<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:blogger='http://schemas.google.com/blogger/2008' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242</id><updated>2024-09-08T10:31:51.902-07:00</updated><category term="capítulo"/><category term="libros"/><category term="literatura"/><category term="Juan Valera"/><category term="Pepita Jiménez"/><category term="Anónimo"/><category term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><category term="enlaces"/><title type='text'>Un Capítulo Cada Día</title><subtitle type='html'>Literatura de Dominio Público</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default?orderby=published'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25&amp;orderby=published'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>30</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-5131341423522229213</id><published>2008-02-07T03:28:00.000-08:00</published><updated>2008-02-07T00:26:55.009-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Séptimo</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt; &lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Cómo Lázaro se asentó con un alguacil, y de lo que le acaeció con él&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Despedido del capellán, asenté por hombre de justicia con un alguacil, mas muy poco viví con él, por parecerme oficio peligroso; mayormente, que una noche nos corrieron a mí y a mi amo a pedradas y a palos unos retraídos, y a mi amo, que esperó, trataron mal, mas a mí no me alcanzaron. Con esto renegué del trato.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y pensando en qué modo de vivir haría mi asiento por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa; y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre sino los que le tienen; en el cual el día de hoy vivo y resido a servicio de Dios y de vuestra merced.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y es que tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad se venden, y en almonedas y cosas perdidas, acompañar los que padecen persecuciones por justicia y declarar a voces sus delitos: pregonero, hablando en buen romance , en el cual oficio un día que ahorcábamos un apañador en Toledo y llevaba una buena soga de esparto, conocí y caí en la cuenta de la sentencia que aquel mi ciego amo había dicho en Escalona, y me arrepentí del mal pago que le di por lo mucho que me enseñó, que, después de Dios, él me dio industria para llegar al estado que ahora estó. &lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hame sucedido tan bien, yo le he usado tan fácilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi mano: tanto que en toda la ciudad el que ha de echar vino a vender o algo, si Lázaro de Tormes no entiende en ello, hacen cuenta de no sacar provecho.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de Sant Salvador, mi señor, y servidor y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya; y visto por mí que de tal persona no podía venir sino bien y favor, acordé de lo hacer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y así me casé con ella, y hasta agora no estoy arrepentido; porque, allende de ser buena hija y diligente, servicial, tengo en mi señor acipreste todo favor y ayuda. Y siempre en el año le da en veces al pie de una carga de trigo, por las Pascuas su carne, y cuando el par de los bodigos, las calzas viejas que deja; e hízonos alquilar una casilla par de la suya. Los domingos y fiestas casi todas las comíamos en su casa. Mas malas lenguas, que nunca faltaron ni faltarán, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué, y sí sé qué, de que veen a mi mujer irle a hacer la cama y guisalle de comer. Y mejor les ayude Dios que ellos dicen la verdad; aunque en este tiempo siempre he tenido alguna sospechuela y habido algunas malas cenas por esperalla algunas noches hasta las laudes y aún más, y se me ha venido a la memoria lo que mi amo el ciego me dijo en Escalona estando asido del cuerno; aunque de verdad siempre pienso que el diablo me lo trae a la memoria por hacerme malcasado, y no le aprovecha porque, allende de no ser ella mujer que se pague destas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá. Que él me habló un día muy largo delante della, y me dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas, nunca medrará. Digo esto porque no me maravillaría alguno, viendo entrar en mi casa a tu mujer y salir della. Ella entra muy a tu honra y suya, y esto te lo prometo. Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo a tu provecho.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor -le dije-, yo determiné de arrimarme a los buenos. Verdad es que algunos de mis amigos me han dicho algo deso, y aun, por más de tres veces me han certificado que, antes que comigo casase, había parido tres veces, hablando con reverencia de V.M., porque está ella delante.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros, y después tomóse a llorar y a echar maldiciones sobre quien comigo la había casado, en tal manera que quisiera ser muerto antes que se me hobiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por bien de que ella entrase y saliese, de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos tres bien conformes. Hasta el día de hoy, nunca nadie nos oyó sobre el caso; antes, cuando alguno siento que quiere decir algo della, le atajo y le digo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Mirá: si sois amigo, no me digáis cosa con que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar; mayormente si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo más quiero, y la amo más que a mí. Y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo merezco; que yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella cortes, y se hicieron grandes regocijos, como vuestra merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna , de lo que de aquí adelante me sucediere avisaré a vuestra merced. &lt;/p&gt;&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/5131341423522229213/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/5131341423522229213' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5131341423522229213'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5131341423522229213'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus_07.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Séptimo'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-3491734657204744792</id><published>2008-02-06T03:28:00.000-08:00</published><updated>2008-02-06T01:45:36.203-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Sexto</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt; &lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Cómo Lázaro se asentó con un capellán, y lo que con él pasó&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después desto, asenté con un maestro de pintar panderos para molelle los colores, y también sufrí mil males.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un día en la iglesia mayor, un capellán della me recibió por suyo, y púsome en poder un asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé a echar agua por la cibdad. Éste fue el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida, porque mi boca era medida. Daba cada día a mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba para mí, y todo lo demás, entre semana, de treinta maravedís.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fueme tan bien en el oficio que al cabo de cuatro años que lo usé, con poner en la ganancia buen recaudo, ahorré para me vestir muy honradamente de la ropa vieja, de la cual compré un jubón de fustán viejo y un sayo raído de manga tranzada y puerta, y una capa que había sido frisada, y una espada de las viejas primeras de Cuéllar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desque me vi en hábito de hombre de bien, dije a mi amo se tomase su asno, que no quería más seguir aquel oficio.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/3491734657204744792/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/3491734657204744792' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/3491734657204744792'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/3491734657204744792'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus_06.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Sexto'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-4192336370969715060</id><published>2008-02-05T03:27:00.000-08:00</published><updated>2008-02-05T01:11:12.119-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Quinto</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt; &lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Cómo Lázaro se asentó con un buldero, y de las cosas que con él pasó&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En el quinto por mi ventura di, que fue un buldero, el más desenvuelto y desvengonzado y el mayor echador dellas que jamás yo vi ni ver espero ni pienso que nadie vio; porque tenía y buscaba modos y maneras y muy sotiles invenciones.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En entrando en los lugares do habían de presentar la bula, primero presentaba a los clérigos o curas algunas cosillas, no tampoco de mucho valor ni substancia: una lechuga murciana, si era por el tiempo, un par de limas o naranjas, un melocotón, un par de duraznos, cada sendas peras verdiniales. Ansí procuraba tenerlos propicios porque favoreciesen su negocio y llamasen sus feligreses a tomar la bula.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ofreciéndosele a él las gracias, informábase de la suficiencia dellos. Si decían que entendían, no hablaba palabra en latín por no dar tropezón; mas aprovechábase de un gentil y bien cortado romance y desenvoltísima lengua. Y si sabía que los dichos clérigos eran de los reverendos, digo que más con dineros que con letras y con reverendas se ordena, hacíase entre ellos un Santo Tomás y hablaba dos horas en latín: a lo menos, que lo parecía aunque no lo era.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba cómo por mal se las tomasen, y para aquello hacía molestias al pueblo e otras veces con mañosos artificios. Y porque todos los que le veía hacer sería largo de contar, diré uno muy sotil y donoso, con el cual probaré bien su suficiencia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En un lugar de la Sagra de Toledo había predicado dos o tres días, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habían tomado bula, ni a mi ver tenían intención de se la tomar. Estaba dado al diablo con aquello y, pensando qué hacer, se acordó de convidar al pueblo, para otro día de mañana despedir la bula.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y esa noche, después de cenar, pusiéronse a jugar la colación él y el alguacil, y sobre el juego vinieron a reñir y a haber malas palabras. Él llamó al alguacil ladrón, y el otro a él falsario. Sobre esto, el señor comisario mi señor tomó un lanzón que en el portal do jugaban estaba. El aguacil puso mano a su espada, que en la cinta tenía. Al ruido y voces y que todos dimos, acuden los huéspedes y vecinos y métense en medio, y ellos muy enojados procurándose desembarazar de los que en medio estaban, para se matar. Mas como la gente al gran ruido cargase y la casa estuviese llena della, viendo que no podían afrentarse con las armas, decíanse palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil dijo a mi amo que era falsario y las bulas que predicaba que eran falsas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Finalmente, que los del pueblo, viendo que no bastaban a ponellos en paz, acordaron de llevar el alguacil de la posada a otra parte. Y así quedó mi amo muy enojado; y después que los huéspedes y vecinos le hubieron rogado que perdiese el enojo y se fuese a dormir, se fue. Y así nos echamos todos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mañana venida, mi amo se fue a la iglesia y mandó tañer a misa y al sermón para despedir la bula. Y el pueblo se juntó, el cual andaba murmurando de las bulas, diciendo como eran falsas y que el mesmo alguacil riñendo lo había descubierto; de manera que tras que tenían mala gana de tomalla, con aquello de todo la aborrecieron.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El señor comisario se subió al púlpito y comienza su sermón, y a animar la gente a que no quedasen sin tanto bien e indulgencia como la santa bula traía. Estando en lo mejor del sermón, entra por la puerta de la iglesia el alguacil y, desque hizo oración, levantóse y con voz alta y pausada cuerdamente comenzó a decir:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Buenos hombres, oídme una palabra, que después oiréis a quien quisiéredes. Yo vine aquí con este echacuervo que os predica, el cual engañó y dijo que le favoreciese en este negocio y que partiríamos la ganancia. Y agora, visto el daño que haría a mi conciencia y a vuestras haciendas, arrepentido de lo hecho, os declaro claramente que las bulas que predica son falsas, y que no le creáis ni las toméis, y que yo &lt;i&gt;directe&lt;/i&gt; ni &lt;i&gt;indirecte&lt;/i&gt; no soy parte en ellas, y que desde agora dejo la vara y doy con ella en el suelo; y si algún tiempo éste fuere castigado por la falsedad, que vosotros me seáis testigos como yo no soy con él ni le doy a ello ayuda, antes os desengaño y declaro su maldad.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y acabó su razonamiento. Algunos hombres honrados que allí estaban se quisieron levantar y echar el alguacil fuera de la iglesia, por evitar escándalo. Mas mi amo les fue a la mano y mandó a todos que so pena de excomunión no le estorbasen, mas que le dejasen decir todo lo que quisiese. Y ansí, él también tuvo silencio, mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como calló, mi amo le preguntó, si quería decir más, que lo dijese. El alguacil dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Harto hay más que decir de vos y de vuestra falsedad, mas por agora basta.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito y, puestas las manos y mirando al cielo, dijo ansí:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor Dios, a quien ninguna cosa es escondida, antes todas manifiestas, y a quien nada es imposible, antes todo posible, tú sabes la verdad y cuán injustamente yo soy afrentado. En lo que a mí toca, yo lo perdono porque tú, Señor, me perdones. No mires a aquél que no sabe lo que hace ni dice; mas la injuria a ti hecha, te suplico, y por justicia te pido, no disimules; porque alguno que está aquí, que por ventura pensó tomar aquesta santa bula, dando crédito a las falsas palabras de aquel hombre, lo dejará de hacer. Y pues es tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo, Señor, no lo disimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea desta manera: que si es verdad lo que aquél dice y que traigo maldad y falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de tierra, do él ni yo jamás parezcamos. Y si es verdad lo que yo digo y aquél, persuadido del demonio, por quitar y privar a los que están presentes de tan gran bien, dice maldad, también sea castigado y de todos conocida su malicia.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Apenas había acabado su oración el devoto señor mío, cuando el negro alguacil cae de su estado y da tan gran golpe en el suelo que la iglesia toda hizo resonar, y comenzó a bramar y echar espumajos por la boca y torcella, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano, revolviéndose por aquel suelo a una parte y a otra. El estruendo y voces de la gente era tan grande, que no se oían unos a otros. Algunos estaban espantados y temerosos. Unos decían:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;El Señor le socorra y valga.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otros:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Finalmente, algunos que allí estaban, y a mi parecer no sin harto temor, se llegaron y le trabaron de los brazos, con los cuales daba fuertes puñadas a los que cerca dél estaban. Otros le tiraban por las piernas y tuvieron reciamente, porque no había mula falsa en el mundo que tan recias coces tirase. Y así le tuvieron un gran rato, porque más de quince hombres estaban sobre él, y a todos daba las manos llenas, y si se descuidaban, en los hocicos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A todo esto, el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que el planto y ruido y voces que en la iglesia había no eran parte para apartalle de su divina contemplación.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aquellos buenos hombres llegaron a él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer a aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase a las cosas pasadas ni a sus dichos malos, pues ya dellos tenía el pago; mas si en algo podría aprovechar para librarle del peligro y pasión que padecía, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la verdad y bondad suya, pues a su petición y venganza el Señor no alargó el castigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró y miró al delincuente y a todos los que alderredor estaban, y muy pausadamente les dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Buenos hombres, vosotros nunca habíades de rogar por un hombre en quien Dios tan señaladamente se ha señalado; mas pues él nos manda que no volvamos mal por mal y perdonemos las injurias, con confianza podremos suplicarle que cumpla lo que nos manda, y Su Majestad perdone a éste que le ofendió poniendo en su santa fe obstáculo. Vamos todos a suplicalle.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y así bajó del púlpito y encomendó a que muy devotamente suplicasen a Nuestro Señor tuviese por bien de perdonar a aquel pecador, y volverle en su salud y sano juicio, y lanzar dél el demonio, si Su Majestad había permitido que por su gran pecado en él entrase. Todos se hincaron de rodillas, y delante del altar con los clérigos comenzaban a cantar con voz baja una letanía. Y viniendo él con la cruz y agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos que casi nada se le parecía sino un poco de blanco, comienza una oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente como suelen hazer en los sermones de Pasión, de predicador y auditorio devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y esto hecho, mandó traer la bula y púsosela en la cabeza; y luego el pecador del alguacil comenzó poco a poco a estar mejor y tornar en sí. Y desque fue bien vuelto en su acuerdo, echóse a los pies del señor comisario y demandóle perdón, y confesó haber dicho aquello por la boca y mandamiento del demonio, lo uno por hacer a él daño y vengarse del enojo, lo otro y más principal, porque el demonio recibía mucha pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula. El señor mi amo le perdonó, y fueron hechas las amistades entre ellos; y a tomar la bula hubo tanta priesa, que casi ánima viviente en el lugar no quedó sin ella: marido y mujer, e hijos e hijas, mozos y mozas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Divulgóse la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos, y cuando a ellos llegábamos, no era menester sermón ni ir a la iglesia, que a la posada la venían a tomar como si fueran peras que se dieran de balde. De manera que en diez o doce lugares de aquellos alderredores donde fuimos, echó el señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar sermón.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando él hizo el ensayo, confieso mi pecado que también fui dello espantado y creí que ansí era, como otros muchos; mas con ver después la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacían del negocio, conocí como había sido industriado por el industrioso e inventivo de mi amo. Acaeciónos en otro lugar, el cual no quiero nombrar por su honra, lo siguiente; y fue que mi amo predicó dos o tres sermones y do a Dios la bula tomaban. Visto por el asunto de mi amo lo que pasaba y que, aunque decía se fiaban por un año, no aprovechaba y que estaban tan rebeldes en tomarla y que su trabajo era perdido, hizo tocar las campanas para despedirse. Y hecho su sermón y despedido desde el púlpito, ya que se quería abajar, llamó al escribano y a mí, que iba cargado con unas alforjas, e hízonos llegar al primer escalón, y tomó al alguacil las que en las manos llevaba y las que no tenía en las alforjas, púsolas junto a sus pies, y tornóse a poner en el púlpito con cara alegre y arrojar desde allí de diez en diez y de veinte en veinte de sus bulas hacia todas partes, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Hermanos míos, tomad, tomad de las gracias que Dios os envía hasta vuestras casas, y no os duela, pues es obra tan pía la redención de los captivos cristianos que están en tierra de moros. Porque no renieguen nuestra santa fe y vayan a las penas del infierno, siquiera ayudadles con vuestra limosna y con cinco paternostres y cinco avemarías, para que salgan de cautiverio. Y aun también aprovechan para los padres y hermanos y deudos que tenéis en el Purgatorio, como lo veréis en esta santa bula.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como el pueblo las vio ansí arrojar, como cosa que se daba de balde y ser venida de la mano de Dios, tomaban a más tomar, aun para los niños de la cuna y para todos sus defuntos, contando desde los hijos hasta el menor criado que tenían, contándolos por los dedos. Vímonos en tanta priesa, que a mí aínas me acabaran de romper un pobre y viejo sayo que traía, de manera que certifico a V.M. que en poco más de una hora no quedó bula en las alforjas, y fue necesario ir a la posada por más.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Acabados de tomar todos, dijo mi amo desde el púlpito a su escribano y al del concejo que se levantasen y, para que se supiese quién eran los que habían de gozar de la santa indulgencia y perdones de la santa bula y para que él diese buena cuenta a quien le había enviado, se escribiesen. Y así luego todos de muy buena voluntad decían las que habían tomado, contando por orden los hijos y criados y defuntos. Hecho su inventario, pidió a los alcaldes que por caridad, porque él tenía que hacer en otra parte, mandasen al escribano le diese autoridad del inventario y memoria de las que allí quedaban, que, según decía el escribano, eran más de dos mil. Hecho esto, él se despedió con mucha paz y amor, y ansí nos patrimos deste lugar; y aun, antes que nos partiésemos, fue preguntado él por el teniente cura del lugar y por los regidores si la bula aprovechaba para las criaturas que estaban en el vientre de sus madres, a lo cual él respondió que según las letras que él había estudiado que no, que lo fuesen a preguntar a los doctores más antiguos que él, y que esto era lo que sentía en este negocio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;E ansí nos partimos, yendo todos muy alegres del buen negocio. Decía mi amo al alguacil y escribano:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Qué os parece, como a estos villanos, que con solo decir »Cristianos viejos somos», sin hacer obras de caridad, se piensan salvar sin poner nada de su hacienda? Pues, por vida del licenciado Pascasio Gómez, que a su costa se saquen más de diez cautivos.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y ansí nos fuimos hasta otro lugar de aquel cabo de Toledo, hacia la Mancha, que se dice, adonde topamos otros más obtinados en tomar bulas. Hechas mi amo y los demás que íbamos nuestras diligencias, en dos fiestas que allí estuvimos no se habían echado treinta bulas. Visto por mi amo la gran perdición y la mucha costa que traía, (y) el ardideza que el sotil de mi amo tuvo para hacer despender sus bulas, fue que este día dija la misa mayor, y después de acabado el sermón y vuelto al altar, tomó una cruz que traía de poco más de un palmo, y en un brasero de lumbre que encima del altar había, el cual habían traído para calentarse las manos porque hacía gran frío, púsole detrás del misal sin que nadie mirase en ello, y allí sin decir nada puso la cruz encima la lumbre. Y, ya que hubo acabado la misa y echada la bendición, tomóla con un pañizuelo, bien envuelta la cruz en la mano derecha y en la otra la bula, y ansí se bajó hasta la postrera grada del altar, adonde hizo que besaba la cruz, e hizo señal que viniesen adorar la cruz.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y ansí vinieron los alcaldes los primeros y los más ancianos del lugar, viniendo uno a uno como se usa. Y el primero que llegó, que era un alcalde viejo, aunque él le dio a besar la cruz bien delicadamente, se abrasó los rostros y se quitó presto afuera. Lo cual visto por mi amo, le dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Paso, quedo, señor alcalde! ¡Milagro!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y ansí hicieron otros siete o ocho, y a todos les decía:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Paso, señores! ¡Milagro!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando él vido que los rostriquemados bastaban para testigos del milagro, no la quiso dar más a besar. Subióse al pie del altar y de allí decía cosas maravillosas, diciendo que por la poca caridad que había en ellos había Dios permitido aquel milagro y que aquella cruz había de ser llevada a la santa iglesia mayor de su Obispado; que por la poca caridad que en el pueblo había, la cruz ardía. Fue tanta la prisa que hubo en el tomar de la bula, que no bastaban dos escribanos ni los clérigos ni sacristanes a escribir. Creo de cierto que se tomaron más de tres mil bulas, como tengo dicho a V.M. Después, al partir, él fue con gran reverencia, como es razón, a tomar la santa cruz, diciendo que la había de hacer engastonar en oro, como era razón. Fue rogado mucho del concejo y clérigos del lugar les dejase allí aquella santa cruz por memoria del milagro allí acaecido. Él en ninguna manera lo quería hacer y al fin, rogado de tantos, se la dejó; con que le dieron otra cruz vieja que tenían antigua de plata, que podrá pesar dos o tres libras, según decían.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y ansí nos partimos alegres con el buen trueque y con haber negociado bien. En todo no vio nadie lo susodicho sino yo, porque me subía par del altar para ver si había quedado algo en las ampollas, para ponello en cobro, como otras veces yo lo tenía de costumbre. Y como allí me vio, púsose el dedo en la boca haciéndome señal que callase. Yo ansí lo hice porque me cumplía, aunque, después que vi el milagro, no cabía en mí por echallo fuera, sino que el temor de mi astuto amo no me lo dejaba comunicar con nadie, ni nunca de mí salió, porque me tomó juramento que no descubriese el milagro. Y ansí lo hice hasta agora . Y aunque mochacho, cayóme mucho en gracia, y dije entre mí:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Cuántas destas deben hacer estos burladores entre la inocente gente!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Finalmente, estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los cuales pasé también hartas fatigas , aunque me daba bien de comer a costa de los curas y otros clérigos do iba a predicar. &lt;/p&gt;&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/4192336370969715060/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/4192336370969715060' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/4192336370969715060'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/4192336370969715060'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus_05.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Quinto'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-6153695833570872360</id><published>2008-02-04T03:23:00.000-08:00</published><updated>2008-02-04T07:32:07.099-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Cuarto</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt; &lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Cómo Lázaro se asentó con un fraile de la Merced, y de lo que le acaeció con él&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hube de buscar el cuarto, y éste fue un fraile de la Merced, que las mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas le llamaban pariente: gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar fuera, amicísimo de negocios seglares y visitar, tanto que pienso que rompía él más zapatos que todo el convento. Éste me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida, mas no me duraron ocho días, ni yo pude con su trote durar más. Y por esto y por otras cosillas que no digo, salí dél.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/6153695833570872360/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/6153695833570872360' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6153695833570872360'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6153695833570872360'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus_04.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Cuarto'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-4844214291481210001</id><published>2008-02-03T03:12:00.000-08:00</published><updated>2008-02-03T15:51:50.713-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Tercero</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family:times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Cómo Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza y, poco a poco, con ayuda de las buenas gentes di comigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde con la merced de Dios dende a quince días se me cerró la herida; y mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna, mas después que estuve sano, todos me decían:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Tú, bellaco y gallofero eres. Busca, busca un amo a quien sirvas.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Y adónde se hallará ése -decía yo entre mí- si Dios agora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio, porque ya la caridad se subió al cielo, topóme Dios con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden. Miróme, y yo a él, y díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Mochacho, ¿buscas amo?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo le dije: &quot;Sí, señor.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Pues vente tras mí -me respondió- que Dios te ha hecho merced en topar comigo. Alguna buena oración rezaste hoy.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que le oí, y también que me parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas do se vendía pan y otras provisiones. Yo pensaba y aun deseaba que allí me quería cargar de lo que se vendía, porque ésta era propria hora cuando se suele proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas. &quot;Por ventura no lo vee aquí a su contento -decía yo- y querrá que lo compremos en otro cabo.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desta manera anduvimos hasta que dio las once. Entonces se entró en la iglesia mayor, y yo tras él, y muy devotamente le vi oír misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado y la gente ida. Entonces salimos de la iglesia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A buen paso tendido comenzamos a ir por una calle abajo. Yo iba el más alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer. Bien consideré que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en junto, y que ya la comida estaría a punto tal y como yo la deseaba y aun la había menester.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En este tiempo dio el reloj la una después de mediodía, y llegamos a una casa ante la cual mi amo se paró, y yo con él; y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa; la cual tenía la entrada obscura y lóbrega de tal manera que parece que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa y, preguntando si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Y hecho esto, sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad; y yo le di más larga cuenta que quisiera, porque me parecía más conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla que de lo que me pedía. Con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no ser para en cámara.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya casi las dos y no le ver más aliento de comer que a un muerto. Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras: finalmente, ella parecía casa encantada. Estando así, díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Tú, mozo, ¿has comido?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;No, señor -dije yo-, que aún no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, y cuando ansí como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy ansí. Por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos; allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor: finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera. Y con todo, disimulando lo mejor que pude:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí fui yo loado della fasta hoy día de los amos que yo he tenido.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Virtud es ésa -dijo él- y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Bien te he entendido! -dije yo entre mí- ¡maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Púseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los de por Dios. Él, que vio esto, díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Ven acá, mozo. ¿Qué comes?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo lleguéme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo, de tres que eran el mejor y más grande, y díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Por mi vida, que parece éste buen pan.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Y cómo! ¿Agora -dije yo-, señor, es bueno?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Sí, a fe -dijo él-. ¿Adónde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos limpias?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;No sé yo eso -le dije-; mas a mí no me pone asco el sabor dello.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Así plega a Dios&quot; -dijo el pobre de mi amo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo en lo otro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Sabrosísimo pan está -dijo-, por Dios.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y como le sentí de qué pie coxqueaba, dime priesa, porque le vi en disposición, si acababa antes que yo, se comediría a ayudarme a lo que me quedase; y con esto acabamos casi a una. Y mi amo comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo, y desque hubo bebido convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor, no bebo vino.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Agua es, -me respondió-. Bien puedes beber.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Entonces tomé el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja. Ansí estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, a las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Mozo, párate allí y verás, cómo hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Púseme de un cabo y él del otro y hecimos la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa que, por no estar muy continuada a lavarse, no parecía colchón, aunque servía dél, con harta menos lana que era menester. Aquél tendimos, haciendo cuenta de ablandalle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenía dentro de sí, que puesto sobre el cañizo todas las cañas se señalaban y parecían a lo proprio entrecuesto de flaquísimo puerco; y sobre aquel hambriento colchón un alfamar del mesmo jaez, del cual el color yo no pude alcanzar. Hecha la cama y la noche venida, díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Lázaro, ya es tarde, y de aquí a la plaza hay gran trecho. También en esta ciudad andan muchos ladrones que siendo de noche capean. Pasemos como podamos y mañana, venido el día, Dios hará merced; porque yo, por estar solo, no estoy proveído, antes he comido estos días por allá fuera, mas agora hacerlo hemos de otra manera.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor, de mí -dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar una noche y aun más, si es menester, sin comer.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Vivirás más y más sano -me respondió-, porque como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Si por esa vía es -dije entre mí-, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenella toda mi vida.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón, y mandóme echar a sus pies, lo cual yo hice; mas ¡maldito el sueño que yo dormí! Porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no había libra de carne; y también, como aquel día no había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía amistad. Maldíjeme mil veces -¡Dios me lo perdone!- y a mi ruin fortuna, allí lo más de la noche, y (lo peor) no osándome revolver por no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus calzas y jubón y sayo y capa -y yo que le servía de pelillo- y vístese muy a su placer de espacio. Echéle aguamanos, peinóse y puso su espada en el talabarte y, al tiempo que la ponía, díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el mundo por que yo la diese. Mas ansí ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los tiene.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y sacóla de la vaina y tentóla con los dedos, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Vesla aquí? Yo me obligo con ella cercenar un copo de lana.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y yo dije entre mí:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tornóla a meter y ciñósela y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oír misa, y haz la cama, y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto pueda entrar.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al conde de Arcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Bendito seáis vos, Señor -quedé yo diciendo-, que dais la enfermedad y ponéis el remedio! ¿Quién encontrara a aquel mi señor que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y aun agora es de mañana, no le cuenten por muy bien almorzado? ¡Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las gentes ignoran! ¿A quién no engañara aquella buena disposición y razonable capa y sayo y quién pensara que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan que su criado Lázaro trujo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir de la halda del sayo? Nadie por cierto lo sospechara. ¡Oh Señor, y cuántos de aquéstos debéis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra lo que por vos no sufrirían!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ansí estaba yo a la puerta, mirando y considerando estas cosas y otras muchas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle, y como lo vi trasponer, tornéme a entrar en casa, y en un credo la anduve toda, alto y bajo, sin hacer represa ni hallar en qué. Hago la negra dura cama y tomo el jarro y doy comigo en el río, donde en una huerta vi a mi amo en gran recuesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta, antes muchas tienen por estilo de irse a las mañanicas del verano a refrescar y almorzar sin llevar qué por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar quién se lo dé, según las tienen puestas en esta costumbre aquellos hidalgos del lugar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías, diciéndoles más dulzuras que Ovidio escribió. Pero como sintieron dél que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago. Él, sintiéndose tan frío de bolsa cuanto estaba caliente del estómago, tomóle tal calofrío que le robó la color del gesto, y comenzó a turbarse en la plática y a poner excusas no validas. Ellas, que debían ser bien instituídas, como le sintieron la enfermedad, dejáronle para el que era.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me desayuné, con mucha diligencia, como mozo nuevo, sin ser visto de mi amo, torné a casa, de la cual pensé barrer alguna parte, que era bien menester, mas no hallé con qué. Púseme a pensar qué haría, y parecióme esperar a mi amo hasta que el día demediase y si viniese y por ventura trajese algo que comiésemos; mas en vano fue mi experiencia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desque vi ser las dos y no venía y la hambre me aquejaba, cierro mi puerta y pongo la llave do mandó, y tórnome a mi menester. Con baja y enferma voz e inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas más grandes que me parecía. Mas como yo este oficio le hobiese mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo aprendí, tan suficiente discípulo salí que, aunque en este pueblo no había caridad ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di que, antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo y más de otras dos en las mangas y senos. Volvíme a la posada y al pasar por la tripería pedí a una de aquellas mujeres, y diome un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro, vínose para mí. Pensé que me quería reñir la tardanza, mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme dó venía. Yo le dije:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor, hasta que dio las dos estuve aquí, y de que vi que V.M. no venía, fuime por esa ciudad a encomendarme a las buenas gentes, y hanme dado esto que veis.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía, a lo cual él mostró buen semblante y dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Pues esperado te he a comer, y de que vi que no veniste, comí. Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo, y ansí Él me ayude como ello me parece bien. Y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy conocido. ¡Nunca a él yo hubiera de venir!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;De eso pierda, señor, cuidado -le dije yo-, que maldito aquél que ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Agora pues, come, pecador. Que, si a Dios place, presto nos veremos sin necesidad; aunque te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido. Debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Ésta debe de ser sin dubda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella aunque me la den por mía.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sentéme al cabo del poyo y, porque no me tuviese por glotón, callé la merienda; y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía sus ojos de mis faldas, que aquella sazón servían de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo había dél, porque sentí lo que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido, temía me no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque, como comencé a comer y él se andaba paseando llegóse a mí y díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana aunque no la tenga.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;La muy buena que tú tienes -dije yo entre mí- te hace parecer la mía hermosa.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y díjele:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Uña de vaca es?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Si, señor.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Dígote que es el mejor bocado del mundo, que no hay faisán que ansí me sepa.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco y asentóseme al lado, y comienza a comer como aquel que lo había gana, royendo cada huesecillo de aquéllos mejor que un galgo suyo lo hiciera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Con almodrote -decía- es éste singular manjar.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Con mejor salsa lo comes tú&quot;, respondí yo paso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Ansí me vengan los buenos años como es ello!&quot; -dije yo entre mí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído. Es señal que, pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo. Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien no solo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad; y muchas veces, por llevar a la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal. Porque una mañana, levantándose el triste en camisa, subió a lo alto de la casa a hacer sus menesteres, y en tanto yo, por salir de sospecha, desenvolvíle el jubón y las calzas que a la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso hecho cien dobleces y sin maldita la blanca ni señal que la hobiese tenido mucho tiempo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Éste -decía yo- es pobre y nadie da lo que no tiene. Mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo que, con dárselo Dios a ambos, al uno de mano besada y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre, aquéllos es justo desamar y aquéste de haber mancilla.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir; al cual con toda su pobreza holgaría de servir más que a los otros por lo que he dicho. Sólo tenía dél un poco de descontento: que quisiera yo me no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad. Mas, según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada; aunque no haya cornado de trueco, ha de andar el birrete en su lugar. El Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pues, estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como el año en esta tierra fuese estéril de pan, acordaron el Ayuntamiento que todos los pobres estranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley, desde a cuatro días que el pregón se dio, vi llevar una procesión de pobres azotando por las Cuatro Calles, lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme a demandar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de los moradores, tanto que nos acaeció estar dos o tres días sin comer bocado, ni hablaba palabra. A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que de la laceria que les traían me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió. A lo menos, en casa bien lo estuvimos sin comer. No sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Malo está de ver, que la desdicha desta vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste, obscura. Mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer. Ya deseo que se acabe este mes por salir della.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pues, estando en esta afligida y hambrienta persecución un día, no sé por cual dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia; y con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca pan y vino y carne: ¡quebremos el ojo al diablo! Y más, te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en ésta desastrada no hemos de estar más de en cumplimiento el mes. ¡Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por Nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas ¡tal vista tiene y tal obscuridad y tristeza! Ve y ven presto, y comamos hoy como condes.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tomo mi real y jarro y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi calle encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituido en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y ansí fue éste; porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían. Arriméme a la pared por darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venían luego a par del lecho una que debía ser mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes voces y diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Marido y señor mío, ¿adónde os me llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y obscura, a la casa donde nunca comen ni beben!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Oh desdichado de mí! Para mi casa llevan este muerto.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dejo el camino que llevaba y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa, y entrando en ella cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome dél, que me venga a ayudar y a defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué has? ¿Por qué cierras la puerta con tal furia?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Oh señor -dije yo- acuda aquí, que nos traen acá un muerto!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Cómo así?&quot;, respondió él.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Aquí arriba lo encontré, y venía diciendo su mujer: &quot;Marido y señor mio, ¿adónde os llevan? ¡A la casa lóbrega y obscura, a la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben! Acá, señor, nos le traen.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rio tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía ya yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa; y después fue ya más harto de reír que de comer, el bueno de mi amo díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Verdad es, Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste. Mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Dejálos, señor, acaben de pasar la calle&quot;, dije yo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester, según el miedo y alteración, y me torno a encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color; y mi amo muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi cosideración.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día que con él asenté, le conocí ser estranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido razonablemente y estaba algo contento, contóme su hacienda y díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra no más de por no quitar el bonete a un caballero su vecino.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señor -dije yo- si él era lo que decís y tenía más que vos, ¿no errábades en no quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas, de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y ganarme por la mano.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Paréceme, señor -le dije yo- que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo y que tienen más.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Eres mochacho -me respondió- y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues te hago saber que yo soy, como vees, un escudero; mas ¡vótote a Dios!, si al conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo. Que un hidalgo no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome que un día deshonré en mi tierra a un oficial, y quise ponerle las manos, porque cada vez que le topaba me decía: «Mantenga Dios a vuestra merced.» «Vos, don villano ruin -le dije yo- ¿por qué no sois bien criado? ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir, como si fuese quienquiera?» De allí adelante, de aquí acullá, me quitaba el bonete y hablaba como debía.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro -dije yo- decirle que le mantenga Dios?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Mira mucho de enhoramala! -dijo él-. A los hombres de poca arte dicen eso, mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: «Beso las manos de vuestra merced», o por lo menos: «Bésoos, señor, las manos», si el que me habla es caballero. Y ansí, de aquél de mi tierra que me atestaba de mantenimiento nunca más le quise sufrir, ni sufriría ni sufriré a hombre del mundo, del rey abajo, que «Manténgaos Dios» me diga.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Pecador de mí -dije yo-, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Mayormente -dijo- que no soy tan pobre que no tengo en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas; y tengo un palomar que, a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos; y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra. Y vine a esta ciudad, pensando que hallaría un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia, muchos hallo, mas es gente tan limitada que no los sacaran de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla, también me ruegan; mas servir con éstos es gran trabajo, porque de hombre os habéis de convertir en malilla y si no. «Andá con Dios» os dicen. Y las más veces son los pagamentos a largos plazos, y las más y las más ciertas, comido por servido. Ya cuando quieren reformar conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados en la recámara, en un sudado jubón o raída capa o sayo. Ya cuando asienta un hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria. ¿Pues por ventura no hay en mi habilidad para servir y contestar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas: reílle ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no me matar por no hacer bien las cosas que él no había de ver, y ponerme a reñir, donde lo oyese, con la gente de servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para la encender la ira y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese y, por el contrario, ser malicioso, mofador, malsinar a los de casa y a los de fuera; pesquisar y procurar de saber vidas ajenas para contárselas; y otras muchas galas de esta calidad que hoy día se usan en palacio. Y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios y que no son personas de negocios ni con quien el señor se puede descuidar. Y con éstos los astutos usan, como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le halle.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación de su persona valerosa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pues, estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja. El hombre le pide el alquiler de la casa y la vieja el de la cama. Hacen cuenta, y de dos en dos meses le alcanzaron lo que él en un año no alcanzara: pienso que fueron doce o trece reales. Y él les dio muy buena respuesta: que saldría a la plaza a trocar una pieza de a dos, y que a la tarde volviese. Mas su salida fue sin vuelta. Por manera que a la tarde ellos volvieron, mas fue tarde. Yo les dije que aún no era venido. Venida la noche, y él no, yo hube miedo de quedar en casa solo, y fuime a las vecinas y contéles el caso, y allí dormí. Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino, mas a estotra puerta. Las mujeres le responden: &quot;Veis aquí su mozo y la llave de la puerta.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ellos me préguntaron por él y díjele que no sabía adónde estaba y que tampoco había vuelto a casa desde que salió a trocar la pieza, y que pensaba que de mí y de ellos se había ido con el trueco. De que esto me oyeron, van por un alguacil y un escribano. Y helos do vuelven luego con ellos, y toman la llave, y llámanme, y llaman testigos, y abren la puerta, y entran a embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa y halláronla desembarazada, como he contado, y dícenme:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Qué es de la hacienda de tu amo, sus arcas y paños de pared y alhajas de casa?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;No sé yo eso&quot;, le respondí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Sin duda -dicen ellos- esta noche lo deben de haber alzado y llevado a alguna parte. Señor alguacil, prended a este mozo, que él sabe dónde está.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En esto vino el alguacil, y echóme mano por el collar del jubón, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Mochacho, tú eres preso si no descubres los bienes deste tu amo.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo, como en otra tal no me hubiese visto -porque asido del collar, sí, había sido muchas e infinitas veces, mas era mansamente dél trabado, para que mostrase el camino al que no vía- yo hube mucho miedo, y llorando prometíle de decir lo que preguntaban.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Bien está -dicen ellos-, pues di todo lo que sabes, y no hayas temor.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sentóse el escribano en un poyo para escrebir el inventario, preguntándome qué tenía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señores -dije yo-, lo que este mi amo tiene, según él me dijo, es un muy buen solar de casas y un palomar derribado.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Bien está -dicen ellos-. Por poco que eso valga, hay para nos entregar de la deuda. ¿Y a qué parte de la ciudad tiene eso?&quot;, me preguntaron.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;En su tierra&quot;, respondí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Por Dios, que está bueno el negocio -dijeron ellos-. ¿Y adónde es su tierra?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;De Castilla la Vieja me dijo él que era&quot;, le dije yo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Bastante relación es ésta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor fuese.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las vecinas, que estaban presentes, dijeron:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Señores, éste es un niño inocente, y ha pocos días que está con ese escudero, y no sabe dél más que vuestras merecedes, sino cuánto el pecadorcico se llega aquí a nuestra casa, y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios, y a las noches se iba a dormir con él.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vista mi inocencia, dejáronme, dándome por libre. Y el alguacil y el escribano piden al hombre y a la mujer sus derechos, sobre lo cual tuvieron gran contienda y ruido, porque ellos alegaron no ser obligados a pagar, pues no había de qué ni se hacía el embargo. Los otros decían que habían dejado de ir a otro negocio que les importaba más por venir a aquél. Finalmente, después de dadas muchas voces, al cabo carga un porquerón con el viejo alfamar de la vieja, aunque no iba muy cargado. Allá van todos cinco dando voces. No sé en qué paró. Creo yo que el pecador alfamar pagara por todos, y bien se empleaba, pues el tiempo que había de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así, como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer mi ruin dicha, pues, señalándose todo lo que podría contra mí, hacía mis negocios tan al revés, que los amos, que suelen ser dejados de los mozos, en mí no fuese ansí, mas que mi amo me dejase y huyese de mí.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/4844214291481210001/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/4844214291481210001' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/4844214291481210001'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/4844214291481210001'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus_03.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Tercero'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-7941474583607554931</id><published>2008-02-02T03:08:00.000-08:00</published><updated>2008-02-02T01:17:24.612-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Segundo</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Cómo Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo que, llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el pecador del ciego, y una dellas fue ésta. Finalmente, el clérigo me recibió por suyo. Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro Magno, con ser la mesma avaricia, como he contado. No digo más sino que toda la laceria del mundo estaba encerrada en éste. No sé si de su cosecha era, o lo había anexado con el hábito de clerecía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque, y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornada a cerrar el arca. Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras: algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara. Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave en una cámara en lo alto de la casa. Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días; y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopecto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo: &quot;Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar&quot;, como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre. Pues, ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partía comigo del caldo, que de la carne, ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara! Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una que costaba tres maravedís. Aquélla le cocía y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el Papa.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Tal te la dé Dios!&quot;, decía yo paso entre mí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza que no me podía tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto; y aunque algo hubiera, no podia cegalle, como hacía al que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció, que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido no me sentía; más estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía. Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía que no era dél registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el caxco como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta; y acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta y la ponía sobre el altar. No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él veví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le turaba toda la semana, y por ocultar su gran mezquindad decíame:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador. Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces, y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la extrema unción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oracion, y con todo mi corazón y buena voluntad rogaba al Señor, no que la echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo. Y cuando alguno de éstos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo, y el que se moría otras tantas bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el tiempo que allí estuve, que sería cuasi seis meses, solas veinte personas fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo o, por mejor decir, murieron a mi recuesta; porque viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo que al presente padecía, remedio no hallaba, que si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cuotidiana hambre, más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que yo también para mí como para los otros deseaba algunas veces; mas no la vía, aunque estaba siempre en mí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos cosas lo dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra, consideraba y decia:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé con estotro, que me tiene ya con ella en la sepultura. Pues si deste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será sino fenecer?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar más ruines; y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pues, estando en tal aflición, cual plega al Señor librar della a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo que adobar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco si me remediásedes&quot;, dije paso, que no me oyó; mas como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Spíritu Santo, le dije:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Tio, una llave de este arca he perdido, y temo mi señor me azote. Por vuestra vida, veáis si en ésas que traéis hay alguna que le haga, que yo os lo pagaré.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Comenzó a probar el angélico caldedero una y otra de un gran sartal que dellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz; y, abierto, díjele:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Yo no tengo dineros que os dar por la llave, mas tomad de ahí el pago.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Él tomó un bodigo de aquéllos, el que mejor le pareció, y dándome mi llave se fue muy contento, dejándome más a mí. Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y aun, porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se me osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había llevado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal, y tomo entre las manos y dientes un bodigo, y en dos credos le hice invisible, no se me olvidando el arca abierta; y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego al tercero día me vino la terciana derecha, y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias decía: &quot;¡Sant Juan y ciégale!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado della panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos: nueve quedan y un pedazo.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Nuevas malas te dé Dios!&quot;, dijo yo entre mí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Parecióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta de montero, y comenzóme el estómago a escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue fuera de casa; yo, por consolarme, abro el arca, y como vi el pan, comencélo de adorar, no osando recebillo. Contélos, si a dicha el lacerado se errara, y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude hacer fue dar en ellos mil besos y, lo más delicado que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba; y con aquél pasé aquel día, no tan alegre como el pasado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte; tanto, que otra cosa no hacía en viéndome solo sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que ansí dicen los niños. Mas el mesmo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo a mi memoria un pequeño remedio; que, considerando entre mí, dije:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones, entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí estaban; y tomo uno y dejo otro, de manera que en cada cual de tres o cuatro desmigajé su poco; después, como quien toma gragea, lo comí, y algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el mal pesar, y sin dubda creyó ser ratones los que el daño habían hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro y viole ciertos agujeros por do sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Lázaro! ¡Mira, mira qué persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Qué ha de ser! -dijo él-. Ratones, que no dejan cosa a vida.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien, que me cupo más pan que la laceria que me solía dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Cómete eso, que el ratón cosa limpia es.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y así aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas, por mejor decir, acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba. Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solícito, quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¡Oh, Señor mío! -dije yo entonces-, ¡a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos, y cuán poco turan los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí que pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura; mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquella carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, cierrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos y tablillas dio fin a sus obras, diciendo: &quot;Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta casa mala medra tenéis.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De que salió de su casa, voy a ver la obra y hallé que no dejó en la triste y vieja arca agujero ni aun por dónde le pudiese entrar un moxquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser ratonados, y dellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy ligeramente, a uso de esgremidor diestro. Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta, siempre, noche y día, estaba pensando la manera que ternía en sustentar el vivir; y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando como me podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo. Levantéme muy quedito y, habiendo en el día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le hallase, voyme al triste arcaz, y por do había mirado tener menos defensa le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno dél usé. Y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió, y consintió en su costado por mi remedio un buen agujero. Esto hecho, abro muy paso la llagada arca y, al tiento, del pan que hallé partido hice según deyuso está escrito. Y con aquello algún tanto consolado, tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un poco, lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer; y ansí sería, porque cierto en aquel tiempo no me debían de quitar el sueño los cuidados del rey de Francia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otro día fue por el señor mi amo visto el daño así del pan como del agujero que yo había hecho, y comenzó a dar a los diablos los ratones y decir:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa sino agora!&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y sin dubda debía de decir verdad; porque si casa había de haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquélla de razón había de ser, porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna a buscar clavos por la casa y por las paredes y tablillas a atapárselos. Venida la noche y su reposo, luego era yo puesto en pie con mi aparejo, y cuantos él tapaba de día, destapaba yo de noche. En tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin dubda por esto se debió decir: &quot;Donde una puerta se cierra, otra se abre.&quot; Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejía de día, rompía yo de noche; ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa de tal forma, que quien quisiera propiamente della hablar, más corazas viejas de otro tiempo que no arcaz la llamara, según la clavazón y tachuelas sobre sí tenía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De que vio no le aprovechar nada su remedio, dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá ratón a quien se defienda; y va ya tal que, si andamos más con él, nos dejará sin guarda; y aun lo peor, que aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, armaré por de dentro a estos ratopes malditos.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca, lo cual era para mí singular auxilio; porque, puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas del queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía, dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y sacarlo de la ratonera, y no caer ni quedar dentro el ratón, y hallar caída la trampilla del gato. Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no fuera menos de haber caído alguna vez. Díjole un vecino:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe ser sin dubda. Y lleva razón que, como es larga, tiene lugar de tomar el cebo; y aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro, tórnase a salir.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuadró a todos lo que aquél dijo, y alteró mucho a mi amo; y dende en adelante no dormía tan a sueño suelto, que cualquier gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que le roía el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que a la cabacera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo que hacía, y a mí no me dejaba dormir. êbase a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo, porque le decían que de noche acaecía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas y aun mordellas y hacerles peligrar. Yo las más veces hacía del dormido, y en las mañas decíame él:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Esta noche, mozo, ¿no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Plega a Dios que no me muerda -decía yo-, que harto miedo le tengo.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, mi fe, la culebra (o culebro, por mejor decir) no osaba roer de noche ni levantarse al arca; mas de día, mientra estaba en la iglesia o por el lugar, hacía mis saltos: los cuales daños viendo él y el poco remedio que les podía poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca. Porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbasen el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo. Pues ansí, como digo, metía cada noche la llave en la boca, y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha de venir, por demás es diligencia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Quisieron mis hados, o por mejor decir mis pecados, que una noche que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debía tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que yo durmiendo echaba salía por lo hueco de la llave, que de cañuto era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio, de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó y creyó sin duda ser el silbo de la culebra; y cierto lo debía parecer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó a mí con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se vio, pensó que allí en las pajas do yo estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe, que sin ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el fiero golpe, contaba él que se había llegado a mí y dándome grandes voces, llamándome, procuró recordarme. Mas como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me había hecho, y con mucha priesa fue a buscar lumbre. Y llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera que debía estar al tiempo que silbaba con ella.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella llave, miróla, sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba. Fue luego a proballa, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el cruel cazador: &quot;El ratón y culebra que me daban guerra y me comían mi hacienda he hallado.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve en el vientre de la ballena; mas de cómo esto que he contado oí, después que en mí torné, decir a mi amo, el cual a cuantos allí venían lo contaba por extenso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A cabo de tres días yo torné en mi sentido y vine echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada y llena de aceites y ungüentos y, espantado, dije: &quot;¿Qué es esto?&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Respondióme el cruel sacerdote:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;A fe, que los ratones y culebras que me destruían ya los he cazado.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y miré por mí, y vime tan maltratado que luego sospeché mi mal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los vecinos, y comiénzanme a quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho y dijeron:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron remediar. Y ansí, de poco en poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligro, mas no sin hambre, y medio sano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Luego otro día que fui levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta fuera y, puesto en la calle, díjome:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.&quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y santiguándose de mí como si yo estuviera endemoniado, tórnase a meter en casa y cierra su puerta.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/7941474583607554931/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/7941474583607554931' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/7941474583607554931'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/7941474583607554931'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus_02.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Segundo'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-5501324979561919383</id><published>2008-02-01T01:30:00.000-08:00</published><updated>2008-02-01T01:32:38.324-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Primero</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Cuenta Lázaro su vida, y cuyo hijo fue&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Pues sepa V.M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí: de manera que con verdad puedo decir nacido en el río. Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confesó y no negó y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa, y se iba a la mañana; otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos. De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía dél con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía: &quot;¡Madre, coco!&quot;.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Respondió él riendo: &quot;¡Hideputa!&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto. Y probósele cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía con miedo, hasta ciertas herraduras que pormandado de mi madre a un herrero vendí. Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto. Válete por ti.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro dél.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo simplemente llegué, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo&quot;, y rió mucho la burla.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba. Dije entre mí:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y decía:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y fue ansí, que después de Dios éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir. Huelgo de contar a V.M. estas niñerías para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, V.M. sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz. En su oficio era un águila; ciento y tantas oraciones sabía de coro: un tono bajo, reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde rezaba, un rostro humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer. Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien; echaba pronósticos a las preñadas, si traía hijo o hija. Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para muela, desmayos, males de madre. Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión, que luego no le decía: &quot;Haced esto, hareís estotro, cosed tal yerba, tomad tal raíz.&quot; Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decían creían. Destas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Mas también quiero&lt;br /&gt;que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabía lo más y mejor. Para esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas a mi salvo.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacallas, era con tan gran vigilancia y tanto por contadero, que no bastaba hombre en todo el mundo hacerle menos una migaja; mas yo tomaba aquella laceria que él me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada. Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza; y ansí buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba. Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera, y decía:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? En ti debe estar esta desdicha.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenía mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacía. Luego él tornaba a dar voces, diciendo: &quot;¿Mandan rezar tal y tal oración?&quot;, como suelen decir.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas turóme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido; mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y atapábale con la mano, y ansí bebía seguro. Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una muy delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada: espantábase, maldecía, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Tantas vueltas y tiento dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido, y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima. Fué tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y sonriéndose decía: &quot;¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud&quot;, y otros donaires que a mi gusto no lo eran.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar dél; mas no lo hice tan presto por hacello más a mi salvo y provecho. Y aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego dende allí adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coxcorrones y repelándome. Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Santiguándose los que lo oían, decían: &quot;¡Mirá, quién pensara de un muchacho tan pequeño tal ruindad!&quot;, y reían mucho el artificio, y decíanle: &quot;Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y él con aquello nunca otra cosa hacía. Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño: si había piedras, por ellas, si lodo, por lo más alto; que aunque yo no iba por lo más enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos; y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más: tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y porque vea V.M. a cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: &quot;Más da el duro que el desnudo.&quot; Y venimos a este camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos Sant Juan.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera:tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;No comí -dije yo- mas ¿por qué sospecháis eso?&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Respondió el sagacísimo ciego:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;, a lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos ansí por debajo de unos soportales en Escalona, adonde a la sazón estábamos en casa de un zapatero, había muchas sogas y otras cosas que de esparto se hacen, y parte dellas dieron a mi amo en la cabeza; el cual, alzando la mano, tocó en ellas, y viendo lo que era díjome:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Anda presto, mochacho; salgamos de entre tan mal manjar, que ahoga sin comerlo.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo, que bien descuidado iba de aquello, miré lo que era, y como no vi sino sogas y cinchas, que no era cosa de comer, díjele:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Tío, ¿por qué decís eso?&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Respondióme:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Calla, sobrino; según las mañas que llevas, lo sabrás y verás como digo verdad.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y ansí pasamos adelante por el mismo portal y llegamos a un mesón, a la puerta del cual había muchos cuernos en la pared, donde ataban los recueros sus bestias. Y como iba tentando si era allí el mesón, adonde él rezaba cada día por la mesonera la oración de la emparedada, asió de un cuerno, y con un gran sospiro dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¡O mala cosa, peor que tienes la hechura! ¡De cuántos eres deseado poner tu nombre sobre cabeza ajena y de cuán pocos tenerte ni aun oír tu nombre, por ninguna vía!&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Como le oí lo que decía, dije:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Tío, ¿qué es eso que decís?&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Calla, sobrino, que algún día te dará éste, que en la mano tengo, alguna mala comida y cena.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;No le comeré yo -dije- y no me la dará.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Yo te digo verdad; si no, verlo has, si vives.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y ansí pasamos adelante hasta la puerta del mesón, adonde pluguiere a Dios nunca allá llegáramos, según lo que me sucedía en él.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Era todo lo más que rezaba por mesoneras y por bodegoneras y turroneras y rameras y ansí por semejantes mujercillas, que por hombre casi nunca le vi decir oración.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Reíme entre mí, y aunque mochacho noté mucho la discreta consideración del ciego.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Mas por no ser prolijo dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y con él acabar.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Estábamos en Escalona, villa del duque della, en un mesón, y dióme un pedazo de longaniza que la asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y mandó que fuese por él de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí. Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador, el cual mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido por sus deméritos había escapado.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aún no había conocido por no lo haber tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo. Alteróse y dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¿Qué es esto, Lazarillo?&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¡Lacerado de mí! -dije yo-. ¿Si queréis a mí échar algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahí, y por burlar haría esto.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;No, no -dijo él-, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantóse y asióme por la cabeza, y llegóse a olerme; y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón con el enojo se habían augmentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla. Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estómago, y lo más principal, con el destiento de la cumplidísima nariz medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño: de manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra malmaxcada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta; y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reír.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello que la meitad del camino estaba andado; que con sólo apretar los dientes se me quedaran en casa, y con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así. Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Yo te digo -dijo- que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener spíritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante V.M. oirá.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más. Y fue ansí, que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas como la noche se venía y el llover no cesaba, dijóme el ciego:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos a la posada con tiempo.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Para ir allá, habíamos de pasar un arroyo que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho, y saltando pasaremos a pie enjuto.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Parecióle buen consejo y dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Discreto eres; por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo, que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales, y llevélo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre la cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y dígole:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Tio, éste es el paso más angosto que en el arroyo hay.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme dél venganza), creyóse de mí y dijo:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste como quien espera tope de toro, y díjele:&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¡Sus! Saltá todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua.&quot;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Aun apenas lo había acabado de decir cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás, medio muerto y hendida la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;&quot;¿Cómo, y olistes la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé! -le dije yo.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la puerta de la villa en los pies de un trote, y antes que la noche viniese di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios dél hizo, ni curé de lo saber.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/5501324979561919383/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/5501324979561919383' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5501324979561919383'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5501324979561919383'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus_01.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Tratado Primero'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-4920371656662367470</id><published>2008-02-01T00:36:00.000-08:00</published><updated>2008-02-01T00:38:33.672-08:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Anónimo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"/><title type='text'>Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Prólogo</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite; y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello. Y así vemos cosas tenidas en poco de algunos, que de otros no lo son. Y esto, para ninguna cosa se debría romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar della algún fruto; porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben; y a este propósito dice Tulio: &quot;La honra cría las artes.&quot; ¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala, tiene más aborrecido el vivir? No, por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse en peligro; y así, en las artes y letras es lo mesmo. Predica muy bien el presentado, y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten a su merced si le pesa cuando le dicen: &quot;¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho vuestra reverencia!&quot; Justó muy ruinmente el señor don Fulano, y dio el sayete de armas al truhán, porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas. ¿Qué hiciera si fuera verdad?&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Y todo va desta manera: que confesando yo no ser más santo que mis vecinos, desta nonada, que en este grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algún gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  &lt;p&gt;Suplico a vuestra M. reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico si su poder y deseo se conformaran. Y pues V.M. escribe se le escriba y relate el caso por muy extenso, parecióme no tomalle por el medio, sino por el principio, porque se tenga entera noticia de mi persona, y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/feeds/4920371656662367470/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/3880379047542868242/4920371656662367470' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/4920371656662367470'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/4920371656662367470'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2008/02/vida-de-lazarillo-de-tormes-y-de-sus.html' title='Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades: Prólogo'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-6318349188587210275</id><published>2007-09-14T07:18:00.001-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.639-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo III. Epílogo</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La historia de Pepita y Luisito debiera terminar aqu&amp;iacute;. Este ep&amp;iacute;logo est&amp;aacute; de sobra; pero el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n le ten&amp;iacute;a en el legajo, y ya que no le publiquemos por completo, publicaremos parte: daremos una muestra siquiera.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A nadie debe quedar la menor duda en que don Luis y Pepita, enlazados por un amor irresistible, casi de la misma edad, hermosa ella, &amp;eacute;l gallardo y agraciado, y discretos y llenos de bondad los dos, vivieron largos a&amp;ntilde;os, gozando de cuanta felicidad y paz caben en la tierra; pero esto, que para la generalidad de las gentes es una consecuencia dial&amp;eacute;ctica bien deducida, se convierte en certidumbre para quien lee el ep&amp;iacute;logo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El ep&amp;iacute;logo, adem&amp;aacute;s, da algunas noticias sobre los personajes secundarios que en la narraci&amp;oacute;n aparecen y cuyo destino puede acaso haber interesado a los lectores.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Se reduce el ep&amp;iacute;logo a una colecci&amp;oacute;n de cartas, dirigidas por D. Pedro de Vargas a su hermano el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, desde el d&amp;iacute;a de la boda de su hijo hasta cuatro a&amp;ntilde;os despu&amp;eacute;s.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sin poner las fechas, aunque siguiendo el orden cronol&amp;oacute;gico, trasladaremos aqu&amp;iacute; pocos y breves fragmentos de dichas cartas, y punto concluido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Luis muestra la m&amp;aacute;s viva gratitud a Anto&amp;ntilde;ona, sin cuyos servicios no poseer&amp;iacute;a a Pepita; pero esta mujer, c&amp;oacute;mplice de la &amp;uacute;nica falta que &amp;eacute;l y Pepita han cometido, y tan &amp;iacute;ntima en la casa y tan enterada de todo, no pod&amp;iacute;a menos de estorbar. Para librarse de ella, favoreci&amp;eacute;ndola, Luis ha logrado que vuelva a reunirse con su marido, cuyas borracheras diarias no quer&amp;iacute;a ella sufrir. El hijo del maestro Cencias ha prometido no volver a emborracharse casi nunca; pero no se ha atrevido a dar un nunca absoluto y redondo. Fiada, sin embargo, en esta semi-promesa, Anto&amp;ntilde;ona ha consentido en volver bajo el techo conyugal. Una vez reunidos estos esposos, Luis ha cre&amp;iacute;do eficaz el m&amp;eacute;todo homeop&amp;aacute;tico para curar de ra&amp;iacute;z al hijo del maestro Cencias, pues habiendo o&amp;iacute;do afirmar que los confiteros aborrecen el dulce, ha inferido que los taberneros deben aborrecer el vino y el aguardiente, y ha enviado a Anto&amp;ntilde;ona y a su marido a la capital de esta provincia, donde les ha puesto de su bolsillo una magn&amp;iacute;fica taberna. Ambos viven all&amp;iacute; contentos, se han proporcionado muchos marchantes, y probablemente se har&amp;aacute;n ricos. &amp;Eacute;l se emborracha a&amp;uacute;n algunas veces; pero Anto&amp;ntilde;ona, que es m&amp;aacute;s forzuda, le suele sacudir para que acabe de corregirse.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Currito, deseoso de imitar a su primo, a quien cada d&amp;iacute;a admira m&amp;aacute;s, y notando y envidiando la felicidad dom&amp;eacute;stica de Pepita y de Luis, ha buscado novia a toda prisa, y se ha casado con la hija de un rico labrador de aqu&amp;iacute;, sana, frescota, colorada como las amapolas, y que promete adquirir en breve un volumen y una densidad superiores a los de su suegra do&amp;ntilde;a Casilda.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El conde de Genahazar; a los cinco meses de cama, est&amp;aacute; ya curado de su herida, y seg&amp;uacute;n dicen, muy enmendado de sus pasadas insolencias. Ha pagado a Pepita, hace poco, m&amp;aacute;s de la mitad de la deuda; y pide espera para pagar lo restante.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hemos tenido un disgusto grand&amp;iacute;simo, aunque harto le preve&amp;iacute;amos. El padre vicario, cediendo al peso de la edad, ha pasado a mejor vida. Pepita ha estado a la cabecera de su cama hasta el &amp;uacute;ltimo instante, y le ha cerrado los ojos y la entreabierta boca con sus hermosas manos. El padre vicario ha tenido la muerte de un bendito siervo de Dios. M&amp;aacute;s que muerte parec&amp;iacute;a tr&amp;aacute;nsito dichoso a m&amp;aacute;s serenas regiones. Pepita, no obstante, y todos nosotros tambi&amp;eacute;n, le hemos llorado de veras. No ha dejado m&amp;aacute;s que cinco o seis duros y sus muebles, porque todo lo repart&amp;iacute;a de limosna. Con su muerte habr&amp;iacute;an quedado aqu&amp;iacute; hu&amp;eacute;rfanos los pobres, si Pepita no viviese.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mucho lamentan todos en el lugar la muerte del padre vicario; y no faltan personas que le dan por santo verdadero y merecedor de estar en los altares, atribuy&amp;eacute;ndole milagros. Yo no s&amp;eacute; de esto; pero s&amp;eacute; que era un var&amp;oacute;n excelente, y debe haber ido derechito a los cielos, donde tendremos en &amp;eacute;l un intercesor. Con todo, su humildad y su modestia y su temor de Dios eran tales, que hablaba de sus pecados en la hora de la muerte, como si los tuviese, y nos rogaba que pidi&amp;eacute;semos su perd&amp;oacute;n y que rez&amp;aacute;semos por &amp;eacute;l al Se&amp;ntilde;or y a Mar&amp;iacute;a Sant&amp;iacute;sima.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En el &amp;aacute;nimo de Luis han hecho honda impresi&amp;oacute;n esta vida y esta muerte ejemplares de un hombre, menester es confesarlo, simple y de cortas luces, pero de una voluntad sana, de una fe profunda y de una caridad fervorosa. Luis se compara con el vicario, y dice que se siente humillado. Esto ha tra&amp;iacute;do cierta amarga melancol&amp;iacute;a a su coraz&amp;oacute;n; pero Pepita, que sabe mucho, la disipa con sonrisas y cari&amp;ntilde;o.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Todo prospera en casa. Luis y yo tenemos unas candioteras que no las hay mejores en Espa&amp;ntilde;a, si prescindimos de Jerez. La cosecha de aceite ha sido este a&amp;ntilde;o soberbia. Podemos permitirnos todo g&amp;eacute;nero de lujos, y yo aconsejo a Luis y a Pepita que den un buen paseo por Alemania, Francia e Italia, no bien salga Pepita de su cuidado y se restablezca. Los chicos pueden, sin imprevisi&amp;oacute;n ni locura, derrochar unos cuantos miles de duros en la expedici&amp;oacute;n y traer muchos primores de libros, muebles y objetos de arte para adornar su vivienda.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hemos aguardado dos semanas, para que sea el bautizo el d&amp;iacute;a mismo del primer aniversario de la boda. El ni&amp;ntilde;o es un sol de bonito y muy robusto. Yo he sido el padrino, y le hemos dado mi nombre. Yo estoy so&amp;ntilde;ando con que Periquito hable y diga gracias.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Para que todo les salga bien a estos enamorados esposos, resulta ahora, seg&amp;uacute;n cartas de la Habana, que el hermano de Pepita, cuyas tunanter&amp;iacute;as recel&amp;aacute;bamos que afrentasen a la familia, casi o sin casi va a honrarla y a encumbrarla haci&amp;eacute;ndose personaje. En tanto tiempo como hac&amp;iacute;a que no sab&amp;iacute;amos de &amp;eacute;l, ha aprovechado bien las coyunturas, y le ha soplado la suerte. Ha tenido nuevo empleo en las aduanas, ha comerciado luego en negros, ha quebrado despu&amp;eacute;s, que viene a ser para ciertos hombres de negocios como una buena poda para los &amp;aacute;rboles, la cual hace que reto&amp;ntilde;en con m&amp;aacute;s br&amp;iacute;o, y hoy est&amp;aacute; tan boyante, que tiene resuelto ingresar en la primera aristocracia, titulando de marqu&amp;eacute;s o de duque. Pepita se asusta y se escandaliza de esta improvisada fortuna, pero yo le digo que no sea tonta: si su hermano es y hab&amp;iacute;a de ser de todos modos un pillete, &amp;iquest;no es mejor que lo sea con buena estrella?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; pudi&amp;eacute;ramos seguir extractando si no temi&amp;eacute;semos fatigar a los lectores. Concluiremos, pues, copiando un poco de una de las &amp;uacute;ltimas cartas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mis hijos han vuelto de su viaje bien de salud y con Periquito muy travieso y precioso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Luis y Pepita vienen resueltos a no volver a salir del lugar, aunque les dure m&amp;aacute;s la vida que a Filem&amp;oacute;n y a Baucis. Est&amp;aacute;n enamorados como nunca el uno del otro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Traen lindos muebles, muchos libros, algunos cuadros y no s&amp;eacute; cu&amp;aacute;ntas otras baratijas elegantes, que han comprado por esos mundos, y principalmente en Par&amp;iacute;s, Roma, Florencia y Viena.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; como el afecto que se tienen, y la ternura y cordialidad con que se tratan y tratan a todo el mundo, ejercen aqu&amp;iacute; ben&amp;eacute;fica influencia en las costumbres, as&amp;iacute; la elegancia y el buen gusto, con que acabar&amp;aacute;n ahora de ordenar su casa, servir&amp;aacute;n de mucho para que la cultura exterior cunda y se extienda.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La gente de Madrid suele decir que en los lugares somos gansos y soeces, pero se quedan por all&amp;aacute; y nunca se toman el trabajo de venir a pulirnos; antes al contrario, no bien hay alguien en los lugares, que sabe o vale, o cree saber y valer, no para hasta que se larga, si puede, y deja los campos y los pueblos de provincias abandonados.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita y Luis siguen el opuesto parecer y yo los aplaudo con toda el alma.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Todo lo van mejorando y hermoseando para hacer de este retiro su ed&amp;eacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No imagines, sin embargo, que la afici&amp;oacute;n de Luis y Pepita al bienestar material haya entibiado en ellos en lo m&amp;aacute;s m&amp;iacute;nimo el sentimiento religioso. La piedad de ambos es m&amp;aacute;s profunda cada d&amp;iacute;a, y en cada contento o satisfacci&amp;oacute;n de que gozan o que pueden proporcionar a sus semejantes, ven un nuevo beneficio del cielo, por el cual se reconocen m&amp;aacute;s obligados a demostrar su gratitud. Es m&amp;aacute;s: esa satisfacci&amp;oacute;n y ese contento no lo ser&amp;iacute;an, no tendr&amp;iacute;an precio, ni valor, ni sustancia para ellos, si la consideraci&amp;oacute;n y la firme creencia en las cosas divinas no se lo prestasen.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Luis no olvida nunca, en medio de su dicha presente, el rebajamiento del ideal con que hab&amp;iacute;a so&amp;ntilde;ado. Hay ocasiones en que su vida de ahora le parece vulgar, ego&amp;iacute;sta y prosaica, comparada con la vida de sacrificio, con la existencia espiritual a que se crey&amp;oacute; llamado en los primeros a&amp;ntilde;os de su juventud; pero Pepita acude sol&amp;iacute;cita a disipar estas melancol&amp;iacute;as, y entonces comprende y afirma Luis que el hombre puede servir a Dios en todos los estados y condiciones, y concierta la viva fe y el amor de Dios que llenan su alma, con este amor l&amp;iacute;cito de lo terrenal y caduco. Pero en todo ello pone Luis como un fundamento divino, sin el cual, ni en los astros que pueblan el &amp;eacute;ter, ni en las flores y frutos que hermosean el campo, ni en los ojos de Pepita, ni en la inocencia y belleza de Periquito, ver&amp;iacute;a nada de amable. El mundo mayor, toda esa f&amp;aacute;brica grandiosa del Universo, dice &amp;eacute;l que sin su Dios providente le parecer&amp;iacute;a sublime, pero sin orden, ni belleza ni prop&amp;oacute;sito. Y en cuanto al mundo menor, como suele llamar al hombre, tampoco le amar&amp;iacute;a, si por Dios no fuera. Y esto, no porque Dios le mande amarle, sino porque la dignidad del hombre y el merecer ser amado estriban en Dios mismo, quien no s&amp;oacute;lo hizo el alma humana a su imagen, sino que ennobleci&amp;oacute; el cuerpo humano, haci&amp;eacute;ndole templo vivo del Esp&amp;iacute;ritu, comunicando con &amp;eacute;l por medio del Sacramento, sublim&amp;aacute;ndole hasta el extremo de unir con &amp;eacute;l su Verbo increado. Por estas razones, y por otras que yo no acierto a explicarte aqu&amp;iacute;, Luis se consuela y se conforma con no haber sido un var&amp;oacute;n m&amp;iacute;stico, ext&amp;aacute;tico y apost&amp;oacute;lico, y desecha la especie de envidia generosa que le inspir&amp;oacute; el padre vicario el d&amp;iacute;a de su muerte; pero tanto &amp;eacute;l como Pepita siguen con gran devoci&amp;oacute;n cristiana dando gracias a Dios por el bien de que gozan, y no viendo base, ni raz&amp;oacute;n, ni motivo de este bien sino en el mismo Dios.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En la casa de mis hijos hay, pues, algunas salas que parecen preciosas capillitas cat&amp;oacute;licas o devotos oratorios; pero he de confesar que tienen ambos tambi&amp;eacute;n su poquito de paganismo, como poes&amp;iacute;a r&amp;uacute;stica amoroso-pastoril, la cual ha ido a refugiarse extramuros.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La huerta de Pepita ha dejado de ser huerta y es un jard&amp;iacute;n amen&amp;iacute;simo con sus araucarias, con sus higueras de la India, que crecen aqu&amp;iacute; al aire libre, y con su bien dispuesta, aunque peque&amp;ntilde;a estufa, llena de plantas raras.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El merendero o cenador, donde comimos las fresas aquella tarde, que fue la segunda vez que Pepita y Luis se vieron y se hablaron, se ha transformado en un airoso templete, con p&amp;oacute;rtico y columnas de m&amp;aacute;rmol blanco. Dentro hay una espaciosa sala con muy c&amp;oacute;modos muebles. Dos bellas pinturas la adornan; una representa a Psiquis, descubriendo y contemplando extasiada, a la luz de su l&amp;aacute;mpara, al Amor, dormido en su lecho; otra representa a Cloe, cuando la cigarra fugitiva se le mete en el pecho, donde crey&amp;eacute;ndose segura, y a tan grata sombra, se pone a cantar, mientras que Dafnis procura sacarla de all&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Una copia, hecha con bastante esmero, en m&amp;aacute;rmol de Carrara, de la Venus de M&amp;eacute;dicis, ocupa el preferente lugar, y como que preside en la sala. En el pedestal tiene grabados, en letras de oro, estos versos de Lucrecio:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;blockquote&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;Nec sine te quidquam dias in luminis oras&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;Exoritur, neque fit laetum, neque amabile quidquam&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6318349188587210275'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6318349188587210275'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo_14.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo III. Epílogo'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-8236742318883394086</id><published>2007-09-13T07:18:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.639-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (4)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis, en medio de la calle, a las dos de la noche, iba discurriendo, como ya hemos dicho, en que su vida, que hasta all&amp;iacute; hab&amp;iacute;a &amp;eacute;l so&amp;ntilde;ado con que fuese digna de la &lt;i&gt;Leyenda &amp;aacute;urea&lt;/i&gt; se convirtiese en un suav&amp;iacute;simo y perpetuo idilio. No hab&amp;iacute;a sabido resistir las asechanzas del amor terrenal; no hab&amp;iacute;a sido como un sinn&amp;uacute;mero de santos, y entre ellos San Vicente Ferrer con cierta lasciva se&amp;ntilde;ora valenciana; pero tampoco era igual el caso; y si el salir huyendo de aquella daifa endemoniada fue en San Vicente un acto de virtud heroica, en &amp;eacute;l hubiera sido el salir huyendo del rendimiento, del candor y de la mansedumbre de Pepita, algo de tan monstruoso y sin entra&amp;ntilde;as, como si cuando Ruth se acost&amp;oacute; a los pies de Booz, dici&amp;eacute;ndole Soy &lt;i&gt;tu esclava&lt;/i&gt;; &lt;i&gt;extiende tu capa sobre tu sierva&lt;/i&gt;, Booz le hubiera dado un puntapi&amp;eacute; y la hubiera mandado a paseo. D. Luis, cuando Pepita se le rend&amp;iacute;a, tuvo pues que imitar a Booz y exclamar: &lt;i&gt;Hija&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;bendita seas del Se&amp;ntilde;or&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;que has excedido tu primera bondad con &amp;eacute;sta de ahora&lt;/i&gt;. As&amp;iacute; se disculpaba D. Luis de no haber imitado a San Vicente y a otros santos no menos ariscos. En cuanto al mal &amp;eacute;xito que tuvo la proyectada imitaci&amp;oacute;n de San Eduardo, tambi&amp;eacute;n trataba de cohonestarle y disculparle. San Eduardo se cas&amp;oacute; por raz&amp;oacute;n de Estado, porque los grandes del reino lo exig&amp;iacute;an, y sin inclinaci&amp;oacute;n hacia la reina Edita; pero en &amp;eacute;l y en Pepita Jim&amp;eacute;nez no hab&amp;iacute;a raz&amp;oacute;n de Estado, ni grandes ni peque&amp;ntilde;os, sino amor fin&amp;iacute;simo de ambas partes.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      De todos modos no se negaba D. Luis, y esto prestaba a su contento un leve tinte de melancol&amp;iacute;a, que hab&amp;iacute;a destruido su ideal; que hab&amp;iacute;a sido vencido. Los que jam&amp;aacute;s tienen ni tuvieron ideal alguno no se apuran por esto; pero D. Luis se apuraba. D. Luis pens&amp;oacute; desde luego en sustituir el antiguo y encumbrado ideal con otro m&amp;aacute;s humilde y f&amp;aacute;cil. Y si bien record&amp;oacute; a D. Quijote, cuando vencido por el caballero de la Blanca Luna decidi&amp;oacute; hacerse pastor, maldito el efecto que le hizo la burla, sino que pens&amp;oacute; en renovar con Pepita Jim&amp;eacute;nez, en nuestra edad prosaica y descre&amp;iacute;da, la edad venturosa y el piados&amp;iacute;simo ejemplo de Filem&amp;oacute;n y de Baucis, tejiendo un dechado de vida patriarcal en aquellos campos amenos; fundando en el lugar que le vio nacer un hogar dom&amp;eacute;stico lleno de religi&amp;oacute;n, que fuese a la vez asilo de menesterosos, centro de cultura y de amistosa convivencia, y limpio espejo donde pudieran mirarse las familias; y uniendo por &amp;uacute;ltimo el amor conyugal con el amor de Dios, para que Dios santificase y visitase la morada de ellos, haci&amp;eacute;ndola como templo, donde los dos fuesen ministros y sacerdotes, hasta que dispusiese el cielo llev&amp;aacute;rselos juntos a mejor vida.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al logro de todo ello se opon&amp;iacute;an dos dificultades que era menester allanar antes, y D. Luis se preparaba a allanarlas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Era una el disgusto, quiz&amp;aacute;s el enojo de su padre, a quien hab&amp;iacute;a defraudado en sus m&amp;aacute;s caras esperanzas. Era la otra dificultad de muy diversa &amp;iacute;ndole y en cierto modo m&amp;aacute;s grave.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis, cuando iba a ser cl&amp;eacute;rigo, estuvo en su papel no defendiendo a Pepita de los groseros insultos del conde de Genazahar, sino con discursos morales, y no tomando venganza de la mofa y desprecio con que tales discursos fueron o&amp;iacute;dos. Pero, ahorcados ya los h&amp;aacute;bitos, y teniendo que declarar en seguida que Pepita era su novia y que iba a casarse con ella, D. Luis, a pesar de su car&amp;aacute;cter pac&amp;iacute;fico, de sus ensue&amp;ntilde;os de humana ternura, y de las creencias religiosas que en su alma quedaban &amp;iacute;ntegras, y que repugnaban todo medio violento, no acertaba a compaginar con su dignidad el abstenerse de romper la crisma al conde desvergonzado. De sobra sab&amp;iacute;a que el duelo es usanza b&amp;aacute;rbara; que Pepita no necesitaba de la sangre del conde para quedar limpia de todas las manchas de la calumnia, y hasta que el mismo conde, por mal criado y por bruto, y no porque lo creyese, ni quiz&amp;aacute;s por un rencor desmedido, hab&amp;iacute;a dicho tanto denuesto. Sin embargo, a pesar de todas estas reflexiones, D. Luis conoc&amp;iacute;a que no se sufrir&amp;iacute;a a s&amp;iacute; propio durante toda su vida, y que por consiguiente no llegar&amp;iacute;a a hacer nunca a gusto el papel de Filem&amp;oacute;n, si no empezaba por hacer el de Fierabr&amp;aacute;s, dando al conde su merecido, si bien pidiendo a Dios que no le volviese a poner en otra ocasi&amp;oacute;n semejante.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Decidido, pues, al lance, resolvi&amp;oacute; llevarle a cabo enseguida. Y pareci&amp;eacute;ndole feo y rid&amp;iacute;culo enviar padrinos, y hacer que trajesen en boca el honor de Pepita, hall&amp;oacute; lo m&amp;aacute;s razonable buscar camorra con cualquier otro pretexto.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Supuso adem&amp;aacute;s que el conde, forastero y vicioso jugador, ser&amp;iacute;a muy posible que estuviese a&amp;uacute;n en el casino hecho un tah&amp;uacute;r, a pesar de lo avanzado de la noche, y D. Luis se fue derecho al casino.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El casino permanec&amp;iacute;a abierto, pero las luces del patio y de los salones estaban casi todas apagadas. S&amp;oacute;lo en un sal&amp;oacute;n hab&amp;iacute;a luz. All&amp;iacute; se dirigi&amp;oacute; don Luis, y desde la puerta vio al conde de Genazahar, que jugaba al monte, haciendo de banquero. Cinco personas nada m&amp;aacute;s apuntaban; dos eran forasteros como el conde; las otras tres eran el capit&amp;aacute;n de caballer&amp;iacute;a encargado de la remonta, Currito y el m&amp;eacute;dico. No pod&amp;iacute;an disponerse las cosas m&amp;aacute;s al intento de D. Luis. Sin ser visto, por lo afanados que estaban en el juego, D. Luis los vio, y apenas los vio, volvi&amp;oacute; a salir del casino, y se fue r&amp;aacute;pidamente a su casa. Abri&amp;oacute; un criado la puerta; pregunt&amp;oacute; D. Luis por su padre, y sabiendo que dorm&amp;iacute;a, para que no le sintiera ni se despertara, subi&amp;oacute; D. Luis de puntillas a su cuarto con una luz, recogi&amp;oacute; unos tres mil reales que ten&amp;iacute;a de su peculio, en oro, y se los guard&amp;oacute; en el bolsillo. Dijo despu&amp;eacute;s al criado que le volviese a abrir, y se fue al casino otra vez.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Entonces entr&amp;oacute; D. Luis en el sal&amp;oacute;n donde jugaban, dando taconazos recios, con estruendo y con aire de taco, como suele decirse. Los jugadores se quedaron pasmados al verle.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;T&amp;uacute; por aqu&amp;iacute; a estas horas!&amp;mdash;dijo Currito.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;De d&amp;oacute;nde sale Vd., curita?&amp;mdash;dijo el m&amp;eacute;dico.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Viene Vd. a echarme otro serm&amp;oacute;n?&amp;mdash;exclam&amp;oacute; el conde.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Nada de sermones&amp;mdash;contest&amp;oacute; D. Luis con mucha calma&amp;mdash;. El mal efecto que surti&amp;oacute; el &amp;uacute;ltimo que prediqu&amp;eacute; me ha probado con evidencia que Dios no me llama por ese camino, y ya he elegido otro. Vd., se&amp;ntilde;or conde, ha hecho mi conversi&amp;oacute;n. He ahorcado los h&amp;aacute;bitos; quiero divertirme, estoy en la flor de la mocedad y quiero gozar de ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vamos, me alegro&amp;mdash;interrumpi&amp;oacute; el conde&amp;mdash;; pero cuidado, ni&amp;ntilde;o, que si la flor es delicada, puede marchitarse y deshojarse temprano.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Ya de eso cuidar&amp;eacute; yo&amp;mdash;replic&amp;oacute; D. Luis&amp;mdash;. Veo que se juega. Me siento inspirado. Vd. talla. &amp;iquest;Sabe Vd., se&amp;ntilde;or conde, que tendr&amp;iacute;a chiste que yo le desbancase?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Tendr&amp;iacute;a chiste, &amp;iquest;eh? &amp;iexcl;Vd. ha cenado fuerte!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;He cenado lo que me ha dado la gana.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Respondonzuelo se va haciendo el mocito.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Me hago lo que quiero.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Voto va...&amp;mdash;dijo el conde, y ya se sent&amp;iacute;a venir la tempestad, cuando el capit&amp;aacute;n se interpuso y la paz se restableci&amp;oacute; por completo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Ea&amp;mdash;dijo el conde, sosegado y afable&amp;mdash;, desemba&amp;uacute;le Vd. los dinerillos y pruebe fortuna.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis se sent&amp;oacute; a la mesa y sac&amp;oacute; del bolsillo todo su oro. Su vista acab&amp;oacute; de serenar al conde, porque casi exced&amp;iacute;a aquella suma a la que ten&amp;iacute;a &amp;eacute;l de banca, y ya imaginaba que iba a gan&amp;aacute;rsela al novato.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No hay que calentarse mucho la cabeza en este juego&amp;mdash;dijo D. Luis&amp;mdash;. Ya me parece que le entiendo. Pongo dinero a una carta, y si sale la carta, gano, y si sale la contraria, gana Vd.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;As&amp;iacute; es, amiguito; tiene Vd. un entendimiento macho.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues lo mejor es que no tengo s&amp;oacute;lo macho el entendimiento, sino tambi&amp;eacute;n la voluntad; y con todo, en el conjunto, disto bastante de ser un macho, como hay tantos por ah&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Vaya si viene Vd. parlanch&amp;iacute;n y si saca alicantinas!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis se call&amp;oacute;: jug&amp;oacute; unas cuantas veces, y tuvo tan buena fortuna, que gan&amp;oacute; casi siempre.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El conde comenz&amp;oacute; a cargarse.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Si me desplumar&amp;aacute; el ni&amp;ntilde;o?&amp;mdash;dijo&amp;mdash;, Dios protege la inocencia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mientras que el conde se amostazaba, D. Luis sinti&amp;oacute; cansancio y fastidio y quiso acabar de una vez.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;El fin de todo esto&amp;mdash;dijo&amp;mdash;es ver si yo me llevo esos dineros o si Vd. se lleva los m&amp;iacute;os. &amp;iquest;No es verdad, se&amp;ntilde;or conde?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Es verdad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues &amp;iquest;para qu&amp;eacute; hemos de estar aqu&amp;iacute; en vela toda la noche? Ya va siendo tarde, y siguiendo su consejo de Vd. debo recogerme para que la flor de mi mocedad no se marchite.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Qu&amp;eacute; es eso? &amp;iquest;Se quiere Vd. largar? &amp;iquest;Quiere Vd. tomar el olivo?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Yo no quiero tomar olivo ninguno. Al contrario. Curro, dime t&amp;uacute;: aqu&amp;iacute;, en este mont&amp;oacute;n de dinero, &amp;iquest;no hay m&amp;aacute;s que en la banca?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Currito mir&amp;oacute;, y contest&amp;oacute;:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Es indudable.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;C&amp;oacute;mo explicar&amp;eacute;&amp;mdash;pregunt&amp;oacute; D. Luis&amp;mdash;, que juego en un golpe cuanto hay en la banca contra otro tanto?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Eso se explica&amp;mdash;respondi&amp;oacute; Currito&amp;mdash;, diciendo: &amp;iexcl;copo!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues, copo&amp;mdash;dijo D. Luis dirigi&amp;eacute;ndose al conde&amp;mdash;; va el copo y la red en este rey de espadas, cuyo compa&amp;ntilde;ero har&amp;aacute; de seguro su epifan&amp;iacute;a antes que su enemigo el tres.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El conde que ten&amp;iacute;a todo su capital mueble en la banca, se asust&amp;oacute; al verle comprometido de aquella suerte; pero no tuvo m&amp;aacute;s que aceptar.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Es sentencia del vulgo que los afortunados en amores son desgraciados al juego: pero m&amp;aacute;s cierta parece la contraria afirmaci&amp;oacute;n. Cuando acude la buena dicha, acude para todo, y lo mismo cuando la desdicha acude.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El conde fue tirando cartas, y no sal&amp;iacute;a ning&amp;uacute;n tres. Su emoci&amp;oacute;n era grande, por m&amp;aacute;s que lo disimulaba. Por &amp;uacute;ltimo, descubri&amp;oacute; por la pinta el rey de copas, y se detuvo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Tire Vd.&amp;mdash;dijo el capit&amp;aacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No hay para qu&amp;eacute;. El rey de copas. &amp;iexcl;Maldito sea! El curita me ha desplumado. Recoja Vd. el dinero.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El conde ech&amp;oacute; con rabia la baraja sobre la mesa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis recogi&amp;oacute; todo el dinero con indiferencia y reposo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Despu&amp;eacute;s de un corto silencio, habl&amp;oacute; el conde:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Curita es menester que me d&amp;eacute; Vd. el desquite.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No veo la necesidad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Me parece que entre caballeros!...&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Por esa regla el juego no tiene t&amp;eacute;rmino&amp;mdash;observ&amp;oacute; D. Luis&amp;mdash;. Por esa regla, lo mejor ser&amp;iacute;a ahorrarse el trabajo de jugar.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;D&amp;eacute;me Vd. el desquite&amp;mdash;replic&amp;oacute; el conde, sin atender a razones.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Sea&amp;mdash;dijo D. Luis&amp;mdash;. Quiero ser generoso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El conde volvi&amp;oacute; a tomar la baraja y se dispuso a echar nueva talla.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Alto ah&amp;iacute;&amp;mdash;dijo D. Luis&amp;mdash;; entend&amp;aacute;monos antes. &amp;iquest;D&amp;oacute;nde est&amp;aacute; el dinero de la nueva banca de Vd.?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El conde se qued&amp;oacute; turbado y confuso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Aqu&amp;iacute; no tengo dinero&amp;mdash;contest&amp;oacute;&amp;mdash;, pero me parece que sobra con mi palabra.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis entonces, con acento grave y reposado, dijo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Se&amp;ntilde;or conde, yo no tendr&amp;iacute;a inconveniente en fiarme de la palabra de un caballero y en llegar a ser su acreedor, si no temiese perder su amistad que casi voy ya conquistando; pero, desde que vi esta ma&amp;ntilde;ana la crueldad con que trat&amp;oacute; Vd. a ciertos amigos m&amp;iacute;os, que son sus acreedores, no quiero hacerme culpado para con Vd. del mismo delito. No faltaba m&amp;aacute;s sino que yo voluntariamente incurriese en el enojo de Vd., prest&amp;aacute;ndole dinero, que no me pagar&amp;iacute;a, como no ha pagado, sino con injurias, el que debe a Pepita Jim&amp;eacute;nez.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por lo mismo que el hecho era cierto, la ofensa fue mayor. El conde se puso l&amp;iacute;vido de c&amp;oacute;lera, y ya de pie, pronto a venir a las manos con el colegial, dijo con voz alterada:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Mientes, deslenguado! &amp;iexcl;Voy a deshacerte entre mis manos, hijo de la grand&amp;iacute;sima...!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Esta &amp;uacute;ltima injuria, que recordaba a D. Luis la falta de su nacimiento y ca&amp;iacute;a sobre el honor de la persona cuya memoria le era m&amp;aacute;s querida y respetada, no acab&amp;oacute; de formularse, no acab&amp;oacute; de llegar a sus o&amp;iacute;dos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis, por encima de la mesa, que estaba entre &amp;eacute;l y el conde, con agilidad asombrosa y con tino y fuerza, tendi&amp;oacute; el brazo derecho, armado de un junco o bastoncillo flexible y cimbreante, y cruz&amp;oacute; la cara de su enemigo, levant&amp;aacute;ndole al punto un verdug&amp;oacute;n amoratado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No hubo ni grito, ni denuesto, ni alboroto posterior. Cuando empiezan las manos, suelen callar las lenguas. El conde iba a lanzarse sobre D. Luis para destrozarle si pod&amp;iacute;a; pero la opini&amp;oacute;n hab&amp;iacute;a dado una gran vuelta desde aquella ma&amp;ntilde;ana, y entonces estaba en favor de D. Luis. El capit&amp;aacute;n, el m&amp;eacute;dico y hasta Currito, ya con m&amp;aacute;s &amp;aacute;nimo, contuvieron al conde, que pugnaba y forcejeaba ferozmente por desasirse.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Dejadme libre; dejadme que le mate&amp;mdash;dec&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Yo no trato de evitar un duelo&amp;mdash;dijo el capit&amp;aacute;n&amp;mdash;. El duelo es inevitable. Trato s&amp;oacute;lo de que no luch&amp;eacute;is aqu&amp;iacute; como dos ganapanes. Faltar&amp;iacute;a a mi decoro si presenciase tal lucha.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Que vengan armas&amp;mdash;dijo el conde&amp;mdash;. No quiero retardar el lance ni un minuto... En el acto... aqu&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Quer&amp;eacute;is re&amp;ntilde;ir al sable?&amp;mdash;dijo el capit&amp;aacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Bien est&amp;aacute;&amp;mdash;respondi&amp;oacute; D. Luis.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vengan los sables&amp;mdash;dijo el conde.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Todos hablaban en voz baja para que no se oyese nada en la calle. Los mismos criados del casino, que dorm&amp;iacute;an en sillas, en la cocina y en el patio, no llegaron a despertarse.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis eligi&amp;oacute; para testigos al capit&amp;aacute;n y a Currito. El conde, a los dos forasteros. El m&amp;eacute;dico qued&amp;oacute; para hacer su oficio, y enarbol&amp;oacute; la bandera de la Cruz Roja.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Era todav&amp;iacute;a de noche. Se convino en hacer campo de batalla de aquel sal&amp;oacute;n, cerrando antes la puerta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El capit&amp;aacute;n fue a su casa por los sables y los trajo al momento, debajo de la capa que para ocultarlos se puso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ya sabemos que D. Luis no hab&amp;iacute;a empu&amp;ntilde;ado en su vida un arma. Por fortuna, el conde no era mucho m&amp;aacute;s diestro en la esgrima, aunque nunca hab&amp;iacute;a estudiado teolog&amp;iacute;a ni pensado en ser cl&amp;eacute;rigo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Las condiciones del duelo se redujeron a que, una vez el sable en la mano, cada uno de los dos combatientes hiciese lo que Dios le diera a entender.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Se cerr&amp;oacute; la puerta de la sala.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Las mesas y las sillas se apartaron en un rinc&amp;oacute;n para despejar el terreno. Las luces se colocaron de un modo conveniente. D. Luis y el conde se quitaron levitas y chalecos, quedaron en mangas de camisa y tomaron las armas. Se hicieron a un lado los testigos. A una se&amp;ntilde;al del capit&amp;aacute;n, empez&amp;oacute; el combate.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Entre dos personas que no sab&amp;iacute;an parar ni defenderse la lucha deb&amp;iacute;a ser brev&amp;iacute;sima, y lo fue.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La furia del conde, retenida por algunos minutos, estall&amp;oacute; y le ceg&amp;oacute;. Era robusto, ten&amp;iacute;a unos pu&amp;ntilde;os de hierro, y sacud&amp;iacute;a con el sable una lluvia de tajos sin orden ni concierto. Cuatro veces toc&amp;oacute; a D. Luis, por fortuna siempre de plano. Lastim&amp;oacute; sus hombros, pero no le hiri&amp;oacute;. Menester fue de todo el vigor del joven te&amp;oacute;logo para no caer derribado a los tremendos golpes y con el dolor de las contusiones. Todav&amp;iacute;a toc&amp;oacute; el conde por quinta vez a D. Luis, y le dio en el brazo izquierdo. Aqu&amp;iacute; la herida fue de filo, aunque de soslayo. La sangre de D. Luis empez&amp;oacute; a correr en abundancia. Lejos de contenerse un poco, el conde arremeti&amp;oacute; con m&amp;aacute;s ira, para herir de nuevo: casi se meti&amp;oacute; bajo el sable de D. Luis. &amp;Eacute;ste, en vez de prepararse a parar, dej&amp;oacute; caer el sable con br&amp;iacute;o y acert&amp;oacute; con una cuchillada en la cabeza del conde. La sangre sali&amp;oacute; con &amp;iacute;mpetu y se extendi&amp;oacute; por la frente y corri&amp;oacute; sobre los ojos. Aturdido por el golpe, dio el conde con su cuerpo en el suelo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Toda la batalla fue negocio de algunos segundos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis hab&amp;iacute;a estado sereno, como un fil&amp;oacute;sofo estoico, a quien la dura ley de la necesidad obliga a ponerse en semejante conflicto, tan contrario a sus costumbres y modo de pensar; pero, no bien mir&amp;oacute; a su contrario por tierra, ba&amp;ntilde;ado en sangre, y como muerto, D. Luis sinti&amp;oacute; una angustia grand&amp;iacute;sima y temi&amp;oacute; que le diese una congoja. &amp;Eacute;l, que no se cre&amp;iacute;a capaz de matar un gorri&amp;oacute;n, acaso acababa de matar a un hombre. &amp;Eacute;l, que a&amp;uacute;n estaba resuelto a ser sacerdote, a ser misionero, a ser ministro y nuncio del Evangelio, hac&amp;iacute;a cinco o seis horas, hab&amp;iacute;a cometido o se acusaba de haber cometido en nada de tiempo todos los delitos y de haber infringido todos los mandamientos de la ley de Dios. No hab&amp;iacute;a quedado pecado mortal de que no se contaminase. Sus prop&amp;oacute;sitos de santidad heroica y perfecta se hab&amp;iacute;an desvanecido primero. Sus prop&amp;oacute;sitos de una santidad m&amp;aacute;s f&amp;aacute;cil, c&amp;oacute;moda y &lt;i&gt;burguesa&lt;/i&gt;, se desvanec&amp;iacute;an despu&amp;eacute;s. El diablo desbarataba sus planes. Se le antojaba que ni siquiera pod&amp;iacute;a ya ser un Filem&amp;oacute;n cristiano, pues no era buen principio para el idilio perpetuo el de rasgar la cabeza al pr&amp;oacute;jimo de un sablazo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El estado de D. Luis, despu&amp;eacute;s de las agitaciones de todo aquel d&amp;iacute;a, era el de un hombre que tiene fiebre cerebral.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Currito y el capit&amp;aacute;n, cada uno de un lado, le agarraron y llevaron a su casa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Pedro de Vargas se levant&amp;oacute; sobresaltado cuando le dijeron que ven&amp;iacute;a su hijo herido. Acudi&amp;oacute; a verle, examin&amp;oacute; las contusiones y la herida del brazo, y vio que no eran de cuidado, pero puso el grito en el cielo diciendo que iba a tomar venganza de aquella ofensa, y no se tranquiliz&amp;oacute; hasta que supo el lance, y que D. Luis hab&amp;iacute;a sabido tomar venganza por s&amp;iacute;, a pesar de su teolog&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El m&amp;eacute;dico vino poco despu&amp;eacute;s a curar a D. Luis, y pronostic&amp;oacute; que en tres o cuatro d&amp;iacute;as estar&amp;iacute;a don Luis para salir a la calle, como si tal cosa. El conde, en cambio, ten&amp;iacute;a para meses. Su vida, sin embargo, no corr&amp;iacute;a peligro. Hab&amp;iacute;a vuelto de su desmayo, y hab&amp;iacute;a pedido que le llevasen a su pueblo, que no dista m&amp;aacute;s que una legua del lugar en que pasaron estos sucesos. Hab&amp;iacute;an buscado un carricoche de alquiler y le hab&amp;iacute;an llevado, yendo en su compa&amp;ntilde;&amp;iacute;a su criado y los dos forasteros que le sirvieron de testigos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A los cuatro d&amp;iacute;as del lance, se cumplieron en efecto los pron&amp;oacute;sticos del doctor, y D. Luis, aunque magullado de los golpes y con la herida abierta a&amp;uacute;n, estuvo en estado de salir, y prometiendo un restablecimiento completo en plazo muy breve.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El primer deber que D. Luis crey&amp;oacute; que necesitaba cumplir, no bien le dieron de alta, fue confesar a su padre sus amores con Pepita y declararle su intenci&amp;oacute;n de casarse con ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Pedro no hab&amp;iacute;a ido al campo ni se hab&amp;iacute;a empleado sino en cuidar a su hijo durante la enfermedad. Casi siempre estaba a su lado acompa&amp;ntilde;&amp;aacute;ndole y mim&amp;aacute;ndole con singular cari&amp;ntilde;o.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En la ma&amp;ntilde;ana del d&amp;iacute;a 27 de Junio, despu&amp;eacute;s de irse el m&amp;eacute;dico, D. Pedro qued&amp;oacute; solo con su hijo; y entonces la tan dif&amp;iacute;cil confesi&amp;oacute;n para D. Luis tuvo lugar del modo siguiente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Padre m&amp;iacute;o&amp;mdash;dijo D. Luis&amp;mdash;, yo no debo seguir enga&amp;ntilde;ando a Vd. por m&amp;aacute;s tiempo. Hoy voy a confesar a Vd. mis faltas y a desechar la hipocres&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Muchacho, si es confesi&amp;oacute;n lo que vas a hacer, mejor ser&amp;aacute; que llames al padre vicario. Yo tengo muy holgach&amp;oacute;n el criterio, y te absolver&amp;eacute; de todo, sin que mi absoluci&amp;oacute;n te valga para nada. Pero si quieres confiarme alg&amp;uacute;n hondo secreto como a tu mejor amigo, empieza, que te escucho.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Lo que tengo que confiar a Vd. es una grav&amp;iacute;sima falta m&amp;iacute;a, y me da verg&amp;uuml;enza...&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues no tengas verg&amp;uuml;enza con tu padre y di sin rebozo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aqu&amp;iacute; D. Luis, poni&amp;eacute;ndose muy colorado, y con visible turbaci&amp;oacute;n, dijo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Mi secreto es que estoy enamorado de... Pepita Jim&amp;eacute;nez, y que ella...&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Pedro interrumpi&amp;oacute; a su hijo con una carcajada y continu&amp;oacute; la frase:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Y que ella est&amp;aacute; enamorada de ti, y que la noche de la velada de San Juan estuviste con ella en dulces coloquios hasta las dos de la ma&amp;ntilde;ana, y que por ella buscaste un lance con el conde de Genazahar a quien has roto la cabeza. Pues, hijo, bravo secreto me conf&amp;iacute;as. No hay perro ni gato en el lugar que no est&amp;eacute; ya al corriente de todo. Lo &amp;uacute;nico que parec&amp;iacute;a posible ocultar era la duraci&amp;oacute;n del coloquio hasta las dos de la ma&amp;ntilde;ana, pero unas gitanas bu&amp;ntilde;oleras te vieron salir de la casa y no pararon hasta cont&amp;aacute;rselo a todo bicho viviente. Pepita, adem&amp;aacute;s, no disimula cosa mayor; y hace bien, porque ser&amp;iacute;a el disimulo de Antequera... Desde que est&amp;aacute;s enfermo viene aqu&amp;iacute; Pepita dos veces al d&amp;iacute;a, y otras dos o tres veces env&amp;iacute;a a Anto&amp;ntilde;ona a saber de tu salud, y si no han entrado a verte, es porque yo me he opuesto para que no te alborotes.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La turbaci&amp;oacute;n y el apuro de D. Luis subieron de punto cuando oy&amp;oacute; contar a su padre toda la historia en lac&amp;oacute;nico compendio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; sorpresa!&amp;mdash;dijo&amp;mdash;, &amp;iexcl;qu&amp;eacute; asombro habr&amp;aacute; sido el de Vd.!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Nada de sorpresa, ni de asombro, muchacho. En el lugar s&amp;oacute;lo se saben las cosas hace cuatro d&amp;iacute;as, y la verdad sea dicha, ha pasmado tu transformaci&amp;oacute;n. &amp;iexcl;Miren el c&amp;oacute;gelas a tientas y m&amp;aacute;talas callando, miren el santurr&amp;oacute;n y el gatito muerto, exclaman las gentes, con lo que ha venido a descolgarse! El padre vicario, sobre todo, se ha quedado turulato. Todav&amp;iacute;a est&amp;aacute; haci&amp;eacute;ndose cruces, al considerar cu&amp;aacute;nto trabajaste en la vi&amp;ntilde;a del Se&amp;ntilde;or en la noche del 23 al 24, y cu&amp;aacute;n variados y diversos fueron tus trabajos. Pero a m&amp;iacute; no me cogieron las noticias de susto, salvo tu herida. Los viejos sentimos crecer la yerba. No es f&amp;aacute;cil que los pollos enga&amp;ntilde;en a los recoveros.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Es verdad: he querido enga&amp;ntilde;ar a Vd. &amp;iexcl;He sido un hip&amp;oacute;crita!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No seas tonto: no lo digo por motejarte. Lo digo para darme tono de perspicaz. Pero hablemos con franqueza: mi jactancia es inmotivada. Yo s&amp;eacute; punto por punto el progreso de tus amores con Pepita, desde hace m&amp;aacute;s de dos meses; pero lo s&amp;eacute; porque tu t&amp;iacute;o el de&amp;aacute;n, a quien escrib&amp;iacute;as tus impresiones, me lo ha participado todo. Oye la carta acusadora de tu t&amp;iacute;o, y oye la contestaci&amp;oacute;n que le di, documento important&amp;iacute;simo de que he guardado minuta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Pedro sac&amp;oacute; del bolsillo unos papeles y ley&amp;oacute; lo que sigue:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;Carta del de&amp;aacute;n&lt;/i&gt;.&amp;mdash;&amp;laquo;Mi querido hermano: Siento en el alma tener que darte una mala noticia; pero conf&amp;iacute;o en Dios que habr&amp;aacute; de concederte paciencia y sufrimiento bastantes para que no te enoje y acibare demasiado. Luisito me escribe, hace d&amp;iacute;as, extra&amp;ntilde;as cartas, donde descubro, al trav&amp;eacute;s de su exaltaci&amp;oacute;n m&amp;iacute;stica, una inclinaci&amp;oacute;n harto terrenal y pecaminosa hacia cierta viudita, guapa, traviesa y coquet&amp;iacute;sima, que hay en ese lugar. Yo me hab&amp;iacute;a enga&amp;ntilde;ado hasta aqu&amp;iacute;, creyendo firme la vocaci&amp;oacute;n de Luisito, y me lisonjeaba de dar en &amp;eacute;l a la Iglesia de Dios un sacerdote sabio, virtuoso y ejemplar; pero las cartas referidas han venido a destruir mis ilusiones. Luisito se muestra en ellas m&amp;aacute;s poeta que verdadero var&amp;oacute;n piadoso, y la viuda, que ha de ser de la piel de Barrab&amp;aacute;s, le rendir&amp;aacute; con poco que haga. Aunque yo escribo a Luisito amonest&amp;aacute;ndole para que huya de la tentaci&amp;oacute;n, doy ya por seguro que caer&amp;aacute; en ella. No debiera esto pesarme, porque si ha de faltar y ser galanteador y cortejante, mejor es que su mala condici&amp;oacute;n se descubra con tiempo y no llegue a ser cl&amp;eacute;rigo. No ver&amp;iacute;a yo, por lo tanto, grave inconveniente en que Luisito siguiera ah&amp;iacute;, y fuese ensayado y analizado en la piedra de toque y crisol de tales amores, a fin de que la viudita fuese el reactivo por medio del cual se descubriera el oro puro de sus virtudes clericales o la baja liga con que el oro est&amp;aacute; mezclado; pero tropezamos con el escollo de que la dicha viuda, que hab&amp;iacute;amos de convertir en fiel contraste, es tu pretendida y no s&amp;eacute; si tu enamorada. Pasar&amp;iacute;a, pues, de casta&amp;ntilde;o oscuro el que resultase tu hijo rival tuyo. Esto ser&amp;iacute;a un esc&amp;aacute;ndalo monstruoso, y, para evitarle con tiempo, te escribo hoy, a fin de que, pretextando cualquiera cosa, env&amp;iacute;es o traigas a Luisito por aqu&amp;iacute;, cuanto antes mejor&amp;raquo;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis escuchaba en silencio y con los ojos bajos. Su padre continu&amp;oacute;:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;A esta carta del de&amp;aacute;n contest&amp;eacute; lo que sigue:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;Contestaci&amp;oacute;n&lt;/i&gt;.&amp;mdash;&amp;laquo;Hermano querido y venerable padre espiritual: mil gracias te doy por las noticias que me env&amp;iacute;as y por tus avisos y consejos. Aunque me precio de listo, confieso mi torpeza en esta ocasi&amp;oacute;n. La vanidad me cegaba. Pepita Jim&amp;eacute;nez, desde que vino mi hijo, se me mostraba tan afable y cari&amp;ntilde;osa que yo me las promet&amp;iacute;a felices. Ha sido menester tu carta para hacerme caer en la cuenta. Ahora comprendo que, al haberse humanizado, al hacerme tantas fiestas y al bailarme el agua delante, no miraba en m&amp;iacute; la p&amp;iacute;cara de Pepita sino al pap&amp;aacute; del te&amp;oacute;logo barbilampi&amp;ntilde;o. No te lo negar&amp;eacute;: me mortific&amp;oacute; y afligi&amp;oacute; un poco este desenga&amp;ntilde;o en el primer momento; pero despu&amp;eacute;s lo reflexion&amp;eacute; todo con la madurez debida, y mi mortificaci&amp;oacute;n y mi aflicci&amp;oacute;n se convirtieron en gozo. El chico es excelente. Yo le he tomado mucho m&amp;aacute;s afecto desde que est&amp;aacute; conmigo. Me separ&amp;eacute; de &amp;eacute;l y te le entregu&amp;eacute; para que le educases, porque mi vida no era muy ejemplar, y en este pueblo, por lo dicho y por otras razones, se hubiera criado como un salvaje. T&amp;uacute; fuiste m&amp;aacute;s all&amp;aacute; de mis esperanzas y aun de mis deseos, y por poco no sacas de Luisito un Padre de la Iglesia. Tener un hijo santo hubiera lisonjeado mi vanidad; pero hubiera sentido yo quedarme sin un heredero de mi casa y nombre, que me diese lindos nietos, y que despu&amp;eacute;s de mi muerte disfrutase de mis bienes, que son mi gloria, porque los he adquirido con ingenio y trabajo, y no haciendo fuller&amp;iacute;as y chanchullos. Tal vez la persuasi&amp;oacute;n en que estaba yo de que no hab&amp;iacute;a remedio, de que Luis iba a catequizar a los chinos, a los indios y a los negritos de Monicongo, me decidi&amp;oacute; a casarme para dilatar mi sucesi&amp;oacute;n. Naturalmente puse mis ojos en Pepita Jim&amp;eacute;nez, que no es de la piel de Barrab&amp;aacute;s como imaginas, sino una criatura remon&amp;iacute;sima, m&amp;aacute;s bendita que los cielos y m&amp;aacute;s apasionada que coqueta. Tengo tan buena opini&amp;oacute;n de Pepita que si volviese ella a tener diez y seis a&amp;ntilde;os y una madre imperiosa que la violentara, y yo tuviese ochenta a&amp;ntilde;os como D. Gumersindo, esto es, si viera ya la muerte en puertas, tomar&amp;iacute;a a Pepita por mujer para que me sonriese al morir como si fuera el &amp;aacute;ngel de mi guarda que hab&amp;iacute;a revestido cuerpo humano, y para dejarle mi posici&amp;oacute;n, mi caudal y mi nombre. Pero ni Pepita tiene ya diez y seis a&amp;ntilde;os, sino veinte, ni est&amp;aacute; sometida al culebr&amp;oacute;n de su madre, ni yo tengo ochenta a&amp;ntilde;os, sino cincuenta y cinco. Estoy en la peor edad, porque empiezo a sentirme harto averiado, con un poquito de asma, mucha tos, bastantes dolores reum&amp;aacute;ticos y otros alifafes, y sin embargo, maldita la gana que tengo de morirme. Creo que ni en veinte a&amp;ntilde;os me morir&amp;eacute;, y como le llevo veinticinco a Pepita, calcula el desastroso porvenir que le aguardaba con este viejo perdurable. Al cabo de los pocos a&amp;ntilde;os de casada conmigo hubiera tenido que aborrecerme, a pesar de lo buena que es. Porque es buena y discreta no ha querido, sin duda, aceptarme por marido, a pesar de la insistencia y de la obstinaci&amp;oacute;n con que se lo he propuesto. &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;nto se lo agradezco ahora! La misma puntita de vanidad lastimada por sus desdenes se embota ya al considerar que, si no me ama, ama mi sangre; se prenda del hijo m&amp;iacute;o. Si no quiere esta fresca y lozana yedra enlazarse al viejo tronco, carcomido ya, trepe por &amp;eacute;l, me digo, para subir al renuevo tierno y al verde y florido pimpollo. Dios los bendiga a ambos y prospere estos amores. Lejos de llevarte al chico otra vez, le retendr&amp;eacute; aqu&amp;iacute;, hasta por fuerza, si es necesario. Me decido a conspirar contra su vocaci&amp;oacute;n. Sue&amp;ntilde;o ya con verle casado. Me voy a remozar contemplando a la gentil pareja, unida por el amor. &amp;iquest;Y cuando me den unos cuantos chiquillos? En vez de ir de misionero y de traerme de Australia o de Madagascar o de la India varios ne&amp;oacute;fitos, con jetas de a palmo, negros como la tizna, o amarillos como el estezado y con ojos de mochuelo, &amp;iquest;no ser&amp;aacute; mejor que Luisito predique en casa, y me saque en abundancia una serie de catecumenillos rubios, sonrosados, con ojos como los de Pepita, y que parezcan querubines sin alas? Los catec&amp;uacute;menos que me trajese de por all&amp;aacute;, ser&amp;iacute;a menester que estuvieran a respetable distancia para que no me inficionasen, y &amp;eacute;stos de por ac&amp;aacute; me oler&amp;iacute;an a rosas del para&amp;iacute;so, y vendr&amp;iacute;an a ponerse sobre mis rodillas, y jugar&amp;iacute;an conmigo, y me besar&amp;iacute;an, y me llamar&amp;iacute;an abuelito, y me dar&amp;iacute;an palmaditas en la calva, que ya voy teniendo. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; quieres? Cuando estaba yo en todo mi vigor, no pensaba en las delicias dom&amp;eacute;sticas; mas ahora, que estoy tan pr&amp;oacute;ximo a la vejez, si ya no estoy en ella, como no me he de hacer cenobita, me complazco en esperar que har&amp;eacute; el papel de patriarca. Y no entiendas que voy a limitarme a esperar que cuaje el naciente noviazgo, sino que he de trabajar para que cuaje. Siguiendo tu comparaci&amp;oacute;n, pues que transformas a Pepita en crisol, y a Luis en metal, yo buscar&amp;eacute; o tengo buscado ya un fuelle o soplete util&amp;iacute;simo, que contribuya a avivar el fuego para que el metal se derrita pronto. Este soplete es Anto&amp;ntilde;ona, nodriza de Pepita, muy lagarta, muy sigilosa y muy afecta a su due&amp;ntilde;o. Anto&amp;ntilde;ona se entiende ya conmigo, y por ella s&amp;eacute; que Pepita est&amp;aacute; muerta de amores. Hemos convenido en que yo siga haciendo la vista gorda y no d&amp;aacute;ndome por entendido de nada. El padre vicario, que es un alma de Dios, siempre en Babia, me sirve tanto o m&amp;aacute;s que Anto&amp;ntilde;ona, sin advertirlo &amp;eacute;l: porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de Pepita con Luis; de suerte que este excelente se&amp;ntilde;or, con medio siglo en cada pata, se ha convertido &amp;iexcl;oh milagro del amor y de la inocencia! en palomito mensajero, con quien los dos amantes se env&amp;iacute;an sus requiebros y finezas, ignor&amp;aacute;ndolo tambi&amp;eacute;n ambos. Tan poderosa combinaci&amp;oacute;n de medios naturales y artificiales debe dar un resultado infalible. Ya te le dir&amp;eacute; al darte parte de la boda, para que vengas a hacerla, o env&amp;iacute;es a los novios tu bendici&amp;oacute;n y un buen regalo&amp;raquo;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; acab&amp;oacute; D. Pedro de leer su carta, y al volver a mirar a D. Luis, vio que D. Luis hab&amp;iacute;a estado escuchando con los ojos llenos de l&amp;aacute;grimas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El padre y el hijo se dieron un abrazo muy apretado y muy prolongado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al mes justo de esta conversaci&amp;oacute;n y de esta lectura, se celebraron las bodas de D. Luis de Vargas y de Pepita Jim&amp;eacute;nez.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Temeroso el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n de que su hermano le embromase demasiado con que el misticismo de Luisito hab&amp;iacute;a salido huero, y conociendo adem&amp;aacute;s que su papel iba a ser poco airoso en el lugar, donde todos dir&amp;iacute;an que ten&amp;iacute;a mala mano para sacar santos, dio por pretexto sus ocupaciones y no quiso venir, aunque envi&amp;oacute; su bendici&amp;oacute;n y unos magn&amp;iacute;ficos zarcillos, como presente para Pepita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El padre vicario tuvo, pues, el gusto de casarla con D. Luis.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La novia, muy bien engalanada, pareci&amp;oacute; hermos&amp;iacute;sima a todos, y digna de trocarse por el cilicio y las disciplinas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aquella noche dio D. Pedro un baile estupendo en el patio de su casa y salones contiguos. Criados y se&amp;ntilde;ores, hidalgos y jornaleros, las se&amp;ntilde;oras y se&amp;ntilde;oritas y las mozas del lugar, asistieron y se mezclaron en &amp;eacute;l, como en la so&amp;ntilde;ada primera edad del mundo, que no s&amp;eacute; por qu&amp;eacute; llaman de oro. Cuatro diestros, o si no diestros, infatigables guitarristas, tocaron el fandango. Un gitano y una gitana, famosos cantadores, entonaron las coplas m&amp;aacute;s amorosas y alusivas a las circunstancias. Y el maestro de escuela ley&amp;oacute; un epitalamio, en verso heroico.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hubo hojuelas, pesti&amp;ntilde;os, gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas y mucho vino para la gente menuda. El se&amp;ntilde;or&amp;iacute;o se regal&amp;oacute; con alm&amp;iacute;bares, chocolate, miel de azahar y miel de prima, y varios rosolis y mistelas arom&amp;aacute;ticas y refinad&amp;iacute;simas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Pedro estuvo hecho un cadete: bullicioso, bromista y galante. Parec&amp;iacute;a que era falso lo que declaraba en su carta al de&amp;aacute;n, del re&amp;uacute;ma y dem&amp;aacute;s alifafes. Bail&amp;oacute; el fandango con Pepita, con sus m&amp;aacute;s graciosas criadas y con otras seis o siete mozuelas. A cada una, al volverla a su asiento, cansada ya, le dio con efusi&amp;oacute;n el correspondiente y prescrito abrazo, y a las menos serias, algunos pellizcos, aunque esto no forma parte del ceremonial. D. Pedro llev&amp;oacute; su galanter&amp;iacute;a hasta el extremo de sacar a bailar a do&amp;ntilde;a Casilda, que no pudo negarse, y que, con sus diez arrobas de humanidad y los calores de Julio, vert&amp;iacute;a un chorro de sudor por cada poro. Por &amp;uacute;ltimo, don Pedro atrac&amp;oacute; de tal suerte a Currito, y le hizo brindar tantas veces por la felicidad de los nuevos esposos, que el mulero Dientes tuvo que llevarle a su casa a dormir la mona, terciado en una borrica como un pellejo de vino.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El baile dur&amp;oacute; hasta las tres de la madrugada; pero los novios se eclipsaron discretamente antes de las once y se fueron a casa de Pepita. D. Luis volvi&amp;oacute; a entrar con luz, con pompa y majestad, y como due&amp;ntilde;o leg&amp;iacute;timo y se&amp;ntilde;or adorado, en aquella limpia alcoba, donde poco m&amp;aacute;s de un mes antes hab&amp;iacute;a entrado a oscuras, lleno de turbaci&amp;oacute;n y zozobra.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aunque en el lugar es uso y costumbre, jam&amp;aacute;s interrumpida, dar una terrible cencerrada a todo viudo o viuda que contrae segundas nupcias, no dej&amp;aacute;ndolos tranquilos con el resonar de los cencerros en la primera noche del consorcio, Pepita era tan simp&amp;aacute;tica y don Pedro tan venerado y D. Luis tan querido, que no hubo cencerros ni el menor conato de que resonasen aquella noche: caso raro que se registra como tal en los anales del pueblo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/8236742318883394086'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/8236742318883394086'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo_13.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (4)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-3412342972408316724</id><published>2007-09-12T07:17:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.640-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (3)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Poco hemos dicho hasta ahora de la figura de D. Luis. S&amp;eacute;pase, pues, que era un buen mozo en toda la extensi&amp;oacute;n de la palabra: alto, ligero, bien formado, cabello negro, ojos negros tambi&amp;eacute;n y llenos de fuego y de dulzura. La color trigue&amp;ntilde;a, la dentadura blanca, los labios finos, aunque relevados, lo cual le daba un aspecto desde&amp;ntilde;oso; y algo de atrevido y varonil en todo el adem&amp;aacute;n, a pesar del recogimiento y de la mansedumbre clericales. Hab&amp;iacute;a, por &amp;uacute;ltimo, en el porte y continente de D. Luis aquel indescriptible sello de distinci&amp;oacute;n y de hidalgu&amp;iacute;a que parece, aunque no lo sea siempre, privativa calidad y exclusivo privilegio de las familias aristocr&amp;aacute;ticas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al ver a D. Luis, era menester confesar que Pepita Jim&amp;eacute;nez sab&amp;iacute;a de est&amp;eacute;tica por instinto.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Corr&amp;iacute;a, que no andaba, D. Luis por aquellas sendas, saltando arroyos y fij&amp;aacute;ndose apenas en los objetos, casi como toro picado del t&amp;aacute;bano. Los r&amp;uacute;sticos con quienes se encontr&amp;oacute;, los hortelanos que le vieron pasar, tal vez le tuvieron por loco.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cansado ya de caminar sin prop&amp;oacute;sito, se sent&amp;oacute; al pie de una cruz de piedra, junto a las ruinas de un antiguo convento de San Francisco de Paula, que dista m&amp;aacute;s de tres kil&amp;oacute;metros del lugar, y all&amp;iacute; se hundi&amp;oacute; en nuevas meditaciones, pero tan confusas, que ni &amp;eacute;l mismo se daba cuenta de lo que pensaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El ta&amp;ntilde;ido de las campanas que, atravesando el aire, lleg&amp;oacute; a aquellas soledades, llamando a la oraci&amp;oacute;n a los fieles, y record&amp;aacute;ndoles la salutaci&amp;oacute;n del arc&amp;aacute;ngel a la sacrat&amp;iacute;sima Virgen, hizo que D. Luis volviera de su &amp;eacute;xtasis, y se hallase de nuevo en el mundo real.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El sol acababa de ocultarse detr&amp;aacute;s de los picos gigantescos de las sierras cercanas, haciendo que las pir&amp;aacute;mides, agujas y rotos obeliscos de la cumbre se destacasen sobre un fondo de p&amp;uacute;rpura y topacio, que tal parec&amp;iacute;a el cielo, dorado por el sol poniente. Las sombras empezaban a extenderse sobre la vega, y en los montes opuestos a los montes por donde el sol se ocultaba, reluc&amp;iacute;an las pe&amp;ntilde;as m&amp;aacute;s erguidas como si fueran de oro o de cristal hecho ascua.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Los vidrios de las ventanas y los blancos muros del remoto santuario de la Virgen; patrona del lugar, que est&amp;aacute; en lo m&amp;aacute;s alto de un cerro, as&amp;iacute; como otro peque&amp;ntilde;o templo o ermita que hay en otro cerro m&amp;aacute;s cercano, que llaman el Calvario, resplandec&amp;iacute;an a&amp;uacute;n como dos faros salvadores, heridos por los postreros rayos oblicuos del sol moribundo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Una poes&amp;iacute;a melanc&amp;oacute;lica inspiraba a la naturaleza, y con la m&amp;uacute;sica callada, que s&amp;oacute;lo el esp&amp;iacute;ritu acierta a o&amp;iacute;r, se dir&amp;iacute;a que todo entonaba un himno al Creador. El lento son de las campanas, amortiguado y semi-perdido por la distancia, apenas turbaba el reposo de la tierra y convidaba a la oraci&amp;oacute;n sin distraer los sentidos con rumores. D. Luis se quit&amp;oacute; su sombrero, se hinc&amp;oacute; de rodillas al pie de la cruz, cuyo pedestal le hab&amp;iacute;a servido de asiento, y rez&amp;oacute; con profunda devoci&amp;oacute;n el &lt;i&gt;Angelus Domini&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Las sombras nocturnas fueron pronto ganando terreno; pero la noche, al desplegar su manto y cobijar con &amp;eacute;l aquellas regiones, se complace en adornarle de m&amp;aacute;s luminosas estrellas y de una luna m&amp;aacute;s clara. La b&amp;oacute;veda azul no troc&amp;oacute; en negro su color azulado: conserv&amp;oacute; su azul, aunque le hizo m&amp;aacute;s oscuro. El aire era tan di&amp;aacute;fano y tan sutil, que se ve&amp;iacute;an millares y millares de estrellas, fulgurando en el &amp;eacute;ter sin t&amp;eacute;rmino. La luna plateaba las copas de los &amp;aacute;rboles y se reflejaba en la corriente de los arroyos, que parec&amp;iacute;an de un l&amp;iacute;quido luminoso y transparente, donde se formaban iris y cambiantes como en el &amp;oacute;palo. Entre la espesura de la arboleda cantaban los ruise&amp;ntilde;ores. Las yerbas y flores vert&amp;iacute;an m&amp;aacute;s generoso perfume. Por las orillas de las acequias, entre la yerba menuda y las flores silvestres, reluc&amp;iacute;an como diamantes o carbunclos los gusanillos de luz en multitud innumerable. No hay por all&amp;iacute; luci&amp;eacute;rnagas aladas ni cocuyos, pero estos gusanillos de luz abundan y dan un resplandor bell&amp;iacute;simo. Muchos &amp;aacute;rboles frutales, en flor todav&amp;iacute;a, muchas acacias y rosales, sin cuento, embalsamaban el ambiente impregn&amp;aacute;ndole de suave fragancia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis se sinti&amp;oacute; dominado, seducido, vencido por aquella voluptuosa naturaleza, y dud&amp;oacute; de s&amp;iacute;. Era menester, no obstante, cumplir la palabra dada y acudir a la cita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aunque dando un largo rodeo, aunque recorriendo otras sendas, aunque vacilando a veces en irse a la fuente del r&amp;iacute;o, donde al pie de la sierra brota de una pe&amp;ntilde;a viva todo el caudal cristalino que riega las huertas, y es sitio delicioso, D. Luis, a paso lento y pausado, se dirigi&amp;oacute; hacia la poblaci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Conforme se iba acercando, se aumentaba el terror que le infund&amp;iacute;a lo que se determinaba a hacer. Penetraba por lo m&amp;aacute;s sombr&amp;iacute;o de las enramadas, anhelando ver alg&amp;uacute;n prodigio espantable, alg&amp;uacute;n signo, alg&amp;uacute;n aviso que le retrajese. Se acordaba a menudo del estudiante Lisardo, y ansiaba ver su propio entierro. Pero el cielo sonre&amp;iacute;a con sus mil luces y excitaba a amar; las estrellas se miraban con amor unas a otras; los ruise&amp;ntilde;ores cantaban enamorados; hasta los grillos agitaban amorosamente sus elictras sonoras, como trovadores el plectro cuando dan una serenata; la tierra toda parec&amp;iacute;a entregada al amor en aquella tranquila y hermosa noche. Nada de aviso; nada de signo; nada de pompa f&amp;uacute;nebre; todo vida, paz y deleite. &amp;iquest;D&amp;oacute;nde estaba el &amp;aacute;ngel de la Guarda? &amp;iquest;Hab&amp;iacute;a dejado a D. Luis como cosa perdida, o calculando que no corr&amp;iacute;a peligro alguno, no se cuidaba de apartarle de su prop&amp;oacute;sito? &amp;iquest;Qui&amp;eacute;n sabe? Tal vez de aquel peligro resultar&amp;iacute;a un triunfo. San Eduardo y la reina Edita se ofrec&amp;iacute;an de nuevo a la imaginaci&amp;oacute;n de D. Luis y corroboraban su voluntad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Embelesado en estos discursos, retardaba don Luis su vuelta, y a&amp;uacute;n se hallaba a alguna distancia del pueblo, cuando sonaron las diez, hora de la cita, en el reloj de la parroquia. Las diez campanadas fueron como diez golpes que le hirieron en el coraz&amp;oacute;n. All&amp;iacute; le dolieron materialmente, si bien con un dolor y con un sobresalto mixtos de traidora inquietud y de regalada dulzura.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis apresur&amp;oacute; el paso a fin de no llegar muy tarde, y pronto se encontr&amp;oacute; en la poblaci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El lugar estaba animad&amp;iacute;simo. Las mozas solteras ven&amp;iacute;an a la fuente del ejido a lavarse la cara, para que fuese fiel el novio a la que le ten&amp;iacute;a, y para que a la que no le ten&amp;iacute;a le saltase novio. Mujeres y chiquillos, por ac&amp;aacute; y por all&amp;aacute;, volv&amp;iacute;an de coger verbena, ramos de romero u otras plantas, para hacer sahumerios m&amp;aacute;gicos. Las guitarras sonaban por varias partes. Los coloquios de amor y las parejas dichosas y apasionadas se o&amp;iacute;an y se ve&amp;iacute;an a cada momento. La noche y la ma&amp;ntilde;anita de San Juan, aunque fiesta cat&amp;oacute;lica, conservan no s&amp;eacute; qu&amp;eacute; resabios del paganismo y naturalismo antiguos. Tal vez sea por la coincidencia aproximada de esta fiesta con el solsticio de verano. Ello es que todo era profano y no religioso. Todo era amor y galanteo. En nuestros viejos romances y leyendas, siempre roba el moro a la linda infantina cristiana, y siempre el caballero cristiano logra su anhelo con la princesa mora, en la noche o en la ma&amp;ntilde;anita de San Juan; y en el pueblo se dir&amp;iacute;a que conservaban la tradici&amp;oacute;n de los viejos romances.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Las calles estaban llenas de gente. Todo el pueblo estaba en las calles y adem&amp;aacute;s los forasteros. Hac&amp;iacute;an asimismo muy dif&amp;iacute;cil el tr&amp;aacute;nsito la multitud de mesillas de turr&amp;oacute;n, arrop&amp;iacute;a y tostones, los puestos de fruta, las tiendas de mu&amp;ntilde;ecos y juguetes, y las bu&amp;ntilde;oler&amp;iacute;as, donde gitanas j&amp;oacute;venes y viejas, ya fre&amp;iacute;an la masa, infestando el aire con el olor del aceite, ya pesaban y serv&amp;iacute;an los bu&amp;ntilde;uelos, ya respond&amp;iacute;an con donaire a los piropos de los galanes que pasaban, ya dec&amp;iacute;an la buena ventura.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis procuraba no encontrar a los amigos y, si los ve&amp;iacute;a de lejos echaba por otro lado. As&amp;iacute; fue llegando poco a poco, sin que le hablasen ni detuviesen, hasta cerca del zagu&amp;aacute;n de casa de Pepita. El coraz&amp;oacute;n empez&amp;oacute; a latirle con violencia, y se par&amp;oacute; un instante para serenarse. Mir&amp;oacute; el reloj: eran cerca de las diez y media.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;V&amp;aacute;lgame Dios!&amp;mdash;dijo&amp;mdash;, har&amp;aacute; cerca de media hora que me estar&amp;aacute; aguardando.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Entonces se precipit&amp;oacute; y penetr&amp;oacute; en el zagu&amp;aacute;n. El farol, que lo alumbraba de diario, daba poqu&amp;iacute;sima luz aquella noche.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No bien entr&amp;oacute; D. Luis en el zagu&amp;aacute;n, una mano, mejor diremos una garra, le asi&amp;oacute; por el brazo derecho. Era Anto&amp;ntilde;ona, que dijo en voz baja:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Diantre de colegial, ingrato, desaborido, mostrenco! Ya imaginaba yo que no ven&amp;iacute;as. &amp;iquest;D&amp;oacute;nde has estado, &lt;i&gt;peal&lt;/i&gt;? &amp;iexcl;C&amp;oacute;mo te atreves a tardar, haci&amp;eacute;ndote de pencas, cuando toda la sal de la tierra se est&amp;aacute; derritiendo por ti y el sol de la hermosura te aguarda!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mientras Anto&amp;ntilde;ona expresaba estas quejas, no estaba parada, sino que iba andando y llevando en pos de s&amp;iacute;, asido siempre del brazo, al colegial atortolado y silencioso. Salvaron la cancela, y Anto&amp;ntilde;ona la cerr&amp;oacute; con tiento y sin ruido; atravesaron el patio, subieron por la escalera, pasaron luego por unos corredores y por dos salas, y llegaron a la puerta del despacho, que estaba cerrada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En toda la casa remaba maravilloso silencio. El despacho estaba en lo interior y no llegaban a &amp;eacute;l los rumores de la calle. S&amp;oacute;lo llegaban, aunque confusos y vagos, el resonar de las casta&amp;ntilde;uelas y el son de la guitarra, y un leve murmullo, causado todo por los criados de Pepita, que ten&amp;iacute;an su jaleo probe en la casa de campo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona abri&amp;oacute; la puerta del despacho; empuj&amp;oacute; a D. Luis para que entrase, y al mismo tiempo le anunci&amp;oacute; diciendo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Ni&amp;ntilde;a, aqu&amp;iacute; tienes al se&amp;ntilde;or D. Luis, que viene a despedirse de ti.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hecho el anuncio con la formalidad debida, la discreta Anto&amp;ntilde;ona se retir&amp;oacute; de la sala, dejando a sus anchas al visitante y a la ni&amp;ntilde;a, y volviendo a cerrar la puerta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al llegar a este punto no podemos menos de hacer notar el car&amp;aacute;cter de autenticidad que tiene la presente historia, admir&amp;aacute;ndonos de la escrupulosa exactitud de la persona que la compuso. Porque, si algo de fingido, como en una novela, hubiera en estos &lt;i&gt;Paralip&amp;oacute;menos&lt;/i&gt;, no cabe duda en que una entrevista tan importante y transcendente como la de Pepita y D. Luis se hubiera dispuesto por medios menos vulgares que los aqu&amp;iacute; empleados. Tal vez nuestros h&amp;eacute;roes, yendo a una nueva expedici&amp;oacute;n campestre, hubieran sido sorprendidos por deshecha y pavorosa tempestad, teniendo que refugiarse en las ruinas de alg&amp;uacute;n antiguo castillo o torre moruna, donde por fuerza hab&amp;iacute;a de ser fama que aparec&amp;iacute;an espectros o cosas por el estilo. Tal vez nuestros h&amp;eacute;roes hubieran ca&amp;iacute;do en poder de alguna partida de bandoleros, de la cual hubieran escapado merced a la serenidad y valent&amp;iacute;a de D. Luis, alberg&amp;aacute;ndose luego durante la noche, sin que se pudiese evitar, y solitos los dos, en una caverna o gruta. Y tal vez, por &amp;uacute;ltimo, el autor hubiera arreglado el negocio de manera que Pepita y su vacilante admirador hubieran tenido que hacer un viaje por mar, y aunque ahora no hay piratas o corsarios argelinos, no es dif&amp;iacute;cil inventar un buen naufragio, en el cual don Luis hubiera salvado a Pepita, arribando a una isla desierta o a otro lugar po&amp;eacute;tico y apartado. Cualquiera de estos recursos hubiera preparado con m&amp;aacute;s arte el coloquio apasionado de los dos j&amp;oacute;venes y hubiera justificado mejor a D. Luis. Creemos, sin embargo, que en vez de censurar al autor porque no apela a tales enredos, conviene darle gracias por la mucha conciencia que tiene, sacrificando a la fidelidad del relato el portentoso efecto que har&amp;iacute;a si se atreviese a exornarle y bordarle con lances y episodios sacados de su fantas&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Si no hubo m&amp;aacute;s que la oficiosidad y destreza de Anto&amp;ntilde;ona y la debilidad con que D. Luis se comprometi&amp;oacute; a acudir a la cita, &amp;iquest;para qu&amp;eacute; forjar embustes y traer a los dos amantes como arrastrados por la fatalidad a que se vean y hablen a solas con grav&amp;iacute;simo peligro de la virtud y entereza de ambos? Nada de eso. Si D. Luis se conduce bien o mal en venir a la cita, y si Pepita Jim&amp;eacute;nez, a quien Anto&amp;ntilde;ona hab&amp;iacute;a ya dicho que D. Luis espont&amp;aacute;neamente ven&amp;iacute;a a verla, hace mal o bien en alegrarse de aquella visita algo misteriosa y fuera de tiempo, no echemos la culpa al acaso, sino a los mismos personajes que en esta historia figuran y a las pasiones que sienten.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mucho queremos nosotros a Pepita; pero la verdad es antes que todo, y la hemos de decir, aunque perjudique a nuestra hero&amp;iacute;na. A las ocho le dijo Anto&amp;ntilde;ona que D. Luis iba a venir; y Pepita, que hablaba de morirse, que ten&amp;iacute;a los ojos encendidos y los p&amp;aacute;rpados un poquito inflamados de llorar y que estaba bastante despeinada, no pens&amp;oacute; desde entonces sino en componerse y arreglarse para recibir a D. Luis. Se lav&amp;oacute; la cara con agua tibia para que el estrago del llanto desapareciese hasta el punto preciso de no afear, mas no para que no quedasen huellas de que hab&amp;iacute;a llorado; se compuso el pelo de suerte que no denunciaba estudio cuidadoso, sino que mostraba cierto art&amp;iacute;stico y gentil descuido, sin rayar en desorden, lo cual hubiera sido poco decoroso; se puli&amp;oacute; las u&amp;ntilde;as; y como no era propio recibir de bata a D. Luis, se visti&amp;oacute; un traje sencillo de casa. En suma, mir&amp;oacute; instintivamente a que todos los pormenores de tocador concurriesen a hacerla parecer m&amp;aacute;s bonita y aseada, sin que se trasluciera el menor indicio del arte, del trabajo y del tiempo gastados en aquellos perfiles, sino que todo ello resplandeciera como obra natural y don gratuito; como algo que persist&amp;iacute;a en ella, a pesar del olvido de s&amp;iacute; misma, causado por la vehemencia de los afectos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Seg&amp;uacute;n hemos llegado a averiguar, Pepita emple&amp;oacute; m&amp;aacute;s de una hora en estas faenas de tocador, que hab&amp;iacute;an de sentirse s&amp;oacute;lo por los efectos. Despu&amp;eacute;s se dio el postrer retoque y vistazo al espejo con satisfacci&amp;oacute;n mal disimulada. Y por &amp;uacute;ltimo, a eso de las nueve y media, tomando una palmatoria, baj&amp;oacute; a la sala donde estaba el Ni&amp;ntilde;o Jes&amp;uacute;s. Encendi&amp;oacute; primero las velas del altarito, que estaban apagadas; vio con cierta pena que las flores yac&amp;iacute;an marchitas; pidi&amp;oacute; perd&amp;oacute;n a la devota imagen por haberla tenido desatendida mucho tiempo; y, postr&amp;aacute;ndose de hinojos, y a solas, or&amp;oacute; con todo su coraz&amp;oacute;n, y con aquella confianza y franqueza que inspira quien est&amp;aacute; de hu&amp;eacute;sped en casa desde hace muchos a&amp;ntilde;os. A un Jes&amp;uacute;s Nazareno, con la cruz a cuestas y la corona de espinas; a un Ecce-Homo, ultrajado y azotado, con la ca&amp;ntilde;a por irrisorio cetro y la &amp;aacute;spera soga por ligadura de las manos, o a un Cristo crucificado, sangriento y moribundo, Pepita no se hubiera atrevido a pedir lo que pidi&amp;oacute; a Jes&amp;uacute;s, peque&amp;ntilde;uelo todav&amp;iacute;a, risue&amp;ntilde;o, lindo, sano y con buenos colores. Pepita le pidi&amp;oacute; que le dejase a D. Luis; que no se le llevase; porque &amp;eacute;l, tan rico y tan abastado de todo, pod&amp;iacute;a sin gran sacrificio desprenderse de aquel servidor y ced&amp;eacute;rsele a ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Terminados estos preparativos, que nos ser&amp;aacute; l&amp;iacute;cito clasificar y dividir en &lt;i&gt;cosm&amp;eacute;ticos&lt;/i&gt;, indumentarios y religiosos, Pepita se instal&amp;oacute; en el despacho, aguardando la venida de don Luis con febril impaciencia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Atinada anduvo Anto&amp;ntilde;ona en no decirle que iba a venir, sino hasta poco antes de la hora. Aun as&amp;iacute;, gracias a la tardanza del gal&amp;aacute;n, la pobre Pepita estuvo deshaci&amp;eacute;ndose, llena de ansiedad y de angustia, desde que termin&amp;oacute; sus oraciones y s&amp;uacute;plicas con el ni&amp;ntilde;o Jes&amp;uacute;s hasta que vio dentro del despacho al otro ni&amp;ntilde;o.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La visita empez&amp;oacute; del modo m&amp;aacute;s grave y ceremonioso. Los saludos de f&amp;oacute;rmula se pronunciaron maquinalmente de una parte y de otra; y D. Luis, invitado a ello, tom&amp;oacute; asiento en una butaca, sin dejar el sombrero ni el bast&amp;oacute;n, y a no corta distancia de Pepita. Pepita estaba sentada en el sof&amp;aacute;. El velador se ve&amp;iacute;a al lado de ella, con libros y con la palmatoria, cuya luz iluminaba su rostro. Una l&amp;aacute;mpara ard&amp;iacute;a adem&amp;aacute;s sobre el bufete. Ambas luces, con todo, siendo grande el cuarto, como lo era, dejaban la mayor parte de &amp;eacute;l en la penumbra. Una gran ventana, que daba a un jardincillo interior, estaba abierta por el calor, y si bien sus hierros eran como la trama de un tejido de rosas-enredaderas y jazmines, todav&amp;iacute;a por entre la verdura y las flores se abr&amp;iacute;an camino los claros rayos de la luna, penetraban en la estancia y quer&amp;iacute;an luchar con la luz de la l&amp;aacute;mpara y de la palmatoria. Penetraban adem&amp;aacute;s por la ventana-vergel el lejano y confuso rumor del jaleo de la casa de campo, que estaba al otro extremo, el murmullo mon&amp;oacute;tono de una fuente que hab&amp;iacute;a en el jardincillo, y el aroma de los jazmines y de las rosas que tapizaban la ventana, mezclado con el de los don-pedros, albahacas y otras plantas, que adornaban los arriates al pie de ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hubo una larga pausa, un silencio tan dif&amp;iacute;cil de sostener como de romper. Ninguno de los dos interlocutores se atrev&amp;iacute;a a hablar. Era, en verdad, la situaci&amp;oacute;n muy embarazosa. Tanto para ellos el expresarse entonces, como para nosotros el reproducir ahora lo que expresaron, es empresa ardua; pero no hay m&amp;aacute;s remedio que acometerla. Dejemos que ellos mismos se expliquen y copiemos al pie de la letra sus palabras.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Al fin se dign&amp;oacute; Vd. venir a despedirse de m&amp;iacute; antes de su partida&amp;mdash;dijo Pepita&amp;mdash;. Yo hab&amp;iacute;a perdido ya la esperanza.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El papel que hac&amp;iacute;a D. Luis era de mucho empe&amp;ntilde;o y por otra parte, los hombres, no ya novicios, sino hasta experimentados y curtidos en estos di&amp;aacute;logos, suelen incurrir en tonter&amp;iacute;as al empezar. No se condene, pues, a D. Luis porque empezase contestando tonter&amp;iacute;as.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Su queja de Vd. es injusta&amp;mdash;dijo&amp;mdash;. He estado aqu&amp;iacute; a despedirme de Vd. con mi padre, y, como no tuvimos el gusto de que Vd. nos recibiese, dejamos tarjetas. Nos dijeron que estaba Vd. algo delicada de salud, y todos los d&amp;iacute;as hemos enviado recado para saber de Vd. Grande ha sido nuestra satisfacci&amp;oacute;n al saber que estaba Vd. aliviada. &amp;iquest;Y ahora, se encuentra Vd. mejor?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Casi estoy por decir a Vd. que no me encuentro mejor&amp;mdash;replic&amp;oacute; Pepita&amp;mdash;; pero como veo que viene Vd. de embajador de su padre, y no quiero afligir a un amigo tan excelente, justo ser&amp;aacute; que diga a Vd., y que Vd. repita a su padre, que siento bastante alivio. Singular es que haya venido Vd. solo. Mucho tendr&amp;aacute; que hacer D. Pedro cuando no le ha acompa&amp;ntilde;ado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Mi padre no me ha acompa&amp;ntilde;ado, se&amp;ntilde;ora, porque no sabe que he venido a ver a Vd. Yo he venido solo, porque mi despedida ha de ser solemne, grave, para siempre quiz&amp;aacute;s; y la suya es de &amp;iacute;ndole harto diversa. Mi padre volver&amp;aacute; por aqu&amp;iacute; dentro de unas semanas; yo es posible que no vuelva nunca, y si vuelvo, volver&amp;eacute; muy otro del que soy ahora.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita no pudo contenerse. El porvenir de felicidad con que hab&amp;iacute;a so&amp;ntilde;ado se desvanec&amp;iacute;a como una sombra. Su resoluci&amp;oacute;n inquebrantable de vencer a toda costa a aquel hombre, &amp;uacute;nico que hab&amp;iacute;a amado en la vida, &amp;uacute;nico que se sent&amp;iacute;a capaz de amar, era una resoluci&amp;oacute;n in&amp;uacute;til. D. Luis se iba. La juventud, la gracia, la belleza, el amor de Pepita no val&amp;iacute;an para nada. Estaba condenada, con veinte a&amp;ntilde;os de edad y tanta hermosura, a la viudez perpetua, a la soledad, a amar a quien no la amaba. Todo otro amor era imposible para ella. El car&amp;aacute;cter de Pepita, en quien los obst&amp;aacute;culos recrudec&amp;iacute;an y avivaban m&amp;aacute;s los anhelos, en quien una determinaci&amp;oacute;n, una vez tomada, lo arrollaba todo hasta verse cumplida, se mostr&amp;oacute; entonces con notable violencia y rompiendo todo freno. Era menester morir o vencer en la demanda. Los respetos sociales, la inveterada costumbre de disimular y de velar los sentimientos, que se adquieren en el gran mundo y que pone dique a los arrebatos de la pasi&amp;oacute;n, y envuelve en gasas y cendales y disuelve en per&amp;iacute;frasis y frases ambiguas la m&amp;aacute;s en&amp;eacute;rgica explosi&amp;oacute;n de los mal reprimidos afectos, nada pod&amp;iacute;an con Pepita, que ten&amp;iacute;a poco trato de gentes, y que no conoc&amp;iacute;a t&amp;eacute;rmino medio; que no hab&amp;iacute;a sabido sino obedecer a ciegas a su madre y a su primer marido, y mandar despu&amp;eacute;s desp&amp;oacute;ticamente a todos los dem&amp;aacute;s seres humanos. As&amp;iacute; es que Pepita habl&amp;oacute; en aquella ocasi&amp;oacute;n y se mostr&amp;oacute; tal como era. Su alma, con cuanto hab&amp;iacute;a en ella de apasionado, tom&amp;oacute; forma sensible en sus palabras, y sus palabras no sirvieron para envolver su pensar y su sentir sino para darle cuerpo. No habl&amp;oacute; como hubiera hablado una dama de nuestros salones, con ciertas pleguer&amp;iacute;as y atenuaciones en la expresi&amp;oacute;n, sino con la desnudez id&amp;iacute;lica con que Cloe hablaba a Dafnis y con la humildad y el abandono completo con que se ofreci&amp;oacute; a Booz la nuera de Noemi.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita dijo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Persiste Vd., pues, en su prop&amp;oacute;sito? &amp;iquest;Est&amp;aacute; usted seguro de su vocaci&amp;oacute;n? &amp;iquest;No teme Vd. ser un mal cl&amp;eacute;rigo? Sr. D. Luis, voy a hacer un esfuerzo; voy a olvidar por un instante que soy una ruda muchacha; voy a prescindir de todo sentimiento, y voy a discurrir con frialdad, como si se tratase del asunto que me fuese m&amp;aacute;s extra&amp;ntilde;o. Aqu&amp;iacute; hay hechos que se pueden comentar de dos modos. Con ambos comentarios queda Vd. mal. Expondr&amp;eacute; mi pensamiento. Si la mujer que con sus coqueter&amp;iacute;as, no por cierto muy desenvueltas, casi sin hablar a Vd. palabra, a los pocos d&amp;iacute;as de verle y tratarle, ha conseguido provocar a Vd., moverle a que la mire con miradas que auguraban amor profano, y hasta ha logrado que le d&amp;eacute; Vd. una muestra de cari&amp;ntilde;o, que es una falta, un pecado en cualquiera y m&amp;aacute;s en un sacerdote; si esta mujer, es, como lo es en realidad, una lugare&amp;ntilde;a ordinaria, sin instrucci&amp;oacute;n, sin talento y sin elegancia, &amp;iquest;qu&amp;eacute; no se debe temer de Vd. cuando trate y vea y visite en las grandes ciudades a otras mujeres mil veces m&amp;aacute;s peligrosas? Usted se volver&amp;aacute; loco cuando vea y trate a las grandes damas que habitan palacios, que huellan mullidas alfombras, que deslumbran con diamantes y perlas, que visten sedas y encajes y no percal y muselina, que desnudan la c&amp;aacute;ndida y bien formada garganta y no la cubren con un plebeyo y modesto pa&amp;ntilde;olito, que son m&amp;aacute;s diestras en mirar y herir, que por el mismo boato, s&amp;eacute;quito y pompa de que se rodean son m&amp;aacute;s deseables por ser en apariencia inasequibles, que disertan de pol&amp;iacute;tica, de filosof&amp;iacute;a, de religi&amp;oacute;n y de literatura, que cantan como canarios, y que est&amp;aacute;n como envueltas en nubes de aroma, adoraciones y rendimientos, sobre un pedestal de triunfos y victorias, endiosadas por el prestigio de un nombre ilustre, encumbradas en &amp;aacute;ureos salones o retiradas en voluptuosos gabinetes, donde entran s&amp;oacute;lo los felices de la tierra; tituladas acaso, y llam&amp;aacute;ndose &amp;uacute;nicamente para los &amp;iacute;ntimos Pepita, Anto&amp;ntilde;ita o Angelita, y para los dem&amp;aacute;s la Excma. Se&amp;ntilde;ora Duquesa o la Excma. Se&amp;ntilde;ora Marquesa. Si Vd. ha cedido a una zafia aldeana, hall&amp;aacute;ndose en v&amp;iacute;speras de la ordenaci&amp;oacute;n, con todo el entusiasmo que debe suponerse, y, si ha cedido impulsado por capricho fugaz, &amp;iquest;no tengo raz&amp;oacute;n en prever que va Vd. a ser un cl&amp;eacute;rigo detestable, impuro, mundanal y funesto, y que ceder&amp;aacute; a cada paso? En esta suposici&amp;oacute;n, cr&amp;eacute;ame usted, Sr. D. Luis y no se me ofenda, ni siquiera vale Vd. para marido de una mujer honrada. Si usted ha estrechado las manos, con el ah&amp;iacute;nco y la ternura del m&amp;aacute;s fren&amp;eacute;tico amante, si Vd. ha mirado con miradas que promet&amp;iacute;an un cielo, una eternidad de amor, y si Vd. ha... besado a una mujer que nada le inspiraba sino algo que para m&amp;iacute; no tiene nombre, vaya Vd. con Dios, y no se case Vd. con esa mujer. Si ella es buena, no le querr&amp;aacute; a Vd. para marido, ni siquiera para amante; pero, por amor de Dios, no sea Vd. cl&amp;eacute;rigo tampoco. La Iglesia ha menester de otros hombres m&amp;aacute;s serios y m&amp;aacute;s capaces de virtud para ministros del Alt&amp;iacute;simo. Por el contrario, si Vd. ha sentido una gran pasi&amp;oacute;n por esta mujer de que hablamos, aunque ella sea poco digna, &amp;iquest;por qu&amp;eacute; abandonarla y enga&amp;ntilde;arla con tanta crueldad? Por indigna que sea, si es que ha inspirado esa gran pasi&amp;oacute;n, &amp;iquest;no cree Vd. que la compartir&amp;aacute; y que ser&amp;aacute; v&amp;iacute;ctima de ella? Pues qu&amp;eacute;, cuando el amor es grande, elevado y violento, &amp;iquest;deja nunca de imponerse? &amp;iquest;No tiraniza y subyuga al objeto amado de un modo irresistible? Por los grados y quilates de su amor debe usted medir el de su amada. &amp;iquest;Y c&amp;oacute;mo no temer por ella si Vd. la abandona? &amp;iquest;Tiene ella la energ&amp;iacute;a varonil, la constancia que infunde la sabidur&amp;iacute;a que los libros encierran, el aliciente de la gloria, la multitud de grandiosos proyectos, y todo aquello que hay en su cultivado y sublime esp&amp;iacute;ritu de Vd. para distraerle y apartarle, sin desgarradora violencia, de todo otro terrenal afecto? &amp;iquest;No comprende Vd. que ella morir&amp;aacute; de dolor, y que Vd., destinado a hacer incruentos sacrificios, empezar&amp;aacute; por sacrificar despiadadamente a quien m&amp;aacute;s le ama?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Se&amp;ntilde;ora&amp;mdash;contest&amp;oacute; D. Luis haciendo un esfuerzo para disimular su emoci&amp;oacute;n y para que no se conociese lo turbado que estaba en lo tr&amp;eacute;mulo y balbuciente de la voz&amp;mdash;. Se&amp;ntilde;ora, yo tambi&amp;eacute;n tengo que dominarme mucho para contestar a Vd. con la frialdad de quien opone argumentos a argumentos como en una controversia; pero la acusaci&amp;oacute;n de Vd. viene tan razonada (y Vd. perdone que se lo diga), es tan h&amp;aacute;bilmente sof&amp;iacute;stica, que me fuerza a desvanecerla con razones. No pensaba yo tener que disertar aqu&amp;iacute; y que aguzar mi corto ingenio; pero Vd. me condena a ello, si no quiero pasar por un monstruo. Voy a contestar a los extremos del cruel dilema que ha forjado Vd. en mi da&amp;ntilde;o. Aunque me he criado al lado de mi t&amp;iacute;o y en el Seminario, donde no he visto mujeres, no me crea Vd. tan ignorante ni tan pobre de imaginaci&amp;oacute;n que no acertase a represent&amp;aacute;rmelas en la mente todo lo bellas, todo lo seductoras que pueden ser. Mi imaginaci&amp;oacute;n, por el contrario, sobrepujaba a la realidad en todo eso. Excitada por la lectura de los cantores b&amp;iacute;blicos y de los poetas profanos, se fing&amp;iacute;a mujeres m&amp;aacute;s elegantes, m&amp;aacute;s graciosas, m&amp;aacute;s discretas, que las que por lo com&amp;uacute;n se hallan en el mundo real. Yo conoc&amp;iacute;a, pues, el precio del sacrificio que hac&amp;iacute;a, y hasta lo exageraba, cuando renunci&amp;eacute; al amor de esas mujeres, pensando elevarme a la dignidad del sacerdocio. Harto conoc&amp;iacute;a yo lo que puede y debe a&amp;ntilde;adir de encanto a una mujer hermosa el vestirla de ricas telas y joyas esplendentes, y el circundarla de todos los primores de la m&amp;aacute;s refinada cultura y de todas las riquezas que crean la mano y el ingenio infatigable del hombre. Harto conoc&amp;iacute;a yo tambi&amp;eacute;n lo que acrecientan el natural despejo, lo que pulen, realzan y abrillantan la inteligencia de una mujer el trato de los hombres m&amp;aacute;s notables por la ciencia, la lectura de buenos libros, el aspecto mismo de las florecientes ciudades con los monumentos y grandezas que contienen. Todo esto me lo figuraba yo con tal viveza y lo ve&amp;iacute;a con tal hermosura, que, no lo dude Vd., si yo llego a ver y a tratar a esas mujeres de que Vd. me habla, lejos de caer en la adoraci&amp;oacute;n y en la locura que Vd. predice, tal vez sea un desenga&amp;ntilde;o lo que reciba, al ver cu&amp;aacute;nta distancia media de lo so&amp;ntilde;ado a lo real y de lo vivo a lo pintado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Estos de Vd. s&amp;iacute; que son sofismas!&amp;mdash;interrumpi&amp;oacute; Pepita&amp;mdash;. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo negar a Vd. que lo que usted se pinta en la imaginaci&amp;oacute;n es m&amp;aacute;s hermoso que lo que existe realmente; pero c&amp;oacute;mo negar tampoco que lo real tiene m&amp;aacute;s eficacia seductora que lo imaginado y so&amp;ntilde;ado? Lo vago y a&amp;eacute;reo de un fantasma, por bello que sea, no compite con lo que mueve materialmente los sentidos. Contra los ensue&amp;ntilde;os mundanos comprendo que venciesen en su alma de usted las im&amp;aacute;genes devotas; pero temo que las im&amp;aacute;genes devotas no hab&amp;iacute;an de vencer a las mundanas realidades.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues no lo tema Vd., se&amp;ntilde;ora&amp;mdash;replic&amp;oacute; don Luis&amp;mdash;. Mi fantas&amp;iacute;a es m&amp;aacute;s eficaz en lo que crea que todo el universo, menos Vd., en lo que por los sentidos transmite.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Y &amp;iquest;por qu&amp;eacute; menos yo? Esto me hace caer en otro recelo. &amp;iquest;Ser&amp;aacute; quiz&amp;aacute;s la idea que Vd. tiene de m&amp;iacute;, la idea que ama, creaci&amp;oacute;n de esa fantas&amp;iacute;a tan eficaz, ilusi&amp;oacute;n en nada conforme conmigo?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No: no lo es; tengo fe de que esta idea es en todo conforme con Vd.; pero tal vez es ing&amp;eacute;nita en mi alma; tal vez est&amp;aacute; en ella desde que fue creada por Dios; tal vez es parte de su esencia; tal vez es lo m&amp;aacute;s puro y rico de su ser, como el perfume en las flores.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Bien me lo tem&amp;iacute;a yo! Vd. lo confiesa ahora. Usted no me ama. Eso que ama Vd. es la esencia, el aroma, lo m&amp;aacute;s puro de su alma, que ha tomado una forma parecida a la m&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No, Pepita: no se divierta Vd. en atormentarme. Esto que yo amo es Vd., y Vd. tal cual es; pero es tan bello, tan limpio, tan delicado esto que yo amo, que no me explico que pase todo por los sentidos, de un modo grosero, y llegue as&amp;iacute; hasta mi mente. Supongo, pues, y creo, y tengo por cierto, que estaba antes en m&amp;iacute;. Es como la idea de Dios, que estaba en m&amp;iacute;, que ha venido a magnificarse y desenvolverse en m&amp;iacute;, y que sin embargo tiene su objeto real, superior, infinitamente superior a la idea. Como creo que Dios existe, creo que existe usted y que vale Vd. mil veces m&amp;aacute;s que la idea que de Vd. tengo formada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;A&amp;uacute;n me queda una duda. &amp;iquest;No pudiera ser la mujer en general, y no yo singular y exclusivamente, quien ha despertado esa idea?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No, Pepita; la magia, el hechizo de una mujer, bella de alma y de gentil presencia, hab&amp;iacute;an, antes de ver a Vd., penetrado en mi fantas&amp;iacute;a. No hay duquesa, ni marquesa en Madrid, ni emperatriz en el mundo, ni reina ni princesa en todo el orbe, que valgan lo que valen las ideales y fant&amp;aacute;sticas criaturas con quienes yo he vivido, porque se aparec&amp;iacute;an en los alc&amp;aacute;zares y camarines, estupendos de lujo, buen gusto y exquisito ornato, que yo edificaba en mis espacios imaginarios, desde que llegu&amp;eacute; a la adolescencia, y que daba luego por morada a mis Lauras, Beatrices, Julietas, Margaritas y Eleonoras, o a mis Cintias, Gl&amp;iacute;ceras y Lesbias. Yo las coronaba en mi mente con diademas y mitras orientales, y las envolv&amp;iacute;a en mantos de p&amp;uacute;rpura y de oro, y las rodeaba de pompa regia, como a Ester y a Vasti: yo les prestaba la sencillez buc&amp;oacute;lica de la edad patriarcal como a Rebeca y a la Sulamita; yo les daba la dulce humildad y la devoci&amp;oacute;n de Ruth; yo las o&amp;iacute;a discurrir como Aspasia o Hipatia, maestras de elocuencia; yo las encumbraba en estrados riqu&amp;iacute;simos y pon&amp;iacute;a en ellas reflejos gloriosos de clara sangre y de ilustre prosapia, como si fuesen las matronas patricias m&amp;aacute;s orgullosas y nobles de la antigua Roma; yo las ve&amp;iacute;a ligeras, coquetas, alegres, llenas de aristocr&amp;aacute;tica desenvoltura, como las damas del tiempo de Luis XV en Versalles; y yo las adornaba, ya con p&amp;uacute;dicas estolas, que infund&amp;iacute;an veneraci&amp;oacute;n y respeto, ya con t&amp;uacute;nicas y peplos sutiles, por entre cuyos pliegues airosos se dibujaba toda la perfecci&amp;oacute;n pl&amp;aacute;stica de las gallardas formas; ya con la &lt;i&gt;coa&lt;/i&gt; transparente de las bellas cortesanas de Atenas y Corinto, para que reluciese, bajo la nebulosa velatura, lo blanco y sonrosado del bien torneado cuerpo. Pero &amp;iquest;qu&amp;eacute; valen los deleites del sentido, ni qu&amp;eacute; valen las glorias todas y las magnificencias del mundo, cuando un alma arde y se consume en el amor divino, como yo entend&amp;iacute;a, tal vez con sobrada soberbia, que la m&amp;iacute;a estaba ardiendo y consumi&amp;eacute;ndose? Ingentes pe&amp;ntilde;ascos, monta&amp;ntilde;as enteras, si sirven de obst&amp;aacute;culo a que se dilate el fuego que de repente arde en el seno de la tierra, vuelan deshechos por el aire, dando lugar y abriendo paso a la amontonada p&amp;oacute;lvora de la mina o a las inflamadas materias del volc&amp;aacute;n en erupci&amp;oacute;n atronadora. As&amp;iacute;, o con mayor fuerza, lanzaba de s&amp;iacute; mi esp&amp;iacute;ritu todo el peso del universo y de la hermosura creada, que se le pon&amp;iacute;a encima y le aprisionaba impidi&amp;eacute;ndole volar a Dios, como a su centro. No; no he dejado yo por ignorancia ning&amp;uacute;n regalo, ninguna dulzura, ninguna gloria: todo lo conoc&amp;iacute;a y lo estimaba en m&amp;aacute;s de lo que vale cuando lo despreci&amp;eacute; por otro regalo, por otra gloria, por otras dulzuras mayores. El amor profano de la mujer, no s&amp;oacute;lo ha venido a mi fantas&amp;iacute;a con cuantos halagos tiene en s&amp;iacute;, sino con aquellos hechizos soberanos y casi irresistibles de la m&amp;aacute;s peligrosa de las tentaciones: de la que llaman los moralistas tentaci&amp;oacute;n virg&amp;iacute;nea, cuando la mente, a&amp;uacute;n no desenga&amp;ntilde;ada por la experiencia y el pecado, se finge en el abrazo amoroso un subid&amp;iacute;simo deleite, inmensamente superior, sin duda, a toda realidad y a toda verdad. Desde que vivo, desde que soy hombre, y ya hace a&amp;ntilde;os, pues no es tan grande mi mocedad, he despreciado todas esas sombras y reflejos de deleites y de hermosuras, enamorado de una hermosura arquetipo y ansioso de un deleite supremo. He procurado morir en m&amp;iacute; para vivir en el objeto amado; desnudar, no ya s&amp;oacute;lo los sentidos, sino hasta las potencias de mi alma, de afectos del mundo y de figuras y de im&amp;aacute;genes, para poder decir con raz&amp;oacute;n que no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en m&amp;iacute;. Tal vez, de seguro, he pecado de arrogante y de confiado, y Dios ha querido castigarme. Usted entonces se ha interpuesto en mi camino y me ha sacado de &amp;eacute;l y me ha extraviado. Ahora me zahiere, me burla, me acusa de liviano y de f&amp;aacute;cil: y al zaherirme y burlarme se ofende a s&amp;iacute; propia, suponiendo que mi falta me la hubiera hecho cometer otra mujer cualquiera. No quiero, cuando debo ser humilde, pecar de orgulloso defendi&amp;eacute;ndome. Si Dios, en castigo de mi soberbia, me ha dejado de su gracia, harto posible es que el m&amp;aacute;s ruin motivo me haya hecho vacilar y caer. Con todo, dir&amp;eacute; a Vd. que mi mente, quiz&amp;aacute;s alucinada, lo entiende de muy diversa manera. Ser&amp;aacute; efecto de mi no domada soberbia; pero repito que lo entiendo de otra manera. No acierto a persuadirme de que haya ruindad ni bajeza en el motivo de mi ca&amp;iacute;da. Sobre todos los ensue&amp;ntilde;os de mi juvenil imaginaci&amp;oacute;n ha venido a sobreponerse y entronizarse la realidad que en Vd. he visto: sobre todas mis ninfas, reinas y diosas, Vd. ha descollado; por cima de mis ideales creaciones, derribadas, rotas, deshechas por el amor divino, se levant&amp;oacute; en mi alma la imagen fiel, la copia exact&amp;iacute;sima de la viva hermosura que adorna, que es la esencia de ese cuerpo y de esa alma. Hasta algo de misterioso, de sobrenatural, puede haber intervenido en esto, porque am&amp;eacute; a Vd. desde que la vi, casi antes de que la viera. Mucho antes de tener conciencia de que la amaba a Vd., ya la amaba. Se dir&amp;iacute;a que hubo en esto algo de fat&amp;iacute;dico; que estaba escrito; que era una predestinaci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Y si es una predestinaci&amp;oacute;n, si estaba escrito&amp;mdash;interrumpi&amp;oacute; Pepita&amp;mdash;, &amp;iquest;por qu&amp;eacute; no someterse, por qu&amp;eacute; resistirse todav&amp;iacute;a? Sacrifique Vd. sus prop&amp;oacute;sitos a nuestro amor. &amp;iquest;Acaso no he sacrificado yo mucho? Ahora mismo, al rogar, al esforzarme por vencer los desdenes de Vd., &amp;iquest;no sacrifico mi orgullo, mi decoro y mi recato? Yo tambi&amp;eacute;n creo que amaba a usted antes de verle. Ahora amo a Vd. con todo mi coraz&amp;oacute;n, y sin Vd. no hay felicidad para m&amp;iacute;. Cierto es que en mi humilde inteligencia no puede usted hallar rivales tan poderosos como yo tengo en la de usted. Ni con la mente, ni con la voluntad, ni con el afecto, atino a elevarme a Dios inmediatamente. Ni por naturaleza, ni por gracia, subo ni me atrevo a querer subir a tan encumbradas esferas. Llena est&amp;aacute; mi alma, sin embargo, de piedad religiosa, y conozco y amo y adoro a Dios, pero s&amp;oacute;lo veo su omnipotencia y admiro su bondad en las obras que han salido de sus manos. Ni con la imaginaci&amp;oacute;n acierto tampoco a forjarme esos ensue&amp;ntilde;os que usted me refiere. Con alguien, no obstante, m&amp;aacute;s bello, entendido, po&amp;eacute;tico y amoroso, que los hombres que me han pretendido hasta ahora, con un amante m&amp;aacute;s distinguido y cabal que todos mis adoradores de este lugar y de los lugares vecinos, so&amp;ntilde;aba yo para que me amara y para que yo le amase y le rindiese mi albedr&amp;iacute;o. Ese alguien era Vd. Lo present&amp;iacute; cuando me dijeron que Vd. hab&amp;iacute;a llegado al lugar: lo reconoc&amp;iacute; cuando vi a Vd. por vez primera. Pero como mi imaginaci&amp;oacute;n es tan est&amp;eacute;ril, el retrato que yo de Vd. me hab&amp;iacute;a trazado no val&amp;iacute;a, ni con mucho, lo que Vd. vale. Yo tambi&amp;eacute;n he le&amp;iacute;do algunas historias y poes&amp;iacute;as, pero de todos los elementos que de ellas guardaba mi memoria no logr&amp;eacute; nunca componer una pintura que no fuese muy inferior en m&amp;eacute;rito a lo que veo en Vd. y comprendo en Vd. desde que le conozco. As&amp;iacute; es que estoy rendida y vencida y aniquilada desde el primer d&amp;iacute;a. Si amor es lo que usted dice, si es morir en s&amp;iacute; para vivir en el amado, verdadero y leg&amp;iacute;timo amor es el m&amp;iacute;o, porque he muerto en m&amp;iacute; y s&amp;oacute;lo vivo en Vd. y para Vd. He deseado desechar de m&amp;iacute; este amor, crey&amp;eacute;ndole mal pagado, y no me ha sido posible. He pedido a Dios, con mucho fervor, que me quite el amor o me mate, y Dios no ha querido o&amp;iacute;rme. He rezado a Mar&amp;iacute;a Sant&amp;iacute;sima para que borre del alma la imagen de usted y el rezo ha sido in&amp;uacute;til. He hecho promesas al santo de mi nombre para no pensar en Vd. sino como &amp;eacute;l pensaba en su bendita esposa, y el santo no me ha socorrido. Viendo esto, he tenido la audacia de pedir al cielo que Vd. se deje vencer, que usted deje de querer ser cl&amp;eacute;rigo, que nazca en su coraz&amp;oacute;n de Vd. un amor tan profundo como el que hay en mi coraz&amp;oacute;n. D. Luis, d&amp;iacute;gamelo Vd. con franqueza, &amp;iquest;ha sido tambi&amp;eacute;n sordo el cielo a esta &amp;uacute;ltima s&amp;uacute;plica? &amp;iquest;O es acaso que para avasallar y rendir un alma peque&amp;ntilde;a, cuitada y d&amp;eacute;bil como la m&amp;iacute;a, basta un peque&amp;ntilde;o amor, y para avasallar la de Vd., cuando tan altos y fuertes pensamientos la velan y custodian, se necesita de amor m&amp;aacute;s poderoso, que yo no soy digna de inspirar, ni capaz de compartir, ni h&amp;aacute;bil para comprender siquiera?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pepita&amp;mdash;contest&amp;oacute; D. Luis&amp;mdash;, no es que su alma de Vd. sea m&amp;aacute;s peque&amp;ntilde;a que la m&amp;iacute;a, sino que est&amp;aacute; libre de compromisos, y la m&amp;iacute;a no lo est&amp;aacute;. El amor que Vd. me ha inspirado es inmenso; pero luchan contra &amp;eacute;l mi obligaci&amp;oacute;n, mis votos, los prop&amp;oacute;sitos de toda mi vida, pr&amp;oacute;ximos a realizarse. &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; no he de decirlo, sin temor de ofender a Vd.? Si usted logra en m&amp;iacute; su amor, Vd. no se humilla. Si yo cedo a su amor de Vd., me humillo y me rebajo. Dejo al Creador por la criatura, destruyo la obra de mi constante voluntad, rompo la imagen de Cristo que estaba en mi pecho, y el hombre nuevo, que a tanta costa hab&amp;iacute;a yo formado en m&amp;iacute;, desaparece para que el hombre antiguo renazca. &amp;iquest;Por qu&amp;eacute;, en vez de bajar yo hasta el suelo, hasta el siglo, hasta la impureza del mundo, que antes he menospreciado, no se eleva Vd. hasta m&amp;iacute; por virtud de ese mismo amor que me tiene, limpi&amp;aacute;ndole de toda escoria? &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; no nos amamos entonces sin verg&amp;uuml;enza y sin pecado y sin mancha? Dios, con el fuego pur&amp;iacute;simo y refulgente de su amor, penetra las almas santas y las llena por tal arte, que as&amp;iacute; como un metal que sale de la fragua, sin dejar de ser metal reluce y deslumbra, y es todo fuego, as&amp;iacute; las almas se hinchen de Dios, y en todo son Dios, penetradas por donde quiera de Dios, en gracia del amor divino. Estas almas se aman y se gozan entonces, como si amaran y gozaran a Dios: am&amp;aacute;ndole y goz&amp;aacute;ndole, porque Dios son ellas. Subamos, juntos en esp&amp;iacute;ritu, esta m&amp;iacute;stica y dif&amp;iacute;cil escala: asciendan a la par nuestras almas a esta bienaventuranza, que aun en la vida mortal es posible; mas para ello es fuerza que nuestros cuerpos se separen; que yo vaya a donde me llama mi deber, mi promesa y la voz del Alt&amp;iacute;simo, que dispone de su siervo y le destina al culto de sus altares.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Ay, Sr. D. Luis!&amp;mdash;replic&amp;oacute; Pepita toda desolada y compungida&amp;mdash;. Ahora conozco cu&amp;aacute;n vil es el metal del que estoy forjada y cu&amp;aacute;n indigno de que le penetre y mude el fuego divino. Lo declarar&amp;eacute; todo, desechando hasta la verg&amp;uuml;enza. Soy una pecadora infernal. Mi esp&amp;iacute;ritu grosero e inculto no alcanza esas sutilezas, esas distinciones, esos refinamientos de amor. Mi voluntad rebelde se niega a lo que Vd. propone. Yo ni siquiera concibo a Vd. sin Vd. Para m&amp;iacute; es Vd. su boca, sus ojos, sus negros cabellos, que deseo acariciar con mis manos, su dulce voz y el regalado acento de sus palabras que hieren y encantan materialmente mis o&amp;iacute;dos, toda su forma corporal, en suma, que me enamora y seduce, y al trav&amp;eacute;s de la cual, y s&amp;oacute;lo al trav&amp;eacute;s de la cual se me muestra el esp&amp;iacute;ritu invisible, vago y lleno de misterios. Mi alma, reacia e incapaz de esos raptos misteriosos, no acertar&amp;aacute; a seguir a Vd. nunca a las regiones donde quiere llevarla. Si Vd. se eleva hasta ellas, yo me quedar&amp;eacute; sola, abandonada, sumida en la mayor aflicci&amp;oacute;n. Prefiero morirme. Merezco la muerte: la deseo. Tal vez al morir, desatando o rompiendo mi alma estas infames cadenas que la detienen, se haga h&amp;aacute;bil para ese amor con que Vd. desea que nos amemos. M&amp;aacute;teme Vd. antes, para que nos amemos as&amp;iacute;; m&amp;aacute;teme Vd. antes, y, ya libre mi esp&amp;iacute;ritu, le seguir&amp;aacute; por todas las regiones y peregrinar&amp;aacute; invisible al lado de usted velando su sue&amp;ntilde;o, contempl&amp;aacute;ndole con arrobo, penetrando sus pensamientos m&amp;aacute;s ocultos, viendo en realidad su alma, sin el intermedio de los sentidos. Pero viva, no puede ser. Yo amo en Vd., no ya s&amp;oacute;lo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal D. Luis de Vargas; el metal de la voz, el gesto, el modo de andar y no s&amp;eacute; qu&amp;eacute; m&amp;aacute;s diga. Repito que es menester matarme. M&amp;aacute;teme Vd. sin compasi&amp;oacute;n. No: yo no soy cristiana, sino id&amp;oacute;latra materialista.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aqu&amp;iacute; hizo Pepita una larga pausa. D. Luis no sab&amp;iacute;a qu&amp;eacute; decir y callaba. El llanto ba&amp;ntilde;aba las mejillas de Pepita, la cual prosigui&amp;oacute; sollozando:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Lo conozco: Vd. me desprecia y hace bien en despreciarme. Con ese justo desprecio me matar&amp;aacute; usted mejor que con un pu&amp;ntilde;al, sin que se manche de sangre ni su mano ni su conciencia. Adi&amp;oacute;s. Voy a libertar a Vd. de mi presencia odiosa. Adi&amp;oacute;s para siempre.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Dicho esto, Pepita se levant&amp;oacute; de su asiento, y sin volver la cara inundada de l&amp;aacute;grimas, fuera de s&amp;iacute;, con precipitados pasos se lanz&amp;oacute; hacia la puerta que daba a las habitaciones interiores. D. Luis sinti&amp;oacute; una invencible ternura, una piedad funesta. Tuvo miedo de que Pepita muriese. La sigui&amp;oacute; para detenerla, pero no lleg&amp;oacute; a tiempo, Pepita pas&amp;oacute; la puerta. Su figura se perdi&amp;oacute; en la oscuridad. Arrastrado D. Luis como por un poder sobrehumano, impulsado como por una mano invisible, penetr&amp;oacute; en pos de Pepita en la estancia sombr&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El despacho qued&amp;oacute; solo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El baile de los criados deb&amp;iacute;a de haber concluido, pues no se o&amp;iacute;a el m&amp;aacute;s leve rumor. S&amp;oacute;lo sonaba el agua de la fuente del jardincillo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ni un leve soplo de viento interrump&amp;iacute;a el sosiego de la noche y la serenidad del ambiente. Penetraban por la ventana el perfume de las flores y el resplandor de la luna.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al cabo de un largo rato, D. Luis apareci&amp;oacute; de nuevo, saliendo de la oscuridad. En su rostro se ve&amp;iacute;a pintado el terror; algo de la desesperaci&amp;oacute;n de Judas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Se dej&amp;oacute; caer en una silla: puso ambos pu&amp;ntilde;os cerrados en su cara y en sus rodillas ambos codos, y as&amp;iacute; permaneci&amp;oacute; m&amp;aacute;s de media hora sumido sin duda en un mar de reflexiones amargas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cualquiera, si le hubiera visto, hubiera sospechado que acababa de asesinar a Pepita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita, sin embargo, apareci&amp;oacute; despu&amp;eacute;s. Con paso lento, con actitud de profunda melancol&amp;iacute;a, con el rostro y la mirada inclinados al suelo, lleg&amp;oacute; hasta cerca de donde estaba D. Luis, y dijo de este modo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Ahora, aunque tarde, conozco toda la vileza de mi coraz&amp;oacute;n y toda la iniquidad de mi conducta. Nada tengo que decir en mi abono; mas no quiero que me creas m&amp;aacute;s perversa de lo que soy. Mira, no pienses que ha habido en m&amp;iacute; artificio, ni c&amp;aacute;lculo, ni plan para perderte. S&amp;iacute;, ha sido una maldad atroz, pero instintiva; una maldad inspirada quiz&amp;aacute; por el esp&amp;iacute;ritu del infierno que me posee. No te desesperes ni te aflijas, por amor de Dios. De nada eres responsable. Ha sido un delirio: la enajenaci&amp;oacute;n mental se apoder&amp;oacute; de tu noble alma. No es en ti el pecado sino muy leve. En m&amp;iacute; es grave, horrible, vergonzoso. Ahora te merezco menos que nunca. Vete: yo soy ahora quien te pide que te vayas. Vete: haz penitencia. Dios te perdonar&amp;aacute;. Vete: que un sacerdote te absuelva. Limpio de nuevo de culpa, cumple tu voluntad y s&amp;eacute; ministro del Alt&amp;iacute;simo. Con tu vida trabajosa y santa, no s&amp;oacute;lo borrar&amp;aacute;s hasta las &amp;uacute;ltimas se&amp;ntilde;ales de esta ca&amp;iacute;da sino que despu&amp;eacute;s de perdonarme el mal que te he hecho, conseguir&amp;aacute;s del cielo mi perd&amp;oacute;n. No hay lazo alguno que conmigo te ligue; y si lo hay, yo le desato o le rompo. Eres libre. B&amp;aacute;steme el haber hecho caer por sorpresa al lucero de la ma&amp;ntilde;ana; no quiero, ni debo, ni puedo retenerle cautivo. Lo adivino, lo infiero de tu adem&amp;aacute;n, lo veo con evidencia; ahora me desprecias m&amp;aacute;s que antes, y tienes raz&amp;oacute;n en despreciarme. No hay honra, ni virtud, ni verg&amp;uuml;enza en m&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al decir esto, Pepita hinc&amp;oacute; en tierra ambas rodillas y se inclin&amp;oacute; luego hasta tocar con la frente el suelo del despacho. D. Luis sigui&amp;oacute; en la misma postura que antes ten&amp;iacute;a. As&amp;iacute; estuvieron los dos algunos minutos en desesperado silencio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Con voz ahogada, sin levantar la faz de la tierra, prosigui&amp;oacute; al cabo Pepita:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vete ya, D. Luis, y no por una piedad afrentosa permanezcas m&amp;aacute;s tiempo al lado de esta mujer miserable. Yo tendr&amp;eacute; valor para sufrir tu desv&amp;iacute;o, tu olvido y hasta tu desprecio, que tengo tan merecido. Ser&amp;eacute; siempre tu esclava, pero lejos de ti, muy lejos de ti, para no traerte a la memoria la infamia de esta noche.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Los gemidos sofocaron la voz de Pepita, al terminar estas palabras.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis no pudo m&amp;aacute;s. Se puso en pie, lleg&amp;oacute; donde estaba Pepita y la levant&amp;oacute; entre sus brazos, estrech&amp;aacute;ndola contra su coraz&amp;oacute;n, apartando blandamente de su cara los rubios rizos que en desorden ca&amp;iacute;an sobre ella, y cubri&amp;eacute;ndola de apasionados besos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Alma m&amp;iacute;a&amp;mdash;dijo por &amp;uacute;ltimo don Luis&amp;mdash;, vida de mi alma, prenda querida de mi coraz&amp;oacute;n, luz de mis ojos, levanta la abatida frente y no te prosternes m&amp;aacute;s delante de m&amp;iacute;. El pecador, el flaco de voluntad, el miserable, el sandio y el rid&amp;iacute;culo soy yo que no t&amp;uacute;. Los &amp;aacute;ngeles y los demonios deben re&amp;iacute;rse igualmente de m&amp;iacute; y no tomarme por lo serio. He sido un santo postizo, que no he sabido resistir y desenga&amp;ntilde;arte desde el principio, como hubiera sido justo; y ahora no acierto tampoco a ser un caballero, un gal&amp;aacute;n, un amante fino, que sabe agradecer en cuanto valen los favores de su dama. No comprendo qu&amp;eacute; viste en m&amp;iacute; para prendarte de ese modo. Jam&amp;aacute;s hubo en m&amp;iacute; virtud s&amp;oacute;lida, sino hojarasca y pedanter&amp;iacute;a de colegial, que hab&amp;iacute;a le&amp;iacute;do los libros devotos como quien lee novelas, y con ellos se hab&amp;iacute;a forjado su novela necia de misiones y contemplaciones. Si hubiera habido virtud s&amp;oacute;lida en m&amp;iacute;, con tiempo te hubiera desenga&amp;ntilde;ado y no hubi&amp;eacute;ramos pecado ni t&amp;uacute; ni yo. La verdadera virtud no cae tan f&amp;aacute;cilmente. A pesar de toda tu hermosura, a pesar de tu talento, a pesar de tu amor hacia m&amp;iacute;, no, yo no hubiera ca&amp;iacute;do, si en realidad hubiera sido virtuoso, si hubiera tenido una vocaci&amp;oacute;n verdadera. Dios, que todo lo puede, me hubiera dado su gracia. Un milagro, sin duda, algo de sobrenatural se requer&amp;iacute;a para resistir a tu amor; pero Dios hubiera hecho el milagro si yo hubiera sido digno objeto y bastante raz&amp;oacute;n para que le hiciera. Haces mal en aconsejarme que sea sacerdote. Reconozco mi indignidad. No era m&amp;aacute;s que orgullo lo que me mov&amp;iacute;a. Era una ambici&amp;oacute;n mundana como otra cualquiera. &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; digo como otra cualquiera! Era peor: era una ambici&amp;oacute;n hip&amp;oacute;crita, sacr&amp;iacute;lega, simoniaca.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No te juzgues con tal dureza&amp;mdash;replic&amp;oacute; Pepita, ya m&amp;aacute;s serena y sonriendo a trav&amp;eacute;s de las l&amp;aacute;grimas&amp;mdash;. No deseo que te juzgues as&amp;iacute;, ni para que no me halles tan indigna de ser tu compa&amp;ntilde;era; pero quiero que me elijas por amor, libremente, no para reparar una falta, no porque has ca&amp;iacute;do en un lazo que p&amp;eacute;rfidamente puedes sospechar que te he tendido. Vete, si no me amas, si sospechas de m&amp;iacute;, si no me estimas. No exhalar&amp;aacute;n mis labios una queja, si para siempre me abandonas y no vuelves a acordarte de m&amp;iacute;...&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La contestaci&amp;oacute;n de D. Luis no cab&amp;iacute;a ya en el estrecho y mezquino tejido del lenguaje humano. Don Luis rompi&amp;oacute; el hilo del discurso de Pepita, sellando los labios de ella con los suyos y abraz&amp;aacute;ndola de nuevo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Bastante m&amp;aacute;s tarde, con previas toses y resonar de pies, entr&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona en el despacho diciendo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Vaya una pl&amp;aacute;tica larga! Este serm&amp;oacute;n que ha predicado el colegial no ha sido el de las siete palabras, sino que ha estado a punto de ser el de las cuarenta horas. Tiempo es ya de que te vayas, don Luis. Son cerca de las dos de la ma&amp;ntilde;ana.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Bien est&amp;aacute;&amp;mdash;dijo Pepita&amp;mdash;, se ir&amp;aacute; al momento.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona volvi&amp;oacute; a salir del despacho, y aguard&amp;oacute; fuera.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita estaba transformada. Las alegr&amp;iacute;as que no hab&amp;iacute;a tenido en su ni&amp;ntilde;ez, el gozo y el contento de que no hab&amp;iacute;a gustado en los primeros a&amp;ntilde;os de su juventud, la bulliciosa actividad y travesura que una madre adusta y un marido viejo hab&amp;iacute;an contenido y como represado en ella hasta entonces, se dir&amp;iacute;a que brotaron de repente en su alma, como reto&amp;ntilde;an las hojas verdes de los &amp;aacute;rboles, cuando las nieves y los hielos de un invierno rigoroso y dilatado han retardado su germinaci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Una se&amp;ntilde;ora de ciudad, que conoce lo que llamamos &lt;i&gt;conveniencias sociales&lt;/i&gt;, hallar&amp;aacute; extra&amp;ntilde;o y hasta censurable lo que voy a decir de Pepita; pero Pepita, aunque elegante de suyo, era una criatura muy a lo natural, y en quien no cab&amp;iacute;an la compostura disimulada y toda la circunspecci&amp;oacute;n que en el gran mundo se estilan. As&amp;iacute; es que, vencidos los obst&amp;aacute;culos que se opon&amp;iacute;an a su dicha, viendo ya rendido a D. Luis, teniendo su promesa espont&amp;aacute;nea de que la tomar&amp;iacute;a por mujer leg&amp;iacute;tima, y crey&amp;eacute;ndose con raz&amp;oacute;n amada, adorada, de aqu&amp;eacute;l a quien amaba y adoraba tanto, brincaba y re&amp;iacute;a y daba otras muestras de j&amp;uacute;bilo, que, en medio de todo, ten&amp;iacute;an mucho de infantil y de inocente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Era menester que D. Luis partiera. Pepita fue por un peine y le alis&amp;oacute; con amor los cabellos, bes&amp;aacute;ndoselos despu&amp;eacute;s.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita le hizo mejor el lazo de la corbata.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Adi&amp;oacute;s, due&amp;ntilde;o amado&amp;mdash;le dijo&amp;mdash;. Adi&amp;oacute;s, dulce rey de mi alma. Yo se lo dir&amp;eacute; todo a tu padre, si t&amp;uacute; no quieres atreverte. &amp;Eacute;l es bueno y nos perdonar&amp;aacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al cabo los dos amantes se separaron.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando Pepita se vio sola, su bulliciosa alegr&amp;iacute;a se disip&amp;oacute;, y su rostro tom&amp;oacute; una expresi&amp;oacute;n grave y pensativa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita pens&amp;oacute; dos cosas igualmente serias: una de inter&amp;eacute;s mundano, otra de m&amp;aacute;s elevado inter&amp;eacute;s. Lo primero en que pens&amp;oacute; fue en que su conducta de aquella noche, pasada la embriaguez del amor, pudiera perjudicarle en el concepto de D. Luis. Pero hizo severo examen de conciencia, y, reconociendo que ella no hab&amp;iacute;a puesto ni malicia, ni premeditaci&amp;oacute;n en nada, y que cuanto hizo naci&amp;oacute; de un amor irresistible y de nobles impulsos, consider&amp;oacute; que don Luis no pod&amp;iacute;a menospreciarla nunca, y se tranquiliz&amp;oacute; por este lado. No obstante, aunque su confesi&amp;oacute;n candorosa de que no entend&amp;iacute;a el mero amor de los esp&amp;iacute;ritus y aunque su fuga a lo interior de la alcoba sombr&amp;iacute;a hab&amp;iacute;a sido obra del instinto m&amp;aacute;s inocente, sin prever los resultados, Pepita no se negaba que hab&amp;iacute;a pecado despu&amp;eacute;s contra Dios, y en este punto no hallaba disculpa. Encomendose, pues, de todo coraz&amp;oacute;n a la Virgen para que la perdonase: hizo promesa a la imagen de la Soledad, que hab&amp;iacute;a en el convento de monjas, de comprar siete lindas espadas de oro, de sutil y prolija labor, con que adornar su pecho; y determin&amp;oacute; ir a confesarse al d&amp;iacute;a siguiente con el vicario y someterse a la m&amp;aacute;s dura penitencia que le impusiera para merecer la absoluci&amp;oacute;n de aquellos pecados, merced a los cuales venci&amp;oacute; la terquedad de D. Luis, quien de lo contrario hubiera llegado a ser cura, sin remedio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mientras Pepita discurr&amp;iacute;a as&amp;iacute; all&amp;aacute; en su mente, y resolv&amp;iacute;a con tanto tino sus negocios del alma, don Luis baj&amp;oacute; hasta el zagu&amp;aacute;n, acompa&amp;ntilde;ado por Anto&amp;ntilde;ona.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Antes de despedirse dijo D. Luis sin preparaci&amp;oacute;n ni rodeos:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Anto&amp;ntilde;ona, t&amp;uacute; que lo sabes todo, dime, qui&amp;eacute;n es el conde de Genazahar y qu&amp;eacute; clase de relaciones ha tenido con tu ama.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Temprano empiezas a mostrarte celoso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No son celos; es curiosidad solamente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Mejor es as&amp;iacute;. Nada m&amp;aacute;s fastidioso que los celos. Voy a satisfacer tu curiosidad. Ese conde est&amp;aacute; bastante tronado. Es un perdido, jugador y mala cabeza; pero tiene m&amp;aacute;s vanidad que D. Rodrigo en la horca. Se empe&amp;ntilde;&amp;oacute; en que mi ni&amp;ntilde;a le quisiera y se casase con &amp;eacute;l, y como la ni&amp;ntilde;a le ha dado mil veces calabazas, est&amp;aacute; que trina. Esto no impide que se guarde por all&amp;aacute; m&amp;aacute;s de mil duros, que hace a&amp;ntilde;os le prest&amp;oacute; don Gumersindo, sin m&amp;aacute;s hipoteca que un papelucho, por culpa y a ruegos de Pepita, que es mejor que el pan. El tonto del conde crey&amp;oacute; sin duda que Pepita, que fue tan buena de casada que hizo que le diesen dinero, hab&amp;iacute;a de ser de viuda tan rebuena para &amp;eacute;l que le hab&amp;iacute;a de tomar por marido. Vino despu&amp;eacute;s el desenga&amp;ntilde;o con la furia consiguiente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Adi&amp;oacute;s, Anto&amp;ntilde;ona&amp;mdash;dijo D. Luis y se sali&amp;oacute; a la calle, silenciosa ya y sombr&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Las luces de las tiendas y puestos de la feria se hab&amp;iacute;an apagado y la gente se retiraba a dormir, salvo los amos de las tiendas de juguetes y otros pobres buhoneros, que dorm&amp;iacute;an al sereno al lado de sus mercanc&amp;iacute;as.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En algunas rejas, segu&amp;iacute;an a&amp;uacute;n varios embozados, pertinaces e incansables, pelando la pava con sus novias. La mayor&amp;iacute;a hab&amp;iacute;a desaparecido ya.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En la calle, lejos de la vista de Anto&amp;ntilde;ona, don Luis dio rienda suelta a sus pensamientos. Su resoluci&amp;oacute;n estaba tomada, y todo acud&amp;iacute;a a su mente a confirmar su resoluci&amp;oacute;n. La sinceridad y el ardor de la pasi&amp;oacute;n que hab&amp;iacute;a inspirado a Pepita, su hermosura, la gracia juvenil de su cuerpo y la lozan&amp;iacute;a primaveral de su alma, se le presentaban en la imaginaci&amp;oacute;n y le hac&amp;iacute;an dichoso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Con cierta mortificaci&amp;oacute;n de la vanidad reflexionaba, no obstante, D. Luis en el cambio que en &amp;eacute;l se hab&amp;iacute;a obrado. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; pensar&amp;iacute;a el de&amp;aacute;n? &amp;iquest;Qu&amp;eacute; espanto no ser&amp;iacute;a el del obispo? Y sobre todo, &amp;iquest;qu&amp;eacute; motivo tan grave de queja no hab&amp;iacute;a dado D. Luis a su padre? Su disgusto, su c&amp;oacute;lera cuando supiese el compromiso que ligaba a Luis con Pepita, se ofrec&amp;iacute;an al &amp;aacute;nimo de D. Luis y le inquietaban sobre manera.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En cuanto a lo que &amp;eacute;l llamaba su ca&amp;iacute;da antes de caer, fuerza es confesar que le parec&amp;iacute;a poco honda y poco espantosa despu&amp;eacute;s de haber ca&amp;iacute;do. Su misticismo, bien estudiado, con la nueva luz que acababa de adquirir, se le antoj&amp;oacute; que no hab&amp;iacute;a tenido ser ni consistencia; que hab&amp;iacute;a sido un producto artificial y vano de sus lecturas, de su petulancia de muchacho y de sus ternuras sin objeto de colegial inocente. Cuando recordaba que a veces hab&amp;iacute;a cre&amp;iacute;do recibir favores y regalos sobrenaturales, y hab&amp;iacute;a o&amp;iacute;do susurros m&amp;iacute;sticos y hab&amp;iacute;a estado en conversaci&amp;oacute;n interior, y casi hab&amp;iacute;a empezado a caminar por la v&amp;iacute;a unitiva, llegando a la oraci&amp;oacute;n de quietud, penetrando en el abismo del alma y subiendo al &amp;aacute;pice de la mente, D. Luis se sonre&amp;iacute;a y sospechaba que no hab&amp;iacute;a estado por completo en su juicio. Todo hab&amp;iacute;a sido presunci&amp;oacute;n suya. Ni &amp;eacute;l hab&amp;iacute;a hecho penitencia, ni &amp;eacute;l hab&amp;iacute;a vivido largos a&amp;ntilde;os en contemplaci&amp;oacute;n, ni &amp;eacute;l ten&amp;iacute;a ni hab&amp;iacute;a tenido merecimientos bastantes para que Dios le favoreciese con distinciones tan altas. La mayor prueba que se daba a s&amp;iacute; propio de todo esto, la mayor seguridad de que los regalos sobrenaturales de que hab&amp;iacute;a gozado eran sof&amp;iacute;sticos, eran simples recuerdos de los autores que le&amp;iacute;a, nac&amp;iacute;a de que nada de eso hab&amp;iacute;a deleitado tanto su alma como un &lt;i&gt;te amo&lt;/i&gt; de Pepita, como el toque delicad&amp;iacute;simo de una mano de Pepita jugando con los negros rizos de su cabeza.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis apelaba a otro g&amp;eacute;nero de humildad cristiana para justificar a sus ojos lo que ya no quer&amp;iacute;a llamar ca&amp;iacute;da, sino cambio. Se confesaba indigno de ser sacerdote, y se allanaba a ser lego, casado, vulgar, un buen lugare&amp;ntilde;o cualquiera, cuidando de las vi&amp;ntilde;as y los olivos, criando a sus hijos, pues ya los deseaba, y siendo modelo de maridos al lado de su Pepita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aqu&amp;iacute; vuelvo yo, como responsable que soy de la publicaci&amp;oacute;n y divulgaci&amp;oacute;n de esta historia, a creerme en la necesidad de interpolar varias reflexiones y aclaraciones de mi cosecha.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Dije al empezar que me inclinaba a creer que esta parte narrativa o &lt;i&gt;Paralip&amp;oacute;menos&lt;/i&gt; era obra del se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, a fin de completar el cuadro y acabar de relatar los sucesos que las cartas no relatan; pero entonces a&amp;uacute;n no hab&amp;iacute;a yo le&amp;iacute;do con detenci&amp;oacute;n el manuscrito. Ahora, al notar la libertad con que se tratan ciertas materias y la manga ancha que tiene el autor para algunos deslices, dudo de que el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, cuya rigidez s&amp;eacute; de buena tinta, haya gastado la de su tintero en escribir lo que el lector habr&amp;aacute; le&amp;iacute;do. Sin embargo, no hay bastante raz&amp;oacute;n para negar que sea el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n el autor de los &lt;i&gt;Paralip&amp;oacute;menos&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La duda queda en pie porque, en el fondo, nada hay en ellos que se oponga a la verdad cat&amp;oacute;lica ni a la moral cristiana. Por el contrario, si bien se examina, se ver&amp;aacute; que sale de todo una lecci&amp;oacute;n contra los orgullosos y soberbios, con ejemplar escarmiento en la persona de D. Luis. Esta historia pudiera servir sin dificultad de ap&amp;eacute;ndice a los &lt;i&gt;Desenga&amp;ntilde;os m&amp;iacute;sticos&lt;/i&gt; del Padre Arbiol.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En cuanto a lo que sostienen dos o tres amigos m&amp;iacute;os discretos, de que el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, a ser el autor, hubiera referido los sucesos de otro modo, diciendo &lt;i&gt;mi sobrino&lt;/i&gt; al hablar de D. Luis, y poniendo sus consideraciones morales de vez en cuando, no creo que es argumento de gran valer. El se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n se propuso contar lo ocurrido y no probar ninguna tesis, y anduvo atinado en no meterse en dibujos y en no sacar moralejas. Tampoco hizo mal, en mi sentir, en ocultar su personalidad y en no mentar su yo, lo cual no s&amp;oacute;lo demuestra su humildad y modestia, sino buen gusto literario, porque los poetas &amp;eacute;picos y los historiadores, que deben servir de modelo, no dicen yo, aunque hablen de ellos mismos y ellos mismos sean h&amp;eacute;roes y actores de los casos que cuentan. Jenofonte Ateniense, pongo por caso, no dice yo en su &lt;i&gt;An&amp;aacute;basis&lt;/i&gt;, sino se nombra en tercera persona cuando es menester, como si fuera uno el que escribi&amp;oacute; y otro el que ejecut&amp;oacute; aquellas haza&amp;ntilde;as. Y aun as&amp;iacute;, pasan no pocos cap&amp;iacute;tulos de la obra sin que aparezca Jenofonte. S&amp;oacute;lo poco antes de darse la famosa batalla en que muri&amp;oacute; el joven Ciro, revistando este pr&amp;iacute;ncipe a los griegos y b&amp;aacute;rbaros que formaban su ej&amp;eacute;rcito, y estando ya cerca el de su hermano Artajerjes, que hab&amp;iacute;a sido visto desde muy lejos en la extensa llanura sin &amp;aacute;rboles, primero como nubecilla blanca, luego como mancha negra, y por &amp;uacute;ltimo, con claridad y distinci&amp;oacute;n, oy&amp;eacute;ndose el relinchar de los caballos, el rechinar de los carros de guerra, armados de truculentas hoces, el gru&amp;ntilde;ir de los elefantes y el son de los instrumentos b&amp;eacute;licos, y vi&amp;eacute;ndose el resplandor del bronce y del oro de las armas iluminadas por el sol; s&amp;oacute;lo en aquel instante, digo, y no de antemano, se muestra Jenofonte y habla con Ciro, saliendo de las filas y explic&amp;aacute;ndole el murmullo que corr&amp;iacute;a entre los griegos, el cual no era otro que lo que llamamos &lt;i&gt;santo y se&amp;ntilde;a&lt;/i&gt; en el d&amp;iacute;a, y que fue en aquella ocasi&amp;oacute;n &lt;i&gt;J&amp;uacute;piter salvador y Victoria&lt;/i&gt;. El se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, que era un hombre de gusto y muy versado en los cl&amp;aacute;sicos, no hab&amp;iacute;a de incurrir en el error de ingerirse y entreverarse en la historia a t&amp;iacute;tulo de t&amp;iacute;o y ayo del h&amp;eacute;roe, y de moler al lector saliendo a cada paso un tanto dif&amp;iacute;cil y resbaladizo con un &lt;i&gt;p&amp;aacute;rate ah&amp;iacute;&lt;/i&gt;, con un &amp;iquest;&lt;i&gt;qu&amp;eacute; haces&lt;/i&gt;? &amp;iexcl;&lt;i&gt;mira no te caigas&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;desventurado&lt;/i&gt;! o con otras advertencias por el estilo. No chistar tampoco, ni oponerse en alguna manera, hall&amp;aacute;ndose presente, al menos en esp&amp;iacute;ritu, sentaba mal en algunos de los lances que van referidos. Por todo lo cual, a no dudarlo, el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, con la mucha discreci&amp;oacute;n que le era propia, pudo escribir estos &lt;i&gt;Paralip&amp;oacute;menos&lt;/i&gt;, sin dar la cara, como si dij&amp;eacute;ramos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo que s&amp;iacute; hizo fue poner glosas y comentarios de provechosa edificaci&amp;oacute;n, cuando tal o cual pasaje lo requer&amp;iacute;a; pero yo los suprimo aqu&amp;iacute;, porque no est&amp;aacute;n en moda las novelas anotadas o glosadas, y porque ser&amp;iacute;a voluminosa esta obrilla, si se imprimiese con los mencionados requisitos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pondr&amp;eacute;, no obstante, en este lugar, como &amp;uacute;nica excepci&amp;oacute;n e incluy&amp;eacute;ndola en el texto, la nota del se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, sobre la r&amp;aacute;pida transformaci&amp;oacute;n de D. Luis de m&amp;iacute;stico en no m&amp;iacute;stico. Es curiosa la nota, y derrama mucha luz sobre todo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Esta mudanza de mi sobrino&amp;mdash;dice&amp;mdash;, no me ha dado chasco. Yo la preve&amp;iacute;a desde que me escribi&amp;oacute; las primeras cartas. Luisito me alucin&amp;oacute; al principio. Pens&amp;eacute; que ten&amp;iacute;a una verdadera vocaci&amp;oacute;n, pero luego ca&amp;iacute; en la cuenta de que era un vano esp&amp;iacute;ritu po&amp;eacute;tico; el misticismo fue la m&amp;aacute;quina de sus poemas, hasta que se present&amp;oacute; otra m&amp;aacute;quina m&amp;aacute;s adecuada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iexcl;Alabado sea Dios, que ha querido que el desenga&amp;ntilde;o de Luisito llegue a tiempo! &amp;iexcl;Mal cl&amp;eacute;rigo hubiera sido si no acude tan en saz&amp;oacute;n Pepita Jim&amp;eacute;nez! Hasta su impaciencia de alcanzar la perfecci&amp;oacute;n de un brinco hubiera debido darme mala espina, si el cari&amp;ntilde;o de t&amp;iacute;o no me hubiera cegado. Pues qu&amp;eacute;, &amp;iquest;los favores del cielo se consiguen enseguida? &amp;iquest;No hay m&amp;aacute;s que llegar y triunfar? Contaba un amigo m&amp;iacute;o, marino, que cuando estuvo en ciertas ciudades de Am&amp;eacute;rica, era muy mozo, y pretend&amp;iacute;a a las damas con sobrada precipitaci&amp;oacute;n, y que ellas le dec&amp;iacute;an con un tonillo l&amp;aacute;nguido americano:&amp;mdash;&amp;iexcl;Apenas llega y ya quiere!... &amp;iexcl;Haga m&amp;eacute;ritos si puede!&amp;mdash;. Si esto pudieron decir aquellas se&amp;ntilde;oras, &amp;iquest;qu&amp;eacute; no dir&amp;aacute; el cielo a los audaces que pretenden escalarle sin m&amp;eacute;ritos y en un abrir y cerrar de ojos? Mucho hay que afanarse, mucha purificaci&amp;oacute;n se necesita, mucha penitencia se requiere, para empezar a estar bien con Dios y a gozar de sus regalos. Hasta en las vanas y falsas filosof&amp;iacute;as, que tienen algo de m&amp;iacute;stico, no hay don ni favor sobrenatural, sin poderoso esfuerzo y costoso sacrificio. J&amp;aacute;mblico no tuvo poder para evocar a los genios del amor y hacerlos salir de la fuente de Edgadara, sin haberse antes quemado las cejas a fuerza de estudio y sin haberse maltratado el cuerpo con privaciones y abstinencias. Apolonio de Tiana se supone que se macer&amp;oacute; de lo lindo antes de hacer sus falsos milagros. Y en nuestros d&amp;iacute;as, los krausistas, que ven a Dios, seg&amp;uacute;n aseguran, con vista real, tienen que leerse y aprenderse antes muy bien toda la &lt;i&gt;Anal&amp;iacute;tica&lt;/i&gt; de Sanz del R&amp;iacute;o, lo cual es m&amp;aacute;s dificultoso y prueba m&amp;aacute;s paciencia y sufrimiento que abrirse las carnes a azotes y pon&amp;eacute;rselas como una breva madura. Mi sobrino quiso de b&amp;oacute;bilis-b&amp;oacute;bilis ser un var&amp;oacute;n perfecto, y... &amp;iexcl;vean ustedes en lo que ha venido a parar! Lo que importa ahora es que sea un buen casado, y que, ya que no sirve para grandes cosas, sirva para lo peque&amp;ntilde;o y dom&amp;eacute;stico, haciendo feliz a esa muchacha que al fin no tiene otra culpa que la de haberse enamorado de &amp;eacute;l como una loca, con un candor y un &amp;iacute;mpetu selv&amp;aacute;ticos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hasta aqu&amp;iacute; la nota del se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, escrita con desenfado &amp;iacute;ntimo, como para &amp;eacute;l solo, pues bien ajeno estaba el pobre de que yo hab&amp;iacute;a de jugarle la mala pasada de darla al p&amp;uacute;blico.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sigamos ahora la narraci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/3412342972408316724'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/3412342972408316724'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo_12.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (3)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-7557954548342554702</id><published>2007-09-11T07:16:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.640-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (2)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mientras que ocurr&amp;iacute;an estas cosas en casa de Pepita, no estaba m&amp;aacute;s alegre y sosegado en la suya el se&amp;ntilde;or D. Luis de Vargas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Su padre, que no dejaba casi ning&amp;uacute;n d&amp;iacute;a de salir al campo a caballo, hab&amp;iacute;a querido llevarle en su compa&amp;ntilde;&amp;iacute;a; pero D. Luis se hab&amp;iacute;a excusado con que le dol&amp;iacute;a la cabeza, y D. Pedro se fue sin &amp;eacute;l. D. Luis hab&amp;iacute;a pasado solo toda la ma&amp;ntilde;ana, entregado a sus melanc&amp;oacute;licos pensamientos y m&amp;aacute;s firme que roca en su resoluci&amp;oacute;n de borrar de su alma la imagen de Pepita y de consagrarse a Dios por completo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No se crea, con todo, que no amaba a la joven viuda. Ya hemos visto por las cartas la vehemencia de su pasi&amp;oacute;n; pero &amp;eacute;l segu&amp;iacute;a enfren&amp;aacute;ndola con los mismos afectos piadosos y consideraciones elevadas de que en las cartas da larga muestra y que podemos omitir aqu&amp;iacute; para no pecar de prolijos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Tal vez, si profundizamos con severidad en este negocio, notaremos que contra el amor de Pepita no luchaban s&amp;oacute;lo en el alma de D. Luis el voto hecho ya en su interior, aunque no confirmado, el amor de Dios, el respeto a su padre de quien no quer&amp;iacute;a ser rival, y la vocaci&amp;oacute;n, en suma, que sent&amp;iacute;a por el sacerdocio. Hab&amp;iacute;a otros motivos de menos depurados quilates y de m&amp;aacute;s baja ley.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis era pertinaz, era terco: ten&amp;iacute;a aquella condici&amp;oacute;n que bien dirigida constituye lo que se llama firmeza de car&amp;aacute;cter, y nada hab&amp;iacute;a que le rebajase m&amp;aacute;s a sus propios ojos que el variar de opini&amp;oacute;n y de conducta. El prop&amp;oacute;sito de toda su vida, lo que hab&amp;iacute;a sostenido y declarado ante cuantas personas le trataban, su figura moral, en una palabra, que era ya la de un aspirante a santo, la de un hombre consagrado a Dios, la de un sujeto imbuido en las m&amp;aacute;s sublimes filosof&amp;iacute;as religiosas, todo esto no pod&amp;iacute;a caer por tierra sin gran mengua de D. Luis, como caer&amp;iacute;a, si se dejase llevar del amor de Pepita Jim&amp;eacute;nez. Aunque el precio era sin comparaci&amp;oacute;n mucho m&amp;aacute;s subido, a D. Luis se le figuraba, que si ced&amp;iacute;a iba a remedar a Esa&amp;uacute; y a vender su primogenitura, y a deslustrar su gloria.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por lo general, los hombres solemos ser juguete de las circunstancias; nos dejamos llevar de la corriente y no nos dirigimos sin vacilar a un punto. No elegimos papel, sino tomamos y hacemos el que nos toca; el que la ciega fortuna nos depara. La profesi&amp;oacute;n, el partido pol&amp;iacute;tico, la vida entera de muchos hombres pende de casos fortuitos, de lo eventual, de lo caprichoso y no esperado de la suerte.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Contra esto se rebelaba el orgullo de don Luis con tit&amp;aacute;nica pujanza. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; se dir&amp;iacute;a de &amp;eacute;l, y sobre todo qu&amp;eacute; pensar&amp;iacute;a &amp;eacute;l de s&amp;iacute; mismo, si el ideal de su vida, el hombre nuevo que hab&amp;iacute;a creado en su alma, si todos sus planes de virtud, de honra y hasta de santa ambici&amp;oacute;n, se desvaneciesen en un instante, se derritiesen al calor de una mirada, por la llama fugitiva de unos lindos ojos, como la escarcha se derrite con el rayo d&amp;eacute;bil a&amp;uacute;n del sol matutino?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Estas y otras razones de un orden ego&amp;iacute;sta militaban tambi&amp;eacute;n contra la viuda, a par de las razones leg&amp;iacute;timas y de sustancia; pero todas las razones se revest&amp;iacute;an del mismo h&amp;aacute;bito religioso, de manera que el propio D. Luis no acertaba a reconocerlas y distinguirlas, creyendo amor de Dios, no s&amp;oacute;lo lo que era amor de Dios, sino asimismo el amor propio. Recordaba, por ejemplo, las vidas de muchos santos, que hab&amp;iacute;an resistido tentaciones mayores que las suyas, y no quer&amp;iacute;a ser menos que ellos. Y recordaba, sobre todo, aquella entereza de san Juan Cris&amp;oacute;stomo, que supo desestimar los halagos de una madre amorosa y buena, y su llanto y sus quejas dulc&amp;iacute;simas y todas las elocuentes y sentidas palabras que le dijo para que no la abandonase y se hiciese sacerdote, llev&amp;aacute;ndole para ello a su propia alcoba y haci&amp;eacute;ndole sentar junto a la cama en que le hab&amp;iacute;a parido. Y despu&amp;eacute;s de fijar en esto la consideraci&amp;oacute;n, D. Luis no se sufr&amp;iacute;a a s&amp;iacute; propio en no menospreciar las s&amp;uacute;plicas de una mujer extra&amp;ntilde;a, a quien hac&amp;iacute;a tan poco tiempo que conoc&amp;iacute;a, y el vacilar a&amp;uacute;n entre su deber y el atractivo de una joven, tal vez m&amp;aacute;s que enamorada, coqueta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pensaba luego D. Luis en la alteza soberana de la dignidad del sacerdocio a que estaba llamado, y la ve&amp;iacute;a por cima de todas las instituciones y de las m&amp;iacute;seras coronas de la tierra: porque no ha sido hombre mortal, ni capricho del voluble y servil populacho, ni irrupci&amp;oacute;n o avenida de gente b&amp;aacute;rbara; ni violencia de amotinadas huestes movidas de la codicia, ni &amp;aacute;ngel, ni arc&amp;aacute;ngel, ni potestad criada, sino el mismo Par&amp;aacute;clito quien la ha fundado. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo por el liviano incentivo de una mozuela, por una lagrimilla quiz&amp;aacute;s mentida, despreciar esa dignidad augusta, esa potestad que Dios no concedi&amp;oacute; ni a los arc&amp;aacute;ngeles que est&amp;aacute;n m&amp;aacute;s cerca de su trono? &amp;iquest;C&amp;oacute;mo bajar a confundirse entre la obscura plebe, y ser uno del reba&amp;ntilde;o, cuando ya so&amp;ntilde;aba ser pastor, atando y desatando en la tierra para que Dios ate y desate en el cielo, y perdonando los pecados, regenerando a las gentes por el agua y por el esp&amp;iacute;ritu, adoctrin&amp;aacute;ndolas en nombre de una autoridad infalible, dictando sentencias que el Se&amp;ntilde;or de las Alturas ratifica luego y confirma, siendo iniciador y agente de tremendos misterios, inasequibles a la raz&amp;oacute;n humana, y haciendo descender del cielo no como El&amp;iacute;as, la llama que consume la v&amp;iacute;ctima, sino al Esp&amp;iacute;ritu Santo, al Verbo hecho carne y el torrente de la gracia que purifica los corazones y los deja limpios como el oro?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando D. Luis reflexionaba sobre todo esto, se elevaba su esp&amp;iacute;ritu, se encumbraba por cima de las nubes en la regi&amp;oacute;n emp&amp;iacute;rea, y la pobre Pepita Jim&amp;eacute;nez quedaba all&amp;aacute; muy lejos, y apenas si &amp;eacute;l la ve&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pero pronto se abat&amp;iacute;a el vuelo de su imaginaci&amp;oacute;n y el alma de D. Luis tocaba a la tierra y volv&amp;iacute;a a ver a Pepita, tan graciosa, tan joven, tan candorosa y tan enamorada, y Pepita combat&amp;iacute;a dentro de su coraz&amp;oacute;n contra sus m&amp;aacute;s fuertes y arraigados prop&amp;oacute;sitos, y D. Luis tem&amp;iacute;a que diese al traste con ellos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; se atormentaba D. Luis con encontrados pensamientos que se daban guerra, cuando entr&amp;oacute; Currito en su cuarto, sin decir oxte ni moxte.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Currito, que no estimaba gran cosa a su primo, mientras no fue m&amp;aacute;s que te&amp;oacute;logo, le veneraba, le admiraba y formaba de &amp;eacute;l un concepto sobrehumano desde que le hab&amp;iacute;a visto montar tan bien en Lucero.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Saber teolog&amp;iacute;a y no saber montar desacreditaba a D. Luis a los ojos de Currito; pero cuando Currito advirti&amp;oacute; que sobre la ciencia y sobre todo aquello que &amp;eacute;l no entend&amp;iacute;a, si bien presum&amp;iacute;a dif&amp;iacute;cil y enmara&amp;ntilde;ado, era D. Luis capaz de sostenerse tan bizarramente en las espaldas de una fiera, ya su veneraci&amp;oacute;n y su cari&amp;ntilde;o a D. Luis no tuvieron l&amp;iacute;mites. Currito era un holgaz&amp;aacute;n, un perdido, un verdadero mueble, pero ten&amp;iacute;a un coraz&amp;oacute;n afectuoso y leal. A D. Luis, que era el &amp;iacute;dolo de Currito, le suced&amp;iacute;a como a todas las naturalezas superiores con los seres inferiores que se les aficionan. D. Luis se dejaba querer; esto es, era dominado desp&amp;oacute;ticamente por Currito en los negocios de poca importancia. Y como para hombres como D. Luis casi no hay negocios que la tengan en la vida vulgar y diaria, resultaba que Currito llevaba y tra&amp;iacute;a a D. Luis como un zarandillo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vengo a buscarte&amp;mdash;le dijo&amp;mdash;, para que me acompa&amp;ntilde;es al casino, que est&amp;aacute; animad&amp;iacute;simo hoy y lleno de gente. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; haces aqu&amp;iacute; solo, tonteando y hecho un papamoscas?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      D. Luis, casi sin replicar, y como si fuera mandato, tom&amp;oacute; su sombrero y su bast&amp;oacute;n, y diciendo &amp;laquo;V&amp;aacute;monos donde quieras&amp;raquo; sigui&amp;oacute; a Currito que se adelantaba, tan satisfecho de aquel dominio que ejerc&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El casino, en efecto, estaba de bote en bote, gracias a la solemnidad del d&amp;iacute;a siguiente, que era el d&amp;iacute;a de San Juan. A m&amp;aacute;s de los se&amp;ntilde;ores del lugar, hab&amp;iacute;a muchos forasteros, que hab&amp;iacute;an venido de los lugares inmediatos para concurrir a la feria y velada de aquella noche.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El centro de la concurrencia era el patio, enlosado de m&amp;aacute;rmol, con fuente y surtidor en medio y muchas macetas de don-pedros, gala-de-Francia, rosas, claveles y albahaca. Un toldo de lona doble cubr&amp;iacute;a el patio, preserv&amp;aacute;ndole del sol. Un corredor o galer&amp;iacute;a, sostenida por columnas de m&amp;aacute;rmol, le circundaba; y as&amp;iacute; en la galer&amp;iacute;a, como en varias salas a que la galer&amp;iacute;a daba paso, hab&amp;iacute;a mesas de tresillo, otras con peri&amp;oacute;dicos, otras para tomar caf&amp;eacute; o refrescos; y, por &amp;uacute;ltimo, sillas, banquillos y algunas butacas. Las paredes estaban blancas como la nieve del frecuente enjalbiego, y no faltaban cuadros que las adornasen. Eran litograf&amp;iacute;as francesas iluminadas, con circunstanciada explicaci&amp;oacute;n biling&amp;uuml;e escrita por bajo. Unas representaban la vida de Napole&amp;oacute;n I, desde Toulon a Santa Elena; otras, las aventuras de Matilde y Malec-Adel; otras, los lances de amor y de guerra del Templario, Rebeca, Lady Rowena e Ivanhoe; y otras, los galanteos, travesuras, ca&amp;iacute;das y arrepentimientos de Luis XIV y la se&amp;ntilde;orita de la Vali&amp;egrave;re.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Currito llev&amp;oacute; a D. Luis y D. Luis se dej&amp;oacute; llevar a la sala donde estaba la flor y nata de los elegantes, &lt;i&gt;dandies y cocod&amp;eacute;s&lt;/i&gt; del lugar y de toda la comarca. Entre ellos descollaba el conde de Genazahar, de la vecina ciudad de... Era un personaje ilustre y respetado. Hab&amp;iacute;a pasado en Madrid y en Sevilla largas temporadas, y se vest&amp;iacute;a con los mejores sastres, as&amp;iacute; de majo como de se&amp;ntilde;orito. Hab&amp;iacute;a sido diputado dos veces y hab&amp;iacute;a hecho una interpelaci&amp;oacute;n al gobierno sobre un atropello de un alcalde-corregidor.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Tendr&amp;iacute;a el conde de Genazahar treinta y tantos a&amp;ntilde;os; era buen mozo y lo sab&amp;iacute;a, y se jactaba adem&amp;aacute;s de tremendo en paz y en lides, en desaf&amp;iacute;os y en amores. El conde, no obstante, y a pesar de haber sido uno de los m&amp;aacute;s obstinados pretendientes de Pepita, hab&amp;iacute;a recibido las enconfitadas calabazas que ella sol&amp;iacute;a propinar a quienes la requebraban y aspiraban a su mano.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La herida que aquel duro y amargo confite hab&amp;iacute;a abierto en su endiosado coraz&amp;oacute;n, no estaba cicatrizada todav&amp;iacute;a. El amor se hab&amp;iacute;a vuelto odio, y el conde se desahogaba a menudo, poniendo a Pepita como chupa de d&amp;oacute;mine.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En este ameno ejercicio se hallaba el conde, cuando quiso la mala ventura que D. Luis y Currito llegasen y se metiesen en el corro, que se abri&amp;oacute; para recibirlos, de los que o&amp;iacute;an el extra&amp;ntilde;o serm&amp;oacute;n de honras. D. Luis, como si el mismo diablo lo hubiera dispuesto, se encontr&amp;oacute; cara a cara con el conde, que dec&amp;iacute;a de este modo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No es mala p&amp;eacute;cora la tal Pepita Jim&amp;eacute;nez. Con m&amp;aacute;s fantas&amp;iacute;a y m&amp;aacute;s humos que la infanta Micomicona, quiere hacernos olvidar que naci&amp;oacute; y vivi&amp;oacute; en la miseria, hasta que se cas&amp;oacute; con aquel pelele, con aquel vejestorio, con aquel maldito usurero, y le cogi&amp;oacute; los ochavos. La &amp;uacute;nica cosa buena que ha hecho en su vida la tal viuda es concertarse con Satan&amp;aacute;s para enviar pronto al infierno a su galop&amp;iacute;n de marido y librar la tierra de tanta infecci&amp;oacute;n y de tanta peste. Ahora le ha dado a Pepita por la virtud y por la castidad. &amp;iexcl;Bueno estar&amp;aacute; todo ello! Sabe Dios si estar&amp;aacute; enredada de ocultis con alg&amp;uacute;n ga&amp;ntilde;&amp;aacute;n, y burl&amp;aacute;ndose del mundo como si fuese la reina Artemisa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A las personas recogidas, que no asisten a reuniones de hombres solos, escandalizar&amp;aacute; sin duda este lenguaje; les parecer&amp;aacute; desbocado y brutal hasta la inverosimilitud; pero los que conocen el mundo confesar&amp;aacute;n que este lenguaje es muy usado en &amp;eacute;l, y que las damas m&amp;aacute;s bonitas, las m&amp;aacute;s agradables mujeres, las m&amp;aacute;s honradas matronas, suelen ser blanco de tiros no menos infames y soeces, si tienen un enemigo, y aun sin tenerle, porque a menudo se murmura, o mejor dicho, se injuria y se deshonra a voces para mostrar chiste y desenfado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis, que desde ni&amp;ntilde;o hab&amp;iacute;a estado acostumbrado a que nadie se descompusiese en su presencia, ni le dijese cosas que pudieran enojarle, porque durante su ni&amp;ntilde;ez le rodeaban criados, familiares y gente de la clientela de su padre que atend&amp;iacute;an s&amp;oacute;lo a su gusto, y despu&amp;eacute;s en el Seminario, as&amp;iacute; por sobrino del de&amp;aacute;n, como por lo mucho que &amp;eacute;l merec&amp;iacute;a, jam&amp;aacute;s hab&amp;iacute;a sido contrariado, sino considerado y adulado, sinti&amp;oacute; un aturdimiento singular, se qued&amp;oacute; como herido por un rayo cuando vio al insolente conde arrastrar por el suelo, mancillar y cubrir de inmundo lodo la honra de la mujer que amaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iquest;C&amp;oacute;mo defenderla, no obstante? No se le ocultaba que, si bien no era marido, ni hermano, ni pariente de Pepita, pod&amp;iacute;a sacar la cara por ella como caballero; pero ve&amp;iacute;a el esc&amp;aacute;ndalo que esto causar&amp;iacute;a, cuando no hab&amp;iacute;a all&amp;iacute; ning&amp;uacute;n profano que defendiese a Pepita, antes bien todos re&amp;iacute;an al conde la gracia. &amp;Eacute;l, casi ministro ya de un Dios de paz, no pod&amp;iacute;a dar un ment&amp;iacute;s y exponerse a una ri&amp;ntilde;a con aquel desvergonzado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis estuvo por enmudecer e irse; pero no lo consinti&amp;oacute; su coraz&amp;oacute;n, y pugnando por revestirse de una autoridad que ni sus a&amp;ntilde;os juveniles, ni su rostro, donde hab&amp;iacute;a m&amp;aacute;s bozo que barbas, ni su presencia en aquel lugar consent&amp;iacute;an, se puso a hablar con verdadera elocuencia contra los maldicientes y a echar en rostro al conde, con libertad cristiana y con acento severo, la fealdad de su ruin acci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Fue predicar en desierto o peor que predicar en desierto. El conde contest&amp;oacute; con pullas y burletas a la homil&amp;iacute;a: la gente, entre la que hab&amp;iacute;a no pocos forasteros, se puso de lado del burl&amp;oacute;n, a pesar de ser D. Luis el hijo del cacique; el propio Currito, que no val&amp;iacute;a para nada y era un blandengue, aunque no se ri&amp;oacute;, no defendi&amp;oacute; a su amigo; y &amp;eacute;ste tuvo que retirarse, vejado y humillado bajo el peso de la chacota.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Esta flor le falta al ramo!&amp;mdash;murmur&amp;oacute; entre dientes el pobre D. Luis cuando lleg&amp;oacute; a su casa y volvi&amp;oacute; a meterse en su cuarto, moh&amp;iacute;no y maltratado por la rechifla, que &amp;eacute;l se exageraba y se figuraba insufrible. Se ech&amp;oacute; de golpe en un sill&amp;oacute;n, abatido y descorazonado, y mil ideas contrarias asaltaron su mente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La sangre de su padre, que herv&amp;iacute;a en sus venas, le despertaba la c&amp;oacute;lera y le excitaba a ahorcar los h&amp;aacute;bitos, como al principio le aconsejaban en el lugar, y dar luego su merecido al se&amp;ntilde;or conde; pero todo el porvenir que se hab&amp;iacute;a creado se deshac&amp;iacute;a al punto, y ve&amp;iacute;a al de&amp;aacute;n, que renegaba de &amp;eacute;l; y hasta el Papa, que hab&amp;iacute;a enviado ya la dispensa pontificia para que se ordenase antes de la edad, y el prelado diocesano, que hab&amp;iacute;a apoyado la solicitud de la dispensa en su probada virtud, ciencia s&amp;oacute;lida y firmeza de vocaci&amp;oacute;n, se le aparec&amp;iacute;an para reconvenirle.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pensaba luego en la teor&amp;iacute;a chistosa de su padre sobre el complemento de la persuasi&amp;oacute;n de que se val&amp;iacute;an el ap&amp;oacute;stol Santiago, los obispos de la Edad Media, D. &amp;Iacute;&amp;ntilde;igo de Loyola y otros personajes, y no le parec&amp;iacute;a tan descabellada la teor&amp;iacute;a, arrepinti&amp;eacute;ndose casi de no haberla practicado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Recordaba entonces la costumbre de un doctor ortodoxo, insigne fil&amp;oacute;sofo persa contempor&amp;aacute;neo, mencionada en un libro reciente escrito sobre aquel pa&amp;iacute;s; costumbre que consist&amp;iacute;a en castigar con duras palabras a los disc&amp;iacute;pulos y oyentes cuando se re&amp;iacute;an de las lecciones o no las entend&amp;iacute;an; y, si esto no bastaba, descender de la c&amp;aacute;tedra sable en mano y dar a todos una paliza. Este m&amp;eacute;todo era eficaz principalmente en la controversia, si bien dicho fil&amp;oacute;sofo hab&amp;iacute;a encontrado una vez a otro contrincante del mismo orden que le hab&amp;iacute;a hecho un chirlo descomunal en la cara.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis, en medio de su mortificaci&amp;oacute;n y mal humor, se re&amp;iacute;a de lo c&amp;oacute;mico del recuerdo; hallaba que no faltar&amp;iacute;an en Espa&amp;ntilde;a fil&amp;oacute;sofos que adoptar&amp;iacute;an de buena gana el m&amp;eacute;todo persiano; y si &amp;eacute;l no le adoptaba tambi&amp;eacute;n, no era a la verdad por miedo del chirlo, sino por consideraciones de mayor valor y nobleza.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Acud&amp;iacute;an, por &amp;uacute;ltimo, mejores pensamientos a su alma y le consolaban un poco.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Yo he hecho muy mal&amp;mdash;se dec&amp;iacute;a&amp;mdash;, en predicar all&amp;iacute;; deb&amp;iacute; haberme callado. Nuestro Se&amp;ntilde;or Jesucristo lo ha dicho: &amp;laquo;No deis a los perros las cosas santas, ni arroj&amp;eacute;is vuestras margaritas a los cerdos, porque los cerdos se revolver&amp;aacute;n contra vosotros y os hollar&amp;aacute;n con sus asquerosas pezu&amp;ntilde;as&amp;raquo;. Pero no; &amp;iquest;por qu&amp;eacute; me he de quejar? &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; he de volver injuria por injuria? &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; me he de dejar vencer de la ira? Muchos santos padres lo han dicho: &amp;laquo;La ira es peor a&amp;uacute;n que la lascivia en los sacerdotes&amp;raquo;. La ira de los sacerdotes ha hecho verter muchas l&amp;aacute;grimas y ha causado males horribles. Esta ira, consejera tremenda, tal vez los ha persuadido de que era menester que los pueblos sudaran sangre bajo la presi&amp;oacute;n divina, y ha tra&amp;iacute;do a sus encarnizados ojos la visi&amp;oacute;n de Isa&amp;iacute;as; y han visto y han hecho ver a sus secuaces fan&amp;aacute;ticos al manso Cordero convertido en vengador inexorable, descendiendo de la cumbre de Ed&amp;oacute;n, soberbio con la muchedumbre de su fuerza, pisoteando a las naciones como el pisador pisa las uvas en el lagar, y con la vestimenta levantada, y cubierto de sangre hasta los muslos. &amp;iexcl;Ah no, Dios m&amp;iacute;o! Voy a ser tu ministro; t&amp;uacute; eres un Dios de paz, y mi primera virtud debe ser la mansedumbre. Lo que ense&amp;ntilde;&amp;oacute; tu hijo en el serm&amp;oacute;n de la Monta&amp;ntilde;a tiene que ser mi norma. No ojo por ojo, ni diente por diente, sino amar a nuestros enemigos. T&amp;uacute; amaneces sobre justos y pecadores, y derramas sobre todos la lluvia fecunda de tus inexhaustas bondades. T&amp;uacute; eres nuestro Padre, que est&amp;aacute;s en el cielo y debemos ser perfectos como t&amp;uacute;, perdonando a quienes nos ofendan, y pidi&amp;eacute;ndote que los perdones porque no saben lo que se hacen. Yo debo recordar las bienaventuranzas. Bienaventurados cuando os ultrajaren y persiguieren y dijeren todo mal de vosotros. El sacerdote, el que va a ser sacerdote, ha de ser humilde, pac&amp;iacute;fico, manso de coraz&amp;oacute;n. No como la encina, que se levanta orgullosa hasta que el rayo la hiere, sino como las yerbecillas fragantes de las selvas y las modestas flores de los prados, que dan m&amp;aacute;s suave y grato aroma cuando el villano las pisa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En &amp;eacute;stas y otras meditaciones por el estilo transcurrieron las horas hasta que dieron las tres, y D. Pedro, que acababa de volver del campo, entr&amp;oacute; en el cuarto de su hijo para llamarle a comer. La alegre cordialidad del padre, sus chistes, sus muestras de afecto, no pudieron sacar a D. Luis de la melancol&amp;iacute;a ni abrirle el apetito. Apenas comi&amp;oacute;, apenas habl&amp;oacute; en la mesa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Si bien disgustad&amp;iacute;simo con la silenciosa tristeza de su hijo, cuya salud, aunque robusta, pudiera resentirse, como D. Pedro era hombre que se levantaba al amanecer y bregaba mucho durante el d&amp;iacute;a, luego que acab&amp;oacute; de fumar un buen cigarro habano de sobremesa, acompa&amp;ntilde;&amp;aacute;ndole con su taza de caf&amp;eacute; y su copita de aguardiente de an&amp;iacute;s doble, se sinti&amp;oacute; fatigado y, seg&amp;uacute;n costumbre, se fue a dormir sus dos o tres horas de siesta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis tuvo buen cuidado de no poner en noticia de su padre la ofensa que le hab&amp;iacute;a hecho el conde de Genazahar. Su padre, que no iba a cantar misa y que ten&amp;iacute;a una &amp;iacute;ndole poco sufrida, se hubiera lanzado al instante a tomar la venganza que &amp;eacute;l no tom&amp;oacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Solo ya D. Luis, dej&amp;oacute; el comedor para no ver a nadie, y volvi&amp;oacute; al retiro de su estancia para abismarse m&amp;aacute;s profundamente en sus ideas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Abismado en ellas estaba hac&amp;iacute;a largo rato, sentado junto al bufete, los codos sobre &amp;eacute;l y en la derecha mano apoyada la mejilla, cuando sinti&amp;oacute; cerca ruido. Alz&amp;oacute; los ojos y vio a su lado a la entrometida Anto&amp;ntilde;ona, que hab&amp;iacute;a penetrado como una sombra, aunque tan maciza, y que le miraba con atenci&amp;oacute;n y con cierta mezcla de piedad y de rabia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona se hab&amp;iacute;a deslizado hasta all&amp;iacute; sin que nadie lo advirtiese, aprovechando la hora en que com&amp;iacute;an los criados y D. Pedro dorm&amp;iacute;a, y hab&amp;iacute;a abierto la puerta del cuarto y la hab&amp;iacute;a vuelto a cerrar tras s&amp;iacute; con tal suavidad, que D. Luis, aunque no hubiera estado tan absorto, no hubiera podido sentirla.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona ven&amp;iacute;a resuelta a tener una conferencia muy seria con D. Luis; pero no sab&amp;iacute;a a punto fijo lo que iba a decirle. Sin embargo hab&amp;iacute;a pedido, no se sabe si al cielo o al infierno, que desatase su lengua y que le diese habla, y habla no chabacana y grotesca como la que usaba por lo com&amp;uacute;n, sino culta, elegante e id&amp;oacute;nea para las nobles reflexiones y bellas cosas que ella imaginaba que le conven&amp;iacute;a expresar.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando D. Luis vio a Anto&amp;ntilde;ona arrug&amp;oacute; el entrecejo, mostr&amp;oacute; bien en el gesto lo que le contrariaba aquella visita y dijo con tono brusco:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;A qu&amp;eacute; vienes aqu&amp;iacute;? Vete.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vengo a pedirte cuenta de mi ni&amp;ntilde;a&amp;mdash;contest&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona sin turbarse&amp;mdash;, y no me he de ir hasta que me la des.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Enseguida acerc&amp;oacute; una silla a la mesa y se sent&amp;oacute; en frente de D. Luis con aplomo y descaro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Viendo D. Luis que no hab&amp;iacute;a remedio, mitig&amp;oacute; el enojo, se arm&amp;oacute; de paciencia y, ya con acento menos cruel, exclam&amp;oacute;:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Di lo que tengas que decir.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Tengo que decir&amp;mdash;prosigui&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona&amp;mdash;, que lo que est&amp;aacute;s maquinando contra mi ni&amp;ntilde;a es una maldad. Te est&amp;aacute;s portando como un tuno. La has hechizado; le has dado un bebedizo maligno. Aquel angelito se va a morir. No come, ni duerme, ni sosiega por culpa tuya. Hoy ha tenido dos o tres soponcios s&amp;oacute;lo de pensar en que te vas. Buena hacienda dejas hecha antes de ser cl&amp;eacute;rigo. Dime, condenado, &amp;iquest;por qu&amp;eacute; viniste por aqu&amp;iacute; y no te quedaste por all&amp;aacute; con tu t&amp;iacute;o? Ella, tan libre, tan se&amp;ntilde;ora de su voluntad, avasallando la de todos y no dej&amp;aacute;ndose cautivar de ninguno, ha venido a caer en tus traidoras redes. Esta santidad mentida fue, sin duda, el se&amp;ntilde;uelo de que te valiste. Con tus teolog&amp;iacute;as y tiquis-miquis celestiales, has sido como el p&amp;iacute;caro y desalmado cazador que atrae con el silbato a los zorzales bobalicones para que se ahorquen en la percha.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Anto&amp;ntilde;ona&amp;mdash;contest&amp;oacute; D. Luis&amp;mdash;, d&amp;eacute;jame en paz. Por Dios, no me atormentes. Yo soy un malvado: lo confieso. No deb&amp;iacute; mirar a tu ama. No deb&amp;iacute; darle a entender que la amaba; pero yo la amaba y la amo a&amp;uacute;n con todo mi coraz&amp;oacute;n, y no le he dado bebedizo, ni filtro, sino el mismo amor que la tengo. Es menester, sin embargo, desechar, olvidar este amor. Dios me lo manda. &amp;iquest;Te imaginas que no es, que no est&amp;aacute; siendo, que no ser&amp;aacute; inmenso el sacrificio que hago? Pepita debe revestirse de fortaleza y hacer el mismo sacrificio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Ni siquiera das ese consuelo a la infeliz&amp;mdash;replic&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona&amp;mdash;. T&amp;uacute; sacrificas voluntariamente en el altar a esa mujer que te ama, que es ya tuya; a tu v&amp;iacute;ctima: pero ella, &amp;iquest;d&amp;oacute;nde te tiene a ti para sacrificarte? &amp;iquest;Qu&amp;eacute; joya tira por la ventana, qu&amp;eacute; lindo primor echa en la hoguera, sino un amor mal pagado? &amp;iquest;C&amp;oacute;mo ha de dar a Dios lo que no tiene? &amp;iquest;Va a enga&amp;ntilde;ar a Dios y a decirle: &amp;laquo;Dios m&amp;iacute;o, puesto que &amp;eacute;l no me quiere, ah&amp;iacute; te lo sacrifico; no le querr&amp;eacute; yo tampoco?&amp;raquo; Dios no se r&amp;iacute;e: si Dios se riera, se reir&amp;iacute;a de tal presente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis, aturdido, no sab&amp;iacute;a qu&amp;eacute; objetar a estos raciocinios de Anto&amp;ntilde;ona, m&amp;aacute;s atroces que sus pellizcos pasados. Adem&amp;aacute;s, le repugnaba entrar en metaf&amp;iacute;sicas de amor con aquella sirvienta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Dejemos a un lado&amp;mdash;dijo&amp;mdash;, esos vanos discursos. Yo no puedo remediar el mal de tu due&amp;ntilde;o. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; he de hacer?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Qu&amp;eacute; has de hacer?&amp;mdash;interrumpi&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona, ya m&amp;aacute;s blanda y afectuosa y con voz insinuante&amp;mdash;. Yo te dir&amp;eacute; lo que has de hacer. Si no remediares el mal de mi ni&amp;ntilde;a, le aliviar&amp;aacute;s al menos. &amp;iquest;No eres tan santo? Pues los santos son compasivos y adem&amp;aacute;s valerosos. No huyas como un cobard&amp;oacute;n grosero, sin despedirte. Ven a ver a mi ni&amp;ntilde;a, que est&amp;aacute; enferma. Haz esta obra de misericordia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Y qu&amp;eacute; conseguir&amp;eacute; con esa visita? Agravar el mal en vez de sanarle.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No ser&amp;aacute; as&amp;iacute;: no est&amp;aacute;s en el busilis. T&amp;uacute; ir&amp;aacute;s all&amp;iacute;, y, con esa ch&amp;aacute;chara que gastas y esa labia que Dios te ha dado, le infundir&amp;aacute;s en los cascos la resignaci&amp;oacute;n, y la dejar&amp;aacute;s consolada, y, si le dices que la quieres y que por Dios s&amp;oacute;lo la dejas, al menos su vanidad de mujer no quedar&amp;aacute; ajada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Lo que me propones es tentar a Dios; es peligroso para m&amp;iacute; y para ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Y por qu&amp;eacute; ha de ser tentar a Dios? Pues si Dios ve la rectitud y la pureza de tus intenciones, &amp;iquest;no te dar&amp;aacute; su favor y su gracia para que no te pierdas en esta ocasi&amp;oacute;n en que te pongo con sobrado motivo? &amp;iquest;No debes volar a librar a mi ni&amp;ntilde;a de la desesperaci&amp;oacute;n y traerla al buen camino? Si se muriera de pena por verse as&amp;iacute; desde&amp;ntilde;ada, o si rabiosa agarrase un cordel y se colgase de una viga, cr&amp;eacute;eme, tus remordimientos ser&amp;iacute;an peores que las llamas de pez y azufre de las calderas de Lucifer.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; horror! No quiero que se desespere. Me revestir&amp;eacute; de todo mi valor: ir&amp;eacute; a verla.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Bendito seas! Si me lo dec&amp;iacute;a el coraz&amp;oacute;n. &amp;iexcl;Si eres bueno!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Cu&amp;aacute;ndo quieres que vaya?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Esta noche a las diez en punto. Yo estar&amp;eacute; en la puerta de la calle aguard&amp;aacute;ndote y te llevar&amp;eacute; donde est&amp;aacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Sabe ella que has venido a verme?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No lo sabe. Ha sido todo ocurrencia m&amp;iacute;a; pero yo la preparar&amp;eacute; con buen arte, a fin de que tu visita, la sorpresa, el inesperado gozo, no la hagan caer en un desmayo. &amp;iquest;Me prometes que ir&amp;aacute;s?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Ir&amp;eacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Adi&amp;oacute;s. No faltes. A las diez de la noche en punto. Estar&amp;eacute; a la puerta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Y Anto&amp;ntilde;ona ech&amp;oacute; a correr, baj&amp;oacute; la escalera de dos en dos escalones y se plant&amp;oacute; en la calle.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No se puede negar que Anto&amp;ntilde;ona estuvo discret&amp;iacute;sima en esta ocasi&amp;oacute;n, y hasta su lenguaje fue tan digno y urbano, que no faltar&amp;iacute;a quien le calificase de ap&amp;oacute;crifo, si no se supiese con la mayor evidencia todo esto que aqu&amp;iacute; se refiere, y si no constasen adem&amp;aacute;s los prodigios de que es capaz el ing&amp;eacute;nito despejo de una mujer, cuando le sirve de est&amp;iacute;mulo un inter&amp;eacute;s o una pasi&amp;oacute;n grande.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Grande era, sin duda, el afecto de Anto&amp;ntilde;ona por su ni&amp;ntilde;a, y vi&amp;eacute;ndola tan enamorada y tan desesperada, no pudo menos de buscar remedio a sus males. La cita, a que acababa de comprometer a D. Luis, fue un triunfo inesperado. As&amp;iacute; es que Anto&amp;ntilde;ona, a fin de sacar provecho del triunfo, tuvo que disponerlo todo de improviso, con profunda ciencia mundana.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Se&amp;ntilde;al&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona para la cita la hora de las diez de la noche, porque &amp;eacute;sta era la hora de la antigua y ya suprimida o suspendida tertulia en que D. Luis y Pepita sol&amp;iacute;an verse. La se&amp;ntilde;al&amp;oacute; adem&amp;aacute;s para evitar murmuraciones y esc&amp;aacute;ndalo, porque ella hab&amp;iacute;a o&amp;iacute;do decir a un predicador que, seg&amp;uacute;n el Evangelio, no hay nada tan malo como el esc&amp;aacute;ndalo, y que a los escandalosos es menester arrojarlos al mar con una piedra de molino atada al pescuezo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Volvi&amp;oacute;, pues, Anto&amp;ntilde;ona a casa de su due&amp;ntilde;o, muy satisfecha de s&amp;iacute; misma y muy resuelta a disponer las cosas con tino para que el remedio que hab&amp;iacute;a buscado no fuese in&amp;uacute;til, o no agravase el mal de Pepita en vez de sanarle.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A Pepita no pens&amp;oacute; ni determin&amp;oacute; prevenirla sino a lo &amp;uacute;ltimo, dici&amp;eacute;ndole que D. Luis espont&amp;aacute;neamente le hab&amp;iacute;a pedido hora para hacerle una visita de despedida y que ella hab&amp;iacute;a se&amp;ntilde;alado las diez.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A fin de que no se originasen habladur&amp;iacute;as, si en la casa ve&amp;iacute;an entrar a D. Luis, pens&amp;oacute; en que no le viesen entrar, y para ello era tambi&amp;eacute;n muy propicia la hora, y la disposici&amp;oacute;n de la casa. A las diez estar&amp;iacute;a llena de gente la calle con la velada, y por lo mismo reparar&amp;iacute;an menos en D. Luis cuando pasase por ella. Penetrar en el zagu&amp;aacute;n ser&amp;iacute;a obra de un segundo; y ella, que estar&amp;iacute;a all&amp;iacute; aguardando, llevar&amp;iacute;a a D. Luis hasta el despacho, sin que nadie le viese.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Todas o la mayor parte de las casas de los ricachos lugare&amp;ntilde;os de Andaluc&amp;iacute;a son como dos casas en vez de una, y as&amp;iacute; era la casa de Pepita. Cada casa tiene su puerta. Por la principal se pasa al patio enlosado y con columnas, a las salas y dem&amp;aacute;s habitaciones se&amp;ntilde;oriles; por la otra, a los corrales, caballeriza y cochera, cocinas, molino, lagar, graneros, trojes donde se conserva la aceituna hasta que se muele; bodegas donde se guarda el aceite, el mosto, el vino de quema, el aguardiente y el vinagre en grandes tinajas; y candioteras o bodegas, donde est&amp;aacute; en pipas y toneles el vino bueno y ya hecho o rancio. Esta segunda casa o parte de casa, aunque est&amp;eacute; en el centro de una poblaci&amp;oacute;n de veinte o veinticinco mil almas, se llama casa de campo. El aperador, los capataces, el mulero, los trabajadores principales y m&amp;aacute;s constantes en el servicio del amo, se juntan all&amp;iacute; por la noche, en invierno, en torno de una enorme chimenea de una gran cocina, y en verano al aire libre o en alg&amp;uacute;n cuarto muy ventilado y fresco, y est&amp;aacute;n holgando y de tertulia hasta que los se&amp;ntilde;ores se recogen.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona imagin&amp;oacute; que el coloquio y la explicaci&amp;oacute;n, que ella deseaba que tuviesen su ni&amp;ntilde;a y don Luis, requer&amp;iacute;an sosiego y que no viniesen a interrumpirlos, y as&amp;iacute; determin&amp;oacute; que aquella noche, por ser la velada de San Juan, las chicas que serv&amp;iacute;an a Pepita vacasen en todos sus quehaceres y oficios, y se fuesen a solazar a la casa de campo, armando con los r&amp;uacute;sticos trabajadores un jaleo probe de fandango, lindas coplas, repiqueteo de casta&amp;ntilde;uelas, brincos y mudanzas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      De esta suerte la casa se&amp;ntilde;oril quedar&amp;iacute;a casi desierta y silenciosa, sin m&amp;aacute;s habitantes que ella y Pepita, y muy a proposito para la solemnidad, transcendencia y no turbado sosiego que eran necesarios en la entrevista que ella ten&amp;iacute;a preparada, y de la que depend&amp;iacute;a quiz&amp;aacute;s, o de seguro, el destino de dos personas de tanto valer.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mientras Anto&amp;ntilde;ona iba rumiando y concertando en su mente todas estas cosas, D. Luis, no bien se qued&amp;oacute; solo, se arrepinti&amp;oacute; de haber procedido tan de ligero y de haber sido tan d&amp;eacute;bil en conceder la cita que Anto&amp;ntilde;ona le hab&amp;iacute;a pedido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis se par&amp;oacute; a considerar la condici&amp;oacute;n de Anto&amp;ntilde;ona, y le pareci&amp;oacute; m&amp;aacute;s aviesa que la de Enone y la de Celestina. Vio delante de s&amp;iacute; todo el peligro a que voluntariamente se aventuraba, y no vio ventaja alguna en hacer recatadamente y a hurto de todos una visita a la linda viuda.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ir a verla para ceder y caer en sus redes, burl&amp;aacute;ndose de sus votos, dejando mal al obispo, que hab&amp;iacute;a recomendado su solicitud de dispensa, y hasta al Sumo Pont&amp;iacute;fice, que la hab&amp;iacute;a concedido, y desistiendo de ser cl&amp;eacute;rigo, le parec&amp;iacute;a un desdoro muy enorme. Era adem&amp;aacute;s una traici&amp;oacute;n contra su padre, que amaba a Pepita y deseaba casarse con ella. Ir a verla para desenga&amp;ntilde;arla m&amp;aacute;s a&amp;uacute;n, se le antojaba mayor refinamiento de crueldad que partir sin decirle nada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Impulsado por tales razones, lo primero que pens&amp;oacute; D. Luis fue faltar a la cita sin dar excusa ni aviso, y que Anto&amp;ntilde;ona le aguardase en balde en el zagu&amp;aacute;n; pero Anto&amp;ntilde;ona anunciar&amp;iacute;a a su se&amp;ntilde;ora la visita, y &amp;eacute;l faltar&amp;iacute;a, no s&amp;oacute;lo a Anto&amp;ntilde;ona, sino a Pepita, dejando de ir, con una groser&amp;iacute;a incalificable.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Discurri&amp;oacute; entonces escribir a Pepita una carta muy afectuosa y discreta, excus&amp;aacute;ndose de ir, justificando su conducta, consol&amp;aacute;ndola, manifestando sus tiernos sentimientos por ella, si bien haciendo ver que la obligaci&amp;oacute;n y el cielo eran antes que todo, y procurando dar &amp;aacute;nimo a Pepita para que hiciese el mismo sacrificio que &amp;eacute;l hac&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuatro o cinco veces se puso a escribir esta carta. Emborron&amp;oacute; mucho papel; le rasg&amp;oacute; enseguida; y la carta no sal&amp;iacute;a jam&amp;aacute;s a su gusto. Ya era seca, fr&amp;iacute;a, pedantesca, como un mal serm&amp;oacute;n o como la pl&amp;aacute;tica de un d&amp;oacute;mine: ya se deduc&amp;iacute;a de su contenido un miedo pueril y rid&amp;iacute;culo, como si Pepita fuese un monstruo pronto a devorarle; ya ten&amp;iacute;a el escrito otros defectos y lunares no menos lastimosos. En suma, la carta no se escribi&amp;oacute;, despu&amp;eacute;s de haberse consumido en las tentativas unos cuantos pliegos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No hay m&amp;aacute;s recurso&amp;mdash;dijo para s&amp;iacute; D. Luis&amp;mdash;, la suerte est&amp;aacute; echada. Valor y vamos all&amp;aacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Don Luis confort&amp;oacute; su esp&amp;iacute;ritu con la esperanza de que iba a tener mucha serenidad y de que Dios iba a poner en sus labios un raudal de elocuencia, por donde persuadir&amp;iacute;a a Pepita, que era tan buena, de que ella misma le impulsase a cumplir con su vocaci&amp;oacute;n, sacrificando el amor mundanal y haci&amp;eacute;ndose semejante a las santas mujeres que ha habido, las cuales, no ya han desistido de unirse con un novio o con un amante, sino hasta de unirse con el esposo, viviendo con &amp;eacute;l como con un hermano, seg&amp;uacute;n se refiere, por ejemplo, en la vida de San Eduardo, rey de Inglaterra. Y despu&amp;eacute;s de pensar en esto, se sent&amp;iacute;a D. Luis m&amp;aacute;s consolado y animado, y ya se figuraba que &amp;eacute;l iba a ser como otro san Eduardo, y que Pepita era como la reina Edita, su mujer; y bajo la forma y condici&amp;oacute;n de la tal reina, virgen a par de esposa, le parec&amp;iacute;a Pepita, si cabe, mucho m&amp;aacute;s gentil, elegante y po&amp;eacute;tica.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No estaba, sin embargo, D. Luis todo lo seguro y tranquilo que debiera estar, despu&amp;eacute;s de haberse resuelto a imitar a San Eduardo. Hallaba a&amp;uacute;n cierto no s&amp;eacute; qu&amp;eacute; de criminal en aquella visita que iba a hacer, sin que su padre lo supiese, y estaba por ir a despertarle de su siesta y descubr&amp;iacute;rselo todo. Dos o tres veces se levant&amp;oacute; de su silla y empez&amp;oacute; a andar en busca de su padre; pero luego se deten&amp;iacute;a y cre&amp;iacute;a aquella revelaci&amp;oacute;n indigna, la cre&amp;iacute;a una vergonzosa chiquillada. &amp;Eacute;l pod&amp;iacute;a revelar sus secretos; pero revelar los de Pepita para ponerse bien con su padre era bastante feo. La fealdad y lo c&amp;oacute;mico y miserable de la acci&amp;oacute;n se aumentaban notando que el temor de no ser bastante fuerte para resistir era lo que a hacerla le mov&amp;iacute;a. D. Luis se call&amp;oacute;, pues, y no revel&amp;oacute; nada a su padre.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Es m&amp;aacute;s: ni siquiera se sent&amp;iacute;a con la desenvoltura y la seguridad convenientes para presentarse a su padre habiendo de por medio aquella cita misteriosa. Estaba asimismo tan alborotado y fuera de s&amp;iacute; por culpa de las encontradas pasiones que se disputaban el dominio de su alma, que no cab&amp;iacute;a en el cuarto, y como si brincase o volase, le andaba y recorr&amp;iacute;a todo en tres o cuatro pasos, aunque era grande, por lo cual tem&amp;iacute;a darse de calabazadas contra las paredes. Por &amp;uacute;ltimo, si bien ten&amp;iacute;a abierto el balc&amp;oacute;n, por ser verano, le parec&amp;iacute;a que iba a ahogarse all&amp;iacute; por falta de aire, y que el techo le pesaba sobre la cabeza, y que para respirar necesitaba de toda la atm&amp;oacute;sfera y para andar de todo el espacio sin l&amp;iacute;mites, y para alzar la frente y exhalar sus suspiros y encumbrar sus pensamientos, de no tener sobre s&amp;iacute; sino la inmensa b&amp;oacute;veda del cielo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aguijoneado de esta necesidad, tom&amp;oacute; su sombrero y su bast&amp;oacute;n y se fue a la calle. Ya en la calle, huyendo de toda persona conocida y buscando la soledad, se sali&amp;oacute; al campo y se intern&amp;oacute; por lo m&amp;aacute;s frondoso y esquivo de las alamedas, huertas y sendas que rodean la poblaci&amp;oacute;n y hacen un para&amp;iacute;so de sus alrededores en un radio de m&amp;aacute;s de media legua.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/7557954548342554702'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/7557954548342554702'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo_11.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (2)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-6588073491427652986</id><published>2007-09-10T07:15:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.641-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (1)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No hay m&amp;aacute;s cartas de D. Luis de Vargas que las que hemos transcrito. Nos quedar&amp;iacute;amos, pues, sin averiguar el t&amp;eacute;rmino que tuvieron estos amores, y esta sencilla y apasionada historia no acabar&amp;iacute;a, si un sujeto, perfectamente enterado de todo, no hubiese compuesto la relaci&amp;oacute;n que sigue.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Nadie extra&amp;ntilde;&amp;oacute; en el lugar la indisposici&amp;oacute;n de Pepita, ni menos pens&amp;oacute; en buscarle una causa que s&amp;oacute;lo nosotros, ella, D. Luis, el se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n y la discreta Anto&amp;ntilde;ona, sabemos hasta lo presente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      M&amp;aacute;s bien hubieran podido extra&amp;ntilde;arse la vida alegre, las tertulias diarias y hasta los paseos campestres de Pepita, durante alg&amp;uacute;n tiempo. El que volviese Pepita a su retiro habitual era natural&amp;iacute;simo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Su amor por D. Luis, tan silencioso y tan reconcentrado, se ocult&amp;oacute; a las miradas investigadoras de do&amp;ntilde;a Casilda, de Currito y de todos los personajes del lugar que en las cartas de don Luis se nombran. Menos pod&amp;iacute;a saberlo el vulgo. A nadie le cab&amp;iacute;a en la cabeza, a nadie le pasaba por la imaginaci&amp;oacute;n, que el &lt;i&gt;te&amp;oacute;logo&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;el santo&lt;/i&gt;, como llamaban a D. Luis, rivalizase con su padre, y hubiera conseguido lo que no hab&amp;iacute;a conseguido el terrible y poderoso D. Pedro de Vargas: enamorar a la linda, elegante, esquiva y zahare&amp;ntilde;a viudita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A pesar de la familiaridad que las se&amp;ntilde;oras de lugar tienen con sus criadas, Pepita nada hab&amp;iacute;a dejado traslucir a ninguna de las suyas. S&amp;oacute;lo Anto&amp;ntilde;ona, que era un lince para todo, y m&amp;aacute;s a&amp;uacute;n para las cosas de su ni&amp;ntilde;a, hab&amp;iacute;a penetrado el misterio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona no call&amp;oacute; a Pepita su descubrimiento, y Pepita no acert&amp;oacute; a negar la verdad a aquella mujer que la hab&amp;iacute;a criado, que la idolatraba, y que, si bien se complac&amp;iacute;a en descubrir y referir cuanto pasa en el pueblo, siendo modelo de maldicientes, era sigilosa y leal como pocas para lo que importaba a su due&amp;ntilde;o.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      De esta suerte se hizo Anto&amp;ntilde;ona la confidenta de Pepita, la cual hallaba gran consuelo en desahogar su coraz&amp;oacute;n con quien, si era vulgar o grosera en la expresi&amp;oacute;n o en el lenguaje, no lo era en los sentimientos y en las ideas que expresaba y formulaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por lo dicho se explican las visitas de Anto&amp;ntilde;ona a D. Luis, sus palabras, y hasta los feroces, poco respetuosos y mal colocados pellizcos, con que macer&amp;oacute; sus carnes y atorment&amp;oacute; su dignidad la &amp;uacute;ltima vez que estuvo a verle.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita, no s&amp;oacute;lo no hab&amp;iacute;a excitado a Anto&amp;ntilde;ona a que fuese a D. Luis con embajadas, pero ni sab&amp;iacute;a siquiera que hubiese ido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona hab&amp;iacute;a tomado la iniciativa y hab&amp;iacute;a hecho papel en este asunto, porque as&amp;iacute; lo quiso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Como ya se dijo, se hab&amp;iacute;a enterado de todo con perspicacia maravillosa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando la misma Pepita apenas se hab&amp;iacute;a dado cuenta de que amaba a D. Luis, ya Anto&amp;ntilde;ona lo sab&amp;iacute;a. Apenas empez&amp;oacute; Pepita a lanzar sobre &amp;eacute;l aquellas ardientes, furtivas e involuntarias miradas que tanto destrozo hicieron, miradas que nadie sorprendi&amp;oacute; de los que estaban presentes, Anto&amp;ntilde;ona, que no lo estaba, habl&amp;oacute; a Pepita de las miradas. Y no bien las miradas recibieron dulce pago, tambi&amp;eacute;n lo supo Anto&amp;ntilde;ona.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Poco tuvo, pues, la se&amp;ntilde;ora que confiar a una criada tan penetrante y tan zahor&amp;iacute; de cuanto pasaba en lo m&amp;aacute;s escondido de su pecho.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A los cinco d&amp;iacute;as de la fecha de la &amp;uacute;ltima carta que hemos le&amp;iacute;do, empieza nuestra narraci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Eran las once de la ma&amp;ntilde;ana. Pepita estaba en una sala alta al lado de su alcoba y de su tocador, donde nadie, salvo Anto&amp;ntilde;ona, entraba jam&amp;aacute;s sin que llamase ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Los muebles de aquella sala eran de poco valor, pero c&amp;oacute;modos y aseados. Las cortinas y el forro de los sillones, sof&amp;aacute;s y butacas, eran de tela de algod&amp;oacute;n pintada de flores; sobre una mesita de caoba hab&amp;iacute;a recado de escribir y papeles; y en un armario, de caoba tambi&amp;eacute;n, bastantes libros de devoci&amp;oacute;n y de historia. Las paredes se ve&amp;iacute;an adornadas con cuadros, que eran estampas de asuntos religiosos; pero con el buen gusto, inaudito, raro, casi inveros&amp;iacute;mil en un lugar de Andaluc&amp;iacute;a, de que dichas estampas no fuesen malas litograf&amp;iacute;as francesas, sino grabados de nuestra Calcograf&amp;iacute;a, como el Pasmo de Sicilia de Rafael, el San Ildefonso y la Virgen, la Concepci&amp;oacute;n, el San Bernardo y los dos medios puntos de Murillo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sobre una antigua mesa de roble, sostenida por columnas salom&amp;oacute;nicas, se ve&amp;iacute;a un contadorcillo o papelera con embutidos de concha, n&amp;aacute;car, marfil y bronce, y muchos cajoncitos, donde guardaba Pepita cuentas y otros documentos. Sobre la misma mesa hab&amp;iacute;a dos vasos de porcelana con muchas flores. Colgadas en la pared hab&amp;iacute;a por &amp;uacute;ltimo, algunas macetas de loza de la Cartuja sevillana, con geranio-hiedra y otras plantas, y tres jaulas doradas con canarios y jilgueros.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aquella sala era el retiro de Pepita, donde no entraban de d&amp;iacute;a sino el m&amp;eacute;dico y el padre vicario, y donde a prima noche entraba s&amp;oacute;lo el aperador a dar sus cuentas. Aquella sala era y se llamaba el despacho.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita estaba sentada, casi recostada en un sof&amp;aacute;, delante del cual hab&amp;iacute;a un velador peque&amp;ntilde;o con varios libros.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Se acababa de levantar, y vest&amp;iacute;a una ligera bata de verano. Su cabello rubio, mal peinado a&amp;uacute;n, parec&amp;iacute;a m&amp;aacute;s hermoso en su mismo desorden. Su cara, algo p&amp;aacute;lida y con ojeras, si bien llena de juventud, lozan&amp;iacute;a y frescura, parec&amp;iacute;a m&amp;aacute;s bella con el mal que le robaba colores.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita mostraba impaciencia; aguardaba a alguien.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al fin lleg&amp;oacute; y entr&amp;oacute; sin anunciarse la persona que aguardaba, que era el padre vicario.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Despu&amp;eacute;s de los saludos de costumbre, y arrellanado el padre vicario en una butaca al lado de Pepita, se entabl&amp;oacute; la conversaci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Me alegro, hija m&amp;iacute;a, de que me hayas llamado; pero sin que te hubieras molestado en llamarme, ya iba yo a venir a verte. &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; p&amp;aacute;lida est&amp;aacute;s! &amp;iquest;Qu&amp;eacute; padeces? &amp;iquest;Tienes algo importante que decirme?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A esta serie de preguntas cari&amp;ntilde;osas, empez&amp;oacute; a contestar Pepita con un hondo suspiro. Despu&amp;eacute;s dijo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;No adivina Vd. mi enfermedad? &amp;iquest;No descubre Vd. la causa de mi padecimiento?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El vicario se encogi&amp;oacute; de hombros y mir&amp;oacute; a Pepita con cierto susto, porque nada sab&amp;iacute;a, y le llamaba la atenci&amp;oacute;n la vehemencia con que ella se expresaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita prosigui&amp;oacute;:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Padre m&amp;iacute;o, yo no deb&amp;iacute; llamar a Vd., sino ir a la iglesia y hablar con Vd. en el confesonario, y all&amp;iacute; confesar mis pecados. Por desgracia no estoy arrepentida; mi coraz&amp;oacute;n se ha endurecido en la maldad, y no he tenido valor ni me he hallado dispuesta para hablar con el confesor, sino con el amigo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Qu&amp;eacute; dices de pecados, ni de dureza de coraz&amp;oacute;n? &amp;iquest;Est&amp;aacute;s loca? &amp;iquest;Qu&amp;eacute; pecados han de ser los tuyos, si eres tan buena?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No, padre, yo soy mala. He estado enga&amp;ntilde;ando a Vd., enga&amp;ntilde;&amp;aacute;ndome a m&amp;iacute; misma, queriendo enga&amp;ntilde;ar a Dios.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vamos, c&amp;aacute;lmate, ser&amp;eacute;nate; habla con orden y con juicio para no decir disparates.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Y c&amp;oacute;mo no decirlos, cuando el esp&amp;iacute;ritu del mal me posee?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Ave Mar&amp;iacute;a Pur&amp;iacute;sima! Muchacha, no desatines. Mira, hija m&amp;iacute;a: tres son los demonios m&amp;aacute;s temibles que se apoderan de las almas, y ninguno de ellos, estoy seguro, se puede haber atrevido a llegar hasta la tuya. El uno es Leviat&amp;aacute;n, o el esp&amp;iacute;ritu de la soberbia; el otro Mam&amp;oacute;n, o el esp&amp;iacute;ritu de la avaricia; el otro Asmodeo, o el esp&amp;iacute;ritu de los amores impuros.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues de los tres soy v&amp;iacute;ctima: los tres me dominan.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; horror!... Repito que te calmes. De lo que t&amp;uacute; eres v&amp;iacute;ctima es de un delirio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Pluguiese a Dios que as&amp;iacute; fuera! Es por mi culpa lo contrario. Soy avarienta, porque poseo cuantiosos bienes y no hago las obras de caridad que debiera hacer; soy soberbia, porque he despreciado a muchos hombres, no por virtud, no por honestidad, sino porque no los hallaba acreedores a mi cari&amp;ntilde;o. Dios me ha castigado; Dios ha permitido que ese tercer enemigo, de que Vd. habla, se apodere de m&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;C&amp;oacute;mo es eso, muchacha? &amp;iquest;Qu&amp;eacute; diablura se te ocurre? &amp;iquest;Est&amp;aacute;s enamorada quiz&amp;aacute;s? Y si lo est&amp;aacute;s, &amp;iquest;qu&amp;eacute; mal hay en ello? &amp;iquest;No eres libre? C&amp;aacute;sate, pues, y d&amp;eacute;jate de tonter&amp;iacute;as. Seguro estoy de que mi amigo D. Pedro de Vargas ha hecho el milagro. &amp;iexcl;El demonio es el tal D. Pedro! Te declaro que me asombra. No juzgaba yo el asunto tan mollar y tan maduro como estaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pero si no es D. Pedro de Vargas de quien estoy enamorada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Pues de qui&amp;eacute;n entonces?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita se levant&amp;oacute; de su asiento; fue hacia la puerta; la abri&amp;oacute;; mir&amp;oacute; para ver si alguien escuchaba desde fuera; la volvi&amp;oacute; a cerrar; se acerc&amp;oacute; luego al padre vicario, y toda acongojada, con voz tr&amp;eacute;mula, con l&amp;aacute;grimas en los ojos, dijo casi al o&amp;iacute;do del buen anciano:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Estoy perdidamente enamorada de su hijo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;De qu&amp;eacute; hijo?&amp;mdash;interrumpi&amp;oacute; el padre vicario, que a&amp;uacute;n no quer&amp;iacute;a creerlo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;De qu&amp;eacute; hijo ha de ser? Estoy perdida, fren&amp;eacute;ticamente enamorada de D. Luis.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La consternaci&amp;oacute;n, la sorpresa m&amp;aacute;s dolorosa se pint&amp;oacute; en el rostro del c&amp;aacute;ndido y afectuoso sacerdote.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hubo un momento de pausa. Despu&amp;eacute;s dijo el vicario:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pero ese es un amor sin esperanza: un amor imposible. D. Luis no te querr&amp;aacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por entre las l&amp;aacute;grimas que nublaban los hermosos ojos de Pepita, brill&amp;oacute; un alegre rayo de luz; su linda y fresca boca, contra&amp;iacute;da por la tristeza, se abri&amp;oacute; con suavidad, dejando ver las perlas de sus dientes y formando una sonrisa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Me quiere&amp;mdash;dijo Pepita con un ligero y mal disimulado acento de satisfacci&amp;oacute;n y de triunfo, que se alzaba por cima de su dolor y de sus escr&amp;uacute;pulos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aqu&amp;iacute; subieron de punto la consternaci&amp;oacute;n y el asombro del padre vicario. Si el santo de su mayor devoci&amp;oacute;n hubiera sido arrojado del altar y hubiera ca&amp;iacute;do a sus pies, y se hubiera hecho cien mil pedazos, no se hubiera el vicario consternado tanto. Todav&amp;iacute;a mir&amp;oacute; a Pepita con incredulidad, como dudando de que aquello fuese cierto y no una alucinaci&amp;oacute;n de la vanidad mujeril. Tan de firme cre&amp;iacute;a en la santidad de D. Luis y en su misticismo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Me quiere!&amp;mdash;dijo otra vez Pepita, contestando a aquella incr&amp;eacute;dula mirada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Las mujeres son peores que pateta!&amp;mdash;dijo el vicario&amp;mdash;. Ech&amp;aacute;is la zancadilla al mism&amp;iacute;simo mengue.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;No se lo dec&amp;iacute;a yo a Vd.? &amp;iexcl;Yo soy muy mala!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Sea todo por Dios! Vamos, sosi&amp;eacute;gate. La misericordia de Dios es infinita. Cu&amp;eacute;ntame lo que ha pasado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; ha de haber pasado! Que le quiero, que le amo, que le adoro; que &amp;eacute;l me quiere tambi&amp;eacute;n, aunque lucha por sofocar su amor y tal vez lo consiga; y que Vd., sin saberlo, tiene mucha culpa de todo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Pues no faltaba m&amp;aacute;s! &amp;iquest;C&amp;oacute;mo es eso de que tengo yo mucha culpa?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Con la extremada bondad que le es propia, no ha hecho Vd. m&amp;aacute;s que alabarme a D. Luis, y tengo por cierto que a D. Luis le habr&amp;aacute; Vd. hecho de m&amp;iacute; mayores elogios a&amp;uacute;n, si bien harto menos merecidos. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; hab&amp;iacute;a de suceder? &amp;iquest;Soy yo de bronce? &amp;iquest;Tengo m&amp;aacute;s de veinte a&amp;ntilde;os?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Tienes raz&amp;oacute;n que te sobra. Soy un mentecato. He contribuido poderosamente a esta obra de Lucifer.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El padre vicario era tan bueno y tan humilde que, al decir las anteriores frases, estaba confuso y contrito, como si &amp;eacute;l fuese el reo y Pepita el juez.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Conoci&amp;oacute; Pepita el ego&amp;iacute;smo rudo con que hab&amp;iacute;a hecho c&amp;oacute;mplice y punto menos que autor principal de su falta al padre vicario, y le habl&amp;oacute; de esta suerte:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No se aflija Vd., padre m&amp;iacute;o; no se aflija usted, por amor de Dios. &amp;iexcl;Mire Vd. si soy perversa! &amp;iexcl;Cometo pecados grav&amp;iacute;simos y quiero hacer responsable de ellos al mejor y m&amp;aacute;s virtuoso de los hombres! No han sido las alabanzas que Vd. me ha hecho de D. Luis sino mis ojos y mi poco recato los que me han perdido. Aunque Vd. no me hubiera hablado jam&amp;aacute;s de las prendas de D. Luis, de su saber, de su talento y de su entusiasta coraz&amp;oacute;n, yo lo hubiera descubierto todo oy&amp;eacute;ndole hablar, pues al cabo no soy tan tonta ni tan r&amp;uacute;stica. Me he fijado adem&amp;aacute;s en la gallard&amp;iacute;a de su persona, en la natural distinci&amp;oacute;n y no aprendida elegancia de sus modales, en sus ojos llenos de fuego y de inteligencia, en todo &amp;eacute;l, en suma, que me parece amable y deseable. Los elogios de Vd. han venido s&amp;oacute;lo a lisonjear mi gusto, pero no a despertarle. Me han encantado porque coincid&amp;iacute;an con mi parecer y eran como el eco adulador, harto amortiguado y debil&amp;iacute;simo, de lo que yo pensaba. El m&amp;aacute;s elocuente encomio que me ha hecho Vd. de D. Luis no ha llegado, ni con mucho, al encomio que sin palabras me hac&amp;iacute;a yo de &amp;eacute;l a cada minuto, a cada segundo, dentro del alma.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;No te exaltes, hija m&amp;iacute;a!&amp;mdash;interrumpi&amp;oacute; el padre vicario.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita continu&amp;oacute; con mayor exaltaci&amp;oacute;n:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Pero qu&amp;eacute; diferencia entre los encomios de usted y mis pensamientos! Vd. ve&amp;iacute;a y trazaba en don Luis el modelo ejemplar del sacerdote, del misionero, del var&amp;oacute;n apost&amp;oacute;lico; ya predicando el Evangelio en apartadas regiones y convirtiendo infieles, ya trabajando en Espa&amp;ntilde;a para realzar la cristiandad, tan perdida hoy por la impiedad de los unos y la carencia de virtud, de caridad y de ciencia de los otros. Yo, en cambio, me le representaba gal&amp;aacute;n, enamorado, olvidando a Dios por m&amp;iacute;, consagr&amp;aacute;ndome su vida, d&amp;aacute;ndome su alma, siendo mi apoyo, mi sost&amp;eacute;n, mi dulce compa&amp;ntilde;ero. Yo anhelaba cometer un robo sacr&amp;iacute;lego. So&amp;ntilde;aba con rob&amp;aacute;rsele a Dios y a su templo, como el ladr&amp;oacute;n, enemigo del cielo, que roba la joya m&amp;aacute;s rica de la venerada Custodia. Para cometer este robo he desechado los lutos de la viudez y de la orfandad y me he vestido galas profanas; he abandonado mi retiro y he buscado y llamado a m&amp;iacute; a las gentes; he procurado estar hermosa; he cuidado con infernal esmero de todo este cuerpo miserable, que ha de hundirse en la sepultura y ha de convertirse en polvo vil; y he mirado, por &amp;uacute;ltimo, a D. Luis con miradas provocantes, y al estrechar su mano he querido transmitir de mis venas a las suyas este fuego inextinguible en que me abraso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Ay, ni&amp;ntilde;a, ni&amp;ntilde;a! &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; pena me da lo que te oigo! &amp;iexcl;Qui&amp;eacute;n lo hubiera podido imaginar siquiera!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues hay m&amp;aacute;s todav&amp;iacute;a&amp;mdash;a&amp;ntilde;adi&amp;oacute; Pepita&amp;mdash;. Logr&amp;eacute; que D. Luis me amase. Me lo declaraba con los ojos. S&amp;iacute;; su amor era tan profundo, tan ardiente como el m&amp;iacute;o. Su virtud, su aspiraci&amp;oacute;n a los bienes eternos, su esfuerzo varonil trataban de vencer esta pasi&amp;oacute;n insana. Yo he procurado impedirlo. Una vez, despu&amp;eacute;s de muchos d&amp;iacute;as que faltaba de esta casa, vino a verme y me hall&amp;oacute; sola. Al darme la mano llor&amp;eacute;; sin hablar me inspir&amp;oacute; el infierno una maldita elocuencia muda, y le di a entender mi dolor porque me desde&amp;ntilde;aba, porque no me quer&amp;iacute;a, porque prefer&amp;iacute;a a mi amor otro amor sin mancilla. Entonces no supo &amp;eacute;l resistir a la tentaci&amp;oacute;n y acerco su boca a mi rostro para secar mis l&amp;aacute;grimas. Nuestras bocas se unieron. Si Dios no hubiera dispuesto que llegase Vd. en aquel instante, &amp;iquest;qu&amp;eacute; hubiera sido de m&amp;iacute;?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; verg&amp;uuml;enza, hija m&amp;iacute;a! &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; verg&amp;uuml;enza!&amp;mdash;dijo el padre vicario.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita se cubri&amp;oacute; el rostro con entrambas manos y empez&amp;oacute; a sollozar como una Magdalena. Las manos eran, en efecto, tan bellas, m&amp;aacute;s bellas que lo que D. Luis hab&amp;iacute;a dicho en sus cartas. Su blancura, su transparencia n&amp;iacute;tida, lo afilado de los dedos, lo sonrosado, pulido y brillante de las u&amp;ntilde;as de n&amp;aacute;car, todo era para volver loco a cualquier hombre.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El virtuoso vicario comprendi&amp;oacute;, a pesar de sus ochenta a&amp;ntilde;os, la ca&amp;iacute;da o tropiezo de D. Luis.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Muchacha&amp;mdash;exclam&amp;oacute;&amp;mdash;, no seas extremosa! &amp;iexcl;No me partas el coraz&amp;oacute;n! Tranquil&amp;iacute;zate. D. Luis se ha arrepentido, sin duda, de su pecado. Arrepi&amp;eacute;ntete t&amp;uacute; tambi&amp;eacute;n, y se acab&amp;oacute;. Dios os perdonar&amp;aacute; y os har&amp;aacute; unos santos. Cuando D. Luis se va pasado ma&amp;ntilde;ana, clara se&amp;ntilde;al es de que la virtud ha triunfado en &amp;eacute;l, huye de ti, como debe, para hacer penitencia de su pecado, cumplir su promesa y acudir a su vocaci&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Bueno est&amp;aacute; eso&amp;mdash;replic&amp;oacute; Pepita&amp;mdash;; cumplir su promesa... acudir a su vocaci&amp;oacute;n... &amp;iexcl;y matarme a m&amp;iacute; antes! &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; me ha querido, por qu&amp;eacute; me ha engre&amp;iacute;do, por qu&amp;eacute; me ha enga&amp;ntilde;ado? Su beso fue marca, fue hierro candente con que me se&amp;ntilde;al&amp;oacute; y sell&amp;oacute; como a su esclava. Ahora, que estoy marcada y esclavizada, me abandona, y me vende, y me asesina. &amp;iexcl;Feliz principio quiere dar a sus misiones, predicaciones y triunfos evang&amp;eacute;licos! &amp;iexcl;No ser&amp;aacute;! &amp;iexcl;Vive Dios que no ser&amp;aacute;!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Este arranque de ira y de amoroso despecho aturdi&amp;oacute; al padre vicario.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita se hab&amp;iacute;a puesto de pie. Su adem&amp;aacute;n, su gesto ten&amp;iacute;an una animaci&amp;oacute;n tr&amp;aacute;gica. Fulguraban sus ojos como dos pu&amp;ntilde;ales; reluc&amp;iacute;an como dos soles. El vicario callaba y la miraba casi con terror. Ella recorri&amp;oacute; la sala a grandes pasos. No parec&amp;iacute;a ya t&amp;iacute;mida gacela, sino iracunda leona.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pues qu&amp;eacute;&amp;mdash;dijo encar&amp;aacute;ndose de nuevo con el padre vicario&amp;mdash;, &amp;iquest;no hay m&amp;aacute;s que burlarse de m&amp;iacute;, destrozarme el coraz&amp;oacute;n, humill&amp;aacute;rmele, pisote&amp;aacute;rmele despu&amp;eacute;s de hab&amp;eacute;rmelo robado por enga&amp;ntilde;o? &amp;iexcl;Se acordar&amp;aacute; de m&amp;iacute;! &amp;iexcl;Me la pagar&amp;aacute;! Si es tan santo, si es tan virtuoso, &amp;iquest;por qu&amp;eacute; me miro prometi&amp;eacute;ndomelo todo con su mirada? Si ama tanto a Dios, &amp;iquest;por qu&amp;eacute; hace mal a una pobre criatura de Dios? &amp;iquest;Es esto caridad? &amp;iquest;Es religi&amp;oacute;n esto? No; es ego&amp;iacute;smo sin entra&amp;ntilde;as.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La c&amp;oacute;lera de Pepita no pod&amp;iacute;a durar mucho. Dichas las &amp;uacute;ltimas palabras, se troc&amp;oacute; en desfallecimiento. Pepita se dej&amp;oacute; caer en una butaca, llorando m&amp;aacute;s que antes, con una verdadera congoja.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El vicario sinti&amp;oacute; la m&amp;aacute;s tierna compasi&amp;oacute;n; pero recobr&amp;oacute; su br&amp;iacute;o al ver que el enemigo se rend&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pepita, ni&amp;ntilde;a&amp;mdash;dijo&amp;mdash;, vuelve en ti: no te atormentes de ese modo. Considera que &amp;eacute;l habr&amp;aacute; luchado mucho para vencerse; que no te ha enga&amp;ntilde;ado; que te quiere con toda el alma, pero que Dios y su obligaci&amp;oacute;n est&amp;aacute;n antes. Esta vida es muy breve y pronto se pasa. En el cielo os reunir&amp;eacute;is y os amar&amp;eacute;is como se aman los &amp;aacute;ngeles. Dios aceptar&amp;aacute; vuestro sacrificio y os premiar&amp;aacute; y recompensar&amp;aacute; con usura. Hasta tu amor propio debe estar satisfecho. &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; no valdr&amp;aacute;s t&amp;uacute; cuando has hecho vacilar y aun pecar a un hombre como D. Luis! &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;n honda herida no habr&amp;aacute;s logrado hacer en su coraz&amp;oacute;n! B&amp;aacute;stete con esto. &amp;iexcl;S&amp;eacute; generosa; s&amp;eacute; valiente! Compite con &amp;eacute;l en firmeza. D&amp;eacute;jale partir; lanza de tu pecho el fuego del amor impuro; &amp;aacute;male como a tu pr&amp;oacute;jimo, por el amor de Dios. Guarda su imagen en tu mente, pero como la criatura predilecta, reservando al Creador la m&amp;aacute;s noble parte del alma. No s&amp;eacute; lo que te digo, hija m&amp;iacute;a, porque estoy muy turbado; pero t&amp;uacute; tienes mucho talento y mucha discreci&amp;oacute;n, y me comprendes por medias palabras. Hay adem&amp;aacute;s motivos mundanos poderosos que se opondr&amp;iacute;an a estos absurdos amores, aunque la vocaci&amp;oacute;n y promesa de D. Luis no se opusieran. Su padre te pretende; aspira a tu mano, por m&amp;aacute;s que t&amp;uacute; no le ames. &amp;iquest;Estar&amp;aacute; bien visto que salgamos ahora con que el hijo es rival del padre? &amp;iquest;No se enojar&amp;aacute; el padre contra el hijo por amor tuyo? Mira cu&amp;aacute;n horrible es todo esto, y dom&amp;iacute;nate por Jes&amp;uacute;s Crucificado y por su bendita Madre Mar&amp;iacute;a Sant&amp;iacute;sima.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; f&amp;aacute;cil es dar consejos!&amp;mdash;contest&amp;oacute; Pepita soseg&amp;aacute;ndose un poco&amp;mdash;. &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; dif&amp;iacute;cil me es seguirlos, cuando hay como una fiera y desencadenada tempestad en mi cabeza! &amp;iexcl;Si me da miedo de volverme loca!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Los consejos que te doy son por tu bien. Deja que D. Luis se vaya. La ausencia es gran remedio para el mal de amores. &amp;Eacute;l sanar&amp;aacute; de su pasi&amp;oacute;n entreg&amp;aacute;ndose a sus estudios y consagr&amp;aacute;ndose al altar. T&amp;uacute;, as&amp;iacute; que est&amp;eacute; lejos D. Luis, ir&amp;aacute;s poco a poco seren&amp;aacute;ndote, y conservar&amp;aacute;s de &amp;eacute;l un grato y melanc&amp;oacute;lico recuerdo, que no te har&amp;aacute; da&amp;ntilde;o. Ser&amp;aacute; como una hermosa poes&amp;iacute;a que dorar&amp;aacute; con su luz tu existencia. Si todos tus deseos pudieran cumplirse... &amp;iquest;qui&amp;eacute;n sabe?... Los amores terrenales son poco consistentes. El deleite que la fantas&amp;iacute;a entrev&amp;eacute;, con gozarlos y apurarlos hasta las heces, nada vale comparado con los amargos dejos. &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;nto mejor es que vuestro amor, apenas contaminado y apenas impurificado, se pierda y se evapore ahora, subiendo al cielo como nube de incienso, que no el que muera, una vez satisfecho, a manos del hast&amp;iacute;o! Ten valor para apartar la copa de tus labios, cuando apenas has gustado el licor que contiene. Haz con ese licor una libaci&amp;oacute;n y una ofrenda al Redentor divino. En cambio, te dar&amp;aacute; &amp;eacute;l de aquella bebida que ofreci&amp;oacute; a la Samaritana; bebida que no cansa, que satisface la sed y que produce vida eterna.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Padre m&amp;iacute;o! &amp;iexcl;Padre m&amp;iacute;o! &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; bueno es usted! Sus santas palabras me prestan valor. Yo me dominar&amp;eacute;; yo me vencer&amp;eacute;. Ser&amp;iacute;a bochornoso, &amp;iquest;no es verdad que ser&amp;iacute;a bochornoso que D. Luis supiera dominarse y vencerse, y yo fuera liviana y no me venciera? Que se vaya. Se va pasado ma&amp;ntilde;ana. Vaya bendito de Dios. Mire Vd. su tarjeta. Ayer estuvo a despedirse con su padre y no le he recibido. Ya no le ver&amp;eacute; m&amp;aacute;s. No quiero conservar ni el recuerdo po&amp;eacute;tico de que Vd. habla. Estos amores han sido una pesadilla. Yo la arrojar&amp;eacute; lejos de m&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Bien, muy bien! As&amp;iacute; te quiero yo, en&amp;eacute;rgica, valiente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Ay, padre m&amp;iacute;o! Dios ha derribado mi soberbia con este golpe; mi engreimiento era insolent&amp;iacute;simo, y han sido indispensables los desdenes de ese hombre para que sea yo todo lo humilde que debo. &amp;iquest;Puedo estar m&amp;aacute;s postrada ni m&amp;aacute;s resignada? Tiene raz&amp;oacute;n D. Luis: yo no le merezco. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo, por m&amp;aacute;s esfuerzos que hiciera, habr&amp;iacute;a yo de elevarme hasta &amp;eacute;l, y comprenderle, y poner en perfecta comunicaci&amp;oacute;n mi esp&amp;iacute;ritu con el suyo? Yo soy zafia aldeana, inculta, necia; &amp;eacute;l no hay ciencia que no comprenda, ni arcano que ignore, ni esfera encumbrada del mundo intelectual a donde no suba. All&amp;aacute; se remonta en alas de su genio, y a m&amp;iacute;, pobre y vulgar mujer, me deja por ac&amp;aacute;, en este bajo suelo, incapaz de seguirle ni siquiera con una lev&amp;iacute;sima esperanza y con mis desconsolados suspiros.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Pero Pepita, por los clavos de Cristo, no digas eso ni lo pienses. &amp;iexcl;Si D. Luis no te desde&amp;ntilde;a por zafia, ni porque es muy sabio y t&amp;uacute; no le entiendes, ni por esas majader&amp;iacute;as que ah&amp;iacute; est&amp;aacute;s ensartando! &amp;Eacute;l se va porque tiene que cumplir con Dios; y t&amp;uacute; debes alegrarte de que se vaya, porque sanar&amp;aacute;s del amor, y Dios te dar&amp;aacute; el premio de tan grande sacrificio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita, que ya no lloraba y que se hab&amp;iacute;a enjugado las l&amp;aacute;grimas con el pa&amp;ntilde;uelo, contest&amp;oacute; tranquila:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Est&amp;aacute; bien, padre; yo me alegrar&amp;eacute;; casi me alegro ya de que se vaya. Deseando estoy que pase el d&amp;iacute;a de ma&amp;ntilde;ana, y que, pasado, venga Anto&amp;ntilde;ona a decirme cuando yo despierte: &amp;laquo;Ya se fue D. Luis&amp;raquo;. Vd. ver&amp;aacute; c&amp;oacute;mo renacen entonces la calma y la serenidad antigua en mi coraz&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;As&amp;iacute; sea&amp;mdash;dijo el padre vicario, y convencido de que hab&amp;iacute;a hecho un prodigio y de que hab&amp;iacute;a curado casi el mal de Pepita, se despidi&amp;oacute; de ella, y se fue a su casa, sin poder resistir ciertos est&amp;iacute;mulos de vanidad al considerar la influencia que ejerc&amp;iacute;a sobre el noble esp&amp;iacute;ritu de aquella preciosa muchacha.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;hr style=&#39;width: 45%;&#39; /&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita, que se hab&amp;iacute;a levantado para despedir al padre vicario, no bien volvi&amp;oacute; a cerrar la puerta y qued&amp;oacute; sola, de pie, en medio de la estancia, permaneci&amp;oacute; un rato inm&amp;oacute;vil, con la mirada fija, aunque sin fijarla en ning&amp;uacute;n objeto, y con los ojos sin l&amp;aacute;grimas. Hubiera recordado a un poeta o a un artista la figura de Ariadna, como la describe Catulo, cuando Teseo la abandon&amp;oacute; en la isla de Naxos. De repente, como si lograse desatar un nudo que le apretaba la garganta, como si quebrase un cordel que la ahogaba, rompi&amp;oacute; Pepita en lastimeros gemidos, verti&amp;oacute; un raudal de llanto, y dio con su cuerpo, tan lindo y delicado, sobre las losas fr&amp;iacute;as del pavimento. All&amp;iacute;, cubierta la cara con las manos, desatada ya la trenza de sus cabellos, y en desorden la vestidura, continu&amp;oacute; en sus sollozos y en sus gemidos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; hubiera seguido largo tiempo, si no llega Anto&amp;ntilde;ona. Anto&amp;ntilde;ona la oy&amp;oacute; gemir, antes de entrar y verla, y se precipit&amp;oacute; en la sala. Cuando la vio tendida en el suelo, hizo Anto&amp;ntilde;ona mil extremos de furor.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Vea Vd.&amp;mdash;dijo&amp;mdash;, ese z&amp;aacute;ngano, pelgar, vejete, tonto, que ma&amp;ntilde;a se da para consolar a sus amigas! Habr&amp;aacute; largado alguna barbaridad, alg&amp;uacute;n buen par de coces a esta criaturita de mi alma, y me la ha dejado aqu&amp;iacute; medio muerta, y &amp;eacute;l se ha vuelto a la iglesia, a preparar lo conveniente para cantarla el gorigori, y rociarla con el hisopo y enterr&amp;aacute;rmela sin m&amp;aacute;s ni m&amp;aacute;s.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona tendr&amp;iacute;a cuarenta a&amp;ntilde;os, y era dura en el trabajo, briosa y m&amp;aacute;s forzuda que muchos cavadores. Con frecuencia levantaba poco menos que a pulso una corambre con tres arrobas y media de aceite o de vino y la plantaba sobre el lomo de un mulo, o bien cargaba con un costal de trigo y lo sub&amp;iacute;a al alto desv&amp;aacute;n, donde estaba el granero. Aunque Pepita no fuese una paja, Anto&amp;ntilde;ona la alz&amp;oacute; del suelo en sus brazos, como si lo fuera, y la puso con mucho tiento sobre el sof&amp;aacute;, como quien coloca la alhaja m&amp;aacute;s fr&amp;aacute;gil y primorosa para que no se quiebre.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Qu&amp;eacute; soponcio es &amp;eacute;ste?&amp;mdash;pregunt&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona&amp;mdash;. Apuesto cualquier cosa a que este zanguango de vicario te ha echado un serm&amp;oacute;n de ac&amp;iacute;bar y te ha destrozado el alma a pesadumbres.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita segu&amp;iacute;a llorando y sollozando sin contestar.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Ea! D&amp;eacute;jate de llanto y dime lo que tienes. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; te ha dicho el vicario?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Nada ha dicho que pueda ofenderme&amp;mdash;contest&amp;oacute; al fin Pepita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Viendo luego que Anto&amp;ntilde;ona aguardaba con inter&amp;eacute;s a que ella hablase, y deseando desahogarse con quien simpatizaba mejor con ella y m&amp;aacute;s humanamente la comprend&amp;iacute;a, Pepita habl&amp;oacute; de esta manera:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;El padre vicario me amonesta con dulzura para que me arrepienta de mis pecados; para que deje partir en paz a don Luis; para que me alegre de su partida; para que le olvide. Yo he dicho que s&amp;iacute; a todo. He prometido alegrarme de que D. Luis se vaya. He querido olvidarle y hasta aborrecerle. Pero mira, Anto&amp;ntilde;ona, no puedo; es un empe&amp;ntilde;o superior a mis fuerzas. Cuando el vicario estaba aqu&amp;iacute; juzgu&amp;eacute; que ten&amp;iacute;a yo br&amp;iacute;os para todo, y no bien se fue, como si Dios me dejara de su mano, perd&amp;iacute; los br&amp;iacute;os, y me ca&amp;iacute; en el suelo desolada. Yo hab&amp;iacute;a so&amp;ntilde;ado una vida venturosa al lado de este hombre que me enamora; yo me ve&amp;iacute;a ya elevada hasta &amp;eacute;l por obra milagrosa del amor; mi pobre inteligencia en comuni&amp;oacute;n perfect&amp;iacute;sima con su inteligencia sublime; mi voluntad siendo una con la suya; con el mismo pensamiento ambos; latiendo nuestros corazones acordes. &amp;iexcl;Dios me lo quita y se le lleva, y yo me quedo sola, sin esperanza ni consuelo! &amp;iquest;No es verdad que es espantoso? Las razones del padre vicario son justas, discretas... Al pronto me convencieron. Pero se fue y todo el valor de aquellas razones me parece nulo; vano juego de palabras, mentiras, enredos y argucias. Yo amo a D. Luis, y esta raz&amp;oacute;n es m&amp;aacute;s poderosa que todas las razones. Y si &amp;eacute;l me ama, &amp;iquest;por qu&amp;eacute; no lo deja todo, y me busca, y se viene a m&amp;iacute;, y quebranta promesas y anula compromisos? No sab&amp;iacute;a yo lo que era amor. Ahora lo s&amp;eacute;: no hay nada m&amp;aacute;s fuerte en la tierra y en el cielo. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; no har&amp;iacute;a yo por D. Luis? Y &amp;eacute;l por m&amp;iacute; nada hace. Acaso no me ama. No, D. Luis no me ama. Yo me enga&amp;ntilde;&amp;eacute;: la vanidad me ceg&amp;oacute;. Si D. Luis me amase, me sacrificar&amp;iacute;a sus prop&amp;oacute;sitos, sus votos, su fama, sus aspiraciones a ser un santo y a ser una lumbrera de la Iglesia; todo me lo sacrificar&amp;iacute;a. Dios me lo perdone... es horrible lo que voy a decir, pero lo siento aqu&amp;iacute; en el centro del pecho, me arde aqu&amp;iacute;, en la frente calenturienta; yo por &amp;eacute;l dar&amp;iacute;a hasta la salvaci&amp;oacute;n de mi alma.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Jes&amp;uacute;s, Mar&amp;iacute;a y Jos&amp;eacute;!&amp;mdash;interrumpi&amp;oacute; Anto&amp;ntilde;ona.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Es cierto; Virgen santa de los Dolores, perdonadme, perdonadme... estoy loca... no s&amp;eacute; lo que digo y blasfemo!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;S&amp;iacute;, hija m&amp;iacute;a: &amp;iexcl;est&amp;aacute;s algo empecatada! &amp;iexcl;V&amp;aacute;lgame Dios y c&amp;oacute;mo te ha trastornado el juicio ese te&amp;oacute;logo pisaverde! Pues si yo fuera que t&amp;uacute; no lo tomar&amp;iacute;a contra el cielo, que no tiene la culpa; sino contra el mequetrefe del colegial, y me las pagar&amp;iacute;a o me borrar&amp;iacute;a el nombre que tengo. Ganas me dan de ir a buscarle y tra&amp;eacute;rtele aqu&amp;iacute; de una oreja y obligarle a que te pida perd&amp;oacute;n y a que te bese los pies de rodillas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No, Anto&amp;ntilde;ona. Veo que mi locura es contagiosa y que t&amp;uacute; deliras tambi&amp;eacute;n. En resoluci&amp;oacute;n, no hay m&amp;aacute;s recurso que hacer lo que me aconseja el padre vicario. Lo har&amp;eacute; aunque me cueste la vida. Si muero por &amp;eacute;l, &amp;eacute;l me amar&amp;aacute;, &amp;eacute;l guardar&amp;aacute; mi imagen en su memoria, mi amor en su coraz&amp;oacute;n; y Dios, que es tan bueno, har&amp;aacute; que yo vuelva a verle en el cielo, con los ojos del alma, y que all&amp;iacute; nuestros esp&amp;iacute;ritus se amen y se confundan.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona, aunque era recia de veras y nada sentimental, sinti&amp;oacute; al o&amp;iacute;r esto que se le saltaban las l&amp;aacute;grimas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Caramba, ni&amp;ntilde;a&amp;mdash;dijo Anto&amp;ntilde;ona&amp;mdash;, vas a conseguir que suelte yo el trapo a llorar y que berree como una vaca. C&amp;aacute;lmate, y no pienses en morirte, ni de chanza. Veo que tienes muy excitados los nervios. &amp;iquest;Quieres que traiga una taza de tila?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No, gracias. D&amp;eacute;jame... ya ves como estoy sosegada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Te cerrar&amp;eacute; las ventanas, a ver si duermes. Si no duermes hace d&amp;iacute;as, &amp;iquest;c&amp;oacute;mo has de estar? &amp;iexcl;Mal haya el tal D. Luis y su man&amp;iacute;a de meterse cura! &amp;iexcl;Buenos supiripandos te cuesta!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita hab&amp;iacute;a cerrado los ojos; estaba en calma y en silencio, harta ya de coloquio con Anto&amp;ntilde;ona.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Esta, crey&amp;eacute;ndola dormida, o deseando que durmiera, se inclin&amp;oacute; hacia Pepita, puso con lentitud y suavidad un beso sobre su blanca frente, le arregl&amp;oacute; y pleg&amp;oacute; el vestido sobre el cuerpo, entorn&amp;oacute; las ventanas para dejar el cuarto a media luz y se sali&amp;oacute; de puntillas, cerrando la puerta sin hacer el menor ruido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6588073491427652986'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6588073491427652986'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo II. Paralipómenos (1)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-290671384142957231</id><published>2007-09-09T05:09:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.642-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (15)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;18 de Junio&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;Eacute;sta ser&amp;aacute; la &amp;uacute;ltima carta que yo escriba a Vd.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El veinticinco saldr&amp;eacute; de aqu&amp;iacute; sin falta. Pronto tendr&amp;eacute; el gusto de dar a Vd. un abrazo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cerca de Vd. estar&amp;eacute; mejor. Vd. me infundir&amp;aacute; &amp;aacute;nimo y me prestar&amp;aacute; la energ&amp;iacute;a de que carezco.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Una tempestad de encontradas afecciones combate ahora mi coraz&amp;oacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El desorden de mis ideas se conocer&amp;aacute; en el desorden de lo que estoy escribiendo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Dos veces he vuelto a casa de Pepita. He estado fr&amp;iacute;o, severo, como deb&amp;iacute;a estar: pero &amp;iexcl;cu&amp;aacute;nto me ha costado!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ayer me dijo mi padre que Pepita est&amp;aacute; indispuesta y que no recibe.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En seguida me asalt&amp;oacute; el pensamiento de que su amor mal pagado podr&amp;iacute;a ser la causa de la enfermedad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; la he mirado con las mismas miradas de fuego con que ella me miraba? &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; la he enga&amp;ntilde;ado vilmente? &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; la he hecho creer que la quer&amp;iacute;a? &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; mi boca infame busc&amp;oacute; la suya y se abras&amp;oacute; y la abras&amp;oacute; con las llamas del infierno?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pero no: mi pecado no ha de traer como indefectible consecuencia otro pecado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo que ya fue no puede dejar de haber sido, pero puede y debe remediarse.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El 25, repito, partir&amp;eacute; sin falta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La desenvuelta Anto&amp;ntilde;ona acaba de entrar a verme.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Escond&amp;iacute; esta carta, como si fuera una maldad escribir a Vd.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Solo un minuto ha estado aqu&amp;iacute; Anto&amp;ntilde;ona.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo me levant&amp;eacute; de la silla para hablar con ella de pie y que la visita fuera corta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En tan corta visita, me ha dicho mil locuras que me afligen profundamente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por &amp;uacute;ltimo, ha exclamado, al despedirse, en su jerga medio gitana:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iexcl;Anda, fullero de amor, &lt;i&gt;indinote&lt;/i&gt;; maldecido seas; &lt;i&gt;malos chuqueles te tagelen el drupro&lt;/i&gt;, que has puesto enferma a la ni&amp;ntilde;a, y con tus retrecher&amp;iacute;as la est&amp;aacute;s matando!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Dicho esto, la endiablada mujer me aplic&amp;oacute; de una manera indecorosa y plebeya, por bajo de las espaldas, seis o siete feroces pellizcos, como si quisiera sacarme a t&amp;uacute;rdigas el pellejo. Despu&amp;eacute;s se larg&amp;oacute; echando chispas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No me quejo: merezco esta broma brutal, dado que sea broma. Merezco que me atenacen los demonios con tenazas hechas ascuas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iexcl;Dios m&amp;iacute;o, haz que Pepita me olvide: haz, si es menester, que ame a otro y sea con &amp;eacute;l dichosa!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iquest;Puedo pedirte m&amp;aacute;s, Dios m&amp;iacute;o?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi padre no sabe nada; no sospecha nada. M&amp;aacute;s vale as&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Adi&amp;oacute;s. Hasta dentro de pocos d&amp;iacute;as, que nos veremos y abrazaremos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; mudado va Vd. a encontrarme! &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; lleno de amargura mi coraz&amp;oacute;n! &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;n perdida la inocencia! &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; herida y qu&amp;eacute; lastimada mi alma!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/290671384142957231'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/290671384142957231'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_09.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (15)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-2546463337520459237</id><published>2007-09-08T05:08:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.642-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (14)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;11 de Junio&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A&amp;uacute;n es tiempo de remediarlo todo. Pepita sanar&amp;aacute; de su amor y olvidar&amp;aacute; la flaqueza que ambos tuvimos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Desde aquella noche no he vuelto a su casa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona no parece por la m&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A fuerza de s&amp;uacute;plicas he logrado de mi padre la promesa formal de que partiremos de aqu&amp;iacute; el 25, pasado el d&amp;iacute;a de San Juan, que aqu&amp;iacute; se celebra con fiestas lucidas, y en cuya v&amp;iacute;spera hay una famosa velada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lejos de Pepita, me voy serenando, y creyendo que tal vez ha sido una prueba este comienzo de amores.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En todas estas noches he rezado, he velado, me he mortificado mucho.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La persistencia de mis plegarias, la honda contrici&amp;oacute;n de mi pecho han hallado gracia delante del Se&amp;ntilde;or, quien ha mostrado su gran misericordia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El Se&amp;ntilde;or, como dice el Profeta, ha enviado fuego a lo m&amp;aacute;s robusto de mi esp&amp;iacute;ritu, ha alumbrado mi inteligencia, ha encendido lo m&amp;aacute;s alto de mi voluntad, y me ha ense&amp;ntilde;ado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La actividad del amor divino, que est&amp;aacute; en la voluntad suprema, ha podido en ocasiones, sin yo merecerlo, llevarme hasta la oraci&amp;oacute;n de quietud afectiva. He desnudado las potencias inferiores de mi alma de toda imagen, hasta de la imagen de esa mujer; y he cre&amp;iacute;do, si el orgullo no me alucina, que he conocido y gozado en paz, con la inteligencia y con el afecto, del bien supremo que est&amp;aacute; en el centro y abismo del alma.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ante este bien todo es miseria; ante esta hermosura es fealdad todo; ante esta felicidad, todo es infortunio; ante esta altura todo es bajeza. &amp;iquest;Qui&amp;eacute;n no olvidar&amp;aacute; y despreciar&amp;aacute; por el amor de Dios todos los dem&amp;aacute;s amores?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      S&amp;iacute;: la imagen profana de esa mujer saldr&amp;aacute; definitivamente y para siempre de mi alma. Yo har&amp;eacute; un azote dur&amp;iacute;simo de mis oraciones y penitencias, y con &amp;eacute;l la arrojar&amp;eacute; de all&amp;iacute;, como Cristo arroj&amp;oacute; del templo a los condenados mercaderes.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/2546463337520459237'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/2546463337520459237'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_08.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (14)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-1281285960174772033</id><published>2007-09-07T05:07:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.643-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (13)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;6 de Junio&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La nodriza de Pepita, hoy su ama de llaves, es, como dice mi padre, una buena pieza de arrugadillo: picotera, alegre y h&amp;aacute;bil como pocas. Se cas&amp;oacute; con el hijo del Maestro Cencias, y ha heredado del padre lo que el hijo no hered&amp;oacute;: una portentosa facilidad para las artes y los oficios. La diferencia est&amp;aacute; en que el Maestro Cencias compon&amp;iacute;a un husillo de lagar, arreglaba las ruedas de una carreta o hac&amp;iacute;a un arado, y esta nuera suya hace dulces, arropes y otras golosinas. El suegro ejerc&amp;iacute;a las artes de utilidad: la nuera las del deleite, aunque deleite inocente o l&amp;iacute;cito al menos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Anto&amp;ntilde;ona, que as&amp;iacute; se llama, tiene o se toma la mayor confianza con todo el se&amp;ntilde;or&amp;iacute;o. En todas las casas entra y sale como en la suya. A todos los se&amp;ntilde;oritos y se&amp;ntilde;oritas de la edad de Pepita, o de cuatro o cinco a&amp;ntilde;os m&amp;aacute;s, los tutea, los llama ni&amp;ntilde;os y ni&amp;ntilde;as, y los trata como si los hubiera criado a sus pechos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A m&amp;iacute; me habla de mira, como a los otros. Viene a verme, entra en mi cuarto, y ya me ha dicho varias veces que soy un ingrato, y que hago mal en no ir a ver a su se&amp;ntilde;ora.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi padre, sin advertir nada, me acusa de extravagante; me llama b&amp;uacute;ho, y se empe&amp;ntilde;a tambi&amp;eacute;n en que vuelva a la tertulia. Anoche no pude ya resistirme a sus repetidas instancias, y fui muy temprano, cuando mi padre iba a hacer las cuentas con el aperador.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iexcl;Ojal&amp;aacute; no hubiera ido!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita estaba sola. Al vernos, al saludarnos, nos pusimos los dos colorados. Nos dimos la mano con timidez, sin decirnos palabra.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo no estrech&amp;eacute; la suya: ella no estrech&amp;oacute; la m&amp;iacute;a; pero las conservamos unidas un breve rato.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En la mirada que Pepita me dirigi&amp;oacute; nada hab&amp;iacute;a de amor, sino de amistad, de simpat&amp;iacute;a, de honda tristeza.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hab&amp;iacute;a adivinado toda mi lucha interior: presum&amp;iacute;a que el amor divino hab&amp;iacute;a triunfado en mi alma; que mi resoluci&amp;oacute;n de no amarla era firme e invencible.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No se atrev&amp;iacute;a a quejarse de m&amp;iacute;; no ten&amp;iacute;a derecho a quejarse de m&amp;iacute;; conoc&amp;iacute;a que la raz&amp;oacute;n estaba de mi parte. Un suspiro, apenas perceptible, que se escap&amp;oacute; de sus frescos labios entreabiertos, manifest&amp;oacute; cu&amp;aacute;nto lo deploraba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Nuestras manos segu&amp;iacute;an unidas a&amp;uacute;n. Ambos mudos. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo decirle que yo no era para ella, ni ella para m&amp;iacute;?; &amp;iexcl;Qu&amp;eacute; importaba separamos para siempre!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sin embargo, aunque no se lo dije con palabras, se lo dije con los ojos. Mi severa mirada confirm&amp;oacute; sus temores: la persuadi&amp;oacute; de la irrevocable sentencia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      De pronto se nublaron sus ojos; todo su rostro hermoso, p&amp;aacute;lido ya de una palidez trasl&amp;uacute;cida, se contrajo con una bell&amp;iacute;sima expresi&amp;oacute;n de melancol&amp;iacute;a. Parec&amp;iacute;a la madre de los dolores. Dos l&amp;aacute;grimas brotaron lentamente de sus ojos y empezaron a deslizarse por sus mejillas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No s&amp;eacute; lo que pas&amp;oacute; en m&amp;iacute;. &amp;iquest;Ni c&amp;oacute;mo describirlo, aunque lo supiera?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Acerqu&amp;eacute; mis labios a su cara para enjugar el llanto, y se unieron nuestras bocas en un beso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Inefable embriaguez, desmayo fecundo en peligros invadi&amp;oacute; todo mi ser y el ser de ella. Su cuerpo desfallec&amp;iacute;a y la sostuve entre mis brazos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Quiso el cielo que oy&amp;eacute;semos los pasos y la tos del padre vicario que llegaba, y nos separamos al punto.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Volviendo en m&amp;iacute;, y reconcentrando todas las fuerzas de mi voluntad, pude entonces llenar con estas palabras, que pronunci&amp;eacute; en voz baja e intensa, aquella terrible escena silenciosa:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;El primero y el &amp;uacute;ltimo!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo alud&amp;iacute;a al beso profano; mas, como si hubieran sido mis palabras una evocaci&amp;oacute;n, se ofreci&amp;oacute; en mi mente la visi&amp;oacute;n apocal&amp;iacute;ptica en toda su terrible majestad. Vi al que es por cierto el primero y el &amp;uacute;ltimo, y con la espada de dos filos que sal&amp;iacute;a de su boca me her&amp;iacute;a en el alma, llena de maldades, de vicios y de pecados.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Toda aquella noche la pas&amp;eacute; en un frenes&amp;iacute;, en un delirio interior, que no s&amp;eacute; c&amp;oacute;mo disimulaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me retir&amp;eacute; de casa de Pepita muy temprano.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En la soledad fue mayor mi amargura.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al recordarme de aquel beso y de aquellas palabras de despedida, me comparaba yo con el traidor Judas, que vend&amp;iacute;a besando, y con el sanguinario y alevoso asesino Joab, cuando al besar a Amas&amp;aacute;, le hundi&amp;oacute; el hierro agudo en las entra&amp;ntilde;as.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hab&amp;iacute;a incurrido en dos traiciones y en dos fals&amp;iacute;as. Hab&amp;iacute;a faltado a Dios y a ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Soy un ser abominable.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/1281285960174772033'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/1281285960174772033'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_07.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (13)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-7502157897436802103</id><published>2007-09-06T05:07:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.643-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (12)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;30 de Mayo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Dios me ha dado fuerzas ara resistir y he resistido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hace d&amp;iacute;as que no pongo los pies en casa de Pepita; que no la veo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Casi no tengo que pretextar una enfermedad porque realmente estoy enfermo. Estoy p&amp;aacute;lido y ojeroso; y mi padre, lleno de afectuoso cuidado, me pregunta qu&amp;eacute; padezco y me muestra el inter&amp;eacute;s m&amp;aacute;s vivo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El reino de los cielos cede a la violencia, y yo quiero conquistarle. Con violencia llamo a sus puertas para que se me abran.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Con ajenjo me alimenta Dios para probarme, y en balde le pido que aparte de m&amp;iacute; ese c&amp;aacute;liz de amargura: pero he pasado y paso en vela muchas noches, entregado a la oraci&amp;oacute;n, y ha venido a endulzar lo amargo del c&amp;aacute;liz una inspiraci&amp;oacute;n amorosa del esp&amp;iacute;ritu consolador y soberano.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      He visto con los ojos del alma la nueva patria, y en lo m&amp;aacute;s &amp;iacute;ntimo de mi coraz&amp;oacute;n ha resonado el c&amp;aacute;ntico nuevo de la Jerusal&amp;eacute;n celeste.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Si al cabo logro vencer, ser&amp;aacute; gloriosa la victoria; pero se la deber&amp;eacute; a la Reina de los &amp;Aacute;ngeles, a quien me encomiendo. Ella es mi refugio y mi defensa; torre y alc&amp;aacute;zar de David, de que penden mil escudos y armaduras de valerosos campeones; cedro del L&amp;iacute;bano que pone en fuga a las serpientes.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En cambio, a la mujer que me enamora de un modo mundanal, procuro menospreciarla y abatirla en mi pensamiento, recordando las palabras del Sabio y aplic&amp;aacute;ndoselas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Eres lazo de cazadores, la digo; tu coraz&amp;oacute;n es red enga&amp;ntilde;osa y tus manos redes que atan: quien ama a Dios huir&amp;aacute; de ti, y el pecador ser&amp;aacute; por ti aprisionado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Meditando sobre el amor, hallo mil motivos para amar a Dios y no amarla.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Siento en el fondo de mi coraz&amp;oacute;n una inefable energ&amp;iacute;a que me convence de que yo lo despreciar&amp;iacute;a todo por el amor de Dios: la fama, la honra, el poder y el imperio. Me hallo capaz de imitar a Cristo; y si el enemigo tentador me llevase a la cumbre de la monta&amp;ntilde;a y me ofreciese todos los reinos de la tierra, porque doblase ante &amp;eacute;l la rodilla, yo no la doblar&amp;iacute;a: pero cuando me ofrece a esta mujer, vacilo a&amp;uacute;n y no le rechazo. &amp;iquest;Vale m&amp;aacute;s esta mujer a mis ojos que todos los reinos de la tierra; m&amp;aacute;s que la fama, la honra, el poder y el imperio?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iquest;La virtud del amor, me pregunto a veces, es la misma siempre, aunque aplicada a diversos objetos, o bien hay dos linajes y condiciones de amores? Amar a Dios me parece la negaci&amp;oacute;n del ego&amp;iacute;smo y del exclusivismo. Am&amp;aacute;ndole, puedo y quiero amarlo todo por &amp;eacute;l, y no me enojo ni tengo celos de que &amp;eacute;l lo ame todo. No estoy celoso ni envidioso de los santos, de los m&amp;aacute;rtires, de los bienaventurados, ni de los mismos serafines. Mientras mayor me represento el amor de Dios a las criaturas y los favores y regalos que les hace, menos celoso estoy y m&amp;aacute;s le amo, y m&amp;aacute;s cercano a m&amp;iacute; le juzgo, y m&amp;aacute;s amoroso y fino me parece que est&amp;aacute; conmigo. Mi hermandad, mi m&amp;aacute;s que hermandad con todos los seres, resalta entonces de un modo dulc&amp;iacute;simo. Me parece que soy uno con todo, y que todo est&amp;aacute; enlazado con lazada de amor por Dios y en Dios.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Muy al contrario, cuando pienso en esta mujer y en el amor que me inspira. Es un amor de odio, que me aparta de todo, menos de m&amp;iacute;. La quiero para m&amp;iacute;; toda para m&amp;iacute; y yo todo para ella. Hasta la devoci&amp;oacute;n y el sacrificio por ella son ego&amp;iacute;stas. Morir por ella ser&amp;iacute;a por desesperaci&amp;oacute;n de no lograrla de otra suerte, o por esperanza de no gozar de su amor por completo, sino muriendo y confundi&amp;eacute;ndome con ella en un eterno abrazo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Con todas estas consideraciones procuro hacer aborrecible el amor de esta mujer; pongo en este amor mucho de infernal y de horriblemente ominoso; pero como si tuviese yo dos almas, dos entendimientos, dos voluntades y dos imaginaciones, pronto surge dentro de m&amp;iacute; la idea contraria; pronto me niego lo que acabo de afirmar, y procuro conciliar locamente los dos amores. &amp;iquest;Por qu&amp;eacute; no huir de ella y seguir am&amp;aacute;ndola sin dejar de consagrarme fervorosamente al servicio de Dios? As&amp;iacute; como el amor de Dios no excluye el amor de la patria, el amor de la humanidad, el amor de la ciencia, el amor de la hermosura en la naturaleza y en el arte, tampoco debe excluir este amor, si es espiritual e inmaculado. Yo har&amp;eacute; de ella, me digo, un s&amp;iacute;mbolo, una alegor&amp;iacute;a, una imagen de todo lo bueno y hermoso. Ser&amp;aacute; para m&amp;iacute;, como Beatriz para Dante, figura y representaci&amp;oacute;n de mi patria, del saber y de la belleza.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Esto me hace caer en una horrible imaginaci&amp;oacute;n, en un monstruoso pensamiento. Para hacer de Pepita ese s&amp;iacute;mbolo, esa vaporosa y et&amp;eacute;rea imagen, esa cifra y resumen de cuanto puedo amar por bajo de Dios, en Dios y subordin&amp;aacute;ndolo a Dios, me la finjo muerta, como Beatriz estaba muerta cuando Dante la cantaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Si la dejo entre los vivos, no acierto a convertirla en idea pura, y para convertirla en idea pura, la asesino en mi mente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Luego la lloro, luego me horrorizo de mi crimen, y me acerco a ella en esp&amp;iacute;ritu, y con el calor de mi coraz&amp;oacute;n le vuelvo la vida, y la veo, no vagarosa, di&amp;aacute;fana, casi esfumada entre nubes de color de rosa y flores celestiales, como vio el feroz Gibelino a su amada en la cima del Purgatorio, sino consistente, s&amp;oacute;lida, bien delineada en el ambiente sereno y claro, como las obras m&amp;aacute;s perfectas del cincel hel&amp;eacute;nico, como Galatea, animada ya por el afecto de Pigmali&amp;oacute;n, y bajando llena de vida, respirando amor, lozana de juventud y de hermosura, de su pedestal de m&amp;aacute;rmol.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Entonces exclamo desde el fondo de mi conturbado coraz&amp;oacute;n: Mi virtud desfallece; Dios m&amp;iacute;o, no me abandones. Apres&amp;uacute;rate a venir en mi auxilio. Mu&amp;eacute;strame tu cara y ser&amp;eacute; salvo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; recobro las fuerzas para resistir a la tentaci&amp;oacute;n. As&amp;iacute; renace en m&amp;iacute; la esperanza de que volver&amp;eacute; al antiguo reposo no bien me aparte de estos sitios.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El demonio anhela con furia tragarse las aguas puras del Jord&amp;aacute;n, que son las personas consagradas a Dios. Contra ellas se conjura el infierno y desencadena todos sus monstruos. San Buenaventura lo ha dicho: &amp;laquo;No debemos admirarnos de que estas personas pecaron, sino de que no pecaron&amp;raquo;. Yo, con todo, sabr&amp;eacute; resistir y no pecar. Dios me protege.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/7502157897436802103'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/7502157897436802103'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_06.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (12)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-5406574446620218074</id><published>2007-09-05T05:06:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.644-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (11)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;23 de Mayo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Soy un vil gusano y no un hombre: soy el oprobio y la abyecci&amp;oacute;n de la humanidad; soy un hip&amp;oacute;crita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me han circundado dolores de muerte, y torrentes de iniquidad me han conturbado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Verg&amp;uuml;enza tengo de escribir a Vd., y no obstante le escribo. Quiero confes&amp;aacute;rselo todo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No logro enmendarme. Lejos de dejar de ir a casa de Pepita, voy m&amp;aacute;s temprano todas las noches. Se dir&amp;iacute;a que los demonios me agarran de los pies y me llevan all&amp;aacute; sin que yo quiera.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por dicha, no hallo sola nunca a Pepita. No quisiera hallarla sola. Casi siempre se me adelanta el excelente padre vicario, que atribuye nuestra amistad a la semejanza de gustos piadosos, y la funda en la devoci&amp;oacute;n, como la amistad inocent&amp;iacute;sima que &amp;eacute;l le profesa.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El progreso de mi mal es r&amp;aacute;pido. Como piedra que se desprende de lo alto del templo y va aumentando su velocidad en la ca&amp;iacute;da, as&amp;iacute; va mi esp&amp;iacute;ritu ahora.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando Pepita y yo nos damos la mano, no es ya como al principio. Ambos hacemos un esfuerzo de voluntad, y nos transmitimos, por nuestras diestras enlazadas, todas las palpitaciones del coraz&amp;oacute;n. Se dir&amp;iacute;a que, por arte diab&amp;oacute;lico, obramos una transfusi&amp;oacute;n y mezcla de lo m&amp;aacute;s sutil de nuestra sangre. Ella debe de sentir circular mi vida por sus venas, como yo siento en las m&amp;iacute;as la suya.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Si estoy cerca de ella, la amo; si estoy lejos, la odio. A su vista, en su presencia, me enamora, me atrae, me rinde con suavidad, me pone un yugo dulc&amp;iacute;simo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Su recuerdo me mata. So&amp;ntilde;ando con ella, sue&amp;ntilde;o que me divide la garganta como Judith al capit&amp;aacute;n de los asirios, que me atraviesa las sienes con un clavo, como Jael a Sisara; pero a su lado, me parece la esposa del &lt;i&gt;Cantar de los Cantares&lt;/i&gt;, y la llamo con voz interior, y la bendigo, y la juzgo fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos, paloma m&amp;iacute;a y hermana.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Quiero libertarme de esta mujer y no puedo. La aborrezco y casi la adoro. Su esp&amp;iacute;ritu se infunde en m&amp;iacute; al punto que la veo, y me posee, y me domina, y me humilla.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Todas las noches salgo de su casa diciendo: esta ser&amp;aacute; la &amp;uacute;ltima noche que vuelva aqu&amp;iacute;; y vuelvo a la noche siguiente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando habla, y estoy a su lado, mi alma queda como colgada de su boca; cuando sonr&amp;iacute;e, se me antoja que un rayo de luz inmaterial se me entra en el coraz&amp;oacute;n y le alegra.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A veces, jugando al tresillo, se han tocado por acaso nuestras rodillas, y he sentido un indescriptible sacudimiento.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      S&amp;aacute;queme Vd. de aqu&amp;iacute;. Escriba Vd. a mi padre que me d&amp;eacute; licencia para irme. Si es menester, d&amp;iacute;gaselo todo. Soc&amp;oacute;rrame Vd. &amp;iexcl;Sea Vd. mi amparo!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5406574446620218074'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5406574446620218074'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_05.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (11)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-2565324267382490210</id><published>2007-09-04T05:05:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.645-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (10)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;19 de Mayo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Gracias a Dios y a Vd. por las nuevas cartas y nuevos consejos que me env&amp;iacute;a. Hoy los necesito m&amp;aacute;s que nunca.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Raz&amp;oacute;n tiene la m&amp;iacute;stica doctora Santa Teresa cuando pondera los grandes trabajos de las almas t&amp;iacute;midas que se dejan turbar por la tentaci&amp;oacute;n: pero es mil veces m&amp;aacute;s trabajoso el desenga&amp;ntilde;o para quienes han sido, como yo, confiados y soberbios.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Templos del Esp&amp;iacute;ritu Santo son nuestros cuerpos, mas si se arrima fuego a sus paredes, aunque no ardan, se tiznan.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La primera sugesti&amp;oacute;n es la cabeza de la serpiente. Si no la hollamos con planta valerosa y segura, el ponzo&amp;ntilde;oso reptil sube a esconderse en nuestro seno.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El licor de los deleites mundanos, por inocentes que sean, suele ser dulce al paladar, y luego se trueca en hiel de dragones y veneno de &amp;aacute;spides.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Es cierto: ya no puedo neg&amp;aacute;rselo a Vd. Yo no deb&amp;iacute; poner los ojos con tanta complacencia en esta mujer peligros&amp;iacute;sima.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No me juzgo perdido; pero me siento conturbado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Como el corzo sediento desea y busca el manantial de las aguas, as&amp;iacute; mi alma busca a Dios todav&amp;iacute;a. A Dios se vuelve para que le d&amp;eacute; reposo, y anhela beber en el torrente de sus delicias, cuyo &amp;iacute;mpetu alegra el Para&amp;iacute;so, y cuyas ondas claras ponen m&amp;aacute;s blanco que la nieve; pero un abismo llama a otro abismo, y mis pies se han clavado en el cieno que est&amp;aacute; en el fondo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sin embargo, a&amp;uacute;n me quedan voz y aliento para clamar con el Salmista: &amp;iexcl;Lev&amp;aacute;ntate, gloria m&amp;iacute;a! Si te pones de mi lado, &amp;iquest;qui&amp;eacute;n prevalecer&amp;aacute; contra m&amp;iacute;?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo digo a mi alma pecadora, llena de quim&amp;eacute;ricas imaginaciones y de vagos deseos, que son sus hijos bastardos: &amp;iexcl;Oh, hija miserable de Babilonia; bienaventurado el que te dar&amp;aacute; tu galard&amp;oacute;n: bienaventurado el que deshar&amp;aacute; contra las piedras a tus peque&amp;ntilde;uelos!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Las mortificaciones, el ayuno, la oraci&amp;oacute;n, la penitencia ser&amp;aacute;n las armas de que me revista para combatir y vencer con el auxilio divino.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No era sue&amp;ntilde;o, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con la ardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos est&amp;aacute;n dotados de una atracci&amp;oacute;n magn&amp;eacute;tica inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fijan en ella los m&amp;iacute;os. Mis ojos deben arder entonces, como los suyos, con una llama funesta; como los de Am&amp;oacute;n cuando se fijaban en Tamar; como los del pr&amp;iacute;ncipe de Siqu&amp;eacute;n cuando se fijaban en Dina.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al mirarnos as&amp;iacute;, hasta de Dios me olvido. La imagen de ella se levanta en el fondo de mi esp&amp;iacute;ritu, vencedora de todo. Su hermosura resplandece sobre toda hermosura; los deleites del cielo me parecen inferiores a su cari&amp;ntilde;o; una eternidad de penas creo que no paga la bienaventuranza infinita que vierte sobre m&amp;iacute; en un momento con una de estas miradas, que pasan cual rel&amp;aacute;mpago.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando vuelvo a casa, cuando me quedo solo en mi cuarto, en el silencio de la noche, reconozco todo el horror de mi situaci&amp;oacute;n, y formo buenos prop&amp;oacute;sitos, que luego se quebrantan.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me prometo a m&amp;iacute; mismo fingirme enfermo, buscar cualquier otro pretexto para no ir a la noche siguiente en casa de Pepita, y sin embargo voy.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi padre, confiado hasta lo sumo, sin sospechar lo que pasa en mi alma, me dice cuando llega la hora:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vete a la tertulia. Yo ir&amp;eacute; m&amp;aacute;s tarde, luego que despache al aperador.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo no atino con la excusa, no hallo el pretexto, y en vez de contestar;&amp;mdash;no puedo ir&amp;mdash;, tomo el sombrero y voy a la tertulia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al entrar, Pepita y yo nos damos la mano, y al d&amp;aacute;rnosla me hechiza. Todo mi ser se muda. Penetra hasta mi coraz&amp;oacute;n un fuego devorante, y ya no pienso m&amp;aacute;s que en ella. Tal vez soy yo mismo quien provoca las miradas si tardan en llegar. La miro con insano ah&amp;iacute;nco, por un est&amp;iacute;mulo irresistible, y a cada instante creo descubrir en ella nuevas perfecciones. Ya los hoyuelos de sus mejillas cuando sonr&amp;iacute;e, ya la blancura sonrosada de la tez, ya la forma recta de la nariz, ya la peque&amp;ntilde;ez de la oreja, ya la suavidad de contornos y admirable modelado de la garganta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Entro en su casa, a pesar m&amp;iacute;o, como evocado por un conjuro; y, no bien entro en su casa, caigo bajo el poder de su encanto; veo claramente que estoy dominado por una maga, cuya fascinaci&amp;oacute;n es ineluctable.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No es ella grata a mis ojos solamente, sino que sus palabras suenan en mis o&amp;iacute;dos como la m&amp;uacute;sica de las esferas, revel&amp;aacute;ndome toda la armon&amp;iacute;a del universo y hasta imagino percibir una sutil&amp;iacute;sima fragancia, que su limpio cuerpo despide, y que supera al olor de los mastranzos que crecen a orillas de los arroyos y al aroma silvestre del tomillo que en los montes se cr&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Excitado de esta suerte, no s&amp;eacute; c&amp;oacute;mo juego al tresillo, ni hablo, ni discurro con juicio, porque estoy todo en ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cada vez que se encuentran nuestras miradas, se lanzan en ellas nuestras almas, y en los rayos que se cruzan, se me figura que se unen y compenetran. All&amp;iacute; se descubren mil inefables misterios de amor, all&amp;iacute; se comunican sentimientos que por otro medio no llegar&amp;iacute;an a saberse, y se recitan poes&amp;iacute;as que no caben en lengua humana, y se cantan canciones que no hay voz que exprese ni acordada c&amp;iacute;tara que module.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Desde el d&amp;iacute;a en que vi a Pepita en el Pozo de la Solana, no he vuelto a verla a solas. Nada le he dicho ni me ha dicho, y sin embargo nos lo hemos dicho todo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando me sustraigo a la fascinaci&amp;oacute;n, cuando estoy solo por la noche en mi aposento, quiero mirar con frialdad el estado en que me hallo, y veo abierto a mis pies el precipicio en que voy a sumirme, y siento que me resbalo y que me hundo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me recomienda Vd. que piense en la muerte; no en la de esta mujer, sino en la m&amp;iacute;a. Me recomienda Vd. que piense en lo inestable, en lo inseguro de nuestra existencia, y en lo que hay m&amp;aacute;s all&amp;aacute;. Pero esta consideraci&amp;oacute;n y esta meditaci&amp;oacute;n ni me atemorizan ni me arredran. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo he de temer la muerte cuando deseo morir? El amor y la muerte son hermanos. Un sentimiento de abnegaci&amp;oacute;n se alza de las profundidades de mi ser, y me llama a s&amp;iacute;, y me dice que todo mi ser debe darse y perderse por el objeto amado. Ans&amp;iacute;o confundirme en una de sus miradas; diluir y evaporar toda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus ojos; quedarme muerto mir&amp;aacute;ndola, aunque me condene.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo que es a&amp;uacute;n eficaz en m&amp;iacute; contra el amor, no es el temor, sino el amor mismo. Sobre este amor determinado, que ya veo con evidencia que Pepita me inspira, se levanta en mi esp&amp;iacute;ritu el amor divino, en consurrecci&amp;oacute;n poderosa. Entonces todo se cambia en m&amp;iacute;, y aun me promete la victoria. El objeto de mi amor superior se ofrece a los ojos de mi mente como el sol que todo lo enciende y alumbra llenando de luz los espacios; y el objeto de mi amor m&amp;aacute;s bajo, como &amp;aacute;tomo de polvo que vaga en el ambiente y que el sol dora. Toda su beldad, todo su resplandor, todo su atractivo, no es m&amp;aacute;s que el reflejo de ese sol increado, no es m&amp;aacute;s que la chispa brillante, transitoria, inconsistente, de aquella infinita y perenne hoguera.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi alma, abrasada de amor, pugna por criar alas, y tender el vuelo, y subir a esa hoguera, y consumir all&amp;iacute; cuanto hay en ella de impuro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi vida, desde hace algunos d&amp;iacute;as, es una lucha constante. No s&amp;eacute; c&amp;oacute;mo el mal que padezco no me sale a la cara. Apenas me alimento; apenas duermo. Si el sue&amp;ntilde;o cierra mis p&amp;aacute;rpados, suelo despertar azorado, como si me hallase peleando en una batalla de &amp;aacute;ngeles rebeldes y de &amp;aacute;ngeles buenos. En esta batalla de la luz contra las tinieblas, yo combato por la luz; pero tal vez imagino que me paso al enemigo, que soy un desertor infame; y oigo la voz del &amp;aacute;guila de Patmos que dice: &amp;laquo;Y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz&amp;raquo;; y entonces me lleno de terror y me juzgo perdido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No me queda m&amp;aacute;s recurso que huir. Si en lo que falta para terminar el mes, mi padre no me da su venia y no viene conmigo, me escapo como un ladr&amp;oacute;n; me fugo sin decir nada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/2565324267382490210'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/2565324267382490210'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_04.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (10)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-8014615702712154681</id><published>2007-09-03T05:04:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.645-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (9)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;12 de Mayo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Antes de lo que yo pensaba, querido t&amp;iacute;o, me decidi&amp;oacute; mi padre a que montase en Lucero. Ayer, a las seis de la ma&amp;ntilde;ana, cabalgu&amp;eacute; en esta hermosa fiera, como le llama mi padre, y me fui con mi padre al campo. Mi padre iba caballero en una jaca alazana.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo hice tan bien, fui tan seguro y apuesto en aquel soberbio animal, que mi padre no pudo resistir a la tentaci&amp;oacute;n de lucir a su disc&amp;iacute;pulo, y despu&amp;eacute;s de reposarnos en un cortijo que tiene a media legua de aqu&amp;iacute;, y a eso de las once, me hizo volver al lugar y entrar por lo m&amp;aacute;s concurrido y c&amp;eacute;ntrico, metiendo mucha bulla y desempedrando las calles. No hay que afirmar que pasamos por la de Pepita, quien de alg&amp;uacute;n tiempo a esta parte se va haciendo algo ventanera y estaba a la reja, en una ventana baja, detr&amp;aacute;s de la verde celos&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No bien sinti&amp;oacute; Pepita el ruido y alz&amp;oacute; los ojos y nos vio, se levant&amp;oacute;, dej&amp;oacute; la costura que tra&amp;iacute;a entre manos y se puso a miramos. Lucero, que, seg&amp;uacute;n he sabido despu&amp;eacute;s, tiene ya la costumbre de hacer piernas cuando pasa por delante de la casa de Pepita, empez&amp;oacute; a retozar y a levantarse un poco de manos. Yo quise calmarle, pero como extra&amp;ntilde;ase las m&amp;iacute;as, y tambi&amp;eacute;n extra&amp;ntilde;ase al jinete, despreci&amp;aacute;ndole tal vez, se alborot&amp;oacute; m&amp;aacute;s y m&amp;aacute;s y empez&amp;oacute; a dar resoplidos, a hacer corvetas y aun a dar algunos botes; pero yo me tuve firme y sereno, mostr&amp;aacute;ndole que era su amo, castig&amp;aacute;ndole con la espuela, toc&amp;aacute;ndole con el l&amp;aacute;tigo en el pecho y reteni&amp;eacute;ndole por la brida. Lucero, que casi se hab&amp;iacute;a puesto de pie sobre los cuartos traseros, se humill&amp;oacute; entonces hasta doblar mansamente las rodillas haciendo una reverencia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La turba de curiosos, que se hab&amp;iacute;a agrupado alrededor, rompi&amp;oacute; en estrepitosos aplausos. Mi padre dijo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Bien por los mozos crudos y de arrestos!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Y notando despu&amp;eacute;s que Currito, que no tiene otro oficio que el de paseante, se hallaba entre el concurso, se dirigi&amp;oacute; a &amp;eacute;l con estas palabras:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Mira, arrastrado; mira al &lt;i&gt;te&amp;oacute;logo&lt;/i&gt; ahora, y, en vez de burlarte, qu&amp;eacute;date patitieso de asombro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En efecto, Currito estaba con la boca abierta, inm&amp;oacute;vil, verdaderamente asombrado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi triunfo fue grande y solemne, aunque impropio de mi car&amp;aacute;cter. La inconveniencia de este triunfo me infundi&amp;oacute; verg&amp;uuml;enza. El rubor color&amp;oacute; mis mejillas. Deb&amp;iacute; ponerme encendido como la grana, y m&amp;aacute;s a&amp;uacute;n cuando advert&amp;iacute; que Pepita me aplaud&amp;iacute;a y me saludaba cari&amp;ntilde;osa, sonriendo y agitando sus lindas manos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En fin, he ganado la patente de hombre recio y de jinete de primera calidad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi padre no puede estar m&amp;aacute;s satisfecho y orondo; asegura que est&amp;aacute; completando mi educaci&amp;oacute;n; que usted le ha enviado en m&amp;iacute; un libro muy sabio, pero en borrador y desencuadernado, y que &amp;eacute;l est&amp;aacute; poni&amp;eacute;ndome en limpio y encuadern&amp;aacute;ndome.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El tresillo, si es parte de la encuadernaci&amp;oacute;n y de la limpieza, tambi&amp;eacute;n est&amp;aacute; ya aprendido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Dos noches he jugado con Pepita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La noche que sigui&amp;oacute; a mi haza&amp;ntilde;a ecuestre, Pepita me recibi&amp;oacute; entusiasmada, e hizo lo que nunca hab&amp;iacute;a querido ni se hab&amp;iacute;a atrevido a hacer conmigo: me alarg&amp;oacute; la mano.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No crea Vd. que no record&amp;eacute; lo que recomiendan tantos y tantos moralistas y ascetas; pero, all&amp;aacute; en mi mente, pens&amp;eacute; que exageraban el peligro. Aquello del Esp&amp;iacute;ritu Santo de que el que echa mano a una mujer se expone como si cogiera un escorpi&amp;oacute;n, me pareci&amp;oacute; dicho en otro sentido. Sin duda que en los libros devotos, con la m&amp;aacute;s sana intenci&amp;oacute;n, se interpretan harto duramente ciertas frases y sentencias de la Escritura. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo entender, si no, que la hermosura de la mujer, obra tan perfecta de Dios, es causa de perdici&amp;oacute;n siempre? &amp;iquest;C&amp;oacute;mo entender tampoco, en sentido general y constante, que la mujer es m&amp;aacute;s amarga que la muerte? &amp;iquest;C&amp;oacute;mo entender que el que toca a una mujer, en toda ocasi&amp;oacute;n y con cualquier pensamiento que sea, no saldr&amp;aacute; sin mancha?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En fin, yo respond&amp;iacute; r&amp;aacute;pidamente dentro de mi alma a estos y otros avisos, y tom&amp;eacute; la mano que Pepita cari&amp;ntilde;osamente me alargaba y la estrech&amp;eacute; en la m&amp;iacute;a. La suavidad de aquella mano me hizo comprender mejor su delicadeza y primor, que hasta entonces no conoc&amp;iacute;a sino por los ojos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Seg&amp;uacute;n los usos del siglo, dada ya la mano una vez, la debe uno dar siempre, cuando llega y cuando se despide. Espero que en esta ceremonia, en esta prueba de amistad, en esta manifestaci&amp;oacute;n de afecto, si se procede con pureza y sin el menor &amp;aacute;tomo de livianidad, no ver&amp;aacute; Vd. nada malo ni peligroso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Como mi padre tiene que estar muchas noches con el aperador y con otra gente de campo, y hasta las diez y media o las once suele no verse libre yo le sustituyo en la mesa del tresillo al lado de Pepita. El se&amp;ntilde;or vicario y el escribano son casi siempre los otros tercios. Jugamos a d&amp;eacute;cimo de real, de modo que un duro o dos es lo m&amp;aacute;s que se atraviesa en la partida.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mediando, como media, tan poco inter&amp;eacute;s en el juego, lo interrumpimos continuamente con agradables conversaciones y hasta con discusiones sobre puntos extra&amp;ntilde;os al mismo juego, en todo lo cual demuestra siempre Pepita una lucidez de entendimiento, una viveza de imaginaci&amp;oacute;n y una tan extraordinaria gracia en el decir, que no pueden menos de maravillarme.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No hallo motivo suficiente para variar de opini&amp;oacute;n respecto a lo que ya he dicho a Vd. contestando a sus recelos de que Pepita puede sentir cierta inclinaci&amp;oacute;n hacia m&amp;iacute;. Me trata con el afecto natural que debe tener al hijo de su pretendiente D. Pedro de Vargas, y con la timidez y encogimiento que inspira un hombre en mis circunstancias; que no es sacerdote a&amp;uacute;n, pero que pronto va a serlo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Quiero y debo, no obstante, decir a Vd., ya que le escribo siempre como si estuviese de rodillas delante de Vd. a los pies del confesionario, una r&amp;aacute;pida impresi&amp;oacute;n que he sentido dos o tres veces; algo que tal vez sea una alucinaci&amp;oacute;n o un delirio, pero que he notado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ya he dicho a Vd. en otras cartas que los ojos de Pepita, verdes como los de Circe, tienen un mirar tranquilo y honest&amp;iacute;simo. Se dir&amp;iacute;a que ella ignora el poder de sus ojos y no sabe que sirven m&amp;aacute;s que para ver. Cuando fija en alguien la vista, es tan clara, franca y pura la dulce luz de su mirada, que, en vez de hacer nacer ninguna mala idea, parece que crea pensamientos limpios; que deja en reposo grato a las almas inocentes y castas, y mata y destruye todo incentivo en las almas que no lo son. Nada de pasi&amp;oacute;n ardiente, nada de fuego hay en los ojos de Pepita. Como la tibia luz de la luna es el rayo de su mirada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pues bien, a pesar de esto, yo he cre&amp;iacute;do notar dos o tres veces un resplandor instant&amp;aacute;neo, un rel&amp;aacute;mpago, una llama fugaz devoradora en aquellos ojos que se posaban en m&amp;iacute;. &amp;iquest;Ser&amp;aacute; vanidad rid&amp;iacute;cula sugerida por el mismo demonio?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me parece que s&amp;iacute;: quiero creer y creo que s&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo r&amp;aacute;pido, lo fugitivo de la impresi&amp;oacute;n, me induce a conjeturar que no ha tenido nunca realidad extr&amp;iacute;nseca; que ha sido ensue&amp;ntilde;o m&amp;iacute;o.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La calma del cielo, el fr&amp;iacute;o de la indiferencia amorosa, si bien templado por la dulzura de la amistad y de la caridad, es lo que descubro siempre en los ojos de Pepita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me atormenta, no obstante, este ensue&amp;ntilde;o, esta alucinaci&amp;oacute;n de la mirada extra&amp;ntilde;a y ardiente.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi padre dice que no son los hombres sino las mujeres las que toman la iniciativa, y que la toman sin responsabilidad, y pudiendo negar y volverse atr&amp;aacute;s cuando quieren. Seg&amp;uacute;n mi padre, la mujer es quien se declara por medio de miradas fugaces, que ella misma niega m&amp;aacute;s tarde a su propia conciencia si es menester, y de las cuales, m&amp;aacute;s que leer, logra el hombre a quien van dirigidas adivinar el significado. De esta suerte, casi por medio de una conmoci&amp;oacute;n el&amp;eacute;ctrica, casi por medio de una sutil&amp;iacute;sima e inexplicable intuici&amp;oacute;n se percata el que es amado de que es amado, y luego, cuando se resuelve a hablar, va ya sobre seguro y con plena confianza de la correspondencia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iquest;Qui&amp;eacute;n sabe si estas teor&amp;iacute;as de mi padre, o&amp;iacute;das por m&amp;iacute;, porque no puedo menos de o&amp;iacute;rlas, son las que me han calentado la cabeza y me han hecho imaginar lo que no hay?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      De todos modos, me digo a veces, &amp;iquest;ser&amp;iacute;a tan absurdo, tan imposible que lo hubiera? Y si lo hubiera, si yo agradase a Pepita de otro modo que como amigo, si la mujer a quien mi padre pretende se prendase de m&amp;iacute;, &amp;iquest;no ser&amp;iacute;a espantosa mi situaci&amp;oacute;n?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Desechemos estos temores fraguados sin duda por la vanidad. No hagamos de Pepita una Fedra y de m&amp;iacute; un Hip&amp;oacute;lito.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo que s&amp;iacute; empieza a sorprenderme es el descuido y plena seguridad de mi padre. Perdone usted, p&amp;iacute;dale a Dios que perdone mi orgullo; de vez en cuando me pica y enoja la tal seguridad. Pues qu&amp;eacute;, me digo, &amp;iquest;soy tan adefesio para que mi padre no tema que, a pesar de mi supuesta santidad, o por mi misma supuesta santidad, no pueda yo enamorar, sin querer, a Pepita?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hay un curioso raciocinio, que yo me hago, y por donde me explico, sin lastimar mi amor propio, el descuido paterno en este asunto importante. Mi padre, aunque sin fundamento, se va considerando ya como marido de Pepita, y empieza a participar de aquella ceguedad funesta que Asmodeo u otro demonio m&amp;aacute;s torpe infunde a los maridos. Las historias profanas y eclesi&amp;aacute;sticas est&amp;aacute;n llenas de esta ceguedad, que Dios permite, sin duda para fines providenciales. El ejemplo m&amp;aacute;s egregio quiz&amp;aacute;s es el del emperador Marco Aurelio, que tuvo mujer tan liviana y viciosa como Faustina, y, siendo var&amp;oacute;n tan sabio y tan agudo fil&amp;oacute;sofo, nunca advirti&amp;oacute; lo que de todas las gentes que formaban el imperio romano era sabido; por donde, en las meditaciones o memorias que sobre s&amp;iacute; mismo compuso, da infinitas gracias a los dioses inmortales porque le hab&amp;iacute;an concedido mujer tan fiel y tan buena, y provoca la risa de sus contempor&amp;aacute;neos y de las futuras generaciones. Desde entonces, no se ve otra cosa todos los d&amp;iacute;as, sino magnates y hombres principales que hacen sus secretarios y dan todo su valimiento a los que le tienen con su mujer. De esta suerte me explico que mi padre se descuide, y no recele que, hasta a pesar m&amp;iacute;o, pudiera tener un rival en m&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ser&amp;iacute;a una falta de respeto, pecar&amp;iacute;a yo de presumido e insolente, si advirtiese a mi padre del peligro que no ve. No hay medio de que yo le diga nada. Adem&amp;aacute;s, &amp;iquest;qu&amp;eacute; hab&amp;iacute;a yo de decirle? &amp;iquest;Que se me figura que una o dos veces Pepita me ha mirado de otra manera que como suele mirar? &amp;iquest;No puede ser esto ilusi&amp;oacute;n m&amp;iacute;a? No; no tengo la menor prueba de que Pepita desee siquiera coquetear conmigo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iquest;Qu&amp;eacute; es, pues, lo que entonces podr&amp;iacute;a yo decir a mi padre? &amp;iquest;Hab&amp;iacute;a de decirle que yo soy quien est&amp;aacute; enamorado de Pepita, que yo codicio el tesoro que ya &amp;eacute;l tiene por suyo? Esto no es verdad; y sobre todo, &amp;iquest;c&amp;oacute;mo declarar esto a mi padre, aunque fuera verdad, por mi desgracia y por mi culpa?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo mejor es callarme; combatir en silencio, si la tentaci&amp;oacute;n llega a asaltarme de veras; y tratar de abandonar cuanto antes este pueblo y de volverme con Vd.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/8014615702712154681'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/8014615702712154681'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_03.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (9)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-6514200835559837563</id><published>2007-09-02T05:04:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.646-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (8)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;7 de Mayo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Todas las noches, de nueve a doce, tenemos, como ya indiqu&amp;eacute; a Vd., tertulia en casa de Pepita. Van cuatro o cinco se&amp;ntilde;oras y otras tantas se&amp;ntilde;oritas del lugar, contando con la t&amp;iacute;a Casilda, y van tambi&amp;eacute;n seis o siete caballeritos, que suelen jugar a juegos de prendas con las ni&amp;ntilde;as. Como es natural, hay tres o cuatro noviazgos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La gente formal de la tertulia es la de siempre. Se compone, como si dij&amp;eacute;ramos, de los altos funcionarios: de mi padre, que es el cacique, del boticario, del m&amp;eacute;dico, del escribano y del se&amp;ntilde;or vicario.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita juega al tresillo con mi padre, con el se&amp;ntilde;or vicario y con alg&amp;uacute;n otro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo no s&amp;eacute; de qu&amp;eacute; lado ponerme. Si me voy con la gente joven estorbo con mi gravedad en sus juegos y enamoramientos. Si me voy con el estado mayor, tengo que hacer el papel de mir&amp;oacute;n en una cosa que no entiendo. Yo no s&amp;eacute; m&amp;aacute;s juegos de naipes que el burro ciego, el burro con vista, y un poco de tute o brisca cruzada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo mejor ser&amp;iacute;a que yo no fuese a la tertulia: pero mi padre se empe&amp;ntilde;a en que vaya. Con no ir, seg&amp;uacute;n &amp;eacute;l, me pondr&amp;iacute;a en rid&amp;iacute;culo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Muchos extremos de admiraci&amp;oacute;n hace mi padre al notar mi ignorancia de ciertas cosas. Esto de que yo no sepa jugar al tresillo, siquiera al tresillo, le tiene maravillado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Tu t&amp;iacute;o te ha criado&amp;mdash;me dice&amp;mdash;debajo de un fanal, haci&amp;eacute;ndote tragar teolog&amp;iacute;a y m&amp;aacute;s teolog&amp;iacute;a, y dej&amp;aacute;ndote a obscuras de lo dem&amp;aacute;s que hay que saber. Por lo mismo que vas a ser cl&amp;eacute;rigo y que no podr&amp;aacute;s bailar ni enamorar en las reuniones, necesitas jugar al tresillo. Si no, &amp;iquest;qu&amp;eacute; vas a hacer, desdichado?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A estos y otros discursos por el estilo he tenido que rendirme, y mi padre me est&amp;aacute; ense&amp;ntilde;ando en casa a jugar al tresillo, para que, no bien lo sepa, lo juegue en la tertulia de Pepita. Tambi&amp;eacute;n, como ya le dije a Vd., ha querido ense&amp;ntilde;arme la esgrima, y despu&amp;eacute;s a fumar y a tirar la pistola y a la barra; pero en nada de esto he consentido yo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; diferencia&amp;mdash;exclama mi padre&amp;mdash;, entre tu mocedad y la m&amp;iacute;a!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Y luego a&amp;ntilde;ade ri&amp;eacute;ndose:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;En sustancia, todo es lo mismo. Yo tambi&amp;eacute;n ten&amp;iacute;a mis horas can&amp;oacute;nicas en el cuartel de guardias de Corps: el cigarro era el incensario, la baraja el libro de coro, y nunca me faltaban otras devociones y ejercicios m&amp;aacute;s o menos espirituales.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aunque Vd. me ten&amp;iacute;a prevenido acerca de estas genialidades de mi padre, y de que por ellas hab&amp;iacute;a estado yo con Vd. doce a&amp;ntilde;os, desde los diez a los veintid&amp;oacute;s, todav&amp;iacute;a me aturden y desazonan los dichos de mi padre, sobrado libres a veces. Pero &amp;iquest;qu&amp;eacute; le hemos de hacer? Aunque no puedo censur&amp;aacute;rselos, tampoco se los aplaudo ni se los r&amp;iacute;o.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo singular y plausible es que mi padre es otro hombre cuando est&amp;aacute; en casa de Pepita. Ni por casualidad se le escapa una sola frase, un solo chiste de estos que prodiga tanto en otros lugares. En casa de Pepita es mi padre el propio comedimiento. Cada d&amp;iacute;a parece adem&amp;aacute;s m&amp;aacute;s prendado de ella y con mayores esperanzas del triunfo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sigue mi padre content&amp;iacute;simo de m&amp;iacute; como disc&amp;iacute;pulo de equitaci&amp;oacute;n. Dentro de cuatro o cinco d&amp;iacute;as asegura que podr&amp;eacute; ya montar en Lucero, caballo negro, hijo de un caballo &amp;aacute;rabe y de una yegua de la casta de Guadalc&amp;aacute;zar, saltador, corredor, lleno de fuego y adiestrado en todo linaje de corvetas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Quien eche a Lucero los calzones encima&amp;mdash;dice mi padre&amp;mdash;, ya puede apostarse a montar con los propios centauros; y t&amp;uacute; le echar&amp;aacute;s calzones encima dentro de poco.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aunque me paso todo el d&amp;iacute;a en el campo a caballo, en el casino y en la tertulia, robo algunas horas al sue&amp;ntilde;o, ya voluntariamente, ya porque me desvelo, y medito en mi posici&amp;oacute;n y hago examen de conciencia. La imagen de Pepita est&amp;aacute; siempre presente en mi alma. &amp;iquest;Ser&amp;aacute; esto amor?, me pregunto.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi compromiso moral, mi promesa de consagrarme a los altares, aunque no confirmada, es para m&amp;iacute; valedera y perfecta. Si algo que se oponga al cumplimiento de esa promesa ha penetrado en mi alma, es necesario combatirlo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Desde luego noto, y no me acuse Vd. de soberbia porque le digo lo que noto, que el imperio de mi voluntad, que Vd. me ha ense&amp;ntilde;ado a ejercer, es omn&amp;iacute;modo sobre todos mis sentidos. Mientras Mois&amp;eacute;s en la cumbre del Sina&amp;iacute; conversaba con Dios, la baja plebe en la llanura adoraba rebelde el becerro. A pesar de mis pocos a&amp;ntilde;os, no teme mi esp&amp;iacute;ritu rebeld&amp;iacute;as semejantes. Bien pudiera conversar con Dios con plena seguridad, si el enemigo no viniese a pelear contra m&amp;iacute; en el mismo santuario. La imagen de Pepita se me presenta en el alma. Es un esp&amp;iacute;ritu quien hace guerra a mi esp&amp;iacute;ritu; es la idea de su hermosura en toda su inmaterial pureza la que se me ofrece en el camino que gu&amp;iacute;a al abismo profundo del alma donde Dios asiste, y me impide llegar a &amp;eacute;l.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No me obceco, con todo. Veo claro, distingo, no me alucino. Por cima de esta inclinaci&amp;oacute;n espiritual que me arrastra hacia Pepita est&amp;aacute; el amor de lo infinito y de lo eterno. Aunque yo me represente a Pepita como una idea, como una poes&amp;iacute;a, no deja de ser la idea, la poes&amp;iacute;a de algo finito, limitado, concreto, mientras que el amor de Dios y el concepto de Dios todo lo abarcan. Pero por m&amp;aacute;s esfuerzos que hago, no acierto a revestir de una forma imaginaria ese concepto supremo, objeto de un afecto superior&amp;iacute;simo, para que luche con la imagen, con el recuerdo de la beldad caduca y ef&amp;iacute;mera que de continuo me atosiga. Fervorosamente pido al cielo que se despierte en m&amp;iacute; la fuerza imaginativa y cree una semejanza, un s&amp;iacute;mbolo de ese concepto que todo lo comprende, a fin de que absorba y ahogue la imagen, el recuerdo de esta mujer. Es vago, es oscuro, es indescriptible, es como tiniebla profunda el m&amp;aacute;s alto concepto, blanco de mi amor; mientras que ella se me representa con determinados contornos, clara, evidente, luminosa con la luz velada que resisten los ojos del esp&amp;iacute;ritu, no luminosa con la otra luz intens&amp;iacute;sima que para los ojos del esp&amp;iacute;ritu es como tinieblas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Toda otra consideraci&amp;oacute;n, toda otra forma, no destruye la imagen de esta mujer. Entre el Crucifijo y yo se interpone; entre la imagen devot&amp;iacute;sima de la Virgen y yo se interpone; sobre la p&amp;aacute;gina del libro espiritual que leo viene tambi&amp;eacute;n a interponerse.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No creo, sin embargo, que estoy haciendo de lo que llaman amor en el siglo. Y aunque lo estuviera, yo luchar&amp;iacute;a y vencer&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La vista diaria de esa mujer y el o&amp;iacute;r cantar sus alabanzas de continuo, hasta al padre vicario, me tienen preocupado; divierten mi esp&amp;iacute;ritu hacia lo profano y le alejan de su debido recogimiento; pero no, yo no amo a Pepita todav&amp;iacute;a. Me ir&amp;eacute; y la olvidar&amp;eacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mientras aqu&amp;iacute; permanezca, combatir&amp;eacute; con valor. Combatir&amp;eacute; con Dios para vencerle por el amor y el rendimiento. Mis clamores llegar&amp;aacute;n a &amp;eacute;l como inflamadas saetas y derribar&amp;aacute;n el escudo con que se defiende y oculta a los ojos de mi alma. Yo pelear&amp;eacute; como Israel en el silencio de la noche, y Dios me llagar&amp;aacute; en el muslo y me quebrantar&amp;aacute; en ese combate, para que yo sea vencedor siendo vencido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6514200835559837563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6514200835559837563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_02.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (8)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-5320082193661566380</id><published>2007-09-01T05:03:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.646-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (7)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;4 de Mayo&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Extra&amp;ntilde;o es que en tantos d&amp;iacute;as, yo no haya tenido tiempo para escribir a Vd.; pero tal es la verdad. Mi padre no me deja parar y las visitas me asedian.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En las grandes ciudades es f&amp;aacute;cil no recibir, aislarse, crearse una soledad, una Tebaida en medio del bullicio: en un lugar de Andaluc&amp;iacute;a, y sobre todo teniendo la honra de ser hijo del cacique, es menester vivir en p&amp;uacute;blico. No ya s&amp;oacute;lo hasta al cuarto donde escribo, sino hasta a mi alcoba penetran, sin que nadie se atreva a oponerse, el se&amp;ntilde;or vicario, el escribano, mi primo Currito, hijo de do&amp;ntilde;a Casilda, y otros mil que me despiertan si estoy dormido y me llevan donde quieren.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El casino no es aqu&amp;iacute; mera diversi&amp;oacute;n nocturna sino de todas las horas del d&amp;iacute;a. Desde las once de la ma&amp;ntilde;ana est&amp;aacute; lleno de gente que charla, que lee por cima alg&amp;uacute;n peri&amp;oacute;dico para saber las noticias, y que juega al tresillo. Personas hay que se pasan diez o doce horas al d&amp;iacute;a jugando a dicho juego. En fin, hay aqu&amp;iacute; una holganza tan encantadora que m&amp;aacute;s no puede ser. Las diversiones son muchas, a fin de entretener dicha holganza. Adem&amp;aacute;s del tresillo se arma la timbirimba con frecuencia; y se juega al monte. Las damas, el ajedrez y el domin&amp;oacute; no se descuidan. Y por &amp;uacute;ltimo, hay una pasi&amp;oacute;n decidida por las ri&amp;ntilde;as de gallos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Todo esto, con el visiteo, el ir al campo a inspeccionar las labores, el ajustar todas las noches las cuentas con el aperador, el visitar las bodegas y candioteras, y el clarificar, trasegar y perfeccionar los vinos, y el tratar con gitanos y chalanes para compra, venta o cambalache de los caballos, mulas y borricos, o con gente de Jerez que viene a comprar nuestro vino para trocarle en jerezano, ocupa aqu&amp;iacute; de diario a los hidalgos, se&amp;ntilde;oritos o como quieran llamarse. En ocasiones extraordinarias, hay otras faenas y diversiones que dan a todo m&amp;aacute;s animaci&amp;oacute;n, como en tiempo de la siega, de la vendimia y de la recolecci&amp;oacute;n de la aceituna; o bien cuando hay feria y toros aqu&amp;iacute; o en otro pueblo cercano, o bien cuando hay romer&amp;iacute;a al santuario de alguna milagrosa imagen de Mar&amp;iacute;a Sant&amp;iacute;sima, a donde, si acuden no pocos por curiosidad y para divertirse y feriar a sus amigas cupidos y escapularios, m&amp;aacute;s son los que acuden por devoci&amp;oacute;n y en cumplimiento de voto o promesa. Hay santuario de estos que est&amp;aacute; en la cumbre de una elevad&amp;iacute;sima sierra, y con todo, no faltan a&amp;uacute;n mujeres delicadas que suben all&amp;iacute; con los pies descalzos, hiri&amp;eacute;ndoselos con abrojos, espinas y piedras, por el pendiente y mal trazado sendero.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La vida de aqu&amp;iacute; tiene cierto encanto. Para quien no sue&amp;ntilde;a con la gloria, para quien nada ambiciona, comprendo que sea muy descansada y dulce vida. Hasta la soledad puede lograrse aqu&amp;iacute; haciendo un esfuerzo. Como yo estoy aqu&amp;iacute; por una temporada, no puedo ni debo hacerlo; pero, si yo estuviese de asiento, no hallar&amp;iacute;a dificultad, sin ofender a nadie, en encerrarme y retraerme durante muchas horas o durante todo el d&amp;iacute;a, a fin de entregarme a mis estudios y meditaciones.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Su nueva y m&amp;aacute;s reciente carta de Vd. me ha afligido un poco. Veo que insiste Vd. en sus sospechas, y no s&amp;eacute; qu&amp;eacute; contestar para justificarme sino lo que ya he contestado.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Dice Vd. que la gran victoria en cierto g&amp;eacute;nero de batallas consiste en la fuga: que huir es vencer. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo he de negar yo lo que el Ap&amp;oacute;stol y tantos Santos Padres y Doctores han dicho? Con todo, de sobra sabe Vd. que el huir no depende de mi voluntad. Mi padre no quiere que me vaya; mi padre me retiene a pesar m&amp;iacute;o; tengo que obedecerle. Necesito, pues, vencer por otros medios y no por el de la fuga.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Para que Vd. se tranquilice, repetir&amp;eacute; que la lucha apenas est&amp;aacute; empe&amp;ntilde;ada; que Vd. ve las cosas m&amp;aacute;s adelantadas de lo que est&amp;aacute;n.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No hay el menor indicio de que Pepita Jim&amp;eacute;nez me quiera. Y aunque me quisiese, ser&amp;iacute;a de otro modo que como quer&amp;iacute;an las mujeres que Vd. cita para mi ejemplar escarmiento. Una se&amp;ntilde;ora, bien educada y honesta, en nuestros d&amp;iacute;as, no es tan inflamable y desaforada como esas matronas de que est&amp;aacute;n llenas las historias antiguas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El pasaje que aduce Vd. de San Juan Cris&amp;oacute;stomo es digno del mayor respeto; pero no es del todo apropiado a las circunstancias. La gran dama, que en Of, Tebas o Di&amp;oacute;spolis Magna, se enamor&amp;oacute; del hijo predilecto de Jacob, debi&amp;oacute; ser hermos&amp;iacute;sima; s&amp;oacute;lo as&amp;iacute; se concibe que asegure el Santo ser mayor prodigio el que Josef no ardiera, que el que los tres mancebos, que hizo poner Nabucodonosor en el horno candente, no se redujesen a cenizas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Confieso con ingenuidad que lo que es en punto a hermosura, no atino a representarme que supere a Pepita Jim&amp;eacute;nez la mujer de aquel pr&amp;iacute;ncipe egipcio, mayordomo mayor o cosa por el estilo del palacio de los Faraones; pero ni yo soy, como Josef, agraciado con tantos dones y excelencias, ni Pepita es una mujer sin religi&amp;oacute;n y sin decoro. Y aunque fuera as&amp;iacute;, aun suponiendo todos estos horrores, no me explico la ponderaci&amp;oacute;n de San Juan Cris&amp;oacute;stomo sino porque viv&amp;iacute;a en la capital corrompida, y semi&amp;mdash;gent&amp;iacute;lica a&amp;uacute;n, del Bajo Imperio; en aquella corte, cuyos vicios tan crudamente censur&amp;oacute;, y donde la propia emperatriz Eudoxia daba ejemplo de corrupci&amp;oacute;n y de esc&amp;aacute;ndalo. Pero hoy que la moral evang&amp;eacute;lica ha penetrado m&amp;aacute;s profundamente en el seno de la sociedad cristiana, me parece exagerado creer m&amp;aacute;s milagroso el casto desd&amp;eacute;n del hijo de Jacob que la incombustibilidad material de los tres mancebos de Babilonia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Otro punto toca Vd. en su carta que me anima y lisonjea en extremo. Condena Vd. como debe el sentimentalismo exagerado y la propensi&amp;oacute;n a enternecerme y a llorar por motivos pueriles de que le dije padec&amp;iacute;a a veces; pero esta afeminada pasi&amp;oacute;n de &amp;aacute;nimo, ya que existe en m&amp;iacute;, importando desecharla, celebra Vd. que no se mezcle con la oraci&amp;oacute;n y la meditaci&amp;oacute;n y las contamine. Vd. reconoce y aplaude en m&amp;iacute; la energ&amp;iacute;a verdaderamente varonil, que debe haber en el afecto y en la mente que anhelan elevarse a Dios. La inteligencia que pugna por comprenderle ha de ser briosa; la voluntad que se le somete por completo es porque triunfa antes de s&amp;iacute; misma, ri&amp;ntilde;endo bravas batallas con todos los apetitos y derrotando y poniendo en fuga todas las tentaciones; el mismo afecto acendrado y ardiente, que, aun en criaturas simples y cuitadas, puede encumbrarse hasta Dios por un rapto de amor, logrando conocerle por iluminaci&amp;oacute;n sobrenatural, es hijo, a m&amp;aacute;s de la gracia divina, de un car&amp;aacute;cter firme y entero. Esa languidez, ese quebranto de la voluntad, esa ternura enfermiza, nada tienen que hacer con la caridad, con la devoci&amp;oacute;n y con el amor divino. Aquello es atributo de menos que mujeres: &amp;eacute;stas son pasiones, si pasiones pueden llamarse, de m&amp;aacute;s que hombres, de &amp;aacute;ngeles. S&amp;iacute;; tiene Vd. raz&amp;oacute;n de confiar en m&amp;iacute;, y de esperar que no he de perderme porque una piedad relajada y muelle abra las puertas de mi coraz&amp;oacute;n a los vicios transigiendo con ellos. Dios me salvar&amp;aacute; y yo combatir&amp;eacute; por salvarme con su auxilio; pero, si me pierdo, los enemigos del alma y los pecados mortales no han de entrar disfrazados ni por capitulaci&amp;oacute;n en la fortaleza de mi conciencia, sino con banderas desplegadas, llev&amp;aacute;ndolo todo a sangre y fuego y despu&amp;eacute;s de ac&amp;eacute;rrimo combate.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En estos &amp;uacute;ltimos d&amp;iacute;as he tenido ocasi&amp;oacute;n de ejercitar mi paciencia en grande y de mortificar mi amor propio del modo m&amp;aacute;s cruel.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi padre quiso pagar a Pepita el obsequio de la huerta y la convid&amp;oacute; a visitar su quinta del Pozo de la Solana. La expedici&amp;oacute;n fue el 22 de Abril. No se me olvidar&amp;aacute; esta fecha.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El Pozo de la Solana dista m&amp;aacute;s de dos leguas de este lugar y no hay hasta all&amp;iacute; sino camino de herradura. Tuvimos todos que ir a caballo. Yo, como jam&amp;aacute;s he aprendido a montar, he acompa&amp;ntilde;ado a mi padre en todas las anteriores excursiones en una mulita de paso, muy mansa, y que, seg&amp;uacute;n la expresi&amp;oacute;n de Dientes, el mulero, es m&amp;aacute;s noble que el oro y m&amp;aacute;s serena que un coche. En el viaje al Pozo de la Solana fui en la misma cabalgadura.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Mi padre, el escribano, el boticario y mi primo Currito, iban en buenos caballos. Mi t&amp;iacute;a do&amp;ntilde;a Casilda, que pesa m&amp;aacute;s de diez arrobas, en una enorme y poderosa burra con sus jamugas. El se&amp;ntilde;or vicario en una mula mansa y serena como la m&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En cuanto a Pepita Jim&amp;eacute;nez, que imaginaba yo que vendr&amp;iacute;a tambi&amp;eacute;n en burra con jamugas, pues ignoraba que montase, me sorprendi&amp;oacute;, apareciendo en un caballo tordo muy vivo y fogoso, vestida de amazona y manejando el caballo con destreza y primor notables.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me alegr&amp;eacute; de ver a Pepita tan gallarda a caballo; pero desde luego present&amp;iacute; y empez&amp;oacute; a mortificarme el desairado papel que me tocaba hacer al lado de la robusta t&amp;iacute;a do&amp;ntilde;a Casilda y del padre vicario, yendo nosotros a retaguardia, pac&amp;iacute;ficos y serenos como en coche, mientras que la lucida cabalgata caracolear&amp;iacute;a, correr&amp;iacute;a, trotar&amp;iacute;a y har&amp;iacute;a mil evoluciones y escarceos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al punto se me antoj&amp;oacute; que Pepita me miraba compasiva, al ver la facha lastimosa que sobre la mula deb&amp;iacute;a yo de tener. Mi primo Currito me mir&amp;oacute; con sonrisa burlona, y empez&amp;oacute; enseguida a embromarme y atormentarme.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aplauda Vd. mi resignaci&amp;oacute;n y mi valerosa paciencia. A todo me somet&amp;iacute; de buen talante, y pronto, hasta las bromas de Currito acabaron, al notar cu&amp;aacute;n invulnerable yo era. Pero &amp;iexcl;cu&amp;aacute;nto sufr&amp;iacute; por dentro! Ellos corrieron, galoparon, se nos adelantaron a la ida y a la vuelta. El vicario y yo permanecimos siempre &lt;i&gt;serenos&lt;/i&gt;, como las mulas, sin salir del paso y llevando a do&amp;ntilde;a Casilda en medio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ni siquiera tuve el consuelo de hablar con el padre vicario, cuya conversaci&amp;oacute;n me es tan grata, ni de encerrarme dentro de m&amp;iacute; mismo y fantasear y so&amp;ntilde;ar, ni de admirar a mis solas la belleza del terreno que recorr&amp;iacute;amos. Do&amp;ntilde;a Casilda es de una locuacidad abominable, y tuvimos que o&amp;iacute;rla. Nos dijo cuanto hay que saber de chismes del pueblo, y nos habl&amp;oacute; de todas sus habilidades, y nos explic&amp;oacute; el modo de hacer salchichas, morcillas de sesos, hojaldres y otros mil guisos y regalos. Nadie la vence en negocios de cocina y de matanza de cerdos, seg&amp;uacute;n ella, sino Anto&amp;ntilde;ona, la nodriza de Pepita Jim&amp;eacute;nez, y hoy su ama de llaves y directora de su casa. Yo conozco ya a la tal Anto&amp;ntilde;ona, pues va y viene a casa con recados, y en efecto es muy lista: tan parlanchina como la t&amp;iacute;a Casilda, pero cien mil veces m&amp;aacute;s discreta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El camino hasta el Pozo de la Solana es delicioso; pero yo iba tan contrariado, que no acert&amp;eacute; a gozar de &amp;eacute;l. Cuando llegamos a la caser&amp;iacute;a y nos apeamos, se me quit&amp;oacute; de encima un gran peso, como si fuese yo quien hubiese llevado a la mula, y no la mula a m&amp;iacute;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ya a pie, recorrimos la posesi&amp;oacute;n, que es magn&amp;iacute;fica, variada y extensa. Hay all&amp;iacute; m&amp;aacute;s de ciento veinte fanegas de vi&amp;ntilde;a vieja y majuelo, todo bajo una linde: otro tanto o m&amp;aacute;s de olivar, y por &amp;uacute;ltimo un bosque de encinas de las m&amp;aacute;s corpulentas que a&amp;uacute;n quedan en pie en toda Andaluc&amp;iacute;a. El agua del Pozo de la Solana forma un arroyo claro y abundante, donde vienen a beber todos los pajarillos de las cercan&amp;iacute;as, y donde se cazan a centenares por medio de espartos con liga, o con red, en cuyo centro se colocan el cimbel y el reclamo. All&amp;iacute; record&amp;eacute; mis diversiones de la ni&amp;ntilde;ez, y cuantas veces hab&amp;iacute;a ido yo a cazar pajarillos de la manera expresada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Siguiendo el curso del arroyo, y sobre todo en las hondonadas, hay muchos &amp;aacute;lamos y otros &amp;aacute;rboles altos, que con las matas y yerbas, crean un intrincado laberinto y una sombr&amp;iacute;a espesura. Mil plantas silvestres y olorosas crecen all&amp;iacute; de un modo espont&amp;aacute;neo, y por cierto que es dif&amp;iacute;cil imaginar nada m&amp;aacute;s esquivo, agreste y verdaderamente solitario, apacible y silencioso que aquellos lugares. Se concibe all&amp;iacute; en el fervor del medio d&amp;iacute;a, cuando el sol vierte a torrentes la luz desde un cielo sin nubes, en las calurosas y reposadas siestas, el mismo terror misterioso de las horas nocturnas. Se concibe all&amp;iacute; la vida de los antiguos patriarcas y de los primitivos h&amp;eacute;roes y pastores, y las apariciones y visiones que ten&amp;iacute;an, las ninfas, de deidades y de &amp;aacute;ngeles, en medio de la claridad meridiana.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Andando por aquella espesura, hubo un momento en el cual, no acierto a decir c&amp;oacute;mo, Pepita y yo nos encontramos solos: yo al lado de ella. Los dem&amp;aacute;s se hab&amp;iacute;an quedado atr&amp;aacute;s.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Entonces sent&amp;iacute; por todo mi cuerpo un estremecimiento. Era la primera vez que me ve&amp;iacute;a a solas con aquella mujer, y en sitio tan apartado, y cuando yo pensaba en las apariciones meridianas, ya siniestras, ya dulces, y siempre sobrenaturales, de los hombres de las edades remotas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita hab&amp;iacute;a dejado en la caser&amp;iacute;a la larga falda de montar, y caminaba con un vestido corto que no estorbaba la graciosa ligereza de sus movimientos. Sobre la cabeza llevaba un sombrerillo andaluz, colocado con gracia. En la mano el l&amp;aacute;tigo, que se me antoj&amp;oacute; como varita de virtudes, con que pudiera hechizarme aquella maga.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No temo repetir aqu&amp;iacute; los elogios de su belleza. En aquellos sitios agrestes se me apareci&amp;oacute; m&amp;aacute;s hermosa. La cautela, que recomiendan los ascetas, de pensar en ella afeada por los a&amp;ntilde;os y por las enfermedades; de figur&amp;aacute;rmela muerta, llena de hedor y podredumbre y cubierta de gusanos, vino, a pesar m&amp;iacute;o, a mi imaginaci&amp;oacute;n; y digo a &lt;i&gt;pesar m&amp;iacute;o&lt;/i&gt;, porque no entiendo que tan terrible cautela fuese indispensable. Ninguna idea mala en lo material, ninguna sugesti&amp;oacute;n del esp&amp;iacute;ritu maligno turb&amp;oacute; entonces mi raz&amp;oacute;n, ni logr&amp;oacute; inficionar mi voluntad y mis sentidos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo que s&amp;iacute; se me ocurri&amp;oacute; fue un argumento para invalidar, al menos en m&amp;iacute;, la virtud de esa cautela. La hermosura, obra de un arte soberano y divino, puede ser caduca, ef&amp;iacute;mera, desaparecer en el instante; pero su idea es eterna, y en la mente del hombre vive vida inmortal, una vez percibida. La belleza de esta mujer, tal como hoy se me manifiesta, desaparecer&amp;aacute; dentro de breves a&amp;ntilde;os: ese cuerpo elegante, esas formas esbeltas, esa noble cabeza, tan gentilmente erguida sobre los hombros, todo ser&amp;aacute; pasto de gusanos inmundos; pero si la materia ha de transformarse, la forma, el pensamiento art&amp;iacute;stico, la hermosura misma, &amp;iquest;qui&amp;eacute;n la destruir&amp;aacute;? &amp;iquest;No est&amp;aacute; en la mente divina? Percibida y conocida por m&amp;iacute;, &amp;iquest;no vivir&amp;aacute; en mi alma, vencedora de la vejez y aun de la muerte?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; meditaba yo, cuando Pepita y yo nos acercamos. As&amp;iacute; serenaba yo mi esp&amp;iacute;ritu y mitigaba los recelos que Vd. ha sabido infundirme. Yo deseaba y no deseaba a la vez que llegasen los otros. Me complac&amp;iacute;a y me aflig&amp;iacute;a al mismo tiempo de estar solo con aquella mujer.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La voz argentina de Pepita rompi&amp;oacute; el silencio, y, sac&amp;aacute;ndome de mis meditaciones, dijo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Qu&amp;eacute; callado y qu&amp;eacute; triste est&amp;aacute; Vd., se&amp;ntilde;or D. Luis! Me apesadumbra el pensar que tal vez por culpa m&amp;iacute;a, en parte al menos, da a Vd. hoy un mal rato su padre tray&amp;eacute;ndole a estas soledades, y sac&amp;aacute;ndole de otras m&amp;aacute;s apartadas, donde no tendr&amp;aacute; Vd. nada que le distraiga de sus oraciones y piadosas lecturas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo no s&amp;eacute; lo que contest&amp;eacute; a esto. Hube de contestar alguna sandez, porque estaba turbado; y ni quer&amp;iacute;a hacer un cumplimiento a Pepita, diciendo galanter&amp;iacute;as profanas, ni quer&amp;iacute;a tampoco contestar de un modo grosero.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ella prosigui&amp;oacute;:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Vd. me ha de perdonar si soy maliciosa, pero se me figura que, adem&amp;aacute;s del disgusto de verse Vd. separado hoy de sus ocupaciones favoritas, hay algo m&amp;aacute;s que contribuye poderosamente a su mal humor.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iquest;Qu&amp;eacute; es ese algo m&amp;aacute;s?&amp;mdash;dije yo&amp;mdash;, pues Vd. lo descubre todo o cree descubrirlo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Ese algo m&amp;aacute;s-replic&amp;oacute; Pepita&amp;mdash;no es sentimiento propio de quien va a ser sacerdote tan pronto, pero s&amp;iacute; lo es de un joven de veintid&amp;oacute;s a&amp;ntilde;os.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Al o&amp;iacute;r esto, sent&amp;iacute; que la sangre me sub&amp;iacute;a al rostro y que el rostro me ard&amp;iacute;a. Imagin&amp;eacute; mil extravagancias, me cre&amp;iacute; presa de una obsesi&amp;oacute;n. Me juzgu&amp;eacute; provocado por Pepita que iba a darme a entender que conoc&amp;iacute;a que yo gustaba de ella. Entonces, mi timidez se troc&amp;oacute; en atrevida soberbia, y la mir&amp;eacute; de hito en hito. Algo de rid&amp;iacute;culo hubo de haber en mi mirada, pero, o Pepita no lo advirti&amp;oacute; o lo disimul&amp;oacute; con ben&amp;eacute;vola prudencia, exclamando del modo m&amp;aacute;s sencillo:&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;No se ofenda Vd. porque yo le descubra alguna falta. Esta que he notado me parece leve. Vd. est&amp;aacute; lastimado de las bromas de Currito, y de hacer (hablando profanamente) un papel poco airoso, montado en una mula mansa como el se&amp;ntilde;or vicario, con sus ochenta a&amp;ntilde;os, y no en un brioso caballo, como debiera un joven de su edad y circunstancias. La culpa es del se&amp;ntilde;or de&amp;aacute;n, que no ha pensado en que Vd. aprenda a montar. La equitaci&amp;oacute;n no se opone a la vida que Vd. piensa seguir, y yo creo que su padre de Vd., ya que est&amp;aacute; Vd. aqu&amp;iacute;, debiera en pocos d&amp;iacute;as ense&amp;ntilde;arle. Si Vd. va a Persia, o a China, all&amp;iacute; no hay ferro-carriles a&amp;uacute;n, y har&amp;aacute; Vd. una triste figura cabalgando mal. Tal vez se desacredite el misionero entre aquellos b&amp;aacute;rbaros, merced a esta torpeza, y luego sea m&amp;aacute;s dif&amp;iacute;cil de lograr el fruto de las predicaciones.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Estos y otros razonamientos m&amp;aacute;s adujo Pepita para que yo aprendiese a montar a caballo, y qued&amp;eacute; tan convencido de lo &amp;uacute;til que es la equitaci&amp;oacute;n para un misionero, que le promet&amp;iacute; aprender enseguida, tomando a mi padre por maestro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;En la primera nueva expedici&amp;oacute;n que hagamos&amp;mdash;le dije&amp;mdash;, he de ir en el caballo m&amp;aacute;s fogoso de mi padre, y no en la mulita de paso en que voy ahora.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;Mucho me alegrar&amp;eacute;&amp;mdash;replic&amp;oacute; Pepita con una sonrisa de indecible suavidad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En esto llegaron todos al sitio en que est&amp;aacute;bamos, y yo me alegr&amp;eacute; en mis adentros, no por otra cosa, sino por temor de no acertar a sostener la conversaci&amp;oacute;n, y de salir con doscientas mil simplicidades por mi poca o ninguna pr&amp;aacute;ctica de hablar con mujeres.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Despu&amp;eacute;s del paseo, sobre la fresca yerba y en el m&amp;aacute;s lindo sitio junto al arroyo, nos sirvieron los criados de mi padre una r&amp;uacute;stica y abundante merienda. La conversaci&amp;oacute;n fue muy animada, y Pepita mostr&amp;oacute; mucho ingenio y discreci&amp;oacute;n. Mi primo Currito volvi&amp;oacute; a embromarme sobre mi manera de cabalgar y sobre la mansedumbre de mi mula: me llam&amp;oacute; &lt;i&gt;te&amp;oacute;logo&lt;/i&gt;, y me dijo que sobre aquella mula parec&amp;iacute;a que iba yo repartiendo bendiciones. Esta vez, ya con el firme prop&amp;oacute;sito de hacerme jinete, contest&amp;eacute; a las bromas con desenfado picante. Me call&amp;eacute;, con todo, el compromiso contra&amp;iacute;do de aprender la equitaci&amp;oacute;n. Pepita, aunque en nada hab&amp;iacute;amos convenido, pens&amp;oacute; sin duda como yo que importaba el sigilo para sorprender luego cabalgando bien, y nada dijo de nuestra conversaci&amp;oacute;n. De aqu&amp;iacute; provino, natural y sencillamente, que existiera un secreto entre ambos; lo cual produjo en mi &amp;aacute;nimo extra&amp;ntilde;o efecto.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Nada m&amp;aacute;s ocurri&amp;oacute; aquel d&amp;iacute;a que merezca contarse.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por la tarde volvimos al lugar, como hab&amp;iacute;amos venido. Yo, sin embargo, en mi mula mansa y al lado de la t&amp;iacute;a Casilda, no me aburr&amp;iacute; ni entristec&amp;iacute; a la vuelta como a la ida. Durante todo el viaje o&amp;iacute; a la t&amp;iacute;a sin cansancio referir sus historias, y por momentos me distraje en vagas imaginaciones.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Nada de lo que en mi alma pasa debe ser un misterio para Vd. Declaro que la figura de Pepita era como el centro, o mejor dicho, como el n&amp;uacute;cleo y el foco de estas imaginaciones vagas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Su meridiana aparici&amp;oacute;n, en lo m&amp;aacute;s intrincado, umbr&amp;iacute;o y silencioso de la verde enramada, me trajo a la memoria todas las apariciones, buenas o malas, de seres portentosos y de condici&amp;oacute;n superior a la nuestra, que hab&amp;iacute;a yo le&amp;iacute;do en los autores sagrados y los cl&amp;aacute;sicos profanos. Pepita, pues, se me mostraba en los ojos y en el teatro interior de mi fantas&amp;iacute;a, no como iba a caballo delante de nosotros, sino de un modo ideal y et&amp;eacute;reo, en el retiro nemoroso, como a Eneas su madre, como a Cal&amp;iacute;maco Palas, como al pastor bohemio Kroco la s&amp;iacute;lfide que luego concibi&amp;oacute; a Libusa, como Diana al hijo de Aristeo, como al Patriarca los &amp;aacute;ngeles en el valle de Mambr&amp;eacute;, como a San Antonio el hipocentauro en la soledad del yermo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Encuentro tan natural como el de Pepita se trastrocaba en mi mente en algo de prodigio. Por un momento, al notar la consistencia de esta imaginaci&amp;oacute;n, me cre&amp;iacute; obseso; me figur&amp;eacute;, como era evidente, que en los pocos minutos que hab&amp;iacute;a estado a solas con Pepita junto al arroyo de la Solana, nada hab&amp;iacute;a ocurrido que no fuese natural y vulgar; pero que despu&amp;eacute;s, conforme iba yo caminando tranquilo en mi mula, alg&amp;uacute;n demonio se agitaba invisible en torno m&amp;iacute;o, sugiri&amp;eacute;ndome mil disparates.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aquella noche dije a mi padre mi deseo de aprender a montar. No quise ocultarle que Pepita me hab&amp;iacute;a excitado a ello. Mi padre tuvo una alegr&amp;iacute;a extraordinaria. Me abraz&amp;oacute;, me bes&amp;oacute;, me dijo que ya no era Vd. solo mi maestro, que &amp;eacute;l tambi&amp;eacute;n iba a tener el gusto de ense&amp;ntilde;arme algo. Me asegur&amp;oacute;, por &amp;uacute;ltimo, que en dos o tres semanas har&amp;iacute;a de m&amp;iacute; el mejor caballista de toda Andaluc&amp;iacute;a; capaz de ir a Gibraltar por contrabando y de volver de all&amp;iacute;, burlando al resguardo, con una coracha de tabaco y con un buen alijo de algodones: apto, en suma, para pasmar a todos los jinetes que se lucen en las ferias de Sevilla y de Mairena, y para oprimir los lomos de Babieca, de Buc&amp;eacute;falo, y aun de los propios caballos del Sol, si por acaso bajaban a la tierra y pod&amp;iacute;a yo asirlos de la brida.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ignoro qu&amp;eacute; pensar&amp;aacute; Vd. de este arte de la equitaci&amp;oacute;n que estoy aprendiendo; pero presumo que no lo tendr&amp;aacute; por malo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iexcl;Si viera Vd. qu&amp;eacute; gozoso est&amp;aacute; mi padre y c&amp;oacute;mo se deleita ense&amp;ntilde;&amp;aacute;ndome! Desde el d&amp;iacute;a siguiente al de la expedici&amp;oacute;n que he referido, doy dos lecciones diarias. D&amp;iacute;a hay, durante el cual, la lecci&amp;oacute;n es perpetua, porque nos le pasamos a caballo. La primera semana fueron las lecciones en el corral&amp;oacute;n de casa, que est&amp;aacute; desempedrado y sirvi&amp;oacute; de picadero.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ya salimos al campo, pero procurando que nadie nos vea. Mi padre no quiere que me muestre en p&amp;uacute;blico hasta que pasme por lo bien plantado, seg&amp;uacute;n &amp;eacute;l dice. Si su vanidad de padre no le enga&amp;ntilde;a, esto ser&amp;aacute; muy pronto porque tengo una disposici&amp;oacute;n maravillosa para ser buen jinete.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;mdash;&amp;iexcl;Bien se ve que eres mi hijo!&amp;mdash;exclama mi padre con j&amp;uacute;bilo al contemplar mis adelantos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Es tan bueno mi padre, que espero que Vd. le perdonar&amp;aacute; su lenguaje profano y sus chistes irreverentes. Yo me aflijo en lo interior de mi alma, pero lo sufro todo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Con las continuadas y largas lecciones estoy que da l&amp;aacute;stima de agujetas. Mi padre me recomienda que escriba a Vd. que me abro las carnes a disciplinazos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Como dentro de poco sostiene que me dar&amp;aacute; por ense&amp;ntilde;ado, y no desea jubilarse de maestro, me propone otros estudios extravagantes y harto impropios de un futuro sacerdote. Unas veces quiere ense&amp;ntilde;arme a derribar, para llevarme luego a Sevilla, donde dejar&amp;eacute; bizcos a los ternes y gente del bronce, con la garrocha en la mano, en los llanos de Tablada. Otras veces se acuerda de sus mocedades y de cuando fue guardia de corps, y dice que va a buscar sus floretes, guantes y caretas y a ense&amp;ntilde;arme la esgrima. Y por &amp;uacute;ltimo, presumiendo tambi&amp;eacute;n mi padre de manejar como nadie una navaja, ha llegado a ofrecerme que me comunicar&amp;aacute; esta habilidad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ya se har&amp;aacute; Vd. cargo de lo que yo contesto a tama&amp;ntilde;as locuras. Mi padre replica que en los buenos tiempos antiguos, no ya los cl&amp;eacute;rigos, sino hasta los obispos andaban a caballo acuchillando infieles. Yo observo que eso pod&amp;iacute;a suceder en las edades b&amp;aacute;rbaras, pero que ahora no deben los ministros del Alt&amp;iacute;simo saber esgrimir m&amp;aacute;s armas que las de la persuasi&amp;oacute;n.&amp;mdash;Y cuando la persuasi&amp;oacute;n no basta&amp;mdash;a&amp;ntilde;ade mi padre&amp;mdash;, &amp;iquest;no viene bien corroborar un poco los argumentos a linternazos?&amp;mdash;El misionero completo, seg&amp;uacute;n entiende mi padre, debe en ocasiones apelar a estos medios heroicos; y como mi padre ha le&amp;iacute;do muchos romances e histonas, cita ejemplos en apoyo de su opini&amp;oacute;n. Cita en primer lugar a Santiago, quien sin dejar de ser ap&amp;oacute;stol m&amp;aacute;s acuchilla a los moros, que les predica y persuade en su caballo blanco; cita a un se&amp;ntilde;or de la Vera, que fue con una embajada de los Reyes Cat&amp;oacute;licos para Boabdil, y que en el patio de los Leones se enred&amp;oacute; con los moros en disputas teol&amp;oacute;gicas, y, apurado ya de razones, sac&amp;oacute; la espada y arremeti&amp;oacute; contra ellos para acabar de convertirlos; y cita, por &amp;uacute;ltimo, al hidalgo vizca&amp;iacute;no D. &amp;Iacute;&amp;ntilde;igo de Loyola, el cual, en una controversia que tuvo con un moro sobre la pureza de Mar&amp;iacute;a Sant&amp;iacute;sima, harto ya de las imp&amp;iacute;as y horrorosas blasfemias con que el moro le contradec&amp;iacute;a, se fue sobre &amp;eacute;l, espada en mano, y si el moro no se salva por pies, le infunde el convencimiento en el alma por estilo tremendo. Sobre el lance de San Ignacio, contesto yo a mi padre, que fue antes de que el santo se hiciera sacerdote, y sobre los otros ejemplos digo que no hay paridad.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En suma, yo me defiendo como puedo de las bromas de mi padre y me limito a ser buen jinete, sin estudiar esas otras artes, tan impropias de los cl&amp;eacute;rigos, aunque mi padre asegura que no pocos cl&amp;eacute;rigos espa&amp;ntilde;oles las saben y las ejercen a menudo en Espa&amp;ntilde;a, aun en el d&amp;iacute;a de hoy, a fin de que la fe triunfe y se conserve o restaure la unidad cat&amp;oacute;lica.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me pesa en el alma de que mi padre sea as&amp;iacute;; de que hable con irreverencia y burla de las cosas m&amp;aacute;s serias; pero no incumbe a un hijo respetuoso el ir m&amp;aacute;s all&amp;aacute; de lo que voy en reprimir sus desahogos un tanto volterianos. Los llamo un tanto volterianos, porque no acierto a calificarlos bien. En el fondo, mi padre es buen cat&amp;oacute;lico y esto me consuela.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ayer fue d&amp;iacute;a de la Cruz y estuvo el lugar muy animado. En cada calle hubo seis o siete cruces de Mayo llenas de flores, si bien ninguna tan bella como la que puso Pepita en la puerta de su casa. Era un mar de flores el que engalanaba la cruz.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por la noche tuvimos fiesta en casa de Pepita. La cruz, que hab&amp;iacute;a estado en la calle, se coloc&amp;oacute; en una gran sala baja, donde hay piano, y nos dio Pepita un espect&amp;aacute;culo sencillo y po&amp;eacute;tico que yo hab&amp;iacute;a visto cuando ni&amp;ntilde;o, aunque no lo recordaba.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      De la cabeza de la cruz pend&amp;iacute;an siete listones o cintas anchas, dos blancas, dos verdes y tres encarnadas, que son los colores simb&amp;oacute;licos de las virtudes teologales. Ocho ni&amp;ntilde;os de cinco o seis a&amp;ntilde;os, representando los Siete Sacramentos, asidos de las siete cintas que pend&amp;iacute;an de la cruz, bailaron a modo de una contradanza muy bien ensayada. El bautismo era un ni&amp;ntilde;o vestido de catec&amp;uacute;meno con su t&amp;uacute;nica blanca; el orden otro ni&amp;ntilde;o de sacerdote; la confirmaci&amp;oacute;n, un obispito; la extremaunci&amp;oacute;n, un peregrino con bord&amp;oacute;n y esclavina llena de conchas; el matrimonio, un novio y una novia, y un Nazareno con cruz y corona de espinas, la penitencia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El baile, m&amp;aacute;s que baile, fue una serie de reverencias, pasos, evoluciones, y genuflexiones al comp&amp;aacute;s de una m&amp;uacute;sica no mala, de algo como marcha, que el organista toc&amp;oacute; en el piano con bastante destreza.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Los ni&amp;ntilde;os, hijos de criados y familiares de la casa de Pepita, despu&amp;eacute;s de hacer su papel, se fueron a dormir muy regalados y agasajados.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      La tertulia continu&amp;oacute; hasta las doce, y hubo refresco; esto es, tacillas de alm&amp;iacute;bar, y, por &amp;uacute;ltimo, chocolate con torta de bizcocho y agua con azucarillos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El retiro y la soledad de Pepita van olvid&amp;aacute;ndose desde que volvi&amp;oacute; la primavera, de lo cual mi padre est&amp;aacute; muy contento. De aqu&amp;iacute; en adelante, Pepita recibir&amp;aacute; todas las noches, y mi padre quiere que yo sea de la tertulia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita ha dejado el luto, y est&amp;aacute; ahora m&amp;aacute;s galana y vistosa, con trajes ligeros y casi de verano, aunque siempre muy modestos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Tengo la esperanza de que lo m&amp;aacute;s que mi padre me retendr&amp;aacute; ya por aqu&amp;iacute; ser&amp;aacute; todo este mes. En Junio nos iremos juntos a esa ciudad; y ya Vd. ver&amp;aacute; c&amp;oacute;mo libre de Pepita, que no piensa en m&amp;iacute;, ni se acordar&amp;aacute; de m&amp;iacute; para malo ni para bueno, tendr&amp;eacute; el gusto de abrazar a Vd. y de lograr la dicha de ser sacerdote.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5320082193661566380'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/5320082193661566380'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/09/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (7)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-6951435519259344542</id><published>2007-08-31T04:57:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.647-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (6)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;20 de Abril&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Las &amp;uacute;ltimas cartas de Vd., querid&amp;iacute;simo t&amp;iacute;o, han sido de grata consolaci&amp;oacute;n para mi alma. Ben&amp;eacute;volo como siempre, me amonesta Vd. y me ilumina con advertencias &amp;uacute;tiles y discretas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Es verdad: mi vehemencia es digna de vituperio. Quiero alcanzar el fin sin poner los medios; quiero llegar al t&amp;eacute;rmino de la jornada sin andar antes paso a paso el &amp;aacute;spero camino.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Me quejo de sequedad de esp&amp;iacute;ritu en la oraci&amp;oacute;n, de distra&amp;iacute;do, de disipar mi ternura en objetos pueriles; ans&amp;iacute;o volar al trato &amp;iacute;ntimo con Dios, a la contemplaci&amp;oacute;n esencial, y desde&amp;ntilde;o la oraci&amp;oacute;n imaginaria y la meditaci&amp;oacute;n racional y discursiva. &amp;iquest;C&amp;oacute;mo sin obtener la pureza, c&amp;oacute;mo sin ver la luz he de lograr el goce del amor?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hay mucha soberbia en m&amp;iacute;, y yo he de procurar humillarme a mis propios ojos, a fin de que el esp&amp;iacute;ritu del mal no me humille, permiti&amp;eacute;ndolo Dios, en castigo de mi presunci&amp;oacute;n y de mi orgullo.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No creo, a pesar de todo, como Vd. me advierte, que es tan f&amp;aacute;cil para m&amp;iacute; una fea y no pensada ca&amp;iacute;da. No conf&amp;iacute;o en m&amp;iacute;: conf&amp;iacute;o en la misericordia de Dios y en su gracia, y espero que no sea.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Con todo, raz&amp;oacute;n tiene Vd. que le sobra en aconsejarme que no me ligue mucho en amistad con Pepita Jim&amp;eacute;nez; pero yo disto bastante de estar ligado con ella.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No ignoro que los varones religiosos y los santos, que deben servirnos de ejemplo y dechado, cuando tuvieron gran familiaridad y amor con mujeres, fue en la ancianidad, o estando ya muy probados y quebrantados por la penitencia, o existiendo una notable desproporci&amp;oacute;n de edad entre ellos y las piadosas amigas que eleg&amp;iacute;an; como se cuenta de San Jer&amp;oacute;nimo y Santa Paulina, y de San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Y aun as&amp;iacute;, y aun siendo el amor de todo punto espiritual, s&amp;eacute; que puede pecar por demas&amp;iacute;a. Porque Dios, no m&amp;aacute;s, debe ocupar nuestra alma, como su due&amp;ntilde;o y esposo, y cualquiera otro ser que en ella more, ha de ser s&amp;oacute;lo a t&amp;iacute;tulo de amigo o siervo o hechura del esposo, y en quien el esposo se complace.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No crea Vd., pues, que yo me jacte de invencible, y desde&amp;ntilde;e los peligros y los desaf&amp;iacute;e y los busque. En ellos perece quien los ama. Y cuando el rey profeta, con ser tan conforme al coraz&amp;oacute;n del Se&amp;ntilde;or y tan su valido, y cuando Salom&amp;oacute;n, a pesar de su sobrenatural e infusa sabidur&amp;iacute;a, fueron conturbados y pecaron, porque Dios quit&amp;oacute; su faz de ellos, &amp;iquest;qu&amp;eacute; no debo temer yo, m&amp;iacute;sero pecador, tan joven, tan inexperto de las astucias del demonio, y tan poco firme y adiestrado en las peleas de la virtud?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lleno de un provechoso temor de Dios, y con la debida desconfianza de mi flaqueza, no olvidar&amp;eacute; los consejos y prudentes amonestaciones de usted, rezando con fervor mis oraciones y meditando en las cosas divinas para aborrecer las mundanas en lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro a Vd. que hasta ahora, por m&amp;aacute;s que ahondo en mi conciencia y registro con suspicacia sus m&amp;aacute;s escondidos senos, nada descubro que me haga temer lo que Vd. teme.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Si de mis cartas anteriores resultan encomios para el alma de Pepita Jim&amp;eacute;nez, culpa es de mi padre y del se&amp;ntilde;or vicario y no m&amp;iacute;a; porque al principio, lejos de ser favorable a esta mujer, estaba yo prevenido contra ella con prevenci&amp;oacute;n injusta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En cuanto a la belleza y donaire corporal de Pepita, crea Vd. que lo he considerado todo con entera limpieza de pensamiento. Y aunque me sea costoso el decirlo, y aunque a Vd. le duela un poco, le confesar&amp;eacute; que si alguna leve mancha ha venido a empa&amp;ntilde;ar el sereno y pulido espejo de mi alma en que Pepita se reflejaba, ha sido la ruda sospecha de usted, que casi me ha llevado por un instante a que yo mismo sospeche.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pero no: &amp;iquest;qu&amp;eacute; he pensado yo, qu&amp;eacute; he mirado, qu&amp;eacute; he celebrado en Pepita, por donde nadie pueda colegir que propendo a sentir por ella algo que no sea amistad y aquella inocente y limpia admiraci&amp;oacute;n que inspira una obra de arte, y m&amp;aacute;s si la obra es del Art&amp;iacute;fice soberano y nada menos que su templo?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por otra parte, querido t&amp;iacute;o, yo tengo que vivir en el mundo, tengo que tratar a las gentes, tengo que verlas, y no he de arrancarme los ojos. Usted me ha dicho mil veces que me quiere en la vida activa, predicando la ley divina, difundi&amp;eacute;ndola por el mundo, y no entregado a la vida contemplativa en la soledad y el aislamiento. Ahora bien; si esto es as&amp;iacute;, como lo es, &amp;iquest;de qu&amp;eacute; suerte me hab&amp;iacute;a yo de gobernar para no reparar en Pepita Jim&amp;eacute;nez? A no ponerme en rid&amp;iacute;culo, cerrando en su presencia los ojos, fuerza es que yo vea y note la hermosura de los suyos, lo blanco, sonrosado y limpio de su tez; la igualdad y el nacarado esmalte de los dientes que descubre a menudo cuando sonr&amp;iacute;e, la fresca p&amp;uacute;rpura de sus labios, la serenidad y tersura de su frente, y otros mil atractivos que Dios ha puesto en ella. Claro est&amp;aacute; que para el que lleva en su alma el germen de los pensamientos livianos, la levadura del vicio, cada una de las impresiones que Pepita produce puede ser como el golpe del eslab&amp;oacute;n que hiere el pedernal y que hace brotar la chispa que todo lo incendia y devora; pero, yendo prevenido contra este peligro, y repar&amp;aacute;ndome y cubri&amp;eacute;ndome bien con el escudo de la prudencia cristiana, no encuentro que tenga yo nada que recelar. Adem&amp;aacute;s que, si bien es temerario buscar el peligro, es cobard&amp;iacute;a no saber arrostrarle y huir de &amp;eacute;l cuando se presenta.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No lo dude Vd.: yo veo en Pepita Jim&amp;eacute;nez una hermosa criatura de Dios, y por Dios la amo, como a hermana. Si alguna predilecci&amp;oacute;n siento por ella es por las alabanzas que de ella oigo a mi padre, al se&amp;ntilde;or vicario y a casi todos los de este lugar.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por amor a mi padre desear&amp;iacute;a yo que Pepita desistiese de sus ideas y planes de vida retirada y se casase con &amp;eacute;l; pero prescindiendo de esto, y si yo viese que mi padre s&amp;oacute;lo ten&amp;iacute;a un capricho y no una verdadera pasi&amp;oacute;n, me alegrar&amp;iacute;a de que Pepita permaneciese firme en su casta viudez, y cuando yo estuviese muy lejos de aqu&amp;iacute;, all&amp;aacute; en la India o en el Jap&amp;oacute;n, o en algunas misiones m&amp;aacute;s peligrosas, tendr&amp;iacute;a un consuelo en escribirle algo sobre mis peregrinaciones y trabajos. Cuando, ya viejo, volviese yo por este lugar, tambi&amp;eacute;n gozar&amp;iacute;a mucho en intimar con ella, que estar&amp;iacute;a ya vieja, y en tener con ella coloquios espirituales y pl&amp;aacute;ticas por el estilo de las que tiene ahora el padre vicario. Hoy, sin embargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas la hablo. Prefiero pasar por encogido, por tonto, por mal criado y arisco, a dar la menor ocasi&amp;oacute;n, no ya a la realidad de sentir por ella lo que no debo, pero ni a la sospecha ni a la maledicencia.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En cuanto a Pepita, ni remotamente convengo en lo que Vd. deja entrever como vago recelo. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; plan ha de formar respecto a un hombre que va a ser cl&amp;eacute;rigo dentro de dos o tres meses? Ella, que ha desairado a tantos, &amp;iquest;por qu&amp;eacute; hab&amp;iacute;a de prendarse de m&amp;iacute;? Harto me conozco, y s&amp;eacute; que no puedo, por fortuna, inspirar pasiones. Dicen que no soy feo, pero soy desma&amp;ntilde;ado, torpe, corto de genio, poco ameno; tengo trazas de lo que soy; de un estudiante humilde. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; valgo yo al lado de los gallardos mozos, aunque algo r&amp;uacute;sticos, que han pretendido a Pepita; &amp;aacute;giles jinetes, discretos y regocijados en la conversaci&amp;oacute;n, cazadores como Nembrot, diestros en todos los ejercicios de cuerpo, cantadores finos y celebrados en todas las ferias de Andaluc&amp;iacute;a, y bailarines apuestos, elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo esto, &amp;iquest;c&amp;oacute;mo ha de fijarse ahora en m&amp;iacute; y ha de concebir el diab&amp;oacute;lico deseo y m&amp;aacute;s diab&amp;oacute;lico proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar mi vocaci&amp;oacute;n, tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a Pepita, y a m&amp;iacute;, lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya se entiende que me creo insignificante para enamorarla, no para ser su amigo; no para que ella me estime y llegue a tener un d&amp;iacute;a cierta predilecci&amp;oacute;n por m&amp;iacute;, cuando yo acierte a hacerme digno de esta predilecci&amp;oacute;n con una santa y laboriosa vida.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Perd&amp;oacute;neme Vd. si me defiendo con sobrado calor de ciertas reticencias de la carta de Vd. que suenan a acusaciones y a fat&amp;iacute;dicos pron&amp;oacute;sticos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo no me quejo de esas reticencias; Vd. me da avisos prudentes, gran parte de los cuales acepto y pienso seguir. Si va Vd. m&amp;aacute;s all&amp;aacute; de lo justo en el recelar consiste sin duda en el inter&amp;eacute;s que por m&amp;iacute; se toma y que yo de todo coraz&amp;oacute;n le agradezco.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6951435519259344542'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6951435519259344542'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/08/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i_31.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (6)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-8160574055722039877</id><published>2007-08-30T04:55:00.001-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.648-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (5)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;14 de Abril&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sigo haciendo la misma vida de siempre y detenido aqu&amp;iacute; a ruegos de mi padre.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El mayor placer de que disfruto, despu&amp;eacute;s del de vivir con &amp;eacute;l, es el trato y conversaci&amp;oacute;n del se&amp;ntilde;or vicario, con quien suelo dar a solas largos paseos. Imposible parece que un hombre de su edad, que debe de tener cerca de los ochenta a&amp;ntilde;os, sea tan fuerte, &amp;aacute;gil y andador. Antes me canso yo que &amp;eacute;l, y no queda vericueto, ni lugar agreste, ni cima de cerro escarpado en estas cercan&amp;iacute;as, a donde no lleguemos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El se&amp;ntilde;or vicario me va reconciliando mucho con el clero espa&amp;ntilde;ol, a quien algunas veces he tildado yo, hablando con Vd., de poco ilustrado. &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;nto m&amp;aacute;s vale, me digo a menudo, este hombre, lleno de candor y de buen deseo, tan afectuoso e inocente, que cualquiera que haya le&amp;iacute;do muchos libros y en cuya alma no arda con tal viveza como en la suya el fuego de la caridad unido a la fe m&amp;aacute;s sincera y m&amp;aacute;s pura! No crea Vd. que es vulgar el entendimiento del se&amp;ntilde;or vicario: es un esp&amp;iacute;ritu inculto; pero despejado y claro. A veces imagino que pueda provenir la buena opini&amp;oacute;n que de &amp;eacute;l tengo, de la atenci&amp;oacute;n con que me escucha; pero, si no es as&amp;iacute;, me parece que todo lo entiende con notable perspicacia y que sabe unir al amor entra&amp;ntilde;able de nuestra santa religi&amp;oacute;n el aprecio de todas las cosas buenas que la civilizaci&amp;oacute;n moderna nos ha tra&amp;iacute;do. Me encantan, sobre todo, la sencillez, la sobriedad en hiperb&amp;oacute;licas manifestaciones de sentimentalismo, la naturalidad, en suma, con que el se&amp;ntilde;or vicario ejerce las m&amp;aacute;s penosas obras de caridad. No hay desgracia que no remedie, ni infortunio que no consuele, ni humillaci&amp;oacute;n que no procure restaurar, ni pobreza a que no acuda sol&amp;iacute;cito con un socorro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Para todo esto, fuerza es confesarlo, tiene un poderoso auxiliar en Pepita Jim&amp;eacute;nez, cuya devoci&amp;oacute;n y natural compasivo siempre est&amp;aacute; &amp;eacute;l poniendo por las nubes.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El car&amp;aacute;cter de esta especie de culto que el vicario rinde a Pepita, va sellado, casi se confunde con el ejercicio de mil buenas obras; con las limosnas, el rezo, el culto p&amp;uacute;blico y el cuidado de los menesterosos. Pepita no da s&amp;oacute;lo para los pobres, sino tambi&amp;eacute;n para novenas, sermones y otras fiestas de iglesia. Si los altares de la parroquia brillan a veces adornados de bell&amp;iacute;simas flores, estas flores se deben a la munificencia de Pepita, que las ha hecho traer de sus huertas. Si en lugar del antiguo manto, viejo y ra&amp;iacute;do que ten&amp;iacute;a la Virgen de los Dolores, luce hoy un flamante y magn&amp;iacute;fico manto de terciopelo negro, bordado de plata, Pepita es quien lo ha costeado. Estos y otros tales beneficios el vicario est&amp;aacute; siempre decant&amp;aacute;ndolos y ensalz&amp;aacute;ndolos. As&amp;iacute; es que cuando no hablo yo de mis miras, de mi vocaci&amp;oacute;n, de mis estudios, lo cual embelesa en extremo al se&amp;ntilde;or vicario y le trae suspenso de mis labios, cuando es &amp;eacute;l quien habla y yo quien escucho, la conversaci&amp;oacute;n, despu&amp;eacute;s de mil vueltas y rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jim&amp;eacute;nez. Y al cabo, &amp;iquest;de qui&amp;eacute;n me ha de hablar el se&amp;ntilde;or vicario? Su trato con el m&amp;eacute;dico, con el boticario, con los ricos labradores de aqu&amp;iacute;, apenas da motivo para tres palabras de conversaci&amp;oacute;n. Como el se&amp;ntilde;or vicario posee la rar&amp;iacute;sima cualidad en un lugare&amp;ntilde;o, de no ser amigo de contar vidas ajenas ni lances escandalosos, de nadie tiene que hablar sino de la mencionada mujer, a quien visita con frecuencia y con quien, seg&amp;uacute;n se desprende de lo que dice, tiene los m&amp;aacute;s &amp;iacute;ntimos coloquios.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No s&amp;eacute; qu&amp;eacute; libros habr&amp;aacute; le&amp;iacute;do Pepita Jim&amp;eacute;nez, ni que instrucci&amp;oacute;n tendr&amp;aacute;; pero de lo que cuenta el se&amp;ntilde;or vicario se colige que est&amp;aacute; dotada de un esp&amp;iacute;ritu inquieto e investigador, donde se ofrecen infinitas cuestiones y problemas que anhela dilucidar y resolver, present&amp;aacute;ndolos para ello al se&amp;ntilde;or vicario, a quien deja agradablemente confuso. Este hombre, educado a la r&amp;uacute;stica, cl&amp;eacute;rigo de misa y olla, como vulgarmente suele decirse, tiene el entendimiento abierto a toda luz de verdad, aunque carece de iniciativa, y, por lo visto, los problemas y cuestiones que Pepita le presenta, le abren nuevos horizontes y nuevos caminos, aunque nebulosos y mal determinados, que &amp;eacute;l no presum&amp;iacute;a siquiera, que no acierta a trazar con exactitud; pero cuya vaguedad, novedad y misterio le encantan.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No desconoce el padre vicario que esto tiene mucho de peligroso, y que &amp;eacute;l y Pepita se exponen a dar sin saberlo, en alguna herej&amp;iacute;a; pero se tranquiliza porque, distando mucho de ser un gran te&amp;oacute;logo, sabe su catecismo al dedillo, tiene confianza en Dios, que le iluminar&amp;aacute;, y espera no extraviarse, y da por cierto que Pepita seguir&amp;aacute; sus consejos y no se extraviar&amp;aacute; nunca.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      As&amp;iacute; imaginan ambos mil poes&amp;iacute;as, aunque informes, bellas, sobre todos los misterios de nuestra religi&amp;oacute;n y art&amp;iacute;culos de nuestra fe. Inmensa es la devoci&amp;oacute;n que tienen a Mar&amp;iacute;a Sant&amp;iacute;sima, Se&amp;ntilde;ora nuestra, y yo me quedo absorto de ver c&amp;oacute;mo saben enlazar la idea o el concepto popular de la Virgen con algunos de los m&amp;aacute;s remontados pensamientos teol&amp;oacute;gicos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por lo que relata el padre vicario entreveo que en el alma de Pepita Jim&amp;eacute;nez, en medio de la serenidad y calma que aparenta, hay clavado un agudo dardo de dolor; hay un amor de pureza contrariado por su vida pasada. Pepita am&amp;oacute; a D. Gumersindo, como a su compa&amp;ntilde;ero, como a su bienhechor, como al hombre a quien todo se lo debe; pero la atormenta, la averg&amp;uuml;enza el recuerdo de que D. Gumersindo fue su marido.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En su devoci&amp;oacute;n a la Virgen se descubre un sentimiento de humillaci&amp;oacute;n dolorosa, un torcedor, una melancol&amp;iacute;a que influye en su mente el recuerdo de su matrimonio indigno y est&amp;eacute;ril.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hasta en su adoraci&amp;oacute;n al ni&amp;ntilde;o Dios, representado en la preciosa imagen de talla que tiene en su casa, interviene el amor maternal sin objeto, el amor maternal que busca ese objeto en un ser no nacido de pecado y de impureza.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El padre vicario dice que Pepita adora al ni&amp;ntilde;o Jes&amp;uacute;s como a su Dios, pero que le ama con las entra&amp;ntilde;as maternales con que amar&amp;iacute;a a un hijo, si le tuviese, y si en su concepci&amp;oacute;n no hubiera habido cosa de que tuviera ella que avergonzarse. El padre vicario nota que Pepita sue&amp;ntilde;a con la madre ideal y con el hijo ideal, inmaculados ambos, al rezar a la Virgen Sant&amp;iacute;sima, y al cuidar a su lindo ni&amp;ntilde;o Jes&amp;uacute;s de talla.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Aseguro a Vd. que no s&amp;eacute; qu&amp;eacute; pensar de todas estas extra&amp;ntilde;ezas. &amp;iexcl;Conozco tan poco lo que son las mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padre vicario me sorprende, y si bien m&amp;aacute;s a menudo entiendo que Pepita es buena y no mala, a veces me infunde cierto terror por mi padre. Con los cincuenta y cinco a&amp;ntilde;os que tiene, creo que est&amp;aacute; enamorado, y Pepita, aunque buena por reflexi&amp;oacute;n, puede, sin premeditarlo ni calcularlo, ser un instrumento del esp&amp;iacute;ritu del mal; puede tener una coqueter&amp;iacute;a irreflexiva e instintiva, m&amp;aacute;s invencible, eficaz y funesta a&amp;uacute;n que la que procede de premeditaci&amp;oacute;n, c&amp;aacute;lculo y discurso.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iquest;Qui&amp;eacute;n sabe, me digo yo a veces, si a pesar de las buenas obras de Pepita, de sus rezos, de su vida devota y recogida, de sus limosnas y de sus donativos para las iglesias, en todo lo cual se puede fundar el afecto que el padre vicario la profesa, no hay tambi&amp;eacute;n un hechizo mundano, no hay algo de magia diab&amp;oacute;lica en este prestigio de que se rodea y con el cual emboba a este c&amp;aacute;ndido padre vicario, y le lleva y le trae y le hace que no piense ni hable sino de ella a todo momento?&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      El mismo imperio que ejerce Pepita sobre un hombre tan descre&amp;iacute;do como mi padre, sobre una naturaleza tan varonil y poco sentimental, tiene en verdad mucho de raro.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No explican tampoco las buenas obras de Pepita el respeto y afecto que infunde por lo general en estos r&amp;uacute;sticos. Los ni&amp;ntilde;os peque&amp;ntilde;uelos acuden a verla las pocas veces que sale a la calle y quieren besarla la mano; las mozuelas le sonr&amp;iacute;en y la saludan con amor; los hombres todos se quitan el sombrero a su paso y se inclinan con la m&amp;aacute;s espont&amp;aacute;nea reverencia y con la m&amp;aacute;s sencilla y natural simpat&amp;iacute;a.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita Jim&amp;eacute;nez, a quien muchos han visto nacer, a quien vieron todos en la miseria, viviendo con su madre, a quien han visto despu&amp;eacute;s casada con el decr&amp;eacute;pito y avaro D. Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece como un ser peregrino, venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera superior, pura y radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a algo como admiraci&amp;oacute;n amant&amp;iacute;sima a todos sus compatricios.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Veo que distra&amp;iacute;damente voy cayendo en el mismo defecto que en el padre vicario censuro, y que no hablo a Vd. sino de Pepita Jim&amp;eacute;nez. Pero esto es natural. Aqu&amp;iacute; no se habla de otra cosa. Se dir&amp;iacute;a que todo el lugar est&amp;aacute; lleno del esp&amp;iacute;ritu, del pensamiento, de la imagen de esta singular mujer, que yo no acierto a&amp;uacute;n a determinar si es un &amp;aacute;ngel o una refinada coqueta llena de &lt;i&gt;astucia instintiva&lt;/i&gt;, aunque los t&amp;eacute;rminos parezcan contradictorios. Porque lo que es con plena conciencia estoy convencido de que esta mujer no es coqueta ni sue&amp;ntilde;a en ganarse voluntades para satisfacer su vanagloria.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Hay sinceridad y candor en Pepita Jim&amp;eacute;nez. No hay m&amp;aacute;s que verla para creerlo as&amp;iacute;. Su andar airoso y reposado, su esbelta estatura, lo terso y despejado de su frente, la suave y pura luz de sus miradas, todo se concierta en un ritmo adecuado, todo se une en perfecta armon&amp;iacute;a, donde no se descubre nota que disuene.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;nto me pesa de haber venido por aqu&amp;iacute; y de permanecer aqu&amp;iacute; tan largo tiempo! Hab&amp;iacute;a pasado la vida en su casa de Vd. y en el Seminario, no hab&amp;iacute;a visto ni tratado m&amp;aacute;s que a mis compa&amp;ntilde;eros y maestros; nada conoc&amp;iacute;a del mundo sino por especulaci&amp;oacute;n y teor&amp;iacute;a; y de pronto, aunque sea en un lugar, me veo lanzado en medio del mundo, y distra&amp;iacute;do de mis estudios, meditaciones y oraciones por mil objetos profanos.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/8160574055722039877'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/8160574055722039877'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/08/pepita-jimnez-por-juan-valera-captulo-i.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (5)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3880379047542868242.post-6880035675614470289</id><published>2007-08-18T10:24:00.000-07:00</published><updated>2007-10-08T04:57:44.648-07:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="capítulo"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Juan Valera"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="literatura"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Pepita Jiménez"/><title type='text'>Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (4)</title><content type='html'>&lt;span style=&quot;font-family: times new roman;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;text-align: right&quot;&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;      &lt;i&gt;8 de Abril&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Siguen las diversiones campestres, en que tengo que intervenir muy a pesar m&amp;iacute;o.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      He acompa&amp;ntilde;ado a mi padre a ver casi todas sus fincas, y mi padre y sus amigos se pasman de que yo no sea completamente ignorante en las cosas del campo. No parece sino que para ellos el estudio de la teolog&amp;iacute;a, a que me he dedicado, es contrario del todo al conocimiento de las cosas naturales. &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;nto han admirado mi erudici&amp;oacute;n al verme distinguir en las vi&amp;ntilde;as, donde apenas empiezan a brotar los p&amp;aacute;mpanos, la cepa Pedro-Jim&amp;eacute;nez de la balad&amp;iacute; y de la Don-Bueno! &amp;iexcl;Cu&amp;aacute;nto han admirado tambi&amp;eacute;n que en los verdes sembrados sepa yo distinguir la cebada del trigo y el an&amp;iacute;s de las habas; que conozca muchos &amp;aacute;rboles frutales y de sombra; y que, aun de las yerbas que nacen espont&amp;aacute;neamente en el campo, acierte yo con varios nombres y refiera bastantes condiciones y virtudes!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Pepita Jim&amp;eacute;nez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan las huertas de por aqu&amp;iacute;, nos ha convidado a ver una que posee a corta distancia del lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella se cr&amp;iacute;an. Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a mi padre, quien la pretende y a quien desde&amp;ntilde;a, me parece a menudo que tiene su poco de coqueter&amp;iacute;a, digna de reprobaci&amp;oacute;n; pero cuando veo a Pepita despu&amp;eacute;s, y la hallo tan natural, tan franca y tan sencilla, se me pasa el mal pensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que no la lleva otro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia la liga.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Sea como sea, anteayer tarde fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso sitio, de lo m&amp;aacute;s ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo que riega casi todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa al lado de la que visitamos: se forma all&amp;iacute; una presa, y cuando se suelta el agua sobrante del riego, cae en un hondo barranco poblado en ambas m&amp;aacute;rgenes de &amp;aacute;lamos blancos y negros, mimbrones, adelfas floridas y otros &amp;aacute;rboles frondosos. La cascada, de agua limpia y transparente, se derrama en el fondo, formando espuma, y luego sigue su curso tortuoso por un cauce que la naturaleza misma ha abierto, esmaltando sus orillas de mil yerbas y flores, y cubri&amp;eacute;ndolas ahora con multitud de violetas. Las laderas que hay a un extremo de la huerta est&amp;aacute;n llenas de nogales, higueras, avellanos y otros &amp;aacute;rboles de fruta. Y en la parte llana hay cuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas, jud&amp;iacute;as y pimientos, y su poco de jard&amp;iacute;n, con grande abundancia de flores, de las que por aqu&amp;iacute; m&amp;aacute;s com&amp;uacute;nmente se cr&amp;iacute;an. Los rosales, sobre todo, abundan, y los hay de mil diferentes especies. La casilla del hortelano es m&amp;aacute;s bonita y limpia de lo que en esta tierra se suele ver, y al lado de la casilla hay otro peque&amp;ntilde;o edificio reservado para el due&amp;ntilde;o de la finca, y donde nos agasaj&amp;oacute; Pepita con una espl&amp;eacute;ndida merienda, a la cual dio pretexto el comer las fresas, que era el principal objeto que all&amp;iacute; nos llevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para lo temprano de la estaci&amp;oacute;n, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que Pepita tambi&amp;eacute;n posee.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Asistimos a esta gira el m&amp;eacute;dico, el escribano, mi t&amp;iacute;a do&amp;ntilde;a Casilda, mi padre y yo; sin faltar el indispensable se&amp;ntilde;or vicario, padre espiritual, y m&amp;aacute;s que padre espiritual, admirador y encomiador perpetuo de Pepita.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Por un refinamiento algo sibar&amp;iacute;tico, no fue el hortelano, ni su mujer, ni el chiquillo del hortelano, ni ning&amp;uacute;n otro campesino quien nos sirvi&amp;oacute; la merienda, sino dos lindas muchachas, criadas y como confidentas de Pepita, vestidas a lo r&amp;uacute;stico, si bien con suma pulcritud y elegancia. Llevaban trajes de percal de vistosos colores, cortos y ce&amp;ntilde;idos al cuerpo, pa&amp;ntilde;uelos de seda cubriendo las espaldas, y descubierta la cabeza, donde luc&amp;iacute;an abundantes y lustrosos cabellos negros, trenzados y atados luego formando un mo&amp;ntilde;o en figura de martillo, y por delante rizos sujetos con sendas horquillas, por ac&amp;aacute; llamados caracoles. Sobre el mo&amp;ntilde;o o casta&amp;ntilde;a ostentaban cada una de estas doncellas un ramo de frescas rosas.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era m&amp;aacute;s cortesano el traje de Pepita. Su vestido de merino ten&amp;iacute;a la misma forma que el de las criadas, y, sin ser muy corto, no arrastraba ni recog&amp;iacute;a suciamente el polvo del camino. Un modesto pa&amp;ntilde;olito de seda negra cubr&amp;iacute;a tambi&amp;eacute;n, al uso del lugar, su espalda y su pecho, y en la cabeza no ostentaba tocado, ni flor, ni joya, ni m&amp;aacute;s adorno que el de sus propios cabellos rubios. En la &amp;uacute;nica cosa que note por parte de Pepita cierto esmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en llevar guantes. Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas u&amp;ntilde;as lustrosas y sonrosadas, pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza humana, y al fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo la misma vanidad cuando era joven, lo cual no le impidi&amp;oacute; ser una santa tan grande.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      En efecto, yo me explico, aunque no disculpo, esta p&amp;iacute;cara vanidad. &amp;iexcl;Es tan distinguido, tan aristocr&amp;aacute;tico, tener una linda mano! Hasta se me figura a veces que tiene algo de simb&amp;oacute;lico. La mano es el instrumento de nuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de forma sus pensamientos art&amp;iacute;sticos, y da ser a las creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedi&amp;oacute; al hombre sobre todas las criaturas. Una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal vez callosa, de un trabajador, de un obrero, demuestra noblemente ese imperio; pero en lo que tiene de m&amp;aacute;s violento y mec&amp;aacute;nico. En cambio, las manos de esta Pepita, que parecen casi di&amp;aacute;fanas como el alabastro, si bien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangre pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo, de dedos afilados y de sin par correcci&amp;oacute;n de dibujo, parecen el s&amp;iacute;mbolo del imperio m&amp;aacute;gico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el esp&amp;iacute;ritu humano, sin fuerza material, sobre todas las cosas visibles que han sido inmediatamente creadas por Dios y que por medio del hombre Dios completa y mejora. Imposible parece que quien tiene manos como Pepita tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que est&amp;eacute; en discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      No hay que decir que mi padre se mostr&amp;oacute; tan embelesado como siempre de Pepita, y ella tan fina y cari&amp;ntilde;osa con &amp;eacute;l, si bien con un cari&amp;ntilde;o m&amp;aacute;s filial de lo que mi padre quisiera. Es lo cierto que mi padre, a pesar de la reputaci&amp;oacute;n que tiene de ser por lo com&amp;uacute;n poco respetuoso y bastante profano con las mujeres, trata a &amp;eacute;sta con un respeto y unos miramientos tales, que ni Amad&amp;iacute;s los us&amp;oacute; mayores con la se&amp;ntilde;ora Oriana en el per&amp;iacute;odo m&amp;aacute;s humilde de sus pretensiones y galanteos: ni una palabra que disuene, ni un requiebro brusco e inoportuno, ni un chiste algo amoroso de estos que con tanta frecuencia suelen permitirse los andaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita &amp;laquo;buenos ojos tienes&amp;raquo;; y en verdad que si lo dijese no mentir&amp;iacute;a, porque los tiene grandes, verdes como los de Circe, hermosos y rasgados; y lo que m&amp;aacute;s m&amp;eacute;rito y valor les da, es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en ella la menor intenci&amp;oacute;n de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo dulce de sus miradas. Se dir&amp;iacute;a que cree que los ojos sirven para ver y nada m&amp;aacute;s que para ver. Lo contrario de lo que yo, seg&amp;uacute;n he o&amp;iacute;do decir, presumo que creen la mayor parte de las mujeres j&amp;oacute;venes y bonitas, que hacen de los ojos un arma de combate y como un aparato el&amp;eacute;ctrico o fulm&amp;iacute;neo para rendir corazones y cautivarlos. No son as&amp;iacute;, por cierto, los ojos de Pepita, donde hay una serenidad y una paz como del cielo. Ni por eso se puede decir que miren con fr&amp;iacute;a indiferencia. Sus ojos est&amp;aacute;n llenos de caridad y de dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz, en una flor, hasta en cualquier objeto inanimado; pero con m&amp;aacute;s afecto a&amp;uacute;n, con muestras de sentir m&amp;aacute;s blando, humano y benigno, se posan en el pr&amp;oacute;jimo, sin que el pr&amp;oacute;jimo, por joven, gallardo y presumido que sea, se atreva a suponer nada m&amp;aacute;s que caridad y amor al pr&amp;oacute;jimo, y, cuando m&amp;aacute;s, predilecci&amp;oacute;n amistosa, en aquella serena y tranquila mirada.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo me paro a pensar si todo esto ser&amp;aacute; estudiado; si esta Pepita ser&amp;aacute; una gran comedianta; pero ser&amp;iacute;a tan perfecto el fingimiento y tan oculta la comedia, que me parece imposible. La misma naturaleza, pues, es la que gu&amp;iacute;a y sirve de norma a esta mirada y a estos ojos. Pepita, sin duda, am&amp;oacute; a su madre primero, y luego las circunstancias la llevaron a amar a D. Gumersindo por deber, como al compa&amp;ntilde;ero de su vida; y luego, sin duda, se extingui&amp;oacute; en ella toda pasi&amp;oacute;n que pudiera inspirar ning&amp;uacute;n objeto terreno, y am&amp;oacute; a Dios, y am&amp;oacute; las cosas todas por amor de Dios, y se encontr&amp;oacute; quiz&amp;aacute;s en una situaci&amp;oacute;n de esp&amp;iacute;ritu apacible y hasta envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que censurar, ser&amp;iacute;a un ego&amp;iacute;smo del que ella misma no se da cuenta. Es muy c&amp;oacute;modo amar de este modo suave, sin atormentarse con el amor; no tener pasi&amp;oacute;n que combatir; hacer del amor y del afecto a los dem&amp;aacute;s un aditamento y como un complemento del amor propio.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      A veces me pregunto a m&amp;iacute; mismo, si al censurar en mi interior esta condici&amp;oacute;n de Pepita, no soy yo quien me censuro. &amp;iquest;Qu&amp;eacute; s&amp;eacute; yo lo que pasa en el alma de esa mujer, para censurarla? &amp;iquest;Acaso, al creer que veo su alma, no es la m&amp;iacute;a la que veo? Yo no he tenido ni tengo pasi&amp;oacute;n alguna que vencer: todas mis inclinaciones bien dirigidas, todos mis instintos buenos y malos, merced a la sabia ense&amp;ntilde;anza de usted, van sin obst&amp;aacute;culos ni tropiezos encaminados al mismo prop&amp;oacute;sito; cumpli&amp;eacute;ndolo se satisfar&amp;iacute;an no s&amp;oacute;lo mis nobles y desinteresados deseos, sino tambi&amp;eacute;n mis deseos ego&amp;iacute;stas, mi amor a la gloria, mi af&amp;aacute;n de saber, mi curiosidad de ver tierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y fama. Todo esto se cifra en llegar al t&amp;eacute;rmino de la carrera que he emprendido. Por este lado, se me antoja a veces que soy m&amp;aacute;s censurable que Pepita, aun suponi&amp;eacute;ndola merecedora de censura.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Yo he recibido ya las &amp;oacute;rdenes menores; he desechado de mi alma las vanidades del mundo; estoy tonsurado; me he consagrado al altar, y sin embargo, un porvenir de ambici&amp;oacute;n se presenta a mis ojos y veo con gusto que puedo alcanzarle y me complazco en dar por ciertas y valederas las condiciones que tengo para ello, por m&amp;aacute;s que a veces llame a la modestia en mi auxilio a fin de no confiar demasiado. En cambio esta mujer &amp;iquest;a qu&amp;eacute; aspira ni qu&amp;eacute; quiere? Yo la censuro de que se cuida las manos; de que mira tal vez con complacencia su belleza; casi la censuro de su pulcritud, del esmero que pone en vestirse, de yo no s&amp;eacute; qu&amp;eacute; coqueter&amp;iacute;a que hay en la misma modestia y sencillez con que se viste. &amp;iexcl;Pues qu&amp;eacute;! &amp;iquest;La virtud ha de ser desali&amp;ntilde;ada? &amp;iquest;Ha de ser sucia la santidad? Un alma pura y limpia, &amp;iquest;no puede complacerse en que el cuerpo tambi&amp;eacute;n lo sea? Es extra&amp;ntilde;a esta malevolencia con que miro el primor y el aseo de Pepita. &amp;iquest;Ser&amp;aacute; tal vez porque va a ser mi madrastra? &amp;iexcl;Pero si no quiere ser mi madrastra! &amp;iexcl;Si no quiere a mi padre! Verdad es que las mujeres son raras: qui&amp;eacute;n sabe si en el fondo de su alma no se siente inclinada ya a querer a mi padre y a casarse con &amp;eacute;l, si bien, atendiendo a aquello de que lo que mucho vale mucho cuesta, se propone, p&amp;aacute;seme Vd. la palabra, molerle antes con sus desdenes, tenerle sujeto a su servidumbre, poner a prueba la constancia de su afecto y acabar por darle el pl&amp;aacute;cido s&amp;iacute;. &amp;iexcl;All&amp;aacute; veremos!&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Ello es que la fiesta en la huerta fue apaciblemente divertida: se habl&amp;oacute; de flores, de frutos, de injertos, de plantaciones y de otras mil cosas relativas a la labranza, luciendo Pepita sus conocimientos agr&amp;oacute;nomos en competencia con mi padre, conmigo y con el se&amp;ntilde;or vicario, que se queda con la boca abierta cada vez que habla Pepita, y jura que en los setenta y pico de a&amp;ntilde;os que tiene de edad, y en sus largas peregrinaciones, que le han hecho recorrer casi toda la Andaluc&amp;iacute;a, no ha conocido mujer m&amp;aacute;s discreta ni m&amp;aacute;s atinada en cuanto piensa y dice.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Cuando volvemos a casa de cualquiera de estas expediciones, vuelvo a insistir con mi padre en mi ida con Vd. a fin de que llegue el suspirado momento de que yo me vea elevado al sacerdocio; pero mi padre est&amp;aacute; tan contento de tenerme a su lado y se siente tan a gusto en el lugar, cuidando de sus fincas, ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, y adorando a Pepita y consult&amp;aacute;ndoselo todo como a su ninfa Egeria, que halla siempre y hallar&amp;aacute; a&amp;uacute;n, tal vez durante algunos meses, fundado pretexto para retenerme aqu&amp;iacute;. Ya tiene que clarificar el vino de yo no s&amp;eacute; cu&amp;aacute;ntas pipas de la candiotera; ya tiene que trasegar otro; ya es menester binar los majuelos; ya es preciso arar los olivares, y cavar los pies a los olivos: en suma, me retiene aqu&amp;iacute; contra mi gusto; aunque no debiera yo decir &amp;laquo;contra mi gusto&amp;raquo;, porque le tengo muy grande en vivir con un padre que es para m&amp;iacute; tan bueno.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;    &lt;p&gt;&lt;br /&gt;      Lo malo es que con esta vida temo materializarme demasiado: me parece sentir alguna sequedad de esp&amp;iacute;ritu durante la oraci&amp;oacute;n; mi fervor religioso disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando en mi naturaleza. Cuando rezo, padezco distracciones; no pongo en lo que digo a mis solas, cuando el alma debe elevarse a Dios, aquella atenci&amp;oacute;n profunda que antes pon&amp;iacute;a. En cambio, la ternura de mi coraz&amp;oacute;n, que no se fija en objeto condigno, que no se emplea y consume en lo que debiera, brota y como que rebosa en ocasiones por objetos y circunstancias que tienen mucho de pueriles, que me parecen rid&amp;iacute;culos, y de los cuales me averg&amp;uuml;enzo. Si me despierto en el silencio de la alta noche y oigo que alg&amp;uacute;n campesino enamorado canta, al son de su guitarra mal rasgueada, una copla de fandango o de ronde&amp;ntilde;as, ni muy discreta, ni muy po&amp;eacute;tica, ni muy delicada, suelo enternecerme como si oyera la m&amp;aacute;s celestial melod&amp;iacute;a. Una compasi&amp;oacute;n loca, insana, me aqueja a veces. El otro d&amp;iacute;a cogieron los hijos del aperador de mi padre un nido de gorriones, y al ver yo los pajarillos sin plumas a&amp;uacute;n y violentamente separados de la madre cari&amp;ntilde;osa, sent&amp;iacute; suma angustia, y, lo confieso, se me saltaron las l&amp;aacute;grimas. Pocos d&amp;iacute;as antes, trajo del campo un r&amp;uacute;stico una ternerita que se hab&amp;iacute;a perniquebrado; iba a llevarla al matadero y ven&amp;iacute;a a decir a mi padre qu&amp;eacute; quer&amp;iacute;a de ella para su mesa: mi padre pidi&amp;oacute; unas cuantas libras de carne, la cabeza y las patas; yo me conmov&amp;iacute; al ver la ternerita y estuve a punto, aunque la verg&amp;uuml;enza lo impidi&amp;oacute;, de compr&amp;aacute;rsela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin, querido t&amp;iacute;o, menester es tener la gran confianza que tengo yo con Vd. para contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerle ver con ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, a mis altas especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuego que devora mi alma el alimento sano y bueno que debe tener.&lt;br /&gt;    &lt;/p&gt;&lt;/span&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6880035675614470289'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3880379047542868242/posts/default/6880035675614470289'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://un-capitulo-cada-dia.blogspot.com/2007/08/pepita-jimnez-juan-valera-i-8-de-abril.html' title='Pepita Jiménez (por Juan Valera): Capítulo I. Cartas de mi sobrino (4)'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>