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	<title>Anecdotario.net</title>
	
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>El novio desaparecido</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 07:03:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[policiales]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocí a Sergio Gomes hace unos cinco años. De trabajar en el Ministerio Público se retiró hace siete, según me contó, y desde entonces se dedicó al oficio de investigador privado. Nos hicimos amigos porque llegó a mi consultorio por una infección de garganta. No hay nadie que tenga una conversación tan interesante como Gomes; [...]]]></description>
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<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/V_1lm4kI30vnkz5Ap-EIeeZjC8c/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/V_1lm4kI30vnkz5Ap-EIeeZjC8c/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>Conocí a Sergio Gomes hace unos cinco años. De trabajar en el Ministerio Público se retiró hace siete, según me contó, y desde entonces se dedicó al oficio de investigador privado. Nos hicimos amigos porque llegó a mi consultorio por una infección de garganta. No hay nadie que tenga una conversación tan interesante como Gomes; desde fútbol hasta filosofía, literatura y ciencia. No sé de nadie que, como él, juegue bien al tenis y al ajedrez. He tenido la costumbre de tomar notas de los casos que hemos visto juntos y ahora, con permiso de él, voy a contarles acá un caso reciente en el que participé junto a Gomes.<span id="more-1247"></span></p>
<p>Hay días en que la clientela está sana, y esto es malo para el negocio de médico. Una tarde en que no había citas ni nadie había llamado, salí de mi consultorio indicándole a mi asistente que sólo me llamara si hubiera alguna emergencia. A media tarde llegué a la casa de Sergio Gomes, quien me recibió cordial como siempre. </p>
<p>—Qué bueno que vino, Jaime. Está por venir una joven que me escribió un correo electrónico contándome su desgracia —me contó mi amigo, al tiempo que tomaba un cigarrillo y lo encendía—.</p>
<p>—¿De qué se trata el caso? —pregunté.</p>
<p>—Verá Jaime, esta joven ha sido plantada en el altar mismo. Por la manera en que estaba escrito el email que me envió, creo que ha de ser una joven de no más de 21 años, universitaria, mal estudiante y de buena apariencia.</p>
<p>—Ya. ¿Con un sólo email consigue saber eso? —respondí, sonriendo.</p>
<p>—La escritura es como una huella digital de una persona, dice más cosas de las que aparenta. Puedo saber que es de esa edad porque es su novio del colegio a quien busca y además es muy descuidada en su redacción y ortografía, lo que indica poca inquietud intelectual. Además vi la foto del perfil del email, y en el email mismo, como tantas otras personas, ella indica su año de nacimiento.</p>
<p>Reí de buena gana. Sonó el timbre de la casa y Gomes salió a abrir la puerta. Entró a la sala una joven realmente encantadora, cuyo bello rostro mostraba tristeza y preocupación. Se llamaba Gabriela Vargas. </p>
<p>—Señorita, le presento al doctor Jaime Ramos, quien es mi amigo de total confianza y me asiste en mis casos —dijo Sergio Gomes—. Por favor tome asiento. Lamento el embotellamiento que encontró para venir acá y que haya hecho una tarde de calor.</p>
<p>—¿Cómo supo que encontré mucho tráfico al venir acá?</p>
<p>—Bueno, veo huellas de sudor en su blusa y al entrar en la sala ví que resopló acalorada. Además vino veinte minutos tarde. También revisé su perfil en Twitter y así supe que había un <em>tráfico de la chingada</em>, como usted misma lo describió.</p>
<p>—¿Pero cómo supo cuál era mi perfil de Twitter?</p>
<p>—El sistema permite una búsqueda de usuarios por email. Simplemente introduje la dirección de email desde donde me escribió y encontré el perfil. Pero cuéntenos, por favor, cómo fueron los hechos —dijo Gomes al tiempo que le daba un vaso de cocacola fría a la atribulada joven.</p>
<p>La bella joven tomó un sorbo de la bebida y empezó a contar su historia.</p>
<p>—Vine aquí porque usted me ha sido ampliamente recomendado. Como le conté por email, yo estaba esperando a mi novio en el altar, en la iglesia, con todos los invitados, y él nunca llegó. La boda era el sábado y a día de hoy, lunes, no tengo noticias de él. Estos días han sido de gran sufrimiento y pena. Lo hemos buscado por todos lados pero no hay señales de él. Temo lo peor, y por eso vine con usted.</p>
<p>—¿Cómo se llama el muchacho y desde hace cuánto lo conoce? ¿Cómo ha sido la relación?</p>
<p>—Nos conocemos desde niños —la muchacha hizo un puchero como queriendo llorar, pero se contuvo—. Se llama Humberto Prado y es hijo de una buena familia. Siempre nos hemos llevado bien. La familia de él me adora y no tengo la menor duda de que él me ama con todo el corazón.</p>
<p>—Sin embargo, se pelearon hace un par de meses —observó Gomes.</p>
<p>—¿Cómo supo eso? —preguntó extrañada la muchacha.</p>
<p>—Al decir la frase “siempre nos hemos llevado bien” noté duda. Además, usted misma lo dijo en su perfil de Facebook.</p>
<p>—Que encontró tecleando el email en buscador del sitio, supongo —observé.</p>
<p>—Así es mi estimado Ramos. Pero señorita, por favor, síganos contando. ¿Vio algo extraño en el comportamiento de su novio los días anteriores a la boda?</p>
<p>—Dos semanas antes de la boda, Humberto parecía distante. Pensé que era natural, puesto que las mujeres somos las que nos entusiasmamos por la boda, mientras los hombres lo consideran tedioso. Ahora me doy cuenta de que pudo haber sido algo más. Nadie sabe nada de él, todos estamos preocupados, aunque yo no veo que su familia lo esté buscando tan desesperadamente como yo. </p>
<p>—¿En dónde sería su luna de miel, si no es indiscreción, señorita Vargas?</p>
<p>—Nos íbamos a ir el domingo a la casa que sus padres tienen en Antigua Guatemala y estaríamos ahí durante algunos días; después iríamos a La Habana.</p>
<p>—Muy bien señorita, con eso empezaremos a trabajar. Le ruego me indique la dirección de la casa de su novio, quien supongo vivía con sus padres. También quiero saber en dónde trabaja para hacer las visitas correspondientes. Es posible que le tenga noticias mañana por la tarde así que esté atenta a su celular.</p>
<p>La señorita Vargas salió de la casa de Gomes un poco más aliviada de lo que entró. De inmediato mi amigo me indicó que saldríamos a hacer una visita a la casa del novio desaparecido. Por ahí empezaría la investigación.</p>
<p>Afortunadamente la casa no quedaba lejos, por lo que llegamos rápido. Nos atendió la madre, que nos recibió de inmediato, y que además había sido alertada de nuestra visita por la señorita Vargas. </p>
<p>—Es una pena lo que ha sucedido —dijo la madre del novio—. Humberto siempre ha sido un buen muchacho, pero ahora parece que quiso escapar del compromiso. Parece que no quiere madurar.</p>
<p>—¿Usted tiene idea de dónde pueda estar, señora de Prado? —inquirió Gomes.</p>
<p>—No lo sé, pero seguro se esconde. Lo que no sé bien es por qué. Todos estamos preocupados. Lo último que platicó conmigo es que se sentía presionado a casarse y que no sabía si había hecho bien al proponerle matrimonio a Gabriela.</p>
<p>Mi amigo pidió entrar al dormitorio del desaparecido. Vio todos los muebles y las fotos del muchacho, su guitarra eléctrica y su colección de revistas de motor. Puso especial atención en la computadora y el reproductor mp3, en el cual escuchó algunas canciones que contenía. Luego encendió la computadora y consultó el historial de navegación de internet.</p>
<p>No pudimos platicar con el padre del muchacho porque no quiso atendernos. Salimos de la casa y durante el camino de regreso Sergio Gomes no habló nada. Su mente estaba metida de lleno en el caso y simplemente respondía con monosílabos a mis preguntas. Por fin, llegado a su casa me inquirió sobre el caso.</p>
<p>—¿Qué piensa sobre el caso, Ramos?</p>
<p>—Me parece evidente que la madre sabe que su hijo está bien porque de lo contrario estaría preocupada. Su padre, en cambio, debe estar enfadado con él, o nos hubiera atendido.</p>
<p>—Algo así me parece, y si todo concuerda con lo que pienso, mañana por la tarde habremos resuelto el caso. Haré unas averiguaciones y una visita por la mañana. Lo espero en casa por la tarde para cerrar el caso. </p>
<p>Me fui a casa con la inquietud de saber cómo mi amigo resolvería el caso. La familia del novio sabía algo más, pero de ahí a encontrar al desaparecido y explicar su huida había mucho trecho. Por más que pensé en el asunto no pude imaginar cómo se podía resolver el caso tan rápidamente.</p>
<p>Al día siguiente estuve ocupado en la clínica por la mañana, pero en cuanto me desocupé llamé a Gomes para saber cómo iba el caso. Me pidió que llegara a su casa porque precisaba mi presencia como testigo en el desenlace de esta historia. Llegué tan pronto como pude y al llegar encontré a Gomes ensimismado frente a la computadora. Tuve que carraspear un par de veces para que notara mi presencia.</p>
<p>—Ah, Ramos, le agradezco mucho por venir. Ya tengo resuelto el caso, pero creo un deber moral hacer que los novios se encuentren y que nuestra cliente sepa la verdad, al menos en buena parte. Bastante sufrimiento ha tenido.</p>
<p>—Pero, ¿cómo lo ha resuelto todo? ¿Dónde está el novio?</p>
<p>—Espere y verá —me contestó Gomes, al tiempo que sonaba el timbre de la casa.</p>
<p>La visita era ni más ni menos que el novio desaparecido. Era un muchacho apuesto y de carácter desenfadado y jovial. Sin embargo, mostraba pena por lo acontecido y Sergio Gomes lo había citado con una pequeña treta: le había dicho que Gabriela estaba enferma y que se corría el riesgo de que intentara una locura. Le envió un mensaje por internet. Gomes se disculpó por usar tal táctica, pero dijo que no le quedaba más remedio que hacerlo de esa manera.</p>
<p>—Por lo que sé, joven Prado, usted ama a su novia —dijo Gomes—, de lo contrario no habría venido. Pero también sé que usted no se quería casar, y no porque no quisiera a la bella Gabriela. Hay algo más.</p>
<p>El muchacho, con rostro apenado, contó su historia.</p>
<p>—Es cierto, yo amo a Gabriela. Pero yo esperaba a casarme hasta dentro de dos o tres años, una vez terminada mi carrera en la universidad y cuando ya hubiera grabado un CD con mi banda. Pero mi padre presionó para que yo le propusiera matrimonio.</p>
<p>—Según entiendo —interrumpió Gomes—, los negocios de su padre no van bien.</p>
<p>—Es cierto. Algunos clientes importantes se fueron durante este último año y la empresa que tanto prosperidad nos produjo, está a punto de quebrar. Yo trabajo al lado de mi padre, y sé cómo va todo. Pero yo pienso que de esta vamos a salir bien. Todas las empresas tienen malas rachas.</p>
<p>—Pero su padre no pensaba así —respondió Gomes, encendiendo un cigarrillo.</p>
<p>—No. El pensaba que debía casarme lo antes posible con Gabriela para luego hacer que mi suegro, que es un comerciante exitoso, se viera obligado a invertir en la empresa y así salvarla. Cuando nos acercábamos a la fecha de la boda, yo me sentía cada vez peor, pues yo quiero a Gabriela, pero no quiero comprometerme aún, hasta no terminar los pendientes que tengo. Además, somos jóvenes, nos queda mucho tiempo.</p>
<p>—Y con ese pensamiento usted se fue a esconder a la casa de Antigua Guatemala, en donde se iniciaría la luna de miel.</p>
<p>—Así es, pensé que el único lugar en donde no me buscarían sería ahí. Llamé a mi madre para contarle que estaba bien, que no se preocupara; le dije que no fui a la boda porque no quería casarme por obligación, sino por amor.</p>
<p>Algunos minutos después de que el joven nos contó su historia, sonó de nuevo el timbre de la casa. Era Gabriela Vargas. Al entrar y ver a su novio, se sintió aliviada y lloró de manera conmovedora. Su novio le explicó todo y pese a que ella se sentía también ofendida, comprendió todo y lo perdonó. Luego de aclararse la situación, la señorita Vargas le extendió un cheque a mi amigo por una generosa cantidad y se marchó del brazo de su novio.</p>
<p>—Es una rara historia de amor —le dije a Gomes cuando se fueron las visitas.</p>
<p>—Tan rara, mi estimado Ramos, que no se dijo todo. No me cabe duda de que el muchacho ama a la señorita Vargas, pero hay más en este asunto.</p>
<p>—¿Algo más? ¿Pero qué más puede haber? —pregunté extrañado.</p>
<p>—El joven Prado no estuvo solo en la casa de Antigua Guatemala. Al parecer estuvo con una exnovia a la que por casualidad se encontró en una discoteca la noche en que llegó. </p>
<p>—Pero Gomes, ¿cómo supo eso?, ¿por qué no se lo dijo a la muchacha?</p>
<p>—Como le dije, Ramos, no me cabe duda de que el muchacho ama verdaderamente a la señorita Vargas, por lo que decidí callar para no amargar el reencuentro. Con respecto a cómo lo supe, no es tan difícil. Sólo tuve que conectar unas cuantas conversaciones de Twitter, correlacionar lo que el muchacho decía en su perfil alternativo de Facebook, en el que usa un alias, y supe todo lo que había pasado. Por medio de ese mismo perfil le hice llegar el mensaje, prometiéndole no mencionar lo de su exnovia si se aparecía por acá. La gente dice más de lo que cree en las redes sociales, facilitándonos grandemente el trabajo a los que investigamos sus vidas.</p>
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		<title>La vecina</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Apr 2012 07:11:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Prostitutas]]></category>

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		<description><![CDATA[Tenía poco tiempo de haberme mudado al barrio cuando se pasó a vivir a la par de mi casa una mujer que alborotó al vecindario entero. Yo tenía quince años. Mis papás trabajaban todo el día, y por las tardes, al regresar del colegio, me tocaba cuidar a mi hermana de seis años. Yo vi [...]]]></description>
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<p>Llevaba una tele grandota, muebles grandes y un montón de ropa. Cuando me vio allí parado me pidió que le ayudara a bajar algunas cosas, me guiñó el ojo y me dijo guapo. Le ayudé a bajar los muebles de sala y comedor. Me dijo que se llamaba Clarissa. Era linda. Yo me enamoré como un idiota al instante. Al día siguiente de su traslado vi que llegaron varios carros a distinta hora, se estacionaban frente a la casa y luego de una o dos horas se iban. Cada vez que me la encontraba en la calle, la vecina me saludaba con una hermosa sonrisa que me dejaba babeando. </p>
<p>Después de hacer las tareas a veces me quedaba sin qué hacer. En una de tantas tardes dejé a mi hermanita viendo tele, salí al patio y de intención tiré una pelota plástica al techo para tener la excusa de subirme. Subí para ver si la vecina andaba por ahí. Hacía una tarde soleada, ella estaba en el jardín, recostada en una silla de playa con un biquini rojo como única vestimenta. Su bronceado era perfecto. Yo me olvidé de buscar la pelota y de todo el mundo que me rodeaba. No sé si se dio cuenta de que la estaba viendo, pero en eso sonó su celular y ella corrió adentro a responder. Sus pechos rebotaban y mis ojos con ellos cuando echó la carrera por el teléfono. Corrí al baño a encerrarme.</p>
<p>De los carros que se estacionaban frente a su casa bajaban sólo hombres, generalmente ejecutivos. Casi siempre llegaban por la tarde, aunque no era raro que llegaran por la manaña y por la noche. Yo me subía todas las tardes al techo para ver si veía algo. A veces la encontraba barriendo el patio y me saludaba siempre de buen humor. Por lo regular andaba por la casa con shorts y en sandalias. Siempre era un espectáculo verla y siempre terminaba yo encerrado en el baño.</p>
<p>A mi mamá le molestaba la presencia de la vecina. Una vez que me sorprendió saludándola en la calle, me prohibió dirigirle la palabra a esa mujerzuela. Fue la primera vez que escuché esa palabra, hasta me dio risa. Casi me gano una cachetada de mi mamá. Sin embargo, por las tardes yo siempre subía al techo y si ella andaba por ahí, saludaba a la bella Clarissa. Una vez que fui a la tienda con mi hermanita le compró un bombón a ella y un tortrix a mí. Se portaba buena onda conmigo.</p>
<p>Cuando Clarissa se paseaba por las calles del barrio no había alma masculina que no la volteara a ver. Pero a todos los tenían sentenciados sus mujeres y pocos se atrevían a saludarla, por lo menos al principio. En una sesión del comité de vecinos varias mujeres se quejaron de su presencia, pero Clarissa era de las que siempre pagaba puntual las cuotas del mantenimiento y la vigilancia, y además, los directivos del comité eran todos hombres. Los directivos, para calmar a las vecinas airadas, prometieron hablar con mi vecina, cosa que por supuesto no hicieron.</p>
<p>Por las tardes yo subía al techo siempre con la esperanza de una sonrisa y su saludo. No siempre tenía suerte porque salía o tenía visitas. Una de tantas tardes, sin embargo, la vi llorando mientras barría el patio. Al verme, en medio de sus lágrimas, me saludó con una sonrisa.</p>
<p>—¿Por qué no bajás un ratito? —me dijo, de repente. </p>
<p>Mi corazón empezó a latir a toda velocidad y apenas atiné a preguntarle qué le pasaba.</p>
<p>—Bajá y te cuento.</p>
<p>Yo bajé lo más rápido que pude. Muchas veces había visto por dónde me podía bajar si alguna vez se me daba la oportunidad, así que no fue difícil. Me hizo pasar a su sala y me sirvió una cocacola. Me preguntó por mi hermanita y mis papás, por el colegio. Se sentó a la par mía en el sofá. Ya entrados un poco en confianza, me contó por qué lloraba.</p>
<p>—Mi novio me dejó, por eso lloro —dijo suspirando—. Como te ví ahí, tan lindo como siempre, pensé en que bajaras un rato para no sentirme sola.</p>
<p>—Ah —dije yo, apenas con suficiente fuerza para ser escuchado.</p>
<p>—La gente no me quiere porque soy amable con los hombres. Pero vos no sos como la gente, sos lindo.</p>
<p>Se acercó a mí y me repetía sos lindo, muy lindo. Mi corazón latía a mil por hora. Me empezó a besar y a quitarme la ropa. </p>
<p>—Yo, yo&#8230;, no tengo condón —dije, casi sin voz, suplicando.</p>
<p>—No tengás pena, yo tengo, corazón.</p>
<p>Al volver a casa yo me sentía supermán. Me conecté a internet y empecé a chatear con el Manolo, el primer cuate que vi conectado. Le conté todo, aumentando un poco la hazaña. Ya antes les había pasado a mis cuates fotos de Clarissa tomadas con el celular y al contarle todo al Manolo, prefirió llamarme al teléfono de la casa para que le contara todos los detalles. Sos mi ídolo,  me dijo, no lo puedo creer.</p>
<p>Durante las siguientes dos semanas, toda las tardes, sin falta, subí al techo de la casa pero no la ví. Veía los carros de siempre, el movimiento de siempre. La vi algunas veces por la calle y me saludaba como siempre, pero si intentaba acercarme, me decía ahora no, corazón. Seguí subiendo al techo, como un ritual religioso, todas las tardes, a la misma hora, mientras mi hermanita veía las caricaturas. Al fin, una tarde se asomó.</p>
<p>—Bajá, corazón.</p>
<p>Fueron el par de palabras que más me habían alegrado en toda la vida. Bajé tan rápido como pude y me puse a las órdenes. </p>
<p>—Me voy de aquí, corazón. Sólo quiero despedirte como se debe.</p>
<p>Fue muy cariñosa conmigo. Cuando me dijo que al otro día se iba del vecindario, yo lloré. Ella lloró. Me dijo que sólo quería que alguien la extrañara, que alguien la recordara si no para siempre, que por lo menos se recordara de ella de vez en cuando. Me empezó a besar y a decir que era lindo.</p>
<p>Al otro día llegó el camión de mundanzas. Yo le ayudé a subir los muebles y a dejar limpia la casa. Me dijo que se iba a casar con tipo viejo que tenía mucho dinero. Que un día de estos pasaría por el vecindario y me invitaría a tomar una cocacola.  Me despidió con un beso en los labios y se subió a su carro. Fue la última vez que la vi. Miré al camión de mudanzas ir tras el carro de ella. Yo me quedé en la calle hasta que dejé de escuchar el ruido del motor de su carro. Me senté en la acera, cabizbajo, triste. No sentí que estaba lloviendo hasta que mi hermanita salió y me llamó para adentro.</p>
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		<title>El marido vengador</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Apr 2012 07:19:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Divorcio]]></category>
		<category><![CDATA[Parejas]]></category>
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		<description><![CDATA[Hacía un día lindo y soleado cuando Mario se enteró de que su mujer lo engañaba con el ginecólogo. Los vio en un mcdonalds besándose y sonriendo, muy felices. Él pasaba de casualidad a comprar comida para llevar; afortunadamente no lo habían visto. Lo sospechaba desde hacía algunos meses y ahora lo confirmaba. La muy [...]]]></description>
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<p>Salió a la calle con la excusa de una visita a un cliente y se dirigió a una armería. En el camino fantaseaba sobre su venganza. Pensaba en cómo le dispararía a la frente a la adúltera, en cómo rogaría ella por su vida llorando y pidiendo perdón. El otro hombre, el ginecólogo de segunda, lloraría como mujer, arrepentido ya sin esperanza, antes del tiro definitivo. Sólo de esa manera, pensaba, era posible restaurar su honor. Ningún hombre que se precie debería tolerar tal traición. A plena luz del día, como burlándose y regodeándose de su fechoría, cual sinvergüenzas, estaban exhibiéndose en un lugar público. Así los había visto y eso no podía quedar impune de ninguna manera. Por momentos, al pensar en los detalles de la venganza, Mario sonreía.</p>
<p>Sin embargo, una cosa es fantasear y otra cosa es la realidad. Mario nunca había sido un tipo violento, sus amigos lo conocían por su tremenda paciencia y su don de gentes. Nunca había disparado arma alguna. Al llegar a la armería y ver el primer revólver que le mostró el vendedor, sintió miedo. Matar no iba con su naturaleza, y ahí frente a un entusiasmado vendedor que no paraba de alabar las virtudes de las armas que vendía, lo comprendió con tristeza. Disculpándose, salió de la tienda y le pareció que a pesar de ser una linda tarde, todo estaba nublado y el día era gris.</p>
<p>Mario se había casado con Valentina hacía siete años. Pese a intentarlo, no habían tenido hijos. Buscando alternativas y consultando con amigos, habían llegado hasta el ginecólogo, el ahora amante de su mujer. Pero en lugar de ayudar a la pareja a tener hijos, el muy cabrón había decidido ayudar sólo a Valentina, mientras sus honorarios los pagaba el marido cornudo. ¿Con qué palabras la habría seducido el matasanos? O peor aún, ¿fue ella quien lo sedujo? </p>
<p>Con estos pensamientos se atormentaba el pobre marido traicionado, cuando sonó su celular. Era Valentina, la vulgar adúltera, que llamaba desde su celular. Preguntaba, como suelen hacer las mujeres, que dónde estaba. Ese mecanismo de control que antes le gustaba ahora lo puso de peor humor. </p>
<p>—¿Qué querés? —preguntó.<br />
—Cuando vengás para la casa, traete café y azúcar, que ya se van a acabar. También servilletas.<br />
—Comprálas vos —le gritó, y cortó la llamada.</p>
<p>Al terminar la llamada Mario estaba temblando de la cólera. ¿Ya había regresado de enmotelarse con aquel hombre? ¿Lo había llamado desde el mismo motel? ¿O en su propia casa los descarados le ponían cuernos? Por su cabeza nuevamente cruzaron los pensamientos homicidas. Algo tenía que hacer, tal ofensa no podía quedar sin ser vengada. De alguna manera la haría arrepentirse. Pasó a un bar a echarse un par de tragos, mientras la tarde, ahora sí, se ponía realmente nublada.</p>
<p>En el bar habían dos mesas ocupadas. Una con un grupo de ejecutivos y otra con un hombre de mediana edad y barba recortada al que veía y saludaba cada vez que iba al lugar. ¿A cuántos de aquellos hombres los engañarían sus mujeres?, pensó. Pidió un whisky. Después del segundo whisky, fue a pedir otro a la barra y el hombre de la barba le dio conversación. ¿Penas en el amor?, le dijo sonriendo. ¿Tanto así se nota?, le preguntó Mario, sonriendo a su vez. Luego de que el bartender le sirviera el trago fueron a sentarse a la misma mesa y empezaron a conversar.</p>
<p>—Yo ya sé cuando miro a un hombre traicionado —dijo el barbudo—. El orgullo herido se nota de inmediato.<br />
—Supongo que se me nota en los cuernos —respondió riéndose Mario.<br />
—La vida, mi estimado, se encarga de poner las cosas en su lugar.<br />
—O la muerte.<br />
—¿No me diga que usted quiere despacharse a su mujer?<br />
—No, sólo digo que también se muere la gente, a veces.</p>
<p>Así fueron conversando los nuevos amigos, riéndose por momentos a carcajadas. Al barbudo también le habían puesto los cuernos, pero como su mujer era la del dinero, exigió el divorcio y plata en desagravio. De esa cuenta no necesitaba trabajar. Y por esas casualidades de la vida, la mujer del barbudo también se había ido con un doctor, pero este era cardiólogo. </p>
<p>Después de varias horas de plática y whisky, los amigos se despidieron. Afuera llovía. Mario recordó con un poco de amargura que a Valentina le gustaba ver los reflejos de las luces en las calles mojadas de la ciudad; le parecía romántico. No quería regresar a casa y fue a un club de desnudistas, de donde salió de madrugada. Al llegar a casa se tendió en el sofá de la sala y se quedó dormido.</p>
<p>Al día siguiente, con la resaca de la noche anterior, todo parecía haber sido un sueño. A duras penas tomó una ducha y se fue a trabajar. Evitó encontrarse con Valentina. Ya en la oficina, recordó la escena de su mujer besándose con el ginecólogo y se volvió a amargar. Sin embargo, al recordarse de todo lo que había pensado para vengarse, se echó a reír. Él, que nunca había disparado un arma en su vida, pensando en matar a alguien. Era ridículo. Además corría el riesgo de ir preso y perder ya no sólo a su mujer, sino todo lo que había logrado.</p>
<p>Salió al mediodía para ver si encontraba de nuevo a su mujer y al amante en el mismo lugar, pero no los encontró. En el camino de regreso a la oficina los vio en el carro del ginecólogo. Los siguió. Se bajaron en una tienda de conveniencia a comprar comida. Mientras hacían la cola para pagar, se besaban como novios enamorados. Mario se bajó del carro y se acercó a una distancia prudencial. Sacó el celular que llevaba al cinto y les tomó fotos. </p>
<p>Al regresar a la oficina subió las fotos al Facebook, etiquetó a su mujer y al amante y las publicó. Por la tarde fue con un abogado de divorcios para asesorarse. Su mujer marcó veinte veces su número, pero Mario no contestó en toda la tarde. Al salir del despacho del abogado, hacía una linda tarde.</p>
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		<title>Los campeones</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Feb 2012 07:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>

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		<description><![CDATA[La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero ponían los [...]]]></description>
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<p>Al comenzar la primera temporada armamos un equipo a duras penas. No teníamos entrenador. Yo jugaba de lateral derecho. Siempre corría mucho, nunca me cansaba, me decían que tenía tres pulmones. En la portería estaba Nixon, uno de los peores porteros con los que he jugado. De defensas centrales estaban los dos hermanos, el Lito y el Cacho. De lateral izquierdo estaba el Tablas, otro chavo que cómo corría. En la media estaban el Marcelino, el Juan, el Domitilo y el Vladi. De delanteros el Moisés y el Momos, a quien llamábamos así porque era de Momostenango.</p>
<p>Éramos un desastre jugando, pero ganamos los tres primeros partidos. En la primera jornada porque el otro equipo iba sólo con siete jugadores; les ganamos dos a cero. En la segunda, porque yo metí un gol al primer minuto y después nos dedicamos a defender ese golito con todas nuestras fuerzas. También porque les expulsaron a dos y nos perdonaron un penal. El tercer partido ganamos porque el otro equipo no se presentó. Al entrenador se la había olvidado que el partido era en sábado y no en domingo. Les avisó a sus jugadores a última hora, pero apenas llegaron cinco y el árbitro dijo que no eran suficientes para un partido. Íbamos de líderes, era increíble.</p>
<p>Luego, en las siguientes quince jornadas, perdimos todos los partidos, generalmente por goleada. A los últimos tres nos presentamos sólo siete jugadores, los demás se habían ido a chupar el día anterior o no les importaba. Con el Tablas nos cansamos de correr por las bandas y meter centros, pero nunca había nadie. En fin, fue un desastre el primer torneo. Quedamos en último lugar. Sin embargo, yo disfrutaba jugar, no eran tan importantes los resultados. Era el viento en la cara y la lucha eterna por la pelota lo que me motivaba. Y la cerveceada después de los juegos con el Lito y el Cacho. El Barsa, como le llamábamos al equipo, había sido un desastre en la primera temporada. Sin embargo, acompañados de las cervezas de la última jornada, nos propusimos que eso cambiaría para el siguiente torneo.</p>
<p>Fue así que para la segunda temporada yo convencí a don Polo para que nos entrenara. Don Polo era un tipo que vivía cerca de mi casa y que había sido jugador profesional. El Lito y el Cacho convencieron a un par de primos para que integraran el equipo. Yo llevé también a un par de amigos de la universidad. Hicimos pretemporada, con ejercicio físico y trato de balón. Al iniciar el torneo estábamos en forma. El Tablas y yo corríamos más que nunca.</p>
<p>Los primos del Lito y el Cacho eran mediocampistas: Andrés y Javier. Muy buenos, algo callados, pero buenos. Mis cuates de la universidad, el Víctor y el David. Un buen portero y un delantero correlón. En la media completaban el Domitilo y el Vladi. En la delantera seguía el Momos. A todos los demás los habíamos despachado o ya no se asomaron. Le habíamos cambiado la cara al Barsa y teníamos la esperanza de quedar entre los tres o cuatro primeros lugares.</p>
<p>Antes de comenzar el torneo tuvimos cuatro partidos amistosos, ganamos dos, empatamos uno y perdimos uno. Era un buen balance. El sistema que había ideado el profe Polo nos hacía las cosas más fáciles al Tablas y a mí. Al Lito y al Cacho, que no eran tan buenos que digamos, les enseñó a quitar la bola y a darla a los medios o a los laterales. Se pasó varias tardes con ellos para que también aprendieran a cabecear. Al Domitilo y al Vladi los presionó para que corrieran más y ayudaran en la defensiva. Al Momos le enseñó a pivotear. Al Tablas y a mí nos dijo que no corriéramos tan a lo loco y que tapáramos bien las del rival.</p>
<p>Sin embargo, a pesar de que todo pintaba bien, perdimos los primeros dos partidos de la temporada por uno a cero. Cuando íbamos a jugar el tercer partido de la temporada, el profe Polo llevó a su sobrino, Leonel, un chavito de 17 años, para la banca. Nos propusimos ganar el primer partido a como de lugar, pero al medio tiempo íbamos perdiendo cinco a cero, dos autogoles y un penal incluidos. Casi dando el partido por perdido, al segundo tiempo entró Leonel por el Momos y subió como falso delantero Andrés. El profe nos dijo que no pensáramos en el marcador, sino en meter el primer gol. Si metíamos el primero, que nos enfocáramos en meter el segundo. Pero que nos olvidáramos del marcador.</p>
<p>Al nomás iniciar el segundo tiempo, yo corrí la banda y tiré un centro que Andrés bajó con la cabeza y Leonel, el chavito recién entrado, marcó el primer gol de zurda. Los defensas del otro equipo se quedaron un poco sorprendidos. El entrenador de ellos cambió de inmediato a uno de los defensas. Pensando en un gol a la vez, así como nos había dicho el profe al mediotiempo, logramos empatar el partido, cinco minutos antes del final. Yo anoté uno, David otro y Leonel tres. Leonel, además había dado el pase de mi gol. El entrenador del otro equipo exclamó, medio en broma, medio enojado: ¡Polo, sacá a ese número 19, pordios!</p>
<p>En el último minuto nos dieron un tiro libre en la media luna del área rival.<br />
El encargado, por supuesto, era Leonel, el nuevo. Con un disparo que hizo un chafle que yo nunca había visto, anotó el 6 a 5. Era increíble. El entrenador del otro equipo puteaba a todos sus jugadores y brincaba de la cólera. Habíamos ganado nuestro primer partido metiendo seis goles en un sólo tiempo. Terminamos emborrachándonos en una cevichería que queda enfrente de los campos de Montserrat.</p>
<p>Después de ese partido decidimos darle el número 10 a Leo, como le llamábamos. Tuvimos una racha de seis partidos ganados, todos por goleada. Nadie creía que en el torneo anterior habíamos quedado de últimos. Así llegamos a la novena jornada, contra el campeón, el Real Mazate.<br />
Había sido tan buena la racha, que por ese entonces convencí a la Gaby para que fuera mi novia. La había perseguido por meses. Ella siempre había sido futbolera y nosotros éramos el equipo de moda.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p>Los del Real Mazate tenían un delantero, el Rony, que era de los más veloces que yo había visto. No voy a negar que teníamos miedo. Era un buen equipo. Sin embargo el profe dijo que nos olvidáramos de que era el campeón, porque ganando el partido quedábamos en primer lugar. Recuerden el primer partido que ganamos, la cosa es meter un gol a la vez.</p>
<p>Cuando nos estábamos cambiando, antes de empezar el partido, el Rony se me acercó y me dijo que si yo lo marcaba y lo golpeaba lo iba a lamentar. Riéndose, escupió al suelo y regresó a calentar con su equipo. En la primera oportunidad que tuve le metí una su buena patada, que protestó como niña y me significó una tarjeta amarilla.</p>
<p>Ya en el partido, el Real Mazate pegó primero. Un gol del Rony de cabeza, donde nadie le ganaba, ya casi para finalizar el primer tiempo. Ese gol nos cayó como balde de agua fría. Al medio tiempo el profe Polo nos pegó una gran puteada, pero nos dijo que nosotros debíamos ganar ese partido, que debíamos enfocarnos en meter el primer gol y luego el segundo y ganar el partido. Este partido era decisivo para terminar campeones.</p>
<p>Así que para el segundo tiempo salimos decididos. En la primera jugada, yo corrí lo más que pude toda la banda y centré. No sé bien como le hizo el Leo, pero la bajó de pecho, se quitó dos defensas y de derecha anotó el gol. Seguimos luchando, pero realmente eran buenos los otros. Nos estrellaron dos pelotas en los palos. Como al minuto 25 el profe decidió que yo me convirtiera en un delantero más, por izquierda, a pierna cambiada. Como los rivales me esperaban por derecha, corriendo desde más atrás, era posible sorprenderlos. La Gaby me miraba y gritaba ¡vamos Dani, vos podés, corré, corré! ¡Ese es mi Dani!</p>
<p>La estrategia dio resultado. El lateral derecho de ellos ya estaba cansado y no me podía alcanzar. Tuve una como al minuto 35, pero el portero me la quitó. El gol llegaría al minuto 40. Ellos adelantaron líneas y en una de esas Leo me sirvió un pase en profundidad, quedando yo solito frente al portero. Anoté tirando lo más fuerte que pude, en el ángulo superior derecho. La gente que miraba el partido gritó el gol y yo me fui abrazar con la Gaby. Lo habíamos logrado, éramos líderes y habíamos vencido al campeón. Nos fuimos a la casa del Lito y celebramos con una gran fiesta.</p>
<p>Ganamos los siguientes cinco partidos, todos con tres goles o más. Sin embargo, en la jornada 14 se nos lesionó Leo y tuvimos tres empates seguidos. Uno de ellos con gol de último minuto, contra el Real Mazate. Para la última jornada, estábamos empatados en puntos con el Real Mazate y Leo estaba sólo para jugar medio tiempo.</p>
<p>Ese último partido lo jugábamos contra un equipo llamado Flamengo. Eran buenos, pero ganaban partido y perdían dos. No sé que pasó, pero casi al principio el Lito se desconcentró y cometió penal, que aprovecharon los del Flamengo. Luego yo perdí un balón en salida y en menos de veinte minutos ya íbamos perdiendo 2 a 0.</p>
<p>El Real, que jugaba al mismo tiempo en la cancha de a la par, iba ganando. Al medio tiempo, nosotros íbamos perdiendo ya 3 a 0 y el Real iba ganando por dos. El profe Polo nos pegó la más grande puteada que yo tenga memoria. Nos dijo de todo. Pero al final nos dijo que nosotros éramos el mejor equipo que había entrenado, que éramos los mejores del torneo, que debíamos meter los cuatro goles que se necesitaban para ser campeones. Que corriéramos más que nunca, que no diéramos una pelota por perdida, que si queríamos llegar a lo más alto debíamos correr el triple que el rival.</p>
<p>Envalentonados con la charla, y ya con Leo en el campo, emprendimos la remontada. El Momos metió el primer gol, entrando como una tromba en el área y casi estrellando la pelota contra la cara del portero, que no tuvo más que hacerse a un lado para conservar la cabeza en su lugar. El mismo Momos fue a la red a traer la pelota y la puso en el mediocampo. El 3 a 2 fue una jugada de Leo que se llevó a cinco jugadores rivales partiendo del mediocampo y driblando al portero metió la pelota en la portería solitaria. Apenas llevábamos quince minutos del segundo tiempo y el campeonato empezaba a ser posible. En el campo de a la par, el Real Mazate goleaba ya 5 a 0 al otro equipo, sin piedad.</p>
<p>El empate llegó por medio de Javier, con tiro libre impecable, al minuto 25. Teníamos veinte minutos para lograr el campeonato, sin embargo no tuvimos otra oportunidad de gol sino hasta dos minutos del final, cuando inexplicablemente Leo falló un penal. En tiempo de reposición, yo salí casi a la desesperada corriendo por la banda derecha, no miré a nadie, corrí con el balón lo más rápido que pude, llegué a línea final y a partir de allí todo fue como en cámara lenta. El centro, que pareció caer eternamente, iba dirigido, como me había enseñado el profe, a la altura del punto penal. Lito había subido desde la defensa viendo mi carrera y no tenía marca. Saltó. Parecía que no iba a llegar nunca, pero llegó al balón. La pelota siguió viajando a cámara lenta hacia la portería. El portero la rozó con los dedos, pero al final, agónicamente, pegó en la red. Éramos campeones.</p>
<p>Luego del partido fuimos a la casa del Lito y estuvimos de fiesta hasta el amanecer. Con la Gaby nos escapamos a un motel de la calzada Mateo Flores como a las diez, y creo que esa vez fue que la embaracé. Yo volví para seguir la celebración como a la una de la mañana. Vimos el amanecer en la terraza con una cerveza en mano. Hacía un poco de frío, pero todos seguíamos con el uniforme del Barsa. Leo, que era de los más callados, viendo las primeras luces del día, dijo que nunca había estado tan feliz, y que éramos los mejores cuates del mundo. El profe Polo nos agradeció con lágrimas por volverlo a meter al fútbol y así volver a creer en sí mismo.</p>
<p>A la siguiente temporada, sin embargo, el equipo se desarmó. El profe se fue a entrenar a un equipo de segunda división, Leo se fue a estudiar con una beca a México, y yo, con la Gaby embarazada, me casé. Seguimos con el equipo, ganamos algunos partidos, pero quedamos penúltimos. Cuando llegó el último partido de la temporada, nos visitó el profe Polo. Con las indicaciones que nos dio ganamos tres a cero. Como siempre, terminamos en la terraza de la casa del Lito, pero ya no me quedé hasta el amanecer porque al otro día tenía que trabajar.</p>
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		<title>El servicio</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 14:58:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[espiritualidad]]></category>
		<category><![CDATA[iglesia]]></category>

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		<description><![CDATA[Alfonso llegó retrasado al ensayo de la iglesia. El pastor había citado a los doce pastores auxiliares para el jueves a las seis de la tarde. Todos varones, como los doce apóstoles. Les había indicado que era muy importante, y que además, no contaran a nadie. Después de disculparse y recibir la mirada de reproche [...]]]></description>
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<p>Alfonso era un hombre en sus cuarentas que había asistido a la iglesia durante los últimos cinco años. El pastor era un tipo agradable y carismático, y había hecho que gente rica donara mucho dinero. Lo que había atraído mucha gente eran las jornadas de sanación, en la cual gente que llegaba en silla de ruedas de repente echaba a correr. Habían cánceres y tumores desaparecidos, ciegos que volvían a ver. La mayoría de sanados eran gente que venía de otros pueblos. Se les instruía y pagaba para que dijeran una historia atractiva, algunas veces debían llorar, otras desmayarse y sobre todo dar gracias a Dios y al pastor. Nunca hubo un inválido, canceroso o ciego real.</p>
<p>Al principio a Alfonso le chocó la idea de las sanaciones. Pero al llegar a la iglesia ya tenía dos años desempleado, y pensó que el dinero que le ofrecía el pastor no era despreciable. Le pagaban bien por aprenderse de memoria  textos de la biblia, contratar a los que serían sanados y organizar algunos servicios a la semana. A veces iba a otros poblados a predicar, y las ofrendas no eran despreciables. Cuando miraba cosas que no parecían muy honradas dentro de la iglesia, pensaba que al fin y al cabo la gente necesita de la religión para creer en algo. El milagro era hacer que la gente se sintiera bien y que tuviera en qué ocuparse los fines de semana.</p>
<p>El pastor había citado a Alfonso y a los pastores auxiliares para un ensayo el jueves por la noche. El sábado iban a hacer un servicio especial y debían hablar y pulir detalles. Los ingresos de la iglesia debían subir un poco para el nuevo templo. Cuando Alfonso llegó al ensayo ya habían hecho la oración del inicio y el pastor se disponía a contarles el plan. Después de escuchar la explicación del pastor, algunos se miraron extrañados. No iba a ser como las otras veces, gente que camina, ciegos que ven. Iba a ser muy extraño.</p>
<p>En la primera parte del servicio el pastor pondría una biblia al centro del altar principal. La biblia iba a ser como una muralla: nadie podría pasar a través de ella, por la fuerza de Dios. Es decir, si Dios no quería, nadie podría pasar de la línea en donde estaba la biblia. Luego de explicar a los asistentes al servicio, el pastor invitaría uno a uno a los pastores auxiliares y a otros miembros de la iglesia a intentar cruzar la línea de la biblia. Nadie podría cruzarla.  Cada uno haría como que quería cruzar, pero unos antes y otros después, iban a caer antes de llegar a la línea imaginaria delimitada por la biblia. Al caer, debían fingir algo parecido a un ataque epiléptico. Los pastores se miraron extrañados, pero nadie dijo nada. Lo que vino después fue lo que le hizo pensar a Alfonso que el pastor se había vuelto loco.</p>
<p>Luego de que cayeran, algunos llevarían alkaseltzer en las manos y se lo llevarían a la boca, para fingir que les salía espuma por la boca. Debían gritar como si fueran endemoniados. Otros debían desnudarse totalmente. El pastor se había encargado de contratar a una mujer para que se desnudara y se dejara tocar por los pastores. Luego el encargado del sonido haría sonar por las bocinas un trueno a todo volumen. Cuando el pastor gritara ¡yo te rechazo Satanás!, los pastores debían reaccionar y hacerse los sorprendidos y avergonzados, y recogerían su ropa e irían hacia atrás del altar, para vestirse. Luego regresarían a dar testimonio.</p>
<p>Los pastores auxiliares no podían creerlo. Era demasiado. Hubo murmullos. Uno de ellos dijo que no lo haría, y que se iba en ese momento de la iglesia. Lo siguieron la mayoría, incluido Alfonso. Se quedaron cuatro de los pastores. Afuera de la iglesia, discutieron y compartieron indignación. Alfonso los vio irse uno por uno, pero no se movió. Pensó en lo que les dijo el pastor: si no estaban con él estaban en contra. ¿A dónde iba ir Alfonso si dejaba su única fuente de ingresos? ¿Cómo iba a alimentar a su familia?</p>
<p>Decidió regresar. El pastor lo recibió con un abrazo. Le explicó que quería ponerlos a prueba, a ver si hacían todo por él, si dejaban todo, incluso su pudor por él. Le agradeció el regreso. El ensayo se llevó a cabo y fue de las cosas más extrañas en las que Alfonso había tomado parte en su vida.</p>
<p>Cuando llegó la noche del sábado Alfonso estaba muy nervioso. El viernes había mandado a su familia a otro pueblo, él mismo se encargó de irlos a dejar personalmente. Hacía calor y la iglesia estaba llena. Alfonso, previendo lo peor, le había pedido adelantado su sueldo al pastor la misma noche del jueves. Se reprochaba el haber aceptado aquella aberración. Oró, llorando, oculto en el baño de la iglesia, para que sucediera algo y no se realizara el servicio. </p>
<p>Cuando ya se acercaba la hora, asomaron, temerosos, los otros pastores que habían aceptado participar. Llegó casi al mismo tiempo la mujer contratada para desnudarse. Sin embargo, el pastor no aparecía. Quizá Dios lo había escuchado, pensó Alfonso. No podía llevarse a cabo algo tan denigrante. </p>
<p>Se llegó la hora del servicio, pero el pastor no aparecía. Se decidió que Alfonso comenzara el servicio, en espera de que llegara el pastor. Fue como siempre, algunas sanaciones, alabanza y sermón. Esa noche Alfonso explicó que tenían necesidad de una ofrenda extraordinaria para la construcción del nuevo templo. Se recaudó mucho más de lo esperado. El pastor nunca apareció.</p>
<p>Al día siguiente se supo por el noticiero que el pastor había muerto en un allanamiento de la policía en un pueblo cercano. El sábado al mediodía había una fiesta en la casa de un contrabandista muy buscado. Se le acusaba de lavar dinero, de extorsiones y de contrabando de mercadería robada. Y por supuesto, como a casi todo el mundo que hace dinero de la noche a la mañana, se le acusaba de narcotráfico. El pastor había sido la única persona muerta. Al escuchar a la policía entrar a la casa, se puso nervioso y salió corriendo directamente hacia los policías, y éstos, interpretando que los iba a agredir, dispararon. La noticia consternó a la iglesia y los funerales fueron concurridos.</p>
<p>Dos semanas después, la asamblea de la iglesia decidió que el pastor Alfonso debía quedarse a cargo. </p>
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		<pubDate>Tue, 04 Oct 2011 12:35:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Dinero]]></category>
		<category><![CDATA[asesinatos]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
		<category><![CDATA[violencia]]></category>

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		<description><![CDATA[Pongamos que me llamo Alfredo, para no entrar en detalles. Me dedico a matar gente por dinero, es decir, soy lo que llaman un sicario. Como soy efectivo y discreto, cobro caro. Así me aseguro de no trabajar demasiado; a veces con tres trabajos al año la paso sin problema. Si me miran por la [...]]]></description>
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<p>En general no siento ninguna simpatía por la gente. Todo mundo te predica cómo has de vivir o pensar o intenta sacarte dinero. Desde <em>pare de sufrir</em> hasta el último celular inútil con acceso a las redes sociales de vanidad. Le llaman religión o negocios, pero de lo que se trata es de sacarte el dinero a como de lugar. No tengo ni celular ni correo electrónico. Eso sí, tuve un perfil de facebook falso que usé para rastrear a un par de encargos. Puse fotos falsas e información falsa, por supuesto. Luego de terminado el trabajo, borré el perfil. En internet soy invisible, como si no existiera. No le encuentro la gracia a andar por ahí exhibiéndose y publicando todas las estupideces que se te pasan por la mente. </p>
<p>Desde pequeño fui antisocial. No tengo ninguna actividad favorita más que ver películas en la tele y dormir. A veces también leo libros. Me encanta dormir. Más de algún lector se preguntará cómo puedo dormir teniendo el trabajo que tengo, pero a los que no tenemos conciencia, los que estamos libres de remordimientos, en realidad no nos importa nada. O casi nada. </p>
<p>El que se encarga de pasarme los trabajos es un tipo que se hace llamar Néstor. La manera en que me contacta para los encargos es que llama a mi tía Marta y se hace pasar por un amigo mío de la infancia. Le pregunta por mí y le dice que me vio el otro día en tal comercial. Yo ya sé que entonces espera que yo llegue a almorzar a ese comercial. Mi tía Marta vive a unas cuantas cuadras de mi casa, y yo paso regularmente a cenar con ella. Creo que la única persona por la cual siento un cariño sincero. Cuando llama Néstor, siempre queda de visitarnos, pero por supuesto nunca lo hace. El amigo de la infancia por quien se hace pasar fue uno de mis primeros trabajos, encargado por él mismo. En donde tía Marta es donde tengo mis armas y donde guardo el dinero de los pagos, que poco a poco voy depositando en las cuentas de la tía en donde tengo firma. Ella no sabe nada, sólo me guarda mi baúl con mis cosas.</p>
<p>Aparte de tía Marta, con las únicas personas que tengo contacto es con las putas. A veces llamo para que lleguen a mi casa, otras veces voy a los prostíbulos. Siempre pido dos, para un día entero. En una ocasión hasta pedí que me alquilaran un cuarto en un prostíbulo. Me pasé dos semanas sin salir. Fue divertido. </p>
<p>Los trabajos generalmente son personas que obstaculizan negocios de otros o parejas infieles. En una ocasión me tocó un viejo al que los nietos querían muerto para cobrar herencia. En otra ocasión era una mujer de la alta sociedad que quería deshacerse de su amante lesbiana para apropiarse de sus negocios. En ambas ocasiones me pagaron bien. Los clientes ven a mi trabajo como una inversión a la que esperan sacarle rendimiento. Es cuestión de negocios y ganancias. </p>
<p>Por el último trabajo que hice no cobré. Fue para una mujer, vecina mía, a la que su marido amenazó con matar delante de sus dos hijas. La verdad, la mujer, su marido y sus hijas me resultaban totalmente indiferentes. La mujer, sin embargo, es una treintañera atractiva. Un día coincidimos en la tienda con la mujer y una de las niñas y vi que a la mujer se le había olvidado el dinero para pagar los huevos y el pan que llevaba. La niña, de unos cinco años, iba con ella y le pedía dulces. Como vi a la mujer buscando desesperadamente entre su bolsa y yo no soy paciente, le dije que le prestaba el dinero y que se fuera. También le compré un dulce a la niña. Yo esperaba deshacerme de la señora y la niña, pero cuando la niña recibió el dulce, me lanzó una sonrisa tan especial que me dejó desarmado. Yo no estaba siendo amable, sólo quería que se fueran. Pero la niña decidió lo contrario, y que en recompensa, yo, un infame asesino a sueldo, merecía una sonrisa. Desde entonces saludaba cordialmente a la señora y a las niñas, cosa que no hacía con mis demás vecinos. </p>
<p>Una noche que regresaba a casa, escuché gritos en la casa de la vecina. Marido y mujer se peleaban. Yo al marido nunca lo traté y poco me recordaba de su cara. Como una de las ventanas daba a la calle, me acerqué a observar. El imbécil amenazaba a la mujer con una pistola, mientras las dos niñas lloraban. Yo sé qué cara tiene la gente que puede matar, y el tipo tenía esa determinación, pero todavía no daba el paso final. Para distraerlo, toqué a la puerta. El tipo maldijo a gritos desde adentro. Le dije que dejara de gritar y que no se atreviera a disparar el arma. Enfurecido, salió a la puerta. Yo lo esperé y en dos segundos lo sometí y le quité el arma. Siempre he tenido una fuerza que no me explico, dada lo chaparro y flaco que soy. Le quité la tolva a la pistola. Le di el arma a la mujer, diciéndole que la escondiera y que preparara un té para el tipo. Luego me fui a casa.</p>
<p>Al día siguiente robé una moto y lo seguí hasta donde trabajaba. Esperé a que saliera de su trabajo por la tarde y lo volví a seguir. Llovía fuerte. Esperé a que el tipo saliera de la ciudad y lo alcancé en un semáforo en el que yo sabía que  no había cámara y donde no circulaban mucho tráfico. Me puse a la par de su carro, le mostré mi arma, le indiqué que bajara el vidrio y le pedí el celular y la billetera. Me los entregó mansamente. No me reconoció, o por lo menos eso pensé. Luego apunté con mi arma a su frente y disparé. Luego al pecho, en el tercer botón de la camisa, y volví a disparar. El último disparo a la sien. Quedó bien muerto. Abrí la puerta de su carro, lo apagué y puse el freno de mano. Luego me di la vuelta y me fui lo más lejos que pude a tirar la moto y deshacerme del celular y la billtera y de la ropa que llevaba puesta.</p>
<p>Me sentí realmente satisfecho, había librado a las niñas de un padre asesino. La mujer, por su parte, sufriría el impacto de la muerte, pero dadas la circunstancias, se sentiría aliviada. Esa noche volví algo tarde, y no fue sino hasta el otro día que por la mujer de la tienda me di por enterado del suceso. Ay, ya no se puede vivir en paz aquí, me dijo. Yo pensaba justamente lo contrario, pero le dije que tenía razón.</p>
<p>Fui hasta la casa de la vecina y toqué a su puerta. La niña del dulce salió a abrirme y me sonrió, pero tenía sus ojitos hinchados. Mi mamá está triste, me dijo. Decile que venga, le pedí. La mujer salió. Tenía su cara descompuesta, pero se miraba linda. Le di un sobre con dinero. Le dije que era para los gastos del entierro, que lo sentía mucho. Me dio un abrazo y un beso en la mejilla. Regresé a casa. Me sentí feliz.</p>
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		<title>El mitin</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Jun 2011 15:10:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[candidatos]]></category>
		<category><![CDATA[elecciones]]></category>

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<p>El asesor de marketing diagnosticó que el pueblo es de clase baja, así que el candidato no debe usar pantalón de tela ni corbata. Llevará un chaleco que a su vez es antibalas. Usará camisa de manga larga arremangada, que indica que es un hombre trabajador. Al subir a la tarima uno de los locales, miembro del partido, le alcanzará un sombrero fabricado en el pueblo. El candidato a alcalde del pueblo y el candidato a diputado hablarán antes que él. En ningún caso hablará más de quince minutos. Una de las asociaciones del pueblo le entregará un reconocimiento.</p>
<p>El candidato repasa mentalmente el nombre del pueblo y de los pueblos de alrededor. Cuando hable de sus promesas para el pueblo debe enseñar las palmas, lo que indica honestidad. Las veces que diga que va a ganar las elecciones debe levantar la mano derecha empuñada. Debe tener cuidado con la modulación de la voz, debe casi gritar cuando diga que combatirá la violencia, pero debe bajar un poco la voz cuando hable de los ciudadanos honrados del pueblo, con los que cuenta para la elección.</p>
<p>El candidato llega a media tarde al pueblo. La cantante grupera ya hizo su intervención, y ahora está hablando el candidato a diputado. Al bajarse de la camioneta, lo reciben unos niños a quienes acaricia la cabeza. Un par de ancianas se acerca a abrazarlo. A los hombres les estrecha la mano derecha y con la izquierda los toma del antebrazo. Un par de señoras con niños de brazos se acercan para que el candidato los abrace. El fotógrafo oficial del partido toma las fotos pertinentes. Un camarógrafo toma video de toda la situación. Es el mismo rito en todos los pueblos que visita el candidato.</p>
<p>El grupo de vecinos que tomará el micrófono de forma simbólica, boicoteando el mitin, está atento a todos los movimientos. Sus miembros están repartidos por la calle, se comunican por celular. En menos de un minuto los quince miembros del grupo están enterados de la ubicación exacta del candidato. El plan comienza. El grupo lo ha planeado todo durante un mes. El acto que piensan hacer será simbólico, tal vez inútil, piensan algunos. Pero hay que hacerlo.</p>
<p>Mientras tanto el candidato llega hasta la tarima. Recibido con aplausos, el candidato comienza a dar su discurso. Promete que todo se va a solucionar, que él logrará con su equipo sacar adelante a nuestro maltrecho país. Sabe que si no promete grandes cosas, nadie votará por él. Sigue todos los consejos del asesor de marketing, se muestra enérgico cuando se necesita y afable cuando el discurso lo requiere. Los del grupo de vecinos se han hecho con la plaqueta de reconocimiento que le iban a entregar al candidato, y uno de ellos tomará el lugar de la persona que iba a entregarla.</p>
<p>El candidato termina su discurso en medio de aplausos. El maestro de ceremonias anuncia entonces que el candidato recibirá un reconocimiento de parte de la Asociación de Amigos del Pueblo. Pide que pase la persona encargada. Entonces suben cinco de los del grupo de vecinos. Los del partido y el candidato no saben que no son los de la Asociación de Amigos del Pueblo. Los pocos miembros verdaderos de esa asociación, armada sólo para el mitin, están borrachos en la cantina de uno de los del grupo de vecinos. Sólo un par de personas se dan cuenta del cambio, pero como no les interesa demasiado, esperan a ver qué pasa.</p>
<p>El vecino toma el micrófono.</p>
<p><em>Estimados vecinos. He venido aquí en representación de un grupo de vecinos indignados. Todos sabemos que el gobierno ha tenido abandonado a este pueblo, y que cada vez que hay elecciones todos los candidatos vienen a ofrecer de todo y después se olvidan de nosotros. Todos sabemos que los gastos de este mitin los financia…</em></p>
<p>El audio del micrófono que utilizaba el vecino fue cortado. Los encargados de la seguridad del candidato intentan bajar a los vecinos de la tarima. Otro de los vecinos entrega un megáfono al vecino para continuar el discurso. El candidato, abochornado, baja de la tarima y se enfila a su vehículo, a paso rápido.</p>
<p>El vecino de la voz cantante toma el megáfono y continúa su discurso.</p>
<p><em>Los gastos de este mitin los financia B, el dueño de las bodegas donde se almacena contrabando de todo tipo. Financia también los gastos de los mitines de todos los demás partidos. Ante los miembros de la dirigencia de los partidos es un empresario exitoso que apoya la campaña. </em></p>
<p>Los encargados del sonido del mitín elevan el volumen de la música, pero otro de los vecinos corta los cables de energía eléctrica con su machete.</p>
<p>El discurso del vecino continúa.</p>
<p><em>Ningún candidato va a trabajar por el pueblo. Todos nos van a pisar. Nos mataron al candidato del grupo de vecinos, ustedes se enteraron. Pero estimados vecinos, esto no puede seguir así. No es posible que vayamos a votar cada cuatro años por candidatos que no se interesan más que en el pisto. No podemos tomar el poder, pero por lo menos protestemos, indignémonos. Mandémolos a la mierda aunque sea de palabra. Que sepan que los detestamos, que no los queremos. En la boleta de las elecciones todos van a escribir el nombre de A, nuestro candidato asesinado. El que no sepa leer, que venga con nosotros y le enseñamos cómo poner el nombre. Nos quitaron la opción de elegir, pero a ellos no los queremos.</em></p>
<p>El vecino baja de la tarima en silencio. Todo el pueblo está callado. Sólo se escucha al fondo el ladrido de un perro y el vehículo del candidato que va camino hacia el siguiente pueblo. Unos pocos aplausos tímidos siguen al retiro de los del grupo de vecinos, pero pronto todos los presentes aplauden al unísono. Por la noche, un carro pasa enfrente de la casa del vecino que dio el discurso. De una de las ventanillas sale una mano empuñando un revólver. Dispara tres balazos en la puerta de la casa del vecino. El grupo de vecinos está en otro lugar, planeando las acciones para el mitin del siguiente candidato que llegue al pueblo.</p>
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		<title>El viejo del barranco</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Jun 2011 15:25:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Niños]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[volar]]></category>

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		<description><![CDATA[Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su [...]]]></description>
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<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/zBbG68rQdmxZv2Gsw0YHii4Jw3Y/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/zBbG68rQdmxZv2Gsw0YHii4Jw3Y/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/zBbG68rQdmxZv2Gsw0YHii4Jw3Y/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/zBbG68rQdmxZv2Gsw0YHii4Jw3Y/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>Todos los viernes a las cinco de la tarde nos íbamos al barranco con el Carlos y el Chejo. Vivíamos en la misma colonia e íbamos al mismo colegio, a pocas cuadras de nuestras casas. Nos juntábamos en la casa del Chejo y bajábamos hasta la casa del viejo, que nos esperaba sentado en su mecedora fumando un cigarrillo mentolado. Sonreía al vernos llegar, con los dientes amarillos que tenía. Se acariciaba la barba blanca y nos daba la bienvenida mientras se seguía meciendo. Le llevábamos la comida que nos pedía: a veces fruta, a veces pan, otras veces pollo o carne. Mientras observaba lo que habíamos llevado, nos decía, siempre, que si estábamos listos para volar.<span id="more-1149"></span></p>
<p>El que había descubierto al viejo era el Carlos, un día que se fue solito al barranco. La gente decía que estaba loco y que era brujo. Otros decían que era un pervertido mañoso. La cosa es que un día llegó el Carlos con la noticia de que había aprendido a volar. A volar barrilete, le dijo el Chejo. No, a volar en serio, a andar por el aire, dijo Carlos. Nos explicó que había ido con el viejo del barranco y que lo recibió amable y que platicaron y el viejo le preguntó si quería volar. Yo le dije que ese viejo no me daba confianza, pero el Carlos dijo que fuéramos los tres, que ya le había hablado de nosotros, que no había nada que temer.</p>
<p>Le preguntamos al Carlos que cómo era eso de volar. Nos dijo que mejor probáramos, que no se podía explicar. Era un día lunes, a la salida del colegio. A la tarde le pedí permiso a mi mamá para ir donde el Chejo, con la excusa de estudiar, pero no me dio permiso. Vos vas a jugar nintendo, no a estudiar, me dijo, como si no te conociera. El viernes, podés ir si querés, pero antes tenés que hacer las tareas. Cuando les conté al Chejo y al Carlos, quedamos en que el viernes era buen día y que nos juntábamos a las cinco de la tarde, ya con las tareas terminadas.</p>
<p>Toda esa semana fue eterna. ¿Cómo sería eso de volar? Yo lo imaginaba muchas maneras. También pensé que a saber con qué cosa nos saldría el Carlos. Como cuando en los anuncios te pintan la gran hamburguesa y vas y la pedís y es una cosa pequeña y descolorida apenas. En los recreos nos juntábamos a comer la refacción, pero no le logramos sacar más al Carlos. Tienen que probarlo, contestaba siempre. Así nos tuvo toda la semana.</p>
<p>Cuando por fin llegó el viernes, yo salí volado del colegio a la casa, almorcé a la carrera e hice las tareas. A las cuatro de la tarde ya estaba listo. Me puse a ver tele para esperar un poco e ir a la casa del Chejo. Cuando llegué Carlos ya estaba allí y nos fuimos rápido al barranco. Yo nunca había bajado el barranco. Había árboles y monte, pocas casas. Llegamos rápido a la casa del viejo, que nos invitó a pasar. Le reclamó a Carlos que no llevábamos nada de lo que había pedido. Carlos respondió que se le había olvidado, pero que a la próxima no íbamos a fallar. Meciéndose con el cigarro en la mano, el viejo dijo que por esta vez no había problema, que si estábamos listos para volar.</p>
<p>Los tres dijimos entusiasmados que sí, que estábamos listos para volar. El viejo se levantó de la mecedora y nos llevó al fondo del barranco, en donde pasaba un río de aguas negras. Nos pidió que nos tomáramos de las manos y dijo que debíamos concentrarnos. Nos explicó que para volar debíamos volvernos tan ligeros como nuestro espíritu, de tal manera que el cuerpo se sujetase a las leyes del espíritu y no al revés como sucede siempre. Para ello debíamos cerrar los ojos y poner nuestra mente en blanco, sin pensar en nada. Luego de eso debíamos pensar en las personas que más queríamos, pues sólo la fuerza del amor es la que eleva el espíritu. Yo pensé en mi mamá y en mi hermanita de un año.</p>
<p>Después de unos cinco minutos, para mi gran susto, el que se empezó a elevar fue Carlos. Yo lo tenía tomado de la mano, sentí que temblaba un poco y de repente, se empezó a elevar. Yo abrí los ojos y vi que sus pies estaban a medio metro del suelo. Grité del susto y Carlos cayó. El viejo me dijo que debía estar callado y concentrado, que así no iríamos a ningun lado. Nos dijo que nos fuéramos y que la próxima vez volviéramos con frutas: sandía, melón, papaya, duraznos y piña. Que si no lográbamos volar la próxima vez, que mejor ya no llegáramos.</p>
<p>En el camino de regreso bombardeamos al Carlos con un motón de preguntas, ¿qué se siente? ¿cómo le hiciste? ¿por qué a nosotros no nos salió? Nos dijo que nos teníamos que concentrar, que el viejo es buena onda, pero si no le hacés caso, ya no te recibe. Le preguntamos de nuevo qué se siente, pero nos contestó como las otras veces: lo tienen que probar por ustedes mismos.</p>
<p>Esa fue otra semana eterna. Ese viernes teníamos que lograr volar a como de lugar. Yo me encerraba en mi cuarto y trataba de concentrarme, pero era difícil. Con el Chejo y el Carlos nos juntamos un par de tardes a hacer ejercicios de respiración y practicar para cuando fuéramos con el viejo. Cuando llegó el viernes, otra vez me fui volado del colegio a la casa, y tuve suerte porque no tenía tareas del colegio. Nos juntamos de nuevo en la casa del Chejo y fuimos a comprar las frutas del viejo. Nos propusimos que ese viernes teníamos que volar, teníamos que lograrlo.</p>
<p>El viejo nos recibió como la vez anterior y se alegró cuando vio lo que le llevamos.  Fuimos otra vez hasta el río de aguas negras y nos tomamos de la mano. Todos respiramos profundo. Esta vez, yo sólo pensaba en mi hermanita. Sientan como su cuerpo es ahora su espíritu. Sientan cómo son más livianos que el aire. Yo sentí que Carlos y el viejo se elevaban. Después de concentrarme lo suficiente, yo también flotaba. El último que lo logró fue el Chejo. Nos soltamos de las manos y el viejo dio un grito y nos asustó. Caímos al suelo. Nos dijo que eso era todo. Salimos corriendo emocionados, casi que ni nos despedimos del viejo.</p>
<p>Regresé emocionado a la casa, brincando de felicidad. Mi mamá me preguntó que por qué tanta alegría y yo le dije que por nada. Fui a ver a mi hermanita a su cuna y me sonrió. No podía esperar hasta el otro viernes.</p>
<p>Se convirtió en costumbre de todos los viernes ir a volar con el viejo. La sesión de vuelo duraba media hora y se nos iba rápido. Nos prohibió hablar con nadie del asunto. Con el tiempo yo volaba a un metro de altura encima del río de aguas negras. Podía durar un minuto volando. Se sentía bien, como si no pesara, como si no tuviera cuerpo. Para dirigir el vuelo, teníamos que pensar antes hacia dónde queríamos ir, como planificando el vuelo. Si no lo hacíamos, nos caíamos. El viento en la cara a la hora del vuelo era increíble. El Chejo cayó una vez en una piedra y casi se quiebra el pie. Yo me di con la cabeza contra un árbol. El viejo se reía de nosotros cuando nos pasaba algo así. Carlos nunca se caía, siempre era el que mejor se concentraba.</p>
<p>Intentamos muchas veces volar en nuestras casas, cada uno en la suya, pero no lo logramos. Nos juntamos muchas veces en la casa del Chejo para intentarlo juntos, pero no podíamos. Sólo con el viejo podíamos volar.</p>
<p>Cuando nos fuimos haciendo mejores voladores, nos inventamos algunos juegos con el Chejo y el Carlos. Jugamos flotafútbol, voleyfly, airbasquet. Nombres así les poníamos. Era genial. En el flotafútbol, mi favorito, podíamos hacer chilenas de vuelta entera. El viejo hacía que la pelota también flotara. Era como estar en sueños. La canasta del airbasquet la pusimos en un árbol bien alto. Todos hacíamos clavadas como los basquetbolistas de la NBA. El viejo también se divertía. En el aire no parecía que fuera viejo, jugaba igual que nosotros.</p>
<p>El que volaba más alto era el Carlos. Llegaba, yo calculo, a unos diez metros de altura. Era también el que podía durar más tiempo en el vuelo, podía tardar hasta cinco minutos. Con el Chejo le preguntábamos que cómo le hacía, y él sólo contestaba que se concentraba más. En el colegio el único tema del Carlos en los recreos era qué nuevos juegos podríamos inventarnos para el vuelo de los viernes. Nos dijo que de grande iba a ser piloto aviador. Pero si vos vas a volar más alto que los aviones, le dijo el Chejo. Algún día se terminará lo del vuelo con el viejo, respondió. Nosotros no podemos volar solos.</p>
<p>Al Chejo y a mí nos pareció que el Carlos sabía algo más. O por lo menos que lo presentía.</p>
<p>Después de cinco meses de vuelos todos los viernes, llegaron las vacaciones. Quisimos ir ya no sólo un día, sino toda la semana. Eso no le pareció al viejo. Dijo que igual, que sólo nos recibiría los viernes. A pesar de que llegamos otros días diferentes al viernes, el viejo nunca nos salió a abrir. Sólo nos recibía el viernes. Hasta las vacaciones no nos habíamos dado cuenta de varias cosas. La primera era que nadie nos había visto volar, y la segunda era que no habíamos visto a nadie más visitar al viejo. Tampoco sabíamos su nombre, a pesar de haberle preguntado varias veces. Siempre cambiaba conversación.</p>
<p>Según el viejo nos había contado, había sido piloto aviador y había tenido una mujer y una hija. Las dos habían muerto en un accidente en una avioneta, y cuando sucedió eso, el viejo dejó de trabajar y decidió vivir el resto de su vida con los ahorros que había logrado. Como los ahorros no eran muchos, se había ido a vivir al barranco. El Carlos nos contó que una vez se le salió decir que visitaba ricos a los cuales hacía volar por dinero. Seguro le pagaban bien.</p>
<p>La casa del viejo eran cuatro paredes de madera vieja y unas láminas de metal también viejas. Una conexión eléctrica clandestina le daba electricidad para una vieja percoladora, una televisión y una estufa eléctrica. El viejo tenía salud de hierro, nunca se enfermó de nada, según él mismo nos dijo.</p>
<p>Para ese entonces ya los tres éramos expertos voladores. Hacíamos piruetas en el aire y durábamos más tiempo suspendidos. El más veloz era siempre Carlos. Hacíamos carreras en el aire. Volar te da sensación de libertad, de que todo es posible. Éramos únicos, nadie en el colegio ni en la colonia ni en el país, podía volar. Sin embargo el viejo nos advirtió desde el principio que no nos saliéramos de los límites que él nos estableció. Volábamos en un espacio del tamaño de un campo de fútbol. Varias veces intentamos cruzar el límite y volar más allá, pero  nos caíamos. Las sesiones tampoco duraban más de la media hora establecida al principio. El más temerario era el Chejo. Subía lo más alto que podía y se dejaba caer en picada gritando en el camino. Justo antes de pegar en el suelo, elevaba el vuelo de nuevo. La pasábamos bien siempre, y creo que nunca he sido más feliz.</p>
<p>Pero como todo, los vuelos en el barranco llegaron a su fin. El tercer viernes de ese diciembre, como siempre, bajamos a la misma hora, pero no encontramos al viejo. Sus cosas tampoco estaban. No era que tuviera mucho, pero no estaban. Lo buscamos como locos hasta que oscureció. No lo hallamos. Volvimos al día siguiente, y al siguiente. Bajamos los siguientes viernes de diciembre y de enero, pero no volvió. Desapareció del barranco. Intentamos volar solos pero nunca lo logramos.</p>
<p>La teoría del Chejo era que se había ido a la casa de uno de sus clientes ricos. Yo pensaba que a lo mejor se había cansado del olor del río de aguas negras y se había ido. Carlos, en cambio, pensaba que se había ido a otro barranco, y que ahora todos los viernes, otros niños en ese barranco volaban junto al viejo.</p>
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		<title>La entrevista</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Jun 2011 15:30:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
		<category><![CDATA[Empleo]]></category>
		<category><![CDATA[Trabajo]]></category>
		<category><![CDATA[desempleo]]></category>

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		<description><![CDATA[Juventino López, un tipo simpático de menos de treinta años, lleva seis meses sin empleo. Todos los lunes y los jueves revisa minuciosamente los clasificados de la prensa para seleccionar algunas ofertas, ir a dejar currículums y esperar. Casi todas las semanas ha tenido entrevistas. Siempre le dicen que lo llamarán si logra pasar la [...]]]></description>
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<p>El anuncio dice que el trabajo es de media jornada y que es de trabajos de oficina. No piden más que sexto primaria, lo que a Juventino le va bien porque no terminó el bachillerato. El anuncio ya lo había visto en otras ocasiones, pero siempre le pareció que no era algo real, que debía haber trampa. Pero como nadie lo ha llamado para contratarlo, pues no tiene nada que perder, piensa, mientras se arregla para la entrevista. </p>
<p>Cuando no está buscando empleo, Juventino se las arregla como puede. Compra dulces en el supermercado y se sube a los buses a venderlos. Le hace mandados a sus familiares. Hace limpieza en la iglesia a donde va los domingos. Con esos y otros mil oficios consigue pagarse la comida y la habitación en donde vive. Muchas veces come en los comedores públicos porque la plata no le rinde.</p>
<p>Juventino vino de Patulul, su pueblo natal, a la capital al nomás cumplir los 18 años. Pensó que lograría dinero y fortuna. Siempre ha trabajado duro, pero aún así, apenas logra sustentarse. A los 23 años se puso a vivir con una muchacha que trabajaba en una maquila. Fue feliz. Pero a los dos años ella desapareció de un día para otro. La buscó por todos lados, y al fin, después de un mes de búsqueda, la halló en una morgue. Había sido violada y asesinada. Estaba embarazada. Fue un gran golpe para Juventino, que se deprimió y por algún tiempo se dio a la bebida. Unas compañeras de su mujer le contaron, tiempo después, que en el trabajo ella tenía un amante que había sido sicario. Juventino prefirió no creerles. Después de reponerse del golpe probó suerte con dos mujeres más, pero los celos no lo dejaban tranquilo y al poco tiempo de juntarse lo dejaron. </p>
<p>A pesar de su mala suerte, Juventino no dejó de ser un tipo agradable. Hacía de todo lo que le ofrecieran hacer desde albañilería y policía privada, hasta instalaciones eléctricas. Lo que le molestaba era estar siempre en la incertidumbre de no tener un empleo fijo, de tener un salario. Por eso irá a la entrevista con la señorita Lupita, que se escuchaba amable por el teléfono.</p>
<p>Al llegar al lugar indicado pregunta por la señorita Lupita. Una muchacha, que no es Lupita, pero que tampoco le dice su nombre, le pregunta si va a la entrevista y lo hace pasar. Es en el tercer nivel, le indica. Hace calor. En los descansos de las gradas hay mujeres sentadas en bancos de plástico. Le indican que debe seguir subiendo. Al llegar al tercer nivel un hombre gordo sudoroso, le indica que entre al salón. Juventino pregunta por Lupita, pero el hombre le dice que entre, que ahí será la entrevista, que no se preocupe por la señorita Lupita.</p>
<p>En el salón hay unas cincuenta personas sentadas. Un pizarrón verde muestra algunas anotaciones hechas con yeso blanco. Hace calor y se respira el vaho sudoroso de la gente, a pesar de los ventiladores que tienen funcionando. Juventino busca lugar y espera. Casi todos han llegado acompañados y aprovechan para platicar. Muchos se abanican con las hojas de la prensa. Casi toda la gente es de la clase de Juventino: sirvientas, conserjes, vendedoras de jugos, vendedores ambulantes. En las filas de adelante hay un tipo que mira extrañado a todo el mundo. Viste con un buen traje y parece universitario. Dos filas atrás de Juventino hay un par muchachas que tampoco se parecen a la gente que está en el salón. Delgadas, bien peinadas, con bonitos vestidos. Ellas también están desconcertadas, así como el tipo del traje.</p>
<p>Minutos después entra al salón un tipo joven que lleva un traje que le queda grande. </p>
<p>—¡Buenas tardes! —dice en voz alta.</p>
<p>La gente responde el saludo con un murmullo.</p>
<p>—¡No les escucho! ¡Dije buenas tardes! —dice el tipo alzando la voz.</p>
<p>—¡Buenas tardes! —responde al unísono toda la gente.</p>
<p>Juventino se da cuenta de que hay mucha gente que ya estuvo antes en esa entrevista. El tipo del traje grande dice que en la empresa todo mundo será bienvenido, no importa que no tengan dinero y no hayan estudiado. Porque las personas que tienen dinero y son muy estudiadas, dice el tipo del traje grande, son muy creídas y desprecian a todos los demás que no tienen dinero ni estudios. </p>
<p>—¿No es cierto que los ricos son creídos? —pregunta a la audiencia.</p>
<p>—¡Sí! —responde a coro la gente.</p>
<p>—Pero nosotros no somos creídos —dice el tipo—. En esta empresa todo mundo es bienvenido.</p>
<p>La gente que está en el salón aplaude. El tipo del traje grande sigue con su discurso alabando a la gente humilde y denostando a los ricos y a los estudiados. Dice que por eso es que no piden que se tenga estudios para lograr un puesto en la empresa, porque confían en la gente. La gente aplaude. Juventino también termina por aplaudir, emocionado.</p>
<p>El tipo del traje grande les dice que todavía no les va a indicar de qué se trata el trabajo, porque quiere conocerlos antes. Sin embargo, dice, les voy a adelantar algo. Escribe en el pizarrón lo siguiente, lo que se espera que las personas hagan:</p>
<p><em>Provocar el desplazamiento de 80 fragancias al mes.</em></p>
<p>Les indica que sólo eso les adelantará por el momento. Van a hacer una prueba, y van a quedar descartados los que saquen una nota menor a 60, pero también van a descartar a los que saquen más de 85, porque esos son los creídos. Y no queremos creídos en nuestra empresa, queremos gente normal, trabajadora, como ustedes. Mientras dice esto, mira de reojo al tipo del traje y a las muchachas bien vestidas. La gente aplaude. Juventino también.</p>
<p>—Los que no estén de acuerdo con esto, pueden salir en este momento —indica, haciendo una pausa.</p>
<p>Salen del salón el tipo del traje y las muchachas delgadas.</p>
<p>Al cerrar la puerta, el tipo de traje grande pregunta si hay alguien más que quiera irse. No hay nadie más. Le dice al grupo que seguro que esas personas que salieron eran creídas, y que a ese tipo de gente no las quiere la empresa. Les indica que deberán pasar una prueba de dos semanas, en las cuales se les dará una capacitación. Como es capacitación, el tiempo no será pagado. Esto no le convence a Juventino. La gente aplaude.</p>
<p>El tipo del traje grande les dice que ahora procederán a hacer la prueba. Sale del salón para ir por las pruebas. La gente murmura quejándose del calor y abanicándose con las manos o con el periódico. Unos dicen que esta vez esperan pasar la prueba. Entra el tipo del traje grande, cargado de cuadernillos de papel. La prueba consiste en una serie de preguntas de selección múltiple. Algunas sumas y restas, preguntas básicas sobre ciencias naturales o estudios sociales. Juventino sabe algunas respuestas, de lo que se acuerda de sus estudios de primaria. Los resultados estarán listos mañana por la mañana, los esperamos de nuevo aquí, dice el tipo del traje grande.</p>
<p>Juventino regresa al siguiente día. Obtuvo un 75, pasó la prueba, está feliz. Lo hacen pasar a un salón en donde están los que aprobaron. Ya no está el tipo del traje grande, ahora hay alguien que se presenta como instructor. El instructor les dice que les va a revelar qué harán para obtener el empleo. Les dice que recibirán capacitación sobre un gran producto, unos perfumes que la gente se muere por comprar. Sólo tienen que vender ochenta fragancias en un mes y el puesto es suyo. Deben hacer una inversión y comprar de su propia bolsa las fragancias. Una gran inversión, porque la gente se muere por comprarlas. Después de lograr las ventas que harán, podrán optar a un empleo de medio tiempo, así como ofrecía el anuncio, además de ganar dinero. Es una gran oportunidad. Juventino, entusiasmado, hace cálculos. Debe ahorrar para hacer la inversión y obtener el empleo, pero se decepciona, porque tardaría demasiado en obtener el dinero y no quiere prestarle a nadie. Respira profundo, otro empleo que no es para él. Mañana buscará de nuevo.</p>
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		<title>La casa redonda</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Jun 2011 20:02:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[niñez]]></category>
		<category><![CDATA[padre]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando yo tenía siete años mi papá leyó en el periódico una noticia sobre una casa redonda que podía girar como si fuera un carrusel. Como mi papá era ingeniero, la noticia le causó tal emoción que dijo que tenía que hacer algo igual. Me dijo ese día que íbamos a vivir en una casa [...]]]></description>
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<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/mTuLvdNLkIo-nKhpwLsMi5Uremk/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/mTuLvdNLkIo-nKhpwLsMi5Uremk/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>Cuando yo tenía siete años mi papá leyó en el periódico una noticia sobre una casa redonda que podía girar como si fuera un carrusel. Como mi papá era ingeniero, la noticia le causó tal emoción que dijo que tenía que hacer algo igual. Me dijo ese día que íbamos a vivir en una casa que da vueltas. A los pocos días me mostró en la cena los primeros bosquejos de la casa. La terminó de construir dos años después. Cuando nos pasamos a vivir ahí, mi papá y yo, nos dimos cuenta que la gente que nos visitaba cambiaba, como si el giro de la casa también provocara un giro en la vida de las personas.<span id="more-1139"></span></p>
<p>Mi papá era un tipo con gran sentido del humor. Creo que es la persona más feliz que he conocido. Cuando yo era pequeño jugábamos tardes enteras al fútbol, o salíamos a la calle a pasear, o me llevaba a conocer sus obras. Como mi mamá murió cuando yo tenía cuatro años, fuimos muy unidos. Por eso, aunque yo no entendiera muy bien al principio lo de la casa circular que daba vueltas, me ilusioné tanto como se puede ilusionar un niño de siete años. No había nadie en la colonia que tuviera una casa como la que yo iba a tener. </p>
<p>Durante el tiempo en que se construyó la casa, mi papá me llevaba a verla al menos una vez a la semana. Me decía en dónde iba a estar mi cuarto, en dónde el baño, dónde la cocina, dónde su cuarto. La casa era como su juguete. El principal problema que costó resolver era el del agua de la cocina y el baño y las conexiones eléctricas. Mi papá se inventó un sistema central, en el cual el eje rotatorio de la casa contenía todo, tuberías y cables eléctricos. Cuando estuvo lista la casa, con una simple palanca se accionaba el motor que hacía girar la casa. La casa giraba completamente en hora y media. </p>
<p>No se me olvida el día en que nos trasladamos. Mientras subíamos todo, la casa daba vueltas. Mi papá pensó que al menos ese día la casa iba a rotar un poco más rápido y calibró el motor para el efecto. Yo terminé esa noche mareado, y estrené el baño con un vómito. Ni él ni yo dormimos de la emoción de tener una casa particular. </p>
<p>Una de las intenciones de mi papá era siempre tener la luz del sol de la mañana en su dormitorio, y para ello giraba la casa según la estación del año. Cuando yo estaba solo en la casa solía mover la palanca a cada rato para girarla, hasta que me troné el motor. Mi papá me dio una buena regañada y le puso candado a la palanquita. </p>
<p>Sin embargo, a mi papá le gustaba jugar con la casa. Cuando llegaban mis tíos de visita, accionaba el motor, que era tan silencioso y giraba tan despacio que generalmente la gente no se daba cuenta. Un día mi tío Carlos se despidió de la casa y salió. Cuando vio que no estaba su carro, pegó un grito del susto, ¡me robaron, me robaron! Mi papá salió de la casa muerto de la risa, porque el carro estaba en la parte de atrás. La casa era la que había girado sin que el tío Carlos se diera cuenta.</p>
<p>La primera persona que cambió al salir de la casa giratoria fue don Alberto, uno de los amigos de mi papá. Era un tipo deprimido y borracho, que había caído en eso por la muerte de su mujer y el fracaso en su empresa. Estaba quebrado. El día que llegó de visita a la casa, mi papá lo recibió con un gran abrazo y lo pasó adelante. Lo escuchó pacientemente toda la tarde. Cuando salió de casa, la broma de siempre, la casa había girado. Pero como don Alberto no tenía carro y además no vivía tan lejos de la casa, no se dio cuenta. Así que caminó en dirección contraria a su casa por unas cinco cuadras, hasta que se dio cuenta de la broma. Pero no se molestó, tocó la casa sonriendo. Cuando se dio cuenta de que iba en la dirección equivocada, nos contó, se sintió perdido y al darse cuenta de lo que había pasado, no tuvo más que reírse. Después de ese día, dejó la bebida y poco a poco reconstruyó su negocio quebrado y un año más tarde, se volvió a casar.</p>
<p>A veces mi papá no giraba totalmente la casa, pero casi siempre desconcertaba a sus visitantes. Yo mismo le hice la broma a algunos de mis amigos. Uno de ellos casi se desmaya cuando fue a hacer la tarea conmigo y al salir no vio su bicicleta nueva. Muchos de mis compañeros del colegio me regalaban dulces en el recreo con tal de que los invitara a mi casa rotatoria. Una maestra casi me obligó a que invitara a toda la clase a una visita guiada, en donde les explicara cómo funcionaba la casa y cuál era la idea. </p>
<p>Otra de las personas que cambió después de la visita a la casa fue la tía Refugio. Mi papá tenía mucho tiempo de no verla cuando la invitó a pasar un domingo. Ella llegó y lo primero que hizo fue buscarle defecto a todo. ¿Para qué querés una casa que gire?, fue su primera pregunta. Mi papá simplemente respondió “para jugar”. La tía y él siempre habían sido distantes, pero esa vez mi papá la trató con tal cariño, a pesar de sus desplantes, que yo casi lo compadecí, porque la tía era de verdad insoportable. La tía Refugio también sufrió la broma del giro, y al no encontrar su carro a la salida, empezó a regañar a mi papá por no tener un garage cerrado, por tener estúpida casa redonda y por haberla invitado. Hermanita, dijo paciente mi papá, tu carro está al otro lado, la casa giró. Mi tía sintió vergüenza y fue a comprobar que efectivamente, su carro estaba del lado de atrás. Y por primera vez tuvo un gesto amable con mi papá, se disculpó sinceramente, y al despedirse hasta lo abrazó.</p>
<p>—¿Viste cómo cambia la casa a la gente? —me dijo mi papá cuando la tía Refugio se había ido. </p>
<p>Fueron varios los amigos y familiares de mi papá los que cambiaron después de visitar la casa redonda. Él siempre prefirió darle el crédito a la casa, pero no era así. Él los llamaba, los invitaba, los trataba bien y los escuchaba. A algunos hasta les prestó dinero que nunca devolvieron. Quizás mi papá fue siempre así y no fue sino hasta vivir en la casa redonda que yo me di cuenta.</p>
<p>Todos estos recuerdos vienen a mi mente cuando paso enfrente del terreno en donde estaba la casa redonda. Después de la muerte de mi papá, tuve que vender la casa porque con el paso del tiempo se arruinó el motor, las tuberías, los cableados. Cuando estaba reciente su fallecimiento era muy doloroso visitar la casa redonda en donde él vivió hasta su muerte. Después, cuando reaccioné, ya todo estaba muy arruinado y yo no tenía tiempo ni dinero para arreglarlo. Vendí la casa con el terreno tal cual estaba, y el nuevo dueño la demolió. Ahora hay un terreno en el cual están empezando a hacer movimiento de tierra para hacer alguna construcción. Hoy que pasé por ahí se me hizo un gran nudo en la garganta. Intenté desatarlo escribiendo este texto, pero ahí sigue, bien anudado.</p>
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