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	<title>Ecdotica</title>
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	<description>Noticias literarias, descarga de libros gratuitos, selección de cuentos de manera mensual</description>
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		<title>Cuento: Duerme pablito de Carla Angelo</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/28/cuento-duerme-pablito-de-carla-angelo/</link>
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		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 14:18:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/duerme-pablito.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/duerme-pablito.jpg" alt="" title="duerme pablito" width="224" height="192" class="aligncenter size-full wp-image-3118" /></a></center><br />
<strong>Duerme Pablito<br />
Por: Carla Angelo</strong></p>
<p>Luz, sombra, y de nuevo la luz se colaba entre las rendijas del camión. El cambio del clima comenzaba a notarse en la presencia del alba. Aquel frío seco del altiplano acariciaba sus mejillas paspadas por última vez; el olor a tierra de las papas se colaba en su nariz, haciéndolo sentirse aún en casa.</p>
<p>Pablo dormía sobre los costales, su cabello negro cubierto por un lluchito se dejaba ver apenas, y sus manos morenas se cerraban sobre una chuspa. El camión paró pausadamente mientras bajaban la carga.</p>
<p>—Despertate, ya estamos en el Rodríguez —el chofer le dio un brusco empujón y sacó el costal sobre el que Pablo apoyaba la cabeza.</p>
<p>El niño abrió los ojos con pesadez, incorporándose. Los ruidos tan diferentes al del campo se escuchaban. Bocinazos, habladurías, gritos, motores&#8230; El aire también era diferente, más pesado; menos frío.</p>
<p>— ¡Ya bajete pues! —le gritaron.</p>
<p>Apenas bajó del camión, los puestos llenos de verduras que las vendedoras acomodaban le parecieron curiosos. El suelo empedrado se sentía diferente a la fría tierra altiplánica bajo sus abarcas. No levantó la vista del suelo, una papa rodaba por la inclinada calle hasta detenerse bajo sus pies. Se agachó a recogerla e inmediatamente se la arrebataron de las manos. Levantó la vista hacia la cholita que lo contemplaba como si fuese un ladrón.</p>
<p>— ¡Pablo! ¡Ven pues! —escuchó el grito de su madrina. Buscó en varias direcciones y la vio junto al chofer del camión que lo había llevado a la ciudad.</p>
<p>Se aproximó con cautela, un poco cansado.</p>
<p>—Apúrate pues.</p>
<p>Caminó tras ella. Su madrina, la hermana de su mamá, era una cholita simpaticona que atendía un puesto en el mercado. Era tan activa y vivaracha que siempre andaba de un lado al otro con paso apresurado. Aquel momento no era la excepción. Recorría la ruta que se sabía de memoria, casi al trote, mientras su ahijado trataba de seguirle el ritmo, abriéndose paso entre la gente, sin la costumbre de encontrarse inmerso en la multitud.</p>
<p>—Tomá, con hambre debes estar —le extendió una naranja de su puesto, el cual estaba siendo atendido por la Sarita.</p>
<p>Se colgó bien la chuspita al hombro y peló la naranja con sus manitos llenas de tierra por el viaje. Chupando la fruta se sentó en el suelo junto al puesto. Curioso y expectante miraba pasar a la gente. Todos parecían apresurados; muchas señoras de todas clases caminaban de puesto en puesto, llenando sus bolsas de mercado con los productos de Rodríguez.</p>
<p>A sus diez años Pablo realizaba su primera visita a la ciudad. En realidad, migraba del campo a casa de sus padrinos, puesto que sus padres no podían mantener siete hijos. Pablo iba a trabajar con Félix, su padrino, quien era chofer de minibús.</p>
<p>En la mañana se la pasó acompañando a su madrina y a su prima Sarita. Al medio día le ofrecieron un platito de metal y una cuchara con una sajta de pollo. Muerto de hambre devoró la comida, en su pueblito cerca al lago no había comido nunca ese plato tan típico de la ciudad.</p>
<p>No hablaba mucho, era tímido, desconfiado y mucha autoestima no tenía. Entendía que se había ido lejos de su hogar porque era un gasto y, de alguna forma, desde la ciudad debía ayudar a su familia del campo, como su hermana había hecho hacía algunos años atrás.</p>
<p>En la noche ayudó como pudo a cerrar el puesto y su madrina le cargó el aguayo con frutas a su espalda. Caminaron a la parada y esperaron un minibús, cargaron todo adelante y se dirigieron a Rio Seco, donde se encontraba su nueva casa. El ajetreo del bus sobre la calle lo hacía brincar, pero el muchacho que gritaba la ruta por la ventanilla le llamaba más la atención, lo suficiente como para contemplarlo; inmerso en sus cavilaciones asimilaba cada acción, cada gesto, cada señal de su futuro símil.</p>
<p>Llegaron a la casita, el niño ingresó con timidez a saludar a su padrino. Al Félix no lo veía desde que era chiquito; le impresionó un poco el verlo después de tanto tiempo. Era grande y fornido, muy grande en comparación a Pablito. El hombre lo tomó del hombro, con fuerza, mirándolo desde arriba.</p>
<p>—Mañana temprano te vas a despertar —le avisó —, desde las siete hacemos la ruta, desde la Ceja.</p>
<p>Después de una breve explicación de calles que no conocía y apenas el nombre recordaba, se durmió en el catre que iba a compartir con sus primitos. Sarita era la mayor, una niñita de su edad, después venía Paloma, de cinco años y por último el Miguel, de un año.</p>
<p>Pablo durmió tranquilo, aunque extrañaba su hogar. En la noche soñó con su casa, una pequeña de ladrillo, la cual mostraba orgullosa su fachada. Cerca estaba la escuelita del pueblo, una construcción pintada de celeste, con una cancha de tierra donde jugaba en los recreos. A lo lejos se divisaba el altiplano. Llano, seco, con la paja que adornaba el suelo como hilos descoloridos de oro. En sus sueños se vio corriendo nuevamente detrás de la pelota de trapo; mientras el sol se ocultaba en la planicie y se reflejaba en el agua azul del ancestral lago.</p>
<p>Acostumbrado a madrugar se levantó temprano. Se limpió con el agua helada que salía de una pila del patio y su madrina le dio una marraqueta y un trocito de queso que comió en el camino.</p>
<p>— ¿Sabes sumar no? —le preguntó Félix en un tono autoritario.</p>
<p>El niño afirmó con la cabeza y el hombre estiró su mano, mostrándole y depositando monedas en su palma.</p>
<p>—De la ceja a la Pérez, es dos cincuenta el pasaje; desde la tranca si no hay pasajero cobras uno cincuenta —explicó mostrando las monedas—. Te vas a acordar bien de quiénes se suben, cuidado te estén mamando, que no se bajen sin pagar —caminó hacia el minibús, un Toyota blanco que esperaba en el terreno.</p>
<p>La parada no estaba lejos. Un puesto de comida ya estaba abierto y otros choferes conversaban. En otro grupo conversaban tres muchachos, voceadores, que como él, trabajaban en el transporte público durante las vacaciones, feriados y fines de semana.</p>
<p>—Andate con el Felipe, que te explique —lo empujó de los hombros hacia el muchacho más grande de todos.</p>
<p>Él le hizo una seña y lo llevó hacia el minibús. Le mostró lo fundamental: cómo abrir la puerta, cuándo cobrar y cuándo gritar. Pablo escuchaba atento, si algo sabía hacer era escuchar.</p>
<p>— Mañuda es la puerta del minibús del Félix, con fuerza tienes que empujar —le recomendó por último, caminado a su puesto laboral mientras los choferes hacían lo mismo.</p>
<p>Tratando de recordar todo: lo que le había indicado su padrino, Felipe y lo que había visto el día anterior, se dispuso a trabajar. Una y otra vez repetía la ruta; en más de una ocasión el chofer le sopló el nombre de las calles. El frío viento entraba en su garganta mientras gritaba, apaciguando con torpeza su voz infantil.</p>
<p>— ¡Qué pasa Pablo, grita pues! —al llegar a la tranca, el minibús donde iba Felipe les dio alcance. A diferencia de Pablo, él ya estaba acostumbrado, su garganta dolía a veces, pero se encontraba curtida tras realizar el mismo trabajo varios días al año.</p>
<p>—Pasajes —pidió Pablo tímidamente, era la primera vez que iba a cobrar y tenía miedo de hacerlo mal; que le pagasen menos o que directamente no le pagaran.</p>
<p>El transporte ya estaba lleno. Algunos sacaban dinero y se lo alcanzaban. Él intentaba separarlo y dar el cambio antes de olvidarse, entre la cantidad de monedas y manos, quién le había dado qué.</p>
<p>—Su pasaje —dijo a una señora que no se había ni inmutado.</p>
<p>— ¡En la Pérez voy a bajar!—protestó con un acentuado mal humor —. No me voy a bajar sin pagar, ¿Qué me crees, ladrona? —hizo un gesto retador con la cabeza.</p>
<p>El niño volvió a sentarse dirigiendo la mirada hacia el chofer, este lo vio de vuelta desde el espejo, soltando una sonrisa disimulada, era costumbre ese tipo de reacciones entre los pasajeros.</p>
<p>— ¡Oye, mi cambio! No te hagas al gil —demando un señor desde el último asiento.</p>
<p>Pablo miró las monedas, ya todo estaba mezclado y confuso. Con temor le preguntó cuánto le había dado.</p>
<p>—Acordate pues —fue la fría respuesta. Al ver el desconcierto aún vigente del niño, dijo con mala gana—.Cinco pesos te he dado.</p>
<p>—Estos llokallas qué no se van a acordar, por quedarse el cambio se hacen a los locos —intervino la mujer de antes.</p>
<p>Terminadas las primeras rutas del día volvieron a la parada. En unas cuantas horas Pablo había lidiado con toda la juntucha de gente de la ciudad; presenciado un desfile de miradas, actitudes, humores y vestimentas; desde quienes pasaban casi desapercibidos en el transporte, hasta quienes llamaban la atención con sus protestas y griteríos, ya fuera por el tráfico o el Gobierno. Pablo se dio cuenta que habían muchas cosas por las cuales protestar.</p>
<p>— ¿Cuánto has juntado? —preguntó Felipe a otro niño del mismo oficio.</p>
<p>Pícaramente sacó varias moneditas de su bolsillo y las mostró al resto de chicos, como si fuera un tesoro.</p>
<p>—Dos pesos.</p>
<p>—Yo tres, ¿Vos Pablo?</p>
<p>—Nada —explicó con desconcierto, no sabía que podía quedarse con algo.</p>
<p>—Que sonso eres —le dio un golpe en la nuca—. A veces se olvidan de pedir el cambio, si no te piden después de un rato, luego no se acuerdan.</p>
<p>Los chicos le sonrieron con burla; caminaron a un kiosco. Se compraron una gaseosa y la compartieron, aun con Pablo. Después de un compartimiento y un modesto almuercito invitado por los choferes, regresaron a su trabajo.</p>
<p>Con el pasar de los días, Pablo se acostumbraba. Poco a poco se avivaba y, aunque todavía lo lastimaba, intentaba ignorar los malos tratos de algunos pasajeros, quienes olvidaban su condición de niño y lo regañaban como si fuese su obligación servirles.</p>
<p>Entre las arriesgadas y veloces maniobras del Félix, Pablo mantenía el equilibrio parado junto a la puerta. El movimiento violento del minibús al meterse entre los autos se sentía aun en el más terrible embotellamiento, causando decepción a los curiosos personajes que ayudaban a controlar el tráfico. Pablo reía cada vez que uno de esos sujetos disfrazados, de lo que él consideraba un burrito rayado, se aproxime a Félix para reclamarle el pisar la línea de cebra.</p>
<p>Mientras una señora de edad subía al transporte, el niño voceador contaba monedas.</p>
<p>—Tomá —le extendió un dulce, con un rostro más bien severo.</p>
<p>El chico lo recibió con desconfianza, era la primera vez que un pasajero le ofrecía algo. Lo observó un momento, antes de que la anciana volviera a hablar.</p>
<p>—Gracias se dice. Eso se saca uno por ser amable con estos, malcriados son —refunfuñó, hablándole a la señorita de su lado, quien intentaba no prestarle atención.</p>
<p>—Gracias —repitió Pablo en vos bajita, casi en un susurro, sintiéndose amedrentado.</p>
<p>La pesada puerta la volvió a abrir, le costaba esfuerzo hacerlo tantas veces al día, pero cada vez sacaba más fuerza. Una señora con un niño de la edad de Pablo ingresó.</p>
<p>—Ayudame a levantar el asiento.</p>
<p>Rápidamente se aproximó a levantarlo, mientras la señora guiaba a su hijo al fondo.</p>
<p>—Tienes que ayudar ¿No ves que estoy con el chiquito? —reclamó, y más de uno soltó una sonrisa irónica.</p>
<p>—Él también es wawa, no es tu sirviente, con cariñito pedile pues que te ayude —lo defendió una cholita, quien miraba a Pablito con rostro maternal.</p>
<p>—Tú que te metes —respondió desde atrás.</p>
<p>Una pequeña discusión se llevaba a cabo. El niño continuó cobrando pasajes a quienes reían ante la situación. De nuevo las peleas entre desconocidos se hacían presentes en el minibús del Félix. Pablo ya no hacía caso, él no había pedido que peleasen por él, ¿Por qué tenía que meterse?</p>
<p>Sacó la cabeza por la ventanilla, gritando de rato en rato, sintiendo el viento mover su cabello. Ya ingresaban a la Camacho. La avenida que más le gustaba. Le encantaba atravesar ese pasaje mágico, donde la modernidad y conglomeración de la ciudad se juntaban con el Illimani. La montaña le recordaba a su casa, desde donde también podía ver la cordillera, tan grande, tan lejana y cercana a la vez. Por la perspectiva parecía que podía estrujar la suave nieve entre sus manos, sin embargo, no importaba cuanto caminase, el tamaño se mantenía y la distancia se agrandaba. Perdido en su sueño, ajeno al ruido estridente de la música, el parloteo y griterío de las discusiones, cerraba los ojos, sintiendo la velocidad del minibús, asociado a las que él consideraba, expertas maniobras de su padrino.</p>
<p>Sin embargo, a Félix se le olvidaba que las normas y el intento de orden que aquellos personajes de quienes se burlaba intentaban establecer; eran necesarios además de la pericia y destreza.</p>
<p>Una luz amarilla, en la que aumentó la velocidad, un cambio rápido al rojo, otro minibús que realizó la misma imprudente acción, ocasionó lo inevitable.</p>
<p>El sonido de la cumbia saliendo de la radio aún se escuchaba. La alborotada reacción de los curiosos no tardó en hacerse presente. Los cuchicheos de asombro, los bocinazos de quienes no sabían del motivo para detener al tráfico, la gente que bajaba de los buses accidentados, todo era confuso y atosigante.</p>
<p>Ahí, al pie del Illimani, Pablito dormía por última vez; regresando a casa como cada noche, pasando las manos por la paja brava, corriendo en la tierra con nuevos amigos, tras una pelota nueva esta vez, mientras abajo, la multitud se dispersaba.</p>
<p>—Qué pena —comentaban algunos, siguiendo su camino, mirando de reojo hacia atrás, esperando llegar a casa a contar como habían presenciado una de las tantas anécdotas de la ciudad.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica </em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/duerme-pablito.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/duerme-pablito.jpg" alt="" title="duerme pablito" width="224" height="192" class="aligncenter size-full wp-image-3118" /></a></center><br />
<strong>Duerme Pablito<br />
Por: Carla Angelo</strong></p>
<p>Luz, sombra, y de nuevo la luz se colaba entre las rendijas del camión. El cambio del clima comenzaba a notarse en la presencia del alba. Aquel frío seco del altiplano acariciaba sus mejillas paspadas por última vez; el olor a tierra de las papas se colaba en su nariz, haciéndolo sentirse aún en casa.</p>
<p>Pablo dormía sobre los costales, su cabello negro cubierto por un lluchito se dejaba ver apenas, y sus manos morenas se cerraban sobre una chuspa. El camión paró pausadamente mientras bajaban la carga.</p>
<p>—Despertate, ya estamos en el Rodríguez —el chofer le dio un brusco empujón y sacó el costal sobre el que Pablo apoyaba la cabeza.</p>
<p>El niño abrió los ojos con pesadez, incorporándose. Los ruidos tan diferentes al del campo se escuchaban. Bocinazos, habladurías, gritos, motores&#8230; El aire también era diferente, más pesado; menos frío.</p>
<p>— ¡Ya bajete pues! —le gritaron.</p>
<p>Apenas bajó del camión, los puestos llenos de verduras que las vendedoras acomodaban le parecieron curiosos. El suelo empedrado se sentía diferente a la fría tierra altiplánica bajo sus abarcas. No levantó la vista del suelo, una papa rodaba por la inclinada calle hasta detenerse bajo sus pies. Se agachó a recogerla e inmediatamente se la arrebataron de las manos. Levantó la vista hacia la cholita que lo contemplaba como si fuese un ladrón.</p>
<p>— ¡Pablo! ¡Ven pues! —escuchó el grito de su madrina. Buscó en varias direcciones y la vio junto al chofer del camión que lo había llevado a la ciudad.</p>
<p>Se aproximó con cautela, un poco cansado.</p>
<p>—Apúrate pues.</p>
<p>Caminó tras ella. Su madrina, la hermana de su mamá, era una cholita simpaticona que atendía un puesto en el mercado. Era tan activa y vivaracha que siempre andaba de un lado al otro con paso apresurado. Aquel momento no era la excepción. Recorría la ruta que se sabía de memoria, casi al trote, mientras su ahijado trataba de seguirle el ritmo, abriéndose paso entre la gente, sin la costumbre de encontrarse inmerso en la multitud.</p>
<p>—Tomá, con hambre debes estar —le extendió una naranja de su puesto, el cual estaba siendo atendido por la Sarita.</p>
<p>Se colgó bien la chuspita al hombro y peló la naranja con sus manitos llenas de tierra por el viaje. Chupando la fruta se sentó en el suelo junto al puesto. Curioso y expectante miraba pasar a la gente. Todos parecían apresurados; muchas señoras de todas clases caminaban de puesto en puesto, llenando sus bolsas de mercado con los productos de Rodríguez.</p>
<p>A sus diez años Pablo realizaba su primera visita a la ciudad. En realidad, migraba del campo a casa de sus padrinos, puesto que sus padres no podían mantener siete hijos. Pablo iba a trabajar con Félix, su padrino, quien era chofer de minibús.</p>
<p>En la mañana se la pasó acompañando a su madrina y a su prima Sarita. Al medio día le ofrecieron un platito de metal y una cuchara con una sajta de pollo. Muerto de hambre devoró la comida, en su pueblito cerca al lago no había comido nunca ese plato tan típico de la ciudad.</p>
<p>No hablaba mucho, era tímido, desconfiado y mucha autoestima no tenía. Entendía que se había ido lejos de su hogar porque era un gasto y, de alguna forma, desde la ciudad debía ayudar a su familia del campo, como su hermana había hecho hacía algunos años atrás.</p>
<p>En la noche ayudó como pudo a cerrar el puesto y su madrina le cargó el aguayo con frutas a su espalda. Caminaron a la parada y esperaron un minibús, cargaron todo adelante y se dirigieron a Rio Seco, donde se encontraba su nueva casa. El ajetreo del bus sobre la calle lo hacía brincar, pero el muchacho que gritaba la ruta por la ventanilla le llamaba más la atención, lo suficiente como para contemplarlo; inmerso en sus cavilaciones asimilaba cada acción, cada gesto, cada señal de su futuro símil.</p>
<p>Llegaron a la casita, el niño ingresó con timidez a saludar a su padrino. Al Félix no lo veía desde que era chiquito; le impresionó un poco el verlo después de tanto tiempo. Era grande y fornido, muy grande en comparación a Pablito. El hombre lo tomó del hombro, con fuerza, mirándolo desde arriba.</p>
<p>—Mañana temprano te vas a despertar —le avisó —, desde las siete hacemos la ruta, desde la Ceja.</p>
<p>Después de una breve explicación de calles que no conocía y apenas el nombre recordaba, se durmió en el catre que iba a compartir con sus primitos. Sarita era la mayor, una niñita de su edad, después venía Paloma, de cinco años y por último el Miguel, de un año.</p>
<p>Pablo durmió tranquilo, aunque extrañaba su hogar. En la noche soñó con su casa, una pequeña de ladrillo, la cual mostraba orgullosa su fachada. Cerca estaba la escuelita del pueblo, una construcción pintada de celeste, con una cancha de tierra donde jugaba en los recreos. A lo lejos se divisaba el altiplano. Llano, seco, con la paja que adornaba el suelo como hilos descoloridos de oro. En sus sueños se vio corriendo nuevamente detrás de la pelota de trapo; mientras el sol se ocultaba en la planicie y se reflejaba en el agua azul del ancestral lago.</p>
<p>Acostumbrado a madrugar se levantó temprano. Se limpió con el agua helada que salía de una pila del patio y su madrina le dio una marraqueta y un trocito de queso que comió en el camino.</p>
<p>— ¿Sabes sumar no? —le preguntó Félix en un tono autoritario.</p>
<p>El niño afirmó con la cabeza y el hombre estiró su mano, mostrándole y depositando monedas en su palma.</p>
<p>—De la ceja a la Pérez, es dos cincuenta el pasaje; desde la tranca si no hay pasajero cobras uno cincuenta —explicó mostrando las monedas—. Te vas a acordar bien de quiénes se suben, cuidado te estén mamando, que no se bajen sin pagar —caminó hacia el minibús, un Toyota blanco que esperaba en el terreno.</p>
<p>La parada no estaba lejos. Un puesto de comida ya estaba abierto y otros choferes conversaban. En otro grupo conversaban tres muchachos, voceadores, que como él, trabajaban en el transporte público durante las vacaciones, feriados y fines de semana.</p>
<p>—Andate con el Felipe, que te explique —lo empujó de los hombros hacia el muchacho más grande de todos.</p>
<p>Él le hizo una seña y lo llevó hacia el minibús. Le mostró lo fundamental: cómo abrir la puerta, cuándo cobrar y cuándo gritar. Pablo escuchaba atento, si algo sabía hacer era escuchar.</p>
<p>— Mañuda es la puerta del minibús del Félix, con fuerza tienes que empujar —le recomendó por último, caminado a su puesto laboral mientras los choferes hacían lo mismo.</p>
<p>Tratando de recordar todo: lo que le había indicado su padrino, Felipe y lo que había visto el día anterior, se dispuso a trabajar. Una y otra vez repetía la ruta; en más de una ocasión el chofer le sopló el nombre de las calles. El frío viento entraba en su garganta mientras gritaba, apaciguando con torpeza su voz infantil.</p>
<p>— ¡Qué pasa Pablo, grita pues! —al llegar a la tranca, el minibús donde iba Felipe les dio alcance. A diferencia de Pablo, él ya estaba acostumbrado, su garganta dolía a veces, pero se encontraba curtida tras realizar el mismo trabajo varios días al año.</p>
<p>—Pasajes —pidió Pablo tímidamente, era la primera vez que iba a cobrar y tenía miedo de hacerlo mal; que le pagasen menos o que directamente no le pagaran.</p>
<p>El transporte ya estaba lleno. Algunos sacaban dinero y se lo alcanzaban. Él intentaba separarlo y dar el cambio antes de olvidarse, entre la cantidad de monedas y manos, quién le había dado qué.</p>
<p>—Su pasaje —dijo a una señora que no se había ni inmutado.</p>
<p>— ¡En la Pérez voy a bajar!—protestó con un acentuado mal humor —. No me voy a bajar sin pagar, ¿Qué me crees, ladrona? —hizo un gesto retador con la cabeza.</p>
<p>El niño volvió a sentarse dirigiendo la mirada hacia el chofer, este lo vio de vuelta desde el espejo, soltando una sonrisa disimulada, era costumbre ese tipo de reacciones entre los pasajeros.</p>
<p>— ¡Oye, mi cambio! No te hagas al gil —demando un señor desde el último asiento.</p>
<p>Pablo miró las monedas, ya todo estaba mezclado y confuso. Con temor le preguntó cuánto le había dado.</p>
<p>—Acordate pues —fue la fría respuesta. Al ver el desconcierto aún vigente del niño, dijo con mala gana—.Cinco pesos te he dado.</p>
<p>—Estos llokallas qué no se van a acordar, por quedarse el cambio se hacen a los locos —intervino la mujer de antes.</p>
<p>Terminadas las primeras rutas del día volvieron a la parada. En unas cuantas horas Pablo había lidiado con toda la juntucha de gente de la ciudad; presenciado un desfile de miradas, actitudes, humores y vestimentas; desde quienes pasaban casi desapercibidos en el transporte, hasta quienes llamaban la atención con sus protestas y griteríos, ya fuera por el tráfico o el Gobierno. Pablo se dio cuenta que habían muchas cosas por las cuales protestar.</p>
<p>— ¿Cuánto has juntado? —preguntó Felipe a otro niño del mismo oficio.</p>
<p>Pícaramente sacó varias moneditas de su bolsillo y las mostró al resto de chicos, como si fuera un tesoro.</p>
<p>—Dos pesos.</p>
<p>—Yo tres, ¿Vos Pablo?</p>
<p>—Nada —explicó con desconcierto, no sabía que podía quedarse con algo.</p>
<p>—Que sonso eres —le dio un golpe en la nuca—. A veces se olvidan de pedir el cambio, si no te piden después de un rato, luego no se acuerdan.</p>
<p>Los chicos le sonrieron con burla; caminaron a un kiosco. Se compraron una gaseosa y la compartieron, aun con Pablo. Después de un compartimiento y un modesto almuercito invitado por los choferes, regresaron a su trabajo.</p>
<p>Con el pasar de los días, Pablo se acostumbraba. Poco a poco se avivaba y, aunque todavía lo lastimaba, intentaba ignorar los malos tratos de algunos pasajeros, quienes olvidaban su condición de niño y lo regañaban como si fuese su obligación servirles.</p>
<p>Entre las arriesgadas y veloces maniobras del Félix, Pablo mantenía el equilibrio parado junto a la puerta. El movimiento violento del minibús al meterse entre los autos se sentía aun en el más terrible embotellamiento, causando decepción a los curiosos personajes que ayudaban a controlar el tráfico. Pablo reía cada vez que uno de esos sujetos disfrazados, de lo que él consideraba un burrito rayado, se aproxime a Félix para reclamarle el pisar la línea de cebra.</p>
<p>Mientras una señora de edad subía al transporte, el niño voceador contaba monedas.</p>
<p>—Tomá —le extendió un dulce, con un rostro más bien severo.</p>
<p>El chico lo recibió con desconfianza, era la primera vez que un pasajero le ofrecía algo. Lo observó un momento, antes de que la anciana volviera a hablar.</p>
<p>—Gracias se dice. Eso se saca uno por ser amable con estos, malcriados son —refunfuñó, hablándole a la señorita de su lado, quien intentaba no prestarle atención.</p>
<p>—Gracias —repitió Pablo en vos bajita, casi en un susurro, sintiéndose amedrentado.</p>
<p>La pesada puerta la volvió a abrir, le costaba esfuerzo hacerlo tantas veces al día, pero cada vez sacaba más fuerza. Una señora con un niño de la edad de Pablo ingresó.</p>
<p>—Ayudame a levantar el asiento.</p>
<p>Rápidamente se aproximó a levantarlo, mientras la señora guiaba a su hijo al fondo.</p>
<p>—Tienes que ayudar ¿No ves que estoy con el chiquito? —reclamó, y más de uno soltó una sonrisa irónica.</p>
<p>—Él también es wawa, no es tu sirviente, con cariñito pedile pues que te ayude —lo defendió una cholita, quien miraba a Pablito con rostro maternal.</p>
<p>—Tú que te metes —respondió desde atrás.</p>
<p>Una pequeña discusión se llevaba a cabo. El niño continuó cobrando pasajes a quienes reían ante la situación. De nuevo las peleas entre desconocidos se hacían presentes en el minibús del Félix. Pablo ya no hacía caso, él no había pedido que peleasen por él, ¿Por qué tenía que meterse?</p>
<p>Sacó la cabeza por la ventanilla, gritando de rato en rato, sintiendo el viento mover su cabello. Ya ingresaban a la Camacho. La avenida que más le gustaba. Le encantaba atravesar ese pasaje mágico, donde la modernidad y conglomeración de la ciudad se juntaban con el Illimani. La montaña le recordaba a su casa, desde donde también podía ver la cordillera, tan grande, tan lejana y cercana a la vez. Por la perspectiva parecía que podía estrujar la suave nieve entre sus manos, sin embargo, no importaba cuanto caminase, el tamaño se mantenía y la distancia se agrandaba. Perdido en su sueño, ajeno al ruido estridente de la música, el parloteo y griterío de las discusiones, cerraba los ojos, sintiendo la velocidad del minibús, asociado a las que él consideraba, expertas maniobras de su padrino.</p>
<p>Sin embargo, a Félix se le olvidaba que las normas y el intento de orden que aquellos personajes de quienes se burlaba intentaban establecer; eran necesarios además de la pericia y destreza.</p>
<p>Una luz amarilla, en la que aumentó la velocidad, un cambio rápido al rojo, otro minibús que realizó la misma imprudente acción, ocasionó lo inevitable.</p>
<p>El sonido de la cumbia saliendo de la radio aún se escuchaba. La alborotada reacción de los curiosos no tardó en hacerse presente. Los cuchicheos de asombro, los bocinazos de quienes no sabían del motivo para detener al tráfico, la gente que bajaba de los buses accidentados, todo era confuso y atosigante.</p>
<p>Ahí, al pie del Illimani, Pablito dormía por última vez; regresando a casa como cada noche, pasando las manos por la paja brava, corriendo en la tierra con nuevos amigos, tras una pelota nueva esta vez, mientras abajo, la multitud se dispersaba.</p>
<p>—Qué pena —comentaban algunos, siguiendo su camino, mirando de reojo hacia atrás, esperando llegar a casa a contar como habían presenciado una de las tantas anécdotas de la ciudad.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica </em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Cuento del mes: agosto 2010</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/27/cuento-del-mes-agosto-2010/</link>
		<comments>http://www.ecdotica.com/2010/07/27/cuento-del-mes-agosto-2010/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 19:59:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento del mes]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/old_chinese_man.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/old_chinese_man.jpg" alt="" title="old_chinese_man" width="215" height="270" class="aligncenter size-full wp-image-3112" /></a></center><br />
<strong>Agosto 2010</strong></p>
<p><strong>Título:</strong> China<br />
<strong>Autor:</strong> José Donoso</p>
<p>Para agosto de 2010, Bartolomé Leal ha seleccionado un cuento de su compatriota José Donoso (1924-1996), uno de los más importantes narradores chilenos, único representante en el <em>boom</em> de los años 60 y 70. Pertenece a la llamada generación del 50. Es un autor de temas urbanos en oposición a los rurales o indigenistas, mostrando en forma crítica los valores de la clase media chilena, aunque él se consideró siempre de la clase alta. Por ello su componente social suena por lo general ambigua. La novela <strong>Casa de campo</strong> es considerada una de las mejores alegorías de la dictadura de Pinochet. Su obra coqueteó también con lo fantástico, en la onda de los autores latinoamericanos de su generación. En este cuento Donoso refleja un tema caro a mucha literatura chilena: la visión de la niñez como una etapa idílica de la vida.</p>
<p>Para descargar el cuento pulse <a href="http://www.ecdotica.com/cuento-del-mes/China.pdf">aquí</a> o entre en la sección cuento del mes de Ecdótica </p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/old_chinese_man.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/old_chinese_man.jpg" alt="" title="old_chinese_man" width="215" height="270" class="aligncenter size-full wp-image-3112" /></a></center><br />
<strong>Agosto 2010</strong></p>
<p><strong>Título:</strong> China<br />
<strong>Autor:</strong> José Donoso</p>
<p>Para agosto de 2010, Bartolomé Leal ha seleccionado un cuento de su compatriota José Donoso (1924-1996), uno de los más importantes narradores chilenos, único representante en el <em>boom</em> de los años 60 y 70. Pertenece a la llamada generación del 50. Es un autor de temas urbanos en oposición a los rurales o indigenistas, mostrando en forma crítica los valores de la clase media chilena, aunque él se consideró siempre de la clase alta. Por ello su componente social suena por lo general ambigua. La novela <strong>Casa de campo</strong> es considerada una de las mejores alegorías de la dictadura de Pinochet. Su obra coqueteó también con lo fantástico, en la onda de los autores latinoamericanos de su generación. En este cuento Donoso refleja un tema caro a mucha literatura chilena: la visión de la niñez como una etapa idílica de la vida.</p>
<p>Para descargar el cuento pulse <a href="http://www.ecdotica.com/cuento-del-mes/China.pdf">aquí</a> o entre en la sección cuento del mes de Ecdótica </p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>‘Pasos y voces’, otro hito en el mapa poético de Mitre</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/23/%e2%80%98pasos-y-voces%e2%80%99-otro-hito-en-el-mapa-poetico-de-mitre/</link>
		<comments>http://www.ecdotica.com/2010/07/23/%e2%80%98pasos-y-voces%e2%80%99-otro-hito-en-el-mapa-poetico-de-mitre/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 23 Jul 2010 16:21:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/de-cuatro-constelaciones.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/de-cuatro-constelaciones.jpg" alt="" title="de cuatro constelaciones" width="214" height="327" class="aligncenter size-full wp-image-3108" /></a></center><br />
<strong>‘Pasos y voces’, otro hito en el mapa poético de Mitre<br />
Por: Liliana Carrillo</strong></p>
<p><em>Eduardo Mitre analiza la obra de nueve poetas en el libro de ensayo y antología <strong>Pasos y voces</strong></em></p>
<p>En tres libros de ensayo y antología, Eduardo Mitre ha logrado configurar un mapa de la poesía boliviana desde el siglo XIX. Esta historia, “canónica” si se quiere, contenida en <strong>El árbol y la piedra</strong> (1988), <strong>De cuatro constelaciones</strong> (1994) y <strong>El aliento y las hojas </strong>(1998) ahora se completa con la publicación de <strong>Pasos y voces</strong>: nueve poetas contemporáneos de Bolivia.</p>
<p>La obra, que será presentada por el propio Mitre el martes en el Espacio Patiño, analiza y antologa la obra poética de Hilda Mundy, Yolanda Bedregal, Juan Cristobal MacLean, Eduardo Nogales, Rubén Vargas, Vilma Tapia, Benjamín Chávez, Mónica Velásquez y Jessica Freudenthal. Vates sin aparente nexo ni estético ni generacional.</p>
<p>En el prólogo del libro, Mitre explica que ha querido remediar la ausencia de Mundy y Bedregal en su antología previa <strong>El árbol y la piedra</strong>; abriendo su nuevo ensayo con las dos poetas. Ése es el engranaje que permite articular otras continuidades: “Mundy y Bedregal se hallan en el inicio fundacional de dos líneas de poesía que han de continuarse ejemplarmente en voces posteriores, presentes en esta antología; me refiero a Mónica Velásquez, quien prolonga el acento confesional y penitente de Bedregal, y a Jessica Freudenthal, cuya escritura, harto lúdica, muestra, pese a su dramatismo, una clara afinidad con la obra de Mundy”, dice el autor.</p>
<p>Hecha de préstamos, reelaboraciones, reescrituras se presenta a la poesía boliviana para Mitre. Y es que en la historia sincrónica que arma el vate no hay lugar para las rupturas sino para las continuidades. &#8220;Resulta evidente —escribió en el prólogo de <strong>De cuatro constelaciones</strong>— que en la literatura boliviana la vanguardia no entraña, con relación al modernismo, una ruptura; es más bien su inflexión casi natural, a tal punto que, más que un cambio radical, cumple hablar de una continuidad cambiante, innovadora, pero no esencialmente distinta&#8221;.</p>
<p>Esa continuidad entre el modernismo y la vanguardia ya fue analizada por Mitre a partir de la lectura de la obra de Óscar Cerruto, Antonio Ávila Jiménez, Jaime Saenz, Julio de la Vega y Edmundo Camargo en <strong>El árbol y la piedra</strong>.</p>
<p>Los modernistas fueron desgajados de a poco en <strong>De cuatro constelaciones</strong> con lecturas de las poéticas de Ricardo Jaimes Freyre, Franz Tamayo, Gregorio Reynolds y José Eduardo Guerra. Las voces de los contemporáneos hicieron coro, con antología incluida, en <strong>El aliento y las hojas</strong> que consigna a Matilde Casazola, Norah Zapata Prill, Blanca Wiethuchter, Humberto Quino, Guillermo Bedregal, María Soledad Quiroga y Antonio Rojas.</p>
<p>Ahora, el mapa se completa en Pasos y voces con la inclusión de las citadas Mundy y Bedregal, sus  herederas: Velásquez y Freudenthal y, en entre los extremos, un grupo de poetas pertenecientes a distintas tradiciones: Juan Cristobal MacLean, Eduardo Nogales, Rubén Vargas, Vilma Tapia, Benjamín Chávez. A todos, Mitre les dedica un ensayo: “Para la antología no he seguido otro criterio que el basado, en mi opinión, en la calidad (la intensidad) de los poemas”, explica el autor.</p>
<p>Aquí, un paréntesis, y es que el aporte de Plural con la publicación de <strong>Pasos y voces</strong>: nueve poetas contemporáneos de Bolivia se desluce con algunos errores de edición. En la página 55, se cita entre las obras de Juan Mac Clean Paran los clarines, cuando el poeta es autor de Paran los clamores. En la página 100, una nota indica que el ensayo de Mitre sobre Bedregal está publicado en <strong>El árbol y la piedra</strong>; cuando figura en <strong>El aliento y las hojas</strong>. Hay más.</p>
<p>Pero lo importante es que <strong>Pasos y voces</strong> confirma una convicción de Mitre: la poesía es &#8220;el deseo por compartir-conversar con otro cuerpo, otro poeta, otro estado (la muerte)&#8221;. Esa premisa practicada vitalmente en su obra creativa se traslada con igual énfasis a sus ordenamientos críticos. No es casual, por tanto, que encuentre relaciones permanentes como el discurso del poder que iniciará Tamayo y continuará Cerruto; la erótica del cuerpo que diseña Camargo que será transformada en hálito urbano por Saenz o en el acento penitente de Bedregal que hallaría continuidad en la voz dolida y doliente de Velásquez.</p>
<p>No sólo estética, fundamentalmente calidad es lo que postula Mitre en sus ahora cuatro ensayos antológicos. Lo claro, sí, en su intento por ordenar la creación poética boliviana, es la defensa de la poesía, como un deber, como un reto, y en última instancia, como un acto de fe.</p>
<p><em>Fuente: <a href="http://www.la-razon.com/version_te.php?ArticleId=96&#038;EditionId=616&#038;ids=21">La Razón</a></em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/de-cuatro-constelaciones.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/de-cuatro-constelaciones.jpg" alt="" title="de cuatro constelaciones" width="214" height="327" class="aligncenter size-full wp-image-3108" /></a></center><br />
<strong>‘Pasos y voces’, otro hito en el mapa poético de Mitre<br />
Por: Liliana Carrillo</strong></p>
<p><em>Eduardo Mitre analiza la obra de nueve poetas en el libro de ensayo y antología <strong>Pasos y voces</strong></em></p>
<p>En tres libros de ensayo y antología, Eduardo Mitre ha logrado configurar un mapa de la poesía boliviana desde el siglo XIX. Esta historia, “canónica” si se quiere, contenida en <strong>El árbol y la piedra</strong> (1988), <strong>De cuatro constelaciones</strong> (1994) y <strong>El aliento y las hojas </strong>(1998) ahora se completa con la publicación de <strong>Pasos y voces</strong>: nueve poetas contemporáneos de Bolivia.</p>
<p>La obra, que será presentada por el propio Mitre el martes en el Espacio Patiño, analiza y antologa la obra poética de Hilda Mundy, Yolanda Bedregal, Juan Cristobal MacLean, Eduardo Nogales, Rubén Vargas, Vilma Tapia, Benjamín Chávez, Mónica Velásquez y Jessica Freudenthal. Vates sin aparente nexo ni estético ni generacional.</p>
<p>En el prólogo del libro, Mitre explica que ha querido remediar la ausencia de Mundy y Bedregal en su antología previa <strong>El árbol y la piedra</strong>; abriendo su nuevo ensayo con las dos poetas. Ése es el engranaje que permite articular otras continuidades: “Mundy y Bedregal se hallan en el inicio fundacional de dos líneas de poesía que han de continuarse ejemplarmente en voces posteriores, presentes en esta antología; me refiero a Mónica Velásquez, quien prolonga el acento confesional y penitente de Bedregal, y a Jessica Freudenthal, cuya escritura, harto lúdica, muestra, pese a su dramatismo, una clara afinidad con la obra de Mundy”, dice el autor.</p>
<p>Hecha de préstamos, reelaboraciones, reescrituras se presenta a la poesía boliviana para Mitre. Y es que en la historia sincrónica que arma el vate no hay lugar para las rupturas sino para las continuidades. &#8220;Resulta evidente —escribió en el prólogo de <strong>De cuatro constelaciones</strong>— que en la literatura boliviana la vanguardia no entraña, con relación al modernismo, una ruptura; es más bien su inflexión casi natural, a tal punto que, más que un cambio radical, cumple hablar de una continuidad cambiante, innovadora, pero no esencialmente distinta&#8221;.</p>
<p>Esa continuidad entre el modernismo y la vanguardia ya fue analizada por Mitre a partir de la lectura de la obra de Óscar Cerruto, Antonio Ávila Jiménez, Jaime Saenz, Julio de la Vega y Edmundo Camargo en <strong>El árbol y la piedra</strong>.</p>
<p>Los modernistas fueron desgajados de a poco en <strong>De cuatro constelaciones</strong> con lecturas de las poéticas de Ricardo Jaimes Freyre, Franz Tamayo, Gregorio Reynolds y José Eduardo Guerra. Las voces de los contemporáneos hicieron coro, con antología incluida, en <strong>El aliento y las hojas</strong> que consigna a Matilde Casazola, Norah Zapata Prill, Blanca Wiethuchter, Humberto Quino, Guillermo Bedregal, María Soledad Quiroga y Antonio Rojas.</p>
<p>Ahora, el mapa se completa en Pasos y voces con la inclusión de las citadas Mundy y Bedregal, sus  herederas: Velásquez y Freudenthal y, en entre los extremos, un grupo de poetas pertenecientes a distintas tradiciones: Juan Cristobal MacLean, Eduardo Nogales, Rubén Vargas, Vilma Tapia, Benjamín Chávez. A todos, Mitre les dedica un ensayo: “Para la antología no he seguido otro criterio que el basado, en mi opinión, en la calidad (la intensidad) de los poemas”, explica el autor.</p>
<p>Aquí, un paréntesis, y es que el aporte de Plural con la publicación de <strong>Pasos y voces</strong>: nueve poetas contemporáneos de Bolivia se desluce con algunos errores de edición. En la página 55, se cita entre las obras de Juan Mac Clean Paran los clarines, cuando el poeta es autor de Paran los clamores. En la página 100, una nota indica que el ensayo de Mitre sobre Bedregal está publicado en <strong>El árbol y la piedra</strong>; cuando figura en <strong>El aliento y las hojas</strong>. Hay más.</p>
<p>Pero lo importante es que <strong>Pasos y voces</strong> confirma una convicción de Mitre: la poesía es &#8220;el deseo por compartir-conversar con otro cuerpo, otro poeta, otro estado (la muerte)&#8221;. Esa premisa practicada vitalmente en su obra creativa se traslada con igual énfasis a sus ordenamientos críticos. No es casual, por tanto, que encuentre relaciones permanentes como el discurso del poder que iniciará Tamayo y continuará Cerruto; la erótica del cuerpo que diseña Camargo que será transformada en hálito urbano por Saenz o en el acento penitente de Bedregal que hallaría continuidad en la voz dolida y doliente de Velásquez.</p>
<p>No sólo estética, fundamentalmente calidad es lo que postula Mitre en sus ahora cuatro ensayos antológicos. Lo claro, sí, en su intento por ordenar la creación poética boliviana, es la defensa de la poesía, como un deber, como un reto, y en última instancia, como un acto de fe.</p>
<p><em>Fuente: <a href="http://www.la-razon.com/version_te.php?ArticleId=96&#038;EditionId=616&#038;ids=21">La Razón</a></em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Reseña inédita a La caja mecánica</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/23/resena-inedita-a-la-caja-mecanica/</link>
		<comments>http://www.ecdotica.com/2010/07/23/resena-inedita-a-la-caja-mecanica/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 23 Jul 2010 14:12:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[Nuevo Milenio]]></category>
		<category><![CDATA[Reseña]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/la-caja-mecanica.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/la-caja-mecanica.jpg" alt="" title="la caja mecanica" width="225" height="326" class="aligncenter size-full wp-image-3105" /></a></center><br />
<strong>La tensión de una caja mecánica<br />
Por: Christian J. Kanahuaty </strong></p>
<p>Miguel Ángel Gálvez ganó el 2000 el primer Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio, con la novela <strong>La Caja Mecánica</strong>. Eso me atrajo, debo confesarlo, a la novela &#8211;lo que no garantizaba que la lectura iba a ser placentera, como realmente lo fue&#8211;, pero comento lo que llamó mi atención: </p>
<p>La lectura de la novela me generó, desde el inicio, una gran tensión y esto se debió a que a medida que la trama se va desarrollando el autor logra un cierto nivel comunicativo intertextual. Me explico: la novela narrada en primera persona tiene el aliento de novelas emblemáticas del terror y del suspenso clásico. Hay cierto ánimo que nos hace recuerdo a <strong>Las aventuras de Arthur Gordon Pym</strong> de Edgar Allan Poe, pero también en cuanto a su manejo del miedo y de lo latente no visto, se acerca a, por ejemplo, <strong>El Terror de Dumwish</strong> y <strong>El que asecha en el oscuridad</strong> de Lovecraft; porque si bien hay algo que se planta como misterio desde el inicio y luego se revela como artefacto del mal: la caja mecánica, ella, <em>La Caja</em>, nunca se pierde de vista, es el centro de toda la narración. </p>
<p>Y aquí es cuando la novela no sólo reconstruye el género de terror o misterio, sino que se adentra en un pasaje aún más profundo al dialogar con cierta tradición narrativa que a decir de Italo Calvino, <em>“diremos que desde que un objeto aparece en una narración, se carga de una fuerza especial, se convierte en algo como el polo de un campo magnético, un nudo de una red de relaciones invisibles. El simbolismo puede ser más o menos explícito, pero existe siempre. Podríamos decir que en una narración un objeto es siempre un objeto mágico”(*)</em>. En el caso de la novela de Gálvez, es justo esto lo que pasa, el objeto que nos convoca a la reunión en el departamento de Arturo (personaje central de la novela) es la caja mecánica, y es ella la que luego desplegará sus poderes hacia todo lo que la rodea. Al principio pensamos que Beto, el sobrino de Arturo, puede ser mucho más importante que la caja misma y que la caja es sólo una distracción y que el peso de la narración caerá sobre él en cualquier momento, pero no, es sólo un artilugio más. </p>
<p>Y puede que en ese sentido se encuentre el otro aspecto importante de la novela. El hecho de que el mismo autor va construyendo la novela de a poco, sin premeditación; él mismo disfruta de la historia que se está contando a sí mismo. No conoce el final, no conoce el nudo, pero quiere contarlo. Por ello tal vez muchas de las entradas al diario que hacen de capítulos, empiecen de la misma forma, y bajo el mismo aliento. Si uno fuera quisquilloso, desecharía la novela por ésta extraña imperfección, pero si uno sigue leyendo, se dará cuenta que esa aparente imperfección está gobernada por el estado de animo del narrador de la historia y no del autor de la novela. Pues hay que saber dividir estas dos personas para poder estar plenamente dentro de la novela: el autor no es el narrador de <strong>La caja mecánica</strong>, el narrador de La caja es Arturo, el personaje central de la novela. </p>
<p>Cuando Calvino nos dice que el objeto mágico aparece para convertirse en el centro mismo de la narración no está haciendo otra cosa que dar su punto de vista, surgido a partir, en principio de su actividad como lector, y luego como narrador, porque para decir eso, recuerda una leyenda medieval que tiene como protagonista a Carlomagno. Doy ese rodeo porque creo que Gálvez, tal vez, sin proponérselo, hace su propio camino dentro de la narrativa boliviana. Su novela es algo completamente nuevo en nuestro espectro y quizá los únicos antecedentes de algo semejante sean <strong>La piedra imán</strong> de Jaime Saenz y <strong>La muerte mágica</strong> de Oscar Cerruto. </p>
<p>En la novela hay un gran despliegue de situaciones a cuarto cerrado, no ocurre nada concreto en el exterior del departamento donde está situado el narrador, salvo claro uno de los pasajes finales y violentos de la novela. Todo es un ir y venir a través de los recuerdos y las pesadillas de Arturo, nos movemos con él, como quien se mueve con alguien a través de un campo cubierto de bruma, en medio del amanecer. Los objetos inanimados, son vividamente retratados y tienen, por supuesto, cierta influencia en nosotros, como lectores. No es que sean imágenes, son cosas vivas que se mueven, por eso decía que todo en la novela de Gálvez oculta y encubre algo latente; algo que desde el principio está mal, o si no lo esta, al menos está descompuesto, averiado y es interesante que sean éstos adjetivos los que use, porque después de todo, la novela trata de una caja mecánica que empieza a sufrir ciertos cambios en su funcionamiento. </p>
<p>La novela se podría leer en claves de la modernidad, pero también en claves de mecanicista. Pero esas notas que uno podría sacar de la novela, quizá sólo encubran aún más lo que la novela intenta contar y no quiero decir que sea leída con un armazón culturalista. No, lo que digo es que la novela se juegue la trama por su propio tema. Porque su propio acercamiento al tema. Porque en última instancia si <em>todos</em> los temas ya han sido trabajados, lo que nos queda es dar un nuevo sentido y organizarlos de una forma no sólo novedosa sino intrépida y eso es lo que Gálvez logra con <em>La caja</em>, y a mi juicio eso es lo que lo hace un buen narrador: tiene un punto de vista propio, intimo y es capaz de exponerlo y seducirnos con él. </p>
<p>Finalmente, la novela no deja puntos rotos, se cierra sobre sí misma, hay sí un final abierto que presumiblemente desencadene en unos hechos, por decirlo de alguna manera, más vertiginosos que los que hemos presenciado hasta ese momento, pero, eso ya no es cosa del autor, sino de los lectores. Y puede, entonces, que las únicas preguntas sean ¿qué pasó con Gálvez? ¿Dónde se encuentra? ¿Por qué no publicó nada más después de <strong>La Caja mecánica</strong>, o es que yo no me enterado que ha publicado algo nuevo? Y si no publicado nada más tras <em>La caja</em>, ¿por qué algunos narradores sólo necesitan de una (muy) buena primera novela para poder desaparecer?  </p>
<p><strong>NOTAS</strong></p>
<p>(*) Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio. Editorial Siruela, 2001, España.  Pág. 47. </p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/la-caja-mecanica.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/la-caja-mecanica.jpg" alt="" title="la caja mecanica" width="225" height="326" class="aligncenter size-full wp-image-3105" /></a></center><br />
<strong>La tensión de una caja mecánica<br />
Por: Christian J. Kanahuaty </strong></p>
<p>Miguel Ángel Gálvez ganó el 2000 el primer Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio, con la novela <strong>La Caja Mecánica</strong>. Eso me atrajo, debo confesarlo, a la novela &#8211;lo que no garantizaba que la lectura iba a ser placentera, como realmente lo fue&#8211;, pero comento lo que llamó mi atención: </p>
<p>La lectura de la novela me generó, desde el inicio, una gran tensión y esto se debió a que a medida que la trama se va desarrollando el autor logra un cierto nivel comunicativo intertextual. Me explico: la novela narrada en primera persona tiene el aliento de novelas emblemáticas del terror y del suspenso clásico. Hay cierto ánimo que nos hace recuerdo a <strong>Las aventuras de Arthur Gordon Pym</strong> de Edgar Allan Poe, pero también en cuanto a su manejo del miedo y de lo latente no visto, se acerca a, por ejemplo, <strong>El Terror de Dumwish</strong> y <strong>El que asecha en el oscuridad</strong> de Lovecraft; porque si bien hay algo que se planta como misterio desde el inicio y luego se revela como artefacto del mal: la caja mecánica, ella, <em>La Caja</em>, nunca se pierde de vista, es el centro de toda la narración. </p>
<p>Y aquí es cuando la novela no sólo reconstruye el género de terror o misterio, sino que se adentra en un pasaje aún más profundo al dialogar con cierta tradición narrativa que a decir de Italo Calvino, <em>“diremos que desde que un objeto aparece en una narración, se carga de una fuerza especial, se convierte en algo como el polo de un campo magnético, un nudo de una red de relaciones invisibles. El simbolismo puede ser más o menos explícito, pero existe siempre. Podríamos decir que en una narración un objeto es siempre un objeto mágico”(*)</em>. En el caso de la novela de Gálvez, es justo esto lo que pasa, el objeto que nos convoca a la reunión en el departamento de Arturo (personaje central de la novela) es la caja mecánica, y es ella la que luego desplegará sus poderes hacia todo lo que la rodea. Al principio pensamos que Beto, el sobrino de Arturo, puede ser mucho más importante que la caja misma y que la caja es sólo una distracción y que el peso de la narración caerá sobre él en cualquier momento, pero no, es sólo un artilugio más. </p>
<p>Y puede que en ese sentido se encuentre el otro aspecto importante de la novela. El hecho de que el mismo autor va construyendo la novela de a poco, sin premeditación; él mismo disfruta de la historia que se está contando a sí mismo. No conoce el final, no conoce el nudo, pero quiere contarlo. Por ello tal vez muchas de las entradas al diario que hacen de capítulos, empiecen de la misma forma, y bajo el mismo aliento. Si uno fuera quisquilloso, desecharía la novela por ésta extraña imperfección, pero si uno sigue leyendo, se dará cuenta que esa aparente imperfección está gobernada por el estado de animo del narrador de la historia y no del autor de la novela. Pues hay que saber dividir estas dos personas para poder estar plenamente dentro de la novela: el autor no es el narrador de <strong>La caja mecánica</strong>, el narrador de La caja es Arturo, el personaje central de la novela. </p>
<p>Cuando Calvino nos dice que el objeto mágico aparece para convertirse en el centro mismo de la narración no está haciendo otra cosa que dar su punto de vista, surgido a partir, en principio de su actividad como lector, y luego como narrador, porque para decir eso, recuerda una leyenda medieval que tiene como protagonista a Carlomagno. Doy ese rodeo porque creo que Gálvez, tal vez, sin proponérselo, hace su propio camino dentro de la narrativa boliviana. Su novela es algo completamente nuevo en nuestro espectro y quizá los únicos antecedentes de algo semejante sean <strong>La piedra imán</strong> de Jaime Saenz y <strong>La muerte mágica</strong> de Oscar Cerruto. </p>
<p>En la novela hay un gran despliegue de situaciones a cuarto cerrado, no ocurre nada concreto en el exterior del departamento donde está situado el narrador, salvo claro uno de los pasajes finales y violentos de la novela. Todo es un ir y venir a través de los recuerdos y las pesadillas de Arturo, nos movemos con él, como quien se mueve con alguien a través de un campo cubierto de bruma, en medio del amanecer. Los objetos inanimados, son vividamente retratados y tienen, por supuesto, cierta influencia en nosotros, como lectores. No es que sean imágenes, son cosas vivas que se mueven, por eso decía que todo en la novela de Gálvez oculta y encubre algo latente; algo que desde el principio está mal, o si no lo esta, al menos está descompuesto, averiado y es interesante que sean éstos adjetivos los que use, porque después de todo, la novela trata de una caja mecánica que empieza a sufrir ciertos cambios en su funcionamiento. </p>
<p>La novela se podría leer en claves de la modernidad, pero también en claves de mecanicista. Pero esas notas que uno podría sacar de la novela, quizá sólo encubran aún más lo que la novela intenta contar y no quiero decir que sea leída con un armazón culturalista. No, lo que digo es que la novela se juegue la trama por su propio tema. Porque su propio acercamiento al tema. Porque en última instancia si <em>todos</em> los temas ya han sido trabajados, lo que nos queda es dar un nuevo sentido y organizarlos de una forma no sólo novedosa sino intrépida y eso es lo que Gálvez logra con <em>La caja</em>, y a mi juicio eso es lo que lo hace un buen narrador: tiene un punto de vista propio, intimo y es capaz de exponerlo y seducirnos con él. </p>
<p>Finalmente, la novela no deja puntos rotos, se cierra sobre sí misma, hay sí un final abierto que presumiblemente desencadene en unos hechos, por decirlo de alguna manera, más vertiginosos que los que hemos presenciado hasta ese momento, pero, eso ya no es cosa del autor, sino de los lectores. Y puede, entonces, que las únicas preguntas sean ¿qué pasó con Gálvez? ¿Dónde se encuentra? ¿Por qué no publicó nada más después de <strong>La Caja mecánica</strong>, o es que yo no me enterado que ha publicado algo nuevo? Y si no publicado nada más tras <em>La caja</em>, ¿por qué algunos narradores sólo necesitan de una (muy) buena primera novela para poder desaparecer?  </p>
<p><strong>NOTAS</strong></p>
<p>(*) Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio. Editorial Siruela, 2001, España.  Pág. 47. </p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		<title>Entrevista a Blanca Wiethuchter</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/22/entrevista-a-blanca-wiethuchter/</link>
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		<pubDate>Thu, 22 Jul 2010 21:28:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevista]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Blanca-Wiethuchter.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Blanca-Wiethuchter.jpg" alt="" title="Blanca Wiethuchter" width="174" height="266" class="aligncenter size-full wp-image-3098" /></a></center><br />
<strong>Por los caminos del lenguaje<br />
Por: Mal Menor</strong></p>
<p><em>Entrevista realizada a Blanca Wiethuchter, ahora muerta, para la revista de literatura Mal Menor. La Paz. Marzo de 1996.</em></p>
<p>En los últimos meses, al interior del “Club del café o del ajenjo” se ha venido dando una copiosa discusión sobre los nuevos rumbos que está tomando la poesía en Bolivia –si es que los hay-. En este marco, pensamos que es importante enriquecer tan encomioso menester con las opiniones de aquellos o aquellas que comparten la divina obsesión de transitar por el camino del lenguaje. Blanca Wiethuchter es, sin duda alguna, una de aquellas “obsesionadas” que bien vale la pena escuchar. He aquí parte de una entrevista que tuvimos la suerte de hacerle en vísperas de su último viaje a Chile…</p>
<p><em>¿Crees tú que la poesía boliviana ha transitado por el camino de la ficción?</em></p>
<p>En cierto modo se podría decir que sí. Sin embargo, para responder con más profundidad a tu pregunta, tendríamos que definir primero lo que vamos a entender por poesía boliviana. ¿La define simplemente el hecho de que ha sido escrita en Bolivia? Yo creo que este elemento es insuficiente, es más, ni siquiera es el fundamental. Podríamos hablar de Freyre o de Tamayo por ejemplo. En “La Prometheida” existe una ficcionalización del personaje, es cierto, pero la obra no produce sentidos que nos permitan reconocer signos de lo que podría llamarse “lo boliviano”. </p>
<p>En mi opinión la poesía boliviana que realmente propone un lenguaje boliviano comienza con Jaime Saenz. </p>
<p>Existe un corte que entre Cerruto y Saenz es bastante claro, y se puede simplificar en una sola idea que tal vez sirva para explicarlo; en <strong>Estrella Segregada</strong>, Cerruto habla del Illimani de tú a tú, como puede hablar cualquier europeo de una montaña, sin ninguna implicación necesariamente andina; en cambio, cuando Saenz habla de la montaña, la relación cambia totalmente, porque dentro del lenguaje de Saenz está implícita la humildad frente a la montaña y eso si corresponde a una experiencia andina. </p>
<p>Entonces ¿qué es lo que recoge Saenz? A mi modo de ver, un modo de comprender, de vivir el mundo andino, que no se traduce en palabras aymaras o quechuas ni nada por el estilo, se traduce más bien en un “estar” en la realidad que produce un lenguaje que recoge los sentidos de una experiencia boliviana. </p>
<p>Sin embargo, la poesía en Saenz no es propiamente “ficcional”; yo creo que los sentidos producidos trazarán el camino interior, que dan sentido a su existencia. En realidad me atrevería a asegurar que su poesía se “narra”. Sí, porque en <strong>Muerte por el tacto</strong> comienza su “historia” en el olvido de “todo”, para concentrarse en diseñar su propia aventura que no es otra que la del conocimiento de la muerte para permitirse vivir y poder morir. </p>
<p>¿Pero cuándo la poesía comienza a ser ficcional?&#8230; yo creo que es cuando se propone desidentificarla de la experiencia inmediata; cuando crea personajes de ficción. La ficción no necesariamente significa que no tenga que ver con lo real, sino más bien, que se propone en otro plano: el de la invención. </p>
<p><em>¿Sin embargo, crees tú que es importante transitar el camino de la ficción; refiriéndose a la poesía por supuesto?</em></p>
<p>Yo creo que sí. </p>
<p><em>¿Por qué?</em></p>
<p>Porque es una liberación. Cuando hay más libertad, un creador se siente más suelto, libre de toda dependencia de sí mismo, del “qué dirán”, de lo político, de lo social, etc. </p>
<p><em>¿Dónde crees que podrían estar las razones de que nuestra poesía no haya transitado por este camino?&#8230; ¿No será como algunos dicen, que está poseída por lo social?</em></p>
<p>Bueno, yo no estoy de acuerdo con eso. Cachin Antezana dice por ejemplo, casi categóricamente, que la narrativa boliviana es básicamente sociológica, y no es tan así. Lo que pasa es que los problemas de los real, los problemas sociales, no han dado tiempo ni lugar para la conformación de un lenguaje boliviano.<br />
Yo veo la cosa más por otro lado: al llegar los españoles nombran un espacio ya nombrado, una geografía “afectada” emotivamente. </p>
<p>Ahora bien, si las cosas hubieran estado nombradas cuando ellos llegaron, no hubiera existido ningún problema: sencillamente hubieran podido imponer su lengua con mayor facilidad, así como lo han hecho en Chile o en Argentina. Allí si han podido desarrollar un lenguaje, puesto que el idioma español no ha sido influido sustancialmente por otro tipo de signos, y eso se hace evidente en el desarrollo de la literatura en esos países. Tal vez por eso nosotros no lo hemos logrado; primero porque no nos han liquidado como ha sucedido allí (me refiero a los nativos u originarios), sino que hemos convivido con ellos. Mal o bien, pero hemos convivido y nos han influido enormemente. Ahora bien, esta convivencia ha sido muy rica, sin embargo, ha ido también demorando la construcción de un lenguaje propio, es decir una manera “boliviana” de nombrar el mundo. </p>
<p><em>Bien, cambiemos un poco de rumbo. Desde hace un tiempo atrás se ha venido hablando de que cada vez más se escribe poesía para los poetas… ¿Qué opinas de esto?</em></p>
<p>Que es verdad, pero que es un problema mundial. No solamente ocurre en Bolivia. Uno siempre se enfrenta con el mismo problema. La gente lee poca poesía, y los que la leen son los mismos poetas que quieren ver lo que los colegas están haciendo. Lo triste es que la gran masa no lee, y eso es cierto. Lamentablemente siempre va a ser así. La poesía es una literatura de élites. Lo triste es que parece ser un problema generalizado, los pintores viven mirándose a sí mismos, los poetas a sí mismos, los músicos a sí mismos, etc. Pregúntale a un pintor si alguna vez te ha leído, o si ha leído a Saenz…</p>
<p><em>… Te hacía la pregunta porque tú sacaste el tema de “Altazor” en una respuesta anterior. Como todos sabemos, una de las criticas más fuertes que recibiera Huidobro, fue cuando se le acusó de estar distanciando a la poesía de las grandes mayorías, de negar la posibilidad que la gran masa pudiera leerla o por lo menos entenderla. ¿Será que el transitar por el camino de la ficción –como Huidobro- nos pueda llevar a aumentar la brecha entre la “masa” y los poetas? </em>  </p>
<p>No. Yo creo que la ficción no tiene nada que ver con el lector. Lo que si creo, es que la literatura en general y la poesía en particular es, a pesar nuestro, una cultura de grupos pequeños. Tomemos como ejemplo a Benedetti: una poesía tan popular como la suya… ¿yo me pregunto cuánta gente la ha leído?&#8230; ¿habrá llegado realmente a las oficinas? A mí me encantaría que fuera de otra manera, lamentablemente así no más es la cosa. </p>
<p><em>Últimamente han surgido una serie de discursos nuevos, por ejemplo “la perspectiva de género”. Cada vez más se escucha hablar en círculos intelectuales de la “poesía con perspectiva de género”, ¿Qué opinas al respecto?</em></p>
<p>En realidad no estoy muy de acuerdo con eso. A mí modo de ver, debería existir simplemente buena poesía. Por otro lado, yo si creo que el género es visible en los textos, pero eso no quita ni añade al hecho poético. Sin embargo, siempre me ha llamado la atención el hecho de que a las mujeres poetas, sólo les hacen caso otras mujeres, en su gran mayoría. Me llama mucho la atención por ejemplo, que en la antología de Eduardo Mitre no haya ni una sola mujer. Él se escuda diciendo que su antología abarca solamente hasta los años cuarenta; eso es verdad, pero en esos años había una Alcira Cardona y una Yolanda Bedregal que habrán tenido nomás algún poema bueno ¿no? Yo creo que ha habido una negligencia con esto.</p>
<p>Cachín Antezana por ejemplo, tampoco se ha ocupado nunca de una poeta mujer. Sin ir más lejos, en las grandes antologías como las de Quirós, Ramiro Beltrán o Cáceres sí están presentes algunas mujeres, están ahí nomás, como todos; pero un verdadero estudio de la poesía femenina boliviana no existe. Yo me pongo a pensar; y pienso que esto no puede ser tan gratuito, porque para que intelectuales de la importancia de “Cachín Antezana” o de Eduardo Mitre sencillamente borren del mapa a las mujeres, como si no tuvieran ninguna importancia es signo de que algo pasa. </p>
<p>Finalmente, si una se pone a revisar, hay poetas en la antología de Eduardo Mitre que están a la misma altura que Alcira Cardona o de Yolanda Bedregal. </p>
<p><em>Sin embargo, también se han comenzado a introducir variaciones lingüísticas, como por ejemplo: “cuerpa”, “suplicanta”, etc, es decir una serie de términos que introducen la concepción de género en el propio lenguaje… ¿qué opinas de esto?</em></p>
<p>Sí, es cierto. En Chile he visto bastante trabajo por ese lado, por ejemplo en Verónica Zondek, en Carmen Berenguer, etc. Pero para mí, eso no es otra cosa que tratar de forzar el lenguaje, para obligarlo a un estilo femenino. Es un problema a la postre. A veces aceptable, otras no. </p>
<p>Hace un tiempo atrás, en el Primer encuentro de poetas bolivianas, que reunió gente que vive tanto en el país como en el exterior, se propuso estos cambios de género de las palabras. Se proponía por ejemplo que en vez de decir “el amor” se dijera “la amor” o que en ves de decir “el cuerpo” se dijera “la cuerpa”; a mi me parece que si estás tentativas se “oyen bien” adelante, pues bien, que salgan adelante. Pero para mí, lo que realmente necesitamos en Bolivia es hacer nuestro propio lenguaje, antes de comenzar a forzarlo. </p>
<p><em>Hace un par de meses, en una charla que tuvimos, tú me comentaste que no estabas de acuerdo con una interpretación que Juan Carlos Ramiro Quiroga había hecho sobre la poesía boliviana a partir del eje temático de la muerte. ¿Por qué no me amplias un poco más tu criterio al respecto?</em></p>
<p>Como no. La primera cosa que quisiera decir, es que un tema no puede ser el elemento articulador de la historia de la poesía, y menos un tema tan general como la muerte. Recordemos que se habla de la muerte desde que el hombre es hombre, porque desde que el hombre es hombre se muere. </p>
<p>Si por lo menos Juan Carlos se hubiese concentrado en el valor simbólico que propone el poeta respecto a la muerte, se podría haber sistematizado un poco más la cosa. En definitiva, yo creo que no puede homogeneizador que permita hacer una interpretación seria de la poesía boliviana, que el propio lenguaje. Porque caso contrario, también podría haber ido por el lado del amor ¿no es cierto? O por cualquier otro lado… lamentablemente hacer la lectura de la que hablamos requiere de  mucho trabajo. </p>
<p><em>¿Y conoces algún intento en ese sentido?</em></p>
<p>No. Lo que existen son algunos trabajos aislados, pero que tampoco buscan la coherencia de un conjunto literario. Pero de lo que sí estoy convencida, es de que es una de las tareas fundamentales que están irresueltas.</p>
<p><em>Para finalizar. ¿Qué opinas que está sucediendo con la poesía boliviana?</em></p>
<p>Lo primero, es que están sucediendo cosas. Y eso es siempre importante. Yo no podría valorarlas porque estoy metida en el asunto y no sería imparcial. </p>
<p>Creo que falta un poco más de lectura también. Pero es interesante ver la cantidad de gente que escribe una poesía de buen nivel. De ahí podría salir un gran poeta, no lo puedo asegurar, pero es probable que así sea. Por esta misma razón yo creo que es importante que se publiquen muchos libros de poesía, aunque haya gente que critica eso, como por ejemplo Walter Chavéz, sin embargo, a mí me parece bueno, porque así es como vamos a llegar a formar realmente un lenguaje, es decir de ahí tendrá que salir algo. Yo conozco mucha gente que tiene libros sin publicar, y algunas cosas son realmente excelentes. </p>
<p>Por otra parte, y a fuerza de trabajo, el lenguaje también está cambiando, hay nuevas propuestas, que no se quedan solamente en lo inmediato o en lo lírico. Me parece que realmente están sucediendo cosas importantes… de verdad.      </p>
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<p><em>Fuente: Ecdótica y Youtube</em></p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Blanca-Wiethuchter.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Blanca-Wiethuchter.jpg" alt="" title="Blanca Wiethuchter" width="174" height="266" class="aligncenter size-full wp-image-3098" /></a></center><br />
<strong>Por los caminos del lenguaje<br />
Por: Mal Menor</strong></p>
<p><em>Entrevista realizada a Blanca Wiethuchter, ahora muerta, para la revista de literatura Mal Menor. La Paz. Marzo de 1996.</em></p>
<p>En los últimos meses, al interior del “Club del café o del ajenjo” se ha venido dando una copiosa discusión sobre los nuevos rumbos que está tomando la poesía en Bolivia –si es que los hay-. En este marco, pensamos que es importante enriquecer tan encomioso menester con las opiniones de aquellos o aquellas que comparten la divina obsesión de transitar por el camino del lenguaje. Blanca Wiethuchter es, sin duda alguna, una de aquellas “obsesionadas” que bien vale la pena escuchar. He aquí parte de una entrevista que tuvimos la suerte de hacerle en vísperas de su último viaje a Chile…</p>
<p><em>¿Crees tú que la poesía boliviana ha transitado por el camino de la ficción?</em></p>
<p>En cierto modo se podría decir que sí. Sin embargo, para responder con más profundidad a tu pregunta, tendríamos que definir primero lo que vamos a entender por poesía boliviana. ¿La define simplemente el hecho de que ha sido escrita en Bolivia? Yo creo que este elemento es insuficiente, es más, ni siquiera es el fundamental. Podríamos hablar de Freyre o de Tamayo por ejemplo. En “La Prometheida” existe una ficcionalización del personaje, es cierto, pero la obra no produce sentidos que nos permitan reconocer signos de lo que podría llamarse “lo boliviano”. </p>
<p>En mi opinión la poesía boliviana que realmente propone un lenguaje boliviano comienza con Jaime Saenz. </p>
<p>Existe un corte que entre Cerruto y Saenz es bastante claro, y se puede simplificar en una sola idea que tal vez sirva para explicarlo; en <strong>Estrella Segregada</strong>, Cerruto habla del Illimani de tú a tú, como puede hablar cualquier europeo de una montaña, sin ninguna implicación necesariamente andina; en cambio, cuando Saenz habla de la montaña, la relación cambia totalmente, porque dentro del lenguaje de Saenz está implícita la humildad frente a la montaña y eso si corresponde a una experiencia andina. </p>
<p>Entonces ¿qué es lo que recoge Saenz? A mi modo de ver, un modo de comprender, de vivir el mundo andino, que no se traduce en palabras aymaras o quechuas ni nada por el estilo, se traduce más bien en un “estar” en la realidad que produce un lenguaje que recoge los sentidos de una experiencia boliviana. </p>
<p>Sin embargo, la poesía en Saenz no es propiamente “ficcional”; yo creo que los sentidos producidos trazarán el camino interior, que dan sentido a su existencia. En realidad me atrevería a asegurar que su poesía se “narra”. Sí, porque en <strong>Muerte por el tacto</strong> comienza su “historia” en el olvido de “todo”, para concentrarse en diseñar su propia aventura que no es otra que la del conocimiento de la muerte para permitirse vivir y poder morir. </p>
<p>¿Pero cuándo la poesía comienza a ser ficcional?&#8230; yo creo que es cuando se propone desidentificarla de la experiencia inmediata; cuando crea personajes de ficción. La ficción no necesariamente significa que no tenga que ver con lo real, sino más bien, que se propone en otro plano: el de la invención. </p>
<p><em>¿Sin embargo, crees tú que es importante transitar el camino de la ficción; refiriéndose a la poesía por supuesto?</em></p>
<p>Yo creo que sí. </p>
<p><em>¿Por qué?</em></p>
<p>Porque es una liberación. Cuando hay más libertad, un creador se siente más suelto, libre de toda dependencia de sí mismo, del “qué dirán”, de lo político, de lo social, etc. </p>
<p><em>¿Dónde crees que podrían estar las razones de que nuestra poesía no haya transitado por este camino?&#8230; ¿No será como algunos dicen, que está poseída por lo social?</em></p>
<p>Bueno, yo no estoy de acuerdo con eso. Cachin Antezana dice por ejemplo, casi categóricamente, que la narrativa boliviana es básicamente sociológica, y no es tan así. Lo que pasa es que los problemas de los real, los problemas sociales, no han dado tiempo ni lugar para la conformación de un lenguaje boliviano.<br />
Yo veo la cosa más por otro lado: al llegar los españoles nombran un espacio ya nombrado, una geografía “afectada” emotivamente. </p>
<p>Ahora bien, si las cosas hubieran estado nombradas cuando ellos llegaron, no hubiera existido ningún problema: sencillamente hubieran podido imponer su lengua con mayor facilidad, así como lo han hecho en Chile o en Argentina. Allí si han podido desarrollar un lenguaje, puesto que el idioma español no ha sido influido sustancialmente por otro tipo de signos, y eso se hace evidente en el desarrollo de la literatura en esos países. Tal vez por eso nosotros no lo hemos logrado; primero porque no nos han liquidado como ha sucedido allí (me refiero a los nativos u originarios), sino que hemos convivido con ellos. Mal o bien, pero hemos convivido y nos han influido enormemente. Ahora bien, esta convivencia ha sido muy rica, sin embargo, ha ido también demorando la construcción de un lenguaje propio, es decir una manera “boliviana” de nombrar el mundo. </p>
<p><em>Bien, cambiemos un poco de rumbo. Desde hace un tiempo atrás se ha venido hablando de que cada vez más se escribe poesía para los poetas… ¿Qué opinas de esto?</em></p>
<p>Que es verdad, pero que es un problema mundial. No solamente ocurre en Bolivia. Uno siempre se enfrenta con el mismo problema. La gente lee poca poesía, y los que la leen son los mismos poetas que quieren ver lo que los colegas están haciendo. Lo triste es que la gran masa no lee, y eso es cierto. Lamentablemente siempre va a ser así. La poesía es una literatura de élites. Lo triste es que parece ser un problema generalizado, los pintores viven mirándose a sí mismos, los poetas a sí mismos, los músicos a sí mismos, etc. Pregúntale a un pintor si alguna vez te ha leído, o si ha leído a Saenz…</p>
<p><em>… Te hacía la pregunta porque tú sacaste el tema de “Altazor” en una respuesta anterior. Como todos sabemos, una de las criticas más fuertes que recibiera Huidobro, fue cuando se le acusó de estar distanciando a la poesía de las grandes mayorías, de negar la posibilidad que la gran masa pudiera leerla o por lo menos entenderla. ¿Será que el transitar por el camino de la ficción –como Huidobro- nos pueda llevar a aumentar la brecha entre la “masa” y los poetas? </em>  </p>
<p>No. Yo creo que la ficción no tiene nada que ver con el lector. Lo que si creo, es que la literatura en general y la poesía en particular es, a pesar nuestro, una cultura de grupos pequeños. Tomemos como ejemplo a Benedetti: una poesía tan popular como la suya… ¿yo me pregunto cuánta gente la ha leído?&#8230; ¿habrá llegado realmente a las oficinas? A mí me encantaría que fuera de otra manera, lamentablemente así no más es la cosa. </p>
<p><em>Últimamente han surgido una serie de discursos nuevos, por ejemplo “la perspectiva de género”. Cada vez más se escucha hablar en círculos intelectuales de la “poesía con perspectiva de género”, ¿Qué opinas al respecto?</em></p>
<p>En realidad no estoy muy de acuerdo con eso. A mí modo de ver, debería existir simplemente buena poesía. Por otro lado, yo si creo que el género es visible en los textos, pero eso no quita ni añade al hecho poético. Sin embargo, siempre me ha llamado la atención el hecho de que a las mujeres poetas, sólo les hacen caso otras mujeres, en su gran mayoría. Me llama mucho la atención por ejemplo, que en la antología de Eduardo Mitre no haya ni una sola mujer. Él se escuda diciendo que su antología abarca solamente hasta los años cuarenta; eso es verdad, pero en esos años había una Alcira Cardona y una Yolanda Bedregal que habrán tenido nomás algún poema bueno ¿no? Yo creo que ha habido una negligencia con esto.</p>
<p>Cachín Antezana por ejemplo, tampoco se ha ocupado nunca de una poeta mujer. Sin ir más lejos, en las grandes antologías como las de Quirós, Ramiro Beltrán o Cáceres sí están presentes algunas mujeres, están ahí nomás, como todos; pero un verdadero estudio de la poesía femenina boliviana no existe. Yo me pongo a pensar; y pienso que esto no puede ser tan gratuito, porque para que intelectuales de la importancia de “Cachín Antezana” o de Eduardo Mitre sencillamente borren del mapa a las mujeres, como si no tuvieran ninguna importancia es signo de que algo pasa. </p>
<p>Finalmente, si una se pone a revisar, hay poetas en la antología de Eduardo Mitre que están a la misma altura que Alcira Cardona o de Yolanda Bedregal. </p>
<p><em>Sin embargo, también se han comenzado a introducir variaciones lingüísticas, como por ejemplo: “cuerpa”, “suplicanta”, etc, es decir una serie de términos que introducen la concepción de género en el propio lenguaje… ¿qué opinas de esto?</em></p>
<p>Sí, es cierto. En Chile he visto bastante trabajo por ese lado, por ejemplo en Verónica Zondek, en Carmen Berenguer, etc. Pero para mí, eso no es otra cosa que tratar de forzar el lenguaje, para obligarlo a un estilo femenino. Es un problema a la postre. A veces aceptable, otras no. </p>
<p>Hace un tiempo atrás, en el Primer encuentro de poetas bolivianas, que reunió gente que vive tanto en el país como en el exterior, se propuso estos cambios de género de las palabras. Se proponía por ejemplo que en vez de decir “el amor” se dijera “la amor” o que en ves de decir “el cuerpo” se dijera “la cuerpa”; a mi me parece que si estás tentativas se “oyen bien” adelante, pues bien, que salgan adelante. Pero para mí, lo que realmente necesitamos en Bolivia es hacer nuestro propio lenguaje, antes de comenzar a forzarlo. </p>
<p><em>Hace un par de meses, en una charla que tuvimos, tú me comentaste que no estabas de acuerdo con una interpretación que Juan Carlos Ramiro Quiroga había hecho sobre la poesía boliviana a partir del eje temático de la muerte. ¿Por qué no me amplias un poco más tu criterio al respecto?</em></p>
<p>Como no. La primera cosa que quisiera decir, es que un tema no puede ser el elemento articulador de la historia de la poesía, y menos un tema tan general como la muerte. Recordemos que se habla de la muerte desde que el hombre es hombre, porque desde que el hombre es hombre se muere. </p>
<p>Si por lo menos Juan Carlos se hubiese concentrado en el valor simbólico que propone el poeta respecto a la muerte, se podría haber sistematizado un poco más la cosa. En definitiva, yo creo que no puede homogeneizador que permita hacer una interpretación seria de la poesía boliviana, que el propio lenguaje. Porque caso contrario, también podría haber ido por el lado del amor ¿no es cierto? O por cualquier otro lado… lamentablemente hacer la lectura de la que hablamos requiere de  mucho trabajo. </p>
<p><em>¿Y conoces algún intento en ese sentido?</em></p>
<p>No. Lo que existen son algunos trabajos aislados, pero que tampoco buscan la coherencia de un conjunto literario. Pero de lo que sí estoy convencida, es de que es una de las tareas fundamentales que están irresueltas.</p>
<p><em>Para finalizar. ¿Qué opinas que está sucediendo con la poesía boliviana?</em></p>
<p>Lo primero, es que están sucediendo cosas. Y eso es siempre importante. Yo no podría valorarlas porque estoy metida en el asunto y no sería imparcial. </p>
<p>Creo que falta un poco más de lectura también. Pero es interesante ver la cantidad de gente que escribe una poesía de buen nivel. De ahí podría salir un gran poeta, no lo puedo asegurar, pero es probable que así sea. Por esta misma razón yo creo que es importante que se publiquen muchos libros de poesía, aunque haya gente que critica eso, como por ejemplo Walter Chavéz, sin embargo, a mí me parece bueno, porque así es como vamos a llegar a formar realmente un lenguaje, es decir de ahí tendrá que salir algo. Yo conozco mucha gente que tiene libros sin publicar, y algunas cosas son realmente excelentes. </p>
<p>Por otra parte, y a fuerza de trabajo, el lenguaje también está cambiando, hay nuevas propuestas, que no se quedan solamente en lo inmediato o en lo lírico. Me parece que realmente están sucediendo cosas importantes… de verdad.      </p>
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<p><em>Fuente: Ecdótica y Youtube</em></p>
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		<title>El hombre sentimental de Javier Marías, reseña de Moira Bailey</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/19/el-hombre-sentimental-de-javier-marias-resena-de-moira-bailey/</link>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 14:18:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/portada-hombre-sentimental.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/portada-hombre-sentimental.jpg" alt="" title="portada-hombre-sentimental" width="154" height="254" class="aligncenter size-full wp-image-3093" /></a></center><br />
<strong>Historia y ficción<br />
Por: Moira Bailey J.</strong></p>
<p>Los relatos son incompletos como la historia, de ahí su semejanza, su íntima relación a pesar de su lejanía. El final del relato lo conoce el autor o de vez en cuando algún lector que juegue a ser adivino y no pocas veces acierte. El curso de la historia que, como muchos dicen, supera cualquier ficción, será siempre incompleto, desconocido, incierto.</p>
<p>La literatura y la  historia quizá no son las mejores amigas, pero tampoco han logrado separarse del todo. Una tiene de científica lo que la otra de imaginativa y aunque en ningún caso la una acepta añorar las dotes de la otra, es casi imposible no detectar el paso de la historia en la literatura, la profunda literaturalidad que tiene la historia. </p>
<p>Muchos escritores tratan de hacer historia voluntariamente, otros lo hacen sin darse cuenta, pero lo cierto es que al hacer un relato se hace historia de una u otra forma y se hace historia en cuanto a la descripción de la vida, de la gente o las cosas a través del paso del tiempo. La literatura hace historia en el sentido más lato de la palabra, la hace simplemente al ponernos al mismo personaje frente a nuestros ojos dos o tres años después, ya que es la historia lo que nos ayuda a comprender lo que pasa hacia adelante y lo que nos separa de algo que pasó, atrás aunque ese algo siga vivo para contarlo.</p>
<p>El recuerdo es un hilo invisible esencial a la vida humana que une las funciones de la historia y de la literatura de un modo singular, pues es un vínculo tanto funcional como afectivo que justamente por ser invisible está siempre presente moldeando la dirección de las acciones, de las palabras. La historia lo usa para determinar el curso de los hechos, la literatura en cambio se acomoda en algo que considera su propiedad, su terreno, se siente con total derecho de utilizarlo a plenitud,  agrandando algunos datos del recuerdo que cree imprescindibles, mientras olvida otros que considera poco importantes para su relato, de hecho una pequeña partícula de recuerdo puede dar vida a una obra importante mientras un sin fin de recuerdos se quedan inmóviles sin utilidad posible. </p>
<p>De pronto, cuando leemos un relato o una historia, todo es mentira, todo es mentira pero también incuestionable verdad y es ahí, justo en ese punto donde se vuelven a juntar la historia y la literatura en aquello que hay de cierto y también en aquello que hay de ficticio en el relato, en la historia que se cuenta. Los personajes y los paisajes son reales y ficticios a la vez y somos nuevamente testigos de la unión indiscutible que hay entre la literatura y la historia. Existe entonces una realidad basada en irrealidades, es como una foto en la que los personajes que nos miran desde ella son reales pero ficticios a la vez.</p>
<p>Pero no todo es unión y conciliación entre estas dos formas casi mitológicas de acercamiento a  la realidad, pues si nos adentramos a sus dominios más íntimos nos encontramos con que existen elementos que separan a la narración de la descripción, siendo ambos fundamentales tanto para la literatura como para la historia. </p>
<p>La novela es el género en el que todos estos elementos se conjugan de modo a veces maravilloso, pues en esta riquísima forma literaria están el relato y la historia, la narración con sus muchas descripciones, la mentira rotunda y la verdad innegable.</p>
<p>Pero es peligroso confundirse y creer que la  historia corresponde a un orden cronológico ideal, y ahí es donde entra la literatura que echando mano del orden no ideal ni lineal de las cosas puede narrar de atrás para adelante o detenerse en un solo punto de la cronología olvidando los demás, o entremezclar tiempos o historias que se confunden.</p>
<p>Los buenos escritores de novela siempre estuvieron concientes de esta realidad. Javier Marías no es la excepción, pues no sólo está conciente de la coexistencia de todos estos elementos, sino que juega con ellos magníficamente. El recuerdo, el sueño, la historia y el relato armado dentro y fuera de ella, son formas vivas que manipula divinamente, conoce de la interrelación que existe entre ellas, de la cierta independencia a la que cada una de ellas puede aspirar, del efecto que pueden causarse mutuamente. Los personajes en <strong>Un hombre sentimental</strong> se mueven entre su historia propia e individual, la historia de los demás y el relato de Marías, creando con ello una novela en la que los correlativos historia/literatura, realidad/ficción llegan al tope de su vivencia.</p>
<p>Esta novela es una narración sicológica formada por pocos personajes, y aunque parece sencilla -ya que se la podría describir como una historia en la que Natalia tiene dos hombres, juega con ellos y después los abandona a ambos- en realidad tiene muchos dobleces dignos de mención, siendo uno de los más importantes el hecho de que el narrador cuenta lo que se sueña y no lo que sabe o recuerda.</p>
<p>La vida de los personajes no es fácil pues todos acaban perdiendo algo a lo largo del tramo de vida que el lector presencia. Bertha, la primera esposa del cantante y a quien casi no conocemos, es abandonada por el cantante. El acompañante de Natalia, con un nombre tan histórico como Dato, que es un hombre que parecería tener un buen puesto que no exige mucho por qué preocuparse, acaba abandonado su trabajo. El esposo de Natalia, empresario que parece tener todo bajo control, termina siendo cómplice de su enemigo, el cantante, y no pudiendo resistir la fuerza de la vergüenza. Pero el cantante es el único que vence, logra trascender a todo y a todos porque se pone a escribir la historia, la historia que va soñando tiempo después. </p>
<p>Marías nos dice entonces que la historia vence y lo hace porque es más fuerte al ser contada que al ser vivida porque está llena de irrealidades, es una confusión caprichosa de elementos y tiempos. El cantante describe lo que quiere, vive su idilio, lo revive, lo maneja a su antojo y se pone de vencedor, porque para los amantes de la historia, el vencedor es el que la cuenta dándole tantas vidas como quiere, tantos ángulos de entrada o perspectivas como se le ocurre. El lector no puede nunca discernir del todo cuáles son realmente las fronteras entre la verdad y la ficción, puesto que el cantante crea muchos espejismos voluntarios con ellas, además de que él mismo es atrapado en otro espejismo: lo que le dicen sus sueños, o lo que él mismo quiere contar sobre esos sueños. En un momento él acepta la total confusión de la que es objeto, su realidad se vuelve sueño puesto que sueña con ella armando un todo en el que todos los elementos de su historia y su personalidad toman forma. Entonces el propio Marías, a título de cantante de ópera, entra en el debate de si esto es una historia o una narración, pues construye su historia a través de la narración sobre aquello que soñaba, siendo lo que soñaba el objeto mismo de la narración. Los personajes de la novela, de su novela, deberían ser irreales, pero para él no lo son porque simplemente están metidos entre la irrealidad del pasado y la ficción que se forma, se construye paso a paso mientras la observamos quienes la observamos sin saber a veces si es ficción o realidad.</p>
<p>Toda la novela es una interpretación del cantante, que a su vez es narrador, que a su vez es engañado o abandonado, pero al mismo tiempo vence al traernos a su dominio, a su relato, al llevarnos a pensar en el ingenio de Marías al juntar todos estos elementos de una manera magistral en el que unos van entrando en otros, como una perfecta caja china.</p>
<p><strong>Lista bibliográfica de referencia</strong></p>
<p>BARTHES, Roland, “El discurso  de la historia” en El susurro del lenguaje, trad. de Fernández Medrano, Barcelona, Paidós, 1994, pp. 163-177.<br />
BARTHES, Roland, “Introducción al análisis estructural del relato” ” en Análisis estructural del relato, México, Ediciones Coyoacán, 2006 [1ª ed. 1996], pp. 7-38.<br />
GENETTE, Gerard, “Fronteras del relato” en Análisis estructural del relato, México, Ediciones Coyoacán, 2006 [1ª ed. 1996], pp. 199-213.<br />
HAYDEN, WHITE, “Teoría literaria y escrito histórico” en El texto histórico como artefacto literario, intr. de Verónica Tozzi, Barcelona, Paidós, 2003, pp. 142-188.<br />
MARIAS, Javier, El hombre sentimental, México, De Bolsillo, colección contemporánea, 2006.<br />
RICOEUR, Paul, “4. Mundo del texto y mundo del lector” y en Tiempo y narración III, México, Siglo XXI, 2006, pp. 864-917.<br />
 &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211; “5. El entrecruzamiento de la historia y la ficción” en Tiempo y narración III, México, Siglo XXI, 2006, pp. 864-917.<br />
TODOROV, Tzvetan, “Las categorías del relato literario” en Análisis estructural del relato, México, Ediciones Coyoacán, 2006 [1ª ed. 1996], pp. 161-214.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/portada-hombre-sentimental.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/portada-hombre-sentimental.jpg" alt="" title="portada-hombre-sentimental" width="154" height="254" class="aligncenter size-full wp-image-3093" /></a></center><br />
<strong>Historia y ficción<br />
Por: Moira Bailey J.</strong></p>
<p>Los relatos son incompletos como la historia, de ahí su semejanza, su íntima relación a pesar de su lejanía. El final del relato lo conoce el autor o de vez en cuando algún lector que juegue a ser adivino y no pocas veces acierte. El curso de la historia que, como muchos dicen, supera cualquier ficción, será siempre incompleto, desconocido, incierto.</p>
<p>La literatura y la  historia quizá no son las mejores amigas, pero tampoco han logrado separarse del todo. Una tiene de científica lo que la otra de imaginativa y aunque en ningún caso la una acepta añorar las dotes de la otra, es casi imposible no detectar el paso de la historia en la literatura, la profunda literaturalidad que tiene la historia. </p>
<p>Muchos escritores tratan de hacer historia voluntariamente, otros lo hacen sin darse cuenta, pero lo cierto es que al hacer un relato se hace historia de una u otra forma y se hace historia en cuanto a la descripción de la vida, de la gente o las cosas a través del paso del tiempo. La literatura hace historia en el sentido más lato de la palabra, la hace simplemente al ponernos al mismo personaje frente a nuestros ojos dos o tres años después, ya que es la historia lo que nos ayuda a comprender lo que pasa hacia adelante y lo que nos separa de algo que pasó, atrás aunque ese algo siga vivo para contarlo.</p>
<p>El recuerdo es un hilo invisible esencial a la vida humana que une las funciones de la historia y de la literatura de un modo singular, pues es un vínculo tanto funcional como afectivo que justamente por ser invisible está siempre presente moldeando la dirección de las acciones, de las palabras. La historia lo usa para determinar el curso de los hechos, la literatura en cambio se acomoda en algo que considera su propiedad, su terreno, se siente con total derecho de utilizarlo a plenitud,  agrandando algunos datos del recuerdo que cree imprescindibles, mientras olvida otros que considera poco importantes para su relato, de hecho una pequeña partícula de recuerdo puede dar vida a una obra importante mientras un sin fin de recuerdos se quedan inmóviles sin utilidad posible. </p>
<p>De pronto, cuando leemos un relato o una historia, todo es mentira, todo es mentira pero también incuestionable verdad y es ahí, justo en ese punto donde se vuelven a juntar la historia y la literatura en aquello que hay de cierto y también en aquello que hay de ficticio en el relato, en la historia que se cuenta. Los personajes y los paisajes son reales y ficticios a la vez y somos nuevamente testigos de la unión indiscutible que hay entre la literatura y la historia. Existe entonces una realidad basada en irrealidades, es como una foto en la que los personajes que nos miran desde ella son reales pero ficticios a la vez.</p>
<p>Pero no todo es unión y conciliación entre estas dos formas casi mitológicas de acercamiento a  la realidad, pues si nos adentramos a sus dominios más íntimos nos encontramos con que existen elementos que separan a la narración de la descripción, siendo ambos fundamentales tanto para la literatura como para la historia. </p>
<p>La novela es el género en el que todos estos elementos se conjugan de modo a veces maravilloso, pues en esta riquísima forma literaria están el relato y la historia, la narración con sus muchas descripciones, la mentira rotunda y la verdad innegable.</p>
<p>Pero es peligroso confundirse y creer que la  historia corresponde a un orden cronológico ideal, y ahí es donde entra la literatura que echando mano del orden no ideal ni lineal de las cosas puede narrar de atrás para adelante o detenerse en un solo punto de la cronología olvidando los demás, o entremezclar tiempos o historias que se confunden.</p>
<p>Los buenos escritores de novela siempre estuvieron concientes de esta realidad. Javier Marías no es la excepción, pues no sólo está conciente de la coexistencia de todos estos elementos, sino que juega con ellos magníficamente. El recuerdo, el sueño, la historia y el relato armado dentro y fuera de ella, son formas vivas que manipula divinamente, conoce de la interrelación que existe entre ellas, de la cierta independencia a la que cada una de ellas puede aspirar, del efecto que pueden causarse mutuamente. Los personajes en <strong>Un hombre sentimental</strong> se mueven entre su historia propia e individual, la historia de los demás y el relato de Marías, creando con ello una novela en la que los correlativos historia/literatura, realidad/ficción llegan al tope de su vivencia.</p>
<p>Esta novela es una narración sicológica formada por pocos personajes, y aunque parece sencilla -ya que se la podría describir como una historia en la que Natalia tiene dos hombres, juega con ellos y después los abandona a ambos- en realidad tiene muchos dobleces dignos de mención, siendo uno de los más importantes el hecho de que el narrador cuenta lo que se sueña y no lo que sabe o recuerda.</p>
<p>La vida de los personajes no es fácil pues todos acaban perdiendo algo a lo largo del tramo de vida que el lector presencia. Bertha, la primera esposa del cantante y a quien casi no conocemos, es abandonada por el cantante. El acompañante de Natalia, con un nombre tan histórico como Dato, que es un hombre que parecería tener un buen puesto que no exige mucho por qué preocuparse, acaba abandonado su trabajo. El esposo de Natalia, empresario que parece tener todo bajo control, termina siendo cómplice de su enemigo, el cantante, y no pudiendo resistir la fuerza de la vergüenza. Pero el cantante es el único que vence, logra trascender a todo y a todos porque se pone a escribir la historia, la historia que va soñando tiempo después. </p>
<p>Marías nos dice entonces que la historia vence y lo hace porque es más fuerte al ser contada que al ser vivida porque está llena de irrealidades, es una confusión caprichosa de elementos y tiempos. El cantante describe lo que quiere, vive su idilio, lo revive, lo maneja a su antojo y se pone de vencedor, porque para los amantes de la historia, el vencedor es el que la cuenta dándole tantas vidas como quiere, tantos ángulos de entrada o perspectivas como se le ocurre. El lector no puede nunca discernir del todo cuáles son realmente las fronteras entre la verdad y la ficción, puesto que el cantante crea muchos espejismos voluntarios con ellas, además de que él mismo es atrapado en otro espejismo: lo que le dicen sus sueños, o lo que él mismo quiere contar sobre esos sueños. En un momento él acepta la total confusión de la que es objeto, su realidad se vuelve sueño puesto que sueña con ella armando un todo en el que todos los elementos de su historia y su personalidad toman forma. Entonces el propio Marías, a título de cantante de ópera, entra en el debate de si esto es una historia o una narración, pues construye su historia a través de la narración sobre aquello que soñaba, siendo lo que soñaba el objeto mismo de la narración. Los personajes de la novela, de su novela, deberían ser irreales, pero para él no lo son porque simplemente están metidos entre la irrealidad del pasado y la ficción que se forma, se construye paso a paso mientras la observamos quienes la observamos sin saber a veces si es ficción o realidad.</p>
<p>Toda la novela es una interpretación del cantante, que a su vez es narrador, que a su vez es engañado o abandonado, pero al mismo tiempo vence al traernos a su dominio, a su relato, al llevarnos a pensar en el ingenio de Marías al juntar todos estos elementos de una manera magistral en el que unos van entrando en otros, como una perfecta caja china.</p>
<p><strong>Lista bibliográfica de referencia</strong></p>
<p>BARTHES, Roland, “El discurso  de la historia” en El susurro del lenguaje, trad. de Fernández Medrano, Barcelona, Paidós, 1994, pp. 163-177.<br />
BARTHES, Roland, “Introducción al análisis estructural del relato” ” en Análisis estructural del relato, México, Ediciones Coyoacán, 2006 [1ª ed. 1996], pp. 7-38.<br />
GENETTE, Gerard, “Fronteras del relato” en Análisis estructural del relato, México, Ediciones Coyoacán, 2006 [1ª ed. 1996], pp. 199-213.<br />
HAYDEN, WHITE, “Teoría literaria y escrito histórico” en El texto histórico como artefacto literario, intr. de Verónica Tozzi, Barcelona, Paidós, 2003, pp. 142-188.<br />
MARIAS, Javier, El hombre sentimental, México, De Bolsillo, colección contemporánea, 2006.<br />
RICOEUR, Paul, “4. Mundo del texto y mundo del lector” y en Tiempo y narración III, México, Siglo XXI, 2006, pp. 864-917.<br />
 &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211; “5. El entrecruzamiento de la historia y la ficción” en Tiempo y narración III, México, Siglo XXI, 2006, pp. 864-917.<br />
TODOROV, Tzvetan, “Las categorías del relato literario” en Análisis estructural del relato, México, Ediciones Coyoacán, 2006 [1ª ed. 1996], pp. 161-214.</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		</item>
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		<title>Crónica de un almuerzo literario</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/16/cronica-de-un-almuerzo-literario/</link>
		<comments>http://www.ecdotica.com/2010/07/16/cronica-de-un-almuerzo-literario/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 16 Jul 2010 14:01:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículo]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.ecdotica.com/?p=3089</guid>
		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Locotos.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Locotos.jpg" alt="" title="Locotos" width="368" height="305" class="aligncenter size-full wp-image-3090" /></a></center><br />
<strong>Crónica de un almuerzo literario<br />
Por: Willy Rocabado Aüe</strong></p>
<p>La mesa era un lujo por la compañía. A mi izquierda estaba Juan Terranova, escritor argentino cautivado por los misterios esotéricos del trancapecho de “Las islas” al que comparamos con los sándwiches de bondiola que se ofrecen a la rivera del Río de la Plata, allí cerca de la zona más exclusiva de Buenos Aires, en esos placeres se había sumergido, noche antes, de la mano de Edmundo Paz Soldán, que se ubicaba, ahora en la mesa, entre Liliana Colanzi y Tico Hasbún. El debate se formó en torno a la cantidad, consistencia y sabores de los picantes nacionales: se hizo un análisis comparativo entre las nacionales llajua y el picante de maní que acompaña a los anticuchos y el chimichurri gaucho, infaltable pareja de asados.</p>
<p>A mi derecha se sentó Diego Trelles Paz, peruano, Ph. D. en Literatura que ejerce la docencia universitaria cerca de Nueva York, quien explicó en qué consistían las “polladas” peruanas que la señorita Laura hizo tan populares desde su popular espectáculo televisivo Laura en América; Diego contó que son reuniones en las que los asistentes acompañan la cerveza con pantagruélicos pollos, hasta que las primeras se acaban (lo que puede ocurrir algunos días después) y que estas reuniones tienen el fin de recaudar algo de dinero para fines que van desde comprar una puerta hasta una parte de algún pasaje que permita intentar el sueño americano.</p>
<p>Al frente estaba, recién llegado a Bolivia (vacaciones, creo) Rodrigo Hasbún, el Tico de siempre, que profesa un vegetarianismo implacable, nacido de un profundo respeto hacia los seres vivos, que miraba con interés la ensalada que estaba sobre el plato de la artista plástica Alejandra Alarcón, sentada a su lado. Se retomó el tema de los picantes, pero fue Trelles quien entabló un diálogo sobre las sutiles diferencias entre los rocotos peruanos y sus primos locotos con el editor de finas maneras Bernardo Quiroga.</p>
<p>Los comensales atacábamos la comida preparada y decorada con exquisito gusto: res bañada en salsa dulce de frutos rojos del bosque, surubí en salsa de tres quesos, un “tapeque” de ensalada rusa hecho con masa de panqueques y una breve porción de brócoli aliñado con cebollas. Delicioso. Leonardo de la Torre iría a repetir el tapeque, mientras que los comensales vaticinaban el final del pulpo Paul y de sus predicciones futbolísticas.</p>
<p>El único que faltó en nuestra mesa, para que la charla sobre gastronomía fuese oficial, fue el óculo di vitro que charlaba manjares imaginarios a un par de mesas de distancia. El almuerzo ofrecido a los escritores, periodistas y amigos, en el marco del VI Encuentro iberoamericano de escritores en los jardines del Centro Simón I. Patiño, terminó con una coreografiada salida de los participantes ante la inminencia de la última de las semifinales de la copa sudafricana.</p>
<p>Cuando todos ya se iban de prisa, todavía alcancé a quedarme con Alfredo Bryce Echenique, el Maestro, bajo la sombra de los árboles, a charlar un momento sobre la curiosidad que tienen naturalmente los periodistas latinoamericanos, me aseguró que en esta parte del mundo tenemos mejor periodismo que en Europa pues allá, me dijo, “tienen tanta satisfacción de pertenecer al primer mundo que tienen una mirada muy alta de ellos y muy baja de los demás” que, además, han perdido la frescura y las ganas de indagar sobre cualquier tema, mientras que los latinoamericanos, dice, escribimos con un “complejillo de inferioridad, pero somos más cultos, más universales y todo nos interesa porque venimos de diferentes culturas”</p>
<p>Mientras Bryce hablaba y yo tomaba notas sobre cuán útil es hacer crónicas que tengan trasfondos literarios, las diminutas hojas seguían cayendo de los frondosos árboles sobre nosotros ¡Buen provecho!</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica por medio de La Ramona</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Locotos.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Locotos.jpg" alt="" title="Locotos" width="368" height="305" class="aligncenter size-full wp-image-3090" /></a></center><br />
<strong>Crónica de un almuerzo literario<br />
Por: Willy Rocabado Aüe</strong></p>
<p>La mesa era un lujo por la compañía. A mi izquierda estaba Juan Terranova, escritor argentino cautivado por los misterios esotéricos del trancapecho de “Las islas” al que comparamos con los sándwiches de bondiola que se ofrecen a la rivera del Río de la Plata, allí cerca de la zona más exclusiva de Buenos Aires, en esos placeres se había sumergido, noche antes, de la mano de Edmundo Paz Soldán, que se ubicaba, ahora en la mesa, entre Liliana Colanzi y Tico Hasbún. El debate se formó en torno a la cantidad, consistencia y sabores de los picantes nacionales: se hizo un análisis comparativo entre las nacionales llajua y el picante de maní que acompaña a los anticuchos y el chimichurri gaucho, infaltable pareja de asados.</p>
<p>A mi derecha se sentó Diego Trelles Paz, peruano, Ph. D. en Literatura que ejerce la docencia universitaria cerca de Nueva York, quien explicó en qué consistían las “polladas” peruanas que la señorita Laura hizo tan populares desde su popular espectáculo televisivo Laura en América; Diego contó que son reuniones en las que los asistentes acompañan la cerveza con pantagruélicos pollos, hasta que las primeras se acaban (lo que puede ocurrir algunos días después) y que estas reuniones tienen el fin de recaudar algo de dinero para fines que van desde comprar una puerta hasta una parte de algún pasaje que permita intentar el sueño americano.</p>
<p>Al frente estaba, recién llegado a Bolivia (vacaciones, creo) Rodrigo Hasbún, el Tico de siempre, que profesa un vegetarianismo implacable, nacido de un profundo respeto hacia los seres vivos, que miraba con interés la ensalada que estaba sobre el plato de la artista plástica Alejandra Alarcón, sentada a su lado. Se retomó el tema de los picantes, pero fue Trelles quien entabló un diálogo sobre las sutiles diferencias entre los rocotos peruanos y sus primos locotos con el editor de finas maneras Bernardo Quiroga.</p>
<p>Los comensales atacábamos la comida preparada y decorada con exquisito gusto: res bañada en salsa dulce de frutos rojos del bosque, surubí en salsa de tres quesos, un “tapeque” de ensalada rusa hecho con masa de panqueques y una breve porción de brócoli aliñado con cebollas. Delicioso. Leonardo de la Torre iría a repetir el tapeque, mientras que los comensales vaticinaban el final del pulpo Paul y de sus predicciones futbolísticas.</p>
<p>El único que faltó en nuestra mesa, para que la charla sobre gastronomía fuese oficial, fue el óculo di vitro que charlaba manjares imaginarios a un par de mesas de distancia. El almuerzo ofrecido a los escritores, periodistas y amigos, en el marco del VI Encuentro iberoamericano de escritores en los jardines del Centro Simón I. Patiño, terminó con una coreografiada salida de los participantes ante la inminencia de la última de las semifinales de la copa sudafricana.</p>
<p>Cuando todos ya se iban de prisa, todavía alcancé a quedarme con Alfredo Bryce Echenique, el Maestro, bajo la sombra de los árboles, a charlar un momento sobre la curiosidad que tienen naturalmente los periodistas latinoamericanos, me aseguró que en esta parte del mundo tenemos mejor periodismo que en Europa pues allá, me dijo, “tienen tanta satisfacción de pertenecer al primer mundo que tienen una mirada muy alta de ellos y muy baja de los demás” que, además, han perdido la frescura y las ganas de indagar sobre cualquier tema, mientras que los latinoamericanos, dice, escribimos con un “complejillo de inferioridad, pero somos más cultos, más universales y todo nos interesa porque venimos de diferentes culturas”</p>
<p>Mientras Bryce hablaba y yo tomaba notas sobre cuán útil es hacer crónicas que tengan trasfondos literarios, las diminutas hojas seguían cayendo de los frondosos árboles sobre nosotros ¡Buen provecho!</p>
<p><em>Fuente: Ecdótica por medio de La Ramona</em></p>
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		<title>Crónica de la visita de Alfredo Bryce Equenique a Cochabamba</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Jul 2010 13:35:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/bryce-de-espaldas1.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/bryce-de-espaldas1.jpg" alt="" title="bryce de espaldas1" width="211" height="318" class="aligncenter size-full wp-image-3086" /></a></center><br />
<strong>Conexión, desconexión y conexión en dos días con Bryce Echenique<br />
Por Leonardo de la Torre Ávila </strong></p>
<p>Desconexión: Como tantos otros, me escondo para terminar un libro de Bryce Echenique que me ha acompañado como un amigo. Estoy de vacación en una playa, tengo 19 años, voy confundido pero por momentos me alegro. Conexión con la locura del mundo: once años después, Alfredo Bryce Echenique y su mujer aceptan unas coca-colas que les acabo de dejar temblorosamente sobre la mesa, en el aeropuerto de El Trompillo, en Santa Cruz. He seducido (figurativamente) a la organizadora del evento y he logrado colarme –pagando el boleto con mi digno sueldo de docente- en la delegación de bienvenida al escritor y a Anita, su compañera. Desconexión y tiempo para uno: El vendaval de este encuentro loco empieza a disiparse. Anoche, antes de despedirse, Bryce me ha dado un consejo y ahora me queda levantar el acta más íntima posible (con perdón) para que todos los detalles permanezcan como en un estado de felicidad sostenida. </p>
<p>Conozco bien ese estado. Lo descubrí al conocer a mi primer amor. Así de trillado pero así de cierto. Era una muchacha de trece años y llevaba un corte <em>Italian Boy</em> como el de Tere, el primer amor de Bryce, el joven Briceño, aunque eso lo supe después. Briceño le dedicó una novela y muchas anti-memorias a esa muchacha, como debe ser.</p>
<p>Conexión con los demás: Alfredo Bryce celebra cuando le cuento del empate de Forlán. Mi hermano, que entiende que sólo este encuentro con el escritor nos separaría a él y a mí a la mismísima hora de la semi-final de este mundial triste y loco, se ha comprometido a enviarme mensajes al celular cada que algo pase. Holanda ya iba ganando mientras Bryce esperaba sus maletas en Viru-Viru; pero Forlán empató en mi celular mientras íbamos todos callados en la vagoneta de la Fundación Patiño, ya camino a El Trompillo para tomar un avión del TAM hacia Cochabamba y no tener que esperar horas para el vuelo nocturno. </p>
<p>Desconexión: La timidez está volviendo a anularme, no me animo a decir esta boca es mía. Cristina Torrico, lectora entrañable y funcionaria de la Fundación Patiño, va al volante y de alguna manera ella y Jackelinne Mejía me animan a preguntarle algo al escritor que fue y quizá sigue siendo el que más quiero, el que mejor me acompañó. Conexión: No sé cómo, pero de pronto ya estoy preguntándole algo sobre el espejo de una pequeña habitación de hotel en Peruggia donde él se mira llorando (en un presente de felicidad alcanzada y verdaderamente sostenida) porque acaba de escribir el primer párrafo de su primer cuento. Frente al espejo también se despide de su vida anterior recordando el título de un libro: <strong>Good-bye to all that</strong>.</p>
<p>Cuenta que publicó ese primer párrafo casi sin tocarlo y que tiempo después se dio cuenta de que en él ya se preguntaba sobre la posibilidad del retorno a su tierra. “¿Cómo se llamaba ese cuento?”, se pregunta. Digo los dos primeros títulos de Huerto Cerrado que recuerdo, los descarta, sigue buscando en la memoria. “¡Ah, sí! Se llamaba ‘Dos indios’”, dice aliviado. Entonces nos cuenta de los indios que inspiraron ese cuento. Estaban sentados en una esquina de un viejo canchón donde alguien de su familia construía o refaccionaba un caserón. Ahí, invisibles entre los albañiles, cuyos apodos recuerda, estaban siempre sentados los dos indios. Casi no hablaban castellano pero él, que era prácticamente un niño, iba y se sentaba con ellos. “Eran mis amigos”, dice, preguntándose qué hubiera pasado si en su casa se enteraban de esa amistad.</p>
<p>Desconexión: El pecho me late muy fuerte, por momentos dejo de oír porque me pongo a pensar en la suerte que estoy teniendo. Cristina Torrico me regala otra mirada por el retrovisor riendo y diciéndome que aguante. Eso me conecta: Mientras llegamos a la Plaza Principal, Alfredo Bryce habla de unos amigos suyos que vinieron a Santa Cruz cuando Velasco les quitó las tierras. </p>
<p>Hemos llegado a El Trompillo. Anita insiste en llevar su maleta, dice que la avergüenza tanta atención; yo llevo el resto porque en ese momento podría cargar todas las maletas del mundo. Algo me desconecta, sin embargo: un mensaje en el celular, es mi hermano y dice “Gol de Holanda”. Para cuando llegamos al modesto mostrador del TAM ya todo el mundo lo sabe. Hay un par de televisores pequeños y la gente, muy apenada, mira la repetición del gol. También Alfredo, con su terno azul a rayas, mira el televisor, lo lamenta, y luego se pierde para quitarse la camiseta porque hace un calor tremendo. Subimos a la segunda planta buscando dónde sentarnos. No hay nadie y las coca-colas debo buscarlas en la tiendita de abajo. Bajo las gradas corriendo porque escucho que ha habido otro gol. Era de Holanda, el Uruguay va 3-1 abajo. Subo las gradas y lo cuento. Como queriendo animarme les digo que todavía faltan 20 minutos, que algo más puede pasar: “¿Veinte minutos? –pregunta Bryce- Sí, que puede pasar algo más: Holanda 4 a 1”. Todos ríen pero Anita y yo no aceptamos el pesimismo. </p>
<p>Ya debemos entrar a la Sala de Pre-Embarque. Pasamos junto a la pequeña tele. Les pido que se adelanten, hay algo de esperanza en el último tiro libre del partido. Me quedo mirando la tele. Conexión: El Uruguay hace un golazo que representa, como siempre, la posibilidad del chico que se agranda ante el grande que asusta. Una maravilla. El partido termina con Holanda escondida en su área. Llego donde están Alfredo, Anita y Jacky. También se alegran a medias. Alfredo está despotricando contra Maradona, tiene razón pero no lo apoyo por cuestiones del corazón. Al momento de subir llega el mensaje final de mi hermano: “Héroes igual”.</p>
<p>En el avión les toca a ellos tres juntos y yo cerca, pero a una distancia desde la que no escucho lo que hablan. Quisiera estar ahí porque Alfredo cuenta un montón de cosas seguramente valiosísimas a una afortunada Jacky, mientras Anita duerme. Así me han tocado la suerte de los asientos; entiendo entonces que no hay más que desconectarme y mirar las nubes y las montañas. </p>
<p>Al llegar a Cochabamba, me conecta de vuelta a la vida Juan Dibós, el amigo de Bryce que vive aquí. Ya en la vagoneta Bryce había contado cosas de “Pity” Dibós con tan genuina admiración y con tan genuino cariño que yo entiendo que ambos son más amigos que lo que el modesto de Dibós cuenta, o sabe. Juan introducirá a Alfredo al auditorio del encuentro y se tomará la merecida libertad de presentar Bolivia a Bryce. Dirá Dibós en esa introducción que Bryce sabe que somos, todos y cada uno seres aptos de ser escuchados, todos distintos”. Ahora han partido todas las vagonetas de la Fundación y Pity, que ya ha abrazado a su amigo con discreción, me ofrece llevarme a casa. Yo también me he despedido de Bryce y su mujer disculpándome por el acoso. Me dicen que no he molestado, pero me cuesta creerles. Llego a mi cuarto, abro la puerta, el corazón se me sigue saliendo. Desconexión y tiempo para el sueño.</p>
<p>Del día siguiente recordaré poco. Arrancó el encuentro con un par de ponencias que no pude oír y, sobre todo, con un almuerzo en los jardines. Están todos. Al salir, sufriendo, me conecto y voy a decirle al pobre de Bryce que en algún momento le haré un par de preguntas. “Cuando quieras, querido”, o algo así me dice. Por la noche voy a buscarlo pero alguien, espero que Pity, se lo ha llevado a cenar. Vuelvo a desconectarme.</p>
<p>Me conecto lentamente en la mañana. Leo en primer tomo de sus anti-memorias un tratado sobre la timidez y sobre lo que podría pasar si uno finalmente se anima a hacer lo que sueña hacer. La escena sucede en la cola de algún cine barato en París, donde Bryce y el propio Dibós miran la nuca de una bella señorita parisina a la que no se animan a decirle cualquier frase idiota y ejercitada. </p>
<p>Animadísimo, entonces, voy al hotel. Es tarde y todos los escritores invitados ya parten hacia una conferencia en la Universidad. Todos menos Bryce que ni siquiera ha abierto la puerta de su habitación. Me ofrezco a esperar para llevarlo, no sé cómo pero aceptan. Pasa una hora y medio y mi teléfono no para de sonar, es Jacky, es el señor de la Fundación que espera con la vagoneta estacionada abajo, ambos me piden que no espere más, que toque la puerta de esa habitación ya que el auditorio lo espera y no contesta al teléfono. Muerto de temblequeo hago caso y me arrepiento a continuación. Desde adentro, la voz de una Anita dormida pregunta quién es. Yo, imbécil, en lugar de fingir la voz y decir que vengo de parte de la Fundación o algo así, digo mi nombre. “Ay, no, Leo, ¡por favor!”, dice y yo siento ganas de tirarme por el balcón y morir. Permanezco ahí un minuto, se abre la puerta. Es Bryce, con la elegantísima ropa con la que seguramente fue a cenar la noche anterior. Me disculpo, le digo que por favor vuelva a dormir, que ya diré yo que él no podrá asistir durante la mañana. Él, muy atento, sólo asiente con la cabeza sin decir palabra y cierra la puerta.</p>
<p>Estoy desconectado, he pasado todas las líneas. Salgo del hotel y me voy a un café caro a pedir un sillpancho. “No pues, joven -me dicen, a esta hora sólo hay desayunos”. Entonces pido “un americano” y el mozo asume mal y me trae un triste café americano, con dos chocolatitos de cortesía, eso sí. No he comido nada en la mañana y el café me mata. Apenas lo pruebo, sé que volveré a mi casa, intentaré trabajar en cualquier cosa, no podré soportar la vergüenza. Por suerte, a través del ventanal del café veo que por la calle camina un señor gordo bien peinado que vende alfombras y que siempre me alegra ver. He vuelto a casa y ya estoy conectado. Quizá por eso en plena siesta suena el teléfono. Es Anita, se disculpa por lo que me dijo mientras dormía, agradece que me haya quedado ahí. Reímos y nos despedimos.</p>
<p>Por la tarde vuelvo al hotel. Los escritores Diego Trelles Paz, Juan Terranova y Sebastián Antezana me llaman a acompañarlos en una entrevista y Juan nos invita unas cervezas a todos. Comprenden que estoy montando guarda y me dejan ir cuando la puerta de la habitación de Bryce finalmente se abre. Son las siete menos cuarto de la noche.</p>
<p>Nuevamente partirán todos porque ya se ha hecho tarde, nuevamente quedaré para guiar luego a Bryce. Por suerte llega Juan Dibós y, junto a Anita, todos bajamos al bar. El vodka absoluto doble viene con tónica y toda la paciencia del mundo. Mientras tanto pregunto a Juan que pasó con aquella niña de la nunca bella en la cola de cine. “La del abrigo de armiño”, completa él, y luego mira al cielo. Bryce nos escucha y agrega: “Lo que pasó es que si nos hubiésemos animado a preguntarle algo quizá no estaríamos ahora aquí porque uno de nosotros se hubiera casado con ella”.      </p>
<p>Entonces pregunto algo a Bryce. “¿Cómo es que vive, después de tantos años, el fanatismo y el cariño de sus lectores?”. “Bueno, yo lo vivo con inquietud -responde- porque siempre he sido un hombre muy nervioso y muy tímido. Soy uno de esos tímidos que hablan para esconder su timidez. (He tomado pastillas…) Sufro calambres, temblores de manos… lo que en siquiatría llaman trastornos de pánico. Y siempre me asfixió mucho el público. Cuando yo era un desconocido era un ser feliz. Cuando con <strong>Un mundo para Julius</strong> tuve éxito, tuve una enfermedad, una depresión, estuve cinco años en tratamiento siquiátrico. Y el médico llegó a la conclusión de que yo no disfrutaba de eso porque no era vanidoso”. Entonces entiendo, el asustado es él. Además está a punto de hablar ante cientos de cochabambinos y confiesa: “Siempre es la primera conferencia que doy en mi vida”.</p>
<p>Me queda una pregunta pero decido hacerla en la conferencia para que él termine su vodka con cierta paz. Jacky viene a arrearnos, otra vez he fallado en mi rol de escolta eficiente, el auditorio ya espera. Llegamos en las vagonetas de la Fundación. Bryce entra, el público lo aclama. </p>
<p>Adoro a este tipo. No es el escritor que ahora leo pero lo he querido tanto que no puedo dejar de quererlo. Al final de la conferencia, él mismo me hace entender porqué cuando responde en público a mi última pregunta: “Señor Bryce, disculpe que se lo pregunte aquí, pero ¿Pudo usted reponerse al primer amor?”. Y él responde: “Todo lo que he querido y amado sigue siendo mi presente”. </p>
<p>Ya no necesito acosar a nadie, he vuelto a mi estado de gracia, de felicidad sostenida. A lo mucho pido al cielo que Uruguay gane el sábado; eso y nada más. Pero el propio Bryce aparece por la galería lateral del palacio donde yo me escondo durante el pisco de honor. No estoy solo. Bryce se confunde y se alegra al verme con alguien. Luego, al despedirse, me llama por mi nombre y me da su último consejo tras tanta literatura: “(mejor) dedíquese al amor”. </p>
<p><em>Fuente: Ecdótica enviado por La Ramona (Santiago Espinoza, a quien agradecemos!)</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/bryce-de-espaldas1.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/bryce-de-espaldas1.jpg" alt="" title="bryce de espaldas1" width="211" height="318" class="aligncenter size-full wp-image-3086" /></a></center><br />
<strong>Conexión, desconexión y conexión en dos días con Bryce Echenique<br />
Por Leonardo de la Torre Ávila </strong></p>
<p>Desconexión: Como tantos otros, me escondo para terminar un libro de Bryce Echenique que me ha acompañado como un amigo. Estoy de vacación en una playa, tengo 19 años, voy confundido pero por momentos me alegro. Conexión con la locura del mundo: once años después, Alfredo Bryce Echenique y su mujer aceptan unas coca-colas que les acabo de dejar temblorosamente sobre la mesa, en el aeropuerto de El Trompillo, en Santa Cruz. He seducido (figurativamente) a la organizadora del evento y he logrado colarme –pagando el boleto con mi digno sueldo de docente- en la delegación de bienvenida al escritor y a Anita, su compañera. Desconexión y tiempo para uno: El vendaval de este encuentro loco empieza a disiparse. Anoche, antes de despedirse, Bryce me ha dado un consejo y ahora me queda levantar el acta más íntima posible (con perdón) para que todos los detalles permanezcan como en un estado de felicidad sostenida. </p>
<p>Conozco bien ese estado. Lo descubrí al conocer a mi primer amor. Así de trillado pero así de cierto. Era una muchacha de trece años y llevaba un corte <em>Italian Boy</em> como el de Tere, el primer amor de Bryce, el joven Briceño, aunque eso lo supe después. Briceño le dedicó una novela y muchas anti-memorias a esa muchacha, como debe ser.</p>
<p>Conexión con los demás: Alfredo Bryce celebra cuando le cuento del empate de Forlán. Mi hermano, que entiende que sólo este encuentro con el escritor nos separaría a él y a mí a la mismísima hora de la semi-final de este mundial triste y loco, se ha comprometido a enviarme mensajes al celular cada que algo pase. Holanda ya iba ganando mientras Bryce esperaba sus maletas en Viru-Viru; pero Forlán empató en mi celular mientras íbamos todos callados en la vagoneta de la Fundación Patiño, ya camino a El Trompillo para tomar un avión del TAM hacia Cochabamba y no tener que esperar horas para el vuelo nocturno. </p>
<p>Desconexión: La timidez está volviendo a anularme, no me animo a decir esta boca es mía. Cristina Torrico, lectora entrañable y funcionaria de la Fundación Patiño, va al volante y de alguna manera ella y Jackelinne Mejía me animan a preguntarle algo al escritor que fue y quizá sigue siendo el que más quiero, el que mejor me acompañó. Conexión: No sé cómo, pero de pronto ya estoy preguntándole algo sobre el espejo de una pequeña habitación de hotel en Peruggia donde él se mira llorando (en un presente de felicidad alcanzada y verdaderamente sostenida) porque acaba de escribir el primer párrafo de su primer cuento. Frente al espejo también se despide de su vida anterior recordando el título de un libro: <strong>Good-bye to all that</strong>.</p>
<p>Cuenta que publicó ese primer párrafo casi sin tocarlo y que tiempo después se dio cuenta de que en él ya se preguntaba sobre la posibilidad del retorno a su tierra. “¿Cómo se llamaba ese cuento?”, se pregunta. Digo los dos primeros títulos de Huerto Cerrado que recuerdo, los descarta, sigue buscando en la memoria. “¡Ah, sí! Se llamaba ‘Dos indios’”, dice aliviado. Entonces nos cuenta de los indios que inspiraron ese cuento. Estaban sentados en una esquina de un viejo canchón donde alguien de su familia construía o refaccionaba un caserón. Ahí, invisibles entre los albañiles, cuyos apodos recuerda, estaban siempre sentados los dos indios. Casi no hablaban castellano pero él, que era prácticamente un niño, iba y se sentaba con ellos. “Eran mis amigos”, dice, preguntándose qué hubiera pasado si en su casa se enteraban de esa amistad.</p>
<p>Desconexión: El pecho me late muy fuerte, por momentos dejo de oír porque me pongo a pensar en la suerte que estoy teniendo. Cristina Torrico me regala otra mirada por el retrovisor riendo y diciéndome que aguante. Eso me conecta: Mientras llegamos a la Plaza Principal, Alfredo Bryce habla de unos amigos suyos que vinieron a Santa Cruz cuando Velasco les quitó las tierras. </p>
<p>Hemos llegado a El Trompillo. Anita insiste en llevar su maleta, dice que la avergüenza tanta atención; yo llevo el resto porque en ese momento podría cargar todas las maletas del mundo. Algo me desconecta, sin embargo: un mensaje en el celular, es mi hermano y dice “Gol de Holanda”. Para cuando llegamos al modesto mostrador del TAM ya todo el mundo lo sabe. Hay un par de televisores pequeños y la gente, muy apenada, mira la repetición del gol. También Alfredo, con su terno azul a rayas, mira el televisor, lo lamenta, y luego se pierde para quitarse la camiseta porque hace un calor tremendo. Subimos a la segunda planta buscando dónde sentarnos. No hay nadie y las coca-colas debo buscarlas en la tiendita de abajo. Bajo las gradas corriendo porque escucho que ha habido otro gol. Era de Holanda, el Uruguay va 3-1 abajo. Subo las gradas y lo cuento. Como queriendo animarme les digo que todavía faltan 20 minutos, que algo más puede pasar: “¿Veinte minutos? –pregunta Bryce- Sí, que puede pasar algo más: Holanda 4 a 1”. Todos ríen pero Anita y yo no aceptamos el pesimismo. </p>
<p>Ya debemos entrar a la Sala de Pre-Embarque. Pasamos junto a la pequeña tele. Les pido que se adelanten, hay algo de esperanza en el último tiro libre del partido. Me quedo mirando la tele. Conexión: El Uruguay hace un golazo que representa, como siempre, la posibilidad del chico que se agranda ante el grande que asusta. Una maravilla. El partido termina con Holanda escondida en su área. Llego donde están Alfredo, Anita y Jacky. También se alegran a medias. Alfredo está despotricando contra Maradona, tiene razón pero no lo apoyo por cuestiones del corazón. Al momento de subir llega el mensaje final de mi hermano: “Héroes igual”.</p>
<p>En el avión les toca a ellos tres juntos y yo cerca, pero a una distancia desde la que no escucho lo que hablan. Quisiera estar ahí porque Alfredo cuenta un montón de cosas seguramente valiosísimas a una afortunada Jacky, mientras Anita duerme. Así me han tocado la suerte de los asientos; entiendo entonces que no hay más que desconectarme y mirar las nubes y las montañas. </p>
<p>Al llegar a Cochabamba, me conecta de vuelta a la vida Juan Dibós, el amigo de Bryce que vive aquí. Ya en la vagoneta Bryce había contado cosas de “Pity” Dibós con tan genuina admiración y con tan genuino cariño que yo entiendo que ambos son más amigos que lo que el modesto de Dibós cuenta, o sabe. Juan introducirá a Alfredo al auditorio del encuentro y se tomará la merecida libertad de presentar Bolivia a Bryce. Dirá Dibós en esa introducción que Bryce sabe que somos, todos y cada uno seres aptos de ser escuchados, todos distintos”. Ahora han partido todas las vagonetas de la Fundación y Pity, que ya ha abrazado a su amigo con discreción, me ofrece llevarme a casa. Yo también me he despedido de Bryce y su mujer disculpándome por el acoso. Me dicen que no he molestado, pero me cuesta creerles. Llego a mi cuarto, abro la puerta, el corazón se me sigue saliendo. Desconexión y tiempo para el sueño.</p>
<p>Del día siguiente recordaré poco. Arrancó el encuentro con un par de ponencias que no pude oír y, sobre todo, con un almuerzo en los jardines. Están todos. Al salir, sufriendo, me conecto y voy a decirle al pobre de Bryce que en algún momento le haré un par de preguntas. “Cuando quieras, querido”, o algo así me dice. Por la noche voy a buscarlo pero alguien, espero que Pity, se lo ha llevado a cenar. Vuelvo a desconectarme.</p>
<p>Me conecto lentamente en la mañana. Leo en primer tomo de sus anti-memorias un tratado sobre la timidez y sobre lo que podría pasar si uno finalmente se anima a hacer lo que sueña hacer. La escena sucede en la cola de algún cine barato en París, donde Bryce y el propio Dibós miran la nuca de una bella señorita parisina a la que no se animan a decirle cualquier frase idiota y ejercitada. </p>
<p>Animadísimo, entonces, voy al hotel. Es tarde y todos los escritores invitados ya parten hacia una conferencia en la Universidad. Todos menos Bryce que ni siquiera ha abierto la puerta de su habitación. Me ofrezco a esperar para llevarlo, no sé cómo pero aceptan. Pasa una hora y medio y mi teléfono no para de sonar, es Jacky, es el señor de la Fundación que espera con la vagoneta estacionada abajo, ambos me piden que no espere más, que toque la puerta de esa habitación ya que el auditorio lo espera y no contesta al teléfono. Muerto de temblequeo hago caso y me arrepiento a continuación. Desde adentro, la voz de una Anita dormida pregunta quién es. Yo, imbécil, en lugar de fingir la voz y decir que vengo de parte de la Fundación o algo así, digo mi nombre. “Ay, no, Leo, ¡por favor!”, dice y yo siento ganas de tirarme por el balcón y morir. Permanezco ahí un minuto, se abre la puerta. Es Bryce, con la elegantísima ropa con la que seguramente fue a cenar la noche anterior. Me disculpo, le digo que por favor vuelva a dormir, que ya diré yo que él no podrá asistir durante la mañana. Él, muy atento, sólo asiente con la cabeza sin decir palabra y cierra la puerta.</p>
<p>Estoy desconectado, he pasado todas las líneas. Salgo del hotel y me voy a un café caro a pedir un sillpancho. “No pues, joven -me dicen, a esta hora sólo hay desayunos”. Entonces pido “un americano” y el mozo asume mal y me trae un triste café americano, con dos chocolatitos de cortesía, eso sí. No he comido nada en la mañana y el café me mata. Apenas lo pruebo, sé que volveré a mi casa, intentaré trabajar en cualquier cosa, no podré soportar la vergüenza. Por suerte, a través del ventanal del café veo que por la calle camina un señor gordo bien peinado que vende alfombras y que siempre me alegra ver. He vuelto a casa y ya estoy conectado. Quizá por eso en plena siesta suena el teléfono. Es Anita, se disculpa por lo que me dijo mientras dormía, agradece que me haya quedado ahí. Reímos y nos despedimos.</p>
<p>Por la tarde vuelvo al hotel. Los escritores Diego Trelles Paz, Juan Terranova y Sebastián Antezana me llaman a acompañarlos en una entrevista y Juan nos invita unas cervezas a todos. Comprenden que estoy montando guarda y me dejan ir cuando la puerta de la habitación de Bryce finalmente se abre. Son las siete menos cuarto de la noche.</p>
<p>Nuevamente partirán todos porque ya se ha hecho tarde, nuevamente quedaré para guiar luego a Bryce. Por suerte llega Juan Dibós y, junto a Anita, todos bajamos al bar. El vodka absoluto doble viene con tónica y toda la paciencia del mundo. Mientras tanto pregunto a Juan que pasó con aquella niña de la nunca bella en la cola de cine. “La del abrigo de armiño”, completa él, y luego mira al cielo. Bryce nos escucha y agrega: “Lo que pasó es que si nos hubiésemos animado a preguntarle algo quizá no estaríamos ahora aquí porque uno de nosotros se hubiera casado con ella”.      </p>
<p>Entonces pregunto algo a Bryce. “¿Cómo es que vive, después de tantos años, el fanatismo y el cariño de sus lectores?”. “Bueno, yo lo vivo con inquietud -responde- porque siempre he sido un hombre muy nervioso y muy tímido. Soy uno de esos tímidos que hablan para esconder su timidez. (He tomado pastillas…) Sufro calambres, temblores de manos… lo que en siquiatría llaman trastornos de pánico. Y siempre me asfixió mucho el público. Cuando yo era un desconocido era un ser feliz. Cuando con <strong>Un mundo para Julius</strong> tuve éxito, tuve una enfermedad, una depresión, estuve cinco años en tratamiento siquiátrico. Y el médico llegó a la conclusión de que yo no disfrutaba de eso porque no era vanidoso”. Entonces entiendo, el asustado es él. Además está a punto de hablar ante cientos de cochabambinos y confiesa: “Siempre es la primera conferencia que doy en mi vida”.</p>
<p>Me queda una pregunta pero decido hacerla en la conferencia para que él termine su vodka con cierta paz. Jacky viene a arrearnos, otra vez he fallado en mi rol de escolta eficiente, el auditorio ya espera. Llegamos en las vagonetas de la Fundación. Bryce entra, el público lo aclama. </p>
<p>Adoro a este tipo. No es el escritor que ahora leo pero lo he querido tanto que no puedo dejar de quererlo. Al final de la conferencia, él mismo me hace entender porqué cuando responde en público a mi última pregunta: “Señor Bryce, disculpe que se lo pregunte aquí, pero ¿Pudo usted reponerse al primer amor?”. Y él responde: “Todo lo que he querido y amado sigue siendo mi presente”. </p>
<p>Ya no necesito acosar a nadie, he vuelto a mi estado de gracia, de felicidad sostenida. A lo mucho pido al cielo que Uruguay gane el sábado; eso y nada más. Pero el propio Bryce aparece por la galería lateral del palacio donde yo me escondo durante el pisco de honor. No estoy solo. Bryce se confunde y se alegra al verme con alguien. Luego, al despedirse, me llama por mi nombre y me da su último consejo tras tanta literatura: “(mejor) dedíquese al amor”. </p>
<p><em>Fuente: Ecdótica enviado por La Ramona (Santiago Espinoza, a quien agradecemos!)</em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Dolores: obra de teatro de Igor Quiroga en la Biblioteca de Ecdótica</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/12/dolores-obra-de-teatro-de-igor-quiroga-en-la-biblioteca-de-ecdotica/</link>
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		<pubDate>Mon, 12 Jul 2010 22:09:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Teatro]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Dolores.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Dolores.jpg" alt="" title="Dolores" width="400" height="279" class="aligncenter size-full wp-image-3083" /></a></center><br />
<strong>Dolores: obra de teatro de Igor Quiroga</strong></p>
<p>Una vez concluida la labor del jurado, el señor Eduardo Mitre tuvo la gentileza de conversar sobre esta pequeña obrita del autor. Gracias a su atención modifiqué dos líneas capitales del parlamento: el pathos del personaje adquirió mayor profundidad; aquellas dos peligrosas líneas desmoronaban la recidumbre ética de Dolores. La advertencia fue afortunada y propicia: nunca me felicitaré lo bastante por haberle prestado atención. </p>
<p>Mi deuda con el señor Israel Beltrán se acrecienta por el interés que puso en la corrección de los originales: sus intervenciones han sido, siempre, provechosas para mí, no solamente por la oportunidad de sus consejos sino por el apoyo que me ha brindado en tantos mediodías de café. Ojalá la modestia de éstas páginas sirva, en la memoria, para extender mi afecto a su familia y a los amigos ausentes. </p>
<p>Finalmente, me es grato mencionar la creativa amabilidad del señor Chaly Rimaza, quien ha compuesto la cubierta del libro: hay un perfume pasado de moda en su diseño, pero se antoja apropiado para las luces y las sombras de mi personaje; personaje que, a estas alturas, también ha resultado anticuado: es, casi, una pieza de museo, apto para apresurados curiosos y coleccionistas de variedades. No le debo sino a la pereza y al empuje de una lánguida tarde de agosto de 1993, su redacción. </p>
<p>Para descargar pulse <a href="http://www.ecdotica.com/biblioteca/DOLORES.pdf">aquí </a></p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Dolores.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/Dolores.jpg" alt="" title="Dolores" width="400" height="279" class="aligncenter size-full wp-image-3083" /></a></center><br />
<strong>Dolores: obra de teatro de Igor Quiroga</strong></p>
<p>Una vez concluida la labor del jurado, el señor Eduardo Mitre tuvo la gentileza de conversar sobre esta pequeña obrita del autor. Gracias a su atención modifiqué dos líneas capitales del parlamento: el pathos del personaje adquirió mayor profundidad; aquellas dos peligrosas líneas desmoronaban la recidumbre ética de Dolores. La advertencia fue afortunada y propicia: nunca me felicitaré lo bastante por haberle prestado atención. </p>
<p>Mi deuda con el señor Israel Beltrán se acrecienta por el interés que puso en la corrección de los originales: sus intervenciones han sido, siempre, provechosas para mí, no solamente por la oportunidad de sus consejos sino por el apoyo que me ha brindado en tantos mediodías de café. Ojalá la modestia de éstas páginas sirva, en la memoria, para extender mi afecto a su familia y a los amigos ausentes. </p>
<p>Finalmente, me es grato mencionar la creativa amabilidad del señor Chaly Rimaza, quien ha compuesto la cubierta del libro: hay un perfume pasado de moda en su diseño, pero se antoja apropiado para las luces y las sombras de mi personaje; personaje que, a estas alturas, también ha resultado anticuado: es, casi, una pieza de museo, apto para apresurados curiosos y coleccionistas de variedades. No le debo sino a la pereza y al empuje de una lánguida tarde de agosto de 1993, su redacción. </p>
<p>Para descargar pulse <a href="http://www.ecdotica.com/biblioteca/DOLORES.pdf">aquí </a></p>
<p><em>Fuente: Ecdótica</em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Alfredo Bryce Echenique en Cochabamba, Bolivia</title>
		<link>http://www.ecdotica.com/2010/07/10/alfredo-bryce-echenique-en-cochabamba-bolivia/</link>
		<comments>http://www.ecdotica.com/2010/07/10/alfredo-bryce-echenique-en-cochabamba-bolivia/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 10 Jul 2010 14:17:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Paz Soldan</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/alfredo-bryce-echenique.jpg"><img src="http://www.ecdotica.com/wp-content/uploads/2010/07/alfredo-bryce-echenique.jpg" alt="" title="alfredo bryce echenique" width="194" height="307" class="aligncenter size-full wp-image-3078" /></a></center><br />
<strong>Echenique fue la atracción en la Llajta<br />
Por: Marcelo Suárez</strong></p>
<p>El Palacio Portales de Cochabamba, majestuosa herencia de Simón I. Patiño, fue el escenario del VI Encuentro Iberoamericano de Escritores organizado por el centro pedagógico y cultural que lleva el nombre del famoso barón del estaño.</p>
<p>La temática elegida para esta sexta versión, que concluye hoy, giró en torno al humor y la literatura y fue abordada por seis escritores, entre los que sobresalió la presencia del peruano Alfredo Bryce Echenique, uno de los invitados internacionales, junto a su compatriota Diego Trelles y el argentino Juan Terranova. Los representantes bolivianos fueron Eduardo Scott Moreno, Ramón Rocha Monroy y Manuel Vargas.</p>
<p>La participación de Bryce Echenique generó gran expectativa entre los que conocen la obra del peruano, prueba de ello fue que el salón de conferencias del Portales quedó chico la noche del jueves cuando el autor de Un mundo para Julius disertó sobre el tema La suprema ironía cervantina.</p>
<p>El encuentro se inició oficialmente con la charla de Eduardo Scott Moreno, que habló sobre Los sentidos del absurdo. Después fue el turno del joven escritor peruano Diego Trelles, que expuso acerca de La risa doliente: humor y desgracia en la narrativa contemporánea.</p>
<p>Posteriormente, le tocó participar a Ramón Rocha Monroy, Premio Nacional de Novela, que en la oportunidad jugó de local y volvió a relucir su chispa y humor característico acorde con la temática del encuentro. Venturas y desventuras de un dactilógrafo se tituló su ponencia, en la que destiló toda la picardía de la que está provisto su anecdotario; no obstante, dejó algunas cuestiones personales en puntos suspensivos generando cierto morbo entre la audiencia. El encuentro finaliza hoy con la lectura y presentación de libros de algunos de los autores invitados y de la Unión Salteña de Escritores.</p>
<p><strong>El público apostó por el peruano</strong></p>
<p>Con la advertencia de que detesta la carcajada total “que hace demasiado ruido”, Alfredo Bryce Echenique inició lo que bien podría ser la disertación que más convocatoria ha concitado en la historia del encuentro.</p>
<p>El peruano disertó sobre La suprema ironía cervantina, donde hizo un repaso por autores de épocas diferentes, de los que rescató la capacidad de ironía que manejó cada uno, cualidad que para él va más allá del mero humor, además de subrayar el lado romántico y picaresco del autor de El Quijote, de quien afirmó que el humor de su personaje logró instalarse en la mente de generaciones posteriores, de una forma casi inconsciente.</p>
<p><em>Fuente: <a href="http://www.eldeberdigital.com/2010/2010-07-10/vernotaahora.php?id=100709203235">El Deber</a></em></p>
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<strong>Echenique fue la atracción en la Llajta<br />
Por: Marcelo Suárez</strong></p>
<p>El Palacio Portales de Cochabamba, majestuosa herencia de Simón I. Patiño, fue el escenario del VI Encuentro Iberoamericano de Escritores organizado por el centro pedagógico y cultural que lleva el nombre del famoso barón del estaño.</p>
<p>La temática elegida para esta sexta versión, que concluye hoy, giró en torno al humor y la literatura y fue abordada por seis escritores, entre los que sobresalió la presencia del peruano Alfredo Bryce Echenique, uno de los invitados internacionales, junto a su compatriota Diego Trelles y el argentino Juan Terranova. Los representantes bolivianos fueron Eduardo Scott Moreno, Ramón Rocha Monroy y Manuel Vargas.</p>
<p>La participación de Bryce Echenique generó gran expectativa entre los que conocen la obra del peruano, prueba de ello fue que el salón de conferencias del Portales quedó chico la noche del jueves cuando el autor de Un mundo para Julius disertó sobre el tema La suprema ironía cervantina.</p>
<p>El encuentro se inició oficialmente con la charla de Eduardo Scott Moreno, que habló sobre Los sentidos del absurdo. Después fue el turno del joven escritor peruano Diego Trelles, que expuso acerca de La risa doliente: humor y desgracia en la narrativa contemporánea.</p>
<p>Posteriormente, le tocó participar a Ramón Rocha Monroy, Premio Nacional de Novela, que en la oportunidad jugó de local y volvió a relucir su chispa y humor característico acorde con la temática del encuentro. Venturas y desventuras de un dactilógrafo se tituló su ponencia, en la que destiló toda la picardía de la que está provisto su anecdotario; no obstante, dejó algunas cuestiones personales en puntos suspensivos generando cierto morbo entre la audiencia. El encuentro finaliza hoy con la lectura y presentación de libros de algunos de los autores invitados y de la Unión Salteña de Escritores.</p>
<p><strong>El público apostó por el peruano</strong></p>
<p>Con la advertencia de que detesta la carcajada total “que hace demasiado ruido”, Alfredo Bryce Echenique inició lo que bien podría ser la disertación que más convocatoria ha concitado en la historia del encuentro.</p>
<p>El peruano disertó sobre La suprema ironía cervantina, donde hizo un repaso por autores de épocas diferentes, de los que rescató la capacidad de ironía que manejó cada uno, cualidad que para él va más allá del mero humor, además de subrayar el lado romántico y picaresco del autor de El Quijote, de quien afirmó que el humor de su personaje logró instalarse en la mente de generaciones posteriores, de una forma casi inconsciente.</p>
<p><em>Fuente: <a href="http://www.eldeberdigital.com/2010/2010-07-10/vernotaahora.php?id=100709203235">El Deber</a></em></p>
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