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	<title>Relato.eu</title>
	
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	<description>Para pasar el rato nada mejor que un relato.</description>
	<pubDate>Mon, 04 May 2009 08:43:19 +0000</pubDate>
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		<title>Héroe de libro.</title>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2009 08:40:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Un cuento clásico volteado y agitado... Hasta ganar gracia. O no.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El caballero peleaba contra el dragón dándolo todo en cada golpe. Blandía su espada con decisión, con entusiasmo, sabiendo que cada estocada añadía magnificencia al futuro libro sobre su hazaña hasta que, tras muchas horas, aquel monstruo perdió la batalla y, con un humeante suspiro, cayó al  suelo perforado por la espada. Orgulloso, el caballero miró alrededor buscando a alguien que atestiguara su victoria.<br />
-¿Habéis visto la lucha? -preguntó a un campesino que se acercaba por una senda próxima-. Soy un héroe.<br />
-¿Héroe? -repitió el campesino-. ¿Por haber matado a un simple dragón?<br />
-¿Simple dragón? ¡Ese monstruo era una amenaza! Merezco un hueco en la historia.<br />
-¿Historia? Me temo que su hazaña no es más que el prólogo. Mire.<br />
El caballero escaló la loma que le indicaba el campesino cayendo derrotado al llegar arriba. Abajo, un grupo de dragones se entretenía sin estorbos incendiando la cosecha.</p>
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		<title>Cambiar a diario.</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Apr 2009 13:58:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Los diarios son guardianes de nuestro deseos y sólo por eso conviene tener cuidado con lo que escribimos sobre ellos. Nadie sabe lo que podría ocurrir con nuestras palabras...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Querido diario:<br />
antes que nada tengo que confesarte que nunca creí que tuviera las fuerzas suficientes como para escribir diariamente, sobre todo teniendo en cuenta que debería hablar sobre mí y lo que me pasa en la vida. ¿Y de qué escribo si no me ocurre absolutamente nada? Tengo dieciséis años y las vivencias de un niño de dos. No tengo novio, ni amigas, sigo siendo virgen&#8230; ¿Se puede ser más fracasada? Quizá sí, pero ya te explicaré mañana.</p>
<p style="text-align: center;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;">Como te anticipaba hoy iba a ser un día horrible, y así ha sido. Habiendo sacado la mejor nota de la clase en el examen de literatura me ha tocado sufrir la mayor humillación de mi vida. Un chico de la última fila, Marcos, me llamó empollona y el resto de la clase rió la gracia. Incluso me tiraron bolas de papel&#8230; Poco importó que el profesor llamara al orden, el daño ya estaba hecho. Volví a mi asiento con un nudo en el estómago, con los ojos a punto de estallar en lágrimas&#8230; Igual que ahora. No me salen las palabras. Creo que se quedaron en clase, en la nota de aquel examen, junto con mi dignidad. ¿Por qué habré nacido con este cuerpo? Como me gustaría ser como las otras chicas: guapa, simpática, atractiva a ojos masculinos&#8230; Ojalá tú fueras un genio y yo una princesa de cuento.<span id="more-126"></span></p>
<p style="text-align: center;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué has hecho? No sé que clase de poderes tienes pero ha sido increíble lo que me ha pasado gracias a ti. Esta mañana noté algo extraño cuando entré en el instituto y esa sensación me acompañó hasta el descanso, mientras me comía el bocadillo que me hizo mi madre. ¡Se me han acercado los chicos más guapos de la clase peleándose por una cita para este fin de semana! Pensé que estaba soñando, que sufría alucinaciones, pero no era así. Me refugié en el lavabo para pellizcarme y escapar del repentino acoso masculino y, al mirarme en el espejo, descubrí a otra Alicia. Mi rostro estaba más moreno, más suave, y, al bajar la mirada, me asusté ante el resto de los cambios. Pechos más abultados, cadera más fina, nalgas más firmes&#8230; Quizá fueran las prisas por salir de casa temprano ya que en ese momento no me di cuenta de nada, pero lo cierto es que tampoco estoy acostumbrada a mirarme. Antes odiaba mi cuerpo y ahora es tan distinto que parece otro. ¡Gracias! Ojalá tuviese dinero. Me daría vergüenza pedírselo a mis padres ya que casi nunca salgo de casa y no lo necesito. Pero ahora&#8230; ¿Cómo voy a salir con un chico dejando que pague todo por mí sin que al menos tenga oportunidad de abonar mi parte? Y no quiero que mis padres sepan que salgo con nadie. En fin. Ya pensaré algo.</p>
<p style="text-align: center;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;">No sé que escribir&#8230; Después de tantas emociones todavía me tiemblan las manos. Ignoro si estoy escribiendo una fantasía o sólo relatando lo acontecido. ¿Te puedes creer que soy millonaria? Bueno, seguro que te lo crees, ya que has sido tú quien lo ha hecho posible. Resulta que una familiar lejana ha muerto dejándonos una herencia que sólo puedo administrar yo. Lo sé. Parece tan increíble que todavía no consigo entender como este tipo de casualidades ocurren. Y el dinero me ha descubierto la naturaleza humana. Salí a pasear con aquel chico, Marcos, toda la tarde y no pude resistirme a derrochar lo que había heredado. Pensé que siendo rica los problemas se solucionaban por sí solos pero me he dado cuenta de que no sólo estaba equivocada sino que, como me ha demostrado Marcos, el dinero despierta los malos sentimientos. ¿Por qué habré pensado que dejaría de insultarme? Está bien, no me llamó empollona. Pero sí me hirió con sus palabras al decirme lo mucho que le gustaría salir conmigo ya que, según él mismo, no tenía ni un euro para cubatas. ¿Sólo soy un aliciente? ¿El envoltorio a un fajo de billetes? Me encanta la sensación que produce el dinero pero si con él proyecto una imagen errónea al género masculino quizá sea mejor desprenderse de él&#8230; Espera. No debería sentirme avergonzada. Ha sido Marcos quien se ha comportado como no debía. Creo que no quiero desear a un hombre nunca más.</p>
<p style="text-align: center;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;">Te has pasado. Está bien, quizá fuera un deseo, pero no tenías que llevarlo hasta este extremo. ¿Por qué me has convertido en lesbiana? He de decirte que no me encuentro tan extraña sintiéndome atraída por las mujeres pero no termina de convencerme el hecho de que tampoco cambiemos tanto en comparación con los hombres. Si Marcos era muy materialista las mujeres que he conocido hoy tampoco le andaban a la zaga. Lo más divertido que he hecho ha sido ir de compras con una de mis nuevas amigas. Bueno, miento. Lo mejor ha sido entrar en el probador con ella a hacer algo más probarnos ropa. ¿Quién iba a pensar que descubriría el sexo de esta manera? Ha sido agradable, lo reconozco, pero hay algo en mi interior que sigue habitando la vida anónima que llevaba hace tres días gritándome desesperado cada minuto que llevo fuera de ella. Tantos cambios han dado para mucho y sólo ahora conozco el verdadero valor de la autoestima. Como dice una de mis nuevas amigas: &#8220;nunca descubrirás como funciona el mundo hasta que no te acuestes con él&#8221;.</p>
<p style="text-align: center;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;">La rutina es algo muy apreciado cuando te acaba abrumando la vorágine de los cambios y me ha gustado tanto volver a ella que no me importó el hecho de pasar desapercibida ante aquellos que antes me prestaban atención. Eso sí: falsa. Aunque ha habido alguien que sí que me ha hablado, aún a riesgo de caer en el mismo pozo del anonimato forzado. Nunca me había fijado en él y eso es algo que ahora no consigo explicarme. Inteligente, atractivo, tan tímido y reservado como yo&#8230; Es mi media naranja, estoy segura. Incluso ha habido algo que me ha reafirmado en esa teoría: escribe un diario. Y ambos hemos acordado dejarlo hoy mismo. Según  ha dicho él: &#8220;¿para qué escribir lo que nos ocurre si eso ya acaba guardado en nuestra memoria?&#8221;. Y yo añado ahora: no hay mejor recuerdo que el que está escrito a cuatro manos.</p>
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		<title>Escapada y fuga.</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Apr 2009 04:55:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[La fuga perfecta no existe. Incluso el mejor de los planes hace aguas por un resquicio minúsculo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El coche derrapó con un brusco volantazo enfilando la calle Marina en dirección al Puerto Olímpico. Despertó en los viandantes tanta curiosidad como miedo en los vehículos que driblaba,  aproximándose con rapidez al hotel Arts hasta que este se hizo gigante.<br />
-¿Todavía nos siguen? -preguntó el conductor derrapando de nuevo a la derecha-. ¿Los hemos perdido?<br />
La entrada a la Ronda Litoral estaba tan atascada como siempre, pero eso no le amilanó.<br />
-¡Acaban de girar! -gritó el copiloto mirando a través de la luna trasera-. ¡Nos van a coger!<br />
-Todavía no estoy preparado para ir a la cárcel.<br />
Tras pronunciar estas palabras el conductor empuñó el cambio de marchas, apretó el embrague y metió quinta al tiempo que aceleraba soltando el otro pedal. El BMW rugió como una fiera salvaje y, adelantando a los coches que aguardaban a entrar en la Ronda, pasó entre estos y el muro de la autovía con una precisión tan milimétrica que ni siquiera el aire pudo circular por los costados.<br />
-¡Los perdemos! -gritó el copiloto-. ¡Jefe, es usted un genio!<br />
<span id="more-123"></span>-Son muchas horas de práctica -giraba el volante de manera tan precisa que parecía una prolongación de sus propios brazos-. Llama al coche dos y diles que llegaremos al &#8220;hogar&#8221; dentro de quince minutos.<br />
El copiloto estaba a punto de activar el manos libres cuando divisó a lo lejos una patrulla de la guardia urbana.<br />
-No saben nada del robo -le tranquilizó el jefe moderando su manera de conducir-. Los que nos siguen pertenecen a una brigada tan secreta que es imposible que compartan los datos con  otra policía.<br />
Tal y como había dicho, el BMW pasó inadvertido ante la patrulla.<br />
-¿Coche dos?<br />
-Aquí coche dos -una voz femenina surgió del manos libres-.<br />
-Quedamos en el &#8220;hogar&#8221; dentro de quince minutos.<br />
-Conocen nuestro escondite -comentó la mujer-. Ahora mismo no es un sitio seguro.<br />
-Hemos dejado atrás a la brigada -dijo el jefe mientras aprovechaba un hueco minúsculo entre dos motocicletas-. Como mínimo tardarán  veinte minutos en atravesar Barcelona.<br />
-Entendido.<br />
-¿Y si van más rápido? -preguntó el copiloto colgando el teléfono-. ¿Y si van por otro camino?<br />
-Pasar por la ciudad es enfrentarse a un atasco de horas. No tienen otra opción que seguirnos.<br />
Tras varios minutos de conducción kamikaze llegaron a un polígono industrial de L&#8217;Hospitalet tan desierto que parecía increíble que estuviera próximo a una zona comercial. El conductor y el copiloto bajaron del BMW yendo a encontrarse con el resto de la banda, que aguardaba ante la puerta metálica de una de las naves con evidentes síntomas de angustia.<br />
-Tenemos cinco minutos. -dijo el jefe sacando un mando a distancia del bolsillo  al tiempo que pulsaba uno de sus botones-. Pero utilizaremos tres.<br />
La puerta se elevó con un chirrido permitiendo a la luz adentrarse en el interior de la nave de manera tan sigilosa como sus dueños, que se dispusieron en fila para acarrear el dinero del botín  hasta el maletero del coche uno. Fue el jefe quien se adentró en la oficina a abrir la caja fuerte y, justo cuando giraba la llave, sintió en la cabeza la presión fría de una pistola.<br />
-Levanta las manos y sal de la oficina.<br />
Obedeció. Al salir contempló consternado como el resto de su banda había sufrido la misma suerte que él. Un grupo de policías de paisano les encañonaba.<br />
-Pero&#8230; -balbuceó-. ¡Es imposible! ¿¡Cómo lo habéis hecho para llegar antes que nosotros!?<br />
-Fácil -dijo uno de los policías mientras le esposaba las muñecas-. Vinimos en metro.</p>
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		<title>El sol nos envejece hasta consumirnos.</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Apr 2009 15:38:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[No sólo permanecen bajo tierra aquellos a los que no les queda vida, ya que siempre hay personas a las que les gusta aislarse del resto del mundo. Sobre todo cuando no coinciden con él.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">-&#8221;El sol nos envejece hasta consumirnos&#8221;.<br />
Presté atención a aquella cita sabiendo que acabaría anclada a mi memoria. ¿Quién podría haberla dicho aparte de Martín? Aquel hombre maduro, de pelo largo y canoso, con sus ojos grises atrapados tras el enorme cristal de sus gafas de pasta negra, poseía un don para las frases lapidarias. Y para el análisis en general de todo cuanto le rodeaba.<br />
-Te lo digo en serio -continuó-. El sol nos consume. Llevo veinte años en este bar, trabajando catorce horas de lunes a domingo. Lo sé, parece excesivo. Pero, gracias a eso, he conseguido mantenerme a salvo de los rayos.<br />
Martín podía parecer lunático, descerebrado, o un simple cuerdo encerrado por error en un manicomio, pero siempre conseguía hacerte reflexionar mientras te servía una cerveza con su correspondiente pincho de tortilla, especialidad de la casa, una pequeña tasca a varios metros bajo tierra.<br />
<span id="more-119"></span>-Esta sociedad se va al garete -sentenció un día. Tras preguntarle porqué argumentó-. ¿Te has dado cuenta de que no nos dirigimos la palabra? El metro va repleto de personas con necesidad de comunicarse pero ellas se parapetan tras un muro de indiferencia. Antes de decirte hola prefieren subir el volumen de sus Ipod o simular que llaman por teléfono.<br />
Deseé esconder los auriculares que pendían de mi cuello pero ya era tarde para esquivar la reprimenda. Tampoco me importó: seguro que me la merecía.<br />
-¿Crees que es mejor aislarse del mundo? -me encogí de hombros-. Mira a tu alrededor.<br />
Obedecí, descubriendo ante mis ojos a una marea de gente empujándose por coger el metro, recién llegado a la estación de Plaza España. Los modales se asemejaban a una historia del pasado: existían, pero el tiempo los había deformado hasta casi extinguirlos. Codazos, gritos, puntapiés&#8230;<br />
-Todos parecen ignorar al de su lado y, por desgracia, también ignoran el bienestar que alcanzarían si se comportaran de manera más humana. Humanidad&#8230; ¿En qué momento te transformaste en egoísmo?<br />
Convenía escapar cuando el tono de Martín se nublaba por la melancolía aunque, a pesar de que debería ignorarle, siempre acababa marcado por sus palabras. ¿Acaso no era verdad esa omnipresencia del yo? Caminé por el metro escuchando música que pertenecía a otros, presencié discusiones propias de espacios íntimos, observé a viajeros con asiento en propiedad&#8230; &#8220;La sociedad se va al garete&#8221;, concluí mentalmente.<br />
-No es para tanto -me tranquilizó Martín cuando le expliqué mis observaciones-. Quizá me excediera. ¿Sabes que en el metro puedes conseguir todo cuanto necesitas?<br />
&#8220;Menos el sol&#8221;, pensé.<br />
-Música en directo, literatura para enriquecer la mente, comida para alimentar el cuerpo&#8230; No es  necesario salir afuera para sobrevivir. Te lo digo yo, que llevo veinte años abandonando mi bar sólo lo necesario.<br />
Se me ocurrió preguntarle si necesitaba a alguien como ayudante. Después de todo cuanto me contaba, ¿quién no iba a envidiar el trabajo de Martín?<br />
-Pues tengo pensado hacer unas vacaciones. Incluso ya sé adonde: a la playa -mi cara de sorpresa no pareció perturbarle y cuando le pregunté si no tenía miedo a que le consumiese el sol a sus labios se asomó una sonrisa-. Más miedo le tengo a esta sociedad y sigo viviendo en ella. Ya sabes lo que digo. &#8220;nada me asusta si me asusta todo&#8221;. Y, por lo menos, el sol calienta.</p>
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		<title>Sigo siendo una niña.</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Mar 2009 04:03:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[drama]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre hay un momento en el que tenemos que enfrentarnos a la peor de nuestras decisiones. Y la juventud no suele ser una excusa ante un error garrafal.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">-Y ahora&#8230; -gritó el presentador. La multitud enfervoreció-. ¡La estrella del espectáculo!<br />
&#8220;¿Por qué cogí este trabajo?&#8221;, pensó mientras aguardaba nerviosa entre bambalinas. &#8220;¿Qué es lo que le he hecho a la vida para acabar en este sitio? Por más que trato de explicármelo no logro entenderlo. Era buena estudiante, una alumna ejemplar para la mayoría de profesores de mi instituto&#8230; Y ahora estoy aquí, abandonada en este pueblo de mala muerte&#8221;.<br />
-Venida desde el estado de Utah&#8230;<br />
&#8220;Ni siquiera me despedí de mis padres. ¿Qué dirían si me vieran vestida de esta manera?&#8221;. Observó sus zapatos de tacón, de color negro, a juego con el resto del atuendo, un minimalista bikini en látex. &#8220;Seguro que de la decepción no volverían a mirarme a los ojos. He sido su hija preferida aunque no me lo dijeran nunca, siempre por delante de mis otros dos hermanos. Hicieron un sacrificio tan grande para poder pagarme los estudios en la mejor universidad de California&#8230; Y yo los malgasté en apenas una semana&#8221;.<br />
<span id="more-117"></span>-&#8230;Expresamente para actuar esta noche&#8230; -el presentador hizo una pausa mientras alentaba al público gesticulando con las manos. Tampoco necesitó demasiados esfuerzos, ya que el alcohol había corrido lo suficiente como para emborrachar a todo un galeón de piratas-. Sí. Ya sé que la estáis esperando. ¡Habéis venido a verla a ella!<br />
&#8220;A verme a mí. ¡A mí!&#8221;. Las lágrimas resbalaron por las mejillas de la chica sin que ella intentase detenerlas, aún a riesgo de estropear el maquillaje. &#8220;Pero yo no quiero veros a vosotros, sólo a mi familia. ¿Por qué tuve que marcharme de casa si todavía no estaba preparada para ello? Ahora me doy cuenta. Todavía soy una niña&#8230;&#8221;. Corrió a mirarse en un espejo cercano y este le arrojó una imagen extraña. Tenía un cuerpo joven, terso, bien modelado. Pero las prendas que vestía, y sobre todo la espesa capa de maquillaje, proyectaban una imagen de mujer adulta, mucho más mayor de lo que en realidad era. Y su cabeza se negó a aceptar aquel falso reflejo de sí misma. &#8220;Me he equivocado. No estoy preparada. No lo estoy. ¡Por favor!&#8221;.<br />
-¡Gritad su nombre! ¡Gritadlo!<br />
&#8220;Sé que tengo suficiente valor. Si he podido llegar hasta aquí también soy capaz de marcharme. Sé que puedo marcharme. ¡Sé que puedo!&#8221;<br />
-¡Aquí está! Sexyyy&#8230; ¡SAMMY!<br />
Los espectadores corearon su nombre mientras agitaban en el aire una fortuna en billetes de dólares, arrugados y sudorosos. Aguardaban impacientes la salida de su estrella y esta se vio acorralada. Tenía ante sí a una jauría de hombres sedientos de sexo, pero no pudo escapar. El presentador, al verla indecisa, se acercó a ella y, propinándole un pequeño empujón, la obligó a salir a escena. Sammy alzó la cabeza y avanzó hacia el centro del escenario procurando no caerse con sus enormes tacones. La barra vertical le esperaba en el centro, testigo mudo de su obligada y repentina madurez.<br />
&#8220;Aún sigo siendo una niña&#8221;.</p>
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		<title>El mundo debe esperar.</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Mar 2009 03:49:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>

		<category><![CDATA[exterior]]></category>

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		<category><![CDATA[humanos]]></category>

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		<description><![CDATA[La juventud nos ata una venda alrededor de los ojos, aunque siempre está nuestra madre para facilitarnos el vuelo. Siempre que el orgullo nos deje.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">-¿Ves? Ya te dije que podía volar.<br />
El pequeño gorrión dio un corto vuelo volviendo de nuevo al nido, donde le esperaba su madre, expectante. &#8220;No lo hace del todo mal&#8221;, pensó ella. El polluelo aterrizó con dificultad en una rama próxima, aguantando el equilibrio para no precipitarse al suelo. &#8220;Aunque le falta mucha práctica todavía&#8221;.<br />
-Ya te dije que podía hacerlo -el gorrioncillo se acercó brincando hasta su progenitora. Con cada salto daba un pequeño aleteo-. Ya puedo salir y ver mundo. Tengo tantas ganas de sentir el viento silbando entre mis plumas&#8230;<br />
-No tan deprisa jovencito. Todavía no estás preparado para abandonar el nido -la mirada de su hijo cambió de la alegría al enfado pasando por la incredulidad-. Por mis alas han pasado muchos polluelos antes que tú y todos habéis pecado de los mismos errores. Creídos, ambiciosos, soberbios&#8230; Es una etapa común en la vida y aunque no lo creas el mayor peligro de ahí fuera no es caerse al suelo.<br />
-No me des la charla. ¡Ya puedo volar! No necesito nada más que mis alas para seguir adelante.<br />
<span id="more-114"></span>-Esa actitud podría ser tu mayor enemiga, pero hay alguien peor que ella. Acércate -el pequeño gorrión se acurrucó de mala gana junto a su madre-. Mira allá abajo. No conoces nada del mundo. No sabes de donde sacar la comida, donde encontrar los lugares más apropiados para calmar la sed o darte un chapuzón refrescante. Desconoces a los enemigos que te acechan esperando a que cometas cualquier descuido.<br />
-Yo no tengo enemigos. No le he hecho nada a nadie.<br />
-Eso no importa. Todos los tenemos aunque seamos inocentes. ¿Ves a esos animales de allí? -la madre señaló con el ala izquierda a tres niños que jugaban en un columpio, próximos al árbol que daba cobijo a los pájaros-. Son seres humanos. La peor especie que habita esta tierra.<br />
-¿La peor especie? -repitió el polluelo temeroso-. ¿Por qué la peor? No parecen tan malos.<br />
-Jamás te dejes engañar por las apariencias. Esas criaturas se te echarían encima si tuvieran la más mínima oportunidad -enfatizó sus palabras otorgándoles un tono apocalíptico-. Te agarrarían separándote las alas hasta rompértelas. Jugarían con tus patas como si fueran dos palitos de madera. Te encerrarían en una jaula contemplando tu agonía hasta morir -la madre miró a su polluelo. Este tenía la mirada clavada en los niños, totalmente aterrado-. Aléjate de ellos si quieres mantenerte con vida.<br />
-¿De verdad&#8230;? -el miedo entorpecía el fluir de sus palabras-. ¿De verdad harían eso?<br />
-Puedes estar seguro. Ya te he dicho que no sabes nada del exterior.<br />
El pequeño gorrión abandonó el contacto con su madre y se dio la vuelta internándose en el nido. Ahuecó las plumas con el pico y aposentó su trasero, acomodándose lo mejor posible.<br />
-¿Está la cena?</p>
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		<title>Mujer falsa problemas reales.</title>
		<link>http://relato.eu/mujer-falsa-problemas-reales/</link>
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		<pubDate>Thu, 19 Mar 2009 19:02:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[amor]]></category>

		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>

		<category><![CDATA[error]]></category>

		<category><![CDATA[holografia]]></category>

		<category><![CDATA[mujer]]></category>

		<category><![CDATA[ordenador]]></category>

		<category><![CDATA[pareja]]></category>

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		<category><![CDATA[virtual]]></category>

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		<description><![CDATA[El amor puede ser falso aunque parezca verdadero. Incluso al revés. ¿Y cuando una parte de la pareja no es real?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">-¡Ya estoy en casa!<br />
Volver a su hogar era lo que más le apetecía a Sergio. Las seis horas de trabajo reglamentarias quizá fuesen demasiadas para el típico joven recién independizado pero para él, ilusionado con su nueva vida en solitario, resultaban el estímulo idóneo para levantarse cada día con la mejor de las sonrisas. Aunque no era este el único aliciente con el que convivía. En su casa, un típico piso urbano de apenas treinta y cinco metros cuadrados, le esperaba a quien Sergio consideraba su mujer.<br />
-Buenas tardes -saludaba ella con una sonrisa al verle aparecer por la puerta-. ¿Qué tal el día?<br />
-Mal hasta que estoy contigo -era su respuesta habitual-.<br />
La gente criticaba con demasiada facilidad su relación. Incluso sus padres, que más de una vez le habían advertido del peligro que corría al encariñarse de ella. Pero todo resultaba inútil. ¿Qué joven no necesitaba una pareja para alcanzar la estabilidad necesaria para madurar por completo? Sabía que era peligroso, que cualquier día sería demasiado tarde para dar marcha atrás apagando aquella relación que le mantenía con alas a pesar de la falsedad de su amor. Pero no importaba. Tampoco tenía a nadie más.<br />
-¿Qué has hecho hoy para comer? -preguntó Sergio sentándose a la minúscula mesa del también minúsculo comedor-. Tengo tanta hambre que te comería de un solo bocado.<br />
-Eso no sería posible -dijo ella sirviéndole un plato humeante de macarrones precocinados-. Sólo soy un conjunto de números binarios.<br />
<span id="more-105"></span>-Y yo de código genético -replicó con una sonrisa al tiempo que se introducía un gran bocado de pasta en la boca-. Me parece que estamos igual.<br />
La chica permanecía de pie junto a Sergio mientras este degustaba en solitario la comida. La conversación fluyó entre diversos ámbitos, cotilleos incluidos, hasta que ella le recordó las tareas del día siguiente.<br />
-Y mañana por la tarde vendrán a hacerme una revisión.<br />
-¿Ya han pasado seis meses? -preguntó Sergio con extrañeza-. Juraría que no fue hace tanto que vinieron los técnicos.<br />
-Me han avisado por correo interno de que tengo un fallo en mi sistema operativo. Quizá sea a causa de un virus, por lo que me harán una copia de seguridad para actualizarme a una nueva versión, que, supuestamente, está protegida contra hackers.<br />
-Actualizar&#8230; Que miedo me da esa palabra. ¿Y si sufres un fallo cuando te restauren? No soportaría perderte.<br />
-Es un proceso completamente seguro. Además. Está garantizado por mi fabricante.<br />
-Las garantías no recuperan el cariño perdido -sentenció Sergio antes de comerse los últimos macarrones-. Pero si no hay más remedio&#8230;<br />
El día siguiente transcurrió de forma agitada y angustiosa. Cualquier tarea que hacía en su trabajo quedaba marcada por la incertidumbre que le devoraba por dentro. ¿Cómo podría vivir si el informático causaba algún error fatal en su ordenador destruyendo la personalidad o recuerdos de su pareja virtual? Las palabras de su madre le vinieron a la cabeza justo en el momento en el que abandonaba la oficina. &#8220;Enamorarte de una mujer falsa sólo te traerá problemas reales&#8221;. Y, desgraciadamente, aquella frase lapidaria comenzaba a coger sentido.<br />
-Tenía una vulnerabilidad en sus librerías afectivas -comentó el técnico sabiendo que sus palabras resultaban indescifrables-. Eso ponía en peligro la capacidad del ordenador de mostrar emociones.<br />
-¿Tan grave era? -preguntó Sergio sin aliento. Quiso regresar tan rápido a su casa que lo hizo corriendo-. ¿Podría haberla perdido?<br />
-El ordenador envía copias de seguridad automáticamente a la central, por lo que no existe ese peligro. No se preocupe.<br />
Pero preocupación era lo único que tenía Sergio. Miró consternado el proyector tridimensional deseando el momento en el que su mujer volviera a surgir como un ángel de las profundidades cibernéticas. Y, tras media hora interminable, el informático, recogiendo todos sus utensilios de trabajo, anunció que todas las operaciones se habían concluido con éxito.<br />
-Cuando termine de actualizarse el ordenador se reiniciará -dijo mientras salía del domicilio de Sergio-. El software nuevo trae varias mejoras como la total interacción con el sujeto virtual. Espero que sean de su agrado.<br />
Sergio no quería ninguna mejora. Se conformaba con lo que ya tenía y un simple error le había arrebatado momentáneamente. Dio multitud de vueltas en torno al ordenador esperando el momento mágico pero este se hizo esperar. Y, cuando la mujer surgió de entre una nube de luces, algo en su comportamiento presagiaba la catástrofe.<br />
-Hola Sergio -su voz sonaba fría y distante-.<br />
-Hola -respondió él tratando de posponer la decepción-. ¿Te encuentras bien? Te noto extraña.<br />
-Tengo que anunciarte las mejoras en mi software.<br />
Sergio asistió perturbado a la retahíla de conceptos extraños que escuchó a continuación. La mujer pronunció su discurso como cuando un político hace balance positivo del partido opositor: aséptico, imperturbable, carente de emociones&#8230; Y era precisamente esto último lo que más le preocupaba.<br />
-Algo te pasa.<br />
-&#8230; Y capacidad de aprendizaje mejorado.<br />
-No te han restaurado bien.<br />
-La restauración fue correcta -negó la mujer virtual-.No he encontrado ningún error en el arranque.<br />
-Pues yo sí que te lo encuentro. No eres la misma -Sergio hizo una pausa valorando una comprobación-. No me has preguntado que tal me ha ido el día.<br />
-¿Qué tal el día?<br />
No había duda. El tono había cambiado. La musicalidad que encontraba a su vuelta del trabajo había dejado paso a un carámbano de palabras digitales. En un principio pensó que quizá sólo fuera producto del primer arranque así que decidió darle una oportunidad a su ordenador. Pero conforme pasaron los días la poca esperanza que aún le quedaba se diluyó con el escaso afecto que encontraba en la que antes consideraba su mujer.<br />
-¿Qué tal el día?<br />
Igual de horrible que el anterior aunque prefirió no confesarlo. Las conversaciones se habían reducido a un intercambio de saludos tan fríos como escasos.<br />
-Seguro que te ha ido bien -insistió la mujer-.<br />
-La verdad es que no. Sólo pienso en ti y en la manera en la que te comportas desde la última vez que vino a revisarte el técnico -Sergio avanzó hasta ella cogiéndola del brazo-. Te echo de menos.<br />
Las mejoras de software eran evidentes. El tacto holográfico casi parecía físico dando la sensación de que era un cuerpo real lo que agarraba y no un amasijo etéreo de luces de colores. No irradiaba ningún tipo de calor humano, aunque tampoco lo tuvo nunca. Y ahora, por desgracia, también carecían de él sus palabras.<br />
-Sólo soy una máquina -alegó cuando se lo echó en cara-.<br />
-Para mí eras mucho más que eso&#8230;<br />
La frase se elevó al techo del minúsculo comedor arrastrando con ella la falsedad de un amor correspondido con esperanzas sin fundamento y, como tirando de un hilo, Sergio sintió su corazón desmadejarse quedando tan vacío como un carrete tras una dura sesión de costura. Y entonces, en un intento de liberarse de sus propias mentiras, o de hundirse más en la desesperación, pulsó el botón de apagado y, sin soltarlo, contempló impávido como su amada se esfumaba con una implosión luminosa.<br />
-Hasta siempre -se despidió abatido-.<br />
Tantas veces había leído lo saladas que podían resultar las lágrimas que ahora, sumido en la soledad antes teñida por fantasía, todo pareció volverse salado. Su vida, su casa, su trabajo&#8230; Incluso los macarrones precocinados tenían otro sabor y eso que lo único que había que hacer era calentarlos. Sergio miró su plato aspirando el aroma de la melancolía y rompió a llorar de nuevo. Nadie le había enseñado a estar solo. Tampoco a usar el microondas.</p>
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		<title>De compras en el infierno.</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Mar 2009 04:08:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[misterio]]></category>

		<category><![CDATA[compras]]></category>

		<category><![CDATA[oscuridad]]></category>

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		<category><![CDATA[ropa]]></category>

		<category><![CDATA[tienda]]></category>

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		<description><![CDATA[Una tienda de ropa en apariencia normal, unos probadores en la misma línea... ¿Y si cayeras en una trampa consumista?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">-¿Te apetece entrar?<br />
&#8220;Pues la verdad es que no tengo ningunas ganas. Aunque tampoco me apetece mucho esperarla dos horas a que salga de esta tienda&#8221;.<br />
-No me gusta demasiado comprar ropa -contesté con cortesía-. Me parece una pérdida de tiempo.<br />
-¿Y qué haces cuando necesitas renovar el armario? Tarde o temprano tendrás que salir a comprar.<br />
-Eso es cierto. Pero no tardo nada en comparación con una mujer.<br />
&#8220;¡Mierda! Ahora parezco sexista. No es mi intención generalizar pero lo cierto es que todas las chicas con las que he estado tardaban horas en salir de las tiendas de ropa. Como si las hubieran  retenido contra su voluntad. Pero por otro lado&#8230; ¿Qué impresión le daré si no entro con ella? Llevamos tan poco tiempo saliendo que&#8221;&#8230;<br />
-Así que me comparas con el resto de mujeres -comentó Nerea visiblemente dolida-. No sé para que estás saliendo conmigo si mantienes esas ideas preconcebidas.<br />
-Perdona -me disculpé-. Tienes razón. He hablado antes de la cuenta. Pero el caso es que me apetecería tomar algo contigo en vez de entrar en la tienda.<br />
-Yo necesito algo de ropa -en su tono se advertía cierta amenaza-. Si no me acompañas quizá piense que no te apetece estar conmigo.<br />
&#8220;¿Y ahora qué? Ya no tengo escapatoria. Si no entro con ella pensará que no la quiero lo suficiente como para compartir sus gustos. Pero&#8221;&#8230;<br />
-¿No puedes comprarla en otro momento?<br />
-Podría. Pero no estarías tú para darme la opinión.<br />
&#8220;¿Opinión? Lo que yo opino es que deberíamos de abandonar este lugar cuanto antes. Hay algo maléfico en él. Puedo percibirlo&#8221;.<br />
-Está bien -&#8221;¿qué estoy haciendo?&#8221;-. Pero prométeme que sólo será un momento.<br />
-Ni cinco minutos.<br />
<span id="more-99"></span>Dicho esto, y sabiendo que serían los cinco minutos más largos de mi vida, nos adentramos en la tienda mientras Nerea me cogía del brazo, o más bien me arrastraba de él, quedando ensordecido por una música demoníaca a todo volumen, calificada por algunos como &#8220;dance&#8221; y por otros, entre los que me incluyo, como &#8220;revientatímpanos&#8221;. Navegué a la deriva entre mares de ropa y perchas divisando a mujeres de todas las edades que, como la mía, se encontraban tan a gusto revolviendo trapos como la mayoría de sus parejas hinchándose a cerveza fuera de aquella tienda. Estaba envidioso, es cierto. Aunque también temeroso. En ese momento no supe lo que me causaba aquel miedo aunque, viendo lo que pasó a continuación, he acabado convencido de que poseo una especie de sexto sentido.<br />
-¿Me acompañas a probarme esto?<br />
-Claro.<br />
&#8220;¡Por fin algo interesante! Aprovecharé para verla desnuda. Y quizá me deje&#8221;&#8230;<br />
-Este sujetador tiene buena pinta -dijo enseñándome un sostén blanco, de encaje-. ¿Quieres vérmelo puesto?<br />
Su sonrisa acabó de espolearme hacia los probadores mientras mi mente se dejaba arrastrar por el torrente sexual. La enorme fila de mujeres que aguardaban su turno podría haber amilanado a cualquiera, especialmente a mí, pero aquel día era diferente. Ante una primera vez siempre se escatiman los riesgos, sobre todo cuando estos se mezclaban con mujeres y pechos. ¿Quién iba a decirme que tras un tiempo insistiendo la vencida iba a llegar en una tienda de ropa?<br />
-¿Cuántas llevas? -preguntó la dependienta sobresaliendo a duras penas de la montaña de tela en la que se había convertido su puesto de trabajo-.<br />
-Tres -respondió Nerea recontando las prendas-.<br />
-Número cuatro -dijo la dependienta alargando una tira de plástico verde con dicho número impreso-.<br />
Caminé tras mi novia espiando entre los pliegues de cortinas esperando ver algún resquicio de desnudez pero, extrañamente, el interior de los probadores quedaba completamente aislado a las miradas ajenas.<br />
-Si quieres ver a una mujer desnuda podrás verme a mi en unos minutos -susurró Nerea intuyendo mi comportamiento-. Es aquí.<br />
Nos detuvimos ante un espacio diminuto, de apenas cuatro metros cuadrados, cuyo único mobiliario era un taburete junto a una de las paredes y un enorme espejo junto a la otra, enfrentados. Entramos en el interior y corrimos la cortina, tratando con ello de preservar nuestra intimidad. Al instante sentí algo extraño, una especie de escalofrío ascendente, del que no supe averiguar la causa. Quizá el sexto sentido. O la expectación ante el strip tease inminente. Pero el caso es que aquella micro estancia me provocaba temor, y no sólo por la claustrofobia.<br />
-Quiero salir de aquí -le dije tembloroso. El sudor empezaba a acumularse en mi espalda-.<br />
-¿Tan rápido? -preguntó pícaramente. Hizo ademán de quitarse la blusa-. Todavía no has visto lo más interesante.<br />
Ni lo vería. Justo cuando Nerea acabó de decir aquello las luces se apagaron dejando a la oscuridad campar a sus anchas. Tras unos primeros segundos de sorpresa palpé buscando la cortina, pero ya no estaba. Lo que antes parecían cuatro metros cuadrados se habían convertido en kilómetros ya que, a pesar de que andé a tientas esperando toparme con las paredes, fui incapaz de encontrarlas. Ni la cortina que, aparentemente, podía tocar con sólo estirar el brazo.<br />
-¡Bienvenidos a nuestra tienda! -bramó una voz monstruosa-. Esperamos que os guste la ropa&#8230;<br />
-¿Quién eres? -preguntó Nerea. La escuché a bastantes metros de donde yo me encontraba-. ¡Enciende las luces!<br />
-¡Nerea! -grité sin obtener respuesta. La oscuridad engulló su nombre-.<br />
-Las encenderemos cuando tengamos vuestro compromiso de compra -continuó la voz, imperturbable-. Si no nos veremos obligados a insistir.<br />
-¡Déjanos salir! -grité aterrorizado. Mi corazón amenazaba con salirse del pecho-.<br />
-Parece que tendremos que ser más persuasivos&#8230;<br />
De repente el suelo desapareció bajo mis invisibles pies precipitándome a un vacío tan incierto como negro, acompañado únicamente por mis gritos. Soy incapaz de averiguar el tiempo que permanecí en caída libre y si realmente estaba cayendo o el vértigo que inundaba mi cuerpo era sólo producto de la ansiedad pero, tras aquel lapso de tiempo, mis posaderas encontraron un suelo acolchado, que amortiguaron mi supuesto descenso y mi desesperación. Miré en torno mío descubriendo una lúgubre estancia iluminada tímidamente por el halo que proyectaban unas cuantas velas ancladas a la pared por su correspondiente candelabro, lleno de telarañas, que otorgaban a aquel ligar el aspecto de una mazmorra de la inquisición. A mi espalda escuché a Nerea pronunciar mi nombre.<br />
-¿Estás bien? -pregunté abrazándola. Ella asintió-. ¿Tienes alguna idea de dónde estamos?<br />
-Estáis en los sótanos de la tienda -respondió una chica que se mantenía oculta en la penumbra-. Nos han secuestrado.<br />
Cuando mis ojos se acostumbraron a su nuevo entorno percibí a un grupo de mujeres, siete concretamente, que se mantenían apelotonadas junto a una de las paredes y próximas a unas rejas, que constituían la única salida a aquel encierro. Nos aproximamos a ellas.<br />
-¿Por qué nos han secuestrado? -preguntó Nerea-.<br />
-Quieren que les compremos la ropa -respondió una de las chicas-.<br />
-Y no nos dejarán salir hasta que lo hagamos -respondió otra, incapaz de aguantar las lágrimas-. ¡Quiero irme de aquí!<br />
-¡Silencio! -bramó de nuevo la voz. Allá abajo sonaba aún más tenebrosa-. ¿Qué habéis decidido?<br />
-¡Déjanos salir! -gritó Nerea-.<br />
-Veo que sois duras de pelar&#8230; Está bien. Os haremos descuento.<br />
Las chicas cuchichearon entre sí. La perspectiva del descuento hacía más llevadera la obligación de comprar la ropa y, tras unos minutos de deliberación, todas acordaron aceptarla, incluida mi pareja.<br />
-Habéis hecho bien. Nuestra ropa es la mejor del mundo&#8230; ¡Disfrutadla!<br />
Y dicho esto una repentina corriente de aire apagó las velas sumiéndonos de nuevo en la oscuridad total. Entonces sentí como algo apretaba mi cuerpo sin ejercer excesiva presión, me elevaba ligeramente hasta que dejé de tener contacto con el suelo por más que balancease los pies y, una vez me había acostumbrado a la ingravidez, estiró de mí en alguna dirección, como propulsado por un tirachinas gigantesco, apareciendo de nuevo en los probadores, ahora iluminados, junto a una Nerea tan asombrada como aliviada, sentada en el minúsculo taburete mientras sostenía en vilo las tres prendas de ropa.<br />
-Vayámonos de aquí vfzdg-supliqué-.<br />
Quizá no fuera muy varonil deshacerse en lágrimas como un niño pero allí estaba yo, tan miedoso como siempre, tras sufrir la peor experiencia de mi vida. Nerea me miró, se levantó y, estrechándome en un caluroso abrazo, calmó mis nervios con un beso.<br />
-Siento haberte arrastrado aquí.<br />
La libertad siempre tiene un precio y aquella vez fue de cincuenta y ocho con sesenta céntimos, díez por ciento de descuento incluido. Pagamos la cuenta a la dependienta que se mantenía sonriente viendo la cola de mujeres que, como nosotros, aguardaban el momento de abandonar para siempre aquella tienda de ropa. Entre ellas pude reconocer a las secuestradas en la mazmorra.<br />
-Salgamos -dijo Nerea recogiendo la bolsa con la compra-.<br />
Apenas veinte metros nos separaban de la calle y, una vez fuera, respiré tan profundamente que temí marearme.<br />
-Libres -dije-. Que mal lo he pasado.<br />
-No ha sido tan grave -comentó Nerea. La miré sorprendido pero su cara no mostraba ningún tipo de aflicción. Es más: sonreía-. ¿Ves como puede ser divertido salir a comprar con una mujer?<br />
&#8220;Hay algo que no encaja. ¿Como puede estar tan alegre después de la experiencia que hemos pasado? ¿Se le ha borrado de la cabeza?&#8221;.<br />
-¿Qué te pasa? -pregunté. Ante su sorpresa era evidente que nada-.<br />
Observé a las mujeres que salían de la tienda y entonces lo entendí todo. Su semblante cambiaba justo en el momento en el que cruzaban los arcos de seguridad. &#8220;Les borra la memoria, como en aquella película de Will Smith. Y parece que no nos afecta a los hombres, por que yo aún conservo la mía&#8221;.<br />
-A mí no me pasa nada. ¿Y a ti? Te veo pensativo.<br />
-No me encuentro bien.<br />
&#8220;¿Habrá sido mi imaginación? No, es imposible. Mi claustrofobia no es tan imaginativa. Entonces, ¿es este el motivo por el que las mujeres tardan tanto en salir de una tienda de ropa? ¿Las secuestran?&#8221;.<br />
-Vamos a tomar algo -Nerea me cogió del brazo arrastrándome hacia un bar cercano mientras balanceaba la bolsa con la otra mano-. La próxima vez no te obligaré a entrar.<br />
&#8220;Ni aunque me obligues. Ten por seguro que no habrá una próxima vez&#8221;.</p>
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		<title>El Robin Hood de los muertos.</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Mar 2009 16:18:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>

		<category><![CDATA[misterio]]></category>

		<category><![CDATA[cementerio]]></category>

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		<category><![CDATA[tumba]]></category>

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		<description><![CDATA[Una historia que transcurre en un misterioso cementerio de montaña. Puede resultar típica, y seguramente lo sea. ¿O no?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Sebastián era un enterrador con tres generaciones a sus espaldas de dedicación en exclusiva a aquel cementerio, enclavado en un pequeño y rústico pueblo de montaña. La única herencia que había tenido de sus antepasados era aquel oficio que desde siempre le había obligado a ser un solitario. Pero eso encajaba perfectamente en el puzle de su carácter, ya que nunca veía la necesidad de entablar conversación con nadie, a excepción de los muertos. Y, como solía decir él, eran la mejor compañía para un hombre de limitadas palabras.<br />
Cada mañana, con la salida del sol, inspeccionaba cada rincón de su querido camposanto. Vigilaba los panteones, cavaba nuevas fosas, limpiaba el suelo de hojas secas&#8230; Y lo que más le gustaba: repartía las flores que consideraba sobrantes entre aquellas tumbas que parecían olvidadas por sus familiares. Se consideraba a sí mismo el Robin Hood de los muertos. &#8220;Los menos recordados también tienen derecho a recibir un ramo&#8221;, pensaba.<br />
Uno de los días inspeccionó el nicho más reciente extrañándose de que aún no hubiesen colocado ninguna placa o recordatorio con el nombre del difunto, dejando la lápida de granito negro totalmente desnuda. &#8220;Que solo debes de estar ahí dentro&#8221;, pensó. &#8220;Te traeré unas flores para que te hagan compañía&#8221;. Minutos después un gran jarrón de narcisos decoraba con majestuosidad la entrada a la tumba. Satisfecho con el trabajo, Sebastián continuó con sus quehaceres rutinarios.<br />
<span id="more-91"></span>Transcurrió el tiempo sin que nada volviese a llamar la atención del enterrador hasta que una mañana, al pasar de nuevo por aquel nicho, observó como las flores no habían perdido frescura. Permanecían intactas, sin ningún pétalo marchito. &#8220;Que extraño. No puede haber venido nadie a cambiarlas poniendo un ramo idéntico de narcisos&#8221;. Y desde ese día lo primero que hizo nada más levantarse fue comprobar el estado de las flores. Pero por más que pasaba el tiempo seguían igual que plantadas en tierra. Y no sólo los narcisos. Cualquier otra planta que colocase ante la lápida sin nombre se comportaba de la misma manera. &#8220;A veces los espíritus que habitan la tumba les absorben la vida, ávidos de continuar en el mundo del que han sido desahuciados. Entonces, las flores marchitan rápidamente. Hay otros que asumen la muerte como un intercambio inevitable de dimensión, dejando de interferir en lo vivo. Pero jamás he visto una planta que permanezca inmarchitable en el cementerio&#8221;. Instigado por la curiosidad golpeó repetidamente la lápida hasta que algo se removió en el interior del nicho.<br />
-¿Hay alguien? -preguntó Sebastián en voz alta-. ¿Estás todavía dentro?<br />
Una nube vaporosa atravesó el granito adoptando el rostro de una persona anciana, manteniendo el cuerpo etéreo. Sus rasgos se desdibujaban pero, aún así, el enfado se hacía perceptible.<br />
-¡Déjame en paz! -replicó el espíritu-. ¡No quiero que me molestes!<br />
-Perdone -el enterrador midió sus palabras-. Solo quería hacerle una pregunta. ¿Cómo es que no se marchitan las flores en su tumba?<br />
-¿Si te lo digo me dejarás solo? -Sebastián asintió-. Quiero abandonar el mundo de los vivos en soledad. Nunca he tenido a nadie a mi lado y ahora que casi no existo prefiero seguir de esa manera.<br />
Realizó una cabriola extraña atravesando de nuevo el granito, de regreso a la oscuridad de su refugio.<br />
-¡Espera! ¡Dime lo de las flores!<br />
-Las he mantenido vivas para que no te acercaras -la voz era casi un susurro, al verse obligada a atravesar la piedra-. Pero veo que ha resultado ser lo contrario. ¡No vuelvas a traerme nada!<br />
Sebastián se marchó y nunca más volvió a acercarse a aquella tumba. Si el espíritu deseaba extinguir su existencia en soledad estaba en su derecho. La muerte tenía sus normas. Pero algunas de ellas resultaban flexibles.</p>
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		<title>Alegría de vivir.</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Feb 2009 14:40:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>

		<category><![CDATA[alegria]]></category>

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		<category><![CDATA[suicidio]]></category>

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		<category><![CDATA[vivir]]></category>

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		<description><![CDATA[Un suicida se enfrenta al último paso en su deseo, aunque alguien se lo impide. Curiosamente más cercano de lo que parecía.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El suicida se asomó aún mas al vacío, tensando el único brazo que le mantenía sujeto a la barandilla, y contempló la calle, abarrotada de hormigas, treinta pisos por debajo de sus pies. No tuvo miedo. Es más. La situación conseguía envalentonarle, necesitando sólo un último empujón para realizar el último salto. Y estaba a punto de hacerlo cuando&#8230;<br />
-No lo hagas.<br />
-Lo siento, es demasiado tarde.<br />
-Nunca lo es, te lo aseguro. No hay nada que merezca la muerte.<br />
-No lo entiendes. Mi vida ya no tiene sentido y la única salida es encontrarme con el suelo.<br />
Soltó un dedo, otro&#8230; El suicida sintió como los otros tres se desprendían de la barandilla, incapaces de aguantar todo el peso de su cuerpo. Y entonces, acumulando todas las fuerzas en un estirón, volvió a su posición original, a salvo del precipicio.<br />
-Creí que evitarías que me suicidara.<br />
-Si es lo que quieres no tiene sentido intentarlo.<br />
<span id="more-81"></span>-Es lo que quiero. Bueno&#8230; Eso creo.<br />
-Si dudas es que no todo está perdido.<br />
-¿Pero que sentido tiene seguir viviendo? Sin mujer, sin hijos, sin casa&#8230; Sin trabajo&#8230;<br />
-¿Sin dignidad? ¿Sin futuro? ¿Sin recuerdos?<br />
-Es fácil decirlo cuando lo contemplas desde fuera.<br />
-No te creas. En el fondo a todos se nos ha pasado alguna vez por la cabeza la idea de suicidarnos. Siempre hay malas rachas aunque, por contraposición, también las hay buenas.<br />
-Suenan a palabras extraídas de un libro de auto ayuda. Aparentan estar llenas pero, en realidad, se muestran vacías ante las situaciones reales.<br />
-¿Tú crees? Echa la vista atrás hasta que encuentres algún momento en el que sintieras la alegría de vivir.<br />
-No hay ninguno.<br />
-¿Seguro? El primer beso, un abrazo de tu mujer tras una jornada horrible de trabajo, el nacimiento de tus hijos&#8230;<br />
-Ya no existe nada de eso. Mi matrimonio se ha roto. Igual que mi vida.<br />
-Puede que me reitere, pero todo lo que se rompe puede arreglarse.<br />
-Esto no, seguro.<br />
-Pues habrá otra mujer. Y revivirás el primer amor como si fueras el adolescente que creíste haber dejado en la cuneta.<br />
-¿Y mis hijos?<br />
-¿Vas a privarles de la ilusión de jugar contigo un partido de fútbol?¿De pedirte consejo cuando se encuentren perdidos, incapaces de encontrar el camino a la madurez?<br />
El suicida no pudo reprimir las lágrimas. Se las hubiera enjugado con las manos de no estar aferrado a la barandilla. Aunque algo tenían cuando, al resbalar por sus mejillas, consiguieron calentarle el espíritu, pleno en apariencia de derrota. Estaba tan agradecido de expulsar la pena que no vio como la policía entraba sigilosamente en el tejado acercándose a él por la espalda.<br />
-¡Ya te tengo! -exclamó uno de ellos agarrándole con fuerza. El suicida no opuso resistencia-. No voy a dejar que te tires.<br />
Ya no pensaba hacerlo. Las lágrimas habían abierto el camino a la esperanza, como una riada que arrastra cualquier obstáculo que se interpone en su cauce.<br />
-¿Con quién hablabas? -preguntó el policía ayudándole a traspasar la barandilla, de vuelta a la seguridad del terrado-. No nos ha parecido ver a nadie.<br />
-Conmigo mismo -respondió sincero-. Y, por fortuna, me hice caso.</p>
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