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	<title>Boulé</title>
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	<description>El blog de boulesis.com. Filosofía, deliberación y pensamiento</description>
	<pubDate>Tue, 15 May 2012 10:25:07 +0000</pubDate>
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		<title>Participación política</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2012 10:25:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Derechos humanos]]></category>
<category>participación</category><category>política</category><category>representatividad</category><category>soberanía popular</category><category>voluntad popular</category>
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		<description><![CDATA[Quién y cómo participa en democracia]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El artículo 21 de la <a href="http://www.un.org/es/documents/udhr/">Declaración Universal de Derechos Humanos</a> reconoce los siguientes derechos:</p>
<blockquote><ol>
<li>Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos.</li>
<li>Toda persona tiene el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país.</li>
<li>La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto.</li>
</ol>
</blockquote>
<p>Este artículo recoge derechos políticos inherentes a todo <strong>sistema democratico</strong>. La declaración reconoce así la superioridad política, y también ética, de esta forma de gobierno frente a cualquier otra alternativa. De alguna forma, <strong>rechazar la democracia implica estar en contra de los derechos humanos</strong>, ya que estos son más difícilmente concebibles en cualquier otro sistema. La democracia fortalece y reconoce la dignidad de cada ser humano y los derechos individuales asociados a la misma. Dicho así, suena muy bonito, pero conviene también mantener una perspectiva crítica ante este artículo.</p>
<p><!--more--></p>
<p>La participación en el gobierno de un país dentro de las democracias occidentales no es una tarea ni mucho menos sencilla. Fácil de decir, pero difícil de hacer. <strong>La maquinaria de los partidos</strong> es el único sistema de organizar una sociedad compleja, pero a la vez difumina las posibilidades de participación. Cuando los partidos políticos se convierten en <strong>estructuras de poder</strong>, la participación directa es un imposible. Los intereses que hay dentro de cada partido, las diferentes &#8220;familias&#8221; que lo componen, harán imposible que cualquier candidatura salga adelante. Los partidos son la <strong>condición de posibilidad de la democracia</strong>, pero también los responsables de su <strong>muerte por inanición</strong>. El partido ahoga la democracia. No queda más salida que la representatividad que tan cuestionada está en nuestros días: da la sensación de que los líderes políticos no representaran a quienes les eligieron, sino a <strong>intereses muy diversos</strong>, algunos de los cuales pueden ser muy <strong>ajenos a los votantes</strong>. </p>
<p>También es más que cuestionable el segundo epígrafe del artículo: <strong>las funciones públicas de cada país no son accesibles a todos por igual</strong>. Cuanto mayor es el puesto al que se aspire, mayor será el grado de opacidad. Si unas oposiciones públicas al puesto más sencillo siempre llevan consigo una cierta sospecha, las convocatorias de puestos de responsabilidad suelen verse afectadas por <strong>variables que no siempre aparecen en la convocatoria</strong>. Hecha la ley, hecha la trampa: <strong>se cumplen los requisitos formales</strong>, pero la dedocracia suplanta a la democracia con relativa facilidad. Y no menos sustancioso que el segundo epígrafe es el tercero: <strong>la voluntad del pueblo expresada en las urnas es la autoridad última del poder público</strong>. Algo que no debería olvidarse desde dos frentes bien distintos: tanto los que desempeñan cargos públicos como los que se dedican a criticarlos y denostarlos. No hay gobierno legítimo que no pase por las urnas y el cambio de gobierno que se pretenda ha de pasar también por <strong>las urnas</strong>. Una idea sencilla para <strong>la crítica y la (auto)crítica</strong>. Tan sencilla que choca con un componente del ser humano que parece aflorar en los últimos tiempos y que hemos comentado por aquí más veces: <strong>la intolerancia hacia quien piensa o vive de otra manera</strong>. </p>
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		<title>Conocimiento en la red</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 12:50:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
<category>conocimiento</category><category>creación cultural</category><category>ensayos</category><category>industria cultural</category><category>literatura</category>
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		<description><![CDATA[¿Son necesarias las editoriales?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hablar de la <strong>sociedad del conocimiento</strong> nos lleva ineludiblemente a indagar en cómo se construye este conocimiento. En el modelo &#8220;Gutenberg&#8221; llegar a crear un contenido cualquiera implicaba <strong>pasar un filtro previo</strong> constituido por alguna de las <strong>industrias culturales</strong> de que se tratara: mundo editorial, mercado artístico o mecenazgo, opciones de presentar una ópera en un gran teatro, un museo o una discográfica. Sería ingenuo pensar que todas estas industrias se muevan únicamente por la calidad de los trabajos. En ocasiones <strong>eran muy distintos los criterios</strong> por los que los conocimientos llegaban a la esfera pública. No sólo eso: la ciencia, la filosofía o la literatura podían construirse de una manera certera, con <strong>citas y referencias fiables,</strong> que se podían contrastar. La tarea de esta industria que tantas críticas ha recibido en los últimos años consistía precisamente en <strong>seleccionar aquellas contribuciones que sí merecían ser conocidas por toda la sociedad</strong>. </p>
<p><!--more--></p>
<p>El mundo se ha dado la vuelta en la era de Internet. Ahora <strong>no hay filtro alguno</strong> y todos podemos poner en común nuestros textos, fotos, videos o cuadros con el resto del mundo. Esto ha sido ensalzado como un proceso de democratización, que no implica necesariamente una pérdida de calidad en los contenidos, pero sí que haya muchos más que no pasarían el más mínimo control sobre la calidad o el valor de los mismos. No sólo esto: con la mejor de las voluntades algunos internautas se esfuerzan en <strong>compartir con otros usuarios algunas obras</strong>, escaneando con cuidado cada una de sus páginas. La cantidad de libros que se pueden encontrar en la red es muy superior a los que daría tiempo a leer en una sola vida. Sin embargo, <strong>todos estos escaneos no se realizan con las exigencias que sí se esperan de &#8220;profesionales&#8221;</strong>. La consecuencia es inmediata: se leen obras desconociendo <strong>quién las ha traducido, quién lo editó y en qué año</strong>. Se hace prácticamente imposible realizar un trabajo mínimamente serio y riguroso tomando como referencia las obras literarias o filosóficas disponibles en la red. El <strong>sistema de citas</strong> sobre el que se construyó tradicionalmente el conocimiento se rompe en mil pedazos.  </p>
<p>Se me ocurre que hay dos soluciones: o bien <strong>buscar formas de asegurar que los libros leídos a través de Internet nos permitan seguir citando</strong>, leyendo y criticando con rigor y fiabilidad. O bien, <strong>&#8220;refundar&#8221; el conocimiento</strong>, estableciendo <strong>nuevos criterios</strong> que abandonen los que pertenecen al mundo de la imprenta, o asumiendo que habrá un porcentaje de error, no necesariamente insignificativo o irrelevante, en todo aquello que escribamos citando otras fuentes y autores. Si optamos por lo primero, estaríamos <strong>reconociendo implícitamente que la denostrada industria cultural desempeña una labor útil y necesaria</strong> en nuestra sociedad, de manera que no podemos prescindir de ella. Fijar en la red y todos sus recursos la única vía de creación de conocimiento implicaría <strong>un acuerdo de todos</strong>, que se antoja más de difícil. ¿Hasta qué punto entonces contribuye la red a la llamada sociedad del conocimiento? La respuesta no es tan sencilla, ni tan inmediata como pretenden algunos. </p>
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		<title>El museo y el folleto</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 10:23:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Arte/cultura]]></category>
<category>arte</category><category>arte contemporáneo</category><category>cine</category><category>escultura</category><category>pintura</category><category>vanguardias</category>
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		<description><![CDATA[¿Puede el arte volver al pasado y prescindir del discurso?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Que las obras de arte habiten en los museos es ya una circunstancia que merece más de una reflexión. Pero hoy vamos a centrarnos en otro detalles singular: <strong>el folleto</strong>. O la visita guiada que toda exposición requiere. Tanto monta, monta tanto. Que el arte pueda ser objeto de la teoría, que sea posible crear conceptos y explicar las obras es algo muy característico del ser humano, que tiende a elaborar discursos sobre todas las cosas. Somos, por mucho que no nos guste, <strong>animales teóricos</strong>, que disfrutan mirando y hablando. En esto, y no en otra cosa, consiste la teoría. Sin embargo, <strong>que la contemplación de una obra de arte requiera de una explicación previa</strong>, que medie entre la creación artística y el espectador, es algo que en cierta forma se encuentra en las antípodas del concepto mismo de arte, al menos tal y como lo hemos entendido hasta hace bien poco. El <strong>arte acompañado del discurso</strong> es característico de las vanguardias: hasta entonces, quien contemplaba la obra podía disfrutar de la misma sin necesidad de disquisiciones alrededor del estilo o de la técnica. ¿Por qué ahora es impensable el arte sin un discurso que lo acompañe, explique y legitime?</p>
<p><!--more--></p>
<p>Uno de los factores que explican esta intelectualización del arte es probablemente <strong>la ruptura con la representación y el arte figurativo</strong>. Al crear su propio lenguaje, los artistas pierden la realidad como vínculo fundamental con la sociedad que ha recibir, juzgar y disfrutar con su arte. Cuando se pide a quien acude a un museo que &#8220;se sumerja en el universo y en el lenguaje del artista&#8221; saltan todas las alarmas: se nos está diciendo que <strong>difícilmente entenderemos nada si no vamos acompañados del consabido folleto explicativo</strong>, o de los cascos que suelen prestarnos a la entrada. Al arte se le permite lo que desde la filosofía del lenguaje se ha considerado siempre una estupidez: <strong>el lenguaje undividual</strong>. Nadie habla sólo por la sencilla razón de que es un absurdo. Toda acción comunicativa ha de forjarse en elementos compartidos. Y resulta difícil no entender el arte como una forma más de comunicación. De otra forma estaríamos ante un egocentrismo estético de dudosa validez.</p>
<p>Fundamentar el arte en el discurso que lo acompaña es en cierta forma <strong>traicionar al arte mismo</strong>. El concepto nos remite a la utilización de recursos plásticos como medio principal de expresión. Y si en su ejercicio los artistas requieren de muchas palabras para que el receptor de la obra acceda a la misma, eso significa que <strong>se está renunciando a lo que debería ser la materia prima del arte</strong>, transmutándolo en una cosa bien distinta. No pocas veces ocurre que <strong>el arte dependiente de las palabras defrauda</strong>: si la idea que aparece en la explicación es imprescindible, podríamos conformarnos con leer un ensayo, un artículo de opinión o un fragmento de un texto. Es curioso que este proceso de legitimación a través del discurso conceptual <strong>ha ocurrido en mayor medida en la pintura y la escultura que en el cine</strong>. Aunque hay películas que nos exigen la búsqueda de información, lo más habitual es que al terminar de verla tengamos una idea bastante aproximada del argumento y del significado de la película. A este respecto, en contra de lo que pudiera parecer, <strong>el cine es un arte más clásico que el resto</strong>. Y la consecuencia es inmediata: el progresivo alejamiento de la población respecto al arte plástico contemporáneo en favor de otras fórmulas más cercanas y accesibles. Puede que el giro histórico esté a la vuelta de la esquina: antes o después los artistas se darán cuenta de la necesidad de <strong>crear al margen de los grandes discursos legitimadores</strong>.</p>
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		<title>¿Qué es enseñar informática?</title>
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		<pubDate>Thu, 10 May 2012 09:25:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Internet]]></category>
<category>competencia digital</category><category>creative commons</category><category>netiqueta</category>
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		<description><![CDATA[¿Se debe enseñar a ser educado en la red?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Andamos estos días en clase dándole vueltas a la ética de la información, abordando algunos de los problemas que surgen alrededor de la red. Hablábamos, entre otras cosas, de un asunto que quizás pueda parecer menor: la <strong>educación dentro de la red</strong>. Basta darse un paseo por cualquier foro de Internet, o tener una dirección de correo electrónico más o menos accesible para haber comprobado la <strong>falta de educación de algunos internautas.</strong> Lo que desde hace ya tiempo se llama &#8220;netiqueta&#8221; no es un valor en alza. Están los que escriben en los foros como si la comunidad de usuarios tuviera la obligación de contestarles lo antes posible, resolviendo todas sus dudas. O los que sencillamente se dedican a insultar al resto de usuarios. Hay personas que sin conocer de nada a quien están escribiendo limitan su correo electrónico a <strong>una escueta y urgente pregunta</strong> que nace de sus necesidades vitales y/o académicas. Y quizás no sea peor el caso de los que sí te conocen: en este curso habré recibido más de treinta mensajes de alumnos que debían enviar sus trabajos utilizando este medio. <strong>Su mensaje era inexistente, se reducía al archivo adjunto</strong>. </p>
<p><!--more--></p>
<p>Todo esto se completa con la anécdota de esta mañana: mientras trataba de explicar qué es una <a href="http://es.creativecommons.org/licencia/">licencia creative commons</a>, un alumno afirmaba con bastante desinterés que este asunto era de &#8220;friquis&#8221;. <strong>Pronunciada por quien los expertos califican de &#8220;nativo digital&#8221;</strong>, esto nos da una idea de hasta qué punto cuestiones como la alfabetización digital o la cacareada implantación de las TIC en la sociedad del conocimiento no dejan de ser un brindis al sol y una idealización de lo que en realidad somos. Por otro lado, muestran <strong>la necesidad de trabajar eso que ha dado en llamarse &#8220;competencia digital&#8221; de un modo abierto</strong>. Frente a quienes piensan que la enseñanza de asignaturas como la informática debe conformarse con un conjunto de aprendizajes técnicos, creo que estos conocimientos relativos al <strong>comportamiento en la red</strong> son tan necesarios como el uso de los programas más extendidos. De otra manera, llegaremos a la sorprendente circunstancia de <strong>adultos que utilizan el software libre sin saber distinguirlo del propietario</strong>, o que violan, porque las desconocen, las licencias con que se comparten los contenidos. </p>
<p>Pensar que este tipo de enseñanza haya de concentrarse en la asignatura de informática es quizás cargar demasiado la suerte en una asignatura que no deja de ser optativa en primero de bachillerato, y también en 4º de E.S.O., en la que aparece en alguno de los diversos &#8220;itineraros&#8221; de forma tácita o explícita elaboran los centros. El problema es que <strong>desde el resto de asignaturas no hay una conciencia de que se deba hablar en clase de aspectos que se pueden considerar ajenos al programa</strong> de la asignatura de que se pueda tratar en cada caso. El resultado, de momento, no es nada alentador: <strong>los nativos digitales</strong>, que en teoría iban a darnos mil vueltas en el manejo de herramientas a los viejos y cascados ciudadanos analógicos, <strong>viven en la red de una forma un tanto &#8220;analfabeta&#8221;</strong>, no tanto porque no sean capaces de dominar los programas, los navegadores de Internet o las redes sociales, sino porque <strong>muestran bastantes carencias respecto a la forma en que se han de relacionar con otros seres humanos</strong>, y desconocen algunos de los puntos esenciales que están moviendo la red. <strong>Nativos digitales que ignoran el suelo que pisan</strong>. </p>
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		<title>Izquierda, expropiación y moralismo político</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 17:45:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
<category>expropiación</category><category>izquierda</category><category>marxismo</category><category>moralismo político</category><category>red eléctrica</category><category>socialismo</category><category>ypf</category>
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		<description><![CDATA[De cómo las ideologías juegan con la moral]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las cuestiones más antiguas de la filosofía política trata de establecer <strong>la relación existente entre la ética y la política</strong>. Y en este ámbito, la tradición marxista siempre ha mantenido una postura de vanguardia. Hay en el marxismo una doble actitud ante la moral: por un lado se la critica como uno más de los elementos de la superestructura, pero por otro se evita cualquier tipo de amoralidad, ya que se habla de <strong>la igualdad esencial del ser humano y la solidaridad entre los pueblos</strong>. Estos valores están presentes en la formulación del marxismo original y en un principio han impregnado el posterior desarrollo de los llamados partidos de izquierda. Sabemos que estos se han desvinculado ya del marxismo, pero siguen arrogándose <strong>una cierta superioridad moral</strong> respecto a los partidos denominados de derechas. En su opinión, <strong>la izquierda representa una sociedad más justa e igualitaria</strong>, mientras que la derecha iría de la mano de las desigualdades sociales y los privilegios </p>
<p><!--more--></p>
<p>Expresado en otras palabras: <strong>los pensadores de izquierdas se identifican en mayor medida con un moralismo político</strong>, muy alejado de las políticas liberales y capitalistas propias de la derecha. Gobernar en función de <strong>unos valores, de unas normas, respetar unos principios morales</strong> que el capitalismo parece manipular a su antojo y machacar una y otra vez en favor de intereses puramente económicos. El caso es que todo este discurso moralista se está viendo más que atacado por las últimas decisiones de <strong>gobiernos que se pretenden de izquierdas</strong>, como son la <strong>expropiación de YPF y de Red eléctrica</strong>. Si hablamos de justicia y de respeto a la moral, parece que uno de los principios elementales debería ser el cumplimiento de las promesas. Porque esto y no otra cosa es todo acuerdo comercial: <strong>por debajo del intercambio de mercancías, servicios o dinero, está la moral de cada una de las partes</strong>, aspecto que tiende a ser ignorado reduciendo toda transacción a su significado exclusivamente económico. Resulta difícilmente admisible atribuirse superioridad moral cuando se están incumpliendo las promesas dadas en su día a quienes decidieron invertir dinero en el propio país.</p>
<p>Estoy convencido de que habrá quienes consideran que en estos casos hay un claro conflicto de intereses, entre la promesa dada en su día y la <strong>soberanía nacional</strong> o algún otro factor que pueda citarse para justificar el incumplimiento de una promesa. Estos intentos de dar razones son los mismos con los que maniobran los partidos de derechas cuando no quieren llamar a las cosas por su nombre. <strong>La palabra nacionalización suplanta a la palabra robo</strong> de la misma forma que la de <strong>daño colateral</strong> se utiliza en el lugar del sustantivo <strong>asesinato indiscriminado de civiles</strong>. Y no pretendo con esto ensalzar las virtudes morales del capitalismo, pero sí destapar, por si ingenuamente se pudiera seguir pensando así, <strong>la conexión entre la izquierda política y la moral</strong>. Porque no es un asunto sólo de gobiernos nacionales. En nuestro propio país los partidos de izquierda han respaldado las expropiaciones. Lo cual quiere decir que <strong>denuncian ciertas operaciones financieras</strong> por ser explotadoras, pero <strong>legitiman el robo</strong> cuando se produce en la dirección que les interesa. O se aspira a la coherencia y la integridad, o se construyen discursos obligados al malabar lingüístico. Y si se opta por esto último, lo menos que se puede hacer es reconocerlo, y asumir de una vez por todas que <strong>las grandes ideologías políticas crean sus conceptos y argumentarios en terrenos muy alejados de los términos morales</strong>. </p>
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		<title>El nazi que hay en ti</title>
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		<pubDate>Mon, 07 May 2012 19:01:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
<category>extremismo</category><category>intolerancia</category><category>nazismo</category><category>radicalismo</category><category>totalitarismo</category>
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		<description><![CDATA[¿Quién es responsable del ascenso de los partidos extremistas?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Abrumados como estamos con tanto recorte, tanta crisis y tanta mercadocracia, apenas prestamos la atención que debiera a <strong>resultados electorales</strong> que se están produciendo en algunos países europeos. Decía Adorno que el único sentido que podía tener la educación de un país es <strong>que Auchwitz no se repita</strong>. Objetivo nada desdeñable que solemos ignoran cuando nos enfrentamos a las cifras del llamado fracaso escolar, dejando de lado que hubo tiempos en los que en Europa el problema no era tanto el abandono o el número de suspensos, sino <strong>la forma de pensar de una sociedad</strong>, y de algunas de sus mentes más preparadas. En el año 2012 los campos de concentración y las cámaras de gas parecen algo superado, y son otras las preocupaciones. Inquietudes que, paradójicamente arrojan unos resultados que nos vuelven a colocar <strong>en el disparadero del totalitarismo</strong>: ascenso de los partidos de extrema derecha en Francia y en Grecia. Partidos filonazis que se acercan al poder empujados por la voluntad popular.</p>
<p><!--more--></p>
<p>El nazismo no es sólo un problema político o social. Es también <strong>un problema educativo</strong>. La historia debería resultarnos familiar: en tiempos de dificultad económica, Hitler supo culpabilizar a todo un colectivo de los males que aquejaban su país. Varios años de la política del chivo expiatorio hicieron mella en una sociedad que sufría los efectos de una guerra. Que los clichés políticos y los mensajes prefabricados que posibilitaron el nazismo cobren nuevo auge entrado ya el siglo XXI es <strong>la mayor muestra del fallo de un sistema</strong> que no es capaz de evitar este tipo de manipulaciones. No es algo puntual, o que podamos achacar a países lejanos con los que no tengamos mucho que ver. Se puede palpar en la calle: <strong>el totalitarismo crece abonado por la intolerancia</strong>, que se puede comprobar no sólo en las actitudes de algunos líderes políticos sino en el ciudadano de a pie. Algunas pintadas callejeras son una más de sus manifestaciones: <strong>seguimos necesitando lecciones de democracia</strong>. </p>
<p>No creo equivocarme si generalizo una experiencia de aula que a buen esguro muchos compañeros han experimentado: alumnos del último curso de la secundaria o incluso de bachillerato <strong>descalifican abiertamente al presidente del gobierno</strong>, al margen del color de su partido. Otros, <strong>degradan a los inmigrantes</strong> y afirman rotundamente que han venido a nuestro país a robar puestos de trabajo a los nacionales y a colapsar nuestro sistema sanitario. Un último grupo se presenta como <strong>revolucionario</strong> y propone medidas políticas que reducirían al terror jacobino a un mero juego de niños. La historia reciente de nuestra civilización ha demonizado y Hitler y el nazismo como una de las experiencias más atroces que ha experimentado la humanidad. Si Hitler atribuyó a los judíos el origen de todos los problemas de la nación alemana, nosotros parecemos haber cargado en la cuenta del dictador alemán todos los horrores de occidente, que como civilización se presenta ante el mundo como la adalid de la democracia y los derechos humanos. Pero por mucho que nos duela, hay un dato que no podemos obviar: Hitler no pudo votar a la ultraderecha francesa hace dos semanas, ni tampoco estaba convocado ayer en las urnas griegas. <strong>Hay mar de fondo en occidente</strong> que parecemos querer ignorar.</p>
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		<title>Una copa kantiana</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2012 10:09:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Fotosofía]]></category>
<category>bar</category><category>coctails</category><category>Kant</category>
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		<description><![CDATA[Criticismo: coctail de empirismo y racionalismo]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src='http://www.boulesis.com/boule/images/uploads/2012/05/kant-coctails.JPG' alt='Kant, un bar perdido en algún lugar de Dinamarca…' /></p>
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		<title>La ratio no es sólo un número</title>
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		<pubDate>Thu, 03 May 2012 10:55:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Enseñanza]]></category>
<category>alumnos</category><category>diversidad</category><category>necesidades educativas</category><category>ratio</category><category>respeto</category>
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		<description><![CDATA[¿Cuántos alumnos pueden ser bien educados a la vez?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya varias semanas que está abierto <strong>el debate sobre la ratio de alumnos</strong> en las clases de secundaria. Otra más de las cuestiones educativas que vienen urgidas e impuestas por la situación económica. A primera vista, la mayoría de la sociedad no parece encontrar problema alguno en que <strong>el número de alumnos por clase pueda aumentar un veinte por ciento</strong>. Si salen bien las cuentas, la medida parece más que justificada. Y efectivamente, las cuentas salen: este porcentaje supondrá la desaparición de bastantes grupos en todo el país, con el consiguiente ahorro para la administración, en <strong>un país en el que la educación ha estado siempre supeditada a la economía</strong>. Nunca al revés. Por eso no es de extrañar que se valore el ahorro, y que haya muchos que llevan décadas sin pisar un aula que recuerdan su época de escolarización: en mis tiempos éramos 37 en clase (o 47, tanto da) y no pasaba absolutamente nada. </p>
<p><!--more--></p>
<p>A todos los políticos que se remiten a su pasado educativo se les podría replicar que por la misma regla de tres deberían <strong>cobrarnos los impuestos que se pagaban cuando la ratio era prácticamente ilimitada</strong>. Afirmar que se ha estado en clases de más de 40 es negarse a reconocer lo que es un progreso educativo reconocido por todos los estudios, aparte de un anacronismo aberrante: <strong>se aprende mejor en grupos más reducidos</strong>, en los que el profesor puede atender las necesidades de cada alumno. Por otro lado, hablar de la ratio sin conocer de cerca el mundo educativo es cuando menos una temeridad: <strong>las aulas de hoy no tienen absolutamente nada que ver con las de hace treinta años</strong>. Hay alumnos que requieren una atención especial, otros que se encuentran al borde de la exclusión por causas socioeconómicas y otros que han de hacer frente a circunstancias difíciles. como puede ser la integración en un sistema educativo de una sociedad nueva, con un lenguaje distinto al aprendido en la infancia. Todos estos casos y muchos otros forman parte de lo que se llama <strong>&#8220;diversidad&#8221;</strong>: esa que permanecía sin escolarizar en los &#8220;idílicos&#8221; tiempos de los 45 alumnos por aula. </p>
<p>La ratio <strong>no es una cuestión de cantidad, sino de calidad</strong>. Del tipo de alumnado y de la forma de enseñanza que se pretende introducir en el aula. Variables todas ellas que han evolucionado en las últimas décadas y que sólo un ignorante de lo que es la educación puede obviar. Sobre el papel, tan posible es poner la ratio en 35 como en 40. Muy distintas son las <strong>consecuencias sociales</strong> que este tipo de decisiones puedan traer consigo. Que nadie se rasgue las vestiduras <strong>si vemos que el fracaso escolar aumenta</strong>: más ratio por aula significa necesariamente menos atención por alumno. Y que nadie culpe luego al sistema educativo o al profesorado. Una hora de clase: <strong>30 o 36 alumnos no pueden dar igual</strong>. Qué puede hacer el profesor, a cuántos puede preguntar, cuántas dudas puede resolver. Cuál va a ser el clima de la clase, el nivel de atención, las interrupciones o el número de impertienencias. Y podríamos dar un paso más allá: <strong>el respeto hacia el profesor que hacía hace tres décadas no es el mismo que existe en nuestros días</strong>. Condiciones todas ellas que explican por qué la ratio ha ido disminuyendo, lo cual se ha considerado siempre un progreso educativo. Invadidos de optimismo podemos pensar que tanto recorte nos sacará de la crisis económica: cuando ocurra, el nivel educativo del país será inferior que a sus inicios. </p>
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		<title>La genealogía de Nietzsche (y su voluntad de poder)</title>
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		<pubDate>Wed, 02 May 2012 10:34:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
<category>eterno retorno</category><category>genealogía</category><category>Nietzsche</category><category>superhombre.</category><category>voluntad de poder</category>
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		<description><![CDATA[Crítica a Nietzsche desde Nietzsche]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una vez al año, por estas fechas, más de un profesor de filosofía no puede evitar sentirse un tanto contradictorio. Especialmente <strong>si se empeña en &#8220;vivir&#8221; o en &#8220;asumir&#8221; las ideas del autor que toca explicar en cada caso</strong>. Y este es uno de los problemas de presentar las ideas de Nietzsche: cualquier interpretación <strong>desde la lógica o la coherencia que se espera de la filosofía</strong> está condenada al fracaso. Algo que con toda seguridad preocupaba muy poco al filósofo alemán, sí que se convierte en una complicación para los alumnos de bachillerato. Resulta inconcebible que alguien que suele presentarse como una de las mentes más desarrolladas de su tiempo pudiera <strong>vivir plácidamente instalado en la contradicción</strong>, en la afirmación de un presente absoluto conceptualizado por el eterno reterno, sin renunciar a una voluntad de poder que irremediablemente nos obliga a mirar al futuro. tensiones que de una forma u otra terminan apareciendo en todas las filosofías que en el mundo han sido, pero que en caso de Nietzsche son clamorosamente comprobables.</p>
<p><!--more--></p>
<p>Le ocurre a Nietzsche lo mismo que al resto de filósofos: <strong>no soportaría su propia mirada</strong>. Basta indagar un poco en su biografía para encontrar que <strong>sus ideas tienen también un origen &#8220;humano, demasiado humano</strong>&#8220;. Como no podía ser de otra manera, sus vivencias se cuelan en sus lineas y sus ideas. La &#8220;genealogía&#8221; de la filosofía nietzscheana apunta tanto a sus profundos conocimientos filológicos y filosóficos como a su enemistad con Wagner, su fracaso sentimental o el rechazo que sufrió por parte de la mayor parte de la &#8220;academia&#8221; de su tiempo. Una vida tan humana como la del resto, <strong>muy alejada por cierto de cualquier rasgo que podamos asimilar al superhombre que nos propone</strong>. El contraste entre la vida y el pensamiento es abrumador si reparamos en la enfermedad que terminó conduciéndole a la locura. El filósofo a martillazos <strong>terminó golpeándose en el pie</strong>: su filosofía nace de unas motivaciones y de un contexto histórico tanto como lo hizo la moral en su día o también la propia tragedia griega.  </p>
<p>Todo es voluntad de poder y no existe la verdad. <strong>La misma voluntad de poder alienta el idealismo platónico que el irracionalismo nietzscheano</strong>. Son pobres camellos los cristianos, al cargar sobre sus espaldas una pesada misión que ellos nos han decidido. Tan camellos como <strong>los borregos del rebaño nietzscheano</strong>, que cacarean sus citas sin cesar, ignorando en ocasiones las resonancias y las referencias de sus textos. Y<strong> si la verdad depende del deseo</strong>, podemos decir sin empacho ninguno que <strong>la que propone Nietzsche es tan repugnante e inaceptable como la de Aristóteles o Santo Tomás</strong>. La decandencia y el nihilismo angustiado que Nietzsche denunció crecen a sus anchas en su propia filosofía. La sospecha que el filósofo alemán quiso extender a la práctica totalidad de la filosofía, a la moral, la religión o la ciencia debe husmear también en las lineas de Zaratustra o de la gaya ciencia. Y terminará descubriendo que <strong>también las ideas de Nietzsche son sólo un decorado</strong>, tan falso como los que pretende desmontar. y que habiéndonos mostrado este gran teatro del mundo, tan sólo nos queda una cosa detrás de sus apariencia: nada. </p>
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		<title>Pedro Abelardo</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 10:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Pildoritas filosóficas]]></category>
<category>Pedro Abelardo</category><category>poder</category><category>riqueza</category>
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		<description><![CDATA[Sobre los "poderes terrenales"]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div align="center">
<blockquote><p>&#8220;Todavía me encuentro en este peligro y a diario veo colgada sobre mi cerviz una espada, de tal manera que apenas si respiro mientras como. Me sucede como a aquel hombre de quien leemos que creía que el poder y la riqueza del tirano Dionisio constituían la suprema felicidad hasta que miró hacia arriba y vio una espada suspendida de una cuerda encima de su propia cabeza. Entonces comprendió la clase de felicidad que acompaña a los poderes terrenales.&#8221;<br />
(Pedro Abelardo, Historia calamitatum)</p></blockquote>
</div>
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		<title>El día que Nietzsche lloró</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Apr 2012 09:22:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Películas y filosofí­a]]></category>
<category>Breuer</category><category>el día que Nietzsche lloró</category><category>Nietzsche</category>
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		<description><![CDATA[Una película para llorar... de tristeza]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src='http://www.boulesis.com/boule/images/uploads/2012/04/eldiaquenietzschelloro.jpg' alt='El día que Nietzsche lloró' align="left"/><strong>Adaptar filosofía</strong>. Esta expresión sencilla recoge algo que es tremendamente complicado. Es en cierta manera lo que intenta la película que comentamos hoy: <a href="http://www.filmaffinity.com/es/film721567.html">El día que Nietzsche lloró</a>. La película está basada en <strong>la novela de Irvin D. Yalom</strong>, y nos presente <strong>una hipotética relación entre el filósofo vitalista y el doctor</strong> <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Josef_Breuer">Josef Breuer</a>, uno de los precursores y mentores de Sigmund Freud. De esta forma, se enlazan <strong>dos de las grandes filosofías de la sospecha de finales del siglo XIX</strong>, a partir de una ficción que trata de explicarnos algunas de las vicisitudes de la vida de Nietzsche. La historia es el resultado de <strong>un cóctel complejo</strong>: el desengaño amoroso de Nietzsche y <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Lou_Andreas-Salom%C3%A9">Lou Andreas Salome</a> y la conflictiva relación médico paciente entre Breuer y <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Anna_O.">Anna O.</a>, una de sus pacientes. Ambos personajes se cruzan con un plan: que el doctor pueda &#8220;curar&#8221; al filósofo y rehabilitarle para una vida socialmente normalizada.</p>
<p><!--more--></p>
<p>El plan, urdido por la mujer que había rechazado a Nietzsche, termina dándose la vuelta: a través del diálogo con Nietzsche, Breuer descubre sus propias frustraciones y sus renuncias más íntimas, y aplicando algunas de las ideas del filósofo alemán decide <strong>cambiar radicalmente de vida</strong>. A la vez, su terapia logra <strong>que Nietzsche canalice el fracaso amoroso</strong> en la que posteriormente sería una de sus obras más leídas y comentadas: <strong>Así habló Zaratustra</strong>. En cierta manera, el filósofo queda desencantado respecto al mundo y la vida, pero recuperado al menos para la filosofía. Visto así, <strong>deberíamos estar ante una de esas películas que deberían despertar el entusiasmo de los aficionados a la filosofía</strong>. Cuenta, en un principio, con todos los ingredientes para ello: es una de las pocas películas en las que un filósofo se convierte en uno de los protagonistas, en el hilo conductor de la historia.</p>
<p>Sin embargo, no es así. La aparición del psicoanálisis en la historia resulta un tanto fallida. Las partes de la película en que se reflejan las obsesiones de Nietzsche y de Breuer se terminan haciendo aburridas, y <strong>no aportan demasiado a la continuidad narrativa</strong>. Hacen, más bien, que la historia sea más lenta, que la película se termine haciendo larga. La asociación entre Nietzsche y el psicoanálisis no es imposible pero tal y como la presenta la película <strong>no se corresponde con el fondo de la filosofía nietzscheana</strong>. Estamos, más bien, ante <strong>una historia de ficción que quizás no necesitaba tirar de los personajes históricos que utiliza</strong>. Y es aquí donde cobra todo su sentido la frase con la que se abría la anotación: la película no logra adaptar la filosofía al lenguaje cinematográfico. Objetivo que quizás no figurase entre las intenciones del director, pero parece razonable que si uno de los personajes principales es un filósofo <strong>algo de esto debería haber</strong>. Podríamos encontrar películas en las que Nietzsche ni siquiera aparece mencionado y que reflejan mejor su filosofía. En definitiva: <strong>una película para olvidar</strong>, a excepción de algunos fragmentos que si podrían aprovecharse, pero que no guardan demasiada relación con el resto de la película.</p>
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		<title>Cuando Schopenhauer encontró a Hegel</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Apr 2012 10:37:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
<category>aburrimiento</category><category>cínicos</category><category>escépticos</category><category>filosofía</category><category>lucha de ideas</category><category>Schopenhauer</category><category>Sócrates</category>
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		<description><![CDATA[La filosofía: humana, demasiado humana]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de los juicios habituales hacia la filosofía incide en el <strong>tremendo aburrimiento</strong> que provoca. Un <strong>producto soporífero</strong> creado por gente <strong>insulsa</strong>. Así se suele concebir la filosofía, quizás porque se tenga tan sólo una visión superficial de la misma o porque no se haya dado con la lectura y el autor adecuados. Los grandes filósofos de la historia son considerados gente anodina, con una vida gris, en la que no ocurre nada realmente interesante. Muchos de los que estudian filosofía obligados por el sistema educativo se preguntan <strong>cómo ha podido existir gente empeñada en dedicar su vida a cuestiones tan irrelevantes</strong> como las filosóficas. Y lo que es peor: resulta inconcebible que sigan aún entregando su tiempo a preguntas que quizás nunca encuentren respuesta. La filosofía: <strong>una discusión de guante blanco tan monótona como irrelevante</strong>.</p>
<p><!--more--></p>
<p>Siendo esta una opinión ampliamente extendida, no se acerca ni de lejos a la realidad. Si parafraseamos a Nietzsche podríamos decir que la filosofía es &#8220;humana, demasiado humana&#8221; y que <strong>está movida por las mismas pasiones</strong> que el resto de actividades o haceres que nos ocupan. La historia de la filosofía está llena de anécdotas, que en algún caso no son nada anecdóticas, y que vienen a mostrar el <strong>&#8220;juego sucio&#8221;</strong> de los filósofos, que también son, en ocasiones, unos &#8220;malotes&#8221;. Tan enfrentados como el Barcelona y el Madrid tuvieron que estar hace más de dos mil años <strong>los defensores de Sócrates y sus detractores</strong>. Cuestión nada secundaria, si consideramos que el maestro de Platón tuvo que pagar con su vida los platos rotos. No sería tan insulsa su filosofía cuando le valió la pena de muerte. Los enfrentamientos entre escuelas han sido tan habituales como <strong>escabrosas</strong>: agustinistas y dominicos, iconoclastas, racionalistas y empiristas. <strong>Amores tan turbulentos</strong> como los de Abelardo y Eloisa son difíciles de encontrar por ahí. Ni siquiera en las páginas de la prensa rosa.  </p>
<p>Los escépticos o los cínicos siempre fueron denostados y rechazados con los peores calificativos. Y nada en comparación con las palabras que le dedica Schopenhauer a Hegel: <strong>es difícil expresar más odio y rencor sin recurrir al insulto grosero</strong>. En las páginas en las que habla de Hegel encontramos <strong>la humillación convertida en concepto</strong>. Y todo por la envidia de encontrarse las clases prácticamente vacías mientras que las de Hegel rebosaban de alumnos. Enfrentamiento que sucedió casi un siglo después de que Voltaire ridiculizara a Leibniz o de que Rousseau fuera sembrando la discordia por más de uno de los lugares en que habitó. Disputas entre autores y escuelas que no son ajenas a los tiempos más recientes. Los analíticos hablan con desprecio de &#8220;los metafísicos&#8221;, y los postmodernos se ríen plácidamente de todo intento de rescatar la modernidad. Nadie diría, creo, que Wittgenstein era alguien &#8220;fácil&#8221; de llevar. Es difícil encontrar un tiempo en que la filosofía no se haya construido desde el diálogo vivo, un intercambio de argumentos que en más de una ocasión se ha saltado las reglas de lo que debería ser un debate sereno. Nada de anodino e insulso.<strong> La filosofía es una guerra permanente</strong>. Para ello basta con una condición: presentar como vivos a los autores que siguen pensando en nuestro tiempo, aunque dejaran de respirar hace ya siglos. Y dejar que los muertos, los que no piensan aunque aún respiren, descansen en paz. Tarea difícil, pero no imposible.</p>
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		<title>Cinco tópicos atemporales sobre el tiempo</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Apr 2012 13:38:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Miguel</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Listas para pensar]]></category>
<category>oportunidad</category><category>refranes</category><category>tiempo</category><category>tópicos</category>
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		<description><![CDATA[¿Tiempo al tiempo?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los refranes y dichos populares son destellos de pensamiento, que recogen en ocasiones algunas de las ideas que los filósofos expresan, de una forma más sistemática, en sus obras. Muchos de ellos son más que discutibles, cuando no directamente falsos. Sin embargo, están muy presentes en lo que podríamos llamar &#8220;cociencia colectiva&#8221; y se utilizan a diario, por lo que no está de más recoger aquí cinco de estos lugares comunes, relacionados con el escurridizo tema del tiempo:</p>
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<li><strong>El tiempo todo lo cura</strong>: la acción terapéutica de los meses y los años es dudosa, pero cuenta con poderosos aliados como el olvido o las nuevas vivencias que nos hacen superar los dolores del pasado.</li>
<li><strong>El tiempo es oro</strong>: por sí, el tiempo no es ni oro, ni plata. Más bien será oro lo que hacemos con él.</li>
<li><strong>Una retirada a tiempo es una victoria</strong>: uno más de los muchos refranes que nos recuerdan que hay un momento adecuado para cada cosa. La oportunidad convertida en minuto de oro. Dejado de lado, eso sí, que una retirada a tiempo es una derrota. Menos dolorosa y profunda que si no hay retirada. Pero una derrota al fin y al cabo. </li>
<li><strong>Cualquier tiempo pasado fue mejor</strong>: la idea predominante de la teoría de la degeneración es inaceptable. Si tenemos en cuenta &#8220;lo viejo&#8221; que es el universo y la larga historia de la humanidad deberíamos haber desaparecido hace ya mucho si año a año vamos a peor. Habrá aspectos que empeoren, pero otros seguramente vayan mejor que en cualquier tiempo pasado.</li>
<li><strong>&#8220;No me ha dado tiempo&#8221;, &#8220;no he tenido tiempo&#8221;</strong>: no es ningún refrán ni dicho popular, pero sí uno de los motivos que solemos emplear cuando no cumplimos con algún compromiso adquirido. Parecen olvidar estas frases que somos dueños de nuestro tiempo, y que decidimos asignarlo a una u otra tarea. No somos nosotros esclavos del tiempo, sino sus poseedores. </li>
</ol>
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