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		<title>Sobre Monasterio, de Eduardo Halfon</title>
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		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Mar 2020 19:54:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
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<p>Nacido en Guatemala, educado en Estados Unidos y nieto de emigrantes judíos y libaneses, Eduardo Halfon es autor de un puñado de novelas, todas cortas o muy cortas, en las que suele echar mano a esa densidad cultural que sugiere su propia biografía. El juego de espejos entre realidad y ficción que atraviesa toda su obra tiene en <em>Monasterio</em> un resplandor especial: aquí el protagonista se llama Eduardo Halfon, un joven guatemalteco de familia judía que viaja a Tel Aviv al matrimonio de su hermana. Pero la novela no es precisamente el despliegue de una trama, ni la secuencia de capítulos supone el progresivo avance hacia un final. La composición es más bien un tupido mosaico en el que se superponen varios tiempos e historias, una apretada estructura que apunta a un solo objetivo: retratar los conflictos de la identidad. La novela ocupa toda su tinta en el asunto y le cierra el paso a cualquier otra lectura. Eduardo Halfon, el escritor, comparte de este modo un rasgo que caracteriza a toda una generación de narradores en América Latina: parecen más preocupados por el modo en que se leen sus libros que por contar historias. Con todo, en esta prosa no hay torpezas ni florituras estilísticas: tiene el golpeteo sonoro de un ritmo y la sencillez de las formas que se han desprendido de todo exceso. Y eso no es poco.</p>



<p>[Publicado en <a href="http://www.revistadossier.cl/">Dossier 42</a>]</p>
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		<title>Escribir es ahora</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/escribir-es-ahora/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Aug 2016 18:06:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
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					<description><![CDATA[<img width="766" height="390" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?fit=766%2C390&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="La uruguaya, de Pedro Mairal." loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?w=1259&amp;ssl=1 1259w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?resize=300%2C153&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?resize=768%2C392&amp;ssl=1 768w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?resize=1024%2C522&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" />«¿Cómo voy a escribir con mi hijo colgando de mis pelotas?», se queja Lucas Pereyra, el protagonista de La uruguaya. Al otro lado de la mesa lo escucha su amigo Enzo, un escritor mayor. Es apenas una línea de diálogo, pero podría ser perfectamente la bisagra de la novela, el punto donde convergen todos los caminos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="390" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?fit=766%2C390&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="La uruguaya, de Pedro Mairal." loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?w=1259&amp;ssl=1 1259w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?resize=300%2C153&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?resize=768%2C392&amp;ssl=1 768w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/la-uruguaya-02.jpg?resize=1024%2C522&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>«¿Cómo voy a escribir con mi hijo colgando de mis pelotas?», se queja Lucas Pereyra, el protagonista de <i>La uruguaya</i>. Al otro lado de la mesa lo escucha su amigo Enzo, un escritor mayor. Es apenas una línea de diálogo, pero podría ser perfectamente la bisagra de la novela, el punto donde convergen todos los caminos y todos los temas se cruzan<i>.</i> La cuestión es ésta: cuando tienes una familia y unas cuentas que pagar, la literatura puede ser al mismo tiempo un lujo y una forma de suicidio. <span id="more-3402"></span>Nunca hay que descartar, además, que aunque hayas decidido lanzarte a escribir a pesar de todo, también en esa circunstancia —hermosa y valiente— podrías ser un perfecto pelotudo. Eso es <i>La uruguaya</i>: una novela sobre las miserias de ser escritor, pero sin los heroísmos ni las divagaciones estéticas de otras.</p>
<p>La novela tiene la forma de una larga confesión que reconstruye una trama de peripecias enmarcada en un solo día, en un viaje de ida y vuelta entre Buenos Aires y Montevideo. Lo curioso es que, sumergido en una prosa rápida, uno tiene la sensación de una narración de tránsito pausado, donde el paisaje se va desplegando lentamente al ritmo de una historia que avanza cerrando sus círculos. <i>La uruguaya</i> tiene ése y otros méritos, como cierto equilibrio en los estilos del habla: un poco culta y un poco coloquial, uruguaya por allá, argentina por acá.</p>
<p>Mairal se tardó diez años en volver a la novela. Durante ese tiempo se dedicó a despachar crónicas por encargo, o sea, se dedicó a observar el mundo y a mirarse como un personaje que mira al mundo. El resultado fue <i>Maniobras de evasión</i>, un libro extraordinario en el que uno leyó cosas como ésta: “Todo se puede contar. No hay secreto, uno no se puede guardar nada, la exposición es absoluta. El poeta mete todo en la trituradora verbal, queda desnudo. Esa es la intemperie de la poesía. Quedar vacío frente a la palabra”. Y como ésta: “Escribir es ahora. Es esto. No es algo que va suceder más adelante”. El registro de la crónica se cuela en esta novela. Hay un tono etnográfico, una prosa ágil que tiende al inventario, tres o cuatro microensayos repartidos en el texto y salpicados de humor. <i>La uruguaya</i> no sólo es una heredera natural de <i>Maniobras de evasión</i>, sino su continuación por otros medios. Aunque con etiquetas diferentes y condenados a estanterías opuestas, ambos libros son aguas del mismo hervidero.</p>
<p>¿Qué nos deja una buena novela? La respuesta depende del tipo de lector que seamos, pero es muy probable que la memoria de algunas escenas sea un saldo compartido. Uno puede olvidar la historia, pero es más difícil desprenderse de esas imágenes que el talento de un escritor graba en tu imaginación con el aliento de lo real. De <i>La uruguaya</i> yo guardo la escena del diálogo de Lucas Pereyra con el mozo del bodegón de Santa Catalina, o esa secuencia final, cuando Lucas entra en Buenos Aires y Buenos Aires parece el espejo de una ruina interior. Pero, sobre todo, queda esa bisagra, ese diálogo que parte de la frustración: “¿Cómo voy a escribir con mi hijo colgando de mis pelotas? ¿Qué carajo voy escribir así?”. “Escribe sobre eso —le responde Enzo—. Sobre lo que está pasando en este lugar”. De eso se trata <em>La uruguaya</em>: de la forma en que la literatura coloca la vida a la intemperie. Porque todo se puede contar. Y escribir es siempre ahora. Es esto.</p>
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		<title>Todo es cancha</title>
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		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 Jul 2016 21:54:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Capturas]]></category>
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					<description><![CDATA[<img width="766" height="349" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?fit=766%2C349&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?w=1264&amp;ssl=1 1264w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?resize=300%2C137&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?resize=768%2C351&amp;ssl=1 768w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?resize=1024%2C467&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" />Y llega el día en que tu hija es capaz de ganarte en el juego. No me refiero a un juego de video, sino a perder la batalla sobre un tablero conocido, en el que tienes práctica. Imagino que es un momento en el que la relación entre padres e hijos traspasa un umbral sin [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="349" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?fit=766%2C349&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?w=1264&amp;ssl=1 1264w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?resize=300%2C137&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?resize=768%2C351&amp;ssl=1 768w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/peon-1.jpg?resize=1024%2C467&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Y llega el día en que tu hija es capaz de ganarte en el juego. No me refiero a un juego de video, sino a perder la batalla sobre un tablero conocido, en el que tienes práctica. Imagino que es un momento en el que la relación entre padres e hijos traspasa un umbral sin retorno: dejas de ser invencible y te conviertes en&nbsp;un héroe vulnerable. <span id="more-3375"></span>La misma criatura que hasta hace poco engañabas con un dulce, creció, aprendió las reglas, movió sus piezas, te jugó limpio y al otro lado del tablero disfruta su conquista, mientras tú disimulas la derrota entre las ruinas de una autoridad: qué bien, te felicito, pero ya es hora de dormir. Recuerdo la tarde en que mi hija mayor me ganó una partida de Quoridor. Nunca antes me dejé vencer y esa vez tampoco. Su triunfo fue sorpresivo e inapelable. Cuando lo vi venir, encendí las alarmas, hice un esfuerzo por recuperar posiciones y me concentré en el juego. Levanté la vista un par de veces y la vi a ella también abstraída, como si intuyera que la victoria estaba cerca y que una pequeña distracción podría arrebatársela. No me dio respiro y con un par de movimientos me noqueó.&nbsp;Con los videojuegos, sin embargo, la cosa es distinta. Los padres no tenemos una historia que defender en el mundo virtual. Podemos comportarnos como aprendices. A veces descargo en mi teléfono los juegos que mi hija tiene en el suyo y pruebo hasta dónde soy capaz de amenazarla en sus dominios. Hace unos días le mostré qué tan lejos había llegado en uno y me respondió: “No puedo creer que un adulto como tú ande presumiendo frente a&nbsp;su hija de trece años”. Okei. Todo es cancha, pensé.&nbsp;Pero ya vas a ver. Ahora mismo soy una serpiente con cara de bondadosa, pero con un objetivo cruel: alimentarse de otras y crecer. Juego en mi celular, concentrado. Miro de reojo hacia la pantalla de mi computador y veo que —en ese otro frente de batalla— el cursor titila atascado al final de una frase. Nunca había llegado tan lejos en este juego. Soy ahora mismo el bicho más gordo en esta sala virtual: una devoradora de ojos saltones, larga, implacable, invencible. Mi hija no me lo va a creer.</p>
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		<title>Cosas que Teillier explicaba con números</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/cosas-teillier-explicaba-numeros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Mar 2016 13:55:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
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					<description><![CDATA[<img width="766" height="377" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?fit=766%2C377&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?w=1300&amp;ssl=1 1300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?resize=300%2C148&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?resize=1024%2C504&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" />Me gustan las listas. Yo mismo tengo varias en progreso desparramadas sin ningún orden en un archivo de texto. Hace un rato las miraba a ver cómo han crecido, como quien mira las plantas de su jardín, y me encontré con un listado curioso que había olvidado: “Cosas que Teillier explicaba con números”. Es un puñado [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="377" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?fit=766%2C377&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?w=1300&amp;ssl=1 1300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?resize=300%2C148&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/teillier.jpg?resize=1024%2C504&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Me gustan las listas. Yo mismo tengo varias en progreso desparramadas sin ningún orden en un archivo de texto. Hace un rato las miraba a ver cómo han crecido, como quien mira las plantas de su jardín, y me encontré con un listado curioso que había olvidado: “Cosas que Teillier explicaba con números”. Es un puñado de citas que apunté <a href="http://www.material-ligero.cl/conversaciones-con-jorge-teillier-una-relectura/" target="_blank">cuando releí</a> <em>Conversaciones con Jorge Teillier</em>, el libro de Carlos Olivárez. <span id="more-3349"></span>Ahora no lo recuerdo, pero es probable que haya anotado sólo frases que me parecieron significativas: tengo la impresión de que un lector más atento que yo —y que revisara además las entrevistas que dio Teillier— podría verificar esa tendencia suya a usar cifras y porcentajes para explicar cuestiones como el valor de su poesía o su visión del mundo. Como se ve, podía tener una medida para muchos asuntos, incluyendo el número de sus lectores y el correo pendiente:</p>
<ol>
<li>
<div>“[He publicado] unos tres mil versos. De los cuales valdrán unos doscientos.”</div>
</li>
<li>
<div>“Por lo menos hay una docena de buenos poetas vivos. Cosas que es bastante para un país chico.”</div>
</li>
<li>
<div>“Gente que ha escrito buenos poemas [en Chile] hay unos cien.”</div>
</li>
<li>
<div>“Se me ocurre que tengo 300 lectores. ¿Son muchos, no? Ayudan a vivir.”</div>
</li>
<li>
<div>“Tengo libros [en la biblioteca]. No muchos, unos tres mil.”</div>
</li>
<li>
<div>“Cuando miro a la gente, pienso que el 90 por ciento están locos, locos aburridos.”</div>
</li>
<li>
<div>“Tengo 98 cartas que contestar.”</div>
</li>
</ol>
<p><span style="color: #999999;"><em>[Foto de Beltrán Mena publicada sin </em></span><span style="color: #999999;"><i>ningún crédito visible en <a href="http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-69987.html" target="_blank">Memoria Chilena</a>.]</i></span></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Levantar la cabeza</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/levantar-la-cabeza/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 02 Mar 2016 16:21:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Capturas]]></category>
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					<description><![CDATA[<img width="766" height="341" src="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?fit=766%2C341&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?resize=300%2C134&amp;ssl=1 300w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?resize=768%2C342&amp;ssl=1 768w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?resize=1024%2C456&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" />Tiene toda la razón Gonçalo Tavares cuando dice que la lectura no sólo consiste en leer un texto, sino sobre todo en levantar la cabeza. Hay en esto una paradoja: el mismo texto que captura nuestra atención nos obliga a detenernos, a poner una pausa. Tavares se refiere a ese momento en que lo esencial [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="341" src="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?fit=766%2C341&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?resize=300%2C134&amp;ssl=1 300w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?resize=768%2C342&amp;ssl=1 768w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/lector-pauloslachevsky.jpg?resize=1024%2C456&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Tiene toda la razón Gonçalo Tavares cuando dice que la lectura no sólo consiste en leer un texto, sino sobre todo en levantar la cabeza. Hay en esto una paradoja: el mismo texto que captura nuestra atención nos obliga a detenernos, a poner una pausa. Tavares se refiere a ese momento en que lo esencial queda envuelto en una frase, en un fragmento que tiene la virtud de iluminar nuestra experiencia y conmovernos. Y conmovidos, levantamos la mirada.<span id="more-3329"></span> Manejé mucho y leí poco durante los días de vacaciones, pero en una tarde de tranquilidad me topé con un pequeño párrafo de Jonathan Franzen que me obligó a cerrar el libro por unos segundos y revolverme en el sillón. La cita de Franzen es, ella misma, un modo de levantar la cabeza de su lectura de Alice Munro: “Leer a Munro me lleva a ese estado de reflexión tranquila en que pienso en mi propia vida: en las decisiones que he tomado, las cosas que he hecho y no he hecho, la clase de persona que soy, la perspectiva de la muerte. Ella es uno de los pocos escritores —algunos vivos, la mayoría muertos— que tengo en mente cuando digo que la narrativa es mi religión. Porque mientras me hallo inmerso en un cuento de Munro, estoy concediendo a un personaje imaginario el mismo respeto solemne y callado y el profundo interés que me concedo a mí en mis mejores momentos como ser humano”. Se trata, por supuesto, de la ponderación de una escritora extraordinaria, pero es también la descripción de una experiencia común a cualquier lector atento. Hay harto de misterio en el modo en que la literatura hace ese trabajo, pero podemos estar seguros de que es una vía para explorar el mundo y, en el mejor de los casos, para comprenderlo un poco más. Y toda compresión —ese momento en que levantamos la cabeza— es una forma de felicidad.</p>
<p><span style="color: #999999;">[<a href="https://www.flickr.com/photos/pauloslachevsky/14507738350/" target="_blank">Foto de Paulo Slachevsky</a>.]</span></p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Hablar con los muertos</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/hablar-con-los-muertos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 07 Feb 2016 18:39:16 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<img width="766" height="340" src="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?fit=766%2C340&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?resize=300%2C133&amp;ssl=1 300w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?resize=768%2C341&amp;ssl=1 768w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?resize=1024%2C455&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" />Es curioso cómo te hablan los muertos. El miércoles pasado desperté pensando en mi abuela. Me costó un momento entender lo que estaba pasando: había tenido un sueño con ella e intentaba retenerlo, pero terminó por deshacerse en esa memoria frágil que tienen las cosas soñadas. Perdí la trama, pero guardé una imagen: mi abuela menuda, [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="340" src="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?fit=766%2C340&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?resize=300%2C133&amp;ssl=1 300w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?resize=768%2C341&amp;ssl=1 768w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/hablar-con-los-muertos.jpg?resize=1024%2C455&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Es curioso cómo te hablan los muertos. El miércoles pasado desperté pensando en mi abuela. Me costó un momento entender lo que estaba pasando: había tenido un sueño con ella e intentaba retenerlo, pero terminó por deshacerse en esa memoria frágil que tienen las cosas soñadas. Perdí la trama, pero guardé una imagen: mi abuela menuda, con el pelo amarrado en un tomate, de pie en el patio de nuestra casa. Unas horas después, a media mañana, supe que había olvidado el aniversario de su muerte, el día anterior.<span id="more-3305"></span></p>
<p>El recuerdo de mi abuela se ha vuelto persistente. Me encuentro con ella con una regularidad mucho mayor que en sus últimos años de vida: ese tiempo largo en que siempre estuve lejos. Que nuestros muertos se hagan presentes es probablemente el punto de partida de ese retorno al origen que tarde o temprano nos toca emprender. No sólo me sueño con ella de vez en cuando, sino que además —despierto y atento— trato de recuperar su herencia: sus palabras, su imagen en los rincones de la casa, el sonido de sus pasos sobre el piso de madera.</p>
<p>Mi abuela era una mujer infatigable. Aunque se las arreglaba para que sus ratos de ocio fueran mínimos, a veces arrimaba una silla al borde de la ventana y se sentaba a leer cualquier papel que pillara por ahí encima. En mi casa nunca hubo libros. Los primeros llegaron cuando yo comencé a comprarlos gracias a una beca que recibí a los 15 o 16 años. El material de lectura era, por lo tanto, escasísimo: un diario viejo olvidado por alguna visita o una de esas revistas que repartían los testigos de Jehová. Ese tipo cosas eran sus lecturas. Se inclinaba hacia la luz y leía en voz alta, despacio, palabra por palabra, como una niña que aprende una lección. A veces trastabillaba con algún nombre difícil o repetía una línea y perdía el hilo, entonces volvía atrás, y así, hasta terminar la historia. Rara vez comentaba algo después de leer, a lo más decía “Así es la vida” y dejaba el papel sobre la mesa. Mi abuela, que estuvo a punto de ser una profesora de provincia, terminó criando diez hijos a la sombra de un campesino pobre, analfabeto y jugador: mi abuelo. Siempre me pareció una mujer infinitamente más sensible de lo que pudo demostrar en sus circunstancias. Ahora entiendo que había algo sagrado en su lectura en voz alta: una forma de convocarnos a mi madre, a mi hermano y a mí, y una confianza en la aparente permanencia y autoridad de la letra impresa.</p>
<p>Me conmueve el modo en que los muertos nos siguen hablando en los sueños y en la memoria. Por más encaramados que estemos en el imperio de la razón, por más crédito que le demos a la vigilia, caminamos sobre las ruinas de una conciencia metafísica: somos el último renglón en la historia de una especie que desde la noche de los tiempos ha entablado un diálogo con los muertos. Las formas cambian, pero el diálogo persiste. A veces me sorprendo repitiendo como un mantra algunas de las palabras de mis abuelos, una herencia de sonidos que cuido como hueso santo: salgo a “endilgar” a alguien, hablo de la “pilgüa” que J. me trajo del sur, trato de explicarle a L. el significado de “jante”, digo que alguien “anda con la fruncia”, escucho a mi abuelo que me llama y me grita “¡Oye, hueñe!”. Trajino por la casa y voy rumiando esas palabras como si fuese una letanía. Parece un monólogo, pero es la imagen de un hombre que habla con sus muertos.</p>
<p><span style="color: #999999;">[Imagen: <a class="owner-name truncate" style="color: #999999;" title="Ir a la galería de The U.S. National Archives" href="https://www.flickr.com/photos/usnationalarchives/3679502846/" target="_blank" data-track="attributionNameClick" data-rapid_p="48">The U.S. National Archives</a>.]</span></p>
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		<title>Trece</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/trece/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Jan 2016 22:18:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Capturas]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="369" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/trece.jpg?fit=766%2C369&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/trece.jpg?w=1264&amp;ssl=1 1264w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/trece.jpg?resize=300%2C144&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/trece.jpg?resize=768%2C369&amp;ssl=1 768w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/trece.jpg?resize=1024%2C493&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Mi hija mayor cumple trece. Abro el álbum de fotos y me doy cuenta de que son pocas las que tengo de ella comparadas con las que guardo de su hermana. La razón es ésta: en los últimos años, en la medida en que la hemos visto definir su carácter, se ha puesto reacia a pararse delante de la cámara, y sólo cede cuando hay una circunstancia familiar que no puede esquivar. Cuando viene a mi casa, yo tengo la costumbre de fotografiarla de repente sin que lo advierta. <span id="more-3260"></span>Cuando disparo de lejos me resulta, pero de cerca me cuesta sorprenderla: esconde la cara, pone las manos, se arranca. Es también un juego. Pero esas imágenes, incluso las que salen movidas, terminan siendo para mí un sucedáneo de su presencia: miro y me concentro en ese tiempo detenido como si fuese un modo de seguir juntos y de conocerla mejor. La última foto que le tomé fue así, de contrabando. La hice desde el interior del auto justo cuando ella comenzaba a tirar la manija para entrar. Horas antes, la mañana de ese mismo día, había decidido acabar con el pelo largo que siempre tuvo y yo quería registrar el cambio. Venía con el perfil de Darth Vader estampado en su polera, una ironía que ahora mismo tiene el tamaño de un elefante: el padre que le toma una foto a su hija sin su consentimiento y más encima la comenta públicamente, no puede sino estar del lado oscuro de la fuerza, me diría. Miro la foto y pienso que yo no podría mostrar ningún retrato de mis trece porque simplemente no conservo ninguno. Lo que sí tengo son algunos recuerdos, pero que de cualquier modo se mezclan con los de otras épocas y también con los imaginados. ¿Qué recuerdos de sus trece fijará ella en su memoria? ¿Qué cosas vividas en estos meses guardaremos cada uno? Algunas fotos quizás hagan su trabajo. Me la imagino en un tiempo impreciso, a miles de kilómetros, diciéndome por teléfono: ése fue el año en que me hiciste esa foto donde aparezco entrando al auto, fíjate que la encontré y tenías razón, qué bien me quedaba el pelo corto, ¿te acuerdas? Y yo me voy a acordar como si fuese ayer.</p>
<p><span style="color: #999999;">[Imagen: <a href="https://www.flickr.com/photos/library_of_congress/3295498512/" target="_blank">Biblioteca del Congreso de Estados Unidos</a>.]</span></p>
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		<title>Frantumaglia</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/frantumaglia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 Jan 2016 15:11:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="342" src="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/frantumaglia.jpg?fit=766%2C342&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/frantumaglia.jpg?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/frantumaglia.jpg?resize=300%2C134&amp;ssl=1 300w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/frantumaglia.jpg?resize=768%2C343&amp;ssl=1 768w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/frantumaglia.jpg?resize=1024%2C457&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Cuando le preguntaron a Elena Ferrante, en una de las escasas entrevistas que ha concedido, a partir de qué materiales construye sus historias, dijo que su punto de partida es algo que su madre llamaba <em>frantumaglia</em>: ese puñado de cosas de origen diverso que se agita con persistente desasosiego en nuestra cabeza: palabras, lugares, imágenes, fragmentos de memoria que flotan dispersos, y que pueden sobrevivir ahí, repiqueteando de vez en cuando, durante años.<span id="more-3247"></span></p>
<p>Si ese insistente murmullo es el principio de todo, ¿no es su literatura una forma de autobiografía? Lo curioso en este caso es que nadie sabe quién se esconde detrás del seudónimo de Elena Ferrante. Algunos creen que es un ejercicio de travestismo literario de un escritor talentoso y tímido. Otros piensan que es un experimento a cuatro manos de los editores de Edizioni E/O, el sello italiano que la publica desde 1992. Lo que sus libros y sus entrevistas muestran con bastante transparencia es que se trata de una escritora italiana que creció en Nápoles, una mujer hoy mayor que vivió la Italia de la posguerra, que apela a su memoria para escribir sus novelas y que cree que esas novelas, una vez escritas y publicadas, ya no necesitan de su autora.</p>
<p>Sus novelas son etiquetadas por la industria como literatura para mujeres. ¿Impedirá eso que los hombres puedan también leerla y apreciarla? Ferrante no es una innovadora de la forma. Confía en los moldes clásicos de la novela y en esos moldes cuestiona, repiensa y se apropia de su singularidad sin culpas y sin poses. La crítica ha dicho que su cuarteto de Nápoles —una gran novela de dos mil páginas dividida en cuatro títulos que la tienen hoy convertida en un fenómeno editorial— es una especie de “<em>bildungsroman</em> semifeminista” que retrata, de paso, la Italia de la segunda mitad del siglo XX. El crítico James Wood —vean ustedes, un hombre que la lee y la aprecia—, escribió en <em>The New Yorker</em> que sin mencionar a Hélène Cixous o a la teoría literaria feminista francesa, la ficción de Ferrante “es una especie <em>écriture féminine</em> práctica”. La tarea de una escritora —explica la misma Ferrante— no es detenerse ante los asuntos del embarazo, del nacimiento o de la crianza de los hijos, sino escarbar en las profundidades más oscuras de esos temas. Ese parece ser el modo en que Elena Ferrante contraviene las etiquetas.</p>
<p>Parece una paradoja que la escritora que se esconde detrás de un seudónimo use con insistencia la palabra <em>verdad</em> para hablar de literatura en frases como ésta: “Yo uso las experiencias de mi vida para inyectar verdad en la invención literaria”. O como en ésta: “Cuando decido publicar lo hago plagada de incertidumbres y sólo lo hago cuando creo que la verdad se impone en el relato.” Ferrante dice que, a la larga, los materiales de la <i>frantumaglia</i> importan poco y que, convertidos en ficción, pueden soportar una carga de verdad mucho más grande que cualquier intento de autobiografía. Si eso es cierto, ¿qué importancia puede tener la identidad del artista frente a la verdad que transmite la obra? Como en el caso de Banksy, ninguna.</p>
<p><span style="color: #999999;">[<a style="color: #999999;" href="https://www.flickr.com/photos/nlireland/9421686276/" target="_blank">Imagen de Flickr Commons.</a>]</span></p>
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		<title>La cajita de los secretos</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/la-cajita-de-los-secretos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 29 Oct 2015 15:10:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
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					<description><![CDATA[<img width="766" height="340" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?fit=766%2C340&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?resize=300%2C133&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?resize=1024%2C455&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" />Luis López-Aliaga dice que los secretos familiares son como una cajita que alguien ha puesto en algún rincón de la casa. Una cajita cerrada y discreta, por supuesto. Todos saben dónde está, se topan cotidianamente con ella, pero nadie se atrevería a abrirla. Para evitarlo y para disimular su presencia, “le ponen incluso un mantelito [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="340" src="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?fit=766%2C340&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?resize=300%2C133&amp;ssl=1 300w, https://i2.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/cajita.png?resize=1024%2C455&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Luis López-Aliaga dice que los secretos familiares son como una cajita que alguien ha puesto en algún rincón de la casa. Una cajita cerrada y discreta, por supuesto. Todos saben dónde está, se topan cotidianamente con ella, pero nadie se atrevería a abrirla. Para evitarlo y para disimular su presencia, “le ponen incluso un mantelito a crochet encima”. <span id="more-3229"></span>López-Aliaga dice esto en <em>La imaginación del padre</em>, que parece un libro y se lee como un libro, pero en realidad es la cajita de secretos de su propia familia, abierta a la luz del día. <em>La imaginación del padre</em> es la crónica de tres generaciones de López-Aliaga que han vivido con los pies en Chile pero con la cabeza puesta en el Perú, desde donde llegó el abuelo aprista perseguido por la dictadura de Sánchez Cerro. Es un relato que exhibe todas las tonalidades del desarraigo. Y es también una lección que enseña cosas como ésta: imaginar es construir una forma. Y ésta: no hay otro modo de asediar al padre que imaginarlo. Este libro tiene esa ambición, pero uno intuye que la desborda. Es un libro con una estructura disuelta, un poco esquiva, que funciona como una acumulación de registros que van y vienen entre la memoria familiar y la crónica literaria. (Paréntesis: son especialmente memorables los textos dedicados a José Watanabe, Bryce Echenique y Santiago Roncagliolo, que funcionan como estupendos perfiles; lo mismo hay que decir del relato sobre el poeta peruano José Santos Chocano, apuñalado por un loco en un tranvía ñuñoíno. El libro es también la biografía de un lector.) <em>La imaginación del padre</em> puede ser un libro disperso e imperfecto, pero es profundamente entrañable, entre otras razones porque en él fluye una escritura profunda y valiente. Y porque tiene una virtud escasa: abre la cajita de los secretos familiares a la luz del día y uno sabe a poco andar que esa luz no es otra cosa que el brillo de la literatura.</p>
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		<title>Compensaciones</title>
		<link>https://www.material-ligero.cl/compensaciones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[M. A. Coloma]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Oct 2015 18:29:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Capturas]]></category>
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					<description><![CDATA[<img width="766" height="340" src="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?fit=766%2C340&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="Emilia" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?resize=300%2C133&amp;ssl=1 300w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?resize=1024%2C455&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" />Juguemos al payasito, me dice. El juego no tiene nada que ver con payasos. A ella le gustan los juegos físicos y en algún momento de nuestra vida se ha inventado éste y le ha puesto ese nombre, vaya uno a saber por qué. El juego consiste en encaramarse encima mío. Me escala como si [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<img width="766" height="340" src="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?fit=766%2C340&amp;ssl=1" class="attachment-large size-large wp-post-image" alt="Emilia" loading="lazy" style="display: block; padding-bottom: 10px; clear:both;" srcset="https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?w=1260&amp;ssl=1 1260w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?resize=300%2C133&amp;ssl=1 300w, https://i1.wp.com/www.material-ligero.cl/wp-content/uploads/emi.jpg?resize=1024%2C455&amp;ssl=1 1024w" sizes="(max-width: 766px) 100vw, 766px" /><p>Juguemos al <em>payasito</em>, me dice. El juego no tiene nada que ver con payasos. A ella le gustan los juegos físicos y en algún momento de nuestra vida se ha inventado éste y le ha puesto ese nombre, vaya uno a saber por qué. El juego consiste en encaramarse encima mío. Me escala como si yo fuese un árbol. <span id="more-3215"></span>Cuando llega a mis hombros yo la muevo como un bulto: primero la pongo en mi espalda, luego en mi pecho, después la tomo de los pies y la dejo colgando, y luego, ufff, otra vez a los hombros, todo sin tocar el suelo. Es un ejercicio exigente de malabarismo con una niña de siete años. La fuerza física nunca ha sido una de mis cualidades y me rindo pronto. Ella me mira con ganas de repetir la pequeña hazaña, hasta que se acuerda de otro juego, uno que no tiene nombre y que consiste en esto: se deja caer de espaldas, yo la recibo y luego la impulso con la fuerza suficiente como para que vuele medio segundo y caiga aparatosamente encima de un cojín gigante que tenemos en el piso. A veces aplico demasiada fuerza o ella hace morisquetas en el aire y entonces no resulta bien y se golpea una rodilla o un codo y comienza a reírse con dolor. Luego se para como si nada y volvemos a repetirlo, hasta que siento el sudor en mi espalda y vuelvo a rendirme. Esa es nuestra rutina al menos un día de la semana, después del colegio. La recojo a las siete de la tarde, se despide de sus amigas y pasa conmigo dos o tres horas en que comemos algo y jugamos. A veces es un día miércoles, otras un jueves. Es un tiempo concentrado, cargado de esfuerzo físico, como si ambos buscáramos una compensación por la vía de apretarnos, zamarrearnos, apiñarnos. Hasta que ese tiempo termina, se hace tarde y la llevo hasta su casa, que es la casa de su madre.</p>
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