infinitos.html</link><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><thr:total>1</thr:total></item></channel></rss>