<?xml version="1.0" encoding="UTF-8" standalone="no"?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><rss xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" version="2.0"><channel><title>Cuenta Cuentos</title><description>Un mundo de palabras</description><managingEditor>noreply@blogger.com (Unknown)</managingEditor><pubDate>Sat, 31 Aug 2024 05:43:03 -0700</pubDate><generator>Blogger http://www.blogger.com</generator><openSearch:totalResults xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/">189</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/">1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/">25</openSearch:itemsPerPage><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/</link><language>en-us</language><itunes:explicit>no</itunes:explicit><itunes:subtitle>Un mundo de palabras</itunes:subtitle><itunes:owner><itunes:email>noreply@blogger.com</itunes:email></itunes:owner><item><title>Muerte constante más allá del Amor de Gabriel García Márquez</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/08/muerte-constante-mas-alla-del-amor-de.html</link><category>Colombia</category><category>Cuento</category><category>Gabriel García Márquez</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Sun, 14 Aug 2016 03:05:00 -0700</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-1703185199527716907</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj0z5MXe9b3EpsFqiipfkHwGkmFOEKdNjHC4MRHAEixt-TNpn1GRWuTPQcgFD_RUsPxtH54mNbxSXW9XT3MfdY5P1Bu9Y12ZUHxe93-CaG15DECNJq0yu0WcNX7Ua-Qijfb1mE6CCGCR5Co/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="147" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj0z5MXe9b3EpsFqiipfkHwGkmFOEKdNjHC4MRHAEixt-TNpn1GRWuTPQcgFD_RUsPxtH54mNbxSXW9XT3MfdY5P1Bu9Y12ZUHxe93-CaG15DECNJq0yu0WcNX7Ua-Qijfb1mE6CCGCR5Co/s400/Cuentos-ban.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para: morirse cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie. Hasta su nombre parecía una burla, pues la única rosa que se vio en aquel pueblo la llevó el propio senador Onésimo Sánchez la misma tarde en que conoció a Laura Farina.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fue una escala ineludible en la campaña electoral de cada cuatro años. Por la mañana habían llegado los furgones de la farándula. Después llegaron los camiones con los indios de alquiler que llevaban por los pueblos para completar las multitudes de los actos públicos. Poco antes de las once, con la música y los cohetes y los camperos de la comitiva, llegó el automóvil ministerial del color del refresco de fresa. El senador Onésimo Sánchez estaba plácido y sin tiempo dentro del coche refrigerado, pero tan pronto como abrió la puerta lo estremeció un aliento de fuego y su camisa de seda natural quedó empapada de una sopa lívida, y se sintió muchos años más viejo y más solo que nunca. En la vida real acababa de cumplir 42, se había graduado con honores de ingeniero metalúrgico en Gotinga, y era un lector perseverante aunque sin mucha fortuna de los clásicos latinos mal traducidos. Estaba casado con una alemana radiante con quien tenía cinco hijos, y todos eran felices en su casa, y él había sido el más feliz de todos hasta que le anunciaron, tres meses antes, que estaría muerto para siempre en la próxima Navidad.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mientras se terminaban los preparativos de la manifestación pública, el senador logró quedarse solo una hora en la casa que le habían reservado para descansar, Antes de acostarse puso en el agua de beber una rosa natural que había conservado viva a través del desierto, almorzó con los cereales de régimen que llevaba consigo para eludir las repetidas fritangas de chivo que le esperaban en el resto del día, y se tomó varias píldoras analgésicas antes de la hora prevista, de modo que el alivio le llegara primero que el dolor. Luego puso el ventilador eléctrico muy cerca del chinchorro y se tendió desnudo durante quince minutos en la penumbra de la rosa, haciendo un grande esfuerzo de distracción mental para no pensar en la muerte mientras dormitaba. Aparte de los médicos, nadie sabía que estaba sentenciado a un término fijo, pues había decidido padecer a solas su secreto, sin ningún cambio de vida, y no por soberbia sino por pudor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se sentía con un dominio completo de su albedrío cuando volvió a aparecer en público a las tres de la tarde, reposado y limpio, con un pantalón de lino crudo y una camisa de flores pintadas, y con el alma entretenida por las píldoras para el dolor. Sin embargo, la erosión de la muerte era mucho más pérfida de lo que él suponía, pues al subir a la tribuna sintió un raro desprecio por quienes se disputaron la suerte de estrecharle la mano, y no se compadeció como en otros tiempos de las recuas de indios descalzos que apenas si podían resistir las brasas de caliche de la placita estéril. Acalló los aplausos con una orden de la mano, casi con rabia, y empezó a hablar sin gestos, con los ojos fijos en el mar que suspiraba de calor. Su voz pausada y honda tenía la calidad del agua en reposo, pero el discurso aprendido de memoria tantas veces machacado no se le había ocurrido por decir la verdad sino por oposición a una sentencia fatalista del libro cuarto de los recuerdos de Marco Aurelio.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Estamos aquí para derrotar a la naturaleza —empezó, contra todas sus convicciones—. Ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos de Dios en el reino de la sed y la intemperie, los exiliados en nuestra propia tierra. Seremos otros, señoras señores, seremos grandes y felices.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba, sus ayudantes echaban al aire puñados de pajaritos de papel, y los falsos animales cobraban vida, revoloteaban sobre la tribuna de tablas y se iban por el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones unos árboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de la multitud en el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón con casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de y taparon con ella los ranchos miserables de la vida real.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador prolongó el discurso, con dos citas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió las máquinas de llover, los criaderos portátiles de animales de mesa, los aceites de la felicidad que harían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en las ventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con el dedo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Así seremos, señoras y señores —gritó—. Miren. Así seremos.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas, y era más alto que las casas más altas de la ciudad de artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para el otro, —también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nelson Farina no fue a saludar al senador por primera vez en doce años. Escuchó el discurso desde su hamaca, entre los retazos de la siesta, bajo la enramada fresca de una casa de tablas sin cepillar que se había construido con las mismas manos de boticario con que descuartizó a su primera mujer. Se había fugado del penal de Cayena y apareció en el Rosal del Virrey en un buque cargado de guacamayas inocentes, con una negra hermosa y blasfema que se encontró en Paramaribo, y con quien tuvo una hija. La mujer murió de muerte natural poco tiempo después, y no tuvo la suerte de la otra cuyos pedazos sustentaron su propio huerto de coliflores, sino que la enterraron entera y con su nombre de holandesa en el cementerio local. La hija había heredado su color y sus tamaños, y los ojos amarillos y atónitos del padre, y éste tenía razones para suponer que estaba criando a la mujer más bella del mundo.
&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Desde que conoció al senador Onésimo Sánchez en la primera campaña electoral, Nelson Farina había suplicado su ayuda para obtener una falsa cédula de identidad que lo pusiera a salvo de la justicia. El senador, amable pero firme, se la había negado. Nelson Farina no se rindió durante varios años, y cada vez que encontró una ocasión reiteró la solicitud con un recurso distinto. Pero siempre recibió la misma respuesta. De modo que aquella vez se quedó en el chinchorro, condenado a pudrirse vivo en aquella ardiente guarida de bucaneros. Cuando oyó los aplausos finales estiró la cabeza, y por encima de las estacas del cercado vio el revés de la farsa: los puntales de los edificios, las armazones de los árboles, los ilusionistas escondidos que empujaban el trasatlántico. Escupió su rencor.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Merde —dijo— c'est le Blacaman de la politique.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después del discurso, como de costumbre, el senador hizo una caminata por las calles del pueblo, entre la música y los cohetes, y asediado por la gente del pueblo que le contaba sus penas. El senador los escuchaba de buen talante, y siempre encontraba una forma de consolar a todos sin hacerles favores difíciles. Una mujer encaramada en el techo de una casa, entre sus seis hijos menores, consiguió hacerse oír por encima de la bulla y los truenos de pólvora.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Yo no pido mucho, senador —dijo—, no más que un burro para traer agua desde el Pozo del Ahorcado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador se fijó en los seis niños escuálidos.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué se hizo tu marido? —preguntó.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Se fue a buscar destino en la isla de Aruba— contestó la mujer de buen humor—, y lo que se encontró fue una forastera de las que se ponen diamantes en los dientes.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La respuesta provocó un estruendo de carcajadas.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Está bien —decidió el senador— tendrás tu burro.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Poco después, un ayudante suyo llevó a casa de la mujer un burro de carga, en cuyos lomos habían escrito con pintura eterna una consigna electoral para que nadie olvidara que era un regalo del senador.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el breve trayecto de la calle hizo otros gestos menores, y además le dio una cucharada a un enfermo que se había hecho sacar la cama a la puerta de la casa para verlo pasar. En la última esquina, por entre las estacas del patio, vio a Nelson Farina en el chinchorro y le pareció ceniciento y mustio, pero lo saludó sin afecto:
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Cómo está.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nelson Farina se revolvió en el chinchorro y lo dejó ensopado en el ámbar triste de su mirada.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Moi, vous savez —dijo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su hija salió al patio al oír el saludo. Llevaba una bata guajira ordinaria y gastada, y tenía la cabeza guarnecida de moños de colores y la cara pintada para el sol, pero aun en aquel estado de desidia era posible suponer que no había otra más bella en el mundo. El senador se quedó sin aliento.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¡Carajo —suspiró asombrado— las vainas que se le ocurren a Dios!
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa noche, Nelson Farina vistió a la hija con sus ropas mejores y se la mandó al senador. Dos guardias armados de rifles, que cabeceaban de calor en la casa prestada, le ordenaron esperar en la única silla del vestíbulo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador estaba en la habitación contigua reunido con los principales del Rosal del Virrey, a quienes había convocado para cantarles las verdades que ocultaba en los discursos. Eran tan parecidos a los que asistían siempre en todos los pueblos del desierto, que el propio senador sentía el hartazgo de la misma sesión todas las noches. Tenía la camisa ensopada en sudor y trataba de secársela sobre el cuerpo con la brisa caliente del ventilador eléctrico que zumbaba como un moscardón en el sopor del cuarto.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Nosotros, por supuesto, no comemos pajaritos de papel —dijo—. Ustedes y yo sabemos que el día en que haya árboles y flores en este cagadero de chivos, el día en que haya sábalos en vez de gusarapos en los pozos, ese día ni ustedes ni yo tenemos nada que hacer aquí. ¿Voy bien?
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nadie contestó. Mientras hablaba, el senador había arrancado un cromo del calendario y había hecho con las manos una mariposa de papel. La puso en la corriente del ventilador, sin ningún propósito, y la mariposa revoloteó dentro del cuarto y salió después por la puerta entreabierta. El senador siguió hablando con un dominio sustentado en la complicidad de la muerte.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Entonces —dijo— no tengo que repetirles lo que ya saben de sobra: que mi reelección es mejor negocio para ustedes que para mí, porque yo estoy hasta aquí de aguas podridas y sudor de indios, y en cambio ustedes viven de eso.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Laura Farina vio salir la mariposa de papel. Sólo ella la vio, porque la guardia del vestíbulo se había dormido en los escaños con los fusiles abrazados. Al cabo de varias vueltas la enorme mariposa litografiada se desplegó por completo, se aplastó contra el muro, y se quedó pegada. Laura Farina trató de arrancarla con las uñas. Uno de los guardias, que despertó con los aplausos en la habitación contigua, advirtió su tentativa inútil.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No se puede arrancar —dijo entre sueños—. Está pintada en la pared.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Laura Farina volvió a sentarse cuando empezaron a salir los hombres de la reunión. El senador permaneció en la puerta del cuarto, con la mano en el picaporte, y sólo descubrió a Laura Farina cuando el vestíbulo quedó desocupado.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué haces aquí?
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—C'est de la part de mon pére— dijo ella.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador comprendió. Escudriñó a la guardia soñolienta, escudriñó luego a Laura Farina cuya belleza inverosímil era más imperiosa que su dolor, y entonces resolvió que la muerte decidiera por él.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Entra —le dijo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Laura Farina se quedó maravillada en la puerta de la habitación: miles de billetes de banco flotaban en el aire, aleteando como la mariposa. Pero el senador apagó el ventilador, y los billetes se quedaron sin aire, v se posaron sobre las cosas del cuarto.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Ya ves —sonrió hasta la mierda vuela.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Laura Farina se sentó como en un taburete de escolar. Tenía la piel lisa y tensa, con el mismo color y la misma densidad solar del petróleo crudo, y sus cabellos eran de crines de potranca y sus ojos inmensos eran más claros que la luz. El senador siguió el hilo de su mirada y encontró al final la rosa percudida por el salitre.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Es una rosa —dijo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí —dijo ella con un rastro de perplejidad—, las conocí en Rlohacha.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador se sentó en un catre de campaña, hablando de las rosas, mientras se desabotonaba la camisa. Sobre el costado, donde él suponía que estaba el corazón dentro del pecho, tenía el tatuaje corsario de un corazón flechado. Tiró en el suelo la camisa mojada y le pidió a Laura Farina que lo ayudara a quitarse las botas.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella se arrodilló frente al catre. El senador la siguió escrutando, pensativo, y mientras le zafaba los cordones se preguntó de cuál dé los dos sería la mala suerte de aquel encuentro.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Eres una criatura —dijo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No crea —dijo ella—. Voy a cumplir 19 en abril.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador se interesó.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Qué día.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—El once —dijo ella.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador se sintió mejor. “Somos Aries”, dijo. Y agregó sonriendo:
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Es el signo de la soledad.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Laura Farina no le puso atención pues no sabía qué hacer con las botas. El senador, por su parte, no sabía qué hacer con Laura Farina, porque no estaba acostumbrado a los amores imprevistos, y además era consciente de que aquél tenía origen en la indignidad. Sólo por ganar tiempo para pensar aprisionó a Laura Farina con las rodillas, la abrazó por la cintura y se tendió de espaldas en el catre. Entonces comprendió que ella estaba desnuda debajo del vestido, porque el cuerpo exhaló una fragancia oscura de animal de monte, pero tenía el comzón asustado y la piel aturdida por un sudor glacial.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Nadie nos quiere —suspiró él.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Laura Farina quiso decir algo, pero el aire sólo le alcanzaba para respirar. La acostó a su lado para ayudarla, apagó la luz, y el aposento quedó en la penumbra de la rosa. Ella se abandonó a la misericordia de su destino. El senador la acarició despacio, la buscó con la mano sin tocarla apenas, pero donde esperaba encontrarla tropezó con un estorbo de hierro.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué tienes ahí?
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Un candado —dijo ella.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¡Qué disparate! —dijo el senador, furioso, y preguntó lo que sabía de sobra—: ¿Dónde está la llave?&lt;br /&gt;
Laura Farina respiró aliviada.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—La tiene mi papá —contestó—. Me dijo que le dijera a usted que la mande a buscar con un propio y que le mande con él un compromiso escrito de que le va a arreglar su situación.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador se puso tenso. “Cabrón franchute”, murmuró indignado. Luego cerró los ojos para relajarse, y se encontró consigo mismo en la oscuridad. Recuerda —recordó— &lt;i&gt;que seas tú o sea otro cualquiera, estaréis muerto dentro de un tiempo muy breve, y que poco después no quedará de vosotros ni siquiera el nombre&lt;/i&gt;.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esperó a que pasara el escalofrío.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Dime una cosa —preguntó entonces—: ¿Qué has oído decir de mí?
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿La verdad de verdad?
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—La verdad de verdad.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno —se atrevió Laura Farina—, dicen que usted es peor que los otros, porque es distinto.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador no se alteró. Hizo un silencio largo, con los ojos cerrados, y cuando volvió a abrirlos parecía de regreso de sus instintos más recónditos.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Qué carajo —decidió— dile al cabrón de tu padre que le voy a arreglar su asunto.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Si quiere yo misma voy por la llave —dijo Laura Farina.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El senador la retuvo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Olvídate de la llave —dijo— y duérmete un rato conmigo. Es bueno estar con alguien cuando uno está solo.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces ella lo acostó en su hombro con los ojos fijos en la rosa. El senador la abrazó por la cintura, escondió la cara en su axila de animal de monte y sucumbió al terror. Seis meses y once días después había de morir en esa misma posición, pervertido y repudiado por el escándalo público de Laura Farina, y llorando de la rabia de morirse sin ella.
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Gabriel_Garc%C3%ADa_M%C3%A1rquez"&gt;&lt;i&gt;Gabriel García Márquez&lt;/i&gt;&lt;/a&gt; ©&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj0z5MXe9b3EpsFqiipfkHwGkmFOEKdNjHC4MRHAEixt-TNpn1GRWuTPQcgFD_RUsPxtH54mNbxSXW9XT3MfdY5P1Bu9Y12ZUHxe93-CaG15DECNJq0yu0WcNX7Ua-Qijfb1mE6CCGCR5Co/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/llamadas-telefonicas-de-roberto-bolano.html</link><category>Chile</category><category>Cuento</category><category>Roberto Bolaño</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Mon, 22 Feb 2016 05:25:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-6383625554425915308</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bola%C3%B1o" target="_blank"&gt;Roberto Bolaño &lt;/a&gt;®&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>La casa de muñecas de Katherine Mansfield</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/la-casa-de-munecas-de-katherine.html</link><category>Cuento</category><category>Katherine Mansfield</category><category>Nueva Zelandia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Mon, 22 Feb 2016 04:24:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-6641250882171485892</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;
&lt;i&gt;The Doll house, 1921&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;Cuando la buena Sra. Hay volvió a la ciudad luego de su estancia en casa de los Burnell, les mandó a las niñas una casa de muñecas. Era tan grande que el cochero y Pat la llevaron al patio, y la dejaron ahí, apoyada en dos cajones de madera junto a la puerta de la despensa. Nada malo podía pasarle, era verano. Y quizás se le habría ido el olor a pintura cuando hubiera que entrarla. Porque, realmente, el olor a pintura de esa casa de muñecas (“¡La deliciosa Sra. Hay, por supuesto; tan dulce y generosa!”) -el olor a pintura era suficiente para enfermar a cualquiera, en la opinión de la Tía Beryl. Aún antes que la desenvolvieran. Y cuando lo hicieron…&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Ahí estaba la casa de muñecas, de un verde espinaca oscuro y aceitoso, realzado con amarillo brillante. Sus dos sólidas y pequeñas chimeneas, pegadas al techo, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, por el brillo amarillento del barniz, parecía un trozo de caramelo. Tenía cuatro ventanas, ventanas de verdad, con vidrios divididos por gruesas rayas verdes. Y hasta tenía un pequeño porche pintado de amarillo, con grandes grumos de pintura coagulada colgando de los bordes.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;¡Es perfecta, perfecta esta casita! ¿A quién podría importarle el olor? ¡El olor a nuevo es parte del encanto!&lt;br /&gt;“¡Que alguien la abra rápido!”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;El gancho en el costado estaba hundido. Pat lo forzó haciendo palanca con su cortaplumas, y todo el frente de la casa se balanceó hacia atrás, y… ¡allí estaba!, pudimos verlo todo de una vez: la sala, el comedor, la cocina y dos dormitorios. ¡Este es el modo de abrir una casa! ¿Cómo es que no se abren así todas las casas? ¡Cuánto más emocionante que espiar a través de la rendija de una puerta un pequeño recibidor, en el que sólo hay un perchero y dos paraguas! Esto es lo que uno ansía saber sobre una casa cuando pone su mano en el llamador. Quizás es así como Dios abre las casas en medio de la noche mientras da un paseo silencioso con un ángel…&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
“¡Oh! ¡Oh!”. Las niñas Burnell parecían enloquecidas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca en su vida habían visto algo así. Todos los cuartos estaban empapelados. Sobre las paredes había cuadros pintados sobre el papel, con marcos dorados y todo. Todos los pisos, excepto el de la cocina, alfombrados de rojo; sillas de felpa carmesí en la sala, verde en el comedor; mesas, camas con sábanas y mantas de verdad, una cuna, una cocina, un aparador con muchos platos pequeños y una jarra grande. Pero lo que a Kezia le gustaba más que nada, lo que le gustaba con locura, era la lámpara. Estaba colocada en el medio de la mesa del comedor, una pequeña y exquisita lámpara de ámbar con un globo blanco. Estaba llena y lista para ser encendida, aunque -claro- no se la podía encender. Pero había algo adentro que parecía aceite y se movía al agitarlo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;El papá y la mamá muñecos, despatarrados y muy rígidos como si se hubieran desmayado en la sala, y sus dos pequeños hijos dormidos en el primer piso, eran demasiado grandes para la casa, como si estuvieran fuera de lugar. Pero la lámpara era perfecta. Parecía sonreírle a Kezia, decirle, “Yo vivo aquí.” La lámpara era de verdad.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, a las niñas Burnell les parecía que no iban a llegar nunca a la escuela. Ardían por contarle a todo el mundo, por describir, bueno… por alardear de su casa de muñecas antes que tocaran la campana.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Yo cuento,” dijo Isabel, “porque soy la mayor. Ustedes dos pueden sumarse después. Pero yo cuento primero.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;No había réplica posible. Isabel era mandona, pero siempre tenía razón, y Lottie y Kezia tenían bien claro el poder que le confería ser la mayor. Caminaron sin hablar por el costado del camino, rozando las margaritas silvestres.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Y a mí me corresponde elegir quién vendrá a verla primero. Mamá me dio permiso.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Se había convenido que mientras la casa de muñecas estuviera en el patio, ellas podrían invitar a las chicas de la escuela, de dos en dos, a mirarla. No para el té, por supuesto, ni para revolotear por la casa. Sólo para pararse quietas en el patio mientras Isabel señalaba las maravillas, y Lottie y Kezia se mostraban encantadas…&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Pero aunque se apuraron mucho, cuando llegaron a la cerca alquitranada del campo de juego de los varones, había comenzado ya el ruido discordante de la campana. Apenas tuvieron tiempo de sacarse el sombrero y ponerse en la fila antes que tomaran lista. No importa. Isabel trató de conformarse dándose aires de importancia y cuchicheando misteriosa con las chicas que tenía cerca: “Tengo algo que contarles en el recreo.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Llegó el recreo y todas rodearon a Isabel. Las chicas de su clase se peleaban por abrazarla, por caminar a su lado, por llenarla de halagos, por ser su mejor amiga. Tenía toda una corte bajo los pinos, junto al campo de juego. Codeándose y riéndose tontamente, las pequeñas se apiñaban cerca de ella. Las únicas dos que se quedaron fuera del grupo eran las que siempre estaban afuera, las pequeñas Kelvey. Sabían que era mejor no acercarse a las Burnell.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Lo cierto era que la escuela a la que concurrían las Burnell no era la clase de lugar que sus padres hubieran elegido, de haber opción, pero no la había. Era la única escuela en millas a la redonda. En consecuencia, era inevitable que todas las chicas del vecindario, las niñas del juez, las hijas del doctor, las del tendero, las del lechero, estuvieran todas mezcladas. Sin mencionar un igual número de muchachitos groseros y revoltosos. Pero la línea debía trazarse en alguna parte. Se trazó en las Kelvey. Muchas de las chicas, incluyendo a las Burnell, tenían prohibido hablarles. Pasaban al lado de las Kelvey con sus cabezas en alto, y como eran ellas quienes dictaban la ley en asuntos de modales, las Kelvey eran evitadas por todas. Hasta la maestra les hablaba con una voz especial, y les daba a las otras una sonrisa especial cuando Lil Kelvey se acercaba a su escritorio con un ramo de flores espantosamente vulgares.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Eran las hijas de una mujercita enérgica y muy trabajadora, que iba de casa en casa todo el día lavando ropa. Esto ya era suficientemente atroz. ¿Pero dónde estaba el Sr. Kelvey? Nadie estaba seguro, pero todos decían que estaba en prisión. Así que eran las hijas de una lavandera y un presidiario. ¡Linda compañía para las otras niñas! Y su aspecto no las ayudaba en nada. No se entendía por qué la Sra. Kelvey les ponía esa ropa tan llamativa. Lo cierto es que andaban vestidas con retazos que le daban sus patrones. Por ejemplo Lil, que era grandota y feúcha, muy pecosa, venía a la escuela con un vestido hecho de un mantel verde estampado de los Burnell, con mangas de felpa roja de una cortina de los Logan. El sombrero le bailaba arriba de la cabeza; era un sombrero de señora mayor, que había sido de Miss Lecky, la dependienta del correo. Se doblaba en la parte de atrás y tenía como adorno una gran pluma color escarlata. ¡Qué mamarracho! Imposible no reírse. Y su hermanita menor, nuestra Else, usaba un vestido blanco largo, algo así como un camisón, y un par de botines de varón. Pero usara lo que usara nuestra Else, igual se vería extraña. Era una niña esmirriada, con el pelo cortito y los ojos enormes y solemnes, como una pequeña lechuza blanca. Nunca nadie la había visto sonreír; casi no hablaba. Iba por la vida agarrándose de Lil, apretujando en su mano un pedazo de la pollera de su hermana. Adonde iba Lil, nuestra Else la seguía. En el campo de juegos, en el camino a la escuela, allí iba Lil marchando adelante y nuestra Else aferrándose a ella por detrás. Sólo cuando quería algo, o cuando estaba exhausta, nuestra Else le daba un tirón, una sacudida, y Lil paraba y se daba vuelta a mirarla. Las Kelvey siempre se entendían.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Ahora estaban revoloteando, en el borde; no se podía evitar que escucharan. Cuando las niñas se daban vuelta y sonreían burlonas, Lil, como siempre, les entregaba su tonta sonrisa avergonzada. Nuestra Else sólo miraba.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Y la voz de Isabel, tan orgullosa, seguía contando. La alfombra hizo sensación, como las camas con mantas de verdad, y la cocina con horno.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Cuando terminó, Kezia intervino. “Isabel, te olvidaste de la lámpara.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¡Ah sí!” dijo Isabel, “sobre la mesa del comedor, hay una lamparita en miniatura de vidrio amarillo, con un globo blanco. Igual a una auténtica.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“La lamparita es lo mejor de todo”, gritó Kezia. Ella pensó que Isabel no le daba ni la mitad de la importancia que tenía. Pero nadie le prestó atención. Isabel estaba eligiendo a las dos que volverían con ella esa tarde para ver la casa de muñecas. Eligió a Emmie Cole y a Lena Logan. Pero cuando las demás supieron que todas tendrían la ocasión de verla, se deshicieron en atenciones con Isabel. Una por una la tomaban de la cintura y caminaban con ella. Todas tenían algo que contarle, un secreto. “Isabel es mi amiga.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Sólo las Kelvey se alejaron olvidadas; no tenían nada más que escuchar.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Los días pasaron, y cuantas más chicas vieron la casa de muñecas, su fama se extendió. Se transformó en el tema del día, el furor del momento. La pregunta clave era “¿Viste la casa de muñecas de las Burnell? ¿No es preciosa?” “¿No la viste? ¡Qué pena!”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Incluso la hora del almuerzo se destinaba a hablar de la casa. Las chicas se sentaban bajo los pinos a comer sus sandwiches de carnero y grandes trozos de torta untados con manteca. Y siempre, tan cerca como las dejaran, se sentaban las Kelvey, nuestra Else aferrada a Lil, intentando escuchar, mientras masticaban los sandwiches de mermelada que sacaban de un papel de diario embadurnado de rojo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Mamá,” dijo Kezia, “¿no puedo invitar a las Kelvey aunque sea una vez?”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Por supuesto que no, Kezia.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¿Pero por qué?”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Vamos, Kezia; sabes muy bien por qué.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Al final todas la habían visto menos ellas. Ese día el interés languideció. Era la hora del almuerzo. Las chicas estaban todas juntas bajo los pinos, y de pronto, cuando vieron a las Kelvey comiendo de su papel, siempre solas, siempre intentando escuchar, les dieron ganas de molestarlas. Emmie Cole empezó el cuchicheo: “Lil Kelvey va a ser sirvienta cuando crezca.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¡Oh, qué horror!” dijo Isabel Burnell, y le guiñó un ojo a Emmie.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Emmie se contuvo y asintió con la cabeza a Isabel, como había visto a su madre hacer en esas ocasiones.&lt;br /&gt;“Es verdad-es verdad-es verdad”, dijo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Los ojitos de Lena Logan chispearon. “¿Le pregunto?” murmuró.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Apuesto a que no”, dijo Jessie May.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Bah, no tengo miedo”, dijo Lena. De pronto lanzó un chillido mientras bailaba frente a las otras. “¡Miren! ¡Mírenme! ¡Ahora van a ver!” dijo Lena. Y deslizándose, escurriéndose, arrastrando un pie, riéndose burlona, Lena llegó hasta las Kelvey.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Lil levantó la vista de su comida. Envolvió rápido los restos. Nuestra Else dejó de masticar. ¿Y ahora qué iba a pasar?&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¿Es verdad que vas a ser sirvienta cuando seas grande, Lil Kelvey?” le gritó Lena.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Silencio de muerte. Pero en lugar de contestar, Lil le sonrió con su tonta sonrisa avergonzada. La pregunta no parecía importarle en absoluto. ¡Qué bochorno para Lena! Las demás chicas se reían entre dientes.&lt;br /&gt;Lena no lo pudo soportar. Puso sus manos en jarra y sacó pecho. “¡Tu padre está preso!” le chistó desdeñosa.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Era tan maravilloso haber dicho esto, que las niñas se alejaron rápido todas juntas, excitadísimas, muertas de alegría. Alguien encontró una soga larga, y empezaron a saltar. Nunca habían saltado tan alto, entrado y salido tan rápido, hecho cosas tan osadas como esa mañana.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Por la tarde Pat fue a buscar a las niñas Burnell con el coche y las llevó de vuelta a casa. Había visitas. Isabel y Lottie, a quienes les encantaban las visitas, fueron arriba a cambiarse los delantales. Pero Kezia se escabulló hacia el fondo. No había nadie; empezó a balancearse sobre los portones blancos del patio. De pronto, mirando a lo lejos el camino, vio dos pequeñas manchas. Se fueron agrandando, venían hacia ella. Ya podía ver que una iba adelante y la otra pegada atrás. Ahora pudo ver que eran las Kelvey. Kezia dejó de balancearse. Se bajó del portón como si fuera a salir corriendo. Luego dudó. Las Kelvey se acercaban, y junto a ellas caminaban sus sombras, muy largas, estirándose a través del camino con sus cabezas en las margaritas silvestres. Kezia se volvió a trepar al portón; había tomado una decisión; se bajó.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Hola”, les dijo a las Kelvey.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Estaban tan sorprendidas que se detuvieron. Lil sonrió tontamente. Nuestra Else abrió grandes los ojos.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Pueden venir a ver nuestra casa de muñecas si quieren” , dijo Kezia, y arrastró la punta del pie por el suelo.&lt;br /&gt;Lil se puso colorada y negó bruscamente con la cabeza.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¿Por qué no?” preguntó Kezia.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Lil tomó aliento y le contestó: “Tu mamá le dijo a la nuestra que no debes hablarnos.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Bueno”, dijo Kezia. No sabía qué responder. “No importa. Pueden venir lo mismo y ver nuestra casa de muñecas. Vamos. Nadie nos mira.”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Pero Lil negó con su cabeza aún más fuerte.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¿No quieren?”, preguntó Kezia.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;De pronto, hubo una sacudida, un tirón en la pollera de Lil. Ella se dio vuelta. Nuestra Else la estaba mirando con grandes ojos implorantes; tenía el ceño fruncido; quería ir. Por un momento Lil la miró llena de dudas. Pero entonces nuestra Else tiró de su pollera una vez más. Entonces comenzó a andar. Kezia las condujo. Como dos gatitos perdidos la siguieron a través del patio hasta donde estaba la casa de muñecas.&lt;br /&gt;“Ahí está,” dijo Kezia.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Hubo una pausa. Lil suspiró ruidosamente, casi resopló; nuestra Else estaba inmóvil como una roca.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Ahora se las abro”, dijo Kezia amablemente. Soltó el gancho y ellas miraron adentro.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Allí están la sala y el comedor, y esa es la…”&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¡Kezia!”&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;¡Ay, cómo se sobresaltaron!&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¡Kezia!”&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Era la voz de la tía Beryl. Se dieron vuelta. En la puerta de atrás estaba la tía Beryl, clavándoles los ojos como si no pudiera creer lo que veía.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¿Cómo te atreves a hacer pasar a las Kelvey al patio?” increpó su voz furiosa y fría. “Sabes tan bien como yo, que te está prohibido hablarles. Vamos, chicas, váyanse de una vez. Y no vuelvan”, dijo la tía Beryl. Y bajó al patio y las espantó como si fueran pollos.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¡Se van inmediatamente!” gritó, orgullosa y gélida.&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;No necesitaron que se los repitiera. Ardiendo de vergüenza, encogiéndose de miedo, Lil agazapada como su madre, nuestra Else aturdida, cruzaron el patio como pudieron y se escabulleron a través del portón apenas abierto.&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“¡Qué niña mala y desobediente!” dijo la tía Beryl disgustada, y cerró de un golpe la casa de muñecas.&lt;br /&gt;La tarde había sido horrenda. Había llegado una carta de Willie Brent, una carta aterradoramente amenazante, en la que le decía que si no se encontraba con él esa noche en los matorrales de Pulman, vendría a la puerta de entrada de su casa ¡a pedirle explicaciones! Pero ahora que había asustado a esas ratitas Kelvey y dado un escarmiento a Kezia, su corazón estaba más liviano. Aquella presión fantasmal había cesado. Volvió a la sala tarareando.&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;Cuando las Kelvey estuvieron bien lejos de la casa de las Burnell, se sentaron a descansar sobre un enorme caño rojo al costado del camino. Las mejillas de Lil todavía ardían; se sacó el sombrero y lo apoyó en sus rodillas. Como en una ensoñación, miraron largamente los corrales, atravesando la ensenada, hasta la valla de juncos donde las vacas de Logan esperaban el ordeñe. ¿Qué pensaban?&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;De pronto nuestra Else codeó suavemente a su hermana. Ya se había olvidado de la señora enojada.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
Acarició con su dedito la pluma del sombrero de su hermana y le dio una de sus poco frecuentes sonrisas.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;“Yo vi la lamparita”, dijo suavemente.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Katherine_Mansfield" target="_blank"&gt;Katherine Mansfield &lt;/a&gt;©&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El gusano de Roberto Bolaño</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/el-gusano-de-roberto-bolano.html</link><category>Chile</category><category>Cuento</category><category>Roberto Bolaño</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Sun, 21 Feb 2016 05:30:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-870141135134174296</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Parecía un gusano blanco, con su sombrero de paja y un Bali colgándole del labio inferior. Todas las mañanas lo veía sentado en un banco de la Alameda mientras yo me metía en la Librería de Cristal a hojear libros. Cuando levantaba la cabeza, a través de las paredes de la librería que en efecto eran de cristal, ahí estaba él, quieto, entre los árboles, mirando el vacío.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Supongo que terminamos acostumbrándonos el uno al otro. Yo llegaba a las ocho y media de la mañana y él ya estaba allí, sentado en un banco, sin hacer nada más que fumar y tener los ojos abiertos. Nunca lo vi con un periódico, con una torta, con una cerveza, con un libro. Nunca lo vi hablar con nadie. En una ocasión, mientras lo miraba desde los estantes de literatura francesa, pensé que dormía en la Alameda, sobre un banco o en los portales de alguna de las calles próximas, pero luego conjeturé que iba demasiado limpio para dormir en la calle y que seguramente se alojaba en alguna pensión cercana. Era, constaté, un animal de costumbres, igual que yo. Mi rutina consistía en ser levantado temprano, desayunar con mi madre, mi padre y mi hermana, fingir que iba al colegio y tomar un camión que me dejaba en el centro, donde dedicaba la primera parte de la mañana a los libros y a pasear y la segunda al cine y de una manera menos explícita al sexo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Los libros los solía comprar en la Librería de Cristal y en la Librería del Sótano. Si tenía poco dinero en la primera, donde siempre había una mesa con saldos, si tenía suficiente en la última, que era la que tenía las novedades. Si no tenía dinero, como sucedía a menudo, los solía robar indistintamente en una u otra. Se diera el caso que se diera, no obstante, mi paso por la Librería de Cristal y por la del Sótano (enfrente de la Alameda y ubicada, como su nombre lo indica, en un sótano) era obligado. A veces llegaba antes que los comercios abrieran y entonces lo que hacía era buscar a un vendedor ambulante, comprarme una torta de jamón y un jugo de mango y esperar. A veces me sentaba en un banco de la Alameda, uno oculto entre la hojarasca, y escribía. Todo esto duraba aproximadamente hasta las diez de la mañana, hora en que comenzaban en algunos cines del centro las primeras funciones matinales. Buscaba películas europeas, aunque algunas mañanas de inspiración no discriminaba el nuevo cine erótico mexicano o el nuevo cine de terror mexicano, que para el caso era lo mismo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
La que más veces vi creo que era francesa. Trataba de dos chicas que viven solas en una casa de las afueras. Una era rubia y la otra pelirroja. A la rubia la ha dejado el novio y al mismo tiempo (al mismo tiempo del dolor, quiero decir) tiene problemas de personalidad: cree que se está enamorando de su compañera. La pelirroja es más joven, es más inocente, es más irresponsable; es decir, es más feliz (aunque yo por entonces era joven, inocente e irresponsable y me creía profundamente desdichado). Un día, un fugitivo de la justicia entra subrepticiamente en su casa y las secuestra. Lo curioso es que el allanamiento tiene lugar precisamente la noche en que la rubia, tras hacer el amor con la pelirroja, ha decidido suicidarse. El fugitivo se introduce por una ventana, navaja en mano recorre con sigilo la casa, llega a la habitación de la pelirroja, la reduce, la ata, la interroga, pregunta cuántas personas más viven allí, la pelirroja dice que sólo ella y la rubia, la amordaza. Pero la rubia no está en su habitación y el fugitivo comienza a recorrer la casa, cada minuto que pasa más nervioso, hasta que finalmente encuentra a la rubia tirada en el sótano, desvanecida, con síntomas inequívocos de haberse tragado todo el botiquín. El fugitivo no es un asesino, en todo caso no es un asesino de mujeres, y salva a la rubia: la hace vomitar, le prepara un litro de café, la obliga a beber leche, etc.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Pasan los días y las mujeres y el fugitivo comienzan a intimar. El fugitivo les cuenta su historia: es un ex ladrón de bancos, un ex presidiario, sus ex compañeros han asesinado a su esposa. Las mujeres son artistas de cabaret y una tarde o una noche, no se sabe, viven con las cortinas cerradas, le hacen una representación: la rubia se enfunda en una magnífica piel de oso y la pelirroja finge que es la domadora. Al principio el oso obedece, pero luego se rebela y con sus garras va despojando poco a poco a la pelirroja de sus vestidos. Finalmente, ya desnuda, ésta cae derrotada y el oso se le echa encima. No, no la mata, le hace el amor. Y aquí viene lo más curioso: el fugitivo, después de contemplar el número, no se enamora de la pelirroja sino de la rubia, es decir del oso.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
El final es predecible pero no carece de cierta poesía: una noche de lluvia, después de matar a sus dos ex compañeros, el fugitivo y la rubia huyen con destino incierto y la pelirroja se queda sentada en un sillón, leyendo, dándoles tiempo antes de llamar a la policía. El libro que lee la pelirroja, me di cuenta la tercera vez que vi la película, es La caída, de Camus. También vi algunas mexicanas más o menos del mismo estilo: mujeres que eran secuestradas por tipos patibularios pero en el fondo buenas personas, fugitivos que secuestraban a señoras ricas y jóvenes y que al final de una noche de pasión eran cosidos a balazos, hermosas empleadas del hogar que empezaban desde cero y que tras pasar por todos los estadios del crimen accedían a las más altas cotas de riqueza y poder. Por entonces casi todas las películas que salían de los Estudios Churubusco eran thrillers eróticos, aunque tampoco escaseaban las películas de terror erótico y las de humor erótico. Las de terror seguían la línea clásica del terror mexicano establecida en los cincuenta y que estaba tan enraizada en el país como la escuela muralista. Sus iconos oscilaban entre el Santo, el Científico Loco, los Charros Vampiros y la Inocente, aderezada con modernos desnudos interpretados preferiblemente por desconocidas actrices norteamericanas, europeas, alguna argentina, escenas de sexo más o menos solapado y una crueldad en los límites de lo risible y de lo irremediable. Las de humor erótico no me gustaban.&lt;br /&gt;
Una mañana, mientras buscaba un libro en la Librería del Sótano, vi que estaban filmando una película en el interior de la Alameda y me acerqué a curiosear. Reconocí de inmediato a Jaqueline Andere. Estaba sola y miraba la cortina de árboles que se alzaba a su izquierda casi sin moverse, como si esperara una señal. A su alrededor se levantaban varios focos de iluminación. No sé por qué se me pasó por la cabeza la idea de pedirle un autógrafo, nunca me han interesado. Esperé a que acabara de filmar. Un tipo se acercó a ella y hablaron (¿Ignacio López Tarso?), el tipo gesticuló con enojo y luego se alejó por uno de los caminos de la Alameda y tras dudar unos segundos Jaqueline Andere se alejó por otro. Venía directamente hacia mí. Yo también me puse a andar y nos encontramos a medio camino. Fue una de las cosas más sencillas que me han ocurrido: nadie me detuvo, nadie me dijo nada, nadie se interpuso entre Jaqueline y yo, nadie me preguntó qué estaba haciendo allí. Antes de cruzarnos Jaqueline se detuvo y volvió la cabeza hacia el equipo de filmación, como si escuchara algo, aunque ninguno de los técnicos le dijo nada. Después siguió caminando con el mismo aire de despreocupación en dirección al Palacio de Bellas Artes y lo único que tuve que hacer fue detenerme, saludarla, pedirle un autógrafo, ocultar mi sorpresa al constatar su baja estatura que ni siquiera los zapatos con tacón de aguja lograban disimular. Por un momento, tan solos estábamos, pensé que hubiera podido secuestrarla. La mera probabilidad me erizó los pelos de la nuca. Ella me miró de abajo hacia arriba, el pelo rubio con una tonalidad ceniza que yo desconocía (puede que se lo hubiera teñido), los ojos marrones almendrados muy grandes y muy dulces, pero no, dulces no es la palabra, tranquilos, de una tranquilidad pasmosa, como si estuviera drogada o tuviera el encefalograma plano o fuera una extraterrestre, y me dijo algo que no entendí.&lt;br /&gt;
La pluma, dijo, la pluma para firmar. Busqué en el bolsillo de mi chamarra un bolígrafo e hice que me firmara la primera página de La caída. Me arrebató el libro y lo estuvo mirando durante unos segundos. Sus manos eran pequeñas y muy delgadas. ¿Cómo firmo, dijo, como Albert Camus o como Jaqueline Andere? Como tú quieras, dije. Aunque no levantó la cara del libro noté que sonreía. ¿Eres estudiante?, dijo. Contesté afirmativamente. ¿Y qué haces aquí en vez de estar en clases? Creo que nunca más volveré a la escuela, dije. ¿Qué edad tienes?, dijo ella. Dieciséis, dije. ¿Y tus papás saben que no vas a clases? No, claro que no, dije. No me has contestado una pregunta, dijo ella levantando la mirada y posándola sobre mis ojos. ¿Qué pregunta?, dije yo. ¿Qué haces aquí? Cuando yo era joven, añadió, los novillos se hacían en los billares o en las boleras. Leo libros y voy al cine, dije. Además, yo no hago novillos. Ya, tú desertas, dijo. Esta vez fui yo el que sonreí. ¿Y qué películas se ven a esta hora?, dijo ella. De todas, dije yo, algunas tuyas. Eso pareció no gustarle. Volvió a mirar el libro, se mordió el labio inferior, me miró y parpadeó como si le dolieran los ojos. Después me preguntó mi nombre. Bueno, pues firmemos, dijo. Era zurda. Su letra era grande y poco clara. Me tengo que ir, dijo alargándome el libro y el bolígrafo. Me dio la mano, nos la estrechamos y se alejó por la Alameda de vuelta hacia donde estaba el equipo de rodaje. Me quedé quieto, mirándola, dos mujeres se le acercaron unos cincuenta metros más allá, iban vestidas como monjas misioneras, dos monjas mexicanas misioneras que se llevaron a Jaqueline hasta quedar debajo de un ahuehuete. Después se les acercó un hombre, hablaron, después los cuatro se alejaron por una de las sendas de salida de la Alameda.&lt;br /&gt;
En la primera página de La caída, Jaqueline escribió: «Para Arturo Belano, un estudiante liberado, con un beso de Jaqueline Andere.»&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
De golpe me encontré sin ganas de librerías, sin ganas de paseos, sin ganas de lecturas, sin ganas de cines matinales (sobre todo sin ganas de cines matinales). La proa de una nube enorme apareció sobre el centro del D.F., mientras por el norte de la ciudad resonaban los primeros truenos. Comprendí que la película de Jaqueline se había interrumpido por la proximidad inminente de la lluvia y me sentí solo. Durante unos segundos no supe qué hacer, hacia dónde ir. Entonces el Gusano me saludó. Supongo que después de tantos días él también se había fijado en mí. Me volví y allí estaba, sentado en el mismo banco de siempre, nítido, absolutamente real con su sombrero de paja y su camisa blanca. Al marcharse los técnicos cinematográficos, comprobé asustado, el escenario había experimentado un cambio sutil pero determinante: era como si el mar se hubiera abierto y pudiera ahora ver el fondo marino. La Alameda vacía era el fondo marino y el Gusano su joya más preciada. Lo saludé, seguramente hice alguna observación banal, se puso a diluviar, abandonamos juntos la Alameda en dirección a la avenida Hidalgo y luego caminamos por Lázaro Cárdenas hasta Perú.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Lo que sucedió después es borroso, como visto a través de la lluvia que barría las calles, y al mismo tiempo de una naturalidad extrema. El bar se llamaba Las Camelias y estaba lleno de mariachis y vicetiples. Yo pedí enchiladas y una TKT, el Gusano una Coca-Cola y más tarde (pero no debió de ser mucho más tarde) le compró a un vendedor ambulante tres huevos de caguama. Quería hablar de Jaqueline Andere. No tardé en comprender, maravillado, que el Gusano no sabía que aquella mujer era una actriz de cine. Le hice notar que precisamente estaba filmando una película, pero el Gusano simplemente no recordaba a los técnicos ni los aparejos desplegados para la filmación. La presencia de Jaqueline en el sendero en donde se hallaba su banco había borrado todo lo demás. Cuando dejó de llover el Gusano sacó un fajo de billetes del bolsillo trasero, pagó y se fue. Al día siguiente nos volvimos a ver. Por la expresión que puso al verme pensé que no me reconocía o que no quería saludarme. De todos modos me acerqué. Parecía dormido aunque tenía los ojos abiertos. Era flaco, pero sus carnes, excepto los brazos y las piernas, se adivinaban blandas, incluso fofas, como las de los deportistas que ya no hacen ejercicios. Su flaccidez, pese a todo, era más de orden moral que físico. Sus huesos eran pequeños y fuertes. Pronto supe que era del norte o que había vivido mucho tiempo en el norte, que para el caso es lo mismo. Soy de Sonora, dijo. Me pareció curioso, pues mi abuelo también era de allí. Eso interesó al Gusano y quiso saber de qué parte de Sonora. De Santa Teresa, dije. Yo de Villaviciosa, dijo el Gusano. Una noche le pregunté a mi padre si conocía Villaviciosa. Claro que la conozco, dijo mi padre, está a pocos kilómetros de Santa Teresa. Le pedí que me la describiera. Es un pueblo muy pequeño, dijo mi padre, no debe tener más de mil habitantes (después supe que no llegaban a quinientos), bastante pobre, con pocos medios de subsistencia, sin una sola industria. Está destinado a desaparecer, dijo mi padre. ¿Desaparecer cómo?, le pregunté. Por la emigración, dijo mi padre, la gente se va a ciudades como Santa Teresa o Hermosillo o a Estados Unidos. Cuando se lo dije al Gusano éste no estuvo de acuerdo, aunque en realidad la frase «estar de acuerdo» o «estar en desacuerdo» para él no tenían ningún significado. El Gusano no discutía nunca, tampoco expresaba opiniones, no era un dechado de respeto por los demás, simplemente escuchaba y almacenaba, o tal vez sólo escuchaba y después olvidaba, atrapado en una órbita distinta a la de la otra gente. Su voz era suave y monocorde aunque a veces subía el tono y entonces parecía un loco que imitara a un loco y yo nunca supe si lo hacía a propósito, como parte de un juego que sólo él comprendía, o si no lo podía evitar y aquellas salidas de tono eran parte del infierno. Cifraba su seguridad en la pervivencia de Villaviciosa en la antigüedad del pueblo; también, pero eso lo comprendí más tarde, en la precariedad que lo rodeaba y lo carcomía, aquello que según mi padre amenazaba su misma existencia.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
No era un tipo curioso aunque pocas cosas se le pasaban por alto. Una vez miró los libros que yo llevaba, uno por uno, como si le costara leer o como si no supiera. Después nunca más volvió a interesarse por mis libros aunque cada mañana yo aparecía con uno nuevo. A veces, tal vez porque de alguna manera me consideraba un paisano, hablábamos de Sonora, que yo apenas conocía: sólo había ido una vez, para el funeral de mi abuelo. Nombraba pueblos como Nacozari, Bacoache, Fronteras, Villa Hidalgo, Bacerac, Bavispe, Agua Prieta, Naco, que para mí tenían las mismas cualidades del oro. Nombraba aldeas perdidas en los departamentos de Nacori Chico y Bacadéhuachi, cerca de la frontera con el estado de Chihuahua, y entonces, no sé por qué, se tapaba la boca como si fuera a estornudar o a bostezar. Parecía haber caminado y dormido en todas las sierras: la de Las Palomas y La Cieneguita, la sierra Guijas y la sierra La Madera, la sierra San Antonio y la sierra Cibuta, la sierra Tumacacori y la sierra Sierrita bien entrado en el territorio de Arizona, la sierra Cuevas y la sierra Ochitahueca en el noreste junto a Chihuahua, la sierra La Pola y la sierra Las Tablas en el sur, camino de Sinaloa, la sierra La Gloría y la sierra El Pinacate en dirección noroeste, como quien va a Baja California. Conocía toda Sonora, desde Huatabampo y Empalme, en la costa del Golfo de California, hasta los villorrios perdidos en el desierto. Sabía hablar la lengua yaqui y la pápago (que circulaba libremente entre los lindes de Sonora y Arizona) y podía entender la seri, la pima, la mayo y la inglesa. Su español era seco, en ocasiones con un ligero aire impostado que sus ojos contradecían. He dado vueltas por las tierras de tu abuelo, que en paz descanse, como una sombra sin asidero, me dijo una vez.&lt;br /&gt;
Cada mañana nos encontrábamos. A veces intentaba hacerme el distraído, tal vez reanudar mis paseos solitarios, mis sesiones de cine matinales, pero él siempre estaba allí, sentado en el mismo banco de la Alameda, muy quieto, con el Bali colgándole de los labios y el sombrero de paja tapándole la mitad de la frente (su frente de gusano blanco) y era inevitable que yo, sumergido entre las estanterías de la Librería de Cristal, lo viera, me quedara un rato contemplándolo y al final acudiera a sentarme a su lado.&lt;br /&gt;
No tardé en descubrir que iba siempre armado. Al principio pensé que tal vez fuera policía o que lo perseguía alguien, pero resultaba evidente que no era policía (o que al menos ya no lo era) y pocas veces he visto a nadie con una actitud más despreocupada con respecto a la gente: nunca miraba hacia atrás, nunca miraba hacia los lados, raras veces miraba el suelo. Cuando le pregunté por qué iba armado el Gusano me contestó que por costumbre y yo le creí de inmediato. Llevaba el arma en la espalda, entre el espinazo y el pantalón. ¿La has usado muchas veces?, le pregunté. Sí, muchas veces, dijo como en sueños. Durante algunos días el arma del Gusano me obsesionó. A veces la sacaba, le quitaba el cargador y me la pasaba para que la examinara. Parecía vieja y pesada. Generalmente yo se la devolvía al cabo de pocos segundos, rogándole que la guardara. A veces me daba reparo estar sentado en un banco de la Alameda conversando (o monologando) con un hombre armado, no por lo que él pudiera hacerme pues desde el primer instante supe que el Gusano y yo siempre seríamos amigos, sino por temor a que nos viera la policía del D.F., por miedo a que nos cachearan y descubrieran el arma del Gusano y termináramos los dos en algún oscuro calabozo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Una mañana se enfermó y me habló de Villaviciosa. Lo vi desde la Librería de Cristal y me pareció igual que siempre, pero al acercarme a él observé que la camisa estaba arrugada, como si hubiera dormido con ella puesta. Al sentarme a su lado noté que temblaba. Poco después los temblores fueron en aumento. Tienes fiebre, dije, tienes que meterte en la cama. Lo acompañé, pese a sus protestas, hasta la pensión donde vivía. Acuéstate, le dije. El Gusano se sacó la camisa, puso la pistola debajo de la almohada y pareció quedarse dormido en el acto, aunque con los ojos abiertos fijos en el cielorraso. En la habitación había una cama estrecha, una mesilla de noche, un ropero desvencijado. En el interior del ropero vi tres camisas blancas como la que se acababa de quitar perfectamente dobladas y dos pantalones del mismo color colgados de sendas perchas. Debajo de la cama distinguí una maleta de cuero de excelente calidad, de aquellas que tenían una cerradura como de caja fuerte. No vi ni un solo periódico, ni una sola revista. La habitación olía a desinfectante, igual que las escaleras de la pensión. Dame dinero para ir a una farmacia a comprarte algo, dije. Me dio un fajo de billetes que sacó del bolsillo de su pantalón y volvió a quedarse inmóvil. De vez en cuando un escalofrío lo recorría de la cabeza a los pies como si se fuera a morir. Pero sólo de vez en cuando. Por un momento pensé que tal vez lo mejor sería llamar a un médico, pero comprendí que eso al Gusano no le iba a gustar. Cuando volví, cargado de medicinas y botellas de Coca-Cola, se había dormido. Le di una dosis de caballo de antibióticos y unas pastillas para bajarle la fiebre. Luego hice que se bebiera medio litro de Coca-Cola. También había comprado un pancake, que dejé en el velador por si más tarde tenía hambre. Cuando ya me disponía a irme, él abrió los ojos y se puso a hablar de Villaviciosa.&lt;br /&gt;
A su manera, fue pródigo en detalles. Dijo que el pueblo no tenía más de sesenta casas, dos cantinas, una tienda de comestibles. Dijo que las casas eran de adobe y que algunos patios estaban encementados. Dijo que de los patios escapaba un mal olor que a veces resultaba insoportable. Dijo que resultaba insoportable para el alma, incluso para la carencia de alma, incluso para la carencia de sentidos. Dijo que por eso algunos patios estaban encementados. Dijo que el pueblo tenía entre dos mil y tres mil años y que sus naturales trabajaban de asesinos y de vigilantes. Dijo que un asesino no perseguía a un asesino, que cómo iba a perseguirlo, que eso era como si una serpiente se mordiera la cola. Dijo que existían serpientes que se mordían la cola. Dijo que incluso había serpientes que se tragaban enteras y que si uno veía a una serpiente en el acto de autotragarse más valía salir corriendo pues al final siempre ocurría algo malo, como una explosión de la realidad. Dijo que cerca del pueblo pasaba un río llamado Río Negro por el color de sus aguas y que éstas al bordear el cementerio formaban un delta que la tierra seca acababa por chuparse. Dijo que la gente a veces se quedaba largo rato contemplando el horizonte, el sol que desaparecía detrás del cerro El Lagarto, y que el horizonte era de color carne, como la espalda de un moribundo. ¿Y qué esperan que aparezca por allí?, le pregunté. Mi propia voz me espantó. No lo sé, dijo. Luego dijo: una verga. Y luego: el viento y el polvo, tal vez. Después pareció tranquilizarse y al cabo de un rato creí que estaba dormido. Volveré mañana, murmuré, tómate las medicinas y no te levantes.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Me marché en silencio.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
A la mañana siguiente, antes de ir a la pensión del Gusano, pasé un rato, como siempre, por la Librería de Cristal. Cuando me disponía a salir, a través de las paredes transparentes, lo vi. Estaba sentado en el mismo banco de siempre, con una camisa blanca holgada y limpia y unos pantalones blancos inmaculados. La mitad de la cara se la tapaba el sombrero de paja y un Bali le colgaba del labio inferior. Miraba al frente, como en él era usual, y parecía sano. Ese mediodía, al separarnos, me alargó con un gesto hosco varios billetes y dijo algo acerca de las molestias que yo había tenido el día anterior. Era mucho dinero. Le dije que no me debía nada, que hubiera hecho lo mismo por cualquier amigo. El Gusano insistió en que cogiera el dinero. Así podrás comprar algunos libros, dijo. Tengo muchos, contesté. Así dejarás de robar libros por algún tiempo, dijo. Al final le quité el dinero de las manos. Ha pasado mucho tiempo, ya no recuerdo la cifra exacta, el peso mexicano se ha devaluado muchas veces, sólo sé que me sirvió para comprarme veinte libros y dos discos de los Doors y que para mí esa cantidad era una fortuna. Al Gusano no le faltaba el dinero.&lt;br /&gt;
Nunca más me volvió a hablar de Villaviciosa. Durante un mes y medio, tal vez dos meses, nos vimos cada mañana y nos despedimos cada mediodía, cuando llegaba la hora de comer y yo volvía en el camión de la Villa o en un pesero rumbo a mi casa. Alguna vez lo invité al cine, pero el Gusano nunca quiso ir. Le gustaba hablar conmigo sentados en su banco de la Alameda o paseando por las calles de los alrededores y de vez en cuando condescendía a entrar en un bar en donde siempre buscaba al vendedor ambulante de huevos de caguama. Nunca lo vi probar alcohol. Pocos días antes de que desapareciera para siempre le dio por hacerme hablar de Jaqueline Andere. Comprendí que era su manera de recordarla. Yo hablaba de su pelo rubio ceniza y lo comparaba favorable o desfavorablemente con el pelo rubio amielado que lucía en sus películas y el Gusano asentía levemente, la vista clavada al frente, como si tuviera a Jaqueline Andere en la retina o como si la viera por primera vez. Una vez le pregunté qué clase de mujeres le gustaban. Era una pregunta estúpida, hecha por un adolescente que sólo quería matar el tiempo. Pero el Gusano se la tomó al pie de la letra y durante mucho rato estuvo cavilando la respuesta. Al final dijo: tranquilas. Y después añadió: pero sólo los muertos están tranquilos. Y al cabo de un rato: ni los muertos, bien pensado.&lt;br /&gt;
Una mañana me regaló una navaja. En el mango de hueso se podía leer la palabra «Caborca» escrita en finas letras de alpaca. Recuerdo que le di las gracias efusivamente y que aquella mañana, mientras platicábamos en la Alameda o mientras paseábamos por las concurridas calles del centro, estuve abriendo y cerrando la hoja, admirando la empuñadura, tentando su peso en la palma de mi mano, maravillado de sus proporciones tan justas. Por lo demás, aquel día fue idéntico a todos los otros. A la mañana siguiente el Gusano ya no estaba.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Dos días después lo fui a buscar a su pensión y me dijeron que se había marchado al norte. Nunca más lo volví a ver.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq"&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bola%C3%B1o" target="_blank"&gt;Roberto Bolaño&amp;nbsp;&lt;/a&gt;®&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>La mujer del almacén de Katherine Mansfield</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/la-mujer-del-almacen-de-katherine.html</link><category>Cuento</category><category>Katherine Mansfield</category><category>Nueva Zelandia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Sun, 21 Feb 2016 04:13:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-94437136315819737</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante todo el día hizo un calor terrible. El suelo levantaba un viento cálido, que silbaba entre los montecillos de hierba y se arrastraba por todo el camino, empujando. El blanco polvo calcáreo se elevaba en remolinos, impulsado por el viento, envolviéndonos la cara y posándose sobre nuestros cuerpos como otra piel reseca e irritante. Los caballos iban con paso lento, resoplando. El que llevaba la carga estaba enfermo, con una gran llaga abierta que hería su vientre. De vez en cuando se detenía en seco, giraba la cabeza para mirarnos, como a punto de llorar, ¿relinchando? Cientos de alondras gemían en el aire. El cielo se había teñido de un color brilloso y los gemidos de las alondras me parecieron los que hacía la tiza al escribir en un pizarrón. Se veía sólo una extensión de manojos de hierba, una fila tras otra de montones de hierba, con alguna flor púrpura perdida o zarzas secas cubiertas de telarañas densas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jo cabalgaba adelante. Llevaba una camisa azul de tela gruesa, pantalones de pana y botas altas de montar. Un pañuelo blanco con lunares rojos -parecía que acababa de limpiarse la sangre de las narices- le rodeaba el cuello. Bajo las alas anchas de su sombrero se veían mechones de cabellos blancos; sus cejas y el bigote estaban cubiertos de polvo. Jo cabalgaba balanceándose muy suelto sobre la silla y se quejaba de tanto en tanto. Ni una sola vez en el día, cantó aquello que decía:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No me interesa, porque verás, tengo a mi suegra siempre delante".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era el primer día, luego de un mes de estar juntos, en que no le habíamos oído canturrear aquella canción. Su silencio nos ponía melancólicos. Jim iba junto a mí, blanco de polvo, de la cabeza a los pies. Su rostro parecía el de un payaso y sus ojos negros brillaban más que nunca en esa máscara empolvada; a cada rato, sacaba la lengua para humedecerse los labios. Su chaqueta corta, de tela gruesa de algodón y los pantalones azules, sostenidos por un cinturón muy ancho, mostraban su color ante los huecos abiertos en la capa de polvo. Apenas si habíamos cruzado algunas palabras desde el amanecer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A mediodía nos detuvimos junto al borde barroso de un arroyo para almorzar galletas duras y duraznos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tengo el estómago como buche de gallina -dijo Jo-. Veamos, Jim: tú que eres el guía de nuestro grupo, ¿dónde diablos está ese almacén del que siempre nos hablas? "Por supuesto", nos dices, "yo conozco un buen almacén, con sus troncos gruesos para atar los caballos y una pradera verde bordeada por un arroyo. Su dueño es un buen amigo mío", nos has dicho, "un tipo correcto que te ofrece un trago de whisky y luego te da la mano". Me gustaría ver ese almacén, Jim, aunque sólo fuera para calmar mi curiosidad. No quiero decir con eso que dude de tu palabra, tú lo sabes muy bien, pero...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jim se echó a reír.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No olvides que en el almacén hay una mujer, Jo; una hermosa mujer de ojos azules y cabello rubio como el oro, que te ofrece algo mejor que el whisky antes de estrecharte la mano. Métete eso en la cabeza y no lo olvides.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-El calor te debilita la cabeza -comentó Jo, subiendo al caballo. Clavó las espuelas en los ijares y nosotros lo seguimos unos metros más atrás. A poco de andar me quedé medio dormida sobre la silla y, entre sueños, tuve la desagradable sensación de que todos los caballos se detenían. De pronto me vi encima de un caballito de madera y mi madre, que se hallaba detrás de mí, me retaba por levantar tanto polvo de la alfombra. "La has gastado tanto que sus hermosos dibujos desaparecieron", me decía y se abalanzó sobre mí para darme un golpe en los riñones. Empecé a llorar en voz baja y me desperté asustada y encontré a Jim inclinado sobre mí, sonriendo con malicia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Esa sí que es buena -me dijo-. Acabo de sorprenderte. ¿Qué te sucede? ¿En qué mundo andabas?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ninguno -le respondí con énfasis, alzando la cabeza-. ¡Gracias a Dios, por fin llegamos a alguna parte!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estábamos al pie de la colina y, más abajo, se veía un techo de chapa acanalada. Ocupaba el centro de un amplio jardín, distanciado del camino. A su alrededor, una pradera verde se extendía con un arroyo zigzagueante. El paraje estaba aislado por una cantidad de sauces jóvenes. Por la chimenea, ascendía recto un hilillo de humo azul, asomando por un rincón del techo. Mientras observaba la forma de aquel cobertizo vi salir a una mujer seguida por una niña y un perro ovejero. La mujer parecía llevar en la mano una larga vara negra. Nos había visto y estaba haciéndonos alguna seña. Los caballos soltaron un prolongado y sonoro resoplido final. Jo se quitó el ancho sombrero, dio un grito, sacó pecho y empezó a cantar aquello de "no me interesa, porque ya ves..." De repente, el sol reapareció entre las nubes pálidas e iluminó con brillosos resplandores aquella escena. Uno de los rayos acentuó el cabello rubio de la mujer, resplandeció el delantal agitado por el viento y brilló también el rifle que llevaba en la mano. La chiquilla se escondió detrás de su madre, y el perro ovejero, de pelaje blanco y sucio, regresó trotando al cobertizo, con la cola entre las patas. Tiramos de las riendas, los caballos se detuvieron en seco y desmontamos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Hola! -gritó la mujer-. Creía que eran tres buitres. Mi chica llegó corriendo, azorada. "Mamá", me dijo, "vienen bajando por la colina tres cosas grises". Yo me preparé para recibirlas, estén seguros de eso. "Tienen que ser buitres", le respondí a la chica. No saben la cantidad de buitres que hay por aquí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La niña nos dirigió la mirada con uno de sus ojos, por detrás de las faldas de su madre, y se ocultó de nuevo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Dónde está su hombre? -preguntó Jim.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer parpadeó rápidamente, se pasó una mano por la boca y giró la cabeza para observarnos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Se fue a la esquila -nos dijo, demorando su respuesta-. Hace casi un mes que anda fuera. Supongo que no permanecerán aquí, ¿verdad? Una tormenta se avecina.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No se intranquilice, pero nos quedamos -afirmó Jo-. ¿De modo que está sola, señora?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Permaneció quieta, con la cabeza gacha y empezó a acomodar los pliegues del delantal. Luego nos miró de reojo, uno a uno, con una expresión de pajarito hambriento. Me sonreí al pensar en la burla que le había hecho Jim a Jo, hablándole siempre sobre aquella hermosa mujer del almacén. Cierto era que ella tenía los ojos azules y el poco pelo que le quedaba era rubio como el oro viejo, pero no era bonita. Su figura tenía un aspecto ridículo que daba lástima. Al observarla, se tenía la impresión de que bajo su blanco delantal, sólo había palos y alambres retorcidos. Los dientes de delante le faltaban, sus manos largas, agrietadas y enrojecidas, le colgaban inútiles de los brazos y llevaba un par de botas de hombre arrugadas, cubiertas de polvo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Voy a soltar los caballos en el prado -dijo Jim-. ¿No tiene por casualidad algún linimento? El pobre Poi tiene una llaga hecha un demonio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Un momento! -gritó la mujer con algo de histérica. Se quedó en silencio, mirándonos, llena de ira: las narices se le dilataron, temblándole al respirar. Y volvió a gritar con el mismo tono chillón-. Es mejor que no se detengan. Váyanse y se acabó. No quiero que los caballos pasten en mi prado. Tienen que irse; no tengo nada para ofrecerles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Vaya, que me cuelguen! -dijo Jo sorprendido. Me apartó hacia un costado-. El diablo salió de su cuerpo -murmuró-. Será porque hace tiempo que está sola. Si la tratamos con respeto, volverá a la coherencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no fue necesario poner en práctica la propuesta. La mujer había vuelto a sus cabales por sí sola.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Quédense, si quieren -nos dijo de mala gana, encogiendo los hombros. Luego giró y me dijo-: Si viene conmigo, le daré el linimento para el caballo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Muy bien, yo se los llevaré después al prado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Seguí por el largo sendero que atravesaba el jardín. A ambos lados había plantado repollos y tal vez por eso el lugar olía a agua podrida. También había flores: una fila de amapolas dobles y toda una plantación de arvejillas de olor. Me llamó la atención una porción de tierra removida en medio de las flores, señalada por hileras de conchas y caracoles. Al rato advertí que aquel terreno pertenecía a la niña, porque al pasar frente a él se desprendió de las faldas de su madre y corrió para escarbar esa porción de tierra con una percha rota. El perro atravesaba el umbral de la puerta, matando las pulgas a mordiscos. La mujer lo apartó de nuestro camino, de una patada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Eh, fuera de aquí, bestia inmunda...! La casa está desordenada. No tuve tiempo de arreglarla... Estuve planchando. ¡Adelante!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La "casa" era tan sólo una habitación amplia cuyas paredes estaban empapeladas con las hojas de viejos diarios londinenses. A primera vista, me pareció que el número más actual era de la época del jubileo de la Reina Victoria. Había una mesa con una tabla de planchar, un cubo de agua, algunos recipientes de madera, un diván desarmado con un forro de crin negro y varias sillas de cañas rotas y apoyadas contra la pared para que no se cayeran. La repisa que se hallaba encima de la estufa estaba adornada con papel encarnado, flores, tallos y hojas secas en floreros cubiertos de polvo y con una imitación de Richard Seddon en colores. Había cuatro puertas: una, por el olor, parecía dar al almacén; la otra, seguramente al patio trasero; en la tercera, que estaba entreabierta, se podía ver una cama. Las moscas, volando en bandada, zumbaban contra el cielo raso. Y sobre las cortinas de la única ventana tenía adheridos papeles matamoscas y un montón de tréboles secos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De repente me encontré sola en la amplia habitación. La mujer se había ido al almacén a buscar el linimento. Oía sus pasos recios y sus murmullos groseros. Hablaba sola, se preguntaba y se respondía: "Tengo linimento", decía. "¿Dónde habré puesto la botella? Estará detrás del frasco de los pepinillos... No está". Desocupé un rincón sobre la mesa para sentarme allí, balanceando las piernas. Oía la lejana voz de Jo, cantando en el prado y los golpes del martillo de Jim clavando las estacas para afirmar la tienda de campaña. Era el momento del crepúsculo. En Nueva Zelanda los días no gozan de la penumbra del poniente: tienen una media hora de luz extraña y siniestra, donde todo es grotesco, deforme y espantoso, como si el alma salvaje del país emergiera de repente sobre antiguos poderes y renegara de lo que contemplaba. Al verme sola en la gran habitación, iluminada por la escabrosa luz del poniente neocelandés, sentí miedo. Aquella mujer tardaba demasiado en encontrar el linimento. ¿Qué estaría haciendo allí dentro? Me pareció que la había oído golpear con las manos alguna mesa y la escuché quejarse otra vez, luego toser y limpiarse la garganta. Tuve deseos de gritar que regresara, pero me contuve y esperé en silencio. "¡Qué vida atroz, Dios mío!", pensaba yo. "¿Cómo será eso de compartir un día tras otro, con esa niña roñosa y el perro sucio siempre cerca? ¿Qué será eso de planchar aquí y de...? ¡Loca! ¡Claro que está loca! Quisiera saber hace cuánto tiempo que vive aquí. Quisiera que me hablara..."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En ese preciso momento, la mujer asomó su largo perfil por la puerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué era lo que querían? -me preguntó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Linimento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ah, me había olvidado! Ya lo encontré. Estaba junto al frasco de pepinillos -al decir esto, me alargó la botella-. Se la ve nerviosa -agregó-. Le voy a preparar unos panecillos dulces para la cena. Hay un poco de lengua en el almacén y si les gusta, cocinaré un repollo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Muy bien, gracias -repuse sonriendo-. Luego venga a nuestra tienda, en el prado, y lleve a la niña para que nos acompañe a tomar la merienda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sacudió la cabeza, mostrando los labios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Oh, no. Creo que no iremos. Les mandaré a la niña con las cosas, cuando termine de cocinar los panecillos. ¿Quiere que le amase algunos más para llevarlos mañana?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Gracias.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se quedó de pie en la puerta, apoyada contra el marco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué edad tiene la niña?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-En Navidad cumplirá seis años. Tuve muchos dolores de cabeza con ella, por varias cuestiones. No pude darle leche hasta que la chica tuvo un mes, estaba desnutrida y flaca como una varilla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No se parece a usted. ¿Salió a su padre?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así como se había exaltado antes, cuando nos indujo a que nos fuéramos, ahora se enfadó contra mí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡No! ¡No es verdad! -gritó hecha una furia-. Se parece a mí. Es mi vivo retrato. Hasta un ciego puede verlo. -Luego, se dirigió a la niña, que seguía removiendo su terreno.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ven acá, rápido, Else, y deja de remover esa tierra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me encontré con Jo pasando sobre el cerco del prado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué tiene la vieja bruja en el almacén? -me preguntó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No sé. No entré.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Vaya! ¡Qué tontería! Jim te anda buscando. ¿Qué estuviste haciendo durante todo este tiempo?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Buscando el linimento. Oye, Jo: qué elegante y bien peinado estás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jo se había aseado, traía el pelo reluciente, peinado con raya al medio. Había elegido un saco limpio por encima de la camisa. Me hizo un guiño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jim me quitó de las manos la botella de linimento. Me fui sola, a través del prado, donde los sauces se juntan, para bañarme en el arroyo. El agua clara me cubría el cuerpo, suave como el aceite. Entre las hierbas y las raíces de las orillas, el agua formaba orlas de espuma que se agitaban. Me quedé en el agua mirando cómo los sauces movían sus hojas por un momento y luego las dejaba quietas. El aire traía olor a lluvia. Me olvidé de la mujer y de su hija, hasta que regresé a la tienda. Jim estaba tendido sobre el césped, mirando el fuego de la hoguera que acababa de encender. Le pregunté si la chica había traído algo de comer y dónde estaba yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Bah! -repuso Jim con disgusto, girando su cuerpo para acostarse de espaldas y observar de cara al cielo-. ¿No te has dado cuenta de que Jo está como embrujado? Se fue al almacén demasiado prolijo y me dijo: "¡Que me cuelguen si esa mujer no es más bonita de noche que de día! De todas maneras, muchacho, es carne de mujer". Esas palabras me dijo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Recuerda que tú tienes la culpa por haber hecho creer a Jo, y a mí también, que había una mujer bella en este almacén.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No. No se trata de eso. Escucha: no puedo entenderlo. Hace cuatro años pasé por este lugar y permanecí dos días aquí. El marido de esa mujer fue compañero mío cuando ambos deambulábamos por las costas occidentales. Es lo que yo llamo un buen tipo, del tamaño de un toro y con una voz similar a un trombón. La mujer había sido camarera en una cabaña de la costa, hermosa como una muñeca. Cuando estuve en este almacén, cada quince días, la diligencia pasaba. Todo esto era antes de que inauguraran el ferrocarril de Napier. Y puedo asegurar que aquella mujer no perdía el tiempo. Recuerdo que me dijo, en un momento de confesión, que ella besaba de ciento veinticinco maneras diferentes y todas sensuales e irresistibles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Vamos, Jim! Por supuesto que no se trata de la misma mujer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tiene que serlo..., de otra manera no me lo explico. Lo que yo creo es que su marido se fue y la abandonó. Que engañe a otro con la historia de la esquila. ¡Qué terrible soledad! Los únicos que aparecerán por aquí, de vez en cuando, serán los maoríes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A pesar de la oscuridad, divisamos el blanco delantal de la niña. Caminaba arrastrándose hacia nosotros, con una enorme canasta al brazo y una olla de leche en la mano. Revisé dentro de la canasta mientras la chica me miraba hacer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ven aquí -le dijo Jim haciéndole gestos con el dedo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se acercó. La lámpara que colgaba del techo de la tienda la alumbró de cuerpo entero. Era una pobre criatura escuálida y débil, con el cabello blancuzco y los ojillos tristes. Se había parado con las piernas abiertas y el vientre al aire.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué haces durante el día? -le preguntó Jim.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La chica escarbó con el dedo meñique su oreja, miró lo que había sacado y respondió:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dibujo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Eh? ¿Qué dibujas? ¡Deja de escarbarte las orejas!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dibujos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Dónde los haces?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-En papeles llenos de grasa, con el lápiz de mamá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Vaya! ¡Cuántas palabras de golpe! -Jim la miraba sonriendo, con algo de afecto-. ¿Ovejitas que hacen beee y vaquitas que hacen mu?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No. Todas las cosas. Los dibujaré a todos antes de que se vayan, a sus caballos y a la tienda y a ésa con ningún vestido en el arroyo -dijo, señalándome a mí-. Yo la veía desde un lugar donde ella no me veía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Te felicito -le respondió Jim-. Así llegarás lejos en la pintura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, le preguntó algo atrevido:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Dónde está papá?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La chica pareció asustarse y comenzó a balbucear.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No se lo voy a decir porque no me gusta su rostro. Y volvió a escarbarse la otra oreja.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bueno -le dije-. Vete a casa, llévate la canasta y avísale al otro hombre que venga a comer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No quiero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Te voy a dar una cachetada si no obedeces! -la amenazó Jim, con suma violencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ay, ay! Se lo diré a mamá, se lo diré a mamá -dijo la chica y salió corriendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Comimos hasta hartarnos. Había llegado la hora del café y los cigarrillos, cuando Jo regresó, muy colorado y contento, con una botella de whisky en la mano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bébanse los dos un trago -nos dijo alzando muy fuerte la voz y sacudiendo la botella en nuestras narices-. ¡Vamos! ¡Levanten las copas!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ciento veinticinco maneras distintas... -le murmuré a Jim en el oído.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Eh? ¿Cómo dicen? ¡Basta de eso! -dijo Jo, serio-. ¿Por qué se la agarran siempre conmigo? Parecen niños de escuela dominical en una excursión. Si quieren saberlo, nos ha invitado a los tres para que visitemos su casa esta noche y charlemos. Yo -levantó la mano, como si quisiera detener nuestras felicitaciones antes de tiempo- he sabido tratarla y sé cómo tranquilizarla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Te creo -comentó Jim riendo-. Pero ¿te dijo dónde está su marido?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jo lo miró entre sorprendido e irritado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-En la esquila. Ella misma te lo dijo, idiota.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer había limpiado y arreglado la habitación, incluso la adornó con un ramo de arvejillas en el centro de la mesa. Fui a sentarme al lado de ella, frente a Jo y Jim. Además de las flores de adorno, sobre la mesa había una lámpara de petróleo, la botella de whisky, vasos y una jarra de agua. La chica, arrodillada en el suelo, dibujaba en un papel de envoltura. Me pregunté, sobresaltada, si acaso no estaría reproduciendo la escena del arroyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No había duda de que Jo tenía razón cuando dijo que la mujer se vería mejor de noche. En verdad, esa noche presentaba mejor aspecto. Las hebras de su cabello rubio estaban prolijas, recogidas y alisadas, tenía cierto color en las mejillas y brillaban sus ojos. Y advertimos que sus pies se hallaban apretados, bajo la mesa, por las botas de Jo. Su delantal grasoso había sido reemplazado por una falda de lana negra y una blusa blanca. La chica llevaba una cinta azul en el pelo. Así, en la atmósfera asfixiante de aquella habitación, entre el zumbido de las moscas que giraban en espirales ascendentes hacia el techo y descendían sobrevolando la mesa, nos emborrachamos lentamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ahora escúchenme -interrumpió la mujer dando puñetazos sobre la mesa-. Hace seis años que me casé y he tenido cuatro abortos. Le dije a mi marido: ¿Quién crees que soy yo para que me tengas aquí? Si estuviéramos en la Costa, te haría colgar por infanticidio. Y le repetía: has doblegado y sometido mi espíritu, me has arruinado el cuerpo, la apariencia. ¿Para qué? ¡Eso es lo que quiero saber! ¿Para qué? -Se agarró la cabeza con las manos, apoyó los codos sobre la mesa, mirándonos fijamente. Y comenzó a hablar de nuevo, con rapidez-. Durante días enteros, que sumados formaban meses, me torturaban la cabeza aquellas dos benditas palabras. ¿Para qué? A veces estaba aquí, frente a la estufa, cocinando papas, y al levantar la tapa de la cacerola para moverlas, oía las mismas palabras de siempre y no sólo aquel "¿Para qué?", con las papas y con la chica y con... Quiero decir que... quiero decir... -un ataque de hipo la interrumpió-. ¡Usted sabe lo que quiero decir, señor Jo!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Lo sé -dijo Jo rascándose la cabeza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Lo peor era -continuó la mujer, inclinándose sobre la mesa- que me dejaba sola mucho tiempo. Cuando las diligencias dejaron de venir, se iba por muchos días, semanas y hasta meses, dejándome encargada del almacén. Y después regresaba, contento como en Pascuas. "¡Hola!", me decía. "¿Cómo has estado? Ven aquí y dame un beso". Y yo iba. Y cuando me negaba a ser afectuosa, él volvía a irse, a desaparecer sin decir nada. Aunque si yo me mostraba complaciente, también se iba. Cuando lo recibía, esperaba hasta hacerme bailar sobre un dedo y después se despedía: "Bueno; hasta siempre. Ya me voy". ¿Y creen que yo podía retenerlo? ¡No! Yo, no.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Mamá -gritó la chica-. Hice un dibujo de todos ellos, bajando por la colina, y de ti y de mí y el perro, abajo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Cállate! -gritó la mujer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La luz de un relámpago iluminó en forma eléctrica la habitación y a los pocos segundos se oyó el sacudón del trueno.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Menos mal que se larga -comentó Jo-. El clima nos ha estado sofocando desde hace tres días.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Dónde está ahora su marido? -insistió Jim, acentuando cada palabra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Metió la cabeza entre sus brazos, apoyados sobre la mesa, y empezó a lloriquear.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Se ha ido a la esquila y otra vez me dejó -gritó entre gemidos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Eh! ¡Cuidado con esos vasos! -exclamó Jo-. Levante la cabeza y tome otro trago. No tiene sentido alguno llorar por maridos ausentes. La has hecho buena, Jim.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Señor Jo -suspiró la mujer, levantando la cabeza y secándose las lágrimas con la solapa de su chaqueta blanca-, usted es un tipo decente. Si yo fuera mujer de secretos, le confiaría todo a usted. Y no crea que me opongo a beberme otro vaso de whisky.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La luz de los relámpagos era cada vez más fuerte, lo mismo que la potencia de los truenos. Jim y yo estábamos en silencio. La chica seguía de rodillas, apoyada en el banco y sin moverse. Tenía la punta de la lengua fuera de la boca y, de vez en cuando, soplaba sobre el papel en que dibujaba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es la soledad -exclamó la mujer, dirigiéndose hacia Jo, que la escuchaba con afecto-. Es la tristeza de estar aquí, como una gallina ponedora en su nido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jo extendió su brazo sobre la mesa y tomó la mano de la mujer. A pesar de que la posición de los dos parecía muy incómoda, sobre todo al servirse whisky y al beberlo, mantuvieron unidas sus manos, como si estuvieran adheridas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me levanté para acercarme a la niña. Ella, por su parte, se incorporó con decisión y se sentó sobre el banco y los papeles de sus dibujos, mirándome con desconfianza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No puede verlos -dijo, desafiante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Vamos, no seas tonta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jim se acercó a nosotros. Los dos habíamos bebido bastante, tomamos a la niña por los brazos y la arrancamos del banco para ver sus dibujos. Los analizamos y, para mi asombro, estaban bien hechos, algo repulsivos y groseros. Eran las composiciones de un lunático, hechas con la habilidad de un lunático. No había duda de que la niña tenía la mente perturbada. Y ahora se mostraba alegre de que viéramos sus dibujos. A medida que los mostraba, sus nervios eran crecientes, reía, temblaba y tiritaba en nuestros brazos con una fuerza muy particular.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Mamá! -gritó en un momento dado, en un punto extremo de la excitación-. Voy a hacerles el dibujo que tú me dijiste que no hiciera nunca. Lo haré ahora.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con una velocidad inusitada, la mujer se levantó de la mesa, se lanzó hacia su hija y la golpeó con brusquedad en la cabeza, con las dos manos abiertas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Te daré azotes desnuda si te atreves a decir eso otra vez! -le gritaba, convertida en una fiera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jo estaba muy embriagado como para darse cuenta de lo que sucedía. Jim tomó los brazos de la mujer para que no siguiera pegando a la niña. La niña no lloró ni lanzó un solo grito. Al terminar el forcejeo, se acercó pausadamente a la ventana y se quedó allí despegando las moscas del papel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos volvimos a la mesa. Esta vez me senté junto a Jim para que la mujer se ubicara al lado de Jo y se reclinara sobre su pecho. Nos quedamos los cuatro diciendo estupideces. "Este cayó cerca. Otro más, y otro", y Jo, justo en medio del estruendo de un trueno: "Ahora viene. Ya está. Agárrense. Ya llega", hasta que empezaron a caer gotas gruesas sobre el techo de chapas acanaladas, que perturbaban.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Será mejor que esta noche se queden a dormir aquí -dijo la mujer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Así es -afirmó Jo que, por otra parte, estaba más que interesado por el ofrecimiento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Saquen lo que necesiten de la tienda. Ustedes dos pueden dormir en el almacén junto con la niña, que ya está acostumbrada a dormir allí y no le importará.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Nunca he dormido ahí, mamá -interrumpió la niña.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Cállate y no digas mentiras! El señor Jo puede dormir aquí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La distribución de lugares resultó absurda, pero era inútil cambiar su propuesta. Sin duda, Jo y la mujer ya se habían puesto de acuerdo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mientras ella organizaba este plan, Jo permaneció inmóvil en su silla, con una seriedad pocas veces vista en él, con los carrillos enrojecidos y jugando con el bigote.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Préstanos una linterna -dijo Jim-. Iré a buscar las cosas a la tienda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Salimos juntos. La lluvia nos golpeaba la cara y al caminar sentíamos debajo de nosotros la tierra blanda, como si fueran cenizas. Como niños frente a una aventura, y corriendo por el prado, saltando, gritando, riendo entre el pavoroso estruendo de los truenos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al volver al almacén, la niña ya estaba acostada sobre el mostrador. La mujer nos entregó una lámpara y Jo tomó, de manos de Jim, el bolso con su ropa y salió con la cabeza baja, cerrando la puerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Buenas noches! -gritó desde el otro lado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jim y yo nos dejamos caer sobre dos bolsas de papas, sin poder aguantar la risa. De las vigas del techo colgaban bolsones repletos de cebollas y piernas de jamón. Por doquiera que miráramos se hallaban los anuncios del "Café Camp" y estantes con latas de carne. Nos los mostrábamos uno al otro, tratando de leer los títulos de letras más pequeñas, entre risas e hipos. La niña nos miraba desde el mostrador, sin otra expresión que su mirada triste. De pronto, arrojó a un costado la frazada y saltó al suelo. Se quedó donde había caído, muy seria, con su camisón de franela gris, rascándose el empeine de un pie con la uña del dedo gordo del otro pie. No le prestamos casi nada de atención.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿De qué se ríen? -nos preguntó molesta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡De ti! -repuso Jim, rápido-. De ti y de tu tribu, niña mía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La niña se ofuscó de pronto y se daba golpes con los puños, gritando:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡No quiero..., no quiero que se rían de mí! ¡Malos! ¡Malditos!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jim se acercó a la chica, la alzó con poca firmeza y la arrojó con violencia sobre el mostrador.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Duérmete y calla! O dibuja, si quieres. Aquí tienes lápiz, y usa si quieres el libro de cuentas de tu mamá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nos quedamos sentados en silencio, y entre el murmullo de la lluvia oímos claramente los pesados pasos de Jo en el piso de madera de la habitación vecina, luego una puerta que se abría, y un rato después, cerrarse la misma puerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es la soledad -murmuró Jim.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Pobre de él! ¡Ciento veinticinco distintas maneras de besar, señor mío!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La chica arrancó violentamente una hoja del libro de cuentas de su madre y, desde el mostrador, la arrojó hacia donde estábamos nosotros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Allí está! -nos dijo con su voz chillona de niña caprichosa-. Aunque no lo quiere mamá, lo hice. Lo hice porque me encerró aquí, con ustedes. El dibujo que ella no quiere que haga. Dijo que me mataría si lo hacía, pero lo hice igual. ¡No me importa! ¡No me importa!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La chica había dibujado a una mujer disparando un rifle contra un hombre y a la misma mujer haciendo un foso en la tierra para enterrar al muerto. Saltó del mostrador y se puso a caminar por el interior del almacén, mordiéndose las uñas. Jim y yo nos quedamos sentados sobre las bolsas, sin decir palabra, al lado del dibujo, hasta que comenzó a aclarar. La lluvia había cesado y la niña dormía respirando con dificultad. Salimos rápidamente del almacén y corrimos hacia el prado, a nuestra tienda. En el cielo color rosa transitaban pequeñas nubes blancas y soplaba un viento frío con olor a hierba mojada. Cuando montamos para partir, Jo salió de la casa y nos hizo señas de que nos fuéramos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Los alcanzaré después -gritó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el primer recodo del camino, perdimos de vista aquel lugar.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Katherine_Mansfield" target="_blank"&gt;Katherine Mansfield&lt;/a&gt;&amp;nbsp;© &lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El talento de Anton Chejov</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/el-talento-de-anton-chejov.html</link><category>Anton Chejov</category><category>Cuento</category><category>Rusia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Sat, 20 Feb 2016 05:50:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-3887447614323377252</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo lo consuela pensar que al día siguiente no estará ya en la quinta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos de la quinta se trasladarán a la ciudad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para la mudanza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el cuello, en las narices, en las orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que intentamos dar idea, se perdería para siempre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No puedo casarme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Pero por qué? -suspira ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los artistas debemos ser libres.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Y no lo sería usted conmigo?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No me refiero precisamente a este caso... Hablo en general. Y digo tan sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo... ¡Ah, mi situación es terrible!... Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse, me hará la vida imposible. Tiene un genio tan arrebatado... Hace tiempo que me aconseja que no crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha pagado usted el cuarto... ¡Menudos escándalos me armará!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa que no voy a pagarle?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por la habitación.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
-¡Yo debía irme al extranjero! -dice.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le asegura a la muchacha que para él un viaje al extranjero es la cosa más fácil del mundo: con pintar un cuadro y venderlo...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Naturalmente! -contesta Katia-. Es lástima que no haya usted pintado nada este verano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? -grita, indignado, el pintor-. Además, ¿dónde hubiera encontrado modelos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En este momento se oye abrir una puerta en el piso bajo. Katia, que esperaba la vuelta de su madre de un momento a otro, echa a correr. El artista se queda solo. Sigue paseándose por la habitación. A cada paso tropieza con los objetos esparcidos por el suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el mal humor que le produce oírla, abre la alacena, donde guarda una botellita de vodka.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Puerca! -le grita a Katia la viuda del oficial- ¡Estoy harta de ti! ¡Que el diablo te lleve!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se venden a millares. Se halla en un rico salón, rodeado de bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que confesar que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ese maldito samovar! -vocifera la viuda-. Se ha apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yegor Savich siente una viva, una imperiosa necesidad de compartir con alguien sus esperanzas y sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en una azulada nube de humo, Katia y su madre preparan el almuerzo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien de la humanidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se prolonga hasta el oscurecer; pero esta tarde la siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de una pierna y lo llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama- ¿Cómo te va, muchacho?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, he pintado algo... ¿y tú?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la cama un lienzo, no concluido, aún, cubierto de polvo y telarañas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Mira -contesta-. Una muchacha en la ventana, después de abandonarla el novio... Esto lo he hecho en tres sesiones.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada, sentada junto a una ventana, por la que se ve un jardincillo y un remoto horizonte azul.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el cuadro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, hay expresión -dice-. Y hay aire... El horizonte está bien... Pero ese jardín..., ese matorral de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de vodka.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Media hora después llega otro compañero: el pintor Kostilev, que se aloja en una casa próxima. Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene treinta y cinco años, es principiante aún. Lleva el pelo largo y una cazadora con cuello a lo Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un empaque majestuoso. Ante la copita de vodka que le ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero al fin se la bebe.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡He concebido, amigos míos, un asunto magnífico! -dice-. Quiero pintar a Nerón, a Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la antigüedad, y oponerle la idea cristiana. ¿Comprenden? A un lado, Roma; al otro, el cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de ser la expresión del espíritu, del nuevo espíritu cristiano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los tres compañeros, excitados por sus sueños de gloria, van y vienen por la habitación como lobos enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso entusiasmo. Se les creería, oyéndolos, en vísperas de conquistar la fama, la riqueza, el mundo. Ninguno piensa en que ya han perdido los tres sus mejores años, en que la vida sigue su curso y se los deja atrás, en que, en espera de la gloria, viven como parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los que aspiran al título de genio, los verdaderos talentos son excepciones muy escasas. No tienen en cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas los sorprende la muerte «empezando». No quieren acordarse de esa ley implacable suspendida sobre sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se va. El paisajista se queda a dormir con el pintor de género.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y baja por agua a la cocina. En el pasillo, sentada en un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas, con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué haces ahí? -le pregunta, asombrado, el pintor- ¿En qué piensas?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de usted! -susurra ella-. Será usted un gran hombre, no hay duda. He oído su conversación de ustedes y estoy orgullosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las manos en los hombros de Yegor Savich y mira con honda devoción al pequeño dios que se ha creado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ant%C3%B3n_Ch%C3%A9jov" target="_blank"&gt;Anton Chejov &lt;/a&gt;©&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>La mosca de Katherine Mansfield</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/la-mosca-de-katherine-mansfield.html</link><category>Cuento</category><category>Katherine Mansfield</category><category>Nueva Zelandia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Sat, 20 Feb 2016 04:11:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-6990111283741040129</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pues sí que está usted cómodo aquí -dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe, como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde su... apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los amigos... Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe, que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con melancolía, con admiración, la vieja voz añadió:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Se está cómodo aquí, ¡palabra que sí!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, es bastante cómodo -asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Lo he renovado hace poco -explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas-. Alfombra nueva -y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes aros blancos-. Muebles nuevos -y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería y la mesa con patas como de caramelo retorcido-. ¡Calefacción eléctrica! -con ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no señaló al viejo Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Había algo que quería decirle -dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar-. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. -Las manos le empezaron a temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pobre hombre, está en las últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y dijo bromeando:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ya sé. Tengo aquí unas gotas de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla. No le haría daño ni a un niño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Extrajo una llave de la cadena de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una botella oscura y rechoncha.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ésta es la medicina -exclamó-. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al viejo Woodifield se le abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el jefe hubiera sacado un conejo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Es whisky, no? -dijo débilmente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El jefe giró la botella y cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sabe -dijo el viejo, mirando al jefe con admiración- en casa no me dejan ni tocarlo-. Y parecía que iba a echarse a llorar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ah, ahí es donde nosotros sabemos un poco más que las señoras -dijo el jefe, doblándose como un junco sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua, y sirviendo un generoso dedo en cada uno-. Bébaselo, le sentará bien. Y no le ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! -Se tomó el suyo de un trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El viejo tragó, permaneció silencioso un momento, y luego dijo débilmente:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué fuerte!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero lo reconfortó; subió poco a poco hasta su entumecido cerebro... y recordó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Eso era -dijo, levantándose con esfuerzo de la butaca-. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan bastante cerca la una de la otra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El viejo Woodifield hizo una pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró que estaba escuchando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Las chicas estaban encantadas de lo bien cuidado que está todo aquello -dijo la vieja voz-. Lo tienen muy bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca, verdad?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡No, no! -Por varias razones el jefe no había ido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Hay kilómetros enteros de tumbas -dijo con voz trémula el viejo Woodifield- y todo está tan bien cuidado que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy anchos. -Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hubo otro silencio. Luego el anciano se animó sobremanera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Sabe usted lo que les hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? -dijo-. ¡Diez francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección. Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier precio por las cosas. Eso es. -Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Tiene razón, tiene razón! -dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante un largo momento el jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro que espera que lo saquen a pasear.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De pronto:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No veré a nadie durante media hora, Macey -dijo el jefe-. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bien, señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La puerta se cerró, los pasos pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a llorar...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le había causado una tremenda conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido para siempre. «¡Mi hijo!», gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían. Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo, nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando su sillón y continuando donde él había abandonado?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y esa promesa había estado tan cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos; habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con aquel aire juvenil y su costumbre de decir: «¡Sencillamente espléndido!».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero todo eso había terminado, como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo. «Sentimos profundamente informarle que...» Y había abandonado la oficina destrozado, con su vida en ruinas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hacía seis años, seis años... ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico. Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era fría, casi severa. El chico nunca había sido así.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es un diablillo valiente -pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de... Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Vamos -dijo el jefe-. ¡Espabila! -Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tráigame un secante limpio -dijo con severidad- y dese prisa. -Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era... Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Katherine_Mansfield" target="_blank"&gt;&amp;nbsp;Katherine Mansfield&lt;/a&gt;&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;i&gt;©&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Médium de Pío Baroja</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/medium-de-pio-baroja.html</link><category>Cuento</category><category>España</category><category>Pío Baroja</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 19 Feb 2016 07:29:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-5540897013035860261</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="107" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s320/cuento.png" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Hay que estudiar -dijo, a modo de conclusión, la madre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué tienes? -le pregunté.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, en voz baja, murmuró:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ha sido mi hermana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ah! Ella...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta..., llamaban..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida... ; llamaban..., nadie.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es mi hermana, mi hermana -dijo Román.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/P%C3%ADo_Baroja" target="_blank"&gt;Pío Baroja&lt;/a&gt;&amp;nbsp;©&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El ojo de Silvia de Roberto Bolaño</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/el-ojo-de-silvia-de-roberto-bolano.html</link><category>Chile</category><category>Cuento</category><category>Roberto Bolaño</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 19 Feb 2016 05:57:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-483257322527224362</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
Para Rodrigo Pinto y María y Andrés Braithwaite Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
El caso del Ojo es paradigmático y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos años.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del D.F. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café Quito, en la avenida Bucareli, fue el Ojo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.&lt;br /&gt;
Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de mí. A todo el mundo le gusta que lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche me lo encontré en el café Quito. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía el Quito y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Esa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de México. Por un instante creí entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le había conseguido un trabajo en una agencia de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.&lt;br /&gt;
Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía. Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció un gesto de mala educación.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos al primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.&lt;br /&gt;
Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente escuché que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca antes le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en el Quito antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo eran indias, y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernación ajena al concepto de hibernación occidental, árboles distintos a los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madrás, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes —y en los planes de sus editores— el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más estropeadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.&lt;br /&gt;
Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya fachada era pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando el suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé mensurar el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre —aunque los niños no suelen tener más de siete años— sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por una de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios. Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
En algún momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el niño a un lado del Ojo, mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quirúrgicos con que el niño iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el niño había llegado, pudo entender, aquel mismo día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue "otra cosa" sino "madre".&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si estuviera soñando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Después cogieron otro autobús, y un taxi, y otro autobús, y otro tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.&lt;br /&gt;
Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.&lt;br /&gt;
¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.&lt;br /&gt;
Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.&lt;br /&gt;
En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en donde le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era aún más horroroso, me confesó el Ojo, pero yo ya me había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los niños. Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar. -&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bola%C3%B1o" target="_blank"&gt;Roberto Bolaño&lt;/a&gt; ®&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El soldado y la muerte de Alekandr Afanasiev</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/el-soldado-y-la-muerte-de-alekandr.html</link><category>Alekandr Afanasiev</category><category>Cuento</category><category>Rusia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 19 Feb 2016 05:05:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-5597618754693359275</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un soldado, después de haber cumplido su servicio durante veinticinco años, pidió ser licenciado y se fue a correr mundo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Anduvo algún tiempo, y se encontró a un pobre que le pidió limosna. El soldado tenía sólo tres galletas y dio una al mendigo, quedándose él con dos. Siguió su camino, y a poco tropezó con otro pobre que también le pidió limosna saludándolo humildemente. El soldado repartió con él su provisión, dándole una galleta y quedándose él con la última.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llevaba andando un buen rato cuando se encontró a un tercer mendigo. Era un anciano de pelo blanco como la nieve, que también lo saludó humildemente pidiéndole limosna. El soldado sacó su última galleta y reflexionó así:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Si le doy la galleta entera me quedaré sin provisiones; pero si le doy la mitad y encuentra a los otros dos pobres, al ver que a ellos les he dado una galleta entera a cada uno se podrá ofender. Será mejor que le dé la galleta entera; yo me podré pasar sin ella.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le dio su última galleta, quedándose sin provisiones. Entonces el anciano le preguntó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dime, hijo mío, ¿qué deseas y qué necesitas?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dios te bendiga -le contestó el soldado-. ¿Qué quieres que te pida a ti, abuelito, si eres tan pobre que nada puedes ofrecerme?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No hagas caso de mi miseria y dime lo que deseas; quizá pueda recompensarte por tu buen corazón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No necesito nada; pero si tienes una baraja, dámela como recuerdo tuyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El anciano sacó de su bolsillo una baraja y se la dio al soldado, diciendo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tómala, y puedes estar seguro de que, juegues con quien juegues, siempre ganarás. Aquí tienes también una alforja; a quien encuentres en el camino, sea persona, sea animal o sea cosa, si la abres y dices: «Entra aquí», en seguida se meterá en ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Muchas gracias -le dijo el soldado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y sin dar importancia a lo que el anciano le había dicho, tomó la baraja y la alforja y siguió su camino.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de andar bastante tiempo llegó a la orilla de un lago y vio en él tres gansos que estaban nadando. Se le ocurrió al soldado ensayar su alforja; la abrió y exclamó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ea, gansos, entren aquí!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Apenas tuvo tiempo de pronunciar estas palabras cuando, con gran asombro suyo, los gansos volaron hacia él y entraron en la alforja. El soldado la ató, se la puso al hombro y siguió su camino.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Anduvo, anduvo y al fin llegó a una gran ciudad desconocida. Entró en una taberna y dijo al tabernero:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Oye, toma este ganso y ásamelo para cenar; por este otro me darás pan y una buena copa de aguardiente, y este tercero te lo doy a ti en pago de tu trabajo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se sentó a la mesa y, una vez lista la cena, se puso a comer, bebiéndose el aguardiente y comiéndose el sabroso ganso. Conforme cenaba, se le ocurrió mirar por la ventana y vio cerca de la taberna un magnífico palacio que tenía rotos todos los cristales de las ventanas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dime -preguntó al tabernero-, ¿qué palacio es ése y por qué se halla abandonado?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ya hace tiempo -le dijo éste- que nuestro zar hizo construir ese palacio, pero le fue imposible establecerse en él. Hace ya diez años que está abandonado, porque los diablos lo han tomado por residencia y echan de él a todo el que entra. Apenas llega la noche se reúnen allí a bailar, alborotar y jugar a los naipes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado, sin pararse a pensar en nada, se dirigió a palacio, se presentó ante el zar, y haciendo un saludo militar, le dijo así:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Majestad! Perdóname mi audacia por venir a verte sin ser llamado. Quisiera que me dieses permiso para pasar una noche en tu palacio abandonado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Tú estás loco! Se han presentado ya muchos hombres audaces y valientes pidiéndome lo mismo; a todos les di permiso, pero ninguno de ellos ha vuelto vivo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-El soldado ruso ni se ahoga en el agua ni se quema en el fuego -contestó el soldado-. He servido a Dios y al zar veinticinco años y no me he muerto. ¿Crees que ahora me voy a morir en una sola noche?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero te advierto que siempre que ha entrado al anochecer un hombre vivo, a la mañana siguiente sólo se han encontrado los huesos -contestó el zar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado persistió en su deseo, rogando al zar que le diese permiso para pasar la noche en el palacio abandonado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bueno -dijo al fin el zar-. Ve allí si quieres; pero no podrás decir que ignoras la muerte que te espera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se fue el soldado al palacio abandonado, y una vez allí se instaló en la gran sala, se quitó la mochila y el sable, puso la primera en un rincón y colgó el sable de un clavo. Se sentó a la mesa, sacó la tabaquera, llenó la pipa, la encendió y se puso a fumar tranquilamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A las doce de la noche acudieron, no se sabe de dónde, una cantidad tan grande de diablos que no era posible contarlos. Empezaron a gritar, a bailar y alborotar, armando una algarabía infernal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Hola, soldado! ¿Estás tú también aquí? -gritaron al ver a éste-. ¿Para qué has venido? ¿Acaso quieres jugar a los naipes con nosotros?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Por qué no he de querer? -repuso el soldado-. Ahora que con una condición: hemos de jugar con mi baraja, porque no tengo fe en la de ustedes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En seguida sacó su baraja y empezó a repartir las cartas. Jugaron un juego y el soldado ganó; la segunda vez ocurrió lo mismo. A pesar de todas las astucias que inventaban los diablos, perdieron todo el dinero que tenían, y el soldado iba recogiéndolo tranquilamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Espera, amigo -le dijeron los diablos-; tenemos una reserva de cincuenta arrobas de plata y cuarenta de oro: vamos a jugar esa plata y ese oro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mandaron a un diablejo para que les trajese los sacos de la reserva y continuaron jugando. El soldado seguía ganando, y el pequeño diablejo, después de traer todos los sacos de plata, se cansó tanto que, con el aliento perdido, suplicó al viejo diablo calvo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Permíteme descansar un ratito.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Nada de descanso, perezoso! ¡Tráenos en seguida los sacos de oro!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El diablejo, asustado, corrió a todo correr y siguió trayendo los sacos de oro, que pronto se amontonaron en un rincón. Pero el resultado fue el mismo: el soldado seguía ganando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los diablos, a quienes no agradaba separarse de su dinero, derribaron la mesa a patadas y atacaron al soldado, rugiendo a coro:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Despedácenlo, despedácenlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero el soldado, sin turbarse, cogió su alforja, la abrió y preguntó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Saben qué es esto?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Una alforja -le contestaron los diablos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Pues entren todos aquí!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Apenas pronunció estas palabras, todos los diablos en pelotón se precipitaron en la alforja, llenándola por completo, apretados unos a otros. El soldado la ató lo más fuerte posible con una cuerda, la colgó de la pared, y luego, echándose sobre los sacos de dinero, se durmió profundamente sin despertar hasta la mañana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muy temprano, el zar dijo a sus servidores:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Vayan a ver lo que le ha sucedido al soldado, y si se ha muerto, recojan sus huesos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los servidores llegaron al palacio y vieron con asombro al soldado paseándose contentísimo por las salas fumando su pipa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Hola, amigo! Ya no esperábamos verte vivo. ¿Qué tal has pasado la noche? ¿Cómo te las has arreglado con los diablos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Valientes personajes son esos diablos! ¡Miren cuánto oro y cuánta plata les he ganado a los naipes!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los servidores del zar se quedaron asombrados y no se atrevían a creer lo que veían sus ojos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Se han quedado todos con la boca abierta -siguió diciendo el soldado-. Envíenme pronto dos herreros y díganles que traigan con ellos el yunque y los martillos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando llegaron los herreros trayendo consigo el yunque y los martillos de batir, les dijo el soldado:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Descuelguen esa alforja de la pared y den buenos golpes sobre ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los herreros se pusieron a descolgar la alforja y hablaron entre ellos:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Dios mío, cuánto pesa! ¡Parece como si estuviera llena de diablos!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y éstos exclamaron desde dentro:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Somos nosotros, queridos amigos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Colocaron el yunque con la alforja encima y se pusieron a golpear sobre ella con los martillos como si estuviesen batiendo hierro. Los diablos, no pudiendo soportar el dolor, llenos de espanto, gritaron con todas sus fuerzas:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Gracia, gracia, soldado! ¡Déjanos libres! ¡Nunca te olvidaremos y ningún diablo entrará jamás en este palacio ni se acercará a él en cien leguas a la redonda!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado ordenó a los herreros que cesasen de golpear, y apenas desató la alforja los diablos echaron a correr sin siquiera mirar atrás; en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron del palacio. Pero no todos tuvieron la suerte de escapar: el soldado detuvo, como prisionero en rehenes, a un diablo cojo que no pudo correr como los demás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando anunciaron al zar las hazañas del soldado, lo hizo venir a su presencia, lo alabó mucho y lo dejó vivir en palacio. Desde entonces el valiente soldado empezó a gozar de la vida, porque todo lo tenía en abundancia: los bolsillos rebosando dinero, el respeto y consideración de toda la gente, que cuando se lo encontraban le hacían reverencias respetuosas, y el cariño de su zar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se puso tan contento que quiso casarse. Buscó novia, celebraron la boda y, para colmo de bienes, obtuvo de Dios la gracia de tener un hijo al año de su matrimonio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Poco tiempo después se puso enfermo el niño y nadie lograba curarlo. Cuantos médicos y curanderos lo visitaban no conseguían ninguna mejoría. Entonces el soldado se acordó del diablo cojo; trajo la alforja donde lo tenía encerrado y le preguntó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Estás vivo, Diablo?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, estoy vivo. ¿Qué deseas, señor mío?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Se ha puesto enfermo mi hijo y no sé qué hacer con él. Quizá tú sepas cómo curarlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí sé. Pero ante todo déjame salir de la alforja.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Y si me engañas y te escapas?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El diablo cojo le juró que ni siquiera un momento había tenido esa idea, y el soldado, desatando la alforja, puso en libertad a su prisionero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El diablo, recobrando su libertad, sacó un vaso de su bolsillo, lo llenó de agua de la fuente, lo colocó a la cabecera de la cama donde estaba tendido el niño enfermo y dijo al padre:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ven aquí, amigo, mira el agua.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado miró el agua, y el diablo le preguntó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué ves?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Veo la Muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Dónde se halla?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-A los pies de mi hijo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Está bien. Si está a los pies, quiere decir que el enfermo se curará. Si hubiese estado a la cabecera, se hubiese muerto sin remedio. Ahora toma el vaso y rocía al enfermo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado roció al niño con el agua, y al instante se le quitó la enfermedad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Gracias -dijo el soldado al diablo cojo, y le dejó libre, guardando sólo el vaso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde aquel día se hizo curandero, dedicándose a curar a los boyardos y a los generales. No se tomaba más trabajo que el de mirar en el vaso, y en seguida podía decir con la mayor seguridad cuál de los enfermos moriría y cuál viviría.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así transcurrieron unos cuantos años, cuando un día se puso enfermo el zar. Llamaron al soldado, y éste, llenando el vaso con agua de la fuente, lo colocó a la cabecera del lecho, miró el agua y vio con horror que la Muerte estaba, como un centinela, sentada a la cabecera del enfermo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Majestad! -le dijo el soldado-. Nadie podrá devolverte la salud. Sólo te quedan tres horas de vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al oír estas palabras el zar se encolerizó y gritó con rabia:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cómo? Tú que has curado a mis boyardos y a mis generales, ¿no quieres curarme a mí, que soy tu soberano? ¿Acaso soy yo de peor casta o indigno de tu favor? Si no me curas daré orden para que te ejecuten una hora después de mi muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado se encontró perplejo ante este problema y se puso a suplicar a la Muerte, diciendo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dale al zar la vida y toma en cambio la mía, porque si de todos modos he de perecer, prefiero morir por tu mano a ser ejecutado por la del verdugo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miró otra vez en el vaso y vio que la Muerte le hacía una señal de aprobación y se colocaba a los pies del zar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado roció al enfermo, y éste en seguida recobró la salud y se levantó de la cama.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Oye, Muerte -dijo el soldado-, dame tres horas de plazo; necesito volver a casa para despedirme de mi mujer y de mi hijo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Está bien -contestó la Muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado se fue a su casa, se acostó y se puso muy enfermo. La Muerte no tardó en llegar y en colocarse a la cabecera de su cama, diciéndole:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Despídete pronto de los tuyos, porque ya no te quedan más que tres minutos de vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado extendió un brazo, descolgó de la pared la alforja, la abrió y preguntó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué es esto?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Muerto le contestó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Una alforja.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es verdad; pues entra aquí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y la Muerte en un instante se encontró metida en la alforja.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado sintió tan grande alivio que saltó de la cama, ató fuertemente la alforja, se la colgó al hombro y se encaminó a los espesos bosques de Briauskie. Llegó allí, colgó la alforja en la cima de un álamo y se volvió contento a su casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde entonces ya no se moría la gente. Nacían y nacían, pero ninguno se moría. Así transcurrieron muchos años, sin que el soldado descolgase la alforja del álamo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una vez que paseaba por la ciudad tropezó con una anciana tan vieja y decrépita, que se caía al suelo a cada soplo del viento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Dios de mi alma, qué vieja eres! -exclamó el soldado-. ¡Ya es tiempo de que te mueras!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, hijo mío -le contestó la anciana-. Cuando hiciste prisionera a la Muerte sólo me quedaba una hora de vida. Tengo gran deseo de descansar; pero ¿cómo he de hacer? Sin la muerte la tierra no me admite para que descanse en sus profundidades. Dios te castigará por ello, pues son muchos los seres humanos que están sufriendo como yo en este mundo por tu causa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado se quedó pensativo: «Se ve que es necesario libertar a la Muerte aunque me mate a mí -pensó-. ¡Soy un gran pecador!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se despidió de los suyos y se dirigió a los bosques de Briauskie. Llegó allí, se acercó al álamo y vio la alforja colgada en lo alto del árbol, balanceada por el viento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Oye, Muerte, ¿estás viva? -preguntó el soldado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Muerte le contestó con una voz apenas perceptible:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Estoy viva, amigo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado descolgó la alforja, la desató y la abrió, dejando libre a la Muerte, a la que suplicó que lo matase lo más pronto posible para sufrir poco; pero la Muerte, sin hacerle caso, echó a correr y en un instante desapareció.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El soldado volvió a su casa y siguió viviendo muchos años, gozando de la mayor felicidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos creían que ya no se moriría nunca; pero, según dicen, se ha muerto hace poco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq"&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;i&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Aleksandr_Afan%C3%A1siev" target="_blank"&gt;Alekandr Nikoalevich Afanasiev&lt;/a&gt; ®&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Asnos estúpidos de Isaac Asimov</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/asnos-estupidos-de-isaac-asimov.html</link><category>Cuento</category><category>Estados Unidos</category><category>Isaac Asimov</category><category>Rusia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 19 Feb 2016 04:40:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-8045094430733313699</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escribió, pues: La Tierra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Naron se quedó atónito.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Todavía no, señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-En su propio planeta, señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿En su propio planeta?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Si, señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Asnos estúpidos! -murmuró.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Isaac_Asimov" target="_blank"&gt;Isaac Asimov&lt;/a&gt; ©&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;table align="left" cols="1" style="background-color: white; width: 100%px;"&gt;

&lt;/table&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Matrimonio a la moda de Katherine Mansfield </title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/matrimonio-la-moda-de-katherine.html</link><category>Cuento</category><category>Katherine Mansfield</category><category>Nueva Zelandia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 19 Feb 2016 04:02:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-267071507210350929</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="118" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s320/Cuentos-ban.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Camino de la estación, William se dio cuenta de que había olvidado comprar algo para los críos. El olvido le causó gran malestar. ¡Pobres niños! ¡Qué pena! Las primeras palabras que decían siempre cuando corrían a saludarle eran: "¿Qué nos traes, papá?", y él no llevaba nada. Tendría que comprarles unos dulces en la estación. Pero eso era lo que había hecho los cuatro sábados anteriores, y la última vez sus caras habían sido lo suficientemente expresivas al ver aparecer las mismas cajas de costumbre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Paddy había dicho:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-A mí ya me diste una con cinta roja.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y el comentario de Johnny fue:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Y a mí siempre me toca rosa. Odio el color rosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¿qué podía hacer William? El asunto no era fácil. Antes hubiera cogido un taxi hasta una buena juguetería y en cinco minutos habría encontrado algo adecuado para ellos. Pero ahora tenían juguetes rusos, franceses, serbios... juguetes de Dios sabe qué parte del mundo. Hacía más de un año que Isabel había desechado los burritos, las locomotoras y un montón de cosas más porque eran «demasiado sentimentales» y «muy perjudiciales para la formación de los pequeños».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es importantísimo -había explicado la nueva Isabel- que tengan gustos adecuados desde el principio. Ahorra mucho tiempo más adelante. La verdad, si las pobres criaturas se pasan la infancia contemplando semejantes monstruosidades, es muy normal que al crecer insistan en que los lleven a la Real Academia de Pintura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y continuaba hablando como si una visita a la Real Academia de Pintura fuese algo semejante a una condena a muerte...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bueno, no estoy muy seguro -dijo William lentamente-. Cuando yo tenía su edad me iba a la cama abrazado a una toalla con un nudo en la punta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La nueva Isabel le miró con los ojos entornados y los labios entreabiertos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Querido William! Estoy completamente segura de que lo hacías -y rió con su nuevo estilo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, tendría que volver a llevarles dulces, pensó melancólicamente William mientras buscaba dinero suelto para pagar el taxi. Y se imaginó a los niños ofreciendo dulces -su generosidad no conocía límites-, y a los remilgados amigos de Isabel no dudando un momento en cogerlos...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Por qué no llevarles fruta? William se detuvo ante uno de los puestos, dentro ya de la estación. ¿Qué tal un melón para cada uno? ¿Tendrían que repartirlos también? O una piña para Pad y un melón para Johnny. No era probable que los amigos de Isabel se colaran furtivamente en la habitación de los niños a la hora de comer. Aun así, mientras compraba la fruta William tuvo una visión horrible: imaginó a uno de los amigos de Isabel, un joven poeta, sorbiendo una raja de melón detrás de la puerta del cuarto de los pequeños.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con los incómodos paquetes se dirigió hacia su tren. El andén estaba repleto y el tren ya había llegado. Las puertas no dejaban de golpear violentamente en su constante abrir y cerrar. La locomotora lanzó un silbido tan potente que todo el mundo pareció aturdido en su ir y venir. William se dirigió sin dudar a un vagón de primera clase para fumadores, dejó su maleta y los paquetes y, tras sacar un manojo de papeles del bolsillo interior de la chaqueta, se sentó en un rincón y se puso a leer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Nuestro cliente, además, está convencido... Juzgamos oportuno volver a considerar... en el caso de que...» Sí, así estaba mejor. William se alisó el pelo y estiró las piernas. La sensación de angustia que le oprimía el pecho se mitigó. «Respecto a nuestra decisión...» Sacó un lápiz azul y señaló cuidadosamente un párrafo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entraron en el compartimiento dos hombres, pasaron por delante de él y se acomodaron en el rincón opuesto. Un joven colocó en el portaequipajes sus palos de golf y se sentó enfrente. El tren dio un suave tirón y se puso en marcha. William levantó la vista y vio deslizarse ante sus ojos la calurosa estación. Una muchacha, sofocada por el esfuerzo, corría por el andén con grandes aspavientos y voces. «Histérica», pensó William tristemente. Al final del andén apareció un obrero con la cara grasienta y ennegrecida que sonrió al paso del tren. «¡Qué asco de vida!», se dijo, y volvió a enfrascarse en sus papeles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando levantó la vista de nuevo estaba en pleno campo. Los animales se cobijaban a la sombra de los frondosos árboles. Un ancho río en cuya orilla chapoteaban unos niños desnudos apareció fugazmente ante sus ojos. El cielo tenía un resplandor pálido, y un pájaro se cernía en lo alto como una mota oscura en una piedra preciosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Hemos examinado los archivos de correspondencia de nuestro cliente...» Repitió mentalmente estas palabras, como un eco. «Hemos examinado...» William se aferró a la frase, pero era inútil; se le quebraba por la mitad, y los campos, el cielo, el pájaro, el agua, todo le decía: «Isabel». Lo mismo le sucedía todos los sábados por la tarde. En su camino de regreso junto a Isabel imaginaba innumerables encuentros con ella. Estaba en el andén, algo apartada del resto de la gente; sentada en el taxi a la puerta de la estación; junto a la verja del jardín; en la puerta, o en el vestíbulo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y con su voz nítida y cristalina decía: «William», «Hola, William» o «Así que has llegado, William». Y él tocaba su fría mano, su fría mejilla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡El dulce frescor de Isabel! De pequeño, le encantaba salir al jardín después de un chaparrón, colocarse debajo del rosal y sacudirlo. Isabel era aquel rosal, con sus delicados pétalos, su rocío y su frescura. Y él seguía siendo el niño de entonces. Pero ahora ya no salía corriendo al jardín, ya no reía ni sacudía el rosal. La sensación de angustia que le oprimía el pecho se reanudó. Recogió las piernas, dejó a un lado los papeles y cerró los ojos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¿Qué pasa, Isabel? ¿Qué pasa?», le preguntó con dulzura. Estaban en el dormitorio de la nueva casa. Isabel estaba sentada en un taburete frente al tocador cubierto de cajitas verdes y negras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¿A qué te refieres?» Se inclinó hacia adelante, y su sedoso cabello rubio le cayó sobre las mejillas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¡Ah, tú bien lo sabes!», contestó él. Estaba de pie en el centro de aquella extraña habitación en la que se sentía como un extraño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces Isabel se volvió bruscamente en su taburete y se le quedó mirando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¡Oh, William!», gritó con tono suplicante, blandiendo el cepillo del pelo. «Por favor, no seas tan anticuado y... tan trágico. No paras de decir, hacerme ver o insinuar que he cambiado. Tan sólo porque he conocido a algunas personas con las que congenio, porque salgo un poco más y porque me tomo verdadero interés por las cosas, te comportas como si...» Isabel se echó el pelo hacia atrás y rió, «como si hubiese dado una puñalada a nuestro amor o algo parecido. ¡Resulta todo tan absurdo», se mordió el labio, «y tan exasperante, William! Hasta te fastidia que tenga esta casa nueva y servidumbre».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¡Isabel!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Sí, sí, en cierto modo es verdad», replicó inmediatamente Isabel. «Piensas que son otro signo negativo. Sé que lo piensas. Me lo dice el corazón cada vez que subes por esas escaleras», añadió bajando el tono de voz. «Pero no podíamos seguir viviendo en aquel miserable agujero. Sé práctico al menos, William. Acuérdate, ni siquiera había sitio para los niños.»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era cierto. Todos los días, al volver de su bufete, se encontraba a los niños con Isabel en la salita de atrás. Galopaban sobre la piel de leopardo extendida en el respaldo del sofá o jugaban a las tiendas utilizando el escritorio de Isabel como mostrador. A veces Pad se sentaba en la estera que había delante de la chimenea y se ponía a remar como loco con la badila, mientras Johnny disparaba contra los piratas con las tenazas. Y al anochecer había que subirles a cuestas por aquellas escaleras tan estrechas hasta los brazos de su vieja y gorda niñera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, debía admitir que era una casa miserable. Una casita blanca con cortinas azules y una jardinera con petunias en la ventana. William recibía a sus amigos en la puerta con un: «¿Habéis visto nuestras petunias? Son espléndidas para Londres, ¿no os parece?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero lo más estúpido, lo más inconcebible era que no se hubiese dado cuenta ni por asomo de que Isabel no era tan feliz como él. ¡Qué ceguera, Dios mío! En aquella época ignoraba por completo que ella odiaba la incómoda casita, que creía que la niñera gorda estaba echando a perder a los niños, que se sentía muy sola, anhelando conocer gente nueva, oír música nueva, ver películas... todo. Si no hubieran ido a la fiesta que dio Moira Morrison en su estudio... Si Moira Morrison no hubiera dicho cuando ya se marchaban: «Voy a liberar a tu esposa, egoísta. Es como una delicada Titania.» ...Si Isabel no hubiera ido con Moira a París... Si...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tren paró en otra estación. Bettingford. ¡Cielos! Llegaría en diez minutos. Se guardó los papeles. El joven sentado frente a él se había apeado hacía tiempo. Ahora se bajaron los otros dos pasajeros. El último sol de la tarde caía sobre los vestidos de las mujeres y sobre los niños que andaban descalzos, y arrancaba destellos a la delicada flor amarilla de una planta cuyas ásperas hojas se extendían por una roca. El aire que se colaba por la ventanilla olía a mar. «¿Tendrá Isabel también este fin de semana la misma gente a su alrededor?», se preguntó William.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y evocó las vacaciones que solían pasar antes, los cuatro juntos, con Rose, una joven campesina que cuidaba de los pequeños. Isabel llevaba jersey y el pelo recogido en una trenza; parecía una niña de catorce años. ¡Dios mío! ¡Cómo se le pelaba la nariz a William! Y cuánto comían, y cuánto dormían, entrelazados sus pies en la inmensa cama de colchón de plumas... William no pudo reprimir una amarga sonrisa al pensar en la consternación de Isabel si supiera hasta dónde llegaba su sentimentalismo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Hola, William.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de todo estaba en la estación, algo distanciada de los demás, tal como se la había imaginado, y -el corazón le dio un vuelco de alivio- sola.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Hola, Isabel -respondió William mientras la miraba embelesado. Tan bella le parecía que consideró necesario añadir algo-: Te veo tan fresca a pesar del calor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Sí? Pues no me siento nada fresca. Date prisa, tu horrible tren ha llegado con retraso. El taxi nos espera fuera. -Colocó la mano con gran suavidad sobre el brazo de William cuando pasaron ante el encargado de recoger los billetes-. Hemos venido todos a recibirte, pero hemos dejado a Bobby Kane en la bombonería y tenemos que recogerle.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Oh! -fue todo cuanto pudo responder William por el momento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El taxi esperaba a pleno sol. Bill Hunt y Dennis Green, arrellanados en uno de los lados del asiento, tenían el rostro medio cubierto por el sombrero. Al otro lado. Moira Morrison saltaba sin parar. Llevaba un sombrero que parecía una fresa descomunal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡No hay hielo! ¡No hay hielo! ¡No hay hielo! -gritó alegremente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sólo lo conseguiremos en la pescadería -intervino Dennis bajo el ala de su sombrero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A lo que Bill Hunt, saliendo de su sopor, contestó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Con peces dentro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué fastidio! -se lamentó Isabel, y explicó a William cómo habían estado buscando hielo por toda la ciudad mientras ella le esperaba-. Todo se está derritiendo como una vela, empezando por la mantequilla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tendremos que usarla para ungirnos con ella -comentó Dennis-. Que a tu cabeza, oh William, no le falten bálsamos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Oye, ¿cómo nos vamos a sentar? -dijo William-. Será mejor que yo vaya delante con el conductor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No -replicó Isabel-, con el conductor irá Bobby Kane. Tú siéntate entre Moira y yo. -El taxi se puso en marcha-. ¿Qué llevas en esos misteriosos paquetes?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Cabezas decapitadas -intervino Bill Hunt, temblando con todo el cuerpo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Es fruta! -Isabel parecía loca de contento-. ¡Qué buena idea, William! Un melón y una piña. ¡Es maravilloso!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No, espera un poco -dijo William con una sonrisa, aunque en realidad estaba muy inquieto-. Eso es para los pequeños.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Oh, cariño! -Isabel rió y le pasó la mano bajo el brazo-. Tendrán retortijones si se comen esa fruta. ¡No! -le dio unas palmaditas en la mano-. La próxima vez les traes algo a ellos. Esa piña es para mí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué cruel eres, Isabel! Déjame olería, anda -dijo Moira, y extendió los brazos por delante de William en actitud de súplica-. ¡Oh! -El sombrero se le venció hacia adelante. Parecía a punto de desmayarse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-«Dama enamorada de una piña» -comentó Dennis en el momento en que el taxi se detenía frente a una pequeña tienda con un toldo a rayas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la puerta apareció Bobby Kane con un montón de paquetitos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Espero que sean buenos. Los he elegido por el color. Son unas cosas redondas que tienen una pinta divina. Y fíjense en este guirlache -gritó al borde del éxtasis-. ¡Fíjense bien! Es como un ballet en miniatura-. En aquel momento hizo su aparición el tendero-. Ah, se me olvidó decirles que no he pagado nada de esto -añadió con expresión de temor. Isabel dio un billete al tendero y Bobby recobró la alegría-. ¿Qué tal, William? Yo me siento delante. -Iba sin sombrero, vestido completamente de blanco, con las mangas de la camisa remangadas. Saltó al lado del conductor y gritó-: ¡Avanti!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después del té los demás fueron a darse un baño. William se quedó en casa para hacer las paces con los críos. Pero Paddy y Johnny estaban durmiendo, el rojo resplandor del atardecer había palidecido y los murciélagos ya habían empezado a revolotear, y los bañistas aún no habían vuelto. William bajó a la planta inferior y se cruzó con una doncella que llevaba una lámpara. La siguió hasta el salón, muy amplio y pintado de amarillo. En la pared que quedaba frente a William alguien había pintado un joven de tamaño mayor que el real, con piernas de pelele, ofreciendo una inmensa margarita a una muchacha con un brazo muy corto y el otro muy largo y delgado. Sobre las sillas y el sofá colgaban tiras de tela negra salpicadas de grandes manchas similares a huevos rotos, y por todas partes había ceniceros repletos de colillas. William se sentó en una de las butacas. Hoy en día, cuando metía uno la mano por los costados del asiento, no encontraba una oveja de tres patas, o una vaca a la que faltaba un cuerno, o una paloma del zoo en miniatura, sino otro manoseado librito de poemas forrado con papel... Se acordó entonces de los papeles que llevaba en el bolsillo, pero se sentía demasiado hambriento y cansado para leer. La puerta estaba abierta, y hasta él llegaron sonidos procedentes de la cocina. La servidumbre estaba parloteando como si no hubiera nadie en la casa. De pronto oyó una sonora carcajada y un «¡Chist!» no menos sonoro. Se habían acordado de su existencia. William se levantó, atravesó el gran ventanal y salió al jardín. Permaneció inmóvil en la oscuridad, y al rato oyó a los bañistas que subían por el camino de arena. Sus voces rompieron la tranquilidad del momento:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Creo que le toca a Moira emplear sus artimañas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un trágico gemido de Moira.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Deberíamos tener un tocadiscos para los fines de semana; así podríamos escuchar La doncella de las montañas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No, por favor, no -exclamó Isabel-. No debemos hacerle eso a William. Sean amables con él, mes amis. Sólo va a estar aquí hasta mañana por la tarde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Déjenlo en mis manos -dijo Bobby Kane-. A mí se me da muy bien eso de entretener a la gente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se oyó el abrir y cerrar de la cancela. William hizo un movimiento y ellos le vieron. «¿Qué tal, William?» Y Bobby Kane, agitando la toalla en el aire, se puso a danzar y a hacer piruetas por el agostado césped.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué lástima que no hayas venido, William! El agua estaba divina. Y después fuimos a un bar y nos tomamos unas ginebras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El grupo ya había entrado en la casa. Bobby Kane se dirigió a Isabel:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Oye, ¿te gustaría que esta noche me pusiera mi traje estilo Nijinsky?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No -repuso ella-. Esta noche no se viste nadie. Todos estamos hambrientos. También William está muerto de hambre. Vamos,mes amis, empecemos con unas sardinas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Encontré las sardinas! -gritó Moira, y salió corriendo de la cocina con una lata en lo alto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dennis sentenció con gravedad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-«La dama de la lata de sardinas».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bien, bien. ¿Y qué tal por Londres? -preguntó Bill Hunt mientras descorchaba una botella de whisky.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No ha cambiado mucho -respondió William.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-El viejo Londres... -comentó cordialmente Bobby, al tiempo que pinchaba una sardina.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero un momento después William había caído en el olvido. Moira Morrison se preguntaba de qué color eran realmente las piernas bajo el agua.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Las mías son de un color champiñón palidísimo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bill y Dennis comieron vorazmente. Isabel rellenó los vasos, cambió los platos, fue a buscar cerillas, todo ello sin dejar de sonreír. De pronto dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me gustaría que lo pintases, Bill.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Pintar qué? -preguntó Bill, con la boca llena de pan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-A nosotros alrededor de la mesa -contestó ella-. Resultaría fascinante dentro de veinte años.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bill alzó la vista y masculló groseramente:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-La luz no es buena. Demasiados amarillos -y siguió comiendo. Incluso esto pareció agradar a Isabel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de cenar todos estaban tan cansados que no hicieron sino bostezar hasta que llegó la hora de acostarse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sólo a la tarde siguiente, cuando estaba esperando el taxi, se encontró William a solas con Isabel. Al verle bajar con la maleta hasta la entrada, Isabel dejó al resto del grupo y se acercó a él. Se agachó y levantó la maleta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Cuánto pesa! -exclamó, y soltó una risita forzada-. Déjame que te la lleve hasta la verja.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No. ¿Por qué ibas a hacerlo? -dijo William-. No, déjamela a mí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Por favor, déjame. De verdad que quiero llevarla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Echaron a andar en silencio. A William no se le ocurría nada que decir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ya estamos! -exclamó triunfalmente Isabel, dejando la maleta en el suelo y mirando con impaciencia en dirección del camino de arena-. Apenas te he podido ver esta vez -añadió casi sin aliento-. Resulta tan corto, ¿verdad? Es como si acabaras de llegar. La próxima vez... -A lo lejos apareció el taxi-. Espero que te cuiden bien en Londres. Siento muchísimo que los niños hayan estado fuera todo el día, pero la señorita Neil ya lo tenía todo organizado. Te echarán de menos. ¡Mi pobre William, tener que volver a Londres! -El taxi se detuvo ante la cancela-. Adiós. -Le dio un fugaz beso y se metió en la casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A un lado y a otro, campo, árboles y setos. Atravesaron la diminuta ciudad, que parecía desierta, y subieron pesadamente por la empinada cuesta de la estación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tren ya estaba en el andén. William se dirigió a un vagón de primera clase para fumadores y se dejó caer en un rincón del compartimiento. Esta vez no sacó los papeles. Cruzó los brazos sobre el pecho, oprimido de nuevo por aquella sensación de angustia, y mentalmente empezó a escribir una carta a Isabel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaban sentados en el jardín de la casa. Se cobijaban del sol bajo toldos multicolores, y el único que no ocupaba una de las tumbonas era Bobby Kane, que estaba echado en la hierba a los pies de Isabel. Era un día sofocante, tedioso y pesado. El correo se retrasaba, como de costumbre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Creen ustedes que habrá lunes en el cielo? -preguntó infantilmente Bobby.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-El cielo será un largo lunes -susurró Dennis.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero Isabel permanecía abstraída, preguntándose dónde habría ido a parar lo que sobró del salmón que tomaron para cenar el día anterior. Había pensado preparar pescado con mayonesa para la comida y ahora resultaba...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Moira estaba durmiendo. El sueño era su descubrimiento más reciente: «¡Resulta tan maravilloso! Cierra uno los ojos y ya está. ¡Es tan delicioso!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando el viejo y rubicundo cartero apareció empujando su triciclo por el camino de arena, tuvieron la sensación de que el manillar era como un par de remos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bill Hunt dejó el libro que estaba leyendo y exclamó con satisfacción: «Cartas». Todos esperaron la llegada del cartero. Pero -¡oh, cruel mensajero!, ¡oh, perverso mundo!- tan sólo había una carta, muy abultada, para Isabel. Ni un mal periódico.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Y para colmo es de William -comentó Isabel con tristeza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿De William? ¿Tan pronto?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Te devuelve el certificado de matrimonio como un dulce recordatorio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero ¿tiene todo el mundo certificado de matrimonio? Yo creía que eso era sólo para los criados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Páginas y más páginas! ¡Mírenla! «Dama leyendo una carta» -dijo Dennis.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querida y bien amada Isabel... Y así páginas y páginas. A medida que iba leyendo, su sorpresa se fue transformando en una sensación de sofoco. ¿Qué demonios habría inducido a William a...? Era realmente extraordinario... ¿Qué le habría pasado para...? Se sintió confundida, cada vez más agitada, incluso asustada. Era típico de William. ¿O quizá no? De todos modos aquello resultaba absurdo, ridículo. «Ja, ja, ja! ¡Dios mío!» ¿Qué haría? Se recostó en la tumbona y se echó a reír hasta que ya no pudo parar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Dinos qué pasa! -suplicaron los demás-. Tienes que decírnoslo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Estoy deseando hacerlo -contestó Isabel medio ahogada. Se incorporó, recogió todas las hojas de la carta y las blandió ante sus rostros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Escuchen! Es genial. ¡Una carta de amor!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Una carta de amor! ¡Es divino!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querida y bien amada Isabel... Pero apenas había comenzado a leer cuando sus risas la interrumpieron.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Adelante, Isabel. Es maravilloso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué interesante! Es fabuloso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Por favor, Isabel, continúa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No permita Dios, mi amor, que yo sea un impedimento para tu felicidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¡Chist! ¡Chist! ¡Chist!»&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
E Isabel prosiguió. Cuando llegó al final todos estaban medio histéricos. Bobby, a punto de romper en sollozos, se revolcaba por la hierba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tienes que dejármela tal como está, completa, para mi nuevo libro -dijo Dennis con firmeza-. Le dedicaré un capítulo entero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Oh, Isabel! -gimió Moira-. ¡Qué bonita es esa parte en la que habla de tenerte en sus brazos!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Siempre creí que esas cartas que se presentan en los casos de divorcios eran falsificadas. Pero esta las eclipsa a todas...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Déjame tenerla en mis manos. Déjame leerla, mi bien -dijo Bobby Kane.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero ante la sorpresa de todos, Isabel estrujó la carta. Ya no reía. Los miró uno por uno; parecía agotada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No. Ahora no, ahora no.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y antes de que se hubieran repuesto de la sorpresa, ya estaba dentro de la casa. Corrió escaleras arriba hasta su dormitorio y se sentó en el borde de la cama. «¡Qué cosa tan vil, odiosa, vulgar y repulsiva!», musitó. Se tapó los ojos con los nudillos, pero los seguía viendo. No eran cuatro, sino cuarenta, riendo, gesticulando y burlándose mientras ella les leía la carta de William. ¡Qué cosa tan repugnante había hecho! ¿Cómo había sido capaz de semejante acción? No permita Dios, mi amor, que yo sea un impedimento para tu felicidad. ¡William! Isabel hundió la cara en la almohada. Pero tenía la sensación de que incluso aquel severo dormitorio conocía su carácter: superficial, frívolo, vano...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde el jardín le llegaron unas voces:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Isabel, vamos a bañarnos. ¡Vente!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ven, oh consorte de William!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Llámenla otra vez antes de irnos. Vuelvan a llamarla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Isabel se incorporó. Había llegado el momento, tenía que decidirse ahora. ¿Iría con ellos o se quedaría para escribir a William? ¿Qué elegir? «Debo decidirme.» Pero ¿cómo podía dudarlo? Se quedaría y escribiría a William, por supuesto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Titania -gritó Moira.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-I-sa-bel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No, era demasiado difícil. «Iré; iré con ellos y escribiré a William después. En otro momento. Ahora no. Le escribiré sin falta», pensó Isabel apresuradamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, con esa nueva risa suya, bajó corriendo las escaleras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq"&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Katherine_Mansfield" target="_blank"&gt;Katherine Mansfield &lt;/a&gt;©&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div&gt;
&lt;h1 style="background-color: white; box-sizing: border-box; color: #333333; font-family: 'PT Serif', serif; font-size: 1.6em; font-weight: 500; line-height: 1.1; margin: 22px 0px 11px; text-align: center;"&gt;
&lt;/h1&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Tobermory de Saki</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/02/tobermory-de-saki.html</link><category>Cuento</category><category>Reino Unido</category><category>Saki</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Wed, 10 Feb 2016 10:29:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-3603181154836098624</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="107" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s320/cuento.png" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos. Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era "inteligente", y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las últimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con el que obtuvo un resultado feliz?&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Es un problema en el que he trabajado mucho los últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero sólo durante los últimos ocho o nueve meses he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por supuesto con miles de animales, pero últimamente sólo con gatos, esas criaturas admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De tanto en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como sucede también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una semana a Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un "supergato" de extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el camino del éxito en experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo llaman, he llegado a la meta.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
El señor Appin concluyó su notable afirmación en un tono en que se esforzaba por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo "ratas"* aunque los labios de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba probablemente a esos roedores representantes del descrédito.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender oraciones simples de una sola sílaba?&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el taumaturgo-, de esa manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los salvajes y a los adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan para nada esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con absoluta correción.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Esta vez Clovis dijo claramente "requeterratas". Sir Wilfrid fue más amable, aunque igualmente escéptico.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra cuenta? -sugirió lady Blemley.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se entregaron a la lánguida expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más o menos hábil.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro bronceado y los ojos dilatados por el asombro.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¡Caramba, es verdad!&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes se sobresaltaron en un estremecimiento de renovado interés.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz entrecortada:&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo llamé para que viniera a tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije: "Vamos, Toby; no nos hagas esperar". Entonces ¡Dios mío!, articuló con lentitud, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la real gana. Casi me caigo de espaldas.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Appin se había dirigido a un auditorio completamente incrédulo; las palabras de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo. Se elevó un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre las cuales el científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer fruto de su estupendo descubrimiento.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se abrió paso con delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo reunido en torno a la mesa del té.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales. Por algún motivo resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida habilidad mental.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con la voz un poco tensa.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Me da lo mismo -fue la respuesta, expresada en un tono de absoluta indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación recorrió a todos, y lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la leche con un pulso más bien inestable.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Me temo que derramé bastante -dijo.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Después de todo, no es mía la alfombra -replicó Tobermory.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la señorita Resker, con sus mejores modales de asistente parroquial, le preguntó si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró fijo un instante y luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las preguntas aburridas estaban excluidas de su sistema de vida.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington, en tono vacilante.&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó fríamente Tobermory.&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis tratando de reír.&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Me pone usted en una situación difícil -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud no sugerían por cierto el menor embarazo-. Cuando se propuso incluirla entre los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que le había ganado la invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida como para que le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman "la envidia de Sísifo", porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese auto era justo lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color carey, allá en los establos?&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era una burrada.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Por lo general no se habla de esas cosas en público -respondió fríamente Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde que llegó a esta casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara la conversación hacia sus pequeños asuntos.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
No sólo al mayor dominó el pánico que siguió a estas palabras.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu comida? -sugirió apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para la comida de Tobermory.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No quiero morir de indigestión.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid con ánimo cordial.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo hígado.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a permitir que este gato salga a hablar de nosotros con los sirvientes?&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
El pánico en verdad se había vuelto general. Se recordó con espanto que una balaustrada ornamental recorría la mayor de las ventanas de los dormitorios de las torres, y que era el paseo favorito de Tobermory a todas horas. Desde allí podía vigilar a las palomas y... sabe Dios qué más. Si su intención era extenderse en reminiscencias, con su actual tendencia a la franqueza el efecto sería más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía fama de poseer una naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda como el mayor. La señorita Scrawen, que escribía poemas de una sensualidad feroz y llevaba una vida intachable, solo manifestó irritación; si uno es metódico y virtuoso en su vida privada, no quiere necesariamente que todos se enteren. Bertie van Tahn, tan depravado a los diecisiete años que hacía ya mucho que había abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de un color blanco apagado como de gardenia, pero no cometió el error de precipitarse fuera de la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía seguir la carrera eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de enterarse de los escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de guardar una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba cuánto tiempo tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de Exchanges and Mart, y utilizarlos como soborno.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Aun en una situación delicada como aquella, Agnes Resker no podía resignarse a quedar relegada por mucho tiempo.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono dramático.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett mientras jugaban al croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como las personas más aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante inteligentes como para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les resultaría difícil encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten a la señora Cornett! -exclamó Agnes, confusa.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-La señora Cornett repitió después su observación a Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: "Esa mujer está entre los desocupados que integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal de obtener cuatro comidas por día", y Bertie van Tahn dijo...&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
En ese instante, misericordiosamente, la crónica se interrumpió. Tobermory había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la rectoría, que avanzaba a través de los arbustos en dirección del establo. Tobermory salió disparado por la ventana abierta.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Con la desaparición de su por demás alumno brillante, Cornelius Appin se encontró envuelto en un huracán de amargos reproches, preguntas ansiosas y temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la situación, y era él quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más. ¿Podía Tobermory impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tuvo que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su amiga íntima, la gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era poco probable que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que Tobermory sea un gato valioso y una mascota adorable; pero seguramente convendrá conmigo, Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben desaparecer sin demora.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-No supondrá que este último cuarto de hora me haya sido placentero -dijo amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho a Tobermory... por lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos horribles conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo tan pronto como sea posible.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Podemos poner estricnina en los restos que recibe a la hora de la comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo mismo. El cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos gatos padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera a los perros.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-; después de tantos años de investigaciones y experimentos...&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera que coincide imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser postergado por tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como Cornelius Appin ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en contra, sin embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al respecto es probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en la dieta de estricnina.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de ver las cosa consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes, pero la comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid pasó momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que mordía como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis Pellington guardó un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley hablaba incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero su atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los dulces y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la cocina.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
La sepulcral comida resultó alegre comparada con la siguiente vigilia en el salón de fumar. El hecho de comer y beber había procurado al menos una distracción al malestar general. El bridge quedó eliminado, debido a la tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y después que Odo Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque ante un auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once los sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes, hasta que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton y de los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento que hacía superfluas las preguntas acumuladas.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
A las dos Clovis quebró el silencio imperante.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-No aparecerá esta noche. Probablemente está en las oficinas del diario local dictando la primera parte de sus memorias, que excluirán a las de lady Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Habiendo contribuido de esta manera a la animación general, Clovis se fue a acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos integrantes de la reunión siguieron su ejemplo.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Los sirvientes, al llevar el té de la mañana, formularon una declaración unánime en respuesta a una pregunta unánime: Tobermory no había regresado.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
El desayuno resultó, si cabe, una función más desagradable que la comida, pero antes que llegara a su término la situación se despejó. De entre los arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo, trajeron el cadáver de Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y la piel amarilla que le había quedado entre las uñas, era evidente que había resultado vencido en un combate desigual con el gato grande de la rectoría.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes habían abandonado las torres, y después del almuerzo lady Blemley se había recuperado lo suficiente como para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría acerca de la pérdida de su preciada mascota.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
Tobermory había sido el único alumno aventajado de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el jardín zoológico de Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces signos de irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que, aparentemente, había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el apellido de la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su nombre de pila fue invariablemente Cornelius.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
-Si le estaba enseñando los verbos irregulares al pobre animal -dijo Clovis-, se lo tenía merecido.&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: justify;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq"&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Hector_Hugh_Munro"&gt;Saki&lt;/a&gt; (Hector Hugh Munro) ©&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;code&gt;* Juego de palabras intraducible: “rats” significa ratas pero también es una expresión de desconfianza.&lt;/code&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title> La carne y los huesos de Rubem Fonseca</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2016/01/la-carne-y-los-huesos-de-rubem-fonseca.html</link><category>Brasil</category><category>Cuento</category><category>Rubem Fonseca</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Tue, 26 Jan 2016 03:25:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-3680509328621562573</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="107" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s320/cuento.png" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi avión no partiría sino hasta el día siguiente. Por primera vez lamenté no tener un retrato de mi madre conmigo, pero siempre me pareció idiota andar con retratos de la familia en el bolsillo, más aun el de mi madre.&lt;br /&gt;No me incomodaba quedarme dos días más vagando por las calles de aquel gran hormiguero sucio, contaminado, lleno de gente extraña. Era mejor que caminar por una ciudad pequeña con el aire puro y los campesinos que dicen buenos-días cuando se cruzan contigo. Me quedaría aquí un año si no tuviera aquel compromiso esperándome.&lt;br /&gt;Caminé el día entero respirando monóxido de carbono. Por la noche mi anfitrión me invitó a cenar. Una mujer nos acompañaba.&lt;br /&gt;Comimos gusanos, el platillo más caro del restaurante. Al mirar a uno de ellos en la punta del tenedor, me pareció una especie de larva o ninfa de mosca que al ser frita hubiera perdido los pelos negros y el color lechoso. Era un gusano raro, me explicaron, extraído de un vegetal. Si fuera una mosca el platillo sería aun más caro, respondí, irónico, ya he tenido nidos de larva de mosca en mi cuerpo tres veces, dos en la pierna y una en la barriga, y mis caballos y mis perros también tuvieron, es difícil sacarla entera, de manera que pueda comerse frita, solamente frita podría ser sabrosa, como —y me llené la boca de gusanos.&lt;br /&gt;Después fuimos a un lugar que mi anfitrión quería enseñarme.&lt;br /&gt;El amplio salón tenía al centro un pasillo por donde las mujeres desfilaban desnudas, bailando y haciendo poses. Pasamos entre las mesas, en torno a las cuales se sentaban hombres encorbatados. Pedimos algo al mesero, luego de que nos instalamos. A nuestro lado una mujer con sólo un cache-sexe, a gatas, frotaba las nalgas en el pubis de un hombre de saco y corbata sentado con las piernas abiertas. Ella exhibía una fisonomía neutra y el hombre, un sujeto de unos cuarenta años, parecía tranquilo como si estuviera sentado en el sillón de un peluquero. El conjunto recordaba una instalación de arte moderno. Pocos días antes, en otra ciudad, en otro país, había ido a un salón de arte a ver un puerco muerto que se pudría dentro de una caja de vidrio. Como me quedé pocos días en esa ciudad, sólo pude ver al animal ponerse verdoso, me dijeron que era una pena que no pudiera contemplar la obra en toda su fuerza trascendente, los gusanos devorando la carne.&lt;br /&gt;Allí, en el cabaret, aquella exhibición también me parecía metafísica como la visión del puerco muerto en su recipiente de cristal brillante. La mujer me recordó, por un momento, a un sapo gigantesco, porque estaba agachada y porque su rostro, mulato o indio, tenía algo de anfibio. En la mesa había otros tres hombres, que fingían no darse cuenta de los movimientos de la mujer.&lt;br /&gt;Desde nuestro lugar no podíamos ver todo lo que ocurría en el salón. Pero en las mesas de nuestro alrededor había siempre una o dos mujeres prendidas a un hombre enteramente vestido. El boleto de entrada daba derecho a que una de las innumerables mujeres que hacían strip-tease en varios lugares del salón se frotaran por algún tiempo en el portador del ticket de entrada. Había un patrón coreográfico en las caricias: la mujer se ponía a gatas, rozaba las nalgas en el pubis del hombre que permanecía sentado en la silla, después bailaba frente a él. Algunas, más rebuscadas, se subían encima del sujeto y le sujetaban la cara en el vértice de los muslos. Después agarraban el ticket de entrada y se retiraban.&lt;br /&gt;La única mujer que asistía a aquel espectáculo era nuestra acompañante. Mi anfitrión la llamaba Condesa, no sé si era su nombre o su título. Cuando era joven conocí a una mujer que me dijo que era una condesa verdadera, pero creo que era mentira. De todos modos yo llamaba señora Condesa a mi compañera de mesa, como antiguamente lo hacía con la otra. Ella miraba lo que ocurría en torno y sonreía discretamente, se comportaba como suponía que un adulto debe comportarse en un circo.&lt;br /&gt;De todas las esquinas venía un sonido alto de dance music. Para poder hablar con la Condesa tenía que aproximar mi boca a su oreja. Le dije alguna cosa que me distinguía como un observador distante y fastidiado, ya olvidé lo que fue. También con la boca casi pegada a mi oreja, la Condesa, después de comentar la actitud de una mujer que cerca de nosotros frotaba el coño en la cara de un hombre de corbata de moño, citó en latín la conocida frase de Terencio: las cosas humanas no le eran ajenas, y por lo tanto no la asustaban. Y para demostrarlo balanceó el cuerpo al ritmo del sonido retumbante y cantó la letra de una de las piezas. Yo la acompañé, golpeando en la mesa.&lt;br /&gt;En el salón había un cancel de vidrio con regadera, fuertemente iluminado por spots de luz, en el cual las mujeres se alternaban dándose un baño, algunas se mojaban y se lavaban el cuerpo entero, se enjabonaban los tobillos, los pelos del pubis, las rodillas, los codos, los cabellos. Otras hacían abluciones estilizadas. Están diciendo estoy limpia, confía en mí, susurró la Condesa en mi oído.&lt;br /&gt;Esperamos que se realizara la rifa. El ganador podría escoger a cualquiera de las mujeres para pasar el resto de la noche con él, según palabras del maestro de ceremonias.&lt;br /&gt;Nosotros, mi anfitrión y yo, no fuimos sorteados. La Condesa no había comprado boletos para la rifa.&lt;br /&gt;Entonces permanecimos callados, sin cantar y sin golpear en la mesa al ritmo de la música. Pagamos —el anfitrión pagó— y salimos.&lt;br /&gt;Nos despedimos en la acera frente al bar. La Condesa ofreció llevarme al hotel. El anfitrión también. Les dije que quería caminar un poco, las ciudades grandes son muy bonitas al amanecer.&lt;br /&gt;Ya llevaba unos diez minutos caminando, doliéndome de no tener una foto de mi madre en el bolsillo, ni en un álbum, ni en ningún cajón, cuando el carro de la Condesa se detuvo a mi lado.&lt;br /&gt;Entra, dijo, tengo ganas de llorar y no quiero llorar sola.&lt;br /&gt;Cuando llegamos al hotel había un recado de mi hermano. Lo llamé desde el cuarto. La Condesa oyó nuestra conversación. Lo siento mucho, dijo, sentándose en la cama, cubriéndose el rostro con las manos, pero no estoy llorando por ti, estoy llorando por mí.&lt;br /&gt;Me acosté en la cama y miré el techo. Ella se acostó a mi lado. Apoyó su rostro húmedo en el mío y dijo que coger era una manera de celebrar la vida. Cogimos en silencio y luego nos bañamos juntos, ella imitó a una de las mujeres del cabaret lavándose y cantando y yo la acompañe golpeando en las paredes de la ducha. Dijo que ya se sentía mejor y yo le dije que ya me sentía mejor.&lt;br /&gt;Tomé el avión.&lt;br /&gt;Nueve horas y media después llegué al hospital.&lt;br /&gt;El cuerpo de mi madre estaba en la capilla, dentro de un cajón cubierto de flores, sobre un catafalco. Mi hermano fumaba a un lado. No había nadie más.&lt;br /&gt;Ella preguntaba mucho por ti, dijo mi hermano, entonces me acerqué a ella y le dije que yo era tú, agarró mi mano con fuerza, dijo tu nombre y murió.&lt;br /&gt;En el túmulo de la familia ya estaban los restos de mi padre y de mi hermano. Un funcionario del cementerio dijo que alguien tendría que asistir a la exhumación. Fui yo. Mi hermano parecía más cansado que yo.&lt;br /&gt;Eran cuatro sepultureros. Abrieron la losa de mármol rosa y rompieron con martillos la placa de cemento que cerraba la sepultura. El túmulo estaba dividido en dos por una piedra plana. Uno de los sepultureros se metió dentro del hoyo abierto, con cuidado para no pisar los restos de mi hermano, en la parte superior. Las ropas de mi hermano estaban en buen estado. Tenía buenos dientes, los molares tapados con oro. Cuando retiraron la cabeza el maxilar inferior se desprendió del resto del cráneo. El fémur y la tibia estaban más o menos enteros; las costillas parecían de cartón.&lt;br /&gt;Los huesos fueron arrojados por el sepulturero en una caja blanca de plástico al lado de la sepultura. Tres cucarachas y un ciempiés rojo subieron por las paredes, el ciempiés parecía más veloz que las cucarachas, pero las cucarachas huyeron primero. Dije en voz alta que el ciempiés era venenoso. El sepulturero, o como se llamara, no le dio importancia a lo que yo había dicho.&lt;br /&gt;Después de que los restos de mi hermano fueron colocados en la caja de plástico, su nombre fue escrito con letras grandes en la tapa. Uno de los hombres entró a la sepultura y deshizo con un marro y cincel la losa que cerraba la parte inferior donde se encontraban los restos de mi padre, que había muerto dos años antes que mi hermano. El enterrador volvió a entrar a la sepultura. Los huesos de mi padre estaban en peor estado que los de mi hermano, algunos tan pulverizados que parecían tierra. Todo fue arrojado dentro de otra caja de plástico, mezclado con los restos de telas, las ropas de mi padre no eran tan buenas como las de mi hermano y se habían podrido tanto como los huesos. Del cráneo de mi padre sólo quedaba la dentadura postiza; el acrílico rojo de la dentadura brillaba más que el ciempiés.&lt;br /&gt;Les di una buena propina. Las dos cajas fueron colocadas a un lado de la sepultura.&lt;br /&gt;Volví a la capilla.&lt;br /&gt;Mi hermano fumaba mirando por la ventana el tránsito de la calle.&lt;br /&gt;Un sacerdote apareció y rezó.&lt;br /&gt;El cajón cerrado fue colocado en una camilla con ruedas. Seguimos, mi hermano y yo, a la camilla empujada por el sepulturero hasta la fosa abierta. El cajón de mi madre fue colocado en la parte inferior. Una losa fue sellada con cemento, dejando la parte superior vacía, a la espera del futuro ocupante. Sobre esa losa fueron depositadas provisionalmente las dos cajas con los restos de mi padre y mi hermano. La loza de mármol rosa con los nombres de los dos, grabados en bronce, cerró la sepultura.&lt;br /&gt;Deben haber robado las obturaciones de oro de los dientes de mi hermano mientras fui a la capilla para traer a mi madre, pensé. Pero estaba muy cansado para comentar eso. Caminamos en silencio hasta la puerta del cementerio. Mi hermano me dio un abrazo. ¿Quieres que te lleve?, preguntó. Le dije que iba a caminar un poco. Miré su carro que se alejaba. Me quedé allí, de pie, hasta que oscureció.&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Rubem_Fonseca" target="_blank"&gt;&lt;i&gt;Rubem Fonseca&lt;/i&gt;&lt;/a&gt;©&lt;/blockquote&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title> La doble trampa mortal de Roberto Arlt</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/10/la-doble-trampa-mortal-de-roberto-arlt.html</link><category>Argentina</category><category>Cuento</category><category>Roberto Arlt</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 23 Oct 2015 14:05:00 -0700</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-5274895613119527791</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjcgFzrlkkSB8Gtyr2CAA8D_DnVNtnlJzRPLNETgtTUtmbaDp4ltKOr5fvb88UhlQBtZtjAqW_h_HNcPlWxdv6WnhpaATtiklFiKE-djon6sOS_tyQ9fCPvpglUwYXZmJ5m02Hftrv2BITp/s1600/tus-Cuentos.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="107" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjcgFzrlkkSB8Gtyr2CAA8D_DnVNtnlJzRPLNETgtTUtmbaDp4ltKOr5fvb88UhlQBtZtjAqW_h_HNcPlWxdv6WnhpaATtiklFiKE-djon6sOS_tyQ9fCPvpglUwYXZmJ5m02Hftrv2BITp/s320/tus-Cuentos.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He aquí el asunto, teniente Ferrain: usted tendrá que matar a una mujer bonita. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El rostro del otro permaneció impasible. Sus ojos desteñidos, a través de las vidrieras, miraban el tráfico que subía por el bulevar Grenelle hacia el bulevar Garibaldi. Eran las cinco de la tarde, y ya las luces comenzaban a encenderse en los escaparates. El jefe del Servicio de Contraespionaje observó el ceniciento perfil de Ferrain, y prosiguió: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Consuélese, teniente. Usted no tendrá que matar a la señorita Estela con sus propias manos. Será ella quien se matará. Usted será el testigo, nada más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain comenzó a cargar su pipa y fijó la mirada en el señor Demetriades. Se preguntaba cómo aquel hombre había llegado hasta tal cargo. El jefe del servicio, cráneo amarillo a lo bola de manteca, nariz en caballete, se enfundaba en un traje rabiosamente nuevo. Visto en la calle, podía pasar por un funcionario rutinario y estúpido. Sin embargo, estaba allí, de pie, frente al mapa de África, colgado a sus espaldas, y perorando como un catedrático: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Posiblemente, usted Ferrain, experimente piedad por el destino cruel a que está condenada la señorita Estela; pero créame, ella no le importaría de usted si se encontrara en la obligación de suprimirlo. Estela le mataría a usted sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. No tenga lástima jamás de ninguna mujer. Cuando alguna se le cruce en el camino, aplástele la cabeza sin misericordia, como a una serpiente. Verá usted: el corazón se le quedará contento y la sangre dulce. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El teniente Ferrain terminó de cargar su pipa. Interrogó: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué es lo que ha hecho la señorita Estela? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué es lo que ha hecho? ¡Por Cosme y Damián! Lo menos que hace es traicionarnos. Nos está vendiendo a los italianos. O a los alemanes. O a los ingleses. O al diablo. ¿Qué sé yo a quién? Vea: la historia es lamentable. En Polonia, la señorita Estela se desempeñó correctamente y con eficiencia. Esto lo hizo suponer al servicio que podía destacarla en Ceuta. Los españoles estaban modernizando el fuerte de Santa Catalina, el de Prim, el del Serrallo y el del Renegado, cambiando los emplazamientos de las baterías; un montón de diabluras. Ella no sólo tenía que recibir las informaciones, sino trabajar en compañía del ingeniero Desgteit. El ingeniero Desgteit es perro viejo en semejantes tareas. Con ese propósito, el ingeniero compró en Ceuta la llave de un acreditado café. Estela hacía el papel de sobrina del ingeniero. El bar, concurrido por casi toda la oficialidad española, fue modernizado. Se le agregaron sólidos reservados. Un consejo, mi teniente: no hable nunca de asuntos graves en un reservado. Cada reservado estaba provisto de un micrófono. Consecuencia: los oficiales iban, charlaban, bebían. Estela, en el otro piso, a través de los micrófonos, anotaba cuanta palabra interesante decían. Este procedimiento nos permitió saber muchas cosas. Pero he aquí que el mecanismo informativo se descompone. El ingeniero Desgteit encuentra con su cabeza una bala perdida que se escapa de un grupo de borrachos. Supongamos que fueron borrachos auténticos. Mahomet "el Cojo", respetable comerciante ligado estrechamente a la cabila de Anghera, cuyos hombres trabajaban en las fortificaciones, es asaltado por unos desconocidos. Estos lo apalean tan cruelmente, que el hombre muere sin recobrar el sentido. Y, finalmente, como epílogo de la fiesta, nos llega un mensaje de la señorita Estela... ¡Y con qué novedad! Un incendio ha destruido al bar. Por supuesto, toda la documentación que tenía que entregarnos ha quedado reducida a cenizas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El teniente Ferrain movió la cabeza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Evidentemente, hay motivos para fusilarla cuatro veces por la espalda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El señor Demetriades se quitó una vírgula de tabaco de la lengua, y prosiguió: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Yo no tengo carácter para acusar sin pruebas; pero tampoco me gusta que me la jueguen de esa manera. Estela es una mujer habilísima. Naturalmente, ordené que la vigilaran, y ella lo supone. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Por qué presume usted que ella se supone vigilada? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Son los indicios invisibles. Se sabe condenada a muerte, y está buscando la forma de escaparse de nuestras manos. Por supuesto, llevándose la documentación. Ahora bien; ella también sabe que no puede escaparse. Por tierra, por aire o por agua, la seguiríamos y atraparíamos. Ella lo sabe. Pero he aquí de pronto una novedad: la señorita Estela descubre una forma sencillísima para evadirse. He aquí el procedimiento: me escribe diciéndome que siente amenazada su vida, y de paso solicita que un avión la busque para conducirla inmediatamente a Francia; pero nos avisa (aquí está la trampa) que en Xauen la espera un agente de Mahomet "el Cojo" para entregarle una importantísima información. ¿Qué deduce usted, teniente, de ello? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Intentará escaparse en Xauen? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El jefe del servicio se echó a reír. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Usted es un ingenuo y ella una mentirosa. La información que ella tiene que recibir en Xauen es un cuento chino. Vea, teniente.-El señor Demetriades se volvió hacia el mapa y señaló a Ceuta.-Aquí está Ceuta.-Su dedo regordete bajó hacia el Sur.-Aquí, Xauen. Observe este detalle, teniente. A partir de Beni Hassan, usted se encuentra con un sistema montañoso de más de mil quinientos metros de altura. Nidos de águilas y despeñaperros, como dicen nuestros amigos los españoles. Después de Beni Hassan, el único lugar donde puede aterrizar un avión es Xauen. Ahora bien: el proyecto de esta mujer es tirarse del avión cuando el aparato cruce por la zona de las grandes montañas. Como ella llevará paracaídas, tocará tierra cómodamente, y el avión se verá obligado a seguir viaje hasta Xauen. Y la señorita Estela, a quien sus compinches esperarán en Dar Acobba, Timila o Meharsa, nos dejará plantados con una cuarta de narices. Y nosotros habremos costeado la información para que otros la aprovechen. Muy bonito, ¿no?. . . &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-El plan es audaz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El señor Demetriades replicó: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué va a ser audaz! Es simple, claro y lógico, como dos y dos son cuatro. Más lógico le resultará cuando se entere de que la señorita Estela es paracaidista. Lo he sabido de una forma sumamente casual. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El teniente Ferrain volvió a encender su pipa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué es lo que tengo que hacer? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Poco y nada. Usted irá a Ceuta en un avión de dos asientos. El aparato llevará los paracaídas reglamentarios; pero el suyo estará oculto, y el destinado al asiento de ella, tendrá las cuerdas quemadas con ácido; de manera que aunque ella lo revise no descubrirá nada particular. Cuando se arroje del avión, las cuerdas quemadas no soportarán el peso de su cuerpo, y ella se romperá la cabeza en las rocas. Entonces usted bajará donde esa mujer haya caído, y si no se ha muerto, le descarga las balas de su pistola en la cabeza. Y después le saca todo lo que lleve encima. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Con qué queman las cuerdas del paracaídas? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con ácido nítrico diluido en agua. ¿Por qué? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Nada. El avión se hará pedazos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Naturalmente. Ahora, véalo al coronel Desmoulin. Él le dará algunas instrucciones y la orden para retirar el aparato. Tendrá que estar a las ocho de la mañana en Ceuta. Le deseo buena suerte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El teniente Ferrain se levantó y estrechó la mano del jefe de servicio. Luego tomó su sombrero y salió. Ambos ignoraban que no se verían nunca más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El teniente Ferrain llegó a las ocho de la mañana al aeródromo de la Aeropostale, piloteando un avión de dos asientos. Miró en derredor, y por el prado herboso vio venir a su encuentro una joven enlutada. La acompañaba el director del aeródromo. Ferrain detuvo los ojos en la señorita Estela. La muchacha avanzaba ágilmente, y su continente era digno y reservado. Algunos ricitos de oro escapaban por debajo de su toca. Tenía el aspecto de una doncella prudente que va a emprender un viaje de vacaciones a la casa de su tía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El director del aeródromo hizo las presentaciones. Ferrain estrechó fríamente la mano enguantada de la muchacha. Ella le miró a los ojos, y pensó: "Un hombre sin reacciones. Debe ser jugador". &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quizá la muchacha no se equivocaba; pero no era aquel el momento de pensar semejantes cosas de Ferrain. El aviador estaba profundamente disgustado al verse mezclado en aquel horrible negocio. El mecánico se acercó al director, y éste se alejó. Estela, que miraba las plateadas alas del avión reposando como un pez en la pradera verde, volvió sus ojos a Ferrain. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Ha estado usted con el señor Demetriades? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Supongo que estará enterado de todo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me ha dicho que me ponga por completo a sus órdenes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Entonces iremos primero a Xauen, y luego tomaremos rumbo a Melilla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Sus documentos están en orden? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Por completo... ¿Conoce usted Xauen? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-He estado dos veces. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-De Xauen podemos salir después de almorzar. Esta noche cenaremos juntos en París. ¿Conforme? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Encantado! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cuándo salimos? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Cuando usted diga. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me pondré el overol, entonces.-Ya ella se marchaba para la toilette del aeródromo con su bolso de mano; pero bruscamente se volvió. Sonreía, un poco ruborizada, como si se avergonzara de una posible actitud pueril. Dijo: -Teniente Ferrain, no se vaya a reír de mí ¿Tiene usted paracaídas? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain permaneció serio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Puede usar el mío, si quiere. Yo jamás he necesitado de ese chisme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es que soy supersticiosa. Hoy he visto un funeral. Y la primera inicial del paño fúnebre era la letra "E". &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain la miró sorprendido: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Es curioso! Yo me llamo Esteban. ¿Por quién sería el augurio?...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La espía no sonrió. Un poco desconcertada, observó a Ferrain, y luego balbuceó: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Es curioso! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain miró el cielo azul de la mañana recortándose sobre las montañas verdosas, y replicó: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tendremos un viaje serenísimo. No se preocupe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella, con ágiles pasos, marchó a enfundarse en su overol. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain se dirigió a su aparato. A medida que transcurrirían los minutos, el disgusto por su misión aumentaba su volumen sombrío. ¿Cómo se había dejado atrapar por aquel Demetriades? Algunos mástiles se alejaban del dique hacia Gibraltar. Ferrain pensó con envidia que en los puentes irían pasajeros dichosos. Cierto es que esa noche cenaría en París. ¡Cuántos sacrificios costaba un ascenso! De modo que esa hipócrita, con su aspecto de mosquita muerta, había hecho asesinar a Desgteit y a Mahomet "el Cojo"? ¿Qué aventuras la habrían conducido al Servicio de Contraespionaje? De haber estado en sus manos, borraría a Ceuta del mapa. Miró con rabia al mecánico, que terminaba de llenar el tanque de nafta. Algunos pájaros saltaban en la hierba; más allá, los portones de cine de un hangar se abrían lentamente. Y él, por esa mala pécora...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sonriendo, con su bolso de mano, apareció la señorita Estela. Evidentemente, era elegante. Ella lo envolvió en su aterciopelada mirada azul, que escapaba de sus pupilas abiertas como abanicos. Ferrain apartó los ojos de ella. Acaba de representársela destrozada en un roquedal, las entrañas derramándose entre los dientes rotos. La señorita Estela, cruzándose de brazos frente a él, dijo: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Lista! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain se acercó penosamente al aparato. Ella caminaba a su lado alargando el paso y charloteando como una colegiala maliciosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cómo está el señor Demetriades? ¿Siempre paternal y cínico? Supongo que le habrá contado... &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain la miró desafiante: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Contado qué? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Nuestras dificultades. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain cortó en seco: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Usted perdone. El señor Demetriades me ordenó que la buscara a usted, y que eludiera toda conversación confidencial respecto al servicio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La respuesta de Ferrain fue oportuna y adecuada. Estela pensó: "Este imbécil teme que le estropee la foja con algún chisme", y acto seguido cambió de conversación y de tono: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cree usted que habrá elecciones en España? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain la soslayó: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Posiblemente. . . Se habla de la chance del bloque popular. ¿Cree usted en esa ensalada? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain sonrió eficiente: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-El bloque es un disparate. Gil Robles gobernará a España. La CEDA es el único partido serio. Electoralmente, el bloque popular está condenado al fracaso. Azaña es un literato. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Habían llegado al avión. Subió Ferrain, y el mecánico la ayudó a Estela. Ella recogió el paracaídas y se cruzó el correaje bajo las axilas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain la miró, y aunque estaba muy lejos de tener deseos de sonreír, no pudo evitar que una sonrisa extraña, dubitativa, le encrespara los labios. E insistió en su pregunta: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero, ¿usted cree en ese chisme? -Luego, sin esperar que ella le contestara, apretó el botón del encendido. La hélice osciló como un élitro de cristal, y el motor tableteó semejante a una ametralladora. La máquina se deslizó por la pradera y brincó ligeramente dos veces. Luego quedó suspendida en la atmósfera, cuando Estela bajó la cabeza, las torres de la catedral estaban abajo. En los patios con palmeras se veían algunos monjes que levantaban la cabeza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aparecieron los caminos asfaltados, el mar; a lo lejos, entre neblinas sonrosadas, el ceniciento peñón de Gibraltar; la costa de España se recortaba adusta en el azul del Mediterráneo. Durante pocos minutos el avión pareció seguir a lo largo de la mar; pero la costa desapareció y avanzaron sobre crecientes bultos de montañas verdes. Por los caminos zigzagueantes avanzaban lentos camiones. Grupos de campesinos moros eran ostensibles por sus vestiduras blancas. El avión ganó altura, y la costra terrestre, más profunda y sombría, apareció desierta como en los primeros días de la creación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A pesar de que lucía el sol, el paisaje era siniestro y hostil, con la encrespadura de sus montes y la oquedad verde botella de los valles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una congoja infinita entró en el corazón de Ferrain. Vio que Estela metió la mano en el bolso y estuvo allí buscando algo. Finalmente, extrajo una petaca morisca, y le ofreció un cigarrillo. Ferrain no aceptó. Ella fumaba y miraba las profundidades. Ferrain sentía que un infortunio inmenso se aplastaba sobre su vida, descorazonándole para toda acción. Hubiera querido decirle algo a esa mujer, escribírselo en la pizarra; pero una fuerza fatal dominaba su voluntad; tras él estaba el servicio, el destino así aceptado de servir en la absoluta disciplina, y el tiempo, como una brizna cargada de hielo de muerte, corría a través de sus pulmones ansiosos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más bultos de montañas se renovaban en el confín. Abajo, la tierra, como en los primeros días de la creación, mostraba riachos salvajes, entre verticales y resquebrajaduras de bosques titánicos y cordones de una primitiva geología. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Parecían estar situados en el centro de un inmenso globo de cristal, cuya costra verde se levantaba por momentos hacia sus rostros, como removida por un aliento monstruoso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estela miró su reloj pulsera. El corazón de Ferrain comenzó a golpear como el hacha de un leñador en un pesado tronco. Avanzaban ahora hacia un valle que dilataba su pradera entre dos cordones de cerros amarillentos. Allí abajo, casi al confín, se veía arder una hoguera. Estela tocó el hombro de Ferrain, y le señaló la dirección opuesta a la hoguera. Muy lejos, a ras de tierra, se distinguían los cubos blancos de un caserío. Era el poblado de Beni Hassan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain volvió la cabeza, resignado. Adivinó el movimiento de Estela. Cuando quiso lanzar un grito, ella saltaba al vacío. Tan apresuradamente, que sobre el asiento se le olvidó el bolso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer caía en el vacío semejante a una piedra. Verticalmente. El paracaídas no se abrió. Ferrain hizo girar maquinalmente el aparato para ver caer a la mujer. Ella era un punto negro en el vacío. El paracaídas no se abrió. Luego ya no la vio caer más. Estela se había aplastado en la tierra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ferrain, temblando, apagó el encendido del motor. Aterrizaría en aquella pradera. Involuntariamente, su mirada se volvió hacia el bolso que Estela había olvidado sobre el asiento. Iba a extender la mano hacia él, cuando de allí escapó una llamarada. La explosión de la bomba, oculta en el bolso, y que Estela había dejado para asegurarse la retirada, desgarró el fuselaje del avión, y el cuerpo de Ferrain voló despedazado por los aires.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Arlt" target="_blank"&gt;Roberto Arlt&lt;/a&gt; ©&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjcgFzrlkkSB8Gtyr2CAA8D_DnVNtnlJzRPLNETgtTUtmbaDp4ltKOr5fvb88UhlQBtZtjAqW_h_HNcPlWxdv6WnhpaATtiklFiKE-djon6sOS_tyQ9fCPvpglUwYXZmJ5m02Hftrv2BITp/s72-c/tus-Cuentos.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Algo muy grave va a suceder en este pueblo de Gabriel García Márquez</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/10/algo-muy-grave-va-suceder-en-este-pueblo-Gabriel-Garcia-Marquez.html</link><category>Colombia</category><category>Cuento</category><category>Gabriel García Márquez</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Thu, 22 Oct 2015 16:44:00 -0700</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-4189856274971154528</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjcgFzrlkkSB8Gtyr2CAA8D_DnVNtnlJzRPLNETgtTUtmbaDp4ltKOr5fvb88UhlQBtZtjAqW_h_HNcPlWxdv6WnhpaATtiklFiKE-djon6sOS_tyQ9fCPvpglUwYXZmJ5m02Hftrv2BITp/s1600/tus-Cuentos.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="107" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjcgFzrlkkSB8Gtyr2CAA8D_DnVNtnlJzRPLNETgtTUtmbaDp4ltKOr5fvb88UhlQBtZtjAqW_h_HNcPlWxdv6WnhpaATtiklFiKE-djon6sOS_tyQ9fCPvpglUwYXZmJ5m02Hftrv2BITp/s320/tus-Cuentos.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Te apuesto un peso a que no la haces.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Y por qué es un tonto?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces le dice su madre:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces la vieja responde:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, pero no tanto calor como ahora.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Hay un pajarito en la plaza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, pero nunca a esta hora.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Gabriel_Garc%C3%ADa_M%C3%A1rquez" target="_blank"&gt;Gabriel García Márquez&lt;/a&gt; ©&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="nota"&gt;
García Márquez contó lo que sigue, "Para que vean después cómo cambia cuando lo escriba". En un congreso de escritores, al hablar sobre la diferencia entre contar un cuento o escribirlo.&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjcgFzrlkkSB8Gtyr2CAA8D_DnVNtnlJzRPLNETgtTUtmbaDp4ltKOr5fvb88UhlQBtZtjAqW_h_HNcPlWxdv6WnhpaATtiklFiKE-djon6sOS_tyQ9fCPvpglUwYXZmJ5m02Hftrv2BITp/s72-c/tus-Cuentos.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Consejero Krespel de E.T.A. Hoffmann</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/04/consejero-krespel-de-eta-hoffmann.html</link><category>Alemania</category><category>Cuento</category><category>E.T.A. Hoffman</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Sat, 4 Apr 2015 18:35:00 -0700</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-3179867886930833595</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" height="118" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El consejero Krespel era uno de los hombres más extraordinarios con que he tropezado en mi vida. Cuando fui a H... para pasar una temporada, toda la ciudad hablaba de él, pues acababa de realizar una de sus excentricidades. Krespel era famoso como hábil jurista y como diplomático. Un príncipe reinante de Alemania, de segunda categoría, se había dirigido a él para que redactase una Memoria en la que quería hacer constar sus bien fundados derechos a cierto territorio y que pensaba dirigir al emperador. Consiguió su objeto, y recordando que Krespel se había lamentado una vez de no encontrar casa a su gusto, se le ocurrió al príncipe, para recompensarle por su obra, comprar la casa que eligiera Krespel; este no aceptó el regalo en esta forma, sino que insistió en que se le hiciera la casa en el hermoso jardín que había a las puertas de la ciudad. Compró toda clase de materiales y los llevó allí; luego se le vio, durante días enteros, con su extraordinaria vestimenta —que se mandaba hacer según modelos especiales—, matar la cal, cribar la arena, amontonar ladrillos, etc. No trató con ningún maestro de obras ni pensó siquiera en un plano. Un buen día se fue a ver a un maestro de obras de H... y le rogó que a la mañana siguiente, al amanecer, estuviera en el jardín con oficiales, peones y ayudantes para edificar la casa. El maestro de obras le preguntó, como era natural, por el proyecto, y se asombró no poco cuando Krespel le respondió que no lo necesitaba y que todo saldría bien sin él. Cuando al día siguiente, el maestro y sus obreros estuvieron en el sitio indicado, se encontraron con una hondonada cuadrada, y Krespel le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Aquí hay que fundar los cimientos de mi casa, y luego las cuatro paredes, que subirán a la altura que yo diga.&lt;br /&gt;
—¿Sin puertas ni ventanas? ¿Sin muros de través? —preguntó el maestro, asustado de la locura de Krespel.&lt;br /&gt;
—Ni más ni menos que como le digo, buen hombre —repuso Krespel tranquilamente—. Lo demás ya irá saliendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sólo la promesa de una recompensa crecida pudo convencer al maestro para edificar tan extraño edificio; pero jamás se ha hecho nada con más alegría, pues los obreros, que no abandonaban la obra porque allí se les daba de comer y de beber espléndidamente, levantaban las paredes con gran rapidez, hasta que un día Krespel dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Basta ya.&lt;br /&gt;
Pararon los martillos y las llanas; los obreros se bajaron de los andamios y rodearon a Krespel preguntándole muy sonrientes:&lt;br /&gt;
—¿Qué hacemos ahora?&lt;br /&gt;
—¡Dejadme pensarlo! —exclamó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y se marchó corriendo al extremo del jardín, desde donde volvió muy despacio hasta el cuadrado construido; al llegar al muro movió la cabeza de mal humor, se dirigió al otro extremo del jardín, volvió a la edificación y repitió los mismos gestos de antes. Varias veces realizó la operación, hasta que al fin, corriendo, con la cabeza levantada hacia el muro, exclamó:&lt;br /&gt;
—Aquí, aquí me tenéis que abrir la puerta.&lt;br /&gt;
Dio las medidas en pies y pulgadas y se hizo como él quiso. Entró en la casa sonriendo satisfecho, cuando el maestro le hizo observar que las paredes tenían la altura de una casa de dos pisos corrientes. Krespel recorrió el recinto muy preocupado, llevando detrás a los obreros con los picos y los martillos, y de repente gritó:&lt;br /&gt;
—Aquí una ventana de seis pies de altura y cuatro de ancho... Allí una ventanita de tres pies de alto y dos de ancho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
E inmediatamente quedaron abiertas.&lt;br /&gt;
Precisamente en esta ocasión fue cuando yo llegué a H..., y era muy divertido ver cientos de personas que rodeaban el jardín lanzando gritos de júbilo cada vez que caían las piedras dando forma a una ventana donde menos se lo podía figurar nadie. El resto de la casa y todos los trabajos necesarios para ella los hizo Krespel del mismo modo, colocando todas las cosas según se le ocurría en el momento. Lo cómico del caso, el convencimiento cada vez más cierto de que al cabo todo se acomodaría mejor de lo que era de esperar, y sobre todo la liberalidad de Krespel, completamente natural en él, tenía a todos muy contentos. Las dificultades que surgieron con aquella manera absurda de edificar se fueron venciendo poco a poco y no mucho tiempo después se veía una hermosa casa que por fuera tenía un aspecto extraño, puesto que ninguna de las ventanas eran iguales, pero en el interior tenía todas las comodidades posibles. Todos los que la veían lo aseguraban así, y yo mismo pude convencerme de ello cuando me la enseñó Krespel después de conocerme. Hasta aquel momento, yo no había hablado con este hombre extravagante, pues la obra le tenía tan ocupado que no acudió ni un solo día, como era costumbre suya, a las comidas de los martes en casa del profesor M..., y le contestó a una invitación especial, que mientras no inaugurase su casa no saldría a la puerta de la calle. Todos los amigos y conocidos esperaban una gran comida con tal motivo; pero Krespel no invitó más que al maestro, con los oficiales, los peones y los ayudantes que edificaron su casa. Los obsequió con los más exquisitos manjares; los albañiles devoraron sin tino pasteles de perdiz; los carpinteros de armar se atracaron de faisanes asados, y los peones, hambrientos, se hartaron por aquella vez de fricasse de trufas. Por la noche acudieron sus mujeres y sus hijas y se organizó un gran baile. Krespel bailó un poco con la mujer del maestro; luego se colocó junto a los músicos y, tomando un violín, dirigió la música hasta el amanecer. El martes siguiente a esta fiesta, que el consejero Krespel dio en honor del pueblo, lo encontré al fin, con gran alegría por mi parte, en casa del profesor M... Cosa más extraña que la manera de presentarse de Krespel no se puede dar. Tieso y desgarbado, a cada momento se figuraba uno que iba a tropezar con algo y hacer una tontería; no ocurrió así, sin embargo, a pesar de que más de una vez la dueña de la casa palideció al verlo moverse alrededor de la mesa donde estaban las preciosas tazas, o cuando maniobraba delante del magnífico espejo que llegaba al suelo, o cuando cogía el jarrón de porcelana y lo alzaba en el aire para contemplar sus colores. En el despacho del profesor fue donde Krespel hizo más cosas raras por curiosearlo todo, llegando hasta a subirse en una butaca tapizada para alcanzar un cuadro y volverlo luego a colgar. Habló mucho y con vehemencia, saltando de un asunto a otro —sobre todo en la mesa—, o insistiendo en una idea como si no pudiera apartarse de ella y metiéndose en un laberinto en el que no se lograba entenderle, hasta que por fin dejaba el tema y la emprendía con otro. Su voz era unas veces alta y chillona, otras apenas perceptible, otras cantarina, y nunca estaba de acuerdo con lo que Krespel decía. Se hablaba de música, encomiando a cierto compositor, y Krespel se echó a reír, diciendo con su voz cantarina:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Yo quisiera que el demonio, con su negro plumaje, metiera en el infierno, a diez mil millones de toesas, al maldito retorcedor de notas.&lt;br /&gt;
Y luego, alto y con vehemencia:&lt;br /&gt;
—Es un ángel del cielo, que dedica a Dios sus notas. Su canto es todo luz.&lt;br /&gt;
Y se le saltaban las lágrimas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hubo que hacer un esfuerzo para recordar que una hora antes habíamos estado hablando de una cantante. Se sirvió asado de liebre, y yo observé que Krespel limpiaba con mucho cuidado los huesos que le tocaron y trató de obtener informaciones precisas de las patas de la liebre, las cuales le dio, sonriendo amablemente, la hija del profesor, muchacha de cinco años. Los niños miraron al consejero con mucha amabilidad durante la comida, y al terminar se levantaron y se acercaron a él, pero con cierto respeto y manteniéndose a tres pasos de distancia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«¿Qué va a ocurrir aquí?», me pregunté a mí mismo.&lt;br /&gt;
Se alzaron los manteles; el consejero sacó del bolsillo una cajita, en la cual tenía un torno de acero, lo sujetó a la mesa y empezó a tornear con gran habilidad y rapidez con los huesos de la liebre toda clase de cajitas y libritos y bolitas, que los chicos acogieron con gran algazara.&lt;br /&gt;
En el momento de levantarnos de la mesa, la sobrina del profesor preguntó:&lt;br /&gt;
—¿Qué hace nuestra querida Antonieta, querido consejero?&lt;br /&gt;
Krespel puso una cara como la del que muerde una naranja agria y quiere demostrar que le ha sabido dulce, convirtiéndose esta expresión en otra completamente hosca y en la que se podía vislumbrar, a mi parecer, mucho de ironía infernal.&lt;br /&gt;
—¿Nuestra? ¿Nuestra querida Antonieta? —preguntó con voz arrastrada y desagradable.&lt;br /&gt;
El profesor acudió en seguida. En la mirada amenazadora que dirigió a su sobrina comprendí que había tocado una cuerda sensible en Krespel.&lt;br /&gt;
—¿Cómo va con el violín? —le preguntó el profesor, cogiendo al consejero las dos manos.&lt;br /&gt;
El rostro de Krespel se alegró, y con su tono de voz fuerte respondió:&lt;br /&gt;
—Perfectamente, querido profesor. Hoy mismo, he abierto el magnífico violín de Amati64, del que ya le conté por qué casualidad vino a parar a mis manos. Espero que Antonieta habrá desmontado lo restante.&lt;br /&gt;
—Antonieta es una buena chica —continuó el profesor.&lt;br /&gt;
—Así es, en efecto —repuso el consejero.&lt;br /&gt;
Y cogiendo su sombrero y su bastón salió precipitadamente del cuarto.&lt;br /&gt;
En el espejo vi sus ojos húmedos de lágrimas.&lt;br /&gt;
En cuanto se hubo marchado insté al profesor para que me dijera qué tenía que ver con el violín y sobre todo con Antonieta.&lt;br /&gt;
—¡Ah! —exclamó el profesor—. Así como el consejero es en todo un hombre extraño, del mismo modo resulta en la construcción de violines.&lt;br /&gt;
—¿En la construcción de violines? —pregunté asombrado.&lt;br /&gt;
—Sí —siguió el profesor—. Krespel construye los mejores violines que se pueden hallar en nuestra época, según la opinión de los entendidos; antes solía permitir algunas veces que alguien tocase en ellos, pero hace mucho tiempo que no ocurre así. En cuanto construye un violín toca con él una o dos horas, con gran fuerza y expresión, y luego lo cuelga junto a los otros que posee, sin volver a tocarlo ni permitir que nadie lo toque. Cuando encuentra en cualquier parte un violín de un maestro famoso, lo compra al precio que sea, toca en él una vez, lo deshace para ver cómo está construido y, si no encuentra lo que busca, lo tira a una gran caja llena de violines deshechos.&lt;br /&gt;
—¿Y quién es Antonieta? —pregunté con vehemencia.&lt;br /&gt;
—Esa sería una cosa —repuso el profesor— que me induciría a despreciar al consejero si no estuviera convencido de que en el fondo hay algo que está unido al carácter bondadoso de Krespel. Cuando, hace muchos años, el consejero llegó a H... vivía como un anacoreta, con un ama de gobierno, en una casa oscura de la calle de... Sus excentricidades despertaron la curiosidad de los vecinos, y en cuanto él lo advirtió buscó y encontró amistades. Lo mismo que en mi casa, se habituaron a él en todas partes, al punto de resultar indispensable. No obstante su exterior áspero, los niños le tomaban cariño en seguida, sin llegar nunca a molestarle, pues a pesar de sus familiaridades siempre le profesaron un cierto respeto que le ponía a cubierto de los abusos. Ya ha visto usted cómo sabe ganarse el afecto de los niños. Todos le teníamos por solterón y nunca protestó por ello. Después de llevar aquí algún tiempo hizo un viaje, nadie supo a dónde, y regresó a los pocos meses. A la noche siguiente del regreso de Krespel se vieron las ventanas de su casa iluminadas de un modo inusitado, lo cual llamó la atención de los vecinos, y mucho más al oír una voz de mujer que cantaba acompañada por un piano. Luego sonaron las cuerdas de un violín, haciendo la competencia a la voz. Se supo que quien tocaba era el consejero. Yo mismo figuraba entre la multitud que el extraordinario concierto reunió delante de su casa, y puedo asegurarle a usted que en mi vida he oído nada parecido y que el arte de las más famosas cantantes me resultó en aquel momento soso y sin atractivos. No tenía la menor idea de aquellas notas sostenidas, de aquellos arpegios, de aquel subir hasta lo más alto del órgano y descender hasta lo más bajo. No hubo una sola persona que no se sintiera invadida por el encanto dulcísimo, y cuando la cantante calló sólo se oyeron suspiros. Sería ya media noche cuando oímos hablar al consejero; al parecer y por el tono, otra voz masculina le hacía reproches, y una voz de mujer que se quejaba. Cada vez con más vehemencia gritaba el consejero, hasta que al fin habló en el tono bajo que usted conoce. Un grito más alto de la mujer le interrumpió; luego todo quedó en silencio de muerte. De súbito se abrió la puerta y apareció en ella un joven que sollozando se metió en una silla de posta que estaba parada allí cerca y que desapareció inmediatamente. Pocos días después, se presentó el consejero muy satisfecho y nadie tuvo valor para preguntarle nada sobre aquella famosa noche. El ama de gobierno contó a los que le preguntaron que su amo había traído una joven lindísima que se llamaba Antonieta y que era la que cantaba tan primorosamente. También los acompañó un joven que se mostraba muy obsequioso con Antonieta y que debía de ser su novio; pero por voluntad de Krespel se había marchado en seguida. Las relaciones de Antonieta con el consejero son hasta ahora un secreto; pero lo cierto parece que tiraniza de un modo cruel a la pobre muchacha. La guarda como el Doctor Bartolo de El barbero de Sevilla a su pupila, al punto que apenas si la permite asomarse a la ventana. Si alguna vez, y a fuerza de muchos ruegos, la lleva a una reunión, la persigue con mirada de Argos y no permite que cante ni toque ni siquiera una nota, cosa que, por lo demás, tampoco hace dentro de casa. El canto de Antonieta en aquella famosa noche ha llegado a ser para la ciudad como una fantasía o una leyenda maravillosa, y hasta los que la oyeron suelen decir cuando oyen a alguna cantante que viene: «Valiente flauta. La única que sabe cantar es Antonieta».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Usted sabe que yo soy muy aficionado a estas cosas fantásticas y, por lo tanto, comprenderá que fue para mí una necesidad el conocer a Antonieta. Había oído muchas veces la opinión del público sobre el canto de Antonieta; pero no sospechaba yo que la maravilla estuviese en este mismo pueblo y encerrada y tiranizada por Krespel. Consecuencia natural de mi fantasía fue oír a la noche siguiente el canto de Antonieta, y como quiera que en un adagio —que me resultó tan risible como si lo hubiera compuesto yo— me conjuró del modo más conmovedor a que la salvase, decidí penetrar en casa de Krespel como Astolfo en el castillo encantado de Alcineo y salvar a la reina del canto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero ocurrió precisamente lo contrario de lo que yo pensara, pues apenas vi dos o tres veces al consejero y hablé con él sobre la estructura de los violines me invitó a visitar su casa. Así lo hice y me enseñó todo el tesoro que poseía en violines. En una habitación había colgados unos treinta, entre ellos uno que tenía todas las trazas de una respetable antigüedad —con cabezas de león talladas, etcétera— y que, colgado un poco más alto que los demás y con una corona de flores, parecía reinar sobre los otros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Este violín —dijo Krespel, respondiendo a mis preguntas—, este violín es muy notable; es una pieza admirable de un maestro desconocido; a mi parecer, de tiempos de Tartini66. Estoy convencido de que en el fondo de su estructura hay algo especial y que en cuanto lo desarme descubriré el secreto tras el cual ando hace mucho tiempo; pero... ríase de mí si quiere..., esta cosa muerta, que sólo vive mediante mi mano, me habla a veces de un modo extraño, y el día que toqué este violín por primera vez me pareció que yo no era sino el magnetizador que despertaba a la sonámbula que me anunciaba su presencia con palabras armoniosas. No crea usted que soy tan tonto que dé importancia a tales fantasías; pero lo que sí puedo asegurarle es que no me he atrevido a deshacer este instrumento. Y ahora me alegro de no haberlo hecho, pues desde que Antonieta está aquí toco en él y a la muchacha le gusta mucho oírlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estas palabras las pronunció el consejero muy conmovido, lo cual me animó a preguntarle:&lt;br /&gt;
—Mi querido amigo, ¿no querría usted hacerlo también en mi presencia?&lt;br /&gt;
Krespel puso un gesto agridulce y me respondió con su voz arrastrada y cantarina:&lt;br /&gt;
—No, querido compañero.&lt;br /&gt;
Con aquella respuesta quedaba la cosa indefinidamente aplazada. Luego me entretuvo enseñándome toda clase de rarezas, y al fin cogió una cajita, y sacando de ella un papel me lo puso en la mano diciéndome:&lt;br /&gt;
—Usted es un aficionado al arte; acepte este obsequio como un recuerdo que le ha de ser caro sobre todas las cosas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y con estas palabras me empujó suavemente hacia la puerta y me abrazó en el umbral. En realidad, me había puesto de patitas en la calle. Cuando desdoblé el papel me encontré con un trocito como de una octava de pulgada de una prima y un letrerito que rezaba: «De la prima que tenía el violín de Stamitz cuando dio su último concierto».&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El modo con que me echó de su casa Krespel cuando hice mención de Antonieta pareció demostrarme que nunca llegaría a verla; pero no fue así, pues el día que fui a visitar por segunda vez al consejero la encontré en el cuarto de este, ayudándole a armar un violín. El aspecto exterior de Antonieta no era nada notable a primera vista; pero fijándose en ella quedaba uno suspenso de sus ojos azules y de sus hermosos labios rojos y de su aire dulce y amable. Estaba muy pálida; pero apenas se decía algo espiritual o alegre sonreía dulcemente, arrebolándose sus mejillas, que luego quedaban cubiertas de un ligero rubor. Sin encogimiento alguno hablé con Antonieta, sin advertir durante la conversación la mirada de Argos del consejero que le atribuyera el profesor; antes al contrario, continuó en su actitud corriente y hasta me pareció que aprobaba mi conversación con la joven. Repetí con alguna frecuencia las visitas a casa del consejero, y ocurrió que los tres nos habituamos a vernos y formamos un círculo muy agradable. Krespel me resultaba sumamente divertido con sus bromas; pero lo que me producía un verdadero encanto y me hacía soportar toda clase de cosas que en cualquier ocasión me habrían hecho impacientar, era Antonieta. En las rarezas y excentricidades propias del consejero se mezclaba mucho de soso y aburrido. Sobre todo observé que en cuanto hablábamos de música, particularmente de canto, sonreía con su expresión diabólica y decía alguna cosa incongruente y vulgar con la voz cantarina. En la profunda turbación que en tales momentos se leía en las miradas de Antonieta advertí claramente que aquello tenía por objeto evitar que yo le pidiera que cantase. No me di por vencido. Con los obstáculos que Krespel me ponía creció mi deseo de vencerlos y de oír cantar a Antonieta para no ahogarme en sueños y ansias. Una noche estaba Krespel de extraordinario buen humor; había desarmado un violín antiguo de Cremona, encontrándose con que el alma estaba colocada media línea más inclinada de lo usual. ¡Oh admirable experiencia!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conseguí que se entusiasmase hablando del arte de tocar el violín. La manera de interpretar los grandes maestros, los verdaderos cantantes de que hablaba Krespel, trajo sin buscarla la observación de que ahora se volvía sin poderlo remediar a la afectación instrumentalista que tanto dañaba al canto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Hay nada más insensato —exclamé yo, levantándome presuroso y dirigiéndome al piano, que abrí sin más rodeos—, hay nada más insensato que esa manera retorcida que en vez de música parece como si las notas fuesen guisantes vertidos en el suelo?&lt;br /&gt;
Canté algunas de las fermatas modernas, que sonaban a ratos como un peón suelto, desafinando en algún momento a sabiendas. Krespel se reía con toda su alma.&lt;br /&gt;
—¡Ja, ja! Me parece que estoy oyendo a uno de nuestros italianos-alemanes o alemanes-italianos atreverse con un aria de Pucitta67, o de Portogallo68 o de cualquier otro maestro di capella o schiavo d'un primo uomo.&lt;br /&gt;
Creí que había llegado el momento.&lt;br /&gt;
—¿No es verdad —dije, dirigiéndome a Antonieta—, no es verdad que Antonieta no sabe nada de estos canturreos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
E inmediatamente entoné una deliciosa canción del viejo Leonardo Leo69. Se arrebolaron las mejillas de Antonieta, sus ojos brillaron con brillo inusitado, se acercó al piano..., abrió los labios..., pero en el mismo instante la separó Krespel; me cogió a mí por los hombros y exclamó en voz chillona de tenor:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Hijito... Hijito... Hijito.&lt;br /&gt;
Y luego continuó, murmurando a media voz y cogiéndome de la mano:&lt;br /&gt;
—En realidad, faltaría a todas las leyes de la urbanidad y a todas las buenas costumbres, mi querido señor estudiante, si expresase en alta voz mi deseo vivo y ferviente de que el mismísimo demonio le agarrase en este momento por el pescuezo y le llevase a sus dominios; sin llegar a eso, puede usted comprender, querido, que como está muy oscuro y no hay faroles encendidos, si yo le echara por la escalera abajo es posible que se hiciera usted daño en algún miembro importante. Lárguese de mi casa, pues, sin dilación y recuerde con todo el cariño que quiera a su buen amigo, a cuya casa..., entiéndalo bien..., a cuya casa no debe volver nunca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con estas palabras me abrazó y se volvió, sujetándome bien, dirigiéndose hacia la puerta de modo que no me fue posible mirar a Antonieta. Comprenderá usted que en mi situación no era posible que yo pegase al consejero, que era lo único que se me ocurría. El profesor se rió mucho de mí y me aseguró que el consejero había acabado para él. Hacer el amor al pie de la ventana y rondar la casa no entraba en mis cálculos, pues para ello estimaba demasiado a Antonieta, mejor dicho, la consideraba como sagrada. Dolorido profundamente, abandoné H...; pero, como suele suceder, los vivos colores de aquel cuadro fantástico fueron palideciendo, y Antonieta y su voz, que nunca había oído, se me representaron al cabo del tiempo como una luz rosada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A los dos años estaba yo en B... y emprendí un viaje por el sur de Alemania. En el crepúsculo rojizo aparecieron ante mi vista las torres de H... Conforme me iba acercando a la ciudad me sentía invadido de un sentimiento de angustia inexplicable; parecía como si me hubieran puesto en el pecho un peso enorme; no podía respirar; tuve que salirme del coche. Aquella opresión llegó a producirme hasta dolor físico. Al rato creí oír los acordes de un coro que flotaban en el aire..., se hicieron más precisas las notas; distinguí notas masculinas que cantaban un himno religioso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué es eso? ¿Qué es eso? —pregunté, sintiendo como si me atravesasen el pecho con un puñal.&lt;br /&gt;
—¿No lo ve usted? —respondió el postillón, que iba sentado junto a mí—. ¿No ve usted que están enterrando a una persona en el cementerio?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La verdad era que estábamos junto al cementerio, y advertí un círculo de personas vestidas de negro que se mantenían alrededor de una fosa que estaban cubriendo. Las lágrimas se me saltaron, y me pareció como si allí estuviesen enterrando toda la alegría de la vida. Bajamos rápidamente la colina y desapareció el cementerio; el coro se calló y no lejos de la puerta vi a unos cuantos señores en traje de luto que regresaban del entierro. El profesor y su sobrina iban cogidos del brazo, muy enlutados, y pasaron junto a mí sin conocerme. La sobrina se tapaba los ojos con el pañuelo y sollozaba violentamente. No me fue posible penetrar en la ciudad; envié a mi criado con el equipaje a la fonda en que había de alojarme y me dediqué a correr por aquellos contornos, tan conocidos para mí, con objeto de librarme de una sensación que quizá no tuviera por causa más que el efecto físico del calor del viaje, etc. Cuando penetré en la avenida que conduce a un sitio de recreo, se presentó ante mi vista el espectáculo más extraño que pueda darse. El consejero Krespel iba conducido por dos hombres, de los cuales quería a todo trance escapar con los saltos más extraordinarios. Como de costumbre, iba vestido con una levita gris cortada por él mismo, y en el sombrero de tres picos, echado materialmente sobre una oreja, llevaba un crespón que ondeaba al viento. Pendía de su cintura un tahalí negro, pero en lugar de espada llevaba metido en él un arco de violín. Me quedé helado. «Está loco», pensé, siguiéndole despacito. Aquellos hombres condujeron a Krespel hasta su casa y él los abrazó con grandes risas. Lo dejaron allí, y entonces dirigió la vista hacia donde yo me encontraba, casi a su lado. Me miró fijamente un rato y luego dijo con voz sorda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bienvenido, señor estudiante... Ya comprende usted.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y cogiéndome por el brazo me arrastró a la casa..., me hizo subir la escalera y me metió en el aposento donde estaban colgados los violines. Todos ellos tenían una cubierta de crespón. Faltaba el violín del maestro antiguo y en su sitio había colgado una corona de hojas de ciprés... Comprendí lo que había sucedido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¡Antonieta! ¡Ay, Antonieta! —exclamé sin consuelo.&lt;br /&gt;
Krespel estaba junto a mí como petrificado, con los brazos cruzados. Yo le señalé a la corona de ciprés.&lt;br /&gt;
—Cuando murió ella —comenzó a decir el consejero con voz cavernosa—, cuando murió se rompió el alma de aquel violín y la caja se hizo mil pedazos. No podía vivir más que con ella y dentro de ella; se puso en la caja y fue enterrado con ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conmovido a más no poder, caí en una butaca. El consejero comenzó a cantar con voz ronca una canción alegre. Era un espectáculo tristísimo el verle saltar de un lado para otro y el crespón, flotando por el cuarto —tenía el sombrero puesto—, enganchándose en los violines. No pude contener un grito una vez que me rozó el crespón; me pareció como si me arrastrara a los profundos abismos de la locura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De repente, Krespel se quedó tranquilo, y en su tono cantarín comenzó a decir:&lt;br /&gt;
—Hijito..., hijito..., ¿por qué gritas de ese modo? ¿Has visto al ángel de la muerte? Eso sucede siempre antes de la ceremonia.&lt;br /&gt;
Se colocó en medio del aposento, sacó de la vaina el arco de violín, lo levantó por encima de su cabeza y lo partió en pedazos. Y riendo a carcajadas exclamó:&lt;br /&gt;
—Crees que se ha roto, hijito, ¿no es verdad? Pues no lo creas..., no es así..., no es así... ¡Ahora estoy libre..., libre..., libre..., libre! ¡Ya no construiré ningún violín..., ninguno..., ninguno!&lt;br /&gt;
Y empezó a entonar una dulce melodía y a bailar a sus acordes en un pie. Lleno de espanto quise alcanzar la salida, pero Krespel me sostuvo y muy tranquilo comenzó a decir:&lt;br /&gt;
—Quédese, querido amigo; no considere locura la expresión del dolor que me martiriza mortalmente, y crea que todo ha sucedido por haberme hecho una bata con la que quería tener el aspecto de la Suerte o de Dios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El consejero siguió diciendo todo género de incoherencias hasta que se quedó completamente agotado. A mi llamamiento acudió el ama de llaves y me sentí muy feliz cuando me vi libre de aquella especie de pesadilla. No dudé un momento de que Krespel se había vuelto loco, pero el profesor creía lo contrario.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Hay hombres —decía— a los que la Naturaleza o una fatalidad cualquiera les arranca la cubierta con que los demás ocultamos las tonterías. Lo que para nosotros queda en pensamiento, Krespel lo pone en acción. Arrastrado por la amarga ironía espiritual, Krespel hace y dice tonterías. Pero esto es sólo su pararrayos. Devuelve a la tierra lo que es de la tierra y sabe conservar lo divino, continuando en perfecto estado en su interior, a pesar de las locuras que hace. La muerte repentina de Antonieta le ha sido muy dolorosa, pero apostaría a que mañana mismo el consejero continúa dando sus coces habituales.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y verdaderamente ocurrió una cosa parecida a lo predicho por el profesor. Al día siguiente, Krespel estaba poco más o menos como antes; pero declaró que nunca más volvería a construir un violín ni a tocarlo. Según he sabido después, cumplió su palabra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las indicaciones del profesor fortalecieron mi íntimo convencimiento de que la relación, oculta tan cuidadosamente, de Antonieta con el consejero y su misma muerte eran un remordimiento para él que, con seguridad, llevaba aparejada cierta culpa. No quería abandonar H... sin reprocharle el crimen que yo presentía; deseaba llegar hasta su alma para provocar la completa confesión del horrible hecho. Cuanto más pensaba en ello, más claro veía que Krespel era un malvado y más firmemente me aferraba a la idea de espetarle un discurso que, desde luego, pensaba yo que habría de ser una obra maestra de retórica. Así dispuesto y muy sofocado acudí a casa del consejero. Lo encontré torneando juguetes, con su sonrisa tranquila.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Cómo es posible —comencé a decirle sin preparación alguna—, cómo es posible que pueda usted disfrutar de un instante de paz sin sentirse atormentado por el recuerdo del horrible hecho cometido por usted y que debiera producirle siempre el efecto de la picadura de una víbora?&lt;br /&gt;
Krespel me miró sorprendido, dejando el cincel a un lado.&lt;br /&gt;
—¿Qué quiere usted decir, amigo mío? —me preguntó—. Siéntese en esa silla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muy excitado continué mi perorata, entusiasmándome más y más, acusándole de haber asesinado a Antonieta y amenazándole con la venganza eterna. Más celoso que ningún abogado, llegué hasta a asegurarle que procuraría averiguar todos los detalles de la cosa hasta conducirle ante el juez. Me desconcertó un tanto el ver que, cuando terminé mi pomposo discurso, el consejero me miró muy tranquilo sin responder una palabra, como si esperase a que siguiera hablando. Lo intenté, en efecto, pero me salió tan torpe y tan estúpido todo lo que dije, que me callé en seguida. Krespel gozó en mi confusión y su cara se iluminó con una sonrisa irónica. Luego recobró su seriedad y comenzó con tono grave:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Joven: puedes considerarme loco o tonto; te lo perdono, pues los dos estamos encerrados en el mismo manicomio y te parece mal que yo me tenga por el Dios padre sólo porque tú te tienes por el Dios hijo; pero ¿cómo te atreves a querer meterte en una vida y a atar sus hilos, que son y serán siempre extraños para ti? Ella se ha ido y el secreto ha desaparecido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Krespel se quedó pensativo; se levantó y dio dos o tres pasos por la habitación. Yo me atreví a rogarle que me aclarase el misterio; él me miró fijamente, me cogió de la mano y me llevó a la ventana, abriendo las dos hojas. Se asomó a ella, y con los brazos apoyados en el alféizar, me contó la historia de su vida. Cuando terminó me separé de él confuso y avergonzado.&lt;br /&gt;
Me explicó de la siguiente manera sus relaciones con Antonieta:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A los veinte años, su pasión favorita llevó a Krespel a Italia en busca de los violines de los mejores maestros. Entonces aún no los construía él y no se atrevía, por tanto, a desarmar los que caían en sus manos. En Venecia oyó a la famosa cantante Ángela..., que figuraba como primera parte en el teatro de San Benedetto. Su entusiasmo no se limitó a la parte artística, sino que se extendió a su belleza angelical. Krespel trabó amistad con Ángela, y a pesar de su carácter áspero logró conquistarla, particularmente por su pericia en tocar el violín. Las relaciones los llevaron en poco tiempo al matrimonio, que convinieron en mantener secreto, pues Ángela no quería retirarse del teatro ni cambiar el nombre que tantos triunfos le proporcionara por el poco armonioso de Krespel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con ironía mezclada de rabia, me pintó Krespel el martirio que hubo de sufrir una vez casado con Ángela. Toda la terquedad y la mala educación de todas las cantantes de primera fila juntas se encerraban en la figurita de Ángela. Si alguna vez trataba de hacerse el fuerte, Ángela le ponía delante todo un ejército de abates, maestros y académicos que, ignorantes de sus relaciones verdaderas, le consideraban como el adorador impertinente, sólo consentido por la bondad excesiva de la dama. Después de una escena de esta clase, bastante borrascosa, Krespel huyó a la casa de campo de Ángela y procuró olvidar las tristezas del día fantaseando en su violín de Cremona. No llevaba mucho tiempo tranquilo cuando su mujer, que salió casi inmediatamente detrás de él, apareció en el salón. Llegaba del mejor humor y, dispuesta a mostrarse amable, abrazó a su marido y, mirándole con dulzura, apoyó la cabeza en su hombro. Pero Krespel, ensimismado en el mundo de la música, continuó tocando el violín, haciendo repercutir sus ecos, y sin querer rozó a Ángela con el brazo y el arco. Ella se retiró furiosa. Bestia tedesca!, exclamó con ira; y arrancando a su marido el arco de la mano lo partió en mil pedazos contra la mesa de mármol. El consejero se quedó como petrificado ante aquella explosión de furor, y luego, como despertando de un sueño, cogió a su mujer con fuerzas hercúleas, la arrojó por la ventana de su casa y, sin preocuparse de más, huyó a Venecia y después a Alemania. Algún tiempo más tarde, comprendió lo que había hecho. Aunque sabía que la ventana sólo estaba a unos cinco pies del suelo y que en aquellas circunstancias no hubiera podido hacer otra cosa que lo que hizo, se sentía atormentado por cierta inquietud, tanto más cuanto que su mujer le había dado a entender que se hallaba en estado de buena esperanza. No se atrevía a hacer indagaciones, y le sorprendió sobremanera el que al cabo de ocho meses recibió una carta amabilísima de su adorada esposa, en la que no hacía la menor alusión al suceso de la casa de campo y le daba la noticia de que tenía una linda hijita, manifestándole al tiempo sus esperanzas de que el marito amato e padre felicissimo no tardaría en ir a Venecia. Krespel no fue allá; valiéndose de un amigo se enteró de todo lo ocurrido desde el día de su precipitada fuga, y supo que su mujer había caído sobre la hierba como un pajarillo ligero, sin sufrir el más mínimo daño en la caída. El acto heroico de Krespel hizo en su mujer una impresión extraordinaria, produciendo un verdadero cambio; no volvió a dar muestras de mal humor ni de caprichos estúpidos, y el maestro que trabajaba con ella se sentía el hombre más feliz del mundo porque la signora cantaba sus arias sin obligarle a hacer las mil variaciones que solía. El amigo le aconsejaba, sin embargo, que mantuviese en secreto el método de curación empleado con Ángela, pues, de divulgarse, se vería a las cantantes salir a diario por las ventanas. Krespel se emocionó mucho; mandó enganchar; se metió en el coche; pero de repente exclamó: «Alto. ¿No es posible —se dijo a sí mismo— que en cuanto me vuelva a ver se sienta otra vez acometida por el mal espíritu y volvamos a las mismas de antes? Una vez la tiré por la ventana: ¿qué habría de hacer en otro caso semejante? ¿Qué me queda?». Se apeó del coche, escribió una cariñosa carta a su mujer expresándole lo mucho que agradecía su amabilidad al decirle que la hijita tenía como él una pequeña marca detrás de la oreja, y... se quedó en Alemania. La respuesta fue muy expresiva. Protestas de amor..., invitaciones..., quejas por la ausencia del amado..., esperanzas, etc., recorrieron constantemente el camino de Venecia a H... y de H... a Venecia. Ángela fue por fin a Alemania y deslumbró como prima donna en el teatro de F... A pesar de no ser ya joven, deslumbró a todos con el encanto de su voz, que no había perdido nada. Entretanto, Antonieta había crecido y la madre se deshacía en elogios de la manera de cantar de la niña. Los amigos que Krespel tenía en F... se lo confirmaron, instándole a ir a F... para admirar a las dos sublimes cantantes. Pocos sospechaban el parentesco tan cercano que le unía a ellas. Krespel hubiese visto de muy buena gana a su hija, a la que quería de verdad y con la cual soñaba con frecuencia; pero en cuanto pensaba en su mujer, se ponía de mal humor y se quedaba en su casa, entre sus violines desarmados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Habrá usted oído hablar del compositor B..., de F..., que desapareció de repente sin saber cómo, o quizá le haya conocido. Este individuo se enamoró de Antonieta locamente, y, como quiera que ella le correspondiera, rogó a su madre que consintiera en una unión que había de ser beneficiosa para el arte. Ángela no se opuso, y el consejero accedió también, con tanto más gusto cuanto que las composiciones del joven maestro habían encontrado favor en su severo juicio. Krespel esperaba recibir noticias de haberse consumado el matrimonio, pero, en vez de esto, llegó un sobre de luto escrito por mano desconocida. El doctor B... anunciaba a Krespel que Ángela había enfermado de un grave enfriamiento a la salida del teatro, y, que precisamente la noche antes de ser pedida Antonieta, había muerto. Ángela le había confesado que era mujer de Krespel, y Antonieta, por lo tanto, hija suya, y le rogaba que se apresurase a ir a recoger a la huérfana. Aunque la repentina desaparición de Ángela no dejó de impresionar al consejero, en el fondo se vio libre de un gran peso y sintió que al fin podía respirar con libertad. El mismo día en que recibió la noticia, se puso en camino hacia F... No puede usted figurarse la emoción con que el consejero me pintó su encuentro con Antonieta. En la misma forma extraña de su expresión había algo tan fuerte que no podría nunca repetirlo con exactitud. Antonieta tenía todas las condiciones buenas de su madre y, en cambio, ninguna de las malas. No albergaba ningún demonio que pudiera asomar la cabeza cuando menos se esperase. El novio estaba también allí. Antonieta conmovió a su padre hasta lo más íntimo cantando uno de los motetes del viejo padre Martini70, que sabía le cantara su madre en los tiempos de sus amores. Krespel vertió un torrente de lágrimas; nunca oyó cantar a Ángela de aquella manera. El tono de voz de Antonieta era especial y raro: unas veces semejaba al hálito del arpa de Eolo; otras, el trino del ruiseñor. Parecía como si las notas no tuviesen sitio suficiente en el pecho humano. Antonieta, sofocada de alegría y de amor, cantó y cantó todas sus canciones más lindas y B tocó y tocó entretanto, haciendo aún mayor la inspiración. Krespel oyó primero entusiasmado; luego se quedó pensativo..., silencioso..., ensimismado. Al fin se levantó, estrechó a Antonieta contra su pecho y le rogó en voz baja y sorda:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No cantes más, si me quieres...; me oprimes el corazón..., me da miedo..., miedo...; no cantes más.&lt;br /&gt;
—No —le dijo al doctor R... el consejero al día siguiente—, no era simple semejanza de familia el que su rubor se concentrase, mientras cantaba, en dos manchas rojas sobre las pálidas mejillas; era lo que yo temía.&lt;br /&gt;
El doctor, que al comienzo de esta conversación se mostró muy preocupado, respondió:&lt;br /&gt;
—Quizá consista en haber hecho esfuerzos para cantar en edad demasiado temprana o un defecto de su constitución; pero el caso es que Antonieta padece de una afección de pecho, que precisamente es lo que da ese encanto especial y extraño a su voz, y la hace colocarse por encima de todas las voces humanas. Pero ello mismo puede ser causa de su muerte prematura, pues si continúa cantando no creo que tenga vida para más de seis meses.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A Krespel le pareció que le atravesaban el pecho con cien puñales. Sentía algo así como si en un árbol hermoso brotasen por vez primera las hojas y los capullos y tuviese que arrancarlo de raíz para que no pudiesen florecer más. Tomó una decisión. Explicó el caso a Antonieta y le dio a elegir entre seguir a su novio y las seducciones del mundo y morir en la flor de la juventud o proporcionar a su padre la tranquilidad de su vejez y vivir largos años. Antonieta abrazó a su padre, llorando; no quería comprender toda la verdad del caso temiendo el momento desgarrador de la decisión. Habló con su novio; pero, a pesar de que este prometió que nunca saldría de la garganta de Antonieta una sola nota, el consejero sabía de sobra que el mismo B... no resistiría a la tentación de oír cantar a Antonieta, aunque no fuese más que las composiciones suyas. El mundo, los aficionados a la música, aunque supiesen el padecimiento de Antonieta, no se resignarían a no escucharla, pues la gente es egoísta y cruel cuando se trata de sus placeres. El consejero desapareció con Antonieta de E.. y se trasladó a H... Desesperado, supo B... la partida. Siguió las huellas de los fugitivos, alcanzó al consejero y llegó tras él a H...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Verle una vez más, y después morir —suplicó Antonieta.&lt;br /&gt;
—¿Morir? ¿Morir? —exclamó el padre, iracundo y sintiendo que un escalofrío le estremecía.&lt;br /&gt;
La hija, el único ser en el mundo que podía proporcionarle una alegría jamás sentida, lo único que le ligaba a la vida, imploraba, y él no quería ser cruel con ella; así que decidió que se cumpliese su destino.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
B... se puso al piano. Antonieta cantó. Krespel tocó el violín satisfecho, hasta que en las mejillas de la joven aparecieron aquellas dos manchas fatídicas. Entonces mandó callar. Pero cuanto Antonieta se despidió de B... cayó al suelo lanzando un grito.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Yo creí —así dijo Krespel—, creí que la predicción se cumplía y que estaba muerta; y como no era para mí una novedad, pues me había colocado en lo peor desde el principio, tuve cierta serenidad. Cogí a B... —que con el sombrero tenía el aspecto más ridículo y tonto del mundo— por los hombros, y le dije —el consejero adoptó su voz cantarina—: «Ya que usted, señor pianista, como se había propuesto, ha asesinado a su querida novia, puede usted marcharse tranquilamente, pues si permanece aquí mucho tiempo es posible que le clave en el corazón un cuchillo de monte, para que su sangre dé color a las mejillas de mi hija, que, como usted ve, están muy pálidas. Huya pronto de aquí si no quiere que le persiga o arroje sobre usted un arma». Indudablemente, estas palabras las debí pronunciar en un tono terrible, pues, lanzando un grito de espanto, el bueno de B... se separó de mí y salió precipitado de la casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando se marchó B..., el consejero volvió al aposento donde se hallaba Antonieta tendida en el suelo, sin conocimiento. Vio que trataba de incorporarse, que abría un poco los ojos, pero que volvía a cerrarlos como si se hubiera muerto. Krespel comenzó a gritar inconsolable. El médico, que acudió al llamamiento del ama de llaves, declaró que Antonieta padecía un ataque grave, pero que no era de peligro; y, en efecto, se restableció rápidamente, mucho antes de lo que su padre se podía imaginar. La joven se unió a Krespel íntimamente, demostrándole un cariño sin límites; se compenetró con sus caprichos, con sus rarezas y sus extravagancias. Le ayudaba a desarmar violines antiguos y a armar los modernos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No quiero cantar más, sino vivir para ti —decía muchas veces, sonriendo, a su padre, cuando se había negado a acceder al ruego de alguien que le había pedido que cantase.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Krespel, sin embargo, procuraba evitar estos momentos, y por eso aparecía muy poco en sociedad y evitaba sobre todo que se encontrase donde hubiese música. Sabía muy bien lo duro que era para Antonieta el renunciar al arte en que se había distinguido tanto. Cuando Krespel compró el admirable violín que enterrara con Antonieta y lo iba a desarmar, su hija le miró con mimo y le preguntó:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿También este?&lt;br /&gt;
El consejero no sabía qué fuerza superior le impulsó a dejar intacto el violín y a tocar en él. Apenas comenzó a tocar las primera notas, cuando Antonieta exclamó:&lt;br /&gt;
—Ahí estoy yo... Ese es mi canto...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En verdad, los sonidos argentinos de aquel instrumento tenían algo maravilloso, parecían salir del pecho humano. Krespel se sintió profundamente conmovido; tocó con más gusto que nunca, y conforme atacaba las escalas, dándoles toda la expresión de que era capaz, Antonieta palmoteaba y exclamaba encantada:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¡Qué bien lo he hecho! ¡Qué bien lo he hecho!&lt;br /&gt;
Desde aquella época su vida fue mucho más tranquila y alegre. Muchas veces le decía a su padre:&lt;br /&gt;
—Quisiera cantar un poco, padre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Krespel descolgaba el violín y tocaba las más lindas canciones de Antonieta, lo cual le producía inmensa alegría. Poco antes de llegar yo, el consejero creyó oír en el cuarto junto al suyo que tocaban el piano; escuchó atento y distinguió claramente que B... preludiaba una pieza con su estilo acostumbrado. Quiso levantarse, pero se sintió como preso por fuertes ligaduras que no le permitieron moverse. Antonieta comenzó a entonar en voz baja una canción, llegando poco a poco a subir, subir hasta el fortissimo, y bajando de nuevo al tono profundo en que B... escribiera para ella una de sus canciones amorosas conforme al estilo del antiguo maestro. Krespel me decía que se encontraba en una situación incomprensible, pues sentía una satisfacción inmensa al tiempo que una profunda angustia. De repente le rodeó una gran claridad y vio a Antonieta y a B... abrazados y contemplándose con arrobo. Las notas de la canción y las del acompañamiento seguían sonando sin que Antonieta cantase ni B... pusiese las manos en el instrumento. El consejero cayó en una especie de desmayo, en el cual siguió oyendo la música y viendo la imagen. Cuando volvió en sí, le pareció que había tenido una pesadilla horrible. Precipitadamente penetró en el cuarto de Antonieta. Con los ojos cerrados, iluminado su rostro por una sonrisa celestial, con las manos cruzadas, yacía sobre el sofá, como si estuviese dormida y soñase con todas las delicias del cielo. Estaba muerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;a href="http://en.wikipedia.org/wiki/E._T._A._Hoffmann" target="_blank"&gt;E.T.A. Hoffmann &lt;/a&gt; © (1776-1822)&lt;br /&gt;
(Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann)&lt;/blockquote&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>La sombra de Hans Christian Andersen </title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/03/la-sombra-de-hans-christian-andersen.html</link><category>Cuento infantil</category><category>Dinamarca</category><category>Hans Christian Andersen</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Sat, 21 Mar 2015 22:01:00 -0700</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-9069431967080993270</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEisCqg4EioOAoh0ZQ_3R4JNTkNTOtWX-xHEMdb7VFeOcg5GHsz-Czx9v-BNBzxeh4m-MrTgZqb-jEIZHxc3CsWzk98SZJkWGCkYKO6kaYpvQzwI9vzT3ne7UFFX0q-TwZggACIdaQLMDF4q/s1600/LibrosE.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEisCqg4EioOAoh0ZQ_3R4JNTkNTOtWX-xHEMdb7VFeOcg5GHsz-Czx9v-BNBzxeh4m-MrTgZqb-jEIZHxc3CsWzk98SZJkWGCkYKO6kaYpvQzwI9vzT3ne7UFFX0q-TwZggACIdaQLMDF4q/s1600/LibrosE.jpg" height="118" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba; tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía vagabundear, como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. Él y toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar. Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se había puesto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por toda la pared, incluso hasta el techo, tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle -y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones- había gente asomada, porque uno tiene que respirar, por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba. Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces -sí, más de mil había encendidas-. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los coches, los asnos pasaban -¡tilín, tilín, tilín!- sonando los cascabeles. Había entierros y cantos fúnebres, los chicos disparaban cohetes y las campanas volteaban -sí, había una vida tremenda en la calle-. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser regadas -luego, alguien debía haber allí. La puerta del balcón aparecía también abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo encontraba extraordinario en los países cálidos -excepto lo referente al sol-. Su casero dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie, y en cuanto a la música se refería, creía que era horriblemente aburrida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar, siempre la misma. «¡Pues lo tengo que sacar!», dice, pero no lo consigue por mucho que toque.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche el extranjero despertó; dormía con la puerta del balcón abierta. La cortina se levantó con el viento, y le pareció que venía una luz fantástica del balcón de enfrente. Todas las flores resplandecían como llamas de los colores más espléndidos y en medio de las flores se encontraba una esbelta, atractiva doncella, que parecía también resplandecer. De tal forma lo deslumbró, que abrió los ojos desmesuradamente y se despertó del todo. De un salto estuvo en el suelo, muy despacio se acercó a la cortina pero la doncella había desaparecido, el resplandor se había apagado; las flores no brillaban, pero seguían siendo tan bonitas como siempre; la puerta estaba entornada y de las profundidades venía una música tan suave y encantadora, que inspiraba los más dulces pensamientos. Era, sin embargo, como cosa de magia -y ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la verdadera entrada? Todo el piso bajo era una tienda tras otra y no era posible que la gente pasara por ellas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen las sombras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente -dijo el sabio-. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la sombra fuese tan lista como para entrar, mirar en torno suyo y venir después a contarme lo que hubiera visto! Sí, haz algo útil -dijo en broma-. ¡Vamos entra! ¡Vamos, ahora!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Anda, pero no te pierdas!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y el extranjero se levantó, y su sombra allá en el balcón de enfrente se levantó también; y el extranjero se volvió y la sombra se volvió también; si por acaso alguien hubiera estado observando, hubiera visto claramente que la sombra se colaba por la puerta entornada en la casa de enfrente, al tiempo que el extranjero entraba en su cuarto y corría la larga cortina tras de sí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la mañana siguiente salió el sabio a tomar café y leer los periódicos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué pasa? -dijo, cuando salió al sol-. ¡Me he quedado sin sombra! Se marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún. ¡Qué fastidio!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y eso lo enojó, no tanto porque la sombra se hubiera ido, sino porque sabía la existencia de una historia sobre el hombre sin sombra, conocida por todos en su patria allá en los países fríos, y en cuanto el sabio regresara y contase la suya, dirían que la había copiado, y eso no le hacía maldita gracia. Por tanto, no diría una palabra, lo cual estaba muy bien pensado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por la noche salió de nuevo al balcón. Había colocado la luz detrás de sí, en la debida posición, porque sabía que la sombra gusta de tener siempre a su dueño por pantalla, pero no pudo atraerla. Se encogió, se estiró, pero no había sombra alguna que volviera. Dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ejem! ¡Ejem! -pero sin resultado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era un fastidio, pero en los países cálidos todo crece tan rápidamente que al cabo de ocho días observó, con gran satisfacción, que le crecía una sombra de las piernas cuando salía el sol -quizá la raíz había quedado dentro-. A las tres semanas, tenía una sombra de considerables dimensiones que, cuando regresó a su patria en los países nórdicos, creció más y más durante el viaje, hasta que al final era tan larga y tan grande que la mitad hubiera bastado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De esta forma regresó el sabio a su casa y escribió libros sobre cuanto había de verdadero en el mundo, lo que había de bueno y de hermoso, y pasaron días y pasaron años; pasaron muchos años.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una noche estaba sentado en su cuarto cuando llamaron muy quedamente a la puerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Adelante! -contestó, pero nadie entró. Así es que fue a abrir y vio ante él a un hombre tan sumamente delgado que quedó atónito. Por lo demás, el hombre iba espléndidamente vestido, debía ser una persona distinguida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Con quién tengo el honor de hablar? -preguntó el sabio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ah!, ya pensé que no me reconocería -dijo el hombre elegante-. Me he hecho tan corpóreo que hasta tengo carne y ropas. Seguro que nunca había pensado usted en verme en tal prosperidad. ¿No reconoce usted a su vieja sombra? No creía usted que volvería, ¿verdad? Me ha ido espléndidamente desde que estuve con usted. ¡He sido, en todos los sentidos, muy afortunado! Si tuviera que rescatar mi libertad, podría hacerlo -y repiqueteó un manojo de preciosos dijes que colgaban del reloj y pasó la mano por la gruesa cadena de oro que llevaba al cuello. ¡Huy!, todos los dedos fulguraron con anillos de diamantes, todos auténticos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No, no puedo hacerme idea de lo que significa esto -dijo el sabio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ya, no es nada corriente -dijo la sombra-, pero usted tampoco es nada corriente y yo, bien sabe usted, desde que era así de chiquito he seguido sus huellas. En cuanto usted descubrió que yo estaba a punto para ir solo por el mundo, seguí mi camino. Me encuentro en una situación excepcionalmente afortunada, pero me ha acometido cierto deseo de volverlo a ver antes de que usted muera -porque usted ha de morir-. También me gustaría visitar este país, porque la patria siempre tira. Veo que tiene usted otra sombra. ¿Le debo algo a ella, o bien a usted? Hágame el favor de decírmelo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Bueno! ¿Pero eres tú? -dijo el sabio- ¡Es extraordinario! ¡Nunca habría creído que la vieja sombra de uno pudiera regresar como persona!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dígame cuánto le debo -dijo la sombra-, porque no me gustaría deberle nada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cómo puedes hablar así? -dijo el sabio-. ¿De qué deuda hablas? No me debes nada. Me alegra extraordinariamente tu suerte. Siéntate, querido amigo, y cuéntame cómo te ha ido y lo que viste en la casa de enfrente, allá en los países cálidos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí que le contaré -dijo la sombra, y se sentó-, pero antes me tiene usted que prometer que no ha de decirle a nadie en la ciudad, caso de que nos encontremos, que yo he sido su sombra. Pienso casarme; puedo de sobra mantener una familia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Estate tranquilo! -dijo el sabio-. No le diré a nadie quién eres en realidad. Ésta es mi mano. ¡Palabra de hombre!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Palabra de sombra! -dijo la sombra, que era lo que le correspondía decir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era, por otra parte, de veras notable lo humana que se había vuelto la sombra. Vestía del más riguroso negro y el paño más selecto, botas de charol y sombrero que podía cerrarse, hasta quedar reducido a corona y alas -sin hablar de lo ya mencionado: dijes, cadenas de oro y anillos de diamantes. Ya lo creo: la sombra iba extraordinariamente bien vestida, y era precisamente esto la que la hacía tan humana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ahora voy a contarle -dijo la sombra, y plantó sus botas de charol lo más fuerte que pudo sobre el brazo de la nueva sombra del sabio, que yacía como un perro faldero a sus pies. Y esto lo hizo bien por orgullo, bien con la intención de que se le quedase pegada. Y la sombra del suelo permaneció quieta y en silencio, resuelta a no perder detalle; deseaba, sobre todo, enterarse de cómo puede uno manumitirse y llegar a convertirse en su propio señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Sabe usted quién vivía en la casa de enfrente? -dijo la sombra-. ¡La más bella de todas, la Poesía! Estuve allí tres semanas y su efecto ha sido como si hubiera vivido tres mil años y hubiera leído cuanto se ha cantado y se ha escrito. Lo digo y es cierto. ¡Lo he visto todo y lo sé todo!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡La Poesía! -gritó el sabio-. Sí, sí, vive con frecuencia en las grandes ciudades, en soledad. ¡La Poesía! ¡Sí la vi tan sólo un instante, pero el sueño pesaba en mis ojos! Estaba en el balcón y brillaba como brilla la aurora boreal. ¡Cuenta, cuenta! Estabas en el balcón, entraste por la puerta, ¿y después?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me encontré en la antesala -dijo la sombra-. Lo que usted siempre veía era la antesala. No había luz alguna, sólo una especie de crepúsculo, pero las puertas daban unas a otras en una larga serie de salas y salones; y estaba tan iluminado, que la luz me hubiera matado de haber ido directamente ante la doncella; pero fui prudente, y tomé tiempo -como debe hacerse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Y entonces qué viste? -preguntó el sabio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Lo vi todo, y se lo contaré, pero... no es orgullo por mi parte; pero... como ser libre que soy y con los conocimientos que tengo, para no hablar de mi buena posición, mis excelentes relaciones... , desearía que me llamase de usted.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Dispense usted! -dijo el sabio-. Son los viejos hábitos los que más cuesta abandonar. Tiene usted toda la razón y lo tendré presente. Pero cuénteme ahora lo que vio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Todo! -dijo la sombra-. Lo vi todo y lo sé todo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Qué aspecto tenían los cuartos interiores? -preguntó el sabio-. ¿Eran como el fresco bosque? ¿Eran como un templo? ¿Eran los cuartos como el cielo estrellado, cuando se está en las altas montañas?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Todo estaba allí! -dijo la sombra-. No entré hasta el final, me quedé en el cuarto delantero, a media luz, pero era un puesto excelente, ¡lo vi todo y lo supe todo! He estado en la corte de la Poesía, en la antesala.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Pero qué es lo que vio? ¿Estaban en el gran salón todos los dioses de la Antigüedad? ¿Luchaban allí los viejos héroes? ¿Jugaban niños encantadores y contaban sus sueños?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Le digo que estuve allí y debe comprender que vi todo lo que había que ver. Si usted hubiera estado allí, no se habría convertido en ser humano, pero yo sí. Y además aprendí a conocer lo íntimo de mi naturaleza, lo congénito, el parentesco que tengo con la Poesía. Sí, cuando estaba con usted no pensaba en ello, pero siempre, sabe usted, al salir y al ponerse el sol, me hacía extrañamente largo; a la luz de la luna me recortaba casi con mayor precisión que usted. Yo no entendía entonces mi naturaleza, en la antesala se me reveló. Me volví ser humano. Al salir había completado mi madurez, pero usted ya no estaba en los países cálidos. Me avergoncé como hombre de ir como iba, necesitaba botas, trajes, todo este barniz humano, que hace reconocible al hombre. Me refugié -sí, puedo decírselo, usted no lo contará en ningún libro-, me refugié en las faldas de una vendedora de pasteles, bajo ellas me escondí; la mujer no tenía idea de lo que ocultaba. No salí hasta que llegó la noche; corrí por la calle a la luz de la luna. Me estiré sobre la pared -¡qué deliciosas cosquillas produce en la espalda! Corrí arriba y abajo, curioseé por las ventanas más altas, tanto en el salón como en la buhardilla. Miré donde nadie puede mirar, y vi lo que ningún otro ve, lo que nadie debe ver. Si bien se considera, éste es un cochino mundo. No querría ser hombre, si no fuera porque está bien considerado el serlo. Vi las cosas más inimaginables en las mujeres, los hombres, los padres y los encantadores e incomparables niños; vi -dijo la sombra- lo que ningún hombre debe conocer, pero lo que todos se perecerían por saber: lo malo del prójimo. Si hubiera publicado un periódico, ¡lo que se hubiera leído! Pero yo escribía directamente a la persona en cuestión y se producía el pánico en todas las ciudades adonde iba. Llegaron a tenerme terror y grandísima consideración. Los profesores me nombraron profesor, los sastres me hacían trajes nuevos -no me faltaba de nada. El tesorero del reino acuñaba monedas para mí y las mujeres decían que yo era muy guapo -y así llegué a ser el hombre que soy. Y ahora me despido. Ésta es mi tarjeta. Vivo en la acera del sol y estoy siempre en casa cuando llueve.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y la sombra se marchó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué extraordinario! -dijo el sabio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pasó tiempo y tiempo y la sombra volvió.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cómo le va? -preguntó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Ay! -dijo el sabio-. Escribo acerca de lo verdadero, lo bueno y lo bello, pero nadie se interesa por mi obra. Estoy desesperado, porque son cosas a las que concedo gran importancia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pues a mí no me ocurre igual -dijo la sombra-. Yo, mientras, engordando, que es lo que hemos de procurar. Usted no entiende el mundo y terminará por caer enfermo. Tiene que viajar. Me iré de viaje este verano. Venga conmigo. Me gustaría llevar un compañero. ¿Quiere usted venir conmigo, como mi sombra? Será para mí un gran placer el llevarle, ¡le pago el viaje!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué disparate! -dijo el sabio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Según como se mire! -dijo la sombra-. El viajar le sentará de maravilla. Si consiente usted en ser mi sombra, todo correrá de mi cuenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Esto ya es el colmo! -protestó el sabio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero así va el mundo -dijo la sombra-, y así seguirá -y se marchó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las cosas no le iban nada bien al sabio, la pena y la preocupación seguían haciendo presa en él, y sus opiniones sobre lo verdadero, lo bueno y lo bello interesaban tanto al público como las rosas a una vaca -hasta que al final cayó enfermo de consideración.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Parece usted totalmente una sombra! -le decía la gente, y esto le produjo un escalofrío, porque le hizo pensar en ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Lo que debe hacer es tomar las aguas -dijo la sombra, que vino de visita-. No hay nada igual. Lo llevaré conmigo, por el aquel de nuestra vieja amistad. Yo pago el viaje y usted se encarga de llevar un diario con lo que me resultará el camino más divertido. Quiero ir a un balneario, mi barba no crece como debiera -eso es también una enfermedad- y una barba es algo indispensable. Sea razonable y acepte la invitación, viajaremos como amigos, por supuesto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así viajaron; la sombra hacía de señor y el señor hacía de sombra. Fueron juntos en coche, a caballo, a pie -al lado uno de otro, delante o detrás, según la posición del sol. La sombra sabía ponerse siempre en el lugar del señor, mientras el sabio no prestaba atención a semejante cosa. Tenía un corazón excelente y era sumamente cortés y afectuoso, así que un día le dijo a la sombra:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Puesto que nos hemos convertido en compañeros de viaje y, además, hemos crecido juntos desde la infancia, ¿por qué no nos tuteamos? Sería más íntimo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-En eso que dice -contestó la sombra, que ahora era el verdadero señor- hay mucha franqueza y buena intención, por lo que seré igualmente bienintencionado y franco. Usted, como sabio que es, sabe sin duda lo especial que es la naturaleza. Hay quien no aguanta el roce del papel gris, lo pone enfermo. A otros se les pasa todo el cuerpo si se rasca un clavo contra un vidrio. Lo mismo siento yo cuando lo oigo tutearme, es como si me empujasen de nuevo a mi primer empleo con usted. No se trata de orgullo, sino, como verá, de una sensación. Pero si no puedo permitirle que me trate de tú, con mucho gusto lo tutearé a usted, como fórmula de compromiso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así la sombra tuteó a su antiguo señor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué absurdo -pensó éste- que yo le hable de usted y él me tutee! -pero no tuvo más remedio que aguantarlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al fin llegaron a un balneario, donde había muchos extranjeros, y entre ellos una encantadora princesa que padecía la enfermedad de tener una vista agudísima, lo que era en extremo alarmante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al instante observó que el recién llegado era por completo diferente a los otros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Dicen que ha venido para hacer crecer su barba, pero yo veo la verdadera causa- no tiene sombra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llena de curiosidad, entabló inmediatamente conversación con el caballero extranjero durante el paseo. Como princesa que era, no se andaba con muchos miramientos, por lo que le dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-A usted lo que le ocurre es que no tiene sombra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Vuestra Alteza Real debe haber mejorado notablemente -dijo la sombra-. Sé que su dolencia consiste en que ve demasiado bien, pero debe haber desaparecido; está curada. Precisamente yo tengo una sombra muy extraña. ¿No ha visto a la persona que siempre me acompaña? Otros tienen una sombra vulgar, pero yo detesto lo corriente. Igual que se viste al criado con librea de mejor paño que el que uno usa, he ataviado a mi sombra como si fuese una persona. Vea que hasta le he proporcionado una sombra. Es muy costoso, pero me gusta tener algo excepcional.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cómo? ¿Será posible que me haya curado de verdad? -pensó la Princesa-. ¡Este balneario es único! El agua tiene en nuestros días propiedades asombrosas. Pero no me marcho, porque ahora comienza a estar esto divertido. El extranjero me gusta extraordinariamente. Con tal de que no le crezca la barba y se marche.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero más aún lo era él. Nunca había tenido la Princesa pareja semejante. Ella le dijo qué país era el suyo y él lo conocía. Lo había visitado, en ocasión en que ella estaba ausente. Había curioseado por las ventanas aquí y allá y visto de todo, por lo que pudo contestar a la Princesa y hacer alusiones que la dejaron estupefacta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Debe ser el hombre más sabio del mundo -pensó, tal era su admiración por lo que sabía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y cuando bailaron de nuevo, la Princesa quedó enamoradísima, de lo que la sombra se dio cuenta, porque ella lo atravesaba con su mirada. A esto siguió otro baile y ella estuvo a punto de decírselo, pero mantuvo su serenidad y pensó en su país y en su reino, y en las muchas personas sobre las que reinaría.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Es un sabio -se dijo-, lo cual es cosa buena. Y baila espléndidamente, lo cual es también bueno. Pero me pregunto si tendrá conocimientos profundos, y eso es también importante. Intentaré examinarlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y entonces comenzó poco a poco a hacerle las más difíciles preguntas, que ni ella misma hubiera podido contestar; y la sombra puso una cara sumamente extraña.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡No sabe usted la respuesta! -dijo la Princesa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Lo aprendí de párvulo -dijo la sombra-. Creo que hasta mi sombra, allí junto a la puerta, sabrá contestar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Su sombra! -dijo la Princesa-. Sería en verdad extraordinario.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bueno, no digo que lo sepa -dijo la sombra-, pero creo que sí. Me ha seguido y oído durante tantos años, que creo que sí. Pero Vuestra Alteza Real permitirá que le advierta que pone tanto empeño en hacerse pasar por una persona, que para tenerle de buen humor -y debe estarlo para contestar bien- ha de ser tratado precisamente como una persona.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me complacerá hacerlo -dijo la Princesa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y se acercó al sabio que estaba junto a la puerta y habló con él del sol y de la luna, de unos y de otros, y él contestó con todo acierto y cordura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cómo será este hombre, cuando tiene una sombra tan sabia? -pensó ella-. Será una auténtica bendición para mi pueblo y mi reino, si lo elijo como esposo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y ambos estuvieron de acuerdo, la Princesa y la sombra, pero nadie debía saberlo antes de que ella regresase a su reino.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Nadie, ni siquiera mi sombra! -dijo la sombra, y tenía sus particulares razones para ello.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tras esto, fueron al país donde reinaba la Princesa, una vez que había ella regresado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Escucha, amigo mío -dijo la sombra al sabio-. He llegado a ser cuan afortunado y poderoso puede ser un hombre. Ahora haré algo extraordinario por ti. Vivirás siempre conmigo en Palacio, irás conmigo en mi carroza real y tendrás cien mil escudos al año. Pero permitirás que todos te llamen sombra; no deberás decir nunca que fuiste hombre, y una vez al año, cuando me siente al sol en el balcón para mostrarme al pueblo, tendrás que tenderte a mis pies, como debe hacerlo una sombra. Has de saber que me caso con la Princesa. Esta noche será la boda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡No, eso es monstruoso! -dijo el sabio-. ¡No quiero, no lo haré! ¡Sería defraudar al país y a la Princesa! ¡Lo diré todo! Que yo soy el hombre y tú la sombra. ¡Que apenas eres un disfraz!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No lo creerá nadie -dijo la sombra-. ¡Sé razonable o llamo a la guardia!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Iré a ver a la Princesa! -dijo el sabio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero yo iré primero -dijo la sombra-, y tú irás al calabozo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así fue, porque los centinelas lo obedecieron al saber que iba a casarse con la Princesa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Estás temblando! -dijo la Princesa, cuando la sombra fue a visitarla-. ¿Ha ocurrido algo? No irás a ponerte enfermo esta noche, en que vamos a casarnos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me ha sucedido la cosa más terrible que pueda ocurrir -dijo la sombra-. ¡Imagínate -claro, una pobre cabeza de sombra como ésa es incapaz de resistir mucho-; imagínate, mi sombra se ha vuelto loca, cree que ella es el hombre y que yo -imagínate, si puedes-, que yo soy su sombra!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué horror! -dijo la Princesa-. ¿Lo habrán encerrado, supongo?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí. Me temo que nunca recupere la razón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Pobre sombra! -dijo la Princesa-. Qué desdicha para él. Sería una verdadera obra de caridad liberarlo de la mezquina vida que lleva y cuando pienso en ello, creo que se hace preciso el quitársela con toda discreción.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Resulta cruel -dijo la sombra- porque era un buen sirviente -y pareció dar un suspiro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¡Qué nobles sentimientos! -dijo la Princesa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La Princesa y la sombra se asomaron al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq"&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Hans_Christian_Andersen" target="_blank"&gt;Hans Christian Andersen&lt;/a&gt;&amp;nbsp;©&amp;nbsp;(1805 - 1875)&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEisCqg4EioOAoh0ZQ_3R4JNTkNTOtWX-xHEMdb7VFeOcg5GHsz-Czx9v-BNBzxeh4m-MrTgZqb-jEIZHxc3CsWzk98SZJkWGCkYKO6kaYpvQzwI9vzT3ne7UFFX0q-TwZggACIdaQLMDF4q/s72-c/LibrosE.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>No se culpe a nadie de Julio Cortázar</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/03/no-se-culpe-nadie-de-julio-cortazar.html</link><category>Argentina</category><category>Cuento</category><category>Julio Cortázar</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Thu, 19 Mar 2015 18:19:00 -0700</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-8477481578789624506</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s1600/Cuentos-ban.jpg" height="118" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;blockquote&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Cort%C3%A1zar" target="_blank"&gt;Julio Cortázar&lt;/a&gt; © (1914-1984)&lt;/div&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;div style="text-align: right;"&gt;
&lt;i&gt;(Final del juego, 1956)&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEguxth4AscqQVsZmJ6oyoWlu0hxCBh8wM5joshAtxq1adxzM6Nd258o9k3ZMyzami0xaCPuaWVF92ECGTGbUXm-DQU0vH8INrvdb3sA1E9ZcGGGrfwMVzLuvIBZSM1q85P0-tvomS7kxBlB/s72-c/Cuentos-ban.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>La sonrisa del cyborg de Isaac Asimov</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/03/la-sonrisa-del-cyborg-de-isaac-asimov.html</link><category>Cuento</category><category>Estados Unidos</category><category>Isaac Asimov</category><category>Rusia</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 6 Mar 2015 18:53:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-3449631116869683602</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="107" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s1600/cuento.png" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Johnson estaba rememorando del modo en que lo hacen los viejos y me habían advertido de que hablaría acerca de los cyborg -esas personas que cruzaron velozmente la escena de los negocios a comienzos de este siglo XXI nuestro. Aun así, había tomado una buena comida a su cargo y estaba listo para escuchar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, como sucedió, fue la primera palabra que salió de su boca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Los cyborg -dijo- no estaban regulados en aquellos días. Hoy en día, su empleo está tan controlado que nadie puede obtener ningún beneficio de ellos, pero hace un tiempo... Uno de ellos hizo a esta compañía el negocio de diez mil millones de dólares que ahora es. Yo lo elegí, ¿sabe?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me dijeron que no duraron mucho -dije.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-No en esos días. Se extinguieron. Cuando uno agrega microchips en puntos clave del sistema nervioso, luego, en diez años a lo sumo, el cableado se funde, por así decirlo. Luego se retiraron... -una pequeña laguna- conformes, ¿sabe?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Me extraña que alguien se sometiera a eso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Bueno, los idealistas estaban horrorizados, por supuesto, y es por eso que llegó la regulación, pero no fue tan malo para los cyborg. Solo ciertas personas podían hacer uso de los microchips ­cerca del ochenta por ciento de ellos eran varones, por alguna razón- y, para el tiempo en que estuvieron activos, vivieron vidas de magnates navieros. Después de eso, siempre recibieron el mejor de los cuidados... no diferente del que recibían los atletas de primera línea, después de todo; diez años de vida joven activa, y luego el retiro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Johnson sorbió de su trago.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Un cyborg no-regulado podía influenciar las emociones de otras personas, ¿sabe?, si estaban bien instalados los chips y tenían talento. Podían emitir juicios sobre la base de lo que percibían en otras mentes y podían reforzar algunos de los juicios que estaban haciendo los competidores, o despertarlos para bien de la compañía local. No era injusto. Las otras compañías tenían a sus propios cyborg haciendo lo mismo -suspiró-. Ahora, ese tipo de cosas es ilegal. Es una pena.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Escuché que esa ilegal colocación de chips sigue haciéndose -le dije, confidente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Johnson gruñó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sin comentario -dijo, y lo dejé pasar-. Pero incluso hace treinta años -continuó-, las cosas estaban todavía a la vista de todos. Nuestra compañía era solo un punto insignificante en la economía global, pero habíamos localizados dos cyborg que deseaban trabajar para nosotros.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Dos? Nunca antes escuché eso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Johnson me miró ladinamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, nosotros lo arreglamos. No es ampliamente conocido en el mundo exterior, pero devino en un reclutamiento inteligente y eso era ligeramente -sólo una pizca- ilegal., incluso entonces. Por supuesto, no pudimos contratarlos a los dos. Conseguir que dos cyborg trabajen juntos es imposible. Son como los grandes maestros de ajedrez, supongo. Póngalos en la misma habitación y automáticamente se desafiarán mutuamente. Competirían continuamente, cada uno intentando influir y confutar al otro. No se detendrían -realmente no podrían- y se fundirían el uno al otro en seis meses. Varias compañías lo averiguaron, a gran costo, cuando los cyborg entraron en operación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Puedo imaginarlo -murmuré.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-De modo que ya que no podíamos tener a los dos, y solo a uno, queríamos al más poderoso, obviamente, y eso solo podía ser determinado oponiendo el uno al otro, sin permitir que se arruinaran. Me dieron a mí ese trabajo, y estaba bastante claro que si escogía a uno que, al final, resultara inadecuado, también sería mi final.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Cómo lo hizo, señor?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sabía que había tenido éxito, por supuesto. Una persona no puede convertirse en el presidente del consejo de una firma de nivel mundial por nada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Tuve que improvisar -dijo Johnson-. Primero, investigué a cada uno por separado. Los dos eran conocidos por sus códigos, para decir la verdad. Es esos días, sus verdaderas identidades tenían que estar ocultas. Un cyborg que se supiera que era un cyborg era medio inútil. Ellos eran C-12 y F-71 en nuestros registros. Ambos estaban al final de los veinte. C-12 no tenía compromisos; F-17 estaba comprometido para casarse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Casarse? -dije, un poco sorprendido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Por cierto. Los cyborg son humanos, y los cyborg masculinos son muy buscados por las mujeres. Es seguro que serán ricos y, cuando se retiren, sus fortunas estarán habitualmente bajo el control de sus esposas. Es un buen partido para una joven... Entonces los puse juntos, con la novia de F-71. Deseaba ansiosamente que ella fuera guapa, y lo era. Encontrarme con ella fue casi un impacto físico para mí. Era la mujer más hermosa que hubiera visto jamás, alta, de ojos oscuros, con una figura maravillosa, y apenas algo más que una insinuación de ardiente sexualidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Johnson pareció perderse en sus pensamientos por un momento, luego continuó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Le digo que tuve la fuerte inclinación de ganar a la mujer para mí mismo pero no era posible que cualquiera que tuviera un cyborg lo transfiriera a un simple ejecutivo novel, que es lo que yo era en esos días. Transferirse ella misma a otro cyborg sería otra cosa... y pude ver que C-12 estaba tan afectado como yo. No le podía quitar los ojos de encima. De modo que permití que las cosas evolucionaran para ver quién terminaba con la joven.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Y quién fue, señor? -pregunté.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Llevó dos días de intenso conflicto mental. Cada uno debía haber consumido un mes de sus vidas laborales, pero la joven salió con C-12 como su nuevo novio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ah, entonces usted escogió a C-12 como el cyborg de la firma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Johnson me miró fijo con desdeño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Está loco? No hice tal cosa. Elegí a F-71, por supuesto. Ubicamos a C-12 en una pequeña subsidiaria nuestra. No sería bueno para nadie más, ya que le conocíamos, ¿sabe?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero, ¿me perdí de algo? Si F-71 perdió a su novia, y C-12 la ganó... seguramente C-12 era superior.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿Lo era? Los cyborg no muestran emociones en casos como este; no emociones obvias. Es necesario para los propósitos comerciales que los cyborg escondan su poder, de modo que la cara de póquer es una necesidad profesional para ellos. Pero yo estaba observando muy de cerca -mi propio trabajo estaba en riesgo- y, cuando C-12 salió con la mujer, noté una pequeña sonrisa en los labios de F-71, y me pareció que había un brillo de victoria en sus ojos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero perdió a su novia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-¿No se le ocurre que quería perderla y que no sería fácil disimular su entrega? Tuvo que trabajar sobre C-12 para que la quisiera, y sobre la mujer para que quisiera ser querida... y lo hizo. Ganó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pensé sobre el asunto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero, ¿cómo pudo estar seguro? Si la mujer era tan guapa como dijo que era... si estaba radiante de sexualidad, seguramente F-71 habría querido retenerla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Pero F-71 estaba haciendo que ella se viera deseable -dijo Johnson con tono grave-. Apuntó a C-12, por supuesto, pero con tanta fuerza que el exceso fue suficiente para afectarme drásticamente. Después de que todo pasara, y que C-12 se quedara con ella, no estuve más bajo la influencia y pude ver que había algo duro y podrido en ella... una especie de brillo egoísta y depredador en sus ojos. De modo que escogí a F-71 inmediatamente y fue todo lo que podíamos desear. La firma está ahora donde usted ve, y soy el presidente del consejo.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Isaac_Asimov" target="_blank"&gt;Isaac Asimov&lt;/a&gt; ©&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Primera dama de Augusto Monterroso </title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/03/primera-dama-de-augusto-monterroso.html</link><category>Augusto Monterroso</category><category>Cuento</category><category>Guatemala</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 6 Mar 2015 17:19:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-7277184768713756431</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s1600/cuento.png" height="107" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi marido dice que son tonteras mías, pensaba; pero lo que quiere es que yo sólo me esté en la casa, matándome como antes. Y eso sí que no se va a poder. Los otros le tendrán miedo, pero yo no. Si no le hubiera ayudado cuando estábamos bien fregados, todavía. ¿Y por qué no voy a poder recitar, si me gusta? El hecho de que él sea ahora Presidente, en vez de ser un obstáculo debería hacerlo pensar que así le ayudo más. Y es que los hombres, sean presidentes o no, son llenos de cosas. Además, yo no voy a andar recitando en cualquier parte como una loca sino en actos oficiales o en veladas de beneficencia. Sí pues, si no tiene nada de malo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tenía nada de malo. Terminó de bañarse. Entró en su dormitorio. Mientras se peinaba, vio en el espejo, detrás de ella, los estantes llenos de libros en desorden. Novelas. Libros de poesía. Pensó en algunos y en lo mucho que le gustaban. Antologías de las mil mejores poesías universales, titanes y recitadores sin maestro en los que había señalado con papelitos los poemas más bellos. Reír llorando, La cabeza del rabí. ¡Trópico! A una madre. Dios mío, de dónde sacaban tanto tema. Pronto ya no iban a caber los libros en la casa. Pero aunque uno no los leyera todos, eran la mejor herencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sobre el tocador tenía varios ejemplares del programa de esa noche. Sí se animara a dar un recital ella sola. Hasta ahora no había organizado ninguno, por modestia. Sabía, sin embargo, que de cualquier manera ella era la figura principal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta vez se trataba de una velada preparada algo a la carrera para el Desayuno Escolar. Alguien había notado que los niños de las escuelas andaban medio desnutridos, y que algunos se desmayaban a eso de las once, tal vez cuando el maestro estaba en lo mejor. Al principio lo atribuyeron a indigestiones, más tarde a una epidemia de lombrices (Salubridad) y sólo al final, durante una de sus frecuentes noches de insomnio, el Director General de Educación, nebulosamente, sospechó que podrían ser casos de hambre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando el Director General convocó a un buen número de padres de familia, la mayoría se indignó de viva voz ante la suposición de que fueran tan pobres, y, por orgullo frente a los demás, ninguno estuvo dispuesto a aceptarlo. Pero en cuanto se disolvió la reunión, varios de ellos, individualmente, se acercaron al Director y reconocieron que en ocasiones —no siempre, claro— mandaban a sus hijos a la escuela sin nada en el estómago. El Director se asustó al confirmar su sospecha y decidió que era necesario hacer algo pronto. Por fortuna recordó que el Presidente había sido su compañero de colegio y dispuso ir a verlo cuanto antes. No se arrepintió. El Presidente lo recibió de lo más simpático, probablemente con mucha más cordialidad de la que hubiera desplegado desde una posición menos elevada. De manera que cuando él comenzó: "Señor Presidente..." se rió y le dijo: «Dejate de babosadas de Señor Presidente y decime sin rodeos a lo que venís", y siempre riéndose lo obligó a sentarse, mediante una ligera presión en el hombro. Estaba de buenas. Pero el Director sabía que por más palmaditas que le dieran ya no era lo mismo que en los tiempos en que iban juntos a la escuela, o sencillamente que hacía apenas dos años, cuando todavía se tomaron un trago con otros amigos en El Danubio. De todos modos, se veía que empezaba a sentirse cómodo en el cargo. Como él mismo dijera levantando el índice en una reciente cena en casa de sus padres, de sobremesa, ante la expectación general primero, y la calurosa aprobación después, de sus parientes y compañeros de armas: "Al principio se siente raro; pero uno se acostumbra a todo".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Pues sí, ¿qué te trae por acá? —insistió—. Apuesto a que ya tenés líos en el Ministerio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, si querés saber la verdad, sí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Verdá? —dijo triunfante el Presidente, aprobando su propia sagacidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Pero, si me lo permitís, no vengo a eso; otro día te cuento. Mirá, para no quitarte el tiempo, te lo voy a decir de una vez. Fijate que ha habido varios casos de niños que se desmayan de hambre en las&lt;br /&gt;
escuelas y yo quisiera ver qué podemos hacer. Prefiero decírtelo a vos de una vez porque si no es la bruta andar de aquí para allá. Además, mejor te lo cuento yo porque no faltará quien te venga a decir que no hago nada. Mi idea es que me autoricés para tratar de conseguir algo de dinero y fundar una especie de Gota de Leche semioficial.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿No te me estarás volviendo comunista, vos? —lo detuvo él, soltando una carcajada. Aquí sí que se echaba de ver su excelente humor de ese día. Los dos se rieron mucho. El Director le advirtió en broma que tuviera cuidado porque estaba leyendo un librito sobre marxismo, a lo que él repuso sin dejar de reírse que no se lo fuera a ver el Director de la Policía porque lo podía joder. Después de cambiar aún otras frases ingeniosas alrededor del mismo tema, él le dijo que le parecía bien, que fuera viendo a quién le sacaba plata, que dijera que él estaba de acuerdo y que quizá la UNICEF podía dar un poco más de leche. "Los gringos tienen leche como la chingada", afirmó por último, poniéndose de pie y dando por terminada la entrevista.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Ah, y mirá —añadió cuando ya el Director se encontraba en la puerta—: si querés hablale a mi señora para que te ayude; a ella le gustan esas cosas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Director le dijo que estaba bueno y que le iba a hablar en seguida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No obstante, esto más bien lo deprimió, porque no le agradaba trabajar con mujeres. Peor de funcionarios. La mayoría eran raras, vanidosas, difíciles, y uno tenía que andarse todo el tiempo con cortesías, preocupándose de que estuvieran siempre sentadas y poniéndose nervioso cuando por cualquier circunstancia había que decirles que no. De paso que a ella no la conocía mucho. Pero lo mejor era interpretar la sugerencia del Presidente como una orden.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando le habló, ella aceptó sin vacilar. ¿Cómo podía dudarlo? No sólo le iba a ayudar haciendo propaganda entre sus amigas, sino que personalmente trabajaría con entusiasmo, tomando parte, por ejemplo, en las veladas que se organizaran.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Yo puedo recitar —le dijo—; ya sabe que siempre he sido aficionada. "Qué bueno", pensó mientras se lo decía, "que haya esta oportunidad ". Pero al mismo tiempo se arrepintió de su pensamiento y le dio miedo de que Dios la castigara cuando reflexionó que no era bueno que los niños se desmayaran de hambre. "Pobrecitos", pensó rápido para aplacar al cielo y eludir el castigo. Y en voz alta dijo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Pobres criaturas. ¿Y como cada cuánto se desmayan? El Director le explicó pacientemente que no se desmayaban los mismos en forma periódica, sino que una vez era uno y otra otro, y que lo mejor era ver cómo le daban desayuno al mayor número posible. Tendrían que fundar una organización para reunir fondos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Claro —dijo ella—. ¿Y cómo le pondremos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué le parece "Desayuno Escolar"? —dijo el Director.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pasó su mano sobre el programa, un trozo cuadrangular de papel satinado elegantemente impreso:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;ol style="text-align: left;"&gt;
&lt;li&gt;Palabras preliminares, por el Sr. D. Hugo Miranda, Director General de Educación del Ministerio de Educación Pública.&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;Barcarola de los Cuentos de Hoffman, de Offenbach, por un grupo de alumnos de la Escuela 4 de Julio.&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;Tres valses de F. Chopin, por René Elgueta, alumno del Conservatorio Nacional.&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, por la Excma. Sra. Doña Eulalia Fernández de Rivera González, Primera Dama de la República.&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;Cielos de mi Patria, por el compositor nacional D. Federico Díaz, su autor al piano.&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;Himno Nacional.&lt;/li&gt;
&lt;/ol&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella creía que estaba bien. Aunque quizá era demasiada música y poca recitación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Te gusta lo que voy a recitar? —le preguntó a su marido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Con tal que no se te olvide a medio camino y no hagas el ridículo—replicó él malhumorado pero incapaz de oponerse en serio—. Realmente no sé para qué te metiste a esa babosada. Parece que no conocieras a los muchachos cómo son de fregados. Ya van a empezar a hacerte chistes. Pero como cuando se te mete una cosa en la cabeza nadie te la saca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En los tiempos en que la enamoraba le gustaba que declamara y hasta le pedía que lo hiciera para quedar bien con ella. Pero ahora era otra cosa y sus apariciones en público lo irritaban.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"¿Veperdapa quepe epes lopo quepe dipigopo?" —pensó ella— "no pueden ver que la esposa tenga ninguna iniciativa porque luego empiezan a poner peros y a querer acomplejarlo a uno".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Qué se me va a andar olvidando —dijo en voz alta, levantándose a buscar un pañuelo—; me la sé desde niña. Lo que no me gusta es que estoy algo acatarrada. Pero yo creo que es por los nervios. Siempre que tengo que hacer algo importante en una fecha fija me da miedo de enfermarme y empiezo a pensar: ya me va a dar catarro, ya me va a dar catarro, hasta que me da de veras. Sí pues. Deben de ser los nervios. La prueba está en que después se me pasa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Enfrentándose bruscamente con el espejo, se puso a levantar los brazos y a probar la voz:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—El varóooooon que tiene corazóooooon de liz aaaaaalma de queeeeeerube, lenguaaaaa celestiallllll&lt;br /&gt;
el míiiiiinimo y dulce Francisco de Asíiiiiis estacón un rudui torvo animal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pronunciaba liz. Era bueno alargar las sílabas acentuadas. Pero no siempre sabía cuáles eran, a menos que tuvieran el acento ortográfico. Por ejemplo: "varón", oooooon; "mínimo", miiiiii; corazón , oooooon. Pero en "alma de querube, lengua celestial" no había modo de saberlo. En fin, lo importante era sentir, porque cuando no se siente de nada sirve conocer todas las reglas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—El varón el varón que tiene el varón que tiene corazón el varón que tiene corazón de liz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando llegó a la escuela era aún demasiado temprano. Sin embargo, se sintió desalentada porque había pocas personas ocupando los asientos. Pero pensó que entre nosotros la gente siempre llega tarde y que cuándo nos iríamos a quitar esa costumbre. En el pequeño escenario, detrás del telón improvisado, las alumnas de la Escuela 4 de Julio ensayaban en voz baja la Barcarola. El profesor de canto, muy serio, les daba el "la" con un pequeño pito de metal plateado que emitía esa única nota. Al observar que ella estaba allí, viéndolo sonriente, le dirigió un breve saludo con la cabeza y dejó de mover los brazos; pero por cortedad, o por no parecer demasiado servil, o porque de plano no lo era, no interrumpió su ensayo. Ella se lo agradeció, pues en ese ratito estaba repasando mentalmente el poema y si la interrumpían tenía que tomar otra vez el hilo desde el principio. Como si en realidad la estuviera usando, aclaraba la garganta cada cinco o seis versos, a pesar de que sabía que con eso sólo lograba irritarla cada vez más, igual que aquel maestro a quien sus alumnos por molestarlo le dijeron que tenía colorado el ojo y él se puso a restregárselo y a restregárselo, hasta que se lo dejó tan colorado que ellos no podían contener la risa; o como los monos, que si les ponen un poco de excremento en la palma de la mano no paran de olerlo hasta que se mueren. Cómo era eso de las obsesiones. Lo que más cólera le daba es que estaba segura de que todo pasaría en cuanto terminara su número. Sí pues. Pero era molesto, mientras tanto, pensar que se le iba a salir un gallo en medio de la recitación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La verdad es que sería una estupidez tenerle miedo al público. En el supuesto caso de que sus intervenciones no agradaran, no se debería a ella sino a que la gente en general es muy ignorante y no sabe apreciar la poesía. Todavía les faltaba mucho. Pero precisamente por eso aprovecharía cuanta ocasión se le presentara para ir dando a conocer los buenos versos y revelándose como declamadora.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Pero señora —le reprochó preocupado el Director General cuando llegó sudoroso—, si yo iba a pasar por usted. No está bien que se haya venido sola.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella lo miró comprensiva y lo tranquilizó cortésmente. Desde que se convirtió en la Primera Dama se alegraba cuando tenía la oportunidad de demostrar que era una persona modesta, posiblemente mucho más modesta que cualquiera otra en el mundo, y hasta había estudiado en el espejo una sonrisa y una mirada encantadoras que significaban más o menos: "¡Cómo se le ocurre! ¿Se imagina que porque soy la esposa del Presidente me he vuelto una presumida?". Pero el Director quiso entender más bien que lo trataba con ironía, y, deprimido, se puso a hablar sin ton ni son de esto y lo otro. No bien los demás artistas fueron llegando y rodeándola, aprovechó la ocasión para retirarse. Después se le veía gordito dando órdenes y disponiéndolo todo, de acuerdo con el principio de que si uno mismo no hace las cosas no hay quien las haga. Sólo se acercó de nuevo para decirle:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Prepárese, señora. Vamos a empezar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como contaba ya con alguna práctica, el Director explicó sin apuro que estábamos allí movidos por un alto espíritu de solidaridad humana. Que había muchos niños subalimentados cosa que el Gobierno era el primero en lamentar porque como le había dicho personalmente el Presidente cuando lo llamó para hacérselo ver hay que hacer algo por esos niños en interés de los altos destinos de la patria mueva usted las conciencias remueva cielo y tierra conmueva los corazones en favor de esa noble cruzada. Que ya eran varias las personas de todas las capas sociales que habían ofrecido su desinteresada ayuda y que nuestros amigos norteamericanos esa noble y generosa nación que con justicia podíamos llamar la despensa del mundo habían prometido hacer un nuevo sacrificio de latas de leche en polvo. Que nuestra tarea era modesta en sus comienzos pero que estábamos dispuestos a no omitir esfuerzo alguno para convertirla no sólo en un hecho real y concreto del presente sino en un estimulante ejemplo para las generaciones futuras. Que teníamos el alto orgullo de contar también con la ayuda de la Primera Dama de la República cuyo arte exquisito tendríamos el honor de apreciar dentro de breves instantes y cuyas entrañas generosamente maternales se habían conmovido hasta las lágrimas al saber la desgracia de esos niños que ya fuera por alcoholismo de sus padres o por descuido de sus madres o por ambas cosas no podían disfrutar en sus modestos hogares de la sagrada institución del desayuno con peligro para su salud y en desmedro del aprovechamiento de la instrucción que el Ministerio que nos honrábamos en representar esa noche estaba empeñado en impartirles convencido de que el libro y sólo el libro resolvería los seculares problemas a que se enfrentaba la patria. Y que había dicho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de los aplausos las niñas de la Escuela 4 de Julio cantaron con su acostumbrada dulzura el la, lalá, lalalalalá, lalalalalá, lalá de la Barcarola, mientras el pianista nervioseaba ansioso de atacar sus valses que, como tantas otras cosas ese día en diversas regiones del globo, comenzaron también y terminaron con toda felicidad y gloria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella inclinó la cabeza, diciendo gracias mentalmente. Cruzó las manos y se las contempló durante un momento, esperando que se produjera la atmósfera necesaria. Pronto sintió que de su boca, a través de sus palabras, se iba asomando al mundo San Francisco de Asís, mínimo y dulce, hasta tomar la forma del ser más humilde de la tierra. Pero en seguida esa ilusión de humildad quedaba atrás porque otras&lt;br /&gt;
palabras, encadenadas uno no sabía cómo con las primeras, cambiaban su aspecto hasta convertirlo en un hombre iracundo. Y ella sentía que tenía que ser así y no de otra manera porque se encontraba llamándole la atención a un lobo, cuyos colmillos habían dado horrorosa cuenta de pastores, rebaños y cuanto ser viviente se le ponía por delante. Sí pues. Su voz tembló luego y se le escapó una lágrima en el preciso instante en que el santo le decía al lobo que no fuera malo, que por qué no se dejaba de andar por ahí sembrando el terror entre los campesinos y que si acaso venía del infierno. Aunque inmediatamente después casi se veía brotar de sus labios una gran tranquilidad cuando el animal, no sin haberlo reflexionado un rato, seguía al santo a la aldea, donde todos se admiraban de verlo tan mansito que hasta un niño le podía dar de comer en la mano. Las palabras [se salían entonces dulces y tiernas y pensaba que el lobo le podía dar de comer también al niño para que no se desmayara de hambre en la escuela. Pero volvía a angustiarse porque en un descuido de San Francisco el lobo se iba nuevamente al monte a acabar con las gentes del campo y con sus ganados. Su voz adquiría aquí un tono de condenación implacable y la elevaba y la bajaba conforme iba siendo necesario, sin acordarse para nada del catarro ni de los malditos nervios de los días anteriores, como ella sabía de antemano que sucedería. Por el contrario, la envolvía una rara sensación de seguridad de seguridad de seguridad pues era fácil notar que el público la escuchaba fuertemente impresionado ante las barbaridades de la fiera; a pesar de que ella sabía ya, en ese momento, se cambiarían los papeles y el lobo se convertiría de acusado en acusador cuando San Francisco lo iba a buscar de nuevo con su acostumbrada confianza para meterlo otra vez en cintura. Por más que uno no quisiera, había que ponerse de parte del lobo, cuyas palabras eran fácilmente interpretables: Sí, ¿verdad?, muy bonito; yo me estaba ahí todo manso comiendo lo que se les antojaba arrojarme y lamiendo las manos de todos como un cordero, mientras los hombres en sus casas se entregaban a la envidia y a la lujuria y a la ira y se hacían la guerra unos a otros y perdían los débiles y ganaban los malos. Decía las palabras "débiles" y "malos" con tonos tan diferentes que a nadie podía caberle la menor duda de que ella estaba de [50] parte de los primeros. Y se sentía segura de que la cosa iba bien y de que su recitación era un éxito, porque verdaderamente se indignaba ante tantas canalladas que dejaban chiquitas las del lobo, que al fin y al cabo no era un ser racional. Sin darse cuenta ni cómo se acercó el instante en que sabía que ya, ahora, ahora, las palabras debían brotar de su garganta ni muy fuertes, ni muy tiernas, ni furiosas, ni mansas, sino impregnadas de desesperanza y amargura, pues no otra cosa debió de sentir el santo cuando le dio la razón a la fiera y se dirigió finalmente al padre nuestro que estáaaaaaaaas en los cieeeeeeeelos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Permaneció unos segundos con los brazos en alto. El sudor le corría en hilitos entre los pechos y por la espalda. Oyó que aplaudían. Bajó las manos. Se arregló con disimulo la falda y saludó modestamente. El público, después de todo, no era tan bruto. Pero buen esfuerzo le estaba costando hacerlo llegar a la poesía. Era lo que ella pensaba: poco a poco. Mientras estrechaba las manos de los que la felicitaban se sintió embargada por un dulce y suave sentimiento de superioridad. Y cuando una señora humilde que se acercó a saludarla le dijo que qué bonito, estuvo a punto de abrazarla, pero se contuvo y se conformó con preguntarle: "¿Le gustó?", pues la verdad es que ya no estaba pensando en eso sino en lo bueno que sería organizar pronto otro acto, en un local más grande, quizá en un teatro de verdad, en el que ella sola se encargara de la totalidad del programa, porque lo malo de estas veladitas era que los músicos aburrían a la gente, a pesar de que al otro día también los elogiaban en el periódico, lo que no era justo. No pues.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya en la puerta de su casa invitó al Director General y a dos o tres amigos a tomar un whisky "para celebrar". Deseaba prolongar un rato más la conversación sobre su triunfo. Ojalá estuviera su marido para que oyera lo que le decían y para que se convenciera de que no eran cosas de ella. Qué bien había resultado todo, ¿verdad? ¿Y como cuánto sacarían?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Director General le informó muy elaboradamente que tenían utilidades por $7.50.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Tan poquito? —dijo ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él pensó con amargura pero dijo con optimismo que para ser la primera no estaba tan mal. Que les había faltado propaganda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No —dijo ella—. Yo creo que se debe al local que es muy chiquito.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, claro —dijo él—. En eso tiene razón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Cómo hiciéramos? —dijo ella—. Hay que hacer algo para ayudar a esos pobres niños.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno —dijo él—; lo importante es que ya comenzamos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí —dijo ella—; pero la cosa es seguir adelante. Tenemos que preparar algo más serio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Yo creo que si contamos con su ayuda... —dijo él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí sí podemos conseguir un teatro yo voy a recitar ya va a ver pero que sea teatro grande porque si no ya vio lo que pasa se esfuerza uno preparando las cosas y total casi no se saca nada de todos modos le voy a hablar a mi marido siempre me está empujando a recitar es mi mejor estímulo ¿se fijó? la gente tiene gana de oír poesía si viera la emoción que sentí cuando una señora que ni me conoce me dijo que le había gustado mucho yo creo que un recital de poesía sería un éxito ¿qué dice usted? —dijo ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Claro —dijo él—; a la gente le gusta mucho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Fíjese que estoy preocupada —dijo ella—por lo poco que sacamos hoy. ¿Qué le parece si le doy cien pesos para no salir tan mal? Tengo muchas ganas de ayudar. Yo creo que poco a poco vamos a ir saliendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él dijo que claro; que poco a poco iban a ir saliendo.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq"&gt;
&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Augusto_Monterroso"&gt;Augusto Monterroso&lt;/a&gt; © (1921- 2003)&lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>El papel de tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/03/el-papel-de-tapiz-amarillo-de-charlotte.html</link><category>Charlotte Perkins Gilman</category><category>Estados Unidos</category><category>Relato</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Mon, 2 Mar 2015 10:48:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-99653613185592633</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiMq8VJ3s87PQPd8WbNNa5VvT4Y3UNbWgGIovwUaAX8zTtay652jN52ON2A4p8d6jRRbbtOsQ9ma7kk1MHzrnunxrpV7_hsBIt_a9FoDbwOlZJ1f4SjhgUTX5MpLU5XEQWAj1-keGp9RZLj/s1600/relato.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiMq8VJ3s87PQPd8WbNNa5VvT4Y3UNbWgGIovwUaAX8zTtay652jN52ON2A4p8d6jRRbbtOsQ9ma7kk1MHzrnunxrpV7_hsBIt_a9FoDbwOlZJ1f4SjhgUTX5MpLU5XEQWAj1-keGp9RZLj/s1600/relato.jpg" height="147" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No es nada habitual que gente corriente como John y yo alquile casas solariegas para el verano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una mansión colonial, una heredad... Diría que una casa encantada, y llegaría a la cúspide de la felicidad romántica. ¡Pero eso sería pedir demasiado al destino!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De todos modos, diré con orgullo que hay algo extraño en ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si no, ¿por qué iba ser tan barato el alquiler? ¿Y por qué iba a llevar tanto tiempo desocupada?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John se ríe de mí, claro, pero es lo que se espera del matrimonio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John es sumamente práctico. No tiene pacien­cia con la fe, la superstición le produce un horror intenso, y se burla abiertamente en cuanto oye hablar de cualquier cosa que no se pueda tocar, ver y reducir a cifras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John es médico, y es posible (claro que no se lo diría a nadie, pero esto lo escribo sólo para mí, y con gran alivio por mi parte), es posible, digo, que ése sea el motivo de que no me cure más deprisa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Es que no se cree que esté enferma!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y qué se le va a hacer?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si un médico de prestigio, que además es tu marido, asegura a los amigos y a los parientes que lo que le pasa a su mujer no es nada grave, sólo una depresión nerviosa transitoria (una ligera propensión a la histeria), ¿qué se le va a hacer?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi hermano, que también es un médico de prestigio, dice lo mismo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
O sea, que tomo no sé si fosfatos o fosfitos, y tónicos, y viajo, y respiro aire fresco, y hago ejer­cicio, y tengo terminantemente prohibido «traba­jar» hasta que vuelva a encontrarme bien.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Personalmente disiento de sus ideas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Personalmente creo que un trabajo agradable, interesante y variado, me sentaría bien.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero ¿qué se le va a hacer?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante una temporada sí que escribí, a pesar de lo que dijeran; pero es verdad que me agota bastante. Tener que llevarlo con tanto disimulo, a riesgo de topar con una oposición firme...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A veces me parece que en mi estado, con algo menos de oposición y más trato con la gente, más estímulos... Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que hacerlo me produce siempre malestar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así que cambiaré de tema y hablaré de la casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué maravilla de finca! Es bastante solitaria, apartada de la carretera, a sus buenos cinco kiló­metros del pueblo. Me recuerda esas casas ingle­sas que salen en los libros, porque tiene setos, muros y verjas que se cierran con candado, y muchas casitas desperdigadas para los jardineros y la gente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Además tiene un jardín que es una preciosi­dad! No lo he visto igual en mi vida: grande, con mucha sombra, cruzado por caminitos con boj en los bordes, y en todas partes hay pérgolas largas, con parras y asientos debajo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También había invernaderos, pero están todos rotos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tengo entendido que hubo problemas legales, una cuestión de herederos y coherederos; el caso es que lleva años vacía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me temo que eso da al traste con lo del fantas­ma, pero me da igual: en esta casa hay algo raro. Lo noto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta se lo dije a John una noche de luna, pero me contestó que lo que notaba era corriente de aire, y cerró la ventana. ¡Corriente de aire!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A veces me enfado con John sin motivo. Estoy más sensible que antes, eso seguro. Yo creo que es por mi problema de nervios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero John dice que si pienso eso me olvidaré de controlarme como es debido; así que hago esfuerzos por controlarme, al menos en su presen­cia, cosa que me cansa mucho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No me gusta nada el dormitorio. Yo quería uno de la planta baja que daba a la galería, con rosas enmarcando la ventana y unas colgaduras de chintz anticuadas que eran una preciosidad; pero John se negó en redondo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dijo que sólo había una ventana, que el espacio no daba para dos camas y que tampoco había nin­gún otro dormitorio cerca para que se instalara él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es muy atento, muy cariñoso, y casi no me deja dar un paso sin intervenir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me ha preparado un horario con indicaciones para cada hora del día. John se ocupa de todo, y claro, yo me siento una mezquina y una desagra­decida por no valorarlo más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dijo que si habíamos venido a esta casa era exclusivamente por mí, que aquí tendría reposo absoluto y todo el aire que se puede respirar. «El ejercicio que hagas depende de tu fuerza, cariño –dijo–, y lo que comas, en cierto modo, de tu apetito, pero el aire lo puedes absorber en todo momento.» En definitiva, que nos instalamos en el cuarto de los niños, el más alto de la casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es una habitación grande y aireada, que ocupa casi toda la planta, con ventanas orientadas a todos los flancos, y aire y sol a raudales. Por lo que se ve empezó siendo cuarto de los niños, luego sala de juegos y al final gimnasio, porque en las ventanas hay barrotes para niños pequeños, y en las paredes anillas y otras cosas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es como si la pintura y el papel de pared estu­vieran gastados por todo un colegio. Está arrancado (el papel) a trozos grandes alrededor del cabe­zal de mi cama, más o menos hasta donde llego con el brazo, y en una zona grande de la pared de enfrente, cerca del suelo. En mi vida he visto un papel más feo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Uno de esos diseños vistosos y exagerados que cometen todos los pecados artísticos habidos y por haber.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es lo bastante soso para confundir al ojo que lo sigue, lo bastante pronunciado para irritar constantemente e incitar a su examen, y cuando sigues un rato las líneas, pobres y confusas, de repente se suicidan: se tuercen en ángulos exage­rados y se destruyen a sí mismas en contradiccio­nes inconcebibles.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El color es repelente, casi repugnante: un ama­rillo chillón y sucio, desteñido de manera rara por la luz del sol, que se desplaza lentamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En algunas partes se convierte en un naranja paliducho y desagradable, y en otras coge un tono verdoso repelente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡No me extraña que no les gustara a los niños! Yo, si tuviera que vivir mucho tiempo en esta habitación, también lo odiaría.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Viene John. Tengo que esconder esto. Le irrita que escriba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llevamos dos semanas en la casa y desde el primer día no he vuelto a tener ganas de escribir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estoy sentada al lado de la ventana, en este cuarto de los niños que es una atrocidad, y nada me impide explayarme todo lo que quiera, como no sea la falta de fuerzas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John se pasa el día fuera, y hasta hay noches en que tiene casos graves y se queda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Me alegro de que no lo sea el mío!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque estos problemas de nervios son lo más deprimente que hay.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John no sabe lo que sufro. Sabe que no hay «motivo» para sufrir, y con eso le basta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Claro que sólo son nervios. ¡Me agobian tanto que dejo de hacer lo que tendría que hacer!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Yo que tenía tantas ganas de ayudar a John, de servirle de descanso y de consuelo, y aquí estoy, tan joven y convertida en una carga!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nadie se creería el esfuerzo que representa lo poco que puedo hacer: vestirme, recibir visitas y hacer pedidos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Suerte que Mary tiene tanta maña con el bebé. ¡Qué monada de criatura!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no puedo, no puedo estar con él. ¡Me pongo tan nerviosa...!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Supongo que John no habrá estado nervioso en toda su vida. ¡Cómo se ríe de mí por el papel de pared!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al principio quiso poner uno nuevo, pero luego dijo que estaba dejando que me obsesiona­ra, y que para una enferma de los nervios no hay nada peor que ceder a esa clase de fantasías.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dijo que una vez puesto un papel nuevo pasaría lo mismo con la cama, tan maciza, y luego con los barrotes de las ventanas, y luego con la reja que hay al final de la escalera, y que se con­vertiría en el cuento de nunca acabar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–Tú sabes que este sitio te sienta bien –dijo–, y francamente, cariño, no pienso reformar la casa sólo para un alquiler de tres meses.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–Pues vamos abajo –dije yo–. Abajo hay dor­mitorios muy bonitos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces me tomó en brazos y me llamó tonti­ta. Dijo que si se lo pedía yo bajaría al sótano, y hasta lo encalaría.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De todas maneras tiene razón con lo de las camas, las ventanas y el resto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es una habitación tan aireada y cómoda que más no se puede pedir. Lógicamente, no voy a ser tan tonta como para incomodar a John por un simple capricho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La verdad es que me estoy encariñando con el dormitorio. Con todo menos con ese papel tan horrible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por una ventana se ve el jardín, las misteriosas pérgolas con su sombra impenetrable las flores de otra época, creciendo por todas partes, los arbustos los árboles nudosos...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por otra tengo una vista encantadora de la bahía, y de un embarcadero pequeño, privado, que pertenece a la casa. Se baja por un caminito precioso, con mucha sombra. Siempre me imagi­no que veo gente caminando por todos esos cami­nos y pérgolas, pero John me ha avisado de que no alimente fantasías. Dice que con la imagina­ción que tengo, y con mi costumbre de inventarme cosas, una debilidad nerviosa como la mía sólo puede desembocar en toda clase de fantasías desbordantes, y que debería usar mi fuerza de voluntad y mi sentido común para controlar esa tendencia. Es lo que intento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A veces pienso que si tuviera fuerzas para escribir un poco se aligeraría la presión de las ideas, y podría descansar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero cada vez que lo intento me doy cuenta de que me canso mucho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Desanima tanto que nadie me aconseje ni me haga compañía en mi trabajo! John dice que cuando me ponga bien del todo invitaremos varios días al primo Henry y a Julia; pero dice que en este momento preferiría ponerme petardos en el cojín que dejarme en una compañía tan esti­mulante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ojalá me curara más deprisa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no tengo que pensarlo. ¡Me da la impre­sión de que este papel «sabe» la mala influencia que tiene!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una zona recurrente donde el dibujo se dobla como un cuello roto, y te miran dos ojos saltones puestos al revés.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es tan impertinente, tan pertinaz, que me pone furiosa. Se repite hacia arriba, hacia abajo, de lado, y por todas partes aparecen esos ojos ridícu­los, mirándome sin pestañear. Hay un sitio donde no encajan bien dos rollos, y los ojos se repiten de arriba a abajo, uno más alto que el otro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nunca había visto tanta expresión en una cosa inanimada, ¡y ya se sabe lo expresivas que son! De niña me quedaba despierta en la cama, y saca­ba más diversión y más miedo de una pared en blanco o de un mueble normal y corriente que la mayoría de los niños en una tienda de juguetes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aún me acuerdo de la simpatía con que me guiñaban el ojo los tiradores de nuestro escritorio antiguo, y había una silla a la que siempre tuve por una amiga fiel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parecía que si alguna de las demás cosas tenía un aspecto demasiado amenazador siempre podía subirme a la silla y ponerme a salvo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo peor que puede decirse del mobiliario de esta habitación es que le falta armonía, porque tuvimos que subirlo de la planta baja. Supongo que cuando servía de sala de juegos tuvieron que quitar todo lo de cuando eran pequeños los niños. ¡No me extraña! Nunca he visto unos destrozos como los que hicieron aquí los chavales.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya he dicho que el papel de pared está arrancado en varios sitios, y eso que estaba bien pegado. Además de odio debían de tener perseverancia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El suelo, además, está cubierto de rayas, agu­jeros y trozos desprendidos. Hasta el yeso tiene algún que otro boquete, y esta cama tan grande y pesada, que es lo único que encontramos en la habitación, parece salida de una guerra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero a mí me da igual. Sólo me molesta el papel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Viene la hermana de John. ¡Qué atenta es, y qué bien me trata! Que no me encuentre escri­biendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y no aspira a ninguna otra profesión. ¡Estoy convenci­da de que para ella estoy enferma porque escribo!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero cuando no está puedo seguir escribiendo, y estas ventanas hacen que la vea de muy lejos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una que da a la carretera, una carretera muy bonita y con muchas curvas. Otra tiene vis­tas al campo. También es bonita, lleno de olmos frondosos, y de prados aterciopelados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este papel de pared tiene una especie de dibu­jo secundario en otro color; es de lo más irritante, porque sólo se ve cuando la luz entra de según qué manera y ni siquiera así queda nítido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero en las partes donde no se ha descolorido y donde da el sol así... Veo una especie de figura extraña, provocadora, amorfa, algo que parece acechar por detrás de ese dibujo principal tan tonto y llamativo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ya sube la hermana!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Bueno, pues ya ha pasado el cuatro de julio! Se han marchado todos y estoy agotada. John pensó que me iría bien ver a gente, y por eso hemos tenido a mamá, a Nellie y a los niños durante una semana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no he hecho nada, claro. Ahora se ocupa Jennie de todo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero igualmente me he cansado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John dice que si no mejoro más deprisa me enviará en otoño a ver al doctor Weir Mitchell.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no quiero ir por nada del mundo. Una vez fue a verlo una amiga y dice que es igual que John y que mi hermano, sólo que peor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, un viaje tan largo son palabras mayores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tengo la sensación de que no vale la pena esforzarse por nada, y es horrible lo nerviosa y quejica que me estoy poniendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lloro por nada, y me paso casi todo el día llo­rando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando está John no lloro, claro, ni con él ni con nadie, pero cuando estoy sola sí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y últimamente paso mucho tiempo sola. A menudo John se queda en la ciudad por casos gra­ves, y Jennie, que es buena, me deja sola siempre que se lo pido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces paseo un poco por el jardín o por aquel caminito tan simpático, o me siento en el porche debajo de las rosas, y paso bastante tiem­po estirada aquí arriba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me está gustando mucho el dormitorio, a pesar del papel de pared. O puede que a causa de él...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Lo tengo tan metido en la cabeza!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me quedo estirada en esta cama enorme e imposible de mover (yo creo que está clavada al suelo), y me paso horas siguiendo el dibujo. Va tan bien como hacer gimnasia, en serio. Por ejem­plo: empiezo por la base, en aquella esquina donde no lo han arrancado, y me comprometo por enésima vez a seguir ese dibujo absurdo hasta lle­gar a algún tipo de conclusión.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algo sé de los principios del diseño, y veo que este dibujo no sigue ninguna ley de radiación, alternancia, repetición, simetría o cualquier otro principio que conozca yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se repite en cada rollo, lógicamente, pero en nada más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Según cómo se mire, cada rollo es indepen­diente, y las pomposas curvas y adornos (una especie de «románico degenerado» con delirium tremens) suben y bajan torpemente en columnas aisladas y fatuas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En cambio, visto de otra manera se conectan en diagonal, y la proliferación de líneas crea grandes oleadas de horror óptico, como una vasta extensión de algas movidas por la corriente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También funciona en sentido horizontal, o al menos lo parece. Me esfuerzo tanto en distinguir el orden que sigue en esa dirección que acabo cansada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pusieron un rollo en horizontal, a modo de friso. Parece mentira lo que ayuda eso a compli­carlo todavía más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una esquina de la habitación donde está casi intacto, y cuando ya no se cruzan los rayos de sol y le da directamente la luz del atardecer casi me parece que sí que hay radiación. Los interminables grotescos dan la impresión de originarse en un centro común, y de salir todos despe­didos con el mismo enloquecimiento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me cansa seguirlo con la vista. Me parece que voy a echar una cabezadita.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No sé por qué escribo esto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No quiero escribirlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No me siento capaz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, sé que a John le parecería absurdo. ¡Pero de alguna manera tengo que decir lo que siento y lo que pienso! ¡Es un alivio tan grande...!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque el esfuerzo está siendo más grande que el alivio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora me paso la mitad del tiempo con una pereza horrible, y me tiendo con mucha fre­cuencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John dice que no tengo que perder fuerzas. Me ha hecho tomar aceite de hígado de bacalao, tóni­cos a mansalva y no sé qué más; y no hablemos de la cerveza, el vino y la carne poco hecha.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué bueno es John! Me quiere mucho, y no le gusta nada que esté enferma. El otro día intenté hablar con él en serio y contarle las ganas que tengo de que me deje salir y hacer una visita al primo Henry y Julia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero dijo que no estaba en condiciones de hacer el viaje, ni de resistirlo una vez ahí; y yo no me defendí demasiado bien, porque antes de aca­bar ya estaba llorando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me está costando mucho razonar. Supongo que será por los nervios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y el bueno de John me tomó en brazos, me llevó arriba, me puso en la cama y me leyó hasta que se me cansó la cabeza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dijo que yo era la niña de sus ojos, su consue­lo, lo único que tenía en el mundo; que tengo que cuidarme por él, y ponerme bien.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dice que de esto sólo puedo salir yo misma; que tengo que usar mi voluntad y mi autocontrol, y no dejarme vencer por fantasías tontas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una cosa me consuela: el bebé está bien de salud y contento, y no tiene que estar en este espantoso cuarto de los niños, con su horrendo papel de pared.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Si no lo hubiéramos usado nosotros habría sido para el pobre niño! ¡Qué suerte habérselo ahorrado! Ni muerta dejaría yo que un hijo mío, una cosita tan impresionable, viviera en una habi­tación así.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es la primera vez que lo pienso, pero a fin de cuentas es una suerte que John me dejara aquí. Lo digo porque puedo soportarlo mucho mejor que un bebé.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Claro que ahora ya no se lo comento a nadie. ¡Tan tonta no soy! Pero sigo observándolo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En ese papel hay cosas que sólo sé yo; cosas que no sabrá nadie más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada día se destacan más las formas impreci­sas que hay detrás del dibujo principal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Siempre es la misma forma, sólo que muy repetida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y es como una mujer agachada, arrastrándose detrás del dibujo. No me gusta nada. Me pregunto si... Empiezo a pensar... ¡Ojalá que John se me llevase de aquí!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es muy difícil hablar con John de mi caso, porque es tan listo, y me quiere tanto...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De todos modos anoche lo intenté.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Había luna. La luna entra por todos los lados, igual que el sol.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay veces en que odio verla; va subiendo muy poco a poco, y siempre entra por alguna de las ventanas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John dormía, y como no me gusta despertarlo me quedé quieta y miré la luz de la luna sobre el papel de pared ondulante, hasta que me entró miedo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Parecía que la figura borrosa de detrás sacu­diera el dibujo, como si quisiera salir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me levanté sigilosamente y fui a tocar el papel, a ver si era verdad que se movía. Cuando volví, John estaba despierto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–¿Qué te pasa, criatura? –dijo–. No te pasees así, que te resfriarás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me pareció buen momento para hablar. Le dije que aquí no mejoro nada, y que tenía ganas de que se me llevara a otra parte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–¡Pero cariño! –contestó–. Nos quedan tres semanas de alquiler, y no se me ocurre ninguna manera de marcharnos antes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
»En casa aún no están hechas las reparaciones, y no puedo marcharme de la ciudad así como así. Si corrieras peligro lo haría, por supuesto, pero la cuestión es que estás mejor, amor mío, aunque tú no te des cuenta. Soy médico, cariño, y sé lo que me digo. Estás ganando peso y color, y tu apetito mejora. La verdad es que estoy mucho más tran­quilo que antes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–No peso ni un gramo más –dije–; al revés. ¡Y puede que mi apetito haya mejorado por las noches, cuando estás tú, pero por la mañana, cuando te vas, está peor!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–¡Pobre cielito mío! –dijo John, abrazándome con fuerza–. ¡Te dejo estar todo lo enferma que quieras! Pero a ver si ahora aprovechamos para dormir. Ya hablaremos mañana por la mañana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–¿O sea, que no quieres marcharte? –pregunté con voz triste.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–¿Cómo quieres que me vaya, mi vida? Tres semanitas más y saldremos de viaje unos días, mientras Jennie acaba de preparar la casa. Estás mejor, cariño. Hazme caso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–Físicamente puede que sí... –empecé a decir; pero me quedé a media frase, porque John se incorporó y me dirigió una mirada tan seria y car­gada de reproche que no fui capaz de seguir hablando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
–Cariño –dijo–, te ruego por mi bien y el de nuestro hijo, además del tuyo, que no dejes que se te meta esa idea en la cabeza ni un segundo. Para un carácter como el tuyo no hay nada más peligroso. Ni más fascinante. Es una idea falsa, además de tonta. ¿No te fías de mi palabra de médico?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo, como es lógico, no dije nada más al res­pecto. Tardamos poco en acostarnos. John creyó que había sido la primera en dormirme, pero era mentira. Me quedé despierta varias horas, tratando de decidir si el dibujo principal y el de detrás se movían juntos o separados.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
*- *- *&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
En un dibujo de esta clase, a la luz del sol, hay una falta de secuencia, un desafío a las leyes, que produce irritación constante en un cerebro normal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El color de por sí ya es bastante repulsivo, bastante inestable y bastante exasperante, pero el dibujo es una tortura.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Te parece que lo tienes dominado, pero justo cuando lo sigues sin perderte da una voltereta hacia atrás y se acabó lo que se daba. Te pega un bofetón, te tira al suelo y te pisotea. Es como una pesadilla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El dibujo principal es un arabesco recargado, que recuerda a un hongo. Hay que imaginarse una seta con articulaciones, una ristra interminable de setas, brotando en circunvoluciones que no se acaban nunca. Es algo así.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Pero sólo a veces!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este papel tiene una peculiaridad muy marcada, algo que por lo visto sólo noto yo: que cambia con la luz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando entra el sol de lleno por la ventana del este (yo siempre vigilo la aparición del primer rayo), cambia tan deprisa que nunca acabo de creérmelo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por eso siempre lo observo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la luz de la luna (cuando hay luna entra luz toda la noche) no me parece el mismo papel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡De noche, sea cual sea la fuente de luz (el crepúsculo, una vela, la lámpara o la luz de la luna, que es la peor), se convierte en barrotes! Me refiero al dibujo principal, y la mujer de detrás se ve con absoluta claridad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tardé bastante en reconocer lo que se ve detrás, ese dibujo secundario tan impreciso, pero ahora estoy segura de que es una mujer.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la luz del día está borrosa, inmóvil. Yo creo que no se mueve por el dibujo principal. ¡Es tan desconcertante...! Yo, mirándolo, me quedo horas sin moverme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Últimamente paso mucho tiempo estirada. John dice que me conviene, y que tengo que dor­mir todo lo que pueda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo cierto es que empecé por culpa suya, porque me obligaba a estirarme una hora después de cada comida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estoy convencida de que es mala costumbre, porque el caso es que no duermo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y eso fomenta el engaño, porque no le digo a nadie que estoy despierta. ¡Ni hablar!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El caso es que le estoy tomando un poco de miedo a John.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay veces en que lo veo muy raro, y hasta Jennie tiene una mirada inexplicable.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De vez en cuando, como mera hipótesis cientí­fica, pienso... ¡que quizá sea el papel!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En más de una ocasión he observado a John sin que se diera cuenta, uno de esos días en que entraba en el dormitorio sin avisar con cualquier excusa inocente, y lo he sorprendido varias veces mirando el papel. A Jennie también. Una vez sorprendí a Jennie tocándolo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella no sabía que yo estuviera en la habitación, y cuando le pregunté con voz tranquila, muy tran­quila, controlándome al máximo, qué hacía con el papel... ¡Dio media vuelta como si la hubieran sorprendido robando, y me miró con cara de enfa­dada! ¡Me preguntó que por qué la asustaba!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego dijo que el papel lo manchaba todo, que había encontrado manchas amarillas en toda mi ropa y en la de John, y que a ver si teníamos más cuidado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué inocente, ¿verdad? ¡Pues yo sé que está estudiando el dibujo, y estoy decidida a ser la única que descubra la solución!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi vida se ha vuelto mucho más interesante. Es porque tengo algo más que esperar, que vigi­lar. La verdad es que como mejor y estoy más tranquila que antes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué contento está John de que mejore! El otro día se rió un poco y dijo que se me veía más sana, a pesar del papel de pared&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo, para no hablar del tema, me reí. No tenía la menor intención de decirle que la causa era justamente el papel de pared. Se habría burlado. Hasta puede que hubiera querido sacarme de esta casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora no quiero irme hasta que haya descu­bierto la solución. Queda una semana, y creo que será suficiente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Me encuentro cada vez mejor! De noche no duermo mucho, por lo interesante que es observar los acontecimientos; de día, en cambio, duermo bastante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De día cansa y desconcierta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Siempre hay nuevos brotes en el hongo, y nue­vos matices de amarillo por todo el dibujo. Ni siquiera puedo llevar la cuenta, y eso que lo he intentado concienzudamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué amarillo más raro, el del papel! Me recuerda todo lo amarillo que he visto en mi vida; no cosas bonitas, como los ranúnculos, sino cosas amarillas podridas y maléficas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todavía hay otra cosa en el papel: ¡el olor! Lo noté en cuanto entramos en la habitación, pero con tanto aire y tanto sol no molestaba. Ahora lle­vamos una semana de niebla y lluvia y da igual que estén cerradas o abiertas las ventanas, porque el olor no se marcha.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se infiltra por toda la casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo encuentro flotando por el comedor, agaza­pado en el salón, escondido en el vestíbulo, ace­chándome en la escalera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se me mete en el pelo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta cuando salgo a montar a caballo. De repente giró la cabeza y lo sorprendo: ¡ahí está el olor!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Y qué raro es! Me he pasado horas intentando analizarlo, para saber a qué olía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Malo no es, al menos al principio. Es muy suave. Nunca había olido nada tan sutil y a la vez tan persistente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con esta humedad resulta asqueroso. De noche me despierto y lo descubro flotando sobre mí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al principio me molestaba. Llegué a pensar seriamente en quemar la casa, sólo para matar el olor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, en cambio, me he acostumbrado. ¡Lo único que se me ocurre es que se parece al color del papel! Un olor amarillo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una marca muy rara en la pared, por la parte de abajo, cerca del zócalo: una raya que recorre toda la habitación. Pasa por detrás de todos los muebles menos de la cama. Es una mancha larga, recta y uniforme, como de haber frotado algo muchas veces.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me gustaría saber cómo y quién la hizo, y para qué. Vueltas, vueltas y vueltas. Vueltas, vueltas y vueltas. ¡Me marea!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
* -*- *&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
Por fin he hecho un verdadero hallazgo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A fuerza de mirarlo cada noche, cuando cam­bia tanto, he acabado por descubrir la solución.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El dibujo principal se mueve, efectivamente, ¡y no me extraña! ¡Lo sacude la mujer de detrás!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A veces pienso que detrás hay varias mujeres: otras veces que sólo hay una, que se arrastra a toda velocidad y que el hecho de arrastrarse lo sacude todo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En las partes muy iluminadas se queda quieta, mientras que en las más oscuras coge las barras y las sacude con fuerza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Siempre quiere salir, pero ese dibujo no hay quien lo atraviese. ¡Es tan asfixiante! Yo creo que es la explicación de que tenga tantas cabezas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo atraviesan, y luego el dibujo las estrangu­la, las deja boca abajo y les pone los ojos en blanco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si estuvieran tapadas las cabezas, o arrancadas, no sería ni la mitad de desagradable.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
* -* -*&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
¡Me parece que la mujer sale de día!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Voy a decir por qué, pero que no se entere nadie: ¡la he visto!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡La veo por todas mis ventanas!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estoy segura de que es la misma mujer, porque siempre se arrastra, y hay pocas mujeres que se arrastren a la luz del día.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La veo por el camino largo que pasa debajo de los árboles. Se arrastra, y cuando pasa un coche de caballos se esconde debajo de las zarzamoras.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La entiendo perfectamente. ¡Debe de ser muy humillante que te sorprendan arrastrándote en pleno día!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo, cuando me arrastro de día, siempre cierro con llave. De noche no puedo, porque sé que John enseguida sospecharía algo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y últimamente está tan raro que prefiero no irritarlo. ¡Ojalá se cambiara de habitación!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, no quiero que a esa mujer la saque nadie de noche como no sea yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A menudo me pregunto si podría verla por todas las ventanas a la vez.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero por muy deprisa que dé vueltas, sólo consigo mirar por una.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Y aunque siempre la vea, cabe la posibilidad de que la velocidad con que anda a gatas sea mayor que la de mis vueltas!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alguna vez la he visto lejos, en campo abierto, arrastrándose con la misma rapidez que la sombra de una nube en un día de viento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
* -*- *&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ojalá el dibujo principal pudiera separarse del de debajo! Me propongo intentarlo poco a poco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡He descubierto otra cosa extraña, pero esta vez no pienso decirla! No conviene fiarse dema­siado de la gente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sólo quedan dos días para quitar el papel, y me parece que John empieza a notar algo. No me gusta cómo me mira.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, le he oído hacer a Jennie muchas pre­guntas profesionales sobre mí. El informe de Jennie era muy bueno.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dice que de día duermo mucho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡John sabe que de noche no duermo demasiado bien, y eso que casi no me muevo!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También me hizo toda clase de preguntas a mí fingiéndose muy tierno y atento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Como si no se le notara!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De todos modos no me extraña nada su com­portamiento, después de tres meses durmiendo debajo de este papel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mío sólo es interés, pero estoy segura de que a John y a Jennie, en secreto, les afecta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div style="text-align: center;"&gt;
* -* -*&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
¡Hurra! Es el último día, pero no me hace falta ninguno más. John se queda a dormir en la ciu­dad, y no volverá hasta tarde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jennie quería dormir conmigo, la muy pilla, pero le he dicho que descansaría mucho mejor quedándome sola una noche.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Una respuesta muy astuta, porque la verdad es que no he estado sola en absoluto! En cuanto salió la luna y la pobre mujer empezó a arrastrarse y sacudir el dibujo, me levanté y corrí a ayudarla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo estiraba, y ella sacudía; luego sacudía yo y estiraba ella, y antes del amanecer habíamos arrancado varios metros de papel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una franja como yo de alta, y de ancha como la mitad de la habitación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Después, cuando ha salido el sol y el dibujo ha empezado a burlarse de mí, he jurado acabar con él hoy mismo!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nos vamos mañana. Están trasladando todos mis muebles a la planta baja para dejarlo todo como al llegar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jennie ha mirado la pared con cara de sorpre­sa, pero le he dicho que ha sido pura rabia, por lo horrible que era el papel.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se ha puesto a reír y me ha dicho que no le habría importado hacerlo ella misma, pero que no está bien que me canse.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué manera de quedar en evidencia!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero estoy aquí, y este papel no lo toca nadie más que yo. ¡Antes muerta!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jennie ha intentado sacarme de la habitación. ¡Cómo se le notaba! Pero yo le he dicho que ahora está tan vacía y tan limpia que me entra­ban ganas de estirarme otra vez y dormir todo lo que pudiera; que no me despertara ni para cenar, y que ya la avisaría yo cuando estuviera des­pierta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vaya, que se ha marchado, y los criados no están. Los muebles tampoco. Sólo queda la cama clavada al suelo, con el colchón de lona que encontramos encima.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta noche dormiremos abajo, y mañana tomaremos el barco a casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me gusta bastante esta habitación, ahora que vuelve a estar vacía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué destrozos hicieron los niños!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡La cama está como si la hubieran mordido! Pero tengo que poner manos a la obra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He cerrado la puerta y he tirado la llave al camino de delante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No quiero salir, ni quiero que entre nadie hasta que llegue John.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quiero darle una buena sorpresa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tengo una cuerda que no ha encontrado ni Jennie. ¡Así, si sale la mujer y quiere escaparse, podré atarla!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Pero se me ha olvidado que no puedo llegar muy arriba si no tengo nada a que subirme! ¡Esta cama no hay quien la mueva!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He intentado levantarla y empujarla hasta quedarme lisiada. Entonces me he enfadado tanto que le he arrancado un trozo de un mordis­co, en una esquina; pero me he hecho daño en los dientes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después he arrancado todo el papel hasta donde alcanzaba de pie en el suelo. ¡Está pegadí­simo, y el dibujo se lo pasa en grande! ¡Todas las cabezas estranguladas, y los ojos saltones, y la proliferación de hongos, todos se mofan de mí a gritos!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me estoy enfadando tanto que acabaré hacien­do algo desesperado. Saltar por la ventana sería un ejercicio admirable, pero las barras son dema­siado fuertes para intentarlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, tampoco lo haría. Desde luego que no. Sé perfectamente que sería un acto indecoroso, y que podría interpretarse mal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas. ¡Hay tantas mujeres arrastrándose, y corren tanto...!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me gustaría saber si salen todas del papel, como yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero ahora estoy bien sujeta con mi cuerda, la que no encontró nadie. ¡A mí sí que no me sacan a la carretera!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Supongo que cuando se haga de noche tendré que ponerme otra vez detrás del dibujo. ¡Con lo que cuesta!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Es tan agradable estar en esta habitación tan grande, y andar a gatas siempre que quiera...!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No quiero salir. No quiero, ni que me lo pida Jennie.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porque fuera hay que arrastrarse por el suelo, y en vez de amarillo es todo verde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí, en cambio, puedo andar a gatas por el suelo liso, y mi hombro se ajusta perfectamente a la marca larga de la pared, con la ventaja de que así no me pierdo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Anda, si está John al otro lado de la puerta! ¡Es inútil, jovencito, no podrás abrirla!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué berridos, y qué golpes!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora pide un hacha a gritos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Sería una lástima destrozar una puerta tan bonita!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¡John, querido! —he dicho con la máxima amabilidad—. ¡La llave está al lado de la escalera de entrada, debajo de una hoja!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con eso se ha callado un rato.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego ha dicho (con mucha serenidad): —¡Abre la puerta, cariño!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No puedo —he contestado yo—. ¡La llave está al lado de la puerta principal, debajo de una hoja!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo he repetido varias veces, muy poco a poco y con mucha dulzura; lo he dicho tantas veces que ha tenido que bajar a comprobarlo. La ha encontrado, como era de esperar, y ha entrado. Se ha quedado a un paso del umbral.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué pasa? —ha gritado—. ¿Pero qué haces, por Dios?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo he seguido andando a gatas como si nada, pero le he mirado por encima del hombro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Al final he salido —he dicho—, aunque no qui­sieras ni tú ni Jane. ¡Y he arrancado casi todo el papel, para que no puedan volver a meterme!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Por qué se habrá desmayado? El caso es que lo ha hecho, y justo al lado de la pared, en mitad de mi camino. ¡O sea que he tenido que pasar por encima de él a cada vuelta!&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Charlotte_Perkins_Gilman" target="_blank"&gt;Charlotte Perkins Gilman&lt;/a&gt; © (1860-1935)&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiMq8VJ3s87PQPd8WbNNa5VvT4Y3UNbWgGIovwUaAX8zTtay652jN52ON2A4p8d6jRRbbtOsQ9ma7kk1MHzrnunxrpV7_hsBIt_a9FoDbwOlZJ1f4SjhgUTX5MpLU5XEQWAj1-keGp9RZLj/s72-c/relato.jpg" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Dagón de H.P. Lovecraft</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/02/dagon-de-hp-lovecraft.html</link><category>Cuento</category><category>Estados Unidos</category><category>H.P. Lovecraft</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Wed, 25 Feb 2015 06:10:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-5360988883123349070</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s1600/cuento.png" height="107" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;i&gt;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Howard_Phillips_Lovecraft" target="_blank"&gt;H.P. Lovecraft&lt;/a&gt; © (1890- 1937)&lt;/i&gt;&lt;/blockquote&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3wyw9i8IkvF4xUEKdrvYUBXfvpF9bTiKwTC7EeUispD0ML1nTQ9OmijoMZ4a-C54A8XK3v6o2u-M6S6bEmZeh44TBskj3n8jfES8EJgE80avDsigssbRjPWIGHZWJUNvn7L5zVArhFGk5/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Montando la bala de Stephen King</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/02/cabalgando-una-bala-de-stephen-king.html</link><category>Cuento</category><category>Estados Unidos</category><category>Stephen King</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 20 Feb 2015 11:27:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-3526306086279447716</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s1600/cuento.png" height="107" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
I&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No he contado antes esta historia, y nunca pensé que lo haría –no exactamente porque tuviera miedo a no ser creído, sino porque sentía vergüenza… y porque la historia era mía. Siempre he creído que al contarla, me devaluaría tanto a mí como a la historia en sí misma, la haría pequeña y más mundana, no mucho mejor que una historia amateur de fantasmas contada antes de apagar las luces. Creo que también tenía miedo de que si la contaba, escucharla en mis oídos me haría dejar de creerla a mí también. Pero desde que murió mi madre no he podido dormir muy bien. Permanezco en un ligero sopor y despierto de golpe otra vez, totalmente lúcido y temblando. Dejar la lamparilla de noche encendida funciona, pero no tanto como podrías pensarlo. Hay muchas más sombras en la noche, lo has notado? Aún con luz hay tantas sombras. Las largas pueden ser sombras de cualquier cosa que se te ocurra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cualquier cosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo era un muchacho en la Universidad de Maine cuando la Sra. McCurdy llamó para contarme sobre mami. Mi padre murió cuando yo era aún muy joven para recordarlo y fui hijo único, así que solo éramos Alan y Jean Parker contra el mundo. La señora McCurdy, quien vivía calle arriba, llamó al apartamento que yo compartía con otros tres muchachos. Había conseguido el número telefónico de la pizarra-magneto recordatorio que má tenía adherida en la nevera.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Fue un infarto", dijo ella con ese acento Yankee largo y cansado suyo. "Ocurrió en el restaurante, pero no seas tan imprudente de volar hasta acá. El doctor dice que no ’stá muy grave. Está despierta y ‘abla".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Si, pero es coherente?" Pregunté. Intentaba sonar calmado, incluso sorprendido, pero mi corazón latía rápidamente y repentinamente la sala de estar se tornó muy cálida. Tenía el apartamento para mí solo, era miércoles y mis dos compañeros tenían clases todo el día.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Oh, si. Lo primero que me dijo fue que te llamase pero que no te asustara. Muy considerado de su parte, no lo crees?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Si". Pero desde luego estaba asustado. Cuando alguien llama y te dice que tu madre ha sido llevada del trabajo al hospital en ambulancia, cómo se supone que debes sentirte?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Dijo que permanecieras allá y te ocuparas del colegio hasta el fin de semana. Y dijo que podrías venir entonces si no tenías demasiado que-studiar".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Seguro, pensé. Sarcástico. Me quedaré aquí en este mugriento apartamento pestilente a cerveza mientras mi madre está tendida en una cama de hospital a casi 170 kilómetros al sur muriendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Tu má es todavía una mujer joven," Dijo la Sra. McCurdy. "Es solo que se ha dejado engordar tremendamente estos años, y tiene la hipertensión. Además de los cigarrillos. Tendrá que dejar los cigarrillos".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo dudaba que lo hiciera, con infarto o sin él, y sobre eso tenía razón –mi madre amaba sus cigarrillos. Agradecí a la Sra. McCurdy por haber llamado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Fue lo primero que hice al llegar a casa", dijo. "Y…cuándo piensas venir, Alan, el sabadito?" Había un ligero tono en su voz que sugería que lo adivinaba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mire por la ventana la perfecta tarde de Octubre. El brillante cielo azul de New England sobre los árboles que se mecían sobre sus amarillas hojas en Mill Street. Entonces eche un vistazo al reloj. Las tres y veinte. Estaba por salir hacia mi seminario de filosofía de las cuatro en punto cuando sonó el teléfono.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Bromea?" Pregunté. "Estaré ahí esta noche."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su risa era seca y algo sofocada al final –La Sra. McCurdy era excelente para hablar sobre quién debía dejar el tabaco, ella y sus Winston. "Buen chico! Irás directo al hospital y después conducirás hasta la casa, cierto?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Eso creo, si" Dije. No tenía sentido decirle a la Sra. McCurdy que había algún fallo en la transmisión de mi viejo auto, y que no iría a ningún otro lugar que al sendero del futuro predecible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Haría autostop hasta Lewiston, y después hasta nuestra pequeña casa en Harlow si aún no era muy tarde. Si lo fuese, haría una siestecilla en algún sofá del hospital. No sería la primera vez que mi pulgar me llevase fuera de la escuela. O dormiría sentado con mi cabeza sobre una maquina de Coca-Cola, según el caso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Me aseguraré que la llave se encuentre bajo la carretilla," dijo ella. "Sabes a lo que me refiero, verdad?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Claro." Mi madre conservaba una vieja carretilla junto a la puerta del cobertizo trasero que se llenaba de flores en el verano. Pensar en ello, por alguna razón hizo que las noticias de casa que la Sra McCurdy me diera me golpeasen como un hecho auténtico: mi madre estaba en el hospital, la pequeña casa en Harlow donde crecí estaría oscura esta noche –no habría quién encendiera las luces después del ocaso. La Sra. McCurdy podía decir que mi madre era joven pero, cuando se tienen veintiún años, cuarenta y ocho suenan a ancianidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Ten cuidado, Alan. No conduzcas deprisa".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi velocidad, desde luego, dependería de quienquiera que me llevase y, personalmente esperaba que quien fuese condujera como el diablo. En cuanto a mí correspondía, no llegaría al Central Main Medical Center lo suficientemente rápido. Aún así, no tenia sentido preocupar a la Sra. McCurdy.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No lo haré, gracias".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Por nada," dijo ella. "Tu má estará bien, y vaya si estará feliz de verte."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Colgué el teléfono y garabateé una nota diciendo lo que había ocurrido y hacia dónde me dirigía. Le pedí a Hector Passmore, el más responsable de mis colegas, que llamara a mi asesor y le pidiera que informara a mis instructores lo que pasaba para que no me fastidiaran por ausencias –Dos o tres de mis profesores eran verdaderamente intolerantes a ese respecto. Después empaque un cambio de ropa en mi mochila, añadí mi copia de Introducción a la filosofía que había marcado doblando el borde de una hoja y me dirigí a la salida. Abandoné el curso la siguiente semana, aunque me estaba yendo bastante bien. Mi forma de ver el mundo cambió esa noche, cambió bastante y nada en mi libro de filosofía parecía ajustarse a dichos cambios. Llegué a comprender que hay cosas debajo, tú sabes – debajo- y ningún libro puede explicar lo que son. Yo creo que a veces es mejor olvidar lo que son esas cosas. Si puedes, claro está.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay 193. kilómetros de la Universidad de Maine en Orono hasta Lewiston en el condado de Androscoggin, y la forma más rápida de llegar ahí es por la ruta I-95. El camino de peaje no es un muy buen lugar para hacer autostop, puesto que la policía estatal está dispuesta a echar a cualquiera se baje por ahí –incluso si solo te encuentras de pie sobre la rampa, aún así te echan –y si el mismo policía te pesca dos veces, puede incluso darte una multa. Asi que tomé la Ruta 68, que enfila al sudoeste de Bangor. Es un camino bastante transitado y si no luces como un completo psicótico, usualmente te las arreglas bien. Los polis también te dejan en paz, la mayor parte del trayecto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El primer tramo me llevó un adusto vendedor de seguros y me llevo hasta Newport. Permanecí de pie en la intersección de la Ruta 68 y la Ruta 2 por casi veinte minutos, y entonces conseguí que me llevase un caballero algo mayor que iba en camino a Bowdoinham. Constantemente se tocaba la entrepierna mientras manejaba. Como si intentara atrapar algo que anduviese correteando por ahí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Mi mujer sienpre me dijo que ‘stuviera preparado y guardase un cuchillo en la espalda si pretendía llevar a un autostopista," dijo "pero cuando veo a un tipo joven parado a un la’o del caminio, yo sienpre recuerdo mis días de juventud. Mi pulgar me llevo bastante lejos y yo también hice autostop. Cabalgué los caminios también, y mira esto, ella muerta hace cuatro años y yo vivito y coleando, conduciendo el mismo y viejo Dodge. La echo tierriblemente de menos". Se volvió a tocar la entrepierna&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Hacia dónde te diriges, hijo?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le conté a dónde iba y por qué.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Eso es tierrible," dijo él. "Tu má! Lo siento mucho!".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su comprensión era tan fuerte y espontánea que logró que sintiera un escozor en las comisuras de los ojos. Parpadeé para ahuyentar las lágrimas. Lo último en el mundo que se me antojaba era soltarme a llorar en el auto de este viejo, el cual cascabeleaba y se bamboleaba, además de que lo impregnaba un fuerte olor a orín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"La Sra. McCurdy –la dama que me telefoneó –dijo que no era muy grave. Mi madre es aún joven, solamente cuarenta y ocho años".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Aún así, es un infarto!" El hombre parecía verdaderamente consternado. Manoseó la entrepierna de sus pantalones verdes una vez más, tirando de ella con una mano de enormes proporciones que asemejaba una garra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Un infarto sienpre’s serio! Hijo, te llevaría yo mismo al CMMC –te dejaría justo ante la puerta principal –si no hubiese prometido a mi hermano Ralph que lo llevaría al sanatorio particular de Gates. Su esposa se encuentra ahí, tiene esa enfermedad del olvido, no me puedo acordar cómo demonios se llama, Anderson’s o Alvarez o algo por el estilo -"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Alzheimer’s," dije yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Ajá, tal vez la haya pillado yo también. Diablos, estoy tentado a llevarte de cualquier forma."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No es necesario que lo haga," Dije. "Puedo conseguir fácilmente quien me lleve desde Gates"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Aún así," dijo. "Tu madre! Un infarto! Solamente cuarenta y ocho años!" Volvió a manosear su entrepierna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Jodido calzoncillo!" chilló, y después rió –el sonido era tanto estridente como sorprendido. "Jodida ruptura! Si logras subsistir hijo, todo tu mundo comienza a desmoronarse. Al final, Dios te patea el culo, déjame decirte. Pero eres un buen chico al dejarlo todo e ir a por tu madre como lo ‘stás haciendo."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Es una buena madre," Dije, y una vez más sentí el escozor de las lágrimas. Nunca sentí demasiada nostalgia por casa cuando me mudé al colegio –solo un poco la primer semana, eso fue todo –pero, sentí nostalgia entonces. Solo éramos ella y yo sin ningún otro familiar cercano. No podía imaginarme la vida sin ella. La Sra. McCurdy había dicho que no era muy grave, un infarto si, pero no muy grave. Más valía que la condenada vieja no mintiera, pensé, más le valía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Continuamos en silencio durante un rato. No era todo lo rápido que yo deseaba –el viejo mantenía una velocidad constante de 72 hms./hr. y a veces se desviaba sobre la línea blanca hacia el carril contrario- pero era un tramo largo, y no podía pedirse más. La Carretera 68 se desenrolló ante nosotros, doblando su curso a través de kilómetros de bosque y salpicada de pequeños pueblos que comenzaban y terminaban en un parpadeo, cada uno con su propio bar, y su propia estación de servicio. New Sharon, Ophelia, West Ophelia, Ganistan (que alguna vez fue Afganistán, aunque parezca increíble), Mechanic Falls, Castle View, Castle Rock. El azul brillante del cielo se desvanecía a medida que el día terminaba, el viejo encendió primero sus indicadores de posición y después los indicadores laterales y finalmente las luces frontales. Había encendido las luces largas pero no parecía haberlo notado, incluso cuando los autos que venían en sentido opuesto le mostraban sus propias luces largas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Mi cuñada no puede ni recordar su propio nombre," Dijo él. "No sabe ni decir ni sí, ni no, ni tal vez. Eso es lo que hace contigo la enfermedad de Anderson, hijo. Tiene algo en sus ojos… que parece decir ‘sáquenme de aquí’ … o lo diría, si pudiera recordar las palabras. Sabes a lo que me refiero?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Si," Repliqué. Inspiré profundamente y me pregunté si el olor a orines pertenecía al viejo o tal vez tuviera un perro que lo acompañase en ocasiones. Me pregunté si le ofendería que bajase un poco la ventanilla. Finalmente lo hice. Él pareció no darse cuenta como tampoco parecía percatarse de las protestas de los autos que venían en sentido opuesto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alrededor de las siete, flanqueamos una colina en West Gates y mi conductor chilló. "Mírala hijo! La luna! No es maravillosa?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"En verdad era maravillosa –una enorme bola anaranjada elevándose sobre el horizonte. Y sin embargo, pensé que había algo terrible en ella. Parecía tanto preñada como infectada. Al mirar a la creciente luna de pronto me acometió un pensamiento horrible. Que pasaría si llegaba al hospital y mamá no me reconocía? Que tal si su memoria se había esfumado, completamente, cero, y no pudiera ni decir ni sí, ni no, ni tal vez? Que tal si el doctor me decía que necesitaba de alguien que la cuidase por el resto de sus días? Ese alguien tendría que ser yo, desde luego, no había nadie más. Adiós colegio. Que hay de eso amigos y vecinos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Pídele un deseo niñio!" Espetó el viejo. En su excitación, su voz se tornó más aguda y desagradable –era como si fragmentos de vidrio te chasqueasen en los oídos. Le dio a su entrepierna un fuerte apretón. Algo ahí dentro emitió un chasquido. No me cabía en la cabeza cómo podías oprimirte la entrepierna tan fuerte sin agarrarte las bolas desde la raíz, con calzoncillo o sin él. "El deseo que le pidas a la luna canpestre sienpre se realiza, eso es lo que mi padre decía."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pedí que mi madre me reconociese cuando entrara a su habitación, que sus ojos se iluminaran y que dijese mi nombre. Pedí el deseo e inmediatamente deseé no haber deseado, pensé que ningún deseo hecho a una enfermiza luz anaranjada pudiera traer nada bueno.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Ah, hijo! Exclamó el viejo. "Desearía que mi mujer estuviera aquí! Le pediría de rodillas perdón por todas las sandeces e insultos que le dije!"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Veinte minutos más tarde, con la última luz del día aún en el aire y la luna aún despuntando en el cielo llegamos a Gates Falls. Hay un semáforo intermitente amarillo en la intersección de la Ruta 68 y Pleasant Street. Justo antes de llegar a ella, el viejo viró abruptamente hacia el arroyo lateral y provocando que la rueda delantera derecha se golpeara contra el bordillo del camino y después retrocediera, haciendo castañetear mis dientes. El viejo me miró entonces con una mirada entre salvaje y desafiante –todo en él era salvaje, y aunque no lo había notado en un principio, todo en ese hombre daba la impresión de vidrios rotos. Y todo cuanto decía parecía ser una exclamación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Te llevaré hasta ahí! Lo haré siseñor! Qué importa Ralph! Al demonio con él! Tú solo pídelo".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quería llegar pronto con mamá, pero la idea de otros 32 kilómetros con ese olor a meados en el aire y los autos protestando por las luces largas no era muy agradable. Tampoco era agradable la imagen del tipo conduciendo en eses e invadiendo el carril contrario de Lisbon Street.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero sobre todo era por él. No podría soportar otros 32 kilómetros de rasquiña de entrepierna ni de esa voz de vidrio roto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Hey, no," Dije, "No hay problema. Siga su camino y ocúpese de su hermano." Abrí la puerta del copiloto y lo que temía ocurrió –se inclinó y tomó mi brazo con su torcida y larga mano de anciano. Era la misma mano con la que se había manoseado la entrepierna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Tú solo pídelo!" Me respondió. Su voz era ronca, confidencial. Sus dedos oprimían fuertemente la carne justo debajo de mi axila. "Te llevaré justo hasta la entrada del hospital! Ajá! No importa que nunca te haya visto en mi vida o tú a mi! No importa ni sí, ni no ni tal vez! Te llevare justo…&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
ahí!"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No hay problema," repetí, y repentinamente sentí la urgente necesidad de salir de aquel auto, dejando la camisa en su puño si era necesario para librarme de él. Sentía que me ahogaba. Pensé que cuando me moviese, el apretón de su puño se cerraría aún más o incluso podría pillarme por el vello del cuello, pero no lo hizo. Sus dedos se aflojaron y me pude deslizar hacia fuera, y me pregunté como hacemos siempre que nos acomete un momento de pánico irracional, a qué tuve miedo exactamente. Él solo era un viejo carcamal cuya subsistencia tal vez dependiese del carbón, con un ecosistema Dodge pestilente a orines que parecía desilusionado por haber rechazado su oferta. Era solo un viejo que no estaba cómodo con sus calzoncillos. ¿Qué en el nombre de Dios había yo temido?.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Le agradezco haberme llevado y agradezco aún mas su oferta," Dije. "Pero puedo seguir por ahí" –señalé hacia Pleasant ¨Street "-y conseguiré autostop en cualquier momento".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él permaneció en silencio un momento, luego suspiró y afirmó con la cabeza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Ajá, ése es el mejor lugar del que partir." Dijo. "Manténte en los límites del pueblo, nadie querría llevar a un tipo en el pueblo, nadie querría aminorar la marcha y que le apresuren a bocinazos."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El hombre tenía razón en eso, hacer autostop en un pueblo, aún en uno pequeño como Gates Falls era en vano. Adiviné que realmente el pulgar había llevado al viejo muy lejos en otro tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Pero, hijo, estás seguro? Ya sabes lo que dicen sobre tener pájaro en mano".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Titubeé una vez más. Él tenía razón sobre lo del pájaro en mano también. Pleasant Street se volvía Ridge Road a poco mas de kilómetro y medio hacia el oeste del intermitente amarillo y transcurría sobre 24 kilómetros de bosque antes de llegar a la Ruta 196 en los linderos de Lewiston. Ya estaba casi oscuro y es siempre más difícil conseguir autostop por la noche –cuando los faros de un auto te encuentran en medio de un camino rural, parecerás un fugitivo del Wyndham Boy’s Correctional aún con el cabello bien peinado y la camisa dentro del pantalón. Pero yo no quería viajar más con el viejo. Aún ahora que me encontraba a salvo fuera de su vehículo, pensaba que había algo atemorizante en él -tal vez fuese solo la forma en que su voz parecía llena de puntos exclamativos. Además siempre he tenido suerte para conseguir autostop.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Estoy seguro," dije. "Y gracias otra vez, de verdad".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Cuando quieras, hijo. Cuando quieras. Mi mujer…" Se interrumpió, y vi que había lágrimas corriendo por las comisuras de sus ojos. Le agradecí una vez más, y cerré de un portazo la puerta antes que pudiera decir algo más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me apresuré a cruzar la calle, mi sombra aparecía y desaparecía con la luz del intermitente. En la parte alejada de la calle me volví y miré hacia atrás. El Dodge seguía ahí, aparcado a un costado de Frank’s Fountain &amp;amp; Fruit. A la luz del intermitente y con el semáforo a unos seiscientos metros más o menos adelante, lo pude ver sentado recargado sobre el volante. Me acometió la idea de que estaba muerto, que yo lo había matado al rehusar su ofrecimiento de ayuda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces se aproximó un auto por la esquina y el conductor echo sus luces largas al Dodge, esta vez el viejo reaccionó con sus propias luces, y entonces me di cuenta que todavía estaba vivo. Tras un momento, volvió hacia el camino y condujo el Dogde lentamente hacia la esquina. Le observé hasta que se perdió de vista, y entonces levanté la vista hacia la luna. Comenzaba a perder su brillo anaranjado, pero aún así, había algo siniestro en ella. Se me ocurrió entonces que nunca antes había oído hablar sobre pedir deseos a la luna –al lucero del ocaso sí, pero no a la luna. Una vez más deseé que pudiese retractar mi deseo, mientras la oscuridad se cernía sobre mí y yo permanecía de pie ante los cruces, era muy fácil recordar aquella historia sobre la garra del mono.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Caminé sobre Pleasant Street, mostrando el pulgar a los autos que pasaban sin siquiera aminorar la marcha. Al principio, había tiendas y casas a ambos lados del camino, entonces se terminaba la acera y los árboles silenciosamente cerraban el paso obstruyendo la tierra. En ocasiones, el camino se inundaba con luz, proyectando mi sombra hacia delante, me volvía, mostrando el pulgar e intentaba poner lo que suponía era una reconfortante sonrisa en mi rostro. Y cada ocasión el auto que se aproximaba pasaba como una exhalación. Uno de ellos me gritó "Consigue un empleo, pedazo de animal!" y hubo risas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No temo a la oscuridad –o no temía entonces, -pero comenzaba a temer que me había equivocado al no aceptar la oferta de aquel viejo de llevarme directamente al hospital. Pude haber diseñado algún cartel que rezara ‘NECESITO AUTOSTOP, MADRE ENFERMA’ antes de iniciar la travesía, pero dudaba que ello fuese de alguna ayuda. Cualquier psicótico podía hacer un cartel, después de todo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Continué la marcha, las zapatillas deportivas se desgastaban con el terreno arcilloso del sendero, escuchando los sonidos de la inminente noche: un perro, a lo lejos; un búho, mucho más cerca; el ronroneo del creciente viento. El cielo era brillante a laluz de la luna, pero no se la podía ver en aquél preciso instante –había árboles altos en este tramo y lo cubrían todo por el momento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al dejar atrás Gates, unos pocos autos pasaron cerca. Mi decisión de no aceptar la oferta del viejo me parecía más tonta a cada minuto. Comencé a imaginar a mi madre en su cama de hospital, su boca torcida hacia abajo en un congelado gesto de desprecio, perdiendo su conexión con la vida pero tratando de retenerla en un creciente ladrido llamándome, sin saber que no podría llegar simplemente porque no me había gustado la escalofriante voz del viejo o el apestoso olor de su automóvil.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Flanqueé una colina pendiente y de nuevo me encontré ante la luz de la luna en la cima. No había árboles a mi derecha, los reemplazaba un pequeño cementerio rural. Las lápidas destellaban a la pálida luz. Algo pequeño y negro se agazapaba junto a una de ellas, observándome. Caminé un paso hacia delante, con curiosidad. La cosa negra se movió y resultó ser una marmota. Me dirigió una única mirada de reproche con un ojo rojo y se perdió entre la hierba alta. En un instante, tomé conciencia de lo cansado que estaba, de hecho estaba exhausto. Había estado destilando adrenalina desde que la Sra. McCurdy llamara cinco horas antes, pero ahora eso quedaba atrás. Eso era la peor parte. La parte buena era que aquella sensación de franca urgencia se había ido, al menos de momento. Había tomado una decisión, me decidí continuar por Ridge Road en lugar de la Ruta 68, y no tenia sentido acosarme con lo mismo –&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo divertido es divertido y lo hecho, hecho está, solía decir mi madre. Tenía cantidad de frases por el estilo como aforismos Zen que casi tenían sentido. Con sentido o sin él, éste en particular me reconfortaba en estos momentos. Si ella estaba muerta cuando yo llegase al hospital, entonces eso era todo. Probablemente no lo estuviese. El médico dijo que no era grave, de acuerdo a la Sra. McCurdy, y la Sra. McCurdy también había dicho que mi madre aún era una mujer joven. Un poco en el bando pesado, cierto, y una fumadora al por mayor, pero aún joven.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mientras tanto, yo me encontraba sumamente nervioso y súbitamente exhausto –parecía que mis pies hubiesen sido enterrados en cemento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Había un muro bajo de rocas que discurría a lo largo un sendero que bordeaba el cementerio, con una abertura por la cual corrían un par de ratas. Me senté en él con los pies plantados a los lados de una de estas hendiduras. Desde esta posición, podría ver una buena parte de Ridge Road en ambas direcciones. Cuando veía luces aproximándose desde el oeste, en dirección a Lewiston, podría caminar de vuelta hacia el límite del camino y sacar el pulgar. Entretanto, me sentaría aquí con mi mochila en el regazo y esperaría a que me volviese la fuerza a las piernas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una baja neblina, fina y resplandeciente se elevaba del césped. Los árboles que rodeaban el cementerio por tres costados susurraban al movimiento de la creciente brisa. Desde más allá del campo santo llegó el sonido de agua corriente, un arroyo y el ocasional chapoteo de una rana. El lugar era hermoso y extrañamente confortable. Como la fotografía en un libro de poemas románticos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miré hacia ambos lados del camino. Nada se aproximaba, no había más que resplandor en el horizonte. Bajé mi mochila a la hendidura entre mis pies, me puse de pie y caminé hacia el cementerio. Un mechón de cabello cayó sobre mi frente y el viento lo apartó. La extraña neblina se arremolinaba perezosamente alrededor de mis pies. Las rocas de la parte trasera eran viejas, y más de una se había caído. Las del frente eran mucho más recientes. Uní las manos y me arrodille, para mirar una lápida que estaba rodeada de flores casi frescas. A la luz de la luna el nombre era fácil de leer: GEORGE STAUB. Debajo de éste se encontraban las fechas que marcaban la breve existencia de George Staub: ENERO 19, 1977 decía la primera y la otra rezaba OCTUBRE 12, 1998. Eso explicaba por qué las flores apenas comenzaban a secarse; Octubre 12 había sido hace dos días y 1998 era justo hacía dos años. Los amigos y parientes de George debieron pasar a presentar sus respetos. Bajo el nombre y las fechas había algo más, una breve inscripción. Me agaché un poco más para poder leerla-&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-E inmediatamente me proyecté haca atrás, aterrado y demasiado consciente de que me encontraba solo, visitando un cementerio a la luz de la luna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La inscripción decía&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
LO DIVERTIDO ES DIVERTIDO Y LO HECHO, HECHO ESTA&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi madre estaba muerta, había muerto quizá en ese preciso instante y algo me había enviado un mensaje. Algo con un sentido del humor absolutamente desagradable.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Comencé a retroceder lentamente hacia el camino, escuchando el viento pasar entre los árboles, escuchando el arroyo, escuchando a la rana, súbitamente temeroso de escuchar algo más, el sonido de tierra deslizándose y de raíces arrancadas por algo que, sin estar del todo muerto, pugnara por salir, buscando asir una de mis zapatillas deportivas-&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis pies se enredaron y caí, golpeándome el codo con una lápida, apenas fallando que otra me golpease la nuca. Caí con un golpe seco, mirando hacia la luna que apenas se traslucía entre los árboles. Ahora era blanca en vez de anaranjada, y tan brillante como un hueso pulido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La caída me produjo más lucidez que pánico. No sabía lo que había visto, pero no podía ser lo que yo creí haber visto, esa clase de cosas podían ocurrir en las películas de John Carpenter y Wes Craven, pero no ocurrirían en la vida real.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si, de acuerdo, bien, murmuró una voz en mi cabeza. Y si te alejases de aquí caminando continuarás creyéndote eso. Podrás continuar creyéndolo por el resto de tu vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"A la mierda," protesté y me puse de pie. El trasero de mis tejanos estaba húmedo, y tiré de él para separarlo de la piel. No era precisamente fácil reprochar a la lápida que era la última morada de George Staub pero tampoco fue tan duro como pensé&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
que sería. El viento susurraba entre los árboles todavía en aumento, marcando un cambio en el clima. Las sombras bailaban inquietas a mi alrededor. Las ramas crujían y entrechocaban, un sonido crujiente en el bosque. Me incliné sobre la lápida y leí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
GEORGE STAUB&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
ENERO 19, 1977-OCTUBRE 12, 1998&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Un buen comienzo, y un prematuro final&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me quedé ahí de pie, inclinado con mis manos colgando sobre las rodillas, sin advertir lo rápido que latía mi corazón hasta que comenzó a calmarse. Una pequeña y desagradable coincidencia, eso era todo, y cabría la posibilidad de que hubiese leído mal la inscripción que había bajo el nombre y las fechas? Aún sin estar cansado y bajo el efecto del estrés, pude haber leído mal –la luz de la luna era una obvia disuasión. Caso cerrado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Excepto que, sabia lo que había leído: Lo divertido es divertido y lo hecho, hecho está.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi má estaba muerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"A la mierda," Repetí, y me alejé. Al hacerlo me di cuenta de que la neblina que se arremolinaba sobre la hierba y mis tobillos comenzaba a resplandecer. Pude oír el murmullo de un motor aproximándose. Se acercaba un auto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Corrí de vuelta hacia la entrada del muro de rocas colgándome la mochila en el trayecto. Las luces del auto que venía iban a medio camino de la colina. Saqué el pulgar en el instante en que me deslumbraron y momentáneamente cegaron mi vista. Sabía que el tipo se detendría aún antes de que aminorara la marcha. Es curioso como puedes solo saber en ocasiones, pero cualquiera que haya pasado mucho tiempo haciendo autostop te podrá decir que así ocurre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El auto me adelantó, las luces del freno encendieron y lentamente se acercó al bordillo de tierra suave muy cerca del borde del muro de rocas que dividía el cementerio de Ridge Road. Corrí hacia él con la mochila bamboleándose contra mi rodilla. El auto era un Mustang, uno de esos fenomenales autos de fines de los sesenta o principios de los setenta. El motor rugía ruidosamente, el notorio sonido de un silenciador que seguramente no pasaría la próxima inspección cuando venciera el plazo… pero ése no era mi problema.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abrí la puerta y me deslicé al interior. Mientras ponía mi mochila entre mis pies, un odor me azotó, algo casi familiar y un tanto desagradable. "Gracias," dije. "Muchas gracias."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tipo detrás del volante llevaba unos tejanos desvaídos y una remera negra con las mangas cortadas. Su piel era bronceada, sus músculos voluminosos, y a su bíceps derecho lo coronaba un tatuaje que semejaba una alambrada azul. Llevaba una gorra de John Deere puesta al revés. Había un fistol de botón pegado al cuello de su remera, pero no podía leer qué decía desde mi ángulo. "No hay problema." Dijo él. "Te dirijes a la ciudad?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Si," respondí. En esta parte del mundo "a la ciudad" significaba&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lewiston, la única ciudad de cualquier tamaño al norte de Portland. Mientras cerraba la puerta, vi uno de esos aromatizantes con figura de pino colgando del espejo retrovisor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Eso era lo que había olido. De seguro ésa no era mi noche en cuanto a olores se refería, primero orines y ahora pino artificial.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aún así me estaban llevando. Debería sentirme aliviado. Y mientras el tipo aceleraba de vuelta sobre Ridge Road, el gran motor del Mustang de colección rugía. Intenté convencerme de que estaba aliviado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Qué te espera en la ciudad?" Preguntó el conductor. Consideré que tendría mi edad aproximadamente, un pueblerino que tal vez asistiese a la vocacional técnica en Auburn o tal vez trabajase en uno de los pocos talleres textiles que aún quedaban en el área. Probablemente habría arreglado él mismo este Mustang en su tiempo libre, porque eso era lo que los pueblerinos hacían: bebían cerveza, fumaban algo de hierba, arreglaban sus autos. O sus motocicletas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Mi hermano está por casarse. Seré su padrino." Dije esta mentira sin premeditación alguna. No quería que supiera sobre mi madre, aunque, tampoco sabía por qué. Algo iba mal aquí. No podía saber lo que era o por qué pensé eso en primer lugar, pero lo sabía. Estaba seguro. "El ensayo es mañana. Además de la despedida de soltero por la noche.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí? De verdad?" Se volvió a mirarme con los ojos muy abiertos y una rostro bien parecido, labios llenos y una discreta sonrisa, los ojos desconfiaban.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Si" repliqué.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sentía miedo. Así como así, volvía a sentir miedo. Algo estaba mal, y tal vez había estado mal desde que el viejo carcamal del Dodge me incitara a pedir un deseo ante la enfermiza luna en lugar de una estrella. O tal vez desde el momento en que descolgué el teléfono y escuché a la Sra. McCurdy decir que tenía malas noticias para mí, pero no era todo lo malo que podría ser.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Bueno, eso está bien" dijo el joven hombre con su gorra al revés. "Un hermano que se casa, hombre, eso está bien. ¿Cómo te llamas?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No solo sentía miedo, estaba aterrorizado. Todo iba mal, todo. Y no podía explicar por qué o como era posible que ocurriese tan deprisa. Pero sobre todo, sabía una cosa. Quería tanto que el tipo que conducía el Mustang supiera mi nombre como querer que supiera mis motivos para ir a Lewiston. En caso de llegar a Lewiston. Súbitamente tuve la certeza de que nunca vería Lewiston nuevamente. Fue como saber que el auto se iba a detener. Y también estaba ese olor, sabía algo sobre eso también, no se trataba del aromatizante, había algo debajo del aromatizante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Hector," dije dando el nombre de mi compañero de habitación. "Hector Passmore, ese soy yo" salió de mi boca seca con total calma, y estaba bien. Algo dentro de mí insistía que no debería hacer notar al conductor del Mustang que sentía que algo iba mal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era mi única oportunidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se volvió hacia mi un poco, y pude leer el botón que llevaba prendido: CABALGUÉ LA BALA EN TRHILL VILLAGE, LACONIA. Yo conocía el lugar, había estado ahí, aunque no por mucho tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También me percaté de una gruesa línea negra que circulaba su garganta justo como el tatuaje que asemejaba alambrada circulaba su brazo, solo que la línea alrededor de la garganta del conductor no era un tatuaje. Tenía docenas de marcas negras que la atravesaban verticalmente. Eran los puntos que cosería quienquiera que le hubiese unido la cabeza de nuevo sobre el cuerpo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Gusto en conocerte, Hector," dijo él. "Yo soy George Staub".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
II&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi mano pareció flotar ahí como la mano de un sueño. Deseé que aquello hubiese sido un sueño, pero no lo era, tenía todos los visos agudos de la realidad. El olor por encima era de pino. El olor debajo era algún tipo de químico, probablemente formaldehído. Me encontraba cabalgando con un hombre muerto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Mustang apresuró la marcha sobre Ridge Road a noventa y siete kilómetros por hora, persiguiendo sus propias luces largas bajo la luz de botón de la luna. En todas direcciones los árboles que se apiñaban a lo largo del camino danzaban y se mecían al viento. George Staub me sonrió con ojos vacíos, entonces soltó mi mano y volvió la atención al camino. En la escuela secundaria había leído Drácula, y ahora una frase del libro recurría a mí, resonando en mi cabeza como una campana rota: Los muertos conducen deprisa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No puedo hacerle saber que sé. Este pensamiento también&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
resonaba en mi cabeza. No era mucho, pero era todo lo que tenía. No puedo hacerle saber, no puedo, no. Me pregunté dónde se encontraría ahora el viejo carcamal. Estaría a salvo con su hermano? O sería que el viejo estaba metido en esto desde un principio? Era posible que se encontrase justo detrás de nosotros, conduciendo su viejo Dodge, encorvado sobre el volante y manoseándose la entrepierna? Estaría él muerto también? Probablemente no. Los muertos conducen deprisa, según Bram Stoker, pero el viejo nunca rebasó la línea de los 72. Sentí una risa demente subir por mi garganta y la contuve. Si me reía, él sabría. Y no debía saber, porque esa era mi única esperanza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No hay nada como una boda," dijo él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Ajá," añadí, "todo el mundo debería hacerlo al menos dos veces".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis manos se hallaban entrelazadas y oprimiéndose. Podía sentir las uñas hundirse en los dorsos a la altura de los nudillos, pero la sensación era distante, como noticias de otro país. No podía hacerle saber, esa era la cuestión. El bosque nos rodeaba, la única luz era el desalentador brillo óseo de la luna, y no podía hacerle saber que sabía que estaba muerto. Porque él no era un fantasma, no, nada tan inofensivo. Uno puede ver un fantasma, pero, qué clase de cosa se detendría para llevarte? Qué clase de criatura sería esa? Zombie? Chupasangre? Vampiro? Ninguno de estos?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
George Staub rió. "Hacerlo dos veces! Sí, colega, así es mi familia entera!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"La mía también," añadí. Mi voz sonaba calmada, tal como la voz de un autostopista pasando la tarde –o la noche, en este caso- sosteniendo una coherente conversación como una pequeña retribución por el viaje. "Realmente no hay nada como un funeral."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Boda" dijo él suavemente. A la luz del tablero de instrumentos, su rostro parecía de cera, el rostro de un cadáver justo antes de que se le corra el maquillaje. Esa gorra al revés era particularmente horrible. Te hacía preguntarte cuánto quedaría debajo de ella. Había leído en alguna parte que los embalsamadores abrían el cráneo y sacaban el cerebro e insertaban una especie de algodón impregnado en químicos. Para evitar que la cara se hundiese hacia dentro, tal vez.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Boda," dije yo con labios entumecidos, e incluso reí un poco –una risilla ahogada. "Boda es lo que pretendía decir."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Siempre decimos lo que pretendemos decir, eso es lo que yo creo" dijo el conductor. Todavía sonreía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, Freud habría creído eso también. Lo había leído en Psych 101. Yo dudaba que este tipo supiera mucho sobre Freud, y no creía que muchos estudiantes Freudianos llevasen remeras sin mangas y gorras de béisbol al revés, pero él sabía lo suficiente. Yo había dicho ‘funeral’. Dios Santo, había dicho funeral. Se me ocurrió que el tipo jugaba conmigo. Yo no quería hacerle saber que sabía que estaba muerto. Él no quería hacerme saber que él sabía que yo sabía que estaba muerto. Y por lo tanto, yo no podía hacerle saber que yo sabía que él sabía que…&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El mundo comenzó a oscilar ante mis ojos. En un momento, comenzó a girar, después a rodar, y estaba por perderlo. Cerré los ojos por un momento. En la oscuridad detrás de mis párpados veía la imagen en negativo de la luna, se había tornado verde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Te encuentras bien camarada?" Preguntó. El matíz de su voz era horrible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí," respondí abriendo los ojos. El mundo se había estabilizado de nuevo. El dolor en los dorsos de mis manos, donde mis uñas se habían hundido en la piel era fuerte y real. Y el olor. No solo el pino del aromatizante, no solo los químicos. Había además un olor a tierra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Estás seguro?" Inquirió.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sólo un poco cansado. He estado viajando en autostop por un buen rato. Y a veces me mareo un poco." La inspiración súbitamente me invadió. "Sabes una cosa, creo que sería mejor que me permitas salir. Con un poco de aire fresco mi estómago se calmará. Pasará alguien más y -"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No podría hacer eso," dijo él. "¿Dejarte aquí? De ningún modo. Podría pasar una hora antes que alguien llegase hasta aquí y tal vez ni siquiera se detuviesen a llevarte. Debo ocuparme de ti. ¿Cómo dice aquella canción? Llévame a la iglesia a tiempo, cierto? De ningún modo te dejaré aquí. Baja un poco la ventanilla, eso servirá. Ya sé que no huele precisamente bien aquí dentro. Colgué ese aromatizante, pero esas cosas no funcionan una mierda. Desde luego, algunos olores son más difíciles de ahuyentar que otros."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quería alcanzar la ventanilla y bajarla un poco, permitir que entrase algo de aire fresco, pero los músculos de mi brazo no parecían tener fuerza. Todo lo que podía hacer era permanecer ahí sentado con las manos enganchadas y las uñas clavándose en los dorsos. Un juego de músculos no funcionaba y el otro no paraba de funcionar. Vaya broma.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Es como esa historia," dijo él. "Aquella sobre el chico que compra un Cadillac semi nuevo por setecientos cincuenta dólares. Conoces esa historia, verdad?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí," respondí a través de mis entorpecidos labios. No conocía la historia, pero sabía perfectamente bien que no quería escucharla, no quería escuchar ninguna historia que pudiera contar este hombre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Esa es famosa."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Delante de nosotros, el camino se extendía como aquellas carreteras de las viejas películas en blanco y negro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí, es jodidamente famosa. Así que el chico está buscando un auto y ve este Cadillac semi nuevo en el patio de un tipo."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí, y tiene un anuncio que dice PROPIETARIO LO VENDE en la ventanilla."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El hombre tenía un cigarrillo detrás de la oreja. Lo tomó, y cuando lo hizo, su remera se estiró por el frente. Pude ver otra línea negra ahí, más puntos. Después se inclinó hacia delante para activar el mechero del auto y su remera volvió a la posición anterior.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"El chico sabe que no puede costear un Cadillac, no puede siquiera remotamente pensar en algo como un Caddy, pero tiene curiosidad, sabes? Entonces se acerca al tipo y le dice, ‘Cuánto cuesta algo como eso?’ Y el tipo se vuelve y cierra la manguera que lleva en la mano –porque estaba lavando el auto, ya sabes- y le dice, ‘Chico, este es tu día de suerte. Setecientos cincuenta pavos y te lo llevas conduciendo.’ "&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El mechero del auto se activó con un chasquido. Staub lo tomó y encendió el cigarrillo. Le dio una calada y pude ver hilillos de humo escapando por entre los puntos que unían su cuello.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"El chico, - que solo cuenta diecisiete años - va y mira hacia el interior por la ventanilla del conductor y ve cuentakilómetros del auto. Y le dice al tipo, ‘Si, claro, es tan curioso como la mirilla en la puerta de un submarino’. El tipo le dice. ‘Sin bromas, chico, muéstrame la pasta en efectivo y es tuyo. Diablos, incluso aceptaría un cheque, tienes cara de ser honesto.’ Y el chico dice…"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miré por la ventanilla. Ya había escuchado antes esa historia, hacía años, probablemente cuando aún estaba en la escuela secundaria. En la versión que había escuchado, el auto era un Thunderbird en vez de un Caddy, pero por lo demás, era exactamente igual. El chico dice puede que solo tenga diecisiete años, pero no soy ningún idiota, nadie vende un auto como este, especialmente uno con poco kilometraje, por sólo setecientos cincuenta pavos. Y el tipo le dice que lo está vendiendo porque el carro hiede, y no puede deshacerse del olor aunque lo intenta una y otra vez sin que nada lo elimine. Verás, el tipo había salido en un viaje de negocios, uno bastante largo, se fue por al menos…&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"…Un par de semanas," estaba diciendo el conductor. Sonreía como lo hace la gente al contar un chiste particularmente bueno. "Y cuando el tipo regresa, se encuentra el auto en la cochera y a su mujer dentro del auto, llevaba muerta prácticamente el mismo tiempo que el tipo había estado fuera. No sé si fuese suicidio o un infarto o qué, pero estaba completamente hinchada y el auto, estaba impregnado de ese olor y todo lo que el tipo quería era venderlo, ya sabes." Él rió. "Vaya historia eh?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Por qué no habría llamado a casa?" Mi boca parecía hablar por sí misma. Mi cerebro se había congelado. "Se va por dos semanas en viaje de negocios y no llama siquiera una sola vez para saber cómo está su mujer?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Bueno," dijo el conductor, "eso es, por decirlo así, lo menos importante, no crees? Quiero decir, que Vaya ganga! –Esa es la cuestión. ¿Quién no estaría tentado? Después de todo, siempre se puede conducir con las jodidas ventanillas abiertas, cierto? Y es básicamente, solo una historia. Ficción. Pensé en ella por el olor de este auto. El cual es de hecho.."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Silencio. Y yo pensé: Está esperando que diga algo, quiere que yo lo termine. Y lo quise hacer. Lo hice. Excepto que… qué ocurría después? ¿Qué haría él después?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El conductor frotó su pulgar sobre el botón de su remera, el que decía CABALGUE LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA. Pude ver la suciedad en sus uñas. "Aquí estuve hoy," dijo. "Thrill Village. Hice algunos trabajos para un tipo y me dio el día libre. Mi novia iba a acompañarme, pero llamó para decir que estaba enferma, tiene esos períodos que a veces son realmente dolorosos, la enferman como a un perro. Eso es muy malo, pero yo siempre pienso, hey, cuál es la alternativa? Sin enfado alguno, y entonces me meto en problemas, ambos lo hacemos". Soltó un ladrido que asemejaba una risa carente de humor. "Así que me fui solo. No tiene sentido desperdiciar un día libre. Has ido antes a Thrill Village?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí" Dije. "Una vez, cuando tenía doce años."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Con quién fuiste?" Preguntó "Porque no fuiste tú solo, cierto? No si solamente tenías doce años."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No le había contado esa parte, o sí? No. Él estaba jugando conmigo, eso era todo, golpeando salvajemente una y otra vez. Pensé en abrir la puerta del auto y saltar hacia la oscuridad, tratando de cubrir mi cabeza con los brazos para no golpearla, solo que él podría alcanzarme y tirar de mí antes que pudiese salir. Y de cualquier forma, no podía ni siquiera levantar los brazos, así que lo que me quedaba por hacer era permanecer con las manos entrelazadas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No," dije "Fui con papá. Papá me llevó."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Cabalgaste la bala? Yo cabalgué la jodida cosa cuatro veces. ¡Caramba! ¡Cómo sube y baja!" Él me miró y profirió otra suerte de risa. La luz de la luna inundó sus ojos, convirtiéndolos en círculos blancos, haciéndolos parecer los ojos de una estatua. Y comprendí que estaba algo más que muerto, estaba loco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"La cabalgaste, Alan?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pensé en decirle que se equivocaba de nombre, mi nombre era Hector, pero qué sentido tenía? Estabamos llegando al final.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí," susurré. No había una sola luz ahí fuera excepto la luna. Los árboles pasaban deprisa, moviéndose como espontáneos bailarines en una representación de feria. Devorábamos el camino bajo nosotros. Me fijé en el cuentakilómetros y vi que había aumentado a 130 kilómetros por hora. Estabamos cabalgando la bala justo ahora, él y yo, los muertos conducen deprisa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí, la Bala. La cabalgué."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Nah," gruñó. Le dio otra calada al cigarrillo, y nuevamente observé hilillos de humo escapar de las suturas en su cuello. "No lo hiciste. Sobre todo, no con tu padre. Llegaste al principio de la fila, sí, pero fuiste con tu má. La fila era larga, la fila para la Bala siempre lo es, y ella no quería permanecer ahí de pie bajo el sol. Era gorda aún entonces, y el calor le molestaba. Pero tú la fastidiaste todo el día, fastidiaste y fastidiaste y fastidiaste, y he ahí la broma, camarada –cuando finalmente quedaste primero en la fila, te acobardaste, verdad?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No dije nada. Mi lengua se había pegado al paladar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su mano dejó el volante, la piel se veía amarillenta a la luz del tablero del Mustang, las uñas sucias, y aferró mis manos entrelazadas. La fuerza las abandonó cuando lo hizo y cayeron hacia los costados como un nudo que mágicamente se suelta cuando lo ha tocado la varita mágica del prestidigitador. Su piel era fría y curiosamente viperina.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No fue así?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí," respondí. No podía articular algo más allá de un susurro. "Cuando llegó mi turno y vi cuán alto estaba… cómo se volteaba al llegar a la cima y cómo gritaban ahí dentro cuando eso ocurría… me acobardé. Ella me dio un manotazo, y no me habló en todo el camino de vuelta a casa. Nunca cabalgué la Bala." Hasta ahora, al menos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Debiste hacerlo, camarada. Es la mejor. Es la que hay que cabalgar. No hay nada tan bueno, al menos ahí no. Me detuve camino a casa y conseguí algo de cerveza en esa tienda que queda cerca del límite estatal. Iba a pasar por casa de mi novia para darle el botón a modo de broma."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tocó el botón sobre su pecho, después bajó su ventanilla y arrojo el filtro del cigarrillo hacia el viento nocturno. "Solo que, probablemente ya sabes lo que ocurrió."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde luego, lo sabía. Era como todas esas historias de fantasmas que has oído, o no? Estrelló su Mustang y cuando llegó la policía lo hallaron sentado y muerto entre los restos con el cuerpo sobre el volante y su cabeza en el asiento trasero, su gorra volteada al revés y sus ojos muertos mirando al techo, y puesto que lo viste en Ridge Road con la luna llena y el viento soplando, ta-ráaaan. Regresaremos después de unos anuncios de nuestro patrocinador. Ahora sabía algo que no sabía antes –las peores historias son las que has oído toda tu vida. Esas son las verdaderas pesadillas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Nada como un funeral," dijo él, y rió. "No fue eso lo que dijiste? Tropezaste ahí, Al. Sin duda. Tropezaste, resbalaste, y caíste."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Déjame salir," murmuré. "Por favor."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Pues," dijo volviéndose hacia mí, "eso tenemos que discutirlo, o no? ¿Sabes quién soy yo Alan?."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Eres un fantasma," dije.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Emitió un bufido de impaciencia y, al ligero resplandor del cuentakilómetros, las comisuras de su boca se curvaron hacia abajo. "Vamos, hombre, puedes hacerlo mejor. El jodido Casper es un fantasma. ¿Acaso yo floto en el aire? ¿Puedes ver a través de mí?" Elevó una de sus manos frente a mí, la abrió y la cerró. Pude escuchar el sonido seco y crujiente de los tendones.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Intenté decir algo. No sabía qué, y realmente no importaba, puesto que nada salía de mi boca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Soy una especie de mensajero," dijo Staub. "El jodido FedEx del más allá, te agrada eso? Los tipos como yo salimos bastante a menudo cuando las circunstancias son adecuadas. ¿Sabes lo que creo? Creo que a quienquiera que dirija las cosas –Dios o lo que sea- debe gustarle entretenerse. Siempre quiere ver si te conformarás con lo que tienes o si pudiese enseñarte lo que hay tras bambalinas. Sin embargo, las circunstancias tienen que ser las adecuadas. Y esta noche lo eran. Tu ahí solo… la madre enferma… haciendo autostop…"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Si me hubiese quedado con el viejo, nada de esto habría pasado," dije. "O sí?" Ahora podía oler a Staub claramente, el penetrante olor de los químicos y el opaco y tosco olor de la carne en descomposición y me pregunté como pude haberlo dejado ir, o equivocarme por otra cosa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Es difícil decirlo," replicó Staub. "Tal vez ese viejo del que hablas también estuviese muerto."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pensé en la escalofriante voz de vidrios rotos del anciano, los manoseos al calzoncillo. No, él no estaba muerto, y yo había cambiado el olor a meados de su viejo Dodge por algo pero que mucho peor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"De cualquier manera, colega, no tenemos tiempo para hablar de eso ya. Ocho kilómetros más y estaremos viendo casas de nuevo. Otros once kilómetros y habremos llegado al límite de la ciudad de Lewiston. Lo que significa que ahora tienes que tomar una decisión."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Decidir qué? Pregunté, solo que ya sabía la respuesta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Quién cabalga la Bala y quién se queda en tierra firme. Tú o tu madre." Se volvió y me miró con sus ojos inundados de luz de luna. Sonrió más ampliamente y me percaté de que le faltaban casi todos los dientes, perdidos en el accidente. Palmeó la circunferencia del volante. "Te llevaré conmigo, colega. Y puesto que estás aquí, te toca elegir. ¿Qué eliges?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No puedes estar hablando en serio, me vino a los labios, pero qué caso tendría decir aquello, o cualquier otra cosa?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por supuesto, él hablaba en serio. Mortalmente en serio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pensé en todos los años que ella y yo habíamos pasado juntos, Alan y Jean Parker contra el mundo. Muchos ratos buenos y más que unos cuantos realmente malos. Los remiendos en mis pantalones y los trastos con comida. La mayoría de los niños llevaban 25 centavos por semana para conseguirse un almuerzo caliente, y yo siempre llevaba un emparedado de mantequilla de maní o un trozo de bologna en un pan del día anterior como un chico de esas tontas historias de-mendigo-a-millonario. Dios sabía en cuántos restaurantes y estanquillos diferentes ella había trabajado para sostenernos. Las veces que había tomado el día en el trabajo para ver al representante de AND, vestida con su mejor traje de pantalón, y él sentado en la mecedora de nuestra cocina vistiendo su propio traje que incluso un niño de nueve años como yo podía decir que era mucho más fino que el de ella. Con una pizarra en su regazo y un rollizo y reluciente bolígrafo entre los dedos. Las respuestas de ella, las insultantes y embarazosas preguntas que él hacía y ella con una falsa sonrisa en los labios, ofreciéndole incluso más café porque si él entregaba el reporte adecuado, entonces ella podría ganar cincuenta dólares extra al mes. Cincuenta miserables pavos. Verla recostada en su cama una vez que el tipo salía, llorando, y cuando yo llegaba a sentarme a su lado intentaba sonreír y decía que el AND no era apto para ofrecer Ayuda a Niños Dependientes sino solamente a cabezas huecas. Me había reído y ella se había reído también, porque tenías que reír, eso ya lo sabíamos. Cuando solo eras tú y tu obesa madre fumadora contra el mundo, la risa era a menudo la única forma en la que podías sobrellevar las cosas sin volverte loco y destrozarte los puños contra las paredes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero era más que eso, sabes. Para la gente como nosotros, gente pequeña que se escurría por el mundo como ratones de caricatura, algunas veces reírse de los imbéciles era la única forma de vengarte de alguna manera. Ella en todos esos empleos y trabajando dobles jornadas y curando sus tobillos cuando se lastimaba y guardando sus propinas en un jarrón que rezaba FONDO PARA EL COLEGIO DE ALAN –justo como una de esas tontas historias de-mendigo-a-millonario, sí, sí –y diciéndome una y otra vez que debía trabajar duro, que otros chicos tal vez pudiesen darse el lujo de jugar a Freddy el mamoncete en el colegio, pero yo no podía porque ella sí que podía separar sus propinas hasta que llegara el día del juicio y aún entonces no sería suficiente, al final, todo se reducía a becas y préstamos si es que yo iba a ir a la universidad, y tenía que hacerlo pues esa era la única salida para mí… y para ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así que trabajé duro, si quieres pensar que lo hice, porque no era ciego –veía cuánto había engordado, cuánto fumaba (eso era su único placer personal… su único vicio si lo ves por ese lado), y yo sabía que algún día nuestros roles se intercambiarían y sería yo quien viese por ella. Con una educación universitaria y un buen empleo, tal vez pudiese hacerlo. Quería hacerlo. La amaba. Ella tenía un fiero temperamento y una lengua muy afilada-&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquel día que hacíamos fila esperando la Bala, cuando me acobardé, no fue la única ocasión en que ella me diese un manotazo o me gritase- pero yo la amaba a pesar de eso. En parte la amaba incluso por eso. La amaba igualmente cuando me golpeaba como cuando me besaba. ¿Entiendes eso? Yo también. Y eso es bueno. No creo que puedas resumir vidas, o exponer a las familias, y nosotros éramos una familia, ella y yo, la más pequeña de las familias, una pequeña familia de dos, un secreto compartido. Si lo hubieses preguntado, te hubiese dicho que lo daba todo por ella. Y ahora eso era exactamente lo que se me pedía. Se me pedía que muriese por ella, morir en su lugar, aún cuando ella había vivido ya la mitad de su vida, probablemente mucho más. Yo apenas comenzaba a vivir la mía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"¿Que dices, Al?" Preguntó George Staub. "El tiempo corre".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No puedo decidir algo así," Dije roncamente. La luna navegaba sobre el camino, ligera y brillante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No es justo que me lo pidas".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Lo sé, y créeme, eso es lo que todos dicen." Entonces, bajó su tono de voz. "Pero déjame decirte algo - si no te has decidido para cuando lleguemos a ver las primeras luces de las casas, tendré que llevaros a ambos." Frunció el ceño, después se iluminó su rostro, como si recordase que también había buenas noticias. "Podríais cabalgar juntos en el asiento trasero, hablar de los viejos tiempos, eso es."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"¿Cabalgar hacia dónde?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No respondió. Quizá no sabía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los árboles impregnaban la vista como tinta negra. Los faros del auto se apresuraban delante al recorrer la carretera. Yo tenía veintiún años. No era virgen pero solamente había estado una vez con una chica y estaba borracho y no podía recordar claramente cómo se había sentido aquello. Habían como mil lugares que quería visitar –Los Angeles, Tahití, tal vez Luchenbach, Texas- y mil cosas que quería hacer. Mi madre tenía cuarenta y ocho años y eso era ser vieja, maldición. La Sra. McCurdy no lo decía porque ella misma era vieja. Mi madre había hecho lo correcto por mí, trabajar todas esas horas y cuidarme, pero, ¿acaso yo le había escogido su vida? ¿Había pedido nacer y demandado que viviera para mí? Ella tenía cuarenta y ocho. Yo tenía veintiuno. Tenía, como dicen, toda la vida por delante. ¿Pero era esa la forma en que debías juzgar? ¿Cómo decidías algo así? ¿Cómo podrías decidir algo así?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El bosque pasaba deprisa, la luna parecía mirar hacia abajo como un ojo brillante y mortal.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Mas vale que te apresures, hombre," dijo George Staub. "Se nos termina la naturaleza."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abrí la boca e intenté hablar. Nada salió salvo un árido susurro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Mira, hay una cosa," dijo él, rebuscando en la parte posterior del auto. Su remera se jaló hacia atrás nuevamente y tuve otra visión de la línea negra de su vientre suturado (hubiese preferido pasar de ella). Habría aún entrañas ahí dentro o solamente relleno humedecido en químicos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces echó la mano nuevamente hacia delante, había una lata de cerveza en ella –una de esas que había comprado en la tienda del límite estatal, presumiblemente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Yo sé cómo es esto," dijo- "El estrés te seca la garganta. Aquí tienes."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me dio la lata. La tomé, tiré del tapón de argolla y bebí profundamente. El sabor de la cerveza al bajar por mi garganta era frío y amargo. Nunca antes había bebido cerveza. No la tolero. Apenas puedo soportar los anuncios de televisión.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Delante de nosotros, en la tempestuosa noche, apareció ante nosotros una luz amarillenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Date prisa, Al –debo acelerar. Aquella es la primer casa, justo en la cima de esa colina. Si tienes algo que decirme, más vale que me lo digas ahora."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La luz desapareció y después reapareció, solo que ahora eran varias luces. Eran ventanas, detrás de ellas habría gente ordinaria haciendo cosas ordinarias –mirando televisión, alimentando al gato, tal vez golpeándose en el baño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pensé en nosotros de pie en la fila en Thrill Village, Jean y Alan Parker, una mujer grande con manchones oscuros de sudor bajo las axilas de su vestido de verano y su pequeño hijo. Ella no quería hacer fila, Staub tenía razón en ello… pero yo había fastidiado, fastidiado, fastidiado. También tenía razón sobre eso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella me había dado un manotazo, pero también había esperado de pie ahí conmigo. Había esperado junto a mí en muchas filas, y podría repasar todo eso de nuevo, todos los argumentos, los pros y los contras, pero no había tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Llévala," dije cuando las luces de la primera casa se deslizaron hacia el Mustang. Mi voz era ronca, rancia y fuerte. "Llévala, llévate a mi má, no me lleves a mí."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Arrojé la lata de cerveza al suelo del auto y me llevé las manos al rostro. Entonces él me tocó, tomando el frente de mi remera, sus dedos buscando a tientas, y pensé –con una súbita claridad –que todo había sido una prueba. Había fallado y ahora él me iba a sacar el corazón desbocado del pecho, como un malvado djiin en uno de esos crueles cuentos de hadas Arabes. Grité. Entonces sus dedos se soltaron –fue como si hubiese cambiado de opinión en el último segundo- y se inclinó más allá de mí. Por un momento mi nariz y pulmones estuvieron tan llenos de su olor a muerte, que estuve seguro que me había muerto. Entonces escuché el chasquido de la puerta al abrirse y el frío y fresco aire entrando, llevándose el olor a muerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Dulces sueños, Al," gruñó en mi oído y entonces me empujó. Salí rodando hacia la oscuridad y el viento de la noche de Octubre con los ojos cerrados y mis manos levantadas, y mi cuerpo tensando por cualquier posibilidad de fracturarme en la caída. Posiblemente grité. No puedo recordarlo con certeza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La caída no llegó y tras un momento que se me antojó interminable, me di cuenta que de hecho me encontraba ya en el suelo – podía sentirlo bajo mi cuerpo. Abrí los ojos, y los apreté fuertemente cerrándolos de nuevo. El resplandor de la luna era cegador. Sentí una punzada de dolor en mi cabeza, que se centraba detrás de mis ojos, ahí donde sientes dolor cuando repentinamente ves una luz muy brillante, pero algo más abajo hacia la nuca. Me di cuenta que mis piernas y ahí abajo estaban húmedos. Pero no me importó. Estaba en el suelo, y eso era lo que me importaba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me apoyé en los codos y abrí una vez más los ojos, más cuidadosamente en esta ocasión. Creía saber ya dónde me encontraba, y un vistazo alrededor fue suficiente para confirmarlo: me encontraba yaciendo de espaldas en el pequeño cementerio en la cima de Ridge Road.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
III&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La luna se hallaba ahora casi directamente encima de mí, con un intenso brillo pero mucho más pequeña de lo que había estado momentos antes. La niebla era también más densa, esparciéndose sobre el cementerio como un manto. Algunos epitafios se elevaban sobre ella como islas de piedra. Intenté ponerme de pie y otra punzada de dolor me atenazó la nuca. Me llevé la mano hasta ahí y sentí un bulto. También noté humedad pegajosa. Miré mi mano. A la luz de la luna, la sangre que escurría entre mis dedos parecía negra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al segundo intento conseguí ponerme en pie, y permanecí así tambaleándome entre las lápidas y hasta las rodillas de niebla. No podía ver mi mochila pues la niebla la había ocultado, pero sabía dónde estaba. Si caminaba por el sendero hacia la hendidura a la izquierda del terreno la encontraría. Demonios, incluso era posible que tropezase con ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así pues esta era mi historia, pulcramente empacada y atada con un listón: Me había detenido para tomar un descanso en la cima de esta colina, me había internado en el cementerio para echar un vistazo por ahí, y al volver de visitar la lápida de un tal George Staub había tropezado con mis enormes y torpes pies. Caí, me golpeé la cabeza en una de las lápidas. ¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente? No era lo suficientemente sabio como para adivinarlo con el movimiento de la luna y precisión de minutos, pero debió ser por lo menos una hora. Tiempo suficiente para tener aquel sueño que había tenido sobre haber cabalgado con un muerto. ¿Qué muerto? George Staub, desde luego, el nombre que había leído en el epitafio de la lápida justo antes de que apagaran las luces. Era el final típico, o no? Cielos-vaya-sueño-que-he-tenido. Y cuando llegase a Lewiston y me encontrase con que mi madre había muerto? Solo una ligera sensación de premonición en la noche, dejémoslo así. Era la clase de historia que podrías contar años después, casi al final de alguna reunión, y la gente asentiría con la cabeza pensativamente y se pondría solemne y algún imbécil con remiendos de piel en los codos de su chaqueta de pana diría que hay más cosas sobre el cielo y la tierra de las que se pudiera soñar en nuestra filosofía y entonces-&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Entonces una mierda," Grazné. La parte alta de la niebla se movía lentamente, como en un espejo empañado. "Nunca hablaré sobre esto. Nunca, en toda mi vida, ni siquiera en mi lecho de muerte."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero había ocurrido todo como yo lo recordaba, eso era un hecho. George Staub se había aparecido y me había llevado en su Mustang. El viejo colega de Ichabod Crane con la cabeza suturada en vez de bajo su brazo, exigiendo que tomara una decisión. Y yo habíaelegido –enfrentado a las cercanas luces de la primer casa había traficado con la vida de mi madre sin apenas una pausa. Podía ser comprensible, pero eso no evitaba que la culpa disminuyera en absoluto. Su muerte parecería natural –demonios, debía ser natural – y así era como yo pretendía dejarlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me dirigí hacia fuera del cementerio por el sendero izquierdo y entonces mis pies se toparon con mi mochila. La levanté y la colgué de nuevo sobre mis hombros. Aparecieron unos faros al pie de la colina casi de manera espontánea. Saqué el pulgar, extrañamente seguro de que se trataba del viejo del Dodge –había regresado a buscarme, por supuesto que sí, le daba a la historia el redondeo final.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Solo que no se trataba del viejo. Era un granjero que mascaba tabaco en una ranchera Ford llena de cestos de manzanas, un tipo perfectamente ordinario: ni viejo ni muerto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Hacia dónde vas, hijo?" Me preguntó, y cuando le respondí, añadió, "Eso nos irá bien a ambos".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Menos de cuarenta minutos más tarde, a las nueve y veinte, me dejo frente al Central Maine Medical Center. "Buena suerte. Espero que tu má se recupere."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Gracias," dije y abrí la puerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Me di cuenta de que estabas muy nervioso al respecto, pero es más probable que se encuentre bien. Debes conseguir algo de desinfectante para esas, dijo" Señaló a mis manos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bajé la vista y vi las profundas marcas amoratadas en los dorsos. Recuerdo haberlas entrelazado fuertemente, clavándome las uñas, sintiendo pero incapaz de detenerme. Y recordaba los ojos de Staub, llenos de luz de luna como agua radiante. Cabalgaste la Bala? Yo cabalgué la jodida cosa cuatro veces.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Hijo?" Preguntó el conductor de la ranchera. "Estas bien?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Eh?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Estas temblando."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Estoy bien," dije. "Gracias otra vez." Cerré la puerta de la ranchera y me dirigí hacia la amplia entrada tras la línea de sillas de ruedas aparcadas que brillaban con la luz de la luna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Caminé hacia el módulo de información, recordándome que debía parecer sorprendido cuando me dijesen que ella había muerto, debía parecer sorprendido, ellos lo verían curioso si no lo pareciese… o quizá pensarían que me encontraba en shock… o que no nos llevábamos bien… o …&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cavilaba tan profundamente en estos pensamientos que al principio no comprendí lo que la mujer tras el escritorio de información me dijo. Tuve que pedir que lo repitiese.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Decía que ella está en la habitación 487, pero no puede subir ahora. Las horas de visita terminan a las nueve."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Pero…" Repentinamente me sentí muy confundido. Me aferré al borde del escritorio. La estancia estaba iluminada con tubos fluorescentes, y al brillo de la luz, los cortes en los dorsos de mis manos resaltaban claramente – ocho pequeñas curvas amoratadas, justo sobre los nudillos. El hombre de la ranchera tenía razón, debía conseguir algo de desinfectante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer tras el escritorio me miraba pacientemente. La placa frente a ella, decía que su nombre era&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
IVONNE EDERLE.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Pero, ella está bien?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miró en su ordenador. "Lo que dice aquí es S. Significa satisfactorio. Y el cuarto piso es la sala general. Si su madre hubiese tenido algún cambio a peor, se encontraría en la UCI. Que está en el tercer piso. Estoy segura que si vuelve usted mañana, la encontrará muy bien. Las horas de visita comienzan a las - "&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Ella es mi má," Dije. "He venido en autostop desde la Universidad de Maine para verla. ¿No cree usted que podría subir al menos unos minutos?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Algunas veces hacemos excepciones para los familiares más cercanos," dijo ella sonriéndome. "Aguarde un momento. Veré qué puedo hacer." Levantó el teléfono y pulsó un par de botones, sin duda para llamar a la estación de enfermeras del cuarto piso, y pude ver el curso de los siguientes minutos como&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si realmente tuviese una segunda visión. Yvonne, la dama de Información preguntaría si el hijo de la Sra. Parker, en la habitación 487 podría subir por un par de minutos – lo suficiente para dar a su madre un beso y alguna palabra de aliento – y la enfermera diría oh Dios, la Sra. Parker murió hace menos de quince minutos, apenas la enviamos a la morgue, no hemos tenido oportunidad de actualizar los datos en el ordenador, esto es terrible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer del escritorio dijo, "Muriel? Habla Yvonne. Hay un joven aquí conmigo, su nombre es -" Ella me miró con las cejas enarcadas y le di mi nombre. "- Alan Parker. Su madre es Jean Parker que está en la 487, Me pregunta si podría…"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se detuvo. Escuchando. En la otra línea, la enfermera del cuarto piso sin duda le comunicaba que Jean Parker estaba muerta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Está bien," Dijo Yvonne. "Sí, entiendo". Permaneció en silencio un momento, con la mirada perdida, entonces colocó el auricular sobre su hombro y dijo, "Está enviando a Anne Corrigan a que le eche un vistazo. Solo tomará un segundo."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Yvonne frunció el entrecejo "Disculpa?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Nada," Dije. "Ha sido una larga noche y - "&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"-Y está usted preocupado por su madre. Desde luego. Creo que es usted un buen hijo en dejar todo como lo hizo y venir hasta acá."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo sospechaba que la opinión que tenía Yvonne Ederle sobre mí daría un abrupto giro si hubiese escuchado mi conversación con el joven tras el volante del Mustang, pero por supuesto, no había ocurrido. Eso era un pequeño secreto, sólo entre George y yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Parecía que habían transcurrido horas desde que me encontrara de pie bajo los tubos fluorescentes, esperando a que la enfermera del cuarto piso volviese a ponerse en la línea. Yvonne tenía unos papeles frente a ella. Bajó su bolígrafo hacia uno de ellos, marcando claras líneas al lado de algunos de los nombres, y se me ocurrió que si realmente existiese un Angel de la Muerte, él o ella sería probablemente como esta mujer, un funcionario ligeramente sobrecargado de trabajo con un escritorio, un ordenador y mucho papeleo. Yvonne mantuvo el auricular entre su oído y un hombro levantado. El altavoz decía que se solicitaba al Dr. Farquahr en radiología, Dr. Farquahr. En el cuarto piso, una enfermera llamada Anne Corrigan estaría ahora viendo a mi madre, yaciendo muerta en su cama con los ojos abiertos, el rictus de su boca inducido por el infarto, finalmente relajado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yvonne se enderezó al recibir respuesta por la otra línea. Escuchó, entonces dijo: "De acuerdo, si, entiendo. Lo haré. Por supuesto, lo haré. Gracias, Muriel." Colgó el teléfono y me miró solemnemente. "Muriel dice que puede usted subir, pero solamente podrá quedarse cinco minutos. Le han dado a su madre píldoras para dormir, y se encuentra algo sedada."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me quedé ahí boquiabierto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su sonrisa se desvaneció un poco. "Seguro se encuentra bien Sr. Parker?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí," respondí. "Supongo que había pensado -"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Volvió a sonreír. Esta vez era una sonrisa de simpatía.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Mucha gente piensa eso," dijo. "Es comprensible. Usted recibe de la nada una llamada, se apresura a llegar aquí… es comprensible que piense lo peor. Pero Muriel no le permitiría subir a su piso si su madre no se encontrase bien. Créame."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Gracias," dije. "Muchas gracias de verdad."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mientras me alejaba, ella me dijo: "Sr. Parker? Si usted viene de la Universidad de Maine al norte, podría preguntarle por qué lleva puesto ese botón? Thrill Village está en New Hampshire, o no?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bajé la vista a mi remera y vi el botón prendido al bolsillo del pecho: CABALGUÉ LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA. Recordé haber creído que él intentaba arrancarme el corazón. Ahora lo comprendía: él lo había prendido a mi remera justo antes de arrojarme hacia la noche. Era su forma de marcarme, de hacer nuestro encuentro imposible de negar. Los cortes en los dorsos de mis manos así lo demostraban, el botón en mi remera, también. Él me había pedido que eligiese y yo lo había hecho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, cómo podía mi madre seguir con vida?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Esto?" Toqué el botón con la punta de mi pulgar, e incluso lo lustré un poco. "Es mi amuleto de la buena suerte."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mentira era tan horrible que tenía una suerte de esplendor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Lo obtuve cuando estuve ahí con mi madre, hace mucho tiempo. Ella me llevó a la Bala."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yvonne, la dama de Información sonrió como si fuese lo más dulce que jamás hubiese oído. "Dele un abrazo y un beso." Dijo. "El verle a usted le hará dormir mejor que cualquier píldora que tengan los doctores." Señaló. "Los ascensores están por ahí, doblando la esquina."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Concluidas las horas de visita, yo era la única persona esperando ascensor. Había un basurero a la izquierda de un quiosco, que se encontraba cerrado y a oscuras. Me quité el botón de la remera y lo arrojé en el basurero. Después me froté la mano contra el pantalón. Todavía la estaba frotando cuando la puerta de un ascensor se abrió. Entré y pulsé el número cuatro. La cabina comenzó a subir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Arriba de los botones que indicaban los pisos, había un cartel que anunciaba una campaña de donación de sangre para la siguiente semana. Al leerlo, una idea me acometió… excepto que no era tanto una idea sino una certeza. Mi madre estaba muriendo ahora, en este preciso instante, mientras subía hacia ella en este lento ascensor industrial. Yo había elegido, por lo tanto yo la hallaría muerta. Tenía sentido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La puerta del ascensor se abrió y mostró otro cartel. Este mostraba un dedo de caricatura presionando unos grandes labios rojos de caricatura. Bajo ellos había una leyenda en letras rojas NUESTROS PACIENTES AGRADECEN SU SILENCIO! Mas allá de la estancia, había un corredor que iba hacia derecha e izquierda. Los números nones se encontraban a la izquierda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Caminé por ese corredor, mis zapatillas parecían ganar peso a cada paso. Aminoré la marcha en los cuatrocientos setenta, y me detuve completamente entre el 481 y el 483. No podía hacer esto. Un sudor frío y pegajoso como jarabe a medio helar me resbalaba por la cabeza en pequeños ríos. Mi estómago estaba hecho nudo como un lustroso guante. No, no podía hacerlo. Mejor era dar marcha atrás como todo el cobarde gallina que yo era. Haría autostop hasta Harlow y llamaría a la Sra. McCurdy por la mañana. Sería más fácil encarar las cosas por la mañana.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Comencé a girarme, y entonces una enfermera asomó la cabeza dos habitaciones más allá… en la habitación de mi madre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sr. Parker?" Preguntó en voz queda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por un loco instante, casi lo niego. Entonces asentí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Venga. Deprisa. Se va."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Eran las palabras que yo esperaba, pero aún así sentí un estremecimiento de terror y doblé las rodillas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La enfermera lo vio y caminó deprisa hacia mí, su falda ondeando y su rostro alarmado. El pequeño fistol dorado en su pecho rezaba ANNE CORRIGAN. "No, no, me refiero al sedante… se va a dormir, eso es todo. No irá usted a desmayarse verdad?" Me tomó por el brazo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No," Dije yo, sin saber si me desmayaría o no. El mundo ondulaba y mis oídos zumbaban. Pensé en cómo transcurrió el camino en el auto, un filme en blanco y negro y toda esa luz de luna plateada. Cabalgaste la bala? Hombre, yo cabalgué la jodida cosa cuatro veces.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Anne Corrigan me llevó hacia la habitación y vi a mi madre. Siempre había sido una mujer grande, y la cama de hospital parecía pequeña y angosta, pero casi parecía perderse en ella. Su cabello, ahora más gris que negro, estaba desparramado sobre la almohada. Sus manos yacían en el borde de las sábanas como las manos de un niño, o de una muñeca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No había rictus congelado como el que yo había imaginado en su rostro, pero su complexión era amarillenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sus ojos estaban cerrados, pero cuando la enfermera a mi lado murmuró su nombre, se abrieron. Tenían un color azul profundo e iridiscente, su parte más joven, perfectamente viva. Por un momento miraron al vacío, y entonces me hallaron. Sonrió e intentó levantar los brazos. Uno se levantó, el otro tembló, se elevó un poco y cayó. "Al," murmuró.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fui hacia ella, comenzando a llorar. Había una silla junto a la pared, pero no me molesté en tomarla. Me arrodillé en el suelo y puse mis brazos alrededor de ella. Su olor era cálido y limpio. Besé su sien, su mejilla, la comisura de su boca. Levantó su mano sana y deslizó sus dedos bajo uno de mis ojos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No llores," murmuró. "No es necesario."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Vine tan pronto me enteré," dije. "Betsy McCurdy me llamó."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Le dije… fin de semana," dijo ella. "Dije que el fin de semana estaría bien."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí, y al diablo con eso," repliqué y la abracé.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Arreglaste el auto?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No," dije. "Hice autostop."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Oh cielos," dijo ella. Cada palabra representaba claramente un esfuerzo para ella, pero no se saltaba letras y no sentí aturdimiento o desorientación en ella. Sabía quién era ella, quién era yo, dónde nos encontrábamos y por qué estabamos ahí. La única señal de que algo andaba mal era su débil brazo izquierdo. Y tuve una gran sensación de alivio. Todo había sido una cruel y práctica broma de Staub… o tal vez no existía un Staub, tal vez todo había sido un sueño después de todo, tan vulgar como podría ser. Ahora que me encontraba aquí, arrodillado junto a su cama, con los brazos a su alrededor, oliendo la remanente fragancia de su perfume de Lavanda, la idea de un sueño se me antojaba mucho más plausible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Al? Hay sangre en el cuello de tu remera." Sus ojos se cerraron, y después se abrieron lentamente otra vez. Imaginé que debía sentir los tan párpados pesados como yo había sentido mis zapatillas afuera, en el corredor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Me golpeé la cabeza má, no es nada."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Bien. Tienes que… cuidarte." Los párpados se cerraron una vez más, se abrieron mucho más lentamente.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sr. Parker, creo que es mejor que la dejemos dormir ahora,"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Probablemente, sí" Dije, rindiéndome. "Está casi en el mismo sitio donde tú me lo diste."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No debí hacerlo," dijo ella. "Hacía calor y estaba cansada, pero aún así… no debí hacerlo. Quería decirte que lo siento."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis ojos comenzaron a gotear de nuevo. "Está bien, má. Eso sucedió hace mucho tiempo."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dijo la enfermera detrás de mí. "Ha tenido un día extremadamente difícil."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Lo sé." La besé de nuevo en la comisura de la boca. "Me voy má, pero volveré mañana."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No… Autostop… peligroso."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No lo haré. Conseguiré que me lleve la Sra. McCurdy. Tú duerme."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Dormir… todo lo que hago," dijo. "Estaba en el trabajo descargando la máquina lava platos. Me dio un dolor de cabeza, Caí. Desperté… aquí." Alzó la vista hacia mí. "Fue un infarto, Dice el doctor… no muy grave."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Estás bien," dije. Me levanté, y tomé su mano.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La piel estaba bien, tan suave como seda mojada. La mano de una persona mayor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Soñé que estábamos en aquel parque de atracciones en New Hampshire," dijo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bajé la vista hacia ella, sintiendo mi piel enfriarse completamente. "En serio?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Ajá. Esperábamos en la fila para ese que va… muy alto. ¿Recuerdas ese?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"La Bala," dije. "Lo recuerdo má."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Tú tenías miedo y yo grité. Te grité."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No, ma, tú-"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su mano se oprimió la mía y las comisuras de su boca se contrajeron en una delgada línea. Era un fantasma de su antigua expresión de impaciencia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Si," dijo. "Te grité y te manoteé. Detrás… en el cuello, ¿verdad?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Nunca pudiste cabalgar," murmuró ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sí, lo hice" dije. "Al final, lo hice."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella me sonrió. Se veía pequeña y débil, a kilómetros aquella enfadada, sudorosa y musculosa mujer que me había gritado cuando finalmente habíamos llegado al inicio de la fila, que me había gritado y golpeado en la nuca. Debió haber visto algo en la cara de alguien –alguna de las otras personas que esperaban para cabalgar la Bala- porque recuerdo que dijo algo como Qué estás mirando encanto?Mientras me llevaba de la mano, yo lloriqueando bajo el cálido sol de verano, frotándome la nuca… solo que realmente no dolía, no me había manoteado tan fuerte, principalmente recuerdo cuán agradecido me sentía de librarme de aquella alta y ondeante estructura con las cápsulas a cada lado, aquella revolvente máquina de gritos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sr. Parker, realmente tiene que irse," dijo la enfermera. Levanté la mano de mi madre y besé sus nudillos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Te veré mañana," dije "Te amo má."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Yo también a ti, Alan… lamento las veces que te golpeé. No debí hacerlo así."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero lo había hecho, había sido su forma de hacerlo. No sabía cómo decirle que lo sabía y que lo aceptaba. Era parte de nuestro secreto familiar, algo que se susurra a través de las terminaciones nerviosas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Te veré mañana, má, de acuerdo?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No respondió. Sus ojos se habían cerrado de nuevo, y esta vez no los abrió. Su pecho subía y bajaba lenta y regularmente. Me alejé de la cama, sin apartar la vista de ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la estancia, le dije a la enfermera, "Realmente estará bien? Realmente bien?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Nadie puede saberlo con certeza, Sr. Parker. Ella es paciente del Dr. Nunnally. Él es muy bueno. Estará en el piso mañana por la tarde y podrá preguntarle -"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Dígame lo que usted cree."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Yo creo que estará bien," dijo la enfermera, guiándome de vuelta hacia la estancia del ascensor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Sus signos vitales son fuertes, y los efectos residuales sugieren un infarto muy leve." Frunció un poco el ceño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Tendrá que hacer algunos cambios, desde luego. En su dieta… su estilo de vida…"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"El cigarrillo quiere decir."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Oh sí. Eso tendrá que terminar." Lo decía como si el hecho de que mi madre dejase el hábito de toda su vida fuese tan fácil como mover un jarrón de una mesa en la sala de estar y llevarlo al recibidor. Pulsé el botón de los ascensores, y la puerta de la cabina en que había subido se abrió al instante. Las cosas claramente se movían más despacio en el CMMC cuando las horas de visita habían concluido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Gracias por todo" dije.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"No hay de qué. Lamento haberlo asustado. Lo que dije fue realmente estúpido."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"De ninguna manera," Dije, aunque estaba de acuerdo. "Ni lo mencione."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entré en el ascensor y pulsé el botón del recibidor. La enfermera levantó la mano y ondeó los dedos. Yo le devolví el gesto y entonces la puerta se deslizó entre nosotros. La cabina comenzó su descenso. Miré las marcas de uñas en los dorsos de mis manos y pensé que era una criatura abominable, lo más bajo entre lo bajo. Aún cuando todo hubiese sido un sueño, yo era lo más bajo entre lo más malditamente bajo. Llévala, había dicho. Era mi madre pero me había dado igual. Llévate a mi má, no me lleves a mí. Ella me había criado, había trabajado horas extra por mí, había esperado en la fila conmigo bajo el ardiente sol del verano en el parque de diversiones de un polvoriento pueblucho de New Hampshire, y al final, yo apenas había dudado. Llévala, no me lleves a mí. Gallina, gallina, jodido gallina de mierda.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando se abrió la puerta del ascensor salí, tomé el borde del basurero, y ahí estaba, yaciendo en el fondo de un vaso de papel con café a medio terminar de alguien: CABALGUÉ LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me incliné, saqué el botón de los fríos restos de café donde se encontraba, lo sequé con mis pantalones y lo metí en mi bolsillo. Arrojarlo a la basura había sido una mala idea. Era mi botón ahora – amuleto de buena o mala suerte, era mío. Salí del hospital, despidiéndome brevemente de Yvonne. Afuera, la luna cabalgaba el umbral del cielo, inundando el mundo con su luz extraña y perfectamente soñadora. Nunca me había sentido tan cansado ni tan alicaído en toda mi vida. Deseé poder elegir de nuevo. Habría hecho una elección distinta. Lo que resultaba cómico –si la hubiese encontrado muerta como suponía que sería, creo que hubiese podido vivir con ello. Después de todo no era así como se suponía debían terminar esta clase de historias?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nadie querría llevar a un tipo en el pueblo, había dicho el viejo de los calzoncillos, y cuán cierto era. Caminé atravesando todo Lewiston –tres docenas de calles de Lisbon Street y nueve calles de Canal Street, pasando por los clubes nocturnos con las gramolas tocando viejas canciones de Foreigner, y Led Zeppelin y AC/DC en Francés –sin mostrar mi pulgar una sola vez. No habría dado resultado. Ya pasaban de las once antes que llegara a DeMuth Bridge. Una vez en el lado de Harlow, el primer auto al que mostré el pulgar se detuvo. Cuarenta minutos más tarde estaba buscando la llave bajo la carretilla roja junto a la puerta del cobertizo trasero, y diez minutos después, estaba en la cama. Mientras me tumbaba en ella, se me ocurrió que era la primera vez en mi vida que dormía solo en aquella casa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fue el teléfono el que me despertó a las doce y cuarto del medio día. Pensé que sería del hospital, alguien del hospital me diría que mi madre había tenido un abrupto cambio a peor y había muerto hacía solo unos minutos, que pena.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero era solamente la Sra. McCurdy, queriendo asegurarse que había llegado bien a casa, queriendo saber todos los detalles de mi visita la noche anterior (me hizo contárselo tres veces, y hacia el final de la tercer recitación, me comenzaba a sentir como un criminal al que se interroga por cargos de asesinato), también quería saber si podría ir con ella al hospital esa tarde. Le dije que eso sería estupendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando colgué crucé la habitación hacia la puerta: Aquí había un espejo de cuerpo completo. En él se reflejaba un joven alto sin afeitar, con una pequeña barriga, vestido únicamente con ondeantes calzoncillos largos. "Debes encargarte de eso grandullón", le dije a mi reflejo. No puedes continuar viviendo y pensando que cada vez que suene el teléfono será alguien diciéndote que tu madre ha muerto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No es que lo pensara. El tiempo borraría el recuerdo, siempre lo hacía… pero era sorprendente cuán real e inmediata me parecía la noche anterior. Cada filo y vértice era agudo y claro. Todavía podía ver el joven y bien parecido rostro de Staub bajo su gorra volteada al revés, y el cigarrillo detrás de su oreja y la forma en&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La que el humo escapaba de la incisión en su cuello al inhalar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todavía podía oírlo contando la historia del Cadillac que se vendía barato. El tiempo desvanecería los filos y redondearía los bordes pero, tomaría tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de todo, conservaba el botón, lo había dejado sobre el buró junto a la puerta del baño. El botón era mi recuerdo. Algo que probaba que en realidad todo había sucedido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Había un equipo modular anticuado en el rincón de la habitación y rebusqué entre mis viejas cintas, buscando algo que escuchar mientras me afeitaba. Encontré una marcada FOLK MIX y la puse en el toca cintas. La había hecho en la escuela secundaria y apenas podía recordar lo que había en ella. Bob Dylan cantaba sobre la triste muerte de Hattie Caroll, Tom Paxton cantaba sobre su colega trotamundos y después, Dave Van Roak comenzó a cantar el Blues de la Cocaína.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A mitad del tercer verso me detuve con la navaja de afeitar sobre la mejilla.&amp;nbsp;Tengo la barriga llena de whisky y la cabeza de ginebra, Dave cantaba con su áspera&amp;nbsp;voz.&amp;nbsp;El doctor dice que me matará pero no me dice cuándo. Y esa era la respuesta, claro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una conciencia culpable me había llevado a asumir que mi madre moriría inmediatamente y Staub no había corregido esa asunción –cómo podía, cuando ni siquiera había yo preguntado?- pero obviamente era falso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El doctor dice que me matan pero no digas cuándo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sobre qué en el nombre de Dios me estaba atormentando?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No había sido mi elección más susceptible al orden natural de las cosas? Acaso no sobrevivían los hijos a sus padres?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El hijo de puta había intentado asustarme –hacerme sentir culpable- pero no tuve que comprar lo que él vendía, o sí?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Acaso no cabalgábamos todos la Bala al final?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estás sólo intentando quitártelo de encima. Tratando de hacerlo parecer correcto. Tal vez lo que piensas es cierto… pero, cuando él te pidió elegir, la elegiste a ella. No hay manera de cambiar eso, amigo – la elegiste a ella.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abrí los ojos y miré mi rostro en el espejo. "Hice lo que tenía que hacer" Dije. Realmente no lo creía pero suponía que lo haría con el tiempo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Sra. McCurdy y yo fuimos a ver a mi madre y se encontraba un poco mejor. Le pregunté si recordaba su sueño sobre Thrill Village, en Laconia, ella negó con la cabeza. "Apenas recuerdo que veniste anoche," dijo "estaba terriblemente somnolienta. Importa eso?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Nop," dije y besé su sien. "En absoluto".&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi má salió del hospital cinco días después. Tuvo una leve cojera durante un tiempo, pero al cabo de un mes había vuelto al trabajo – al principio media jornada y después tiempo completo, como si nada hubiera ocurrido. Yo volví al colegio y obtuve un empleo en Pat’s Pizza en el centro de Orono. La paga no era sensacional, pero fue suficiente para reparar mi auto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Eso estaba bien. Perdí el poco gusto que me había quedado por hacer autostop.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi madre intentó dejar de fumar y lo logró durante un tiempo. Después volví del colegio en Abril por las vacaciones con un día de anticipación y encontré nuestra cocina tan humeante como de costumbre. Ella me miró con ojos que parecían tanto avergonzados como desafiantes. "No puedo" Dijo. "Sé que quieres que lo deje, y sé que debo hacerlo, pero hay un vacío tan grande en mi vida sin él. Nada lo llena. Lo mejor que puedo hacer es desear nunca haber comenzado."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dos semanas después de graduarme en la universidad, mi má sufrió otro infarto – solo uno pequeño. Intentó nuevamente dejar de fumar cuando el doctor la reprendió y después aumentó 25 kilos y volvió al tabaco. "Como el perro se voltea hacia el propio vómito" dice la Biblia, siempre me había gustado aquello.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Obtuve un empleo bastante bueno en Portland en mi primer intento –afortunado, supongo, y comencé la labor de convencerla de dejar su empleo. Fue un verdadero estira y afloja al principio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez el disgusto me hizo abandonar idea, pero yo conservaba un recuerdo que me mantenía alejándome de sus defensas Yankees.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Debes ahorrar para tu propia vida y no cuidar de mí," dijo ella. "Querrás casarte algún día, Al, y lo que gastes en mí no te servirá para ello. Para tu verdadera vida."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Tú eres mi verdadera vida," le dije y la besé. "Podrá o no gustarte, pero así son las cosas."&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y finalmente, arrojó la toalla.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tuvimos unos años bastante buenos después de eso –siete en total. No vivía con ella, pero la visitaba casi a diario. Jugábamos mucho gin rummy y veíamos muchas películas en la video grabadora que le había comprado. Tenía un balde cargado de risas, como solía decir ella. Yo no sabía si le debí esos años a George Staub o no, pero fueron buenos años. Y mi recuerdo de la noche en que conocí a George Staub nunca se desvaneció y se transformó en algo como un sueño, como siempre esperé que sucediera, cada incidente, desde el viejo diciéndome que pidiera un deseo a la luna campestre, a los dedos buscando a tientas sobre mi remera mientras Staub me prendía el botón permanecían perfectamente claros. Sabía que aún lo tenía cuando me había mudado a mi pequeño apartamento en Falmouth- lo guardé en el primer cajón de mi mesilla de noche, junto con un par de peines, mi juego de gemelos(1), y un viejo botón político que decía BILL CLINTON, EL PRESIDENTE DEL SAXO SEGURO- pero después lo había perdido. Y cuando el teléfono sonó un día o dos mas tarde, sabía por qué estaba llorando la Sra. McCurdy. Eran las malas noticias que realmente nuca dejé de esperar; lo divertido es divertido, y lo hecho hecho está.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando terminó el funeral, y el velatorio, y las aparentemente interminables filas de dolientes,&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me mudé de nuevo a la pequeña casa en Harlow donde mi madre había pasado sus últimos años, fumando y comiendo rosquillas azucaradas. Habíamos sido Alan y Jean Parker contra el mundo, ahora sólo quedaba yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Busqué entre sus efectos personales, separando los papeles con los que tendría que lidiar más tarde, empacando en un rincón de la habitación, las cosas que quería conservar y en otro, las cosas que quería regalar a la Beneficencia. Casi al terminar la faena, me arrodillé y miré bajo su cama y ahí estaba, lo que había buscado por todas partes sin realmente aceptarlo: un polvoriento botón que rezaba CABALGUÉ LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA. Curvé la mano alrededor de él. El fistol se clavó en mi carne y lo apreté aún más, sintiendo un placer amargo en el dolor. Cuando abrí nuevamente los dedos, tenía los ojos llenos de lágrimas y las palabras del botón parecían duplicarse, sobreponiéndose unas con otras en la trémula luz. Era como ver una película en tercera dimensión sin usar las gafas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
"Estás satisfecho?" Pregunté al cuarto vacío. "Es suficiente?" No hubo respuesta, desde luego. "Para qué te molestaste? ¿Cuál es la maldita cuestión?"&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aún no había respuesta, y por qué debía haberla? Esperas en la fila, eso es todo. Esperas en la fila bajo la luna y pides tu deseo a la infecta luz. Esperas en la fila y los escuchas gritar – pagan&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para ser asustados, y en la Bala siempre hacen valer su dinero. Tal vez cuando llegue tu turno, cabalgues, tal vez corras. De cualquier forma todo acaba igual, eso creo. Debería haber más que eso, pero en realidad no lo hay – lo divertido es divertido y lo hecho, hecho está.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Toma tu botón y vete de aquí.&lt;br /&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Stephen_King" target="_blank"&gt;Stephen King&amp;nbsp;&lt;/a&gt;© &lt;/blockquote&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item><item><title>Arthur Jermyn de H.P. Lovecraft</title><link>https://mundocuentacuento.blogspot.com/2015/02/arthur-jermyn-de-hp-lovecraft.html</link><category>Cuento</category><category>Estados Unidos</category><category>H.P. Lovecraft</category><author>noreply@blogger.com (Unknown)</author><pubDate>Fri, 20 Feb 2015 11:11:00 -0800</pubDate><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-3227592670470429756.post-2662695936614151001</guid><description>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;
&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;
&lt;a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s1600/cuento.png" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s1600/cuento.png" height="107" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana -si es que somos una especie aparte-; porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo. Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo Arthur Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche. Nadie guardó sus restos carbonizados en una urna, ni le dedicó un monumento funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que lo conocían niegan incluso que haya existido jamás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Arthur Jermyn salió al páramo y se prendió fuego después de ver el objeto de la caja, llegado de África. Fue este objeto, y no su raro aspecto personal, lo que lo impulsó a quitarse la vida. Son muchos los que no habrían soportado la existencia, de haber tenido los extraños rasgos de Arthur Jermyn; pero él era poeta y hombre de ciencia, y nunca le importó su aspecto físico. Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, el barón Robert Jermyn, había sido un antropólogo de renombre; y su tatarabuelo, Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región del Congo, y autor de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y supuestas ruinas. Efectivamente, Wade estuvo dotado de un celo intelectual casi rayano en la manía; su extravagante teoría sobre una civilización congoleña blanca le granjeó sarcásticos ataques, cuando apareció su libro, Reflexiones sobre las diversas partes de África. En 1765, este intrépido explorador fue internado en un manicomio de Huntingdon.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos los Jermyn poseían un rasgo de locura, y la gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carecía de ramas, y Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, no se sabe qué habría podido ocurrir cuando llegó el objeto aquel. Los Jermyn jamás tuvieron un aspecto completamente normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn anteriores a Wade mostraban rostros bastante bellos. Desde luego, la locura empezó con Wade, cuyas extravagantes historias sobre África hacían a la vez las delicias y el terror de sus nuevos amigos. Quedó reflejada en su colección de trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre normal coleccionaría y conservaría, y se manifestó de manera sorprendente en la reclusión oriental en que tuvo a su esposa. Era, decía él, hija de un comerciante portugués al que había conocido en África, y no compartía las costumbres inglesas. Se la había traído, junto con un hijo pequeño nacido en África, al volver del segundo y más largo de sus viajes; luego, ella lo acompañó en el tercero y último, del que no regresó. Nadie la había visto de cerca, ni siquiera los criados, debido a su carácter extraño y violento. Durante la breve estancia de esta mujer en la mansión de los Jermyn, ocupó un ala remota y fue atendida tan sólo por su marido. Wade fue, efectivamente, muy singular en sus atenciones para con la familia; pues cuando regresó de África, no consintió que nadie atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso, después de la muerte de lady Jermyn, asumió él enteramente los cuidados del niño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero fueron las palabras de Wade, sobre todo cuando se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba loco. En una época de la razón como e! siglo XVIII, era una temeridad que un hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extraños bajo la luna del Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en ruinas e invadida por la vegetación, y de húmedas y secretas escalinatas que descendían interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas inconcebibles. Especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de los seres que poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa ciudad antigua e impía... seres que el propio Plinio habría descrito con escepticismo, y que pudieron surgir después de que los grandes monos invadiesen la moribunda ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las misteriosas esculturas. Sin embargo, después de su último viaje, Wade hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre después de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que había descubierto en la selva y de que había vivido entre ciertas ruinas terribles que él sólo conocía. Y al final hablaba en tales términos de los seres que allí vivían, que lo internaron en el manicomio. No manifestó gran pesar cuando lo encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma extraña. A partir de! momento en que su hijo empezó a salir de la infancia, le fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que últimamente parecía amedrentarlo. El Knight’s Head llegó a convertirse en su domicilio habitual; y cuando lo encerraron, manifestó una vaga gratitud, como si para él representase una protección. Tres años después, murió.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido físico que tenía con su padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos acabaron por rehuirle. Aunque no heredó la locura como algunos temían, era bastante torpe y propenso a periódicos accesos de violencia. De estatura pequeña, poseía, sin embargo, una fuerza y una agilidad increíbles. A los doce años de recibir su título se casó con la hija de su guardabosque, persona que, según se decía, era de origen gitano; pero antes de nacer su hijo, se alistó en la marina de guerra como simple marinero, lo que colmó la repugnancia general que sus costumbres y su unión habían despertado. Al terminar la guerra de América, se corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se dedicaba al comercio en África, habiendo ganado buena reputación con sus proezas de fuerza y soltura para trepar, pero finalmente desapareció una noche, cuando su barco se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con el hijo de Philip Jermyn, la ya reconocida peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal. Alto y bastante agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus proporciones físicas un tanto singulares, Robert Jermyn inició una vida de erudito e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa colección de reliquias que su abuelo demente había traído de África, haciendo célebre el apellido en el campo de la etnología y la exploración. En 1815, Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, con cuyo matrimonio recibió la bendición de tres hijos, el mayor y el menor de los cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y psíquicas. Abrumado por estas desventuras, el científico se refugió en su trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. En 1849, su segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parecía combinar el mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fugó con una vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un año después. Volvió a la mansión Jermyn, viudo, con un niño, Alfred, que sería con el tiempo padre de Arthur Jermyn.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Decían sus amigos que fue esta serie de desgracias lo que trastornó el juicio de Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa estaba tan sólo en ciertas tradiciones africanas. El maduro científico había estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio explorado por su abuelo y por él mismo, con la esperanza de explicar de alguna forma las extravagantes historias de Wade sobre una ciudad perdida, habitada por extrañas criaturas. Cierta coherencia en los singulares escritos de su antepasado sugería que la imaginación del loco pudo haber sido estimulada por los mitos nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visitó la mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un dios blanco. Durante su conversación, debió de proporcionarle sin duda muchos detalles adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, dada la espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente. Cuando Robert Jermyn salió de su biblioteca, dejó tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que consiguieran detenerlo, había puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos que no habían sido vistos jamás, y el que se había fugado. Nevil Jermyn murió defendiendo a su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba también, al parecer, en las locas maquinaciones del anciano. El propio Robert, tras repetidos intentos de suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo sonido articulado, murió de un ataque de apoplejía al segundo año de su reclusión.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alfred Jermyn fue barón antes de cumplir los cuatro años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los veinte, se había unido a una banda de músicos, y a los treinta y seis había abandonado a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante americano. Su final fue repugnante de veras. Entre los animales del espectáculo con el que viajaba, había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo normal; era un animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los artistas de la compañía. Alfred Jermyn se sentía fascinado por este gorila, y en muchas ocasiones los dos se quedaban mirándose a los ojos largamente, a través de los barrotes. Finalmente, Jermyn consiguió que le permitiesen adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador aficionado. Los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» prefieren no hablar de lo que siguió. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que profirió Alfred, ni verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la garganta peluda. Había cogido al gorila desprevenido; pero éste no tardó en reaccionar; y antes de que el domador oficial pudiese hacer nada, el cuerpo que había pertenecido a un barón había quedado irreconocible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
II&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Arthur Jermyn era hijo de Alfred Jerrnyn y de una cantante de music-halI de origen desconocido. Cuando el marido y padre abandonó a su familia, la madre llevó al niño a la Casa de los Jermyn, donde no quedaba nadie que se opusiera a su presencia. No carecía ella de idea sobre lo que debe ser la dignidad de un noble, y cuidó que su hijo recibiese la mejor educación que su limitada fortuna le podía proporcionar. Los recursos familiares eran ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de !os Jermyn había caído en penosa ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que contenía. A diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Algunas de las familias de la vecindad que habían oído contar historias sobre la invisible esposa portuguesa de Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones suyas revelaban su sangre latina; pero la mayoría de las personas se burlaban de su sensibilidad ante la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, a la que no habían aceptado socialmente. La delicadeza poética de Arthur Jermyn era mucho más notable si se tenía en cuenta su tosco aspecto personal. La mayoría de los Jermyn había tenido una pinta sutilmente extraña y repelente; pero el caso de Arthur era asombroso. Es difícil decir con precisión a qué se parecía; no obstante, su expresión, su ángulo facial, y la longitud de sus brazos producían una viva repugnancia en quienes lo veían por primera vez.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La inteligencia y el carácter de Arthur Jermyn, sin embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanzó los más altos honores en Oxford y parecía destinado a restituir la fama de intelectual a la familia. Aunque de temperamento más poético que científico, proyectaba continuar la obra de sus antepasados en arqueología y etnología africanas, utilizando la prodigiosa aunque extraña colección de Wade. Llevado de su mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilización prehistórica en la que el explorador loco había creído absolutamente, y tejía relato tras relato en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las últimas y más extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una atroz y desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño sentimiento, mezcla de terror y atracción, al especular sobre el posible fundamento de semejante fantasía, y tratar de extraer alguna luz de los Jatos recogidos por su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En 1911, después de la muerte de su madre, Arthur Jermyn decidió proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendió parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una expedición y zarpó con destino al Congo. Contrató a un grupo de guías con ayuda de las autoridades belgas, y pasó un año en las regiones de Onga y Kaliri, donde descubrió muchos más datos de lo que él se esperaba. Entre los kaliri había un anciano jefe llamado Mwanu que poseía no sólo una gran memoria, sino un grado de inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Este anciano confirmó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído contar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hacía muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y matar a todos los seres vivientes, se había llevado a la diosa disecada que había sido el objeto de la incursión: la diosa-mono blanca a la que adoraban los extraños seres, y cuyo cuerpo atribuían las tradiciones del Congo a la que había reinado como princesa entre ellos. Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo formarse una opinión clara; sin embargo, después de numerosas preguntas, consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La princesa-mono, se decía, se convirtió en esposa de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más tarde, el dios y la princesa habían regresado; y a la muerte de ella, su divino esposo había ordenado momificar su cuerpo, entronizándolo en una inmensa construcción de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a marcharse solo. La leyenda presentaba aquí tres variantes. Según una de ellas, no ocurrió nada más, salvo que la diosa disecada se convirtió en símbolo de supremacía para la tribu que la poseyera. Este era el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado de ella. Una segunda versión aludía al regreso del dios, y su muerte a los pies de la entronizada esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo, ya hombre -o mono, o dios, según el caso-, aunque ignorante de su identidad. Sin duda los imaginativos negros habían sacado el máximo partido de lo que subyacía debajo de tan extravagante leyenda, fuera lo que fuese.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Arthur Jermyn no dudó ya de la existencia de la ciudad que el viejo Wade había descrito; y no se extrañó cuando, a principios de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprobó que se habían exagerado sus dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no consiguió encontrar representaciones escultóricas, y lo exiguo de la expedición impidió emprender el trabajo de despejar el único pasadizo visible que parecía conducir a cierto sistema de criptas que Wade mencionaba. Preguntó a todos los jefes nativos de la región acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un europeo quien pudo ampliarle los datos que le había proporcionado el viejo Mwanu. Un agente belga de una factoría del Congo, M. Verhaeren, creía que podía no sólo localizar, sino conseguir también a la diosa momificada, de la que había oído hablar vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podría convencerlos para que se desprendiesen de la horrenda deidad de la que se habían apoderado. Así que, cuando Jermyn zarpó para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza de que, en espacio de unos meses, podría recibir la inestimable reliquia etnológica que confirmaría la más extravagante de las historias de su antecesor, que era la más disparatada de cuantas él había oído. Pero quizá los campesinos que vivían en la vecindad de !a Casa de los Jermyn habían oído historias más extravagantes aún a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente interés los manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez más identificado con Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra, así como de sus hazañas africanas. Los relatos orales sobre la misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba tangible de su estancia en la Mansión Jermyn. Jermyn se preguntaba qué circunstancias pudieron propiciar o permitir semejante desaparición, y supuso que la principal debió de ser la enajenación mental del marido. Recordaba que se decía que la madre de su tatarabuelo fue hija de un comerciante portugués establecido en África. Indudablemente, el sentido práctico heredado de su padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, lo habían movido a burlarse de las historias que contaba Wade sobre el interior; y eso era algo que un hombre como él no debió de olvidar. Ella había muerto en África, adonde sin duda su marido la llevó a la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada vez que Jermyn se sumía en estas reflexiones, no podía por menos de sonreír ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de sus extraños antecesores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaeren en la que le notificaba que había encontrado la diosa disecada. Se trataba, decía el belga, de un objeto de lo más extraordinario; un objeto imposible de clasificar para un profano. Sólo un científico podía determinar si se trataba de un simio o de un ser humano; y aun así, su clasificación sería muy difícil dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de aficionados, como parecía ocurrir en este caso. Alrededor del cuello de la criatura se había encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a quien debieron de arrebatárselo los n’bangus para colgárselo a la diosa en el cuello, a modo de talismán. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hacía una fantástica comparación; o más bien aludía con humor a lo mucho que iba a sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada, anunciaba, llegaría debidamente embalada, un mes después de la carta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El envío fue recibido en Casa de los Jermyn la tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran sala que alojaba la colección de ejemplares africanos, tal como fueran ordenados por Robert y Arthur. Lo que sucedió a continuación puede deducirse de lo que contaron los criados, y de los objetos y documentos examinados después. De las diversas versiones, la del mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la más amplia y coherente. Según este fiel servidor, Arthur ordenó que se retirase todo el mundo de la habitación, antes de abrir la caja; aunque el inmediato ruido del martillo y el escoplo indicó que no había decidido aplazar la tarea. Durante un rato no se escuchó nada más; Soames no podía precisar cuánto tiempo; pero menos de un cuarto de hora después, desde luego, oyó un horrible alarido, cuya voz pertenecía inequívocamente a Jermyn. Acto seguido, salió Jermyn de la estancia y echó a correr como un loco en dirección a la entrada, como perseguido por algún espantoso enemigo. La expresión de su rostro -un rostro bastante horrible ya de por sí- era indescriptible. Al llegar a la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio media vuelta, echó a correr y desapareció finalmente por la escalera del sótano. Los criados se quedaron en lo alto mirando estupefactos; pero el señor no regresó. Les llegó, eso sí, un olor a petróleo. Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el sótano con el patio; y el mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur Jermyn, todo reluciente de petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que rodeaba la casa. Luego, en una exaltación de supremo horror, presenciaron todos el final. Surgió una chispa en el páramo, se elevó una llama, y una columna de fuego humano alcanzó los cielos. La estirpe de los Jermyn había dejado de existir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La razón por la que no se recogieron los restos carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos está en lo que encontraron después; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constituía una visión nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades registradas e infinitamente más próximo al ser humano... asombrosamente próximo. Su descripción detallada resultaría sumamente desagradable; pero hay dos detalles que merecen mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas notas de Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con 1as leyendas congoleñas sobre el dios blanco y la princesa-mono. Los dos detalles en cuestión son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la jocosa alusión de M. Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con vívido, espantoso e intenso horror, nada menos que al del sensible Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de Antropología quemaron aquel ser, arrojaron el relicario a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jamás.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;blockquote class="tr_bq" style="text-align: center;"&gt;
&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Howard_Phillips_Lovecraft" target="_blank"&gt;H.P. Lovecraft&lt;/a&gt;&amp;nbsp;© (1890- 1937)&lt;/blockquote&gt;
&lt;div&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;
&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
&lt;/div&gt;
</description><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" height="72" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhveVOsMCvZGbBvQqnYqhRu6kFfsNeHOavZKAo4mWHGjz4oZo3-ZwVXBKuI1buvQ3OS9kZy7Rsbtn5H-wcgQHkdMXzU8UPQ8chY9yUXx370WzRX8W6r4BJKDZBQMFV-zVbSWYktLtDjNLTG/s72-c/cuento.png" width="72"/><thr:total xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0">0</thr:total></item></channel></rss>