El título de este post no es metafórico, sino literal. Desde hace algo más de un mes hay, en el mundo, un jardín de infantes que lleva el nombre de mi abuela materna. Está ubicado en Domselaar, provincia de Buenos Aires, el pueblo donde ella vivió y donde ejerció la docencia, primero como maestra, después como directora de primaria.
"Adadina Traversaro de Montessoro" se llama ahora, entonces, el Jardín de Infantes #903 de Domselaar. Estuve ahí en la ceremonia de imposición del nombre, acompañando a mi vieja y a mis tíos (los hijos de Adadina). También estuvieron otros familiares, muchas maestras de hoy y de entonces y hasta el intendente del partido de San Vicente, Daniel Di Sabatino, cuya mano estreché (no sin cierta aprensión) poco antes de que comenzara el acto.

Ahora bien, que le pongan a un jardín de infantes el nombre de tu abuela es, obviamente, raro. Además de la emoción que te produce saber que alguien que conociste, y a quien quisiste, es reconocido por dejar una huella en el mundo, te lleva a pensar en lo difuso de la diferenciación entre personalidades públicas y privadas. Una maestra, una directora de escuela, no es en principio una persona pública, de manera que ponerle su nombre a un edificio cualquiera suena excesivo, digamos; excepto que, como en este caso, se trate de un lugar relacionado con el trabajo que hizo a lo largo de muchos años. Cabe señalar, sin embargo, que no es en el jardín 903 donde trabajó mi abuela; que lo bauticen con su nombre representa algo más que decir "esta persona estuvo acá", es el reconocimiento de la influencia que ella, desde el rol de educadora, tuvo en la comunidad de Domselaar, aunque su tarea específica la haya desempeñado en otros lugares.
Quiero decir, y repitiendo: una maestra o directora no es, en principio, una personalidad pública, pero en cierto modo, fuera del principio o de lo que se supone, lo es. Miles de personas, a través de distintas generaciones, llegan a conocerla, mucho más de lo que se conoce (en la mayoría de los casos) a un comerciante o un policía. Es además (o era) una referencia moral, alguien cuya palabra y decisiones pesan. En su comunidad, claro. Fuera de ella, es una perfecta desconocida.

Los hijos.
Adadina (Dina como la conocíamos todos y, por otra parte, como se suponía que debía llamarse: Ada Dina, de no ser porque el empleado del Registro Civil no era el cuchillo más afilado del cajón) no era la excepción, claramente. En el discurso de ocasión, la directora del jardín recordó su trayectoria y los esfuerzos que debió desplegar al principio de su carrera para enseñar en una zona difícil, donde el hecho mismo de llegar a la escuela a veces se complicaba.
Pero bueno, no es esto lo más llamativo y emocionante del caso, sino que la imposición del nombre estuvo precedida de una serie de actividades de los chicos del jardín que, sin haberla conocido, trabajaron sobre su imagen y conocieron un poco de su vida. Una de las intervenciones que hicieron fue de inspiración warholiana:

Otra, más simpática, consistió simplemente en que los chicos dibujaran a mi abuela. Obviamente, tenían pocas referencias: apenas una foto (todos, los del collage a lo Warhol y los de los dibujos, parecen haber trabajado sobre la misma imagen). La consigna era simple y tal vez aburrida: dibujar a una señora que ni siquiera sabían quién era. Pero bueno, los resultados fueron tiernos, por decirlo de alguna manera.

La verdad que los chicos se portaron. El acto principal (antes estuvo el descubrimiento de una placa) tuvo lugar bajo un sol intenso, casi insoportable, en el fondo del jardín. Si yo estaba acalorado, no me imagino lo que habrán sufrido los pobres gurises. Después de un rato los mandaron a la sombra, pero los pobres abanderados (de jardín, primaria y secundaria) se tuvieron que fumar todo el asunto al rayo del sol.

Y lo peor es que los pobrecitos ya no estaban cuando la cosa se puso buena, a saber:

Mirá cómo morfa esa maestra, por favor.
Es un decir, claro. Todo estuvo bueno, excepto Di Sabatino, que, como buen político, mandó fruta un rato (generalidades sobre el rol de los educadores y apreciaciones sobre mi abuela que seguramente habrán sido atinadas pero que no requerían, de hecho, saber nada sobre ella). Durante el almuercito se proyectó uno de esos videos lacrimógenos que compilan imágenes del pasado lejano y cercano, con oooohs y aaaaaahs a medida que la gente se iba reconociendo en viejas fotos del jardín y la escuela aledaña. ¿Adónde habrá ido a parar toda esa gente, digo yo?
Nosotros, por lo pronto, acá estamos.

La familia en pleno. (No.)
En fin, lo que en las malas crónicas se dice "una jornada emotiva". No mucho más que informar por ahora; en fin, quería contar esto porque es raro, porque se siente raro que ese lugar, ahora, se llame así. Yo conocí y quise a mi abuela, pero nunca la vi en su papel docente, ni sé cómo la recuerdan ahora quienes fueron sus alumnos o los padres de sus alumnos. No lo sabré nunca. Pero algo dejó, algo hizo, y está bueno que ese recuerdo (colectivo ya) quede cristalizado en un nombre, una placa, las formas posibles de la inmortalidad.
Para ella, este post, con cariño.
