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<?xml-stylesheet type="text/xsl" media="screen" href="/~d/styles/atom10full.xsl"?><?xml-stylesheet type="text/css" media="screen" href="http://feeds.feedburner.com/~d/styles/itemcontent.css"?><feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearch/1.1/" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0" gd:etag="W/&quot;A0cFSXYycCp7ImA9WxJUEUU.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-12701681</id><updated>2009-07-09T22:23:38.898-03:00</updated><title>Bestiaria : relatos e imágenes de mujeres | Weblog de Carolina Aguirre</title><subtitle type="html">Relatos, imágenes y descripciones de mujeres fantásticas y reales.</subtitle><link rel="http://schemas.google.com/g/2005#feed" type="application/atom+xml" href="http://bestiaria.blogspot.com/feeds/posts/default" /><link rel="alternate" type="text/html" href="http://bestiaria.blogspot.com/" /><link rel="next" type="application/atom+xml" href="http://www.blogger.com/feeds/12701681/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25&amp;redirect=false&amp;v=2" /><author><name>Carolina Aguirre</name><email>bestiaria@gmail.com</email></author><generator version="7.00" uri="http://www.blogger.com">Blogger</generator><openSearch:totalResults>192</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><link rel="license" type="text/html" href="http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/" /><link rel="self" href="http://feeds.feedburner.com/Bestiaria" type="application/atom+xml" /><feedburner:emailServiceId>Bestiaria</feedburner:emailServiceId><feedburner:feedburnerHostname>http://feedburner.google.com</feedburner:feedburnerHostname><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="hub" href="http://pubsubhubbub.appspot.com" /><entry gd:etag="W/&quot;DUcERHk_eCp7ImA9WxJVGUU.&quot;"><id>tag:blogger.com,1999:blog-12701681.post-5463290416795975777</id><published>2009-07-06T17:11:00.006-03:00</published><updated>2009-07-07T14:16:45.740-03:00</updated><app:edited xmlns:app="http://www.w3.org/2007/app">2009-07-07T14:16:45.740-03:00</app:edited><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Mujeres reales" /><title>Doñas Juanas</title><content type="html">&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;img src="http://www.criticadigital.com/lapeleadora/wp-content/uploads/2009/07/doniajuana-copiargb.jpg" alt="doniajuana-copiargb.jpg" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Todas las mujeres somos inolvidables para alguien. Para un primer novio celoso, para un marido de toda la vida, o para el nene que nos dio el primer beso en el jardín de infantes. Sin embargo, algunas mujeres trascienden ese círculo privado y se vuelven inolvidables para una época, una comunidad, un país específico. Vedettes despampanantes que despiertan fantasías desde la tapa de una revista erótica, vecinas que transforman su belleza en la leyenda de su propio barrio, actrices que protagonizan las fantasías nocturnas de sus espectadores, o nenas tan lindas que ya desde el jardín de infantes tienen un séquito de admiradores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son como la versión femenina de Don Juan. Mujeres que en vez de un admirador secreto, tienen un fan club. Que en vez de un novio celoso, tienen a veinte celosos de su novio, y que en vez de recibir un regalito de vez en cuando, se ahogan en cortejos de flores y bombones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a su vez, dentro de esa elite femenina, hay un tipo aún más escaso de mujer que trasciende la conquista a granel. Una clase de mujer que, sin ser necesariamente despampanante o inteligente (aunque podría serlo), no sólo tiene una cantidad increíble de admiradores, sino que además tiene a los mejores. Que en vez de tentar a doscientos cincuenta mecánicos desde un almanaque de gomería, es la musa de muchos escritores, músicos y artistas plásticos de su generación. Una mujer que en vez de recibir perfumes y chocolates como todas las mortales, despierta poemas magistrales, inspira personajes de libros, o es la protagonista de las mejores canciones del rock.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Norah Lange, por ejemplo, fue una escritora pelirroja, vanguardista y transgresora de origen nórdico, que en su juventud se robó los corazones de  los escritores Leopoldo Marechal, Oliverio Girondo y Jorge Luis Borges. A pesar de que Borges, desesperado por su amor, le prologó su primer libro y Marechal la transformó en el personaje de su libro central, el Adán Buenosayres, Solveig Amundsen, Norah se casó con Oliverio Girondo. Algunas biografías cuentan que al enterarse, Borges compró un revolver para matarse, pero que desistió en un cuarto de hotel, pero la verdad es que no se sabe.  Norah siguió casada con Girondo, y Borges siguió enamorándose de otras mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por el contrario, Lou Andreas Salomé fue una psicoanalista y escritora bisexual rusa que nunca se decidió por ninguno. A pesar de que estaba casada con un profesor de lingüística, tenía numerosos amantes y pretendientes, a los que ella les daba libros, les enseñaba ruso, o alentaba con sus discusiones intelectuales, entre los que se encontraban el poeta entonces quince años más joven Rainer Maria Rilke, Sigmund Freud  y Friedrich Nietzsche, quién le llegó a proponer matrimonio varias veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un caso paradigmático es el de la famosa Gala, quien fuera la musa de los pintores surrealistas Louis Aragon, André Breton, Paul Eluard, Max Ernst y Salvador Dalí. Ya casada con Paul Eluard —quien la pintó por todas las paredes de su casa—Gala tomó de amante a su mejor amigo, Max Ernst, a quien incluso llevó a vivir con ella, bajo el mismo techo que compartía con su marido. Años más tarde, los abandonó por un Salvador Dalí diez años más joven, a quien salvó de la locura y de la pobreza y le sirvió de musa inspiradora mientras se reunía con numerosos amantes jóvenes, hasta la edad de ochenta años, en el palacio que él le había regalado tiempo antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por último, otra forma típica de musas polígamas fueron groupies como Bebe Buell, Patti Boyd, Marianne Faithfull y Anita Pallenberg.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bebe Buell, “La depredadora del rock”, por ejemplo, fue una modelo lindísima y famosa por haber sido amante de Mick Jagger (quien le pintaba las uñas de los pies), Jimmy Page, David Bowie, Jack Nicholson, Warren Beatty, Iggy Pop, Steven Tyler (con quien tuvo a la actriz Liv Tyler), Rod Stewart y Elvis Costello (el gran amor de su vida).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Patty Boyd fue otra chica sin ningún talento especial, que se casó con el beatle George Harrison —quien le compuso la canción Something— hasta que lo dejó por su mejor amigo, Eric Clapton, que a su vez le compuso la famosa canción Layla, luego de que ella lo rechazara y él se diera al consumo de heroína.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Marianne Faithfull y Anita Pallenberg todos sabemos la historia: novias, amantes, talentosas musas de Mick Jagger y Keith Richards entre otras, tuvieron un gran impacto en los Rolling Stones , e inspiraron y ayudaron a componer decenas de canciones memorables como &lt;span style="font-style: italic;"&gt;She Smiled Sweety, Complicated, Beast of burden, Sister Morphine &lt;/span&gt;y &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Something Better&lt;/span&gt; hasta &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Wild Horses&lt;/span&gt; y &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sympathy for the Devil.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mujeres inolvidables como todas todas las mujeres, que en vez de tener un novio oficinista que les escribiera poemas o les cantara el feliz cumpleaños, fueron personajes de libros de Marechal, discípulas de Borges, coristas y compositoras de los Rolling Stones, consejeras de Rilke y Nietzsche y modelo vivo de media docena de pintores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;Columna de la &lt;a href="http://www.revistagataflora.com/"&gt;revista Gataflora&lt;/a&gt;, Enero 2009.&lt;br /&gt;Ilustración de &lt;a href="http://diburtimentos.blogspot.com/"&gt;Santiago Mansilla.&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Pueden leer este número completo, desde &lt;a href="http://www.revistagataflora.com/tapa09.html"&gt;acá&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Cada vez que nos preguntan como se hace un omelette o qué es la salsa blanca, sentimos que nos clavan un puñal. No nos importa sin son físicas nucleares, madres perfectas o neurólogas. Si no saben cocinar, para nosotras son un desastre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;Hasta el día de hoy, mi madre y yo compartimos el hábito de la burla gastronómica. Nos encanta reírnos de las mujeres que cuentan, todas exaltadas y orgullosas, como hicieron un bizcochuelo de cajita. Es tanto el escozor que nos provocan, que lejos de rechazarlas las buscamos para tirarles de la lengua. Queremos que nos cuenten su odisea culinaria para poder llorar de risa y preguntarles, con detalle morboso, cómo hicieron para cortar la torta al medio, rellenarla con dulce de leche y espolvorearla con esas granitas de colores nauseabundas que tanto les gustan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es verdad que relacionar a las mujeres de forma tan íntima con la comida, es, en parte, un pensamiento retrógrado y machista. Pero no es una elección. Para nosotras, la mujer que no sabe cocinar es motivo de burla Cocinar para otros es una prueba de amor y si uno quiere a su familia, aunque sea cada tanto, tiene que darle una rica ensalada o una buena milanesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Todo de lata&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La vaga&lt;/span&gt;, por ejemplo, ni sabe ni le interesa cocinar. Te lo dice clarito: no agarra una batidora ni que le apunten con un revólver. Prefiere ver la tele, pintarse las uñas, dormir la siesta, hablar por teléfono con una amiga antes de agarrar una sartén. Después de todo, para eso existen los congelados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus hijos, sin ir más lejos, no conocen otra comida que no sean patitas de pollo prefritas, las salchichas y los fideos con manteca . Lo único verde que comieron en su vida fueron sus propios mocos durante un resfrío. Es habitual que su suegra, alertada por el semblante gris mortecino de sus nietos, la hostigue con que hierva unas verduritas y que ella insista con que eso es muy difícil y se ría como si les estuviera pidiendo que escale la cordillera. ¡Y lo bien que hace! Si sus hijos llegaran a ver un pollo al horno entero o un pescado, se tirarían debajo de la mesa para protegerse de ese alien o se pondrían a llorar pensando que su madre ha matado un perro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;¿Una cucharadita de té, de café, de postre, de sopa?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La bruta&lt;/span&gt; tampoco entiende nada de cocina, pero no se resigna. Cada vez que ve una comida por la televisión, anota la receta en un cuadernito minuciosamente pensando que esta vez sí le va a salir bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, es tal su ineptitud que ante la duda, no puede razonar ni aplicar el sentido común. Cree que si pone un centímetro cúbico más de aceite la comida puede llegar a arruinarse por completo. Necesita indicaciones, cantidades y medidas tan precisas que finalmente le terminás dictando mientras cocina por teléfono. ¿Cuánto es un chorrito? ¿Aceite de girasol es lo mismo? ¿Manteca da igual? ¿Crema también? ¿Lo pongo antes o después de que hierva el agua? ¿Lo “revuelvo todo” o “así nomás”?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Total, en la panza todo se mezcla&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La chancha&lt;/span&gt; es otra que no tiene sentido común, sólo que no se da cuenta y no puede contolar su pasión por cocinar mezclas macabras. Para el cumpleaños de su hijo hace una torta rellena con mermelada de damasco y cubierta con dulce de leche y granas porque es lo que tenía en la heladera. Si le avisan que eso no queda bien, se encoge de hombros y dice que a ella le parece que sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es desprolija y la comida siempre le chorrea, se le abre, se le desarma al desmoldar. Los bordes de sus platos están siempre sucios con salsa, al igual que sus delantales. Además, hace su propia cocina fusión: le pone calditos saborizadores a todo, hace un rogel con tapas de empanada, sazona con “adobo para pizza” cualquier cosa (es la reina del orégano seco y del puré de tomate), sirve las ensaladas todas revueltas, mezcla la salsa con las pastas en una fuente y ofrece tortas mal desmoldadas porque total “es rico lo mismo” y “en la panza, todo se mezcla”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;Las mías son mejores&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La bocona&lt;/span&gt; está tan convencida de su destreza para la cocina que ni siquiera cuando está en una cena, comiendo un plato elaborado por otra persona, puede dejar de alabar sus dotes culinarias.  “Cuando pruebes el matambre que yo hago...”, “los panqueques son mi especialidad” “yo también hago empanadas árabes, pero con la masa original”, “tenés que mojar el molde para que no te pase eso, yo la hago siempre así y me sale perfecta”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Incluso tiene adiestrada a su familia para que corrobore, con idéntico entusiasmo, su expertise culinaria en público. Sin embargo, tarde o temprano siempre pasa, que luego de un tiempo escuchando sobre sus deliciosos platos, por fin tenemos ocasión de probarlos y comprobar, no sin asombro, que son un cachivache amateur. Matambres sin relleno (A cualquiera le queda impecable un matambre si está vacío), tortas comunes (Qué genia, hiciste una Chocotorta), panqueques gruesos como piononos (Que si se llegan a caer son tan pesados que abren una escotilla en el piso) y empanadas árabes con masa gomosa de pan lactal (que ella describe como esponjosa y suavecita). Cosas que, para su familia y amigos son una pequeña maravilla, pero para los demás no valen nada.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;Las hizo mi mujer...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La durita&lt;/span&gt; no supo por dónde se agarraba una sartén hasta que se casó y trató de ser la esposa perfecta. Ese día se compró varios libros de cocina y memorizó cuatro recetas pavas que todavía hace, temblorosa y alerta, como si fueran cirugías a corazón abierto. Su esposo —que no quiere asumir que se casó con una mujer a la que hacer un canelón la supera— se cree que por no haber incendiado la casa con el hornito eléctrico, su esposa es Savarin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que hace un budín de vainilla, el señor aclara que “lo hizo todo ella” como si nosotros fuéramos a hacer la ola porque la mamerta por fin pudo sacar algo del horno sin prender fuego el edificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además, siente la cocina como una tarea tan difícil sirve un flan común de lo más nerviosa, mientras le avisa a la gente que es la primera vez que lo hace y que no sabe como saldrá.  Y si cometés la imprudencia de elogiarle el plato,  te ofrece la receta. ¡La receta! ¿Para qué voy a querer una receta de de flan? ¿Cómo va a salir mal si sólo es leche con huevo? ¿No querés pasarme la receta de huevo frito y de ensalada mixta? ¿Tendrás idea cómo se hacen las tostadas, como se unta mermelada y como se bate un poco de crema? Mejor no me ofrezcas recetas. Mejor guardalas en un cuadernito así mi abuela, mi mamá y yo tenemos de qué reírnos en Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Esta nota fue originalmente escrita para versión en papel de Revista Joy, en diciembre de 2008.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;img src="http://www.criticadigital.com/lapeleadora/wp-content/uploads/2009/06/tapas.png" alt="tapas.png" /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Desde este mes van a poder leer &lt;a style="color: rgb(153, 0, 0);" href="http://www.planetajoy.com//?page=tags&amp;amp;q=carolina%20aguirre" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/www.planetajoy.com');"&gt;mis notas&lt;/a&gt; para Revista Joy en el NUEVO sitio &lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:100%;" &gt;&lt;a href="http://www.planetajoy.com/" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/www.planetajoy.com');"&gt;PLANETA JOY!&lt;/a&gt;&lt;/span&gt; todos los meses. Por el momento hay cinco: una sobre la comida navideña, otra sobre la proliferación de bolichitos de cocina berreta en Palermo, otra sobre supermercados, otra sobre las revistas de vinos y por último, una sobre el boom de mermeladas artesanal&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;es y otros productos espantosos. &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; ¡Es&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;pero sus comentarios y las veo ahí todos los meses!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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No entendía cómo un actor sin estampa de galán, con cara de quinceañera enfermiza y pinta de metrosexual histérico podía estar al frente de una comedia romántica. De verlo, Cary Grant se hubiera vuelto a morir, pensaba yo, escandalizada porque el público estaba de acuerdo con que la heroína terminara en brazos de ese alfeñique blancuzco con pecho endeble de mujercita.  Pero una tarde, haciendo zapping en el cable, lo encontré dando una larga entrevista en el Actor´s Studio y —como si me hubiera lavado la cabeza una organización terrorista— pasé del odio al amor en cuestión de minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la distancia, me cuesta precisar cuál fue el momento en el que me enamoré de Hugh Grant, pero estoy segura de que fue cuando se puso a recitar el poema Beowulf de memoria. Yo lo había odiado diez largos años, pero esa tarde, cuando descubrí que era inteligente y dueño de un humor agudo y encantador, de repente me empezó a gustar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de esa entrevista, yo siempre había estado convencida de que  Hugh Grant no hacía papeles dramáticos porque era mal actor; ahora me parecía un síntoma de genio que sólo hiciera comedias. Antes de esa entrevista siempre lo había visto como un debilucho; ahora como un hombre de intelecto sensible que esquivaba la confrontación. Antes de esa entrevista yo siempre había visto su cara surcada por una sonrisa estúpida; ahora, en sus gestos, descubría gestos altivos de galán inglés. Y no era un acto racional, ni una negociación conmigo misma. Nunca pensé que debería compensar su físico con su inteligencia. Era magia pura:  él no cambió en nada su aspecto físico y yo empecé a ver buenmozo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo mismo me pasó con Robert Downey Jr. Hasta hace unos días tampoco entendía qué le veían las mujeres a ese enano con ojos de huevo duro. Ni siquiera era buen tipo; la mitad del tiempo estaba entrando y saliendo de la cárcel por manejar drogado.  Pero la semana pasada, lo descubrí como Larry Paul, un abogado divertido que toca el piano en la cuarta temporada de Ally McBeal, y de nuevo, pasé del desprecio al fervor adolescente en un solo capítulo. Después de odiarlo por años, lo vi con otros anteojos y una corbata distinta, y sentí como si como si me hubieran quitado un antifaz que me nublaba el buen juicio. Sabrá el azar por qué, pero ese día se corrió un telón imaginario y pude sentir lo que las demás ya habían sentido toda la vida. Amor, lujuria, fanatismo. Y  no por Larry Paul sino el mismísimo Robert, el de los ojos de huevo duro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De vez en cuando, las mujeres tenemos esta suerte de epifanía amorosa. Después de odiar o de ser indiferentes a un hombre durante diez años, lo vemos en otro entorno o con otra ropa, y de repente, como si se sacara una máscara de la cara, lo empezamos a ver distinto. No es un proceso. Es un switch on/off. Un chispazo. Un telón que se corre. Es como esos juegos de ilusiones ópticas en los que hay que ver figuras adentro de otras figuras: cuando yo no le veía el atractivo a Hugh Grant era como esa gente que se esfuerza pero no logra ver las flores escondidas en un panel de cuadraditos de colores. Veía el fondo y no la figura. No entendía su potencial ni su encanto; al menos no como lo entendían las demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el cine, la escena de la epifanía amorosa es un clásico de la comedia romántica. La heroína, que hasta ese momento está cerrada al amor, ve al galán jugando con nenes, divirtiéndose con su propia familia, o ayudando en la cocina y descubre algo esencial que antes era invisible. O para decirlo más simple: de repente lo ve lindo. Y ante la imposibilidad de expresar verbalmente ese hallazgo, la cámara le hace la gauchada de filmar cámara lenta o le ponen música tierna para que el espectador se entere de lo que está sintiendo la actriz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguna vez, para mí, Hugh Grant y Robert Downey Jr fueron horribles.  Hoy, junto a Cary Grant, son dos de mis galanes preferidos. Quizás, como en las comedias románticas, el amor sea cuestión de esperar el momento preciso. Un poema, un chiste ácido, o una corbata distinta y ahí está: una mirada profunda como un río en donde antes había ojos de huevo duro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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En el primero, mis lectores me dicen Bestiaria, Besti o Carolina; en el segundo me dicen Peleadora o Pelia.  Lo que muchos no saben (aunque algunos sospechan y otros aseguran) es que el año pasado tuve un tercer blog y desde entonces tengo también un tercer apodo.  El blog se llama &lt;a href="http://www.ciegaacitas.com/blog"&gt;Ciega a citas&lt;/a&gt;, y ahí, mis lectores todavía me dicen Lucía, Lulú o LG.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ciega a citas cuenta la historia de Lucía G, una periodista soltera de 30 años que un día descubre que su madre apostó que iría sola, gorda y vestida de negro al casamiento de la hermana menor de la familia y decide hacer cualquier cosa (literalmente, cualquier cosa: volver con viejos amantes, citas a ciegas, búsqueda de pareja por internet) para no ir sola a la fiesta de casamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante nueve meses (Desde noviembre del 2007 a junio del 2008) escribí en primera persona la vida de LG. Todos los días, por la tarde o por la noche, conté un capítulo de su historia, a modo de folletín, como si fuese la telenovela de las cinco de la tarde: a veces una cita patética, o el episodio de alguna relación fallida, una reunión del dietaclub, un domingo en pijama mirando tv berreta, una reunión con amigas casadas que hablan de pañales, un encuentro horrible con un candidato que conoció en internet o alguna reflexión irónica sobre su agobiante soltería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribir en vivo esta novela fragmentada en 250 capítulos fue lo más alucinante que me pasó en la vida. Es muy difícil escribir durante tanto tiempo metida en un personaje y lograr que los lectores no pierdan tensión ni interés y se muerdan las uñas por saber que sigue al día siguiente. Durante ese tiempo tuve que interpretar a Lucía en los comentarios, armar una estructura dinámica y coherente, transmitir todas las emociones y detalles de la historia en una sola anécdota diaria y por sobre todas las cosas, equivocarme lo menos posible, porque en los blogs en vivo no se puede borrar ni volver atrás, la goma no existe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ciega a citas fue, por ahora, el desafío más difícil que tuve.  Escribí el 24 de diciembre a la noche, cuando estuve enferma, en un viaje de vacaciones o después de trabajar 15 horas en otro proyecto, y si bien fue un proyecto enorme y delirante, nada me hizo más feliz que ser LG durante esos meses de mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien LG no es nadie real,  la vida de Lucía está basada en mi vida de soltera y en la de mis amigas. La historia no sucedió exactamente como sucede en el blog, aunque gran parte de esa vida es cierta. Muchas de sus citas, de sus sentimientos, de sus luchas cotidianas fueron mías. Jamás disimulé mi estilo ni cambié un adjetivo para despistar, apenas me puse otro nombre. Sé que muchos estuvieron seguros de que era yo desde el primer momento y otros estuvieron convencidos de que Lucía estaba ahí, detrás del monitor, leyendo lo que escribían. Da igual. Nunca me pareció importante nada que estuviera relacionado con la intimidad del autor, porque de una forma o de otra, Lucía estaba ahí conmigo. Se podría decir que es uno de los personajes de Bestiaria o la encarnación de una de sus teorías; o mejor todavía, que Bestiaria empezó con mi vida de casada y Ciega a Citas contó mis días de soltera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El blog concluyó el día del casamiento de Irina, la hermana de Lucía. Llegó a tener 15,000 visitas diarias en su último capítulo, 1000 comentarios por día, 2800 fans en Facebook y un par de copias bastante patéticas que previsiblemente no prosperaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace unos meses, el blog se transformó &lt;a href="http://www.cuspide.com/isbn/9870411185"&gt;en libro &lt;/a&gt;editado por el sello Aguilar. Se imprimió con mi seudónimo, Lucía González, para que mi personaje siguiera existiendo allá fuera, en el mundo real, en las computadoras de la librería Yenny, en los catálogos editoriales, en los afiches de publicidad, en la wikipedia, en los diarios de todo el país. Incluso, junto a la gente de Alfaguara —que está más loca que yo— hice la prensa como si fuera ella (di notas a la radio con otra voz, tuve dos celulares —uno de Carolina y uno de Lucía—, contesté entrevistas para muchísimos medios, e incluso rechacé propuestas editoriales y Reality shows como si fuese, efectivamente LG. Háganme acordar que les cuente el día que hablé por error con Arturo Pérez Reverte).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero además de existir en internet y en papel, dentro de poco tiempo, Ciega a citas será también de carne y hueso. En este momento el blog está siendo adaptado para ser una serie de televisión por FOX Internacional y Rosstoc, la productora de Gastón Pauls y Alejandro Suaya. Será el primer blog en español que se adapte para televisión, y eso no deja de llenarme de felicidad vanidosa y estadística.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ese 1 de noviembre de 2007, la historia de LG comenzaba así:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer tendría que haber matado a mi madre y a mi hermana, pero en vez de apuñalarlas me comí medio lemon pie y lloré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi hermana menor, Irina, nos invitó a cenar a su casa para darnos una sorpresa: que se casaba en siete meses y medio. La noticia no orprendió a nadie. Está de novia hace cuatro años y siempre supimos que su soltería iba a terminar antes de esa manera: con un novio impecable, una relación soñada y una boda perfecta. Así que hicimos lo que había que hacer, festejar. Brindamos, comimos cosas ricas, discutimos un poco, miramos vestidos en una revista y diseñamos un menú imaginario tiradas en el sillón del living.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo parecía ir relativamente bien (lo que es mucho en mi familia) hasta la hora del café, cuando yendo al baño me llevé la sorpresa de mi vida. Mientras me estaba lavando las manos, escuché a lo lejos una conversación que todavía me cuesta asumir como real. Mi mamá le decía a mi hermana que esta boda iba a ser muy difícil para mí, porque yo era la mayor de las dos (tengo treinta años y ella veintisiete) y la que tenía que casarse primero. Que yo tenía el peor trabajo (soy periodista y gano una miseria, es cierto), que no tenía pareja (¿cómo sabe?), que estaba gorda (tengo unos doce kilos de más) y que mi vida no iba hacia ningún lado (cierto también). Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue el final. Dijo que el casamiento iba a ser una doble tragedia, porque mi familia iba a sufrir tanto como yo al verme bailar sola y borracha mientras mi hermana menor se casaba con el amor de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi hermana, sin embargo, no estuvo de acuerdo. Le preguntó cómo sabía ella que yo iba a ir sola. “Quizás esté con alguien que no conocemos.” Pero mi mamá respondió enseguida que ella sabía que yo iba a ir sola por una razón muy simple: siempre iba a sola a todos lados.  &lt;a href="http://www.ciegaacitas.com/pdf/capitulo1.pdf"&gt;(Seguir leyendo)&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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En general, cuenta siempre las mismas cosas: que se encontró con algún viejo pariente que conociste a los dos años (¡Y justo era Eduardito, el hijo de Eduardo Politti! ¡Yo no lo podía creer!), que se peleo con tu hermana (y que ella le dijo tal cosa y ella le respondió tal otra), o que Mercedes Morán está cada día más joven (¿Pero vos la viste en Socias? ¡Parece una chica, te juro!).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A diferencia de la anterior, la que tira bombas en el contestador es  mucho más breve. En vez de divagar durante horas en el teléfono, prefiere mandar mensajes de texto  cortitos y con punch para causar un gran impacto en sus hijos: “Tuve un accidente. No se preocupen. Estoy bien”. “Asaltaron a papá. Mañana les cuento”. Y con este mecanismo perverso logra siempre lo que quiere: que la llames a cualquier hora, con el estómago hecho un nudo, para que ella se haga la desentendida y te pregunte para qué llamás si te dijo que no te preocuparas, que no es nada, que en realidad el asalto había sido hace dos años pero se había olvidado de comentártelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Igual de insoportable pero menos dramática, es que la vive convencida de que el contestador automático es un pre-atendedor  en el que hay que esperar hasta que vos levantes el tubo. Un poco por pereza, otro poco por distracción, a este tipo de mujer le resulta imposible asimilar que en los contestadores modernos no se escucha el mensaje y que vos no estás al lado del teléfono haciendote negar. Para las hijas de estas madres es muy común llegar a casa de noche y encontrar veintiséis mensajes de idéntico tenor: Maríaaaaaaaaaaa es mamá ¿Estás por ahí? ¿Me escuchás? Bueno. Se ve que no ¿María? ¿No? Soy mamá, eh. ¿María? Yo de nuevo. Mamá. ¿Estás por ahí? Si me escuchás atendeme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro tipo insufrible de madre llamadora es la que piensa el teléfono se inventó para corroborar que no estés muerta. Ni bien se entera que hubo un robo en tu barrio, que se descarriló un tren, que chocó un micro que venía de la costa, o que un glaciar del sur amenaza con derretirse, suena tu celular. Muchas veces ni siquiera estás cerca de la desgracia, pero como no contestaste un llamado que te hizo unas horas antes, ella se imagina que estás incendiada y amnésica en un hospital. Esta semana te llamó para ver si tenías dengue, para saber si conocías a alguien en el terremoto de Italia y para asegurarse de que hubieras llegado sana y salva esa noche que saliste con amigas a tomar algo. Por las dudas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Menos plañidera pero igual de molesta es la que cree que el celular es en realidad un walkie-talkie para que ella perpetúe la sensación de inmediatez y de rutina que tenía cuando vivían juntas. Un llamado no es una conversación, sino un comentario al pasar, un chisme de pasillo, un codazo en la mesa del desayuno. Cuando disca, se imagina que estás sentada al lado de ella tomando mate y que es necesario charlar. Te llama a media mañana a la oficina y te pregunta si estás viendo cómo llueve, al mediodía para contarte lo que acaba de pasar en su cocina, a la noche para preguntarte si se pone el saco verde o el rosa, o simplemente “para hablar”, mientras vos luchás por no herir sus sentimientos y terminar todo el trabajo atrasado que apilás sobre el escritorio desde que ella se compró un celular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro ejemplo típico de madres que llaman es la que no puede superar que te hayas ido y usa el celular para crear nostalgia.  Si bien no lo hace por maldad, esta suerte de melancólica llama decidida a arrastrarte a ese tiempo pasado en el que todavía vivías con ella. Sus tareas son avisar que hoy es el cumpleaños de la tía Nelly (a quien no ves hace diez años), que mañana es el aniversario de la muerte del abuelo, o que encontró una foto de cuando eras chiquita en tu primer día de jardín y se puso a llorar. También le gusta contarte anécdotas que te revuelven viejas épocas y conflictos y te dejan hecha una piltrafa, como que se encontró con los padres de tu ex novio y que no pudo evitar quedarse pensando que si no lo hubieras dejado ahora serías una mujer completa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por último, está la que aparentemente te llama para ver cómo estás, pero en realidad sólo quiere contarte sus problemas. Con un halo de espontaneidad, este tipo de madre llama por las noches y te hace alguna pregunta fresca e inocente relacionada con la rutina (¿Y vos cómo estás? ¿Qué tal te fue en la fiesta?). Sin embargo, apenas empezás a contarle algo, aprovecha cualquier comentario para enganchar su rosario de quejas bajoneras y repetitivas de tinte laboral, amoroso o familiar, hasta dejarte seca. En general, cuando la llamada termina, ella se desahogó por completo y está liviana como una pluma, pero vos estás llena de fantasmas, y mientras ella duerme como un angelito, vos te estás tomando dos pastillas o haciéndote un té  en la cocina , para aguantar hasta la madrugada en vela, pensando qué va a pasar con tu familia.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Es la historia de una ficción contada en la menor cantidad de palabras posibles. El de Romeo y Julieta, por ejemplo, sería algo así:  dos jóvenes amantes separados por el odio que se tienen sus familias, deciden morir para poder estar juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corín Tellado es una escritora española de ochenta y un años, que escribió cuatro mil novelitas rosas, que vendieron más de cuatrocientas millones de copias. Es la tercera autora en español más leída del mundo, luego de la Biblia y Cervantes, pero su literatura no tiene otro valor más que el volumen y la popularidad. Sus libros son cursis, tienen un rosario de golpes bajos y giros efectistas, y están escritos en apenas cuatro o cinco días para poder satisfacer la demanda de revista Vanidades y editorial Bruguera, quienes la publicaron durante muchos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero así como sus novelas no tienen gran valor, sus títulos son dignos de ser leídos. Además de anticipar de forma textual y eficiente el contenido del libro, sus cuatro mil títulos componen un catálogo imprescindible de todos los argumentos amorosos inventados hasta hoy. No hay comedia romántica, ni chisme de pasillo, ni novela de la tarde que no haya sido antes resumida en el nombre de los libros de esta mujer.  Hagan la prueba. Corín Tellado es la autora de los storylines más cortos del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Me casé con un desconocido”, “Tu orgullo nos separa”, “Me obligaron a casarme contigo”, “Odio a mi cuñado”, “Dime que no llegué tarde”, “No mereces mi perdón”, “No te niego mi amor”, “Tu deseo me ofende”, “Nos separan los celos”, “El engaño de mi marido”, “Valeri tiene un amante”, “Tengo miedo a encadenarme”, “Disculpo tus pecados”, “Es mejor amante que marido”, “Estás casado con otra” y “Volvamos a empezar” son algunos de los títulos de sus novelas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay sorpresas ni misterio. “No sé si se casará conmigo”, por ejemplo, es la historia de una mujer que no está segura si un hombre la quiere para jugar o para algo serio, “Quiéreme y olvídala” es sobre una chica que trata de que su novio se olvide por fin de su ex mujer, “No sirvo para la aventura” cuenta el drama de una mujer que trata de tener una relación liviana, pero se da cuenta de que no es para ella.  Y el resto es parecido. Son novelas románticas protagonizadas por heroínas comunes, que trabajan o estudian y quieren conseguir un marido para formar una familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tres o cuatro palabras, sus títulos presentan a los dos personajes principales (un hombre y una mujer, como en todos los melodramas) y el conflicto que los une mediante un verbo que siempre expresa el deseo o la necesidad de la protagonista. Olvidar, perdonar, casarse, querer, odiar, merecer, ofenderse. “No puedo olvidarte”, por ejemplo, anticipa que hay una mujer (sus protagonistas siempre son mujeres) que no puede olvidar a un hombre. Lo único que no cuenta es el final, que está implícito, porque por el género y la época, la historia sólo puede concluir con un casamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y eso no es todo. Corín Tellado, que ciega de un ojo, sorda y con diálisis permanente aún sigue escribiendo su novela semanal; también tuvo un seudónimo: Ada Miller (y luego Ada Miller Leswy, como si se hubiera casado y agregado el apellido de su marido) con el que publicó novelas eróticas. Para disimular, las escribió todas con un estilo falso, como si estuvieran traducidas de obras originales en inglés que en realidad no existían. “Retazos de placer”, “Empezó en la carretera”, “Tengo que ser infiel” e “Inquietante Lauren” son algunos de los títulos más graciosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero paradójicamente, Corín Tellado, la reina del romance, fracasó en el amor. Se casó, tuvo cinco hijos pero su marido no pudo tolerar que su mujer fuese independiente, así que se divorció y nunca volvió a formar pareja. Hasta ella misma, en su afán por resumir historias en dos líneas, dice que se olvidó de amar y se refugió en el trabajo. Ese es el storyline de su vida. Ha escrito sobre todos los conflictos posibles, menos sobre esos dos. "Me refugié en el trabajo" o "Me olvidé de amar" bien podrían ser los títulos de su última novela.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Cada vez que salíamos de compras, me llevaba como a un perro con correa por Belgrano, haciendo firuletes entre avenidas y callecitas paralelas hasta recorrer todas las casas de zapatos que estuvieran abiertas. Nos llevaba dos horas enteras sin recreos ni distracciones y el sistema era perfecto. Ni bien salíamos de una que no me había gustado, me guiaba como un soldadito hasta la siguiente y así sucesivamente hasta terminar. Sabía exactamente la ubicación de cada negocio, por más nuevo o escondido que estuviera y podía avisarte si tenían buen diseño, si había ofertas, si eran tradicionales, si eran de horma ancha o angosta y si tenían pagos con tarjeta sin interés, antes de llegar a la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amiga Paula, en cambio, tiene un mapa gastronómico en la cabeza. Y no me refiero a un recorrido por los restaurantes más novedosos de Buenos Aires, sino a un catálogo popular hecho de tesoros y experiencias como comensal. Cada vez que me subo a un auto con ella, la conversación se ve interrumpida por sus referencias locales. Me señala con el dedo desde la ventanilla y me dice: “En ese bar de ahí te dan unas masitas riquísimas con el café”. “Uh, ahí está el árabe. El mejor baklava de Buenos Aires”, “Ahí a la vuelta hay un restaurante griego. Es caro y es una porquería”, “Vamos acá a la vuelta que tienen té en hebras bueno y la cerveza siempre está fría”. “En ese supermercado te venden bandejas con zapallo en cubos en dos pesos y milanesas de berenjenas caseras”. Uno puede ir a otra localidad, a otra provincia, a otro país, que Paula siempre sabe qué hay que pedir cuando vas a comer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay dos clases de mujeres: las que tienen el mapa de zapaterías y las que tienen el mapa gastronómico en la cabeza. Las primeras saben la fecha de las liquidaciones, la dirección de todos los outlets y los puntos fuertes de todas las marcas de ropa, pero no tienen idea de dónde pueden comprar una torta, qué heladería es buena o qué pedir cuando van a comer afuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las segundas, en cambio, conocen todos los lugares en los que se puede tomar un rico té, en qué restaurantes hay buena panera, cuales son las sucursales de una franquicia que funcionan bien, y qué restaurantes de Palermo que ofrecen menúes fabulosos por treinta pesos al mediodía. Pero no saben cuándo hay buenas liquidaciones, ni en dónde se consigue un vestido negro, ni de dónde sacar esos collares soñados que ven en el cine o en la televisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, sin ir más lejos, soy una de esas. Si tengo que comprar ropa, salgo a mirar vidrieras, improviso sobre la marcha y rara vez me vuelvo con lo que había salido a comprar. Envidio profundamente la capacidad de algunas mujeres para atajar liquidaciones rabiosas o rescatar alguna prenda indispensable del fondo de una montaña de porquerías en oferta. Soy incapaz de ver qué vale la pena en un negocio berreta, de adivinar qué va a servir para la próxima temporada o de encontrar una cartera maravillosa en el placard de una tía abuela. Me enferma de celos halagar un pantalón y que me digan que lo pagaron treinta pesos en una liquidación de ese invierno. Yo no tengo y nunca tendré ese don. Y ese don se tiene; no se aprende, ni se hereda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace un año, por ejemplo, fui con Paula a comprar un collar a Palermo. Tenía una fiesta importante y quería ponerme una remera que quedaba tonta sin nada en el cuello. Nos encontramos en una esquina a las dos de la tarde, después de almorzar, y empezamos a caminar sin rumbo fijo. Entramos a algunos negocios, desordenamos estantes, nos probamos de todo en todos lados, pero nunca encontramos nada especial. Todo nos resultaba carísimo y cliché.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuvimos toda la tarde y apenas encontramos dos o tres opciones decentes, pero nos costaba recordar en dónde las habíamos visto. Recorrimos de forma inversa todos los negocios de Palermo, pero habíamos dado tantas vueltas y habíamos parado tantas veces que era imposible saber con exactitud cuál era cuál ¿Era en el de la vidriera grande con pajaritos? ¿No era en ese chiquitito que tenía un cartel de lata en la puerta? ¿En dónde estaban esos estantes llenos de aros de plata?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como nos dolían los pies y estábamos agotadas, finalmente resolví ir a la fiesta con algún collar de los que ya tenía. Como corresponde, después de semejante odisea decidimos ir a tomar el té.  Paula sugirió ir a un bar muy lindo que habíamos visto más temprano. Uno que tenía seis cheesecackes impresionantes en la vidriera y boxes acolchados lejos del  aire acondicionado de la puerta. Esta vez, ninguna de las dos se preguntó en donde quedaba. Eran seis cuadras para atrás, dos para la izquierda y media vuelta en una calle cortada. Lo habíamos visto una vez pero no había hecho falta más que eso. Al menos no para nosotras, que podíamos marcarlo en el mapa de la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Está convencida de que posee un don prodigioso y único para el drama porque de chica le robaba los vestidos a su madre y jugaba a que era actriz. Cree que haberse ofrecido para actuar en todas las obras teatrales del colegio o haber imitado a Madonna cuando era chica es la prueba inequívoca de una temprana aptitud de genio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, a diferencia de otros aspirantes, en vez de descubrir su vocación por el teatro en una pequeña compañía local a la que llegó por error, de encontrar felicidad cantando con su guitarra en algunos bares porteños, o de soñar—si es que hacer de percha constituye oficialmente sueño—con ser la musa de grandes diseñadores contemporáneos, la hija artista tiene la vocación de televisar su casamiento o asistir a la entrega de algún premio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En general, la hija artista tiene padres que alguna vez fueron conocidos y le consiguen alguna nota en una revista, o una desconocida que va a los castings de la mano de su madre y fantasea con la éxito hablándole al espejo del baño de su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como sea, en ambos casos, la hija artista suele ocupar la mayoría de su tiempo contestando entrevistas —reales o imaginarias— llenas de lugares comunes en las que repite el mismo discurso: que es difícil ser la hija de alguien famoso, que quiere ser “artista” desde chica, y que si bien le han llegado muchas ofertas, todavía no ha hecho nada porque para ella hay que estudiar y “estar bien preparada” antes de incursionar en la televisión local.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para eso, estudia algo que ella describe como “canto y baile” en la escuela de “comedia musical” de alguna actriz de segunda línea, tiene un maestro “de actuación”  o hace “cursos de modelaje” mientras intenta, con sangre, sudor y lágrimas, terminar el colegio secundario para su mamá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque muchas veces declama que es una chica de barrio, la hija artista está obsesionada con la gente famosa. Consume programas de chimentos, revistas de espectáculos y mira cualquier entrega de premios relacionada con la rigurosidad de quien estudia una ciencia noble. Está tan pendiente del patio trasero del mundo del espectáculo que compra toda su ropa de acuerdo a lo que usan las actrices de moda y cree que cuando una modelo aconseja algún tratamiento de belleza, en realidad está llevándole a los lectores la palabra de Alá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salvo algunos ejemplos locales de chicas que quieren ser famosas mandando su foto en bombacha al diario Crónica o probando suerte en la casa de Gran Hermano, la hija artista es fanática de Estados Unidos. Repite como un disco rayado que quiere ser como Julia Roberts, escucha música únicamente en inglés y es admiradora de la serie Friends (ella dice “que se la sabe toda”) y “La niñera” (que para ella arruinaron recién cuando la adaptaron acá).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su cuarto está tapado por una colección innumerable de muñecos de Disney, tazas de Starbucks, y otros souvenires que trajo de Florida, entre los que se destaca foto trucada de Universal Studios en la que posa abrazada de Tom Cruise.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al igual que la decoración de su cuarto, sus sueños tampoco se ciñen al paisaje local. Si bien cree que trabajar en Argentina es un buen primer paso, lo que la hija artista verdaderamente quiere es triunfar en Hollywood. Para ella, la profesión no amerita elegir desafíos, ni estilos ni un modelo de carrera. La verdadera decisión es ser famosa acá o allá. Tanto es así, que muchas veces tiene un nombre en inglés —que casi siempre es Stephanie, Jennifer o algún otro del estilo Melrose Place— que piensa usar cuando se vaya a trabajar a Los Ángeles o que escribe letras de canciones cuando ni siquiera sabe lo que es una guitarra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de que rara vez tiene talento o inteligencia, la hija artista tampoco se destaca por su esfuerzo. En general es una adolescente tardía convencida de que hacer sacrificios consiste en estar bronceada, presentarse en castings de reality shows, y pasearse en bikini por una playa en la que supone será descubierta por su futuro representante. Va a todos lados pasada de peinado y de maquillaje con la secreta esperanza de conseguir algún contacto que la ayude en su carrera. Se presenta como modelo (aún cuando sólo modelo en el desfile que hizo su colegio para recaudar fondos para el viaje de egresados) y cae en un asado con plataformas y el pelo batido, en la playa con maquillaje y tacos aguja, y en un cumpleaños sencillo de un compañero de trabajo con un strapless de leopardo y botas de charol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus proyectos nunca se agotan. La hija artista quiere ser conductora infantil y madre de mellizos y cantante internacional y actriz de cine y diseñadora de ropa y modelo top y dueña de una línea de belleza y bailarina y dueña de un hogar de perros vagabundos y directora de una revista de moda. En su cabeza pasa horas bordando los pequeños detalles de esa vida de sacrificio enano y fama de limousine. Piensa en su boda, en estampar sus manos en el cemento fresco, en sus cuatro perros chihuahua y en el vestido que va a llevar a la entrega de los premios Oscar. Cómo llega a eso es lo de menos. Lo importante no es bailar, ni cantar, ni diseñar absolutamente nada. Lo importante es poner un pie en la alfombra roja.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Conserva la esperanza intacta de convertirse en cantante, actriz o artista plástica, aunque no sabe bien qué quiere. Según sus propias palabras, si todavía no pudo concretar ningún proyecto personal, es porque no tuvo suerte, porque los medios están muy podridos, o porque su profesora de escultura es menos talentosa que ella y no la deja crecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con meticulosidad infalible, la desarmada no termina nada de lo que empieza. Todavía debe un par de materias del secundario aunque incursionó en varias carreras —escenografía, bellas artes, psicología— con pobres resultados hasta que se fue a vivir afuera (estuvo una temporada vendiendo ropa en España con una amiga y un verano como camarera en Brasil) y se dedicó de lleno a probar suerte en el teatro under y rebotar en castings publicitarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su currículum abriga los trabajos más diversos: animadora de fiestas infantiles —con traje de payaso y grabador—,  recepcionista de un teatro, camarera en un bar del micro centro, profesora particular de inglés. Incluso hizo una publicidad de telefonía celular con la que ganó unos cuantos pesos e incursionó en el cine de autor de la mano de un grupo de estudiantes que le ofrecieron el protagónico de su cortometraje más importante (ocho minutos sin diálogos y en video), y tuvo una banda de Calipso pop durante cinco años que le robó descaradamente  a la cantante de Mimí Maura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de eso, se conformó con tener un profesor de canto y hacer algunos talleres municipales. Sueña con hacerse de un oficio estudiando estampado de remeras, maquillaje teatral, o portugués y con eso poder financiar sus clases de teatro. Es fácil reconocerla en cualquier curso porque falta mucho y luego interrumpe las clases preguntando lo que explicaron durante su ausencia durante las primeras tres semanas y luego desaparece para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de que es linda, la desarmada está siempre soltera o enroscada en relaciones complicadas con extranjeros (entre los que siempre hay un cubano o un brasilero), y hombres mayores o casados con los que no puede armar en serio. Llama fácilmente la atención por su desparpajo y su aire aventurero. Usa ropa holgada, un poco playera, con un dejo hindú y collares de cuentas. Jamás elige nada de oro o con brillantes ni demasiado cosmopolita. A veces también se hace su propio vestuario comprando en ferias americanas prendas que a veces tienen onda y a veces tienen onda de linyera, y se corta el pelo o se teje sus sweaters ella misma con modesta destreza y buen gusto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien vive sola y se proclama un alma libre, la desarmada no tiene autonomía real. Llega a fin de mes con la lengua de afuera, vive en un departamento que le presta su familia, paga las clases de teatro con la plata que le da su abuela, y a menudo consume el resultado de sus saqueos semanales a la heladera materna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que cambia de proyecto y quiere emprender algo nuevo, sin ir más lejos, les pide apoyo económico a sus padres, que —hartos, fundidos y desconfiados de su inconsistente iniciativa— la interrogan con prudencia hasta que ella se enoja y se va dando un portazo al grito de que nadie cree en ella o apoya sus proyectos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En general tiene un hermano exitoso que cumplió con el mandato paterno y estudió administración o derecho, que está casado y tiene dos hijos perfectos, que de vez en cuando le tira unos pesos para que arranque con algún nuevo emprendimiento (un catering macrobiótico, acondicionar un cuarto para alquilárselo a un extranjero, vender cinturones de fibra de coco) para que la ayude a bancarse las clases de teatro. Pero a pesar de sus aportes, la relación es complicada.  Se adoran pero sostienen un vínculo celoso, de ribetes incestuosos, que a menudo desemboca en reproches y peleas familiares. Para ella es clarísimo: él no tiene más que ella porque fue más responsable; tiene más porque es siempre fue el preferido de todo el mundo y el hijo obediente y perfecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, a pesar de que intermitencia de sus ingresos, la desarmada se las ingenia para viajar parando en lo de algún amigo lejano y cumpliendo con trabajitos rasos en el exterior. Se fue de mochilera a Europa, trabajó en un restaurante de Chile y fue niñera en Estados Unidos, hasta que se acostó con el padre de la familia que la alojaba y la mandaron de nuevo a Argentina adentro de una caja de Fedex.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su departamento es viejo, cálido y está atiborrado de recuerdos, manualidades y artesanías, aunque, por falta de fondos, está bastante venido a menos. Hace años que no le cierra el horno o no tiene agua caliente, y aunque muchas veces tuvo oportunidad de ponerlo en condiciones, siempre prefirió gastar el dinero en un concierto, un vestido, o bien dilapidarlo lentamente en una cervecita nocturna para beber en el balcón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tiene un psicólogo medio chanta, que la atiende en la cocina, le ceba mate mientras la atiende, que jamás se llama licenciado Goldstein, sino Willy, La negra o Memé.  Le gusta el I-Ching, leer el tarot, las runas pero también lee a Lacan. A veces medita u organiza encuentros de alguna disciplina rara vinculada con la expresión corporal y la filosofía oriental y cree mucho en la buena onda, la vibración y la energía que le transmite la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Presenta, además, dos variantes muy marcadas: la brasilera y la folklorista. La primera, previsiblemente adora ir a Brasil a emborracharse con caipirinha en la playa y hacerse masajes con desconocidos, estudia capoeira y escucha bossa nova, sueña con irse a vivir a Bahía con un novio que toque el bongó. La segunda, en cambio, visita peñas y canta zambas con su guitarra, adora la comida regional, la ecología, los vegetales orgánicos, los tapices de telar, el mate con yuyos, la cultura indígena en cualquiera de sus formas y vacacionar en el norte argentino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a pesar de las diferencias, las dos son la misma persona. Un mujer desparramada, una promesa incumplida, un alma a la deriva, una voluntad que no encuentra el centro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Que, en todo caso, si se había transformado en un delincuente, era por culpa de su esposa. “Esa mujer lo cambió”, repetía la señora, entre llorosa y colérica, con la convicción absoluta de que su nuera era capaz de degenerar hasta el hombre más noble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no es la única, por supuesto. Hay una suerte de mito popular que le otorga a la mujer un halo estratega y manipulador.  Sin ir más lejos, cuando un grupo de música se separa, siempre acusan a la mujer de alguno de sus miembros. Cuando un amigo deja de salir con sus pares, la responsable es la esposa que ya no lo deja. Cuando un hombre se declara en bancarrota, todos suponen que hay una novia gastadora que lo fundió. Cuando hay un deportista que no entrena hay siempre una chica en su cama la noche anterior. Real o mito, hay muchos hombres en el cine, la literatura, la historia y la vida real que pierden todo por una mujer. O al menos, eso dice la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y algo de cierto hay. Ejemplos sobran. Al parecer, para las mujeres los hombres cambian por dinero o por amor.  Como Armand Duval en “La Dama de las camelias”, o Sam Rothstein en "Casino" de Scorsese, o Paris con Helena de Troya, el actor Owen Wilson que en la cumbre de su carrera se tomó un montón de pastillas porque Kate Hudson lo había dejado, o el caso de la inteligentísima Ana Bolena, quien persuadió y convenció a Enrique VIII para que cortara relaciones con el Vaticano y realizara una reforma protestante en Inglaterra sólo para poder casarse con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, al mismo tiempo, en las conversaciones femeninas aparece otra idea con la misma fuerza: que los hombres son incapaces de cambiar. Ayer mismo, en una reunión de amigas, una conocida sollozaba porque el novio se había olvidado de su cumpleaños por segunda vez, y para consolarla, otra la decía que los hombres no cambiaban. “Ellos son así, no les pidas que cambien porque no cambian. Aceptalo o dejalo”, decía una abogada mientras un grupo de chicas asentía con la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aparentemente una mujer no puede influir en la conducta masculina ni en el destino de esa pareja. Quien nace mujeriego muere mujeriego. Quien es irresponsable siempre será irresponsable. Y el que es desconsiderado y egoísta jamás será un marido dedicado o un padre protector. La historia también está llena de ejemplos de hombres que no pueden ir contra su propia naturaleza. Sin ir más lejos, luego de hacer la reforma protestante, Enrique VIII le cortó la cabeza a Ana Bolena por el mismo motivo que había dejado Catalina de Aragón, su esposa anterior: porque no podía darle un heredero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Entonces? ¿Cuál es la verdad? ¿Son ciertas sus mitologías o las nuestras? ¿Podemos hacerlos perder una fortuna, dejar el rock y entregar el reino de Inglaterra pero no podemos hacer que dejen de tirar la toalla mojada en el piso? ¿Cómo es que ellas consiguen que un hombre se suicide o vaya a la cárcel por ellas y nosotras no podemos lograr que se acuerde de un cumpleaños? ¿Qué tiene Ana Bolena, Wallis Simpson, Kate Hudson, Lady Macbeth, Cleopatra, Carmen o Julia Domna que no tengamos nosotras?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los casos más famosos de la historia fue el de Teodora, una prostituta y actriz circense que se casó con el emperador Justiniano I, a quien manipuló y convenció para poder sancionar leyes a favor de la independencia femenina (decretó que las mujeres podían abortar divorciarse libremente, estableció la pena de muerte por violación, abolió la prostitución forzada y reguló la actividad en burdeles) en una época en la que las mujeres no tenían ningún derecho.  Se dice que incluso llegó a dirigir los ejércitos y, junto a su general, Belisario, sofocó la rebelión popular de Nirá, matando a millones de rebeldes, mientras su marido, muerto de miedo, quería huir y abandonar el reino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro ejemplo parecido fue fue Julia Domna, emperatriz romana, esposa de Septimio Severo, que llegó a acompañar a su marido en las campañas de conquista, cuando el resto de las mujeres esperaban a sus maridos en Roma, y por el contrario, cuando él batallaba solo, ella administraba y dirigía el imperio, tomando sus propias decisiones y aconsejando a filósofos y políticos como el superficial Diógenes Laercio y su hijo, el emperador Caracalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Agripina, madre de Nerón y Calígula y nieta de Augusto, luego de enviudar, acusó de traición a Tiberio, conspiró y organizó camarillas contra sus rivales y llegó a matar para ubicar a su hijo como emperador, determinando gran parte de la historia de Occidente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cleopatra, la última reina egipcia, se casó con su hermano de doce años para hacerse del trono, para poder manipularlo, y tomar todas las decisiones militares y políticas del reino. Posteriormente fue amante del hombre más poderoso de Roma, Julio César, con quien tuvo un hijo, envenenó y mató a su marido de quince años, estableció a su hijo de cuatro años, Cesarión, en el trono, y enamoró locamente a Marco Antonio, que además de un poderoso general, estaba casado con la hermana de Octavio, el emperador romano que finalmente la empujaría al suicidio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otros ejemplos son Mata Hari, una bailarina exótica y espía holandesa que enamoró y manipuló a varios funcionarios y soldados para sacarles información confidencial, Dalila, una filistea que convenció al mejor guerrero de su pueblo enemigo, Sansón, para que se cortase su cabellera y perdiera toda su fuerza, la actriz Annette Benning, una actriz que conquistó y transformó en un padre de familia al mujeriego Warren Beatty o la mismísima Eva, que nos condenó a perder el paraíso al seducir a Adán con sus persuasivas curvas femeninas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Realidad o ficción, historia antigua o chisme actual, la verdad es que muchas veces las madres tienen razón. Aunque nosotras no logremos que levanten la tapa del inodoro, existen hombres capaces de hacer cualquier cosa por el amor de una mujer. Quizás sean ellos, quizás nosotras, o quizás los dos. Quizás no existan los hombres capaces de cambiar, pero sí mujeres capaces de cambiarlo todo. Un hombre, un grupo de música, una guerra, o por qué no, la historia de un imperio.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Hice varios borradores totales. Las clasifiqué de acuerdo a la forma de su cuerpo, las agrupé considerando el volumen de su risa, y las catalogué teniendo en cuenta su relación patológica con el sexo opuesto, pero sólo conseguí dibujar un esquema parcial de una estructura demasiado compleja para entender por medio de ejemplos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron años de estudio sacrificado y minucioso en supermercados, shoppings y reuniones familiares para acabar siempre en el mismo lugar: el de la clasificación entrecomillada y subjetiva. Todo era cierto pero a la vez relativo. Ninguna teoría las englobaba a todas, siempre alguna se quedaba afuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Agotada por especulaciones que no llegaban a nada, pensé en rendirme. Creí que jamás encontraría la fórmula secreta del comportamiento femenino. Sin embargo, hace poco más de un mes tuve una revelación. El tenis y la televisión, dos pasatiempos que me ocupan desde hace algunos inviernos, me ofrecieron una solución tan perfecta y redondita que parecía una epifanía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la primera mitad del año, la batalla por el primer puesto del ranking de tenis de la ATP, me dio la primera pista. Un poco por los medios y otro poco por su fisonomía, los jugadores Rafael Nadal y Roger Federer se presentaban como dos arquetipos de hombre completamente opuestos. El primero pelilargo, musculoso, expresivo y sensualmente español, y el segundo distinguido, medido, almidonadamente suizo. Nadal, con su vincha y sus gritos de festejo se parecía a un pirata, mientras que Federer, con su inmaculada vestimenta y autocontrol exquisito, era más similar a un lord.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mismo tiempo, la serie Lost también proponía otros dos estereotipos de galán. Jack (un médico impecable de pelo corto, nariz respingada y nobles principios que se dedica a salvar, ético y devoto, a la gente de una isla) y Sawyer (un estafador buscavidas, desprolijo y egoísta capaz de robar, matar y traicionar con tal de salvarse él mismo) funcionaban, de nuevo, como los dos polos opuestos del género masculino. Y no había mujeres que los quisieran a los dos  de la misma manera. Estaban por un lado las fanáticas del primero, y de la vereda de enfrente las amantes del segundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La teoría se hizo, entonces, evidente e irreductible: están las mujeres que aman a Sawyer y  están las que aman a Jack. Y eso es todo, lo demás son tonterías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las primeras, además suspiran por Nadal, prefieren el sex appeal de los Rolling Stones a la gracia Beatle, el lenguaje barroco de Cortázar a la poesía clásica de Borges, la sensualidad de Marlon Brando a la fina estampa de Paul Newman y el contorno de personajes como Hank Moody, John McLane o Jack Bauer por encima de un &lt;a href="http://en.wikipedia.org/wiki/An_Ideal_Husband"&gt;Robert Chiltern &lt;/a&gt;o un Charles Ingalls.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las de Jack, en cambio, prefieren a los hombres clásicos, nobles, distinguidos. No les gustan ni los barbudos, ni los rockeros con problemitas, ni los escritores borrachos y oscuros. Piensan que las de Sawyer son adolescentes que se enamoran siempre de mujeriegos impresentables, que son adictas al rechazo y al maltrato, y que tienen problemas de autoestima. Y ambos bandos se miran con pena y ademán de superación, sin poder entender jamás las razones del grupo opuesto. Para unas, las otras son inmaduras, y para las otras, sus antagonistas son aburridas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El estigma de Kate (la protagonista de Lost que no puede decidirse entre Jack o Sawyer) se presenta ahora ya no como el conflicto amoroso de una serie de acción americana, sino como el conflicto femenino universal por excelencia. Todas, de alguna forma u otra, alguna vez nos enfrentamos al mismo dilema. Jack o Sawyer. Sawyer o Jack.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la misma forma que elegimos autos (un compacto simple y cómodo o un veloz descapotable colorado) o sillones (un mullido sofá de tres cuerpos o un chaise long lindo y duro), las mujeres nos balanceamos eternamente entre esas dos únicas elecciones. Para hombres o para sillones, siempre es el mismo enigma, el mismo estigma, la misma duda: el caballero perfecto  o el galán imprevisible, un suizo o un español, un Beatle o un Rolling stone, un médico o un buscavidas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Todos los gritones irascibles, por ejemplo, son de Aries; las personas tranquilas e inseguras, en cambio, son de Libra. Los que hablan mucho de sí mismos, se miran al espejo a cada rato y hacen ostentaciones banales son de Leo, y los que además de ostentar son vengativos nacieron en la casa de Escorpio. Pero además de este catálogo de personalidades, la astrología propone también doce destinos: doce panoramas laborales, doce estados de salud, doce situaciones de pareja y doce sorpresas para el fin de semana. Cuando una mujer se sienta a leer el horóscopo, puede saber, por ejemplo, que los de Aries van a engordar hasta el lunes que viene mientras que los de Capricornio permanecerán inapetentes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Si esto es cierto, si el mundo no es más que la repetición de los mismos patrones de gente, las personas únicas, entonces, no existen. Las mujeres inolvidables serían un invento de las canciones de amor y cada uno de nosotros se encuadraría en la repetición de estereotipos tan cerrados como los signos del zodíaco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Sin embargo, aún desestimando los astros, podemos llegar, por otro camino, a la misma conclusión. Si nos tomáramos el trabajo de examinar a todas las personas que conocimos en la vida, desde nuestros abuelos hasta nuestros primeros compañeros de juego, descubriríamos que toda la variedad del género humano se repite como una monótona guirnalda de muñequitos de papel: que un amigo del barrio es igual al inventor de la ensalada César, a un jugador de fútbol brasilero, y a un actor de reparto en una serie de televisión. Y que no son parecidos porque tengan la misma nariz, sino porque comparten el mismo mapa de obsesiones y una infancia en común. A lo sumo los alejan algunos sueños anecdóticos o un par de ideas. En lo demás, son un mismo animalito compelido a las mismas rutinas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);"&gt;Pero esta similitud es, para algunos, inaceptable y dolorosa. Porque cuando alguien realiza una acción extraordinaria piensa que es único. Que sólo él es capaz de amar de esa manera tan intensa, o contraer la peor enfermedad de todas. Las mujeres infieles, por ejemplo, se sienten únicas al realizar su infidelidad, penosamente únicas o jubilosamente únicas o culposamente únicas. Pero en realidad, como todo lo que existe en el universo, también pueden ser catalogadas; quizás no sólo mediante arquetipos, sino también a partir de ejemplos que los ilustren...."&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(153, 153, 153);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Cecilia Pavón (Teoría posmarxista de la infelicidad), Magalí Etchebarne (Furia contra la máquina), Sara Gallardo (Un secreto, Némesis y Palermo), Romina Paula (Si llegás a faltar un verano), Amalia Jamilis (Los veranos falsos), Rosario Beltrán Núñez (El regalo de Caraí), Mónica Müller (Observaciones científicas sobre cuatro modelos de infidelidad en la hembra humana), Adriana Battu (Cero culpa), Florencia Monfort (French 2208), Silvina Bullrich (El tercero en discordia), Ana María Shua (La caída), Hebe Uhart (¿Cuándo vuelvo?), Carolina Aguirre (Cuestión de fe), Silvina Ocampo (La casa de azúcar)&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Si su jefe le dice que quiere hablar con ella, es para echarla, si su marido le trae flores, es porque la está engañando, si el supermercado tiene un queso de oferta, debe estar vencido, y si su hijo la llama al trabajo, lo primero que le pregunta es quién se murió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanta es su melancolía y pesimismo, que ni siquiera cuando las cosas le suceden a otro se permite disfrutar. Entre elegir una comedia y un drama, siempre se lleva las películas de huérfanos, dictaduras crueles o melodramas en los que el galán muere de fiebre tifoidea. Entre dormir la siesta con la persiana baja y salir a pasear a una plaza, Lagrimita prefiere dormir a oscuras. Entre quedarse encerrada mirando una telenovela e ir a una fiesta, Lagrimita siempre elige el encierro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus recuerdos personales siempre son sombríos. Atesora, como joyas antiguas, todas las decepciones que vivió desde pequeña. Cada vez que ve un perro se acuerda cuando Bobby, su primer cachorro, murió de moquillo en sus brazos. De la secundaria se acuerda que su mejor amiga le robó el novio y que a su hermana le hicieron fiesta de 15  pero que cuando llegó su turno, su padre ya no tenía trabajo y no había dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a diferencia de la nube negra, Lagrimita no quiere arruinarle la felicidad a nadie. Es sufrida de una forma serena y silenciosa que no afecta a nadie más que a ella misma. Apenas si le inyecta un poco de culpa a quienes la escuchan victimizarse y hacerse la pobrecita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para eso, suele expresar con sacrificio fingido cualquier comentario. Mientras que una persona normal cuenta que tuvo que ir al supermercado a hacer una compra grande y que cuando llegó ya no había envío a domicilio, ella relata que le quedaba poquita comida, que tenía hambre, que fue al supermercado más lejano para ahorrarse unos pesos, que por desgracia no había entrega a domicilio, que tuvo que arrastrar las bolsas y ahora tiene dolor de espaldas y que si no fuera por un extraño que la ayudó, ahora estaría muerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra cosa que le gusta hacer a Lagrimita es regodearse en su soledad. Si le preguntan qué cenó, en vez de comentar su cena, aclara que no tiene sentido cocinar para ella solita y que prefiere tomarse un tecito y acostarse temprano. Si le preguntan a dónde va de vacaciones, en vez de decir que va a Mar de Ajó, cuenta que sus amigas van a Brasil pero que ella no puede pagarlo. Si le cuentan que una conocida se cambió el auto, se alegra y le dice que aproveche mientras pueda. Y si una amiga se casa, la abraza emocionada y dice que también le gustaría conocer al hombre de su vida, pero que el amor no es para ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, su deseo es una verdad a medias. A diferencia del resto de las mujeres, a Lagrimita no le gusta enamorarse. Le gusta romper. Adora mirarse al espejo mientras llora, estar deprimida y tirada en la cama, escribir reflexiones amorosas en su diario y leer poesía mediocre de escritores todavía más deprimidos que ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si, por ejemplo, Lagrimita conoció a un chico por chat, salieron dos veces y no funcionó, en vez de mandarlo a la mierda y bloquearle el Messenger, le escribe una carta de despedida llena de sentencias amorosas fatalistas, contrapuntos arjonescos y frases romanticoides. A pesar de que apenas lo conoce, habla como fuera el amor de su vida con sus amigas, que tienen que padecerla durante meses como si, en efecto, esa relación hubiera sido importante en su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero eso no es todo. Sus amigas no sólo padecen la crónica de sus melodramas. A veces también los viven en carne propia. Si por error una de ellas olvida llamarla para el cumpleaños o desaparece por algunos días, Lagrimita llora a moco tendido y arma un rosario de escenas tragicómicas hasta transformar ese detalle anecdótico en un problema fatal. No para hasta que su amiga se ve obligada a tener una conversación desgastante, maricona e innecesaria sobre lo que siente cada una al respecto y le pide perdón rogando que ella la absuelva de pecado y culpa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Previsiblemente, Lagrimita duerme mucho y siempre está enferma. Le gusta arrastrarse, agotada, morir del dolor de cabeza o tambalearse por la presión baja que heredó de su familia. Incluso si es joven fantasea con que tiene cáncer, anticipándose al diagnóstico de un médico y asumiendo una muerte joven que no llega nunca. Si no tiene, igualmente le gusta mencionar que tuvo un tumor o un lunar peligroso y que la incertidumbre la obligó a vivir las horas más desgarradoras de su vida. Tampoco es cuestión de desperdiciar tragedia. Un lunar cancerígeno casi es cáncer. Si podría haberse muerto, que al menos sirva para dar pena.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Pero a diferencia de los clasificados, en las citas las cualidades no pueden ser mencionadas directamente, sino que deben ser ilustradas con ejemplos que las aludan. Yo no toleraría que un hombre me diga que es brillante, por ejemplo, pero estaría encantada de intuirlo por sus anécdotas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este ejercicio premeditado que a primera vista parece fácil, para mucha gente es un infierno en la tierra. Muchos creen que la espontaneidad y verborragia son suelo fértil para el amor. Piensan que invocar sus joggings desteñidos y estirados, relatar sus operaciones de intestino y describir, con lujo de detalles, la depresión que vivieron junto con su primer divorcio es un síntoma inequívoco de frescura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, sin ir más lejos, era uno de ellos. Me negaba rotundamente a ofrecer una versión mentirosa de mi trastornada psicología. Después de todo, yo no estaba vendiendo un departamento de dos ambientes ni un cachorro de medio pelo, así que no había nada que disimular. Y para sustentarlo me tomaba dos litros de cerveza, contaba que me escapaba del trabajo para mirar Chespirito, susuraba que quería matar a palazos a la vieja de enfrente y admitía con valor que siempre me enganchaba en relaciones difíciles y pegajosas que terminaban con ropa volando por la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que la relación no prosperara no podía importarme menos; si al otro le preocupaba que yo hubiera dejado de ir a francés para ver la telenovela de la tarde, no estábamos destinados el uno para el otro. Para mí, el amor verdadero no necesitaba ayuda, ni medios tonos, ni especulación. Si el candidato en cuestión no adoraba cada una de mis miserias, esa relación no tenía futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lejos de lo que la gente normal cree, somos muchos los que arruinamos la primera cita sin saber lo que estamos haciendo. Incluso cuando tratamos de hacer buena letra dejamos pasar pequeños detalles, cifras y gestos que ponen en evidencia nuestra peor versión. Taras y problemas que en el fondo tiene todo el mundo, pero que expuestas así nomás, de sopetón y en el primer encuentro, llevan a creer que si ese es el comienzo, lo que viene será peor. Y no siempre es cierto. Las citas muchas veces fallan por una propina amarreta, un tonito raro al hablar de una ex pareja o un chiste de mal gusto en una conversación tierna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por todo esto, nosotros, lo retrasados emocionales necesitamos la inmediata aparición de una nueva figura comercial que pendule entre las celestinas y los encargados de relaciones públicas. Una persona que haga lo mismo que el curador de un museo, el editor de un noticiero, o el estilista de una revista femenina. Un profesional que ayude a elegir qué cosas sí y qué cosas no, que cosas mucho y qué cosas poco. Alguien que organice la distribución de sinceridad en la primera etapa de una relación potencial. Alguien como el curador de citas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El curador de citas sería un entrenador y asesor de la vida social y amorosa de una mujer. Juntos pulirían y reorganizarían el pasado de la clienta, y -teniendo en cuenta el impacto romántico de cada confesión- el curador iría desmalezando su complicado historial de soltera. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Manejarían tres niveles de sinceridad: temas y anécdotas para incluir en las primeras citas, opiniones, recuerdos y asuntos para postergar o contar en el futuro, y cosas para enterrar hasta nuevo aviso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recomendaría, por ejemplo, contar que terminamos la carrera a los veintidós años, siempre y cuando omitamos que lo hicimos a base de reclusión, anfetaminas y un lustro de castidad victoriana. Lo mismo con la última separación. Siempre diremos lo mismo: que fue de común acuerdo, que éramos como hermanos, que todavía somos amigos. Y algo parecido similar con los despidos: que era una etapa cerrada y renunciamos en busca de nuevos desafíos. Jamás mencionaremos cartas documento, infidelidades, detectives privados, platos rotos ni juicios por acoso sexual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero vayamos a un caso concreto que refleje cabalmente el duro trabajo del curador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María Jorgelina se presenta como una mujer de tiene treinta y dos años, que vive sola en un departamento de un ambiente en Villa Crespo, a una cuadra de la Avenida Córdoba. Es contadora y su trabajo monocorde la deprime hasta la demencia. No ve la hora de renunciar y ponerle un fichero en la cabeza a su jefe. Tuvo dos relaciones estables pero muy conflictivas que duraron algunos meses y terminaron muy mal. Su último novio todavía la llama y corta todas las noches. Nunca convivió con sus parejas porque no cree ser capaz de ceder su territorio ni siquiera por amor. Prefiere vivir en la calle antes de compartir el ropero. Tiene un gato, Mr. Darcy, con quien duerme en la cama y bromea con que es su novio. No ve a su madre desde que era chica, su mejor amiga le dejó de hablar desde que le quiso robar el novio, y hace cuatro años que va periódicamente al psiquiatra para que le revise la medicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero luego del curador de citas, María Jorgelina ya no será María Jorgelina. Sino una versión mejorada de ella misma. Se presentará como Majo y tendrá la misma edad, pero vivirá en un loft en Palermo Queens. Será contadora, tendrá la dicha de vivir de lo que estudió, pero ya no querrá huir, sino buscar nuevos desafíos, trabajar con distintas personas, crecer en otras áreas. Habrá tenido dos relaciones estables más que problemáticas, apasionadas, con las que no convivió porque sintió que la mayoría de las parejas fracasaban por apurarse y por resignar sus espacios. Su último novio todavía la llamará para ver como le está yendo. Tendrá un gato llamado Darcy, para quien estará buscando una novia, para que deje de meterse en su cama. Con su madre hablará poco, su mejor amiga se habrá alejado de ella desde que se puso de novia y desde hace cuatro años estará haciendo terapia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además, el curador prestaría servicios de asesoramiento sobre vestuario, redacción de perfiles para portales de citas, clases de levante por chat, conversación playera, mediación de conflictos, desarrollo de paciencia y tolerancia en la convivencia y otras yerbas. Nos recomendaría un nuevo corte de pelo que favorezca la forma de nuestra cara, una paleta de colores para los ojos y tres o cuatro temas de conversación en los que nos manejemos con gracia y sabiduría. Y, si los honorarios se lo permiten, además, debería ofrecer un servicio post-cita que serviría para hacer el post mortem de las citas fallidas. Juntos, analizarían los puntos fuertes y errores de la salida capitalizándolos como aprendizaje para nuevas experiencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O cuántas veces dudamos entre contar algo y no contarlo. Entre ir vestida provocativamente o de manera casual. Entre pelo suelto y un rodete. Entre ir al cine, a cenar o a jugar al pool. Entre que nos pasen a buscar, encontrarnos en el medio o pasar nosotras por su trabajo. Entre llegar tarde, llegar en punto o temprano. Entre decir que sí o que no. Entre volver a llamar, dejar pasar un tiempo o esperar que llame él. Entre tarde o noche, viernes o sábado, antes o después de comer. Entre hablar de un ex novio u ocultarlo bajo tierra. Entre preguntarle qué quería decir el tatuaje, el anillo, la fotito de la billetera o dejar que él nos cuente. Entre el labial colorado o la cara lavada. Entre elegir el lugar para cenar y dejarle las elecciones a él. Entre dejar de intentar y seguir probando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuántas veces dudamos y no supimos qué hacer con ese infierno privado de la soltería que son las citas. Cuántas veces volvimos a contar la misma infancia, las mismas anécdotas aburridas, el mismo abanico de hobbies a un hombre distinto y sin futuro. Cuántas veces nos planchamos el pelo para un desconocido que al final terminó maltratando a la moza, poniendo música horrible en el auto o hablando de sí mismo toda la noche. Cuántas veces salimos de casa ilusionadas y volvimos hechas un trapo de piso. Y cuántas veces no supimos por qué no volvió a llamar, si todo había salido bien, si nos reímos hasta la madrugada, si nos pidió hasta el número de celular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuántas veces quisimos tener un curador de citas que nos diga, como en los avisos clasificados, que ese departamento era oscuro, nos quedaba chico, o a la larga iba a tener goteras. Cuántas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Basta con salir a dar una vuelta por Recoleta o por la calle Florida para darse cuenta. Está lleno de europeos rubios y macizos con la cara del príncipe de Holanda comprando ropa de cuero, mirando libros de tango y buscando la genuina y alocada trasnoche porteña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También a causa del dólar alto la gente huyó hacia otros países y los matrimonios con extranjeros, que hace una década eran una excentricidad, de repente pasaron a ser cosa de todos los días. Ahora es normal tener un cuñado alemán o amigas regadas por todo el mundo. Desde hace tiempo que tener un pariente europeo dejó de ser un síntoma de paquetería, y empezó a ser el símbolo universal de la recesión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, no siempre el turismo fomenta el amor. A veces despierta otra clase de sentimientos. La gula, la codicia o la pereza son algunos de ellos. O miren si no a esta clase de jinetera que anda dando vueltas por los bares irlandeses del microcentro.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;La jinetera es una empleada perezosa que de chica fue pobre, repitió tercer grado, nunca tuvo una carrera ni vocación, cuya existencia está consagrada a la búsqueda de un extranjero que la salve de su paupérrima vida de secretaria indigente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En general, trabaja en un hostel como recepcionista, como camarera en el casino flotante, como administrativa de una agencia de alquileres temporarios o haciendo relaciones públicas en un boliche o restaurante de Recoleta. Vive maquillada y con el pelo modelado como en las novelas venezolanas, sonriendo como una geisha, mostrando un gran escote latinoamericano, diciendo pequeñas frasesitas en inglés que aprendió mirando "Friends". He is mi love, John. I love him very much. He is mi boyfriend John. I love him. Muack muack. John, my sweetie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un poco botinera, un poco personaje de Manuel Puig, un poco soñadora de reality show, la jinetera circunscribe su rutina a todas las actividades que la pueden acercar al turismo de primera línea. Incluso si eso significa hacer cosas que le desagradan profundamente, como estudiar. Sin embargo, su minuciosa dedicación está lejos de ser un síntoma de promiscuidad. La jinetera no busca sexo ni champagne gratis. La jinetera quiere casarse. Y para conseguirlo, es capaz de salir con cualquier hombre siempre y cuando no tenga la palabra maldita en el pasaporte: "Mercosur".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanto es así, que es en lo único que piensa. Mientras vuelve de la oficina en el subte, apretada como ganado, con el táper de ensalada goteando adentro de la cartera y la revista cosmopolitan enrollada debajo de la axila, la jinetera sueña con que va a algún boliche, en donde conoce a un inglés llamado John, y se enamoran de tal manera, que él le ofrece un pasaje a Europa y un anillo de compromiso antes de irse. Si hasta se puede ver cumpliendo su trunco destino de Máxima Zorreguieta de clase media, dejando atrás la última "a" de su nombre bananero, y renaciendo como Carol o Vivian en una escenografía lejana parecida a un capítulo de CSI Miami.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si cierra los ojos es como si estuviera pasando en ese mismo momento. Se imagina borrando de Facebook las fotos de las vacaciones en La Falda para subir las que se sacó vestida de blanco y luciendo anteojos Chanel arriba de un crucero de medio pelo, rumbo a Miami, abrazada con John. Si hasta tiene guionadas las charlas que tendría con sus ex compañeras del secundario que alguna vez la discriminaron por burra o por petisa. ¡Ah, cuando la vean! ¡Cuando se enteren que tiene un auto 0 kilómetro, una tarjeta sin límite y dos carteras de diseñador! ¡Cuando sepan que ya nadie le dice "Muñoz"!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no se iría para siempre, por supuesto. Volvería de visita para fin de año, porque no hay nada más importante que la familia. Además, ella estaría en buena posición y podría aliviar la carga económica que significa la Navidad para una casa como la suya. Le traería lapiceras o llaveros a los más chicos y remeras playeras a los más grandes. O algo que diga I love NY o tenga la bandera de Estados Unidos, para que todos sepan que tienen una hija que vive en el exterior ¡Ya se los imagina, agolpándose alrededor de su cuerpo, como monitos desesperados atajando las chucherías en el aire, mientras ella revuelve sus generosas valijas de reina limosnera y les toca la cabeza como un pastor sanador!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la madre, en cambio, le traería cosas lindas. Nada de baratijas. Quiere comprarle cosas que nunca haya tenido: perfumes importados de liquidación, saquitos que no se hagan bolitas en el codo y una &lt;a href="http://images.google.es/images?q=pupa%20make%20up&amp;amp;rls=com.microsoft:es&amp;amp;ie=UTF-8&amp;amp;oe=UTF-8&amp;amp;startIndex=&amp;amp;startPage=1&amp;amp;um=1&amp;amp;sa=N&amp;amp;tab=wi"&gt;Pupa&lt;/a&gt; en forma de estrella de mar con cien colores de sombras nacaradas. Está segura de que se va a emocionar y por fin va a ver lo buena hija que es ella. Se la imagina, avergonzada, diciendo que nunca había tenido cosas tan lindas y que no tiene a dónde ir con ellas, mientras se seca sus lágrimas de pobretona angustiada con un delantal sucio de sangre de carne picada común.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además, finalmente podría ser el centro de la reunión. Después de años escuchando en silencio los anhelos profesionales de sus amigas, por fin ella podría ser la máxima autoridad en algún tema. Las demás serían abogadas, médicas o artistas plásticas, es verdad. Pero ella sería la que vive en el exterior. Todos le preguntarían como son las cosas en "losestadosunidosdenorteamérica" y ella contestaría sin pompa ni pretensión todo lo civilizados y educados que son afuera, lo adorable que es su nueva familia inglesa o americana, o lo bonitas que son las playas australianas que ve por la ventana de su casa de madera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, si ella se puede imaginar. Es como si viera su futuro. Los hijos rubios, el changuito de supermercado lleno de cereales, los chocolatitos Lindt por un dólar, las navidades con nieve, su nombre lacrado en la chequera personal, las estrellas de Hollywood caminando por el mall, la leche en cartón, Valentine´s day. Lo tiene todo calculado. No necesita estudiar, ni trabajar, ni hacer ningún sacrificio. O quizás alguno: I love you John. This is my boyfriend John. He is very nice. Muack muack, John. Oh yeah, John. I love you, baby. I love you, honey. I love you, pumpkin pie.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Tanto, que a pesar de la oposición de sus padres —un matrimonio irlandés muy religioso— a finales de la década del cuarenta, con menos de veinte años, se fue a probar suerte a New York. (¿Leyeron? Dije sola. En la década del cuarenta. Y a New York).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos años después de ese viaje, Grace Kelly ya era famosa, y filmaba su tercera película, Mogambo, por la que ganó su primer premio de la academia como actriz de reparto. Y eso fue sólo el principio. Siguieron varias películas con Alfred Hitchcock (La ventana indiscreta y Atrapa al ladrón, por ejemplo) o La Angustia de Vivir con Bing Crosby por la que se llevó un segundo&lt;br /&gt;Oscar; esta vez como actriz principal. (¿Leyeron? Dos Oscars antes de los veinticinco).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero como todos saben, ese mismo año —su mejor año— Grace Kelly dejó el cine para siempre. En una fiesta conoció al heredero de la corona monegasca, el príncipe Rainiero, su futuro marido, y abandonó su carrera para formar una familia en otro país. Y cuando digo todo, es todo. Porque una cosa es dejar un trabajo de secretaria y la casita materna, y otra muy distinta es dejar de ser la musa de Alfred Hitchcock para ponerse una coronita en el centro de Europa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, a pesar de que hoy ya no es habitual, en esa época, dejar la carrera para formar una familia no era ninguna proeza. Era la norma. Las mujeres que trabajaban en una oficina, por ejemplo, no estaban muy bien vistas. Trabajar era vulgar; era para chicas de clase media o clase media baja que en general terminaban como amantes de sus propios jefes porque nadie las tomaba en serio. Las mujeres de buena familia no trabajaban y menos en una oficina. Como mucho eran maestras hasta que se casaban, se dedicaban a su familia y eran felices con el último modelo de lavarropas y los primeros tupperwares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El apartamento, una de las mejores películas de Billy Wilder, cuenta la historia de una chica adorable —Shirley McLaine— que trabaja como ascensorista en una gran empresa. Hoy, medio siglo después, parece una comedia sencilla, pero en esa época reflejo la complicada realidad de las mujeres jóvenes de clase media que tenían que trabajar para subsistir. Fue, para las espectadoras, el espejo triste y arrugado de la amante que pasa sola las fiestas o que espera en vano al lado del teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por primera vez se habló sobre la triste vida de esas asistentes, del asedio de los ejecutivos, de la dificultad que tenían para ser tratadas con respeto (los ejecutivos les hacían chistes sexistas y ofensivos, muchos ni siquiera las llamaban por su nombre y algunos les tocaban la cola con impunidad), la imposibilidad de acceder a trabajos calificados y el destino irreductible, inequívoco, fatal de terminar como amante descartable y solitaria de un hombre felizmente casado con otra mujer. Eran, paradójicamente, mujeres que —al contrario de Grace Kelly— querían dejar todo por amor, pero el amor no las quería a ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las chicas de familias acomodadas, por el contrario, en vez de trabajar, iban a la universidad. Pero no iban a estudiar y mucho menos a concretar sus ansiados sueños de ser profesional. Iban a buscar marido. En este caso, la dinámica era inversa: las estudiantes no sacrificaban su carrera para casarse. Sino que para poder casarse, se sacrificaban haciendo una carrera. En ambos casos la carrera era el sacrificio. Pero en el primero, lo terrible era dejarla. Y en el segundo, tener que hacerla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy en día, el axioma es igual de complejo. Aunque lo neguemos, existe un prejuicio intrincado e injusto que no deja a una sola mujer bien parada. Las que dejan de trabajar para criar hijos nos parecen holgazanas que se dan la gran vida mirando televisión y haciendo pilates durante todo el día, y las que trabajan a jornada completa y dejan a sus hijos con una niñera nos resultan madres abandónicas que tuvieron un hijo de puro capricho. (¿Leyeron? Dije holgazanas. Dije abandónicas)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin ir más lejos, en vez de comedias de Billy Wilder, hoy hay revistas enteras dedicadas a investigar qué clase de madre son las actrices de Hollywood o las cantantes pop. Si dejan de trabajar para criar hijos las persiguen para sacarles fotos con ojeras y el jogging enchastrado de papilla, y si siguen trabajando, las acusan de madres egoístas y dejadas. El público les pide que sean Grace Kelly y Shirley Mc Laine al mismo tiempo. Princesa y ascensorista. Madre y trabajadora. Y que sean buenas en ambas cosas también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy en día, casi cincuenta años después de  El apartamento y La ventana indiscreta  todavía no encontramos el término medio. Las que dejan de estudiar por trabajo son tontas, las que dejan de trabajar por sus hijos son vagas, las que dejan a sus hijos para poder trabajar son egoístas, las que dejan su carrera para casarse son antiguas, las que dejan a su marido para retomar la carrera son ilusas y las que no quieren tener hijos son enfermas, anormales, falladas. Hay prejuicios para todo el mundo. Para las actrices, las amas de casa, las ascensoristas, las secretarias. Todas son víctimas de nuestras exigencias imposibles. No se salva ninguna. Ni siquiera las que tienen coronita.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Es linda, divertida e inteligente. Además es curiosa: lee mucho, va al cine, mira series y saca fotos. Sin embargo, como no es despampanante, ni usa tacos aguja con pantalones ajustados, casi siempre se hace amiga de los hombres. Y por eso está soltera. Bueno, por eso, y por culpa de las ladronas de baldosa como Marilyn Monroe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mayoría de los hombres busca mujeres escandalosamente atractivas a cualquier precio. Incluso si son estúpidas. Las aman aunque vivan preocupadas por lo que le dijo una amiga a la otra, por lo mal que les cortaron el pelo, o por el kilo y medio de más que subieron cuando se fueron de vacaciones. Aunque sean profundas como un charquito callejero. Aunque su única aspiración en la vida sea tener un marido exitoso que les ponga una casa en un country, que las lleve a Punta del Este, que les traiga la revista Gente a la salida de la oficina, y les pague una empleada doméstica que trabaje de lunes a lunes. Es la verdad. Algunos lo asumen directamente, y otros magnifican atributos comunes y fantasiosos en cada pava que encuentran para justificarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prueba de ello son los cientos de actores, conductores, músicos y directores de cine que en vez de salir con actrices, conductoras, músicas o directoras de cine, salen con modelos anoréxicas que no son más que una percha de ropa elegante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y está bien. Cada uno debe privilegiar las cualidades que más desee en una pareja. Si para ellos la belleza física es lo más importante, pues adelante. Que sigan diciendo que son “lindas”, “dulces”, “compañeras” o “buenas madres” para justificar que se casaron con un par de piernas largas sin nada en la azotea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, este derecho legítimo y privado que a primera vista es irreprochable, tiene sus consecuencias. Principalmente para el universo; porque cuando una mujer tonta se casa con un hombre inteligente, está ocupando una baldosa ajena, un lugar que estaba destinado a otra mujer, un espacio que no le pertenece. Está sacudiendo el orden natural del cosmos, tomando una mitad que no era suya, la mitad de una mujer inteligente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al resto de las mujeres, este fenómeno nunca deja de extrañarnos. Casi a diario nos preguntamos como un cantante talentoso o un director de teatro puede estar casado cinco años con una mensa que sale en revista Caras, en cuatro patas y hecha milanesa en la arena, diciendo que su sueño es bailar en lo de Tinelli o escribir un libro de poemas. Es una duda que nos carcome por dentro: ¿Cómo se relaciona alguien que disfruta el arte con una mujer que sólo sabe de esmaltes de uñas y depilación brasilera? ¿Qué hacen cuando ven una película, leen un libro o tienen un vacío existencial? ¿Con quién hablan, con quién debaten, con quién intercambian ideas y se enriquecen? ¿Quién les devuelve los chistes? ¿Quién los hace reir? ¿Cómo es casarse con alguien que uno no admire?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta a esta pregunta diaria, que para algunas es el gran problema amoroso de sus vidas, es, sin embargo, sumamente simple: los hombres inteligentes y divertidos pueden darse el lujo de tener enamorarse de una idiota, porque tienen una amiga como Paula.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la novia tienen sexo y con Paula van al cine. Con la novia van a la playa y con Paula hacen chistes. Con la novia se casan y con Paula se asocian, trabajan, charlan, maduran, se encuentran. Es decir que mi amiga Paula es la que suple la carencia de la novia oficial. Es el ventilete intelecual de esa relación superficial, la muleta creativa, el bálsamo que sana la llanura pelada que ofrece el intelecto de la mamerta. Paula hace posible esa relación despareja. Sin una Paula con la que ir a tomar el té y al teatro el domingo, la otra relación estaría muerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es por esto que es muy importante que emprendamos una acción conjunta. Que pensemos en nuestras primas, amigas, hermanas solteras que sufren tratando de conquistar a un galán talentoso que siempre cae en manos de una tarada mental que llora porque este verano no va a ir a Punta del Este. No seamos amigas de hombres que salen con taradas. Neguémosles la posibilidad de sostener este tipo de relaciones a largo plazo. No hagamos más de muleta. Que sientan el vacío y la soledad de ir a dormir todas las noches con un maniquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Neguémosles la amistad. Seamos todo o nada. Digámosles que vayan a hablar de historia con las taradas. Que les pregunten qué piensan de una obra de teatro, de una película checoslovaca o del conflicto entre Rusia y Georgia  a sus lindísimas esposas milanesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejemos de ser las amigas piolas, la mina “cago de risa”, las copadas, las hermanas de la vida y las que los escuchan cuando la mensa los deja. Porque si dejamos esa baldosa lateral vacía, la otra no podrá llenarse con cualquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Negúemosles la amistad. Neguémosle la amistad. Neguémosle la amistad. Hagámoslo por nuestras futuras hijas, por la armonía del universo o por la justicia divina. O al menos por mi amiga Paula, que desde Marilyn Monroe se casó con Arthur Miller, es la más ingeniosa y la más talentosa, pero siempre la más soltera.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Cada vez que llegaba mi cumpleaños, Navidad o el día de reyes y me preguntaba qué quería de regalo, yo contestaba siempre lo mismo: un mono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mi viejo estallaba de ira, presumo, porque sentía que pisaba el abismo de mi locura, y me reclamaba, sacado: ¿¡Por qué nunca podés pedir nada normal como los demás chicos?! ¡¿Por qué siempre estupideces, cosas raras, cosas imposibles?! ¿Por qué querés monos y jirafas?! (Una vez sola pedí una jirafa para ver si prendía. El resto de las veces era siempre mono) Y me regalaba una muñeca, la casa del pequeño pony, un vestido. Todo menos el mono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo era rara. A mí me gustaba encerrarme en mi cuarto a escribir, a dibujar (en esa época yo quería ser pintora) y a recortar revistas. La felicidad era pasar el fin de semana en lo de mi abuela mirando cine argentino y contestando las preguntas de Feliz Domingo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si fuera poco, en esa época, mi viejo había comprado un engendro editorial que se llamaba “Quiero un hijo ganador” y quería practicar los ejercicios del libro conmigo. Y yo era una gordita estudiosa, que era mala en los deportes y que se encerraba en su dormitorio a dibujar y a escribir pavadas todo el día. Era una perdedora total. Y esa conciencia de saberme perdedora, anormal, barroca, deforme, marginal, me persiguió como un látigo durante toda mi vida. Hasta el día de hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante mucho tiempo yo me esmeré profundamente en ser normal. Yo traté de ser empresaria, pesar cincuenta y cinco kilos, ser rubia, e ir al club a jugar al hockey con mis amigas. Quise casarme con un hombre prolijo que me diera dos hijos igualitos a los de Valeria Mazza y dejar de trabajar para hacer obras de caridad. Prueba de ello son las  cuatrocientas relaciones fallidas con jóvenes empresarios y otra clase de hombres supuestamente normales que emprendí en mis años de juventud. Y casi lo logro. Estuve así de cerca. Llegué a ser jefe de producción en dos empresas con mucho éxito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El único problema era que todos los días, en horario laboral, yo me iba a una horita al patio de la oficina a llorar. Como un reloj. A eso de las tres de la tarde me sentaba en un salaminero de madera que habíamos abandonado atrás y lloraba a moco tendido porque no estaba escribiendo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y lloré dos o tres años en el patio. Hasta que un día, en un mismo mes pasaron muchas cosas importantes juntas. Me enamoré de un amigo que era filósofo (que es el mismo que ustedes conocen como “&lt;a style="color: rgb(153, 0, 0); font-weight: bold;" href="http://www.criticadigital.com/lapeleadora/category/mimarido/"&gt;mimarido&lt;/a&gt;” y renuncié a la empresa familiar. Así nomás, de un día para el otro, sin un peso en el bolsillo, con el contrato de alquiler a punto de vencer y sin saber de qué iba a vivir el resto de mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E hice algo que muchos de ustedes no saben y que los va a sorprender (si esto fuera una película este sería un plot point), me fui a trabajar a un call center.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue una época durísima para mí, porque mimarido y yo éramos muy pobres. Pero pobres escandalosos. Pobres como en el cine argentino, como en las películas de Trapero. Sin embargo, a pesar de la congoja de mi incipiente miseria, tenía la ilusión de volver a escribir, y era tanta, que casi casi, justificaba la pobreza, que como ustedes saben, es algo que detesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que en esa época, ya sin la presión de escribir un gran drama contemporáneo, abrí un blog y empecé a escribir los discursos con las que yo encandilaba a la gente en las sobremesas: empecé a clasificar viejas y a proponer teorías descabelladas, anormales, exageradas sobre amor. Es decir que empecé a escribir sobre todo lo deforme y marginal que había reservado para la charla cotidiana, para el chiste entre amigas. Y empecé a escribir cosas que me hacían morir de risa, y que sobre todo, hablaban de mí. Por primera vez hablaba explícitamente de mi anormalidad, de mis monos, de mis rarezas, y en vez de esconderlo lo exageraba, lo magnificaba hasta el infinito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que hago muchas notas, me di cuenta que cuando me preguntan por qué empecé Bestiaria contesto esa pregunta disfrazada, con careta. Y hoy, acá, ahora, que tengo a mis lectores cerca quiero decirles la verdad. Yo escribo Bestiaria para todas las personas que alguna vez se sintieron raras. A mí, la normalidad me parece un disfraz humillante, una bandera de mediocres, un grillete en las piernas. Por eso jamás hablo de mujeres comunes, de mujeres equilibradas, de mujeres buenas. La publicidad, las novelas, los negocios de ropa le hablan a esas mujeres. Y lo tienen todo. Menos mis líneas. Mis líneas son mías y de ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo soy todas las mujeres de Bestiaria y al clasificarlas, de alguna manera intento salvarlas a todas. Las enumero para que existan, como un lenguaje sagrado que se está muriendo,  como bichos que se extinguen y tienen que subir a un arca de Noé que podría ser mi libro o mi blog. Las salvo a todas de su normalidad seriada, genérica, insignificante. A las que se manchan la camisa blanca a los tres minutos de ponérsela, las que tienen desordenada la cartera y el dedo meñique más largo que el resto. A las que no saben silbar. A las que no juegan al hockey. A las que nunca en la vida se casarían con un empresario. A las solteronas, a las gorditas, a las narigonas, a las inseguras. Yo escribí Bestiaria para esas mujeres a las que nadie les escribía. Para las mujeres que cuando eran chicas lloraban en su cumpleaños porque siempre recibían el regalo incorrecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante los tres años que escribí lo que ahora leen en este libro, hubo tres personas que hicieron una gran diferencia en mi vida y que me obligaron a llegar hasta acá. O mejor dicho, que me salvaron de ese destino forzado de mujer normal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera es mi marido, que fue la primera persona que confió ciegamente en mí. Y confió en mí cuando nadie más lo hizo. Cuando rechazaba trabajos de gerente, a pesar de que no podíamos pagar las cuentas, para poder seguir escribiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no sólo eso, claro. Cuando yo empecé Bestiaria escribía muy mal. Yo era guionista. Ser guionista, entre otras cosas, es enumerar, en orden cronológico un montón de acciones que recién después de una hora y media tienen un sentido. Y como muchos deben saber, eso está lejísimos de escribir. Así que mi marido se sentaba todas las noches después de trabajar a tacharme manuscritos. Y me tachaba todo. Pero todo. El me decía que estaban mal las transiciones, el planteo lógico, el ritmo, el tono, la sintaxis y yo lloraba y lo peleaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Invariablemente, producto de sus tachones, a eso de las cuatro de la mañana yo rompía en llanto y le preguntaba, con la voz entrecortada de angustia: ¡Para que me ha cés es cri bir si to tal pens sas que es t ato do mal, eh?! Lo ha ces de sa di co de mier da?? Y mi marido, que tiene una paciencia increíble, me decía siempre lo mismo: “está todo mal, pero algunos pasajes, algunos adjetivos, delatan que debajo de toda esta torpeza hay una escritora”. (No sé si hay una escritora, yo me siento más bien un personaje de mi marido, pero sé que no escribo tan mal como antes, o que se cansó de corregirme y ahora me miente diciendo que ya está bien y que no hay tanto para tachar)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este proceso maravilloso me encontré con los lectores, mis primeros lectores, que a la vez, como grupo, son la segunda persona que legitimó mi anormalidad. Esta gente venía VOLUNTARIAMENTE a leer mis teorías descabelladas, mis personajes raros, mis mujeres deformes, barrocas, exageradas. Me elegía a mí por sobre todos los normales del mundo. Por primera vez en mi vida alguien celebraba que yo pidiera monos y no muñecas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://xs.to/"&gt;&lt;img src="http://xs229.xs.to/xs229/08305/todalagentetoda2814.jpg" title="presentacion de bestiaria" border="no" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Yo, a mis lectores actuales les debo la felicidad de poder vivir de esto. Y lo agradezco. Pero a mis primeros lectores, a los primeros que se rieron con mis escritos o mandaron por mail un artículo que había colgado en internet les debo mi vida. No saben lo que es una palmadita en un momento de total oscuridad. Sin esos lectores yo todavía estaría tratando de casarme con un jugador de rugby, sacando costos de madera maciza, subrayando “Quiero un hijo ganador” y llorando sentada arriba de un salaminero, en el patio de mi oficina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el tercero es &lt;a style="font-weight: bold; color: rgb(153, 0, 0);" href="http://orsai.es/"&gt;este señor que tengo acá al lado&lt;/a&gt;, que ustedes deben conocer porque es bueno y se deja sacar muchas fotos, incluso disfrazado de señora o de teletubbie. Toda la gente que tiene un blog, cuando sea grande quiere ser Casciari. Yo ya soy grande, es verdad, y no quiero ser Casciari porque como es bueno, la gente le saca muchas fotos y yo en las fotos salgo mal. &lt;a style="font-weight: bold; color: rgb(153, 0, 0);" href="http://www.youtube.com/watch?v=0lBlT7KIKpc"&gt;Pero soy su fan&lt;/a&gt;. Y me alegra que él haya legitimado todas sus rarezas y su anormalidad (no nos olvidemos que vive de mentir y mirar la tele) delante mío. Me conmueve y me alivia, que de alguna forma, a la distancia, él me haya mostrado, entre otras cosas, que estaba muy bien pedir un mono para Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;--------------------------------------------------------------&lt;br /&gt;Quienes no hayan ido a la presentación, pueden leer un poco más de lo que se dijo en &lt;a style="font-weight: bold; color: rgb(153, 0, 0);" href="http://www.rionegro.com.ar/diario/2008/07/27/20087c27b05a.php"&gt;estas tres notitas (una sobre mí, otra sobre Hernán)&lt;/a&gt; y en&lt;span style="color: rgb(153, 0, 0); font-weight: bold;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;a style="color: rgb(153, 0, 0); font-weight: bold;" href="http://www.revistag7.com/2008/site/g7tv/g7tv.php?id=104"&gt;este video&lt;/a&gt; ver cómo desvío los ojos con cara de loca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Es la única persona que corta medio tomate y guarda la otra mitad en un tapercito adentro de la heladera, le pone un broche al paquete de yerba, usa una bandita elástica para cerrar el paquete de galletitas y huele absolutamente todo lo que va a comer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además, revisa puntillosamente la fecha de vencimiento de todos los productos, va al supermercado con una lista, descarga los productos en orden sobre la cinta de la caja registradora (primero carnes y lacteos, luego verdulería, después perecederos, bebidas y limpieza) y pone los pollos y las bandejitas de carne en otra bolsita de nylon de la verdulería para evitar que alguna gota de sangre salpique la mercadería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La afectada nunca cocina sin receta. Es incapaz de innovar o modificar la los condimentos de acuerdo a su gusto personal. No improvisa ni una ensalada. Su cocina se parece a una gran cadena de franquicias: es siempre la misma tarta, con la misma cantidad de queso y el tomate puesto en el mismo lugar. Si aprendió a hacer un plato que lleva doscientos setenta y cinco gramos de queso rallado y sólo tiene doscientos cincuenta, el menú se frustra hasta nuevo aviso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero aparte de obsesiva, la afectada es supersticiosa y obediente como un empleado estatal. Tanto, que es la última mujer del mundo que todavía cumple con ciertos mitos de la gastronomía hogareña. Es la única que pone a leudar una masa todo el tiempo que indica la receta, la que deja en remojo las legumbres durante toda la noche (los demás nos olvidamos y las cocemos directamente o las ponemos en agua dos horas antes), la que espera que una torta se enfríe para probarla (las personas normales le cortamos un pedacito apenas sale del horno, nos quemamos vivas, la destrozamos y después la emparchamos con relleno), la que cree que hay bolsas especiales para freezer, y la típica ama de casa que trasvasa fideos, arroz y azúcar en frascos individuales que vuelve a llenar con el paquete original a medida que va consumiendo el contenido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro lado, la afectada lee las etiquetas de lavado de todas las prendas, refuerza la costura de los botones antes de que se caigan, repone el cepillo de dientes cada seis meses, jamás se sienta en un inodoro ajeno (incluso abre la puerta con papel higiénico en la mano), lee el manual de instrucciones antes de armar un mueble y todas las noches gira la almohada una veintena de veces hasta encontrar la mejor posición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cree en las ceramidas, en la placenta de tortuga, en los oligoelementos, en los productos fortificados con hierro, en el triángulo de las bermudas, en San Expedito, en las propiedades sanadoras del germen de trigo, la fórmula secreta de coca cola, y en todo lo que dicen en la televisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la escuela secundaria, es muy fácil reconocer a la afectada porque tiene colores para subrayar y siempre sabe qué hay que hacer para el otro día. Pero desgraciadamente para ella, sus rituales no se mezclan nunca con la inteligencia. De hecho, en la mayoría de los casos es una burra infernal que memoriza las lecciones como un grabador de mano y pregunta —por las dudas, para estar segura— cuarenta veces por clase si ese tema va a estar en el examen, si es lo mismo comprar flauta Melos que Yamaha, y si puede usar el manual de geografía que usó su hermana el año anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la universidad, la afectada toma minuciosos y estériles apuntes de obsesiva. No escribe palabras clave ni hace cuadritos con flechas. Como una secretaria antigua, copia hasta el último artículo y la última conjunción de la lección. Es la víctima número uno de los rumores académicos sobre profesores incorruptibles y burocracia descabellada sobre el porcentaje de asistencia y otras pavadas. Se cree todo. Si le dicen que no puede entrar pasados cinco minutos de clase, piensa que de verdad le van a cerrar la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando tiene un hijo, la afectada no hace nada que no haya dicho el pediatra. Lo llama cuarenta veces por día para preguntarle si puede reemplazar la zanahoria con zapallo, la manzana por banana o el yogur de vainilla por uno sin sabor. Sin embargo, su taradez no está asociada a un trastorno obsesivo. No se enferma de angustia si el nene tiene tos o llora por la noche. Simplemente no sabe ni puede imaginarse qué hacer para curarlo. No entiende. No sabe en dónde buscar. Se queda clavada en el piso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que sucede algo nuevo, la afectada se para como un juguete sin pilas. Para ella, todo lo que no tenga instrucciones es un agujero negro. Cada suceso, cada noticia, cada variación, es como una angustiosa caja de sorpresas que hay que mantener cerrada a cualquier precio. No vaya a ser cosa de que se abra y ella no tenga ni un tapercito, ni un broche, ni una gomita, ni una bolsita de freezer, para meterlo todo adentro de nuevo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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Por el contrario, en la mitología griega, Zeus hizo una mujer de arcilla, pero no para entretener al hombre, sino para castigarlo por su soberbia. Desde entonces esta ecuación precaria se repite en todas las fábulas: en los cuentos infantiles, las telenovelas y en las comedias románticas. Desde la Biblia hasta Pigmalión. De maneras más o menos evidentes, es el hombre a través de su deseo quien le da sentido y vida a la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Sirenita, por ejemplo, cuenta la historia de una sirena hermosa de voz dulce, que se enamora a primera vista de un joven capitán a quien rescata de un naufragio. Conmocionado por el accidente, cuando el capitán despierta, la confunde con otra mujer, a quien le propone casamiento. La Sirenita, entonces, consulta a una bruja mala, quien le da un par de piernas de mujer a cambio de su bella voz, bajo la advertencia de que podrá recuperarla sólo si logra que el capitán se enamore de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La historia de la Cenicienta es parecida. Una joven hermosa es obligada a servir como esclava a su madrastra y a sus dos hijas feas, hasta que un día con la ayuda de un hada madrina, -que le da un vestido y un carruaje hasta las doce de la noche- asiste a un baile en el palacio real, en donde conoce al príncipe del reino, quien la rescata de su familia y la lleva a vivir con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la Bella Durmiente, la protagonista es una hermosa princesa víctima de un embrujo. Un hada maligna la condena a permanecer dormida durante cien años, y un hada buena, para ayudarla, modifica ese hechizo para que se despierte cuando un joven príncipe se enamore y la bese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanto en la Sirenita, como en la Cenicienta, como en la Bella Durmiente, Blancanieves o Rapunzel, para dar algunos ejemplos, sólo el hombre puede darle sentido a la vida de la mujer. La mujer es un ente inmóvil sin ambiciones ni sueños, paralizado en su propia tragedia, hasta que un príncipe valiente la rescata, le devuelve su voz, la libera de la esclavitud o la vuelve a la vida con un beso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro lado, Blancanieves duerme en una caja de cristal, Rapunzel vive prisionera en una torre, la Bella Durmiente está en coma en un castillo abandonado, la sirenita aislada debajo del mar. Pareciera que todas las mujeres de los cuentos están adormiladas, atontadas, al margen del mundo real, y que los hombres fueran los encargados de volverlas a la realidad. Sus besos les dan vida, como si fueran muñecos de arcilla. Los hombres son como dioses creadores y las mujeres, animales mitológicos o muñecos que sólo con el deseo de un otro se transforman en una persona completa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los cuentos infantiles, además, las mujeres son objetos que poseen belleza como único atributo. Y este atributo a su vez les confiere su esencia: las mujeres lindas son buenas, y las malas son feas. Mientras que las primeras enamoran al príncipe valiente con esa cualidad única e insuficiente, a las segundas solo les queda conspirar y sentir envidia. No hay otra opción. En los cuentos las mujeres buenas no existen; la protagonista debe conformarse con la ayuda de animales, seres fantásticos, enanos o leñadores desconocidos. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En “El príncipe encantado”, a primera vista pareciera que la ecuación de invierte: una mujer debe besar a un sapo que en realidad es un príncipe. Pero la premisa es engañosa, porque la moraleja de la historia (y su posterior simbolismo en el cotorreo femenino de peluquería) dice lo opuesto: que una mujer que no se fija en la apariencia de un hombre, puede llevarse una sorpresa y quedarse con un príncipe. Es decir, ganar el premio máximo: un hombre rico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las burbujas de las fábulas en las que el príncipe es siempre virtuoso y valiente y la mujer siempre bella e indefensa, persistieron hasta que los hombres se destruyeron en las guerras mundiales. Sólo entonces la realidad transformó la fábula y las mujeres salieron de sus castillos a trabajar, a estudiar y a conocer el mundo. Sin embargo, pasado el tiempo, las cosas parecen volver al mismo lugar. A pesar de que en las jugueterías hay celulares con música, computadoras y patinetas, hoy, millones de años después de Adán y Eva, el producto más vendido no es otro que el disfraz de princesa. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;script type="text/javascript"&gt;&lt;!--
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