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	<title>Rasgo Latente</title>
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	<description>Psicología de interés público</description>
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		<title>La equívoca media europea y otros argumentos mejores</title>
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		<dc:creator><![CDATA[César González-Blanch]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 31 Jul 2020 15:09:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el justo afán por remarcar la necesidad de aumentar la contratación de psicólogos clínicos en el Sistema Nacional de Salud (SNS) hay un dato especioso que se repite irresistiblemente: “En España hay 4 (o 6) psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes frente a los 18 que hay en Europa”. Trataré de explicar por qué [&#8230;]</p>
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<p>En el justo afán por remarcar la necesidad de aumentar la contratación de psicólogos clínicos en el Sistema Nacional de Salud (SNS) hay un dato especioso que se repite irresistiblemente: “En España hay 4 (o 6) psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes frente a los 18 que hay en Europa”. Trataré de explicar por qué este dato es equívoco y no debería velar otros argumentos mejores como base de nuestra justa reivindicación de más plazas de psicólogos clínicos en el SNS.</p>



<p><strong>El origen</strong><br>Es difícil rastrear el origen de esta exitosa comparación. Un psicólogo amigo la atribuye al informe “La Situación de la Salud Mental y la Psicología en España” que elaboró un grupo de trabajo del Colegio Oficial de Psicología de Valencia alrededor de 2008-09. Precisamente, una noticia de <a href="http://www.infocop.es/view_article.asp?id=2159">Infocop de finales de 2008</a> ya presentaba esta comparación.</p>



<p>La media europea se obtiene de algún informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre los recursos en salud mental. Según mi amigo, él lo recogió del <a href="http://www.who.int/entity/mental_health/evidence/Country_profiles_Europe.pdf">Atlas de la OMS de 2001</a>. Lo cierto es que ese informe no ofrece una media para Europa, aunque recoge datos de psicólogos por 100.000 habitantes de diversos países del mundo, también europeos, entre ellos, España, que aparece con la exigua cifra de 1,9, que ha aumentado algo en informes posteriores. Comoquiera que sea, es posible que en ese o algún otro informe de la OMS, más o menos actualizado, se pueda extraer esa ratio de psicólogos por habitantes en Europa.</p>



<p>Por su parte, la fuente original para el dato de los psicólogos en España es más fácil de localizar: proviene de <a href="https://www.alansaludmental.com/pol%C3%ADticas-en-sm/pol%C3%ADtica-de-sm-en-el-sns/observatorio-de-sm-del-sns/#:~:text=El%20Observatorio%20de%20Salud%20Mental,SM%20de%20las%20diferentes%20autonom%C3%ADas.">“El observatorio de salud mental: Análisis de los recursos de salud mental en España”</a> de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN). El Observatorio es un proyecto de la AEN para conocer los recursos disponibles y evaluar periódicamente el desarrollo de los planes de salud mental autonómicos. Aunque no son datos enteramente fiables, ha sido la mejor estimación disponible hasta hace poco del número de psicólogos trabajando en el SNS. Originalmente se habla de 4,3, aunque la cifra se ha redondeado a hacia arriba o hacia abajo. En el 2018, un <a href="https://www.defensordelpueblo.es/noticias/salud-mental/">informe del Defensor del Pueblo</a>, tras la consulta a fuentes oficiales sobre el número de psicólogos clínicos en el SNS, actualizaba esta cifra y la elevaba a “aproximadamente” 6 psicólogos. Lamentablemente, no existe un registro oficial, público y actualizado del número real de profesionales de la salud mental en el SNS. Esta información sería conveniente para la valoración de los recursos y necesidades del SNS y para la comparación entre comunidades autónomas, entre las que parece que existen notables desigualdades.</p>



<p><strong>El problema de la comparación europea</strong><br>Al margen de la endeblez de las ratios europeas y españolas, que más que como un recuento deben entenderse siempre como una (imperfecta) estimación, el problema radica en que se comparan categorías dispares. Si bien los datos de España (de la AEN y del Defensor del Pueblo) se refieren específicamente a psicólogos (clínicos) en el SNS, los informes de la OMS recogen datos de países con gran variedad de regulaciones y prácticas en lo que respecta a la provisión de tratamientos psicológicos (<a href="https://doi.org/10.32872/cpe.v1i1.34406">Laireiterab y Weise, 2019</a>). Por ejemplo, solo la mitad tienen regulada la profesión de psicólogo clínico (<a href="https://ec.europa.eu/docsroom/documents/16683">European Commission, 2016</a>) y en muchos casos los servicios de salud mental son provistos a través de seguros privados o los servicios públicos solo están cubiertos hasta un cierto grado y a veces sujetos a copagos (<a href="https://www.euro.centre.org/downloads/detail/882">Huber et al., 2008</a>). Esto fuerza a que los datos no se refieren a psicólogos clínicos trabajando en el sistema de salud público, sino a psicólogos en general o sanitarios o clínicos, trabajando en servicios públicos o concertados o privados. Tampoco es descartable que algunos países, al no tener reconocidas especialidades ni atención psicológica en el sistema público, hayan ofrecido datos de psicólogos registrados para el ejercicio profesional sin más. La distribución de las ratios resultante es tan dispar (por ejemplo, 0,04 en Turkmenistán, 85 en Dinamarca y 9 en el Reino Unido) que en propiedad habría que hablar de la mediana más que de la media. Llevado al caso de España, si en vez de referirnos a psicólogos clínicos en el SNS ofreciéramos datos de psicólogos prestando servicios en cualquier ámbito relacionado con la salud, el número se multiplicaría considerablemente: podemos estimar que por cada psicólogo clínico en el SNS hay 4 psicólogos sanitarios ejerciendo en el sector privado, y algunos más en servicios socio-sanitarios públicos o concertados. Si nos vamos al registro de colegiados, entonces los datos para el 2018 son de 156 psicólogos colegiados por cada 100.000 habitantes, 76 de ellos en el ámbito sanitario. Incomparablemente más que los 6 informados por el Defensor del Pueblo.</p>



<p><strong>Un hechizo análogo… para emisores y receptores</strong><br>Pese a la dudosa validez de la comparación europea, su éxito es rotundo. Aparece recurrentemente por todos los medios: entrevistas, reportajes, comunicados profesionales, peticiones online… ¿Por qué? Se trata de una cifra extraída de fuentes prestigiosas, es intuitiva, simple, fácil de explicar y de comprender. Además, los estándares europeos son comúnmente aceptados como un objetivo deseable y realizable. De este modo, lo que psicólogo Daniel Kahneman llama en su libro <em><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Pensar_r%C3%A1pido,_pensar_despacio">Pensar rápido, pensar despacio</a></em> el Sistema 1 —que procesa la información de un modo rápido, automático, sin matices— no tiene dificultades para convencer al Sistema 2 —concienzudo, pero lento y perezoso— de la bondad del dato, que se propaga sin reparos.</p>



<p><strong>Una alternativa llena de poderosos argumentos</strong><br>Después de todo, el dato es creíble porque la escasez de psicólogos clínicos en el SNS es evidente. Basta saber que, salvo casos excepcionales, no hay psicólogos clínicos en atención primaria, que es donde son tratados la mayor parte de las personas con problemas de salud mental. Las listas de espera en los centros de salud mental de adultos y de población infanto-juvenil —aunque aquí la ausencia de datos oficiales y actualizados para nuestra especialidad es también notoria— es inaceptablemente alta, de varios meses. La demora entre consultas para los que llegan a acceder a estos centros ambulatorios es preocupantemente larga, lo que hace difícil poder ofrecer los tratamientos psicológicos en condiciones mínimamente parecidas a las que han sido validados. La presencia en los servicios hospitalarios, pese a la creciente demanda de atención integral a las personas enfermedades físicas, es precaria: los pocos recursos personales disponibles son prestados muchas veces a través de convenios con entidades privadas o bajo contratos de investigación y al margen de la <a href="https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2011-15623">normativa legal</a> que obliga a que los psicólogos que desarrollen su actividad en el SNS o concertados con él deben estar en posesión del título de especialista. Además, el proverbial el consumo de psicofármacos no hace más que aumentar pese a que su balance beneficio-riesgo lo desaconseja como primera opción terapéutica para los problemas de salud mental más comunes, y tampoco son la preferencia de los usuarios. En definitiva, por encima de la cuestionable referencia a la media europea, son todas estas faltas —que deberíamos esforzarnos en documentar sin esperar a que lo hagan las entidades responsables de las mismas— las que nos valen para argumentar con solidez sobre la apremiante necesidad de aumentar los recursos personales para la atención psicológica en el SNS.</p>
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		<title>¿Qué es esa cosa llamada pseudociencia? Una visión desde la Psicología.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[José César Perales]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 May 2018 08:40:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Divulgación]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[metodologia]]></category>
		<category><![CDATA[opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Qué es la pseudociencia?</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Me adentro en aguas turbulentas.</p>
<p>Presumamos que sabemos qué es la ciencia, que ya es presumir. Supongamos por un momento que la ciencia es aquella actividad que se define por el uso del método científico, y que el método científico es ese conjunto de herramientas que, a partir de la observación y la experimentación, nos permite hacer alguna de las siguientes cosas: acercarnos a la verdad, descartar lo que no es verdad, generar conocimiento útil, generar conocimiento acumulable, actualizar nuestras creencias conforme a una leyes universalmente aceptables, generar modelos verosímiles del mundo, o facilitar a largo plazo la corrección de los errores individuales.</p>
<p>Puestos a presumir, presumamos que ciencia es también lo que hacen esos hombres y mujeres llamados científicos. Y que esos hombres y mujeres aplican estrictamente el método científico.</p>
<p>Y una vez que hemos presumido todo esto, veamos.</p>
<p><strong>¿Qué es pseudociencia?</strong></p>
<p>Dice el Diccionario de la Real Academia que <a href="http://dle.rae.es/?id=XkD3CEX">pseudocientífico</a> es falsamente científico. No ayuda mucho. La Wikipedia es un poco más específica: la <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Pseudociencia">pseudociencia</a> “es aquella afirmación, creencia o práctica que es presentada incorrectamente como científica, pero que no sigue un método científico válido”. Esto está mejor, porque ya hemos aceptado que sabemos qué es el método científico. Por tanto, pseudociencia es todo aquello toma la apariencia de ciencia sin serlo.</p>
<p>Me voy a quedar con esta definición, que es bastante más amplia de lo que muchos tendréis en mente (reiki, homeopatía, flores de Bach, osteopatía, bioneuroemoción….). Más allá de estos ejemplos, sin embargo, hay otros caminos que llevan a prácticas que también encajan en esa definición de pseudociencia, algunos muy transitados sin despertar demasiadas sospechas, e incluso aceptados por gentes que se definen como científicas o escépticas, pero que hacen tanto daño a la ciencia y a la sociedad como los sospechosos habituales. Como no soy filósofo ni tengo intención de escribir un tratado, <strong>me ceñiré a lo conozco mejor: los que afectan o provienen de la<a href="http://rasgolatente.es/psicologia-ciencia/"> Psicología</a></strong>. En cada uno de los casos, intentaré poner al menos un ejemplo de una escuela o tradición que ha recorrido ese camino.</p>
<p><strong>El camino de lo que pretendió ser científico y por un tiempo fue aceptado: el Psicoanálisis</strong></p>
<p>No hace falta a estas alturas que hable de los orígenes del Psicoanálisis. Lo que nos importa aquí es que, aunque nunca se esforzó realmente por aplicar algo parecido al método científico, se crio en el cultivo cultural adecuado para ser adoptado por una parte de la élite intelectual y académica de su tiempo. Nunca fue científico porque, aunque se basaba en la observación de casos, los datos siempre podían interpretarse de forma flexible, y cuando esto no era posible, <a href="https://www.nationalreview.com/2017/12/sigmund-freud-fake-charlatan-liar/">simplemente se falseaban</a> (como ahora sabemos que ocurrió con las curaciones de algunos de los casos más populares).</p>
<p>Enraizó y pudo considerarse ciencia en tanto que era aquello que hacían algunos científicos. También es cierto que, pese a lo que se piensa, nunca llegó a ser hegemónico en Psicología, se fracturó en numerosas escuelas enfrentadas entre ellas (lo que contribuyó a impedir que se convirtiese en normativo) y tuvo un grado de contestación considerable casi desde su nacimiento. Aun así, todavía lo encontramos en las aulas de muchas facultades y en la práctica clínica, aunque notablemente mermado y desprestigiado. Ha intentado, con éxito limitado, resurgir como neuropsicoanálisis, y algunos de sus constructos (p.ej., el inconsciente) se han intentado incorporar a otros modelos explicativos del comportamiento.</p>
<p><strong>El camino de lo que podría haber sido científico pero se demostró falso: la Programación Neurolingüística (PNL)</strong></p>
<p>Aunque el conjunto de conceptos de la PNL y la interrelación entre ellos es bastante confuso, y al procedimiento a través del cual se formuló el modelo que la sustenta se aleja bastante de lo que razonablemente puede considerarse propio del método científico, también es cierto que, a diferencia del Psicoanálisis, hace algunas predicciones lo suficientemente específicas para ser puestas a prueba. Por ejemplo, la distinción entre personas visuales, auditivas o cinestésicas, la idea de que se puede “reprogramar” más fácilmente a una persona si se utiliza el código representacional adecuado, o la eficacia de las intervenciones psicoterapéuticas y educativas que emanan de ella.</p>
<p><a href="https://psicotecablog.wordpress.com/2013/07/24/desnudando-la-programacion-neurolinguistica-pnl/">Ninguna de las predicciones fundamentales de la PNL ha sido corroborada</a>, y varios grupos de trabajo independientes en los años 80 y 90 acabaron concluyendo que la PNL carecía de base empírica alguna. Como consecuencia, la investigación académica en PNL prácticamente ha desaparecido, pero su uso ha experimentado un resurgimiento de la mano del coaching, sobre todo en el mundo de las ciencias empresariales y del deporte. Ejemplos similares a la PNL son las teorías de las inteligencias múltiples o los <a href="https://digest.bps.org.uk/2018/04/03/another-nail-in-the-coffin-for-learning-styles-students-did-not-benefit-from-studying-according-to-their-supposed-learning-style/">estilos de aprendizaje</a>, muy populares en contextos educativos.</p>
<p><strong>El camino de lo que fue científico y acabó degenerando: los neuromitos</strong></p>
<p>Los neuromitos son un conjunto de creencias falsas pero fuertemente arraigadas sobre el funcionamiento del cerebro. Algunos de esos mitos, sin embargo, tienen un origen legítimo. Por ejemplo, la idea de que los aprendizajes tienen un periodo crítico, fuera del cual ya no pueden adquirirse, se basan en los descubrimientos de Hubel y Wiesel sobre el desarrollo de la corteza visual en gatos; la idea de que existe un hemisferio emocional y un hemisferio racional se basa igualmente en el hecho de que algunas funciones cognitivas están lateralizadas y tienen una mayor representación en un hemisferio que el otro.</p>
<p>Lo que es importante reseñar aquí es que estos mitos han surgido porque ciertos hallazgos, en principio legítimos, se han divulgado mal o se han sobregeneralizado, hasta el punto de degenerar y convertirse en falsedades virales con un <a href="https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fnhum.2016.00496/full">impacto social y educativo importante</a>. Esa tendencia a la sobregeneralización y a inflar el impacto de hallazgos puntuales ha sido la razón principal de las fuertes críticas que actualmente está recibiendo la neuroeducación.</p>
<p><strong>El camino de lo que no nació en la ciencia, pero pretendió legitimarse a través de ella: la acupuntura</strong></p>
<p>Algunas de las pseudociencias más populares surgen en contextos culturales e históricos muy distintos del de la ciencia normativa, y llegan a nosotros como consecuencia de un cierto enamoramiento occidental con las culturas lejanas y ancestrales. Además de ese enamoramiento hizo falta algo más, un número suficiente de estudios científicos que avalaran la eficacia de la acupuntura, e incluso metanálisis en revistas prestigiosas que parecían confirmar que aquello no era fruto de la casualidad. El mismo camino lo han seguido otras pseudoterapias tradicionales con suerte parecida.</p>
<p>Si eso es así, ¿dónde está el problema? En que esos estudios resultaron ser muy poco fiables; en la medida en que se iban haciendo mejoras metodológicas el tamaño del efecto de las intervenciones se iba adelgazando, hasta desaparecer. Todos los estudios recientes de calidad, algunos con muestras de tamaño considerable, y con garantías metodológicas necesarias coinciden en la conclusión de que la eficacia de estas supuestas terapias no es superior al efecto placebo. Lo que estos casos nos hacen sospechar, sin embargo, es que los mismos problemas metodológicos también pueden estar presentes en otros estudios y meta-análisis para terapias que despiertan menos sospechas, pero cuya calidad en realidad no es mucho mejor.</p>
<p><strong>El camino incierto: el mindfulness</strong></p>
<p>Es muy posible que muchos de vosotros situéis el mindfulness, o la meditación, como algo totalmente pseudocientífico, sin contemplaciones. Otros lo veréis como una técnica más, de eficacia comprobada tanto en ensayos clínicos como en estudios de neuroimagen.</p>
<p>Mi visión es aún cauta. La cantidad de investigación sobre mindfulness en los últimos años es ingente. Parte de esa investigación sugiere que podría ser útil para ciertos usos en ciertas personas, como una técnica más dentro de un menú más amplio. Sin embargo, la calidad de esa investigación es, en promedio, bastante baja. Aparte de los problemas habituales con los grupos control, el tamaño de la muestra y las expectativas del investigador que describo más abajo, en este caso se suman varios problemas más. Primero, no es una técnica manualizada, y por tanto no hay un protocolo claro sobre cómo se hace y qué es exactamente, de modo que dos investigaciones pueden estar utilizando técnicas de mindfulness muy distintas aún usando la misma etiqueta. Segundo, los grupos experimentales suelen saber que están en un grupo de mindfulness, lo que despierta en ellos expectativas bastante altas que pueden convertirse en profecías autocumplidas. Y tercero, es inmensamente popular, lo que crea incentivos muy poderosos para corroborar su eficacia. Y con ello, este camino enlaza con el siguiente.</p>
<p><strong>El camino de la ciencia cuestionable: el efecto de los ojos que te vigilan</strong></p>
<p>Un grupo de incautos participantes experimentales participan en un aburrida tarea de laboratorio. Junto a ellos reposa una inocente hucha para donar unos céntimos a una ONG local. En la pared junto al participante hay un póster, no relacionado con una cosa ni con la otra, con unos ojos que parecen mirar al sujeto con severidad. Eso ocurría en una condición del experimento. En la otra, de control, el póster no estaba. Como consecuencia, las personas “vigiladas” por el póster dejaban unos céntimos en la hucha antes de salir. Los de la condición control no.</p>
<p>Éste es uno de muchos experimentos de priming social. Las personas expuestas a material relacionado con la ancianidad caminan más despacio. Las personas expuestas contenidos relacionados con ciertos estereotipos se comportan de acuerdo a esos estereotipos. Todos estos efectos aparecen en las más prestigiosas revistas de Psicología y saltan inmediatamente a los libros de divulgación, las entrevistas de televisión y las charlas TED.</p>
<p>Todos esos fenómenos eran tan llamativos que distintos grupos de investigadores se pusieron manos a la obra a intentar reproducirlos. Tras las puertas de los laboratorios, un fracaso tras otro empezaba a resultar frustrante y muy poco provechoso para las carreras de muchos jóvenes investigadores.</p>
<p>Poco a poco, la investigación en priming social empieza a ser sospechosa. Pero no sólo la de priming social. El primer intento de reproducir un conjunto amplio de efectos psicológicos arroja un porcentaje de éxito del 39%. E intentos similares en Economía o investigación sobre cáncer arrojan cifras parecidas. En ciencias de la nutrición el panorama parece incluso peor.</p>
<p><strong>¿Y ahora cuál es el problema?</strong></p>
<p>¿Qué ha pasado? Aparentemente <a href="http://rasgolatente.es/investigar-psicologia-deshojar-la-margarita/">la ciencia en las revistas más prestigiosas de varias disciplinas está repleta de falsos positivos</a>, que surgen por la insistencia de sus descubridores en encontrar algo que les permita publicar, técnicas estadísticas imaginativas o mal utilizadas, múltiples intentos previos no publicados, una presión cada vez mayor por progresar en sus carreras.</p>
<p>Las llamadas prácticas de investigación cuestionables no son fraude consciente, al menos en la mayoría de los casos. Son lo que los científicos han aprendido a hacer en un entorno ultracompetitivo y centrado en la publicación de resultados estadísticamente significativos. La extensión del problema es tal que algunos autores autores estiman que más de la mitad de los resultados que se publican en la literatura científica actual son falsos. Desgraciadamente, estas prácticas afectan incluso a algo tan serio como los ensayos clínicos con nuevos fármacos, para muchos de los cuales la supuesta eficacia está probablemente exagerada. Los perjuicios y las consecuencias sociales de esta forma de hacer ciencia, hoy por hoy, son difíciles de estimar.</p>
<p><strong>Donde los caminos confluyen</strong></p>
<p>Si se acepta el análisis que acabo de hacer, la conclusión inevitable es que distintas formas de pseudociencia, esto es de prácticas y creencias que parecen científicas pero no lo son, o lo son solo a medias, acaban convergiendo en el discurso popular, en los medios de comunicación y, cada vez más, en las redes sociales, donde los orígenes son irreconocibles. Lo mismo compartimos la última dieta que la tesis de nuestro amigo, aún lejos de haber sido sometida a verificación y contrastación. Vendemos nuestros propios artículos como revolucionarios. Y las universidades nos pagan cursos para que nuestras publicaciones sean noticia en la prensa generalista. Nos arrojamos artículos a la cabeza en apoyo de nuestras ideas políticas y calificamos de anticientífico todo aquello que no casa con ellas.</p>
<p>La defensa de la ciencia es más necesaria que nunca, pero defender la ciencia va mucho más allá de denunciar a los sospechosos habituales (que también). La pseudociencia mata. Y la mala ciencia también, y es un enorme sumidero por el que se escapan cientos de millones de euros de todos nosotros en descubrimientos poco fiables e irreproducibles, a veces dañinos. El reto más importante que tiene por delante la gestión científica no es solo seguir golpeando al enemigo conocido, sino también evitar el fuego amigo, estableciendo un sistema de incentivos donde lo beneficioso para cada uno de nosotros y nosotras no sea publicar más, sino investigar mejor.</p>
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		<title>El agravio moral en la era de las redes sociales digitales</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Guido Corradi]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 07 May 2018 11:05:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[internet]]></category>
		<category><![CDATA[sociedad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El agravio moral de siempre, que ha tenido lugar -hasta ahora- en pequeños núcleos sociales de pocas personas, ha entrado en la era digital. Es necesario que usuarios y plataformas diseñen sistemas con los que lograr comunicarnos en paz.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Miro Twitter desde mi móvil mientras espero el bus. Una nueva polémica. Indignación en las redes. Ni siquiera entiendo exactamente de qué va el asunto, me siento tentado a subirme a la ola de rabia. Veo como diferentes grupos se intercambian mensajes agresivos y comparten indignados un mensaje. “las cosas no pueden ser así, está completamente equivocado, es intolerable”. Esto es lo que <a href="https://www.nature.com/articles/s41562-017-0213-3">Molly Crockett</a> identifica en un reciente artículo como agravio moral: mostrar nuestro enfado y descontento ante una situación que, según nuestra percepción, ataca nuestros valores morales. Lo cierto es que nunca hemos tenido tan fácil ni hemos podido expandir tanto nuestro agravio moral como ahora y gracias a internet. No es algo nuevo, la humanidad siempre ha sentido esa necesidad de imponer a otros individuos lo que consideramos son unos valores adecuados. Lo que hasta ahora tenía un alcance limitado a la proximidad física, ahora viaja por cables de cobre. Son funciones sociales viejas para redes nuevas. El agravio moral de siempre, que ha tenido lugar -hasta ahora- en pequeños núcleos sociales de pocas personas, ha entrado en la era digital.</p>
<div class="remark-right"><em>El agravio moral de siempre, que ha tenido lugar -hasta ahora- en pequeños núcleos sociales de pocas personas, ha entrado en la era digital.</em></div>
<p>Las sociedades humanas se moldean a través de herramientas sociales: cotilleos, vergüenza y castigo. Son actos cotidianos que usamos para educar a nuestros hijos, nuestros compañeros o incluso a desconocidos. Imponemos (y velamos por que no se rompan) las conformidades sociales a la vez que buscamos crear nuevas acordes a nuestros valores. Sin embargo, estas herramientas evolucionaron en un ambiente donde éramos unos pocos individuos, un espacio en el que todos nos conocíamos e interactuábamos cara a cara. Uno de los avances que introduce internet es la posibilidad de mostrar nuestro virtuosismo a más gente. Las redes sociales digitales cuentan con sus particularidades: facilitan que se moldee nuestra conducta a golpe de “like”: es decir, no solo nos mostramos como seres virtuosos, sino que además nos dan a “like”. Alimentemos nuestra posición rodeándonos de gente que la comparte y sin más coste que hacer click en un corazón digital pueden validar nuestro estallido de indignación. <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/28652356">El agravio moral así se vuelve contagioso</a>.</p>
<p>Los medios online son uno de los canales donde más aprendemos <a href="https://dataverse.harvard.edu/dataset.xhtml?persistentId=doi:10.7910/DVN/26910">sobre actos morales e inmorales</a>, al menos comparado con medios tradicionales o por contacto en persona. Tienen un alto nivel de exposición y un gran contenido emocional que invita a compartir. Los mensajes que más apelan a nuestro sentido moral son aquellos que más necesidad sentimos de comunicar con otras personas. Tiene sentido, si percibimos que algo socava el mundo tal y como lo entendemos; es entonces cuando queremos comunicar y contagiar esa indignación. Antes de las herramientas como el retuit, el reply o compartir publicación , la indignación moral tenía otros costes. Nos obligaba a plantarnos frente a alguien, mostrar nuestro enfado y exponernos a riesgos de los que estamos a salvo gracias<a href="http://rasgolatente.es/grupos-redes-sociales-conducta-en-internet/"> a una pantalla</a>. Es decir, la distancia virtual nos protege.</p>
<p>Pensemos, por ejemplo, en la última vez que hayamos llamado la atención a otra persona ante una conducta inapropiada en una situación offline. En este tipo de situaciones tenemos que, exponernos a la posibilidad de que sea una persona que nos vaya responder con violencia, quizá sus gestos y conducta nos lleven a empatizar con él o ella o simplemente es nuestro compañero de trabajo y enfrentarse a él conllevaría romper la paz social de nuestro ambiente.</p>
<p>Podemos adoptar una visión <a href="https://www.theglobeandmail.com/opinion/modern-outrage-is-making-it-harder-to-bettersociety/article38179877/">catastrofista</a>: el mundo online explota lo peor de la naturaleza humana convirtiéndola en un entorno/lugar hostil: personas dañándose porque ven sus valores morales atacados, algo que podría llevarnos a una sociedad dividida. Sin embargo, la naturaleza nos dota de la capacidad de, a través de la cultura,<a href="http://behavioralscientist.org/the-human-instinct-a-conversation-with-ken-miller/"> diseñar maneras en con las que eliminar las circunstancias</a> que desencadenan conductas que son perjudiciales. El reto es la adaptación a la comunicación en estas nuevas redes amplias e impersonales con sus beneficios, sin sus inconvenientes. <a href="http://rasgolatente.es/cooperacion-en-distintas-sociedades-humanas/">Diseñar herramientas</a> que nos faciliten gozar del apoyo social que podemos obtener en nuestra red de contactos digital, intercambiar ideas, propuestas, fomentar el disenso y encontrar apoyo a nuestras causas sin caer en el acoso, la polarización y la diseminación de fake news para jalear a nuestra camarilla. No existen soluciones mágicas y definitivas más allá de informarse de los avances en psicología social y aplicar y evaluar <a href="https://twitter.com/gamusino/status/990567802682605570">propuestas</a>. Una cosa está clara: es nuestra naturaleza -y es necesario en la sociedad- diseñar sistemas con los que lograr comunicarnos en paz.</p>
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		<title>Después del cáncer</title>
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		<dc:creator><![CDATA[María Sebastián]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Apr 2018 14:22:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[positivismo]]></category>
		<category><![CDATA[psicología de la salud]]></category>
		<category><![CDATA[salud]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El cáncer es la segunda causa de muerte en los países desarrollados por detrás de los trastornos cardiovasculares, así como la primera en años potenciales de vida perdidos (Cruzado, 2010). Si bien el  número de casos está aumentando, los avances médicos permiten reducir la mortalidad de los afectados. Este descenso ha sido del 13% entre [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El cáncer es la segunda causa de muerte en los países desarrollados por detrás de los trastornos cardiovasculares, así como la primera en años potenciales de vida perdidos <a href="http://www.infocop.es/view_article.asp?id=2892">(Cruzado, 2010)</a>. Si bien el  número de casos está aumentando, los avances médicos permiten reducir la mortalidad de los afectados. Este descenso ha sido del 13% entre 2004 y 2013 (<a href="https://seer.cancer.gov/archive/csr/1975_2013/">Howlader et al., 2017</a>). Por ello, cada vez hay más personas en postratamiento de cáncer y más pacientes con la enfermedad cronificada. El porcentaje estimado de supervivencia más allá de los cinco años desde el diagnóstico es el 89.7% para el cáncer de mama y el 64.9% para el cáncer de colon. Son personas que deben convivir con los efectos colaterales de la enfermedad y de los tratamientos administrados. ¿Cómo afecta a sus vidas? ¿Con qué tienen que lidiar?</p>
<p>Démosle voz a mujeres que han superado un cáncer, o bien de mama o de colon. Son mujeres en período de postratamiento médico:</p>
<p style="margin-left: 10%">
“Dicen que con el tratamiento ya ha pasado todo pero no, con la “quimio” el proceso no hace más que empezar”.<br />
“Te pasas los días intentando aparentar estar bien, la gente parece que te lo exige… es una presión tremenda que te acaba destrozando”.<br />
“Es mirarte en el espejo y no reconocerte, es que no eres tú”.<br />
“Creo que lo que más me ha afectado, al final, ha sido el cambio de imagen… no te vuelves a ver nunca como antes del cáncer”.<br />
«Me siento asimétrica”, “&#8230; deformada”, “&#8230; inflamada”, “&#8230; fea”, “&#8230; frágil”, “&#8230; avergonzada”, “&#8230; directamente asquerosa”.
</p>
<p>Han &#8216;superado&#8217; el cáncer. Deberían estar pletóricas, eufóricas. Pero las emociones y la salud no siguen caminos tan rectos como a veces nos podemos plantear. El cáncer es más que el cáncer, más que los procesos celulares. Y, a veces, el cáncer llega más allá del cáncer.</p>
<p>Según datos de 2017 del Instituto Nacional del Cáncer, el tipo de cáncer con una incidencia mayor es el de mama, que representa el 15% del total de los nuevos diagnósticos de la enfermedad, seguido por el de pulmón (13.2%) y el de colon (8%) de todos los nuevos diagnósticos de cáncer (<a href="https://seer.cancer.gov/archive/csr/1975_2013/">Howlader et al., 2017</a>). En cuanto a la mortalidad, el cáncer de pulmón se sitúa en primer lugar, representando el 25.9% del total de defunciones por cáncer, y a continuación le siguen el de colon y el de mama, con unos porcentajes de 8.4% y 6.8% de entre todos los fallecimientos, respectivamente. No obstante, al ser un tipo de cáncer con una aparición predominante en mujeres, en población femenina la tasa de mortalidad por cáncer de mama se sitúa por encima de la de colon.</p>
<p>Los tratamientos médicos siempre vienen acompañados de efectos secundarios que tienen impacto en la vida cotidiana de los pacientes. Los tratamientos médicos principales frente al cáncer son la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia, la hormonoterapia y la inmunoterapia (<a href="http://www.infocop.es/view_article.asp?id=2892">Cruzado, 2010</a>). Estos tratamientos provocan efectos secundarios como náuseas o vómitos, alopecia, cambios en la piel y en las uñas, problemas en la boca y en la garganta, dolor, anemia, edema, astenia, deterioro cognitivo de la concentración y de la memoria, diarrea o estreñimiento, infertilidad, mal olor, pérdida de apetito, problemas de sueño y alteraciones en la sexualidad y en la funcionalidad general del paciente (Instituto Nacional del Cáncer, 2015). Estos cambios físicos tienen consecuencias psicológicas: por ejemplo el malestar emocional con implicaciones a nivel cognitivo, conductual, social o espiritual, que puede desembocar en episodios de ansiedad, depresión, otros trastornos del estado de ánimo o incluso en el suicidio, con tasas superiores a las de la población no oncológica.</p>
<p style="margin-left: 10%">
“Al principio, sobre todo, me sentía débil y cansada, pero a nivel físico y en lo emocional también”.<br />
“Al final es una sensación de agotamiento brutal”.<br />
“Destacaría la inhumanidad, la cosificación… de repente eres un protocolo”.<br />
“Es muy duro ir sintiéndote un asco y que el médico te diga que hay pantalones de embarazada que sientan muy bien, que te pongas un chándal”.<br />
“Hay cosas que no te explica nadie”.
</p>
<p><strong>Cáncer, Imagen Corporal y Sexualidad</strong><br />
De entre los tres tipos de cáncer más habituales y con más mortalidad en población femenina, son el de mama y el de colon los que suelen ir acompañados de una mayor alteración en la imagen corporal (<a href="http://www.infocop.es/view_article.asp?id=2892">Cruzado, 2010</a>) y, entre estos dos, el de colon presenta una mayor cantidad de efectos adversos generales <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/28817180">que el de mama</a>.</p>
<p style="margin-left: 10%">
“Lo más caótico es cuando te sueltan con la ostomía, te dan cuatro bolsas y te pintan todo maravilloso”.<br />
“Es una pasada, es que te lo condiciona todo: la forma de vestir, la alimentación, las cosas que puedes o no puedes hacer”.<br />
“Tienes que estar pendiente del olor, del ruido, de que no haya fugas…”.
</p>
<p>Además, así como la afectación sexual parece ser uno de los problemas prioritarios después de un tratamiento oncológico que influye igualmente a ambos géneros, los síntomas psicológicos y en concreto el sufrimiento relacionado con los cambios en la imagen corporal es significativamente superior en mujeres <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3999973/">que en hombres</a>.</p>
<p>En este sentido, la alteración de la imagen corporal y de la sexualidad en oncología es algo ampliamente contrastado en la bibliografía. Son numerosos los estudios que destacan la importancia central de la imagen corporal y de su deterioro en población oncológica femenina, tanto en pacientes de cáncer de mama (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/?term=Surviving+breast+cancer%3A+Women%E2%80%99s+experiences+with+their+changed+bodies.+Body+Image%2C">Brunet, 2013</a>;<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20564138"> Falk-Dahl, 2010</a>;<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26716393"> Male, 2016; Miaja, 2017</a>) como de colon (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25974874">Benedict, 2016</a>; <a href="https://journals.lww.com/dcrjournal/Abstract/2015/02000/Does_Extended_Surgery_Influence_Health_Related.5.aspx">Orsini, 2015</a>; <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26018183">Taylor, 2015</a>). Lo mismo ocurre con las afecciones a nivel sexual también en mama y en colon (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25800938">Traa, 2012</a>). La mayoría de ellos insisten, además, en la extensión de estos problemas no solo durante el tratamiento, sino una vez finalizado este e incluso de forma posterior a la remisión de la enfermedad</p>
<p>De forma más específica, las alteraciones en imagen corporal más significativas para las mujeres en tratamiento de cáncer de mama parecen ser la pérdida de cejas, pestañas y cabello y la alteración de su textura, el linfedema, las modificaciones en el peso, la pérdida de elasticidad de la piel o la extirpación de ambos pechos, de uno o de parte de uno de ellos (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/?term=Surviving+breast+cancer%3A+Women%E2%80%99s+experiences+with+their+changed+bodies.+Body+Image%2C">Brunet, 2013</a>; <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26716393">Male, 2016</a>). En este sentido, la mastectomía constituye el tratamiento que más afecta a la imagen corporal de estas mujeres (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20564138"> Falk-Dahl, 2010</a>; <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/27478976">Notari, 2016</a>).</p>
<p>La imagen que tenemos de nosotros mismos se ve afectada por los cambios físicos y el cáncer de colon tiene cambios físicos. A la pérdida de pelo, cejas y pestañas, las modificaciones en el peso y de la alteración de la piel se le suma la <a href="https://www.accuesp.com/crohn-y-colitis/la-enfermedad/las-ostomias">ostomía</a> (Benedict et al., 2016). La <a href="https://www.educainflamatoria.com/que-es-una-ostomia">ostomía </a>es una sustitución del intestino por una bolsa artificial externa para el contenido fecal. Con ella, además del carácter de por sí poco atractivo que tiene el estoma y la bolsa, las pacientes que la sufren tienen que prestar especial atención al olor, a las fugas, a los gases o a la diarrea (Benedict et al., 2016; Taylor, 2015). <strong>Por ello, el estoma se consolida como el efecto del tratamiento más ligado con el deterioro de la imagen corporal</strong> y de la sexualidad (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24091721">Reese et al., 2014</a>) de las mujeres en tratamiento de cáncer de colon.</p>
<p>Las citadas modificaciones en la apariencia hacen sentir a las mujeres distintas a como eran antes de la enfermedad, al grupo de iguales con el que se relacionaban y a lo que según el canon de belleza se considera bonito y femenino (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26716393">Male, 2016</a>). Además, la relevancia del cambio en imagen corporal podría estar vinculada al significado que socioculturalmente se le otorga al cuerpo y a la consideración de este como representación de la salud y como vehículo de comunicación social.</p>
<p>La presión que la sociedad ejerce sobre las mujeres en temas relacionados con la apariencia -incluso en el contexto oncológico- conduce a un elevado sufrimiento psicólogico (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25916689">Boquiren, 2015</a>; <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/?term=Surviving+breast+cancer%3A+Women%E2%80%99s+experiences+with+their+changed+bodies.+Body+Image%2C">Brunet, 2013</a>). <strong>Es común que las mujeres en postratamiento de cáncer de mama afirmen sentirse “deformadas”, “mutiladas”, “asimétricas”, “poco femeninas”, “poco atractivas”, “rotas”, “feas”, “incómodas” o “desfiguradas”</strong>, o “avergonzadas”, “mutiladas” o “menos femeninas” también en el caso del cáncer de colon (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25974874">Benedict, 2016</a>; <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26018183">Taylor, 2015</a>).</p>
<p>Derivado de todo lo anterior, <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/?term=Surviving+breast+cancer%3A+Women%E2%80%99s+experiences+with+their+changed+bodies.+Body+Image%2C">Brunet (2013)</a> hace alusión al elevado coste que los cambios en imagen corporal y el malestar asociado terminan generando en las mujeres en postratamiento de cáncer hasta que logran reconciliarse con su nueva imagen. Estos costes no solo se producen a nivel económico o de recursos, sino también en el aspecto social, físico, de tiempo y de energía.</p>
<p>Si bien se conoce la alteración en la sexualidad debido al cáncer, no existe unanimidad con respecto a las disfunciones sexuales más comunes en mujeres en tratamiento y postratamiento de cáncer de mama y de colon. Las que parecen repetirse más son la falta de deseo, de excitación y de lubricación. Otras alteraciones que explicarían la reducción en la frecuencia de las relaciones sexuales son las dificultades para llegar al orgasmo, el dolor (dispareunia) y la falta de satisfacción. <strong>Además, en relación a las alteraciones en la sexualidad, adquiere relevancia el cambio en la percepción de sí mismas como “seres sexuales” a consecuencia de las modificaciones en la imagen corporal causadas por el tratamiento oncológico</strong> (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26716393">Male, 2016</a>).</p>
<p><a href="https://www.edicionespiramide.es/libro.php?id=3568605">Olivares (2013)</a> recoge cuatro vías a través de las cuales la sexualidad en pacientes oncológicos puede verse dañada: por una afectación física a consecuencia de la localización tumoral o del tratamiento administrado, por alteraciones emocionales, por modificaciones en los roles del paciente y por transformaciones en la imagen corporal.</p>
<p>En relación a esto, la mayoría de trabajos señalan que imagen corporal y sexualidad están relacionadas, indicando que la afectación de la apariencia física suele acompañarse de problemas a nivel sexual en mujeres en postratamiento de cáncer. No obstante, esta relación entre imagen corporal y funcionamiento sexual no queda del todo demostrada (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/27139170">De Morais, 2016</a>). Desde otras perspectivas se destaca que, aunque las mujeres que han padecido cáncer de mama, que por tanto han sufrido sus tratamientos y que presentan alteraciones en la imagen corporal se erigen como una población especialmente vulnerable a sufrir disfunciones sexuales, el deterioro físico que presentan no parece ser tan determinante en la aparición de problemas sexuales por sí mismo como sí lo es el estigma relacionado con esta nueva apariencia física (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25916689">Boquiren, 2015</a>). Por lo tanto, la naturaleza de la relación entre la imagen corporal y la sexualidad no se encuentra bien definida.</p>
<p>Resulta relevante destacar la importancia de la pareja en el ámbito oncológico tanto en cáncer de mama como de colon. Concretamente, una buena comunicación en la relación parecen relacionarse con una mejor imagen corporal de la persona que ha padecido la enfermedad, así como con un mejor funcionamiento sexual <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25617071">(Fang, 2015</a>).</p>
<p><strong>Cáncer y Pensamiento Positivo</strong><br />
A la presión de la sociedad sobre las pacientes oncológicas respecto a su imagen corporal se le suma la “cultura del lacito rosa”. Esta corriente de lucha contra el cáncer de mama impregnada de pensamiento positivo que se encuentra en auge en la mayoría de países desarrollados. Por un lado, los beneficios de esta corriente son la visibilidad y el derribo del tabú y del estigma que rodean al cáncer de mama, la proliferación de recursos asistenciales y de apoyo a las mujeres que lo sufren y los avances médicos que han tenido lugar en la detección precoz de esta enfermedad (<a href="https://www.amazon.es/Sonr%C3%ADe-muere-trampa-pensamiento-positivo/dp/847506938X">Ehrenreich, 2012</a>). Por otro lado, la parte negativa de esta “cultura del lacito rosa”, traslada a la mujer enferma a una perspectiva infantil que asume la incompatibilidad de la feminidad con la adultez o el empoderamiento. Junto con la exigencia de mantener un estado de ánimo positivo y la obsesión por agradecer al cáncer, todo esto termina por generar en la paciente oncológica un estado de incomprensión, manipulación y culpabilización que incrementa su sufrimiento (<a href="https://www.amazon.es/Sonr%C3%ADe-muere-trampa-pensamiento-positivo/dp/847506938X">Ehrenreich, 2012</a>; <a href="http://gacetasanitaria.org/es/a-favor-del-lazo-rosa/articulo/S0213911116302539/">Puigpinós-Riera, 2017</a>).</p>
<p>Ehrenreich (<a href="https://www.amazon.es/Sonr%C3%ADe-muere-trampa-pensamiento-positivo/dp/847506938X">2012</a>) expone que los defensores del pensamiento positivo en el contexto del cáncer parten de que el estrés sostenido en el tiempo afecta negativamente al sistema inmunológico. A partir de esa idea afirman que, entendiendo el estrés como lo contrario al afecto positivo, este último actúa reforzando las defensas y por tanto, protegiendo al individuo del cáncer o incluso combatiéndolo. Sin embargo, numerosos autores como Coyne (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2858800/">2010</a>) ponen de manifiesto la ausencia de validez científica de esos argumentos y aseguran que no existe evidencia empírica que demuestre la relación entre un estado de ánimo positivo y la prevención o la supervivencia al cáncer.</p>
<p>Asimismo, no solo no existe evidencia empírica válida que sustente la presencia del pensamiento positivo en el contexto oncológico (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2858800/">Coyne, 2010</a>), sino que la desregulación afectiva a la que podría llegarse a través de la imposición de este pensamiento y del rechazo a la experiencia emocional presente se sitúa en la base de los trastornos del estado de ánimo (<a href="http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/2167702613505532">Barlow, 2013</a>). De esta forma, no sería sino esta “evitación experiencial” o resistencia al sufrimiento normal la causa del sufrimiento patológico (<a href="https://www.edicionespiramide.es/libro.php?id=4659949">Páez &amp; Montesinos, 2016</a>), traduciéndose en una carga más que tienen que soportar las mujeres en una situación tan complicada y pudiendo acarrear problemas psicopatológicos mayores (<a href="http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/2167702613505532">Barlow, 2013</a>).</p>
<p><strong>Este <em>bienintencionado</em> discurso puede conducir a la desinformación, la frivolización o el uso inapropiado de algunos conceptos, creando además expectativas falsas en las propias pacientes</strong> (<a href="http://gacetasanitaria.org/es/problematizando-desinformacion-las-campanas-concienciacion/articulo/S0213911117300043/">Porroche-Escudero, 2017</a>). Igualmente, al centrar la atención exclusivamente en las mujeres enfermas de cáncer de mama y al hablar en términos de “supervivientes” o “luchadoras”, se puede estar marginando, estigmatizando o invisibilizando a otros colectivos como las mujeres que mueren por esta enfermedad, que siguiendo esta lógica adquirirían el estatus de “perdedoras”, las que tienen metástasis, o todas aquellas que sufren otro tipo de cáncer con unas cifras de prevalencia o letalidad iguales o superiores a las de mama (<a href="https://www.amazon.es/Sonr%C3%ADe-muere-trampa-pensamiento-positivo/dp/847506938X">Ehrenreich, 2012</a>; <a href="http://gacetasanitaria.org/es/problematizando-desinformacion-las-campanas-concienciacion/articulo/S0213911117300043/">Porroche-Escudero, 2017</a>).</p>
<p>En relación a toda esta explotación y mercantilización del cáncer de mama, Carlson y Le (<a href="https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/23736992.2017.1329018">2017</a>) definen el término “pinkwashing” como el ejercicio de algunas entidades de generar beneficios para su propia empresa, ya sean económicos o de mejora de su imagen, mediante la utilización de la sensibilización social con la causa de apoyo a las mujeres enfermas de cáncer de mama.</p>
<p><strong>Cáncer y Calidad de Vida</strong><br />
Como consecuencia de todos los factores que acompañan al proceso oncológico resulta importante destacar el grave deterioro en calidad de vida que sufren las pacientes oncológicas en los meses e incluso años que siguen a la finalización del tratamiento médico (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/?term=Surviving+breast+cancer%3A+Women%E2%80%99s+experiences+with+their+changed+bodies.+Body+Image%2C">Brunet, 2013</a>; Cruzado, 2010; <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20564138">Falk-Dahl, 2010</a>; <a href="https://journals.lww.com/dcrjournal/Abstract/2015/02000/Does_Extended_Surgery_Influence_Health_Related.5.aspx">Orsini, 2015</a>). Esta alteración de la calidad de vida parece relacionarse, en algunos casos, con el detrimento padecido en la imagen corporal y en la sexualidad o con el estigma percibido como consecuencia de los efectos del tratamiento oncológico, de forma más intensa en mama, aunque también en colon (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/29121876">Ernst, 2017</a>). No obstante, la calidad de vida y el malestar emocional asociado son variables susceptibles de ser trabajadas y mejoradas en pacientes en postratamiento de cáncer (<a href="https://link.springer.com/article/10.1007/s00508-017-1266-z">Riedl, 2017</a>).</p>
<p><strong>Imagen Corporal y Detección Precoz</strong><br />
Así pues, además de con alteraciones en la sexualidad, con la aparición de sintomatología ansiosa o depresiva y, en definitiva, con la alteración en la calidad de vida general de estas pacientes, el deterioro de la imagen corporal en población femenina oncológica se relaciona con otros factores de gran relevancia. Chait, Thompson y Jacobsen (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4030289/">2009</a>) encontraron que una buena imagen corporal se relacionaba positivamente con la proliferación de conductas de autoexaminación de la piel en el último año. En esta misma línea, Abu Samah y Ahmadian (<a href="https://www.researchgate.net/publication/276352406_Relationship_between_Body_Image_and_Breast_Self-examination_Intentions_and_Behavior_among_Female_University_Students_in_Malaysia">2014</a>) demostraron la relación también positiva entre una buena evaluación y satisfacción con la propia apariencia física y el desarrollo de conductas de autoexaminación de las mamas tanto en el último año como en el año próximo. Andrew, Tiggemann y Clark (<a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24532796">2016</a>) señalaron la relación positiva entre la imagen corporal y las conductas de protección frente al sol, la autoexaminación de la piel y las revisiones médicas. En síntesis, poner en marcha tratamientos con los que se trabaje la imagen corporal en mujeres en postratamiento de cáncer podría tener beneficios vinculados directamente a la prevención o detección precoz de recidivas.</p>
<p>Desde una perspectiva biopsicosocial, el cáncer es más que el cáncer tal y como lo solemos considerar. Tanto en el tiempo, dado que sus efectos llegan más allá de acabar el tratamiento, como en los ámbitos que afecta, puesto que llega a procesos emocionales que, con una mirada superficial, podríamos pasar por alto. Es importante ser conscientes de ello para poder tratar y acompañar a pacientes o personas en postratamiento por parte de los profesionales de la salud y la sociedad en conjunto.</p>
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		<title>En defensa de Santandreu</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Jiménez Cuadros]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 Jan 2018 20:56:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“A Hitler hay que aceptarlo incondicionalmente y lanzarle amor. De acuerdo, que estaba muy loco, pero su potencial era maravilloso”. El autor de esta frase no es revisionista histórico, ni un líder de la extrema derecha europea. Su autor es Rafael Santandreu, un tipo que se ha ganado a pulso ser «el psicólogo más odiado [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>“<b>A Hitler hay que aceptarlo incondicionalmente y lanzarle amor</b>. De acuerdo, que estaba muy loco, pero su potencial era maravilloso”. El autor de esta frase no es revisionista histórico, ni un líder de la extrema derecha europea. <a href="https://www.youtube.com/watch?v=d0RY_fzQKR8">Su autor es Rafael Santandreu</a>, un tipo que se ha ganado a pulso ser «<a href="https://smoda.elpais.com/moda/rafael-santandreu-de-profesion-el-psicologo-mas-odiado-de-twitter/">el psicólogo más odiado de España</a>«.</p>
<p>Sobre todo, por los propios psicólogos. El último motivo ha sido <a href="http://www.lavanguardia.com/vivo/20180104/434045905030/caso-diana-quer-ensenanzas-para-el-desarrollo-personal.html">un artículo sobre el asesinato de Diana Quer</a> en el que <b>pedía, “desde la psicología cognitiva”, no caer “en la tentación de demonizar</b> y buscar la extirpación del mal de la Tierra” porque eso “nunca se logrará”. Lo que Santandreu dice entre líneas es que el principal perjudicado en el crimen de Diana Quer es el presunto asesino, puesto que su actitud «loca» le impide ser auténticamente feliz.</p>
<p>Pero estos textos no son la verdadera razón de nuestro odio común. La verdadera razón es que Santandreu es un espejo. El espejo de todas las miserias, los problemas y las frustaciones que arrastramos los psicólogos. Es más, es el espejo de que todo eso funciona. <strong>Odiamos a Santandreu porque nos recuerda lo que somos los psicólogos</strong>.</p>
<h2>Las tres personas de Santandreu</h2>
<p>¿Quién es Santandreu, pues, además de alguien con unas ganas locas de que le hagamos caso? En los últimos 30 años, Santandreu ha sido, al menos, tres personas.</p>
<p>Primero, <strong>fue un joven &#8216;terapeuta breve&#8217;</strong>, discípulo de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Giorgio_Nardone">Giorgo Nardone</a>. La terapia breve es una terapia de origen nebulosamente psicodinámico que acabó confluyendo con (y dando forma a) los enfoques sistémicos. El centro de Santandreu se llama, aún hoy, «Centro de Terapia Breve de Barcelona».</p>
<p>Después, se convirtió en redactor-jefe de MenteSana, la revista de «<a href="https://play.google.com/store/apps/details?id=es.rba.mentesana&amp;hl=es">psicología femenina de Jorge Bucay</a>«. Y la verdad es que su discurso habitual está lleno de términos y calcos de las<strong> terapias humanistas</strong>. La «aceptación incondicional», por ejemplo, recuerda inevitablemente a Carl Rogers y sus tres condiciones facilitadoras del crecimiento personal (junto a la empatía y congruencia).</p>
<p>Al final, <strong>reapareció como un «psicólogo cognitivo»</strong> con un «enfoque terapeútico es heredero, en parte de Albert Ellis, padre de la Terapia Racional Emotiva Conductual». Y también del de Beck, ya puestos. Hay un punto de autojustificación:</p>
<blockquote><p>“En la actualidad, la terapia cognitiva es la escuela de psicología con una mayor base científica y la que ha sido mejor respaldada por estudios de eficacia comprobada. Existen más de dos mil investigaciones independientes publicadas en revistas especializadas que avalan su validez. Ninguna otra forma de psicoterapia ha conseguido igualar su éxito terapéutico.”</p></blockquote>
<p>No es mentira o no del todo. Sus libros están en la línea de los proncipales clínicos de la «psicología cognitiva» (o de la versión descafeinada de ellos que abunda en los libros de autoayuda). Durante años, sus cursos y jornadas están llenos de terapeutas TREC y de seguidores de Ellis.</p>
<p>A excepción de conductista y manifiestamente freudiano (que supongo que es lo que se guarda para las próximas décadas), Santandreu durante estos treinta años <strong>ha sido (o a formado parte de) todo lo que podía ser un psicólogo aplicado en España</strong>. Literalmente. Sistémico, cognitivo, humanista y, por último, un exitoso escritor de autoayuda.</p>
<h2>Je suis Santandreu</h2>
<p>Pero esa no es la razón por la que no se merece el escarnio público. He leído cada página de los libros de Santandreu, muchas entrevistas y decenas de artículos y entradas de su blog y puedo afirmar sin riesgo a equivocarme que el «psicólogo más odiado» <strong>no ha aportado ni una sola idea innovadora a la disciplina</strong>. Durante lo que llevamos de década se ha afanado, sencillamente, en llevar las ideas, las lógicas y las prácticas habituales de la psicología realmente existente a su últimas consecuencias. Esto no va sobre él, va sobre nosotros.</p>
<p><strong>Es un reflejo de nosotros, de la psicología</strong>. De nuestro imprudente desprecio por la evidencia empírica, de nuestra silenciosa complicidad con la mala praxis, de nuestro gusto retorcido por las respuestas cómodas, de nuestra tóxica noción de lo que debe ser nuestra profesión. Santandreu es la pseudopsicología del «si quieres, puedes» (que inunda los muros de Facebook y las cuentas de Twitter de muchos &#8216;profesionales&#8217; de la psicología), llevada al extremo. Es la psicología de quienes hacen y deshacen en su práctica sin filtro, sin rigor.</p>
<p>Pero, sobre todo, es un reflejo de que <strong>la psicología está llena de idiotas</strong>. <a href="http://etimologias.dechile.net/?idiota">Idiotas en sentido etimológico</a>: aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino solo de sus intereses privados. Hemos abandonado la plaza pública, nos hemos escondido en la comodidad de nuestra consulta, de nuestro despacho de universidad, de nuestra redacción; hemos decidido que ya se podía hundir el mundo, que eso no iba con nosotros. En definitiva, hemos olvidado que <a href="http://www.dronte.es/martin-baro/">la psicología una vez quiso cambiar el mundo</a>.</p>
<p>Y yo el primero. <a href="http://rasgolatente.es/nace-rasgo-latente/">Rasgo Latente nació para ponerse frente a esa idiotez colectiva</a>, para reivindicar en público esa psicología a la que le importaba el futuro. Como habréis visto por nuestra lenta agonía y la escasez de nuestra publicaciones, <strong>esa idiotez nos venció también a nosotros</strong>.</p>
<p>No creáis que no me duele. Pero todo tiene un límite, siempre hay un momento para decir basta: <strong>vuelvo a Rasgo Latente, vuelvo a la batalla</strong>. Si vamos a morir, mejor que sea con las botas puestas.</p>
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		<title>¡Fake news! ¿Qué hacer? ¿Cómo combatir los bulos?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Guido Corradi]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 Dec 2017 20:02:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Divulgación]]></category>
		<category><![CDATA[persuasión]]></category>
		<category><![CDATA[psicología social]]></category>
		<category><![CDATA[sociedad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Recibes un WhatsApp con una noticia: la Comisión Europa quiere prohibir el kebab. Vas a Twitter: la misma información ya tiene miles de &#8216;retuit&#8217;. Incluso el periódico y el telediario están diciéndolo. ¡Alarma! El kebab a las cuatro de la mañana peligra y con ello un pilar fundamental en lo que a tu vida fiestera [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Recibes un WhatsApp con una noticia: la Comisión Europa quiere prohibir el kebab. Vas a Twitter: la misma información ya tiene miles de &#8216;retuit&#8217;. Incluso el periódico y el telediario están diciéndolo. ¡Alarma! El kebab a las cuatro de la mañana peligra y con ello un pilar fundamental en lo que a tu vida fiestera respecta. Al rato tu cuñado -por suerte- te confirma <a href="https://elpais.com/elpais/2017/12/04/hechos/1512384770_194467.html">que es un bulo</a>. Podemos respirar tranquilos de nuevo. Sin embargo, estos bulos, <em>misinformations</em>, <em>fake news</em>, pueden llegar a convertirse en problemas de <a href="https://elpais.com/elpais/2017/06/07/hechos/1496855559_006331.html">salud pública</a>, <a href="http://medina-psicologia.ugr.es/cienciacognitiva/?p=1431">educación</a>, <a href="http://www.apa.org/gradpsych/2012/09/tall-tales.aspx">historia de la psicología</a>, <a href="https://www.newyorker.com/magazine/2017/12/11/donald-trumps-fake-news-tactics">influencia</a> <a href="http://www.eldiario.es/escolar/mentiras-ETA_6_234886510.html">política</a>; un arma más en el panorama actual que la <a href="https://www.economist.com/blogs/economist-explains/2017/07/economist-explains-3">sociedad tiene que afrontar</a>. Recientemente se ha <a href="http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/0956797617714579?journalCode=pssa">publicado un meta-análisis</a> (estudio de estudios en el que se combinan y sintetizan resultados de múltiples fuentes) que aporta pruebas cuantitativas respecto a la efectividad de los métodos para contrarrestar la desinformación mediante <a href="http://www.psychologicalscience.org/news/releases/counterarguments-are-critical-to-debunking-misinformation.html">facilitar información</a>. <strong>Podríamos pensar que la información falsa se combate con información correcta y que &#8216;la verdad acaba brillando más fuerte&#8217;, pero no el razonamiento humano no siempre funciona de forma tan simple</strong>. Entonces, para combatir las creencias erronéas, ¿qué hacer?</p>
<p>Cambiar las creencias equivocadas, desmontar los mitos y persuadir son tareas complicadas para las que no tenemos todas las claves. Sin embargo, la investigación avanza para entender qué es efectivo y esos avances, se pueden traducir en estrategias para que cuando el bulo de la prohibición del kebab nos llegue a nuestro a WhatsApp, podamos reestablecer efectivamente el orden y la verdad. El meta-análisis citado pretende establecer la efectividad de varios factores para cambiar las creencias equivocadas de personas y las consecuencias que estas creencias puedan tener. Para ello se analizaron 52 trabajos científicos sobre el tema donde, en conjunto, se estudiaron a 6878 personas. Estos estudios meta-analizados son experimentos donde tratan de reducir las creencias erróneas de los participantes en distintos ámbitos, como información política, supuestas investigaciones criminales o sobre la supuesta existencia de comités que deciden quien merece vivir en USA, los conocidos como <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Death_panel">«death panels»</a>. Los autores investigan los efectos de tres estrategias: a) argumentar a favor de una desinformación, b) argumentar en contra de la desinformación y c)la forma en que se presenta información correctiva según el nivel detalle (mucho o poco detalle). Esto se podría traducir en a) ¿dejo a mi primo segundo disertar y argumentar al detalle respecto al peligro de los <a href="http://magonia.com/2013/05/23/es-posible-emborracharse-metiendose-tampones-empapados-en-vodka-por-la-vagina-mas-bien-no/">tampón vodka</a>? b) ¿Debo pedir a mis alumnos que argumenten en contra del <a href="https://www.psicomemorias.com/guia-del-buen-opositor-estilos-de-aprendizajes-y-otros-cuentos/">mito de los estilos de aprendizaje</a>? c)¿Decir en el grupo de Facebook familiar «esto que pones, Papá, es una chorrada» es suficiente o tengo que darle una explicación detallada para ser más eficiente convencerle?</p>
<p><strong>El que golpea primero tiene ventaja</strong></p>
<p>El primer mensaje es descorazonador: <strong>es más fácil crear un bulo que desmontarlo</strong>. Algo que ya intuíamos, ahora tiene un valor numérico. Este valor, el tamaño del efecto, mide cuántas desviaciones estándar cambia el nivel de convencimiento de los participantes tras someterse una información.  En concreto, estiman que el <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Tama%C3%B1o_del_efecto">tamaño del efecto</a> de presentar desinformación está entre 2.08-2.41, mientras que para el desmontaje está entre 1.14-1.33. En otras palabras: la desinformación entra fácil (tamaño del efecto: 2.08-2.41) y sin embargo las tareas de desmontaje tienen un efecto mucho menor (1.14-1.33). Esto es debido, quizá, al modo en el que las personas vamos acomodando nuestras creencias sobre la <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Sesgo_de_confirmaci%C3%B3n">base de las informaciones anteriores</a>. Una vez establecemos una creencia, acomodamos las nuevas informaciones y creencias encima de los cimientos que ya existen, pese a que estos cimientos sean información falsa. Al final, como cualquier discutidor nato sabe, acabamos defendiendo más la coherencia con nosotros mismos que la <em>verdad</em>.</p>
<p>Y de mantener la coherencia con nosotros mismos -y ganar esa maldita discusión en Twitter de una vez, tarea imposible- viene el efecto de la siguiente estrategia. El generar argumentos para defender una desinformación, incrementa la persistencia de esas creencias iniciales, pues la tendencia siempre es hacia <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Sesgo_de_confirmaci%C3%B3n">confirmar nuestras creencias</a> en vez de desacreditarlas. Parece, entonces, que fomentar que la gente defienda esas creencias erróneas pueda tener un efecto negativo. Algo obvio: elaborar un argumento -en este caso en base a premisas falsas- nos lleva a organizar, actualizar e integrar mejor nuestras creencias falsas en nuestra estructura de pensamientos. Es básicamente permitir a la persona construir un muro cada vez más tupido de argumentos entrelazados que va enterrando y protegiendo la desinformación original.  Es algo que nos tiene que llevar a una reflexión respecto a dar pie a la gente a defender sus posiciones en base a desinformación. El efecto de esta elaboración, por otra parte, tiene su contra parte positiva. <strong>El estudio muestra que elaborar argumentos en contra de la desinformación, debilita la creencia en esa desinformación inicial de manera efectiva</strong>. La explicación de este efecto positivo sea seguramente que el efecto de repetir hechos, los fija. De cara a estrategias de comunicación centrarse en los hechos es más importante que marcar la información como incorrecta.</p>
<p><em><strong>El diablo está en los detalles</strong></em></p>
<p>Como efecto positivo, <a href="https://news.illinois.edu/blog/view/6367/557440">el estudio</a> indica que el nivel de detalle que muestra la corrección sí está relacionado con la efectividad de la corrección. Cuanto más detallado y argumentado es el mensaje, más efectivo es el desmontaje del bulo en tanto y en cuanto desacredita el mensaje. Sin embargo, también está asociado a una mayor «persistencia de la desinformación», es decir, a pesar de aceptar la información como falsa a través de la corrección detallada, los participantes de los experimentos igualmente seguían pensando en la misma línea general que la desinformación. La primera impresión cuenta, al menos a la hora de formarnos una idea de algo, pues siempre iremos actualizando nuestras informaciones, creencias y pensamientos en base a lo anterior. De esta manera generamos modelos mentales como estructuras sólidas que es cada vez más difícil desmantelar.</p>
<p>El panorama no parece alentador: la información incorrecta entra fácilmente en el público, cuando lo hace, combatirla es difícil. Dejar a la gente construir sus argumentos los fortalece y limitarnos a decir que algo es falso no es efectivo respecto a dar explicaciones detallas. Reducir la información falsa parece ser la clave. El artículo propone tres implicaciones prácticas para editores, comunicadores y responsables de opinión pública:</p>
<p>1)<strong> Reducir la posibilidad de generar argumentos que estén a favor de la desinformación</strong>. Cuando se desmiente una noticia en muchas ocasiones se repiten los detalles, argumentos y se los ataca generando un efecto paradójico: la información falsa se recuerda mejor que el desmentido. Por ello, <strong>es importante centrarse la información correcta</strong> en vez de la incorrecta y reducir al mínimo la presencia de información incorrecta, puesto que como hemos visto es difícil de contrarrestar. Hay que centrarse en hechos detallados en vez de repetir incorrecciones que buscamos desmentir.</p>
<p>2)<strong> Informar facilitando el escrutinio y la verificación de la información, así como dar pie a la argumentanción</strong>. El escepticismo es sano y se ha de promover, pues la investigación muestra que contra-argumentar a favor de la información correcta debilita la creencia en la incorrecta. A la hora de corregir desinformación es efectivo que la audiencia pueda tener pie a generar contra-argumentos a favor de la información correcta.</p>
<p>3)<strong> Corregir la desinformación con nueva información detallada, pero manteniendo la expectativas de la efectivad bajas</strong>. Aquellas personas que creen en una desinformación necesitan una información coherente y detallada que pueda sustituir a la información equivocada y elaborarse, procesarse e integrarse en el sistema de creencias del individuo. En ese caso, parece ser que solo señalar la información como falsa puede incluso ser contraproducente. Aun así, el mostrar información coherente y detallada dependerá de cómo se percibe inicialmente esta información por parte de la persona a la que queremos persuadir.</p>
<p>La comunidad científica va descifrando algunas claves del intrincado puzzle de la cognición humana en cuanto a cómo se forman las creencias y como desmontarlas. Los resultados, como ven, no son (muy) esperanzadores, pero porque persuadir no sea fácil, no significa que no haya que intentarlo y hacerlo usando las herramientas que la propia comunidad científica pone a disposición. La lucha contra la información incorrecta &#8211;<a href="https://www.independent.ie/irish-news/politics/five-years-in-jail-for-spreading-fake-news-under-ff-proposal-36375745.html">y las fake news</a>&#8211; es uno de los grandes <a href="https://twitter.com/malditobulo?lang=es">retos para la sociedad</a>. El ámbito de actuación es variado, desde minimizar la presencia de información errónea en medios a proveer de correcciones efectivas en nuestro grupo de WhatsApp. Algo está claro: debemos usar las herramientas más efectivas que encontremos para que la sociedad progrese libre de bulos.</p>
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<p>Si te ha interesado este post, seguramente te interesará: <a href="http://rasgolatente.es/mitos-pseudociencia-psicologia-persuasion/">¿Cómo desmontar un bulo? Usando ciencia para explicar ciencia</a>, <a href="http://rasgolatente.es/antivacunas-equivocados-pero-no-estupidos/">Antivacunas, equivocados, pero no estúpidos</a> y la cuenta de <a href="https://twitter.com/malditobulo?lang=es">Maldito Bulo en Twitter</a>.</p>
<p>PD: Este post debe algunas ideas importantes a la mesa «<em>Cultura científica y ciudadanía democrática</em>» que tuvo lugar en el marco de la <a href="https://www.uco.es/ccsc2017/index.php/programa">VI Edición del Congreso de Comunicación Social de la Ciencia </a>de <a href="https://amp.heraldo.es/noticias/suplementos/tercer-milenio/divulgacion/2017/12/06/equidad-cultura-democracia-comunicar-ciencia-1212342-2121028.html?__twitter_impression=true">la que aquí podéis encontrar una crónica</a> . Muchas gracias a los miembros de la mesa y a la organización.</p>
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		<title>Soy psicóloga y sufro ansiedad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Iria Reguera Vigo]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 05 Jul 2017 18:57:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Soy psicóloga y sufro ansiedad, sí. El 11 de septiembre del pasado año sufrí mi primer ataque de pánico. En su momento no tuve claro qué me estaba pasando. Ahora sí. Pero empecemos por el principio. Era un día normal. No me encontraba peor que otros días. Es más, era uno de los mejores momentos [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Soy psicóloga y sufro ansiedad, sí.</p>
<p>El 11 de septiembre del pasado año sufrí mi primer ataque de pánico. En su momento no tuve claro qué me estaba pasando. Ahora sí. Pero empecemos por el principio. Era un día normal. No me encontraba peor que otros días. Es más, era uno de los mejores momentos de ese año, todo estaba tan bien como podía estar. Sin embargo, esa mañana, mientras trabajaba, me tomé un café &#8211;el segundo de la mañana&#8211; como muchos otros días.&nbsp;Al terminar la taza comencé a sentir mareo, dificultades para respirar, opresión en el pecho, taquicardia, sudoración en las manos, temor a desmayarme, a estar sufriendo un derrame cerebral, un ataque al corazón&#8230; Terror. Miedo a morirme. Todo ello acompañado por el temor a desmayarme en público, a, en definitiva, perder el control de mí misma y de mi cuerpo. El café no fue el culpable, claro. Tan solo fue el detonante de algo mucho más profundo que llevaba meses , incluso años, gestándose.</p>
<p>Piense en seis personas de su entorno. Manténgalas en su memoria. Ahora considere que, según las estimaciones disponibles, una de esas seis personas sufrirá en algún momento de su vida un trastorno de ansiedad: ataques de pánico, agorafobia, fobias específicas, fobia social, trastorno de ansiedad generalizada, trastorno de estrés post-traumático, trastorno por estrés agudo, trastorno obsesivo-compulsivo o trastorno de ansiedad no especificado. Con este post no pretendo dar claves para superar un trastorno de este tipo ni voy a ofrecer recetas mágicas. Mi pretensión es más modesta: ayudar a normalizar un trastorno que nos puede afectar a todos, bien sea directamente o a personas cercanas. Y dentro de ese &#8216;todos&#8217;, claro, no estamos excluídos los profesionales de la salud mental.</p>
<p>Y es que sí, soy psicóloga y he sufrido (sufro) un trastorno de ansiedad. En principio mi formación no debería ser relevante en esto, pero quizás sorprenda que una de las frases que más he escuchado estos últimos meses haya sido “¿tienes ansiedad siendo psicóloga?”. Cuando tenía ánimo para responder mi respuesta era “pensar que un psicólogo no puede padecer algún tipo de problema de salud mental es como pensar que un médico no puede resfriarse”. Ni los psicólogos, ni ningún otro profesional, estamos exentos de sufrir problemas de salud. En mi caso, descubrí que tampoco parecía tener más herramientas que el común de los mortales para hacer frente a este trastorno.</p>
<p>Hace unos años una amiga muy cercana comenzó a sufrir problemas de ansiedad. Yo me permití el lujo de darle algunos consejos &#8211;que acudiera a un profesional de la salud mental, que realizara técnicas de relajación, etc.&#8211;, pero cuando me llegó el turno a mí no fui capaz de aplicarme ninguno de esos consejos. Y es que, ya lo dicen, “en casa de herrero, cuchillo de palo”.</p>
<p>Mentiría si dijera que el primer ataque de pánico fue el comienzo de mis problemas de ansiedad, así como tampoco fue la peor parte de todo este proceso. Todo comenzó hace aproximadamente dos años. Al principio la ansiedad se presentó con síntomas leves: noches aisladas y alejadas en el tiempo en las que los síntomas físicos eran la dificultad para quedarme dormida, la sensación de tener la mandíbula rígida y dificultad para tragar. Sin embargo, había otro tipo de síntomas que me angustiaban más: me sentía mareada y me daba miedo quedarme dormida, por si me daba algún tipo de ataque, un derrame, un ictus, y me moría durante la noche sin enterarme. Temía dormirme y no volver a despertarme. La angustia y el miedo me mantenían en vela hasta que me dormía de puro cansancio.</p>
<p>No me costó darme cuenta de que eran síntomas de ansiedad. No, lo supe muy pronto, seguramente debido a mi formación personal, pero eso no hizo que le diera la importancia que merecía. Por una parte, no quería aceptar que era posible que tuviera un problema de este tipo y, por otra, creí que sería algo temporal y podría controlarlo yo sola. Ese fue mi primer error.</p>
<p>Esta situación se extendió durante meses: una época en la que estuve sin trabajo y tenía dificultades para encontrarlo, otra época en la que sufrí un desengaño sentimental, etc. Mi malestar, las noches en vela y los mareos que no sabía de dónde venían justo después de consumir cosas excitantes (café, coca-cola, etc.) empeoraron ligeramente con el diagnóstico y avance de la enfermedad terminal de una de las personas más importantes de mi vida. Siempre he sido una persona muy sensible; mi familia y amigos se ríen de mí porque lloro por todo. Sin embargo, durante toda su enfermedad, y después de su muerte, no fui capaz de llorar. Estaba completamente bloqueada y no era capaz de explicar las emociones ni de aceptar lo ocurrido.</p>
<p>Localizar la causa de lo que nos ocurre no resulta fácil. Muchas veces no hay una sola ni tenemos modo de encontrarla, pero yo creo esta situación fue la gota que colmó el vaso. Mi miedo a morir yo, o alguna de las personas que quiero, se incrementó y aparecía en los momentos más inesperados y de la forma más variopinta. Cuando menos lo esperaba, el miedo me atacaba y me dejaba helada y paralizada. Todavía hoy no sé cómo explicar la sensación de frío en el estómago, como si perdiera toda la sangre de golpe.&nbsp;Recuerdo una ocasión en la que iba por la calle calzada con unos tacones altos. Comencé a pensar que podía tropezarme, no mantener el equilibrio, caerme y abrirme la cabeza contra el suelo. No era tan solo el pensamiento de que pudiera ocurrir, sino miedo real, que me paralizaba, me provocaba taquicardia y me daba ganas de volver a mi casa lo más rápido posible para volver a sentirme segura.</p>
<p>Algunas situaciones cotidianas, como coger el tren, comenzaron a preocuparme por el riesgo a sufrir un accidente. Dejé de leer periódicos o ver las noticias porque cada noticia sobre accidentes o fallecimientos inesperados me angustiaba pensando que podía pasarme a mí también.&nbsp;Estos pensamientos se presentaban con un temor intenso, sudoración de las manos y algo de taquicardia. Además, en esa época, comencé a sufrir cada vez más dificultades para dormir.</p>
<p>En cualquier caso, esos momentos eran breves y cuando me distraía era capaz de olvidarlos, por lo que, aunque me preocupó lo suficiente como para comentarle la situación a mi familia, tampoco busqué ayuda profesional. Me limité a tomar tilas para intentar dormir mejor y esperé a que se me pasara por sí solo. Segundo &#8211;y más grave&#8211; error.</p>
<p>Esa situación se mantuvo durante algo más de un mes. Después de eso pasé por un periodo breve en el que me sentía bien, conseguía dormir con facilidad y no me acosaban los pensamientos catastrofistas. El periodo fue muy breve, pero yo me confié, y asumí que lo que fuera que me pasaba ya estaba solucionado y que, aunque me lo había llegado a plantear, ya no necesitaba ayuda profesional.</p>
<p>Pocas semanas después tuve el primer ataque de pánico.</p>
<p>Ahora, mientras lo escribo, me pregunto cómo no fui capaz de darme cuenta de lo grave de la situación y de cuánta ayuda necesitaba, pero no lo fui, y ser psicóloga no lo facilitó.</p>
<p>El mismo día del primer ataque de pánico, movida por el miedo intenso y la angustia incontrolable que sentí, localicé a una psicóloga con una formación que me convenció y solicité una cita para tres días después. Sufrir esa situación y verme absolutamente sobrepasada me hizo entender que necesitaba ayuda y que yo sola no podía controlarlo. El miedo a no superar la situación nunca por mí misma fue lo que me movió al fin. No quería, no podía volver a pasar por algo así.</p>
<p>Además de buscar ayuda psicológica acudí a mi médico de cabecera, derivada desde el servicio de Urgencias en el que acabé después de dicho primer ataque donde hicieron uso del Lorazepam para controlar mi ataque. Ella me propuso un tratamiento farmacológico que en un principio no quise seguir.</p>
<p>Dos días después del primer ataque de pánico sufrí el segundo estando en casa. A pesar de saber lo que me estaba pasando y que ya me había ocurrido antes sin mayores consecuencias no fui capaz de manejarlo y, de nuevo, tuve que recurrir al Lorazepam ya que el miedo me sobrepasaba y todavía no tenía las herramientas necesarias para sobrellevarlo sin ayuda de fármacos.</p>
<p>Lo peor no eran los ataques de pánico sino el estado general en el que me encontré cada día después de ese segundo ataque. Estaba constantemente mareada, como si fuera en un barco o el suelo fuera completamente irregular. Estaba desconcentrada, cansada, incapaz de prestar atención, constantemente pendiente de mi estado, asustada de volver a sufrir otro ataque. El miedo no daba tregua. Miedo y angustia. No era capaz de prestar atención a la gente que tenía alrededor. Salía con mis amigas o mis familiares y no era capaz de seguir sus conversaciones porque el malestar y el miedo apenas me dejaban salir de mí misma. He olvidado conversaciones y situaciones enteras de aquellos meses. Y no es que no recordara exactamente las conversaciones, pero me sonaran, sino que no recuerdo que hayan ocurrido en absoluto. He olvidado haber visto películas, haber escuchado canciones, etc., totalmente por completo. Durante meses he estado mirando hacia mí misma a la espera de una parte oscura que me acechaba.</p>
<p>Y dentro de mí los pensamientos recurrentes. Me atacaban y no era capaz de controlarlos. Todos relacionados con la muerte o con accidentes, con cuándo y cómo iba a morir, con que todos mis familiares y seres queridos un día ya no estarían y no sabía cuándo sería la ultima vez que los vería. Imaginad la angustia de que ver a tus seres queridos dispare el pensamiento de si esa será la última vez que los vas a ver. Llegué a un extremo en el que me cruzaba con gente por la calle y solo pensaba en los años que esas personas habían vivido. Calculaba la edad que debían tener y pensaba que si ellos habían llegado a esas edad igual yo también era capaz. Pensaba una y otra vez en el momento en el que me llegara la hora de morir. Temía envejecer porque me acercaba a la muerte. Me preguntaba cómo sería, si sentiría miedo o al ser mayor ya no lo tendría. Todos sabemos que algún día nosotros y las personas que queremos ya no vamos a estar, pero vivimos el día a día sin pensar en ello. Sin embargo, para mí era como si eso que yo siempre había sabido que estaba ahí de pronto alguien lo estuviera iluminando con un foco potentísimo y ya no fuera capaz de mirar otra cosa. La verdad es que temí no ser capaz de recuperarme nunca o caer en una depresión.</p>
<p>Durante las primeras semanas, ya lo he comentado, preferí no tomar demasiado Lorazepam a pesar de que mi médico me lo había recomendado. Profesionalmente siempre he defendido la combinación de psicoterapia y uso controlado de medicación, pero cuando me llegó el turno a mi caí en los mismos prejuicios que otras personas y temí engancharme, volverme tolerante y necesitar cada vez más, etc. Probé a tratarme únicamente con psicoterapia, pero la mayoría de las noches necesitaba media o una pastilla para conseguir dormir.</p>
<p>Las noches eran, sin duda, el peor momento. Llegaba a las nueve de la noche con una tensión altísima, temblaba incontroladamente y me faltaba el aire. Era como estar aterrorizada sin interrupción. Una vez, de vacaciones con mi pareja, me encontré en el coche temblando de miedo, sin que él pudiera hacer nada para consolarme y sin que hubiera pasado nada. La ansiedad y la sensación de pérdida de control van de la mano. El miedo me atenazaba, me impedía comer, me hacía temblar como si estuviera muerta de frío. Pensad en el miedo más intenso que hayáis sentido jamás e imaginad que dura horas o incluso días.</p>
<p>Finalmente, acepté el consejo de mi doctora de cabecera, a la que agradezco su buen hacer, ya que desde el primer momento me trató con respeto, seriedad y preocupación, y comencé a tomar algo de medicación &#8212; siempre bajo control e indicación médica &#8212; a media tarde para llegar a la noche más calmada. Dejar de sentir ese miedo tan intenso y constante gracias a la medicación me ayudó no solo a ser capaz de relajarme, sino a ser capaz de aprovechar la terapia mucho más y mejor, ya que al fin podía comenzar a concentrarme.</p>
<p>En cuanto a la psicoterapia, supuso un trabajo muy intenso y profundo. Comenzó por darme cuenta de que la ansiedad no sobrevino de pronto, sino que se debía a mis patrones de comportamiento, de manejo del estrés, de afrontación de problemas, de falta de autoestima, etc. Y que no todo se limitaba a las situaciones recientes, sino a todo un historial de necesidad de control, de falta de asertividad, de baja autoestima y de problemas de confianza en mis capacidades personales. Se debían a una personalidad catastrofista muy centrada en todo lo que podía salir mal. Las situaciones estresantes recientes lo único que habían hecho eran llevarme al límite.</p>
<p>El trabajo personal de autoconocimiento y de cambio que debí realizar el tiempo que duró la terapia no fue sencillo, tampoco exento de dolor, pero me sentí acompañada durante todo el camino por mi psicóloga, por mis familiares y por mis amigos, que desde el primer momento supieron lo que me estaba ocurriendo. Debí ser muy constante y poner toda mi fuerza de voluntad en esforzarme en aprovechar la terapia, llevar a cabo las propuestas que mi psicóloga me hacía y no rendirme aunque tardara en ver resultados. Además, hablar sobre mi situación con mis seres queridos fue de mucha ayuda ya que descubrí cuánta gente había pasado por ello, incluso dentro de mi familia más cercana, sin que yo lo supiera. El testimonio y apoyo de otras personas que habían recorrido un camino similar al mío resultó de gran ayuda. Me ayudó a ver que se podía salir de aquello y que no estaba sola.</p>
<p>Ha pasado casi un año y mi ansiedad no ha desaparecido ni ha terminado el trabajo personal que debo hacer cada día, pero ya no me domina, no me mantiene sin dormir cada noche y no me condiciona. Cada día es un esfuerzo para seguir cambiando y mejorando mis patrones de comportamiento y los pensamientos negativos que me sobrevienen, pero ahora tengo las herramientas necesarias y la motivación para hacerlo y sé, que si lo necesito, puedo volver a acudir a mi psicóloga. No he cambiado por completo mis antiguos hábitos, pero ahora soy consciente de lo que me hacía y hago a mí misma y eso me ayuda a ser capaz de pararme y buscar opciones diferentes. La terapia y el trabajo personal me han hecho consciente de múltiples actitudes y comportamientos evitativos que llevaba a cabo sin haberme dado cuenta nunca.</p>
<p>Como he dicho al principio, nadie está libre de sufrir cualquier tipo de enfermedad, independientemente de su profesión, pero los trastornos de ansiedad pueden mejorar y controlarse con ayuda profesional. En mi caso fue necesaria la ayuda de psicoterapia y medicación. Cada uno debe buscar la opción que mejor se ajuste a sus necesidades, pero siempre, siempre, siempre solicitar ayuda profesional. Se puede controlar, puedes no solo recuperar tu vida normal, sino mejorarla. Pero no puedes ni tienes por qué hacerlo solo, no importa si eres psicólogo, amo/a de casa o astronauta. Necesitamos ayuda y debemos buscarla tanto en nuestro centro médico de atención primaria, donde tu médico de cabecera valorará si tratarte él o derivarte al psiquiatra, como en un psicólogo especializado en trastornos de ansiedad. La página web del Colegio Oficial de Psicólogos de tu provincia puede ayudarte en dicha búsqueda.</p>
<p>Hablar con tus seres queridos u otras personas que hayan pasado por la misma situación que tú puede resultar de gran ayuda. Para mí lo fue.</p>
<p>No estás solo en esto y una vez que decidas pedir ayuda no volverás a estarlo nunca.</p>
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		<title>Psicología y turismo: ¿por qué viajamos?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Raimundo Aguayo]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Jun 2017 09:59:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Divulgación]]></category>
		<category><![CDATA[psicología social]]></category>
		<category><![CDATA[turismo]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Llegan julio, agosto y septiembre; llega un puente; o llega la navidad. Y en las semanas o meses previos ya estamos mirando vuelos en Internet, preguntando en agencias de viajes o hablando de tentadores sitios y lugares con nuestros amigos. En los últimos tiempos cuando llegan las vacaciones nos lanzamos rápidamente a buscar destinos para hacer turismo. ¿Por qué ahora viajamos más a menudo que antes? En primer lugar, porque podemos, ya que no siempre hemos disfrutado de esta posibilidad. Durante el Siglo XIX la actividad turística estuvo reservada exclusivamente a las clases altas de la sociedad (nobles o aristócratas); posteriormente, y hasta mediados del Siglo XX, la clase burguesa comenzó a viajar por placer. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, el turismo empezó a transformarse en un fenómeno de masas, al menos en Europa. En general, se considera que las principales razones que explican este cambio son:</p>
<ul>
<li>El incremento del tiempo libre de los trabajadores a partir de 1920, gracias a la progresiva reducción de la jornada laboral a ocho horas diarias y al establecimiento del domingo como día no laborable.</li>
<li>El aumento de poder adquisitivo debido al incremento de puestos de trabajo, de salarios y a que las empresas empezaron a pagar los días de vacaciones desde 1930.</li>
<li>La firma del tratado de Maastricht en 1992, lo que favoreció la movilidad dentro de Europa.</li>
<li>Las mejoras técnicas en el sector de los transportes (p.e., carreteras, trenes, aviones…).</li>
<li>Las mejoras tecnológicas en el área de la información y comunicación (p.e., internet, telefonía móvil).</li>
<li>La reducción de las tarifas de viaje y los precios de alojamiento debido al nacimiento y auge de turoperadores y agencias de viaje.</li>
</ul>
<p>Lo anterior da cuenta de las razones por las que se ha producido un aumento del turismo, pero aún cabe preguntarse por qué las personas quieren viajar además de porque tienen la oportunidad o posibilidad. En otras palabras, qué nos incita a viajar. Para intentar responder a esta pregunta vamos a echar mano de la psicología y, en concreto, de algunas de las teorías de la motivación que se han aplicado al comportamiento turístico.</p>
<p>Motivación, necesidades y satisfacción son fenómenos psicológicos muy relacionados entre sí. De hecho algunos autores intentan explicarlo bajo un único enfoque (<a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/0030507376900167">Hackman y Oldman, 1976</a>; <a href="http://trove.nla.gov.au/work/9786532?selectedversion=NBD9008793">Herzberg et al., 1959</a>). Para el caso que nos ocupa vamos a tratar primero la motivación, bajo la premisa de que sin una experiencia turística no se puede producir satisfacción con esa experiencia.</p>
<p>Desde la psicología el elemento principal para que se propicie la actividad turística es la motivación. Curiosamente, el término motivación deriva del latín motus o motivus, que alude al movimiento de un objeto, aunque no necesariamente de una persona hacia un destino. Podemos definir motivación como el proceso que impulsa a una persona a realizar una serie de comportamientos que buscan satisfacer unas necesidades, expectativas y/o intereses interna o externamente generados (<a href="https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=367905">González y Bretones, 2009</a>). Tradicionalmente, las motivaciones se han agrupado en dos categorías generales: <strong>primarias</strong> (hambre, sed, sueño, sexo, etc.) y <strong>secundarias</strong> (curiosidad, afecto, superación,etc.). Esta clasificación ha estado muy presente en la famosa teoría de la pirámide de necesidades humanas (<a href="http://psycnet.apa.org/psycinfo/1943-03751-001">Maslow, 1943</a>), pero no sólo en ella, como veremos.</p>
<p>Pearce (<a href="http://www.sciencedirect.com/science/book/9780080257945">1982</a>) intentó adaptar esta teoría al turismo postulando que, a medida que las personas tenemos más experiencia y edad, tendemos a sentir más necesidades de orden superior que de orden inferior. Entre las primeras se encontrarían la necesidad de saber más (cultura, historia, etc.), de conocer (gente, ciudades, naturaleza, etc.), de ser felices y de crecer personalmente. Entre las segundas, las del binomio seguridad-riesgo (viajes organizados-exploración) y del binomio relajación-excitación (sol y playa-escalada). Dann (<a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/0160738377900378">1977</a>) también partió de la clásica diferenciación entre motivaciones primarias y secundarias al exponer su modelo sobre la conducta turística, en el que distingue entre motivos de empuje y motivos de arrastre. Los primeros también han sido denominados psicosociales (<a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/0160738379900045">Crompton, 1979</a>) y hacen referencia principalmente a la necesidad de escapar del estrés o del aburrimiento de nuestra rutina diaria (trabajo, obligaciones diarias, etc.). Los motivos de arrastre, también denominados culturales por Crompton ,se refieren a la necesidad de búsqueda de nuevas experiencias (lugares históricos, actividades culturales o de riesgo, etc.).</p>
<p>Así, de acuerdo con estas teorías, las personas nos decidimos por determinadas actividades turísticas en función del tipo de necesidades que nos surjan (de escape o de búsqueda), asumiendo que aquellos de más edad y con mayor experiencia, probablemente, tienen necesidades de orden superior.<br />
Aunque los modelos anteriores conseguían dar cuenta de ciertos aspectos psicológicos que explican por qué las personas viajamos por placer, fueron criticadas por no atender a otros, tanto psicológicos como sociales, que influyen en la decisión de hacer turismo. Uno de los autores que intentó ampliar las miras de la conducta turística fue Crompton (<a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0261517796001148">1997</a>) al presentar su modelo multicausal.</p>
<p>Este autor plantea que la actividad turística depende de tres factores: la homeostasis, los motivos de empuje y arrastre y otros factores socio-políticos. <strong>La homeostasis</strong> es un término adoptado de la biología que indica que un organismo está en equilibrio con el medio que le rodea (temperatura exterior-temperatura interior). El primer paso que nos impulsa a viajar es un desequilibrio de nuestra homeostasis que, enn este contexto, hace referencia al malestar que sentimos cuando, por alguna razón, creemos que necesitamos viajar (y no lo estamos haciendo). Las razones que nos crean este desequilibrio están relacionadas con los motivos de empuje y pueden ser diversas: escapar de las responsabilidades cotidianas, profundizar en nuestras aficiones, aumentar nuestro prestigio social, afianzar nuestra pertenencia a un grupo social, etc. De esta forma, el desequilibrio homeostático y los motivos de empuje nos impulsan a viajar, pero no nos indican a dónde. La elección del destino viene dada por una combinación entre <strong>los motivos de arrastre</strong> y <strong>las características socio-políticas</strong> del mismo. Por ejemplo, es posible que sintamos curiosidad por conocer las culturas indígenas de Latinoamérica, pero antes de nuestra decisión final valoramos la situación política y la inseguridad de aquellos países.<br />
Algunos de los factores socio-políticos por los que nos guiamos a la hora de viajar son:</p>
<ul>
<li>Las tendencias históricas y del momento en nuestra cultura; los mensajes publicitarios que recibimos.</li>
<li>La violencia y la inseguridad en el destino y los prejuicios hacia la cultura de los países de destino.</li>
<li>Los costes de vida en el destino, el mercado laboral y las crisis económicas.</li>
<li>Las guerras, el terrorismo y el sistema de gobierno del destino.</li>
</ul>
<p>Por lo tanto, de acuerdo con las teorías anteriores, y resumiendo, parece que lo que nos lleva a viajar tiene que ver tanto con el surgimiento de necesidades personales (que pueden ser más psicosociales o más culturales) como con las características de los destinos turísticos, junto con las tendencias culturales de los países de origen (promociones comerciales, modas, etc.). Todavía quedaría responder a otra pregunta interesante: cuáles son las recompensas que percibimos para continuar viajando. Sin embargo, esta la dejo para una entrada posterior, pero el conocimiento que tenemos sobre la motivación para viajar puede dar ideas a las empresas turísticas sobre cómo vender mejor sus productos y también nos ayuda a cada uno de nosotros a entender mejor nuestros motivos para viajar y las estrategias comerciales que emplean turoperadores y agencias de viaje. En definitiva, nos puede ayudar a seleccionar el viaje que mejor satisfaga nuestras expectativas.</p>
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		<title>Sexo sin compromiso entre universitarios</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Ramón Barrada]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 29 Jan 2017 18:41:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>(Lo que sigue es un resumen de un manuscrito recientemente aceptado para publicación en la revista Sexuality Research and Social Policy con título Sociodemographic and Psychosexual Characteristics of Students from a Spanish University who Engage in Casual Sex. Los autores del mismo somos Ana Belén Correa, Ángel Castro, Paula Ruiz-Gómez y yo mismo. Ana Belén [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>(Lo que sigue es un resumen de un manuscrito recientemente aceptado para publicación en la revista <em><a href="http://link.springer.com/journal/13178">Sexuality Research and Social Policy</a></em> con título <em>Sociodemographic and Psychosexual Characteristics of Students from a Spanish University who Engage in Casual Sex</em>. Los autores del mismo somos Ana Belén Correa, Ángel Castro, Paula Ruiz-Gómez y yo mismo. Ana Belén Correa y Paula Ruiz-Gómez defenderán sus respectivos Trabajos de Fin de Máster este febrero. <a href="http://rasgolatente.es/author/angelcastro/">Ángel Castro</a> ha colaborado anteriormente con Rasgo Latente.</p>
<p>Este post se lo dedicamos a todos los internautas que llegarán a él a través de la búsqueda «sexo sin compromiso universitarios» y quedarán decepcionados al no encajar la divulgación científica en sus expectativas.)</p>
<p><strong>Sexo sin compromiso: Lo que sabemos</strong><br />
Las relaciones sexuales sin compromiso se han convertido en algo habitual en los campus universitarios. Se estima que entre el 60 y el 80% de la población universitaria norteamericana ha tenido algún contacto sexual casual en su vida (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-008-9448-4">Fielder &amp; Carey, 2010a</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1037/a0027911">García, Reiber, Massey, &amp; Merriwether, 2012</a>). Solo durante un semestre, alrededor del 50% de los estudiantes no involucrados en una relación de pareja afirmó haber tenido sexo casual (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-012-9907-9">Olmstead, Pasley, &amp; Fincham, 2013</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-010-9697-x">Owen, Fincham, &amp; Moore, 2011</a>). El tipo de conducta más prevalente en estos contactos son los besos, aunque el sexo vaginal, la masturbación y el sexo oral también son prácticas comunes (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/0092623X.2010.488118">Fielder &amp; Carey, 2010b</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-012-9907-9">Olmstead et al., 2013</a>). En lo que respecta al tipo de pareja, estos contactos suelen ocurrir más con amigos o conocidos que con extraños (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/00224490609552324">Grello et al., 2006</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9817-2">Lewis, Granato, Blayney, Lostutter, &amp; Kilmer, 2012</a>). Además cuanta mayor cercanía relacional hay, más íntimo es el contacto (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/00224490609552324">Grello et al., 2006</a>).</p>
<p>Un gran número de estudios han examinado posibles predictores del sexo casual (véase <a href="http://dx.doi.org/10.1177/2167696813487181">Claxton &amp; van Dulmen, 2013</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1037/a0027911">García et al., 2012</a>). Se ha destacado la relevancia del género y la religiosidad. Con respecto al género, los resultados no son concluyentes, con estudios que apuntan a que los hombres tienen más sexo casual que las mujeres (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s12119-013-9180-7">Bernston, Hoffman, &amp; Luff, 2014</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9841-2">Townsend &amp; Wasserman, 2011</a>), mientras que otros no han encontrado esas diferencias (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-008-9448-4">Fielder &amp; Carey, 2010a</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1037/0022-3514.95.5.1113">Penke &amp; Asendorpf, 2008</a>). Mayor religiosidad se ha asociado negativamente con el sexo casual, sobre todo con el grado de intimidad alcanzado en esas relaciones (<a href="http://dx.doi.org/10.1177/2167696813487181">Claxton &amp; van Dulmen, 2013</a>).</p>
<p>La conducta sexual previa también desempeña un importante papel. Tanto haber tenido sexo casual antes de entrar en la universidad como el número de parejas de este tipo han mostrado ser buenos predictores del sexo casual en la etapa universitaria (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-012-9907-9">Olmstead et al., 2013</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-010-9697-x">Owen et al., 2011</a>). Se ha encontrado también que tener sexo casual se relacionaría con la conducta sexual casual en los cinco años siguientes; se trata, pues, de un patrón de conducta estable (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9841-2">Townsend &amp; Wasserman, 2011</a>). Además, quienes tienen sexo casual se iniciaron antes en el sexo (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/00224490609552324">Grello et al., 2006</a>) y tuvieron un mayor número de parejas sexuales en el último año (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/00224490609552324">Grello et al., 2006</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9841-2">Townsend &amp; Wasserman, 2011</a>).</p>
<p>El sexo casual se suele dar en ambientes festivos, lo que lo relaciona con mayores tasas de emisión de conductas sexuales de riesgo (<a href="http://dx.doi.org/">Stinson, 2010</a>). Los porcentajes de uso del preservativo durante las relaciones casuales con penetración vaginal oscilan entre el 46.6% y el 81% de los contactos (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/0092623X.2010.488118">Fielder &amp; Carey, 2010b</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9817-2">Lewis et al., 2012</a>), mientras que para el sexo oral no se suele utilizar el preservativo (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/0092623X.2010.488118">Fielder &amp; Carey, 2010b</a>). Además, tener relaciones sexuales casuales se asocia al consumo de alcohol y otras drogas (<a href="http://dx.doi.org/10.1177/2167696813487181">Claxton &amp; van Dulmen, 2013</a>), con índices de hasta un 70% de consumo de alcohol antes de la relación más reciente (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9817-2">Lewis et al., 2012</a>). El consumo de marihuana y otras drogas antes del sexo casual es menos prevalente, pero también destacable (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/0092623X.2010.488118">Fielder &amp; Carey, 2010b</a>).</p>
<p>La sociosexualidad, entendida como la orientación hacia las relaciones sexuales sin compromiso (<a href="http://dx.doi.org/10.1037/0022-3514.60.6.870">Simpson &amp; Gangestad, 1991</a>), se relaciona con la conducta sexual casual: aquellos que tienen una orientación sociosexual menos restrictiva tienen más contactos sexuales casuales con penetración (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-012-9907-9">Olmstead et al., 2013</a>), además de más parejas casuales en el último año (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9841-2">Townsend &amp; Wasserman, 2011</a>). También se ha observado que la relación entre el sexo casual y el bienestar psicológico cambia según las actitudes hacia la sociosexualidad (<a href="http://dx.doi.org/10.1177/1948550614537308">Vrangalova &amp; Ong, 2014</a>).</p>
<p>Los correlatos psicológicos del sexo casual no quedan claros en la literatura. Mientras algunos estudios relacionan el sexo casual con una baja autoestima (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/00224490009552023">Paul, McManus, &amp; Hayes, 2000</a>), otros no hallan una relación (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-008-9448-4">Fielder &amp; Carey, 2010a</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-010-9697-x">Owen et al., 2011</a>). En contraposición, <a href="http://dx.doi.org/10.1177/1948550614537308">Vrangalova y Ong (2014)</a> encontraron que cuando había una alta orientación hacia la sociosexualidad, tener sexo casual se relacionaba con una mayor autoestima. Para el caso de la depresión los resultados tampoco son concluyentes (<a href="http://dx.doi.org/10.1080/00224490609552324">Grello et al., 2006</a>), mientras se apunta de nuevo al papel mediador de la sociosexualidad, encontrando menor depresión entre quienes tenían sexo casual si había una alta orientación hacia la sociosexualidad (<a href="http://dx.doi.org/10.1177/1948550614537308">Vrangalova &amp; Ong, 2014</a>). No obstante, se debe señalar que la mayoría de estudios evalúan autoestima y depresión generales, en lugar de relacionadas con la sexualidad. Por último, se ha de destacar que la mayoría de estudios en esta área han esperado encontrar relaciones negativas entre el sexo casual y el bienestar psicológico. Sin embargo, se ha encontrado que tener sexo casual se asociaría más a respuestas inmediatas positivas que negativas (<a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-011-9817-2">Lewis et al., 2012</a>; <a href="http://dx.doi.org/10.1007/s10508-010-9697-x">Owen et al., 2011</a>).</p>
<p><strong>Lo que estudiamos</strong><br />
Por todo lo anterior, se puede afirmar que el sexo casual es habitual en población universitaria sin pareja y que existe una amplia literatura sobre las posibles variables asociadas a estas relaciones, aunque algunas asociaciones no están claras. El objetivo de este estudio era, por una parte, aportar información sobre quién tiene relaciones sexuales casuales y en qué consisten, así como cuáles son las variables sociodemográficas y psicosexuales relacionadas, prestando especial atención al bienestar psicológico sexual (e.g., autoestima como pareja sexual; insatisfacción con la vida sexual). Por otra parte, debido a que la mayoría de los estudios sobre esta temática se han realizado en Estados Unidos y a la escasez de estudios en otros ámbitos culturales, se desea aportar información sobre cómo es el sexo casual entre los universitarios españoles. Así se podrán comparar los resultados con los obtenidos en otros contextos geográficos y culturales.</p>
<p>Para caracterizar el sexo sin compromiso en población universitaria española diseñamos una batería de cuestionarios a rellenar a través de internet. Del total de respuestas obtenidas analizamos las de 659 estudiantes de la Universidad de Zaragoza. Se emplearon cinco criterios de inclusión: (a) tener entre 18 y 26 años; (b) estar actualmente estudiando en la universidad; (c) no estar en una relación de pareja de doce meses o más, puesto que queríamos valorar sexo sin compromiso al margen de posibles infidelidades sexuales; (d) ser heterosexual, dado que en nuestra muestra completa contábamos con muy pocas personas de otras orientaciones sexuales; y (e) haber respondido a la pregunta sobre si habían tenido o no alguna relación de sexo sin compromiso en los últimos doce meses.</p>
<p>A los participantes en el estudio se les preguntó por:<br />
* Sociodemográficos básicos, como género, edad y religiosidad.<br />
* Historia de vida sexual, como número de parejas sexuales o edad de primera relación.<br />
* Conductas de riesgo, como proporción de relaciones en los últimos tres meses bajo efectos del alcohol o actitud ante el uso de condones en el caso de que haya problemas (p.ej., no tengan protección en el momento de iniciar la relación con penetración).<br />
* Conducta de sexo casual (número de parejas), deseo y actitudes al respecto.<br />
* Bienestar sexual, en las dimensiones de autoestima como pareja, insatisfacción con la vida sexual y preocupación por el sexo.<br />
* En el caso de haber tenido sexo casual, qué conductas han mantenido en esas relaciones (masturbación, sexo oral, vaginal o anal) y con qué tipo de parejas (desconocido, conocido o amigo).</p>
<p>Para valorar las diferencias entre grupos (mujeres y hombres; quienes no han tenido sexo sin compromiso y quienes sí) se empleó la <em>d</em> de Cohen. Se emplearon las referencias habituales: 0.20 como indicador de diferencias pequeñas, 0.50 para diferencias medias, y a partir de 0.80 marcaría diferencías grandes.</p>
<p><strong>Nuestros resultados</strong><br />
El 47.2% de los participantes había tenido en el último año algún contacto sexual casual, sin diferencias relevantes entre hombres (49.3%) y mujeres (46.2%). Como puede verse en la siguiente tabla, la práctica más habitual fue la de sexo vaginal (92.9% de los encuestados) y la menos común el sexo anal (5.1%). Dado que una persona puede haber mantenido más de una relación de sexo sin compromiso, estos porcentajes no indican la proporción de encuentros en los que se dan estas prácticas, sino el porcentaje de personas que han realizado al menos una vez estas prácticas en sus encuentros.</p>
<p>Respecto al tipo de pareja, lo más habitual es haber tenido relaciones con conocidos (55.3%) y lo menos con un extraño (35.0%). Tanto para tipo de conducta como para tipo de pareja, las diferencias entre hombres y mujeres resultaron muy pequeñas.</p>
<p><div class="table-responsive"><table  style="width:100%; "  class="easy-table easy-table-default " border="0">
<thead>
<tr><th ></th>
<th >Total (%)</th>
<th >Mujeres (%)</th>
<th >Hombres (%)</th>
<th ><i>r</i></th>
</tr>
</thead>
<tbody>
<tr><td ><b>Tipo de conducta</b></td>
<td ></td>
<td ></td>
<td ></td>
<td ></td>
<td ></td>
</tr>

<tr><td >Masturbación</td>
<td >56.3</td>
<td >54.1</td>
<td >60.6</td>
<td >.06</td>
</tr>

<tr><td >Sexo oral</td>
<td >64.3</td>
<td >62.3</td>
<td >68.3</td>
<td >.06</td>
</tr>

<tr><td >Sexo vaginal</td>
<td >92.9</td>
<td >92.3</td>
<td >94.2</td>
<td >.04</td>
</tr>

<tr><td >Sexo anal</td>
<td >5.1</td>
<td >4.8</td>
<td >5.8</td>
<td >.02</td>
</tr>

<tr><td ><b>Tipo de pareja</b></td>
<td ></td>
<td ></td>
<td ></td>
<td ></td>
<td ></td>
</tr>

<tr><td >Extraño</td>
<td >35.0</td>
<td >33.3</td>
<td >38.5</td>
<td >.05</td>
</tr>

<tr><td >Conocido</td>
<td >55.3</td>
<td >52.7</td>
<td >60.6</td>
<td >.08</td>
</tr>

<tr><td >Amigo</td>
<td >46.3</td>
<td >49.3</td>
<td >40.4</td>
<td >–.08</td>
</tr>
</tbody></table></div><br />
Nota: Las correlaciones están calculadas con Mujeres = 0 y Hombres = 1 en la variable Sexo y con No = 0 y Sí = 1 en las variables de Tipo.</p>
<p>En la siguiente tabla se muestran las diferencias entre géneros y según si no o si sí se han mantenido relaciones de sexo sin compromiso. Valores de <em>d</em> positivos corresponden a mayores medias para hombres o para quienes sí han tenido sexo casual.</p>
<p><div class="table-responsive"><table  style="width:100%; "  class="easy-table easy-table-default " border="0">
<thead>
<tr><th ></th>
<th ><i>d</i> para género</th>
<th ><i>d</i> para sexo casual</th>
</tr>
</thead>
<tbody>
<tr><td >Edad</td>
<td >0.24</td>
<td >0.37</td>
</tr>

<tr><td >Religiosidad</td>
<td >0.04</td>
<td >-0.26</td>
</tr>

<tr><td >Edad del primer encuentro sexual</td>
<td >0.21</td>
<td >-0.41</td>
</tr>

<tr><td >Parejas sexuales totales</td>
<td >0.07</td>
<td >1.08</td>
</tr>

<tr><td >Frecuencia de masturbación</td>
<td >1.51</td>
<td >0.11</td>
</tr>

<tr><td >Parejas sexuales en los tres últimos meses</td>
<td >-0.06</td>
<td >0.96</td>
</tr>

<tr><td >Ratio de uso de condón en los tres últimos meses</td>
<td >-0.14</td>
<td >-0.07</td>
</tr>

<tr><td >Ratio de relaciones bajo efectos del alcohol en los úlitmos tres meses</td>
<td >-0.06</td>
<td >0.33</td>
</tr>

<tr><td >Ratio de relaciones bajo efectos de las drogas en los úlitmos tres meses</td>
<td >-0.01</td>
<td >0.3</td>
</tr>

<tr><td >Actitudes hacia el uso del condón en el caso de obstáculos</td>
<td >-0.65</td>
<td >-0.43</td>
</tr>

<tr><td >Conducta sociosexual</td>
<td >0.10</td>
<td >1.66</td>
</tr>

<tr><td >Actitudes hacia el sexo casual</td>
<td >0.40</td>
<td >0.92</td>
</tr>

<tr><td >Deseo de sexo casual</td>
<td >0.77</td>
<td >0.54</td>
</tr>

<tr><td >Autoestima como pareja sexual</td>
<td >0.14</td>
<td >0.34</td>
</tr>

<tr><td >Insatisfacción sexual</td>
<td >0.12</td>
<td >-0.25</td>
</tr>

<tr><td >Preocupación sexual</td>
<td >0.60</td>
<td >0.27</td>
</tr>
</tbody></table></div><br />
Nota: Las asociaciones están calculadas con Mujeres = 0 y Hombres = 1 en la variable Sexo y con No = 0 y Sí = 1 en la variables Sexo Casual.</p>
<p><em>Diferencias entre géneros</em><br />
Resumiendo las diferencias, los hombres se masturban con una frecuencia muy superior a las mujeres; presentan una actitud bastante más desfavorable que las mujeres a interruptir una relación en el caso de no tener condones; muestran una mayor preocupación que las mujeres con respecto al sexo y mayor deseo de sexo casual. En conducta las diferencias por género son muy pequeñas: tienen el mismo número de parejas (sean en relaciones sin compromiso o no) y las mismas pautas de sexo de riesgo. Tampoco hay diferencias relevantes en bienestar sexual.</p>
<p><em>Diferencias según sexo casual</em><br />
Quienes manifiestan haber tenido sexo sin compromiso son, en promedio, algo mayores en edad que quienes no. (Recordemos que hablamos siempre de personas sin relación de pareja.) El sexo sin compromiso pide dos pasos y ambos llevan tiempo: uno, haberse iniciado en la actividad sexual; dos, manejarse en una actividad de normas poco claras (¿con quién puedes tener relaciones?, ¿cómo iniciarlas?, ¿qué haces con tus amistades si te has acostado con ellas?). Son estas personas, también, algo menos religiosas, aunque el efecto de esta variable no es tan elevado como podía, tal vez, esperarse. Quienes han tenido relaciones sin compromiso debutaron antes en sus relaciones y han tenido más parejas, tanto a lo largo de la vida como en los últimos meses.</p>
<p>Las personas que han mantenido relaciones casuales presentan mayor cantidad de conductas de riesgo, si bien las diferencias son más bien pequeñas: más relaciones bajo el alcohol o drogas y menos disposición a ajustar su relación si no disponen de protección. Como era esperable, el grupo de personas que ha mantenido relaciones sin compromiso manifesta una mejor actitud ante el sexo casual y un mayor deseo de este.</p>
<p>Quienes no mantienen relaciones de sexo sin compromiso se ven a sí mismos como peores parejas sexuales y están ligeramente más insatisfechos y preocupados con su vida sexual. Sin embargo, apenas difieren en su frecuencia masturbatoria.</p>
<p><strong>Conclusiones</strong><br />
El sexo sin compromiso es una práctica sexual cada vez más extendida entre los jóvenes. La mayor parte de la investigación se ha centrado en universitarios de Estados Unidos. Aquí hemos presentado datos donde caracterizamos el sexo casual en universitarios españoles.</p>
<p>En torno a la mitad de las personas sin pareja han tenido al menos una relación de sexo casual en el último año. Esta práctica no difiere entre hombres y mujeres. Si entendemos el sexo como un mercado, si bien los hombres presentan una mayor demanda, la oferta de las mujeres iguala la conducta por géneros.</p>
<p>Quienes mantienen relaciones de sexo casual difieren de forma marcada en el número de parejas, lo cual no puede sorprender a nadie; resulta un resultado casi circular. De forma más interesante, manifiestan una tendencia algo mayor al sexo de riesgo, que en este contexto puede considerarse de doble o triple riesgo: bajo consumo de sustancias, con menor intención de interrumpir la relación si hay problemas con los condones y con menor conocimiento acerca de la pareja.</p>
<p>Quienes tienen relaciones casuales se manifiestan como ligeramente más satisfechos con su vida sexual. Este efecto y su tamaño se pueden explicar, probablemente, porque entre quienes no tienen sexo casual conviven dos grupos diferenciables, pero que hemos unido en nuestros análisis: aquellos que no tienen sexo casual y no lo quieren y quienes no lo tienen pero lo querrían. En cualquier caso, la diferencia no va en la línea de quienes planteaban que el sexo casual podía tener un impacto negativo en el bienestar sexual.</p>
<p>El objetivo del estudio era hacer una primera foto del sexo sin compromiso en España: cuánto, quiénes, cómo son. En futuros trabajos esperamos poder ampliar el encuadre de nuestra foto, valorando motivaciones y otras áreas relacionadas con la sexualidad, y también pasar de foto a vídeo, con estudios longitudinales que nos permitan hilar más fino sobre líneas casuales.</p>
<p>La entrada <a href="http://rasgolatente.es/sexo-sin-compromiso-entre-universitarios/">Sexo sin compromiso entre universitarios</a> aparece primero en <a href="http://rasgolatente.es">Rasgo Latente</a>.</p>
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		<title>“Última llamada” para los psicólogos clínicos que no basan su práctica en la evidencia científica</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Martín Salguero]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 Aug 2016 06:24:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[psicología clínica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Permíteme la licencia. En realidad no es la “última llamada”, los psicólogos clínicos siempre estaremos llamados a basar nuestra práctica en la evidencia científica. Mi única intención con este título era captar tu atención… si estás leyendo estas líneas, quizás lo he conseguido. Especialmente, espero haber captado la atención de aquellos psicólogos clínicos que no [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Permíteme la licencia. En realidad no es la “última llamada”, los psicólogos clínicos siempre estaremos llamados a basar nuestra práctica en la evidencia científica. Mi única intención con este título era captar tu atención… si estás leyendo estas líneas, quizás lo he conseguido.</p>
<p>Especialmente, espero haber captado la atención de aquellos psicólogos clínicos que no tienen en cuenta la evidencia científica y que aún son reacios a utilizarla para guiar sus evaluaciones e intervenciones. Si estás entre ellos, me gustaría que hiciésemos juntos algunas reflexiones: primero, ¿por qué es imprescindible que bases la práctica clínica en la evidencia científica?; segundo, ¿qué razones pueden explicar el que aún no lo estés haciendo?; tercero, ¿cómo puedes empezar a hacerlo?<br />
Empecemos por el principio.</p>
<p><strong>¿Por qué es imprescindible que bases la práctica clínica en la evidencia científica?</strong></p>
<p>Hay muchos motivos (<a href="http://revistas.uned.es/index.php/RPPC/article/view/4088">Echeburúa, de Corral y Salaberia, 2010</a>), pero me gustaría resaltar tres.</p>
<ol>
<li>Por una obligación deontológica. Nuestro <a href="http://www.cop.es/index.php?page=CodigoDeontologico">código deontológico</a> señala de forma clara que «<em>el/la Psicólogo/a no utilizará medios o procedimientos que no se hallen suficientemente contrastados, dentro de los límites del conocimiento científico vigente</em>» (art. 18). Si no lo estás haciendo así, estás faltando a este código.</li>
<li>Porque es la única forma de ofrecer intervenciones seguras. Sabemos que las intervenciones psicológicas tienen pocos efectos secundarios, pero sabemos esto de las intervenciones que han pasado el rasero de la evidencia científica, no del resto. Si utilizamos intervenciones que no han sido probadas de forma controlada es posible, no solo que estemos aplicando intervenciones que no funcionan, sino que estemos generando efectos indeseados; de forma clara, no solo que no ayudemos a nuestros pacientes, sino que les hagamos empeorar (<a href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20063906">Barlow, 2010</a>; <a href="http://pps.sagepub.com/content/2/1/53.abstract">Lilinfield, 2007</a>).</li>
<li>La ciencia es la mejor vía para seguir mejorando las intervenciones psicológicas. Nos permite ir generando conocimiento y acumulando pruebas de una forma sistemática (recomiendo la lectura de <a href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/12711261">Fairburn, Cooper &amp; Shafram, 2003</a>, como un ejemplo de esto en el campo de los TCA). Si no nos basamos en la ciencia, lo único que tenemos es nuestra propia experiencia como clínicos, y nuestra experiencia está cargada de sesgos, sesgos que nos llevan a pensar que lo que hacemos funciona, aunque no sea así. Te invito a ver esta <a href="https://www.youtube.com/watch?v=gF87gH8ScYQ&amp;feature=youtu.be">ponencia de la profesora Helena Matute</a> sobre los sesgos de causalidad que quizás te ayude a entender esta idea.</li>
</ol>
<p>Por tanto, si quieres que tu práctica clínica respete el código deontológico, si quieres ofrecer intervenciones seguras, si quieres seguir mejorando las intervenciones psicológicas, es importante que sigas la evidencia científica.</p>
<p><strong>¿Qué razones pueden explicar el que aún no lo estés haciendo?</strong></p>
<p>De nuevo, han sido muchos los motivos que se han ofrecido para explicar la “brecha” entre la investigación y la práctica clínica, y aún se siguen discutiendo y proponiendo soluciones para reducirla (<a href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25030152">Holmes, Craske, &amp; Graybiel, 2014</a>). Me gustaría centrarme aquí en dos de estos motivos.</p>
<p>El primero es la existencia de diferentes escuelas de terapia (e.g., humanismo, sistémica, gestalt, cognitivo-conductual, psicodinámica&#8230; y, en los últimos años, terapias de tercera generación). Es probable que tú mismo puedas adscribirte sin mucho problema a alguna de ellas. O, tal vez, te consideres ecléctico, escogiendo a voluntad lo que entiendes que funciona mejor de cada una de ellas.</p>
<p>Y aquí radica el problemas de las escuelas, con las que nos alineamos por voluntad (o por tradición de los centros en los que nos hemos formado)&#8230; Como si aquello que mejor funciona lo determinara nuestra voluntad&#8230; Y el problema se agrava cuando, perteneciendo a una escuela, sólo te “crees” lo que encaja con ella, e ignoras el resto, por muchas evidencias que la investigación haya demostrado. Pertenecer a una escuela de terapia, y defenderla como el que defiende los colores de un equipo de fútbol, no hace sino aumentar la brecha entre la investigación y la práctica clínica.</p>
<p>El segundo motivo hace referencia a la creencia de que, en el fondo, lo único relevante son las habilidades terapéuticas, u otros factores comunes. Esto es lo que en psicología se ha llamado como “el veredicto del pájaro dodo”, y de él se ha escrito de forma acertada en <a href="http://www.psicosaludtenerife.com/el-pajaro-dodo-y-otras-controversias/">otro lugar</a>. El problema es que la evidencia científica no parece muy de acuerdo con este veredicto y existen, para problemas específicos, tratamientos que han demostrado ser claramente más efectivos que otros. Sin embargo, esta idea de que las habilidades terapéuticas lo son todo encaja bien con la imagen que tenemos de nosotros mismos como psicólogos. Cuando uno comienza la carrera de psicología, lo hace con el afán de ayudar a los demás, de poder desplegar sus armas personales para acercarse a otros y ofrecerles una solución. No se imagina leyendo artículos científicos enrevesados, aprendiendo estadística o siguiendo de forma sistemática un manual que le dice cómo intervenir, paso a paso. Uno se imagina sentado delante de la otra persona y ayudándola con su “arte” para hacer terapia. No me malinterpretes, las habilidades terapéuticas son muy relevantes, pero pensar que son lo único importante te aleja de la evidencia científica y de poder ofrecer la mejor intervención posible a tus pacientes.</p>
<p>Por tanto, ni tu escuela es la “mejor” (no hay escuelas buenas o malas) ni tus habilidades como terapeuta son lo único. El objetivo debería ser conocer qué teorías explican mejor los problemas, qué intervenciones han mostrado la mayor efectividad, qué habilidades terapéuticas parecen aumentar la eficacia de estas intervenciones, y conjugar esta información con las características de cada paciente y nuestra experiencia clínica para tomar decisiones.</p>
<p>Esto nos lleva a la última reflexión.</p>
<p><strong>¿Cómo puedes empezar a basar tu práctica clínica en la evidencia científica?</strong></p>
<p>Permíteme primero que plantee algunas ideas acerca de qué es no seguir la evidencia científica. No seguir la evidencia científica es utilizar modelos teóricos que no han sido contrastados para intentar explicar un problema psicológico. Esto ocurre con frecuencia. Ocurre cuando alguien trata de entender un trastorno de ansiedad generalizada como un conflicto familiar no resuelto o una anorexia como un “bloqueo emocional”.</p>
<p>Algo que ocurre con aún más frecuencia es no seguir la evidencia científica utilizando procedimientos, técnicas o terapias que no han demostrado su utilidad, por ejemplo cuando utilizamos las constelaciones familiares. Tampoco se sigue la evidencia científica cuando utilizamos técnicas o terapias para “todo”, cuando solo han demostrado utilidad en algunos casos, como cuando aplicamos <em>mindfulness</em> para todos los pacientes (cuando, hasta ahora, se recomienda tan sólo en caso de prevención de recaídas en depresión; <a href="https://www.nice.org.uk/Guidance/cg90">NICE, 2009</a>).</p>
<p>No seguir la evidencia científica es no tener en cuenta y no incluir en nuestra práctica los avances que se dan tanto en la explicación de los problemas como en su intervención; o hacerlo de forma incorrecta. Es seguir utilizando la parada de pensamiento para manejar las obsesiones, la desensibilización sistemática para el tratamiento del pánico, o enseñar a la persona a cambiar pensamientos “negativos” por “positivos” cuando se utiliza reestructuración cognitiva.</p>
<p><strong>Si te ves representado en alguno de estos ejemplos, entonces es que no estás siguiendo la evidencia científica. ¿Cómo puedes empezar a hacerlo?</strong></p>
<p>Desde hace algún tiempo, la Asociación de Psicología Americana se ha preocupado de esta cuestión y ha propuesto una aproximación denominada “Prácticas basadas en la evidencia” (o en &#8216;pruebas&#8217;, según traducción) (<a href="http://www.apa.org/practice/resources/evidence/">APA, 2006</a>). Este modelo de trabajo sugiere tres patas fundamentales a considerar a la hora de realizar nuestra práctica clínica: la evidencia científica, las características del paciente, y la experiencia clínica. Desde esta perspectiva, las decisiones que vayamos tomando deberían tener en cuenta estas tres patas, dando, eso sí, un papel principal a lo que la ciencia nos informa. Te recomiendo la lectura de Norcross, Hogan, &amp; Koocher (<a href="https://global.oup.com/academic/product/clinicians-guide-to-evidence-based-practices-9780195335323?cc=es&amp;lang=en&amp;">2008</a>) y de este <a href="http://www.apa.org/practice/resources/evidence/">enlace sobre el tema</a>; serán un buen punto de partida.</p>
<p>También existen recursos para acceder a las principales guías clínicas, en las cuales se integra información sobre qué tratamientos han demostrado más evidencias de efectividad para diferentes problemas. Entre estas guías destaca la guía <a href="https://www.nice.org.uk/">NICE</a>, aunque en nuestro país también existen recursos <a href="http://portal.guiasalud.es/web/guest/catalogo-gpc">de este tipo</a>.</p>
<p><strong>Última llamada…</strong></p>
<p>Si has llegado hasta el final de este post, es posible que se haya generado algo de disonancia cognitiva en tu cabeza, pero que tus razones “en contra” de la ciencia estén aún rondando tus pensamientos. No te creas lo que te propongo&#8230; pruébalo. Prueba a acercarte a la ciencia, a seguir un enfoque de “Prácticas basadas en la evidencia”. No es sencillo, pero nadie dijo que la psicología clínica fuese algo sencillo. Requiere esfuerzo, abandonar lo que nos ha dado seguridad durante tiempo y aprender cosas nuevas&#8230; pero es necesario. Parafraseando a Da Vinci:<br />
“Aquellos que se enamoran de sola la práctica, sin cuidar de la exactitud, o por mejor decir, de la ciencia, son como el piloto que se embarca sin timón ni aguja; y así nunca sabrá a donde va a parar. La práctica debe cimentarse sobre una buena teórica.”</p>
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