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<?xml-stylesheet type="text/xsl" media="screen" href="/~d/styles/atom10full.xsl"?><?xml-stylesheet type="text/css" media="screen" href="http://feeds.feedburner.com/~d/styles/itemcontent.css"?><feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0" xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0" gd:etag="W/&quot;CEIFR34zeSp7ImA9WhRUFks.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-6924813717262035400</id><updated>2012-01-27T12:08:36.081+01:00</updated><category term="Libros" /><category term="Memorias" /><category term="Historia" /><category term="Confesiones" /><title>Hoy quiero confesar...</title><subtitle type="html" /><link rel="http://schemas.google.com/g/2005#feed" type="application/atom+xml" href="http://franciscoacedo.blogspot.com/feeds/posts/default" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://franciscoacedo.blogspot.com/" /><author><name>Francisco Acedo Fernández Pereira</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09349688286022149749</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel="http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail" width="27" height="32" src="http://1.bp.blogspot.com/-07WCJVooe9o/Tf1U5oNTeLI/AAAAAAAADWo/LxzWibi5V6I/s220/05.jpg" /></author><generator version="7.00" uri="http://www.blogger.com">Blogger</generator><openSearch:totalResults>3</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="self" type="application/atom+xml" href="http://feeds.feedburner.com/IdeasPeregrinas" /><feedburner:info uri="ideasperegrinas" /><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="hub" href="http://pubsubhubbub.appspot.com/" /><feedburner:emailServiceId>IdeasPeregrinas</feedburner:emailServiceId><feedburner:feedburnerHostname>http://feedburner.google.com</feedburner:feedburnerHostname><entry gd:etag="W/&quot;CEIFR34zfyp7ImA9WhRUFks.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-6924813717262035400.post-6295957596809856541</id><published>2012-01-26T21:22:00.001+01:00</published><updated>2012-01-27T12:08:36.087+01:00</updated><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2012-01-27T12:08:36.087+01:00</app:edited><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Memorias" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Confesiones" /><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Historia" /><title>El paraíso de Santo Antonio</title><content type="html">Recién aterrizo de Santo Antonio y vengo absolutamente renovado, como cada vez que voy allí, y eso que he tenido que bregar con albañiles y pintores con los trabajos de consolidación de grietas y humedades de la Iglesia, pero mantener el patrimonio en pie es lo que tiene. Santo Antonio es mi mundo, mi paraíso, mi retiro, mi tierra, el lugar donde me encuentro conmigo mismo, donde una vez pensé en vivir, donde soy profundamente feliz pisando el suelo, dando paseos oliendo el campo, sentándome junto a la albufera, mirando el agua de las charcas, embelesándome con las vacas, zachando la tierra... He podado la higuera centenaria, he saneado las adelfas, he plantado lirios y tulipanes, he escuchado a Bach... Pocas cosas mejores se me pueden ocurrir para pasar unos días.&lt;br /&gt;
Soy, en el fondo, un solitario y llevo dentro de mí las Geórgicas, la Bucólicas y más de un verso de Fray Luis. En Santo Antonio estoy conmigo, con Dios, con el Amor en su máxima expresión, con la sencillez de saberse nada, de admirar la maravilla de la Creación, con la certeza de la absoluta simplicidad de la pobre mesa y casa...&lt;br /&gt;
En Santo Antonio acampó sus tropas Alfonso V antes de cruzar la frontera con Castilla para defender los derechos de su mujer Doña Juana (mal llamada la Beltraneja) frente a la usurpadora Isabel. La Iglesia austera y franciscana fue privilegiada por Reyes y Prelados, arrasada por Don Juan José de Austria, cuna y sede del Real Capítulo de Caballeros de Santo Antonio, al que han pertenecido durante cinco siglos las primeras familias de la nobleza portuguesa. Pero por encima de eso, es el lugar que siento mi casa más que ningún otro, quizá porque allí he sido y soy profundamente feliz y me han sucedido algunas de las cosas más maravillosas e íntimas de mi existencia, y ocupo las estancias en las que durante siglos vivieron los ermitaños.  &lt;br /&gt;
Ahora me encargo de mantenerla, de conservarla, de mimarla, sabiendo que lo que se recibe se debe transmitir y uno sólo es un mero eslabón de una cadena centenaria. A veces, contemplando la Iglesia, pisando la tierra, puedo sentir una ligera idea de propiedad, pero no es así, no puedo sentirme más que un simple administrador, porque la propiedad la poseen Dios y los siglos. La Familia ha intentado poner en pie y mantener ese legado y no sé (por experiencia) que puede deparar el futuro a estos viejos Coutos de Santo Antonio.  &lt;br /&gt;
Casi dos años duró la rehabilitación de la Iglesia, y mereció la pena reconstruir la Casa de Dios y retomar el Culto en ese templo cinco veces centenario que dibujó Duarte das Armas en 1510. Estar a solas en la nave, hablar con el Señor a través de San Antonio me llena de paz. Cuántas veces habré pensado en retirarme allí y dedicarme completamente al campo, dejando todo. Sí sé, si lo estima oportuno mi Familia el día que muera, que quiero descansar allí, bajo el manto de San Antonio, que sólo se escriba mi nombre -sin más- sobre la lápida, en el suelo, para que se pisen mis despojos, y esperar allí, entre las suaves lomas del Alentejo el Día del Juicio, ese día en el que me examinarán del Amor.           &lt;br /&gt;
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Esa biblioteca era todo mi mundo de niño, un lugar fascinante para mí, lleno de libros perfectamente alineados y colocados, que abría al azar y me sumergía en ellos. En aquella lejana niñez mía sólo había dos canales de televisión, a saber, el UHF y el VHF. Si a ello unimos que, cuando yo tenía ocho años, murió Abuelo Manolo y el luto en que se sumió todo apagó la televisión durante un buen tiempo, encontraremos una clave más de mi temprana pasión por la lectura. Después del almuerzo y de la cena Abuela leía durante media hora en voz alta el Quijote y la Sagrada Biblia y cuando se llegaba a la última página, se volvía nuevamente a la primera sin solución de continuidad. El Quijote era de mi Bisabuela Serafina y está en casa, en la sección de literatura española, que ocupa buena parte del cuarto de invitados. La Biblia, que fue regalo de Tío Manuel, canónigo primo de Abuelo Manolo, lleva estampadas las firmas de Juan XXIII y Pablo VI (Pontífice por el que Abuela sentía pocas simpatías que todo hay que decirlo) la llevé a Santo Antonio años después y en cuya Iglesia está entronizada. Tengo repartidos miles de libros entre casa, Santo Antonio y algún otro sitio, pero éstos son dos de los que más aprecio, al tocarlos vuelve el recuerdo de aquel niño de ojos tristes que presidía, como hombre de la casa, la mesa y el Santo Rosario y que todavía, cada día al rezarlo, es el niño el que sigue desgranando las cuentas y recitando pausadamente las oraciones y las Letanías Lauretanas en latín, tal y como las aprendió entonces. &lt;br /&gt;
Pero aquel niño tímido de ojos tristes no se conformaba con aquellas dos lecturas y compraba cómix (que entonces se llamaban tebeos) y libros con la paga del fin de semana y deseaba que llegaran cumpleaños, onomásticas, Reyes, fines de curso o cualquier otra ocasión, para pedir libros de regalo. En mis estanterías iba naciendo el germen de mi biblioteca y uno de los mejores momentos de mi vida fue cumplir dieciocho años y recibir de Abuelo Narciso los más de mil volúmenes que reunió su Padre (con quien comparto nombre y apellido) apasionado por el teatro y la novela decimonónica. Esos libros que guardaba en su despacho solemne de muebles castellanos, cuajados de cabezas de guerreros y cristales emplomados, y que a nadie dejaba tocar los depositó en mis manos. Descubrí entonces una faceta del Bisabuelo que no podía intuir viendo el rictus severo y solemne que mostraba en retratos y fotografías: el Bisabuelo Francisco era aficionado a la literatura erótica... Cuando se lo dije a Abuelo Narciso se le cambió el semblante, no había apartado aquellos volúmenes. Sonrió pícaramente y me dio también su pequeña colección. Dicho sea de paso, esos libros que en su día serían subidísimos de tono, hoy no sonrojarían ni a una ursulina, aunque las monjas desde que dejaron la toca para colgarse el bolso, ya no son ni sombra de lo que eran. Cuando Abuela Vicenta se entero del asunto de los libros pícaros, para compensar, imagino, me entregó unos cuantos misales, devocionarios y libros piadosos, entre ellos uno cuyo nombre me impactó: Camino Recto y Seguro para ir al Cielo, de San Antonio María Claret, que se convirtió en mi libro de cabecera una buena temporada. Además me regaló un hermoso relicario en forma de cruz con dos Reliquias del Santo. Ése está a buen recaudo en una de mis Lipsanotecas. Me estoy yendo por las ramas...  &lt;br /&gt;
Vuelvo a la biblioteca de casa de Abuela Candela, donde nació mi pasión por la lectura, donde me refugiaba de noche cuando no podía dormir y me tumbaba en el sofá cubierto por mis mantas de viaje. Tal vez, por eso, cuando años después, ya muerta Abuela, volví a vivir en aquella casa, instalé mi cuarto en lo que había sido la biblioteca, el lugar donde me refugiaba de los fantasmas que ya empezaban a rondarme. El sofá pasó en ese momento a mi despacho (que instalé donde Abuela tenía el comedor) y me ha acompañado desde que lo heredé. En él estoy sentado ahora, con Pepón, mi eterno siamés, dormido sobre mis piernas, y mis mantas de viaje están colocadas sobre los sillones... El niño de ojos tristes me mira con curiosidad desde el retrato que le pintaron con ocho años e intenta averiguar que queda de él en mí: el fondo de tristeza en la mirada y mucho más de lo que imagina. Yo lo miro y me sonrío y para evitar que vuele el pensamiento fijo mis recuerdos en el tartán que entelaba en su día las paredes de la biblioteca de Abuela.  &lt;div class="separator"style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="https://lh5.googleusercontent.com/-DBsgG5aO1g0/TxzSTM_cphI/AAAAAAAADZo/zQqICWn8TeM/s640/blogger-image-35368124.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://lh5.googleusercontent.com/-DBsgG5aO1g0/TxzSTM_cphI/AAAAAAAADZo/zQqICWn8TeM/s640/blogger-image-35368124.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6924813717262035400-3212180460752993417?l=franciscoacedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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Mantengo el nombre con el que bauticé a este blog en su segunda etapa, pasando página definitivamente de los vaivenes que traía consigo el primitivo y lo vacío de todo contenido previo. Ligero de alforjas, con un buen compañero de viaje, tomo la imagen del Quijote carlista de Ferrer-Dalmau (con la que tanto me identifico) e inicio mi periplo de confesión. No habrá política, ni cuestiones dinásticas, ni liturgias varias como líneas argumentales, quizá como fondo de alguna confesión, pero ni yo mismo sé de qué voy a escribir, aunque sí sé de qué no escribiré. Confesiones y sólo confesiones, y espero que así sea. No me impongo periodicidad ni obligación, será éste un ejercicio terapéutico y diletante, que es como siempre me ha gustado entender el hecho de la escritura. Escribiré de corrido y sin correcciones, algo habitual en mí, gana el texto en frescura y agilidad, aunque pierda en otros aspectos. &lt;br /&gt;
Creo que todo el proemio que debía hacer, hecho está, y sólo queda por añadir el porqué de este reinicio un 20 de enero. Hoy Papá habría cumplido sesenta y cinco años y sigo haciéndole las mil preguntas que dije que tenía que hacerle en aquel artículo de El Periódico Extremadura que escribí la noche posterior a su entierro. Hace ya quince años que decidió irse y he intentado hallar las respuestas a aquellas preguntas. Muchas las encontré y las conservaré en mi corazón silente, otras siguen sin contestación. En esa búsqueda obscura y tortuosa perdí años y -sobre todo- noches sin rumbo. No sé si de algo me sirvió el enfrentarme a ello, pero la verdad es más firme que el pensamiento o la elucubración, aunque, sin lugar a dudas, es mucho más hiriente. La muerte de Papá cambió mi vida por completo, y mi ser, y, todo cuanto vino detrás, no era ni parecido a cuanto pensé que iba a ser mi vida. Desde la altura de mis cuarenta años echo la vista atrás y pienso que me he desperdiciado demasiado inútilmente en muchos aspectos desde aquel fatídico día. Pero hoy me doy cuenta de que si no hubiese vivido estos años de aquella manera no sería como soy hoy, extrañamente feliz en estos tiempos de acusada incertidumbre. Hoy festejaríamos, tal vez, la jubilación de Papá, aunque no me lo imagino. Supongo que hubiese seguido al pie del cañón con los negocios y la vida pública. Él me enseñó el cumplimiento del deber, me apasionó por la actualidad, me inculcó esa pasión familiar de generaciones por la política... Nuestra relación, debo decirlo, fue demasiado correcta y puede ser que algo fría, conservando una respetuosa distancia, pero así era él, así lo hicieron y así quiso ser hasta el que él decidió que sería su último día. &lt;br /&gt;
Una carta y un diario fueron las únicas claves que nos dejó y en ellas ni una sola palabra para mí. Mencionó a muchos, pero a mí no. Ésa es una de las pocas preguntas a las que no he encontrado respuesta, sobre todo, sabiendo como él sabía, que yo podía enterderlo mejor que nadie. Tras su muerte todo mi mundo y mi familia se derrumbó, pero el tiempo fue poniendo todo y a todos en su sitio. Para encontrar el mío he tenido durante años a la soledad por compañera y, en algunas parcelas, ahí sigue estando. &lt;br /&gt;
La muerte de Papá fue el fin de aquella vida dorada y el inicio de otra existencia vital, de un viaje a Ítaca que espero haber terminado. Por eso, hoy, en el día en que hubiera cumplido sesenta y cinco años reabro el blog y le doy una nueva oportunidad, y quien tenga a bien hacerlo, hágalo y acompáñeme en estas confesiones, hoy -como no podía ser de otro modo- con banda sonora de fondo de Mercedes Sosa.&lt;div class="separator"style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="https://lh4.googleusercontent.com/-rvhbvRNAiK0/TxjumViSpvI/AAAAAAAADZg/g91FFPTgosE/s640/blogger-image--1297300691.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://lh4.googleusercontent.com/-rvhbvRNAiK0/TxjumViSpvI/AAAAAAAADZg/g91FFPTgosE/s640/blogger-image--1297300691.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6924813717262035400-5954752835166518198?l=franciscoacedo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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