<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<?xml-stylesheet type="text/xsl" media="screen" href="/~d/styles/rss2enclosuresfull.xsl"?><?xml-stylesheet type="text/css" media="screen" href="http://feeds.feedburner.com/~d/styles/itemcontent.css"?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0" version="2.0"><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-36191621</atom:id><lastBuildDate>Thu, 16 Feb 2012 08:34:05 +0000</lastBuildDate><category>Sueños</category><category>Pesadillas</category><category>Vigilia</category><title>小夜の夢 ~ Los Sueños de una Pequeña Noche</title><description>~ Saya no Yume ~ 
&lt;br&gt; &lt;br&gt; 
Sueños y pesadillas: fuente de inspiración, campo de estudio de psicólogos y fanáticos, objeto de veneración. Aquí, uno a uno, estarán mis sueños y pesadillas en forma de relato que han hecho que cada día de mi vida sea un poquito diferente.</description><link>http://www.sayanoyume.com/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>53</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="self" type="application/rss+xml" href="http://feeds.feedburner.com/LosSueosDeUnaPequeaNoche" /><feedburner:info uri="lossueosdeunapequeanoche" /><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="hub" href="http://pubsubhubbub.appspot.com/" /><itunes:owner><itunes:email>noreply@blogger.com</itunes:email></itunes:owner><itunes:explicit>no</itunes:explicit><itunes:subtitle>~ Saya no Yume ~ Sueños y pesadillas: fuente de inspiración, campo de estudio de psicólogos y fanáticos, objeto de veneración. Aquí, uno a uno, estarán mis sueños y pesadillas en forma de relato que han hecho que cada día de mi vida sea un poquito diferen</itunes:subtitle><itunes:summary>~ Saya no Yume ~ Sueños y pesadillas: fuente de inspiración, campo de estudio de psicólogos y fanáticos, objeto de veneración. Aquí, uno a uno, estarán mis sueños y pesadillas en forma de relato que han hecho que cada día de mi vida sea un poquito diferente.</itunes:summary><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-6386446076426655668</guid><pubDate>Tue, 05 Apr 2011 09:16:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-04-05T11:16:37.717+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De una noche en Kailua (Oahu, Hawaii)</title><description>Esa noche me estaba costando mucho dormir. A pesar de haber sido un día agotador y de sentirme terriblemente cansada, había dormido tan sólo tres horas y mis ojos parecían no querer permanecer cerrados más de cinco minutos seguidos. Di vueltas en la cama durante dos horas más, repasando mentalmente todo lo que me había sucedido desde hacía unos días. Movía el pie inquietamente, cada vez más rápido, signo inequívoco de que para mi cuerpo esa no era la hora de dormir. Por la ventana se colaban los sonidos de las ramas de las palmeras mecidas por la suave brisa nocturna del Pacífico. Había luna llena; su luz se colaba por las rendijas de la persiana. La temperatura era perfecta. Pero yo no podía dormir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me levanté y me dirigí a la cocina, con mucho cuidado de no hacer ruido para no despertar a mis compañeros. Como aún no conocía bien la casa, tuve que caminar despacio y tanteando mi alrededor para no chocar contra nada. De hecho tardé bastante en encontrar el interruptor de la luz de la cocina. Abrí la nevera y me serví un vaso de agua bien fría. Eso pareció relajarme, pero seguía sin sueño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me entró hambre, así que cogí unas galletas de esas enormes con trocitos de chocolate, de las que sólo se ven en las películas y series americanas. También cogí una lata de café Mocca y un par de servilletas y me dirigí al patio trasero; si no podía dormir, esperaría el amanecer con calma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un estrecho camino unía el patio trasero con la pequeña piscina climatizada. Allí me dirigí sin necesidad de luz alguna; la luna parecía alumbrar más de lo normal en esa zona del Pacífico. “O quizá soy yo que estoy demasiado cansada”, pensé mientras me sentaba en la tumbona y abría la lata de café con mucho cuidado. Y me tumbé y observé el cielo estrellado, y me asombré de la claridad con la que podía ver la Vía Láctea, y entonces me di cuenta de la cantidad de años que hacía que no la veía, y eso me entristeció ligeramente porque me hacía pensar en el paso del tiempo, pero me alegró por el hecho de estar allí, en aquella parte del planeta, en aquel preciso instante, observando la luna y las estrellas. No quería que el tiempo pasara.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo cierto es que desconozco si me quedé dormida o no. Tengo un recuerdo borroso de hacerse de día, de ver a M (una de las otras tres personas con las que viajé) pasar hacia la piscina, de sentir una fina lluvia caer durante un breve lapso de tiempo, y de la noche volver a caer. Repito, no sé si fue un sueño o si realmente me quedé allí, paralizada en aquella tumbona, durante un día entero. Incluso creo recordar que mantuve una conversación con M, en la que hablamos sobre las personas y cómo nuevas situaciones hacen que éstas descubran algunas facetas y características de su personalidad que de otro modo habrían tardado más en conocer, y criticamos los pequeños y tontos detalles que nos habían molestado ese día, y también nos reímos de las situaciones ridículas y tremendamente graciosas que habíamos vivido. Y cuando volvió a ser de noche, salí de mi ensueño y decidí darme un chapuzón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así que me puse el bikini, me metí en la piscina y, haciendo el muerto, seguí observando la luna y las estrellas y la Vía Láctea, que se habían movido en el firmamento. El agua estaba templada y yo me encontraba completamente relajada. Pero en cuanto noté que los ojos se me cerraban, salí del agua y volví a acostarme en la tumbona, y de ese modo me quedé dormida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando desperté era plena mañana y hacía un sol cegador. Tras desperezarme busqué a mis compañeros por la casa pero sólo encontré una nota que decía que habían ido a la playa y que no sabían cuando iban a volver. Eso me sentó algo mal, ¿por qué no me habían despertado? O quizá me vieron dormir tan profundamente que no querían despertarme. “Bien”, pensé, “seguro que hay una forma de llegar a la misma playa a pie. Esto es Kailua, no es tan grande...”.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pasamos tres semanas en la isla de Oahu, en Hawaii, y quizá os preguntéis por qué ahora hablo de una noche supuestamente insignificante y no de todas las anécdotas que nos sucedieron estando allí. Cuando queráis os puedo contar miles de historias, pero ahora simplemente me apetecía recordar esa noche tan extraña y borrosa, especial y única como el momento de mi vida y el lugar en el que me encontraba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche peculiar y maravillosa...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-6386446076426655668?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/X2ianU0qA10" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/X2ianU0qA10/de-una-noche-en-kailua-oahu-hawaii.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>3</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2011/04/de-una-noche-en-kailua-oahu-hawaii.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-602047360565793110</guid><pubDate>Thu, 10 Mar 2011 20:23:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-03-10T22:42:19.958+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De la Avenida del Ensanche y un (supuesto) secuestro</title><description>Habíamos quedado en un cruce de calles no muy lejos de mi casa. Yo había estado paseando por la ciudad, como suelo hacer cuando no tengo nada mejor que hacer y hay demasiadas horas vacías por delante, intentando localizar una tienda recomendada por alguien con quien había hablado aquella tarde. "Busca en la Avenida del Ensanche", me había dicho. Pero aunque el nombre me sonaba, no acababa de ubicar exactamente tal avenida. Me sentí bastante estúpida al pensar en lo estúpida que me sentiría al preguntarle a mi amigo. "Sé que queda hacia allí, pero ahora no sé si eso es Meridiana o no, ¿tú lo sabes?". Muy estúpida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegué al cruce tres cuartos de hora antes de lo previsto, así que decidí dar una vuelta por los alrededores. Quizá encontraba la maldita Avenida del Ensanche. Me parecía raro que con ese nombre se encontrara cerca donde yo estaba, en una zona de calles de un solo carril, estrechos pasajes peatonales, edificios muy altos y peligrosamente torcidos, grandes aglomeraciones de gente y tráfico desordenado. Pero no perdía nada por caminar un rato. Siempre me ha gustado descubrir calles nuevas y cambiar periódicamente mis rutas, y ese día encontré un camino de tierra que llevaba a una parte más alta de la ciudad. Era una zona bastante despejada y me pareció extraño encontrar en plena ciudad descampados y terrenos por construir, más propios de urbanizaciones de interior. Y me extrañó también no haber visitado antes esa zona. "¿No había un colegio por aquí cerca?". Me sentí estúpida otra vez, avergonzada por no conocer mi propio barrio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando volví al cruce mi amigo no había llegado aún. Entonces vi que se acercaban dos chicos, uno alto y delgado y el otro más bajo y corpulento, y como todavía me sobraba algo de tiempo aproveché para preguntarles si sabían dónde estaba la avenida del Ensanche. El muchacho alto sacó una brújula del bolsillo izquierdo de su cazadora de cuero marrón, me miró y me dijo con una amplia sonrisa y mucha determinación: "Espera aquí, en seguida vuelvo". Y empezó a correr por las calles, deteniéndose en cada esquina a mirar la brújula y los carteles señalizadores, y entonces movía la cabeza y seguía corriendo en otra dirección. Su compañero lo miraba con las manos en los bolsillos, en una postura que indicaba paciencia y una ligera indiferencia, como si estuviera acostumbrado a ese tipo de reacciones. Y aunque al principio yo habría jurado que no había visto nunca a ninguno de los dos chicos, tuve la repentina sensación de conocer de algo al de la brújula. Lo observé fijamente mientras él seguía corriendo, y entonces recordé. Sí, nos conocíamos del trabajo. Hacía tiempo de eso, y él claramente me había olvidado. De hecho parecía haber olvidado muchas cosas. Su físico, sus gestos, su forma de vestir eran los de siempre, pero él parecía una persona totalmente distinta. Y me invadieron algunas dudas: ¿Qué podía decirle yo? ¿Debía confesarle que al principio no me había dado cuenta de quién era? ¿Le podía preguntar si se acordaba de mí? Y me pregunté también en qué habría cambiado su vida, si seguiría casado, si habría vuelto a viajar a Japón... Pero de algún modo supe que si me atrevía a preguntar, él simplemente me miraría, me sonreiría con ese aire de niño mayor y sacudiría la cabeza. No, él ya no era el mismo. Mejor no decirle nada. Pero me apenó enormemente el ser la única que recordaba que alguna vez nos habíamos llevado bien.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El chico volvió al cabo de un rato y, tras guardar la brújula en un bolsillo de su pantalón blanco, me dijo señalando hacia mi izquierda: "Creo que si sigues esta calle todo recto, llegarás a la avenida. Pero pregunta de nuevo por si acaso". "Gracias", le respondí yo, y él volvió a sonreír con una mueca traviesa. Y de golpe pareció que se le ocurría una idea, y paró un taxi que en ese momento giraba por el cruce hacia donde estábamos nosotros, y me dijo alegremente: "¡Mira! Si coges este taxi llegarás más rápido seguro. ¡Corre, rápido!". Yo me puse algo nerviosa ya que estaba esperando a mi amigo en ese cruce, y justo cuando me resignaba al hecho de que yo ya estaba dentro del coche y que las puertas ya se habían cerrado, cuando pensaba en llamar a mi amigo y decirle dónde estaba y lo que me había pasado, la puerta de la derecha se abrió y él entró, muy serio. "Hola", me dijo. "Hola", le respondí. "Estaba a punto de llamarte", añadí. Y él me dijo con tono sarcástico: "Ya no hace falta", y sonrió. Y eso me relajó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El taxi era un modelo antiguo, de los años cuarenta. Estaba bien conservado, limpio y no olía a nada en particular, pero yo podía imaginar el humo del puro invisible que fumaba el taxista flotando en el aire enrarecido, el polvo aposentado sobre el plástico y el cuero granates, y las inexistentes colillas de cigarrillos de tabaco negro con marcas de carmín en el filtro apiladas en el enorme cenicero entre los dos asientos delanteros. Nada de aquellas cosas era real, pero ése era el ambiente. Poco acogedor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"¿Dónde quieren ir?", preguntó el taxista ladeando ligeramente la cabeza y mirando de reojo por el retrovisor. Su voz era ronca y grave, perjudicada por muchos años de abusos. El hombre ocultaba su calva bajo una gorra de chofer profesional que desentonaba con su cara de marinero viejo. "Buscamos la Avenida del Ensanche, ¿usted sabe llegar desde aquí?", le pregunté yo amable aunque fríamente. El hombre movió de un lado a otro una pipa inexistente con los labios mientras pensaba y nos miraba de reojo, primero a mí, luego a mi amigo, luego a la carretera. Y entonces respondió: "Sí, sé llegar, ¡pero ahí no hay nada interesante! Queréis pasarlo bien, ¿verdad? ¡Queréis diversión! Este viejo sabe perfectamente dónde está la diversión. ¿Qué os parece un trío? En dos calles tengo a un amigo que os puede interesar". Y volvió a mirar por el retrovisor con una sonrisa torcida y una mirada que me provocó náuseas. "No", le respondí, "nada de tríos. Buscamos la Avenida del Ensanche". "De acuerdo, jovencita... Vosotros os lo perdéis", dijo él, y volvió a fijarse en la carretera, y nosotros pudimos relajarnos un poco y observar cómo se hacía de noche en el exterior. Parecía que estaba a punto de llover.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Empecé a preocuparme de verdad cuando me di cuenta de que ya había anochecido. Mi corazón se aceleró cuando vi que el viejo taxi subía por el mismo camino de tierra que yo había descubierto hacía un rato. "¿Seguro que es por aquí?", le pregunté al taxista. "¿Este camino no lleva a la montaña?", añadí. El hombre no respondió. Yo miré a mi amigo, y lo vi tranquilo, como si todo aquello no estuviera sucediendo. Justo en el mismo punto del camino de tierra en el que yo me había detenido durante mi paseo, donde empezaba una empinada pendiente con precipicios a ambos lados, el coche se detuvo y el taxista se apeó. Abrió mi puerta, cogiéndome del brazo y sacándome con fuerza; mi amigo bajó él solo por el otro lado. "¿Qué es esto?", pregunté yo, cada vez más nerviosa. "¿Dónde estamos?". "Hemos llegado", afirmó el hombre con una risa parecida al ladrido de un perro enfermo. Y me volvió a agarrar con firmeza del brazo derecho, subiendo la cuesta de barro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo quise soltarme pero no pude, y busqué nerviosa la mirada de mi amigo, que caminaba con prisa detrás de mí. No parecía preocupado, pero supe por sus movimientos que prefería seguirle la corriente al hombre y no arriesgar nuestras vidas antes que hacer alguna tontería que nos pusiera en peligro a ambos. Fuimos subiendo por el camino de tierra, dejando atrás las farolas naranjas y el taxi con las luces encendidas, y cuando ya me resignaba a no pensar en nada y a esperar la progresión de los hechos, de entre los arbustos de la pendiente a nuestra izquierda surgieron tres rápidos fogonazos de intensa luz blanca, como los flashes de las cámaras de fotografiar. Eso me confundió profundamente, y por unos momentos no supe si eso era bueno o malo; me pregunté si significaba que alguien vigilaba al viejo y que al fin lo habían descubierto, por lo que estábamos a salvo, o si era una señal de algún compinche suyo, lo que implicaba que estábamos realmente perdidos. Y el miedo me invadió.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sé que sonará decepcionante, pero no recuerdo nada más a partir de ese momento. Sólo los fogonazos de luz, y luego una espesa oscuridad a mi alrededor. Y que cierto tiempo después, no puedo decir cuánto, desperté en mi cama. No tengo marcas ni heridas en el cuerpo y mi ropa está limpia e intacta, pero no sé cómo llegué a casa, ni nadie me ha preguntado por el incidente. Mi amigo tampoco parece recordar lo sucedido. Es como si nada de aquello hubiera pasado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y sigo sin saber dónde está la Avenida del Ensanche...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-602047360565793110?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/WPr-9_LxdeM" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/WPr-9_LxdeM/del-taxi-antiguo-y-un-supuesto_10.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>2</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2011/03/del-taxi-antiguo-y-un-supuesto_10.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-1142938110761552656</guid><pubDate>Wed, 02 Mar 2011 10:37:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-03-02T11:37:51.503+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De mi viaje por otros mundos</title><description>Hay muchos mundos fuera de la Tierra. Mundos cuya existencia no todo el mundo quiere reconocer, y a los que no todo el mundo está dispuesto a arriesgarse a ir. El viaje es largo y agotador y las condiciones en cada mundo son extremas. Los pocos que viven la experiencia vuelven muy cambiados, y son vistos por los demás como personas excéntricas, raras y poco patrióticas. Pero en realidad es la envidia la que los etiqueta de esta manera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo decidí de un día para otro. La idea me había rondado por la cabeza desde hacía meses, aunque nunca había pasado de ser más que eso, una simple idea lejana y borrosa. Pero esa mañana, al despertarme y mirar por la ventana, sentí que el aburrimiento me invadía: siempre la misma rutina, siempre el mismo paisaje, siempre la misma gente, siempre las mismas reglas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así que decidí romper con todo eso. Sin preaviso, con una pequeña bolsa como equipaje. Y viajé.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El primer mundo que visité fue el de Agua. Es un planeta extenso y lo gobiernan desde los océanos más profundos hasta las ciénagas más tenebrosas y los lagos más tranquilos. Manantiales, cascadas, humedales, ríos y riachuelos; mares interiores y exteriores que bañan  fangosas costas en un mundo de color verde oscuro y azul marino. Es un lugar peligroso pero sus gentes son amables y hospitalarias, aunque no demasiado habladoras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los visitantes tienen prohibido salir al exterior, y sólo unos pocos lo han logrado, pagando un alto precio por convertirse en una excepción. Dicen que no hay amigos entre los seres de los distintos mundos, y que si una persona llega a entablar una relación de amistad con alguno de ellos, está directamente condenado al destierro y a convertirse en uno de esos seres.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo me encontré con uno de ellos. Había sido un explorador marítimo en la Tierra y debía de rondar los cuarenta años. Al principio sólo cruzamos los gestos básicos que significan en lenguaje universal ‘Bienvenido’, ‘Gracias’, ‘Comida’ y ‘Adiós’. Pero una noche, mientras me encontraba tumbada en mi cama de musgo verde observando por la ventana la terrible tormenta que azotaba a todo el planeta en ese momento, el antiguo explorador picó a mi puerta y me pidió que le dejara pasar. Se sentó entonces a mi lado y me explicó su historia, en la que no voy a entrar en detalles, pero me pidió que le pusiera al día sobre las cosas que pasaban en la Tierra. Fue entonces cuando me di cuenta de lo poco que sabía de mi propio planeta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestras conversaciones secretas se volvieron una costumbre y cada noche hablábamos de cualquier cosa, intercambiando experiencias y conocimientos, riéndonos de todo y llorando por nada. Alargué mi estancia dos semanas más, e incluso me planteé anular la visita al resto de mundos para quedarme en el de Agua hasta que tuviera que volver a la Tierra, pero por culpa de un inquilino no deseado me tuve que ir, sin posibilidad de despedirme, en plena noche cerrada y con el corazón en la boca. Porque una de las noches en las que el antiguo explorador vino a hablar a mi dormitorio, se coló en la habitación un ser pequeño y avispado, un espía delatador del que era necesario huir. Nos habían descubierto. Y así me tuve que ir, sin poder despedirme como es debido, sin saber si algún día volvería, preocupada por el castigo que mi compañero podría recibir. Pero tuve que seguir mi camino.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente mundo que visité fue el de Fuego. Se trata de un planeta bastante más pequeño que el de Agua, y mucho más desagradable. En ese planeta es de día continuamente, y los visitantes necesitan llevar un traje especial para poder sobrevivir en él. Siempre hace un intenso calor, y en cuanto llegué tuve la sensación de estar padeciendo una fiebre muy alta. Mi garganta quemaba y la terrible sed empezaba a agrietar mis labios cuando me avisaron de que eso era un efecto secundario normal que pasaría al cabo de las horas, hasta que el traje especial se acostumbrara al entorno y yo al traje. Y así fue.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta vez no hablé con nadie del mundo de Fuego. Sus gentes, aunque hospitalarias, son ariscas y agresivas; no soportan el contacto físico y siempre parecen estar enfadadas. Son grandes cocineros pero sus platos siempre contienen especias picantes y sus bebidas son calientes. Eché de menos el mundo de Agua y a mi compañero explorador, y lloré añorando nuestras conversaciones y la comodidad de mi colchón de musgo, pero mis lágrimas se evaporaban a los pocos segundos. En un intento por olvidar, participé en excursiones a volcanes, géiseres y desiertos, siendo la visita más interesante el Jardín de Rocas, un lugar único en todo el planeta. Se trata una zona extensa llena de rocas y piedras de distintos colores y formas, pero lo realmente espectacular son las impresionantes lenguas de fuego que dividen el jardín de rocas en parcelas de distintos tamaños. Nadie sabe qué las provoca, y nadie se atreve a acercarse para averiguarlo. La belleza de ese jardín reside en su espectacularidad y su misterio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estuve poco tiempo en ese mundo. Era demasiado incómodo y me hacía añorar demasiado el mundo de Agua. Así que seguí viajando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente mundo que visité fue el de Aire. En realidad se trata de un mundo con dos planetas: Aire, el más grande, y Cielo, algo más pequeño. En Aire reinan desde las brisas más suaves hasta los huracanes más feroces en una inestable y peligrosa atmósfera; Cielo, en cambio, es un tranquilo paraíso de color azul que nunca cambia. Las gentes de Aire son más atrevidas y extrovertidas, y las de Cielo son más propensas a la meditación y el estudio de las cosas bellas. Pero en ambos casos se trata de personas amables, sencillas y correctas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pasé unos días maravillosos volando libre como un pájaro, ya fuera flotando en una brisa primaveral como dejándome llevar por la violencia de los vientos más fuertes. Dormí sobre nubes y comí unos extraños granos que proporcionaban una energía y vitalidad increíbles. Fue una experiencia maravillosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más adelante visité otros mundos: Hielo, un planeta terriblemente frío, totalmente opuesto al mundo de Fuego pero igual de extremo; Bosque, con sus frondosos y gigantescos árboles y sus millones de especies vegetales, a cual más pintoresca; Acero, con sus máquinas y su tecnología, uno de los pocos mundos creados artificialmente; y por último Luna, que no es un mundo en sí mismo pero que tiene su propio encanto. Esa fue la última parada antes de volver a la Tierra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El día que volví caí en el océano, no muy lejos de la costa. Era una mañana soleada, el mar estaba en calma y no había nubes en el cielo. Los colores eran extremadamente brillantes y las figuras se distinguían más nítidas de lo normal. ¿Había cambiado realmente algo en mí? En la costa se preparaba un festival, e incluso los sonidos llegaban con más claridad a mis oídos: platos y cazuelas en las cocinas callejeras, niños gritando y riendo, música festiva y gente tarareándola, perros ladrando nerviosamente ante tanta agitación, cohetes y fuegos artificiales resonando a lo lejos. Cuando llegué a tierra firme me sentí diferente, muy alejada de las conversaciones mundanas de aquellos que me recibían entre tanta alegría y jovialidad. Estaba ligeramente mareada y me sentí terriblemente cansada, pero a pesar de ello mi corazón estaba contento por lo que había vivido. Y me sentí una extraña en mi mundo, pero feliz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y esta es la crónica de mis viajes por los distintos mundos. Realmente algo ha cambiado en mí, algo que ha hecho que aprecie más lo que tengo, pero que me hace sentirme diferente, como si no perteneciera a ningún lugar en concreto. Tened por seguro que volveré a viajar al mundo de Agua y visitaré a mi compañero explorador, y esta vez no me importarán los espías delatadores, y si es necesario me quedaré allí para siempre. Pero hasta entonces, si alguno de vosotros visita cualquiera de esos mundos, por favor, contádmelo; intercambiemos experiencias. Pero ante todo disfrutad del viaje.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-1142938110761552656?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/hqrTQhHwcFQ" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/hqrTQhHwcFQ/de-mi-viaje-por-otros-mundos.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>4</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2011/03/de-mi-viaje-por-otros-mundos.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-6144615005687400121</guid><pubDate>Wed, 16 Feb 2011 16:04:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-16T17:04:45.667+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>Del apagón</title><description>Siempre llovía, a todas horas. Los días se hacían bastante aburridos y melancólicos. Quizá suene un poco cruel, pero desde la enorme casa con porche donde me alojaba veía una parte de la ciudad y yo siempre esperaba ver algún accidente, alguna catástrofe que me sacara de la monotonía. Pero nunca pasaba nada. Sólo llovía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta ese día.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No fue gran cosa, cierto. La temperatura era fresca, la típica de las zonas más altas del Caribe, y gruesas nubes cubrían el cielo. Se podía sentir esa extraña quietud que precede a la tormenta, como si el tiempo se detuviese. El ambiente estaba cargado y era, de algún modo, sobrecogedor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De todos modos yo era la única que tenía esa sensación. En la casa había otras tres personas: una chica y dos chicos. Ellos estaban tranquilos, pensando qué hacer de cenar, a qué hora levantarse mañana, dónde ir el fin de semana. Pero yo estaba inquieta, saliendo y entrado de mi dormitorio sin parar, comprobando que todo estuviera en su sitio: la maleta medio vacía, la ropa, los medicamentos, el libro que me estaba leyendo, mi netbook y el disco duro portátil, el bolso, las llaves. Toda mi vida cabía en una habitación de tres metros cuadrados, y todavía me sobraba espacio. Y de golpe tuve una infantil necesidad de dejar todas las luces encendidas: la lámpara del techo y la del escritorio, y la linestra sobre la cabecera de la cama. Incluso me aseguré de que el brillo de la pantalla del portátil estuviera al máximo para que diera toda la luz posible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llamadlo intuición, suerte, casualidad o sexto sentido. Pero tan sólo media hora después de que el atardecer finalizara, cuando el cielo es del mismo color a las seis y media de la tarde que a las dos de la madrugada, se fue la luz. No fue un apagón normal, de esos que viven de la luz de los ordenadores portátiles, las linternas, los teléfonos móviles y las velas. Hubo una sacudida, similar a una onda expansiva, cuando miles de electrodomésticos se detuvieron al mismo tiempo: lavadoras en pleno centrifugado, cepillos de dientes eléctricos, neveras, equipos de sobremesa, batidoras, televisores y radios, secadores de pelo, aires acondicionados. El mundo se volvió sordomudo durante la milésima de segundo que tardó en reaccionar tras entender que también se había quedado ciego. Entonces lo único que se oyó con total nitidez fue la lluvia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es realmente sobrecogedor el amplio espectro de sonidos que de repente éramos capaces de apreciar. Porque las gotas de agua producen un sonido diferente dependiendo de la superficie en la que caen. Asfalto o cristal, aluminio o plástico, madera o tierra. Y millones de gotas en el silencio dibujaban ondas de extensas gamas colores mientras los corazones se achicaban y los gatos callejeros buscaban refugio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no me asusté. Supongo que me lo esperaba. Lo había intuido, como dicen que les pasa a ciertos animales, que intuyen los terremotos. Por eso había dejado todas las luces de mi dormitorio encendidas, y por eso ahora ésa era la única luz existente en muchos kilómetros a la redonda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porque, como dije, no fue un apagón normal. Cuando salí al porche por la puerta principal y miré la ciudad, no la pude encontrar. Simplemente había desaparecido. Engullida por las tinieblas. Mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la oscuridad; ese proceso extraño en el que uno pasa de creer que tiene un muro delante hasta que al fin es capaz de distinguir algunas sombras, como si el muro se fuese alejando lentamente. La muchacha que estaba con nosotros estaba muerta de miedo y se agarraba a mí temblando. No dejaba de preguntarme qué había pasado. "Un apagón", le decía yo. Y seguía escrudiñando el horizonte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces lo vi. Un poco a la izquierda, en el valle entre los dos montes más altos de la ciudad. Eran nubes espesas de color rojizo, de ese rojo apocalíptico que le hace pensar a uno que está soñando o que se ha vuelto loco, cuando lo más sensato es creer que se trata de un incendio. Pestañeé varias veces para asegurarme que mis ojos no me estuvieran jugando una mala pasada. Incluso le pregunté a la chica: "¿Lo ves? ¿Ese brillo rojo a lo lejos?". Ella afirmó con la cabeza. Lo sé porque estaba pegada a mí y pude sentir el gesto de asentimiento. Más a la izquierda, donde tenían que estar las casas más caras de la ciudad, no se veía ni un solo destello de luz. ¿Nadie encendía velas? ¿Y los ordenadores portátiles que tuvieran batería? ¿Y qué había de las linternas a pilas? Pero por más que buscaba, sólo había una oscuridad uniforme que parecía atraerme hacia ella. Miré a la derecha.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Allí tampoco había nada. Ni siquiera podía distinguir la casa más próxima, que había estado a unos cien metros. No podía ver la carretera ni los coches aparcados ni las farolas. Sólo la misma oscuridad que lo envolvía todo. Y en ese momento pude sentir la presencia de la montaña ante mí. Quiero decir que la oscuridad era tan penetrante que me hacía dudar de que allí hubiese habido jamás una montaña, pero ésta parecía gritarle a mi mente que allí estaba, que no me dejara convencer por las tinieblas. Y creí encontrarme en una surrealista lucha entre dos extraños mundos, sin pertenecer yo a ninguno de ellos. Pero nada se movía, nada cambiaba; sólo llovía. Y nosotros sólo podíamos observar sin ver.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nunca supimos qué había pasado. Nunca supe por qué mi dormitorio fue el único que continuó con luz. Los dos chicos y la chica acabaron quedándose a dormir en la casa donde yo estaba alojada, todos en mi habitación, al abrigo de las bombillas. A la mañana siguiente el mundo se despertó perezoso y confundido, y se comentó en las calles lo que había pasado, y la noticia ocupó las primeras páginas de los periódicos, que habían sacado sus primeras ediciones con bastante retraso puesto que la energía no había vuelto hasta que salieron los primeros rayos de sol. Y cuando volvió a caer la noche ésta fue como otras tantas noches; nada extraño volvió a suceder. Con el paso del tiempo el suceso cayó en el olvido y ahora apenas se comenta como una leyenda más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y precisamente por eso yo contaré esta historia tantas veces como haga falta antes de tener que abandonar este lugar, y ahora te la cuento a ti mientras bajamos al pueblo con la multitud, pero aunque parezca que sólo tú eres mi oyente, en realidad hablo para todos aquellos que caminan a nuestro lado, para que no olviden lo que sucedió, para que se enfrenten a sus miedos y recuperen la curiosidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porque eso es lo único que ha cambiado, y es que desde aquel extraño apagón ya nadie siente curiosidad por nada.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-6144615005687400121?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/LNCdqjumDhw" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/LNCdqjumDhw/del-apagon.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2011/02/del-apagon.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-6370971724164261184</guid><pubDate>Tue, 08 Feb 2011 13:07:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-08T14:07:45.832+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Pesadillas</category><title>De cuando tuve que cortar una pierna</title><description>¿Alguna vez habéis tenido que cortar carne humana?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cirujanos y bomberos están exentos de responder esta pregunta. Más bien va dirigida a la gente como yo; a ese tipo de personas que ni siquiera hemos tenido que rebanarle el cuello a una gallina, y que la única carne que hemos cortado es la de un buen entrecot o solomillo ("poco hecho" sería la mejor aproximación en este caso).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces imagino que lo más cercano a lo que yo viví es lo que hacen los carniceros en los supermercados. Si tienen que rajar y deshuesar ellos serán los que mejor entiendan lo que voy a explicar a continuación. Aun así su experiencia queda lejos de la mía. Digamos de momento que la carne que yo tuve que cortar todavía no había muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue durante un día de playa, que había comenzado con una magnífica mañana soleada y una temperatura agradable, en parte gracias a una suave brisa marina que refrescaba la piel al salir del agua. Recuerdo que nadé muchísimo ese día, y que cada vez que me tumbaba en la arena me quedaba medio dormida. Mi única preocupación en esos momentos era calcular cuándo debía darme la vuelta para no quemarme, o si me apetecía más beber agua o un refresco, o qué prefería comer, si tapas o un bocadillo. Esos eran mis grandes dilemas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre las tres de la tarde aparecieron las primeras nubes. Eran gruesas y de color metálico, de esas que amenazan tormenta. En cuanto una tapaba el sol el mundo se volvía un lugar más peligroso; el mar era oscuro y amenazador, y lo que antes habían sido aguas azul turquesa se volvían turbulentas y espesas de color verde musgo. La arena dejaba de brillar y parecía volverse fango y el mundo era un poco más sombrío e infeliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tormenta se desató a eso de las cinco. Empezó con una suave lluvia bastante agradable. Siempre me ha parecido inquietante la sensación que produce nadar en el mar mientras llueve. Quizá porque los colores son más apagados y tristes, y el mar entonces produce más respeto y resulta más amenazador, o porque en ese momento uno se da cuenta de que está a completa merced de la magnífica fuerza de los elementos naturales, y entonces ve lo insignificante y débil que es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronto la suave lluvia se convirtió en un poderoso aguacero. Las gotas eran gigantescas y caían con fuerza, produciendo un estruendo ensordecedor que a veces era acompañado por potentes truenos que hacían temblar el suelo. Teníamos la tormenta justo sobre nuestras cabezas; debíamos buscar refugio. Y lo encontramos en un chiringuito de playa abandonado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos estábamos bastante nerviosos. Debo decir que lo que más nerviosa me ponía a mí era precisamente el nerviosismo innecesario y sin sentido del resto. El histerismo de las chicas y el enfado y la poca paciencia de los chicos. Era impensable abandonar el refugio con el temporal que había afuera, y ellos discutían acaloradamente sobre qué hacer, si arriesgarse a ir a buscar el coche o quedarse allí sin hacer nada a la espera de que la tormenta cediera, hecho que por supuesto no sabíamos cuándo sucedería. Yo no me pronuncié al respecto, pero en mi interior ya había decidido que iba a esperar. El resto que hiciera lo que quisiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ellos quisieron irse. En el chiringuito sólo quedamos otra chica y yo. Apenas hablamos, pero no era necesario. Cada una se sumió en sus propios pensamientos, a la espera de que algo cambiara en el exterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que de golpe me despertó de mi ensueño el sonido de un claxon. Alguien lo hacía sonar insistentemente, provocando en mí algo más cercano a la irritación que a la urgencia. Así que cogí una pala (no preguntéis por qué) y salí al exterior. La tormenta había amainado, y empezaban a abrirse claros en el cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces lo vi. En la parte trasera del coche, cubierto por mantas llenas de sangre, se encontraba uno de mis compañeros. El conductor me miró nervioso. "¿Qué ha pasado?", le pregunté enfadada. "Le cayó un árbol encima cuando corríamos hacia el coche", me respondió al borde del llanto. "Creo que tiene una pierna rota, o no sé, no para de sangrar, tiene mucha fiebre...", siguió balbuceando. "Cállate", espeté. No tenía ganas de seguir escuchando sus lamentos infantiles. "No haber salido de aquí", murmuré para mis adentros. Y grité el nombre de la chica que se había quedado conmigo en el refugio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo recordaba haber visto una sierra para cortar madera en uno de los armarios del chiringuito. Le pedí a la muchacha que me la trajera, junto con un cuchillo deshuesador que había visto en la cocina, una toalla, alcohol, una cuerda y un trozo de madera pequeño. En mi bolsillo llevaba un mechero. Y mientras ella buscaba los objetos que le había pedido, me subí al coche y observé a mi agonizante compañero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Esto te va a doler mucho", le dije fríamente. Él no parecía oírme. Sólo se retorcía de dolor y supuse que en su mente intentaba huir a algún lugar para no sentirlo. Suspiré y cerré los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá estéis pensando que soy una persona con una mente fría y calculadora, sin escrúpulos ni corazón. No os equivoquéis; yo estaba aterrada. Me estaba enfrentando a una situación que jamás habría imaginado posible. La gente estaba recurriendo a mí para nada más y nada menos que salvarle la vida a un amigo. ¡A mí! No a un hospital ni a una ambulancia, sino a mí. Y esa responsabilidad me aterraba, pero más me enfadaba la ineptitud de mis amigos. De ahí que mi rostro fuera impasible y no mostrara ninguna debilidad. Pero os aseguro que por dentro estaba muerta de miedo. Estaba a punto de hacer algo que no quería hacer y que jamás podría olvidar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando abrí los ojos el cielo volvía a estar terriblemente oscuro y el viento soplaba con fuerza. La muchacha me había traído todo lo que le había pedido y miraba de reojo mis movimientos, como si estuviera viendo una película de terror. Le puse a mi amigo el trozo de madera en la boca, para que no se mordiera o tragara la lengua por el dolor. Rocié su pierna con alcohol y le hice un torniquete cerca de la ingle con la cuerda. Coloqué la toalla bajo el muslo y cogí la sierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y empecé a serrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al principio no estaba muy segura de la presión que debía ejercer sobre la carne. El primer movimiento apenas causó un arañazo superficial en la piel. Ya os he dicho que estaba aterrada, de modo que me temblaba ligeramente el pulso y respiraba con dificultad. Paré durante unos segundos, intentando calmarme. El corazón me golpeaba con fuerza el pecho, como queriendo escapar de la escena que estaba a punto de producirse. En mi cabeza resonaba el eco del grito que aún no se había producido. Me sentí acalorada, aunque el sudor se helaba rápidamente en contacto con el viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerré los ojos con fuerza, y lo volví a intentar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta vez sí que brotó sangre. El primer corte debió ser de unos tres milímetros de profundidad. El segundo se hundió más de medio centímetro. A partir del tercero mi amigo comenzó a chillar y a convulsionar, lo que me obligó a pedirles a gritos a la chica y al conductor del coche que me ayudaran a agarrarlo. Seguí serrando, cada vez con más fuerza y determinación, mientras intentaba no pensar en lo que estaba haciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sierra era dentada, y hubo un momento en el que debí toparme con tendones o nervios gruesos, ya que se me quedó encallada. La sensación me produjo arcadas e hizo que algo se rompiera dentro de mí, como si me hubieran atravesado el pecho con una lanza. Tuve que forcejear para conseguir que la sierra volviera a moverse. No sé qué era peor, lo que estaba sintiendo al mover la sierra, o el sonido que esos movimientos producían. Aquella escena parecía sacada de una película gore; el sonido de la carne rasgándose, de la sierra cortando un tendón, de la sangre brotando… Todo parecía haber sido ampliado y magnificado para darle más realismo. A mayor profundidad, más costaba cortar. Un sentimiento de urgencia empezó a invadirme; no podía demorarme demasiado si no quería que mi amigo muriese desangrado. En cuanto acabase de cortar tendría que quemar la herida. Tenía que ser rápida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras muchos esfuerzos llegué al hueso, que tuve que cortar con el cuchillo de cocina. Lo cierto es que no recuerdo ese momento con tanta claridad como cuando corté la carne. Creo que en mi mente no cabían más imágenes desagradables. O quizá el olor a sangre fresca que impregnaba el ambiente me había mareado y sedado. Simplemente seguí actuando como una autómata, con movimientos rápidos y certeros, y acabé mi trabajo sin apenas darme cuenta. Me pasé la mano por la frente para quitarme el sudor que me caía sobre los ojos, pero me llené de sangre y el mundo se volvió rojo y los gritos de mi compañero resonaban aún más potentes que los truenos de la tormenta que había vuelto…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creo que entonces me desmayé. No lo recuerdo muy bien. Sólo sé que mi amigo murió. Y yo me pregunto si fue todo en vano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni qué decir tiene que no he vuelto a probar la carne desde entonces. Y que me entran escalofríos cada vez que recuerdo la sierra encallándose en los tendones y en los nervios…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-6370971724164261184?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/8K1FPltxdPg" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/8K1FPltxdPg/de-cuando-tuve-que-cortar-una-pierna.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2011/02/de-cuando-tuve-que-cortar-una-pierna.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-6598981746635108919</guid><pubDate>Wed, 02 Feb 2011 13:39:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-05T13:20:07.199+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Vigilia</category><title>Debería reactivar este blog</title><description>&lt;em&gt;Debería reactivar este blog.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces uno deja de soñar. A veces el patrón del sueño cambia y olvidamos absolutamente todo lo soñado al segundo de despertar. A veces sólo se sueñan cosas que no se pueden compartir con nadie. Y a veces es posible recordar el sueño, y se puede explicar, pero las palabras simplemente no fluyen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta noche he soñado con abejas. O avispas. O ambas, no estoy muy segura. En realidad el sueño ha sido tan corto (quizá es que sólo recuerdo esa parte) que no da para más de quince líneas, pero lo interesante es que los (aparentes) cinco minutos de sueño contienen muchísimos detalles sin ninguna relación real entre ellos, pero que al unirse forman unas imágenes y una historia que llegan a tener una singular cohesión. Nunca dejará de sorprenderme cómo la mente humana es capaz de manipular la información que recibe. Y hablo en general, no sólo de los sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras paseamos por un camino de tierra, una muchacha cita a Haruki Murakami, haciendo referencia al paso del tiempo y a cómo el mismo se evidencia más en unos seres que en otros. Me pone a mí como ejemplo, indicando que no es lo mismo el paso del tiempo en un humano que en una abeja: si observamos la abeja con nuestros ojos inexpertos no sabremos decir en qué fase de su vida se encuentra, pese a que ésta es mucho más corta que la humana. Paradójicamente la muchacha apunta que parece que el tiempo no pase para mí, aunque calcula que me quedan unos cincuenta años de vida. Y entonces, mientras me señala, aparece una abeja y se posa sobre mi brazo. Yo me pongo muy nerviosa; nunca he soportado las abejas o las avispas. Y cuanto más nerviosa me pongo más abejas aparecen, de distintos tamaños y colores, por lo que tampoco estoy segura de que fueran sólo abejas. Y entonces despierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las referencias en este sueño son sencillas. &lt;a href="http://www.randomhouse.com/features/murakami/site.php"&gt;Haruki Murakami&lt;/a&gt; aparece porque precisamente ayer día 1 de febrero salieron a la venta los libros 1 y 2 de &lt;a href="http://www.tusquetseditores.com/titulos/andanzas-1q84"&gt;1Q84&lt;/a&gt;, novela que hacía tiempo estaba esperando y que, por supuesto, ya he comprado. La muchacha que cita a Murakami hace referencia a una antigua amiga con quien me reencontré hace unos días y que al verme exclamó: "¡Estás igual que siempre!". De ahí también el tema del paso del tiempo. Y por último el miedo irracional a las abejas: hace unos días también me encontré en una situación de la que quise huir (había un balón por medio, la gente que me conoce sabe de lo que hablo), al igual que quería huir en el sueño de las abejas, a las que también les tengo pánico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trata de un sueño para pasar el rato, en el que no hay nada que rascar. Un sueño como otros muchos, fácilmente interpretable y sin más trasfondo que el mismo hecho de soñar y reinventar lo vivido cuando se está despierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero si eso quiere decir que puedo volver a recordar sueños, y lo más importante, a escribirlos, entonces eso es una buena noticia, por muy simple que éstos sean y por muy mala que sea mi prosa. He perdido la práctica y no puedo prometer nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el caso es que me gustaría reactivar este blog.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;... y dos días después me doy cuenta de que he publicado una entrada exactamente dos años después de la última que publiqué... un dos de febrero (mes dos)... a veces me doy miedo...&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-6598981746635108919?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/yirFQUbZCo0" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/yirFQUbZCo0/deberia-reactivar-este-blog.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>7</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2011/02/deberia-reactivar-este-blog.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-7423151004984661689</guid><pubDate>Mon, 02 Feb 2009 21:45:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:01:30.187+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Vigilia</category><title>Interpetación de los sueños: objetos y sensaciones</title><description>&lt;em&gt;Después de muchos sueños escritos y otros tantos estudiados que se han quedado en el tintero, he descubierto que intentar interpretar sueños a partir de los objetos o imágenes que aparecen en ellos no sólo es una pérdida de tiempo, sino que además nos alejan del verdadero motivo por el que hemos soñado con algo en concreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace poco alguien me preguntó si sabía lo que significaba soñar con un cinturón roto, o si me atrevía a interpretarlo. Aquí aparecen dos opciones: ir a cualquier diccionario de sueños (como esos que nos dicen que soñar con arañas dentro de casa es símbolo de buena suerte, o que al soñar con la muerte de un conocido le estamos alargando la vida, o que soñar con que se nos caen los dientes significa que ganaremos dinero), o indagar un poco más en el ser único e irrepetible que es el soñador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo la persona que sueña puede llegar a entender por qué aparecen ciertos objetos en sus viajes oníricos. O quizá no lo entienda (y por eso pregunta) pero, sin saberlo, es capaz de crear una relación entre el objeto y lo que ese objeto significa en sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para mí, que nunca utilizo cinturones y con los que nunca he soñado, soñar con un cinturón roto no tiene ningún sentido. Sí, algún avispado hará una rápida asociación de ideas: cinturón igual a atar igual a angustia; roto igual a romper lo que te ata igual a libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Demasiado simple.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunté a esa persona si ese cinturón con el que había soñado tenía algún significado especial para él. ¿Había sido un regalo? ¿O lo había comprado por compromiso o porque se le había roto otro y no tenía más? Puede que el cinturón ni siquiera exista en la realidad, o puede que el soñador lo haya visto en alguna ocasión, aunque aparentemente lo haya olvidado (por supuesto, su mente sigue teniéndolo presente). Él me respondió que no se trataba de un cinturón especial: se lo compró porque a su pareja le gustaba mucho, y él aceptó comprarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debo dejar claro que apenas conozco a esta persona, y mucho menos el estado de su relación. Sí, algún otro avispado podrá decir que se siente atado a veces por la relación de pareja, y de ahí el simbolismo del cinturón roto. Bueno, quizá eso se acerca más a la verdad, aunque por supuesto no es mi intención saberla. Cuando alguien me pide que interprete un sueño simplemente le digo las cosas que podrían ser, y es única y exclusivamente esa persona la que hará su interpretación final a partir de esa pequeña ayuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que le pregunté lo más importante: ¿qué había sentido al darse cuenta de que el cinturón estaba roto? Esta parte es muy interesante, porque de los sentimientos y sensaciones que despiertan los objetos (y también hechos) que soñamos es de donde sacaremos las conclusiones más acertadas. Podían darse varias actitudes: miedo y angustia al haberse roto, indiferencia al tratarse de un cinturón sin importancia, agobio por tener que comprar otro o por dar explicaciones, ansiedad por no saber cómo ni cuándo se había roto... He ahí el secreto del sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este caso, la persona no recordaba qué sensaciones había tenido cuando veía el cinturón roto. Basándome en mi propia experiencia, supe que efectivamente ese objeto no era demasiado importante. Con toda seguridad el soñador sólo había sido capaz de recordar ese objeto en particular (hecho que luego me corroboró), sin poder contextualizarlo de ningún modo. Si le hubiese causado algún tipo de incomodidad probablemente estaríamos hablando de una pesadilla, que recordaría con mayor facilidad. Probablemente sintió indiferencia y sólo llegó a preguntarse ¿por qué? pero nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego le pregunté qué habría sentido si el cinturón se le hubiese roto en la realidad. Me contestó que nada en especial; una ligera indiferencia quizá, pero nada importante. Hay que tener muy en cuenta, y también hablo por propia experiencia, que a veces lo que en el mundo de la vigilia es irrisorio, en los sueños puede convertirse en un objeto de pasión, dolor e intensos sentimientos. En ese momento es cuando debemos averiguar qué es lo que se siente ante un objeto o hecho. Por lo tanto, esa única imagen recordada era sólo un detalle de un sueño más extenso, pero no por ello se trataba de la más importante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En otra ocasión el sueño fue algo más complejo. Un hombre veía el cadáver de su padre, que había fallecido hacía algunos años, y una gigantesca serpiente que se acercaba a él y le producía un inmenso terror. Él sabía que su padre no podía volver a hacerle daño (la relación entre ambos no había sido buena), pero el mero hecho de ver la serpiente le provocaba un malestar que hacía tiempo que no sentía. En este caso no necesité más datos: la serpiente simbolizaba a todas luces las consecuencias de los actos del padre, quien aun estando muerto podía seguir haciendo daño por todas las cosas que había hecho en vida. ¿Por qué una serpiente? La imagen aquí no es extremadamente relevante: incluso los más valientes sentirán temor y respeto ante un gigantesco reptil capaz de matarlos. De todos modos, en nuestra cultura la serpiente simboliza el engaño, la maldad y el peligro, por lo que la relación es evidente. La persona que soñó esto me dio la razón al instante: la sombra de su padre, el miedo a que resurgieran fantasmas del pasado que debían estar enterrados, había vuelto. Quizá estando despierto no era consciente de esta preocupación, pero ésta seguía bien presente en su mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pretendo demostrar nada con estas interpretaciones. De hecho, la gente se sorprende ante mi capacidad (bastante atípica, por lo que parece) de recordar mis sueños con todo lujo de detalles. Cada persona es un mundo, capaz de crear miles de mundos más cuando duerme, y del mismo modo que no existe ley alguna que pueda catalogarnos por nuestra forma de ser (ni siquiera la psicología, por mucho que intente aproximarse), los sueños siguen siendo únicos y exclusivos de su creador. Interpretar un sueño deberá ser una tarea de introspección y meditación, en la que no hay más leyes que la propia experiencia y los recuerdos. &lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-7423151004984661689?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/sE12Bmfo6_M" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/sE12Bmfo6_M/interpetacion-de-los-suenos-objetos-y.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2009/02/interpetacion-de-los-suenos-objetos-y.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-1815491787576105499</guid><pubDate>Fri, 23 Jan 2009 07:34:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:01:46.770+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De las hormigas</title><description>&lt;p align="justify"&gt;&lt;br /&gt;– Pero… ¿qué es esto?&lt;br /&gt;– ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;– Hay hormigas.&lt;br /&gt;– ¿Cómo?&lt;br /&gt;– Pues eso, que hay hormigas.&lt;br /&gt;– ¿Dónde?&lt;br /&gt;– ¿Por qué no te acercas y lo ves tú mismo?&lt;br /&gt;– Ya voy…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Pues es verdad!&lt;br /&gt;– No te rías, a mí no me hace ninguna gracia.&lt;br /&gt;– Pero si sólo son hormigas…&lt;br /&gt;– Ya, sólo son cientos o quizá miles de hormigas que están entrando por la puerta de la terraza en hilera y que se dirigen directamente a la cama.&lt;br /&gt;– Estarán buscando comida y todo eso que suelen buscar las hormigas…&lt;br /&gt;– Pues yo no puedo estar tranquila con esa larguísima hilera de hormigas pasando bajo mis pies…&lt;br /&gt;– No te preocupes, ya sabes que si no las molestas no te harán nada.&lt;br /&gt;– No, si yo no me preocupo por eso. Me preocupo porque he leído cosas bastante desagradables acerca de lo que pueden llegar a hacerle a un cuerpo muchas hormigas juntas.&lt;br /&gt;– Te lo he dicho ya muchas veces: ¡no leas tanto! Además, imagino que las hormigas comunes de jardín no harán ese tipo de cosas.&lt;br /&gt;– ¿Y tú cómo puedes saberlo? ¿Es que acaso sabes distinguir entre las distintas especies de hormigas?&lt;br /&gt;– Bueno… Si miro estas… Me parecen más bien normalitas… “Comunes”.&lt;br /&gt;– ¿Te estás riendo de mí?&lt;br /&gt;– No, sólo intento bromear un poco para que estés más tranquila. ¿Quién no ha tenido hormigas en su casa alguna vez?&lt;br /&gt;– Cuando vivía con mis padres, alguna vez habíamos visto hormigas por el piso. Pero nunca más de cinco o seis, no toda una procesión. Era como si se hubiesen perdido o algo así. Además, los gatos siempre nos avisaban de dónde estaban… Quizá deberíamos tener un gato.&lt;br /&gt;– No necesitamos gatos. ¿Y las hormigas pueden perderse?&lt;br /&gt;– Bueno, las expediciones de hormigas como ésta comienzan con las que exploran el terreno. Luego las demás van siguiendo su rastro. Pero si pones un obstáculo en medio de una hilera, o la rompes empujando a unas cuantas, verás como las que vienen detrás empiezan a buscarlo rápidamente porque lo han perdido.&lt;br /&gt;– Voy a probar entonces… a ver si vuelven para atrás y salen de casa.&lt;br /&gt;– ¿Estás seguro? ¿No sería más fácil rociarlas con un insecticida y listo? Si rociamos la puerta seguro que no entran más…&lt;br /&gt;– El insecticida dejaría manchas en el suelo y las paredes… ¿No ves que es todo blanco? Los muebles, las puertas… techo, paredes y suelo… Y luego recogerlo todo…&lt;br /&gt;– Ya, y me gusta mucho la decoración, pero si vamos con cuidado no tiene por qué pasar nada… Pero… ¿¿qué haces??&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Vaya… nunca había visto nada igual…&lt;br /&gt;– Esto no me gusta nada.&lt;br /&gt;– A mí tampoco. De pequeño, cuando veraneaba en el pueblo de mis abuelos, los niños nos juntábamos y jugábamos con las hormigas. Cogíamos un palo y rompíamos las hileras que encontráramos. Las hormigas se esparcían un poco y tardaban bastante en volver a encontrar el rastro. Pero esto es increíble…&lt;br /&gt;– Ya, yo de pequeña también hacía lo mismo. Es lo que te he explicado antes. Creo que todos hemos hecho algo así.&lt;br /&gt;– Sí, pero definitivamente éstas no son hormigas comunes…&lt;br /&gt;– No… Está claro que no. ¿Te has dado cuenta de lo rápido que han encontrado el rastro?&lt;br /&gt;– No sé qué me preocupa más: que lo hayan encontrado tan rápido, o el modo en que lo han hecho…&lt;br /&gt;– Nunca había visto tantas hormigas juntas en tan poco sitio. ¡Han hecho una bola rapidísimo!&lt;br /&gt;– En serio… voy a por el insecticida…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Mierda!&lt;br /&gt;– ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;– Aquí. Más hormigas.&lt;br /&gt;– ¿En serio?&lt;br /&gt;– Míralo tú mismo. Salen de debajo de la cama.&lt;br /&gt;– ¿Pero cómo puede ser? Si hicimos obras hace nada. No puede haber ningún hueco por el que puedan entrar.&lt;br /&gt;– Y mira, estas son un poco distintas… Parecen más grandes, ¿no?&lt;br /&gt;– Sí. Voy a buscar en Internet…&lt;br /&gt;– Internet no las va a sacar de casa. Pásame el insecticida que hay en el armario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Esto cada vez me gusta menos.&lt;br /&gt;– Es realmente extraño…&lt;br /&gt;– Ni se han inmutado con el insecticida. Sólo han movido las antenas como si les molestara algo y ya está. A ver, que miro el pote. “Mata hormigas, arañas y pequeños insectos domésticos”. Sí, sirve para las hormigas, pero pone que no es eficaz contra las cucarachas.&lt;br /&gt;– Pues o esto son cucarachas con forma de hormiga, o acabamos de descubrir una nueva especie… Que para el caso es lo mismo…&lt;br /&gt;– Yo sólo te digo que hay que hacer algo. No pienso dormir en esta cama… ni en esta casa… con estas hormigas tan extrañas correteando por ahí. No me gusta la idea de despertarme bajo una manta de ellas. Vi una película hace tiempo y no se me quita la imagen de la cabeza: no puedes moverte para que no te piquen, y tienes que tapar todos los orificios de tu cuerpo, orejas, ojos, nariz, boca, para que no entren dentro.&lt;br /&gt;– Entre el cine y los libros…&lt;br /&gt;– A ver, ¡es pura lógica! Son muchas y muy pequeñas. Pueden meterse por donde quieran. Y para colmo éstas ni siquiera son normales!&lt;br /&gt;– Tienes razón… Pero entonces… ¿Qué hacemos?&lt;br /&gt;– La verdad… No suena demasiado bien y me avergüenzo un poco de ello… Pero una vez…&lt;br /&gt;– ¡Nunca dejarás de sorprenderme!&lt;br /&gt;– ¿Pero me vas a dejar contarlo?&lt;br /&gt;– Vale, vale, perdona… Prosiga, señorita.&lt;br /&gt;– Muy gracioso… Bueno, ya sabes que mis abuelos tienen un terreno con una casa en Tarragona. Pues hace años, cuando la casa todavía no estaba acabada y ni siquiera había jardín y todo eran piedras y tierra, encontré varios hormigueros. Metía un palito por el agujero y todas las hormigas salían rápidamente. Lo que hacía era ponerles obstáculos alrededor para que se agruparan todas en un mismo sitio.&lt;br /&gt;– Ya veo: una granja de hormigas.&lt;br /&gt;– No, y déjame seguir. El caso es que rellenaba el sitio en el que las encerraba con paja y hojas secas… Y cuando ya había un montón les prendía fuego.&lt;br /&gt;– ¿Cómo? ¡Qué grande eres! Lo dicho: ¡nunca dejarás de sorprenderme!&lt;br /&gt;– Pues quiero que sepas que me arrepiento mucho de haberlo hecho. Cuando empecé a ver cómo pasaban poco a poco de color negro a rojo, como un hierro candente, ya sabes, y cómo se retorcían, me sentí muy culpable…&lt;br /&gt;– Y de ahí tu afición por los animales, ¿no? Vale, no respondas. Lo que quieres decirme es que quieres que hagamos bolas de hormigas rompiendo las hileras y que las quememos, ¿cierto?&lt;br /&gt;– Exacto…&lt;br /&gt;– ¿Y no podías decirlo directamente? Algo así como: “¿Y si las quemamos vivas?”.&lt;br /&gt;– No soy tan bestia.&lt;br /&gt;– Sí lo eres, solo que lo has dicho muy fino. Voy a por unas cerillas… Tú busca algo que les obstaculice el paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Oye!&lt;br /&gt;– ¿Qué?&lt;br /&gt;– ¿Puedes venir un momento?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Traigo las cerillas. ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;– Mira.&lt;br /&gt;– ¿Pero qué…?&lt;br /&gt;– Eso mismo.&lt;br /&gt;– ¿Dónde están las hormigas? ¿Y qué narices es eso?&lt;br /&gt;– A ver… Tranquilidad. La hilera que venía de la puerta de la terraza… La vimos los dos, ¿no? Y eran unas malditas y pequeñas hormigas aparentemente normales.&lt;br /&gt;– Exacto.&lt;br /&gt;– Vale. Pues que alguien me explique por qué narices han crecido tanto y de dónde les han salido las alas.&lt;br /&gt;– Esto empieza a darme mala espina…&lt;br /&gt;– Pero…&lt;br /&gt;– ¿Qué?&lt;br /&gt;– …&lt;br /&gt;– ¿Qué pasa? ¡Dí algo!&lt;br /&gt;– Que son bonitas, ¿no crees?&lt;br /&gt;– ¡Pero…! Mmmm… Hombre, la verdad es que sí…&lt;br /&gt;– Mira cómo son sus alas. Parecen de mariposa.&lt;br /&gt;– Sí…&lt;br /&gt;– Además, según como las mires parecen traslúcidas, y según como, de terciopelo negro con dos ojos mirándote. Parecen salidas de un sueño… ¡Auch! ¿Qué haces?&lt;br /&gt;– Te pellizco para demostrarte que no es un sueño.&lt;br /&gt;– En los sueños también puedes sentir dolor, listillo. Bueno, ¿intento coger una?&lt;br /&gt;– ¡Pero qué dices! Hace un rato decías que no querías estar aquí dentro por culpa de una simple hilera de hormigas, ¿y ahora dices que quieres capturar un bicho de estos que ni sabemos lo que son, ni cómo se han transformado, ni nada?&lt;br /&gt;– Bueno… Imagina que salimos por las noticias.&lt;br /&gt;– Claro, sí, y los vecinos diciendo: “Nunca lo habríamos pensado… Parecían tan normales… Ha sido toda una sorpresa para nosotros, jamás lo hubiéramos pensado”.&lt;br /&gt;– Bueno, ¿y qué quieres que te diga? Si las quemamos vivas y luego explicamos la historia, nadie nos creerá. Y si hacemos fotos dirán que es un montaje…&lt;br /&gt;– Como tú veas. Pero a mí no me metas en esto. Cuando acabes avísame para quemarlas a todas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Sabes…&lt;br /&gt;– Dime…&lt;br /&gt;– Creo que no puedo hacerlo.&lt;br /&gt;– ¿Coger una?&lt;br /&gt;– Sí.&lt;br /&gt;– Hace un momento estabas muy decidida.&lt;br /&gt;– Ya, pero…&lt;br /&gt;– ¿Pero?&lt;br /&gt;– Pues que me da mala espina. Algo me dice que no debemos tocarlas.&lt;br /&gt;– Claro. Ya te lo he dicho yo antes. Si no las molestas se irán solas y ya está. Pero como las hagas enfadar…&lt;br /&gt;– ¡Que no son abejas!&lt;br /&gt;– … Avispas…&lt;br /&gt;– ¡Abejas, avispas, lo que sea! Son unas hormigas que se han convertido en hormigas enormes con alas de mariposa y mosca a la vez. Y no sé…&lt;br /&gt;– Se me está ocurriendo algo.&lt;br /&gt;– ¿El qué?&lt;br /&gt;– Se está haciendo tarde y tengo hambre. Hagamos una cosa. Salgamos a comer algo, relajémonos, y luego volvemos y vemos lo que hacemos con ellas, ¿vale? Puede que incluso se hayan ido.&lt;br /&gt;– Tienes razón…&lt;br /&gt;– Bien. Voy a por las llaves.&lt;br /&gt;– ¿Me traes mi bolso, por favor? No quiero entrar en el dormitorio…&lt;br /&gt;– Sí, ahora voy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Creo que deberíamos dejar la puerta de la terraza abierta, por si acaso. Por si deciden irse.&lt;br /&gt;– ¿Y si entran más?&lt;br /&gt;– Si entran más… Pediremos ayuda a alguien. Pero si las encerramos aquí, seguro que están cuando volvamos.&lt;br /&gt;– Sí, tienes razón…&lt;br /&gt;– Anda, tranquilízate, ¿vale? Vamos a despejarnos un poco.&lt;br /&gt;– Vale. Pero esta vez paga usted, señor mío, que menuda época llevo.&lt;br /&gt;– Muy bien, señorita. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-1815491787576105499?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/DMFMjs03cpE" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/DMFMjs03cpE/de-las-hormigas.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>2</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2009/01/de-las-hormigas.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-6626994429956650169</guid><pubDate>Sun, 18 Jan 2009 17:12:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:00:27.022+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>Del taxi a ninguna parte</title><description>Me había costado mucho dormirme. Necesitaba el sonido del televisor de fondo para no sentirme sola, pero la voz de Mercedes Milà me despertaba a cada rato con sus comentarios y equivocaciones. Podría haber apagado el televisor o quizá haber cambiado de canal, pero estaba demasiado atontada como para moverme, y por otro lado las sombras y luces de la pantalla me hacían sentirme algo más acompañada. Y entre sueño y sueño intentaba no pensar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desperté por la mañana con la sensación de no haber descansado en absoluto. El televisor se había apagado tal y como lo había programado, y el piloto rojo del standby me miraba paciente, como diciéndome servilmente que estaba a mi servicio para cuando volviera a necesitarlo. “La próxima noche”, pensé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como cada mañana, el mismo ritual: ir al baño, lavarme los dientes y darme una ducha. Tomar un café, preparar las cosas para irme. Miré el reloj un par de veces para darme cuenta de que se estaba haciendo tarde. Pese a eso me sentía bastante tranquila; me daba lo mismo no llegar puntual al trabajo. No quería prisas, agobios, carreras y nervios. Quería ir haciendo lo que tuviese que hacer y que cada movimiento requiriese el tiempo que fuese necesario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero al final el tiempo se me echó encima. “No pasa nada”, pensé. “Cogeré un taxi y llegaré más rápido que en metro”. No sé qué me llevó a pensar así, puesto que a esas horas el tráfico probablemente sería denso, sobretodo en la zona de la ciudad en la que yo trabajaba. De todos modos cogí mis cosas y, antes de salir, pasé unos minutos frente a mis colonias y perfumes (¿quién me iba a decir que con el tiempo tendría varios?) intentando decidir cuál me pondría ese día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre he creído que los dos grandes acompañantes y peligrosos enemigos de la memoria son la música y los olores. Cada uno de nosotros crea su propia banda sonora en la vida, con sus distintas épocas y situaciones. Cuando al cabo de un tiempo, quizá años después, volvemos a escuchar una canción en concreto, una avalancha de recuerdos nos golpea en la mente como un martillo gigantesco, y las imágenes de aquella época pasan ante nuestros ojos haciéndonos revivir sentimientos, alegrías y decepciones. Y luego siempre queda esa horrible sensación de que todo aquello, después de todo, acabó pasando. Porque todo llega y todo pasa. En mi caso, todavía hay canciones hermosas que me prohíbo escuchar porque no quiero llorar más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con los olores el efecto es similar. Yo nunca había utilizado colonias ni perfumes en toda mi vida hasta hacía más o menos año y medio. Durante un tiempo estuve utilizando un dulce aroma diariamente, en una época llena de pasión, sentimientos positivos e ilusiones. Pero desgraciadamente esa época también había pasado, sin yo quererlo, y el bote de colonia seguía esperando a que volviese a utilizarlo. Sólo en los días en los que me sentía más fuerte era capaz de ponérmelo, y siempre volvían a mí las emociones de aquella época que tan intensamente viví. Inconscientemente asociaba un olor a unos recuerdos, o quizá ese olor me hacía asociar la colonia a una época, quién sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero esa mañana no me sentía fuerte. Más bien todo lo contrario: una nube de melancolía y agotamiento me rodeaba y no podía evitar mirar cada bote de colonia e intentar decidir cuál de ellas sería la que menos daño me haría. La roja no; fue la primera que compré por una desafortunada recomendación. La media luna tampoco; fue la primera y única que me regaló, hace muchos años, una persona muy especial a la que sigo apreciando muchísimo y con la que todavía no sé cómo actuar. La dorada es demasiado fuerte y me gusta reservarla para ocasiones especiales, pero hace tiempo que las ocasiones especiales se terminaron. Además, fue otra desafortunada recomendación de quien después me dejó de lado. ¿Quizá la lila? Era la única que había comprado yo en un tiempo de mucha tristeza y lágrimas. Y por último la rosa, una oportunidad entre otras tantas, que había llegado a mí en un extraño momento de mi vida y que me arrastraba irremediablemente hacia algún lugar que me provocaba una extraña sensación de preocupación e intranquilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día elegí la lila, la única que yo había comprado. Pese a todo, los recuerdos de tiempos pasados e ilusiones no cumplidas me llegaron con la primera ráfaga de minúsculas gotas de aroma dulce que tocaban mi piel. Cada gota era un pequeño detalle que se había perdido, que había dejado de percibirse, que ya no era importante. De todas las colonias, ese día ésa era la menos mala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intentando controlar mis pensamientos y sentimientos acabé de prepararme y salí de casa. Ya era tarde y, mirando mi reloj (otro objeto que me traía demasiados recuerdos de una época mejor), calculé que llegaría una hora tarde al trabajo. Con la música en mis oídos y una bufanda protegiéndome del gélido aire, bajé hasta la gran avenida donde esperaba parar un taxi. Pero me apetecía pasear hasta que me cansara, de modo que seguí caminando en la dirección en la que me llevaría un taxi. Atravesé cinco calles y giré a la derecha. Allí había árboles y mucho tráfico. Volví a mirar el reloj, y decidí que era hora de ponerse en marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un taxi estaba estacionado en la acera. Corrí hacia él, aunque no tenía el piloto verde encendido, por lo que estaba ocupado. No me importó; sin pensármelo dos veces abrí la puerta de atrás y entré, sentándome tras el asiento del taxista. Pude ver que en el asiento del copiloto había una persona sentada, quizá quien había cogido antes el taxi. Me extrañó que no estuviera sentada detrás, como es normal. Pero cerré la puerta y me acomodé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie cruzó una palabra. De hecho el taxista se puso en marcha sin preguntarme mi destino. Yo tampoco creí necesario darle indicaciones. Era como si aquel hombre supiera a dónde me dirigía. O quizá sabía que yo misma no sabía hacia dónde me dirigía, y que el lugar al que llegara me era indiferente. El caso es que el automóvil se unió a la multitud de turismos que llenaban las calles, y poco a poco fue avanzando mientras yo miraba por la ventana y pensaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿En qué pensaba? Más bien dejaba que mis pensamientos fluyeran sin control. Veía un árbol y luego otro y otro, y yo me concentraba en el verde de sus hojas perennes. Cuando nos deteníamos en un semáforo yo observaba un edificio a mi izquierda; vi un enorme bloque de oficinas con cristales oscuros en las ventanas y una sofisticada entrada de puertas giratorias por las que entraban y salían personas que sabían en todo momento quiénes eran, de dónde venían, a dónde iban y lo que querían y debían hacer. Seguramente aquellas personas ni siquiera podían imaginar que había alguien en el mundo que vivía sin rumbo. Probablemente, de saberlo, criticarían esa actitud. Y entonces el semáforo se ponía en verde y el coche volvía a arrancar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cruzábamos entonces amplias calles y girábamos en grandes rotondas, y yo miraba los coches que iban a nuestro lado. Coches caros y elegantes, y coches viejos y desgastados. Pero todos los conductores iban a algún sitio en aquella corriente de tráfico en la que yo me encontraba. Me sentía como un pez payaso que se hubiese equivocado de dirección e intentara remontar el curso de un río como un salmón, saltando y luchando con todas sus fuerzas. De vez en cuando me fijaba en las marcas y modelos de los otros coches, y eso también me traía recuerdos. Todo me traía recuerdos amargos. Y entonces me daba cuenta de que yo estaba en un taxi, en el que me había subido sin permiso y sin dar indicaciones, pero yo quería estar en otro coche completamente distinto, en el asiento del copiloto y escuchando una música que para mí ahora estaba prohibida, al menos durante un tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de aproximadamente tres cuartos de hora el taxista detuvo el coche en una calle, y el copiloto se apeó tras pagarle la carrera. Pero el taxista no volvió a arrancar, y yo, que había estado sumergida en mis pensamientos, volví a la realidad cuando mi inconsciente se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin moverme. Miré entonces a mi derecha, y ahí estaba el hall de entrada del edificio de oficinas en el que yo trabajaba. Habíamos llegado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía no entiendo cómo pudo el taxista saber dónde tenía que llevarme, si yo no se lo había dicho. Yo también bajé del coche sin decir palabra, y no le pagué, pero el hombre tampoco hizo ademán de querer cobrarme. Llegaba una hora tarde al trabajo, pero al igual que a la hora de despertarme, eso no importaba. Durante todo el trayecto la nube de melancolía y agotamiento me había acompañado y seguía conmigo ahora, y sólo deseaba que el recorrido en taxi no hubiese acabado nunca, o bien que mi destino hubiese sido otro distinto, nuevo y desconocido para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Quizá en la próxima carrera”, pensé resignada, y entré en el edificio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-6626994429956650169?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/9vv3VpDEK5o" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/9vv3VpDEK5o/del-taxi-ninguna-parte.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2009/01/del-taxi-ninguna-parte.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-8168644340464738246</guid><pubDate>Wed, 31 Dec 2008 07:23:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:02:50.472+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>Del abrazo de arena (réquiem y cierre de año)</title><description>El fin de semana pasado quedamos para tomar unas copas e ir a dar una vuelta, ¿te acuerdas? Lo dudo, pero yo lo recuerdo a la perfección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como en la mayoría de las ciudades costeras, hay una zona de bares al lado del mar. No es posible llegar hasta allí en coche, y de hecho hay que recorrer multitud de estrechas y oscuras calles de adoquines, siempre llenas de gente joven de todo tipo. Y ahí estábamos nosotros, yo vestida de negro, como siempre, tú con tu cazadora marrón y tus tejanos azules. Te llevé por una zona apartada, y recorrimos el laberinto de calles en silencio, observando la luz de la luna reflejándose sobre los charcos de agua y los adoquines húmedos, pasando desapercibidos entre las oscuras paredes, sin que la luz naranja de las pocas farolas que había llegase a tocarnos. El camino, aunque más largo de lo normal, nos llevaría a mi escondite personal, un lugar que poca gente conocía, lejos de las aglomeraciones y del artificial ruido de la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces divisé el mar, y supe que estábamos llegando. Solté una carcajada y sentí ganas de salir corriendo y mirar a la izquierda, para poder comprobar lo antes posible que el lugar no estaba ocupado y que habíamos llegado a tiempo. Me moría de ganas de mostrarte ese trocito de soledad del que me había apropiado; quería saber qué pensarías de él, qué sentirías al sentarte en ese sitio, mirando el paisaje que yo nunca me cansaría de observar y recordar. Y al girar a la izquierda, tras el último edificio, miré y sonreí, y riéndome te hice un ademán con mi mano apremiándote a venir, y mi corazón se alegró, pues aunque había gente sobre la arena, esa parte de la playa estaba prácticamente desierta, ya que la única forma de llegar hasta allí era el camino por donde habíamos venido, y la gente prefería no tomar esa ruta. Y cuando te paraste a mi lado, te cogí de la cazadora y te insté a que saltaras a la arena, y señalé el montículo de arena que se encontraba a pocos pasos de nosotros, y sin dejar de sonreír te dije "¡Vamos!". Y tú pareciste despertar entonces, y fuiste corriendo hasta el montículo en forma de asiento con cúpula, y te desplomaste en la parte de la izquierda riéndote, y yo me acerqué y me dejé caer a tu derecha, y observé contigo el paisaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La barrera de arena compacta y húmeda a nuestras espaldas nos aislaba del mundo y nos ayudaba a aislar al mundo de nosotros; la luz artificial de la ciudad no nos molestaba y el cielo y sus estrellas se podían ver a la perfección. Pues aunque de camino a ese lugar había llovido ligeramente y el cielo había estado completamente cubierto de nubes, al llegar nosotros parecía que la luna las había espantado, y brillaba grande y hermosa sobre el mar, y parecía que cualquiera podía alzar la mano y acariciar sus suaves arrugas de plata. El mar estaba en calma y las olas parecía que nos perseguían, y me levanté divertida y jugué con ellas intentando que no tocaran mis pies sin conseguirlo, y eso me dio miedo, pues el mar me produce un profundo respeto. De modo que me volví para sentarme a tu lado, y quizá por haber querido jugar con el mar la vista me jugó una mala pasada, pero lo cierto es que no llegué a verte: eras sólo un montón de arena con ropa de hombre y tu brazo se alzaba en mi dirección, invitándome a recostarme en la arena. Y justo cuando me senté a tu lado buscando una posición cómoda, pasaste tu brazo sobre mis hombros y me empujaste hacia tí, y reposé mi cabeza sobre tu hombro, y pude inspirar la brisa marina y tu calor, pero me sentí incómoda, pues no era eso lo que yo buscaba, de modo que me aparté de tí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos quedamos en silencio, yo sin querer mirarte pero sabiendo que cada vez te confundías más con la arena de la playa, y las olas se acercaban a mis pies amenazantes, pero yo no osé moverme. Y de nuevo te moviste y me acercaste a tí, y entonces supe que tu cuerpo sólo era arena, pero tus manos eran reales, y me cogían fuerte, y tus brazos me arropaban y me acariciabas, y guardabas mis manos en las tuyas para que entraran en calor, y entonces me apretabas un poco más fuerte, y jugabas con mis dedos, con la palma de mi mano, con mis muñecas, y luego con mi cara, con mi barbilla y con mi cuello. Y yo no quería que pararas; no deseaba nada más, sólo quedarme ahí para siempre, sintiendo tu tacto firme y el calor de tu cuerpo de arena, sintiendo que me cuidabas y me mimabas, mirando siempre a la luna y al mar, y cerrando los ojos para perderme en tus caricias...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la luna se reía y las olas me perseguían, y desperté...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desperté al calor de mi tan conocida habitación y no entendí cómo había llegado hasta allí, y quise volver a esa playa; pero cuando la luz del sol fue despejando mi mirada, entendí que esa playa no existía, que ese rincón de arena jamás había sido mío, que la luna no podía ser tan grande y que las calles jamás estarían vacías. Y enfadada con el rey del sueño por ser tan cruel, me levanté rápidamente y miré si estabas conectado. Y ahí estabas, tu nick de siempre, tu eterna presencia, pero no me atreví a hablarte; sólo quería preguntarte si era cierto, si de veras era cierto que todo había sido falso. ¿Recordarías cómo me abrazabas? ¿Recordarías esa luna sobre el mar? ¿Recordarías cómo me acercaste a tí en dos ocasiones? Pero entonces iniciaste tú la conversación, como si hubieses estado observando por un agujerito hasta verme ante el ordenador, y me preguntaste que qué tal, y te respondí que estaba muy bien, y que quería volver lo antes posible a esa playa, pero tú no entendiste nada de lo que dije...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces lloré porque entendí que había sido sólo un sueño, y volví a meterme en la cama, intentando encontrar la postura en la que me había despertado, en la que había estado durmiendo ese hermoso sueño, y cerré los ojos, deseando ser quien te acompañara hasta volver a despertar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Soñado durante la noche de Fin de Año de 2006, con treinta y ocho y medio de fiebre. Escrito durante la primera semana de 2007.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-8168644340464738246?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/gmgDpZHNaFo" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/gmgDpZHNaFo/del-abrazo-de-arena-rquiem-y-cierre-de_31.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/12/del-abrazo-de-arena-rquiem-y-cierre-de_31.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-4742430926959656410</guid><pubDate>Fri, 26 Dec 2008 20:31:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:03:15.802+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Vigilia</category><title>El momento de dormirse (invierno)</title><description>&lt;em&gt;Es cualquier hora de la noche y me dispongo a dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como siempre sigo mi rutina. Me lavo la cara, me cepillo los dientes, meo, me pongo el pijama. Recojo un poco el dormitorio, dejándolo preparado para no tener que hacer gran cosa al día siguiente, si es laboral. Si es festivo, me da igual cómo o dónde estén las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Programo la estufa al mínimo para que la habitación no se enfríe durante la noche. La coloco de manera que el piloto rojo, que se enciende y se apaga cada ciertos minutos, no me moleste durante el sueño. No sería la primera vez que me desvela una intensa luz roja en medio de la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apago el ordenador tras echar un último vistazo al correo y a mi gestor de descargas. No hay nada nuevo. Como casi siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejo la bata sobre la cama, para tenerla bien a mano por la mañana. Compruebo que no hay nada cerca de la estufa para evitar cualquier percance. Todo está en su sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apago la luz. Hoy no me apetece leer, pero tampoco quiero quedarme a oscuras centrándome sólo en mi cabeza. Enciendo el televisor y lo programo para que se apague al cabo de dos horas. El volumen está al mínimo, pero en el silencio de la noche es audible y puedo seguir los diálogos. Emiten una película de acción en el canal autonómico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me meto en la cama y me tumbo sobre el lado derecho. Compruebo el móvil; no hay llamadas ni mensajes. Lo pongo en modo vibración. Luego en silencio. Al final lo dejo en modo normal; quizá alguien me llame o me envíe un sms. Desprogramo las alarmas. Mañana quiero despertarme cuando me lo pida el cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejo el móvil sobre una de las baldas de mi estantería, junto al libro que estoy leyendo, mi Nintendo DS y el mando a distancia del televisor. Cierro los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empiezo a mover rítmicamente el pie derecho. Cuando estoy agotada este movimiento surge espontáneamente. Significa que me voy a dormir dentro de poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejo que mis pensamientos fluyan. Básicamente todo gira alrededor de mi nuevo trabajo. Del estrés que me produce, de los nervios que paso. Es normal: hace tan sólo una semana que comencé. Bueno, en realidad eso no es del todo cierto. Empecé hace dos, pero unas anginas y más de treinta y nueve de fiebre me obligaron a coger la baja el segundo día. A eso lo llamo yo empezar con buen pie (y con ironía). Tengo ganas de seguir trabajando, de seguir aprendiendo. Quiero que el tiempo pase rápido y amoldarme a la nueva situación, y que la nueva situación se amolde a mí y deje de ser nueva. Pero me da rabia no encontrarme bien. En dos meses y pico de paro he pasado por costipados, anginas y cefaleas en racimo. Nervios, tensiones y mucha tristeza. Como siempre supe que el trabajo no me faltaría, no me costó nada encontrarlo. Pero me preocupa que mi estado de salud se resienta con tanta facilidad últimamente. Quizá debería hacerme algunas pruebas. Un análisis de sangre. Quedarme tranquila. Lo cierto es que ya no sé si me encuentro mal debido a la tensión y el estrés acumulados, o si la tensión y el estrés acumulados me hacen creer que me encuentro mal. Y entonces recuerdo los motivos, las causas de esa tensión y ese estrés. Y mi pie no para de moverse, pero sigo despierta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me doy la vuelta, y me apoyo sobre mi lado izquierdo. Si abro los ojos puedo ver la fría luz de las imágenes del televisor danzando sobre las paredes de mi habitación. Los vuelvo a cerrar; ahora me siento algo más cómoda. Y sigo pensando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me centro en la película que están dando. Desconozco el motivo por el cual el canal autonómico se escucha más bajo que el resto. No puedo seguir los diálogos con fluidez, pero al menos los disparos y gritos no me molestan. Me siento algo acompañada. Hay luz y voces al otro lado de mis párpados. Eso me hace sentirme menos sola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente pienso que no tengo ganas de que nadie me despierte con un sms intempestivo por la mañana. Me giro de nuevo y saco el brazo de debajo de las sábanas de franela. Hace algo de frío. Cojo el móvil y programo el modo silencio. Ha pasado media hora desde que me acosté; ahora es imposible que alguien me de señales de vida. Cierro la tapa, lo vuelvo a dejar al lado del libro que estoy leyendo, mi Nintendo DS y el mando a distancia del televisor, y recupero mi postura sobre el lado izquierdo. Me siento más tranquila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierro los ojos. Esta vez ya no pienso tanto. Más bien dejo que las imágenes fluyan ante los ojos de mi mente. Mi trabajo, mis amigos, mi familia, yo misma. Lo que he vivido y lo que no he podido vivir. Dependiendo de lo que veo se me escapa alguna lágrima. Rápidamente paso a otra imagen; prefiero volver al trabajo. A mi ordenador, al despacho, a los ascensores. Ese entorno que para mí ahora mismo es tan nuevo y extraño, incluso levemente salvaje, se convertirá dentro de un tiempo en un lugar conocido y amable. Poco a poco iré acostumbrándome a él y él se irá acostumbrando a mí. Del mismo modo que mi mente se acostumbra poco a poco al suave sonido del televisor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento me doy cuenta de que durante unos minutos no he sido capaz de escuchar nada. Tengo la sensación de haber apagado mis oídos durante un tiempo; ahora, al volver a activarlos, noto que el televisor está encendido. No me he quedado dormida, pero parece que mis sentidos han ido apagándose lentamente. He sido completamente consciente de mis pensamientos, pero los estímulos externos (la luz y el sonido del televisor) han desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me parece bien. Apenas muevo el pie un centímetro y de forma muy suave. Vuelvo a tumbarme sobre el lado derecho, colocando las sábanas y el edredón de modo que la pantalla del televisor no me ilumine directamente. Prefiero presentir las sombras que produce su luz. Y sigo dejando que fluyan las imágenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Retomo el hilo de mis pensamientos donde lo había dejado hace un momento. El dinero que tengo y el que no tengo; lo que puedo hacer con él y lo que no puedo. Me siento extraña al no sentir esa necesidad compulsiva de comprarme algo, sobretodo en estas fechas de bombardeo consumista. “Mejor”, acabo creyendo. Ahora mismo no me ilusiona nada material. Quizá se deba a que mi vacío es básicamente emocional. Ya llegará el día en que quiera, desee algo de veras, y pueda conseguirlo. Otra de tantas certezas. Tampoco espero regalos, ni los quiero. Luego aparecen las personas con las que me he encontrado y reencontrado últimamente. Como si de una muerte pasajera se tratase, empiezo a hilvanar todas las situaciones que me han llevado a conocer a esas personas y las relaciones que hay entre ellas. Retrocedo y avanzo en el tiempo, y apenas conscientemente me hago preguntas imposibles de contestar. Tampoco busco la respuesta; simplemente me resulta interesante y apasionante el cómo y el por qué suceden las cosas, y las consecuencias de todo lo que pasa. Intento imaginar mi futuro, aunque no me preocupa prepararlo. Simplemente barajo diversas opciones, intentando aceptar la quietud, frialdad y monotonía de mi presente. Lógicamente el invierno acabará pasando. Ahora sólo puedo soportar el frío e intentar protegerme de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y durante ese somnoliento y apenas consciente filosofar quizá se me ocurra alguna frase increíble que escribir, o tal vez un buen argumento para desarrollar una historia, pero no quiero desvelarme de nuevo. Pienso: “Acuérdate mañana”. Aunque luego nunca me acuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mientras salto de una cosa a otra sin ningún esfuerzo, mis sentidos se han vuelto a desactivar y mi mente actúa cada vez con menos rapidez. Poco a poco el pie se detiene y mi respiración se vuelve más suave y tranquila. Ya no oigo el televisor aunque sé que todavía sigue encendido. Puedo notar levemente mi mejilla contra la almohada, bendita sensación de bienestar, y eso me ayuda a hundirme más en un profundo sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al poco rato, perdida en mí misma, ya estoy dentro. &lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-4742430926959656410?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/OQls18a9vAc" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/OQls18a9vAc/el-momento-de-dormirse-invierno.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/12/el-momento-de-dormirse-invierno.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-2765579948674501011</guid><pubDate>Thu, 04 Dec 2008 12:43:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:03:30.460+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Pesadillas</category><title>Del santo que me bendijo</title><description>Primero debo dejar claro, para quien no lo sepa todavía, que no soy creyente. He sido criada en el seno de una familia agnóstica, aunque fui bautizada e hice la primera comunión, y me eduqué en dos colegios cristianos, uno de monjas y otro de curas. Quizá por eso ahora tengo la capacidad de poner tantas cosas en duda acerca de esta religión y de lo influyente que ésta puede ser, así como el resto. Las religiones mueven el mundo desde hace milenios, desde los egipcios politeístas hasta los más acérrimos seguidores de la Cienciología. Pero no voy a escribir un ensayo acerca de esta cuestión. Sólo voy a relatar un encuentro del todo sorprendente para mí, que aunque impresionante no me mueve de mis opiniones, aunque sí me provoca algunas dudas y preguntas, no sólo con respecto a la religión, sino también a los sueños, lo paranormal, la vida más allá de la muerte y las energías universales. Cuestiones muy New Age, dirán uno. Demasiado Iker Jiménez, dirán otros. Demasiado yo, pienso a veces para mí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una fría noche de finales de noviembre. Los dos estábamos dormidos en mi cama, compartiendo nuestro calor humano cuales cachorros abandonados en una cuneta. Pero por desgracia desde hace demasiado tiempo mi sueño es frágil y fácilmente vulnerable, por lo que en un momento dado me desperté a la oscuridad y me moví levemente. Mi compañero se despertó conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Estás bien? –me preguntó en un susurro mientras me acariciaba el brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Sí, sí –le respondí yo soñolienta. Volvimos a cerrar los ojos, pero me costaba muchísimo conciliar el sueño. Y no era la única que no podía dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Qué es eso? –me preguntó mi compañero, cuyo rostro me es imposible recordar ahora, mientras señalaba con el brazo izquierdo a la parte superior de una de las esquinas de mi dormitorio, por encima del ordenador, allí donde hacía un tiempo se había &lt;a href="http://www.sayanoyume.com/2006/10/del-hombre-que-se-ahorc-en-mi.html"&gt;ahorcado un hombre&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿El qué? –le pregunté yo dirigiendo mi mirada hacia el punto que señalaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No sé, esa extraña luz roja. ¿Tienes algo conectado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me froté los ojos para descubrir que sí, era cierto, una especie de luz roja se reflejaba en la pared. Me quedé mirando con miedo, puesto que se trataba de algo extraño que no pertenecía a mi dormitorio y que no sabía cómo había llegado hasta allí. Mi compañero y yo conteníamos el aliento mientras el silencio golpeaba nuestros tímpanos. Yo no dejaba de observar la extraña luz en la pared, que cada vez se me antojaba más nítida. Parecía una especie de mandala budista proyectado hacia la pared con luces de discoteca, pero eso era imposible, puesto que no había absolutamente nada en la habitación que pudiera crear ese efecto. Mi compañero, al cabo de unos minutos, decidió salir del dormitorio y dejarme sola; quizá fue al baño a lavarse la cara o a la cocina a comer algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo seguía mirando fijamente el dibujo, que fue aumentando lentamente de tamaño hasta detenerse por completo. No había más que oscuridad a mi alrededor, pero por debajo de la imagen comenzó a aparecer de la nada una imagen nueva; una especie de cuerpo humano cubierto por ropajes blancos. Sin dejar de taparme con las sábanas, y sin atreverme a darme la vuelta y dejar de mirar, intentando relajar mi respiración y aguardar pacientemente a lo que pudiera suceder, la nueva figura se fue transformando poco a poco en un santo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi sorpresa fue mayúscula. Sí, se trataba de un santo. El típico santo de estampa, con su túnica blanca y cinturón marrón, con un enorme libro en su mano izquierda y con la mano derecha alzada con los dedos índice y anular en alto. De su cabeza surgía una brillante luz dorada, como las coronas de los santos. Su cara era de hombre, surcada por arrugas y con una espesa barba rubia. Sonreía pacífica aunque enérgicamente. Él mandaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabría decir si estaba más asustada que sorprendida. Ese santo desprendía una cálida luz blanca que, aunque confería paz y sosiego, también me asustaba, puesto que noté cierto matiz aséptico que me recordaba a un hospital. El santo se acercaba con lentitud hacia mi cama, flotando en el aire y descendiendo suavemente, y sus ropas se movían a cámara lenta con cada centímetro avanzado. Cuando al fin estuvo a mi lado, se detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pude evitar contener la respiración. Quería preguntarle muchas cosas: quién era, de dónde había aparecido, qué era aquella luz roja que había visto, a qué venía; pero no pude articular una sola palabra. Él seguía mirándome sonriente, y entonces se agachó y me saludó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hola –me dijo con una voz que parecía salir de la nada y de todas partes al mismo tiempo–. No te preocupes –agregó–, no vengo a hacerte daño. Pero estás en peligro y te has debilitado demasiado, y por eso vengo a bendecirte y a darte fuerzas para que sigas adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicho esto escondió su mano derecha entre sus ropajes, a la altura del pecho, para extraer luego un pequeño cuenco con lo que intuí que era agua bendita. Mojó sus dedos en el agua y me hizo la señal de la cruz en la frente. De ahí, de golpe, pareció desprenderse una intensa luz amarilla que me cegó durante unos instantes. El santo había guardado de nuevo el cuenco entre sus ropajes, pero hizo la señal de la cruz dos veces más sobre mis hombros. Luego colocó su mano sobre mi cabeza y amplió su sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo sentía paz. Una paz no del todo completa, porque yo seguía sin entender. Lo más seguro es que tan sólo se tratara de una alucinación; quizá se tratase de un sueño. Pero me sentía sosegada. Mientras cerraba los ojos, una vez el santo había desaparecido tal y como había llegado, pude ver que la señal roja seguía proyectándose sobre la pared, cada vez con más intensidad. Yo seguía inquieta, preguntándome qué extraño fenómeno provocaba esas imágenes, y cavilando sobre estas cuestiones conseguí quedarme de nuevo dormida. Cuando mi compañero volvió al dormitorio me desvelé por unos instantes y pude ver que el símbolo rojo seguía en la pared, cada vez más pequeño y difuminado. Mi compañero no preguntó nada, aunque se le notaba asustado, y yo tampoco le expliqué lo que acababa de suceder. Sólo esperé a que la luz desapareciera para no volver a verla nunca, ya que quizá eso significaría que yo ya no estaba en peligro y que, por lo tanto, no necesitaba ser bendecida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-2765579948674501011?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/aocUe8GtdcA" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/aocUe8GtdcA/del-santo-que-me-bendijo.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>2</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/12/del-santo-que-me-bendijo.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-8045148873066417979</guid><pubDate>Wed, 03 Dec 2008 13:01:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:04:03.945+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Pesadillas</category><title>Del terrible dolor ocular</title><description>Un pueblo tranquilo y apacible; un día soleado y un agradable clima con una buena compañía. Las montañas recortaban el cielo como si de afiladas cuchillas se tratasen, y el imponente castillo medieval seguía lleno de vida a pesar de todos los siglos que corrían por sus piedras. Los preparativos para la fiesta estaban ya en marcha, y carruajes tirados por caballos se mezclaban con coches último modelo mientras la calle principal era despejada de transeúntes y vallada. Un equipo de operarios se afanaba por limpiar el lodazal que la fuerte tormenta de la noche anterior había creado a ambos lados del camino. Nosotros, en una posición privilegiada tras un muro, observábamos tranquilamente el devenir de los hechos cuando entonces noté algo en mi ojo izquierdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quité las gafas y froté suavemente el párpado para luego abrirlo y cerrarlo diversas veces con la esperanza de que el lacrimal funcionara y arrastrara con su agua el molesto objeto que se había introducido en mi ojo. Pensé que se trataría de alguna pestaña inquieta y demasiado pegadiza, y tras varios intentos sin éxito el malestar no remitía. Parecía que se había colocado en la parte superior del ojo cuando lo abría, aunque el dolor se trasladaba a la parte inferior cuando lo cerraba. El caso es que de ninguna manera podía librarme de tan aguda molestia, de modo que le pedí a uno de mis acompañantes que por favor le echara un vistazo a ver si podía detectar algo. Su cara me asustó mucho, y más todavía cuando me dijo, alejándose de mí poco a poco:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Quizá deberías verlo por ti misma…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca he sabido si poseo una alta tolerancia al dolor o si por el contrario es muy baja; desconozco dónde está mi límite, y aunque estaba nerviosa por lo molesto de un objeto en un ojo no podía creer que realmente fuera algo tan grave. Como mucho se me ocurrió que podía tratarse de un grano de arena. Saqué torpemente un pequeño espejo de mi bolso y me lo puse frente al ojo, y entonces los vi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro pequeñas tachuelas para tapicería se encontraban clavadas en la parte blanca del ojo, cercana al lacrimal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Qué mierda es esto? –pregunté en casi un susurro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miré a mi acompañante con cara de extrañeza. ¿Qué pasaría si sacaba las tachuelas? Probablemente me provocarían unas heridas por las que el líquido de mi globo ocular se iría escapando poco a poco. Sin contar, por supuesto, el terrible miedo a una infección que me dejara ciega. Pero me armé de valor y acerqué mis uñas a una de las tachuelas. Poco a poco estiré mientras observaba cómo el globo ocular se deformaba arrastrado por el pequeño objeto. En ese momento sólo notaba una cierta molestia. En cuanto pude retirar la primera de las tachuelas me di cuenta de cómo mi pulso se había acelerado. Estaba sudando y respiraba con rapidez. Tiré la tachuela al suelo y, cogiendo aire, repetí el proceso con las tres restantes. El dolor remitía a medida que las iba retirando. Mi acompañante se había alejado de mí y estaba vomitando cerca de un muro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última tachuela fue la que más trabajo me dio. Quizá porque yo creía que ya le había cogido práctica a retirarlas, o porque la tensión acumulada empezaba a hacer mella, me costó horrores conseguir pinzar entre mis uñas el pequeño objeto punzante, y eso provocó que el dolor aumentara. Lo malo es que aquella maldita cosa se me había clavado con mucha fuerza en el ojo, por lo que era necesario tirar más de él y, en consecuencia, la herida se hacía cada vez más grande. Cada vez que tiraba y mi ojo se deformaba se me nublaba la vista, y cada vez que dejaba de tirar el ojo volvía a su estado normal pero cada vez más dolorido. Tras varios intentos y algunas increpancias nerviosas conseguí extraer la mayor parte de la tachuela. El ojo parecía pura gelatina pegajosa, y no quería soltar su presa. Seguí tirando firmemente sin amedrentarme hasta que al fin conseguí sacarla por completo. El dolor desapareció al instante, aunque del agujero provocado por la tachuela manaba un poco de líquido viscoso y amarillento. Seguí observando con la respiración contenida hasta que vi que la herida se cerraba por sí sola. Pestañeé varias veces, miré a mi alrededor, moví los ojos de un lado para otro hasta que la molestia remitió por completo. Al fin me había librado de aquel horrible dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acerqué a mi acompañante para darle la buena noticia. Él parecía ya haberse recompuesto y se alegraba por mí. Pero de golpe me detuve en seco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Oh, no –susurré enfadada mientras volvía a sacar el espejito de mi bolso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dolor había vuelto a mi ojo. Primero pensé que debía tratarse de un traumatismo provocado por las tachuelas que acababa de retirar. Luego recé porque sólo fuese una pestaña. Pero cuando volví a mirarme en el espejo, lo que vi me dejó paralizada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una pajita se encontraba clavada justo en el centro de mi pupila. Sobresalía unos tres milímetros sobre la córnea, pero desconocía cuán profunda podía ser. Me molestaba mucho cuando intentaba cerrar el ojo, y el dolor era insoportable cuando lo movía. Sin poder evitarlo me eché a llorar, lo que hizo que el dolor aumentara. Como me temblaba demasiado el pulso decidí utilizar unas pequeñas pinzas para las cejas para intentar extraer el nuevo objeto. Mientras rebuscaba nerviosa en mi bolso me pregunté por primera vez cómo podían objetos tan extraños y grandes haberse colado en mi ojo sin yo darme cuenta. Pero como nada de lo que me estaba pasando tenía demasiado sentido, sólo me concentré en extraer la pajita lo antes posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca me había fijado con tanta atención en mi propio ojo. Al observarlo de cerca en el espejo pude ver cómo se reflejaba en éste todo el entorno; cómo la pupila cambiaba de tamaño dependiendo de la luz, cómo las lágrimas le conferían un extraño aspecto vítreo a todo el globo ocular. Si presionaba ligeramente un párpado el ojo se desplazaba un poco de su sitio. Entonces me di cuenta de la fragilidad de este órgano que me ponía en contacto con el mundo exterior. No quería perderlo. Cuando conseguí coger firmemente la pajita con las pinzas empecé a tirar de ella, viendo con el otro ojo cómo la córnea se deformaba de nuevo, arrastrada por el pequeño objeto. El dolor era insoportable pero intenté no moverme e ir tirando suave pero firmemente; sin prisa pero sin pausa. No quería desgarrarme el ojo en un tirón nervioso. Cuando la pajita, de aproximadamente un centímetro de largo, salió por completo de la pupila, toda la córnea se contrajo dolorosamente y luego volvió a su estado normal tras un movimiento ondulante, como un caldo espeso en el que cae una gota de aceite. Volvió a salir líquido vítreo por la herida, amarillento y espeso, y un olor putrefacto llegó hasta mis fosas nasales. Pestañeé un par de veces y con un pañuelo limpié los restos de líquido. El dolor había vuelto a desaparecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez me encontraba más preocupada. Con toda seguridad debería ir al médico y explicarle lo que me había sucedido. Me perdería aquel maravilloso día por culpa de algo que los médicos no acabarían de creerse. Si volvía a encontrar otro objeto clavado en mi ojo, ¿debía extraerlo o acudir a urgencias para que los médicos pudiesen ver lo que pasaba? También podía hacerme fotos. Y mientras estaba inmersa en mis cavilaciones, el dolor volvió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lancé un insulto al viento. ¿Me estaban haciendo vudú? Volví a mirar mi ojo en el espejo, pero esta vez ya no estaba asustada, sino más bien enfadada. Empezaba a desesperarme. Tres alfileres se habían clavado en diversas partes de mi globo ocular. Volví a quitarlos, repitiendo los pasos que había hecho hasta entonces. Más tarde se me clavaron dos tachuelas y otra pajita. Luego una aguja de coser atravesada. A los pocos minutos de extraer un objeto aparecía otro. ¿Era mi destino vivir siempre con un objeto clavado en el ojo? ¿Debía aguantar durante años tan terrible molestia? La vida me estaba cambiando en ese preciso instante. Yo jamás volvería a ser la misma. El dolor me irritaría y acabaría con mi paciencia. El malestar me volvería irascible e insoportable. Ya no podría disfrutar de nada en la vida, puesto que el dolor ocuparía durante cada segundo toda mi atención. No me preocuparía más por mis amistades, por el dinero, por mi futuro. Sólo viviría para y por el dolor, retirando con esmero cada nuevo objeto que apareciese clavado en mi ojo, y mis amistades y familiares acabarían alejándose de mí, puesto que nadie podría aguantar mi compañía. Acabaría loca y encerrada en un manicomio, atada de pies y manos y soportando para siempre el dolor. Mi vida acababa en ese momento y empezaba el infierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ante la certeza de esos pensamientos, fue entonces cuando todo cambió y yo jamás volví a ser la misma.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-8045148873066417979?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/js85OqMFO2k" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/js85OqMFO2k/del-terrible-dolor-ocular.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/12/del-terrible-dolor-ocular.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-696102076558040492</guid><pubDate>Wed, 15 Oct 2008 11:44:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:04:18.727+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Vigilia</category><title>Las doce</title><description>&lt;em&gt;Son las doce de la noche y no puedo dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace tiempo que no consigo controlar mi horario de sueño. Echémosle la culpa al estrés, o a los cambios de horario producidos por el trabajo o por la falta de él, o quizá a las pastillas que producen somnolencia durante el día e insomnio por la noche. Pero desde hace bastante tiempo siempre son las doce de la noche y nunca puedo dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enciendo el televisor con el volumen en un susurro. En algún canal darán alguna serie que me haga dormir, o al menos que me ayude a no sentirme tan sola mientras tengo los ojos cerrados. Programo el apagado automático para dentro de ciento veinte minutos. Espero haberme dormido antes. Lo malo es que puede pasar una hora y yo sólo he conseguido dar vueltas y más vueltas en la cama, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, y entonces miro el temporizador y click! vuelvo a ponerlo a ciento veinte minutos. Como si el tiempo no hubiese pasado; de algún modo siguen siendo las doce de la noche y yo sigo sin poder dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las noches de verano también conecto el ventilador. Curiosamente el tiempo máximo del temporizador también es de ciento veinte minutos. Entonces programo televisor y ventilador, y automáticamente pienso: “¿Me despertará el ensordecedor silencio cuando ambas máquinas se detengan a la vez?”. Nunca me ha pasado, pero no puedo evitar hacerme siempre la misma pregunta. De hecho, creo que sería como cuando en una sala llena de ordenadores y con el aire acondicionado al máximo alguien estornuda y de golpe hay un apagón general. El silencio que se produce de repente es, me repito, ensordecedor. Como si alguien cogiera una cacerola y la golpeara junto a tu tímpano. O como cuando en una noche cualquiera no te despiertan ni el ladrido de los perros ni los truenos de una tormenta, pero sí el maldito zumbido de un minúsculo mosquito. Pero siguen siendo las doce de la noche, y yo sigo sin poder dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces intento leer. Lo malo es que últimamente no me apetece demasiado leer, y el último libro que terminé (de un tirón, y a las dos y media de la madrugada) me hizo llorar y, la verdad, empiezo a estar cansada de llorar. Y miro mi estantería y veo los libros que me esperan ahí, pero todavía no es el momento. Me temo que es culpa del estrés, o de los cambios de horario producidos por el trabajo o por la falta de él, o quizá de las pastillas que te suben el ánimo pero que te rebajan el nivel de concentración. De cualquier modo siguen siendo las doce, como siempre, y no puedo ni leer ni dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo malo de todo esto es el círculo vicioso que genera. Porque a la mañana siguiente no hay que madrugar, pero aun así uno se despierta relativamente temprano, y después de comer le coge ese sopor tan odiosamente agradable que lo empuja a dormir la siesta. Un par de horas o tres. Y al cabo de un rato vuelven a ser las doce. Y no hay quien duerma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a veces se produce un milagro (llámesele ciencia, química o drogas) y a las doce y cinco es posible conciliar el sueño. Pero ¡oh! Entonces vuelven las pesadillas. Cuanto más duermo más pesadillas tengo. Y se repiten. Puede que el entorno cambie, pero las personas suelen ser las mismas. Y las situaciones, las de siempre. Esas situaciones que me han quitado el sueño y que me persiguen cuando al final puedo dormir. Peleas, decepciones, gritos… Cuando no son las doce de la noche y puedo dormir, revivo situaciones dolorosas del día a día. Casi prefiero estar despierta; de cualquier modo esas situaciones siempre están en mi cabeza. Casi prefiero poder controlarlas. Casi prefiero no haberlas vivido. Casi prefiero no tener que pensar en ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El inconsciente es poderoso y traidor, pero hay que saber reconocer y entender las señales que ofrece. Por eso, a las doce de un día cualquiera, algo cambia y se toma una decisión. A veces las decisiones son borrosas y vagas como los sueños, o inquietantes y aterradoras como las pesadillas, y se quedan siempre flotando en ese etéreo que es nuestro pensamiento, tan lejos de la acción. Hasta que se decide tomar una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora son las doce de la noche y sigo sin poder dormir, pero al menos ya no hay pesadillas. O no son tan recurrentes. Quizá se deba al estrés post-traumático, o puede que al síndrome de abstinencia de las pastillas de la felicidad, o tal vez a la seguridad y vértigo que ofrecen un millón de puertas cuando se abren y dejan pasar la luz. No lo sé todavía, pero pronto serán las doce de la noche y estaré durmiendo plácida y naturalmente hasta que el equilibrio vuelva. Hasta el momento en que las pesadillas se marchen y al fin los sueños vuelvan con fuerza...&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-696102076558040492?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/UsJ_Q4Ac9IA" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/UsJ_Q4Ac9IA/las-doce.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>3</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/10/las-doce.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-8599671164636224110</guid><pubDate>Sat, 11 Oct 2008 09:20:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:04:37.071+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De un día de guerra</title><description>Un moderno avión de combate sobrevuela el frondoso bosque colindante a Ciudad. Ciudad es un mundo de máquinas y polución, un enorme laberinto de hormigón, acero y cristal monocromo que alberga en su interior todos los males del mundo, cual caja de Pandora sin abrir. Sus habitantes saben que hay guerra, pero la guerra queda lejos, allá donde crecen árboles milenarios que no les sirven para nada en su día a día. No les preocupa la destrucción del pulmón del planeta. Sólo quieren seguir comiendo basura y vendiendo sus vidas a cambio de dinero de plástico rígido. El resto no importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A lo lejos se divisan los Altos Picos, blancos gracias las fuertes nevadas del pasado invierno. La visión es espectacular: el azul radiante del cielo recortando los montes y las piedras, y a sus pies un gigantesco mar ondulado de miles de verdes. Es hermoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El avión despierta a la muchacha. Supone que se trata de un Vigilante. El enemigo no osaría volar tan bajo. Ha pasado la noche allí, en el gigantesco edificio abandonado, tras haber realizado la entrega para la que se la contrató. Ahora espera órdenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La chica se despereza con calma, aunque nunca está tranquila. No debe bajar la guardia. Recuerda con todo lujo de detalles la intensa jornada anterior: cómo se adentró en aquella frondosa jungla para llegar a pies del enorme edificio. Su misión era llegar a la azotea sin ser vista, y su camuflaje termo-óptico se lo puso sencillo. Cuando consiguió alcanzar su objetivo depositó el maletín negro en la marca que se había señalado. Una vez realizada la entrega recibió órdenes de mantenerse a la espera y pasar la noche oculta en la segunda planta de la construcción semi derruida. Para no ser descubierta, la muchacha no se despojó de sus ropas negras y se acostó cerca de uno de los enormes ventanales, con su rifle cerca de su cuerpo. El único calor que podía llegar a sentir era el de la pólvora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los pocos minutos de despertar recibe las nuevas órdenes. Un equipo especial de apoyo se reunirá con ella en las instalaciones para sacarla de allí. Al parecer las cosas se están poniendo bastante feas cerca de la frontera, y a pesar de que la zona parece ser segura, algún detalle ha puesto nerviosos a sus superiores. ¿Una emboscada, quizá? Aunque entrenada para las operaciones de sigilo, la muchacha sabe aprovechar cualquier ocasión para entrar en combate. Le gusta mucho esa sensación de la adrenalina recorriendo su cuerpo y la capacidad de reacción que posee ante cualquier situación de peligro. Nunca falla, nunca se equivoca. Siempre toma la decisión correcta en el momento oportuno. Por eso ella es demasiado valiosa como para perderla en una misión rutinaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El avión cambia el rumbo y se dirige a la azotea. Allí se detiene sin parar los motores. Se escuchan pasos rápidos y sonidos metálicos. Al instante entran cinco personas en la gigantesca sala en la que se encuentra la mujer. El avión inicia su despegue y se marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los hombres se deshace del aparatoso casco que cubre su cara. Sudando, mira a la chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– La zona es segura, pero no por mucho tiempo. Hay que salir de aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella lo mira desconfiada. No se fía del trabajo en equipo; no le gustan los espías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Cuándo? –pregunta tranquila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– En unas horas. Te avisaremos cuando esté todo preparado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Quién os envía? ¿Es él? –vuelve a preguntar la muchacha clavando sus oscuros ojos en los del hombre, azules como el cielo sobre sus cabezas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Sí –responde el hombre, muy seguro de sí mismo. La mira unos instantes y continúa:– Nuestra misión es asegurarnos de que llegas sana y salva a Ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella suelta una risita descarada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No necesito ayuda, gracias. –Acto seguido se da la vuelta y se dirige a la posición en la que ha estado durmiendo. Pero el hombre la sigue y le coge de un brazo. Ella no tiene intención de pelear, al menos de momento, por lo que se gira con calma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Mira, nuestras órdenes son esas y vamos a cumplirlas, ¿entendido? –escupe sin miramientos. Tiene el ceño fruncido, pero su mirada refleja respeto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Entendido –responde ella sin perder los nervios. De todos modos está alerta. Es la primera vez en muchos años que le envían refuerzos sin haberlos solicitado o que no se le dan órdenes de manera directa. ¿Ir a Ciudad? Intentará ponerse en contacto con su superior para pedir explicaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El resto de soldados han recorrido y asegurado el perímetro, pese a todas las trampas que ha colocado la muchacha. Ahora cada uno ocupa una esquina de la planta. No se pierden de vista, pero ella hace como si no estuvieran allí. Se prepara algo de comer y duerme un poco más. Ellos siguen vigilando, incluso cuando cae la noche. Preparan turnos de vigilancia. Y así pasan las horas hasta que se hace de día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente se oye a lo lejos el motor de un enorme tanque. La chica coge sus prismáticos y observa: el enemigo debe haber cruzado ya la frontera. Aunque duda que consigan localizarlos, sí verán el enorme edificio y seguramente decidirán entrar para inspeccionarlo y quizá quedarse en él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Mierda –susurra. Se levanta y mira a los soldados. El hombre de ojos azules la mira y le da una señal. Ella asiente mientras él se comunica por radio con la central para informar de su situación. Pero ella siempre ha preferido el trabajo en solitario, de modo que no piensa quedarse escondida esperando atacar al enemigo por la espalda. Le gusta mostrarse ante el rival y hacer de la lucha un juego limpio y en igualdad de condiciones. Por eso se mueve rápidamente hacia su mochila y empieza a preparar su armamento cerca de la ventana. El hombre de ojos azules le hace más señas para que se esconda, pero ella lo ignora. Cuando al fin divisan el tanque, todos esperan inmóviles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tanque marrón avanza lentamente por el camino de tierra que lleva hasta el edificio. Cuando uno de los enemigos desciende del mismo, la muchacha entra en acción sin pensárselo dos veces, obligando al resto a hacer lo mismo. Puede escuchar a la perfección un grito a sus espaldas. “¡Mierda!”, está gritando el hombre mientras da nuevas órdenes a su equipo. Entre los sonidos de cristales rotos que provoca la colisión de una bala contra el ventanal se pueden oír también los gritos de alerta del enemigo. Saben que hay alguien que busca pelea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer dispara sin piedad y acaba con tres de los soldados enemigos. Otros ocho aguardan en el tanque, que mueve despacio su gigantesco fusil hacia la ventana rota. Pero la mujer es más rápida y ha previsto esta situación; ella y el resto de hombres, todos atados por la cintura con un arnés, se lanzan sin pensarlo sobre la pesada máquina y ella coloca una potente bomba lapa en uno de los costados. Su pelo lacio y negro se mueve con violencia con cada uno de los bruscos pero certeros movimientos de la chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Vamos, todo el mundo arriba! ¡Ya! –chilla tras accionar un botón que recoge el cable y la devuelve a la ventana. Los cinco hombres la imitan pero uno de ellos es alcanzado en una pierna por una bala enemiga. La bomba lapa estalla y la onda expansiva lo empuja hacia una viga de hormigón, en la que rebota con fuerza. El cable consigue recogerlo antes de que el fuego lo engulla, pero está gravemente herido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Te has vuelto loca? –le grita de nuevo el hombre de ojos azules–. ¡Has puesto en peligro a todo mi equipo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella no aparta su ojo derecho de la mirilla telescópica de su arma mientras le responde con calma:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Dime, ¿cuántas bajas enemigas habéis conseguido vosotros cinco? –Y sonríe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Me da lo mismo! ¡Nos han enviado aquí para protegerte y ahora tengo a un hombre malherido!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No pienso discutir contigo. Pero tampoco os necesito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y dicho esto le lanza una bolsa negra a los pies. Él la recoge y se la tiende a uno de sus soldados, que se apresura en abrirla y extraer todo lo necesario para ayudar a su compañero herido: gasas, alcohol de quemar, inyecciones de antibióticos de amplio espectro y un bisturí. A ella no le perturban en absoluto los gritos de dolor del soldado. Probablemente tendrán que cortarle la pierna si el equipo de rescate no llega a tiempo. O quizá se le encharque antes un pulmón debido a una costilla rota. Pero no es su problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces recibe una llamada en su comunicador. Es la coronel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Tienes que largarte de ahí. Ya hemos enviado un coche que recogerá a los otros cinco. No confiamos en la seguridad de la zona, de modo que ese coche hará de señuelo. Tú deberás pasar de largo del coche y seguir por el camino de tierra hasta que encuentres otro vehículo. No deberás preocuparte por nada; tenemos a todo un equipo de hombres especializados en misiones de este tipo que te estarán vigilando vayas a donde vayas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Espero que estén más especializados que éstos –responde ella mirando de reojo al soldado caído–. ¿Cuánto tardáis?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– La estimación es de seis minutos y medio. Cierro la línea. Por favor, cuídate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre de ojos azules parece haber sido informado también de las nuevas órdenes. Por un instante se miran y el mundo parece paralizarse. Luego ella recoge todas sus cosas y roba algo de munición al soldado caído. Le da un par de golpes en el hombro y le susurra al oído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Te pondrás bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sigue mirando por la ventana, y durante cuatro minutos y veinte segundos observa la belleza del bosque que se extiende ante sus ojos. Se pregunta cómo es posible que exista algo tan terrible como la guerra en un mundo tan bello. Es difícil creer que a unos pocos kilómetros de distancia se yergue la mayor urbe del mundo; un bosque muy distinto a éste, y más peligroso aún. Entonces ve aparecer el coche blindado por el camino. Entre dos hombres han llevado al soldado herido a la azotea, donde supuestamente será recogido por un helicóptero de rescate. Bajan todos por la ventana y cuando se acercan al coche ni siquiera se despiden. Ella sigue corriendo por el camino de tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corre tres kilómetros hasta que aminora la marcha. No se oye ningún sonido extraño, pero tampoco ve ningún coche. Sigue caminando completamente alerta. Empieza a atardecer y no quiere quedarse sin luz. Las sombras se alargan hasta que llega a una avenida de diez carriles. Escondida entre la maleza, observa los modernos vehículos ir y venir, ajenos a todo conflicto bélico. Ajenos a una agente en misión especial que los observa desde la cuneta. Ajenos a cualquier problema que vaya más allá de sus cuadradas y miserables vidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un vehículo negro, similar al anterior, aminora la marcha. Ella mira y al instante corre hacia el asiento del copiloto. Ya está a salvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El conductor es un hombre negro, de aproximadamente dos metros de altura. Sus gafas de sol ocultan sus ojos y su cabeza desnuda brilla con el sudor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Bienvenida –le dice con voz grave y una media sonrisa indicadora de satisfacción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Ya pensaba que no vendríais a por mí. Tengo hambre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– En la parte de atrás hay comida caliente. Un par de perritos y pizza; no es demasiado. Lo siento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Ya me sirve –responde ella mientras se gira a por la comida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La autopista es larga y no hay demasiado tráfico a esas horas. A los veinte minutos la muchacha ha comido y se siente descansada. El paisaje se mueve veloz a través de las ventanas y las figuras se deforman y pierden su color lentamente a medida que el sol cae. Ella cierra los ojos y piensa que parece mentira que esa misma mañana haya acabado con la vida de diez hombres. Ahí dentro, arropada por el calor de una persona a su lado y por la comida, tiene la sensación de haber tenido un mal sueño; la guerra no va con ella, no tiene ni idea de qué va, y jamás ha sido agente especial. Ahora sólo se dirige a casa a dormir y a seguir haciendo una vida normal. Despertar por la mañana y…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal pensamiento le produce vértigo, y un suspiro sale de su boca cuando abre los ojos y se incorpora en el asiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Te quedaste dormida. ¿Una pesadilla? –pregunta el hombre con pinta de gángster.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella no responde. No puede imaginarse el vacío al que se enfrentaría de tener una vida normal. No sabría qué hacer. Mira por la ventanilla y ve que el tráfico ha aumentado. A lo lejos se dibuja el artificial horizonte de Ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Estamos llegando –le informa él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A medida que se acercan a Ciudad el tráfico se vuelve cada vez más denso y todas las arterias principales de la urbe sufren continuas retenciones. Ellos se dirigen a la zona Oeste, tal y como les indica el GPRS del vehículo. Cuando se detienen ante un semáforo en rojo el hombre se quita el cinturón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Tengo que dejarte. A partir de ahora conduces tú. En cuanto el semáforo se ponga en verde recibirás una llamada con las indicaciones de tu destino. Tienes preparado un alojamiento. Ha sido un placer. Cuídate y llega a vieja, ¿querrás? –y dicho esto, se baja las gafas de sol y le guiña el ojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sale del coche y ella se mueve al asiento del piloto mientras ve cómo el gigantesco hombre se aleja perdido entre la multitud que está cruzando el paso de peatones. Luego mira el volante y por un momento tiene la sensación de no poder conducir aquel vehículo de última generación. Quizá se deba a que hace demasiado tiempo que no pilota un turismo, por muy militarmente preparado que éste esté. O quizá es una duda mucho más interna; por un momento piensa en que nunca sabe qué va a hacer hasta recibir órdenes. Siempre esperando, siempre cumpliendo. Cuando el semáforo se pone en verde y el comunicador comienza a sonar, ella espera unos segundos antes de responder, mientras se imagina a sí misma entrando en cualquier habitación de cualquier hotel, metiéndose en cualquier cama y durmiendo como cualquier persona normal para despertar por la mañana y...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-8599671164636224110?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/Sdmb8I2DCik" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/Sdmb8I2DCik/de-un-da-de-guerra.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>2</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/10/de-un-da-de-guerra.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-2181419678415403441</guid><pubDate>Sun, 05 Oct 2008 10:17:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:06:33.299+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Pesadillas</category><title>De las marcas de sogas en mi cuerpo</title><description>No puede ser cierto. En el fondo sigo sin poder creer lo que están viendo mis ojos. ¿Por qué tengo todas estas marcas sobre mi piel?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevo ya unos días así. Al principio pensé que quizá se me estaban marcando las sábanas en las piernas o la goma de pelo en la muñeca, pero ese tipo de señales no duran todo un día, ¿cierto? Y no sólo no se van, sino que cada vez hay más. Empiezo a estar asustada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer día desperté con unas ligeras molestias en las muñecas y los tobillos. Apenas recordaba lo que había soñado, pero estaba convencida de que había visto sogas. Había estado atada de manos y pies. Me sentía inquieta, por lo que con toda seguridad había sido una pesadilla; me había estado pasando algo malo. Cuando salí de mi cama y me dirigí al baño me froté las muñecas y, como el malestar no cesaba, las miré. Unas marcas oscuras cuales tatuajes me desvelaron por completo. El corazón se me aceleró cuando decidí mirar mis tobillos, y me quedé paralizada cuando vi que las mismas marcas aparecían también en esa zona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento pensé que seguía soñando o que estaba teniendo alucinaciones. Intenté olvidarme de lo que acababa de ver a medida que el malestar remitía; me lavé la cara y los dientes, me di una ducha y me vestí con manga larga. Pensaba que si ocultaba las marcas éstas desaparecerían. Estaba muy equivocada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente volví a despertar con malestar en muñecas y tobillos, pero éste era más agudo que el día anterior. Asustada, miré y vi que las señales se habían duplicado. No podía creer lo que veían mis ojos. Más tarde ese día comenté con un amigo lo que me estaba pasando y le mostré las marcas. Su mirada fue tan expresiva que no necesité que dijera nada: parecía que una maldición había caído sobre mí. Me quedé helada y la angustia se apoderó de mí, congelando mi cogote y durmiendo mis extremidades. Quise llorar pero no pude. Siempre se ha dicho que la esperanza es lo último que se pierde, pero lo que más dolor me causaba era no poder librarme de la maldita esperanza; mi mente, cual gato enjaulado, buscaba desesperada alguna explicación, alguna salida, aun sabiendo que éstas no existían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con cada día que ha pasado, una nueva marca ha aparecido. Ahora tengo los brazos completamente oscurecidos por las marcas, al igual que las piernas. Incluso han aparecido otras dos alrededor de mi cuello y en mi cintura. Ya no me molesto en esconder mi maldición, y casi me he acostumbrado a las miradas de lástima, pena e impotencia de la gente que me ve. Imagino que queda poco para el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente está sorprendida. No entienden por qué me tiene que pasar esto a mí. Lo que quizá más me preocupa y me provoca una sensación horrorosa de vértigo es que parece que todo el mundo sabe lo que me está pasando y cuál será mi final. Todos menos yo. Es como si todo el mundo supiese que los tres reyes magos no existen y yo siguiera creyendo en ellos. O como si fuese la única persona en todo el planeta que no sabe quién es Caperucita Roja. Un secreto a voces del cual nunca se ha hablado, ni en la privacidad del hogar ni en programas basura a altas horas de la noche. Y me siento muy ofendida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ofendida porque nadie me ha hablado de eso nunca. Ofendida y muy, muy enfadada porque, aunque la gente me muestra mucho apoyo, nadie quiere contarme nada. Parece como si fuera a contagiarles. ¿Qué sabrán ellos? Seguramente a ninguno le tocará pasar por lo que yo estoy pasando. Sí, les doy lástima, pero al mismo tiempo tienen miedo. Miedo a ser los siguientes o a que sea capaz de vengarme, como en cualquier película japonesa de terror. De hecho sé que tienen ganas de que me vaya de una vez por todas, e intuyo por sus miradas y gestos que debe faltar poco, para así poder volver a sus tranquilas vidas mientras esconden la cabeza ante la evidencia de que la maldición existe, de que es muy real. Y seguirán viviendo atemorizados durante muchos años intentando convencerse de que son felices y de que poseen el control sobre todas las cosas de su vida. Pero cada vez que duerman su subconsciente despertará y les recordará que el peligro sigue ahí, por mucho que lo ignoren y que hagan ver que no existe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cierto modo me siento aliviada e incluso orgullosa de mi situación. Porque al menos sé a lo que me estoy enfrentando. Bueno, no lo sé del todo porque como ya he dicho nadie quiere hablar del tema; pero al menos no viviré continuamente con la sensación de “¿Seré la siguiente? ¿Me sucederá a mí algún día?”. La maldición ya está aquí, en mi propio cuerpo, esperando que éste se pudra para adueñarse de mi alma. Y por otro lado también pienso que al menos durante mi corta vida no he estado sufriendo a escondidas. Bendita ignorancia. Un día no lo sabes, y al día siguiente lo tienes que aceptar. Rápido, certero, sin confusiones, sin eternas esperas. Lo que ves es lo que hay, te guste o no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierto, estoy muy asustada. Básicamente nunca me ha gustado sufrir. Muchas veces y como el resto de las personas (y quien diga lo contrario, se miente a sí mismo) he imaginado cómo será morir. No me refiero al modo de morir (muerte natural, larga enfermedad, accidente, etc). No; me llama mucho más la atención el momento exacto en el que el cuerpo deja de funcionar y libera el alma. Esa fracción de tiempo inexistente que tanto cambia la vida a los demás. Y visto así tengo la suerte de saber con toda certeza que me queda poco para averiguarlo, y que una vez lo sepa entonces seré yo quien posea el secreto que nadie sabe, y quien quiera preguntarme no obtendrá la respuesta deseada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que es la rabia la que me hace hablar así. Nunca he querido morir. Muchas veces tampoco he sabido qué hacer con mi vida. Pero no quiero morir. Más que nada por la cantidad de cosas que me quedan por vivir y ver. Bueno, quién sabe, quizá desde el lugar en el que esté (porque habiendo una maldición, imagino que habrá algún lugar al que ir después) podré seguir observando. Tampoco me preocupa. Sólo me preocupa el sufrimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es curioso cómo los sentimientos van cambiando lentamente a medida que pasan los días. Primero me asusté muchísimo y más tarde me desesperé; también pasé por la fase de negación, por la de depresión y tristeza, y ahora mismo estoy en la fase de rabia. Rabia en concreto; nada de rabia esparcida sin sentido. Rabia hacia todas esas personas que sabían algo que yo no sabía. Rabia y enfado e ira por haber sido tan ridículamente estúpida que ya no sé si la gente me mira con pena por mi nefasto destino o por haber sido tan ridículamente estúpida. Y eso me saca de mis casillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las marcas ya no duelen, pero la visión sigue siendo horrible. Mi piel está cada vez más oscurecida y algunos lunares sangran, tal y como harían al contacto de una soga. Todo el mundo mira y hace ver que no ve. Todos quieren negar lo evidente y seguir haciendo sus vidas, y sé que se sienten aliviados porque no les ha tocado a ellos. Perdonad, pero es cuestión de puntos de vista. Ya lo he explicado más arriba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que el momento no tardará en llegar. Me espera una mujer vestida con un kimono blanco y con el pelo negro y lacio cayendo sobre sus hombros. Lleva un enorme lazo rojo en la cintura, y camina con la cabeza agachada, por lo que no puedo ver su rostro, aunque sus manos indican una palidez casi espectral. Y a su alrededor sólo hay niebla oscura y caótica, en la que parecen dibujarse otros tantos brazos grises, desnudos y sin vida que vienen a buscarme. No sé qué le he hecho, pero ese es mi destino, y quizá lo que para todos es una maldición se convierta en algo que ningún humano todavía ha podido imaginar. Pero en cualquier caso esta maldición me ha abierto los ojos ante la hipocresía, el egoísmo y la falsedad de las personas. Y una vez descubierto eso, espero con los brazos abiertos a que la mujer venga a buscarme y termine con el sacrificio que empezó.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-2181419678415403441?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/Qha064QOOYM" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/Qha064QOOYM/de-las-marcas-de-sogas-en-mi-cuerpo.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>1</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/10/de-las-marcas-de-sogas-en-mi-cuerpo.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-4603908654665467208</guid><pubDate>Wed, 01 Oct 2008 11:10:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:06:45.529+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>Del zoológico invisible</title><description>Hace un año me fue mostrado un lugar secreto. Lo cierto es que no recuerdo si lo encontré yo o si alguien me dio alguna pista para encontrarlo; quizá fueron ambas cosas las que me permitieron ver donde la gente solía mirar sin interés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre las paradas de Plaça de Sants y Hostafrancs, de la línea roja del Metro de Barcelona, allí donde todavía hoy se sigue construyendo la parada de Mercat Nou, sólo hay hueco para hormigoneras, grúas y demás material de construcción. Un paraje yermo y triste por el que pasan convoyes cada tres minutos, llenos de gente que sólo se mira a los pies o al ombligo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dirigía yo al trabajo una mañana que amenazaba tormenta cuando, como siempre, quise observar por la ventana. Y entonces lo vi: una especie de túnel acuoso tapaba todo el solar, y tras sus paredes azuladas se podía entrever un micromundo lleno de vida y de colores. Una multitud de gente entraba y salía del recinto, dándole un toque de centro comercial al mismo. Yo miré a mi alrededor para ver si alguien más había reparado en la construcción, pero dentro del vagón la gente seguía impasible como cada día, con sus caras amargadas, tristes, somnolientas o simplemente abstraídas. Algunas personas también miraban hacia el exterior, pero nadie parecía haberse percatado de ese cambio. Imagino que uno debe tener la mente libre y abierta para que este lugar mágico le sea revelado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no acababa de creer lo que estaba viendo, durante unos días continué con mi rutina, mirando siempre por la ventana cuando llegaba a ese tramo de la línea de metro para comprobar que aquello no era una ilusión óptica. Lo malo es que no tenía a nadie con quien compartirla o a quien mostrar mi secreto; seguro que si lo explicaba en el trabajo me tomarían por loca (esta vez demasiado en serio). Pero una mañana un hombre sentado delante de mí me miró sonriendo cuando notó que yo observaba impresionada lo que nadie más podía ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Me alegra que puedas verlo –me dijo el hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo lo miré de reojo y me quité los cascos, que siempre me acompañaban en cualquier trayecto. Le pregunté desconfiada:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Perdone?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Que me alegra que puedas verlo –me respondió él sin dejar de sonreírme. Yo me puse ligeramente nerviosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Ver el qué? –pregunté para defenderme ante ese posible lunático. Aunque ¿quién estaba siendo más lunático de los dos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Pues el zoológico invisible –susurró a mi oído tras acercarse unos centímetros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Usted…? –comencé yo titubeante–, ¿usted también lo ve? ¿Esa especie de construcción acuática? Parece una piscina transparente; es como si el agua se sostuviera por arte de magia en el aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre soltó una suave carcajada de satisfacción que me dejó ligeramente perpleja, aunque me tranquilizó bastante. Me quedó claro que no se trataba de una visión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Jovencita –me dijo–, te aconsejo que lo visites y, si puedes, lleva contigo a alguien de confianza. Cuando hayan acabado de construir la parada de Mercat Nou este lugar se trasladará a algún otro sitio, y sería una pena que te lo perdieras antes de que eso ocurra. –Y dicho esto se acomodó en su asiento, cruzó los brazos sobre su pecho e hizo como si me ignorara, como si esa conversación no hubiese tenido lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a mí esa corta conversación con un extraño me había convencido; iba a hacer caso a ese hombre. Avisaría a mi mejor amiga y a un compañero de trabajo, y me los llevaría a ambos a ese supuesto zoológico. Lo principal era asegurarse de que ellos también podían verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que un día quedamos los tres y los llevé caminando desde la estación de Plaça de Sants hasta las obras de Mercat Nou. Yo ya les había explicado que allí había algo que poca gente podía ver, y aunque ambos eran personas bastante escépticas me dieron una oportunidad. Me alegré mucho al ver la cara de sorpresa de mi amiga cuando, a medida que nos acercábamos al gigantesco solar, se aparecía ante sus ojos el inmenso cubo de agua. Mi compañero, en cambio, parecía defraudado consigo mismo al no poder ver nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amiga y yo le convencimos de que la construcción era real y que debía esforzarse un poco más para verla. Mientras tanto buscamos algún lugar que nos llevara hacia la entrada. Cuando llegamos a uno de los laterales del cubo se me ocurrió tocar su superficie, a pesar de las advertencias de mi amiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Realmente parece agua, aunque algo más densa –les dije cuando rocé con mis dedos ese extraño material–. Pero fijaos, puedo introducir mi mano sin que se moje. –Aquello pareció despertar el sexto sentido de mi compañero, que dio un respingo para después susurrar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Tenéis razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces nos dimos cuenta de que girando a nuestra derecha se encontraba la entrada al recinto, ya que de ahí salía bastante gente y otras personas, sobretodo parejas, desaparecían por ese lado. Cuando llegamos allí vimos los tornos y la taquilla en la que comprar las entradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Aprovechamos, ¿no? –dije yo con entusiasmo. Y me hice con tres entradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque desde fuera el recinto parecía un cubo grande pero no demasiado alto, enseguida nos dimos cuenta de que éste tenía varios pisos de altura y que se adentraba en un túnel oscuro, en el que con toda probabilidad se guardarían los trenes para ser reparados o almacenados. El líquido del que parecía estar construido el cubo se mantenía abierto en forma de puerta para permitir la entrada y salida de las personas. El primer piso, donde nos encontrábamos, parecía un enorme supermercado abarrotado de objetos, con la salvedad de que en este caso lo que allí se exponía eran animales de todo tipo. En uno de los pasillos se mostraban gigantescas estanterías repletas de jaulas de cristal con multitud de reptiles en su interior, desde la más simple de las lagartijas hasta la más peligrosa de las serpientes. En el pasillo de al lado se encontraban los insectos: arañas de todas las especies, hormigas, cucarachas, mariposas y polillas, escarabajos y un largo etcétera. Más al fondo comenzaba la sección de mamíferos, desde los más pequeños como perros o gatos hasta enormes osos, tigres y panteras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subimos a la segunda planta, en la que encontramos los pájaros. Sin entender muy bien cómo, todo tipo de plantas y árboles crecían sobre un suelo de madera vieja, y las aves volaban tranquilas y mansas entre sus ramas. Aunque no había ninguna separación visible entre cada especie, los animales no se mezclaban: los alegres periquitos y canarios tenían su lugar, así como las cacatúas y cotorras; un poco más lejos, cóndores, águilas y buitres se mostraban en todo su esplendor. También pudimos ver algunos pavos reales y avestruces, algún que otro kiwi e incluso pollas de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Cóooomo? –dijo mi amiga sin parar de reírse cuando dije el nombre de ese ave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡No es broma! –le dije–. Las pollas de agua son animales parecidos a gallinas, les cuesta mucho volar y viven cerca de costas y humedales. ¡De algo me tenía que servir la colección de tarjetas de animales que me compró mi madre cuando era pequeña, tía! –añadí riéndome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi compañero, que no solía hablar demasiado a no ser que se le realizara alguna pregunta concreta, sonrió ante tan absurda conversación. Seguimos caminando hasta que llegamos a las escaleras que llevaban al tercer piso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta ocasión se podían comprar todo tipo de utensilios y enseres para el cuidado y cría de cualquier especie viviente. Para los menos atrevidos existía una amplia gama de merchandising como carteras para ir al colegio, estuches y monederos, tazas para el café o infusiones, entre otros objetos más típicos de una tienda de todo a un euro. Encontré las escaleras que subían hasta el cuarto piso, y a pesar de que se estaba haciendo tarde decidimos subir. Mi amiga y mi compañero parecían haber hecho buenas migas y desde hacía un rato no paraban de hablar. Cuando les grité desde las escaleras si subían conmigo o no, sólo recibí un “Ves tirando, ya iremos” que me decepcionó bastante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era lógico, faltaban los animales marinos. Delfines, todo tipo de peces de agua dulce y salada, ballenas, focas y tantos otros convivían en unas gigantescas piscinas. El lugar era precioso y estaba muy iluminado; ni los más selectos balnearios podían competir con aquellas increíbles instalaciones. Pasadas un par de piscinas abiertas, en las que estaba permitido tocar a los animales, había un par de tiendas de regalos. Una muchacha vestida de rojo se acercó a donde yo me encontraba para informarme de que, si me apetecía, podía subir al piso de arriba a tomar un baño, a lo que no tardé en responder afirmativamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando subí al último piso me encontré con una pequeña piscina oscura en la que sólo había una chica de aproximadamente mi edad. La habitación me recordó vagamente a la piscina de mi gimnasio de barrio. Había mucho vapor y el ambiente era demasiado cálido y agobiante. A la chica no le pareció demasiado bien verme aparecer por allí, ya que frunció el ceño en cuanto le dije hola. Tenía el semblante enfadado y de repente me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No deberían haberte dejado pasar. ¡No deberían! Estoy harta de no estar nunca tranquila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me dio tiempo a responderle, puesto que me giró la cara y se zambulló en el agua. Mi sorpresa fue enorme cuando me di cuenta de que una sirena acababa de hablarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al parecer la muchacha que me había guiado hasta allí debió de haber oído la corta conversación, puesto que apareció por el pasillo a los pocos segundos y me pidió disculpas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Lo sentimos muchísimo –me decía–, normalmente está de buen humor, pero lo mejor es que ahora la dejemos en paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando volvimos a la planta de animales acuáticos allí se encontraban mis dos compañeros. No había demasiada gente en aquel lugar, y mientras mi amiga y yo íbamos a comprar algún detalle como recuerdo de aquel magnífico y extraño zoológico, mi compañero se perdía entre las distintas piscinas y charcas, observando cada especie como si fuese la primera vez que la veía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amiga y yo, no sé muy bien por qué, discutimos acerca de lo que debíamos comprar, por lo que finalmente salimos sin haber gastado un euro, yo pidiéndole disculpas al joven empleado de la tienda y asegurándole que volveríamos después. (Tengo que añadir aquí que, aunque fuera sola, yo iba a volver, ya que el chico me había llamado mucho la atención). Entonces vimos entrar a un hombre muy atractivo que, tras hablar con la muchacha del puesto de información, se dirigió con paso firme hacia una de las piscinas en forma de laguna para luego meterse en el agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Estaba permitido hacer eso? Mis dos acompañantes ya estaban bastante aburridos del lugar, por lo que mientras yo observaba maravillada lo que sucedía en esa laguna ellos decidían marcharse. Yo les pedí que por favor se quedasen cinco minutos más; al fin y al cabo había sido yo quien les había mostrado aquel extraño lugar, y me lo debían. Mientras ellos se decidían pude ver cómo el hombre se acababa de convertir en un pequeño tiburón. Completamente perpleja, le pregunté a la muchacha de información de qué iba todo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Cada uno de nosotros tenemos nuestro afín acuático –me explicó con su sonrisa bien ensayada–. En realidad tenemos varios afines, y el agua de estas piscinas permite a quien lo desee convertirse en su afín y disfrutar de lo que ese cambio conlleva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Hay algún requisito específico para poder probarlo? –le pregunté yo.&lt;br /&gt;– Sí –respondió ella de manera automática–. Si se tiene algo de fobia al agua, lógicamente lo mejor es no intentarlo. También se deben cumplir ciertos requisitos en cuanto a estatura y peso, ante todo para los más pequeños y la gente de la tercera edad. Pero por tu constitución y la de tus amigos no vais a tener ningún problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Eh! –grité a mis dos acompañantes, que se giraron a la vez–, voy a meterme en una de las piscinas, ¿queréis verlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amiga me miró algo nerviosa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– La verdad, no sé si es buena idea… Y además se me está haciendo tarde… Debería irme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– A mí también se me está haciendo tarde –agregó mi compañero–. Creo que vamos a ir saliendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Bueno –respondí ligeramente enfadada–, esperadme abajo si queréis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amiga se desapareció por las escaleras, pero mi compañero se quedó deambulando cerca de donde yo me encontraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Bien, veamos cuál es mi afín acuático”, pensé. Y justo antes de introducirme en el agua, el tiburón que había sido un hombre me habló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡No te lo pienses! ¡Esto es increíble!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así lo hice, y me convertí en un pececillo tropical de brillantes colores. De repente me encontraba nadando bajo el agua sin necesidad de aire y respirando con normalidad (para un pez, se entiende), e incluso podía hacer acrobacias y saltar de una piscina a otra. La sensación de libertad era tal que quise quedarme allí, pero no sola. Asomé mi cabecita por encima de la superficie y llamé a mi compañero:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Prueba esto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Creo que paso… –me dijo tras mirarme atentamente unos segundos. Y dicho eso me dio la espalda y desapareció sin más. “Ya hablaré con él cuando le vea”, pensé para mis adentros. Y seguí nadando y jugando, y aunque al cabo de un rato me pregunté si al salir del agua estaría desnuda, pensé que lo mejor es no darle mayor importancia; ya me preocuparía cuando tuviese que volver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entraron un par de personas más en el agua; una chica se convirtió en una foca y el chico en un pez manta. Me pregunté si eso tenía alguna explicación o relación psicológica, pero ya me informaría más tarde. Tras nadar y jugar un rato con ellos decidí salir del agua. Estaba seca y vestida. Y muy satisfecha por haber vivido esa experiencia,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la planta inferior, donde se vendían todos los regalos y souvenirs, me encontré a mis dos acompañantes, que me habían estado esperando. Yo seguía ligeramente enfadada con ellos, pero no pude evitar explicarles lo que había vivido. Y aunque no dejaban de mirar sus respectivos relojes me prometieron que volveríamos otro día. Me supo mal que no compartieran mi entusiasmo, pero ¿qué podía hacerle? Y así abandonamos el edificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde ese día espero volver a encontrarme a aquél hombre que me habló del zoológico en el metro y que me animó a visitarlo, pero desgraciadamente no lo he podido localizar. Quiero darle las gracias por haber compartido su conocimiento conmigo y por haberme ayudado a disfrutar de tan hermoso lugar. De todos modos, desde hace un tiempo me he fijado que el cubo de agua se está diluyendo, como si fuera un fantasma que poco a poco va desapareciendo. Imagino que es a causa del avance de las obras; cada vez con más frecuencia lo traspasan sin saberlo multitud de camiones y de obreros. Me gustaría saber en qué lugar aparecerá cuando se vaya de aquí, pero siempre me quedará la satisfacción de saber que he sido una privilegiada al haberlo descubierto. Y por favor, cuando paséis por Mercat Nou, intentad abrir vuestras mentes y quizá podáis ver el zoológico invisible; si lo conseguís, ¡no dudéis en entrar!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-4603908654665467208?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/2TDvKbKuXnI" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/2TDvKbKuXnI/del-zoolgico-invisible.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>3</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/10/del-zoolgico-invisible.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-3210113191107951880</guid><pubDate>Sat, 20 Sep 2008 10:49:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-04T10:20:26.779+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De un único beso</title><description>Una solitaria jovencita, todavía inocente aunque tempranamente decepcionada con el mundo, camina con su vieja y desafinada guitarra por una amplia avenida cercana a su colegio. Ha vuelto de casa de una compañera de clase tras unas horas cantando y riendo en su terrado. Pero aun habiendo reído y cantado se siente triste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ambiente ha refrescado y la joven necesita calor para no dejarse llevar por la ilusión de luces de neón azul y anuncios baratos que regalan felicidad de marca a cambio de unos papeles cuyo único valor es un bien subjetivo. Quiere ir un poco más allá; quiere sentir. Mira a su alrededor para ver únicamente coches de colores apagados, asfalto gris y cielo nublado. Incluso el verde de los árboles no brilla como debería. “Quizá caiga una tormenta”, piensa desganada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le apetece volver a casa. Se sienta en un banco, saca su guitarra y toca para la multitud que sólo existe en su cabeza. Pues el resto de gente la mira de manera extraña. “Molestas”, dicen sus ojos. “Estorbas”, cantan sus pasos. “Sobras”, cuentan sus giros de cabeza. Y ella recoge su guitarra y sigue caminando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces se encuentra con el esplendor de dos hermosos dragones dorados volando en un atardecer sangriento sobre una interminable muralla blanca, entre nubes de papel arrugado y por encima de ríos, lagos y montañas de cartón piedra. Y ella mira sus ojos verdes y se deja llevar por sonidos que apenas reconoce, cuerdas suave y decididamente acariciadas en una lejana escala que evoca lluvia y paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entra en el subterráneo, alejado de los ojos de aquellos que pueden ver pero no saben mirar. El rugido de los motores de la gran avenida parece el eco de una tormenta de verano cuando la muchacha entra en el templo sagrado del saber milenario. Tranquilo aun estando repleto de gente. Silencioso pese a las incontables conversaciones. Acogedor a pesar de ser un lugar completamente desconocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pide algo para beber y se sienta en una mesa granate. Observa el techo, artificial firmamento regido por el fénix y el dragón, lo femenino y lo masculino, el yin y el yang. Querría quedarse en ese maravilloso lugar para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dirige al baño. Y cuando sale de él, allí está el muchacho. Delgado, de pálida piel y ojos oscuros y rasgados. Ella se queda paralizada mientras él la desnuda con la mirada. “Tantos años”, le dicen sus ojos, “tantos años viéndote y al fin puedo tenerte delante”. Y ella piensa: “Tantos años… Tantos años observándote servir mesas y chapurrear español y ahora...”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces él se dirige a ella de esa forma brusca que sólo los orientales parecen haber aprendido con el arte de la guerra, y su cara queda a pocos milímetros de la de ella. “No hay demasiado tiempo”, piensan los dos sin articular ningún sonido. Y ella se mueve y lo acorrala entre su joven e inmaduro cuerpo y la pared, y se acerca poco a poco a sus labios mientras él se amolda suavemente a su gesto, y cuando sus labios se encuentran la calidez de tan leve contacto humano llena un poquito más el alma perdida de la muchacha. Y el mundo parece girar y girar a su alrededor cuando sus lenguas se entrelazan apasionadamente, como dos amantes largo tiempo sin verse; sus bocas se amoldan a la perfección, llenándose ambas sin dejar ningún resquicio para el vacío. La muchacha despierta a un mundo de sensaciones jamás vividas, despertando también su cuerpo palpitante y deseoso de caricias. La calidez de la boca de él recorre el cuerpo de ella hasta su entrepierna mientras su corazón parece querer salirse del pecho. Y así sucede el más hermoso de todos los besos que se hayan dado jamás sobre la faz de la tierra, fénix y dragón en un abrazo celestial, perdidos en un mundo de demonios occidentales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no hay tiempo, y ambos lo saben. Una vez saciada su mutua curiosidad por el otro se separan lentamente y se miran a los ojos, sin emitir ningún sonido. Ambos se desean, más allá de idiomas y culturas, de prejuicios y peligros. Ambos se temen, tan cercanos y al mismo tiempo desconocidos, tan desarmados ante el deseo pero siempre atentos a un posible ataque desconfiado. Él sonríe; ha querido ofrecerle esos minutos como regalo. Ella devuelve agradecida la sonrisa, sabiendo que ese momento no se volverá a repetir, pero no es necesario, puesto que quedará grabado en su retina para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha camina sonriente hacia la puerta, pasando por delante del joven chino que sin perder la sonrisa la sigue con la mirada. Y ella ya no se atreve a mirarle a los ojos, de modo que cuando pasa por su lado le hace una leve reverencia con la cabeza, y él se la devuelve. Respeto mutuo. Satisfacción conseguida. La comunión de dos almas solitarias atrapadas en un extraño lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jamás volverán a verse; el muchacho dejará de trabajar en ese restaurante y ella conocerá otras almas similares, aunque no podrá olvidar la pasión de ese único beso. Y desde su estantería, la interminable colección de dragones chinos que a partir de entonces comenzará le devolverá siempre algo de ese momento.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-3210113191107951880?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/shRGZJuQZs0" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/shRGZJuQZs0/de-un-nico-beso.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/09/de-un-nico-beso.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-2532696126505920574</guid><pubDate>Thu, 11 Sep 2008 12:12:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-06T10:59:20.060+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De mi secuestro</title><description>Os voy a explicar cómo llegué hasta aquí y el cambio brusco que dio mi vida en apenas unos segundos, mientras desgrano cada minuto, cada hora de mis pensamientos en busca de respuestas en esta sucia y polvorienta habitación que se ha convertido en mi hogar sin yo haberlo elegido. Desconozco todavía los motivos superiores que han movido a todas las personas que me rodean a estar aquí, y añoro todas las cosas que ya no podré hacer, pero aguardo expectante el nuevo día en el que quizá logre entender qué papel tengo yo en este gigantesco, aunque invisible, tablero de juegos subterráneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una soleada mañana de martes cuando me encontraba con mi madre en la cocina almorzando. Hacía bastante calor, y yo sólo llevaba, como cada vez que me levantaba, unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes; el vestido caqui de mi madre me hacía cosquillas en las piernas mientras ella se balanceaba de izquierda a derecha, irritante costumbre que había adquirido cuando fumaba. Yo le daba vueltas ausentemente al café, sentada sobre el frío taburete de metal azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Deberíamos vaciar el cenicero, ¿no? –dijo mi madre de repente con una sonrisa. Me quedé observando el recipiente repleto de colillas, en el que parecía no caber ni una mota de ceniza más, y con una sonrisa le respondí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No creo que haga falta… –Y continué con una mueca de humor:– Siempre podemos jugar a hacer figuritas e intentar interpretar qué son.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi madre se rió; últimamente se encontraba de buen humor, lo cual era todo un alivio para mi padre y para mí. Terminé el café mientras intentábamos explicarle tal tontería mañanera a mi padre para que se riera un poco, sin apenas conseguirlo; estaba demasiado dormido. Tras el café me preparé para otra larga jornada laboral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si fue debido a la maldita rutina diaria o a que ese día estaba absorta en a saber qué extraños pensamientos, que apenas recuerdo el viaje de tres cuartos de hora hasta la oficina. Ni siquiera recuerdo haber cogido el ascensor. De hecho me daba la impresión de no haberme movido de la silla; mi madre habría salido por la puerta de la izquierda y, con un barrido surrealista, la concina se habría convertido en mi lugar de trabajo: el ordenador delante de mí, y tras el cristal la sala técnica; el equipo de desarrollo a la izquierda, y a la derecha la puerta que da a la sala de trabajo de unos doscientos asesores telefónicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis compañeros fueron llegando poco a poco, cada uno preocupado por sus quehaceres: instalar un servidor nuevo, preparar y documentar un nuevo aplicativo, realizar pruebas de telefonía IP, reclamar incidencias a proveedores de líneas y, cómo no, controlar que todo estuviese en orden y que trabajásemos en equipo. Apenas cruzábamos un silencioso y somnoliento “Buenos días”, algo bastante extraño pues era común intentar empezar cada jornada con una sonrisa en los labios y explicando alguna anécdota graciosa para levantar un poco el ánimo. Pero ese día parecía haber bastante trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De hecho me sentí abrumada ante la cantidad de incidencias que se acumulaban en el software de helpdesk para ser asignadas a sus respectivos técnicos. Más o menos lo de siempre: leer incidencia, comprobar datos correctos, filtrar información, asignar (a mí o a cualquiera de mis compañeros del resto de sedes). Después de eso, resolver todas aquellas incidencias que me había asignado para mí, desde cambiar un ratón que no funcionaba hasta averiguar por qué motivo algunos correos no estaban apareciendo correctamente a los asesores de una conocida compañía de telefonía móvil, sin olvidar, por supuesto, de atender amablemente el teléfono, encontrándome a veces con la más estúpida de las preguntas, o quizá con un problema tan complicado cuya solución me llevaría semanas encontrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tal vorágine de trabajo me encontraba inmersa que no me di cuenta de que algunos de mis compañeros bajaban a desayunar algo, mientras otros se reunían con algún directivo para dar, una vez más, explicaciones técnicas en un lenguaje lo suficientemente sencillo como para que pudieran ser entendidas incluso por la señora de la limpieza (con todos mis respetos hacia ese sector profesional, ¡qué sería de nuestra salud sin ellas! No quiero imaginar cómo olerían los cuartos de baño… Desde aquí os digo: “Gracias”. –Y añado: “Deberíais cobrar más por limpiar la mierda de los demás”.–). Cuando me quise girar a preguntar un detalle técnico a uno de mis colegas (este trabajo me recuerda en ocasiones al de los médicos: si no están muy seguros de si es lupus o sarcoidosis, nadie mejor con quien contrastar ideas que otro médico), vi que el despacho estaba vacío. Miré a través de las ventanas de cristal hacia la sala, girando antes la manecilla que regula las persianas interiores. Sí, allí estaba, hablando con otras dos personas. Supuse que volvería en un instante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día la sala no estaba demasiado llena. Quizá se debiese a la crisis de la que tanto se hablaba, pero mientras la plataforma de sudamérica estaba ocupada al cien por cien, la nuestra apenas llegaba al veinte por ciento (y aun siendo esto así, debo recalcar la cantidad de trabajo que llegaba siempre a nuestro centro, procedente de los otros cuatro). Cogí una llamada de Madrid: tras unas risas y facilitar la información que se me solicitaba, colgué por última vez, aun sin saberlo, el auricular del teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente escuché un golpe seco que provenía de la pesada puerta metálica de la entrada, seguido por el sonido de dos objetos de madera chocando y gritos. Y al instante comenzaron los disparos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin osar levantarme de mi silla, observé por la ventana cómo la gente corría de un lado para otro y caía al suelo tras ser alcanzada por el impacto de una o varias balas. A los pocos segundos pude verle: un hombre de unos cuarenta y cinco años, un metro ochenta de altura aproximadamente, fornido y con el pelo cano, disparaba indiscriminadamente a toda persona que encontraba a su paso, incluso a aquellas que se habían tirado al suelo. Me quedé paralizada al presenciar tal masacre; algunos conseguían huir, pero la mayoría estaba siendo asesinada a sangre fría. Y entonces el hombre miró hacia mi ventana y comenzó a caminar hacia donde yo me encontraba, disparando sin cesar. Todavía recuerdo el rostro de terror puro de una de mis compañeras a través de la ventana, cuando acorralada entre su mesa, la pared y el cristal de mi despacho imploraba entre sollozos que le perdonara la vida. El hombre se detuvo un par de segundos y, sin titubear, le disparó en el pecho. El cuerpo de ella se desplomó al instante, y lo último que pude ver fue su melena rubia deslizándose por la pared anaranjada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre abrió la puerta de una patada. Parecía una máquina programada exclusivamente para disparar a muerte a cualquier objeto que se moviera o que tuviese vida. Me miró entonces con sus profundos ojos azules mientras apuntaba su arma a mi cabeza y comenzaba a apretar el gatillo. Yo no pude más que cerrar los ojos con fuerza mientras dejaba los brazos extendidos a cada lado de mi cuerpo, sabiendo que lo último que oiría sería el estruendo del disparo y, quién sabe, quizá oliese a pólvora. ¿Cómo sería morir? Mi cabeza comenzó a trabajar a la velocidad de la luz, asumiendo mi futuro inmediato, repasando todos aquellos momentos de mi vida que había presenciado y pensando con tristeza en aquellos que nunca llegarían a ser. ¿Ya estaba? ¿Era ese el fin? El fin de una vida más, tan valiosa y tan pequeña como la de cualquiera de las demás personas que acababan de morir a manos de un loco enajenado… Tuve miedo, mucho miedo, pero al mismo tiempo ansiaba el deseado pistoletazo y que tal angustia finalizara de una vez por todas. Me sabía tan mal por mis seres queridos, por todas aquellas personas que iban a sufrir… A lo lejos pude oír las sirenas de la policía y las ambulancias. Se estaba generando todo un revuelo alrededor del edificio; ¿llegarían a tiempo para salvarme? Lo dudaba y deseaba que toda aquella pesadilla acabase al fin, por lo que decidí abrir los ojos y mirar fijamente a aquel ser despiadado, retándole a la vez que implorándole que presionara el maldito gatillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero jamás llegó a hacerlo. Todo lo contrario, bajó poco a poco el arma sin apartar su intensa mirada de mí. Se acercó con rápidas zancadas a mi silla, para cogerme por el cuello y levantarme de un golpe seco. Yo todavía seguía conmocionada, pero ¡estaba viva! Aunque empecé a temer más por mi vida que nunca. ¿Me estaba tomando como rehén? ¿Qué pediría a cambio? ¿Y qué haría conmigo? A todas luces las autoridades no permitirían que se derramara más sangre inocente, por lo que al verlo salir por la puerta con un rehén en sus brazos no se dignarían a dispararle. Y entonces salió a relucir mi parte más fría y calculadora, y sopesé los pros y los contras de mi situación en cuestión de segundos mientras él me arrastraba hacia la puerta, con fuerza pero sin llegar a hacerme daño. Mi miedo más terrible en aquellos momentos, incluso por encima de mi muerte, era la posibilidad de ser violada, no sólo por aquél hombre, sino por los compañeros que intuí que tendría. ¿No era mejor estar muerta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante tal expectativa, sólo pude hacer una cosa: dejarme llevar. No opuse resistencia en ningún momento, y me acoplé tranquila en los brazos de aquel hombre, cuya cercanía me mostraba un lado salvaje que, antes que asustarme, comenzaba a excitarme. Sus manos me decían que sabía lo que estaba haciendo; que no quería lastimarme, que me quería por alguna razón que quizá más tarde lograría averiguar. Por ese motivo, y también por el hecho de que una cámara de televisión había conseguido colarse en el edificio y estaba retransmitiendo el secuestro en directo, apoyé mi cabeza sobre el hombro de mi captor. Al pasar cerca de la cámara miré directamente al objetivo, intentando mostrar con la mirada que estaba tranquila, que no iba a poner mi vida en peligro innecesariamente, y que todo saldría bien, con la esperanza de que me vieran mis padres y pudiesen confiar en mí. Esa mirada no era ninguna actuación: me sentía realmente tranquila, como si fuera yo la que dominaba la situación. Estaba convencida de que no pasaría nada malo. Luego bajé la mirada al suelo y me amoldé al paso del hombre, que no volvió a disparar a nadie hasta que abandonamos el edificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un sucio callejón aguardaba un coche de lujo color crema y cinco hombres más, que abrieron rápidamente las puertas para introducirme en la parte posterior. Aunque yo ya conocía mi faceta de tranquilidad y sosiego en situaciones de riesgo, me estaba sorprendiendo a mí misma con la enorme capacidad para amoldarme a cualquier tipo de situación en cuestión de segundos. De hecho, en cierto momento incluso llegué a ayudar a mis captores indicándoles que se colocaran de otra manera para poder salir más fácilmente del coche en caso de emergencia. A través del retrovisor pude observar la sonrisa del hombre de ojos azules.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El coche arrancó y, tras un breve trayecto, se detuvo en otro callejón. Todos descendimos del automóvil, pero ya nadie me agarraba; me dejaron libre y se concentraron en el trabajo que se traían entre manos, como si confiasen plenamente en mí. Dos de ellos abrieron el maletero y extrajeron de él dos enormes cajas de plástico negro que colocaron cuidadosamente en el suelo. Otro hombre se afanaba en rellenar una esquina del edificio junto al que habíamos aparcado con una masa similar a la arcilla. Entre todos colocaron los cilindros de color granate que habían sacado de las dos cajas, y el hombre que me había capturado conectó con movimientos decididos y firmes lo que a todas luces parecía un detonador. En uno de los bolsillos de sus pantalones militares se encontraba el dispositivo de control remoto que haría estallar los explosivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Todo listo –habló por primera vez, mirándome fijamente. –Éste era el último punto que quedaba por preparar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De golpe quise preguntarle tantas cosas… Por qué había matado a toda esa gente, qué motivos tenía para ello, a qué grupo terrorista pertenecía, qué iba a pasar conmigo y, ante todo, por qué demostraba tanta confianza en mí. Pero mi prudencia me advirtió de que no era momento para hacer preguntas, de modo que me volví a introducir tranquilamente en el coche, como si hubiese viajado con aquellos hombres en multitud de ocasiones. Y entonces me llevaron a su refugio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una zona industrial medio abandonada, una gigantesca fábrica semi derruida se elevaba sucia entre la maleza y los árboles muertos de los terrenos de alrededor. Todos los cristales de los ventanales estaban rotos y las chimeneas hacía mucho que habían dejado de funcionar; el interior estaba cubierto de polvo y escombros. Pero en el subsuelo había una explosión de vida: enormes galerías y larguísimos pasillos llenos de gente bajo la fría y tenue luz de unos pocos fluorescentes blancos. En algunos rincones se observaban luces de colores provenientes de tubos de neón; el humo del tabaco flotaba en el ambiente cargado y viciado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos se me quedaron mirando mientras, rodeada por los seis hombres que me habían llevado hasta allí, atravesábamos las distintas estancias de esa pequeña gran urbe subterránea. La mayoría era gente joven, de aproximadamente mi edad, y me sorprendió lo alegres que parecían estar. Supuse entonces que, al igual que yo, habrían acabado con la monotonía de sus vidas: no más trabajo, no más deudas, no más peleas familiares; todo por un fin superior, un fin común, un fin que yo todavía desconocía. Un fin capaz de unir a personas de distintas tribus urbanas: desde niñas pijas hasta hippies y okupas con rastas, pasando por góticos y emos de catálogo y princesas de barrio con pendientes de oro barato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asesino que me había raptado me llamaba cada vez más la atención. Quizá fuese la ropa negra de corte militar que vestía, o tal vez su ancha espalda y sus fuertes brazos, o quizá su decidida y firme manera de andar, pero ese hombre desprendía un fuerte magnetismo del cual, pude observar, no era la única víctima: muchas chicas lo miraban también y sonreían y musitaban cosas entre ellas al verlo pasar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo había oído su voz en una ocasión, pero su vibración todavía retumbaba en mis tímpanos. Creí que, de vuelta al lugar que a todas luces era su cuartel general, me explicaría lo sucedido, o quizá me daría una tremenda paliza. Pero lo único que hizo fue darme la mano, sonreírme paternalmente y atravesarme con sus ojos azules, para luego darme la espalda y desaparecer. Y allí me quedé, de pie entre cientos de desconocidos y sin saber qué iba a ser de mí en los minutos siguientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no duró mucho mi soledad, puesto que tres chicas se acercaron a mí y sonriéndome se presentaron. Una de ellas estaba claramente satisfecha con su imagen exterior, y tenía muchos motivos: su hermosa melena rubia y unos ojos oscuros y bien maquillados denotaban seguridad en sí misma, aunque por los piercings en nariz y labio me dijeron que estaba ante la típica persona que no ve más allá del físico. Sus ropas también la delataban: camiseta blanca ajustada de tirantes y con un generoso escote, unos pantalones piratas de color rosa y unos bonitos, aunque demasiado extremados, zapatos abiertos de tacón. Las otras dos chicas parecían algo más maduras: la morena y más bajita no sonreía tan vívidamente, y la otra, claramente del montón, parecía incluso aburrida. Ella fue quien me tendió el bolso, que se había quedado en mi despacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Toma, imagino que habrá cosas que necesitarás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sostuve el bolso insegura, preguntándome quién se habría tomado la molestia en ir a recogerlo y, ante todo, cómo lo habría hecho para superar el cordón policial sin levantar sospechas. Miré en su interior, encontrando todas mis cosas: las llaves de casa, el móvil y la cartera con la documentación y algo de dinero suelto, unos tampones en uno de los bolsillos, un espejito, una memoria USB de 2 GB, un pote de pastillas de Pasiflora, un paquete de chicles empezado, unos cuantos pañuelos de papel y, lo más importante, mi inhalador para el asma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Cómo…? –comencé a balbucear, pero la chica rubia me cortó en seco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hay cosas que nosotras tampoco entendemos –dijo con una voz cantarina y un tono que me pareció ligeramente estúpido–, pero una vez te acostumbres a estar aquí, ¡te olvidarás de todas tus preocupaciones!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Preocupaciones?”, pensé yo. A la mente me vinieron las terribles imágenes que hacía un rato había presenciado en mi lugar de trabajo; pensé en mis padres, familiares y amigos que se preocuparían por mí y a quien yo iba a echar muchísimo de menos. Como un jarro de agua fría cayó sobre mí la certeza de que jamás podría volver a la vida que había tenido hasta entonces, y fue en ese momento en el que me di cuenta de lo idiota que había sido, lamentándome por nimiedades sin apreciar todas las pequeñas cosas que no había sabido disfrutar, y que ahora volvían a mí en forma de recuerdos como pequeñas dagas clavándose en cada una de mis vísceras: ese café matinal en una terraza charlando con mi mejor amiga un sábado por la mañana; esas noches de insomnio haciendo zapping en mi dormitorio; esas copas de más con los colegas que tanto me hacían reír; todas esas personas que había comenzado a conocer… Todo perdido sin haberlo apreciado lo suficiente. “Idiota, idiota”, me repetía para mí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No entraré ahora en detalles acerca de todas las jornadas que siguieron al que fue el primer día de mi nueva vida. Sólo apuntaré que los primeros días fueron como un sueño para mí, rodeada de cientos de extraños que acabarían siendo amigos o enemigos, intentando amoldarme a mi nuevo entorno y procurando no recordar más toda aquella vida de luz y sol que había sido mía hasta entonces y que no había sabido apreciar. Fui de copas a locales clandestinos y visité tiendas de ropa que nadie conocía; aprendí juegos nuevos y conocí a gente de todo tipo. Todos parecíamos iguales y nos tratábamos como tales, hasta que, pasada una semana, sufrí una crisis asmática.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acudí rápidamente a mi inhalador, pero entonces temí por lo que pudiera suceder: no era la primera vez que sufría una crisis, y sabía que de no hacer efecto el inhalador necesitaría medicación más fuerte. Entonces recordé un importantísimo detalle que, con tanto movimiento, se me había pasado por alto: ¿y mi medicación para el asma?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una de las salas comunes grité:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Que alguien me ayude!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos se giraron sin moverse de donde estaban; otros se me acercaron corriendo. Inhalé de nuevo el medicamento y, haciendo esfuerzos por respirar, dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Necesito mi medicación diaria. Por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los que me rodeaban empezaron a moverse rápidamente, y pude ver que un muchacho le hacía señas a un hombre maduro, el cual asintió levemente con la cabeza y salió con paso decidido de la enorme sala. Era uno de los cinco hombres del coche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otras personas me arrastraron hasta un sucio sofá granate, en el que me senté buscando la postura que me ayudase a respirar mejor. Tuve miedo: ¿llamarían a una ambulancia en caso de que fuese necesario? Si mi inhalador habitual no surgía efecto, conocía lo que sucedería después: cansancio físico a causa del esfuerzo, taquicardias y un ataque de ansiedad producido por el medicamento y por el estrés de no poder respirar. Necesitaría un ansiolítico y una inyección y, si esta no llegaba a tiempo, una bombona de oxígeno e ingresar en el hospital. Jamás había llegado hasta ese extremo; ¡qué fácil había sido coger el teléfono y pedir que fuese un médico a casa! ¿Qué pasaría ahora que me encontraba encerrada en un lugar oculto y que nadie debía conocer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaron dos horas y empecé a notar la taquicardia. Una hora más y necesitaría un ansiolítico. Un par de horas más y la inyección sería vital. A mi alrededor se había formado un cerco de personas que me miraban apenadas e impotentes, sabiendo que lo único que podían hacer era dejarme sitio para respirar. Alguien me acariciaba el brazo derecho. Todo el mundo estaba en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces se oyó un portazo. Otro de los cinco hombres que había conocido en el coche se acercó corriendo a donde yo me encontraba y me tendió una bolsa de plástico. Con mucho esfuerzo miré en su interior, y me tranquilicé al momento: ahí estaba mi medicación, que me duraría al menos medio año. Alguien me tendió un vaso de agua y me tomé una pastilla. Acto seguido abrí un inhalador verde y tomé una bocanada. Todo el mundo parecía sostener la respiración conmigo. Después di otras dos bocanadas al inhalador marrón, y su gusto amargo me obligó a beber más agua. Poco a poco me fui calmando hasta tumbarme y quedarme dormida. Toda aquella gente me había salvado la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué tanta preocupación por mí? ¿Qué era lo que me hacía tan especial? Con el tiempo aprendí que en aquella comunidad todos daban el todo por el resto, pero aun así siempre noté cierto proteccionismo hacia mi persona. Se sucedían los días y empecé a preguntarme si aquello no era más que un sueño; un sueño tan vívido que lo confundía con la vida real. Y necesité comprobarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana de mucho sol y calor estaba dando un paseo por uno de los patios del enorme edificio. Me recordaba bastante al patio de recreo de mi primera escuela, hecho que avivó en mí la sensación de estar soñando. Me quedé de pie en medio del patio y miré al frente, pensativa. ¿Hasta qué punto lo que estaba sucediendo era real? Noté el cálido aire rozarme las mejillas; pude apreciar el contacto de la ropa sobre mi piel. Podía oír cada nota no armónica de la ciudad; era consciente de mi cuerpo, de mi vida, y de las partículas que me rodeaban. Aquello no podía ser un sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A unos cuantos metros de mí se encontraban los cinco hombres que había conocido en el coche el día del secuestro. Nunca habíamos cruzado una sola palabra, pero allí donde yo fuera ellos me seguían, cuales guardaespaldas protegiendo a una estrella. Yo hacía ver que no me daba cuenta, y ellos hacían ver que estaban allí por casualidad. Habíamos entrado en un juego sin reglas establecidas y siempre quedábamos en tablas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces di un brinco, y me elevé un par de metros sobre el aire. Me giré para ver como dos de los hombres me miraban impasibles. Nunca mostraban sus sentimientos, pero sabía que estaban atentos a cada uno de mis movimientos. Descendí lentamente para volver a impulsarme hacia el cielo. Veinte metros, manteniendo el equilibrio, flotando sobre las cabezas de todos aquellos extraños conocidos. No podía ser un sueño; era demasiado real. Podía volar. Podía escapar. Pero el juego estaba decidido. Reí entre las nubes y sobrevolé el patio, sin cruzar jamás sus muros. Los hombres me miraban pero no se movían. Entonces, desde lo alto, les grité:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Veis? ¡Podría escapar! ¡Podría escapar, maldita sea, pero no voy a hacerlo, para demostraros que podéis confiar en mí! –grité enloquecida. ¿Confiar en mí? Estaba claro que ya lo hacían. Estaba clarísimo que no era necesario que les demostrase nada. Quizá sólo necesitaba demostrármelo a mí misma: esa posibilidad de escapar a… ¿dónde? Estaba rehaciendo ya mi vida, sintiéndome siempre una extraña en aquél enorme zulo y sabiendo que jamás podría volver a nada parecido a lo que había sido mi vida. Eso me pasaba por despreciarla. ¿Era una lección?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya había demostrado suficiente. Volví a descender, cayendo en la cuenta de que entonces todo aquello no podía ser real, que yo no podía volar más que en sueños. Me senté en el suelo completamente confundida. ¿Acababa de volar? ¿O sólo había sido una mala pasada de mi cabeza, que intentaba convencerme paternalmente de que aquello era irreal, de que en algún momento despertaría a la calidez de mi dormitorio? Sólo había una forma de comprobarlo: volver a volar. Pero no me atreví. Cuando me puse en pie noté como el efecto maldito de la gravedad me aplastaba contra el suelo. Me imaginé dando una zancada esperando flotar y cayendo de bruces, sangrando por la nariz y con las muñecas rotas. No quería arriesgarme a descubrir la verdad. Quería seguir imaginando que aquello era un sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así siguieron los días, sin noticias de importancia y sintiéndome cada vez más ajena y extranjera en aquél mundo al que había sido arrastrada. Mi ser ya no formaba parte de ningún mundo en concreto; ni el que había sido forzada a abandonar ni el nuevo en el que me encontraba. A veces tenía, y sigo teniendo, la sensación de haber sido abandonada por una nave espacial en un planeta recóndito y salvaje sin posibilidad de vuelta. Sin ni siquiera saber si alguien vendría a buscarme. Y sin entender jamás por qué yo era especial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que un día los cinco hombres me llevaron a un cuarto oscuro, iluminado por un triste fluorescente. Ante mí había una puerta metálica. No me dirigieron la palabra; simplemente abrieron la puerta y allí se encontraba él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé que tras el día del secuestro jamás volvería a verle. Muchas veces había recordado lo que él había significado para mí, las esperanzas perdidas que había tenido, y había intentado olvidarle, como escondiendo una cicatriz infectada que ahora volvía a sangrar. No tenía buena cara. Había sido muy atractivo, pero había adelgazado y sus ojeras se habían oscurecido. Me miró tristemente. Estaba maniatado a una silla metálica. Ese era su hogar. Y entonces supe y comprendí. Que él me había salvado; que él, quien tanto me había hecho sufrir, me había dado una segunda posibilidad a cambio de su libertad y de su alma. Me miró con ojos desgarrados y una lágrima solitaria se deslizó por su nariz. Él jamás lloraba. Nunca. Y ahora lo estaba haciendo. Sentí pena y rabia. Sentí el impulso de tirarme sobre él y pegarle sin piedad, y de besarle con ternura. Quise sentir su piel bajo mis puños y entre mis brazos. Quise cuidarle y mimarle a la vez que maltratarle. Le bendije por salvarme de aquella masacre, y le maldije por haberme dado una vida de dudas y miedos y soledad. Le quise y le odié, y sin terciar palabra la puerta se cerró y no volví a verle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá os decepcione saber que mi relato llega a su fin. Quizá os defraude y os sepa a poco esta historia; quedan demasiadas preguntas sin respuesta. De ser así, imaginaos por favor cómo me siento yo, protagonista de esta extraña historia; no poseo ninguna verdad y mi saco de dudas está a punto de reventar. No sé si los explosivos llegaron a detonar. Todavía no entiendo el por qué de aquella terrible matanza. No alcanzo a comprender qué extraño papel juego en este teatro de marionetas sin sentido. Pero quizá jamás deba saberlo; tal vez el único motivo por el que estoy aquí es una lección de sabiduría que llega demasiado tarde. Aprovechad cada día como si fuera el último, pues fuerzas superiores a las vuestras se mueven sin control y pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos en cuestión de segundos. Aunque el hastío os invada, sentidlo plenamente, sentidlo. Sentid que sufrís y que disfrutáis y que sentís y que podéis elegir. Porque yo ya no puedo. Y esa certeza me hunde en un abismo de fango maloliente. Dejad de lamentaros por hechos que no podéis cambiar. Concentraos en los que sí podéis moldear a vuestro antojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espero que pronto tengáis noticias mías.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-2532696126505920574?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/MaThl79x12g" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/MaThl79x12g/de-mi-secuestro.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/09/de-mi-secuestro.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-7721318264503720996</guid><pubDate>Fri, 05 Sep 2008 14:33:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:13:45.606+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Vigilia</category><title>Demasiado tiempo sin soñar</title><description>&lt;p&gt;&lt;em&gt;Demasiadas horas dando vueltas en la cama, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, moviendo el pie en una sencilla danza para llamar al sueño y al cansancio que nunca se deciden a llegar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un vaso de agua y la pastilla de la felicidad, o quién sabe, a lo mejor sólo media pastilla, o quizá dos. Y entonces los ojos se cierran obligados por la química irreal del mundo moderno, pero los sueños nunca llegan o, de hacerlo, desaparecen rápido junto con las pastillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quedan recuerdos, no quedan imágenes ni sentimientos ni olores. De nuevo luce el sol una mañana más, y este pequeño gran detalle por el cual deberíamos estar agradecidos, el poder apreciar cada día el simple hecho de estar vivos, no es suficiente para paliar el anhelo por visitar otros mundos cuando la luna aparece y la ciudad duerme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche tras otra, durmiendo apenas cinco horas y despertando con inquietud. ¿Habremos soñado algo que nos ha hecho despertar de golpe? De ser cierto, ¿qué parte de nuestro cerebro estará matando esa pastilla para que no podamos recordarlo? ¿En qué oscuro rincón están quedando atrapadas tan bellas imágenes para que no podamos verlas jamás? ¿O es que acaso simplemente no se generan?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No creo que exista el dormir sin el soñar. No soñar es como perder un pedazo de nuestra vida, pues cada uno de nuestros sueños es el medio de comunicación más eficiente para que nuestra mente se abra y se expanda sin que nosotros la controlemos. Soñar es seguir despierto mientras el cuerpo descansa y nuestros sentidos apenas notan nada; somos pura mente, simple imaginación, esa vía de escape del mundo de la vigilia, ese agujerito por el que se vacía lentamente el saco de nuestra estresante y agitada vida, evitando que éste acabe explotando. Por eso, dormir sin soñar es como no dormir, y aunque se sueñe y no recordemos, soñar sin recordar es como perder minutos preciosos de una pequeña parte de nuestro ser que lucha por gritarnos y enseñarnos, pero que no puede.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Semana tras semana, deseando que llegue ese sueño digno de ser transformado en palabras, aparece algún que otro resquicio o imagen de lo que podría ser un sueño completo. Pero está demasiado difuso; es tan sólo una pieza de un enorme puzzle que sabemos que no podremos resolver, porque el resto de piezas se han perdido y no volverán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y quizá lo peor es recordar un sueño, y al abrir los ojos intentando volver al mundo real, pensar: "¡Este sí! ¡Al fin!", pero no hay momento alguno para sentarse tranquilamente a desgranar cada imagen y cada sensación, y poco a poco el recuerdo se esfuma como arena entre los dedos. Y de nuevo vuelta a empezar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tan importante deben ser nuestros sueños como el hecho de no poder recordarlos en algunas épocas de nuestras vidas. En mi caso he descubierto que es necesario librarse de ciertas emociones y obsesiones para dejar espacio a lo realmente importante, a lo que más nos preocupa o nos gusta o nos aterra; todas esas cosas que no permitimos que salgan a la luz por miedo a conocernos demasiado y a que no nos guste el reflejo que de nosotros muestran nuestros sueños. Cuando nuestra mente se encuentra fuertemente atada y cerrada no es posible superar los problemas cotidianos, pero mucho menos es desahogarse inconscientemente fuera del mundo de la vigilia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero hoy, después de tanto tiempo, he tenido un sueño tan vívido que he llegado a creer que era real. Un secuestro, mi secuestro, por parte de un hombre adulto que acababa de disparar a cuanta gente me rodeaba. ¿Por qué me había elegido a mí? ¿Por qué me cuidaba tanto? ¿Qué verdad se ocultaba en sus ojos y en sus intenciones? Y a la cegadora y cálida luz del sol me siento a pensar: "Dios mío, sé que estoy soñando, pero parece tan real... ¿Seguro que no es esto la vida real? Porque jamás he soñado algo con tanta fuerza...". Pero finalmente salgo volando, demostrándome a mí misma que se trata de un sueño, y miro hacia abajo y grito a mis captores: "¿Véis? Podría escapar volando pero no voy a hacerlo", esperando ganarme su confianza de ese modo. Y desciendo, y al cabo de un rato empiezo a dudar: "¿Realmente he volado? Sé que sólo puedo volar en sueños, pero ¿y si ha sido una jugarreta de mi mente, cansada y estresada por todo lo que me ha sucedido? ¿Y si todo esto es real y no puedo volar? Podría intentarlo...". Pero no me atrevo, porque no quiero descubrir que mi vida ha dado un giro no de ciento ochenta grados, sino de sesenta y siete, pues tan extraña se ha vuelto. Sólo deseo que mis padres hayan visto con qué calma me he tomado el secuestro cuando una cámara de televisión me enfocaba mientras era arrastrada por el criminal que me apuntaba su arma a mi sien, para demostrarles que estoy bien y que puedo vivir esta situación sin ponerme en peligro innecesariamente. Y no intento volar, y acabo sabiendo por qué, de toda la gente que había a mi alrededor en aquella oficina, fui yo la elegida: un compañero había vendido su alma a cambio de mi seguridad y mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero es una historia larga y quizá deba ser explicada con más detalle, para disfrute de quienes lo lean como si de un relato corto se tratase, y para mí misma, para ayudarme a entender y regresar de nuevo a la amante del Sueño que fui.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-7721318264503720996?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/v1PjIj2kz_s" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/v1PjIj2kz_s/demasiado-tiempo-sin-soar.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/09/demasiado-tiempo-sin-soar.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-5096404811615205825</guid><pubDate>Sat, 31 May 2008 10:23:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:14:02.628+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De la catástrofe y el nuevo orden de las cosas</title><description>Cuenta la leyenda que el día en el que el Gran Ojo y la Perla Blanca se encontraron en las profundidades del mar una gran catástrofe sacudió el mundo. De una sola persona queda el testimonio de tal acontecimiento, y a través de sus ojos podremos conocer la verdad, o parte de ella, de lo que sucedió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tranquila mañana de verano las gentes despertaban del sueño nocturno para incorporarse a sus quehaceres en el pequeño pero próspero pueblecito. Ordeñar vacas, sembrar y recoger frutos, abrir comercios, trabajar en algunas de las fábricas del lugar y, en definitiva, continuar con sus vidas como siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre se sentía inquieto. Tras encargarse de algunos recados aprovechó para escaparse a la tranquilidad del Lago Grande, una extensa superficie de agua que en su día había pertenecido al mar. Sentándose sobre una cálida roca observó la mansa superficie de las aguas y los rayos del enorme sol anaranjado que aún se encontraba bajo en el horizonte. Empezaba a hacer calor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con aire decidido, el hombre se despojó de todas sus ropas y, tras dejarlas sobre la roca en la que había estado sentado, caminó con paso firme sobre la verde hierba hacia el lago. El contacto frío del agua le hizo estremecerse, pero sin pensárselo dos veces se sumergió en ella de golpe, sintiendo el amable frescor del líquido que le envolvía por completo. Abrió los ojos y, conteniendo la respiración, observó por debajo de la superficie los suaves rayos de sol que se adentraban en el agua, dotándola de una extraña aunque agradable tonalidad verde azulada, como si un montón de cristales opacos quisieran ocultar los tesoros del fondo del lago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre asomó la cabeza sobre la superficie para coger aire y dio unas cuantas brazadas alejándose de la orilla. En teoría estaba prohibido bañarse en el lago, ya que regularmente se producían potentes torbellinos que más de una vez habían provocado una tragedia, pero al hombre parecía no importarle aquel peligro; más bien todo lo contrario, solía acariciar la idea de encontrarse de repente en medio de una catástrofe natural que podía cambiar su vida y hacerle protagonista de una gran aventura. En su mente jamás cupo la idea de morir; siempre había tenido, para su desgracia, demasiada buena suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quién iba a imaginar que sería precisamente él el único ser humano que iba a ser privilegiado espectador de los estremecedores eventos que estaban a punto de producirse. Al principio pudo observar, en una de sus zambullidas en el agua, un objeto brillante a lo lejos. Después vio algo similar a una enorme esfera roja y su curiosidad fue en aumento. Pensó que quizá estaba a punto de descubrir aquello que provocaba los torbellinos del Lago Grande; de ser así se convertiría en toda una personalidad y al fin podría escapar de la terrible monotonía en la que se había convertido su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que llenó sus pulmones de aire y volvió a zambullirse en el agua, nadando hacia los objetos que le habían llamado la atención. Le sorprendió notar que a medida que descendía, la temperatura del agua, lejos de enfriarse, se tornaba cada vez más cálida y agitada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente aquellos objetos que habían llamado su atención se convirtieron en dos enormes esferas que surgieron ante sus ojos. La primera parecía una gigantesca perla deforme que rotaba sobre su propio eje. La segunda, en cambio, era perfectamente redonda y se dibujaba un iris marrón que seguía cada movimiento de la perla. El hombre, estupefacto, se mantuvo quieto observando tan impresionante escena, cuando de repente la perla blanca lanzó un destello plateado en dirección al ojo rojo, que inmediatamente después emitió un haz de luz roja hacia la perla. El agua comenzó a hervir y un estruendo resonó en los tímpanos del hombre, que percibió que el fondo marino se abría en dos y que toneladas de pesada roca se desprendían a lo lejos, cerca de las orillas del lago. Entonces el hombre, luchando por salir a la superficie, perdió el conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*** *** ***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las blancas luces del pasillo rebotaban sobre la superficie sucia y gris de unas paredes enmohecidas y desgastadas por el paso del tiempo. En su litera de sábanas blancas, el hombre despertó desconcertado y con la vista borrosa. Primero se miró las manos, luego se palpó la cara para encontrarse con una poblada barba, y acto seguido, incorporándose lentamente, observó su alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una bolsa de suero pendía a su izquierda, cerca de la cabecera de la cama. Lo habían vestido con un pijama gris y áspero y habían colocado barrotes metálicos alrededor de la litera para evitar que cayese. El techo era bajo y también gris, y apenas había sitio para más que una mesilla de noche y un pequeño armario en una de las paredes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la amplia abertura del dormitorio, que no tenía puerta alguna, apareció un gigantesco hombre de color con un uniforme azul oscuro y botas militares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Al fin despierto –le dijo con una voz grave y no muy amigable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Dónde estoy? –balbuceó el hombre, todavía aturdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Donde está todo el mundo… Un refugio. Vístete y preséntate en el pasillo en tres minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicho esto, el soldado, si es que era ese su rango, dio un manotazo en la pared y desapareció por donde había venido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre bajó por la escalera metálica a los pies de su litera y encontró sobre un taburete unos tejanos azules y una camiseta de manga larga también azul, así como unos calcetines negros, unos calzoncillos blancos y unas botas militares. Se vistió lo más rápido que pudo y salió al pasillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mujer bajita y con aspecto nervioso se aproximó a él y, con una sonrisa, le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hola, yo soy la doctora que ha estado cuidando de ti. No sé qué te pasó, pero parece un milagro que hayas sobrevivido. – Y le tendió la mano amistosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre la saludó tímidamente y se sorprendió ante la firmeza de la mano de la mujer, que se le había antojado débil. Ella le hizo un ademán para que la siguiera y empezaron a recorrer el pasillo en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras la mente del hombre se iba despejando poco a poco, éste aprovechó para mirar a su alrededor: más celdas como la suya, con la mayoría de literas y camas vacías. La doctora pareció darse cuenta de ello y le dijo sin mirarle y sin dejar de caminar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Es la hora de la comida, por lo que todo el mundo está en el comedor. Desgraciadamente no tenemos gran cosa, pero me temo que a ti te parecerá todo un banquete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final del pasillo una puerta doble de color verde y con dos vidrios redondos se abrió de golpe y aparecieron algunas personas vestidas de manera similar a la del hombre, así como un par de soldados. La doctora mantuvo la puerta abierta y le permitió el paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Siéntate a la mesa y espera a que te traigan la comida –le indicó–, no tardarán mucho. Cuando acabes te pondremos al día. –Y dicho esto se giró y volvió al pasillo sin mirar atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre, de quien desconocemos el nombre pero a quien llamaremos H a partir de ahora (quizá de Hugo, o de Herbert, o de Humphrey, o de Hernán, o de Héctor, o simplemente de Hombre), vio que el comedor tenía la misma anchura que el estrecho pasillo por el que habían venido. Una larga hilera de mesas ocupaba toda la sala, y en el extremo opuesto, a lo lejos, se veía una única ventana que daba a la cocina, de donde surgían sonidos de platos y cubiertos, agua hirviendo y voces de mujeres y hombres que daban órdenes severamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H se sentó en medio de una de las mesas cercanas, y aunque apenas había sitios libres, todos los hombres allí presentes hablaban tan bajo que sólo se apreciaba un tenue murmullo. Ante H aguardaba un enorme plato de sopa, y a su izquierda lo que parecía ser cordero al horno adobado con guisantes y patatas. En medio de cada mesa había una enorme fuente a rebosar de frutas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre de su izquierda se giró y le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Eres nuevo por aquí, ¿eh?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H no dijo nada, pero asintió levemente con la cabeza. Su interlocutor siguió hablándole con una amplia sonrisa bajo su espeso bigote oscuro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No te preocupes, esto no está tan mal como parece. Tenemos comida y alojamiento gratis todos los días del año, algunos días libres y todo por hacer algunos trabajos de vez en cuando. Al principio quizá cuesta acostumbrarse –dijo mientras señalaba con un dedo hacia ninguna parte–, pero ¿a quién no le cuesta cambiar radicalmente de vida, teniendo en cuenta lo que ha pasado? –añadió entre carcajadas. El resto de comensales también rieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No estoy muy seguro de lo que ha pasado –dijo H en voz baja y sin dejar de mirar su plato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¡Ah! –le respondió su compañero con sorpresa–. Entonces todavía no te han explicado nada. Será mejor que dejemos esta conversación aquí, entonces. –Y volvió a su plato, y de nuevo reinó el silencio en la sala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H pudo saborear los magníficos manjares que le habían servido, y se preguntó para sus adentros en qué debía estar pensando la doctora cuando le había dicho que aquello “no era gran cosa”. Se sentía cada vez más satisfecho y lleno de energía, y miró la fuente de frutas para elegir su postre. ¿Uva, quizá? No, mejor una sabrosa naranja, o una pera dulce. ¡Cerezas! Le encantaban las cerezas, sobretodo las oscuras. Y cogiendo un puñado de ellas, una imagen se presentó en su mente: un enorme ojo rojo que lanzaba rallos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de que H pudiera reaccionar ante tan extraña visión, el soldado que antes le había hablado le dio unos golpecitos en la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Eh, chaval, vuelve de donde quiera que estés –le dijo con brusquedad–. Vamos a cerrar el comedor y está prohibido entrar hasta la próxima comida. Acompáñame.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H se levantó, dejando disimuladamente sobre la mesa el hueso de la última cereza que se estaba comiendo y sintiéndose completamente lleno, aunque nervioso ante lo que parecía estaban a punto de explicarle. El soldado, sin dirigirle la mirada ni una sola vez, comenzó a caminar por el pasillo pasando de largo el dormitorio de H y habándole mecánicamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Esto funciona así: tú trabajas en las labores que se te asignen y, por cada tarea correctamente realizada, serás recompensado. La recompensa… –y aquí hizo una breve pausa–, la recompensa no es dinero, como había sido antes. Tu única recompensa será poder seguir disfrutando de una comida al día, de días de libranza y de un sitio en el que dormir. Si tus esfuerzos son considerables serás trasladado a una residencia con mayores comodidades de las que tenemos aquí. Pero –y remarcó claramente la palabra con un giro de cabeza– si no cumples con tus deberes serás degradado y trasladado a otro lugar del que algunos no hablan muy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giraron por el pasillo hacia la derecha y en el fondo H vio una pared metálica. Poco antes de llegar a ella, el soldado se detuvo y le miró por primera vez a los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Mira, muchacho –le dijo con un suspiro relajado–, las cosas son así y me temo que no van a cambiar en un tiempo. A nadie le gusta esto, pero el nuevo orden de las cosas puede ser muy provechoso en el futuro. De modo que, si me permites un consejo, y no te hablo como soldado, y no creo que tenga más oportunidades como esta para decírtelo, amóldate al máximo, no hagas preguntas e intenta mejorar. El resto llegará solo. –Y recuperando la postura erguida de soldado, abrió la puerta y salió al exterior seguido por H. –Vamos, métete en esa furgoneta. Te vamos a llevar al lugar donde vas a empezar a trabajar. Tu turno será de noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vehículo estaba blindado y los cristales eran opacos, por lo que no se podía distinguir el interior. Alguien abrió la puerta lateral desde dentro y el soldado le indicó que entrara. Al sentarse en el oscuro interior de la furgoneta, H pudo ver que había otros dos soldados y seis hombres que, por sus miradas fugaces, no parecían demasiado felices.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los soldados, un chico joven de raza blanca y lleno de pecas, le habló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hemos podido averiguar que vivías en una casa en la que se realizaba la confección de ropas para las gentes de tu pueblo. –Su voz sonaba ligeramente nerviosa; se trataba claramente de un novato–. Por este motivo has sido destinado a… –y miró la libreta que tenía entre las manos–, ¡vaya! Eres un hombre afortunado, H. Has sido destinado a un popular taller de confección de trajes para la alta sociedad. Ahora nos dirigimos allí, donde la dueña te dará las instrucciones que necesites. Por la mañana volveremos a buscarte y te traeremos de vuelta. –El chico miró a H intentando parecer resuelto y decidido, pero sus ojos parecían estar preguntándole si servía para ser soldado. Cerró la libreta con brusquedad y añadió:– Te deseo mucha suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*** *** ***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era noche cerrada cuando H fue conducido por las modernas calles de una ciudad vieja, como pudo observar al descender del furgón para inmediatamente después ser introducido en una de las casas. El soldado novato, sin articular palabra, le guió por unas escaleras descendentes hasta un sótano, en el que aguardaba una mujer gorda y entrada en años, vestida con una camisa brillante de color verde y unos amplios pantalones negros. Iba muy maquillada y con demasiadas joyas de oro, pero sus pies calzaban únicamente unas sandalias viejas y sucias. Antes de que H se diera cuenta, el soldado había desaparecido y la mujer lo saludaba con una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hola, soy la dueña de este taller –le dijo. H miró a su alrededor con más atención, observando las enormes mesas llenas de tejidos y retales, así como las máquinas de coser y las cajas a rebosar de hilos de distintos colores. La estancia, aunque amplia y de techo alto, estaba completamente desordenada. La mujer siguió hablando:– Tenemos bastante trabajo acumulado, de modo que tu primera tarea va a ser coser todos los dobladillos de ese montón de ropa que tienes ahí –dijo señalando hacia la izquierda de donde se encontraba H.– Como puedes ver, puedes probar cómo quedan las prendas en ese probador que tienes a tus espaldas. –H se giró y vio un pequeño cubículo con una persiana a modo de puerta, que no confería demasiada intimidad.– Mi hija bajará dentro de poco para enseñarte cómo debes hacerlo. En teoría tienes que tener listas veinte prendas como mínimo para esta noche, pero como eres nuevo y al parecer has despertado hoy mismo, te doy una noche más para que cumplas con la labor. Hay una máquina de agua en el fondo de la estancia, pero deberás esperar a volver al refugio para comer y hacer tus necesidades. Ah, por cierto –añadió como si hubiera estado a punto de olvidarse de algo importante–, deberás afeitarte. Tienes una cuchilla dentro del probador. –Y dicho esto, la mujer le sonrió con una extraña expresión de compasión y desapareció por una puerta cerrada con llave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H rebuscó entre el montón de ropa que le había indicado la mujer. Todas las prendas eran camisas de color azul oscuro, similares a las de los soldados pero de una tela más agradable a la vista y al tacto. Las costuras estaban hilvanadas, y aunque H nunca había cosido a máquina, en multitud de ocasiones había visto a su madre hacerlo, de modo que el trabajo se le antojó fácil. “Toda una noche es mucho tiempo para coser veinte camisas”, pensó con tranquilidad, y comenzó a afeitarse en el probador, cuidando que el vello cayera sobre una especie de pica colocada ante el espejo, percatándose de que hasta ese preciso instante no se había detenido aún a pensar en su madre ni en toda la gente que le conocía; pero de algún extraño modo no se sintió intranquilo. No añoraba a nadie, quizá porque todo estaba sucediendo tan rápido que no había tiempo para llorar a aquellos de los que se desconocía su paradero. Y en vistas de lo que estaba sucediendo, supuso sin tristeza, más bien con indiferencia, que de estar vivas, todas aquellas personas que habían conocido a H tampoco habrían tenido tiempo para preocuparse por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo cuando estaba acabando de afeitarse la puerta por la que se había marchado la dueña se abrió y entró una joven, y H supuso que se trataba de la hija de la mujer. Pero sólo lo supuso, puesto que la muchacha no se parecía en nada a su madre: era bella y esbelta, y su pelo largo y rubio destacaba sus ojos azules y sus carnosos labios rojos. Llevaba un vestido blanco y vaporoso y no llevaba nada de maquillaje; tan sólo un reloj sencillo en una de sus muñecas y una fina cadena de oro con un colgante alrededor del cuello. H sintió una oleada de deseo que intentó controlar; hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hola –saludó a la muchacha, que parecía algo tímida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hola –le respondió ella, para añadir rápidamente, como si quisiera salir corriendo:– Vengo a explicarte cómo funciona todo esto. –Y sentándose frente a una de las máquinas de coser, cogió una camisa y empezó a explicarle:– ¿Ves este hilo blanco? Debes seguir su trazado con la máquina, intentando que no se hagan nudos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero H le cortó rápidamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Sí, sé cómo se hace, una vez lista la costura se tiene que deshilvanar, ¿cierto? –y sonrió a la muchacha en un intento de que se relajara, lo cual pareció surgir algo de efecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Vaya, veo que conoces algo del tema –le respondió ella con una leve sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Sí –continuó él, buscando alargar la conversación al máximo. Desconocía qué tenía aquella muchacha que tanto le estaba gustando, pero sólo quiso seguir hablando con ella, conocerla más. De modo que siguió:– ¿Hace mucho que ayudas a tu madre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Sí… desde bien pequeña –le respondió ella–. Pero ahora las cosas han cambiado tanto…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No tienes que hablar de ello si no quieres, De todos modos, no estoy muy seguro de lo que ha pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella lo miró con interés y curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿No sabes nada? –le preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No –le respondió él–. Lo único que sé es que vivía en un pueblo tranquilo, que una mañana me puse a nadar en el Lago Grande… y de repente me desperté en el refugio, hace tan sólo unas horas. Ni siquiera sé dónde estoy ni cuánto tiempo he pasado durmiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Vaya… –susurró la chica. Parecía que la historia de H le producía mucho interés. “¿A cuántos hombres enfurecidos y deprimidos habrá conocido esta pobre mujer?”, se preguntó H, pero no osó pronunciarse en voz alta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún así, la chica le miró a los ojos como si buscara las respuestas a las dudas de H en lo más profundo de sus ojos. H volvió a sentir una punzada de deseo, pero intentó controlar su impulso de besarla. Era su primera noche allí, no podía permitirse empezar así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero para su sorpresa la muchacha se levantó de la silla y se dirigió al probador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Ven –le dijo con un susurro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él la siguió, y a la brillante luz del cuarto se besaron y acariciaron todo el cuerpo, primero con sorpresa, más tarde sin vergüenza. La muchacha mezclaba sensualidad y ternura con pasión y deseo, una mezcla explosiva que hacía que H se perdiera entre gemidos, susurros y respiraciones entrecortadas. Ella parecía desearle tanto como él a ella, y apretaba su esbelto cuerpo contra el de H, presionando su zona púbica en la verga que cada vez se endurecía más bajo sus pantalones. Él quiso poseerla, y ella parecía estar deseándolo, por lo que la desnudó rápidamente y buscó entre caricias y mordiscos su maravilloso centro, a lo que ella respondió con un gemido de placer que a todas luces pedía más. Y así, de pie ante el espejo del probador, hicieron el amor de manera suave pero salvaje al mismo tiempo, como dos amantes largo tiempo sin verse. H no había conocido a ninguna mujer igual que aquella joven muchacha, y por primera vez en su vida pudo gozar de un intenso orgasmo, quizá el más intenso de su vida, mientras ella se retorcía de placer entre sus brazos. H jamás olvidaría aquella noche, pero tampoco volvería a ver a la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un tiempo, cuando parecía que al fin ambos habían saciado su deseo, ella lo miró a los ojos y con una sonrisa le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Me alegra haberte conocido. Vas a tener muchísima suerte. Pero ahora debo irme, estoy convencida de que mi madre se estará preguntando por qué tardo tanto en subir. Ya sabes… –añadió sonriendo con complicidad–, no suelo estar tanto rato aquí abajo. –Y le guiñó un ojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Claro –le respondió él. Le entristecía enormemente separarse de aquella diosa del placer, de aquella desconocida que en tan sólo unas horas se había convertido en su mejor amiga. Le acarició la cara y le besó con suavidad los labios, y agregó:– Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– No me las des –le dijo ella–. &amp;shy;Eres extraordinario, tienes algo especial en ti. Eres… especial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y le devolvió el beso, un último beso largo y cálido, lleno de ternura y pasión y cariño y entendimiento, y tras vestirse rápidamente desapareció por la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H aún estaba aturdido y se sentía cansado cuando miró el montón de ropa que en teoría debería estar ya cosida. Apenas le dio tiempo a acabar una camisa, y cuando estaba dando los últimos retoques apareció por la puerta el soldado novato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Volvemos al refugio –le indicó éste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H miró por última vez el montón de ropa con una serenidad pasmosa: la próxima noche no sólo haría las diecinueve camisas restantes, sino que le pediría a la dueña que le diera más trabajo. Él sabía que podía hacerlo, y se sintió tranquilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*** *** ***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así fue construyéndose el nuevo orden de las cosas en una sociedad en la que H fue aumentando de estatus gracias a su efectividad en las labores que le eran asignadas, lo cual le permitió ir enterándose paulatinamente de lo que había sucedido. Tuvo esa oportunidad cuando le encargaron del reparto del correo postal por la ciudad, una vez ya había sido trasladado a una nueva residencia. Realizar el reparto en las horas indicadas le permitía hablar con todo tipo de personas, cada una de las cuales le aportaba nuevos datos acerca de la Gran Catástrofe y de las decisiones que se habían tomado a raíz de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al parecer la antigua teoría de la Pangea, es decir, el lento movimiento de las placas tectónicas de la corteza terrestre que habían ido segmentando un único y gigantesco bloque de tierra formando los distintos continentes, había “involucionado”. Los continentes se habían vuelto a unir en uno solo, surcado por incontables ríos y lagos que conferían a este nuevo terreno el aspecto de un enorme archipiélago de pequeñas islas. Tal unión eliminó fronteras y rehizo países y estados, y un nuevo mundo tuvo que ser redescubierto, y mientras científicos y estudiosos de todo el mundo se afanaban por reconstruir mapas y buscar indicios de tan repentino cambio, un gobierno militar se había instaurado en todo el planeta, que ahora se antojaba más pequeño. Política, economía y educación habían cambiado radicalmente, y el reparto de bienes entre los civiles, claramente diferenciados en estratos sociales impuestos por los militares, se basaba en la capacidad de cada uno para trabajar para la sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para sorpresa de H, ninguna de las personas con las que entablaba conversación parecía estar disgustada con el nuevo orden de las cosas. Todos se habían amoldado rápidamente a él, quizá al ser la primera generación del Nuevo Orden, y recordaban las injusticias del Antiguo Orden. De hecho, en una ocasión una mujer le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Es nuestra gran oportunidad para intentar mejorar el mundo y aprender de los errores del pasado, ¿no crees? Antes el mundo estaba tan dividido que habría sido imposible cualquier cambio… En realidad parece que era necesario que sucediera la Gran Catástrofe… Al menos ahora podemos intentar ser mejores. –Y habiendo dicho esto, le sonrió. Parecía que todo el mundo sonreía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En otra ocasión, una madrugada cuando H volvía de su trabajo en la furgoneta del refugio (ese tipo de transporte era muy común en la nueva sociedad) se encontró con un hombre entrado en años que luchaba por acabar el reparto del correo a su debido tiempo. H pidió al conductor que detuviese el vehículo, y tras apearse se dirigió al amplio vestíbulo acristalado en el que se encontraba el abuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– ¿Puedo ayudarle en algo? –le preguntó H.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre se giró nervioso y empezó a llorar, afirmando que le quedaban aún tres entregas por realizar y que su turno finalizaba en diez minutos; le parecía imposible llevar a cabo su tarea, puesto que la máquina de recogida del correo del edificio se había estropeado y no parecía reconocer la identificación del trabajador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras varios intentos, H consiguió que la máquina funcionara y el hombre mayor pudo realizar la entrega. Acto seguido H se ofreció a finalizar el recorrido en la furgoneta, de modo que el pobre hombre no tuviese que caminar distancias que en dos minutos podían ser salvadas con un vehículo. El abuelo, que parecía terriblemente asustado, le agradeció infinitamente su ayuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– Hace poco que me han trasladado aquí –le explicó a H en la furgoneta–. Soy ya mayor y mi salud no es buena, y aunque los médicos me ayudan en todo lo posible siempre hay contratiempos que dificultan que pueda realizar mis tareas a su debido tiempo. Tengo miedo de quedarme estancado hasta mi muerte…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H le tendió una barrita energética, algo muy común esos días entre los trabajadores. Se utilizaba únicamente en casos de extremo cansancio o enfermedad, pero el hombre la necesitaba a todas luces. Cuando éste acabó de comerla le cambió el color de la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;– De nuevo, muchísimas gracias. Suerte que hay gente como tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A H le agradaba poder ayudar a aquellas personas a las que más les costaba amoldarse. Se sentía feliz viendo que sus actos tenían algún significado para el resto, y aunque su vida al fin se había estabilizado y había logrado multitud de beneficios, un oscuro rincón de su ser había quedado vacío, o quizá ya estaba vacío mucho antes de la Gran Catástrofe. Con el paso del tiempo llegó a recordar aquella mañana en el Lago Grande, cuando había presenciado la lucha entre la Perla Blanca y el Gran Ojo, pero nunca le habló de ello a nadie; simplemente dejó por escrito aquello que recordaba, narrado en forma de leyenda, por lo que ahora es considerado un cuento para niños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si la Gran Catástrofe fue provocada por la avaricia de los gobernantes del planeta, o si se trató simplemente de un acto de la Naturaleza, es una cuestión que aún se debate en nuestros días. Y si la Perla Blanca y el Gran Ojo existieron realmente, y no se trató de ninguna alucinación de H, es algo que tardaremos mucho en saber, puesto que el secretismo entre las altas esferas es imperante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, como ya ha sucedido antes durante la Historia de la Humanidad, sólo podemos esperar a que las generaciones futuras acaben entendiendo por qué sucedió una catástrofe de tal magnitud, y desear que ello les ayude a aprender de los errores del pasado y a seguir construyendo un mundo mejor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-5096404811615205825?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/6lSu3z9Xkcg" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/6lSu3z9Xkcg/de-la-catstrofe-y-el-nuevo-orden-de-las.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>0</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/05/de-la-catstrofe-y-el-nuevo-orden-de-las.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-3707007042311641666</guid><pubDate>Sun, 06 Apr 2008 10:18:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:15:04.469+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Vigilia</category><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Pesadillas</category><title>Controlando pesadillas</title><description>&lt;em&gt;Hoy celebro veintisiete vueltas recorridas alrededor del Sol. Veintisiete largos paseos que me van llevando por caminos que no sé si he elegido o si ya estaban escritos para mí. Y durante la gran mayoría de las noches en las que el planeta seguía girando los sueños nunca me han abandonado. Ni las pesadillas.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Faltaba poco tiempo para el inicio de la carrera. Los monoplaza ya estaban calentando motores y ruedas en el circuito urbano de la ciudad que acogía el Gran Premio. La chica paseaba tranquila pero rápidamente a través del larguísimo trazado, observando a mecánicos, periodistas y demás habituales del deporte mientras buscaba un sitio decente desde el que observar el espectáculo. Nadie le impedía el paso, pues de su cuello colgaba visiblemente un pase de prensa que le permitía el libre acceso a cualquier zona del recinto, incluido el Start Grill, la zona de paddock y el Pit Lane.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando al fin parecía haber encontrado una zona con una vista espectacular, en la última curva del circuito, allí donde más adelantamientos se producirían, alguien le recomendó que no se quedara allí, ya que existían demasiadas probabilidades de que en ese punto en concreto se produjeran espectaculares salidas de pista. El muchacho la invitó a un cubata mientras ella, agradecida por el consejo, subía por una frágil escalera de lona hacia una plataforma sobre ese punto. Y entonces recibió la llamada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Debes venir cuanto antes", le dijo apremiante una voz de mujer. "¿Ahora?", contestó la muchacha. ¿Por qué tenía que sucederle eso exactamente en ese mismo momento? ¿No le podrían haber avisado antes? Ya era noche cerrada y la carrera acababa de comenzar; claramente se la perdería por completo. De modo que, intentando no ser atropellada por ninguno de los veloces vehículos de carreras, cruzó peligrosamente el asfalto hasta introducirse en una vieja mansión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Bien, ahí empieza la pesadilla. Se respira un aire festivo que se torna angustia con la llamada. Una gigantesca mansión habitada por una familia alemana que la había abandonado poco antes del Gran Premio. Suciedad y polvo por doquier, y demasiados objetos extraños, aunque difusos, como si fueran hologramas mal sintonizados. Una habitación cerrada en el sótano, llena de niñas.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;"Esto es lo que hemos encontrado en uno de los dormitorios", afirmó la mujer que la había llamado poco antes por teléfono, tendiéndole unas fotografías y mostrándole un vídeo en su portátil. En él se observaba una niña de unos seis años, desnuda y siendo violada por un hombre maduro de piel blanca. Al parecer una cámara de vigilancia había estado grabando todos los movimientos ocurridos en la estancia durante los últimos meses. "Está todo registrado", le informó la mujer. La muchacha avanzó unos minutos el vídeo, para observar cómo la niña hacía sus necesidades en un rincón de la habitación, en la que se acumulaba el orín y las defecaciones. FastForward, ahora se veían unas diez niñas que vagaban a ciegas por el cuarto. FastForward, la habitación estaba a rebosar de niñas. Algo captó su atención: algunas de ellas yacían muertas en las esquinas, otras caminaban como zombies, y... "¡Dios mío!", exclamó con repugnancia; unas niñas se comían vivas a otras. "¡Pero qué cojones es todo esto!", no pudo evitar exclamar entre arcadas. "Hay que entrar en acción".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Se abre la pesada puerta metálica, y yo comienzo a desvelarme. Estoy empapada de sudor, y las sábanas me asfixian con sus pliegues, molestándome y haciéndome sentir incómoda. Como en mi pesadilla, estoy en mi dormitorio a oscuras, y llego a abrir los ojos para observar el brillante piloto rojo de Standby de mi televisor. Pero, todavía dormida y semiconsciente de mi estado, encuentro una posición en la que seguir descansando, y vuelvo a la habitación de los horrores.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¿Todo este infierno aquí abajo mientras allí arriba se celebra un Gran Premio? Deberíamos avisar a las autoridades", exclamó la muchacha nerviosa. Sabía que era un peligro acercarse a esas niñas. El olor que desprendía la estancia era horrible: sudor, heces, vómitos y putrefacción en estado puro. Y cuando las niñas se dieron cuenta de la presencia de las dos mujeres, fueron a por ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Yo salía corriendo por el pasillo, notando cómo mi corazón deseaba abandonar mi pecho a través de la garganta. Volvía a notar las sábanas sobre mi cuerpo, el pantalón de mi pijama se me arremangaba molestamente hasta las rodillas y mis manos palpitaban de calor, pero yo sólo miraba al pasillo, en el que podía observar la figura oscura de una de las niñas mirándome fijamente. Paralizada, sólo deseaba huir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces me dije: "¡Despierta! No es más que una pesadilla, nada de eso es real, ¡despierta!". Pero yo seguía inmóvil en el pasillo, y la niña se giraba y corría tras la mujer que me había llamado, y al perderla de vista mi cuerpo se paralizó aún más, pues ahora el peligro era invisible y podía aparecer tras cualquier esquina. "¡Despierta ya, maldita sea! Ya has vivido estas sensaciones muchas veces, ¡sabes cómo hacerlo!", volví a gritarme, y agarrando las sábanas con fuerza empecé a alejarme de aquel tenebroso y dantesco lugar, sintiendo aún la presencia del peligro y la muerte, y seguí pensando: "¡Abre los ojos de una vez!".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y los abrí, repitiéndome para mí misma: "Es una pesadilla, ya estás despierta, has conseguido huir, tranquila, respira hondo, enciende la luz y observa tu dormitorio, vuelve a la realidad". Pero al estar aún a oscuras seguía sintiendo el miedo en lo más profundo de mis entrañas, y me pregunté si la niña estaría esperándome en el interior de mi habitación, hasta que me dije: "Ya has conseguido abrir los ojos, ahora sólo falta que observes con luz". De modo que me incorporé en la cama y rápidamente encendí las luces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y volví a mi cuarto, diciendo para mí misma: "¿Ves? Has escapado conscientemente de la pesadilla". Me sentí entonces poderosa y fuerte, y cuando el pánico fue desvaneciéndose el sueño volvió a adueñarse de mí, y seguí soñando plácidamente, esta vez con el primer día laborable tras mi cumpleaños...&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-3707007042311641666?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/thcsRLeY-d4" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/thcsRLeY-d4/controlando-pesadillas.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>2</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/04/controlando-pesadillas.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-2387998265781057898</guid><pubDate>Sat, 29 Mar 2008 17:59:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:25:57.716+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De las dos bodas en un día</title><description>La buena noticia llegó a casa durante una fría y gris tarde de domingo de invierno, justo después de comer. Lo celebramos con algunas copas y un montón de pastel, todos sonrientes y felices. Era un puro formalismo, aseguraban mis tíos, pero demostrar ante la ley que se amaba a otra persona conllevaba una obligada retahíla de beneficios para ambas partes y su descendencia (que en ese momento tenía casi quince años), por lo que habían decidido no posponer el evento por más tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se decidió fecha y lugar: una tarde de sábado en alguna iglesia de la pequeña ciudad donde viven, cerca de Barcelona. Habían escondido el secreto durante el tiempo suficiente como para sorprendernos no sólo con la boda, sino con que todos los preparativos estaban listos: trajes, arras, restaurante y toda la parafernalia para declarar el amor de manera oficial, si es que quedaba algo de él. Más bien estaban declarando que no rechazaban los beneficios...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no podía creerlo: sólo había estado en dos bodas, por obligación y siendo demasiado pequeña como para disfrutarlas de verdad, y de golpe tenía dos bodas a las que acudir en el mismo año. La primera, de mis tíos, era una simple formalidad, pero la otra era una declaración de amor en toda regla. Al fin, tras muchos quebraderos de cabeza, demasiadas lágrimas y mucha ilusión, mi mejor amiga se casaba. En varias ocasiones (demasiadas, suele decir ella entre risas) le habían pedido matrimonio (de distintos hombres), y ella siempre se había negado, por lo que si al fin había dado el “Sí”, era definitivo. Y mi alegría por ella no podía medirse de ninguna manera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, como ya se sabe, las amistades son libres como pájaros y vuelan en el momento menos pensado. La relación con mi amiga se fue enfriando hasta que perdimos el contacto casi por completo: yo salía de una depresión y ella estaba demasiado liada con todos los preparativos de la boda, por lo que apenas había tiempo para vernos y los cálidos abrazos dieron paso a fríos mensajes al móvil. Aun así mi alegría por ella no menguaba, ni lo hacía su ilusión. Si ella era feliz, yo era feliz. Iba a tenerme a su lado cuando lo necesitara, igual que yo a ella. Y mientras tanto las dos hacíamos nuestra vida mientras preparábamos las bodas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día tan esperado llegó, y en mi familia nos vestimos con las mejores galas. Todos estábamos guapísimos, y me sentí nerviosa y a la vez ilusionada por todo aquello. La parte más narcisista de mí misma, que había estado dormida durante demasiado tiempo y que aún tenía legañas en los ojos, se moría de ganas de ver cómo iba a quedar en las fotografías. Mi tío, ya vestido con el traje y bien guapo, nos fue a buscar con el coche a casa y nos acercó hasta Cerdanyola, donde se celebraría la ceremonia. No pudo llevarnos hasta la iglesia, según nos dijo, porque tenía que realizar algunas gestiones para que todo saliera perfecto, de modo que nos apeamos en medio de una carretera bastante descuidada cerca de la zona industrial. No había nadie por la calle y el cielo, aunque sin nubes, estaba más oscuro de lo normal. “¿Hoy hay eclipse de sol o algo así?”, pregunté en voz alta. “No, que yo sepa”, respondió mi padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Íbamos los tres hablando por el camino cuando comencé a inquietarme. Había algo que se me escapaba, pero no sabía qué era. Tuve esa sensación típica de dejarte algo tan importante como las llaves de casa o la tarjeta de embarque en la habitación del hotel cuando la abandonas; me había olvidado durante mucho tiempo de algo, pero no conseguía recordar de qué. Les pregunté a mis padres si no nos estábamos dejando nada, pero no era ese el problema. No tenía nada que ver con mis padres. ¿Qué era?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente decidí dejar de darle vueltas. Eso es como buscar las llaves de casa cuando no recordamos dónde las hemos dejado: suelen estar en el último lugar, el menos pensado, o bien no aparecen por ningún sitio hasta que aceptamos que las hemos perdido y de golpe, ¡plas!, justo antes de llamar al cerrajero aparecen misteriosamente encima de la cama, y a nosotros se nos queda esa cara de: “¿Pero no había mirado allí antes?”, y las llaves nos responden riéndose: “Sí, tres o cuatro veces, y en una ocasión casi nos aplastas con tu culo”. De modo que me concentré otra vez en la boda a la que nos dirigíamos, cuando se me ocurrió preguntar: “¿A qué hora empieza?”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ceremonia se iniciaría a la una del mediodía, y luego habría banquete y baile hasta las seis de la tarde aproximadamente. Eso me hizo pensar en el menú del banquete, y como suele sucederme en demasiadas ocasiones, comencé a enlazar ideas, saltando de una a otra veloz como un relámpago, hasta plantarme en la última de todas: ¡me había olvidado por completo de la boda de mi amiga!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¡Mierda!”, grité en voz alta. Le pedí a mi madre que me diera el móvil (yo no llevaba bolso ese día), y rápidamente busqué el teléfono de mi amiga y pulsé la tecla de llamada. Beeeep, un tono, beeeep, dos tonos, por favor que lo coja, beeeep tres tonos, por favor por favor cógelo, beeeep cuatro tonos, ¡clic!. “¿Sí?”, me dijo una voz somnolienta desde el otro lado de la línea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¡Hola!”, grité feliz, “¡ya pensaba que no me cogías el teléfono!”, y antes de que ella pudiera responder continué: “Tía, me había olvidado por completo, y me sabe realmente mal y ya sabes, me considero una persona muy mala, pero hoy es tu boda, ¿no?”. Y mi cara se arrugó en una mueca de niño pequeño esperando recibir una bofetada de su padre tras haber hecho alguna fechoría. Pero sólo escuché una risa estridente: “¡Tía, que no pasa nada!”, y siguió riéndose. “Ya, pero”, seguí, “hace meses que no hablamos, y entre una cosa y otra...”. “No pasa nada, tranquila”, me respondió ella mientras intentaba calmar la risa, “en serio, no te preocupes. Contamos contigo, vendrás, ¿no?”. “¿A qué hora es la boda?”, pregunté nerviosa. “A las ocho de la tarde, ¿cómo puedes olvidarte?”, me dijo mi amiga entre risas. “Es que resulta que ahora mismo me dirijo a la boda de mis tíos, ¿te lo puedes creer?”, le expliqué. “¡No jodas!”, y estalló de nuevo en carcajadas. Yo conseguí reírme también y le dije: “Sí, pero tranquila, es a la una y acabaremos sobre las seis de la tarde, de modo que me da tiempo de ir para allá. ¿Me recuerdas dónde era? Le preguntaré a mi tío si puede acercarme, o si no ya pillo un taxi”. Ella me respondió: “Ah, perfecto. ¿Tampoco te acuerdas del lugar? ¡Eres un desastre!”, y volviendo a reírse, me indicó: “Es en la Biblioteca de Sant Antoni. ¿Sabrás llegar?”. “Sí, sí”, le respondí yo, y tras una pequeña pausa le pregunté tímidamente: “Una cosa... ¿Aún puedo hacer algo en la boda?”, y de nuevo mi cara se convirtió en la de un niño pequeño. “¡Claro, boba!”, me dijo ella, y añadió: “Como aún faltan unas horas, no te preocupes, lo decidimos y te decimos algo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así nos despedimos, ella enviándome besos y abrazos y tranquilidad y yo sin parar de pedirle disculpas. Le expliqué a mis padres lo sucedido, y ellos se rieron y me dijeron que no me preocupara, que me ayudarían a llegar a la otra boda sin contratiempos. Y me ilusioné con la idea de participar en el día más importante de una de las personas más importantes de mi vida, pero teniendo en cuenta que llevaba lo puesto y que le había prometido a mi amiga más de un año antes que el objeto prestado que ella llevaría ese día sería mi discreto anillo de plata con cara de gato, y lógicamente no iba a ser así, puesto que no lo llevaba encima, no estaba dispuesta a presentarme en el lugar con las manos vacías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que mis tíos se casaron, comimos y bebimos, y sobre las cinco de la tarde me disculpé ante mi familia y el resto de invitados, explicándoles la anécdota (no hay nada mejor que reírse de uno mismo para hacer reír a la gente) de que se me había olvidado la boda de mi mejor amiga y que debía ir a comprarle un anillo antes de personarme en la fiesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encontré una pequeña joyería en una de las calles cercanas al restaurante donde se celebraba el banquete de mis tíos. Anochecía con rapidez y la mayoría de comercios ya habían bajado sus persianas, por lo que la blanca y tintineante luz del fluorescente de la tienda le confería un aire bastante tétrico. Entré decidida, explicando mi situación. “Tiene que ser algo prestado”, les dije. La dependienta me respondió amablemente: “Por supuesto, por lo que será mejor que a ti también te guste. Pero lamentamos decirte que no disponemos de ningún anillo en forma de gato o similar”. “No importa”, contesté yo, y le pedí que me enseñara los anillos de plata que tuviese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto abrió el cajón vi claramente cuál iba a quedarme: un aro redondeado con una fina hada cuyas alas descendían puntiagudas por el dorso de la mano al colocarlo. La plata era vieja y saltaba a la vista que se trataba de un modelo que no se había vendido demasiado bien. En ese momento entró otra muchacha, muy nerviosa, diciendo a trompicones: “Por favor, me voy a casar pero no tengo los anillos, ¡necesito ayuda!”. Ante tal urgencia, y como yo ya me había decidido, le pedí a la dependienta que por favor ayudara a aquella pobre chica. Yo también fui mirando curiosa todas las arras (de oro blanco, tal y como lo había solicitado) que le mostraban, e incluso llegué a darle mi opinión a la joven, con la que congenié rápidamente. Me explicó cómo había ido todo, que se casaba esa semana y que estaba todo preparado menos las alianzas, y que había estado tan atareada con los preparativos que se había olvidado de lo más importante. Estaba realmente nerviosa ante tan importante evento; tan nerviosa que incluso me hizo dudar de mi decisión: ¿no sería mejor que le prestara a mi amiga un precioso anillo de oro blanco con un diamante incrustado? La muchacha empezó a contagiarme su ansiedad, hasta tal punto que, cuando finalmente se decidió, le dije: “¡Dios mío! Tengo la sensación de que yo también voy a casarme, ¡y me aterroriza la idea!”. La joven me miró paralizada y me respondió bajando la voz: “La verdad es que no estoy muy convencida de lo que voy a hacer... pero debo intentarlo al menos”. En ese momento pensé que ya la había fastidiado, puesto que le vi lágrimas en los ojos, y me había contagiado de tal manera su preocupación y nerviosismo que de mis labios brotaron las siguientes palabras: “No te preocupes, te entiendo... De modo que si no estás segura, no lo hagas, pero si realmente le quieres y no quieres que se te escape, ve a por ello. Luego ya lo arreglarás.”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella alzó la mirada y me sonrió, dándome las gracias y llorando. Lo cierto es que no entiendo muy bien por qué le dije lo que le dije, pero si eso le ayudó en algo me doy por satisfecha, aunque espero que no le traiga malos momentos en el futuro. Cuando abandonó la tienda yo me sentí más tranquila, como si una nube gris de tormenta se hubiera desplazado para dejar brillar el sol, pero el ambiente estaba fresco aún con su lluvia, de modo que compré el primer anillo que había elegido, el del perfil de hada con las alas puntiagudas, y poniéndomelo en un dedo me despedí de la dependienta con un “¡Dios mío, me parece que me caso!”, y ella me respondió: “¡Que tenga buena suerte!”. “Buena suerte...”, pensé yo; no me parecía precisamente tener buena suerte el casarme cuando, aun enamorada, no estaba preparada para ningún tipo de compromiso, ni siquiera algo tan sencillo como tener novio... ¡Mucho menos podría atarme de por vida con alguien! (Y aún así, debo reconocer que una parte de mí estaba ilusionada... y la otra aterrorizada).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mirando el anillo e intentando recordarme a mí misma que no era yo la que se casaba, fui en busca de mis padres, que me ayudarían a llegar a la Biblioteca de Sant Antoni, y de golpe pensé: “¿Para quién será el ramo?”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-2387998265781057898?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/8ioLFuTC7kQ" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/8ioLFuTC7kQ/de-las-dos-bodas-en-un-da.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>3</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/03/de-las-dos-bodas-en-un-da.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-7372923497116523827</guid><pubDate>Mon, 24 Mar 2008 19:16:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:26:16.227+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Sueños</category><title>De la cámara de fotos</title><description>Hace años, cuando aún existían el EGB y el BUP, cuando no había palizas en el patio del colegio ni móviles con las que grabarlas, cuando la única conexión a Internet existente era un lujo de los colegios y universidades, y cuando no sabías nunca cómo había quedado una foto hasta que la revelabas, se programó un concurso de fotografía en mi curso (primero de BUP, catorce tiernos añitos). Se trataba de una excursión al zoológico, donde quien participara debería conseguir las mejores fotografías para llevarse un trofeo. Cuando nos lo dijeron en clase fui la primera en apuntarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día de la salida el colegio estaba desierto. Era una mañana gris en la que los árboles del patio parecían tristes y las ventanas de las aulas nos miraban con ojos inquietos, como preguntándonos a dónde íbamos. Fui uno de los primeros alumnos en llegar, y ya hacía cola con otros compañeros, esperando impaciente la llegada del autocar que nos llevaría hasta el zoológico. Llevaba una mochila con una botella de agua, ropa de muda, un bocadillo de jamón en dulce, la cartera con algo de dinero y las llaves de casa. Y entonces me di cuenta: me había dejado la cámara de fotos en casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentí una especie de cosquilleo que parecía querer paralizar mis extremidades. ¿Me daría tiempo a ir a casa, coger la cámara y volver a la escuela antes de que el autocar se marchara? Miré angustiada a mis compañeros de clase, que me ignoraban por completo. Hacían corrillos, se enseñaban las cámaras los unos a los otros, se hacían bromas y se reían, y nadie se preocupaba por mi problema. Pero yo sólo podía pensar: ¿cómo voy a ser la única persona en todo el zoológico sin cámara de fotos? Viendo durante todo el día cómo el resto de niños se divertían sacando fotos mientras yo no podía hacer otra cosa que mirar cómo me quedaba fuera de su mundo por mi maldito despiste. No estaba dispuesta a ser desplazada... otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De modo que avisé a una de mis compañeras, que aún no me había negado la palabra. “No tardaré mucho, ¿me esperáis?”. “Sí, claro”, me respondió ella con una sonrisa para luego girarse y seguir cotorreando con sus amigas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intenté calcular mentalmente el tiempo que necesitaría para ir y volver a casa. “Son sólo cuatro paradas de metro... Diez minutos en metro para ir, cinco para subir a casa, coger la cámara y bajar, y otros diez para volver”. Eso sumaba una media hora, pero sólo faltaban diez minutos para que el autocar se marchara. En milésimas de segundo y con un nudo en la garganta cada vez más grande, me pregunté qué sería mejor: quedarme allí y ser ignorada por mis compañeros, sin poder participar en el concurso, o al menos intentar llegar a casa y, en caso de conseguirlo, pasar bien el día. Lógicamente, no sólo iba a quedarme sola en el zoológico, sino también los días siguientes: todos los niños comentando lo que habían hecho, enseñando sus fotos, celebrando la entrega de premios... No creí que pudiera soportarlo. Así que me decidí y salí corriendo por la enorme puerta metálica del patio principal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tan sólo cinco minutos salía por la boca de metro de mi barrio, y contenta subí a casa y cogí la cámara. Pero mi madre estaba allí, y me dijo: “¿Puedes subir el pan?”. Pensé que tardaría más tiempo intentando explicarle lo justa que iba de tiempo que haciéndole caso, de modo que bajé a la panadería: de hecho, había llegado mucho más rápido de lo esperado. Pero entonces me detuvo una vecina justo en la puerta de la tienda, preguntándome cómo se encontraban mis padres y cómo me iban a mí lo estudios, y yo iba mirando desesperada mi reloj, viendo que un minuto se convertía en cuatro y luego en siete... Estaba perdiendo demasiado tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subí las escaleras de casa como un relámpago, intentando que las tres barras de pan que había comprado no se me escurrieran por debajo del brazo, volví a bajarlas como un huracán, entré en el metro y me planté en quince (¡quince!) minutos en la escuela. Todos se habían marchado ya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sopesé la situación: tenía mi cámara, pero nadie se había dado cuenta de mi ausencia y todo el mundo se había ido. ¿Qué opciones me quedaban? Estaba claro: o volver a casa e intentar explicarle a mi madre lo que había pasado, y pasarme el resto del día encerrada en mi dormitorio sin saber qué hacer pero siendo muy consciente de lo mal que lo iba a pasar durante los días siguientes, o coger de nuevo el metro y tratar de llegar al zoológico. Quizá, si nadie se había percatado de que yo no estaba, tampoco nadie se extrañaría de verme allí. De modo que, por cuarta vez en menos de una hora, volví a coger el metro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía que hacer trasbordo en la línea amarilla. Hasta entonces no había cogido sola el metro excepto para ir hasta la escuela, de modo que sentía ese nerviosismo de la primera vez al mismo tiempo que crecía mi orgullo al enfrentarme a lo que, para mí, resultaba ser un interesante reto. Pero desgraciadamente me perdí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De hecho no supe que estaba perdida hasta que me apeé en la parada que en teoría debía llevarme hasta el zoológico, Ciutadella-Vila Olímpica. Esperaba encontrarme con el quiosco y el estanco, la amplia avenida y el enorme jardín, pero en su lugar sólo vi arena por todas partes, el mar en calma a lo lejos, y a mi derecha un colosal edificio de oficinas de cristal oscuro que parecía estar hundiéndose en la arena. Sin saber dónde me encontraba y dudando de mí misma, preguntándome si realmente no me había equivocado de línea o de parada, empecé a caminar por la arena hasta llegar a una extraña construcción flotando sobre la gigantesca playa. Parecía una colosal caja de muñecas abierta por la mitad, de modo que podían observarse todos los pisos y lo que en ellos había: productos de menaje, limpieza y para el hogar, plantas y cuadros, frutas, verduras y carnes, y cajas registradoras en la planta baja. Extrañamente, para llegar al interior de las instalaciones era necesario cruzar una puerta de seguridad y un torno, como si de un aeropuerto se tratase. Me dieron ganas de comprar algo, pero tras un buen rato paseándome por todas las secciones acabé pasando por caja con las manos vacías, mientras que una de las dependientas, vestida de azul y blanco, me decía de malas maneras: “Lo siento, no tenemos cal”. Yo no había pedido cal, pero le di las gracias con un susurro, preguntándome si se estaba dirigiendo a otra persona. No me giré para comprobarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al salir del centro comercial pensé que ya había pasado demasiadas horas perdida, por lo que volví a la boca de metro con la idea de volver a casa. Necesitaba comer algo y preguntarle a mi madre si sabía dónde había estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá volví a despistarme y me metí en una boca de metro distinta, pero cuando pagué mi viaje y atravesé todo el pasillo hasta los andenes me encontré únicamente con una estrecha y polvorienta estación de metro en la que como máximo podía detenerse un vagón. Otras personas esperaban de pie pacientemente la llegada del convoy, todas ellas vestidas con ropas raídas y oscuras, como si fueran extras de una película de guerra que volvieran a casa tras grabar las últimas tomas. Le pregunté a un hombre de unos setenta años si aquello era el metro. “No”, me respondió con una seriedad que me dio a entender que no tenía demasiadas ganas de hablar (“Como si tuviese otra cosa mejor que hacer”, pensé yo), “esta es la parada de autobús”. ¿Un autobús que viajaba por lo que yo veía claramente que eran vías de metro? Bueno, quizá era un nuevo modelo o algo así. Calmadamente volví a preguntarle: “Disculpe de nuevo, pero... ¿esto me llevará hasta algún enlace con el metro?”. El viejo me miró por primera vez con unos ojos azules y llorosos, y pude oler su mal aliento cuando exhaló un sencillo “Sí”. “Gracias”, le dije tímidamente, y me alejé de él. Lo último que yo pretendía era meterme en problemas con un desconocido, por muy mayor que éste fuera...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de unos minutos llegó el convoy: un cruce entre vagón de metro, autobús y tranvía, que a duras penas podía deslizarse por las vías. El interior era igual al de los autobuses que solía utilizar yo para moverme por mi barrio, por lo que supuse que se trataba de un modelo reutilizado. Busqué en su interior mapas que me indicaran dónde debía bajarme, pero no había ninguno. Quise preguntarle al conductor, pero los carteles de “No hablar con el conductor” siempre me habían impuesto mucho respeto y les hacía caso. No quería averiguar qué pasaría si por mi culpa lo despistaba y ocurría un accidente. Tampoco quise molestar a ninguno de los pasajeros, que me inspiraban tanta desconfianza como el hombre al que le había preguntado en la estación, por lo que me senté y esperé pacientemente a llegar algún sitio desde el que pudiera volver a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El trayecto fue realmente corto: unos pocos minutos de túneles hasta salir a la superficie. Empecé a asustarme cuando vi que todo el mundo descendía del vehículo, y sentí que los ojos del conductor, ocultos tras unas oscuras gafas de sol, me invitaban a bajarme también. “Última parada”, espetó una metálica voz de mujer por unos altavoces que parecían sacados de la Segunda Guerra Mundial. No tuve más remedio que hacerle caso; ¿me había equivocado de dirección? Pude confirmar que así había sido cuando, al llegar al andén, vi en la vía opuesta un cartel en el que se leía claramente “Dirección: Barcelona”. Vaya, había salido de la ciudad. Interesante... y también tranquilizador, ya que al menos sabía por dónde volver, aunque me preocupaba la facilidad con la que me había perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según uno de los carteles informativos faltaba aún una hora para la próxima salida, de modo que decidí dar una vuelta por los alrededores. Debía estar realmente lejos de Barcelona, pues lo único que podía ver era un interminable campo de trigo y alguna masía a lo lejos. Sonreí y me perdí entre el trigo dorado, disfrutando de un soleado día que, cierto, nadie creería hasta que revelara mis fotos, pero que para mí se había convertido en una aventura digna de recordar. Y lo mejor de todo era que, aun habiéndome perdido, volvería a casa sana y salva y por mi propio pie, habiendo conocido lugares cuya existencia desconocía. Quizá mis compañeros de curso ganarían premios con su excursión al zoológico, pero yo había podido disfrutar de una aventura por la que muchos sentirían una enorme envidia. Quién sabe, quizá de ese modo mis compañeros volverían a respetarme...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-7372923497116523827?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/GhSou-34hlQ" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/GhSou-34hlQ/de-la-cmara-de-fotos.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>3</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/03/de-la-cmara-de-fotos.html</feedburner:origLink></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-36191621.post-2575246002095543467</guid><pubDate>Fri, 21 Mar 2008 17:08:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-02-02T18:26:36.388+01:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Vigilia</category><title>El poder de los sueños</title><description>&lt;em&gt;Hace poco soñé que publicaba unas novelas. Como ya expresé en mi &lt;a href="http://www.sayanoyume.com/2006/10/sueos-y-pesadillas.html"&gt;primer post &lt;/a&gt;no es mi intención interpretar mis sueños, pues me da miedo y quizá éstos den una información demasiado íntima de mí que prefiero guardar en secreto. Pero tras muchos sueños publicados (y otros tantos que aguardan pacientemente su turno para ser escritos) no puedo hacer más que rendirme ante la evidencia que cada día se me antoja más clara: los sueños y pesadillas son el suave pero firme empujón que muchas veces nuestra mente cansada necesita para ver, darse cuenta y actuar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mundo de la vigilia nos presiona día a día con sus prisas, sus temores y necesidades artificiales, hasta el punto de agotarnos de tal manera que no somos capaces de ver más allá de unas cuantas monedas y un amargo café de máquina. Nos encerramos en lo que vivimos sin darnos cuenta de lo que no vivimos; la luz del sol nos ciega y nos escondemos bajo la fría luz de unos temblorosos fluorescentes que cansan nuestra vista. Y nos preguntamos si estamos donde queríamos estar, si nuestro destino estaba predeterminado, y nos asalta la duda: ¿nos estaremos dejando algo por el camino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay muchas cosas que a todos nos atrae hacer: apuntarnos a un gimnasio, hacer un viaje, ir a comer a cierto restaurante con cierta persona o escribir una novela. Pero el mundo de la vigilia nos absorbe en una espiral de color blanco y negro que mientras gira no para de susurrarnos al oído que no hay tiempo, que hay cosas más importantes, que debemos elegir. Y nosotros, aletargados por su eterno vaivén, le hacemos caso sin darnos cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué elegir? No es necesario sacrificar un bien preciado en aras de algo que no tenemos y que deseamos con todas nuestras fuerzas. Es posible compaginar ese obligado café amargo bajo la luz de un fluorescente con un delicioso sorbete de limón en una terraza soleada en verano; de hecho, es ese momento el que hará que los cafés sean un poquito más agradables. No hay que dejar escapar la oportunidad de ser felices en el ahora, puesto que el mañana es un concepto abstracto que el tiempo utiliza para que seamos sus esclavos. Lo bueno llamará a lo bueno; no lo dejemos pasar de largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando desperté tras soñar con la publicación de mis novelas, algo parecido a una descarga eléctrica me atravesó desde la cabeza hasta el estómago, y entonces entendí: envuelta en mis problemas e inquietudes había olvidado una de las cosas que desde hace años me ha gustado hacer, escribir. Y pensé que mi sueño no era tan descabellado, que podía ser una meta, pero para llegar a la cima es importante dar el primer paso, y luego el segundo, y detenerse a descansar en un recodo del camino si es necesario, pero ante todo, disfrutar siempre de la travesía. Miraremos adelante y pensaremos: “Aún queda un buen trozo”, y luego nos giraremos y diremos con una sonrisa: “Pero esto es lo que he avanzado”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que hice al levantarme fue comprar el dominio www.sayanoyume.com. La idea me había rondado la cabeza desde hacía tiempo, pero nunca me decidía a cumplirla, poniéndome yo misma cortapisas con eternos por qués. Pero tras el sueño encontré la respuesta: “Porque me gusta”. De modo que compré el dominio, siendo ése el primer escalón que subí, y con cada sueño que publico subo otro escalón más. Fue ese sueño el que me invitó a tomar ese camino, el que me dio la fuerza que no sabía que tenía para mejorar algo por el simple hecho de disfrutar de ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otros muchos sueños me han hablado y han activado esa parte adormecida de mí, dándome el impulso necesario para cumplirlos. Por supuesto, no quiere decir que esté en mi mente escribir tres libros. Simplemente &lt;a href="http://www.sayanoyume.com/2008/02/de-un-viaje-en-el-tiempo-y-las-novelas.html"&gt;ese sueño &lt;/a&gt;me dio la fuerza que había perdido para seguir adelante con el blog. Por lo que permitidme un consejo, o quizá una idea que, si os apetece, podéis poner en práctica: escuchad atentos a vuestros sueños, desgranadlos y quedaos con lo más importante, reflexionad y entonces descubriréis rasgos de vosotros mismos que creíais inexistentes...&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/36191621-2575246002095543467?l=www.sayanoyume.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;&lt;img src="http://feeds.feedburner.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~4/tx76UcY6Fi0" height="1" width="1"/&gt;</description><link>http://feedproxy.google.com/~r/LosSueosDeUnaPequeaNoche/~3/tx76UcY6Fi0/el-poder-de-los-sueos.html</link><author>noreply@blogger.com (Saya Otonashi)</author><thr:total>1</thr:total><feedburner:origLink>http://www.sayanoyume.com/2008/03/el-poder-de-los-sueos.html</feedburner:origLink></item><language>en-us</language><media:rating>nonadult</media:rating></channel></rss>

