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	<title>Anecdotario.net</title>
	
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>La boda</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Mar 2013 16:24:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Amor]]></category>
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		<description><![CDATA[Los preparativos de la boda de la nena nos tuvieron muy ocupados durante un par de semanas, según recuerdo. Había una gran ilusión, con mi mujer estábamos muy contentos. La nena había conocido a un buen partido por internet y aunque no se habían visto en persona, la relación llevaba ya seis meses. El muchacho <a href="http://www.anecdotario.net/la-boda/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los preparativos de la boda de la nena nos tuvieron muy ocupados durante un par de semanas, según recuerdo. Había una gran ilusión, con mi mujer estábamos muy contentos. La nena había conocido a un buen partido por internet y aunque no se habían visto en persona, la relación llevaba ya seis meses. El muchacho hablaba conmigo por chat y nos enviaba fotos de sus viajes y peripecias. Nacido en Londres, vivía en Madrid. Era de buena familia y tenía buena posición económica. Quién iba a decir que de la alegría total pasaríamos a la decepción en un dos por tres.<span id="more-1407"></span></p>
<p>Recuerdo la primera noche que vi a la nena conectada al chat hasta la madrugada. Reía a carcajadas, era feliz. Recuerdo nítidamente su sonrisa transfigurada por el reflejo del monitor. Tuvimos que decirle que disminuyera un poco, que nos parecía un vicio. Nos hizo caso. Poco después nos contó que tenía novio por internet. Nena, le dije, por favor no te ilusionés mucho; amor de lejos, amor de pendejos. Ella sonrió con la suficiencia propia de la juventud. Dijo que sentía en el corazón que era real y eso bastaba. Supimos entonces que el enamorado cibernético se llamaba Andy.</p>
<p>Después de que nos contara lo del romance por internet, el propio Andy pidió hablar conmigo. Accedí con desconfianza, pero el muchacho parecía sincero y además era buen mozo. Nos hablamos incluso por skype, yo con mi inglés imperfecto y él con su español chapuceado. Con la nena chateaba también por video y en algunas ocasiones lo saludé en pantalla. Nos encontrábamos por facebook y ahí veía yo fotos y comentarios de sus aventuras por España. Incluso teníamos un número de España al que la nena se comunicaba para hablar con Andy. </p>
<p>Yo había escuchado sobre las estafas nigerianas, y al saber que el muchacho efectivamente era británico y también efectivamente estaba en España como decía, me tranquilicé. El que siempre desconfió fue mi hijo Javier, hermano de la nena. Pero Javier y la nena siempre estaban peleando, así que no lo tomé en serio. Por ese tiempo en la empresa me encargaron un proyecto muy absorbente; llegaba a casa tarde y me iba temprano. A veces al llegar a la casa encontraba a la nena chateando en el estudio, le daba un beso en la frente y me iba directo a dormir.</p>
<p>Ahora al ver en perspectiva creo que pasé por alto muchas cosas. La nena a veces andaba por la casa como zombie, como sin vida. Sólo se le iluminaba su rostro cuando chateaba con Andy. Javier la molestaba y se reía de ella, pero también estaba preocupado. Yo no le di mayor importancia, supuse que un amor juvenil por internet no pasaría de ahí. </p>
<p>Cuando finalicé el proyecto y pude descansar, me vine a enterar que el tal Andy le había propuesto matrimonio a la nena y que ella había aceptado ilusionada. Mi mujer estaba de acuerdo y también estaba ilusionada. Javier no quería hablar del asunto, siempre que hablábamos sobre ello en la cena se iba a su cuarto a oír música. Entonces hablé de nuevo por el chat con el tal Andy, y me dijo que sí, que se quería casar con mi hija. Pero que quería casarse aquí, en Guatemala. Él vendría dos semanas antes y toda su familia vendría en un jet privado para la boda. </p>
<p>A mí me pareció una locura, pero la nena y mi mujer estaban tan ilusionadas y convencidas que no pude luchar contra ellas. Me les uní. Empezamos a preparar la boda. Como una medida de precaución hice que hubiera un matrimonio civil discreto, con pocos invitados. Les dije que sólo así lo haríamos. Una vez efectuado el matrimonio civil, y con el dinero del novio, haríamos una gran fiesta. Me dejé llevar por la alegría y la ilusión de la nena. Hasta Javier se terminó sumando, aunque con algo de dudas también entró en la jugada de buena gana. Le mandamos a hacer un vestido precioso a la nena. Se miraba linda. Concertamos el salón e invitamos unas treinta personas. </p>
<p>Pero mi ilusión se vino abajo cuando una noche conversamos con mi mujer sobre el dinero de la fiesta y de lo que vendría después. Ella había enviado cuatro mil dólares al muchacho, porque él hizo un viaje a Italia y se quedó varado después de un desafortunado asalto. No me había contado porque yo estaba trabajando mucho y no quería molestarme. Luego había enviado otros cuatro mil dólares para reservar unas vacaciones en Europa. Supuestamente Andy pondría las otras dos terceras partes y había pedido ese dinero como muestra de nuestra confianza. En un email había enviado los supuestos tickets de avión y reservas de hotel en línea.  Los vi y supe entonces que habíamos sido estafados y que el desenlace iba a ser doloroso.</p>
<p>Me dolió haber perdido ese dinero. Pero me dolió más la ingenuidad de mi mujer y de la nena. Me dolió no haber impedido todo eso por no estar presente. No dormí en varias noches. No me atreví a decirles que no habría nada. Yo ya lo sabía viejo, me dijo Javier cuando se lo conté. Yo ya lo sabía. Una semana antes de que supuestamente viniera Andy hubo un último desembolso que mi mujer hizo a escondidas. Le envió otros dos mil dólares por unas supuestas maletas que se habían ido a otro país.</p>
<p>Cuando se llegó el día de ir a traer a Andy al aeropuerto, me rompió el corazón ver a la nena tan ilusionada. Por supuesto Andy nunca apareció. La llamó diciéndole que no podría venir sino hasta el día de la boda. La nena se entristeció, pero lo perdonó. Yo había bloqueado ya las cuentas de banco, así que mi mujer no pudo enviarle el dinero que pidió el tal Andy por no se qué problemas migratorios.</p>
<p>El día anterior a la boda yo llamé a todos los invitados y les dije que no habría boda, que se había pospuesto. No le dije nada a la nena ni a mi mujer. Cuando nos vestimos para ir a la ceremonia, más parecía que nos estuviésemos vistiendo para ir a un funeral. Andy le envió un mensaje de texto todavía antes de que nos fuéramos al salón. Él llegaría puntual, como había prometido. Ya estaba en Guatemala, decía. Pero la nena no se alegró, respondió como autómata.</p>
<p>Fuimos entonces al salón donde se iba a celebrar la boda. Las mesas puestas, el sonido y la comida  listos. Estuvimos ahí, en silencio, por largo rato. La nena no lloró sino hasta que fue la hora en punto de la ceremonia. La abracé. Mi mujer no sabía qué hacer, se miraba más avergonzada que triste. Javier se quedaba mirando fijamente a la nada. En un momento decidí levantarme y abrir una botella de champaña. La agité y tiré el contenido a todos encima. Javier entonces agarró también otra botella y respondió. La nena dejó de llorar y tomó otra e hizo lo mismo. Finalmente se sumó mi mujer. Parecíamos equipo de béisbol celebrando entre risas. Después de mojarnos en champaña abrimos la botella que quedaba e hicimos un brindis. Por la tonta enamorada, dijo la nena.</p>
<p>En el camino de regreso a casa todos íbamos en silencio, todavía mojados en champaña. Era de noche. La nena miraba por la ventanilla con la mirada perdida. Todo parecía tan real, papi, me dijo de repente. Tan real. Seguimos en silencio durante todo el camino hasta llegar a casa. Hacía un poco de frío.</p>
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		<title>La espera [cortometraje]</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Feb 2013 22:00:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[cortometrajes]]></category>

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		<description><![CDATA[El año pasado el realizador mexicano Luis Peagui me escribió para contarme que tenía pensado hacer un cortometraje con uno de mis textos. Varios meses después recibí por correo un DVD con el cortometraje de La espera. Tiempo después Luis me contó que ya había subido el video a Youtube, que ahora comparto con los <a href="http://www.anecdotario.net/la-espera-cortometraje/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El año pasado el realizador mexicano Luis Peagui me escribió para contarme que tenía pensado hacer un cortometraje con uno de mis textos. Varios meses después recibí por correo un DVD con el cortometraje de <a href="http://www.anecdotario.net/la-espera/">La espera</a>. Tiempo después Luis me contó que ya había subido el video a Youtube, que ahora comparto con los lectores de este su blog amigo.</p>
<p><iframe width="600" height="338" src="http://www.youtube.com/embed/3vWHQF0XY6Y" frameborder="0" allowfullscreen></iframe></p>
<p>Me alegra saber que lo que escribo inspire a otros creadores a hacer cosas interesantes. </p>
<p>Este es el segundo cortrometraje realizado con textos de este blog. El anterior fue &#8220;<a href="http://www.anecdotario.net/molesto-zapato-cortometraje/">Molesto Zapato</a>&#8220;. Si usted trabaja en radio, televisión, cine o teatro, puede utilizar los textos de este blog con unas <a href="http://www.anecdotario.net/licencia/">mínimas condiciones</a>. Y por favor, cuénteme si lo hace.</p>
<p>Y para los que esperan nuevas historias, en dos o tres semanas habrá una nueva publicado aquí y así comenzaremos la temporada 2013. Estén atentos.</p>
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		<title>Los difuntos</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Nov 2012 15:28:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Universidad]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>

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		<description><![CDATA[Una noche de cervezas surgió la idea de organizar nuestros funerales en vida. Cada uno, por turnos, iba a tener su propio funeral. Se invitaría gente, habría un ataúd y se hablaría de todo lo bueno que era el difunto y de lo mucho que se le iba a extrañar. Todo sería como en cualquier <a href="http://www.anecdotario.net/los-difuntos/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una noche de cervezas surgió la idea de organizar nuestros funerales en vida. Cada uno, por turnos, iba a tener su propio funeral.  Se invitaría gente, habría un ataúd y se hablaría de todo lo bueno que era el difunto y de lo mucho que se le iba a extrañar. Todo sería como en cualquier funeral, salvo que en este caso el difunto iba a estar vivo. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero todos estuvimos de acuerdo y brindamos por eso. Éramos jóvenes y chingones y con la excusa del funeral nos reuniríamos el último viernes de cada mes para celebrar nuestros funerales. Yo pensé que era una de esas tantas bromas que se hacen entre amigos y que nunca llegan a realizarse, pero un día me llamó Carlos para anunciarme que yo sería el primer difunto.<span id="more-1356"></span></p>
<p>Éramos un grupo de cinco universitarios, todos menores de veinte años. Como todos los jóvenes, íbamos a conquistar el mundo. Nos reuníamos a tomar cerveza con cualquier excusa. A veces éramos más, pero siempre considerábamos a los otros como visitantes. Nuestras familias y novias se conocían. A veces, cuando había dinero, íbamos a bares y a clubes de estrípers. Nos habíamos hecho amigos en el bachillerato. Carlos estudiaba derecho, igual que Luis. Los demás estudiábamos ingeniería. Alberto, química; Juan, civil; y yo, industrial. Nunca fuimos muy aplicados que digamos, pero íbamos pasando cursos.</p>
<p>Carlos y yo ya habíamos conseguido trabajo. A los demás los sostenían todavía sus papás. El que más se preocupaba de mantener al grupo unido era Alberto, a quien todos llamábamos para saber cuándo y dónde sería la próxima reunión. Él organizaba todo y decidía quién se encargaría de  la comida, quién de la cerveza, quién pondría la casa. Durante algún tiempo intentamos ser una banda de rock, pero no éramos tan buenos músicos que digamos. Eso sí, el par de conciertos que dimos los llenamos con todos nuestros amigos y familia. Juan era el músico, siempre sacaba la guitarra y se sabía todas las canciones. Cantaba genial. Aún hoy creo que toca en una banda de rock. </p>
<p>Fue una noche de enero que surgió la idea de los funerales. Sonaba divertido ir a tu propio funeral. Esa noche, recuerdo bien,  hubo una pelea entre Juan y Luis, éste último andaba colgado de una su novia que estaba bien buena. Juan, ya borracho, le dijo que su novia estaba rica. Luis se enfureció y empezó a golpearlo antes de que reaccionáramos. Los separamos, se calmaron y Luis hasta terminó pidiéndole disculpas a Juan. No me acuerdo si antes o después de la pelea fue que hablamos de lo de los funerales.</p>
<p>La idea era olvidarse de que la muerte era triste y además tener una excusa para pasársela bien. Lo peor de todo, decía Carlos, es que en las funerarias siempre se cuentan chistes y el difunto no se puede ya reír. Alberto dijo que tenía un tío que tenía funeraria y que podía ver lo de conseguir un ataúd. Acordamos que se invitaría a las novias, amigos y familia que quisieran participar en la broma. Luis haría el acta de defunción. Juan iba a prestar una de las casas de su papá que estaba vacía y no conseguía inquilinos. Yo me encargaría crear el evento en las redes sociales y promocionar el funeral entre nuestros conocidos.</p>
<p>A pesar de todo lo que se habló yo pensé que nunca lo haríamos. Estaba bien como broma, pero llevarlo a la realidad era un poco tétrico, pensaba. A la siguiente reunión yo no llegué pero los demás siguieron con la idea y sortearon los turnos. Dicen que me llamaron al celular, pero yo no recuerdo haber tenido ninguna llamada perdida. Así que al día siguiente Carlos fue el encargado de notificarme que yo sería el primer difunto. Después seguía él, luego Juan, después Luis y por último Alberto. Yo pensé al principio que Carlos bromeaba, pero después llamé a Alberto y me confirmó que sí haríamos los funerales, pero que si después del primero no nos gustaba la cosa ya no continuaríamos con los demás.</p>
<p>Yo debía vestir adecuadamente para la ocasión. El único tacuche que tenía en ese tiempo lo usé para mi funeral en vida. En cuanto a la organización no debía preocuparme mucho, sólo debía colaborar con algo de dinero para la cerveza y la comida. Eso sí, debía invitar por las redes sociales de internet para que la gente fuera a mi funeral. Hubo un par de gentes que lo consideraron macabro, una tía me llamó para preguntarme si estaba bien, si acaso quería suicidarme. No tía, contesté, sólo es mi funeral en vida. Colgó el teléfono como si le hubiera hablado un espanto. En casa a mi mamá le pareció una idea de mal gusto y me dijo que en lugar de estar haciendo tonteras mejor fuera a la iglesia. Mi papá, más divertido, sólo me aconsejó no beber demasiado para no morirme de verdad. </p>
<p>Llegada la noche del funeral yo estaba un poco nervioso. De alguna manera yo iba a ser el centro de atención y eso me incomodaba un poco. El carro funerario, prestado por la funeraria del tío de Alberto, llegó a casa a las ocho de la noche. Los muchachos me mostraron el ataúd en donde sería llevado. Debo admitir que me provocó escalofrío, pero logré disimular y seguir el juego. Me metí al ataúd y me trasladaron al carro funerario. Yo sentí sofocarme cuando cerraron la puerta de la caja. Pero luego pensé en que era sólo una broma y, que en todo caso, cuando me tocara de verdad, yo ni me iba a enterar. </p>
<p>Logré deshacerme de mis miedos y al llegar a la fiesta fúnebre fui ovacionado. Había habido una buena convocatoria, casi todos los compañeros del colegio y de la universidad estaban por ahí. Algunos más creo que por la curiosidad de la broma que porque tuvieran algún tipo de aprecio por mí. Habían preparado un repertorio musical con toda la música que me gustaba, mi novia pronunció un discurso tan sentido que hizo llorar a las mujeres del salón. Me emocionó mucho escucharla. Un año después se estaría casando con otro. </p>
<p>Los amigos del grupo fueron pasando al micrófono y contaron anécdotas de nuestra vida juntos. Yo estaba acostado en el ataúd con la tapa superior abierta para que pudiera escuchar  a todos. Quise sentarme, pero me lo impidieron. Alberto recordó la primera vez que nos emborrachamos. Luis me agradeció haberlo alojado en mi casa cuando la suya se quemó. Carlos se recordó la vez que lo ayudé a estudiar matemáticas, casi todo un diciembre, para que pudiera ganar su retrasada. Juan estaba muy agradecido conmigo porque fui el único que lo acompañó, a las tres de la mañana, a dar serenata a su exnovia que al otro día se casaría con otro tipo. Todos recordaron buenos momentos, y al final de cada discurso, cada orador invitaba al brindis respectivo. </p>
<p>Hablaron también un par de primos y algunos amigos. Me enteré de que una amiga había estado enamorada de mí durante algún tiempo; ella misma lo admitió. Se acercó al ataúd y me estampó un beso en los labios, ante la celosa mirada de mi novia. Al final de los panegíricos hubo un acto religioso. Por supuesto no había cura real, era uno de mis amigos del colegio el que se había prestado para disfrazarse y decir algo. Bendijo a todo mundo y contó algunos chistes de Pepito sobre la muerte. Todo mundo rió de buena gana. Después de todo esto me permitieron salir del ataúd e inició la verdadera fiesta, que duró hasta el amanecer.</p>
<p>El siguiente turno fue el de Carlos, a cuyo funeral incluso asistió su familia. La familia de Carlos era particular, todos eran bromistas. El propio Carlos era el más serio y eso era ya mucho decir. Su funeral fue el más alegre y parecía más un concurso de chistes. A todos nos dolió el estómago de tanto reírnos. Esa vez fue tanta la algarabía que se rompió en dos el ataúd cuando un par de sus primas se subió en él para bailar mientras todos gritábamos mucha ropa. Lo pagamos entre todos.</p>
<p>Los funerales de Juan y Luis no los recuerdo con tanto detalle. El de Juan fue amenizado por un grupo de rock en el que Juan era el cantante. Fue más una fiesta normal que un funeral bromista como los anteriores. En el de Luis la nota destacada fue que su mamá pronunció el primer discurso y lloró sentidamente. La señora sabía hablar en público y emocionar a la audiencia. El mismo Luis salió del ataúd y la abrazó, ante el aplauso de todos.</p>
<p>El funeral que nunca se llevó a cabo fue el de Alberto. Nos habíamos preparado mejor que para todos los demás, porque aparte de ser el último, Alberto era una gran persona, el alma del grupo. Todos habíamos preparado un buen discurso. Habíamos planificado todo para que fuera una gran fiesta, habrían muchos invitados, música en vivo, mucha comida y por supuesto, mucho alcohol. Hicimos que más gente participara en la preparación y hasta íbamos a cobrar entrada. Sin embargo, un par de días antes de la fiesta fúnebre, Alberto tuvo un accidente. Murió su papá y un hermano. Alberto pasó internado en el hospital durante una semana. </p>
<p>Lo visitamos en el hospital todos los días. Como era joven y tenía buena salud, se recuperó más rápido de lo que habían predicho los médicos. Cuando por fin pudo hablarnos, nos contó que vio el túnel que dicen los que han estado a punto de morir. Nos pidió que nos olvidáramos para siempre de nuestra broma funeraria. No era bueno burlarse de la muerte, nos dijo. Coincidimos con él.</p>
<p>Tiempo después le envié por correo electrónico el discurso que yo iba a pronunciar. Nunca me respondió. A raíz del accidente se alejó del grupo. Como Alberto era el alma del grupo, los demás también nos fuimos dispersando y espaciando las reuniones, hasta que pasó tanto tiempo que perdimos contacto. Con el único que me encontrado un par de veces es con Carlos, pero nos saludamos como evitándonos, como si al entrar otra vez en contacto amistoso, pudiéramos provocar otra tragedia.</p>
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		<title>La vida en sueños</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Oct 2012 13:16:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantásticos]]></category>
		<category><![CDATA[Sueños]]></category>
		<category><![CDATA[éxito]]></category>

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		<description><![CDATA[Llevo doce años soñando el mismo sueño. Es un sueño continuo, es decir, al dormirme por la noche y empezar a soñar, el sueño sigue en el punto en que se quedó la noche anterior. Es como si viviera otra vida adentro del sueño, por episodios, todas las noches. Al principio era curioso y lo <a href="http://www.anecdotario.net/la-vida-en-suenos/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llevo doce años soñando el mismo sueño. Es un sueño continuo, es decir, al dormirme por la noche y empezar a soñar, el sueño sigue en el punto en que se quedó la noche anterior. Es como si viviera otra vida adentro del sueño, por episodios, todas las noches. Al principio era curioso y lo disfrutaba, pero ahora me gustaría haber soñado otras cosas como toda la gente, e inclusive, nunca haber soñado. En esa otra vida, la que vivo en sueños, la otra noche estaba muriendo.<span id="more-1325"></span></p>
<p>En algún punto de mi niñez pensé que al cumplir 25 años debía ya haber alcanzado las metas que regularmente te enseña la sociedad que son buenas: una profesión universitaria, un buen trabajo, una casa, una buena esposa. Todo eso debía yo alcanzar a esa edad para considerarme exitoso. Sin embargo, al llegar a esa edad yo no tenía nada de ello, era sólo un empleado de menor categoría en una tienda de un centro comercial. Pasaba todas las horas posibles adentro del centro comercial y llegaba a casa agotado; la universidad había quedado para más adelante. Vivía en una pensión barata. Mi novia me había dejado el día anterior a mi cumpleaños veinticinco después de seis años juntos.</p>
<p>Al cumplir la edad en que había pensado haber alcanzado todas mis metas no había conseguido nada. Era un total fracaso. Al ir al comercial el día de mi cumpleaños y atender a un cliente furioso por un detalle menor, pensé en que era posible que yo me quedara para siempre en ese puesto de trabajo que odiaba. No lo odiaba porque yo lo considerara indigno o inhumano, sino porque me parecía aburrido en extremo. Ir todos los días a un solo lugar y hacer lo mismo una y otra vez. Luego regresar a casa, prender la tele, comer y dormir. Y así todos los días.</p>
<p>Ese día, el de mi cumpleaños veinticinco, empecé a soñar otra vida. Otra vida en donde había conseguido todo lo que soñaba, en donde yo era el ganador. Mientras en el día yo me aburría a morir en el trabajo, por la noche era un eminente ingeniero que manejaba una gran empresa. Tenía todo lo que había querido. En sueños.</p>
<p>Soñar otra vida aliviaba mi sensación de fracaso. Pero en la vida en sueños también había dificultades. Flujos de efectivo apretados, préstamos, planillas, trabajadores problemáticos, impuestos. Dinero había, eso sí, y mucho. Tenía una mujer hermosa,<br />
Ana, a quien sólo veía por las noches y algunos domingos. Pero era feliz, esa vida era un sueño, esa vida era la que había querido siempre, la que de alguna forma se me había escapado.</p>
<p>Tuve dos hijos con Ana, eran dos niños lindos. Iban a los mejores colegios. Vivíamos en un condominio exclusivo y alternábamos con gente de la alta sociedad. Sin embargo, esa vida a pesar de ser atractiva no es fácil. Nadie dijo que sea fácil vivir cualquier vida, pero vivir tras la constante persecución del dinero y del lujo suele ser estresante. Porque siempre hay otro que tendrá más, que será mejor. Siempre habrán otras empresas más grandes, otros gerentes más hábiles con mujeres más hermosas y niños más lindos. Siempre los hay.</p>
<p>Mientras tanto, en la vida real yo llegué a administrar una pequeña tienda de electrodomésticos y me casé con una de las vendedoras, que se retiró para trabajar en casa y cuidar a los niños. Mis amigos y familia eran normales, los que siempre había tenido. No tenía grandes posesiones, vivía al día, alquilando casa. No tenía carro, andaba en moto. Tuve dos niños lindos que iban a escuelas públicas. Todas las grandezas las vivía en sueños.</p>
<p>Tenía un amigo, Eduardo, a quien le conté de mi sueño. Siempre preguntaba por Ana. Una vez celebrando su cumpleaños nos emborrachamos en un bar nudista y me dijo, no sé si en broma o en serio, que se masturbaba recordando a Ana, mi mujer de los sueños. Yo lo miré serio y le dije que yo también. Ambos nos reímos como idiotas y aplaudimos eufóricamente a la nudista de turno. Una mujer totalmente ficticia había entrado en la mente de una persona ajena.</p>
<p>Los años fueron pasando y seguía viviendo dos vidas. Cada una con sus problemas diarios, reales y ficticios. Mi matrimonio de la vida real lo iba llevando más o menos, pero el del sueño fue decayendo. Ana conoció a otro tipo y yo conocí a otra mujer. Y entonces sucedió que a los doce años de haber empezado a soñar con otra vida por las noches, el sueño se convirtió finalmente en pesadilla. Atrás quedaron los éxitos y la gloria. Una mala movida en la empresa la hizo quebrar, Ana se marchó con el otro y yo me quedé solo, derrotado. Mis hijos se fueron con mi mujer. Fue doloroso ver cómo perdía todo lo que había soñado.</p>
<p>Caí en depresión tanto en sueños como en la vida real. Ahora en lugar de esperar la noche para seguir soñando, quería dormir lo menos posible para no enfrentarme con esa ficción onírica que me había inventado mi subconsciente. Durante el día llevaba una vida normal, sin mucho brillo, pero vivía relativamente tranquilo. Por las noches la situación era angustiante. Acreedores, juzgados, mi familia y mi mujer en contra de mí. Por la prensa me llamaban estafador. Me habían salido abundantes canas en menos de un año. Estaba acabado. Parecía que alcanzar los sueños no era como lo pintaban.</p>
<p>Habrá quien piense que soy un exagerado, que al fin y al cabo sólo es un sueño. Seguro que sabrían qué hacer en mi lugar, no lo dudo. Lo cierto es que me pasa a mí y no sé cómo manejarlo, no conozco a nadie a quien le haya pasado algo similar ni sé para dónde ir. Nunca he confiado en los sicólogos. La situación se fue haciendo peor, hasta que un día quise terminar con mi vida de sueños. Es sólo un sueño, morirme ahí no significaba morirme en la vida real. Lo que pasaría con mis sueños después de la decisión me inquietaba bastante, pero pensé en que soñaría otra cosa o simplemente dejaría de soñar. Los problemas de la vida soñada me preocupaban de día y no me dejaban en paz.</p>
<p>Así que en un arrebato me tomé todos los antidepresivos y calmantes que tenía en casa y me acosté en mi cama a esperar el fin. Desperté con la idea de que esa noche finalmente iba a ser libre y que dejaría de soñar o soñaría otras cosas, como toda la gente normal. Sin embargo no fue así. Por no sé cual motivo Ana regresó a casa y me encontró tirado, muriendo, y me llevó a la emergencia todavía vivo. Pasé un par de semanas internado en el hospital, cuidado por Ana. Al salir del hospital me di cuenta de que las dos vidas, la de los sueños y la del día a día, necesariamente tenían que coexistir. No puede haber la una sin la otra. Comprendí que ni en una soy un fracasado ni en la otra soy exitoso, y que al fin y al cabo los sueños, sueños son.</p>
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		<title>El novio desaparecido</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 07:03:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Redes Sociales]]></category>
		<category><![CDATA[policiales]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocí a Sergio Gomes hace unos cinco años. De trabajar en el Ministerio Público se retiró hace siete, según me contó, y desde entonces se dedicó al oficio de investigador privado. Nos hicimos amigos porque llegó a mi consultorio por una infección de garganta. No hay nadie que tenga una conversación tan interesante como Gomes; <a href="http://www.anecdotario.net/el-novio-desaparecido/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Sergio Gomes hace unos cinco años. De trabajar en el Ministerio Público se retiró hace siete, según me contó, y desde entonces se dedicó al oficio de investigador privado. Nos hicimos amigos porque llegó a mi consultorio por una infección de garganta. No hay nadie que tenga una conversación tan interesante como Gomes; desde fútbol hasta filosofía, literatura y ciencia. No sé de nadie que, como él, juegue bien al tenis y al ajedrez. He tenido la costumbre de tomar notas de los casos que hemos visto juntos y ahora, con permiso de él, voy a contarles acá un caso reciente en el que participé junto a Gomes.<span id="more-1247"></span></p>
<p>Hay días en que la clientela está sana, y esto es malo para el negocio de médico. Una tarde en que no había citas ni nadie había llamado, salí de mi consultorio indicándole a mi asistente que sólo me llamara si hubiera alguna emergencia. A media tarde llegué a la casa de Sergio Gomes, quien me recibió cordial como siempre.</p>
<p>—Qué bueno que vino, Jaime. Está por venir una joven que me escribió un correo electrónico contándome su desgracia —me contó mi amigo, al tiempo que tomaba un cigarrillo y lo encendía—.</p>
<p>—¿De qué se trata el caso? —pregunté.</p>
<p>—Verá Jaime, esta joven ha sido plantada en el altar mismo. Por la manera en que estaba escrito el email que me envió, creo que ha de ser una joven de no más de 21 años, universitaria, mal estudiante y de buena apariencia.</p>
<p>—Ya. ¿Con un sólo email consigue saber eso? —respondí, sonriendo.</p>
<p>—La escritura es como la huella digital de una persona, dice más cosas de las que aparenta. Puedo saber que es de esa edad porque es su novio del colegio a quien busca y además es muy descuidada en su redacción y ortografía, lo que indica poca inquietud intelectual. Además vi la foto del perfil del email, y en el email mismo, como tantas otras personas, ella indica su año de nacimiento.</p>
<p>Reí de buena gana. Sonó el timbre de la casa y Gomes salió a abrir la puerta. Entró a la sala una joven realmente encantadora, cuyo bello rostro mostraba tristeza y preocupación. Se llamaba Gabriela Vargas.</p>
<p>—Señorita, le presento al doctor Jaime Ramos, quien es mi amigo de total confianza y me asiste en mis casos —dijo Sergio Gomes—. Por favor tome asiento. Lamento el embotellamiento que encontró para venir acá y que haya hecho una tarde de calor.</p>
<p>—¿Cómo supo que encontré mucho tráfico al venir acá?</p>
<p>—Bueno, veo huellas de sudor en su blusa y al entrar en la sala ví que resopló acalorada. Además vino veinte minutos tarde. También revisé su perfil en Twitter y así supe que había un <em>tráfico de la chingada</em>, como usted misma lo describió.</p>
<p>—¿Pero cómo supo cuál era mi perfil de Twitter?</p>
<p>—El sistema permite una búsqueda de usuarios por email. Simplemente introduje la dirección de email desde donde me escribió y encontré el perfil. Pero cuéntenos, por favor, cómo fueron los hechos —dijo Gomes al tiempo que le daba un vaso de cocacola fría a la atribulada joven.</p>
<p>La bella joven tomó un sorbo de la bebida y empezó a contar su historia.</p>
<p>—Vine aquí porque usted me ha sido ampliamente recomendado. Como le conté por email, yo estaba esperando a mi novio en el altar, en la iglesia, con todos los invitados, y él nunca llegó. La boda era el sábado y a día de hoy, lunes, no tengo noticias de él. Estos días han sido de gran sufrimiento y pena. Lo hemos buscado por todos lados pero no hay señales de él. Temo lo peor, y por eso vine con usted.</p>
<p>—¿Cómo se llama el muchacho y desde hace cuánto lo conoce? ¿Cómo ha sido la relación?</p>
<p>—Nos conocemos desde niños —la muchacha hizo un puchero como queriendo llorar, pero se contuvo—. Se llama Humberto Prado y es hijo de una buena familia. Siempre nos hemos llevado bien. La familia de él me adora y no tengo la menor duda de que él me ama con todo el corazón.</p>
<p>—Sin embargo, se pelearon hace un par de meses —observó Gomes.</p>
<p>—¿Cómo supo eso? —preguntó extrañada la muchacha.</p>
<p>—Al decir la frase “siempre nos hemos llevado bien” noté duda. Además, usted misma lo dijo en su perfil de Facebook.</p>
<p>—Que encontró tecleando el email en buscador del sitio, supongo —observé.</p>
<p>—Así es mi estimado Ramos. Pero señorita, por favor, síganos contando. ¿Vio algo extraño en el comportamiento de su novio los días anteriores a la boda?</p>
<p>—Dos semanas antes de la boda, Humberto parecía distante. Pensé que era natural, puesto que las mujeres somos las que nos entusiasmamos por la boda, mientras los hombres lo consideran tedioso. Ahora me doy cuenta de que pudo haber sido algo más. Nadie sabe nada de él, todos estamos preocupados, aunque yo no veo que su familia lo esté buscando tan desesperadamente como yo.</p>
<p>—¿En dónde sería su luna de miel, si no es indiscreción, señorita Vargas?</p>
<p>—Nos íbamos a ir el domingo a la casa que sus padres tienen en Antigua Guatemala y estaríamos ahí durante algunos días; después iríamos a La Habana.</p>
<p>—Muy bien señorita, con eso empezaremos a trabajar. Le ruego me indique la dirección de la casa de su novio, quien supongo vivía con sus padres. También quiero saber en dónde trabaja para hacer las visitas correspondientes. Es posible que le tenga noticias mañana por la tarde así que esté atenta a su celular.</p>
<p>La señorita Vargas salió de la casa de Gomes un poco más aliviada de lo que entró. De inmediato mi amigo me indicó que saldríamos a hacer una visita a la casa del novio desaparecido. Por ahí empezaría la investigación.</p>
<p>Afortunadamente la casa no quedaba lejos, por lo que llegamos rápido. Nos atendió la madre, que nos recibió de inmediato, y que además había sido alertada de nuestra visita por la señorita Vargas.</p>
<p>—Es una pena lo que ha sucedido —dijo la madre del novio—. Humberto siempre ha sido un buen muchacho, pero ahora parece que quiso escapar del compromiso. Parece que no quiere madurar.</p>
<p>—¿Usted tiene idea de dónde pueda estar, señora de Prado? —inquirió Gomes.</p>
<p>—No lo sé, pero seguro se esconde. Lo que no sé bien es por qué. Todos estamos preocupados. Lo último que platicó conmigo es que se sentía presionado a casarse y que no sabía si había hecho bien al proponerle matrimonio a Gabriela.</p>
<p>Mi amigo pidió entrar al dormitorio del desaparecido. Vio todos los muebles y las fotos del muchacho, su guitarra eléctrica y su colección de revistas de motor. Puso especial atención en la computadora y el reproductor mp3, en el cual escuchó algunas canciones que contenía. Luego encendió la computadora y consultó el historial de navegación de internet.</p>
<p>No pudimos platicar con el padre del muchacho porque no quiso atendernos. Salimos de la casa y durante el camino de regreso Sergio Gomes no habló nada. Su mente estaba metida de lleno en el caso y simplemente respondía con monosílabos a mis preguntas. Por fin, llegado a su casa me inquirió sobre el caso.</p>
<p>—¿Qué piensa sobre el caso, Ramos?</p>
<p>—Me parece evidente que la madre sabe que su hijo está bien porque de lo contrario estaría preocupada. Su padre, en cambio, debe estar enfadado con él, o nos hubiera atendido.</p>
<p>—Algo así me parece, y si todo concuerda con lo que pienso, mañana por la tarde habremos resuelto el caso. Haré unas averiguaciones y una visita por la mañana. Lo espero en casa por la tarde para cerrar el caso.</p>
<p>Me fui a casa con la inquietud de saber cómo mi amigo resolvería el caso. La familia del novio sabía algo más, pero de ahí a encontrar al desaparecido y explicar su huida había mucho trecho. Por más que pensé en el asunto no pude imaginar cómo se podía resolver el caso tan rápidamente.</p>
<p>Al día siguiente estuve ocupado en la clínica por la mañana, pero en cuanto me desocupé llamé a Gomes para saber cómo iba el caso. Me pidió que llegara a su casa porque precisaba mi presencia como testigo en el desenlace de esta historia. Llegué tan pronto como pude y al llegar encontré a Gomes ensimismado frente a la computadora. Tuve que carraspear un par de veces para que notara mi presencia.</p>
<p>—Ah, Ramos, le agradezco mucho por venir. Ya tengo resuelto el caso, pero creo un deber moral hacer que los novios se encuentren y que nuestra cliente sepa la verdad, al menos en buena parte. Bastante sufrimiento ha tenido.</p>
<p>—Pero, ¿cómo lo ha resuelto todo? ¿Dónde está el novio?</p>
<p>—Espere y verá —me contestó Gomes, al tiempo que sonaba el timbre de la casa.</p>
<p>La visita era ni más ni menos que el novio desaparecido. Era un muchacho apuesto y de carácter desenfadado y jovial. Sin embargo, mostraba pena por lo acontecido y Sergio Gomes lo había citado con una pequeña treta: le había dicho que Gabriela estaba enferma y que se corría el riesgo de que intentara una locura. Le envió un mensaje por internet. Gomes se disculpó por usar tal táctica, pero dijo que no le quedaba más remedio que hacerlo de esa manera.</p>
<p>—Por lo que sé, joven Prado, usted ama a su novia —dijo Gomes—, de lo contrario no habría venido. Pero también sé que usted no se quería casar, y no porque no quisiera a la bella Gabriela. Hay algo más.</p>
<p>El muchacho, con rostro apenado, contó su historia.</p>
<p>—Es cierto, yo amo a Gabriela. Pero yo esperaba a casarme hasta dentro de dos o tres años, una vez terminada mi carrera en la universidad y cuando ya hubiera grabado un CD con mi banda. Pero mi padre presionó para que yo le propusiera matrimonio.</p>
<p>—Según entiendo —interrumpió Gomes—, los negocios de su padre no van bien.</p>
<p>—Es cierto. Algunos clientes importantes se fueron durante este último año y la empresa que tanto prosperidad nos produjo, está a punto de quebrar. Yo trabajo al lado de mi padre, y sé cómo va todo. Pero yo pienso que de esta vamos a salir bien. Todas las empresas tienen malas rachas.</p>
<p>—Pero su padre no pensaba así —respondió Gomes, encendiendo un cigarrillo.</p>
<p>—No. El pensaba que debía casarme lo antes posible con Gabriela para luego hacer que mi suegro, que es un comerciante exitoso, se viera obligado a invertir en la empresa y así salvarla. Cuando nos acercábamos a la fecha de la boda, yo me sentía cada vez peor, pues yo quiero a Gabriela, pero no quiero comprometerme aún, hasta no terminar los pendientes que tengo. Además, somos jóvenes, nos queda mucho tiempo.</p>
<p>—Y con ese pensamiento usted se fue a esconder a la casa de Antigua Guatemala, en donde se iniciaría la luna de miel.</p>
<p>—Así es, pensé que el único lugar en donde no me buscarían sería ahí. Llamé a mi madre para contarle que estaba bien, que no se preocupara; le dije que no fui a la boda porque no quería casarme por obligación, sino por amor.</p>
<p>Algunos minutos después de que el joven nos contara su historia, sonó de nuevo el timbre de la casa. Era Gabriela Vargas. Al entrar y ver a su novio, se sintió aliviada y lloró de manera conmovedora. Su novio le explicó todo y pese a que ella se sentía también ofendida, comprendió todo y lo perdonó. Luego de aclararse la situación, la señorita Vargas le extendió un cheque a mi amigo por una generosa cantidad y se marchó del brazo de su novio.</p>
<p>—Es una rara historia de amor —le dije a Gomes cuando se fueron las visitas.</p>
<p>—Tan rara, mi estimado Ramos, que no se dijo todo. No me cabe duda de que el muchacho ama a la señorita Vargas, pero hay más en este asunto.</p>
<p>—¿Algo más? ¿Pero qué más puede haber? —pregunté extrañado.</p>
<p>—El joven Prado no estuvo solo en la casa de Antigua Guatemala. Al parecer estuvo con una exnovia a la que por casualidad se encontró en una discoteca la noche en que llegó.</p>
<p>—Pero Gomes, ¿cómo supo eso?, ¿por qué no se lo dijo a la muchacha?</p>
<p>—Como le dije, Ramos, no me cabe duda de que el muchacho ama verdaderamente a la señorita Vargas, por lo que decidí callar para no amargar el reencuentro. Con respecto a cómo lo supe, no es tan difícil. Sólo tuve que conectar unas cuantas conversaciones de Twitter, correlacionar lo que el muchacho decía en su perfil alternativo de Facebook, en el que usa un alias, y supe todo lo que había pasado. Por medio de ese mismo perfil le hice llegar el mensaje, prometiéndole no mencionar lo de su exnovia si se aparecía por acá. La gente dice más de lo que cree en las redes sociales, facilitándonos grandemente el trabajo a los que investigamos sus vidas.</p>
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		<title>La vecina</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Apr 2012 07:11:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Prostitutas]]></category>

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		<description><![CDATA[Tenía poco tiempo de haberme mudado al barrio cuando se pasó a vivir a la par de mi casa una mujer que alborotó al vecindario entero. Yo tenía quince años. Mis papás trabajaban todo el día, y por las tardes, al regresar del colegio, me tocaba cuidar a mi hermana de seis años. Yo vi <a href="http://www.anecdotario.net/la-vecina/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tenía poco tiempo de haberme mudado al barrio cuando se pasó a vivir a la par de mi casa una mujer que alborotó al vecindario entero. Yo tenía quince años. Mis papás trabajaban todo el día, y por las tardes, al regresar del colegio, me tocaba cuidar a mi hermana de seis años. Yo vi cuando el camión de mudanzas bajaba las cosas de la vecina una tarde de abril. La primera vez que la vi estaba de espaldas y aproveché para verle el cuerpazo que se echaba. Cuando se volteó vi a la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Tenía un lindo cabello negro, liso, brillante, como comercial de shampú de la tele. <span id="more-1240"></span></p>
<p>Llevaba una tele grandota, muebles grandes y un montón de ropa. Cuando me vio allí parado me pidió que le ayudara a bajar algunas cosas, me guiñó el ojo y me dijo guapo. Le ayudé a bajar los muebles de sala y comedor. Me dijo que se llamaba Clarissa. Era linda. Yo me enamoré como un idiota al instante. Al día siguiente de su traslado vi que llegaron varios carros a distinta hora, se estacionaban frente a la casa y luego de una o dos horas se iban. Cada vez que me la encontraba en la calle, la vecina me saludaba con una hermosa sonrisa que me dejaba babeando.</p>
<p>Después de hacer las tareas a veces me quedaba sin qué hacer. En una de tantas tardes dejé a mi hermanita viendo tele, salí al patio y de intención tiré una pelota plástica al techo para tener la excusa de subirme. Subí para ver si la vecina andaba por ahí. Hacía una tarde soleada, ella estaba en el jardín, recostada en una silla de playa con un biquini rojo como única vestimenta. Su bronceado era perfecto. Yo me olvidé de buscar la pelota y de todo el mundo que me rodeaba. No sé si se dio cuenta de que la estaba viendo, pero en eso sonó su celular y ella corrió adentro a responder. Sus pechos rebotaban y mis ojos con ellos cuando echó la carrera por el teléfono. Corrí al baño a encerrarme.</p>
<p>De los carros que se estacionaban frente a su casa bajaban sólo hombres, generalmente ejecutivos. Casi siempre llegaban por la tarde, aunque no era raro que llegaran por la manaña y por la noche. Yo me subía todas las tardes al techo para ver si veía algo. A veces la encontraba barriendo el patio y me saludaba siempre de buen humor. Por lo regular andaba por la casa con shorts y en sandalias. Siempre era un espectáculo verla y siempre terminaba yo encerrado en el baño.</p>
<p>A mi mamá le molestaba la presencia de la vecina. Una vez que me sorprendió saludándola en la calle, me prohibió dirigirle la palabra a esa mujerzuela. Fue la primera vez que escuché esa palabra, hasta me dio risa. Casi me gano una cachetada de mi mamá. Sin embargo, por las tardes yo siempre subía al techo y si ella andaba por ahí, saludaba a la bella Clarissa. Una vez que fui a la tienda con mi hermanita le compró un bombón a ella y un tortrix a mí. Se portaba buena onda conmigo.</p>
<p>Cuando Clarissa se paseaba por las calles del barrio no había alma masculina que no la volteara a ver. Pero a todos los tenían sentenciados sus mujeres y pocos se atrevían a saludarla, por lo menos al principio. En una sesión del comité de vecinos varias mujeres se quejaron de su presencia, pero Clarissa era de las que siempre pagaba puntual las cuotas del mantenimiento y la vigilancia, y además, los directivos del comité eran todos hombres. Los directivos, para calmar a las vecinas airadas, prometieron hablar con mi vecina, cosa que por supuesto no hicieron.</p>
<p>Por las tardes yo subía al techo siempre con la esperanza de una sonrisa y su saludo. No siempre tenía suerte porque salía o tenía visitas. Una de tantas tardes, sin embargo, la vi llorando mientras barría el patio. Al verme, en medio de sus lágrimas, me saludó con una sonrisa.</p>
<p>—¿Por qué no bajás un ratito? —me dijo, de repente.</p>
<p>Mi corazón empezó a latir a toda velocidad y apenas atiné a preguntarle qué le pasaba.</p>
<p>—Bajá y te cuento.</p>
<p>Yo bajé lo más rápido que pude. Muchas veces había visto por dónde me podía bajar si alguna vez se me daba la oportunidad, así que no fue difícil. Me hizo pasar a su sala y me sirvió una cocacola. Me preguntó por mi hermanita y mis papás, por el colegio. Se sentó a la par mía en el sofá. Ya entrados un poco en confianza, me contó por qué lloraba.</p>
<p>—Mi novio me dejó, por eso lloro —dijo suspirando—. Como te ví ahí, tan lindo como siempre, pensé en que bajaras un rato para no sentirme sola.</p>
<p>—Ah —dije yo, apenas con suficiente fuerza para ser escuchado.</p>
<p>—La gente no me quiere porque soy amable con los hombres. Pero vos no sos como la gente, sos lindo.</p>
<p>Se acercó a mí y me repetía sos lindo, muy lindo. Mi corazón latía a mil por hora. Me empezó a besar y a quitarme la ropa.</p>
<p>—Yo, yo&#8230;, no tengo condón —dije, casi sin voz, suplicando.</p>
<p>—No tengás pena, yo tengo, corazón.</p>
<p>Al volver a casa yo me sentía supermán. Me conecté a internet y empecé a chatear con el Manolo, el primer cuate que vi conectado. Le conté todo, aumentando un poco la hazaña. Ya antes les había pasado a mis cuates fotos de Clarissa tomadas con el celular y al contarle todo al Manolo, prefirió llamarme al teléfono de la casa para que le contara todos los detalles. Sos mi ídolo,  me dijo, no lo puedo creer.</p>
<p>Durante las siguientes dos semanas, toda las tardes, sin falta, subí al techo de la casa pero no la ví. Veía los carros de siempre, el movimiento de siempre. La vi algunas veces por la calle y me saludaba como siempre, pero si intentaba acercarme, me decía ahora no, corazón. Seguí subiendo al techo, como un ritual religioso, todas las tardes, a la misma hora, mientras mi hermanita veía las caricaturas. Al fin, una tarde se asomó.</p>
<p>—Bajá, corazón.</p>
<p>Fueron el par de palabras que más me habían alegrado en toda la vida. Bajé tan rápido como pude y me puse a las órdenes.</p>
<p>—Me voy de aquí, corazón. Sólo quiero despedirte como se debe.</p>
<p>Fue muy cariñosa conmigo. Cuando me dijo que al otro día se iba del vecindario, yo lloré. Ella lloró. Me dijo que sólo quería que alguien la extrañara, que alguien la recordara si no para siempre, que por lo menos se recordara de ella de vez en cuando. Me empezó a besar y a decir que era lindo.</p>
<p>Al otro día llegó el camión de mundanzas. Yo le ayudé a subir los muebles y a dejar limpia la casa. Me dijo que se iba a casar con tipo viejo que tenía mucho dinero. Que un día de estos pasaría por el vecindario y me invitaría a tomar una cocacola.  Me despidió con un beso en los labios y se subió a su carro. Fue la última vez que la vi. Miré al camión de mudanzas ir tras el carro de ella. Yo me quedé en la calle hasta que dejé de escuchar el ruido del motor de su carro. Me senté en la acera, cabizbajo, triste. No sentí que estaba lloviendo hasta que mi hermanita salió y me llamó para adentro.</p>
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		<title>El marido vengador</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Apr 2012 07:19:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Divorcio]]></category>
		<category><![CDATA[Parejas]]></category>
		<category><![CDATA[infidelidad]]></category>

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		<description><![CDATA[Hacía un día lindo y soleado cuando Mario se enteró de que su mujer lo engañaba con el ginecólogo. Los vio en un mcdonalds besándose y sonriendo, muy felices. Él pasaba de casualidad a comprar comida para llevar; afortunadamente no lo habían visto. Lo sospechaba desde hacía algunos meses y ahora lo confirmaba. La muy <a href="http://www.anecdotario.net/el-marido-vengador/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hacía un día lindo y soleado cuando Mario se enteró de que su mujer lo engañaba con el ginecólogo. Los vio en un mcdonalds besándose y sonriendo, muy felices. Él pasaba de casualidad a comprar comida para llevar; afortunadamente no lo habían visto. Lo sospechaba desde hacía algunos meses y ahora lo confirmaba. La muy cabrona lo estaba engañando. Furioso, al regresar a la oficina ya no tuvo hambre para comerse la comida que había comprado. En vez de comer, empezó a buscar tiendas de armas en la guía telefónica y decidió que esa misma tarde iría a comprar el arma con la cual se vengaría.<span id="more-1228"></span></p>
<p>Salió a la calle con la excusa de una visita a un cliente y se dirigió a una armería. En el camino fantaseaba sobre su venganza. Pensaba en cómo le dispararía a la frente a la adúltera, en cómo rogaría ella por su vida llorando y pidiendo perdón. El otro hombre, el ginecólogo de segunda, lloraría como mujer, arrepentido ya sin esperanza, antes del tiro definitivo. Sólo de esa manera, pensaba, era posible restaurar su honor. Ningún hombre que se precie debería tolerar tal traición. A plena luz del día, como burlándose y regodeándose de su fechoría, cual sinvergüenzas, estaban exhibiéndose en un lugar público. Así los había visto y eso no podía quedar impune de ninguna manera. Por momentos, al pensar en los detalles de la venganza, Mario sonreía.</p>
<p>Sin embargo, una cosa es fantasear y otra cosa es la realidad. Mario nunca había sido un tipo violento, sus amigos lo conocían por su tremenda paciencia y su don de gentes. Nunca había disparado arma alguna. Al llegar a la armería y ver el primer revólver que le mostró el vendedor, sintió miedo. Matar no iba con su naturaleza, y ahí frente a un entusiasmado vendedor que no paraba de alabar las virtudes de las armas que vendía, lo comprendió con tristeza. Disculpándose, salió de la tienda y le pareció que a pesar de ser una linda tarde, todo estaba nublado y el día era gris.</p>
<p>Mario se había casado con Valentina hacía siete años. Pese a intentarlo, no habían tenido hijos. Buscando alternativas y consultando con amigos, habían llegado hasta el ginecólogo, el ahora amante de su mujer. Pero en lugar de ayudar a la pareja a tener hijos, el muy cabrón había decidido ayudar sólo a Valentina, mientras sus honorarios los pagaba el marido cornudo. ¿Con qué palabras la habría seducido el matasanos? O peor aún, ¿fue ella quien lo sedujo? </p>
<p>Con estos pensamientos se atormentaba el pobre marido traicionado, cuando sonó su celular. Era Valentina, la vulgar adúltera, que llamaba desde su celular. Preguntaba, como suelen hacer las mujeres, que dónde estaba. Ese mecanismo de control que antes le gustaba ahora lo puso de peor humor. </p>
<p>—¿Qué querés? —preguntó.<br />
—Cuando vengás para la casa, traete café y azúcar, que ya se van a acabar. También servilletas.<br />
—Comprálas vos —le gritó, y cortó la llamada.</p>
<p>Al terminar la llamada Mario estaba temblando de la cólera. ¿Ya había regresado de enmotelarse con aquel hombre? ¿Lo había llamado desde el mismo motel? ¿O en su propia casa los descarados le ponían cuernos? Por su cabeza nuevamente cruzaron los pensamientos homicidas. Algo tenía que hacer, tal ofensa no podía quedar sin ser vengada. De alguna manera la haría arrepentirse. Pasó a un bar a echarse un par de tragos, mientras la tarde, ahora sí, se ponía realmente nublada.</p>
<p>En el bar habían dos mesas ocupadas. Una con un grupo de ejecutivos y otra con un hombre de mediana edad y barba recortada al que veía y saludaba cada vez que iba al lugar. ¿A cuántos de aquellos hombres los engañarían sus mujeres?, pensó. Pidió un whisky. Después del segundo whisky, fue a pedir otro a la barra y el hombre de la barba le dio conversación. ¿Penas en el amor?, le dijo sonriendo. ¿Tanto así se nota?, le preguntó Mario, sonriendo a su vez. Luego de que el bartender le sirviera el trago fueron a sentarse a la misma mesa y empezaron a conversar.</p>
<p>—Yo ya sé cuando miro a un hombre traicionado —dijo el barbudo—. El orgullo herido se nota de inmediato.<br />
—Supongo que se me nota en los cuernos —respondió riéndose Mario.<br />
—La vida, mi estimado, se encarga de poner las cosas en su lugar.<br />
—O la muerte.<br />
—¿No me diga que usted quiere despacharse a su mujer?<br />
—No, sólo digo que también se muere la gente, a veces.</p>
<p>Así fueron conversando los nuevos amigos, riéndose por momentos a carcajadas. Al barbudo también le habían puesto los cuernos, pero como su mujer era la del dinero, exigió el divorcio y plata en desagravio. De esa cuenta no necesitaba trabajar. Y por esas casualidades de la vida, la mujer del barbudo también se había ido con un doctor, pero este era cardiólogo. </p>
<p>Después de varias horas de plática y whisky, los amigos se despidieron. Afuera llovía. Mario recordó con un poco de amargura que a Valentina le gustaba ver los reflejos de las luces en las calles mojadas de la ciudad; le parecía romántico. No quería regresar a casa y fue a un club de desnudistas, de donde salió de madrugada. Al llegar a casa se tendió en el sofá de la sala y se quedó dormido.</p>
<p>Al día siguiente, con la resaca de la noche anterior, todo parecía haber sido un sueño. A duras penas tomó una ducha y se fue a trabajar. Evitó encontrarse con Valentina. Ya en la oficina, recordó la escena de su mujer besándose con el ginecólogo y se volvió a amargar. Sin embargo, al recordarse de todo lo que había pensado para vengarse, se echó a reír. Él, que nunca había disparado un arma en su vida, pensando en matar a alguien. Era ridículo. Además corría el riesgo de ir preso y perder ya no sólo a su mujer, sino todo lo que había logrado.</p>
<p>Salió al mediodía para ver si encontraba de nuevo a su mujer y al amante en el mismo lugar, pero no los encontró. En el camino de regreso a la oficina los vio en el carro del ginecólogo. Los siguió. Se bajaron en una tienda de conveniencia a comprar comida. Mientras hacían la cola para pagar, se besaban como novios enamorados. Mario se bajó del carro y se acercó a una distancia prudencial. Sacó el celular que llevaba al cinto y les tomó fotos. </p>
<p>Al regresar a la oficina subió las fotos al Facebook, etiquetó a su mujer y al amante y las publicó. Por la tarde fue con un abogado de divorcios para asesorarse. Su mujer marcó veinte veces su número, pero Mario no contestó en toda la tarde. Al salir del despacho del abogado, hacía una linda tarde.</p>
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		<title>Los campeones</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Feb 2012 07:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>

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		<description><![CDATA[La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero ponían los <a href="http://www.anecdotario.net/los-campeones/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero ponían los uniformes y las pelotas para entrenar. Todos teníamos menos de veinte años y empezábamos la universidad, pocos trabajaban. Entrenábamos casi todos los días, aunque no éramos tan buenos que digamos. Jugamos tres torneos, en el primero empezamos ganando, contra todo pronóstico. Pero después todo cambió.<span id="more-1209"></span></p>
<p>Al comenzar la primera temporada armamos un equipo a duras penas. No teníamos entrenador. Yo jugaba de lateral derecho. Siempre corría mucho, nunca me cansaba, me decían que tenía tres pulmones. En la portería estaba Nixon, uno de los peores porteros con los que he jugado. De defensas centrales estaban los dos hermanos, el Lito y el Cacho. De lateral izquierdo estaba el Tablas, otro chavo que cómo corría. En la media estaban el Marcelino, el Juan, el Domitilo y el Vladi. De delanteros el Moisés y el Momos, a quien llamábamos así porque era de Momostenango.</p>
<p>Éramos un desastre jugando, pero ganamos los tres primeros partidos. En la primera jornada porque el otro equipo iba sólo con siete jugadores; les ganamos dos a cero. En la segunda, porque yo metí un gol al primer minuto y después nos dedicamos a defender ese golito con todas nuestras fuerzas. También porque les expulsaron a dos y nos perdonaron un penal. El tercer partido ganamos porque el otro equipo no se presentó. Al entrenador se la había olvidado que el partido era en sábado y no en domingo. Les avisó a sus jugadores a última hora, pero apenas llegaron cinco y el árbitro dijo que no eran suficientes para un partido. Íbamos de líderes, era increíble.</p>
<p>Luego, en las siguientes quince jornadas, perdimos todos los partidos, generalmente por goleada. A los últimos tres nos presentamos sólo siete jugadores, los demás se habían ido a chupar el día anterior o no les importaba. Con el Tablas nos cansamos de correr por las bandas y meter centros, pero nunca había nadie. En fin, fue un desastre el primer torneo. Quedamos en último lugar. Sin embargo, yo disfrutaba jugar, no eran tan importantes los resultados. Era el viento en la cara y la lucha eterna por la pelota lo que me motivaba. Y la cerveceada después de los juegos con el Lito y el Cacho. El Barsa, como le llamábamos al equipo, había sido un desastre en la primera temporada. Sin embargo, acompañados de las cervezas de la última jornada, nos propusimos que eso cambiaría para el siguiente torneo.</p>
<p>Fue así que para la segunda temporada yo convencí a don Polo para que nos entrenara. Don Polo era un tipo que vivía cerca de mi casa y que había sido jugador profesional. El Lito y el Cacho convencieron a un par de primos para que integraran el equipo. Yo llevé también a un par de amigos de la universidad. Hicimos pretemporada, con ejercicio físico y trato de balón. Al iniciar el torneo estábamos en forma. El Tablas y yo corríamos más que nunca.</p>
<p>Los primos del Lito y el Cacho eran mediocampistas: Andrés y Javier. Muy buenos, algo callados, pero buenos. Mis cuates de la universidad, el Víctor y el David. Un buen portero y un delantero correlón. En la media completaban el Domitilo y el Vladi. En la delantera seguía el Momos. A todos los demás los habíamos despachado o ya no se asomaron. Le habíamos cambiado la cara al Barsa y teníamos la esperanza de quedar entre los tres o cuatro primeros lugares.</p>
<p>Antes de comenzar el torneo tuvimos cuatro partidos amistosos, ganamos dos, empatamos uno y perdimos uno. Era un buen balance. El sistema que había ideado el profe Polo nos hacía las cosas más fáciles al Tablas y a mí. Al Lito y al Cacho, que no eran tan buenos que digamos, les enseñó a quitar la bola y a darla a los medios o a los laterales. Se pasó varias tardes con ellos para que también aprendieran a cabecear. Al Domitilo y al Vladi los presionó para que corrieran más y ayudaran en la defensiva. Al Momos le enseñó a pivotear. Al Tablas y a mí nos dijo que no corriéramos tan a lo loco y que tapáramos bien las del rival.</p>
<p>Sin embargo, a pesar de que todo pintaba bien, perdimos los primeros dos partidos de la temporada por uno a cero. Cuando íbamos a jugar el tercer partido de la temporada, el profe Polo llevó a su sobrino, Leonel, un chavito de 17 años, para la banca. Nos propusimos ganar el primer partido a como de lugar, pero al medio tiempo íbamos perdiendo cinco a cero, dos autogoles y un penal incluidos. Casi dando el partido por perdido, al segundo tiempo entró Leonel por el Momos y subió como falso delantero Andrés. El profe nos dijo que no pensáramos en el marcador, sino en meter el primer gol. Si metíamos el primero, que nos enfocáramos en meter el segundo. Pero que nos olvidáramos del marcador.</p>
<p>Al nomás iniciar el segundo tiempo, yo corrí la banda y tiré un centro que Andrés bajó con la cabeza y Leonel, el chavito recién entrado, marcó el primer gol de zurda. Los defensas del otro equipo se quedaron un poco sorprendidos. El entrenador de ellos cambió de inmediato a uno de los defensas. Pensando en un gol a la vez, así como nos había dicho el profe al mediotiempo, logramos empatar el partido, cinco minutos antes del final. Yo anoté uno, David otro y Leonel tres. Leonel, además había dado el pase de mi gol. El entrenador del otro equipo exclamó, medio en broma, medio enojado: ¡Polo, sacá a ese número 19, pordios!</p>
<p>En el último minuto nos dieron un tiro libre en la media luna del área rival.<br />
El encargado, por supuesto, era Leonel, el nuevo. Con un disparo que hizo un chafle que yo nunca había visto, anotó el 6 a 5. Era increíble. El entrenador del otro equipo puteaba a todos sus jugadores y brincaba de la cólera. Habíamos ganado nuestro primer partido metiendo seis goles en un sólo tiempo. Terminamos emborrachándonos en una cevichería que queda enfrente de los campos de Montserrat.</p>
<p>Después de ese partido decidimos darle el número 10 a Leo, como le llamábamos. Tuvimos una racha de seis partidos ganados, todos por goleada. Nadie creía que en el torneo anterior habíamos quedado de últimos. Así llegamos a la novena jornada, contra el campeón, el Real Mazate.<br />
Había sido tan buena la racha, que por ese entonces convencí a la Gaby para que fuera mi novia. La había perseguido por meses. Ella siempre había sido futbolera y nosotros éramos el equipo de moda.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p>Los del Real Mazate tenían un delantero, el Rony, que era de los más veloces que yo había visto. No voy a negar que teníamos miedo. Era un buen equipo. Sin embargo el profe dijo que nos olvidáramos de que era el campeón, porque ganando el partido quedábamos en primer lugar. Recuerden el primer partido que ganamos, la cosa es meter un gol a la vez.</p>
<p>Cuando nos estábamos cambiando, antes de empezar el partido, el Rony se me acercó y me dijo que si yo lo marcaba y lo golpeaba lo iba a lamentar. Riéndose, escupió al suelo y regresó a calentar con su equipo. En la primera oportunidad que tuve le metí una su buena patada, que protestó como niña y me significó una tarjeta amarilla.</p>
<p>Ya en el partido, el Real Mazate pegó primero. Un gol del Rony de cabeza, donde nadie le ganaba, ya casi para finalizar el primer tiempo. Ese gol nos cayó como balde de agua fría. Al medio tiempo el profe Polo nos pegó una gran puteada, pero nos dijo que nosotros debíamos ganar ese partido, que debíamos enfocarnos en meter el primer gol y luego el segundo y ganar el partido. Este partido era decisivo para terminar campeones.</p>
<p>Así que para el segundo tiempo salimos decididos. En la primera jugada, yo corrí lo más que pude toda la banda y centré. No sé bien como le hizo el Leo, pero la bajó de pecho, se quitó dos defensas y de derecha anotó el gol. Seguimos luchando, pero realmente eran buenos los otros. Nos estrellaron dos pelotas en los palos. Como al minuto 25 el profe decidió que yo me convirtiera en un delantero más, por izquierda, a pierna cambiada. Como los rivales me esperaban por derecha, corriendo desde más atrás, era posible sorprenderlos. La Gaby me miraba y gritaba ¡vamos Dani, vos podés, corré, corré! ¡Ese es mi Dani!</p>
<p>La estrategia dio resultado. El lateral derecho de ellos ya estaba cansado y no me podía alcanzar. Tuve una como al minuto 35, pero el portero me la quitó. El gol llegaría al minuto 40. Ellos adelantaron líneas y en una de esas Leo me sirvió un pase en profundidad, quedando yo solito frente al portero. Anoté tirando lo más fuerte que pude, en el ángulo superior derecho. La gente que miraba el partido gritó el gol y yo me fui abrazar con la Gaby. Lo habíamos logrado, éramos líderes y habíamos vencido al campeón. Nos fuimos a la casa del Lito y celebramos con una gran fiesta.</p>
<p>Ganamos los siguientes cinco partidos, todos con tres goles o más. Sin embargo, en la jornada 14 se nos lesionó Leo y tuvimos tres empates seguidos. Uno de ellos con gol de último minuto, contra el Real Mazate. Para la última jornada, estábamos empatados en puntos con el Real Mazate y Leo estaba sólo para jugar medio tiempo.</p>
<p>Ese último partido lo jugábamos contra un equipo llamado Flamengo. Eran buenos, pero ganaban partido y perdían dos. No sé que pasó, pero casi al principio el Lito se desconcentró y cometió penal, que aprovecharon los del Flamengo. Luego yo perdí un balón en salida y en menos de veinte minutos ya íbamos perdiendo 2 a 0.</p>
<p>El Real, que jugaba al mismo tiempo en la cancha de a la par, iba ganando. Al medio tiempo, nosotros íbamos perdiendo ya 3 a 0 y el Real iba ganando por dos. El profe Polo nos pegó la más grande puteada que yo tenga memoria. Nos dijo de todo. Pero al final nos dijo que nosotros éramos el mejor equipo que había entrenado, que éramos los mejores del torneo, que debíamos meter los cuatro goles que se necesitaban para ser campeones. Que corriéramos más que nunca, que no diéramos una pelota por perdida, que si queríamos llegar a lo más alto debíamos correr el triple que el rival.</p>
<p>Envalentonados con la charla, y ya con Leo en el campo, emprendimos la remontada. El Momos metió el primer gol, entrando como una tromba en el área y casi estrellando la pelota contra la cara del portero, que no tuvo más que hacerse a un lado para conservar la cabeza en su lugar. El mismo Momos fue a la red a traer la pelota y la puso en el mediocampo. El 3 a 2 fue una jugada de Leo que se llevó a cinco jugadores rivales partiendo del mediocampo y driblando al portero metió la pelota en la portería solitaria. Apenas llevábamos quince minutos del segundo tiempo y el campeonato empezaba a ser posible. En el campo de a la par, el Real Mazate goleaba ya 5 a 0 al otro equipo, sin piedad.</p>
<p>El empate llegó por medio de Javier, con tiro libre impecable, al minuto 25. Teníamos veinte minutos para lograr el campeonato, sin embargo no tuvimos otra oportunidad de gol sino hasta dos minutos del final, cuando inexplicablemente Leo falló un penal. En tiempo de reposición, yo salí casi a la desesperada corriendo por la banda derecha, no miré a nadie, corrí con el balón lo más rápido que pude, llegué a línea final y a partir de allí todo fue como en cámara lenta. El centro, que pareció caer eternamente, iba dirigido, como me había enseñado el profe, a la altura del punto penal. Lito había subido desde la defensa viendo mi carrera y no tenía marca. Saltó. Parecía que no iba a llegar nunca, pero llegó al balón. La pelota siguió viajando a cámara lenta hacia la portería. El portero la rozó con los dedos, pero al final, agónicamente, pegó en la red. Éramos campeones.</p>
<p>Luego del partido fuimos a la casa del Lito y estuvimos de fiesta hasta el amanecer. Con la Gaby nos escapamos a un motel de la calzada Mateo Flores como a las diez, y creo que esa vez fue que la embaracé. Yo volví para seguir la celebración como a la una de la mañana. Vimos el amanecer en la terraza con una cerveza en mano. Hacía un poco de frío, pero todos seguíamos con el uniforme del Barsa. Leo, que era de los más callados, viendo las primeras luces del día, dijo que nunca había estado tan feliz, y que éramos los mejores cuates del mundo. El profe Polo nos agradeció con lágrimas por volverlo a meter al fútbol y así volver a creer en sí mismo.</p>
<p>A la siguiente temporada, sin embargo, el equipo se desarmó. El profe se fue a entrenar a un equipo de segunda división, Leo se fue a estudiar con una beca a México, y yo, con la Gaby embarazada, me casé. Seguimos con el equipo, ganamos algunos partidos, pero quedamos penúltimos. Cuando llegó el último partido de la temporada, nos visitó el profe Polo. Con las indicaciones que nos dio ganamos tres a cero. Como siempre, terminamos en la terraza de la casa del Lito, pero ya no me quedé hasta el amanecer porque al otro día tenía que trabajar.</p>
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		<title>El servicio</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 14:58:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[espiritualidad]]></category>
		<category><![CDATA[iglesia]]></category>

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		<description><![CDATA[Alfonso llegó retrasado al ensayo de la iglesia. El pastor había citado a los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos varones, como los doce apóstoles. Les había indicado que era muy importante, y que además, no contaran a nadie. Después de disculparse y recibir la mirada de reproche <a href="http://www.anecdotario.net/el-servicio/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Alfonso llegó retrasado al ensayo de la iglesia. El pastor había citado a los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos varones, como los doce apóstoles. Les había indicado que era muy importante, y que además, no contaran a nadie. Después de disculparse y recibir la mirada de reproche del pastor, se integró al grupo. Habría un evento especial el sábado. El pastor dijo que los ingresos de la iglesia habían bajado y que era necesario hacer algo especial para llamar la atención, el nuevo templo lo requería. Cuando Alfonso se enteró de qué iba la cosa, se rió nerviosamente, pero después de ver la mirada seria del pastor, sintió una mezcla de temor y aberración.<span id="more-1206"></span></p>
<p>Alfonso era un hombre en sus cuarentas que había asistido a la iglesia durante los últimos cinco años. El pastor era un tipo agradable y carismático, y había hecho que gente rica donara mucho dinero. Lo que había atraído mucha gente eran las jornadas de sanación, en la cual gente que llegaba en silla de ruedas de repente echaba a correr. Habían cánceres y tumores desaparecidos, ciegos que volvían a ver. La mayoría de sanados eran gente que venía de otros pueblos. Se les instruía y pagaba para que dijeran una historia atractiva, algunas veces debían llorar, otras desmayarse y sobre todo dar gracias a Dios y al pastor. Nunca hubo un inválido, canceroso o ciego real.</p>
<p>Al principio a Alfonso le chocó la idea de las sanaciones. Pero al llegar a la iglesia ya tenía dos años desempleado, y pensó que el dinero que le ofrecía el pastor no era despreciable. Le pagaban bien por aprenderse de memoria  textos de la biblia, contratar a los que serían sanados y organizar algunos servicios a la semana. A veces iba a otros poblados a predicar, y las ofrendas no eran despreciables. Cuando miraba cosas que no parecían muy honradas dentro de la iglesia, pensaba que al fin y al cabo la gente necesita de la religión para creer en algo. El milagro era hacer que la gente se sintiera bien y que tuviera en qué ocuparse los fines de semana.</p>
<p>El pastor había citado a Alfonso y a los pastores auxiliares para un ensayo el jueves por la noche. El sábado iban a hacer un servicio especial y debían hablar y pulir detalles. Los ingresos de la iglesia debían subir un poco para el nuevo templo. Cuando Alfonso llegó al ensayo ya habían hecho la oración del inicio y el pastor se disponía a contarles el plan. Después de escuchar la explicación del pastor, algunos se miraron extrañados. No iba a ser como las otras veces, gente que camina, ciegos que ven. Iba a ser muy extraño.</p>
<p>En la primera parte del servicio el pastor pondría una biblia al centro del altar principal. La biblia iba a ser como una muralla: nadie podría pasar a través de ella, por la fuerza de Dios. Es decir, si Dios no quería, nadie podría pasar de la línea en donde estaba la biblia. Luego de explicar a los asistentes al servicio, el pastor invitaría uno a uno a los pastores auxiliares y a otros miembros de la iglesia a intentar cruzar la línea de la biblia. Nadie podría cruzarla.  Cada uno haría como que quería cruzar, pero unos antes y otros después, iban a caer antes de llegar a la línea imaginaria delimitada por la biblia. Al caer, debían fingir algo parecido a un ataque epiléptico. Los pastores se miraron extrañados, pero nadie dijo nada. Lo que vino después fue lo que le hizo pensar a Alfonso que el pastor se había vuelto loco.</p>
<p>Luego de que cayeran, algunos llevarían alkaseltzer en las manos y se lo llevarían a la boca, para fingir que les salía espuma por la boca. Debían gritar como si fueran endemoniados. Otros debían desnudarse totalmente. El pastor se había encargado de contratar a una mujer para que se desnudara y se dejara tocar por los pastores. Luego el encargado del sonido haría sonar por las bocinas un trueno a todo volumen. Cuando el pastor gritara ¡yo te rechazo Satanás!, los pastores debían reaccionar y hacerse los sorprendidos y avergonzados, y recogerían su ropa e irían hacia atrás del altar, para vestirse. Luego regresarían a dar testimonio.</p>
<p>Los pastores auxiliares no podían creerlo. Era demasiado. Hubo murmullos. Uno de ellos dijo que no lo haría, y que se iba en ese momento de la iglesia. Lo siguieron la mayoría, incluido Alfonso. Se quedaron cuatro de los pastores. Afuera de la iglesia, discutieron y compartieron indignación. Alfonso los vio irse uno por uno, pero no se movió. Pensó en lo que les dijo el pastor: si no estaban con él estaban en contra. ¿A dónde iba ir Alfonso si dejaba su única fuente de ingresos? ¿Cómo iba a alimentar a su familia?</p>
<p>Decidió regresar. El pastor lo recibió con un abrazo. Le explicó que quería ponerlos a prueba, a ver si hacían todo por él, si dejaban todo, incluso su pudor por él. Le agradeció el regreso. El ensayo se llevó a cabo y fue de las cosas más extrañas en las que Alfonso había tomado parte en su vida.</p>
<p>Cuando llegó la noche del sábado Alfonso estaba muy nervioso. El viernes había mandado a su familia a otro pueblo, él mismo se encargó de irlos a dejar personalmente. Hacía calor y la iglesia estaba llena. Alfonso, previendo lo peor, le había pedido adelantado su sueldo al pastor la misma noche del jueves. Se reprochaba el haber aceptado aquella aberración. Oró, llorando, oculto en el baño de la iglesia, para que sucediera algo y no se realizara el servicio. </p>
<p>Cuando ya se acercaba la hora, asomaron, temerosos, los otros pastores que habían aceptado participar. Llegó casi al mismo tiempo la mujer contratada para desnudarse. Sin embargo, el pastor no aparecía. Quizá Dios lo había escuchado, pensó Alfonso. No podía llevarse a cabo algo tan denigrante. </p>
<p>Se llegó la hora del servicio, pero el pastor no aparecía. Se decidió que Alfonso comenzara el servicio, en espera de que llegara el pastor. Fue como siempre, algunas sanaciones, alabanza y sermón. Esa noche Alfonso explicó que tenían necesidad de una ofrenda extraordinaria para la construcción del nuevo templo. Se recaudó mucho más de lo esperado. El pastor nunca apareció.</p>
<p>Al día siguiente se supo por el noticiero que el pastor había muerto en un allanamiento de la policía en un pueblo cercano. El sábado al mediodía había una fiesta en la casa de un contrabandista muy buscado. Se le acusaba de lavar dinero, de extorsiones y de contrabando de mercadería robada. Y por supuesto, como a casi todo el mundo que hace dinero de la noche a la mañana, se le acusaba de narcotráfico. El pastor había sido la única persona muerta. Al escuchar a la policía entrar a la casa, se puso nervioso y salió corriendo directamente hacia los policías, y éstos, interpretando que los iba a agredir, dispararon. La noticia consternó a la iglesia y los funerales fueron concurridos.</p>
<p>Dos semanas después, la asamblea de la iglesia decidió que el pastor Alfonso debía quedarse a cargo. </p>
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		<title>El sicario</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Oct 2011 12:35:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Dinero]]></category>
		<category><![CDATA[asesinatos]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
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		<description><![CDATA[Pongamos que me llamo Alfredo, para no entrar en detalles. Me dedico a matar gente por dinero, es decir, soy lo que llaman un sicario. Como soy efectivo y discreto, cobro caro. Así me aseguro de no trabajar demasiado; a veces con tres trabajos al año la paso sin problema. Si me miran por la <a href="http://www.anecdotario.net/el-sicario/"> leer mÃ¡s <span class="meta-nav">&#187;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pongamos que me llamo Alfredo, para no entrar en detalles. Me dedico a matar gente por dinero, es decir, soy lo que llaman un sicario. Como soy efectivo y discreto, cobro caro. Así me aseguro de no trabajar demasiado; a veces con tres trabajos al año la paso sin problema. Si me miran por la calle, nadie me tendría miedo. Soy bajito y flaco y tengo cara de imbécil. La cara de imbécil me la inventé yo mismo, como un disfraz para pasar inadvertido. Hay que ser un desalmado para hacer este trabajo, sí, pero hay veces que mis trabajos hacen verdadera justicia. Como la vez que maté al idiota de mi vecino.<span id="more-1187"></span></p>
<p>En general no siento ninguna simpatía por la gente. Todo mundo te predica cómo has de vivir o pensar o intenta sacarte dinero. Desde <em>pare de sufrir</em> hasta el último celular inútil con acceso a las redes sociales de vanidad. Le llaman religión o negocios, pero de lo que se trata es de sacarte el dinero a como de lugar. No tengo ni celular ni correo electrónico. Eso sí, tuve un perfil de facebook falso que usé para rastrear a un par de encargos. Puse fotos falsas e información falsa, por supuesto. Luego de terminado el trabajo, borré el perfil. En internet soy invisible, como si no existiera. No le encuentro la gracia a andar por ahí exhibiéndose y publicando todas las estupideces que se te pasan por la mente. </p>
<p>Desde pequeño fui antisocial. No tengo ninguna actividad favorita más que ver películas en la tele y dormir. A veces también leo libros. Me encanta dormir. Más de algún lector se preguntará cómo puedo dormir teniendo el trabajo que tengo, pero a los que no tenemos conciencia, los que estamos libres de remordimientos, en realidad no nos importa nada. O casi nada. </p>
<p>El que se encarga de pasarme los trabajos es un tipo que se hace llamar Néstor. La manera en que me contacta para los encargos es que llama a mi tía Marta y se hace pasar por un amigo mío de la infancia. Le pregunta por mí y le dice que me vio el otro día en tal comercial. Yo ya sé que entonces espera que yo llegue a almorzar a ese comercial. Mi tía Marta vive a unas cuantas cuadras de mi casa, y yo paso regularmente a cenar con ella. Creo que la única persona por la cual siento un cariño sincero. Cuando llama Néstor, siempre queda de visitarnos, pero por supuesto nunca lo hace. El amigo de la infancia por quien se hace pasar fue uno de mis primeros trabajos, encargado por él mismo. En donde tía Marta es donde tengo mis armas y donde guardo el dinero de los pagos, que poco a poco voy depositando en las cuentas de la tía en donde tengo firma. Ella no sabe nada, sólo me guarda mi baúl con mis cosas.</p>
<p>Aparte de tía Marta, con las únicas personas que tengo contacto es con las putas. A veces llamo para que lleguen a mi casa, otras veces voy a los prostíbulos. Siempre pido dos, para un día entero. En una ocasión hasta pedí que me alquilaran un cuarto en un prostíbulo. Me pasé dos semanas sin salir. Fue divertido. </p>
<p>Los trabajos generalmente son personas que obstaculizan negocios de otros o parejas infieles. En una ocasión me tocó un viejo al que los nietos querían muerto para cobrar herencia. En otra ocasión era una mujer de la alta sociedad que quería deshacerse de su amante lesbiana para apropiarse de sus negocios. En ambas ocasiones me pagaron bien. Los clientes ven a mi trabajo como una inversión a la que esperan sacarle rendimiento. Es cuestión de negocios y ganancias. </p>
<p>Por el último trabajo que hice no cobré. Fue para una mujer, vecina mía, a la que su marido amenazó con matar delante de sus dos hijas. La verdad, la mujer, su marido y sus hijas me resultaban totalmente indiferentes. La mujer, sin embargo, es una treintañera atractiva. Un día coincidimos en la tienda con la mujer y una de las niñas y vi que a la mujer se le había olvidado el dinero para pagar los huevos y el pan que llevaba. La niña, de unos cinco años, iba con ella y le pedía dulces. Como vi a la mujer buscando desesperadamente entre su bolsa y yo no soy paciente, le dije que le prestaba el dinero y que se fuera. También le compré un dulce a la niña. Yo esperaba deshacerme de la señora y la niña, pero cuando la niña recibió el dulce, me lanzó una sonrisa tan especial que me dejó desarmado. Yo no estaba siendo amable, sólo quería que se fueran. Pero la niña decidió lo contrario, y que en recompensa, yo, un infame asesino a sueldo, merecía una sonrisa. Desde entonces saludaba cordialmente a la señora y a las niñas, cosa que no hacía con mis demás vecinos. </p>
<p>Una noche que regresaba a casa, escuché gritos en la casa de la vecina. Marido y mujer se peleaban. Yo al marido nunca lo traté y poco me recordaba de su cara. Como una de las ventanas daba a la calle, me acerqué a observar. El imbécil amenazaba a la mujer con una pistola, mientras las dos niñas lloraban. Yo sé qué cara tiene la gente que puede matar, y el tipo tenía esa determinación, pero todavía no daba el paso final. Para distraerlo, toqué a la puerta. El tipo maldijo a gritos desde adentro. Le dije que dejara de gritar y que no se atreviera a disparar el arma. Enfurecido, salió a la puerta. Yo lo esperé y en dos segundos lo sometí y le quité el arma. Siempre he tenido una fuerza que no me explico, dada lo chaparro y flaco que soy. Le quité la tolva a la pistola. Le di el arma a la mujer, diciéndole que la escondiera y que preparara un té para el tipo. Luego me fui a casa.</p>
<p>Al día siguiente robé una moto y lo seguí hasta donde trabajaba. Esperé a que saliera de su trabajo por la tarde y lo volví a seguir. Llovía fuerte. Esperé a que el tipo saliera de la ciudad y lo alcancé en un semáforo en el que yo sabía que  no había cámara y donde no circulaban mucho tráfico. Me puse a la par de su carro, le mostré mi arma, le indiqué que bajara el vidrio y le pedí el celular y la billetera. Me los entregó mansamente. No me reconoció, o por lo menos eso pensé. Luego apunté con mi arma a su frente y disparé. Luego al pecho, en el tercer botón de la camisa, y volví a disparar. El último disparo a la sien. Quedó bien muerto. Abrí la puerta de su carro, lo apagué y puse el freno de mano. Luego me di la vuelta y me fui lo más lejos que pude a tirar la moto y deshacerme del celular y la billtera y de la ropa que llevaba puesta.</p>
<p>Me sentí realmente satisfecho, había librado a las niñas de un padre asesino. La mujer, por su parte, sufriría el impacto de la muerte, pero dadas la circunstancias, se sentiría aliviada. Esa noche volví algo tarde, y no fue sino hasta el otro día que por la mujer de la tienda me di por enterado del suceso. Ay, ya no se puede vivir en paz aquí, me dijo. Yo pensaba justamente lo contrario, pero le dije que tenía razón.</p>
<p>Fui hasta la casa de la vecina y toqué a su puerta. La niña del dulce salió a abrirme y me sonrió, pero tenía sus ojitos hinchados. Mi mamá está triste, me dijo. Decile que venga, le pedí. La mujer salió. Tenía su cara descompuesta, pero se miraba linda. Le di un sobre con dinero. Le dije que era para los gastos del entierro, que lo sentía mucho. Me dio un abrazo y un beso en la mejilla. Regresé a casa. Me sentí feliz.</p>
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