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	<title>Peinate que viene gente</title>
	
	<link>http://revistapeinate.com.ar</link>
	<description>humores // culturas // escritos // misceláneas</description>
	<pubDate>Wed, 08 Oct 2008 03:30:10 +0000</pubDate>
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		<title>Lavado caliente</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Oct 2008 03:30:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Me encuentro con un amigo en la calle; hace mucho que no lo veo, le pregunto cómo está y me dice: 
—Uh, boludo. Si te cuento lo que me pasó ayer a la tarde, te morís. 
Le doy una mirada distraída a la hora en el celular y tomo aire antes de sonreír con cara [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me encuentro con un amigo en la calle; hace mucho que no lo veo, le pregunto cómo está y me dice: </p>
<p>—Uh, boludo. Si te cuento lo que me pasó ayer a la tarde, te morís. </p>
<p>Le doy una mirada distraída a la hora en el celular y tomo aire antes de sonreír con cara de “mirá cómo me intereso”. </p>
<p>—Había ido a lavar el auto, ¿viste? —empieza—. Lo tenía hecho un chiquero, lleno de papelitos y esas boludeces que se te van juntando. </p>
<p>—Ajá. </p>
<p>—La cosa es que estoy en el lavadero pelando un caramelo con una cara de pelotudo bastante importante, cuando la mina que tengo al lado me dice: “después de los miradones que me pegaste, lo que menos podrías hacer es convidarme uno de esos”.<br />
<span id="more-975"></span><br />
—¿Quién era la mina?</p>
<p>—Pará, pará. La mina era una colorada, cuarentona pero muy entera. Todo gambas, ¿viste? Así los gambones con unas calzas negras y unos zapatos de taco alto. Floja de tetas, pero muy gato con la ropa, ¿no? Como para salir a una fiesta.</p>
<p>—¿En un lavadero?</p>
<p>—Sí. Yo la había estado fichando porque cuando entró casi nos quebramos el cuello todos los tipos que había ahí. Imaginate estos guasos que lavan y que son pura hormona: todos empapados, las manos llenas de jabón y silicona. Un quilombo la mina; no sabés qué-min-na —dijo haciendo subir y bajar un anillo improvisado con dos dedos. </p>
<p>—Mirá vos. </p>
<p>—Eso no es nada. La cosa es que había un despelote bárbaro de autos por todos lados, así que yo me había alejado un poco hasta la salida, donde hay una banqueta tipo de plaza…</p>
<p>—Un banco. </p>
<p>—Sí, una banqueta. Y estaba ahí sentado pelando el caramelo como un pelotudo cuando se me vino la mina. Ahí nomás le di un caramelo y empezamos a charlar. Y la empiezo a agitar, ¿no? Al toque me doy cuenta que hay clima porque te digo que nos caía la lluviecita de las mangueras con las que lavan y parecíamos una propaganda de celulares, todo muy romántico. Yo arranco tirándole con todo: “cómo no querés que te mire si andás con semejantes gambas al aire”, le digo. Y le empiezo a elogiar los trapos, ¿no? Que qué lindos zapatos, que qué linda cartera, ¿viste? Y la mina me sonríe, se hace la boluda, pero le cazo al vuelo que empieza a morderse el labio de abajo y a ficharme bien; me ficha las manos, las rodillas, los brazos, el mentón, el naso&#8230; ¡Imaginate!</p>
<p>—¿Las rodillas?</p>
<p>—Sí, boludo. A las minas las vuelven locas las rodillas de los chabones. Lo mismo pasa con la nariz, que si sos narigón como papá —dijo llevándose la punta de los dedos al pecho—, seguro que tenés una poronga como para voltear una cebra. </p>
<p>Me toqué la nariz, pensé en mis rodillas y asentí. </p>
<p>—Yo ya me la veía venir y estaba haciendo cálculos. Eran las cinco de la tarde y tenía que volver a casa, así que el marote lo tenía como una oficina llena de negros inventando excusas para justificar lo que viniera. Y de bien que estábamos, la mina me pone una mano en la gamba y me dice “te acompaño hasta la cochera de la vuelta”. </p>
<p>—¿Para qué iban a la cochera? —pregunté confundido. </p>
<p>—Para dejar mi auto, pelotudo. Nos íbamos a un mueble (idea de ella, ¿no?) y era al pedo salir en caravana; muy sospechoso. No sabés lo desesperada que estaba la flaca. </p>
<p>—Me imagino. </p>
<p>—Ya cuando estuvimos solos en el auto me empezó a contar que el marido era un pelotudo, que no le daba bola y que ella se sentía una pendeja traviesa, que todavía se sentía una mina joven y con mucho para disfrutar y que por eso aprovechaba zarparse con alguna historia como ésta de vez en cuando. </p>
<p>—Ajá. </p>
<p>—Y yo, qué querés que te diga, iba al palo escuchándola hablar todas esas boludeces, lo único que me imaginaba era ponerme esos gambones de bufanda, morderle los hombritos, olerle el perfumito. ¡No sabés el olorcito que tenía la mina! —hizo una pausa, miró para los costados y retomó con tono intimista—: Pero igual yo estaba con una sensación rara, ¿no? Sentía como que había algo que me jodía un poco y no sabía qué era. </p>
<p>—Era una cámara oculta. </p>
<p>—No, boludo. En serio. Yo miraba el auto y dudaba, ¿viste? Pero no me di pelota y nos internamos en un mueble igual. </p>
<p>—¿Cuánto cuesta un mueble hoy en día? </p>
<p>—No sé, boludo. ¿Podés creer que pagó ella?</p>
<p>—Qué bárbaro. No te puedo creer. </p>
<p>—Sé. La cuestión es que la mina se empieza a poner en pelotas y me empieza a arrancar la ropa a mí con los dientes, ¿no? </p>
<p>—Ajá. </p>
<p>—… y lo primero que hago es: la doy vuelta, la pongo cara contra la pared y le bajo las calcitas. ¡Vos no sabés lo que era ese culo! Duro como el culo de un pony. Después la mina me dijo que hacía <i>Pilati</i>, que por eso lo tenía así. </p>
<p>—Pilates —corregí. </p>
<p>—Esa mierda, sí. Ni sé qué es. </p>
<p>—Es como culear con un fantasma en una cama de una plaza que se mueve como si estuviera embrujada. Con cuerdas. </p>
<p>—Bueno, da igual. La cosa es que la mina estaba firme, ¿no? Y lo primero que hago es tirarla arriba de la cama y me le pongo a lo perrito. ¡Papá! —dijo juntando las manos en un rezo pagano con los ojos en blanco—. La mina me gritaba: “qué bien cogés, papito” y yo hasta le ladraba, no sabés. </p>
<p>—Pero ¿vos cogés bien?</p>
<p>—Wá cogé bien. Doy ocote, pero se ve que la mina estaba sacada, ¿viste?</p>
<p>—O drogada. </p>
<p>—No sé. Lo único que te puedo decir es que la flaca peló un pizarrón y me dio cátedra. Le gusta mucho coger. No me largaba. Y yo viste que dejé de fumar hace tres meses, ¿no?</p>
<p>—No sabía. </p>
<p>—Sí. Así que ando como con una polenta que no sabés lo que es. Me sobra el aire. Lo noto mucho en que me levanto a la mañana hecho una lechuguita, y que ahora te puedo echar dos polvos al hilo sin pestañear. Antes los tenía que fingir. </p>
<p>—¿Fingir qué?</p>
<p>—Los polvos. Yo era de los que fingían los polvos, que decían: “listo, terminé”, pero era que si no cortaba me infartaba, ¿no? </p>
<p>—Ajá. </p>
<p>—Todavía falta la mejor parte —me dijo guiñándome un ojo. </p>
<p>Hacía calor, un día de mierda, pesado, vaporoso. Levanté las cejas y torcí la boca, dándole la venia para que me pateara el penal. </p>
<p>—En un momento le suena el teléfono…</p>
<p>—Era el marido —dije. </p>
<p>—¡Sí!</p>
<p>—Ya me parecía. </p>
<p>—Y la empiezo a escuchar a la mina que habla, ¿no? Tenemos puesto el televisor en el mueble y hay un montón de gente garchando en la pantalla y la mina habla con el marido mientras me la agarra con la mano. </p>
<p>—Una chica dúctil. </p>
<p>—Y en eso escucho que la mina le dice: “todavía me falta comprar los mariscos para el viernes”. </p>
<p>Mi amigo se queda con la boca abierta como queriendo contagiarme con el suspenso, pero no entiendo qué mierda tienen que ver los mariscos con la mina y el marido. </p>
<p>—Yo el viernes, o sea mañana —empieza a explicarme él—, estoy invitado a comer paella a lo de mi jefe. </p>
<p>—La mina es…</p>
<p>—¡La jermu de mi jefe, boludo!</p>
<p>—Increíble —digo. </p>
<p>—Sí. Y después de eso nos echamos dos polvos más. Insaciable, la mina. </p>
<p>—Pobre tu jefe. </p>
<p>—Que se joda —dice barriendo el aire con la mano. </p>
<p>Se ha hecho un silencio incómodo y fugaz, así que aprovecho para ensayar una despedida, pero él me gana de mano con su pregunta oportuna: </p>
<p>—¿Y vos? ¿En qué andás?</p>
<p>—Y acá estamos —digo mientras rebusco en mi anecdotario algún asesinato, algún contacto extraterrestre, cualquier cosa que no me haga parecer tan chato al lado del peliculón que se ha contado este pajero—. De cuarentena post parto.</p>
<p>—Uh. Bajón.</p>
<p>—No sé —digo antes de despedirme—. Tan grave me parece que no es.</p>
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		<title>Extraño el papel</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Oct 2008 04:42:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Actitud Peinate]]></category>

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		<description><![CDATA[
(ilustración de mi querido amigo Luisito para la Peinate número ocho)
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-1152 aligncenter" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/05/morzilaprueba.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: center;"><em>(ilustración de mi querido amigo Luisito para la Peinate número ocho)</em></p>
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		<title>El partenaire</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2008 06:11:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Dicen las estadísticas que en setenta años de vida una persona habrá asistido a un promedio de seis presentaciones de libros, de las cuales no habrá disfrutado de cinco porque lo aburrieron soberanamente. Claro que la cantidad de presentaciones se duplica si uno tiene afinidad con la materia, o se triplica si trabaja, por caso, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dicen las estadísticas que en setenta años de vida una persona habrá asistido a un promedio de seis presentaciones de libros, de las cuales no habrá disfrutado de cinco porque lo aburrieron soberanamente. Claro que la cantidad de presentaciones se duplica si uno tiene afinidad con la materia, o se triplica si trabaja, por caso, en una editorial. Yo, que de literatura no entiendo un sorete, he asistido a más de treinta. Unas veces movido por el compromiso ineludible, otras por la curiosidad, las menos para reivindicar el placer doloroso del masoquismo. Lo cierto es que nunca, hasta ahora, me había tocado asistir como presentador; siempre he sido de los que se camuflan de espectador muy cerca de la puerta.<br />
<span id="more-955"></span><br />
Podría decir que algo aprendí después de publicar tres libros, pero estaría mintiendo: cada situación es única, cada lugar tiene su magia particular, cada convocatoria hace eco en un número distinto de gente. Ergo: no hay manera de medir ni prever nada, a excepción del hambre voraz y la sed inmortal de los asistentes. Los mismos organizadores lo saben, de ahí que una presentación sin bocaditos y bebidas esté destinada al fracaso rotundo, porque muchos dan el presente con la esperanza de atiborrarse de sánguches de miga y vasitos de vino tinto. Al común de los mortales le gusta chuparse, hablar boludeces y sonreír con migas entre los dientes.</p>
<p><em>Casos.</em></p>
<p>Tengo grabados en la cabeza algunos encuentros memorables. El lanzamiento de un libro en el interior, por ejemplo. La autora, cuyo nombre no daré para no herir susceptibilidades, se había empeñado en lanzar la obra con un grupo de gauchos que zapateaban bastante mal sobre el improvisado escenario. Adujo que la impronta musical y telúrica de sus versos así lo demandaba. Los presentes observamos con estupor, luego de veinte minutos de bostezos disimulados, la polvareda que iba levantándose desde las tablas y que cubrió a los bailarines hasta las rodillas. No quedaban más opciones que estornudar o cagarse de risa. Era obvio que a los danzantes los habían arreglado con damajuanas, porque de otra manera no se explicaba la coordinación lamentable y el uso irrestricto de boleadoras que en un momento sacaron a relucir para agitar compulsivamente. Cosa de chupados (no sé si no habrá nacido ahí mismo <a href="http://es.youtube.com/watch?v=In3HZvAZr4s" target="_blank">la idea de la publicidad de fernet</a>). La mujer, estoica, permaneció con los papeles entre las manos y los anteojos clavados en la mitad del puente de la nariz, observando la escena con ojos acuosos por encima de los bifocales. El libro costaba doce mangos y si vendió más de tres, es mucho.</p>
<p>Otro lanzamiento memorable fue el de un amigo novelista que decidió salir de la clandestinidad haciendo pública su ópera prima. Por esos días era marxista (ahora trabaja en Telecom) y decía que había que pasarse por las bolas al capitalismo y a los sellos editoriales porque eran la misma bosta. Así fue que invirtió unos mangos, fotocopió doscientos ejemplares, y los cosió y encuadernó con sus propias manos. Los libros eran tristísimos y perdían hojas cuando los abrías. Si los cerrabas quedaban desparejos, mal acomodados. La tapa, que por exceso de cola se llevaba consigo las primeras páginas, tenía la foto del culo peludo del autor  asomando por fuera de un pantalón de gimnasia Adidas. Tengo en la cabeza la imagen de mi amigo sentado en aquel enorme salón de Luz y Fuerza, solo como no ha estado ningún otro autor jamás, rodeado de pilas deformes de sus libros, esperando inútilmente que alguien asistiera. Fui el primero y el único. Ya estaba borracho cuando llegué y me invitó a sentarme. Lo último que me dijo antes de empezar a armar el bolso fue: “la próxima vez mando gacetillas a la radio y se van todos a la mierda”.</p>
<p>Hubo, claro está, otros casos menos desagradables. De hecho, he presenciado verdaderos milagros editoriales. Tengo en mente el del tío S. y el de mi amiga, B., por citar algunos. El primero, el de mi tío proctólogo, fue un libro construido en silencio y sin que nadie supiera. A lo largo de una década se encargó de compilar anécdotas sobre la profesión que terminaron convirtiéndose en un cuadernillo fabuloso que firmó con seudónimo y que ya va por la decimoquinta edición. Muchos de sus pacientes son personalidades reconocidas del espectáculo y de la política, así que no pudo jamás saborear las mieles del reconocimiento, y cada vez que hay una presentación fuera de Mendoza, donde vive, manda a un enfermero amigo a que ponga la cara (por lo general, el mismo que está inmortalizado en la solapa de las seis últimas ediciones).</p>
<p>El caso de mi amiga B. también es extraño. Su habilidad para escribir historias es indiscutible, pero es una chica insegura que ha canalizado su necesidad y su talento poniéndose al servicio de otros escritores: es lo que en la juerga se conoce como “<a href="http://www.google.com/search?hl=en&amp;rls=com.microsoft%3A*%3AIE-SearchBox&amp;rlz=1I7SUNA_es&amp;q=negro+literario&amp;btnG=Search" target="_blank">negro literario</a>”. Lo curioso del caso de B. es que las seis novelas que lleva publicadas con el nombre de otra persona son un éxito editorial, y que le ha tocado hacer de presentadora de cada una de ellas: es la única escritora que presenta sus propios libros sin que el público lo sepa. B. se rompe el culo y pasa nervios para que a los créditos se los lleve otra persona.</p>
<p>Escribo estos casos porque creo que de todas las experiencias se aprende: el mundo editorial está plagado de autores reconocidos y exitosos, o de <a href="http://revistapeinate.com.ar/2007/07/25/ovillejos/" target="_blank">talentos inéditos a quienes se atribuyen textos increíbles</a>. Pero nadie habla de la encomiable tarea de los presentadores, esos tipos ojerosos y angustiados sobre los que carga la enorme responsabilidad de que las cosas no se vayan al carajo.</p>
<p>A mí me toca <a href="http://eblog.com.ar/4819/el-imperio-digital-en-cordoba/" target="_blank">el jueves dos de octubre y a las 19.30 hs</a>. hacer lo que ya hicieron por mí dos buenos amigos en tres oportunidades.<br />
Les dejo pegada a continuación la invitación y espero que si van, vayan con ganas de pasarla bien y con un nivel de hambre, digamos, moderado.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/10/presentazanoni.jpg" alt="" /></p>
<p>Cariños,</p>
<p>José.</p>
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		<title>Ocho en punto</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 18:43:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://revistapeinate.com.ar/?p=948</guid>
		<description><![CDATA[—Otra vez tarde —dijo Iñíguez.
Volantti venía con la cara desfigurada de sueño, la ropa desaliñada.
—Si le cuento, no me lo va a creer, jefe, así que mejor ni le cuento.
Los dos habían coincidido en la máquina de café del pasillo. Qué mal culo tengo, pensaba Volantti, justo cuando llego tarde a este gordo de mierda [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—Otra vez tarde —dijo Iñíguez.</p>
<p>Volantti venía con la cara desfigurada de sueño, la ropa desaliñada.</p>
<p>—Si le cuento, no me lo va a creer, jefe, así que mejor ni le cuento.</p>
<p>Los dos habían coincidido en la máquina de café del pasillo. Qué mal culo tengo, pensaba Volantti, justo cuando llego tarde a este gordo de mierda se le ocurre tomar café acá.<br />
<span id="more-948"></span><br />
—Mejor cuente, Volantti, que hoy tengo tiempo de sobra para escuchar excusas.</p>
<p>Volantti vaciló. Iñíguez era un gordo jodido. Te tiraba letra para hacerte entrar, y cuando entrabas, te la ponía hasta el pecho. Sin embargo, Volantti se la jugó. Por ahí serviría para recomponer la cosa, por ahí se ablandaba el gordo. A veces un hombre tiene que jugarse las cartas ahí, al lado de la maquinita del café, en el pasillo del laburo.</p>
<p>—El chico&#8230; —empezó Volantti con la mirada como perdida, con la mano buscando los palitos de plástico para remover el café. Iñíguez lo miró de reojo mientras sorbía su bebida con cuidado para no quemarse—. El chico me tiene mal —siguió Volantti— se despierta a cada rato y la madre no acusa recibo. Las mujeres creen que poniendo la teta ya está, ya cumplieron su parte.</p>
<p>—La paternidad, Volantti, cosa seria —reflexionó interesado y con aire de añoranza Iñíguez.</p>
<p>—Sí —contestó Volantti aprovechando el viento favorable—. La verdad es que se empiezan a ver cosas que uno ni se imagina. Los chicos lloran mucho. Y hay que levantarlos, pasearlos en brazos. Tienen el sueño frágil, es como que te dicen «acá en esta casa se acabó la tranquilidad, me importa<br />
tres carajos que mañana tengas que madrugar».</p>
<p>Iñíguez sonrió con una mueca sobradora. Aires de padre con hijos grandes, actitud de tipo que ya está de vuelta, que la vivió y ahora puede mirarte por encima del hombro.</p>
<p>—Los chicos son muy demandantes. Los padres no tienen idea de lo que representa tener un crío —sentenció.</p>
<p>Volantti asintió con la cabeza mientras soplaba el borde del vasito de telgopor.</p>
<p>—¿La madre está todavía de licencia? —preguntó el jefe.</p>
<p>—Sí. Tiene para rato. Y encima sigue con sueño, cansada. No levanta la cabeza de la almohada. Cuando el chico empieza a llorar me talonea por debajo de las sábanas como si yo fuera un caballo de tiro y ahí me tengo que parar, ponerme las pantuflas y salir rajando. Para colmo, tenemos piso de parquet, los otros días casi me mato de una resbalada.</p>
<p>Iñíguez disimuló una risita. Volantti se la cazó al vuelo.</p>
<p>—Ni hablar de las veces que me he dado el dedo chico de la pata con el borde de la cama, o con la mesita de luz. ¿Vio que uno cuando se levanta así es como si estuviera chupado?, no coordina, no entiende, no sabe ni qué hora es, si es de noche o de día. Ya me pasó un par de veces que en vez de<br />
levantarlo al crío levanto un oso de peluche, o un paquete de pañales; a esa hora le juro que no entiendo nada.</p>
<p>Iñíguez sonrió y largó un aprobador «je» por encima del humito del café, como recordando su propia experiencia.</p>
<p>—No sé cómo habrá sido en su caso —siguió Volantti—, pero lo que es en casa, mi mujer es como que la tuviera comprada. No sé, no se mueve, no se molesta. Ya le digo, pone la teta y con eso piensa que está todo solucionado. A mí me irrita un poco, pero no le discuto nada. El médico nos dijo que está con estrés post parto.</p>
<p>—¡Claro! —acotó Iñíguez.</p>
<p>—Yo no entiendo a los médicos, sólo la piensan en femenino, y a nosotros que nos caguen las palomas, si me perdona la expresión. Ni libros sobre paternidad tenemos, todo viene para la mujer. No hay nada más feminista que la maternidad. No hay nadie más feminista que un obstetra.</p>
<p>—Jejé —volvió a soltar Iñíguez. Volantti sonrió internamente.</p>
<p>Ahora no le iba a aflojar la rienda.</p>
<p>—¿Usted tiene chicos? —preguntó sabiendo de antemano la respuesta.</p>
<p>—Sí, pero ya son grandes. Ya están crecidos. Aunque le digo una cosa, Volantti, esto recién empieza. No sabe lo que le espera cuando empiezan con el colegio, los útiles, las levantadas temprano para el desayuno. Y después crecen un poco más y te buscan la billetera. Después ya los desconocés, ya no sabés quiénes son, andan por la casa como zombies, comiendo, desacomodando todo, robándote las llaves del auto, cuestionándote por la forma en que hacés las cosas&#8230; Espere a que le roben para siempre el control remoto del televisor&#8230; ahí lo quiero ver.</p>
<p>Volantti advirtió que el tema se le iba de las manos. El jefe había perdido la sonrisa y ahora arrugaba la nariz y mordía el borde blando del vaso de telgopor. Supo que si no lo hacía volver, perdería su oportunidad:</p>
<p>—Pero bueno, en teoría, esta que me toca es la mejor etapa, ¿no jefe? —preguntó como distraído.</p>
<p>Iñiquez guardó silencio unos instantes, respiró hondo y asintió.</p>
<p>—Esta mañana le cambié los pañales y me embarré hasta los codos. Menos mal que toman leche y no comen asado, que si no, en lugar de un baño, me tengo que hacer un exorcismo&#8230;</p>
<p>Iñíguez volvió a sonreír.</p>
<p>—Los pañales&#8230; —dijo nostálgico.</p>
<p>—&#8230; y los chupetes&#8230; —agregó Volantti.</p>
<p>—&#8230; los chupetes&#8230; —repitió Iñíguez.</p>
<p>—Suerte que están los abuelos. Es como que los viejos ya lo hacen para darse un gusto. No la sufren como uno. Total ellos duermen bien, y después de una buena noche de sueño, se bancan una guardería entera. Pero uno, uno que viene mal dormido, estresado, aturdido, meta pasear el crío todo lloroso madrugada tras madrugada&#8230; es como si se le bajaran las defensas. Le digo una cosa, he descubierto que el ser humano resiste más allá de lo imaginable. La paternidad es como una prueba de iniciación, una demostración de fuerza y entereza. Algo comparable a lo que hacen las tribus en África. Es como ir a la selva a meterle un flechazo a un león y traerlo al hombro para la cena. Un laburo de locos, digo.</p>
<p>—Es difícil, Volantti. Pero si me permite el consejo, no le afloje. Disfrute como pueda de esta etapa. Lo realmente complicado todavía está por venir. Esto es moco de pavo en comparación con los planteos existenciales que hacen los hijos cuando empiezan a crecer. Ya le digo, ven dos programas de mierda en Discovery Channel y le vienen a plantear a uno boludeces sobre el capitalismo salvaje, el aislamiento del ser humano, la antimateria como nueva forma de generar energía, el hambre en los países del tercer mundo y toda una sarta de estupideces para las que uno no tiene respuestas. Bastante tengo yo con preocuparme por poner un plato de comida todas las noches en la mesa como para andar pensando en el destino de los animales en vías de extinción. Si quiere saber la verdad, Volantti, por mí que se caguen los osos Panda. A mí me quita el sueño que el novio de la más grande tenga un arito en la oreja y se siente en mi living y me fume los puchos, qué quiere que le diga&#8230;</p>
<p>—La droga&#8230; —sentenció Volantti con aire de sociólogo doctorado en Harvard—. Si tiene arito, seguro que anda en la falopa.</p>
<p>—Es músico, el hijo de puta —corroboró Iñíguez con pesar—. Toca la batería.</p>
<p>—¡Puf! —exclamó Volantti con gesto de exagerada preocupación.</p>
<p>—No quiero ni pensarlo. Melenudo de mierda&#8230;</p>
<p>—¿Tiene pelo largo? —preguntó Volantti levantando distraídamente la ceja derecha.</p>
<p>—&#8230; y un tatuaje —agregó Iñíguez—. Un tatuaje de una calavera&#8230;</p>
<p>Los hombres guardaron silencio. Sostenían los vasitos de café, ambos con la mirada perdida en los dibujos de la alfombra del pasillo.</p>
<p>Fue la secretaria la que rompió el hechizo, anunciando que había una llamada urgente para el jefe.</p>
<p>—Bueno, Volantti. Tómelo con calma. Ármese de valor y enfrente las cosas como corresponde. Aunque ahora no lo parezca, está haciendo un buen trabajo. Eso es lo importante, despreocúpese un poco, intente relajarse.</p>
<p>Se despidieron y tiraron los vasitos en el tacho junto a la máquina de café.</p>
<p>Ya en su escritorio, Volantti reflexionó.</p>
<p>En el portarretratos, la imagen de su mujer sosteniendo al bebé en brazos lo enterneció. «Es la última noche que salgo de joda», se dijo pasándose la mano por el pelo.<br />
<span style="color: #ffffff;">.<br />
.<br />
.<br />
.<br />
.</span></p>
<p style="text-align: right;"><em>Cuento con el que arranca<br />
el libro de breves relatos<br />
<a href="http://revistapeinate.com.ar/peguele-hasta-dejarlo-morado/" target="_blank">Peguelé hasta dejarlo morado</a>. </em></p>
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		<title>Cuando mueren los poemas</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 18:09:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Los domingos son así, fríos y peligrosos, como preludios para una llamada que te avisa que tu mejor amiga ha muerto. Los domingos de setiembre son un repaso de diez años de locura, una metáfora de tu amiga pegando saltos para asomar la cabeza sobre el muro de la demencia. Los domingos son para evocar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los domingos son así, fríos y peligrosos, como preludios para una llamada que te avisa que tu mejor amiga ha muerto. Los domingos de setiembre son <a href="http://revistapeinate.com.ar/2007/10/20/carta-a-la-locura/" target="_blank">un repaso de diez años de locura</a>, una metáfora de tu amiga pegando saltos para asomar la cabeza sobre el muro de la demencia. Los domingos son para evocar con cariño los momentos en los que ella lo conseguía y entonces no te confundía con muebles, fantasmas, animales o instrumentos. Los domingos son así, para recordar que una vez fuiste, por ejemplo, una guitarra.<br />
<span id="more-935"></span><br />
Tu mejor amiga llevaba diez años en un geriátrico, se había encogido dentro de un planeta inventado y alucinante que funcionaba como una orgía balsámica de recuerdos resucitados que la protegían. Sabías del mundo que se construía en esa pequeña habitación por conocidos y familiares que pasaban el parte; fuiste cobarde amparándote en la excusa de los que no resisten la decadencia, la barranca abajo, el derrumbe, y vas pensando en todo esto camino al velatorio.</p>
<p>Los domingos son un amague de llovizna en el frío de un mediodía gris y empañado. Los autos avanzan lentos, la gente se hornea la nariz en los semáforos.</p>
<p>Hay mucho lugar para estacionar, los parquímetros están apagados y <a href="http://www.sosperiodista.com.ar/Cordoba/Recomiendan-que-cooperativas-de-naranjitas-sean-mas-democraticas" target="_blank">los naranjitas</a> pegaron el faltazo en este domingo suicida sin gente apiñada en los dinteles. Estás solo en la vereda de General Paz, a metros de <a href="http://lacasona.wordpress.com/" target="_blank">La Casona</a>, frente a una puerta vidriada. Apenas entrás te recibe un señor de bigotes escondido debajo de un mostrador que advierte, como si hiciera falta:</p>
<p>—No hay nadie, arriba. Se fueron todos a comer.</p>
<p>Te dan ganas de contestarle con una palmada en el hombro y un guiño cómplice, porque sabés que así y no de otra forma tenía que ser este reencuentro mal programado, pero no decís nada. Esas son líneas que quedan bien sólo en los libros; soltar frases así al pie de una escalera con los anteojos en la mano es una boludez altisonante.</p>
<p>La persona que me dijo “nunca en la vida va a dejar de escribir, muy a pesar suyo” está en la segunda puerta a mano izquierda. Hay una mesa con café, dos o tres rollos de papel para soplarse los mocos y una iluminación deprimente. El féretro es angosto y descansa entre la rigidez estúpida de dos candelabros que imitan velas. Es una sala pequeña con sillas incómodas y una puertaventana entornada que conduce a un balcón amplio con cenicero.</p>
<p>Al pie del cajón cerrado me propongo ensayar un monólogo, pero no soy bueno dialogando con los muertos y entonces me callo. MERT, mi amiga, ochenta y seis años después de nacer, vuelve al polvo replegándose en el corazón de un cajón que nadie en este instante está velando. Tanto hemos respetado a la madera entre nosotros cuando servía de mesa para apoyar los papeles, los libros y los diarios, que encontrarnos separados por lo que antes nos unía parece la sentencia imperfecta de un epitafio.</p>
<p>No lo digo. No digo nada y salgo al balcón. El viento me apaga el encendedor en los dos primeros intentos ahora que las cortinas ocupan mi lugar dentro de la sala. Había un poema de Becquer, o una rima, no sé:</p>
<blockquote><p>De un reloj se oía<br />
compasado el péndulo<br />
y de algunos cirios<br />
el chisporroteo.<br />
Tan medroso y triste,<br />
tan oscuro y yerto<br />
todo se encontraba<br />
que pensé un momento:<br />
&#8220;¡Dios mío, qué solos<br />
se quedan los muertos!&#8221;</p></blockquote>
<p>Los domingos se construyen de esperas, de la posibilidad de coincidir con otros que irán llegando sobre la hora del traslado, rostros familiares que se precipitan en preludios para un abrazo y que reconfortan. La muerte es un acto discreto, murmurante, intrincado. Por la misma razón por la que no he ido a verla en diez años, ninguno de los que hemos llenado la sala de a poco se atreve a levantar la tapa y dejarle el beso postergado. Podemos prescindir, por suerte, de algunos gestos mecánicos y absurdos.</p>
<p>Salimos de ahí masticando caramelos y en la vereda los sobretodos y las carteras se desperdigan hacia los autos. La calle es una postal de Rusia, una simulación de continuidad necesaria e indispensable. Los motores arrancan y emprenden el viaje al cementerio. Pienso otra vez en Becquer, que por haber bajado a papel ese poema se merece mi respeto. Yo también pongo la llave en el arranque y vuelvo al edificio. Al final de un lúgubre pasillo veo a dos personas acomodando en la parte trasera de un auto a la mujer que me enseñó a disfrutar tanto esto que hago. &#8220;No importa que ahora piense que es una boludez, lo que importa es que entienda que no va a poder dejar de hacerlo y tiene que empezar a disfrutarlo&#8221;.</p>
<p>Va a ser su último paseo por esta Córdoba doctoral y mágica y me pongo a pensar en las caminatas que dábamos por el centro recorriendo librerías tomados de la mano. Todo parece quedar tan lejos de este Peugeot en el que viaja hoy, conmigo detrás, semáforo a semáforo. Llevo los ojos clavados en la madera lustrosa y robusta, en las manijas, en su nombre escrito a los costados. Nada hay más absurdo que este cortejo unipersonal con las balizas encendidas, que los bocinazos que cosechamos en las esquinas concurridas, que la mano del chofer fuera de la ventanilla sosteniendo un pucho largo y blanco. Recorremos La Cañada hasta la Julio A. Roca. La noche anterior el cielo se encapotó y parió mil rayos. Mi mejor amiga le temía a las tormentas. Pienso en los finales mágicos, en la necesidad de cerrar los ciclos, en las palabras que ya no saldrán nunca más de sus manos. En la radio están poniendo, por esas putas casualidades, una canción que dice: “Where ever you go I’ll follow you”, así que pellizco la rueda del dial y cambio.</p>
<p>Rotonda de la Ruta 20, estamos a diez cuadras de mi casa y voy siguiendo a mi mejor amiga mientras el viento nos enfría los huesos y los labios. En una parada de colectivo hay una pareja chapando. Se comen las cabezas en una rotación desesperada, babosa y caliente. La vida es una erección a la siesta, una pierna mojada, el temblor de la mano que busca por primera vez una teta; la necesidad recurrente de penetrar y ser penetrado. Todos vamos a terminar tapados de tierra, lo que importa es qué hacemos hasta que nos echen encima el primer puñado. Cuando no sé qué pensar, me pongo pesimista y existencialista. O me tiro pedos. Voy tirándome pedos por la autopista en un día helado. Nunca sé qué cara poner para llorar, así que no lloro. Creo que aprendí a eludir la tristeza a fuerza de esgrimir excusas ingenuas. El cielo es una mancha gris que nace en la línea de una geografía montañosa y lejana. Nadie nunca nos enseñó a entender la muerte. ¿Por eso le tememos tanto? A mí me aterra la falta de naturalidad en todos estos gestos artificiales y plásticos. No hay glamour en los panteones, en los obituarios, en las esquelas, en los pañuelos recargados. La memoria de las cosas se abre camino por terrenos innobles. Mi amiga escribió mucho sobre esto. Si algo aprendí de ella es que los muertos son la mitad del peso de nuestro crecimiento, vivimos gracias a ellos y tienen que doler. Los buenos muertos tienen que doler como bambú debajo de las uñas, no podremos vivir bien hasta que no entendamos eso.</p>
<p>Le cobran peaje al chofer que lleva a mi amiga bajo la llovizna; la barrera no se levanta hasta que la moneda no cambia de mano. Yo pago con un billete de veinte y me dan por vuelto una catarata de monedas que se me caen sobre los huevos y ruedan al piso. Son muchas monedas. Yo le calculo diecinueve. Pienso en la metáfora de sacar los muertos de la ciudad, llevarlos lejos, enterrarlos, perderlos. ¿Quién quiere aferrarse a los jirones, a la pulpa, a la ceniza? Es mejor trocar la carne corrompida por buenos recuerdos.</p>
<p>Estoy desabrigado y el viento ahora es una fricción gélida y áspera. No se podría haber elegido mejor día para un entierro. Abro la puerta del auto y meto la pata en el barro, pero no puteo. Caminamos todos sobre el césped esquivando placas y nombres. Un campo verde sembrado de fechas y oraciones. Las manijas del cajón están frías y húmedas, pero entre todos llevamos a nuestra amiga hasta la carpa improvisada sin mucho esfuerzo. La metáfora de repartir el peso, la serenidad de los entendimientos mínimos. Cuánta suerte tenemos de tenernos, de que estén estos otros seres con una misma sangre ahí latiendo.</p>
<p>Mis primos me dan un papel con un poema fechado en julio del 99. La letra de mi amiga me golpea los ojos y me nubla la vista un instante.</p>
<p>Digo casi para mí:</p>
<p>—Por esas casualidades, me toca ponerle voz a las últimas palabras de MERT, en forma de poema.</p>
<p>No es uno de sus mejores poemas, pero cobra peso el verso que por fin se encuentra cara a cara con la musa nefasta. Leo mal, tiritando de frío. La mujer que me enseñó a escribir empieza a descender entre cuatro paredes de tierra y todos guardamos silencio en la inmensidad de un campo a merced del último coletazo del invierno.</p>
<blockquote><p>[...] otros dirán que sólo<br />
he recogido<br />
los granos más pequeños<br />
del tiempo que me<br />
dieron por testigo<br />
y después de tanto<br />
andar por los caminos,<br />
mi nombre será<br />
el fruto del olvido […]</p></blockquote>
<p>Así le ponemos final a la distancia, a la espera de una resolución lenta y tortuosa. Los granos más pequeños del tiempo. Yo sé que ella no estuvo ni un segundo en todos esos años. Yo sé que ella murió la tarde que compartimos el último café, cuando me dijo:</p>
<p>—Creo que me estoy volviendo loca; ha comenzado el principio de mi decadencia.</p>
<p>Las gotas frías nos golpean la frente y las mejillas, como si una voluntad sobrenatural nos empujara hacia los autos de nuevo, de regreso a nuestras casas y a nuestros duelos chiquitos y rutilantes.</p>
<p>Estoy otra vez en la ruta. Mi mujer y mis hijas se han ido a un cumpleaños y yo he preferido que hoy no estuvieran acá. No he almorzado nada y voy soñando con un café caliente, tonificante, mientras pienso en el valor de la amistad, en la generosidad de los escritores que admiro. El mundo sigue girando bajo nuestros pies y nuestras ruedas. En la radio las noticias hablan de la crisis norteamericana, de los mercados internacionales patinando en el barro de la incertidumbre mientras yo vomito un llanto corto y nasal frente a una panadería con las puertas cerradas.</p>
<p>Antes de llegar a casa hablo con mi mujer. Las chicas están bien. Por la mañana nos trenzamos en una pelea con Niki, que no quería ponerse los zapatos. Ahora tengo ganas de verla y de hacer las paces. Luigi no se despega ni un segundo de la teta, quiere crecer, a como dé lugar, ganar peso, empezar a caminar, a hablar, a soñar despierta, a programarse una vida de logros y desaciertos.</p>
<p>Nada detiene al mundo. Pienso en esto frente al último semáforo que me separa de mi casa, con la nariz pegada a la manga.</p>
<p>A este domingo todavía le faltaba una carta de despedida para mi amiga, recién entonces estará completo.</p>
<p>Rebuscando en mis papeles encontré el poema que más me gusta, el mejor que ella ha escrito:</p>
<blockquote><p>Noche…<br />
Virgen taciturna,<br />
la túnica de tus<br />
horas largas<br />
me envuelve en la<br />
penumbra…<br />
descalza y con sigilo<br />
penetras en mi<br />
alcoba<br />
y ensanchas mi<br />
soledad<br />
hasta saciarte…<br />
No quiero concederte<br />
un instante<br />
de mi pensamiento;<br />
pero tu duración<br />
sobrepasa<br />
mi espera…<br />
porque estoy atenta<br />
a la llegada del<br />
alba<br />
que derrota tu paso<br />
medroso<br />
junto a mi lecho…<br />
Y cuando alcanzo<br />
la bienhechora luz,<br />
te espantas,<br />
virgen hechicera…<br />
Y sólo así descanso<br />
y duermo<br />
sobre los cojines<br />
de mis sueños…</p></blockquote>
<p>A tu salud, María Esther. Gracias por enseñarme el valor de la amistad, esa cosa que es un nervio enquistado bajo el mentón y que sirve para romperle las paredes a la tristeza y los desencuentros.</p>
<p style="text-align: right;">José.<br />
Córdoba, 28 de septiembre de 2008.</p>
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		<title>Górdoba</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Sep 2008 20:55:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Se les iba el colectivo y tuvieron que correr. Lito dejó caer dos cospeles en la mano del chofer y Maite empezó a abrirse camino hacia el fondo, donde había lugar cerca a la única ventanilla abierta. Hacía calor ahí adentro, el tufo envolvía a la gente como una bufanda.
—¿Este es el bondi? ¿Estás segura? [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se les iba el colectivo y tuvieron que correr. Lito dejó caer dos cospeles en la mano del chofer y Maite empezó a abrirse camino hacia el fondo, donde había lugar cerca a la única ventanilla abierta. Hacía calor ahí adentro, el tufo envolvía a la gente como una bufanda.</p>
<p>—¿Este es el bondi? ¿Estás segura? —preguntó él.</p>
<p>—De una. Tenemos que bajarnos apenas crucemos Colón.</p>
<p>El sol se había metido y en las ventanillas el cielo se reflejaba como una paleta de óleos irreales. Iban los dos parados, él detrás, a veces enterrándole la nariz en el pelo, aspirando la fragancia rústica y sudorosa que anidaba debajo de los cabellos. El vaivén promovía acercamientos fortuitos y Lito aprovechaba para apoyarse contra el culo pequeño y regordete.</p>
<p>—No me apoyes así, boludo. Ponete las pilas —le dijo ella la primera vez, pero después se puso los auriculares y dejó que siguiera.<br />
<span id="more-908"></span><br />
—No hay nada más lindo que abollar a una mina en el bondi —bromeó él.</p>
<p>Apenas cruzaron Colón, Lito se fue hasta la puerta llevándola de la mano y tocó el timbre. Caminaron despacio para cruzar la plaza en penumbras; ella cantaba en voz apenas audible, mientras él pateaba ocasionalmente una piedra, o hacía jueguitos con las bolsas que se cruzaban en su camino, desplazadas por una brisa fresca y perezosa.</p>
<p>Al llegar al cementerio, Lito se detuvo y le apretó el brazo:</p>
<p>—¿Estás segura, no? —insistió él.</p>
<p>Por toda respuesta ella avanzó hasta la puerta principal, se quitó los auriculares y tocó el timbre. Mientras esperaban, encendieron dos cigarrillos y les sacudieron dos o tres secas seguidas.</p>
<p>—Mete miedo, este lugar.</p>
<p>—¿Vas a arrugar, flaco?</p>
<p>—No. Ni ahí. Decía, nomás —se excusó—. Los cementerios de noche meten miedo, nada más.</p>
<p>Ella le puso una mano entre las piernas y apretó suavemente:</p>
<p>—Si querés, lo dejamos para otra vuelta.</p>
<p>—No, flaca. Ni ahí —contestó con una sonrisa.</p>
<p>Un gato cruzó entre las rejas de la puerta, les dedicó una mirada distraída y siguió su camino.</p>
<p>—Un gato negro —dijo ella—. Buena señal.</p>
<p>Un hombre alto y pelado vestido con un mameluco apareció entre los barrotes por donde había escapado el felino y se quedó mirándolos. Las luces de la calle se habían encendido, pero la figura permanecía oculta en la sombra y del rostro sólo se vislumbraban unos ojos pequeños e inexpresivos que brillaban auscultándolos de pies a cabeza.</p>
<p>—Soy amiga de la Marioneta —explicó Maite.</p>
<p>El tipo retrocedió hasta encender la luz de la entrada. Llevaba la boca entreabierta y el labio inferior brillante de saliva. Lito reparó en la piel de su cara, blanca como una nube, a excepción de las ojeras. Verlo sonreír dolía, y la pestilencia del aliento que se colaba entre la hilera de dientes ensombrecidos por oscuros chispazos, le hicieron correr la cara.</p>
<p>—¿Y éste? —preguntó con voz grave y cavernosa.</p>
<p>—Es un amigo. Está todo bien —aclaró ella.</p>
<p>La figura avanzó barajando un puñado de llaves. Por fin se abrió la reja. El chirrido hizo crispar a Lito, que frunció el ceño.</p>
<p>—Empezás mal si te da miedo el ruido de la puerta, pibe —se burló el sereno antes de aclarar—: Tienen media hora. Si en media hora no volvieron, yo cierro la reja y ustedes se van a tener que quedar a pasar la noche acá.</p>
<p>Maite no esperó indicaciones y avanzó hasta un patio intermedio, del que nacía una ramificación de caminitos franqueados por cruces, panteones, nichos y edificios pequeños. Adonde quiera que miraran había estatuas asomándose entre los árboles. Aquel era el reino del mármol, las piedras, las baldosas y los <a href="http://revistapeinate.com.ar/2007/08/06/cementerio-recoleta/" target="_blank">gatos</a>. A medida que la oscuridad se tragaba por igual senderos y siluetas, el cementerio cobraba el aspecto de una ciudad pequeña y ominosa que se hundía en un mar negro.</p>
<p>—No hay luces —observó Lito.</p>
<p>Maite se encontraba estudiando un pequeño mapa que había sacado de uno de sus bolsillos. Entre sus labios aparecía cada tanto un globo rosado de chicle que crecía hasta tocarle la nariz y luego se desinflaba para volver boca adentro.</p>
<p>—Tendríamos que seguir por allá —dijo.</p>
<p>—¿Para qué trajiste un mapa?</p>
<p>Maite guardó el papel y le tomó la mano:</p>
<p>—Vamos, no me vas a decir que justo ahora te cagás.</p>
<p>—No me cago —dijo al tiempo que le apretaba un cachete del culo y empezaban caminar.</p>
<p>Avanzaron por la derecha unos veinte metros y después doblaron a la izquierda. Cada tanto ella se adelantaba un poco y él la perseguía, la tomaba por los hombros, hacía que se volviera para besarla. Caminaban dando pequeños saltos. En el silencio compacto y pesado sus respiraciones agitadas sonaban amplificadas y obscenas. Maite parecía estar buscando algo y Lito comprendió que si por alguna razón llegaban a separarse, no sabría cómo volver: tanto se había concentrado en el culo que tenía adelante que ya no se ubicaba, ¿habían doblado una o dos veces hacia la izquierda? ¿Bastaría con caminar en línea recta hasta llegar a un muro para bordear la periferia y dar otra vez con la entrada? ¿Podría hacer eso en menos de media hora?</p>
<p>—Acá —interrumpió ella sus cavilaciones.</p>
<p>Se hallaban en un pasillo estrecho al final del cual había una estatua sentada en un trono de mármol que de tan viejo parecía hecho de hueso.</p>
<p>—¿Acá qué?</p>
<p>—Acá podemos estar más tranquilos.</p>
<p>Lito se acercó a ella y se bajó el pantalón. La oscuridad era casi total, apenas si distinguía el contorno vaporoso del cabello de Maite, recortado por el lejano fulgor de las luces de la ciudad.</p>
<p>—Qué grandota la tenés —dijo ella mientras lo acariciaba.</p>
<p>Lito retrocedió hasta apoyarse contra una pared y aferró su muñeca:</p>
<p>—Desperezamelá —le pidió.</p>
<p>—¿Y eso?</p>
<p>—Si me la doblás para un lado y para el otro, es como si se me desperezara la pija, es muy lindo, dale.</p>
<p>Maite probó.</p>
<p>—Está muy dura, tengo miedo de quebrartelá.</p>
<p>—Qué va quebrá…</p>
<p>Pero Maite se detuvo y se apartó.</p>
<p>—¿Qué te pasa?</p>
<p>—Pará —le dijo—. Primero necesito que me hagas un favor.</p>
<p>Lito resopló.</p>
<p>—Necesito que me ayudes a correr la tapa del nicho ese que está allá, el que tiene la flor de plástico violeta.</p>
<p>—¿Tas loca, chabona? ¿Qué onda? ¿Qué te pasa? —preguntó al tiempo que se llevaba la punta de los dedos a la sien.</p>
<p>—Tengo que buscar una cosa ahí, después, si querés, te hago terminar.</p>
<p>Aunque molesto por la interrupción, Lito accedió. Estaba caliente, pero la chica no le gustaba tanto, así que si podían apurar el trámite, mucho mejor. Se sentía un poco incómodo, el lugar le resultaba horrible y peligroso. No se había dado cuenta del esfuerzo que estaba haciendo desde que entraron para no pensar que se encontraban rodeados de miles de muertos. Para no colgarse con eso, se puso a trabajar sobre la tapa. Era de una piedra oscura y arenosa. Los bordes quebrados e irregulares le hicieron pensar que alguien la había abierto no hacía mucho. Estuvo a punto de mover la flor que tapaba la foto, pero Maite le pidió que se apurara.</p>
<p>Hubo un chirrido estridente y por fin se abrió un espacio de quince centímetros.</p>
<p>—No la puedo mover más. Pesa como la puta que la parió —explicó Lito.</p>
<p>Maite le pidió que se corriera y metió la mano en el hueco, donde rebuscó unos instantes. Él la miraba absorto, concentrado en recuperar la rigidez, porque en donde antes había un mástil lustroso ahora sólo le quedaba un colgajo chuciento.</p>
<p>—Acá está —dijo ella en un momento.</p>
<p>Cuando quiso adelantarse para mirar, Maite guardó lo que había sacado en un bolsillo y le metió la lengua en la boca. El contacto con la baba tibia y perfumada de chicle lo puso a tono de nuevo.</p>
<p>—Bajate los pantalones y cerrá los ojos. Me da vergüenza que me veas —se excusó.</p>
<p>Él hizo lo propio, se apoyó contra la pared y se llevó las manos detrás de la cabeza:</p>
<p>—Dale.</p>
<p>Abrió los ojos porque no pasaba nada y descubrió con sorpresa que se hallaba solo en todo ese inmenso cementerio.<br />
<span style="color: #ffffff;">.<br />
.<br />
.<br />
.<br />
.</span></p>
<p style="text-align: right;"><span style="text-decoration: line-through;"><em>(tal vez vaya poniendo otros capítulos,<br />
así que por ahí conviene cerrar<br />
con un discreto: &#8220;Continuará&#8221;).</em></span></p>
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		<title>Fenómenos: Hernán Casciari</title>
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		<comments>http://revistapeinate.com.ar/2008/09/21/fenomenos-hernan-casciari/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 21 Sep 2008 17:25:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Fotos: Gabriela Halac y Octavio Cosacov.
Feria del Libro cordobesa; veinte días desde que arrancó septiembre. Un puñado de almas se acomoda en una sala chorizo que ha visto pasar en las últimas jornadas a una procesión de gente que respondió a la convocatoria de Fenómenos. Estoy nervioso, ansioso; me toca a mí. La noche anterior [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h6>Fotos: Gabriela Halac y Octavio Cosacov.</h6>
<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:5px;" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/hernan_jose.jpg" border="0" alt="Espacio Fenómenos" align="left" /><em>Feria del Libro cordobesa; veinte días desde que arrancó septiembre. Un puñado de almas se acomoda en una sala chorizo que ha visto pasar en las últimas jornadas a una procesión de gente que respondió a la convocatoria de <a href="http://espaciofenomenos.blogspot.com/" target="_blank">Fenómenos</a>. Estoy nervioso, ansioso; me toca a mí. La noche anterior mis hijas se complotaron en un llanto gremial y nos reventaron a gritos. Voy con tres horas intermitentes de descanso y la cabeza embotada. Tengo ganas de charlar con <a href="http://orsai.es" target="_blank">Hernán</a>, pero me gana la formalidad pelotuda y encaro la conversación como si fuera una entrevista. Por suerte, diez minutos después, <a href="http://orsai.es" target="_blank">Casciari </a>se encargará de romper un poco el hielo mostrándole a los presentes cómo se arma un porro por videochat. </em><br />
<span id="more-893"></span><br />
<img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:5px;" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/casciari23.jpg" border="0" alt="Espacio Fenómenos" align="left" /><em>Me interesaba cruzar con él algunas preguntas referidas a la escritura, porque la mayoría de las personas con las que hablo del tema me hacen sentir que no entiendo nada. Es difícil encontrar gente que te regale una hora de su madrugada en un lejano país para que te reconcilies con las palabras. La única premisa que me guiaba era no hablar de blogs. Y Hernán arranca así:</em></p>
<p>—Buenas noches a todos. Éste soy yo.<br />
<em><br />
Me pareció que correspondía pasarle el parte de lo que ocurría en la sala, así que empecé a minar la cajita del chat con paréntesis al estilo de “(la gente ríe)”, o “(hay aplausos)”. Sobre el final de la charla terminaría sintiéndome un boludo porque en todo momento el micrófono estuvo abierto y mis apuntes eran completamente al pedo.</em><br />
<strong><br />
—¿Por qué se te asocia tanto a la tecnología y no le dan tanta bola a lo que escribís?</strong><br />
—¿Te molesta si miro porno en segundo plano, mientras charlamos?<br />
<strong> —Para nada.</strong><br />
—Se me asocia a la tecnología porque empecé a escribir online, como un pelotudo. Tendría que haber escrito sentado arriba de un microondas, y se me habría asociado a la gastronomía.<br />
<strong> —¿Te sentís así, un pelotudo? (a la gente le gusta etiquetar.)</strong><br />
—Un poco sí, sobre todo cuando me preguntan sobre las web sociales, cuando me piden consejos de programación, etcétera.<br />
<strong> —Me llama la atención que enfoquen sobre eso, como si todo tu mérito fuera el tecnológico. Y que te peguen tanto con lo que escribís.<br />
</strong>—¿Vos notás que me pegan mucho?<br />
<strong>—Y, pasa que en algunos circuitos, por ejemplo los culturales, pareciera que si no has estudiado alguna carrera afín, no te podés dedicar a eso, no lo podés hacer bien.<br />
</strong>—Bueno, pero eso fue siempre así. Yo no creo que me peguen, sino que miran con recelo todo lo que ocurre en la vida digital, porque, en realidad lo que ocurre en la vida digital es bastante confuso. Pero no es grave.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/casciari24.jpg" alt="Hernán Casciari" /></p>
<p><strong>—¿Cuánto placer te da escribir?</strong><br />
—El placer propio de no saber hacer otra cosa. A veces me confundo sobre la intensidad de ese placer, porque también es un poco vagancia. ¿Qué más puedo hacer, jugar al paddle? Me refugio en esto porque me gusta y porque no sé arreglar autos.<br />
<strong> —Pero, evidentemente, te sentís muy cómodo haciéndolo, al menos contagiás un disfrute.<br />
</strong>—Sí, claro. Y haciéndolo en Internet también. A veces siento que durante los &#8216;90 me vine preparando para este tiempo, sin querer.<br />
<strong>—Eso me parece muy loco, porque parte de ese &#8220;contagio&#8221; es que le permitas a la gente ver la trastienda de tus cosas, ¿por qué pensás que a algunos escritores les cuesta tanto mostrar sus hilos, sus trucos?<br />
</strong>—La trastienda, ¿qué seria?<br />
<strong>—No veo que gente como, no sé, Galeano, cuente cómo ha escrito algunos de sus libros, y eso sí pasa en algunos textos tuyos, que son como un mapa de cómo escribirlos.<br />
</strong>—Bueno, pero los hay. Pienso en Vila-Matas, por ejemplo. En Stephen King. Hay muchos que, además de narrar, gustan de conversar sobre el método de narración. Y en el caso mío, además, hay una novedad (el formato, la velocidad) entonces es bueno compartir esas cosas.<br />
<strong>—A veces lo veo como un acto de generosidad, al menos en un ámbito en el que no es común esas cosas. Me ha tocado hablar con vos de cómo escribís. No creés en la inspiración frente a la hoja en blanco, ¿verdad?<br />
</strong>—Hay dos maneras de cazar una historia. Una es ir a buscarla a ciegas, la otra es preparar la carnada, conocer el terreno. Yo prefiero a segunda. No me gusta ir como loco a buscar lo que no sé si voy a encontrar. Cuando me siento, es porque ya tengo un bagaje, unas ideas sin editar, unas nociones claras sobre lo que voy a decir. Mastico muchísimo. Cuando me siento, solamente tengo en mente el &#8220;cómo&#8221;, nunca el &#8220;qué&#8221;. El oficio ayuda mucho en la seguridad; a estas alturas, después de veinte años de escribir, estoy seguro, muy seguro de estar contando exactamente lo que se me antoja. Eso no significa un valor agregado para el lector, pero sí para mí: me tengo confianza.<br />
<strong> —¿Y las críticas te ayudan a mejorar algo?<br />
</strong>—¡Claro! Yo leo un texto mío de hace diez años y me pongo contentísimo, veo los progresos actuales, sé dónde fallaba. Y espero poder ver, en el futuro, los fallos de hoy.<br />
<strong>—Veo que entendés tu pasión como un crecimiento. ¿te siguen gustando tus textos viejos?<br />
</strong>—Me gusta la espontaneidad que tenían, el efecto cachorro. Yo era un perrito muy feliz que corría por el patio, veo eso, lo comprendo, lo envidio: ahora soy un perro grande, conozco el patio mejor, pero no voy como loco buscando moscas.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/casciari25.jpg" alt="Hernán Casciari" /></p>
<p><strong> —¿En qué momento supiste que ibas a terminar intentando vivir de escribir? ¿Cuándo dejó de ser una fantasía sonsa?<br />
</strong>—Cobré mi primer sueldo &#8220;de escribir&#8221; a los catorce años. Nunca fue una fantasía; supe siempre que mi único sustento sería ése. Quizá no sabía si sería periodismo o literatura (esa franja siempre estuvo dudosa) pero de escribir, sí, eso fue siempre seguro.<br />
<strong>—¿Se “nace” con “el don” para escribir, o es una boludez eso?<br />
</strong>—Yo creo que hay un &#8220;gen de la sobremesa&#8221;, no de la literatura. Hay gente que cuenta mejor que otra, que logra fascinar hablando, relatando, mintiendo. Después, escribir es una técnica para llevar eso a un plano formal. Nada más.<br />
<strong> —Hay también una fantasía asociada a un prototipo de escritor. El “reventado&#8221;, ponele. Me sorprende ver todavía gente que piensa que para ser escritor hay que pasarla mal, nutrirse de los fracasos, padecer. ¿No existe un escritor feliz?<br />
</strong>—Es una concepción extraña, pero eficaz. Porque el dolor y la necesidad te agudizan el ingenio. Por ejemplo, estaba revisando hace un rato la publicidad rumana. A los rumanos los dejan hacer publicidad desde el año &#8216;89, hace poquito. Y salieron como locos, desde la desesperación. Están haciendo unos spots que no se pueden hacer en Europa: usan mogólicos, enanos, gordos obesos, se burlan de todo, Están sacados. Eso es bueno, porque han sufrido mucho. En España, un sitio en donde ya nadie sufre, no hay arte en la calle, ni en la sobremesa. Hay una serenidad barrigona, un adormecimiento. Por eso está esa fantasía de que el escritor con problemas sacará mejores folios.<br />
<strong>—¿Barcelona no era la ciudad más loca del mundo?<br />
</strong>—Barcelona es hermosa, es muy arriesgada en temas como el diseño, etc. Pero no les pidas una buena historia.<br />
<strong>—Quiénes van a ser los escritores de mañana, ¿los floggers?<br />
</strong>—No sé, pero están conectados los futuros escritores. No están en casa con la Olivetti. No están preguntándose ¿&#8221;alguien me leerá?&#8221; mientras componen una novela de 600 páginas. No. Están conectados, seguro.<br />
<strong>—Me hace pensar tu afirmación en la relación con el lector, ¿cómo es la tuya? ¿te proponés hacer cosas sólo por un lector, eso es un disfrute?<br />
</strong>—Cuando escribo, le hablo a Chiri. Ése es mi mercado. Pero después, cuando recibo devoluciones, intento tener una relación franca con los lectores. Una relación normal: quiero decir, dejo mi teléfono a la vista, contesto todos los correos, hablamos.<br />
<strong> —¡Estás en Facebook!</strong><br />
—Sí, estoy en facebook por indicación de un compañero de la escuela secundaria.<br />
<strong> —Son una plaga.</strong><br />
—Era eso, o que me llenaran la casilla de invitaciones raras.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/hernan_jose5.jpg" alt="" /></p>
<p><strong>—¿Qué cenaste?<br />
</strong>—Los fines de semana son raros: duermo de día, porque hago radio muy muy temprano. Estoy desayunando mientras hablamos.<br />
<strong>—¿Sos de cocinar? Te hago con delantal y todo, mirá.<br />
</strong>—Si no lo hago, morimos de hambre. Mi mujer no entiende de esas cosas y a mí me encanta (por suerte). Soy el cocinero oficial de la casa, y la Nina es mi Juanita.<br />
<strong>—Una de las cosas que te leí y que más me hicieron reír era que los españoles no saben hacer la tortilla española.<br />
</strong>—No tienen idea! Son unos hijos de puta, la hacen chirlita, aguada, no es compacta como una pared.<br />
<strong>—Decíme que la paella les sale como el ojete y empiezo a saltar acá nomás.<br />
</strong>—La paella les sale muy bien, no sé por qué.<br />
<strong>—Los bichos, boludo, los bichos. Los tienen todos. acá llegan moluscos todos hechos mierda.<br />
</strong>—Claro, tienen todos los jugadores del mar, es verdad.<br />
<strong>—Corren con un ventajón. No sé cómo será con la bebida, dicen que andan todo el día muy chupados.<br />
</strong>—No, te confundís con Chile. Acá se bebe moderado.<br />
<strong>—¿Sos un bebedor social? No te hago muy chupador que digamos&#8230;<br />
</strong>—Soy abstemio, no bebo nada desde los 18 ó 19 años. A excepción de una cosa que se llama carajillo, que es café con ron. Eso sí, uno por noche. Pero solamente eso.<br />
<strong>—¿Y con el porro cómo andás? Acá no se usa hablar de eso y genera toda una incomodidad, pero lo siento muy presente en tus textos.</strong><br />
—No sé si está bien armar uno en directo en la Feria del Libro. Preguntá si se puede.<br />
<strong>—Creo que vamos a terminar todos en cana, aunque acá hubo una risa de complicidad muy rara&#8230; para mí que están todos fumados&#8230;</strong><br />
—ok, armo. Es hachís, que pega bien.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/hernan_jose4.jpg" alt="Hernán Casciari" /></p>
<p>(Casciari corre de lugar la camarita web y enfoca la mesa, donde dispone una serie de adminículos para armar el cosito).<br />
<strong>—Esto, te voy a decir, es histórico&#8230; Y hay un noventa por ciento de chances de que yo termine en cana con la chica que organizó todo (cuyo nombre no voy a dar)…</strong><br />
—Tranquilo, hay jurisdicción española en esto.<br />
<strong>—¿Podés ir cronicando el proceso? Lo piden todos, acá.</strong><br />
—Ok, antes quemando hash, y ahora armando el filtro de cartón… colocando en maquinita… Ahora mezclamos con tabaco&#8230; el hash, mezcladito es más repimporoteante… ¡Listo!</p>
<p>(Casciari prende el chirimbolo y la gente ríe en la sala)</p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/casciari26.jpg" alt="Hernán Casciari" /></p>
<p><strong>—Ha sido una de las cosas más raras que he visto en la Feria del Libro, sin dudas.</strong><br />
—Es bueno, porque antiyer, cuando hicimos la prueba  piloto, no habíamos pensado en esto.<br />
<strong>—¿Tenés plantitas?</strong><br />
—Cinco, están preciosas. La nina las riega todas las mañanas. Mi mujer me dice que me saldría más barato ir a la esquina y comprar. Les pongo amor y dinero. Hay algo muy interesante en el cultivo, y es tener una hija chiquita que pueda ver cómo es todo, la semilla, el amor, el trabajo, porque cuando crezca, y un pelotudo le ofrezca un porro en una esquina oscura, ella lo va a mirar con sorna, no va a entender tanta clandestinidad. Va a decir: &#8220;estás fumando una cosa horrible, con moho, boludo&#8221;. Es mejor que lo vea con claridad.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/hernan_jose2.jpg" alt="Hernán Casciari" /></p>
<p><em>Aprovecho para preguntarle sobre los cortes de carne argentinos y hablamos de un posible asado acá en enero, cuando venga a ver la obra de Gasalla. De esto surge un error de tipeo, una risa del público y entonces yo aprovecho para aclarar:</em></p>
<p><em></em><strong>—(el público ríe) mis paréntesis son fundamentales para que entiendas lo que pasa acá.</strong><br />
—¡Es que los escucho! Tenés el micrófono prendido.<br />
<strong>—Soy el más boludo del grado (muchas risas).</strong><br />
—Aplauso para Playo!!</p>
<p>(El público aplaude.)</p>
<p><em>Después de superar el rubor, continuamos haciendo pruebas con el público; Hernán pide que lo puteen, y lo putean, por ejemplo. Después hablamos de la pésima selección musical que hice para la ocasión, unas canciones de Dylan que le están robando el alma a la gente. También algo de Oscar Aleman.</em></p>
<p><em></em><strong>—¿Qué estás escuchando vos?<br />
</strong>—Ahora mismo, nada. 1:35 AM, familia duerme. Pero si fuera un mal padre, estaría escuchando la Bersuit.<br />
<strong>—Me da miedo el cantante&#8230;</strong><br />
—¿Te da miedo Cordera? si es un santo.<br />
<strong>—¿Es ese en pijama?</strong><br />
—Sí, es ese. De joven, él caminaba por Mercedes en pijama.<br />
<strong> —Nadie que ande en pijama por la vida puede ser de confianza.<br />
</strong>—Nunca tuvo pelo. Los mercedinos vimos crecer a la Bersuit de la nada, tocaban en los bares. Venían todos los fines de semana a tomar merca a Mercedes, que estaba cortada pero valía 500 australes el gramo. ¿Te acordás de lo que hablábamos el otro día? Aquello de nunca escribir drogado, pero sí corregir con dos secas. De ese modo, vamos de las drogas otra vez a la literatura. Yo le contaba a Playo, que corregir con dos secas en el marote es muy recomendable. La idea es: escribir de cara, sobrio como un zapato, porque el porro te quita las nociones básicas del oficio, es pura idea base. Entonces nunca es conveniente. El desarrollo argumental tiene que ser metódico, estructurado. ¿Pero qué pasa? Esa misma estructura le quita espontaneidad al texto. Entonces, a la hora de corregir, lo mejor es volver a la espontaneidad, ya con el cimiento armado. E ir puliendo, quitando solemnidades, con la cabeza mal. Eso, niños, es un gran consejo.<br />
<strong> —De ahí tu máxima: el porro rejuvenece.</strong><br />
—Claro, te devuelve a una edad en donde escribir era más un juego de perro chico.<br />
<strong>—Creo que con eso podemos cerrar, al menos de mi parte. ¿Querés que abra preguntas al público? (se usa mucho eso).<br />
</strong>—¿Los podés enfocar a ellos?<br />
<strong>—Sí, cómo no.</strong></p>
<p><strong></strong><em>(Playo enfoca al público con la cámara, el público saluda a Casciari)<br />
</em><br />
—Che: ¡hay minas!<br />
<strong>—Ahí vienen a saludarte.</strong><br />
—Esto ya es otra cosa… ¿Puede ser que haya visto a uno que está en patas?<br />
<strong>—Todos están en patas&#8230; es como una moda para venir a la feria. Si no venís en patas, no existís. Te pisan. Te pasan por arriba.</strong></p>
<p><img src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/casciari25.jpg" alt="Hernán Casciari" /></p>
<p><strong>—Tengo preguntas que salieron del blog. Una es muy larga.</strong><br />
—Son las mejores<br />
<strong>—“En el post El humor es un perro mutante, Hernán cuenta que ha recibido mails de gente indignada y ofendida por las caracterizaciones de algunos personajes del Diario de una mujer gorda. Me gustaría saber a que atribuye la ruptura del pacto lector-autor en donde se sobrentiende (o debería) que se trata de una ficción y que quienes hablan son los personajes que pueden tener una ideología propia diferente a la del autor”.</strong><br />
—La respuesta es &#8220;No.&#8221; (risas del público). Cuando en la pregunta hay palabras como ruptura y pacto, la respuesta siempre es &#8220;no&#8221;.<br />
<strong>—Otra: “Si muchos de los que leen on line confunden realidad con ficción, ¿a qué se podría atribuir esto? ¿a la falta de una educación formal adecuada (no sé si es la mejor palabra pero bueh) que les permita interpretar textos? ¿a la intención del autor (él en este caso) de sembrar esa duda como parte del juego de realidad/irrelidad que se da en internet?</strong><br />
—¿Quée? No, mijito… Esa frontera, la de realidad-ficción, es FUNDAMENTAL, es hermosa. ¿cómo va a ser falta de educación? La gente que no termina de entender si un cuento es verdad o ficción, está pasando por el eje de la literatura, tiene una suerte enorme, está viviendo la prehistoria, la verdad de los cuentos. Los intelectuales, tan modositos, perdieron eso con la lectura y le llaman &#8220;falta de educación&#8221;.<br />
<strong>—Con esto sí podemos cerrar, me apuntan acá.</strong></p>
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		<title>Se rifan cinco preguntas</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Sep 2008 04:12:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Anticipos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://revistapeinate.com.ar/?p=864</guid>
		<description><![CDATA[El sábado 20 y a las 19.30 horas, estaré (nervioso, ansioso, sudoroso, vaporoso) haciéndole una entrevista en vivo a Hernán Casciari, en el marco de Fenómenos, nuevos soportes para las letras, una maratón de blogs y talentos que se está corriendo dentro de la Feria del Libro.
Todavía no sé si será, precisamente, una entrevista, porque [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El sábado 20</strong> y a las <strong>19.30 horas</strong>, estaré (<em>nervioso, ansioso, sudoroso, vaporoso</em>) haciéndole una entrevista en vivo a <a href="http://orsai.es" target="_blank">Hernán Casciari</a>, en el marco de <a href="http://espaciofenomenos.blogspot.com/" target="_blank">Fenómenos, nuevos soportes para las letras</a>, una maratón de blogs y talentos que se está corriendo dentro de la Feria del Libro.<br />
Todavía no sé si será, precisamente, una entrevista, porque con él tengo muchas ganas de hablar de temas referidos a la escritura y a la técnica, cosas por las que siento mucha afinidad.<br />
Tal vez sea una charla sobre lo que salga y me salgan preguntas de (<em>curioso, ocioso, azaroso, andrajoso</em>) chico fan.<br />
La rifa, concretamente, tiene que ver con eso, con cinco preguntas que voy a seleccionar de este post, porque no sé si abrir el diálogo en la conferencia será técnicamente posible, entonces<span id="more-864"></span>se escucha ofertas: tengo cinco vacantes acá.</p>
<p><img src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2008/08/charla_chat.jpg" alt="" /></p>
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		<item>
		<title>Acerca de la sonrisa regular</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Sep 2008 07:03:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

		<category><![CDATA[Filial]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde el viernes los teléfonos no han parado de sonar. Cada vez que alguien llama a la puerta, temblamos: la procesión de familiares perfumados cargando regalos no cesa. Somos una familia numerosa, lo que me hace sospechar que esta circulación será constante en los próximos meses. Y no me preocupa, fijate vos. Debe ser porque [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde el viernes los teléfonos no han parado de sonar. Cada vez que alguien llama a la puerta, temblamos: la procesión de familiares perfumados cargando regalos no cesa. Somos una familia numerosa, lo que me hace sospechar que esta circulación será constante en los próximos meses. Y no me preocupa, fijate vos. Debe ser porque estoy ablandándome. Pienso en esto cuando los espejos me devuelven esta versión mía familiar y sociable que antes me habría empalagado. O sea, me miro y ya no encuentro rastros del fóbico ermitaño que arrojaba cosas a las puertas y puteaba en lugar de hablar. Todo este proceso de paternidad ocurre con una vertiginosidad pasmosa y las cosas cambian así, paf, sin darte mucho tiempo para pensar.</p>
<p>No sé qué es lo que ha pasado en los últimos tres días, te digo la verdad. El viernes por la mañana desayuné un café en mi casa viendo las noticias de un mundo convulsionado en el que los latinoamericanos volvíamos a amasijarnos y por la tarde aparecí en una sala de parto apretándole la mano a mi mujer mientras nuestra segunda hija asomaba la cabeza y empezaba a berrear.<br />
<span id="more-854"></span><br />
—¿Cuánto hace que no nos vemos? —me preguntó un ex compañero de colegio al que me crucé camino al hospital— ¿Veinte kilos?</p>
<p>Cambia. Todo cambia. Es la naturaleza de la evolución. Hoy salimos al mundo envueltos en una resina pringosa y mañana somos médicos, periodistas, usureros, curas o viajantes (en todos los casos tendemos a engordar).</p>
<p>—Lo verdaderamente increíble —le digo a mi mujer— son las casualidades.</p>
<p>—Algodón —contesta ella.</p>
<p>—¿Te diste cuenta de que nuestras hijas nacieron a la misma hora y asistidas por los dos mismos médicos?</p>
<p>—Óleo.</p>
<p>Estamos viviendo una vorágine de adaptaciones: pañales con meconio (las primeras cagadas que hacen los bebés son una sustancia espesa y verde-oscura que es como un alquitrán), es lo que más hay que manipular.</p>
<p>—Otro cogollo —decimos cuando es hora de higienizar.</p>
<p>El cuerpo humano es una obra maestra de la ingeniería biológica:</p>
<p style="padding-left: 60px;">* La mujer no fabrica leche hasta que pasó el parto, momento en el que estallan no sé qué hormonas y sale un primer tapón blancuzco que se llama calostro y que tiene un montón de defensas que el bebé necesita. Los primeros tetazos son una vacuna natural.</p>
<p style="padding-left: 60px;">* Venimos seteados con un único reflejo, el de succión, una mueca automática que nos tuerce la cara hacia el costado para garantizar que demos con un pezón y nos podamos alimentar. A un recién nacido le tocás la mejilla y enseguida tuerce la cara esperando que le des de mamar.</p>
<p style="padding-left: 60px;">* Las contracciones, que primero sirven para expulsar al bebé, continúan todo un día luego del parto. Esta insistencia se debe a que son indispensables para sacudir la cavidad abdominal y empujar los órganos de regreso a su lugar.</p>
<p style="padding-left: 60px;">* Podría seguir escribiendo cientos de boludeces más, pero no quiero cansar.</p>
<p>Pero hay mucho sacrificio en esto del milagro de la vida, mucho quilombo que te convierte la cara en una máscara hecha mierda que no ves las horas de poner sobre la almohada. La paternidad es una prueba de resistencia corporal que te hace venerar los silencios como si fueran un oasis en medio de una batalla interestelar.</p>
<p>Nuestra primogénita no está muy convencida con los cambios. El encuentro con su hermana, sin ir más lejos, fue un choque durísimo que propició algunos berrinches memorables y que nos consumió las pocas fuerzas que nos quedaban. Para no infartarnos convinimos un sistema de tareas compartidas: a mi mujer le toca asistir a Luigi, a mí me corresponde hacer lo propio con Niki, y un par de veces al día hacemos un balance general. Mister Magoo (como cariñosamente le decimos a la bebé) por ahora está tranquila y le importa tres carajos nuestros horarios (buena señal). El mayor problema es contener a su hermana, cosa que hago con prolongados baños relajantes, mucha conversación en los almuerzos y una que otra versión alternativa de los clásicos infantiles antes de apolillar.</p>
<p>Mi cerebro resiste a base de glucosa, sólo así me sobrepongo a la confusión y a la burocracia del trámite de nacer. En las últimas horas hemos desfilado con la bebé por salas de espera minúsculas atestadas de gente que tose, por oficinas del Registro de Nacimientos donde abundan las empleadas que fuman más que en los bingos. Yo me empeño en recordar las caras de la gente que desearía putear: la señorita que trabaja en el CPC de la Ruta 20, la enfermera que nos ladró las instrucciones sobre los horarios de visita, el viejo que en la cola del super nos puso cara de culo cuando le pedimos que nos diera permiso para pasar.</p>
<p>De vez en cuando te cruzás con buenos samaritanos que compensan la balanza y hacen que un día fulero remonte. Una mujer, por ejemplo, nos cambió su número en la fila para darnos prioridad.</p>
<p>—Va muy lento y yo no tengo tanto apuro —dijo dedicándole una mirada a nuestra pequeña—: Mi hijo me dio una nieta hace poco&#8230; No tengo tanto apuro.</p>
<p>Pienso que hay muchas razones para no sentir que este mundo es un sorete contaminado y abominable, diga lo que diga la televisión. Ya no quiero otra vuelta en la calesita gris de la feria del malestar, y me lo recuerdo a mí mismo cada vez que me cruzo con un espejo.</p>
<p>Los puños en la cintura, los ojos bien abiertos, la sonrisa crujiendo para asomar:</p>
<p>—No vas a rejuvenecer, macho. Este optimismo infantil debe ser lo que algunos llaman felicidad.</p>
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		<title>Internaciones</title>
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		<comments>http://revistapeinate.com.ar/2008/09/15/internaciones/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 15 Sep 2008 04:07:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Breve relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El cansancio se traduce en un entorpecimiento de las operaciones más sencillas. Y subir una y otra vez las escaleras, además de agotar las piernas, supone una cuota de peligro intolerable. En cambio apretar el botón para ir al piso donde lo espera su mujer es más fácil y sólo alberga, en el peor de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El cansancio se traduce en un entorpecimiento de las operaciones más sencillas. Y subir una y otra vez las escaleras, además de agotar las piernas, supone una cuota de peligro intolerable. En cambio apretar el botón para ir al piso donde lo espera su mujer es más fácil y sólo alberga, en el peor de los casos, una cavilación momentánea y paralizante. Si todo salía bien, aquella sería la última incursión a la calle. Le correspondían esas tareas menores que recaen sobre los acompañantes y aceptaba sin objetar los encargos. No podía ser de otra manera. “Una botella de agua y algunas golosinas”.<br />
<span id="more-839"></span><br />
A la siesta tuvo que buscar el diario y unas revistas, a la tarde se encargó de arreglar los papeles para prolongar la internación y a último momento tuvo que bajar hasta el laboratorio para retirar unos análisis. Cada vez que podía se escapaba hacia un patio interno donde encendía sin mucha convicción un cigarrillo mientras esperaba que llegara la noche y con ella el descanso imperfecto que era esa silla en la que dormitaba con la cabeza oscilando cada vez que los ojos se le cerraban. Ya no recordaba con qué fantaseaba más, si con una noche de sueño completo o con una ducha caliente que le barriera el sudor pringoso. Sus anhelos eran de vapor, almohadas y bañeras, un permanente recostarse junto al grifo mientras las gotas lo acribillaban en arrullos redentores que lo abstraían de los partes médicos y de las sugerencias de las enfermeras.</p>
<p>Ésta sería la última salida de la jornada. Faltaban cuatro minutos para las dos de la mañana. “Un agua mineral, unos caramelos de menta”. Ya en la calle, aturdido y con el pelo revuelto, se detuvo a contemplar el parpadeo rítmico de los semáforos que serpenteaba como un animal nudoso por la avenida y hasta donde la vista alcanzara. La simetría de las luces amarillas se alteraba en algunas bocacalles cuando los autos barrían el cemento oscuro con sus faros en fugaces pasadas. El mundo se le antojaba irreal e intermitente. La ciudad humedecida por los camiones de limpieza reflejaba ociosamente el alumbrado público, que como un espejismo aparecía y desaparecía junto a las veredas. </p>
<p>Bostezó, fumó y se acomodó la camisa dentro del pantalón antes de regresar al hospital.</p>
<p>Apenas cruzó la puerta el palier lo envolvió con el rumor inquietante de las calderas, un ronquido trepidante que subía desde el sótano y se agolpaba debajo de sus piernas. El edificio cobraba un peso siniestro en la penumbra a medida que avanzaba, cada puerta entornada albergaba, además del motor asmático de las heladeras de hemoterapia, una presencia robusta e impía. Pensó en una gran alimaña que se deslizaba piso a piso por las escaleras, como la prolongación de un sufrimiento oculto e impostergable que reptaba despidiendo un tufo de alcohol y desesperanza devorando la salud de los pacientes. A su paso la muerte se vestía de resignación abominable. La gente entraba en ese lugar para morir y para nacer. </p>
<p>Pensaba en eso cuando advirtió que detrás del mostrador la silla giraba lentamente, pero por ningún lado se veía al recepcionista. La idea del hall de ingreso como un vórtice macabro de asepsia lo estremeció, obligándolo a apurar el paso. A esa hora en que las visitas han despejado los pasillos, nadie había para cruzarle una mirada, y la desolación brotaba por todos los rincones en penumbra. </p>
<p>Esos mismos pasillos repetían la coreografía de los semáforos en la calle, una sucesión de conos de luz trémula que caían de los fluorescentes descubriendo a veces una silla de ruedas quieta, otras un olvidado carro de limpieza. La madrugada en el hospital era una pausa en la que la goma de sus zapatillas resonaba como un quejido delator mientras avanzaba.</p>
<p>Se esforzó para no pensar en las historias de enfermeras sádicas que se colaban por las noches en las habitaciones, bisturí en mano, para drenar los miembros paralizados de los pacientes que no oponían resistencia. Cada vez que un pie suyo se adelantaba, el corte silencioso del escalpelo se materializaba repulsivamente en su cabeza. </p>
<p>La hilera de bancos junto a los ascensores estaba vacía. Por ningún lado se veía al muchacho que unas horas antes había improvisado una almohada con su campera.</p>
<p>Apretó el botón y esperó. En el tablero sobre su cabeza la cuenta regresiva cadenciosa palpitaba piso a piso.</p>
<p>La bolsa con la botella y las golosinas cayeron cuando se abrió por fin la puerta.</p>
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		<title>Carta abierta a la inminencia</title>
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		<comments>http://revistapeinate.com.ar/2008/09/11/carta-abierta-a-la-inminencia/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 11 Sep 2008 04:01:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Filial]]></category>

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		<description><![CDATA[Querida hija nonata: falta poco. Poquísimo, si me pongo a pensar. Las horas me pasan sobre la cabeza como flechas y se clavan en el reloj de la pared. Acá se respira un aire enrarecido y ya no se lo atribuimos a mis pedos ni al tupper lleno de coliflor. Sabemos que es ansiedad, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Querida hija nonata: falta poco. Poquísimo, si me pongo a pensar. Las horas me pasan sobre la cabeza como flechas y se clavan en el reloj de la pared. Acá se respira un aire enrarecido y ya no se lo atribuimos a mis pedos ni al tupper lleno de coliflor. Sabemos que es ansiedad, y la combatimos como podemos. Es nuestro segundo embarazo y todavía no hemos podido superar la confusión. Como siempre, quien mejor lleva las cosas es tu madre. Hace cosas increíbles, como pensar en todo y en mí, por ejemplo. Prepara bolsos para los tres, hace llamadas para ver dónde dejaremos a tu hermana ese día, o se echa un pique hasta una casa de juguetes y compra un cosito para regalarle a Niki de tu parte. Ha leído que eso hay que hacer y lo hace. A mí me encanta cuando pone en práctica teorías. De tan metódica parece una tesis y no le discuto nada, sé que es bueno organizarse cuando todo alrededor da vueltas como si fuera una ruleta para hamsters.</p>
<p><em>Confusión.</em><br />
<span id="more-815"></span><br />
Que te guste lavar platos con los auriculares hasta el hueso cuando promedia el tercer fernet, no quiere decir que seas tonto. Eso descubrí ayer. Disfruto, para qué lo voy a negar, de cargar la esponja con detergente y empezar a fregar como una tarada. Por lo general me pasa frente a los platos lo mismo que cuando voy en colectivo: me distraigo y se me ocurren cosas. Voy cacheteando ideas y de pronto me crucé la ciudad o me hice cagar la pila de mugre que había en la pileta.</p>
<p><em>Distracción.</em></p>
<p>Me gusta escribir estas cosas porque tengo una memoria de mierda y mañana ya no me acuerdo de nada. Además, tal vez algún día se te dé por leerlas y descubras cómo es este pasado en el que estamos montando guardia por vos. Tu mamá está haciendo un curso de preparto, por ejemplo. Yo fui a dos clases (sólo nos requieren en dos, estamos condenados a ser prescindibles) y la pasé muy bien. Tenés que llevar un par de medias limpias para que no haya olor a pata, entonces te podés tirar en unos almohadones y te pasan videos de partos con gente sonriente y diapositivas de dibujos de úteros. También te llenás de crema, te hacés masajes y ensayás respiraciones, todo con una musiquita de palitos y pájaros y aguita que cae, casi como si estuvieras atrapado en un libro de Osho. Todos los hombres son animales acorralados que no tienen ni puta idea de lo que les espera. Como buenos primerizos creen que la vida es una propaganda y ya van a ver. Cuando me preguntaron cómo era la experiencia tuve que esforzarme para no pronunciar “exorcismo” ni “carnicería” y me limité a sonreír como si hubiera merendado opio. Es parte del show, todos lo necesitamos, la fuerza está en la voluntad.</p>
<p><em>El condicionamiento pavloviano me la agarra con la mano.</em></p>
<p>Hay una chica que va al curso de preparto con el hermano porque el marido está de viaje; el hermano está nervioso y lo reconoce, cosa que me parece muy sana. La señora que nos da la clase tiene una tracalada de alumbramientos en el currículum y yo le estoy quemando la cabeza a tu mamá para que le preguntemos cuánto nos cobra para suplantarme. No creo que podamos destinar ni un peso para gastos extras, así que lo más probable es que veas mi caretón cuando te asomes para conocer qué hay de éste lado.</p>
<p><em>No pasa nada.</em></p>
<p>La ansiedad es rara. Si me cuelgo pensando siento que me trepan arañas de metal por las piernas. Se ha dado la puta casualidad de que justo en los últimos meses salieron más trabajos que de costumbre, todos muy disfrutables. Estoy culo al norte, sí; no tengo tiempo ni para cagar, claro. Pero todo está bien. No descarto que sea éste el motivo de mi disfrute con los platos y los colectivos: necesitamos descansar y esto recién empieza: todavía falta la parte más jodida, que es cuando vos no parás de llorar y nosotros envejecemos un año por noche. Pero en eso no hay que enfocar, cuanto menos lo pensás, más liviano se hace. En palabras de mi tío, “no hay que preocuparse al pedo porque en treinta años las cosas se calman”. A veces llego a la cama y me desplomo junto a ustedes. Caigo como si fuera un mueble y la Niki se ríe porque reboto en el colchón. Tu hermana ya aprendió a imitar mis ronquidos; vos le preguntás cómo hace papá cuando duerme y ella abre la boca y deja escapar un grito similar al que largan los terneros cuando les sacan las bolas. Me hace reír.</p>
<p><em>Acomodar.</em></p>
<p>Están pasando muchas cosas y todas juntas, así que pocas veces tengo tiempo de parar la pelota y mirar. Bailo mucho, es la única gimnasia que hago. Salgo al patio con los auriculares y hago movimientos pélvicos dislocados y con poca gracia mientras mi perra salta para todos lados, loca de contenta. Decir “mi perra” me hace sentir un gordo rapero en una prisión estatal. Es nuestra perra, se llama Senka y no le gusta ladrar. Es un milagro de la genética y yo por ahí la piso sin darme cuenta. Vivo aturdido y hago recreos porque entiendo que en ellos también anida la felicidad. Para mí la felicidad es tocar una guitarra imaginaria que te sale igual que la original.</p>
<p><em>Desconcierto.</em></p>
<p>El mayor problema que tenemos hasta el momento son los celos. Niki está como si se hubiera comido un diablo, se tira al vacío desde lugares altos, nos caga a trompadas en la cara. La paternidad es, esencialmente, una tensión entre la violencia y la baba. No hay escape, el binomio es un vicio y todo lo que quieras cambiar será inútil como silbar bajo el agua. Tengo menos estado que Palestina y menos lomo que un sándwich vegetariano, pero tomo Ginko Biloba, que es un placebo yuyal antioxidante con el que cagás como si estuvieras radioactivo. Quiero creer que me hace bien y me lo clavo a la mañana con el primer café. Estoy leyendo como puedo y escribo sólo para el trabajo. Me salgo de la vaina por terminar un cuento, cualquier cosa que me distraiga, pero me salen cosas como ésta y nada más.</p>
<p><em>Deshoras.</em></p>
<p>Estamos en fecha. Hay marcas de las mordidas del fuego en las Sierras de Córdoba, en los árboles, en los caballitos que te quiero mostrar, en los sueldos y en los sobreprecios. Me desplomo en los sillones y te llamo por tu nombre, porque encuentro placer al ensayar. Imagino viajes en auto con ustedes, discusiones, portazos, menstruaciones, aptitudes, querencias. Bruxamos de noche y no escuchamos los teléfonos ni el timbre. Lloramos con ojos de médula, con labios de pulpa. Simulacros de baño con muñecos, el fantasma de la corriente fría que te hace engripar, las hojitas de eucaliptus girando en el agua sobre la estufa, los mocos, las soluciones salinas, las tetas que llorarán de felicidad.</p>
<p>Creo que tenemos todo listo, pequeña; sólo te pido que no sea hoy, esta noche me toca descansar.</p>
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		<title>The Charlatans</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Sep 2008 16:17:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[asides]]></category>

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		<description><![CDATA[Desnudando recuerdos: charla abierta


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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>Desnudando recuerdos</strong>: charla abierta<br />
<span id="more-835"></span></p>
<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/desnudando_charla.jpg" alt="" /></p>
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		<title>La calidez del rubro</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Sep 2008 18:40:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cotidianas]]></category>

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		<description><![CDATA[Un buen blog no puede prescindir de un espacio donde los lectores respondan a la pregunta: ¿qué es de vuestras vidas?
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un buen blog no puede prescindir de un espacio donde los lectores respondan a la pregunta: ¿qué es de vuestras vidas?</p>
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		<item>
		<title>El mito del escritor medio blogudo</title>
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		<comments>http://revistapeinate.com.ar/2008/09/08/el-mito-del-escritor-medio-blogudo/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 08 Sep 2008 23:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Blogs]]></category>

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		<description><![CDATA[A continuación, los ejes de la charla en Fenómenos, nuevos soportes para las letras. Me interesaba encararlos a todos y relacionarlos hasta el capricho porque, a mi entender, tienen que ver con la construcción del lector y del escritor, que era de lo que me proponía conversar. Me jode bastante que siempre se hable de lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:5px;" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/fenomenochico.jpg" border="0" alt="Espacio Fenómenos" align="left" />A continuación, los ejes de la charla en<strong> </strong><strong><a href="http://espaciofenomenos.blogspot.com" target="_blank">Fenómenos, nuevos soportes para las letras</a></strong>. Me interesaba encararlos a todos y relacionarlos hasta el capricho porque,<strong> </strong>a mi entender, tienen que ver con la construcción del lector y del escritor, que era de lo que me proponía conversar. Me jode bastante que siempre se hable de lo poco que leen los jóvenes, o de lo mal que están las nuevas generaciones, cuando me parece que los que están desactualizados son los que hacen esos pronósticos agoreros y que no aportan un carajo a la discusión. Desglosé el tema en cuatro mitos que me parecieron interesantes para empezar a discutir lo del escritor blogudo (que es, por qué no, un lector blogudo):<br />
<span id="more-780"></span></p>
<p><em>Acá la foto con cara de naipe, explicando cómo es y cómo funciona un blog: </em></p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/09/espaciofenomenos.jpg" alt="" /></p>
<p>Mito 1<br />
<strong>El blog es un fenómeno que llama la atención</strong><br />
(Entiendo que a quienes más llama la atención es a los que no lo entienden mucho. Por eso les queda más cómodo ponerlo como un fenómeno y guardar distancia con la gente que lo toma como algo natural. Los bloggers que conozco hacen lo que hacen como un disfrute y no se ponen pesados discutiendo eso. Me pregunté muchas veces qué era lo que llamaba la atención en realidad, y me parece que es que los espacios que hay ahora son revanchas. Quienes se cansaron de recibir críticas por lo que leen y escriben, en un blog se pasan todo por los huevos y disfrutan aprendiendo. Es una instancia de crecimiento muy asociada con lo lúdico, una invención moderna para buscar lugar fuera de los espacios establecidos).</p>
<p>Mito 2<br />
<strong>Toda instancia de aprendizaje es placentera, los jóvenes tienen la culpa porque son dispersos y no aprovechan la educación que les da la escuela</strong><br />
(La escuela propone un choque entre el conocimiento y la ignorancia, en palabras de Daniel Pennac, y ese choque es violento, por tanto el aprendizaje tiene que serlo, ¿qué hacemos para seducir a los alumnos/estudiantes con lecturas que les lleguen? Yo aprendí a odiar a Borges en el colegio, no lo entendía, me sentía estúpido leyéndolo y tuve que consolarme con &#8220;malos autores&#8221; para no perder el interés por la lectura. Hay un tiempo para cada libro, hay un libro para cada persona, promover esos encuentros es la parte mágica del placer de la lectura. Hasta que no pasa eso, la lectura es un bodrio).</p>
<p>Mito 3<br />
<strong>La literatura no es un espacio elitista</strong><br />
(Claro que lo es; de eso viven algunos, de aleccionar sobre qué hay que leer y qué no. Pienso que la construcción de un autor y de un lector es un proceso personal e íntimo, ligado al disfrute y a las inquietudes personales. ¿Por qué se insiste tanto con &#8220;lecturas obligatorias&#8221;? Las imposiciones de los literatos están empujando a los potenciales lectores fuera del cuadrilátero. Cada vez hay menos jóvenes leyendo suplementos culturales, cada vez hay menos gente de mi edad que tiene libros en la casa. Acá hablé mucho de los libros &#8220;buenos&#8221; y &#8220;malos&#8221;, y de que los dos son necesarios, porque de ambos se aprende. También creo que dije que la gente que te tira máximas sobre lo que sos por lo que leés, es gente boluda).</p>
<p>Mito 4<br />
<strong>Escribir es un gran negocio, igual que publicar libros</strong><br />
(Otra fantasía chota, porque en Córdoba te sobran los dedos de una pata para contar a los que viven sólo de escribir libros. Esto se dice para abonar el mito anterior, creo, porque así se legitima más a quienes tienen cierto reconocimiento y se plantea el espacio como más exclusivo. Me parece que así es mucho más difícil que los nuevos lectores/escritores se conformen con sus procesos naturales de crecimiento que estará lleno de fracasos y aciertos -como debe ser-. Conozco a autores que guardan celosamente sus novelas en cajones mientras cruzan los brazos a la espera de que una editorial venga a golpearles la puerta para publicarlos, porque creen que son geniales. Pienso que cuando se den cuenta de que sin esforzarse no van a conseguir un carajo, se sentirán como el culo. Y lo más grave, se habrán perdido del juego -esta cosa lúdica y alucinante- que implica empezar a leer y a escribir. Me molesta que se muestre siempre que el objetivo es llegar, no disfrutar del proceso).</p>
<p>Vayan, si pueden, a ver lo que pasa en Fenómenos. Hay mucha gente aportando experiencias muy interesantes, y Gabriela Halac ha organizado todo de puta madre. Hay como un living con cyber para navegar, y bandejitas con caramelo. <a href="http://espaciofenomenos.blogspot.com/" target="_blank">¡No se lo pierdan!</a></p>
<p>Dejo para el recuerdo la invitación:</p>
<blockquote><p><a href="http://espaciofenomenos.blogspot.com/" target="_blank">¡Estais todos invitados!</a></p>
<p>Domingo 7 de septiembre 18 hs.<br />
Patio Mayor. Cabildo Histórico.<br />
Presenta: José Playo</p>
<p>Escribir y publicar: alternativas a los circuitos del mercado - generación de espacios alternativos - difusión de la producción de autor - la escritura como herramienta para enamorar a los que no leen - el autor que va en busca de sus lectores.</p>
<p><em>Peinate que viene gente empezó siendo una catarsis, un espacio autogestionado donde un autor (en este caso yo) pudiera publicar sus escritos, fuera del circuito tradicional de revistas culturales o libros. El “Proyecto Peinate” es un desafío, un “antiproyecto de comunicación” (un autor se peina porque viene gente a leerlo; el acto de peinarse implica escribir, diseñar, distribuir y comercializar tu propio trabajo). Parte del reto consistía en probar que se pueden crear canales alternativos para la circulación de la producción personal, lejos de las leyes del mercado. La revista circuló espontáneamente entre diciembre de 2003 y diciembre de 2007, ahora sólo está en versión blog. Y capaz que vuelva. No se sabe.</em></p></blockquote>
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		<title>Mi ex hosting me ofrece soft porn de colegialas</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Sep 2008 22:09:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[asides]]></category>

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		<description><![CDATA[La estrategia de venta está empezando a viciar las cosas más allá de lo imaginable. Ahora recibo spam porno de una empresa de hosting con la que estuve hasta no hace mucho. Siento que pronto deberé plantear una estrategia defensiva y requetecagar a todo el mundo a Power Pointazos. Tengo un par muy emotivos, esos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La estrategia de venta está empezando a viciar las cosas más allá de lo imaginable. Ahora recibo spam porno de una empresa de hosting con la que estuve hasta no hace mucho. Siento que pronto deberé plantear una estrategia defensiva y requetecagar a todo el mundo a Power Pointazos. Tengo un par muy emotivos, esos de cachorros con ojos tristes, o esos de fotos de gente que se salva de pedo de que le pasen cosas. Cosas extrañas van a parar a mi casilla de <a href="http://www.gmail.com" target="_blank">Gmail</a>&#8230;<br />
<span id="more-771"></span><br />
Me acaba de llegar un mail de <a href="http://dattatec.com/" target="_blank">Dattatec</a>:</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2008/09/dattatec2.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: left;">No sé en qué me he convertido al quejarme de recibir minas en bolas en el correo.<br />
Tampoco sé qué onda con esta empresa. Todo es muy raro. <a href="http://dattatec.com/colegialas.php" target="_blank">Incluyendo a esta web</a>.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2008/09/dattatec.jpg" target="_blank" rel="thumbnail"><img class="aligncenter" src="http://revistapeinate.com.ar/wp-content/uploads/2008/09/dattatec.jpg" alt="" width="150" height="130" /></a></p>
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		<title>Lecturas mensuales: Junio / Agosto</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Aug 2008 07:46:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Aunque muchos digan que cada vez tenemos menos tiempo para leer, yo pienso que es cuestión de acomodar un poquito los hábitos. Claro que está el trabajo, la niña, el curso de preparto, la inminencia del parto, sus efectos secundarios (prepararación de ropa, bolsos, cosas). Ochocientos mil quilombos, los tiene todo el mundo. Por eso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque muchos digan que cada vez tenemos menos tiempo para leer, yo pienso que es cuestión de acomodar un poquito los hábitos. Claro que está el trabajo, la niña, el curso de preparto, la inminencia del parto, sus efectos secundarios (prepararación de ropa, bolsos, cosas). Ochocientos mil quilombos, los tiene todo el mundo. Por eso intento llevar los libros conmigo. Es la única forma; desgajar el día hasta encontrar el momento y tirar el señalador sobre la almohada, o abrir las páginas en el sillón después de comer. Con el tiempo me convertí en un experto leedor de parado, usando la mano como atril en la cola del banco y marcando los capítulos con la boleta de la luz o del teléfono. Sólo así logré comerme, entre Junio y Agosto, estos títulos que también se hincharon de humedad en el baño hasta que los terminé:<br />
<span id="more-670"></span><br />
<img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:2px;" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2008/08/libro_ivan_1.jpg" border="0" alt="Iván Wielikioselek, Los ojos de Sharon Tate" align="left" /><strong>Los ojos de Sharon Tate<br />
Iván Wielikioselek<br />
Editorial: <a href="http://llantodemudo.blogspot.com/" target="_blank">Llanto de Mudo</a></strong></p>
<p>Empecé a llevarlo conmigo porque entraba justo en un bolsito en el que siempre pongo un cuaderno, la billetera y los puchos, así que lo leí mucho en tiempos muertos en el mecánico y en la cola del supermercado. Había conocido a Iván a principio de año cuando nos entrevistaron para la revista Escenarios y nos pasamos una mañana en el estudio de una fotógrafa charlando y compartiendo opiniones, incluso mucho después de que la cinta del grabador se detuvo.<br />
Un tipo sencillo, cálido, apasionado enfermizamente con el fútbol. Es de San Lorenzo, el mismo equipo de <a href="http://fotos.universia.cl/album/albums/userpics/10029/normal_collage%20de%20aragon.jpg" target="_blank">Aragon</a>. Antes de despedirnos caminamos hasta Llanto de Mudo y ahí pidió un ejemplar de sus cuentos, me lo firmó y me lo regaló. Iván había soltado en la nota algunos aspectos de su vida personal que me impactaron por duros y poéticos, y eso mismo es este libro, es escucharlo hablar. No sé cómo se llama eso en literatura, porque &#8220;primera persona&#8221; no tiene un pedo que ver con encontrar al mismo autor en las páginas que escribe. ¿Brilla la primera persona con la intensidad que merece si tiene tanto de parecido con el tipo que las escribe en cuestión? Digo, ¿me habría gustado el libro de no conocer a Iván? Respuesta: ¿qué mierda sé yo? En el papel sus palabras sangran como se debe, a veces están crudas y enamoran o conmueven, y por momentos hacen bien. Me gustaron los cuentos, algunos más que otros, como corresponde a un buen libro. Me alegró el estante de la biblioteca, este que cada vez cobija más títulos de gente de Córdoba. Se agradece. ¡Ah!, y la edición de LLanto de Mudo, impecable, estos muchachos laburan de reputa madre.</p>
<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:2px;" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2008/08/libro_ivan_2.jpg" border="0" alt="Iván Wielikioselek, Cotidianos funerales en La Tierra" align="left" /><strong>Cotidianos funerales en La Tierra<br />
Iván Wielikioselek<br />
Editorial: <a href="http://llantodemudo.blogspot.com/" target="_blank">Llanto de Mudo</a></strong></p>
<p>También ligué este libro pero de mano de Griselda, la periodista que nos entrevistó aquél día. Después de posar con la fotógrafa de frente, tres cuartos perfil y de espaldas, nos escapamos con el autor hasta su bar preferido, uno que está en la esquina de Colón y General Paz, justo debajo de un pasanoticias digital. Hablamos un rato del oficio de escribir, de las historias personales y él aprovechó para hacerme a mí una entrevista que después publicó en el diario de Villa María. Leí Cotidianos Funerales en la Tierra de un tirón despatarrado sobre una silla comiendo pasas de uva. Cuando pasé la última hoja comprendí que Iván había hecho un conjuro con mis zapatos, que ahora tenían memoria y recordaban su ciudad a pesar de no haberme comprado a taconazos ni una cuadra de Villa María. Cotidianos Funerales es un viaje bukowskiano montando una voz que viaja sobre la ruta como una ronquera hasta estrellarse contra un amanecer. Es la angustia de encontrar un buen libro cuando no lo saliste a buscar, es la pornografía de la sorpresa. Otro muchas gracias.</p>
<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:2px;" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2008/08/libro_rupert.jpg" border="0" alt="Rupert Thomson, Muerte de una asesina" align="left" /><strong>Muerte de una asesina<br />
Rupert Thomson<br />
<a href="http://www.rhm.com.ar/fichalibro/?isbn=9789879397930" target="_blank">Editorial: Mondadori</a></strong></p>
<p>La idea de la historia me gustó, transcurre dentro de un Depósito de Cadáveres en el que un policía tiene que custodiar el cuerpo de una asesina más mala que la mierda. Pensé que el caso era una fantasía, pero realmente ocurrió. Lo de la asesina, digo. El personaje está basado en la historia de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Myra_Hindley" target="_blank">Myra Hindley</a>, una tipa que junto a su novio se despacharon no sé la cantidad de niños. Será que esto del embarazo en definitiva sensibiliza, porque mucho no lo disfruté, a pesar <span style="text-decoration: line-through;">del morbo</span> de la intriga que históricamente me ha hecho consumir casos policiales reales como si fueran nueces peladas. Me asombró, por tanto, mi propia ignorancia, ¿cómo se me había pasado por alto un personaje como <a href="http://www.observer.com/files/imagecache/article/files/Dalva-MyraHindley1V.jpg" target="_blank">esta mujer</a>? Hay un buen trabajo en los conflictos personales del protagonista, este policía que parece que se va a olvidar la placa en algún mostrador, un tipo con una esposa culposa y una hija con síndrome de Down. Terminé de leerlo y me quedé pensando en que la idea base quizá sea la expiación, la introspección, el análisis de las culpas. También me colgué con que muy pocas veces le pego con la idea base de los libros, entonces siempre tengo que rescatar para construir: disfruté de los valores que toca sobre las familias que la reman a pesar del dolor de los recuerdos y encontré algunas metáforas lindas.</p>
<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:2px;" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2008/08/libro_hernan.jpg" border="0" alt="Hernán Casciari, España decí alpiste" align="left" /><strong>España decí alpiste<br />
Hernán Casciari<br />
<a href="http://www.rhm.com.ar/fichalibro/?isbn=9789500729475" target="_blank">Editorial Sudamericana</a></strong></p>
<p>No necesito que mi culo peludo sobrevuele las aguas de un mar interminable hasta llegar a España, ese lugar con el que tanto he soñado. Y es una liberación, aclaro, porque Europa me da miedo y no sé por qué. Sigo a Hernán desde hace bastante y he disfrutado cada texto de <a href="http://orsai.es" target="_blank">su blog</a> con la avidez de un fanático metódico que abre el mail de &#8220;Orsai Actualiza&#8221; refregándose las manos.<br />
Este año vamos a cruzar <a href="http://espaciofenomenos.blogspot.com/2008/08/entrevista-on-line-dirty-cucurto.html" target="_blank">palabras no escritas por primera vez</a> y estoy ansioso, lo cual es muy bueno. Quienes tengan el hábito de Orsai, sabrán que el libro es, entre otras cosas, un fetiche. Me cuesta mucho explicarle algo como eso a quienes se empeñan en buscarle función social y marco teórico a las cosas, la gente que entiende mucho de literatura se olvida de los mortales y eso me jode siempre. Para los lectores llanos (playos), los que disfrutamos sin culpa y a otra cosa mariposa, <em>España decí alpiste</em> no es sólo un libro muy bien escrito, también es un parte desde las trincheras de nuestras aspiraciones, un fajo de cartas íntimas pobladas de humor y misterio, y, por sobre todas las cosas, es inteligencia. No me ha sorprendido encontrar en el libro disfrutes nuevos dentro de textos conocidos, porque fuera del blog las palabras de Hernán llenan las hojas con la misma complicidad que en otros soportes, proponiendo una venganza dulce y necesaria, un desgarro menor enquistado en el talento.<br />
Casciari es el embajador de quienes saben que soñar es mentirse, por eso disfruto de sus crónicas como si fueran postales fraternales garabateadas con letra chueca de distancia, por eso me dejo encandilar. Quiero decir: me gusta, me hace bien, y se terminó la historia.<br />
Por mi parte, seguiré recomendándolo porque todos necesitamos que nos engañen bien, con oficio y sin tanta vuelta: nunca su relato se empantana en el dato intrascendente y esa es la magia de consumir literatura pensando que chupamos cucharas con dulce de leche (él habla de jamón, pero para el caso es lo mismo).<br />
No entiendo mucho de fútbol y de todas maneras la sección dedicada a deportes me enterneció y emocionó, porque hay dolor y epopeya; su música, sus porros, su familia, sus anécdotas; su hija, sus amistades, el amor.<br />
Carajo, che, Hernán es el corresponsal loco y drogado que necesitamos que nos mienta, un errante en esa cosa que dicen que se llama España y que le sirve de hogar a varios buenos amigos y a un montón de gente más talentosa que la mierda.</p>
<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:2px;" src="http://revistapeinate.wordpress.com/files/2008/08/libro_carolain.jpg" border="0" alt="Carolina Aguirre, Bestiaria" align="left" /><strong>Bestiaria<br />
Carolina Aguirre<br />
<a href="http://www.alfaguara.com.ar/libro.asp?id=1232" target="_blank">Editorial: Aguilar</a></strong></p>
<p>Hacerme de este libro me dio una alegría que duró poco, justo hasta que empezó la discusión sobre quién lo leía antes. En casa tanto mi mujer como yo andamos con los tiempos medio justos, así que sabemos que dejar al otro primero es arriesgarse a esperar demasiado.<br />
Gané yo y comencé a disfrutaro en los recreos, cuando salía a fumar al patio. Las páginas se sucedían y las radiografías de Carolina me caían cada vez más oportunas para por fin bautizar a mis pesadillas y a mis amores.<br />
Cuando lo terminé, la pregunta que había visto formulada en algunos &#8220;blogs especializados&#8221; me vino a la memoria: ¿la autora es sólo una <a href="http://www.criticadigital.com/lapeleadora/puto-el-que-lee/" target="_blank">clasificadora talentosa</a> y compulsiva? ¿Lo que hace es simplemente inventar pasado y presente para las mujeres en las fiestas, los colegios y los gimnasios? Le pasé el libro a mi mujer mientras pensaba que ese punto de vista es injusto. Tal vez el ojo ¿cínico? ¿clínico? de Carolina se haya fortalicido a golpes de construir guiones, y quizá sea esa la razón por la que sus estereotipos prenden tanto en nuestras cabezas audiovisuales, pero hay otra cosa que me parece muy importante: sus textos han venido a socorrerme en momentos de hastío digital, cuando el paladar de las letras aburridas está aturdido y no resiste otro bocado, y a eso no lo consiguen los escritores limitados. Disfruté de la publicación de este libro porque pienso que lo verdaderamente lindo, <a href="http://revistapeinate.com.ar/2008/06/26/y-entonces-bajaron-al-papel/" target="_blank">como dije alguna vez</a>, es saber que podemos llevar lo que se está haciendo en internet a otros lados. Conozco muchas personas a quienes me asombra ver hoy consumiendo blogs y comprando libros, gente que antes no lo hacía. Eso, no me jodan, tiene que ser algo bueno. Así que acá estoy, esperando con tranquilidad esos cumpleaños que antes me paralizaban de indecisión. Ahora sé que los buenos trabajos, los que llevan una bocha de tiempo puliéndose en los blogs, no sólo se convierten en libro para cumplir con un rito obligado: hay nuevos lectores que se están formando en espacios alternativos y que piden con insistencia lo que les corresponde. Eso es para mí <a href="http://bestiaria.blogspot.com" target="_blank">Bestiaria</a>, el antecedente de una construcción que emprendemos muchos lentamente, alejados de las convenciones, resucitando como topos ciegos entre bateas digitales que son menos rígidas y nos cobijan bien. Yo creo que nos merecemos el papel que deja constancia del momento en que nos reconciliamos y nos enamoramos, qué tanto.</p>
<p><img style="margin-right:15px;margin-top:10px;margin-bottom:2px;" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/08/libro_ccec_pal.jpg" border="0" alt="CCEC en palabras" align="left" /><img style="margin-left:15px;margin-top:10px;margin-bottom:2px;" src="http://revistapeinate.files.wordpress.com/2008/08/libro_ccec_img.jpg"