El cura loco de atar me bautizó, el cura loco de atar me bautizó, el cura estaba loco, el cura estaba loco, el cura loco de atar me bautizóoooo

La alegría de Dios, cuando alguno de vosotros se vuelve a Él en arrepentimiento, es mayor a la que alguno de vosotros sentiría si estuviese cabalgando sobre su camello en el (inhóspito) desierto, y éste se escapase de él, junto con todas sus provisiones, dejándolo sin la más mínima esperanza. El hombre llega a un árbol y se refugia bajo su sombra (esperando la muerte), pues ha perdido toda esperanza de encontrar a su camello. Entonces, mientras él se encuentra en ese estado (de desesperación), sorpresivamente su camello aparece ahí enfrente suyo (sic). Lo agarra por sus riendas y grita desde lo más profundo de su alegría: "¡Oh Dios, Tú eres mi siervo y yo soy tu señor!" Su error fue motivado por la intensidad de su alegría.

--Muhammad, el profeta

(Narrado en Sahih Muslim #2747 y Sahih Al-Bujari #6309. Recopilado en Una breve guía ilustrada para entender el Islam, por I A Ibrahim.)

Discutir con imbéciles es una ocupación improductiva y potencialmente ingrata. Es por esto que trato de evitarla, en la medida de lo posible. Sin embargo, a veces a uno lo agarran desprevenido. El otro día me trencé por Twitter con uno que decía que el diario La Nación (donde trabajo) no informaba la verdad sobre los muertos en la inundación que arrasó esta ciudad y sus alrededores el 2 de abril. El argumento era, si no recuerdo mal, que el diario se limitaba a dar la "versión oficial" sostenida por el gobierno de Daniel Scioli porque no quería "ofender al Rey" (el mismo Scioli, imagino). Perdía fuerza, este argumento, por el hecho de que ese mismo día se había publicado el primero de muchos artículos que cuestionaban las cifras oficiales y daban cuenta de que el temporal se habría cobrado más víctimas de las que reconoce el gobierno sciolista, tras un trabajo frenético de búsqueda y chequeo minucioso de la información, pateando la calle, en fin. Pero nada: ante toda evidencia, el ciberpescado persistía en su relato, desde el cual se puede sostener que los periodistas somos (cita textual de su blog) "grandes pelotudos que pululan a la sombra del poder".

El resentimiento puede producir ciertos destellos furiosos fácilmente confundibles con la inteligencia, pero el caso es que abandoné la discusión a tiempo, creo. Sin embargo, me quedó rebotando en la cabeza una sensación compleja, a partir de la constatación de que este caso particular dista mucho de ser el único: la fiambrería está, por decirlo así, atestada de salamines. Algo tiene que haber que lo explique: algún hecho social, no psicológico. Nunca he creído en la psicología como explicación única de los discursos sociales, ni siquiera cuando me toca escribir, por caso, sobre algún homicidio pasional.

Esto es lo que me pasa: por estos días he cumplido diez años de trabajo ininterrumpido en el diario y me viene pesando la idea de que no importa mucho lo que escriba porque del otro lado hay una máquina lectora que se dedica a escupir interpretaciones prediseñadas, sin importar si son completamente opuestas a lo que el texto dice.

No sé cuántos de los que leen esto son periodistas, pero tal vez a algunos les suene, ya que no creo estar solo en esta sensación. Incluso dejando de lado a los conspiranoicos de siempre, que creen que cada coma que uno tipea está dictada por los dueños del diario (o por la propia camiseta, como si trabajar en un medio determinado fuera una cuestión genética, digamos), tengo la fuerta impresión de que todo mi trabajo ya está leído antes de ser escrito. Para bien y para mal... no, no, siempre para mal: aun las lecturas "favorables" tienden a ser antilecturas, ladrillos interpretativos que destrozan el vitral de una construcción compleja y se llevan puesta a la realidad en el proceso.

Yo no quiero esos lectores, francamente. Ni a los críticos desorientados como el conspiranoico del otro día, ni a los que leen en cada línea una confirmación de la tragedia de la patria montonera y KK que se va al demonio con cada decisión gubernamental. Pero de los otros lectores, de los que están dispuestos a leer lo que realmente escribí, van quedando cada vez menos. Me pregunto si nos pasa solamente a los periodistas que trabajamos en La Nación y en el Grupo Clarín, como efecto del enfrentamiento con el gobierno, o si es un producto de la época y del surgimiento de lo que Baricco, políticamente incorrecto, llamó "los bárbaros": en este caso, justicieros del teclado, artífices del "periodismo ciudadano" sin fuentes ni rigor, pero lo suficientemente pagados de sí mismos como para denunciar al periodismo "tradicional" y congratularse en su segura extinción.

Hay una paradoja ahí que un Baudrillard o un Lipovetsky podrían descular mejor que yo: se denuncia la noción de una verdad única, absoluta, como el producto de una operación artificial y represiva, destinada a perpetuar oscuros intereses, pero se defiende a rajatabla esa misma noción de verdad cuando se trata de lo supuestamente ocultado por los medios y desenterrado por los ciudadanos de a pie. El problema es que este proceso de "descubrimiento" frecuentemente es una operación ingenua e inexperta que se limita a creer en versiones de lo más peregrinas sin ningún tipo de fundamento (como que hubo ochenta electrocutados en la guardia de un hospital el día de la inundación), al mismo tiempo que se desecha la máquina verificadora del periodismo "tradicional" y se pasan por alto todos los matices de su discurso que no encajen en la verdad predefinida por los rebeldes. Porque sí hay, para ellos, una verdad única, pero no es la verdad de los hechos sino la verdad del yo: lo que creo, lo que a mí me parece, es lo que vale la pena contar, y aspirar a una realidad objetiva es reprimirme a mí, ningunearme, borrarme, hacerme desaparecer. Un proceso de personalización en el que la verdad construida a medida aspira a convertirse ella misma en medida para los otros.

Y entonces ¿qué?, ¿reclamarles a los medios que asuman un lugar de autoridad moral? Qué tontería, por supuesto que no. Pero la autoridad moral tampoco está en el sillón del salamín que elige ingenuamente creerle al amigo, al vecino, al propalador no identificado, al oscuro escribiente de la Web, esencialmente a cualquiera menos a un periodista.

Tengo la edad suficiente como para recordar cuando el panorama era exactamente opuesto. En los años noventa, bajo el menemato, los periodistas gozaban (no digo "gozábamos" porque yo estaba en la Facultad todavía, aunque ya empezaba a ejercer el oficio) de una credibilidad envidiable. Eran la supuesta reserva moral de un país cuyos poderes caían visiblemente en la degradación y la inmoralidad, una teórica fuerza pura dedicada a denunciar los arrebatos y las miserias de ese poder. Una pavada también, claro: había, hay, mucho que reprocharle al periodismo, y a varios niveles, uno de los cuales es el de los tipos como yo, redactores rasos. Pero el debate que podía darse en este ámbito se transformó demasiado rápidamente (gracias en buena parte a la ofensiva kirchnerista) en una simplificación contraria, en una división infantil entre buenos y malos en la que es imposible sentarse a escribir una nota sin ser catalogado, antes del primer golpe de tecla, como el operador de un dispositivo maligno y destructor. Basta con ver diez minutos de 6 7 8 para constatar el nivel de análisis.

Hay complejidad en el mundo, muchachos. Hay cosas que se escriben para ser leídas y merecen ser leídas, no leídas antes de leerse. Si el periodismo puede cumplir todavía una función social (y yo creo que sí), esa función tiene que ver con el pensamiento, no con todo lo contrario.

En fin, ya divagué bastante. No sé si se nota, pero estoy un poquito harto de estas cosas. Voy a seguir trabajando y haciendo lo mejor que pueda para los lectores sensatos que aún quedan, que serán menos que antes pero siguen siendo muchos (espero). Sin embargo, está esta melancolía, este pinchazo sordo. Porque, encima, uno todavía es rebelde, todavía cree en la necesidad de desarticular el discurso del poder y de cuestionar los mecanismos de la hegemonía discursiva. Pero esto no se va a lograr cayendo en la teoría berreta de la conspiración, en la calumnia facilonga y el no-pensamiento; al contrario, esas cosas no sólo no ayudan sino que contribuyen a distraer y diluir la crítica legítima.

Para desarticular un sistema hay que meterle el destornillador, una herramienta fina; el martillo no sirve a estos fines. (Alguno saltará con Nietzsche: la respuesta es que lo que Nietzsche hacía es totalmente otra cosa.)

Catarsis off. Felices diez años para mí.

Cuando se quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy honesto al hablar de los faroleros y corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie y un poco apretados, como en un mitin, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote del Pacífico.

Esto escribía Antoine de Saint-Exupéry en El Principito, el más lindo de los libros infantiles jamás escritos. Entre tantos pasajes que se incrustaron profundamente en mi memoria, éste es uno de los más fascinantes. Pensar que todo el mundo (es decir, una cantidad de gente incalculable, inimaginable desde mi perspectiva de niño) pudiera caber en una plaza, o en lo que el autor llamaba una plaza (ignoro si la palabra en francés se refiere a lo que nosotros llamamos así o simplemente significa "lugar" o algo por el estilo, pero "plaza" es lo que dice la versión castellana y "plaza" es lo que yo leí entonces) era ser invitado a un absurdo, a algo incomprensible y maravilloso.

Saint-Exupéry tenía razón, por supuesto. Una milla común mide aproximadamente 1,6 kilómetros (la milla náutica es un poco más larga) y veinte por veinte son cuatrocientos, de modo que el área definida en el párrafo que cito resulta ser, tras una simple conversión aritmética, de unos 1024 kilómetros cuadrados. Dividamos eso entre dos mil millones de personas y da cerca de medio metro cuadrado para cada una: suficiente para que todos permanezcan "de pie y un poco apretados, como en un mitin". Esta cuenta estaba fuera de mi alcance en aquel momento, principalmente porque no tenía muy claro cuánto medía una milla (en mi familia algunos decían un kilómetro y medio y otros medio kilómetro) y no existía la Web para sacarse la duda. Estaban los diccionarios, sí, pero quién sabe por qué nunca lo busqué, a pesar de que era fan de esos libracos gordos y especialmente del apéndice de "Dificultades del idioma" que traía el cuarto volumen.

Constatar que el escritor me decía la verdad entonces es confirmar una vieja sospecha, a saber, la de que ese tipo de magia (una magia a la que puede acceder también una persona grande, incluso un científico) existe. Es como darle una palmada alentadora al chico que fui, es sentirse Leon Werth por un ratito. También es comprobar que la plaza es grande y entramos todos.

Hoy es el Día del Libro Infantil y Verónica Sukaczer, autora talentosa y amiga de la casa (como ustedes sabrán), lanzó por Facebook un llamado a recordar "los libros que poblaron la infancia". Había que elegir cinco títulos y al cierre de esta edición El Principito andaba peleando el primer puesto (con Mujercitas de Alcott). Acaso sin saberlo, Saint-Exupéry habilitó un espacio en el que sentirnos a gusto, inventó su propia plaza en la que jugamos de chicos y en la que seguimos acomodándonos, de pie y un poco apretados, aplaudiendo y con una lagrimita que se nos escapa sin que podamos evitarlo, qué vergüenza, gente mayor.

Ojalá la ocasión fuera otra, pero es ésta: hoy se cumplen dos años de la muerte de Maru Kogan, joven talento y alma bella. Sus compañeros y amigos de la revista El Interpretador compilaron en una sola página enlaces a buena parte de su obra publicada (en la revista y en otras partes): cuentos, poemas, ensayos y alguna reseña, y a cortometrajes basados en sus textos. Además, la mirada de los otros: textos que flotan en la blogosfera, sobre ella y su obra, escritos casi todos después de su partida. Y esto: Maru un 24 de marzo, leyendo la Carta de Walsh en una esquina de San Cristóbal, rodeada de compañeros, subrayando las palabras en una noche seguramente fría. Lo que más me llegó, tal vez, entre el cúmulo de material linkeado ahí.

Lo primero que uno piensa (después del pinchazo) es una obviedad: la recopilación da cuenta de una pérdida. Maru no sólo era un ser luminoso sino también una artista de indudable valor. Alguna vez le dije que debería escribir una novela, y aunque ella coincidió, creo que ella se hallaba más cómoda en los textos cortos e intensos, en la construcción de ciertos momentos que quedaran rebotando en la cabeza del lector.

Pero después de todo, después de ese segundo pinchazo, vuelve lo otro. La mirada profunda de Maru, su sinceridad y su sonrisa, y las huellas que dejó en quienes la conocieron (apenas, en mi caso). Entonces uno se queda con el video, con su voz y su energía, con los rostros silenciosos que la escuchan, y con los textos de los otros:  testimonios de cariño, de esas huellas que mencionaba.

Una pena todo. Pero una suerte haberla conocido, aunque sea un cachito.

 

El título de este post no es metafórico, sino literal. Desde hace algo más de un mes hay, en el mundo, un jardín de infantes que lleva el nombre de mi abuela materna. Está ubicado en Domselaar, provincia de Buenos Aires, el pueblo donde ella vivió y donde ejerció la docencia, primero como maestra, después como directora de primaria.

"Adadina Traversaro de Montessoro" se llama ahora, entonces, el Jardín de Infantes #903 de Domselaar. Estuve ahí en la ceremonia de imposición del nombre, acompañando a mi vieja y a mis tíos (los hijos de Adadina). También estuvieron otros familiares, muchas maestras de hoy y de entonces y hasta el intendente del partido de San Vicente, Daniel Di Sabatino, cuya mano estreché (no sin cierta aprensión) poco antes de que comenzara el acto.

Ahora bien, que le pongan a un jardín de infantes el nombre de tu abuela es, obviamente, raro. Además de la emoción que te produce saber que alguien que conociste, y a quien quisiste, es reconocido por dejar una huella en el mundo, te lleva a pensar en lo difuso de la diferenciación entre personalidades públicas y privadas. Una maestra, una directora de escuela, no es en principio una persona pública, de manera que ponerle su nombre a un edificio cualquiera suena excesivo, digamos; excepto que, como en este caso, se trate de un lugar relacionado con el trabajo que hizo a lo largo de muchos años. Cabe señalar, sin embargo, que no es en el jardín 903 donde trabajó mi abuela; que lo bauticen con su nombre representa algo más que decir "esta persona estuvo acá", es el reconocimiento de la influencia que ella, desde el rol de educadora, tuvo en la comunidad de Domselaar, aunque su tarea específica la haya desempeñado en otros lugares.

Quiero decir, y repitiendo: una maestra o directora no es, en principio, una personalidad pública, pero en cierto modo, fuera del principio o de lo que se supone, lo es. Miles de personas, a través de distintas generaciones, llegan a conocerla, mucho más de lo que se conoce (en la mayoría de los casos) a un comerciante o un policía. Es además (o era) una referencia moral, alguien cuya palabra y decisiones pesan. En su comunidad, claro. Fuera de ella, es una perfecta desconocida.

Los hijos.

Adadina (Dina como la conocíamos todos y, por otra parte, como se suponía que debía llamarse: Ada Dina, de no ser porque el empleado del Registro Civil no era el cuchillo más afilado del cajón) no era la excepción, claramente. En el discurso de ocasión, la directora del jardín recordó su trayectoria y los esfuerzos que debió desplegar al principio de su carrera para enseñar en una zona difícil, donde el hecho mismo de llegar a la escuela a veces se complicaba.

Pero bueno, no es esto lo más llamativo y emocionante del caso, sino que la imposición del nombre estuvo precedida de una serie de actividades de los chicos del jardín que, sin haberla conocido, trabajaron sobre su imagen y conocieron un poco de su vida. Una de las intervenciones que hicieron fue de inspiración warholiana:

Otra, más simpática, consistió simplemente en que los chicos dibujaran a mi abuela. Obviamente, tenían pocas referencias: apenas una foto (todos, los del collage a lo Warhol y los de los dibujos, parecen haber trabajado sobre la misma imagen). La consigna era simple y tal vez aburrida: dibujar a una señora que ni siquiera sabían quién era. Pero bueno, los resultados fueron tiernos, por decirlo de alguna manera.

La verdad que los chicos se portaron. El acto principal (antes estuvo el descubrimiento de una placa) tuvo lugar bajo un sol intenso, casi insoportable, en el fondo del jardín. Si yo estaba acalorado, no me imagino lo que habrán sufrido los pobres gurises. Después de un rato los mandaron a la sombra, pero los pobres abanderados (de jardín, primaria y secundaria) se tuvieron que fumar todo el asunto al rayo del sol.

Y lo peor es que los pobrecitos ya no estaban cuando la cosa se puso buena, a saber:

Mirá cómo morfa esa maestra, por favor.

Es un decir, claro. Todo estuvo bueno, excepto Di Sabatino, que, como buen político, mandó fruta un rato (generalidades sobre el rol de los educadores y apreciaciones sobre mi abuela que seguramente habrán sido atinadas pero que no requerían, de hecho, saber nada sobre ella). Durante el almuercito se proyectó uno de esos videos lacrimógenos que compilan imágenes del pasado lejano y cercano, con oooohs aaaaaahs a medida que la gente se iba reconociendo en viejas fotos del jardín y la escuela aledaña. ¿Adónde habrá ido a parar toda esa gente, digo yo?

Nosotros, por lo pronto, acá estamos.

La familia en pleno. (No.)

En fin, lo que en las malas crónicas se dice "una jornada emotiva". No mucho más que informar por ahora; en fin, quería contar esto porque es raro, porque se siente raro que ese lugar, ahora, se llame así. Yo conocí y quise a mi abuela, pero nunca la vi en su papel docente, ni sé cómo la recuerdan ahora quienes fueron sus alumnos o los padres de sus alumnos. No lo sabré nunca. Pero algo dejó, algo hizo, y está bueno que ese recuerdo (colectivo ya) quede cristalizado en un nombre, una placa, las formas posibles de la inmortalidad.

Para ella, este post, con cariño.

 

 

Veinte años y cuatro días, para ser más precisos.

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Una doble reseña: Låt den rätte komma in, la película sueca, y Let me in, su remake norteamericana. De paso, algunas consideraciones sobre la debilidad y el poder de los vampiros, de Drácula a esta parte.

Las chicas del lavadero Buenos Blancos (46 nº 655 entre 8 y 9) tiraron a la basura las dos (2) bolsas en que llevé mi ropa para lavar y secar. Unas divinas.

Volvemos a nuestra programación habitual.

1. Contra Angelina

Así se llama mi contribución al número de agosto de la copadísima revista de cine Breaking Away y sí, escribo contra Angelina Jolie. Manejalo. PDF SUPERGRATIS.

2. Contra Mariotto

No sé si te habrás enterado, pero el vicegobernador y titular del Senado bonaerense, Gabriel Mariotto, presentó hace unos días el programa Ser Parte, destinado a incentivar la participación ciudadana y la formación de líderzzzzzz. Mirá el logo del programa:

¿De dónde me suena ese logo?

A ver, a ver...

No, de ahí no.

De ahí, tampoco.

¿Cómo era que se llamaba ese sitio?

(tipea) (tipea) (tipea)

Ah, sí:

Esteeeeeee... ¡Uy, mirá, un cachorrito!

3. Contra el Eternéstor

Mi columna en el número de este mes de La Tecl@ Eñe, revista de cultura y política, versa sobre la alegre invasión camporista en las escuelas secundarias. ¿Alguien POR FAVOR quiere pensar en los niños?

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