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	<title>Anecdotario.net</title>
	
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	<description>Anécdotas, historias y relatos</description>
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		<title>La cena</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Aug 2010 15:15:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[—Debe haber algún error —dijo Marvin en el teléfono—, yo no compré ningún número de ninguna rifa.
Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia [...]]]></description>
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<p>Después de intentar explicarle a la implacable señorita marketinera que el afortunado ganador no podía ser él, escucha resignado los detalles de su premio: una cena con todo incluído a que se hizo acreedor él y toda su familia el próximo viernes.</p>
<p>—¿Qué piensa de esto señor Marvin? —interroga la decidida marketinera.<br />
<span id="more-967"></span><br />
—Pues&#8230;</p>
<p>—Bueno, entonces confírmeme algunos datos y dígame cuántas personas asistirán con usted.</p>
<p>Marvin sospecha que detrás de la invitación hay algún tipo de trampa. Pero piensa que una cena en un lugar agradable le puede gustar a su mujer, aunque a veces no se sabe lo que a ella le gusta. Siempre está de mal humor.</p>
<p>Confirma los datos que le pide la marketinera y reserva mesa para dos. No ha hecho ningún compromiso económico, así que no hay problema.</p>
<p>Va al dormitorio y encuentra a su mujer sentada frente al espejo, peinándose. Son las siete de la noche, ella saldrá en unos momentos a una fiesta a la que no irá él. Cuando ella escucha la oferta, le dice con desgano:</p>
<p>—Seguro nos quieren vender un paquete de vacaciones.  Andá vos si querés. Pero no vayás a pagar nada ni seas idiota. A vos siempre te miran la cara de pendejo.</p>
<p>Marvin no contesta nada. Se limita a encogerse de hombros. Su mujer se le queda mirando por algunos segundos a través del espejo y finalmente niega con la cabeza y se sigue peinando. Marvin sale del dormitorio en silencio, a pesar de que quisiera gritarle y exigirle que no lo trate siempre de idiota.</p>
<p>—No vayás a ir, pendejo —le advierte.</p>
<p>El viernes por la mañana su jefe lo llama a su despacho. Un cliente devolvió un producto que él empaquetó. El cliente es una mujer que está furiosa, aunque el error es mínimo y salvable. Su jefe le reclama y le dice que si vuelve a cometer otro error similar puede considerarse como despedido, que no sea tan irresponsable y descuidado. Marvin se encoge de hombros y sale del despacho de su jefe en silencio, con respiración agitada. Le gustaría somatar la puerta y no hacer nada el resto del día.</p>
<p>—Por favor reenvía el producto ahora mismo —sentencia su jefe justo antes de que Marvin cruce la puerta.</p>
<p>Para calmarse un poco ingresa al chat, pero no encuentra a nadie. En el facebook tampoco ha pasado nada; no hay ningún comentario o foto nueva. Enmienda el error del empaquetado y despacha el envío sin mucho trámite. Sigue pensando que el error es mínimo y que no había por qué hacer tanto escándalo. Pero <em>el cliente siempre tiene la razón</em>. Frase más idiota, piensa.</p>
<p>Cuando llama al cliente para anunciar el reenvío de mercadería, le toca ahora soportar los airados reclamos de una vieja de voz chillona. Ella le dice que nunca pensó que en esa empresa fueran tan irresponsables, que dejaría de recomendarlos, que era imperdonable que se cometieran errores de ese tipo. Marvin replica que le han atendido durante más de cinco años, y este es el primer reclamo. Además el error no es tan grave.</p>
<p>—Eso no importa —dice la vieja—, yo a usted le pago para hacer las cosas bien.</p>
<p>Marvin respira profundo y reitera las disculpas. La vieja cuelga.</p>
<p>A media tarde llama la marketinera para confirmar su llegada a la cena. Duda algunos instantes, pero piensa que tal vez la cosa no será tan mala, y al fin y al cabo, si su mujer está en casa, habría que aguantar su mal humor de siempre. Una cena gratis lo puede distraer al menos un rato. Avisa entonces que llegará solo.</p>
<p>Después del trabajo sale para el hotel donde lo citaron. Una amable señorita lo atiende, le pregunta su nombre y consulta un libro. Marvin ya tiene hambre. Después de verificar sus datos, la señorita lo conduce hacia un salón pequeño, con una mesa circular, dos personas y un asiento vacío. Un tipo gordo y sonriente y una mujer en sus cuarentas maquillada en exceso. Le dan la bienvenida.</p>
<p>—Antes de pasar a la cena —dice el gordo— le queremos mostrar algunas ofertas que usted no debería perderse.</p>
<p>Le cuentan todo lo que se ahorrará en pasajes de avión, hoteles y restaurantes y le hablan de todas las maravillas que se pueden encontrar en lugares como Cancún, Miami o la Isla Margarita. ¡Con los ahorros que tendrá puede costearse hasta tres viajes más!</p>
<p>Sin darle ningún respiro le lanzan oferta tras oferta. Marvin amablemente dice que no a cada una de las propuestas, pero el gordo insiste y la mujer saca más ofertas que consisten casi siempre en lo mismo, pero con diferente hotel. Por cada intento de Marvin por salir del pequeño salón, hay una nueva oferta que no debería perderse. Lo torturan de esa manera durante casi hora y media.</p>
<p>—Usted ya nos dijo que tiene tarjeta de crédito así que no entiendo por qué no quiere contratar al menos una oferta —insiste el gordo.</p>
<p>—Yo vine porque me ofrecieron una cena como premio.</p>
<p>—Ya tendrá su cena —dice seria la mujer—, firme ya un contrato y se va a comer tranquilo.</p>
<p>Al escuchar esto último, Marvin por fin estalla. Se levanta furibundo y golpea la mesa con un puño.</p>
<p>—¡No tengo dinero para gastar con ustedes! —grita—. Vine porque me dijeron que era un premio, y los escuché ya por una hora y media y no puedo pagar lo que piden, y no me interesa. No tengo por qué contratar nada que no me interese. ¡No quiero saber nada más de sus estúpidas ofertas!</p>
<p>El gordo y la mujer lo miran incrédulos e inmóviles; no atinan a decir palabra. Marvin está temblando de la cólera. El gordo tiene las manos levantadas como queriendo protegerse. La mujer tiene la mano sobre la boca.</p>
<p>—¡Hijos de puta! —exclama Marvin antes de salir del salón somatando la puerta.</p>
<p>Al llegar al parqueo y sentarse en el carro, empieza a reír a carcajadas. Hace mucho que no se sentía tan bien. ¡Había que verle las caras a los idiotas marketineros! Camino a casa se detiene a cenar en un restaurante. Se siente tan liberado que decide que al llegar a casa empacará sus cosas y se irá. Su mujer, que seguramente está revolcándose con su amante, extrañará la tele y el aparato de sonido más que a él. Por fortuna el contrato de alquiler vence en una semana, y Marvin llamará al dueño para decirle que no se renovará.</p>
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		<title>Asesinos</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 23:48:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Miedo / Terror]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>

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		<description><![CDATA[Ser asesino en serie en un país de tercer mundo tiene sus claras ventajas. De eso nos aprovechamos con el Paul cuando desaparecimos a aquella mosquita muerta igualada. Esa fue la primera vez. David —me dijo Paul temblando aquella tarde—, qué bien se siente todo esto, tenemos que repetirlo. Tenía las manos llenas de sangre [...]]]></description>
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<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/wCIKRc0TS0sYRURmkOv9XqIVqYk/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/wCIKRc0TS0sYRURmkOv9XqIVqYk/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
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<p>Desde el principio supe que al final tenía que desaparecer Paul. Sabía que tarde o temprano él sería una carga, que no era tan calculador ni precavido como yo.  Sin embargo en ese momento era el compañero ideal; los dos teníamos ese instinto que nos hacía cómplices. Mary, la primera que cayó, era alumna del colegio en donde estudiábamos; pero no era de acá de la capital, ella había venido del interior y vivía de huésped en una casa, con otras estudiantes. No era especialmente atractiva, pero tampoco dejaba de tener lo suyo. Paul fue el primero que le cayó en un recreo, ella estaba en cuarto bachillerato mientras nosotros estábamos en quinto. Era tímida y solitaria, y a veces en los recreos se iba a la biblioteca a leer.  Por eso también era la víctima ideal. Paul se propuso ser amigo de ella, pero la Mary no le daba mayor oportunidad de acercarse.</p>
<p>Pensamos que con un poco de atención se sentiría halagada y eso podía hacer que cediera un poco. Todos tenemos debilidad por las personas que nos admiran. Y así sucedió, ella le tomó confianza. Entonces no perdimos el tiempo y Paul la citó en el parque que quedaba a algunas cuadras del colegio, y allí los dos la esperamos. Él le dijo que yo iba para enseñarles un lugar muy bonito y poco visitado: una cascada al fondo del barranco.  Sería una pequeña aventura que recordaríamos siempre. Ella se tragó todo y gustosa iba de la mano de Paul. Era tan pendeja que se miraba estúpidamente feliz.</p>
<p>Al llegar al fondo del barranco, lo único que había era un río de aguas negras. Nos hicimos los extrañados con el Paul, y nos sentamos en unas rocas de por ahí. Saqué una botella de ron que llevaba en la mochila y tomamos los dos un buen sorbo, ante la mirada desconfiada de la Mary. Cinco minutos después, la golpeé en la cara tratando de que se desmayara, pero la idiota salió corriendo. Fue Paul el que la detuvo sacando el cuchillo de cazador que había tomado de la casa de su tío. Le metió la primera cuchillada en la barriga y giró el cuchillo adentro. La sangre, escandalosa, empapó el uniforme de la Mary. Nos miraba asustada y llorando. Yo tomé el suéter de ella y le tapé la boca y la nariz, hasta que dejó de respirar.</p>
<p>Aunque nos asustamos, estábamos acelerados por la adrenalina. Era una sensación extraña, de poder, de euforia. Saber que podés decidir quién se va y cuándo. Se me ocurrió dejar una bolsita de mariguana en la mochila de la Mary; así al otro día la policía diría que era una drogadicta o narcotraficante, y toda la gente se olvidaría del asunto. La gente en Guatemala protesta en Facebook si en el zoológico le van a dar menos comida a los animales, pero no le importa mucho si se muere otra drogadicta, aunque no lo sea.</p>
<p>Y así sucedió. En un diario de nota roja salió a los dos días &#8220;Drogadicta es hallada  muerta en un barranco&#8221;. El texto de la nota decía que era posible que debiera dinero o cosas así. Nadie en el colegio preguntó nada, la Mary no era de muchos amigos. Era un poco la rechazada de su clase, así que nadie lamentó demasiado la noticia. Eso sí, impactó. Las patojas miraban para todos lados a la salida del colegio, y durante un par de semanas todo mundo fue más cuidadoso. Después todo mundo se olvidó, como pasa siempre.</p>
<p>Como nadie nos vio ese día, nunca sospecharon de nosotros. Además, éramos buenos en las clases. Memorizar nunca me costó, lo que aturde es tanta tarea inútil que le dejan a uno en el colegio. ¿Para qué chingados sirve saber que el río Rin está en Europa? Pero bueno, hay que adaptarse si uno quiere pasar a otra cosa. Mientras no se inventen algo mejor hay que hacerle huevos.</p>
<p>A pesar de que nos despachamos con el Paul a otras cuatro en el año, nunca volví a sentir lo de la primera vez. Lo que hicimos siempre bien fue escoger a la muchacha. Bueno, en realidad yo escogía. Buscábamos que no tuvieran familia, que fueran del interior, que fueran putas o tuvieran trabajos de menor categoría. Nadie extraña a los insignificantes. Yo era el que ponía especial cuidado en esos detalles. El Paul era muy impulsivo, descuidado. Me tocaba detenerlo porque no es que la policía te persiga, pero de repente sale algún investigador que sí hace su trabajo y te empiezan a chingar.</p>
<p>Lo malo de ser asesino en serie en un país de tercer mundo es que no tenés reconocimiento. En los países desarrollados la policía y la prensa hacen alboroto, e incluso persiguen por años a los asesinos. A los gringos les encanta hacer películas y series de televisión de los asesinos. Los adoran. Son reconocidos. Eso no sucede acá.</p>
<p>Antes de empezar con todo, éramos buenos cuates con el Paul. Compartíamos varias rarezas, como que nos gustaba encerrarnos en mi cuarto a gritar puros locos hasta que nos quedábamos afónicos. O que aquel coleccionaba ratas muertas y yo patas de gatos. Pero cuando nos despachamos a la segunda -una putía de la dieciocho calle- de un solo disparo en la cabeza, se empezó a poner mula. El imbécil quería &#8220;salir de caza&#8221; todas las lunas llenas, y ver qué salía. No seás idiota, le decía siempre, hay que escoger, no vaya a ser que matés a la hija de un narco o de un policía.</p>
<p>Así que poco a poco me fui aburriendo de tener que controlarlo. Después de que dejamos en el barranco a la quinta mosca muerta, le dije que ya no iba a cazar con él. Que si quería seguir en el rollo que fuera por su cuenta, pero conmigo ya nada. Se puso al brinco entonces. Me empezó a gritar que yo nunca hubiera tenidos los huevos de hacer todo solo, que le debía mucho, que me iba a chillar a la policía. Hablaba y hablaba el maldito, no se callaba, gritaba y escupía al gritar, me decía todos los insultos que podía. Por más que yo intentaba callarlo y calmarlo, el hijo de puta seguía puro energúmeno descontrolado diciendo cualquier cosa. Hasta que me aburrió y le dije, está bien Paul, busquemos otra mañana, tranquilo. Lo que pasa es que vos sos muy descuidado, no todos los días se puede hacer esto hombre, agarrá la onda. Se fue calmando pero igual seguía puteándome y hablando estupideces. Cuando por fin se calmó, agarré su cuchillo de cazador y le corté toda la garganta agarrándolo por atrás, para no mancharme.</p>
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		<title>Cecilia</title>
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		<pubDate>Tue, 11 May 2010 13:02:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por mucho, la mujer más fascinante que conocí en la vida fue Cecilia.  La combinación perfecta de belleza e inteligencia.  Era cinco años menor que yo pero parecía que hubiera vivido cinco vidas, porque hablaba fácilmente de literatura y de arte, dominaba cuatro idiomas, y guardaba una equilibrada opinión política.  En su [...]]]></description>
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<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/ffY1dE37eeVnf6ccFtIo5nDZwFs/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/ffY1dE37eeVnf6ccFtIo5nDZwFs/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>Por mucho, la mujer más fascinante que conocí en la vida fue Cecilia.  La combinación perfecta de belleza e inteligencia.  Era cinco años menor que yo pero parecía que hubiera vivido cinco vidas, porque hablaba fácilmente de literatura y de arte, dominaba cuatro idiomas, y guardaba una equilibrada opinión política.  En su adolescencia estuvo en el equipo nacional de gimnasia.  Era extraordinario ver a una mujer tan bella y grácil hablar con propiedad sobre cualquier tema.  Y todo esto sin dejar de tener una vida sentimental aventurera, a veces dramática.  De eso puedo dar testimonio porque la conocí una noche en un bar, cuando seducía a un tipo que más bien parecía narco.<span id="more-957"></span></p>
<p>Cecilia era una guapa morena clara, de cabello liso a altura de los hombros, ojos verdes y un cuerpo hermoso moldeado por algunos años de gimnasia.  Era imposible que esa mujer no llamara la atención.  Lo sorprendente era entrar en contacto con ella y observar que no solamente era inteligente, sino además culta.  Hay mujeres bellas y tontas o bellas e inteligentes, pero casi siempre sin mucha cultura.  En general la gente se ocupa de su profesión u oficio, pero no mucho más.  Una abogada exitosa puede ser fascinante hablando de sus casos, pero fuera de ahí, no tiene nada que decir.</p>
<p>El día que la conocí yo andaba en un bar de la zona viva tomando con unos cuates.  Ella estaba en una mesa con un tipo con planta de narco, tomando whisky caro.  Se divertía, pero no porque se sintiera atraída por el tipo, sino porque el hombre estaba literalmente a sus pies.  Podría haberle dicho que se pegara un tiro y él lo hubiera hecho.  Yo los observé y lo supe.  Por un instante ella me miró complacida, como cuando un pintor muestra una obra maestra.</p>
<p>Sin embargo el tipo ya con una buena cantidad de licor, se hizo insoportable.  Con la prepotencia de los que se sienten importantes sin serlo, empezó a hacer desplantes a los meseros y a los hombres de la mesa contigua.  Ella entonces le dijo que se iba y caminó decidida hacia la puerta.  El la quiso seguir, pero entonces la mujer hizo una de sus tantas movidas maestras: fingió conocerme, y me pidió que la acompañara al parqueo.  El tipo no supo qué hacer,  se quedó con los brazos extendidos, los ojos entrecerrados y la quijada un poco caída.</p>
<p>Así que iba yo con esa belleza camino al parqueo, cual perro guardián.  En la puerta del parqueo me dijo sin mucha ceremonia que gracias, que había sido muy amable.  Me dio la mano, se volteó y fue directo hacia su carro.  Por casualidad yo estaba también en el mismo parqueo así que entré por el mío y me fui también.  Ni loco regresaba al bar con ese narco adentro.  No sucedió como en las películas en donde la doncella rescatada le da un beso y una sonrisa al héroe.  Nada que ver.  Simplemente había sido útil y nada más.</p>
<p>Cuando al mes siguiente se presentó en la oficina como auditora y asesora financiera, la miré y no pude menos que sonreír.  Ella por supuesto se acordó de mí, pero como toda una profesional no se inmutó y me extendió la mano, dándome los buenos días y diciendo mucho gusto de conocerlo.  Mucho gusto licenciada, respondí.  Cuando le tocó llegar a auditar mi sección tuve ocasión de recordarle el incidente.  Me pidió disculpas y me dijo que desde que me había visto sabía que yo era un tipo tranquilo y cuando el otro se puso pesado, pues no lo pensó mucho y me buscó para hacerle el favor.  Le dije que no diría nada en la oficina.  Lo sé, me contestó, por eso no te lo pedí, pero te lo agradezco.</p>
<p>Durante el tiempo que hizo la auditoría, llegaba por ella un tipo alto y atractivo, en un Volvo del año.  Tenía los dientes más blancos que he visto.  Si a mí me hubiera dado en esta vida por ser gay, ahora que está de moda, pues me le lanzo al tipo.  A ella sin duda le gustaba, pero me dijo que no estaba enamorada, y el tipo sí de ella, lo que era algo incómodo.  Un día de estos me aburro de él y termina todo.  Mientras tanto, me dijo muy seria mirándome a los ojos y sonriendo, están buenas las cogidas.  Me hizo sentir como el amigo gay del que se espera que celebre con chillidos cada gracia de las mujeres bonitas.  Por supuesto que no le celebré nada.</p>
<p>Fue la única vez que me habló de esa manera.  La mayoría de veces la plática con ella era interesante.  Había leído el Quijote entero.  Había leído a Borges y lo entendía.  Dos hazañas que es raro ver en cualquier persona.  Pero la Ceci no era cualquiera, como ya les conté.  Le gustaba el bossa nova y le encantaba la música de piano.  Ella siempre tenía sonando algún mp3 raro, pero bueno.  Nunca repetía música.</p>
<p>El día anterior a la entrega de su informe, no llegó el tipo del volvo nuevo.  Ella estaba seria.  Me quedé con ella en el salón de reuniones preparando la presentación del día siguiente, y al finalizar el trabajo, como a las diez de la noche, me dijo que me invitaba a un trago, que me lo debía de la vez anterior.  Fuimos a un bar cercano al edificio en donde trabajo y bromeamos muy a gusto.  No sé si fue que esa vez ella andaba con las defensas bajas o estaba ovulando o qué se yo, pero terminamos en un motel.  Esa mujer sabía trucos señores, vaya si no.  Yo sólo tuve que seguir la corriente.  Nunca había tenido a una mujer así.  Eso sí, una vez terminado el trabajo, cada quien a su casa.  Nada de que me mandás un mensajito para ver si llegaste bien.</p>
<p>Al día siguiente, como era de esperarse, se presentó impecable y profesional.  La felicitaron por la presentación, y a su firma de auditores la contrataron por dos años más.  Intenté abordarla al final de la reunión, pero sólo se limitó a sonreír cortésmente y a despedirse.  La busqué en Google y en el Facebook, pero no estaba.  Lo que encontré, después de un tiempo de andar buscando, fue su perfil en LinkedIn.  Creé mi perfil en esa cosa y le mandé una solicitud para ser contacto de ella, pero nunca respondió.  </p>
<p>Ya hace algún tiempo de todo aquello.  Recién me enteré de que en estos días comenzará la auditoría de este año.  Pregunté si ella vendría a hacer la auditoría, pero el que está a cargo es un tal licenciado Ponce.  Lo más probable es que ella haya ascendido o esté en otra empresa más grande.  Que se junte siempre con tipos de volvos nuevos y que se acueste a veces, como por despecho o aburrimiento, con otros perdedores como yo, en otra parte, en otro lugar, en otra dimensión.</p>
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		<title>El celular</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Apr 2010 13:51:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Son las siete de la mañana del domingo y Gustavo ya está listo para ir a la iglesia.  Sus dos hermanas y sus papás corren por toda la casa buscando ropa, zapatos, lociones, bolsas, peines y celulares.  Luego de algunos minutos, el siguiente en estar listo es su papá.  Ambos se sientan [...]]]></description>
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<p>La familia se encamina a la iglesia.  A través de los vidrios del carro se mira una mañana soleada.  La hija pequeña comienza a cantar una canción que le enseñaron en el colegio.</p>
<p><em>Cinco pececitos nadaban y nadaban,<br />
vino un tiburón y a uno se comió.<br />
cuatro pececitos nadaban y nadaban,<br />
vino un tiburón y a uno se comió.</em></p>
<p>Al oír a la niña, al padre le entra una extraña sensación de fatalidad.  Prefiere pensar en que en un día tan bonito nada puede pasar, quizás sea cuestión de leer menos periódicos o no ver el noticiero de la noche.  Tantas noticias malas le han de haber provocado esa sensación de fatalidad.  Gustavo en el asiento de atrás le hace cosquillas a la hija pequeña, que ríe contenta, mientras la grande intenta aprovechar algunos minutos más de sueño.  Tiene la boca bien abierta de lo dormida que está.</p>
<p> Ya en la iglesia, los padres de Gustavo saludan a las familias amigas y los niños juegan en el patio.  Gustavo espera a ver a Sandra, una de las jóvenes del grupo de los sábados.  Le contará a ella que hoy comprará un nuevo celular y le enviará un mensaje nomás lo tenga.  No será un iPhone o una Blackberry, pero tiene una pantalla touch y está chilero.  Ese celular es el fruto de su trabajo en las vacaciones, ahorros en su mesada, y regalos en efectivo para su cumpleaños.</p>
<p>Pero los minutos pasan y Sandra no llega.  El servicio va a comenzar y a Gustavo no le queda más que entrar a la iglesia, lamentándose no haberla visto.  La busca en las bancas, voltea a ver pero no la mira, quizás hoy no venga, piensa.  Pero por ahí, después de las canciones de introducción, Sandra llega a la iglesia.  Lleva puesto una blusa verde, un pantalón negro.  Su pelo suelto brilla puro comercial de la tele.  La busca con la mirada para saludar, y ella lo mira.  Le sonríe.</p>
<p>El pastor en su prédica le dice a sus feligreses que Dios quiere que seamos prósperos, que vivamos en abundancia, que seremos bendecidos si creemos y damos testimonio.  Dios quiere que seamos felices.  Pero debemos recordarnos de Él y ofrendar para tener una cuenta en el cielo, para cuando dejemos esta tierra.  Gustavo asiente, levanta la mano derecha diciendo amén y piensa en su celular touch y en el primer mensaje de texto que le enviará a Sandra la bella, como él la llama.</p>
<p>Después del servicio, en la puerta de la iglesia, Gustavo se encuentra con Sandra.  Le cuenta de la compra que hará por la tarde, un celular bien chilero con pantalla touch.  Sandra sonríe coqueta y le dice que está bueno, que le envíe el mensaje de texto, ella todavía tiene un poco de saldo para contestarle.  Al darle el beso y abrazo de despedida, Gustavo aprovecha para oler el aroma de su princesa.</p>
<p><em>Dos pececitos nadaban y nadaban,<br />
vino un tiburón y a uno se comió.<br />
Un pececito nadaba y nadaba,<br />
vino un tiburón y se lo comió. </em></p>
<p>La familia almuerza en un comercial.  La hija mayor quiere pizza, la menor quiere hamburguesa, mamá y papá comerán pollo frito.  Gustavo les dice que prefiere ir a comprar su celular a una de las tiendas, que luego comerá rápido o pedirá para llevar a la casa.  Camino a la tienda de celulares, piensa en que también actualizará ahora su estado de Facebook desde el celular.  A veces no entiende por qué a la gente le encanta contar que está comiendo en tal lado, o que se levantó de malas, o que hay frío o calor, buenos días, buenas noches.  Pero él no se quiere quedar afuera.  A la noche, justo antes de dormir, enviará un mensaje para actualizar su Facebook, diciendo <em>buenas nochesss</em>.  Con suerte Sandra esté conectada y le responda con un emoticon sonriente.</p>
<p>Gustavo entra en la tienda y pide directamente, sin ceremonias, el celular que quiere.  Un muchacho que se mira buena onda lo atiende, toma el celular que quiere su cliente, le ingresa saldo y se lo entrega al adolescente impaciente.  Prueba a llamar a su papá y le cuenta que ya tiene el celular nuevo.  Luego escribe un mensaje de texto para Sandra: <em>hola! ya tngo el nvo cel stoy n miraflrs</em>.  Para su sorpresa, al salir de la tienda, recibe respuesta de Sandra:<em> k bn! yo stoy n peri, pq no venis?</em>  Gustavo casi pega un brinco de alegría, ella está en un comercial cercano y quiere verlo.</p>
<p>Después de ponerse de acuerdo con sus papás, que harán unas compras, sale caminando al otro comercial, que está al otro lado de la carretera a algunas cuadras de distancia.  Va muy emocionado con su nuevo celular en la mano, tiene una cámara de un montón de pixeles y mp3 y una memoria de dos gigas.  Verá a Sandra además.  No se puede pedir mejor domingo.  Decide cruzar la carretera sin subir a la pasarela.  Cuando comienza la carrera para llegar al arriate central, de repente escucha que alguien grita ¡cuidado! y voltea ver confundido, mientras una camioneta agrícola lo golpea y lo envía varios metros por los aires.  Antes de caer en el asfalto, Gustavo escucha a su hermana cantar un <em>pececito nadaba y nadaba, vino un tiburón y se lo comió</em>.  El celular sale también volando.  Lo recoge un muchacho que se lo mete a la bolsa del pantalón y sigue caminando, como si no hubiera pasado nada.</p>
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		<title>Una tarde en el parque</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Mar 2010 13:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Matrimonio]]></category>
		<category><![CDATA[Parejas]]></category>

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		<description><![CDATA[En la banca del parque de la colonia está sentada una pareja de esposos que mira jugar en los columpios a sus dos hijos.  Es una tarde agradable.  Están sentados a la par y en silencio.  No se tocan.  Los dos tienen una expresión satisfecha en el rostro.  El marido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[
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<p>—¿Vos te volverías a casar conmigo?</p>
<p>—Mmm, creo que no —responde seria la mujer, después de meditar durante algunos segundos la pregunta.</p>
<p>—Yo tampoco —dice el marido.<span id="more-873"></span></p>
<p>Los dos sonríen después del breve diálogo.  Se acerca uno de los niños a la banca y agitado les dice que necesita agua.  La mujer saca un recipiente con agua y le da de beber.  El niño vuelve a los columpios.  </p>
<p>—Tal vez si viviéramos juntos por un tiempo antes de casarnos —dice ella.</p>
<p>—Sí, así tal vez sí.</p>
<p>En el parque hay una buena cantidad de gente.  Niños y adolescentes jugando, algunos adultos también.  Unos jóvenes están jugando un partido de fútbol en la cancha grande.  Unas muchachas juegan basquetbol.  El marido propone a los niños jugar fútbol mostrándoles una pelota plástica.</p>
<p>La mujer los mira con cariño, se siente bien.  En la semana que acaba de pasar, su jefe le prometió un aumento.  Su hermana le anunció que espera a su segundo hijo.  De su bolsa saca un libro cristiano de autoayuda que le recomendaron en la iglesia.  Un viento suave levanta algunos de sus cabellos.  Cruza la pierna y lee, sosteniendo el libro con su mano derecha.</p>
<p>El marido juega fútbol con los niños y cae al césped en una jugada.  Los niños se abalanzan sobre él y ríen y le hacen cosquillas.  La mujer los observa y sonríe también.  En un fugaz momento, marido y mujer se miran fijamente.</p>
<p>Durante la semana al marido no le fue bien.  La empresa en donde trabaja no consigue muchos contratos, y posiblemente lo despidan en un par de meses.  Ya han despedido a algunos de sus compañeros.  En un mercado laboral lleno de jóvenes universitarios baratos, piensa mientras patea la pelota, no hay oportunidades.</p>
<p>Una hora después de iniciar el juego el marido ya está cansado.  Los niños quieren seguir jugando, pero él les advierte que ya no puede.  Sofocado, se acerca para sentarse en la banca en la que su mujer sostiene todavía el libro de autoayuda.</p>
<p>—Al principio, cuando empezamos a vivir juntos, pensé que no duraríamos mucho —dice el marido, aún sofocado.</p>
<p>—Yo también pensé lo mismo.  Casi me fui de la casa cuando vos andabas con aquella tipa salvadoreña.  </p>
<p>—Sí, yo pensé que lo harías, yo la verdad no la quería.</p>
<p>La tarde soleada pega de lleno en los autos que están estacionados alrededor del parque.  Uno de ellos lanza un destello que pega por un momento en el rostro de la mujer.  El marido la mira detenidamente, es como si ella se transfigurara.  Los niños regresan por un momento a donde están sus padres para pedir agua.  Luego se retiran a seguir jugando.</p>
<p>—Durante los primeros dos años —dice la mujer, suspirando—, pensé en que nos habíamos apurado a casarnos.  Nunca estuvimos realmente enamorados siendo novios.  Éramos novios por despecho, creo que los dos esperábamos ser rescatados el día de la boda.</p>
<p>—No Marcia, yo no esperaba ser rescatado.  Es cierto, no estábamos enamorados, pero los dos ya teníamos más de 30 y el tiempo pasa&#8230;  </p>
<p>—En días como hoy, pienso que nos hemos llegado a querer.</p>
<p>—Sí, no es como estar locamente enamorados, pero algo hay.  ¿Es raro no?  Ver todas esas películas románticas y vernos a nosotros, unidos al principio sólo por no quedarnos solos.</p>
<p>—Igual, después de 8 años juntos, algo tuvo que haber funcionado bien.  Vos sos un buen hombre y has sido trabajador y buen padre.  Sólo te ponés pesado cuando te agarra la chiripiorca y no querés hablar con nadie.  O cuando te metés con guanacas de mala vida.</p>
<p>—Ja.  ¿Y qué me decís cuando vos te enojás por todo?  Yo a veces me acomido y limpio la cocina, pero vos lo único que ves es la olla mal puesta.  Todo nítido, pero vos sólo ves la olla.  Y hay que ver cómo te ponés de coqueta con el pastor Pablo, toda cusca te ponés, no creás que no me doy cuenta.</p>
<p>—¿Pensás a veces en la Paula?</p>
<p>—A veces, pero ya no es lo mismo.  La vi hace tres meses en la calle.  No sentí nada, yo mismo me sorprendí.</p>
<p>La tarde muestra unos celajes anaranjados, y empieza a oscurecer.  El clima se pone un poco más fresco y la gente empieza a abandonar el parque.  Los niños ahora están entretenidos en los columpios y no parece que se quieran ir.  Una pareja de novios adolescentes se esconde detrás de unos arbustos para besarse y tocarse a placer.  El matrimonio los mira un poco con envidia.</p>
<p>—Y vos, ¿pensás en el Fabio?</p>
<p>—Siempre me llamaba para mi cumpleaños, o mandaba un email, hasta hace como cuatro años.  Yo nunca respondí, ya sabía que sólo quería saber si había oportunidad de un acostón.  Así siempre fue él.  </p>
<p>—Pero, ¿pensás en él?</p>
<p>—A veces lo recuerdo, sí.  Pero no sé, no es igual.</p>
<p>La noche por fin está a punto de caer, y la pareja decide regresar a casa.  Llaman a los niños, les ponen suéter y pasan por una tienda a comprar gaseosas.  La familia camina despacio hacia la casa y después de refrescarse con las gaseosas, ven una película en el cable durante la cena.  Después de la cena y un baño, los niños dicen buenas noches y se van a dormir.  El matrimonio recoge los vasos y platos y los lavan juntos.</p>
<p>—Tal vez al fin y al cabo, nos enamoramos o algo parecido.  Nunca habíamos hablado así, sinceramente y sin pelear, ¿te das cuenta? —dice la mujer.</p>
<p>—Sí, tal vez.  Ese botón de tu blusa me hace pensar que sí —responde el marido, atisbando los pechos de la mujer.  Ella medio sonríe, pero después se pone seria.</p>
<p>—Vos nunca podés decir algo en serio, Víctor.  Me caés mal.  Así nunca llegaremos a algo.</p>
<p>—A lo único que quiero llegar hoy es a la cama y no a dormir —replica el marido—.  Si tengo que decir que te quiero, lo digo y ya.  </p>
<p>La mujer esboza una leve sonrisa.  Termina de enjuagar el plato que tiene en las manos, se las seca, y toma a su marido de la mano.  Los dos se enfilan al dormitorio.  Él pide no apagar las luces.</p>
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		<title>A final de mes</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Feb 2010 13:32:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Amway]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[Trabajo]]></category>

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		<description><![CDATA[El contable Víctor Valdez acaba de recibir su pago de fin de mes.  No puede creer que hayan tantos descuentos.  Mira una y otra vez el detalle y vuelve a hacer la suma con su calculadora, pero no encuentra errores.  Saca de la gaveta de su escritorio el detalle de cobro de [...]]]></description>
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<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/3eKhhNYyjV0aVlOLiTZDL8bHFhc/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/3eKhhNYyjV0aVlOLiTZDL8bHFhc/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>El contable Víctor Valdez acaba de recibir su pago de fin de mes.  No puede creer que hayan tantos descuentos.  Mira una y otra vez el detalle y vuelve a hacer la suma con su calculadora, pero no encuentra errores.  Saca de la gaveta de su escritorio el detalle de cobro de la tarjeta de crédito y hace cuentas en una hoja de excel.  Ingresa datos, hace sumas totales y mira la triste realidad: otro mes que pagará el mínimo en la tarjeta de crédito.  Una creciente desesperación lo envuelve y somata su escritorio con un puño.<span id="more-859"></span></p>
<p>¡Pero si este mes no gasté nada!, piensa.  ¡Hice economías por todos lados, no salí en la noche, no comí nada afuera, no fui al cine con mi mujer, no saqué a los niños a pasear!  ¡No es posible!  Víctor hace de nuevo las sumas de su excel, pero los números siguen fríos y ajenos a sus penas. Se han acumulado dos mil quetzales sólo de intereses.  Empieza a rememorar cómo fue que acumuló toda esa deuda.  Todo empezó con las vacaciones en el puerto cuando terminó el año escolar.</p>
<p>Durante todo el año escolar Víctor se la pasó ofreciéndoles a los niños unas vacaciones en el mar si ganaban todas sus clases.  Llegó el final de año, los niños sacaron muy buenas calificaciones y él quedaría como un mentiroso si no cumplía.  Entonces utilizó la tarjeta de crédito y empezó el martirio.  Las vacaciones fueron geniales, el mar, las piscinas, los juegos.  Unas tardes soleadas y la brisa del viento al anochecer eran recuerdos que quedarían para siempre en las mentes de los niños.  Pero había que pagarlas, la buena vida también tiene un costo.</p>
<p>La tarjeta de crédito fue el espejismo que hizo posible lo que hubiera quedado en sueños.  Víctor piensa que debió haber hablado con sus hijos, quizás comprenderían que era mejor no ir para no caer en deudas.  Pero recuerda también cómo muchas veces de niño él se quedó sin vacaciones, sin bicicleta y sin el carrito a contro remoto que tanto le pidió a papá.  Por eso no quiso negarle el gusto a sus hijos.  Si como decía el pastor de la iglesia los domingos, que la verdadera cuenta está en el cielo, con ese viajecito la cuenta del cielo debería estar alta.</p>
<p>El jefe de Víctor se acerca al escritorio y le pide que se calme, que no quiere volver a escuchar que somate su escritorio de nuevo.  Que se puede ir a su casa a somatar lo que quiera, si quiere, pero aquí está en el trabajo.  Le deja un leitz con documentos para procesar, deben estar ingresados al sistema antes de la hora de salida.  Mejor que se vaya apurando y dejando sus problemas para más tarde.  Víctor resopla malhumorado, y pide disculpas entre dientes.  Toma el leitz y revisa los documentos.  Facturas, recibos, detalles de cobro, a quién le interesan.  Vuelve a su hoja de Excel.</p>
<p>Hace una proyección de varios meses, suma intereses y moras y descubre que no podrá pagar si no obtiene ingresos extras.  Piensa en que mejor ya no gastará nada en la tienda de la empresa.  Intenta conservar la calma.  Recibe una llamada de su mujer recordándole el libro de la nena, que debe entregar tareas en el colegio y todavía no lo tiene.  Víctor responde de mal humor y al despedirse no dice el <em>yo también</em> con que siempre se despide de su esposa.  Al colgar se lleva las manos a la cara y no se explica en qué estaba pensando cuando puso a sus hijos en colegios tan caros.</p>
<p>Deberá aceptar el empleo como catedrático de computación por las noches y las clases de contabilidad los fines de semana.  No pagan mucho, pero no hay otra forma.  O tal vez entrarle al negocio de Amway, pero, ¿a quién le va a vender?  Nadie que él conociera compraba ese tipo de cosas.  Además se trataba de vender membresías en lugar de producto.  Comprar aquel kit fue un error. Pero es que se miraban tan contentos los presentadores en las reuniones, todo parecía tan real.</p>
<p>Con los ingresos extras por las clases, Víctor rehace su excel.  Ahora parece que sí logrará pagar sus deudas.  Recuerda que también le debe a su hermano, a su mamá y a una prima.  ¿Por qué es tan difícil tratar de vivir más o menos bien?  Cierra los ojos y piensa en la pequeña Dani, y sonríe.  Todo por ella, no hay que darse por vencido.  Hay que pensar positivo.</p>
<p>Llama a su primo, el que le ofreció el empleo por las noches.  Acuerdan empezar la próxima semana.  Luego llama al colegio en donde trabajó el año pasado de interino dando clases de contabilidad los fines de semana, y pregunta si sigue existiendo la oportunidad.  No, ya no hay oportunidad, pero tal vez exista la posibilidad de una cátedra de historia y literatura o de estadística, llame la próxima semana.</p>
<p>Como no puede resolver nada más, toma el leitz, hace una oración y empieza su trabajo.  Las teclas de la computadora vuelan, mientras sus pensamientos están con la Dani.  A cada tanto mira la foto de su familia en su escritorio.  Todo por ellos.  Finaliza su día de trabajo con mejor humor.  Aunque cansado, ya no siente la angustia de la mañana, cuando hacía cuentas.</p>
<p>En el camino de regreso a casa recibe una llamada del banco, el operador le ofrece una nueva tarjeta de crédito.  Duda un momento, pero acepta dar sus datos y piensa en que con dos tarjetas quizá pueda hacer malabares para pagar menos intereses.  Al entrar a casa la Dani lo recibe con un gran abrazo y con un beso, y con la noticia de que el dvd de la película de Alvin y las ardillas se arruinó.  Durante la cena Víctor mira a sus hijos y a su mujer, y piensa en que si llegara a fallarles no se lo podría perdonar.  De nuevo le entra la angustia poco a poco y se vuelve a poner de mal humor.  Ya no pronuncia palabra en lo que resta de la cena.</p>
<p>Al terminar de comer, en silencio, se sienta en el sofá de la sala a ver la tele.  La Dani se acerca y se sienta en sus piernas.  Mientras Víctor ve las noticias y piensa en todo el trabajo duro que tendrá que hacer durante el año, la Dani se queda dormida.  Cinco minutos después, él también.</p>
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		<title>La fe mueve montañas</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Jan 2010 13:15:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[Xetulul]]></category>

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		<description><![CDATA[En el carrusel del  parque Xetulul Amelia da vueltas junto a su padre.  Es una tarde soleada y agradable, ya casi dan las cinco y la gente empieza a salir del parque para regresar a su casa o al hotel.  El parque está lleno pero para Amelia sólo existe el carrusel, papá [...]]]></description>
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<p>Amelia volvió hoy a ese parque para encontrar un poco de consuelo.  Una semana atrás se enteró de que está embarazada.  El padre es un tipo casado, y lo primero que dijo cuando le contó sobre su embarazo fue que se fuera a la mierda.  Ella sabía que el hombre era así, sin embargo se dejó llevar por las palabras bonitas, los buenos regalos, los buenos hoteles y restaurantes, y unos ojos negros un tanto misteriosos.  Ahora está ahí frente al carrusel, escuchando el vals, pensando en que sería bueno poder platicar con su papá.  Acababa de cumplir doce cuando su padre se durmió al volante y se fue a embarrancar junto a su madre, muriendo los dos. Una tragedia.</p>
<p>El carrusel luce deteriorado y contrasta con las remodelaciones que ha tenido el parque.  Quizás algún gerente nostálgico lo conserva como recuerdo.  Hay un par de niños en el carrusel mientras Amelia es un mar de lágrimas en la banca que está al lado.  Al terminar su turno los niños bajan y el carrusel queda solo.  El operario es un tipo en sus cincuentas, algo gordo, canoso e inexpresivo.  Sin embargo es amable con Amelia y le ofrece una vuelta gratis.  Ella se limpia las lágrimas y acepta.</p>
<p>Al arrancar el juego Amelia vuelve a sentir el aire fresco de hace dieciséis años.  Hace una tarde como entonces.  Al ritmo del vals los caballitos suben y bajan, y ella vuelve a recordar la sonrisa de su papá.</p>
<p>—Ame, ¡agarráte bien hombre, te vas a caer!  Si no te agarrás bien, ya no te vuelvo a traer.</p>
<p>—Vaya papi.</p>
<p>—Eso, así mero.</p>
<p>Le parece como si volviera a vivir aquella tarde.  A pesar del calor de siempre en la costa sur de Guatemala, hace una pequeña primavera en el ambiente, como esa vez.  Es ella, el carrusel y sus recuerdos.  Es increíble cómo el juego todavía está ahí con la misma música.  Como si hubiera estado esperando por ella todo este tiempo.  Ahora piensa que un día habrá de ir con su hijo a algún carrusel con caballitos y quizá cuando crezca su hijo él también la recuerde con cariño.</p>
<p>El operario pacientemente accede a darle varias vueltas más de gratis.  Sobre esos caballitos ya no se siente sola y le parece que al voltear a ver ahí está su papá de nuevo.</p>
<p>—Nena, ya te dije que te agarraras bien.  Hacé caso.</p>
<p>—Sí papi.</p>
<p>—Yo te lo digo porque te quiero mucho, no por molestar.</p>
<p>Traer a un ser humano al mundo.  Tan lejos que le parecía a Amelia todo esto hace un año.  Ahora tendrá que enfrentarse a la responsabilidad y aún no sabe bien cómo.  La fe mueve montañas, dicen, si ella cree, todo saldrá bien, piensa.  Hay que confiar en que Dios no la dejará sola.  ¿Qué diría su hermano y sus tías?  ¿Cómo pudo caer con semejante tipo?  A veces con las decepciones amorosas se bajan las defensas y cae uno, piensa Amelia.  ¿Dónde estará Rodrigo ahora?</p>
<p>Rodrigo era su novio hace dos años.  Un día se pelearon porque él fue solo a una fiesta donde se vería con una muchacha que le gustaba.  Amelia rompió con él, no oyó explicaciones, ni ruegos, ni serenatas, ni nada.  Después tuvo varios novios pero ninguno la llenó, ninguno era tan detallista ni tan amable ni tan divertido como Rodrigo.  Pensó entonces en hablarle y volver, pero nunca tuvo valor para hacerlo.   Anduvo dando tumbos de aquí para allá, empezó a ir a discotecas y a fiestas hasta toparse con el padre de su bebé.  Tres meses anduvo con él para todos lados.  La embarazó y la rechazó.  El embarazo le había hecho caer en la cuenta de que su locura ya no podría seguir.</p>
<p>Bajó del carrusel más aliviada, su angustia había cedido.  Agradeció al operario y caminó por el parque sin rumbo.  Pensó entonces en enviarle un mensaje de texto a Rodrigo, saludando, tal vez no era mala idea.  Con suerte podría pedirle perdón.  No volvería con ella y menos embarazada, pero al menos lo saludaría y sabría de él.  O tal vez mejor no, para qué.  Al final le envía el mensaje: <em>hola, llamame porfa</em>.</p>
<p>Amelia regresa a su casa, que queda a un kilómetro del parque.  En el camino ve salir a familias felices, novios de la mano y viejitos caminando con dificultad.  Ya es de noche cuando recibe la llamada de Rodrigo, casi temblando contesta el celular.  Él la saluda amable -para su sorpresa- y entonces ella lo cita para el día siguiente en el parque Xetulul.  Quiero verte de nuevo, saludarte y saber cómo estás, le dice.  Y ése es mi lugar favorito.</p>
<p>Al siguiente día hace una tarde estupenda.  Amelia está linda, su pelo largo perfumado y su vestido blanco flameando al viento reciben a un sonriente Rodrigo.  Se abrazan como se abrazan las parejas que se han extrañado mucho, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera existido el tiempo en que no se vieron.</p>
<p>—Estás un poco gordo, Rodri —observa Amelia.</p>
<p>—No, sólo estuve yendo al gimansio.</p>
<p>—En ese gimnasio como que venderán carnitas porque estás gordito —responde Amelia poniendo su dedo índice en la barriga de Rodrigo—.  Pero no importa, estás lindo.</p>
<p>—Vos estás preciosa.</p>
<p>Se suben como niños a todos los juegos del parque y al final Amelia le pide ir al carrusel.  Ahí está el operario de ayer y sonríe al verla contenta y resplandeciente.  Un leve viento refresca el caluroso ambiente.</p>
<p>—¿Sabés una cosa vos Rodri? —interroga Amelia—. Me gusta cuando en medio del calor de la costa pasa un vientecito fresco, es como una pequeña primavera.  Demos una vuelta en el carrousel.</p>
<p>Mientras dan vueltas montados en los caballitos, todo parece bueno, todo está genial.  El operario los mira un poco celoso, pero no está molesto.  Amelia sonríe y prefiere olvidar todo y a todos esa tarde.  No le contará a Rodrigo sobre su embarazo.  ¿Para qué arruinar una tarde tan bonita contando una verdad inútil en ese momento?  No siempre es buena idea decir la verdad.  Y ahí mismo traza un plan para quedarse con Rodrigo para siempre.</p>
<p>Al finalizar la tarde deciden irse del parque y dan un paseo en el carro por la carretera.  Amelia asoma su rostro sonriente al viento, un sol anaranjado en el horizonte la ilumina.  No hay nada mejor que el rostro de una mujer bella y feliz en una tarde primaveral.  Al entrar la noche cenan hamburguesas en un restaurante de comida rápida.</p>
<p>—No quiero ir a mi casa —dice Amelia—.  Quiero ser tuya toda la noche.</p>
<p>Tres semanas después de andar por todos lados como locos enamorados, Amelia le dice a Rodrigo que está embarazada.  No hay duda.</p>
<p>—Vamos a ser padres Rodrigo.  ¿Te casarías conmigo?</p>
<p>Un mes después llegaría el casamiento.  Decidieron no hacer fiesta y en lugar de ello pasearon un mes entero por todo el país, solos.  Todos los días después del encuentro en el Xetulul fueron felices, los mejores.  Pero ya la panza le crece y Amelia duda sobre si decir o no la verdad.  Ella le pide a Dios todos los días que la ayude y la ilumine, que no permita que Rodrigo la deje.</p>
<p>Y Dios parece hacerle caso, porque un tiempo después, antes de que ella cumpliera los siete meses de embarazo, Rodrigo tuvo que irse del país para trabajar en Costa Rica.  Ella dijo que se quedaría para que el niño fuera guatemalteco y que después irán los dos a su encuentro.  Rodrigo aceptó.</p>
<p>Quién sabe si de veras existen los milagros, pero el niño increíblemente se parece a Rodrigo.  Sólo Amelia y el padre del niño saben la verdad.  A veces, cuando el padre del niño toma licor, cuenta la verdadera historia, para deleite de sus amigos.  Sobrio niega todo.</p>
<p>Amelia está segura de que su fe la salvó, porque la fe, según dicen, mueve montañas.  Pedid y se os dará.</p>
<p>El niño se llamará Rodrigo, como su padre.  </p>
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		<title>En la juguetería</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 13:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasticos]]></category>
		<category><![CDATA[Juguetes]]></category>
		<category><![CDATA[Navidad]]></category>
		<category><![CDATA[Niños]]></category>
		<category><![CDATA[Transformers]]></category>

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		<description><![CDATA[Pablito acaba de cumplir seis años y su papá prometió comprarle un Transformer.  Hoy es el día y juntos van a la juguetería a ver qué pueden encontrar a buen precio.  Cuando Pablito entra a la tienda, sus grandes ojos negros buscan los estantes en donde están los Tansformers.  Pablito sonríe, sabe [...]]]></description>
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<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/pgzG7nqE1vJlZlvHm8f4teRIUi4/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/pgzG7nqE1vJlZlvHm8f4teRIUi4/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>Pablito acaba de cumplir seis años y su papá prometió comprarle un <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Transformers_(pel%C3%ADcula)" target="_blank">Transformer</a>.  Hoy es el día y juntos van a la juguetería a ver qué pueden encontrar a buen precio.  Cuando Pablito entra a la tienda, sus grandes ojos negros buscan los estantes en donde están los Tansformers.  Pablito sonríe, sabe que no le comprarán el autobot más caro, pero verlo en la tienda es gratis.  Empieza a imaginar cómo será en la noche, cuando los juguetes cobran vida.<span id="more-555"></span></p>
<p>Se imagina a <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/optimus.jpg" target="_blank">Optimus Prime</a> comandando a los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Autobots" target="_blank">autobots</a> en una guerra  en contra de los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Decepticons" target="_blank">decepticons</a>.  Los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/G.I._Joe" target="_blank">GI Joe</a>, que están a la par, no se quedarán afuera y también defenderán a la Tierra.  Los dinosaurios al escuchar el ruido se acercarán y Optimus y sus amigos los tendrán que defender de los decepticons.  <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/megatron.jpg" target="_blank">Megatron</a>, el líder de los decepticons, quiere destruirlo todo, pero los autobots lucharán para mantener la paz de los demás juguetes.</p>
<p>Los más tontos son los peluches y las <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/muneca_hannah_montana.jpg" target="_blank">muñecas de Hannah Montana</a> porque no le atinan a nada.  Se esconden detrás de los estantes y mueren del miedo.  La guerra poco a poco se pone más emocionante, disparos y luchas, todos los transformers cambiando a autos y aviones.  A <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/bumblebee.jpg" target="_blank">Bumblebee</a> le pegan un disparo y cae, pero viene el autobot de ambulancia y lo cura.  Los decepticons amenazan con tomar toda la juguetería, después el comercial, y después el mundo.</p>
<p>—Pablito, vení pues, vamos a ver el juguete de tu hermana Dani  —dice el papá, al ver a Pablito callado e inmóvil frente a los estantes con los transformers.</p>
<p>—No papi, yo me quedo aquí, andá vos y después venís por mí.  Quiero ver todos los transformers.</p>
<p>Cuando su papá deja el corredor, empieza de nuevo la guerra en contra de los decepticons.  <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/starscream.jpg" target="_blank">Starscream</a> ha herido a varios autobots y al tiranosaurio rex.  Es una lástima que Starscream sea un decepticon, porque es un robot bien chilero.  <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/ironhide.jpg" target="_blank">Ironhide</a> es el que se encarga de sacar de combate a Starscream, pero no por mucho tiempo, porque pronto será reparado.</p>
<p>Mientras tanto, en el estante de las barbies, todo es un relajo con griterío.  Las muñecas no pueden creer lo que pasa y discuten entre ellas sobre qué van a hacer si los decepticos toman la juguetería.  Uno de los Ken les dice que seguro ganarán los autobots, que siempre ganan los buenos.  Las barbies lo abrazan para sentirse protegidas.</p>
<p>Optimus Prime les dice a los autobots que deben respetar a las instalaciones y creaciones de los humanos, que a los peluches no deben herirlos aunque se pongan del lado de los decepticos, porque seguro lo hacen por miedo.  Uno de los GI Joe propone a los autobots que le tiendan una emboscada a Megatron.  Para eso necesitan que un minibot con explosivos llegue hasta el cuartel decepticon y vuele todo y se deshaga de esos robots malignos.</p>
<p>Los decepticons en su invasión han logrado tomar los estantes con los muñecos de bebé y el área de las barbies.  Están a punto de tomar también el área de los legos y los juegos de mesa.  Pronto tendrán también bajo su dominio el área de deportes y los carritos.  Avanzan rápidamente en su conquista.</p>
<p>Sentado en la orilla del estante Optimus planea el ataque definitivo.  Está de acuerdo con el muñeco de GI Joe en que deben mandar a un minibot con los explosivos, pero también deben recuperar el control de los estantes que han tomado los decepticons.  Para ello se envía a Ironhide, Bumblebee y <a href="http://i113.photobucket.com/albums/n223/josejoaking/ratchet.jpg" target="_blank">Ratchet</a>, que junto a los soldaditos de plástico recuperarán el control de los estantes de las barbies y los legos, en primer lugar.</p>
<p>—Bueno Pablito, y al fin ¿qué transformer te vas a llevar? —pregunta el papá al regresar de escoger el juguete de la Dani.</p>
<p>—Bumblebee papa.  Ese quiero —responde Pablito, contento.</p>
<p>—Miremos uno barato.  Este no, muy caro.</p>
<p>—Pero ése si se transforma papa, comprámelo.</p>
<p>—No, debe haber otro que se transforme y sea más barato.  No tengo mucho dinero.</p>
<p>Mientras papá sigue mirando los precios, Pablito se imagina la escena final.  El minibot llegará hasta el cuartel de los decepticons con la carga de dinamita que le pusieron los GI Joe y estallará y volará todo en mil pedazos.  Ratchet distraerá a los centinelas de los decepticons.  Mientras tanto, ya con el control de los estantes de las barbies y los legos, Ironhide y Bumblebee cubrirán terreno para que no escapen los autobots.</p>
<p>Pero sin que nadie lo pueda prever, el minibot es interceptado por un decepticon.  Optimus al enterarse ordena que todos los autobots ataquen el cuartel general de los decepticons, es hora de ganar la guerra.  Después de varios minutos, y una fuerte lucha contra Megatron, Optimus Prime sale triunfante.  Todos los juguetes celebran y se arma una gran fiesta.  Pablito aplaude contento.</p>
<p>—Bueno, ¿y vos por qué aplaudís?</p>
<p>—Por nada papi, sólo porque me vas a comprar mi Bumblebee.</p>
<p>Papá toma de la mano a Pablito y se alejan del estante.  Pablito voltea a ver desde la caja de la tienda y le parece ver que Optimus Prime se mueve.</p>
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		<title>La cita</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Nov 2009 12:46:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente]]></category>
		<category><![CDATA[Chat]]></category>
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		<description><![CDATA[Gloria está enamorada.  Gilberto es un hombre muy agradable, inteligente, diez años mayor que ella  y en buena posición económica.  Un buen partido.  No es muy alto ni muy atractivo, pero lo compensa con su buena disposición romántica.  El marido de Gloria no sabe nada.  Ella todas las tardes [...]]]></description>
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<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/ULhh5uczrhfjYgkmCLwLFDpMdI0/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/ULhh5uczrhfjYgkmCLwLFDpMdI0/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>Gloria está enamorada.  Gilberto es un hombre muy agradable, inteligente, diez años mayor que ella  y en buena posición económica.  Un buen partido.  No es muy alto ni muy atractivo, pero lo compensa con su buena disposición romántica.  El marido de Gloria no sabe nada.  Ella todas las tardes se conecta por horas al chat para hablar con Gilberto.  Aún no se conocen en persona, a pesar de la insistencia de él.  Pero todo le dice a Gloria que él es el indicado para vivir ese sueño romántico que con su marido no tiene ni tendrá.<span id="more-522"></span></p>
<p>Gloria lleva 10 años de matrimonio con Juan José, con quien se casó para no estar sola.  Ella tenía 27 cuando lo conoció y pensó que ya no vendría nadie más.  Juan José era amable, caballero, con un buen empleo.  No la hacía suspirar ni soñar, pero parecía buen hombre.  Aceptó la propuesta de matrimonio sin demasiado entusiasmo.  Quizás con el tiempo aparecería el amor, pensó al principio.  Nunca se asomó el amor.  De tenerse un cariño amistoso no han pasado.</p>
<p>No tuvieron hijos porque ella es estéril.  Si tan sólo hubieran podido tener uno, pensaba muchas veces, sus noches no serían tan largas y sus desvelos tendrían motivo real.  Por esta y por otras razones, el mismo Juan José se había alejado de ella y dormían en cuartos separados.  Gloria le descubrió una amante, pero en lugar de molestarse se alegró por él, aunque lo envidió un poco.  Muchas veces sin motivo aparente, ella lloraba en la cocina o en la sala, mientras escuchaba música romántica.</p>
<p>Gloria lleva un año sin tener trabajo.  Ha enviado su hoja de vida a muchas empresas, pero no ha salido ningún empleo real.  Cuando se quedó sin empleo, se convirtió en una vagabunda de internet, saltando de enlace en enlace, aburriéndose cada vez más.  No había usado mucho el chat hasta ahora, y si no fuera por su sobrina que se fue becada a México, no habría abierto su perfil de facebook y no hubiera puesto su foto y no hubiera conocido a Gilberto.</p>
<p>Todavía recuerda cuando una tarde, como a las tres, miró una solicitud de amistad de un tal Gilberto, vio su foto, le pareció simpático y aceptó la solicitud.  Gilberto siempre dejaba enlaces con videos musicales que a ella le gustaban y empezó a comentar en su perfil.  Gilberto después le pidió su dirección de messenger y ahí empezó todo.  Gloria sonríe al recordarlo.</p>
<p>Gilberto está separado de su mujer.  Ha viajado y conocido gente, y le dice a ella que siente que ella es especial y diferente, que le gustaría conocerla.  Llevan así tres meses, pero ella no quiere arriesgarse todavía.  Además del chat, él la llama por teléfono, le pregunta cómo está, cómo le fue en la última entrevista de trabajo, cómo siguió de su catarro.  La anima, le desea suerte, la hace sentirse importante y querida.</p>
<p>Gloria en realidad no tiene demasiada necesidad de trabajar.  De su padre heredó una buena cantidad de dinero que genera todos los meses una buena cantidad en intereses.  Pero estar desocupada no le gusta.  Nunca le interesó el arte o la ciencia, nunca tuvo un grupo de amigas con quienes practicar el chisme.  Toda la gente en realidad terminaba por aburrirla.  Intentó ir con un sicólogo, pero éste quiso seducirla.</p>
<p>Gilberto, por otra parte, ha tenido las palabras precisas y la actitud necesaria.  Ella se siente enamorada, siente que por fin experimentará qué es el amor verdadero.  Aún no se ha atrevido a conocerlo, pero siente que ya es tiempo.  Todavía tiene un buen cuerpo y la elegancia que le dejaron las clases de ballet en la niñez y adolescencia.  Quizá Gilberto es el último tren en camino a la felicidad.</p>
<p>Una tarde aparece Gilberto en el chat y le dice que hoy es el día.  Deben conocerse.  Le dice que si no es así, que mejor se olviden uno del otro, que no vale la pena seguir así, sin conocerse, sin verse cara a cara.  La cita en un centro comercial, a las cinco en punto.  Es ahora o nunca, si hay algo real entre los dos, hoy se sabrá, mañana será demasiado tarde.  Debe ser hoy.</p>
<p>Ante el ultimátum de Gilberto, Gloria no tiene más remedio que asistir a la cita.  La conversación la emocionó, hasta la hizo sonreír.  Por momentos su corazón se aceleró y sintió otra vez la alegría adolescente del enamoramiento.  Se pone bonita y ensaya su mejor sonrisa al espejo.  Conocerá a su enamorado del chat, habrán chispas de amor por todos lados y se sentirá caminando en las nubes.</p>
<p>Ella llega puntual a la cita.  Gilberto no ha llegado.  No le gusta eso, ella será la que espera.  ¿Y si la deja plantada?  Será la ridícula enamorada del tipo del chat.  Qué patético.  Pero bueno, aún no ha pasado mucho tiempo, no hay que pensar en fatalidades que no han pasado.  Mejor respirar profundo y esperar un tiempo prudencial, no hay que ser tan exigentes.</p>
<p>Quince minutos después de la hora pactada aparece por fin Gilberto.  Viste un elegante traje y unas relucientes mocasinas.  No se mira mal.  Al saludarlo ella no atina a decir palabra y Gilberto sonríe.  Un torpe beso en la mejilla empieza la cita de la tarde.  El se disculpa, tuvo que hacer un trámite de trabajo a última hora y por eso no estuvo puntual.  Ella se lo perdona y ya con más confianza le toma el brazo y caminan juntos a la cafetería del comercial.</p>
<p>Durante la plática, al calor de un café expreso, Gloria nota que Gilberto tiene un tic en la ceja izquierda.  Esta se levanta cada dos o tres minutos, a veces con un espasmo repetitivo que dura unos cuantos segundos.  Gilberto es muy amable con ella, pero trata mal al mesero, con cierto desprecio propio de la clase social alta, prepotente e inculta.  Ella empieza a sentirse incómoda.</p>
<p>El le dice que recién viene de tratar con un cliente que invertirá 200.000 dólares en un proyecto inmobiliario nuevo, del que está a cargo.  En su empresa aceptan inversiones de 100.000 dólares para arriba, pero si ella está interesada, por la amistad y confianza que le tiene, podría ver si se puede entrar con menos.  Es una buena oportunidad, el proyecto es magnífico, y seguro generará buenas ganancias a los inversores.  Es de aprovechar.</p>
<p>A Gloria le parece vulgar la manera en que Gilberto habla de negocios y de dinero.  Recuerda ahora que le mencionó la herencia de sus padres y que él nunca había hablado de dinero en sus conversaciones de chat y celular.  El tic en la ceja izquierda la empieza a desesperar.  Toda la ilusión de conocer a alguien genial se desvanece y ella comienza a buscar alguna excusa para irse temprano.  Gilberto después de un tiempo de plática se levanta para ir al baño y Gloria aprovecha para pagar la cuenta e irse.</p>
<p>En el camino de regreso a casa Gloria se pregunta cómo puede haber caído de tonta, cómo pudo haber contado toda su vida a un extraño y creerse enamorada.  Recuerda las frases cariñosas, las palabras de aliento, los chistes y ocurrencias.  Todo parecía tan real.  ¿Y si el tipo realmente tenía esas inversiones? Pero ese tic, ese molesto tic de la ceja izquierda, y esa rudeza con el mesero.  Ese tic que no se le olvida.  Es como si el tipo del chat fuera diferente al de la cita.  A mitad del camino a casa Gloria comienza a llorar mientras en la calle llueve en pleno noviembre.  Al llegar a casa, busca la botella de vino y bebe un vaso tras otro hasta acabársela.</p>
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		<title>Un quetzal</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Oct 2009 22:19:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Joaquín López</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Drogas]]></category>

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		<description><![CDATA[A punto de oscurecer, sobre la calle que queda enfrente de la estación de buses, una muchacha vestida con un gabán negro, drogada y despeinada, pide un quetzal a todo el que pase cerca de ella.  Algunos le dan el quetzal, otros caminan más rápido al pasar cerca de ella o simplemente se hacen [...]]]></description>
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<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/gPd_p-QijoBVCVBS9I4pjCASLxU/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/gPd_p-QijoBVCVBS9I4pjCASLxU/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/gPd_p-QijoBVCVBS9I4pjCASLxU/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/gPd_p-QijoBVCVBS9I4pjCASLxU/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><p>A punto de oscurecer, sobre la calle que queda enfrente de la estación de buses, una muchacha vestida con un gabán negro, drogada y despeinada, pide un quetzal a todo el que pase cerca de ella.  Algunos le dan el quetzal, otros caminan más rápido al pasar cerca de ella o simplemente se hacen a un lado.  Ella camina con la mirada perdida, sin convicción.  Sólo quiere conseguir unos cuantos quetzales para comer y comprar más pegamento.<span id="more-514"></span></p>
<p>Un pasajero del bus que acaba de llegar le da un quetzal y se aleja rápidamente.  Uno de los taxistas de la estación se acerca y la abraza lujuriosamente.  </p>
<p>—Hola negrita, ¿cómo estás?<br />
—Bien Jorgito, pero dame un quetzal pues.</p>
<p>El taxista le da un beso en el cuello y al soltarla se sonríe.  Luego llega otro taxista y también la abraza.  Este es un poco más delicado y la abraza cariñosamente.  </p>
<p>—Negris, ¿cómo estás mi amor?<br />
—Bien Raúl, regaláme un quetzal porfa.</p>
<p>Raúl se mete las manos al bolsillo y saca un billete de a cinco y se lo entrega.  La muchacha le sonríe coqueta.</p>
<p>—¿Vas a querer cariñito mi vida?<br />
—Más tardecito negris, ahorita voy a hacer una carrera.</p>
<p>Se acercan dos taxistas más.  También abrazan lascivamente a la muchacha.  Ella decide salirse de en medio del grupo de los taxistas y se acerca a un carro mientras un par de hombres mete en el baúl su equipaje.  Les pide un quetzal.  </p>
<p>Molesto por su presencia, uno de ellos le dice que deje de molestar.</p>
<p>—Pero si yo sólo estoy pidiendo un quetzal.</p>
<p>La muchacha con una mirada triste mira a quien le dijo que dejara de molestar, él está ocupado metiendo sus maletas y pasa a la par de ella sin voltearla a ver.  El carro arranca y se van los dos hombres. </p>
<p>Llegan dos buses cargados de pasajeros y los taxistas se mueven rápidamente para ofrecer sus servicios.  Los taxistas saben por las miradas quiénes vienen de pasear y los ayudan con las maletas para ir ganando terreno y conseguir la carrera.  Dos taxistas consiguen clientes.</p>
<p>La muchacha del gabán pide un quetzal a cada pasajero que baja del bus, pero antes de que alguien le de algo, uno de los de la empresa de buses la toma del brazo y le pide que se vaya.  Finalmente todos los pasajeros del bus han salido y la mayoría ha tomado el camino a su casa.  Algunos se quedan en la estación esperando que llegue alguien por ellos.  La muchacha se acerca con los dos taxistas que no consiguieron carrera.  </p>
<p>—Dame un quetzal pues —le dice a uno de ellos.</p>
<p>El taxista la abraza y la besa en la mejilla.</p>
<p>—Tas buena vos negrita.</p>
<p>Ella trata de zafarse, tiene hambre y quiere comprar algo bueno de comer.  Él no la suelta.</p>
<p>—Pero dame el quetzal pues —insiste la muchacha—.  Me extraña, de todos modos ustedes igual me cogen.</p>
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