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&lt;br /&gt;
El acuerdo firmado en Munich entre Hitler, Mussolini, Chamberlain y Daladier desbarataba el mapa de Europa tan pacientemente elaborado en los tratados de paz de 1919, al hacer entrega a Alemania de un pedazo de un Estado independiente: Checoslovaquia. Hitler, por medio de amenazas, obtenía de las democracias francesa e inglesa -a despecho de los tratados de alianza y de asistencia que las ligaban a Checoslovaquia- que el Reich alemán se aumentase y se fortaleciese, con más de tres millones de habitantes, a costa de un país libre. Este deliberado acto de imperialismo fue acogido por "el hombre de la calle", tanto en Londres como en París, con un suspiro, no de temor, sino de alivio. Era preciso que algo hubiese cambiado en esta Europa de 1938 para que una expansión de Alemania fuese considerada como una garantía de estabilidad y de paz. ¿Qué hubiera pensado Wilson, el idealista presidente de los Estados Unidos, tan apegado al derecho y al respeto de los pueblos? ¿Qué hubiera dicho el Tigre, aquel Clemenceau lúcido, que sabía que la paz es una batalla más difícil de dirigir &amp;nbsp;que la guerra? La explicación de este cambio de mentalidad fue Churchill, sin duda, el que la dio a sus honorables colegas de la Cámara de los Comunes, con ese sentido del humor que nunca le abandonó, incluso en las horas más sombrías: "El dictador, amenazándonos con una pistola, ha reclamado en principio, una libra esterlina. Cuando se le dio, exigió otra, siempre bajo la amenaza de la pistola. Finalmente ha aceptado contentarse con una libra, diecisiete chelines y seis peniques, y el resto en promesas para más adelante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para comprender el brillante éxito de esta política de "gangsters" habría que remontarse a los primeros días de la paz, en septiembre de 1919, cuando, en una cervecería de Munich, unos cuantos individuos con veleidades políticas se reunieron para fundar un partido como tantos otros: el Partido Obrero Alemán.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entre ellos se encontraba un joven cabo austríaco sin gran personalidad: Adolfo Hitler. Ahí empieza la historia del nacional-socialismo. En una Alemania humillada, desgarrada por el tratado de Versalles, reducida a la miseria por las crisis económicas y la inflación, el joven Hitler sabe abrirse camino. Sus primeros fracasos, lejos de descorazonarle, galvanizan sus energías y aquella fe inquebrantable en su propio genio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
1923. Un golpe de Estado mal organizado por sus partidarios fracasa en Baviera. Condenado a prisión, escribe en ella "Mein Kampf", que llegará a ser el evangelio del nazismo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al ser puesto en libertad, organiza su partido, determina su programa, crea su propia fuerza armada para apoyar sus reivindicaciones políticas y, en caso necesario, reducir al silencio a sus adversarios. Empieza a prepararse una era de violencias; sus milicias de asalto, las S.A y las S.S., se entrenan contra los comunistas, los socialistas y los judíos. Pero Hitler sólo aspira a la "legalidad". La República de Weimar es difamada; quiere llegar a ser ministro en ella para abatirla mejor desde dentro. En 1930 su partido tiene ya 107 diputados en el Reichstag. Además, sabe atraerse el apoyo de los militares, de los políticos de derechas, de los hombres de negocios. Y en el segundo acto de su subida al poder se representa el 30 de enero de 1933, cuando el anciano Presidente Hindenburg le nombra Canciller.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A partir de entonces, los acontecimientos se precipitan. El discreto canciller de frac y sombrero de copa, el honorable señor Hitler, va a ceder su puesto a un dictador enfundado en su uniforme con la cruz gamada. Aún no ha transcurrido un mes cuando el Reichstag -último baluarte de la democracia- se derrumba entre llamas. Hitler acusa del incendio a los comunistas y se hace conceder poderes extraordinarios. Se establece la dictadura, y con ella el terror. Cuando muere Hindenburg, Hitler asume todo el poder. Ahora es el amo del Estado y va a poder forjar su nuevo orden, demostrando al mundo que Alemania ya no es una nación vencida, a la que se le impone un "diktat" ignominioso, sino la heredera de un pasado de poder y de gloria. Y para esto una cosa le es necesaria ante todo: devolver un ejército al Reich. El 14 de octubre de 1933, Alemania se retira de la conferencia &amp;nbsp;general del desarme, en Ginebra; una semana después abandona la Sociedad de las Naciones. Primera violación, preñada de consecuencias, de los tratados internacionales. Pero las grandes potencias -las "democráticas", como se las llama en esa época para diferenciarlas de los regímenes "totalitarios"- tienen sus propios problemas y sus propias dificultades. No reaccionan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El canciller del Reich se envalentona. El servicio militar es restablecido en marzo de 1935; una fuerza aérea -la Luftwaffe- surge; un ejército de más de 500.000 hombres nace. Hitler va a tener pronto en su mano los instrumentos del poderío. Cuando las naciones vecinas lleguen a darse cuenta del peligro ya podrá hablarles en señor, con la razón de la fuerza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porque Alemania -Hitler lo anuncia a bombo y platillo- necesita recuperar su "espacio vital". Se ahoga dentro de las fronteras que le han sido impuestas en 1919. En marzo de 1936, Renania, zona desmilitarizada, es reocupada por las tropas alemanas, violando el pacto de Locarno de 1925. Pero todavía quedan muchos alemanes fuera de la madre patria. Hitler habla entonces de la "Gran Alemania" que hay que reconquistar, que hay que reunir bajo una sola bandera. "Un pueblo, un país, un jefe"; los banderines con ese "slogan" florecen en todas las paredes de Alemania.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero las democracias siguen sin reaccionar. Tienen otros motivos de inquietud: la guerra en el Extremo Oriente, la conquista de Etiopía por la Italia fascista. El imperialismo japonés y las exigencias de Mussolini parecen más amenazadoras en París y en Londres que los exaltados discursos del canciller Hitler; las manifestaciones grandiosas, las paradas, los desfiles con antorchas, a los que tan aficionado es el Führer, parecen muy teatrales.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
1936. La guerra de España preocupa a todas las mentes. Los grandes titulares de los periódicos no hablan de otra cosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero para Hitler, el tiempo de la guerra no ha llegado aún. Sabe que su "Wehrmacht" no está aún en condiciones de afrontar a los ejércitos ingleses, franceses, polacos, checos, si se llegaran a coaligar contra él. Es la hora de las anexiones pacíficas. Por ello el canciller proclama que Alemania no tiene otra ambición que la de vivir en buena armonía con sus vecinos. Y estas declaraciones, en una Europa aún asustada por las violencias recientes, tranquilizan a la opinión internacional, a pesar de las continuas violaciones por parte del Füher de ese "espíritu de paz y de comprensión" que los Juegos Olímpicos de 1936, en Berlín, exaltan con pompa grandiosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, detrás de los chinchines de la propaganda pacifista, Hitler continúa realizando sus planes. El Führer de la Gran Alemania no se olvida de que es austríaco y que su país natal, reducido por el tratado de Saint-Germain-en-Laye a un pequeño Estado de siete millones de habitantes, es una presa fácil. Además, ¿no son los austríacos, con los mismos títulos que los ciudadanos del Reich, hombres de raza, cultura y lengua germánicas?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde su ascensión al poder, Hitler acaricia el proyecto del "Anschluss", esa unión de Austria y Alemania que haría de él, y en su propio provecho, el restaurador del Sacro Imperio Romano Germánico...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hitler hace caso omiso &amp;nbsp;de las vacilaciones de su Estado Mayor, que no se atreve a arriesgarse a una guerra. Los generales escépticos caen en desgracia, y pone al frente del Ministerio de Asuntos Extranjeros a un hombre de su confianza, consagrado en cuerpo y alma a la causa nazi, Von Ribbentrop. Ya sólo le queda poner al mundo ante un hecho consumado. El 12 de febrero de 1938, el canciller de Austria, Schuschnigg, es invitado por el Führer a su residencia del Berchtesgaden. Hitler exige de él unas concesiones exorbitantes, que convertirían a Austria en una especie de protectorado alemán. En caso de negativa le amenaza con atacar Austria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A su regreso a Viena, el canciller Schuschnigg se somete: elementos nazis entran a formar parte del Gobierno, y con ellos el más fanático partidario del Anschluss, Seyss-Inquart.&amp;nbsp;Pero Hitler no está satisfecho. Ante el temor de un apoyo franco-británico a una Austria amenazada en su independencia, dirige, el 11 de marzo de 1938, al Gobierno austríaco un ultimátum de capitulación. Francia e Inglaterra no toman ninguna medida, ni siquiera de carácter diplomático. Schuschnigg, abandonado de todos, dimite, y el mismo día, a medianoche, el nuevo canciller Seyss-Inquart pide a las tropas alemanas que vengan a Viena para "restablecer el orden". La jugada ha sido hecha: el 12 de marzo las tropas alemanas penetran en Austria; el 14 de marzo, el canciller del Reich, el austríaco Adolfo Hitler, hace su entrada en la capital del antiguo imperio austro-húngaro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En su provincia natal, en Linz, le espera una acogida grandiosa. El 10 de abril, un plebiscito de pura fórmula confirma y legaliza el "Anschluss": 99.7 por ciento de los austríacos aprueban la unión con Alemania. Los que se oponen están ya en las cárceles de Viena, en espera de salir para los campos de concentración, donde se reunirán con los demócratas alemanes. La Sociedad de Naciones no dio esta boca es mía. ¿No tenían los austríacos derecho a disponer de sí mismos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin perder un soldado, Hitler había conseguido sus propósitos. Ya no quedaban más que tres millones de alemanes fuera del Reich: los sudetes de la vecina Checoslovaquia, que la nueva Alemania cercaba por tres lados. Cinco meses más tarde, su "vuelta a la madre patria" era cosa hecha: se había resuelto en Munich.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8979148669023558697-4264344072646397774?l=www.segunda-guerra-mundial.net' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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