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	<title>Regeneración Libertaria</title>
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	<description>Regeneración Libertaria es un portal de tendencia anarquista revolucionaria, concretamente a una corriente especifista adaptada a la península ibérica.</description>
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		<title>La captura liberal del anarquismo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Colaboraciones]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Oct 2026 07:40:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Estrategia y pensamiento]]></category>
		<category><![CDATA[Anarquismo]]></category>
		<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
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					<description><![CDATA[Reproducimos un artículo de The Polar Bl@st, portal anarcocomunista de Aotearoa / Nueva Zelanda, publicado originalmente el 22 de noviembre de 2025: The liberal capture of anarchism. Traducción para Regeneración Libertaria. En los últimos años, una corriente peculiar ha recorrido partes del milieu, mundillo anarquista, sobre todo los sectores más cercanos al mundo académico, al [&#8230;]]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/10/balance-8.png" alt="" class="wp-image-16719"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><br><em>Reproducimos un </em><a href="https://thepolarblast.wordpress.com/2025/11/22/the-liberal-capture-of-anarchism/" target="_blank" rel="noopener"><em>artículo de</em></a><em> The Polar Bl@st</em><a href="https://thepolarblast.wordpress.com/2025/11/22/the-liberal-capture-of-anarchism/" target="_blank" rel="noopener"><em>,</em></a><em> <em>portal anarcocomunista de Aotearoa / Nueva Zelanda, publicado originalmente el 22 de noviembre de 2025: <a href="https://thepolarblast.wordpress.com/2025/11/22/the-liberal-capture-of-anarchism/" target="_blank" rel="noopener">The liberal capture of anarchism</a>. Traducción para Regeneración Libertaria.</em></em></p>



<p class="wp-block-paragraph">En los últimos años, una corriente peculiar ha recorrido partes del <em>milieu</em>, mundillo anarquista, sobre todo los sectores más cercanos al mundo académico, al aparato de las ONG y a los amplios ecosistemas de la «justicia social» de la izquierda liberal. Viene a decir, más o menos, lo siguiente: «no vivimos en tiempos revolucionarios». La frase se pronuncia siempre en tono de cansada resignación, como si quien la dice se hubiera vuelto demasiado sofisticado, demasiado mundano, demasiado traumatizado o demasiado profesional para seguir creyendo en los viejos principios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se nos dice que los anarquistas no pueden rechazar el electoralismo porque sería «dogmático» o «purista». Que no podemos mantener un antimilitarismo de principios frente a los alineamientos imperiales y los tableros geopolíticos porque sería «ingenuo», «privilegiado» o, simplemente, «no es así como funciona el mundo». Que no podemos cuestionar el nacionalismo porque, al parecer, incluso los anarquistas deben arrodillarse ante el altar de las banderas cuando estalla la guerra adecuada. Y en Aotearoa, cada vez se nos dice con más insistencia que los anarquistas, precisamente los anarquistas, deberían alinearse detrás del Partido Laborista, los Verdes o Te Pāti Māori, y que cualquier otra postura equivale a apoyar a la derecha, a favorecer el fascismo o a no tomarse en serio las «consecuencias en el mundo real».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una contorsión ideológica notable, que ha convertido a gran parte de quienes se autodenominan anarquistas en apéndices del liberalismo, en socios menores de la izquierda parlamentaria y, en algunos casos, en ruidosos defensores del poder militar estatal. Este derrumbe no es solo una deriva política; es una renuncia profunda a defender los principios más básicos del anarquismo. Es una capitulación disfrazada de realismo, una rendición vestida de matiz y un miedo a resultar políticamente incómodos reempaquetado como madurez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero, en el fondo, este discurso expresa algo simple y corrosivo: la creencia de que el anarquismo es incapaz de actuar por sí mismo como fuerza revolucionaria y que, por tanto, debe delegar su capacidad de acción en las instituciones liberales.</p>



<h2 class="wp-block-heading">De la lucha a la oficina: cómo se fabrica la dependencia</h2>



<p class="wp-block-paragraph">No se puede entender el actual colapso de la independencia anarquista sin comprender el ecosistema cultural que hoy habita buena parte de la izquierda. En Aotearoa, como en todo el mundo occidental, la energía política ha sido reconducida sistemáticamente hacia ONG, consultorías, departamentos académicos e instituciones «progresistas» financiadas con fondos públicos, que operan cómodamente dentro de la infraestructura del capitalismo. Estos espacios hablan el lenguaje de la radicalidad, pero se comportan según los incentivos de la burocracia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchos jóvenes anarquistas ya no se radicalizan a través de la lucha, de las ocupaciones, de la organización en el centro de trabajo, de la resistencia antimilitarista, de las luchas por la vivienda o de la acción contra la policía. En cambio, se socializan en una esfera profesional donde el objetivo principal es conseguir contratos, mantener capital social y evitar riesgos políticos. El resultado es predecible: el anarquismo se convierte en una mera imagen de marca más que en un compromiso con la acción revolucionaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dentro de esos espacios institucionales, rechazar el electoralismo se presenta como una actitud infantil. Criticar a los partidos de izquierda se presenta como un sabotaje al «progreso». Mantener principios antimilitaristas se presenta como un idealismo peligroso. Negarse a integrarse en el bloque electoral laborista-verde-Te Pāti Māori se ve como una traición a la «comunidad».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero no se trata de juicios morales, sino de cálculos de supervivencia laboral. Los anarquistas que trabajan en redes de ONG y en el mundo académico interiorizan rápidamente que su supervivencia material depende de alinearse con el consenso de la izquierda blanda. Criticar el electoralismo pone en riesgo los contratos. El antimilitarismo pone en peligro la reputación. La política antiestatal complica las relaciones con quienes financian.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así se impone una nueva norma: los anarquistas deberían evitar ser demasiado anarquistas. Se permite, e incluso se fomenta, la retórica radical, siempre que termine reforzando a la izquierda parlamentaria. Todo lo que amenace el monopolio de legitimidad del Estado se vuelve tabú.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El resultado es un anarquismo que habla con fluidez de «apoyo mutuo», pero olvida que el apoyo mutuo no es un servicio social, sino un arma contra el mito de que el Estado es necesario. Un anarquismo que condena el racismo y el colonialismo, pero canaliza toda resistencia hacia instituciones alineadas con el Estado. Un anarquismo que defiende la descolonización, pero se retracta ante cualquier desafío a la autoridad parlamentaria en Aotearoa. Un anarquismo que apoya luchas en el extranjero solo cuando encajan con las narrativas estratégicas occidentales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esencia, es un anarquismo que ha perdido el rumbo y que luego racionaliza esa pérdida como sofisticación intelectual.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El voto como síntoma</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La deriva hacia el razonamiento electoral es un síntoma clave de este colapso. Adopta varias formas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces es explícita: «Debemos votar al Partido Laborista, a los Verdes o a TPM para mantener fuera a la derecha». Otras veces se disfraza con retórica de justicia social: «Las comunidades marginadas sufren cuando gana la derecha, por tanto los anarquistas tienen la responsabilidad de votar». A veces se envuelve en fatalismo estratégico: «Votar no nos salvará, pero ayuda a ganar tiempo».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero debajo de todo esto late la misma suposición central: que el Estado debe seguir siendo el vehículo principal del cambio social y que los anarquistas deben ajustar su política a esa supuesta realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es extraordinario lo rápido que se olvida que el Estado moderno, ya sea liberal o conservador, es estructuralmente incapaz de abolir la explotación, las jerarquías y el aparato coercitivo que lo definen. Incluso cuando los gobiernos de izquierda intentan reformas, lo hacen fortaleciendo la maquinaria que los anarquistas quieren desmantelar: policía, prisiones, ejércitos, fronteras, burocracias asistenciales, tecnologías de vigilancia y sistemas de extracción fiscal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Aotearoa, el Partido Laborista es un ejemplo de manual. Cada vez que vuelve al poder, el mundillo anarquista se fractura. Los más cercanos a las infraestructuras de las ONG empiezan a defender un apoyo estratégico. La retórica de la «reducción de daños» se utiliza como arma para acallar las críticas de quienes recuerdan, con razón, que el Partido Laborista ha demostrado ser un servidor fiable del capital, de las alianzas imperiales y del gerencialismo doméstico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta dinámica se intensificó durante la era Ardern <em>[N. de T.: Jacinda Ardern fue primera ministra de Nueva Zelanda entre 2017 y 2023 y líder del Partido Laborista, con una línea progresista]</em>. Muchos anarquistas que antes se burlaban de los parlamentarios quedaron reducidos a tímidas críticas o al silencio absoluto, porque el ambiente social de adoración liberal convertía el disenso genuino en un tabú cultural. En los círculos activistas, el ardernismo se trataba como «suficientemente bueno», y quienes disentían eran tachados de alborotadores, misóginos o puristas poco realistas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un movimiento que se pretende revolucionario nunca debería ser tan frágil. Sin embargo, el colapso fue generalizado y revelador: muchos anarquistas estaban más comprometidos con la pertenencia social a la clase cultural liberal que con el propio anarquismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una vez que se produce este cambio cultural, se instala una lógica fatal: los anarquistas no deben rechazar el electoralismo porque sus aliados, que a menudo son sus empleadores, dependen de él. Así es como una tradición revolucionaria se convierte en un grupo de presión.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La capitulación más peligrosa: abandonar el antimilitarismo</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La expresión más alarmante de esta deriva ha sido el abandono del antimilitarismo anarquista. Durante más de un siglo, los anarquistas han insistido en que la guerra no es una aberración, sino un resultado predecible del sistema estatal capitalista. El militarismo es la expresión más pura del poder jerárquico, de la extracción de recursos, del nacionalismo y de la obediencia. Es la máquina que devora a la juventud trabajadora para proteger los intereses de clases dominantes enfrentadas entre sí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, en los últimos años, muchos autodenominados anarquistas han adoptado una lógica militar indistinguible del liberalismo occidental. Animan a la OTAN cuando les conviene. Hablan con aprobación del envío de armas a conflictos entre potencias. Amplifican el lenguaje de la «defensa», la «seguridad» y la «necesidad estratégica». Avergüenzan a los antimilitaristas por «no apoyar al bando correcto».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es la capitulación más peligrosa de todas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una vez que los anarquistas aceptan la legitimidad de la guerra, renuncian a su última distinción significativa frente a la izquierda estatista. El resultado es un anarquismo que sigue obedientemente los ritmos emocionales de los medios occidentales —indignado cuando se le indica, solidario cuando se le indica, silencioso cuando se le indica—, en lugar de mantener su propia brújula antimilitarista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Parte de este colapso es ideológico. En parte es material. Pero una parte significativa es psicológica. Muchos anarquistas hoy están aterrorizados ante la idea de ser vistos como «irresponsables». La cultura liberal-izquierdista encuadra la política a través de la lente del cumplimiento, la seguridad y la minimización de daños. Todo lo que desafíe los marcos institucionales se considera imprudente. Todo lo que perturbe la normalidad política es peligroso. Todo lo que socave a la izquierda parlamentaria está «ayudando indirectamente a la derecha».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto crea un paisaje moral paralizante donde el peor pecado que un anarquista puede cometer es no apoyar el <em>statu quo</em> con suficiente entusiasmo. El miedo a ser culpado por una victoria de la derecha se vuelve tan abrumador que muchos dejan de imaginar la política fuera del estrecho horizonte electoral. El miedo a ser acusado de «no preocuparse» por las comunidades marginadas se convierte en un arma para silenciar la política radical.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En tal clima, el anarquismo se convierte en una identidad, no en una praxis: una forma de sentirse radical mientras se actúa con seguridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta política basada en la ansiedad produce un anarquista que:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>en privado acepta que el Estado no puede liberar a nadie, pero teme decirlo en público;</li>



<li>en privado sabe que las elecciones no cambian nada fundamental, pero vota y presiona a otros para que hagan lo mismo;</li>



<li>en privado se opone a la guerra, pero repite los argumentos liberales para no parecer insensible;</li>



<li>en privado quiere plantar cara directamente al capitalismo, pero se conforma con acciones simbólicas dentro del sistema.</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">El resultado es trágico: anarquistas que son radicales en todas partes excepto donde importa.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Aotearoa: Tratado, biculturalismo y ONG</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La situación en Aotearoa intensifica este colapso porque la izquierda liberal está estructurada en torno a marcos morales vinculados al biculturalismo, al discurso del Tratado <em>[N. de T.: el Tratado de Waitangi, de 1840, entre la Corona británica y jefes maoríes, eje del debate sobre descolonización]</em> y al trabajo de justicia social basado en ONG. Son terrenos de lucha importantes, pero el Estado ha aprendido a utilizarlos para mantener su legitimidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto produce un panorama político donde se presiona a los anarquistas para tratar a los actores parlamentarios —especialmente al Partido Laborista, a los Verdes y a Te Pāti Māori— como vehículos centrales del «progreso», incluso cuando su historial está profundamente enredado con la administración colonial, la policía, el capitalismo de mercado y la política exterior militarizada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Estado liberal en Aotearoa se ha vuelto hábil para representar virtud moral mientras intensifica su violencia estructural. Utiliza <em>kupu</em> maoríes —palabras en lengua maorí— en su lavado de imagen mientras expande las prisiones. Financia «proveedores comunitarios» mientras aplasta el nivel de vida de la clase trabajadora. Contrata consultores <em>iwi</em> —de las tribus maoríes— mientras impulsa la vigilancia militarizada en el Pacífico. Ofrece reconocimiento simbólico mientras elude la descolonización material.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, muchos anarquistas, inmersos en entornos de ONG y en talleres sobre el Tratado, tienen dificultades para criticar esta dinámica sin ser acusados de ignorancia cultural o de política reaccionaria. El resultado es silencio, cautela o apología, comportamientos totalmente incompatibles con el compromiso anarquista de confrontar el poder estatal, todo poder estatal, con independencia de la retórica con que se vista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y así vuelve el argumento: los anarquistas deben apoyar a los partidos de izquierda; los anarquistas no deben rechazar el electoralismo; los anarquistas no deben oponerse a los marcos nacionalistas o militarizados cuando se presentan como protectores de la soberanía indígena o de las comunidades marginadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal razonamiento confunde al Estado con el pueblo, un error contra el que los anarquistas llevan 150 años advirtiendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La afirmación de que los anarquistas «no pueden» rechazar el electoralismo, o «no pueden» oponerse a los partidos de izquierda, es en última instancia una afirmación sobre la imposibilidad de la imaginación política. Da por hecho que el Estado es el único terreno disponible, que nada significativo puede hacerse fuera de él y que los anarquistas deben alinearse con la izquierda gestora porque la alternativa es la irrelevancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero esto solo es cierto si aceptamos las premisas del fatalismo liberal. Toda la tradición anarquista existe porque generaciones anteriores rechazaron esas premisas. Emma Goldman, a principios del siglo XX, no decidió un día que los anarquistas debían apoyar a alcaldes progresistas. Kropotkin no concluyó que la clase trabajadora debía votar a reformistas liberales. Los radicales maoríes de los años setenta no decidieron que la liberación pasaba por el Parlamento. La CNT española no creía que la emancipación requiriera alianzas con partidos burgueses <em>[N. de la R.: matizamos esta afirmación del autor: la CNT colaboró con el gobierno republicano y con la Generalitat en 1936-1937, participación que el anarquismo organizado ha criticado duramente como abandono de sus principios]</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El anarquismo siempre ha insistido en que la política va mucho más allá de los ciclos electorales. Si acaso, las crisis de nuestra era —el colapso climático, la crisis de la vivienda, los alineamientos militares imperiales, el derrumbe de la infraestructura social— demuestran que la organización anarquista no solo es viable, sino necesaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Estado no es el único lugar de acción política. Ni siquiera es el más eficaz. Es simplemente el único que los liberales pueden imaginar.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Qué reafirmar para salir de la captura</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Si el anarquismo quiere recuperarse de la captura liberal, debe reafirmar algunas verdades básicas e intransigentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los anarquistas deben rechazar el electoralismo, no porque las elecciones sean moralmente impuras, sino porque la participación electoral socava activamente el desarrollo del poder autónomo de la clase trabajadora. Cada hora dedicada a hacer campaña es una hora que no se dedica a organizar. Cada discusión sobre el voto estratégico desvía del trabajo real de construir alternativas. Cada segundo dedicado a defender a partidos de izquierda normaliza la idea de que la liberación fluye de arriba abajo, desde el Parlamento, en lugar de fluir de abajo arriba, desde la lucha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los anarquistas deben oponerse a todo militarismo, no de forma selectiva, no solo cuando encaja con los intereses occidentales, no solo cuando los liberales lo aprueban, porque toda guerra fortalece al Estado, intensifica el nacionalismo y expande el aparato represivo que finalmente se usará contra nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los anarquistas deben rechazar la noción de que los partidos de izquierda representan a «la comunidad». El Partido Laborista no representa a los trabajadores. Los Verdes no representan la resistencia ecológica. Te Pāti Māori no representa la descolonización. Los partidos se representan a sí mismos: a su dirección, a sus financiadores, a sus incentivos institucionales, a sus carreras profesionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los anarquistas deben rechazar la política liberal de la culpa, esa idea de que somos responsables de las victorias de la derecha si nos negamos a alinearnos con la izquierda parlamentaria. Esa lógica es un chantaje emocional para disciplinar el disenso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo más importante: los anarquistas deben redescubrir la confianza en que podemos actuar, podemos organizarnos y podemos construir poder político fuera del Estado. Debemos dejar de creer que la autonomía es imposible. El futuro no pertenece a los votantes, sino a quienes asumen el riesgo de crear algo fuera de los marcos asfixiantes de la gobernanza capitalista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El discurso liberal que infecta al anarquismo contemporáneo se reduce en última instancia a una patética frase:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">«El anarquismo no puede hacer nada, así que los anarquistas deberían ayudar a los liberales».</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Es un credo derrotista disfrazado de pragmatismo. Es el susurro de un movimiento que ha perdido la fe en sí mismo. Es la ideología de un anarquismo que ha olvidado su propia historia, sus propias victorias, su propia capacidad para aterrorizar a los poderosos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando los anarquistas argumentan que no pueden rechazar el electoralismo, están abandonando el principio de que la liberación crece desde abajo. Cuando argumentan que no pueden oponerse a los partidos de izquierda, están entregando su independencia a las mismas instituciones diseñadas para neutralizar los movimientos sociales. Cuando argumentan que no pueden mantener el antimilitarismo, están aceptando la lógica del imperio. Cuando argumentan que no pueden actuar sin el permiso del Estado, ya no son anarquistas en absoluto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos en un momento en que el capitalismo se desmorona, el clima colapsa, el militarismo global se acelera y las viejas categorías políticas se derrumban. Este no es un momento para retirarse al agotado pragmatismo de la izquierda liberal. Es un momento para reclamar la audacia y la claridad del anarquismo: la creencia de que la clase trabajadora puede organizarse por sí misma, de que las comunidades pueden gobernarse a sí mismas, de que la solidaridad puede reemplazar a la coerción y de que los Estados, todos los Estados, son obstáculos para la libertad, no vehículos para ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le debemos al mundo algo mejor que convertirnos en el ala auxiliar del liberalismo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/10/clase-4-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16717" style="width:387px;height:auto"/></figure>
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		<title>Clase, autonomía y constitución del sujeto revolucionario</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Colaboraciones]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 16 Oct 2026 09:41:32 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Anarquismo]]></category>
		<category><![CDATA[Capitalismo]]></category>
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					<description><![CDATA[La cuestión del proletariado como sujeto revolucionario no puede resolverse ni mediante la nostalgia de las formas que el movimiento obrero tuvo en otro tiempo ni mediante la afirmación de que, puesto que aquellas formas han desaparecido, también ha desaparecido la clase cuya existencia expresaban. Ambas posiciones parten de una misma confusión: identifican la existencia [&#8230;]]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="1024" height="362" src="http://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/balance-2.png" alt="" class="wp-image-16626"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph">La cuestión del proletariado como sujeto revolucionario no puede resolverse ni mediante la nostalgia de las formas que el movimiento obrero tuvo en otro tiempo ni mediante la afirmación de que, puesto que aquellas formas han desaparecido, también ha desaparecido la clase cuya existencia expresaban. Ambas posiciones parten de una misma confusión: identifican la existencia de una clase con las formas históricas mediante las cuales, en determinadas condiciones, esa clase llegó a reconocerse, organizarse y actuar políticamente. Pero una forma histórica puede ser destruida sin que desaparezca la relación social que la hizo posible, del mismo modo que una clase puede existir objetivamente sin haber alcanzado todavía la capacidad política de actuar como clase. Entre ambas cosas existe una diferencia que no es secundaria, porque en ella se encuentra precisamente el problema de nuestro tiempo: comprender por qué el proletariado sigue existiendo y, al mismo tiempo, por qué ha dejado de existir, en gran medida, como fuerza capaz de reconocerse a sí misma y enfrentarse conscientemente a las relaciones sociales que determinan su existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para comprenderlo, hay que comenzar por la relación material que constituye a las clases y no por la conciencia que los individuos tienen de ella. El proletariado no existe porque millones de personas reciban un salario, ni porque compartan una determinada condición cultural, ni porque se reconozcan bajo un nombre común. Existe porque una parte de la sociedad se encuentra separada de las condiciones objetivas que le permitirían producir y reproducir autónomamente su vida <strong>y, para poder vivir, tiene que vender su fuerza de trabajo a quienes controlan esas condiciones.</strong> La relación salarial no es simplemente un intercambio entre individuos jurídicamente libres, sino la forma mediante la cual se reproduce una separación fundamental: de un lado, quienes disponen de los medios de producción y pueden comprar fuerza de trabajo; del otro, quienes, privados de esos medios, necesitan vender su capacidad de trabajar para obtener los medios necesarios para su existencia. La clase no aparece, por tanto, después de que los individuos hayan tomado conciencia de pertenecer a ella; existe antes de esa conciencia, <strong>como</strong> <strong>una relación social que se impone a los individuos</strong> independientemente de lo que estos piensen acerca de ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto es lo que significa afirmar que el proletariado existe objetivamente. No se trata de atribuirle una esencia eterna ni de sostener que todo aquel que recibe un salario ocupa exactamente la misma posición dentro de la sociedad, sino de reconocer que, bajo el capitalismo, la reproducción de la vida de una parte fundamental de la población depende de la venta de su fuerza de trabajo y que esa fuerza es comprada y utilizada dentro de un proceso cuyo fin no es simplemente satisfacer las necesidades de quienes trabajan, sino producir y reproducir capital. El trabajador entra en ese proceso como propietario de su fuerza de trabajo, pero no de las condiciones en que puede utilizarla; el capitalista dispone de esas condiciones, compra aquella fuerza y la incorpora a un proceso de producción del que obtiene un valor superior al que adelanta bajo la forma del salario. La relación entre ambos no depende de que ninguno de ellos tenga conciencia de pertenecer a una clase: se reproduce cada día mediante la producción, el salario y la necesidad de volver a vender la fuerza de trabajo para poder continuar viviendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la clase no es una identidad que pueda ser adoptada o abandonada a voluntad. Un trabajador puede no considerarse proletario, puede identificarse políticamente con intereses contrarios a los suyos, puede aspirar individualmente a convertirse en propietario, puede rechazar toda idea de lucha de clases y puede incluso defender conscientemente el orden que lo somete; nada de ello modifica por sí mismo la relación material en la que se encuentra. Del mismo modo, quien posee los medios de producción puede no reconocerse como miembro de una clase dominante y considerarse simplemente un empresario, un inversor o un individuo que ha triunfado por su propio esfuerzo; pero su conciencia tampoco modifica la posición que ocupa dentro de las relaciones sociales. Las clases no existen primero en la conciencia para producir después sus relaciones materiales; son esas relaciones materiales las que proporcionan el fundamento sobre el cual puede desarrollarse, o no desarrollarse, una conciencia de clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero precisamente aquí comienza la dificultad. Que una clase exista objetivamente no significa que exista como sujeto político. La misma relación que une materialmente a los trabajadores puede mantenerlos separados en la experiencia inmediata de su existencia. El capital los reúne dentro de una producción social cada vez más interdependiente y, al mismo tiempo, los enfrenta en la competencia por el empleo, por el salario y por las condiciones necesarias para reproducir su vida. Los trabajadores dependen unos de otros en el proceso general de producción, pero cada uno depende individualmente de encontrar un comprador para su fuerza de trabajo. Lo que desde el punto de vista del capital aparece como una totalidad organizada se presenta desde el punto de vista del trabajador como una sucesión de relaciones particulares: una empresa, un contrato, un alquiler, una deuda, una jornada laboral, una amenaza de despido, una factura que pagar. La totalidad existe materialmente, pero no aparece necesariamente como totalidad en la experiencia de quienes la soportan.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Aquí reside una de las grandes fuerzas del capitalismo: consigue que quienes se encuentran unidos objetivamente por una relación social aparezcan separados subjetivamente por las formas concretas mediante las cuales esa relación se reproduce.</strong> El trabajador que pierde su empleo puede interpretar su situación como un fracaso personal; quien no puede pagar el alquiler puede considerarlo un problema privado; quien acepta jornadas cada vez más largas puede creer que se encuentra simplemente ante una exigencia particular de su empresa. La competencia convierte una relación común en una multitud de experiencias separadas y la necesidad inmediata de sobrevivir dificulta precisamente aquella comprensión de conjunto que permitiría reconocer la causa común de esas experiencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí que la conciencia de clase no pueda deducirse mecánicamente de la existencia de la clase. La posición proletaria contiene la posibilidad de una conciencia común, pero no la produce automáticamente. El trabajador no se convierte en revolucionario por el mero hecho de ser explotado, del mismo modo que una multitud de individuos sometidos a una misma relación no constituye por ese solo hecho una fuerza colectiva. Para que esa posibilidad se realice, tiene que producirse algo que no está contenido de manera inmediata en la posición económica: los individuos tienen que entrar en relación entre sí a través de la lucha, tienen que descubrir que aquello que padecen separadamente puede ser enfrentado colectivamente y tienen que experimentar en la práctica una fuerza que no podían conocer mientras permanecían aislados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso <strong>la lucha de clases no debe entenderse únicamente como el enfrentamiento entre dos sujetos ya constituidos. Es también el proceso mediante el cual una clase puede llegar a constituirse políticamente.</strong> Cuando unos trabajadores interrumpen colectivamente el trabajo para impedir una reducción salarial, cuando se niegan a aceptar un despido, cuando ocupan un espacio para impedir un desahucio o cuando quienes viven una misma situación comienzan a organizarse para hacerle frente, no están simplemente expresando una conciencia que ya poseían. Están produciendo una experiencia nueva. Descubren que la relación que cada uno mantenía individualmente con el capitalista puede transformarse cuando interviene una acción colectiva; descubren que el poder que parecía pertenecer exclusivamente al empresario depende también de que los trabajadores continúen produciendo; descubren que una necesidad privada puede convertirse en una reivindicación común y que la solidaridad no es solamente una disposición moral, sino una capacidad material para modificar una relación de fuerzas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La lucha produce, así, una transformación en la propia relación entre quienes luchan. Allí donde antes había trabajadores separados por la competencia comienza a existir una experiencia común; allí donde había miedo individual, aparece una capacidad colectiva de resistencia; allí donde cada cual veía únicamente su propia situación, empieza a hacerse visible una relación social que afecta a muchos. La conciencia no llega desde fuera para iluminar una realidad que permanece idéntica: <strong>se transforma la propia experiencia de la realidad cuando los individuos empiezan a actuar sobre ella conjuntamente.</strong> Por eso una clase puede existir objetivamente antes de reconocerse como tal y, sin embargo, solo puede constituirse como sujeto político mediante un proceso histórico de luchas en el que esa existencia objetiva comienza a convertirse en conciencia, organización y fuerza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto permite comprender también por qué la derrota del antiguo movimiento obrero tiene un significado tan profundo y por qué, al mismo tiempo, no puede ser confundida con la desaparición del proletariado. El capitalismo no destruyó una clase que hubiera dejado de existir, sino muchas de las condiciones históricas que habían permitido a esa clase reconocerse y organizarse de una determinada manera. La gran concentración industrial, las comunidades obreras, determinadas formas de estabilidad laboral, las organizaciones sindicales y políticas de masas, las tradiciones culturales compartidas y las formas de sociabilidad construidas alrededor del trabajo fueron el resultado de condiciones históricas concretas. Cuando esas condiciones fueron transformadas por la reestructuración capitalista, la deslocalización, la fragmentación productiva, la precarización y la transformación tecnológica, aquellas formas comenzaron a perder la base material que había permitido su reproducción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No podemos recuperar ese mundo mediante la voluntad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La nostalgia por las formas desaparecidas no puede devolvernos las condiciones que las hicieron posibles. Pero tampoco podemos aceptar que su destrucción demuestre que el proletariado ha dejado de existir. Lo que ha sido destruido es una determinada forma de constitución política de la clase, no la relación social que continúa produciendo trabajadores separados de los medios de producción y dependientes de la venta de su fuerza de trabajo. El problema que se abre ante nosotros no consiste, por tanto, en reconstruir el antiguo movimiento obrero bajo nuevas denominaciones, sino en comprender qué formas de organización y de lucha pueden surgir de las condiciones actuales y cómo pueden volver a convertir una existencia objetiva fragmentada en una fuerza colectiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este es el punto en el que la cuestión de la autonomía se vuelve inseparable de la cuestión de clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si la clase solo puede constituirse políticamente mediante sus propias experiencias de lucha, entonces la actividad mediante la cual se constituye no puede ser sustituida indefinidamente por una organización que actúe en su nombre. Una organización puede ser necesaria para conservar experiencias, coordinar fuerzas, transmitir conocimientos y hacer posible una acción que los individuos aislados no podrían realizar; pero esa necesidad no convierte a la organización en sujeto de la emancipación. Cuando quienes participan en una lucha delegan permanentemente en otros la capacidad de decidir sobre ella, aquellos que reciben esa delegación comienzan a ocupar una posición diferente de quienes los han delegado. Acumulan información, relaciones, recursos y conocimientos; adquieren una capacidad de decisión que los demás dejan de ejercer directamente; y lo que inicialmente era una diferencia funcional puede convertirse progresivamente en una diferencia de poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El proceso es conocido. Una organización creada para servir a la lucha desarrolla intereses propios en conservarse; quienes desempeñan funciones temporales se convierten en especialistas permanentes; la representación deja de ser una función revocable y comienza a convertirse en una posición; la necesidad de coordinar exige concentrar información y decisiones; la concentración facilita la eficacia inmediata, pero puede producir una separación creciente entre quienes dirigen y quienes ejecutan. Llegado cierto punto, la organización puede encontrarse defendiendo su propia existencia como institución incluso cuando esa existencia comienza a entrar en contradicción con la capacidad autónoma de quienes originalmente la crearon.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de un accidente que pueda atribuirse a la corrupción personal de determinados dirigentes. Es una tendencia que nace de la propia separación entre función y poder cuando esa separación se estabiliza. Precisamente por eso la emancipación de los trabajadores no puede consistir simplemente en sustituir una dirección por otra, ni en encontrar dirigentes más honestos que los anteriores. Si la relación fundamental permanece intacta, la capacidad de decidir seguirá concentrándose fuera de aquellos que deben emanciparse. La autonomía no es entonces una cuestión de pureza organizativa, sino una exigencia que se deriva del propio contenido de la emancipación: si los trabajadores han de dejar de estar sometidos a poderes que deciden sobre sus vidas, no pueden conquistar esa emancipación mediante la construcción de un poder separado que decida permanentemente por ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la autonomía contiene una dificultad que no puede resolverse simplemente afirmándola. Una lucha puede ser autónoma y, sin embargo, permanecer encerrada dentro de las condiciones particulares que la originaron. Una asamblea puede decidir colectivamente y no disponer de ninguna capacidad para modificar las relaciones económicas que existen fuera de ella. Una comunidad puede construir formas de cooperación diferentes y seguir dependiendo del mercado para obtener aquello que no puede producir por sí misma. Un colectivo puede conquistar una mejora real y, al mismo tiempo, permanecer sometido a las relaciones generales que permiten que el capital continúe reproduciéndose.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto ocurre porque el capital no está organizado como una suma de espacios particulares, sino como una relación social que atraviesa y conecta esos espacios. El trabajador de una empresa depende de procesos que se desarrollan en otras empresas y en otros territorios; la producción depende de redes de transporte, energía, crédito y distribución; la reproducción de la fuerza de trabajo depende de la vivienda, los cuidados, los servicios públicos y una multitud de actividades que no aparecen directamente como producción industrial, pero sin las cuales la producción capitalista no podría mantenerse. Una lucha particular puede alterar una parte de esa red, pero mientras permanezca aislada, no puede modificar las relaciones generales de las que depende.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la autonomía necesita generalización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No significa esto que todas las luchas deban adquirir la misma forma ni que una organización central deba absorberlas en una estructura única. Significa algo más concreto: que las luchas tienen que poder establecer entre sí relaciones que les permitan aumentar su capacidad de acción sin perder el control sobre sí mismas. Una huelga puede encontrar otra huelga; una lucha por la vivienda puede relacionarse con trabajadores que producen o mantienen los espacios de los que depende esa vivienda; quienes luchan contra la precariedad pueden descubrir que la misma relación que padecen aparece bajo formas diferentes en otros sectores; quienes sostienen tareas de reproducción social pueden reconocer la dependencia que existe entre su actividad y el conjunto de la producción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La generalización no consiste en borrar las diferencias entre esas experiencias, sino en descubrir la relación material que permite que una pueda convertirse en fuerza para las otras. La solidaridad deja entonces de ser una declaración de principios y se transforma en una capacidad concreta. Una lucha deja de depender exclusivamente de sus propias fuerzas cuando puede apoyarse en otras; una victoria deja de ser un resultado particular cuando puede abrir posibilidades en otros lugares; una derrota deja de ser una pérdida absoluta cuando la experiencia adquirida puede transmitirse a quienes continúan luchando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí aparece nuevamente la cuestión del proletariado. No porque toda lucha deba ser reducida a una reivindicación salarial ni porque exista una jerarquía moral entre diferentes formas de resistencia, sino porque la posibilidad de generalizar las luchas depende finalmente de las relaciones materiales que las atraviesan. El capitalismo necesita que una multitud de actividades diferentes funcionen conjuntamente y, precisamente por ello, produce una dependencia mutua que puede convertirse en un punto de apoyo para la acción colectiva. Allí donde la producción y la reproducción social dependen del trabajo de millones de personas, existe una posibilidad de fuerza que ninguna lucha particular posee por sí sola.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La centralidad proletaria no significa, por tanto, que la fábrica sea el único lugar de la lucha ni que todos los conflictos deban subordinarse a la lucha salarial. Significa que la transformación de la sociedad tiene que enfrentarse a las relaciones materiales mediante las cuales el capital reproduce su poder y que esas relaciones atraviesan el conjunto de la vida social. El proletariado es central no porque posea una superioridad moral ni porque la historia le haya concedido una misión, sino porque su posición dentro de la reproducción capitalista contiene una capacidad objetiva de interrupción y transformación que ninguna política puede ignorar si pretende superar realmente el capitalismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero esa capacidad objetiva tampoco se convierte por sí sola en fuerza revolucionaria. El capital puede disponer de millones de trabajadores y, al mismo tiempo, mantenerlos divididos. Puede sustituir unos por otros, trasladar procesos productivos, enfrentar empresas y territorios, utilizar las diferencias salariales, precarizar el empleo y hacer que la dependencia mutua aparezca como competencia. Por eso la cuestión no consiste en descubrir una fuerza ya existente y esperar a que se manifieste, sino en crear mediante las luchas las condiciones en las que esa fuerza pueda reconocerse y actuar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es aquí donde las posiciones de Amorós e Ibáñez adquieren todo su interés.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Amorós ha insistido en la profundidad de la destrucción del antiguo mundo obrero y en la imposibilidad de recuperar mediante una simple continuidad ideológica las condiciones que hicieron posible el viejo movimiento proletario. Esta crítica resulta indispensable porque impide confundir la fidelidad a una tradición con la reproducción de las condiciones materiales que la hicieron posible. No podemos reconstruir artificialmente las antiguas comunidades ni devolver a las organizaciones actuales la función que tuvieron cuando existía una estructura social diferente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero reconocer la profundidad de la derrota no permite convertirla en el horizonte definitivo de la historia. Si la desaparición del antiguo mundo obrero se interpreta como desaparición de toda posibilidad de recomposición proletaria, entonces la derrota deja de ser un objeto de análisis y se convierte en una conclusión anticipada sobre el futuro. El capitalismo habría conseguido entonces no solo destruir una forma histórica de organización, sino imponer a quienes han sufrido esa destrucción la convicción de que ninguna otra forma puede surgir de sus propias contradicciones. La crítica de las condiciones desaparecidas es necesaria; hacer de su desaparición una teoría de la imposibilidad es otra cosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ibáñez parte de una dificultad diferente y también necesaria: la imposibilidad de reducir las luchas contemporáneas a una figura homogénea del proletariado, como si todas las formas de dominación pudieran ser subsumidas sin más bajo la experiencia de un mismo sujeto histórico. La atención a la pluralidad de resistencias permite comprender mejor una realidad social mucho más compleja y evita convertir una categoría histórica en una identidad abstracta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la pluralidad de las resistencias tampoco resuelve el problema de la fuerza. El capitalismo puede soportar y hasta integrar una multiplicidad de conflictos siempre que estos permanezcan suficientemente separados, porque puede negociar con ellos, institucionalizar sus demandas, absorber sus formas de expresión y transformar sus resultados en nuevas condiciones de reproducción. La existencia de muchas resistencias demuestra que el orden social produce contradicciones; no demuestra que esas contradicciones hayan encontrado todavía la forma política capaz de enfrentarlas como una fuerza común.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso no podemos elegir entre el proletariado, concebido como sujeto ya constituido, y una multiplicidad de luchas condenadas a permanecer dispersas. El primer camino convierte una posibilidad histórica en una identidad preestablecida; el segundo renuncia a explicar cómo las resistencias pueden adquirir una fuerza capaz de transformar las relaciones generales que las producen. El problema real se encuentra entre ambos: una clase existe objetivamente, pero tiene que constituirse políticamente; las luchas son múltiples, pero pueden encontrar relaciones que les permitan generalizarse; la autonomía es indispensable, pero no puede confundirse con el aislamiento; la organización es necesaria, pero no puede convertirse en un poder separado de quienes la necesitan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De esta manera podemos comprender con mayor precisión <strong>qué significa afirmar que la clase se constituye en la lucha.</strong> La lucha no crea desde cero la relación de clase, porque esa relación existe antes de que los trabajadores se reconozcan en ella. Lo que la lucha puede crear es la posibilidad de que quienes ocupan objetivamente una posición común comiencen a actuar como una fuerza consciente de esa posición. La lucha convierte una relación objetiva en una experiencia compartida; esa experiencia puede producir conciencia; la conciencia puede producir organización; la organización puede conservar y ampliar la fuerza; y la extensión de esa fuerza puede hacer posible una nueva experiencia de unidad. No se trata de un proceso lineal ni inevitable, sino de un proceso abierto, atravesado por derrotas, recuperaciones, conflictos internos, retrocesos y nuevas posibilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una política revolucionaria no puede esperar a que ese proceso haya terminado para intervenir en él. No existe un momento en el que la clase aparezca completamente formada y, solo entonces, comience la tarea política. La constitución de la clase es precisamente el terreno sobre el que esa tarea debe desarrollarse. Allí donde aparece un conflicto, existe la posibilidad de que permanezca encerrado en sus límites inmediatos, pero también existe la posibilidad de que produzca nuevas relaciones entre quienes participan en él y entre ellos y otros sectores. Lo que importa es favorecer las condiciones que permiten que esa segunda posibilidad se desarrolle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto exige una práctica militante que no sustituya la iniciativa de quienes luchan, sino que contribuya a hacerla más consciente, más organizada y más capaz de relacionarse con otras. La militancia no consiste en llevar desde fuera una conciencia que los demás no poseen, sino en participar en la elaboración colectiva de una experiencia; no consiste en proporcionar una dirección permanente, sino en contribuir a que las propias luchas puedan encontrar formas de coordinación; no consiste en construir una organización destinada a representar a la clase, sino en desarrollar capacidades que permitan a quienes luchan conservar y ampliar su propia fuerza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El criterio para juzgar una organización debería ser, por tanto, sencillo, aunque sus consecuencias sean exigentes: <strong>si aumenta la capacidad autónoma de quienes participan en la lucha, sirve a la emancipación; si sustituye progresivamente esa capacidad por la suya propia, comienza a reproducir la relación que pretendía superar.</strong> La organización no debe ser medida por su tamaño, por su permanencia ni por su capacidad para hablar en nombre de muchos, sino por aquello que deja en manos de quienes luchan una vez que la organización ha cumplido su función.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto también modifica nuestra relación con la derrota. Si una lucha termina y quienes participaron en ella quedan exactamente donde estaban, sin haber adquirido una experiencia, una relación, un conocimiento o una capacidad organizativa que pueda ser utilizada en el futuro, la derrota se consume completamente. Pero si la experiencia puede ser transmitida, si quienes participaron conservan vínculos con otros conflictos, si han aprendido a reconocer las formas de separación mediante las cuales el adversario pudo vencerlos y si la siguiente lucha comienza con una fuerza mayor que la anterior, entonces incluso una derrota puede formar parte de un proceso de constitución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo mismo ocurre con la victoria. Una conquista inmediata puede mejorar las condiciones de existencia y, sin embargo, no modificar sustancialmente las relaciones que producen esas condiciones. Una victoria adquiere una dimensión diferente cuando permite ampliar la capacidad de quienes luchan, establecer nuevas relaciones y abrir conflictos que antes parecían imposibles. Lo decisivo no es, por tanto, medir cada lucha según la distancia que la separa de una revolución concebida como acontecimiento final, sino preguntarse qué capacidades produce y si esas capacidades aumentan o disminuyen la posibilidad de una transformación más amplia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El capital se reproduce acumulando fuerza, conocimiento, recursos y capacidad de reorganización. También las luchas necesitan acumular experiencia. Pero esta acumulación no puede adoptar la misma forma que la acumulación capitalista. No puede consistir en la concentración permanente de poder en una organización separada. Tiene que consistir en la extensión de las capacidades de quienes luchan, en la transmisión de experiencias y en la creación de relaciones que permitan que una lucha no vuelva a comenzar desde cero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es quizá la tarea más difícil que tenemos delante: <strong>construir una fuerza común sin construir un poder separado</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si renunciamos a la generalización, cada lucha queda expuesta al aislamiento y el capital puede derrotarlas una a una. Si renunciamos a la autonomía, la generalización puede convertirse en centralización burocrática y la fuerza colectiva puede terminar siendo administrada por una instancia que ya no depende de quienes la producen. La dificultad no puede resolverse eliminando uno de los términos. Hay que sostener la tensión entre ambos y construir formas organizativas capaces de hacer de ella una fuerza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No existe una fórmula que garantice ese resultado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No existe una estructura inmune a la burocratización ni una organización que pueda prometer que jamás se separará de quienes la sostienen. La autonomía tampoco puede quedar asegurada por una determinada forma institucional, porque cualquier forma puede convertirse en una relación de poder si quienes participan en ella dejan de controlar sus decisiones. La única garantía posible es una práctica permanente de control, participación, circulación de funciones, revocabilidad y capacidad para transformar las propias estructuras cuando dejan de servir a la lucha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto es insuficiente frente a la magnitud de la tarea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero precisamente ahí reside la seriedad del problema. No tenemos una máquina histórica que conduzca automáticamente a la revolución, ni una organización que pueda sustituir la actividad de millones de personas, ni una forma de vida autónoma capaz de escapar por sí misma de las relaciones generales del capital. Tenemos una clase objetivamente existente pero políticamente fragmentada, unas luchas que aparecen dispersas y una posibilidad de recomposición que solo puede realizarse mediante la práctica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sabemos qué forma adoptará esa recomposición. No sabemos qué conflictos serán capaces de abrirla. No sabemos qué organizaciones sobrevivirán a la prueba de la lucha sin separarse de ella. No sabemos qué derrotas serán necesarias ni qué victorias conseguirán abrir un camino más amplio. Pero la ausencia de esas certezas no modifica la estructura del problema. Mientras exista una sociedad en la que quienes producen no controlan las condiciones de su propia existencia, mientras la vida dependa de la venta de la fuerza de trabajo y mientras la producción social esté subordinada a la valorización del capital, existirán las condiciones materiales de una contradicción que ninguna derrota histórica puede abolir definitivamente. Lo que no está garantizado es que quienes ocupan esa posición sean capaces de reconocerse, organizarse y actuar sobre ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí reside nuestra responsabilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No en anunciar que la revolución llegará, porque no tenemos semejante conocimiento; tampoco en declarar que ya no puede llegar, porque ninguna derrota histórica nos concede ese derecho, y tampoco se les concede a Amorós ni a Ibáñez. Nuestra responsabilidad consiste en trabajar sobre las condiciones presentes de su posibilidad, allí donde las relaciones sociales producen conflicto, allí donde los individuos descubren que sus problemas no son únicamente suyos, allí donde una lucha comienza a transformar las relaciones entre quienes participan en ella y allí donde una experiencia puede encontrar otra experiencia semejante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cuestión no es esperar. <strong>La cuestión es intervenir en ese proceso.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Intervenir significa contribuir a que una lucha pueda comprender las relaciones que la determinan sin imponerle desde fuera una conciencia prefabricada; significa ayudar a que quienes participan puedan conservar el control de sus propias decisiones; significa establecer vínculos entre conflictos que el capital mantiene separados; significa hacer circular experiencias y conocimientos; significa impedir que la coordinación se convierta en representación permanente y que la representación se transforme en poder; significa, en definitiva, trabajar para que cada lucha pueda dejar tras de sí algo más que el resultado inmediato de su conflicto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque si el proletariado existe objetivamente como una clase producida por las relaciones capitalistas, <strong>solo podrá convertirse en sujeto revolucionario mediante una práctica en la que esa existencia común se transforme en conciencia, organización y fuerza</strong>; y si esa fuerza ha de ser realmente emancipadora, tendrá que conservar en manos de quienes la producen la capacidad de decidir sobre ella y, al mismo tiempo, encontrar los medios para superar el aislamiento en el que el capital mantiene divididas sus experiencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ésta es la relación que debemos establecer entre clase y autonomía: no dos principios que puedan sumarse desde fuera, sino dos dimensiones de un mismo proceso. La clase necesita autonomía porque solo puede emanciparse si desarrolla su propia capacidad de acción y de decisión; la autonomía necesita generalización porque ninguna experiencia particular puede abolir por sí sola las relaciones sociales que la rodean; la generalización necesita organización porque las fuerzas dispersas no se convierten espontáneamente en una fuerza común; y la organización necesita permanecer bajo el control de quienes luchan porque, cuando adquiere una existencia separada, corre el riesgo de convertirse en el poder que sustituye precisamente a la fuerza que debía organizar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La revolución no comienza cuando una clase ya constituida se presenta ante la historia como un sujeto acabado. Comienza mucho antes, en el momento en que quienes viven separados por las formas de la sociedad capitalista empiezan a descubrir, a través de la lucha, que su separación no es su destino; en el momento en que una reivindicación particular revela una relación general; en el momento en que una derrota deja una experiencia que puede ser utilizada en otra parte; en el momento en que una organización deja de ser simplemente un instrumento para convertirse en una capacidad colectiva que permanece en manos de quienes la han creado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No podemos saber hasta dónde llegará ese proceso. <strong>Pero sí podemos decidir si contribuimos a cerrarlo o a abrirlo.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La derrota del viejo movimiento obrero no nos obliga a reconstruirlo ni nos autoriza a enterrarlo todo con él. Nos obliga a comprender qué condiciones hicieron posible su existencia, qué fuerzas lo destruyeron, qué contradicciones permanecen y qué formas nuevas pueden surgir de ellas. La clase no ha desaparecido porque haya perdido las formas históricas mediante las cuales se reconocía; tampoco se ha convertido automáticamente en sujeto por el simple hecho de seguir existiendo objetivamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Entre ambas cosas se encuentra todo el terreno de la lucha. Y es en ese terreno donde debemos situarnos.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">No sabemos qué forma tendrá la fuerza capaz de transformar las relaciones sociales que hoy parecen imponerse como una segunda naturaleza. Sabemos, sin embargo, que no podrá ser construida desde fuera de la clase, que no podrá surgir de la separación entre quienes deciden y quienes obedecen y que tampoco podrá nacer de la suma indefinida de luchas incapaces de encontrarse. Tendrá que surgir de la experiencia concreta mediante la cual los trabajadores, en sus diferentes condiciones de existencia, descubran las relaciones que los unen, construyan formas de organización que permanezcan bajo su control y encuentren los medios para extender cada conflicto más allá de los límites que inicialmente lo contienen.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>No se trata, por tanto, de esperar</strong> a que aparezca el sujeto revolucionario ni de inventarlo mediante una teoría que pretenda hablar en su nombre; <strong>se trata de participar en las luchas mediante las cuales una clase que existe objetivamente puede comenzar a reconocerse en su propia fuerza, transformar esa fuerza en organización</strong> sin entregarla a un poder separado y extenderla hasta el punto en que aquello que hoy aparece como una multitud de vidas sometidas, dispersas y obligadas a luchar por separado pueda convertirse <strong>en una fuerza consciente de que las relaciones que la producen como clase son también las relaciones que puede llegar a abolir.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El proletariado existe; pero solo luchando, organizándose y extendiendo su lucha podrá dejar de ser una clase sometida para convertirse en la fuerza capaz de abolir todas las clases. Su victoria no es perpetuarse como clase, sino autodestruirse en el mismo momento de conquistar la libertad para toda la humanidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El capital nos enfrenta, nos fragmenta y nos obliga a combatir por separado. Nuestra tarea es hacer de esa separación un problema, de cada conflicto una experiencia y de cada experiencia una fuerza común. No sabemos de antemano qué forma tendrá esa fuerza. Pero sabemos que no aparecerá por sí sola. Se construirá en la lucha, en la organización autónoma y en la capacidad de extender cada combate más allá de sus límites inmediatos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Bandera blanca o bandera negra? Ésa es la cuestión: aceptar la derrota como definitiva o hacer de la lucha de clases el camino hacia la abolición de las clases.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="http://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/clase-1-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16629" style="width:395px;height:auto"/></figure>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong>Agustín Guillamón.</strong></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph">Barcelona, septiembre de 2026.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>¿Una huelga educativa o la base del Programa Revolucionario Educativo?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Colaboraciones]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Oct 2026 19:05:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis y crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
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					<description><![CDATA[Después de un balance crítico del movimientismo, de los movimientos de resistencia reformistas, del hacer por hacer y de los estallidos sociales cíclicos… ¿Qué debe hacer una militante pretendidamente revolucionaria cuando se convoca, por ejemplo, una huelga en su sector laboral? Hace unos años, el desgaste nos había llevado a escindirnos completamente, a verlo como [&#8230;]]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/10/balance-7.png" alt="" class="wp-image-16704"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Después de un balance crítico del movimientismo, de los movimientos de resistencia reformistas, del hacer por hacer y de los estallidos sociales cíclicos… ¿Qué debe hacer una militante pretendidamente revolucionaria cuando se convoca, por ejemplo, una huelga en su sector laboral?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace unos años, el desgaste nos había llevado a escindirnos completamente, a verlo como algo totalmente ajeno a nosotras. La huelga era la reforma y nosotras, con nuestro Balance y nuestras actividades ideológicas elevadas, la Revolución. Esto evidentemente es una exageración. No era la huelga en abstracto; era esa o aquella. Esa o aquella que se detenían en las condiciones laborales y no veían más allá. Esa o aquella que defendía el Estado del Bienestar sin cuestionar su carácter de clase. Esa o aquella que defendía una Educación Pública cuya misión principal era generar trabajadoras obedientes y productivas a los requerimientos del Capital y además con dinero que sale de los bolsillos de la clase trabajadora. Esa o aquella que reivindicaba el corporativismo de una fracción de clase, en algunos casos aristocracia obrera, que no se entendía como clase obrera, sino como profesoras, médicas, etc. Esa o aquella dirigidas por los intereses de la burocracia sindical que eran contrarios a los de las trabajadoras que dicen defender. Esa o aquella que, a través de la defensa de un «Estado del Bienestar» para su Estado, llevaban en el fondo el chovinismo de materialmente no poder ser un modelo universalizable, sino construido sobre la opresión de otras clases obreras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pues no nos engañemos. La huelga indefinida de la Educación Pública madrileña convocada para el 14 de octubre en Madrid adolece de todo eso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una huelga que, aunque se llama educativa, solo interpela y organiza a docentes. Docentes que no somos ricas, pero que seguimos representando una fracción de clase privilegiada en comparación con el resto de la clase obrera (horarios, vacaciones, sueldo…) y no ha tenido en cuenta para la convocatoria de fecha los ritmos necesarios para incorporar a la huelga al personal no docente que trabaja en la educación, representado por las siglas PAS: Personal de Administración y Servicios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una huelga que muchas docentes hacen más por luchar por sus condiciones laborales que por una Educación Pública de calidad (aunque sabemos que están relacionadas, no son inmediatamente lo mismo), a pesar de estar en la tabla reivindicativa cuestiones como la segregación escolar o la recuperación de la democracia en los centros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una huelga que, en el mejor de los casos, lucha por una Educación Pública de calidad sin plantearse si lo que queremos es una máquina mejor engrasada para producir esos trabajadores empleables o si necesitamos otra cosa. Es una huelga en la que los sindicatos mayoritarios, a pesar de no representar a las docentes que están organizadas y que les ven mayoritariamente como traidores, han conseguido llevar la huelga educativa a principios de curso y antes de las elecciones sindicales, cuando hacerla más tarde podría haber fomentado: trabajo de red con personal no docente, con otras etapas como 0-3 o Universidad, con otras trabajadoras en lucha, construir y afianzar estructuras permanentes, quitarnos de encima a sindicatos que, si no hubiera elecciones, no convocarían, construir una caja de resistencia de verdad (capaz de soportar salarios), tener debates estructurales sobre la Educación que queremos y la huelga acorde con esto y un largo etcétera. Yo me imagino a UGT y CCOO tomando cervezas y diciendo: Que la hagan cuanto antes, se den la hostia y volvamos a tomar el mando de la representación docente. <em>CIAO</em> movimiento asambleario en los centros, <em>CIAO</em> sindicatos combativos de clase».<sup data-fn="0d6959ce-ff8e-4f90-bf98-f87f155eace7" class="fn"><a id="0d6959ce-ff8e-4f90-bf98-f87f155eace7-link" href="#0d6959ce-ff8e-4f90-bf98-f87f155eace7">1</a></sup></p>



<p class="wp-block-paragraph">Más extensamente explicado, con más detalles sobre lo que nos lleva a enunciar lo que enunciamos en el párrafo anterior, habría sido el contenido del artículo escrito por nosotras hace unos años. Un artículo obviamente interno y sin apelación a nadie que no fuera honrado por pertenecer a nuestro círculo más cercano. Vamos, que la cosa acabaría aquí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Nuestra propuesta para esas docentes críticas? Venirse a hacer «Balance» con nosotras, que en ese momento significaba leer y leer y debatir y debatir en un círculo enano que se asfixiaba a sí mismo por la falta de oxígeno. Es decir, en el fondo de esto, había una petición no explícita al resto: Deja de indignarte por lo que te indignas. El mundo solo se puede cambiar si haces algo radicalmente opuesto a lo que pensabas o creías que tenías que hacer. Deja de ser tú y conviértete en mí». Desde luego, esto no daba muy buenos resultados entre quienes no fuéramos nosotras mismas. En nosotras esas necesidades tenían sentido por nuestra trayectoria y nos ayudaron a transformarnos; para círculos más amplios lo perdían. Incluso entre nosotras, porque lo que se hace hacia afuera no puede sino repetirse hacia dentro, había constantemente pugnas sobre quién estaba más cerca de la Verdad, como si eso fuese algo abstracto y no estuviese relacionado con la particularidad de cada una. Como si la contribución a la revolución fuese una concreta y no hubiese distintas maneras de aportar en función del particular de cada una&#8230; En fin&#8230; que caemos en recrearnos en nuestros traumas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El caso es que agradecemos seguir escribiendo esta vez y poder contribuir a la parte propositiva de forma diferente. Una de las cosas más valiosas que nos ha dejado el marxismo, que integra la perspectiva dialéctica hegeliana en este punto, es que el mundo es contradictorio. La contradicción no es una cuestión de interpretación, sino que «es», existe. Y por ello podemos y debemos seguir este artículo. Porque todo lo que hemos afirmado es verdad, pero no es toda la verdad. Falta su polo contradictorio. Falta el potencial de esta huelga. Si una cosa tenemos clara ahora es que, sin escuchar y hacernos cargo de esos potenciales allá por donde vamos, no podremos jamás hacer la revolución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para entender qué potenciales existen, tenemos que saber quién está organizando esta huelga. En esta convocatoria de huelga participan otros actores diferentes a los sindicatos mayoritarios. Nos referimos a los sindicatos minoritarios asamblearios, la plataforma Menos Lectivas y las organizaciones políticas no sindicales que forman parte del Comité Ampliado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debemos apuntar, antes que nada, que todas las apreciaciones expuestas a continuación parten de nuestra experiencia muy limitada temporalmente en este movimiento educativo y de conversaciones y lecturas hechas sobre los últimos años. También hemos tenido la deferencia de compartir este artículo antes de su publicación con personas afines que llevan más tiempo en el movimiento educativo. Como veis: fuentes escasas y experiencia limitada. Sin embargo, nos hemos atrevido a pronunciarnos críticamente, tanto en positivo como en negativo, porque:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Creemos que nuestra visión a medio camino entre el afuera y el adentro es interesante. Aunque llevemos poco en el movimiento educativo, hemos participado años en movimientos sociales. Esto, unido a la conciencia que hemos tenido de hacer Balance de nuestras experiencias militantes, nos ha permitido generar bastantes reflexiones sobre las formas de organización y las limitaciones y potencialidades que entendemos que tienen carácter universalizante.</li>
</ul>



<ul class="wp-block-list">
<li>Porque tenemos que atrevernos más. La crítica y la autocrítica son la base necesaria de la transformación revolucionaria. Tenemos que normalizarlas. Pero esta vez las hacemos desde dentro y somos conscientes de que nosotras no estamos exentas de todas estas limitaciones que apuntamos. Es desde esa autoconciencia desde donde planteamos estas reflexiones.</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Además, como parte de nuestra línea política, hemos empezado este artículo criticando nuestras posturas pasadas. En la actualidad, como decíamos, no estamos exentas de limitaciones. Quizá la más reseñable es que llevamos tiempo desconectadas de nuestra clase en sentido amplio y político. Eso nos hace muchas veces partir de una soberbia reaccionaria en torno a las propuestas que se hacen y seguir viendo reformismo en demasiadas cosas. Estamos educando la mirada para ser capaces de ver más allá, pero es un proceso y no estamos exentas de errores por el camino. Seguimos muchas veces queriendo ir demasiado rápido, lo que lleva a no delegar tareas, hacernos «imprescindibles», generar militancias pasivas en el resto. Vamos a reproducir el mundo tal cual es desde nuestra hipermilitancia y la sustitución de procesos colectivos por procesos individuales. Estamos trabajando en ello.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siendo conscientes de todo esto, y siendo honestas con las personas que nos leáis, animamos fervientemente a la crítica superadora de este artículo. El Balance de este proceso no podemos construirlo solas y este artículo es evidentemente insuficiente y no aspira a otra cosa. ¡Seguimos!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los sindicatos minoritarios asamblearios son varios, pero nos gustaría centrarnos en este artículo en hablar un poco de la visión limitada que tenemos de CGT y CNT. CGT es sin duda el que está teniendo más fuerza, tanto por número de militancia como por capacidad de hegemonizar sus posturas. Es la pata organizada de Menos Lectivas y muchos de los perfiles referenciados de la asamblea están encuadrados en sus filas. Tienen a muchos perfiles procedentes de organizaciones políticas organizadas: Anticapitalistas, CRT, Izquierda Revolucionaria y ahora se ha anunciado un ingreso de militancia de CJS. Hay que reconocerles muchas cosas buenas y, sin duda, la mejor de ellas para mí es el haber conseguido articular en torno a una plataforma sin representación de los sindicatos mayoritarios un entramado de asambleas de centro y de zona en el que son las trabajadoras y no las liberadas las que tienen el protagonismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br>A pesar de ello y por cómo se están posicionando ante las distintas decisiones a tomar durante el proceso de huelga, hemos podido advertir una tendencia fuerte al movimientismo, a poner por encima generar grandes movimientos de masas muy visibles mediáticamente sobre priorizar tomarse el tiempo para hacer Balance de las experiencias previas y construir con esos aprendizajes estructuras permanentes cuyos objetivos vayan más allá de la huelga. También suelen censurar de diversas formas los debates que se cuestionan sobre la oportunidad o no de la huelga o enfoques más estratégicos como el que defendimos en el Encuentro Estatal de Educación<sup data-fn="2d9eaa74-e5d9-4a44-9e24-4e46ee1ef990" class="fn"><a id="2d9eaa74-e5d9-4a44-9e24-4e46ee1ef990-link" href="#2d9eaa74-e5d9-4a44-9e24-4e46ee1ef990">2</a></sup> por distraer la atención de lo importante ahora cuando es algo que solo podrá hacerse después de ganar las reivindicaciones laborales de la tabla reivindicativa. Todo esto que señalamos no es patrimonio exclusivo de la CGT, sino que está en la base de las limitaciones de las organizaciones sindicales en este momento histórico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por su lado, la CNT representaría en este grupo a la vanguardia, con unos planteamientos más conectados con el largo plazo que les llevaron a ser la minoría que luchaba por la convocatoria en enero. Asimismo, sus perfiles se caracterizan por integrar espacios reflexivos con voluntad estratégica, como grupos de lectura que reflexionan sobre la Educación en términos amplios y ligados al proceso revolucionario. El no tener liberados y no presentarse a las elecciones sindicales se está demostrando fundamental para invertir energías en cuestiones más estratégicas, a la par que «ganar o perder» esas elecciones no condicione la toma de decisiones hacia acciones más mediáticas pero menos estructuradoras de movimiento organizado. Aun así, su carácter sindicalista les sigue empujando a darle menos importancia a estas perspectivas estratégicas que existen, posponiendo esos trabajos «para después de la huelga» en vez de entender que son esos planteamientos los que deben dirigir la huelga. Esto, sin embargo, no se da en todos los perfiles y los debates con ellas están siendo muy enriquecedores, dado que tienen un gran conocimiento del terreno de lucha y de cuáles son las demandas concretas sobre las que se pueden construir análisis más estructurales. Como ejemplo, están haciendo mucho hincapié en la segregación educativa, que sin duda es un puente muy inteligentemente escogido para plantear cuestionamientos profundos al sistema capitalista. Desde nuestra parcialidad, nos apenaba que no intervinieran organizadamente en Menos Lectivas después de salirse por desavenencias políticas, lo que hace que no entraran en contacto con otras profes críticas que forman parte de la Asamblea y con las que podrían articular lucha ideológica al respecto. Hablamos en pasado porque justo el 8 de octubre anunciaron en Asamblea General de Menos Lectivas que volvían al espacio, decisión política que celebramos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otra parte, se encuentra la Plataforma Menos Lectivas, que se encuentra hegemonizada, como decíamos, por los perfiles de CGT y su línea, pero que, al tener vocación de masas, integra a profesorado de todas las etapas educativas y de gran diversidad ideológica. Al ser la plataforma que está impulsando un tratamiento de la huelga desde la organización de base en los centros más allá de las afiliaciones sindicales, articula a profesorado incluso que ni es consciente de su pertenencia a esta plataforma, sino que se ha acercado a la asamblea de su centro porque era «la que hacía trabajo para la huelga» y ya. Su funcionamiento recuerda mucho a la Asamblea 8M, con estructuras barriales de toma de decisiones (en este caso asambleas de centro y de zona) que forman parte de una plataforma mayor en forma de gran asamblea general y cuyo trabajo diario se articula en torno a Comisiones de Trabajo. Como la Asamblea 8M, aunque interviene militancia, no se ligan concretamente a ninguna organización política y se conforman como respuesta a la traición del sindicalismo mayoritario a sus bases. Como toda estructura asamblearia que se precie, hay liderazgos informales muy marcados que guían fácilmente las mayorías de las asambleas a través de ser las que integran las comisiones, trabajan más a nivel regional y las que traen propuestas a las asambleas. Las comisiones son abiertas a todo el mundo, pero la carga de trabajo asusta a perfiles no militantes por lo general.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por último, se encuentra el Comité Ampliado<sup data-fn="afd299d2-6b25-49d2-9e6d-089b71316bd9" class="fn"><a id="afd299d2-6b25-49d2-9e6d-089b71316bd9-link" href="#afd299d2-6b25-49d2-9e6d-089b71316bd9">3</a></sup>, en el que participan diversas organizaciones de diversa índole, entre las que destacamos, por afinidad ideológica, al Movimiento Socialista a través de CJS. Hasta la fecha, la actividad de CJS hacia la huelga ha sido, que tengamos constancia, más de apoyo técnico (por ej. participar en el conteo de votos en la gran Asamblea del Marcelino Camacho y de cordón de seguridad en la manifestación del 27 de septiembre) que de influencia ideológico-política sobre el contenido y las demandas de la huelga.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hemos oído hablar a su militancia docente en las asambleas hasta la fecha. Esto nos habla de algo que se viene observando en la militancia de base del MS, que es la pasividad derivada de unas lógicas burocratizadas en las que la iniciativa ideológico-política se monopoliza por la dirección. No observamos a las bases aterrizar por ellas mismas las líneas generales de la organización en los contextos concretos y, a su vez, extraer de la particularidad de esos contextos desarrollo ideológico que se traduzca en cambios en las directrices de la organización. Esto se puede deber a que la organización no está consiguiendo involucrar a todas sus integrantes en la elaboración ideológico-política. Empatizamos con que esto no es nada fácil y más en una organización tan grande; ahora bien, a lo mejor ese es el problema. A lo mejor crecer tan rápido sin haber asentado esa cultura organizativa de generación colectiva de ideología y línea política es un error, y lo que se debe hacer ahora es parar de crecer cuantitativamente y hacerse cargo de ese proceso a lo interno para crecer cualitativamente. En esta decisión está en juego reproducir las mismas organizaciones frente a las que críticamente se construye el MS.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Intuimos que en este momento dentro de Educación su estrategia pasa por referenciarse a través de este tipo de trabajos técnicos, de la creación reciente de su sindicato de estudiantes (OES) y de la entrada en CGT para empezar a incidir políticamente. Aun así, nos sorprende mucho que se adhirieran en el voto a las posiciones mayoritarias en torno a la fecha (14 de octubre) en vez de apoyar a los sectores que tenían un planteamiento más estratégico que apoyaban enero, pero sobre todo nos sorprende que lo hagan sin manifestar su argumentación, que creemos que debería ser diferente a la de algunos sindicatos que apoyaban esa fecha. Suponemos quizás que, tras los traspiés dados en su intervención en los espacios de resistencia, quieren amigarse primero con los sectores hegemónicos antes de intervenir, sabiendo que sus siglas son polémicas y una crítica a destiempo les puede costar el veto, lo cual es inteligente por su parte. Sin embargo, nos apena que no contacten con el resto de perfiles comunistas que estamos interviniendo y con los que hemos intentado hablar, lo que nos refuerza en la idea de que su idea de Unificación Comunista es totalmente opuesta a la nuestra por el momento. Las animamos desde este artículo a su rectificación y a que se sienten a hablar con nosotras y con el resto de sectores del MCE con los que estamos hablando ya nosotras. Os necesitamos, pero vosotras también nos necesitáis a nosotras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Habiendo presentado a nuestras actrices protagonistas, nos gustaría detenernos un momento a analizar las líneas que vemos en pugna en el proceso de huelga. Nosotras venimos participando de Menos Lectivas desde finales del curso pasado y hemos observado en su interior dos posturas en pugna (que, aunque no las únicas, nos ayudan a hablar de cuestiones importantes para este proceso): por un lado, una tendencia excesivamente optimista hacia la huelga que rehúye ver o hablar de las limitaciones ni de cuestionamientos acerca de si va a salir bien o mal; por otro lado, un sector muy minoritario, porque el resto de perfiles que integraban estas posturas se fueron o ya no vienen, crítico con esa primera postura que saca a relucir la falta de organización de las compañeras y la incapacidad para hacer tremenda gesta y que suele señalar la instrumentalización de los sindicatos mayoritarios como argumento para parar la masacre que creen que va a ser una huelga sin seguimiento<sup data-fn="4d9e6320-e921-4f0b-a11f-1423add35629" class="fn"><a id="4d9e6320-e921-4f0b-a11f-1423add35629-link" href="#4d9e6320-e921-4f0b-a11f-1423add35629">4</a></sup>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el primero está la mayoría de la Asamblea y, obviamente, habrá distintas razones que les llevan a defender estas posturas. Estas compañeras tienen el mérito de haber levantado un movimiento docente crítico con los sindicatos mayoritarios y autónomo de ellos, lo que sin duda es terreno propicio para avanzar en una estrategia emancipadora. Por eso nosotras decidimos participar de esta asamblea y no de otros espacios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, creemos que se encuentra la táctica que hablábamos antes de poner por encima grandes gestos mediáticos rápidos a una huelga construida con mimo y paciencia que sirva para avanzar desde nuestro punto de partida. Con las fechas, por ejemplo, se habló mucho de aprovechar el foco mediático que habían tenido otros territorios en huelga educativa durante el curso pasado, pero: ¿y si en vez de pensar en lo mediático hubiésemos pensado en dedicarle tiempo a esa articulación estatal? ¿Y si incluso lo hubiésemos utilizado para generar alianzas y tantear fuerzas para una huelga general? Eso, por ejemplo, nos hubiera ahorrado la instrumentalización electoral de huelga contra Ayuso y, por tanto, «respaldada» por el gobierno estatal. Evidentemente, eso habría abierto otros problemas, como las complicaciones para generar una convocatoria unitaria con los sindicatos. En realidad, el problema ha sido que estos perfiles, esta «línea», han promovido un proceso irreflexivo, rápido, que no se ha tomado los tiempos para pensar con el resto de profes y comunidad educativa la idoneidad y formas de su lucha. Menos Lectivas no quiere «quedarse atrás» en esta carrera por dirigir el movimiento de masas y eso es legítimo. El problema es que en esas ansias por pegarse a ver quién se pone delante, nos olvidamos de hacernos la pregunta sobre hacia dónde vamos y se convierte en un fin en sí mismo. Eso lleva irremediablemente a reproducir lo dado y, queriendo ser otra cosa, acabar con las prisas del frenetismo siendo la misma. La inercia nos lleva a reproducir lo dado. Solo hacer altos en el camino y darle un tiempo a la reflexión nos hace reconectar con elementos que sí están potencialmente dentro del proceso de ML, como es no hacer lo mismo que los mayoritarios. Para ello, no se trata solo de no llamarse CCOO y UGT; se trata de no proponer la misma línea en las acciones, el mismo contenido en los discursos, no tomar las mismas decisiones respecto a los partidos políticos… y para eso se necesita debate colectivo y no estar todo el rato apagando fuegos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta táctica además te acaba empujando a tragar carros y carretas, pasando por encima incluso de tus propias convicciones para lograr que la huelga salga adelante. La huelga o la acción mediática de turno se convierte en un fin en sí mismo. Nos pasa a todas cuando llevamos mucho tiempo trabajando para algo que nos supone mucho sacrificio. Un examen, por ejemplo. El mítico «que sea lo que sea, pero que pase ya» lo hemos pensado todas alguna vez. Este creemos que es el problema mayoritario de esta línea, lo que la hace vulnerable a que nazcan perfiles, como siempre dentro de los movimientos reformistas con foco mediático, que alimentan esta rueda con fines más ligados al oportunismo individual: montar candidaturas sindicales o incluso integrar listas electorales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el grupo segundo están voces muy minoritarias, que están hartas de traiciones y de que les tomen el pelo. Este sector no deja de plantear que hay que atender a lo que nos están diciendo las bases realmente, que no somos representativas y que nos estamos desligando de esa escucha que era el objetivo por el que funcionó Menos Lectivas en oposición a otros proyectos. Insisten, por ejemplo, en tener en cuenta los datos que salgan de las encuestas que hagamos y que revaloremos la convocatoria de huelga en función de esos resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No pueden dejar de ver cómo nos dirigimos otra vez al acabose sin frenos y encima con una sonrisa. ¿Pero esta gente no se da cuenta de que nos vamos a estrellar? ¿Quién no ha pensado eso de una amiga que te presenta o te cuenta cosas de su nueva pareja? Os entendemos, compas, y suscribimos el contenido de vuestras críticas. El problema para nosotras, sin embargo, es que hay que entender la convocatoria de huelga en términos más amplios que «ganar la tabla reivindicativa o no» y reconocer asimismo nuestras propias limitaciones para hegemonizar otros ritmos actualmente en según qué cosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ambos casos la carencia es igual. No pueden llegar a un punto de entendimiento porque «huelga en octubre» y «huelga cuando estemos preparadas para ganar la tabla reivindicativa» son opciones que en lo inmediato son excluyentes entre sí. Sin embargo, si integramos la huelga en una estrategia general, en algo que la supere, es posible llegar a nuevos acuerdos que superen este punto de partida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con todo esto sobre la mesa, escuchamos a las dos partes y, sin proponer una tercera opción totalmente desconectada de lo que están planteando, intentamos proponer otro camino que, integrándolas, las supere.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Para qué esperar si es el momento? Te dirán las primeras. ¿Para qué seguir si no es el momento? Te dirán las segundas. En ambos casos, la cuestión se responde con la estrategia revolucionaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cuál es esa perspectiva estratégica revolucionaria? ¿Cómo en ese contexto de lucha de resistencia, partiendo de estas líneas en pugna, transformamos las relaciones existentes apoyándonos en ellas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">La perspectiva revolucionaria respondería en primer lugar a ambas que el momento no te lo dan, sino que lo creas, y se crea de forma material, no únicamente declarativa. El momento no llega porque alguien diga: «Es el momento». Ni siquiera porque muchos lo digan. Tampoco llegará nunca el momento por esperarlo en abstracto y señalar a todos los que creen que lo es cuando todavía no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También creemos firmemente, y así lo estamos practicando, que la perspectiva revolucionaria de este conflicto reside en entender cuál es nuestro papel en todo esto sin situarnos afuera, ni diluirnos. Lo sé, un tópico que sabemos todas, pero ¿en qué se concreta eso? Se concreta en que nosotras solo entramos a participar de la huelga después de ir a espacios que la estaban organizando, hablar con gente que llevaba tiempo y después tener una reunión nuestra en la que la pregunta era: ¿qué relación existe entre esta huelga y nuestra estrategia revolucionaria? La respuesta fue: inmediatamente ninguna, potencialmente mucha. Y en el puente entre lo inmediatamente imposible y lo potencialmente posible se encuentra la clave del trabajo revolucionario. Somos nosotras las que tenemos que trabajar en construir ese puente. El puente no se construye solo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El lado del río del resistencialismo movimientista ha quedado, al menos ligeramente dibujado; vamos con el otro lado del río<sup data-fn="f7d0f6f0-4ff4-4625-bb9e-260589d33e97" class="fn"><a id="f7d0f6f0-4ff4-4625-bb9e-260589d33e97-link" href="#f7d0f6f0-4ff4-4625-bb9e-260589d33e97">5</a></sup>, el del Che. Lo interesante es que desde una visión materialista dialéctica como la nuestra no podemos hablar de una orilla y otra, como si la otra existiera y simplemente tuviéramos que unirlas con una flecha. La otra solo existe dentro de la primera, como potencial de la primera. La otra orilla del río no está dibujada; se dibuja cuando la pensamos y cuando construimos el puente. Vamos al grano, que nos perdemos en las metáforas. Nosotras pensamos que ese puente se sostiene sobre:</p>



<ol class="wp-block-list">
<li><strong>Una crítica profunda a la primera orilla</strong><br>En nuestra intervención, eso ha significado defender en los espacios de organización de la huelga en los que era posible y creando nuevos en los que hacerlo posible, la necesidad de un debate sobre la defensa de lo Público. También ha significado poner sobre la mesa el corporativismo como cosa a combatir y una discusión encarnizada sobre la fecha de la huelga, intentando atrasarla lo máximo posible por las razones que antes argumentábamos.<br><br>Hemos huido de nuestra práctica anterior de forzar debates en lugares donde no se dan las condiciones (ej. En una asamblea en la que ya se ha decidido ir a la huelga, no estamos referenciadas por pertenecer hace poco a esa organización y se tiene un orden del día ambicioso en cuanto al trabajo preparatorio de la huelga; sacar el tema de la Educación Pública en abstracto sin mediarlo con nada de lo que se esté decidiendo solo genera rechazo). Pero eso no nos ha llevado a la claudicación, sino a luchar por decisiones que en principio se planteaban de forma tacticista, como la fecha, trayendo argumentos de corte estratégico que nos permitían hablar del orden del día (de lo que se quería hablar), conectándolo con nuestras críticas<sup data-fn="fa32ebe3-bc28-4842-b5d1-2186eccddce8" class="fn"><a id="fa32ebe3-bc28-4842-b5d1-2186eccddce8-link" href="#fa32ebe3-bc28-4842-b5d1-2186eccddce8">6</a></sup>.</li>



<li><strong>Crear las relaciones para la construcción del Programa educativo revolucionario.</strong>
<ol class="wp-block-list">
<li><strong>Con las docentes</strong><br>Hemos frecuentado los espacios informales y hemos escuchado y hablado sobre la necesidad de ir más allá de engrasar la máquina de lo Público. ¿Qué hay de los contenidos que impartimos? ¿Qué hay de las relaciones entre profesorado y alumnado? Vivimos en una sociedad capitalista cuya inercia nos lleva cada día un paso más cercano al abismo. ¿El papel de las docentes tiene que ser empujar hacia el precipicio a generaciones y generaciones de alumnas o construir colectivamente la Educación que necesitamos para la Revolución? No pensamos que la Educación Revolucionaria sea tarea en exclusiva de las docentes, claro que no; lo que sí que pensamos y vemos es que muchas docentes comunistas, anarquistas o adheridas a cierto anticapitalismo indefinido se limitan cada día a hacer lo que pueden en las aulas. A hacer la guerra por separado, sin ningún tipo de organización. Tenemos, por ejemplo, a muchas docentes de Historia generando contenido crítico de Historia de su padre y de su madre, pero sin organizarse para compartirlo, debatirlo, profundizar en cómo darlo, en explotar al máximo el margen que nos dejan en nuestros puestos de trabajo, pero no quedarnos ahí. Ir más allá.<br><br>Aportar desde nuestra particularidad como docentes, de personas que han estudiado mucho una esfera del conocimiento, no a «mejorar la Educación Pública», sino a desbordarla, a contribuir a una sociedad mejor como conjunto. Podemos afirmar con conocimiento de causa que hay mucho potencial aquí. Hay muchas docentes que hacen cosas maravillosas en clase, pero se quedan cortas en tanto que no se conectan con el todo. En tanto que no se entienden ligadas a algo más que las supera a ellas como individuos y a sus propias alumnas como grupo. Eso es lo que permite que parte de ese conocimiento se instrumentalice como simple capital cultural al servicio de tocar en el botón del oxidado ascensor de clases. Es la lamentable historia del mal llamado «marxismo académico», que, extirpando la parte revolucionaria de esa cosmovisión, se convierte en unas meras gafas desde las que ver el mundo, pero no en un martillo ni una hoz para transformarlo.<br><br>Y esta carencia, por desgracia, no es patrimonio exclusivo de las no militantes en organizaciones. Hemos escindido tanto la teoría y la práctica que no entendemos ni practicamos en nuestro día a día como trabajadoras eso de ser militantes las 24 horas del día. Por eso nos estamos reuniendo con estas docentes y estamos hablando de generar, por ejemplo, una página web con contenido crítico de las distintas asignaturas y módulos, en los que se pueda subir y descargar libremente y en los que se genere debate sobre los materiales ajenos para enriquecerlos. Como resultado de ese trabajo, pensamos incluso en hacer nuestros propios libros de texto. Basta ya de aplicar contenidos de libros financiados por fundaciones de bancos que desahucian a nuestro propio alumnado<sup data-fn="f187a821-4f2b-4d06-bf49-bd0ddb942bfa" class="fn"><a id="f187a821-4f2b-4d06-bf49-bd0ddb942bfa-link" href="#f187a821-4f2b-4d06-bf49-bd0ddb942bfa">7</a></sup>.<br></li>
</ol>
</li>



<li><strong>Con alumnado, familias y PAS</strong><br>A las personas que llevamos años militando nos persigue un mal pensamiento que en momentos críticos somos capaces de decir en voz alta: las organizaciones militantes están llenas de aristocracia obrera y esquilmadas del resto de facciones de clase obrera. Lo normal cuando sale esta observación es coincidir con lo evidente y lamentarse en voz alta. En el mejor de los casos, nos tomamos un poco más en serio esta afirmación y nos ponemos a hacer grandes teorías sobre dónde podríamos hacer paracaidismo: «Quizá si empezamos a militar en el sindicato de vivienda del barrio, podríamos referenciarnos y conseguir perfiles para nuestras filas…». Lo que no se nos suele ocurrir hacer es pensar en nuestro entorno particular, en el que ya estamos, las relaciones que ya tenemos. Si lo hiciésemos, nos daríamos cuenta de que la mejor manera de incorporar a procesos revolucionarios a esta facción de la clase no es ser la «que ayuda» en un sitio en el que no eres la afectada principal y dirigir tú el movimiento, para eso has estudiado en la uni y sabes de militancia, sino participar codo a codo en conflictos que nos afectan a ambas desde la perspectiva programática revolucionaria.<br><br>Es por eso que en la huelga educativa tenemos la oportunidad de avanzar en la superación del corporativismo del profesorado y en centrar cada vez más la lucha en su componente de lucha por el salario indirecto<sup data-fn="93e296ff-c44a-4afa-a513-8e8897cfad4e" class="fn"><a href="#93e296ff-c44a-4afa-a513-8e8897cfad4e" id="93e296ff-c44a-4afa-a513-8e8897cfad4e-link">8</a></sup> de la clase obrera. Eso nos ayuda a involucrar a alumnado y a las familias en una lucha en la que ni les estamos apoyando ni nos están apoyando, sino que es una misma lucha. En esta línea hemos impulsado reuniones con el alumnado más afín ideológicamente para preparar la huelga en el centro desde la perspectiva de la construcción en positivo del Programa Educativo.<br><br>Sabemos que esta línea no está exenta, como ninguna lo está, de contradicciones. Somos conscientes del chovinismo que supone la defensa del propio Estado del Bienestar. No obstante, creemos que frente a otros momentos en los que el dinero que saliera o entrara de educación salía mayoritariamente de pugnas con otros sectores obreros en disputa corporativa, ahora estamos en un contexto concreto en que la mayoría de la desviación de fondos de la Educación y sanidad pública van dirigidos a engrosar el presupuesto de defensa en medio de la escalada de guerra imperialista<sup data-fn="f5cc1626-b64e-485f-80b6-65d93bd20b41" class="fn"><a href="#f5cc1626-b64e-485f-80b6-65d93bd20b41" id="f5cc1626-b64e-485f-80b6-65d93bd20b41-link">9</a></sup>. Creemos que es importante este matiz porque en este momento la defensa del salario indirecto puede tener potencialmente un contenido más internacionalista que en otros momentos históricos.<br>En este mismo sentido, aunque con un matiz diferente, es fundamental priorizar las relaciones con el PAS. Aunque no vengan a la huelga, este proceso es proclive a suscitar atención y debate, por lo que acercarnos a ellas, invitarlas a las asambleas de centro, escuchar su situación laboral y darles espacio para reivindicar sus propuestas en los actos prehuelga y durante la huelga es indispensable para la construcción de un movimiento de clase no corporativista.<br><br>Tanto las relaciones con las docentes como estas últimas son fundamentales en la construcción del Programa Educativo revolucionario. Integrando estas perspectivas y profundizando en sus reivindicaciones, es desde donde necesariamente se va a hacer patente la limitación de la Educación Pública, en el fondo del Estado en el sentido amplio de la palabra, para hacerse cargo de lo que necesitamos y queremos. Es desde ahí desde donde construimos el puente entre donde estamos y el horizonte revolucionario. El Programa no se da por hecho ni se construye sobre la marcha. Requiere de una estrategia que lo contenga, impulsada por los sectores más conscientes de esta necesidad, pero cuya iniciativa inicial es sin duda la escucha.<br></li>
</ol>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/10/clase-1-1024x1024.jpg" alt="" class="wp-image-16706" style="width:404px;height:auto"/></figure>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><br><em><strong>Colectivo Rizoma,</strong></em><br><em><strong> 20 de septiembre 2026</strong></em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Nota final:</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Acabamos de hacer la versión final de este artículo el 9 de octubre, 5 días antes del comienzo de la huelga. Llevamos unos meses intensos formando parte de este proceso; parece ser que vamos a dar un pulso digno a la Administración y a día de hoy la acampada en Sol sigue en pie. Pensamos que más que nunca es de rabiosa actualidad la pregunta que guía la escritura de este artículo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nosotras, por nuestra parte, nos hemos transformado a pasos agigantados durante este proceso y vemos que otras compañeras están experimentando esos cambios también. Las fronteras de lo posible se han ensanchado y debemos ser ambiciosas en nuestros planteamientos. Nosotras estamos aprendiendo a ver y escuchar el potencial en todo, priorizar los potenciales adecuados en cada momento y tirar de ellos. Muchas compañeras hacen lo propio desde sus puntos de partida diferentes al nuestro y estamos generando los espacios necesarios para compartir estas tácticas. Debemos tomar la iniciativa en generar las condiciones de posibilidad para que cada cual aporte a crear la sociedad que necesita el mundo y que solo la clase trabajadora, autonegándonos a nosotras mismas, tenemos la capacidad de construir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisamente por eso no podemos terminar este artículo sin dejar un correo al que escribirnos para criticar nuestro artículo, aportar a él y superarlo: <a target="_blank" rel="noopener" href="mailto:emancipacion_1872@protonmail.com">emancipacion_1872@protonmail.com</a></p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos gustaría mucho animaros además a que sea una discusión pública y nosotras estamos encantadas de facilitar la publicación de las respuestas en los medios con los que tenemos relación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¡Os necesitamos y el mundo también!</p>


<ol class="wp-block-footnotes"><li id="0d6959ce-ff8e-4f90-bf98-f87f155eace7">Sabemos que organizaciones como la CGT no defienden la fecha de octubre por los mismos motivos que CCOO y UGT. No obstante, nos preocupa su cambio de posición, que creemos que, además de tener en cuenta el ciclo movilizatorio de Valencia o el de 0-3, no podía desprenderse de intereses de sindicato que se presenta a las elecciones, lo que necesariamente implica un pensamiento mucho más cortoplacista y el clásico aplazamiento de los debates estructurales bajo el pensamiento: «Cuando gane las elecciones, ahí sí, tendré poder para plantearlos». Pero siempre hay otro fuego que apagar en la carrera electoral y ese frenesí te lleva a convertirte en lo que en un principio criticabas. <a href="#0d6959ce-ff8e-4f90-bf98-f87f155eace7-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 1"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="2d9eaa74-e5d9-4a44-9e24-4e46ee1ef990">Transcribimos la aportación realizada entonces en ese espacio: «Buenos días, compañeros y compañeras, quería compartir con vosotras una reflexión que me tiene preocupada. No quería dejar de aprovechar la ocasión para mostrar mi orgullo, mi admiración, ante vuestra valentía y ante tantas docentes de distintas etapas que están dando un ejemplo a la clase trabajadora de poner el cuerpo, de poner el dinero, y para mí sobre todo una mención especial a las compañeras de 0-3, que con las condiciones tan precarias en las que viven, que estén en una huelga indefinida de más de dos meses ya me parece admirable y que demuestra que podemos sobreponernos al miedo cuando estamos organizadas y tenemos objetivos claros y estratégicos. Y un poco venía a mostrar una preocupación, porque admirando todo esto, me preocupa que en nuestros debates respecto a la huelga que queremos convocar haya muchas ausencias que se traducen en ausencias a nivel propositivo, y es que la batalla que tenemos planteada responde a un contexto concreto, tanto a nivel histórico como a nivel de país. Yo creo que tenemos que partir de que nosotras somos trabajadoras, dentro de un sector público, Estado de Bienestar, como lo queramos llamar, que históricamente se gesta, en parte, gracias a la lucha de la clase obrera, evidentemente, pero no podemos olvidar que es un premio de consolación. Un premio de consolación para evitar escaladas revolucionarias en momentos donde las revoluciones obreras estaban a la orden del día. Tiene esta ambivalencia, ¿no? Se gana a través de la lucha, pero a la vez para parar la lucha. Es contradictorio, como la realidad misma, que es constantemente contradictoria, y también ha cumplido una función ambivalente. Por un lado, ha servido para acabar con el analfabetismo, generando una de las clases trabajadoras más formadas de la historia, pero a la vez se construye todo un aparato público, financiado por el salario de las trabajadoras, que se encarga a su vez de formar y reproducir esa fuerza de trabajo, de formas trabajadoras, empleables y obedientes, al servicio de las necesidades del capital. Me parece fundamental, por tanto, no olvidar nunca dentro de la lucha por la Escuela Pública esa doble función, porque ¿qué es lo que queremos: una escuela emancipadora, generadora de pensamiento crítico, capaz de formar personas que sean capaces de plantear soluciones a los problemas de la sociedad, o queremos simplemente engrosar las cadenas, engrosar la maquinaria de un sistema autoritario de disciplinamiento de nuestra clase social a las necesidades del capital? Yo quiero la primera, lo tengo muy claro, y confío en que muchas de vosotras, por no decir todas, también. Y eso nos obliga a no luchar simplemente para hacer mejor lo que ya hacemos, sino a cuestionarnos nuestra tarea como docentes, el contenido que impartimos, la metodología con la que lo hacemos, la función de los exámenes y las notas como forma de implementar la ideología individualista, competitiva y meritocrática que nos sustenta, que sustenta el sistema que nos explota a todas, y que nos lleva de hecho hoy a plantear una huelga indefinida. Y llegados a este momento, muchas de vosotras os estaréis preguntando qué hago yo aquí, y qué tiene que ver esto con la huelga. Estoy aquí porque creo que es importante que salgamos de las urgencias, que pensemos en el largo plazo y que entendamos que esto es una batalla dentro de una guerra. Necesitamos plantearnos seria y colectivamente qué escuela queremos, más allá de las peticiones a unas instituciones que sirven a los intereses del capital, y que tan pronto nos dan un aumento de sueldo, una bajada de ratios o menos horas de clase, como que nos los quitan, porque, como pasa con la vivienda, la sanidad o las pensiones, somos un nicho de inversión explotable ahora mismo. Por eso pongamos por encima el proceso, el debate en profundidad entre nosotras, con otras etapas, con personal no docente, pero también con el resto de la clase trabajadora en lucha, con las familias que en su mayoría tienen peores condiciones laborales que nosotras; pongamos por encima recuperar democracia en nuestros centros y nuestras aulas, y solo así tendremos poder para defender lo ganado y plantearnos ir más allá en la próxima batalla.» <a href="#2d9eaa74-e5d9-4a44-9e24-4e46ee1ef990-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 2"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="afd299d2-6b25-49d2-9e6d-089b71316bd9">El Comité Ampliado es un comité de apoyo a la huelga en el que, además de las organizaciones convocantes que forman parte del Comité Mixto encargado de negociar durante la huelga, se suman otras no estrictamente relacionadas con trabajadoras de la educación. <a href="#afd299d2-6b25-49d2-9e6d-089b71316bd9-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 3"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="4d9e6320-e921-4f0b-a11f-1423add35629">Estas posturas no se encuentran de la misma manera ni en las asambleas de centro ni en las de zona. Es interesante este matiz porque habla de cómo sigue habiendo muchas veces, incluso en los entornos reformistas, una desconexión entre los espacios regionales (más integrados por activistas y militantes) y las organizaciones de base locales en las que esta dicotomía es mucho más gris y es habitual que se hable sin censuras de las dudas que genera el proceso, pero que así mismo eso no lastre el sacar trabajo colectivo. En los espacios regionales se encuentran perfiles con mucha más adhesión al espacio como tal (en este caso, Menos Lectivas), lo que lleva a dinámicas que hemos vivido todas de apego a las siglas y a las personas y relaciones que las integran, siendo reticentes a plantear su superación si es necesario. En los centros de trabajo no existen esas lealtades dentro del profesorado no sindicado (incluso pocas veces en el sindicado, que lo hace más como forma de cobertura legal). Esto tiene asimismo su contraparte en que, en los espacios asociados a los centros de trabajo, nuestra impresión es que se llenan y se vacían mucho más rápido y es más difícil mantenerlos en el tiempo. Esto se ve muy bien en la propia historia del 8M, en la que, después del ciclo movilizatorio, casi lo único que ha sobrevivido es la Comisión 8M (asamblea regional), aunque totalmente diezmada y guetificada por perder la conexión con la particularidad local y haber sufrido numerosas luchas internas que han llevado a la escisión de distintos colectivos de la misma. <a href="#4d9e6320-e921-4f0b-a11f-1423add35629-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 4"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="f7d0f6f0-4ff4-4625-bb9e-260589d33e97">No podemos desprendernos de nuestra faceta friqui del cine, <em>sorry, not sorry</em>. «Al otro lado del río» es una canción de Jorge Drexler, banda sonora original de la película «Diarios de una motocicleta», en la que se cuenta parte del proceso de politización del Che Guevara. <a href="#f7d0f6f0-4ff4-4625-bb9e-260589d33e97-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 5"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="fa32ebe3-bc28-4842-b5d1-2186eccddce8">La aportación de Marcelino Camacho dice así e iba dirigida a defender la huelga en enero. Solo me dejaron 15 segundos para defenderla porque los sindicatos se comieron mucha parte de la asamblea haciendo campaña electoral, así que hay partes que dije a medias: «Ya estamos viendo en las asambleas que vamos con la lengua fuera. La forma en la que se ha cerrado la tabla reivindicativa sin dar tiempo real a las asambleas de centro a debatirla, incorporar a las compañeras al trabajo previo y abrir la discusión para introducir sus preocupaciones es un claro ejemplo de ello. Tampoco da tiempo a hablar con personal no docente y otras etapas educativas como universidad para incorporarlas. Se nos está tratando y estamos tratando otra vez a nuestras compañeras como simples votantes. Así es la democracia burguesa, la del parlamento, la de muchos sindicatos y la que denunciamos en la tabla reivindicativa de nuestros propios centros. Estamos asumiendo una vez más los ritmos que nos imponen desde arriba. En diciembre hay elecciones sindicales, sí. Precisamente por eso, vayamos en enero y vayamos realmente con quien está defendiendo los intereses de las trabajadoras. Impongamos nuestros tiempos, hagamos una huelga que realmente sea de las trabajadoras, para las trabajadoras, y construyamos los espacios y demos los debates que nos sirvan para avanzar como movimiento independiente de clase. No nos quememos luchando por los intereses de unos pocos. Convoquemos ya y utilicemos todo el primer trimestre para profundizar en los debates, generar movilizaciones, construir una caja de resistencia contundente y trabajar la huelga verdaderamente desde los centros. ¡Todo el poder para las asambleas de centro!» <a href="#fa32ebe3-bc28-4842-b5d1-2186eccddce8-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 6"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="f187a821-4f2b-4d06-bf49-bd0ddb942bfa">Esto requiere un estudio en profundidad y creemos que tiene que ser una línea fundamental de nuestro trabajo con el profesorado. Por poner un ejemplo rápido de estas vinculaciones, el Banco Santander está vinculado a la Fundación Edelvives a través de financiación y programas conjuntos como <a href="https://www.santander.com/es/sala-de-comunicacion/notas-de-prensa/2021/06/banco-santander-y-fundacion-edelvives%20impulsaran-la-educacion-financiera-en-el-entorno-escolar-a-traves-de-finanzas-para-mortales" target="_blank" rel="noopener">«Finanzas para mortales»</a>. En la próxima página, como continuación de este pie de página, se desarrollan las fuentes y las actividades del Banco Santander. Y <a href="https://rebelion.org/la-cara-oscura-del-banco-santander-desahucios-paraisos-fiscales-e-inversion-en-armamento/" target="_blank" rel="noopener">aquí un artículo</a> que habla de las bondades del Banco Santander y su implicación en desahucios, paraísos fiscales e inversión en armamento. <a href="#f187a821-4f2b-4d06-bf49-bd0ddb942bfa-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 7"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="93e296ff-c44a-4afa-a513-8e8897cfad4e">Nos referimos a cómo los recortes en los servicios públicos son una forma de reducción salarial para la clase obrera en su conjunto, que cada vez se ve más expulsada de los mismos (por falta de plazas o por listas de espera inasumibles) y, en el mejor de los casos, si puede, debe acudir a la alternativa privada, pagando dos veces por un mismo servicio: una vía impuestos (la pública) y otra la privada. <a href="#93e296ff-c44a-4afa-a513-8e8897cfad4e-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 8"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="f5cc1626-b64e-485f-80b6-65d93bd20b41">En el caso del Estado español, esto está tomando una forma indirecta, pero que apunta en la misma dirección. El presupuesto en defensa aumentó aproximadamente un 35% entre 2025 y 2026. Como motivo principal está cumplir con las exigencias de la OTAN de alcanzar el 2% en gasto militar. El Gobierno insiste en que no habrá recortes sociales y que se financiará con crecimiento económico y más ingresos fiscales. Sin embargo, las cuentas no dan y el escenario previo a una gran recesión cíclica del capitalismo está en ciernes. También tenemos los ejemplos de Alemania, Finlandia o Suecia como tendencia europea en este sentido. <a href="#f5cc1626-b64e-485f-80b6-65d93bd20b41-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 9"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li></ol>]]></content:encoded>
					
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		<title>Barcelona es poderosa. 1833-1843: de las bullangas a la Jamancia y el nacimiento del obrerismo organizado</title>
		<link>https://regeneracionlibertaria.org/2026/10/11/barcelona-es-poderosa-1833-1843-de-las-bullangas-a-la-jamancia-y-el-nacimiento-del-obrerismo-organizado/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Embat Organització Llibertària de Catalunya]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 11 Oct 2026 08:37:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos Sociales]]></category>
		<category><![CDATA[Revolución]]></category>
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					<description><![CDATA[Este artículo aúna dos historias: la primera, urbana, la historia de la ciudad popular de Barcelona, siempre rebelde, siempre dispuesta a la revuelta, ciudad de barricadas donde las haya. La segunda es la protohistoria de nuestro movimiento obrero, que nació orgánicamente en aquellos días conflictivos. Desde nuestro punto de vista, observaremos cómo la situación fue [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Este artículo aúna dos historias: la primera, urbana, la historia de la ciudad popular de Barcelona, siempre rebelde, siempre dispuesta a la revuelta, ciudad de barricadas donde las haya. La segunda es la protohistoria de nuestro movimiento obrero, que nació orgánicamente en aquellos días conflictivos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde nuestro punto de vista, observaremos cómo la situación fue escalando paulatinamente desde un malestar tangible hasta las primeras bullangas y desde estas hasta revueltas que tuvieron características de revolución política. Estamos en unos tiempos en los que la burguesía todavía no veía con malos ojos las insurrecciones, si es que estas le valían para conquistar más poder político, y el proletariado se iba configurando como sujeto activo, hasta que tuvo sus primeras manifestaciones en la quema de las fábricas, huelgas y, eventualmente, en la creación de la Sociedad de Tejedores de Barcelona en 1840.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/organizer-5.png" alt="" class="wp-image-16604"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Introducción</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1808, Napoleón invadió España y Portugal, iniciando una cruenta guerra de siete años. En este tiempo desapareció cualquier tipo de poder central y cada territorio español organizó su Junta Provincial o Local. En algunos territorios, estas juntas tenían un carácter más bien tradicionalista, entendiendo que los invasores franceses eran liberales y revolucionarios y que había que expulsarlos. En cambio, otros territorios evolucionaron hacia un liberalismo político muy avanzado, de los más avanzados de su época, mientras luchaban contra el invasor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estos liberales fueron los que impulsaron la Constitución de Cádiz de 1812. La Constitución, la «Pepa», establecía una estricta separación de poderes y entendía que este residía en el Pueblo y no en el Monarca. El Pueblo se podría expresar a través del sufragio universal, que por entonces solamente era masculino. Establecía las libertades de prensa, de expresión, igualdad ante la ley y abolía el antiguo régimen. A pesar de todo, reconocían el catolicismo como la única religión del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1814, cuando Fernando VII regresó al trono, lo primero que hizo fue abolir la Constitución y establecer un régimen absolutista de viejo cuño. Ató en corto todas las instituciones públicas e incluso reintrodujo la Inquisición. En gran parte de la sociedad, esto se vio como un retroceso histórico muy dañino para los intereses de España. Los liberales se refugiaron en sociedades secretas, como las masónicas, y tuvieron cierto predicamento en el ejército.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras tanto, se estaba librando la primera oleada de guerras de la independencia de las colonias americanas. Las colonias habían cortado lazos con la metrópolis española y esta a duras penas podía enviar tropas suficientes para cubrir todos los conflictos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1820, justo cuando iban a salir para América, las tropas lideradas por Rafael del Riego se «pronunciaron» (es decir, se sublevaron) en Cabezas de San Juan (Sevilla). Las tropas rebeldes recorrieron Andalucía por semanas o meses y lograron la adhesión de casi todas las demás guarniciones. Establecieron la Constitución de Cádiz y contagiaron casi toda la periferia española hasta que llegaron a Madrid. El nuevo regente, Riego, estableció el Trienio Liberal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este período no estuvo exento de problemas, debiendo hacer frente desde 1922 a un levantamiento «realista» (es decir, partidario del rey) que se convirtió en una guerra civil. Esta guerra culminó con la operación internacional de la llamada Santa Alianza, la de «Los cien mil hijos de San Luis». Era una especie de tropa de intervención extranjera pagada por las monarquías reaccionarias y absolutistas europeas, como la francesa, la rusa o la austríaca, entre otras. A esta expedición se le unieron muchas tropas realistas comandadas por militares absolutistas. El efecto de esta invasión fue abolir la Constitución de Cádiz y reinstaurar el poder de Fernando VII.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como curiosidad, el Trienio Liberal inspiró a los Carbonarios, que intentaron revoluciones liberales en el sur de Italia. No les funcionó, y fueron liquidados en 1821, también por la Santa Alianza. No se rindieron, y este movimiento participaría en la Revolución liberal de 1830 de París y en otras revueltas italianas de 1831.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Retomando el hilo, sin embargo, el monarca no quiso volver a imponer las medidas más polémicas, como la Inquisición, por presiones francesas. Esto le fue enajenando de su base de apoyo en el campo reaccionario. Se llegó a pensar que el rey estaba engañado o secuestrado. Y este sector se fue aglutinando en torno a la figura de Carlos María Isidro de Borbón, el hermano del rey, que era partidario de la mano dura, de ideas ultramontanas. Hubo alguna revuelta en ese sentido, como la dels <em>Malcontents</em> en Catalunya (1827), entre otras. A su vez, la liberal Barcelona estuvo ocupada por tropas francesas hasta 1828, procedentes de aquella Santa Alianza reaccionaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y así llegamos a los días en los que se desarrolla este artículo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1833. La Regencia de María Cristina.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde 1830, con el cambio de régimen en Francia a través de una revolución política, el liberalismo fue ganando influencia también en España. En especial, Barcelona fue ganada por las ideas liberales desde principios de siglo. La mayoría de la sociedad, desde la burguesía hasta el proletariado, pasando por los militares, se vincularon a estas ideas en esos momentos. Únicamente la aristocracia y el clero renegaban de ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A finales de 1832, el rey depone al odiado Conde de España como capitán general de Barcelona. Se había comportado de forma tiránica y caprichosa y nadie en la ciudad lo quería ver. Su sustituto fue Manuel Llauder, quien fue recibido con gran alegría, como si viniera de alguna conquista militar. En cambio, el Conde de España abandonó la ciudad entre insultos y pedradas. Pronto se pasaría a las filas del carlismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 29 de septiembre de 1833 murió Fernando VII ante la indiferencia del pueblo. Si bien se hicieron actos oficiales de despedida y homenaje, no levantaron pasiones. Antes de su muerte había aprobado la Ley Sálica, a fin de poner en el trono a su hija Isabel. Sin embargo, Isabel tenía apenas dos años. Por lo tanto, el poder, la regencia, pasó a su madre María Cristina de Borbón Dos Sicilias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al producirse este hecho, el infante Carlos desde Portugal reclamó el poder para sí mismo, recibiendo muchas adhesiones de todas partes en el ejército y, sobre todo, en la Iglesia. Este fue el inicio de la guerra civil que duró siete años, conocida como Primera Guerra Carlista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La nueva regente María Cristina decidió superar el despotismo ilustrado de su marido, lo que había ejercido en la última parte de su reinado, y promulgó un cambio de gobierno, encargándole la presidencia a Martínez de la Rosa, que rápidamente aprobó el Estatuto Real de 1834, que reconocía unas Cortes Generales. La reina regente también concedió una amnistía general. Esto dio muchas esperanzas al pueblo, que pensaba que iba a ver restituida la Constitución de 1812.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No fue así. El gobierno apenas promulgó ninguna ley en favor de las clases populares y pronto decayó el entusiasmo. En todas partes crecía una resistencia caciquil, campesina o eclesiástica, que se agrupó en torno a las filas del carlismo. Y el carlismo ganó el interior de Catalunya.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde Barcelona se organizaron numerosas partidas de voluntarios, que fueron llamados «los voluntarios de Isabel II». Iban aplastando focos carlistas, pero estos se multiplicaban por doquier. Por si fuera poco, en la segunda mitad de 1834 en la ciudad estalló una epidemia de cólera morbo que mató a más de 3.000 personas, un 3% de la población. Los ricos, como se lo podían permitir, abandonaron la ciudad, abundando en la sensación del sálvese quien pueda.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1835. Las primeras bullangas: de la quema de conventos al incendio de la fábrica Bonaplata</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En toda España se habían instituido cuerpos oficiales de milicias, la Milicia Nacional. En las ciudades, estas milicias tomaban el nombre de Milicia Urbana. En el caso de Barcelona, esta milicia estaba tomada por las clases populares, que solían adoptar un liberalismo extremo y un furibundo anticlericalismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inestabilidad política acompañaba a la guerra. Esta también trajo una crisis económica que golpeó duramente a la población y la predispuso al motín. El primero de ellos ocurrió en Zaragoza, cuando en julio de 1835, una multitud se manifestó para pedir el restablecimiento de la Constitución de 1812. La situación se salió de control y aquellas gentes acabaron asaltando unos conventos y linchando a los frailes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pocos días después se produjo en Reus una masacre de miembros de la Milicia Urbana local a manos de guerrilleros carlistas. Entre ellos había algún religioso. Estas noticias llegaron a Barcelona, produciendo gran indignación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 25 de julio, día de Sant Jaume, se celebró una corrida de toros. Los seis toros fueron demasiado mansos y cada uno fue despedido con pañuelos y una pitada general. Cuando terminó el último, la multitud expresó su cólera lanzando objetos a la plaza. Lanzaron los abanicos, luego los bancos, las sillas, y hasta arrancaron los palcos. Luego bajó todo el mundo al toril. Los chiquillos ataron una maroma al último toro y se lo llevaron de la plaza, arrastrándolo a las calles de Barcelona, entrando por el Portal del Mar y subiendo por las Ramblas. El pobre animal murió a consecuencia de los malos tratos y la turba quemó su cadáver, provocando una bárbara escena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Supuestamente, Manuel Rivadeneyra, progresista «exaltado», cuando estaba en medio del toril comenzó a gritar: «¡Viva el Pueblo Rey!, ¡Viva la Libertad!». Instó a la gente a dejar de destruir casas de madera para lanzarse contra los que vivían en «alcázares de piedra» y comían abundantemente todos los días. Tras esto, la gente se dirigió hacia la Mercè, que estaba cerrada, y luego se dirigieron al convento de Sant Francesc, que fue incendiado. Aquella noche ardieron casi todos los conventos de la ciudad. El derribo de ese convento es el origen de la plaza del Duc de Medinaceli, por cierto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El éxito de esta primera bullanga fue la pronta superación del Estatuto Real, que indirectamente provocó que se negociara la reinstauración de la Constitución de 1812 (spoiler: no se hizo). Todo esto se fraguó porque ese movimiento bullanguero fue interclasista, participando en él la burguesía, ansiosa de acceder a la propiedad de los terrenos quemados, los progresistas, movidos por un odio visceral a los carlistas y los frailes, y el proletariado incontrolado, llamado la «hez de la sociedad», que se apuntaba a cualquier revuelta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las tropas del capitán general Llauder controlaron la situación al día siguiente. Llauder reprendió a la población con sus discursos, consciente de que la mayoría estaba a favor de los incendios, si bien no había participado en ellos. Difundió el bulo de que los revolucionarios habían intentado quemar las fábricas, a fin de asustar a los industriales. Los liberales más exaltados contraatacaron estos bulos con el reparto de muchos folletos en los lugares públicos más concurridos. Una manifestación se dirigió a la fortaleza de la Ciutadella y Llauder entró en pánico abandonando la ciudad. La gente lo celebró como si fuera una gran fiesta. El general Pastors se hizo cargo del poder militar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viendo cómo estaba la ciudad, otro general quiso tomar cartas en el asunto, el general Bassa. El día 4, Bassa, queriendo restaurar el prestigio del ejército, entró en la ciudad con unos mil soldados y 40 jinetes. El pueblo lo recibió preparado. La Milicia Urbana estaba preparada. Bassa se plantó ante el Ayuntamiento y le soltó un «¡o yo o el pueblo!». Las autoridades, conscientes de lo que pasaba en la calle, le pidieron que se fuera. Se formó un tumulto en la Plaça de Sant Jaume. Silbidos atronadores e insultos. Bassa estaba negociando y de pronto llegó un grupo por detrás y le dispararon varios tiros a quemarropa. Cogieron su cuerpo en volandas y lo sacaron por el balcón del consistorio entre los griteríos de la gente. Más tarde lo arrastraron por las calles. En la Rambla, la muchedumbre hizo una pira con documentos y muebles sacados de la Delegación de la Policía y quemó el cadáver. Los exaltados retiraron la estatua de Fernando VII del Ayuntamiento y pusieron un cuadro de Isabel II en su lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El desorden bullanguero fue aprovechado por los obreros para incendiar la fábrica de vapor de la Bonaplata, instalada en la calle Tallers. Por esta acción fue fusilado Aleix Pardinas, culpable confeso (bajo tortura) de los hechos. También hubo varios detenidos más y, según Tuñón de Lara, Aleix Bell, José Prats y Juan Jaldi fueron ejecutados igualmente. A los incendiarios se los llamaba «los miserables» desde las páginas de la prensa, como la obra de Victor Hugo, entonces contemporáneo a estos hechos. Se interpreta esta violencia como actos instintivos en los que los trabajadores manuales temen ser desplazados de su trabajo por las máquinas. Es decir, un acto <em>luddita</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se trataba de trabajadores, pura mano de obra, que acababan de llegar a la ciudad y vivían en la miseria. Estamos en una época en la que los de abajo tenían una esperanza de vida de apenas 30 años, mientras que la burguesía podía llegar a 50 sin problemas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es interesante notar que la prensa de Barcelona condenó duramente estos hechos, mientras que no había dicho nada parecido por los conventos quemados anteriormente. Al contrario, lo justificaba. El efecto de estas bullangas fue el de calmar las ansias revolucionarias de la burguesía local, que se quedó en posiciones liberales moderadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1936. Más bullangas</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El 4 de enero llegaron a Barcelona dos noticias simultáneamente. Por un lado, cerca de Esparraguera, los carlistas habían derrotado una compañía del batallón de Saboya. Por el otro, el general Espoz y Mina comunicaba la captura y fusilamiento de 33 prisioneros liberales en Sant Llorenç de Morunys, entre ellos, todos los oficiales. Esta noticia luego resultó ser falsa, pero la indignación popular prendió las calles barcelonesas, que para eso sirven los bulos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una gran manifestación se dirigió a la Ciutadella escaló las murallas como pudo, entró en los calabozos, le arrebataron las llaves al alcaide y sacaron a los presos carlistas de las mazmorras, asesinándolos sin misericordia, procediendo a quemar sus cadáveres en una pira. Esto se hizo con la pasividad de las tropas de la fortaleza, ante el espanto de quien la mandaba, el general Pastors. En ese lugar se encontraba también el posteriormente famoso general O’Donnell, más preocupado de si le atacaban a él que de los prisioneros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los amotinados asaltaron el fuerte de Drassanes (Atarazanas) y el Hospital Militar, asesinando también a los prisioneros heridos. El frenesí bullanguero se llevó por delante unos cien prisioneros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estos hechos no quedaron impunes. El ejército, dirigido por Espoz y Mina, procedió a detener, procesar y deportar a Canarias y a La Habana a los participantes en el motín. Entre ellos había muchos miembros de la Milicia Urbana e incluso de la Junta de la ciudad. El general Pastors fue depuesto por pensarse que era próximo a los revoltosos progresistas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras tanto, la regente María Cristina cambiaba el gobierno, sustituyendo a Mendizábal por Istúriz. El primero acababa de hacer efectiva su famosa desamortización de los bienes eclesiásticos y la expulsión de los jesuitas de toda España y la confiscación de sus propiedades. Todo esto obedecía a la necesidad de castigar a los partidarios del bando carlista, así como de introducir en el mercado un gran número de propiedades que iban a ser vendidas entre los más pudientes. Sea como sea, el partido liberal ya estaba dividido en moderados y progresistas. A imitación de Barcelona, se revitalizaron nuevas juntas provinciales por todo el país, no faltando pronunciamientos armados. En estos momentos toda España era un polvorín.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cuarta bullanga estalló el 14 de agosto al conocerse en Barcelona que Tarragona había aprobado regirse por la Constitución de 1812. Esta vez hubo fiesta, música y brindis. Pero por la noche los guardias nacionales de los barrios entraron en las casas de los «patriotas» y los llevaron a rastras hasta la Ciutadella. En unas horas los metieron en un bergantín de guerra que se fue de la ciudad con destino incierto. La gente de orden quedó espantada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya por entonces se hace evidente la presencia de varias sociedades secretas de tipo progresista radical que agitan a las multitudes con sus panfletos. Por ejemplo, ya comenzaba a circular la ideología sansimoniana. Las personas de orden hablan de <em>anarquía</em> desde la prensa, y las clases populares la saludan abiertamente. La burguesía, representada por la Comisión de Fábricas, avisaba a los obreros para que no hicieran caso de este «canto de sirenas» bullanguero y mantuvieran la calma. Además, hicieron circular bulos exagerados, según los cuales existía un proyecto para robar a todos los fabricantes y comerciantes y colgar de los árboles de la Rambla a todos los moderados. Eso no era cierto, pero a más de uno no le pareció mala idea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A finales de diciembre fallecía Espoz y Mina. Fue sustituido por Ramón de Meer y Kindelán, de tendencia liberal moderada. Su familia militar (y fan de los golpes de Estado) nos llega hasta hoy, habiendo de soportar a su tataranieta como diputada de VOX.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1837. El período del barón de Meer</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El 13 de enero circuló por Barcelona el panfleto <em>La Bandera,</em> en el que se invitaba al pueblo a ir a la revolución. Recordemos que por ahora en ningún momento se está hablando de socialismo ni de nada parecido, sino de revoluciones políticas de carácter democrático liberal. El panfleto caló hondo entre los batallones de trabajadores (batallones llamados «de la blusa», por el blusón típico de los obreros) y entre los zapadores de la Milicia Nacional, también de carácter obrero y popular. Estos milicianos se encerraron en el convento de San Agustín y desde allí exaltaron la República, la Constitución y la Libertad, según sus gustos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, las tropas del ejército no estaban dispuestas a permitir esta rebelión e hicieron salir a los rebeldes, desarmándolos y disolviendo sus unidades. También destituyeron al Ayuntamiento en pleno. Y, como otras veces, enviaron a algunos exaltados a Canarias. Esta vez, el Gobierno desautorizó tales medidas punitivas, por lo que la excitación ganó las masas. A ojos de todos, los poderes del Estado se estaban poniendo la zancadilla entre ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La prensa conservadora (es decir, liberal moderada) no dejaba de alertar de posibles disturbios e incendios por toda la ciudad o de que las tropas del general carlista Tristany estaban a las puertas de la ciudad y que los progresistas exaltados o radicales colaborarían con él, abriéndole las puertas. Los jóvenes radicales también odiaban profundamente a los moderados, viendo que estos boicoteaban la Constitución y que se amparaban en los militares de Ramón de Meer y en la odiada policía secreta de Marià Vehils.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 4 de mayo, un grupo de jóvenes armados ocupó el Ayuntamiento y la Diputación. Algunos eran miembros de los batallones disueltos. Para su desgracia, cuando se dirigieron a la Rambla, los estaba esperando la tropa, acompañada por fuerzas de la marina española y británica. Abrieron fuego. La Plaza del Teatro se llenó de sangre. El suelo quedó cubierto de cadáveres. De esta revuelta se hizo responsable principal a Ramón Xauradó, quien fue ejecutado al día siguiente. Muchos otros fueron deportados a las colonias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 18 de junio se aprobó la ansiada Constitución, si bien no era tan ambiciosa como la de 1812. Esto animó a los progresistas. Sin embargo, en el frente de guerra las cosas no iban bien. Ese verano se perdieron Berga, Ripoll y Gironella. La tensión era muy fuerte. Para empeorarla, el día de la jornada electoral, 8 de septiembre, fue asesinado el jefe de la policía Marià Vehils. Los moderados le pidieron al barón de Meer que abandonase la guerra de los Pirineos y que defendiese la ciudad de los radicales. Actuó de forma expeditiva, disolviendo la Milicia e incluso expulsando de la ciudad al alcalde, que fue deportado a Mallorca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Según Vicens Vives, la burguesía catalana estaba erigiendo su primer dictador local con el fin de restablecer el orden en la ciudad y en las fábricas. La Comisión de Fábricas pasó a ser el puntal de este nuevo orden y le pidió a la reina regente que mantuviese el Gobierno Civil y Militar en Barcelona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este es el fin del período de bullangas, fruto del liberalismo utópico, que no era otra cosa que pensar que las cosas se podrían resolver cuando la burguesía conquistase algunas libertades formales. Evidentemente, esta burguesía no pensaba compartir con los trabajadores lo ganado. A partir de ahora, los movimientos revolucionarios serían más conscientes de lo que perseguían y el proletariado daría sus primeros pasos de independencia de clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1837-39. El dominio moderado y el fin de la guerra carlista</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El barón de Meer ejerció su dominio entre enero de 1937 y julio de 1839. Durante este tiempo se consolidaron medidas que entonces se consideraban liberales revolucionarias: desamortización, libertad de trabajo y liquidación de los gremios. A estos últimos se los consideraba organismos anticuados e ineficaces, que limitaban la capacidad de producir. Ante la disolución de los gremios, la creativa clase obrera buscó otros caminos y encontró las mutualidades y las cooperativas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante 1837, los carlistas habían tenido éxitos notables; controlaban de Berga a Ripoll, por un lado, y de Berga a Solsona y Cardona, por el otro. Habían fracasado en algunas plazas importantes (La Seu d’Urgell, Olot&#8230;), pero todavía tenían partidas guerrilleras por toda Catalunya. Sin embargo, con los éxitos liberales en otros territorios como Aragón, Euskadi y Navarra, el Gobierno pudo concentrar más tropas en Catalunya y consiguió victorias decisivas. Los carlistas quedaron desmoralizados y las deserciones abundaron. El líder de la revuelta carlista en Catalunya, el Conde de España, fue asesinado por sus propios soldados. Cuando el general carlista Cabrera se hizo cargo de las tropas catalanas, trayendo con él valencianos y aragoneses, se encontró con tropas indisciplinadas que vivían del saqueo y que se mataban entre sí por naderías. Tras negociar con las autoridades francesas, el 6 de julio de 1840, cruzó la frontera con 20.000 hombres, dando fin a la guerra civil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un poco antes, en 1839, el Gobierno se quería congraciar con los liberales progresistas y quería dar un nuevo giro a su política. Fruto de ello fue la elección de Baldomero Espartero como jefe del ejército. Gracias a la fama que había ganado en la guerra. Fue el instigador del famoso «abrazo de Vergara». Era el ídolo de los progresistas. El Gobierno también destituyó a de Meer, medida que provocó dimisiones en todas las instituciones barcelonesas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1840. Espartero y la regencia en Barcelona</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El 30 de junio de 1840, llegó a Barcelona la reina regente con sus hijas Isabel y María Fernanda. El motivo oficial era el de tomar baños de mar para curar una dermatitis. El motivo extraoficial era acercarse a Espartero, que por entonces era aclamado tanto por los moderados como por los progresistas. El pueblo les dio la bienvenida de forma masiva. Las fuerzas moderadas catalanas eran las responsables de la venida de la reina a la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A los pocos días llegó Espartero. Esta vez se calculaba que 80.000 de los 100.000 o 120.000 habitantes, con los que contaba la ciudad condal intramuros, salieron a recibirlo entre aclamaciones. Fue el recibimiento más masivo de su época.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ante las presiones de los moderados, la reina aprobó la Ley de Ayuntamientos. Esto provocó la dimisión de Espartero, que la consideraba inconstitucional. La reacción ciudadana fue de movilización popular dirigida por la Milicia y&#8230; más barricadas. Se exigía derogar la ley y que dimitiesen todos los moderados en el Gobierno. Varios ministros dimitieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A los tres días, los moderados fueron los que protagonizaron un nuevo amotinamiento, el llamado «motín de las levitas», que tuvo un fuerte tiroteo en el que murieron tres personas, quedando otras siete heridas. A resultas del motín, días después, el abogado Francisco Balmas, que había iniciado el motín, fue asesinado, arrojado por la ventana, y su cuerpo arrastrado por la calle Sant Pau hasta la Rambla. Hubo más asesinatos políticos en esos días. Los periódicos moderados fueron asaltados. Ante esta situación, Espartero declaró el estado de sitio de esta Barcelona incontrolable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todos estos hechos precipitaron la salida de la reina hacia Valencia, mucho más tranquila. Desde Valencia, la reina regente se atrevió a nombrar un gobierno moderado, que provocó una nueva revuelta en Barcelona. En muchos lugares de la península se crearon juntas revolucionarias y la insurrección era palpable. Esta se llamó la «revolución de septiembre». Para solucionar la situación, Espartero le presentó a la reina una propuesta de gobierno. Ella la aceptó, presentando de inmediato su dimisión como regente. A partir de entonces, el nuevo regente sería el mismo Espartero. La reina y sus hijas se marcharon a Francia en octubre. En Barcelona, el pueblo estaba exultante, pensando que iban hacia la República. Se inauguraba el Trienio Progresista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras todo esto tenía lugar, los obreros se organizaban. Se habían prohibido los gremios, pero en cambio el Gobierno aprobó en febrero de 1839 una ley por la que se permitían las sociedades de ayuda mutua o de socorros mutuos y beneficencia. Dicho y hecho. Esto fue aprovechado por los obreros del textil, que desde el verano de ese año empezaron a funcionar de forma discreta bajo la asociación mutualista Protección Mutua de Tejedores, que asoció a unos 3.000 trabajadores. Un año después, el 26 de septiembre de 1840, se legalizó la Sociedad Mutua de Tejedores de Barcelona. Estaba presidida por Joan Muns, y su primera asamblea legal fue en diciembre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Sociedad de Tejedores promovía el abandono de los talleres cuando los patronos intentaran reducir los jornales o alargar las telas. Se preveía la expulsión de los afiliados si no cumplían con estas disposiciones. La crisis económica de 1840 agravó la situación y algunas fábricas tuvieron que cerrar. Algunos industriales declaraban que había una «mano oscura pagada por el extranjero» impidiendo que la industria catalana funcionase con normalidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La organización obrera logró bastante éxito, llegando en 1841 a unos 15.000 asociados (7.000 de la capital y 8.000 de la provincia, destacando los pueblos aledaños a Barcelona: Gracia, Sants, Sant Andreu, Sant Martí, etc.). Su ejemplo fue seguido para la creación de otras sociedades en otros oficios relacionados con el textil (hiladores, tintoreros, etc.).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Espartero obligó a que la Sociedad se ciñese a sus fines de protección y ayuda mutua y pidió que no coartaran el «libre comercio» ni la «libre contratación entre obreros y patronos». No le hicieron caso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre las reivindicaciones obreras, no faltó la protesta contra las máquinas que les quitaban los puestos de trabajo, tampoco la queja de los bajos salarios o la fijación de precio del paquete de hilo. Todo esto se lo hicieron saber al Ayuntamiento, en este período siempre progresista. Pero ignoró sus peticiones. Esto produjo una primera huelga en el verano de 1840 en la fábrica de Juncadella y otra en la de estampados de Puigmartí Achon y Cía. El Ayuntamiento tuvo que organizar una comisión presidida por el capitán general Van Halen, con miembros del Ayuntamiento, de la Diputación, de la Junta de Comercio, de la Comisión de Fábricas, seis obreros y los comandantes de la Milicia Nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta comisión llegó a unos acuerdos que, sin embargo, quedaron en agua de borrajas. Los obreros comisionados presentaron su dimisión en marzo de 1841.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1841. La demolición de la muralla de la Ciutadella</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes, el 6 de enero, un decreto de la regencia provincial disolvió la Protección Mutua de Tejedores. Hay que entender que, después de la renuncia de la reina María Cristina y del nombramiento de Espartero, los moderados pasaron a la ofensiva. El general O’Donnell intentó un pronunciamiento en Pamplona y en otras provincias había agitación militar. Esto hizo crear en todas las provincias Juntas de Vigilancia, que deberían defender el Gobierno del regente Espartero. En Barcelona, la Junta de Vigilancia, de carácter progresista, dio al traste con el complot de levantar la provincia contra los progresistas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, el suceso más relevante en Barcelona fue la destrucción de la muralla de la Ciutadella. Aprovechando que el general Van Halen estaba fuera de la ciudad combatiendo el golpe de O’Donnell, una multitud dirigida por Joan Antoni Llinàs, el líder político de la Junta de Vigilancia, se dirigió a las murallas. El derrumbamiento estaba previsto por el Ayuntamiento, pero no era consentido por el resto de autoridades. La gente se lanzó con saña, determinación y alegría a destruir la muralla. No la derribaron toda, sino un tramo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este hecho fue condenado por el propio Espartero, estableciendo el estado de sitio, decretando que los muros deberían ser reconstruidos y disolviendo tres batallones de la Milicia Nacional e ilegalizando la Sociedad de Tejedores de paso. Se disolvieron la Junta de Vigilancia y el Ayuntamiento. Todo lo que oliera a radical.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se cree que el asalto a las murallas estuvo coordinado por una sociedad de carácter republicano liderada por Abdó Terradas, en la que había miembros de la Sociedad de Tejedores, como el propio Joan Muns. La Sociedad fue autorizada a tener actividad nuevamente en abril de 1842 a condición de seguir fines filantrópicos y no políticos. Segunda vez que les dicen lo mismo. Como vemos, el republicanismo comenzaba a abrirse camino de entre las filas de los liberales progresistas más «exaltados».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aprovechando una coyuntura favorable, Muns y otros diez compañeros (se conoce el nombre de Josep Sugranyes, Pere Vicheto y Simó Boldú) le solicitaron al Ayuntamiento el 4 de agosto crear una fábrica con aquellos compañeros que no tuvieran trabajo en las fábricas. Pedían un capital de 8.000 duros, y el consistorio les concedió 7.000. Tenían que devolverlos a razón de 1.000 duros al año. Esta fue la primera cooperativa de producción de España, aunque todavía estaba alejada de cualquier ideal socialista posterior y mantenía un objetivo estrictamente benéfico. No duró muchos años la cooperativa, puesto que todos los patrones le hicieron boicot y la crisis era una realidad. La fábrica quebró a los pocos años y tuvieron que traspasarla a manos privadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta cooperativa se adelantó en dos años a la de los Pioneros de Rochdale, que es la que ha pasado a la historia como la primera cooperativa. Y fue una cooperativa de consumo, no de producción.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1842. El bombardeo de Barcelona</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El Gobierno de Espartero no tenía un rumbo coherente. No contestó a ninguno de sus partidarios. En un contexto de crisis económica, sometía a gran presión tributaria a las clases menesterosas. La escasez de ingresos impedía el pago de los salarios del ejército, cosa que favorecía a los militares moderados que preparaban su golpe de Estado. El clero moderado tampoco era partidario de Espartero, y estaba con María Cristina o con Francia. Así que Espartero se acercó a Inglaterra. Sin embargo, esta le exigía bajar aranceles, lo que pondría en peligro la industria catalana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tratado con Inglaterra fue un punto de no retorno para la sociedad catalana, tanto para los conservadores como para los progresistas. La menor capacidad de ventas de la industria provocaba un alza de precios y un aumento de los parados. Estos se quedaban en las plazas buscando trabajo y eran el objetivo principal de los panfleteadores revolucionarios. El malestar era creciente. Hubo manifestaciones contra las quintas y la agitación republicana comenzó a ser frecuente. La base social de Espartero se esfumó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 25 de abril, Abdó Terradas iba a venir a la ciudad desde Figueras (donde era alcalde). Los republicanos prepararon un gran recibimiento, lo que alertó al capitán general Van Halen para impedirlo. Encerró a algunos jóvenes y prohibió el evento. Pero ya por las calles se podía escuchar la canción de <em>La Campana</em>, el himno republicano. El himno lo había escrito Terradas y fue musicalizado, supuestamente, por Anselm Clavé. Se detenía a la gente por la calle por cantarlo. Durante todo el verano la agitación fue en aumento. Y esto corría a la par de la crisis de gobierno y de los ataques de los moderados contra el mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El motín tuvo lugar el 13 de noviembre de 1842. El motivo fue el impuesto que se le quiso cobrar a un grupo de 30 obreros que entraban en la ciudad con unos porrones de vino de contrabando. Sus protestas se extendieron por entre la gente obrera, que nunca entendió el fin de tantos impuestos. Los guardias pidieron ayuda al ejército y la protesta se extendió hasta la plaça Sant Jaume, donde ya había gente armada de la Milicia favorable al pueblo. En esta ocasión lideraban el movimiento los republicanos, que dominaban el tercer batallón de la Milicia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El ejército, liderado ahora por Zurbano, incurrió en un saqueo en los comercios de la calle Argentería, cosa que soliviantó los ánimos. A continuación, se levantaron barricadas y los soldados fueron atacados con piedras, se arrojaron muebles desde las ventanas y salieron a relucir todas las armas. El ejército de Zurbano se retiró de la ciudad con muchas bajas y humillado. Mientras tanto, Van Halen abandonó la Ciutadella para ir al castillo de Montjuïc, ordenando abrir fuego contra la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los participantes en los hechos pensaron que tenían la ciudad bajo su control, así que el júbilo fue incontenible. Se nombró una Junta encabezada por Joan Manel Carsí, que lanzó un manifiesto con su ideario: «Unión y puro españolismo entre los catalanes libres, independencia de Cataluña con respecto a la Corte mientras no se establezca un Gobierno justo, protector, libre e independiente. Protección a la industria, al comercio, a la agricultura y a los trabajadores. Limpieza de la Administración. Justicia para todos.» La proclama acaba atacando a Espartero y su gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Junta nunca tuvo poder real y a su vez nombró una Junta Consultiva formada por liberales moderados y progresistas, ignorando a los republicanos que habían iniciado el movimiento. Se formó una guardia llamada <em>patuleia</em>, para cumplir con los objetivos de la Junta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ante los bombardeos, los cónsules de Gran Bretaña y de Francia (Ferdinand de Lesseps) pactaron con Van Halen proteger a sus connacionales. Sin embargo, lo que hicieron fue proteger a los industriales y a los conservadores para sacarlos de la ciudad. Entre los bombardeos y las amenazas, se hizo dimitir a la Junta, que fue sustituida por una Junta Conciliadora, a fin de negociar la rendición. Sin embargo, Van Halen no aceptó ninguna condición y continuó los bombardeos los días siguientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Junta expulsó de la ciudad a los republicanos, desarmó a unos 8.000 ciudadanos y estableció negociaciones con Van Halen y con el presidente del gobierno de entonces, Rodil, que se negó a recibirla. Las órdenes eran desocupar los cuarteles y desarmar la Milicia. Ante la imposibilidad de continuar por negativa de la Milicia a desarmarse, la Junta dimitió.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A continuación, se formó la llamada «junta dels desesperats», formada por proletarios. Estaba presidida por Crispí Gaviria. Se dedicó a abrir zanjas y a armar a la población. Querían que regresaran los que habían marchado en los días anteriores. Para entonces habían abandonado Barcelona unas 40.000 personas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 3 de diciembre los bombardeos arreciaron. Se lanzaron más de 1.000 proyectiles, que dañaron unas 500 casas y edificios. El desastre fue mayúsculo y murieron unas 300 personas. El día 4 la ciudad se rindió y se preparó para recibir a Rodil, Espartero, Van Halen y las tropas. Se desarmó la <em>patuleia</em>, la Milicia y a todos los que tenían armas. Las tropas desfilaron en medio de un silencio sepulcral. Los incendios todavía ardían en muchas casas y las ruinas de muchas otras o los restos de los enfrentamientos eran bien visibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El capitán general declaró el estado de sitio por tiempo indefinido. Los cabecillas de la insurrección fueron ejecutados y mucha gente recibió penas de prisión incondicional o de destierro a las colonias. Espartero estableció una recaudación extraordinaria para reconstruir la ciudad. Con esto, su popularidad en Barcelona estaba acabada.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1843. La Jamancia</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Espartero se marchó a Madrid a hacerse cargo de las constantes crisis de gobierno que se enquistaban y se iban encadenando unas con otras. Los problemas eran tantos que al final todos los descontentos se fueron uniendo para tumbar a Espartero, sin mirar el color político. En Catalunya, dos jóvenes militares, el coronel Prim y el capitán Milans del Bosch (ojo al nombre), progresistas, se levantaron en Reus el 30 de mayo. Zurbano recuperó la ciudad pronto, pero muchas de sus tropas se pasaron al bando sublevado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A los pocos días, el 5 de junio, Barcelona se pronunció nombrando una Junta Suprema de Catalunya a instancias del Ayuntamiento. Estaba presidida por el veterano liberal Rafael Dagollada y nombró al general Francisco Serrano como su representante en un hipotético gobierno central, del que formaría parte como ministro, en caso de triunfar. Estas juntas se extendieron por otras provincias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La de Catalunya pedía: Constitución de 1837, proclamación de la mayoría de edad de Isabel II y creación de la Junta Central de Madrid. Estos objetivos fueron pronto traicionados por Serrano, pero de todas formas este movimiento juntista acabó con Espartero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 15 de junio entró Prim en Barcelona, que fue recibido como un héroe y la Junta lo nombró capitán general de Catalunya. Hagamos notar aquí la amplia descentralización política de que gozaban los territorios, que se atrevían a nombrar cargos a su voluntad. También se puede leer como debilidad total del centro. Espartero abandonó España el último día de julio rumbo a Inglaterra, acompañado en el navío llamado Malabar por Van Halen, Zurbano y otros fieles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El nuevo gobierno, encabezado por Joaquín María López, en el que estaba Serrano, aceptó la mayoría de edad de Isabel II, que apenas tenía 13 años. Convocaron las Cortes y las purgaron de sediciosos. Este gobierno se negó a tratar con la Junta Central de Madrid y se dedicó rápidamente a disolver las juntas provinciales. Revocó el Ayuntamiento de Barcelona, renovó diputaciones con sus fieles y desarmó la Milicia «de la blusa». En estas circunstancias aparecía la figura de Prim, de quien se empezó a sospechar que estaría a las órdenes del general Narváez, que era quien realmente estaba al frente del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Prim defendió la Constitución en un discurso público, lo que calmó los ánimos un poco. Pero en agosto comenzaron las revueltas. Tras varios días así, el 5 de septiembre la Junta barcelonesa se dirigió al país para recordar los compromisos no cumplidos del Gobierno. Terminaba su alegato llamando a las armas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La palabra «jamancia» tenía una connotación coloquial y popular. Venía del vocablo romaní «kha-» que tenía raíz sánscrita. Significa «comer»; de ahí palabras jergales como «jamar» o «jalar». Y es que, tras el bombardeo del año anterior, el hambre se había hecho dueña de la ciudad. Los gitanos jugaron un papel destacado en este levantamiento, atacando a pecho descubierto a los enemigos del pueblo. En estas condiciones, la ciudad entera siguió el llamamiento a la revolución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La ciudad aguantó 81 días bajo el programa de «construir», según Josep Fontana, «una España moderna, progresista e igualitaria, a partir de Catalunya». La revuelta pretendía iniciar una gran transformación política y social. Es decir, que tenía claras intenciones revolucionarias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El ataque de la ciudad lo condujo Prim, bombardeando la ciudad como el año anterior, desde principios de septiembre hasta finales de diciembre. Todas las juntas locales y provinciales revolucionarias cayeron una tras otra. Pero, en Barcelona, los jamancios intentaron tomar por asalto la Ciutadella, dirigidos por el vicepresidente de la Junta, Josep M. Bosch. Intervinieron los republicanos, a manos de Francisco de Paula Coello. Y también intervinieron los obreros, liderados por Joan Muns, que comandaba una compañía de la Milicia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El bombardeo fue muy duro y la ciudad fue sometida por el hambre. El asedio avanzaba paulatinamente. Se temía una contrarrevolución interna, así que la vigilancia se extremó. La ciudad volvió a quedarse con unas 50.000 personas. Se confiscaron los bienes públicos y privados. Los asediantes lanzaron unos 12.000 proyectiles, matando a 335 personas e hiriendo a otras tantas. De nuevo la ciudad tuvo que capitular sin condiciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Jamancia fue el último intento de revolución progresista en España y el país quedó sometido a la dictadura moderada del general Narváez para el resto de la década siguiente. No faltaron los intentos sediciosos, pero todos fueron aplastados con contundencia y saña. El cambio de tornas no llegaría hasta 1868, la «Revolución Gloriosa» que, irónicamente, lideró el mismo Prim que había aplastado esta.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Conclusiones</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La década estudiada es un período clave que estuvo cargado de inestabilidad. En Barcelona, a la postre la única ciudad industrial de España, se vio pronto la diferencia de intereses entre las nuevas clases sociales del siglo: la burguesía y el proletariado. Mientras que la primera planteaba el momento como una oportunidad única de acceder al poder político tras la muerte de Fernando VII, la segunda, por primera vez, se unía a unas revueltas desde unos postulados propios. No fue automática esta decisión. Tuvieron que pasar varias bullangas para que la burguesía evolucionase hacia la moderación y que el proletariado comprendiese, al fin, que no tenía nada que esperar de esta burguesía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que el proletariado comenzó a organizarse por su cuenta, si bien participando en las revueltas siguientes de la mano del republicanismo, la fuerza política más avanzada. Crearon una sociedad de socorro mutuo que derivó en un auténtico sindicato obrero, con acción huelguística y con propuestas autogestionarias (la cooperativa de producción) desde sus primeros momentos. La clase obrera barcelonesa fue muy innovadora y se adelantó a muchas otras ciudades europeas que se suponía que la aventajaban en ideas avanzadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este obrerismo, sin embargo, no hay que considerarlo todavía revolucionario, en tanto que no se plantea dirigir la sociedad, sino que pretende que la sociedad sea democrática. Este es el fermento que encontraron en Barcelona los socialistas que la visitaron en la década de 1840, creando hacia finales de la misma las primeras asociaciones comunistas, que fueron las icarianas. Por otro lado, la clase obrera volvió a poder organizarse con libertad en otro «bienio progresista» en los años 1854-56.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y todos estos fracasos son el aprendizaje colectivo de miles de trabajadores a lo largo de tres décadas hasta llegar al Sexenio Democrático, de 1868, que culminó en la Primera República y en la Revolución cantonalista (1873).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otro asunto. Tras ser derrotada en la Guerra de Sucesión, en 1714, Catalunya perdió sus instituciones y su autogobierno. Esto siempre ha sido muy importante. Desde entonces, las diputaciones, ayuntamientos, tribunales o capitanías generales eran instituciones de la corona, y esta ponía o quitaba a quien considerase. Sin embargo, el espíritu de retomar el autogobierno se quedó en la sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante muchos años trabajó para crear un polo de poder político en España que beneficiase a Catalunya, un poder ejercido desde Barcelona. Cuando se llega a esta época de juntas provinciales, comienza a ser obvio que el autogobierno es una posibilidad realista. De esta manera, los sectores pudientes y las clases medias juegan sus cartas. Se puede ver cómo su elección política, sea cual sea (carlismo, liberalismo, progresismo, moderantismo, republicanismo, regionalismo, etc.), va encaminada a ese objetivo histórico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La década de 1833-43, de tan turbulenta, apenas deja ver lo que hay detrás de las revueltas, pero no deja de ser un elemento a destacar la existencia de planes o proyectos para aumentar el autogobierno, a través de la democratización del Estado español. Sin embargo, como otras veces, el centralismo triunfó.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/colonial-5-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16606" style="width:348px;height:auto"/></figure>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>@BlackSpartak</strong></em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Bibliografía</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Balcells, Albert (1979). <em>Catalunya contemporània I (s. XIX).</em> Ed. Siglo XXI. Madrid</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cabet, Éttiene (1843). <em>Bombardejament de Barcelone, ou voilà les Bastilles!,</em> París</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fontana, Josep (1977). <em>La revolución liberal (Política y hacienda 1833-1845).</em> Instituto de Estudios Fiscales, Madrid.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Romea Castro, Celia (1994). <em>Barcelona romántica y revolucionaria. Una imagen literaria de la ciudad, década de 1833-1843.</em> Barcelona, UB.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Termes, Josep (1976). <em>Federalismo, anarcosindicalismo y catalanismo.</em> Barcelona</p>



<p class="wp-block-paragraph">Termes, Josep (2011). <em>Historia del anarquismo en España (1870-1980).</em> Barcelona: RBA.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tuñón de Lara, Manuel (1977) [​1972​]. <em>El movimiento obrero en la historia de España. I. 1832-1899</em> (2ª edición). Barcelona: Laia</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vicens Vives, Jaume (1954). <em>Historia social y económica de España y América. Vol IV</em>. Barcelona.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://regeneracionlibertaria.org/2026/10/11/barcelona-es-poderosa-1833-1843-de-las-bullangas-a-la-jamancia-y-el-nacimiento-del-obrerismo-organizado/feed/</wfw:commentRss>
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		<title>Apuntes para el Balance</title>
		<link>https://regeneracionlibertaria.org/2026/10/09/apuntes-para-el-balance/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[liza]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Oct 2026 07:34:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Estrategia y pensamiento]]></category>
		<category><![CDATA[Balance]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Programa]]></category>
		<category><![CDATA[teoría revolucionaria]]></category>
		<category><![CDATA[vanguardia]]></category>
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					<description><![CDATA[Una aproximación al balance y el programa actual de nuestra clase]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph"><strong>El ser precede a la conciencia</strong>. Dicho de otra forma, la conciencia es un atributo del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existe teoría revolucionaria, ni avance teórico. Entre la teoría y la práctica puede existir un lapsus de tiempo, más o menos largo, en el que el arma de la crítica se transforma en la crítica de las armas. Cuando un movimiento revolucionario hace su aparición en la historia rompe con todas las teorías muertas, y suena la hora anhelada de la acción revolucionaria, que por sí misma vale más que cualquier texto teórico, porque pone al descubierto sus errores e insuficiencias. Esa experiencia práctica, vivida colectivamente, hace estallar las inútiles&nbsp; barreras y los torpes límites, fijados durante los largos períodos contrarrevolucionarios. <strong>Las teorías revolucionarias prueban su validez en el laboratorio histórico</strong><sup data-fn="982e866b-8197-4b1f-9a90-74e310fd3d8c" class="fn"><a id="982e866b-8197-4b1f-9a90-74e310fd3d8c-link" href="#982e866b-8197-4b1f-9a90-74e310fd3d8c">1</a></sup></p>
</blockquote>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/08/balance-1.png" alt="" class="wp-image-16555"/></figure>



<h1 class="wp-block-heading">Introducción</h1>



<p class="wp-block-paragraph">La revolución es una tarea ingente. Requiere un esfuerzo colectivo capaz de intervenir sobre una realidad extraordinariamente compleja y cambiante. Sin embargo, las fuerzas de cualquier movimiento revolucionario son siempre limitadas. No puede hacerse todo a la vez, ni toda intervención posee la misma importancia histórica. Surge entonces una cuestión inevitable: ¿Cómo determinar las tareas concretas que una coyuntura exige? O, dicho de otro modo, ¿Cómo orientar conscientemente la acción revolucionaria?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con frecuencia, esta pregunta ha recibido dos respuestas igualmente insuficientes. La primera busca las respuestas en una doctrina ya acabada, como si la historia consistiera en aplicar un programa previamente descubierto. La segunda, renuncia a toda elaboración teórica y confía en que la propia práctica, por sí sola, terminará encontrando el camino. La una reduce la política a exégesis; la otra, al espontaneísmo. Ambas separan aquello que en la historia aparece inseparable: el desarrollo de la experiencia práctica y la elaboración consciente de esa misma experiencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si la revolución no puede reducirse a la aplicación de una verdad preexistente, pero tampoco puede abandonarse al mero transcurrir de los acontecimientos, entonces debemos plantear el problema en otros términos. La cuestión deja de ser cuál es el programa correcto para pasar a ser cómo una clase produce históricamente las mediaciones que orientan su propia práctica. Es precisamente aquí donde el balance deja de aparecer como un ejercicio retrospectivo o erudito para revelarse como un momento necesario del desarrollo de la lucha de clases.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este artículo constituye únicamente una aproximación a ese problema. No pretende ofrecer un método acabado ni formular un programa para la actualidad. Su propósito es más modesto: proponer algunas nociones que permitan comprender el balance como un momento constitutivo de la praxis revolucionaria y, desde ahí, replantear el problema del programa como una mediación históricamente producida por el propio movimiento real de la clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicho de otro modo, nos proponemos aportar unas nociones de cara a responder la pregunta ¿Cómo puede una clase producir conocimiento verdadero sobre su propia práctica histórica y convertir ese conocimiento en una fuerza capaz de transformar las condiciones materiales que la producen?</p>



<h1 class="wp-block-heading">El problema del Programa</h1>



<p class="wp-block-paragraph">Toda organización revolucionaria se enfrenta tarde o temprano a una cuestión: determinar las tareas concretas que una coyuntura exige. Ninguna práctica colectiva puede desarrollarse indefinidamente mediante la mera improvisación, pero tampoco basta con la repetición de experiencias pasadas. Actuar implica seleccionar objetivos, establecer prioridades, formular orientaciones y organizar esfuerzos. En definitiva, toda práctica consciente presupone algún tipo de programa, sea implícito o explícito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, afirmar esta necesidad abre inmediatamente un problema más profundo. ¿Qué entendemos por programa? ¿Se trata de un conjunto de principios cuya corrección existe con independencia del propio desarrollo histórico y que debemos descubrir y aplicar? ¿O, por el contrario, el programa constituye una elaboración histórica inseparable del desarrollo contradictorio de la propia lucha de clases?</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cuestión que se nos plantea no es meramente terminológica. De la respuesta que demos dependerá también cómo comprendamos la teoría revolucionaria, el balance histórico y la propia práctica política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando una organización revolucionaria se pregunta cuáles son las tareas concretas que debe desarrollar en una coyuntura determinada, inevitablemente aparece un problema previo: ¿de dónde surgen esas tareas? ¿Cómo distinguir una orientación capaz de hacer avanzar la lucha de clases de otra condenada a reproducir los límites del ciclo anterior?</p>



<p class="wp-block-paragraph">La respuesta más habitual consiste en suponer que el Programa existe ya como una verdad acabada. Bajo esta concepción, la historia no sería otra cosa que el escenario donde una doctrina previamente correcta encuentra, por fin, su aplicación adecuada. La tarea de los revolucionarios consistiría entonces en estudiar esa doctrina, interpretarla correctamente y aplicarla con la suficiente fidelidad. Las derrotas serían errores de lectura; las victorias, confirmaciones de una verdad descubierta de antemano. Esta forma de comprender el Programa atraviesa tradiciones muy distintas. Poco importa que el texto sagrado lleve la autoría de Marx, Bakunin, Lenin o Malatesta. El problema permanece inalterado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el extremo opuesto encontramos una respuesta aparentemente contraria, pero que comparte el mismo presupuesto. Allí donde unos reducen la política a la exégesis de los clásicos, otros proclaman la autosuficiencia de la práctica inmediata. Bastaría con intervenir en los conflictos reales para que la propia experiencia fuese generando, de manera espontánea, las respuestas necesarias. La teoría aparece entonces como un lujo intelectual o, en el mejor de los casos, como una sistematización posterior de aquello que la práctica ya habría resuelto por sí misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ambas posiciones, sin embargo, tropiezan con el mismo límite. La primera convierte la historia en una simple ilustración de verdades previamente existentes. La segunda supone que la experiencia habla por sí sola, olvidando que toda práctica se encuentra ya mediada por categorías, hábitos e ideologías históricamente producidas. Nadie actúa sobre una realidad desnuda. Incluso la acción más inmediata presupone una determinada comprensión del mundo, aunque permanezca implícita.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, en el segundo caso, la historia queda reducida a la voluntad de los individuos. En el primer caso, el rol de la historia se reduce a la realización progresiva de una idea: El Programa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así pues, el Programa no puede existir previamente a la historia, porque la propia historia no constituye la realización progresiva de una idea. Lo que Marx denomina movimiento real de la clase no designa la suma de las luchas obreras, ni la actividad de las organizaciones existentes, ni tampoco un sujeto revolucionario ya plenamente constituido. Designa el proceso histórico mediante el cual la propia clase, enfrentándose a las contradicciones objetivas de sus condiciones de existencia, produce nuevas formas de organización, conciencia y práctica que tienden a negar esas mismas condiciones. El movimiento real no es aquello que la teoría contempla desde fuera; constituye el propio proceso histórico del que la teoría forma parte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este punto, cabe detenernos y preguntarnos, si este movimiento existe tensionando las contradicciones inmanentes del capital ¿Por qué no produce automáticamente la revolución? Y es que, las contradicciones objetivas del capital no producen por sí mismas su superación. Entre las condiciones materiales de existencia de una clase y su transformación revolucionaria median formas históricas específicas mediante las cuales esa clase consigue apropiarse conscientemente de su propio movimiento. Llamaremos mediaciones a esas formas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema, por tanto, no consiste en elegir entre teoría o práctica. Esa oposición resulta completamente estéril. La cuestión consiste en comprender cómo una clase produce conocimiento verdadero sobre su propia experiencia histórica y cómo ese conocimiento puede reorganizar conscientemente su práctica futura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una vez las formas han alcanzado su límite, dejan de describir la realidad y no permiten proyectar el movimiento a formas superiores, emerge la necesidad del Balance, comienza allí donde la experiencia histórica obliga a reconocer ese agotamiento. Expresado de otra forma, una forma histórica expresa determinadas relaciones y contradicciones, nos permite entender lo concreto en el movimiento, como síntesis de múltiples determinaciones. Mientras dichas determinaciones pueden desarrollarse en ella, la forma constituye una mediación efectiva entre la experiencia de la clase y su capacidad para representarse idealmente en las posibilidades abiertas por su propia práctica. Pero cuando el desarrollo de esas contradicciones desborda las determinaciones contenidas en la forma, ésta deja de expresar adecuadamente la realidad que la produjo y, al mismo tiempo, deja de permitir la proyección ideal de su movimiento hacia nuevas formas. Es en este punto donde emerge la necesidad del Balance.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, el Balance no es un ejercicio de erudición, ni una recopilación cronológica de victorias y derrotas, ni tampoco una simple crítica retrospectiva de nuestra actuación. Constituye el momento mediante el cual la experiencia histórica de la clase vuelve sobre sí misma y somete a prueba las categorías con las que hasta entonces había comprendido su propia práctica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada ciclo de lucha produce formas organizativas, estrategias, consignas y concepciones del mundo. Mientras esas formas permiten desarrollar la práctica, aparecen como adecuadas. Pero el propio desarrollo histórico termina revelando también sus límites internos. Determinadas categorías dejan de explicar la realidad; determinadas formas organizativas dejan de responder a las nuevas condiciones; determinadas estrategias, que en un momento impulsaron el movimiento, terminan convirtiéndose en obstáculos para su desarrollo posterior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por lo tanto, no consiste únicamente en señalar errores. Consiste, sobre todo, en distinguir qué momentos de verdad contenían las formas anteriores, cuáles fueron sus límites históricos y bajo qué nuevas determinaciones pueden ser conservados y superados. Por eso el Balance constituye un proceso esencialmente dialéctico. No destruye el pasado para comenzar desde cero, pero tampoco lo convierte en una autoridad intocable. Niega determinadas partes de las formas históricas agotadas, pero conservando aquello que el propio desarrollo histórico ha demostrado verdadero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su resultado no es una repetición de la experiencia, no puede serlo, sino una reorganización de las categorías mediante las cuales la clase comprende su propia existencia. Porque toda forma histórica existe bajo un conjunto determinado de relaciones, posibilidades y límites que no proceden de una necesidad abstracta, sino del desarrollo concreto alcanzado por las contradicciones que la constituyen. Llamaremos determinaciones históricas a ese conjunto objetivo de condiciones que hacen posible ciertas formas de práctica y vuelven imposibles otras. Y es que las determinaciones históricas cambian porque el movimiento real transforma las condiciones que les daban existencia. Entonces, el Balance consiste en reconocer cuándo una determinada configuración histórica ha agotado las determinaciones desde las que podía seguir desarrollándose</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora bien, el Balance no constituye un fin en sí mismo. Si lo fuera, sería pretender el fin de la historia, pues sólo describiría límites sin un movimiento de la clase. Es más, aún que el Balance resuelva categorías renovadas ¿Qué son éstas sin una práctica que las encarne? Si para que exista balance debe existir movimiento de clase ¿Qué guía entonces ese movimiento? Si la experiencia histórica reorganiza nuestras categorías es porque plantea inmediatamente una nueva exigencia: orientar la práctica futura. Planteado de otra forma, las categorías resultantes necesitan expresarse para resolver esta necesidad, aparece el Programa, el cual no debe entenderse como un texto cerrado ni como un conjunto fijo de consignas. El Programa se revela como la forma mediante la cual una experiencia histórica determinada se condensa en orientaciones prácticas capaces de intervenir sobre una coyuntura concreta transformando la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicho de otro modo, el Programa constituye la mediación entre la experiencia acumulada de la clase y las tareas que esa misma experiencia hace posibles en un momento histórico determinado. Precisamente por ello no existe el Programa como verdad transhistórica. Existe únicamente la elaboración, históricamente determinada, de un programa revolucionario adecuado al desarrollo concreto de la lucha de clases.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las consignas cambian. Las formas organizativas cambian. Las alianzas posibles cambian. Incluso las propias tareas revolucionarias se transforman conforme se transforma la forma histórica del capital. Lo que permanece no es un contenido fijo, sino la necesidad permanente de producir esa mediación entre la experiencia histórica acumulada y las nuevas condiciones del presente. Así, podemos sintetizar que el Programa es la forma histórica mediante la cual una clase consigue representarse conscientemente en el movimiento objetivo de su propia emancipación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, esto plantea una pregunta: Si el camino a seguir por el movimiento objetivo no está dado ¿Cómo puede una clase representarse en él? Dicho de otra forma, si la clase se mueve hacia un sitio, pero el camino no existe antes de comenzar a andar, ¿Cómo puede nuestra clase autorreconocerse en este camino? La cuestión aquí, es que el Programa contiene ese camino <em>en potencia</em>. Mientras permanece únicamente como representación ideal de las tareas necesarias, sigue siendo una posibilidad objetiva, pero todavía no una fuerza material. Toda finalidad revolucionaria exige encarnarse en formas organizativas capaces de intervenir efectivamente sobre la realidad. Y es precisamente en este punto donde aparece la Praxis.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con frecuencia se identifica la praxis con cualquier forma de actividad consciente o, simplemente, con el activismo político. Pero semejante identificación resulta completamente insuficiente. También el gerente que organiza la producción, el funcionario que administra el Estado o el trabajador sometido a la disciplina del capital desarrollan una actividad consciente. Sin embargo, ninguna de esas actividades constituye por ello praxis revolucionaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Praxis comienza cuando el Programa deja de existir únicamente como representación y se objetiva mediante una actividad colectiva capaz de transformar efectivamente las condiciones materiales de existencia. Sólo es praxis revolucionaria la que sienta las bases para negar las condiciones materiales que hacen la existencia del proletariado necesaria. No es simplemente actuar. Es actuar sobre la base de una experiencia históricamente elaborada. Es reorganizar continuamente las propias categorías a medida que la realidad revela nuevas contradicciones. Es producir nuevas formas organizativas allí donde las anteriores se muestran insuficientes. Y es, finalmente, convertir ese nuevo conocimiento en fuerza material mediante la intervención consciente de la clase sobre su propio desarrollo histórico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Balance, Programa y Praxis no designan, por tanto, tres momentos independientes. Constituyen un único movimiento. La Praxis es experiencia histórica consciente. El Balance es la experiencia de reorganizar conceptualmente esa experiencia. Y el Programa, tanto que es y sólo existe en movimiento, condensa sus determinaciones fundamentales y orienta una nueva Praxis. La relación entre ellas no es ni lineal ni sucesiva en el tiempo, son momentos dialécticos que existen a la vez y sólo en movimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada nuevo ciclo reproduce ese movimiento sobre bases históricas diferentes, elevando la experiencia acumulada de la clase a formas superiores de autoconocimiento y transformación de la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El balance, por tanto, no se limita a constatar límites: muestra cómo, al desplegarse, una forma histórica produce las condiciones de su propio agotamiento y abre con ello nuevas exigencias para la práctica futura. Es sobre esa base —y sólo sobre esa base— sobre la que puede plantearse la cuestión sobre el sujeto que realiza, condensa y devuelve a la clase esas determinaciones abiertas por el propio movimiento real.</p>



<h1 class="wp-block-heading">La Vanguardia y el Balance</h1>



<p class="wp-block-paragraph">Llegados a este punto, urge preguntarse, si el balance sólo adquiere sentido cuando reorganiza la experiencia histórica y la convierte en nueva orientación práctica ¿Quién lo realiza? ¿Quién condensa las determinaciones descubiertas en programa? ¿Quién las devuelve nuevamente a la praxis bajo una forma capaz de desarrollarlas?.<sup data-fn="3c2d1f38-8e91-4bb9-a922-b6f6a57aee41" class="fn"><a id="3c2d1f38-8e91-4bb9-a922-b6f6a57aee41-link" href="#3c2d1f38-8e91-4bb9-a922-b6f6a57aee41">2</a></sup></p>



<p class="wp-block-paragraph">Si el programa sólo existe en movimiento, y si ese movimiento sólo se vuelve consciente mediante el balance, entonces debe existir una forma histórica concreta en la que esa conciencia se objetiva, se organiza y se hace fuerza material. A esa función la llamaremos vanguardia. La vanguardia designa, por tanto, la función histórica mediante la cual determinados destacamentos cristalizan el balance de una experiencia colectiva hasta reorganizar las categorías heredadas, hacer visibles nuevas determinaciones del movimiento real de la clase y convertirlas en orientaciones capaces de abrir un nuevo ciclo de praxis.<sup data-fn="3f3837dc-a679-4bbc-848a-0b792116c418" class="fn"><a id="3f3837dc-a679-4bbc-848a-0b792116c418-link" href="#3f3837dc-a679-4bbc-848a-0b792116c418">3</a></sup></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ante la pregunta de ¿Quién es la vanguardia? Las respuestas habituales oscilan entre dos polos igualmente insuficientes. Unas identifican la vanguardia con un sujeto separado de la clase, investido de una verdad que posteriormente transmite al movimiento obrero, como si la conciencia pudiera insuflarse desde fuera. Otras, en reacción, disuelven toda función específica en una apelación abstracta a «las masas», suponiendo que el programa emergerá espontáneamente del propio transcurrir de la lucha. Ambas posiciones comparten, sin embargo, el mismo presupuesto: consideran la vanguardia como un sujeto previamente dado. Discrepan únicamente acerca de quién ocupa ese lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el recorrido desarrollado hasta aquí conduce a una conclusión distinta. Si el programa no preexiste a la praxis, tampoco puede existir previamente el sujeto encargado de portarlo. Del mismo modo que el programa constituye una mediación históricamente producida, también la vanguardia constituye una forma históricamente producida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Reformular la pregunta «¿quién es la vanguardia?» por «¿qué significa ejercer una función de vanguardia?» supone desplazar el problema desde la identidad hacia las condiciones históricas que hacen posible dicha función. La cuestión deja de ser quién ocupa ese lugar para pasar a ser bajo qué determinaciones históricas puede llegar a objetivarse esa función dentro del movimiento real de la clase. Ejercer una función de vanguardia consiste en ser capaz de elaborar el balance de una experiencia histórica hasta reorganizar las categorías mediante las cuales esa experiencia era comprendida y abrir, sobre esa base, nuevas posibilidades prácticas, no sólo en potencia, sino en acto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por tanto, el balance no consiste en abandonar las categorías anteriores, sino en mostrar el límite histórico de su validez, conservar el momento de verdad que contienen y reorganizarlas en una forma superior, capaz de comprender las nuevas determinaciones del momento histórico. Por ello, el sujeto que realiza esta función no está dado a priori, ni se construye en abstracto para dar respuesta al balance. Se realiza en la medida en que contribuye a hacer conscientes y a organizar posibilidades objetivas abiertas por el propio desarrollo de la lucha de clases, devolviéndolas nuevamente a ésta bajo la forma de nuevas mediaciones prácticas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicho de otro modo, <strong>la constitución de la vanguardia sucede en el análisis concreto, en vinculación práctica con la clase para demostrar,</strong> <strong><em>en acto</em></strong><strong>, la validez de las nuevas categorías a la hora de comprender el mundo y transformarlo</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De este modo, la vanguardia no puede entenderse como una esencia fija ni como una identidad permanente. Se trata de una función que existe sólo en movimiento y, por tanto, bajo formas históricamente determinadas. El destacamento que hoy puede encarnar esa función no tiene por qué ser el mismo que mañana la ejerza, ni puede pretenderlo bajo un mismo programa eternamente. Lo que define a la vanguardia no es su permanencia, sino su capacidad para expresar conscientemente las determinaciones ya maduras y contribuir a su desarrollo ulterior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta función, además, no puede pensarse en términos de una oposición rígida entre sujeto y objeto. La vanguardia emerge de la clase y, al objetivar en práctica consciente las determinaciones que la clase produce, transforma también a la propia clase y se transforma con ella. A su vez, necesita de la clase como sujeto material de la praxis: sin esa base social, sin esa masa organizada, ningún programa puede dejar de ser mera representación. La vanguardia es, por tanto, sujeto y objeto, a la vez, del proceso de transformación de la clase, pero sólo en la medida en que forma parte de una contradicción que la produce y la supera continuamente. Dicho de otra forma, la formulación de la vanguardia como aspecto diferenciado, presupone su negación, lo que no es vanguardia pero forma parte de la clase. En ese sentido, la existencia de una vanguardia necesita de otro polo, que denominaremos las masas. El intento de independizar la vanguardia de las masas, aunque sea solo separarla para luego intervenir sobre ellas, destruye toda base material para su existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Puede plantearse aquí una lectura distinta de una tesis histórica formulada por Agustín Guillamón: en 1936 no habría existido un destacamento capaz de ejercer una función de vanguardia, formulando orientaciones prácticas dirigidas a destruir el Estado y organizar a la clase trabajadora en sus propios órganos de poder; en 1937, los Amigos de Durruti habrían formulado parcialmente esas orientaciones, pero sin disponer de una base suficiente para hacerlas efectivas. Si aceptamos provisionalmente este diagnóstico, parece desprenderse una conclusión inmediata: para no repetir aquel fracaso, nuestra tarea presente consistiría en construir la vanguardia que entonces faltó, de modo que, llegado un nuevo momento revolucionario, pueda ejercer una función estratégica y articular al proletariado en sus órganos de poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, esta conclusión introduce una determinación que el propio desarrollo histórico no permite establecer de antemano. Si la vanguardia es una función que emerge del movimiento real de la clase, no puede ser constituida previamente como un sujeto destinado a ejercerla. No sabemos qué destacamento ejercerá esa función hasta que el desarrollo de la lucha permita determinarlo. Los Amigos de Durruti no fueron vanguardia porque hubieran sido previamente constituidos como tal, sino en la medida en que, bajo unas condiciones históricas determinadas, fueron capaces de condensar determinadas contradicciones de la experiencia revolucionaria, formularlas conscientemente y convertirlas en orientaciones prácticas. Que esa función pudiera ejercerse de forma limitada, contradictoria o finalmente derrotada no invalida esta determinación; al contrario, forma parte del propio objeto del balance.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La diferencia entre construir la vanguardia y construir las condiciones de posibilidad para que una función de vanguardia pueda emerger no es, por tanto, meramente terminológica. La primera formulación presupone que podemos determinar anticipadamente el sujeto, la forma organizativa y las tareas que corresponderán a la vanguardia antes de que el movimiento histórico haya producido las condiciones que permiten determinarlos. La segunda desplaza la cuestión hacia el desarrollo de las capacidades concretas de la clase: sus formas de organización, sus órganos de deliberación y coordinación, sus capacidades teóricas, sus cuadros, sus experiencias de lucha y las mediaciones que permiten transformar experiencias particulares en conocimiento colectivo. Sólo en el desarrollo de estas relaciones podrá cristalizar un destacamento capaz de ejercer una función de vanguardia; y sólo la propia práctica histórica permitirá determinar si efectivamente la ha ejercido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De aquí se desprende una consecuencia inmediata para las tareas presentes. Si la vanguardia no constituye un sujeto que pueda ser construido en abstracto, tampoco podemos deducir nuestras prioridades políticas de una imagen previamente determinada de aquello que esa vanguardia debería ser. Las tareas deben desprenderse de las condiciones materiales existentes, de las contradicciones que atraviesan actualmente al movimiento de nuestra clase y de las potencialidades que dichas condiciones contienen. No se trata, por tanto, de construir primero la vanguardia para después relacionarla con la clase, sino de desarrollar las mediaciones mediante las cuales la clase pueda ampliar sus capacidades de organización, conocimiento y acción, haciendo posible que determinados destacamentos lleguen a ejercer una función de vanguardia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este sentido, el problema de la vanguardia vuelve a remitir necesariamente al balance, al programa y a la praxis. El balance permite determinar qué capacidades fueron producidas históricamente, cuáles encontraron sus límites y qué nuevas determinaciones emergieron de su desarrollo. El programa condensa esas determinaciones en orientaciones para la acción. Y la praxis pone esas orientaciones nuevamente en movimiento, transformando las condiciones que las hicieron posibles y produciendo nuevas experiencias sobre las que realizar un nuevo balance. La vanguardia no se sitúa fuera de este movimiento: es una de las formas históricas mediante las cuales ese movimiento consigue hacerse consciente de sus propias posibilidades y transformarlas en fuerza material.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De esta forma, el balance se postula como un ejercicio que destila del abstracto histórico respuestas concretas a las siguientes preguntas: ¿qué condiciones materiales produjo el movimiento revolucionario que, llegado el momento de la insurrección, sirvieron de base para que esta se pudiera desarrollar? En contraparte, ¿qué desarrollos, o falta de tales, limitaron el desarrollo de la revolución, tanto en su extensión como en su profundidad? Asimismo, ¿qué potencialidades no lograron realizarse, pero tenían base material para ello, y por qué? Quizás aún más importante, ¿Qué formas de lucha, instituciones, tradiciones, eran cristalizaciones de la conciencia de clase que, llegada una crisis orgánica, fueron base para la posibilidad de una insurrección?<sup data-fn="f660948a-c374-439d-85fb-b0cf72110b09" class="fn"><a id="f660948a-c374-439d-85fb-b0cf72110b09-link" href="#f660948a-c374-439d-85fb-b0cf72110b09">4</a></sup></p>



<h1 class="wp-block-heading">Apuntes para el Balance del 36</h1>



<p class="wp-block-paragraph">Si entendemos el balance como la elaboración de la experiencia histórica mediante la cual distinguimos las condiciones que posibilitaron un determinado desarrollo de aquellas que limitaron su despliegue, entonces resulta posible formular, siquiera de manera provisional, algunas hipótesis sobre la revolución iniciada en julio de 1936.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata aquí de realizar un estudio exhaustivo ni de extraer lecciones universales. Mucho menos de reconstruir retrospectivamente un supuesto programa correcto que, de haber sido aplicado, hubiera garantizado el triunfo revolucionario. Precisamente porque la historia no constituye el despliegue necesario de una verdad preexistente, el balance sólo puede identificar potencialidades efectivamente desarrolladas, limitaciones históricas concretas y posibilidades abiertas que quedaron truncadas por el curso mismo de la lucha de clases.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde esta perspectiva, propongo señalar cinco elementos cuya consideración puede servir como punto de partida para un balance de la revolución española y un programa actual.</p>



<h2 class="wp-block-heading">I. La revolución sólo pudo realizar aquello para lo que había producido previamente las condiciones de su posibilidad</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Uno de los hechos más sorprendentes de julio de 1936 es la rapidez con la que amplios sectores de la producción pasaron a manos de la clase trabajadora. En cuestión de días aparecieron formas de gestión obrera que abarcaron desde pequeños talleres hasta grandes industrias, redes de transporte y servicios públicos. Sin embargo, este fenómeno suele presentarse como una consecuencia inmediata de la derrota del golpe militar, cuando, en realidad, constituye el resultado visible de un proceso mucho más largo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La extensión de la pedagogía libertaria, la práctica cotidiana de la acción directa, la consolidación de una cultura organizativa federal, lucha de acción directa, asamblearismo y el desarrollo de las federaciones de industria habían producido, durante décadas, capacidades sociales que la propia revolución pudo movilizar. La elaboración de estudios sobre los procesos productivos, los ensayos de coordinación industrial y las experiencias previas de autogestión no fueron simples ejercicios propagandísticos; constituyeron una acumulación histórica de conocimientos prácticos sin la cual difícilmente habría sido posible organizar la producción una vez quebrado el aparato estatal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El balance nos obliga, por tanto, a desplazar la mirada desde el acontecimiento revolucionario hacia las condiciones históricas que hicieron posible su desarrollo, en palabras del compañero Genís «no se puede explicar el 19 de julio de 1936 sin hablar, como dice Guillamón al inicio de su conferencia, de los 70 años previos. Y es que nos paramos poco a hablar de la cuestión»<sup data-fn="0d3a8ba2-67d0-423f-8df9-7c54f628663f" class="fn"><a id="0d3a8ba2-67d0-423f-8df9-7c54f628663f-link" href="#0d3a8ba2-67d0-423f-8df9-7c54f628663f">5</a></sup>.<strong>La revolución no creó de la nada la capacidad de organizar la producción; puso en acto una potencialidad que la práctica precedente había ido sedimentando lentamente</strong>.</p>



<h2 class="wp-block-heading">II. La experiencia histórica cristaliza en nuevas formas organizativas</h2>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Las capacidades desarrolladas por una clase no permanecen como conocimientos abstractos. Se objetivan en instituciones, hábitos, métodos de organización y formas de intervención capaces de condensar la experiencia acumulada durante un determinado ciclo histórico</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La evolución de los comités de defensa constituye un ejemplo privilegiado de este proceso. Nacidos en un contexto marcado todavía por la estrategia de la gimnasia revolucionaria, su transformación tras octubre de 1934 expresa un auténtico proceso de balance práctico. El fracaso de las insurrecciones anteriores obligó a abandonar concepciones espontaneístas y condujo a formas mucho más sistemáticas de preparación, estudio del terreno, planificación logística y organización clandestina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El balance concreto sobre esta experiencia lo ilustra muy bien la propia ponencia del Comité Nacional de los Comités de Defensa, presentada en 1934, al calor de la insurrección asturiana en curso:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">No hay revolución sin preparación; y cuanto más intensa e inteligente sea ésta, mejor en su día se impondrá aquélla. Hay que acabar con el prejuicio de las improvisaciones, por inspiración exaltada, como únicas formas posibles en las horas de las dificultades. Ese error, de la confianza en el instinto creador de las masas, nos ha costado muy caro. No se procuran, como por generación espontánea, los medios de guerra inexcusables para combatir a un Estado que tiene experiencia, fuertes dotaciones y normas superiores ofensivo-defensivas<sup data-fn="a53c2030-e2b8-4a8d-8532-2110420b631f" class="fn"><a id="a53c2030-e2b8-4a8d-8532-2110420b631f-link" href="#a53c2030-e2b8-4a8d-8532-2110420b631f">6</a></sup></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando el golpe militar se produjo en julio de 1936, estos comités no improvisaron la respuesta. <strong>La posibilidad de derrotar al ejército en Barcelona no fue únicamente fruto del heroísmo popular, sino de una experiencia organizativa previamente elaborada y objetivada en formas concretas de preparación revolucionaria</strong>. Los comités constituyen, en este sentido, un ejemplo de cómo la práctica histórica, sometida a balance, produce nuevas capacidades materiales para la acción futura.</p>



<h2 class="wp-block-heading">III. El propio desarrollo de la revolución revela los límites de las formas alcanzadas</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, toda forma histórica contiene límites que únicamente se hacen visibles cuando alcanza el máximo desarrollo permitido por sus propias determinaciones. Precisamente porque la revolución consiguió desplegar extraordinariamente las capacidades construidas durante el ciclo anterior, pudo también revelar aquello que dichas capacidades ya no conseguían resolver.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La caída de Zaragoza, Cádiz o Sevilla no debe entenderse únicamente como una sucesión de derrotas militares. Cada una de ellas puso de manifiesto insuficiencias estructurales en las formas organizativas alcanzadas hasta ese momento. La preparación revolucionaria había adquirido un elevado grado de desarrollo en numerosos ámbitos locales, pero la propia dimensión que adquirió la guerra exigía formas superiores de coordinación regional, confederal e incluso internacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Resulta especialmente ilustrativo el caso de Sevilla. El 18 de julio los fascistas toman rápidamente puntos neurálgicos de la ciudad. Sin embargo, en los barrios obreros como la Macarena, San Julián y Triana la resistencia popular fue intensa. Obreros y militantes de la CNT, junto con otros sectores populares, levantaron barricadas y sostuvieron feroces combates callejeros durante días frente a las tropas sublevadas. Sin embargo, aquellas posiciones apenas disponían de armamento ligero, escasa munición y poca capacidad para responder al empleo sistemático de artillería y tropas profesionales. Así pues, el 21 de julio cae Triana y entre el 22 y el 23 la resistencia obrera organizada en la Macarena, San Luis y San Julián sucumbe<sup data-fn="5de5ca8d-3d65-4615-95a7-c2bcfa7e64e7" class="fn"><a id="5de5ca8d-3d65-4615-95a7-c2bcfa7e64e7-link" href="#5de5ca8d-3d65-4615-95a7-c2bcfa7e64e7">7</a></sup>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema no residía únicamente en el valor de quienes defendían las barricadas, sino en que esa resistencia permanecía prácticamente aislada. Una vez iniciado el combate, la resistencia no contó con una estructura regional que lograra concentrar recursos, coordinar eficazmente los distintos focos y convertirlos en una respuesta militar unificada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El contraste con Barcelona resulta significativo. Allí los Comités de Defensa no surgieron improvisadamente el 19 de julio. Tras el fracaso de las insurrecciones anteriores, y especialmente después de octubre de 1934, habían abandonado la lógica de la gimnasia revolucionaria para orientarse hacia una preparación mucho más sistemática: reconocimiento del terreno, obtención de armamento, elaboración de planes, organización por barrios, estudio de objetivos estratégicos y coordinación entre numerosos núcleos militantes. Esa preparación permitió responder de manera relativamente unificada al golpe militar y, sobre todo, transformar la derrota del ejército en el punto de partida de un proceso revolucionario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora bien, incluso esa experiencia mostró rápidamente sus propios límites. Los Comités de Defensa constituían una extraordinaria forma de organización para la insurrección urbana, pero su implantación era profundamente desigual en el conjunto del territorio. Allí donde no habían alcanzado un desarrollo semejante —como en buena parte de Aragón occidental, Andalucía o Galiza— el movimiento revolucionario se encontró privado de una herramienta cuya construcción requería años de acumulación organizativa. A ello se añadía otro límite aún más profundo: la incapacidad efectiva de los mecanismos confederales a la hora de coordinar de forma estable aquella experiencia más allá del ámbito local o comarcal<sup data-fn="0f9aaca2-5596-4a91-ac85-568ec6aa9ec6" class="fn"><a id="0f9aaca2-5596-4a91-ac85-568ec6aa9ec6-link" href="#0f9aaca2-5596-4a91-ac85-568ec6aa9ec6">8</a></sup>. El desarrollo desigual de los Comités no pudo ser compensado mediante una planificación común a escala peninsular.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">No resulta casual que, en el propio transcurso de la guerra, comenzaran a aparecer intentos de responder a esta nueva situación mediante órganos inéditos, como el denominado Comité de Comités o, posteriormente, la Comisión Asesora Política de la CNT<sup data-fn="7d0188fe-5032-4c86-a7d8-7015152d1289" class="fn"><a id="7d0188fe-5032-4c86-a7d8-7015152d1289-link" href="#7d0188fe-5032-4c86-a7d8-7015152d1289">9</a></sup>. Independientemente del juicio que merezcan sus soluciones concretas, su mera aparición revela algo más importante: fue la propia revolución quien transformó contradicciones latentes en problemas organizativos efectivos. Las formas heredadas ya no los podían resolver por sí solas y la historia exigió nuevas categorías para razonarlos. Precisamente por ello hoy podemos discutir críticamente el alcance y los límites de aquellas respuestas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata, por tanto, de afirmar retrospectivamente que «faltó coordinación». Una formulación semejante convierte el balance en una simple enumeración de carencias. Lo decisivo es comprender que fue el propio desarrollo de la revolución quien hizo emerger esa necesidad como una nueva determinación histórica. Mientras la preparación revolucionaria debía responder a conflictos localizados, las formas organizativas existentes demostraron una enorme eficacia. Pero cuando el enfrentamiento adquirió dimensiones territoriales y la revolución comenzó a plantearse problemas de dirección política, logística y coordinación económica de alcance general, aquellas mismas formas revelaron el límite histórico de su propio desarrollo. La contradicción no era externa a ellas; surgía de su propio éxito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las contradicciones aparecen así no como errores accidentales, sino como el punto en el que una forma histórica agota sus posibilidades de desarrollo y hace visible la necesidad de una forma superior.</p>



<h2 class="wp-block-heading">IV. El desarrollo de la revolución produjo problemas que antes no existían de forma efectiva</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Posiblemente, la enseñanza más importante del proceso revolucionario sea que sus mayores problemas no procedieron únicamente de aquello que heredó, sino también de aquello que ella misma produjo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La derrota parcial del aparato estatal y la emergencia de órganos revolucionarios abrieron una situación completamente nueva. El problema dejó de ser exclusivamente cómo destruir el viejo poder; pasó a ser también cómo organizar el nuevo poder nacido de la propia revolución. La constitución del Comité Central de Milicias Antifascistas expresa precisamente esta nueva contradicción. Del mismo modo, la política de colaboración antifascista, los debates sobre la participación gubernamental o los sucesos de mayo de 1937 sólo pueden comprenderse como respuestas, acertadas o no, a un problema histórico que antes de julio de 1936 simplemente no existía de forma tangible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es aquí donde el balance muestra toda su potencia. La revolución no fracasó porque se olvidara aplicar un programa previamente correcto, sino porque su propio desarrollo produjo tareas históricas para las que el movimiento obrero todavía no había elaborado las mediaciones teóricas, organizativas y políticas correspondientes. Las cuestiones del poder revolucionario, de las alianzas de clase o de la articulación de un programa para el conjunto del proletariado no aparecieron como problemas doctrinales, sino como exigencias planteadas por el desarrollo de la revolución. Su desenlace tampoco es meramente mecánico; el propio curso revolucionario dio respuestas concretas a estos problemas ¿Estaba la CNT destinada a seguir este camino? No, no necesariamente, <strong>solo ahora, en retrospectiva, lo podemos juzgar como error porque tuvo un curso de desarrollo material sobre la historia</strong>.</p>



<h2 class="wp-block-heading">V. La función de vanguardia no se ejerce siempre por un mismo destacamento</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La cuestión del poder revolucionario permite observar con especial claridad cómo una determinación histórica puede reaparecer bajo formas diferentes a medida que la experiencia de la clase reorganiza sus propias categorías. Tras la derrota militar de la sublevación en Barcelona, García Oliver apoyó en el Pleno de Locales y Comarcales del 21 de julio la propuesta planteada por José Xena, en representación de la comarcal del Baix Llobregat, de marchar adelante con la revolución para implantar el comunismo libertario, conocida como la propuesta de «ir a por el todo»<sup data-fn="84069079-8b7c-4d8f-b6de-8522fa6022ac" class="fn"><a id="84069079-8b7c-4d8f-b6de-8522fa6022ac-link" href="#84069079-8b7c-4d8f-b6de-8522fa6022ac">10</a></sup>. La propuesta fue derrotada por una amplia mayoría y la CNT optó por participar en el Comité Central de Milicias Antifascistas, un órgano de colaboración de clases. No interesa aquí resolver retrospectivamente si aquella decisión fue correcta o incorrecta en abstracto, sino observar qué posibilidad histórica expresaba cada posición y qué ocurrió con ella en el desarrollo posterior de la revolución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La colaboración antifascista convirtió progresivamente al CCMA en la mediación política fundamental de la revolución catalana, pero no resolvió la contradicción abierta el 19 de julio. La clase obrera había desarticulado parcialmente el poder existente y había construido sus propios órganos de organización, producción y defensa, sin llegar a constituir una forma política capaz de unificar y desarrollar ese poder de clase. La cuestión que había aparecido en julio no desapareció; quedó desplazada y reapareció, bajo condiciones distintas, conforme las contradicciones de la colaboración de clases se hicieron cada vez más evidentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A finales de abril de 1937 los Amigos de Durruti habían formulado ya las consignas de «Junta Revolucionaria» y «todo el poder a la clase trabajadora»; durante las jornadas de mayo dichas consignas adquirieron una concreción práctica, aportando a la revitalización de la lucha revolucionaria en las barricadas. Posteriormente, en agosto, el Amigo del Pueblo reincidía en la necesidad de dicha Junta y los motivos para constituirla. La forma concreta de la propuesta de la Junta no era idéntica a la formulación de julio del 36: era el resultado de una experiencia histórica distinta y de un desarrollo teórico posterior. Es más, en el transcurso del 37 se fue actualizando conforme avanzaba la<sup data-fn="1910ba01-1af5-4af7-a9c7-cfabee9923ff" class="fn"><a id="1910ba01-1af5-4af7-a9c7-cfabee9923ff-link" href="#1910ba01-1af5-4af7-a9c7-cfabee9923ff">11</a></sup> historia. Sin embargo, ambas posiciones pueden leerse a la luz de una misma determinación: la necesidad de dotar a la revolución de una forma política propia, con independencia de clase, capaz de organizar y ejercer materialmente el poder surgido de la lucha obrera. La diferencia no reside, por tanto, en la aparición de una verdad completamente nueva, sino en la transformación de una determinación que la experiencia anterior había dejado irresuelta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisamente aquí puede observarse el carácter históricamente determinado de la función de vanguardia. Quien expresa una posibilidad revolucionaria no queda investido por ello de una condición permanente de vanguardia. García Oliver pudo expresar en julio una posibilidad abierta por el desarrollo de la insurrección y, sin embargo, participar posteriormente en una mediación política que contribuyó a contenerla. Los Amigos de Durruti, por su parte, elaboraron meses después una respuesta que retomaba el problema del poder revolucionario bajo nuevas condiciones. La función de vanguardia no reside, por tanto, en la identidad permanente de un destacamento ni en la constitución de uno para ser vanguardia, sino en su capacidad concreta para reconocer las determinaciones producidas por el movimiento real, elevarlas a conciencia y devolverlas a éste bajo una forma práctica capaz de desarrollarlas.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Praxis, Potencialidades y Limitaciones</h1>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás más importante sea entender estos elementos como <em>potencialidades</em> históricas y no como desarrollos <em>necesarios</em>. Es decir, de la presencia de estos elementos, no se deriva automáticamente un curso concreto de la revolución, pues concurren otros múltiples y tampoco podemos ignorar la subjetividad del momento. De todas formas, estos elementos constituyen una condición de posibilidad para el triunfo de la revolución. En esto, reside gran valor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lejos de ofrecernos respuestas definitivas, un ejercicio como éste permite comprender la naturaleza del propio balance. No consiste en reconstruir un pasado ideal ni en señalar, desde la comodidad del presente, aquello que otros debieron hacer. Su tarea es distinta: identificar las potencialidades históricas efectivamente desarrolladas, las formas organizativas que cristalizaron esa experiencia, las contradicciones que revelaron sus límites y las nuevas tareas que emergieron de ese mismo proceso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las potencialidades que hemos señalado no se realizaron por simple inercia, ni su resolución pudo surgir de una voluntad aislada. Precisamente porque la revolución produjo problemas que antes no existían de forma práctica, las formas organizativas heredadas mostraron su capacidad en un terreno y su insuficiencia en otro. Allí donde la experiencia acumulada había permitido sostener la insurrección, esa misma experiencia hizo visible también que el nuevo nivel alcanzado por la lucha exigía nuevas mediaciones, capaces de reorganizar lo que hasta entonces había quedado disperso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisamente por ello, estos elementos deben entenderse como condiciones de posibilidad y no como garantías de ningún desenlace histórico. Ninguna de ellas contenía en sí misma el triunfo de la revolución, del mismo modo que su ausencia no determina mecánicamente la derrota. Constituyen, más bien, el terreno objetivo sobre el que la praxis histórica produce nuevas posibilidades, nuevas contradicciones y, con ellas, nuevas tareas para el movimiento revolucionario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si el balance constituye la elaboración consciente de la experiencia histórica de nuestra clase, su función no puede agotarse en la descripción del pasado. La crítica de una práctica anterior sólo adquiere sentido cuando reorganiza la práctica presente. De otro modo, el balance quedaría reducido a un ejercicio historiográfico incapaz de intervenir sobre el movimiento real.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las potencialidades y limitaciones que hemos señalado no constituyen, por tanto, una colección de enseñanzas abstractas ni un catálogo de aciertos y errores. Expresan problemas históricos cuya resolución sigue abierta. Precisamente porque la forma que adopta el capital se transforma continuamente, también deben transformarse las formas mediante las cuales la clase trabajadora organiza su resistencia y construye su capacidad revolucionaria. El balance sólo cumple su función cuando permite formular nuevas tareas acordes con esas determinaciones históricas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera de ellas concierne a la propia elaboración del programa. Si la revolución española puso de manifiesto la necesidad de responder a problemas relativos al poder revolucionario, las alianzas de clase o la coordinación política, la tarea actual no puede consistir en repetir mecánicamente las respuestas formuladas entonces, sino en reconstruir los espacios capaces de producirlas nuevamente bajo las condiciones presentes. Esto exige desarrollar organizaciones, métodos de trabajo y ámbitos de discusión donde puedan confrontarse distintas líneas políticas, verificarse en la práctica y reelaborarse colectivamente. No existe otra vía para el desarrollo de la teoría revolucionaria que la crítica permanente de la propia experiencia histórica. La práctica social sigue siendo el único criterio de verdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el programa tampoco puede elaborarse al margen de las formas concretas de organización de la clase. Si las capacidades revolucionarias son siempre el resultado de un proceso histórico previo, entonces una de las tareas fundamentales consiste en descubrir, mediante la propia praxis, aquellas formas de autoorganización que permitan hoy desarrollar las capacidades que mañana exigirán procesos revolucionarios de mayor profundidad. No se trata únicamente de organizar conflictos inmediatos, sino de hacerlo de tal manera que estos produzcan nuevas capacidades colectivas: formas superiores de solidaridad, conocimientos sobre la organización de la producción, experiencia de autogestión, coordinación territorial y hábitos de decisión colectiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las formas organizativas que adoptemos en el presente no son políticamente indiferentes. Constituyen el terreno sobre el que se desarrollan —o se limitan— las capacidades históricas de nuestra clase. Del mismo modo que las décadas de organización libertaria hicieron posible la rápida socialización de la producción en julio de 1936, las formas que construyamos hoy condicionarán las posibilidades abiertas por las futuras irrupciones de la lucha de clases. La organización deja así de ser un simple instrumento para convertirse en un momento constitutivo del propio desarrollo histórico del proletariado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta reflexión adquiere todavía mayor importancia bajo las condiciones del capitalismo contemporáneo. La internacionalización de las cadenas de producción, la integración de los mercados y el carácter global del capital hacen insuficiente cualquier estrategia que permanezca confinada al ámbito estrictamente local o nacional. Del mismo modo que el capital organiza internacionalmente su reproducción, la clase trabajadora sólo podrá desarrollar plenamente sus propias capacidades mediante formas efectivas de coordinación regional, confederal e internacional. Frente al capitalismo imperialista no cabe oponer otra cosa que un internacionalismo de clase igualmente real, capaz de traducirse en organización, solidaridad y acción comunes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, sería contradictorio concluir este artículo ofreciendo un conjunto cerrado de orientaciones. Precisamente porque el programa constituye una mediación históricamente producida, su desarrollo no puede deducirse de un texto ni resolverse mediante formulaciones doctrinales. Corresponde al análisis concreto de la coyuntura, al debate entre los distintos destacamentos del movimiento obrero y, sobre todo, a la práctica social misma, determinar las formas específicas que estas tareas deberán adoptar. Si algo pretende defender este trabajo es, precisamente, que esa elaboración constituye una tarea colectiva e históricamente abierta.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Conclusiones</h1>



<p class="wp-block-paragraph">El balance y la forja del programa exigen un trabajo conjunto. Las distintas corrientes y destacamentos son condensaciones particulares de la experiencia de nuestra clase. El sectarismo nos aísla; el balance nos obliga a contrastar nuestra práctica con la de toda la clase en su conjunto, aprendiendo de las minorías y las mayorías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Citando una última vez a Agustín:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Sin teoría revolucionaria no hay revolución. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existe teoría revolucionaria, ni avance teórico. […]. El marxismo revolucionario es un método de análisis de la realidad social e histórica, que transforma el arma de la crítica en la crítica de las armas. […]. El partido del proletariado no es sólo un programa, sino su defensa por parte de individuos movidos por la pasión revolucionaria, y organizados en diversos partidos, nebulosas y vanguardias de clase, que defienden distintas tácticas.<sup data-fn="83a600d3-a8b9-4713-b58d-99213987b628" class="fn"><a id="83a600d3-a8b9-4713-b58d-99213987b628-link" href="#83a600d3-a8b9-4713-b58d-99213987b628">12</a></sup></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Nos queda, como tarea, ver la aplicación concreta que deben tomar estas orientaciones. Es decir, determinar las formas específicas que pueden adoptar de acuerdo con la forma actual que toma el capital en una geografía concreta. Esta tarea implica el debate colectivo de los destacamentos, el análisis de la coyuntura y, sobre todo, la aplicación práctica y creativa de nuevas formas organizativas que conserven los momentos de verdad de las formas existentes a la vez que nieguen y superen sus límites. Conviene remarcar que <strong>el avance sólo puede producirse mediante orientaciones concretas</strong>, capaces de intervenir sobre las contradicciones existentes y abrir nuevas posibilidades para el movimiento de la clase. El criterio no puede ser, por tanto, la reproducción de una forma organizativa determinada, sino su capacidad para desarrollar, en las condiciones históricas concretas, mayores grados de autoorganización e independencia de clase <strong>generalizada</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por último, me gustaría aprovechar este espacio para volver a hacer un llamamiento. Un llamamiento a la socialización de la teoría y la cooperación en la práctica, en pro del balance y del avance de la lucha de clases. Estas tareas, considero, no son dominio exclusivo del plataformismo, apelan a tode militante que lucha por la emancipación. Esto no es un llamado a la unidad abstracta para resolverlas. Para nada. Lejos de esta concepción de dejar al lado nuestras diferencias, debemos de hallar la unidad en lo concreto, que necesariamente implica un grado de separación para el desarrollo de la práctica consciente.</p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>T. Morago, militante de Liza</strong></em></p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/08/balance-2-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16557" style="width:431px;height:auto"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Madrid, 13 de agosto de 2026</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si bien asumo la autoría de este texto, quiero dejar constancia y expresar mi especial agradecimiento a todes les camaradas que, directa o indirectamente, han aportado a él. Tanto a quienes militamos en Liza, cuyas reflexiones, críticas y práctica diaria nutren este texto, como a otros destacamentos y militantes, tanto anarquistas como comunistas, que han aportado de forma honesta en los espacios donde hemos compartido trinchera. Quede explícito que estas no son solo mis ideas, son apenas una gota en el océano que condensa la experiencia de nuestra clase.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Notas finales</h1>



<p class="wp-block-paragraph"></p>


<ol class="wp-block-footnotes"><li id="982e866b-8197-4b1f-9a90-74e310fd3d8c">«La revolución de los Comités. Libro 1. Hambre y violencia en la Barcelona Revolucionaria. De junio a diciembre de 1936», Agustín Guillamón, Alejandría Proletaria, Valencia, junio de 2018, página 9. <a href="#982e866b-8197-4b1f-9a90-74e310fd3d8c-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 1"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="3c2d1f38-8e91-4bb9-a922-b6f6a57aee41">Me gustaría dar crédito al Colectivo Rizoma por sus debates sobre la vanguardia, el balance y el programa, que han impulsado la formulación aquí presente. Además, los debates en Causa Proletaria, espacio del cual formó parte Alternativa Libertaria Madrid, cuyo principal objeto de debate y desarrollo fue el balance concreto del 36 <a href="#3c2d1f38-8e91-4bb9-a922-b6f6a57aee41-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 2"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="3f3837dc-a679-4bbc-848a-0b792116c418">Los ciclos de praxis aquí no hacen alusión a ciclos consecutivos, son conceptuales, pues podemos enfrentarnos a la necesidad de reorganizar la cuestión sindical, organización de la vivienda o el ejército proletario. La condensación de las experiencias no es, por tanto, necesariamente global, pues, dependiendo del nivel de concreción, podrá ser a un nivel más práctico, como método de desarrollo de un conflicto laboral, o teórico, como forma organizativa de una organización política. <a href="#3f3837dc-a679-4bbc-848a-0b792116c418-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 3"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="f660948a-c374-439d-85fb-b0cf72110b09">Esta última pregunta nos obliga a examinar los aburridos, pero indispensables, 70 años previos de lucha obrera que permitieron 8 días de insurrección proletaria. A día de hoy, creo que nos encontramos más cerca de los primeros que de los últimos, aún que no podemos minimizar la importancia de los 3 años posteriores a la insurrección del 36 para las tareas de hoy. <a href="#f660948a-c374-439d-85fb-b0cf72110b09-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 4"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="0d3a8ba2-67d0-423f-8df9-7c54f628663f">«<a href="https://regeneracionlibertaria.org/2026/05/18/en-defensa-de-la-subjetividad-o-no-todo-es-teoria-revolucionaria/">En defensa de la subjetividad o no todo es teoría revolucionaria</a>», Genís Ferrero, Regeneración Libertaria, 18 de mayo de 2026  <a href="#0d3a8ba2-67d0-423f-8df9-7c54f628663f-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 5"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="a53c2030-e2b8-4a8d-8532-2110420b631f"><br>Esta cita está extraída del siguiente artículo: «<a href="https://serhistorico.net/2025/11/01/de-los-comites-de-defensa-al-analisis-de-los-organos-de-poder-por-josep-rebull-izquierda-del-poum-y-la-agrupacion-de-los-amigos-de-durruti/" target="_blank" rel="noopener">De los comités de defensa al análisis de los órganos de poder por Josep Rebull (izquierda del POUM) y la Agrupación de Los Amigos de Durruti</a>», Agustín Guillamón, Ser Histórico, Barcelona, abril de 2020. <a href="#a53c2030-e2b8-4a8d-8532-2110420b631f-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 6"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="5de5ca8d-3d65-4615-95a7-c2bcfa7e64e7">«<a href="https://serhistorico.net/2023/05/04/sevilla-y-huelva-1936-1937-la-resistencia-contra-queipo-de-llano/" target="_blank" rel="noopener">Sevilla y Huelva 1936-1937: la resistencia contra Queipo de Llano</a>», Francesc Tur, Ser Histórico, 4 de mayo de 2023. <a href="#5de5ca8d-3d65-4615-95a7-c2bcfa7e64e7-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 7"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="0f9aaca2-5596-4a91-ac85-568ec6aa9ec6">Existían estructuras de la CNT y, posteriormente, aparecieron iniciativas de coordinación regional muy claras. El Consejo Regional de Defensa de Aragón, por ejemplo, se constituyó en octubre de 1936 y recibió representación de numerosas organizaciones y localidades; además, existió una discusión sobre articular Consejos Regionales de Defensa federados y un Consejo Nacional de Defensa debatida en el Pleno Nacional de Regionales entre el 15 y 17 de septiembre de 1936 celebrado en Madrid. «La revolución de los Comités. Libro 1. Hambre y violencia en la Barcelona Revolucionaria. De junio a diciembre de 1936», Agustín Guillamón, Alejandría Proletaria, Valencia, junio de 2018, página 141. <a href="#0f9aaca2-5596-4a91-ac85-568ec6aa9ec6-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 8"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="7d0188fe-5032-4c86-a7d8-7015152d1289">Surgiendo ambos con funciones distintas y en coyunturas diferentes, pero respondiendo a la necesidad de agilizar la toma de decisiones y conseguir coherencia interna. En ambos casos, también, su función resultó contrarrevolucionaria. Para ampliar sobre el tema:<br>«Texto de la presentación del libro Ecos y pasos perdidos de Juan García Oliver en el Ateneu Llibertari de Gràcia», Agustín Guillamón, el 22 de octubre de 2021. <a href="#7d0188fe-5032-4c86-a7d8-7015152d1289-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 9"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="84069079-8b7c-4d8f-b6de-8522fa6022ac">Esta visión es contestada por la historiografía de Agustín Guillamón, que matiza que «Juan García Oliver planteó acto seguido el debate y la decisión a tomar como una elección entre una “absurda” dictadura anarquista o la colaboración». De todas formas, defendiera de verdad esta propuesta o no, sí sabemos que esta propuesta estuvo sobre la mesa.<br>«<a href="https://kaosenlared.net/que-paso-en-barcelona-el-21-de-julio-de-1936/" target="_blank" rel="noopener">¿Qué pasó en Barcelona el 21 de julio de 1936?</a>», Agustín Guillamón, kaosenlared.net, Barcelona, marzo de 2022 <a href="#84069079-8b7c-4d8f-b6de-8522fa6022ac-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 10"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="1910ba01-1af5-4af7-a9c7-cfabee9923ff">«<a href="https://serhistorico.net/2020/03/14/sobre-el-concepto-de-junta-revolucionaria/" target="_blank" rel="noopener">Sobre el Concepto de JUNTA REVOLUCIONARIA</a>», Agustín Guillamón, Ser Histórico, 14 de marzo de 2020. <a href="#1910ba01-1af5-4af7-a9c7-cfabee9923ff-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 11"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li><li id="83a600d3-a8b9-4713-b58d-99213987b628"><a href="https://www.portaloaca.com/historia/iirepublicayguerracivil/la-historia-es-un-campo-de-batalla-mas-de-la-guerra-de-clases-en-curso/" target="_blank" rel="noopener">«La historia es un campo de batalla más de la guerra de clases en curso</a>», Agustín Guillamón, Barcelona, 1 de junio de 2023. <a href="#83a600d3-a8b9-4713-b58d-99213987b628-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota 12"><img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/21a9.png" alt="↩" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />︎</a></li></ol>]]></content:encoded>
					
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		<title>Dualismo organizativo, la clase y la revolución: algunas aclaraciones para seguir debatiendo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Colaboraciones]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Oct 2026 07:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Estrategia y pensamiento]]></category>
		<category><![CDATA[Anarquismo]]></category>
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					<description><![CDATA[En los últimos meses se ha desarrollado en distintos espacios libertarios una polémica alrededor del especifismo, la organización anarquista, la lucha de clases y la posibilidad de una transformación revolucionaria en el siglo XXI. El artículo de Capi Vidal, “El especifismo, el proletariado y el anarquismo del siglo XXI: trazas de una polémica inacabable”, resume [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/10/balance-6.png" alt="" class="wp-image-16684"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><br>En los últimos meses se ha desarrollado en distintos espacios libertarios una polémica alrededor del especifismo, la organización anarquista, la lucha de clases y la posibilidad de una transformación revolucionaria en el siglo XXI. El artículo de Capi Vidal, <a href="https://www.portaloaca.com/pensamientolibertario/textosanarquismo/el-especifismo-el-proletariado-y-el-anarquismo-del-siglo-xxi-trazas-de-una-polemica-inacabable/" target="_blank" rel="noopener"><u>“El especifismo, el proletariado y el anarquismo del siglo XXI: trazas de una polémica inacabable”</u></a>, resume buena parte de este debate en el que, además, toma posición frente a los diferentes autores que han participado en él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Creo que merece la pena responder, no tanto para añadir otro capítulo a una polémica interminable, sino porque algunas críticas al especifismo parten de una comprensión bastante particular de lo que es esta corriente. Y, al mismo tiempo, porque algunas de las preguntas planteadas por Vidal, Tomás Ibáñez, Gustavo Rodríguez, Laura Vicente o Alfredo Apilánez son perfectamente legítimas y deberían ser asumidas por quienes nos consideramos anarquistas organizados, sociales y revolucionarios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata, por tanto, de demostrar que unos tienen toda la razón y otros ninguna. Se trata de aclarar conceptos y, sobre todo, de preguntarnos qué puede significar hoy ser revolucionario desde el anarquismo.</p>



<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="836" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/imatge.png" alt="" class="wp-image-16669" style="aspect-ratio:0.8164130626814827;width:686px;height:auto"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Qué es realmente el especifismo?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Empezaría por una cuestión bastante sencilla: el especifismo no es una doctrina cerrada ni un intento de reconstruir literalmente el anarquismo de hace cien años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El término se utiliza para describir una corriente de organización anarquista que se desarrolló fundamentalmente en América Latina, especialmente a partir de la experiencia de la Federación Anarquista Uruguaya (FAU), y que posteriormente recibió influencias tanto del anarquismo social anterior como del plataformismo, pero que desarrolló sus propias concepciones estratégicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su idea central tampoco es especialmente complicada: los anarquistas necesitamos organizarnos específicamente como anarquistas y, al mismo tiempo, participar en las organizaciones y luchas sociales donde se encuentran las clases populares.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto suele denominarse “dualismo organizativo” u “organización dual”:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por un lado tenemos la organización política anarquista, formada por militantes que comparten unos principios, un análisis y una estrategia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otro, las organizaciones sociales o de masas: sindicatos, organizaciones vecinales, de vivienda, estudiantiles, campesinas, feministas, etc., donde participan personas con diferentes posiciones políticas y que se organizan alrededor de necesidades e intereses concretos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ambas expresiones no son dos mundos separados; entre ambas se produce una sinergia y relación. Y precisamente la cuestión ahí es cómo se establece esa relación entre ambos.</p>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="320" height="234" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/imatge-1.png" alt="" class="wp-image-16670"/></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph">Una organización anarquista específica no debería sustituir a un sindicato, a una organización de vivienda o a un movimiento popular. Tampoco debería convertirse en una dirección exterior que decida qué deben hacer los movimientos. Su función es intervenir dentro de ellos, organizarse, aportar propuestas, ampliar su número de adherentes y su implicación, aprender de las experiencias y tratar de desarrollar una orientación revolucionaria. Esta concepción anarquista nace ya con Bakunin, con su Alianza de la Democracia Socialista, y continúa estando presente en organizaciones contemporáneas influidas por el especifismo, el plataformismo o el dualismo organizativo. Como son Liza, Embat, Xesta, Hedra… o, en menor medida, FAI, Horizontal, Redes Libertarias… que suelen priorizar lo cultural o los proyectos sociales concretos libertarios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta un poco extraño identificar automáticamente la organización política especifista con un partido en su concepción socialdemócrata o leninista. Un partido leninista pretende conquistar el poder político del Estado y dirigir el proceso desde su propia organización. El especifismo parte de la idea contraria: “la transformación revolucionaria debe ser obra de las propias clases populares organizadas.”</p>



<p class="wp-block-paragraph">Naturalmente, esto no significa que una organización anarquista específica no pueda desarrollar dinámicas de vanguardia. Puede ocurrir. Es un riesgo real si no se entienden las dinámicas y funciones de las organizaciones, y merece ser discutido. Pero una cosa es señalar ese riesgo y otra afirmar que la existencia de una organización política anarquista implica necesariamente vanguardismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Y qué pasa con la Plataforma?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí creo que hay una confusión bastante habitual. Es cierto que existe una relación histórica entre la Plataforma de Dielo Truda y las corrientes posteriores de anarquismo organizado plataformista o especifista. Pero el especifismo actual no puede reducirse simplemente a una reedición latinoamericana de la Plataforma; es más correcto hablar de una apuesta actual por el dualismo organizativo de Bakunin y Malatesta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La experiencia de la FAU y, posteriormente, las elaboraciones de organizaciones de Brasil, Argentina y Chile desarrollaron conceptos propios: inserción social, trabajo de base, poder popular, análisis de coyuntura, estrategia, organización política específica, dualismo organizativo, etc.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tampoco tiene mucho sentido utilizar la existencia de un “Comité Ejecutivo” en la Plataforma de 1926 como prueba de que todo el especifismo contemporáneo es una especie de partido anarquista. Ni siquiera hoy en día quienes se identifican con la Plataforma usan ese tipo de órganos. Podemos discutir si determinadas formulaciones de la Plataforma eran demasiado centralizadoras. Podemos discutir si algunos mecanismos de unidad y responsabilidad colectiva pueden generar dinámicas burocráticas. Son discusiones perfectamente legítimas; una cosa no quita la otra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero no deberíamos confundir “la necesidad de coordinación política con la centralización autoritaria”. Una federación puede tener órganos coordinadores, delegados, acuerdos colectivos y una estrategia común y continuar funcionando mediante democracia directa, federalismo y control desde abajo. De hecho, organizaciones especifistas contemporáneas reivindican explícitamente esa combinación de unidad política y federalismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Unidad no significa dogma</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Otra crítica frecuente es que el especifismo pretende imponer una “línea doctrinaria” al resto. Y creo que debemos hacer una distinción al respecto, ya que una organización anarquista específica no tiene sentido si cada militante hace lo que considera oportuno, independientemente de los acuerdos colectivos. Para eso no necesitamos una organización política, sino una red de afinidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si diez personas forman una organización para desarrollar conjuntamente una estrategia, tendrán que discutir y llegar a acuerdos. Después tendrán que actuar colectivamente. Eso es unidad política. Otra cosa muy distinta es afirmar que esos acuerdos son verdades eternas que no pueden modificarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un programa revolucionario debería ser precisamente lo contrario: “una herramienta para orientar la práctica y poder ser revisado a partir de la experiencia.” Así se expresa Black Rose/Rosa Negra, una organización anarquista de Estados Unidos de América influida por el especifismo, que define su propio programa como un documento vivo, sujeto a revisión según cambian las condiciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y por último, abogar por una organización política anarquista, sea esta plataformista, especifista o partidaria del dualismo organizativo, no implica ni exige que no puedan o deban existir otras organizaciones políticas anarquistas que pudieran diferir en sus principios, análisis y estrategia. No hay incompatibilidad. Creo que hay una tendencia nociva en nuestros ambientes a estar más pendientes de lo que hacen otros que de lo que desarrollamos en las organizaciones en las que decidimos militar y por las que apostamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Existe todavía la clase trabajadora?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tengo la sensación de que se sobredimensiona toda la cuestión del debate alrededor del proletariado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí creo que algunas críticas de Tomás Ibáñez u otras apuntan a una cuestión importante. No podemos utilizar la palabra “proletariado” como si la sociedad de 2026 fuese la misma que la de 1867, 1917 o 1936. Aunque a nivel teórico pueda estar de acuerdo en el significado que da Guillamón del proletario y en que la inmensa mayoría de la población lo es, el imaginario colectivo en la sociedad e incluso entre quienes somos ideológicamente conscientes no lo usa o no lo ve así. Me parece más sencillo hoy en día hablar de trabajador u otra expresión que nos sirva para la misma función discursiva para hacernos entender entre “la gente común”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La composición de las clases populares ha cambiado enormemente. Han cambiado las relaciones laborales, la estructura industrial, la tecnología, las cadenas globales de producción, el peso de los servicios, el trabajo reproductivo, la precariedad, la migración y las formas de control. Todo esto es cierto. Pero de ahí no se deduce que las clases hayan desaparecido. Tampoco creo que la posición especifista tenga que ser que “el proletariado existe y algún día inevitablemente hará la revolución”. Eso lo consideraría una interpretación bastante pobre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo distinguiría varias cuestiones aquí:</p>



<ol class="wp-block-list">
<li>Existe una enorme cantidad de personas que necesitan vender su capacidad de trabajo para vivir.</li>



<li>Existe una minoría que controla grandes cantidades de capital, propiedades y medios de producción.</li>



<li>Existe una relación de explotación y dependencia entre ambas.</li>
</ol>



<p class="wp-block-paragraph">Pero de ahí no se deriva automáticamente que las personas asalariadas constituyan ya un sujeto revolucionario consciente y organizado. Eso lo podrían constituir quienes conforman un sector que se transforma en comunidad en lucha. De igual manera, se está constituyendo un sector reaccionario entre los asalariados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y además diría que eso mismo muestra por qué el especifismo no parte de un sujeto revolucionario ya constituido. Sino que, por el contrario, trata de dar respuesta a cómo una clase fragmentada, heterogénea y contradictoria puede desarrollar capacidad de organización y convertirse en una fuerza social capaz de transformar la sociedad.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="768" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/imatge-2-1024x768.png" alt="" class="wp-image-16671"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La clase no tiene que ser homogénea</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando algunos autores hablan de “clase trabajadora”, parece que inmediatamente imaginamos al obrero industrial masculino de una fábrica. Pero una concepción contemporánea de clase no tiene por qué ser esa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una trabajadora de una residencia, un repartidor, una enfermera, una trabajadora de Amazon, un programador precarizado, una limpiadora, un trabajador migrante de la construcción, una trabajadora de una plataforma digital o una persona que combina varios trabajos temporales puede tener situaciones muy diferentes. Pero en todas ellas existen relaciones comunes de dependencia respecto al capital. Y la cuestión no es negar las diferencias, es comprenderlas. Por eso tampoco me convence la oposición que hacen algunos entre “lucha de clases” y “luchas fragmentarias”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vivienda, el género, el racismo, la migración, el territorio, la reproducción social o el medio ambiente no son problemas que puedan simplemente colocarse fuera de la lucha de clases. Aunque tampoco podemos reducir toda lucha contra la dominación a una cuestión salarial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una concepción anarquista de la transformación social tiene que ser capaz de comprender la relación entre diferentes formas de dominación. El capitalismo no es la única estructura de poder existente. Pero tampoco desaparece porque descubramos que existen otras. Y es cierto que las luchas contemporáneas son múltiples y que no existe necesariamente un único movimiento obrero organizado que pueda convertirse en el centro de todas ellas. Pero decir que existen muchas luchas autónomas no resuelve el problema de cómo acumular fuerza, ya que podemos tener perfectamente una constelación de organizaciones que respondan a distintos problemas y necesidades en la vida de quien trabaja. No veo necesariamente ningún inconveniente; la cuestión es cómo, tanto dentro como fuera de las organizaciones, trazamos una estrategia de avance global.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es interesante, llegado a este punto, que podamos preguntarnos:</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Quiénes conservan la memoria de las luchas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Quiénes desarrollan una estrategia a largo plazo?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Quiénes forman nuevos militantes?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Quiénes intentan relacionar las diferentes luchas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Quiénes piensan más allá de la campaña concreta?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esto, de bajar la teoría a la práctica, aunque es una tarea que se puede dar tanto en las organizaciones sociales como en las puramente políticas, suele venir de sus militantes activos. En este caso se muestra precisamente la utilidad que los especifistas atribuyen a la organización política. No para sustituir esas luchas, sino para ayudar a conectarlas y desarrollar una estrategia común a través de sus militantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El modelo reticular que propone Capi Vidal puede ser útil para ciertas cosas, desde mi punto de vista, especialmente para cuestiones culturales. Una red de colectivos autónomos puede ser flexible, dinámica y de intercambio de recursos. Pero una red también puede tener problemas de continuidad, memoria, acumulación, inacción común y estrategia. Cosa que muchas de nosotras hemos podido experimentar con la proliferación de coordinadoras y federaciones anarquistas de ese estilo —también llamadas de síntesis—, que el impulso del 15M dio al movimiento libertario no hace tanto tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es útil ni positivo hablar en términos de qué forma organizativa es necesariamente superior a otra. Eso no aporta ni ayuda a posicionarnos como una fuerza social capaz de influir en nuestra sociedad como en la edad dorada de los años treinta del siglo pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si queremos criticar al especifismo, u otras formas organizativas, sean reticulares o sintetistas, es mejor que dejemos las caricaturas, abstracciones y teorizaciones, porque es bajando al barro, a lo concreto y práctico donde se ve qué aporta y hace cada una de ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Y entonces, ¿cómo es eso de la revolución?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta cuestión sí concuerdo en parte con Tomás Ibáñez en que no podemos imaginar necesariamente la revolución del siglo XXI como una repetición de 1936, de la revolución rusa o de cualquier otro acontecimiento histórico. No sabemos cómo será una transformación revolucionaria futura. Aunque siempre rima y de ahí que tampoco debamos abandonar la idea de revolución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Podemos sacar lecciones del pasado y entender los procesos que las propiciaron: ese proceso largo, no lineal, de transformación de las relaciones sociales y de construcción de unas comunidades en lucha, con una cultura y capacidad organizativa propias, capaces de enfrentarse al Estado y al capital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este sentido, no existe una contradicción necesaria entre revolución social y luchas concretas del día a día. La clave está en trabajar para que esas experiencias diarias consigan aumentar la capacidad de las personas para organizarse, decidir colectivamente, enfrentarse a quienes detentan estructuras de dominación y construir instituciones propias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese proceso de acumulación es precisamente lo que algunas organizaciones especifistas contemporáneas denominan “poder popular”. Black Rose/Rosa Negra en EE. UU., por ejemplo, entiende ese poder popular como la construcción a largo plazo de movimientos independientes, duraderos y combativos que puedan tanto conquistar mejoras como acumular fuerza para una transformación social revolucionaria.</p>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="388" height="515" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/imatge-3.png" alt="" class="wp-image-16672"/></figure>
</div>


<p class="wp-block-paragraph"><strong>El debate que sí deberíamos tener</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Creo que Vidal acierta cuando reclama pensamiento crítico, aunque no comparta varias de sus conclusiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El anarquismo no debería tener textos sagrados. Ni Bakunin, ni Malatesta, ni Dielo Truda, ni la FAU, ni Guillamón, ni Ibáñez, ni la FAI, etc., tienen la última palabra. Y tampoco la tiene el especifismo actual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una organización revolucionaria debería poder equivocarse, reconocerlo y cambiar. Pero el pensamiento crítico no significa necesariamente abandonar los conceptos de clase, organización o revolución porque procedan de una tradición histórica determinada. Significa comprobar si todavía nos sirven y, si no, transformarlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la verdad, con esa premisa a mí me parece que sería más interesante si reflexionáramos sobre:</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cómo se organiza hoy la mayoría social que vive de su trabajo, cómo se relaciona con otras formas de dominación y cómo puede convertirse en una fuerza capaz de transformar radicalmente la sociedad?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cómo construimos organizaciones que sean suficientemente fuertes para acumular capacidad y suficientemente libertarias para no convertirse en una nueva dominación sobre quienes luchan?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cómo hacemos que las luchas cotidianas desarrollen capacidades, relaciones y formas de organización que hagan posible una transformación revolucionaria?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque si discutimos de cuestiones prácticas, uno se da cuenta mejor de aquello que nos separa, aquello que nos une y dónde puede haber puentes de colaboración, que en mi opinión son más que los que no.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/10/clase-3-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16686" style="width:447px;height:auto"/></figure>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em>Julio F.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>Cuando la historia acelera: El desahucio de Maricarmen</title>
		<link>https://regeneracionlibertaria.org/2026/09/27/el-desahucio-de-maricarmen/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[liza]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 27 Sep 2026 17:38:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis y crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[15M]]></category>
		<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos Sociales]]></category>
		<category><![CDATA[Organización]]></category>
		<category><![CDATA[Revolución]]></category>
		<category><![CDATA[sindicato inquilinas]]></category>
		<category><![CDATA[sindicato inquilinos]]></category>
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					<description><![CDATA[«Las revoluciones tienen su propio tiempo, acompasado por aceleraciones y ralentizaciones. Tienen también su geometría propia, en la que la línea recta se rompe en las bifurcaciones y los giros bruscos de la historia.» Daniel Bensaid, La Política como Arte estratégico Existe una diferencia fundamental entre el tiempo cronológico y el tiempo político. El primero [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/balance-1-1.png" alt="" class="wp-image-16662"/></figure>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">«Las revoluciones tienen su propio tiempo, acompasado por aceleraciones y ralentizaciones. Tienen también su geometría propia, en la que la línea recta se rompe en las bifurcaciones y los giros bruscos de la historia.» Daniel Bensaid, <em>La Política como Arte estratégico</em></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Existe una diferencia fundamental entre el tiempo cronológico y el tiempo político. El primero transcurre de manera aparentemente uniforme: los días suceden a los días y el desarrollo es lineal. El segundo, sin embargo, bajo la lógica dialéctica de una realidad contradictoria, es muy distinto: Hay periodos históricos en los que meses o incluso años parecen contener muy pocas transformaciones sustanciales, mientras que existen momentos en los que, en cuestión de días, la realidad política puede transformarse radicalmente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto significa que el tiempo político no puede entenderse simplemente como la sucesión de acontecimientos en el calendario. Es, sobre todo, el ritmo al que se modifican las relaciones entre las fuerzas sociales, las instituciones, las organizaciones y las posibilidades de acción política. Existen sucesos concretos que, en base a la acumulación de contradicciones internas, aparecen como punto de inflexión, haciendo posible en términos cualitativos lo que hasta hace dos días era impensable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una sociedad puede permanecer durante años aparentemente estable y, sin embargo, estar acumulando contradicciones. Estas contradicciones no necesariamente se manifiestan de forma inmediata. Pueden permanecer separadas, parcialmente invisibles o incluso parecer inconexas entre sí. Una crisis económica, un conflicto laboral, una crisis de vivienda, una determinada actuación policial, una movilización popular o una crisis institucional pueden parecer, tomados individualmente, fenómenos aislados. Sin embargo, pueden establecer entre ellos vasos comunicantes: cada acontecimiento modifica las condiciones en las que se producen los siguientes, y cada nuevo conflicto puede potenciar, acelerar o transformar los anteriores. Es en este punto donde aparece la aceleración del tiempo político, la expresión concreta de contradicciones larvadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de que un acontecimiento aislado cree de la nada una situación revolucionaria. Más bien ocurre que una acumulación previa de contradicciones encuentra determinados acontecimientos capaces de condensarlas y hacerlas políticamente visibles. El acontecimiento actúa entonces como catalizador de procesos que ya estaban desarrollándose en la sociedad.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.”</strong> Karl Marx, <em>El 18 brumario de Luis Bonaparte</em></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de la Comuna de París puede servir para ilustrar esta cuestión. La Comuna no apareció simplemente como consecuencia de un único acontecimiento ocurrido el 18 de marzo de 1871. Antes se había producido una acumulación extraordinaria de conflictos: la guerra franco-prusiana, la derrota francesa, la caída del Segundo Imperio, el sitio de París, la organización y armamento de la Guardia Nacional, la creciente conflictividad entre el gobierno instalado en Versalles y la población parisina y la radicalización política de determinados sectores de la ciudad. Durante meses se habían ido acumulando elementos que modificaban la situación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero llega un momento en que esa acumulación cambia de ritmo. El intento del gobierno de retirar los cañones de la Guardia Nacional en Montmartre, el 18 de marzo, desencadena una ruptura. En pocos días, lo que podía parecer una crisis política más se transforma en una situación completamente distinta<strong>: el gobierno pierde el control efectivo de París, la Guardia Nacional ocupa un papel central y el 26 de marzo se celebran elecciones para la Comuna</strong>, que será proclamada dos días después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo importante es entender que nadie podía prever en qué iba a desembocar. Para Kropotkin, la existencia de la Comuna empezó a crear posibilidades que antes ni siquiera podían formularse de la misma manera. Según él, <strong>la idea de la Comuna no fue concebida de golpe por un individuo; la presenta como algo nacido de la inteligencia colectiva.</strong> Por tanto, no queremos afirmar que la Comuna fuese inevitable. No lo era. Lo importante es comprender que una serie de procesos que habían ido desarrollándose durante meses pudieron cristalizar en <strong>una transformación cualitativa en un periodo extraordinariamente corto</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En enero de 1917, Lenin, en su exilio en Zurich, no consideraba inminente la revolución rusa. Hablaba de ella como una revolución venidera que quizá su propia generación no llegaría a presenciar. En sus propias palabras: «Nosotros, los de la vieja generación, quizá no lleguemos a ver las batallas decisivas de esta revolución». Sin embargo, no dudaba de la posibilidad histórica de una nueva oleada revolucionaria. Apenas unas semanas después, la caída del zarismo transformó radicalmente el horizonte de lo posible. <strong>Lo que en enero aparecía como una perspectiva histórica indeterminada se había convertido en marzo en una situación política concreta en la que había que intervenir.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto permite comprender algo fundamental: <strong>la aceleración del tiempo político no significa que de repente todo sea posible. Significa que la frontera de lo posible puede desplazarse rápidamente.</strong> Lo que ayer parecía políticamente irrealizable puede convertirse mañana en una posibilidad concreta. Y, del mismo modo, una posibilidad que parecía abierta puede cerrarse rápidamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la <strong>aceleración política es también un problema estratégico.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading"><br>El acontecimiento y la acumulación</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Podemos trasladar esta reflexión a una escala mucho más cercana. Pensemos en un desahucio como el de Maricarmen. El desahucio, considerado aisladamente, puede parecer un conflicto concreto entre una persona y un Fondo Buitre, una cuestión jurídica o una reivindicación particular de vivienda. Pero alrededor de ese acontecimiento pueden existir ya determinadas condiciones: personas organizadas, redes de solidaridad, experiencias previas de lucha, malestar social, conflictos con las instituciones y una conciencia compartida sobre la existencia de un problema más general. El desahucio puede entonces convertirse en algo más que el caso particular que lo origina. En palabras de un compañero, <strong>los incendios no son previsibles, pero es nuestra obligación apilar material inflamable para cuando este aparezca</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de negar la particularidad de cada conflicto, sino de comprender cómo puede relacionarse con otros conflictos y cómo puede contribuir a construir una fuerza colectiva y, por supuesto, capaz de desbordar lo previsible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una concentración puede producir una red primaria de afinidades. Esa red puede permitir una nueva movilización. La respuesta institucional puede generar indignación. La indignación puede aumentar la participación. La participación puede producir una confluencia. La organización puede conectar el conflicto con otros conflictos. Y esos conflictos, a su vez, pueden modificar la percepción que otros sectores tienen de sus propias posibilidades de acción. En ese proceso se produce una retroalimentación. <strong>Una aceleración de las condiciones,</strong> de los conflictos, una agudización de la represión y una toma primaria de conciencia por capas mucho más amplias. No existe necesariamente una línea recta entre el acontecimiento inicial y el resultado final. Es una concatenación de sucesos que interactúan entre sí de forma dialéctica. Una lucha modifica las condiciones de otra; una victoria parcial puede generar confianza para una lucha posterior; una derrota puede producir desmoralización o, por el contrario, nuevas formas de organización; una respuesta represiva puede contener un movimiento o provocar una ampliación de la solidaridad. En resumen, <strong>un régimen de aceleración en el que cada acontecimiento deja de ser simplemente un acontecimiento y comienza a modificar las condiciones de los acontecimientos siguientes.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí es precisamente donde aparece el problema de la organización.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><br>Organizarse cuando el tiempo se acelera</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Durante los periodos de estabilidad, la necesidad de una organización política <strong>revolucionaria puede parecer abstracta</strong>. Si las luchas se desarrollan lentamente, viven sometidas a unas burocracias inerciales; si los conflictos son absorbidos por los mecanismos institucionales y si las reivindicaciones aparecen separadas unas de otras, puede parecer suficiente con intervenir en cada conflicto concreto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero cuando el tiempo político se acelera, aparece una pregunta diferente:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Qué hacemos con la fuerza que hemos conseguido acumular? ¿Cómo hacer que el incendio se propague?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">«Porque movilizar no es lo mismo que organizar» (Jane McAlevey). Y ganar una reivindicación concreta no significa necesariamente haber construido una fuerza política capaz de transformar las relaciones sociales que producen esa reivindicación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Toda lucha genera, además, distintas posibilidades de orientación. Una movilización puede ser canalizada hacia una negociación institucional, puede limitarse a resolver el problema particular que la originó, puede convertirse en una experiencia de organización más amplia o puede conectar con otros conflictos y producir una nueva forma de poder colectivo. <strong>Los hechos pueden pasar de ser cuantitativos a ser cualitativos.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Una desactivación o desviación de la lucha no requiere imaginar una conspiración permanente de las instituciones o de las burocracias sindicales. Se trata de reconocer que en toda lucha existen <strong>sujetos con intereses, posiciones y estrategias diferentes</strong>. Algunos buscarán resolver rápidamente el conflicto; otros intentarán ampliar su alcance; otros buscarán institucionalizarlo; otros intentarán mantenerlo dentro de determinados límites aceptables para la barbarie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una lucha no tiene una dirección política predeterminada. <strong>La aceleración abre posibilidades, pero no decide por sí misma hacia dónde se desarrollarán.</strong> Sin embargo, esta afirmación exige introducir una cautela fundamental: <strong>intervenir en una lucha no significa apropiarse de ella.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta cuestión fue especialmente importante para el pensamiento anarquista y, de manera particular, para Malatesta o Fontenis. Frente a la falsa alternativa entre espontaneidad absoluta y dirección desde arriba, defendieron la necesidad de organizaciones revolucionarias capaces de intervenir en los movimientos sociales, pero sin convertir esa intervención en una sustitución de quienes protagonizan las luchas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La organización revolucionaria puede aportar análisis, coordinación, experiencia, estrategia y una perspectiva más amplia; puede tratar de conectar conflictos particulares y contribuir a que una lucha desarrolle todo su potencial político. Pero existe una diferencia fundamental entre <strong>intervenir para fortalecer la autonomía de una lucha</strong> e <strong>intervenir para convertirla en un instrumento de una organización externa</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El revolucionario no debería situarse por encima de la lucha para determinar desde fuera lo que esta debe hacer. Tampoco debería limitarse a contemplarla pasivamente en nombre de la espontaneidad, como si no hubiera intereses dentro del propio conflicto por cooptar o canalizar el descontento. Su tarea consiste en <strong>desplegar acción política dentro de ella</strong>, aportando aquello que pueda aumentar su independencia de clase y su capacidad organizativa, sin sustituir al sujeto que la protagoniza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La organización revolucionaria sería, en este sentido, <strong>una mediación entre la espontaneidad de la lucha y la construcción consciente de una estrategia política. Un operador estratégico para la emancipación.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading"><br>La organización como mediación estratégica</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La función de la organización no consiste en fabricar artificialmente la aceleración de la historia ni en sustituir a quienes protagonizan una lucha. Tampoco consiste simplemente en esperar, pasivamente desde el sofá a que aparezca una situación revolucionaria para intervenir en ella. La organización tiene que construir, durante los periodos de relativa estabilidad, las capacidades necesarias para accionar políticamente cuando la situación cambie. Pivotar entre las condiciones objetivas y subjetivas de manera permanente. Entre la realidad social y un programa revolucionario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicho de otra manera: <strong>la organización revolucionaria se asienta en periodos de calma para poder desarrollar su estrategia antes de que el tiempo político vaya demasiado deprisa.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando llega la aceleración, ya no existe tiempo suficiente para construir desde cero una estrategia, unas relaciones, unos cuadros militantes, una cultura política, unos mecanismos de coordinación y una capacidad de intervención. Todo aquello que no se haya construido previamente tendrá que improvisarse cuando las condiciones sean más difíciles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La organización es, por tanto, <strong>una forma de acumulación política, de capital antagónico.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero esa acumulación no debería tener como objetivo la construcción de una <strong>estructura separada</strong> de la sociedad que posteriormente pretenda dirigirla. Su función debería ser construir capacidades que puedan ponerse al servicio de procesos colectivos más amplios. Pasar de ser militantes comprometidos a cuadros revolucionarios. En palabras de Fontenis: “La clase antes que el partido”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso quizá podamos formular la relación entre organización y movimiento de la siguiente manera:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>No se trata de dirigir la lucha desde fuera, sino de aumentar desde dentro su capacidad para organizarse, comprenderse y defenderse ante desviaciones.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>De hecho, suele plantearse con demasiada frecuencia la falsa dicotomía organización-frente de masas, cuando es una relación dialéctica: las organizaciones aportan a los frentes, la acción política en los frentes aporta al desarrollo de las militantes en las organizaciones, las organizaciones referencian su programa en base a que los frentes vean o sientan coherentes los avances y los espacios mejoran cualitativamente en el constante desarrollo teórico-práctico. Siempre desde la honestidad y la ética militante.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La organización aporta memoria cuando el movimiento está sometido a la urgencia del acontecimiento. Aporta perspectiva cuando el conflicto amenaza con reducirse a su dimensión inmediata. Aporta coordinación cuando las luchas aparecen fragmentadas. Y aporta estrategia cuando se abre una coyuntura en la que las decisiones tomadas en días pueden tener consecuencias durante años.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><br>De la lucha particular al cuadro revolucionario</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Existe aquí una cuestión fundamental: identificar qué potencial político contiene una determinada lucha. Una reivindicación concreta puede contener una contradicción mucho más amplia.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>La defensa de una vivienda puede abrir una discusión sobre la propiedad.</li>



<li>La defensa de un puesto de trabajo puede abrir una discusión sobre quién decide en la producción.</li>



<li>Una lucha contra una determinada medida institucional puede abrir una discusión sobre quién tiene capacidad efectiva para decidir sobre las condiciones de vida de la mayoría.</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">La organización puede ayudar a realizar esa conexión, pero no puede imponerla mecánicamente. Tiene que partir de la realidad concreta, de las relaciones existentes, del nivel de conciencia y del estado actual de la lucha de clases.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este sentido, el programa revolucionario tampoco debería entenderse como una lista de consignas que se aplica desde fuera a cualquier conflicto. Debe ser una herramienta para interpretar las contradicciones existentes y orientar la intervención hacia transformaciones que permitan ampliar la capacidad colectiva. De aquí surge otro papel de la organización revolucionaria, antes mencionado de manera superficial, <strong>que es el de crear cuadros revolucionarios</strong>. Personas con la capacidad de desplegar la teoría revolucionaria y traducirla al espacio concreto donde se está desarrollando la lucha. La política revolucionaria no consiste, entonces, en aplicar mecánicamente un programa previamente construido a cualquier situación. Consiste en mantener una relación permanente, orientada pero flexible, entre programa, organización, movimiento y realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La noción de cuadro revolucionario no es una etiqueta para denominar a militantes «iluminados», sino la idea de que con la militancia abnegada y comprometida por sí misma no basta, que la tarea es ingente y, no por ello, menos ilusionante. Que toca desplegar un programa y construir unidad estratégica. Una unidad que se cimienta en el debate fraterno y la voluntad política por avanzar.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><br>No toda aceleración es revolucionaria</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Esto permite comprender también por qué no toda aceleración política es necesariamente revolucionaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una crisis puede producir radicalización, pero también miedo o reacción. Puede generar organización, pero también repliegue. Puede ampliar la lucha o generar las propias condiciones para su erradicación. Puede abrir una posibilidad de ruptura o puede fortalecer las estructuras ya existentes. De hecho, estamos en un momento en que la agudización de las contradicciones dentro del capitalismo puede provocar un solapamiento de acontecimientos que acelere el curso de la historia en un sentido o en otro. La historia no avisa y tampoco pide permiso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La aceleración no determina el resultado: lo que hace es <strong>reducir el tiempo disponible para intervenir sobre un campo de posibilidades que todavía está abierto.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años, aquello que parece imposible permanece fuera del horizonte político. Hasta que una acumulación de contradicciones, un acontecimiento inesperado y una determinada correlación de fuerzas producen una transformación <strong>cualitativa.</strong> Entonces, el problema deja de ser si aquello es posible. <strong>El problema pasa a ser qué sujetos existen y qué orientación quieren imprimir a la situación. La política no deja vacíos y, si no estamos nosotras, estarán otros.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenemos a determinados sectores, después del momento de rabia social vivido tras el desahucio de Maricarmen, clamando por un nuevo 15M. Estos sectores, de tinte reformista, buscan simplemente una acumulación de indignación que cristalice en la enésima alternativa parlamentaria. La cual alimentará a la reacción por su incapacidad real para imponer cualquier cambio de nuestras condiciones. El 15M fue un proceso de aceleración que nos pilló, en el mejor de los casos, en un sótano lleno de telarañas. No tuvimos capacidad efectiva para que ese proceso caminara hacia posiciones más revolucionarias. Las burocracias reformistas, el aparato mediático y las contradicciones internas del movimiento disolvieron toda posibilidad de cambio. <strong>La obligación revolucionaria es estar preparadas ante las ventanas que nos abrirá la historia.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading"><br>Organizarse antes de que llegue la aceleración</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la organización revolucionaria no puede concebirse únicamente como una estructura destinada a los momentos de crisis. Es precisamente en los momentos en los que aparentemente “no ocurre nada” cuando se construyen las posibilidades para intervenir cuando empiece a ocurrir todo. Acumula experiencias, relaciones, conocimientos, herramientas, confianza y capacidades colectivas que pueden adquirir un valor completamente diferente cuando la coyuntura se transforma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y cuando el tiempo político nos impone una velocidad, quienes no se hayan preparado para esa aceleración pueden descubrir que, mientras ellos todavía están intentando comprender que la situación ha cambiado, <strong>otros sujetos ya están interviniendo sobre ella.</strong> La organización revolucionaria es, en última instancia, la construcción consciente de una capacidad política para intervenir en ese momento en que la historia deja de caminar con los días del calendario para así abrir ciclos históricos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué pasaría si el desahucio de Maricarmen, como hecho concreto, abre oportunidades antes impensables? ¿En qué situación nos pillaría a las revolucionarias para disputar el camino que tomarían esas movilizaciones? ¿Tenemos fuerza suficiente para plantar cara a las burocracias y a los sectores reformistas? Las respuestas, si responden desde la honestidad, son desoladoras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra tarea es prepararnos, no para sustituir a quienes hacen la historia, sino para ayudar, en la medida de nuestras posibilidades, a clarificar los intereses propios de nuestra clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Nosotras podemos contribuir a que la historia se acelere; los hechos no suceden porque sí. Siempre hay actores y sujetos. Sea como fuere, tenemos que tomar partido. Para navegar en el oleaje de la historia, para escribir los renglones de la misma.</strong></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>Liza, Plataforma Anarquista</strong></em></p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/clase-3-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16659" style="width:296px;height:auto"/></figure>
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			</item>
		<item>
		<title>Autoorganización de clase ante el drama de la vivienda</title>
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		<dc:creator><![CDATA[liza]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 24 Sep 2026 16:16:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis y crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Capitalismo]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[maricarmen]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos Sociales]]></category>
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		<category><![CDATA[Poder popular]]></category>
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					<description><![CDATA[El cruel desahucio de Maricarmen se ha ejecutado ante nuestros ojos, pero este hecho vergonzoso no ha podido ser acallado ni por la represión policial ni por su intento de controlar la retransmisión mediática. Nosotras nos comprometemos a que tampoco quede silenciado o desviado por el uso instrumentalista y electoral que quieren hacer tanto gobierno [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/organizer-3.png" alt="" class="wp-image-16649"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El cruel desahucio de Maricarmen se ha ejecutado ante nuestros ojos, pero este hecho vergonzoso no ha podido ser acallado ni por la represión policial ni por su intento de controlar la retransmisión mediática. Nosotras nos comprometemos a que tampoco quede silenciado o desviado por el uso instrumentalista y electoral que quieren hacer tanto gobierno como progresía institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Maricarmen, de 87 años, y vecina del barrio madrileño del Retiro ha sido desahuciada sin ningún tipo de solución habitacional. La entrega y solidaridad mostrada por las vecinas, el sindicato de inquilinos, el movimiento de vivienda y las agrupaciones sociales y revolucionarias no ha podido frenar el desahucio de un fondo buitre que ha multiplicado el alquiler de nuestra vecina por cinco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La comisión judicial, con su ariete policial, ha ejercido una violencia brutal sobre los manifestantes y ha cumplido su objetivo: Favorecer los procesos especulativos con la vivienda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el problema de la vivienda no se limita a este caso tan dramático, cada día se producen en el estado español casi 70 desahucios. Mientras, las bandas de matones fascistas y parapoliciales de desocupación amenazan a nuestros vecinas y los medios de comunicación generan campaña de criminalización e inseguridad. Todo al servicio de los especuladores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es que el problema de la vivienda es irresoluble para la clase trabajadora bajo este sistema que anticipa la acumulación de capital de unos pocos frente a los derechos básicos de la mayoría. En un capitalismo en crisis constante, como el que sufrimos, su búsqueda de rentabilidad es una necesidad básica para ellos. Así, lanzan sus garras sobre la vida social.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los Estados y las administraciones, gobierne quien gobierne, no pueden ni van a revertir esta dinámica: mediante leyes, regulación, fiscalidad y políticas de vivienda hacen posible que la vivienda funcione como mercancía y activo financiero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los gobiernos progresistas, más allá de sus discursos e intentos de convertir los desahucios más mediáticos en actos de campaña, tampoco van a resolver el problema. Lejos de tener ninguna intención de cuestionar el negocio de la vivienda todas sus propuestas legislativas son insuficientes o están infradotadas para no poder cumplirse en caso de que sean progresivas. Favorecen incluso la represión y la agresión contra la clase trabajadora en sus organizaciones de autodefensa a través de leyes represivas, mandando sistemáticamente a sus fuerzas, proponiendo sanciones administrativas o penales contra las militantes y activistas que luchan contra esta injusticia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No estamos simplemente ante gobiernos «que no hacen lo suficiente»: el propio sistema regula en favor de quienes obtienen beneficio de la especulación. El Estado burgués y sus gestores protegen la propiedad y la rentabilidad, reprimiendo a quienes cuestionan ese orden.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Madrid es un ejemplo especialmente brutal de esta situación</h2>



<p class="wp-block-paragraph">El estilo chulesco y despótico de Ayuso es parte de este proyecto del Nacional liberalismo. Comunidad y Ayuntamiento impulsan una ciudad concebida como escaparate, destino turístico, espacio de ocio y negocio para las rentas altas. Subordinando la ciudad y expulsando por el camino a la clase trabajadora de sus casas y barrios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta dinámica de agresión del capitalismo en crisis sobre la clase trabajadora no se limita a la vivienda o al trabajo, se extiende sobre todos los avances de la lucha de la clase trabajadora materializado en servicios y recursos públicos que son degradados o privatizados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tampoco estamos ante un accidente social o una política reencauzable. Solo a través de la precarización de nuestra vida pueden obligarnos a vender nuestra fuerza de trabajo y nuestro tiempo por menos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El capitalismo en crisis pretende seguir una dinámica de concentración de la riqueza en unas pocas manos a través de la degradación de la vida de las clases trabajadoras y el enfrentamiento entre ellas como hemos visto en Ceuta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El ático de Ayuso se convierte así en un símbolo particularmente potente: mientras se desahucia a una mujer de 87 años, quienes están en la cúspide del poder viven rodeados de privilegios y negocios turbios construidos sobre la desposesión y la explotación de la clase trabajadora.</p>



<h2 class="wp-block-heading">¿Cuál es nuestra respuesta? Solidaridad, sí. Organización, sobre todo</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Tenemos que estar en cada desahucio, cada agresión policial, cada conflicto laboral y cada lucha. Tenemos que poner el cuerpo, pero sabiendo que la protesta solo adquiere fuerza cuando se convierte en autoorganización de clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra tarea no puede reducirse a buscar la fórmula discursiva que consiga más votos y más simpatías evitando por ello señalar la raíz del problema y la única solución. Cualquier política populista nos aboca irremediablemente al callejón sin salida del malmenorismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debemos romper con la estrategia populista y dotarnos de una política de masas sin perder su radicalidad combativa en el proceso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No debemos tener miedo a decir capitalismo, burguesía y clase trabajadora. No podemos sustituirlos permanentemente por «la gente», «los vecinos» o «los especuladores» en abstracto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El miedo a «asustar a las clases medias» puede terminar impidiéndonos explicar cuál es realmente el conflicto y, por tanto, desarrollar una estrategia para enfrentarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Necesitamos que los conflictos sedimenten estructuras permanentes de organización y autodefensa de la clase trabajadora capaces de superar la fragmentación: Vivienda, trabajo, sanidad, educación, transporte, derechos sociales e igualdad no son luchas separadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Necesitamos conectar los conflictos y construir una capacidad política común de la clase trabajadora para comprender el funcionamiento global del sistema y enfrentarlo radicalmente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las estructuras meramente defensivas tienen un límite: el capital seguirá avanzando. Si nuestra única estrategia es impedir el siguiente ataque, acabamos siempre reaccionando. Necesitamos organizaciones capaces no solo de defenderse, sino de impugnar la totalidad del sistema.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo ello pasa por evitar el populismo y el activismo que nos dirige directamente a políticas reformistas y que transforma los movimientos en aparatos burocráticos de prestación de servicio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luchamos por la consolidación de formas de autoorganización directas y combativas, capaces de generar sujetos políticos y no usuarios, afiliados o votantes. Por eso combatimos dentro de los espacios a las direcciones burocráticas que anteponen sus intereses a los de la clase trabajadora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Solidaridad, sí. Protesta, sí. Pero por encima de todo: autoorganización y lucha de clase.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/colonial-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16648" style="width:369px;height:auto"/></figure>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>Liza, Plataforma Anarquista.</strong></em></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Guillamón y Amorós: el proletariado y la posibilidad de la revolución</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Colaboraciones]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Sep 2026 08:03:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Estrategia y pensamiento]]></category>
		<category><![CDATA[Autonomía]]></category>
		<category><![CDATA[clase obrera]]></category>
		<category><![CDATA[Comunidad]]></category>
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		<category><![CDATA[Revolución]]></category>
		<category><![CDATA[sujeto revolucionario]]></category>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/balance-8.png" alt="" class="wp-image-16601"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Introducción</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La diferencia entre Miquel Amorós y yo no reside en que uno quiera la revolución y el otro la rechace, ni en que uno defienda la autonomía y el otro no. Ambos partimos de una crítica radical de la sociedad capitalista y de la convicción de que la emancipación no puede ser obra de instituciones separadas de quienes luchan. Ambos rechazamos la integración de las luchas en las instituciones del Estado y desconfiamos profundamente de cualquier organización que pretenda sustituir la acción directa de los trabajadores. Sin embargo, cuando intentamos precisar qué significa esa autonomía, qué relación debe mantener con la transformación de la sociedad y, sobre todo, quién puede llevar esa transformación hasta sus últimas consecuencias, aparece entre nosotros una diferencia fundamental.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo diría que esa diferencia puede formularse de este modo: Amorós pone el acento en la reconstrucción concreta de formas autónomas de vida, mientras que yo considero necesario preguntarse por el sujeto social capaz de convertir esas experiencias, necesariamente parciales, en una transformación general de las relaciones capitalistas. No se trata de negar el valor de las experiencias autónomas, ni de aplazar la emancipación hasta un futuro indefinido. Se trata de determinar qué fuerza social puede hacer que aquello que hoy aparece como una experiencia limitada pueda llegar a convertirse en una forma general de organizar la vida. Esa pregunta conduce necesariamente al proletariado, y en ella se encuentra, a mi juicio, la diferencia esencial entre nuestras respectivas posiciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Amorós parte de una constatación histórica que resulta imposible ignorar. Las formas tradicionales del movimiento obrero han sido profundamente debilitadas por la evolución del capitalismo. La representación política, la integración sindical, la fragmentación del trabajo y la transformación de las formas de vida han destruido buena parte de las condiciones que permitieron al proletariado constituirse, en determinados momentos históricos, como una fuerza revolucionaria visible, organizada y capaz de intervenir directamente sobre la sociedad. Ante esta situación, esperar pasivamente una futura recomposición revolucionaria sería una forma de impotencia. Si la emancipación tiene algún contenido real, debe comenzar en el presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí la importancia que adquieren en Amorós la autonomía, la comunidad y la utopía concreta. La revolución no puede ser una promesa que justifique indefinidamente la aceptación de una vida sometida. Hay que recuperar desde ahora capacidades que el capitalismo ha separado de nosotros: decidir colectivamente, producir y reproducir la vida sin delegarla, reconstruir vínculos comunitarios, recuperar conocimientos y crear espacios donde las relaciones humanas no estén completamente determinadas por la mercancía y el Estado. La «utopía concreta» expresa precisamente esa voluntad de no aplazar la libertad hasta un futuro incierto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta exigencia me parece profundamente revolucionaria. Una revolución que no transforme la vida sería una revolución puramente política y, por tanto, insuficiente. No queremos cambiar a quienes gobiernan para continuar viviendo bajo relaciones sociales que no controlamos. Queremos que la producción, la reproducción y la organización de nuestra existencia dejen de aparecer ante nosotros como poderes externos. La emancipación no puede reducirse a modificar la administración de una sociedad que continúa siendo esencialmente la misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero precisamente por eso considero necesario plantear una cuestión que no puede resolverse apelando únicamente a la autonomía: ¿qué ocurre cuando una experiencia autónoma, aun siendo real y transformadora para quienes participan en ella, continúa desarrollándose dentro de una sociedad capitalista cuyas relaciones generales permanecen intactas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una experiencia autónoma puede transformar profundamente la vida de quienes participan en ella y, sin embargo, continuar existiendo dentro del mercado. Puede crear relaciones de cooperación y seguir necesitando dinero; puede funcionar sin jerarquías internas y tener que comprar mercancías producidas por otros trabajadores; puede organizar colectivamente un espacio y continuar sometida a las relaciones de propiedad que rigen el conjunto de la sociedad. Incluso puede rechazar explícitamente la lógica del beneficio y depender, para reproducirse, de una economía que continúa dominada por esa lógica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto no demuestra que las experiencias autónomas sean falsas o inútiles. Demuestra algo mucho más importante: que una experiencia puede comenzar a negar el capitalismo sin haber adquirido todavía la fuerza necesaria para abolirlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí aparece la cuestión que considero decisiva. La autonomía es indispensable, pero ¿cómo puede dejar de ser una experiencia particular? ¿Cómo puede extenderse más allá de una comunidad, de un territorio o de una determinada red de afinidades? ¿Cómo puede enfrentarse a un sistema que no está organizado comunitariamente, sino mediante relaciones económicas generales que se imponen a todos sus miembros, incluso contra su voluntad?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dicho de otro modo, la cuestión fundamental no es solamente cómo comenzar a vivir de otra manera, sino <strong>qué fuerza puede convertir esa posibilidad en una transformación general de la sociedad</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi respuesta a esta pregunta es el proletariado, porque es una clase antagónica al capital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí que la cuestión de la revolución no pueda separarse de una consigna fundamental: <strong>la autoorganización del proletariado</strong>. No se trata solamente de afirmar que los trabajadores deben emanciparse por sí mismos, sino de plantear que deben organizar por sí mismos su lucha, sus decisiones y su capacidad de transformar la sociedad. La autonomía deja entonces de ser una simple experiencia particular y adquiere un contenido de clase: <strong>el proletariado debe autoorganizarse para dejar de ser una fuerza subordinada al capital y convertirse en una fuerza capaz de abolirlo</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La lucha de clases como forma de estar en el mundo</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay también una diferencia de procedencia política e intelectual que ayuda a comprender mejor nuestras divergencias. Miquel Amorós no procede del anarcosindicalismo, aunque su reflexión haya dialogado frecuentemente con la historia y las experiencias del movimiento anarquista, sino del situacionismo y de las diversas derivas intelectuales que siguieron a la crisis y disolución de aquel movimiento. Su punto de partida fundamental se encuentra en la crítica de la vida cotidiana, de la alienación, de la técnica, del urbanismo y de las formas modernas de dominación, y desde ahí ha desarrollado una crítica radical de la sociedad industrial y capitalista. En esa evolución, la centralidad revolucionaria de la lucha de clases tiende a quedar desplazada en favor de otras categorías: la comunidad, el territorio, la autonomía, la defensa de determinadas formas de vida o la resistencia frente a las múltiples manifestaciones de la dominación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi trayectoria y mi forma de estar y de ser en el mundo son distintas. Nacido en 1950 en una familia de peones del textil, la lucha de clases no constituye para mí una elección o una preocupación intelectual, ni una categoría teórica heredada que pueda ser sustituida por otra, según cambien las modas ideológicas o culturales. Es una realidad vivida, una manera de comprender la sociedad y <strong>de saber</strong> el lugar que cada uno ocupa en ella. Mi prioridad ha sido, y sigue siendo, la lucha de clases y la emancipación de los trabajadores por los propios trabajadores. No la emancipación concedida desde arriba por el Estado, dirigida por un partido o administrada por una burocracia, sino la autoemancipación consciente del proletariado mediante su propia lucha y su propia organización. Las islas libres elitistas, ya sean libertarias, liberales o libertinas, ni me interesan ni forman parte de mi horizonte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esto no es obrerismo. No idealizo al obrero ni considero que el hecho de haber nacido en una familia trabajadora otorgue por sí mismo ninguna superioridad moral, política o revolucionaria. Tampoco identifico al proletariado con una cultura obrera determinada, con la fábrica tradicional o con una identidad heredada. La centralidad que concedo al proletariado no procede de una nostalgia del viejo mundo obrero ni de la defensa de una identidad sociológica. Parte del reconocimiento de una realidad social fundamental: vivimos en una sociedad dividida en clases, y mientras existan quienes poseen las condiciones de producción y quienes, para vivir, deben vender su fuerza de trabajo, seguirá existiendo el antagonismo de clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi forma de estar en el mundo está marcada por esa conciencia. No porque los trabajadores sean mejores que los demás, ni porque posean una superioridad moral o una virtud revolucionaria innata, sino porque su posición en la sociedad capitalista les sitúa en una relación específica con el capital. Son quienes, con su actividad, reproducen diariamente la sociedad existente y, precisamente por ello, quienes poseen la posibilidad de dejar de reproducirla y reorganizarla sobre otras bases.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La lucha de clases no es, por tanto, para mí una preferencia teórica entre otras posibles, ni una categoría que pueda ser abandonada cuando aparecen nuevas formas de dominación o nuevas sensibilidades políticas. El capitalismo ha transformado profundamente la composición del proletariado, ha dispersado sus lugares de trabajo, ha fragmentado sus experiencias y ha multiplicado las formas de explotación y precariedad. Pero no ha eliminado la separación fundamental entre quienes poseen las condiciones materiales de existencia y quienes deben vender su fuerza de trabajo para poder vivir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez sea esta una de las diferencias más profundas entre Amorós y yo. Mientras su reflexión, procedente del situacionismo y de sus posteriores derivas intelectuales, tiende a buscar las posibilidades de emancipación en la autonomía de las formas de vida, en la comunidad, en el territorio y en la resistencia frente a las múltiples manifestaciones de la dominación, yo sigo considerando que el núcleo de toda posibilidad revolucionaria se encuentra en la lucha de clases y en la emancipación de los trabajadores por los propios trabajadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La autonomía, la comunidad y las experiencias concretas de liberación son indispensables. Pero no pueden sustituir la necesidad de que quienes viven de su trabajo se reconozcan como una fuerza social capaz de transformar el conjunto de las relaciones existentes. Defender esa centralidad no significa rendir culto al obrero, sino rechazar toda emancipación concedida desde arriba y afirmar que la liberación de los explotados solo puede ser obra consciente de los propios explotados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es, pues, una cuestión de identidad, de nostalgia, ni de obrerismo. Es una forma de estar y de ser en el mundo: comprender que la libertad no puede ser otorgada, representada ni administrada por otros, y que la emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores o no será.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El proletariado no es una identidad, sino una relación social</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Para comprenderlo, es necesario desprenderse de una imagen demasiado estrecha del proletariado, como es la de Amorós. El proletariado no es simplemente el obrero industrial de la gran fábrica, ni una determinada cultura obrera, ni una identidad política heredada del movimiento obrero del siglo XIX o del siglo XX. <strong>Es una clase definida por una relación social</strong>: la de quienes, al estar separados de los medios necesarios para producir autónomamente su existencia, tienen que vender su fuerza de trabajo al capital para poder vivir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta definición es decisiva porque permite comprender por qué el proletariado ocupa una posición que ninguna otra categoría social puede sustituir. El trabajador no se encuentra simplemente frente al capital como una víctima frente a un poder exterior. Su propia fuerza de trabajo constituye una de las condiciones de la reproducción del capital. El capital compra esa fuerza de trabajo porque necesita utilizarla en el proceso productivo y obtener de ella un valor superior al que ha pagado. Sin trabajo asalariado no existe valorización del capital; y sin valorización no existe reproducción del capital como relación social.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La relación entre capital y proletariado contiene, por tanto, una contradicción que no puede resolverse mediante reformas ni mediante la simple creación de espacios alternativos. El capital necesita al proletariado para reproducirse, mientras que el proletariado solo puede emanciparse dejando de reproducir al capital. Esta contradicción explica la centralidad revolucionaria del proletariado de una manera mucho más sólida que cualquier consideración moral, histórica o identitaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El proletariado no es protagonista de la revolución porque sea «el más pobre», ni porque posea una supuesta superioridad ética, ni porque una tradición política haya decidido atribuirle ese papel. Es protagonista porque ocupa una posición material única en la estructura capitalista: <strong>produce aquello que permite al capital valorizarse y, precisamente por ello, puede interrumpir el proceso de valorización y comenzar a destruir la relación que lo sostiene</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí reside la diferencia fundamental. Una comunidad puede resistir al capital, pero no constituye por sí misma la relación que permite al capital reproducirse. Un territorio puede defenderse frente al capital, pero no contiene necesariamente el antagonismo capaz de abolir la relación salarial. Una cooperativa puede organizar de otra manera una actividad económica y continuar, sin embargo, funcionando dentro del mercado. Una experiencia autogestionaria puede demostrar que es posible organizar colectivamente determinadas tareas y verse obligada, al mismo tiempo, a reproducir relaciones económicas que existen fuera de ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El proletariado, en cambio, se encuentra en el centro mismo del proceso de valorización. Por eso su acción puede tener una consecuencia que ninguna experiencia aislada puede producir: la interrupción de la reproducción social del capital.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La revolución no consiste en gestionar el capital de otra manera</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta cuestión permite comprender también qué significa realmente la emancipación proletaria. El proletariado no está llamado a conquistar el poder para administrar la sociedad capitalista desde una nueva posición. Una revolución que sustituyera a los propietarios privados por una administración estatal o burocrática habría cambiado la forma de propiedad sin haber abolido necesariamente las relaciones sociales que hacen posible el capital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La emancipación proletaria es más radical. El proletariado no puede liberarse simplemente convirtiéndose en propietario colectivo de las empresas, porque eso conservaría formas fundamentales de separación entre los productores y las condiciones sociales de la producción. Tampoco puede limitarse a mejorar las condiciones del trabajo asalariado, porque el salario mismo presupone la separación que constituye al trabajador como proletario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El objetivo revolucionario no es, por tanto, que el proletariado encuentre un lugar mejor dentro de la sociedad capitalista. Su objetivo es que deje de existir como proletariado mediante la abolición de las relaciones sociales que lo constituyen como tal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es la razón por la que el protagonismo proletario no conduce a una nueva sociedad de clases, sino precisamente a la posibilidad de acabar con las clases. La clase trabajadora no se emancipa para convertirse en la clase dominante. Se emancipa destruyendo las condiciones que hacen posible que existan clases dominantes y dominadas. Ahí se encuentra el carácter universal de su lucha.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Transformación del proletariado no significa su desaparición</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Podría objetarse que todo esto pertenece a una composición de clase que ya no existe. Es cierto que el proletariado contemporáneo no presenta las mismas formas que tuvo en otras épocas. Pero confundir la transformación histórica del proletariado con su desaparición significaría aceptar precisamente la definición superficial que conviene rechazar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El capitalismo ha fragmentado el trabajo, ha desplazado la producción a escala mundial, ha multiplicado las formas de empleo y ha extendido la precariedad. El trabajador contemporáneo puede encontrarse en una fábrica, un hospital, un hotel, un almacén logístico, una plataforma digital, una oficina, una explotación agrícola o en el ámbito de los cuidados. Las fronteras tradicionales entre producción y reproducción se han vuelto mucho más complejas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero ninguna de estas transformaciones elimina la relación fundamental de quienes necesitan vender su fuerza de trabajo para reproducir su existencia. La clase ha cambiado su composición porque ha cambiado el capitalismo; no ha desaparecido porque haya cambiado su composición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisamente porque el capitalismo ha dispersado al proletariado, la cuestión política consiste en reconstruir su unidad a partir de aquello que tiene en común, y no en sustituirlo por una categoría más vaga. Esta es una cuestión especialmente importante en una época en la que la fragmentación de las experiencias sociales puede dar la impresión de que ya no existe un sujeto capaz de actuar sobre la totalidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema revolucionario de nuestro tiempo no consiste en encontrar una nueva identidad que sustituya al proletariado. Consiste en <strong>encontrar al proletariado allí donde el capitalismo lo ha dispersado</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La comunidad no puede ocupar el lugar de la clase</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La comunidad puede ser un espacio de resistencia extraordinariamente importante. Puede proteger necesidades que el mercado destruye, reconstruir vínculos que la competencia disuelve y producir experiencias concretas de cooperación. Puede convertirse incluso en un terreno privilegiado para la organización revolucionaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero comunidad y clase no son conceptos equivalentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una comunidad territorial puede reunir personas sometidas a relaciones sociales diferentes. Puede incluir trabajadores y propietarios, asalariados y rentistas, personas explotadas y personas que se benefician de determinadas formas de propiedad. Pueden coincidir frente a un enemigo concreto y, sin embargo, separarse cuando aparece la cuestión de la propiedad o de la apropiación de la riqueza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso las luchas territoriales pueden ser expresiones contemporáneas de la lucha de clases sin que el territorio pueda convertirse en el nuevo sujeto universal. El problema no es negar esas luchas, sino comprender cuándo y cómo expresan un antagonismo de clase y cómo pueden integrarse en una lucha capaz de cuestionar las relaciones capitalistas en su conjunto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo mismo ocurre con la ecología, la vivienda, los cuidados o la defensa del territorio. El capitalismo atraviesa todas esas dimensiones de la existencia y, por eso mismo, son terrenos fundamentales de la lucha proletaria contemporánea. Pero no dejan de estar atravesados por las clases. La cuestión no es encontrar un sujeto nuevo que reemplace al proletariado, sino reconocer al proletariado allí donde el capitalismo ha extendido y transformado sus formas de explotación.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La autonomía necesita una fuerza capaz de generalizarla</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí se encuentra el punto en que la cuestión del proletariado adquiere toda su importancia. La autonomía no es el problema; el problema es su límite cuando permanece aislada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si una experiencia autónoma permanece separada, el capitalismo puede rodearla, condicionarla, absorberla o simplemente esperar su agotamiento. Si consigue extenderse, surge inmediatamente la cuestión de su coordinación y de su enfrentamiento con las relaciones sociales generales. En ese momento ya no basta con hablar de comunidad: aparece la necesidad de una fuerza capaz de intervenir sobre la reproducción social.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La revolución no puede consistir en multiplicar indefinidamente pequeñas excepciones al capitalismo. Tiene que convertir esas excepciones en una forma nueva y general de reproducción de la vida. Para ello es necesario apropiarse de aquello que hoy está organizado por el capital: los lugares de trabajo, los medios de producción, los circuitos de distribución, las infraestructuras, los espacios urbanos y, en definitiva, las condiciones materiales de la existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa apropiación no puede ser realizada por una comunidad aislada. Solo puede realizarla una clase que, por su posición en el proceso productivo, tenga la capacidad de paralizar y reorganizar ese proceso. En este punto, la autonomía deja de ser solamente un modo de organización y se convierte en una cuestión de fuerza social: ¿quién tiene la capacidad efectiva de detener el funcionamiento de la sociedad capitalista y poner en marcha otra forma de reproducción de la vida? La respuesta sigue siendo el proletariado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La cuestión del parlamentarismo</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El parlamentarismo ocupa un lugar mucho más pequeño en esta diferencia de lo que a veces se pretende. Ambos somos antiparlamentarios, pero no entendemos exactamente del mismo modo qué debe superarse cuando se rechaza el parlamentarismo: Amorós insiste más en la incompatibilidad entre emancipación y representación institucional, mientras yo relaciono esa crítica con una cuestión más amplia, la autonomía del movimiento proletario frente a cualquier forma de poder separado y la necesidad de que las decisiones permanezcan en manos de quienes participan directamente en la lucha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por tanto, el problema no consiste simplemente en negarse a participar en el Parlamento. El problema consiste en impedir que vuelva a producirse la separación entre quienes luchan y quienes hablan en su nombre. Y esta cuestión solo adquiere todo su significado cuando se la relaciona con el problema central: qué clase debe conservar en sus propias manos la capacidad de decidir sobre su lucha y sobre la transformación de la sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>1936: Cuando la autonomía dejó de ser una idea</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La experiencia revolucionaria española permite comprender esta cuestión de manera concreta. En 1936, los trabajadores no esperaron a que ninguna institución reconociera su derecho a transformar la sociedad. Crearon organismos propios, ocuparon fábricas y tierras, organizaron milicias y colectividades y modificaron de hecho las relaciones de poder. Aquello fue mucho más que una experiencia comunitaria: fue una irrupción proletaria capaz de alterar profundamente la reproducción social existente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero aquella experiencia mostró también la dificultad decisiva: mientras existieran estructuras estatales capaces de recuperar autoridad y mientras los organismos revolucionarios no pudieran imponer una coordinación social autónoma frente a ellas, las conquistas podían ser contenidas y finalmente derrotadas. Los acontecimientos de mayo de 1937 constituyeron una expresión brutal de esa contradicción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La lección no consiste en afirmar que las colectividades fueron un error. Consiste en comprender que fueron insuficientes porque su fuerza social no llegó a generalizarse hasta destruir las relaciones que podían devolver el poder al Estado y al capital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es una diferencia fundamental. La autonomía revolucionaria no fracasa porque sea demasiado autónoma; fracasa cuando no consigue convertirse en una fuerza social suficientemente amplia para impedir la reconstrucción de aquello que pretende abolir. Y ese problema vuelve a llevarnos al proletariado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí aparece, por tanto, la consigna que resume el problema político fundamental: <strong>la autoorganización del proletariado</strong>. Si el capitalismo ha fragmentado a los trabajadores, dispersado sus experiencias y debilitado sus formas tradicionales de organización, la tarea no consiste en esperar que una institución vuelva a representar su unidad. Tampoco consiste en sustituir al proletariado por una suma de comunidades, movimientos o identidades particulares. La tarea consiste en que los propios proletarios reconstruyan su capacidad de reconocerse, deliberar, decidir y actuar colectivamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Autoorganización</strong> significa precisamente que la organización de la lucha no puede ser separada de quienes luchan. Significa que las decisiones permanecen en manos de los trabajadores y que ninguna dirección exterior puede apropiarse de su fuerza, hablar permanentemente en su nombre o sustituir su iniciativa. Pero significa también algo más: que la organización no es un instrumento externo destinado simplemente a conquistar reformas, sino el proceso mediante el cual el proletariado comienza a reconocerse como una fuerza social común, capaz de paralizar la reproducción del capital y reorganizar la vida sobre otras bases.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, la consigna no puede ser simplemente «autonomía», sino <strong>autoorganización del proletariado</strong>. La autonomía señala la necesidad de independencia frente al Estado, los partidos, los sindicatos integrados y toda forma de poder separado; la autoorganización señala <strong>quién</strong> debe ejercer esa autonomía y <strong>cómo</strong> puede convertirse en una fuerza histórica efectiva. La cuestión decisiva es que quienes producen y reproducen la sociedad capitalista aprendan a organizarse para dejar de reproducirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La autonomía como forma de la revolución proletaria</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde esta perspectiva, la defensa del proletariado no supone abandonar la autonomía, sino darle un contenido social concreto. La autonomía significa que la clase se organiza por sí misma y que ninguna institución, partido, sindicato o dirección exterior puede sustituirla. No significa construir una esfera separada del capitalismo, sino adquirir la capacidad de enfrentarse a él y de transformar las relaciones que organizan la sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso tampoco significa vivir indefinidamente en pequeños espacios alternativos. Significa comenzar a construir, desde las luchas concretas, una forma diferente de reproducción social. Y no significa sustituir al Estado por una organización que gobierne en nombre de los trabajadores, sino impedir que vuelva a existir una separación entre quienes deciden y quienes obedecen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El proletariado es el protagonista de la revolución precisamente cuando deja de ser entendido como una categoría sociológica pasiva y comienza a actuar como una fuerza social consciente de su posición. Es una clase que produce, transporta, cuida, construye, limpia, cultiva, distribuye y mantiene en funcionamiento las infraestructuras y los servicios de los que depende la sociedad. Lo hace, sin embargo, bajo condiciones determinadas por el capital. Esa posición constituye su debilidad mientras permanezca subordinada, pero es también su fuerza histórica, porque quien participa decisivamente en la reproducción material de la sociedad posee la posibilidad de interrumpirla y reorganizarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La burguesía posee capital y el Estado dispone de coerción, pero ninguno de los dos puede sustituir la actividad del proletariado. Cuando esa actividad deja de estar subordinada al capital, el fundamento material de la sociedad existente comienza a desaparecer.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El optimismo revolucionario</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Defender hoy el protagonismo proletario no debería ser una actitud defensiva, una nostalgia o una repetición ritual de viejas fórmulas. Es, por el contrario, una afirmación profundamente optimista. Significa reconocer que el capitalismo no es una totalidad invulnerable y que la sociedad no está condenada a reproducirse eternamente bajo las mismas relaciones. Significa comprender que la fuerza que mantiene en funcionamiento esta sociedad es también la fuerza que puede detenerla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No necesitamos inventar desde fuera al sujeto de la revolución. Ese sujeto ya existe. Existe allí donde alguien tiene que vender su fuerza de trabajo para vivir; existe allí donde una actividad necesaria para la sociedad está subordinada a la producción de valor; existe en la fábrica y en el hospital, en el hotel y en el almacén logístico, en el campo, en el transporte, en la plataforma digital y en los trabajos de cuidados. Existe allí donde el capital necesita trabajo para reproducirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que todavía no existe en la medida necesaria es la conciencia de esa fuerza, su organización autónoma y su capacidad para reconocerse como una fuerza común. Ese es el problema político fundamental de nuestro tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cuestión no es, por tanto, abandonar la utopía concreta, sino impedir que la utopía concreta se convierta en un sustituto de la revolución. No se trata de elegir entre vivir ahora y transformar el mundo, sino de transformar el mundo para que aquello que hoy solo podemos vivir como excepción pueda convertirse en la condición común de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El proletariado y la posibilidad de la revolución</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es, en último término, la razón por la que defiendo el protagonismo proletario de la revolución. No porque todas las demás luchas carezcan de importancia, ni porque toda la clase trabajadora actúe automáticamente de manera revolucionaria, ni porque el proletariado posea una conciencia revolucionaria innata, y mucho menos porque haya que conservar una palabra por fidelidad a una tradición. Lo defiendo porque su posición dentro del capitalismo contiene una posibilidad que ninguna otra posición social contiene de la misma manera: <strong>la posibilidad de abolir la relación de la que depende la reproducción del capital</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El capital ha hecho todo lo posible por fragmentar al proletariado, individualizarlo, precarizarlo, enfrentarlo consigo mismo y convencer a cada trabajador de que existe únicamente como individuo que compite con los demás por sobrevivir. Pero esa fragmentación no ha destruido la relación social que los une. Allí donde hay trabajo asalariado, allí donde la vida depende de vender fuerza de trabajo, allí donde el capital necesita apropiarse del trabajo ajeno para valorizarse, existe todavía el antagonismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La tarea revolucionaria no consiste en inventar otra cosa que poner en su lugar. Consiste en hacer consciente, organizada y efectiva esa fuerza que ya existe. Por eso el horizonte revolucionario no es una comunidad que haya conseguido escapar del mundo, sino un mundo en el que ya no sea necesario escapar. No queremos conquistar un rincón de libertad mientras el resto de la sociedad continúa sometido. Queremos que la libertad deje de ser el privilegio de quienes han conseguido construir un espacio protegido y se convierta en la condición material de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No esperamos que aparezca un salvador histórico. No esperamos que una vanguardia piense por nosotros. No esperamos que el Estado nos conceda la libertad. La fuerza capaz de transformar radicalmente el mundo ya existe dentro de él: es la fuerza de quienes, trabajando cada día para reproducir la sociedad capitalista, pueden un día decidir dejar de reproducirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La revolución comienza cuando el proletariado comprende que no está condenado a ser la fuerza de trabajo del capital, sino que puede convertirse en la fuerza social capaz de abolirlo. Entonces la lucha deja de ser una defensa desesperada contra la barbarie que avanza y se convierte en una ofensiva consciente por la emancipación humana. Ya no se trata de conquistar un lugar más digno dentro de un mundo que nos condena a la explotación, sino de acabar con las relaciones sociales que hacen posible la explotación; ya no se trata de salvar algunos espacios de libertad dentro de la sociedad existente, sino de hacer de la libertad el fundamento de toda la sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque esta es, en definitiva, la cuestión que tenemos ante nosotros: <strong>o el capital conduce a la humanidad hacia una barbarie cada vez más profunda, o el proletariado encuentra en su propia fuerza la capacidad de detenerlo y abrir el camino a un mundo sin clases, sin explotación y sin dominación, sin policías, sin ejércitos, sin fronteras, sin Estados.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La revolución no será la administración de un mundo heredado, sino su abolición consciente para hacer posible otro. La consigna que se desprende de todo lo anterior es, por tanto, sencilla y al mismo tiempo decisiva: <strong>la autoorganización del proletariado</strong>. No esperamos que nadie organice desde fuera la fuerza capaz de emanciparnos. No esperamos una institución que nos represente, una vanguardia que piense por nosotros ni un Estado que transforme desde arriba las relaciones sociales existentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La organización revolucionaria solo puede nacer de la propia lucha, de la capacidad de los explotados para reconocerse como una fuerza común y para tomar en sus propias manos las decisiones que afectan a su existencia. <strong>Autoorganizarse</strong> <strong>no significa encerrarse en una identidad obrera ni construir una organización separada de la sociedad;</strong> <strong>significa organizar colectivamente la fuerza de quienes viven de su trabajo para abolir las relaciones sociales que los convierten en proletarios.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, frente a la fragmentación, la representación y la delegación, la consigna sigue siendo: <strong>autoorganización del proletariado</strong>. No como una fórmula vacía, sino como el proceso concreto mediante el cual la clase que hoy reproduce el mundo del capital puede comenzar a organizar su abolición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esta vez no lucharemos para conquistar el futuro: lucharemos para que, por fin, el futuro deje de pertenecer al capital y pertenezca a la humanidad emancipada.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Islas libres o autoorganización del proletariado?</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/balance-9-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16602" style="width:415px;height:auto"/></figure>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>Agustín Guillamón</strong></em><br><em>Altafulla, día del eclipse</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Ceuta no es una excepción: Fronteras, militarización y lucha de clases</title>
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		<dc:creator><![CDATA[liza]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Sep 2026 10:41:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis y crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Ceuta]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos Sociales]]></category>
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					<description><![CDATA[La crisis de Ceuta ha vuelto a colocar con toda su fuerza en el centro del debate público la migración, las fronteras, el racismo y el uso de los movimientos humanos como arma política. Pero este debate no debería separarse de las relaciones de explotación que atraviesan al conjunto de la clase trabajadora. Tras semanas [&#8230;]]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="362" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/balance-4-1.png" alt="" class="wp-image-16637"/></figure>



<p class="wp-block-paragraph">La crisis de Ceuta ha vuelto a colocar con toda su fuerza en el centro del debate público la migración, las fronteras, el racismo y el uso de los movimientos humanos como arma política. Pero este debate no debería separarse de las relaciones de explotación que atraviesan al conjunto de la clase trabajadora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras semanas de agresiones, violencia escuadrista y militar, y bulos generalizados contra la población migrante y las voluntarias en Ceuta, tenemos claro que nuestra respuesta no puede limitarse a una condena moral de la violencia. Necesitamos señalar las estructuras que producen explotación, militarización y desigualdad. También denunciar las condiciones para que una monarquía autoritaria como la marroquí pueda utilizar a miles de personas como instrumento de presión política, y frente a ello, generar una respuesta organizada desde la totalidad de nuestra clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La estrategia marroquí no es nueva. Países como Bielorrusia o Turquía ya lo hicieron años atrás para sacar beneficio político, sin ningún reparo en las consecuencias letales que eso podía tener para las comunidades migrantes. Pero las características de Ceuta y la inacción del gobierno español hacen que funcione como una olla a presión utilizada por los sectores reaccionarios. Se trata de una ciudad profundamente militarizada de no más de 19 kilómetros cuadrados, situada al sur del Estrecho de Gibraltar —fundamental para el comercio global— y reclamada desde hace décadas por Marruecos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esta presión dirigida desde estrategias geopolíticas globales supone la excusa perfecta para que el gobierno del PSOE apruebe el aumento del presupuesto militar y asuma las políticas de la OTAN y, al mismo tiempo, le permitan seguir pareciendo de izquierdas. Al gobierno de Pedro Sánchez le interesa porque tiene la excusa para cubrir la emergencia migratoria, y le da la justificación que necesita todo gobierno socialdemócrata para acabar imponiendo materialmente políticas de derechas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras más de 140 muertes, y pasadas varias semanas de inacción política y con el odio ya alimentado, el miércoles 2 de septiembre se sucedían movilizaciones promovidas desde la derecha por todo el Estado español que no hicieron más que reafirmar la vorágine racista que se está viviendo en Ceuta. Pero también, por otro lado, se convocaron numerosas concentraciones bajo el lema: «Paremos los pies al racismo». En las calles de Madrid y Granada nos encontramos organizaciones políticas, sindicales, colectivos antirracistas y personas que habíamos decidido no permanecer indiferentes ante la violencia racista silenciada que lleva semanas produciéndose en Ceuta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde Liza en Madrid participamos en aquella convocatoria como parte de la Asamblea Internacionalista. Lo hicimos porque entendemos que ante una ofensiva reaccionaria no basta con expresar solidaridad; hay que disputar políticamente el sentido de lo que está ocurriendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, la crisis de Ceuta no es una crisis más. Se trata de un síntoma y no de una excepción. Lo que subyace es la concentración de varias capas de conflicto: la (in)acción violenta de las fuerzas de seguridad en el terreno con la intención de tensionar la situación y que los migrantes se marchen, la externalización de las fronteras, el imperialismo y la pugna por vías mercantiles y recursos estratégicos clave para los beneficios del gran capital. Igualmente, la precarización acuciante de la clase trabajadora y la promoción del nacionalismo a escala internacional, dando como consecuencia cada vez más violencia y persecución racista y que olvidemos los intereses de nuestra clase.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ceuta está siendo, entre otras cosas, un «laboratorio de control migratorio» y el escenario de una batalla política en la que la clase trabajadora racializada es presentada como la enemiga, en lugar de señalar quién o cómo se han generado las condiciones de posibilidad. El problema no empieza cuando una persona migrante llega a Ceuta. El problema empieza mucho antes: en las guerras, en el expolio, en la desigualdad global y en un orden económico que necesita fronteras para administrar quién puede moverse, quién puede trabajar y bajo qué condiciones de explotación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestro posicionamiento no puede tampoco reducirse a que «Europa trata mal a las personas migrantes». Es algo bastante más estructural: La política migratoria europea forma parte de un sistema de explotación y dominación capitalista internacional. La Unión Europea militariza las fronteras, externaliza el control migratorio y delega parte de la violencia en Estados terceros. Y España no es mera espectadora de esta dinámica, sino partícipe de ella. Las alambradas, la Guardia Civil y militares dando palizas, y las devoluciones en caliente, son una expresión directa de la implicación que tiene el Estado español en esta maquinaria de control migratorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algunos desde el púlpito de la socialdemocracia y el progresismo se conforman con decir que Marruecos es malo y España buena; mientras otros en trincheras ultraizquierdistas dicen que España es imperialista y Marruecos una víctima geopolítica. Nuestra perspectiva rechaza esa lógica dicotómica tan simple porque no profundiza sobre la realidad y trata de evitar una mirada tensa sostenida a la raíz del problema.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde un posicionamiento internacionalista, no aceptamos que la respuesta pase por escoger un bando entre Estados. No necesitamos sustituir el nacionalismo español por un nacionalismo marroquí, ni convertir a uno u otro Estado en representante de los intereses de quienes trabajan y viven bajo su dominio. El campismo nos obliga a elegir qué Estado apoyar; el internacionalismo nos obliga a preguntarnos qué intereses de clase defiende cada uno. Nuestra solidaridad no tiene fronteras porque nuestra clase tampoco debería tenerlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El capitalismo necesita que los trabajadores compitan por vivienda, empleo, servicios públicos y condiciones de vida, y convierte al trabajador migrante en enemigo del trabajador autóctono. Cuando una persona trabajadora tiene dificultades para acceder a una vivienda, el problema no es que otra persona trabajadora haya cruzado una frontera. Cuando faltan médicos, plazas escolares o servicios públicos, el problema no es quien llega buscando una vida mejor. Cuando los salarios no permiten llegar a fin de mes, el enemigo no es el trabajador migrante que cobra todavía menos y vive en condiciones todavía más precarias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El racismo ofrece una respuesta falsa a problemas reales. Convierte al vecino en enemigo y oculta las relaciones sociales que producen la precariedad. El capital obtiene así una clase trabajadora dividida, enfrentada y más fácil de explotar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, hablar de unidad de clase no significa negar las diferencias que existen dentro de nuestra clase. Significa precisamente impedir que esas diferencias sean utilizadas para enfrentar a quienes comparten una posición de explotación. Una persona migrante no deja de formar parte de la clase trabajadora por haber nacido al otro lado de una frontera; tampoco una trabajadora ceutí deja de ser víctima de la precariedad porque su situación sea utilizada por la extrema derecha para alimentar el odio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra participación no termina en una concentración en Madrid. Mientras escribimos estas líneas, una compañera de Liza se encuentra en Ceuta como voluntaria en las brigadas de apoyo mutuo. Como organización hemos contribuido también con recursos económicos y materiales que han podido llegar hasta allí a través de ella. Para nosotras, esto forma parte de una misma política. La solidaridad no puede ser únicamente una consigna pronunciada durante una manifestación. Tiene que convertirse en una práctica concreta: organizar recursos, sostener a quienes resisten, construir redes y contribuir a que las personas afectadas sean sujetos activos y con agencia propia en su autoorganización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra praxis se sostiene sobre la teoría que juntas elaboramos, y es fundamental pasar del asistencialismo a las redes de apoyo mutuo con capacidad política y organización propia. No basta con que los convencidos nos movilicemos entre convencidos; debemos superar el gueto de los movimientos sociales y construir una política de masas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La respuesta antirracista necesita algo más que buenas consignas. Necesita capacidad para salir de nuestros espacios habituales y disputar el sentido común de nuestra propia clase. Si el racismo consigue presentarse como respuesta a problemas reales —la vivienda, los salarios, los servicios públicos, la inseguridad o la precariedad—, no bastará con responder que quienes migran son víctimas. Tenemos que explicar quién produce esas condiciones y organizar a quienes las sufren para transformarlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El próximo 19 de septiembre volveremos a las calles de Madrid. La Articulación Antirracista de Madrid, junto a Borders Resistance y No Name Kitchen, ha convocado una movilización que reunirá nuevamente a buena parte del movimiento político y social madrileño. Queremos que esa movilización sea algo más que una respuesta a la extrema derecha. Queremos que sea una respuesta a aquello que hace posible que su discurso encuentre terreno fértil. Que señale las cacerías racistas, pero también las fronteras que las preceden. Que denuncie a quienes persiguen a las personas migrantes, pero también a quienes convierten la migración en una cuestión policial. Que confronte a la extrema derecha, pero también las políticas de la Europa Fortaleza. Que hable de racismo, pero también de capitalismo, imperialismo y explotación. Y, sobre todo, que sea capaz de construir una unidad que no enfrente a trabajadores de aquí y de allí, sino que los organice alrededor de aquello que comparten. Animamos a que las organizaciones políticas trabajen en unas jornadas de lucha globales que señalen la violencia del control migratorio, y recuperar una lucha indispensable en estos tiempos nuevamente contra la Ley de Extranjería española.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ceuta, insistimos, no es una excepción. Es una frontera donde se hace visible un orden que atraviesa nuestras vidas mucho más allá de ella. Y precisamente por eso, nuestra respuesta tampoco puede tener fronteras.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://regeneracionlibertaria.org/wp-content/uploads/2026/09/clase-2-1024x1024.png" alt="" class="wp-image-16636" style="width:381px;height:auto"/></figure>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>Liza, Plataforma Anarquista.</strong></em></p>
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