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		<title>pedrosorela.com</title>
		<description>Página web oficial de Pedro Sorela. Escritor</description>
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		<lastBuildDate>Tue, 07 Jul 2020 16:28:46 +0000</lastBuildDate>
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			<title>La mentira más gorda con menos palabras</title>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="La mentira más gorda con menos palabras" href="http://www.pedrosorela.com/obra/ensayos/item/la-mentira-mas-gorda-con-menos-palabras.html">La mentira más gorda con menos palabras</a></div>
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		<a href="http://www.pedrosorela.com/obra/ensayos/item/la-mentira-mas-gorda-con-menos-palabras.html"   title="La mentira más gorda con menos palabras">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/deberes_51c1dd18ebdebc5a6b1766c6810f8dd6.jpg" title="La mentira más gorda con menos palabras" alt="La mentira más gorda con menos palabras" width="337" height="400" />
		
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	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">La suerte, mucha suerte escrita al comienzo de mi destino, quiso que yo tuviese una infancia de piloto de avión, y el colmo, como si me hubiesen premiado, que desde el principio tuve que hablar y aprender en tres o cuatro idiomas, como si hubiese sido un habitante de Babel. Baste como anécdota que mis primeras palabras fueron en italiano (vivíamos allí), y que <em>sin saber que yo sabía, </em>veinte años después, sin haber regresado nunca, entré en una &nbsp;gasolinera de Veintimiglia, en la frontera entre Francia y Italia, y en perfecto italiano (en italiano, no en eso que suele pasar por tal) pregunté dónde se encontraban los servicios. Que de mí saliera una frase coherente, que un minuto antes yo no hubiese confesado conocer esa frase así me matasen, y que -lo más sorprendente-, que el empleado me contestase en un no menos perfecto italiano y sin mostrar la menor la extrañeza porque yo lo hablase figuran entre las grandes sorpresas de mi vida.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp; Los filos de los idiomas no dan para un libro sino en todo caso para una enciclopedia. Se pueden abordar desde infinidad de esquinas, y lo más probable es que el debate quede colonizado de inmediato por todos los tópicos, que son muchos y se agarran como percebes gallegos a la roca, en Navidad, mientras suben los precios. Yo en esta ocasión lo traigo para combatir esa extendida superstición de que el aprendizaje de los idiomas ocupa sitio. Que unos y otros se molestan y hasta se excluyen mutuamente. Y que de todas formas para qué seguimos esforzándonos si al final -tal vez ya estamos ahí- terminaremos todos hablando en inglés.</span></p>
<p style="text-align: justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp;<span style="color: #000080;">El aprendizaje de los idiomas refuerza de modo inmejorable esa superstición todavía mayor de para qué esforzarse en hacer deberes fuera del aula. Puesto que está demostrado hace mucho, dicen, que estos no son más que las coartadas que profesores muy planos han encontrado para, una y otra vez, reducir a sus alumnos a los niveles de su propia mediocridad y el mínimo común denominador de la nueva sociedad tecnológica.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp;Y aquí, lo siento mucho, es el momento en que oigo la frase triunfante de nuestra era en España, esa según la cual "esta es la generación mejor preparada de la historia", momento en el que, como si me hubiesen abducido, me entran ganas de coger un revolver y diparar, como le sucedía a Goebbels cuando oía la palabra "cultura". No es posible, me asombro cada vez, decir una mentira más gorda con menos palabras. Ni siquiera una mentira: una falsificación, y nada inocente.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp; Parece difícil que se pueda llegar a tal grado de desfachatez, ceguera, falsificación de la historia y lectura errónea&nbsp; de los datos con esas frasecitas que colocan en un supuesto momento ateniense a la cultura española. Los asombros que provoca son muchos, pero entre los más destacados figura el que, frente a las dolorosas comprobaciones en el aula, donde el autoengaño parecería imposible, profesores y todos estos pedagogos que parecen desembarcados de una flota de ONGs para invadir el mundo con sonrisas como única e imbatible arma pedagógica se empeñen en mirar como un paisaje romántico y renacenista las ruinas a las que nos venimos resignando desde.... desde cuándo: ¿desde Fernando VII y "las caenas"? ¿desde el final del imperio? ¿desde la guerra Civil y la marcha del país de la población más preparada? O puede ocurrir incluso que sea desde la adopción de una serie de trolas que nos tragamos desde la muerte de Franco, cuando nos programaron "borrón y cuenta nueva", como esa de la generación mejor preparada de la historia.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp; &nbsp;Y en esas estábamos cuando llegó el ejército de profetas de la pedagogía, en activo desde que Rousseau dijo que el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe, y decide que el pecado original es ese pequeño esfuerzo que el escolar tiene que hacer al regresar a su casa y disponer al fin de media hora de silencio, esfuerzo y orden (más o menos) sin que vengan a asaltarle los pitiditos del móvil, que de todas formas vienen. Con demasiada frecuencia esa media hora es el </span><em style="color: #000080;">único</em><span style="color: #000080;"> esfuerzo real que hace: en un paisaje educativo en el que todo esfuerzo que no sea el de meter goles o esforzarse para batir records de algo -canciones, paellas, entusiasmos ante fotos banales-, todo lo que contradiga esos posibles niveles de auto satisfacción son interpretados como castigos. Y los profesores que encargan como deber escribir unas líneas sobre algo, resolver un problema ya no digamos teórico sino tan solo abstracto, y hasta realizar un dibujo, son mirados como represores que no han comprendido que la educación, hoy, es que los estudiantes hagan lo que quieran -de esa ácrata voluntad se desprenderán grandes tesoros de miel y sabiduría-, y si lo prefieren no hagan nada.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp; Suele ser nada.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp; Se me ha ido el folio sin poder explicar que lo poco que soy se lo debo en muy buena parte a los profesores antediluvianos que, en colegios diversos me ponían deberes casi siempre imposibles, que corregían sin contemplaciones: es más, solían ser ogros y tener lenguas no de fuego sino de ácido, cuyas verdades se graban con más facilidad. &nbsp;Por lo general los deberes consistían en redactar las temibles "disertaciones" del sistema educativo francés, y resolver problemas de matemáticas, física y química, que a base de pura terquedad personal y vergüenza torera terminé por aprender a resolver, o casi, para mi gran sorpresa, lo cual agradezco infinito cuando comparo mi formación con la de mis amigos "de letras". Y mucho más que sorpresa: para mi gran felicidad, que aún me dura, tras conseguir algo para mí difícil con un esfuerzo que nadie más podía prestarme.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp; Tampoco mis padres, que aparte de su apoyo cálido no intervenían. No por falta de voluntad sino porque a partir de ciertos niveles era ciertamente difícil orientarse -también la educación cambió mucho para ellos entre la Guerra Mundial y el 68-, y mientras era feliz robando tiempo para alguna llamada a la chica que me gustase de la clase con el pretetxto, quizá, de pedirle ayuda con las ecuaciones de segundo grado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp; Tiemblo sobre qué habría sido de mí sin esos tiempos de esclavitud antes de la cena, esfuerzo y represión. Para empezar este artículo no existiría.</span></p>
<p style="text-align: justify;">&nbsp;</p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 04 Apr 2018 12:40:22 +0000</pubDate>
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			<title>¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?</title>
			<link>http://www.pedrosorela.com/obra/experimentacion/item/sabe-alguien-si-sigue-ahi-la-otra-mitad-del-mundo.html</link>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?" href="http://www.pedrosorela.com/obra/experimentacion/item/sabe-alguien-si-sigue-ahi-la-otra-mitad-del-mundo.html">¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?</a></div>
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		<a href="http://www.pedrosorela.com/obra/experimentacion/item/sabe-alguien-si-sigue-ahi-la-otra-mitad-del-mundo.html"   title="¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/stalin_492980ca3799e23026ee900361d5382c.jpg" title="¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?" alt="¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?" width="690" height="237" />
		
		</a>
		
</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">Además de incendios, magnicidios, colectivizaciones de la tierra e inesperados accesos al poder de personas que firmaban con una cruz, lo primero que se vio, al poco de estallar la Revolución, es que esta había nacido dividida: A un lado los partidarios de quitar, que es por definición lo que mueve a todo revolucionario. Pero al lado, un poco en secreto y sin gritarlo mucho, aquellos a quienes se les habían ido bajando las ganas de quitarlo todo y querían poner, construir también. Construir algo, así fuera plantar una hilera de magnolios. Pues <em>hacer la revolución</em>, como habían soñado y proyectado durante décadas de idealismo y sufrimiento, de planear a quién ejecutar, qué incendiar, qué arrancar de raíz, no bastaba para pasar a la Historia y ser recordado. Y desde el padre de familia hasta el pintor de domingo que se presenta al concurso del ayuntamiento, lo que anida allí en el fondo y no hay forma de saltarse es el deseo de ser recordado, un deseo tan inevitable como que las hojas se van quedando solas en los árboles a medida que se oscurecen los días. Y es raro que te recuerden si solo quitas. Se puede (véanse los grandes asesinos tipo Hitler, Stalin o Mao), pero es raro y como mínimo psiquiátrico.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Así que la guerra civil se prolongó hasta que las aguas de la revolución se mezclaron y comenzó a salir una sola, más turbia quizá, un poco como el desagüe de las lavadoras, más uniforme. El torrente de la revolución había quitado mucho, salvo las nubes, los cementerios y las tormentas y el calor del verano; lo había quitado casi todo como acostumbra cuando el agua está lo bastante cabreada... Pero al tiempo se fue permitiendo que aquí y allá sobreviviera lo que en los primeros días se había decapitado sin contemplaciones: un palacio o al menos algún torreón, alguna universidad que prefería parecer una academia de inglés, cierto apellido no demasiado largo, aunque fuese el símbolo del pasado (se les había olvidado lo que había llegado a significar pues la revolución también consiste en borrar por lo menos la mitad de la memoria), e incluso el delgado cuello de algún gran talento cuya agitación en la ciencia o la poesía no podía hacer demasiado daño. Además ciencia y poesía suelen ser los primeros elementos que usan los decoradores cuando llega la reconstrucción de la historia, cuando hay que reescribir lo que ocurrió y dar al fin con la verdad, aquella que hizo saltar todo por los aires.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y aquí se llega al momento en que es preciso dejar pasar un tiempo. Igual que en un invernadero.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Para ver lo que ocurre.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sí, igual que en un jardín, un huerto, también sucede en un cuento, una novela: hay que detenerse.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La discusión de si mucho o poco tiempo es otra discusión (y puede ser infinita).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El autor se ha de detener a ver qué pasa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tiempo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y ello para enfrentar con calma el viejo problema: ¿quién es el autor de todo este asunto?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;Quién es: ¿El que cuenta la revolución? ¿O la Revolución en sí misma? Porque a la postre qué es lo que de verdad importa: ¿quitar lo que había o contar la versión de lo que allí estaba? Eso es crucial.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tiempo o no tiempo, es inútil detenerse. Por mucho que nos quedemos a ver el problema, como jugadores de ajedrez sin cronómetro, o compositores de sonetos frente al atardecer, no hay nada que hacer: al cabo se mantendrá incólume el enigma de por qué, tras la revolución, crecieron esas plantas y no esas otras. Se construyeron estos edificios horribles en lugar de dejar florecer los que ya habían brotado antes, prometedores. Por qué galoparon por calles y playas los rebaños de muchedumbres con chanclas, en lugar de otras posibilidades, así fueran con los pies desnudos. Por qué se hicieron estas novelas y esas películas en lugar de otras no tan difíciles de imaginar y cuánto más atractivas...</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En definitiva, tras la revolución se había ido permitiendo construir, pero solo ciertas cosas y en determinadas direcciones, y con sentidos y utilidades que, bien mirados, mantienen su insondable misterio. Al final -si es que en algún momento de ninguna narración se puede decir <em>al final-</em>, al final faltaba mucho de lo que hubiera sido posible y en otras circunstancias habría nacido y florecido.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cualquiera se podía dar cuenta. Faltaba mucho, faltaba la mitad del mundo y quizá más.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; O tal vez se trataba de algo todavía más grave: Quizá todavía está ahí, la mitad de mundo, pero ya falta gente que sepa reconocerla y nombrarla. Han entrado en el olvido, la ignorancia. Las cosas necesitan de quien las nombre para poder existir.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; ¿O sea que cuál era? y ese es el verdadero enigma, ¿la necesidad de esa revolución?</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 28 Mar 2018 09:22:53 +0000</pubDate>
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			<title>V, amiga de mi madre</title>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="V, amiga de mi madre" href="http://www.pedrosorela.com/viaje/item/v-amiga-de-mi-madre.html">V, amiga de mi madre</a></div>
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		<a href="http://www.pedrosorela.com/viaje/item/v-amiga-de-mi-madre.html"   title="V, amiga de mi madre">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/pino_7ee298d7db14bcc282801eafa066802e.jpg" title="V, amiga de mi madre" alt="V, amiga de mi madre" width="450" height="346" />
		
		</a>
		
</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">Ha tenido que pasar una vida para comprender que V. no fue tan solo una amiga más en la vida de mi madre -que las tuvo muy buenas-, y la influencia que, a través de su vida de libro (esto no es más que un esbozo) tuvo también en la mía. Quién lo hubiese dicho: una señora a la que vi un par de veces o tres cada verano durante mi infancia. Luego volví con una novia a visitarla a su casona de Andraitx en el invierno destemplado de Mallorca: todavía estoy viendo su mirada de águila al llegar nosotros por sorpresa, los ojos quizá más taladrantes que he visto en mi vida y esa es la causa de que inspiren los de Mónica Mallarino en mi novela <em>Huellas del actor en peligro</em>. Y luego durante ya todo un mes de junio, en el último hotel que quedaba <em>de antes </em>en toda Mallorca, cuando ya había vendido su casa y la última parcela que le quedaba de lo que había sido sin duda un reino.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pues pocas reinas se pueden permitir que las llamen <em>la señora de Andraitx</em> y que desde el otro lado de la isla sepa de quién se trata, y ello pese a la hojarasca de yates, banqueros, cortesanas y horteras de todo pelaje que fue ocupando la zona con más dinero de la isla, y que les fue vendiendo ella pedacito a pedacito. Y ello para regresar a morir por la cuchillada de una corriente de aire, más de medio siglo largo después de haberse ido, un día que mi madre la acompañó a ver una casa que ya tampoco era de las de antes: Bogotá había perdido un saludable&nbsp; clima de montaña en la pesada digestión de un tráfico que no se sacía jamás, con nada, a ninguna hora. Aquello parece El Cairo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; V. era mestiza, como todo el mundo en Colombia, en su caso de la variante de colombiano de toda la vida con una señora inglesa de la época victoriana, Kitty, a quien recuerdo con el pelo blanco de abuela de cuento, doblada como una navaja y sacudida por el parkinson, lo que impresionaba mucho a los niños los cinco primeros minutos, y que sin embargo tardó en derribarla. No siempre vivía con V. en Andraitx, una casa, si se piensa que conservaba su lado salvaje de hacienda que también se correspondía con un lado de V. La mayor parte del tiempo Kitty era una de esas señoras que vivía en el Ritz de Madrid, cuando hacerlo de un modo discreto y señorial (en el hotel no dejaban entrar a actores de cine, por ejemplo) no era solo un lujo sino un modo nada extravagante de estar en el mundo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y de todos los destinos no tan limitados como se podría pensar que les correspondían a mi madre y sus amigas, y el que la posteridad suele tender a reducir a los tópicos, a V. le correspondió el de corresponsal de guerra. Fue una de las pioneras, durante la II Guerra Mundial, escribiendo para periódicos norteamericanos, y a su marido lo derribaron durante la luna de miel en la Batalla de Inglaterra, sin que las llamas alcanzaran a explicar el prodigio de que quedase algo después de que se hubiese quemado mucho. Lo hemos visto en el cine pero esta vez ocurría. Quedó inútil para casi cualquier cosa, de modo que después de la guerra V. invirtió su pequeña fortuna de heredera colombiana, que en aquellos años y traducida a pesetas no era nada pequeña, y se compró un pedazo de Mallorca, distinguible desde un sputnik, con la intención de cuidar a su marido y también de su hijo que con el tiempo devino en ingeniero de presas en América y uno de los mejores amigos de mi hermano.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero un día el marido se miró al espejo, decidió que las vidas de héroes son arduas y necesitan pesados cuidados, envió al niño a jugar a la casa de los guardeses con instrucciones muy precisas de quedarse allí hasta que fueran a buscarle, y se degolló sin apelación con su navaja de afeitar. En una nota explicaba por qué.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El destino de V. estaba escrito y se quedó en la isla, donde los demás, incluidos su madre y su hijo, la íbamos a visitar. No me extrañaría que mi madre se enamorase de la isla -de aquella isla-, en una primera visita a V. Por entonces nosotros vivíamos en Barcelona. Estoy hablando de los primeros cincuenta, y de unas Baleares que si tienen que ver con las de ahora es porque eran casi exactamente lo contrario. Fiel a su naturaleza mestiza, V. había construido una hacienda mallorquina, con sus muros de piedra y sus olores a almendra y algarrobo y sus lagartijas crucificadas en las paredes encaladas por el sol del verano. Más de un burro, una granja con patos y escándalo de gallinas libres en los gallineros y una perra sin padre que nos festejaba todos los veranos. Los adultos hacían su visita en porches que lidiaban como podían con tés y ginebras con el calor de la tarde. V. no había caído en la tentación azul de las piscinas, que es más fuerte que el opio, y si alguien se quería bañar lo podía hacer en un aljibe oscuro, y a los chicos nos dejaban en paz, para que hiciéramos todo tipo de trastadas -ni siquiera ahora me atrevería a confesar alguna-, y sin que nadie nos persiguiera preguntándonos si nos aburríamos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Solo con el tiempo he comprendido que ese era un tipo de vida, y además irrepetible. Una &nbsp;de señora medio hacendada que le permitía llevar un destino libre, que V consiguió conservar por el muy señorial y acreditado procedimiento -la ruina está garantizada-, de ir vendiendo su hacienda pedazo a pedazo, calculando si le iba a llegar hasta el final. Le llegó por los pelos. Los aparceros de su antigua hacienda ocupan hoy en día las fotos de las revistas y han decorado sus <em>residencias secundarias </em>con los estilos previsibles en los suplementos dominicales, pero yo la que recuerdo sobre todo es la suya, que era la auténtica. Incluso más que las sucesivas y también viejas casas inolvidables que fueron alquilando mis padres verano tras verano en otra zona de la isla y cuando se decidieron a comprar un terreno y encargar unos planos -los estoy viendo: dibujos en carboncillo marrón que plasmaban sus sueños- había llegado la hora de marcharnos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lo extraordinario es que a través de la hacienda de V. recuerdo Mallorca, aunque sea una que ya no existe ni volverá. Un modo de estar en el mundo. Una enseñanza de vida.</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 21 Mar 2018 20:01:00 +0000</pubDate>
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			<title>Novela... y algo más</title>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="Novela... y algo más" href="http://www.pedrosorela.com/sastreria/item/novelar-y-algo-mas.html">Novela... y algo más</a></div>
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		<a href="http://www.pedrosorela.com/sastreria/item/novelar-y-algo-mas.html"   title="Novela... y algo más">
	
		
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</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span style="font-family: 'Bookman Old Style'; font-size: 10.5pt; color: #000080;">Sastrería / Novela e imaginación</span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span style="font-family: 'Bookman Old Style'; font-size: 10.5pt; color: #000080;"><br /></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span style="font-family: 'Bookman Old Style'; font-size: 10.5pt; color: #000080;">No es la primera vez que alguien me lo dice, ni la quinta, por lo que comienzo a creer que algo hay: novelar con libertad ya no es suficiente. El lector, muchos lectores, quieren además otra cosa. No les basta una historia. Quieren más. "Quiero aprender", me dijo uno de ellos. Y los demás, algo parecido.</span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp; &nbsp; No es algo fácil de matizar pues reprocharle el realismo a la novela -el realismo sería una forma básica de aprendizaje, la información: <em>esto es</em>, <em>así fue</em>- supondría algo como reprocharle a las gaviotas que disfruten con el viento. ¿Acaso no dijo Stendhal que "la novela es un espejo al borde del camino?" (Perdón por esta cita que compite para ganar en la Olimpiada de los lugares comunes). Cuánta hipoteca no habrá tenido que pagar la novela a esa frase de alguien de intuiciones deslumbrantes. (Y mi deuda con él queda clara y agradecida en mi ensayo <em>Dibujando la tormenta. Inventores de la Escritura moderna </em>(Alianza)<em>.</em></span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Es en todo caso el concepto que sigue triunfando a comienzos de este milenio. Baste comparar la situación con lo que ocurría, digamos, el siglo pasado, cuando los que guiaban la novela en el mundo no eran novelistas "que buscaban algo más", sino Faulkner, con novelas cubistas y hallazgos como "Mientras agonizo", filosóficas como Camus con "El extranjero", de juego como la "Rayuela" de Cortázar al igual que otras de Ítalo Calvino, la novela-poesía "Cien años de soledad" de García Márquez, y así sucesivamente hasta llegar a los callejones sin casi salida del Nouveau Roman, contra el que reaccionó, y con particular violencia en España, la narratividad más clásica. </span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;&nbsp;&nbsp; No puede ser más reveladora la fórmula utilizada en su última trilogía por Ken Follett, el novelista popular de calidad más vendido en el mundo: Sobre un escenario bien documentado de los principales acontecimientos del siglo XX, unos cuantos personajes ficticios pero en extremo arquetípicos desarrollan tramas muy, muy reconocibles. Esto es, el último escalón en que un libro se puede reclamar novela antes de entrar en el periodismo o la crónica histórica. No se trata de que nos cuenten una historia. Se trata de que, con el pretexto de unas cuantas historias más bien reconocibles, nos cuenten cómo fue el bloqueo de Berlín, tras la guerra, o la crisis de los misiles de Cuba, que los nuevos lectores desconocen y los demás quizá queramos recordar. La historia más o menos común del siglo XX, o lo que es lo mismo, una versión internacional de <em>Cuéntame lo que pasó. </em></span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><em><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;&nbsp;&nbsp; </span></em><span class="s2"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">¿Y no es reveladora la evolución de Vargas Llosa, uno de los escritores de calidad de mayor referencia en castellano? Sus últimos libros son en su casi totalidad recreaciones y ambientaciones históricas, lejos no solo de sus primeros libros, <em>La casa </em>verde, por ejemplo, sino de los de los escritores en castellano que en su generación resucitaron una novela, una narración, que ya por entonces se decía agonizante. De verdad que me pregunto sin retórica qué haría hoy Cortázar y sus cuentos jugadores y poliédricos. O Borges (bueno: aunque evolucionó varias veces en su vida, Borges seguiría escribiendo Borges, no creo que pudiese evitarlo).</span></span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp; &nbsp; Si la constatación se limitara a eso, no daría mucho más de sí que certificar una vez más algo que sabemos desde el principio: <em>la novela, el espejo, el camino, etcétera. </em>Lo que motiva estas líneas es la intuición de que a lo mejor ahora estamos yendo todavía un poco más allá. Pues si la creación, la creación no útil y cuantificable ya no se encuentra más que en círculos cada vez más pequeños de la novela y la narración -porque sí: todavía existen algunos de esos autores literarios que buscan escribir narración por la narración misma-, ¿dónde se refugia la <em>creación</em>? Siempre he creído que la creación no solo es indispensable al hombre sino, en buena parte, lo que lo define. Hombre es hombre creador. </span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La casuística es infinita y puede abarcar todos los terrenos, desde el cine -¿dónde podría hacer hoy Fellini sus películas?-, hasta la poesía, donde medra la "poesía de la experiencia" o la pretensión de que la poesía le diga a la gente algo "que pueda reconocer", o fórmulas parecidas. El recuento podría ser muy vasto.</span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A mí me parece en particular significativo, por inesperado y hasta inimaginable no hace tanto, lo que sucede en la universidad, en las antiguas facultades "De Humanidades·" o "Ciencias Sociales", en donde el viejo pensamiento humanista, basado en la palabra, la disertación, la Historia y el recuerdo de los clásicos -basado en buena parte en la creación en un muy amplio sentido: el ensayo- tiene que luchar con mayor fuerza cada día para defender, ya no privilegios, sino el simple derecho a la existencia frente a una oleada cada vez más imparable de estadísticos y sociólogos armados de curvas y esquemas. Argumentan con fuerza que sus sumas y restas son útiles porque son lo que demanda la industria. Y ya ni siquiera es necesario informar de que la industria es la que ha comenzado a mandar en la universidad. Todo está relacionado. </span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Aún así, la orfandad permanece.</span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ¿Donde se ha refugiado el derecho a imaginar, a imaginar porque sí? Y sobre todo: ¿Puede desaparecer o irse a la irrelevancia? En cuyo caso, ¿qué ocurrirá?</span></span></p>
<p class="s3" style="margin: 0cm 0cm 0.0001pt; text-align: justify; line-height: 12.9pt;"><span class="s2" style="color: #000080;"><span style="font-size: 10.5pt; font-family: 'Bookman Old Style';">&nbsp;</span></span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 14 Mar 2018 10:16:20 +0000</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title>Risa de hiena</title>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="Risa de hiena" href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/risa-de-hiena.html">Risa de hiena</a></div>
<div class="element element-image ">
	

		<a href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/risa-de-hiena.html"   title="Risa de hiena">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/jirafa2_2c6bcc7272c4c8b97a6e2f2199910153.jpg" title="Risa de hiena" alt="Risa de hiena" width="200" height="351" />
		
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</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">El problema de Ernesto Aristimuño no es que fuera bajito, feo y encorvado, con el culo metido, pues al fin de cuentas si en el Congreso de los Diputados se hubiese organizado un congreso de belleza no habría salido ni en las noticias de Local. Un poco más problemático es que fuese listo. Y lo agravaba el que fuera inteligente. Eso los diputados lo suelen llevar mal en los demás, en particular la mayoría, que lo es porque intuye sus limitaciones y se adapta. Pero precisamente porque era inteligente, Ernesto sabía disimularlo lo bastante para que le dejaran continuar allí, en una existencia cómoda más bien lejos de la lucha por la vida de sus electores.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; El único problema, y que no podía controlar porque venía de fábrica, era la risa. Ernesto Aristimuño era una hiena, capaz de elaborar sofisticadísimas técnicas de acoso y caza que dejaban a las leonas como becarias y a los peligrosos hipopótamos con la boca abierta, pero no podía disimular su risa, ni controlarla cuando la provocaban múltiples motivos pero sobre todo pretenciosas ocurrencias, rollos vestidos de ideologías redentoras y todo lo que en un congreso abunda, además de la ira que le producía el pensamiento único y el hartazgo por las modas irrefrenables. Frente a todo ello opinaba también con risa. Como el cascabel a las serpientes, era algo que seguramente Dios o el Azar les había puesto a las hienas para avisar del peligro.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Bien, era algo que estaba ahí, y como la soberbia de los leones y la astucia de los gatos, formaba parte de la historia parlamentaria desde que los animales se reunían en torno a los árboles, las rocas o el fuego para discutir de sus problemas y crear otros antes de arreglar los primeros. Igual que las vacas y las ovejas nacían con una propensión a la obediencia y la esclavitud que no había forma de cambiar ni con sangrientas masacres milenarias, casi exterminios como el de los búfalos, era algo con lo que se aprendía a convivir y ya está.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hasta que un día una jirafa se quejó.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - La risa de la hiena hiere mis sentimientos y me humilla -dijo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La jirafa dejó pasar el tiempo para que se aposentara la sorpresa pues sus intervenciones eran raras y tardaban algo en llegar hasta abajo, y luego remató-: No tiene derecho.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;Los animales tienen el colmillo retorcido -todos los animales, salvo los rumiantes y alguno más, pero esos no cuentan-, y por eso es realmente raro que nada de lo que suceda en un parlamento les sorprenda. En realidad lo han visto llegar desde antes, y si no lo han visto, se adaptan.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Esta fue una de las veces en que les pilló de sorpresa, visto lo cual el secretario de la cámara, un cocodrilo, que era muy rápido, pidió y obtuvo la suspensión de la sesión: era poco antes de mediodía pero él dijo que ya era hora de comer y es raro que alguien rebata alguna vez ese argumento.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y cuando se volvieron a reunir, a Ernesto Aristimuño se le cedió la palabra para que explicara como:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; 1) La risa era parte de su idioma y hasta el momento a cada cual se le había reconocido el derecho a expresarse en lo considerase oportuno, incluso en siseos a las serpientes, el sonido de la crueldad, y en rugidos a los leones en celo, pura pornografía.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; 2) La risa -"incluso si es una risa corta y desagradable como la mía, que a veces hasta huele", concedió Ernesto- es uno de los mayores recursos dialécticos que existen, hasta el punto de que por lo general prepara el "sí" o el "no", que de eso va, en esencial, la partida.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp; y 3) La risa -y aquí como luego se vería metió la pata hasta el fondo-, no solo es síntoma de inteligencia sino de tolerancia. Tiene también mucho que ver con algo que los jóvenes ya les cuesta reconocer y es el sentido del &nbsp;humor.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ahí fue donde chocó con los muros de Troya. Porque a la jirafa pasó por encima de lo de la inteligencia, un argumento al que era tan impermeable como a las lluvias de los monzones, desconocía hasta el concepto, pero lo de la tolerancia le escarbó algo en una de sus manchas. Que la irritó al punto de extraerle, y no sucedía casi nunca, algo parecido a la cólera:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; -¿Tolerancia? ¿Sentido del humor? ¿Así se llama ahora el derecho de humillar a los demás que se otorgan las razas prepotentes?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Era la primera vez en mucho tiempo que se oían palabras graves como "razas" o "prepotentes", que habían costado mucho dolor y desgracia en lejanos tiempos pre inteligentes.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - La risa no pretende humillar a los demás sino ayudar a la discusión, le contestó Ernesto. Frente a una risa se puede oponer otra, ("siempre y cuando tenga gracia", añadió, y lo subrayó con un par de esos gemidos que pasan por ser la risa de las hienas).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero es inútil: pasa el tiempo, la jirafa se empecina, no cede y cada vez todo está más enredado. Igual que los debates en el congreso que se han fortalecido y embarricado en una y solo una alternativa: "¿La risa humilla o es una condición de la tolerancia y civilización?"</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y como no cabe la risa ni como prólogo y respiración, la cosa no avanza. El cuello de la jirafa parece una trenza. No crean: no todos los diputados se desesperan. Algunos especulan con viejas versiones de la historia, y elucubran con las consecuencias si el debate se estanca de verdad. Y reman para que así ocurra.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Así que todo depende de que suene o no una risa. Aunque sea de hiena.</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 07 Mar 2018 09:40:14 +0000</pubDate>
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			<title>El escándalo que se equivocó de sitio</title>
			<link>http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/el-escandalo-que-se-eqwuivoco-de-sitio.html</link>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="El escándalo que se equivocó de sitio" href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/el-escandalo-que-se-eqwuivoco-de-sitio.html">El escándalo que se equivocó de sitio</a></div>
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		<a href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/el-escandalo-que-se-eqwuivoco-de-sitio.html"   title="El escándalo que se equivocó de sitio">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/olympia_79080b1e0779dfcd650b080beb2d0c05.jpg" title="El escándalo que se equivocó de sitio" alt="El escándalo que se equivocó de sitio" width="588" height="450" />
		
		</a>
		
</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">Sucedió al amparo de la noche, cuando marchantes, galeristas, intermediarios, pícaros y toda la fauna que intenta vivir del comercio del arte se encontraba de copas y celebrando los negocios del día: básicamente, vender por mucho lo que no vale nada, y no vale nada por la sencilla razón de que el arte no se mide así. Y si se mide, lo más probable es que no sea arte.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pues bien: un comando de policías armados de porras pero también de ordenadores, con uniformes de toda la vida aunque con un toque Agatha Ruiz de la Prada para que se viera que eran policías cultos y sofisticados, no demasiado jóvenes para no dar aspecto de novatos pero tampoco viejos, entraron en el gran galpón donde se exhibían las Obras, las Transgresiones del Año y, sin mucho vacilar, se plantaron frente a la más atrevida de la Feria: el retrato de frente de un ser gordo, negro y ya escurrido por la edad, y a quien le colgaba entre las piernas algo que no se sabía muy bien qué era, si un pene, una corbata, un tercer seno, un péndulo o una soga para ahorcarse. Todo estaba lo bastante borroso para que se pudiera responder esa o cualquier otra cosa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El jefe del comando fue directo y se paró frente a la obra. Entonces se volvió hacia la persona que le hacía de sombra, una mujer toda vestida de negro, con el pelo pintado de azul eléctrico y unas gafas negras con cristales naranjas en forma de alas de mariposa y con las patillas fosforescentes, de tal manera que en la penumbra de la medianoche parecía un ser extraterrestre. Una super heroína pero con un toque intelectual, sofisticado. Durante el día no hubiese llamado la atención, pues galeristas, trileros y artistas tienden todos a disfrazarse de Artista Exótico y Rebelde, pero en mitad de la noche, y en medio de los comandos negros y con la cara pintarrajeada de camuflaje, la mujer destacaba.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; - ¿Esta?, preguntó.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; -Ajá, contestó la mujer. Y seguidamente, como un ballet mil veces ensayado, el comando de policías procedió con gran delicadeza y eficacia a&nbsp; bajar el cuadro del Gran Ser Desnudo (ese era su título), a guardarlo en una caja llena de algodones, y a retirarlo de la vista del público en unos grandes depósitos que es donde se guardan los jarrones chinos, las obras transgresoras de otras temporadas que ya no transgreden nada y los cuadros que ya no quieren los ministros en sus despachos. Entre otros cientos, quizá miles de obras de esa feria llena de marchantes y de pícaros, quizá no se notara demasiado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero se notó, vaya si se notó, y se armó. Ya se sabe: "Censura". "Intolerable". "Vuelve la dictadura". "Inconcebible". "Dimisión". "Retroceso en el tiempo". "Inquisición". En fin, toda la pesca, lo de siempre, como cuando lo de la Olimpia de Manet, y además seguido de lo de siempre: nadie dimitió.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Si bien esta vez fue diferente. Porque, por uno de esos azares que a veces se dan, un pequeño periódico digital que tenía que luchar por hacerse un hueco descubrió un pequeño hilo y comenzó a tirar de ahí: la mujer -no la protagonista del cuadro, si es que era una mujer sino la que había ordenado su retirada con el argumento de que se trataba de un intolerable ataque a la dignidad de las Personas-, la mujer, la Gran Comisaria, la Jefa, la Que Decidía sobre qué se colgaba y qué no en el Gran Salón del Arte... no había cogido un pincel en su vida y ni siquiera un lápiz de colores. Si estaba ahí no es porque supiera de algo en particular sino porque de lo que sí sabía era del cuarto oscuro de las finanzas de su partido, que era el que estaba en el poder, y estas eran más bien enrevesadas por llamarlas algo. Si se le quitaba el sofisticado vestido negro, las gafas en forma de mariposa y las patillas fosforescentes, la Gran Comisaria se quedaba en una funcionaria media, gran aficionada a la paella los domingos, al fútbol y fan de Messi, como todo el mundo, seguidora incondicional de <em>Juego de Tronos </em>y sin tiempo para haber aprendido ni las más elementales reglas de la perspectiva y la apreciación estética, la historia más simple del románico (y mira que es simple) y tampoco la de las vanguardias. &nbsp;Jamás se había preguntado qué hacen ni para qué sirven los artistas, ni había aprendido que para dirigir un gran salón de arte lo último que se debe hacer es mandar. Nada que ver. Y en caso de no saber nada hay que por lo menos tener algo de instinto, algo de lo que carecía más que de pelos una bola de billar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ese, ese era el verdadero escándalo. La comisaria bordeaba el analfabetismo o entraba de lleno en él, y el último libro que había leído había sido en el colegio, y eso en forma de resumen pues ni siquiera el profesor era capaz de leerlo entero, aunque a nadie parecía importarle. Y cómo iba a importarles si la mayoría en ese Salón estaba más o menos igual: ya muy pocos dibujaban, dedicados a las <em>instalaciones,</em> la mayor parte no leía más que whatsapps y además pretendían que eran vanguardia y todos se esforzaban en hacer entrar las series en la categoría de Arte Transgresor. Lo transgresor vende.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un escándalo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Más aún: un gran escándalo. Pero como era un periódico pequeñito y a todo el mundo se le había llenado ya la boca con el primero, con ese se quedó. Siempre es mejor un escándalo conocido que otro que vete a saber.&nbsp;</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 28 Feb 2018 11:53:34 +0000</pubDate>
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			<title>Vías de escape de la cama</title>
			<link>http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/vias-de-escape-de-la-cama-2.html</link>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="Vías de escape de la cama" href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/vias-de-escape-de-la-cama-2.html">Vías de escape de la cama</a></div>
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		<a href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/vias-de-escape-de-la-cama-2.html"   title="Vías de escape de la cama">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/escape_06c23f63ec10601ccd99d23f60a6185e.jpg" title="Vías de escape de la cama" alt="Vías de escape de la cama" width="690" height="320" />
		
		</a>
		
</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">C., una novia casi de la infancia, me escribió hace unos días desde el otro lado del mundo para contarme que se encuentra atrapada en una cama, pero no tanto por una molesta operación en los pies sino porque, a cambio, no puede ver todos los telediarios y prensa que la inercia prescribiría en una situación semejante. "Me he dado cuenta de que me deprimen", explicaba. El modo de resolverlo es el de siempre, que no falla: buenos libros y, de vez en cuando, una buena película. Y severo régimen de telediarios y pantallitas. Pero de algún modo persiste la sensación de amenaza escondida.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; No mucho después me salió una mancha roja encima de la ceja derecha. Manchita, en realidad, y ni siquiera: tan solo uno de esos nervios que le aparecen a uno en la cara con la primera ojeada al espejo, nada más levantarse, y que luego van desapareciendo con el agua y el día.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero a la mañana siguiente volvía a estar ahí, además picaba un poco y, al tacto, comprobé que no era una mancha sino un pequeño bulto. <em>Bulto</em> es una palabra inquietante, mucho más que <em>chichón</em>, de modo que lo miré en ese ojo de aumento que, en los baños el espejo normal carga a la espalda, y me pareció ver que, debajo del bulto, algo vivo pugnaba por asomar. Y así fue: al día siguiente, tirando de él por una punta con una pinza de cejas, salió algo, una línea negra enredada... una frase.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y aquí nos topamos con una primera gran dificultad porque, en contra de lo que está previsto, no puedo escribir la frase. Podría, pero no quiero. Y no quiero porque -según una experiencia de toda una vida que me tendrán que creer-, si transcribo la frase, <em>esa </em>frase, me saldrá otra manchita en el dorso de la mano, y ya tengo muchas. Parezco un viejo. Es algo que me costó comprender que tenía una relación de causa efecto pero ya no tiene vuelta de hoja. Es así: frase transcrita o dicha en voz alta = manchita.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; He llegado a una solución, una componenda, un chanchullo si lo prefieren, que no es lo ideal pero sí lo posible: No les puedo transcribir la frase pero puedo decirles de qué se trata: es un tópico, un lugar común. Y visto que los lugares comunes suponen como mínimo una cuarta o quinta parte de lo que se escribe en los periódicos, decartado lo que de toda evidencia no lo es, tipo hora del crimen o farmacias de guardia, no es difícil hacerse una idea y encontrar lo que salió de la ceja. Que desapareció por el desagüe, retorciéndose.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Dos o tres días después noté que cojeaba. Si me dejaba ir en una inercia de &nbsp;línea recta, no pasaba mucho tiempo antes de desviarme hacia un lado, lento pero seguro, como un coche con una rueda pinchada. Después de caminar desnudo por las habitaciones de mi casa, comprendí que la causa no estaba en mí, sino en la ropa. Y en efecto, escarbando con astucia en los bolsillos terminé por sacar una suerte de monigote hecho como de miga de pan o de plastilina que me estupefactó con el enigma de cómo había llegado hasta allí. Yo ya soy mayor y no ando recogiendo cualquier cosa por la calle.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ¿No? ahí está, que sabiendo lo que ahora sé, a lo mejor sí. Porque el monigote sí era algo que había recogido, y casi sin darme cuenta. Es más, una vez liberado de su carga sospechosa, en los días siguientes el bolsillo liberó otros dos, incluso tres que se intentaban hacer fuertes en el fondo del bolsillo, tras las llaves y el móvil: unos golems, unos frankensteins sin cara muy definida pero con clara expresión de cabreo. No hacía falta ser un gran semiólogo para reconocerles el parentesco, en cualquier lectura de un periódico más allá de los titulares, con esos enfadados que acechan en los medios casi tanto como los lugares comunes y los tópicos, sus primos, y que, en lugar de aportar nuevas ideas o sugerir la vastedad del mundo, nos andan diciendo a todos por qué esto sí y esto no, p0r qué hay que cambiar de bando, pues dan por hecho que tenemos uno, indiferentes a la libertad de la propia cabeza, y de qué hay que sentirse culpable hoy. Son también fáciles de reconocer.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Me pasó lo que ocurre con frecuencia con las grandes revelaciones, y es que no supe muy bien qué hacer con ella hasta que una mañana el segundo café del desayuno me supo mal. No amargo, pues yo no estropeo el café con nada y el café <em>es </em>amargo, sino <em>mal, raro. </em>Un disgusto pues se trata de uno de mis premios del día. Con una sensación de urgencia, como si con eso solo bastase para ir al hospital, busqué la causa, no fuera a más y me estropease incluso el primer café, y comprendí pronto que lo que ocurría es que mi cuerpo se rebelaba ante la perspectiva de leer más noticias repetidas, contadas siempre con la misma fórmula cómplice para quitarles la novedad e impacto. Algo muy astuto que le extraía toda capacidad incendiaria al número de muertos en la carretera, o por cáncer de fumador idiota, o de mujeres o niños golpeados, o por bombas de fanáticos en los rincones olvidados del mundo... No solo esas informaciones no iban a cambiar nada sino que nos quitaban de raíz la idea de que la información serviría para hacerlo. En algún sitio les habían sustraído el fuego y conseguido convertir en lugares comunes.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ese día debía de tener algo porque comprendí que no era la primera vez. Tomé consciencia de que el segundo café me venía sabiendo mal desde hacía años. Y como dejar de tomar café estaba fuera de toda discusión -si lo dejo sí que me van a salir manchas de vejez-, lo que hice fue apartar el periódico y coger un libro para terminar mi café en condiciones.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; O sea, la fórmula de C., presa&nbsp; a causa de sus pies pero liberada en la cama por los libros que no fallan. No es preciso, claro, que cuente cómo, después de unos cuantos días de mono de abstinencia, frases que me salían de las cejas y hasta de las orejas y narices, de caminar torcido y encontrarme extrañas cosas en los bolsillos, ahora las mujeres me vuelven a mirar e incluso a sonreír, algo que habían dejado de hacer dejándome muy solo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se lo he contado a C., sabiendo que nuestra relación resistirá. Y cómo no si se remonta casi hasta la infancia.</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 21 Feb 2018 10:45:12 +0000</pubDate>
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			<title>El caso de la desaparición de Fernando de Luis</title>
			<link>http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/el-caso-de-la-desaparicion-de-fernando-de-luis.html</link>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="El caso de la desaparición de Fernando de Luis" href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/el-caso-de-la-desaparicion-de-fernando-de-luis.html">El caso de la desaparición de Fernando de Luis</a></div>
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		<a href="http://www.pedrosorela.com/viaje/cuentos/item/el-caso-de-la-desaparicion-de-fernando-de-luis.html"   title="El caso de la desaparición de Fernando de Luis">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/desaparecido_ec762ed5bbe53b65603f8edabd56c399.jpg" title="El caso de la desaparición de Fernando de Luis" alt="El caso de la desaparición de Fernando de Luis" width="311" height="600" />
		
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</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">Cuando Fernando de Luis cumplió un mes y medio desaparecido "sin el menor resultado en las investigaciones" (clamaban la prensa y las redes con ira y también regodeo), el Jefe de Policía supo que por ahí no iban a llegar a ninguna parte y decidió llamar a Juan Nieto.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Era un tiempo difícil, pues las redes habían convertido a muchos en inquisidores puritanos de toda la vida disfrazados de futuro, y parecía que nadie podía escapar indemne ni a la inocencia. Un espejismo pues aunque había no pocos inocentes ante los jueces, se seguían escapando los de siempre. De todas formas el Jefe necesitaba resultados y, en busca desesperada de soluciones, llegó a Juan Nieto como se llega a dos más dos son cuatro.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya jubilado y dedicado, decían, a la observación astronómica estética, sin interés científico, Nieto se había caracterizado por usar siempre caminos esquinados en sus investigaciones, razón de las frecuentes sonrisitas de los demás policías cuando se le mencionaba. Pura envidia, como sabía el Jefe, pues los resultados de Nieto eran mejores, razón por la cual, aunque a regañadientes y no reconociéndolo jamás en las ruedas de prensa triunfantes que se convocaban al final de los casos, lo dejaban seguir. De todas formas era un tipo raro y se sabía que no aceptaba órdenes de la Ortodoxia, que con él no tenía resultados. Y eso pese a que Ortodoxia e Imaginación Rentable eran el Manual de esos tiempos, volcados en la fe en el dato, la plantilla y la estadística.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; - No tenemos nada -reconoció el Jefe-. Es como si Fernando de Luis se hubiese evaporado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; - Bueno, quizá lo hizo -dijo Ríos, tampoco se sabía cuándo hablaba o no en serio-. Acepto a condición de tener libertad de acceso y movimientos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; - Como siempre.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo que significaba que, después de las conversaciones con los familiares y amigos, que terminaron rápido pues De Luis era más bien solitario, rompiendo los precintos policiales Ríos se mudó a vivir a la casa del desaparecido.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Que en apariencia era una más: un piso de más de cincuenta años por Chamberí, en un edificio necesitado de una limpieza de fachada y una renovación de la portería. El ascensor seguía siendo de madera y arriesgado, pero luego, en el piso, un ático, no se oía nada. Nada. Lo que en Madrid raya en el milagro o descubre una intervención. En efecto, lo primero que observó Nieto fue que había una insonorización a fondo, incluidas las ventanas, con dobles gruesos cristales que hacían parecer el tráfico de la calle algo fantasmal.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El piso de Fernando de Luis era en efecto una mina, aunque ningún policía salvo Juan Nieto (jubilado) lo habría dicho. Cierto, era preciso haber leído algo, incluso mucho, para comprender que la biblioteca, de unos quinientos volúmenes, no era cualquier biblioteca. Allí no había premios sospechosos ni <em>best-sellers</em>, o en todo caso no estaban ahí por serlo sino porque además eran buenos -<em>A sangre fría, </em>en castellano e inglés, por ejemplo-, y predominio de libros de Historia, como la <em>Crónica de la Conquista de la Nueva España, </em>de Díaz del Castillo, de Japón -el <em>Libro de la Almohada </em>en dos ediciones, una más larga que la otra- y los modernos suramericanos. Pero no solo. Aquí y allá, con una frecuencia llamativa, libros de <em>raros, </em>esa categoría inventada por la industria académica para clasificar ahorrándose la vergüenza todo aquello que se le ha escapado, pese a ser magnífico, y cuya enumeración desbordaría cualquier página.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los libros ocupaban bibliotecas muy pensadas para no comerse toda la casa sino tan solo un tercio. Los dos restantes estaban ocupados por ventanas y por cuadros, también muy elegidos. Nada que ver con el gusto<em> </em>del coleccionista o del decorador y sí en cambio cuadros muy distintos, en su mayor parte figurativos, que evocaban ciudades -detalles, nunca <em>vistas</em> de Moscú, Venecia, México- y retratos: solo pasables desde el punto de vista técnico, pero sugerentes y referidos a gente de muy diverso tipo y raza. En su mayor parte eran apuntes y en la esquina de uno de ellos Nieto leyó las iniciales <em>FdL</em>, que descubrían al propietario de la casa como el autor. Sin saber muy bien por qué, tuvo la sensación de que el azar lo había llevado al origen de las fuentes del Nilo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Luego, detrás de una televisión con DVD descubrió unas docenas de películas viejas que muy bien hubiesen podido armar una pequeña filmoteca más que digna: Fellini, Visconti, Jean Renoir, Buñuel el mexicano, Jacques Tati, el Truffaut del comienzo, Bergman, Resnais, Eric Rohmer, Kurosawa y otros maestros japoneses, Ford, Huston, Hawks, Mankiewicz y demás grandes norteamericanos...</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El repaso de la casa le tomó un par de semanas sin apenas salir más que a comprar comida, pues a menudo se paraba a leer, ver películas o seguir casi con el ojo convertido en lápiz el trazado de los dibujos. Se acostaba tarde, en un sofá, y se levantaba pronto. Parecía un científico, un explorador a punto de.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Entonces, un lunes a eso de las siete de la tarde, cuando ya caía la noche, Nieto terminó de comprender lo que le había ocurrido a De Luis. Y la prueba de que lo comprendió tanto y tan bien es que al hacerlo se evaporó a su vez, sin darle tiempo de explicar nada al Jefe que le había llamado.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y ese es el nuevo reto del Jefe de la Policía. Dos desaparecidos en lugar de uno. ¿Y a quién llamar ahora?</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 14 Feb 2018 11:30:48 +0000</pubDate>
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			<title>Mejor no haber sido poeta</title>
			<link>http://www.pedrosorela.com/obra/experimentacion/item/mejor-no-haber-sido-poeta.html</link>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="Mejor no haber sido poeta" href="http://www.pedrosorela.com/obra/experimentacion/item/mejor-no-haber-sido-poeta.html">Mejor no haber sido poeta</a></div>
<div class="element element-image ">
	

		<a href="http://www.pedrosorela.com/obra/experimentacion/item/mejor-no-haber-sido-poeta.html"   title="Mejor no haber sido poeta">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/poeta_e2130d435579e6cd20c0cdefe70d803d.jpg" title="Mejor no haber sido poeta" alt="Mejor no haber sido poeta" width="427" height="400" />
		
		</a>
		
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<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">Sucedió que, por una de esas carambolas de la política, cierto poeta terminó convertido en ministro y luego en presidente. Una carambola a nueve o veintinueve bandas cierto, una lotería, un milagro. Aunque seguir llamándolo poeta roza la exageración y hasta la hipérbole: el poeta no había escrito un solo verso en cincuenta años, y sus versos, antes, tampoco detenían el tráfico ni hacían suspirar a nadie. Desde entonces había vuelto a nacer en múltiples personajes, incluido el de ladrón (aunque los fiscales no encontraban causa para perseguirle por unos gastos de millonario desatado a cargo del presupuesto). Y si alguien le hubiese gritado desde la otra acera "¡Maestro!", como se hacía antes con los poetas, ni siquiera se habría vuelto.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y sin embargo, de toda esa peripecia le quedaba una costumbre, una manía si se quiere, por la que era lícito llamarle Poeta, sobre todo porque nadie más la tenía: el hombre seguía hablando en imágenes y metáforas. Por ejemplo no decía "el electorado" sino "la ciudadanía". No "el programa electoral" sino "ideas para mejorar la vida de la gente". Y por lo general, antes que de leyes, prefería hablar de libertad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y aquí llega lo de verdad excepcional pues, en su actividad pública, mítines, intervenciones en el Congreso y demás, el hombre no solo metía imágenes y hasta alguna metáfora -decía que un adversario "embestía contra los burladeros del sentido común", por ejemplo- sino que además citaba a otros políticos de la historia, incluso de otros países, como Napoleón o unos cuantos ingleses, y recurría a citas de autores clásicos, tipo Shakespeare, Tucídides y hasta Quevedo. Algo que como sabe cualquier diputado novato está explícitamente prohibido en las primeras páginas del manual de instrucciones del político en activo: "No cite, y menos a los clásicos. Cualquier cosa antes de humillar a ningún colega o superior en el escalafón -no todo el mundo ha recibido una educación De Letras-, ni tampoco al electorado, que menos aún tiene por qué acreditar el conocimiento de ciertos nombres de la educación elitista".</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero bueno, se trataba de un político hábil y mediante los trucos del oficio supo hacerse perdonar esa manía que, como un acento de origen que hubiese deseado disolver en otro más común, no podía por otra parte corregirse. Era más fuerte que él. Puede que hubiese perdido la mirada y hasta el verbo del poeta, pero allá en el fondo le quedaba el gen rebelde de la metáfora y no había nada que hacer. Eso, junto la manía que tenía de salirse del uniforme de los políticos, que solo acepta el traje azul marino a la derecha y los obligatorios vaqueros rebeldes<em> </em>a la izquierda, sin corbata nunca, sin excepción, y de vez en cuanto se vestía con una chaqueta verdosa de tweed, por ejemplo. Es preciso reconocer que esas peculiaridades, que lo sacaban a ratos del rebaño, retrasaron sus ascensos y esa fue la razón de que llegara a la presidencia con una cabellera de prócer de pelo blanco al viento.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ahí fue cuando comenzaron los problemas de verdad. Porque con la fiebre del poder se le excitó y agrandó el gen poeta, que hasta el momento había mantenido, por así decir, amaestrado dentro de los límites del Parlamento, y se salió de madre. Por recomendación médica el poeta daba su paseo matutino por los jardines del palacio de la Moncloa y al regresar estaba metafórico como hacía tiempo. Pero es que luego cruzaba los salones, decorados con cuadros de gusto más que discutible, y a la excitación metafórica se le añadía una irritación del gusto sometido a pequeñas torturas que, ciertos días, podía llegar a épica. Si a eso se añadían todos los guardias y uniformados cuadrándose a su paso, algo que los políticos de a pie desconocen, lo cierto es que para cuando el poeta llegaba a su despacho de presidente tenía la metaforina en niveles realmente altos, mirada brillante y a lo lejos, corazón lleno de entusiasmo y ganas de escribir historia, y luego todo lo que hacía -aunque a menudo acertado- estaba teñido de un halo alusivo, sugerente, inspirador... O sea que nadie o muy pocos lo entendían, y ese era un problema. Lo miraban raro, por la esquina del ojo. Se preguntaban si.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; De modo que hubo que interpretar las leyes a toda prisa y destituir al poeta, darle una embajada donde pudiera ponerse todo lo estupendo que quisiera, y cambiarlo por otro político más normal. Que fuese de mediocridad homologable y dejase de humillar a sus votantes con metáforas y citas de extranjeros desconocidos. Que se le entendiera.&nbsp;</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 07 Feb 2018 09:50:20 +0000</pubDate>
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		<item>
			<title>El doblaje como síntoma</title>
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			<description><![CDATA[<div class="element element-itemname  first">
	<a title="El doblaje como síntoma" href="http://www.pedrosorela.com/sastreria/item/el-doblaje-como-sintoma.html">El doblaje como síntoma</a></div>
<div class="element element-image ">
	

		<a href="http://www.pedrosorela.com/sastreria/item/el-doblaje-como-sintoma.html"   title="El doblaje como síntoma">
	
		
	<img src="http://www.pedrosorela.com/cache/com_zoo/images/doblaje_617dc0c315950727b8d23d585cdb73fa.jpg" title="El doblaje como síntoma" alt="El doblaje como síntoma" width="589" height="450" />
		
		</a>
		
</div>
<div class="element element-textarea  last">
	<div><p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080; font-size: 10pt;">Sastrería / El doblaje&nbsp;</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">El otro día acepté romper una norma que me había fijado hace años, y es no ver una película doblada. La razón es que en esta ocasión no había cines en Madrid que la exhibieran en versión original y me interesaba ver la película: algo de época y de ideas, o sea una rareza, un exotismo. Y en efecto, volví a recuperar una vieja estupefacción, que me ha acompañado toda la vida: cómo es posible tal aberración cultural -personajes de una película hecha con ganas hablando con el acento monótono e igual de los dos o tres clanes que doblan el cine y la televisión en España con el mismo rutinario tedio con que fabricarían salchichón- a principios del siglo XXI y en mitad de Europa... o quizá en uno de sus extremos. Pues de eso se trata. ¿No es el doblaje uno de los síntomas más evidentes de nuestro aislamiento?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De entrada, nadie lo reconoce. ¿De qué está hablando?, preguntarán muchos: este es el segundo país con más turistas en el mundo, en torno a ochenta millones de personas al año (¡!). Y siguiendo de cerca al primero (Francia), dicen con entusiasmo quienes han malbaratado una costa mediterránea sin recuperación posible, parece ser, aunque nuestros descendientes decidan tirar al mar los espeluznantes rascacielos de la especulación en Benidorm o en Lloret de Mar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Es también uno de los fenómenos viajeros más curiosos de la Historia: ¿Acaso ha habido alguna vez tamaña circulación de personas sin que los receptores, es decir nosotros, nos demos mínimamente por enterados? Haga una prueba: cuántos españoles conoce usted que se hayan hecho amigos de uno, dos o tres de esos turistas, o incluso extranjeros que no sean turistas, y tengan conversaciones con ellos que vayan más allá de si va a hacer sol o no. Entre otras cosas porque siempre hace sol, es aburridísimo (de ahí los ochenta millones). Y viceversa: cuántos extranjeros conoce usted, incluso propietarios de casas en el sur, que tengan algún contacto digno de ese nombre con los nativos. Por un azar tuve la oportunidad de conocer a unos cuantos británicos jubilados, propietarios de casas e instalados en pueblos de Málaga y Granada. Y también ellos se creían integrados porque más o menos podían comprar en español (a veces con la ayuda de una gestora hispano-británica, mi amiga), sus casas eran de estilo <em>andaluz, </em>tomaban jamón al aperitivo, diferenciaban entre Rioja y Ribera y se reclamaban expertos en vinos españoles, y los más osados hasta se atrevían a hacer una paella. Poco más. El telediario seguía siendo el de la BBC.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; En realidad el fenómeno no se queda ahí y no es más que la superficie de un aislamiento mucho más hondo. Se podrían elegir muchos terrenos -todos, en realidad-, pero el fenómeno más significativo es el de la universidad, que en España es casi lo contrario de lo que indicaría su nombre: baste indicar que hasta no hace tanto no fue posible instaurar el distrito único -esto es, el derecho de los estudiantes españoles a estudiar en la universidad pública que quisieran dentro de España, siempre que tuvieran la nota requerida-, a causa de la feroz oposición de los caciques de campanario que querían conservar el distrito autonómico, a menudo con universidades de boina y aldea, y en particular las autoridades catalanas. Aún hoy es muy difícil que un estudiante canario o extremeño pueda estudiar en Cataluña, aunque solo sea por la barrera lingüistica. Lo que no se produce a la inversa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; No se trata ni mucho menos solo de estudiantes, que por cierto no es raro que vuelvan de Erasmus incontaminados por el país de destino pues se han conservado en la salmuera de sus compañeros españoles. ¿Sabía usted que las cátedras de literatura comparada, por ejemplo, no están ocupadas por profesores originarios de esa lengua -alemana, francesa, inglesa...- sino por los españoles que se consideran, como mínimo, con la misma autoridad? Puede ocurrir en algún caso, pero ¿todos? El segundo país más turístico del mundo es también uno de los que menos tienen profesores extranjeros.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; Todo eso, qué duda cabe, ayuda a explicar el inconcebible retraso español en idiomas -este debe de ser el único país del mundo en el que muchos políticos de cincuenta años no se defienden en inglés- que en contra de lo que piensan algunos no es algo racial e inherente al <em>Spain is different, </em>sino producto de un aislamiento deliberado. Cierto que el doblaje fue una forma de censura instaurada por el franquismo. Esa divertida aberración mediante la cual, en nombre del puritanismo de la época, cuánto más ingenuo que el feroz de hoy, los dos amantes de <em>Mogambo</em> quedaban convertidos en hermanos incestuosos.&nbsp; Pero no se trata de unas preferencias por un idioma u otro -yo quiero ver con subtítulos las películas en finlandés, del que no sé una palabra- y en realidad parte de un analfabetismo básico: ignorar asombrosamente que una película se compone en un idioma de la misma manera que Chopin componía para piano y no para corno inglés, y<em> </em>s<em>uena </em>en ese idioma igual que ha sido filmada en blanco y negro y no en technicolor.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp; El equívoco parte de un aislamiento muy anterior, que evoca a Fernando VII y las <em>caenas</em> tras la patriótica victoria sobre los franceses y de paso la Ilustración, la Inquisición guardiana de la religión pero sobre todo de una identidad esculpida en piedra, la expulsión de los judíos y de los árabes... Cuesta remontar al origen. Cierto que a ello se contraponen los tres siglos de imperio español, uno de los menos reacios al mestizaje de todos los grandes imperios.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000080;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La gran cuestión es si ese aislamiento se puede mantener. Y por extraño que parezca, de momento, parece que sí. Sí se puede. Pese a los ochenta millones.</span></p></div></div>]]></description>
			<pubDate>Wed, 31 Jan 2018 10:29:58 +0000</pubDate>
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