<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:blogger='http://schemas.google.com/blogger/2008' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647</id><updated>2024-09-29T01:52:41.052-04:00</updated><category term="Lecturas"/><category term="Material teórico"/><category term="Miscelánea"/><category term="Reflexión sobre la escritura"/><title type='text'>Teoría y práctica de la escritura</title><subtitle type='html'>Herramienta interactiva de la cátedra de  Teoría y práctica de la escritura del Diplomado en Escritura creativa del Instituto Icrea y la Universidad Metropolitana</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>40</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-14998168505539228</id><published>2007-11-14T05:46:00.000-04:00</published><updated>2007-11-14T05:47:55.379-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>Teoría expresión de ideas y sentimientos</title><content type='html'>&lt;strong&gt;1)La expresión de ideas&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Como hemos dicho en la primera sesión, escribir es pensar despacio. Sin embargo, debemos considerar que existen diferentes momentos de ese pensar, a veces es una lenta meditación sobre una amplia variedad de temas, un estudio exhaustivo sobre un aspecto muy específico o la expresión de una gama de sentimientos. En primer lugar hablaremos de aquellos momentos en las cuales las ideas predominan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debemos dejar claro que la expresión de las ideas no necesitan tener una rigidez excesiva o una objetividad exagerada; podemos partir de datos, hechos, teorías o principios pero podemos desarrollar, dependiendo de nuestro manejo del lenguaje, formas incluso cercanas a las literarias ( a través de metáforas o símiles, por ejemplo) no con un objetivo meramente estético sino para ilustrar nuestro planteamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para la expresión de ideas debemos considerar&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Precisión y exactitud:&lt;/strong&gt; en realidad existen varios caminos para alcanzar la claridad, pero debo tratar de llegar a ella de la manera más eficaz, utilizando la menor cantidad de recursos posibles. Cuando somos precisos no nos contentamos con aproximaciones y cuando somos exactos podamos lo superfluo. Este factor que afecta el estilo de ideas depende, en gran medida, de la actitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2)La expresión de sentimientos&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Según Schökel, la principal complicación al momento de expresar por escrito sentimientos reside en la “enorme variedad y riqueza de aspectos, matices, determinaciones individuales, según la persona, el momento, la edad y la situación.” Así la soledad, el amor, la ternura pueden cobrar características bastante diferentes si la ven un niño en un barrio de Caracas, un anciano en un suburbio de Nueva York o un catedrático de mediana edad en Roma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los sentimientos se puede expresar de varias maneras:&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Directas:&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt; etiquetando el sentimiento (“Yo te amo”) o dando tonalidades, matices a ese sentimiento (un amor apasionado, una soledad devastadora).&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Indirectas:&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt; el método indirecto, a través de enumeraciones de sensaciones diversas, de comportamientos, de actitudes intenta delinear un sentimiento que debe ser descubierto por el lector. (“Tantos libros, tantas palabras, carros, historias, fantasmas y tu ausencia” para expresar soledad).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;3)Los recursos&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Para expresar ideas o sentimientos, existen algunos recursos comunes para realizar esta tarea:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Metáfora:&lt;/strong&gt; es un recurso en el cual se usan las palabras con un sentido distinto del que tienen propiamente. (“caían perlas del cielo”, por gotas de lluvia)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Alegoría:&lt;/strong&gt; representación de una cosa o idea abstracta por medio de un objeto que tiene con ella cierta relación real, convencional o creada por la imaginación. (el caso de la novela de George Orwell, Animal farm, en la cual los conflictos políticos sociales de la humanidad se presentan en forma alegórica a través de los conflictos de un grupo de animales en una granja).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Comparación:&lt;/strong&gt; como su nombre lo indica, se toma un objeto o situación y se presenta en semejanza o contraste con otro equivalente. A diferencia de la alegoría no hay una sustitución de alguno de los términos de la comparación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Descripción:&lt;/strong&gt; a través de rasgos, características y detalles se expone la idea o el sentimiento&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Alusión:&lt;/strong&gt; es una referencia a un hecho o dato para aclarar una idea, supone que el lector se mueve en un mismo marco referencial cultural que el escritor. Si uno dice: Por las noches era un Miranda en La Carraca, en caso de que lector comparta el código, se imaginará al prócer en el cuadro de Michelena y podrá comprender la alusión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Alusión culta:&lt;/strong&gt; cuando una idea o sentimiento se expresa con base en largas citas o referencias a autores, eventos o personajes cuyo conocimiento y manejo requiere una base cultural amplia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;Anécdota:&lt;/span&gt; es la narración breve de un hecho, con pocos personajes y sin demasiado desarrollo. Sirve para ilustrar alguna idea y, en muchas ocasiones, puede ser el punto de partida de un texto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4)Los lugares comunes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Se trata de ideas corrientes y muy repetidas. Gran parte de los lugares comunes provienen de recursos (anécdotas, metáforas, símiles, entre otros) que en un primer momento eran originales y frescos pero ahora son sólo una construcción de palabras que no tiene significado propio. “El tortuoso invierno”, “las perlas de tu boca”, “tus ojos de azabache”, “la florida primavera”, “rápido como gacela”, por nombrar sólo algunos ejemplos, sirven para ilustrar que dado que bloquean nuestra expresión como escritores, es necesario que en las etapas de revisión, vayamos podando nuestros textos de lugares comunes.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/14998168505539228/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/14998168505539228?isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/14998168505539228'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/14998168505539228'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/11/teora-expresin-de-ideas-y-sentimientos.html' title='Teoría expresión de ideas y sentimientos'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-5497090427750668669</id><published>2007-11-14T05:45:00.001-04:00</published><updated>2007-11-14T05:46:10.203-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Miscelánea"/><title type='text'>Una nota sobre la exposición del diseñador cubano Félix Beltrán</title><content type='html'>Convencido de que el diseño es más que la distribución armónica, sintética y efectiva de un conjunto de elementos visuales y que no es necesario &quot;estar en lo último&quot; para lograr consolidar la imagen de una marca, el reconocido diseñador Félix Beltrán, nacido en La Habana en 1938, ha dedicado 40 años a la práctica y la fe del diseño gráfico. Hoy, a las 12:00 m, el Museo de la Estampa y del Diseño Carlos Cruz-Diez inaugura una sucinta retrospectiva de su trabajo elogiado no sólo en América, sino también en otras partes del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La exposición Félix Beltrán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcas e identidades gráficas reúne 30 marcas, quizá no muy conocidas para los espectadores venezolanos, creadas por el diseñador desde 1959 hasta 2005.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un lenguaje que aboga por la síntesis caracteriza estas marcas que no sólo se refieren a productos y empresas, sino también a instituciones de labor social como la Biblioteca Benjamín Franklin de México o la Cruz Roja de Cuba. Más allá del valor estético de cada una de éstas, Beltrán hace énfasis en el compromiso social de las marcas, algo que muchos diseñadores de hoy pasan por alto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Beltrán, que dictará hoy a las 11:00 am en el mismo museoun curso sobre La Marca en el mundo de hoy, señala que el diseño ha evolucionado en la historia reciente. Desde los tiempos de mercaderes fenicios, explica, pasando por la Edad Media, el Renacimiento, el diseño cobró importancia &quot;para diferenciar aquello que no tenía suficientes diferencias&quot;, pero se incrementó después de la Revolución Industrial por la competencia que se produjo con el desarrollo del despiadado capitalismo. A partir de entonces, se ha elevado la conciencia de la marca&quot;, comenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Considera que &quot;sin el capitalismo habría marcas más preocupadas por lo social. El diseño tiene que asumir las consecuencias implícitas de sus prácticas. El valor de todo está en las consecuencias de lo que hacemos. Hemos avanzado, eso es indudable, pero arrastramos contradicciones, es decir, estamos muy incipientes en los avances sociales. El diseño debe renunciar a eso, asumir las responsabilidades que tiene como acto de comunicación. El diseño gráfico educa en el sentido cabal del término para que mis alumnos se sienten como los modelos de Calvin Klein o agarran los cigarrillos como los modelos de Marlboro&quot;, ironiza el artista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El diseñador, cuyas obras gráficas han recibido más de 130 premios y han sido apreciadas en casi 500 exposiciones colectivas y 66 exposiciones individuales, cree que si las nuevas generaciones no tienen conciencia de estas otras implicaciones del diseño es porque &quot;se les educa en el hedonismo en la evasión, en los valores relativos donde no hay convicciones con las que uno está convencido de que no somos el centro del universo. En eso es lo que creo. Como seres sociales, los que estamos en el mundo del diseño estamos influidos e influimos&quot;, pues, como dice más adelante, &quot;el diseño no es maquillaje (...) es, sobre todo, un acto de persuasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde las aulas de la Universidad Autónoma de México, Beltrán reta a sus alumnos a crear carteles contra el abandono de los ancianos, el racismo y sobre las estadísticas del suicidio en los jóvenes. Después de todo, afirma, &quot;el diseño tiene que ser imagen, pero lo que importa es qué clase de imagen es y para qué es. No obstante, aclara, &quot;el diseño no es omnipotente&quot;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Autor del primer libro sobre diseño gráfico en América Latina, titulado Desde el diseño (1970) y asesor de más de una veintena de eventos mundiales relacionados con su área de trabajo, Beltrán defiende con ahínco que el sentido histórico se debe tomar en cuenta cuando de diseño gráfico se trata. &quot;Creo que, como decía Rousseau, no se debe confundir cambio con progreso. No es necesario que el diseñador esté en lo último. La gente tiende a creer que lo nuevo siempre supera lo anterior, pero no siempre es así&quot;, comenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mañana y el viernes, Félix Beltrán dictará un curso sobre La marca en la práctica. La entrada es gratuita. (&lt;a href=&quot;http://www.el-nacional.com/&quot;&gt;el nacional&lt;/a&gt;)</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/5497090427750668669/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/5497090427750668669?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/5497090427750668669'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/5497090427750668669'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/11/una-nota-sobre-la-exposicin-del.html' title='Una nota sobre la exposición del diseñador cubano Félix Beltrán'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-894401311567420334</id><published>2007-10-04T10:24:00.000-04:00</published><updated>2007-10-03T17:42:53.823-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión sobre la escritura"/><title type='text'>Un comentario de Ricardo Piglia sobre las claves actuales de la ficción</title><content type='html'>&quot;El éxito de una historia depende de cómo se cuente. Todos tenemos esa experiencia en la vida cotidiana, porque nos pasamos la vida escuchando y contando historias. Creo que los buenos narradores no lo son porque las historias que cuentan son extraordinarias, sino porque poseen una gran capacidad para transmitir y recrear el mensaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(...)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hemos pasado de identificarnos con los personajes a identificarnos con la voz que cuenta la historia. Nos interesa más qué tipo de convicción tiene el que está narrando; entonces, cuando leemos a Faulkner nos interesa más el que está contando que la historia misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La clave actual es esa voz que suena ahí y que a uno le interesa. Es eso lo que construye la significación y el sentido.&quot; (vía &lt;a href=&quot;http://www.el-nacional.com/&quot;&gt;el nacional&lt;br /&gt;&lt;/a&gt;)</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/894401311567420334/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/894401311567420334?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/894401311567420334'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/894401311567420334'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/10/un-comentario-de-ricardo-piglia-sobre.html' title='Un comentario de Ricardo Piglia sobre las claves actuales de la ficción'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-3309559149616359577</id><published>2007-09-30T08:55:00.000-04:00</published><updated>2007-10-04T14:55:10.940-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>El plan de obra</title><content type='html'>&lt;h1&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;La propuesta del libro&lt;?xml:namespace prefix = o /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h1&gt;&lt;b&gt;1)La carta de presentación:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt; &lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;Es necesario encabezar el paquete con una carta que lo identifique como una propuesta de libro. La misma debe incluir: el título propuesto y detallar el contenido de la propuesta que debe incluir: sinopsis, ideas para promoción, curriculum del autor, entre otros. Además, debe especificar si el libro ya ha sido terminado o hay una fecha establecida para tener listo el manuscrito.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;b&gt;2)El título&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;&lt;b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;Uno de los problemas aparentemente menos importantes de un cuento pero que puede determinar en varios aspectos su éxito, tal es el título. Así que, a continuación, unos pocos comentarios al respecto&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;Imaginemos que Karate Kid se llamara El arte de la patada de garza japonesa; que Philadelphi -la película sobre el SIDA- Luchar contra la discriminación entre abogados; o Madame Bovary, La triste historia de una tonta llamada Emma...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;Son ejemplos exagerados, pero permiten observar, por lo menos algo: la primera atracción que una obra puede ejercer sobre su receptor se pierde con un mal título.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;Es más, un mal título puede ser causa suficiente para dejar de leer un libro o pasar de una película. Incluso, en algunos casos, los editores han cambiado los títulos originales con los cuales algunos autores les han entregado su obra, para asegurar un gancho comercial.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;El título es al libro lo que el empaque, según concuerdan las teorías mercadológicas, es al producto: es la tarjeta de presentación, es la puerta de entrada. Además, el título puede permitir al lector prever la temática del libro, el nombre de algunos de sus personajes o el lugar donde se desarrollan las acciones, entre otras posibilidades; lo particular o sonoro de un título puede ser móvil suficiente para que el lector emprenda la lectura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;Básicamente podemos encontrar dos grandes tipos de títulos: aquellos que tienen que ver directamente con el relato y aquellos que no tienen relación alguna (al menos directa).&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;&lt;i&gt;a)Títulos que no tienen relación directa con el relato&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;Puede que tengan un valor comercial (por ejemplo, asociar con Da Vinci casi cualquier materia en un título de libro podría ser una buena estrategia) o un valor simbólico, que permita, a partir de su lectura alguna asociación. Alguna vez se llegó incluso a trabajar el tema con la película de Tarantino Reservoir dogs cuyo título, por más que se trate de catalogar de &quot;perros&quot; a sus personajes, no tienen ningún significado. De hecho, su origen está en la siguiente anécdota: &quot;se trata de un cruce entre los títulos de dos películas que le encantan a Tarantino. Por un lado, PERROS DE PAJA de Sam Peckinpah (que en el original se titulaba STRAW DOGS), y por otro lado el film francés ADIOS, MUCHACHOS de Louis Malle, cuyo título original AU REVOIR LES ENFANTS era imposible de pronunciar para Tarantino, por lo que se refería a ella como &quot;The Reservoir Film&quot;, es decir, como si le llamáramos &quot;la película esa de Reservoir&quot;, ya que &quot;Reservoir&quot; era la palabra inglesa más aproximada al original francés.&quot; (Unai Epelde)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;Lo importante sería recordar que, si bien un título que no esté relacionado sino que simplemente tenga un valor anecdótico, estético o muy personal para el autor, hay que considerar que si no se trata de un relato realmente fascinante, el lector prontamente, decepcionado, abandonará el texto&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;i&gt;Títulos directamente relacionados con el libro&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Las ventajas de éstos son obvias: adentran de una vez al lector en la materia del libro, puede que le provoque curiosidad acerca de alguno de sus aspectos, en resumen, dirigen al lector hacia el corazón del libro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;Entre estos tenemos los siguientes casos:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;1)Nombres de personajes: Conversaba con un alumno acerca de esto, en especial en el caso de las telenovelas, ya que Delia Fiallo, la gran matrona del género suele colocar como nombre de sus obras el de la protagonista, estrategia que ha sido criticada de facilismo. Es importante destacar que, en el caso del melodrama, en el cual es tan importante la relación entre audiencia y personajes, una relación tan cercana que llegue a la empatía y la identificación, este recurso funciona. Sin embargo, en la ficción escrita, no hay garantía de éxito. Llamar a un relato Gabriela, Carlia, Jesús no nos invita directamente a la lectura, sin embargo, es posible que en ciertas formas narrativas como aquellas que imitan a la biografía sean útiles (como David Copperfield, de Dickens).&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;Una variación es el nombre más la profesión o alguna condición (p.e. Bartleby, el escribiente, de Melville; Inés Duarte, secretaria, telenovela; Ciudadano Kane; El coronel no tiene quien le escriba)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;2)Nombres de lugares: nuevamente una opción interesante aunque puede ser demasiado genérico, razón por la cual no se utilizan en este caso lugares tan conocidos. Por ejemplo, la película Fargo, de los hermanos Coen, requería un cierto conocimiento de la geografía norteamericana para ubicar claramente el lugar. Hace algunos años hubo una película llamada Paris, Texas, que jugaba con el nombre de un poblado homónimo de la capital parisina en el estado sureño de los E.E.U.U. Si el lugar es tan particular que por sí solo invita a la curiosidad podría funcionar. (Rashomón, La casa de las bellas durmientes)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;3)Frases o alusiones a la materia básica del libro: Basta con leer títulos como El halcón maltés, El Código da Vinci, La perla, Cien años de soledad y cotejarlos con el contenido de las obras a las cuales pertenecen para darnos cuenta de la forma como esta forma de titular complementa las historias. Se trata de seleccionar aquellos elementos que tienen por sí solos una importancia fundamental en la trama y llevarlos al primer plano del título&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;Si bien dar una receta para titular es casi imposible, consideramos que si hay algo que el ejercicio de buscar título a nuestro libro puede proporcionarnos es la obligación de jerarquizar los elementos del mismo, por eso, si bien la respuesta de estas preguntas no necesariamente generen por sí mismas un título, podrían ayudar:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;1)¿Cuál es el tema de mi libro?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;2)¿Cuáles son las ideas principales que expongo ?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;3)¿Cuán importante es el ambiente físico?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;4)¿Cuál es la principal solución que ofrezco?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;5)¿Cuáles palabras me servirían para describir el público meta?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;En la página debe ir el título en el centro, con el nombre del autor debajo en letras más pequeñas. Se puede añadir un subtítulo si se considera necesario. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;3)La sinopsis&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;La sinopsis es el corazón de la propuesta de libro. Debe describir la historia tema y el propósito del libro (la premisa). Si no somos capaces de escribir este texto en una o dos páginas, probablemente nuestra idea sea demasiado complicada y habría que repensar el libro. La sinopsis debe tener una presentación en la cual se habla del comienzo del libro, de su desarrollo y de la conclusión final que se presenta. Se pueden hacer citas textuales del libro para ilustrar algunos puntos (como estadísticas, datos, entre otros). &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;b&gt;4)Ideas para promoción &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Es relevante para los editores saber si uno tiene la posibilidad de promover el libro. Por eso si se dan clases o uno es invitado frecuentemente a conferencias, si se tiene un programa de radio o de televisión o una columna en un medio impreso es importante incluir, así como planes específicos como talleres, charlas&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;b&gt;5)Público meta&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Explica al editor para quien, desde el punto de vista del autor, se escribió el libro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;b&gt;&lt;span lang=&quot;EN-US&quot;&gt;6)&lt;/span&gt;&lt;span lang=&quot;ES&quot;&gt;Resumen&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b&gt;&lt;span lang=&quot;EN-US&quot;&gt; curricular&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Se trata de un texto corto que debe incluir toda aquella información relevante que califica al autor como apto para escribir un libro de ese tema y excluye todo aquello que es mero adorno. Es necesario ser específico (colocar más de 25 años en lugar de “vasta experiencia”, por ejemplo)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;b&gt;7)Resumen de capítulos&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Se puede incluir una breve descripción de los capítulos que componen el libro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%&quot;&gt;&lt;span style=&quot;FONT-WEIGHT: bold&quot;&gt;8)Capítulos de muestra&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;TEXT-INDENT: 35.4pt; LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;Particularmente el primer capítulo, el cual puede enviarse completo. Lo importante es que este primer capítulo tenga verdadero gancho y, como se explicó previamente, no se gaste en explicaciones introducciones. Algunas primeras frases memorables son: “Cuando despertó, Gregorio Samsa estaba convertido en un insecto” (Kafka, La metamorfosis)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot; style=&quot;LINE-HEIGHT: 150%; TEXT-ALIGN: justify&quot;&gt;&lt;b&gt;Frase para recordar&lt;/b&gt;: “Algunos libros son inmerecidamente olvidados, ninguno inmerecidamente recordado” W.H. Auden&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/3309559149616359577/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/3309559149616359577?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/3309559149616359577'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/3309559149616359577'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/el-plan-de-obra.html' title='El plan de obra'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-3551341847611215541</id><published>2007-09-29T09:30:00.001-04:00</published><updated>2007-09-29T09:30:33.408-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión sobre la escritura"/><title type='text'>Un comentario de Azir Nafisi sobre la novela</title><content type='html'>&quot;Una novela no es una alegoría. (...) Es la experiencia sensorial de un mundo aparte. Si no ingresas en dicho mundo, contienes la respiración con los personajes y te involucras con su destino, no serás capaz de empatizar, y la empatía es el corazón mismo de la novela. Así es como lees una novela: inhalas la experiencia. Entonces, comienza a respirar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solamente a través de la ltieratura que uno puede ponerse en los zapatos del otro y entender sus aspectos más contradictorios y diferentes (...)&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leer Lolita en Teherán</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/3551341847611215541/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/3551341847611215541?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/3551341847611215541'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/3551341847611215541'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/un-comentario-de-azir-nafisi-sobre-la.html' title='Un comentario de Azir Nafisi sobre la novela'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-333004853623899814</id><published>2007-09-27T09:56:00.000-04:00</published><updated>2007-09-27T09:57:11.996-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>&quot;Un regalo para Julia&quot;, de Francisco Massiani (Venezuela)</title><content type='html'>Palabra que no era fácil. Casi todo el mundo regala discos y los pocos discos de moda son tres, cuatro. Julia iba a terminar con la casa llena de discos repetidos. Además tenía sólo veinte bolívares y así no se pueden comprar sino discos o chocolates o alguna inmundicia parecida. Yo nunca le regalaría un talco a Julia. Menos, un muñeco. Tiene una colección de muñecos desbaratados en el cuarto y lo de chocolates, menos, porque sé que Carlos se los comería todos. Carlos, tan perfectamente imbécil como siempre. Lo imagino clarito: Oye Julia, dame un poquito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno dice: le regalo un libro. Uno dice: le regalo cualquier cosa. Pero uno no podía regalarle cualquier cosa. ¿Con qué cara? Ayer, anteayer estaba con la cochinada de Carlos, que por cierto: fuaaa, fuaaa, y lo peor es que no tose y a mí en cambio se me salen las tripas. Fuaaa, botaba el humo, y fuaaa estiraba su pata y mataba una hormiga. Se comía un moco. Se estripaba un barro en la nariz, fuaaa, se rascaba la oreja, y después escupía el humo por los ojos, por la nariz, por la boca, por todos lados. Porque lo hace. Juro que sabe fumar. Es verdad. Fuma mejor que nadie. Y entonces te mira y dice: si llego a ser novio de Julia. Pero lo juré. Dije: por Dios santo que no se lo digo, y eso, ¿no?, así que nada. No puedo decirlo. Pero en todo caso cuento que Carlos me dijo que si Julia llegaba a ser su novia, la metía en la bañera, la llenaba de jabón y le hacía esa porquería que juré que no se lo decía a nadie. Lo peor es que yo vengo y salgo y voy a casa de Julia, porque algo tenía que hacer, ¿no?, y llega Julia y me dice así mismito:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué vienes a hacer aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedé tieso. Después me dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pasa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y pasé. Y después de que pasé me senté y ella puso un disco. Siempre que alguien llega a su casa pone un disco. Después te saluda, te mira, da tres pasos de última moda y después se echa en el sillón, tipo bandida de cine mexicano. Cine mexicano, cine mexicano... ajá:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oye —le digo—. Oye Julia, ¿qué tal te cae Carlos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Carlos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, Carlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué?— cogió una revista de mujeres y modas y eso. Yo me puse a darle tambor a la mesa. Creo que pasamos como un minuto así. Me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quieres Cocacola?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no le respondí. Seguí tocando tambor en la mesa. No le respondí porque me molestó que se olvidara que le había hablado de Carlos, que se hiciera la loca con la pregunta que muy bien sabía que yo se la hacía por un montón de cosas que ella sabía muy bien que yo sabía. O sea eso. O sea nada, supongo que se entiende, ¿no? Bueno. Me vuelve a preguntar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quieres Cocacola?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te pregunté por Carlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me acuerdo— dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo sí— le dije—. Y muy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno. ¿Qué cosa?— dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso que tú sabes— le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo no sé nada, Juan— me dijo. Y cuando la miré estaba viendo la revista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, Julia.— Yo tenía que hacer algo. Sabía que tenía que hacer algo—. Oye: imagínate que Carlos te regala el disco que estamos oyendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué cosa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El disco&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué disco?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada— le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca lo entienden a uno. Yo seguí tocando el tambor y ella se levantó del sofá, dio un brinquito, se pasó la mano por el pelo y me preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué dijiste de Carlos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca. Nunca entiende. Yo le dije que nada, que se sentara, y ella me sonrió y se sentó. Cuando se sentó, me sonrió. Cuando eso pasa, cuando me sonríe, entonces yo aprovecho para verle la boquita, esos dos gajitos de naranja, porque es así: tiene dos gajitos de naranja, y sé por ejemplo que el labio de arriba, cuando se separa del de abajo, parece que le diera miedo dejarlo solo, y entonces tiembla un poquito, no mucho, un poquito solamente y entonces se le acerca y lo acompaña un poco y entonces entre los dos gajitos sale como un juguito que le mancha un poco las arruguitas de los labios y entonces yo siento un mareo y algo como un chicle entre las muelas y ella se me queda mirando y me dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y despierto. Sé que nunca sería capaz de agarrarle la mano, nunca. Pero sabía, estaba convencido, como nunca, que tenía que hacer algo. Así que seguí tocando tambor a ver si me venía algo a la cabeza. Nada. Seguía tocando tambor. Nada. Seguía tocando y tambor y tambor y ella y tambor y nada. De repente ella me dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tengo un vestido para mañana que es una maravilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo digo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ella dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es algo que te deja desmayado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo sigo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ella:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo ves y te mueres. Es de locura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo seguía con el tambor. Eso lo cuento para que vean. Bueno. En eso pasó la hermana, después una de las sirvientas de las diez sirvientas que tienen en su casa y después, un rato después, vengo y le digo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Julia— ni sabía lo que iba a decir—, dime una cosa: si yo te regalara ese disco y Carlos el otro, ¿cuál pondrías más en el día?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se me quedó mirando con mirada matemática de raíz cuadrada, y me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Éste. El que estamos oyendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo entonces estiré las piernas, la miré, le eché una sonrisita y seguí tocando tambor, pero palabra que me costaba tocar tambor, porque lo que provocaba era salir gritando y llamar al cochinada de Carlos y decirle: mira Carlos, pendejo, nunca vas a hacerle esa cochinada porque Julia y yo, ¿no?, pero justo cuando se estaba acabando el disco me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué fue lo que me preguntaste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Palabra que no es mentira. Se lo repetí y ella me sonrió. Y me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué salvaje eres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca la he entendido. Me imaginé que debía sonreírme y me sonreí. Después me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo pondría todos los días si me gustaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué cosa?— Yo comenzaba a olvidar todo el plan, todo lo que tenía en la cabeza se me reventó, ya nada, juro que yo no entendía a nadie, que estaba loco, tan loco que dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Julia. Quiero que mañana vayas a la fuente de soda de la esquina porque quiero darte un regalo especial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella preguntando cosas hasta que por fin aceptó y a las tres y media era la cosa. O sea que a las tres y media nos íbamos a encontrar en la fuente de soda. Así fue que salió lo del regalo. Por eso lo conté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Total que hoy vengo y cogí lo que me dio mamá y salí a la calle. Me metí en todos lados. Vi todas las vitrinas. Entré en todas las tiendas y ni sabía qué podía regalarle. Pero no soy tan imbécil: si le dije que el regalo era especial por nada del mundo le doy cualquier cosa. Eso era lo que pensaba cuando estaba mirando el conejo. Porque en una de esas vi un conejo. Ustedes lo han visto. Está por ahí, en una de esas tiendas de Sabana Grande, y es un conejo blanco. Es un conejo más grande que un caballo y mueve las orejas y tiene los ojos rojos. Por cierto que me acordé del profesor Jaime, porque el profesor Jaime tenía siempre los ojos rojos. Por cierto que el profesor Jaime era un gran tipo, y cada vez que me acuerdo de él tengo una vaina con Carlos. Porque sé que Carlos es el cochinada típico que le pone tachuelas a profesores como el señor Jaime. Cuando estaba mirando el conejo, me juré que si alguna vez Carlos tocaba el oso de mi hermanita, que también tiene los ojos rojos, lo agarraba por las patas, lo batía contra el árbol y lo volvía una cochinada. Porque es lo que merece. Juro que si alguna vez Carlos se burla del oso, lo machaco, lo aplasto, le martillo los dedos y lo reviento. Eso es lo que merece. Total que estaba viendo el conejo y ¡ah! Nada: un pollo, Dios mío, ¿cómo no se me había ocurrido? Un pollito, chiquito, metido en una caja, y ella mirando el pollo, y jugando con su pollo todos los días, y dándole de comer, y así tú puedes preguntarle por el pollo y tienes algo de qué hablar y es algo especial, es un regalo único, anda, apúrate, y salí disparado a Canilandia. Creo que se llama así: Canilandia. Y está en una callecita que se mete de Sabana Grande a la avenida Casanova. Bueno. Y entré y el señor me regaló el pollo. Ni siquiera aceptó que yo se lo comprara. Bueno. Me fui a la fuente de soda. Cuando llegué pedí una merengada. Eso fue lo que pedí. Y ahí estuve. ¡Ajo! Estaba cansado. Hay que ver, corriendo, el sol, el pollo, y lo peor es que no podía correr mucho. Pero ahí estaba. Bueno. Pedí una merengada de chocolate. Ya van a ver. Pido la merengada. Es para quedarse en casa. Francamente: pido la merengada y el imbécil del mozo viene y se queda mirando a la caja. Claro que la caja se movía, ¿no?, pero por eso no tenía que poner cara de imbécil y quedarse mirando y mirando y decirme, porque me lo dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve que decírselo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un regalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Un regalo?— se sonreía con los dientes puercamente llenos de oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un regalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y por qué se mueve?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Porque adentro hay un pollo —digo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ah, ¿sí? ¿Un pollo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí. Eso. Un pollo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué bien— dijo el tipo. Que si qué bien. Qué tipo, francamente. Bueno. La verdad es que no sé por qué cuento lo del mozo. Lo que sí es que ya estaba poniéndome nervioso porque Julia no llegaba y eran más de las tres y media. Ya como a las cuatro, dejé la caja con la copa encima y llamé a casa de Julia. Como estaba pendiente de la caja, o sea, pensando en que a lo mejor el pollo se ponía histérico y pateaba y se armaba el relajo, estuve como media hora sin responderle a la mamá. La mamá:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Aló? ¿aló? ¿aló? ¿aló?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno. Por fin le pregunté por Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No está, Juan —me dijo—. ¿Eres tú, no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí. Soy yo, señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ayer vi a tu mamá. ¿Cómo estás?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ah, bueno...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me dijo que no estudiabas casi nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tienes que estudiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, señora— palabra que eso era lo que me decía. No miento. Siguió así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—...y portarte muy bien, mira que ya eres un hombrecito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno. Tú vienes al cumpleaños, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Julia está como loca... ya no sabe qué hacer. Bueno, Juan. Saludos por tu casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Gracias, señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Adiós.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Adiós, señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Ven? Y la caja y la copa y el mozo y Julia no llega y la vieja: es para volverse loco. Palabra. Estuve a punto de tirar el teléfono. Y lo peor es que no he terminado: apenas me siento se me acerca de nuevo el mozo. ¡Qué tipo más imbécil! Me dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y para quién es el regalo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juré que si me seguía haciendo preguntas que a ti no te importan te tiro la copa desgraciado. Eso es lo que pensaba. Y dale con el regalo. Menos mal que alguien lo llamó. Ya yo estaba realmente harto. Dale con la caja, el pollo, la vieja. &quot;Ayer vi a tu mamá en el mercado&quot; y que si &quot;tienes que estudiar porque eres un hombrecito, Julia está como loca&quot;. Francamente. Y nada que llegaba la desgraciada. ¿Por qué la gente tiene que preguntar tanto? En serio: ¿para qué vienen y te preguntan que por qué tu mamá usa anteojos? ¿Ah? Palabrita que si alguien pregunta que por qué mi mamá usa anteojos le nombro la madre. Palabrita. Sinceramente le digo a sí mismo: mire desgraciado, señor, ¿qué pasa? ¿Qué le pica? ¿Nunca ha visto un pollo? ¿Nunca ha visto una señora con anteojos? ¿Ah? Dígame esa gente que viene y te dice: ¿Qué hay? O te dicen: ¿Qué has hecho? ¿Pero qué carajo les importa? ¿Ah?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno. Por fin Julia llegó. Era tardísimo. La vi bajarse de su impresionante Buick negro, con su vestido de pepas, y meneándose, para todos los tipos que estaban en la fuente de soda. Julia no puede dejar de menearse y mirar a todos los tipos. Por mí que se iría con el primer tipo que le dijera: &quot;Oye tú, mira...&quot;. Seguro. Lo único que le importa a esa carajita es menearse y poder menearle los ojos a todos los degenerados que la miran. A veces comprendo un poco por qué a la cochinada de Carlos se le ocurrió eso que me dijo y que yo no puedo contar porque juré por Dios santo que no se lo decía a nadie. Pero bueno. Llega, se sienta, se monta el vestido hasta las pantaletas, se bota el pelo para atrás, se pasa la mano por el cuello, y después que me volvió porquería, se quedó mirando la caja vacía y me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ajjj Dios mío, me estoy muriendo de sed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se me olvidó decir que justo en el momento en que la vi salir de su maldito Buick, justo en ese momento, me dio una vaina y en un segundo abrí la caja, agarré al pobre pollo, y lo escondí en el bolsillo de la chaqueta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me salió con que si:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Llevas mucho tiempo aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Acabo de llegar —le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué calor, verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, espantoso —dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No lo aguanto —dijo ella— Puf, me muero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y para colmo me di cuenta que el tipo de la corbatica negra nos estaba espiando. Apenas llegó Julia me di cuenta que paró las orejas y hacía lo posible por acercarse y vamos a ver qué oímos y qué pasará con el pollo. Francamente. Deben volverse imbéciles. Que si la mesa uno un perro caliente, la mesa cuatro una hamburguesa sin tomate y otra con tomate, la mesa ocho una merengada de chocolate y una Cocacola, y la mesa dos un café negro y otro marroncito pero sin mucho café y la mesa tres un helado de mantequilla y la mesa nueve... Claro: nosotros ahí, así se divertía. No sé si se han dado cuenta la cara de loquitos tristes que tienen todos. Y además de la tristeza de loquitos llevan una corbatica de lazo. Pobrecitos. No le metía la nariz en las piernas de Julia porque no podía, y claro, porque Julia, justo cuando el pobre desgraciado la miraba, cerraba un poco las rodillas, la maldita botaba el aire, se sobaba la rodilla, y después te miraba como para que no te pusieras a llorar ahí mismo. Después que se subió más de lo que tenía subido el vestido, vino, y con su vocecita de pito, levantó un dedito y llamó al mozo. Inmediatamente pensé que el pendejo del mozo llegaba y le contaba lo del pollo. Y lo peor es que con lo del pollo, tenía que mantener el brazo en una sola posición, así, con la mano en el bolsillo, sin dejar que el pollo chillara, tapándole la jeta con los dedos, y ya sentía el brazo calambreado. Además estaba comenzando a sudar por todas partes. Era horrible. No exagero. Bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mozo llega y se para delante de Julia:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Desea algo, señorita?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí. Por favor...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dígame.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tiene Cocacola?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tipo le dice:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pepsicola —y aprovecha para mirarle todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pepsicola?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pepsicola —se hizo el loco y le miró las rodillas. Julia seguía con el dedo en el aire y se soplaba un mechón de pelo que le caía sobre la nariz. Por fin parece que Julia se dio cuenta que estaba pidiéndole algo al mozo y le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tiene Orange?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. No hay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué tienen?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mozo como que ya estaba arrecho:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Colita, Pepsicola, Hit, Sevenup y Grin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tienen Grin?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno. Entonces una merengada de chocolate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De chocolate?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Bueno. Tráigame una Grin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mozo estaba loco:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Entonces Grin?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Perdone —dijo Julia y se rio mirándome—, tráigame un helado de chocolate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mozo ni siquiera la miró. Salió disparado. Pobrecito. Y a todas éstas al maldito pollo como que le dio taquicardia porque comenzó a temblar y patalear y no sé qué diablos tenía. De golpe le abrí la jeta y el desgraciado chilló. Julia me miró y me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Oíste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No —dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Como un pito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un niñito —dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Fue raro —siguió Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí. A veces pasa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mamá dice que oye todo el día una avispa en la oreja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué raro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin miró la caja, que estaba vacía, y me preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Ese es el regalo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo estaba esperando desde el principio la pregunta. Por fin. Sí, pero no sabía qué diablos podía decirle, ¿no? ¿Qué se puede decir si a uno le pasa una cosa de ésas? ¿Qué dice uno? Uno no sabe qué decir. Y yo dije que no. Que ése no era el regalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Dónde está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&quot;¿Dónde está? ¿Dónde está?&quot; ¡Qué pregunta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me pasó algo, Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué cosa? ¿Se te quedó en tu casa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Fue un problema —le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Te caíste? ¿Y esa caja?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí. Me caí. Se rompió. Esa es la caja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué lástima —dijo. Y justo oí que el pollo eructaba o algo así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé qué le pasaba al bicho. Como que estaba ahogado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Dónde te caíste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En una escalera —le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Palabra que lo siento, Juan —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por supuesto que importa —me dijo. Y aprovechó para agarrarme la mano. Yo sudé. Después me sonrió, cambió las piernas para que todo el mundo le mirara las pantaletas y me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Te vienes conmigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, gracias Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En eso fue que llegó el mozo. O Bueno. Llegó antes o después de que se subió el vestido. El tipo traía una Cocacola. La puso, después pasó el pañito por una orilla de la mesa y se perdió. Julia me preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No fue un helado de chocolate lo que pedí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé —le dije. Y sí sabía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ah no... es verdad —dijo—. Ahora me acuerdo que pedí una Cocacola...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cogió el pitillo, lo metió en la Cocacola y echó una chupadita. Después se pasó la lengua por la boca, se limpió la manchita de Cocacola que tenía en los labios, y se me quedó mirando sonreída. Inmediatamente comencé a sentirme como perdido. Como levantado del suelo. Lejos y al mismo tiempo muy cerca, tanto, que podía contarle los lunares que tiene en la nariz, esos punticos como marroncitos, como rosados que tiene juntados en la nariz, y mientras más la miraba, ella más se sonreía y yo volaba más lejos de ella, con la sonrisa, sin ella, con la sonrisa sola, flotando en el aire, con su sonrisa de espuma roja, y después que había volado con la sonrisa, la sonrisa regresaba a su cara, le cubría toda su cara y yo me daba cuenta que estaba ahí, frente a ella, y me entraba en el vientre un miedito dulce. Era un miedito como cuando vamos en un auto y de golpe el auto llega a una subida, y cae, y a ti te entra algo, se te abre algo en la barriga, y se te llena la barriga de ese miedo dulce que después sientes que se te escapa y te lo deja como vacío, como con un hambre raro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Juan —decía—. Oye, Juan...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni siquiera me di cuenta que tenía el pollo en el bolsillo, palabra. No me daba cuenta de nada. Para colmo ella me decía Juan, así, suavecito, Juan, como soplando el nombre, como soplándolo con el aliento, y apenas me llegaba el nombre, apenas lo oía, y volvía a entrarme esa vaina y me quedaba más perdido y más mareado que antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Juan —me dijo—. Oye. ¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada —le dije.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oye. Tienes una cara...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me preguntó eso sentí el calambreo en el brazo y comencé a asustarme y de verdad verdad me comencé a sentir mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, Julia —le dije—. No me pasa nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me pareció que te sentías mal —me dijo ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pollo volvió como a pitar y le tapé el pico, la cabeza y todo lo que pude taparle, desgraciado si sigues te ahogo, cállate, y Julia:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Seguro que no te sientes mal, Juan?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dale con lo mismo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Segurito, Juan? ¿Seguro que no te sientes mal?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, Julia. No. Palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Segurito?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero seguro que no? No sé, tienes una cara...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Palabra, te lo juro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero palabra, Juan? ¿No quieres ir al baño, Juan?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le tiré el pollo porque francamente. Casi se lo estripo en la cara. Y lo peor es que siguió. Ya van a ver:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por mí —me decía la desgraciada—. Por mí puedes ir al baño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero bueno, Julia. Si no quiero ir al baño ¿para qué voy a ir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero no te dé pena. Anda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Julia. Deja la cosa del baño. No tengo ganas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé, Juan. Estás sudando y tienes una cara, yo sé, te conozco, eres capaz...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Capaz...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Capaz de aguantarte por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso era lo último.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Aguantar qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aguantarte. Yo lo sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, Julia. No me estoy aguantando. Te juro que no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin como que dejó la cosa y siguió tomando su maldita Cocacola. La odiaba. Juro que la odiaba como nunca. Hasta pensé en lo que me dijo Carlos y me pareció que Carlos no era tan inmundicia como yo lo había pensado. Me pareció que Carlos tenía razón en pensar en esas inmundicias, y le rogué que lo hiciera, que le hiciera inmundicias más asquerosas todavía. Me provocaba matarla. Cuando terminó su Cocacola y dio los últimos chupitos me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, Juanito. Te espero en casa. No faltes —me lo dijo con lástima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después miró la caja vacía. Y después se levantó, me echó una sonrisita de &quot;no sufras tanto que la vida no es tan mala&quot; y se fue meneando el culo hasta su impresionante y asquerosísimo Buick negro. Ahí abrió la puerta, levantó las patas para que yo me derritiera con sus pantaletas, y después levantó su dedito y el maldito carro se perdió de vista en la esquina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Dios mío! ¿Por qué pasan esas cosas? Apenas se fue, vuelve el mozo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía que volver. No podía quedarse quieto. Tenía que volver, llegar con cara de melón y preguntarme con su vocecita de marica dulce:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Le dio miedo dárselo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué todo, por qué me pasa, por qué? ¿Por qué nunca podré, por qué jamás he podido...? ¡Dios mío! Me sentía tan mal...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Metí la cabeza entre los brazos y por fin oí que el mozo se alejaba hacia otra mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces oí las risas. Apenas levanté la cara, vi que el mozo se reía junto a un gordo, y los dos me miraban. Se reían, hablaban un poco y volvían a soltar la carcajada. Yo comencé a sentirme rojo hirviendo, vi que no aguantaba más y que ese rojo hirviendo era cada vez más caliente y me quemaba más la garganta y los ojos y aflojé todo y entonces todo se me fue por los ojos y ya nada me importó entonces, lo juro, ya nada me importaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando terminé de llorar, saqué al pobre pollo del bolsillo y me le quedé mirando: estaba tranquilito. Estaba como dormido. Me gustó pasarle la mano por su cabecita, por su cuerpo, y era tibio y bueno, y pensé que nos parecíamos los dos, él y yo, y estaba muy tibio y seguía como dormido. Estaba tan tranquilo que comencé a sentir algo espantoso. Entonces me dio frío y todo asustado lo dejé caer en el suelo.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/333004853623899814/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/333004853623899814?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/333004853623899814'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/333004853623899814'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/un-regalo-para-julia-de-francisco.html' title='&quot;Un regalo para Julia&quot;, de Francisco Massiani (Venezuela)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-8462800860892650845</id><published>2007-09-25T15:27:00.000-04:00</published><updated>2007-09-26T17:12:32.668-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Miscelánea"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión sobre la escritura"/><title type='text'>SOBRE EL Un articulo: POR QUE DE LOS TALLERES LITERARIOS EN ARGENTINA</title><content type='html'>Existen explicaciones, muchas y variadas, sobre las causas del “Boom” de los talleres literarios. Su origen es coincidente con los años sesenta, como antecedente primario, en la que un grupo de personas todas ellas amantes de la literatura, se reunía en bares, confiterías y cafés para la lectura, comentarios y debates encendidos muchas veces, no académicos en la mayoría de ellos, sobre los distintos géneros literarios y sus autores.&lt;br /&gt;Que éstos surgieran con gran fuerza, primero en Norteamérica y después en la Argentina, fue razón suficiente para que fueran adoptados como un fenómeno imitativo y “snobs”sobre todo por el habitante del centro porteño.&lt;br /&gt;Expresa Silvina Riera: “La más europea de las ciudades latinoamericanas es “La capital de los talleres literarios”, más allá de esta expresión veladamente “Eurocéntrica” deberíamos decir también una de las mas fragmentadas socialmente con un evidente malestar en la cultura que se manifiesta con formas de expresión literarias alternativas, en particular con el crecimiento del número de talleres literarios. Todos tienen algo que decir y lo dicen.&lt;br /&gt;No coincido en que el motivo sea la aspiración burguesa, genuina desde luego, de aprender a ser escritor profesional y publicar sino una desesperada necesidad del ser de emerger en la conciencia y hacer propiedad común del lenguaje unificador del sujeto social , agredido por la hiperfragmentacion de las clases sociales y la faltan de una identidad social.&lt;br /&gt;Coincido en parte con la expresión de Heker “La escritura es democrática y la literatura no”, yo agregaría que la escritura emergente de los talleres es democrática por la estructura horizontal y no autoritaria de los mismos.&lt;br /&gt;Es interesante una expresión de saccomanno “A mí lo que me importa es que cada uno encuentre su propia voz”, delinea su espíritu antiverticalista lo que favorece al orientar la creación literaria y como consecuencia el surgimiento del ser a través del lenguaje.&lt;br /&gt;Me gustaría concluir con una cita realizada por Steimberg que reivindica la práctica de la reescritura como el mejor ejercicio de taller literario.” Borges pensaba que lo único que podemos hacer es reescribir. El decía algo parecido al Eclesiastés:”Todo está ya escrito, todo sucedió ya”. De acuerdo a esto con las palabras articuladas según un orden sintáctico y su correspondiente semántica se reconstruye el sujeto.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/8462800860892650845/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/8462800860892650845?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8462800860892650845'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8462800860892650845'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/sobre-el-un-articulo-por-que-de-los.html' title='SOBRE EL Un articulo: POR QUE DE LOS TALLERES LITERARIOS EN ARGENTINA'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-8299529208900716515</id><published>2007-09-22T18:05:00.001-04:00</published><updated>2007-09-22T18:05:30.946-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>Cuadro comparativo entre relato, novela corta y novela tradicional</title><content type='html'>&lt;a onblur=&quot;try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}&quot; href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEimIdCX4rDdYSW6KLAVo4smT713hCPyOZTTp9MKwIw4EYlQtKvrvGzXj1DBUbjUZQddIPZKtkIute49vZXiyd-5Ca5xNDowlCDmEslAZtjUKsWRNRCy5FnQUafeQ1HYLCBRNsbl0Q1y2k0t/s1600-h/comparativo+relato,+novela+corta,+novela2.JPG&quot;&gt;&lt;img style=&quot;float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEimIdCX4rDdYSW6KLAVo4smT713hCPyOZTTp9MKwIw4EYlQtKvrvGzXj1DBUbjUZQddIPZKtkIute49vZXiyd-5Ca5xNDowlCDmEslAZtjUKsWRNRCy5FnQUafeQ1HYLCBRNsbl0Q1y2k0t/s320/comparativo+relato,+novela+corta,+novela2.JPG&quot; border=&quot;0&quot; alt=&quot;&quot;id=&quot;BLOGGER_PHOTO_ID_5056362420695750162&quot; /&gt;&lt;/a&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/8299529208900716515/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/8299529208900716515?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8299529208900716515'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8299529208900716515'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/cuadro-comparativo-entre-relato-novela.html' title='Cuadro comparativo entre relato, novela corta y novela tradicional'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" 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habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.&lt;br /&gt;Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.&lt;br /&gt;Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.&lt;br /&gt;Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.&lt;br /&gt;Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.&lt;br /&gt;Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.&lt;br /&gt;Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.&lt;br /&gt;A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.&lt;br /&gt;Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.&lt;br /&gt;A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.&lt;br /&gt;Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.&lt;br /&gt;Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dios sabe qué esperaba yo.&lt;br /&gt;Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.&lt;br /&gt;En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.&lt;br /&gt;Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.&lt;br /&gt;Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.&lt;br /&gt;El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.&lt;br /&gt;Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar.&lt;br /&gt;Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.&lt;br /&gt;Todas las fotografías eran iguales.&lt;br /&gt;Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes.&lt;br /&gt;No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.&lt;br /&gt;Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Vas demasiado deprisa.&lt;br /&gt;Nunca lo entenderás si no vas más despacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía razón, por supuesto.&lt;br /&gt;Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.&lt;br /&gt;Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.&lt;br /&gt;Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.&lt;br /&gt;Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).&lt;br /&gt;Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.&lt;br /&gt;Cogí otro álbum.&lt;br /&gt;Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.&lt;br /&gt;Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.&lt;br /&gt;Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.&lt;br /&gt;Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso fue hace más de dos mil fotografías.&lt;br /&gt;Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.&lt;br /&gt;Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.&lt;br /&gt;Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.&lt;br /&gt;En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.&lt;br /&gt;¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.&lt;br /&gt;¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.&lt;br /&gt;Las propias palabras &quot;cuento de Navidad&quot; tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.&lt;br /&gt;Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.&lt;br /&gt;Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?&lt;br /&gt;Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.&lt;br /&gt;Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No conseguía nada.&lt;br /&gt;El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.&lt;br /&gt;Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.&lt;br /&gt;Me preguntó cómo estaba.&lt;br /&gt;Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado.&lt;br /&gt;¿Sólo es eso?&lt;br /&gt;Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.&lt;br /&gt;Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuimos a Jack&#39;s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.&lt;br /&gt;Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Fue en el verano del setenta y dos - dijo.&lt;br /&gt;Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.&lt;br /&gt;Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.&lt;br /&gt;Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.&lt;br /&gt;Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.&lt;br /&gt;Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.&lt;br /&gt;Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.&lt;br /&gt;Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.&lt;br /&gt;Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resultó que era su cartera.&lt;br /&gt;No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.&lt;br /&gt;Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.&lt;br /&gt;Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.&lt;br /&gt;No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.&lt;br /&gt;Robert Goodwin. Así se llamaba.&lt;br /&gt;Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.&lt;br /&gt;En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.&lt;br /&gt;No tuve valor.&lt;br /&gt;Me figuré que probablemente era drogadicto.&lt;br /&gt;Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que me quedé con la cartera.&lt;br /&gt;De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.&lt;br /&gt;Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.&lt;br /&gt;Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.&lt;br /&gt;Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.&lt;br /&gt;Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.&lt;br /&gt;Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.&lt;br /&gt;Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.&lt;br /&gt;Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.&lt;br /&gt;No pasa nada.&lt;br /&gt;Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.&lt;br /&gt;Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.&lt;br /&gt;Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sabía que vendrías, Robert - dice -.&lt;br /&gt;Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?&lt;br /&gt;Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Está bien, abuela Ethel - dij e-.&lt;br /&gt;He vuelto para verte el día de Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me preguntes por qué lo hice.&lt;br /&gt;No tengo ni idea.&lt;br /&gt;Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.&lt;br /&gt;Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No llegué a decirle que era su nieto.&lt;br /&gt;No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.&lt;br /&gt;Sin embargo, no estaba intentando engañarla.&lt;br /&gt;Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.&lt;br /&gt;Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.&lt;br /&gt;Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.&lt;br /&gt;Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.&lt;br /&gt;Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?&lt;br /&gt;Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.&lt;br /&gt;Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.&lt;br /&gt;Siempre supe que las cosas te saldrían bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.&lt;br /&gt;No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.&lt;br /&gt;Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.&lt;br /&gt;Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.&lt;br /&gt;Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.&lt;br /&gt;Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.&lt;br /&gt;Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.&lt;br /&gt;Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.&lt;br /&gt;De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.&lt;br /&gt;Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.&lt;br /&gt;Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.&lt;br /&gt;Así de sencillo.&lt;br /&gt;Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.&lt;br /&gt;Demasiado Chianti, supongo.&lt;br /&gt;Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.&lt;br /&gt;No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.&lt;br /&gt;Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.&lt;br /&gt;Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.&lt;br /&gt;Y ése es el final de la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Volviste alguna vez? - le pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Una sola - contestó.&lt;br /&gt;Unos tres o cuatro meses después.&lt;br /&gt;Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.&lt;br /&gt;Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.&lt;br /&gt;No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Probablemente había muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí, probablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Supongo que sí.&lt;br /&gt;Nunca se me había ocurrido pensarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Fue una buena obra, Auggie.&lt;br /&gt;Hiciste algo muy bonito por ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Le mentí y luego le robé.&lt;br /&gt;No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La hiciste feliz.&lt;br /&gt;Y además la cámara era robada.&lt;br /&gt;No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Todo por el arte, ¿eh, Paul?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Yo no diría eso.&lt;br /&gt;Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sí - dije -.&lt;br /&gt;Supongo que sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.&lt;br /&gt;Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.&lt;br /&gt;Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.&lt;br /&gt;Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.&lt;br /&gt;Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eres un as, Auggie - dije -.&lt;br /&gt;Gracias por ayudarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.&lt;br /&gt;Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Supongo que estoy en deuda contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No, no.&lt;br /&gt;Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Excepto el almuerzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eso es.&lt;br /&gt;Excepto el almuerzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.&quot;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/8978081324068717547/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/8978081324068717547?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8978081324068717547'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8978081324068717547'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/el-cuento-de-navidad-de-auggie-wren-de.html' title='El cuento de Navidad de Auggie Wren, de Paul Auster (USA)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-8291775937059888551</id><published>2007-09-18T08:19:00.001-04:00</published><updated>2007-09-19T18:04:14.578-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Miscelánea"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión sobre la escritura"/><title type='text'>Una reflexión de Guillermo Díaz sobre el teatro y el arte</title><content type='html'>&quot;el teatro, como toda expresión artística, es alimento para el alma; es reflexión y expresión de la inteligencia del hombre de un país; es el conocerse a sí mismo; saber hablar de lo que fue nuestra historia, de lo que estamos haciendo ahora y hacia dónde vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el espectador ve una obra de teatro y reconoce qué está pasando en ella, decide: &quot;¿Yo quiero ser así o no quiero ser así?&quot;, &quot;¿Quiero que ese sea mi futuro o no?&quot;. Así no sea un pensador, se va a quedar con eso y en su vida cotidiana, él va a decidir porque vio reflejado en el escenario algo que le pertenece. La función del teatro es sanar a la gente, por eso el hombre de teatro ha sobrevivido por siglos.&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Vía &lt;a href=&quot;http://www.el-nacional.com/&quot;&gt;el nacional&lt;/a&gt;)</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/8291775937059888551/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/8291775937059888551?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8291775937059888551'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8291775937059888551'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/una-reflexin-de-guillermo-daz-sobre-el.html' title='Una reflexión de Guillermo Díaz sobre el teatro y el arte'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-2134232548663518339</id><published>2007-09-05T15:38:00.000-04:00</published><updated>2007-09-05T15:39:03.219-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>Decálogo de un cuentista, Andrés Neuman (Argentina)</title><content type='html'>1. Contar un cuento es saber guardar un secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Aunque hablen en pretérito, los cuentos suceden siempre &quot;ahora&quot;. No hay tiempo para más ni falta que hace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento, o su muerte por asfixia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, paradójicamente, si es demasiado brillante se olvida pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. Los personajes no se presentan: actúan. La atmósfera puede ser lo más memorable del argumento. La mirada, el personaje principal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. El lirismo contenido produce magia. El lirismo sin frenos, trucos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7. La voz del narrador tiene tanta importancia que no debe escucharse demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8. Corregir: reducir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10. En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11. Narrar es seducir: jamás satisfagas del todo la curiosidad del lector.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/2134232548663518339/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/2134232548663518339?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/2134232548663518339'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/2134232548663518339'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/declogo-de-un-cuentista-andrs-neuman.html' title='Decálogo de un cuentista, Andrés Neuman (Argentina)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-8351526512398647224</id><published>2007-09-05T15:35:00.000-04:00</published><updated>2007-09-05T15:36:30.036-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>Nuevo decálogo de un cuentista, Andrés Neumann (Argentina)</title><content type='html'>I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si no emociona, no cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La brevedad no es un fenómeno de escalas. La brevedad requiere sus propias estructuras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la extraña casa del cuento los detalles son los pilares y el asunto principal, el tejado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo bello ha de ser preciso como lo preciso ha de ser bello. Adjetivos: semillas del cuentista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unidad de efecto no significa que todos los elementos del relato deban converger en el mismo punto. Distraer: organizar la atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anillo afortunado: a quien escribe cuentos le ocurren cosas, a quien le ocurren cosas escribe cuentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los personajes aparecen en el cuento como por casualidad, pasan de largo y siguen viviendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más trivial, narrativamente hablando, que un diálogo demasiado trascendente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los buenos argumentos jamás pierden el tiempo argumentando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adentrarse en lo exterior. Las descripciones no son desvíos, sino atajos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un decálogo no es ejemplar ni necesariamente transferible. Un dodecálogo, muchísimo menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/8351526512398647224/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/8351526512398647224?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8351526512398647224'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8351526512398647224'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/nuevo-declogo-de-un-cuentista-andrs.html' title='Nuevo decálogo de un cuentista, Andrés Neumann (Argentina)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-1964442005262502116</id><published>2007-09-05T15:25:00.000-04:00</published><updated>2007-09-05T15:28:47.251-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>Noveno relato: &quot;Música incidental&quot;, de Jesús Nieves Montero</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;A Jennifer y Leika&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;A Arly por contarme un lado de la historia&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;I&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un golpe en su hombro —el mesonero llevándole la cuenta porque estaban a punto de cerrar— le interrumpía la versión de My way que terminaba de interpretar ante un público en trajes de etiqueta en un pub neoyorquino. Probablemente por eso no funcionaba la técnica de la personificación: tenía que estirar demasiado la imaginación para llevar ese bar barato de portugueses en la avenida Fuerzas Armadas con sus borrachos morosos suplicando la del estribo y sus mesoneros hediondos y amanerados hasta su recuerdo de Nueva York, para que el escenario alcanzara la dimensión del artista.&lt;br /&gt;De cualquier manera insistió. Como escritor en pleno bloqueo se había dado a la tarea de cazar historias donde las hubiese, al principio trató de hacerlo perdiéndose en las calles buscando, como un modernista, la multitud; también yendo a las fiestas de sus amigos de las cuales se había alejado varios años antes cultivando una imagen de ermitaño literario, pero eso no funcionaba. Así que salía de su casa en dos turnos, mañana y noche, convertido en un estudiante angustiado porque tiene un examen; un marido infiel acechado por la culpa y la sombra de su esposa perseguidora; un político devaluado que sueña con desmesurados planes para retomar el poder; un predicador evangélico, armado con una Biblia gratuita de los Gedeones,  vociferante en las calles; un músico derrotado por la economía de mercado norteamericana que apenas logra comer cantando en locales nocturnos de Nueva York, cuando su título de la Julliard debería haberle garantizado plaza fija en un gran escenario.&lt;br /&gt;Pero debía haber una falla, no se convertía ni siquiera en una estadística. Ni lo agredían, ni lo insultaban, ni siquiera sentía que la indiferencia del mundo exterior estaba dirigida directamente contra él sino que era una actitud generalizada. Quiso ser asaltado, preso, torturado, agredido, discriminado, descubierto en su infidelidad, encontrarse con un ateo que la emprendiera contra su proselitismo, verse en la baranda de un puente y sentir deseos de terminar con su angustia pero todos los mecanismos parecían atascados.&lt;br /&gt;Dosificaba con buenas perspectivas el dinero que su hermana le enviaba desde el exterior por cuidar su apartamento y mantenerle los pagos al día. Desde que podía verla con la webcam y recibía fotos e informaciones prácticamente a diario, la distancia, la ausencia se había vuelto irrelevante. Podría decirse que la extrañaba. Podría decirse que rogaba a Dios porque nunca regresara. Y deseba aprovechar la coyuntura para escribir. Y seguir así indefinidamente. Le gustaba soñar con encontrar un mecenas, por lo cual revisaba en internet en caso de que alguien solicitara escritores para tomarlos bajo su protección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;II&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Consideró que era demasiado ambicioso personificar un hombre que fuera resultado de las complejidades de una biografía íntegra, así que se concentró en situaciones. Jugaba al llegar a su casa que había perdido las llaves y no podía entrar; si hacía cola en un banco era un ladrón que esperaba refuerzos, que nunca llegaban, para comenzar un golpe milmillonario; tropezaba intencionalmente en la calle para ver las reacciones de los demás transeúntes; sentando en un banco del Parque del este era un cazador de nuevos talentos para el modelaje internacional; fingía que le había ocurrido un accidente automovilístico y necesitaba un baño para lavarse y un teléfono.&lt;br /&gt;Así la conoció. Una noche vio un local de San Bernardino —apuestas hípicas, loterías, billar—, iba camino a su casa y no quiso acostarse sin haber hecho un esfuerzo más. La historia sería la siguiente: uno de los cauchos había recibido la puñalada de un clavo y se desinfló. Le pareció buen presagio esa frase, le sonó poética. Se bajó del carro y acarició con violencia la cara interna del caucho del copiloto hasta embarrarse, al principio tuvo reparos, pero también acercó su camisa. Se miró, se vio sucio, merecía solidaridad, compasión. Entró, habló con el encargado. La vio. Jeans desteñidos forrando unas piernas torneadas y unas nalgas que parecían dos inmensos gajos de mandarina, un top sin sostén debajo que resaltaba unos senos que lo obsesionaron. No es el tipo de mujer que buscan los públicos de hoy, le dijo  su personalidad de experto en modelos, muy rellena. Fue al baño, se lavó con el jabón disponible —detergente en polvo para ropa— y salió aún con las manos mojadas y la vio escribir en una libreta pequeña, de espiral metálico en la parte superior, escuchó para entender: eran las apuestas de la siguiente carrera del hipódromo de Valencia. Decidió sentarse y pedir una cerveza. Golpeaba con los dedos de su mano derecha la mesa de formica, comenzó a sudar y se sintió un ludópata esperando que su caballo le resarciera de todas sus pérdidas. Entusiasmo. Y la llamó para tratar de colocar una apuesta. Y ella quiso explicarle todos los procedimientos de un juego que él no conocía y quiso sugerirle que ella estaba a un par de horas de salir e inclinándose y mostrando su escote le hizo saber que estaría disponible para donde él quisiera llevarla. Y él pensó que si del refugio  entre las piernas de una mujer se podía concebir un niño, con más razón podía surgir también una nueva historia. ¡Cómo no lo había considerado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;III&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Primero? Primero fue la marca bajo el seno, la evidencia de la incisión que hizo el cirujano plástico para incorporarle la prótesis que le daba un par de tallas más de sostén. La descubrió la noche de su encuentro lamiendo el seno derecho, tratando de establecer sus linderos, había sentido algo tirante en la piel del escote la primera vez que lo acarició, recién salidos del Saturday night, lo cual le hizo sospechar del implante pero a él nunca le había importado con ninguna otra mujer e, incluso, antes de llegar esa noche al hotel, paseando sus manos sobre la ropa de ella, le pareció un todo real, tenso de deseo. Lamía, entonces, su seno, lo recorría y cuando quiso bajar, tal vez a buscar su sexo, o sólo su vientre, la lengua encontró en el pliegue entre el tórax y el seno una protuberancia, una textura, un reto a las papilas diferente: fue un descubrimiento, sinceramente, la madera lisa del resto de su seno había terminado por aburrirle, así que se concentró en esa nueva sensación.&lt;br /&gt;Sus ojos, que estaban cerrados, se abrieron para ver la causa de esta diferencia y allí tuvo el tejido reconstituido pero diferente y siguió lamiendo insistiendo allí. Nunca se había operado, así que en su propio cuerpo no conocía de cicatrices. No comentó sobre su predilección, pero ella debió notar la forma como se consagraba a esa zona y el deseo aumentaba y terminaron haciendo el amor pero en su cabeza estaba, sobre todo,  la cicatriz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;IV&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguieron saliendo. Miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo había carreras, él iba a buscarla al Saturday night cada noche, después de las doce, incluso alguno de los días terminaba por tenerlo libre y los encuentros nocturnos se mudaron de los hoteles de tráfico rápido al apartamento que cuidaba a su hermana. Ella le contaba que vivía con su madre, lo que quería ser y hacer y le hablaba de su hijo, el padre, hijo de puta, estaría pudriéndose en una cárcel, todavía repitiendo que robaba para darle de comer a ellos aunque nunca vieron un centavo. Él no se asustó, de hecho pidió conocer al niño. Algo faltaba en su vida y la idea del niño pareció darle nuevas perspectivas.&lt;br /&gt;Pero el motor de todo era ese cuerpo. Sus encuentros. Comenzó a llevar consigo la hojilla y a simular los accidentes. Una pequeña incisión sobre el pezón izquierdo, un error, una confusión, cómo pudo haber pasado. Mientras esa herida sanaba y producía su propia cicatriz, él seguía lamiendo bajo los senos, pero se excitaba ante la anticipación de ese nuevo punto de territorio. Y vamos a comer helados con tu hijo, es todo un hombre de la casa, ¿le caigo bien?, no lo había notado, sí, nos vi en un espejo y parecemos padre e hijo. Y a las dos semanas sobre el seno ya era una cicatriz madura y lamió y la lamió, tres puntos sobre su cuerpo para estar concentrado. Pero pronto sintió necesidad de otra herida. La quiso cerca del ombligo. Y la hizo. Por la tarde fingía ser padre, orgulloso. Lunes, miércoles y viernes béisbol de dos a cinco, el resto de los días alguna caminata, algún paseo, algún museo, todavía no se le ocurrían historias pero sentía que el método de personificación funcionaba, tenía fe, esperaba las historias que no veía y se hacía encajar hasta formar el cuadro de una familia, cómo no nos habíamos encontrado antes, incluso algún te amo se habría colado. Las cicatrices. Otro accidente, risas, la mala suerte, una hojilla, quién podría pensarlo, por eso advierten, tienen razón, no son juguete, maneje con cuidado, mantenga fuera del alcance de los niños. Tres, cuatro, diez, quince heridas, así sí podía hacerse un cuerpo, podía concebir una amante, siempre había heridas nuevas, en su paso a convertirse en cicatrices y ya el cuerpo podía ser el cuerpo amado, una cartografía de lugares que rompieran con la monotonía de la piel corriente, ya ni siquiera daba excusas por la hojilla, todo sucedía y era parte de su vínculo. Y por la mañana, mientras imaginaba que su hijo salía al colegio preparado por su suegra y que su esposa dormía el cansancio de la noche anterior y conservaba las heridas que serían el placer de la noche siguiente, compraba cinco o seis periódicos y los leía buscando historias, pensó que la mejor manera de detonar las historias era con palabras escritas, pero no productos terminados de creación, sino esas maravillas de construcciones híbridas que sólo hallaba en una buena crónica, un artículo de opinión, la página de sociales, los obituarios o las páginas rojas. La mujer, el niño, el bloqueo. Y las cicatrices.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;V&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La esperó una noche de viernes fuera del Saturday night. Doce—Una—Dos—Tres. No la vio salir. No quiso llamar. Pensó ampliar su registro haciendo de marido ofendido y defraudado. No pudo saber que se había desmayado. Que cuando llegó al hospital la desnudaron. Que al llegar la madre no pudo sino llorar ante todas las cicatrices de ese cuerpo que le exhibía el residente de la emergencia, ese cuerpo ella recordaba niña cuando la bañaba, adolescente cuando la acompañó a sus primeras visitas al ginecólogo, los días previos y el propio día de la boda cuando la ayudaba a colocarse todo el andamiaje del vestido. Tomaba su mano mientras se recuperaba y, airadamente, juraba venganza, en silencio, mientras veía que el policía encargado de hacer el expediente que comenzaría la investigación había encontrado entretenimiento en las piernas de la enfermera y ya estaba sobre ella, con la mano muerta sobre la cintura, en caída controlada hacia las nalgas y hasta allí llegaría el procedimiento, al menos el relacionado con las heridas de su hija. ¿Quién lo hizo?, ya, mamá, está bien, ¿Cómo va a estar bien?, mamá, por favor, estamos en un hospital, no grites, igual, la vida es así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;VI&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo siguiente, aún  —y muy concentrado— en su papel de cónyuge defraudado, se levantó y compró los periódicos. Cuando abrió Últimas noticias fue directo a las páginas intermedias, las dedicadas a las regiones y las de sucesos, siempre estaban los grandes titulares pero también había notas pequeñas, mínimas, escuetas, la definición de un relleno para cumplir con el espacio de la página. Allí leyó el título: Torturada por su amante y el subtítulo, Porque te quiero te estropio. Hablaban de cómo una mujer joven que se había desmayado en su centro de trabajo, una popular casa de apuestas del norte de la ciudad, ingresó por esta razón al Hospital Universitario de Caracas, pero al despojarla de sus ropas para examinarla encontraron decenas de heridas de arma blanca, probablemente una navaja. Se decía que la mujer tenía un hijo y vivía con él y con su madre. Se decía que la policía investigaría. Ni el nombre de Mariana se decía. Pero era ella. Era ella y ahora todo había terminado. No sintió temor por esa mala casualidad: aunque soñó con oscuridades de calabozos, con violaciones y linchamientos, incluso su muerte, vio otra vez el tamaño de la nota: las conocía, era de los casos que a nadie interesaría, tal vez sólo a un escritor bloqueado que buscara en los periódicos gérmenes para nuevas historias. El único policía disponible hablaba de escenarios: extraño accidente, violencia doméstica. Creía que se trataba de un asunto sexual. ¿Por qué no seguiría pensando? Un rito satánico, una forma evolucionada del tatuaje tradicional, intentos de suicidio vacilantes, en estos días se ven tantas cosas. De cualquier manera había terminado. No vería más a Mariana, no vería más a Adrián.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;VII&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño está de pie, callado, en la puerta del salón de profesores, con los ojos dolorosamente abiertos como si, cual caricatura, un mondadientes u otro tipo de varilla mantuviera los párpados levantados. Chorrea agua por sus manos, las puntas de los dedos, extendidas, parecen pequeño grifos. El olor ha comenzado a llenar la habitación. La maestra lo observa. La franela blanca tiene manchas marrones. La maestra lo ve, en el pedagógico no le han enseñado cómo se responde a esto, igual no se ha graduado pero no cree que le falte justo el curso que lo enseña. Le dice que buscará los teléfonos de sus padres. El niño es una estatua.&lt;br /&gt;Revisa el bolso, los cuadernos, ni un teléfono, ni un nombre. No quiere bajar a la dirección: el archivo de una escuela pública es un cementerio inexpugnable de papeles, los expedientes seguramente fueron quemados en los últimos disturbios o botados como basura por la bedel nueva que contrataron por ser compañera de partido. Solo una ficha del equipo de béisbol. Un teléfono celular. Tiene poco saldo pero igual intenta la llamada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sr. Rivas. Necesitamos que venga al colegio, hubo un pequeño accidente con Adrián [...] —Perdone, pero es el único teléfono que encontramos [...] —Si no fuera importante no lo hubiéramos molestado, además, la madre [...] —No, nada grave, pero, por favor, traiga una muda de ropa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto que ella no podría responder a las nueve de la mañana. A esa hora las ojeras, la noche anterior, simplemente el caminar de una mesa a otra, de un apostador a otro llevando la libreta y apuntando las jugadas, las caminatas al baño para orinar el efecto de los dos o seis cervezas que le brindaron, el cansancio del brazo retirando las manos de los clientes que en un aparente descuido se posaban en sus nalgas, el cansancio de escuchar la conversación del taxista y luego el cansancio de dormir sola o del sexo con una nueva pareja. Ni siquiera el desmayo la habría podido detener. Su vida era un carrusel que sólo se detendría con su muerte. Al menos eso creía haber aprendido de ella. Dos meses después. No había bloqueos ni detenciones como en su aventura de escritor. A esa hora ella nunca iría.&lt;br /&gt;Trata de recordar la talla de ropa de Adrián, le había comprado el uniforme del béisbol. Se detendrá, pedirá tallas para niños de nueve años. Ocho y medio. Nueve, debe ser lo mismo. Y tratará de imaginar a Adrián. Siempre lo recuerda. En realidad lo extraña. Y siempre lamentó no conservar una foto de él.  Comprará una franela y un pantalón o short, le dirá a la maestra que se lleva al niño, desayunarán, hablará con él, lo dejará a dos cuadras de su casa, le dirá que nunca le comente a su madre y le propondrá encontrarse algunos días, podrían seguir siendo amigos, si es que él entendía la amistad, claro que la entiende, es un niño astuto.&lt;br /&gt;Pero, ¿qué le pudo haber pasado a Adrián, por qué un cambio de ropa, por qué la maestra con voz alterada, por qué no consiguieron primero a Mariana y la abuela, por qué no contestó la abuela, por qué no se le ocurren historias, por qué insiste en escribir?&lt;br /&gt;Llega al colegio, busca a la maestra. Le dice que Adrián está en el baño, sí, señor, ¿cuál es su nombre?, no, no soy el padre, buen amigo de la familia, fue atacado, algo horroroso, sí, lo metieron de cabeza, retrete, porque les dio la gana, son niños mayores, la violencia, sí, es difícil, y los padres, creen que dejan a los niños y aquí haremos milagros, creen que meten pellejo y saldrá lomito, si me perdona el ejemplo, estamos muy apenados, buscaremos responsables, castigo, castigo, claro que puede llevárselo.&lt;br /&gt;En el baño, Adrián está de pie, sólo lleva puesta su ropa interior. Se resiste a llorar, seguro agotó sus lágrimas cada noche esperando a su padre, cuando no le podían comprar algún juguete, cuando su abuela le soltaba, con o sin razón, un correazo. Ninguno de los dos se aproxima, se diría que van a comenzar una batalla, otro David enfrentando a otro Goliat. Filtrado el sonido entre la separación que deja la hoja de lata gris que sirve de puerta al baño, escucha unos pasos, tacones, en general, en la escuela de Adrián hay profesoras pero aún cree, con ingenuidad, con ceguera, que puede aislar el sonido firme, marcial de los zapatos de Mariana, el par de cuero negro que llevaba la primera noche o los de semicuero rojo, gastadísimos, que le encantaban por su comodidad. Y en un descuido, cuando los ojos del niño se clavan en los suyos, él pierde el control de los eventos y los sonidos todos caen como una cascada, fundidos, los pasos, los gritos de otros niños, las bocinas de algunos automóviles puertas afuera. Extiende la mano y espera la reacción del niño, su mirada es de rencor, ¿cuántas veces habrá preguntado por qué no había aparecido más, por qué no más helado a media tarde los domingos, ni aplausos en el béisbol? Es capaz de esperar toda la vida. En la mano izquierda lleva la bolsa con la ropa, en el bolsillo opuesto de su saco lleva la hojilla, no la había sacado desde la última vez con Mariana. ¿Si llegara ella, qué podrían decirse? Espera un arrebato, trasposición, carro de fuego o ángel de muerte, aunque la escena resiente la falta de música incidental. No habrá registro alguno en los periódicos. De cualquier manera sabe que se han desprendido del mundo, pero no teme. Intuye una historia.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/1964442005262502116/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/1964442005262502116?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/1964442005262502116'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/1964442005262502116'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/noveno-relato-msica-incidental-de-jess.html' title='Noveno relato: &quot;Música incidental&quot;, de Jesús Nieves Montero'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-9023333509542705319</id><published>2007-09-02T18:05:00.001-04:00</published><updated>2007-09-05T15:30:02.030-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>Octavo relato: &quot;Dochera&quot;, de Edmundo Paz Soldán (Bolivia)</title><content type='html'>a Piero Ghezzi&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   Todas las tardes la hija de Inaco se llama Io, Aar es el río de Suiza, Somerset Maugham ha escrito La luna y seis peniques y Philip Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El símbolo quím8ico del oro es Au, Ravel ha compuesto el Bolero y hay puntos y rayas que indican letras. Insípido es soso, las iniciales del asesino de Lincoln son JWB, las casas de campo de los jerarcas rusos son dachas, Puskas es un gran futbolista húngaro, Veronica Lake es una famosa femme fatale , héroe de Calama es Avaroa y la palabra clave de Ciudadano Kane es Rosebud. Todas las tardes Benjamín Laredo revisa diccionarios, enciclopedias y trabajos pasados para crear el crucigrama que saldrá al día siguiente en El Heraldo de Piedras Blancas. Es una rutina que ya dura veinticuatro años: después del almuerzo, Laredo se pone un apretado terno negro, camisa de seda blanca, corbata de moño rojo y zapatos de charol que brillan como los charcos en las calles después de una noche de lluvia. Se perfuma, afeita y peina con gomina, y luego se encierra en su escritorio con una botella de vino tinto y el concierto de violín de Mendelssohn en el estéreo para, con una caja de lápices Staedtler de punta fina, cruzar palabras en líneas horizontales y verticales, junto a fotos en blanco y negro de políticos, artistas y edificios célebres. Una frase serpentea a lo largo y ancho del cuadrado, la de Oscar Wilde la más usada, Puedo resistir a todo menos a las tentaciones. Una de Borges es la favorita del momento: He cometido el peor de los pecados: no fui feliz. ¡Preclara belleza de lo que se va creando ante nuestros ojos nunca cansados de sorprenderse! ¡Maravilla de la novedad en la repetición! ¡Pasmo ante el acto siempre igual y siempre nuevo!&lt;br /&gt;   Sentado en la silla de nogal que le ha causado un dolor crónico en la espalda, royendo la madera astillada del lápiz, Laredo se enfrenta al rectángulo de papel bond con urgencia, como si en éste se encontrara oculto en su basta claridad, el mensaje cifrado de su destino. Hay momentos en que las palabras se resisten a entrelazarse, en que un dato orográfico no quiere combinar con el sinónimo de impertérrito. Laredo apura su vino y mira hacia las paredes. Quienes pueden ayudarlo están ahí, en fotos de papel sepia que parecen gastarse de tanto ser observadas, un marco de plata bruñida al lado de otro atiborrando los cuatro costados y dejando apenas un espacio para un marco más: Wilhelm Kundt, el alemán de la nariz quebrada (la gente que hace crucigramas es muy apasionada), el fugitivo nazi que en menos de dos años en Piedras Blancas se inventó un pasado de célebre crucigramista gracias a su exuberante dominio del castellano —decían que era tan esquelético porque sólo devoraba páginas de diccionarios de etimologías en el desayuno, almorzaba sinónimos y antónimos, cenaba galicismos y neologismos—; Federico Carrasco, de asombroso parecido con Fred Astaire, que descendió en la locura al creerse Joyce e intentara hacer de sus crucigramas reducidas versiones de Finnegans Wake; Luisa Laredo, su madre alcohólica, que debió usar el seudónimo de Benjamín Laredo para que sus crucigramas abundantes en despreciada flora y fauna y olvidadas artistas pudieran ganar aceptación y prestigio en Tierras Blancas; su madre, que lo había criado sola (al enterarse del embarazo, el padre de dieciséis años huyó en tren y no se supo más de él), y que, al descubrir que a los cinco años él ya sabía que agarradera era asa y tasca bar, le había prohibido que hiciera sus crucigramas por miedo a que siguiera su camino. Cansa ser pobre. Tú serás ingeniero. Pero ella lo había dejado cuando tenía diez, al no poder resistir un feroz delirium tremens en el que las palabras cobraban vida y la perseguían como mastines tras la presa.&lt;br /&gt;   Todos los días Laredo mira al crucigrama en estado de crisálida, y luego a las fotos en las paredes. ¿A quién invocaría hoy? ¿Necesitaba la precisión de Kundt? Piedra labrada con que se forman los arcos o bóvedas, seis letras. ¿El dato entre arcano y esotérico de Carrasco? Cinematográfico de John Ford en El Fugitivo, ocho letras. ¿La diligencia de su madre para dar un lugar a aquello que se dejaba de lado? Preceptora de Isabel la Católica, autora de unos comentarios a la obra de Aristóteles, siete letras. Alguien siempre dirige su mano tiznada de carbón al diccionario y enciclopedia correctos (sus preferidos, el de María Moliner, con sus bordes garabateados, y la Enciclopedia Británica desactualizada pero capaz de informarlo de árboles caducifolios y juegos de cartas en la alta edad media), y luego ocurre la alquimia verbal y esas palabras yaciendo incongruentes una al lado de otra -dictador cubano de los 50, planta dicotiledónea de Centro América, deidad de los indios Mohauks-, de pronto cobran sentido y parecen nacidas para estar una al lado de la otra.&lt;br /&gt;   Después, Laredo camina las siete cuadras que separan su casa del rústico edificio de El Heraldo, y entrega el crucigrama a la secretaria de redacción, en un sobre lacrado que no puede ser abierto hasta minutos antes de ser colocado en la página A14. La secretaria, una cuarentona de camisas floreadas y lentes de cristales negros e inmensos como tarántulas dormidas, le dice cada vez que puede que sus obras son joyas para guardar en el alhajero de los recuerdos, y que ella hace unos tallarines con pollo para chuparse los dedos, y a él no le vendría mal un paréntesis en su admirable labor. Laredo murmura unas disculpas, y mira al suelo. Desde que su primera y única novia lo dejó a los dieciocho años por un muy premiado poeta maldito -o, como él prefería llamarlo, un maldito poeta-, Laredo se había pasado la vida mirando al suelo cuando tenía alguna mujer cerca suyo. Su natural timidez se hizo más pronunciada, y se recluyó en una vida solitaria, dedicada a sus estudios de arqueología (abandonados al tercer año) y al laberinto intelectual de los crucigramas. La última década pudo haberse aprovechado de su fama en algunas ocasiones, pero no lo hizo porque él, ante todo, era un hombre muy ético.&lt;br /&gt;   Antes de abandonar el periódico, Laredo pasa por la oficina del editor, que le entrega su cheque entre calurosas palmadas en la espalda. Es su única exigencia: cada crucigrama debe pagarse el día de su entrega, excepto los del sábado y el domingo, que se pagan el lunes. Laredo inspecciona el cheque a contraluz, se sorprende con la suma a pesar de conocerla de memoria. Su madre estaría muy orgullosa de él si supiera que podía vivir de su arte. Debiste haber confiado más en mí, mamá. Laredo vuelve al hogar con paso cansino, rumiando posible definiciones para el siguiente día. Pájaro extinguido, uno de los primeros reyes de Babilonia, país atacado por Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor, isótopo radiactivo de un elemento natural, civilización contemporánea de la nazca en la costa norte del Perú, aria de Verdi, noveno mes del año lunar musulmán, tumor producido por la inflamación de los vasos linfáticos, instrumento romo, rebelde sin causa.&lt;br /&gt;   Ese atardecer, Benjamín Laredo volvía a casa más alegre de lo habitual. Todo le parecía radiante, incluso el mendigo sentado en la acera con la descoyuntada cintura ósea que termina por la parte inferior el cuerpo humano (seis letras), y el adolescente que apareció de improviso en una esquina, lo golpeó al pasar y tenía una grotesca prominencia que forma el cartílago tiroides en la parte anterior del cuello (cuatro letras). Acaso era el vino italiano que había tomado ese día para celebrar el fin de una semana especial por la calidad de sus cuatro últimos crucigramas. El del miércoles, era el film noir, con la foto de Fritz Lang en la esquina superior izquierda y a su lado derecho la del autor de Double Indemnity, había motivado numerosas cartas de felicitación. Estimado señor Laredo: le escribo estas líneas para decirle que lo admiro mucho, y que estoy pensando en dejar mis estudios de ingeniería industrial para seguir sus pasos. Muy Apreciado: Ojalá que Sigas con los Crucigramas Temáticos. ¿Qué Tal Uno que Tenga como Tema las Diversas Formas de Tortura Inventadas por los Militares Sudamericanos el Siglo XX? Laredo palpaba las cartas en su bolsillo derecho y las citaba de corrido como si estuviera leyéndolas en Braille. ¿Estaría ya a la altura de Kuntz? ¿Había adquirido la inmortalidad de Carrasco? ¿Lograba superar a su madre para así recuperar su nombre? Casi. Faltaba poco. Muy poco. Debía haber un Premio Nobel para artistas como él: hacer crucigramas no era menos complejo y trascendental que escribir un poema. Con la delicadeza y la precisión de un soneto, las palabras se iban entrelazando de arriba abajo y de izquierda a derecha hasta formar un todo armonioso y elegante. No se podía quejar: su popularidad era tal en Piedras Blancas que el municipio pensaba bautizar una calle con su nombre. Nadie ya leía a los poetas malditos, y menos a los malditos poetas, pero prácticamente todos en la ciudad, desde ancianos beneméritos hasta gráciles Lolitas -obsesión de Humbert Humbert, personaje de Nabokov, Sue Lyon en la pantalla gigante-, dedicaban al menos una hora de sus días a intentar resolver sus crucigramas. Más valía el reconocimiento popular en un arte no valorado que una multitud de premios en un campo tomado en cuenta sólo por unos pretenciosos estetas, incapaces de reconocer el aire de los tiempos.&lt;br /&gt;   En la esquina a una cuadra de su casa una mujer con un abrigo negro esperaba un taxi (piel usada para la confección de abrigos, cinco letras). Las luces del alumbrado público se encendieron, su fulgor anaranjado reemplazando pálidamente la perdida luz del atardecer. Laredo pasó al lado de la mujer; ella volcó la cara y lo miró. Era joven, de edad indefinida: podía tener diecisiete o treinta y cinco años. Tenía un mechón de pelo blanco que le caía sobre la frente y le cubría el ojo derecho. Laredo continuó la marcha. Se detuvo. Ese rostro...&lt;br /&gt;   Un taxi se acercaba. Giró y le dijo:&lt;br /&gt;   -Perdón. No es mi intención molestarla, pero...&lt;br /&gt;   -Pero me va a molestar.&lt;br /&gt;   -Sólo quería saber su nombre. Me recuerda a alguien.&lt;br /&gt;   -Dochera.&lt;br /&gt;   -¿Dochera?&lt;br /&gt;   -Disculpe. Buenas noches.&lt;br /&gt;   El taxi se había detenido. Ella subió y no le dio tiempo de continuar la charla. Laredo esperó que el destartalado Ford Falcon se perdiera antes de proseguir su camino. Ese rostro... ¿a quién le recordaba ese rostro?&lt;br /&gt;   Se quedó despierto hasta la madrugada, dando vueltas en la cama con la luz de su velador encendida, explorando en su prolija memoria en busca de una imagen que correspondiera de algún modo con la nariz aguileña, la tez morena y la quijada prominente, la expresión entre recelosa y asustada. ¿Un rostro entrevisto en la infancia, en una sala de espera en un hospital, mientras, de la mano de su abuelo, esperaba que le informaran que su madre había vuelto de la inconsciencia alcohólica? ¿En la puerta del cine de barrio, a la hora de la entrada triunfal de las chicas de minifalda rutilantes, de la mano de sus parejas? Aparecía la imagen de senos inverosímiles de Jayne Mansfield, que había recortado de un periódico y colado en una página de su cuaderno de matemáticas, la primera vez que había intentado hacer un crucigrama, un día después del entierro de su madre. Aparecían rubias y de pelo negro oloroso a manzana, morenas hermosas gracias al desparpajo de la naturaleza o a los malabares del maquillaje, secretarias de rostros vulgares y con el encanto o la insatisfacción de lo ordinario, mujeres de la realeza y desconocidas con las que se había cruzado por la calle, la piel no tocada varios días por el agua.&lt;br /&gt;   La luz se filtraba, tímida, entre las persianas de la habitación cuando apareció la mujer madura con un mechón blanco sobre la cabeza. La dueña de El Palacio de las princesas dormidas, la revistería del vecindario donde Laredo, en la adolescencia, compraba los Siete Días y Life de donde recortaba las fotos de celebridades para sus crucigramas. La mujer que se le acercó con una mano llena de anillos de plata al verlo ocultar con torpe disimulo, en una esquina del recinto oloroso a periódicos húmedos, una Life entre los pliegues de la chamarra de cuero marrón.&lt;br /&gt;   -¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;   Lo agarraría y lo denunciaría a la policía. Un escándalo. En su cama, Laredo revivía el vértigo de unos instantes olvidados durante tantos años. Debía huir.&lt;br /&gt;  -Te he visto muchas veces por aquí. ¿Te gusta leer?&lt;br /&gt;   -Me gusta hacer crucigramas.&lt;br /&gt;   Era la primera vez que lo decía con tanta convicción. No había que tenerle miedo a nada. La mujer abrió sus labios en una sonrisa cómplice, sus mejillas se estrujaron como papel.&lt;br /&gt;   -Ya sé quién eres. Benjamín. Como tu madre, Dios la tenga en su gloria. Espero que no te guste hacer otras cosas tontas como ella.&lt;br /&gt;   La mujer le dio un pellizco tierno en la mejilla derecha. Benjamín sintió que el sudor se escurría por sus sienes. Apretó la revista contra su pecho.&lt;br /&gt;   -Ahora lárgate, antes de que venga mi esposo.&lt;br /&gt;   Laredo se marchó corriendo, el corazón apresurado como ahora, repitiéndose que nada le gustaba más que hacer crucigramas. Nada. Desde entonces no había vuelto a El palacio de las princesas dormidas por una mezcla de vergüenza y orgullo. Había incluso dado rodeos para no cruzar por la esquina y toparse con la mujer. ¿Qué sería de ella? Sería una anciana detrás del mostrador de la revistería. O quizás estaría cortejando a los gusanos en el cementerio municipal. Laredo repitió, su cuerpo fragmentado en líneas paralelas por la luz del día: nada me más que. Nada. Debía pasar la página, devolver a la mujer al olvido en que la tenía prisionera. Ella no tenía nada que ver con su presente. El único parecido con Dochera era el mechón blanco. Dochera, susurró, los ojos revoloteando por las paredes desnudas de la habitación. Do-che-ra.&lt;br /&gt;   Era un nombre extraño. ¿Dónde podría volver a encontrarla? Si había tomado el taxi tan cerca de su casa, acaso vivía a la vuelta de la esquina: se estremeció al pensar en esa hipotética cercanía, se mordió las uñas ya más que mordidas. Lo más probable, sin embargo, era que ella hubiera estado regresando a su casa después de visitar a alguna amiga. O a familiares. ¿A un amante? Dochera. Era un nombre muy extraño.&lt;br /&gt;   Al día siguiente, incluyó en el crucigrama la siguiente definición: Mujer que espera un taxi en la noche, y que vuelve locos a los hombres solitarios y sin consuelo. Siete letras, segunda columna vertical. Había transgredido sus principios de juego limpio y su responsabilidad para con sus seguidores. Si las mentiras que poblaban las páginas de los periódicos, en las declaraciones de los políticos y los funcionarios de gobierno, se extendían al reducto sagrado de las palabras cruzadas, estables en su ofrecimiento de verdades fáciles de comprobar con una buena enciclopedia, ¿qué posibilidades existían para que el ciudadano común se salvara de la generalizada corrupción? Laredo había dejado en suspensión esos dilemas morales. Lo único que le interesaba era enviar un mensaje a la mujer de la noche anterior, hacerle saber que estaba pensando en ella. La ciudad era muy chica, ella debía haberlo reconocido. Imaginó que ella, al día siguiente, haría el crucigrama en la oficina en la que trabajaba, y se encontraría con ese mensaje de amor que la haría sonreír. Dochera, escribiría con lentitud, paladeando el momento, y luego llamaría al periódico para avisar que había recibido el mensaje, podían tomar un café una de esas tardes.&lt;br /&gt;   Esa llamada no llegó. Sí, en cambio, las de muchas personas que habían intentado infructuosamente resolver el crucigrama y pedían ayuda o se quejaban de su dificultad. Cuando, un día después, fue publicada la solución, la gente se miró incrédula. ¿Dochera? ¿Quién había oído hablar de Dochera? Nadie se animó a preguntarle o discutirle a Laredo: si él lo decía, era por algo. No por nada se había ganado el apodo de El Hacedor. El Hacedor sabía cosas que la demás gente no conocía.&lt;br /&gt;   Laredo volvió a intentar con: Turbadora y epifánica aparición nocturna, que ha convertido un solitario corazón en una suma salvaje y contradictoria de esperanzas y desasosiegos. Y: De noche, todos los taxis son pardos, y se llevan a la mujer de mechón blanco, y con ella mi órgano principal de circulación de la sangre. Y: A una cuadra de la Soledad, al final de la tarde, hubo el despertar de un mundo. Los crucigramas mantenían la calidad habitual, pero todos, ahora, llevaban inserta, como una cicatriz que no acababa de cerrarse, una definición que remitiera al talismánico nombre de siete letras. Debía parar. No podía. Hubo algunas críticas; no le interesaba (autor de El criticón, siete letras). Sus seguidores se fueron acostumbrando, y comenzaron a ver el lado positivo: al menos podían comenzar a resolver el crucigrama con la seguridad de tener una respuesta correcta. Además, ¿no eran los genios extravagantes? Lo único diferente era que a Laredo le había tomado veinticinco años encontrar su lado excéntrico. Al Beethoven de Piedras Blancas bien podían permitírsele acciones que se salían de lo acostumbrado.&lt;br /&gt;   Hubo cincuenta y siete crucigramas que no encontraron respuesta. ¿Se había esfumado la mujer? ¿O es que Laredo se había equivocado en el método? ¿Debía rondar todos los días la esquina de su casa, hasta volverse a encontrar con ella? Lo había intentado tres noches, la gomina Lord Cheseline refulgiendo en su cabellera como si se tratara de un ángel en una fallida encarnación mortal. Se sintió ridículo y vulgar acosándola como un asaltante. También había visitado, sin suerte, las compañías de taxis en la ciudad, tratando de dar con los taxistas de turno aquella noche (las compañías no guardaban las listas, hablaría con el director del periódico, alguien debía escribir una editorial al respecto). ¿Poner un aviso de una página en El Heraldo, describiendo a Dochera y ofreciendo dinero al que pudiera darle información sobre su paradero? Pocas mujeres debían tener un mechón de pelo blanco, o un nombre tan singular. No lo haría. No había publicidad superior a la de sus crucigramas: ahora toda la ciudad, incluso quienes no hacían crucigramas, sabía que Laredo estaba enamorado de una mujer llamada Dochera. Para ser un tímido enfermizo, Laredo ya había hecho mucho (cuando la gente le preguntaba quién era ella, él bajaba la mirada y murmuraba que en una tienda de libros usados había encontrado una invaluable y ya agotada enciclopedia de los Hititas).&lt;br /&gt;   ¿Y si la mujer le había dado un nombre falso? Esa era la posibilidad más cruel.&lt;br /&gt;   Una mañana, se le ocurrió visitar el vecindario de su adolescencia, en la zona noroeste de la ciudad, profusa en sauces llorones. El entrecruzamiento de estilos creaba una zona de abigarradas temporalidades. Las casonas de patios interiores coexistían con modernas residencias, el kiosko del Coronel, con su vitrina de anticuados frascos de farmacia para los dulces y las gomas de mascar perfumadas (siete letras), estaba al lado de una peluquería en la que se ofrecía manicura para ambos sexos. Laredo llegó a la esquina donde se encontraba la revistería. El letrero de elegantes letras góticas, colgado sobre una corrediza puerta de metal, había sido sustituido por un basto anuncio de cerveza, bajo el cual se leía, en letras pequeñas, Restaurante El palacio de las princesas. Laredo asomó la cabeza por la puerta. Un hombre descalzo y en pijamas azules trapeaba el piso de mosaicos de diseños árabes. El lugar olía a detergente de limón.&lt;br /&gt;   -Buenos días.&lt;br /&gt;   El hombre dejó de trapear.&lt;br /&gt;   -Perdone... Aquí antes había una revistería.&lt;br /&gt;   -No sé nada, sólo soy un empleado.&lt;br /&gt;   -La dueña tenía un mechón de pelo blanco.&lt;br /&gt;   El hombre se rascó la cabeza.&lt;br /&gt;   -Si es en la que estoy pensando, murió hace mucho. Era la dueña original del restaurante. Fue atropellada por un camión distribuidor de cervezas, el día de la inauguración.&lt;br /&gt;   -Lo siento.&lt;br /&gt;   -Yo no tengo nada que ver. Sólo soy un empleado.&lt;br /&gt;   -¿Alguien de la familia quedó a cargo?&lt;br /&gt;   -Su sobrino. Ella era viuda, y no tenía hijos. Pero el sobrino lo vendió al poco tiempo, a unos argentinos.&lt;br /&gt;   -Para no saber nada, usted sabe mucho.&lt;br /&gt;   -¿Perdón?&lt;br /&gt;   -Nada. Buenos días.&lt;br /&gt;   -Un momento... ¿No es usted...?&lt;br /&gt;   Laredo se marchó con paso apurado.&lt;br /&gt;   Esa tarde, escribía el crucigrama cincuenta y ocho de su nuevo período cuando se le ocurrió una idea. Estaba en su escritorio con un traje negro que parecía haber sido hecho por un sastre ciego (los lados desiguales, un corte diagonal en las mangas), la corbata de moño rojo y una camisa blanca manchada por gotas del vino tinto que tenía en la mano -Merlot, Les Jamelles-. Había treinta y siete libros de referencia apilados en el suelo y en la mesa de trabajo; los violines de Mendelssohn acariciaban sus lomos y sobrecubiertas ajadas. Hacía tanto frío que hasta Kundt, Carrasco y su madre parecían tiritar en las paredes. Con un Staedtler en la boca, Laredo pensó que la demostración de su amor había sido repetitiva e insuficiente. Acaso Dochera quería algo más. Cualquiera podía hacer lo que él había hecho; para distinguirse del resto, debía ir más allá de sí mismo. Utilizando como piedra angular la palabra Dochera, debía crear un mundo. Afluente del Ganges, cuatro letras: Mars. Autor de Todo verdor perecerá, ocho letras: Manterza. Capital de Estados Unidos, cinco letras: Deleu. Romeo y... seis letras: Senera. Dirigirse, tres letras: lei. Colocó las cinco definiciones en el crucigrama que estaba haciendo. Había que hacerlo poco a poco, con tiento.&lt;br /&gt;   Adolescentes en los colegios, empleados en sus oficinas y ancianos en las plazas se miraron con asombro: ¿se trataba de un error tipográfico? Al día siguiente descubrieron que no. Laredo se había pasado de los límites, pensaron algunos, rumiando la rabia de tener entre sus manos un crucigrama de imposible resolución. Otros aplaudieron los cambios: eso hacía más interesantes las cosas. Sólo lo difícil era estimulante (dos palabras, diez letras). Después de tantos años, era hora de que Laredo se renovara: ya todos conocían de memoria su repertorio, sus trucos de viejo malabarista verbal. El Heraldo comenzó a publicar, aparte del crucigrama de Laredo, uno normal para los descontentos. El crucigrama normal fue retirado once días después.&lt;br /&gt;   La furia nominalista del Beethoven de Piedras Blancas se fue acrecentando a medida que pasaban los días y no oía noticias de Dochera. Sentado en su silla de nogal noche tras noche, fue destruyendo su espalda y construyendo un mundo, superponiéndolo al que ya existía y en el que habían colaborado todas las civilizaciones y los siglos que confluían, desde el origen de los tiempos, en un escritorio desordenado en Piedras Blancas ¡Preclara belleza de lo que se va creando ante nuestros ojos nunca cansados de sorprenderse! ¡Maravilla de la novedad en la novedad! ¡Pasmo ante el acto siempre nuevo y siempre nuevo! Se veía bailando los aires de una rondalla en el Cielo de los Hacedores -en el que los Crucigramistas ocupaban el piso más alto, con una vista privilegiada del Jardín del Paraíso, y los Poetas el último piso-, de la mano de su madre y mientras Kundt y Carrasco lo miraban de abajo a arriba. Se veía desprendiéndose de la mano de su madre, convirtiéndose en una figura etérea que ascendía hacia una cegadora fuente de luz.&lt;br /&gt;   La labor de Laredo fue ganando en detalle y precisión mientras sus provisiones de papel bond y Staedtler se acababan más rápido que de costumbre. La capital de Venezuela, por ejemplo, había sido primero bautizada como Senzal. Luego, el país del cual Senzal era capital había sido bautizado como Zardo. La capital de Zardo era ahora Senzal. Los héroes que habían luchado en las batallas de la independencia del siglo pasado fueron rebautizados, así como la orografía y la hidrografía de los cinco continentes, y los nombres de presidentes, ajedrecistas, actores, cantantes, insectos, pinturas, intelectuales, filósofos, mamíferos, planetas y constelaciones. Cima era ruda, sima era redo. Piedras Blancas era Delora. Autor de El mercader de Venecia era Eprinip Eldat. Famoso creador de crucigramas era Bichse. Especie de chaleco ajustado al cuerpo era frantzen. Objeto de paño que se lleva sobre el pecho como signo de piedad era vardelt. Era una labor infinita, y Laredo disfrutaba del desafío. La delicada pluma de un ave sostenía un universo.&lt;br /&gt;   El atardecer doscientos tres, Laredo volvía a casa después de entregar su crucigrama. Silbaba La caballería rústicana desafinando. Dio unos pesos al mendigo de la doluth descoyuntada. Sonrió a una anciana que se dejaba llevar por la correa de un pekinés tuerto (¿pekinés? ¡zendala!). Las luces de sodio del alumbrado público parpadeaban como gigantescas luciérnagas (¡erewhons!). Un olor a hierbabuena escapaba de un jardín en el que un hombre calvo y de expresión melancólica regaba las plantas. En algunos años, nadie recordará los verdaderos nombres de esas buganvillas y geranios, pensó Laredo.&lt;br /&gt;   En la esquina a cinco cuadras de su casa una mujer con un abrigo negro esperaba un taxi. Laredo pasó a su lado; ella volcó la cara y lo miró. Era joven, de edad indefinida. Tenía un mechón de pelo blanco que le caía sobre la frente y le cubría el ojo izquierdo. La nariz aguileña, la tez morena y la quijada prominente, la expresión entre recelosa y asustada.&lt;br /&gt;   Laredo se detuvo. Ese rostro...&lt;br /&gt;   Un taxi se acercaba. Giró y le dijo:&lt;br /&gt;   -Usted es Dochera.&lt;br /&gt;   -Y usted es Benjamín Laredo.&lt;br /&gt;   El Ford Falcon se detuvo. La mujer abrió la puerta trasera y, con una mano llena de anillos de plata, le hizo un gesto invitándolo a entrar.&lt;br /&gt;   Laredo cerró los ojos. Se vio robando ejemplares de Life en El palacio de las princesas dormidas. Se vio recortando fotos de Jayne Mansfield, y cruzando definiciones horizontales y verticales para escribir en un crucigrama. Puedo resistir todo menos a las tentaciones. Vio a la mujer del abrigo negro esperando un taxi aquel lejano atardecer. Se vio sentado en su silla de nogal decidiendo que el afluente del Ganges era una palabra de cuatro letras. Vio el fantasmagórico curso de su vida: una pura, asombrosa, traslúcida línea recta.&lt;br /&gt;   ¿Dochera? Ese nombre también debería ser cambiado. ¡Mukhtir! Se dio la vuelta. Prosiguió su camino, primero con paso cansino, luego a saltos, reprimiendo sus deseos de volcar la cabeza, hasta terminar corriendo las dos cuadras que le faltaban para llegar al escritorio en el que, en las paredes atiborradas de fotos, un espacio lo esperaba.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/9023333509542705319/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/9023333509542705319?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/9023333509542705319'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/9023333509542705319'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/09/octavo-relato-el-burlado-de-edmundo-paz.html' title='Octavo relato: &quot;Dochera&quot;, de Edmundo Paz Soldán (Bolivia)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-3261780221739660776</id><published>2007-08-28T08:51:00.000-04:00</published><updated>2007-09-02T18:05:01.720-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>Séptimo relato: &quot;El burlado&quot;, de Jack London (U.S.A.)</title><content type='html'>Aquél era el final. Subienkow había recorrido un largo camino de amargura y horrores, guiado, como una paloma, por el instinto que lo llevaba hacia las capitales de Europa, y allí, en el punto más lejano, en la América rusa, el sendero acababa. Estaba sentado en la nieve con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura. Miró con curiosidad al enorme cosaco que, tendido de bruces sobre la nieve, gemía de dolor frente a él. Los hombres habían acabado con el gigante y se lo habían entregado a las mujeres. Sus gritos atestiguaban que ellas habían excedido en crueldad a los varones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow miró y se estremeció. No temía a la muerte. En el largo camino de Varsovia a Nulato había arriesgado la vida demasiadas veces para temerle ahora al simple hecho de morir. Lo que sí le asustaba era la tortura. Era una afrenta a su espíritu. Una afrenta, no por el dolor que tuviera que soportar, sino por el triste espectáculo que le haría ofrecer ese dolor. Sabía que rogaría, que suplicaría, que imploraría como lo habían hecho el Gran Iván y los que le habían precedido. Y eso le repugnaba. Con valor y serenidad, con una sonrisa y una chanza... así había que morir. Pero perder el control, dejar que el dolor de la carne afectara su espíritu, chillar y escandalizar como un simio, rebajarse a la categoría de bestia... eso era lo terrible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había tenido ocasión de escapar. Desde el primer momento, desde el día en que se había entregado al sueño apasionado de la independencia de Polonia, había sido un títere en manos del destino. Desde el primer momento... A través de Varsovia, de San Petersburgo, de las minas de Siberia, de Kamchatka, de los barcos alucinantes de los ladrones de pieles, el destino le había ido conduciendo hasta este terrible final. Indudablemente, en los cimientos del universo estaba escrito que acabaría así. Él, un hombre fino y sensible, con los nervios a flor de piel, un soñador, un poeta, un artista... Aun antes de que nadie imaginara su existencia se había sentenciado que aquel manojo estremecido de sensibilidad que había de ser su persona sería condenado a vivir en la brutalidad más cruda y vociferante y a morir en ese reino lejano de la noche, en ese lugar oscuro situado más allá del último confín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suspiró. Aquel bulto informe que tenía ante él era el Gran Iván, el gigante, el hombre sin nervios, el de temple de acero, el cosaco convertido en pirata de los mares, flemático como el buey y dotado de un sistema nervioso tan resistente que lo que el hombre común consideraba dolor era para él apenas un simple cosquilleo. Pues bien, nadie como esos indios nulatos para encontrar los nervios de Iván y seguirlos hasta la raíz de su espíritu estremecido. Indudablemente lo habían conseguido. Era inconcebible que un hombre pudiera sufrir tanto y, sin embargo, seguir viviendo. El Gran Iván estaba pagando caro el temple de sus nervios. Ya había durado más del doble que cualquiera de los otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow se dio cuenta de que no podía aguantar por más tiempo el sufrimiento del cosaco. ¿Por qué no moría ya? Si no dejaba de oír sus gritos, pronto se volvería loco. Pero cuando éstos cesaran, le llegaría el turno a él. Y para colmo, allí estaba Yakaga, sonriéndole de antemano con una mueca brutal... Yakaga, el hombre a quien sólo la semana anterior había arrojado del fuerte cruzándole la cara con el látigo que utilizaba para los perros. Yakaga se encargaría con gusto de él. Seguro que le reservaba torturas más refinadas, más exquisitas que las que destinaban a los otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Ay! Del grito de Iván dedujo que aquél había sido un buen golpe. Las indias que se cernían sobre el cosaco retrocedieron un paso entre palmas y carcajadas. Subienkow vio entonces la acción monstruosa que habían perpetrado y comenzó a reír histéricamente. Las mujeres le miraron asombradas. Pero Subienkow no podía dejar de reír.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así no llegaría a ninguna parte. Se dominó, y poco a poco sus sacudidas espasmódicas se fueron calmando. Se esforzó por pensar en otras cosas y comenzó a leer en su pasado. Recordó a su padre y a su madre y al pony de pintas que le habían regalado, y al profesor de francés que le había enseñado a bailar y le había prestado a hurtadillas un libro de Voltaire, viejo y manoseado. Una vez más vio a París, y el Londres melancólico, y la alegre Viena, y Roma. Y una vez más vio a aquel grupo bravío de jóvenes que, como él, habían soñado con una Polonia independiente y con instaurar a un rey polaco en el trono de Varsovia. Allí había comenzado el largo camino. Al menos él era el que más había durado. Uno por uno, comenzando por los dos que habían ejecutado en San Petersburgo, había visto caer a todos aquellos valientes: uno aquí a manos de un carcelero, otro allá en el camino sangriento de exilio que habían recorrido durante meses sin fin, otro más vencido por los golpes y malos tratos de los guardas cosacos. Siempre el mismo salvajismo; un salvajismo brutal, bestial... Habían muerto de fiebres, en las minas, bajo el azote del látigo. Los dos últimos habían sucumbido en la huida, en la batalla con los cosacos. Sólo él había logrado llegar a Kamchatka con los documentos y el dinero robados a un viajero que había dejado agonizando sobre la nieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había visto sino brutalidad. Todos aquellos años, mientras tenía el pensamiento puesto en salones, en teatros y en cortes, la brutalidad lo había asediado. Había comprado su vida con sangre. Todos se habían manchado las manos. Él mismo había asesinado a aquel viajero para poder robarle el pasaporte. Había tenido que probar su valor manteniendo sendos duelos con dos oficiales rusos en un mismo día. Había tenido que demostrar su valentía para ganarse un puesto entre los ladrones de pieles. Tras él quedaba el interminable camino que atravesaba toda Siberia y toda Rusia. No podía volver atrás; por allí no había escape posible. No le quedaba más opción que seguir adelante, atravesar el mar de Bering, oscuro y helado, para llegar a Alaska. El camino lo había llevado del puro y simple salvajismo a un salvajismo aún más refinado. En los barcos de ladrones de pieles, castigados por el escorbuto, sin comida ni agua, asediados por las inacabables tormentas de aquel mar tormentoso, los hombres se convertían en animales. Tres veces había salido de Kamchatka en dirección al Este. Y otras tantas, después de pasar toda clase de sufrimientos y penalidades, los sobrevivientes habían vuelto a Kamchatka. No había posibilidad de huir y no podía volver al punto de partida, donde las minas y el látigo aguardaban. De nuevo, por cuarta y última vez, había zarpado hacia el Este. Había partido con los que descubrieron las fabulosas islas de las Focas, pero no había regresado con ellos para participar en el reparto de pieles ni en las bulliciosas orgías de Kamchatka. Había jurado no volver atrás. Sabía que si quería llegar a sus queridas capitales de Europa tenía que seguir siempre adelante. Y por eso había subido a bordo de otro barco y había permanecido en las oscuras tierras del Nuevo Continente. Sus compañeros de tripulación eran cazadores eslavos, aventureros rusos y aborígenes mongoles, tártaros y siberianos. Juntos habían abierto un camino de sangre entre los salvajes de aquel mundo nuevo. Habían exterminado aldeas enteras y se habían negado a pagar los tributos de pieles, pero a su vez habían sido víctimas de las matanzas a que los sometían otras tripulaciones. Él y un tal Finn habían sido los únicos supervivientes de la suya. Habían pasado un invierno de soledad y de hambre en una isla desierta del archipiélago de las Aleutianas y al fin, en primavera, la posibilidad entre mil de que los rescatara otro navío se había realizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el salvajismo más terrible los seguía asediando. De barco en barco, siempre negándose a volver, había ido a parar a un navío que se dirigía a explorar las tierras del Sur. A todo lo largo de la costa de Alaska no habían encontrado sino hordas de salvajes. Cada anclaje que efectuaban entre las islas abruptas o bajo los acantilados amenazadores de la tierra firme había significado una batalla o una tormenta. O soplaban vientos que amenazaban con destruirlos o llegaban las canoas cargadas de nativos vociferantes con rostros cubiertos de pinturas de guerra que venían a aprender qué virtudes sangrientas poseía la pólvora de aquellos señores del mar. Siempre navegando rumbo al Sur, habían bordeado la costa hasta llegar a las míticas tierras de California. Se decía que grupos de aventureros españoles habían logrado abrirse camino hasta allí partiendo de México. En esos aventureros españoles había puesto su esperanza. Si hubiera logrado encontrarse con ellos, el resto habría sido fácil (un año o dos más, ¿qué importaba?). Habría llegado a México; luego un barco, y Europa habría sido suya. Pero no había dado con los españoles. Sólo había tropezado con la eterna muralla inexpugnable de salvajismo. Los habitantes de los confines del mundo, cubiertos sus rostros de pinturas de guerra, les habían obligado a replegarse una y otra vez. Al fin, un día en que éstos lograron apoderarse de uno de sus barcos y exterminar a toda la tripulación, el que tenía el mando de la flota decidió abandonar la empresa y regresar al Norte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaron los años. Estuvo a las órdenes de Tebenkoff cuando se construyó el fuerte de Michaelovski. Pasó dos años en la región del Kuskokwim. Dos veranos, en junio logró llegar al extremo del estrecho de Kotzebue. Allí era donde las tribus se reunían a traficar, donde se encontraban pieles moteadas de venado siberiano, marfil de las Diomedes, pieles de morsa de las costas del Ártico, extraños candiles de piedra que pasaban de tribu en tribu y cuyo origen nadie conocía, y hasta un cuchillo de caza fabricado en Inglaterra. Aquél, Subienkow lo sabía, era el mejor lugar para aprender geografía. Porque halló allí esquimales del estrecho de Norton, de las islas del Rey y de la isla de San Lorenzo, del cabo Príncipe de Gales y de Punta Barrow. Allí aquellos lugares tenían otros nombres y las distancias se medían en jornadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una región vasta la de procedencia de aquellos salvajes, y más vasta todavía era la región desde donde habían llegado hasta ellos, por caminos interminables, los candiles de piedra y el cuchillo de acero. Subienkow amenazaba, halagaba y sobornaba. Todos los viajeros y los nativos de alguna extraña tribu eran llevados a su presencia. Allí se mencionaban peligros sin cuento, animales salvajes, tribus hostiles, bosques impenetrables y majestuosas cadenas montañosas; y siempre, de lugares aún más lejanos, llegaban rumores de la existencia de hombres de piel blanca, ojos azules y cabellos rubios que peleaban como diablos y que buscaban pieles. Hacia el Este decían que se hallaban; muy lejos, siempre hacia el Este. Nadie los había visto. Era un rumor que corría de boca en boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue aquél un duro aprendizaje. Se adquirían conocimientos de geografía a través de extraños dialectos, a través de mentes oscuras que mezclaban la realidad con la fábula y que medían las distancias en jornadas, que variaban según la dificultad del camino. Pero al fin llegó un rumor que le hizo concebir esperanzas. Al Este había un gran río donde se hallaban los hombres de ojos azules. El río se llamaba Yukón. Al sur del fuerte Michaelovski desembocaba otro gran río que los rusos conocían con el nombre de Kwikpak. Los dos eran el mismo, decía el rumor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow volvió a Michaelovski. Durante un año trató de organizar una expedición al Kwikpak. Al fin convenció a Malakoff, el mestizo ruso, de que se pusiera al frente de una mixtura infernal, la horda más salvaje y feroz de aventureros mestizos que jamás hubiera salido de Kamchatka. Subienkow iba de lugarteniente. Recorrieron los laberintos del delta del Kwikpak, atravesaron las colinas de la ribera norte del río y en canoas de piel cargadas hasta la borda de mercancías para traficar y de munición lucharon a lo largo de quinientas millas contra las corrientes de cinco nudos de aquel río de una anchura que oscilaba entre dos y diez millas y de muchas brazas de profundidad. Malakoff decidió construir un fuerte en Nulato. Subienkow le instó a seguir adelante, pero pronto se reconcilió con la idea. El largo invierno se echaba encima. Sería mejor esperar. A comienzos del verano siguiente, cuando se derritieran los hielos, remontarían el Kwikpak y se abrirían paso hasta las factorías de la Compañía de la Bahía de Hudson. Malakoff no había oído el rumor de que el Kwikpak era el Yukón, y Subienkow no se lo dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y comenzaron a construir el fuerte. Lo hicieron sobre la base de trabajos forzados. Las murallas formadas por hileras de troncos se elevaron entre suspiros y quejas de los indios mulatos. El látigo restalló sobre sus espaldas, y era la mano de hierro de los bucaneros del mar la que sostenía el látigo. Algunos indios huían. Cuando lograban capturarlos, los traían hasta el fuerte, los obligaban a tenderse de bruces ante la puerta y allí demostraban a la tribu la eficacia del látigo. Dos murieron bajo los azotes; muchos quedaron mutilados de por vida, y el resto aprendió la lección y no volvió a intentar la huida. Antes de que vinieran las nieves, el fuerte estaba terminado. Había llegado la época de las pieles. Impusieron a la tribu un pesado tributo. Para obligar a los indios a satisfacerlo, redoblaron los golpes y los latigazos, tomaron a mujeres y niños como rehenes y les trataron con la crueldad de que sólo los ladrones de pieles son capaces. Habían sembrado sangre y llegó el momento de la cosecha. Ahora el fuerte había desaparecido. A la luz de las llamas la mitad de los ladrones de pieles fue pasada a cuchillo. La otra mitad murió como consecuencia de las torturas. Sólo quedaba Subienkow o, mejor dicho, sólo quedaban Subienkow y el Gran Iván, si es que aquella masa informe que gemía y gimoteaba sobre la nieve podía llamarse el Gran Iván. Subienkow sorprendió en el rostro de Yakaga una mueca dirigida a él. Con Yakaga allí no había posibilidad de salvación. Aún llevaba en el rostro la marca de su látigo. Después de todo no podía reprochárselo, pero lo estremecía pensar lo que aquel indio podía hacerle. Pensó en recurrir a Makamuk, el jefe de la tribu, pero su sentido común le dijo que sería inútil. Pensó también en romper sus ligaduras y morir peleando. Al menos así su fin sería más rápido. Pero no pudo desatarse. Las correas de caribú eran más fuertes que él. Siguió pensando y se le ocurrió una idea. Pidió ver a Makamuk y que trajeran un intérprete que conociera la lengua de la costa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Oh, Makamuk! -le dijo-. Yo no estoy destinado a morir. Soy un gran hombre y sería una locura que muriera. En verdad debo seguir viviendo. Yo no soy como esta carroña -miró el bulto gimiente que había sido el Gran Iván y lo rozó despectivamente con la punta de su mocasín-. Yo sé demasiado para morir. Mira que poseo una gran medicina. Yo sólo sé el secreto. Y como no voy a morir, cambiaré la medicina contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué medicina es esa? -preguntó Makamuk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es una medicina muy extraña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow fingió debatir consigo mismo unos momentos, como si íntimamente se resistiera a compartir su secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te lo diré. Si aplicas un poco de esta medicina a tu piel, ésta se vuelve tan dura como la piedra, tan dura como el hierro, de modo que ni el arma más afilada puede cortarla. El filo más agudo, el golpe más fiero, resultan vanos contra ella. Esa medicina torna el cuchillo de hueso en un pedazo de barro y mella el filo de los cuchillos de acero que nosotros les hemos dado a conocer. ¿Qué me darás a cambio de mi secreto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te daré la vida -respondió Makamuk a través del intérprete. Subienkow rió despectivamente-. Y serás esclavo en mi casa hasta tu muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El polaco rió con desprecio aún mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ordena que me desaten las manos y los pies y hablaremos -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El jefe de la tribu dio la señal. Cuando se vio libre, Subienkow lió un cigarro y lo encendió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esto es absurdo -dijo Makamuk-. No existe tal medicina. No puede ser. Nada puede resistir al filo del cuchillo -Makamuk no lo creía... y, sin embargo, dudaba. Los ladrones de pieles habían llevado a cabo ante sus ojos demasiados milagros. No podía desoír sus palabras totalmente-. Te daré tu vida y no serás mi esclavo -anunció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quiero más que eso -Subienkow se mostraba tan sereno como si regateara por una piel de zorro-. Es una medicina milagrosa. Me ha salvado la vida en muchas ocasiones. Quiero un trineo con perros, y que seis de tus cazadores viajen conmigo río abajo hasta que me encuentre a una jornada de distancia del fuerte Michaelovski.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tienes que quedarte entre nosotros y enseñarnos todas tus artes -fue la respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow se encogió de hombros y guardó silencio. Exhaló el humo de su cigarrillo en el aire helado y miró con curiosidad lo que quedaba del gran cosaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mira esa cicatriz -dijo Makamuk de pronto, señalando el cuello del polaco, donde un trazo lívido delataba la cuchillada recibida una vez en una escaramuza de Kamchatka-. Tu medicina no sirve de nada. El filo de hierro fue más fuerte que ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El hombre que me hirió era muy fuerte -Subienkow meditó-. Más fuerte que tú, más fuerte que el más fuerte de tus cazadores, más fuerte que él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo rozó con la punta del mocasín el cuerpo del cosaco. Había perdido el sentido, ofrecía un espectáculo estremecedor y, sin embargo, la vida seguía aferrada a su cuerpo torturado por el dolor, y se resistía a abandonarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Además, la medicina era débil. En ese lugar no crecían las bayas necesarias. En cambio, ustedes la tienen en abundancia. Mi medicina aquí será fuerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te dejaré ir río abajo -dijo Makamuk-, y te daré el trineo y los perros y los seis cazadores que has pedido para que te acompañen hasta que te halles a salvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tardaste en decidirte -fue la fría respuesta-. Has ofendido a mi medicina al no aceptar inmediatamente mis condiciones. Ahora pido más. Quiero cien pieles de castor -Makamuk hizo una mueca irónica-. Quiero también cien libras de pescado seco -Makamuk asintió porque el pescado allí era abundante y barato-. Quiero dos trineos, uno para mí y otro para transportar las pieles y el pescado. Y quiero que me devuelvas mi rifle. Si no aceptas en pocos minutos, el precio subirá más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yakaga susurró algo al oído del jefe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo sabré que tu medicina obra el milagro que dices? -preguntó Makamuk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso será fácil. Primero iré al bosque...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yakaga volvió a susurrar al oído de Makamuk, que negó con gesto de recelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Manda a veinte cazadores conmigo -continuó Subienkow-. Tengo que recoger las bayas y las raíces con que fabricar la medicina. Cuando hayas traído a mi presencia los dos trineos y los hayan cargado con el pescado y las pieles de castor y el rifle, y cuando hayas seleccionado a los seis cazadores que han de acompañarme, cuando todo esté listo me frotaré el cuello con la medicina y pondré la cabeza sobre ese tronco. Entonces ordenarás al más fuerte de tus cazadores que aseste tres hachazos sobre mi cuello. Tú mismo puedes hacerlo, si así lo deseas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Makamuk permaneció en pie con la boca entreabierta, empapándose en aquella última y más portentosa de las maravillas de los ladrones de pieles. -Pero primero -añadió apresuradamente el polaco-, entre hachazo y hachazo has de permitirme que me aplique la medicina. El hacha es fuerte y pesada y no puedo arriesgarme a cometer un error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Todo lo que has pedido será tuyo -dijo Makamuk, apresurándose a aceptar-. Comienza a preparar tu medicina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow ocultó como pudo su alegría. Era aquella una partida desesperada y no podía permitirse el menor desliz. Habló con arrogancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Has sido lento. Mi medicina se ha ofendido. Para enmendar la ofensa habrás de darme a tu hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señaló a la muchacha, una criatura de expresión maligna, con una nube en un ojo y afilados dientes de lobo. Makamuk se enfureció, pero el polaco seguía imperturbable. Lió y encendió otro cigarro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Date prisa -le amenazó-. Si no te decides enseguida, pediré más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el silencio que siguió, la tenebrosa escena nórdica se esfumó ante sus ojos, y vio una vez más su tierra natal, y Francia, y en un momento que miraba a la muchacha de dientes de lobo recordó a otra muchacha, una bailarina y cantante que había conocido cuando, muy joven, había ido por primera vez a París.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Para qué quieres a la muchacha? -le preguntó Makamuk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Para que me acompañe en mi viaje -Subienkow la estudió con ojo crítico-. Será una buena esposa y constituirá un honor digno de mi medicina emparentar con una mujer de tu sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo recordó a la bailarina y tarareó en voz alta una canción que ella le había enseñado. Revivía su pasado, pero de un modo impersonal, lejano, mirando las imágenes de su juventud como si se trataran de fotografías impresas en el libro de la vida de otra persona. La voz del jefe rompió abruptamente el silencio sacándolo de su abstracción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así se hará -dijo Makamuk-. La muchacha irá contigo. Pero quedamos de acuerdo en que seré yo quien descargue los tres hachazos sobre tu cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero recuerda que antes de cada uno de ellos habré de aplicarme la medicina -contestó Subienkow, poniendo una ligera nota de ansiedad en la pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te aplicarás la medicina antes de cada hachazo. Aquí están los cazadores que se encargarán de impedir tu huida. Ve al bosque y recoge lo que necesites para tu medicina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fingida rapacidad del polaco había convencido a Makamuk. Sólo la más maravillosa de las medicinas podía impulsar a un hombre amenazado de muerte a regatear como una anciana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Además -susurró Yakaga cuando el polaco hubo desaparecido entre los abetos, acompañado de su escolta-, cuando tengas el secreto de la medicina puedes matarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo podré matarle? -respondió Makamuk-. Su medicina me impedirá hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow no perdió mucho tiempo mientras reunía los ingredientes para su pócima. Seleccionó todo lo que le vino a las manos: agujas de abeto, cortezas de sauce, un trozo de corteza de abedul y unas bayas que hizo extraer de la tierra a los cazadores después de limpiar el terreno de nieve. Recogió por último unas cuantas raíces heladas y regresó al campamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Makamuk y Yakaga lo observaban en cuclillas a sus espaldas, anotando mentalmente qué ingredientes añadía a la olla de agua hirviendo y en qué cantidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hay que tener cuidado de poner las bayas primero -explicó-. Me olvidaba. Falta una cosa. El dedo de un hombre. Déjame, Yakaga, que te corte un dedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Yakaga ocultó la mano y frunció el ceño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sólo el dedo índice -rogó Subienkow.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yakaga, dale el dedo -ordenó Makamuk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahí tiene todos los dedos que quiera -gruñó Yakaga, señalando el montón informe de cadáveres torturados que se apilaba sobre la nieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tiene que ser el dedo de un hombre vivo -objetó el polaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tendrás el dedo de un hombre vivo -Yakaga se acercó al cosaco y le cortó un dedo-. Aún no ha muerto -anunció, arrojando el trofeo sangriento a los pies del polaco-. Además es un buen dedo, porque es muy grande.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow lo arrojó directamente al fuego y comenzó a cantar. Era una canción de amor francesa la que, con gran solemnidad, cantaba a la poción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sin esta fórmula, la medicina no valdría para nada -explicó-. Son estas palabras lo que le dan su fuerza. Mira, ya está lista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Di las palabras despacio, para que pueda aprenderlas -ordenó Makamuk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te las diré después de la prueba. Cuando el hacha caiga tres veces sobre mi cuello te comunicaré la fórmula secreta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero, ¿y si la medicina no sirve? -preguntó ansioso Makamuk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow se volvió hacia él enfurecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi medicina siempre es buena. Y si no lo es, haz conmigo lo que hiciste con los otros. Despedázame como has hecho con él -dijo señalando al cosaco-. La medicina ya se ha enfriado. Me la aplicaré en el cuello con otra fórmula mágica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mientras se frotaba el cuello con aquella mixtura entonó gravemente una estrofa de La Marsellesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un alarido vino a interrumpir la comedia. El cosaco gigante, obedeciendo al último impulso de su vitalidad monstruosa, se había puesto de rodillas. Y cuando el Gran Iván, un momento después, comenzó a arrastrarse a espasmos sobre la nieve, los mulatos acogieron el hecho con carcajadas, gritos de sorpresa y aplausos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subienkow sintió náuseas ante aquel espectáculo, pero supo dominarse y fingir enojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así no se puede hacer nada -dijo-. Acaba con él y luego haremos la prueba. Tú, Yakaga, encárgate de que cesen esos ruidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras Yakaga obedecía, Subienkow se volvió hacia Makamuk.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y recuérdalo, el hachazo tiene que ser muy fuerte. No se trata de un juego de niños. Dale un par de tajos a ese tronco, para que pueda ver que manejas el hacha como un hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Makamuk obedeció y asestó al tronco dos hachazos precisos y vigorosos que arrancaron una gran astilla de madera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muy bien -Subienkow miró en torno suyo al círculo de rostros salvajes que parecían simbolizar la muralla de brutalidad que lo había rodeado desde aquel día lejano en que la policía del zar lo había arrestado en Varsovia-. Toma tu hacha, Makamuk, y ponte de pie aquí. Yo me echaré sobre el tronco. Cuando levante la mano asesta el golpe. Hazlo con toda tu fuerza, y ten cuidado de que nadie se ponga detrás de ti. La medicina es buena y el hacha puede rebotar en mi cuello y saltar de tus manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miró los dos trineos con los perros enganchados y cargados de pieles y pescado. Sobre las pieles de castor yacía su rifle, y junto a los trineos esperaban los seis cazadores que iban a constituir su guardia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Dónde está la muchacha? -preguntó el polaco-. Que la lleven junto a los trineos antes de que dé comienzo la prueba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando hubieron satisfecho su deseo, Subienkow se echó en la nieve y puso la cabeza sobre el tronco, como un niño fatigado que se dispone a dormir. Había vivido tantos años y tan terribles, que de verdad estaba cansado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me río de ti y de tu fuerza, Makamuk -dijo-. Pega y pega fuerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Levantó la mano. Makamuk blandió el hacha, una segura de las que utilizaban los indios para cortar troncos. El acero hendió como un rayo el aire helado, se detuvo una fracción de segundo a la altura de su cabeza y descendió después sobre el cuello desnudo de Subienkow. Carne y hueso cortó la hoja limpiamente, abriendo después una profunda hendidura en el tronco. Los salvajes, asombrados, vieron caer la cabeza a un metro de distancia del tronco ensangrentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se hizo un profundo silencio, durante el cual, poco a poco, se fue abriendo camino en las mentes de aquellos salvajes la idea de que no existía tal medicina. El ladrón de pieles los había engañado. De todos los prisioneros, sólo él había escapado de la tortura. En eso había consistido su jugada. De pronto se levantó una oleada de risotadas. Makamuk agachó la cabeza avergonzado. El ladrón de pieles lo había burlado. Lo había ridiculizado ante los ojos de todos. Mientras los salvajes continuaban riendo a carcajadas, Makamuk se volvió y se alejó con la cabeza agachada. Sabía que desde aquel día ya no sería Makamuk. Sería el burlado. La fama de su vergüenza lo seguiría hasta la muerte, y cuando las tribus se reunieran en primavera para la pesca del salmón, o en el verano para traficar, junto a las hogueras de los campamentos se referiría la historia de cómo el ladrón de pieles había muerto una muerte digna a manos del burlado. ¿Quién fue el burlado?, oía preguntar en su imaginación a un jovenzuelo insolente. El burlado, le responderían, fue aquél a quien llamaban Makamuk antes de que cortara la cabeza al ladrón de pieles.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/3261780221739660776/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/3261780221739660776?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/3261780221739660776'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/3261780221739660776'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/quinto-relato-el-burlado-de-jack-london.html' title='Séptimo relato: &quot;El burlado&quot;, de Jack London (U.S.A.)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-8603588482505082345</id><published>2007-08-24T10:04:00.000-04:00</published><updated>2007-08-24T18:11:26.028-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>Sexto relato: &quot;La excavación&quot;, de Augusto Roa Bastos (Paraguay)</title><content type='html'>El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió avanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de &quot;bodega&quot; para el contrabando de la tierra excavada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado nunca más de ocho o diez presos comunes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedía, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla del túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo de la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor, el perfecto redondel de la salida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurada, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel. Los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/8603588482505082345/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/8603588482505082345?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8603588482505082345'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8603588482505082345'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/sexto-relato-la-excavacin-de-augusto.html' title='Sexto relato: &quot;La excavación&quot;, de Augusto Roa Bastos (Paraguay)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-5127411824887201408</id><published>2007-08-20T07:34:00.000-04:00</published><updated>2007-08-20T07:35:40.856-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>Quinto relato: &quot;Los asesinos&quot;, de Ernest Hemingway (U.S.A.)</title><content type='html'>La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Todavía no está listo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Son las cinco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Adelanta veinte minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esa es la cena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dije si tienes algo para tomar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sólo lo que nombré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Summit.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No -le contestó éste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es -dijo George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así que eres un chico vivo, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Seguro -respondió George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Adams.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No te acuerdas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Jamón con huevos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;George se rió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está bien -dijo George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por? -preguntó Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Porque sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué se proponen? -preguntó George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿El negro? ¿Cómo el negro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El negro que cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dile que venga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué se proponen?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dile que venga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Dónde se creen que están?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué le van a hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;George abrió la portezuela de la cocina y llamó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sam, ven un minutito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro abrió la puerta de la cocina y salió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De qué se trata todo esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De qué crees que se trata?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué piensas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo diría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;George no respondió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Viene a comer todas las noches, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A las seis en punto, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De vez en cuando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Uno nunca sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En un convento judío. Ahí estuviste tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;George miró el reloj.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las siete menos cinco George habló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya no viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos &quot;para llevar&quot;, como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vamos, Al -insistió Max.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No va a haber problemas con ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Estás seguro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A Ole Andreson?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ya se fueron? -preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -respondió George-, ya se fueron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si no quieres no vayas -dijo George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cocinero se alejó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy para allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Está Ole Andreson?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quieres verlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, si está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién es?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Soy Nick Adams.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pasa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? -preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le voy a decir cómo eran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nick miró al grandote que yacía en la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No quiere que vaya a la policía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No hay nada que yo pueda hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No. No hay nada que hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tal vez no lo dijeron en serio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No. Lo decían en serio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ole Andreson volteó hacia la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No podría escapar de la ciudad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguía mirando a la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya no hay nada que hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: &quot;Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este&quot;, pero no tenía ganas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No quiere salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, ya sabía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas noches -dijo la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Viste a Ole?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué va a hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo van a matar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Supongo que sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Supongo -dijo Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es terrible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Horrible -dijo Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/5127411824887201408/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/5127411824887201408?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/5127411824887201408'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/5127411824887201408'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/quinto-relato-los-asesinos-de-ernest.html' title='Quinto relato: &quot;Los asesinos&quot;, de Ernest Hemingway (U.S.A.)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-6886793573725709781</id><published>2007-08-18T09:04:00.001-04:00</published><updated>2007-08-18T09:04:57.402-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>Cuarto relato: &quot;Vecinos&quot;, de Raymond Carver (U.S.A.)</title><content type='html'>Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a cenar fuera, o dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo relacionado con el trabajo de Jim.&lt;br /&gt;Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de una compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba para combinar sus  negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los Stone estarían de vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Millers cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían las plantas.&lt;br /&gt;Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron por los codos y se besaron ligeramente en los labios.&lt;br /&gt;- ¡Divertíos! – dijo Bill a Harriet.&lt;br /&gt;- Desde luego – respondió Harriet – Divertíos   también.&lt;br /&gt;Arlene asintió con la cabeza.&lt;br /&gt; Jim le guiñó un ojo.&lt;br /&gt;- Adiós Arlene.  ¡Cuida mucho a tu maridito!&lt;br /&gt;- Así lo haré – respondió Arlene.&lt;br /&gt;- ¡Divertíos! dijo Bill.&lt;br /&gt;- Por supuesto – dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo – Y gracias de nuevo.&lt;br /&gt;Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller les dijeron adiós con la mano también.&lt;br /&gt;- Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros – dijo Bill.&lt;br /&gt;- Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones – dijo Arlene. Le cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su apartamento.&lt;br /&gt;Después de cenar Arlene dijo:&lt;br /&gt;- No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche – Estaba de pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había comprado el año pasado en Santa Fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había  vuelto a casa con el reloj; cómo había venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la caja de latón en sus brazos y hablándole a través del papel del envoltorio como si se tratase de un bebé.&lt;br /&gt;Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó rápidamente al moverse Bill a  la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de las latas colocadas.  Dejando a la gata que escogiera su comida, se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según las instrucciones – y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador.&lt;br /&gt;Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y asegurándose que la puerta estaba cerrada. Tenía la sensación que se había dejado algo.&lt;br /&gt;- ¿Qué te ha retenido? – dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas cruzadas, mirando televisión.&lt;br /&gt;- Nada. Jugando con Kitty – dijo él, y se  acercó a donde estaba ella y le tocó los senos.&lt;br /&gt;- Vámonos a la cama, cariño – dijo él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente Bill se tomó solamente diez minutos de los veinte y cinco permitidos en su descanso de por la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el estacionamiento en el mismo momento que Arlene  bajaba del autobús. Esperó hasta que ella entró en el edificio, entonces subió las escaleras para alcanzarla al descender del ascensor.&lt;br /&gt;- ¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano – dijo ella.&lt;br /&gt;Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo -dijo él. Le dejo que usará su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado del vestíbulo antes de seguirla dentro.&lt;br /&gt;- Vámonos a la cama – dijo él.&lt;br /&gt;- ¿Ahora?  - rió ella – ¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;- Nada. Quítate el vestido – La agarró toscamente, y ella le dijo:&lt;br /&gt;- ¡Dios mío! Bill&lt;br /&gt;Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la comieron con apetito, sin hablarse, y escuchando  discos.&lt;br /&gt;- No nos olvidemos de dar de comer a Kitty – dijo ella.&lt;br /&gt;- Estaba en este momento pensando en eso – dijo él – Iré ahora mismo.&lt;br /&gt;Escogió una lata de sabor de pescado, después llenó la jarra y fue a regar. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver a su caja-dormitorio. Abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cocktail, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena  al ir  a abrir la puerta.&lt;br /&gt;- ¿Qué te  ha  retenido  tanto? – dijo Arlene – Llevas  más  de una hora aquí.&lt;br /&gt;- ¿De verdad? – respondió él.&lt;br /&gt;- Sí, de verdad – dijo ella.&lt;br /&gt;- Tuve que ir al baño – dijo él.&lt;br /&gt;- Tienes tu propio baño – dijo ella.&lt;br /&gt;- No me pude aguantar – dijo él.&lt;br /&gt;Aquella noche volvieron a hacer el amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la mañana hizo que Arlene llamara por él. Se dio una ducha, se vistió, y preparó un desayuno ligero. Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a por la llave.&lt;br /&gt;En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una  de  las  habitaciones  considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, un objeto a la vez. Vio ceniceros, artículos de mobiliario, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al baño, y cerró la puerta.&lt;br /&gt;Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era. Trató de recordar cuando regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o la manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y con esfuerzo se dio la vuelta en la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en el espejo.&lt;br /&gt;Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de pantalones de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío  y se fue para servirse otra bebida.&lt;br /&gt;En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y se volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave estaba en la estantería y a continuación se llevó los platos rápidamente. Él se puso de pie en el pasillo de la cocina y fumó un cigarrillo y la miró recogiendo la llave.&lt;br /&gt;- Ponte cómodo mientras voy  a su casa – dijo ella – Lee el periódico o haz algo – Cerró los dedos sobre la llave. Parecía, dijo ella, algo cansado.&lt;br /&gt;Trató de concentrarse en  las  noticias. Leyó el  periódico y encendió la televisión. Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba cerrada.&lt;br /&gt;- Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? – llamó él.&lt;br /&gt;Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.&lt;br /&gt;- ¿Estuve mucho tiempo aquí? – dijo ella.&lt;br /&gt;- Bueno, sí estuviste – dijo él.&lt;br /&gt;- ¿De verdad? – dijo  ella –  Supongo que  he  debido  estar jugando con Kitty.&lt;br /&gt;La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.&lt;br /&gt;- Es divertido – dijo ella – Sabes, ir a la casa de alguien más así. - Asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su propio apartamento.&lt;br /&gt;- Es divertido – dijo él.&lt;br /&gt;Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y le besó también.&lt;br /&gt;- ¡Jolines! – dijo ella – Jooliines – cantó  ella  con voz de niña pequeña aplaudiendo con las manos – Me acabo de acordar que me olvidé real y verdaderamente de lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró -¿No es eso tonto? - No  lo  creo –  dijo  él – Espera  un  momento. Recogeré  mis cigarrillos e iré contigo.&lt;br /&gt;Ella esperó hasta que él había cerrado con llave su puerta, y entonces se cogió de su brazo en su músculo y dijo:&lt;br /&gt;- Me imagino que te lo debería decir. Encontré  unas  fotografías.&lt;br /&gt;Él se paró en medio del vestíbulo.&lt;br /&gt;- ¿Qué clase de fotografías?&lt;br /&gt;- Ya las verás tú mismo – dijo ella y le miró con atención.&lt;br /&gt;- No estarás bromeando – sonrió él - ¿Dónde?&lt;br /&gt;- En un cajón – dijo ella.&lt;br /&gt;- No bromeas – dijo él.&lt;br /&gt;Y entonces ella dijo:&lt;br /&gt;- Tal vez no regresarán -  e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.&lt;br /&gt;- Pudiera suceder – dijo él – Todo pudiera suceder.&lt;br /&gt;- O tal vez regresarán y … - pero no terminó.&lt;br /&gt;Se cogieron  de  la  mano durante el corto camino  por el vestíbulo, y cuando él habló casi no se podía oír su voz.&lt;br /&gt;- La llave – dijo él – Dámela.&lt;br /&gt;- ¿Qué?  - dijo ella – Miró fijamente a la puerta.&lt;br /&gt;- La llave – dijo él – Tú tienes la llave.&lt;br /&gt;- ¡Dios mío! – dijo ella – Dejé la llave dentro.&lt;br /&gt;- Él  probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación  intentó mover el pomo. No se movía. Sus labios estaban apartados, y su respiración era dificultosa. Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos.&lt;br /&gt;- No te preocupes – le dijo al oído – Por Dios, no te preocupes.&lt;br /&gt;Se quedaron allí. Se abrazaron. Se inclinaron sobre la puerta como si fuera  contra el viento, y se prepararon.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/6886793573725709781/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/6886793573725709781?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/6886793573725709781'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/6886793573725709781'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/cuarto-relato-vecinos-de-raymond-carver.html' title='Cuarto relato: &quot;Vecinos&quot;, de Raymond Carver (U.S.A.)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-5760314541522060063</id><published>2007-08-16T13:59:00.000-04:00</published><updated>2007-08-16T14:00:39.067-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Miscelánea"/><title type='text'>Una reflexión en tono humorístico: &quot;Los libros nos pueden acercar... al marido&quot;</title><content type='html'>&quot; »  Lo más difícil de casarse no es la convivencia de las dos personas: es la convivencia de sus libros. Puede no importar quién saca a pasear al perro, la toalla mojada en la cama o quién maneja el control remoto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero que se subrayen con resaltador flúo -y en varios colores- las partes interesantes de una novela, y se agreguen comentarios con tinta, doblando algún borde para llegar rápido a ese párrafo ingenioso puede ser causal de divorcio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque en cuanto a los libros están quienes los respetan -o incluso veneran- como objetos y quienes sólo los ven en función de su contenido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En mi caso, soy de ésta última escuela. Leo en la bañera, y cada tanto el libro se enjabona. Leo cuando estoy comiendo sola, y cada tanto salta el ketchup. Y ocasionalmente he cometido el pecado capital: si tengo que viajar liviano, arranco las páginas que faltan y a la vuelta las pego con scotch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sorprendentemente, al reflexionar sobre esto me estoy poniendo a la moda. Siempre existieron clásicos que abordan las relaciones personales que se establecen con los libros, como Desempacando mi biblioteca, de Walter Benjamin; Un lector común, de Virginia Woolf, o el más reciente Diario de lecturas, de Alberto Manguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ahora se están multiplicando como nunca en las librerías anglosajonas las compilaciones de ensayos en los que autores como Philip Roth, John Updike, Umberto Eco, Anne Fadiman y Anna Quindlen confiesan cuál es la propia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El énfasis, es curioso, se pone en la relación del autor con el libro como cosa (más allá de lo que dice, que fue el abordaje de los últimos años) y traen mucho para aprender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ejemplo, que si uno es de los que deja rastros de alfajor y Coca light en las páginas tristes donde apenas el recorrido de una lágrima hubiese sido apropiado, lo más probable es que termine con alguien que no subraya, usa señalador para marcar la hoja y que termina los libros que empieza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando sus libros terminan paraditos en los estantes pegados a los propios y con un poco de esfuerzo los presta, y con un poco de esfuerzo uno no se los marca, eso -¿quién lo duda?- es amor.&quot;  (Via &lt;a href=&quot;http://www.lanacion.com.ar/&quot;&gt;diario la nación, argentina&lt;/a&gt;)</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/5760314541522060063/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/5760314541522060063?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/5760314541522060063'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/5760314541522060063'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/una-reflexin-en-tono-humorstico-los.html' title='Una reflexión en tono humorístico: &quot;Los libros nos pueden acercar... al marido&quot;'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-8391637176523101146</id><published>2007-08-16T13:56:00.000-04:00</published><updated>2007-08-16T13:57:27.259-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Miscelánea"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Reflexión sobre la escritura"/><title type='text'>Una reflexión de Isabel Allende sobre la novela</title><content type='html'>&quot;Willie es abogado. Muchas veces le he reprochado que en su profesión no hay una búsqueda de justicia o de verdad, sino una acumulación de hechos. Como escritora y como ser humano no puedo pensar así. Una novela es ficción, un atado de mentiras, pero no funciona si no tiene una verdad fundamental que la sostenga. Los hechos no siempre coinciden con la verdad. En mi trabajo hay que indagar muy profundo en busca de la verdad y tratar de entregarla a los lectores mediante una historia bien contada. Si para ello tengo que inventar, no me siento en falta.&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(via &lt;a href=&quot;http://www.lanacion.com.ar/&quot;&gt;diario la nación&lt;/a&gt;)</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/8391637176523101146/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/8391637176523101146?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8391637176523101146'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/8391637176523101146'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/una-reflexin-de-isabel-allende-sobre-la.html' title='Una reflexión de Isabel Allende sobre la novela'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-2269378207320166901</id><published>2007-08-14T09:07:00.000-04:00</published><updated>2007-08-14T09:08:50.381-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Miscelánea"/><title type='text'>Sobre los comienzos de las historias</title><content type='html'>&quot;Dicen los narradores, especialmente los que practican otras formas de escritura como el periodismo, que la primera frase es lo más importante de un texto: si no logra capturar al lector, todo mérito posterior es vano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según esta premisa, el inicio debe ser lo suficientemente seductor e intrigante como para forzar a quien lo lea a avanzar al próximo párrafo. Debe atrapar al lector cueste lo que cueste; caso contrario, él se irá por ahí, detrás de comienzos más prometedores, en el universo de páginas que se ofrecen a sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para aprender cómo escribir párrafos iniciales que cautiven, nada mejor que ver cómo lo hacen los expertos. Así que, si conseguimos que usted se haya quedado hasta estas líneas, lo invitamos a seguir un poco más y leer algunos de nuestros comienzos preferidos. Y, más abajo, lo invitamos también a enviarnos el suyo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2 de noviembre. He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así comienza Los detectives salvajes, del escritor chileno Roberto Bolaño. Y así sigue: 3 de noviembre. No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral. Tengo 17 años, me llamo Juan García Madero, estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En pocas líneas, este inicio presenta al protagonista con toda la fuerza de la primera persona: con sus propias palabras y con su perspectiva. Pocos recursos son tan eficaces para interesar de inmediato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la misma línea, Borges, en el cuento &quot;La casa de Asterión&quot;, escribe:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se comenta que Gabriel García Márquez ha llegado a dedicar meses enteros al primer párrafo de un libro. Veamos los resultados:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo, en Crónica de una muerte anunciada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y, en Cien años de soledad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cruce de tiempos: el presente de la muerte, el pasado de la remota niñez, dos iniciaciones opuestas. Y dos comienzos logrados, sin duda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y hablando de muertos, pero desde la perspectiva del sobreviviente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no maté a mi padre, pero a veces me sentía como si hubiera contribuido a ello y, de no ser porque coincidió con un momento específico de mi desarrollo físico, su muerte pareció insignificante, comparado con lo que después siguió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;en El jardín de cemento, de Ian Mc Ewan (traducido por Antonio-Prometeo Moya).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También hay comienzos breves y apelativos, como el  &quot;Call me Ismael&quot;, de Melville, en Moby Dick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, los hay también, por el contrario, dubitativos, demorados, casi exasperantes:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre, del sesenta o del sesenta y uno, octubre tal vez, el catorce o el dieciséis, o el veintidós o el veintitrés tal vez, el veintitrés de octubre de mil novecientos sesenta y uno pongamos, qué más da, en Glosa, de Juan José Saer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comienzos embelesados, inicios que ya ponen en escena el tono completo de la novela, como el de Lolita, de Nabokov:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y para terminar, Un mal principio, el libro que contradice sistemática y astutamente las convenciones de la literatura general y de la infantil, muy especialmente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si estáis interesados en historias con un final feliz, será mejor que leáis otro libro. En este, no sólo no hay un final feliz, sino que tampoco hay un principio feliz y muy pocos sucesos felices en el medio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Lemony Snicket (trad. Néstor Busquets). ¿Cómo no seguir leyendo para desafiar al autor, con la convicción de que en algún momento el libro tendrá que ceder a la tradición?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estos son algunos de los tantos comienzos memorables para nosotros.&quot; (Tomado del boletín &lt;span style=&quot;font-weight: bold;&quot;&gt;Libros en red&lt;/span&gt;)</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/2269378207320166901/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/2269378207320166901?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/2269378207320166901'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/2269378207320166901'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/sobre-los-comienzos-de-las-historias.html' title='Sobre los comienzos de las historias'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-733009555384077397</id><published>2007-08-13T11:44:00.002-04:00</published><updated>2007-08-14T09:12:31.637-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Lecturas"/><title type='text'>Tercer relato: &quot;La dama del perrito&quot;, Anton Chéjov (Rusia)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt; &lt;span style=&quot;font-size:130%;&quot;&gt;&lt;strong&gt;I&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corrió la voz de que por el malecón se había visto pasear a un nuevo personaje: La dama del perrito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dmitrii Dmitrich Gurov, residente en Yalta hacía dos semanas y habituado ya a aquella vida, empezaba también a interesarse por las caras nuevas. Desde el pabellón Verne, en que solía sentarse, veía pasar a una dama joven, de mediana estatura, rubia y tocada con una boina. Tras ella corría un blanco lulú.&lt;br /&gt;Después, varias veces al día, se la encontraba en el parque y en los jardinillos públicos. Paseaba sola, llevaba siempre la misma boina y se acompañaba del blanco lulú. Nadie sabía quién era y todos la llamaban La dama del perrito.&lt;br /&gt;“Si está aquí sin marido y sin amigos, no estaría mal trabar conocimiento con ella”, pensó Gurov.&lt;br /&gt;Éste no había cumplido todavía los cuarenta años, pero tenía ya una hija de doce y dos hijos colegiales. Se había casado muy joven, cuando aún era estudiante de segundo año, y ahora su esposa parecía dos veces mayor que él. Era ésta una mujer alta, de oscuras cejas, porte rígido, importante y grave y se llamaba a sí misma intelectual. Leía mucho, no escribía cartas y llamaba a su marido Dimitrii, en lugar de Dmitrii. Él, por su parte, la consideraba de corta inteligencia, estrecha de miras y falta de gracia, por lo que, temiéndola, no le agradaba permanecer en el hogar. Hacía mucho tiempo que había empezado a engañarla con frecuencia, siendo sin duda ésta la causa de que casi siempre hablara mal de las mujeres. Cuando en su presencia se aludía a ellas, exclamaba:&lt;br /&gt;—¡Raza inferior!&lt;br /&gt;Considerábase con la suﬁciente amarga experiencia para aplicarles este caliﬁcativo, no obstante lo cual, sin esta raza inferior no podía vivir ni dos días seguidos. Con los hombres se aburría, se mostraba frío y poco locuaz; y, en cambio, en compañía de mujeres se sentía despreocupado. Ante ellas sabía de qué hablar y cómo proceder, y hasta el permanecer silencioso a su lado le resultaba fácil. Su exterior, su carácter, estaba dotado de un algo imperceptible, pero atrayente para las mujeres. Él lo sabía, y a su vez se sentía llevado hacia ellas por una fuerza desconocida.&lt;br /&gt;La experiencia, una amarga experiencia, en efecto, le había demostrado hacía mucho tiempo que todas esas relaciones que al principio tan gratamente amenizan la vida, presentándose como aventuras fáciles y agradables, se convierten siempre para las personas serias, principalmente para los moscovitas, indecisos y poco dinámicos, en un problema extremadamente complicado, con lo que la situación acaba haciéndose penosa. Sin embargo, a pesar de ello, a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, la experiencia, resbalando de su memoria, se deslizaba no se sabía hacia dónde. Quería uno vivir, y ¡todo parecía tan sencillo y tan divertido!&lt;br /&gt;Así, pues, hallábase un día al atardecer comiendo en el jardín, cuando la dama de la boina, tras acercarse con paso reposado, fue a ocupar la mesa vecina. Su expresión, su manera de andar, su vestido, su peinado, todo revelaba que pertenecía a la buena sociedad, que era casada, que venía a Yalta por primera vez, que estaba sola y que se aburría.&lt;br /&gt;Los chismes sucios sobre la moral de la localidad encerraban mucha mentira. Él aborrecía aquellos chismes; sabía que, la mayoría de ellos, habían sido inventados por personas que hubieran prevaricado gustosas de haber sabido hacerlo; pero, sin embargo, cuando aquella dama fue a sentarse a tres pasos de él, a la mesa vecina, todos esos chismes acudieron a su memoria: fáciles conquistas., excursiones por la montaña. Y el pensamiento tentador de una rápida y pasajera novela junto a una mujer de nombre y apellido desconocidos se apoderó de él. Con un ademán cariñoso llamó al lulú, y cuando lo tuvo cerca lo amenazó con el dedo. El lulú gruñó, y Gurov volvió a amenazarle. La dama le lanzó una ojeada, bajando la vista en el acto.&lt;br /&gt;—No muerde —dijo enrojeciendo.&lt;br /&gt;—¿Puedo darle un hueso?&lt;br /&gt;Ella movió la cabeza en señal de asentimiento.&lt;br /&gt;—¿Hace mucho que ha llegado? —siguió preguntando Gurov en tono afable.&lt;br /&gt;—Unos cinco días.&lt;br /&gt;—Yo llevo aquí ya casi dos semanas.&lt;br /&gt;—El tiempo pasa de prisa y, sin embargo, se aburre uno aquí —dijo ella sin mirarle.&lt;br /&gt;—Suele decirse, en efecto, que esto es aburrido. En su casa de cualquier pueblo., de un Beleb o de un Jisdra., no se aburre uno, y se llega aquí y se empieza a decir enseguida: “¡Ah, qué aburrido! ¡Ah, qué polvo!.” ¡Enteramente como si viniera uno de Granada!&lt;br /&gt;Ella se echó a reír. Luego ambos siguieron comiendo en silencio, como dos desconocidos; pero después de la comida salieron juntos y entablaron una de esas charlas ligeras, en tono de broma, propia de las personas libres, satisfechas, a quienes da igual adónde ir y de qué hablar. Paseando comentaban el singular tono de luz que iluminaba el mar: tenía el agua un colorido lila, y una raya dorada que partía de la luna corría sobre ella. Hablaban de que la atmósfera, tras el día caluroso, era sofocante. Gurov le contaba que era moscovita y por sus estudios, ﬁlólogo, pero que trabajaba en un banco. Hubo un tiempo en el que pensó cantar en la ópera, pero lo dejó. Tenía dos casas en Moscú. De ella supo que se había criado en Petersburgo, casándose después en la ciudad de S., donde residía hacía dos años, y que estaría todavía un mes en Yalta, adonde quizá vendría a buscarla su marido, que también quería descansar. En cuanto a en qué consistía el trabajo de éste, no sabía explicarlo, cosa que la hacía reír. También supo Gurov que se llamaba Anna Sergueevna.&lt;br /&gt;Después, en su habitación, continuó pensando en ella y en que al otro día seguramente volvería a encontrarla. Y así había de ser. Mientras se acostaba repasó en su memoria que aquella joven dama aún hacía poco estaba estudiando en un pensionado, como ahora estudiaba su hija. Recordó la falta de aplomo que había todavía en su risa cuando conversaba con un desconocido. Era ésta seguramente la primera vez en que se veía envuelta en aquel ambiente.: perseguida, contemplada con un ﬁn secreto que no podía dejar de adivinar. Recordó su ﬁno y débil cuello, sus bonitos ojos de color gris.&lt;br /&gt;“Hay algo en ella que inspira lástima”, pensaba al quedarse dormido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style=&quot;font-size:130%;&quot;&gt;II&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya hacía una semana que la conocía. Era día de ﬁesta. En las habitaciones había una atmósfera sofocante, y por las calles el viento, arrebatando sombreros, levantaba remolinos de polvo. La sed era constante, y Gurov entraba frecuentemente en el pabellón, tan pronto en busca de jarabe como de helados con que obsequiar a Anna Sergueevna. No sabía uno dónde meterse. Al anochecer, cuando se calmó el viento, fueron al muelle a presenciar la llegada del vapor. El embarcadero estaba lleno de paseantes y de gentes con ramos en las manos que acudían allí para recibir a alguien. Dos particularidades del abigarrado gentío de Yalta aparecían sobresalientes: que las damas de edad madura vestían como las jóvenes y que había gran número de generales. Por estar el mar agitado, el vapor llegó con retraso, cuando ya el sol se había puesto, permaneciendo largo rato dando vueltas antes de ser amarrado en el muelle.&lt;br /&gt;Anna Sergueevna miraba al vapor y a los pasajeros a través de sus impertinentes, como buscando algún conocido, y al dirigirse a Gurov le brillaban los ojos. Charlaba sin cesar y hacía breves preguntas, olvidándose en el acto de lo que había preguntado. Luego extravió los impertinentes entre la muchedumbre. Ésta, compuesta de gentes bien vestidas, empezó a dispersarse; ya no podían distinguirse los rostros. El viento había cesado por completo.&lt;br /&gt;Gurov y Anna Sergueevna continuaban de pie, como esperando a que alguien más bajara del vapor. Anna Sergueevna no decía ya nada, y sin mirar a Gurov aspiraba el perfume de las ﬂores.&lt;br /&gt;—El tiempo ha mejorado mucho —dijo éste—. ¿A dónde vamos ahora? ¿Y si nos fuéramos a alguna parte?&lt;br /&gt;Ella no contestó nada.&lt;br /&gt;Él entonces la miró ﬁjamente y de pronto la abrazó y la besó en los labios, percibiendo el olor y la humedad de las ﬂores; pero enseguida miró asustado a su alrededor para cerciorarse de que nadie les había visto.&lt;br /&gt;—Vamos a su hotel —dijo en voz baja.&lt;br /&gt;Y ambos se pusieron en marcha rápidamente.&lt;br /&gt;El ambiente de la habitación era sofocante y olía al perfume comprado por ella en la tienda japonesa. Gurov, mirándola, pensaba en cuantas mujeres había conocido en la vida. Del pasado guardaba el recuerdo de algunas inconscientes, benévolas, agradecidas a la felicidad que les daba, aunque ésta fuera efímera; de otras, como, por ejemplo, su mujer, cuya conversación era excesiva, recordaba su amor insincero, afectado, histérico., que no parecía amor ni pasión, sino algo mucho más importante. Recordaba también a dos o tres bellas, muy bellas y frías, por cuyos rostros pasaba súbitamente una expresión de animal de presa, de astuto deseo de extraer a la vida más de lo que puede dar. Estas mujeres no estaban ya en la primera juventud, eran caprichosas, voluntariosas y poco inteligentes, y su belleza despertaba en Gurov, una vez desilusionado, verdadero aborrecimiento, antojándosele escamas los encajes de sus vestidos.&lt;br /&gt;Aquí, en cambio, existía una falta de valor, la falta de experiencia propia de la juventud, tal sensación de azoramiento que le hacía a uno sentirse desconcertado, como si alguien de repente hubiera llamado a la puerta. Anna Sergueevna, la dama del perrito, tomaba aquello con especial seriedad, considerándolo como una caída, lo cual era singular e inadecuado. Como la pecadora de un cuadro antiguo, permanecía pensativa, en actitud desconsolada.&lt;br /&gt;—¡Esto está muy mal —dijo—, y usted será el primero en no estimarme!&lt;br /&gt;Sobre la mesa había una sandía, de la que Gurov se cortó una loncha, que empezó a comerse despacio. Una media hora, por lo menos, transcurrió en silencio. Anna Sergueevna presentaba el aspecto conmovedor, ingenuo y honrado de la mujer sin experiencia de la vida. Una vela solitaria colocada encima de la mesa apenas iluminaba su rostro; pero, sin embargo, veíase su sufrimiento.&lt;br /&gt;—¿Por qué voy a dejar de estimarte? —preguntó Gurov—. No sabes lo que dices.&lt;br /&gt;—¡Que Dios me perdone!. —dijo ella, y sus ojos se arrasaron en lágrimas—. ¡Esto es terrible!&lt;br /&gt;—Parece que te estás excusando.&lt;br /&gt;—¡Excusarme!. ¡Soy una mala y ruin mujer! ¡Me aborrezco a mí misma! ¡No es a mi marido a quien he engañado.; he engañado a mi propio ser! ¡Y no solamente ahora., sino hace ya tiempo! ¡Mi marido es bueno y honrado, pero. un lacayo! ¡No sé qué hace ni en qué trabaja, pero sí sé que es un lacayo! ¡Cuando me casé con él tenía veinte años! ¡Después de casada, me torturaba la curiosidad por todo! ¡Deseaba algo mejor! ¡Quería otra vida! ¡Deseaba vivir! ¡Aquella curiosidad me abrasaba! ¡Usted no podrá comprenderlo, pero juro ante Dios que ya era incapaz de dominarme! ¡Algo pasaba dentro de mí que me hizo decir a mi marido que me encontraba mal y venirme! ¡Aquí, al principio, iba de un lado para otro, como presa de locura., y ahora soy una mujer vulgar., mala., a la que todos pueden despreciar!&lt;br /&gt;A Gurov le aburría escucharla. Le molestaba aquel tono ingenuo, aquel arrepentimiento tan inesperado e impropio. Si no hubiera sido por las lágrimas que llenaban sus ojos, podía haber pensado que bromeaba o que estaba representando un papel dramático.&lt;br /&gt;—No comprendo —dijo lentamente—. ¿Qué es lo que quieres?&lt;br /&gt;Ella ocultó el rostro en su pecho y contestó:&lt;br /&gt;—¡Créame!. ¡Créame se lo suplico! ¡Amo la vida honesta y limpia y el pecado me parece repugnante! ¡Yo misma no comprendo mi conducta! ¡La gente sencilla dice: “¡Culpa del maligno!”, y eso mismo digo yo! ¡Culpa del maligno!&lt;br /&gt;—Bueno, bueno —masculló él.&lt;br /&gt;Luego miró sus ojos, inmóviles y asustados, la besó y comenzó a hablarle despacio, en tono cariñoso, y tranquilizándose ella, la alegría volvió a sus ojos y ambos rieron otra vez. Después se fueron a pasear por el malecón, que estaba desierto. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto muerto; pero el mar rugía al chocar contra la orilla. Sólo un vaporcillo, sobre el que oscilaba la luz de un farolito, se mecía sobre las olas. Encontraron un isvoschick y se fueron a Oranda.&lt;br /&gt;—Ahora mismo acabo de enterarme de tu apellido en la portería. En la lista del hotel está escrito este nombre: “Von Dideritz” —dijo Gurov—. ¿Es alemán tu marido?&lt;br /&gt;“No; pero, según parece, lo fue su abuelo. Él es ortodoxo”.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;En Oranda estuvieron un rato sentados en un banco, no lejos de la iglesia, silenciosos y mirando el mar, a sus pies. Apenas era visible Yalta en la bruma matinal. Sobre la cima de las montañas había blancas nubes inmóviles, nada agitaba el follaje de los árboles, oíase el canto de la chicharra y de abajo llegaba el ruido del mar hablando de paz y de ese sueño eterno que a todos nos espera. El mismo ruido haría el mar allá abajo, cuando aún no existían ni Yalta ni Oranda.; el mismo ruido indiferente seguirá haciendo cuando ya no existamos nosotros. Y esta permanencia, esta completa indiferencia hacia la vida y la muerte en cada uno de nosotros constituye la base de nuestra eterna salvación, del incesante movimiento de la vida en la tierra, del incesante perfeccionamiento. &lt;/strong&gt;Sentado junto a aquella joven mujer, tan bella en la hora matinal, tranquilo y hechizado por aquel ambiente de cuento de hadas, de mar, de montañas, de nubes y de ancho cielo. Gurov pensaba en que, &lt;strong&gt;bien considerado, todo en el mundo era maravilloso.&lt;/strong&gt; ¡Y todo lo era en efecto., excepto lo que nosotros pensamos y hacemos cuando nos olvidamos del alto destino de nuestro ser y de la propia dignidad humana!&lt;br /&gt;Un hombre, seguramente el guarda, se acercó a ellos. Les miró y se fue, pareciéndole este detalle también bello y misterioso. Iluminado por la aurora y con las luces ya apagadas, vieron llegar el barco de Feodosia.&lt;br /&gt;—La hierba está llena de rocío —dijo Anna Sergueevna después de un rato de silencio.&lt;br /&gt;—Sí. Ya es hora de volver.&lt;br /&gt;Regresaron a la ciudad.&lt;br /&gt;Después, cada mediodía, siguieron encontrándose en el malecón. Almorzaban juntos, comían, paseaban y se entusiasmaban con la contemplación del mar. Ella observaba que dormía mal y que su corazón palpitaba intranquilo. Le hacía las mismas preguntas, tan pronto excitadas por los celos como por el miedo de que él no la estimara suﬁcientemente. Él, a menudo, en el parque o en los jardinillos, cuando no había nadie cerca, la abrazaba de pronto apasionadamente. Aquella completa ociosidad, aquellos besos en pleno día, llenos del temor de ser vistos, el calor, el olor a mar y el perpetuo vaivén de gentes satisfechas, ociosas, ricamente vestidas, parecían haber transformado a Gurov. Éste llamaba a Anna Sergueevna bonita y encantadora, se apasionaba, no se separaba ni un paso de ella; que, en cambio, solía quedar pensativa, pidiéndole que le confesara que no la quería y que sólo la consideraba una mujer vulgar. Casi todos los atardeceres se marchaban a algún sitio de las afueras, a Oranda o a contemplar alguna catarata. Estos paseos resultaban gratos, y las impresiones recibidas en ellos, siempre prodigiosas y grandes.&lt;br /&gt;Se esperaba la llegada del marido. Un día, sin embargo, recibióse una carta en la que éste se quejaba de un dolor en los ojos, suplicando a su mujer que regresara pronto a su casa. Anna Sergueevna aceleró los preparativos de marcha.&lt;br /&gt;—En efecto, es mejor que me vaya —dijo a Gurov—. ¡Así lo dispone el destino!&lt;br /&gt;Acompañada por él y en coche de caballos, emprendió el viaje, que duró el día entero. Una vez en el vagón del rápido y al sonar la segunda campanada, dijo:&lt;br /&gt;—¡Déjeme que lo mire otra vez! ¡Otra vez! ¡Así!&lt;br /&gt;No lloraba, pero estaba triste; parecía enferma y había un temblor en su rostro.&lt;br /&gt;—¡Pensaré en usted! —decía—. ¡Lo recordaré! ¡Quede con Dios! ¡Guarde una buena memoria de mí! ¡Nos despedimos para siempre! ¡Es necesario que así sea! ¡No deberíamos habernos encontrado nunca! ¡No! ¡Quede con Dios!&lt;br /&gt;El tren partió veloz, desaparecieron sus luces y un minuto después extinguíase el ruido de sus ruedas, como si todo estuviera ordenado a que aquella dulce enajenación, aquella locura, cesaran más de prisa. Solo en el andén, con la sensación del hombre que acaba de despertar, Gurov ﬁjaba los ojos en la lejanía, escuchando el canto de la chicharra y la vibración de los hilos telegráﬁcos. Pensaba que en su vida había ahora un éxito, una aventura más, ya terminada, de la que no quedaría más que el recuerdo. Se sentía conmovido, triste y un poco arrepentido. Esta joven mujer, a la que no volvería a ver, no había sido feliz a su lado. Siempre se había mostrado con ella afable y afectuoso; pero, a pesar de tal proceder, su tono y su mismo cariño traslucían una ligera sombra de mofa, la brutal superioridad del hombre feliz, de edad casi doble. Ella lo caliﬁcaba constantemente de bueno, de extraordinario, de elevado. Lo consideraba sin duda como no era, lo cual signiﬁcaba que la había engañado sin querer. En la estación comenzaba a oler a otoño y el aire del anochecer era fresco.&lt;br /&gt;“¡Ya es hora de marcharse al Norte! —pensaba Gurov al abandonar el andén—. ¡Ya es hora!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:130%;&quot;&gt;&lt;strong&gt;III&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su casa de Moscú todo había adquirido aspecto invernal: el fuego ardía en las estufas y el cielo, por las mañanas, estaba tan oscuro que el aya, mientras los niños, disponiéndose para ir al colegio, tomaban el té, encendía la luz. Caían las primeras heladas. ¡Es tan grato en el primer día de nieve ir por primera vez en trineo!. ¡Contemplar la tierra blanca, los tejados blancos! ¡Aspirar el aire sosegadamente, en tanto que a la memoria acude el recuerdo de los años de adolescencia!. Los viejos tilos, los abedules, tienen bajo su blanca cubierta de escarcha una expresión bondadosa. Están más cercanos al corazón que los cipreses y las palmeras, y en su proximidad no quiere uno pensar ya en el mar ni en las montañas.&lt;br /&gt;Gurov era moscovita. Regresó a Moscú en un buen día de helada y cuando, tras ponerse la pelliza y los guantes de invierno, se fue a pasear por Petrovka1, así como cuando el sábado, al anochecer, escuchó el sonido de las campanas, aquellos lugares visitados por él durante su reciente viaje perdieron a sus ojos todo encanto. Poco a poco comenzó a sumergirse otra vez en la vida moscovita. Leía ya ávidamente tres periódicos diarios (no los de Moscú, que decía no leer por una cuestión de principio), le atraían los restaurantes, los casinos, las comidas, las jubilaciones.; le halagaba frecuentaran su casa abogados y artistas de fama, jugar a las cartas en el círculo de los médicos con algún eminente profesor y comerse una ración entera de selianka. Un mes transcurriría y el recuerdo de Anna Sergueevna se llenaría de bruma en su memoria (así al menos se lo ﬁguraba), y sólo de vez en vez volvería a verla en sueños, con su sonrisa conmovedora, como veía a las otras.&lt;br /&gt;Más de un mes transcurrió, sin embargo; llegó el rigor del invierno y en su recuerdo permanecía todo tan claro como si sólo la víspera se hubiera separado de Anna Sergueevna. Este recuerdo se hacía más vivo cuando, por ejemplo, en la quietud del anochecer llegaban hasta su despacho las voces de sus niños estudiando sus lecciones, al oír cantar una romanza, cuando percibía el sonido del órgano del restaurante o aullaba la ventisca en la chimenea. Todo entonces resucitaba de pronto en su memoria: la escena del muelle, la mañana temprana, las montañas neblinosas, el vapor de Feodosia, los besos. Recordándolo y sonriendo paseaba largo rato por su habitación, y el recuerdo se hacía luego ensueño, se mezclaba en su mente con imágenes del futuro. Ya no soñaba con Anna Sergueevna. Era ella misma la que le seguía a todas partes como una sombra. Cerraba los ojos y la veía cual viva, más bella, más joven, más tierna y afectuosa de lo que era en realidad. También él se creía mejor de lo que era en Yalta. Durante el anochecer, ella lo miraba desde la librería, desde la chimenea, desde un rincón. Percibía su aliento y el suave roce de su vestido. Por la calle, su vista seguía a todas las mujeres, buscando entre ellas alguna que se le pareciera.&lt;br /&gt;El fuerte deseo de comunicar a alguien su recuerdo comenzaba a oprimirle, pero en su casa no podía hablar de aquel amor, y fuera de ella no tenía con quien expansionarse. No podía hablar de ella con los vecinos ni en el banco. ¿Encerraban algo bello, poético, aleccionador, o simplemente interesante sus sentimientos hacia Anna Sergueevna?. Tenía que limitarse a hablar abstractamente del amor y de las mujeres; pero de manera que nadie pudiera adivinar cuál era su caso, y tan sólo la esposa, alzando las oscuras cejas, solía decirle:&lt;br /&gt;—¡Dimitrii! ¡El papel de fatuo no te va nada bien!&lt;br /&gt;Una noche, al salir del círculo médico con su compañero de partida, el funcionario, no pudiendo contenerse, dijo a éste:&lt;br /&gt;—¡Si supiera usted qué mujer más encantadora conocí en Yalta!&lt;br /&gt;El funcionario, tras acomodarse en el asiento del trineo, que emprendió la marcha, volvió de repente la cabeza y gritó:&lt;br /&gt;—¡Dmitrii Dmitrich!&lt;br /&gt;—¿Qué?&lt;br /&gt;—¡Tenía usted razón antes! ¡El esturión no estaba del todo fresco!&lt;br /&gt;Tan sencillas palabras, sin saber por qué, indignaron a Gurov. Se le antojaban sucias y mezquinas. ¡Qué costumbres salvajes aquellas! ¡Qué gentes! ¡Qué veladas necias! ¡Qué días anodinos y desprovistos de interés! ¡Todo se reducía a un loco jugar a los naipes, a gula, a borracheras, a charlas incesantes sobre las mismas cosas! El negocio innecesario, la conversación sobre repetidos temas absorbía la mayor parte del tiempo y las mejores energías, resultando al ﬁn de todo ello una vida absurda, disforme y sin alas, de la que no era posible huir, escapar, como si se estuviera preso en una casa de locos o en un correccional.&lt;br /&gt;Lleno de indignación, Gurov no pudo pegar los ojos en toda la noche, y el día siguiente lo pasó con dolor de cabeza. Las noches sucesivas durmió también mal y hubo de permanecer sentado en la cama o de pasear a grandes pasos por la habitación. Se aburría con los niños, en el banco, y no tenía gana de ir a ninguna parte ni de hablar de nada.&lt;br /&gt;En diciembre, al llegar las ﬁestas, hizo sus preparativos de viaje, y diciendo a su esposa que, con motivo de unas gestiones en favor de cierto joven, se veía obligado a ir a Petersburgo, salió para la ciudad de S. Él mismo no sabía lo que hacía. Quería solamente ver a Anna Sergueevna, hablar con ella, organizar una entrevista si era posible.&lt;br /&gt;Llegó a S. por la mañana, ocupando en la fonda una habitación, la mejor, con el suelo alfombrado de paño. Sobre la mesa, y gris de polvo, había un tintero que representaba a un jinete sin cabeza, cuyo brazo levantado sostenía un sombrero. Del portero obtuvo la necesaria información. Los von Dideritz vivían en la calle Staro—Goncharnaia, en casa propia, no lejos de la fonda. Llevaban una vida acomodada y lujosa, tenían caballos de su propiedad y en la ciudad todo el mundo los conocía.&lt;br /&gt;—Dridiritz —pronunciaba el portero.&lt;br /&gt;Gurov se encaminó a paso lento hacia la calle Staro-Goncharnaia en busca de la casa mencionada. Precisamente frente a ésta se extendía una larga cerca gris guarnecida de clavos.&lt;br /&gt;“¡A cualquiera le darían ganas de huir de esta cerca!”, pensó Gurov mirando tan pronto a ésta como a las ventanas. “Hoy es día festivo” seguía cavilando, “y el marido estará en casa seguramente. De todas maneras sería falta de tacto entrar. Una nota pudiera caer en manos del marido y estropearlo todo. Lo mejor será buscar una ocasión.”&lt;br /&gt;Y continuaba paseando por la calle y esperando junto a la cerca aquella ocasión. Desde allí vio cómo un mendigo que atravesaba la puerta cochera era atacado por los perros. Más tarde, una hora después, oyó tocar el piano. Sus sonidos llegaban hasta él, débiles y confusos. Sin duda era Anna Sergueevna la que tocaba. De pronto se abrió la puerta principal dando paso a una viejecita, tras de la que corría el blanco y conocido lulú. Gurov quiso llamar al perro, pero se lo impidieron unas súbitas palpitaciones y el no poder recordar el nombre del lulú.&lt;br /&gt;Siempre paseando, su aborrecimiento por la cerca gris crecía y crecía, y ya excitado, pensaba que Anna Sergueevna se había olvidado de él y se divertía con otro, cosa sumamente natural en una mujer joven, obligada a contemplar de la mañana a la noche aquella maldita cerca. Volviendo a su habitación de la fonda, se sentó en el diván, en el que permaneció largo rato sin saber qué hacer. Después comió y pasó mucho tiempo durmiendo.&lt;br /&gt;“¡Qué necio e intranquilizador es todo esto!” pensó cuando al despertarse ﬁjó la vista en las oscuras ventanas por las que entraba la noche. “Tampoco sé por qué me he dormido ahora. ¿Cómo voy a dormir luego?”&lt;br /&gt;Después, sentado en la cama y arropándose en una manta barata de color gris, semejante a las usadas en los hospitales, decía enojado, burlándose de sí mismo:&lt;br /&gt;“¡Toma dama del perrito!. ¡Toma aventura!. ¡Aquí te estás sentado!”&lt;br /&gt;De pronto pensó en que todavía, por la mañana, en la estación, le había saltado a la vista un cartel con el anuncio en grandes letras de la representación de Geisha. Recordándolo, se dirigió al teatro.&lt;br /&gt;“Es muy probable que vaya a los estrenos”, se dijo.&lt;br /&gt;El teatro estaba lleno. En él, como ocurre generalmente en los teatros de provincia, una niebla llenaba la parte alta de la sala, sobre la araña; el paraíso se agitaba ruidosamente, y en primera ﬁla, antes de empezar el espectáculo, veíase de pie y con las manos a la espalda a los petimetres del lugar. En el palco del gobernador y en el sitio principal, con un boa al cuello, estaba sentada la hija de aquél, que se ocultaba tímidamente tras la cortina, y de la que sólo eran visibles las manos. El telón se movía y la orquesta pasó largo rato aﬁnando sus instrumentos. Los ojos de Gurov buscaban ansiosamente, sin cesar, entre el público que ocupaba sus sitios. Anna Sergueevna entró también. Al verla tomar asiento en la tercera ﬁla, el corazón de Gurov se encogió, pues comprendía claramente que no existía ahora para él un ser más próximo, querido e importante. Aquella pequeña mujer en la que nada llamaba la atención, con sus vulgares impertinentes en la mano, perdida en el gentío provinciano, llenaba ahora toda su vida, era su tormento, su alegría, la única felicidad que deseaba. Y bajo los sonidos de los malos violines de una mala orquesta pensaba en su belleza. Pensaba y soñaba.&lt;br /&gt;Con Anna Sergueevna y tomando asiento a su lado había entrado un joven de patillas cortitas, muy alto y cargado de hombros. Al andar, a cada paso que daba, su cabeza se inclinaba hacia adelante, en un movimiento de perpetuo saludo. Sin duda era éste el marido, al que ella en Yalta, movida por un sentimiento de amargura, había llamado lacayo. En efecto, su larga ﬁgura, sus patillas, su calvita, tenían algo de tímido y lacayesco. Su sonrisa era dulce y en su ojal brillaba una docta insignia, que parecía, sin embargo, una chapa de lacayo.&lt;br /&gt;Durante el primer entreacto el marido salió a fumar, quedando ella sentada en la butaca. Gurov, que también tenía su localidad en el patio de butacas, acercándose a ella le dijo con voz forzada y temblorosa y sonriendo:&lt;br /&gt;—¡Buenas noches!&lt;br /&gt;Ella alzó los ojos hacia él y palideció. Después volvió a mirarle, otra vez espantada, como si no pudiera creer lo que veía. Sin duda, luchando consigo misma para no perder el conocimiento, apretaba fuertemente entre las manos el abanico y los impertinentes. Ambos callaban. Ella permanecía sentada. Él, de pie, asustado de aquel azoramiento, no se atrevía a sentarse a su lado. Los violines y la ﬂauta, que estaban siendo aﬁnados por los músicos, empezaron a cantar, pareciéndoles de repente que desde todos los palcos los miraban. He aquí que ella, levantándose súbitamente, se dirigió apresurada hacia la salida. Él la siguió. Y ambos, con paso torpe, atravesaron pasillos y escaleras, tan pronto subiendo como bajando, en tanto que ante sus ojos desﬁlaban, raudas, gentes con uniformes: unos judiciales, otros correspondientes a instituciones de enseñanza, y todos ornados de insignias. Asimismo desﬁlaban ﬁguras de damas; el vestuario, repleto de pellizas; mientras el soplo de la corriente les azotaba el rostro con un olor a colillas.&lt;br /&gt;Gurov, que empezaba a sentir fuertes palpitaciones, pensaba:&lt;br /&gt;“¡Oh Dios mío! ¿Para qué existirá toda esta gente? ¿Esta orquesta?”&lt;br /&gt;En aquel momento acudió a su memoria la noche en que había acompañado a Anna Sergueevna a la estación, diciéndose a sí mismo que todo había terminado y que no volverían a verse. ¡Cuán lejos estaban todavía, sin embargo, del ﬁn!&lt;br /&gt;En una sombría escalera provista del siguiente letrero “Entrada al anﬁteatro”, ella se detuvo.&lt;br /&gt;—¡Qué susto me ha dado usted! —dijo con el aliento entrecortado y aún pálida y aturdida—. ¡Apenas si vivo! ¿Por qué ha venido? ¿Por qué?&lt;br /&gt;—¡Compréndame, Anna! ¡Compréndame! —dijo él de prisa y a media voz—. ¡Se lo suplico! ¡Vámonos!&lt;br /&gt;Ella lo miraba con expresión de miedo, de súplica, de amor. Lo miraba ﬁjamente, como si quisiera grabar sus rasgos de un modo profundo en su memoria.&lt;br /&gt;—¡Sufro tanto! —proseguía sin escucharle—. ¡Durante todo este tiempo sólo he pensado en usted! ¡No he tenido más pensamiento que usted! ¡Quería olvidarle! ¡Oh! ¿Por qué ha venido? ¿Por qué?&lt;br /&gt;En un descansillo de la escalera, a alguna altura sobre ellos, fumaban dos estudiantes, pero a Gurov le resultaba indiferente. Atrayendo hacia sí a Anna Sergueevna, empezó a besarla en el rostro, en las mejillas, en las manos.&lt;br /&gt;—¿Qué hace usted? ¿Qué hace? —decía ella rechazándole presa de espanto—. ¡Estamos locos! ¡Márchese hoy mismo! ¡Ahora mismo! ¡Se lo suplico! ¡Por todo cuanto le es sagrado se lo suplico! ¡Oh! ¡Alguien viene! —alguien subía en efecto por la escalera—. ¡Es preciso que se marche! —proseguía Anna Sergueevna en un murmullo—. ¿Lo oye, Dmitrii Dmitrich? ¡Yo iré a verle a Moscú, pero ahora tenemos que despedirnos, amado mío! ¡Despidámonos!&lt;br /&gt;Estrechándole la mano, empezó a bajar apresuradamente la escalera, pudiendo leerse en sus ojos, cuando volvía la cabeza para mirarle, cuán desgraciada era en efecto.&lt;br /&gt;Gurov permaneció allí algún tiempo, prestando oído; luego, cuando todo quedó silencioso, recogió su abrigo y se marchó al tren.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:130%;&quot;&gt;&lt;strong&gt;IV&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Anna Sergueevna empezó a ir a visitarle a Moscú. Cada dos o tres meses, una vez y diciendo a su marido que tenía que consultar al médico, dejaba la ciudad de S. El marido a la vez le creía y no le creía. Una vez en Moscú, se hospedaba en el hotel Slaviaskii Basar, desde donde enviaba enseguida aviso a Gurov. Éste iba a verla, y nadie en Moscú se enteraba. Una mañana de invierno y acompañando a su hija al colegio, por estar éste en su camino, se dirigía como otras veces a verla (su recado no le había encontrado en casa la víspera). Caía una fuerte nevada.&lt;br /&gt;—Estamos a tres grados sobre cero y nieva —decía Gurov a su hija—. ¡Claro que esta temperatura es sólo la de la superﬁcie de la tierra! ¡En las altas capas atmosféricas es completamente distinta!&lt;br /&gt;—Papá, ¿por qué no hay truenos en invierno?&lt;br /&gt;Gurov le explicó también esto. Mientras hablaba pensaba en que nadie sabía ni sabría, seguramente nunca, nada de la cita a la que se dirigía. Había llegado a tener dos vidas: una, clara, que todos veían y conocían, llena de verdad y engaño condicionales, semejante en todo a la de sus amigos y conocidos; otra, que discurría en el misterio. Por una singular coincidencia, tal vez casual, cuanto para él era importante, interesante, indispensable., en todo aquello en que no se engañaba a sí mismo y era sincero., cuanto constituía la médula de su vida, permanecía oculto a los demás, mientras que lo que signiﬁcaba su mentira, la envoltura exterior en que se escondía, con el ﬁn de esconder la verdad (por ejemplo, su actividad en el banco, las discusiones del círculo sobre la raza inferior, la asistencia a jubilaciones en compañía de su esposa), quedaba de maniﬁesto. Juzgando a los demás a través de sí mismo, no daba crédito a lo que veía, suponiendo siempre que en cada persona, bajo el manto del misterio como bajo el manto de la noche, se ocultaba la verdadera vida interesante. Toda existencia individual descansa sobre el misterio y quizá es en parte por eso por lo que el hombre culto se afana tan nerviosamente para ver respetado su propio misterio.&lt;br /&gt;Después de dejar a su hija en el colegio, Gurov se dirigió al Slavianksii Basar. En el piso bajo se despojó de la pelliza y tras subir las escaleras llamó con nudillos a la puerta. Anna Sergueevna, con su vestido gris, el preferido de él, cansada del viaje y de la espera, le aguardaba desde la víspera por la noche. Estaba pálida; en su rostro, al mirarlo, no se dibujó ninguna sonrisa y apenas lo vio entrar se precipitó a su encuentro, como si hiciera dos años que no se hubieran visto.&lt;br /&gt;—¿Cómo estás? —preguntó él—. ¿Qué hay de nuevo?&lt;br /&gt;—Espera. Ahora te diré. ¡No puedo!&lt;br /&gt;No podía hablar, en efecto, porque estaba llorando. Con la espalda vuelta hacia él, se apretaba el pañuelo contra los ojos.&lt;br /&gt;“La dejaré que llore un poco mientras me siento”, pensó él acomodándose en la butaca.&lt;br /&gt;Luego llamó al timbre y encargó que trajeran el té. Mientras lo bebía, ella, siempre junto a la ventana, le daba la espalda. Lloraba con llanto nervioso, dolorosamente consciente de lo aﬂictiva que la vida se había hecho para ambos. ¡Para verse habían de ocultarse, de esconderse como ladrones! ¿No estaban acaso deshechas sus vidas?&lt;br /&gt;—No llores más —dijo él.&lt;br /&gt;Para Gurov estaba claro que aquel mutuo amor tardaría en acabar. No se sabía en realidad cuándo acabaría. Anna Sergueevna se ataba a él por el afecto, cada vez más fuertemente. Lo adoraba y era imposible decirle que todo aquello tenía necesariamente que tener un ﬁn. ¡No lo hubiera creído siquiera!&lt;br /&gt;En el momento en que, acercándose a ella, la cogía por los hombros para decirle algo afectuoso, alguna broma, &lt;strong&gt;se miró en el espejo.&lt;br /&gt;Su cabeza empezaba a blanquear y se le antojó extraño que los últimos años pudieran haberle envejecido y afeado tanto. Los cálidos hombros sobre los que se posaban sus manos se estremecían. Sentía piedad de aquella vida, tan bella todavía, y, sin embargo, tan próxima ya a marchitarse, sin duda como la suya propia. ¿Por qué le amaba tanto?. Siempre había parecido a las mujeres otra cosa de lo que era en realidad. &lt;/strong&gt;No era a su verdadera persona a la que éstas amaban, sino a otra, creada por su imaginación y a la que buscaban ansiosamente, no obstante lo cual, descubierto el error, seguían amándole. &lt;strong&gt;Ni una sola había sido dichosa con él. &lt;/strong&gt;Con el paso del tiempo las conocía y se despedía de ellas sin haber ni una sola vez amado. Ahora solamente, cuando empezaba a blanquearle el cabello, sentía por primera vez en su vida un verdadero amor.&lt;br /&gt;El amor de Anna Sergueevna y el suyo era semejante al de dos seres cercanos, al de familiares, al de marido y mujer, al de dos entrañables amigos. Parecíale que la suerte misma les había destinado el uno al otro, resultándoles incomprensible que él pudiera estar casado y ella casada. Eran como el macho y la hembra de esos pájaros errabundos a los que, una vez apresados, se obliga a vivir en distinta jaula. &lt;strong&gt;Uno y otro se habían perdonado cuanto de vergonzoso hubiera en su pasado, se perdonaban todo en el presente y se sentían ambos transformados por su amor.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Antes, en momentos de tristeza, intentaba tranquilizarse con cuantas reﬂexiones le pasaban por la cabeza. Ahora no hacía estas reﬂexiones. &lt;strong&gt;Lleno de compasión&lt;/strong&gt;, quería ser sincero y cariñoso.&lt;br /&gt;—¡Basta ya, buenecita mía! —le decía a ella—. ¡Ya has llorado bastante! ¡Hablemos ahora y veamos si se nos ocurre alguna idea!&lt;br /&gt;Después invertían largo rato en discutir, en consultarse sobre la manera de liberarse de aquella indispensabilidad de engañar, de esconderse, de vivir en distintas ciudades y de pasar largas temporadas sin verse.&lt;br /&gt;“¿Cómo liberarse, en efecto, de tan insoportables tormentos? ¿Cómo? —se preguntaba él cogiéndose la cabeza entre las manos—. ¿Cómo?”&lt;br /&gt;Y les parecía que pasado algún tiempo más la solución podría encontrarse. Que empezaría entonces &lt;strong&gt;una nueva vida maravillosa.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Ambos veían, sin embargo, claramente, que el ﬁnal estaba todavía muy lejos y que &lt;strong&gt;lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar. &lt;/strong&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/733009555384077397/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/733009555384077397?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/733009555384077397'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/733009555384077397'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/tercer-relato-la-dama-del-perrito-anton.html' title='Tercer relato: &quot;La dama del perrito&quot;, Anton Chéjov (Rusia)'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-6736745791276439915</id><published>2007-08-13T11:44:00.001-04:00</published><updated>2007-08-13T11:44:29.404-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>Teoría sobre los personajes</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Previo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las principales razones por las cuales escribimos ficción es para representar la vida. Podemos volver al dilema que pregunta: ¿existe el sonido de la caída de un árbol en un bosque desierto? La respuesta sería que sin el receptor no hay estímulo, así que no podemos representar la vida sino hablamos de los hombres, los personajes (ejemplo Animal farm). De esta manera, podríamos afirmar que la tarea del escritor es representar y esclarecer el pasado, las acciones de los hombres, por lo tanto, aunque sea para criticarlos, escribir requiere una fascinación sostenida por el cotilleo que rodea a las personas, esas masas de palabras que pueden venir de dos fuentes, los libros o la vida.&lt;br /&gt;Vargas Llosa comenta que tal vez los personajes que más nos interesen sean aquellos que se refieren a una disidencia con la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Reflexiones humanas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las siguientes son algunas reflexiones que, evidentemente, no pueden ser un atajo para la comprensión (por parcial, subjetiva o aproximada que sea) del género humano, pero una vez revisados los libros las he considerado de suficiente universalidad para compartirlas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El relato tiene una particularidad frente a la vida. En la cotidianidad nunca nos entendemos, no existe la clarividencia ni la sinceridad total. Nos conocemos por aproximación, por signos externos, pero en el relato tenemos la oportunidad de mostrar la vida interna de los personajes. Los personajes son gente cuya vida secreta es visible o puede serlo. Los relatos nos hablan entonces de una vida humana más comprensible y, por tanto, más manejable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para realizar bien este trabajo, sólo es necesario un requisito: debemos ser capaces de entender a las otras personas y estar fascinados por ellas. Me gusta mucho el concepto de la piedad: colocarse en el lugar del otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la naturaleza de nuestra mortalidad tiende a importarnos lo que conocemos y lo que podríamos posiblemente perder. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los escritores les preocupan todas las posibilidades de la naturaleza humana. Por eso debemos dejar de lado los prejuicios para escribir sobre, digamos, homosexuales, violadores, cualquier tipo de desviado, porque no es una cuestión de moralidad sino de la condición humana, de esas posibilidades y la vida es cómica, dramática, irónica, trágica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ser humano no es totalmente listo, astuto, tiene tendencia a caer en trampas que son tendidas por otros seres humanos. A veces el triunfo estaría no en evitar la trampa (que podría ser imposible) sino en la asimilación de ese desliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Robados de su capacidad para pelear por las cosas que aspiran  y evitar aquellas que temen los seres humanos no tienen más que un interés sentimental y científico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para una guía más cruda, Forster señala que los principales hechos de la vida humana son cinco: el nacimiento, la comida, el sueño, el amor y la muerte. Aunque el autor hace algunas consideraciones sobre cada uno de estos actos, me voy a referir a unas líneas que dedica al amor: El amor, por su dualidad, es interesante: el hombre cuando ama trata de conseguir algo y, paralelamente, de dar algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Tipos de personajes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay clasificaciones: tendríamos los personajes principales que son aquellos sobre cuyos conflictos nos detenemos y personajes secundarios, los cuales podemos simplemente nombrar o referir en cualquiera de las etapas de la trama, como por ejemplo, los antecedentes. Es cuestión de visión de autor el saber la importancia de los personajes, pero si no se distrae uno de la historia, es casi imposible confundirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más importante aún es la clasificación que depende de su dimensión interior. Aquí tendríamos personajes planos y redondos.&lt;br /&gt;Los personajes planos se construyen sobre una sola idea o cualidad. Mientras los personajes redondos son más complejos, porque tienen contradicciones, su comportamiento no es necesariamente causal sino consistente con el sistema de motivos que se le ha creado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ficción no se sustenta sólo de personajes redondos sino del equilibrio entre ambos tipos y no por su complejidad emocional dan mayor tono los personajes redondos porque en ocasiones es sólo en interacción con los planos como logran el desarrollo deseado. Los personajes no pueden crecer libremente, tienden a limitarse entre sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Para dar vida a los personajes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los personajes se crean en parte como un armado de hechos, incluyendo las acciones, en parte por asociación simbólica; no son reales por parecerse a nosotros sino por ser convincentes. Aquí aplica la idea que hemos repasado acerca de las pruebas, momento a momento justificamos, de manera sutil, el comportamiento del personaje. La exploración de las posibilidades humanes abre un camino para la particularización del relato, para mostrar que nuestra mirada ha descubierto alguna relación obviada hasta el momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se deben presentar, momento a momento,  imágenes concretas dibujadas a partir de una cuidadosa observación de cómo se comporta la gente, y la conexión entre los momentos, los gestos precisos, las expresiones faciales, o giros del lenguaje que, dentro de cualquier escena, mueve a un ser humano de emoción a emoción, desde un momento determinado al siguiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debemos mostrar las motivaciones principales de los personajes, mostrarlas no meramente nombrarlas. ¿Qué es el personaje sino la determinación del incidente? ¿Qué es el incidente sino la ilustración del personaje? Por eso hemos hecho tanto énfasis en la &quot;dramatización&quot; en las tareas entregadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada personaje que entre en un relato debe ser presentado vívidamente, lo cual no conlleva una descripción detallada sino aquella que dé en el menor número de rasgos significativos la idea del personaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces lo que se hace es colocar a estos seres, los personajes en alguna clase de aprieto y ver cómo intentan salir. No es labor del escritor facilitarles el escape, simplemente descubrir las posibilidades, observarlas detenidamente. Una de las cosas a recordar es la idea de Gardner: cualquier verdadero suspenso proviene de la angustia de la elección moral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vida del relato es el personaje, de su humanidad nace la emoción capaz de lograr la conexión con el lector, sin embargo, no se puede olvidar que el relato tendrá seres humanos y fuerzas que no son seres humanos (escenarios, poderes místicos, accidentes): en el equilibrio de estos elementos está el poder de fascinación del texto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una relación entre los personajes y el punto de vista. Esto afecta lo que el narrador puede saber del resto de los personajes. Si el narrador está dentro de la historia y narra en primera persona, sólo tendrá acceso a su propia interioridad y deberá descifrar los comportamientos, actitudes y palabras de las demás personas, nunca podrá conocer a los demás de manera total (es imposible una línea que diga: Vi a Laura llorar, dentro de ella su tristeza era inmensa). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el caso de la tercera persona, el narrador podría conocer internamente a todos sus personajes, pero debe controlar este poder para no terminar en titiritero y en ese caso ambiguo que mencionamos (el que utilizaría el &quot;tú&quot;), el narrador, por su mismo carácter fronterizo, podría conocer (o hacernos creer que conoce) interioridades de personajes diferentes a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el caso de describir un personaje es difícil dar la impresión de algo que no sea el propio yo, pero hay que vivir con ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Para evitar matar a los personajes&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera impresión de un escritor sobre sus personajes podría ser tan errónea como la de un lector que apenas lleva un par de líneas leídas, por eso debemos realizar todas las preguntas que necesitemos para conocer de manera profunda al ser imaginario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay que evitar derroches de fe por parte del autor en los personajes. No se puede manipular a los personajes, forzarlos a hacer cosas que ellos no harían. Por razones de sinceridad, de respeto al intento de representación de la humanidad, hay que aprender a tratar a los personajes con justicia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay que evitar el ventrilocuismo, es decir, utilizar personajes como simples marionetas  de nuestros puntos de vista: hay que observar la historia. Estamos hablando de un pedazo de mundo, no de ingredientes separados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cualquier cambio que hace el escritor en los antecedentes y la experiencia de un personaje debe tener repercusiones sutiles, pero no por ello obviadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El error ya mencionado de un protagonista que no actúa es uno de los más comunes en la ficción de principiantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los personajes no deben ser seres demasiado interpretativos del embrollo del destino, demasiado listos. Tienen que tener perplejidad, la tendencia humana a caer en trampas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perseguir estereotipos, plagar un texto de ellos es no ver la realidad. &quot;el gordito simpático&quot;, la &quot;niña malcriada&quot;, la &quot;mujer fatal&quot; no dice nada, son denominaciones tan abiertas que permiten un exceso de participación del lector que termina por mostrar flojera y poca generosidad por parte del autor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La descripción física no debería ser un atajo a la personalidad. Con ello King trata de prevenir acerca de las temibles: &quot;sus inteligentes ojos&quot;, &quot;el suspicaz mohín de su boca&quot;, &quot;una nariz de sabueso&quot;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Diálogos&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los actos de la gente son más reveladores que lo que dicen, las palabras son traidoras: lo que dicen las personas suelen comunicar una imagen que a ellas se les pasa totalmente por alto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay que engañarse, el &quot;se es dueño de lo que se calla y esclavo de lo que se dice&quot; es un principio sin modificaciones en la ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para aprender a escribir diálogos conviene hablar mucho y escuchar mucho; sobre todo escuchar, y fijarse en los acentos, los ritmos, los dialectos y la jerga de varios grupos. Es evidente que un diálogo en tono Control machete/Elvis Crespo será diferente de otro en tono Armando Manzanero. Y no es cuestión de juzgar ninguno de estos tonos como &quot;mejor&quot; (ya lo revisábamos al hablar del lenguaje), sólo que no se puede obviar la conexión entre lenguaje y personajes. El buen escritor ajusta el lenguaje al hablante y a la ocasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mejor manera de atribuir diálogos es dijo. Hay que evitar, en lo posible, cuando se convierten en una especie de sinónimo forzado para evitar la monotonía los &quot;refutó&quot;, &quot;replicó&quot;, &quot;afirmó&quot;, &quot;soltó&quot;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Punto de vista&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para aquellas personas que ponen mucho énfasis en la ironía que en ocasiones es pose y un desprecio aparentemente arraigado contra los personajes que representan, es importante recordar a Forster: tal vez odiemos lo humano, pero si se lo quitamos al relato, no nos quedará más que un puñado de palabras.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/6736745791276439915/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/6736745791276439915?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/6736745791276439915'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/6736745791276439915'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/teora-sobre-los-personajes.html' title='Teoría sobre los personajes'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-2522132591107339459</id><published>2007-08-13T11:42:00.002-04:00</published><updated>2007-08-13T11:43:06.968-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>Teoría sobre la narración</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Previo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si algo puede observarse desde las primeras lecturas utilizadas como ejemplos es que cada texto puede separarse, para su análisis, en diferentes aspectos. A partir de la sesión anterior se observa que &lt;strong&gt;dos de estos aspectos son escena y narración&lt;/strong&gt;. Sin embargo, debe recordarse que no se trata sólo de formas de analizar sino, básicamente, de formas de escribir ya que, como afirma Gardner la ficción no es un gran &quot;flujo&quot; o envión sino que &lt;strong&gt;está hecha de unidades estructurales&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Lo que llamamos narración&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La característica que de manera más precisa describe lo que llamamos narración sería la siguiente: &lt;strong&gt;es cuando el narrador prescinde de los recursos de dramatización.&lt;/strong&gt; Es decir, cuando en lugar de mostrar los eventos simplemente los relata.&lt;br /&gt;Como hemos dicho de la escena, la narración también está compuesta por información y emoción y no deben descuidarse ninguno de estos aspectos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usos de los pasajes narrativos&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el relato, si observamos nuestra trama, debemos estar atentos a los principios de &lt;strong&gt;énfasis y función.&lt;/strong&gt; &lt;strong&gt;En el primer caso, nos referimos a la atención que le damos a un evento específico, en el segundo a la relación directa que tiene con el conflicto principal del relato.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo general, usamos la narración &lt;strong&gt;para hacer referencia a espacios de tiempo amplios&lt;/strong&gt;, en los cuales no queremos detenernos en forma de escena, es decir, &lt;strong&gt;sus implicaciones no dependen de esa interacción directa &lt;/strong&gt;mencionada en la escena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se utilizan muchas veces &lt;strong&gt;para abrir un relato y dar al lector la información básica esencial&lt;/strong&gt; que permite ingresar a la ficción. &lt;strong&gt;También para cerrar&lt;/strong&gt;, como conclusión de los eventos que han sido mostrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El peligro más evidente&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque para la narración igualmente aplican todos los aspectos en los cuales nos hemos detenido durante todas las sesiones anteriores, dado que como hemos dicho uno de los usos del pasaje narrativo es informar al lector, encuentra en esta característica un error bastante frecuente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de utilizar un idioma común es cierto que el mundo de referencia de cada uno puede variar, es decir, puede que nombremos las cosas de una manera tan particular que sea difícil para otro entender ese significado específico. Entonces hay una encrucijada: &lt;strong&gt;se podría explicar todo, es decir, ir palabra por palabra explicando o al menos en el caso de las palabras ambiguas. O nos arriesgamos a la incomprensión y no explicamos nada.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como en todo la línea media siempre es la mejor. Hay que recordar que hay formas sutiles de explicar, como a través del contexto. Por ejemplo, si en Venezuela escribimos un relato y no explicamos mayor cosa sobre el narrador y personajes, pero aún queremos utilizar &quot;braga&quot; como ropa interior femenina (significado en España), sería posible explicarlo dando algunas características sobre esta braga que nos permitiría darnos cuenta que no es un overol. En un diálogo cabría también esa explicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La peor opción es la intromisión del narrador.&lt;/strong&gt; Ocurre cuando se introduce un inciso sin ninguna relación con la historia simplemente para explicar un término.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/2522132591107339459/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/2522132591107339459?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/2522132591107339459'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/2522132591107339459'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/teora-sobre-la-narracin.html' title='Teoría sobre la narración'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4886624945657048647.post-6563088647910648771</id><published>2007-08-13T11:42:00.001-04:00</published><updated>2007-08-13T11:42:26.584-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Material teórico"/><title type='text'>Teoría sobre las escenas</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Previo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué se encuentra la escena en esta posición del programa? Porque utiliza todos los recursos mencionados anteriormente, la escena exige del escritor que éste conozca la historia, maneje los tonos y el vocabulario apropiado, identifique la función en la trama y la posición en el relato de la escena y conozca los personajes involucrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;¿Qué es una escena?&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por escena entendemos todo lo que se incluye en un flujo continuo de acción de un incidente en el tiempo a otro. Puede señalarse que es entonces posible que una escena sea interrumpida en un momento determinado, se introduzca alguna información ajena a ella y luego se vuelva a ella, con lo cual se trata de una sola escena. En la buena ficción nos conmovemos por lo que pasa no por el tono de furia o llanto con la que se nos presenta lo que pasa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El centro de la ficción, del relato es el personaje y en la escena lo tenemos en situación, es decir, cuando entra en relación directa con el ambiente, otros personajes y demás fuerzas que participen de la ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La escena contiene información y emoción, la escena ocurre adentro y afuera del personaje, son comportamientos e interpretaciones de dichos comportamientos. Pero la emoción en una escena, los sentimientos de los personajes no son para ser narrados sino demostrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El escritor eficiente hace que cada escena contenga todo lo que necesita sin que se vea atiborrada de elementos y mueve la historia a través de las transiciones más suaves de escena a escena. (Fade in, fade out, encadenamiento).&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;¿Cuándo se utilizan?&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la ficción no todo debe ser dramatizado, algunas cosas deben ser simplemente mencionadas o son implícitas. No todo debe hacerse en escenas. Hay que seleccionar. Puede haber escenas en cualquier momento de la trama. &lt;br /&gt;Para ser fiel a la eficiencia y elegancia, el escritor debe trabajar con el menor número de escenas posibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ideas sobre construcción de escenas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El punto de partida de lo escrito es lo vivido pero no es ni puede serlo el punto de llegada, la idea es que puede comenzar una escena en una experiencia, pero luego se alimenta de la historia con la cual se está trabajando.&lt;br /&gt;El escritor presta atención al construir la escena a la relación, en cada uno de sus elementos, de énfasis y función.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una escena no será vívida si el escritor da muy pocos detalles para despertar y guiar la imaginación del lector.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las escenas deben evitar el lugar común, ser totalmente predecibles en sus acontecimientos. Esto se puede hacer usando alguna distracción relevante que aumente el deseo del lector de saber qué viene después, entre estas distracciones se encuentran la riqueza del lenguaje literal y metafórico, la precisión en la percepción o a través de una profundización del contenido temático y emocional de eventos o referencias que se han hecho con anterioridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Punto de vista&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Es muy útil el uso de analogías, observar no sólo los libros sino el cine, las canciones y, por supuesto, la vida, ayuda a crear escenas sólidas.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/feeds/6563088647910648771/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/4886624945657048647/6563088647910648771?isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/6563088647910648771'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4886624945657048647/posts/default/6563088647910648771'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://diplomadoicrea.blogspot.com/2007/08/teora-sobre-las-escenas.html' title='Teoría sobre las escenas'/><author><name>Jesús Nieves Montero</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16864215718248022711</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='31' height='21' src='http://photos1.blogger.com/blogger/7478/2776/1600/jesus.1.png'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>