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<?xml-stylesheet type="text/xsl" media="screen" href="/~d/styles/rss2full.xsl"?><?xml-stylesheet type="text/css" media="screen" href="http://feeds.feedburner.com/~d/styles/itemcontent.css"?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0" xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0" version="2.0"><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-4757355230113101150</atom:id><lastBuildDate>Sun, 12 Feb 2012 00:15:49 +0000</lastBuildDate><category>Carlos Bravo</category><category>anTón Sagarra</category><category>Laure</category><category>Enrique Bienzobas</category><category>JRB</category><category>normas / rules</category><category>IRATI</category><category>F. Blasco Rodríguez</category><category>Lola Peralta</category><category>Paloma Recio Meroño</category><category>M. Mezquita</category><category>Fernando Poncela</category><title>La Wiki Novela The Wiki Novel</title><description>Daniela va a dar la vuelta al mundo. Elige un destino y escribe un capítulo de El viaje de Daniela en tu propio idioma. Daniela will travel around de world. Choose a destination and write a chapter or her trip in your awn tongue</description><link>http://thewikinovel.blogspot.com/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (Escritores Negros)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>22</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="self" type="application/rss+xml" href="http://feeds.feedburner.com/LaWikiNovelaTheWikiNovel" /><feedburner:info uri="lawikinovelathewikinovel" /><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="hub" href="http://pubsubhubbub.appspot.com/" /><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4757355230113101150.post-1671762099276595918</guid><pubDate>Sun, 06 Sep 2009 10:35:00 +0000</pubDate><atom:updated>2012-02-12T00:58:36.883+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">JRB</category><title>III {Verona y Santander y M-30} ¡Arre, arre, caballito!</title><description>&lt;div align="justify"&gt;Nadie y nada me esperaban en Verona pese a lo que había dicho a Valentino en Venecia. Salí huyendo de allí por miedo a quedarme embobada en los brazos de un tipo inteligente y divertido los próximos treinta años de mi vida. Tuve que elegir entre ser coherente (o gilipollas, mucho se le parece) con mi hoja de ruta o soportar una moderada y próspera felicidad. Y me fui.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me fui odiando el tren que me alejaba a falta de madurez para odiarme a mí misma por no estar a la altura de las circunstancias, por sacar a la luz todos los prejuicios trasnochados de la chica burguesita que juega a no tener prejuicios y que se jacta de viajar por el mundo sin ataduras emocionales y sin banderas en el corazón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En realidad viajo atada a mi tarjeta visa oro y a un personaje que me representa y tras el cual resulta cómodo esconderse porque a nadie tiene que darle explicaciones la Daniela oculta que callada, al fondo, deja hacer a su alter ego. Callada y muerta de miedo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me aburrí en Verona no por culpa de la pulcra y ordenada ciudad del Véneto, sino por voluntad propia y plenamente consciente de lo que estaba pasando por delante de mí. No era sólo que me hubiese encoñado a las primeras de cambio, o que tanto tiempo fuera de algo parecido a mi casa me estuviera pasando factura. Sencillamente empezaba a no gustarme lo que hacía, o mejor dicho, empezaba a aceptar que nunca me había gustado yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recordé visitando la Arena veronesa, toda engalanada con decorados de cartón piedra para la representación anual de la ópera de Verdi, Aída, un fragmento escrito por mi tío Pololo en alguna de sus inéditas y crípticas obras: “lo fácil es ser Ulises, Odiseo, y largarse por el mundo a vivir mil aventuras y follarse a las sirenas. Lo jodido es permanecer como el herrero de Ítaca, toda la vida en esa puta isla haciendo año tras año el mismo trabajo, rodeado de la misma y castrante familia y con las cabras dando por el culo día y noche”.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para cuando llegué mentalmente al final de esa cita literaria ya estaba bajo el balcón de Julieta y las lágrimas que se me escaparon, y que nada tenían que ver con el endulzado relato de Shakespeare y menos con la pantomima turística y comercial que tienen montada en torno a los capuletos y a los montescos, me hicieron sentir vulnerable y frágil como nunca hasta entonces. Por primera vez fui extranjera, apátrida o exiliada, por no tener una excusa ni una tarjeta de embarque con la que esquivar mi ansiedad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No era pena ni nostalgia ni emoción contenida ni cansancio, no. Sufrí miedo, miedo a ser una gran mentira en fase de descomposición. Escribí sobre el muro de los enamorados un sincero &lt;em&gt;‘poor William’&lt;/em&gt; (si pasáis por allí lo veréis) y escapé entre empellones y tropiezos torpes de la riada de iletrados que abordaban la morada virtual de esos dos amantes que ni existieron ni se amaron. Ésa era la clase de mentira en la que me aterraba haberme convertido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Somos lo que odiamos. Me martilleaba una y otra vez con esa sentencia cargada de petulancia y verdad a partes iguales. Si odiaba el amor dramatizado de los Romeos y Julietas, el compromiso, la rutina, el escenario único, la postal de rigor, las frases hechas, el olor de lo cotidiano, las vacaciones en agosto, la visita de la suegra, el verde Ikea de las oficinas… ¿me convertía automáticamente en eso? En parte sí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me acerqué hasta el río, o el meandro urbano del Adige, y apoyada en el muro que hace las veces de mirador, frente al Teatro romano en la otra orilla, vomité como una adolescente cogorzona todo lo que soy, lo que odio y hasta al herrero de Ítaca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mente revuelta había traspasado el problema al estómago y éste se quitó el muerto de encima. Por el Ponte Pietra, a escasos metros de mí, paseaban parejitas de la mano y algunas aferraban candados a los hierros que despuntaban de la estructura pétrea en una demostración ilusa y manida de amor eterno en la ciudad del amor eterno y muerto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dos chicos jóvenes que paseaban por allí se preocuparon por mi estado, más guasones que solícitos, posiblemente entusiasmados con la idea de ligarse a una borracha y llevársela a su residencia de estudiantes pese al aliento oxidado que debía tener en ese momento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Agradecí sus atenciones con una media sonrisa y les dejé allí, mirando mi culo mientras ponía distancia entre ellos y yo y el río y el vómito que flotaría para regocijo de los patos hambrientos que poco entienden de zozobras y menos cuando se pueden llevar un tropezón de milanesa al buche.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Atravesé a paso ligero la Piazza delle Erbe sin mostrar interés alguno por sus encantos y con un persistente zumbido en los oídos preludio de un intenso dolor de cabeza y de una larga noche de insomnio estéril. Fui poco a poco saliendo del centro urbano, caminando cada vez más solitaria y ajena a lo que me rodeaba, fuese del siglo XVI o del XXI o de cartón piedra. Alcé por educación la vista ante el imponente Castelvecchio y enfilé directa por el Corso de Porta Nuova hacia el hotel que había reservado próximo a la estación de tren.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegué a la habitación sin pasar por recepción, recogí la ropa que había sacado de la maleta y volví a meterla en ella. Me cepillé los dientes para quitarme el regusto de la papilla y me mojé la cara y la nuca con agua fría. Al incorporarme con la toalla en las manos, fijé la vista en el espejo y vi lo mismo de siempre. Las revelaciones pocas veces se dan en medio de los lugares comunes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Guardé el ordenador portátil en su maletín y dejé la webcam sobre la mesilla de noche, de regalo para el próximo huésped. Se acabaron los viajes virtuales, el sexo pixelado y la anestesia de mini-bar. Adiós Odisea, hola herrera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la estación consulté los horarios de trenes y finalmente decidí alquilar un coche que devolvería en el mostrador de Avis del aeropuerto de Milán. Conduje tranquila por la autopista sin música ni paradas, sin pena por irme tan precipitadamente y con la esperanza de llegar a tiempo de tomar un avión rumbo a Ítaca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cerré los ojos al tiempo que la aeronave despegaba. Ni Bellow, ni Updike, ni siquiera el último libro de Óscar Terol me tentaron lo suficiente para evitar el sueño. Si dejaba de pensar dejaba de odiarme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo siguiente fue el mar Cantábrico. Había hecho escala en Barcelona y por fin aterrizado en Santander. Antes de buscar alojamiento me dejé caer por la playa del Sardinero y rememoré los primeros seis años de mi vida en esta burbuja casi utópica de la que me sacaron sin preguntar y sin bombona de oxígeno. Había vuelto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No hay lugares en el mundo que te estén esperando, ni sitios que te inviten a quedarte para siempre, todo eso es una chorrada detrás de otra para sostener una película o una campaña turística. A las plazas, las bahías o las fuentes les importamos una mierda, y cuanta más añoranza les profesamos más alto se descojonan de nosotros. Pocas casas duran más que los que hemos nacido en ellas, a la mayoría las perdemos de vista y las cambiamos por otras nuevas en las que nacen otros seres a los que nada les ata al lar original. Si fuese de otro modo, yo debería pasar la Nochebuena en las Cuevas de Altamira.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, quise ver el piso en el que me crié, el colegió en el que me enseñaron a leer y a tener miedo de lo nuevo y desconocido. Me entristeció comprobar que la calle Menéndez y Pelayo era más estrecha de lo que recordaba y que el pub Oliver &lt;em&gt;snack&lt;/em&gt; bar se había convertido en una tienda de decoración zen. En frente, con tan sólo cruzar la vía, el casón decimonónico propiedad de unas terratenientes solteronas en el que tanto tiempo pasé jugando con las tortugas del jardín y montando a caballito sobre Tere, la más joven de las tres viejas, se había convertido en un edificio de apartamentos de lujo independientes unos de otros. Mi infancia se había extinguido entre los planos de un aparejador.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La fachada rehabilitada y la escalera en zigzag de piedra con su balaustrada blanca que ascendía desde la acera de la calle hasta el portalón brillaban más me nunca pero sin alma alguna. Lo nuevo no me pertenecía y las paredes desconchadas y grises no eran ni un recuerdo para los que ahora vivían dentro. La calefacción de leña que caldeaba con dificultad desde el sótano los pisos superiores y de la que emanaba un olor a norte y a frío húmedo y a antigüedad había sido sustituida por un depósito de fueloil.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En vez de perros labradores (Piti se llamaba mi mejor amigo, un gruñón bondadoso y vago de eternos 18 años) había cámaras de vídeo-vigilancia y la cochera ya no guardaba un Hispano-Suiza K6 de 30C, sino un todo terreno 4x4 con una pareja y tres niños en su interior de cuero. Los miré cuando salieron y ninguno de ellos tenía cara de solterona ni de terrateniente ni se les veía predispuestos a montarme a caballito. En lugar de naranjos y limoneros, palmeras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Poco más tenía que hacer allí. Ni Odisea ni herrera. A fuerza de buscarlo me había quedado sin terreno propio. Hasta Ítaca había sucumbido al tic-tac de renovarse-morir renovado. Y esa fórmula era aplicable a todas las facetas de mi vida: mis amigos siempre hablan otro idioma, mis amores me esperan en la siguiente página del pasaporte y mi trabajo consiste en no ver la cara del que me paga. Tengo experiencia en &lt;em&gt;jet&lt;/em&gt; &lt;em&gt;lag&lt;/em&gt;, en desayunos continentales, en compartimentos de tren y normas de seguridad aérea. Puedo caminar a oscuras en la habitación de un hotel sin golpearme y hasta comer con palillos chinos un &lt;em&gt;steak&lt;/em&gt; &lt;em&gt;tartar&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero si dejo de moverme no existo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En aquel puente de Verona intuí todo esto. Y sobre este puente de la M-30 madrileña tengo la certeza. Soy lo que soñé y lo que odio. No creo que se pueda separar lo uno de lo otro. Y por qué habría de hacerlo. No sé fraguar una herradura ni tampoco qué hacer a partir de aquí. He convertido el trono y el váter en un mismo hito del camino y ahora me viene a la cabeza el beso que me dieron a los 10 años sobre esta misma pasarela gris y contaminada. El chico quería casarse conmigo y comprar una casa adosada con jardín en Arturo Soria. Ese mismo verano viajé a Inglaterra para aprender inglés y a la vuelta mi novio ya tenía otra candidata entre manos. No sufrí de desamor pero comprendí que la única manera de evitar una pérdida era no regresando y teniendo muchos novios a la vez.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, me temo que la tranquilidad reside en el conformismo y en el aguante. Que puedes correr pero no huir. Que los husos horarios trastocan el metabolismo pero dejan intacta la angustia. Que el constante cambio consiste a la larga en hacer siempre lo mismo. Que si no eres capaz de adaptarte al puchero de tu madre difícilmente un kiwi en Auckland te hará sentirte en casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con todo, no estoy segura de querer cambiar el Bósforo por ver crecer a una tortuga y un limonero con el ruido de las olas o de los coches de fondo. Ni de si disfrutaría de una charla con Odiseo sobre el tiempo o la liga de fútbol en la mesa camilla de mi casa con jardín. Ni de que un beso con treinta años sepa igual que con diez. No me veo cerrando un candado en este puente de la M-30 y tirando la llave a la vía de servicio, ni escribiendo recetas de mermelada en un blog. Técnicamente, estoy en tierra de nadie, como en el trozo de frontera neutral que hay entre las dos Coreas. Y ni me atrae la del norte ni me apetece volver a la del sur.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por la tarde iré hasta el kilómetro cero y luego, dejaré de escribir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una estufa de fueloil podrá dar calor pero ninguna esperanza.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-1671762099276595918?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;br /&gt;
Bajé del tren en la estación de Santa Luzia aún sin el disfraz, un poco harta de parar en todos los pueblos entre Milano y Mestre, y muerta de sed. El concepto italiano de trayecto directo tiene la misma consistencia que el corpus ético del primer ministro Silvio. Pero el aire acondicionado de los vagones funciona correctamente y además hay wi-fi gratuito para todos los viajeros, incluso para los que no saben lo que es.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya que el viaje duraría más de las dos horas previstas y señaladas en el billete del Eurostar City (qué nombre tan poco ampuloso, casi promete un itinerario hasta la constelación de Orión con escala técnica en Osa menor), aproveché para buscar por Internet una tienda de alquiler de trajes en la misma Venecia. La idea de ofrecerme como esposa iba tomando forma y debo reconocer que a mi reloj biológico le dada lo mismo pero a mi espíritu cabrón le entusiasmaba. El marco era incomparable, del consorte sólo conocía el rabo erecto y la silla negra de su despacho. Y el asunto más determinante: él ignoraba mis intenciones y seguramente ya me hubiera borrado de sus recuerdos húmedos. Menos es más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el 42 de vía Garibaldi había un local que alquilaba disfraces para el manido carnaval de la ciudad. Les envié un e-mail preguntando por las opciones de novias y en apenas media hora me contestaron con el catálogo disponible y sus correspondientes precios. El dinero no sería una preocupación, mi maridito se haría cargo de todo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Elegí un traje del siglo XVII, de color marfil, con incrustaciones y bordados en seda gaseosa, muy ceñido en la cintura y con un generoso escote. Al decir que lo recogería en apenas una hora no me cobraron la reserva. Novia exprés hará su entrada en andén 7, cantaría la megafonía acompañada de un coro de castrati al arribar el tren.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente paso era encontrar la dirección de Pietro. Tenía su supuesto nombre, su teléfono móvil (que me había dado “por si alguna vez me dejaba caer por Venecia y me apetecía echar el mejor polvo de mi vida”) y la ciudad en la que vivía. No fue muy complicado dar con él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Combinando esos datos en Google y con algo de pericia a la hora de descartar candidatos, descubrí que se dedicaba a vender consumibles para impresoras, que tenía un domicilio conocido y una oficina desde la que operaba con proveedores y clientes. Su casa no quedaba lejos de la tienda de disfraces, así que no tendría que recorrer media isla vestida de putona barroca ni someterme a los disparos de las cámaras de fotos de los turistas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Venecia, así como Nueva York, es como te la imaginas, como te la han contado o como la has visto en el cine o en la televisión. Nada falta y casi todo sobra. En cuanto sales de la estación de tren tienes una primera impresión que resume la totalidad: un canal, las góndolas, los gondoleros con sus camisetas de rayas horizontales blancas y azules, una iglesia con la fachada principal engalanada con mármol blanco, dos palacios flanqueándola, los ruidosos vaporettos atestados de visitantes y un puente que une las dos orillas y en el que han pintado una flecha amarilla para no perder el rumbo y llegar a la plaza de San Marcos por la ruta más comercial posible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y pese a todo este festival del tópico que se cuela en la retina quieras o no, pese a la falta del factor sorpresa y pese a que estaba muerta de sed, una vez más me rendí a Venecia y a su decadente belleza cargada de una estética que nunca más se repetirá, ni histórica ni arquitectónicamente. Quizá resida ahí su encanto imposible, quizá sea el último ejemplo de un narcisismo urbano enfermizo y apabullante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal concentración de pasada riqueza, de opulenta soberbia humana para sobreponerse al entorno y diseñar no para vivir sino para deleitarse o epatar al mercader paleto de fuera que se acerca a la ciudad-estado flotante para tratar con avispados judíos que todo lo miran a través del prima del 32% (de interés, de rédito, de salvación) sería insostenible en estos tiempos de viviendas de protección oficial, polígonos industriales y chalés adosados para subir de categoría social sin pasar por la universidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba por tanto a punto de desposarme en el primer parque temático con ánimo de lucro y me sentía como una hortera de Ohio que traslada su tocado lacado hasta el palacio de Disney World para que la case allí el ratón Mickey o el perro Pluto. Lástima que el ratón de los orejones no pudiera acudir como testigo o como oficiante al mío. Si Salma Hayek no lo había conseguido convencer para su boda veneciana, pocas posibilidades tenía yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Saciada la sed en un pequeño café, seguí camino hasta el campanario de la plaza cargando con mi maleta de viaje. Tendría que haberla dejado en la consiga de la estación pero estimé que sería más romántico aportarla como dote a mi futuro marido y además la necesitaría para guardar mi ropa de civil una vez que me introdujese en el vestido marfil sin las bragas y me presentase escote en boca a mis suegros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De casarnos habíamos hablado muy a la ligera, pero del convite ni eso. El pobre Pietro no tendría nada previsto, ni siquiera mi aparición, y es probable que tras la ceremonia (o el asesinato) pasáramos directamente al acto de desvirgarme con o sin plátano. Tocaba pues reponer fuerzas y comer algo antes de dar un giro copernicano precisamente aquí, en Italia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me apetecía algo dulce, quizá el plátano me había sugerido más de lo que pensaba, y opté por entrar en una heladería y probar una genuina miscelánea con todos los sabores posibles. Ya no tendría que preocuparme por las calorías ni por las lorzas porque mi maridito me querría siempre y con sus ojos miraría sólo en mi interior, donde belleza y flora se funden en una sola.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pagué gustosa la exagerada cuenta sin mirar atrás y con el culo lleno de grasas pero aún prieto y grácil. Atravesé la plaza de San Marcos bajo la atenta y rijosa mirada del leoncito, saludé a los que asomaban por el mirador del campanario y me pareció que pedían auxilio con los tímpanos reventados por el tañido exagerado de las campanas, pasé por debajo de la arcada del palacio de los Uffizi y me dirigí hacia vía Garibaldi cruzando los puentes, entre ellos el de los suspiros, ¡ay!, ya con una sola idea en la cabeza: abrazarme a Pietro y decirle al oído que yo era la mujer sin bragas con la que siempre había soñado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un crucero de lujo casi tan grande como la propia ciudad avanzaba al trantrán por el Gran Canal atrayendo la atención de nativos y gentiles, despertando la envidia de cuantos preferían un césped artificial en la popa a una catedral de cinco cúpulas. Todo un mamut marino cargado de ensaladas mixtas y tetas de plástico, capaz de ocultar el sol por un momento y anexionarse el Lido si lo pidieran los jubilados del dólar y las bermudas. Apuesto a que el ratón orejudo sí animaría esa velada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya en la tienda de trajes y disfraces me identifiqué y les di el número que me habían asignado para retirar el vestido. El hombre que atendía me invitó a pasar a la trastienda probador por si había que hacer algún retoque a las telas, gasas, empedrado y demás accesorios colgantes. Nada de eso, aquella estructura de ingeniería textil me quedaba como un guante, para pasmo del encargado y satisfacción mía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El volumen de las tetas se multiplicaba por tres y eso no pasó desapercibido para el tipo. Le propuse dejar tocármelas si me hacía un descuento del 32%, y tras echar cuentas mentalmente durante unos segundos rechazó la oferta. Al género masculino le quitas una cámara web de delante y le sale el fenicio que lleva en el intestino delgado. Mejor, así mi nuevo busto llegaría intacto a las manos de Pietro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aproveché que el encargado volvió al mostrador a atender a otro cliente para quitarme las bragas y guardarlas en la maleta. Me sentía como una bailarina del hotel The Venetian en Las Vegas, lista para salir a escena entre canales artificiales y góndolas mono-raíl, mientras sueña con viajar algún día a la Venecia verdadera sin saber que no hay tanta diferencia entre copia y original, como no la hay entre bromear con una boda o con un plátano en el culo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Formalicé el alquiler del traje por un día y al presentarme la factura pedí que la enviase a casa de mi futuro esposo, dejando para ello constancia de su nombre y dirección. Al encargado no le hizo mucha gracia esta desviación del cobro y solicitó un número de tarjeta de crédito por si el afortunado casamentero se negaba a soltar la mosca. Entonces se me ocurrió algo parecido a una jugada maestra: invitarle a que fuera nuestro testigo de boda (mi ratón orejudo particular), de esa forma estaría cerca del retal durante el tiempo que yo los llevase puesto y podría exigir el pago del mismo al tiempo que nos pasaba las arras, los anillos y el plátano nupcial.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Creo que en cualquier otra circunstancia, país, ciudad y época, el tendero hubiera llamado con urgencia a la policía para que me detuviese y me quitase el vestido aunque fuese a cañonazos. Sin embargo no fue así. Está vez aceptó con una única condición: tocarme las tetas sin el 32% de descuento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con mi ego y su libido restituidos y en su sitio salimos de la tienda, le ayudé a echar el cierre y le recordé la dirección en la que encontraríamos a mi prometido y paganini. Dijo que estaba cerca y que podíamos ir en su barquita a motor. No se me ocurría una mejor forma de aparecer que embutida en el siglo XVII y a bordo de una patera del amor. Pietro caería rendida a mis pies y si se descuidaba al agua también.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Navegamos por canales sucios y estrechos, desde los puentes nos tiraban fotos al tiempo que yo repartía besos de novia orgullosa y primorosa. El tendero me preguntó cuánto tiempo había durado nuestro noviazgo y yo le expliqué que el tiempo ya no era relativo sino virtual y que nuestra historia había que medirla en gigas y no en años. Me miró las tetas con nostalgia y no quiso ahondar más en el asunto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En apenas diez minutos llegamos al destino, a mi destino. El testigo tendero barquero sacó de un pequeño compartimento una elegante chaqueta negra y una corbata plateada. Se diría que ejercía en bodas y bautizos todos los días. Eso me daba confianza, llegados a este punto no quería dejar nada al azar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pisé tierra casi firme y llamé al timbre de un caserón antiguo y bastante destartalado. Me coloqué las tetas para afianzar el primer contacto visual y crucé los dedos para que la dirección fuera la correcta y Pietro el hombre adecuado. Como bien sabe Kundera, la broma hace al monje.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abrió la puerta una mujer rolliza de rostro bello y ropas descuidadas. Tenía un crío tirando de ella por detrás y se oía de fondo los ladridos lastimeros de un perro condenado a salir a mear con flotador.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer me miró tan sorprendida como divertida. Escrutó mi traje de arriba abajo y con sus verdes ojos clavados en los míos quiso saber qué me traía a su casa de esa guisa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escuché al tendero haciendo una llamada telepática a los carabinieri y devolviéndome el roce de las tetas a cambio de su 32%. Pero me sobrepuse y pregunté a la mujer por Pietro, sin dar más detalles que su nombre de pila. Si por casualidad era su hermana, podía decir que me gustaban mi cuñada y mi sobrino. Y el perro también.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El crío se adelantó hasta colocarse frente a mí y le preguntó a su madre por qué iba yo vestida así. Ella no dijo nada al respecto y se limitó a explicarme que era la esposa de Pietro y que éste aún estaba en su oficina. Si podía ayudarme ella en algo, encantada, y si no, sería mejor que lo llamase al móvil o que me acercase a dicha oficina de ser muy urgente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No era urgente, le dije, necesitaba unos cartuchos de una tinta especial –de plátano-para las impresoras de mi negocio que le había pedido la semana pasada y ya que me pillaba de paso me había parado por si los tenía en casa. La mujer se ofreció a mirar en el trastero pero le rogué que no se molestara, que había sido una ocurrencia alocada pasarme por allí y que además tenía que irme ya, o la fiesta de disfraces empezaría sin mí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me felicitó por el traje y me aseguró que le diría a Pietro que había estado allí y que por favor me sirviera los cartuchos de tinta lo antes posible. Se lo agradecí y le dejé mi nombre: Daniela, la de los plátanos. Él ya sabría quién soy. Me despedí del crío con una reverencia arrancando su sonrisa y volví al barco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antes de que el tendero abriese la boca, saqué de mi bolso una tarjeta de crédito y se la enseñé para que pudiese respirar de nuevo. Su mirada se llenó de ternura y no pudo evitar preguntarme si me sentía triste. Al contrario.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dimos media vuelta en dirección a la tienda de trajes y disfraces. La verdad es que tener este provocador pecho no compensaba la incomodidad de llevar al Antiguo Régimen ceñido al cuerpo. En el probador me quité mi vestido de novia y lo dejé sobre una silla para que su legítimo dueño comprobara su estado. Recuperé mis bragas y ya con unas tetas más racionales me dispuse a pagar por el día de alquiler.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Valentino, que así se llamaba el tendero, tuvo el detalle de cobrarme sólo el equivalente a dos horas de uso. Me pareció justo aunque hubiera pagado cualquier precio. Firmé el comprobante y me despedí. Valentino me dio las gracias y me emplazó hasta mi próxima boda. Me gustó la broma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y porque me gustó la broma esa noche cené con Valentino y follamos muy a gusto en mi hotel y al día siguiente me acompañó hasta la estación de tren y me prometió algo que nadie me había prometido antes: si vuelves a Venecia nos reiremos aquí, y si me llamas desde otro sitio iré para reírnos allí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me hubiera quedado allí parada, besando esa boca y mordiendo esa oreja tan lujuriosa y sorbiendo por fin los sesos inteligentes y divertidos de un hombre, si no hubiera sido por que un 32% de mí ya estaba en Verona. Deseé un contrato matrimonial sellado con risas y me reservé el derecho de exigirlo en mi próxima visita.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sólo una imbécil como yo podría decir otra vez que Venecia, como Nueva York, es tal y como la imaginas, tal y como te la cuentan, tal y como la has visto en la tele o en el cine. Grazie, Valentino. Grazie, Mickey.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-2107823694172612925?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/vEjdXR5sI0az7pO2Xt0IlpAfLCw/0/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/vEjdXR5sI0az7pO2Xt0IlpAfLCw/0/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;br/&gt;
&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/vEjdXR5sI0az7pO2Xt0IlpAfLCw/1/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/vEjdXR5sI0az7pO2Xt0IlpAfLCw/1/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~4/dlrxAQSs75c" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~3/dlrxAQSs75c/venezia-inchiostro-di-banano.html</link><author>noreply@blogger.com (wikinovel)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://thewikinovel.blogspot.com/2009/07/venezia-inchiostro-di-banano.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4757355230113101150.post-5702461148122519952</guid><pubDate>Tue, 09 Jun 2009 17:01:00 +0000</pubDate><atom:updated>2012-02-12T00:59:08.016+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">JRB</category><title>I {Milano} il asino virtuale</title><description>&lt;div align="justify"&gt;Llegué a Milano procedente de Kiev 36 horas después de haber apagado mi cámara web y mi ordenador portátil en aquella habitación de hotel. No me sometí a la tiranía de mi público, no me masturbé para ellos, ni me desnudé. Tenía muchas ganas de mear todo lo bebido pero lo hice discretamente en el cuarto de baño. Dije adiós en varios idiomas y me despidieron complacidos: puta calientapollas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La capital lombarda era la primera etapa de un corto giro planeado sin orden ni concierto, guiada sencillamente por el pálpito que me produjo la invitación escrita de un tal GrandeEnzo: “Daniela, ho aspettato per voi con le braccia aperte e il cazzo duro”. Prometedor. Enzo sería mi primer culo de la verdad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El chico cumplió la parte inicial del trato y acudió a buscarme al aeropuerto de Malpensa con un ramo de flores. Cuando las acepté agradecida le ofrecí mi mano a modo de saludo formal. Él se la quedó mirando y sin mediar palabra me clavó un beso en los labios. Muy corto, muy nervioso, muy poco beso. Noté que lo llevaba planeando desde que le confirmé mi llegada y que llevarlo a cabo le había costado un esfuerzo considerable. Ni rastro de aquel orgulloso gallito que me había escrito presa de una erección.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tras las verificaciones propias del encuentro: yo era yo y él era él (el mismo que me había enviado por correo electrónico sus fotos vestido y desnudo), me dirigió educadamente hasta la parada del autobús que hace el trayecto entre Malpensa y Milano Centrale, la principal estación de trenes de la ciudad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ni rastro de la carroza de caballos o del Alfa Romeo Spider, cada uno pagó los 7 euros que costaba el recorrido y subimos al vehículo atestado de sudorosos turistas. Ni siquiera pudimos sentarnos juntos y así, cada uno por su lado, hicimos el viaje de 50 minutos hasta el centro urbano, a bordo de un pretencioso shuttle con ruedas, escuchando una emisora de radio local que retransmitía los resultados deportivos de la última jornada futbolística. El Inter campeón. Saqué el mp4 del bolso y me aislé para dejar de pensar en el culo en que me había metido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya en la parada de Milano Centrale Enzo bajó primero y amablemente recogió mi equipaje del maletero y esperó a que yo descendiese del autobús y me reuniese con él. Dejó la maleta a mi lado y salió disparado. Finito. Quizá no le había gustado el diseño de la maleta o que yo sudara cuando me calentaba el sol. En la capital mundial del diseño cualquier fallo estético es imperdonable. Me apunté el tanto negativo con deportividad mientras veía correr a Enzo en pos de un tranvía naranja que le sacase de su promesa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Levanté la vista y me encontré con la esbelta torre Pirelli, infalible y sin miedo a un gatillazo gracias a que el hormigón no peca de sentimentalismo. Imaginé, por el contrario, el cazzo de Enzo presa del pánico, otra víctima del machismo analfabeto que sigue perdiendo fuerza por la boca en vez de reservarla para darme placer hasta el desayuno de tres días después.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Enzo era el GrandeEnzo delante, o más bien detrás, de la pantalla de su ordenador. Allí, parapetado y armado, se sentía seguro porque todo lo que dijese no era necesario sostenerlo. Ciao, PiccoloEnzo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque no sé lo había dicho a mi efímero cicerone, conocía Milano muy bien y en previsión de que algo así pudiera pasar (o más bien, que fuera yo la que huyera de las garras de un depravado dotadísimo) había reservado una habitación en el hotel Johnny, muy cerca de la Fiera urbana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con la ciudad en obras por la ampliación del metropolitano, decidí tomar un tranvía hasta la estación de Cadorna y allí transbordar a un tren de cercanías que me dejaba muy cerca del hotel, en Domodossola.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Eran las 4 de la tarde y no había comido aún. Compré en un quiosco callejero una pizzeta margarita por 1 euro, un panini de jamón y queso y una botella de agua con gas. Esperando el tranvía di buena cuenta de estos manjares y recordé la pantagruélica cena que Enzo me había propuesto degustar en su villa del lago Como. Al menos me dio tiempo a echar un cigarrillo antes de subir al transporte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A bordo del antiguo y encantador tranvía fui recorriendo las calles reconocibles y las olvidadas o transformadas tanto que ya no eran las que fueron. Soberbio el cementerio municipal, qué suerte la de sus muertos. 35 fachadas renacentistas y 24 barrocas después bajé a tierra firme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Usando el mismo billete entré en la estación del Norte y aguardé 5 minutos a que parase en el andén el tren de cercanías. Conmigo subieron a él un grupo de adolescentes con sus mochilas y sus móviles y su arrogancia instintiva. A esa edad, pensé, se forjan los Enzo y compañía, bien porque lo tienen todo o quizá porque no conseguir lo que otros ostentan les sume en la frustración y la falta de respeto a sí mismos. Revisé mi adolescencia y como no me gustó lo que apareció, cambié de argumento: somos gilipollas a lo largo de toda la vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi estación era la siguiente, salí del tren y éste continúo en dirección al lago Como. Sonreí por ser ése el destino del que me apeaba. Caminé apenas 5 minutos hasta el hotel, me registré y subí a la habitación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo primero que comprobé fue la conexión a internet. Era de vital importancia que pudiese conectarme al vídeo chat esa noche para seguir con este juego. La siguiente parada de mi viaje dependería de las pasiones que fuese capaz de despertar, de los insultos que me dedicasen y del ingenio que derrochasen mis admiradores. Por cualquiera de estas tres razones podía tomar un vuelo al día siguiente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tomé una ducha, me cambié de ropa y salí a pasear un rato. Deambulé por los bulevares ajardinados que me condujeron hasta el castillo Sforza y de allí a la Plaza del Duomo. Me dejé llevar por la riada humana hacia el interior de la Galleria cubierta de Vittorio Emanuele II, ornada por el lujo que se le exige a esta ciudad y macerada por las marcas exclusivas que todos llevan para sentirse diferentes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quise acercarme hasta el Cenacolo de Santa Maria delle Grazie por si me daba tiempo de ver ‘La última cena’ de Leonardo da Vinci, sin códigos ni ángeles ni demonios. No tuve suerte, Jesús y sus apóstoles ya habían recogido la mesa, puesto el lavavajillas y marchado a dormir (o a lo que acostumbrasen).&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Deshice el camino y añadí un trozo hasta el teatro operístico de la Scala, curioseé el programa y advertí con alegría que un amigo, real y carnal, actuaría ahí el próximo mes. Lástima que el azar no nos hubiera hecho coincidir ahora, hoy. Le hubiéramos propuesto un trío a Enzo en el camerino de mi amigo, y si eso era demasiado para él, un entierro musicado a cargo de la orquesta nacional de Riga.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Obvié deliberadamente el corso Buenos Aires y sus famosas tiendas de moda y me fui directamente a un pequeño restaurante que ya había frecuentado en otras ocasiones por la zona de San Lorenzo. Pedí, obligada y deleitada por su aroma, un risotto a la milanesa, un tipo de arroz azafranado que acompañan con verduras y hortalizas de la región y que se puede regar con un vino áspero de la Toscana o con un cóctel típico a base de manzana, cinzano, ginebra y no sé cuántos ingredientes más. De postre un capuccino descafeinado y una porción de pannacotta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como me había sentado en la terraza exterior podía fumar a gusto sin asesinar cruelmente al resto de comensales, siempre y cuando encontrase mi mechero. Rebusqué en los bolsillos del pantalón y en el insondable fondo de mi bolso pero no lo hallé. Vi que a unos metros de mí había un camarero barriendo el suelo y le llamé para preguntarle si tenía fuego. Estaba de espaldas a mí y al principio no se dio por aludido. Insistí alzando un poco la voz y esta vez sí me prestó atención. Al girarse descubrí que era Enzo y él descubrió que era yo quien le solicitaba su ardiente servicio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pobre hombre. Qué poema de cara. Se excusó como pudo por no tener lumbre y trató de excusarse también por la espantada de esa tarde, pero no quise escucharlo y corté su discurso pidiendo la cuenta. Enzo se retiró servicial al interior del restaurante y yo desistí de fumar hasta que llegase al hotel. Lo más parecido a un polvo malo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A los pocos minutos salió de nuevo con un platillo en la mano con la cuenta y una caja de cerillas. Eché un rápido vistazo a la cantidad y saqué del monedero dos billetes de 20 euros que dejé sobre el platillo. Pedí el bolígrafo a Enzo, que esperaba que todo aquello acabase pronto esquivando mi mirada, y apunté en la solapa de la caja de cerillas el nombre del hotel en que me alojaba y el número de mi teléfono móvil.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Coloqué la caja de cerillas sobre los billetes y le entregué el platillo a Enzo al tiempo que me levantaba y recogía mi bolso. Enzo tomó el platillo y sin decir nada guardó la caja de cerillas en su delantal. Me tendió la mano a modo de despedida y yo le devolví el beso sorpresa en la boca que él me había dado en el aeropuerto unas horas antes. No se retiró pero lo sentí incómodo. Así nos despedimos por segunda vez en el mismo día.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo salí del restaurante y él recorrió el pasillo hacia la caja para entregar el dinero. No sé por qué se me ocurrió girarme para verle el culo por última vez, quizá el cóctel me había puesto más cachonda de lo que pensaba, el caso es que lo hice y al fijarme en su figura pude ver cómo tiraba la caja de cerillas al cubo de la basura. Ése era mi Enzo. No me defraudó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Paré un taxi en viale Cassala para ir al hotel y en el trayecto aproveché para contestar los sms recibidos y revisar la lista de llamadas perdidas. Nada destacable. Por suerte no había mucha circulación y tardamos poco. Al salir del coche pedí fuego al conductor, encendí un pitillo y me quedé fumando en la entrada al hotel. Un señor mayor paseaba a su perro y no pude evitar agacharme para juguetear con el animal. Pregunté a su dueño cómo se llamaba. Enzo, me contestó. Bueno, parece que al final se había animado a hacerme una visita y se dejaba querer, sobre todo por debajo de las orejas y la panza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Apagué el cigarrillo, cogí la llave de mi habitación y subí en el ascensor. Ya dentro preparé el escenario para mi nueva aparición. En esta ocasión lo haría en lencería, a cara descubierta, me daba igual que alguien me reconociese, si estaba por allí sería porque buscaba los mismo que yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entré en el vídeo chat, encendí la cámara web y esperé. Hasta en las orgías virtuales y globales, en la que se dan cita exhibicionistas y mirones de todos los husos horarios hay que tener paciencia. Observé mi imagen, provocativa y casi desnuda, la que otros verían al entrar en la sala de charla, y me gustó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa imagen me llevaría a coger un avión, o un tren, como ya lo había hecho al traerme hasta Milano. Si los admiradores que estaban por venir supieran que me iba a tomar al pie de la letra sus invitaciones posiblemente se lo pensarían dos veces.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo era un simple objeto de su deseo, relativamente alcanzable en la distancia, una soledad paralela a la suya de la que esperan simplemente que mienta como lo hacen ellos para salvaguardar la coherencia y el sentido de este sitio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No buscan una compañía eterna que envejezca a su lado, probablemente eso ya lo tienen. Para ellos, y ellas, este tipo de contacto aséptico es mucho más satisfactorio porque juegan a ser la persona que les hubiera gustado ser. El resto, la realidad, siempre es una mierda adolescente. O un culo lleno de verdades.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algo que corroboró el GrandeEnzo, ya sin delantal de camarero, al entrar a mi sala. Así que la siguiente etapa del viaje quedaba postergada porque ahora tocaba jugar.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-5702461148122519952?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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Me había convertido en la esclava de un fraticida repugnante. Tanto me deseaba, que no quiso compartirme con su hermano. Por eso lo atravesó con su afilada espada de bronce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Rómulo no lo amamantó ninguna loba, lo parió una puta que vendía su cuerpo en un lupanar del Palatino, el monte donde cuenta la leyenda que este etrusco apestoso e intrigante fundó la Ciudad Eterna. Otra de sus muchas patrañas. Ligures, italiotas y mis parientes sabinos, poblaron la Campania cuando este mal nacido y sus secuaces ni siquiera conocían la existencia de la Toscana, en el Calcolítico, antes de que la historia fuese historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era noche cerrada y sobre la ciudad caía una tromba apocalíptica de agua. Lentamente, con el sigilo de la serpiente, me escurrí de su agobiante brazo y busqué a tientas, en la penumbra oscilante de las luminarias, mis sandalias y mi manto. Enero es el mes que estos bárbaros advenedizos dedican a Jano, el dios de las puertas, con él dicen que empieza y acaba el año. Había llegado la hora de la venganza. Me había conjurado con los míos para que el sátrapa tuviese el final que se merecía. Karun y Eita se ocuparían de su indecente alma. Los sabinos detestamos a los traidores, somos austeros y orgullosos, gente de palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tacio y sus guerreros esperaban junto a la muralla a que yo les franquease la entrada a la fortaleza. Ése era el plan convenido y ésta la noche señalada. La llama del candil temblaba en mi mano y mi corazón latía desbocado. Me costaba respirar y tenía la lengua acartonada. Rómulo, entre sueños, percibió que había abandonado el catre y pronunció mi nombre sobresaltado. Al escuchar su bramido me quedé petrificada. Nortia, la señora de la suerte, me había dado la espalda. Él se reincorporó en el lecho y antes de que empuñase su espada, el dios Aplu iluminó la estancia con un fulgurarte relámpago. Luego, el atronador rugido del trueno, disipó mis fantasías y me devolvió a la confortable evidencia de mi dormitorio en vía Mancino. Estaba salvada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La intensidad de la pesadilla que acababa de vivir me había dejado exhausta. Sudaba hasta por las cejas. Me levanté de la cama y abrí la ventana para llenarme los pulmones con la humedad de la tormenta. Tan tupida era la cortina de agua que caía, que no se adivinaba ni la estatua ecuestre de Vittorio Emmanuele. En mi reloj de pulsera eran las cuatro de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si mi visita al Palazzo dei Conservatori y el rapto de las sabinas que pintó Pietro da Cortona, me provocaron aquella intensa alucinación, qué fantasmas se apoderarían de mí cuando recorriese las laberínticas criptas de las catacumbas o las gradas y los fosos del Coliseo. Roma es apabullante, hasta sus fuentes son un espectáculo. Estaba tan excitada que no pude volver a dormir. Esperé que a que amaneciera junto al ventanal, viendo llover y pensando en la Fontana di Trevi desbordada por el agua, convirtiendo la plaza en una laguna, transformando en un turbulento río la vía del Lavatore.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no dejó de diluviar en todo el día, mi amigo Luca, que es un cicerone excepcional, me preparó una gira bajo abrigo que empezó en vía Cavour, visitando el Moisés de Miguel Ángel, y que acabamos en Santa María in Cosmedin. Una iglesia de origen griego en la que te recibe un inquietante ser que tiene la boca abierta, “¿Eres mentirosa?” La pregunta de Luca me desconcertó, “¿Y a qué viene eso ahora?” Sólo aquellos que nunca mienten, pueden meter sin temor la mano en la Boca de la Verdad. Era sólo una leyenda, pero por no tentar a la suerte, no metí mi mano en las fauces de la deidad y conservé mi mano intacta.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-3754975471307496465?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/T9YsHy0JX4xAjv3no0A7XaAKWTM/0/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/T9YsHy0JX4xAjv3no0A7XaAKWTM/0/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;br/&gt;
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&lt;br /&gt;
Con diez años aterricé aquí empujada por mis padres para que aprendiese inglés como una inglesa y pudiera moverme por todo el mundo. Entonces imaginé a unas inglesas hiperactivas que no paraban de moverse, y la verdad, esa idea no me sedujo demasiado, me parecía más lógico moverme lo justo y seguir hablando en mi propio idioma. Me buscaron una familia autóctona y me empaquetaron con todo lo necesario para pasar un largo verano escolar con ellos. Entre el miedo, la timidez y las carencias poco más pude añadir que un &lt;i&gt;Hello, my name is Daniela&lt;/i&gt; a mi llegada cuando Amy me abrazó y me estrujó entre su enorme pecho de vaca sajona. Fred simplemente me dio la mano y después se hizo con mi equipaje diligentemente. Las dos niñas, Anne y Diane, hablaban muy rápido y agitaban sus brazos en torno a mí, lo que ayudó a reforzar la imagen que ya traía de las inglesas y sus continuos movimientos. Yo les contesté llorando como una magdalena y desconcertando a la familia Burton al completo. De haber sido otros me hubieran abandonado allí mismo y hubieran puesto una reclamación a mis padres biológicos. Pero Amy me abrazó más fuerte y secó mis lágrimas con un pañuelo y yo me refugié en ese pañuelo y deseé no salir jamás de él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hoy Anne y Diane están muertas y yo he perdido el pañuelo y lloro como una puta Magdalena y Amy no puede abrazarme fuerte porque está absolutamente hundida o escondida o sólo un poco menos muerta que sus hijas, mis hermanas, aunque respire y solloce y tome tranquilizantes para que su enorme pecho no explote. Fred quería venir a recogerme pero le dije tajante que no, ni hablar. Tuvo tiempo de bromear recordando nuestro primer encuentro y mi llorona bienvenida. Le mande a la mierda y le prometí que estaría llorando todo el tiempo y que me movería como una jodida inglesa. Fred es una clase de tipo que ya no existe. Un sabio disfrazado de un sabio. Un personaje tierno y robusto al que te puedes agarrar en cualquier momento y al que el Imperio Británico debería nombrar escudo nacional y poner su perfil sobre la Union Jack.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba en Berlín cuando me enteré de la noticia y mi plan era hacer escala en Londres antes de saltar a Irlanda. Ya había quedado con ellos para pasar un fin de semana en su casa. Anne y Diane pensaban venir desde Reading y Maidstone respectivamente, donde viven, donde vivían, para estar conmigo y recordar viejos tiempos. Amy me preguntó si aún conservaba el pañuelo y le mentí, claro, le dije que siempre viajaba con él y que en las noches tristes me servía de manta y de amante. Al oír esto último no pudo evitar reírse como una posesa y pedirme por favor que se lo dejara porque Fred ya no estaba siempre a la altura. Cuando Amy reía empezaba un año nuevo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He dejado pasar un par de autobuses porque no me sentía con fuerzas para subirme a ellos. El tipo que controla el tráfico me ha preguntado si me encontraba bien y no he sido capaz de articular palabra. De poco me sirve hablar inglés como una nativa si no puedo ni mover los labios. Por suerte el hombre no insiste y vuelve a sus quehaceres. Necesito fumar, necesito meterme una cajetilla de tabaco entera en el pulmón izquierdo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Anne y Diane vinieron hace 5 años a visitarme, un viaje relámpago de apenas dos días por cortesía del low cost. Bebimos como si lo fuesen a prohibir y brindamos cada cinco minutos por nosotras y por el low cost también. Diane estaba embarazada de su primer hijo, apenas 6 semanas, sin rastro de panza. Anne había conseguido una beca para estudiar el doctorado en la universidad de Stanford, California. Cuando nos despedimos fijamos Londres como el próximo lugar de encuentro. Y aquí estoy, pero Anne y Diane no. Qué hijas de perra, me han dado plantón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me apeo del autobús en London Victoria y desde allí mismo, sin salir al exterior, tomo el metro hasta Chesham, una especie de suburbio de clase media en el que Amy y Fred viven. Antes de entrar en el &lt;i&gt;tube&lt;/i&gt; compro &lt;i&gt;The Guardian&lt;/i&gt;, no tanto para leerlo sino para que me tape entera y pueda llorar tranquila. Los periódicos-sábanas de este país han hecho más por la privacidad de las personas que la declaración de los Derechos Humanos. Obama acapara las 500 primeras páginas y Gordon Brown las dos últimas, compartiendo espacio con las últimas declaraciones de sir Alex Ferguson. Me jode que no digan nada de Anne y Diane, deberían estar en primera plana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Salgo por fin al exterior, brilla un tenue sol y me molesta que el tiempo no esté de luto y que no se comporte como todos esperan cuando vienen a la isla. Paro un taxi tan típico como luctuoso y le indico la dirección. Agradezco que el conductor no me dé conversación y que me lleve hasta mi destino por el camino más rápido y directo. Le pago y me bajo. Ojalá todas las transacciones en esta vida fueran así de asépticas. Ojalá nos muriésemos así, con las deudas saldadas y sin afecto de por medio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cargo con mi equipaje hasta la puerta de la casa y llamo al timbre. Oigo pasos de hombre y una tristeza inmensa me sume en el pánico. Doy media vuelta para encenderme un pitillo y recuperar la compostura pero Fred se me adelanta y desde el quicio de la puerta me da los buenos días y me ofrece su mano como hace 20 años. Nos miramos con un infinito dolor y le abrazo. Me besa la frente y me pregunta qué tal el viaje. Está enfadado conmigo porque no le he permitido ir a buscarme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le pregunto por Amy y me explica que está dormida aún, los tranquilizantes han conseguido que descanse por fin unas horas. Le pregunto cómo está él. "Estoy bien, Daniela, ahora mismo iba a preparar un té, quieres uno o prefieres café". Un té está bien, le contesto. "¿Por qué no dejas la maleta en tu habitación mientras pongo el agua a hervir?". Escucho ese 'tu habitación' y no puedo evitar ver a Anne y Diane en el piso de arriba, esperando y saltando para enseñarme el cuarto que me habían preparado. No se lo cuento a Fred, sería demasiado cruel y egoísta hacerle partícipe de mis recuerdos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él se va hacia la cocina y yo subo con la maleta a cuestas. Entro en mi habitación. Desde la ventana se ve el árbol que plantamos hace 20 años y al que amablemente bautizaron con mi nombre. Yo estaba preocupada y abrumada por la responsabilidad de cuidarlo. ¿Quién lo regaría cuando regresase a mi país? Por supuesto Fred se había hecho cargo y el árbol seguía ahí, yo seguía ahí, flanqueada por otros dos -Anne y Diane- árboles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antes de abrir el equipaje y sacar la ropa me llama la atención un sobre abultado que hay sobre la mesilla. Me acerco para leer el nombre escrito. &lt;i&gt;"For Daniela"&lt;/i&gt;. No sé qué puede haber dentro. Aunque sí sé lo que deseo que haya dentro. Amy ha doblado el pañuelo y me lo ha dejado preparado porque sabía que lo iba a necesitar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fred se acerca a mí con una taza de té en la mano. Con la otra agarra la mía y suavemente tira de mí para que lo acompañe hasta su dormitorio. Amy reposa sobre la cama. Miro a Fred con los ojos completamente rojos e hinchados. "Daniela, cariño, no me acordaba si eran dos o tres cucharadas de azúcar".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
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Blasco Rodríguez</category><title>{Berlín} Una foto irrepetible</title><description>&lt;div align="justify"&gt;Quedé con Daniela donde hace sólo veinte años había un Muro y una frontera, en Postdamer Platz, bajo la cúpula del Sony Center. Ella venía de visitar Gaza y Jerusalén y aunque yo ya había acabado mi reportaje sobre la inminente Berlinale, me quedé a esperarla. Su siguiente escala era la costa norirlandesa, el condado de Atrim. Quería conocer la titánica obra del gigante Finn y eso a mí me descabalaba los planes. Tenía que regresar a Madrid para currar en la entrega de los Goya. Un coñazo anual al que no debía faltar por razones estrictamente profesionales.&lt;br /&gt;Me senté en la terraza del Josty y dejé mi supercámara sobre la mesa, bien visible, para que no dudase de que era yo el periodista con el que había quedado. Daniela estaba visitando el barrio de San Nicolás y se entretuvo más de la cuenta. Hacía apenas unas horas que había pisado las ruinas de un territorio asolado por la barbarie y ya estaba paseando por las calles empedradas del diecinueve, quizás sintiéndose una contemporánea de los hermanos Grimm. ¡Con qué pasmosa facilidad cambiaba de paisaje! El caso es que llegó con veinte minutos de retraso. Mi objetivo era hacerle unas fotos y aderezarlas con una breve entrevista sobre sus viajes. Algo que curiosamente aún no había hecho nadie. El fuerte de Daniela es su forma de ser, su atractivo personal. Me estrechó la mano desenvuelta y no se disculpó por su tardanza. Antes de pedir un té con limón, me preguntó de qué iba a ir la próxima Berlinale. Tiene buena memoria. Cuando hablamos por teléfono le comenté algo sobre el reportaje que estaba haciendo y no se había olvidado. Le dije que de temas retrospectivos, históricos y documentales. La crisis financiera y la caída del dichoso Muro acaparaban la agenda del Festival. La interrogué por su estancia en Oriente Medio y su gesto se transfiguró. Mi curiosidad malogró su sugerente sonrisa, “Si no has estado allí, si no has respirado ese ambiente, si no has tocado la miseria, nunca comprenderás el crimen que están cometiendo con esa gente”. Hablamos de los verdugos que un día fueron víctimas y de los inexorables poderes de la simbología. Todo el mundo sabe, o debería saber, que los judíos representan el Holocausto. Hablar de sus fechorías, es como blasfemar contra una entidad sagrada, “¿Tú nunca has tenido miedo de que te acusen de ser antisemita?” Yo vivo de publicar y sé que hay cosas de las que es mejor hablar como hablan los demás. Esta vez me salté la norma. No tomé una posición razonablemente equidistante ni saqué a relucir las coletillas pertinentes. Fui sincero y eso le gustó. Daniela recuperó su magnética sonrisa y aproveché para hacerle las primeras instantáneas. Le incomoda posar pero es fotogénica, transmite naturalidad. La última foto de la primera serie que le saqué, fue reflejándose en el agua de la fuente que ideó Helmut Jahn. Necesitaba hacerle alguna foto más en otros escenarios y le propuse caminar por Unter der Linden hasta la puerta Brandeburgo. A Daniela no le sedujo el plan y además estaba hambrienta. Su necesidad me dio una idea. Se me ocurrió un peregrino leitmotiv para el reportaje. Le propuse un juego que la ponía a prueba como aguerrida viajera. Le pedí que se imaginase que le habían robado su mochila y que aunque no podía pagarse ni una simple hamburguesa, tenía que comer en un restaurante chic. No lejos de allí había un lugar frecuentado por actores, políticos, deportistas y empresarios que era ideal para la ponerla a prueba. Daniela no lo conocía. Quiso saber en qué estaba especializado el chef y le dije que se le daba bien la cocina francesa. Sonrío vacilona y me puso una inesperada condición, “Vale, pero si lo consigo luego tú harás lo que yo te pida”. Acepté el reto desconcertado, esperando que su capricho no atentase contra las leyes del país. Nos fuimos directamente al restaurante y en el camino le hice media docena de fotos. Daniela, para darle enjundia a mi ocurrencia, me aseguró que no pensaba ni camelarse al metre, ni fingir un despiste, ni salir corriendo como una delincuente. Incluso me dijo que mi reportaje sobre ella se explicaría con una sola fotografía, “No te hará falta sacarme más”. De mutuo acuerdo entró en el lugar convenido antes de que yo apareciese con su mochila y mi cámara de freelance. Me senté junto a uno de los grandes ventanales que hay en el local, justo enfrente de su mesa. Allí no podía apretar el disparador sin dar el cante. Ni siquiera lo intenté de tapadillo. Daniela eligió una crema de trufas negras y un pailard de ternera. Yo unos boletus con azafrán y ragout con guisantes y menta. No sabía cómo pero estaba seguro de que conseguiría salir de allí sin gastarse un euro, sin que yo tuviese que invitarla para sacarla del apuro. Iba a hacerme cumplir mi palabra y eso me sobreexcitaba. Tan ansioso estaba de conocer su deseo que se me aflojaron los apetitos. Ni siquiera intentaba adivinar las artimañas que emplearía para salir airosa del trance. Se me hizo eterna la comida. En los postres Daniela se levantó y encaminándose a los lavabos me guiñó el ojo. Esa era la señal convenida. Estaba pagando mi cuenta cuando regresó al comedor. Lo cruzó pausadamente, en pelota picada y sonriendo amable a todos los que la contemplaban. Tan ensimismado me quedé que no le hice la foto que me regalaba. Un instante rotundo e irrepetible que daba sentido a un reportaje que no publiqué. Daniela ganó la apuesta y tuve que cumplir su deseo. Me pidió que le comprase ropa nueva. Algo que nunca hubiese imaginado. Comió de balde y renovó su vestuario. Todo por el mismo precio. Es una mujer apabullante, pero eso sólo lo comprendes si estrechas su mano, si respiras su perfume, si la conoces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-796240028170681889?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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Y en todos, qué pelotas. A ver cuándo nos damos cuenta de que los diez pasos que hay que dar para cruzar una frontera son los mismos diez pasos que damos para ir a la panadería del barrio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabo de llegar a Glasgow desde Birmingham y ya me están preguntando si odio a los ingleses, que si prefiero a los escoceses...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me ha dado tiempo a soltar la mochila para comprar el billete de autobús a Edimburgo y encima tengo que tomar partido. El tipo que me lo pregunta espera una respuesta, por supuesto halagadora para su patriotismo de postal y en otras circunstancias se la daría pero hoy me pilla con las trompas de Falopio sublevadas y el pobre lo va a pagar: "no juzgo hasta que no me he follado a uno de cada lado". Al tipo le estimula la contestación, quizá porque se ve a sí mismo como candidato, y de esa manera, además de ahorrarse unas libras esta noche, deja bien alto el pabellón. Con sutil destreza anulo sus esperanzas: "por eso voy a Edimburgo, me está esperando una buena polla escocesa".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que me llama golfa y extranjera con el inconfundible acento escocés. Eso sí que me parece interesante, preservar insultos universales con pronunciaciones autóctonas. Así se reafirma un pueblo, una identidad nacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que me importa una mierda si los de Milán odian a los napolitanos, si en Arkansas colgarían de un pino verde a los de Oklahoma o si los de Oviedo tiran piedras románicas contra los de Gijón. Vistos desde fuera todos estos enfrentamientos resultan ridículos. Y vistos desde dentro, grotescos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin subo al autobús con las orejas cercadas por los auriculares del mp3. El autismo inducido es la mejor arma contra el proselitismo nacionalista. Y si me apuran, contra todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viaje no es largo, y es verdad que alguien me aguarda en la estación de destino. No creo que me lo folle, aunque nunca se sabe, pero espero pasar una agradable velada con él antes de partir mañana hacia las Tierras Altas. Llevo soñando con este viaje desde que Escocia entró en mi corazón por la vía de la laringe. Siempre he querido sentarme en un acantilado con los pies colgando y echar un cigarrito tranquila, viendo las olas romper tan fuerte como me rompo yo a veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mitad de camino suena mi móvil e instintivamente respondo en un idioma que no es el inglés. Mi compañera de asiento, una vieja cana de gafas imposibles y cardado estilo María Estuardo, se sorprende al escuchar mis palabras. Rápidamente cambio a su lengua y eso le tranquiliza. Soy gentil y bárbara, pero no completamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El que me espera en Edimburgo me llama para decirme que no podrá ir a recogerme, que su hija ha tenido un accidente en el cole y que ahora mismo están en urgencias esperando a que salga vendada o recosida o sabe dios cómo. Le digo que no se preocupe, me las apañaré sola, cogeré un taxi hasta el hotel y me acostaré temprano. Me advierte de que los taxistas escoceses no siempre son de fiar. Como todos, le apostillo. No, Daniela, -insiste-, los escoceses no son nada de fiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si nos retan con una comparación hasta en lo malo nos creemos los mejores. O los peores. Nadie bebe tanto como nosotros, nadie cocina mejor, nadie mata más rápido... Y todo esa sinergia constructiva y colectiva gracias simplemente a haber nacido en la misma cuadra y haber pastado entre el mismo estiércol. Porque si a tu madre se le ocurre parirte a cuatro centímetros de la frontera, de cualquier frontera, ya nada te une a los del otro lado. “Bienvenida a la República de la Inmadurez y la Inseguridad”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le deseo a mi amigo que se recupere pronto su nena y le informo de que se ha perdido un polvo glorioso. No entiende nada. Un polvo nacionalista, por dios y por las patria, le explico entre risas. Entiende aún menos y me cuelga con un adiós de acento imposible. La vieja de al lado hace como que no escucha y me degrada a bárbara total. La culpa de mi comportamiento, supongo que supondrá, se debe a que soy de allí, de algún allí, y no de aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero aquí es allí cuando cambia el punto de vista. Así que llego allí sin retraso y sin sensación de cansancio pese a que llevo todo el santo día viajando y cambiando de transporte. Tengo ganas de ducharme y de tirarme en la cama a ver un canal de televisión en una lengua que no comprenda, una lengua bárbara y golfa. Y quizá masturbarme sin entusiasmo para conciliar el sueño cuanto antes. Me despido de la vieja en su idioma y ella lo hace en el mío. No todos son tan tontos como imaginamos, salvo nosotros mismos que lo somos mucho más. Nos deberían quitar un año de vida por cada prejuicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para mi sorpresa me esperan en la estación mi amigo, su hija remendada, su esposa e intuyo que la madre de ésta. Los médicos se han esmerado y les ha dado tiempo venir a buscarme. Reconozco que me emociona aunque se me fastidie el plan onanista. Mi amigo sonríe pícaro y yo contraataco: "cuando quieras y donde quieras". Me llama golfa con el mismo acento que el tipo de Glasgow pero con diez toneladas más de cariño. No siempre lo mismo significa lo mismo. Ése es el verdadero hecho diferencial y no lo determina un cromosoma o el levantamiento asambleario de 1247, si es que hubo un levantamiento o una asamblea ese año.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Preservar una lengua o unas tradiciones no tiene nada que ver con sacar partido de los impuestos de tus vecinos ni con medrar para vivir del cuento amparado por una historia inventada o malversada. Tramposillos, puestos a engañar, engañad bonito, coño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie ha visto jamás una línea fronteriza, son todas de mentira, imaginarias o mejor dicho, imaginadas. Las puertas de las casas son más reales que todas ellas. La semántica tiene la culpa. Si en vez de usar la palabra país para conceptualizar un territorio delimitado, se utilizara 'culo' o 'picatoste' se evitarían muchos fanatismos. ¿Quién puede dar su vida por un Culo o invadir un Picatoste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llevan a cenar a su vieja casa en la zona del New Town. Me ceden el cuarto de baño de invitados para que me duche y me dejan unas toallas suaves y esponjosas. Por curiosidad miro la etiqueta y compruebo que están fabricadas en Portugal. Un tópico suele ser una verdad repetida hasta la saciedad, y sin embargo eso no le quita la esponjosidad. El chorro de agua caliente me relaja pero esa placentera sensación dura poco. La niña vendada se empeña en tocar el piano para darme la bienvenida y los padres se lo permiten para compensar los padecimientos sufridos en el hospital. Por lo menos no le ha dado por soplar la sacrosanta gaita. Suena una canción típica, folk escocés del bueno, me dicen, nada de imitaciones inglesas o irlandesas. El folk nació en Escocia, sentencia mi amigo. Ya lo sé, les digo, igual que Marx, Cervantes, Gandhi y Nelson Mandela. ¡No!, corta tajante la suegra. "Mandela no es escocés, es negro". Nos descojonamos todos con la ocurrencia. Todos menos la cría que sigue aporreando el piano y Mandela, que sigue siendo negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cenamos bien, sin lujos y sin carencias. Obviamente productos de la tierra, cocina de la zona y bebida local. Sobre todo mucha bebida local. Se nos suelta la lengua a todos y brindamos en contra de la mayoría y a favor de los nuestros. A mí me da igual, esos nuestros son más de ellos que míos. O ni eso. Mi amigo es profesor de universidad, un tipo culto, leído y viajado hasta donde su sueldo se lo ha permitido. Asegura tener por bandera los libros, pero lo asegura con el kilt puesto y sin calzoncillos debajo, como debe ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Necesitamos sentir que pertenecemos a algo, y que ese algo nos pertenece. Da igual que lo llames país o dios. Hasta aquí ningún pero. No lo comparto pero lo respeto. Lo que me niego a aceptar es la exclusividad, la obligación de tener que decantarme por algo en contra de otro algo muy similar por no decir igual. Por ahí no paso. Prefiero tener el síndrome de Stendhal en Budapest, comer pizza en Estocolmo y aprender a bailar flamenco en Tokio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras la cena mi amigo me lleva al hotel en su coche. Un coche alemán, le pincho. Por supuesto, me confirma, sólo un tarado compraría un coche fabricado en Inglaterra. ¿Y uno escocés?, le pregunto. Me mira y me pone la mano en la pierna. Para el adulterio no eres tan nacionalista, no te importa que mi chocho sea extranjero. Sonríe y baja la mano hasta mi entrepierna. Escucha, le digo, si quieres acostarte conmigo esta noche tendrá que estar tu mujer presente, incluso participar. Imposible, me dice, ella es escocesa, jamás lo aceptaría. No es una golfa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tráfico le obliga a poner las dos manos sobre el volante y ahí las mantiene hasta que llegamos al hotel. No le invito a subir y tampoco él insiste. Me besa la mejilla y me pregunta qué planes tengo. Masturbarme, me muero de ganas desde que he llegado a Escocia, le explico. Me mira confundido y yo aprovecho para escapar. Él espera hasta que saco la mochila del maletero y entro en la recepción, lo sé porque desde la puerta giratoria doy media vuelta para observar su cara. La misma que pondría un filipino en sus circunstancias. Ojalá su mujer sea más golfa esta noche. O menos escocesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subo a la habitación y me dejo caer en la cama. Ni me quito la ropa ni abro el equipaje. En unas horas me marcharé, en realidad siempre me estaré marchando, quizá por no pertenecer a ningún sitio, por no sentir una bandera o un himno, o simplemente por no odiar al de la granja contigua. Qué curioso, es ese mismo odio el que mantiene unido al ganado, el enemigo común que da sentido a sus excusas, el que las justifica y fortalece. Como esto vaya a más, resultará imposible ser feliz en ningún sitio, más de lo que ya lo es. Antes o después a los viajeros apátridas nos acusarán de traidores. ¿A quién o a qué? No se sabe. A todo posiblemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanto pensar me ha robado la libido. Menos mal que el whiskey me ayudará a dormir. ¿Qué estará haciendo ahora el tipo de Glasgow, se habrá agenciado a una golfa? ¿Y la vieja del autobús? ¿Y la suegra de mi amigo, se masturbará antes de cerrar los ojos?... Me temo que al final del día todos sufrimos el mismo vértigo, salvo Nelson Mandela, por supuesto. Buenas noches, golfa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-2250102576978841068?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/tkdmxSgi9UgieXB5aD9f21DI7lk/1/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/tkdmxSgi9UgieXB5aD9f21DI7lk/1/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~4/tmpFcTXqc7w" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~3/tmpFcTXqc7w/edinburgh-mandela-was-born-in-scotland.html</link><author>noreply@blogger.com (tvtrabajo)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://thewikinovel.blogspot.com/2009/01/edinburgh-mandela-was-born-in-scotland.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4757355230113101150.post-7254581872479353535</guid><pubDate>Wed, 21 Jan 2009 11:53:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-09-06T22:48:58.678+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">JRB</category><title>{Porto} O ponte</title><description>&lt;div align="justify"&gt;Daniela entonaba su última morna en Oporto con los pies metidos en el río Duero. Yo la miré desde la ventanilla del tren y ella me reconoció. Me apeé en marcha sobre el mismo Puente de Hierro. Ella terminó su actuación, recogió las monedas que los turistas le arrojaban y subió despacio a saludarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Has tardado demasiado, dijo. &lt;em&gt;Lo siento, tus mornas me retuvieron en la frontera.&lt;/em&gt; Les gusta cuidarte, saben que eres un lío metido en líos. &lt;em&gt;A ellas lo que les gusta son mis líos, se inspiran y te hacen rica.&lt;/em&gt; Puede ser… Me voy a Cabo Verde, ¿te vienes? &lt;em&gt;¿Tan pronto?&lt;/em&gt; ¿Pronto para quién? &lt;em&gt;No conozco esta ciudad aún.&lt;/em&gt; Es como todas. &lt;em&gt;Tampoco conozco todas.&lt;/em&gt; En Cabo Verde estarás mejor, a ti los trenes te pierden. &lt;em&gt;¿No hay trenes en Cabo Verde?&lt;/em&gt; ¿Para qué?, allí nadie los necesita. &lt;em&gt;No te creo.&lt;/em&gt; Lo suponía, eres previsible. &lt;em&gt;¿Y tus mornas se van también?&lt;/em&gt; Allá ellas, conocen el camino. &lt;em&gt;Allá, ellas son el camino, a falta de trenes…&lt;/em&gt; Será, cara triste. &lt;em&gt;¿Por qué no puedo escribir, Daniela?&lt;/em&gt; Te faltan las letras. &lt;em&gt;Las tengo.&lt;/em&gt; Pero pocas, no avanzas. &lt;em&gt;Me conformo con escribir como antes.&lt;/em&gt; Antes sólo vomitabas sobre el papel. &lt;em&gt;No decías eso cuando leías mis poemas.&lt;/em&gt; Porque me hacías el amor. &lt;em&gt;Tú lo hacías todo.&lt;/em&gt; Incluso tus poemas, mientras dormías. &lt;em&gt;Lo notaba.&lt;/em&gt; Lo pedías a gritos. &lt;em&gt;Callaba.&lt;/em&gt; Eso es lo mismo. &lt;em&gt;¿Estás cansada?&lt;/em&gt; No me quejo. &lt;em&gt;Yo no paro.&lt;/em&gt; ¿No me acuerdo de tu nombre? &lt;em&gt;Yo tampoco.&lt;/em&gt; Un escritor que no escribe y no tiene nombre. &lt;em&gt;Ése soy yo.&lt;/em&gt; Mala combinación. &lt;em&gt;No seas mala conmigo. &lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Daniela se arrodilló para sacudirse el polvo de los pies y atarse las sandalias. Sus rodillas sonaron como los hierros oxidados del puente sobre el que estábamos pero su sonrisa las lubricó. Un mecanismo de precisión que yo envidiaba. Vi Cabo Verde en el medio rostro que me ofrecía y me asusté. Cuando se incorporó yo no estaba ya. Ella se sonó la nariz y se tiró desde el puente con un estilo perfecto de campeona de saltos. Apenas chapoteó al caer. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-7254581872479353535?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/VQGunBNOBo8o-joBepYi9VEkJm4/0/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/VQGunBNOBo8o-joBepYi9VEkJm4/0/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;br/&gt;
&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/VQGunBNOBo8o-joBepYi9VEkJm4/1/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/VQGunBNOBo8o-joBepYi9VEkJm4/1/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~4/yf8CM_LJHfs" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~3/yf8CM_LJHfs/porto-o-ponte.html</link><author>noreply@blogger.com (tvtrabajo)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://thewikinovel.blogspot.com/2009/01/porto-o-ponte.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4757355230113101150.post-1132371105371310402</guid><pubDate>Tue, 20 Jan 2009 12:46:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-08-03T20:27:53.166+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">IRATI</category><title>{Bilbao} Próxima parada... Sentimientos... ¿Correspondencia con...?</title><description>&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 5px; -webkit-border-vertical-spacing: 5px; font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: 12px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;9 de la mañana… La luz del sol despierta a Daniela. Una luz, que juguetona, se cuela por esas rendijas que a propósito deja todas las noches. Nunca le ha gustado la oscuridad total. La&amp;nbsp;luz&amp;nbsp;le permite recordar que pase lo que pase, y te sientas como te sientas, siempre hay vida allá fuera.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Mira a su alrededor. Sobre la mesita&amp;nbsp; ve sus muñecas matriuskas que con tanta ilusión compró en su viaje a Budapest. Siempre le habían llamado la atención. A lo largo de su vida se había sentido tantas veces como una de ellas….&amp;nbsp;Algunas veces se veía tan pequeña…. Y otras tan grande… Hoy se sentía como la matriuska madre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Sus pensamientos son interrumpidos por el fuerte taconeo de su vecina del piso de arriba. Ángel, el inquilino del 6º B acaba de tirar la cadena. El afilador ha llegado ya al barrio. Seguro que amenaza lluvia. Siempre que viene, acaba lloviendo. El perro de Katty, la anciana del 5º C da sus particulares buenos días.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Sin embargo, en sólo unos segundos Daniela se aísla de ese universo ruidoso para refugiarse en su particular burbuja, que hoy más que nunca, se mueve al compás de los latidos de su corazón. Palpita con fuerza, está nerviosa.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Viajar siempre le había puesto nerviosa. Le alteraba la tensa calma en la que estaba acostumbrada a vivir.&amp;nbsp;&amp;nbsp;Recordaba las noches en vela antes de ir de excursión con el colegio. El despertar a un mundo nuevo, con escenarios y personajes desconocidos siempre le había gustado pero también le inquietaba.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Sin embargo el viaje que estaba a punto de emprender&amp;nbsp;era un viaje muy diferente: un viaje que le iba a permitir recorrer todos esos sentimientos hasta entonces desconocidos para ella. Gracias a este viaje interior podría deshacerse de aquellos fantasmas que le habían acompañado hasta ese momento.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Por fin, a sus 30 años, iba a traducir a palabras lo que sentía. Iba a hacer reales sus sentimientos,&amp;nbsp; sus emociones, despojándoles de todo camuflaje. Iba a quitarse esa coraza que le había impedido vivir de verdad, sentir… Se había refugiado tanto en su mundo interior, para evitar así que le hicieran daño, que había olvidado ya lo que era sentir. Pero esto iba a dar un giro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Alberto era el responsable de este cambio. Hacía tres años que había aparecido en su vida aunque ella no fue consciente de su existencia hasta hace año y medio. No sabía muy bien ni cómo ni por qué, pero poco a poco Alberto había conseguido lo que nadie había logrado: que Daniela expresara sus sentimientos.&amp;nbsp;&amp;nbsp;Y hoy era el día de la verdad.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Ella se sentía muy cómoda con él. Tenían las mismas inquietudes, los mismos miedos, las mismas preocupaciones….&amp;nbsp;&amp;nbsp;Tan iguales pero a la par tan diferentes. Alberto no era una persona fácil. Atormentado, psicológicamente un poco desequilibrado, su divorcio y sus hijos todavía le pasaban factura a la hora de rehacer su vida y éste era el principal obstáculo con el que Daniela se encontraba.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Ella&amp;nbsp;nunca había soñado con príncipes azules. No creía en la pareja pero sí creía en el amor. No buscaba el amor de su vida pero sí el amor de “ese momento” de su vida.&amp;nbsp;&amp;nbsp;Eso no quitaba que ese sentimiento, por corto, fuera verdadero. No buscaba sucedáneos en el amor, quería sentimientos reales y para que fueran reales, se tenían que dar una serie de condiciones. Sin embargo Alberto ya había superado esa etapa de realidades. Se había abandonado a la vida fácil. Caminaba de puntillas por la vida sin apostar por nada ni por nadie. Su pasado le castigaba continuamente. Alberto se había negado a sí mismo el poder volver a ser feliz. Había tirado la toalla demasiado pronto.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Daniela se apresura. No quiere llegar tarde. El tren de la vida no espera. Mientras se ducha, Daniela piensa qué es lo que va a decir al que quiere que sea su compañero de viaje. Quiere apostar, pero apostar de verdad. Al fin y al cabo, los sentimientos son como los depósitos bancarios. Según el tipo de interés que se tenga por alguien, se invertirá a medio, corto o largo plazo. Y ella está decidida a invertir todas las ilusiones que le quedan. Existe un riesgo, lo sabe. Pero se siente preparada para arriesgarlo todo. Si pierde, perderá todo… pero al menos lo habrá intentado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Daniela siente que está a mitad de camino de su viaje. Todavía queda la parte más dura, llena de ortigas y piedras… pero no le importa.&amp;nbsp;Ha llegado el&amp;nbsp;momento de sacar ese mapa de sentimientos y trazar los posibles destinos&amp;nbsp;&amp;nbsp;en esa gran viaje emocional que le espera. Puede que el destino al que ella quiere llegar no figure en ningún mapa. Quizá las emociones verdaderas no tienen hueco hoy en día en ninguno de estos mapas. Pero ella está dispuesta a dibujarlo si hace falta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Coge su abrigo. Revisa que ha apagado la luz, que no ha dejado el fuego encendido y que la plancha no está enchufada. Siempre hace lo mismo cuando se va de viaje. Aunque en unas horas estará de vuelta… siente que éste, el de hoy, va ser el viaje de su vida. Un largo viaje. Por eso, cualquier precaución&amp;nbsp; es poca.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="ecxMsoNormal" style="font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial; font-size: small;"&gt;Sale a la calle. Hoy está soleado. Buen presagio. Saca su MP3 y se pone la canción que ellos dos&amp;nbsp;tantas veces han escuchado juntos. Se dirige a la estación, en este caso localizada en&amp;nbsp;un bar de Malasaña. Cuando llega allí, ve que Alberto está sentado leyendo el periódico.&amp;nbsp;&amp;nbsp;Siente que su estómago es atacado por ejércitos de hormigas que le hacen cosquillas. Es hora de poner las cosas sobre la mesa.&amp;nbsp; De sacar las maletas y empezar a caminar. El viaje, no ha hecho más que comenzar.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-1132371105371310402?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/6GlXNY5u6qOhr4vEDwWSHCxqpdQ/0/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/6GlXNY5u6qOhr4vEDwWSHCxqpdQ/0/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;br/&gt;
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Después de tantos años trabajando en garitos de mala muerte y a punto ya de claudicar de una vocación que me condenaba irreversiblemente a la miseria, de pronto se hizo la luz: Lucía, mi compañera de facultad, me cedía su puesto en las aulas. Se había enamorado locamente de un alumno australiano, bastante menor que ella, y los dos escapaban felices hacia su ciudad de origen, Canberra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No olvidaré nunca lo primero que oí al coger el teléfono:&lt;br /&gt;-Daniela, tía, el Village te echa de menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era mentira, no había pisado esta ciudad en mi vida, pero daba lo mismo, yo necesitaba trabajo y ella trabajarse al canberrano ése (¡qué mal suena!). No me lo pensé demasiado. En cuanto me explicó la jugada: internet, billetes, maleta... y dentro de ella...ilusión. Eso sí, con medida. Me negaba a volver a pagar otra vez aranceles de ilusión irrefrenable. Con treinta años creía tener ya más que cubierta mi propia tasa emocional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no iba a ser tan fácil. En cuanto el avión elevó el morro, el miedo y la inseguridad se apoderaron de mí. ¿Qué hacía yo allí?: camino de un destino confuso (por mucho que mi billete lo tuviera tan claro), de profesora en un ambiente tan diferente al mío, no sabiendo ni jota de inglés y sin conocer a nadie (bueno, sí, a Lucía, pero si yo me dirigía allí era, precisamente, porque ella ya no estaba).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que cuando llegué a JFK, más cargada de pena que de libros y más sola que la luna, el taxista debió percibir mi angustia y cuando menos me lo esperaba, gritó eufórico mientras señalaba de frente: Look! Look! Y yo miré: el skyline me daba la bienvenida. Mis ojos se llenaron de lágrimas y sólo logré darle las gracias. Me dirigía a la ciudad de los sueños y lo estaba viviendo como una auténtica pesadilla. ¿Qué me estaba sucediendo? Respiré profundo varias veces seguidas, me atusé la coleta y me dije: “p’alante”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había alquilado un apartamento en el East Village, en la calle 6, casi esquina con la avenida B. Cuarenta metros cuadrados eran más que suficientes para disfrutar de mi nueva vida. Por eso, después de una tortuosa y empinada subida de cuatro pisos, tiré el equipaje en mitad del salón, miré el reloj y salí pitando al mundo. Aún quedaba bastante para la medianoche. Mi destino, Times Square, la plaza más conocida de la ciudad, me iba a marcar para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había leído en el avión que tomó su nombre del diario New York Times, después de que en 1900 se instalasen allí sus oficinas. Los destellos de colores de sus luces de neón alumbraban ya a esa hora (poco más de la 6 de la tarde) tiendas, restaurantes de todo tipo de cocina, salas de cine o teatro y hasta el ABC de Times Square Studios, donde a diario se retransmite, en vivo y en directo, "Good Morning America". Brillantes y atrevidos focos que iluminan también la mirada de asombro y fascinación del turista. Sin pudor alguno, sentí la necesidad de presumir de ello, pasando y posando asombrada junto a la riada de personas que a esa hora bajaba aprisa por la Séptima Avenida, camino de Penn Station.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, a punto ya de tomar mi vuelo de vuelta, hace tiempo que sé que desde esa estación de trenes, hombres y mujeres de todos los colores y olores, van a diario a compartir destino (Long Island), asiento y fast foot de última hora. Aunque no recursos. Ejecutivos de lujosos abrigos de cachemir y suaves carteras de piel, convencidos y satisfechos de haber logrado, a cualquier precio, el “sueño americano”, junto a otros mucho menos favorecidos que se apearán en la estación de Jamaica y cuyo único sueño tiene más de bostezo que de proyecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nueva York me ha abierto sus brazos, pero también mis ojos. No deseo billete de ida y vuelta en ninguno de esos trenes de vidas extremas, quiero volar al único destino posible: mi propia felicidad. Tengo claro que elegí bien y que seguiré luchando hasta conseguirlo. Agradezco a Lucía que precisamente haya sido ella el ama de llaves de mi propio sueño, aunque siento que su experiencia australiana saliera tan mal que, según sus propias palabras, al final, se sintiera “más gamberra que canberrana”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si acabaré en Madrid, Londres, Senegal o La Habana, pero da igual. El mundo es mío.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-2241727107542792435?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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Y en un tren que aborda barcos y surca mares sin raíles, nada menos. Dejamos a los vagones daneses dormitando en bodegas de carga y convertidos en pasajeros apátridas aprovechamos para beber sin pagar impuestos en aguas gélidas de nadie. Ejercemos de frontera mientras el viento y su oleaje nos desequilibran de un país a otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Well, if you're travelin' in the north country fair,&lt;br /&gt;Where the winds hit heavy on the borderline,&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia el norte. Sin perderlo por una vez. Camino de Bergen disfrazada de inmenso salmón para saludar a un amor antiguo de un antiguo amor mío. Cumplo una promesa. Culpa mía: por hacerla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Remember me to one who lives there.&lt;br /&gt;She once was a true love of mine. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Goteborg a un tiro kilométrico de piedra. Un lanzamiento más allá de lo olímpico. Y mientras, cantan ¡que viiiiva Daniela! en algún idioma escandinavo, me invitan a bailar, me invitan a ser una chica del norte. Y sin el más mínimo respeto por mí misma, lo hago. Ahora piensan por mí esos tragos espirituosos que te llegan al alma antes de escapar por la borda. Y lo hacen mejor que yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el norte. El policía de adunas sueco me pregunta mecánicamente por el motivo de mi viaje. Envalentonada por 10.000 grados etílicos me atrevo a guardar silencio. Qué osadía. Insiste arqueando las cejas. Código 2, supongo, el inmediatamente anterior al arresto. Le contesto: quizá viajo para que me escriban una canción. Ni me arresta ni me compadece. Uno así quiero para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más norte. Escala en Oslo. Sin un Nobel en la mano, o de la mano, no es lo mismo, así que a otro tren, que sube y sube, poderoso e infatigable, hasta que ve un escaparate bonito y se detiene. Bajamos a hacer fotos. El viento helado nos golpea la cara por horteras. Nieva sobre la nieve. Noruega es coherente con lo que esperas de ella. Y al final del trayecto siempre está lo que te prometieron al comprar el billete. Oferta para hoy: Flaam.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la izquierda del norte. Un tramo en tren y otro en barco. Última etapa antes de llegar a mi promesa. El agua del mar entra por el fiordo y nosotros navegamos en su contra. Hacia fuera, hacia la costa occidental. El resplandor del hielo satura las fotografías y supongo que las promesas también. En pocos minutos diré hola a alguien al que alguna vez quise porque quería a quien le quiso. La coherencia noruega se me ha pegado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;I'm a-wonderin' if she remembers me at all.&lt;br /&gt;Many times I've often prayed&lt;br /&gt;In the darkness of my night,&lt;br /&gt;In the brightness of my day.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;El capitán del barco se acerca sigiloso y me coloca bien mi gorro de lana. Es un tipo robusto sacado de una foto de capitanes de barcos robustos. Llegados a este punto de entrega total, me da igual que sea noruego, coherente y prometedor. Suspiro. Y de paso le miro embobada cómo coloca el siguiente gorro de lana. Sin duda, es coherente, pero infiel.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Well, if you go when the snowflakes storm,&lt;br /&gt;When the rivers freeze and summer ends,&lt;br /&gt;Please see if she's wearing a coat so warm,&lt;br /&gt;To keep her from the howlin' winds.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Norte y final. Atraca el barco en el puerto de Bergen y una brigada de rubias con traje regional nos recibe con un canapé de salmón fresco. Están en feria. Me siento fea y ridícula con mi abrigo normalizado. Quiero un vestido como el de ellas, quiero llevar medio tetamen al aire, quiero esas trenzas, esos volantes y bordados, quiero al capitán del barco y con locura, quiero llevarme el norte en el morral y quiero que me prometan que esto seguirá así, exactamente así, cuando Google Earth domine el mundo.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Please see for me if her hair hangs long,&lt;br /&gt;If it rolls and flows all down her breast.&lt;br /&gt;Please see for me if her hair hangs long,&lt;br /&gt;That's the way I remember her best.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Al final del muelle está el antiguo amor de mi amor antiguo. Lleva un precioso traje y ahora sí que la odio. Y ni siquiera tengo mi canción.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;So if you're travelin' in the north country fair,&lt;br /&gt;Where the winds hit heavy on the borderline,&lt;br /&gt;Remember me to one who lives there.&lt;br /&gt;She once was a true love of mine. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;Lyric from “Girl From The North Country” (Bod Dylan ©1963; renewed 1991 Special Rider Music) &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-7555221812658750925?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/1uRVYaIiJxUaIVam0rmlMy8gBEA/1/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/1uRVYaIiJxUaIVam0rmlMy8gBEA/1/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~4/imaEdWC0wps" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~3/imaEdWC0wps/panam-city-de-sorpresa-en-sorpresa_3672.html</link><author>noreply@blogger.com (wikinovel)</author><thr:total>2</thr:total><feedburner:origLink>http://thewikinovel.blogspot.com/2009/01/panam-city-de-sorpresa-en-sorpresa_3672.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4757355230113101150.post-7675241139936279307</guid><pubDate>Thu, 08 Jan 2009 20:51:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-07-25T23:54:33.161+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">JRB</category><title>{New York City} Best wishes from...</title><description>&lt;div align="justify"&gt;As you already should know I never write postcards. Sometimes, just sometimes, I've sent them blank without any address, signature or stamp... I don't know who gets them, maybe someone rude because he or she never replied to me or showed me any kind of gratitude. World goes wrong, honey! Anyway, today I'll make an exception for you, in fact, what you're reading is what I’m writing in a postcard with address, signature and stamp... And I do it not expecting an answer or gratitude, take it easy, I do not expect anything from you. Why am I doing this? I can presume what you are thinking about. Sorry, beauty, I’ll never come back home. This is a one way journey and now I’ve arrived to the point of no return. How much thriller for a first postcard, isn’t it? Be patient and let`s play. Are you ready? (I meant: are you alone? Do you feel blue? Do you remember me?). Wow! I don’t care too much. Believe me, please. Bye bye the hell pities, carry on. Press start button: Where am I right now? I'll give you some traces. I bet you'll be right really soon. Have you ever been here? Yeah, we both have been here. So has King Kong. Did we feel happy sharing that moment? God, I hope so!... At least, you seemed... mmm... how could I say it?... pretty exciting, yes, that is. What did we do here? Well, a kind of job named... lol!... the name is blowing in the wind. Do you know what I mean? And what am I doing now? Unfortunately, not the same job. Is it a world famous place? Certainly, it’s a movie star, a celebrity. How many people are there close to me? 15. The maximum capacity. Are they friends of mine? After 5 hours, 34 minutes and 22 seconds together, yes, I can say they are. Will I send you this postcard? I would like, but I don`t think so. However I need to write you because I’m scared, I have fear, I’m frozen, I can’t breathe 13 times per minute as you do, and probably I’ll be dead before to sign it. The story turns so funny, cruelly funny: I always lose my breath here inside. Did you hit the game? Do you know where I stay wasting my last energies? You got it! I’m trapped into an elevator, between 79th level and 80th of the Empire State Building. May you imagine a better and higher thumb? Really close to heaven, a very short trip from here, the last one I guess. As in a perfect coincidence, the postcard ending is also my personal ‘the end’. “King Kong and me. A same destiny”. Take care and do not worry, I’ll be fine, no air no troubles, pragmatic optimism… and… and… and God bless optimism, because a cute fireman is working hard to open gates… We are preserved, and fuck, he is a very good looking man. How could I show him all my gratitude?... Mmm… Let me think: elevator, good job, reward, the answer is blowing again…, elevator, job, blow… I know how… and you too. Even Mr. Kong knows it. Best wishes from Heaven State Building. Daniela.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-7675241139936279307?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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No miraron a ningún lado, la muerte iba detrás de ellos. De repente unas luces iluminaron la escena, nadie supo de donde habían salido, el coche se les echó encima. Daniela, sin disminuir la velocidad, miró hacia atrás, la seguían Pedro, Ana y Charly, pero este se resentía de la patada recibida en la rodilla. Calculaba la distancia que le sacaba al portero, veía el frío brillo del cuchillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Corre!- Gritaron todos casi a la vez.&lt;br /&gt;Un golpe seco, un crujido y el coche siguió su camino sin frenar. El portero guardo el cuchillo, la muerte se le adelantó por el asfalto, su misión había terminado. Dio media vuelta y volvió a su puesto.&lt;br /&gt;-¡Charly!- Daniela cogió la cabeza del muchacho. Todavía respiraba. Alguien llamaba al 112.&lt;br /&gt;Nadie hablaba. Nadie se movía. Charly apenas respiraba, un hilo de sangre brotaba de su boca descendiendo lentamente hacia un lado por el cuello. Ana lloraba, Pedro desviaba el tráfico, pues estaban en medio de la calzada. Dos coches se pararon para ayudar.&lt;br /&gt;Llegó un vehículo de la municipal. Cuando vieron a Charly enseguida volvieron a llamar. Otro coche patrulla, este de de la policía nacional, llegó enseguida. Esperaban la ambulancia.&lt;br /&gt;- Corríamos porque un menda nos perseguía con la intención de matarnos. Y un coche se nos echó encima. No paró, siguió su camino.&lt;br /&gt;Dieron la descripción del coche.&lt;br /&gt;Llegó la ambulancia. Todo muy profesional, en silencio colocaron a Charly, que apenas si respiraba, en una camilla y se lo llevaron. Ingresó cadáver en el hospital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Daniela se había propuesto no pasar las fiestas en Madrid. No quería repetir lo mismo del año anterior, y lo del anterior. Y lo del anterior. No sabía hacia dónde ir, pero si sabía donde no quería estar. Tenía un billete de tren para París. Salía de Chamartín el día 23 a las 19 horas. Luego ya vería.&lt;br /&gt;Era el día 20 de diciembre.&lt;br /&gt;Su tía había llamado esa mañana, quería que comiera con ellos. Su tía Emilia, la hermana de su padre, estaba casada con Rober, ateo, miembro del Ateneo Republicano de Vallecas. Le gustaba hablar con él, era culto y conocía muchas anécdotas del barrio.&lt;br /&gt;Llevó un libro para Charly, al día siguiente era su cumpleaños, se trataba de Los invisibles de Nanni Balestrini, una nueva edición de Traficantes de Sueños.&lt;br /&gt;-Creo que te va a gustar. Es una visión interna del movimiento autónomo en la Italia de los setenta. El joven que lo narra, en muchos aspectos, me recuerda a ti.&lt;br /&gt;- Creo haber leído algo de Toni Negri sobre el libro-. Dijo Rober.&lt;br /&gt;- Si –contestó Daniela-, hizo un prólogo que muy probablemente circule por Internet.&lt;br /&gt;- Bueno, ya que regalas, mañana por la noche celebro mi cumple en la discoteca “La Espada Mágica”. Estás invitada a pasar la noche con música rockera a tope.&lt;br /&gt;- ¿Qué pinto yo en vuestra fiesta?&lt;br /&gt;Al final de la comida la habían convencido para ir a la fiesta.&lt;br /&gt;Y fueron a la fiesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían quedado en el Hebe a las diez. Allí tomaron unas cervezas, escucharon música del mismo tono que iban a oír durante toda la noche. Alguien pasó un porro que Daniela no rechazó.&lt;br /&gt;A las doce se fueron a “La Espada Mágica”. Por Tomás García salieron a Sierra Carbonera y desde allí, cruzando la Avenida de la Albufera, pasaron a Sanz Raso por López Grass. En la puerta de la discoteca Charly tuvo el primer encontronazo con el portero.&lt;br /&gt;- Tú, piojoso, ya puedes tirar el porro o no entras.&lt;br /&gt;- Ni soy un piojoso ni esto que fumo es un porro. ¿Te enteras?&lt;br /&gt;- He dicho que lo tires y lo tiras. ¿Vale?&lt;br /&gt;Daniela cogió el cigarrillo, tabaco holandés en hebra liado en papelillo. Le dio una calada y lo tiró al suelo. Sin dirigirse al portero entraron todos.&lt;br /&gt;La noche trascurrió como había de ser. Mucha música, muchas cervezas y algún que otro rifi rafe con el portero que se había quedado con ganas de guerra y provocaba en cuanto podía. Como ninguno del grupo le hizo caso, arremetió contra Daniela.&lt;br /&gt;- ¿Qué hace una tía tan buena como tú con una panda de niños?&lt;br /&gt;- El coeficiente mental de cada uno de esos niños está cuatro veces por encima del tuyo.&lt;br /&gt;- ¿No será que la tía buena busca algo que nadie le da? Si es así aquí lo puede encontrar-, decía mientras se tocaba ostensiblemente la entrepierna.&lt;br /&gt;Daniela no supo si había escuchado el comentario de ella, tampoco le preocupaba. Iba a contestar algo referente a la pobre imaginación de un mendrugo como él, cuando llegó la pandilla al completo:&lt;br /&gt;- Vamos a bailar, Dani.&lt;br /&gt;El portero se quedó con cara de cabreo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las cinco y media. Era hora de retirarse.&lt;br /&gt;La puerta estaba cubierta por el mendrugo que, con una fría sonrisa, apenas si les dejaba pasar. Cuando lo hizo Daniela tuvo que rozarse con él, lo que fue aprovechado por el mendrugo para sobar un poco su cuerpo.&lt;br /&gt;- Si con eso te das por satisfecho, con tu pan te lo comas. Mendrugo- Fue la respuesta de ella.&lt;br /&gt;Ante el intento de arremeter contra Daniela, todos los de la pandilla, incluidas las chicas, se lanzaron contra él. Entonces, con un rápido movimiento sacó un cuchillo de la pierna derecha y un puño americano del bolsillo de su chaqueta.&lt;br /&gt;- Ahora veréis, pandilla de rojos piojosos.&lt;br /&gt;Lanzó una estocada contra el grupo que todos pudieron sortear, Ana fue la que recibió una herida superficial en la mano. A Charly le dio una fuerte patada en la rodilla. Acto seguido todos, ante los gritos de Daniela, iniciaron la huída que era lo más prudente.&lt;br /&gt;El portero iba detrás. Corrían calle Sanz Raso abajo hasta Picos de Europa, por donde salieron a la Avenida de la Albufera para cruzarla. No muy lejos estaba la comisaría de policía hacia donde se dirigían.&lt;br /&gt;La fuerte luz del coche conducido por un borracho, como luego supieron, cerró el camino de huída. El portero inició su regreso como vulgar comadreja a su nido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la oscuridad de su compartimento Daniela recordaba el suceso. La noche era oscura, tan oscura como los recuerdos. No sabía qué le esperaba allí adonde fuera, pero sabía que atrás una buena familia quedaba rota por la inconsciencia de un asesino, borracho, como dijo la policía. Por la ira fanática, como todos sabían. El portero asesino quedó libre de culpa. Seguiría manteniendo el orden en la discoteca. El juez ni le tomó declaración, para los autos no existía. Es la historia de siempre. La historia de los olvidados.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-2003082659092549794?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/o9cA46TojSRmKWlWkBvvaewG_2c/1/da"&gt;&lt;img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/o9cA46TojSRmKWlWkBvvaewG_2c/1/di" border="0" ismap="true"&gt;&lt;/img&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~4/hHjt2DtXN3c" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LaWikiNovelaTheWikiNovel/~3/hHjt2DtXN3c/normas-bsicas-basic-rules_7764.html</link><author>noreply@blogger.com (tvtrabajo)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://thewikinovel.blogspot.com/2009/01/normas-bsicas-basic-rules_7764.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4757355230113101150.post-3797952225411448480</guid><pubDate>Wed, 13 Feb 2008 11:08:00 +0000</pubDate><atom:updated>2012-02-12T01:06:12.815+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">JRB</category><title>{Nice} Sept noir, impair et passe</title><description>&lt;div align="justify"&gt;La promenade de los ingleses colonizada por la Pizza way of life: la reine es la reina. Oliva más, oliva menos. Sólo los chinos y los kebab se atreven con el desafío. El pujante Oriente es 3 euros más asequible.&lt;br /&gt;
Playas cinematográficas pero incómodas por sus cantos rodados y sus baños públicos que prometen más de lo que dan. 35 céntimos por mear.&lt;br /&gt;
Un tiovivo dentro de un restaurante dentro de un casino dentro de un siglo que quizá sea pasado a lo mejor está por venir.&lt;br /&gt;
Rock and roll en francés sin poder fumar para soportarlo. Botellones de interior cada uno con su iPod.&lt;br /&gt;
Iglesias rusas para mafiosos ateos. En algún sitio hay que cambiar las fichas de la ruleta.&lt;br /&gt;
Hoteles y hoteles y hoteles. Y un par de estaciones, por poner algo entre medias que los justifique.&lt;br /&gt;
Desde el Castillo los tejados rosas te llevan a Lisboa. Luego el Mediterráneo te devuelve a la Costa Azul y un Ferrari te salpica. Es una manera de tomar conciencia.&lt;br /&gt;
Los Alpes Marítimos se dejan caer y el fondo nevado de postal da paso a las favelas de lujo y mármol que se han apoderado de las últimas laderas, de las que por clima y baja estatura no han podido expulsarlas.&lt;br /&gt;
La burguesía decimonónica acoge en los bajos de sus edificios peluquerías senegalesas. Si Víctor Hugo pasease por su boulevard perdería hasta las contraportadas.&lt;br /&gt;
Ya ninguna ciudad huele al país que pertenece. Ninguna huele o lo hacen todas igual.&lt;br /&gt;
Las carreteras serpentean y unen pueblos y cabos y mansiones de lujos con estrellas del pop acabadas en su interior. Turismo de envidias, quiero y no puedo.&lt;br /&gt;
Por carnaval han vestido al tranvía de nave espacial y así se ha quedado. Apenas suena, apenas enamora.&lt;br /&gt;
Un velero cruza la bahía y por un instante coincide en coordenadas con un avión en proceso de aproximación. Seguramente Daniela esté dentro, aproximándose también. Se me escapa la foto y al fondo queda el horizonte y un poco más allá Túnez o Argelia, depende de la pleamar.&lt;br /&gt;
Sin Zara no estaría completo el mapa. Y ahí está.&lt;br /&gt;
Figuras antropomórficas desnudas en actitud reflexiva se elevan desde el suelo. Yoga plastificado y silencioso. Oteadores baratos del ir y venir. Me pregunto qué harán a partir de las 8 de la tarde.&lt;br /&gt;
La Noria está cerrada por lluvia. Para girar o subir al cielo hay que pasar por el Casino.&lt;br /&gt;
La Vieux Nice está casi más nueva y arreglada que el deslumbrante aeropuerto internacional cote d'azur. Alguna vez fue una villa marinera con su iglesia para pedir peces y mares calmas. Hoy, y ayer ya, es una excusa para poner mercadillos y plazas de los artistas y flores de colores imposibles haciendo juego con la fachada de turno. En conjunto, resulta higiénica y saludable. No te da tiempo a contaminarte de historia porque en seguida sales al puerto deportivo y un yate de 20 metros de eslora te corta el paso.&lt;br /&gt;
En su ansia por complacer, Niza ha conseguido que hasta las pendientes sean suaves cuando no llanas. No cuesta ir de un sitio a otro y a tu lado siempre camina madame tranquilidad para mayor desesperación. Parece que hayan prohibido sufrir.&lt;br /&gt;
Por eso las fotos lucen solas incluso con el objetivo tapado.&lt;br /&gt;
Apuesto, dónde mejor que aquí, a que Daniela se sentirá como fuera de casa. Para eso viaja, ¿no?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4757355230113101150-3797952225411448480?l=thewikinovel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;
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