<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:blogger='http://schemas.google.com/blogger/2008' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873</id><updated>2024-08-27T23:27:11.904-07:00</updated><title type='text'>Biblioteca de Cuentos</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default?redirect=false'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25&amp;redirect=false'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>212</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-4728445761030008893</id><published>2013-04-10T07:14:00.000-07:00</published><updated>2013-04-10T19:50:43.957-07:00</updated><title type='text'>Los anteojos de Dios</title><content type='html'>&lt;span class=&quot;subtit-gris&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;por &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com.ar/2008/05/mamerto-menapace.html&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Mamerto Menapace&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;El                                       cuento trata de un difunto. Anima bendita                                       camino del cielo donde esperaba encontrarse                                       con Tata Dios para el juicio sin trampas                                       y a verdad desnuda. Y no era para menos,                                       porque en la conciencia a más de                                       llevar muchas cosas negras, tenía                                       muy pocas positivas que hacer valer. Buscaba                                       ansiosamente aquellos recuerdos de buenas                                       acciones que había hecho en sus largos                                       años de usurero. Había encontrado                                       en los bolsillos del alma unos pocos recibos                                       &quot;Que Dios se lo pague&quot;, medio                                       arrugados y amarillentos por lo viejo. Fuera                                       de eso, bien poca más. Pertenecía                                       a los ladrones de levita y galera, de quienes                                       comentó un poeta: &quot;No dijo malas                                       palabras, ni realizó cosas buenas&quot;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Parece que en                                       el cielo las primeras se perdonan y las                                       segundas se exigen. Todo esto ahora lo veía                                       clarito. Pero ya era tarde. La cercanía                                       del juicio de Tata Dios lo tenía                                       a muy mal traer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Se acercó                                       despacito a la entrada principal, y se extraño                                       mucho al ver que allí no había                                       que hacer cola. O bien no había demasiados                                       clientes o quizá los trámites                                       se realizaban sin complicaciones.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Quedó                                       realmente desconcertado cuando se percató                                       no sólo de que no se hacía                                       cola sino que las puertas estaban abiertas                                       de par en par, y además no había                                       nadie para vigilarlas. Golpeó las                                       manos y gritó el Ave María                                       Purísima. Pero nadie le respondió.                                       Miró hacia adentro, y quedó                                       maravillado de la cantidad de cosas lindas                                       que se distinguían. Pero no vio a                                       ninguno. Ni ángel, ni santo, ni nada                                       que se le pareciera. Se animó un                                       poco más y la curiosidad lo llevó                                       a cruzar el umbral de las puertas celestiales.                                       Y nada. Se encontró perfectamente                                       dentro del paraíso sin que nadie                                       se lo impidiera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Caramba                                        — se dijo — parece que aquí                                       deber ser todos gente muy honrada! ¡Mirá                                       que dejar todo abierto y sin guardia que                                       vigile!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Poco a poco fue                                       perdiendo el miedo, y fascinado por lo que                                       veía se fue adentrando por los patios                                       de la Gloria. Realmente una preciosura.                                       Era para pasarse allí una eternidad                                       mirando, porque a cada momento uno descubría                                       realidades asombrosas y bellas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;De patio en patio,                                       de jardín en jardín y de sala                                       en sala se fue internando en las mansiones                                       celestiales, hasta que desembocó                                       en lo que tendría que ser la oficina                                       de Tata Dios. Por supuesto, estaba abierta                                       también ella de par en par. Titubeó                                       un poquito antes de entrar. Pero en el cielo                                       todo termina por inspirar confianza. Así                                       que penetró en la sala ocupada en                                       su centro por el escritorio de Tata Dios.                                       Y sobre el escritorio estaban sus anteojos.                                       Nuestro amigo no pudo resistir la tentación                                        — santa tentación al fin —                                        de echar una miradita hacia la tierra con                                       los anteojos de Tata Dios. Y fue ponérselos                                       y caer en éxtasis. ¡Que maravilla!                                       Se veía todo clarito y patente. Con                                       esos anteojos se lograba ver la realidad                                       profunda de todo y de todos sin la menor                                       dificultad. Pudo mirar profundo de las intenciones                                       de los políticos, las auténticas                                       razones de los economistas, las tentaciones                                       de los hombres de Iglesia, los sufrimientos                                       de las dos terceras partes de la humanidad.                                       Todo estaba patente a los anteojos de dios,                                       como afirma la Biblia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Entonces se le                                       ocurrió una idea. Trataría                                       de ubicar a su socio de la financiera para                                       observarlo desde esta situación privilegiada.                                       No le resulto difícil conseguirlo.                                       Pero lo agarró en un mal momento.                                       En ese preciso instante su colega esta estafando                                       a una pobre mujer viuda mediante un crédito                                       bochornoso que terminaría de hundirla                                       en la miseria por sécula seculorum.                                       (En el cielo todavía se entiende                                       latín). Y al ver con meridiana claridad                                       la cochinada que su socio estaba por realizar,                                       le subió al corazón un profundo                                       deseo de justicia. Nunca le había                                       pasado en la tierra. Pero, claro, ahora                                       estaba en el cielo. Fue tan ardiente este                                       deseo de hacer justicia, que sin pensar                                       en otra cosa, buscó a tientas debajo                                       de la mesa del banquito de Tata Dios, y                                       revoleándolo por sobre su cabeza                                       lo lanzó a la tierra con una tremenda                                       puntería. Con semejante teleobjetivo                                       el tiro fue certero. El banquito le pegó                                       un formidable golpe a su socio, tumbándolo                                       allí mismo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;En ese momento                                       se sintió en el cielo una gran algarabía.                                       Era Tata Dios que retornaba con sus angelitos,                                       sus santas vírgenes, confesores y                                       mártires, luego de un día                                       de picnic realizado en los collados eternos.                                       La alegría de todos se expresaba                                       hasta por los poros del alma, haciendo una                                       batahola celestial.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Nuestro amigo                                       se sobresalto. Como era pura alma, el alma                                       no se le fue a los pies, sino que se trató                                       de esconder detrás del armario de                                       las indulgencias. Pero ustedes comprenderás                                       que la cosa no le sirvió de nada.                                       Porque a los ojos de Dios todo está                                       patente. Así que fue no más                                       entrar y llamarlo a su presencia. Pero Dios                                       no estaba irritado. Gozaba de muy buen humor,                                       como siempre. Simplemente le preguntó                                       qué estaba haciendo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;La pobre alma                                       trató de explicar balbuceando que                                       había entrado a la gloria, porque                                       estando la puerta abierta nadie la había                                       respondido y el quería pedir permiso,                                       pero no sabía a quién.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-No, no —                                        le dijo Tata Dios — no te pregunto                                       eso. Todo está muy bien. Lo que te                                       pregunto es lo que hiciste con mi banquito                                       donde apoyo los pies.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Reconfortado                                       por la misericordiosa manera de ser de Tata                                       Dios, el pobre tipo fue animado y le contó                                       que había entrado en su despacho,                                       había visto el escritorio y encima                                       los anteojos, y que no había resistido                                       la tentación de colocárselos                                       para echarle una miradita al mundo. Que                                       le pedía perdón por el atrevimiento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-No, no —                                        volvió a decirle Tata Dios —                                        Todo eso está muy bien. No hay nada                                       que perdona. Mi deseo profundo es que todos                                       los hombres fueran capaces de mirar el mundo                                       como yo lo veo. En eso no hay pecado. Pero                                       hiciste algo más. ¿Qué                                       pasó con mi banquito donde apoyo                                       los pies?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Ahora sí                                       el ánima bendita se encontró                                       animada del todo. Le contó a Tata                                       Dios en forma apasionada que había                                       estado observando a su socio justamente                                       cuando cometía una tremenda injusticia                                       y que le había subido al alma un                                       gran deseo de justicia, y que sin pensar                                       en nada había manoteado el banquito                                       y se lo había arrojado por el lomo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Ah, no!                                        — volvió a decirle Tata Dios.                                       Ahí te equivocaste. No te diste cuenta                                       de que si bien te había puesto mis                                       anteojos, te faltaba tener mi corazón.                                       Imaginate que si yo cada vez que veo una                                       injusticia en la tierra me decidiera a tirarles                                       un banquito, no alcanzarían los carpinteros                                       de todo el universo para abastecerme de                                       proyectiles. No m’hijo. No. Hay que                                       tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos,                                       si no se está bien seguro de tener                                       también mi corazón. Sólo                                       tiene derecho a juzgar, el que tiene el                                       poder de salvar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-Volvete ahora                                       a la tierra. Y en penitencia, durante cinco                                       años rezá todo los días                                       esta jaculatoria: &quot;Jesús, manso                                       y humilde de corazón dame un corazón                                       semejante al tuyo&quot;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y el hombre se                                       despertó todo transpirado, observando                                       por la ventana entreabierta que el sol ya                                       había salido y que afuera cantaban                                       los pajaritos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Hay historias                                       que parecen sueños. Y sueños                                       que podrían cambiar la historia.&lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/4728445761030008893/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/4728445761030008893?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/4728445761030008893'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/4728445761030008893'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2013/04/los-anteojos-de-dios.html' title='Los anteojos de Dios'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-8007837742015304323</id><published>2013-04-10T06:06:00.001-07:00</published><updated>2013-04-10T19:50:22.799-07:00</updated><title type='text'>Los dos paraísos</title><content type='html'>&lt;span class=&quot;subtit-gris&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;por &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com.ar/2008/05/mamerto-menapace.html&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Mamerto Menapace&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;En                                       el patio de tierra de mi casa había                                       dos grandes paraísos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;De chico nunca                                       me pregunté si ellos también                                       habrían nacido, crecido, o sido trasplantados.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Simplemente estaban                                       allí, en el patio, como estaban el                                       cielo las estrellas, la cañada en                                       el campo, y el arroyo allá dentro                                       del monte. Formaban parte de ese mundo preexistente,                                       de ese mundo viejo con capacidad de acogida                                       que uno empezaba a descubrir con asombro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Eran lo más                                       cercano de ese mundo porque estaban allí                                       nomás, en el medio del patio, con                                       su ancho ramerío cubriéndolo                                       todo y llenando de sombra toda la geografía                                       de nuestros primeros gateos sobre la tierra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Ellos nos ayudaron                                       a ponernos de pie, ofreciéndonos                                       el rugoso apoyo de su fuerte tronco sin                                       espinas. Encaramados a sus ramas miramos                                       por primera vez con miedo y con asombro                                       la tierra allá abajo, y un horizonte                                       más amplio alrededor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Los pájaros                                       más familiares, fue allí donde                                       los descubrimos. En cambio los otros, los                                       que anidaban en la leyenda y en el misterio                                       de los montes, los fuimos descubriendo mucho                                       después, cuando aprendimos a cambiar                                       de geografía y a alejarnos de la                                       sombra del rancho.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Fue en ellos                                       donde aprendimos que la primavera florece.                                       Para setiembre el perfume de los paraísos                                       llenaba los patios y el viento del este                                       metía su aroma hasta dentro del rancho.                                       No perfumaban tan fuerte como los naranjos,                                       pero su perfume era más parejo. Parecía                                       como que abarcara más ancho. A veces,                                       un golpe de aire nos traía su aroma                                       hasta más allá de los corrales.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;También                                       nos enseñaron cómo el otoño                                       despoja las realidades y las prepara para                                       cuartear el invierno. Concentrando su savia                                       por dentro en espera de nuevas primaveras,                                       amarilleaban su follaje y el viento amontonaba                                       y desamontonaba las hojas que ellos iban                                       entregando.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;En otoño                                       no se esperaba la tarde del sábado                                       para barrer los patios. Se los limpiaba                                       en cada amanecer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;¡Cuántas                                       cosas nos enseñaron los dos viejos                                       paraísos, nada más que con                                       callarse!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Fue apoyados                                       en sus troncos, con la cara escondida con                                       el brazo, donde puchereamos nuestros primeros                                       lloros después de las palizas. Allí,                                       en silencio, escuchaban el apagarse de nuestros                                       suspiros entrecortados por palabras incoherentes                                       que puntuaban nuestras primeras reflexiones                                       internas de niños castigados. Y en                                       el silencio de sus arrugas, guardaron junto                                       con nuestros lagrimones esas primeras experiencias                                       nuestras sobre la justicia, la culpa, el                                       castigo y la autoridad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y luego, cansados                                       de una reflexión que nos quedaba                                       grande y agotada nuestra gana de llorar,                                       nos alejábamos de sus troncos y reingresábamos                                       a la euforia de nuestros juegos y de nuestras                                       peleas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Cuando jugábamos                                       a la mancha, transformaban su quietud en                                       la piedra del &quot;pido&quot; que nos convertía                                       en invulnerables. Y en el juego de la escondida                                       escuchaban recitar contra su tronco la cuenta                                       que iba disminuyendo el tiempo para ubicar                                       un escondite. Y luego eran la meta que era                                       preciso alcanzar antes que el otro, para                                       no quedar descalificado. Ellos participaron                                       de todos nuestros juegos y fueron los confidentes                                       de todos nuestros momentos importantes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Escondidos detrás                                       de sus troncos, nuestra timidez y viveza                                       de chicos de campo espiaba a las visitas                                       de forasteros, mientras escuchábamos                                       nuevas palabras, otra manera de pronunciarlas                                       y nuevos tonos de voz, que luego se convertían                                       en material de imitación y de mímica                                       para las comedias infantiles en que remedábamos                                       a las visitas. Así fue como aprendí                                       la palabra &quot;etcétera&quot;,                                       que me causó una profunda hilaridad,                                       y que al repetirla luego a cada momento                                       y para cualquier cosa, nos hacía                                       reír a todos en la familia. En mi                                       familia siempre producían hilaridad                                       las palabras esdrújulas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Al llegar la                                       noche, todo nuestro mundo amigo se atrincheraba                                       alrededor de los paraísos. El farol                                       que se colgaba de una de sus ramas creaba                                       una pequeña geografía de luz                                       que era todo lo que nos pertenecía                                       en este mundo. Más allá estaba                                       el reino de la noche desde donde nos venían                                       los gemidos de las ranas sorprendidas pro                                       las culebras; y hacia donde los perros hacían                                       rápidas salidas para defender nuestro                                       reino sitiado. Desde la noche sabía                                       llegar hasta nuestro puerto de luz algún                                       forastero o algún amigo náufrago                                       de las sombras que había logrado                                       ubicar el faro de nuestra lámpara                                       suspendidas de las ramas de los paraísos.                                       Desde lo más hondo de la noche remaban                                       hacia la lámpara miles de insectos:                                       las luciérnagas describían                                       amplios círculos de luz alrededor                                       de los paraísos, y a veces volvían                                       a hundirse en la inmensidad sideral de la                                       noche como pequeños cometas de nuestro                                       pequeño sistema solar. Otras veces,                                       encandiladas por la luz del farol, terminaban                                       en nuestras manos llenándolas de                                       todo eso misterioso que brilla en las noches.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Cuando me vine                                       hacia el sur, la imagen de los paraísos                                       vino conmigo, y conmigo fue creciendo al                                       ritmo de mi propio crecimiento. Los veía                                       simplemente como parte de mi propia historia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Al volver luego                                       de unos años, me impresionó                                       ver nuevamente a mis dos viejos paraísos                                       familiares. Sí. Eran los mismos:                                       ocupaban el mismo sitio; los aseguraban                                       las mismas raíces y los identificaba                                       por las mismas arrugas de sus troncos amigos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y sin embargo                                       me parecieron más pequeños.                                       Cierto: la cabellera de sus copas había                                       raleado, y tal vez sus ramas ya no fueran                                       tan flexibles. Pero fundamentalmente habían                                       quedado iguales; idénticos. No fue                                       por haber cambiado por lo que me resultaron                                       más pequeños. Yo diría                                       que fue mi relación con ellos lo                                       que había crecido, lo que me daba                                       de ellos una visión distinta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Quizá                                       no es que los viera más pequeños;                                       sino que ya no me parecían tan altos,                                       ni tan ancha su sombra, ni tan difíciles                                       de subir, ni tan imprescindibles dentro                                       de la geografía del mundo que me                                       tocaba habitar. Mientras tanto, yo ya había                                       conocido otros árboles grandes, importantes,                                       útiles o amigos, y a lo mejor había                                       adornado inconscientemente con esas dimensiones                                       prestadas a mis dos viejos paraísos                                       familiares.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Ahora, al verlos                                       en su realidad concreta, desmitizados de                                       mis adornos fantasiosos, comencé                                       a darme cuenta de sus auténticos                                       límites, de la dimensión concreta                                       de sus ramas. Podría decir que casi                                       afloró a mi conciencia un descubrimiento:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;&quot;Mis dos                                       viejos paraísos también tenían                                       su historia.&quot;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Historia personal,                                       intransferible. Su existencia no era sólo                                       relación conmigo. También                                       ellos habían nacido en alguna parte,                                       habían tenido su historia de crecimiento,                                       para luego ser trasplantados juntos y compartir                                       la historia de un mismo patio. El estar                                       allí, el compartir su vida con nosotros,                                       su sombra y el ciclo de sus otoños                                       y primaveras, era el resultado de decisiones                                       que bien hubieran podido ser distintas,                                       y con ello totalmente otra mi propia historia                                       y mi geografía personal.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Me di cuenta                                       de la tremenda responsabilidad de sus decisiones;                                       cosa que ningún otro árbol                                       había tenido, ni jamás podría                                       tener en mi vida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y pienso que,                                       si hoy todo árbol es mi amigo, esto                                       se debe a la calidez de amigo que supe encontrar                                       allá en mi emplumar, en aquellos                                       dos paraísos familiares. Ellos dieron                                       a mis ojos, a mi corazón y a mis                                       manos, esa imagen primordial que trataría                                       de buscar en cada árbol luego en                                       mi vida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Insisto. Esto                                       lo empecé a ver y a comprender cuando                                       desmiticé a mis dos viejos paraísos                                       de todo lo que no era auténticamente                                       suyo. Cuando comprendí que también                                       ellos tenían unas dimensiones concretas                                       y relativamente pequeñas; cuando                                       les descubrí sus carencias y cuando                                       supe que su existencia almacenaba, como                                       la mía una cadena de decisiones personales,                                       y no un mero sucederse de preexistencias                                       sin historia. Cuando me di cuenta de que                                       tenían menos dimensiones de las que                                       yo me imaginaba, y más méritos                                       de los que yo suponía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Hoy aquel patio                                       familiar existe sólo en mi recuerdo.                                       Los dos paraísos han dejado en pie                                       dos grandes huecos de luz. Buscando sus                                       copas mis ojos miran para arriba y se encuentran                                       con el cielo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;No han muerto.                                       Y pienso que no morirán nunca, porque                                       rama a rama se van quemando en el fogón                                       familiar, y de cada astilla que se ha vuelto                                       ceniza se ha liberado la tibieza que calienta                                       nuestros inviernos. Y sus troncos rugosos                                       se han vuelto t&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Times,Times New Roman; font-size: small;&quot;&gt;ablas                                       de la mesa familiar que nos seguirá                                       reuniendo a los hermanos distantes para                                       compartir el pan.&lt;/span&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/8007837742015304323/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/8007837742015304323?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/8007837742015304323'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/8007837742015304323'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2013/04/los-dos-paraisos.html' title='Los dos paraísos'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-7715630500617785693</id><published>2013-04-10T06:05:00.001-07:00</published><updated>2013-04-10T19:50:03.787-07:00</updated><title type='text'>Los dos burritos</title><content type='html'>&lt;span class=&quot;subtit-gris&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;por &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com.ar/2008/05/mamerto-menapace.html&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Mamerto Menapace&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Erase                                       una vez una madre - así comienza                                       esta historia encontrada en un viejo libro                                       de vida de monjes, y escrita en los primeros                                       siglos de la Iglesia -. Erase una vez una                                       madre - digo - que estaba muy apesadumbrada,                                       porque sus dos hijos se habían desviado                                       del camino en que ella los había                                       educado. Mal aconsejados por sus maestros                                       de retórica, habían abandonado                                       la fe católica adhiriéndose                                       a la herejía, y además se                                       estaban entregando a un vida licenciosa                                       desbarrancándose cada día                                       más por la pendiente del vicio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y bien. Esta                                       madre fue un día a desahogar su congoja                                       con un santo eremita que vivía en                                       el desierto de la Tebaida. Era este un santo                                       monje, de los de antes, que se había                                       ido al desierto a fin de estar en la presencia                                       de Dios purificando su corazón con                                       el ayuno y la oración. A él                                       acudían cuantos se sentían                                       atormentados por la vida o los demonios                                       difíciles de expulsar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Fue así                                       que esta madre de nuestra historia se encontró                                       con el santo monje en su ermita, y le abrió                                       el corazón contándole toda                                       su congoja. Su esposo había muerto                                       cuando sus hijos eran aún pequeños,                                       y ella había tenido que dedicar toda                                       la vida a su cuidado. Había puesto                                       todo su empeño en recordarles permanentemente                                       la figura del padre ausente, a fin de que                                       los pequeños tuvieran una imagen                                       que imitar y una motivación para                                       seguir su ejemplo. Pero , hete aquí,                                       que ahora, ya adolescentes, se habían                                       dejado influir por las doctrinas de maestros                                       que no seguían el buen camino y enseñaban                                       a no seguirlo. Y ella sentía que                                       todo el esfuerzo de su vida se estaba inutilizando.                                       ¿Qué hacer? Retirar a sus hijos                                       de la escuela, era exponerlos a que suspendidos                                       sus estudios, terminaran por sumergirse                                       aún más en los vicios por                                       dedicarse al ocio y vagancia del teatro                                       al circo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Lo peor de la                                       situación era que ella misma ya no                                       sabía qué actitud tomar respecto                                       a sus convicciones religiosas y personales.                                       Porque si éstas no habían                                       servido para mantener a sus propios hijos                                       en la buena senda, quizá fueran indicio                                       de que estaba equivocada también                                       ella. En fin, al dolor se sumaba la dura                                       y el desconcierto no sabiendo qué                                       sentido podría tener ya el continuar                                       siendo fiel al recuerdo de su esposo difunto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Todo esto y muchas                                       otras cosas contó la mujer al santo                                       eremita, que la escuchó en silencio                                       y con cariño. Cuando terminó                                       su exposición, el monje continuó                                       en silencio mirándola. Finalmente                                       se levantó de su asiento y la invitó                                       a que juntos se acercaran a la ventana.                                       Daba esta hacia la falda de la colina donde                                       solamente se veía un arbusto, y atada                                       a su tronco una burra con sus dos burritos                                       mellizos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¿Qué                                       ves? - le preguntó a la mujer quien                                       respondió:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-Veo una burra                                       atada al tronco del arbusto y a sus dos                                       burritos que retozan a su alrededor sueltos.                                       A veces vienen y maman un poquito, y luego                                       se alejan corriendo por detrás de                                       la colina donde parecen perderse, para aparecer                                       enseguida cerca de su burra madre. Y esto                                       lo han venido haciendo desde que llegué                                       aquí. Los miraba sin ver mientras                                       te hablaba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-Has visto bien                                       - le respondió el ermitaño-.                                        Aprende de la burra. Ella permanece atada                                       y tranquila. Deja que sus burritos retocen                                       y se vayan. Pero su presencia allí                                       es un continuo punto de referencia para                                       ellos, que permanentemente retornan a su                                       lado. Si ella se desatara para querer seguirlos,                                       probablemente se perderían los tres                                       en el desierto. Tu fidelidad es el mejor                                       método para que tus hijos puedan                                       reencontrar el buen camino cuando se den                                       cuenta de que están extraviados.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align=&quot;JUSTIFY&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Sé                                       fiel y conservarás tu paz, aun en                                       la soledad y el dolor. Diciendo esto la                                       bendijo, y la mujer retornó a su                                       casa con la paz en su corazón adolorido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/7715630500617785693/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/7715630500617785693?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/7715630500617785693'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/7715630500617785693'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2013/04/los-dos-burritos.html' title='Los dos burritos'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-7391168729292739183</id><published>2013-04-10T05:59:00.000-07:00</published><updated>2013-04-10T19:49:34.819-07:00</updated><title type='text'>Nuestro loro</title><content type='html'>&lt;span class=&quot;subtit-gris&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;por &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com.ar/2008/05/mamerto-menapace.html&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Mamerto Menapace&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;En                                       casa teníamos un loro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pero un loro                                       auténtico. No una cotorra. Ni siquiera                                       se lo hubiera podido confundir con uno de                                       esos loros chicos, que comen girasol y que                                       en norte llaman calancates. El nuestro era                                       un loro grande, nacido en el norte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Lo habían                                       traído de pichón y se había                                       criado con nosotros, compartiendo nuestra                                       vida de cada día, nuestros entusiasmos                                       y nuestras discusiones. Y fue así                                       como aprendió a gritar muchas cosas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Se llamaba Pastor.                                       Es cierto que ese nombre se lo habíamos                                       impuesto. Pero él lo había                                       aceptado. Cuando tenía hambre, por                                       ejemplo, y quería suscitar nuestra                                       compasión, repetía en tono                                       triste:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Pobrecito                                       Pastor! ¡La papa para Pastor, pobrecito                                       Pastor! - Y agarraba con una de sus patitas                                       el pedazo de pan familiar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Aferrándose                                       con la otra de donde estaba apoyado, lo                                       comía con gesto humano. Con gesto                                       de familia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Cuando sentía                                       torear los perros, gritaba: &quot;¡Fuera,                                       fuera!&quot;, y compartía nuestras                                       euforias gritando: &quot;¡Viva Boca!&quot;                                       cuando escuchaba los partidos por radio.                                       Además repetía las órdenes                                       que se daban a los chicos, y así                                       nos mandaba encerrar los terneros, traer                                       agua; o simplemente nos llamaba por nuestro                                       nombre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;En casa lo teníamos                                       por uno más de la familia. Habiendo                                       compartido casi la totalidad de su vida                                       conciente con nosotros, pensábamos                                       que todos sus ideales se identificaban con                                       los nuestros. Lo creíamos un loro                                       domesticado. Le teníamos tanta confianza                                       que le habíamos otorgado plena libertad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Porque tienen                                       que saber que teníamos otros pájaros:                                       tres cardenales copete rojo y una urraca                                       de monte. Tuvimos tordos y boyeros de esos                                       que hacen su nido como una larga media colgada                                       de las ramas de un algarrobo. En fin, una                                       variedad de otros pájaros salvajes.                                       Pero a todos los teníamos en cerrados                                       en sus jaulas. De ellos nos interesaban                                       sus trinos y sus colores; pero sabíamos                                       que no deseaban compartir nuestra vida.                                       No estaban integrados.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;En cambio nuestro                                       loro, no. Se subía a nuestros mismos                                       árboles y gateaba las mismas ramas                                       que nosotros, los chicos. Nuestro parral                                       era también suyo. Y los días                                       de lluvia o frío compartía                                       la tibieza de nuestra cocina.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Para saber dónde                                       estaba, bastaba con gritar fuerte:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Pastor!…-                                        y él, desde su rama o su rincón                                       contestaba:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Eu!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Con pico y patas                                       descendía hasta uno para tomar su                                       pedazo de pan familiar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Eso sí.                                       Tenía sus agresividades. ¡Cómo                                       no! Y también sus antipatías.                                       Eso era lógico. A todos en casa nos                                       pasaba más o menos lo mismo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pero no. Seguramente                                       no fue ése el motivo de su insólita                                       actitud aquella tarde de otoño.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Sí. Era                                       otoño. Lo recuerdo bien. Como una                                       cicatriz de mi infancia. Era otoño                                       porque aquella tarde casi todos los mayores                                       estaban juntando algodón en el campo.                                       Papá estaba en el pueblo. Algunos                                       estábamos en la escuela, y sólo                                       quedaba en casa mamá y uno o dos                                       de los más chicos. Habrán                                       sido las tres o cuatro de la tarde. Cada                                       uno estaba en lo suyo, y todo parecía                                       estar en paz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Viniendo desde                                       el sur, una bandada de loros salvajes emigraba                                       hacia el norte; hacia las selvas, las Cataratas,                                       el Paraguay. Su vuelo nervioso era apuntado                                       por esos gritos característicos del                                       loro en vuelo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Creo,                                       creo, creo!…- y la bandada pasó                                       sobre mi casa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;¿Qué                                       le pasó a nuestro loro? ¿Habrá                                       estado triste, disconforme? ¿Se habrá                                       sentido oprimido o alienado? Puedo asegurarles                                       que en casa no le faltaba nada y papá                                       era exigente en que no se maltratara a ningún                                       animal; menos al loro familiar por el cual                                       sentía afecto especial.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;No. Estoy seguro                                       de que no. No fue por ninguno de esos motivos.                                       No fue para liberarse de algo. Fue simplemente                                       porque sintió que algo se liberaba                                       en él. Sacudido por ese grito ancestral                                       de su raza en vuelo, también en él                                       surgió la necesidad imperiosa de                                       afirmar su fe en aquellas realidades primordiales                                       que constituyen la esencia de todos los                                       loros. Y agitando sus alas torpes, no adiestradas                                       para el vuelo, lanzó también                                       él ese grito que le dormía                                       dentro:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Creo,                                       creo, creo!… - y se largó a                                       volar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Fue sólo                                       un gesto. Una manera de concretizar su profunda                                       fe en las selvas, en las cataratas, en yerbales                                       y naranjales que él nunca viera,                                       y que nunca serían plenamente suyos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;La bandada se                                       perdió pronto sobre los chañares,                                       arreando hacia el norte su profesión                                       de fe.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Nuestro loro                                       no pudo seguirla. A las pocas cuadras perdió                                       altura y aterrizó. No estaba adiestrado                                       para el vuelo largo. En nuestra familia                                       nadie tenía esas oportunidades, y                                       a él mismo nunca se había                                       presentado la necesidad de ensayarlas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Esa noche, al                                       reencontrarnos todos nuevamente reunidos                                       en familia, notamos la ausencia de Pastor.                                       En su media lengua, mi hermanito menor dio                                       a entender que el loro se había volado                                       hacia el norte. Alguien creyó recordar                                       que, efectivamente, a media tarde una bandada                                       de loros había sobrevolado el algodonal.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Todos lamentados                                       sinceramente que nuestro loro se hubiera                                       podido ir con ellos. Y a todos nos sobrecogió                                       el temor por los peligros que acecharían                                       a Pastor, ya que sabíamos que era                                       imposible que hubiera podido seguir el ritmo                                       de la bandada. Caído a mitad de vuelo,                                       quizás no habría un árbol                                       cerca; así estaría en pleno                                       campo bajo el peligro de los zorros o de                                       los gatos. Una de mis hermanas - la más                                       sensible - se largó a llorar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Con todo, creo                                       que se exageraron un poco los peligros.                                       Probablemente lo que nos preocupaba no era                                       tanto las dificultades que encontraría                                       nuestro loro en su nueva situación,                                       cuando el haberlo perdido. Sobre todo nos                                       mortificaba que ya no fuera nuestro loro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;De hecho, Pastor                                       había caído a unas pocas cuadras                                       entre el algodonal. Dos o tres días                                       después lo encontramos. ¡Pobre!,                                       daba lástima. Estaba muerto de hambre.                                       Y lo descubrimos justamente porque al pasar                                       cerca de él, se puso a gritar esa                                       serie de frases familiares que había                                       aprendido entre nosotros. Sus ¡vivas!                                       y sus ¡fuera! Fue así como descubrimos                                       su paradero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Todos nos alegramos                                       de haberlo reencontrado. Y todos estuvimos                                       de acuerdo en que había que cortarle                                       las plumas de sus alas para que no volviera                                       a repetir la experiencia. Hasta mi hermana                                        - ¡la más sensible! - estuvo                                       de acuerdo también. Porque Pastor                                       nunca podría seguir a las bandadas.                                       Por tanto había que impedirle nuevas                                       experiencias.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Hoy, al pensar                                       en aquella decisión de mi familia,                                       me pregunto: &quot;¿Fue un auténtico                                       y sincero cariño por Pastor lo que                                       nos llevó a cortarle las alas para                                       evitarle problemas?&quot;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Tal vez hubiera                                       sido mejor darle mayores oportunidades de                                       vuelos controlados, para que realmente estuviera                                       capacitado. No sé. Por ejemplo, se                                       lo podría haber llevado lejos, dejándolo                                       luego un poco solo, para obligarlo a volar                                       por su cuenta hasta nosotros. Así,                                       a la vez que ensayaba el vuelo largo, aprendería                                       a tomar nuestra casa como punto de referencia                                       y lograría realizar el vuelo de retorno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pero tengo que                                       reconocer que fuimos egoístas. Preferimos                                       la solución fácil. Pastor                                       fue humillado y perdió las hermosas                                       plumas de colores de la punta de sus alas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pienso que también                                       dramatizamos algo que no era para tanto.                                       ¿Qué es lo que en el fondo había                                       hecho Pastor? Seguramente, su gesto no fue                                       un signo de protesta contra nuestro estilo                                       de vida familiar. No fue un querer irse                                       porque estuviera en desacuerdo, o como un                                       decirnos que todos sus gestos anteriores                                       habían sido un simple formulismo                                       hecho sin convicción; como si nunca                                       hubiera compartido auténticamente                                       lo nuestro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Simplemente había                                       sentido de repente ese grito que despertaba                                       en Pastor una fidelidad que nunca había                                       sentido antes entre nosotros. Era la profesión                                       de fe de su raza en vuelo. Y Pastor, sacudido                                       por ese grito de su raza, había realizado                                       un gesto sin pensar siquiera en las consecuencias,                                       y menos que con ello pudiera ofender nuestra                                       incapacidad de volar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Se había                                       equivocado. De acuerdo. Pero ¿a quién                                       en casa no le había pasado alguna                                       vez algo parecido, no se había equivocado                                       al escuchar un grito nuevo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-Habría                                       podido consultar - se me dirá. Pero                                       ¿a quién? Cada uno estaba enteramente                                       ocupado en lo suyo y ni siquiera hubiera                                       podido comprender su intimidad intransferible                                       de loro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Nosotros sacamos                                       demasiadas conclusiones. La verdad: le tuvimos                                       miedo al futuro. Y olvidamos sus diez mil                                       gestos buenos, profundos, con sentido auténtico,                                       por uno que le fracasó y que había                                       hecho sin consultar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;¡Qué                                       ridículo fuiste, Pastor, durante                                       un tiempo, caminando pasito a paso por los                                       patios, intentando vuelos que irremediablemente                                       terminaban en tumbos, con tus alas amputadas!                                       Para alcanzar las ramas que antes eran las                                       metas de sus volidos, ahora tenías                                       que gatear el tronco con pico y patas como                                       una comadreja. Realmente, Pastor, te hicimos                                       sufrir una gran humillación.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pero, creémelo:                                       lo pensábamos justificado. Porque                                       con ello asegurábamos tu permanencia                                       definitiva entre nosotros. Nosotros, ¡te                                       hubiéramos extrañado tanto!                                       Con esa decisión de cortarte las                                       plumas y no permitirte el vuelo largo, nosotros                                       nos comprometíamos con vos, con tu                                       futuro, con tu seguridad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pero nuestra                                       familia no era dueña del futuro.                                       Ni del tuyo, ni del de ella misma. El futuro                                       es sólo de Dios. ¡Es tan delicado                                       comprender a los demás definitivamente                                       mediante nuestras decisiones arbitrarias                                       y poco generosas!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Unos cuantas                                       años después nuestra familia                                       tuvo que emigrar. Tuvo que dejar ese campo                                       familiar, ese rancho con tantos recuerdos                                       y esos árboles que vos y yo gateábamos                                       rama a rama. Y nos fuimos a vivir al pueblo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;No. No fue fácil                                       acostumbrarse. Tampoco para nosotros. Creémelo.                                       El terreno era pequeño. La casa de                                       material, con pisos de cemento. No había                                       árboles. Al principio ni siquiera                                       teníamos un parral.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pero si a mi                                       familia se la hacía difícil                                       amoldarse, a vos se te hizo imposible.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;No hubo santo.                                       No tenías espacio vital. Comenzaste                                       a ponerte triste. Ya no hablabas. Perdías                                       el color de tus plumas. Andabas todo el                                       día huraño. Y lo que es peor:                                       molestabas en todas partes porque no lograbas                                       ubicarte vos mismo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Las visitas,                                       que allá en el campo dejabas admiradas,                                       ahora preguntaban para qué te teníamos.                                       Y entre esas visitas, no faltó quien                                       te codiciara. En su casa tenía un                                       lindo bananal.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y fue así                                       nomás: te vendimos. Siento una profunda                                       vergüenza al tener que confesarlo.                                       Pero… te vendimos. Quinientos pesos                                       viejos. Casi como para decir que carecías                                       de valor. Como quien se saca de encima un                                       estorbo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;La última                                       vez que te vi estabas encaramado entre las                                       hojas del bananal. No diste señales                                       de reconocerme.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y sin embargo                                       yo quiero creer que no nos guardás                                       rencor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Necesito creerlo.                                       Para que en mí no muera lo mejor                                       de vos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align=&quot;JUSTIFY&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;&lt;i&gt;Nota:                                       Este cuento no es un cuento. Es un sucedido.                                       Es estrictamente histórico hasta                                       en sus detalles. Por ello puede ser una                                       parábola.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;                                       &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/7391168729292739183/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/7391168729292739183?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/7391168729292739183'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/7391168729292739183'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2013/04/nuestro-loro.html' title='Nuestro loro'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-1836781996333643496</id><published>2013-04-10T05:36:00.000-07:00</published><updated>2013-04-10T19:48:57.857-07:00</updated><title type='text'>El relojero</title><content type='html'>&lt;span class=&quot;subtit-gris&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;por &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com.ar/2008/05/mamerto-menapace.html&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Mamerto Menapace&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;span class=&quot;m-grisosc&quot;&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;De                                       esto hace mucho tiempo. Epoca en la que                                       todavía todo oficio era un arte y                                       una herencia. El hijo aprendía de                                       su padre, lo que éste había                                       sabido por su abuelo. El trabajo heredado                                       terminaba por dar un apellido a la familia.                                       Existían así los Herrero,                                       los Barrero, la familia de Tejedor, etcétera.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Bueno,                                       en aquella época y en un pueblito                                       perdido en la montaña, pasaba más                                       o menos lo mismo que sucedía en todas                                       las otras poblaciones. Las necesidades de                                       la gente eran satisfechas por las diferentes                                       familias que con sus oficios heredados se                                       preocupaban de solucionar todos los problemas.                                       Cada día, el aguatero con su familia                                       traía desde el río cercano                                       toda el agua que el pueblito necesitaba.                                       El cantero hacía lo mismo con respecto                                       a las piedras y lajas necesarias para la                                       construcción o reparación                                       de las viviendas. El panadero se ocupaba                                       con los suyos de amasar la harina y hornear                                       el pan que se consumiría. Y así                                       pasaba con el carnicero, el zapatero, el                                       relojero. Cada uno se sentía útil                                       y necesario al aportar lo suyo a las necesidades                                       comunes. Nadie se sentía más                                       que los otros, porque todos eran necesarios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Pero                                       un día algo vino a turbar la tranquila                                       vida de los pobladores de aquella aldea                                       perdida en la montaña. En un amanecer                                       se sintió a lo lejos el clarín                                       del heraldo que hacía de postillón                                       o correo. El retumbo de los cascos de caballo                                       se fue acercando y finalmente se lo vio                                       doblar la calle que daba entrada al pueblito:                                       un caballo sudoroso que fue frenado justo                                       delante de la puerta de la casa del relojero.                                       El heraldo le entregó un grueso sobre                                       que traía noticias de la capital.                                       Toda la gente se mantuvo a la expectativa                                       a la puerta de sus casas a fin de conocer                                       la importante noticia que seguramente se                                       sabría de un momento al otro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y                                       así fue efectivamente. Pronto corrió                                       por todo el pueblo la voz de que desde la                                       capital lo llamaban al relojero para que                                       se hiciera cargo de una enorme herencia                                       que un pariente le había legado.                                       Toda la población quedó consternada.                                       El pueblito se quedaría sin relojero.                                       Todos se sintieron turbados frente a la                                       idea de que desde aquel día, algo                                       faltaría al irse quien se ocupaba                                       de atender los relojes con los que podían                                       conocer la hora exacta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Al                                       día siguiente una pesada carreta                                       cargada con todas las pertenencias de la                                       familia, cruzaba lentamente el poblado,                                       alejándose quizás para siempre                                       rumbo a la ciudad capital. En ella se marchaba                                       el relojero con toda su gente: el viejo                                       abuelo y los hijos pequeños. Nadie                                       quedaba en el lugar que pudiera entender                                       de relojes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;La                                       gente se sintió huérfana,                                       y comenzó a mirar ansiosamente y                                       a cada rato el reloj de la torre de la Iglesia.                                       Otro tanto hacía cada uno con su                                       propio reloj de bolsillo. Con el pasar de                                       los días el sentimiento comenzó                                       a cambiar. El relojero se había ido                                       y nada había cambiado. Todo seguía                                       en plena normalidad. El aparato de la torre                                       y los de cada uno seguía rítmicamente                                       funcionando y dando la hora sin contratiempo                                       alguno.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;-¡Caramba!-                                        se decía la gente. Nos hemos asustado                                       de gusto. Después de todo, el relojero                                       no era una persona indispensable entre nosotros.                                       Se ha marchado y todo sigue en orden y bien                                       como cuando él estaba aquí.                                       Otra cosa muy distinta hubiera sido sin                                       el panadero. No había porqué                                       preocuparse. Bien se podía vivir                                       sin el ausente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y                                       los días fueron pasando, haciéndose                                       meses. De pronto a alguien se le cayó                                       el reloj, y aunque al sacudirlo comenzó                                       a funcionar, desde ese día su manera                                       de señalar la hora ya no era de fiar.                                       Adelantaba o atrasaba sin motivo aparente.                                       Fue inútil sacudirlo o darle cuerda.                                       La cosa no parecía tener solución.                                       De manera que el propietario del aparato                                       decidió guardarlo en su mesita de                                       luz, y bien pronto lo olvidó al ir                                       amontonando sobre él otras cosas                                       que también iban a para al mismo                                       lugar de descanso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Y                                       lo que le pasó a esta persona, le                                       fue sucediendo más o menos al resto                                       de los pobladores. En pocos años                                       todos los relojes, por una causa o por otra,                                       dejaron de funcionar normalmente, y con                                       ello ya no fueron de fiar. Recién                                       entonces se comenzó a notar la ausencia                                       del relojero. Pero era inútil lamentarlo.                                       Ya n estaba, y esto sucedía desde                                       hacía varios años. Por ello                                       cada uno guardó su reloj en el cajón                                       de la mesa de luz, y poco a poco lo fue                                       olvidando y arrinconando.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Digo                                       mal al decir que todos hacían esto.                                       Porque hubo alguien que obró de una                                       manera extraña. Su reloj también                                       se descompuso. Dejó de marcar la                                       hora correcta, y ya fue poco menos que inútil.                                       Pero esta persona tenía cariño                                       por aquel objeto que recibiera de sus antepasados,                                       y que lo acompañara cada día                                       con sus exigencias de darle cuerda por la                                       noche, y de marcarle el ritmo de las horas                                       durante la jornada. Por ello no lo abandonó                                       al olvido de las cosas inútiles.                                       Cierto: no le servía de gran cosa.                                       Pero lo mismo, cada noche, antes de acostarse                                       cumplía con el rito de sacar el reloj                                       del cajón, para darle fielmente cuerda                                       a fin de que se mantuviera funcionando.                                       Le corregía la hora más o                                       menos intuitivamente recordando las últimas                                       campanadas del reloj de la iglesia. Luego                                       lo volvía a guardar hasta la noche                                       siguiente en que repetía religiosamente                                       el gesto.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Un                                       buen día, la población fue                                       nuevamente sacudida por una noticia. ¡Retornaba                                       el relojero! Se armó un enorme revuelo.                                       Cada uno comenzó a buscar ansiosamente                                       entre sus cosas olvidadas el reloj abandonado                                       por inútil a fin de hacerlo llegar                                       lo antes posible al que podría arreglárselo.                                       En esta búsqueda aparecieron cartas                                       no contestadas, facturas no pagadas, junto                                       al reloj ya medio oxidado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Fue                                       inútil. Los viejos engranajes tanto                                       tiempo olvidados, estaban trabados por el                                       óxido y el aceite endurecido. Apenas                                       puestos en funcionamiento, comenzaron a                                       descomponerse nuevamente: a uno se le quebraba                                       la cuerda, a otro se le rompía un                                       eje, al de más allá se le                                       partía un engranaje. No había                                       compostura posible para objetos tanto tiempo                                       detenidos. Se habían definitiva e                                       irremediablemente deteriorado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;Solamente                                       uno de los relojes pudo ser reparado con                                       relativa facilidad. El que se había                                       mantenido en funcionamiento aunque no marcara                                       correctamente la hora. La fidelidad de su                                       dueño que cada noche le diera cuerda,                                       había mantenido su maquinaria lubricada                                       y en buen estado. Bastó con enderezarle                                       el eje torcido y colocar sus piezas en la                                       posición debida, y todo volvió                                       a andar como en sus mejores tiempos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;La                                       fidelidad a un cariño había                                       hecho superar la utilidad, y había                                       mantenido la realidad en espera de tiempos                                       mejores. Ello había posibilitado                                       la recuperación.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div align=&quot;left&quot;&gt;
&lt;span class=&quot;texto-negro&quot;&gt;La                                       oración pertenece a este tipo de                                       realidades. Tiene mucho de herencia, poco                                       de utilidad a corta distancia, necesidad                                       de fidelidad constante, y capacidad de recuperación                                       plena cuando regrese el relojero. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/1836781996333643496/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/1836781996333643496?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/1836781996333643496'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/1836781996333643496'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2013/04/el-relojero.html' title='El relojero'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-2751932840358394436</id><published>2008-11-27T03:53:00.000-08:00</published><updated>2008-11-27T03:54:37.287-08:00</updated><title type='text'>Prometeo</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2007/11/franz-kafka.html&quot;&gt;Kafka&lt;/a&gt;, Franz &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Prometeo nos hablan cuatro leyendas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, él mismo se olvidó. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con arreglo a la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo permaneció el inexplicable peñasco. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La leyenda pretende descifrar lo indescifrable. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/2751932840358394436/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/2751932840358394436?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/2751932840358394436'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/2751932840358394436'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/11/prometeo.html' title='Prometeo'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-2748567130033686436</id><published>2008-11-27T03:49:00.000-08:00</published><updated>2008-11-27T03:50:28.602-08:00</updated><title type='text'>Las razones del niño</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/11/rabindranath-tagore.html&quot;&gt;Tagore&lt;/a&gt;, Rabindranath &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si quisiera, el niño podría volar ahora mismo al cielo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero tiene sus razones para no dejarnos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Toda su felicidad consiste en descansar su cabeza en el seno de su madre; por nada del mundo dejaría de verla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sabiduría del niño se expresa en sutiles palabras. ¡Qué pocos son los que pueden comprender su sentido! Si no habla, es que tiene sus razones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que más desea es aprender la lengua materna de los mismos labios de su madre. ¡Por ello adopta un aire tan inocente! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pese a que poseía montones de oro y perlas, el niño vino a esta tierra como un mendigo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuvo sus razones para llegar con este disfraz. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pequeño, desnudo y suplicante, si simula una completa indigencia es para reclamar a su madre el inmenso tesoro de su ternura. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el país de la minúscula luna creciente nada entorpecía la libertad del niño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si renunció a su independencia tuvo sus razones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabe muy bien que ese pequeño nido, el corazón de su madre, contiene una alegría inagotable, y que la tierna atadura de los brazos maternales es infinitamente más dulce que la libertad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño no sabía llorar. Vivía en el país de la felicidad perfecta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le faltaron las razones para empezar a verter lágrimas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las entrañas de su madre se conmueven con las sonrisas de su dulce rostro, pero es el pequeño llanto que nace de sus penas de niño el que teje entre ella y él el doble lazo de la piedad y el amor.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/2748567130033686436/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/2748567130033686436?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/2748567130033686436'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/2748567130033686436'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/11/las-razones-del-nio.html' title='Las razones del niño'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-4043706556677748648</id><published>2008-11-27T03:42:00.000-08:00</published><updated>2008-11-27T03:43:35.484-08:00</updated><title type='text'>La honda de David</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/06/augusto-monterroso.html&quot;&gt;Monterroso&lt;/a&gt;, Augusto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasó el tiempo &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/4043706556677748648/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/4043706556677748648?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/4043706556677748648'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/4043706556677748648'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/11/la-honda-de-david.html' title='La honda de David'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-6461361023315386519</id><published>2008-10-31T05:50:00.000-07:00</published><updated>2008-10-31T05:52:05.523-07:00</updated><title type='text'>La cucaracha</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com/2008/09/javier-villafae.html&quot;&gt;Javier Villafañe &lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez había un hombre que vivía solo. Era periodista. Trabajaba en un diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Cuando terminaba de trabajar salía del diario; caminaba unas cuadras; comía en un restaurante y después iba a un bar a tomar cerveza. Al amanecer regresaba a su casa. En su casa –era un pequeño departamento– no tenía un solo mueble; ni cama tenía, ni una silla en que sentarse. Había unos clavos en la pared en donde colgaba el saco, el pantalón y la camisa. Dormía en el suelo. En invierno o cuando hacía frío se envolvía en una frazada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le gustaba tomar cerveza. Todo el día tomaba cerveza: a la mañana, a la tarde, a la noche. Siempre llegaba a su casa con dos o tres botellas de cerveza. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una madrugada, cuando se acostó en el suelo para dormir, vio a una cucaracha que salía de un agujero del zócalo. La vio caminar, detenerse y acostarse cerca de su cabeza. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto pasó varias veces. Una vez, cuando la cucaracha salía del agujero del zócalo, tomó la tapa de una botella de cerveza y la puso a su lado, y allí se acostó la cucaracha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente el hombre llegó más temprano a su casa. Traía un poco de algodón: lo desmenuzó y le hizo una cama en la tapa de la botella de cerveza para que durmiera la cucaracha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre se acostó como siempre en el suelo. Vio salir a la cucaracha del agujero del zócalo: caminar y subir para acostarse en la cama que le había hecho en la tapa de la botella de cerveza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro día el hombre fue a trabajar. Estaba muy contento. Salió del diario. Iba silbando por la calle. Llegó al restaurante, comió, y después fue al bar a tomar cerveza. Se encontró con un amigo y le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ya no estoy solo. Cuando me acuesto, una cucaracha sale de un agujero del zócalo y viene a dormir a mi lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El amigo se rió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Cómo sabés que es la misma cucaracha? –le preguntó–. Tu casa debe estar llena de cucarachas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, la conozco. Es la misma –respondió el hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Serías capaz de hacer una prueba?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sí. ¿Qué hago?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Le arrancás una pata a la cucaracha. La dejás renga. Y si al día siguiente ves a una cucaracha renga que viene a dormir a tu lado, es entonces la misma cucaracha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre llegó a su casa. Se desvistió. Colgó en los clavos el saco, el pantalón y la camisa. Se acostó. La cucaracha salió del agujero del zócalo. Caminó y cuando iba a subir a la cama para acostarse, el hombre tomó a la cucaracha con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha, le quebró una pata y se la arrancó. Tiró la pata y puso a la cucaracha en su cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cucaracha durmió: pero el hombre no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Él, tendido en el suelo, y la cucaracha a su lado dormida. Después la vio despertar, caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre se levantó, se vistió y salió. Ese día tomó mucha cerveza. Llegó al diario a las seis y media. Trabajó hasta después de medianoche. Fue al restaurante; comió. Fue al bar. Llegó a su casa. Se acostó. Vio salir a una cucaracha renga del agujero del zócalo. La vio llegar, subir y acostarse en la cama de algodón que él le había hecho en la tapa de una botella de cerveza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es la misma –se dijo el hombre–. Yo sabía que no estaba solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Vio cuando se despertó la cucaracha. La vio caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la madrugada siguiente volvió la cucaracha. Llegó caminando lentamente y se acostó al lado del hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre no podía dormir. Miraba dormir a la cucaracha. Estaba desnudo, sentado en el suelo, tomando cerveza. Tomó una botella, dos, tres botellas de cerveza. Sintió el sol en los ojos, la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cucaracha se despertó. Bajó de la cama. Caminaba arrastrándose y se metió en el agujero del zócalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no volvió nunca más.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/6461361023315386519/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/6461361023315386519?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6461361023315386519'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6461361023315386519'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/10/la-cucaracha.html' title='La cucaracha'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-2614449227882428000</id><published>2008-10-04T17:13:00.001-07:00</published><updated>2008-10-04T17:38:56.714-07:00</updated><title type='text'>El parto</title><content type='html'>de Franco Sacchetti&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En otro tiempo había como párroco de una iglesia de Castello, condado del territorio de Florencia, cierto cura llamado Tiraccio, que ya era viejo, pero que en su juventud tuvo por amiga una linda muchacha de la gran villa de Oguissante y había tenido de ella una hija, que en la época de nuestra narración era muy linda y estaba en edad de casarse. La fama divulgaba por todas partes que la sobrina del cura era una hermosa muchacha. En la vecindad habitaba un joven, del cual quiero callar el nombre y el de la familia. Este joven, habiendo visto muchas veces a la sobrina del cura, se enamoró de ella, y tuvo la idea de una astucia sutil para lograrla. &lt;br /&gt;Una tarde en que el tiempo estaba lluvioso, hacia el obscurecer, se disfrazó de aldeana, y después de haberse puesto las faldas se amarró sobre el vientre líos de paja y de tela, que le daban el aire de estar embarazada y con el vientre en la boca. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En seguida se fue a la iglesia para pedir confesión, como hacen las mujeres a punto de parir. Llegado a la iglesia, hacia la primera hora de la noche, tocó a la puerta, y habiendo venido a abrirle un clérigo, le preguntó por el párroco. El clérigo le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ha salido hace un momento para llevar la comunión a un enfermo, pero no tardará en volver. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer embarazada dijo entonces: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Desdichada de mí! ¡Estoy rendida de fatiga!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y se limpiaba a cada instante con su pañuelo, tanto para no ser reconocida como por el sudor que le cubría el rostro. Se dejó caer sentada como si no pudiese más, y quejándose continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo esperaré, porque a causa del peso de mi vientre me sería imposible volver, si el Señor dispone de mi vida, no querría que me cogiese sin confesión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que Dios la proteja, hermana -respondió el clérigo, y la dejó que esperase tranquila. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El párroco volvió hacia la una de la noche. Su parroquia era muy grande y no conocía a todos sus feligreses. Cuando la hubo visto en la penumbra, la mujer, con dificultad, le explicó que lo había esperado, y limpiándose siempre el rostro, le dijo su estado y lo que deseaba. El cura en seguida empezó a confesarla, y el joven vestido de mujer le hizo una confesión muy larga, de manera que se hiciese bien tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminada la confesión, la penitente se puso a suspirar diciendo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Desgraciada de mí! ¿Dónde voy a poder ir ya a estas horas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El párroco le respondió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sería una temeridad irse. La noche está oscura: llovizna y amenaza llover más fuerte. Puede usted quedarse esta noche en mi casa, y mañana podrá partir cuando guste. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oyendo estas palabras, el hombre-mujer vio llegada la ocasión de lo que quería, y sintiendo el apetito despertarse con fuerza, respondió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Haré, padre mío, lo que usted me aconseja, porque estoy tan fatigada de haber venido, que no creo poder dar cien pasos sin gran peligro. Estando el tiempo malo y la noche avanzada, haré como usted quiera; pero le ruego que si mi marido dice algo me disculpe usted con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cuente conmigo -repuso el cura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la invitación de éste se marchó a la cocina y cenó con la muchacha, haciendo con frecuencia uso del pañuelo para cubrir su cara. Cuando hubieron cenado, fueron a acostarse en un cuarto que no estaba separado de Tiraccio sino por un tabique. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven estaba en su primer sueño; había ya dormido un momento, cuando el otro se puso a tocarle los pechos. Se oía al cura roncar ruidosamente. Como la pretendida mujer encinta estaba colocada cerca de la sobrina, ésta conoció bien pronto lo que sucedía y se puso a gritar llamando al padre Tiraccio y diciendo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Es un muchacho! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por tres veces llamó sin que se despertara, repitiendo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Padre Tiraccio, que es un muchacho! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la cuarta el párroco, adormilado, le preguntó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Que es lo que dices? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Digo que es un muchacho. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El párroco, creyendo que se trataba de la buena mujer que paría un niño, respondió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ayúdala, ayúdala, hija mía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas veces la joven repitió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Padre Tiraccio...  padre Tiraccio! Le digo que es un muchacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el cura respondía siempre: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ayúdala, hija mía, ayúdala, y que Dios la bendiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fatigado, cayéndose de sueño, volvió a dormirse. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha, cansada también de luchar contra la embarazada y contra el sueño, y convencida además de que el cura la exhortaba a no resistir, pasó la noche lo mejor posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al amanecer, el joven había satisfecho muchas veces su deseo y descubierto a la muchacha, que ya sin lucha se le entregaba, que por amor a ella se había disfrazado de mujer, y añadió que la amaba sobre todo lo del mundo. Para agasajarla le dio el dinero que llevaba, jurándole que cuanto poseía era para ella. Arregló, además, los medios de volverse a ver con frecuencia en lo sucesivo, y hecho esto, después de muchos besos y abrazos, se despidió diciéndole: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cuando el padre Tiraccio te pregunte por la mujer embarazada, le dices: “Ha parido esta noche un niño, mientras que yo te llamaba, y esta mañana al despuntar el día, se ha ido con la ayuda de Dios”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer embarazada se fue después de haber dejado en el jergón del párroco la paja que inflaba su vientre. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cura, tan pronto como se levantó, entró en el cuarto de su hija y le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué mala suerte has tenido esta noche que no me has dejado dormir? Toda la noche: “¡Padre Tiraccio! ¡Padre Tiraccio!” ¿Qué sucedía? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que aquella mujer parió un hermoso niño! -respondió la joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Dónde está? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esta mañana, al despuntar el día, más por vergüenza, creo, que por otra cosa, se ha ido con su niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ah! -dijo el párroco- que Dios le dé malas Pascuas. Esas criaturas esperan por largo tiempo para ir a parir sus hijos no importándoles adónde. Si pudiese volverla a encontrar o supiera quién es su marido, ya le diría yo alguna cosa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Haría usted bien -respondió la joven-, porque a mí tampoco me ha dejado dormir esta noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así terminó la cosa. A partir de este momento no hubo necesidad de grande alquimia para operar la conjunción de los planetas. Frecuentemente los dos amantes se encontraron, y el cura tenía su culpa, porque semejantes ejemplos dan ellos con frecuencia. Sería de desear que sucediera otro tanto a otros, y ya que no se pueden vengar en sus mujeres, que se venguen en sus sobrinas o en sus hijas con chascos parecidos a ese, ciertamente uno de los mejores y de más buen éxito que jamás se han visto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por mí creo que no se comete sino un pequeño pecado con faltar contra uno de esos que, bajo la capa de la religión, cometen tantos crímenes contra el prójimo.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/2614449227882428000/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/2614449227882428000?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/2614449227882428000'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/2614449227882428000'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/10/el-parto.html' title='El parto'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-3276264737886927194</id><published>2008-10-04T13:55:00.000-07:00</published><updated>2008-10-04T13:56:06.428-07:00</updated><title type='text'>Deje de mirarme las tetas, señor</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/10/charles-bukowski.html&quot;&gt;Charles Bukowski&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Eh, chico! —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El chico no contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te estoy hablando, chaval...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Chúpame el culo —dijo el chico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Soy Big Bart.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Chúpame el culo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo te llamas, hijo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me llaman «El Niño».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo pienso hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, son tus pelotas, Niño —dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que te den por el culo, viejo —dijo el chico—. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Niño —dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol—. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nos uniremos —dijo el Niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo se llama tu chica? —preguntó Big Bart.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Rocío de Miel —dijo el Niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y deje de mirarme las tetas, señor —dijo Rocío de Miel— o le voy a sacar la mierda a hostias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cristo, nena —dijo Big Bart—. ¡No lo malgastes!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lárgate de aquí —dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart—. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escucha, nena...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Que te den por el culo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escucha, nena, contempla...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡La estoy mirando!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero por qué no la deseas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Porque estoy enamorada del Niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo amo al Niño, Big Bart.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y también está mi lengua —dijo Big Bart—. ¡La mejor lengua del Oeste!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo amo al Niño —dijo Rocío de Miel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, pues jódete —dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Soy la pistola más rápida del Oeste —dijo Big Bart.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel —dijo el Niño—. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira, Niño...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Sí, hijoputa...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Te voy a volar las pelotas, viejo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Niño...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Aléjate y listo para disparar!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Desenfunda tú, mierda seca —dijo el Niño—, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vamos, violador cornudo —dijo el Niño—. ¡DESENFUNDA!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/3276264737886927194/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/3276264737886927194?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/3276264737886927194'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/3276264737886927194'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/10/deje-de-mirarme-las-tetas-seor.html' title='Deje de mirarme las tetas, señor'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-84253310865454801</id><published>2008-10-04T13:53:00.000-07:00</published><updated>2011-01-24T18:30:05.463-08:00</updated><title type='text'>Se busca una mujer</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/10/charles-bukowski.html&quot;&gt;Charles Bukowski&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Edna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
SE BUSCA UNA MUJER.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
SE BUSCA UNA MUJER.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
parte mecanografiada:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
«Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44 años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida. Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado. Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante, con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera, pensó Edna, hecho de madera...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
SE BUSCA UNA MUJER.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida. Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando como se fríe el pan, en calzoncillos. Luego cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. «Films». Era un término muy culto. La gente decía «películas» normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. «¿Hola?» Contestó él.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Señor Lighthill?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Sí?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Ah, sí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Me llamo Edna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Cómo estás, Edna?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí, hace la vida difícil.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, señor Lighthill...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Llámame Joe, a secas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Viste mi anuncio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Las mujeres?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Oh, pues en todas partes, ya sabes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Dónde? Dime. ¿Dónde?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No me gusta la iglesia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Oh.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Quieres decir allí, a tu casa?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Es tarde.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, es que...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No, yo no tengo miedo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Entonces vente, Edna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, es que...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Vamos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Entra, Edna...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Siéntate. Te serviré algo de beber.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba las bebidas... Parecía relajado y eso la tranquilizó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El señor Lighthill —Joe— salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí —dijo él—, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí, ya lo noté. Está muy bien.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bebe algo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Oh, sí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Llevas un vestido muy bonito, Edna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Te gusta?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus vasos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación. Verdaderamente tenía algo de madera...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Edna terminó su bebida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Deja que te sirva otro —dijo Joe.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No. Me tengo que ir ya.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Oh, vamos —dijo él—; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Está bien, pero después de éste me voy.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación. La bebida era ahora más fuerte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sabes —dijo—, soy bastante bueno en el sexo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Edna bebió su vaso y no contestó nada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? —preguntó Joe.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Nunca lo he hecho.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos —dijo Edna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Tal vez no sea muy buena para estas cosas —dijo Edna—. Tal vez es por eso que estoy sola. —Se tomó un buen trago del vaso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos —dijo Joe.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Qué quieres decir?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos, llega un día en que todo se acaba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Eso es triste —dijo Edna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No, ella se divorció de mí.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Y qué es lo que fue mal?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Las orgías sexuales.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Las orgías sexuales?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías... Me sentía desesperado... Esas pollas deslizándose dentro y fuera... Perdóname...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No pasa nada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo... como sea.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—No sé mucho acerca de esas cosas, Joe —dijo Edna.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Eso ayuda bastante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Las orgías no arreglarán nada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Y entonces qué?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, no sé. Tal vez el swap.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿El swap?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Y funciona bien?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, no sé... Los swaps pueden traer problemas... a la larga. Tiene que estar todo muy hablado... bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Tú sabes bastante, Joe?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Bueno, estos swaps... Creo que pueden ser buenos para algunos... Tal vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Escucha, Joe, me tengo que ir...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó su cabeza pero él la siguió agarrando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
SE BUSCA UNA MUJER.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—¿Por qué viniste aquí, zorra?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de lleno. El se llevó las manos a las partes y cayó al suelo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
—Dios, Dios... ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar... ¡Auuggh!&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Rodó por el suelo gimiendo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/84253310865454801/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/84253310865454801?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/84253310865454801'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/84253310865454801'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/10/se-buca-una-mujer.html' title='Se busca una mujer'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-8092762940503770593</id><published>2008-08-23T08:03:00.000-07:00</published><updated>2008-08-23T08:05:14.017-07:00</updated><title type='text'>Monóloga de la Gringa</title><content type='html'>&lt;em&gt;de Abel &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com/2008/08/abel-pohulanik.html&quot;&gt;Pohulanik&lt;/a&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy la &quot;Gringa Loca&quot; y mañana todo el pueblo hablará de mí. Como cuando era &quot;La gringa&quot; a secas y empezaron a llamarme así porque no me vieron llorar en el velorio del Basilio. Era el único hijo varón que en mala hora tuve con el Gervasio; me lo mataron como a un pato de estero, con perdigones...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo pregunto si no es como para volverse loca si una dejó que se le seque el alma durante veinte años cuidando un hijo para que al final... Me había salido demasiado rubio y hermoso como para que durase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La hija no: negra y mala como su padre, sólo nos parecíamos en el odio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando mi hijo murió sangrando por diez mil agujeros yo ya estaba seca desde siempre, Se me había ido la vida de a poco gambeteándole a la muerte desde que él nació. El resto fue sólo para exprimirme lo que quedaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Basilio nació cuando Gervasio ya se había mandado a mudar a tentar suerte a la capital; esperé mucho la plata para seguirlo. Un día apareció para hacerme la otra hija y contarme que todavía no era tiempo para que yo también me vaya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca más lo vi. Cuando la chica quiso ir con el padre me alegré. Cada uno con lo suyo, pensé, ambos eran iguales, que me dejen con lo mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo pregunto si una es loca si sabe que la muerte está en todas partes queriéndose llevar un pedazo de carne rosada y tibia y toda mía. Había una muerte silenciosa ondulando entre los yuyos; había otra en los oscuros remolinos de la correntada; otra en esta maldita resolana que no perdona, y otras mil en las noches que no acaban, en las madrugadas en las que mi hijo ya no vuelve...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había peligro en todo: en los aljibes, en las zanjas, en las ventanas abiertas, en la escuela. en la hamaca y las hondas, en los cuchillos y las tormentas. Para que no sufra, yo misma enseñé a mi Basilio a leer, sola lavé, cociné y corté la leña. Lo tenía en cajoncitos cuando tuve que trabajar afuera y cuando caminó no dejé que llegue más allá del portoncito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba conmigo a la iglesia, al almacén y a los velorios. En las visitas me sobaba todo el tiempo la cartera sentado al lado mío y por suerte nunca lo invitaron a una fiesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo misma le cortaba el pelo y las camisas; le mostré cómo hay que afeitarse y ponerse talco para evitar las paspaduras. Quemé la citación del regimiento y cuando me preguntó por qué no lo llamaban le mentí que a los sin padre no los necesita nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recién cuando me enfermé de la pierna dejé que fuera solo a comprarme la provista y a entregar la ropa lavada. Le indicaba el camino más corto pero empezó a demorar siglos en volver. Esas veces me volvía más loca que nunca. No hubo caso, al principio se demoraba un rato para escucharlos, luego ya se sentó de amigo con los del Bar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tantos años de sufrimientos para que termine en la mesa de un boliche con media docena de atorrantes, escuchando porquerías. Por lo menos, decía yo, si ninguno de ellos trabaja, ni juega al fútbol, ni sale de caza, no hay peligro. Eran seis o siete inútiles, jugando al dominó en la vereda para poder sacar mejor el cuero a la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminé por darle para el café con tal que se quedase allí sin moverse y venga a comer y dormir a la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no, el más inútil de todos, el hijo de Pereda, tuvo que llevar una escopeta para hacerse ver. Él, el hijo del más rico del pueblo, tenía que ser al que se le escape la perdigonada que me dejó sin alma...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después del entierro escribí a la hija, seguí lavando ropa afuera y comencé a criar cuanto perro guacho y abandonado encontraba por ahí. Por tan poco me llamaron la &quot;Gringa Loca&quot;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mañana todos hablarán de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mismo jeep en el que lo llevaron preso al hijo de Pereda lo trajeron hace unos meses, en &quot;libertad condicional&quot;, o suelto &quot;por falta de pruebas&quot;, o algo así; lo único seguro son los millones que había aflojado el padre para que lo larguen. ¿Cuánto haría falta para que me devuelvan el mío?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé también que el cretino volvió más porquería que nunca, y que persigue hace rato a una pobre sirvientita que tomaron. No para mucho le ha de dar el amor porque se sabe que la cacheteó un día porque se le quemaron unas ropas con lavandina. No le servirán ésas pero se compra otras... pero yo, ¿qué hago con dos cajas con las de mi hijo? Ahí están sobre el ropero, mejor lavadas y planchadas que nunca, ropas que para siempre no usará el Basilio; como las mías, ya que quemé todas las que no pude teñir de negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También dicen que el Pereda armó un escándalo porque a Ia chica se le rompió un frasco de colonia. , . Y yo que dejé a mano uno que era del Basilio, para olerlo de vez en cuando si me amenaza el olvido o se me quiere espantar la rabia que siempre tuve... Entonces, en vez de llorar como el mundo quiere, salgo al patio y les destrozo el espinazo a palos a los perros que junto, que para eso están, para que me aguanten la bronca. Y gracias a ellos mañana todo el pueblo hablará de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace tres meses que todas las noches les rompo el alma a esos veinte perros, vistiéndome con las ropas que tiró el hijo de Pereda porque se le &quot;quemaron&quot; con lavandina. Veinte perros alimentados a carne cruda, que cuando olfatean una colonia que se le rompió a la sirvienta de los Pereda, se retuercen de dolor y espanto, queriendo morder a quien desde las sombras los castiga sin piedad, mientras silba como un tordo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y esta noche vendrá el hijo de Pereda, caliente y perfumado, buscando el cuerpo de una sirvientita con la que hace tiempo afila en el portoncito de un rancho, en las afueras del pueblo; una negrita que sale a mañerearle la boca apenas siente que él le silba como un tordo desde la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Digo yo si será estúpida la gente, que habiendo otras atorrantas en el pueblo, justo tuvo que gustarle ésta, una pobre muchachita con modales de porteña, en mala hora hija mía y del Gervasio, que se me parece sólo en el odio que tenemos, desde que le escribí a Buenos Aires, contándole lo de su hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misma sirvientita que cuando sienta el ya pactado silbidito &quot;como de tordo&quot; llamándola por última vez desde el portoncito abierto, me ayudará a soltar veinte perros famélicos, para que mañana y siempre todo el pueblo hable de mí.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/8092762940503770593/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/8092762940503770593?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/8092762940503770593'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/8092762940503770593'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/08/monloga-de-la-gringa.html' title='Monóloga de la Gringa'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-8387578502126372016</id><published>2008-08-23T07:40:00.000-07:00</published><updated>2008-08-23T07:41:48.740-07:00</updated><title type='text'>Un piloto y un marinero</title><content type='html'>&lt;em&gt;de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/08/fedro.html&quot;&gt;Fedro&lt;/a&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lamentábase uno de su negra fortuna, y Esopo imagina esta&lt;br /&gt;fábula para consolarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba una nave a merced de los varios y encontrados,&lt;br /&gt;vientos de alterado mar, y la tripulación con las lá-&lt;br /&gt;grimas, temor y congojas de cercana muerte; serenóse&lt;br /&gt;de súbito el furioso temporal; continuaron bogando&lt;br /&gt;con próspero viento, y al punto se vió a los pasajeros.,&lt;br /&gt;henchidos de gozo, solazarse con inusitada alegría.&lt;br /&gt;Mas el piloto, aleccionado con la experiencia del pa-&lt;br /&gt;sado peligro, dijo así. «Puesto qup en la tierra andan&lt;br /&gt;siempre asidos de la mano el placer y la pena, mostré-&lt;br /&gt;monos.tan prudentes antes de llegar al deseado puerto,&lt;br /&gt;que tanto las expansiones como las quejas sean siempre&lt;br /&gt;moderadas.»&lt;br /&gt;En la prosperidad teme; en la adversidad espera.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/8387578502126372016/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/8387578502126372016?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/8387578502126372016'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/8387578502126372016'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/08/un-piloto-y-un-marinero.html' title='Un piloto y un marinero'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-5442233295086286041</id><published>2008-08-21T14:41:00.000-07:00</published><updated>2008-08-21T14:44:21.624-07:00</updated><title type='text'>Mister Taylor</title><content type='html'>de Augusto &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/06/augusto-monterroso.html&quot;&gt;Monterroso&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;dd&gt; -Menos rara, aunque sin duda m&amp;aacute;s ejemplar -dijo entonces el &lt;br /&gt;        otro -, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva &lt;br /&gt;        amaz&amp;oacute;nica.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Se sabe que en 1937 sali&amp;oacute; de Boston, Massachusetts, en donde &lt;br /&gt;        hab&amp;iacute;a pulido su esp&amp;iacute;ritu hasta el extremo de no tener un &lt;br /&gt;        centavo. En 1944 aparece por primera vez en Am&amp;eacute;rica del Sur, en &lt;br /&gt;        la regi&amp;oacute;n del Amazonas, conviviendo con los ind&amp;iacute;genas de &lt;br /&gt;        una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Por sus ojeras y su aspecto fam&amp;eacute;lico pronto lleg&amp;oacute; a ser &lt;br /&gt;        conocido all&amp;iacute; como &quot;el gringo pobre&quot;, y los ni&amp;ntilde;os de la &lt;br /&gt;        escuela hasta lo se&amp;ntilde;alaban con el dedo y le tiraban piedras cuando &lt;br /&gt;        pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no &lt;br /&gt;        aflig&amp;iacute;a la humilde condici&amp;oacute;n de Mr. Taylor porque hab&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        le&amp;iacute;do en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight &lt;br /&gt;        que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; En pocas semanas los naturales se acostumbraron a &amp;eacute;l y a su &lt;br /&gt;        ropa extravagante. Adem&amp;aacute;s, como ten&amp;iacute;a los ojos azules y &lt;br /&gt;        un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores &lt;br /&gt;        lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Tan pobre y m&amp;iacute;sero estaba, que cierto d&amp;iacute;a se intern&amp;oacute; &lt;br /&gt;        en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Hab&amp;iacute;a caminado &lt;br /&gt;        cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura &lt;br /&gt;        casualidad vio a traves de la maleza dos ojos ind&amp;iacute;genas que lo &lt;br /&gt;        observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorri&amp;oacute; la &lt;br /&gt;        sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intr&amp;eacute;pido, arrostr&amp;oacute; &lt;br /&gt;        el peligro y sigui&amp;oacute; su camino silbando como si nada hubiera pasado.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; De un salto (que no hay para qu&amp;eacute; llamar felino) el nativo se &lt;br /&gt;        le puso enfrente y exclam&amp;oacute;:&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; -Buy head? Money, money.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; A pesar de que el ingl&amp;eacute;s no pod&amp;iacute;a ser peor, Mr. Taylor, &lt;br /&gt;        algo indispuesto, sac&amp;oacute; en claro que el ind&amp;iacute;gena le ofrec&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que tra&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        en la mano.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; &lt;br /&gt;        pero como aparent&amp;oacute; no comprender, el indio se sinti&amp;oacute; terriblemente &lt;br /&gt;        disminuido por no hablar bien el ingl&amp;eacute;s, y se la regal&amp;oacute; &lt;br /&gt;        pidi&amp;eacute;ndole disculpas.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regres&amp;oacute; a su choza. &lt;br /&gt;        Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que &lt;br /&gt;        le serv&amp;iacute;a de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las &lt;br /&gt;        moscas acaloradas que revoloteaban en torno haci&amp;eacute;ndose obscenamente &lt;br /&gt;        el amor, Mr. Taylor contempl&amp;oacute; con deleite durante un buen rato &lt;br /&gt;        su curiosa adquisici&amp;oacute;n. El mayor goce est&amp;eacute;tico lo extra&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de &lt;br /&gt;        frente el par de ojillos entre ir&amp;oacute;nicos que parec&amp;iacute;an sonreirle &lt;br /&gt;        agradecidos por aquella deferencia.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor sol&amp;iacute;a entregarse a la contemplaci&amp;oacute;n; &lt;br /&gt;        pero esta vez en seguida se aburri&amp;oacute; de sus reflexiones filos&amp;oacute;ficas &lt;br /&gt;        y dispuso obsequiar la cabeza a un t&amp;iacute;o suyo, Mr. Rolston, residente &lt;br /&gt;        en Nueva York, quien desde la mas tierna infancia hab&amp;iacute;a revelado &lt;br /&gt;        una fuerte inclinacion por las manifestaciones culturales de los pueblos &lt;br /&gt;        hispanoamericanos.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Pocos d&amp;iacute;as despues el t&amp;iacute;o de Mr. Taylor le pidi&amp;oacute; &lt;br /&gt;        -previa indagacion sobre el estado de su importante salud- que por favor &lt;br /&gt;        lo complaciera con cinco m&amp;aacute;s. Mr. Taylor accedi&amp;oacute; gustoso &lt;br /&gt;        al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qu&amp;eacute; modo- a vuelta &lt;br /&gt;        de correo &quot;ten&amp;iacute;a mucho agrado en satisfacer sus deseos&quot;. Muy reconocido, &lt;br /&gt;        Mr. Rolston le solicit&amp;oacute; otras diez. Mr. Taylor se sinti&amp;oacute; &lt;br /&gt;        &quot;halagad&amp;iacute;simo de poder servirlo&quot;. Pero cuando pasado un mes aqu&amp;eacute;l &lt;br /&gt;        le rogo el env&amp;iacute;o de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero &lt;br /&gt;        de refinada sensibilidad art&amp;iacute;stica, tuvo el presentimiento de que &lt;br /&gt;        el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Bueno, si lo quieren saber, as&amp;iacute; era. Con toda franqueza, Mr. &lt;br /&gt;        Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos t&amp;eacute;rminos &lt;br /&gt;        resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible &lt;br /&gt;        esp&amp;iacute;ritu de Mr. Taylor.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se compromet&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en &lt;br /&gt;        tanto que Mr. Rolston las vender&amp;iacute;a lo mejor que pudiera en su pais.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Los primeros d&amp;iacute;as hubo algunas molestas dificultades con ciertos &lt;br /&gt;        tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston hab&amp;iacute;a logrado las &lt;br /&gt;        mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se revel&amp;oacute; &lt;br /&gt;        como pol&amp;iacute;tico y obtuvo de las autoridades no s&amp;oacute;lo el permiso &lt;br /&gt;        necesario para exportar, sino, ademas, una concesi&amp;oacute;n exclusiva &lt;br /&gt;        por noventa y nueve a&amp;ntilde;os. Escaso trabajo le cost&amp;oacute; convencer &lt;br /&gt;        al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patri&amp;oacute;tico &lt;br /&gt;        enriquecer&amp;iacute;a en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego &lt;br /&gt;        estar&amp;iacute;an todos los sedientos abor&amp;iacute;genes en posibilidad de &lt;br /&gt;        beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolecci&amp;oacute;n de cabezas) &lt;br /&gt;        de beber un refresco bien fr&amp;iacute;o, cuya f&amp;oacute;rmula m&amp;aacute;gica &lt;br /&gt;        &amp;eacute;l mismo proporcionar&amp;iacute;a.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Cuando los miembros de la C&amp;aacute;mara, despu&amp;eacute;s de un breve &lt;br /&gt;        pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, &lt;br /&gt;        sintieron hervir su amor a la patria y en tres d&amp;iacute;as promulgaron &lt;br /&gt;        un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producci&amp;oacute;n de cabezas &lt;br /&gt;        reducidas.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Contados meses mas tarde, en el pa&amp;iacute;s de Mr. Taylor las cabezas &lt;br /&gt;        alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran &lt;br /&gt;        privilegio de las familias mas pudientes; pero la democracia es la democracia &lt;br /&gt;        y, nadie lo va a negar, en cuesti&amp;oacute;n de semanas pudieron adquirirlas &lt;br /&gt;        hasta los mismos maestros de escuela.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Un hogar sin su correspondiente cabeza ten&amp;iacute;ase por un hogar &lt;br /&gt;        fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: &lt;br /&gt;        poseer diecisiete cabezas lleg&amp;oacute; a ser considerado de mal gusto; &lt;br /&gt;        pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos &lt;br /&gt;        elegantes fueron perdiendo interes y ya s&amp;oacute;lo por excepci&amp;oacute;n &lt;br /&gt;        adquir&amp;iacute;an alguna, si presentaba cualquier particularidad que la &lt;br /&gt;        salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera &lt;br /&gt;        en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto &lt;br /&gt;        Danfeller, el que a su vez don&amp;oacute;, como de rayo, tres y medio millones &lt;br /&gt;        de dolares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestaci&amp;oacute;n &lt;br /&gt;        cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Mientras tanto, la tribu hab&amp;iacute;a progresado en tal forma que ya &lt;br /&gt;        contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre &lt;br /&gt;        veredita paseaban los domingos y el D&amp;iacute;a de la Independencia los &lt;br /&gt;        miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, &lt;br /&gt;        ri&amp;eacute;ndose, en las bicicletas que les hab&amp;iacute;a obsequiado la &lt;br /&gt;        Compa&amp;ntilde;&amp;iacute;a.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Pero, &amp;iquest;que quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando &lt;br /&gt;        menos lo esperaban se presento la primera escasez de cabezas.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Entonces comenz&amp;oacute; lo mas alegre de la fiesta.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud &lt;br /&gt;        P&amp;uacute;blica se sinti&amp;oacute; sincero, y una noche caliginosa, con la &lt;br /&gt;        luz apagada, despues de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, &lt;br /&gt;        le confes&amp;oacute; a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad &lt;br /&gt;        a un nivel grato a los intereses de la Compa&amp;ntilde;&amp;iacute;a, a lo que &lt;br /&gt;        ella le contest&amp;oacute; que no se preocupara, que ya ver&amp;iacute;a como &lt;br /&gt;        todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar &lt;br /&gt;        medidas her&amp;oacute;icas y se estableci&amp;oacute; la pena de muerte en forma &lt;br /&gt;        rigurosa.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categor&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        de delito, penado con la horca o el fusilamiento, seg&amp;uacute;n su gravedad, &lt;br /&gt;        hasta la falta m&amp;aacute;s nimia.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. &lt;br /&gt;        Ejemplo: si en una conversaci&amp;oacute;n banal, alguien, por puro descuido, &lt;br /&gt;        dec&amp;iacute;a &quot;Hace mucho calor&quot;, y posteriormente pod&amp;iacute;a comprob&amp;aacute;rsele, &lt;br /&gt;        term&amp;oacute;metro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, &lt;br /&gt;        se le cobraba un peque&amp;ntilde;o impuesto y era pasado ah&amp;iacute; mismo &lt;br /&gt;        por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compa&amp;ntilde;&amp;iacute;a y, &lt;br /&gt;        justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; La legislaci&amp;oacute;n sobre las enfermedades ganeo inmediata resonancia &lt;br /&gt;        y fue muy comentada por el Cuerpo Diplom&amp;aacute;tico y por las Canciller&amp;iacute;as &lt;br /&gt;        de potencias amigas.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; De acuerdo con esa memorable legislaci&amp;oacute;n, a los enfermos graves &lt;br /&gt;        se les conced&amp;iacute;an veinticuatro horas para poner en orden sus papeles &lt;br /&gt;        y morirse; pero si en este tiempo ten&amp;iacute;an suerte y lograban contagiar &lt;br /&gt;        a la familia, obten&amp;iacute;an tantos plazos de un mes como parienes fueran &lt;br /&gt;        contaminados. Las v&amp;iacute;ctimas de enfermadades leves y los simplemente &lt;br /&gt;        indispuestos merec&amp;iacute;an el desprecio de la patria y, en la calle, &lt;br /&gt;        cualquiera pod&amp;iacute;a escupirle el rostro. Por primera vez en la historia &lt;br /&gt;        fue reconocida la importancia de los m&amp;eacute;dicos (hubo varios candidatos &lt;br /&gt;        al premio Nobel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirti&amp;oacute; &lt;br /&gt;        en ejemplo del m&amp;aacute;s exaltado patriotismo, no s&amp;oacute;lo en el orden, &lt;br /&gt;        sino en el m&amp;aacute;s glorioso, en el continental.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ata&amp;uacute;des, &lt;br /&gt;        en primer t&amp;eacute;rmino, que floreci&amp;oacute; con la asistencia t&amp;eacute;cnica &lt;br /&gt;        de la Compa&amp;ntilde;&amp;iacute;a) el pa&amp;iacute;s entr&amp;oacute;, como se dice, &lt;br /&gt;        en un periodo de gran auge econ&amp;oacute;mico. Este impulso fue particularmente &lt;br /&gt;        comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas &lt;br /&gt;        en la melancol&amp;iacute;a de las doradas tardes de oto&amp;ntilde;o, las se&amp;ntilde;oras &lt;br /&gt;        de los diputados, cuyas lindas cabecitas dec&amp;iacute;an que s&amp;iacute;, &lt;br /&gt;        que s&amp;iacute;, que todo estaba bien, cuando alg&amp;uacute;n periodista sol&amp;iacute;cito, &lt;br /&gt;        desde el otro lado, las saludaba sonriente sac&amp;aacute;ndose el sombrero.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Al margen recordar&amp;eacute; que uno de estos periodistas, quien en cierta &lt;br /&gt;        ocasi&amp;oacute;n emiti&amp;oacute; un lluvioso estornudo que no pudo justificar, &lt;br /&gt;        fue acusado de extremista y llevado al pared&amp;oacute;n de fusilamiento. &lt;br /&gt;        S&amp;oacute;lo despu&amp;eacute;s de su abnegado fin los acad&amp;eacute;micos de &lt;br /&gt;        la lengua reconocieron que ese periodista era una de las m&amp;aacute;s grandes &lt;br /&gt;        cabezas del pa&amp;iacute;s; pero una vez reducida qued&amp;oacute; tan bien que &lt;br /&gt;        ni siquiera se notaba la diferencia.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; &amp;iquest;Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya hab&amp;iacute;a sido designado &lt;br /&gt;        consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo &lt;br /&gt;        de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas &lt;br /&gt;        esto no le quitaba el sue&amp;ntilde;o porque hab&amp;iacute;a le&amp;iacute;do en &lt;br /&gt;        el &amp;uacute;ltimo tomo de las Obras completas de William G. Knight que &lt;br /&gt;        ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Creo que con &amp;eacute;sta ser&amp;aacute; la segunda vez que diga que no &lt;br /&gt;        todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio lleg&amp;oacute; &lt;br /&gt;        un momento en que del vecindario s&amp;oacute;lo iban quedando ya las autoridades &lt;br /&gt;        y sus se&amp;ntilde;oras y los periodistas y sus se&amp;ntilde;oras. Sin mucho &lt;br /&gt;        esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurri&amp;oacute; que el &amp;uacute;nico &lt;br /&gt;        remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. &amp;iquest;Por &lt;br /&gt;        qu&amp;eacute; no? El progreso.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Con la ayuda de unos ca&amp;ntilde;oncitos, la primera tribu fue limpiamente &lt;br /&gt;        descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor sabore&amp;oacute; la gloria &lt;br /&gt;        de extender sus dominios. Luego vino la segunda; despu&amp;eacute;s la tercera &lt;br /&gt;        y la cuarta y la quinta. El progreso se extendi&amp;oacute; con tanta rapidez &lt;br /&gt;        que lleg&amp;oacute; la hora en que, por m&amp;aacute;s esfuerzos que realizaron &lt;br /&gt;        los t&amp;eacute;cnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes &lt;br /&gt;        hacer la guerra.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Fue el principio del fin.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Las vereditas empezaron a languidecer. S&amp;oacute;lo de vez en cuando &lt;br /&gt;        se ve&amp;iacute;a transitar por ellas a alguna se&amp;ntilde;ora, a alg&amp;uacute;n &lt;br /&gt;        poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoder&amp;oacute; &lt;br /&gt;        de las dos, haciendo dif&amp;iacute;cil y espinoso el delicado paso de las &lt;br /&gt;        damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron &lt;br /&gt;        del todo los alegres saludos optimistas.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; El fabricante de ata&amp;uacute;des estaba m&amp;aacute;s triste y f&amp;uacute;nebre &lt;br /&gt;        que nunca. Y todos sent&amp;iacute;an como si acabaran de recordar de un grato &lt;br /&gt;        sue&amp;ntilde;o, de ese sue&amp;ntilde;o formidable en que t&amp;uacute; te encuentras &lt;br /&gt;        una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y &lt;br /&gt;        sigues durmiendo y al d&amp;iacute;a siguiente muy temprano, al despertar, &lt;br /&gt;        la buscas y te hallas con el vac&amp;iacute;o.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Sin embargo, penosamente, el negocio segu&amp;iacute;a sosteni&amp;eacute;ndose. &lt;br /&gt;        Pero ya se dorm&amp;iacute;a con dificultad, por el temor a amanecer exportado.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. &lt;br /&gt;        Diariamente aparec&amp;iacute;an nuevos inventos, pero en el fondo nadie cre&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        en ellos y todo exig&amp;iacute;an las cabecitas hispanoamericanas.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Fue para la &amp;uacute;ltima crisis. Mr. Rolston, desesperado, ped&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        y ped&amp;iacute;a m&amp;aacute;s cabezas. A pesar de que las acciones de la Compa&amp;ntilde;&amp;iacute;a &lt;br /&gt;        sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su &lt;br /&gt;        sobrino har&amp;iacute;a algo que lo sacara de aquella situaci&amp;oacute;n.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier &lt;br /&gt;        cosa, con cabezas de ni&amp;ntilde;o, de se&amp;ntilde;oras, de diputados.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; De repente cesaron del todo.&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt;&amp;nbsp;&lt;/dd&gt;&lt;br /&gt;      &lt;dd&gt; Un viernes &amp;aacute;spero y gris de vuelta de la Bolsa, aturdido a&amp;uacute;n &lt;br /&gt;        por la griter&amp;iacute;a y por el lamentable espect&amp;aacute;culo de p&amp;aacute;nico &lt;br /&gt;        que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidi&amp;oacute; a saltar por la ventana &lt;br /&gt;        (en vez de usar el rev&amp;oacute;lver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) &lt;br /&gt;        cuando al abrir un paquete del correo se encontr&amp;oacute; con la cabecita &lt;br /&gt;        de Mr. Taylor, que le sonre&amp;iacute;a desde lejos, desde el fiero Amazonas, &lt;br /&gt;        con una sonrisa falsa de ni&amp;ntilde;o que parec&amp;iacute;a decir: &quot;Perd&amp;oacute;n, &lt;br /&gt;        perd&amp;oacute;n, no lo vuelvo a hacer.&quot; &lt;/dd&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/5442233295086286041/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/5442233295086286041?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/5442233295086286041'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/5442233295086286041'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/08/mister-taylor.html' title='Mister Taylor'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-6423610856084670498</id><published>2008-07-02T16:13:00.000-07:00</published><updated>2008-07-20T04:26:41.738-07:00</updated><title type='text'>Rumpelstikin</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/07/los-hermanos-grimm.html&quot;&gt;Los hermanos Grimm&lt;/a&gt;. Jacob Ludwig Karl Grimm (1785-1863) y Wilhelm Karl Grimm (1786-1859) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había una vez...&lt;br /&gt;... Un pobre molinero que tenía una bellísima hija. Y sucedió que en cierta ocasión se encontró con el rey, y, como le gustaba darse importancia sin medir las consecuencias de sus mentiras, le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi hija es tan hábil y  sabe hilar tan bien, que convierte la hierba seca en oro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso es admirable, es un arte que me agrada -dijo el rey-. Si realmente tu hija puede hacer lo que dices, llévala mañana a palacio y la pondremos a prueba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en cuanto llegó la muchacha ante la presencia del rey, éste la condujo a una habitación que estaba llena de hierba seca, le entregó una rueca y un carrete y le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora ponte a trabajar, y si mañana temprano toda esta hierba seca no ha sido convertida en oro, morirás. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y dichas estas palabras, cerró él mismo la puerta y la dejó sola. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí quedó sentada la pobre hija del molinero, y aunque le iba en ello la vida, no se le ocurría cómo hilar la hierba seca para convertirla en oro. Cuanto más tiempo pasaba, más miedo tenía, y por fin no pudo más y se echó a llorar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, se abrió la puerta y entró un hombrecito. -¡Buenas tardes, señorita molinera! -le dijo-. ¿Por qué está llorando? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay de mí! -respondió la muchacha.- Tengo que hilar toda esta hierba seca de modo que se convierta en oro, y no sé cómo hacerlo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué me darás -dijo el hombrecito- si lo hago por ti? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi collar -dijo la muchacha. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombrecito tomó el collar, se sentó frente a la rueca y... ¡zas, zas, zas! , dio varias vueltas a la rueda y se llenó el carrete. Enseguida tomó otro y... ¡zas, zas, zas! . con varias vueltas estuvo el segundo lleno. Y así continuó sin parar hasta la mañana, en que toda la hierba seca quedó hilada y todos los carreteles llenos de oro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al amanecer se presentó el rey. Y cuando vio todo aquel oro. sintió un gran asombro y se alegró muchísimo: pero su corazón rebosó de codicia. Hizo que llevasen a la hija del molinero a una habitación mucho mayor que la primera y también atestada de hierba seca, y le ordenó que la hilase en una noche si en algo estimaba su vida. La muchacha no sabía cómo arreglárselas, y ya se había echado a llorar, cuando se abrió la puerta y apareció el hombrecito. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué me darás -preguntó- si te convierto la hierba seca en oro? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi sortija -contestó la muchacha. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombrecito tomó la sortija, volvió a sentarse a la rueca, y, al llegar la madrugada, toda la hierba seca estaba convertida en reluciente oro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se alegró el rey a más no poder cuando lo vio, pero aún no tenía bastante; y mandó que llevasen a la hija del molinero a una habitación mucho mayor que las anteriores y también atestada de hierba seca. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hilarás todo esto durante la noche -le dijo-, y si logras hacerlo, serás mi esposa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tan pronto quedó sola, apareció el hombrecito por tercera vez y le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué me darás si nuevamente esta noche te convierto la hierba seca en oro? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me queda nada para darte -contestó la muchacha. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Prométeme entonces -dijo el hombrecito- que, si llegas a ser reina, me entregarás tu primer hijo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha dudó un momento. «¿Quién sabe si llegaré a tener un hijo algún día, y esta noche debo hilar este heno seco?» se dijo. Y no sabiendo cómo salir del paso, prometió al hombrecito lo que quería y éste convirtió una vez más la hierba seca en oro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el rey llegó por la mañana y lo encontró todo tal como lo había deseado, se casó enseguida con la muchacha, y así fue como se convirtió en reina la linda hija del molinero. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un año más tarde le nació un hermoso niño, sin que se hubiera acordado más del hombrecito. Pero. de repente, lo vio entrar en su cámara: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vine a buscar lo que me prometiste -dijo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reina se quedó horrorizada, y le ofreció cuantas riquezas había en el reino con tal de que le dejara al niño. Pero el hombrecito dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No. Una criatura viviente es más preciosa para mí que los mayores tesoros de este mundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comenzó entonces la reina a llorar, a rogarle y a lamentarse de tal modo. que el hombrecito se compadeció de ella. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te daré tres días de plazo -le dijo-. Si en ese tiempo consigues adivinar mi nombre. te quedarás con el niño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reina se pasó la noche tratando de recordar todos los nombres que oyera en su vida, y como le parecieron pocos envió un mensajero a recoger, de un extremo a otro del país, los demás nombres que hubiese. Cuando el hombrecito llegó al día siguiente, empezó por Gaspar, Melchor y Baltasar, y fue luego recitando uno tras otro los nombres que sabía; pero el hombrecito repetía invariablemente: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No! Así no me llamo yo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Al segundo día la reina mandó averiguar los nombres de las personas que vivían en los alrededores del palacio y repitió al hombrecito los más curiosos y poco comunes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Te llamarás Arbilino, o Patizueco, o quizá Trinoboba? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero él contestaba invariablemente: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No! Así no me llamo yo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al tercer día regresó el mensajero de la reina y le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No he podido encontrar un sólo nombre nuevo; pero al subir a una altísima montaña, más allá de lo más profundo del bosque, allá donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita diminuta. Delante de la puerta ardía una hoguera y, alrededor de ella un hombrecito ridículo brincaba sobre una sola pierna y cantaba: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy tomo vino y mañana cerveza, &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;después al niño sin falta traerán. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca, se rompan o no la cabeza, &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;el nombre Rumpelstikin  adivinarán. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Imagínense lo contenta que se puso la reina cuando oyó este nombre! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después entró el hombrecito y dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y bien, señora reina, ¿cómo me llamo yo? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Te llamarás Conrado? -empezó ella. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No! Así no me llamo yo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y Enrique? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No! ¡Así no me llamo yo! -replicó el hombrecito con expresión triunfante. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonrió la reina y le dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Pues... ¿quizás te llamas... Rumpelstikin? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Te lo dijo una bruja! ¡Te lo dijo una bruja! -gritó el hombrecito, y, furioso, dio en el suelo una patada tan fuerte, que se hundió hasta la cintura. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, sujetándose al otro pie con ambas manos, tiró y tiró hasta que pudo salir; y entonces, sin dejar de protestar, se marchó corriendo y saltando sobre una sola pierna, mientras en palacio todos se reían de él por haber pasado en vano tantos trabajos.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/6423610856084670498/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/6423610856084670498?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6423610856084670498'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6423610856084670498'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/rumpelstikin.html' title='Rumpelstikin'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-3803105281613003104</id><published>2008-07-02T16:12:00.000-07:00</published><updated>2008-07-20T04:26:23.087-07:00</updated><title type='text'>Blancanieves</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/07/los-hermanos-grimm.html&quot;&gt;Los hermanos Grimm&lt;/a&gt;. Jacob Ludwig Karl Grimm (1785-1863) y Wilhelm Karl Grimm (1786-1859) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había una vez...&lt;br /&gt;...Una niña muy bonita, una pequeña princesa que tenía un cutis blanco como la nieve, labios y mejillas rojos como la sangre, y cabellos negros como el azabache. Su nombre era Blancanieves.&lt;br /&gt; A medida que crecía la princesa, su belleza aumentaba día tras día hasta que su madrastra, la reina, se puso muy celosa. Llegó un día en que la malvada madrastra no pudo tolerar más su presencia y ordenó a un cazador que la llevara al bosque y la matara. Como ella era tan joven y bella, el cazador se apiadó de la niña y le aconsejó que buscara un escondite en el bosque. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Blancanieves corrió tan lejos como se lo permitieron sus piernas, tropezando con rocas y troncos de árboles que la lastimaban. Por fin, cuando ya caía la noche, encontró una casita y entró para descansar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo en aquella casa era pequeño, pero más lindo y limpio de lo que se pueda imaginar. Cerca de la chimenea estaba puesta una mesita con siete platos muy pequeñitos, siete tacitas de barro y al otro lado de la habitación se alineaban siete camitas muy ordenadas. La princesa, cansada, se echó sobre tres de las camitas, y se quedó profundamente dormida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó la noche, los dueños de la casita regresaron. Eran siete enanitos, que todos los días salían para trabajar en las minas de oro, muy lejos, en el corazón de las montañas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caramba, qué bella niña! -exclamaron sorprendidos-. ¿Y cómo llegó hasta aquí? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acercaron para admirarla cuidando de no despertarla. Por la mañana, Blancanieves sintió miedo al despertarse y ver a los siete enanitos que la rodeaban. Ellos la interrogaron tan suavemente que ella se tranquilizó y les contó su triste historia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si quieres cocinar, coser y lavar para nosotros -dijeron los enanitos-, puedes quedarte aquí y te cuidaremos siempre. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Blancanieves aceptó contenta. Vivía muy alegre con los enanitos, preparándoles la comida y cuidando de la casita. Todas las mañanas se paraba en la puerta y los despedía con la mano cuando los enanitos salían para su trabajo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ellos le advirtieron: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cuídate. Tu madrastra puede saber que vives aquí y tratará de hacerte daño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madrastra, que de veras era una bruja, y consultaba a su espejo mágico para ver si existía alguien más bella que ella,  descubrió que Blancanieves vivía en casa de los siete enanitos. Se puso furiosa y decidió matarla ella misma. Disfrazada de vieja, la malvada reina preparó una manzana con veneno, cruzó las siete montañas y llegó a casa de los enanitos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Blancanieves, que sentía una gran soledad durante el día, pensó que aquella viejita no podía ser peligrosa. La invitó a entrar y aceptó agradecida la manzana, al parecer deliciosa, que la bruja le ofreció. Pero, con el primer mordisco que dio a la fruta, Blancanieves cayó como muerta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche, cuando los siete enanitos llegaron a la casita, encontraron a Blancanieves en el suelo. No respiraba ni se movía. Los enanitos lloraron amargamente porque la querían con delirio. Por tres días velaron su cuerpo, que seguía conservando su belleza -cutis blanco como la nieve, mejillas y labios rojos como la sangre, y cabellos negros como el azabache. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No podemos poner su cuerpo bajo tierra -dijeron los enanitos. Hicieron un ataúd de cristal, y colocándola allí, la llevaron a la cima de una montaña. Todos los días los enanitos iban a velarla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día el príncipe, que paseaba en su gran caballo blanco, vio a la bella niña en su caja de cristal y pudo escuchar la historia de labios de los enanitos. Se enamoró de Blancanieves y logró que los enanitos le permitieran llevar el cuerpo al palacio donde prometió adorarla siempre. Pero cuando movió la caja de cristal tropezó y el pedazo de manzana que había comido Blancanieves se desprendió de su garganta. Ella despertó de su largo sueño y se sentó. Hubo gran regocijo, y los enanitos bailaron alegres mientras Blancanieves aceptaba ir al palacio y casarse con el príncipe.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/3803105281613003104/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/3803105281613003104?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/3803105281613003104'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/3803105281613003104'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/blancanieves.html' title='Blancanieves'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-5449703337677312079</id><published>2008-07-02T16:11:00.000-07:00</published><updated>2008-07-20T04:25:59.691-07:00</updated><title type='text'>Hansel y Gretel</title><content type='html'>de &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/07/los-hermanos-grimm.html&quot;&gt;Los hermanos Grimm&lt;/a&gt;. Jacob Ludwig Karl Grimm (1785-1863) y Wilhelm Karl Grimm (1786-1859) &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hansel y Gretel vivían con su padre, un pobre leñador, y su cruel madrastra, muy cerca de un espeso bosque. Vivían con muchísima escasez, y como ya no les alcanzaba para poder comer los cuatro, deberían plantearse el problema y tratar de darle una buena solución. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche, creyendo que los niños estaban dormidos, la cruel madrastra dijo al leñador: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No hay bastante comida para todos: mañana llevaremos a los niños a la parte más espesa del bosque y los dejaremos allí. Ellos no podrán encontrar el camino a casa y así nos desprenderemos de esa carga. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al principio, el padre se opuso rotundamente a tener en cuenta la cruel idea de la malvada mujer. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo vamos a abandonar a mis hijos a la suerte de Dios, quizás sean atacados por los animales del bosque? -gritó enojado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De cualquier manera, así moriremos todos de hambre -dijo la madrastra y no descansó hasta convencerlo al débil hombre, de llevar adelante el malévolo plan que se había trazado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto los niños, que en realidad no estaban dormidos, escucharon toda la conversación. Gretel lloraba amargamente, pero Hansel la consolaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No llores, querida hermanita-decía él-, yo tengo una idea para encontrar el camino de regreso a casa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, cuando salieron para el bosque, la madrastra les dio a cada uno de los niños un pedazo de pan. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No deben comer este pan antes del almuerzo -les dijo-. Eso es todo lo que tendrán para el día. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El dominado y débil padre y la madrastra los acompañaron a adentrarse en el bosque. Cuando penetraron en la espesura, los niños se quedaron atrás, y Hansel, haciendo migas de su pan, las fue dejando caer con disimulo para tener señales que les permitieran luego regresar a casa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los padres los llevaron muy adentro del bosque y les dijeron: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Quédense aquí hasta que vengamos a buscarlos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hansel y Gretel hicieron lo que sus padres habían ordenado, pues creyeron que cambiarían de opinión y volverían por ellos. Pero cuando se acercaba la noche y los niños vieron que sus padres no aparecían, trataron de encontrar el camino de regreso. Desgraciadamente, los pájaros se habían comido las migas que marcaban el camino. Toda la noche anduvieron por el bosque con mucho temor observando las miradas, observando el brillo de los ojos de las fieras, y a cada paso se perdían más en aquella espesura. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al amanecer, casi muertos de miedo y de hambre, los niños vieron un pájaro blanco que volaba frente a ellos y que para animarlos a seguir adelante les aleteaba en señal amistosa. Siguiendo el vuelo de aquel pájaro encontraron una casita construida toda de panes, dulces, bombones y otras confituras muy sabrosas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los niños, con un apetito terrible, corrieron hasta la rara casita, pero antes de que pudieran dar un mordisco a los riquísimos dulces, una bruja los detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La casa estaba hecha para atraer a los niños y cuando estos se encontraban en su poder, la bruja los mataba y los cocinaba para comérselos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como Hansel estaba muy delgadito, la bruja lo encerró en una jaula y allí lo alimentaba con ricos y sustanciosos manjares para engordarlo. Mientras tanto, Gretel tenía que hacer los trabajos más pesados y sólo tenía cáscaras de cangrejos para comer. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día, la bruja decidió que Hansel estaba ya listo para ser comido y ordenó a Gretel que preparara una enorme cacerola de agua para cocinarlo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primero -dijo la bruja-, vamos a ver el horno que yo prendí para hacer pan. Entra tú primero, Gretel, y fíjate si está bien caliente como para hornear. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad la bruja pensaba cerrar la puerta del horno una vez que Gretel estuviera dentro para cocinarla a ella también. Pero Gretel hizo como que no entendía lo que la bruja decía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo no sé. ¿Cómo entro? -preguntó Gretel. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tonta-dijo la bruja,- mira cómo se hace -y la bruja metió la cabeza dentro del horno. Rápidamente Gretel la empujó dentro del horno y cerró la puerta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gretel puso en libertad a Hansel. Antes de irse, los dos niños se llenaron los bolsillos de perlas y piedras preciosas del tesoro de la bruja. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los niños huyeron del bosque hasta llegar a orillas de un inmenso lago que parecía imposible de atravesar. Por fin, un hermoso cisne blanco compadeciéndose de ellos, les ofreció pasarlos a la otra orilla. Con gran alegría los niños encontraron a su padre allí. Éste había sufrido mucho durante la ausencia de los niños y los había buscado por todas partes, e incluso les contó acerca de la muerte de la cruel madrastra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejando caer los tesoros a los pies de su padre, los niños se arrojaron en sus brazos. Así juntos olvidaron todos los malos momentos que habían pasado y supieron que lo más importante en la vida es estar junto a los seres a quienes se ama, y siguieron viviendo felices y ricos para siempre.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/5449703337677312079/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/5449703337677312079?isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/5449703337677312079'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/5449703337677312079'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/hansel-y-gretel.html' title='Hansel y Gretel'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-1550039946673659053</id><published>2008-07-02T16:07:00.000-07:00</published><updated>2008-07-20T06:46:12.458-07:00</updated><title type='text'>El Gran Serafín</title><content type='html'>de Adolfo Bioy &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com/2007/06/bioy-casares.html&quot;&gt;Casares&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bordeó los acantilados para encontrar una playa un poco apartada. La exploración fue breve, pues en aquel paraje ni la soledad ni la lejanía misma estaban lejos. Aun en las playas contiguas al pequeño espigón de pesca, bautizadas Negresco y Miramar por la patrona de la hostería, era escasa la gente. Alfonso Álvarez descubrió así un lugar que de modo admirable correspondía al anhelo de su corazón: una ensenada romántica, desgarrada, salvaje, a la que reputó uno de los puntos más remotos del mundo, Última Tule, Seno de la Última Esperanza o todavía más allá —Álvarez ahora articuló su divagación en un arrobado murmullo—las Largas y Prodigiosas Playas, Furdurstrandi. . . El mar entraba encajonado en acantilados pardos y abruptos, en los que se abrían cavernas. Hacia afuera, a los lados, empinábanse picos o agujas, modelados por la erosión de la espuma, de los huracanes y del tiempo. Todo ahí era grandioso para el observador echado en la arena, que sin dificultad olvidaba las dimensiones del paisaje, en verdad minúsculas. Despertó Álvarez de su ensimismamiento, descalzó unos piecitos blancos que, a la intemperie, resultaron patéticamente desnudos, hurgó en una bolsa de lona, encendió la pipa, contempló el mar y preparó el ánimo para un prolongado paladeo de la beatitud perfecta. Con asombro advirtió que no estaba feliz. Lo embargaba una desazón que apuntaba como vago recelo. Miró en derredor y afirmó: &quot;Nada ocurrirá.&quot; Descartó la ilógica hipótesis de un asalto; escrutó la conciencia, luego el cielo, por fin el mar y no descubrió el motivo de su alarma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Buscando distracción, Álvarez meditó sobre la recóndita virtud del mar, que nos urge a contemplarlo ávidamente. Se dijo: &quot;En el mar nunca pasa nada, si no es una lancha o la consabida tropilla de toninas, que progresa con arreglo a horario, a mediodía rumbo al sur, después al norte: tales juguetes bastan para que en la costa la gente apunte con el dedo y prorrumpa en júbilo. Moneda falsa únicamente cobra el observador: sueños de viajes, de aventuras, de naufragios, de invasiones, de serpientes y de monstruos, que anhelamos porque no llegan.&quot; Se abandonó a ellos Álvarez, cuya ocupación favorita era hacer proyectos. Sin duda creía que viviría infinitamente y que siempre tendría por delante tiempo para todo. Aunque su profesión concernía al pasado—era profesor de historia en el Instituto Libre—había sentido siempre curiosidad por el porvenir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ratos olvidó su inquietud, y logró así una mañana casi agradable. Mañanas y tardes agradables, noches bien dormidas, eran para él necesarias. El médico había dictaminado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cada vez que usted abra la boca no me tragará una farmacia, óigame bien; pero se me aleja de Buenos Aires, del trabajo y de las obligaciones. Óigame bien: no salga de la urbe para recaer en la muchedumbre de Mar del Plata o de Necochea. Su remedio se llama tran-qui-li-dad, tran-qui-li-dad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez habló con el rector y obtuvo licencia. En el colegio todos resultaron expertos en playas tranquilas. El rector recomendó Claromecó, el jefe de celadores Mar del Sur, el profesor de castellano San Clemente. En cuanto a F. Arias, su colega de Oriente, Grecia y Roma (de puro displicente ni encendía ni arrojaba la colilla pegada a perpetuidad en el labio inferior), se reanimó para explicar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Va hasta Mar del Plata, sale de Mar del Plata, deja a la izquierda Miramar y Mar del Sur y a mitad camino a Necochea está San Jorge del Mar, el balneario que usted busca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inexplicablemente la elocuencia de F. Arias lo arrastró; compró un boleto, preparó el maletín, subió al ómnibus. Viajó una larga noche, cuya única imagen, evidente a través de cabeceos y vigilias, era la de un tubo infinito, iluminado por una línea de lámparas colgadas del techo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mañana refulgía cuando divisó el arco del letrero que rezaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;San Jorge del Mar—Bienvenidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muralla donde el cartelón estaba sostenido se prolongaba a los lados un buen trecho y en partes empezaba a desmoronarse. Por debajo del arco entraron en una calle de tierra dura, apisonada, rumbo a una arboleda próxima. A mano izquierda quedaba el mar, le explicaron. La comarca no le pareció triste. En esa primera visión predominaban los blancos y colorados de las casitas y el verde del pasto. Murmuró: &quot;Verde de esperanza, de esperanza.&quot; No cabía definir aquello como caserío, sino como campo tendido, con algunas casas desparramadas. Entre todas, por la altura descollaba una que tenía menos aspecto de vivienda que de tinglado provisorio, con agudo mojinete asimétrico y el techo ladeado, acaso por derrumbe, probablemente por travesura arquitectónica. Antes de ver la cruz, Álvarez entendió que se trataba de la capilla, pues como todo el mundo tenía el ojo acostumbrado al estilo llamado moderno, de rigor, por aquel entonces, para los ramos de administración pública, clero y banca. Siguiendo un albo sendero de conchillas penetraron en la arboleda—trémulos eucaliptos, algún sauce claro—y pronto encontraron un basto bungalow de madera, pintado de color té con leche: la hostería El Bucanero Inglés, donde se hospedaría Álvarez. Con él bajaron del ómnibus un anciano de piel vagamente traslúcida, de la tonalidad blanca y celeste de las escamas, y una señora joven, de anteojos oscuros con el aire ambiguo y atractivo que suelen tener, en las fotografías de los periódicos, las litigantes en pleitos de divorcio. En ese momento salía de la hostería un pescador cargado de pescados, que automáticamente ofreció:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pesche?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un viejo de piel curtida, pipa en boca, ancho pecho en tricota azul botas de goma: uno de tantos personajes típicos, entre fabricados y genuinos, que se dan en todas partes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras de apartarse un poco del pescador, la señora joven respiró a pleno pulmón y exclamó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pescador se golpeó el pecho con la mano que empuñaba la pipa y afirmó fatuamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aire puro. Aire de mar. Ah, el mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando ya no se olía el humo dejado por el ómnibus, respiró con fuerza Alvarez y comentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En efecto, qué aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No correspondía al de sus recuerdos; tenía una carga, tal vez pesada, de olor indefinido. ¿A pescados o algas? No, protestó para sí Álvarez, de ninguna manera, aunque tan saludable probablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Qué flores!—ponderó la señora—. Esto parece una estancia, no un hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nunca vi tantas juntas—observó el anciano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Convino Álvarez:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo tampoco, salvo. . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo invadió una inopinada pesadumbre y no supo concluir la frase. La señora rezongó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La casa está muerta. Nadie sale a recibirnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estaba muerta. Adentro resonó un piano y los viajeros oyeron una trillada melodía norteamericana, que Álvarez no identificó. El viejo, momentáneamente rejuvenecido, tarareó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cuando los santos del cielo&lt;br /&gt;vengan marchando. . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;esbozó un zapateo criollo y se reintegró a la habitual flacidez. Por una puerta de resorte, tras dos portazos aparecieron dos mujeres: una criadita joven, alemana o suiza, rubia, rosada, de sonrisa muy dulce, y la patrona, una bella mujer en la ósea plenitud de los cincuenta años, erguida, majestuosa, a quien pechos eminentes y peinado en torre conferían algo de nave o de bastión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precedidos por esta señora, seguidos por la criadita, prodigiosamente cargada de equipajes, los viajeros entraron en la hostería. En un cuaderno Álvarez firmó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Alfonso Álvarez—leyó en voz alta la patrona, para agregar con una sonrisa encantadoramente mundana—: A. A.: qué gracioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo diría monótono—acotó Álvarez, que más de una vez había oído la observación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquí está el teléfono—continuó la patrona, como quien da una prueba de ingenio. Al mover la mano produjo un relumbrón verde: lo originaba un anillo con esmeralda—. Y allá en lo alto el alojamiento del señor: pieza trece. Hilda lo va a acompañar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por una escalera ruidosa, tal vez frágil, subieron. La pieza tenía algo de cabina; desde luego, la estrechez. La mesita de pinotea, la silla, el lavatorio, apenas dejaban lugar libre. Álvarez, por un tiempo que le pareció interminable, se mantuvo inmóvil: tan cerca estaba la muchacha. Para romper esa incómoda quietud inclinó el cuerpo en sesgo, apoyó una mano en el borde del lavatorio, con la otra abrió el grifo. Como acróbata inseguro intentó una sonrisa. Ni bien manó el agua reparó en un aroma que le trajo vagos recuerdos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Olor a azufre—explicó la criadita—. Ahora el agua sale termal, dice la señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él puso el dedo en el chorro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está caliente—advirtió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahora toda el agua se volvió caliente. Y allá—indicó en dirección a la ventana—sale sola, en grandes chorros de la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aire que la muchacha movía al hablar le soplaba cosquillas en la nuca; eso, por lo menos, creyó Álvarez. Pasó, como pudo, al otro lado del lavatorio y miró por la ventana. Vio el jardín de flores el sendero de granza blanca, una abertura en la arboleda, más allá el campo. A lo lejos divisó un grupo de gente y un humo tenue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El terreno aquel es de la señora—prosiguió la criadita—. Mandó a los peones cavar para descubrir qué hay abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En las entrañas—murmuró Alvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces la miró de frente. Con una mano corta, graciosamente la alemanita levantó la mecha que le caía sobre los ojos ladeó su cara de cachorro, sonrió con extrema dulzura y partió. Álvarez recorrió con la mirada el cuarto. Por vez primera—¿desde cuándo? ya no recordaba— se encontró feliz. Tenía en ello parte cierta vanidad un tanto infantil, común a todos los hombres, y parte el cuartito que le destinaron, con algo de celda de refugio; y también la ventana sobre el campo. No importa sin embargo, el motivo del contento; importa el hecho por su cronología por casi inmediatamente preceder a la desazón y al temor en la playa. Desde luego, por motivos imponderables, un convaleciente pasa del bienestar a la depresión; pero la verdad es que Álvarez bajó al mar con el ánimo alegre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuvo en la playa no menos de tres horas, al sol primero, luego a la sombra del acantilado, porque recordó vagas historias de veraneantes, inevitablemente comparados con camarones, que por un momento de descuido o por una demasiado íntima comunión con la naturaleza, tuvieron que envolver a la noche en aceite blanco las quemaduras de segundo grado, mientras el delirio les refería cuentos fantásticos. Álvarez no quería que un percance tan trillado le arruinara las vacaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como tampoco quería disgustos con la patrona, a la una menos cuarto emprendió el camino de vuelta. A pesar del acostumbramiento del olfato, notó que el extraño olor marino aumentaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una mesa de largura interminable almorzaron Álvarez, el anciano de piel traslúcida—que se llamaba Lynch y era profesor en un colegio de Quilmes—y la patrona; según ésta explicó, tanto su hija como la señora recién llegada y los demás pensionistas, todos gente joven, no volverían a la hostería hasta la caída del sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Así que usted es profesor en Quilmes?—preguntó Álvarez a Lynch—. ¿De álgebra y de geometría?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y usted en el Instituto Libre?—Lynch preguntó a Álvarez—. ¿De historia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conversaron de planes de estudio, de la juventud y de las consecuencias, para la mente del profesor, de los sucesivos años de cátedra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me gusta enseñar, pero. . .—empezó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hubiera querido otra cosa. ¡Yo también!—concluyó Lynch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La coincidencia los maravilló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comedor era una vasta sala, con una araña de hierro en el centro. De la araña colgaban, probablemente desde las fiestas de fin de año guirnaldas de colores. La mesa estaba arrimada a un ángulo, para dejar espacio libre a posibles parejas de bailarines. Contra la pared se alineaban botellas; una puerta se abría sobre una visión de cocinas, mesas con tachos y algún atareado peón de campo, disfrazado de marmitón. En el otro extremo del comedor había un piano vertical.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La alemanita sirvió la mesa; entre plato y plato se sentaba detrás del mostrador; cuando trajo la jarra de agua, la patrona dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hoy yo bebo vino blanco, Hilda. ¿Ustedes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Yo?—preguntó Álvarez, que se había distraído—. Un poco de agua y, para acompañar a la señora, vino blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo, agua, siempre agua—exclamó el viejo Lynch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahora sale termal—con satisfacción explicó la patrona—. Es un algo fuerte, hay que acostumbrarse, rica en sales sulfurosas, a mí me gusta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero no la bebe—acotó el viejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tengo grandes proyectos—anunció la patrona—. Habrá que incorporar capitales foráneos y levantaremos un conglomerado termal, llámelo nuestro Vichy, nuestro Contrexéville, aun nuestro Cauterets.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La señora—reconoció el viejo—lleva la hotelería en las venas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hasta aquí viene el aroma—observo Álvarez, tras alejar el vaso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Más que termal, podrida—puntualizó Lynch, en un intervalo entre dos tragos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Óiganlo—comentó graciosamente la patrona, moviendo con altivez la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez inquirió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Señora, ¿cuál es el origen del nombre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué nombre?—preguntó la señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El de la hostería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El bucanero inglés fue un tal Dobson—explicó la señora—que a fines del siglo dieciocho llegó a estas playas, con una cotorra llamada Fantasía, posada en el hombro. Se enamoró de la hija del cacique. . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y adiós cotorra—declaró Lynch—. El cuentito parece una alegoría moral y también un emblema copiado de un libro de emblemas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Óiganlo—repitió la patrona—. En un gran día, señores, llegaron ustedes. Concurrirán después del almuerzo a las carreras. Espectáculo romano. Carreras de caballos junto al mar. Y al final de la tarde paseo; una caminata agradable los trasladará hasta las nuevas emanaciones de humo, los chorros de agua, legítimos géiseres y, ¿por qué no?, solfataras, de innegable valor termal y turístico. En las grietas donde sale humo verán a mi gente cavando. ¿Qué descubriremos? ¿Un volcán subterráneo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Naturalmente tímido, Álvarez interrogó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si hay un volcán abajo ¿agrandar las grietas no es imprudencia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni le contestaron. Álvarez, pensó: &quot;Todo cobarde es un solitario, un Robinsón.&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mañana, otro gran día—continuó la patrona—. Mejor dicho: gran noche. Fiesta en honor de mi hija Blancheta que cumple dieciocho años. Comilona, convidados, cordialidad. Ya la palparán ustedes: nuestra pequeña ciudad balnearia es todavía un paraíso no corrompido. Somos como una familia cariñosa, en San Jorge, libre de pelandrunes y hampones. ¿Hasta cuándo le repetiré que no queremos delincuentes juveniles peleados con el peluquero? ¡Afuera, mal entrazado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perplejos y alarmados por el exabrupto, ambos pensionistas interrumpieron la masticación de un caliente navarrín con marcado sabor a azufre. Rápidamente se volvieron, porque a sus espaldas resonó una voz masculina:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No se sulfure, doña. Me pidió Blanquita que le pidiera el pic-nic.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué tiene que pedirle la Blancheta? Si lo veo junto a mi hija, con estas propias manos lo acogoto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien así enojaba a la patrona era un tremendo muchachón, muy arropado y muy desnudo, hirsuto y lampiño, sin duda torvo, quizá afeminado, cuya redonda cabeza estaba rodeada de un círculo completo de pelo rubio, de espesura y largo parejos en el cuero cabelludo y en la barba. Desde el pelambre miraban dos ojillos que se movían a impulsos jactanciosos o furtivos o se aquietaban fríamente. Arropaban el busto una toalla, una tricota y del breve taparrabos colorado emergían piernas tan desprovistas de vello como las de una mujer; pero los aspectos más evidentes del conjunto quizá fueran pelos enmarañados y lanas sucias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Incorporada a medias, preguntó la patrona:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Se retira, joven Terranova, o de la oreja lo retiro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Partió el animalote; la patrona se dejó caer en la silla y ocultó la cara entre las manos. Acudió, solícita, la criadita, con un vaso de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, Hilda—protestó la patrona, que había recuperado la compostura—. Hoy bebo vino blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El almuerzo concluyó por fin y cada cual se encaminó a su cuarto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&quot;Estoy débil o el aire es muy fuerte&quot;, pensó Álvarez, que por poco se duerme con el cepillo de dientes en la boca. Ya echado, durmió un rato, hasta que lo despertó un peso en los pies. Era Hilda, que se había sentado en el borde de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vine a verlo—explicó la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya veo—contestó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quería ver si quería algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Dormía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué suerte. Mañana a la noche es la fiesta de Blanquita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Terranova no viene, porque a espetaperros lo sacaría madame Medor. —¿Quién es madame Medor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La patrona. Y la pobre Blanquita enamorada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De Terranova?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—De Terranova, que no la quiere. Él quiere dinero. Un malo, un matón sin alma, carne y uña con Martín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quién es Martín?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El pianista. Madame Medor, que no traga a Terranova, mete al cómplice en la casa, porque toca bien el piano. Todo el mundo sabe que son agentes locales de la banda de Miramar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oyeron la voz de la patrona, que abajo gritaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Hilda! ¡Hilda!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me voy. Si me pesca, me llama perra y palabras horribles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pasos de la alemanita descendieron la crujiente escalera, subió el clamor de la reprimenda de madame Medor y acallando todo resonó en el piano la Marcha de los santos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó Álvarez, porque ya no tenía ánimo para dormir. Estaba peor que antes. A pesar de las precauciones en la playa, la cabeza le dolía como si hubiera tomado mucho sol. Quería beber algo, para sacarse el gusto a azufre y aplacar la sed; una gran sed. Entró en el comedor. Martín machacaba Los santos en el piano, la patrona, acodada en la mesa, tildaba facturas y desde el mostrador Hilda miraba tiernamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un vinito blanco, bien helado—pidió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La patrona ponderó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Qué siesta! Corrían las horas y yo pensé: con el solazo y el vinito el trece no aterriza hasta mañana. Es un hecho; no llega a las carreras, pero todavía hay luz y puede entretenerse con los géiseres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descorchó Hilda la botella; Álvarez bebió dos vasos y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La patrona ordenó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Se la guardas, chica. El señor a la noche incorpora lo que queda. Preguntó Álvarez:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo voy?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La patrona lo acompañó hasta la puerta y lo encaminó. Siguió la calle más allá de la arboleda, por campo abierto; de trecho en trecho había un chalet, una vaca. La brisa marina traía olor a podredumbre. Caía la tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó al lugar, la jornada había concluido; los peones, la pala al hombro, emprendían el camino de regreso. Con un cura que examinaba los chorros de agua caliente y la humosa excavación, de borde a borde entabló diálogo Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No creí que fuera tan profunda—gritó—. Da vértigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué me cuenta de la temperatura del suelo?—gritó a su vez el cura—. Ponga la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quema ¿Qué buscan?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No importa lo que buscan, sino lo que encuentran—replicó el cura. —¿Encuentran algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Casi nada. ¡Mire!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A gritos no caben sutilezas; de todos modos, la enfática exhortación a mirar sugería, para las palabras casi nada, intención irónica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Dónde?—preguntó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cura se le acercó, lo tomó paternalmente de los hombros y lo condujo hasta un eucalipto. En el suelo, apoyadas contra el tronco del árbol, vieron dos amplias alas y algunas plumas negras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Diablos!—exclamó Alvarez—. Padre, perdone, pero estas alas, no me negará, suponen un pajarraco infernal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé—contestó el cura—. Con franqueza, ¿qué ave tiene in mente? —¿Un águila?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No es bastante grande.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Me atreveré a decir: un cóndor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿En estas regiones? ¿Usted no lo reputaría un tanto improbable? —Si usted lo permite, me vuelvo a la hostería—declaró Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo acompaño—dijo el cura—. Determinar la especie no es todo. . . Créame: hay otras dificultades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué barbaridad—comentó Álvarez, a quien el tema ya fatigaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si estaban en la tierra ¿por qué no se pudrieron?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez, aventuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿La acción del fuego?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cura lo miró con indulgencia; después habló animadamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dejemos el capítulo. Nadie está obligado a saber química, pero la moral incumbe a todos. Vea a dónde lleva la curiosidad de los hombres. O de las mujeres, que es lo mismo. Para la incorregible curiosidad, un trofeo enigmático. Un castigo, ¿por qué no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿De quién?—preguntó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No crea, la madama tiene sus enemigos. Un tal Terranova, sin ir más lejos, un cachorrón capaz de gastarse cada bromita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Opina que se trata de una broma?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juntó coraje Álvarez y preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿También el agua caliente y el humo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Envalentonado, ahora devolvió la mirada indulgente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estoy muy cansado—protestó el cura—. Vamos yendo. Créame usted, soy hombre de paz y de un año a esta parte me toca vivir en plena guerra, entre los dos bandos del Comité para Obras de la Capilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y si los deja pelear entre ellos?—propuso Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Los dejo—afirmó el cura—. Mañana voy de caza, con mi perro Tom, aunque el comité sesione. Los tradicionalistas porfían en pro del estilo moderno, los renovadores en pro del gótico y el padre Bellod, este servidor, con moderación de mártir, de tanto en tanto pone su semillita pro domo: sepa usted, favorezco el románico. Cuando los dos bandos se avengan no habrá capilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se despidieron. Ni bien entró en la hostería, Álvarez divisó a la alemanita al pie de la escalera. La muchacha miró hacia arriba, corrió arriba y Álvarez quedó por un instante inmóvil, dobló por fin hacia el comedor, embistió con resolución al viejo Lynch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué le pasa amigo? ¿En qué piensa?—preguntó el viejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En proverbios—contestó Álvarez—. Cazador sin munición...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madame Medor anunció:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Voy a presentarlo. El número trece...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Álvarez—modestamente agregó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mi hija Blancheta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha, de pelo claro, suave y largo, de tez lechosa, de ojos graves, casi tristes, de nariz delicadamente dibujada, era pequeña y bonitilla..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La señora del once—prosiguió la patrona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La señora de Bianchi Vionnet—corrigió la interesada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Martín, nuestro hombre orquesta—dijo con voz firme la patrona—. Él y su piano constituyen la totalidad de la orquesta que anima nuestros bailes. Nunca hubo quejas, le ruego que tome nota, por falta de animación y buena música.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Deja a este mozo en el tintero—observó el viejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tratábase de un joven alto, con el pelo cortado a modo de cepillo de jabalí, con ojillos redondos, con risa permanente y cara de expresión atribulada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquilino Campolongo—dijo la patrona, moviendo los labios como quien articula no un nombre, sino una mala palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estudio ciencias económicas—aclaró Campolongo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un aparte poco menos que gritado—los viejos son invulnerables, porque no esperan nada, y también sordos—comentó Lynch:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sálvese quien pueda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué?—preguntó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo por qué? ¿Es argentino y pregunta por qué? Si Adam Smith viera su progenie de doctores en ciencias económicas, se retorcería en la tumba. ¿Oímos las noticias?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo puso en funcionamiento el receptor de radio. El boletín informativo había empezado. Nítidamente surgió una voz que explicaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—. . .vastos movimientos migratorios, comparables a las trágicas evacuaciones de tiempos de guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como por influjo de una asociación de ideas, ni bien fue pronunciada la palabra guerra rompió con animación y dianas una marcha militar. A dos manos retomó el viejo el receptor. Afanarse era inútil. Todos los programas habían desembocado en la misma marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué afición por La avenida de las palmeras—comentó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reflexionó Álvarez en voz alta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Culto el viejo. Lo que es yo, no distingo una marcha de otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Otra revolución—vaticinó lúgubremente Campolongo—. Estos militares. . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madame Medor replicó en tono sarcástico:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mejor estaríamos con los bolcheviques.—En un movimiento en espiral y ascendente irguió el corpacho, dio la espalda al mequetrefe, golpeó el piso con patadita irritada y, debajo de las pirámides, las torres y los caireles del peinado, orientó la cara, de suyo un poquito feroz, en dirección a los otros pensionistas, la endulzó con una sonrisa mundana, anunció-—Cuando gusten pueden sentarse a la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La obedecieron. Durante la comida todos hablaron. Pasaron de la política, que encona, a la situación del país, que aviene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquí ¿quién trabaja?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Roba quien puede.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El ejemplo llega de arriba: de los grandes ladrones públicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque las tendencias contrarias eran perceptibles, generosamente las ahogaba cada cual, para fraternizar en un torneo de anécdotas y hechos probatorios de nuestra bancarrota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No crea que están mucho mejor en otras partes—dijo Martín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sin ir más lejos, el África negra—admitió la señora de Bianchi Vionnet.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suspiró Álvarez; el diálogo lo aburría. Lo conocía de memoria, como si fuera un libreto que él mismo hubiera escrito. Preveía precisamente: ahora viene la pregunta retórica sobre el valor del dinero, ahora la anécdota que ilustra el triunfo de la codicia y lo mal que anda todo. Ahora dirán que perdimos el coraje, &quot;las ganas de pelear&quot; como el malevo del tango.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No lo creerá—susurró Álvarez al viejo—. Ya oí esta retahíla de punta a punta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo empezó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A nuestra edad...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cruz diablo—replicó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A nuestra edad—replicó el viejo—, ¿quién no tiene un pasado rico en conversaciones con chauffeures de taxi y otros interlocutores ocasionales?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me dan ganas de contarles lo que sentí en la playa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Anímese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Le contaba al señor Lynch—levantando la voz, declaró Álvarez— que esta mañana, en la playa...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Refirió que tuvo miedo, como si presintiera un ataque o algo más terrible. Concluyó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Una idea fija que totalmente me arruinó la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un ataque... ¿por la espalda?—inquirió Martín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué no?—respondió Álvarez—. O del lado del mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué temía?—interrogó Blanquita—, ¿que saliera un monstruo y lo tragara? Yo en la playa sueño cada locura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intervino la patrona&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un monstruo, sí pero tal vez mecánico, ¿qué opina el señor Campolongo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este preguntó, molesto:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Yo? ¿Qué tengo que ver?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Exactamente—replicó la patrona—. Es lo que me pregunto. ¿Qué tiene que ver el señor Campolongo todas las tardes en la costa? O si ustedes prefieren, ¿qué mira? o ¿quién lo mira? Cara al mar hace gimnasia sueca. O haciéndose el sueco, hace señales. ¿A un pez espada, señor Campolongo? ¿A un submarino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A lo mejor—opinó la de Bianchi Vionnet—el señor Álvarez vio, sin saberlo, el submarino y se alarmó. Puede suceder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué no algo más raro?—a su vez preguntó Lynch—. ¿Conocen la teoría de Dunne? Yo me paso la vida contándola. Pasado, presente y futuro existen al mismo tiempo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—O no lo sigo—dijo Campolongo—o no hay relación alguna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Puede haberla—afirmó Lynch—porque los tiempos ocasionalmente empalman. Individuos extraordinarios, verdaderos videntes, ven el pasado y el futuro. Le hago notar que si no existe el futuro son inconcebibles las profecías. ¿Cómo ver lo que no está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Campolongo interrogó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Usted reputa profeta al señor Álvarez?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—De ningún modo—aseveró Lynch—. Las personas más corrientes y hasta vulgares empalman en otro tiempo, cuando se dan las condiciones, ¿entiende o no? ¿Por qué el señor Álvarez no tendría esta mañana una premonición del desembarco del bucanero Dobson?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Imposible—dictaminó la patrona—. Dobson contaría hoy más de ciento cincuenta años, edad a la que nadie llega.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ignoró el reparo Lynch y prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El color de la cara del señor Álvarez, ¿no les dice que se le fue la mano con el sol? He puesto el dedo en la llaga. Insolación, infección, fiebre, según los entendidos, abren la puerta a estas visiones extraordinarias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué suponer algo tan ingrato?—inquirió la señora de Bianchi Vionnet—. ¿Por un momento siquiera, imaginan la grosería de un bucanero de entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un ser tosco tiene su interés—afirmó madame Medor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Póngase al día, señor Lynch—rogó Blanquita—. Yo prefiero cosas modernas. Hoy la gente habla de platos voladores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En efecto—corroboró Martín—. La juventud despierta se agrupa en círculos para la observación de platos voladores. Ya hay uno en Claromecó. Soy amigo del tesorero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Henchido el pecho, altiva la cabeza, madame Medor pronosticó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si Terranova también es amigote, poco les durará el tesoro a los de Claromecó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez aquella noche durmió pesadamente, como quien está envenenado. Al otro día, en procura de aire, abrió de par en par la ventana. Pronto la cerró, porque en ese primer momento, con el estómago vacío el olor de afuera se le antojó nauseabundo. No le pareció mejor el gusto del café con leche y hasta en la dulzura de la miel encontró un dejo sulfuroso. Desayunó galletas viejas. Como pudo apartó a la alemanita que insistía en hablarle. En el espejo del corredor entrevistó su melancólica imagen de hombre maduro, con chambergo desteñido, con pantalón de baño y comentó airadamente: &quot;El acabose.&quot; Cuando bajó la escalera sintió la falta de aire, y por si acaso llevó una mano a la baranda. Abajo estaba madame Medor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Va a tener que abrir las ventanas—indicó Álvarez—. La atmósfera aquí dentro está un poco pesada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señora replicó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Ventilación? ¿Corrientes de aire? Ni loca. Además, cómo le diré afuera usted nota la atmósfera cargada, comprometida del fuerte olor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿A mar?—preguntó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La patrona se encogió de hombros, irguió corpacho y testa, partió a sus menesteres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando abrió la puerta, Álvarez por poco se vuelve. Salir afuera esa mañana era como entrar en un invernáculo: el aire libre estaba más pesado que el de adentro; en cuanto al olor, le sugirió una fantasía: el horizonte en círculo de carroñas monumentales. Era un día tormentoso. Un chaparrón con vendaval—reflexionó—, tal vez limpiara.&quot; Porque no quería perder una mañana de playa—eran cortas y caras estas vacaciones—encontró coraje para alejarse de la hostería, para aventurar unos pasos en la turbiedad y el mal olor. Al ver marchitas las flores de los canteros, murmuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perecen las flores de todo jardín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿De dónde había sacado el verso? Le pareció que estaba a punto de recuperar recuerdos, para él exaltados y maravillosos. . . Después de un rato de perplejidad resolvió que a la hora del almuerzo consultara con Lynch. &quot;El viejo leyó mucho.&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca de la costa el hedor aumentaba notablemente. Álvarez se dijo que después de una breve fracción de tiempo uno se acostumbra a cualquier olor y ya en el borde del acantilado se preguntó si él aguantaría durante esa fracción. Advirtió que la bajante de la marea había sido pronunciada y que había descubierto un trecho de playa borrosa. En la superficie del agua divisó grumos y espuma; luego, con sobresalto, vio que los grumos y la espuma estaban quietos, que el mar estaba quieto y por último reparó en la circunstancia que por su misma extrañeza era más evidente: el ruido del mar había cesado. Sólo graznidos de coléricas gaviotas interrumpían el deprimido silencio. Álvarez descalzó los piecitos, como un perro que escrupulosamente elige donde no caben distinciones buscó un lugar para echarse y acampó en la arena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se arrimó a los acantilados, para que lo protegieran del sol, porque un sucio manto de nubes cubría el firmamento. Cerró los ojos. Al rato lo invadió el mismo vago recelo de la víspera. Contrariado notó que la cargada atmósfera de la mañana gravitaba sobre él narcóticamente. En cualquier orden balbuceó las palabras: &quot;Indefenso quedaré dormido.&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba en el centro de la playa, a mitad camino entre los acantilados y el mar. Pensó: &quot;Expuesto. Como en una bandeja. Junto a los acantilados al menos tendría protegida la espalda. Una idea nomás, pues bien podría el atacante surgir de pronto en lo alto y dejarse caer. Pero no; del mar viene lo que viene.&quot; Porque olvidó la conclusión o porque lo dominaba el sueño, no se movió de donde estaba. Las gaviotas—nunca hubo tantas— perdían altura, para remontarse a último momento, con aleteos frenéticos y graznidos furiosos. Un nuevo ruido, que silenció a las gaviotas, evocó en la mente de Álvarez la mezcla final de agua y aire que un sumidero traga. Vio que el mar estaba todavía ahí y advirtió, en insólito movimiento en la superficie, los borbotones del comienzo del hervor. Le pareció después que la causa de toda esa agitación acuática debía de ser un cuerpo extremadamente largo, que en movimientos y planos desparejos emergía desde quién sabe qué abismos. Con menos temor que interés dedujo: &quot;Una serpiente marina&quot; Bajo el misterioso cuerpo pulularon seres cuya actividad recordaba a los diligentes operarios que entre un número y otro levantan la red y la jaula en la pista del circo. La tendencia de tal actividad era hacia adelante, hacia tierra; un movimiento único, de abajo arriba, la terminó. En la quietud inmediata Álvarez vio un arco; luego descubrió que era la boca de un largo túnel que se hundía en la profundidad del océano; en esa boca, a la oscuridad sucedieron colores, que se ordenaron para componer una comitiva. El conjunto lentamente se adelantaba hacia él, con pompa y determinación. Marchaba al frente un sujeto corpulento, de exótico aspecto rumboso un rey en quien la tiniebla verdosa de rostro y manos diríase encuadrada enfáticamente por los estrepitosos colores del atavío. Era Neptuno. Las fiestas rituales, las grandes carreras de caballos, ahora se desataban en la playa. Congraciadoramente, Alvarez elogió el espectáculo. El rey respondió con tristeza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es el último.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Importaban las tres palabras proferidas por Neptuno una revelación: había llegado el fin del mundo. Cuando lo rozó un desbocado caballo negro, gritando despertó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos junto a una superficie oscura, reluciente como caballo sudado, de mayor volumen, e instintivamente se apartó. La mirada abarcó un pez. Absorto, reprimió como pudo el miedo, el asco, y se dijo en tono de broma: &quot;Que esto me pase a mí, tan luego.&quot; Con estertores la monstruosa mole moría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez había despertado a una pesadilla verdadera, pues desde los acantilados hasta el mar colmaban la bahía enormes peces enfermos o muertos. Olían a barro, también a podredumbre. Huir cuanto antes fue su único anhelo. Se incorporó, sinuosamente sorteó los monstruos, escaló el sendero por donde un rato antes había bajado. En plena confusión y temor, formuló una opinión concreta: &quot;Más que pez por su aspecto éste es cetáceo.&quot; Ya en lo alto, desde una saliente, descubrió que en todas las playas—en algunos sectores alcanzaban ahora proporciones nunca vistas, de kilómetros tal vez, antes de llegar al mar—el tendal de cetáceos gordos, de enormes peces, de no pocos pececillos, infinitamente se repetía y se extendía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miró en rumbo opuesto, tierra adentro. El aire estaba turbio de pájaros. En la ofuscación de su mente los identificó por un segundo con las gaviotas de allá abajo, ennegrecidas quién sabe cómo. Eran cuervos, atraídos por la hecatombe de la playa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Emprendió con paso rápido el regreso, porque lo dominaba la incongruente convicción de que en la hora del fin del mundo se hallaría más protegido en la hostería que en la intemperie. Ante el peligro quiso volver a casa, y ya se sabe que el viajero confiere sin demora el carácter de tal a cualquier cuarto de hotel, como en cualquier hombre ve a un padre el huérfano. Junto al bungalow oyó una música de iglesia, que le recordó una noche en que llegó, muchos años atrás, a un pueblito de las sierras de Córdoba, en cuya desmoronada capilla, nítida a la luz de la luna, cantaban la misa coros de chicos. Tan lejano como ese recuerdo le pareció de pronto el mismo día de ayer, en que aún ignoraba la irrevocable inminencia del fin de todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De rodillas en el comedor las mujeres le rezaban al aparato de radio, que transmitía el Requiem de Mozart. &quot;Lo que me faltaba—dijo para sí, Alvarez—. Como si no tuviera bastante miedo. Ah, no—corrigió—la que faltaba es ésta.&quot; En efecto, Blanquita salió de la cabina del teléfono, entró en puntas de pie en el comedor, se arrodilló. Hilda se recogió el flequillo y con una mirada significativa buscó los ojos de Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Concluida la misa, la patrona se incorporó, empezó a mandar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hilda, la comida. La vida sigue, chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez, comentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hum.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El buque se hunde, pero el capitán se mantiene en el puente—observó el viejo Lynch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si me permite, señor Álvarez, lo pongo al tanto—propuso Campolongo—. El gobierno se arrancó la máscara. Las radios informan sin tapujos, aunque alternando misas y consejos paternales, fuera de lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué fuera de lugar?—protestó Lynch—. No hay que perder la compostura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez, que no quería contradecirlo ante Campolongo, le susurró al viejo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Compostura? La palabra resulta irónica, mi amigo. Sospecho que la máquina entera se nos descompone.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No lo dude—respondió Lynch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Parece que el mar se pudre—declaró Blanquita—. Tanta agua abombada debe de ser de lo más malsano. No me creerán, pero a mí el agua abombada me da no sé qué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué porquería—exclamó la de Bianchi Vionnet.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un fenómeno generalizado—puntualizó Martín—. ¿No oyeron el telegrama de Niza? En toda la costa de Europa...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dolido, Campolongo argumentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Deje en paz a Niza y a Europa. La mirada fija en el extranjero es el drama del argentino. ¿Hasta cuándo? Si aquí tenemos de todo, señor Martín, y bien cerca, en Necochea, en Mar del Sur, en Miramar, en Mar del Plata, los grandes caminitos de hormiga del éxodo han comenzado pavorosamente. . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Una tragedia. ¡A mí se me rompe el corazón!—afirmó Blanquita—. La pobre gente carga con lo que puede y engrosa la columna que marcha sin destino. Miren, se me caen las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vanidosa, pero compasiva—diagnosticó fríamente el viejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Con tal que una columna sin destino no se nos meta por acá—suspiró gesticulando la de Bianchi Vionnet.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El sentido general de la marcha—aseguró Martín—es para adentro. En este punto coincide Niza con las estaciones locales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Dale con Niza—rezongó Campolongo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martín le previno:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Usted aburre una vez más y lo dejo sin fin del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahí el matón intuye una verdad, amigo Álvarez—Lynch señaló—.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asistir al espectáculo es un privilegio único, por lo menos para gente como usted y yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Involuntariamente contestó Álvarez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hum.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo que pido es quedarme donde estoy—confió la de Bianchi Vionnet—. Me muero si nosotros también formamos nuestra comparsa de gitanos y tomamos la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Para qué?—interrogó la patrona—. El sismo te prende donde vayas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Habrá que ver si no se nos vuelve irrespirable el aire de mar—opinó el viejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señora de Bianchi Vionnet lo contradijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A la larga uno se acostumbra a cualquier cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mientras el mar se pudre y el agua de la tierra se ha vuelto remedio —declaró la patrona—la clientela del Bucanero Inglés degustará hasta último momento bebidas de calidad y refrescos finos. De regreso a casita no dejen de contarlo a sus amistades: no pido propaganda mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apuntalado por fenómenos cósmicos, el tema del fin del mundo duró todo el almuerzo, pero a la altura del café había perdido actualidad. Madre e hija se toparon en una disputa acre. Analizó Blanquita:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No te resignas a mi dicha, a mi belleza, a mi juventud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madame Medor replicó: —En verdad, eres joven, mi Blancheta, y te queda una larga vida por delante.—Resoplando agregó:—Mientras yo bufe, no te la arruinará el matasiete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Miren—pidió Lynch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La luz de afuera variaba espectacularmente, como si estallaran en no interrumpida sucesión auroras anacrónicas. Mientras los demás miraban por la ventana Martín salió del comedor en puntas de pie, y se encerró en la cabina del teléfono. Con una mano de dedos cortos, Hilda recogió el flequillo y de nuevo buscó los ojos de Álvarez; instantes después ella también salió del comedor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esto se veía venir—aseguró madame Medor—. La locura del dinero llegó al colmo. La dueña de La Legua vendió los pinos, le prometo que centenarios, de la calle de entrada. ¡Y qué me cuentan de la política! ¿Saben quién tiene una vara alta en la casa de gobierno? El loco del pueblo, Palacin, mejor conocido por el Gran Palacin, que hasta ayer pedía limosna en un caballo francamente impresentable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aduce causas morales. Aquí nadie toma en serio el fin del mundo —lamentó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nadie cree en el fin del mundo—confirmó el viejo; tras una pausa preguntó—: ¿En qué piensa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En nada—contestó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mintió; pensaba: &quot;Con gente, quiero estar solo; solo, quiero estar con gente.&quot; Volvió a mentir, dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vuelvo en seguida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió del comedor y, ni bien llegó al vestíbulo de entrada, no supo qué hacer. Cuando vio a Hilda se decidió resueltamente por la fuga. La muchacha alcanzó la manija de la puerta antes que él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué pasa?—preguntó Alvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Escuché la conversación entre Martín y Terranova. Si usted levanta el tubo en el escritorio, oye todo. Esta noche, a las doce, en la fiesta de cumpleaños, madame Medor regala el anillo a Blanquita. Al rato, Blanquita escapa de la fiesta y baja a la playa de los acantilados, donde la espera el Terranova. Ella está lo más creída que se va a fugar con su gran amor, pero los matones tienen otro plan: de un tirón le arrancan la esmeralda, le ponen un puntapié, no le digo dónde dijeron, y enderezan para el Gran Buenos Aires, como dos potentados. ¡Pobre Blanquita!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No he visto chica más vanidosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es buena. ¿Usted sabe la desilusión que se va a llevar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Usted no tiene un pelo de sonsa, pero ¿qué importa una desilusión ahora? Ya nada importa nada. ¿Cuándo les entrará en la cabeza—preguntó, mientras con el revés de la mano tocaba repetidamente la frente de Hilda—que ha llegado el fin del mundo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si nada importa...—protestó interrogativamente la chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tan de cerca la veo turbia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Riendo nerviosamente la esquivó; aprovechó la circunstancia de que la mano de la muchacha había soltado el pomo de la puerta, para empuñarlo, abrir y saltar afuera. Mientras comía pensó: &quot;Por suerte no me faltó coraje.&quot; Con rapidez admirable se encontró a veinte o treinta metros de la casa, en plena intemperie. Ahí lo sosegó otro miedo. &quot;Esto es horrible—dijo—. Qué colores. Todo se ha puesto violeta Y un olor verdaderamente infecto. No sé por qué huyo de Hilda. Para un viejo como yo... ¿Estaré loco?&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento entrevió una sombra que se movía entre los árboles. Era el cura, escopeta al hombro, con el perro Tom.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Padre—balbuceó Álvarez, un poco ahogado por el olor y la sorpresa—. ¿Usted, en un día como hoy, va de caza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué no?—preguntó el padre Bellod.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo imaginaba atareado en la extremaunción para medio mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Todavía no llegó el trance. Cuando llegue, habrá que darla al mundo entero. Para ello un solo cura queda corto. Entonces yo predico que cada cual siga la vida de todos los días. La actividad del hombre (¡en estos momentos no le digo nada!) tiene su lado de plegaria, porque es una prueba de fe en el Creador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Predica con el ejemplo y sale de caza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No seas pedante, hijo. Siempre el hombre, en plena inocencia, ha matado criaturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Es pedantería la compasión?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No; lo malo es que yo cavé mi propia tumba. Cuando dije: &quot;Hay que seguir como si nada&quot;, olvidé que había citado al Comité pro Obras de la Capilla. No está bien que hoy yo me escapé, pero, hijo mío, no tengo salud ni resignación cristiana para entregar mi última tarde a esas fieras. Yo me voy al campo, con mi perro Tom, que ha perdido el habla con el susto. No se dirá que lo desamparo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y usted cree, padre, que realmente habrá llegado el fin del mundo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es una cosa en la que nadie íntimamente cree; pero tal vez importen menos nuestras creencias que el mar podrido y el agua dulce con olor a azufre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Olor a Lucifer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hablando en serio, pienso que ustedes están mejor que yo, en materia de líquido, porque la madama se ufana de buena bodega, y mis reservas, todas de Lacrima Christi, no irán más allá de tres o cuatro días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Las nuestras, cuatro o cinco, seguramente. ¿Eso qué importa, padre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La vida del hombre siempre se contó por días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No por tan pocos. Ahora uno más quizá nos exponga a asaltos de los que no se resignan a morir. A lo mejor tienen razón. A lo mejor no es el fin del mundo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Para cada cual la muerte siempre fue el fin del mundo. Esta vez la hora de preparar el alma llegó para todos. Cuando una repartición tan acreditada como el Observatorio de La Plata lanza la bomba de ese boletín, deja poco lugar a dudas. ¿Lo oyeron ustedes en la radio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me entristece que dentro de pocos días no haya Observatorio, ni La Plata, ni reparticiones públicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te ríes porque eres valiente. El alma ha de sobrevivir y llegará entonces la hora de echar mano a todo nuestro coraje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hago bromas para distraerme, porque soy cobarde. ¿Le cuento algo que es verdad, que no tiene importancia y que me parece bastante raro? Lo que está pasando en el mundo, continuamente me trae a la memoria versitos olvidados, tan olvidados que si yo fuera capaz de versificar los creería de mi cosecha. Por ejemplo, ahora mismo oigo en la cabeza un sonsonete y estoy diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amigos, ya veo acercarse la fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Admirable, admirable. Pronóstico que ha de llegar el día en que aquilatarán tus quilates de vate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y usted cree que yo digo la fin?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Una licencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En todo caso, no quiero que me agarre el fin o la fin, sin haberle preguntado al viejo de quién son estos versos. Pero tengo tan mala memoria. . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y yo me pregunto si Tom y yo cobraremos hoy una sola pieza. ¿Como siempre volarán las perdices?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A lo mejor se animan, si los ven a ustedes dos. Aunque con esta luz, francamente. . .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminaron juntos un breve tramo y se despidieron. Álvarez volvió sus pasos en dirección de la hostería, pues, aunque la tuviera a la vista, temía extraviarla: los cambios de tonalidad en la luz y la penumbra de aquel atardecer transfiguraban los lugares. De pronto resonó cerca un relincho. Alarmado, Álvarez divisó el caballo—testa y orejas levantadas, ojos ariscos, belfo resoplante y abierto—que se aproximaba nerviosamente. Recordó: &quot;De los perros no hay que huir&quot;, y se amonestó: &quot;Hombre de ciudad, ¿quién te manda salir al campo?&quot; Ahora el caballo lo había alcanzado, caminaba a su lado, como si la compañía lo confortara. La caminata duró lo suficientemente para que Álvarez también se tranquilizara y aun para que se apiadara de su compañero, que se quedaría afuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de llegar a la hostería, oyó la Marcha de los santos. Estaba la gente en el comedor. Por la ventana vio a Hilda, sobre la mesa, descalza, plumero en mano, atareada en quitar el polvo a las guirnaldas. &quot;Es una chiquilina—se dijo—. No puede ser&quot;, para prestamente agregar: &quot;Y yo, lo primero que veo, la chica.&quot; Martín tocaba el piano, Lynch y la señora de Bianchi Vionnet, sentados como espectadores, conversaban; Blanquita distribuía por la mesa platos, servilletas panes, y madame Medor el torreón del peinado sublime, el dedo con esmeralda activo y relumbrante, daba órdenes. Aliviado de librarse del caballo, entró en la casa; con sigilo subió la crujiente escalera y se metió en su cuarto. Ni bien cerró la puerta—puso llave, sin saber por qué—se enfrentó con la situación. &quot;Debe uno estar solo en su cuarto, para entender las cosas&quot;, reflexionó, mientras un frío le bajaba por la espalda. El pensamiento rápidamente degeneró en imágenes más o menos fortuitas: una esquina de la infancia, con el cupuloso colegio como postre gris o como proa cuyo mascarón innegable era don Benjamin Zorrilla, en busto diminuto; o la gallina de hierro que por monedas ponía huevos confitados en el Pabellón de los Lagos. Para recordarlas ¿no quedará nadie? En ese momento la realidad de la historia se parecía a los sueños de un moribundo, y si le dolía que cesaran con él recuerdos de sus padres, de su casa y quizá totalmente la cara de alguna muchacha (Ercilia Villoldo), la idea de que desaparecieran auténticos bienes de la herencia universal—como la muerte en alta mar de Mariano Moreno o como las promesas del Preámbulo de la Constitución para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo—le resultaba intolerablemente patética. Se echó en la cama, trató de dormir, aunque dormir, desde luego, no era posible. Mientras pensaba esto soñaba con el olor a alucemas de un gran armario oscuro con lunas de espejo. Ese perfume persuasivamente evocador de la cercanía de su madre, le comunicó una seguridad tan completa que se preguntó si no soñaba y, angustiado, despertó. Asimismo tuvo parte en despertarlo una suerte de clamor que atribuyó en el primer momento a algún perro que arañaba una puerta y ululaba lejos en la noche. De repente comprendió que arañazos y ululatos ocurrían en su propia puerta y que parecían lejanos de puro suaves. ¡Hilda temía a la patrona! La chica suplicaba que le abrieran, lloraba y reía sofocadamente, tuteaba, mimaba de palabra, prometía caricias, prorrumpía en besos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Providencialmente resonó la voz de madame Medor:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Hilda ¡Pronto! ¡Pícara&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corrió abajo la chica. Álvarez, naturalmente compasivo, acotó: &quot;Un pobre animalito ahuyentado. Si lo dejan, terco, eso sí.&quot; Consideró también que a él le convenía salir cuanto antes del cuarto, no fueran de nuevo a ponerle sitio. Saltó de la cama recordó la comida para Blanquita, se felicitó por no perder la cabeza, echó mano a la muda nueva, en voz baja repitió la palabra coraje, con temor entreabrió la puerta, precavidamente se asomó, a pasos de tres escalones bajó la escalera (que por poco se derrumba) y ni bien entró en el comedor desembocó en Hilda. Mirándolo de frente, con ojos que habían llorado la chica dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tiene un corazón de piedra. ¿Por qué no quiere que le hablen de Blanquita?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oh las mujeres—murmuró, para agregar algún lugar común sobre la imposibilidad de entenderlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿De veras Hilda había acudido a su cuarto para interceder por la hija de la patrona? Otro móvil le atribuyó él, tal vez por influjo de sus propios deseos, pero ahora todo aquello era un recuerdo, ¿cómo cotejarlo con las afirmaciones de la muchacha? No estaba seguro de nada, salvo de que Blanquita por tonta y vanidosa no merecía ningún sacrificio. ¿Qué le importaba una desilusión para Blanquita, si en un rato el mundo acabaría con ellos adentro? Todavía si fuera Hilda la amenazada.. . Pensó: &quot;Para mantener una conducta, para cometer delitos o siquiera para caer en tentaciones, hay que contar con un mínimo de futuro; el universo lo niega, pero esta gente no lo descarta&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En confirmación de tales reflexiones habló la patrona:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A usted quiero consultarlo—anunció, con el dedito de la esmeralda en alto y una voz cuando se le escapaba, hombruna—. ¿Qué opina de los planes de ahorró? Aquí tengo el prospecto de una sociedad (¡piratas financieros, no lo dudo!) para las ampliaciones que sueño, el establecimiento termal...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo, en su lugar, me emborracharía—contestó Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Me cree tonta? ¿Qué estoy haciendo?—hipó la señora y tras un mohín encantador le dio la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Medio alegrones en verdad estamos todos—le explicó la de Bianchi Vionnet—. Pero usted ¿por qué no me quiere? No sea pesado, soy una buena chica y echarse enemigos a la larga embroma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La humanidad es incorregible—Álvarez dijo al viejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Incorregible—concedió éste—pero voy a pedirle un favor. ¿Usted oyó hablar de la velocidad de la luz? Yo descubrí lo que todo el mundo sospechaba: que la luz no tiene velocidad. Al diablo con la relatividad, al diablo con Einstein.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Buen tema para distraernos de las catástrofes—convino Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi enojado el viejo replicó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué me importan las distracciones? Por favor, grábeselo en esa mente: la luz no tiene velocidad. Al diablo con Einstein. Si muero en el fin del mundo, dígales: Lynch descubrió que la luz no tiene velocidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tú también—murmuró Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No le escucho—articuló finamente Campolongo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No le oigo—corrigió Álvarez y para sí añadió—: Lo que es yo no transijo. Al fin y al cabo siempre supe que moriría solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando trajo la fuente de la carbonada, Hilda le susurró al oído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mire la Blanquita confiada. Tenga compasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alvarez preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué puedo hacer?—Agregó irritadamente:—Yo no transijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se explicó a sí mismo que no debía preocuparse por la suerte de Blanquita porque a la vista del fin del mundo la suerte para todos era pareja y lo que entretanto pudiera ocurrir, retrospectivamente perdería significación. &quot;La preocupación—concluyó—no prueba que compadezco a la chica sino que tengo una mente obsesiva: defecto que debo corregir.&quot;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apuntalada por la mano derecha en un respaldo de silla y por la izquierda en un hombro de Lynch, se incorporó la patrona; luego empuñó concienzudamente una copa, que levantó en alto, y brindó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por mi hija Blancheta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre aplausos corrió la hija al abrazo de la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Por muchos años!—gritó, ya frenético, Lynch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Martín, música—madame Medor ordenó con dignidad irrefutable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por respuesta la señora obtuvo el primer instante de completo silencio. Todos se volvieron al taburete del piano. Martín no lo ocupaba. ¡Sin que lo advirtieran el músico había desaparecido! Significativamente Hilda buscó la mirada de Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Campolongo, atento y ágil, puso en funcionamiento el aparato de radio, que atronó con los acordes más fúnebres de la séptima sinfonía de Beethoven. Manteniendo una soberbia rayana en testas coronadas madame Medor llevó de su dedo a uno de Blanquita el anillo de la esmeralda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Campolongo observó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—De vez en cuando riñen, pero mire cómo se quieren, ¡es humano!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Grotesco. Pura gente loca—protestó Álvarez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé. Pobre chica. Me da lástima—reconoció la de Bianchi Vionnet.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Por favor!—argumentó él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo estoy conmovida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Como en el cine. Mientras despreciamos la película, lloramos. Yo no transijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué tiene que ver el cine? Madre e hija: nada más natural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Fíjese—dijo Álvarez en un arranque de orgullo—. Seguramente soy el más cobarde, y ahora descubro que soy el único que tiene valor para mirar las cosas de frente. ¿Usted cree que estoy con ganas de aflojar? De ningún modo. Yo sigo así hasta el fin ¿Qué le parece?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que no ha crecido, que es un chico. Nada más deprimente que un hombre alardeando coraje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez la miró con detención, tomando tiempo para entender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ah ¿usted es partidaria de la compasión? Una mujer que conocí, una muchacha joven, me pedía siempre que fuera compasivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con instintiva brusquedad replicó la de Bianchi Vionnet:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esa niña era una hipócrita. Yo no creo en el sacrificio por el prójimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez respondió suavemente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Alguna vez hay que pensar por sí mismo. Yo creo en la compasión. La virtud humana por excelencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Malo!—la de Bianchi Vionnet gimió mimosamente—: ¿Por qué te gusta tanto esa niña?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez no oyó la pregunta, porque seguía con los ojos a Blanquita a través del comedor, del vestíbulo, hasta el cuarto de toilette. Se excusó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya vuelvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó, se dirigió al cuarto de toilette, entreabrió la puerta, vio a la chica, peine en mano, ensimismada en el espejo. Sacó la llave, que estaba en la cerradura, del lado de adentro, y casi inaudiblemente murmuró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aunque patalee, con Beethoven no la oyen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con suavidad cerró la puerta, echó llave. Al volverse encontró a Hilda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si lo ve al cura—dijo Álvarez, arrimándose a la puerta que daba afuera—le dice que los versos no eran míos. Que hice memoria Que son de un tocayo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Adónde va?—preguntó la chica, alarmada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alvarez empuñó el picaporte y contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A la playa. A decirles a los rufianes que avisé a la policía y que se larguen de San Jorge.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo van a matar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Nunca entenderás, Hilda? Nada importa nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Álvarez entreabrió la puerta y la chica repitió una pregunta que en otra ocasión había formulado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Si nada importa...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo tampoco—respondió Álvarez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hilda tendió ansiosamente la mano, pero a él un paso afuera le bastó para ocultarse en esa noche horrible. Otros pasos dio, se creyó perdido, hasta que divisó a lo lejos una luz en vaivén. Orientado, se encaminó hacia allá.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/1550039946673659053/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/1550039946673659053?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/1550039946673659053'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/1550039946673659053'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/el-gran-serafn.html' title='El Gran Serafín'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-1980920110920618561</id><published>2008-07-02T16:02:00.001-07:00</published><updated>2008-07-20T06:46:43.110-07:00</updated><title type='text'>El caso de los viejitos voladores</title><content type='html'>de Adolfo Bioy &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com/2007/06/bioy-casares.html&quot;&gt;Casares&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora.&lt;br /&gt;    El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres muy viejos, poco menos que moribundos. A uno de ellos, que vio en un vuelo de mayo, de nuevo lo encontró en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció &quot;porque el destino lo quiso&quot;.&lt;br /&gt;    En efecto, al anciano se lo veía tan desmejorado que parecía otro, más pálido, más débil, más decrépito. Esta circunstancia llevó al diputado a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus preguntas.&lt;br /&gt;    Detrás de tan misterioso tráfico aéreo, ¿no habría una organización para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece increíble, pero también es increíble que exista para el robo y la venta de órganos de jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes resultan más actrativos, más convenientes? De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse, en alguna medida, con la complicidad de la familia.&lt;br /&gt;    En efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas: la molestia o el geriátrico. Una invitación al viaje procura, por regla general, la aceptación inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado no se le mira la boca.&lt;br /&gt;    La comisión bicameral, para peor, resultó demasiado numerosa para actuar con la agilidad y eficacia sugeridas. El diputado, que no daba el brazo a torcer, consiguió que la comisión delegara su cometido a un investigador profesional. Fue así como El caso de los viejos voladores llegó a esta oficina.&lt;br /&gt;    Lo primero que hice fue preguntar al diputado en aviones de qué líneas viajó en mayo y en junio.&lt;br /&gt;    &quot;En Aerolíneas y en Líneas Aéreas Portuguesas&quot; me contestó. Me presenté en ambas compañías, requerí las listas de pasajeros y no tardé en identificar al viejo en cuestión. Tenía que ser una de las dos personas que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.&lt;br /&gt;    Proseguí las investigaciones, con resultados poco estimulantes al principio (la contestación variaba entre &quot;Ni idea&quot; y &quot;El hombre me suena&quot;), pero finalmente un adolescente me dijo &quot;Es una de las glorias de nuestra literatura&quot;. No sé cómo uno se mete de investigador: es tan raro todo. Bastó que yo recibiera la respuesta del menor, para que todos los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito, me contestaran: &quot;¿Todavía no lo sabe? Es una de las glorias de nuestra literatura&quot;.&lt;br /&gt;    Fui a la Sociedad de Escritores donde un socio joven, confirmó en lo esencial la información. En realidad me preguntó: –¿Usted es arqueólogo?&lt;br /&gt;    –No, ¿Por qué?&lt;br /&gt;    –¿No me diga que es escritor?&lt;br /&gt;    –Tampoco.&lt;br /&gt;    –Entonces no lo entiendo. Para el común de los mortales, el señor del que me habla tiene un interés puramente arqueológico. Para los escritores, él y algunos otros como él, son algo muy real y, sobre todo, muy molesto.&lt;br /&gt;    –Me parece que usted no le tiene simpatía.&lt;br /&gt;    –¿Cómo tener simpatía por un obstáculo? El señor en cuestión no es más que un obstáculo. Un obstáculo insalvable para todo escritor joven. Si llevamos un cuento, un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos postergan indefinidamente, porque todos los espacios están ocupados por colaboraciones de ese individuo o de individuos como él. A ningún joven le dan premios o le hacen reportajes, porque todos los premios y todos los reportajes son para el señor o similares.&lt;br /&gt;    Resolví visitar al viejo. No fue fácil.En su casa, invariablemente, me decían que no estaba. Un día me preguntaron para qué deseaba hablar con él. &quot;Quisiera preguntarle algo&quot;, contesté. &quot;Acabáramos&quot;, dijeron y me comunicaron con el viejo. Este repitió la pregunta de si yo era periodista. Le dije que no. &quot;¿Está seguro? preguntó.&lt;br /&gt;    &quot;Segurísimo&quot; dije. Me citó ese mismo día en su casa.&lt;br /&gt;    –Quisiera preguntarle, si usted me lo permite, ¿por qué viaja tanto?&lt;br /&gt;    –¿Usted es médico? –me preguntó–. Sí, viajo demasiado y sé que me hace mal, doctor.&lt;br /&gt;    –¿ Por qué viaja? ¿Por qué le han prometido operaciones que le devolverán la salud?&lt;br /&gt;    –¿De qué operaciones me está hablando?&lt;br /&gt;    –Operaciones quirúrgicas.&lt;br /&gt;    –¿Cómo se le ocurre? Viajaría para salvarme de que me las hicieran.&lt;br /&gt;    –Entonces, ¿por qué viaja?&lt;br /&gt;    –Porque me dan premios.&lt;br /&gt;    –Ya un escritor joven me dijo que usted acapara todos los premios.&lt;br /&gt;    –Si. Una prueba de la falta de originalidad de la gente. Uno le da un premio y todos sienten que ellos también tienen que darle un premio.&lt;br /&gt;    –¿No piensa que es una injusticia con los jóvenes?&lt;br /&gt;    –Si los premios se los dieran a los que escriben bien, sería una injusticia premiar a los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.&lt;br /&gt;    –La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.&lt;br /&gt;    –Dolorosa ¿Por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos. Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran.&lt;br /&gt;    Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.&lt;br /&gt;    –A mí puede decirme cualquier cosa.&lt;br /&gt;    –Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/1980920110920618561/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/1980920110920618561?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/1980920110920618561'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/1980920110920618561'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/el-caso-de-los-viejitos-voladores.html' title='El caso de los viejitos voladores'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-6419005104173524069</id><published>2008-07-02T16:01:00.000-07:00</published><updated>2008-07-20T06:48:52.648-07:00</updated><title type='text'>El calamar opta por su tinta</title><content type='html'>de Adolfo Bioy &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com/2007/06/bioy-casares.html&quot;&gt;Casares&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Más ocurrió en este pueblo en los últimos días que en el resto de su historia. Para medir como corresponde mi palabra recuerden ustedes que hablo de uno de los pueblos viejos de la provincia, de uno en cuya vida abundan los hechos notables: la fundación, en pleno siglo XIX; algo después el cólera –un brote que felizmente no llegó a mayores- y el peligro del malón, que si bien no se concretaría nunca, mantuvo a la gente en jaque a lo largo de un lustro en que partidos limítrofes conocieron la tribulación por el indio. Dejando atrás la época heroica, pasaré por alto tantas otras visitas de gobernadores, diputados, candidatos de toda laya, amén de cómicos y uno o dos gigantes del deporte. Para morderme la cola concluiré esta breve lista con la fiesta del Centenario de la Fundación, genuino torneo de oratoria y homenajes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como he de comunicar un hecho de primer orden, presento mis credenciales al lector. De espíritu amplio e ideas avanzadas, devoro cuanto libro atrapo en la librería de mi amigo el gallego Villarroel, desde el doctor Jung hasta Hugo, Walter Scott y Goldoni, sin olvidar el último tomito de Escenas matritenses. Mi meta es la cultura, pero bordeo los “malditos treinta años” y de veras temo que me quede por aprender más de lo que sé. En resumen, procuro seguir el movimiento e inculcar las luces entre los vecinos, todos bellas personas, platita labrada, eso sí muy afectos a la siesta que hereditariamente acunan desde la edad media y el oscurantismo. Soy docente –maestro de escuela- y periodista. Ejerzo la cátedra de la péndola en modestos órganos locales, ora factotum de El Mirasol (título mal elegido, que provoca pullas y atrae una enormidad de correspondencia errónea, pues nos tomas por tribuna cerealista), ora de Nueva Patria. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tema de esta crónica ofrece una particularidad que no quiero omitir: no sólo ocurrió el hecho en mi pueblo; ocurrió en la manzana donde transcurre mi vida entera, donde se halla mi hogar, mi escuelita –segundo hogar- y el bar de un hotel frente a la estación, al cual acudimos noche a noche, en altas horas, el núcleo con inquietud de la juventud lugareña. El epicentro del fenómeno, el foco si prefieren, fue el corralón de Juan Camargo, cuyos fondos lindan por el costado este con el hotel y por el norte con el patio de casa. Un par de circunstancias, que no cualquiera vincularía, lo anunciaron: me refiero al pedido de los libros y al retiro del molinete de riego. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las Margaritas, el petit-hôtel particular de don Juan, verdadero chalet provisto de florido jardín a la calle, ocupa la mitad del frente y apenas parte del fondo del terreno del corralón, donde se amontonan incalculables materiales, como reliquias de buques en el fondo del mar. En cuanto al molinete, giró siempre en el apuntado jardín, al extremo de configurar una de las más viejas tradiciones y una de las más interesantes peculiaridades de nuestro pueblo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día domingo, a principios de mes, misteriosamente el molinete faltó. Como al cabo de la semana no había reaparecido, el jardín perdió color y brillo. Mientras muchos miraron sin ver, hubo uno a quien la curiosidad embargó desde el primer momento. Ese uno infestó a otros, y a la noche, en el bar, frente a la estación, la muchachada bullía de preguntas y comentarios. De tal modo, al calor de una comezón ingenua, natural, destapamos algo que tenia poco de natural y resultó una sorpresa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien sabíamos que don Juan no era hombre de cortar el agua del jardín, por descuido, un verano seco. Por de pronto lo reputamos pilar del pueblo. Con fidelidad la estampa retrata el carácter de nuestro cincuentón: elevada estatura, porte corpulento, cabello cano peinado en dóciles mitades, cuyas ondas dibujan arcos paralelos a los del bigote y a los inferiores de la cadena del reloj. Otro detalles revelan al caballero chapado a la antigua: breeches, polainas de cuero, botín. En su vida, regida por la moderación y el orden, nadie, que yo recuerde, computó una debilidad, llámela borrachera, mujerzuela o traspié político. En un ayer que de buen grado olvidaríamos -¿quién de nosotros, en materia de infamia, no arrojó su canita al aire?- don Juan se mantuvo limpio. Por algo le reconocieron autoridad los mismos interventores de la Cooperativa, etcétera, gente muy poco espectable, francamente pelandrunes. Por algo en años ingratos aquel bigotazo constituyó el manubrio del que la familia sana del pueblo se mantuvo colgada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Obligatorio es reconocer que este varón señero milita ideas de viejo cuño y que nuestras filas, de suyo idealistas, hasta ahora no produjeron prohombres de temple comparable. En un país nuevo, las ideas nuevas carecen de tradición. Ya se sabe, sin tradición no hay estabilidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por arriba de esta figura, nuestra jerarquía ad usum no pone a nadie, salvo a doña Remedios, madre y consejera única de tan abultado hijo. Entre nosotros, no sólo porque manu militari arregla cuanto conflicto le someten o no, la llamamos Remedio Heroico. Aunque burlesco, el mote es cariñoso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para completar el cuadro de quienes viven en el chalet, ya no falta sino un apéndice indudablemente menor, el ahijado, don Tadeíto, alumno del turno de la noche de mi escuela. Como doña Remedios y don Juan no toleran casi nunca extraños en la casa, ni en calidad de colaboradores ni de invitados, el muchacho reúne sobre la testa los títulos de peón y dependiente del corralón y de sirvientillo de Las Margaritas. Agreguen a lo anterior que el pobre diablo acude regularmente a mis clases y comprenderán por qué respondo con cajas destempladas a cuantos, por pifia y maldad pura, le endosan el sonsonete de un apodo. Que olímpicamente lo rechazaran del servicio militar me tiene sin cuidado, porque de envidioso no peco. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo en cuestión, a una hora que se me extravió entre las dos y las cuatro de la tarde, llamaron a mi puerta, con el deliberado afán, a juzgar por los golpes, de voltearla. Tambaleando me incorporé, murmuré: “No es otro”, proferí palabras que no están bien en boca de un maestro y como si esta no fuera época de visitas desagradables abrí, seguro de encontrar a don Tadeíto. Tuve razón. Ahí sonreía el alumno, con la cara tan flacucha que ni siquiera servía de pantalla contra el sol, de lleno en mis ojos. A lo que entendí solicitaba a boca de jarro y con esa voz que de pronto se ahuyenta, textos de primer grado, segundo y tercero. Irritadamente inquirí: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Podrías informar para qué? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pide padrino –contestó. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el acto entregué los libros y  olvidé el episodio como si fuera parte de un sueño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Horas después, cuando me dirigía a la estación y alargaba el camino con una vuelta para matar el tiempo, advertí en Las Margaritas la falta del molinete. La comenté en el andén, mientras esperábamos el expreso de Plaza de las 19.30 que llegó a las 20.54, y la comenté a la noche, en el bar. No me referí al pedido de textos, ni menos aún vinculé un hecho con otro, porque al primero, ya dije, lo registré apenas en la memoria. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supuse que tras un día tan movido retomaríamos el tranco habitual. El lunes, a la hora de la siesta, alborozadamente me dije: “Esta va de veras”, pero todavía cosquilleaba el fleco del poncho la nariz, cuando empezó el estruendo. Murmurando: “Y hoy qué le ha dado. Si lo pesco a las patadas en la puerta pagará lágrimas de sangre”, enfilé las alpargatas y me encaminé al zaguán. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ya es una costumbre interrumpir a tu maestro? –espeté al recibir de vuelta la pila de libros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sorpresa me confundió enteramente, porque oí por toda conversación: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pide padrino los de tercero, cuarto y quinto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Logré articular: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Para qué? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pide padrino –explicó don Tadeíto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entregué los libros y volví al lecho, en pos del sueño. Admito que dormí, pero lo hice, ruego que me crean, en el aire. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, camino de la estación, comprobé que el molinete no había retomado su puesto y que el tono amarillo se difundía en el jardín. Conjeturé, por lógica, despropósitos y en pleno andén, mientras el físico se lucía ante frívolas bandadas de señoritas, la mente aún trabajaba en la interpretación del misterio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mirando la luna, enorme allá por el cielo, uno de nosotros, creo que Di Pinto, entregado siempre a la quimera romántica de quedar como hombre de campo (¡por favor, ante los amigos de toda la vida!), comentó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La luna se hizo de seca. No atribuyamos, pues, a un pronóstico de lluvia el retiro de un artefacto. ¡Su móvil habrá tenido nuestro don Juan! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Badaracco, mozo despierto, que presenta un lunar, porque en otra época, aparte del sueldo bancario, cobraba un tanto por delación, me preguntó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no apestillas al respecto al taradito? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A quién? –interrogué por decoro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A tu alumno – respondió. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aprobé el temperamento y lo apliqué esa misma noche, después de clase. Traté de marear primero a don Tadeíto con la perogrullada de que la lluvia entona al vegetal, para atacar por fin a fondo. El diálogo fue como sigue: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Se descompaginó el molinete? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo veo en el jardín. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo lo va a ver? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué cómo lo voy a ver? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Porque está regando el depósito. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aclaro que entre nosotros llamamos depósito a la última barraca del corralón, donde don Juan amontona los materiales de poca venta, por ejemplo, estrafalarias estufas y estatuas, monolitos y malacates. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Urgido por el deseo de notificar a los muchachos de la novedad sobre el molinete, ya despachaba a mi alumno sin interrogarlo sobre el otro punto. Recordar y chillar fue todo uno. Desde el zaguán don Tadeíto me miró con ojos de oveja. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hace don Juan con los textos? –grité. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y... –gritó de vuelta- los deposita en el depósito. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alelado corrí al hotel, ante mis comunicaciones, tal como lo preví, cundió la perplejidad entre la juventud. Todos formulamos alguna opinión, pues el buen callar en aquel momento era un bochorno, y por fortuna nadie prestó oídos a nadie. O quizá prestara oídos el patrón, el enorme don Pomponio del vientre hidrópico, a quien los del grupo a gatas distinguimos de las columnas, mesas y vajilla, porque la soberbia del intelecto nos ofusca. La voz de bronce, apagada por ríos de ginebra, de don Pomponio, llamó al orden. Siete caras miraron para arriba y catorce ojos quedaron pendientes de una sola cara roja y brillante, que se partía en la boca, para inquirir: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no se dan traslado en comitiva y piden explicación a don Juan en persona? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sarcasmo despabiló a uno, de apellido Aldini, que estudia por correspondencia y lleva corbata blanca. Enarcando cejas me dijo: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no ordenas a tu alumno que espíe las conversaciones entre doña Remedios y don Juan? Después le aplicas la picana. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué picana? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tu autoridad de maestro ciruela –aclaró con odio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Don Tadeíto tiene memoria? –preguntó Badaracco. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tiene –afirmé-. Lo que entra en su caletre, por un rato queda fotografiado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Don Juan –continuó Aldini- para todo se aconseja de doña Remedios. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ante un testigo como el ahijado –declaró Di Pinto- hablarán con entera libertad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si hay misterio, saldrá a relucir –vaticinó Toledo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chazarreta, que trabajaba de ayudante en la feria, gruñó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si no hay misterio ¿qué hay? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como el diálogo se desencaminaba, Badaracco, famoso por la ecuanimidad, contuvo a los polemistas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muchachos –los reconvino-, no están en edad de malgastar energías. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para tener la última palabra, Toledo repitió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si hay misterio, saldrá a relucir. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió a relucir, pero no sin que antes giraran días enteros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la otra siesta, cuando me hundía en el sueño, resonaron, cómo no, los golpes. A juzgar por las palpitaciones, resonaron a un tiempo en la puerta y en mi corazón. Don Tadeíto traía los libros de la víspera y reclamaba los de primer año, segundo y tercero, del ciclo secundario. Porque el texto superior escapa a mi órbita, hubo que comparecer en el negocio de librería de Villarroel, a vivo golpe en la puerta despertar al gallego y aplacarlo posteriormente con la satisfacción de que don Juan reclamaba los libros. Como era de temer, el gallego preguntó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué mosca picó al tío ese? En la perra vida compró un libro y a la vejez viruela. Va de suyo que el muy chulo los pide en préstamo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo tome a la tremenda, gallego –le razoné con palmaditas-. Por lo amargado parece criollo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Referí los pedidos previos de textos primarios y mantuve la más estricta reserva en cuanto al molinete, de cuya desaparición, según él mismo me dio a entender, estaba perfectamente compenetrado. Con los libracos debajo del brazo, agregué: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A la noche nos reunimos en el bar del hotel para debatir todo esto. Si quiere aportar su grano de arena, allá nos encuentra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el trayecto de ida y vuelta no vimos un alma, salvo al perro barcino del carnicero, que debía de estar de nuevo empachado, porque en sus cabales ni el más humilde irracional se expone a la resolana de las dos de la tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adoctriné al discípulo para que me reportara verbatim de las conversaciones entre don Juan y doña Remedios. Por algo afirman que en el pecado está el castigo. Esa misma noche emprendí una tortura que, en mi gula de curioso, no había previsto: escuchar aquellos coloquios puntualmente comunicados, interminables y de lo más insulsos. De cuando en cuando llegó a la punta de mi lengua alguna ironía cruel sobre que me tenían sin cuidado las opiniones de doña Remedios acerca de la última partida de jabón amarillo y la franeleta para el reuma de don Juan; pero me refrené, pues ¿cómo delegar en el criterio del mozo la estimación de lo que era importante o no? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por descontado que al otro día me interrumpió la siesta con los libros en devolución para Villarroel. Ahí se produjo la primera novedad: don Juan, dijo don Tadeíto, ya no quería textos; quería diarios viejos, que él debía procurar al kilo, en la mercería, la carnicería y la panadería. A su debido tiempo me enteré de que los diarios, como antes los libros, iban a parar al depósito. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después hubo un período en que no ocurrió nada. El alma no tiene arreglo: eché de menos los mismos golpes que antes me arrancaban de la siesta. Quería que pasara algo, bueno o malo. Habituado a la vida intensa, ya no me resignaba a la pachorra. Por fin una noche el alumno, tras un prolijo inventario de los efectos de la sal y otras materias nutritivas en el organismo de doña Remedios, sin la más leve alteración de tono que preparara para un cambio de tema, recitó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Padrino dijo a doña Remedios que tienen una visita viviendo en el depósito y que por poco no se la lleva por delante los otros días, porque miraba a una especie de columpio de parque de diversiones al que no había dado entrada en los libros y que él no perdió el aplomo aunque el estado de la misma daba lástima y le recordaba un bagre boqueando fuera de la laguna. Dijo que atinó a traer un balde lleno de agua, porque sin pensarlo comprendió que le pedían agua y él no iba a permitir cruzado de brazos que un semejante muriera. No obtuvo resultado apreciable y prefirió acercar un bebedero a tocar la visita. Llenó el bebedero a baldazos y no obtuvo resultado apreciable. De pronto se acordó del molinete y como el médico de cabecera que prueba, dijo, a tientas los remedios para salvar a un moribundo, corrió a buscar el molinete y lo conectó. A ojos vista el resultado fue apreciable porque el moribundo revivió como si le cayera de lo más bien respirar el aire mojado. Padrino dijo que perdió un rato con su visita, porque le preguntó como pudo si necesitaba algo y que la visita era francamente avispada y al cabo de un cuartito de hora ya picoteaba por acá y por allá alguna palabra en castilla y le pedía los rudimentos para instruirse. Padrino dijo que mandó al ahijado a pedir los textos de los primeros grados al maestro. Como la visita era francamente avispada aprendió todos los grados en dos días y en uno lo que tuvo ganas del bachillerato. Después, dijo padrino, se puso a leer los diarios para enterarse de cómo andaba el mundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aventuré la pregunta: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿La conversación fue hoy? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y, claro –contestó-, mientras tomaban el café. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Dijo algo más tu padrino? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y, claro, pero no me acuerdo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo no me acuerdo? –protesté airadamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y, usted me interrumpió –explicó el alumno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te doy la razón. Pero no me vas a dejar así –argumenté-, muerto de curiosidad. A ver, un esfuerzo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y, usted me interrumpió. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya sé. Te interrumpí. Yo tengo toda la culpa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Toda la culpa –repitió. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Don Tadeíto es bueno. No va a dejar así al maestro, en la mitad de la charla, para seguir mañana o nunca. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con honda pena repitió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-O nunca. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo estaba contrariado, como si me sustrajeran una ganancia de gran valor. No sé por qué reflexioné que nuestro diálogo consistía en repeticiones y de repente entreví en eso mismo una esperanza. Repetí la última frase del relato de don Tadeíto: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Leyó los diarios para enterarse de cómo andaba el mundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi alumno continuó indiferentemente: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dijo padrino que la visita quedó pasmada al enterarse de que el gobierno de este mundo no estaba en manos de gente de lo mejorcito, sino más bien de medias cucharas, cuando no de pelafustanes. Que tal morralla tuviera a su arbitrio la bomba atómica, dijo la visita, era de alquilar balcones. Que si la tuviera a su arbitrio la gente de lo mejorcito, acabaría por tirarla, porque está visto que si alguien la tiene, la tira; pero que la tuviera esa morralla no era serio. Dijo que en otros mundos antes de ahora descubrieron la bomba y que tales mundos fatalmente reventaron. Que los tuvo sin cuidado que reventaran, porque estaban lejos, pero que nuestro mundo está cerca y que ellos temen que una explosión en cadena los envuelva. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La increíble sospecha de que don Tadeíto se burlaba de mí, me llevó a interrogarlo con severidad: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Estuviste leyendo Sobre cosas que se ven en el cielo del doctor Jung? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fortuna no oyó la interrupción y prosiguió: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dijo padrino que la visita dijo que vino de su planeta en un vehículo especialmente fabricado a puro pulmón, porque por allá escasea el material adecuado y que es el fruto de años de investigación y trabajo. Que vino como amigo y como libertador, y que pedía el pleno apoyo de padrino para llevar adelante un plan para salvar el mundo. Dijo padrino que la entrevista con la visita tuvo lugar esta tarde y que él, ante la gravedad, no trepidó en molestar a doña Remedios, para recabarle su opinión, que desde ya descontaba era la suya. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como la pausa inmediata no concluía, pregunté cuál fue la respuesta de la señora. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ah, no sé – contestó. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo ah no sé? –repetí enojado de nuevo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los dejé hablando y me vine, porque era hora de clase. Pensé yo solo: cuando no llego tarde el maestro se pone contento. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Envanecida la cara de oveja esperaba congratulaciones. Con admirable presencia de ánimo reflexioné que los muchachos no creerían mi relato, si no llevaba como testigo a don Tadeíto. Violentamente lo empuñé de un brazo y a empujones lo llevé hasta el bar. Ahí estaban los amigos, con el agregado del gallego Villarroel. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tenga memoria no olvidaré aquella noche: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Señores –grité, a tiempo que proyectaba a don Tadeíto contra nuestra mesa-. Traigo la explicación de todo, una novedad de envergadura y un testigo que no me dejará mentir. Con lujo de detalle don Juan comunicó el hecho a su señora madre y mi fiel alumno no perdió palabra. En el depósito del corralón, aquí nomás, pared de por medio, está alojado -¿adivinen quién?- un habitante de otro mundo. No se alarmen, señores: aparentemente el viajero no dispone de constitución robusta, ya que tolera mal el aire seco de nuestra ciudad –todavía resultaremos competidores de Córdoba- y para que no muera como pescado fuera del agua, don Juan le enchufó el molinete, que de continuo humedece el ambiente del depósito. Es más: aparentemente el móvil del arribo del monstruo no debe provocar inquietud. Llegó para salvarnos, persuadido de que el mundo va camino de estallar por la bomba atómica y a calzón quitado informó a don Juan de su punto de vista. Naturalmente, don Juan, mientras degustaba el café, consultó con doña Remedios. Es de lamentar que este mozo aquí presente –agité a don Tadeíto, como si fuera monigote- se retiró justo a tiempo de no oír la opinión de doña Remedios, de modo que no sabemos qué resolvieron. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sabemos –dijo el librero, moviendo como trompa labios mojados y gordos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me incomodó que me corrigieran la plana en una novedad de la que me creía único depositario. Inquirí: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué sabemos? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No se amosque usted –pidió Villarroel, que ve bajo el agua-. Si es como usted dice aquello de que el viajero muere si le quitan el molinete, don Juan le condenó a morir. De acá pasé frente a Las Margaritas y a la luz de la luna vi perfectamente el molinete que regaba el jardín como antes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo también lo vi –confirmó Chazarreta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Con la mano en el corazón –murmuró Aldini- les digo que el viajero no mintió. Tarde o temprano reventamos con la bomba atómica. No veo escapatoria. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como hablando solo preguntó Badaracco: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me digan que esos viejos, entre ellos, liquidaron nuestra última esperanza. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Don Juan no quiere que le cambien su composición de lugar –opinó el gallego-. Prefiere que este mundo estalle, a que la salvación venga de otros. Vea usted, es una manera de amar a la humanidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Asco por lo desconocido –comenté-. Oscurantismo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afirman que el miedo aviva la mente. La verdad es que algo extraño flotaba en el bar aquella noche, y que todos aportábamos ideas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Coraje, muchachos, hagamos algo –exhortó Badaracco-. Por amor a la humanidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué tiene usted, señor Badaracco, tanto amor a la humanidad? –preguntó el gallego. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ruborizado, Badaracco balbuceó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé. Todos sabemos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué sabemos, señor Badaracco? ¿Si usted piensa en los hombres, los encuentra admirables? Yo todo lo contrario: estúpidos, crueles, mezquinos, envidiosos –declaró Villarroel. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cuando hay elecciones –reconoció Chazarreta-, tu bonita humanidad se desnuda rápidamente y se muestra tal cual es. Gana siempre el peor. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿El amor por la humanidad es una frase hueca? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, señor maestro –respondió Villarroel-. Llamamos amor a la humanidad a la compasión por el dolor ajeno y a la veneración por las obras de nuestros grandes ingenios, por el Quijote del Manco Inmortal, por los cuadros de Velásquez y de Murillo. En ninguna de ambas formas vale ese amor como argumento para demorar el fin del mundo. Sólo para los hombres existen las obras y después del fin del mundo –el día llegará, por la bomba o por muerte natural- no tendrán ni justificación ni asidero, créame usted. En cuanto a la compasión, sale gananciosa con un fin próximo... Como de ninguna manera nadie escapará a la muerte ¡que venga pronto, para todos, que así la suma del dolor será la mínima! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Perdemos tiempo en el preciosismo de una charla académica y aquí nomás, pared por medio, muere nuestra última esperanza –dije con una elocuencia que fui el primero en admirar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hay que obrar ahora –observó Badaracco-. Pronto será tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si le invadimos el corralón, don Juan a lo mejor se enoja –apuntó Di Pinto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Pomponio, que se arrimó sin que lo oyéramos y por poco nos derriba con el susto, propuso: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué no destacan a este mozo don Tadeíto como piquete de avanzada? Sería lo prudente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno –aprobó Toledo-. Que don Tadeíto conecte el molinete en el depósito y que espíe, para contarnos cómo es el viajero de otro planeta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tropel salimos a la noche, iluminada por la impasible luna. Casi llorando rogaba Badaracco: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Generosidad, muchachos. No importa que pongamos en peligro el pellejo. Están pendientes de nosotros todas las madres y todas las criaturas del mundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frente al corralón nos arremolinamos, hubo marchas y contramarchas, cabildeos y corridas. Por fin Badaracco juntó coraje y empujó adentro a don Tadeíto. Mi alumno volvió después de un rato interminable, para comunicar: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El bagre se murió. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos desbandamos tristemente. El librero regresó conmigo. Por una razón que no entiendo del todo su compañía me confortaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frente a Las Margaritas, mientras el molinete monótonamente regaba el jardín, exclamé: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo le echo en cara la falta de curiosidad –para agregar con la mirada absorta en las constelaciones-. Cuántas Américas y Terranovas infinitas perdimos esta noche. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Don Juan –dijo Villarroel- prefirió vivir en su ley de hombre limitado. Yo le admiro el coraje. Nosotros dos, ni siquiera a entrar aquí nos atrevemos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dije: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es tarde –repitió.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/6419005104173524069/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/6419005104173524069?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6419005104173524069'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6419005104173524069'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/el-calamar-opta-por-su-tinta.html' title='El calamar opta por su tinta'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-7441571325275821648</id><published>2008-07-02T15:59:00.001-07:00</published><updated>2008-07-20T07:35:03.488-07:00</updated><title type='text'>CUENTO DE NAVIDAD</title><content type='html'>de Ray &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/06/ray-bradbury.html&quot;&gt;Bradbury&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- ¿Qué haremos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Nada, ¿qué podemos hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- ¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Ya se me ocurrirá algo --dijo el padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- ¿Qué...? --preguntó el niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer &quot;día&quot;. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Quiero mirar por el ojo de buey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Todavía no --dijo el padre--. Más tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Espera un poco --dijo el padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Hijo mío --dijo--, dentro de medía hora será Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Sí, sí. todo eso y mucho más --dijo el padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Pero... --empezó a decir la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Sí --dijo el padre--. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Ya es casi la hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- ¿Puedo tener un reloj? --preguntó el niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Ven, vamos a verlo --dijo el padre, y tomó al niño de la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- No entiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Ya lo entenderás --dijo el padre--. Hemos llegado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Entra, hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Está oscuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. el niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-- Feliz Navidad, hijo --dijo el padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/7441571325275821648/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/7441571325275821648?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/7441571325275821648'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/7441571325275821648'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/cuento-de-navidad.html' title='CUENTO DE NAVIDAD'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-3420814056556493978</id><published>2008-07-02T15:57:00.001-07:00</published><updated>2008-07-20T07:40:24.332-07:00</updated><title type='text'>La Espera</title><content type='html'>de Jorge Luis &lt;a href=&quot;http://escritoresargentinos.blogspot.com/2007/06/borges.html&quot;&gt;Borges&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer, los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. E1 hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: &quot;Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación&quot;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precedido por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artífice había deformado en curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio. Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto, no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese nombre  lo  trabajaba,   porque  le  fue   imposible pensar en otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo podía ser una astucia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&quot;Un pueblo que lee&lt;br /&gt;  es un pueblo culto.&quot;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El señor Villari, al principio, no dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda, incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; Villari no las advirtió porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él. Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas; quería adelantarse a la intención con que se las mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí mismo como un personaje del arte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mínimas sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de contar los días y las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía término -salvo que el diario, una mañana, trajera la noticia de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor sin escrúpulo; esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de alguna mujer; ya no quería cosas particulares: sólo quería perdurar, no concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio, eran suficientes estímulos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en español, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las últimas. Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día, se pareció a la felicidad; en momentos así, no era mucho más complejo que el perro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro recurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al día siguiente, mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con indignación, con secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una injuria soez; el otro, atónito, balbuceó una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa noche, se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron antes que saliera a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, 1eía un canto, y luego, en orden riguroso, las notas. No juzgó inverosímiles o excesivas las penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el señor Villari no soñó nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricable: pájaros vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villar entraban con revólveres en la pieza y lo agredían al salir del cinematógrafo o eran, los tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y parecían no conocerlo. A1 fin del sueño, él sacaba el revólver del cajón de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón guardaba un revólver) y lo descargaba contra lo hombres. El estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño tenía que volver a matarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños de temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo aguardarlo sin fin, o -y esto es quizá lo más verosímil- para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/3420814056556493978/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/3420814056556493978?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/3420814056556493978'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/3420814056556493978'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/la-espera.html' title='La Espera'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-6188278702649874592</id><published>2008-07-02T15:55:00.001-07:00</published><updated>2008-08-21T14:33:45.437-07:00</updated><title type='text'>EL ECLIPSE</title><content type='html'>de Augusto &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/06/augusto-monterroso.html&quot;&gt;Monterroso&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/6188278702649874592/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/6188278702649874592?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6188278702649874592'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6188278702649874592'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/el-eclipse.html' title='EL ECLIPSE'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7755395515664251873.post-6674403826496439903</id><published>2008-07-02T15:53:00.000-07:00</published><updated>2008-08-21T14:34:07.122-07:00</updated><title type='text'>EL CONCIERTO</title><content type='html'>de Augusto &lt;a href=&quot;http://letrauniversal.blogspot.com/2008/06/augusto-monterroso.html&quot;&gt;Monterroso&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto con lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán—no lo sabré nunca—sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libretas. Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente. También los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio Pero nadie iba ni siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado. Jamás podremos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía derecho a hacerme eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se multiplicarán en letras de molde. Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, con todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/feeds/6674403826496439903/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment/fullpage/post/7755395515664251873/6674403826496439903?isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6674403826496439903'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7755395515664251873/posts/default/6674403826496439903'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bibliotecadecuentos.blogspot.com/2008/07/el-concierto.html' title='EL CONCIERTO'/><author><name>Unknown</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='https://img1.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>