<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/" xmlns:blogger="http://schemas.google.com/blogger/2008" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0" version="2.0"><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-686008704723985513</atom:id><lastBuildDate>Fri, 04 Mar 2016 11:27:04 +0000</lastBuildDate><title>Extraordinarias aventuras</title><description>Un joven profesor londinense tiene un imán para encontrar los misterios más insólitos. Aunque presume de ser una persona pragmática sus experiencias le llevarán a creer en lo imposible, y a veces a asumir riesgos que exceden la comprensión racional de los hombres. Únase a él en la cruzada contra lo inexplicable.</description><link>http://danielgrove.blogspot.com/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (A)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>5</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-686008704723985513.post-4430878702951337326</guid><pubDate>Tue, 07 Jul 2015 10:39:00 +0000</pubDate><atom:updated>2015-10-21T06:58:16.799-07:00</atom:updated><title>El árbol del sueño (parte 16)</title><description>&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;span style=&quot;font-size: 180%;&quot;&gt;E&lt;/span&gt;n  el silencio de la noche, el monasterio permanecía tranquilo y ni los  grillos, prolíficos en su canto durante el verano, osaban romper aquella  calma. En su lecho dentro del monasterio, el prior Rogelio hacía ya  unas horas que se había dormido, pero no estaba descansando. Al menos  quién lo hubiera visto removerse entre las sábanas sabría que en su  sueño él estaba viviendo una experiencia que lo excitaba sobremanera.  Una experiencia que tuvo lugar años atrás y tan real que podía sentir en  aquel momento el calor del Sol sobre su piel y el aroma de la tierra  que él mismo cultivaba embriagando su olfato. El jardín florecía y daba  sus generosos frutos ante sus atentos cuidados… Los de él y los de  Efigenio, el hombre que podía ver salir en aquel momento de la iglesia  mientras él espiaba entre las ramas de un frondoso árbol. El sacerdote,  un hombre delgado y moreno, apenas cumplía una treintena de años y sin  embargo su rostro era el de una persona que había vivido las  experiencias de más de una generación, o al menos eso pensaba Rogelio.  Pero no era admiración lo que sentía, sino envidia. Envidia por haber  conocido el nuevo mundo mientras él tenía que vivir en una España en  decadencia, envidia porque con treinta años había encontrado lo que  posiblemente fuera una reliquia que le diera la fama, y hasta tenía  envidia de su erudición, motivo por el cual había llegado a odiar las  plantas que sin embargo con tanto esmero cuidaba a las ordenes de  Efigenio. Cuando por fin este se introdujo de nuevo por la puerta  lateral de la iglesia Rogelio aprovechó la oportunidad y cortó una de  las frutas del árbol tras el que se escondía. Era una pieza parecida a  las peras, pero algo más grande y de distinto color. Él sabía bien lo  que hacía, conocía las historias que contaba el sacerdote sobre aquella  fruta, sobre sus efectos mortales. Con ella bajo la túnica se introdujo  en la iglesia. Asomado desde la sacristía veía en ese momento a Efigenio  abrir el cofre que guardaba aquella madera que había traído desde las  Américas. Era alargada, pero no mediría mucho más de veinte centímetros y  estaba muy ennegrecida, pero aun así podía leerse una inscripción en  latín que tenía a un costado. Esta rezaba: “La cruz del calvario”.  Rogelio volvió a la sacristía. Sobre una mesa de madera preparaba el  desayuno para ambos. Pero entre las frutas partidas y peladas para su  maestro había depositado las del Pyrus somnis. En ese momento resonó en  sus oídos la voz del cardenal, un poderoso señor portugués afincado en  Brasil. El extranjero le había prometido sus favores a cambio de  devolverle la supuesta pieza de la cruz que Efigenio había encontrado en  su territorio. Y esa era una oferta muy tentadora para alguien muy  ambicioso. Nada más esconderse en la túnica los restos de la fruta para  que Efigenio no sospechara notó&amp;nbsp;que una sombra se abría paso entre los  árboles del jardín. Roldán llegaba puntual a la cita. Rogelio suspiró;  aunque era un joven decidido en aquel momento, antes de cometer un  asesinato, le faltaban fuerzas, y la sola presencia de su compinche ya  le animaba.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;“Rápido” le dijo Rogelio en un susurro a su  compañero cuando este se encontraba en el marco de la puerta. “Es ahora o  nunca… Si la gente se entera de lo de esa reliquia ya no podremos  quitársela.” En ese momento Rogelio se dio cuenta de la completa quietud  de su compañero. Se volvió hacia él pero no pudo verle el rostro porque  este quedaba oculto bajo una caprichosa sombra. Rogelio se le acercó  lentamente. Un temor incomprensible estaba germinando en su pecho,  ahogándole los pulmones y paralizando sus músculos. Atraído sin remedio  hacia la extraña presencia de Roldán el joven dio un paso, otro más, y  cuando por fin llegó al umbral de la puerta vio con horror a su  compañero. Estaba pálido, con los ojos abiertos de forma desmesurada y  los labios morados como los de un muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;En su habitación,  en el segundo piso del monasterio, el prior Rogelio despertó entre  sollozos de su pesadilla. Sus piernas temblaron al ponerse de pie para  abrir las cortinas. El Sol comenzaba a salir por el llano horizonte  castellano tiñendo el cielo de nuevo de azul y devolviendo a su vez la  calma al prior. Enseguida achacó su pesadilla a las absurdas  alucinaciones que había estado viviendo Roldán y sonrió alegrándose de  que aquel sueño fuera solo eso, un sueño.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Iba a volver a la  cama cuando distinguió a través de la ventana una mancha de polvo  levantada en el camino. Un carro venía en dirección al monasterio, y  aunque aquello no tuviera nada de extraño Rogelio se le quedó mirando.  Al poco de acercarse estuvo seguro de que se trataba del carro de  Roldán.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Espero que no me venga a contar otra vez una de sus  historias de que le persiguen los fantasmas – se dijo en voz alta. –  Acabará contagiándome sus pesadillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continúa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No os perdáis estos dos tratamientos de la clínica donde trabaja un amigo: &lt;br /&gt;&lt;a href=&quot;http://implante-mamas.com/&quot;&gt;http://implante-mamas.com/&lt;/a&gt;</description><link>http://danielgrove.blogspot.com/2015/07/el-arbol-del-sueno-parte-16.html</link><author>noreply@blogger.com (A)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-686008704723985513.post-5085245587732997155</guid><pubDate>Tue, 07 Jul 2015 10:38:00 +0000</pubDate><atom:updated>2015-10-21T06:58:25.138-07:00</atom:updated><title>El árbol del sueño (parte 15)</title><description>&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;span style=&quot;font-size: 180%;&quot;&gt;L&lt;/span&gt;a  dama de llaves, haciendo honor a su nombre, le entregó la del despacho  del conde al mayordomo y este abrió la puerta sin perder un instante. La  habitación era grande y cuadrada, amueblada con una librería en la  pared izquierda, una larga mesa de escritorio al fondo delante de una  ventana, y una chimenea en la pared derecha sobre la que colgaba un  cuadro con un paisaje natural pintado. Dentro yacía un cuerpo boca  arriba, el de un hombre alto y atlético, de unos cincuenta años y  vestido de manera elegante. Era el conde de Cañadas, y también el primo  de Don Arturo, Roldán. Pero ni este ni su mayordomo habrían apostado a  que era el mismo pues su gesto, congelado en el momento de la muerte,  reflejaba una terrible mueca de terror que lo desfiguraba. Rígido,  miraba al techo como hipnotizado, perdiendo la mirada en un punto que no  le permitía desviarla. Y todavía permanecía con los brazos estirados  tratando de protegerse algo o alguien. Pero allí no había nadie más.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El  mayordomo se acercó al cuerpo sin vida y cayó de rodillas ante él.  Arturo también se acercó. No daba crédito a sus ojos. Hacía un momento  estaba ávido de venganza y ahora solo podía sentir lástima por alguien  que hubiera muerto de manera tan terrible como reflejaba su cara. Ante  la pregunta del comisario, Arturo contestó que en efecto era su primo.  Acto seguido fue Antonio, en su calidad de médico, quien se arrodilló a  su lado y examinó el cuerpo. Cuando hubo terminado se dirigió al resto:  “La ha fallado el corazón. No hay ni heridas ni evidencias de golpes, y a  juzgar por su gesto – la rechoncha ama de llaves rompió a llorar  interrumpiéndole. – Bueno… Ha debido ser causada por una fuerte  impresión.”&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Ha muerto de terror? – Preguntó incrédulo el comisario – Jamás he visto cosa igual. ¿Quién ha podido hacerle esto?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Diga  más bien qué – dijo Arturo y se encaminó corriendo a la única ventana  que había en aquel despacho, justo detrás de la mesa del escritorio. –  Está cerrada, comisario. Y la puerta por la que entramos también lo  estaba cuando dio su último grito. Nadie podía haber entrado, a menos  que no fuera humano.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Ridículo! – Apuntó Herr Struder.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Oh Dios mío! – exclamó el ama de llaves apunto de desmayarse.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Los dos agentes la cogieron de los brazos para que no se cayera.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Piénsenlo – continuó el ex-capitán. – Él dijo en el monasterio que estaba siendo perseguido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Por quién? – Inquirió el comisario.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Pardiez! Ojalá lo supiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Mientras  los demás platicaban sobre esto último, Daniel, un poco impulsado por  el horror que le producía mirar a aquel muerto y otro poco por la  curiosidad que le siempre tenía, examinó la habitación. La chimenea, en  la pared izquierda, estaba encendida, aunque era una noche suave. Era  evidente que la había encendido con otro fin que el de calentarse y de  inmediato temió que ya se hubiera deshecho del libro que contenía las  pruebas contra el prior Don Rogelio. Al asomarse no encontró rastro  alguno del libro, pero tampoco estaba seguro de que no hubiera arrojado  el libro ya que las llamas podrían no haber dejado evidencia alguna de  él. El profesor se volvió hacia el mayordomo que todavía estaba de  rodillas junto a su difunto señor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Cuánto tiempo llevará el fuego encendido?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Y qué importancia tiene eso? – Contestó sin embargo el comisario.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Es algo de vital importancia – dijo simplemente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El  viejo mayordomo, con los ojos enrojecidos y un tono gangoso en la voz  contestó que no lo sabía, pero que su señor llegó a la casa unos diez o  quince minutos antes de que lo hicieran ellos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Es poco tiempo –  prosiguió el joven profesor. – Si hubiera arrojado algo al fuego aún  estaría consumiéndose. Así que el libro y la fruta deben de estar por  aquí, en alguna parte.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Entonces habrá que preguntarle al mayordomo – inquirió de nuevo el comisario.&lt;br /&gt;Sin embargo este no sabía nada, al igual que la desconsolada ama de llaves. Roldán era un hombre reservado hasta el extremo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El  comisario ordenó a sus agentes que ayudaran al ama de llaves y el  mayordomo a cubrir el cadáver del conde. Mientras Antonio, Herr Nicolás,  Arturo, el profesor Daniel y él mismo comenzaron a buscar por toda la  habitación el libro y la fruta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Me temo que aquí no hay  nada – dijo el comisario dejando unos papeles de golpe en la mesa ya  cansado de rebuscar en los mismos sitios. – Eso de ser cierto que  existen.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Claro que existen! – Exclamó Arturo saltando como un  resorte desde detrás de la mesa. – Si no está aquí es porque fuera lo  que fuese que vio Roldán se los ha debido llevar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Claro – contestó de forma socarrona el comisario. – Seguramente le robó el libro y luego atravesó la pared.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Puede  que Arturo creyera que él tenía el libro – intervino Daniel – pero que  en realidad sigan en poder del prior… Lo cual sigue sin explicar porqué  encendió la chimenea si no tenía intención de quemar el libro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;De  pronto los ojos del profesor brillaron a la luz de las crepitantes  llamas. En su mente se estaba fraguando una teoría descabellada, pero  que sin embargo cobraba más sentido con cada nuevo acontecimiento que  vivían.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Debemos ir a ver al prior – dijo finalmente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Imposible  – apenas hizo caso de aquella observación y acto seguido el comisario  ordenó a uno de sus hombres que bajara al pueblo para dar parte de lo  sucedido y traer una carreta donde llevarse al fallecido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Pues en ese caso dígale a su ayudante que traigan otra para el padre Rogelio.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Con aquello sí captó la atención del comisario.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Joven, más vale que me diga qué es lo que sabe.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Lo  mismo que ustedes, pero cambiemos la manera de enfocarlo. Digamos que  es irrelevante quién le haya hecho esto al conde, preguntémonos el  porqué. Roldán salió del monasterio después de reunirse con el prior,  Don Rogelio, y que Arturo les oyera confesar un asesinato. Poco después  Roldán aparece muerto. ¿No nos dijo Arturo que creyó haber visto a  alguien más esta noche en el monasterio? Recién confesado su crimen  parece lógico que quien estuviera allí con Arturo escuchara también esa  confesión y se nos hubiera adelantado.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El comisario Ernesto se acarició la barbilla pensativo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Bien,  admito que si la muerte del conde ha sido un asesinato, la última  persona con la que habló, máxime si confesó algo de ese calibre, esté  también implicado. Pero, Daniel, y también os lo digo a los demás, no  habiendo pruebas físicas – y remarcó esto último antes de que Arturo  volviera a decir lo que él escuchó – nadie puede asegurar que lo que ha  pasado aquí no ha sido fruto de la mala fortuna o capricho de Dios.  Porque, y a pesar de lo que diga el señor Grove, nada demuestra en esta  habitación que el conde haya sido asesinado. Y sin asesinato, no hay  asesino que pueda atentar contra el prior. A menos claro, que la única  autoridad competente en ese asunto diga lo contrario. ¿No es así, doctor  Antonio?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El interpelado se mordió el labio.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Sí, señor comisario, tiene usted razón. Nada indica que haya habido asesinado, no obstante lo que ha dicho Daniel…&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Pues  ya está todo zanjado, busque precio de endodoncia!– dijo de manera tajante. Giró sobre sus talones  haciendo chasquear sus botas al juntarse como si fuera un militar, y con  toda la pomposidad y arrogancia de la que podía hacer alarde salió de  la habitación.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Daniel tuvo claro que ya no podrían contar con  la ayuda de la policía, a menos claro que encontraran la prueba que les  faltaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continúa.</description><link>http://danielgrove.blogspot.com/2015/07/el-arbol-del-sueno-parte-15.html</link><author>noreply@blogger.com (A)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-686008704723985513.post-4550881760779077735</guid><pubDate>Tue, 07 Jul 2015 10:38:00 +0000</pubDate><atom:updated>2015-10-21T06:58:33.608-07:00</atom:updated><title>El árbol del sueño (parte 14)</title><description>&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;span style=&quot;font-size: 180%;&quot;&gt;E&lt;/span&gt;l Conde de  Cañadas era un hombre al que muy poca gente conocía en persona. Y es que  apenas se mostraba en público. Sin embargo su nombre sí era conocido, y  no era de extrañar ya que vivía en un castillo no muy lejos de  Robledote y su servidumbre iba al mercado muy a menudo a comprar. Había  rumores entorno a él, pero como suele ocurrir en estos casos ninguno  tenía fundamento. Había quien aseguraba que sobre él pesaba una  maldición que le impedía salir de día, aunque tampoco había nadie que le  hubiera visto salir de noche. Otros aseguraban sin embargo que su  aislamiento se debía a una terrible enfermedad que lo mantenía preso  entre las cuatro paredes de su castillo. Para añadir más misterio al  asunto ninguno de los sirvientes del conde sabían el porqué de su  discreta existencia, tan discreta que incluso le obligaba a mantener su  nombre y apellidos en secreto. Por todo eso era conocido como el conde  ermitaño, y su título ya casi pertenecía más al imaginario del pueblo  que a la realidad misma.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;No obstante, había tras esa fachada  una realidad. No era enfermedad ni maldición lo que le mantenían  escondido, sino la vergüenza. Tras varios años de bonanza en los que  disfrutaba sin freno de las delicias de la vida tuvo que detener su tren  de vida al regreso a España de su buen primo, el capitán Arturo. En una  España deprimida en todos los sentidos nada podía la corona ofrecer a  los líderes y soldados de su ejército más que las gracias por haberles  servido. Lástima que de eso no pudieran alimentarse, y con la esperanza  en su corazón de recoger lo que al menos había cosechado en su tierra,  Don Arturo volvió sin nada más que un puñado de monedas y su traje de  capitán enfundado en su esbelta figura. No encontró nada de lo que allí  hubo dejado. Sus tierras de labranza eran pastos donde los animales  pisoteaban su tierra, la gran hacienda donde él mismo había nacido  estaba cambiada, fruto de varias reformas que un ganadero rico le había  hecho cuando se adueñó de ella. El nombre del que se la vendió se perdió  en el tiempo, y nadie antes que él había preguntado su identidad. Solo  se sabía que le urgía vender y al actual propietario le daba igual quién  se lo vendiera. Tampoco supo quién vendió sus caballos, nobles animales  que su familia había criado con cariño, al igual que un corral e  incluso un viejo palomar, que entonces ya solo eran ruinas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El  conde temía que su primo, al verle, reclamara lo que era suyo y le  quitase su nuevo castillo. Por eso se escondió, y entre los muros de su  propio castillo empezó a ser cada vez más precavido, hasta terminar  siendo paranoico. Tal vez sí estuviera enfermo y maldito después de  todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Sobre la loma de un monte bajo, con los rayos de la  luna brillando en sus almenas, el pequeño pero bien cuidado castillo del  conde de Cañadas se extendía ante los ojos de Daniel y sus amigos. Don  Arturo se había sentado detrás junto a Herr Struder y ante la visión de  aquel castillo se puso en pie y murmuró algunas palabras de venganza que  ninguno alcanzó a comprender.&lt;br /&gt;Antonio azuzó a los caballos y la  carreta ganó algo de velocidad. Nos estábamos aproximando al lugar donde  ocurriría un terrible reencuentro. El de Arturo y Roldán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Antes  incluso de detener el carro junto a la puerta del castillo Arturo ya  había saltado de él y se encaminaba hacía ella muy estirado. El  comisario Ernesto le detuvo antes de que se pusiera a aporrear la  puerta. Fue él mismo quien llamó. Un hombre mayor, delgado y con poco  pelo blanco creciéndole a modo de corona alrededor del cráneo salió a  nuestro encuentro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Quién va a estas horas?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Dígale al conde que su primo ha llegado! - Dijo Arturo sobre el hombro del comisario.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Soy el comisario Ernesto – intervino éste - ¿Puedo hablar con el Conde?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El  mayordomo, a pesar de ser el encargado de llevar las cosas del hogar y  de intermediar por él con los ganaderos y agricultores de la zona, era  uno más de los habitantes de la zona. Quiere esto decir que ni sabía el  origen de su señor ni su verdadero nombre. No obstante le era fiel y  guardaba su discreción sin hacer el más mínimo comentario. Por supuesto  también era obediente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Lo siento pero el Señor se encuentra ausente en estos momentos por motivos de negocios – dijo de forma tajante.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Imagino  que en esta casa se limpian los jardines a diario, ¿me equivoco? – Dijo  entonces Daniel con suspicacia. El anciano se sintió ofendido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Sí, exactamente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Entonces  las heces de caballo que veo junto al lateral del castillo deben ser  recientes. Juraría que incluso las huellas de caballos y la de las  ruedas de un coche tirado por ellos también lo son.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Ahí se vio  sorprendido el mayordomo, que aunque fiel, no lo era tanto como para  encadenar varias mentiras seguidas delante de un comisario de policía.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Sí, bueno… - comenzó diciendo. – Es el coche de caballos del señor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Luego el señor está en casa – se aventuró a decir el comisario.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Yo no he dicho eso...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Pero  a mí me basta – y haciendo uso de su autoridad el comisario, que no era  famoso por su paciencia, entró en el castillo. Y tras él todos los  demás.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Desbordado el pobre anciano no tuvo más remedio que  pedirles que esperaran, y acto seguido corrió por el ancho hall hasta  las escaleras al fondo del mismo. Cuando estaba subiendo, aún a la vista  de Daniel y el resto, un grito de terror rompió el sepulcral silencio  del castillo. El anciano se detuvo, luego echó a correr y todos oyeron  cómo aporreaba una puerta allá arriba. &amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Una mujer rechoncha  apareció tras una puerta a la derecha del hall, era la dama de llaves.  El anciano asomó su cabeza desde la balaustrada a lo alto y la llamó  corriendo. Algo ocurría, aquel grito no era natural y con toda la  autoridad que le confería su rango el comisario y sus dos ayudantes  salieron detrás de la mujer. También hicieron lo propio Daniel y los  demás. Subieron las escaleras y tomaron un pasillo ha su izquierda. Tras  un puerta de roble el mayordomo llama a gritos al conde, el cual no  respondía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continua.</description><link>http://danielgrove.blogspot.com/2015/07/el-arbol-del-sueno-parte-14.html</link><author>noreply@blogger.com (A)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-686008704723985513.post-4894797021764018084</guid><pubDate>Tue, 07 Jul 2015 10:38:00 +0000</pubDate><atom:updated>2015-07-07T03:51:03.674-07:00</atom:updated><title>El árbol del sueño (parte 13)</title><description>&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;span style=&quot;font-size: 180%;&quot;&gt;E&lt;/span&gt;l ruido de  la carreta y los incesantes grillos eran lo único que se escuchaba en la  noche mientras se dirigían al monasterio. Daniel iba sentado delante en  el carro, al lado del doctor Antonio, que llevaba las riendas de los  caballos. Justo detrás, sentado en la carreta, iba el corpulento  banquero alemán, Herr Struder, quien se había empeñado en acompañarles.  Por detrás de la carreta les seguían por aquel camino tres jinetes a  lomos de corceles pardos. Eran agentes de la ley, un comisario y sus dos  ayudantes, a quienes Don Antonio conocía desde hacía años. Este último  les había explicado la situación. El robo y agresión que había sufrido  Daniel eran algo grave, pero que esto lo hubiera podido realizar alguien  del monasterio y que encima pudiera estar involucrado en un asesinato  perpetrado años atrás les parecía descabellado, sobretodo al comisario  Ernesto, que era muy religioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Desde que salieran de la  posada despedidos con cariño por Doña Josefina y sus hijas, Daniel no  había dejado de darle vueltas al asunto. Tenía la firme convicción de  que, de haber sabido que el libro se encontraba en la biblioteca,  Rogelio no les habría dejado tener acceso a él. Y sin embargo allí  estaba. Sus pensamientos recalaron en aquel entonces en la sombra que  creyó ver en el estrecho pasillo de la biblioteca. ¿La habría visto de  verdad? ¿Se le habría caído a él el libro? Era demasiado extraño,  parecía que esa persona o sombra hubiera dejado el libro a propósito  para que lo encontraran. Y después desaparecer sin dejar rastro. Ya a  los pies del monasterio le seguía dando vueltas a esa idea cuando de  entre los matorrales a un lado del camino una sombra alargada salió al  encuentro del carro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Detenga el carro! – dijo, y aquella voz les sonó familiar de inmediato.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Arturo! – contestó el rechoncho doctor. - ¿Dónde os habíais metido?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Pero  este no escuchaba, tenía en su mente bullentes ideas en las que se  mezclaba el extraño suceso del hombre que se había arrojado al vacío y  los deseos de venganza y justicia hacía su primo. En ese momento de  confusión reconoció a Daniel al lado de Antonio y corrió hasta él. Se  subió al carro y le dio un fuerte abrazo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¡Por todos los santos, está usted bien! ¡Pensé que le podrían haber hecho algo!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Lo intentaron pero ya ve que no se me detiene así como así.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Es cierto – intervino el doctor – su cráneo es duro como un casco de minero. Muy buenos parietales, sí señor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Daniel  no se sintió ofendido ante aquella observación sobre su cabeza, muy al  contrario ya sabía lo fanático que era el doctor de su trabajo y eso le  divertía. Herr Nicolás se asomó desde detrás de la carreta.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Déjense  de hacer el necio y entremos ya al monasterio – hizo florecer su vena  práctica el banquero. – Además ya voy teniendo frío.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Un  momento – interrumpió Arturo. – Antes de nada decidme si habéis visto a  alguien más salir del monasterio – pero los otros negaron con la cabeza.  - ¡Pues no lo entiendo! – alzó la voz. &amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;– Yo he visto a alguien  caer… No, miento. He visto a alguien arrojarse desde lo alto (señaló con  el dedo las ventanas del piso superior) cuando trepaba por la cornisa…&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Ha  dicho que trepaba usted por la cornisa? – inquirió el comisario Ernesto  que se había acercado para ver de qué iba todo aquello.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Sí –  contestó sin detenerse a pensarlo, embargado aún por lo sorprendente del  asunto – desde lo alto le vi caer con mis propios ojos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Y qué se supone que hacía usted ahí arriba?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Pues  yo… ¡Desenmascarar a un asesino! – dijo al fin encarándose al  comisario. No estaba Don Arturo para que le acusaran en aquel momento. –  Y en verdad le digo que ese prior y el mal nacido de mi primo han  estado confesando su crimen. Así que vayamos a arrestarlos ahora mismo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Veremos  si no es a usted a quien arresto – le dijo con bravuconería. – Entrar  sin permiso al amparo de la noche en un monasterio es un delito.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-¿Y no lo es un asesinato? – Contestó indignado Arturo - ¿Ni un robo o fraude?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-No cuando no hay pruebas de ello.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El  ex–capitán quiso contestar pero el comisario tenía razón. Al huir  Roldán con el libro no tenía nada con lo que demostrar que él y Rogelio  habían asesinado al padre Efigenio.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Uno de ellos ha huido con las pruebas – confesó con amargura.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-No  con todas – dijo Daniel sacando de su bolsillo la carta de Arturo a  Roldán que habían encontrado dentro del manuscrito. – Como el comisario  ya ha leído la carta no es necesario decirle que si Roldán siguiese vivo  y le encontramos tendríamos con ello prueba suficiente para acusarle de  apropiarse de manera indebida de los bienes de Arturo. ¿Me equivoco?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;El interpelado reconoció que tenía razón.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-Está  bien. Pero nada de esto servirá si no encontramos al tal Roldán. Y dudo  que si en estos años nadie lo ha hecho alguien vaya a hacerlo ahora.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;-En  eso se equivoca, comisario – le contestó Arturo con tono triunfal. –  Nadie más que Efigenio y yo le conocíamos porque había pasado largo  tiempo en las campañas del extranjero. Por eso le fue fácil cambiar su  identidad nada más arribar a España, y con mi dinero comprar el título  de Conde de Cañadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continúa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro día aprendí &lt;a href=&quot;http://antoniogonzalezm.es/como-robar-la-wifi-de-un-vecino-10-programas-para-hackear-contrasena-y-acceder/&quot;&gt;cómo robar wifi&lt;/a&gt;, es importante saber estar preparados...</description><link>http://danielgrove.blogspot.com/2015/07/el-arbol-del-sueno-parte-13.html</link><author>noreply@blogger.com (A)</author><thr:total>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-686008704723985513.post-2191841640850929474</guid><pubDate>Tue, 07 Jul 2015 10:37:00 +0000</pubDate><atom:updated>2015-07-07T03:37:50.387-07:00</atom:updated><title>El árbol del sueño (parte 12)</title><description>Sintió cerrarse la puerta del despacho y pensó que en ese momento podría  salir de la habitación, pero entonces escuchó los pasos de Don Rogelio  dirigiéndose a su dormitorio, donde él se escondía. Se levantó de un  salto y comprobó que no había ninguna otra puerta. Encontró sin embargo  la ventana y salió por ella a la calle llevado por un impulso que no  pudo controlar. Quedó así pues de pie sobre la cornisa y con la espalda  pegada a la pared. Afuera el frío de la noche le mordía la piel y la  piedra de la cornisa a penas medía lo que de largo sus botas, una  situación muy peligrosa teniendo en cuenta que desde ahí habían lo menos  diez metros de caída.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Buscó con la vista otra ventana anexa  por la que volver al monasterio, y la primera que encontró fue la del  despacho del prior, pero estaba cerrada. Al asomarse tuvo tiempo de ver  que la fruta ya no estaba. Roldán se la había llevado, junto con el  libro, para hacer desaparecer las pruebas. Debía darse prisa si quería  recuperar el libro por lo que continuó deslizándose con la espalda  pegada a la pared por la cornisa. De pronto se detuvo. A su derecha, a  escasos diez metros de él, la sombra de otro hombre permanecía inmóvil  pegada a la cornisa. Arturo se sobresaltó tanto que apunto estuvo de  perder el equilibrio. Se frotó la vista con ambas manos y al volver a  mirar aún estaba allí. Por un momento creyó que el otro hombre se volvía  para mirarle, pero ninguno dijo nada. Tras unos momentos de tenso  silencio Arturo decidió acercarse a ese hombre, a fin de cuentas ya le  había visto, pero nada más dar un paso hacia él este se inclinó hacia  delante. El ex-capitán tuvo que contener un grito cuando aquel otro se  dejó caer aplomo en el vacío de la noche. Un golpe seco y después un  silencio sepulcral, eso fue todo lo que oyó Arturo, con las piernas  tensas sobre la cornisa y los ojos abiertos como platos y perdidos en el  abismo que se abría bajo sus pies.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;No supo cómo reaccionar  hasta que pasados unos minutos una luz surgió del valle. Pronto el ruido  de un carro tirado por caballos se abrió paso en el silencio de la  noche. Arturo decidió darse prisa, tal vez aquellas personas pudieran  ayudar al hombre que acababa de caer, eso en el supuesto de que siguiera  vivo. Luego podría pedirles algún caballo para salir en busca de su  primo, pero para ello primero tenía que bajar de allí. Siguió palpando  la fría pared con sus manos intentando encontrar una ventana pero cuando  por fin encontraba una esta resultaba cerrada. A la tercera ventana  supuso que había llegado a donde aquel tipo se arrojó al vacío pero  seguí sin escuchar lamento alguno. Atendiendo a la manera que había  tenido de caer, lo más seguro es que se rompiera el cuello. Iba a  continuar palpando la pared cuando su mano tocó una rama y abundantes  hojas. Era una enredadera que había ido creciendo pegada a la pared del  monasterio llegando al segundo piso. Él, que era un hombre de innegable  agilidad, no dudó en ponerse sobre ella y usarla para bajar. De niño e  incluso ya de adulto se había acostumbrado a trepar a los árboles,  máxime cuando la necesidad lo imponía, por lo que aquello no le suponía  ningún reto. Y sin embargo, al llegar al suelo, su cuerpo se estremeció.  Pues allí donde debería haber un cuerpo tendido en la negra tierra, no  había nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continúa.</description><link>http://danielgrove.blogspot.com/2015/07/el-arbol-del-sueno-parte-12.html</link><author>noreply@blogger.com (A)</author><thr:total>0</thr:total></item></channel></rss>