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<?xml-stylesheet type="text/xsl" media="screen" href="/~d/styles/rss2enclosuresfull.xsl"?><?xml-stylesheet type="text/css" media="screen" href="http://feeds.feedburner.com/~d/styles/itemcontent.css"?><rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0" version="2.0"><channel><title>Soy Breve. Relatos y cuentos</title><link>http://soybreve.blogspot.com/</link><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="self" type="application/rss+xml" href="http://feeds.feedburner.com/Soybreve" /><description></description><language>en</language><managingEditor>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</managingEditor><lastBuildDate>Mon, 15 Aug 2011 10:00:42 PDT</lastBuildDate><generator>Blogger http://www.blogger.com</generator><openSearch:totalResults xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/">16</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/">1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/">25</openSearch:itemsPerPage><feedburner:info uri="soybreve" /><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="hub" href="http://pubsubhubbub.appspot.com/" /><itunes:owner><itunes:email>noreply@blogger.com</itunes:email></itunes:owner><itunes:explicit>no</itunes:explicit><itunes:subtitle></itunes:subtitle><feedburner:browserFriendly></feedburner:browserFriendly><item><title>Yo mismo (relato rápido - ficción)</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2009/11/yo-mismo-relato-rapido-ficcion.html</link><category>relato</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Thu, 26 Nov 2009 02:38:58 PST</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-6848393923944241568</guid><description>Y un día dejé de utilizar gafas o su versión más cómoda, las lentes de contacto. Decidí ver como mis ojos quisieran ver, como me habían tocado naturalmente vivir sus desgastes, sin artificios, solo abrir los ojos y ver lo que había.&lt;br /&gt;No estoy ciego, quizá tenga algo como cuatro de miopía en cada ojo; para el que vea bien y no entienda de números de visión, explico: veo el autobús cuando se aproxima pero no puedo leer el número hasta que no esté casi encima. Solo veo un terrible animal mecánico que justo cuando viene a por mi, frena. Y allí mismo, en ese pequeño instante tengo que decidir si es el que me lleva a donde voy, o no.&lt;br /&gt;Puedo ver de cerca, puedo leer y ver la comida que como sin necesidad de anteojos. Puedo ver la carita de mi hijo cuando lo acerco a mi para besarlo.&lt;br /&gt;Pero de lejos todo es confuso, irreal y en cierta medida, mágico.&lt;br /&gt;Tomé esta decisión ya cansado de la nitidez y de los detalles de las cosas. Desde mi segundo piso interior, cuando fumaba un cigarrillo en el balcón, solo veía paredes sucias, descorchadas y rotas, esqueletos de antenas en desuso y chimeneas monumentales inútiles. Un conjunto de formas grises que solo aportaban fealdad a mi momento de relax.&lt;br /&gt;Ese momento fue el que me hizo cambiar. &lt;br /&gt;Ahora, entre el humo del cigarro, entre la nebulosa blanquecina y el amorfismo de los elementos, veo desde mi ventana formas sinuosas y redondeadas, las entrañas sin pintura de las paredes ya no son una desprolijidad, ahora se asemejan a algún cuadro de, por ejemplo, Miró. Los aviones del cielo dejaron de ser máquinas para transformarse en alguna clase de pájaro de día o en una débil luciérnaga de noche.&lt;br /&gt;Los patios interiores junto a su ropa colgada, me muestran un paisaje extraño, anodino, indescifrable, donde las prendas se asemejan a gente bailando por el viento.&lt;br /&gt;La vida es mejor así. Sin cosas claras. Lo malo se define bien, se ve bien, en cambio puedo seguir sintiendo lo bueno, olerlo, oírlo, saborearlo, tocarlo incluso, percibirlo de una forma vaga pero segura. Nada tiene que ver la seguridad con no ver los detalles.&lt;br /&gt;Con los años aprendí que los detalles no son importantes sino la esencia es lo que nos lleva a comprender las cosas, la materia primaria, el corazón.&lt;br /&gt;Ya no me importa ver quién lleva la pelota durante un partido de fútbol, ya no. Me conformo con sentir el calor de los espectadores y sus emociones.&lt;br /&gt;Ya no necesito ver a un amigo acercarse a cien metros, me alcanza con encontrármelo casi chocándolo, transformando una encuentro pactado en una pequeña sorpresa.&lt;br /&gt;Ya no quiero ver los escaparates de las tiendas al otro lado de la calle, con las cosas que están de mi lado, ya me alcanza.&lt;br /&gt;Me gusta la sensación incómoda de no saber a ciencia cierta que tengo a unos pasos de mi, prefiero imaginármelo y soñar con formas que realmente no existen.&lt;br /&gt;Siento que entre toda esa bruma yo vuelo, floto, me deslizo por las calles. &lt;br /&gt;En esa bruma, el único que sobresale, soy yo mismo&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-6848393923944241568?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-11-26T11:38:58.822+01:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">9</thr:total></item><item><title>Vuelve Cortázar</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2009/05/vuelve-cortazar.html</link><category>relato</category><category>cortazar</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Tue, 26 May 2009 03:10:33 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-3467077692230013937</guid><description>Hoy se publica en España una recopilación de material encontrado de Julio Cortázar. Mas o menos serán 500 páginas con poemas, relatos, autoentrevistas, cuentos infantiles y muchos etcéteras, ya ven seguro que vale la pena comprarlo. El gran Julio vuelve por nosotros con "Papeles inesperados".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-3467077692230013937?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-05-26T12:10:33.571+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">1</thr:total></item><item><title>Se fue y nos deja tristes</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2009/05/se-fue-y-nos-deja-tristes.html</link><category>texto</category><category>benedetti</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 18 May 2009 01:55:44 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-8912663122330200777</guid><description>Gracias Mario, allá donde estés.&lt;br /&gt;Acá nos quedamos nosotros en este mundo frío que se calentaba un poquito gracias tus letras exquisitas. Acá nos quedamos con la música y la voz de Serrat que hacía canciones preciosas con tus hermosos versos. Acá nos quedamos un poco huérfanos y tristes al perder a uno de los más grandes moldeadores de palabras. Acá nos quedamos con tu enseñanza del compromiso y respeto a los derechos humanos.&lt;br /&gt;Tu vuelas, nosotros, solo nos quedamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Corazón Coraza. Inventario (1985)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque te tengo y no&lt;br /&gt;porque te pienso&lt;br /&gt;porque la noche está de ojos abiertos&lt;br /&gt;porque la noche pasa y digo amor&lt;br /&gt;porque has venido a recoger tu imagen&lt;br /&gt;y eres mejor que todas tus imágenes&lt;br /&gt;porque eres linda desde el pie hasta el alma&lt;br /&gt;porque eres buena desde el alma a mí&lt;br /&gt;porque te escondes dulce en el orgullo&lt;br /&gt;pequeña y dulce&lt;br /&gt;corazón coraza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;porque eres mía&lt;br /&gt;porque no eres mía&lt;br /&gt;porque te miro y muero&lt;br /&gt;y peor que muero&lt;br /&gt;si no te miro amor&lt;br /&gt;si no te miro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;porque tú siempre existes dondequiera&lt;br /&gt;pero existes mejor donde te quiero&lt;br /&gt;porque tu boca es sangre&lt;br /&gt;y tiene frío&lt;br /&gt;tengo que amarte amor&lt;br /&gt;tengo que amarte&lt;br /&gt;aunque esta herida duela como dos&lt;br /&gt;aunque te busque y no te encuentre&lt;br /&gt;y aunque&lt;br /&gt;la noche pase y yo te tenga&lt;br /&gt;y no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mario Benedetti&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-8912663122330200777?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-05-18T10:55:44.113+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">3</thr:total></item><item><title>1. Su sufrimiento es mi gozo</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2009/05/1-su-sufrimiento-es-mi-gozo.html</link><category>texto</category><category>relato</category><category>justiciero</category><category>reggaeton</category><category>justicia</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Tue, 12 May 2009 03:09:35 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-8503966401541223642</guid><description>Ya me estaba cansando de la musiquita machacona de las 7 y media de la mañana. A mi y varios más. Pero el dueño del móvil se empecinaba en que todos supiéramos que estilo y a que volumen le gustaba escuchar su música. Estaba claro, el volumen era demasiado alto y su estilo, simplemente, una mierda.&lt;br /&gt;Un abuelete con cara de cansancio, quizá más por lo vivido que por haber tenido una mala noche, lo miraba con ojos agotados a juego y apoyado en un bastón. Cada vez que se presentía que se iba a dormir sentado, los acordes siniestros se empecinaban en no dejarlo descansar. Ni al viejito ni a todos los demás animalitos trabajadores que estábamos subidos por obligación al Metro. No podía dejar de pensar en las patadas en el culo que le daría, si conociera, a quién se le ocurrió la fantástica idea de ponerle altavoces a los teléfonos móviles.&lt;br /&gt;Con parsimonia y sin querer hacer mucho daño ni  ruido, el abuelo le dice al machacón:&lt;br /&gt;-Puede bajar la música, por favor.&lt;br /&gt;Educado y claro.&lt;br /&gt;El chaval adicto a los ruidos, también llamado reggaeton, lo mira con esa impunidad de saber que en un par de estaciones puede mandar a todos al carajo y bajarse sin que nadie lo persiga y elige decir:&lt;br /&gt;-I’dont speak spanish.&lt;br /&gt;Un inglés más sacado de una canción “hiphopera” que aprendida en la escuela, con ese tonito tan identificatívo que siempre tendría que finalizar con un “my brother” y deja claro que su emisor habla castellano. Quizá no sea un castellano de Valladolid, pero castellano al fin.&lt;br /&gt;Otro pasajero, más joven que el abuelo, de unos 50 años y aspecto fuerte, con la voz más de orden que de favor, le replica levantando el tono un: “Stop de music”, acompañado de una seña con la mano que se parecía al efecto que hace un cuchillo cortando un cuello. Una seña universalmente entendible, en el idioma que fuese.&lt;br /&gt;Su inglés tampoco era  nativo pero lo suficientemente claro y sucinto para dejarle claro al cabrón, que, o apagaba la música o iba a haber problemas. Tampoco su señal de degollamiento daba motivos para la confusión.&lt;br /&gt;Para ser sincero el viaje se me iba haciendo cortito y deseaba ver el final del problema en un ojo destrozado del chaval o en un diente menos y  hasta me conformaba con una buena patada en el estómago. Pero no.&lt;br /&gt;El ruidoso, maleducado y chulo, solo se dignó a mirar al señor con tan mala hostia y maestría en el arte del idioma gestual, que el cincuentón -antes posible castigador-, giró la cabeza, se hizo más chiquito a ojos de todos y comenzó a leer con una atención exagerada, un cartel de una zapatería que se publicitaba en el andén y que estaba estratégicamente ubicado para que un cobardita pudiera verlo y así escaparse de la realidad y la humillación.&lt;br /&gt;Me sentía fastidiado, agobiado y desilusionado, todavía faltaban dos estaciones para mi destino y había sido testigo de actos incívicos, salvajes, cobardes, pasotas y chulescos, pero en ellos no había un atisbo de justicia. El villano se había salido con la suya, había impuesto su ley y se iba a bajar de ese grupo de gente en movimiento con una sonrisa de “brother” moviendo su cabecita al ritmo de su tortura y arrastrando su pantalones tres números más grandes.&lt;br /&gt;No era justo. Al igual que las miserias realmente serias que afectan a este mundo. No era justo. No tan grave como el hambre y la injusticia social en general, es cierto, pero no menos injusto. Solo diferente.&lt;br /&gt;Decidí bajarme una parada antes y terminar mi camino al trabajo caminando. Pero con solo pensar lo mal que me había sentado la situación y su correspondiente mala uva para el resto de la jornada, algo cambió en mi forma de pensar. Realmente no en mi forma de analizar sino en mi forma de actuar en consecuencia con mis indignaciones.&lt;br /&gt;Me puse al costado de él, justo enfrente de la puerta, agarrado a la barra contraria y dejando mi otra mano libre, abierta y bien cerca del chaval.&lt;br /&gt;Cuando llegamos a la estación, las puertas se abrieron, salieron dos o tres personas y justo cuando suena la chicharra que avisa su cerramiento y un segundo después, o quizá menos, de que se activa el mecanismo de las puertas, le robo el móvil con la mano libre y me impulso con la otra contra la barra para salir justo a tiempo con la música aún sonando pero en dos mundos totalmente distintos, yo fuera con el motivo de la discordia y él dentro, así, solito, sin aparatito. En medio, dos puertas bien cerradas y el movimiento del tren recién arrancando pero ya imparable.&lt;br /&gt;Me mira trasformando la cara de sorpresa en furia y su voz inexistente en gritos desaforados –ahora sí en español. Yo lo miraba contento y escuchando la música –que ya casi me parecía soportable- y me di cuenta que no quería que alguien del vagón –lo que creyera él no me importaba nada-  pensara que yo era un ladrón simpático. No. No soy un ladrón.&lt;br /&gt;Sin quitarle la mirada socarrona comencé a golpear el aparato creando una banda sonora que mezclaba sus gritos, el reggaeton y los golpes, en una vorágine de fuerza acompasada que momento a momento iba transformando lo que antes se conocía como un teléfono en pequeñas cositas minimalistas que saltaban a la vista de varias docenas de ojos, que yo creía, eran de agradecimiento.&lt;br /&gt;Estos momentos sublimes de justicia no pueden durar siempre y solo el hecho frívolo y sencillo de saltar la batería hizo que lo que quedaba de móvil dejara de emitir sonidos propios. Todavía hubo un momento más de golpes, gritos y de destrozo total.&lt;br /&gt;Vi como se alejaba el tren y encima de él, alguien que quizá aprendiera algo o que solo lo iba a pasar mal. Con eso me alcanzaba, su sufrimiento era mi gozo. Y ese gozo ante el justo mal ajeno que había despertado dentro de mi, no iba a morir. No doy lecciones, solo le pongo un poco de justicia al día. Y si me dejan, seguiré haciéndolo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-8503966401541223642?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-05-12T12:09:35.997+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">2</thr:total></item><item><title>Luego se fue corriendo...</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2009/04/luego-se-fue-corriendo.html</link><category>relato</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Thu, 30 Apr 2009 01:18:12 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-8743326377280791669</guid><description>Cuatro microrrelatos de menos de 100 palabras, comenzando con: "Luego se fue corriendo...".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relato 1&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Luego se fue corriendo sin mirar ni una vez atrás. No solía actuar de esta manera pero en toda su triste vida –así la definía él mismo- buscó alimentar su ego para tapar la poca cosa que era. Esta vez no se vanaglorió con la muerte que acababa de producir, no se enorgulleció por la limpieza del corte ni con la rapidez de su ejecución. Ni siquiera se ufanó con la elección de la víctima. Esta vez, la mujer que eligió fue su propia madre y basto solo una lágrima de ella para darse cuenta que nunca más mataría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relato 2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Luego se fue corriendo llevándose sin pagar ese autito de colección que le había regalado su abuelo y que su madre había decidido vender junto a tantas otras cosas, en épocas muy malas. Siguió corriendo sin mirar atrás apretando su cochecito con su mano dentro del bolsillo, reconociéndolo con sus yemas, y recordando a su abuelo. Era un acto de justicia no pagar por algo que él nunca habría vendido, pensaba mientras se enorgullecía de lo que para él era una gesta. Tanto escapó que nunca supo que en la tienda de antigüedades nadie se había dignado a darse cuenta del robo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relato 3&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Luego se fue corriendo sin saber que más tarde, esa misma tarde, iba a morir. Nunca había dejado una discusión con María de esa forma, pero hoy le parecía una idea extraordinaria. ¿Qué iba a hacer ella? ¿Perseguirlo por las calles mientras seguía gritándole?. No podía imaginar ni a María corriendo como una posesa detrás de él ni que la calle que estaba cruzando, mientras pensaba lo ocurrente que había sido, era de doble mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Relato 4&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Luego se fue corriendo abandonándome como a un perro, después de tanto tiempo. Pero así pasó. Nunca imaginé que el cariño que me daban de pequeño iba a transformarse paulatinamente en gritos, primero y en palizas, después. Pero nunca quise denunciarlos. Quien iba a decirme que romper esa lámpara sería lo último que iba a hacer, si lo hubiera sabido quizá ni me hubiera acercado, pero esa maldita mosca impertinente se posaba una y otra vez buscando lo que logró. Escaparse de mis garras mientras yo saltaba para su caza y quebraba la lámpara de cristalitos en miles de pedacitos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-8743326377280791669?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-04-30T10:18:12.828+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">2</thr:total></item><item><title>La Autopista del Sur. Julio Cortazar</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2009/03/la-autopista-del-sur-julio-cortazar.html</link><category>texto</category><category>cortazar</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Tue, 31 Mar 2009 00:45:57 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-3915692972854943023</guid><description>Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban con otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Club se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Club lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Club sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles.. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos, Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no se podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle.. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-3915692972854943023?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-03-31T09:45:57.146+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>La Tijera de los Tomates</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/08/la-tijera-de-los-tomates.html</link><category>relato</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 18 Aug 2008 00:25:46 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-4278006328061869523</guid><description>Yo estoy aquí solo, esperando no sé qué, buscando entre mis recuerdos algo que me ayude a entender, busco respuestas y no las encuentro. Nadie sabe dármelas, todos me dicen que siga buscando, que no me dé por vencido, que me sumerja en la profundidad de mi mente, en los vericuetos de mi cerebro enfermo. ¿Enfermo?, tampoco lo sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que él despierta recuerda el mismo sueño, a su mujer leyendo en el porche de la casa de la sierra, a su hija correteando entre los árboles, a él mismo, a su huerta llena de  tomates rojos, duros y brillantes, a las acelgas abiertas como esperando un abrazo, a las calabazas naranjas de un color tan intenso que al atardecer se confunden con el sol, al columpio que él mismo construyó.&lt;br /&gt;Él siente que hasta puede escuchar las risas, los ladridos de su perro negro, y hasta la misma canción que canta el jilguero, día tras día. Luego llega el crepúsculo que da paso a la noche y nace una luna llena, grande y hermosa en un cielo repleto de pequeñas e infinitas estrellas, la brisa nocturna y un silencio tranquilo. Se ve en la cama con su mujer, abrazado e intentando inútilmente hacer círculos con el humo del único cigarrillo que fumaba al día, cerca de ellos está su hija y su respiración pausada y despreocupada.&lt;br /&gt;Soñaba tantas veces lo mismo, pero no se acordaba desde cuando, había aprendido a disfrutarlo, a recordarlo y, de alguna forma, a vivirlo. Pero eso ocurre los días buenos, los días elegidos como él los define.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días malos sueño en gris sucio y salpicado con tonos rojos, no existen las formas definidas y nada es tranquilo ni pausado, muy por el contrario todo tiene una velocidad endiablada, enloquecida y atemporal; es solo una seguidilla de situaciones dolorosas y gritos, muchos gritos. En los días malos nunca me veo a mi mismo, me percibo y aunque esté casi seguro de que soy yo, no me reconozco.&lt;br /&gt;¡Tantas veces soñamos esto también!.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sueño termina todo difuminado y confuso, se escucha un último suspiro de la hija y gritos desesperados de la mujer, luego el silencio, solo silencio. Ya la mujer y su hija están quietas, quietísimas, tiradas donde antes había una alfombra donde dormía el perro negro, no ríen ni gritan más, están desparramadas junto a unas tijeras teñidas de rojo que servían para cortar con tanto cuidado los tomates duros y brillantes. El sonido de fondo son ladridos y aullidos lastimosos.&lt;br /&gt;Y me despierto, él nunca sabe que es lo que ha pasado, yo sí lo sé, yo sí lo recuerdo todo y quiero seguir haciéndolo, quiero sufrir, no deseo soñar con mi mujer y nuestra hijita jugando en la casa de la sierra junto a los árboles y a los frutos de la huerta, me resisto a seguir soñando con abrazos, lunas y estrellas, ahora esa no es mi realidad, antes quizá sí. Yo no quiero descansar, yo no quiero olvidar, yo no quiero tener sueños de los días elegidos gracias al efecto de estas pastillas de mierda que me dan.&lt;br /&gt;Yo soy el que se despierta después del sueño horrible y agobiante, soy quien se despierta y se odia. El del sueño bonito es él, yo soy el que durante los próximos años tiene que pagar por lo que hizo, el que tiene que morir con la culpa. Al que no le alcanza estar encerrado para siempre.&lt;br /&gt;Yo, el dueño de las tijeras rojas, y no el que construyó un columpio para su hijita.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-4278006328061869523?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-08-18T09:25:46.205+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">6</thr:total></item><item><title>Me llamo Xistra</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/me-llamo-xistra.html</link><category>cura</category><category>relato</category><category>cuento</category><category>colorada</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Tue, 29 Apr 2008 01:41:06 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-3525537171767748601</guid><description>-    Puto pueblo, pensé. Acá no pasa nunca nada, nada de nada, maldita idea la mía de abrir una taberna frente a la iglesia de esta aldea.&lt;br /&gt;Me llamo Xistra, pero todos me conocen y me dicen &lt;span style="font-style: italic;"&gt;la colorada,&lt;/span&gt; obviamente porque soy pelirroja, la única en las inmediaciones del pueblo. Por lo menos en algo soy especial, bueno después de todo tampoco estoy mal, a mis casi 35 años, tengo todo en su sitio y los hombres siguen mirándome con esa cara de tontitos salvajes, mitad “soy un hombre bueno” y mitad “si te pillo, te mato”. Pobrecitos.&lt;br /&gt;Antes de perderme acá, vivía en Barcelona donde compartía la vida, mejor dicho, la cama, con el último idiota que soporté. Un viajante de comercio que creía que por dos noches a la semana que venía a casa tenía derecho a ser el rey, sí, el rey de los vagos y de los acomodados. Antes dije “la casa”, demasiado sustantivo como para definir un cuarto inmundo en el casco viejo. Allá trabajaba también de camarera para un jefe muy tacaño. Un francés gordo que solo le obsesionaba el dinero y nunca tiraba nada de comida, no me refiero a que la comida del menú del día anterior sirviera para las tapas del día siguiente, sino aún era peor; Para él, por ejemplo, todos los quesos pasados y mohosos se convertían después de un tiempo en roquefort y los empleaba (muy especiado) como salsa o como relleno de otras cosas recicladas. Es más, casi toda su comida se basaba en platos con salsas extrañas que opacaban un poco el sabor de carnes algo pasadas. Con el vino era igual, no solo rellenaba todas las botellas con un vino pobre de bidón de 5 litros, sino que después, en el escondrijo de la cocina, también utilizaba los fondos de los vasos. El muy asqueroso decía que si estaba todavía en el vaso, era porque nadie lo había tocado y que le pertenecía. Menudo cerdo!.&lt;br /&gt;Mi vida por esas épocas era rutinaria y cuando no estaba trabajando en el restaurante, me quedaba en mi cuartucho leyendo. No tenía ni radio ni televisión, a decir verdad solo había una bombilla y un enchufe, pero me las arreglaba bastante bien casi sola –salvo los dos días cuando venía el “rey”-, sola con la compañía fiel de mis libros. En Barcelona había una biblioteca grande donde todo lo que quería lo conseguía, pero aquí, en esta aldea, los libros que leo son los que me presta mi amigo Fermín.&lt;br /&gt;Fermín es el cura de la iglesia, es muy buena persona y no me anda con sermones ni tonterías. Es una lástima que un hombre bueno sea cura. Yo noto que le gusto por su mirada algo cohibida y distraída, pero con intensión y a decir verdad, él también me gusta, o quizá solo me de morbo, realmente no estoy segura.&lt;br /&gt;Nunca lo he visto como un “hombre” sino solo como amigo, alguien con quien puedo hablar de cualquier cosa, Fermín es bastante educado y culto, todo lo contrario que los paletos del pueblo. Nunca estuve con un sacerdote, todavía no está en mi lista de equivocaciones, hubo marineros, golpeadores, vividores, idiotas y otros con dos o tres características juntas. Pero Fermín es distinto al resto, es joven, podría decirse que buen mozo y es muy amable conmigo pero (siempre hay un pero en mi vida) es el cura de Los Ancares. Hoy prometió venir a verme por la tarde para traerme unos libros que le habían donado a la iglesia, y que salvo nosotros dos, nadie lee.&lt;br /&gt;Esperándolo, recordé cómo se me había ocurrido llegar aquí. Ya cansada de mi vida miserable y rutinaria en la ciudad, pensé en como dejarlo todo e ir a un lugar tranquilo donde todo funcionara más despacio y que no se necesitara tanto dinero para sobrevivir, así que después de darle muchas vueltas, tomé la decisión. El viajante, con quien estuve,  no confiaba en los bancos, así que llevó una gran cantidad de dinero, que había cobrado, a la casa y lo dejo escondido en el cajón de los calcetines. Pero por supuesto, como él nunca fregaba, lavaba, cocinaba ni hacía nada, tardé solo un día, durante mis quehaceres, en encontrar mi oportunidad de irme junto a los calcetines descoloridos. Nunca me había sentido tan recompensada por el trabajo de la casa, así que el idiota, no solo ya no confía en los bancos, seguramente ahora tampoco en las mujeres y menos en las coloradas.&lt;br /&gt;“Ya debe estar por llegar” pensé, mientras miraba el reloj de Coca Cola.&lt;br /&gt;Eran las seis de la tarde cuando la puerta se abrió. Del otro lado estaba el padre Fermín, blanco como un difunto, con una mirada distinta a otras veces. Avanzó hacia mi y saludó:&lt;br /&gt;-    Hola Xistra  -él nunca me llama colorada-.&lt;br /&gt;-    Hola Fermín, estás raro, ¿te pasa algo? ¿Y los libros?&lt;br /&gt;-    ¿Qué libros?&lt;br /&gt;-    Los libros que me prometiste, le recordé&lt;br /&gt;-    No hay&lt;br /&gt;-    No hay, qué?&lt;br /&gt;-    No hay nada, ni libros ni hostias! Me contestó de mala manera.&lt;br /&gt;-    ¿Qué te pasa Fermín, por qué me tratas así? -Nunca me había hablado de esa manera-.&lt;br /&gt;-    Perdona Xistra, vengo de Vetusta donde enterraron a mi tío.&lt;br /&gt;-    Ay,!, lo siento! Lo siento mucho!&lt;br /&gt;-    No lo sientas, yo no lo siento, creo que por fin se ha ido siendo más humano que cuando estaba vivo.&lt;br /&gt;-    Bueno, ya pasará. No estés tan mal, ¿quieres un té?&lt;br /&gt;-    No estoy mal por lo de mi tío.&lt;br /&gt;-    ¿Entonces que te pasa?&lt;br /&gt;-    ¿Alguna vez tuviste la impresión, mejor dicho, la certeza, de que los sucesos de un día te pueden cambiar toda la vida?&lt;br /&gt;Me contesté afirmativamente para mis adentros, claro que lo sabía, y mi último hombre también. Sonreí levemente imaginando su cara&lt;br /&gt;-    ¿Quieres contármelo de una vez?, ¿quieres el maldito té?, le pregunté sirviéndoselo.&lt;br /&gt;Fermín tomo aire y mirándome fijamente –con una variación rara de su mirada- me dijo:&lt;br /&gt;-    Me echan del pueblo y me destinan a una pequeña capilla en la costa. ¿Quieres venirte conmigo?&lt;br /&gt;-    ¿Cómo?, le pregunté sorprendida pero habiendo escuchado perfectamente.&lt;br /&gt;-    Si quieres venirte conmigo.&lt;br /&gt;-    ¿Estas loco? Como me voy a ir contigo si eres cura. ¿Comenzaste a beber?, le pregunté mordazmente.&lt;br /&gt;-    No voy a aceptarlo.&lt;br /&gt;-    ¿Qué no vas a aceptar qué?. ¡Te has vuelto loco!&lt;br /&gt;-    No voy a aceptar el traslado, voy a renunciar como cura.&lt;br /&gt;Esperaba libros y ahora tenía a un amigo ex cura frente a mí preguntándome si me quería escapar con él. Sí, los sucesos de un día nos pueden cambiar la vida, sin lugar a dudas.&lt;br /&gt;-    ¿Y a donde piensas ir?&lt;br /&gt;-    Lejos de esta mierda, me dijo y traté de recordar si alguna vez había dicho un taco. – lejos de aquí, mi padre, que en paz descanse, era pescador y tiene o tenía una casita en la costa murciana. ¿Quieres venir o no?&lt;br /&gt;-    ¿Por qué te han echado del pueblo?&lt;br /&gt;-    No me parece importante&lt;br /&gt;-    A mí sí, acabas de invitarme a escaparme contigo a la casa de tu padre pescador, ¿no te parece que merezco una explicación?. En realidad la necesito.&lt;br /&gt;-    ¿Quieres que sea sincero?&lt;br /&gt;-    Claro, todavía sigues siendo sacerdote…&lt;br /&gt;-    Bueno… después de la ceremonia de mi tío, probé la carne del pecado&lt;br /&gt;-    A ver Fermín… tampoco me hables como un apóstol, ¿de qué carne me hablas? ¿Estuviste con alguien? Pregunté con una curiosidad morbosa.&lt;br /&gt;-    ¿Conoces a Ana?&lt;br /&gt;-    ¿Quién?, ¿la buscona?, ¿has estado con esa?. Ya me sentía morbosa y alterada.&lt;br /&gt;-    Si, pero no le digas así.&lt;br /&gt;-    ¿Que no le diga así? ¿Y cómo quieres que le diga? Si todos saben y se dan cuenta que a ti siempre te ha mirado no solo como el cura del pueblo. ¿Cómo pudiste?. ¿Y por qué ahora me invitas a irme contigo?, de cura pasas a cabrón en un segundo, eres igual a todos, ningún hombre puede tener la picha en paz.&lt;br /&gt;-    No digas eso, no pude evitarlo, no sé como sucedió, como me dejé atrapar…&lt;br /&gt;-    Igual que todos pensando con la polla. Me avergoncé de ser tan soez, pero me sentía totalmente defraudada y algo celosa del único hombre que todavía no me había fallado. – ¿Cómo pasó?.&lt;br /&gt;-    Ayer por la noche, después de lo de mi tío, me invitó a merendar en la cocina del hostal donde estábamos parando.&lt;br /&gt;-    ¿Parando?, ¿te fuiste con ella a Vetusta?&lt;br /&gt;-    Sí. Pero en habitaciones separadas, me acompañó porque quería rezar conmigo por mi tío…&lt;br /&gt;-    Y tu te lo creíste!, esa zorra…&lt;br /&gt;-    No la llames así, me dijo casi sin fuerza ni convencimiento. Ella estaba allí, yo estaba algo triste y confundido y aunque sea del señor, el hombre vive reprimido dentro, y ayer no aguantó y salió a comer. Se rió un poquito de su ocurrencia, como para quitarle algo de seriedad al tema. No lo consiguió.&lt;br /&gt;-    ¿Estás arrepentido?&lt;br /&gt;-    No. Para nada. Me gustó.&lt;br /&gt;-    ¿Te gustó?&lt;br /&gt;-    Sí, me gustó el sexo-. Y al ver mi cara enseguida agregó: -perdóname, Xistra, por ser tan irrespetuoso pero quiero hablarte con franqueza.&lt;br /&gt;No pude evitar sentirme incomoda y al mismo tiempo me gustaba la sensación que recorría mi cuerpo, una mezcla de sorpresa y leve excitación. Fermín ya no era Fermín. Era una sombra del cura con una fuerza de hombre que parecía haber estado luchado desde hace tiempo. Y me gustaba, aún más que antes.&lt;br /&gt;-    ¿Y ahora, qué?, ahora que descubriste que eres un semental ¿quieres dejarlo todo, abandonarlo todo?&lt;br /&gt;-    No me hables así. No es por eso, no quería dejar el pueblo, me obligan a dejarlo, Ana es la amante del patriarca de Vetusta y tú sabes el poder que tiene en la zona. Pero ya eso no me importa, pasó y listo.&lt;br /&gt;-    Pero bueno! ¿Y no quieres que la llame zorra?. Seguro que lo hizo a propósito, seguro que lo anduvo contando por ahí, encima de golfa, chismosa…&lt;br /&gt;-    No, me interrumpió, - no fue ella. Fui yo quien se lo conté al patriarca, para lavar mis culpas, pero yo no sabía que era su amante. No me importa lo que piense él y no estoy arrepentido por descubrir nuevas verdades de esta vida pero sé que no hice lo correcto ante los ojos de Dios.&lt;br /&gt;Pobre Fermín, sentí un poco de lástima por él, una vez que prueba algo diferente y se equivoca. Qué mala suerte. En este momento, frente a él y a sus ojos sinceros y extraños, no pude evitar pensar que, quizá, ante mí había un hombre de verdad.&lt;br /&gt;-    ¿Y ahora?, ¿te parecería bien que me escapara contigo, cuando ayer te acostaste con la perra esa?. Te sientes desilusionado contigo mismo porque eres un  clérigo y no por acostarte con esa. Yo no soy una mujer fácil y menos suplente de una puta. Perdona si te digo la verdad con tanta crudeza, quiero ser sincera contigo también. Tu me gustas pero así no se hacen las cosas. Me parece que solo sería una compañera de aventura para ti, y yo, después de equivocarme miles de veces, busco algo distinto, algo, no sé, diferente, algo único, alguien tranquilo, que me respete, yo no quiero ser el segundo plato de nadie. No pude evitar comenzar a llorisquear, recordando todo el daño que ya me habían hecho los hombres en el pasado. Entonces Fermín me pone una mano en el hombro y me dice:&lt;br /&gt;-    Xistra, ¿qué prefieres tú, un hombre que haya vivido entre el pecado de la carne durante mucho tiempo, que haya estado con muchas mujeres, que sea vicioso y egoísta o un hombre como yo, que con casi nada de experiencia, puedo aprender de ti?, y no solo en el sexo sino fundamentalmente en el amor. Esa mujer solo me inició en el sexo, solo me abrió los ojos, solo hice –que Dios me perdone- lo que siempre soñé hacer contigo. Tu siempre me atrajiste pero te veía como una grave ofensa hacia Dios. Ahora ya no.&lt;br /&gt;Otra vez me sentía confundida. Otra vez tenía la impresión de que me estaban engañando. Otra vez me insulté a mi misma. Otra vez pensé que lo que viniera no podía ser peor que mi vida actual. Entonces, traté de hacer a un lado mis malos recuerdos y le dije:&lt;br /&gt;-    Quédate hoy conmigo y mañana vemos.&lt;br /&gt;Su expresión, cambió radicalmente, se le iluminó la cara gracias a una sonrisa que nunca le había visto, me miró con unos ojitos también nuevos para mí, y me dijo:&lt;br /&gt;-    Vale &lt;span style="font-style: italic;"&gt;colorada&lt;/span&gt;, me quedo y mañana durante el desayuno hablamos.&lt;br /&gt;-    Fermín…&lt;br /&gt;-    ¿Qué?&lt;br /&gt;-    Llámame Xistra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-3525537171767748601?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-29T10:41:06.806+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">9</thr:total></item><item><title>Las Judías y los Colores</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/las-judas-y-los-colores.html</link><category>relato</category><category>judias</category><category>colores</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 08:46:08 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-1573737847660678611</guid><description>Claudio se levantó por la mañana a la misma hora de siempre, desayunó un café solo con tostadas y mantequilla -como hizo ayer- y se duchó cumpliendo el horario estipulado en su rutina diaria.&lt;br /&gt;Esa mañana cumplió casi todos los horarios a rajatabla, lástima que el Metro llegó tarde y por cinco miserables minutos entró agobiado al trabajo.&lt;br /&gt;El trabajo de Claudio es monótono y rutinario. Las planillas, las facturas y las nóminas forman parte de su maravilloso mundo laboral y él siempre cumple con sus tareas sin quejas. Pero no solo por obligación sino porque le gusta su trabajo.&lt;br /&gt;Después de desayunar por segunda vez en la máquina de café se dirigió al servicio a aliviarse, siempre se mete en el último cubículo, el más alejado y el más amplio. Pareciera que en épocas antiguas justamente en ese baño había quizá una ducha, por eso su amplitud, ya que ahora solo hay un inodoro acompañado de unos azulejos estándar de color blanco muy en boja en los hospitales y en los manicomios, justo enfrente del retrete hay una puerta blanca, hoy tiene una llave roja en la cerradura. Claudio elige este baño por estar un poco apartado de los otros y ahí se siente más cómodo y relajado.&lt;br /&gt;Desde  el primer día que descubrió la puerta del cubículo, le llamó la atención pero nunca se animó a abrirla, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¿para qué?&lt;/span&gt; Pensaba, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;si seguro que es un armario con los enseres comunes a casi todos los baños: papel higiénico, papel para secarse las manos, jabón y quizá también algún que otro producto de limpieza&lt;/span&gt;, pero eso es lo que imaginaba ya que nunca lo había comprobado.&lt;br /&gt;Cuando terminó de utilizar el inodoro, levantó la vista y al ver la llave roja en la puerta pensó que de una vez por todas la abriría para corroborar que era un armario y terminar con el pequeño misterio, tiró de la cadena, se levantó los pantalones, se los abrochó con una mano y con la otra comenzó a girar la llave que tanto resaltaba en la puerta blanca, cuando ya estaba liberada la cerradura, cogió el pomo y mientras abría, iba asomando la cabeza. Bastante sorpresa le causo no descubrir un armario sino un pequeño pasillo de unos 3 metros de largo con otra puerta, esta vez roja con llave blanca. Cuando iba avanzando por el pequeño corredor, ya estaba arrepintiéndose y pensó que era mejor dar la vuelta y volver a su oficina. Pero la curiosidad se le despertó de repente, a él, tan poco amigo de las aventuras y los descubrimientos, sonrió al pensar esa tontería y abrió la segunda puerta, cuando vio lo que había ya era tarde para volver atrás, lo único que quedaba era saludar a esas personas, decir que se había perdido y volver por fin a su trabajo.&lt;br /&gt;La nueva oficina tenía abundante luz y paredes de colores donde colgaban posters de grupos de música, todo parecía estar decorado como una habitación de adolescentes. Por lo demás la disposición era parecida a su oficina gris del otro lado, escritorios, papeleras, ordenadores, todo se disponía de manera similar pero flotaba en el aire una &lt;span style="font-style: italic;"&gt;extraña sensación de felicidad&lt;/span&gt;, eso pensó él, pero después se rectificó mentalmente, no era felicidad era  como alegría. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sí, es demasiado alegre&lt;/span&gt;, pensó.&lt;br /&gt;Ya sin poder huir como hubiese preferido, al encontrarse con las miradas y sonrisas de la gente que allí trabajaban (contó mentalmente 15), los saludó cortésmente, se disculpó y al querer salir se dio cuenta que la puerta por donde había entrado no tenía asa, le pareció bastante coherente: no era lo mismo encontrarse con una oficina al final de un pequeño corredor que a una persona sentada en un inodoro, de frente, con los pantalones bajados.&lt;br /&gt;-¿Quiere quedarse?, escuchó de repente&lt;br /&gt;-¿Cómo?, preguntó&lt;br /&gt;-¿Si quiere quedarse aquí?, repitió la voz femenina que parecía salir de un monitor.&lt;br /&gt;-Perdón, no entiendo la pregunta, lo siento pero tengo que volver a mi oficina ¿Cuál es la puerta de salida?.&lt;br /&gt;En el despacho de colores habían cuatro puertas, una era por la que había entrado (sin asa), una puerta azul en la pared perpendicular a la primera, una tercera enfrente también sin pomo y una cuarta que parecía ser un armario –pero ya nunca daré nada por seguro, pensó- que estaba detrás de la dueña de la voz que ya sí se puso de pie y Claudio la pudo apreciar. Alrededor de 40 años, ropa informal y un color de pelo más cerca del lila que del violeta&lt;br /&gt;-Puede salir por ahí, por la puerta azul pero ¿no quiere trabajar con nosotros?&lt;br /&gt;Ya la sorpresa se transformó en inquietud y estaba a mitad de camino entre el miedo y la incredulidad, él que odiaba las sorpresas –darlas y recibirlas-, él que se agobiaba cuando cambiaban algún producto de lugar en el supermercado, él que había conservado la soltería a sus 50 años, no porque no haya tenido ninguna relación sino mas bien el coqueteo con la responsabilidad y la familia le producían nauseas.&lt;br /&gt;-Discúlpeme señora, usted es?&lt;br /&gt;- La jefa, respondió la jefa.&lt;br /&gt;-Ah, encantado… pero tengo la obligación de volver a mi sitio de trabajo, mis compañeros y principalmente mi jefe se estará preguntando que estoy haciendo en el baño. Aunque lo había dicho solo para librarse de la conversación, le produjo angustia reflexionar sobre lo que sus compañeros pensaran de él y su tardanza, pero se le ocurrió inventarse una descompostura producida por las judías que había comido anoche.&lt;br /&gt;-Si usted quiere puede quedarse a trabajar con nosotros y yo hablo con su jefe.&lt;br /&gt;-Discúlpeme señora...&lt;br /&gt;-Elisa, lo interrumpió.&lt;br /&gt;-Vale... Elisa, ¿quienes son ustedes?&lt;br /&gt;Otra voz esta vez masculina que venía de un lateral quiso contestar, su dueño se levantó –un joven de aproximadamente 25 años con cara angulosa y ojos despiertos- le explicó: -Pertenecemos a la misma empresa que usted pero del otro lado.&lt;br /&gt;– Del otro lado? Qué lado?&lt;br /&gt;- El lado de los colores, el lado creativo, el lado especial, llámelo usted como quiera. Nosotros llegamos a este sitio por la misma puerta que usted, obviamente yo entré por la del baño de damas (ahí entendió Claudio a donde llevaba la puerta que tenía enfrente). Todos fuimos llegando y luego nos comunicaron que podíamos quedarnos aquí con mejor sueldo, horarios, en definitiva mejores condiciones, nadie que haya atravesado la puerta, volvió a la zona gris.&lt;br /&gt;Claudio le pareció reconocer a alguno de los que estaban en la oficina recién descubierta, en su tiempo quizá había pensado que se habían ido de la empresa y ahora estaban detrás de una puerta que daba a su baño.&lt;br /&gt;- Pero… no entiendo…por qué la empresa está dividida…en colores?&lt;br /&gt;- Realmente nosotros trabajamos paralelamente a ustedes, cada departamento tiene su copia aquí y hacemos el mismo trabajo pero mejor.&lt;br /&gt;- ¿Mejor? Preguntó algo molesto Claudio&lt;br /&gt;- Sí, mejor. Realmente la zona de colores es tan rentable que podríamos prescindir del lado antiguo y no pasaría nada. Pero la empresa y sus jefes supremos –no los intermedios- los jefes jefes –remarcó la señora- quieren comprobar cual de los lados es el mejor y el más rentable, entre los jefes hay algunos grises y otros llamados de colores, cada uno defiende su zona y mientras la empresa siga dando dinero funcionamos paralelamente. Claudio ya había confirmado que la puerta que estaba detrás de la jefa no era un armario, por allí se encontrarían con los otros departamentos.&lt;br /&gt;-Mire – continuó la señora - yo soy una jefa jefa, del lado de colores. Quédese a trabajar con nosotros, haga aquí lo mismo que allá pero distinto. Siempre necesitamos gente nueva, cada vez tenemos más trabajo. No pierda esta oportunidad, aquí es diferente y no se va a arrepentir.&lt;br /&gt;“Diferente o distinto”, eran palabras que no le gustaba, ¿qué significaba ser diferente o trabajar diferente?, ¿distinto?, él quería seguir haciendo lo mismo de siempre, él era un hombre común y lo veía como algo bueno. Él no quería que su vida cambie, siendo así se sentía bien.&lt;br /&gt;-Tendré que pensarlo, ahora tengo que regresar, dijo para librarse de su aturdimiento ¿La salida? ¿la puerta azul, no?. Preguntó retóricamente.&lt;br /&gt;- Si pasa esa puerta estará automáticamente despedido –dijo con firmeza pero sin enojo la jefa suprema de los colores.&lt;br /&gt;- Pues, no me gusta que me agobien y tampoco quiero cambiar de trabajo, lo siento pero me voy…&lt;br /&gt;Se dirigió a la puerta pensando que quizá esa mujer mentía o que todo había sido una broma de pésimo gusto, abrió finalmente la puerta y la cruzó no sin dar una última mirada al lado de colores, todos lo miraban con algo de asombro, del otro lado se encontró con otro pequeño corredor, que terminaba en otra puerta, al atravesarla entró a una habitación cuadrada con solo un escritorio como mobiliario y un sobre encima de él. “La liquidación” pensó.&lt;br /&gt;El sobre contenía una nota que decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Usted ha sido despedido de la última oportunidad que tuvo de cambiar de trabajo, de elegir un sitio mejor y de progresar. Lo sentimos mucho pero usted pertenecerá en el lado gris hasta que se jubile o nos abandone. La llave roja era la clave. Si comenta algo de lo ocurrido con alguien, automáticamente será despedido de forma real y acusado de traición a la empresa. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claudio respiró aliviado y se sintió muy bien, como distinto, él no veía una pérdida de oportunidad, él había tomado una decisión, se había enfrentado a un cambio aún más abrupto que la oficina de colores, él se había enfrentado con su despido y sentía que había ganado, seguiría haciendo el trabajo de siempre, en la misma oficina, con la misma gente pero experimentaba un cambio interior.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“La empresa funciona por nuestro lado, seguro, los jefes quieren gente como yo, consecuente con su trabajo y no como los “loquitos” de al lado, esos sí que son un experimento”&lt;/span&gt;, pensó&lt;br /&gt;Entonces Claudio, ya relajado, sonrió y caminando rápido se fue hacia su oficina de siempre pensando en el trabajo atrasado y en que las judías eran una excelente excusa de su tardanza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-1573737847660678611?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T17:46:08.227+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">2</thr:total></item><item><title>Carta al Alcalde</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/carta-al-alcalde.html</link><category>carta</category><category>relato</category><category>alcalde</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 08:33:31 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-9016553220871535812</guid><description>&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Estimado Alcalde de Villa Carlota&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Señor Juan Sánchez Ordoñez de la Red:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante todo tengo que pedirle perdón por no dirigirme a usted como ilustrísimo, forma de más bastante ridícula, pero que protocolariamente corresponde al cargo que ostenta según la voluntad popular de este pueblo de gilipollas. Considero que “estimado” es más que suficiente para poder escribirle sin salirme tanto de las formas.&lt;br /&gt;Soy Pablo Díaz y vivo y trabajo (como usted seguro sabe) en el número 3 de la calle Jaunarena y como gilipollas confeso no voy a votarlo nunca más. Y nunca más significa nunca más. Y aunque su partido –o movimiento vecinal, para ser más exactos- sea la única propuesta para las elecciones, prefiero meter dentro del impoluto sobre blanco una gran loncha de jamón serrano, antes que poner la boleta de su agrupación.&lt;br /&gt;Usted se preguntará el carácter de esta misiva y que me lleva a escribirle en estos términos. Es simplemente que mi paciencia está llegando a su límite racional.&lt;br /&gt;Le cuento porque he llegado a mi límite de aguante, hoy mismo, por ejemplo, después de abrir el grifo de mi cocina, para llenar de agua mi tetera, me he encontrado con la sorpresa -la verdad que cada vez son menores- de que en vez de salir agua potable caliente como en casi todos los pueblos de este país, salió CocaCola. No soy tonto y sé que usted, con el poder que le confiere la votación popular, firmó un convenio con la citada empresa para la distribución de su refresco por toda la red de agua potable de las cocinas del pueblo, gracias por prever la separación entre cocina y lavabo, ya que sino sería realmente un desastre. No es que no me guste la Coca Cola, ni que no me guste la Fanta naranja que sale del grifo del agua fría, pero tener que recoger agua del baño por no apetecerme un té rojo con CocaCola, se está saliendo de madre. Eso sin contar al pobrecito de mi perro que tiene que meter la cabeza en el inodoro porque la Coca Cola no lo deja dormir por las noches. Aparte del acuerdo económico con esta empresa, también sé que su feliz decisión fue tomada después de un referéndum que realizó a adolescentes (futuros votantes según usted) en los dos colegios de la zona.&lt;br /&gt;Le recuerdo que hace dos meses, en otra consulta, esta vez a los viejecitos de nuestra residencia, decidió prohibir el tránsito de cualquier vehículo, salvo bicicletas o patinetes, por el pueblo, la idea era evitar que cuando cruzaran la calle para participar de sus juegos de jubilados (petanca, ajedrez o darle de comer a las palomas) no sufrieran un accidente. Al principio a todos nos pareció, como decirlo suavemente, folklórico, que todo el pueblo fuese peatonal y libre de humo, pero tener que ir a la carretera de entrada a buscar la bombona de gas porque al butanero no le apetece cargarla a pie, me resulta excesivo.&lt;br /&gt;Su idea de fomentar la fornicación entre los solteros y las prostitutas del único puticlub de la aldea, condimentada y adornada con descuentos, nos resultó pintoresca, ya que se trataba de darle un empuje a la profesión más vieja del mundo y que lo habían decidido las meretrices en una encuesta. Pero que sea obligatorio una vez por semana para los mayores de 16 años, hasta completar el aforo del club, ya raya lo dictatorial.&lt;br /&gt;Ya ve que muchísimas cosas me molestan de su gestión, pero la peor para mí, carnívoro voraz, fue su fantástica decisión de prohibir toda la carne para consumo en el pueblo, todo por respetar las ideologías de tres o cuatro vegetarianos que se sentían ofendidos cuando pasaban frente a nuestra carnicería. No era suficiente tapar los escaparates, no, para usted el pluralismo tiene limites insospechados. Y Ni hablar de nuestro pobre carnicero que ahora corta filetes de berenjena.&lt;br /&gt;Cuando decretó, perdón, cumplió con la voluntad de los vecinos más vagos, de eliminar todas las paradas de autobuses y obligar a la empresa concesionaria a pasar por todos los portales del pueblo, aunque se tardase en recorrer la villa más de una hora, lo aguanté. Pero que una vez y en sistema rotativo tengamos que prepararle la merienda al chofer de autobús, cruza el límite de lo aceptable.&lt;br /&gt;Sé que no soy el único que protesta contra sus decisiones, pero no me explico como nadie en este pueblo de paletos se levanta contra sus mandamientos, sospecho que quizá sea por la banda ancha de Internet gratis que le ofrece a los pocos jóvenes que viven aquí, o por el canal satelital, también gratis, que ofrece a los amantes del fútbol y las películas, o tal vez por el aguinaldo que reparte entre todos, salido de los subsidios del gobierno central, o por repartir a fin de año una canasta navideña (sin cárnicos) a todos los vecinos. Será por estas cosas que el pueblo no se subleva contra sus referéndums, consultas, encuestas o petitorios.&lt;br /&gt;Pero realmente esta carta no solo es para quejarme, sino más bien que es para reclamar su presencia en nuestra funeraria. Le recuerdo que la disposición vecinal Nº 69/07, entra en vigor mañana. Y será mañana cuando por fin comience a regir la norma que es su momento fue peticionada y aceptada por usted.&lt;br /&gt;Le recuerdo que la disposición vecinal nos obliga y nos compete a nosotros, los profesionales de la muerte, el decidir por los vecinos cuando deben morir. Me encantaría que me honre con su presencia, ya que siendo usted el ilustrísimo alcalde de Villa Carlota, tiene el honor de estar primero en mi lista de muertos consensuados por nosotros, los profesionales de la muerte (nombre que usted mismo nos impuso) y sumado a ser el número uno también tengo el orgullo de hacerle saber, que por ser usted la persona más importante e influyente de esta comarca, la Casa Díaz Funeraria, le obsequiará un ataúd de madera de roble, con un interior acolchado recubierto de seda china y considerándolo el mentor de esta sociedad pequeña pero más plural, ya tenemos consignado una hermosa parcela en el lado Este del cementerio –junto a nuestro fundador- para que le dé el sol que tanto le gustaba tomar desnudo en la plaza del pueblo según el deseo y la petición de los naturistas de nuestra comarca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esperando verlo lo antes posible por aquí, lo saluda atentamente, Pablo Díaz.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-9016553220871535812?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T17:33:31.794+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El Canario</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/el-canario.html</link><category>canario</category><category>relato</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 08:30:54 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-509547572024495912</guid><description>La puerta golpea el marco ayudada por el viento, yo puedo verla si pego mi mejilla a la única ventana que tiene mi cuarto. De la puerta cuelga un candado cerrado. Cerró el candado mal. Con mi cara pegada a la ventana veo esa puerta que me separa de la libertad, bueno, en realidad son dos las puertas, la primera es la de mi cuarto que conecta con el salón y la salida. La de mi cuarto, de madera y solo cerrada por un pasador, se puede derribar fácilmente de una patada, la otra ni siquiera necesitaba un golpe, iba y venía, y es como si me dijera ven y ábreme de una vez, ven aquí, atraviésame.&lt;br /&gt;Mi condena es ser el hijo del exportador de cereales más importante del sur, y por todo su dinero yo soy uno de los secuestrados más rentables del país. Quiero dejar constancia de mi existencia hasta hoy mismo, y de mi más que posible fracaso y muerte.&lt;br /&gt;Hoy por vez primera vez él se fue y me dejó solo, hace como dos semanas que estoy encerrado y creo que hace una que mi padre pagó el rescate, la única posibilidad de que salga de aquí, seguramente, sea muerto, esperaría que él me arrastre hasta un lugar con tierra blanda y que me entierre malamente y quizá hasta me cubra con hojas mustias y piedras por encima sin ni siquiera tomarse el trabajo de cavar una buena sepultura.&lt;br /&gt;Podrá usted notar que ya no me importa morir, ya pasé por esa etapa y no me quedan ni lágrimas, ni fuerzas, ni siquiera esa esperanza que nunca se pierde. Hace dos semanas tenía miedo y desde hace una que espero que me mate de una vez por todas. No quiero seguir aquí encerrado y morirme de hambre. Ya no me acuerdo desde cuando no como ni bebo nada, quizá cuatro días o quizá antes. Quizá el hijo de puta no vuelva más.&lt;br /&gt;Usted que quizá este cómodamente en el sofá bebiendo una cerveza fría, Dios casi puedo saborearla, se estará preguntando porqué carajo no pateo la puerta de mi habitación de una vez y salgo de la casa corriendo como loco a buscar ayuda, no puedo hacerlo, tengo agorafobia.&lt;br /&gt;Seguramente nunca habrá escuchado hablar de esta enfermedad, es una fobia, que simplificando, es el miedo a los espacios abiertos, me ataca el pánico, me ahoga la ansiedad y me paralizo. Puedo controlarlo con medicación pero ya se me acabó.&lt;br /&gt;Para que se haga una idea, cuando no sabía lo que tenía y mis padres pensaban que era retrasado, me llevaban a ver el parque desde el auto y por la ventanilla veía jugar y correr a los niños, veía que se divertían, reían, ¡maldito sea mi mundo!. Inclusive medicado no puedo estar totalmente tranquilo en un sitio que sea grande y abierto, no aguanto más que el ancho de una calle. Otro síntoma es el agobio que me produce las grandes aglomeraciones de personas. Recuerdo un día que estaba paseando con mi madre, caminábamos distraídos charlando, recorriendo solo calles estrechas y justo cuando pasábamos por la parte de atrás de un centro comercial, se abrió una puerta y me sorprendió una avalancha de gente que salía del cine, en ese momento sentí morir, me dio tanto miedo que solo pude tirarme al piso en cuclillas, meter mi cabeza entre mis rodillas y rogar para que se pasara todo pronto.&lt;br /&gt;Tal vez el hijo de puta dejó la puerta abierta a propósito.&lt;br /&gt;Sigo mirando por la ventana, veo un bosque bastante lejos, llegar a él sería como un oasis en medio del desierto, no habrán más de 200 metros desde aquí. Parece que la casa está en el medio de una gran explanada de tierra. No tengo ni puta idea donde estoy.&lt;br /&gt;Que lindos son los bosques, infranqueables con su techo natural. Que cerca estoy de ellos, basta Dios! Eres un cabrón, ¿por qué me hiciste así?, ¿por qué me crucificás en vida?.&lt;br /&gt;Solo se me ocurre romper el vidrio de la ventana y por lo menos respirar aire puro, pero ¿y si vuelve él?,¿ pero que digo? ¿Por qué le tengo miedo?, si antes quería que me matara, ay, ahora comprendo lo contradictorios que podemos ser, realmente no quiero morir aquí, lo que dije anteriormente lo retiro porque esas frases solo pueden pronunciarse cuando uno está vivo. Y yo todavía lo estoy.&lt;br /&gt;¡A la mierda!, pateo la puerta y listo.&lt;br /&gt;Le di con tanta fuerza que parecía una puerta giratoria, fue y volvió, corro hasta la salida y me quedo. Me quedo paralizado, no puedo seguir, los árboles están cada vez más lejos y ya comienzo a sentir ansiedad, ¿qué puedo hacer?, ¿me dejo caer y me arrastro con los ojos cerrados como un maldito reptil ciego?, me paralizaría antes de llegar a la mitad y allí moriría al sol.&lt;br /&gt;En el salón no hay casi nada salvo una mesa, un par de sillas y una nevera. ¡La mesa, claro!, me meto debajo y voy gateando, si ya, y mientras también puedo ir cenando, ¿cómo voy a levantar la mesa con la espalda y la voy a ir llevando gateando?, seré imbécil!.&lt;br /&gt;Tengo que comer algo. Abro la nevera y solo hay pan rancio y un queso duro, casi me rompo los dientes comiéndolo, pero es como una pastilla de fuerza, ¿me estás ayudando, Dios?, imposible!, si existes me creaste para el carajo. Salvo que tú seas también agorafóbico, por eso de la semejanza, ¡basta! no puedo perder más tiempo.&lt;br /&gt;¿Y una silla?. Demasiado pequeña como para sentirme protegido.&lt;br /&gt;¿Y si corro con todas mi fuerzas?, qué fuerzas si sigo hambriento. Y sediento, meto la cabeza debajo de la pileta de la cocina y como si el grifo fuera una pajita, bebo todo lo que sale no dejando escapar nada, después me mojo la cabeza para despabilarme.&lt;br /&gt;Soy como un canario idiota en una jaula abierta que solo mira la salida y sigue picoteando el alpiste.&lt;br /&gt;Nada, voy a correr, como si escapara del diablo, aunque el diablo lo llevo dentro, es esta enfermedad que nunca me dejó vivir normalmente y ahora me aprisiona y me mata de a poquito.&lt;br /&gt;Tengo que correr, tengo que correr, es mi única salida, tengo que correr, tengo que... en ese momento lo veo a él, está parado bajo el umbral de la puerta, mirándome sonriendo.&lt;br /&gt;Me dejo caer al suelo, cierro los ojos y me quedo esperando lo peor. O lo mejor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-509547572024495912?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T17:30:54.002+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El pienso de cada día</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/el-pienso-de-cada-da.html</link><category>relato</category><category>pienso</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 08:24:17 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-199673446905609245</guid><description>Ya bastante acostumbrado a la soledad, me preparo la comida de siempre; huevos fritos con patatas y panceta, como siempre, lo mismo.&lt;br /&gt;Hace algunos años cuando tenía gato y le servía su pienso, pensaba que seguro que si pudiera elegir, mi gato cambiaría de menú. Pero comprobé que él y yo somos animales de costumbre, a él no le gustó cambiar y a mí tampoco ¿Para qué? si así estamos bien.&lt;br /&gt;Desde que me quedé solo cuando mi mujer murió, ya no tengo vida y solo espero a que me llegue la muerte. Ya a mis 75 años, ¿qué más me queda?, vivo como si me hubiera quedado encerrado en un cine continuado y día tras día me despertara y viera la misma película.&lt;br /&gt;Solo tengo un día especial por mes, y no digo especial como algo bueno sino como algo extraordinario, y digo extraordinario en el sentido contrario a cotidiano y ordinario. Ese día especial es cuando voy al banco a cobrar mi pensión y a gastarme algunas pesetas en patatas, huevos, panceta y vino, también quizá compre algunas cosas de aseo. Y hoy es ese día. Ya ven que mas que especial es solo distinto.&lt;br /&gt;Me va a tocar caminar bajo la lluvia, hoy hace un día horrible, gris y húmedo, ya es mala suerte que el único día al mes que salgo a la calle, llueva.&lt;br /&gt;Termino la comida, dejo los platos para después, cojo el paraguas, me pongo el pañuelo de viejo y la chaqueta verde oliva. Vivo en la cuarta y última planta.&lt;br /&gt;Salgo de mi casa sin hacer casi ruido –no quiero que mi vecina del tercero me escuche- no es que me caiga muy mal sino simplemente que ya no soporto a nadie, creo que ella trata de ser amable conmigo y me regala, cuando me ve, los sobrantes de su comida, quizá sea con buena intención o quizá piense que soy medio inválido y que no puedo ni cocinarme unos malditos huevos.&lt;br /&gt;Cierro la puerta tan suavemente que suena casi como un suspiro, voy bajando despacito por la escalera –más por mis años que por el tema de los ruidos- y cuando paso por la puerta de mi vecina –estoy seguro que está mirando por la mirilla- escucho que esta se abre. A parte de un aroma a colonia de flores asoma su cabeza ocultando la parte izquierda de su cuerpo –puedo darme cuanta que lleva el mismo pijama de patitos de siempre-.&lt;br /&gt;- Hola Jaime –me saluda- ¿Qué tal lleva esos años?- ¿Qué pregunta es esa? De ella no se puede decir que es joven y guapa, claro que al lado mío sí, por lo menos lo de más joven, pero es bastante gorda.&lt;br /&gt;- Hola Señora, ¿qué tal están sus várices?. Esto le hubiera querido decir si mi pensamiento no fuera tan cobarde e hipócrita. Solo me limité a saludarla y realizar una mueca más parecido a un rictus que a una sonrisa.&lt;br /&gt;-    Se lo ve mejor, más fuerte - me dice.&lt;br /&gt;Ya no sé que decirle, hoy está hablando medio raro, diferente, solo espero que me deje de una vez marchar y que no me dé nada de comida.&lt;br /&gt;-    ¿Quiere un poco de tortilla?- me pregunta quizá leyendo mi mente.&lt;br /&gt;-    No gracias, ya he comido.&lt;br /&gt;-    Venga hombre -me insiste- verá que está riquísima.&lt;br /&gt;Antes de terminar su última palabra, mis pensamientos mezclados con su perfume, analizaban si ya no era mejor ir al banco otro día, ya menos apurado. Me doy cuenta que es peor, que si voy mañana seguro que tengo que aguantarla de nuevo.&lt;br /&gt;-    Bueno Marisa, gracias, solo déme un poquito que tengo que irme rápido al banco que me van a cerrar.&lt;br /&gt;-    Ahora se la envuelvo, pero quería preguntarle algo…&lt;br /&gt;-    Bueno ya que estamos, pregunte. Le digo ya un poco fastidiado.&lt;br /&gt;-    Estaba pensando, no se como decírselo, si usted, a ver, ¿tendría ganas, alguna vez de ir a ver una película al cine?.&lt;br /&gt;Su perfume entra por mi boca hasta mi garganta, puedo casi saborearlo, mis manos comienzan a sudar y trato de secármelas disimuladamente en el pantalón. ¿Habré entendido bien?. Hace ya 10 años que estoy solo y nunca desde la muerte de mi esposa, me había propuesto salir con una mujer y menos que la que me invitara fuese ella. Cincuenta años de casados es mucho y uno va perdiendo su propio ser y lo poco que le queda se va mezclando con el de su pareja.&lt;br /&gt;- No sé si le gusta el cine, pero como tiene tanto tiempo libre.&lt;br /&gt;No sé porqué, pero volvían a mí mis recuerdos de adolescencia y lo primero que se me cruza por la cabeza –¿tendré ya la cabeza mal?- es qué ropa interior llevo puesta en este momento, si es de la nueva o de la de siempre. Mi mente pasa –de una forma increíblemente lúcida- por el recuerdo antiquísimo del primer e indeciso beso que le di a la que era mi novia y después mi mujer, pasa por la imagen de la primera caricia exploratoria que le hice por debajo de la blusa; mi mente saltaba –o corría- hasta un posible encuentro íntimo con la gordita del tercero, un fin que no me imaginaba desde hace mucho, un fin deseado que se acompañaba solo con pantallazos de los medios que podía emplear para lograr el objetivo: la primera salida, la cena de después del cine, el café y la copa para ponernos tontorrones, y vuelta al pensamiento sucio, húmedo y casi olvidado del sexo.&lt;br /&gt;Joder, esta es mi oportunidad, me lo está poniendo en bandeja (no está tan mal la gordita), ya estoy muy viejo pero todavía creo que puedo hacer un buen papel, experiencia no me falta. Si hasta ni siquiera tenemos que preocuparnos en donde nos vamos a acostar, ¿en su casa o en la mía? o mejor; ¿en el tercero o en el cuarto?. Es increíble lo rápido que va mi mente ahora. No pude evitar sonreír con orgulloso de mí y de mi virilidad nuevamente encontrada.&lt;br /&gt;-    ¿Me está escuchando, Jaime? – me pregunta interrumpiendo mis pensamientos y mi mirada hacia sus pechos.&lt;br /&gt;- ¿Cómo?, me sobresalté algo avergonzado, - Sí, sí, la escuché Marisa, ¿usted quiere que la lleve al cine?. Le digo ya más seguro de mi mismo, sintiéndome otra vez hombre, o mejor dicho, macho, ya no pienso como un viejo decrépito - ¿Cuándo quiere ir?. La apuro.&lt;br /&gt;Se le abrieron los ojos de una forma imposible y agarrándose la solapa del pijama con decoro, me dice:&lt;br /&gt;-No hombre, yo no –y la veo que no puede evitar una sonrisita socarrona- estaba pensando en mi madre, que está muy sola y se me había ocurrido que quizá con usted, que también está solo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni siquiera espero la tortilla, dejo de oler su ridículo perfume y sin nada más que decir, me voy al banco que seguro que ya me cerró.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-199673446905609245?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T17:24:17.849+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Nuestra soledad egoísta</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/nuestra-soledad-egosta.html</link><category>soledad</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 03:36:09 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-1383892904323563428</guid><description>Siempre se miraban al entrar, el viejo y el joven, solo se sentaban en la barra del bar esperando que pasara el tiempo. Todas las tardes se encontraban, desconocidos uno del otro, para terminar el día entre alcohol y humo, entre croquetas grasientas y tortilla, entre la soledad de uno y la del otro.&lt;br /&gt;No se conocían salvo por verse siempre en el mismo sitio, ninguno de los dos quería conocer al otro, ni al otro ni a nadie. Ya la vida los había hecho desistir, quizá al joven temporalmente y al viejo quizá para siempre. Aunque por causas distintas, los dos hombres acababan borrachos todas las noches. Solo había una mueca cuando se veían, como reconociendo al otro, pero solo eso.&lt;br /&gt;Se había formado un compañerismo falso, silencioso y vacío, solo un vínculo circunstancial sin diálogo, la soledad acompañada tiene esas cosas, una ligazón sin sustento, sin materia, solo testimonial.&lt;br /&gt;Pasó un día y después otro, pasaron varios y el viejo ya no fue al bar. El joven casi sin darse cuenta comenzó a echarlo de menos, en realidad quizá esto no sea tan exacto, digamos que solo se extrañaba de la desaparición de su compañero desconocido. Se animó curioso a preguntarle al camarero, con algo de vergüenza, si sabía algo del viejo, y este le respondió que quizá había muerto.&lt;br /&gt;El joven se quedo estupefacto, por la frialdad de la respuesta y por una especie de sensación de desamparo que le invadió. Se dio cuenta que el viejo era una de las pocas personas con quien compartía algo, aunque mínimo, desde hace bastante tiempo, antes cuando se sentaban juntos no parecía significar nada pero su ausencia le demostró que sí.&lt;br /&gt;Le insistió al camarero si sabía si vivía cerca.&lt;br /&gt;El dueño del bar solo lo miró un instante sin ganas y levantó los hombros, contestándole gestual y maleducadamente. Estaba claro que le importaba un carajo el viejo. Solo le dijo escuetamente que el anciano venía desde siempre pero nunca había hablado con él, salvo por algunas palabras obligadas, un buen día, un vino, un gracias y algunas veces un coñac.&lt;br /&gt;Al camarero parecía que no le importaba un carajo nadie, mientras le contaba esto, casi sin ganas al joven, miraba la televisión sin la más mínima atención como si el programa fuese repetido o directamente como si la pantalla estuviera apagada.&lt;br /&gt;El joven se sintió mal y se odió al verse reflejado en la desidia que el camarero tenía ante todo y particularmente por su desinterés hacia las personas. Antes él no era así.&lt;br /&gt;-    Pero por ahí sabe por dónde vive o por dónde va- le interrogó suavemente el joven&lt;br /&gt;El camarero dejó de mirar la televisión y le dijo:&lt;br /&gt;-    No tengo ni quiero ni me interesa saberlo, creo que ya te lo dejé bien claro, ¿no?&lt;br /&gt;-    Vale, vale, hombre, no se enoje es solo por curiosidad.&lt;br /&gt;El camarero le dirigió una mirada vacía y soltando un suspiro cansado comenzó a limpiar la cafetera dándole la espalda.&lt;br /&gt;- Tome, cóbrese- le dijo el joven dándole el dinero y sin siquiera esperar el vuelto ni las buenas noches –que más que seguro no las hubiera habido- y dejó el bar.&lt;br /&gt;Salió a la calle enojado, jodido por como lo habían tratado pero más dolido por darse cuenta lo insensible que era, lo dejado y abandonado y pensando que el viejo se había muerto y él ni siquiera le había dirigido ni una sola palabra, aunque hubiese sido por educación o por solo ser correcto. Nada, nunca le había interesado ni hablar ni escuchar al viejo. ¿Tanto le hubiera costado hacerlo? Él, que estaba solo y se sentía tan solo, y que seguro terminaría igual que él, ignorado por todos sin que nadie tuviera la delicadeza de responderle, quizá esperando que en sus últimos días alguien le escuchara, alguien que no fuese su médico, alguien que aunque fuese un poquito le interesara sus cosas de viejo.&lt;br /&gt;Entendió porque el anciano no hablaba ni con el camarero, seguro que ya lo había intentado. Se imaginaba un intento de conversación con el de la barra, algo como: ¿qué tal va el negocio?- Bien. Poca gente hoy, ¿no?. Si. Que tiempo loco, ¿no?. Si. Y así hasta darse cuenta que era mejor dejarlo, quedarse calladito mirando su vaso de vino y esperar. Seguramente esperar a que pase el tiempo hasta llegar al final. Y lo había logrado, pensó el joven con pesar.&lt;br /&gt;El cielo ya bastante oscuro se volvió negro por culpa de una nube llena de lluvia que tapó la luna, el joven caminó como un autómata sin siquiera ver por donde pisaba ni adonde iba, de repente se encontró de frente con una placita y un banco, se sentó a fumar y amplió su angustia transformándola en congoja pensando en la familia que había abandonado, en su mujer y su hijita, en que ya no las tenía y nunca las iba a volver a tener, en la vergüenza que sentía, en que fue una decisión cobarde y asquerosa escaparse a este país con falsas promesas de futuras venidas solo por escapar de las responsabilidades. Estaba sumergido en un dolor y en una tristeza que hacía mucho tiempo que no lo visitaba, perdido como estaba él, en una burbuja de desgano y abulia, cuando sin siquiera darse cuenta, cayó la primera lágrima y luego otra, y otra, y otra y así hasta convertirse en un lloro intenso, reprimido y sincero, y entonces, escuchó:&lt;br /&gt;-    Que tiempo loco, ¿no?&lt;br /&gt;Miró a quien se había sentado al lado, y secándose torpemente las lágrimas con la manga de la camisa, lo reconoció, ¿cómo no iba a hacerlo? Si desde siempre bebían juntos en el mismo bar, le sonrió como un niño, con una alegría pura que tenía dentro y que había olvidado que la poseía, sintiendo como si un bálsamo lo hubiese invadido, le contestó:&lt;br /&gt;-    Si abuelo, y ojalá que hoy, por lo menos hoy, no llueva.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-1383892904323563428?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T12:36:09.652+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">1</thr:total></item><item><title>El patio de mi abuelo</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/el-patio-de-mi-abuelo.html</link><category>patio</category><category>abuelo</category><category>relato</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 01:00:22 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-1651995510191930920</guid><description>En esos tiempos no encontraba un placer más grande que ir al patio de la casa de mi abuelo. Yo siempre de niño viví en la ciudad y tuve pocos amigos, pocos chicos con quien jugar en la calle; calles llenas de coches y peligros, peligros que nunca llegué a descubrir de chico pero que mi mamá me recordaba aunque solo saliera a comprar pan. No existían (aún tampoco) parques o plazas para ir a jugar. El quinto piso donde vivía tenía un balcón pequeñito lleno de plantas comunes y ordinarias, ese era el único lugar, digamos, algo verde de mi vida; salvo cuando íbamos a ver a mi abuelo, a él en su patio. Cada vez que ocurría, 2 o 3 fines de semanas al mes, cuando mi mamá me mandaba a prepararme y a arreglarme, sentía una felicidad tal que nunca más volví a sentir en mi vida, esa sensación nunca la voy a olvidar, duraba poquito, quizá dos segundos, era como una pulsión, una fuerza que me invadía, que iba subiendo rápidamente por el pecho y descargaba su energía en mi mente dando su último coletazo en forma de sonrisa grande y abierta. Por dos segundos yo me sentía el chico más feliz del mundo. Cuando llegaba a la casa de mi abuelo -después de darme mi caramelo de dulce de leche- salía al fondo a investigar, el patio tenía plantas de todas clases y colores, no estaba cuidado y tenía un aspecto único de selva doméstica, fileteada por un camino de baldosas que iba recorriendo toda su extensión entrando y saliendo de entre las malezas que iban creciendo amigablemente a su alrededor, para mi todo aquello representaba una oportunidad de aventura. Ahí podía correr, saltar, mojarme, subir a los árboles, coleccionar bichos, jugar con mis juguetes; el patio de mi abuelo era mío. El ni siquiera regaba las plantas, para mi abuelo ese era el trabajo de la lluvia y mío cuando iba a visitarlo. Mi mamá y yo éramos su única familia desde que mi abuela lo abandonó, no se realmente cuándo, cómo ni por qué, ya que es algo de lo que nunca se habló. Y yo nunca quise preguntar. Mi abuelo me daba todo lo que yo necesitaba, libertad. Después de recorrerme el patio miles de veces y cuando ya era hora del Nesquik con vainillas, mi abuelo me contaba historias durante horas, los dos sentados en esas sillas pequeñitas de madera que utilizan los niños en el jardín de infancia, mi abuelo se acordaba de todo con lujo de detalles y compartía conmigo todas sus anécdotas. A mi, en esa época, me hubiera gustado poder vivir con él en su casa, correr por los fondos, escuchar sus historias todo el día y comer caramelos de dulce de leche. Pero no se cómo ocurrió, que casi sin darme cuenta fui dejando de ir a su casa, quizá sea porque fui creciendo y ya no era tan divertido, quizá mi madre ya no me llevaba y comencé a ir solo por obligación. No recuerdo cuando el patio dejo de ser mi selva y cuando se transformó en un solar abandonado, no recuerdo cuando mi abuelo dejó de esperarme con el caramelo de dulce de leche ni cuando sus historias comenzaron a ser repetitivas. Hoy, ni mi abuelo ni su patio están, ni siquiera se fabrican ya los caramelos de dulce de leche. Yo ahora vivo en un chalet a las afueras de la ciudad con un hermoso y amplio parque, lo riego, lo cuido y lo disfruto y hasta alguna vez, me subo al árbol para limpiar la casita del pájaro. Pero, aunque seguí buscándolo toda mi vida, nunca más volví a sentir esa pulsión, esa felicidad de dos segundos que me subía por el cuerpo y me hacía sentir la persona más feliz del mundo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-1651995510191930920?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T10:00:22.949+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">2</thr:total></item><item><title>Ariel, el superheroe</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/ariel-el-superheroe.html</link><category>relato</category><category>cuento</category><category>ariel</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 00:58:17 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-473351348572287956</guid><description>Timbre. Timbre?. Abro un ojo. Timbre. Abro los dos. Timbre, timbre y timbre. ¿Quien será?. Seguro que es un cartero comercial – pienso - . Timbreeee. – Ya voy – grito (como si me escucharan cuatro pisos mas abajo). Me levanto. Timbre. – ¿Quien es? – grito.&lt;br /&gt;-    Yo - , me dice unos que cree que me conozco todas las voces distorsionadas por el portero eléctrico.&lt;br /&gt;-    Yo, quien?&lt;br /&gt;-    Yo, boludo, Ariel.&lt;br /&gt;Ariel es mi amigo del barrio, un buen amigo pero últimamente descubrió el mundo de las drogas pesadas y está un poco tarado. Pensaba despacharlo rapidito.&lt;br /&gt;-    Qué querés?, estaba durmiendo. Son las 6 de la mañana y por si no te diste cuenta es martes.&lt;br /&gt;-    Ya sé, pablo, pero necesito hablar con vos ya mismo&lt;br /&gt;-    Subí. Le digo con la voz entre queja y bufido.&lt;br /&gt;Definitivamente, está zumbado. Me pongo el pantalón corto de fútbol que nunca usé para jugar fútbol y lo espero en la puerta de mi casa con ganas de darle una buena ostia correctiva.&lt;br /&gt;- Qué tal, Pablín (diminutivo que utiliza para que no le parta la cara), tengo que contarte algo muy importante y solo puedo confiar en vos. Si se lo cuento a otra persona van a creer que estoy loco.&lt;br /&gt;-    Yo no creo que estás loco sino hasta las trancas de coca.&lt;br /&gt;-    No, no tomé nada.&lt;br /&gt;-    Si no estás durmiendo un martes a las 6 de la mañana, es porque ayer fuiste al bareto y te pusiste.&lt;br /&gt;-    Que no, chabón!. No tomé nada más que un par de copas. No puedo dormir desde hace un par de días.&lt;br /&gt;-    Bueno que querés?, apuré un poco.&lt;br /&gt;- Tengo poderes, me dice. Mi cara ya se transformó en una mueca mitad lástima mitad sonrisa y pensé que ya tenía que estar muy mal como para no acordarse siquiera que se había drogado. Le sigo la corriente.&lt;br /&gt;-    Qué poderes tenés, notariales?. Qué querés, boludo? Tengo sueño!&lt;br /&gt;-    Que tengo poderes, que puedo escuchar a la gente hablar a una distancia alucinante.&lt;br /&gt;-    Me venís a tocar los huevos a estas horas para decirme que tenés buen oído. Vos sos tarado.&lt;br /&gt;- Que no!, no se trata de eso!. Me grita y baja la voz enseguida cuando sospecha que algún vecino puede estar escuchando – me dejás pasar y te cuento.&lt;br /&gt;-    Pasá de una vez.&lt;br /&gt;Ariel, para decir la verdad, no parecía drogado pero si muy excitado con el hecho que había descubierto. Lo escuché sin interrumpirlo por mas de media hora, pensando antes que terminara en como refutarle su lunática historia.&lt;br /&gt;Ariel me contó que hace unos días estaba por la calle y comenzó a escuchar voces, y que recordó una escena de la película “en que piensan las mujeres”, esa de Mel Gibson, donde escuchaba los pensamientos de las mujeres. Lo paro con una señal de mano y me voy a la cocina a servirme un café recalentado porque parece que iba para largo.&lt;br /&gt;Continúa contándome que durante un rato pensó que estaba volviéndose loco y que corrió por la calle porque no podía soportarlo. Hasta que llegó al ascensor de su empresa y ya no escuchó nada. Siguió contando que pensó que había sido una alucinación sonora (si es que existe). Y que se había terminado. Continúa:&lt;br /&gt;- Entonces llego a mi piso y ya en mi oficina comencé a escuchar muchas voces, después de tratar de tranquilizarme, reconocí la voz de mi jefe. Vuelvo la cabeza para su box y lo veo regañando a Mari, su secretaria, entonces…&lt;br /&gt;-    Entonces qué?, estabas escuchando sus gritos.&lt;br /&gt;-    No, no. Ellos estaban con la puerta cerrada y parecía que nadie los escuchaba, solo yo&lt;br /&gt;-    A ella también?&lt;br /&gt;- Si, a ella también. Pero me dí cuenta que no estaba leyendo o escuchando sus pensamientos sino que directamente estaba escuchando su conversación.&lt;br /&gt;-    A ver, Arielito (condescendencia pura) estabas escuchando a tu jefe recriminándole algo a su secretaria o no?&lt;br /&gt;-    Que sí, chabón, pero los escuchaba a más de 25 metros y con la puerta cerrada.&lt;br /&gt;- Mirá, Ariel, lo que me estás contando me parece una chorrada, cómo vas a poder escuchar a tanta distancia?, me imagino que si pudieras, tendrías cientos de voces al mismo tiempo machacándote el cerebro y sin lugar a dudas te volverías loco. Y porque puedes escuchar lejos?&lt;br /&gt;- Y yo qué sé?, recién ayer me di cuenta y todavía lo estoy asumiendo. Lo único que hice fue ponerme dos cachos de algodón en los oídos. Si hay gritos cerca, me aturdo pero trato de concentrarme así (cierra los ojos haciendo fuerza como si estuviera en el baño). Yo estaba seguro que se había vuelto loco, pero me estaba divirtiendo, así que le pedí que me lo demostrara, cuando el me lo propuso.&lt;br /&gt;-    Qué, me vas a decir que dice tu jefe desde su casa?&lt;br /&gt;-    No, te voy a decir que están diciendo tus vecinos del bloque.&lt;br /&gt;-    Y que prueba es esa?, cómo voy a saber yo que es cierto?&lt;br /&gt;-    Hagamos una cosa: Yo me bajo a la calle y vos te lees una noticia del diario en voz alta y yo cuando suba te la cuento, ok?&lt;br /&gt;-    Ok&lt;br /&gt;Ariel salió de casa, se montó al ascensor y bajó. Yo tomé un diario que estaba cerca de la tele y comencé a leer una noticia que hablaba sobre el cambio climático. Leí un rato, me tomé el último sorbo de café y esperé al loco de mi amigo que subiera.&lt;br /&gt;Subió a los 5 minutos y al abrirle la puerta me dice: - estabas leyendo algo sobre la contaminación, algo sobre el cambio climático.&lt;br /&gt;No puede ser. No puede ser y no puede ser. Es casualidad.&lt;br /&gt;-    Bajáte otra vez y probamos de nuevo&lt;br /&gt;-    No te alcanza para creerme?&lt;br /&gt;-    No es que no me alcanza, quiero comprobarlo de verdad.&lt;br /&gt;Mi amigo, a regañadientes, baja nuevamente y a los 5 minutos sube. Lo espero con la puerta abierta y le pregunto:&lt;br /&gt;-    A ver, qué leí?&lt;br /&gt;-    El chiste de Forges, me dice. Y yo que todavía me estaba riendo de la viñeta…&lt;br /&gt;-    Vale, te creo. Tengo una idea. Me visto y salimos.&lt;br /&gt;La situación era curiosa, la verdad es que yo quería creerle y la idea de tener un amigo con un don me gustaba, por unos segundos me planteé ver el tema como si fuera cien por ciento cierto.&lt;br /&gt;Nos fuimos de mi casa a un parque cercano para plantear y ver la situación mas tranquilos, yo pensaba que si realmente tenía el don, poder o como se llame, tendríamos que sacarle algún partido, pensaba que podíamos aprovecharnos y ganar dinero fácil. Recordaba haber leído comics donde el protagonista era casi siempre un superhéroe que ayudaba a los necesitados. Ni me planteé esa posibilidad. Yo quería ganar dinero. Pero no sabía como podía servir escuchar lejos para ganar a la lotería o ruleta. O un negocio. Estuvimos durante mas de dos horas para darnos cuenta que no iba a ser tan fácil, se nos ocurrió poner una agencia de detectives, ser espías, escuchar conversaciones ajenas para poder chantajear, pero nada parecía ser lo realmente ventajoso. Le pedí a Ariel, que escuchara conversaciones de la gente que paseaba por el parque, Ariel me habló del idioma indescifrable de una madre a su bebé, de las propuestas sexuales de una pareja (que justo ahora se van), de un hombre que se hablaba a él mismo. Nada, no había nada interesante ni de provecho, como curiosidad estaba bien pero de práctico nada. Quizá Ariel, podría utilizarlo para saber que dicen de él cuando se alejara o la conversación de dos amigas, pero para mi, nada.&lt;br /&gt;Le digo a Ariel, que voy a pensar sobre el asunto y que él también lo haga, que medite sobre cómo poder beneficiarse de su súper oído (se me cruzó por la mente un traje de superhéroe con una oreja gigante dibujada en la pechera y no pude evitar sonreír). Joder que poder de mierda – pensé volviendo a la realidad pragmática – si pudiera ver a través de las paredes o tener una fuerza sobrehumana, pero parecerse a un teléfono casi no tiene gracia. Nos despedimos y quedamos en juntarnos por la tarde y planear algo bueno.&lt;br /&gt;Nunca llegó. A la noche me llamó y me dijo que no quería saber nada con su supuesto poder (así lo dijo) y que no quería hablar más del tema. Asombrado le pregunto por qué y qué había pasado y me contó que desde que había llegado a su casa después de estar juntos, había escuchado a su madre contándole a una amiga como había engañado a su padre; había escuchado a su hermana hablando por teléfono en su habitación con el novio (acá me miró, puso cara extraña y me dijo: “estaban queriéndose por teléfono”) y por último había escuchado a su vecino pegarle a su mujer. Todo eso en un par de horas, a Ariel ya no le gustaba su don, no quería enterarse mas de lo necesario como cualquier mortal y me aseguró que no lo utilizaría más o por lo menos pretendía eso.&lt;br /&gt;–    Ya aprenderé como hacerlo sin tener que arrancarme los tímpanos.&lt;br /&gt;Pasó tiempo hasta que nos volvimos a ver y en esa oportunidad no hablamos del tema, y nunca más se tocó de nuevo. Eso sí, cada vez que me voy a encontrar con él, cuando estoy cerquita, le voy diciendo:&lt;br /&gt;-    Arielito, esperáme que estoy llegando en un ratito.&lt;br /&gt;Cuando me ve llegar, solo me sonríe cómplice.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-473351348572287956?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T09:58:17.460+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El corrupto bueno</title><link>http://soybreve.blogspot.com/2008/04/el-corrupto-bueno.html</link><category>relato</category><category>corrupto</category><category>cuento</category><author>noreply@blogger.com (Gustavo Rey)</author><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 00:53:41 PDT</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-4506376072656103288.post-3641952852640141424</guid><description>Hoy cumplo un año viviendo en la India y no pienso irme, estoy por el norte, lejos del bullicio en el estado de Uttaranchal, en mi pueblo hay una mayoría de hindúes y yo soy de los pocos que no cree en nada. Hasta hace poco nadie me molestaba ni por mi fe religiosa, o mejor dicho, mi inexistente fe religiosa, ni por mi condición de extranjero, pero desde hace poco todo cambió. Comencemos por el principio, cuando llegué de mi país a la India, no tenía una profesión definida aunque si tenía varias ideas, más ideas que rupias, así que compré una pequeña granja y me convertí en una especie de granjero, tenía mis gallinas, mis cerdos, mi pequeño rosal y una vaca autorizada (en este estado Indio hay que registrar a las vacas por ser sagradas y son inspeccionadas mensualmente). Vendía una vez a la semana mis productos (huevos, leche, rosas y de ves en cuando, un lechón). Pero el mes pasado, todo cambió. Cuando iba con mi carro cargado de productos rumbo a un mercado en un pueblo cercano, en un control de carretera, me para un grupo de personas que parecían soldados, inmediatamente me obligan a bajar y sin mediar palabra me registraron y ya que estaban revolviéndolo todo, me robaron todos mis productos. No conformes con lo poco que tenía, me pidieron más. Ya no me quedaba nada y menos dinero, comencé a ponerme nervioso y a hablarles en español, y al verificar mi extranjería, se les ocurrió la idea de visitar mi granja, la granja del extranjero, para ver si podían rascar algo más. Yo estaba muy nervioso y me había dado cuenta que a los que a mi me parecían soldados, eran de una milicia contraria al gobierno, aunque conocía que había grupos de estos, en la zona nunca me había cruzado con ellos. Yo tenía claro que era un grupo de mercenarios y ladrones, vacíos totalmente de cualquier ideología. ¡Como hubiera preferido que hubieran sido soldados corruptos del gobierno que con 200 rupias te dejaban tranquilo!. No podía hacer nada y decidí llevarlos a la granja, darles los poco que tenía y que me dejaran tranquilo. Y así pasó. Llegaron, robaron, mataron a las gallinas, a mis tres cerdos y a la vaca; subieron todo a mi carro y se lo llevaron todo junto a mi viejo buey. Y eso es todo, no puedo irme de la India, y no solo porque me siga pareciendo maravillosa, en realidad no puedo porque escribo desde la cárcel, no puedo irme. Mi crimen?, matar una vaca. Mi sentencia?, 5 años de prisión.&lt;br /&gt;-    Pero si vos no la mataste -, me dijo mi viejo desesperado desde Argentina, en la única llamada que pude hacer en un mes.&lt;br /&gt;- Ya lo se papi – le contesté sollozando – pero es que cuando vinieron a hacerme una inspección a la granja, no encontraron a la vaca, no me creyeron la historia y no tuve ni 200 rupias para sobornarlos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4506376072656103288-3641952852640141424?l=soybreve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2008-04-28T09:53:41.932+02:00</app:edited><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><media:rating>nonadult</media:rating></channel></rss>

