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	<title>Marana &#8211; Th�</title>
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	<description>Ven Se�or Jes�s</description>
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		<title>Domingo de la�Semana 27� del Tiempo Ordinario. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Sep 2013 21:04:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[Lectura del libro del profeta Habacuc 1,2-3; 2,2-4 ��Hasta cu�ndo, Yahveh, pedir� auxilio, sin que t� escuches, clamar� a ti: &#8220;�Violencia!&#8221; sin que t� salves? �Por qu� me haces ver la iniquidad, y t� miras la opresi�n? �Ante m� rapi�a y violencia, querella hay y discordia se suscita!� �Y me respondi� Yahveh y dijo: &#8220;Escribe [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Lectura del libro del profeta Habacuc 1,2-3; 2,2-4</strong></p>
<p>��Hasta cu�ndo, Yahveh, pedir� auxilio, sin que t� escuches, clamar� a ti: &#8220;�Violencia!&#8221; sin que t� salves? �Por qu� me haces ver la iniquidad, y t� miras la opresi�n? �Ante m� rapi�a y violencia, querella hay y discordia se suscita!� �Y me respondi� Yahveh y dijo: &#8220;Escribe la visi�n, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido. Porque es a�n visi�n para su fecha, aspira ella al fin y no defrauda; si se tarda, esp�rala, pues vendr� ciertamente, sin retraso.� &#8220;He aqu� que sucumbe quien no tiene el alma recta, m�s el justo por su fidelidad vivir�&#8221;.�</p>
<p><strong>Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 1,6-8.13-14</strong></p>
<p><strong>�</strong> Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que est� en ti por la imposici�n de mis manos. Porque no nos dio el Se�or a nosotros un esp�ritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te averg�ences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Se�or, ni de m�, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios. Ten por norma las palabras sanas que o�ste de m� en la fe y en la caridad de Cristo Jes�s. Conserva el buen dep�sito mediante el Esp�ritu Santo que habita en nosotros.<strong>�</strong></p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Lucas 17,5-10</strong></p>
<p>�Dijeron los ap�stoles al Se�or; &#8220;Aum�ntanos la fe&#8221;. El Se�or dijo:&#8221;Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habr�ais dicho a este sic�moro: &#8220;Arr�ncate y pl�ntate en el mar&#8221;, y os habr�a obedecido&#8221;.&#8221;�Qui�n de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: &#8220;Pasa al momento y ponte a la mesa?&#8221; �No le dir� m�s bien: &#8220;Prep�rame algo para cenar, y c��ete para servirme hasta que haya comido y bebido, y despu�s comer�s y beber�s t�?&#8221; �Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hay�is hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos in�tiles; hemos hecho lo que deb�amos hacer&#8221;.�</p>
<p><strong>Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p><strong> El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>Parece evidente que el tema dominante en este Domingo es �la fe�, ya que se menciona en las tres lecturas. Al final de la Primera Lectura leemos:<em> �el justo por la fe vivir�</em> , frase que ser� recogida por San Pablo en relaci�n a la fe. Jes�s en el Evangelio, ante el pedido de los ap�stoles por aumentar la fe, coloca el horizonte de plenitud al que estamos llamados. La fe si bien es un don de Dios; exige de nosotros una generosa respuesta. Finalmente San Pablo exhorta a Timoteo a dar testimonio de su fe en Cristo Jes�s y a aceptar la Buena Nueva recibida y custodiada en el �dep�sito de la fe�. (Segunda Lectura).</p>
<p><strong> �El justo por la fe vivir�</strong></p>
<p>El profeta Habacuc, de la regi�n de Jud�, vivi� a finales del siglo VII a.C. (625 &#8211; 612 a.C.) en la misma �poca en que vivi� el profeta Jerem�as. Su horizonte hist�rico est� definido por la presencia de dos grandes reinos amenazantes: el imperio de Assur y el nuevo imperio babil�nico o caldeo. Los caldeos se iban haciendo cada vez m�s poderosos y Habacuc no terminaba de entender que Dios justamente se iba a servir de esa naci�n para formar una vez m�s a su pueblo elegido.� Es decir iba a ayudar al pueblo a tomar consciencia de su situaci�n actual. En las famosas cuevas de Qumr�n se ha encontrado un rollo con un comentario al libro de Habacuc.</p>
<p>Las primeras l�neas de su libro son una breve s�plica en forma de lamentaci�n:<em> � �hasta cu�ndo?�, � �por qu�?�;</em> que expresan el eterno clamor del hombre cuando, desde la desgracia personal, interroga a Dios por su suerte. Culminando la gran expectaci�n, el vers�culo cuarto del segundo cap�tulo condensa lo que es la teolog�a de la Salvaci�n: el imp�o o soberbio <em> �sucumbe�</em> por no obrar rectamente; en cambio el justo, confiando solamente en Dios, salva su vida. Recibe as� Habacuc una importante revelaci�n sobre la fe que San Pablo comentar� dos veces y que tendr� una enorme resonancia en la teolog�a espiritual:<em> �el justo por la fe vivir�.</em> Contiene esta sentencia una verdad que nunca se agota, ya sea en cuanto nos ense�a que nadie puede ser justo� sin tener fe; ya en cuanto la fe� es la vida del hombre justo, el cual desfallece si le falta esa fuerza con que sobrellevar las �cruces� de la vida.</p>
<p><strong> � �Aum�ntanos la fe!�</strong></p>
<p><em>�Si tu hermano peca, repr�ndelo; y si se arrepiente, perd�nalo�.</em> Esta sentencia de Jes�s antecede al Evangelio de este Domingo. Jes�s nos manda perdonar y para que esto quede claro, a�ade:<em> �Si tu hermano peca contra ti siete veces al d�a, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: �Me arrepiento�, lo perdonar�s�</em> (Lc 17,6) . Esta es la doctrina de Cristo y evidentemente exige tal vez m�s de lo que los ap�stoles eran capaces de entender, por eso le piden al Se�or:<em> ��Aum�ntanos la fe!�</em> . La breve oraci�n de los ap�stoles nos revela por lo menos cuatro cosas. Ante todo la fe no es algo que podamos adquirir gracias a nuestro propio esfuerzo, como se adquiere, por ejemplo, el dominio de una lengua, y que, por tanto, debe ser solicitada en la oraci�n como un don gratuito que se nos da. Si Dios no nos da la fe como un don gratuito -y s�lo El tiene la iniciativa-, no tendr�amos ni siquiera sensibilidad ante las realidades espirituales,<em> �estar�amos en otra�</em> , como suele decirse hoy. �Y as� viven tantos!</p>
<p>Lo segundo es que Jes�s puede darnos y aumentarnos la fe; siendo Jes�s el destinatario de la oraci�n de los ap�stoles, es reconocido por ellos como el origen de este don. Esto se corrobora, porque San Lucas habla de Jes�s como<em> �el Se�or�</em> (en griego:<em> </em> Kyrios, es el t�tulo dado solamente a Dios)<em>.</em> �l es el �nico que nos puede dar la fe. Lo tercero es que, aunque ya tengamos fe, ella es susceptible de aumento; nuestra fe no es todav�a ni siquiera tan grande como un grano de mostaza. Por eso la actitud humilde de todo cristiano debe de ser:<em> �Creo Se�or pero aumenta mi fe�</em> . Finalmente, si nuestra fe fuera robusta, incluso la naturaleza nos obedecer�a, pues dispondr�amos del poder de Dios mismo. En otro lugar el Se�or lo dice m�s claramente:<em> �Os aseguro que si ten�is fe como un grano de mostaza, dir�is a este monte: &#8216;Despl�zate de aqu� all�&#8217;, y se desplazar�a, y nada os ser�a imposible�</em> (Mt 17,20)<em>. </em></p>
<p>El Catecismo recoge todo esto ense�ando que<em> �la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por El�</em><em> </em> <em> </em><em>.</em> Es una virtud por la cual confiamos absolutamente en Dios y fundamos nuestra vida en su Palabra. La fe no es s�lo un conocimiento intelectual, sino una virtud que incide en toda la vida; no es s�lo la recitaci�n de ciertas f�rmulas, sino que consiste en poner las verdades reveladas como base de nuestra existencia. Una virtud es un h�bito adquirido, una cualidad interiorizada; que forma parte del sujeto, y determina su modo de ser. La fe cuando existe en la persona, le da vida:<em> �El justo vivir� por su fe�</em> (Hab 2,4)<em>.</em> Cuando alguien confiesa determinadas verdades de fe, e incluso cree en ellas, pero su vida no es coherente con lo que confiesa; entonces se dice que la fe no est� formada o que est� muerta. Esto lo expresa de la manera m�s extrema el ap�stol Santiago, afirmando que esa fe la tienen tambi�n los demonios:<em> �La fe, si no tiene obras, est� realmente muerta&#8230;� �T� crees que hay un solo Dios? Haces bien. Tambi�n los demonios lo creen y tiemblan�</em> (Sant 2,14s).<em> </em></p>
<p><strong> La respuesta de Jes�s</strong></p>
<p>Examinemos m�s detalladamente la respuesta dada por Jes�s:<em> �Si tuvierais fe como un grano de mostaza, dir�ais a este sic�moro: �Arr�ncate y pl�ntate en el mar&#8217;, y os obedecer�a�</em> (Lc 17,5-6). Es obvio que la fe, siendo una realidad espiritual, no puede medirse con algo material, como es un grano de mostaza. Se trata de una expresi�n anal�gica, para indicar la m�nima cantidad. En efecto, en el concepto de Jes�s el grano de mostaza es<em> �la m�s peque�a de todas las semillas�</em> (Mt 13,32). La frase de Jes�s est� dicha en condicional, de donde se deduce que los ap�stoles tienen fe, pero es a�n insuficiente, menor que<em> �un grano de mostaza�,</em> porque ellos no pueden ordenar al sic�moro que se erradique y se plante en el mar. El sentido de la respuesta de Jes�s es �ste: si con una fe tan peque�a como un grano de mostaza ya se podr�a trasladar los montes, �qu� no se obtendr�a con una fe robusta y s�lida! Nosotros tendemos a considerar que una fe que traslada los montes, ya es una fe inmensa. En efecto, no nos ha tocado la suerte de conocer a nadie con una fe tan grande. Para Jes�s, en cambio, eso es lo� m�nimo; hay que comenzar de aqu� para arriba. De aqu� se concluye que, como virtud teologal que es: no tienen l�mite en su intensidad. Es claro que el mensaje del Evangelio nos debe interpelar a nosotros ahora; cada uno debe examinarse a s� mismo para ver qu� medida de fe tiene.</p>
<p><strong>�Somos siervos in�tiles!</strong></p>
<p>En la segunda parte del Evangelio de hoy, se habla de un siervo que, despu�s de una jornada de trabajo en el campo, vuelve a la casa y sirve la mesa de su amo. Jes�s pregunta:<em> ��Acaso el amo tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?�.</em> Y agrega:<em> �De igual modo vosotros, cuando hay�is hecho todo lo que os fue mandado, decid: &#8216;Somos siervos in�tiles</em><em> </em> <em> </em><em>; hemos hecho lo que deb�amos hacer&#8217;�</em> (Lc 17,9-10).<em> </em> Esta segunda parte del Evangelio est� relacionada con la anterior. Para ver esa relaci�n, debemos comprender que el cumplimiento fiel de la ley de Dios por parte nuestra es tambi�n un don de Dios. En efecto, el resumen de todo lo que Dios nos manda es el precepto del amor, tal como lo dice San Pablo:<em> �El que ama al pr�jimo ha cumplido la ley&#8230; Todos los preceptos se resumen en esta f�rmula: Amar�s a tu pr�jimo como a t� mismo. La caridad no hace mal al pr�jimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud�</em> (Rom 13,8-10).<em> </em> Pero el amor es otra de las virtudes sobrenaturales y teologales, m�s a�n, es la m�s excelente de las virtudes. El amor es el don de Dios por excelencia.</p>
<p>El Catecismo ense�a:<em> �El Amor, que es el primer don, contiene todos los dem�s. Este amor &#8216;Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Esp�ritu Santo que nos ha sido dado&#8217; (Rom 5,5)�</em><em> </em> <em> </em><em>.</em> Por eso, cuando cumplimos lo que Dios nos manda, que siempre es alguna forma del amor, no hacemos m�s que lo que �l mismo nos concede. �l no nos tiene que agradecer por haber hecho lo que �l mismo nos concede hacer. Esto es lo que dice San Agust�n en su famosa frase de las Confesiones:<em> �Da el cumplir lo que mandas, y manda lo que quieras�.</em></p>
<p>+ �<strong> Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>�Y la primera (pregunta) es �sta: �es f�cil llegar al conocimiento religioso natural, esto es, por medio de la raz�n; o revelado, es decir, por medio de la fe? Nosotros anticipamos la respuesta: no, no es f�cil. Aunque se encuentre profundamente enraizada en el ser humano: mente, coraz�n, sentimiento; enraizada, decimos, la aspiraci�n hacia Dios, no es f�cil satisfacerla. Estamos esencialmente orientados hacia �l, hacia el Absoluto, hacia la raz�n suprema de todas las cosas, hacia el principio y el fin de todo lo que existe y ocurre; pero no conseguimos hacernos una idea adecuada de todo ello, y mucho menos una imagen sensible o fant�stica satisfactoria. Nuestra religi�n natural, si queremos admitir una religi�n que, potencialmente al menos, llevamos dentro de nosotros, no ser� sino una b�squeda de Dios, un tentativo de acercarnos a �l. </em></p>
<p><em>Aquellos mismos que, por el hecho de que piensan y quieren, dicen que llegan a la idea de Dios cual �ntimo y sumo coeficiente de la verdad del pensamiento y de la bondad del querer, deben admitir la naturaleza indeterminada, y por esto nebulosa, de esta inicial y seminal conquista de Dios. �l se encuentra en el v�rtice de los deseos, �l se encuentra en la ra�z de las b�squedas, �l est� bajo el velo de una intuida inmanencia; pero Dios sigue siendo misterio, y por esto, tormento y drama del esp�ritu humano. </em></p>
<p><em>Sabemos esto quiz�s por alguna �ntima y deslumbrante experiencia personal; lo sabemos por las p�ginas m�s altas de los m�sticos y de los poetas; y lo sabemos tambi�n por los libros que consideramos divinos: dice, por ejemplo, el evangelista��guila San Juan: �nunca nadie ha visto a Dios� (Jn 1, 18); y del mismo modo, San Pablo: �las cosas de Dios nadie las conoce sino el Esp�ritu de Dios� (1 Cor 2, 11). No hay que asombrarse, pues, si la cuesti�n religiosa ha sido dif�cil desde siempre; y para muchos, superficiales o supersticiosos, permanece tan presente al esp�ritu como insoluble�.</em></p>
<p><em>�Qu� diremos, pues? �Es dif�cil, irremediablemente dif�cil, este problema de la religi�n y de la fe? �Es insuperable, insoluble? �Podemos considerarlo entonces in�til, superfluo, m�s a�n, atormentador y nocivo? �Hay qui�n lo dice! Pero observad qu� dram�tico es este problema: �es un problema ineludible! Ineludible por los datos evidentes de verdad y de realidad que contiene; ineludible por la suerte inefable de tragedia y de perdici�n, o de salvaci�n, de felicidad, de vida, que este problema nos impone a cada uno de nosotros en nuestro destino existencial. �Y entonces? �Entonces comprendemos a Cristo! Comprendemos su venida, su palabra, su salvaci�n&#8230; �l es el camino&#8230; �Reflexionad sobre esto!�. </em></p>
<p align="RIGHT"><em>Pablo VI.</em><em> El problema de la fe, Catequesis, 26 de enero de 1972</em></p>
<p>&#8216; <strong> Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana</strong></p>
<p><em>1. Necesitamos tener una fe viva y operante. San Pablo nos recuerda en su segunda carta a Timoteo: �Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste&#8230;porque Dios no nos ha dado un esp�ritu cobarde, sino un esp�ritu de energ�a, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por Nuestro Se�or�. �C�mo vivo mi fe? �Es viva&#8230;? </em></p>
<p><em>2. ��Creo Se�or&#8230;pero aumenta mi fe!� Pidamos, con humildad, al Se�or de la Vida que aumente nuestra fe y pongamos los medios concretos para vivirla a lo largo de nuestra vida cotidiana.� </em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 153 &#8211; 166.</em></p>
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		<title>Domingo de la�Semana 26� del Tiempo Ordinario. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Sep 2013 22:14:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[Lectura del libro del profeta Am�s 6,1a. 4-7 ��Ay de aquellos que se sienten seguros en Si�n, y de los confiados en la monta�a de Samaria! Acostados en camas de marfil, arrellenados en sus lechos, comen corderos del reba�o y becerros sacados del establo,� canturrean al son del arpa, se inventan, como David, instrumentos de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Lectura del libro del profeta Am�s 6,1a. 4-7 </strong></p>
<p>��Ay de aquellos que se sienten seguros en Si�n, y de los confiados en la monta�a de Samaria! Acostados en camas de marfil, arrellenados en sus lechos, comen corderos del reba�o y becerros sacados del establo,� canturrean al son del arpa, se inventan, como David, instrumentos de m�sica, beben vino en anchas copas, con los mejores aceites se ungen, mas no se afligen por el desastre de Jos�. Por eso, ahora van a ir al cautiverio a la cabeza de los cautivos y cesar� la org�a de los sibaritas.�</p>
<p><strong>Lectura de la primera carta de San Pablo a Timoteo 6,11-16</strong></p>
<p>�T�, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesi�n delante de muchos testigos. Te recomiendo en la presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindi� tan solemne testimonio, que conserves el mandato sin tacha ni culpa hasta la Manifestaci�n de nuestro Se�or Jesucristo, Manifestaci�n que a su debido tiempo har� ostensible el Bienaventurado y �nico Soberano, el Rey de los reyes y el Se�or de los se�ores, el �nico que posee Inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ning�n ser humano ni le puede ver. A �l el honor y el poder por siempre. Am�n.�</p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Lucas 16,19-31</strong></p>
<p>� &#8220;Era un hombre rico que vest�a de p�rpura y lino, y celebraba todos los d�as espl�ndidas fiestas. Y uno pobre, llamado L�zaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que ca�a de la mesa del rico&#8230; pero hasta los perros ven�an y le lam�an las llagas. Sucedi�, pues, que muri� el pobre y fue llevado por los �ngeles al seno de Abraham. Muri� tambi�n el rico y fue sepultado. &#8220;Estando en el Hades entre tormentos, levant� los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a L�zaro en su seno. Y, gritando, dijo: &#8220;Padre Abraham, ten compasi�n de m� y env�a a L�zaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.&#8221;</p>
<p>Pero Abraham le dijo: &#8220;Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y L�zaro, al contrario, sus males; ahora, pues, �l es aqu� consolado y t� atormentado. Y adem�s, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aqu� a vosotros, no puedan; ni de ah� puedan pasar donde nosotros.&#8221;</p>
<p>&#8220;Replic�: &#8220;Con todo, te ruego, padre, que le env�es a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les d� testimonio, y no vengan tambi�n ellos a este lugar de tormento.&#8221; D�jole Abraham: &#8220;Tienen a Mois�s y a los profetas; que les oigan.&#8221; El dijo: &#8220;No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertir�n.&#8221; Le contest�: &#8220;Si no oyen a Mois�s y a los profetas, tampoco se convencer�n, aunque un muerto resucite.&#8221; �</p>
<p><strong>Pautas para la reflexi�n personal </strong></p>
<p><strong>El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>Tiempo y eternidad; recompensa y castigo: son como que dos ant�podas que nos pueden servir para aproximarnos a los textos de este Domingo. Esto es evidente en el texto evang�lico que sit�a a un rico en la bonanza temporal y a L�zaro sufriendo desgracias en este mundo. Tambi�n vemos en la Primera Lectura a los ricos samaritanos que viven en org�as y lujo, seguros de s� mismos y olvidan as�<em> �el desastre de Jos�</em> . �C�mo ganar la vida eterna? San Pablo nos hablar� de c�mo la fe exige vivir el buen combate en Cristo Jes�s para as� ganar la vida eterna (Segunda Lectura).</p>
<p><strong>Par�bola del� rico derrochador y del� pobre L�zaro</strong></p>
<p>En el Evangelio de este Domingo Jes�s propone una par�bola para ense�ar de manera viva y radical algunas verdades que resultan inc�modas al mundo moderno y que nuestra sociedad de consumo no quiere de ninguna manera o�r. Pero, oigan o no oigan, la palabra de Jes�s es la verdad: el cielo y la tierra pasar�n pero sus palabras no dejar�n de cumplirse. Se trata de la par�bola del pobre L�zaro y del rico derrochador. Su finalidad es precisamente ense�ar qu� es lo que ocurrir� a quien, gozando de manera ego�sta sus riquezas, no quiera escuchar la palabra que es Verdad y Vida.</p>
<p>La par�bola presenta tres cuadros sucesivos. Primero la situaci�n del rico y del pobre L�zaro; luego vemos la escena de ambos despu�s de la muerte; finalmente el di�logo del rico con Abrah�n pidiendo clemencia por sus cinco hermanos. El rico, sin nombre en la par�bola, es conocido com�nmente con el nombre funcional de<em> �Epul�n�</em> que proviene de la ra�z latina<em> �epulae�</em> que quiere decir comida, banquete, fest�n y aplic�ndola al personaje podemos entenderla como comil�n o sibarita. El pobre de la par�bola se llama<em> �Lazaro�.</em> Nombre que proviene del hebreo<em> �Eleazar�</em> o<em> �Eliezer�</em> que significa<em> �Dios ayuda�</em> . Es la �nica vez que aparece un nombre propio en una par�bola de Jes�s.</p>
<p>La escena sobre esta tierra presenta a los actores con rasgos incisivos:<em> �hab�a un hombre rico que vest�a de p�rpura y lino, y celebraba todos los d�as espl�ndidas fiestas; y uno pobre, llamado L�zaro, que echado junto a su puerta, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que ca�a de la mesa del rico�</em> . En esta tierra el contraste entre uno y otro es total. Esta situaci�n se da hoy: se da entre individuos, entre grupos, entre pa�ses. �No es una situaci�n irreal! El rico se divierte, goza con los gustos que le proporcionan sus riquezas, es totalmente insensible a las necesidades de los pobres, para �l es como si no existieran. Vive como que encerrado en una burbuja alienado a la realidad de la pobreza. Es una descripci�n de nuestra sociedad de consumo, donde la ley suprema es la comodidad, el placer y el af�n de &#8220;pasarlo bien&#8221; sin preocuparse de nada m�s.</p>
<p>Pero sucede que<em> �un d�a el pobre muri�&#8230; y muri� tambi�n el rico�.</em> Finalmente hay plena igualdad. La muerte es una ley pareja e imperturbable, afecta a todos por igual. El rico puede hacerlo todo con sus riquezas, pero no puede escapar a la muerte. Y entonces comienza la segunda escena de la par�bola, que se introduce as�:<em> �el pobre fue llevado por los �ngeles al seno de Abraham; el rico fue sepultado�</em> . El seno de Abraham es el s�mbolo de la felicidad, all� podemos imaginar a L�zaro finalmente sonriendo. En cambio, el rico fue a dar al hades, lugar de tormentos.� Aunque un abismo infranqueable los separa el rico puede ver al pobre. Ahora, el rico se contenta con muy poco:<em> �Gritando, dijo: &#8216;Padre Abraham, ten compasi�n de m� y env�a a L�zaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama�</em> . La situaci�n de ambos se ha invertido. Es lo que hace notar Abraham:<em> �Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y L�zaro, al contrario, sus males; ahora, pues, �l es aqu� consolado y t� atormentado�.</em> Esta nueva situaci�n en que cada uno se encuentra, es eterna.</p>
<p><strong>La eternidad y la libertad </strong></p>
<p>La palabra �eternidad� deber�a darnos v�rtigo. Nunca acabaremos de comprender su inmensidad. La eternidad del destino del hombre pone en evidencia la dimensi�n de esta otra palabra: libertad. La libertad del hombre significa que tiene en sus manos la responsabilidad de su destino eterno. En esta breve vida nos jugamos la vida eterna. El di�logo entre el rico y Abraham expresa la irreversibilidad de esa situaci�n final:<em> �Entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aqu� a vosotros no puedan; ni de ah� puedan pasar donde nosotros�</em> . �No es posible ni siquiera recibir una gota de agua en los labios resecos! Hasta aqu� la par�bola ha ense�ado la responsabilidad en el uso de los bienes de esta tierra. La tierra con todos sus bienes fueron creados para todos los hombres y nadie puede banquetear y consumir cosas lujosas o superfluas mientras haya quien carece de lo necesario. La par�bola ense�a el destino que le espera despu�s de la muerte al que hace aquello.</p>
<p>Pero la par�bola agrega una tercera parte, y �sta es un aviso para nosotros que todav�a estamos sobre esta tierra y que tal vez no pensamos en estas cosas. En un gesto imposible en un condenado, el rico suplica a Abraham:<em> �Te ruego que env�es a L�zaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les d� testimonio y no vengan tambi�n ellos a este lugar de tormento�</em> . Abraham contesta, con raz�n, que ya tienen quien les advierta:<em> �Tienen a Mois�s y los profetas, que los oigan�</em> .</p>
<p><strong>��Ay de aquellos que se sienten seguros y confiados!� </strong></p>
<p>Los escritos prof�ticos ya nos hablan sobre estas verdades. Bastar�a repasar la Primera Lectura de este Domingo, tomada del profeta Am�s:<em> �Ay de aquellos que se sienten seguros en Si�n&#8230; acostados en camas de marfil&#8230; beben vino en anchas copas&#8230; ir�n al exilio a la cabeza de los cautivos y cesar� la org�a de los sibaritas�</em> (Am�s 6,1.4-6)<em>.</em> La denuncia del profeta Am�s se dirige contra el sibaritismo de los habitantes de Samar�a que no les interesa m�s<em> �el destino de Jos�</em> �, es decir el fin eminente del Reino de Israel. Su denuncia es contundente:<em> �se acab� la org�a de los disolutos�.</em> Ir�is al destierro bajo los asirios, encabezando la caravana de cautivos.</p>
<p>Hecho que sucedi� treinta a�os despu�s de haberlo anunciado. Escuchar la Palabra de Dios y abandonar las falsas seguridades que ofrece los bienes materiales es una de las lecciones de la par�bola de este Domingo. Notemos que pobreza y riqueza no son conceptos meramente cuantitativos; pesa sobretodo la actitud de apego o desapego de lo que uno tiene. El hombre que pone su confianza y seguridad en Dios es aquel que escucha y vive de acuerdo a plan espiritual que traza San Pablo en la Segunda Lectura. Es el anverso a la<em> �org�a de los sibaritas�. </em></p>
<p>La exhortaci�n de San Pablo a su querido disc�pulo Timoteo es valedera para todo cristiano:<em> �practica la justicia, la piedad, la fe. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado&#8230;Guarda el mandamiento sin mancha y sin reproche�.</em> El<em> �mandamiento�</em> se refiere a todo el dep�sito de la fe confiado a Timoteo para su anuncio y testimonio. Precisamente a continuaci�n del texto que hemos le�do viene una exhortaci�n dirigida a los cristianos ricos que hubiera casado perfectamente como comentario de nuestras lecturas dominicales:<em> �</em><em>A los ricos de este mundo recomi�ndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espl�ndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma ir�n atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podr�n adquirir la vida verdadera�</em> (1Tim 6,17-19).<em> </em></p>
<p><strong>Finalmente&#8230;ni aunque resucite un muerto</strong></p>
<p>Volvamos a la lectura del Evangelio. Ante la respuesta dada por Abraham, el rico sabe que, lamentablemente, esto no va a impresionar a sus hermanos y por eso insiste:<em> �No, padre Abraham, sino que, si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertir�n�</em> . Sigue la sentencia conclusiva de Abraham:<em> �Si no oyen a Mois�s y a los profetas, no se convertir�n aunque resucite un muerto�.</em> Nosotros no s�lo tenemos a Mois�s y a los profetas, que ciertamente har�amos bien en escucharlos, sino que tenemos la ense�anza del Hijo de Dios mismo:<em> �en estos �ltimos tiempos Dios nos ha hablado por el Hijo�</em> (Heb 1,2).<em> </em> Por eso m�s eficaz que todos los proyectos -ciertamente necesarios- que se puedan desarrollar en nuestro pa�s para �superar la pobreza� ser�a que cada uno, antes de hacer un gasto superfluo y lujoso, se sentara a leer antes esta par�bola atentamente. Si esto no surte efecto, para inducir a una vida m�s fraterna, solidaria y reconciliada; no hay m�s que hacer ya lamentablemente<em> �no se convencer�n ni aunque resucite un muerto�. </em></p>
<p><strong>+ � Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>�Ante la miseria del proletariado dec�a Le�n XIII: �Afrontamos con confianza este argumento y con pleno derecho por parte nuestra&#8230; Nos parecer�a faltar al deber de nuestro oficio si call�semos�. En los �ltimos cien a�os la Iglesia ha manifestado repetidas veces su pensamiento, siguiendo de cerca la continua evoluci�n de la cuesti�n social, y esto no lo ha hecho ciertamente para recuperar privilegios del pasado o para imponer su propia concepci�n. Su �nica finalidad ha sido la atenci�n y la responsabilidad hacia el hombre, confiado a ella por Cristo mismo, hacia este hombre, que, como el Concilio Vaticano II recuerda, es la �nica criatura que Dios ha querido por s� misma y sobre la cual tiene su proyecto, es decir, la participaci�n en la salvaci�n eterna. </em></p>
<p><em>No se trata del hombre abstracto, sino del hombre real, concreto e hist�rico: se trata de cada hombre, porque a cada uno llega el misterio de la redenci�n, y con cada uno se ha unido Cristo para siempre a trav�s de este misterio. De ah� se sigue que la Iglesia no puede abandonar al hombre, y que �este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misi�n&#8230;, camino trazado por Cristo mismo, v�a que inmutablemente conduce a trav�s del misterio de la encarnaci�n y de la redenci�n�. Es esto, y solamente esto, lo que inspira la doctrina social de la Iglesia�.</em></p>
<p><em>�Juan Pablo II, Carta Enc�clica Centesimus annus, 53. </em></p>
<p>&#8216; Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana</p>
<p><em>1. Nos dice San Juan Cris�stomo que Abrah�n aparece junto a L�zaro</em><em><span lang="es-pe"> porque hab�a sido hospitalario con unos simples peregrinos y hasta los hizo entrar en su tienda. Por ello recibi� la bendici�n de Dios (ver Gn 18,15). El rico, en cambio, no mostraba m�s que desprecio hacia aquel que estaba en su puerta.</span></em><em> �Ense�o a los miembros de mi familia a que sean generosos y solidarios? �Predico con mi ejemplo? �De qu� forma concreta? </em></p>
<p><em>2. En la situaci�n concreta en que vive nuestro pa�s, �por qu� no colaborar activamente en alguna campa�a de solidaridad? �Participo en alg�n tipo de voluntariado? El que busca, encuentra&#8230;</em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 2419- 2425. 2443-2449. </em></p>
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		<title>Mons. Luis A. Fern�ndez, nuevo obispo de Rafaela</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Sep 2013 12:33:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[CEA]]></category>
		<category><![CDATA[Di�cesis]]></category>

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		<description><![CDATA[El Sumo Pont�fice, Francisco,nombr� obispo diocesano de Rafaela, en la provincia de Santa Fe, a monse�or Luis A. Fern�ndez, de 66 a�os, actualmente obispo auxiliar de Buenos Aires para la vicar�a de la zona Flores. El nombramiento fue anunciado por el nuncio apost�lico, monse�or Emil Paul Tscherrig, a trav�s de la agencia AICA, al mismo [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">El Sumo Pont�fice, Francisco,nombr� obispo diocesano de Rafaela, en la provincia de Santa Fe, a monse�or Luis A. Fern�ndez, de 66 a�os, actualmente obispo auxiliar de Buenos Aires para la vicar�a de la zona Flores.</p>
<p align="justify">El nombramiento fue anunciado por el nuncio apost�lico, monse�or Emil Paul Tscherrig, a trav�s de la agencia AICA, al mismo tiempo que la Santa Sede lo hac�a en Roma.</p>
<p align="justify">La di�cesis de Rafaela hab�a quedado vacante el 10 de noviembre de 2012, cuando el obispo diocesano, monse�or Carlos Mar�a Franzini, fue promovido a la sede arzobispal de Mendoza.<strong><br />
</strong></p>
<p><strong>Datos biogr�ficos de Mons. Luis A. Fern�ndez</strong></p>
<p><img style="margin: 6px 8px; border: 1px solid black;" alt="" src="http://www.aica.org/subidas/517.jpg" width="197" height="146" align="left" border="1" hspace="8" vspace="6" /> Monse�or Luis Alberto Fern�ndez naci� en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, el 26 de octubre de 1946 y ordenado sacerdote en Roma, el 29 de junio de 1975 por el papa Pablo VI.</p>
<p align="justify">Tras su ordenaci�n sacerdotal se desempe�� en los siguientes cargos: de 1975 a 1978, vicario parroquial de la iglesia catedral Nuestra Se�ora de la Paz.</p>
<p align="justify">De 1978 a 1988, vicerrector del Seminario Diocesano de la Santa Cruz, de Lomas de Zamora, del que luego fue rector de 1988 a 1991.</p>
<p align="justify">En 1991 obtuvo la licenciatura en Teolog�a Dogm�tica en la Pontificia Universidad Cat�lica Argentina �Santa Mar�a de los Buenos Aires�, y entre 1991 y 1992 se especializ� en Liturgia en la Universidad de Catalu�a (Barcelona, Espa�a).</p>
<p align="justify">En 1992 el entonces obispo de Lomas de Zamora, monse�or Desiderio Elso Collino, lo design� vicario general de la di�cesis, cargo en el que fue confirmado por los sucesivos obispos: monse�or Agust�n Radrizzani SDB, y el actual, monse�or Jorge Rub�n Lugones SJ.</p>
<p align="justify">En 1993 monse�or Collino lo nombr� p�rroco de la Inmaculada Concepci�n, de Burzaco, oficio en el que se desempe�� hasta 1998.</p>
<p align="justify">De 1992 a 2006, fue presidente de la Junta Regional para la Educaci�n Cat�lica, delegado por la regi�n Buenos Aires en la Comisi�n Episcopal de Liturgia, y presidente de la Sociedad Argentina de Liturgia (SAL).</p>
<p align="justify">De 1998 a 2008, miembro del Consejo Presbiteral de Lomas de Zamora, y de 1992 a 2008, miembro del Colegio de Consultores.</p>
<p align="justify">El 28 de marzo de 1999 el beato Juan Pablo II lo incorpor� a la Familia Pontificia otorg�ndole el t�tulo de Prelado de Honor de Su Santidad.</p>
<p align="justify">Monse�or Fern�ndez gobern� pastoralmente la di�cesis de Lomas de Zamora como Administrador Diocesano antes de la toma de posesi�n de monse�or Agust�n Radrizzani (2001) y tambi�n de la del actual obispo, monse�or Rub�n Lugones (2008).</p>
<p align="justify">Elegido obispo titular de Carpi y auxiliar de Buenos Aires el 24 de enero de 2009 por Benedicto XVI, fue ordenado obispo en el colegio Santa In�s, de Turdera, el 27 de marzo de 2009, por el cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires. Actuaron como obispos co-consagrantes: Mons. Agust�n Radrizzani SDB, arzobispo de Mercedes-Luj�n; Mons. Jos� Mar�a Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz; y Mons. Jorge Lugones SJ, obispo de Lomas de Zamora.</p>
<p align="justify">En la Conferencia Episcopal Argentina preside la Comisi�n Episcopal de Liturgia.</p>
<p align="justify"><strong><br />
La di�cesis de Rafaela</p>
<p></strong> Fue creada el 10 de abril de 1961, con la bula &#8220;Cum vener�bilis&#8221;, de Juan XXIII. Comprende, en el oeste de la provincia de Santa Fe, los departamentos de Castellanos, Nueve de Julio y San Crist�bal, que abarcan una superficie de 38.320 kil�metros cuadrados con una poblaci�n de 277.540 habitantes, de los cuales se estima que el 90 por ciento son cat�licos.</p>
<p align="justify">La di�cesis cuenta con 36 parroquias y 108 capillas; 45 sacerdotes (43 diocesanos y 2 religiosos); 14 di�conos permanentes, 15 seminaristas mayores, 46 religiosas y 16 centros educativos.</p>
<p align="justify">El primer obispo de Rafaela fue Mons. Vicente Faustino Zazpe (1961-1968); el segundo fue Mons. Antonio Alfredo Brasca, quien asumi� en marzo de 1969 y falleci� el 26 de junio de 1976. Al d�a siguiente Pablo VI design� Administrador Apost�lico a Mons. Vicente Zazpe, quien reteniendo el cargo de arzobispo de Santa Fe gobern� nuevamente la que hab�a sido su primera di�cesis hasta el 19 de marzo de 1977, fecha en que asumi� el tercer obospo diocesano, que fue Mons. Alcides Jorge Pedro Casaretto (1977-1983); el cuarto obispo fue Mons. H�ctor Gabino Romero, quien asumi� en marzo de 1984 y falleci� el 23 de mayo de 1999.</p>
<p align="justify">Quinto obispo de Rafaela fue Mons. Carlos Mar�a Franzini, que tom� posesi�n de la sede en junio de 2000. El 10 de noviembre de 2012 Benedicto XVI lo promovi� a arzobispo de Mendoza, sede que asumi� el 9 de febrero de 2013. Desde entonces est� a cargo del gobierno pastoral como administrador diocesano el sacerdote Mons. Gustavo Alejando Montini.</p>
<p align="justify">Mons. Luis Alberto Fern�ndez ser� el sexto obispo diocesano de Rafaela.</p>
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		<title>Domingo de la�Semana 23� del Tiempo Ordinario. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Sep 2013 14:34:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[Lectura del libro de la Sabidur�a 9, 13-18 ��Qu� hombre, en efecto, podr� conocer la voluntad de Dios? �Qui�n hacerse idea de lo que el Se�or quiere? Los pensamientos de los mortales son t�midos e inseguras nuestras ideas, pues un cuerpo corruptible agobia el alma y esta tienda de tierra abruma el esp�ritu lleno de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Lectura del libro de la Sabidur�a 9, 13-18</strong></p>
<p>��Qu� hombre, en efecto, podr� conocer la voluntad de Dios? �Qui�n hacerse idea de lo que el Se�or quiere? Los pensamientos de los mortales son t�midos e inseguras nuestras ideas, pues un cuerpo corruptible agobia el alma y esta tienda de tierra abruma el esp�ritu lleno de preocupaciones.</p>
<p>Trabajosamente conjeturamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que est� a nuestro alcance; �qui�n, entonces, ha rastreado lo que est� en los cielos? Y �qui�n habr�a conocido tu voluntad, si t� no le hubieses dado la Sabidur�a y no le hubieses enviado de lo alto tu esp�ritu santo? S�lo as� se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra, as� aprendieron los hombres lo que a ti te agrada y gracias a la Sabidur�a se salvaron&#8221;.�</p>
<p><strong>Lectura de la carta de San Pablo a Filem�n 1, 9b-10.12-17</strong></p>
<p>�Prefiero m�s bien rogarte en nombre de la caridad, yo, este Pablo ya anciano, y adem�s ahora preso de Cristo Jes�s. Te ruego en favor de mi hijo, a quien engendr� entre cadenas, On�simo, que en otro tiempo te fue in�til, pero ahora muy �til para ti y para m�. Te lo devuelvo, a �ste, mi propio coraz�n. Yo querr�a retenerle conmigo, para que me sirviera en tu lugar, en estas cadenas por el Evangelio; mas, sin consultarte, no he querido hacer nada, para que esta buena acci�n tuya no fuera forzada sino voluntaria.</p>
<p>Pues tal vez fue alejado de ti por alg�n tiempo, precisamente para que lo recuperaras para siempre, y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido, que, si�ndolo mucho para m�, �cu�nto m�s lo ser� para ti, no s�lo como amo, sino tambi�n en el Se�or!. Por tanto, si me tienes como algo unido a ti, ac�gele como a m� mismo.�</p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Lucas 14, 25-33</strong></p>
<p>� Caminaba con �l mucha gente, y volvi�ndose les dijo: &#8220;Si alguno viene donde m� y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser disc�pulo m�o. El que no lleve su cruz y venga en pos de m�, no puede ser disc�pulo m�o.</p>
<p>&#8220;Porque �qui�n de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de �l, diciendo: &#8220;Este comenz� a edificar y no pudo terminar.&#8221; O �qu� rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra �l con 20.000? Y si no, cuando est� todav�a lejos, env�a una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser disc�pulo m�o. �</p>
<p><strong> Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p><strong> El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>�C�mo ser disc�pulo del Se�or? A lo largo de las lecturas veremos, cada vez con m�s claridad, c�mo los pensamientos de Dios no son los pensamientos del hombre:<em> �la necedad divina es m�s sabia que la sabidur�a de los hombres�</em> (1Cor 1,25). Los pensamientos del hombre se muestran, muchas veces, t�midos e inseguros ya que provienen de<em> �un cuerpo corruptible�</em> abrumado por las preocupaciones y marcado, no determinado, por el pecado (Primera Lectura). Es la sabidur�a de Dios la que lleva a Jes�s a manifestar claramente las condiciones para seguirlo y as� ser un<em> �verdadero disc�pulo�</em> (Evangelio). Finalmente vemos en la Segunda Lectura una bella expresi�n del discipulado, que nace de la fe y del amor, que lleva a Pablo a interceder por On�simo ante Filem�n.</p>
<p><strong> La Sabidur�a de Dios</strong></p>
<p><span lang="es-pe">El libro de la Sabidur�a, considerado el �ltimo del Antiguo Testamento (escrito alrededor del a�o 50 A.C.), es de corte humanista al estilo griego, cuyo influjo se hace notar, por ejemplo, en la distinci�n que establece entre el cuerpo y el alma (ver Sb 9,15). No obstante la sabidur�a que vemos aqu� no es la gnosis <span lang="es-pe"> <span lang="es-pe"> <span lang="es-pe"> <span lang="es-pe"> de la filosof�a griega, sino es el conocimiento que se adquiere como don del Esp�ritu Santo que nos ayuda a entender los designios de Dios. La Primera Lectura hace parte de una oraci�n para alcanzar la Sabidur�a y viene a prop�sito del hecho contado en 1 Re 3,4-16; el sue�o en que Salom�n le pide a Dios sabidur�a:<em><span lang="es-pe"> �Concede a tu siervo un coraz�n atento para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal�</span></em> <span lang="es-pe"> (1Re 3,9)<em><span lang="es-pe">.</span></em> <span lang="es-pe"> La condici�n indispensable para adquirir la sabidur�a es tener un coraz�n humilde y sencillo. A los que aceptan cooperar con �l, Dios les concede la rectitud, la prudencia e incluso la autoridad para dirigir al Pueblo de Dios. Abraham, Mois�s y sin duda la Virgen Mar�a; fueron llamados a realizar grandes obras (ver Lc 1, 49) porque pusieron toda su confianza en las promesas de Dios.� </span></span></span></span></span></span></span></p>
<p><strong> Pablo intercede por On�simo</strong></p>
<p>Filem�n era un cristiano de una buena posici�n social, quiz� convertido por el mismo San Pablo. Su esclavo On�simo se hab�a escapado, por alguna culpa, y hab�a ido a parar a Roma, donde Pablo le ofreci� refugio y lo convirti�. La fuga de On�simo era delito por el que incurr�a en graves penas, y Pablo podr�a resultar c�mplice. Pablo no intenta resolver el problema por la v�a legal, aunque sugiere estar dispuesto a compensar a Filem�n, m�s bien traslada el problema y su resoluci�n al gran principio cristiano del amor y la fraternidad, m�s fuertes que la relaci�n jur�dica de amo y esclavo. Si� Filem�n ha perdido un esclavo, puede ganar un hermano; y Pablo ser� agente de reconciliaci�n en este delicado caso (ver 2Cor 5,17-21). La carta debi� ser escrita desde la prisi�n de Roma alrededor del 61-63.</p>
<p><strong> �Caminaba con �l mucha gente&#8230;�</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Evangelio de hoy se abre con un cambio de escena. Est�bamos, en la lectura del Domingo pasado, en una comida ofrecida en s�bado por uno de los jefes de los fariseos, a la cual hab�a sido invitado tambi�n Jes�s. All�, aprovechando esa situaci�n, Jes�s hab�a dado diversas ense�anzas que tienen relaci�n con un banquete. El Evangelio de hoy lo presenta en el camino seguido por una multitud:<em> �Caminaba con �l mucha gente�.</em> Es dif�cil hacerse una idea de cu�ntos eran los que caminaban con Jes�s. En otra ocasi�n el mismo evangelista dice que se reunieron para escuchar a Jes�s<em> �mir�adas de personas hasta pisarse unos a otros�</em> (Lc 12,1).</p>
<p>La palabra<em> �mir�ada�</em> es una trascripci�n de la palabra griega<em> �myri�s�</em> que significa diez mil. Pero tambi�n se usa para designar un n�mero indefinido muy grande, como usamos nosotros la palabra<em> �millones�.</em> En todo caso, la imagen que se transmite es la de un gran n�mero de personas que iban con Jes�s por el camino. Es de notar que el evangelista evita cuidadosamente decir que esas numerosas personas �lo segu�an�, porque este t�rmino se reserva a sus disc�pulos. Y aqu� se trata precisamente de discernir qui�nes de entre esa multitud pueden llamarse �disc�pulos� de Jes�s. Justamente en el Evangelio de hoy contiene la definici�n de lo que Jes�s entiende por un disc�pulo suyo. Y esa definici�n no es puramente te�rica, sino que tiene el valor particular de surgir de un hecho concreto de vida. Tres veces repite Jes�s la misma f�rmula, que parece desalentar a quien piense que seguirlo es algo bien visto, c�modo y placentero: el que no cumpla con tal cosa,<em> �no puede ser disc�pulo m�o�</em> .</p>
<p>�Y cu�l es el hecho concreto de vida del cual surgen esas tres expresiones? El Evangelio dice:<em> �Si alguno viene donde m� y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser disc�pulo m�o&#8230; El que no lleve su cruz y venga en pos de m�, no puede ser disc�pulo m�o&#8230; El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser disc�pulo m�o�</em> . A Jes�s no le interesa tanto el n�mero de los que lo acompa�an; sino la radicalidad del seguimiento. Y por eso pone esas condiciones que son de una inmensa exigencia. Para ser disc�pulo de Jes�s se exige una adhesi�n total. El que lee esas condiciones puestas por Jes�s debe examinarse a s� mismo seriamente para ver si merece el nombre de cristiano.</p>
<p>En todo caso este nombre hay que usarlo con mucha mayor cautela. Los m�todos de Jes�s parecen ser diametralmente opuestos a los modernos sistemas de �marketing�, donde se adopta todo tipo de t�cnicas y argucias para conseguir un adepto o un comprador. Jes�s aparece tambi�n atentando contra la popularidad de la que necesitan los pol�ticos para hacer prevalecer sus posturas. Sin embargo la garant�a de la verdad del mensaje de Jesucristo; es que �l mismo con su Muerte y Resurrecci�n, la ratific�.<em> �Y si Cristo no resucit�, vac�a es nuestra predicaci�n, vac�a tambi�n nuestra fe�</em> (1Cor 15,14). Y afortunadamente tampoco la Iglesia de Cristo tiene la preocupaci�n de la popularidad, pues no se empe�a en complacer a los hombres, sino s�lo a Dios. Por eso la Iglesia, aunque parezca inc�moda e impopular, lo que nos ense�a es la verdad. Precisamente la garant�a de que su doctrina es la verdad es que no busca complacer los o�dos de los hombres y mujeres.</p>
<p><strong> �Odiar a su padre o su madre, hermanos y hermanas&#8230;? </strong></p>
<p><em>�Si alguno viene donde m� y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser disc�pulo m�o&#8230;�.</em> �sta es la primera condici�n:<em> �odiar�</em> a los de la propia casa y hasta la propia vida. �C�mo se entiende esto? En realidad, Jes�s nos manda<em> �honrar padre y madre�</em> , como se lo dijo claramente al joven rico cuando le expuso los mandamientos que eran necesarios cumplir para alcanzar la vida eterna (ver Lc 18,20). El original griego �<em>misei�,</em> de �odiar�; tiene el sentido de posponer, descuidar o amar menos. Es decir debe entenderse en sentido relativo; quiere decir:<em> �en la escala de valores no tenerlos en el primer lugar�</em> , o m�s precisamente, en una situaci�n de conflicto entre el amor a Cristo y el amor a esas otras personas, hay que preferir a Cristo.</p>
<p><strong>�Quien no carga su cruz y me sigue no puede ser disc�pulo m�o� </strong></p>
<p>Aqu� Jes�s pone una condici�n ulterior. No se trata de amar a Cristo solamente, sino amarlo en su situaci�n de total abajamiento, es decir, en la cruz, en ese estado en que todos lo abandonaron. La fidelidad a Jes�s hasta este extremo es la prueba del verdadero disc�pulo. Tal vez nadie ha expresado mejor que San Pablo esta centralidad de la cruz. Por eso escribe a los Corintios:<em> �Mientras los jud�os piden se�ales y los griegos buscan sabidur�a, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, esc�ndalo para los jud�os y necedad para los gentiles�</em> (1Cor 1,22-23). La cruz es para ellos (jud�os y griegos) un obst�culo insuperable (esc�ndalo), o bien, una demostraci�n de insensatez. El disc�pulo de Cristo, en cambio, ve en Cristo crucificado la<em> �fuerza de Dios y la sabidur�a de Dios�</em> (1Cor 1,24), y por eso, abraza su cruz con alegr�a y desea compartir con Cristo la ignominia de la cruz.</p>
<p><strong>�Renunciar a todos los bienes? </strong></p>
<p>La fuerza de la tercera condici�n est� en la expresi�n<em> �renunciar a todos sus bienes�,</em> no s�lo se trata de unos pocos bienes. Y para ilustrar esta condici�n, Jes�s propone dos peque�as par�bolas: nadie se pone a construir una torre si no tiene con qu� terminarla; nadie sale a combatir si sus tropas son insuficientes para hacer frente al enemigo. Asimismo que nadie pretenda seguir a Cristo y ser disc�pulo suyo si no est� dispuesto a renunciar a todos sus bienes. Tarde o temprano esos bienes le significar�n un estorbo, como ocurri� con el joven rico:<em> �se alej� de Jes�s triste, porque ten�a muchos bienes�</em> (Mt 19,22)<em>.</em> El Evangelio de hoy nos invita a examinar la radicalidad y la coherencia de nuestra adhesi�n a Jes�s. El m�rtir San Ignacio de Antioqu�a en el siglo II conoc�a bien esta definici�n de disc�pulo de Cristo. Por eso cuando era llevado bajo custodia a Roma donde hab�a de sufrir el martirio como pasto de las fieras, escribe a los cristianos de Roma para suplicarles que no hagan ninguna gesti�n que pueda evitarle el martirio, pues teme que para eso haya que transigir en algo de su adhesi�n a Cristo. Y agrega:<em> �M�s bien convenced a las fieras que ellas sean mi tumba y que no dejen nada de mi cuerpo&#8230; Cuando el mundo ya no vea ni siquiera mi cuerpo, entonces ser� verdaderamente disc�pulo de Jesucristo�. </em></p>
<p>+ �<strong> Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>� La salvaci�n, que Jes�s obr� con su muerte y resurrecci�n, es universal. �l es el �nico Redentor e invita a todos al banquete de la vida inmortal. Pero con una �nica e igual condici�n: la de esforzarse en seguirle e imitarle, cargando, como �l hizo, con la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos. �nica y universal, por lo tanto, es esta condici�n para entrar en la vida celestial. El �ltimo d�a �recuerda adem�s Jes�s en el Evangelio- no seremos juzgados seg�n presuntos privilegios, sino seg�n nuestras obras. Los �agentes de iniquidad� ser�n excluidos, mientras que ser�n acogidos cuantos hayan realizado el bien y buscado la justicia, a costa de sacrificios. No bastar� por lo tanto declararse �amigos� de Cristo jact�ndose de falsos m�ritos: �Hemos comido y bebido contigo, y has ense�ado en nuestras plazas� (Lc 13,26). </em></p>
<p><em>La verdadera amistad con Jes�s se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del coraz�n, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empe�o sincero y honesto por la paz y la reconciliaci�n. �ste, podr�amos decir, es el �documento de identidad� que nos cualifica como sus aut�nticos �amigos�; �ste es el �pasaporte� que nos permitir� entrar en la vida eterna. </em></p>
<p><em>Queridos hermanos y hermanas: si queremos tambi�n nosotros pasar por la puerta estrecha, debemos empe�arnos en ser peque�os, esto es, humildes de coraz�n como Jes�s. Como Mar�a, Madre suya y nuestra. Ella en primer lugar, detr�s del Hijo, recorri� el camino de la Cruz y fue elevada a la gloria del Cielo, como recordamos hace algunos d�as. El pueblo cristiano la invoca como</em><em> Ianua Caeli</em> ,<em> Puerta del Cielo. Pid�mosle que nos gu�e, en nuestras elecciones diarias, por el camino que conduce a la �puerta del Cielo�.</em></p>
<p><em>Benedicto XVI. Angelus Domingo 26 de agosto 2007.� </em></p>
<p>&#8216; <strong> Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana</strong></p>
<p><em>1.</em><em> Seguir a Jes�s, es decir llamarse de verdad �cristiano�, tiene un precio. �Amo a Jes�s realmente en primer lugar? �Soy capaz de �renunciar a todo� para seguirlo? �Qu� me impide amarlo m�s? �A qu� debo de renunciar?</em></p>
<p><em>2. Vivir el amor fraterno exige ver en el otro a mi hermano. �Discutamos en familia, c�mo puedo hacer concreto mi amor solidario por mis hermanos, especialmente a los m�s necesitados?</em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 520. 562. 618.1506.1816.1823.1929-1948. </em></p>
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		<title>Volv�</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Sep 2013 14:30:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Varios]]></category>

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		<description><![CDATA[Queridos amigos: Despu�s de un mes un tanto complicado para mi, vuelvo al contacto con ustedes.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Queridos amigos:</p>
<p>Despu�s de un mes un tanto complicado para mi, vuelvo al contacto con ustedes.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Jornada Mundial de la Juventud R�o 2013 El papa a los j�venes argentinos: �quiero l�o en las di�cesis!</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Jul 2013 12:53:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Vaticano]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco]]></category>
		<category><![CDATA[Jornada Mundial de la Juventud]]></category>

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		<description><![CDATA[R�O DE JANEIRO, 25 de julio de 2013 (Zenit.org) &#8211; El santo padre esta ma�ana se ha reunido en la Catedral de R�o de Janeiro con j�venes argentinos, en un encuentro que �l mismo pidi� y que no estaba en el programa oficial. Publicamos a continuaci�n las palabras del papa de una transcripci�n del discurso [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>R�O DE JANEIRO, 25 de julio de 2013 (<a href="http://www.zenit.org?utm_campaign=diariohtml&amp;utm_medium=email&amp;utm_source=dispatch">Zenit.org</a>) &#8211; El santo padre esta ma�ana se ha reunido en la Catedral de R�o de Janeiro con j�venes argentinos, en un encuentro que �l mismo pidi� y que no estaba en el programa oficial.</p>
<p>Publicamos a continuaci�n las palabras del papa de una transcripci�n del discurso improvisado, facilitado por Radio Vaticana.</p>
<p>Gracias, gracias por estar hoy aqu�, por haber venido. Gracias a los que est�n adentro, y muchas gracias a los que est�n afuera, a los treinta mil, me dicen que hay afuera, desde ac� los saludos! Est�n bajo la lluvia. Gracias por el gesto de acercarse, gracias por haber venido a la Jornada de la Juventud.</p>
<p>Yo le suger� al doctor Gasbarri que es el que maneja, que organiza el viaje, si hubiera un lugarcito para encontrarme con ustedes, y al medio d�a ten�a arreglado todo. As� es que tambi�n le quiero agradecer p�blicamente al Doctor Gasbarri, esto que ha logrado hoy.</p>
<p>Quisiera decir una cosa. �Qu� es lo que espero como consecuencia de la Jornada de la Juventud? �Espero l�o! �Que ac� dentro va a haber l�o? �Va a haber! �Que ac� en R�o va a haber l�o? �Va a haber! �Pero quiero l�o en las di�cesis! �Quiero que se salga afuera! �Quiero que la Iglesia salga a la calle! �Quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalaci�n, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos. Las parroquias, los colegios, las instituciones, �son para salir! Si no salen, se convierten en una ONG, y la Iglesia no puede ser una ONG.</p>
<p>Que me perdonen los obispos y los curas, si alguno despu�s les arma l�o a ustedes, pero es el consejo� gracias por lo que puedan hacer. Miren, yo pienso que en este momento, esta civilizaci�n mundial se pas� de rosca, �se pas� de rosca! Porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosof�a y una praxis de exclusi�n de los dos polos de la vida que son las promesas de los pueblos. Y por supuesto, porque uno podr�a pensar, que podr�a haber una especie de eutanasia escondida. Es decir, no se cuida a los ancianos, pero tambi�n est� esta eutanasia cultural: �no se los deja hablar, no se los deja actuar! Y la exclusi�n de los j�venes: El porcentaje que hay de j�venes sin trabajo, sin empleo, �es muy alto! Y es una generaci�n que no tiene la experiencia de la dignidad ganada por el trabajo. O sea, �Esta civilizaci�n nos ha llevado a excluir las dos puntas que son el futuro nuestro!</p>
<p>Entonces, los j�venes tienen que salir, tienen que hacerse valer. Los j�venes tienen que salir a luchar por los valores, �A luchar por los valores! �Y los viejos abran la boca, los ancianos abran la boca y ens��ennos, transm�tannos la sabidur�a de los pueblos! En el Pueblo Argentino, yo se los pido de coraz�n a los ancianos, no claudiquen de ser la reserva cultural de nuestro pueblo que transmite la justicia, que transmite la historia, que transmite los valores, que transmite la memoria de Pueblo. Y ustedes, por favor, �no se metan contra los viejos! �D�jenlos hablar, esc�chenlos, y ll�ven adelante! Pero sepan, sepan que en este momento, ustedes, los j�venes y los ancianos, est�n condenados al mismo destino: exclusi�n! �No se dejen excluir! �Est� claro? Por eso creo que tienen que trabajar.</p>
<p>Y la fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio, es un esc�ndalo. Que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros, �es un esc�ndalo! Y que haya muerto en la cruz, es un esc�ndalo, el esc�ndalo de la Cruz. La Cruz sigue siendo esc�ndalo, pero �es el �nico camino seguro, el de la Cruz, el de Jes�s, la encarnaci�n de Jes�s!</p>
<p>Por favor, �no licuen la fe en Jesucristo! Hay licuado de naranja, licuado de manzana, licuado de banana, pero por favor, �no tomen licuado de fe! �La fe es entera, no se licua! Es la fe en Jes�s. Es la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que me am� y muri� por m�.</p>
<p>Entonces, �H�gan l�o! �Cuiden los extremos del pueblo que son los ancianos y los j�venes! No se dejen excluir, y que no excluyan a los ancianos, segundo, y no licuen la fe en Jesucristo.</p>
<p>�Las Bienaventuranzas! �Qu� tenemos que hacer, padre? Mir�, le� las Bienaventuranzas que te van a venir bien, y si quer�s saber qu� cosa pr�ctica ten�s que hacer, le� Mateo 25, que es el protocolo con el cual nos va juzgar, con esas dos cosas tienen el programa de acci�n: Las Bienaventuranzas y Mateo 25, no necesitan leer otra cosa. �Se los pido de coraz�n!</p>
<p>Bueno, les agradezco ya esta cercan�a, me da pena que est�n enjaulados, pero les digo una cosa. Yo por momentos siento, �qu� feo estar enjaulado! �Se los confieso de coraz�n! Pero bueno� los comprendo! �Me hubiera gustado estar m�s cerca de ustedes, pero comprendo que por raz�n de orden, no se puede.</p>
<p>�Gracias por acercarse, gracias por rezar por m�, se los pido de coraz�n, lo necesito! �Necesito de la oraci�n de ustedes, necesito mucho! �Gracias por eso!</p>
<p>Y bueno, les voy a dar la bendici�n y despu�s vamos a bendecir la imagen de la Virgen que va a recorrer toda la Rep�blica y la Cruz de San Francisco, que van a recorrer misionariamente.</p>
<p>Pero no se olviden, �H�gan l�o! �Cuiden los dos extremos de la vida, los dos extremos de la historia de los pueblos, que son los ancianos y los j�venes! �Y no licuen la fe!</p>
<p>Y ahora vamos a rezar para bendecir la Imagen de la Virgen y darles despu�s la bendici�n a ustedes.</p>
<p>Nos ponemos de pie para la bendici�n, pero antes le quiero agradecer lo que dijo Monse�or Arancedo, que de puro mal educado no se lo agradec�, as� es que gracias por tus palabras�</p>
<p>En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Esp�ritu Santo.</p>
<p>Dios te salve Mar�a, llena eres de gracia, el Se�or est� contigo.</p>
<p>Bendita t� eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jes�s.</p>
<p>Santa Mar�a, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores,</p>
<p>ahora y en la hora de nuestra muerte, Am�n.</p>
<p>Se�or tu dejaste en medio de nosotros a tu Madre para que nos acompa�ara.</p>
<p>Que ella nos cuide, nos proteja en nuestro camino, en nuestro coraz�n, en nuestra fe.</p>
<p>Que ella nos haga disc�pulos, como lo fue ella, y misioneros, como tambi�n lo fue ella.</p>
<p>Que nos ense�e a salir a la calle, que nos ense�e a salir de nosotros mismos.</p>
<p>Bendecimos esta Imagen Se�or, que va a recorrer el Pa�s.</p>
<p>Que ella, con su mansedumbre, con su paz, nos indique el camino.</p>
<p>Se�or, vos sos un esc�ndalo, el esc�ndalo de la Cruz,</p>
<p>una Cruz que es humildad, mansedumbre, una Cruz que nos habla de la cercan�a de Dios.</p>
<p>Bendecimos tambi�n esta Imagen de la Cruz que recorrer� el Pa�s.</p>
<p>�Muchas gracias y nos vemos en estos d�as!</p>
<p>�Que Dios los bendiga y recen por m�, no se olviden!</p>
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		<title>Domingo de la�Semana 16� del Tiempo Ordinario. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Jul 2013 22:16:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[�Mar�a ha elegido la parte buena, que no le ser� quitada� Lectura del libro del G�nesis 18,1-10a � Apareci�sele Yahveh en la encina de Mambr� estando �l sentado a la puerta de su tienda en lo m�s caluroso del d�a. Levant� los ojos y he aqu� que hab�a tres individuos parados a su vera. Como [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="CENTER"><em>�Mar�a ha elegido la parte buena, que no le ser� quitada� </em></p>
<p><strong>Lectura del libro del G�nesis 18,1-10a</strong></p>
<p><strong>�</strong> Apareci�sele Yahveh en la encina de Mambr� estando �l sentado a la puerta de su tienda en lo m�s caluroso del d�a. Levant� los ojos y he aqu� que hab�a tres individuos parados a su vera. Como los vio acudi� desde la puerta de la tienda a recibirlos, y se postr� en tierra, y dijo: &#8220;Se�or m�o, si te he ca�do en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor.� Que traigan un poco de agua y lavaos los pies y recostaos bajo este �rbol, que yo ir� a traer un bocado de pan, y repondr�is fuerzas. Luego pasar�is adelante, que para eso hab�is acertado a pasar a la vera de este servidor vuestro&#8221;. Dijeron ellos: &#8220;Hazlo como has dicho&#8221;.</p>
<p>Abraham se dirigi� presuroso a la tienda, a donde Sara, y le dijo: &#8220;Apresta tres arrobas de harina de s�mola, amasa y haz unas tortas&#8221;. Abraham, por su parte, acudi� a la vacada y apart� un becerro tierno y hermoso, y se lo entreg� al mozo, el cual se apresur� a aderezarlo. Luego tom� cuajada y leche, junto con el becerro que hab�a aderezado, y se lo present�, manteni�ndose en pie delante de ellos bajo el �rbol. As� que hubieron comido dij�ronle: &#8220;�D�nde est� tu mujer Sara?&#8221; &#8211; &#8220;Ah�, en la tienda&#8221;, contest�. Dijo entonces aqu�l: &#8220;Volver� sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendr� un hijo&#8221;.</p>
<p><strong>Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1, 24-28 </strong></p>
<p><strong>�</strong> Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, de la cual he llegado a ser ministro, conforme a la misi�n que Dios me concedi� en orden a vosotros para dar cumplimiento a la Palabra de Dios, al Misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cu�l es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria, al cual nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabidur�a, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo.<strong>�</strong></p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Lucas 10, 38- 42</strong></p>
<p>�Yendo ellos de camino, entr� en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibi� en su casa. Ten�a ella una hermana llamada Mar�a, que, sentada a los pies del Se�or, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acerc�ndose, pues, dijo: &#8220;Se�or, �no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude&#8221;. Le respondi� el Se�or: &#8220;Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. Mar�a ha elegido la parte buena, que no le ser� quitada&#8221;.�</p>
<p><strong>Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p><strong>El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>Partiendo de un humilde gesto de hospitalidad, com�n a� la Primera Lectura y al Evangelio, se trasciende en ambos casos la escena en cuesti�n para alcanzar el nivel de la fe que acoge al Se�or que est� de paso. En la Primera Lectura, se nos habla de Abraham que, en pleno bochorno producido por el calor del mediod�a, ofrece un hospedaje espl�ndido a tres misteriosos personajes recibiendo la bendici�n divina de un descendiente.</p>
<p>En la lectura del Evangelio, Marta acoge a Jes�s y a sus disc�pulos en su casa. Mar�a, su hermana, por otro lado acoge como disc�pula atenta la Palabra de Jes�s en su coraz�n. El texto de la carta a los Colosenses presenta a Pablo que acoge en su cuerpo y en su alma a Jes�s Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia.</p>
<p><strong>�Se�or, no pases de largo junto a tu siervo�</strong></p>
<p>Ninguna de las dos hermanas, cada una a su estilo, dej� de pasar a Jes�s, igual que no dej� pasar de largo a Dios el patriarca Abraham, como leemos en el libro del G�nesis. Narraci�n hermosa pero ciertamente� dif�cil de entender, en que Abraham cambia del singular al plural para hablar con el Se�or, presente en la aparici�n de los tres misteriosos hombres. La hospitalidad de Abraham es alabada por San Jer�nimo ya que trata a los tres desconocidos como si fuesen sus hermanos. Abraham no encomienda el servicio a sus criados o siervos, disminuyendo el bien que les hac�a, sino que �l mismo y su mujer los serv�an.</p>
<p>�l mismo lavaba los pies de los peregrinos, �l mismo tra�a sobre sus propios hombros el becerro gordo de la manada. Cuando los hu�spedes estaban comiendo, �l se manten�a de pie, como uno de sus criados y, sin comer, pon�a en la mesa los manjares que Sara hab�a preparado con sus propias manos. Al final de la comida Abraham, que ya ten�a de Dios la promesa de una tierra en posesi�n, recibe ahora ya anciano, como su esposa Sara, la noticia de un futuro descendiente. Algunos escritores de la antig�edad, entre ellos San Ambrosio y San Agust�n han visto en los tres personajes, un anticipo de la Trinidad:�<em>�Abrah�n vi� a tres y ador� a uno s�lo�</em> <em> (San Agust�n).</em> Inspirados en este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Sant�sima Trinidad, preferentemente como tres j�venes de igual figura y aspecto.</p>
<p><strong> �Marta, Marta, est�s ansiosa e inquieta por muchas cosas�</strong></p>
<p>Esta observaci�n que Jes�s dice a Marta, deber�a despertar nuestra atenci�n. En efecto, parece dirigida a cada uno de nosotros inmersos en una sociedad donde lo que vale, lo que se aprecia, lo que se entiende es lo eficiente y lo �til. Es signo de importancia estar siempre �muy ocupado� y dar siempre la impresi�n de que uno dispone de muy poco tiempo porque tiene mucho que hacer. Cuando se saluda a alguien no se le pregunta por la salud o por los suyos; es de buen gusto preguntarle: ��Mucho trabajo?�. Como Marta, tambi�n nosotros nos preocupamos e inquietamos por muchas cosas que creemos importantes e imprescindibles.</p>
<p>Pero Jes�s agrega:<em> �Y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola�.</em> Las palabras que Jes�s dirige a Marta encierran un reproche ya que establece un contraste entre las �muchas cosas� que preocupaban a Marta y la ��nica cosa� necesaria, de la cual, en cambio, ella no se preocupaba. Fuera de esta �nica cosa necesaria, todo es prescindible, es menos importante, es superfluo. �Cu�l es esta �nica cosa necesaria? �Es necesaria para qu�? Para responder a estas preguntas debemos fijarnos en la situaci�n concreta que motiv� la afirmaci�n de Jes�s.</p>
<p><strong>Los amigos de Jes�s</strong></p>
<p>Marta y Mar�a, junto con su hermano L�zaro, ten�an la suerte de gozar de la amistad de Jes�s. Cuando alguien se quiere recomendar comienza a insinuar su relaci�n m�s o menos cercana con grandes personajes; �qui�n puede pretender una recomendaci�n mayor que la de estos tres hermanos? Acerca de ellos el Evangelio dice:<em> �Jes�s amaba a Marta, a su hermana y a L�zaro� (Jn 11,5).</em> �Marta es mencionada en primer lugar, antes que L�zaro! Estando de camino, Jes�s entr� en Betania; y Marta, lo recibe en su casa. Por otro lado<em> �Mar�a, sentada a los pies del Se�or, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres�</em> . Para Marta Jes�s era un hu�sped al que hay que obsequiar con alojamiento y alimento; para Mar�a Jes�s es �el Se�or�, el Maestro, al que hay que obsequiar con la atenci�n a su Palabra y la adhesi�n total a ella. Marta entonces reclama:<em> �Se�or, �no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude�</em> . �Qu� lejos est� Marta de entender! En realidad, lo que a Jes�s le importa es que, estando �l presente y pronunciando esas<em> �palabras de vida eterna�</em> que s�lo �l tiene, Marta est� preocup�ndose de otra cosa,<em> �atareada en muchos quehaceres�.</em> �Qu� hac�a Marta?� �Mucho que hacer� es la expresi�n m�s corriente del hombre moderno; por eso los hombres importantes suelen ser llamados �ejecutivos�, es decir, que tienen mucho que ejecutar.</p>
<p>Lejos de atender el reclamo de Marta, Jes�s defiende la actitud de Mar�a. Ella hab�a optado por la �nica cosa necesaria y �sa no le ser� quitada. Lo �nico necesario es detenerse a escuchar la palabra de Jes�s, y acogerla como Palabra de Dios. Y es necesario para alcanzar la vida eterna, es decir, el fin para el cual el hombre ha sido creado y puesto en este mundo. Si el hombre alcanza todas las dem�s cosas, pero pierde la vida eterna, quedar� eternamente frustrado. A esto se refiere Jes�s cuando pregunta:<em> ��De qu� le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?�</em> (Mc 8,36)<em>.</em> Mar�a comprend�a esta otra afirmaci�n de Jes�s:<em> �Sin m� no pod�is hacer nada�</em> (Jn 15,5) y sab�a que �l es lo �nico necesario; que se puede prescindir de todo lo dem�s, con tal de tenerlo a �l. �Una sola cosa es necesaria!</p>
<p>En el Antiguo Testamento ya se hab�a comprendido esta verdad y se oraba as�:<em> �Una sola cosa he pedido al Se�or, una sola cosa estoy buscando: habitar en la casa del Se�or, todos los d�as de mi vida, para gustar de la dulzura del Se�or�</em> (Sal 27,4). Pero llegada la revelaci�n plena en Jesucristo sabemos que esa �nica cosa necesaria se prolonga no s�lo en el espacio de esta vida, sino por la eternidad. Es la ense�anza que Jes�s da a la misma Marta:<em> �Yo soy la resurrecci�n. El que cree en m�, aunque muera vivir�; y todo el que vive y cree en m�, no morir� jam�s�</em> (Jn 11,25-26).</p>
<p><strong> �No tengo tiempo&#8230;!</strong></p>
<p>Se oye decir a menudo a muchas personas que no pueden santificar el D�a del Se�or y participar de la Santa Misa, porque �tienen mucho que hacer, mucho trabajo&#8230;no tienen tiempo�. Son un poco como Marta. No entienden que Jesucristo les quiere dar el alimento de vida eterna de su Palabra y de su Sant�simo Cuerpo pero prefieren �el alimento� perecible de esta tierra. No sabemos c�mo reaccion� Marta ante la suave reprensi�n de Jes�s.</p>
<p>Pero ojal� todos reaccion�ramos como aquella samaritana a quien Jes�s pidi� de beber. Jes�s la consider� capaz de entender y le dice:<em> �Si conocieras el don de Dios, y qui�n es el que te dice: &#8216;Dame de beber&#8217;, t� le habr�as pedido a �l, y �l te habr�a dado agua viva�</em> (Jn 4,10). A esa mujer se le olvid� el jarro y el pozo y todo, y exclam�:<em> �Se�or, dame de esa agua�</em> (Jn 4,15). Pidi� lo �nico realmente necesario.</p>
<p><strong>�Qu� nos dice San Agust�n de este pasaje?� </strong></p>
<p><em>�</em><em>Marta y Mar�a eran dos hermanas, unidas no s�lo por su parentesco de sangre, sino tambi�n por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Se�or, ambas le serv�an durante su vida mortal con id�ntico fervor. Marta lo hosped�, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Se�or, una enferma al Salvador, una creatura al Creador. ..As�, pues, el Se�or fue recibido en calidad de hu�sped, �l, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirti�ndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirti�ndolos en coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: �Dichosos los que pudieron hospedar al Se�or en su propia casa.�&#8230;Por lo dem�s, t�, Marta �dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios�, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. </em></p>
<p><em>Ahora est�s ocupada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero �por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallar�s peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar? Todo esto all� ya no existir�; all� s�lo habr� lo que Mar�a ha elegido: all� seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los dem�s. Por esto, all� alcanzar� su plenitud y perfecci�n lo que aqu� ha elegido Mar�a, la que recogi� las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Se�or. �Quieres saber lo que all� ocurrir�? Dice el mismo Se�or, refiri�ndose a sus siervos: Os aseguro que se pondr� de faena, los har� sentar a la mesa y se prestar� a servirlos�</em> (San Agust�n, Serm�n 103, 1�2. 6).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>�Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros&#8230;�</strong></p>
<p>Recibir y acoger a Jesucristo, es darle cabida en nuestra vida, es aceptar el misterio de su Persona en su totalidad; y el dolor humano, propio y ajeno, hace parte de ese misterio redentor, pues se asocia uno a la Pasi�n de Jesucristo, como leemos en la carta a los Colosenses:<em> �</em><em>completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia�. </em></p>
<p>Ciertamente Pablo no pretende a�adir nada al valor propiamente redentor de la Cruz de Jes�s al que nada le falta; pero se asocia, c�mo debemos hacer cada uno de nosotros, a las � <span lang="es-pe">tribulaciones� de Jes�s; es decir a los dolores propios de la era mesi�nica que �l ha inaugurado:<em><span lang="es-pe"> �Desde los d�as de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de Dios sufre violencia� (</span></em> <span lang="es-pe">Mt 11, 12)<em><span lang="es-pe"> .</span></em> <span lang="es-pe"> � </span></span></span></p>
<p>+ �<strong> Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>�</em><em>Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos �remar mar adentro�, confiando en la palabra de Cristo: �Duc in altum! Lo que hemos hecho este a�o no puede justificar una sensaci�n de dejadez y menos a�n llevarnos a una actitud de desinter�s. Al contrario, las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empuj�ndonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jes�s mismo nos lo advierte: �Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atr�s, no sirve para el Reino de Dios� (Lc 9,62). </em></p>
<p><em>En la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atr�s, y menos para dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera y por eso tenemos que emprender una eficaz programaci�n pastoral postjubilar. Sin embargo, es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, est� fundado en la contemplaci�n y en la oraci�n. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo f�cil del �hacer por hacer�. Tenemos que resistir a esta tentaci�n, buscando �ser� antes que �hacer�. Recordemos a este respecto el reproche de Jes�s a Marta: �T� te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo s�lo una es necesaria� (Lc 10,41-42)�</em></p>
<p><em>Juan Pablo II, Carta Enc�clica Novo Millennio Ineunte, 15</em></p>
<p>&#8216; �<strong> Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.� </strong></p>
<p><em>1. �Por qu� cosas realmente me inquieto? �Son por las cosas del Se�or? �D�nde est� realmente mi coraz�n? </em></p>
<p><em>2.� Nuestra acci�n debe de fundamentarse en el encuentro con el Se�or. �En qu� espacios y tiempos me encuentro con el Se�or? �Soy atento a su Palabra? �Me alimento de ella? �Mi actuar responde a mi encuentro con el Se�or?� </em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 2031.2074. 2180- 2188. 2725 &#8211; 2728� </em></p>
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		<title>EL PAPA, EL PERD�N DE LOS PECADOS Y TWITTER</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Jul 2013 22:07:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Vaticano]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco]]></category>
		<category><![CDATA[papa]]></category>
		<category><![CDATA[pecados]]></category>
		<category><![CDATA[Twitter]]></category>

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		<description><![CDATA[Queridos amigos, en los �ltimos d�as se han difundido noticias confusas que, en sus titulares, dicen algo as� como �El Papa Francisco perdonar� los pecados v�a Twitter�. Algunos de ustedes nos han pedido aclaraciones. Esperamos serles �tiles con este post. Les pedimos por favor que compartan y difundan esta aclaraci�n, bastante necesaria en medio de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Queridos amigos, en los �ltimos d�as se han difundido noticias confusas que, en sus titulares, dicen algo as� como �El Papa Francisco perdonar� los pecados v�a Twitter�. Algunos de ustedes nos han pedido aclaraciones. Esperamos serles �tiles con este post. Les pedimos por favor que compartan y difundan esta aclaraci�n, bastante necesaria en medio de la confusi�n creada por algunos medios.</p>
<p>Con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de Rio de Janeiro (Brasil, 22 al 28 de julio), el Papa Francisco conceder� a los fieles indulgencias especiales. Esto mismo hicieron tambi�n sus predecesores en otras Jornadas Mundiales. La novedad reside en que tambi�n podr�n obtener estas indulgencias los fieles que no puedan asistir a los actos en Brasil, pero que participen espiritualmente en las sacras funciones a trav�s de la televisi�n, la radio o LOS NUEVOS MEDIOS DE COMUNICACI�N SOCIAL (por ejemplo, Internet) mediante las transmisiones en directo. Como ver�n, de ah� a decir que el Papa perdonar� los pecados por Twitter hay mucha diferencia. Pero sigamos adelante.</p>
<p>El arzobispo Mons. Claudio Maria Celli, presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales y de News.va, explica: �No basta asistir on line a la misa de Rio, seguir al Papa Francisco en el propio IPad, tel�fono u ordenador: �stos son solo instrumentos a disposici�n de la fe. Lo que cuenta realmente es que estas transmisiones produzcan aut�nticos frutos espirituales en el coraz�n de cada uno. Es entonces cuando la persona que asiste a los actos lejos de Brasil se siente implicada, participa verdaderamente a la JMJ y obtiene el don de la indulgencia�.</p>
<p><strong> �QU� ES LA INDULGENCIA Y C�MO OBTENERLA?</strong></p>
<p>Aclaramos que la indulgencia es �la remisi�n ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediaci�n de la Iglesia� (Catecismo de la Iglesia Cat�lica). Es decir, CON LA INDULGENCIA NO SE PERDONAN LOS PECADOS: LOS PECADOS SE PERDONAN EN EL SACRAMENTO DE LA CONFESI�N. Pero aunque los pecados sean perdonados en este sacramento, queda a�n la llamada �pena temporal�. Esta pena ha de purgarse en esta vida o en la otra (en el purgatorio), para que el fiel cristiano quede libre de los rastros que el pecado ha dejado en su vida. La indulgencia es un perd�n gratuito de estas penas temporales.</p>
<p>Durante la Jornada Mundial de la Juventud, los j�venes y todos los fieles adecuadamente preparados obtendr�n la INDULGENCIA PLENARIA (el perd�n de toda la pena temporal), una vez al d�a y con las condiciones habituales (confesi�n sacramental, comuni�n eucar�stica y oraci�n por las intenciones del Papa), aplicable por ellos mismos o por las almas de los fieles difuntos, si participan en los ritos y ejercicios p�os que tengan lugar en R�o de Janeiro. Veamos con m�s detalle las condiciones, tal y como las especifica la Penitenciar�a Apost�lica Vaticana:</p>
<p>La indulgencia plenaria s�lo se puede obtener una vez al d�a. Pero, para conseguirla, adem�s del estado de gracia, es necesario que el fiel:</p>
<p>&#8211; tenga la disposici�n interior de un desapego total del pecado, incluso venial;<br />
&#8211; se confiese sacramentalme&#1087;te de sus pecados;<br />
&#8211; reciba la sagrada Eucarist�a (ciertamente, es mejor recibirla participando en la santa misa, pero para la indulgencia s�lo es necesaria la sagrada Comuni�n);<br />
&#8211; ore por las intenciones del Papa.</p>
<p>Es conveniente, pero no necesario, que la confesi�n sacramental, y especialmente la sagrada Comuni�n y la oraci�n por las intenciones del Papa, se hagan el mismo d�a en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos d�as (unos veinte) antes o despu�s del acto indulgenciado. La oraci�n por las intenciones del Papa queda a elecci�n de los fieles, pero se sugiere un �Padrenuestro� y un �Avemar�a�. Para varias indulgencias plenarias basta una confesi�n sacramental, pero para cada indulgencia plenaria se requiere una distinta sagrada Comuni�n y una distinta oraci�n por las intenciones del Santo Padre.</p>
<p>Los fieles con impedimento leg�timo (quienes no pueden estar presentes en Rio por causas razonables) podr�n obtener la indulgencia plenaria si -con las habituales condiciones espirituales, sacramentales y de oraci�n, con el prop�sito de fidelidad al Papa- participan espiritualmente en las sacras funciones en los d�as establecidos mientras �stas tienen lugar, a trav�s de la televisi�n y la radio o con los nuevos medios de comunicaci�n social.</p>
<p>Se concede la INDULGENCIA PARCIAL (el perd�n de una parte de la pena temporal) a los fieles, en cualquier lugar en el que se encuentren durante dicho encuentro, siempre que con �nimo contrito recen a Dios, concluyendo con la oraci�n oficial de la Jornada Mundial de la Juventud e invoquen a la Bienaventurada Virgen Mar�a, Reina de Brasil, bajo el t�tulo de �Nuestra Se�ora de la Concepci�n Aparecida�, adem�s de a los otros patronos e intercesores del mismo encuentro, para que impulsen a los j�venes a que se refuercen en la fe y a llevar una vida santa.</p>
<p style="text-align: right;">Fuente: <a id="js_17" href="https://www.facebook.com/news.va.es?ref=stream" data-ft="{&quot;tn&quot;:&quot;P&quot;}" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=261761113834934">News.va Espa�ol</a></p>
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		<title>Sticky: Primera enc�clica de Francisco</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jul 2013 17:33:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Vaticano]]></category>
		<category><![CDATA[enc�clica]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco]]></category>
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		<description><![CDATA[Compartimos con mucha alegr�a con nuestros suscriptores la primera enc�clica del Papa Francisco LUMEN FIDEI (Luz de la Fe). Haga CLIC AQU� para acceder al documento.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div class="sticky-post"><p>Compartimos con mucha alegr�a con nuestros suscriptores la primera enc�clica del Papa Francisco LUMEN FIDEI (Luz de la Fe).</p>
<p><a href="http://stq12.com.ar/track/link?s=c7bb709677f77748c0bd11ef93ee546c&amp;AdministratorID=9753&amp;MemberID=1&amp;CampaignID=97&amp;CampaignStatisticsID=59&amp;URL=http%3A%2F%2Fwww.vatican.va%2Fholy_father%2Ffrancesco%2Fencyclicals%2Fdocuments%2Fpapa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei_sp.html%3Futm_source%3Demail_marketing%26utm_admin%3D9753%26utm_medium%3Demail%26utm_campaign%3DPrimera_en%26mkt_hm%3D11&amp;Demo=0&amp;Name=&amp;v=6&amp;mkt_hm=11" target="_blank"> <img alt="" src="http://www.episcopado.org/boletin/lumen_fidei.jpg" width="484" height="172" border="0" /></a></p>
<p>Haga <a href="http://stq12.com.ar/track/link?s=c7bb709677f77748c0bd11ef93ee546c&amp;AdministratorID=9753&amp;MemberID=1&amp;CampaignID=97&amp;CampaignStatisticsID=59&amp;URL=http%3A%2F%2Fwww.vatican.va%2Fholy_father%2Ffrancesco%2Fencyclicals%2Fdocuments%2Fpapa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei_sp.html%3Futm_source%3Demail_marketing%26utm_admin%3D9753%26utm_medium%3Demail%26utm_campaign%3DPrimera_en%26mkt_hm%3D12&amp;Demo=0&amp;Name=&amp;v=6&amp;mkt_hm=12" target="_blank">CLIC AQU�</a> para acceder al documento.</p>
</div>
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		<title>Domingo de la�Semana 14� del Tiempo Ordinario. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jul 2013 17:48:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[Lectura del profeta Isa�as 66, 10- 14c � Alegraos, Jerusal�n, y regocijaos por ella todos los que la am�is, llenaos de alegr�a por ella todos los que por ella hac�ais duelo; de modo que mam�is y os hart�is del seno de sus consuelos, de modo que chup�is y os deleit�is de los pechos de su [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Lectura del profeta Isa�as 66, 10- 14c</strong></p>
<p><strong>�</strong> Alegraos, Jerusal�n, y regocijaos por ella todos los que la am�is, llenaos de alegr�a por ella todos los que por ella hac�ais duelo; de modo que mam�is y os hart�is del seno de sus consuelos, de modo que chup�is y os deleit�is de los pechos de su gloria.� Porque as� dice Yahveh: Mirad que yo tiendo hacia ella, como r�o la paz, y como raudal desbordante la gloria de las naciones, ser�is alimentados, en brazos ser�is llevados y sobre las rodillas ser�is acariciados.� Como uno a quien su madre le consuela, as� yo os consolar� (y por Jerusal�n ser�is consolados). Al verlo se os regocijar� el coraz�n, vuestros huesos como el c�sped florecer�n, la mano de Yahveh se dar� a conocer a sus siervos�.</p>
<p><strong>Lectura de la carta de San Pablo a los G�latas 6, 14-18</strong></p>
<p><strong>�</strong> En cuanto a m� �Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Se�or Jesucristo, por la cual el mundo es para m� un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Porque nada cuenta ni la circuncisi�n, ni la incircuncisi�n, sino la creaci�n nueva. Y para todos los que se sometan a esta regla, paz y misericordia, lo mismo que para el Israel de Dios. En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las se�ales de Jes�s. Hermanos, que la gracia de nuestro Se�or Jesucristo sea con vuestro esp�ritu. Am�n.<strong>�</strong></p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Lucas 10, 1-12.17-20 </strong></p>
<p>�Despu�s de esto, design� el Se�or a otros setenta y dos, y los envi� de dos en dos delante de s�, a todas las ciudades y sitios a donde �l hab�a de ir. Y les dijo: &#8220;La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Due�o de la mies que env�e obreros a su mies. Id; mirad que os env�o como corderos en medio de lobos. No llev�is bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no salud�is a nadie en el camino. En la casa en que entr�is, decid primero: &#8220;Paz a esta casa.&#8221; Y si hubiere all� un hijo de paz, vuestra paz reposar� sobre �l; si no, se volver� a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vay�is de casa en casa.</p>
<p>En la ciudad en que entr�is y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: &#8220;El Reino de Dios est� cerca de vosotros.&#8221; En la ciudad en que entr�is y no os reciban, salid a sus plazas y decid: &#8220;Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios est� cerca.&#8221; Os digo que en aquel D�a habr� menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad. Regresaron los setenta y dos alegres, diciendo: &#8220;Se�or, hasta los demonios se nos someten en tu nombre&#8221;. El les dijo: &#8220;Yo ve�a a Satan�s caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podr� hacer da�o; pero no os alegr�is de que los esp�ritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres est�n escritos en los cielos&#8221;.�</p>
<p><strong> Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p>z<strong> El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>�Qu� es la alegr�a? �Cu�l es la verdadera alegr�a y de qu� depende? �Sabemos d�nde encontrarla? El fin de la misi�n de los setenta y dos disc�pulos no es el �xito conseguido, sino el que<em> �sus nombres est�n escritos en el cielo�</em> y eso es lo que debe realmente alegrarlos (Evangelio). Isa�as ve anticipadamente el fin de todos sus sue�os: la ciudad de Jerusal�n que re�ne a todos sus hijos, como una madre y eso llenar� su coraz�n de alegr�a (Primera Lectura). La existencia cristiana no tiene otro fin sino encarnar en s� mismo la vida de Cristo, especialmente en el misterio de la muerte para la vida. Esto es lo que nos ense�a San Pablo con su palabra y con su vida (Segunda Lectura).</p>
<p><strong> La misi�n de los Doce y de los setenta y dos&#8230;</strong></p>
<p>Leemos en el comienzo del Evangelio de hoy:<em> �Despu�s de esto, design� el Se�or a otros setenta y dos, y los envi� de dos en dos delante de s�, a todas las ciudades y sitios a donde iba a ir �l�.</em> El pasaje sucede inmediatamente despu�s de haber dejado en claro Jes�s cu�les son las exigencias que �l pide para seguirlo (Ver 9, 57-62). San Lucas habla de<em> �otros setenta y dos�.</em> ��Otros� respecto de qui�nes? Una primera respuesta es que �stos son �otros� respecto de los doce ap�stoles, a quienes Jes�s ya hab�a designado y enviado. En efecto, al comienzo del cap�tulo 9 leemos:<em> �Convocando a los Doce, Jes�s les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envi� a proclamar el Reino de Dios y a curar� (Lc 9,1-2)</em> .</p>
<p>Pero es muy interesante resaltar que las instrucciones que da a los Doce y a los setenta y dos son las mismas:<em> �No llev�is bolsa, ni alforja, ni sandalias&#8230; Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan&#8230; no vay�is de casa en casa&#8230; En la ciudad en que entr�is y no os reciban, salid a sus plazas y decid: &#8216;Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos�&#8221;.</em> Y el contenido del mensaje tambi�n es el mismo. En el caso de los Doce, Jes�s los mand� cuando a�n estaba en Galilea y no hab�a comenzado su ascensi�n a Jerusal�n. A �stos<em> �los envi� a proclamar el Reino de Dios� (Lc 9,2).</em> A los setenta y dos, en cambio, los mand� delante de s� cuando ya iba camino de Jerusal�n, y les encomend� esta misi�n:<em> �Curad los enfermos&#8230; y decidles: &#8216;El Reino de Dios est� cerca de vosotros&#8217;�.</em> Incluso all� donde no fueran recibidos, y tuvieran que marcharse sacudi�ndose el polvo de los pies, deb�an agregar:<em> �Sabed, con todo, que el Reino de Dios est� cerca�.</em> El contenido del mensaje es siempre el mismo:<em> �el Reino de Dios ya est� cerca�</em> .</p>
<p>�Cu�l es la misi�n que Jes�s encomienda a sus enviados?<em>�Curar enfermos, expulsar demonios y anunciar el Reino de Dios�</em> . Y para esta misi�n Jes�s los provey� de �poder�. Respecto de los Doce Jes�s les da autoridad y poder sobre todos los demonios. Respecto de los setenta y dos, cuando volvieron donde Jes�s, alegres, �l les dice:<em> �Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podr� hacer da�o�.</em> La misi�n y el poder confiado a los disc�pulos son la misi�n y el poder del Se�or Jes�s. Ellos, dondequiera que llegaran, deber�an ser �otros cristos�. Ya en vida de Jes�s, los ap�stoles y los setenta y dos se hab�an ejercitado en lo que deber�an continuar haciendo una vez que Jes�s hubiera ascendido al cielo. Esta es la misi�n que Jes�s mismo ha encomendado a la Iglesia y as� lo ha hecho hasta los d�as de hoy. Gradualmente el anuncio del Reino de Dios, se transform� en un anuncio de Jes�s mismo, de su vida, de sus milagros y de sus palabras. Sucesivamente todo eso se puso por escrito y as� nacieron nuestros cuatro Evangelios.</p>
<p><strong> �Por qu� setenta y dos mensajeros? </strong></p>
<p>Hemos dicho que los �otros setenta y dos� son �otros� respecto de los doce ap�stoles; pero deben entenderse tambi�n como �otros� en relaci�n a las tres vocaciones inmediatamente precedentes. All� se habla con m�s detenci�n de esos tres; pero<em> �el Se�or design� a otros setenta y dos�</em> . Y �stos est�n dispuestos a seguir a Jes�s dondequiera que vaya, aunque, al igual que su Maestro, no tengan donde reclinar la cabeza; �stos dejan que los muertos entierren a sus muertos, pero ellos se van a anunciar el Reino de Dios; �stos son los que ponen la mano en el arado y no miran hacia atr�s y por eso son aptos para anunciar el Reino de Dios. �Por qu� envi� Jes�s precisamente 72 mensajeros y no otro n�mero? La pregunta es v�lida porque este n�mero es fluctuante; entre los antiguos c�dices que contienen el Evangelio de San Lucas unos dicen 72 y otros igualmente numerosos dicen 70. Si buscamos otro lugar de la Biblia donde exista igual fluctuaci�n entre estos mismos n�meros, lo encontramos en Gen 10. All� se trata de las naciones que pueblan toda la tierra:<em> �Esta es la descendencia de los hijos de No�, Sem, Cam y Jafet, a quienes les nacieron hijos despu�s del diluvio�</em> (Gen 10,1). Cada uno de esos hijos da origen a una naci�n. Seg�n la Biblia hebrea, el n�mero de todos esos hijos es 70; seg�n la versi�n griega que circulaba en el tiempo de Jes�s (la versi�n de los LXX ), el n�mero de ellos es 72. Por otro lado, el episodio de los 72 enviados aparece s�lo en el Evangelio de San Lucas que, como sabemos, no era jud�o y, por eso es m�s sensible a la evangelizaci�n de naciones paganas . Todo esto nos permite concluir que el n�mero 72 ha sido elegido por su valor simb�lico; significa que la misi�n encomendada por Jes�s a sus disc�pulos es universal, debe alcanzar a todas las naciones de la tierra.</p>
<p>�<strong> �Alegraos de que vuestros nombres est�n inscritos en los cielos!� </strong></p>
<p>Los setenta y dos mensajeros de Jes�s est�n contentos de la misi�n cumplida y vuelven donde Jes�s para contarle sus proezas misioneras. Jes�s les escucha con paciencia, pero a la vez les hace caer en la cuenta de algo importante: las haza�as misioneras de las cuales han sido protagonistas no tienen valor en s� mismas; lo que realmente vale y nos debe alegrar profundamente es nuestro destino eterno con el Dios de la vida. Esta b�squeda gozosa del verdadero fin de la existencia explica y da sentido a la alegr�a, en s� leg�tima y razonable, por los �xitos apost�licos, al igual que a las penalidades y adversidades propias de vida cristiana.</p>
<p>El disc�pulo de Jes�s, en efecto, no predica realidades sensiblemente captables y atractivas. Predica que el Reino de Dios ya ha llegado, predica la paz y la reconciliaci�n a los corazones sedientos de amor, predica en medio de un mundo no pocas veces hostil y reacio a los valores del Reino, predica vali�ndose y poniendo su confianza m�s que en los medios humanos en la fuerza que viene de lo alto. Indudablemente, �el �xito� como par�metro del trabajo apost�lico no es un elemento esencial. �Qu� diferente de los criterios del mundo!</p>
<p><strong> La� madre de la consolaci�n, de la paz y de la reconciliaci�n</strong></p>
<p>Cuando Isa�as, despu�s del exilio, escribe este bell�simo texto, los jud�os se encontraban dispersos por� todo el imperio persa y por el Mediterr�neo. El profeta, bajo la acci�n del Esp�ritu de Dios, sue�a con un pueblo unido y unificado en la ciudad m�stica de Jerusal�n. Con ojo avizor mira hacia el futuro y prev� po�ticamente el momento gozoso de la reunificaci�n. Lo hace recurriendo a la imagen de una madre de familia que re�ne en torno a s� a todos sus hijos. Tiene tiernamente en sus brazos al m�s peque�o y lo alimenta de su propio pecho.</p>
<p>Todos, al reunirse de nuevo con la madre, se llenan de consuelo y se sienten inundados por una grande paz. Esta Jerusal�n, madre de la consolaci�n y de la paz; simboliza al Dios del consuelo, simboliza a Cristo, que es nuestra paz y reconciliaci�n, simboliza a la Iglesia en cuyo seno todos somos hermanos y de cuyo amor brota la paz de Cristo que dura para siempre. La Iglesia, la de hoy y la de siempre, es en su esencia, la madre de la paz y de la reconciliaci�n y anhela que todos seamos nuevamente �uno en el Se�or�.</p>
<p><strong>� �Llevo en m� las se�ales de Cristo� </strong></p>
<p>Para un cristiano, nos dice San Pablo, carece de valor estar o no circuncidado, lo �nico valedero es ser una �criatura nueva� en Cristo Jes�s. Todo ha de estar subordinado a la consecuci�n de este fin. San Pablo es consciente de haberlo conseguido, pues lleva en su cuerpo las se�ales de Jes�s.</p>
<p>Es decir, lleva en todo su ser una se�al de pertenecer a Jes�s, como el esclavo llevaba una se�al de pertenencia a su patr�n, o, como en las religiones mist�ricas, el iniciado llevaba en s� una se�al de pertenencia a su dios. Como San Pablo, as� debemos ser todos los cristianos, por eso puede decirnos:<em> �Sed imitadores m�os, como yo lo soy de Cristo�.</em> Este es, adem�s, el fin de la misi�n de Jesucristo: que el hombre haga suya la reconciliaci�n que nos ha tra�do y a manifestar a los dem�s con nuestros actos y palabras que �somos de Dios�.</p>
<p>+ �<strong> Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>�En cuanto a m� �Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Se�or Jesucristo��(ver</em><em> Gl</em><em> 6, 14). Las palabras de San Pablo a los G�latas, que acabamos de escuchar, se adaptan bien a la experiencia humana y espiritual de Teresa Benedicta de la Cruz</em><em>, que hoy es solemnemente inscrita en el libro de los santos. Tambi�n ella puede repetir con el Ap�stol: �en cuanto a mi, que Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Se�or Jesucristo! </em></p>
<p><em>En su constante florecimiento, el �rbol de la Cruz siempre da frutos nuevos de salvaci�n. Por eso, los fieles miran con confianza hacia la Cruz, obteniendo de su misterio de amor el coraje y el vigor para caminar en fidelidad a las huellas de Cristo crucificado y resucitado. As�, el mensaje de la Cruz entr� en el coraz�n de muchos hombres y mujeres, transformando su existencia. </em></p>
<p><em>Un ejemplo elocuente de esta extraordinaria renovaci�n interior es la experiencia espiritual de Edith Stein.</em><em> Una joven en b�squeda de la verdad,</em><em> gracias al trabajo silencioso de la gracia divina, lleg� a ser santa y m�rtir: es Teresa Benedicta de la Cruz, que hoy, desde el cielo, nos repite a todos las palabras que marcaron su existencia: �En cuanto a m� �Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Se�or Jesucristo!�.</em></p>
<p><em>Juan Pablo II. Homil�a en la misa de canonizaci�n de Edith Stein, 11 de octubre de 1998</em></p>
<p>&#8216; �<strong> Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.� </strong></p>
<p><em>1. �La vocaci�n cristiana, por su misma naturaleza, es tambi�n vocaci�n al apostolado� (C�digo de Derecho Can�nico, 863). Todos estamos llamados a ser ap�stoles y mensajeros del Se�or. �De qu� manera ejerzo mi apostolado? �En mi familia, en el trabajo, en qu� situaciones concretas soy �enviado del Se�or�? </em></p>
<p><em>2. Santo Tom�s de Aquino define la alegr�a como el primer efecto del amor y, por lo tanto de la entrega. Se podr�a decir que existen tantas clases de alegr�a como clases de amor. Sin embargo la alegr�a de amar a Dios no puede compararse con ninguna otra. San Atanasio nos dice que: �los santos, mientras viv�an en este mundo, estaban siempre alegres, como si estuvieran celebrando la Pascua�. �C�mo vivo yo la verdadera alegr�a en mi vida cotidiana? �Doy testimonio de ella?��� </em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 543-556. 858-860. </em></p>
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		<title>Intenciones de oraci�n del papa para el mes de julio</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jul 2013 17:41:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Oraciones]]></category>
		<category><![CDATA[Vaticano]]></category>

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		<description><![CDATA[Ciudad del Vaticano, 28 junio 2013 (VIS).- La intenci�n general del apostolado de la oraci�n del Papa para el mes de julio es: �Que la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil anime a todos los j�venes cristianos a hacerse disc�pulos y misioneros del Evangelio�. Su intenci�n misionera es: �Que en toda Asia se abran [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Ciudad del Vaticano, 28 junio 2013 (VIS).- La<strong> intenci�n general </strong>del apostolado de la oraci�n del Papa para el mes de julio es: <em>�Que la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil anime a todos los j�venes cristianos a hacerse disc�pulos y misioneros del Evangelio�.</em></p>
<p>Su<strong> intenci�n misionera</strong> es: <em>�Que en toda Asia se abran las puertas a los mensajeros del Evangelio�.</em></p>
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		<title>Domingo de la�Semana 11� del Tiempo Ordinario.�Ciclo C</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Jun 2013 00:27:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10.13 �Entonces Nat�n dijo a David: �T� eres ese hombre. As� dice Yahveh Dios de Israel: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Sa�l. Te he dado la casa de tu se�or y he puesto en tu seno las mujeres [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10.13</strong></p>
<p>�Entonces Nat�n dijo a David: �T� eres ese hombre. As� dice Yahveh Dios de Israel: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Sa�l. Te he dado la casa de tu se�or y he puesto en tu seno las mujeres de tu se�or; te he dado la casa de Israel y de Jud�; y si es poco, te a�adir� todav�a otras cosas. �Por qu� has menospreciado a Yahveh haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Ur�as el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y mat�ndole por la espada de los ammonitas? Pues bien, nunca se apartar� la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Ur�as el hitita para mujer tuya. David dijo a Nat�n: �He pecado contra Yahveh.� Respondi� Nat�n a David: �Tambi�n Yahveh perdona tu pecado; no morir�s�.</p>
<p><strong>Lectura de la carta de San Pablo a los G�latas 2, 16.19-21</strong></p>
<p>�C onscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino s�lo por la fe en Jesucristo, tambi�n nosotros hemos cre�do en Cristo Jes�s a fin de conseguir la justificaci�n por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley = nadie ser� justificado. En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en m�; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me am� y se entreg� a s� mismo por m�. No tengo por in�til la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificaci�n, entonces hubiese muerto Cristo en vano�</p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Lucas 7, 36- 8, 3</strong></p>
<p>�Un fariseo le rog� que comiera con �l, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Hab�a en la ciudad una mujer pecadora p�blica, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llev� un� frasco de alabastro de perfume, y poni�ndose detr�s, a los pies de �l, comenz� a llorar, y con sus l�grimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ung�a con el perfume. Al verlo el fariseo que le hab�a invitado, se dec�a para s�: �Si �ste fuera profeta, sabr�a qui�n y qu� clase de mujer es la que le est� tocando, pues es una pecadora.� Jes�s le respondi�: �Sim�n, tengo algo que decirte.� El dijo: �Di, maestro.� Un acreedor ten�a dos deudores: uno deb�a quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no ten�an para pagarle, perdon� a los dos. �Qui�n de ellos le amar� m�s?�</p>
<p>Respondi� Sim�n: �Supongo que aquel a quien perdon� m�s.� El le dijo: �Has juzgado bien�, y volvi�ndose hacia la mujer, dijo a Sim�n: ��Ves a esta mujer? Entr� en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con l�grimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entr�, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.� Y le dijo a ella: �Tus pecados quedan perdonados.�</p>
<p>Los comensales empezaron a decirse para s�: ��Qui�n es �ste que hasta perdona los pecados?� Pero �l dijo a la mujer: �Tu fe te ha salvado. Vete en paz.� Y sucedi� a continuaci�n que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompa�aban los Doce, y algunas mujeres que hab�an sido curadas de esp�ritus malignos y enfermedades: Mar�a, llamada Magdalena, de la� que hab�an salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les serv�an con sus bienes�.</p>
<p><strong> Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p><strong> El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>Concluido el tiempo pascual y pasadas las grandes solemnidades de Pentecost�s, la Sant�sima Trinidad y el Corpus Christi; retomamos el tiempo ordinario y seguimos leyendo el Evangelio de San Lucas, como corresponde a este ciclo C de lecturas. Las lecturas de este Domingo nos hablan acerca de la misericordia y el perd�n de Dios. El Evangelio nos propone una escena bell�sima de la vida de Jes�s ya que pone en evidencia la misericordia de Dios revelada en Cristo. La Primera Lectura termina con la sentencia del profeta Nat�n a David:<em> �El Se�or ha perdonado ya tus pecados, no morir�s�.</em> Perd�n gratuito que solamente puede venir por Jesucristo que muere y resucita para reconciliarnos con el Padre (Segunda Lectura).<em>� </em></p>
<p><strong>Sim�n, el fariseo </strong></p>
<p>La escena comienza cuando Jes�s es invitado a comer a casa de un fariseo llamado Sim�n y, mientras est�n a la mesa, se produce una escena que deja a todos los comensales realmente impactados y� expectantes para ver c�mo va a reaccionar Jes�s. En realidad, est�n escandalizados. San Lucas no nos dice con qu� intenci�n fue invitado Jes�s, pero podemos suponer que Sim�n no lo invit� para hacerse disc�pulo suyo, sino para examinar su doctrina y su conducta, es decir, para ver qui�n era Jes�s y verificar si respond�a a la fama que ten�a. Jes�s hab�a ense�ado en las sinagogas de Galilea y<em> �todos quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad�</em> (Lc 4,31); hab�a expulsado el demonio de un hombre en medio del servicio sinagogal y los presentes<em> �quedaron todos pasmados, y se dec�an unos a otros: &#8216;�Qu� palabra es �sta! Manda con autoridad y poder a los esp�ritus inmundos y salen</em> �&#8221;. El Evangelista observa:<em> �Su fama se extendi� por todos los lugares de la regi�n</em> � (Lc 4,36-37). Jes�s hab�a hecho numerosas curaciones de enfermos, de manera que de nuevo San Lucas observa como su fama se extend�a cada vez m�s (ver Lc 5,15). Todo esto precede al episodio que nos narra hoy el Evangelio.</p>
<p>Era natural que los fariseos quisieran saber qu� hab�a de cierto en todo esto y qui�n era Jes�s. Cuando le fue presentado un paral�tico en una camilla y Jes�s, ante todo el p�blico, le perdona sus pecados; los escribas y fariseos piensan que est� diciendo blasfemias (ver Lc 5,20-21). En otra ocasi�n Jes�s entr� a comer a casa de Lev�, que era un publicano, y<em> �los fariseos murmuraban diciendo a los disc�pulos de Jes�s: &#8216;�Por qu� com�is y beb�is con los publicanos y pecadores?</em> � (Lc 5,30). Todo esto antecede a la invitaci�n del fariseo Sim�n. Finalmente arroja mucha luz sobre el relato de hoy el episodio inmediatamente anterior. Hablando de Juan el Bautista Jes�s dice:<em> �Todo el pueblo que lo escuch�&#8230; reconocieron la salvaci�n de Dios, haci�ndose bautizar con el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los legistas, al no aceptar el bautismo de �l, frustraron el plan de Dios sobre ellos</em> � (Lc 7,29-30). Jes�s sab�a lo que pensaban sobre �l los fariseos y lo expresa as�:<em> �Ha venido Juan el Bautista, que no com�a pan ni beb�a vino, y dec�s: &#8216;Demonio tiene&#8217;. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dec�s: Ah� ten�is un comil�n y un borracho, amigo de publicanos y pecadores�</em> (Lc 7,33-34). Llamar a Jes�s<em> �comil�n y borracho�</em> es excesivo. La maledicencia de la gente puede llegar a ese extremo. No sabemos si Sim�n compart�a este juicio sobre Jes�s. En todo caso, lo invita para examinarlo, no por amistad, ni para hacerle un homenaje. Y Jes�s acepta la invitaci�n; pero ciertamente capta con qu� intenci�n fue invitado. San Lucas relata lo que ocurri� en ese momento con extrema delicadeza. Una mujer pecadora p�blica, al enterarse de la presencia de Jes�s, lleva un frasco de alabastro lleno de perfume, y poni�ndose detr�s, comienza a llorar, y con sus cabellos seca los pies cansados del Maestro. Adem�s besa sus pies y unge con el perfume. Cualquiera se habr�a sentido embarazado, m�s a�n si era objeto del examen cr�tico de los fariseos. Pero Jes�s no. Jes�s acept� agradecido este homenaje y este gesto de amor de la mujer y no hizo ning�n movimiento de repulsi�n. Ante esta actitud de Jes�s, el fariseo vio confirmada su opini�n negativa sobre �l: �No puede ser un profeta! En efecto, Sim�n razona as�:<em> �Si �ste fuera un profeta, sabr�a qui�n y qu� clase de mujer es la que lo est� tocando, pues es una pecadora�</em> .</p>
<p>Jes�s ciertamente hab�a sido invitado por Sim�n. Pero no se le hab�an hecho ninguno de los gestos de hospitalidad que se usaban con un invitado al que se deseaba honrar. En esas calles polvorientas de Palestina, ofrecer al hu�sped agua para los pies era un signo valioso de hospitalidad, pues el agua era un bien escaso y precioso. El beso con que se recib�a al invitado era se�al de afecto y amistad. Era costumbre ungir la cabeza con perfume. Ninguno de estos honores y amabilidades se usaron con Jes�s. Sim�n invita a Jes�s, pero no goza con su presencia, no cree en �l. Jes�s no se queja por esta falta de atenci�n y le propone una breve par�bola.</p>
<p>Un se�or ten�a dos deudores: uno le deb�a quinientos denarios y el otro cincuenta. No teniendo ellos con qu� pagarle, los perdon� a los dos. Jes�s pregunta a Sim�n:<em> ��Qui�n de ellos lo amar� m�s?�.</em> Sim�n responde cautelosamente algo que es obvio:<em> �Supongo que aqu�l a quien perdon� m�s</em> �. Entonces Jes�s aplica la respuesta a la situaci�n concreta. Imaginemos la expectaci�n de todos.<em> �Volvi�ndose hacia la mujer, dijo a Sim�n: �Ves esta mujer? Entr� en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con sus l�grimas y los ha secado con sus cabellos. T� no me diste el beso. Ella, desde que entr�, no ha dejado de besarme los pies. T� no ungiste mi cabeza� con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. A quien poco se le perdona, poco ama</em> �. Jes�s maneja la situaci�n de manera genial, con total libertad, con una profundidad insuperable.</p>
<p><strong>La mujer arrepentida</strong></p>
<p>Pensemos ahora en la mujer pecadora. Ella entr� en la casa de Sim�n, sin que nada la detuviera hasta llegar junto a Jes�s, exponi�ndose a ser expulsada y avergonzada. Amaba a Jes�s porque, aunque se reconoc�a pecadora, sab�a que Jes�s la habr�a acogido, la habr�a apreciado, le habr�a devuelto su dignidad perdida y la habr�a amado. Es lo que �l hace cuando, despu�s de defenderla de la condenaci�n de los comensales, le dice:<em> �Tus pecados quedan perdonados&#8230; Tu fe te ha salvado, Vete en paz</em> �. Ella sali� transformada en otra mujer. Ha nacido de nuevo por la gracia de Dios.</p>
<p>El episodio es un verdadero himno a la misericordia de Dios. Jes�s demuestra que �l es mucho m�s que un profeta. �l es el que vino al mundo a salvar el mundo del pecado, tal como fue anunciado por el �ngel a San Jos�:<em> ��l salvar� a su pueblo de sus pecados�</em> (Mt 1,21). �l nos revela aquella voluntad salv�fica del Dios verdadero:<em> �No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva</em> � (Ez 33,11). La mujer sali� de la presencia de Jes�s convertida en otra. Ella puede decir a todos lo que dec�a San Pablo:<em> �Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmaci�n: Cristo Jes�s vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo</em> � (1Tim 1,15). Ojal� todos pudi�ramos decir lo mismo.</p>
<p><strong>El arrepentimiento de David</strong></p>
<p><em>�He pecado contra Dios�</em> . Ante esta humilde confesi�n enmudece todo reproche.<em> �Todos nosotros</em> , dice San Ambrosio,<em> a cada momento estamos cayendo en pecado; y con todo, ninguno aunque plebeyo, se resigna a confesarlo. Por el contrario, aquel rey, poderoso y glorioso, con inmensa amargura de su alma, confes� su pecado al Se�or. �Qu� hombre, por poco rico y noble que sea, se hallar� hoy d�a que lleve en paciencia el menor reproche por un crimen cometido? Pues aquel rey, se�or de un gran imperio, al ser reprendido por su delito, no se indign�, no mont� en ira, sino que hizo una humilde y dolorosa confesi�n�y su confesi�n perpetuar� a trav�s de los siglos�.</em> La respuesta de Dios es contundente ante cualquier tipo de duda:<em> ��no morir�s!�.</em> He aqu� retratado en dos palabras el coraz�n misericordioso de Dios, que Jes�s� presenta en la par�bola del Padre misericordioso (Lc 15,11ss). Apenas David reconoce sinceramente su culpa por el terrible hecho de haber mandado matar a Ur�as para quedarse con su mujer; Dios se apresura en darle su perd�n. Nunca el rey olvidar� el perd�n obtenido ni el dolor de su coraz�n por el pecado realizado como vemos en el hermoso Salmo 50.</p>
<p>+ �<strong> Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>�El eros de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la vez agap�. No s�lo porque se da del todo gratuitamente, sin ning�n m�rito anterior, sino tambi�n porque es amor que perdona. Oseas, de modo particular, nos muestra la dimensi�n del agap� en el amor de Dios por el hombre, que va mucho m�s all� de la gratuidad. Israel ha cometido �adulterio�, ha roto la Alianza; Dios deber�a juzgarlo y repudiarlo. Pero precisamente en esto se revela que Dios es Dios y no hombre: ��C�mo voy a dejarte, Efra�m, c�mo entregarte, Israel?&#8230; </em></p>
<p><em>Se me revuelve el coraz�n, se me conmueven las entra�as. No ceder� al ardor de mi c�lera, no volver� a destruir a Efra�m; que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti� (Os 11, 8-9). El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra s� mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haci�ndose hombre �l mismo, lo acompa�a incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor�.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Benedicto XVI. Deus caritas est, 10. </em></p>
<p>&#8216; �<strong> Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.� </strong></p>
<p><em>1. San Pablo en su carta a los G�latas nos deja todo un programa de vida: �</em><em>con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en m�.Toda mi vida cristiana debe de ser un conformarme con Jesucristo. �Vivo de mi fe desde esta opci�n por el Se�or Jes�s? l</em></p>
<p><em>2. �Me acerco al sacramento de la reconciliaci�n con una actitud de confianza en el perd�n de Dios? �Me motiva el amor cuando tomo conciencia de mi pecado? </em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 430 &#8211; 431. 734. 1439,1465, 2843.</em></p>
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		<title>Tedeum en Luj�n: �El sue�o de una patria m�s inclusiva debe ser posible�</title>
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		<pubDate>Sat, 25 May 2013 20:46:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Luj�n (Buenos Aires), 25 May 2013 (AICA): El arzobispo de Mercedes-Luj�n, monse�or Agust�n Radrizzani, presidi� hoy el tedeum por el 25 de Mayo en la bas�lica de Nuestra Se�ora de Luj�n, al que acudieron la presidenta Cristina Fern�ndez y buena parte del gabinete nacional. En su homil�a, apel� al esp�ritu del famoso discurso �Tengo un [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Luj�n (Buenos Aires), 25 May 2013 (AICA):</strong> El arzobispo de Mercedes-Luj�n, monse�or Agust�n Radrizzani, presidi� hoy el tedeum por el 25 de Mayo en la bas�lica de Nuestra Se�ora de Luj�n, al que acudieron la presidenta Cristina Fern�ndez y buena parte del gabinete nacional.</p>
<p>En su homil�a, apel� al esp�ritu del famoso discurso �Tengo un sue�o� que Martin Luther King pronunci� en 1963 en el Lincoln Memorial y tambi�n en frases del papa Francisco, sobre todo referidos a los tres �amores� del pont�fice argentino: pobreza evang�lica, a la paz y por la creaci�n.</p>
<p>El prelado record� que el entonces cardenal Jorge Bergoglio advert�a que la Argentina �tiene demasiados pobres y excluidos, los cuente quien los contare � Lo que hay detr�s de los n�meros son personas, hombres y mujeres, ancianos, j�venes y ni�os. No se trata s�lo de un problema econ�mico o estad�stico. �Es primariamente un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad m�s esencial�� No podemos admitir que se consolide una sociedad dual. M�s all� de los esfuerzos que se realizan, debemos reconocer que somos una sociedad injusta e insolidaria que ha permitido, o al menos consentido, que un pueblo otrora con altos �ndices de equidad sea hoy uno de los m�s desiguales e injustos de la regi�n�.</p>
<p>�Sue�o, y creo que todos los hombres de buena voluntad comparten este sue�o, con una patria m�s equilibrada socialmente, donde quien tiene comparta y no solo acumule y quien no tiene pueda ser aliviado en su necesidad dignamente: pudiendo encontrar un trabajo que le d� bienestar para �l y su familia; una educaci�n que lo saque del aislamiento y lo haga capaz de abrirse horizontes justos y liberadores; un acceso a la salud que le permita desarrollarse en igualdad de condiciones; una inclusi�n social que lo haga protagonista y no solo receptor de ayudas. Es mucho lo que se viene haciendo, pero es mucho todav�a lo que falta para crecer en justicia y hermandad�, advirti�.</p>
<p>Tras se�alar que Bergoglio lamentaba en su �ltimo mensaje de Cuaresma que los argentinos se acostumbren a convivir con �la violencia que mata, que destruye familias, aviva guerras y conflictos�, afirm� que �la paz es un don de Dios, brota de la reconciliaci�n y de la derrota del pecado en todas sus formas conseguida por la muerte y resurrecci�n de Cristo: s�lo en El encontramos la verdadera paz�.</p>
<p>�Sue�o con que esa paz brote de corazones renovados por el amor de Dios, corazones humildes que sepan perdonar para poder ser perdonados y as� podamos recomenzar con la esperanza que el Se�or nos regala�, sostuvo delante de las autoridades.</p>
<p>El arzobispo se refiri� tambi�n, con palabras del Papa, al necesario cuidado de la creaci�n y record� que obispos de la Patagonia en su declaraci�n sobre la miner�a a cielo abierto manifestaron la necesidad de un compromiso serio para �garantizar que los pueblos y zonas cercanas a los emprendimientos mineros puedan mantener: su forma de vida, sus trabajos, sus costumbres productivas, su agua, sus cerros, sus bosques�� y reclamaron �voluntad pol�tica� para un �efectivo control social sobre tales emprendimientos�.</p>
<p>�Por esto sue�o con una naci�n donde se multipliquen las fuentes de trabajo aqu� y en el interior de nuestra Patria, pero nunca el af�n de ganancias debe ir en desmedro de lo que Dios nos dio en esta maravillosa tierra argentina�, precis� con sus palabras.</p>
<p>Monse�or Radrizzani agradeci�, en la persona de la Presidenta, al Estado Nacional que �destin� aportes importantes para hacer realidad el compromiso asumido en su primer decreto por el entonces presidente de la Rep�blica, el doctor N�stor Kirchner� y consider� que �sin esta asistencia no hubiera sido posible regalarles a los argentinos la renovada belleza de esta casa que nos cobija a todos�.</p>
<p>En otro momento, volvi� sobre palabras del papa Francisco dirigidas en una comunicaci�n telef�nica desde Roma a los j�venes que hac�an una vigilia de oraci�n en la catedral de Buenos Aires el 19 de marzo a la madrugada: �Les quiero pedir un favor, que caminemos juntos todos. Cuid�monos los unos a los otros. Cu�dense entre ustedes. No se hagan da�o. Cu�dense�cuiden a los ni�os, cuiden a los viejos. Que no haya odios, que no haya peleas. Dejen de lado la envidia. No le saquen el cuero a nadie. Dialoguen. Que entre ustedes este deseo de cuidarse vaya creciendo en el coraz�n�.</p>
<p>�Caminemos con esperanza, con fe y vivamos el amor fraterno desde una solidaridad cada vez mayor. No lo hacemos solos o meramente desde nuestra voluntad. El Se�or camina con nosotros, est� vivo, nos espera, nos busca, nos perdona y nos impulsa a formar una verdadera familia. El papa Francisco el d�a 8 de mayo pasado, fiesta de la Virgen de Luj�n, dec�a en la plaza de San Pedro en Roma: �Deseo hacer llegar a todos los hijos de esas queridas tierras argentinas mi sincero afecto, a la vez que pongo en manos de la Sant�sima Virgen todas sus alegr�as y preocupaciones�. Que ella interceda ante su hijo Jesucristo, Se�or de la historia, para que nos conceda la alegr�a de vivir en este querido suelo argentino con justicia, libertad y amor�, pidi�.</p>
<p>Por �ltimo, monse�or Radrizzani rez�: �Se�or, aqu� estamos ante ti para ser agradecidos por nuestra Patria, por los que habitan este suelo argentino, por tener en el cura Brochero, pr�ximo beato, un hombre de Dios y de su pueblo, por habernos regalado un papa de nuestra tierra y por los millones de hermanos que creen en vos y luchan por una Argentina mejor. Conc�denos seguir caminando hacia este cielo nuevo y tierra nueva donde todos podr�n participar en la nueva creaci�n�.+</p>
<p><a title="" href="http://www.aica.org/documentos-s-TW9ucy4gQWd1c3TtbiBSb2JlcnRvIFJhZHJpenphbmk=-2071">Texto completo del tedeum</a></p>
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		<title>Sobre posibles hechos ocurridos en un colegio de Turdera</title>
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		<pubDate>Thu, 23 May 2013 01:08:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ante la publicaci�n de un art�culo period�stico en el diario P�gina 12, en su edici�n del domingo 19 de mayo de 2013, que se hace eco del libro �La cacer�a del �ngel� (cuyo autor es Sebasti�n Di Silvestro) y donde habr�a referencias a diversos sucesos de posible abuso o acoso que podr�an haber sufrido alumnos [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.marana-tha.net/images/oficinaprensa.jpg" rel="lightbox[5346]"><img class="aligncenter" alt="" src="http://www.marana-tha.net/images/oficinaprensa.jpg" width="300" height="54" /></a></p>
<p>Ante la publicaci�n de un art�culo period�stico en el diario P�gina 12, en su edici�n del domingo 19 de mayo de 2013, que se hace eco del libro �La cacer�a del �ngel� (cuyo autor es Sebasti�n Di Silvestro) y donde habr�a referencias a diversos sucesos de posible abuso o acoso que podr�an haber sufrido alumnos del Instituto �Vicente Palloti� (Turdera) perteneciente a la congregaci�n Sociedad del Apostolado Cat�lico (SAC), el Obispado de Lomas de Zamora informa que tom� conocimiento de la situaci�n el viernes pasado a trav�s del libro que fue acercado por el se�or Carlos Zermoglio, ex rector de la instituci�n.</p>
<p>El obispo diocesano, monse�or Jorge Lugones, est� preocupado por este hecho, y por ello avala la denuncia penal presentada por e<em>l padre Rub�n Jos� Fuhr SAC, Rector Regional de los Padres Palotinos (rama alemana) de la Argentina, quien </em>�ante la gravedad de los sucesos que se relatan en esa nota period�stica� pidi� al Ministerio P�blico Fiscal �que se promueva una exhaustiva investigaci�n a fin de que se corrobore si estos hechos efectivamente han ocurrido y en su caso se proceda con el mayor rigor previsto en la ley contra sus autores�.</p>
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		<title>Solemnidad de Pentecost�s. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Sat, 18 May 2013 03:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[�Recibid el Esp�ritu Santo� Lectura del libro de Hechos de los Ap�stoles 2, 1- 11 � Al llegar el d�a de Pentecost�s, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una r�faga de viento impetuoso, que llen� toda la casa en la que se encontraban. Se [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><em>�Recibid el Esp�ritu Santo� </em></p>
<p><strong>Lectura del libro de Hechos de los Ap�stoles 2, 1- 11</strong></p>
<p>� Al llegar el d�a de Pentecost�s, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una r�faga de viento impetuoso, que llen� toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Esp�ritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, seg�n el Esp�ritu les conced�a expresarse.</p>
<p>Hab�a en Jerusal�n hombres piadosos, que all� resid�an, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congreg� y se llen� de estupor al o�rles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados dec�an: &#8220;�Es que no son galileos todos estos que est�n hablando? Pues �c�mo cada uno de nosotros les o�mos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, jud�os y pros�litos, cretenses y �rabes, todos les o�mos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios&#8221;.�</p>
<p><strong>Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 3b- 7. 12-13</strong></p>
<p>�Nadie, hablando con el Esp�ritu de Dios, puede decir: &#8220;�Anatema es Jes�s!&#8221;; y nadie puede decir: &#8220;�Jes�s es Se�or!&#8221; sino con el Esp�ritu Santo. Hay diversidad de carismas, pero el Esp�ritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Se�or es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestaci�n del Esp�ritu para provecho com�n.� Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman m�s que un solo cuerpo, as� tambi�n Cristo. Porque en un solo Esp�ritu hemos sido todos bautizados, para no formar m�s que un cuerpo, jud�os y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Esp�ritu.�</p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Juan 20,19-23 </strong></p>
<p><strong>�</strong>Al atardecer de aquel d�a, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los jud�os, las puertas del lugar donde se encontraban los disc�pulos, se present� Jes�s en medio de ellos y les dijo: &#8220;La paz con vosotros&#8221;. Dicho esto, les mostr� las manos y el costado. Los disc�pulos se alegraron de ver al Se�or. Jes�s les dijo otra vez: &#8220;La paz con vosotros. Como el Padre me envi�, tambi�n yo os env�o&#8221;. Dicho esto, sopl� sobre ellos y les dijo: &#8220;Recibid el Esp�ritu Santo.� A quienes perdon�is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng�is, les quedan retenidos&#8221;. <strong>�</strong></p>
<p>&amp;<strong>Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p><strong>El v�nculo entre las lecturas </strong></p>
<p>El Domingo de Pentecost�s es la culminaci�n del ciclo Pascual. Con esta solemne festividad se cierra la cincuentena pascual en la que hemos celebrado el misterio de Cristo Resucitado y Glorioso y se inicia nuevamente el Tiempo Ordinario. No es que el Esp�ritu Santo aparezca por primera vez al fin del tiempo Pascual, su presencia es notoria ya desde la Pascua de Resurrecci�n, como vemos en el Evangelio de este Domingo. Antes de su Ascensi�n, el Se�or hab�a preparado a sus disc�pulos m�s cercanos: <em>�les conviene que me vaya, porque si no lo hago, no podr� enviarles al Esp�ritu Par�clito<a title="" href="#_ftn1" name="_ftnref1"><strong>[1]</strong></a>�</em>, es decir, al defensor y consolador. Con la venida del Esp�ritu Santo sobre Mar�a, la Madre de Jes�s y los ap�stoles, comienza un tiempo nuevo, el que se extender� hasta la segunda venida del Se�or. Se inaugura la acci�n y la misi�n de la Iglesia (Primera Lectura). El Esp�ritu Santo, alma de la Iglesia, es el principio de unidad que edifica la comunidad creyente en un solo Cuerpo, el de Cristo, con la pluralidad de carismas y funciones (Segunda Lectura).</p>
<p><strong>La Promesa del Padre</strong></p>
<p>Poco antes de ascender al cielo, Jes�s hab�a mandado a sus disc�pulos <em>�que no se ausentasen de Jerusal�n, sino que esperasen la Promesa del Padre�</em>. Ciertamente los ap�stoles se habr�n preguntado: �Cu�l promesa? Por eso Jes�s contin�a: <em>�Ser�is bautizados en el Esp�ritu Santo dentro de pocos d�as�. </em>Yaclara m�s a�n<em>: �Recibir�is la fuerza del Esp�ritu Santo, que vendr� sobre vosotros y ser�is mis testigos en Jerusal�n, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra� </em>(Hch 1,4.5.8). Y luego Jes�s fue llevado al cielo. Despu�s de esta precisa instrucci�n de Jes�s, nadie se atrevi� a moverse de Jerusal�n. La <em>�Promesa</em><em> del Padre�</em> hab�a de ser un don de valor incalculable que nadie se quer�a perder. Es as� que cuando volvieron del monte de la Ascen�si�n, los ap�stoles subieron a la estancia superior, donde viv�an, y all� se dispusieron a esperar. El relato contin�a nombrando a todos los ap�stoles, uno por uno; a esta cita no falta ninguno, ni siquiera Tom�s: <em>�Todos ellos perseveraban en la oraci�n con un mismo sentir, en compa��a de algunas mujeres, de Mar�a, la madre de Jes�s, y de sus hermanos�</em> (Hch 1,14). All� estaba congregada la Iglesia fundada por Jes�s alrededor de la Madre del Maestro Bueno: Mar�a de Nazaret. La naciente Iglesia estaba a la espera de algo que no conoc�a y que vendr�a en fecha in�cier�ta. Mientras no llegara, no pod�a moverse. La Promesa del Padre lleg� el d�a de Pente�cost�s, que era una fiesta jud�a que se celebra�ba cincuenta d�as despu�s de la Pascua de los jud�os. Entonces comenzaron a moverse&#8230;</p>
<p><strong>� La fiesta de Pentecost�s</strong></p>
<p>Tres eran las principales fiestas jud�as antiguas que perduraban en el tiempo de Jes�s. Proven�an de tiempo inmemorial, cuando Israel no exist�a a�n como naci�n. M�s tarde, hab�an sido asumidas como una disposi�ci�n divina y codifi�cadas en la ley dada a Mois�s. All� se establece: <em>�Tres veces al a�o me celebra�r�s fiesta. Guar�dar�s la fiesta de los �zi�mos&#8230; en el mes de Abib, pues en �l saliste de Egipto&#8230; Tambi�n guardar�s la fiesta de la Siega de las primicias de lo que hayas sembrado en el campo. Y la fiesta de la Recolecci�n al t�rmino del a�o� </em>(Ex 23,14-17). La primera de estas fiestas consist�a en el sacrifi�cio de un cordero y su comida, seg�n un determinado ritual.</p>
<p>Esta fiesta coincidi� con la salida de Israel de su cauti�verio en Egipto, ocasi�n en que la sangre del cordero tuvo un rol tan determinante en la salvaci�n del Pueblo de Dios. Esta fiesta adquiri� el nombre hebreo �p�saj�<a title="" href="#_ftn2" name="_ftnref2">[2]</a> que se tradujo al lat�n &#8220;pascha&#8221; y al castellano &#8220;pascua&#8221;. En el tiempo de Cristo, la �pascua de los jud�os� consist�a en el sacrificio y comida del corde�ro pascual en memoria del gran hecho salv�fico del �xodo (la liberaci�n de Israel de su exilio en Egipto). El Evan�gelio es cons�tante en afirmar que Jesucristo muri� en la cruz cuando se celebraba la pascua de los jud�os y se sacrificaba el cordero pascual. A Jesucristo se le llam� el �Cordero de Dios� porque su muerte en la cruz fue un sacrificio ofre�cido a Dios por el perd�n de los pecados.</p>
<p>La segunda de las fiestas jud�as, llamada tambi�n la fiesta de las semanas, deb�a celebrarse siete semanas despu�s de la Pascua (ver Lev 23,15-16). En la traducci�n griega de la Biblia, ese espacio de tiempo de cincuenta d�as, dio origen al nombre �Pentecos�t�s�, que significa literalmente �quincuag�simo�. Origi�nalmente era una fiesta agr�cola de la siega; pero, visto que se celebraba cincuenta d�as despu�s de la Pascua, que conmemoraba la salida de Egipto, pronto esta fiesta se asoci� al don de la ley en el Sina� y se celebraba la renovaci�n de la alianza con el Se�or. En el Talmud<a title="" href="#_ftn3" name="_ftnref3">[3]</a> se transmite la sentencia del Rabi Eleazar: <em>�Pente�cost�s es el d�a en que fue dada la Torah (la ley)�.</em> Este t�rmino tambi�n sufri� una reinterpretaci�n cristiana y hoy d�a Pentecost�s conmemora la efusi�n del Esp�ritu Santo sobre los ap�stoles en forma de lenguas de fuego, porque este hecho fundacional de la Iglesia coinci�di� con ese d�a. De esta manera Dios, en su divina pedagog�a, nos ense�a que por el don del Esp�ritu Santo nace el Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia; as� como la entrega de la ley mosaica hab�a constituido el antiguo pueblo de Israel.</p>
<p><strong> El Viento: signo del Esp�ritu Santo� </strong></p>
<p>Y ocurri� en esta forma: <em>�Ese d�a vino de repente un ruido del cielo, como el de una r�faga de viento impetuoso, que llen� toda la casa en la que se encontraban&#8230; y quedaron todos llenos de Esp�ritu Santo� </em>(Hech 2,2.4). El viento impetuoso es un signo del Esp�ritu de Dios<a title="" href="#_ftn4" name="_ftnref4">[4]</a>, que, llenando el coraz�n de cada uno de los fieles, dio vida a la Iglesia. La Iglesia es una nueva creaci�n de Dios y fue animada por el soplo de Dios. El poder creador del Esp�ritu de Dios est� afirmado en la primera frase de la Biblia: <em>�En el principio cre� Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusi�n&#8230; y un viento (esp�ritu) de Dios aleteaba por encima de las aguas� </em>(Gen 1,1-2). Por la acci�n de este Esp�ritu se opera el ordenamiento del mundo: la luz, el firmamento, el retroceso de las aguas y la aparici�n de la tierra seca, la generaci�n de los vegetales, plantas y �rboles, los astros, el hombre. Nos recuerda tambi�n, el episodio de la creaci�n del hombre. El libro del G�nesis relata este hecho maravilloso en forma escueta: <em>�El Se�or Dios form� al hombre con polvo del suelo, y sopl� en sus narices aliento de vida, y result� el hombre un ser vi�viente� </em>(Gen 2,7).</p>
<p>Es el mismo gesto de Cristo Resucitado que nos relata el Evangelio de hoy. Apareciendo ante sus ap�stoles con�gregados aquel d�a primero de la semana, despu�s de salu�darlos Jes�s <em>�sopl� sobre ellos y les dijo: Recibid el Esp�ri�tu San�to�</em>. El soplo de Cristo es el Esp�ritu Santo y tiene el efecto de dar vida a la Igle�sia naciente. En esta forma, Jes�s reivindica para s� una propiedad divina: su soplo es soplo divino, su soplo es el Esp�ritu de Dios. Un soplo que produce tales efectos lo puede emitir s�lo Dios mismo.</p>
<p><strong>El perd�n de los pecados </strong></p>
<p>Despu�s de darles el Esp�ritu Santo, Jes�s agrega estas palabras: <em>�A quienes perdon�is los pecados, les quedan perdonados; a quie�nes se los reteng�is, les quedan reteni�dos�</em>. El perd�n de los pecados es una prerrogativa exclusiva de Dios. Ten�an raz�n los fariseos cuando en cierta ocasi�n pro�testaron: <em>��Qui�n puede perdo�nar pecados sino s�lo Dios?�</em> (Mc 2,7). En esa ocasi�n Jes�s demostr� que �l puede perdonar los pecados; y aqu� nos muestra que puede tambi�n conferir este poder a los ap�s�toles y a sus suce�so�res. Y lo hace comunic�ndoles su Esp�ritu. Es que el perd�n de los peca�dos es como una nueva crea�ci�n; es un paso de la muerte a la vida<a title="" href="#_ftn5" name="_ftnref5">[5]</a>, y ya hemos visto que Dios da vida infun�diendo su Esp�ritu. El pecado destruye el amor en el coraz�n del hombre, hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El perd�n del pecado no es solamente una declaraci�n que Dios no considera el pecado, sino que transforma radicalmente el coraz�n del hombre infundi�n�dole el amor. Pero esto s�lo el Esp�ritu puede hacerlo, pues <em>�el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp�ritu Santo que se nos ha dado� </em>(Rom 5,5).</p>
<p><strong>�Porque en un solo Esp�ritu hemos sido todos bautizados�</strong></p>
<p>La Segunda Lectura realiza el paso del primer Pentecost�s a la perenne asistencia del Esp�ritu Santo� en la vida cotidiana de la Iglesia, donde el Esp�ritu act�a mediante los carismas y los ministerios. El contexto previo es la consulta que los corintios hab�an hecho a Pablo sobre los criterios para distinguir los carismas aut�nticos de los falsos. El Ap�stol establece dos criterios de autenticidad; uno es doctrinal y el otro comunitario. El doctrinal es la confesi�n de Jes�s como el Se�or. El que hace est� confesi�n est� animado por el Esp�ritu Santo. El segundo criterio es que en todo carisma que sirve al bien com�n del grupo creyente se manifiesta la acci�n del Esp�ritu que es riqueza y vida. La diversidad de los carismas aut�nticos en los miembros de la comunidad no obsta a la unidad dentro de la misma. Su origen es el Esp�ritu de Dios, en el que todos hemos sido bautizados para construir un solo Cuerpo: la Iglesia.</p>
<p>+� <strong>Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>�Si el Esp�ritu Santo es el alma de la Iglesia, seg�n la tradici�n cristiana fundada en la ense�anza de Cristo y de los Ap�stoles, como hemos visto en la catequesis precedente, debemos a�adir de inmediato que san Pablo, al establecer su analog�a de la Iglesia con el cuerpo humano, quiere subrayar que �en un solo Esp�ritu hemos sido todos bautizados, para no formar m�s que un cuerpo (&#8230;) Y todos hemos bebido de un solo Esp�ritu� (1 Co 12, 13). Si la Iglesia es como un cuerpo, y el Esp�ritu Santo es como su alma, es decir, el principio de su vida divina; si el Esp�ritu, por otra parte, dio comienzo, el d�a de Pentecost�s, a la Iglesia al venir sobre la primitiva comunidad de Jerusal�n (cf. Hch 1, 13), �l ha de ser, desde aquel d�a y para todas las generaciones nuevas que se insertan en la Iglesia, el principio y la fuente de la unidad, como lo es el alma en el cuerpo humano.</em></p>
<p><em>Digamos enseguida que, seg�n los textos del evangelio y de san Pablo, se trata de la unidad en la multiplicidad. Lo expresa claramente el Ap�stol en la primera carta a los Corintios: �Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman m�s que un solo cuerpo, as� tambi�n Cristo� (1 Co 12, 12).</em></p>
<p><em>Puesta esta premisa de orden ontol�gico sobre la unidad del Corpus Christi, se explica la exhortaci�n que hallamos en la carta a los Efesios: �Poned empe�o en conservar la unidad del Esp�ritu con el v�nculo de la paz� (Ef 4, 3). Como se puede ver, no se trata de una unidad mec�nica, y ni siquiera s�lo org�nica (como la de todo ser viviente), sino de una unidad espiritual que exige un compromiso �tico. En efecto, seg�n san Pablo, la paz es fruto de la reconciliaci�n mediante la cruz de Cristo, �pues por �l, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Esp�ritu� (Ef 2, 18). �Unos y otros�: es una expresi�n que en este texto se refiere a los convertidos del juda�smo y del paganismo, cuya reconciliaci�n con Dios, que de todos hace un solo pueblo, un solo cuerpo, en un solo Esp�ritu, el Ap�stol sostiene y describe ampliamente (cf. Ef 2, 11-18). Pero eso vale para todos los pueblos, las naciones, las culturas, de donde provienen los que creen en Cristo. De todos se puede repetir con san Pablo lo que se lee a continuaci�n en el texto: �As�, pues, ya no sois extra�os ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los ap�stoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificaci�n bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Se�or, en quien tambi�n vosotros (convertidos del paganismo) est�is siendo juntamente edificados (con los dem�s, que proceden del juda�smo), hasta ser morada de Dios en el Esp�ritu� (Ef 2, 19-22).</em></p>
<p><em>�En quien toda edificaci�n crece�. Existe, por tanto, un dinamismo en la unidad de la Iglesia, que tiende a la participaci�n cada vez m�s plena de la unidad trinitaria de Dios mismo. La unidad de comuni�n eclesial es una semejanza de la comuni�n trinitaria, cumbre de altura infinita, a la que se ha de mirar siempre. Es el saludo y el deseo que en la liturgia renovada tras el Concilio se dirige a los fieles al comienzo de la misa, con las mismas palabras de Pablo: �La gracia de nuestro Se�or Jesucristo, el amor del Padre y la comuni�n del Esp�ritu Santo est�n con todos vosotros� (2 Co 13, 13). Esas palabras encierran la verdad de la unidad en el Esp�ritu Santo como unidad de la Iglesia, que san Agust�n comentaba as�: �La comuni�n de la unidad de la Iglesia (&#8230;) es casi una obra propia del Esp�ritu Santo con la participaci�n del Padre y del Hijo, pues el Esp�ritu mismo es en cierto modo la comuni�n del Padre y del Hijo (&#8230;). El Padre y el Hijo poseen en com�n el Esp�ritu Santo, porque es el Esp�ritu de ambos� (Sermo 71, 20. 33: PL 38, 463-464). </em></p>
<p><em>Este concepto de la unidad trinitaria en el Esp�ritu Santo, como fuente de la unidad de la Iglesia en forma de �comuni�n�, como repite con frecuencia el Concilio Vaticano II, es un elemento esencial en la eclesiolog�a. Citemos aqu� las palabras conclusivas del n�mero 4 de la constituci�n Lumen Gentium, dedicado al Esp�ritu santificador de la Iglesia, en donde se recoge un famoso texto de san Cipriano de Cartago (De Orat Dominica, 23: PL 4, 536): �As� la Iglesia universal se presenta como �un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Esp�ritu Santo�� (Lumen Gentium 4. Gaudium et Spes 24; Unitatis Redinbtegratio 2)�. </em></p>
<p align="right"><em>Juan Pablo II. Audiencia General 5 de diciembre de 1990.</em></p>
<p>&#8216; <strong>Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana� </strong></p>
<p><em>1. </em><em>El Esp�ritu act�a en lo m�s �ntimo del ser humano, act�a iluminando la inteligencia para que pueda conocer a Cristo y habilitando la voluntad para que pueda amar a Dios y al pr�jimo. El Esp�ritu Santo nos concede cono�cer a Dios, y lo hace infundiendo en nosotros el amor. �Qu� dir�amos si uno de los ap�stoles, desoyendo el mandato de Cristo, se hubiera ausentado de Jerusa�l�n y no hubiera estado all� el d�a de Pentecost�s? Ese ap�stol se habr�a privado de la Promesa del Padre y de los dones divinos. �En realidad, hoy no ser�a ap�stol del Se�or! Esta misma es la situaci�n del cristiano que desde�a de recibir el sacramento de la Confirmaci�n. �C�mo vivo y valoro el Sacramento de la Confirmaci�n?�Tengo consciencia de lo que me he comprometido? </em></p>
<p><em>2. �C�mo es mi relaci�n con el Esp�ritu Santo? �Soy d�cil a sus mociones (movimientos interiores) en mi vida? </em></p>
<p><em>3. </em><em>Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales 683- 701. 731- 741</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<p><a title="" href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> Par�clito (en griego, el llamado, el auxiliador). Descripci�n de Jesucristo y del Esp�ritu Santo en los escritos juaninos. Aunque tuvo originalmente un sentido de defensor (en lat�n advocatus que significa abogado); Sam Juan lo usa en sentido activo, como &#8220;el protector&#8221;, &#8220;el que fortalece&#8221; o, si traducimos con menos exactitud, &#8220;el consolador&#8221;.</p>
<p><a title="" href="#_ftnref2" name="_ftn2">[2]</a> T�rmino de origen y significado oscuros pero que algunos remontan al pasaje del Ex 12,23.</p>
<p><a title="" href="#_ftnref3" name="_ftn3">[3]</a> Talmud: (en hebreo: ense�a). Tradici�n judaica que representa casi un milenio de tradici�n rab�nica. Consiste en una enorme cantidad de textos de interpretaci�n b�blica, explicaci�n de las leyes y de sabidur�a pr�ctica que originalmente se transmit�a de forma oral. Adquiri� su forma escrita antes de 550 d.C.</p>
<p><a title="" href="#_ftnref4" name="_ftn4">[4]</a> Es claro que la efusi�n del Esp�ritu Santo est� relacio�nada con el viento. Esta relaci�n resulta m�s evidente si se considera que en las lenguas b�blicas la misma palabra dice �viento� y �esp�ritu�, en hebreo �r�aj� y en griego �pn�uma�.</p>
<p><a title="" href="#_ftnref5" name="_ftn5">[5]</a> �Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte� (1 Jn 3,14).</p>
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		<title>El papa nombr� arzobispo al rector de la UCA, Pbro. V�ctor Manuel Fern�ndez</title>
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		<pubDate>Mon, 13 May 2013 15:28:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[CEA]]></category>
		<category><![CDATA[Vaticano]]></category>

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		<description><![CDATA[Buenos Aires, 13 May. 2013 (AICA): El nuncio apost�lico, monse�or Emil Paul Tscherrig, inform� que el santo padre Francisco nombr� arzobispo titular de Tiburnia al presb�tero V�ctor Manuel Fern�ndez, de 50 a�os, rector de la Pontificia Universidad Cat�lica Argentina Santa Mar�a de los Buenos Aires (UCA). El anuncio fue efectuado en Roma y en Buenos [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="justify">Buenos Aires, 13 May. 2013 (AICA): El nuncio apost�lico, monse�or Emil Paul Tscherrig, inform� que el santo padre Francisco nombr� arzobispo titular de Tiburnia al presb�tero V�ctor Manuel Fern�ndez, de 50 a�os, rector de la Pontificia Universidad Cat�lica Argentina Santa Mar�a de los Buenos Aires (UCA).</p>
<p align="justify">El anuncio fue efectuado en Roma y en Buenos Aires esta ma�ana. Aqu� se lo hizo a trav�s de la agencia AICA.</p>
<p><strong> Pbro. Dr. V�ctor Manuel Fern�ndez. Datos biogr�ficos</strong></p>
<p align="justify"><img alt="" src="http://www.aica.org/subidas/326.jpg" width="201" height="269" align="right" border="1" hspace="8" />Naci� en Alcira Gigena, provincia de C�rdoba, el 18 de julio de 1962 y fue ordenado sacerdote en su pueblo natal, di�cesis de Villa de la Concepci�n del R�o Cuarto, el 15 de agosto de 1986.</p>
<p align="justify">Es licenciado en Teolog�a con especializaci�n b�blica por la Pontificia Universidad Gregoriana, de Roma, en 1988, y doctor en Teolog�a por la Facultad de Teolog�a de la Pontificia Universidad Cat�lica Argentina Santa Mar�a de los Buenos Aires (UCA) en 1990.</p>
<p align="justify">Fue primero vicedecano durante dos per�odos y luego, desde agosto de 2008 hasta diciembre de 2009, decano de la Facultad de Teolog�a de la UCA. Desde 2002 hasta 2008 fue director de la revista Teolog�a de esa facultad.</p>
<p align="justify">El 15 de diciembre de 2009 asumi� el cargo de rector &#8220;ad interim&#8221; de la UCA sucediendo a Mons. Alfredo Horacio Zecca. El 20 de mayo de 2011 prest� juramento como rector, cargo que seguir� desempe�ando como arzobispo.</p>
<p align="justify">De 1993 a 2000 fue p�rroco de Santa Teresita del Ni�o Jes�s en la ciudad sede de la di�cesis de Villa de la Concepci�n del R�o Cuarto, donde adem�s se desempe�� como director de Catequesis y asesor de diversos movimientos laicales.</p>
<p align="justify">De 2007 a 2009 fue presidente de la Sociedad Argentina de Teolog�a.</p>
<p align="justify">Entre otras actividades fue fundador y rector del Instituto Diocesano de Formaci�n Laical de R�o Cuarto; productor y locutor de programas radiales; formador y director de estudios del seminario diocesano Jes�s Buen Pastor; perito del Secretariado para la Formaci�n Permanente, de la Conferencia Episcopal Argentina; miembro del equipo de reflexi�n que asesor� al episcopado argentino para la actualizaci�n de las L�neas Pastorales; y perito y miembro de la Comisi�n de redacci�n de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (Brasil, 2007).</p>
<p align="justify">En diversos centros de Buenos Aires y de C�rdoba fue profesor de �tica, Hermen�utica, Antropolog�a, M�todo Exeg�tico, Nuevo Testamento, Homil�tica, Gracia y Teolog�a Espiritual, adem�s de seminarios para Licenciatura.</p>
<p align="justify">Ha dictado numerosos cursos y conferencias en la Argentina y en otros pa�ses. Entre libros, subsidios y art�culos cient�ficos, cuenta con m�s de 300 publicaciones en la Argentina y en varios pa�ses de Am�rica Latina y Europa.</p>
<p align="justify">Algunos de sus libros son: <em> &#8220;Actividad, espiritualidad y descanso&#8221;</em>, San Pablo, Madrid 2001; <em>&#8220;La gracia y la vida eterna&#8221;</em>, Herder, Barcelona 2003; <em>&#8220;Teolog�a espiritual encarnada. Profundidad espiritual en acci�n&#8221;</em>, San Pablo, Buenos Aires 2004; <em> &#8220;Valores argentinos o un pa�s insulso. Hacia el Bicentenario&#8221;</em>, Bouquet, Buenos Aires 2006; <em> &#8220;C�mo interpretar y c�mo comunicar la Palabra de Dios&#8221;</em>, San Pablo, Buenos Aires 2009; <em> &#8220;Conversi�n pastoral y nuevas estructuras&#8221;</em>, �gape, Buenos Aires 2010; <em>&#8220;La fuerza sanadora de la m�stica&#8221;</em>, San Pablo, Buenos Aires 2012.</p>
<p align="justify">M�s datos sobre su actuaci�n y sus escritos, pueden verse en el sitio de la UCA: <a href="http://www.uca.edu.ar" target="_blank"> www.uca.edu.ar</a></p>
<p><strong> Pr�xima ordenaci�n episcopal</strong></p>
<p align="justify">La ordenaci�n episcopal de monse�or V�ctor Manuel Fern�ndez se llevar� a cabo el s�bado 15 de junio pr�ximo a las 10.30, en la catedral metropolitana de Buenos Aires. Ser� consagrante principal monse�or Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires y Gran Canciller de la UCA.</p>
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		<title>Domingo  de la Semana 6� de Pascua. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2013 00:06:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[��El Esp�ritu Santo os recordar� todo lo que yo os he dicho� Lectura del libro de� los Hechos de los Ap�stoles� 15, 1-2.22-29 �Bajaron algunos de Judea que ense�aban a los hermanos: &#8220;Si no os circuncid�is conforme a la costumbre mosaica, no pod�is salvaros&#8221;. Se produjo con esto una agitaci�n y una discusi�n no peque�a [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="center">�<em>�El Esp�ritu Santo os recordar� todo lo que yo os he dicho�</em></p>
<p><strong>Lectura del libro de� los Hechos de los Ap�stoles� 15, 1-2.22-29</strong></p>
<p><strong>�</strong>Bajaron algunos de Judea que ense�aban a los hermanos: &#8220;Si no os circuncid�is conforme a la costumbre mosaica, no pod�is salvaros&#8221;. Se produjo con esto una agitaci�n y una discusi�n no peque�a de Pablo y Bernab� contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernab� y algunos de ellos subieran a Jerusal�n, donde los ap�stoles y presb�teros, para tratar esta cuesti�n.</p>
<p>Entonces decidieron los ap�stoles y presb�teros, de acuerdo con toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioqu�a con Pablo y Bernab�; y estos fueron Judas, llamado Barsab�s, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos. Por su medio les enviaron esta carta: &#8220;Los ap�stoles y los presb�teros hermanos, saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que est�n en Antioqu�a, en Siria y en Cilicia.</p>
<p>Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestros �nimos, hemos decidido de com�n acuerdo elegir algunos hombres y enviarlos donde vosotros, juntamente con nuestros queridos Bernab� y Pablo, que son hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Se�or Jesucristo. Enviamos, pues, a Judas y Silas, quienes os expondr�n esto mismo de viva voz: Que hemos decidido el Esp�ritu Santo y nosotros no imponeros m�s cargas que �stas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los �dolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Har�is bien en guardaros de estas cosas. Adi�s&#8221;.<strong>�</strong></p>
<p><strong>Lectura del libro del Apocalipsis 21, 10-14.22-23</strong></p>
<p><strong>�</strong>Me traslad� en esp�ritu a un monte grande y alto y me mostr� la Ciudad Santa de Jerusal�n, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y ten�a la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Ten�a una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce �ngeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediod�a tres puertas; al occidente tres puertas.</p>
<p>La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Ap�stoles del Cordero. Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Se�or, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su l�mpara es el Cordero.<strong>� </strong></p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Juan 14,23-29 </strong></p>
<p><strong>�</strong>Jes�s le respondi�: &#8220;Si alguno me ama, guardar� mi Palabra, y mi Padre le amar�, y vendremos a �l, y haremos morada en �l.� El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuch�is no es m�a, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros.</p>
<p>Pero el Par�clito, el Esp�ritu Santo, que el Padre enviar� en mi nombre, os lo ense�ar� todo y os recordar� todo lo que yo os he dicho: os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro coraz�n ni se acobarde. Hab�is o�do que os he dicho: &#8220;Me voy y volver� a vosotros.&#8221; Si me amarais, os alegrar�ais de que me fuera al Padre, porque el Padre es m�s grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda cre�is<strong>�. �</strong></p>
<p>&amp; <strong>Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p><strong> El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>En la Primera Lectura del libro de los Hechos de los Ap�stoles, la comunidad cristiana recurre a los ap�stoles para decidir acerca de la justificaci�n y la evangelizaci�n de los gentiles. Justamente el Salmo Responsorial (Salmo 66) nos muestra el car�cter universal de la alabanza que le debemos a Dios. En la Segunda Lectura se describe la grandeza de la nueva Jerusal�n, fundada sobre doce columnas con los nombres de los doce ap�stoles del Cordero. Finalmente en el Evangelio leemos la promesa de Jes�s a aquellos que lo aman y por lo tanto guardan sus palabras. Jes�s les asegura el env�o de un �Defensor� en el Esp�ritu Santo y los anima a prepararse para su pronta partida.</p>
<p><strong>�Si alguno me ama, guardar� mi Palabra� </strong></p>
<p>El Evangelio de este VI Domingo de Pascua, como el del Domingo pasado, tambi�n est� tomado de las palabras de despedida de Jes�s, pronunciadas durante la �ltima cena con sus disc�pu�los. De aqu� se puede deducir su importan�cia; son las �ltimas recomendaciones de Jes�s y la promesa de su asis�tencia futura. Jes�s hab�a anunciado su partida en estos t�rminos: <em>�Hijitos m�os, ya poco tiempo voy a estar con vosotros&#8230; adonde yo voy vosotros no pod�is venir� </em>(ver Jn 13,33). Como era de esperar, los disc�pulos se han quedado sumidos en la triste�za, y tambi�n en el temor. �Qui�n velar� ahora por ellos? Ellos han cre�do en Jes�s, pero �qui�n los sostendr� en esta fe, que los hab�a puesto en contraste con la sinagoga jud�a? Por eso, junto con anunciar su partida inminente, Jes�s asegura a sus disc�pulos que volver� a ellos: <em>�Me voy y volver� a vosotros�</em>. Y no vendr� �l s�lo, sino el Padre con �l; y no s�lo en una presencia externa, como hab�a estado �l con sus disc�pulos hasta entonces, sino que establece�r�n su morada en el coraz�n de los disc�pu�los.</p>
<p>Para esto, sin embargo, hay una condi�ci�n que cum�plir: <em>�guardar su Pala�bra�. </em>Esa �Palabra� es el don magn�fi�co que trajo Jes�s al mundo y la herencia que le dej� despu�s de su vuelta al Padre. Han pasado m�s de veinte siglos y en todo este tiempo el empe�o constante de los disc�pulos de Cristo ha consistido precisa�mente en �guar�dar su Palabra� con la mayor fideli�dad posi�ble. Este es tambi�n nuestro empe�o hoy. �Qu� se consigue con todo esto? Como dijimos, esta es la condi�ci�n para que Jes�s venga a sus disc�pu�los: <em>�Si alguno me ama, guardar� mi Pala�bra, y mi Padre lo amar�, y ven�dremos a �l, y haremos morada en �l�. </em>Pero, �c�mo hacerlo? El detonante es el amor a Jes�s. Sin esto no hay nada. Porque lo amamos a �l y anhelamos su presen�cia, y la del Padre, en nuestro coraz�n, por eso, guarda�mos su Palabra. Entendemos entonces cuando Jes�s nos dice que <em>�mi yugo es suave y mi carga ligera�</em> (Mt 11, 30).</p>
<p>Solamente amando a Jes�s podremos vivir de acuerdo a su Palabra. <em>�Todo lo duro que puede haber en los mandamientos lo hace llevadero el amor� �Qu� no hace el amor? Ved c�mo trabajan los que aman; no sienten lo que padecen, redoblando sus esfuerzos a tenor de sus dificultades� (San Agust�n, Serm�n 96). </em>Para m�s claridad Jes�s agrega: <em>�El que no me ama, no guarda mis palabras�</em>. �ste vive ajeno a Jes�s y al Padre, dej�ndose arrastrar -y esclavizar- por los crite�rios y concupiscencias del mundo. El �nico signo inequ�voco de que alguien ama a Jes�s verdaderamente es que atesore en su coraz�n la palabra de Jes�s y viva conforme a ella como nuestra querida Madre Mar�a siempre lo hizo <em>�su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su coraz�n�</em> (Lc 2,52). Esto quiere decir <em>�guardar su palabra�</em>.</p>
<p>Dada su importancia, Jes�s se detie�ne a explicar un poco m�s la expre�si�n <em>�guardar su Palabra�.</em> Obviamente Jes�s no se refiere a una preocupaci�n arqueol�gica, como si se trata�ra de conservar cuidadosamente los c�dices en que est�n escritos los Evange�lios. Jes�s no est� hablando de algo material. Por eso agrega: <em>�La Palabra que escuch�is no es m�a, sino del Padre que me ha enviado�</em>. Aqu� est� expresado un salto inmenso de fe: los disc�pulos escu�chan hablar a Jes�s, pero deben creer que esas palabras que �l pronun�cia son Palabra de Dios, y que de Dios proceden. En diversas ocasiones Jes�s repite esta verdad: <em>�Yo no hago nada por mi propia cuenta, sino que lo que el Padre me ha ense�ado, eso es lo que hablo&#8230; lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a m� </em>(Jn 8,28; 12,50).</p>
<p><em>�</em></p>
<p>J <strong>La promesa del Esp�ritu Santo, el Par�clito</strong></p>
<p>Pero&#8230;�c�mo podremos �guardar esta Palabra�, que no es de este mundo, ni de la experiencia sensible, porque procede del Padre? Sigamos leyendo: <em>�Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Par�clito, el Esp�ritu Santo, que el Padre enviar� en mi nombre, os lo ense�ara todo y os recordar� todo lo que yo os he dicho�.</em> Aqu� tenemos la respuesta: para �guardar la Palabra� de Cristo es necesa�ria la acci�n del Esp�ritu Santo y la docilidad de los disc�pulos a sus dulces mociones (movimientos interiores o espirituales). Se completa as� una cadena de ense�anza: el Padre ense�a al Hijo lo que tiene que decir al mundo; y el Esp�ritu Santo ense�a a los disc�pulos esa misma Palabra de Jes�s que ellos tienen que guardar.</p>
<p>Jes�s se refiere al Esp�ritu Santo con un apelativo especial que ciertamente tiene un sentido profundo: el Par�cli�to. �Qu� quiere decir este nombre? �ste es un t�rmino que en todo el Nuevo Testamento s�lo es usado por Juan. Es un sustantivo griego, formado del verbo griego <em>�parakaleo�</em> que signifi�ca: <em>�llamar junto a�</em>. El sustantivo �par�clito� pertenece al mundo jur�dico y designa al que est� junto al acusado en un proceso judicial, al asis�tente, al defensor, al abogado. En el Evangelio de San Juan, el Par�clito es el que asiste y ayuda a los creyentes en el gran conflicto que opone a Jes�s y el mundo. Mientras el mundo cre�a condenar a Jes�s, el que resulta condenado es el mundo, gracias a la acci�n del Par�clito, que opera en el coraz�n de los fieles. Por eso, en las cinco promesas de su env�o a los disc�pu�los, el Par�clito tiene la funci�n de ense�ar, de dar testimonio a favor de Jes�s y de condenar al mundo.</p>
<p>En la promesa del Esp�ritu Santo contenida en el Evangelio de este Domingo, el Par�clito tendr� la misi�n de ense�ar a los disc�pu�los todo, de recordarles todo lo dicho por Jes�s. Esto no quiere decir que el Esp�ritu Santo traer� una nueva revelaci�n o un suplemento de revelaci�n distin�ta de la aportada por Jes�s. Quiere decir que en el proce�so de la revelaci�n divina hay dos etapas: lo ense�ado por Jes�s durante su vida terrena y la comprensi�n de esa ense�anza por interiorizaci�n, gracias a la acci�n del Esp�ritu Santo. Todos tenemos la experiencia de lo que significa compren�der repentinamente el sentido de algo que antes era oscuro para nosotros: una palabra, una frase que alguien dijo, la actitud que alguien adopt�, etc. Cuando esto ocurre, nosotros habla�mos de <em>�darnos cuenta�</em> de algo. Este darnos cuenta acontece en un segundo momento en contacto con alguna circunstancia particular que ilumina lo que antes era oscuro, por ejemplo, cuando alguien <em>�nos hace ver�</em>.</p>
<p>El Esp�ritu Santo sugiere a nuestro coraz�n el sentido verdade�ro de esas pala�bras, nos hace darnos cuenta, hace com�prender toda su trascendencia. El Esp�ritu Santo no aporta ninguna nueva revelaci�n m�s all� de lo dicho por Jes�s. Pero hace comprender interiormente lo dicho por Jes�s, hace que penetre en el coraz�n de los fieles y se haga vida en ellos. Si el Esp�ritu Santo no hubiera venido, todo lo dicho y hecho por Jes�s, sobre todo, su identidad misma de Hijo de Dios, habr�a quedado sin comprensi�n y no habr�a operado en el mundo ning�n efecto. Es lo que ocurre a�n hoy con aquellas personas que han rechazado de sus corazo�nes el Esp�ritu Santo: no entienden las palabras de Jes�s.</p>
<p><strong>La Nueva Jerusal�n</strong></p>
<p>En la Segunda Lectura de hoy se hace una descripci�n simb�lica de la nueva Jerusal�n, es decir, del estado final y glorioso de la comunidad de los redimidos. Un detalle significativo es que carece de Templo; lo cual establece una diferencia radical entre la antigua y la nueva ciudad de Dios. <em>�Templo (Santuario) no vi ninguno, porque su Templo es el Se�or Dios Todopoderoso y el Cordero�</em> (Ap 21, 22). La perfecci�n en la totalidad del pueblo nuevo sucede a la del antiguo. A las doce tribus de Israel corresponden los doce Ap�stoles. Es interesante notar el simbolismo invertido de las doce puertas y los doce cimientos: aquellas (l�gicamente posteriores al cimiento), con los nombres de las doce tribus de Israel y �stos con los nombres de los Ap�stoles. �No significa esto la uni�n definitiva de los Testamentos en el Reino Celestial? Finalmente leemos en los Hechos de los Ap�stoles que el Concilio realizado en Jerusal�n, hacia 48 � 49, inhabilita las antiguas mediaciones que eran exigidas (la circuncisi�n entre otras cosas) a los gentiles para obtener la salvaci�n de Dios. Este Concilio de los ap�stoles es el modelo de todos los que se han celebrado en la Iglesia� asistidos por el Esp�ritu Santo.</p>
<p>+� <strong>Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>��Estoy con vosotros� quiere decir: estoy con la Iglesia construida sobre vosotros, y vengo siempre en virtud del Esp�ritu Santo. Esta venida es m�ltiple: en la palabra del evangelio, en los sacramentos, especialmente en la Eucarist�a, y en la misteriosa inhabitaci�n del coraz�n mediante la gracia. A esta �ltima venida se refieren las palabras que acabamos de escuchar: �Si alguno me ama, guardar� mi palabra, y mi Padre le amar�, y vendremos a �l, y haremos morada en �l� (Jn 14, 23).</em></p>
<p><em>El amor hace que una persona habite espiritualmente en otra. As� acontece en la dimensi�n humana y, de modo a�n m�s profundo, en la dimensi�n divino-humana. �Si alguno me ama (&#8230;), mi Padre le amar�, y vendremos a �l, y haremos morada en �l� (Jn 14, 23). Por consiguiente, el amor a Cristo atrae el amor del Padre y hace que el Hijo y el Padre est�n presentes en el alma del hombre, que se abandonen �ntimamente al hombre. Ese don es obra del Esp�ritu Santo, el Amor increado. Derramado en el coraz�n del hombre, hace que toda la sant�sima Trinidad est� presente en �l y more en �l. Esta inhabitaci�n, que brota del amor y enriquece el amor, debe realizarse en la verdad. </em></p>
<p><em>Quien ama a Jes�s guarda su palabra, la palabra de la que �l dice: �Y la palabra que escuch�is no es m�a, sino del Padre que me ha enviado� (Jn 14, 24). Quien ama a Jes�s vive de su Evangelio. Cristo es el Verbo del Padre. En �l se realiza la plenitud de la verdad, que est� en Dios y que es Dios mismo. �l �se hizo carne� (Jn 1, 14) para transmitirnos esta verdad con palabras humanas, con obras humanas y, en definitiva, en el acontecimiento pascual de la cruz y la resurrecci�n. Ahora Cristo dice: �Me voy al Padre� (Jn 14, 28). Eso es para �l motivo de alegr�a divina, una alegr�a que desea comunicar a sus disc�pulos. Con la humanidad que asumi�, el Verbo vuelve a su fuente, al eterno manantial donde, sin ning�n inicio, tiene su inicio�</em></p>
<p><em>Juan Pablo II.</em><em> Homil�a en el Santuario de Mariano de Svat� Kope&#269;�k, de Olomuc.</em></p>
<p><em>Rep�blica Federativa Checa y Eslovaca</em><em> 21 de mayo 1995. </em></p>
<p>&#8216; <strong>Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana� </strong></p>
<p><em>1. �Demos gracias a Dios por el don del Magisterio de la Iglesia! La Iglesia nos ense�a y nos conduce por sendas seguras a la Jerusal�n Celestial. �Me esfuerzo por leer los documentos m�s importantes de la Iglesia? �Cu�l ha sido el �ltimo documento que he le�do? </em></p>
<p><em>2. �Amo y guardo la Palabra de Dios? �Estudio la Palabra para as� poder vivirla?�� </em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 683-693. 790- 791.1822-1823. 1828. </em></p>
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		<title>Domingo  de la Semana 5� de Pascua. Ciclo C</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Apr 2013 17:14:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas del Domingo]]></category>
		<category><![CDATA[Meditaci�n Dominical]]></category>

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		<description><![CDATA[��Os doy un mandamiento nuevo: que os am�is los unos a los otros� Lectura del libro de� los Hechos de los Ap�stoles� 14, 21-27 � Al d�a siguiente march� con Bernab� a Derbe. Habiendo evangelizado aquella ciudad y conseguido bastantes disc�pulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioqu�a, confortando los �nimos de los disc�pulos, exhort�ndoles [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><em>��Os doy un mandamiento nuevo: que os am�is los unos a los otros�</em></p>
<p><strong>Lectura del libro de� los Hechos de los Ap�stoles� 14, 21-27</strong></p>
<p><strong>� </strong>Al d�a siguiente march� con Bernab� a Derbe. Habiendo evangelizado aquella ciudad y conseguido bastantes disc�pulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioqu�a, confortando los �nimos de los disc�pulos, exhort�ndoles a perseverar en la fe y dici�ndoles: &#8220;Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios&#8221;. Designaron presb�teros en cada Iglesia y despu�s de hacer oraci�n con ayunos, los encomendaron al Se�or en quien hab�an cre�do. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; predicaron en Perge la Palabra y bajaron a Atal�a. All� se embarcaron para Antioqu�a, de donde hab�an partido encomendados a la gracia de Dios para la obra que hab�an realizado. Al su llegada reunieron a la Iglesia y se pusieron a contar todo lo que hab�an hecho juntamente con ellos y c�mo hab�a abierto a los gentiles la puerta de la fe<strong>�</strong></p>
<p><strong>Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a</strong></p>
<p><strong>�</strong>Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva &#8211; porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusal�n, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y o� una fuerte voz que dec�a desde el trono: &#8220;Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondr� su morada entre ellos y ellos ser�n� su pueblo y �l Dios &#8211; con &#8211; ellos, ser� su Dios. Y enjugar� toda l�grima de sus ojos,� y no habr� ya muerte ni habr� llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado&#8221;. Entonces dijo el que est� sentado en el trono: &#8220;Mira que hago un mundo nuevo&#8221;�.</p>
<p><strong>Lectura del Santo Evangelio seg�n San Juan 13, 31-33a. 34-35</strong></p>
<p><strong>�</strong>Cuando sali�, dice Jes�s: &#8220;Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en �l.� Si Dios ha sido glorificado en �l, Dios tambi�n le glorificar� en s� mismo y le glorificar� pronto&#8221;. &#8220;Hijos m�os, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os am�is los unos a los otros. Que, como yo os he amado, as� os am�is tambi�n vosotros los unos a los otros.� En esto conocer�n todos que sois disc�pulos m�os: si os ten�is amor los unos a los otros&#8221;.<strong>�</strong></p>
<p><strong>Pautas para la reflexi�n personal �</strong></p>
<p><strong> El v�nculo entre las lecturas</strong></p>
<p>Pablo y Bernab� vuelven de su primera misi�n (Primera Lectura) donde se resalta el laborioso crecimiento de la Iglesia de Cristo. Expansi�n que no est� exenta de tribulaciones que San Pablo paternalmente advierte. El nuevo mandamiento (Evangelio) dejado por Jes�s es la vivencia del amor hasta el extremo de dar la vida por los otros; y esto ser� lo distintivo entre los primeros seguidores de Jes�s: <em>�En esto conocer�n todos que sois disc�pulos m�os: si os ten�is amor los unos a los otros�.</em> Justamente es la glorificaci�n del Hijo del hombre que renovar� todas las cosas creando as� un mundo nuevo (Segunda Lectura).</p>
<p><strong> �Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre&#8230;��</strong></p>
<p>La Iglesia celebra hoy el V Domingo de Pascua. Puede parecer extra�o que estando en tiempo de Pascua, en que la liturgia est� dominada por la contemplaci�n de Cristo resu�ci�tado y vencedor sobre el pecado y la muerte, se nos pro�ponga un pasaje del Evangelio que est� ubicado en el momento en que Jes�s comienza a despedirse de sus ap�sto�les para encaminarse a su Pasi�n. Veamos por qu� se da esto&#8230;</p>
<p>La primera palabra de Jes�s hace referencia al momen�to: <em>�Ahora&#8230;�.</em> Debemos preguntarnos en qu� situaci�n de la vida de Jes�s nos encontramos y qu� ocurri� para que Jes�s consi�derara que hab�a llegado el momento. Jes�s se hab�a reunido con sus ap�sto�les para celebrar la cena pas�cual. El cap�tulo comienza con estas palabras fundamenta�les: <em>�Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jes�s que hab�a llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los am� hasta el extremo� </em>(Jn 13,1). Hab�a llegado su hora, la hora de pasar de este mundo al Padre y la hora de dar la prueba suprema de su amor a los hombres. Pero faltaba todav�a algo que desencadenara los hechos.</p>
<p>El Evangelista dice: <em>�Durante la cena, ya el diablo hab�a puesto en el coraz�n de Judas Iscario�te, hijo de Sim�n, el prop�sito de entregarlo&#8230;� </em>(Jn 13,<em>2).</em> Sigue el episodio del lavatorio de los pies a sus ap�stoles. Y, en seguida, Jes�s indica cu�l de sus ap�sto�les lo iba a entre�gar, dando a Judas un bocado. El Evangelista sigue narrando: <em>�Entonces, tras el bocado, entr� en �l Satan�s� (Jn 13,27).</em> Jes�s acompa�� su gesto, que debi� ser lleno de bondad y de conmiseraci�n ante el disc�pulo ya decidido a traicionarlo, con estas palabras: <em>�Lo que vas a hacer, hazlo pronto�. </em>El Evangelista conclu�ye: <em>�En cuanto tom� Judas el bocado, sali� (Jn 13,29).</em> La traici�n de Judas fue una obra de Satan�s, pero tam�bi�n una decisi�n res�ponsable del hom�bre. Aqu� el misterio de la iniqui�dad alcanz� su punto m�ximo, s�lo comparable con la obra de Satan�s en nuestros primeros padres. Esta especie de escalada de Satan�s era lo que faltaba a�n para que llega�ra el momento.</p>
<p><em>�Cuando Judas sali�, Jes�s dice: Ahora ha sido glori�ficado el Hijo del hombre�.</em> Ya los hechos que lleva�r�an a Jes�s a morir en la cruz se hab�an desencadenado. Pero en esos hechos consiste su glorificaci�n, pues mientras los hombres lo someten a la pasi�n dolorosa y a la muerte, en realidad, �l est� yendo al Padre. As� lo dice el Evangelio al comienzo de este cap�tulo: <em>�Jes�s sab�a que hab�a llegado su hora de pasar de este mundo al Padre&#8230; sab�a que el Padre hab�a puesto todo en sus manos y que hab�a salido de Dios y que a Dios volv�a�</em> (Jn 13,1.�3). Lo repite �l mismo en el curso de esa misma cena con sus disc�pulos: <em>�Me voy a prepararos un lugar&#8230; voy al Padre� (Jn 14,2.12).</em> Y poco antes de salir con sus disc�pulos al huerto donde ser�a detenido, Jes�s se dirige a su Padre y ora as�: <em>�Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti� (Jn 17,1).</em></p>
<p><strong> �Dios ha sido glorificado en �l� </strong></p>
<p>La muerte de Cristo fue un sacrificio ofrecido a Dios Padre. Si todo sacrificio es un acto de adoraci�n, el sacrificio de Cristo ha sido el �nico digno de Dios, el �nico que le ha dado la gloria que merece. Por eso es que Dios ha sido glorificado. Cristo ha dado gloria a Dios con toda su vida, pues toda ella fue un acto de perfecta obediencia al Padre. Pero en la cruz alcanz� su punto culminante, all� recibi� su sello definitivo. Este es el sentido de la �ltima palabra de Cristo antes de morir: <em>�Todo est� cum�plido�,</em> es decir, est� cumplida la voluntad del Padre en perfecci�n y hasta las �ltimas conse�cuencias. Nunca se demostr� Jes�s m�s Hijo que en ese momento. Pero todav�a quedaba que se realizara la �ltima afirmaci�n de Cristo: <em>�Dios lo glorificar� en s� mismo�,</em> la que deb�a cumplirse <em>�pronto�.</em> Esta es la subida de Cristo al Padre, que ocu�rri� con su Resurrec�ci�n.</p>
<p><strong> El testamento de Jes�s</strong></p>
<p>En este momento de la despedida de sus ap�stoles, Jes�s agrega lo que m�s le interesa dejarles como testamento: <em>�Os doy un mandamiento nuevo: que os am�is los unos a los otros�.</em> �Por qu� dice Jes�s que este mandamiento es �nuevo�? �D�nde est� la novedad? Ya desde la ley antigua exist�a el mandamiento: <em>�Amar�s a tu pr�jimo como a t� mismo� </em>(Lev 19,18). Y Jes�s, lejos de derogarlo, lo hab�a indicado al joven rico como condici�n para heredar la vida eterna (ver Mt 19,19). La novedad est� en el modo de amar, en la medida del amor. Es esto lo que hace que este mandamiento sea el de Jes�s: <em>�Que, como yo os he amado, as� os am�is tambi�n vosotros los unos a los otros�.</em> En este mismo discurso, m�s adelante, Jes�s repite: <em>�Este es mi mandamiento: que os am�is los unos a los otros como yo os he amado� </em>(Jn 15,12).</p>
<p>Por eso Jes�s agrega: <em>�En esto conocer�n todos que sois mis disc�pulos�</em>. En la vida de Jes�s hemos contemplado lo que es el amor y c�mo �l nos am�. El no busc� su propio inte�r�s, sino el nues�tro. Nos am� hasta el extremo: <em>�habiendo amado a los suyos, los am� hasta el extremo�</em> (Jn 13,1); y esa es la medida que nos ha dejado. Sin embargo, es incre�ble c�mo en nues�tra socie�dad y en el modo com�n de hablar, el amor se haya podido profa�nar tanto y que muchas veces se llegue al extremo de llamar amor lo que es per�fecto ego�smo.</p>
<p><strong>�Yo, Juan, vi&#8230; la ciudad santa, la nueva Jerusal�n��</strong></p>
<p><a name="pt5"></a>La espl�ndida visi�n de la Jerusal�n celestial concluye el libro del Apocalipsis y toda la serie de los libros sagrados que componen la Biblia. Con esta grandiosa descripci�n de la ciudad de Dios, el autor del Apocalipsis indica la derrota definitiva del mal y la realizaci�n de la comuni�n perfecta entre Dios y los hombres. La historia de la salvaci�n, desde el comienzo, tiende precisamente hacia esa meta final.</p>
<p><a name="pt6"></a>Ante la comunidad de los creyentes, llamados a anunciar el Evangelio y a testimoniar su fidelidad a Cristo aun en medio de pruebas de diversos tipos como leemos en la primera lectura, brilla la meta suprema: la Jerusal�n celestial. Todos nos encaminamos hacia esa meta, en la que ya nos han precedido los santos y los m�rtires a lo largo de los siglos. En nuestra peregrinaci�n terrena, estos hermanos y hermanas nuestros, que han pasado victoriosos por la �gran tribulaci�n�, nos brindan su ejemplo, su estimulo y su aliento. San Agust�n nos dice c�mo la Iglesia <em>�que prosigue su peregrinaci�n en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios�,</em> se siente sostenida y animada por el ejemplo y la comuni�n de la Iglesia celestial.</p>
<p>Recordemos las palabras del profeta Isa�as: <em>�Mira ejecutado todo lo que o�ste&#8230;Hasta ahora te he revelado cosas nuevas, y tengo reservadas otras que t� no sabes� </em>(Is 48,6). Esto no es un cuento de hadas sino el mundo que surge de la vivencia plena del mandamiento del amor. Este esplendoroso final esperado tiene su contraparte en la Primera Lectura donde se contrasta el crecimiento de las comunidades cristianas en sus comienzos al ritmo penoso de la misi�n que acaban de concluir. Pablo y Bernab�, de nuevo en Antioqu�a de Orontes (Siria) y ante la comunidad reunida, hacen un balance positivo de su primera misi�n por tierras del Asia Menor hasta Antioqu�a de Pisidia (hoy Turqu�a). Al reanudar el camino iban animando a los disc�pulos y exhort�ndolos a perseverar en la fe. Y apuntando ya a una primera organizaci�n pastoral.</p>
<p><strong>�Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por &#8230; �� </strong></p>
<p>El d�a 20 de noviembre recordaremos a un grupo de monjitas espa�olas que vivieron el mandamiento del amor hasta el extremo. Justamente el V Domingo de Pascua de 1998 fueron declaradas beatas por el Papa Juan Pablo II ante una multitud en la plaza San Pedro. La Beata Mar�a Gabriela y sus compa�eras m�rtires ingresaron a la congregaci�n de la Visitaci�n de Santa Mar�a, imprimiendo en su coraz�n los principios de la congregaci�n: <em>�Todo dulzura y humildad�</em>.</p>
<p>En los primeros meses de 1936, la persecuci�n religiosa en Espa�a se fue agravando. La congregaci�n se dio cuenta que era ya muy peligroso continuar en Madrid por lo que decidieron trasladarse al pueblito de Onoroz, en Navarra. Pero ellas pidieron quedarse en Madrid, pues la iglesia del monasterio segu�a abierta al culto. Al frente del grupo estaba Mar�a Gabriela. A mediados de julio la situaci�n se complic� demasiado lo que les oblig� a trasladarse definitivamente a una casa refugio, en donde se dedicaron a la oraci�n y a sacrificarse por su patria. Los vecinos les mostraron mucho aprecio excepto dos personas que las denunciaron antes las autoridades. El 17 de noviembre, despu�s del registro que hicieron los milicianos de su casa, estos se despidieron dici�ndoles: <em>�hasta ma�ana�.</em></p>
<p>Mar�a Gabriela ofreci� a la comunidad la oportunidad de ser llevadas al consulado para ponerse a salvo. Pero un�nimemente todas exclamaron con especial fervor: <em>��Estamos esperando que de un momento a otro vengan a buscarnos en el nombre del Se�or� que alegr�a, pronto va llegar el martirio, si por derramar nuestra sangre se ha de salvar Espa�a, Se�or, que se haga cuanto antes!�</em>. En efecto, el 18 de noviembre, llegaron los milicianos y en un cami�n las llevaron hasta el lugar de la ejecuci�n. Una r�faga de balas destroz� sus cuerpos y les hizo entrar en una bella p�gina de la historia de la Jerusal�n celestial.</p>
<p>+� <strong>Una palabra del Santo Padre: </strong></p>
<p><em>�&#8221;La se�al por la que conocer�n que sois disc�pulos m�os, ser� que os am�is unos a otros&#8221; (Jn 13, 35). El Evangelio de este V domingo del tiempo de Pascua nos lleva a la intimidad del Cen�culo. All� Cristo, durante la �ltima Cena, instituy� el sacramento de la Eucarist�a y el sacerdocio de la nueva Alianza, y dej� a los suyos el &#8220;mandamiento nuevo&#8221; del amor. Hoy revivimos el intenso clima espiritual de aquella hora extraordinaria. Las palabras del Se�or a sus disc�pulos se dirigen de modo particular a vosotros, amad�simos candidatos al presbiterado, invitados a recibir esta ma�ana su testamento de amor y servicio�</em></p>
<p><em>El Se�or os entrega de modo nuevo su mandamiento:� &#8220;Amaos unos a otros como yo os he amado&#8221; (Jn 13, 34). Ese mandamiento constituye para vosotros un don y un compromiso:� don del yugo suave y ligero de Cristo (cf. Mt 11, 30); compromiso de ser siempre los primeros en llevar este yugo, convirti�ndoos con humildad en modelos para la grey (cf. 1 Pt 5, 3) que el buen Pastor os encomiende. Deb�is recurrir constantemente a su ayuda e inspiraros siempre en su ejemplo.</em></p>
<p><em><br />
Hoy, al pensar una vez m�s en la rica experiencia del A�o jubilar, quisiera entregaros de nuevo simb�licamente la carta apost�lica Novo millennio ineunte, que traza las l�neas del camino de la Iglesia en esta nueva etapa de la historia. A vosotros corresponde guiar, con una entrega generosa, los pasos del pueblo cristiano, teniendo en cuenta especialmente dos grandes �mbitos de compromiso pastoral: &#8220;Recomenzar desde Cristo&#8221; (nn. 29-41) y ser &#8220;testigos del amor&#8221; (nn. 42-57). En este segundo �mbito, que se caracteriza por la comuni�n y la caridad, es determinante &#8220;la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los dones del Esp�ritu&#8221;, estimulando &#8220;a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de su responsabilidad activa en la vida eclesial&#8221; (n. 46)�.</em></p>
<p align="right"><em>�������������������������������������������������� Juan Pablo II. Homil�a del Domingo 13 de mayo de 2001 </em></p>
<p>&#8216; <strong>Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana� </strong></p>
<p><em>1. �De qu� manera concreta puedo vivir el mandamiento nuevo que Jesucristo nos ha dejado? </em></p>
<p><em>2. �Esto es en verdad el amor: obedecer y creer al que se ama�, nos dice San Agust�n. �C�mo vivo esto? </em></p>
<p><em>3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Cat�lica los numerales: 2196. 2443- 2449.</em></p>
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		<title>Carta al pueblo de Dios en ocasi�n de la elecci�n del Papa Francisco</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Apr 2013 15:54:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[CEA]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco]]></category>

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		<description><![CDATA[DIOS NOS REGALA MISERICORDIA, ALEGR�A Y ESPERANZA Queridos hermanos y hermanas: Los obispos argentinos estamos alegres y agradecidos de haber vivido con el pueblo de Dios la presencia cercana y providente del Se�or. Reconocemos que �l mismo ha inspirado l Papa Benedicto el gesto humilde y prof�tico de su renuncia. Esta decisi�n es un ejemplo [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" style="margin: 5px;" alt="CEA" src="http://www.marana-tha.net/images/CEA.jpg" width="120" height="168" align="left" /><br />
<strong>DIOS NOS REGALA MISERICORDIA, ALEGR�A Y ESPERANZA</strong></p>
<p>Queridos hermanos y hermanas:</p>
<p>Los obispos argentinos estamos alegres y agradecidos de haber vivido con el pueblo de Dios la presencia cercana y providente del Se�or. Reconocemos que �l mismo ha inspirado l Papa Benedicto el gesto humilde y prof�tico de su renuncia. Esta decisi�n es un ejemplo muy valioso para la Iglesia y para el mundo entero. A este don se une la elecci�n de Francisco, primer Papa latinoamericano y argentino. Ambos hechos constituyen un momento excepcional de la historia, que desde la fe nos alegra y nos conmueve. En nuestra tierra y en tantas partes del mundo, la gente manifest� no solamente su sorpresa, sino su gozo y su esperanza. Sentimientos que fueron vividos por creyentes y no creyentes. Nos complace ver en dichas reacciones la mano misericordiosa de nuestro Padre Dios, que camina con su pueblo en todo tiempo, y que nos ha bendecido en nuestros d�as con la abundancia de sus dones.</p>
<p>Esta historia de amor y de esperanza comenz� en aquel momento, en el que Cristo resucitado le pregunt� a Pedro por tres veces: �Sim�n, hijo de Juan, me amas? (Jn 21,15- 17). A la pregunta del Se�or, le contest� Pedro otras tres veces, confesando su amor humilde y fiel hasta el martirio. �ste es el acontecimiento que hemos vivido de nuevo, con la elecci�n del Papa Francisco, que tambi�n supo responder �s� a Jes�s, desde una fe confiada. En aquel momento, el Se�or le encomend� a Pedro el cuidado pastoral del reba�o de la Iglesia, al mismo tiempo que lo invit� a seguirlo. Desde entonces, cada sucesor de Pedro -como ahora Francisco- ha de seguir a Jes�s, porque �l es el Pastor supremo.</p>
<p>Por la predicaci�n y el testimonio de Pedro y los ap�stoles se fueron formando las comunidades cristianas. En ellas se compart�a la ense�anza, la eucarist�a y el amor fraterno. Viviendo de esa manera, la Iglesia gan� el coraz�n de los pueblos, a trav�s de los siglos.<br />
Hoy, en el A�o de la fe, el don de Francisco nos interpela de nuevo, y nos reclama proclamar con el Concilio Vaticano II: �Cristo es la luz de los pueblos�. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, debemos llevar a todos los hombres y su cultura el Evangelio de Jes�s. La Iglesia existe para ser servidora del mundo, en la b�squeda de la uni�n �ntima con Dios y de la unidad de todo el g�nero humano (cf LG 1).</p>
<p>Creer en Jes�s y anunciar su Evangelio es la dicha mayor de los creyentes. Al amor misericordioso de Jes�s que cautiva y consuela, debemos responderle de nuestra parte imitando el amor con que �l nos am� primero. No hay fundamento m�s grande para nuestra esperanza, que experimentar la misericordia del Se�or, y ofrecerla en Su nombre a todos; especialmente a los pobres, sufrientes y excluidos.</p>
<p>La alegr�a de tener un Papa argentino, como tambi�n sus gestos y palabras, han conmovido los corazones y han renovado en ellos el gozo de pertenecer a la Iglesia. De esta manera, el Se�or nos interpela a profundizar nuestro compromiso de disc�pulos misioneros, para ofrecer la esperanza a este mundo, necesitado de Dios y de sus dones de justicia, amor y paz.</p>
<p>La Virgen Mar�a cant� llena de gozo, que Dios se acord� de su misericordia (cf Lc 1,58). Ella nos auxilia ahora y siempre. A Nuestra Se�ora de Luj�n le pedimos que acompa�e a nuestro Papa con su amor maternal.</p>
<p style="text-align: right;">105� Asamblea Plenaria<br />
Conferencia Episcopal Argentina<br />
Pilar, 19 de abril de 2013</p>
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		<title>Juan Pablo II</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Apr 2013 22:24:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Matoga]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Juan Pablo II]]></category>

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		<description><![CDATA[��Una gran noticia!! Se acerca la canonizaci�n de Juan Pablo II. COMPARTE para q se entere todo el mundo. Octubre 2013]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong><a href="https://fbcdn-sphotos-f-a.akamaihd.net/hphotos-ak-prn1/603852_319233538206377_607193079_n.jpg" rel="lightbox[5313]"><img class="aligncenter" alt="Juan Pablo II" src="https://fbcdn-sphotos-f-a.akamaihd.net/hphotos-ak-prn1/603852_319233538206377_607193079_n.jpg" width="292" height="373" /></a></strong></p>
<h5 style="text-align: center;" data-ft="{&quot;type&quot;:1,&quot;tn&quot;:&quot;K&quot;}">��Una gran noticia!! Se acerca la canonizaci�n de Juan Pablo II. COMPARTE para q se entere todo el mundo. Octubre 2013</h5>
<p style="text-align: left;">
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