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	<title>Ruinas de Midgard</title>
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	<title>Ruinas de Midgard</title>
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		<title>Mujeres ilustres según Boccaccio</title>
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		<pubDate>Sat, 02 May 2026 08:11:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[boccaccio]]></category>
		<category><![CDATA[giovanni boccaccion]]></category>
		<category><![CDATA[Josep Lluís Canet]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Conocerá el lector a <strong>Boccaccio</strong>, escritor italiano del siglo XIV que escribió <em>El Decamerón,</em> colección de cuentos llena de ironía y crítica social. Pues bien, hay una obra suya, mucho menos conocida, en la que presenta un amplio listado de mujeres ilustres en la historia del mundo antiguo. En tanto que a veces se denuncia la falta de visibilidad del reino femenino, vamos a exponer algunas de esas figuras, resumiendo, de esa manera, el trabajo del autor, y demostrando, así, que a veces para ver sólo hace falta mirar. Las mujeres ilustres de <strong>Boccaccio</strong> son muchas, pero me he quedado con las siguientes (la traducción es de <strong>Josep Lluís Canet</strong>, que imita el castellano antiguo):</p>
<h6><em>Capítulo I: De nuestra primera madre Eva, la qual ahunque no sintió las miserias de la niñez, empero no pudo fuyr la vejez y parió fijos con dolor. Y fue desterrada por su pena, y comió pan con su trabajo, y filó lana. En fin, por sus tiempos, mundanalmente murió como las otras mujeres.</em></h6>
<h6><em>Capítulo II: De Semíramis, reyna de los assirios, la qual muerto su marido Nino, en lugar de su fijo se vistió como hombre y fizo y exerció muy ásperamente la arte militar y del campo. Y no solamente conservó el reyno de su marido, mas ahun fizo el adarbe de Babilonia y acrescentó su reyno fasta la India.</em></h6>
<h6><em>Capítulo IV: De Juno, hermana y mujer del rey Júpiter de Creta, la qual es dicha diosessa de las riquezas y del matrimonio, y ayudadora de las primerizas quando paren o están preñadas. La qual, primero en Grecia y luego después en toda la Asia y finalmente en Italia, y mayormente por los romanos gentiles fue edificada.</em></h6>
<h6><em>Capítulo VI: De Minerva, siquier Pallas, que fue dicha diosessa de la sabiduria y inventora de las artes, fija de Júpiter, nascida de su celebro. A la qual pintan y blasonan armada con un olivo en la mano; las quales señales denotan en el sabio la paz y la guerra; y en el tiempo de los gentiles fue puesta en el número de los dioses.</em></h6>
<h6><em>Capítulo LXXXX: De Agrippina, mujer de Germánico, la qual escogió antes morir de fambre que suffrir los tantos enojos del príncipe Tiberio.</em></h6>
<h6><em>Capítulo LXXXVIII: De Cleopatra, reyna de Egipto, hermana y mujer de Ptholomeo, desseosa de imperar y de las dissoluciones reales. La qual, despuésde diversos casos, se echó con César, del qual hovo un fijo, y después caso con Marco Antonio; y como ambos fiziessen la guerra a Octaviano con sperança de conquistar el Imperio Romano, en fin fueron vencidos y Cleopatra matóse ella misma con poçoña de sirpiente.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XCII: De Agrippina, madre de Nero, al qual ella tanto amava que fue causa de la muerte de otro fijo y tanbién de Claudio, marido suyo. E como ella después abhorreciesse mucho los vicios del dicho Nero, el qual por quitársela delante, mandóla matar.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XXX: De Penthasilea, noble reyna de las amazonas, de la qual faze mención Virgilio en el primero. La qual, guerreando por los troyanos contra los griegos, fue muerta en la pelea.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XX: De Medusa, fija del rey Phorco, muy rica por la grande hazienda y gran patrimonio que le dexó su avariento padre, y según las fictiones y fábulas, dízese que a los que la miravan fazía tornar piedras; cosa es empero muy cierta que con su maravillosa fermosura corrompía los que la miravan. A la qual despojó de todo su oro Perseo, rey de Grecia, fijo de Júpiter.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XXXVIII: De Penólope, reyna de Ycara, mujer de Ulixes, castíssima entre todas las griegas porque andoviendo muchos años su marido por el mundo y no sabiéndose cosa cierta de su vida, siendo requerida por muchos enamorados de matrimonio, nunca quiso consentir a ninguno. E finalmente, buelto el marido, la falló quasi ya vieja.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XIIII: De Níobe, reyna soberviosa de Thebas, la qual teniendo xiiij fijos desechava los dioses gentiles de su tiempo y mayormente a Latona, alegando ser ella más fecunda; y convidava sus pueblos para que la adorassen como a diosessa. De la qual cosa ensañada y alterada Latona, y Phebo y Diana, sus fijos, embiaron peste sobre Níobe y Amphíon, su marido, y sobre sus fijos.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XXXXV: De Saphos Lesbia, que fue poeta, cuya virtud fue muy loada porque compuso poesías y fizo versos y obras que ahun hoy están en grande veneración y estima.</em></h6>
<h6><em>Capítulo CI: De Joana, Papa, la qual fingiendo ser hombre algunos años, de consuno con un enamorado suyo vivió de tal guisa que nunca alguno la conoció. Y como fuesse de soberano y elevado ingenio y de muchas letras, entre los otros cardenales fue fecha Papa; empero sabido y descubierto su parto, que fizo de un fijo, fue condemnada y desterrada; y el lugar en donde parió es havido en Roma por diffamado.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XXIII: de Yocasta, reyna de Thebas, la qual fallecido su marido Layo, casó con su fijo Edippo, sin saber el uno ni el otro que fuessen madre y fijo. Del qual Edippo hovo dos fijos, conviene saber: Pollinices y [Etéocles], los quales murieron crudamente. Y el padre cegó y ella murió en grave lazeria.</em></h6>
<h6><em>Capítulo XVI: De Medea, fija del rey Oetes, la qual ayudó a Jasón, rey griego, en el furtar del Vellecino del oro, y mató a su hermano en el camino, fuyendo de su padre con Jasón. Mas después, riñendo Jasón con ella y desechándola por casar con otra, mató los fijos que havía havido de ella y quemó la casa con fuego por el aire y de buelo.</em></h6>
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		<title>La pérdida en la narrativa (II)</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/la-perdida-en-la-narrativa-ii/</link>
		<pubDate>Mon, 20 Apr 2026 06:42:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Mitología]]></category>
		<category><![CDATA[perdida narrativa]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://ruinasdemidgard.es/tag/perdida-narrativa/"><em>Especial La pérdida en la narrativa</em></a></p>
<p>Desde que comencé con el proyecto, este blog me ha permitido encontrar cierto consuelo en las artes, por la forma en la que estas reflejan condiciones que, en un momento u otro, me han afectado. En las últimas semanas, esa condición es relativa a la pérdida, y es a ella a la que debo referirme si es que quiero soportarla, pues se impregna y parece no abandonar mi ser.</p>
<p>En el pasado, desarrollé sendos especiales en los que listaba, de manera antológica, obras que contenían referencias a los viajes al infierno, y al suicidio, respectivamente. Fueron, estas series de artículos, muy gratas en su redacción para mí, así que, a principios de este año, planeé una iniciativa similar. En este nuevo caso, pretendía referirme al mitologema de la mujer guerrera: las narraciones clásicas en las que mujeres habían de tomar el rol de los hombres en batalla ante las carencias de estos. Pensaba que la temática agradaría a mi querida Ara, que libraba, entonces, su singular batalla contra el cáncer, pero que se mostraba muy reacia ante terminologías tales, pues estimaba que su salud tenía mucha más relación con el éxito de sus doctores que con sus propias capacidades. Así pues, si bien descubrirle tales cuentos no le provocaría empatía alguna, yo sabía que le gustaría, porque era feminista, sin caer en hipérboles infantiles contemporáneas; y porque, poco antes de empezar a escribir, me había preguntado por la nueva película que se estaba rodando sobre <em>Super Woman</em>, con bastante interés. Cuando le referí el nombre del tebeo que la inspira:<em> The Woman of Tomorrow (La Mujer del Mañana)</em> se mostró muy complacida. Esta reacción, sumada a lo mucho que le gustaban mis ensayos acerca de literatura clásica, que le hacían preguntarse si el hombre que los redactaba era el mismo payasito con el que charlaba todas las noches sobre tonterías, espoleaba mis estudios sobre la temática. Mas, por motivos evidentes, la tercera antología, iniciada recientemente y continuada en el día de hoy, ha variado en su temática. No obstante esto, todavía me gustaría publicar en el blog todo aquello que habría querido que ella leyera, por el motivo que sea.</p>
<p>Comentamos, el último día, tres reacciones a la muerte de un ser querido dentro de la mitología clásica. Hoy vamos a hacer lo propio, pero vamos a ir más allá de las palabras que expusimos entonces, pues aquellos personajes, por pertenecer a obras literarias claves, explicaban de forma muy explícita lo que sentían. Charlemos, ahora, sobre hechos. Me pregunto, ¿qué puede hacer una persona cuando muere alguien a quien ama?</p>
<p>Una reacción propia y legítima, como todas, es la de quedar congelado. Meterse en cama y llorar, sin consuelo posible, por la incapacidad de procesar el daño, o por  la carencia de motivaciones vitales que resulta de lo ocurrido. Hay un mito griego que ilustra este estado y que vamos a añadir a la antología: el de <em>Niobe</em>.</p>
<p><em>Niobe</em> era una poderosa reina tebana que presumía de su ingente descendencia: catorce hijos tenía (estos guarismos pueden variar según la versión). Tal era su orgullo femenino que se comparó con las diosas, observando en el número de alumbramientos que había protagonizado prueba de su superioridad sobre estas. Se burló de <em>Leto</em>, madre de sólo dos vástagos: <em>Apolo</em> y <em>Artemisa</em>, y reclamó a su pueblo que le dedicara a ella las celebraciones que pertenecían tradicionalmente a la diosa. Esta, furiosa, envió a los mellizos a matar a los hijos de <em>Niobe</em>; <em>Apolo</em> se ocupó de los siete varones, mientras que <em>Artemisa</em> hizo lo propio con las mujeres. Ante semejante tragedia, <em>Niobe</em> quedó devastada por el dolor, permaneciendo inmovil, llorando sin consuelo. Finalmente, <em>Niobe</em> devino en piedra y permaneció en ese estado de dolor perpetuo para siempre.</p>
<p>Alguien me dijo que, ante una pérdida como la mía, quizá habría tenido una reacción como esa. Y no me extraña. Creo que lo que yo hice fue huir de eso: huir de mí mismo. No paré en semanas de hacer cosas. Ahora estoy más apático, en tanto que ya puedo soportar mi propia presencia, pero entonces me daba pánico.</p>
<p>Yo me dedico a buscar soluciones; no estoy acostumbrado a enfrentarme a situaciones en las que no las hay. Desde que ocurrió el deceso de Ara, he fantaseado en muchas ocasiones con hipotéticos viajes en el tiempo; a distintas épocas. ¿Cómo acercarme a ella? ¿Qué hacer para ayudarla? Quizá podamos hablar sobre ese asunto en una serie que siempre he querido montar, precisamente, sobre el tiempo, y que teóricamente debería haber comenzado con un análisis de la trilogía de<em> Regreso al Futuro</em> que a Ara le habría gustado mucho. No sé si algún día tendré la oportunidad de llevar alguno de estos planes a cabo (si alguien tiene una máquina del tiempo, que me dé un toque), mas desconozco asimismo si funcionarían, o si habría de pagar una dura condena por mi falta de respeto hacia la muerte, como le ocurrió a <em>Orfeo</em>.</p>
<p><em>Orfeo</em>, hijo de la musa <em>Calíope</em>, era un músico prodigioso. Con su lira, llenaba el mundo de emoción. Se enamoró de una ninfa, <em>Eurídice</em>, a la que logró seducir gracias a sus artes y  con la que vivió feliz hasta la trágica muerte de esta, producto de la mordedura de una serpiente. Ante tal situación, <em>Orfeo</em> no se rindió. Sabedor de su arte sin igual, descendió al infierno en busca de su amada y, allí, tocó unos acordes que alejaron momentáneamente a los habitantes del lugar de la oscuridad imperante. En reconocimiento a la belleza de su regalo, <em>Hades</em> accedió a cumplir su deseo: podría llevarse a <em>Eurídice</em>, pero con una condición. En su viaje de vuelta al mundo de los vivos, él habría de ir delante, sin girarse, mientras que <em>Eurídice</em> le seguiría a unos metros. <em>Orfeo</em> había de confiar en que su amor le acompañaba, pero no tenía derecho a comprobarlo, pues, si lo hacía, ella desaparecería. Las reglas estaban claras, mas <em>Orfeo</em> fue incapaz de cumplirlas, ya que conocía los ardides de los que eran capaces los dioses, si bien no lo suficiente, pues no se percató de que, precisamente, lo que los dioses pretendían era causar esa duda que, finalmente, le condujo a voltearse prematuramente y a observar a su amada desaparecer para siempre. Y es que, por extensas que sean las capacidades de las que uno dispone, hay cosas, como la muerte, que no tienen solución. Uno puede intentar revertir el tiempo; o puede viajar al infierno para sacar a un ser querido del subsuelo, mas, me temo, la única manera de volver a verlo es compartir su destino en tan desagradable lugar. Los griegos estimaban oportuno el suicidio en tal situación, si bien los cristianos lo persiguieron y lo impregnaron de condicionamientos morales propios de formas de pensamiento desarrolladas para controlar a los demás en cuerpo y alma. Si <em>Orfeo</em> deseaba volver a estar con <em>Euridice</em>, había de morir como ella. Igual que yo. Pagó caro el hecho de pensar que una habilidad humana podía cambiar las reglas inherentes a la vida y la muerte.</p>
<p>Pero quizás la pérdida que más se asemeja a la de la pequeña Ara sea la del valeroso <em>Balder</em>, el más amado de todos los dioses nórdicos; símbolo, como ella, de la pureza y el bien. Tanto <em>Balder</em> como Ara llevaban la luz a aquel que se acercara a ellos; mas también los dos sufrían por la noche con visiones de un futuro incierto. Temerosa de tales augurios, la madre de <em>Balder</em>, <em>Frigg</em>, recorrió el mundo, pidiendo a todas las cosas que no dañaran a su retoño. A todas les exigió juramento y todas juraron. Mas <em>Frigg</em> obvió al muérdago, bajo la idea de que este no podría suponer peligro alguno para <em>Balder</em>. Ocurrió, pues, la desgracia, ya que el tramposo <em>Loki</em> conoció esta excepción y la aprovechó para hacer daño.</p>
<p>Y es que, conociendo la supuesta inmortalidad de <em>Balder</em>, los dioses nórdicos jugaban a tirarle cosas, a sabiendas de que estas no podrían dañarle. <em>Loki</em> engañó a Hödr, hermano ciego de aquel, para que le disparara una flecha de muérdago que acabó con su vida. Eso hizo llorar a todo <em>Asgard</em>. Los dioses intentaron traer a <em>Balder</em> de vuelta desde el mundo de los muertos, y Hela, reina de ese lugar, aceptó bajo una condición: que todos los objetos de la creación lloraran por su muerte. Así lo hicieron todos, salvo una giganta, que en realidad era <em>Loki</em> disfrazada. Así, incluso lo más puro y bondadoso de este mundo sucumbió, mientras la mezquindad reía. Una vez más.</p>
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		<title>La pérdida en la narrativa (I)</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/la-perdida-en-la-narrativa-i/</link>
		<pubDate>Sun, 29 Mar 2026 14:08:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[perdida narrativa]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Tras el todavía reciente fallecimiento de Ara, distintas personas se acercaron a mi con el fin de prestarme su apoyo. Algunas, bienintencionadas, lo hicieron a través de argumentos relativos a la religión, la psicología, la medicina u otros campos del conocimiento (o el desconocimiento). Quizás se sintieran decepcionadas con mi reacción ante sus argumentos pero, me temo, soy en extremo testarudo respecto a mis saberes, así como respecto a mis pesares.</p>
<p>Este blog es rico en contenido, si bien no en razón. Ya han sido cubiertas extensamente cuestiones relativas a esos y otros muchos campos. Hemos hablado, en el pasado, de la vida y la muerte; de la manera en que otros la han enfrentado y de las ideas que les han permitido seguir viviendo a pesar del dolor o el vacío que los habitaran. Sé que, en apariencia, soy un ser tosco y ridículo, pero eso no me exime de mi responsabilidad con respecto al saber. No es el desconocimiento la causa de mi pesar, sino la muerte de Ara.</p>
<p>Comenté en su momento que esta es la primera ocasión en la que pierdo un ser querido tan cercano. Mas no soy novato en lo relativo a pérdidas sufridas por otros. He acompañado a personas de mi entorno en su dolor y sé que, ante tal drama, lo único que se puede o se debe hacer es estar junto a ellas y apoyarlas en aquello que necesiten. Ninguna manera de afrontar una pérdida es correcta o incorrecta, ni debería estar abierta a juicio. Depende, en todo caso, del tipo de persona que sea la que pierde, y del tipo de persona que sea la perdida; del tipo de relación que tuvieran; de lo importante que fuera la segunda en el día a día de la primera y del futuro que hubieran de afrontar juntos; de cuánto se quisieran, medido esto en términos absolutos; y de las circunstancias del propio deceso. No hay forma alguna de conseguir que una persona que siente que lo ha perdido todo torne su pena en optimismo. Tan sólo resta dejar que el tiempo corra hasta que la tristeza se haga crónica y sea aceptada como parte de la cotidianidad. Porque el hecho de que una persona maravillosa como Ara muera es algo muy triste, y no puede provocar ningún sentimiento que no sea el de tristeza. La celebración de su vida, por otra parte; la risa y la alegría que me puedan provocar mis recuerdos junto a ella, por supuesto, permanecen, como ya lo hacían antes, cubiertos, eso sí, ahora, por una capa de añoranza.</p>
<p>He pensado que podría ser buena idea explorar ese sentimiento de pérdida dentro de la historia de la narrativa. Busco empatía en los artistas del pasado, pero también conocimiento. Porque es muy sencillo hacerse eco de infantiles ideas autocomplacientes que no tienen otro fin que legitimar el egoísmo y la carencia de sentimientos y que conducen a un rápido olvido: hablo del estoicismo, el budismo o la psicología como reafirmación de la burguesía más fría. Frente a la deriva en pro de la intrascendencia, reclamo que las personas importan, y que hay que llorar a los muertos, porque, aunque el exceso de acceso al drama parece frivolizar y deshumanizar la tragedia, lo cierto es que no hay nada más horrible en este mundo que perder a una persona a la que amas.</p>
<p>Ante todas las ciencias y humanidades, la literatura se presenta como una fuente de conocimiento sobre la naturaleza humana que no tiene parangón. Porque, gracias a ella, contamos con expresiones de ardor que cubren unos 5.000 años, lo que quiere decir que, a través de la lectura, podemos sobrepasar el umbral de lo relativo; del ambiente, la cultura y la moral. ¿Qué nos dicen los hombres del pasado y del presente sobre la pérdida? Repasemos algunos ejemplos:</p>
<p>La temática está presente en la propia <em>Epopeya de Gilgamesh</em>. He hablado sobre esta obra en varias ocasiones en el blog, y pretendía hacerlo una vez más, dentro de mi especial sobre tratos con el diablo. Pensaba que, aquello que iba a comentar entonces y que no desvelaré ahora, le resultaría interesante a Ara, medida, esta, de todas las cosas. Difícil será retomar la tarea original después de que las reglas de juego hayan cambiado en la forma en que lo han hecho. Hoy, esta obra, cuyas versiones más antiguas nos conducen a la Sumeria de hace más de 4000 años, nos va a resultar un ejemplo paradigmático sobre el proceso de aceptación de la muerte, pues su protagonista, el propio <em>Gilgamesh</em>, héroe construido durante generaciones para representar una civilización antaño extinta y tan distinta en todo a la nuestra, sufre, como lo hago yo, por la muerte de su amigo/rival <em>Enkidu</em>, demostrando que ese dolor trasciende la convención coyuntural.</p>
<p>Tras la muerte de su compañero de hazañas, <em>Gilgamesh</em> canta lo siguiente:</p>
<h6><em>“¡Escuchadme, oh ancianos, escuchadme!</em><br />
<em>Lloro a mi amigo Enkidu</em><br />
<em>como una plañidera en el entierro;</em><br />
<em>jamás volveré a empuñar el hacha que llevo a mi costado;</em><br />
<em>ha desaparecido el puñal de mi cintura;</em><br />
<em>mis lujosos vestidos no me causan ningún placer,</em><br />
<em>el dolor me abruma, estoy sumido en la aflicción.</em><br />
<em>Oh Enkidu, mi amigo, mi querido amigo,</em><br />
<em>hemos andado juntos por montes y por valles,</em><br />
<em>hemos vencido y dado muerte al Toro Celeste,</em><br />
<em>hemos matado a Humbaba, que vivía en el bosque de los cedros.</em><br />
<em>y ahora, ¿qué sueño te ha invadido?</em><br />
<em>Tienes el rostro inmóvil y no me oyes…”</em></h6>
<p><em>Gilgamesh</em> lamenta la muerte de su amigo. Los placeres del pasado; los lujos y las diversiones se tornan, para él, estériles. Lo ocurrido le asusta y traumatiza, y se lanza en un viaje a ninguna parte, pretendiendo alcanzar la inmortalidad. Niega, pues, la muerte; busca soluciones donde no las hay. Concluye, finalmente, el aspecto universal de esta y regresa a <em>Uruk</em>, con la lección aprendida.</p>
<p>El duelo persiste en los textos de la antigüedad. <em>La Iliada </em>de Homero, base literaria de Grecia y Roma, se centra, dentro de la Guerra de Troya, en la ira de <em>Aquiles</em> tras la muerte de su amigo <em>Patroclo</em> a manos de <em>Hector</em>. <em>Aquiles</em> se niega a participar en la batalla, por sus diferencias con <em>Agamenón</em>, rey de Micenas, líder de los aqueos, terco como una mula y a pesar del oscuro devenir de la contienda. En un momento dado, su compañero, <em>Patroclo</em>, agarra las armas de su señor, ante la abnegación de este, que permanece quieto a pesar del avance del enemigo, y lidera a las hordas de los mirmidones, lanzándose de manera feroz contra las tropas troyanas. Perece en duelo singular frente al príncipe de la ciudad asediada y eso causa la desolación en <em>Aquiles</em>, como reza el siguiente extracto:</p>
<h6><em>Así dijo; y negra nube de pesar envolvió a Aquiles. El héroe cogió ceniza con ambas manos, derramóla sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y la negra ceniza manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos searrancaba los cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo habían cautivado salieron afligidas; y, dando agudos gritos, fueron desde la puerta a rodear a Aquiles; todas se golpeaban el pecho y sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también se lamentaba, vertía lágrimas y tenía de las manos a Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase en suspiros, por el temor de que se cortase la garganta con el hierro. Dio Aquiles un horrendo gemido; oyóle su veneranda madre, que se hallaba en el fondo del mar, junto al padre anciano, y prorrumpió en sollozos.</em></h6>
<p>La madre de <em>Aquiles</em>, la nereida <em>Tetis</em>, corre desde las profundidades a consolar a su hijo, que le narra lo ocurrido:</p>
<h6><em>¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido; pero ¿qué placer puede producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo a quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto como a mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó de las armas prodigiosas, encanto de la vista, magníficas, que los dioses regalaron a Peleo, como espléndido presente, el día en que lo colocaron en el tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar con las inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera tu hijo, a quien ya no recibirás vuelto a la patria, pues mi ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer entre los hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, recibiendo de este modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Menecíada.</em></h6>
<h6><em>Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando lo mataron: ha perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no he de volver a la patria tierra, ni he salvado a Patroclo ni a los muchos amigos que murieron a manos del divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra, siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas corazas, pues en el ágora otros me superan. Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el rey de hombres, Agamenón. Pero dejemos to pasado, aunque afligidos, pues es preciso refrenar el furor del pecho. Iré a buscar al matador del amigo querido, a Héctor; y yo recibiré la muerte cuando lo dispongan Zeus y los demás dioses inmortales. Pues ni el fornido Heracies pudo librarse de ella, con ser carísimo al soberano Zeus Cronida, sino que la parca y la cólera funesta de Hera le hicieron sucumbir. Así yo, si he de tener igual muerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama y haré que algunas de las matronas troyanas o dardanias, de profundo seno, den fuertes suspiros y con ambas manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que durante largo tiempo me he abstenido de combatir. Y tú, aunque me ames, no me prohíbas que pelee, que no lograrás persuadirme.</em></h6>
<p>No hay negación en la reacción de <em>Aquiles</em>, sino culpa e ira. Le abandonan los deseos de vivir, pero estos están cubiertos por la obligada venganza. Como <em>Gilgamesh</em>, y como yo mismo, se autoimpone obligaciones para con el fallecido, para así mantenerse a su lado más tiempo, y posponer el duelo, o, al menos, digerirlo de una manera más progresiva. Sufre y todos temen por él; por su estado, y por la posibilidad de que se haga daño a sí mismo. Es, la Guerra de Troya, como cualquiera otra, una batalla en la que muchos hombres y mujeres habrían de sufrir por la pérdida.</p>
<p>Lo harían, por ejemplo, las troyanas, como se narra en la tragedia a la que dan nombre y que escribió Eurípides. Los siglos pasan y la narrativa de la antigua grecia evoluciona, pasando de lo épico a lo trágico. Los dramaturgos desarrollan los mitos clásicos, dando una mayor relevancia a la manera en la que los protagonistas interaccionan con los sucesos; con la ley de los dioses y con la de los hombres; con la vida y con la muerte. Dentro del ciclo tebano,  por ejemplo, <em>Antígona</em> sacrifica su propia vida para poder dar sepultura al cadáver de su hermano, abandonado a su suerte por su traición. Más allá del dolor de lo ocurrido en el seno de su familia, maldita desde tiempos de <em>Edipo</em>, <em>Antigona</em> no abandona a su ser querido tras su muerte; no lo olvida ni pone por encima su interés personal, como hoy haría todo el mundo. La memoria de una persona incluye respeto y sacrificio, en vida y tras esta. Dice <em>Antígona</em> a su temerosa hermana <em>Ismena</em>:</p>
<h6><em>No insistiré; pero aunque luego quisieras ayudarme, no me será ya grata tu ayuda. Haz lo que te parezca. Yo, por mi parte, enterraré a Polinice. Será hermoso para mí morir cumpliendo ese deber. Así reposaré junto a él, amante hermana con el amado hermano; rebelde y santa por cumplir con todos mis deberes piadosos; que más cuenta me tiene dar gusto a los que están abajo, que a los que están aquí arriba, pues para siempre tengo que descansar bajo tierra. Tú, si te parece, desprecia lo que para los dioses es lo más sagrado.</em></h6>
<p>Continuaré con estas lecturas próximamente. Repasaremos, si le parece bien al lector, otros relatos míticos, como los de <em>Orfeo</em>, <em>Niobe</em>, o la traumática muerte del amado <em>Balder</em>. Gran refugio es la antigüedad para las almas torturadas.</p>
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		<title>Feliz segundo cumpleaños, Ara</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/feliz-segundo-cumpleanos-ara/</link>
		<pubDate>Sat, 14 Mar 2026 00:15:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>El pasado 9 de marzo, «celebré» el primer cumpleaños de Ara tras su fallecimiento. Como dije entonces, si bien el 9 de marzo del 68 fue el día exacto de su llegada al mundo, no fue hasta el 13 que el estado registró su existencia. Es, pues, esta la fecha oficial de su aniversario, si es que el lector estima autoridad más allá de su propio juicio. Yo lo tendré en cuenta por la relación de la propia Ara con el número Trece, sobrenombre habitual, y por la petición de una querida amiga suya.</p>
<p>Esa petición venía acompañada de ciertos juicios de valor acerca de mi manera de afrontar la muerte de un ser querido; juicios que rozaban el intento de humillación. Si el lector conoce este blog, sabrá que críticas tales suelen implicar, de mi lado, respuestas por escrito que pueden rozar la densidad de un libro. En este caso, esto ni siquiera es una hipérbole; tantas son las cosas que al respecto de su crítica podría decir. Y sin embargo, me debo a Ara y al cariño que esta sentía por ella, de tal manera que, ante sus críticas, centradas en el tono trágico de mis textos, sólo puedo responder con las palabras de Ara:</p>
<h6 style="text-align: center;"><em>Vamos a por la noche,</em><br />
<em> mis dramas y yo estamos de PM.</em><br />
<em> Y a quién no le gusten los dramas&#8230; PERFECTO.</em><br />
<em> Un poco de vidilla&#8230;</em></h6>
<p style="text-align: center;"><iframe title="YouTube video player" src="https://www.youtube.com/embed/dQkrLpwj1vk?si=Yi-8vMLprvsmkxbm" width="560" height="315" frameborder="0" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
<p>Escribo, habitualmente, en tono trágico, sí,  sobre todo en los momentos en los que media una tragedia, como es el caso. Este es mi modo de escribir y de sentir; el modo que cautivó a Ara, que me leyó durante un lustro, orgullosa de no haberse perdido ni una sola actualización. Recuerdo la manera en la que interaccionó con todos y cada uno de los mil artículos que he debido publicar aquí desde el momento en que la conocí. Es el tono que a ella le gustaba, y es por eso el que debo usar.</p>
<p>Es el que le gustaba, porque era también el suyo. Podemos sentir toda la algarabía del mundo por haberla conocido; y una gran esperanza en el corazón por el hecho de que allane nuestro camino en un hipotético viaje hacia el paraíso, pero lo hacemos por nosotros y no por ella. Yo puedo escribir un artículo en el que esboce una exposición de su persona en un tono puramente luminoso, pero eso es deshonesto. Ara podía llevar la luz a los corazones de la gente a la que amaba, pero no la tenía en el suyo. El que no entienda eso; el que piense que Ara tuvo una existencia dichosa y colmada de lisonjas por la alegría que le producía su compañía, concluirá tales asertos porque sólo accedió a ella para conseguir, precisamente, eso; alegría a cambio de nada. De igual manera, el que desee que yo exprese una visión tal, para que sea eso lo que los lectores deduzcan de su vida, olvida que ni Ara ni yo mentimos nunca. Y además, sobrestima el alcance de este blog, que está escrito desde hace tiempo con el único fin de ser leído, precisamente, por la fallecida.</p>
<p>Ara era muy parecida a mí, si bien ella así no lo entendía. Nos juzgaba a ambos por lo superfluo y deducía grandes diferencias, generalmente a mi favor. Pero nuestras almas; lo único imperecedero y, por tanto, real, tenían semejanzas que trascendían cualquier diferencia exterior. Algo así como la canción de Las cosas del querer, que decía «Tu eres alto y yo bajita; tu eres rubio y yo tostá; tú de Sevilla la llana y yo de Puerto Real; que no tiene ná que ver; el color ni la estatura con las cosas del querer».</p>
<p style="text-align: center;"><iframe title="YouTube video player" src="https://www.youtube.com/embed/KiMrudyV7CM?si=VPGmzMZUFBjL6mGC" width="560" height="315" frameborder="0" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
<p>La cumpleañera criticaría cruelmente la elección musical y sus «quejíos». Pero acabaríamos cantando la canción juntos. Y de buen seguro se la sabría mejor que yo. Porque, como comentamos una vez en una cafetería en Pontevedra, las canciones no tienen que ser buenas para ser cantables.</p>
<p>Ara era como yo, digo; una tragicomedia. Nostalgia, miedo, falta de autoestima&#8230; pero, en el fondo, comedia, música, arte y naturaleza. El primer conjunto de aspectos no se puede separar del segundo, pues, de ser así, Ara no podría ser ella misma, y allí donde Ara no podía ser ella misma, se sentía sola, como así ocurría la mayor parte del tiempo. Pero, sí, juntos, y durante horas, podíamos hacer el payaso y pasarlo pipa. Ella se quejaba de que la infantilizaba; de que había que hablar de cosas serias&#8230; pero disfrutaba, por encima de todo, el teatrillo; los pinchazos; las burlas. Se metía conmigo y yo respondía a través de una ira impostada, mientras ella murmuraba «me encanta». Yo Iba al baño mientras charlábamos, y ella procedía con un chiste que le había enseñado su amigo Ángel: «Te encuentras un elefante en el baño y te pregunta: ¿tú meas con eso?». Podía estar un cuarto de hora riéndose con esa tontería. Yo intentaba contraatacar con chistes que escuchaba por ahí: «¿Dónde cuelga Superman su capa? En Superchero». La verdad es que no me sé muchos más.</p>
<p>Porque lo nuestro, sobre todo, eran los juegos de palabras baratos; los chistes malos; y reírnos del otro por haberlos soltado. Sí, en el lugar correcto; allí donde era amada y no juzgada, Ara era puro humor. Le gustaban mucho los Monty Python, Les Luthiers, Quequé o Amanece que no es poco. Constantemente compartía cosas como las siguientes:</p>
<p style="text-align: center;"><iframe title="YouTube video player" src="https://www.youtube.com/embed/laDkxqC-DaA?si=4Y9N2DVRWR8dKqdH" width="560" height="315" frameborder="0" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
<p style="text-align: center;"><iframe title="YouTube video player" src="https://www.youtube.com/embed/gJW2p385mWU?si=5xbq8hYcdAUqE3BF" width="560" height="315" frameborder="0" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
<p style="text-align: center;"><iframe title="YouTube video player" src="https://www.youtube.com/embed/XPxA5FSYk20?si=rwtC9pl7HFfw11uk" width="560" height="315" frameborder="0" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
<p>Y, sobre todo, disfrutaba mucho la música; se podía perder en ella. Comparto un concierto que ella tenía entre sus imprescindibles, a la espera de poder componer, algún día, un «post» dedicado a la cuestión:</p>
<p style="text-align: center;"><iframe title="YouTube video player" src="https://www.youtube.com/embed/ekac-czQy0E?si=1SUxvVwSQwqni0Vd" width="560" height="315" frameborder="0" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
<p>Así pues; dicho todo esto y en tanto que hay que publicar el «post» antes de que acabe el día Trece, sólo resta recordar que sí; Ara era un ser de pura luz; pero un una luz que estaba al servicio de los demás, y que no era feliz sino en el lugar en el que se observaba querida; allí donde podía ser ella misma, y donde la escuchaban. La mayor parte del tiempo deseaba no haber nacido, mas había momentos en los que disfrutaba de haberlo hecho. Afirmo esto y lloro por ello, y si al lector le parece, tal cosa, inapropiada, de nuevo, le reconduzco a un texto de la propia Ara: Como ella, yo no estoy intentando llamar la atención; estoy intentando sobrevivir. No es necesario que lo entienda usted, ni que lo apruebe. Es complicado interpretar el vacío y la desesperación que siente gente como Ara o como yo, de igual manera que puede resultar patético observar aquello que expresamos públicamente. Simplemente comprenda que es el juicio de la gente como usted la que hace, en parte, que nos sintamos así. Decía Ara lo siguiente:</p>
<h6><em>Lo que agota no es el último paso que das, es el camino recorrido.</em><br />
<em> No lastres las ganas de esperanza, no ahogues la salvación de quien grita, por tu ansia de poseer la verdad.</em><br />
<em> Hay más realidad fuera de tu vida,</em><br />
<em> y no es imperfección.</em><br />
<em> No es llamar la atención,</em><br />
<em> es sobrevivir.</em><br />
<em> BN</em></h6>
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		<title>Feliz cumpleaños, Ara</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/feliz-cumpleanos-ara/</link>
		<pubDate>Mon, 09 Mar 2026 22:36:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Cinco semanas, aproximadamente, han transcurrido desde el fallecimiento de Ara; cinco semanas que se han asemejado, en lo que a mí respecta, a aquellas que vivieran los personajes engendrados por Julio Verne sobre un globo aerostático; enfrentándose a la posibilidad de perder el gas que los mantenía a flote, y caer en el infierno africano, en el que resultaría imposible sobrevivir. Tras cinco semanas, digo, tiene lugar su cumpleaños.</p>
<p>No oficialmente, de hecho. Ara nació el nueve de marzo, más no fue inscrita en el registro civil hasta el trece, pues su padre se encontraba en alta mar en ese momento; siendo él quién había de hacer la gestión, por cuestiones inherentes a la época que ella no eludía criticar. Estaba muy unida al número trece; se refería, en ocasiones, a sí misma como Trece, exclamando «¡Mira, yo!» cuando observaba ese número en cualquier lugar. Bola Trece, o @TreceBola, era su sobrenombre en Twitter, refiriendo asimismo su afición por el billar, y con esta denominación conoció, durante seis años, a algunas de las personas más importantes de su vida, lo que le permitió, en cierta medida, aproximarse a la felicidad, o, al menos, expresar su carencia de ella. Y a pesar de todo esto, e independientemente de lo que diga el estado, nació el nueve de marzo. Durante el verano pasado, y ante efemérides otrora relevantes para mí, prometí en este blog que sería, esta, aquella a la que yo me consagraría, ignorante, por completo, de que ella no la alcanzaría. Hoy deberíamos estar juntos.</p>
<p>Tras su deceso, y mientras otras personas, más cabales quizás, empezaban a procesar su pérdida, yo me sumergía en la búsqueda de una manera de mantenerme a su lado, pues observaba que, sin ella, no existiría cosa alguna a la que asirme. Objeto de esta intención son los sucesivos «posts» publicados en este blog, así como el libro que recopila su poesía y al que estoy dando forma. Deseaba tenerlo listo para este día; para ofrecérselo como regalo póstumo, mas no ha sido posible su finalización, a causa de la cantidad de material que es necesario procesar, que implica innumerables horas de trabajo; y de la quemazón de espíritu que cada segundo de labor conlleva. Con su permiso, continuaré con la labor, ahora con más tranquilidad, sin marcarme una meta tan ambiciosa. Quizás en unas semanas esté listo.</p>
<p>Permiso que, creo, me ha concedido a través de su último mensaje. Recordará el lector que, en mi último escrito, me referí a aquellos hitos que una persona más crédula y con mejor disposición de espíritu que yo podría confundir con señales de su parte. Pues bien, esta misma noche; tras pasar un domingo suicida de trabajo sobre su libro y al que apenas sobreviví, y culpable por la demora en el desarrollo del proyecto; coincidiendo con su cumpleaños, recibí una nueva comunicación, justo en el mismo formato que la primera; formato extraño y nunca antes experimentado: la visión de un mensaje por escrito, justo antes de despertar, y tras un sueño superfluo sin relación alguna. De nuevo en gallego, y del que inferí una parte fundamental: «Proseguiste hasta el final».</p>
<p>Y es que, la recopilación que llevo a cabo me deja constancia de todo aquello que ella me expresó en persona: su historia es la de una persona que se sentía abandonada, pues observaba, culpándose, cómo todo el mundo desaparecía de su vida, dando fin a cualquier ilusión de un mañana mejor en el que sentirse querida. No entendía, la pequeña, que la gente como nosotros; los que no esperamos nada sino aquello que sólo tiene forma en la dimensión de las almas, y que, por tanto, tenemos poco que ofrecer en lo relativo a lo que la gente normal puede juzgar digno de mérito material, carecemos de persistencia en las retinas de los que no forman parte de nuestro selecto club de bichos raros. Ella, que por mis escritos, me juzgaba soberbio, pensaba que habría de cansarme pronto de su compañía. Mas no tardaría en percatarse de su error. Sí, como ella dijo, me quedé hasta el final. La habría seguido a cualquier final.</p>
<p>Leyendo su cuenta de Twitter, he reconocido algunos de sus lugares comunes; esos que visitaría a diario sin jamás arrepentirme. Menciona Ara a «su neurona»; la única que, según ella, tenía; en ocasiones menos lúcida que de corriente; así como al becario imaginario al que culpaba de sus erratas. Recuerda Ara que en el colegio la comparaban con una fraguel (Fraguel Rock); la más loquita, con la que, efectivamente, compartía ciertas similitudes. Y hace referencia a su miedo a los rayos, por haber presenciado la caída de más de uno en su hogar, inconsciente de que eso ha de tener por causa algún error de infraestructura. Cita innumerables canciones, que algún día recopilaremos por aquí; grupos como The Who; películas como Los Puentes de Madison; o series como A dos metros bajo tierra;  y comparte poemas de su autor favorito: Ángel González, así como frases extraídas de Momo, tales como las siguientes:</p>
<h6><em>«Existe una cosa muy misteriosa pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas: EL TIEMPO».</em></h6>
<p>o</p>
<h6><em>» &#8211; ¿ Qué es una hora astrosa?_ preguntó Momo.</em><br />
<em>&#8211; En el curso del mundo hay de vez en cuando momentos_ explicó el maestro Hora_ en que las cosas y los seres, hasta lo alto de los astros, colaboran de un modo muy especial, de modo que puede ocurrir algo que no habría sido posible»</em></h6>
<p>He pensado, pues, y en ausencia de un libro que regalar a Ara (y a quién lo desee), que podría, hoy, en el día de su cumpleaños, compartir parte de lo recopilado. Observará el lector la relación de su obra con el abandono y la desesperanza, y el motivo por el que yo, que me había introducido en su vida con la gran ilusión de acabar con ese sentimiento, estoy doblemente abatido, pues a la pérdida se suma el fracaso. Por eso he imaginado tantas veces que viajaba al pasado; que la advertía sobre el cáncer; que comenzaba a darle cariño lo suficientemente pronto como para revertir lo que en su interior se estaba pudriendo. Y, sin embargo, una sola frase suya, niega por completo la idoneidad de la premura: «Paso a paso, aunque se termine el tiempo.» dijo un día. Paso a paso fuimos y, sí, se acabó el tiempo. Pero las cosas fueron como debían ser.<br />
&nbsp;<br />
De entre ese material revisado ayer, debo destacar algo no muy común en ella: una referencia a una persona de su familia. De esta forma tan bonita se refería a su sobrina-nieta Alba en 2021:</p>
<h6><em>Me encanta la sonrisa de mi niña, lo que más quiero, nos lo hemos pasado en grande, ojalá nunca pierda esa inocencia, y que siempre repita » eres mi mejor amiga» , es lo más grande de mi insignificante vida, gracias por estar, mi maravilla, lo imposible hecho realidad. Alba ♥️♥️</em></h6>
<p>Como comenté en textos anteriores, Ara hubo de cuidar a muchos niños como si de su madre se tratase, pero sin derecho, de hecho, a ser su madre. Cuatro años después de escribir esto, Alba estaba ya muy alejada de Ara, y no puedo ni imaginar el dolor que eso debía causarle a ella. El mío, que debe ser ínfimo en comparación, no es, sin embargo, pequeño. Por supuesto, y hasta su último día, Ara siempre llevó la foto de sus niños como fondo de pantalla de su móvil.<br />
&nbsp;<br />
A continuación, dispone el lector de una serie de escritos que pueden servir como una muestra de aquello que será el libro:</p>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Buenas noches utopía, insomnio, mentira.</em><br />
<em>Y que todos sigan durmiendo,</em><br />
<em>buenas noches, nadie.</em><br />
<em>Todos somos verdades calladas por mentiras, y viceversa&#8230;</em><br />
<em>Quien no daña es sospechoso,</em><br />
<em>no es real, es imposible.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Esa voz que crees que te está hablando, </em><br />
<em>esas palabras que crees sinceras, no las cuestionas y pasa el tiempo, después de tanto bullicio siempre llega el silencio, haciéndose notar.</em><br />
<em>¿Y qué hay en todo lo que creí compartir, qué fue verdad, qué ilusión&#8230;?</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Y hoy has vuelto a tocar en ese espacio que hay en mi alma, cuando necesito que la lluvia se haga eterna y llene cada uno de los vacíos, que se inunde sin remedio, después de tanta sequía.</em><br />
<em>Y si hay un lamento, que se una a mí.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Algo quisiera ser,</em><br />
<em>quizá indefinición,</em><br />
<em>una voz distinta,</em><br />
<em>quizá una sonrisa falsa,</em><br />
<em>un dolor fingido;</em><br />
<em>pero no la cobarde</em><br />
<em>que no deja rastro.</em><br />
<em>Buenas noches pasado,</em><br />
<em>que sean buenos sueños.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Casi va llegando a su fin,</em><br />
<em>esas imágenes que van pasando,</em><br />
<em>como un sueño irreal</em><br />
<em>en que la prisa no tiene cabida,</em><br />
<em>paladeando cada instante</em><br />
<em>que se aparta de lo común.</em><br />
<em>Un grito que se expande</em><br />
<em>con el llanto de un silencio eterno.</em><br />
<em>Rompe cada hora, vuelve a nacer</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Cuando no haya tiempo disponible, ni posibilidad,</em><br />
<em>cuando el imposible se haga eterno</em><br />
<em>y cercano, </em><br />
<em>inventa un lugar donde reposen tus deseos.</em><br />
<em>Dibújalo en ese boceto</em><br />
<em>donde tus anhelos se transforman, </em><br />
<em>en ese espacio reservado,</em><br />
<em>donde sabes que siguen creciendo.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Buenas noches, </em><br />
<em>el tiempo se hace eterno</em><br />
<em>sin noticias, sin sonido</em><br />
<em>y las voces se hacen eco en mi interior, amplificando tu silencio.</em><br />
<em>No hay respuesta, ni mañana</em><br />
<em>que se haga posible.</em><br />
<em>Un mundo que te echa de menos</em><br />
<em>cuando no estás.</em><br />
<em>Buenos sueños vacío.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Sentir que la ilusión aún no ha desaparecido, retomarla del reflejo que se esconde en algún abismo.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>El pasado se vuelve silencio,</em><br />
<em>las voces se han quedado en el interior, los gritos, las risas de un tiempo se funden en el abandono de quienes no tienen memoria.</em><br />
<em>Sí solamente hay uno que haga eco de sus recuerdos, volverá la vida.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Comenzamos llenándonos de soledades prematuras,</em><br />
<em>de ausencias no queridas, de ilusiones sesgadas.</em><br />
<em>No hay nadie escuchando,</em><br />
<em>los sueños se rompen sin respuesta.</em><br />
<em>La vida nos abofetea, nos sitúa en un posible mañana, donde los miedos reabren viejas heridas</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>Y esta noche, oscuridad, y la llama que se dibuja en las paredes, se agarra a los tiempos pasados donde no había tanta urgencia, los días eran eternos, los olores se degustaban y las rosas silvestres poblaban los caminos, casi sin espinas.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;</em></h6>
<h6><em>15-4-1988. 23:40</em><br />
<em>Noche de reencuentro,</em><br />
<em>de sepia blanqueado con manchas de ayer.</em><br />
<em>De recuerdos que siguen doliendo</em><br />
<em>en la memoria y en el alma.</em><br />
<em>De cansancio acumulado,</em><br />
<em>de sueños truncados, </em><br />
<em>de vacío y silencio.</em><br />
<em>Soga y agua,</em><br />
<em>camino sin retorno</em><br />
<em>tatuado en la piel.</em><br />
<em>Comienzo del fin.</em><br />
<em>Recuerdos, ayer.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;-</em></h6>
<h6><em>Versiones de mundos diferentes,</em><br />
<em>de una realidad insomne</em><br />
<em>sin un mañana en el que soñar.</em><br />
<em>Un bucle donde esconderse</em><br />
<em>buscando inocencia y recuerdo,</em><br />
<em>crecer hasta conseguir la locura</em><br />
<em>de un mundo feliz</em><br />
<em>en el que no tienes cabida.</em></h6>
<p>Y, para finalizar, un poco de material en gallego, la lengua con la que, posiblemente, alcanzaba sus mejores palabras:</p>
<h6><em>Camiño entre a chuvia</em><br />
<em>e lonxe contemplo o océano azul,</em><br />
<em>ese mar de soños que se separa de min</em><br />
<em>ante a certidume do adeus.</em><br />
<em>Extenso camiño por percorrer</em><br />
<em>entre novos erros,</em><br />
<em>ante verbas sen razóns.</em><br />
<em>ao longo de lugares que nunca puiden ver.</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;-</em></h6>
<h6><em>11-10- 2009.</em><br />
<em>Ultreia,</em><br />
<em>noite pechada,</em><br />
<em>ecos na pedra </em><br />
<em>de tempos que foron,</em><br />
<em>que voltan na memoria,</em><br />
<em>lonxe de non ser </em><br />
<em>arroupan o presente,</em><br />
<em>percorren os sentidos,</em><br />
<em>envolven sentimentos</em><br />
<em>e fanse máis alá.</em><br />
<em>Pontevedra, camiño&#8230;</em></h6>
<h6><em>&#8212;&#8212;-</em></h6>
<h6><em>E chove a chuvia,</em><br />
<em> a choiva choveu</em><br />
<em>nos regatos do onte,</em><br />
<em>e segue chovendo nas noites</em><br />
<em>sen lúa, nos días sen sol,</em><br />
<em>na néboa, poalla, non chove.</em><br />
<em>Nos teus ollos ,barrufa,</em><br />
<em>nos meus, bátega ou pedrazo&#8230;</em><br />
<em>treboada sempre na lembranza</em><br />
<em>escampando nun mañá</em><br />
<em>sen data,</em><br />
<em>amizando&#8230;</em><br />
<em> ¿choverá?</em></h6>
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		<item>
		<title>De señales y pesadillas</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/de-senales-y-pesadillas/</link>
		<pubDate>Mon, 02 Mar 2026 23:19:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>¿Ara me estará viendo desde algún lugar? Sabe el lector que existe, en este blog, una serie de artículos especial en la que debatimos sobre «dioses<span class="excerpt-hellip"> […]</span></p>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>¿Ara me estará viendo desde algún lugar?</p>
<p>Sabe el lector que existe, en este blog, una serie de artículos especial en la que debatimos sobre «dioses y aliens»; sobre la naturaleza de la vida y, por tanto, de la muerte. A Ara, niña curiosa, le encantaba esa temática, acerca de la que, como yo, tenía pocas respuestas y muchas preguntas. Su fallecimiento, ahora, la convierte en protagonista de la incógnita. </p>
<p>Resulta evidente que me está costando procesar la pérdida. Sigo en llanto. Y en este contexto, me hago preguntas acerca de la posibilidad de la vida después de la muerte, en busca de una pequeña esperanza: la de volver a verla algún día. Pocos asuntos de la existencia misma me resultan, en verdad, cercanamente relevantes en  comparación con esta cuestión. Y de hecho había pensado en desarrollar un artículo en el que analizara las verdaderas posibilidades de que mi anhelo sea efectivamente cumplido. Mas lo desdeñaré por el momento, porque ese tipo de comentarios pueden resultar dolorosos para las personas que disfrutan de una fe determinada, sea esta la que sea, y cuya salud mental; cuya capacidad para soportar el auténtico terror que resulta, muchas veces, el tránsito por este valle de lágrimas que es la vida, depende en gran medida del hecho de creer en lo que creen. Mi cinismo puede resultar mortal, incluso, para mí. </p>
<p>Por tanto, en el artículo de hoy, me voy a centrar en listar hipotéticas señales, percibidas durante el mes transcurrido tras su muerte, en momentos de depresión ingente, y que podría, de ser yo más crédulo, confundir con un alegato de su parte. Incluso sin tener fe, resulta, para mí, puntualmente consolador pensar en ello.</p>
<p>Y es que, cuando recibí la fatídica llamada por parte de su amigo Paco; la Parca anunciando el fin de todo lo bello de este plano de la existencia, me sumergí en una pesadilla de imposible huida, en la que el mundo entero me constreñía, cerrándose en torno a mí, como si su propia extensión se redujera a una pequeña jaula sin salida. No podía creerlo; golpeaba la pared con mi cabeza en espera de una disociación que acabara en un despertar en mejor plaza. Mas, cuando se hizo la noche y me puse en marcha hacia el lugar en el que moraban sus restos, me escoltó en mi camino una enorme luna llena, en apariencia parpadeante; muy luminosa y centro de una larga aureola que circundaba la mayor parte de la cúpula observable. Nunca había visto nada semejante, y nadie parecía percatarse de ello. ¿Presenciaba, yo, ese día, la coronación de un nuevo angelotillo, tal y como ella se refería a los ángeles cuando era hora de ir a mimir?</p>
<p>El día siguiente, y tras presenciar su misa en la bellísima iglesia de Darbo, me subí al ferry que une Vigo con Cangas de Morrazo. Será la última vez que tome tal barco, impregnado, como medio planeta, con la imagen residual de Ara. Apenas puedo salir de casa sin que se cubran mis actos con flashbacks anacrónicos ligados a ella que convierten mi vagar en una caída sin fondo. Mucho menos, pues, puedo acercarme a su zona, cuya localización no tiene otro sentido que verla nacer. Acerca de ese ferry, digo, siempre debatimos sobre su diversión: yo deseaba verlo en mayor movimiento, aupado por el oleaje, mientras que ella defendía que, tal cosa, me produciría grandes mareos. En ese regreso, digo, Ara, devenida diosa de los huracanes tras egresar en el Olimpo; Eolo hecho mujer, se ocupó de balancear la nave, para refrendar su teoría. Gané el debate, no obstante, porque aquello no resultaba, en absoluto, desolador, sino que se parecía a ese juego de niños que yo esperaba. Por supuesto, mi estado anímico me impedía disfrutar cosa alguna, limitándome a hablarle mientras lloraba: «¿ves como no me mareo, Mortadela?».</p>
<p>Aun incorpórea, digo, Ara trata de llevarme la contraria, siendo ese uno de sus mayores vicios. Se empeñaba, la niña gallega, en que en Madrid hay gaviotas (sus javis), porque alguna vez tuvo un amigo que trabajaba en Mercamadrid y que así se lo confirmaba. Y no me extraña que un mercado lleno de pescado fresco como ese atraiga aves carroñeras propias de la costa, mas no es, esa, una condición que se reproduzca en el resto de la ciudad. Y sin embargo, el otro día, junto a mi oficina, en la zona de Principe Pío, estaba Javi, emitiendo su característico graznido, sin duda invocado por ella, poderosa meiga del más allá. Es la primera vez en décadas que escucho una Javi en Madrid. Mas ahora puede ella decirme que tenía razón&#8230; ¡Bandida!</p>
<p>Continuemos. Hace unos días, Raquel, la gran amiga de Ara, «su Raqueliya», charlaba conmigo, hundida en la tristeza a pesar de lo robusto de su fe. Planeamos, entonces, un encuentro para honrar a nuestra amiga común, que incluyera un lanzamiento en su honor de sus apreciadas magnolias. Pues bien, el día siguiente, hundido en mi apartamento, y espoleado por otra amiga, huí a El Retiro, en busca de algo de belleza, y allí, entre un mar grisáceo de árboles pelados, encontré dos únicos especímenes en los que las primeras magnolias germinaban. Con ellas, Ara nos saludaba, sin duda, a ambos. </p>
<p>En fin. El que no se consuela es porque no quiere. Sabe el lector que la señal que más en serio me tomo es esa visión, ocurrida durante breves instantes entre un estado de sueño y el mismísimo despertar, a través de la cual, visualicé un poema de Ara en gallego, compartido a través de Whatsapp. Eso me confirmó la necesidad de construir un libro que recopilara toda su obra; tarea en la que me mantengo ocupado. Me gustaría haberlo tenido para el día de su cumpleaños (9 de marzo), mas eso va a resultar imposible, dado que es una labor que tengo que desarrollar de una manera mucho menos rauda: sufro muchísimo haciéndolo. Supone una verdadera tortura para mí. He tenido, no obstante, otros sueños de unas características menos positivas, mas estos no los consideraría yo señales de su parte, pues se les ven las costuras: son los clásicos sueños con los que me torturo desde niño; aquellos que los que la culpa, mi gran enemiga, es el trasfondo principal.</p>
<p>Tuve tres sueños de este tipo durante la noche del pasado miércoles, totalmente aterradora para mí. Entre ellos, eso si, viví uno mejor; uno en el que apareció cierta personita que tiene el poder de calmar mi corazón y eliminar todo mal de mi vista, pero con la que no puedo contar en el mundo real, porque no le caigo muy bien. Los sueños que involucraron a Ara fueron realmente crueles, ya que tenían lugar unos días antes de su muerte, pero con el conocimiento claro de que esta ocurriría, lo que implicaba vivir con un enorme dolor las comunicaciones con ella. En uno de ellos, ambos íbamos a visitar el Parque de las Ciencias de Granada, pero lo hacíamos en distintos tiempos. Ella iba por su lado, mientras que yo iba con mi hermano. A cada segundo que pasaba y que no hablábamos sobre el tema, crecía su decepción, y mi culpa por no estar aprovechando el tiempo restante a su lado. Finalmente, terminaba la visita con mi hermano, y convencía a Ara, que ya se quería retirar, para hablar, decepcionándolo en este caso a él, que debía volver a casa sólo, entre callejones peligrosos y nocturnos.</p>
<p>Y es que, hace unos meses, mi hermano se separó, y eso lo llevó a acercarse más a mí. Yo no tenía mucho hueco para él, porque todo mi día y mi noche eran ocupados por mi trabajo y mi relación con Ara. Algún día, eso sí, adelanté mis charlas con Ara, para después ver un partido del Barça con él. Este sueño refleja ese rasgo de mi: el intento de llegar a todo y no llegar a nada en realidad; tener que elegir, y no elegir a nadie en última instancia; y la culpa enorme que implica para mí no cumplir del todo con ninguno de los dos, amplificada claramente por la muerte de Ara, cuyas charlas, en realidad, nunca disminuyeron, mas me preocupa que, en su falta de autoestima, pudiera entender que yo prefería ver fútbol antes que estar con ella, algo que, como evidencia mi estado nervioso actual, está lejos de ser real. </p>
<p>En otro sueño, nos encontrábamos juntos en un lugar, mientras, alrededor, se construían una serie de edificaciones. Ella sabía que se iba a morir en cuestión de días, así que miraba aquellos desarrollos como parte de un mundo que seguía adelante sin ella y del que no llegaría a participar. Yo, desesperado e impotente, la abrazaba con todas mis fuerzas y gritaba «¡Por favor, no te mueras!». Es, este, el grito más desgarrador que he lanzado en mi vida, y me salió muy de adentro. No se cumplió aquello que pedí, no obstante. Lo gritaba porque sabía que no podría vivir sin ella, y, efectivamente, no puedo hacerlo. No puedo. </p>
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		<title>El mundo sigue girando sin ella</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/el-mundo-sigue-girando-sin-ella/</link>
		<pubDate>Sat, 21 Feb 2026 23:34:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Han transcurrido veinte días tras el fallecimiento de Ara. Desde entonces, el mundo ha seguido girando, inconsciente, por completo, de haber perdido lo único que habría de justificar su giro. Todo parece continuar en la forma en que funcionaba hasta la llegada de ese trágico día; todo menos mi corazón inerte, presa de una ansiedad perpetua que en forma alguna había yo experimentado antes.</p>
<p>Ara presagiaba, triste, tal cosa: «Moriré y todo continuará como si nada». Su obsesión por la invisibilidad estaba justificada. Mas, precisamente, para eso estoy yo aquí. No saldrá un Sol en el horizonte al que yo no recuerde aquello que todos hemos perdido. Pero, ¿sería eso suficiente para ella? ¿Sabía cuánto la quería? ¿Lo sabrá ahora? Preguntas que ya no pueden ser respondidas.</p>
<p>La vida sigue, digo. Debatí con ella, en muchas ocasiones, las palabras de Carl Sagan en Cosmos, refiriéndose al planeta Tierra como un punto azul pálido. La propia desaparición completa de nuestro minúsculo mundo resultaría indiferente en la inmensidad del espacio. Con este aserto, trataba de librarla de su autopercepción: no es ya que ella no importe: nada importa. Pero no colaba. Ella sabía que no había conseguido insertarse en el corazón de la gente en la forma en que, sin duda, deseaba. Mi extremo dolor, pues; sempiterno infierno medido con segundero, existe para negar esa idea.</p>
<p>Como sabe el lector, publiqué aquí un «post» contando nuestra historia, con la idea de transmitirla a personas que no la conocían, para que estas la amaran como yo lo hice. A este respecto he recibido hipérboles de carácter positivo por parte de decenas de personas: muchos han llorado. Creo que he conseguido mi objetivo de dar luz a un hecho que en forma alguna podía pasar desapercibido: la muerte de la persona más buena del mundo.</p>
<p>Pero, insisto, todo vuelve a su cauce. El muerto al hoyo y el vivo al bollo, esto incluso cuando el verdadero trigo se ha extinguido y el pan ni siquiera merece ese nombre. No compartí el texto con sus allegados directos; Paco, Cris o su prima Montse, a pesar de lo majos que fueron conmigo en su funeral. No lo hice, digo,  porque ellos, tras su muerte, comenzaron un proceso de superación de la pérdida: están cicatrizando sus heridas, y ese relato no haría sino abrirlas más. Sus amigos de Twitter, asimismo, continuaron su labor habitual en la red. Todo el mundo regresó a su vida, unos con más dolor y otros con menos. Pero yo me quedé sin aquello que llamaría mi vida, y no sé si puedo construir otra; o si debo.</p>
<p>Entre las personas con las que he hablado, hay gente bastante mayor; la pérdida de conocidos se ha convertido, para ellos, ya, en algo relativamente cotidiano. Nuestros amigos o conocidos lo sintieron, pero tienen sus trabajos, sus hijos, sus parejas, sus proyectos artísticos, sus hipotecas, sus clases de salsa y su meditación trascendental. No sólo superan su muerte con inusual premura, sino que ni siquiera pueden reservar un hueco para charlar conmigo ante semejante vorágine de actividades extraescolares. Ara estaba sola en el mundo como lo estoy yo, quizá por la extrema candidez que ambos compartimos. Ninguno llegamos, jamás, a ser adultos, y por eso no conseguimos desarrollar verdadero deseo por esos asuntos de la vida, siendo, en consecuencia, apartados del mundo por los guardianes del honor. Nuestras almas quedaron a la espera de una intersección con un semejante que, creo, se dio en última instancia, y que se acabó rompiendo cuando la muerte nos separó. ¿Qué puedo hacer yo ahora con mi vida, sino mantener unido el hilo del destino?</p>
<p>Trabajo, como sabe el lector, en un libro que englobe la poesía y la prosa que Ara compartió en Twitter durante algo más de un lustro. Está resultando, esa, una labor dolorosísima que evita cualquier forma de cicatrización que pudiera ocurrir en mi corazón. Pero, ¿debe este, en verdad, cicatrizar? Recibo muchos consejos por parte de personas que los aportan con verdadera buena fe, inconscientes de mi testarudez. Algunos hablan de las etapas del duelo en psicología, olvidando que rechazo por completo cualquier materia que me tome por un dato estadístico más dispuesto a reafirmar un comportamiento estandarizado que no admita diferencias individuales. Otros me recuerdan que Ara no querría (o no quiere) que yo sufriera (o que sufra). Y yo sé qué es así. Pero no es así como yo soy. Ara no quería que yo hiciera el esfuerzo de viajar mil kilómetros para ir a verla, pero yo lo hacía y ella lo disfrutaba. Ara no deseaba que yo me quedara hasta altas horas de la noche, y bajo un frío gélido, hablando en la calle con ella por teléfono, pero yo lo hacía y ella lo disfrutaba. Ara no estaba acostumbrada a que nadie hiciera verdaderos sacrificios por ella, y por eso sentía que no los merecía. Pero en realidad merece cualquier cosa, incluido el vasto dolor que me aqueja, que no he de curar ni evitar porque es la prueba fundamental de mi amor por ella.<br />
&nbsp;<br />
Continuaré, pues, mi labor de recolección literaria. El otro día, entre los sueños triviales con los que consigo que mi alma desolada descanse y se relaje con las lisonjas de la frivolidad, apareció durante un instante una imagen, previa al despertar. Era un mensaje escrito en gallego; un poema de Ara con el que se comunicaba conmigo, a través de un WhatsApp onírico, y que entiendo que implica una confirmación de la idoneidad del proyecto. Su cumpleaños es el 9 de marzo, una fecha para la que me gustaría tener algo, aunque resulta harto complicado. No me obsesionaré con ese día, si bien sería lo correcto en términos simbólicos.</p>
<p>En lo relativo a seguir viviendo, la cuestión es un tanto distinta. Claro que merecería, Ara, asimismo, un suicidio ritual, mas no soy yo el Joven Werther; aún tengo obligaciones que cumplir en este mundo para con otras personas. No nací burgués. ¿Tendré derecho, pues, y en tanto que obligado a vivir, en el futuro, a gozar de una nueva luz? Quizás. Hace poco, una chica, asimismo poética y bondadosa, en el chat de Twitter, me hizo sonreír, y observé que ese sentimiento; un espejismo de afecto en un desierto de indiferencias, resultaba reconfortante. ¿Me atreveré, en algún momento, a permitirme sentir de manera libre, o decidiré, como Dante ante la muerte de Beatriz, desoír los cantos de sirena, para dedicar el resto de mis días a llorar un recuerdo, y trazar, en última instancia, un plan para recorrer infierno, purgatorio y cielo en su búsqueda? Ya lo veremos.</p>
<p>De salir a colación este tema, en una conversación con Ara, no podría yo sino hacerme eco de aquello de «gira el mundo gira en el espacio infinito, con las penas y alegrías de la gente como yo&#8230;», mientras ella me exigiría, a viva voz, cesar en el escándalo, por el riesgo de lluvia torrencial, tan sólo para acabar uniéndose al canturreo, cuando mi voz se tornara en un olvidadizo «tururú», obligada a aceptar, a regañadientes, que aquello habría de considerarse «gloria bendita». Buenos tiempos.</p>
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		<title>La Ara que yo conocí</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/la-ara-que-yo-conoci/</link>
		<pubDate>Sun, 08 Feb 2026 20:10:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Ara falleció el pasado domingo 1 de febrero de 2026, a la 1 de la madrugada, dejándome, así, solo para lo que me resta de vida, y con el único deseo de unirme a ella lo antes posible. Asimismo sola se sintió ella durante toda su existencia; soledad esta, en buena medida, producto de su excesiva prudencia a la hora de reclamar su lugar en el mundo, bajo la creencia de no merecer ese lugar.</p>
<p>Este blog, Ruinas de Midgard, sobrevivió activo durante muchos años por el único motivo de que ella lo leía. Por el único motivo de que a ella le gustaba leerlo. Sea cual fuera la estupidez que yo redactara, ella la devoraba con la devoción que, por algún motivo, siempre me profirió. Son muchos los artículos que tengo guardados en lista de espera, y que concebí, en mi interior, con el único fin de compartirlos con ella. En los próximos días, de hecho, debería haberme introducido en temas filosóficos relativos a la ontología que a ella le habrían fascinado. Es por eso que no voy a poder continuar con la labor: es demasiado doloroso. En los últimos meses, y ante su enfermedad, evité temáticas demasiado complejas en términos políticos dentro de la web, a sabiendas de que podrían causarle cierto malestar. No quería arriesgarme a ser causa del más mínimo mal sobre ella. Quizás, por tanto, en algunas ocasiones, últimamente, pueda esta página haber resultado un tanto frívola. Tanto es así que uno de los últimos «reposts» que compartió Ara a través de su cuenta de Twitter es un artículo mío sobre el Increíble Hulk. Largo como un día sin pan. Imaginará el lector cuánto podría interesarle a Ara el Increíble Hulk: nada. Pero se comió todo el artículo entero, desde una cama de hospital, dividiendo su lectura en varios días. Así era ella: el ángel de la guarda que me mantenía con vida. Y, sin embargo, su percepción era la contraria, dado su estado de salud y de la soledad que habría tenido que aguantar en sus últimos meses de vida de no estar yo ahí. Creo que, en definitiva, nos cuidamos mutuamente.</p>
<p>Me he percatado de que subyace una pregunta con respecto a lo que había entre Ara y yo: ¿qué eramos? ¿Eramos pareja? Bueno, Ara era el tipo de persona a la que, si se le sacaba el tema, insistía en que, por su enfermedad, yo debía conocer a otras personas. «Habla con Sariposa»; «Habla con María»; decía, en relación a otras amistades. Pero, si yo a eso le respondía que no estaba interesado emocionalmente en tener relaciones sentimentales con mujeres, me soltaba «¿Entonces qué estoy haciendo yo aquí? ¿Perder el tiempo?». Lo que fuéramos, en definitiva, sería lo que el corazón de Ara dictara que fuéramos.</p>
<p>Durante su funeral hablé con sus amigos de toda la vida. Yo estaba fuera de lugar: nadie me conocía. Pedí a mi amiga María, que vive en La Coruña, que me acompañara a Cangas de Morrazo, en la provincia de Pontevedra, el lugar en el que vivió toda su vida Ara; su pequeño paraíso. Inmerso en una profunda pesadilla, recorriendo toda España para poder llegar a tiempo, y soportando enormes retrasos ferroviarios, alcancé mi meta en su compañía, vital en última instancia para superar el pánico que me producían la escena y la existencia misma en ese momento (pánico que, por lo demás, no se ha disuelto). Se lo agradezco de corazón. Me preguntó si había mandado una corona; en verdad, no sabía ni lo que era eso. No tengo mucha experiencia en lo relativo al hecho de perder seres queridos; no había ocurrido en mi vida nada similar desde 1990, momento en el que, contando yo con cinco años de edad, perdí a mi abuela. En el funeral de Ara, digo, conocí a Paco, Ángel, Cristina y su Prima (a la que considero mi propia prima y que permanece en mi interior con esa denominación). Son algunas de las personas a las que más quería Ara, y a las que conozco profundamente por la cantidad de cosas que de ellas me contaba. También ellos la querían a ella, como demuestra el estado de animo en el que se encontraban. Pero todos ellos tenían una vida más allá de Ara, y Ara sentía que ella no la tenía. Eso la hacía sentir más sola y fracasada. Mi encuentro con ella, en comparación, y por motivos cuantitativos, puede resultar anecdótico, pero yo le ofrecí algo de lo que nunca o casi nunca había dispuesto: la convertí en una parte fundamental de mi existencia. Lo compartíamos todo: nuestros días eran excusas en espera del momento en el que estar juntos. Y es que, al respecto de Ara, subyace algo que ni sus propios amigos, estimo, sabían, por su forma de expresarse acerca de estas cuestiones: y es que ansiaba, desesperadamente, amar y ser amada. Posiblemente lo que más quería en el mundo era sentirse amada.</p>
<p>Y lo consiguió, de una forma u otra, al introducirse en el mundo de las redes sociales, en las que, de manera anónima, se alejó puntualmente de una existencia que consideraba miserable. En su infancia, había perdido a su hermana pequeña, víctima esta de una enfermedad grave que la tuvo hospitalizada en Madrid, y que alejó a su madre, obligada a acompañar a la enferma, de su presencia. Durante su primer viaje a la capital, y a una edad todavía excesivamente temprana, Ara sufrió una agresión sexual que, por desgracia, no sería la última, lo que la condujo a tenerle un enorme miedo al mundo. Además, su hermana mayor se casó siendo muy joven, y eso la condujo a aceptar el rol de quedarse en casa a cuidar de sus padres. Según sus propias palabras, se dedicó a preservar la vida de los demás, cuidando, siempre, a los niños que engendraban otros miembros de su familia, carente de los medios, el derecho o la capacidad de construir una vida propia.</p>
<p>Por supuesto, mi única fuente es la propia Ara; una mujer rebelde como una adolescente y con la autoestima por los suelos. Aquello que me contara había de estar sesgado por su perspectiva, su cosmovisión y sus traumas, mas eso no resulta, desde mi punto de vista, relevante, pues amar implica, necesariamente, ponerte de parte del otro, así vea molinos donde sólo hay gigantes. No había de ser, este, de cualquier forma, el caso de Ara, concluyo, pues sólo fue requerido observar brevemente a sus seres queridos tras su muerte para reconocer lo certero de sus descripciones. Pero en lo relativo a sí misma, resulta evidente que su consideración era claramente inferior a su verdadero valor.</p>
<p>A pesar de sentirse sola y desgraciada, narraba sus aventuras de juventud; sus diversiones y sus amistades, y estas no parecían tan escasas, sobre todo desde el punto de vista de alguien como yo: empollón, solitario y pobre como las ratas. También tuvo un par de parejas; quizás, ambas, de no muy grato recuerdo y con cuernos de por medio, pero las tuvo. Fue a la Universidad en Pontevedra, donde estudió Filosofía y Letras, y, si bien no completó su formación, disfrutó mucho de la experiencia. Pero con el tiempo, y tras nuevas agresiones, se fue retrotrayendo. Además, estimaba que tenía al enemigo en casa, y que sus padres miraban hacia otro lado en ciertos momentos. Acerca de esto, y por expreso deseo de Ara, nada más puedo decir.</p>
<p>Se introdujo en Internet, digo, para hallar aquello de lo que carecía. Probó, en primera instancia, en Facebook, donde acabó sumergida en un extraño círculo vicioso con unas amigas, un tanto confuso para mí (en verdad no; lo conozco bastante bien, pero prefiero obviarlo). Y también allí le siguió cierto sujeto al que odiaba profundamente. Es por eso que creó una cuenta anónima en Twitter, un lugar que la hizo feliz durante un tiempo. En este otro lugar construyó un pequeño grupo de amigos, muy bien avenidos; supongo que poetas, artistas y similares; el tipo de gente que le gustaba a ella, que apreciaba y admiraba a todo el mundo. Sin embargo, cuando yo empecé a hablarle, sentía que todo el mundo se le alejaba; que casi habían desaparecido todos esos amigos, o que ya apenas le hablaban. Esa sempiterna niña honesta y sin maldad, que utilizaba en redes la imagen de Momo, y no sin razón, no entendía las máscaras que utiliza la gente: pensaba que la amistad de Internet es real. Obviamente no es así; todo el mundo la utilizó mientras la necesitó y se olvidó de ella poco después. No era culpa suya; así es como funcionan las cosas, pero ella no lo entendía. Todo lo que ocurría en su vida lo valoraba desde su autodesprecio.</p>
<p>Lo que ocurría en Twitter, en realidad, es lo mismo que ocurría en el mundo real. La gente tiene sus parejas, sus trabajos, sus problemas&#8230; y ella estaba solita. Creyó dejar de estarlo cuando conoció, precisamente en esa red, a un hombre del que se enamoró, y al que consideraría durante mucho tiempo como «el amor de su vida». Después de unas semanas hablando conmigo, dejó de utilizar esa expresión, aunque no necesariamente porque yo ocupara ese lugar. Ella sabría, insisto, lo que tenía en su corazón.</p>
<p>En otoño de 2021 viviría algunos de los días que más recordaría posteriormente. Se fue a Madrid a ver a algunas de sus amistades, incluyendo a Raquel («Raqueliya» para ella), una chavala a la que quería con locura, por lo meritorio que ella estimaba de su vida pese a la grave enfermedad autoinmune que sufría (y sufre). Ara alquilaba un apartamento turístico en la zona de Cuatro Caminos, que se convertiría en uno de sus lugares favoritos del mundo, además del Real Jardín Botánico, espacio en el que podía perder los días enteros. Recientemente le pasé una foto de la zona que agradeció muchísimo. Allí se quedó con Raquel; cocinaron juntas y cantaron como locas por Raffaella Carrá. Rememoraba esa experiencia como una de las mejores de su vida, y lo hacía constantemente.</p>
<p>Un año después hizo lo propio, en esta ocasión para conocer al hombre del que se enamoró, que la engañó para acostarse con ella y desapareció. Después de eso, Ara se amargó más, si cabe. Ya en el pasado había sufrido épocas realmente duras en términos psicológicos o, incluso, mentales. A partir de entonces, se dedicó a encerrarse en su habitación, por las noches, para beber y fumar. Ella dedujo que fue su forma de suicidarse porque, dos años después, se le diagnosticó un cáncer de hígado.</p>
<p>Para entonces (2022, digo) yo ya la conocía. Me habló de todo esto. Podría haber quedado con ella, darle un poco de cariño y amistad mucho antes. Quizás eso la habría salvado. Por la manera en que, tiempo después, apreció mi presencia, si a finales de 2022 o principios de 2023 me hubiera acercado a ella con más fuerza, quizás todo sería distinto y ahora estaría viva y con grandes ilusiones con respecto al futuro. Maldito sea yo por pusilánime.</p>
<p>Fue este blog lo que nos acercó. Yo tenía (y tengo) una cuenta de Twitter, pero nunca la he usado en términos personales. Soy una persona muy introvertida. Sí, había ligado por Internet, pero en lugares específicamente dispuestos con tal fin. Nunca he tenido las herramientas necesarias para mandarle un DM a una «twittera» y presentar mi candidatura a su amor. Me parece ridículo. Pero Ara quería conocer gente. A finales de 2021, si no me equivoco, cuando llevaba un añito escribiendo de manera regular aquí, la seguí, sin saber si era una mujer, en realidad, y ella me devolvió el «follow». Su cuenta me pareció bonita; sin más.</p>
<p>Yo concebí esta web mucho antes, cuando todavía tenía pareja estable. Quería hacer un «podcast» con amigos, y esta sería la página que lo soportaría. Con el tiempo, quedó patente que mis amigos y yo nunca cuadraríamos agendas para dar forma al proyecto, así que empecé a publicar, de vez en cuando, tonterías. Más tarde, y una vez separado e inmerso en una muy profunda soledad, y tras conocer más mujeres de la cuenta, decidí tener una vida tranquila; trabajar y expresar mis ideas y mis sentimientos por las noches a través de esta vía, con la ilusión subyacente, eso sí, de que algún elemento de mi pasado o de mi futuro me observara y me apreciara. Y aunque algunas personas lo hicieron, la que de verdad despertó mi corazón fue ella.</p>
<p>Después de que empezáramos a seguirnos mutuamente, comenzó a leer mi blog, sin perderse casi nada. Nunca obviaba un «like», de no ser, la temática, demasiado contraria a su cosmovisión. Y solía hacer «retweet», sobre todo si trataba, el contenido, de asuntos literarios, filosóficos o científicos. Era una persona de una gran sensibilidad artística, pero también con mucho interés por la ciencia. Podía leerse un libro en un día, y perdía millones de horas en un museo. Era absolutamente fascinante. Sin embargo, se consideraba una mierda, mientras no paraba de decirme lo bien que yo escribía, y de apreciar la cantidad de materias que era capaz de exponer. Más quisiera yo ser la mitad de ella&#8230;</p>
<p>Hablamos varias veces a través de mensaje privado. ¿A mí me interesaba ligar con ella? Sí, me parecía la persona más tierna y pura del planeta. Si bien en varias ocasiones había pensado abandonar el blog, cuando lo hacía, extrañaba su lectura: su presencia. Era la única compañía de calidad que yo tenía ya entonces, cuando apenas nos conocíamos. Su alma radiaba tan fuerte que producía felicidad sin saberlo. Fue ella la que habló conmigo en primera instancia, porque, según decía, había estado mucho tiempo callada y ya no podía callarse más. Necesitaba exponer algunas cosas relativas al acoso que había soportado por parte del tipo al que ella denominaba «la cosa», así como otros asuntos acerca de su sufrimiento.</p>
<p>¿Por qué no fui más allá? Es complicado de decir. Ara tenía 17 años más que yo. No es que eso me resultara un gran problema en última instancia, como habrá deducido el lector, pero de cara a un comienzo con miras a largo plazo, sonaba raro. Por otro lado, Ara hablaba mucho de su dolor, y yo, sin conocerla, temía sobre su verdadera naturaleza. Había tenido malas experiencias al respecto; mujeres para quienes todo era un drama y que estimaban la injusticia por doquier en su contra. Y es más, se enfadó conmigo por una pequeña broma, y eso me echó para atrás. Tampoco me gustan las personas inflexibles que entran en cólera a causa de trivialidades. Estúpido de mí. La semana pasada estaba yo haciendo, con ella, las bromas más tontas y pesadas del mundo, y reíamos sin parar. Entre ambos momentos sólo distaba una cosa: la confianza. Era necesario crear confianza. Si me hubiera esforzado lo suficiente entonces&#8230; Dios mío, ¿qué habría pasado? ¿Ara estaría ahora aquí, conmigo?</p>
<p>Ahora todo ha acabado. Si tan sólo dispusiera de una máquina del tiempo&#8230; Sólo sería necesario viajar unos años en el pasado y acercarme a ella a tiempo. Dedicaría mi vida a hacerla feliz, como ahora sé que sería posible. No sé si eso la alejaría del cáncer, pero, en el peor de los casos, habría mejorado mucho sus últimos años.</p>
<p>Llegado el final de 2024, publiqué uno de esos artículos que tanto la atraían, en el que me lamentaba de que hubieran pasado otros 365 días inútiles en mi vida, manteniéndome sobre la Tierra. Fue un año complicado, y redundaba sobre mi propia desesperación vital, que no es el objeto de este texto. Compartí ese «post» en Twitter, y Ara respondió con uno de esos «tweets» inmaduros que ella redactaba; confuso y lleno de iconos, y en el que trataba de expresar que, en lo relativo a eso que decía yo de morir, ella había estado cerca. Efectivamente, unas semanas antes había estado muy desaparecida, y eso me preocupó y me desestabilizó bastante, porque sin sus lecturas yo no era nadie. Hablamos y me refirió sus problemas de salud, si bien de manera poco precisa, como siempre.</p>
<p>En noviembre de 2024, Ara estuvo a punto de fallecer. Tenía problemas de estreñimiento graves. Sufría esto de manera crónica. Y la manera en la que se torturaba internamente no hacía sino empeorar esa dolencia. Dormía muy mal. Bebía, fumaba y echaba de menos a alguien. Estaba sufriendo, frente a nosotros, y no hacíamos nada para ayudarla, si bien en mi defensa diré que sabía lo justo acerca de esto. Padeció una obstrucción intestinal, y su médico de cabecera, de quien ella opinaba que deseaba matarla, con el desinterés propio de esa clase de psicópatas hacia la salud de sus pacientes, decidió recetarle laxantes. Es increíble la manera en la que ha evolucionado la figura del médico en España: estos parecen técnicos de Jazztel, que se dedican a seguir un libro de instrucciones sin que medie trabajo intelectual alguno, personalización o preocupación. A los humanos no se los puede apagar y encender.</p>
<p>El laxante provocó que el intestino de Ara estallara. Ella, como hacía siempre, se metió en su habitación a sufrir un dolor indecible y a esperar la muerte, que no llegó gracias a que su madre la arrastró hasta el coche y la llevó al hospital. Tenía un pie en la tumba. Ara siempre agradecería a un enfermero que observó el problema real subyacente, salvándola así. La despiezaron por dentro para poder sacarla adelante, pero valió la pena. Y también hallaron dentro aquello que podía estar detrás de todo: un cáncer de hígado. El juego no había acabado.</p>
<p>Es evidente que ella no tenía un gran interés por seguir viviendo, pero la reacción de su madre la sorprendió. Ara se preocupaba por todo el mundo, y tenía pánico por la posibilidad de causar mal alguno. Había tragado mucho en su vida para no provocar males a su gente, y volvería a hacerlo: aceptó vivir, desde entonces, renunciando a todo aquello que le gustaba, para no volver a provocar un mal trago similar a sus seres queridos. No podría beber cerveza, fumar, ni comer la mayoría de las cosas que deseaba. Repetía sin parar que no valía la pena vivir así. Pero lo hacía por los demás.</p>
<p>Yo, en primera instancia, pensé que todo había sido un susto. Hasta el día de su muerte, hablar con Ara sobre su enfermedad resultó, siempre, una yincana, pues parecía no saber exactamente la gravedad de las cosas, o se expresaba de una manera tan rara al respecto que provocaba que uno no fuera consciente de lo mal que estaba. Tras ir al médico, pasaba horas quejándose de este; de su sobrina, su hermana, o quien fuera que la acompañara en cada caso. Y uno siempre se preguntaba «¿pero el cáncer qué?». No sé si lo hacía a propósito. La cuestión es que empecé a vislumbrar el peligro real y me empeñé en ir a Vigo y conocerla en persona. A mí me daba miedo excederme y parecer un acosador, pero, para mi sorpresa, lo aceptó. Era así de fácil y tuve que esperar a que se estuviera muriendo para hacerlo&#8230;</p>
<p>Recuerdo, de hecho, que mucho tiempo antes me había dicho que era la persona de Twitter a la que más quería, junto con Raquel. ¿Por qué no veía las señales?</p>
<p>Ara desconfió en un principio. Llevaba años leyéndome; había de saber, pensé, aquello que habitaba mi corazón. Mas un blog es un blog. Lo que sabía, en realidad, es aquello que yo decía que habitaba en mi corazón. Ella era una persona con las ideas muy claras y las reglas muy marcadas, como me comentaría después. Me llegaría a describir paso a paso múltiples encuentros con hombres que fracasaron por una cosa u otra; normalmente por excesos de estos. Conmigo todo fue bien, porque Ara conectaba directamente con el corazón, tal y como yo hago. Ninguno de los dos tenía máscaras. Nunca, en todo este tiempo, pillamos al otro en una mentira. Las mezquindades y depredaciones que forman parte inherente de las relaciones humanas no eran cosa nuestra. Quizá fuéramos las únicas personas reales sobre el gran teatro del mundo. ¡Si tan sólo me hubiera dado cuenta antes!</p>
<p>Seguíamos hablando a través de mensajes directos de Twitter. No me daría su teléfono hasta que confiara en mí. Quedamos en el puerto de Vigo; la reconocería por ser «la hortera de los pompones». Efectivamente, llevaba un jersey con pompones, posiblemente hortera (poco sé yo acerca de moda femenina). Era una mujer enjuta; con el rostro un poco avejentado a causa de la enfermedad, y un cuerpecillo anacrónico, casi adolescente. Le advertí que me reconocería pronto, con tan solo buscar al monstruo horrendo que encontrara entre los allí presentes. Se empeñaría en negar, constantemente, esa autopercepción.</p>
<p>Ara quedó extrañamente impresionada conmigo. Sus palabras, por supuesto, eran lejanas a cualquier forma de romanticismo. Mas, nada más subir en el barco de vuelta a su hogar, me llamó por teléfono. Entonces obtuve permiso oficial para conocerla. Yo, miembro de otra generación, insistía en que ya era consciente de sus artes por los años previos de relación virtual. Ella, víctima ya de demasiados hombres en circunstancias parecidas, no entendía de eso. No le gustaban los mensajes de texto. Sólo quería hablar por teléfono, medio que a mí me produce ansiedad. Pero hablamos. Y hablamos, y hablamos, y hablamos.</p>
<p>Yo la llamaba, habitualmente, Arale. Es así como la tengo guardada en mi móvil. Se llamaba Ara Lemos, o sea, Arale, como el personaje de Dr. Slump. Y como esa niña robot, ella era bajita, gafotas y locuela. Como ella, nunca crecía ni maduraba. Y le gustaba mucho el personaje, pues si bien ese anime no se emitió en Español, si que salió al aire en distintas lenguas vernáculas de la península, a través de televisiones autonómicas. Por eso, durante nuestro paseo, pasamos por una tienda de figuras de anime, y le compré una de Arale. Debo decir que infringí, así, una de sus líneas rojas: no le gustaban los regalos, porque no quería ser comprada, y porque la situaban en un aprieto: se sentía en deuda. Y, sin embargo, lo cogió, porque, según sus palabras, sabía que estaba hecho desde el corazón. Y así era. Ella fue la única persona que entendió lo que yo llevo dentro; una tras otra, fue obviando muchas de esas líneas rojas, porque confiaba en mí. Todavía tengo aquí, delante de mí, el último llavero de Arale que le compré y que nunca pude darle.</p>
<p>Ara era una chavala llena de manías, ideas inamovibles, miedos y obsesiones. La mayoría de estos aspectos estaban grabados en piedra y no se podían sortear, tal y como me comentó en su funeral Paco, su amigo desde la infancia. También me dijo él, que Ara «sólo quería para amigos», mas pienso que este sí era un asunto más debatible en su interior.</p>
<p>Durante esa primera jornada, paseamos, disfrutamos del museo de arte moderno de Vigo, y nos sentamos a tomar algo en un bar. Estos dos últimos lugares se convertirían en espacios recurrentes para nuestros subsiguientes encuentros. Parecía disfrutar enormemente el sentimiento de libertad que le producía moverse sin miedo por ahí, acompañada por una persona de confianza. Ara afirmaba habitualmente su deseo de tener un compañero del género masculino con el que hacer planes mil, y usaba esa terminología para descartar la sexualidad de la ecuación, pues ese punto la traumatizaba. Por supuesto, yo acepté esto. Si ella era rara, yo no lo era menos. Me he sentido solo desde el día en que nací, y eso no lo solucionó ninguna relación que tuviera en el pasado, por muy sexualizada que estuviera. Solo deseaba la presencia de almas bondadosas. Y cuando gocé de la presencia diaria de una (la suya), me sentí pleno por primera vez. Es por eso que este año 2025 puede considerarse el mejor de mi vida.</p>
<p>Eso se refleja en el contenido de este blog. Si a finales de 2024, yo escribía sobre mis ganas de morir, a finales de 2025 hablada sobre El Grinch. La felicidad engendra banalidad.</p>
<p>Esas reglas, digo, al respecto del contacto físico y el romanticismo, se fueron flexibilizando. Lo importante, en lo relativo a una mujer, no es valorar lo que dice o lo que deja de decir, sino acompañarla con honestidad para que ella evolucione en torno a ti y se sienta segura para hacer lo que quiera hacer contigo. Ese primer día, yo le toqué la rodilla en varias ocasiones, porque me parecía una monada. Si bien ella había prometido que, si la tocaba, me partiría la cara, y que no sentía deseos, acabaría admitiendo que esos toquecitos le producían temblores. Cuando yo le tocaba el culo, ella me lo tocaba a mí. Las cosas están bien cuando se hacen bien.</p>
<p>Nos vimos un buen puñado de veces. Estuvimos en Vigo, Cangas, Pontevedra y Granada, vía Madrid. En la segunda ocasión, reservé un apartamento turístico en Vigo, con varias habitaciones, todas ellas con pestillo interior, por si Ara quería quedarse allí, para que cocináramos juntos y todo eso. No quiso; insistía en que por la noche siempre tenía que volver a su hogar. Me pareció bien, aunque fue una pena. Después de pasar cada día juntos, me volvía a llamar desde su casa y charlábamos de nuevo, durante horas. El último día, maldecía sus manías y obsesiones; se lamentaba de no haber venido conmigo. Pero yo a eso siempre le decía que no se preocupara; que yo la quería por cómo era, y que ya habría tiempo para hacer más cosas. En verdad no lo había; el tiempo se agotaba y ninguno de los dos tenía la valentía suficiente como para admitirlo.</p>
<p>En una posterior estancia allí, en la que sí accedió a entrar en mis aposentos, cuando el viaje se acabó y cada uno tenía que volver a su lugar, aún me pedía que me subiera en el barco de vuelta a Cangas con ella, aunque tuviera que ir en dirección contraria justo después, sólo por estar 20 minutos más conmigo. Nunca hubo un cariño y una lealtad mas sinceros entre dos seres humanos. He sido muy afortunado.</p>
<p>Cada dos semanas, Ara iba a quimioterapia. Resultaba trágico, pero, en realidad, lo que peor le sentaba no era el dañino producto en sí, sino su miedo a las agujas. El fin de semana previo a la sesión estaba lleno de oscuridad y dolor de estómago para ella. Si ocurría que yo estaba en Vigo, lo aguantaba sin complicación, mas cuando no era así, en la mayoría de los casos, sufría horrores. Yo estaba, por supuesto, junto a ella, durante esos horrores, aunque fuera por teléfono, medio este que posibilitó la mayor parte de nuestra relación. Su padre bromeaba, diciendo que la iban a fichar para la Telefónica, por lo que hablaba, y ella se lamentaba porque tenía que llamar a Cris, a Tensi, a Ángel, a Montse&#8230; y se pasaba el tiempo hablando conmigo. Decía «¡Tenemos que hablar menos!» y yo le respondía, arrogante: «Pues cuelga y habla con tu padre, mortadela». Ella, que disfrutaba de esos piques dramatizados, no colgaba ni a la de tres. Decía que yo ocupaba todo el tiempo en el que los demás podían hablar (después del trabajo), mas, si yo un día disponía de más espacio y le llamaba dos horas antes, en lugar de hablar dos horas conmigo y después tratar con otros, acababa hablando cuatro horas conmigo.</p>
<p>Como comentaba antes, los lunes iba a ponerse quimioterapia. Era duro, pero disfrutaba comiéndose un cruasán de pistacho en la cafetería. La moda del pistacho y su gusto por él provocó que yo la llamara «Pistacha» o «pistachita». Posteriormente, acabaríamos saludándonos siempre con un adjetivo o sustantivo comenzado por «P», como variante de ese mote. Pistacha, pastiche, patente, pantunfla, Panenka, presbicia&#8230; el juego nunca se acababa, dado el amor mutuo por las palabras y por la tontería. Unos lunes eran más duros que otros. Volvía a su casa, y aguantaba, hasta el miércoles siguiente, con aquello enganchado; muy incómodo a la hora de dormir. Se quejaba de algunas decoloraciones, de pérdida de pelo, de efectos en la piel y en las encías&#8230; pero se mantenía muy entera. Muy fuerte. «Qué malita estoy y qué poco me quejo», gritaba, desde su fascinante universo infantil.</p>
<p>Pero nunca había buenas noticias. No parecía, Ara, en absoluto, una persona que se estuviera muriendo. Pero los resultados nunca eran felices. El cáncer decrecía, pero no desaparecía. Al final, si no te mata la enfermedad, te mata la quimioterapia. Pasados nueve meses de tratamiento, los objetos en su cuerpo permanecían ahí, si bien de menor tamaño. Tocaba descansar un poco. En enero de 2026 se volvería a valorar la situación. A Ara le asustaba estar tanto tiempo sin combatir el mal, y se demostraría que tenía razón en su miedo. Pero, durante ese par de meses, planificó algunas de sus tareas pendientes, como ir al dentista, algo que no se puede hacer cuando se pelea contra el cáncer. Y salió de viaje: pasó por Madrid, para ver a Raquel, y a Granada, para que yo le enseñara la ciudad de la que tanto le hablaba. Una de las mayores ilusiones de mi vida consistía en pasear con ella por mi ciudad de origen, aunque yo mismo no la conociera lo suficientemente bien. Apenas revisamos la mitad de las cosas que esperábamos, quedaba otro viaje pendiente, que nunca ocurrirá.</p>
<p>Yo trabajo en Madrid, pero debía darle su espacio. Ella quería recrear su estancia con Raquel de 2021, pero esa felicidad no se reprodujo. Raquel que es una persona muy especial, y que tiene graves problemas físicos, empezó a encontrarse mal rápidamente. Tuvieron que abandonar el jardín botánico pronto debido a su malestar. Raquel volvió a su hogar, mientras que Ara quedó en el hotel sufriendo ingentes dolores estomacales, y vomitando. Fue una noche horrible, bastante empeorada por las llamadas de sus padres. Su madre había de ponerse unas gotas en los ojos, y se peleaban como gatas por el orden y las formas. La discusión la desestabilizó mucho, y la idea de que no podía salir de casa, ni alejarse de su hospital, se hizo fuerte en ella. Sin embargo, durante los siguientes cuatro días, ya en Granada, todo fue perfecto. Ni un solo mal, ni dolores, ni el más mínimo cansancio a pesar de la paliza que implica el turismo. Cuando estaba conmigo, parecía estar sana. Sin duda debería haber pasado mucho más tiempo con ella.</p>
<p>Fueron grandes días. Si en Madrid no pudo ver el Real Jardín Botánico, en Granada conocería un homólogo en la facultad de derecho. En sus últimos días, destacaría lo felices que fuimos en aquel lugar. Vimos San Juan de Dios, un lugar fantástico; el Museo de las Ciencias, el Parque García Lorca, la Catedral, la tumba de los reyes católicos, el Paseo de los Tristes, la fuente de las Batallas, Plaza  Bib-Rambla; así como otros edificios e iglesias. Pasamos horas rebuscando en la Feria del Libro, y cenamos en el Albaicín, con la Alhambra de fondo. Asimismo comimos en La Mancha, un restaurante clásico de la ciudad al que mi madre iba desde pequeña. Todo perfecto. El último día lo pasamos en la Alhambra, donde disfrutamos mucho, y acabó llorando. Sin embargo, los horarios granadinos no nos permitieron entrar en otros tantos lugares, que quedaron pendientes, por lo cual, hubimos de concertar una segunda cita, que de hecho Ara me recordó un par de días antes de morir. No sé cómo voy a vivir sin llevarla a cabo.</p>
<p>Con respecto a este viaje, debo decir que Ara obvió algunas de sus principales líneas rojas. Sí, estas eran importantes para una persona obsesiva como ella, pero eran líneas diseñadas para el tipo de relaciones que había tenido hasta el momento, y no para la que nosotros teníamos ya para entonces. Permitió que me hiciera cargo de todos los gastos relativos a su estancia en Granada, algo otrora imposible para alguien que insistía en que «Yo me pago mis vicios, niño». Despreciaba, la gallega, la idea de depender económicamente de un hombre, o de deberle nada a nadie. Temía que yo alguna vez le echara en cara ese gasto. Pero, para entonces, se había dado cuenta de que lo que había entre nosotros no estaba sujeto a tales mezquindades. Por supuesto, nunca hubo de arrepentirse; ¿cómo habría yo de restregarle por la cara algo que había disfrutado tanto, y de lo que yo era el principal beneficiario? Y sí, me instó a quedarme en el hotel con ella, con la excusa de que había dos camas, y acabó lanzándose encima de mí. Este punto lo negaría hasta el final, durante nuestras risas, acusándome de golfo, todavía, por haberle metido mano de manera previa. ¡Pobre de mí!</p>
<p>Por desgracia, esa fue la última vez que nos vimos físicamente. Pocas semanas después, a finales de noviembre, perdí mi empleo: participaba en un proyecto que requería de una inversión que, finalmente, no se dio, de tal manera que la empresa cerró. No era el mejor momento, porque comenzaba diciembre, con todos los eventos y vacaciones que ese mes implica. Por eso, no conseguí volver a trabajar hasta el 15 de enero, y durante ese periodo intermedio, si bien compartimos cada segundo de nuestro tiempo de manera telemática, aplacé viajes hasta tener la seguridad y el orden en mi vida precisos. Fui un estúpido.</p>
<p>Como sabe el lector, yo soy de origen humilde, y eso me conduce a tener un gran miedo a la pobreza. Cuando pierdo un trabajo, y lo hago superando los 40 años de edad, temo no volver a trabajar. En verdad no fue tan complicado obtener otro, pero las navidades aplazaron el anuncio. Las condiciones de mi nuevo rol eran perfectas para mis planes con ella: había de trabajar de martes a jueves en Madrid, mientras que el resto del tiempo podía repartirlo entre ver a la familia en Granada, y verla a ella en Galicia. Eso nos permitiría pasar unos cuantos días al mes juntos. Ese es, de hecho, el plan que presenté en el trabajo, citándola como «mi novia». Todo se ha ido a la mierda. Debería haber ido a verla mucho antes.</p>
<p>Ara tenia dolores estomacales. Fue a urgencias en varias ocasiones, pero, de nuevo, los médicos se demostraron absolutamente inútiles. Una y otra vez, le recetaron antibióticos para una infección de orina que no cuadraba con sus síntomas, pero que venía en su manual de instrucciones. Por aquellas fechas, el dolor se presentaba tan sólo por la noche, pero para mediados de enero, empezó a aumentar su franja horaria.</p>
<p>El catorce de enero, justo antes de que yo comenzara mi nuevo trabajo, tuvo lugar la cita con el oncólogo que referiría la manera en la que había evolucionado el cáncer después de esos meses sin quimioterapia. Se había vuelto a reproducir, sí, aunque en menor medida que un año antes. Pero se había colado en el intestino. ¿Quiere decir esto que tenía metástasis? No estoy seguro. No me atreví a usar ese termino delante de ella, para no asustarla. Ella, como siempre, parecía saber menos que yo al respecto, así que la duda era mutua. Iba al oncólogo con su sobrina, persona que, como a otros miembros de su familia, ella misma había criado, pero que ahora consideraba terriblemente soberbia. No la soportaba. Observaba como ella, o su hermana, hablaban con el doctor mientras la propia enferma se quedaba allí como un pasmarote. Su complejo de inferioridad brotaba por todas partes. El caso es que si era, efectivamente, metástasis, y era la causa de su dolor, sé que el final que ha tenido ha sido el mejor que podría tener, porque, de no morir, se habría tenido que enfrentar a unos meses infernales que habrían acabado igualmente en muerte, pero de una manera mucho más cruel. Y sin embargo eso no reduce mi dolor.</p>
<p>Durante las semanas siguientes, le interrogué sobre la posibilidad de subir a Galicia. Ella no quiso, porque no estaba en condiciones de verme. Pero debía haber ido. Un miércoles previo a mi jornada laboral, se encontraba en cama, dando terribles gritos de dolor. Le insistía en que buscara ayuda; que fuera a urgencias de nuevo. No lo hacía. El oncólogo había planeado un nuevo tratamiento de quimioterapia más severo, que había de comenzar el lunes siguiente, y ella quería esperar. Pensábamos que, si la reproducción del cáncer en el intestino era la causa, atacarlo con quimioterapia podía reducir el dolor. Cuando hablé con ella el jueves vivía un infierno, y apenas quiso hablar conmigo, porque se negaba a pasar el rato llorando mientras estábamos juntos. Pero el viernes, y en tanto que había amanecido igual, por fin fue arrastrada en busca de ayuda, para ser ingresada poco después.</p>
<p>Yo me quedé más tranquilo. Le iban a hacer pruebas. Estaba en buenas manos. Le darían calmantes, y así obviaría el dolor. Y el lunes, la quimio. Pero el lunes pasó y no hubo quimio. Lo importante, desde mi punto de vista, era que no tuviera dolor, y eso, en el hospital, estaba garantizado. Los calmantes dejaron paso a la morfina. Y eso está bien, pero es peligroso para la respiración.</p>
<p>Los doctores deliberaron. No sabían si el dolor derivaba del cáncer, o si había sufrido una obstrucción como la del año anterior. Se optó por esto último y se la intervino. Me avisó a última hora y yo ofrecí salir corriendo para arriba. Me dijo que no; que no era nada. Era muy reservada con su familia; de forma alguna habría querido que fuera a verla estando ellos allí. En lugar de salir para Vigo, ese jueves, salí para Granada. Para Granada. ¿¿Qué coño hacía yo en Granada?? ¿¿Por qué no estaba con ella cuando tenía que estarlo?? Hubiera respirado por ella de ser necesario.</p>
<p>Esos días habían sido bastante buenos, porque se había alejado del dolor. Sólo podía comer puré de pollo; pero era necesario, pues, de cara a ponerse quimioterapia, había de estar fuerte. Ella lo odiaba. Yo le dije que me gustaba, a lo que me respondió que, la próxima vez que nos viéramos, porque ella bajara conmigo o porque yo subiera con ella, lo comeríamos. Yo le prometí que, entonces, en lugar de comer eso, le invitaría a una mariscada. Tanto ella como su compañera de cuarto, que se apuntó, se pusieron a enumerar los bichos que ansiaban devorar. Convenimos en que sería menester hacer un «crowdfunding» para financiarlo. Durante esos días, es más, y ante mi preocupación, admitimos que, si le pasaba algo, iba yo a acabar jodido. Y así fue. Y si bien ella no deseaba hacer daño a nadie, en mi caso, aceptó la idea de este sufrimiento. En primera instancia, creo, porque era inconsciente de la cercanía de la muerte. Y en segunda porque no tenía herramientas para desprenderse de mí. Me alegro de que no lo hiciera, a pesar de lo mucho que todo duele ahora.</p>
<p>El viernes hablamos. Estaba drogada, pero bien. Me quedé muy contento. La habían intervenido. Entendí que le habrían arreglado la hipotética obstrucción y que podría volver a casa sin dolor, para afrontar la quimioterapia con fuerzas renovadas. Le dije que esa noche, por fin, dormiría bien. Ella se alegró. Fue la última vez que hablamos.</p>
<p>Al día siguiente me levanté un poco tarde. Me encontré un mensaje suyo: «Hoy día liado», con un emoticono que señalaba pesadez. Pensé que se refería a que tenía a la familia allí y que no podría hablar conmigo hasta tarde. Cuando le pregunté posteriormente, no había «doble check». Entré en pánico, mas sabía que, si le habían hecho algo más, podía perfectamente estar en postoperatorio, de tal manera que no sabría nada hasta el día siguiente. Durante el domingo, miré «Whatsapp» constantemente, en busca de esa confirmación que señalara que llegaba mi mensaje y que, por tanto, el móvil se había encendido. Esto ocurrió por la tarde. Me alegré. Recibí una llamada y respondí como si fuera ella. La voz de un hombre me heló el alma: «Tobas, Ara ha muerto», me decía su amigo Paco. Todo había terminado y yo no sabía qué hacer o decir. Acabé saliendo para Vigo para llegar in-extremis al tanatorio y después a la misa, como un autómata, totalmente en shock.</p>
<p>El sábado, parece ser, había sido sometida a otra intervención. Buscaban, todavía, causas a su dolor, y acabaron mirando en los pulmones, dado su historial como fumadora. Por la noche se fue a dormir con respirador, no sin antes darle el pin del móvil a Paco.  Había prometido a su padre que el domingo estaría en casa. Pero no. Estaba hasta arriba de morfina, un depresor respiratorio, y le tocaron las vías respiratorias, de nuevo, siguiendo el manual de retrasados, sólo porque era fumadora, a pesar de que todas las pruebas habían demostrado que no tenía nada en los pulmones. A la una de la noche dejó de respirar. Quizá fuera lo mejor para ella. O no. No estoy seguro de que su muerte tuviera relación directa con sus males. No puedo soportar esta percepción. Ni el hecho de que yo estuviera en Granada en ese momento, y que me durmiera, posiblemente, a la misma hora en que ella se moría. El dolor por la perdida, entiendo, se supera con el paso del tiempo. Pero la culpa no.</p>
<p>Mi idea, a la hora de escribir este texto, es que un puñado de gente conociera a Ara. Como decía antes, ella deseaba ser conocida y amada. Se sentía totalmente invisible. Me gustaría que dejara de serlo en cierta medida. Pero es verdad que el resultado responde a una perspectiva mía, y eso desacredita la intención. Ara y yo hablamos durante cientos de horas, así que conozco muchas de las maravillas que la habitaban. Puedo compartir, aquí, todavía, algunas de ellas. Por desgracia, tengo un bloqueo mental por la situación, y temo que no sea capaz de hacerle justicia. Que me disculpe si es que lee esto desde alguna parte, algo que deseo profundamente.</p>
<p>Ara era pura sensibilidad, pero en la época en la que yo la traté a diario, y por las ataduras que la cohibían, carecía de motivaciones. Comenzaba nuestras conversaciones interesado en aquello que había hecho; los lugares a los que había ido; lo que había leído o visto&#8230; y en la mayoría de los casos, su respuesta era «Nada. Háblame de ti, que tu vida es más interesante». Había que sacarle lo que tenía dentro, y eso, aunque en principio costara, resultaba un trabajo de minería que producía grandes riquezas. Ara era un diamante en bruto que nadie pulió.</p>
<p>Si bien las charlas podían comenzar en la forma en la que he comentado, estas podían terminar, horas después, con gloria bendita. Amaba la poesía, y escribía grandes poemas en gallego. Si no conseguía que ella expusiera nada, le recitaba yo mismo. Adoraba la música clásica; se la conocía mejor que nadie, y podía pasar horas escuchando a Mozart o Bach sin hacer otra cosa. Pero, sobre todo, amaba la naturaleza; las flores y las plantas. Habíamos acordado que era la Dama de las Camelias, por su cariño hacia esa especie, mas cuando le conté que la protagonista del libro homónimo era una prostituta, se desencantó con la idea. Contaba historias sin fin sobre la flora y la fauna de su tierra, lamentándose continuamente sobre las especies que había dejado de observar desde su infancia. Mantenía una guerra particular con la empresa maderera que explota la zona, afirmando que aquello que hace no puede ser bueno para su paraíso. Y se quejaba de que la gente mezquina plantaba eucaliptos por todas partes, para producir celulosa, en detrimento de su roble querido. Como queda patente, era una persona de izquierdas, aunque ella no quisiera posicionarse, y era, en el campo de la política, donde más batallábamos. Podíamos matarnos en ese aspecto, mas Ara nunca se enfadaba conmigo; no daba una conversación por finalizada si no era en términos felices.</p>
<p>Ella siempre había tenido gatos, y eso le producía una sensación agridulce. Porque, de igual manera que los había tenido, los había perdido, y eso la hacía sufrir. Su mundo no es como el nuestro; sus gatos eran salvajes, y estaban sujetos a muchos más peligros. Desaparecían regularmente. Tal cosa ocurrió con dos de sus gatas hace unos pocos meses, y eso la puso muy triste. Yo sentía verdadero pánico por si le pasaba algo a Meu, el joven gato macho, consentido por toda la familia. Si eso ocurría, a Ara podría darle algo. Un día, hubo un percance con él: se subió al techo y no sabía cómo bajar, a pesar de que las gatas mayores intentaban enseñarle. No era un lumbreras.  Ara lo pasó muy mal, temerosa de que se enfrentara en solitario a las inclemencias, mas, finalmente aprendió por las malas: de un empujón.</p>
<p>El viernes, de hecho, estando en el hospital, se lamentaba por el hecho de que Meu le echaría de menos por estar fuera tantos días. El dolor que eso me produce es insoportable.</p>
<p>A su casa se acercaban también muchas gaviotas, a las que ella llamaba «Javis», puesto que, en su versión del gallego, la «g» tiende a «j». Era una familia: Javi, Javitón y Javitina. Para cada cuestión de la vida tenía chascarrillos humorísticos y juegos de palabras, que combatían duramente con los míos. Yo la imitaba a ella y a todo el mundo; ofrecía mil personajes en escena para su goce, aunque me reclamaba que imitaba fatal&#8230; ¡Habrase visto!</p>
<p>Es obvio que Ara no era cristiana. Pero tampoco era atea. Tenía cierta esperanza en que hubiera algo después de la vida. Cuando yo ponía en duda este último punto, ella me decía «¿Y tú qué sabes, niño? ¿Es que lo has visto?». Ciertamente, un ateísmo completo resulta acientífico, porque no es verificable. Ojala ella tuviera razón, porque yo quiero volver a verla. Por si acaso, durante su vida pagó un seguro para ser incinerada tras su muerte. Para mi alegría, y a pesar de su fe, sus padres cumplieron su voluntad.</p>
<p>Además, aunque no fuera cristiana, cuando veía la manera en la que el cristianismo daba esperanza a otras personas, como ocurría con su amiga Raquel, que en los últimos tiempos se ha acercado mucho a Dios, concedía que había algo bueno en ello.</p>
<p>Con Ara se podía charlar sobre cualquier cosa. Tenía una gran curiosidad acerca de la verdad del universo. Teorías como las que veía en vídeos de Youtube, acerca de que el universo podría estar dentro de un agujero negro y similares, le causaban un gran interés. A partir de ahí, podíamos charlar durante milenios acerca del tema; de La vida es sueño, el gran teatro del mundo, el genio maligno, los demiurgos, el mito de la caverna, el mundo cuántico y lo que hiciera falta. Mi especial en el blog sobre el tema, que se iba a ver estos meses reforzado por una gran cantidad de material, nos hubiera proporcionado conversaciones terriblemente felices a ambos. Observará, ahora, el lector, por qué considero que mi vida carece de sentido en estos momentos: lo que más ilusión me hacía era compartir cosas con ella. Ahora, mire donde mire, las cosas carecen de valor para mí, porque no puedo contárselas.</p>
<p>Ara tenía la casa llena de libros, discos y revistas. Era una biblioteca ambulante. Tenía mucho miedo por lo que haría su familia con sus cosas tras su muerte, y por la forma en que su privacidad se vería en entredicho cuando entraran, según ella, «con las palas». Había empezado a tirar parte de su colección, y me había regalado revistas de ciclismo. Tenía muchas películas, aunque muchas de sus cosas habían ido desapareciendo, porque las prestaba o las regalaba. Le gustaban mucho tipos como Ken Loach, por su cine social, o Kennet Branagh, por sus adaptaciones shakesperianas. Aunque se alejara tanto del romanticismo en vida, disfrutaba mucho las comedias románticas, lo que demostraba que, en realidad, sí deseaba ser amada de manera tierna, como, al fin y al cabo, acababa admitiendo, con tonos en extremo cariñosos (recuerdo un «te quiero mucho, mi Tobasito» que fue puro amor). Veía todo el cine del mundo, y durante una buena época, se aficionó a las series, que consumía sin parar. Había cuidado a tantos niños, y de tantas generaciones, que conocía bien dibujos animados de todos los tiempos. Sabía de todo.</p>
<p>Rechazaba la música en español, y los «quejidos». Atacaba mucho a Ivan Ferreiro, porque le parecía que representaba a un mundo muy elitista (el indy patrio), y porque su voz le parecía muy fea. Soportaba a Extremoduro, sin demasiado entusiasmo, y quizá su grupo nacional favorito fuera Barón Rojo, en especial por alguna producción internacional. Sobre todo, le gustaba el rock en inglés; conocía grupos, discos y canciones infinitas, sobre todo de los 70 o los 80, y me enseñaba mucho al respecto. En su despertador tenía el tema It&#8217;s my life, de Bon Jovi, que la despertaría del sueño más profundo. Tenía tantos problemas para conciliar el sueño que la asustaba quedarse dormida cuando tenía alguna cita ineludible por la mañana. Eso no ocurría nunca porque, aunque le fallara el móvil, siempre tenía a su madre para despertarla. Tanto ella como su padre, a pesar de superar los 80 años de edad, parecían duros como robles; espero que estén bien y que puedan soportar este dolor, porque los escuché de fondo tantas veces durante nuestras conversaciones que les cogí cariño.</p>
<p>Como comentaba antes, Bolita, que así la llamaba yo en Twitter, era una ávida lectora. Podía agarrar un libro por la tarde y no soltarlo hasta terminarlo por la noche. Pero leía por entretenimiento; porque disfrutaba la experiencia. No compartíamos lecturas, pues yo siempre fui de clásicos, como sabe el lector, demasiado obsesionado con el currículum lector como para disfrutar de verdad. Ella agarraba libros contemporáneos y los devoraba, así como títulos en gallego. Se quejaba de que la gente le regalaba libros que no coincidían con sus gustos. Yo le compré uno en gallego, que conste, aunque resultó una lectura corta para ella, dada su capacidad. Le gustaban cosas que a mí no me entran demasiado, como la novela negra de moda. Me recomendó Un animal salvaje, de Joel Dicker, y lo leí sin demasiado entusiasmo. Escribí en este blog un artículo sobre él y ya lo estuvimos comentando. Por mucho cariño que hubiera entre nosotros, no íbamos a mentirnos. Cuando yo cometía una falta de ortografía en mis textos, me lo recordaba, socarrona. No me gustó el libro, y así se lo dije. No obstante, cuando coincidimos en una feria del libro de Vigo, me hice con la siguiente obra del autor, La muy catastrófica visita al zoo. Claro, la compré para regalársela, pero no me la aceptó. Quería que la leyera yo. Más tarde, ella volvió a comprar el libro, para regalárselo a su prima Montse. Murió sin leerlo, a pesar de que pasó dos veces por sus manos, porque ella quería a los demás más que a sí misma.</p>
<p>Continuando con el aspecto literario, debo destacar su gusto por una obra: Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester, muy descriptiva con respecto a la sociedad gallega de la que ella procedía. También adoraba la serie que, en base a ella, rodó Radio Televisión Española: le parecía que los actores que en ella participan hacen un papel tremendo, y yo estoy de acuerdo con eso. Están Eusebio Poncela, Carlos Larrañaga, Charo López, Rosalía Dans, Santiago Ramos o Rafael Alonso, todos fantásticos. Gracias a su recomendación yo la estaba viendo: comentábamos cada capítulo que visionaba. El sábado, antes de su fallecimiento, mientras esperaba noticias suyas, puse un capítulo, aquel en el que muere la tía del protagonista. Un episodio brillante y potente sobre el que deseaba debatir con ella. No hizo falta, porque lo ocurrido se reprodujo en el mundo real, con similar resultado.</p>
<p>Las manías de Ara, en términos vitales, se reproducían en lo relativo a su visión artística. Era muy rebelde y necesitaba llevar la contraria a cualquiera que estimara autoridad, o a quien se observara dueño y señor de la razón. Rechazaba la mitomanía, y por tanto, construía una lista negra de artistas a los que no tragaba, entre los que estaba Rosalía de Castro, Federico García Lorca, Picasso, Salvador Dalí, Woody Allen, los Rolling Stone o los Beatles. Precisando, lo cierto que odiaba a Paul McCartney y, sobre todo, a John Lennon. George Harrison le entusiasmaba, e incluso le encontraba el gusto a Ringo Starr. Ella se sentía atraída por los olvidados.</p>
<p>Sus artes, como observa el lector, eran infinitas, pero no se valoraba nada. Desde el instituto, escribía poemas, e incluso ganó concursos recitándolos. Pero siempre estaba en el bando de los otros, relegándose a un rincón. Se interesó por el teatro; participó en obras y, durante las pruebas, lo hacía mejor que nadie, pero en las representaciones, siempre se quedaba tras bambalinas, en producción. En Twitter, apoyaba todo proyecto personal que conociera, así fuera un «podcast» cultural o una revista sobre el autismo. O mi blog. Siempre decía de uno u otro «que bien escribe este chico». «Que fotos tan buenas hace». Y los envidiaba. No había mentira en ella, era como una niña. Quería ser amada y admirada y no lo era, así que amaba y admiraba a los demás, como si, así, hiciera justicia con el tipo de personas que, como ella, tenían mucho talento pero poco reconocimiento. Le decía a la gente lo que, en su interior, hubiera querido que otros le dijeran a ella.</p>
<p>Ara nunca tuvo un trabajo que constara oficialmente en los registros de la seguridad social. Se ganó la vida trabajando como limpiadora para adinerados caciques locales que se aprovecharon de ella, como hacía todo el mundo, por siete euros/hora. E incluso en ese campo, que estudiaba y trataba de hacer lo mejor posible, informándose constantemente a través de canales de Youtube o Facebook,  se consideraba una inútil. Asimismo trabajó en negocios familiares de los que no sacó beneficio alguno, y fue utilizada por sus allegados para unir su nombre a un asunto turbio que le causó grandes problemas.</p>
<p>En fin. Podría hablar sobre ella durante una era. Pero esto tiene que acabar algún día. Llevo una semana sumido en un ataque de ansiedad, así que es recomendable que deje de llorar un momento. Apenas puedo comer y ando constreñido. Me van a echar de mi nuevo trabajo, porque mi cerebro no funciona. Lo que ha ocurrido es complicado para mí. Ara se había convertido en una parte fundamental de mi vida: la principal ilusión de mis días. Por eso padezco un dolor que apenas puedo compartir. Porque estoy a mil kilómetros de su mundo, de sus restos, de sus recuerdos. Porque sus amigos, si bien me conocían y agradecen el tiempo que pasé con ella, no pueden concebir la profundidad de nuestro cariño. Porque ellos pertenecen a otra generación; una que empieza a conocer la muerte con relativa frecuencia. Y porque ellos, aunque la quisieran muchísimo, mañana seguirán igualmente acudiendo a sus respectivos trabajos, y cenando con sus respectivas familias. Ara se convertirá, para ellos, con el tiempo y el dolor, en un recuerdo grato. Yo, simplemente, no puedo vivir sin ella, porque ella era el motivo de mis días.</p>
<p>La teoría dice que el sufrimiento por perder a alguien evoluciona. Se aprende a vivir con la pérdida. Un día amanece y la vida vuelve a tener sentido. Puede que sea cierto, pero eso no me preocupa demasiado. Lo preocupante es que no deseo vivir, por motivos morales e intelectuales.</p>
<p>Ara era el mejor ser humano de este planeta. Ella legitimaba su existencia. Y al mismo tiempo era la persona perfecta para mí. La observé durante cinco años, con deseos de acercarme a ella, y durante ese periodo de tiempo, cualquier otro homínido que se acercara a mí me pareció irrelevante en comparación. Y está muerta. El mundo la pisoteó. La trataron como si fuera basura. La despreciaron, la acosaron, la violaron, la estafaron y la golpearon. Seres inferiores la hicieron de menos, se rieron de ella y la hicieron sufrir. Cuando la conocí, pretendí que tuviera momentos felices. Y después se murió, sin tener una redención o una satisfacción. Merecía un final feliz y no lo tuvo. Por tanto, los malos, lo más bajo de este mundo, triunfaron sobre la pureza y el bien. El abyecto ser al que ella más odiaba estaba allí en el tanatorio, jactándose. Y yo no puedo aceptar ya vivir con normalidad. Eso no puede ocurrir en un mundo en el que ella es derrotada y tipos como ese se salen con la suya. Cualquier acción que intento llevar a cabo con respecto a mi vida anterior duele, porque lo compartí todo con ella, y porque mis ideas consistían en acumular información, conocimiento y mérito para presumir ante ella. Pero es que, además, si volviera a disfrutar del mundo, lo estimaría una traición, porque me alinearía con el mundo que la pisoteó a ella. De igual manera que no voto, porque eso implica, necesariamente, aceptar el sistema subyacente que conduce a unos oligarcas malvados a vivir con impunidad atropellando a la gente buena, no puedo persistir en una existencia que elimina a los mejores para que triunfen los peores. No puedo seguir.</p>
<p>Mas habré de hacerlo durante un breve periodo. Todavía queda una tarea pendiente. Ara publicó muchos poemas en Twitter, y deseaba recuperarlos. Por tanto, compondré un libro con todos ellos y se lo haré llegar a personas buenas. Así conocerán a Ara, la mejor persona del mundo. Nos vemos.</p>
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		<title>Falleció mi Ara (@TreceBola). Todo se acabó.</title>
		<link>http://ruinasdemidgard.es/fallecio-mi-ara-trecebola-todo-se-acabo/</link>
		<pubDate>Mon, 02 Feb 2026 00:11:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Durante el día de ayer, falleció la mejor persona del mundo: mi amiga <strong>Ara</strong>, que la gente de <em>Twitter</em> conocerá como @TreceBola. Sin ella, este blog quedará paralizado, pues la existencia ha perdido todo su sentido. Quedan tan sólo dos cosas por hacer aquí:</p>
<p>&#8211; Escribir una elegía sobre <strong>Ara</strong></p>
<p>&#8211; Recopilar, en lo posible, la poesía que ella compartió en <em>Twitter</em> a lo largo de los años.</p>
<p>Están ustedes invitados.</p>
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		<title>5 «Likes» (VI)</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Feb 2026 14:36:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Tobas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Internet]]></category>
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		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
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		<category><![CDATA[Cocodrilo: Un evento extraordinario]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Hoy toca dedicar, de nuevo, un ratito a repasar aquellas cosas que han despertado mi interés investigador en las últimas semanas. Listo, pues, otros cinco asuntos<span class="excerpt-hellip"> […]</span></p>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy toca dedicar, de nuevo, un ratito a repasar aquellas cosas que han despertado mi interés investigador en las últimas semanas. Listo, pues, otros cinco asuntos que han merecido mi «like» últimamente.</p>
<p><em><strong>1. Lands of Lore: Guardians of Destiny</strong></em>. Comúnmente, veo en <em>Twitter</em> imágenes de videojuegos de rol de <em>PC</em> de vieja escuela; aventuras en primera persona, pixeladas, en las que el jugador recorre mundos complejos relativos a la fantasía épica, recogiendo objetos y luchando contra bestias. Yo no jugué mucho a ese tipo de juegos en su momento, porque no tenía <em>PC</em>, más allá de algunos a los que accedí posteriormente, como <em>Ishar II</em>, título precioso que compré en una tienda llamada<em> Vip Urbano</em> por 60 céntimos de euro, con su cajita, sus disquettes y esas cosas. Quizá por eso me atraen tanto: siento que me perdí algo.</p>
<p>De entre todos los RPG que he visto, decidí descargar y jugar a uno llamado <em>Lands of Lore: Guardians of Destiny, </em>que me sedujo especialmente por su apartado visual<em>.</em> Destaca por el uso de personas reales como parte de su narrativa. De igual manera que en las películas de animación de <strong>Ralph Bakshi</strong>, tales como <em>El Señor de los Anillos</em>, <em>Fire and Ice</em> o <em>Cool World,</em> se filmaba a personas reales actuando en escenas y luego se dibujaba encima fotograma a fotograma, en este juego, desarrollado por <em>Westwood Studios</em> y publicado en 1997, se integran secuencias cinemáticas grabadas con actores de verdad, integradas entre los gráficos de la aventura, lo que aporta un toque muy especial a la misma, resultando, todo, muy realista. El habitual doblaje en español de este tipo de títulos, tan raro en consolas, aumenta en gran medida esa percepción.</p>
<p><strong>2. Robert Frost</strong>. Sumé, hace poco, a mi lista de cosas pendientes el nombre de este poeta, <strong>Robert Frost</strong>, ganador de varios premios <em>Pulitzer</em>; trascendental por su amor hacia la naturaleza; muy americano. Compartiré por aquí un poema suyo bastante conocido, interesante por su trasfondo: la importancia de seguir el camino de cada uno. Dice tal que así:</p>
<h3><em><strong>El camino no elegido</strong></em></h3>
<p><em>Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,</em><br />
<em> Y apenado por no poder tomar los dos</em><br />
<em> Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie</em><br />
<em> Mirando uno de ellos tan lejos como pude,</em><br />
<em> Hasta donde se perdía en la espesura;</em></p>
<p><em>Entonces tomé el otro, imparcialmente,</em><br />
<em> Y habiendo tenido quizás la elección acertada,</em><br />
<em> Pues era tupido y requería uso;</em><br />
<em> Aunque en cuanto a lo que vi allí</em><br />
<em> Hubiera elegido cualquiera de los dos.</em></p>
<p><em>Y ambos esa mañana yacían igualmente,</em><br />
<em> ¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!</em><br />
<em> Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,</em><br />
<em> Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.</em></p>
<p><em>Debo estar diciendo esto con un suspiro</em><br />
<em> De aquí a la eternidad:</em><br />
<em> Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,</em><br />
<em> Yo tomé el menos transitado,</em><br />
<em> Y eso hizo toda la diferencia.</em></p>
<p><strong><em>3. Cocodrilo: Un evento extraordinario</em></strong>. Este es un relato largo (o una novela corta) de <strong>Fiodor Dostoyevski</strong>, que tenía apuntado en mi lista de lecturas pendientes, bajo el pretexto del surrealismo más kafkiano, explorado, efectivamente, a través de este formato en diversas ocasiones dentro de la literatura rusa decimonónica. El cuento está escrito en 1865 y muestra a un <strong>Dostoyevski</strong> un poco distinto al habitual, si bien, aunque en otro tono, tan satírico y crítico con respecto a la sociedad rusa como siempre. Narra un hecho extraordinario: un funcionario observa cómo un compañero y amigo es devorado por un cocodrilo expuesto es un negocio, y a partir de ahí, con respecto a un hecho como ese, se topa con la manera absurda de afrontarlo que desarrollan todos los agentes que lo circundan. El comerciante que exhibe el animal se preocupa por la salud de su propiedad, mientras que la víctima, desde su interior, encuentra en lo ocurrido un altavoz para trascender y salvar a la humanidad, siendo, en la práctica, inmortal (o eso piensa él). El progresismo se preocupa de las palabras y de la salud del reptil, mientras muestra indiferencia hacia la situación de la persona, y al mismo tiempo, el capitalismo mide la cuestión en términos económicos. El protagonista de la obra aguanta una tontería tras otra, como <em>Alicia en el País de las Maravillas</em>; o como <em>Joseph K.</em> en <em>El Proceso</em>, con la diferencia de que este sí es consciente de que está rodeado de cretinos. Define, el cuento, de manera precisa la forma en la que, en la sociedad moderna, incluso un evento simple que no requiere sino de una solución simple: ayudar a una persona, puede ser deconstruido de forma ridícula, desde la obsesión y el interés de cada entidad, hasta convertirlo en un esperpento. Por supuesto, nadie soluciona nada.</p>
<p><em><strong>4. Lost Ollie</strong></em>. Hace tiempo que tengo anotada, entre mis futuras visualizaciones, la necesidad de ver <em>Lost Ollie</em>, una miniserie que mezcla animación con imagen real. Bebe de un cuento infantil llamado<em> La odisea de Ollie</em>, escrito por <strong>William Joyce</strong> y publicado en 2016.</p>
<p>He podido leer las 26 primeras páginas de ese cuento. Es realmente mono; cuenta la historia de <em>Ollie</em>, un muñeco de trapo hecho por la mamá de <em>Billy</em> antes de este nacer, y que comparte la vida con él desde el primer segundo. Intentaré seguir leyéndolo; creo que vale la pena. En lo relativo a la serie de televisión, esta suma cuatro capítulos y tiene algunos parecidos con <em>Toy Story</em>, pues narra la epopeya del muñeco de trapo para regresar con el niño con el que comparte el devenir, tras despertar en una tienda de antigüedades sin recordar lo que ha pasado, sufriendo, eso sí, algunos fogonazos, a través de los cuales, rememora momentos de su vida con el chaval y con la familia de este. Esto aleja la obra de <em>Toy Story</em>, pues el muñeco es protagonista no sólo de una cosmogonía paralela a la humana, sino que forma parte activa y consciente de la vida del niño. Eso sí; como en las películas de <em>Pixar</em>, varios juguetes se unen a la expedición, para ayudar a <em>Ollie</em> a encontrar a <em>Billy</em>.</p>
<p>La serie carece de la gracia de <em>Toy Story</em>, y sus personajes no tienen tanto carisma como los de esas películas, mas creo que es menester ver <em>Lost Ollie</em>. Es una serie cuya cuestión principal es la pérdida; la pérdida de los muñecos con respecto a sus dueños o a sus compañeros de juego (y en esto se acerca mucho a las secuelas de <em>Toy Story</em>). Pero también subyace la pérdida humana; la del niño con respecto a su madre (esto quizá recuerde a algunos ese otro cuento que era <em>Un monstruo viene a verme)</em>. La pérdida es pérdida, sea quien sea el que la viva, y sea quien sea el perdido. Es, esta, en definitiva, una serie para llorar a moco tendido.</p>
<p><strong><em>5. Rol de los 90</em></strong>. Me gustaría destacar, para variar, por aquí, un blog; uno de esos proyectos de nicho que hay en <em>Internet</em> y que ayudan a mantener una cultura que, de otra manera, se perdería. <em>Rol de los</em> <em>90</em>, como su propio nombre indica, es una revista que trata sobre juegos de rol clásicos, y que ofrece, bajo descarga, algunos que ya no se pueden encontrar en otro sitio, siempre bajo autorización previa del autor. Aparte de eso, recicla mucho material pasado, bajo análisis y exposiciones muy bonitas. Entiendo que debe, este, ser un gran sitio para los nostálgicos del rol; no es ese mi caso, porque esa es una forma de entretenimiento que yo conocí de forma muy superflua, pero que siempre me pareció, y me parece, muy evocadora.</p>
<p>Entre el «staff» explicitado en el blog, constan varios nombres, aunque creo que aquel que en la mayoría de los casos firma es <strong>Surf</strong>, profesor de lengua y literatura de Córdoba, cuyo nombre podría ser <strong>Domingo Cuenca Osuna</strong>, dado que en la web publicita un libro bajo ese nombre: <em>Entre críticos y pifias,</em> que leeré algún día, <em>Dios</em> mediante.</p>
<p>Un ejemplo de los «posts» de interés que presenta el blog es uno que difundió <strong>Surf</strong> el 30 de noviembre, celebrando haber encontrado un juego de rol español, publicado en 1988, y que se consideraba perdido desde hace décadas. Y no es de extrañar que así fuera, pues es un trabajo escrito con máquina de escribir y vendido, en su día, en algunas tiendas de Madrid. <strong>Surf</strong> especifica todo lo que puede acerca del juego en su artículo, mas no puede exponerlo para descarga mientras no localice a su autor, <strong>Eduardo M. López</strong>, para que este dé su consentimiento. Yo disfruto con el simple hecho de ver los «scans» del juego, pues ya sabe el lector que adoro la creatividad individual; ya sea la de los que escriben blogs, o ya sea la de los que escriben juegos de rol.</p>
<p>La <em>url</em> del sitio es <a href="https://roldelos90.blogspot.com"><em>https://roldelos90.blogspot.com</em></a></p>
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