<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:openSearch="http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/" xmlns:blogger="http://schemas.google.com/blogger/2008" xmlns:georss="http://www.georss.org/georss" xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr="http://purl.org/syndication/thread/1.0" version="2.0"><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817</atom:id><lastBuildDate>Wed, 25 Mar 2026 07:44:10 +0000</lastBuildDate><category>Antonio Vega</category><category>Mi pequeño paraíso</category><title>El sitio de mi recreo</title><description></description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (Moro)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>17</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-109543971217791671</guid><pubDate>Fri, 17 Dec 2010 16:12:00 +0000</pubDate><atom:updated>2011-11-17T17:34:07.935+01:00</atom:updated><title>Dos Coronas</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;- ¿Diga?&lt;br /&gt;- ¡Hola!&lt;br /&gt;- Hola... ¿si? ¿Quién es?&lt;br /&gt;- Veo que has borrado mi número&lt;br /&gt;- Mmmm, es raro, no suelo borrar números de la agenda, puede que te hayas equivocado&lt;br /&gt;- Ya veo que no sabes quién soy&lt;br /&gt;- El caso es que me suena tu voz...&lt;br /&gt;- Hubo un tiempo en el que te parecía dulce&lt;br /&gt;- ¿Lucía?&lt;br /&gt;- Sabía que me reconocerías&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- ¿Sorprendido?&lt;br /&gt;- Mucho. Bueno, no sabría definir este momento. Hace tiempo que dejé de soñar con esta llamada, ya no la esperaba&lt;br /&gt;- Nunca es tarde si la dicha es buena&lt;br /&gt;- ¿Y es buena?&lt;br /&gt;- No lo sé, espero que sí&lt;br /&gt;- Dios, no me puedo creer que seas tú, después de tanto tiempo, ahora, hoy, así, de repente...&lt;br /&gt;- ¿Qué tal estás?&lt;br /&gt;- Tiene gracia tu pregunta... la verdad es que muy bien, no me puedo quejar, tuve momentos mucho peores&lt;br /&gt;- ¿Si?&lt;br /&gt;- Sí, por ejemplo cuando decidiste mandarme a la mierda de un día para otro sin darme la más mínima explicación, sin decir ni siquiera adiós&lt;br /&gt;- Sabía que dirías eso&lt;br /&gt;- ¿Y te sorprende?&lt;br /&gt;- No esperaba que tirases voladores al oírme pero te pido que me escuches&lt;br /&gt;- ¿Para qué? ¿Es que tienes algo que decirme después de tanto tiempo?&lt;br /&gt;- Me gustaría charlar contigo, hablar sobre ello con calma&lt;br /&gt;- Es tarde para eso, Lucía... muy tarde&lt;br /&gt;- Bueno, entiendo que estés molesto por...&lt;br /&gt;- No, no. No estoy molesto, ya no. Hipotequé muchas horas de sueño pensando en ello, le di vueltas y más vueltas a la cabeza intentando averiguar por qué. Pero todo eso ya quedó atrás&lt;br /&gt;- Bueno, al menos ya no estás enfadado&lt;br /&gt;- Nunca lo estuve. No sabría cómo explicar lo que sentía pero no era enfado exactamente, era más bien rabia, impotencia, frustración&lt;br /&gt;- Escucha, todo esto no es para hablarlo por teléfono, Mario&lt;br /&gt;- Ah, bien, y ¿qué sugieres? ¿Señales de humo? ¿Código Morse? ¿Tal vez telepatía?&lt;br /&gt;- No seas sarcástico, sé que te has mudado y que ahora vives aquí&lt;br /&gt;- Si, te han informado bien, hace unos meses ya que me trasladé. No sabía que te importase mi vida&lt;br /&gt;- Más de lo que tú te crees... mira, me gustaría tomarme un café contigo, nada más, por eso te llamo&lt;br /&gt;- Dos años sin saber nada de ti y ahora quieres tomar un café conmigo, así, de repente, hay que joderse... bueno, está bien, si pagas tú igual me lo pienso, mira&lt;br /&gt;- Dame diez segundos sin ironía, por favor&lt;br /&gt;- Te quedan ocho&lt;br /&gt;- Tengo ganas de verte y hablar, solo eso. Venga, no seas así&lt;br /&gt;- Creo que no es buena idea&lt;br /&gt;- ¿Por qué? ¿Estás con alguien?&lt;br /&gt;- ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué tiene que ver eso ahora?&lt;br /&gt;- Entonces ¿cuál es el problema? si estás incómodo te puedes ir cuando quieras, ¿qué tienes qué perder?&lt;br /&gt;- Que qué tengo qué perder...&lt;br /&gt;- Si&lt;br /&gt;- Sin ir más lejos puedo perder la calma que tardé tanto tiempo en encontrar después de la tormenta que me dejaste. Y no quiero, estoy bien, me van bien las cosas, tengo un buen trabajo, tengo por fin cierta estabilidad, tengo mis planes, mis sueños. Ahora que las cosas me van saliendo poco a poco no quiero volver atrás, no quiero revivir capítulos pasados de mi vida en los que no fui feliz.&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- Joder, Lucía, no tienes ni idea de lo que...&lt;br /&gt;- ¿El viernes te viene bien?&lt;br /&gt;- ¿Este viernes?&lt;br /&gt;- Si&lt;br /&gt;- ¿Dónde?&lt;br /&gt;- Hay un café en el puerto, el Kanena, ¿lo conoces?&lt;br /&gt;- Si&lt;br /&gt;- ¿A las siete es buena hora?&lt;br /&gt;- Si... más o menos, salgo del curro a las seis, iré desde allí&lt;br /&gt;- Entonces seis y media, ¿vale?&lt;br /&gt;- Ok, pero...&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- No te prometo que vaya, aún tengo que asimilar tu llamada&lt;br /&gt;- Yo iré y espero que tú también aunque, claro, no te puedo obligar, entendería que no quisieras ir&lt;br /&gt;- Tú siempre tan compresiva...&lt;br /&gt;- Y tú siempre tan sarcástico, nene&lt;br /&gt;- Ya ves&lt;br /&gt;- Bueno, te veo el viernes, ¿vale?&lt;br /&gt;- Puede&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- Si, &quot;puede&quot;, Lucía, &quot;puede&quot;. Es todo lo que te puedo decir y ya es mucho&lt;br /&gt;- Vale, Mario&lt;br /&gt;- Vale&lt;br /&gt;- Pues nada... chao&lt;br /&gt;- Chao&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mario supo desde el primer momento que aquella voz era la de Lucía. Es más, supo que era ella antes de que su boca emitiera sonido alguno. Antes incluso de pulsar el botón verde. Su nombre parpadeaba en la pantalla al mismo ritmo que sus manos temblaban mientras sujetaban el móvil. Dudó durante unos segundos. La melodía seguía sonando y por un momento contempló la idea de no atender la llamada. Sin saber muy bien por qué pulsó el botón verde y en un intento de hacerse el duro fingió no conocer la voz que le saludaba al otro lado. Cuando Lucía decidió olvidarle, él no podía entender por qué. Después de varias semanas se dio por vencido y entendió que lo mejor era borrar cualquier vestigio de aquella breve pero intensa relación. Borró todos sus mensajes, todos sus mails y todas sus fotos. En su intento por eliminar todo su recuerdo el último paso fue borrar su número de la agenda. Quería evitar cualquier tentación, sobre todo en las noches de fiesta en las que regresaba a casa solo, borracho y preso de nostalgia. Unos meses después de borrar su número, un mensaje de texto llegó a su bandeja de entrada: &quot;&lt;i&gt;Feliz cumpleaños, Mario. T dseo lo mejor, t lo merecs. No m guards rencor, stoy en un moment difícil d mi vida y no kiero hacert daño. Cuidat. 1bso&lt;/i&gt;&quot;. Aquellas palabras no llevaban firma alguna, ni falta que hacía. Rechazó la idea de contestar, todo lo que él sentía no se podía expresar con 15 céntimos. Demasiadas cosas, demasiadas sensaciones opuestas. A través de una pantalla de un teléfono no se pueden ver los ojos del que escribe ni del que llama. Ocurre siempre que una mirada dice más que un montón de palabras. Ni siquiera él tenía claro lo que sintió al leer aquel mensaje. Le hubiera gustado agradecerle el gesto pero la rabia era mayor que la gratitud. Aún así decidió rescatar del olvido el número de Lucía y guardarlo de nuevo en su agenda. &quot;&lt;i&gt;Quien sabe, quizás algún día lo necesite&lt;/i&gt;&quot;, pensó. Sus sentimientos hacía ella no habían muerto como él creía, solo estaban escondidos. Agazapados esperando el momento de reaparecer. Un simple mensaje de texto y todo se tambalea. Vuelven preguntas y dudas a revolotear por la cabeza. &quot;&lt;i&gt;Se ha acordado de mí cumple&lt;/i&gt;&quot;, &quot;&lt;i&gt;¿aún se acuerda de mí? sí, claro que se acuerda&lt;/i&gt;&quot;, &quot;&lt;i&gt;puede que se arrepienta y quiera volver&lt;/i&gt;&quot;, &quot;&lt;i&gt;tranquilo, Mario, no te emociones, solo es un mensaje&lt;/i&gt;&quot;, &quot;&lt;i&gt;si, solo es un mensaje pero dice que me merezco lo mejor&lt;/i&gt;&quot;. Sucede que cuando alguien sufre un abandono todo lo que siente hacia la otra persona se oculta en el fondo del alma como un oso que se adentra en su cueva para invernar. Entonces uno se intenta convencer de que lo ha superado, de que ya no siente nada por aquella persona que una vez le amó. &quot;&lt;i&gt;Bah, nada, ya ni me acuerdo de ella&lt;/i&gt;&quot; comenta a sus amigos entre cerveza y cerveza. A veces el oso nunca vuelve a despertarse pero otras veces el animal regresa de su letargo y aparece de nuevo en la superficie. Aquel mensaje de Lucía hizo sonar el despertador de sus sentimientos. Pero después de aquello, llegó de nuevo el letargo. De nuevo el olvido, el vacío. Esa vez parecía ser definitivo pero como dijo alguien una vez, nada es para siempre. La inesperada llamada que acaba de recibir hizo rugir en el pecho de Mario todo aquello que estaba dormido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo antes de que sonara el teléfono Mario reposaba en el sofá el cansancio acumulado durante el día. Faltaban cinco minutos para las ocho de la tarde. Después de un breve zapping infructuoso, metió la mano debajo del sofá intentando palpar un libro. Lo agarró y miró detenidamente la portada. &lt;i&gt;La caverna&lt;/i&gt;, José Saramago. Abrió el libro por la página marcada y después de leer la primera línea empezó a sonar la melodía de su móvil. Hace un buen rato que terminó la llamada pero Mario aún sostiene el teléfono en su mano izquierda. Tiene la mirada perdida en algún punto de la pared de su salón. Se esfuerza en no pensar demasiado pero fracasa en el intento. Dentro de su cabeza revolotean infinitas preguntas. Preguntas, todas. Respuestas, ninguna. No puede creer que Lucía haya llamado después de tanto tiempo. Sabe que no es buena idea acudir a la cita pero se muere de ganas por volver a verla. No tiene ni idea de cuáles son sus intenciones. Puede que quiera disculparse por desaparecer de su vida sin dejar rastro o simplemente quiera devolverle los discos de Pablo Moro que se llevó. Quién sabe. En el fondo teme que Lucía siga tan hermosa como la última vez que la vio. Igual de loca, igual de sonriente. Igual de única que aquella noche de otoño cuando la vio por primera vez junto a la barra de aquel bar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Perdona&lt;br /&gt;- ¿Si?&lt;br /&gt;- ¿Tienes fuego?&lt;br /&gt;- Sí, claro&lt;br /&gt;- Gracias&lt;br /&gt;- No eres de por aquí, ¿verdad?&lt;br /&gt;- ¿Tanto se me nota?&lt;br /&gt;- Tu acento te delata&lt;br /&gt;- Pues no, no soy de por aquí, más bien de por allá&lt;br /&gt;- ¿Del sur?&lt;br /&gt;- San Juan de la Frontera, ¿lo conoces?&lt;br /&gt;- Ni idea&lt;br /&gt;- A orillas del Mediterráneo&lt;br /&gt;- ¿Y qué te trae por aquí?&lt;br /&gt;- Tema laboral, estaré unos meses por el norte... si no me muero de frío antes, claro. Ten tu mechero, gracias&lt;br /&gt;- ¿Y en qué trabajas?&lt;br /&gt;- Lucía&lt;br /&gt;- ¿Cómo?&lt;br /&gt;- Quieres saber cómo me gano la vida y ni siquiera sabes cómo me llamo&lt;br /&gt;- Ah, claro, tienes razón. Mario, yo me llamo Mario&lt;br /&gt;- Encantada&lt;br /&gt;- Lo mismo digo&lt;br /&gt;- ¿Estás sola?&lt;br /&gt;- Vaya, me dijeron que en el norte los chicos son menos lanzados pero veo que hay excepciones&lt;br /&gt;- No, mujer, me refería a si estás sola ahora mismo&lt;br /&gt;- Quedé aquí con una amiga, estoy esperando por ella porque como siempre llega tarde&lt;br /&gt;- ¿También es sureña?&lt;br /&gt;- No, no, ella es de aquí, la conocí en el trabajo y como soy nueva no quiere que me quede en casa y me lleva de juerga por ahí&lt;br /&gt;- Ah, muy bien&lt;br /&gt;- ¿Por qué lo preguntas?&lt;br /&gt;- Por saber si aceptarías mi invitación&lt;br /&gt;- Depende&lt;br /&gt;- ¿Una birra?&lt;br /&gt;- ¿Tú también esperas a alguien?&lt;br /&gt;- ¿Yo? no, no, hoy me han abandonado&lt;br /&gt;- ¿Una mujer?&lt;br /&gt;- No, no, mis amigos, hoy todos tenían plan y no me apetecía quedarme en casa así que me vine a tomar una birra&lt;br /&gt;- Yo quiero una Corona, voy a por una silla, ok?&lt;br /&gt;- Ok, marchando&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mario no recuerda muy bien cuanto tiempo pasó hasta que llegó la amiga de Lucía pero si recuerda que aquella conversación fue maravillosa. Hablaron, rieron y discutieron sobre gastronomía y climatología. Cosas del tipo el norte es precioso pero llueve todos los días o la dieta mediterránea tiene mucha fama pero como aquí no se come en ningún lado. Hubo tiempo incluso para hablar de cine y de libros. Justo cuando Mario le contaba su desesperación por encontrar trabajo apareció por la puerta el rostro sofocado de la amiga de Lucía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tía, perdóname, había atasco y... uy, ¿interrumpo algo?&lt;br /&gt;- No, tranquila... mira, te presento, él es Mario, acabo de conocerle. Mario, ella es mi amiga Elena&lt;br /&gt;- Encantado&lt;br /&gt;- Igualmente. ¿Nos vamos? tenemos la reserva para las diez y son menos cinco&lt;br /&gt;- Si, si, vámonos. Mmmm, bueno, un placer, chico duro del norte, me lo he pasado muy bien&lt;br /&gt;- Yo también, chica friolera del sur&lt;br /&gt;- Disfruta de la noche&lt;br /&gt;- Haré lo que se pueda&lt;br /&gt;- Ya sabes, a veces es mejor estar solo que mal acompañado&lt;br /&gt;- ¿Tú crees?&lt;br /&gt;- Chao&lt;br /&gt;- Chao... ¡oye!&lt;br /&gt;- ¿Si?&lt;br /&gt;- Aún no me has dicho en qué trabajas&lt;br /&gt;- ¿Paras mucho por aquí?&lt;br /&gt;- Casi todos los días&lt;br /&gt;- Entonces ya te lo contaré&lt;br /&gt;- Ok. Pasadlo bien&lt;br /&gt;- Se hará lo que se pueda. Chao&lt;br /&gt;- Chao&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mario se pasó los cuatros días siguientes pensando en aquella chica de tez morena y pelo rizado. Justo cuando la camarera empezaba a preocuparse por verle todos los días al otro lado de la barra, Lucía volvió a aparecer. Estaba aún más guapa que el primer día y al verla entrar por la puerta Mario no sabía dónde meter las manos ni qué mueca poner.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Vaya, no sabía si estarías aquí&lt;br /&gt;- Coincidencias que tiene la vida&lt;br /&gt;- No creo en las coincidencias&lt;br /&gt;- ¿Tú tampoco?&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- Te debo una respuesta y una cerveza&lt;br /&gt;- No me debes nada&lt;br /&gt;- ¿Ah, no? Yo creía que sí... entonces me voy&lt;br /&gt;- ¡No! Quiero decir... no, mujer, ya que estás aquí, tomate algo&lt;br /&gt;- No te lo creas, eh guapito, no he venido aquí por ti&lt;br /&gt;- ¿No?&lt;br /&gt;- No&lt;br /&gt;- Ah&lt;br /&gt;- Pasaba por el barrio y...&lt;br /&gt;- ¿Una Corona?&lt;br /&gt;- Hoy me toca pedir a mí. Dos Coronas por favor. Gracias&lt;br /&gt;- ¿Qué tal fue la noche con tu amiga?&lt;br /&gt;- Bióloga&lt;br /&gt;- ¿Perdón?&lt;br /&gt;- Marina para ser exacta&lt;br /&gt;- Mmmm&lt;br /&gt;- Mi trabajo.&lt;br /&gt;- Aaaah, suena... interesante&lt;br /&gt;- Se te da fatal mentir, ¿lo sabías?&lt;br /&gt;- Eres la primera que me lo dice&lt;br /&gt;- A cuántas habrás engañado entonces...&lt;br /&gt;- A más de las que debería y menos de las que crees&lt;br /&gt;- Brindemos&lt;br /&gt;- ¡Salud!&lt;br /&gt;- Si me sigues mirando a los ojos me voy a poner nerviosa&lt;br /&gt;- Dicen que no mirar a los ojos del que brinda contigo trae mala suerte&lt;br /&gt;- Yo pensaba que era por otra cosa...&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Es igual, déjalo. ¡Salud!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada fue igual después de aquel encuentro. Ambos sabían que no era casual. Cuando hay deseo no existen las casualidades. Sus encuentros a partir de entonces fueron cada vez más largos e intensos hasta que una fría noche, entre trago y trago, Mario invitó a Lucía a su piso y ésta aceptó. Durante dos meses fueron felices. Muy felices. A medida que pasaban los amaneceres compartidos, aumentaban las promesas y proyectos en común. Parecía perfecto aunque ambos eran conscientes de que corrían a contrarreloj y que su separación llegaría más pronto que tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿En qué piensas?&lt;br /&gt;- En dejarlo todo e irme contigo&lt;br /&gt;- No pensemos en eso aún y disfrutemos de estos momentos&lt;br /&gt;- Intento no pensar en ello pero dentro de dos semanas te irás y no quiero estar sin ti&lt;br /&gt;- Mario, ya hemos hablado de eso. Ambos sabíamos que llegaría ese día...&lt;br /&gt;- Eso era antes de volverme loco por ti&lt;br /&gt;- Escucha, dejemos que las cosas sigan su cauce. Si de verdad queremos estar juntos, encontraremos el modo&lt;br /&gt;- ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?&lt;br /&gt;- Puede que tenga que volver para otro estudio y tú puedes ir a visitarme&lt;br /&gt;- Ya sabes lo que pasa con la distancia&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Pues que todo se magnifica, lo bueno y malo. Te voy a echar tanto de menos...&lt;br /&gt;- Y yo a ti, Mario, y yo a ti pero... quién sabe, quizás no seamos tan compatibles&lt;br /&gt;- ¿Tú crees?&lt;br /&gt;- No lo sé, tendremos que averiguarlo pero qué pasa si decides dejarlo todo y venirte conmigo y después de un mes no nos soportamos el uno al otro&lt;br /&gt;- Sólo sé que tengo dos opciones. Una, irme contigo y correr el riesgo de tener que volver con las manos vacías y dos, dejar que te vayas sola y que te olvides de mí. Sinceramente prefiero la primera, al menos lo habremos intentado&lt;br /&gt;- ¿Por qué dices eso? ¿Por qué iba a olvidarme de ti?&lt;br /&gt;- Porque es lo que pasa siempre, Lucía. Esto no es Hollywood, al otro lado de la pantalla las distancias nunca se salvan y las promesas se las lleva el tiempo. Y con ellas se van tantas y tantas palabras y esas mismas palabras que un día sonaron dulces después escocerán en el alma. Volverás a tu tierra y a tu vida y entre el trabajo, los amigos y demás poco a poco me irás olvidando hasta que un día...&lt;br /&gt;- ¿Qué, Mario? un día, ¿qué?&lt;br /&gt;- Pues un día conocerás a alguien y ese alguien estará ahí, contigo, a tu lado, al alcance de tu mano y entonces te será muy fácil elegir entre esa persona y yo porque yo estaré lejos y él estará cerca. Lo suficientemente cerca para hacer todas esas cosas que tú y yo no podremos hacer cuando ya no estés aquí&lt;br /&gt;- Hablas muy convencido, ¿experiencia personal?&lt;br /&gt;- Una vez amé a una chica. Fue hace unos años ya...&lt;br /&gt;- ¿Vivía lejos?&lt;br /&gt;- ¿Qué es lejos para ti?&lt;br /&gt;- No sé, más de cien, doscientos kilómetros... cuatrocientos, no sé.&lt;br /&gt;- Cuando estás enamorado la distancia no se mide en kilómetros, se mide en segundos, en minutos, en días. El tiempo sin vernos fue lo que acabó con aquello. Por eso sé de lo que hablo, no quiero que me pase contigo lo mismo, esta vez no&lt;br /&gt;- No pienses eso, no adelantes acontecimientos&lt;br /&gt;- ¿No quieres que me vaya contigo?&lt;br /&gt;- No es eso, Mario, pero piénsalo, es una locura. Tú tienes aquí tu vida, tus amigos, tu familia...&lt;br /&gt;- Mi vida aquí es un asco y mis amigos poco a poco me han ido reemplazando por otras prioridades. Y la familia, bueno, saben que tarde o temprano uno tiene que hacer su vida y elegir su camino aunque sea lejos de ellos&lt;br /&gt;- No sé, nene, me parece muy precipitado... ¿cuánto hace que nos conocemos? ¿Mes y medio? ¿Dos meses?&lt;br /&gt;- Y qué importa eso, lo pasamos muy bien juntos, tenemos gustos afines, nos entendemos, nos complementamos, Lucía, encajamos como dos piezas de puzle, qué importa el tiempo. He visto relaciones en las que después de varios años ninguno de los dos tiene muy claro si está o no con la persona ideal. Yo no necesito más tiempo para saber que quiero estar contigo, que eres tú a quien necesito en mi vida, no necesito más pruebas ni más pistas. No sé cómo ni por qué pero lo sé. Lo supe el primer día que me desperté a tu lado&lt;br /&gt;- Mario... yo también siento lo mismo. Había perdido la esperanza de encontrar a alguien como tú. Mi última relación me dejó muy tocada y juré no volver a enamorarme pero mira, aquí estoy contigo. Me siento genial a tu lado y no te voy a engañar, me gustaría mucho que te vinieras conmigo pero... no quiero sentirme culpable si esto no funciona. Creo que deberíamos esperar y ver cómo avanza todo en la distancia. No podemos precipitarnos, esperemos un tiempo para estar preparados. Dentro de dos meses es fiesta, puedes pillar unos días en el curro y venir a verme y ver qué pasa&lt;br /&gt;- Dos meses puede ser mucho tiempo&lt;br /&gt;- Lo soportaremos. Venga, no lo pienses más, mira qué hora es y mañana el despertador no tendrá piedad de nosotros. Apaga la luz, vamos a dormir, ok?&lt;br /&gt;- Ok, nena, durmamos, mañana espera un día largo&lt;br /&gt;- Buenas noches, cielo&lt;br /&gt;- Buenas noches&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si de una premonición se tratase, el tiempo le dio la razón a Mario. Todo fue sucediendo tal y como él temía. Llegó el día de la despedida y todo eran besos y caricias. La terminal del aeropuerto fue testigo del adiós. La noche anterior se habían amado como nunca lo habían hecho en su corta pero intensa relación. Igual que la hormiga del cuento almacenaba provisiones para el duro invierno, Mario guardó cada aliento y cada mirada de Lucía en lo más profundo del alma para sobrevivir a su ausencia. &lt;i&gt;Último aviso. Por favor, embarquen cuanto antes por la puerta 58&lt;/i&gt;. No me olvides, susurró Mario. No lo haré, dijo ella. Y cambia esa cara, nene, nos vamos a ver pronto, añadió. Y así, sin más, sin menos, la puerta de embarque devoró su silueta. Para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún Mario no sabe muy bien en qué momento Lucía dejó de soñar con él. Los siguientes días después de aquella despedida fueron difíciles pero al mismo tiempo esperanzadores. Cada rincón de su casa le recordaba a ella. Cada garito al que iba le recordaba a ella. Cada milímetro de su colchón le recordaba a ella. Cada día era una constante lucha por no ser pesado y controlar las ganas de llamar a Lucía a cada minuto. Aún sin ella Mario era feliz. Cuando el presente no te ofrece felicidad, la imaginación vuela en su búsqueda. Y en ese vuelo su mente volaba lejos hasta tumbarse con Lucía en las playas del sur bajo un sol cegador. Esa esperanza le ayudaba a seguir adelante con una sonrisa en la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La distancia enfría los corazones. Mario lo sabía. Siempre lo supo. Pasaron los días, las semanas, y poco a poco las señales de vida de Lucía eran cada vez menos. &lt;i&gt;Crónica de una muerte anunciada&lt;/i&gt; escribió García Márquez. Así pasaron los días hasta que llegó el ocaso y Lucía se olvidó de Mario. Cuando pasaron dos meses desde su adiós en aquella terminal de aeropuerto Mario no preparó ninguna maleta y no hizo ningún viaje rumbo al sur porque ya no tenía muy claro que Lucía quisiera verle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado casi dos años desde aquello. Al final Mario hizo ese viaje rumbo al sur, llegó aquí hace unos meses, pero ya no era ella el motivo. Una oferta laboral que no podía rechazar le hizo cambiar de aires. Ese cambio le trajo cerca de Lucía aunque Mario ya no pensaba en ella. Al menos no cada día. Al menos no cada noche al acostarse. Varios minutos después de colgar aún sostiene el teléfono en la mano intentando asimilar esta llamada inesperada, pensando que tal vez la valentía de Lucía al llamar merezca al menos una oportunidad. Sin embargo, en el fondo hay cierto poso de desconfianza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin ha llegado el día. Mario lleva toda la jornada inquieto. Sabe que hoy no será una tarde de viernes cualquiera. Normalmente sale por la puerta de la oficina con una sonrisa de oreja a oreja. Cruza la calle y mientras llega a su coche se quita la corbata y se desabrocha el primer botón de la camisa. Fin de semana por delante. Llama a sus amigos y quedan en encontrarse donde siempre para tomar unas cervezas y desconectar de toda la semana de trabajo. Pero esta vez será distinto. Hoy no llamará a sus compañeros de bar porque alguien espera por él. Alguien a quién creyó perdida hace tiempo y que de repente ha vuelto a su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Café-bar Kanena. Allí está, al final de la calle. La ansiedad y los nervios aumentan con cada paso que acerca a Mario al lugar acordado. Se ha asegurado de llegar diez minutos tarde para que ella le esté esperando. No quiero llegar primero y estar todo el tiempo mirando a la puerta como un gilipollas, pensó. Además, siguió hablando solo, yo esperé dos años, no pasa nada porque ella espere diez minutos. Cincuenta metros. Veinte metros. El cristal de la ventana está lleno de carteles y no hay forma de saber si Lucía ya está esperando. Puerta de entrada, ya no hay marcha atrás. El corazón de Mario a punto de salir por su boca segundos antes de comprobar que Lucía sigue tan jodidamente guapa como la recordaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡¡Mario!!&lt;br /&gt;- Lucía...&lt;br /&gt;- ¡Hola! No me negarás dos besos&lt;br /&gt;- No, claro que no&lt;br /&gt;- Mírate, estás... muy elegante&lt;br /&gt;- Ya ves, normas de la empresa&lt;br /&gt;- Te veo muy bien, estás algo cambiado&lt;br /&gt;- Bueno, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me viste&lt;br /&gt;- Me gusta ese corte de pelo, te favorece&lt;br /&gt;- Gracias. Tú...&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Estás igual&lt;br /&gt;- No sé cómo tomarme eso&lt;br /&gt;- Igual de guapa y sonriente&lt;br /&gt;- Gracias&lt;br /&gt;- ¿Llevas mucho esperando?&lt;br /&gt;- Un ratín pero no quería pedir antes de que llegarás&lt;br /&gt;- Ah&lt;br /&gt;- ¿Lo de siempre?&lt;br /&gt;- Sí, sí, necesito una birra&lt;br /&gt;- Venga, siéntate. Dos Coronas, por favor&lt;br /&gt;- ¿Qué fue lo que pasó, Lucía?&lt;br /&gt;- ¿Cómo?&lt;br /&gt;- ¿Qué hizo que te olvidaras de mí?&lt;br /&gt;- Vaya, tú siempre tan directo...&lt;br /&gt;- Podemos disimular y hacer como que no ha pasado nada pero sería hipócrita por nuestra parte, ya somos mayores, no demos rodeos&lt;br /&gt;- Mira, Mario, me costó mucho llamarte. Desde que supe que te habías mudado aquí estuve reuniendo el valor suficiente para hacerlo.&lt;br /&gt;- No me como a nadie, sabes que soy un tipo muy sociable&lt;br /&gt;- Ya, Mario, lo sé, pero temía que reaccionaras mal&lt;br /&gt;- Tenía motivos para ello&lt;br /&gt;- Si, tienes razón. Lo sé y por eso me costó tanto llamarte&lt;br /&gt;- ¿Y bien?&lt;br /&gt;- No sé cómo decirlo, no es fácil&lt;br /&gt;- Inténtalo&lt;br /&gt;- Mira, podría intentar explicarte qué fue lo qué pasó pero sinceramente creo que no nos llevaría a ningún sitio, puede que sea mejor mirar hacia adelante&lt;br /&gt;- Necesito saber qué pasó. No puedo mirar hacia adelante si no sé antes por qué te olvidaste de mí sin darme una sola explicación&lt;br /&gt;- Ya, entiendo que...&lt;br /&gt;- Joder, Lucía, lo hubiera entendido, ¿sabes? Lo hubiera entendido. Lo que me dolió no fue que cortases por lo sano, no se puede obligar a nadie a quererte. Lo que de verdad me dolió fue que no dijeras nada, ni una sola palabra, nada. Ni un miserable adiós. Creo que al menos me merecía eso, ¿no?&lt;br /&gt;- Llegaste a mi vida en un momento en que todo mi mundo se tambaleaba, ¿sabes? Dudaba de todo. De mi trabajo, de los hombres, de todos los hombres que se acercaban. Dudaba de mi vida, de si estaba haciendo con ella lo que realmente quería hacer. Malos rollos con amigos, con la familia. No sé, estaba confundida y en medio de todo eso apareciste tú e hiciste que me olvidara de todo por un tiempo. Pero al volver a mi rutina, volvieron otra vez todas las dudas y todos los miedos&lt;br /&gt;- Debiste decírmelo entonces&lt;br /&gt;- Ya, Mario, pero no era fácil. Todo lo que pude decirte fue lo que escribí en aquel sms, ¿te acuerdas?&lt;br /&gt;- Cómo olvidarlo...&lt;br /&gt;- No quería contagiarte de todos mis malos rollos y mis problemas y mis comeduras de cabeza&lt;br /&gt;- Si ese era el problema, Lucía, yo te hubiera ayudado, me hubiera gustado contagiarme de tu crisis y poder compartir contigo todo aquello. Quizás hubiéramos encontrado la solución juntos. La pena compartida es menos pena. Estaba dispuesto a todo por ti&lt;br /&gt;- No sé, Mario, no lo vi así en aquel momento. Me parecía muy egoísta por mi parte hacerte partícipe de todo aquello, no era justo para ti&lt;br /&gt;- Echarme de tu vida no fue lo más justo para mí, nena&lt;br /&gt;- Uy, hacía mucho que no me decían eso&lt;br /&gt;- ¿El qué?&lt;br /&gt;- Nena&lt;br /&gt;- Seguro que te lo han dicho muchas veces, no me quieras hacer creer que en todo esto tiempo no ha habido alguien más &lt;br /&gt;- Pero no suena igual en boca de otro&lt;br /&gt;- Siempre hay otro, ¿eh?&lt;br /&gt;- Sé que no me vas a creer pero... he pensado en ti todo este tiempo y al hacerlo me sentía mal, culpable, sucia.&lt;br /&gt;- Me gustaría creerte...&lt;br /&gt;- Mira, yo lo veo así. Podemos seguir hablando de ello y no llegar a ningún acuerdo o podemos...&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Podemos intentar empezar de nuevo&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- Al menos di algo&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- ¿Te gustaría empezar de nuevo?&lt;br /&gt;- No tengo muy claro lo que quiero, Lucía, está pasando todo muy rápido, hace dos días no sabía nada de ti y ahora me pides empezar de nuevo&lt;br /&gt;- Quizás ahora sea distinto, estoy en momento de mi vida mucho más colorido que entonces. Y esta vez no tendremos que luchar contra la distancia. Al menos podemos intentarlo, ¿no?&lt;br /&gt;- Quizás&lt;br /&gt;- Venga, Mario, no perdemos nada, pasemos página y veamos qué pasa&lt;br /&gt;- Está bien, creo que podríamos intentarlo, pero...&lt;br /&gt;- ¿Pero?&lt;br /&gt;- Espero que no hayas vuelto a mi vida para romperme otra vez el corazón, no quiero volver a pasar por eso&lt;br /&gt;- Esta vez será distinto, nene, créeme&lt;br /&gt;- Vale&lt;br /&gt;- Vale&lt;br /&gt;- Y... ¿qué se supone que tengo que hacer ahora?&lt;br /&gt;- Te propongo una cosa: sal del bar y al rato vuelve a entrar. Yo no estaré sentada en esta mesa. Búscame, hagamos como que no nos conocemos&lt;br /&gt;- Estos juegos de peli de Hollywood nunca me gustaron, Lucía&lt;br /&gt;- Lo sé, pero confía en mí&lt;br /&gt;- Está bien. Voy a pagar y salgo...&lt;br /&gt;- No, no, tranquilo, esta ronda la pago yo. La idea del juego es mía, qué menos que correr con los gastos&lt;br /&gt;- Ok, pues... me voy&lt;br /&gt;- Muy bien. Chao&lt;br /&gt;- Mmmm, vale, chao&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien escribió una vez que nunca es tarde si viene a buscarte la dicha algún día. Mario sabe que si entra de nuevo en ese bar, correrá el riesgo de volver a enamorarse de aquella chica del sur con el mar en sus ojos que durante un tiempo le robó el sueño. Pero, al fin y al cabo, la vida no es más que una continua exposición al riesgo. O al menos así debería ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Perdona&lt;br /&gt;- ¿Si?&lt;br /&gt;- ¿Tienes fuego?&lt;br /&gt;- Sí, claro&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2010/12/dos-coronas.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>23</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-7416710216503451333</guid><pubDate>Thu, 27 May 2010 18:21:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-05-27T20:25:41.429+02:00</atom:updated><title>Él ya sabe lo que hay</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;La recuerdo hermosa. La niña más linda del mundo. Es cierto que por aquel entonces el espacio que conformaba mi mundo era reducido pero aún así, estaba convencido de que tampoco habría nadie tan dulce más allá de mis fronteras. La recuerdo hermosa y esta foto perdida en el mapa de memoria de mi disco duro confirma ese recuerdo. A veces cuando me bloquean el paso las líneas de código y me pierdo en bucles infinitos, busco desahogo en carpetas llenas de recuerdos. Esta mañana justo antes de lanzar mi ordenador por la ventana decidí tomarme un respiro. Aparté de mi vista cualquier vestigio de lenguaje de programación y me fui a la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi mente se fue despejando. Abrí el paquete de Romasanta y un fuerte aroma invadió la estancia. Metí la bombilla en la calabaza y rellené con yerba casi hasta arriba. Añadí una cantidad generosa de azúcar y vertí el agua casi hirviendo. Como siempre, me quemé la lengua con el primer sorbo. Nunca aprendo. Es extraño pero este amargo sabor me relaja tanto que me sorprende. Y me lleva a un lugar muy lejos de aquí. Serán las ganas de volver a cruzar el charco, murmullo. Regresé entonces, mate en mano, a la pantalla de mi ordenador con la intención de sumergirme en busca de algo que me hiciera suspirar y despejase la niebla de mi cabeza. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escondida entre infinitos bits encontré una foto. Esta foto. Una de tantas que escaneé años atrás y que con el tiempo había olvidado. Y allí estaba ella. Radiante. Inmóvil. Inmune al paso de los años. Ignorando que mucho tiempo después alguien observaría su gesto. En silencio, sin compañía. Han llovido mares y océanos desde la última vez que contemplé su rostro. Tanto tiempo sin recordarla que decido quedarme en ella unos segundos. Como si no supiera la respuesta me pregunto cómo una secuencia de ceros y unos puede albergar tanta belleza. La foto es perfecta y no solo por su presencia. El cielo está pintado de un azul que casi molesta a la vista. Si existe el paraíso, Dios debió pintar su techo de ese mismo color. Justo a la altura de sus ojos el azul del cielo se mezcla con el verde claro del césped. Aquel césped que nos vio crecer y que aún hoy recuerda nuestros pasos. A lo lejos dos niños juegan con una pelota. Ellos no saben que alguien les está inmortalizando para siempre. Una mujer le da de comer a su hijo como sólo una madre sabe hacer mientras lo único que le preocupa al niño es volver cuanto antes con sus amigos. En otro lugar, una pareja se abraza efusivamente sobre la toalla ajenos a todo lo que les rodea. Sus caricias llenan de ternura la foto. El sol no quiso salir retratado pero su luz ilumina con fuerza todo el escenario dando fe de su presencia. El calor debía ser agobiante porque la piscina está llena de gente. Unos nadan, otros juegan. El agua está encrespada de tanto ajetreo y el efecto de los rayos del sol sobre el manto cristalino provoca un efecto idílico y deslumbrante. Vuelvo a su rostro y descubro un mechón de pelo negro como el carbón que recorre su mejilla y se detiene justo a la altura de sus labios. Había olvidado ese discreto lunar en la comisura de su boca. Esa media sonrisa parece forzada. No lo sé. Lo que es seguro es que su gesto no desprende la dulzura que tantas noches soñé para mí. Siendo niño aprendí que cuando uno intenta disimular sus sentimientos hacía otra persona consigue el efecto contrario. Por eso todos mis amigos sabían lo que yo sentía por aquella niña. Cuando les pedí con alguna excusa absurda que se apartaran para sacarle una foto solo a ella tuve que aguantar susurros y carcajadas que pintaron mis mofletes de un color rojo intenso. Pero no me importó. Aguanté estoicamente el tirón y conseguí aquel fotograma que tanto deseaba. Hoy el mundo sería el mismo sin esta foto pero en aquel momento lo deseaba tanto que no me importaba que se burlasen de mí todos mis amigos. Tampoco que ella no sintiera lo mismo por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque así era y así fue hasta que desapareció de mi vida. Y yo lo sabía. Lo supe siempre. Desde el principio. Pero sucede que a veces uno escucha sólo las voces internas que le interesa y silencia las que no. Las ignora aunque sabe que están ahí. Después, cuando llega el fracaso y el cielo se nubla, uno recuerda aquellas voces que le advertían del peligro. Demasiado tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde el primer día que la vi hasta el último que suspiré por ella supe que siempre estaría un paso por delante de mí. Siempre inalcanzable. Dicen que el primer amor se recuerda eternamente. Lo cual no deja de ser irónico porque siempre sale mal. Nunca el primer amor es el último. Por eso es el primero. Por eso es amor. Ese amor tierno que no entiende de lujuria. Que ignora el pecado original. Que te desnuda sin quitarte la ropa. Con el paso de los años y la pérdida de inocencia uno llega a pensar que ese es el amor más verdadero. El único, quizás. Amor puro, sano. Amor sin alquileres, sin hipotecas, sin deudas, sin desempleo. Amor sin infidelidades, sin discusiones. Sin la culpa es tuya, no, es tuya. Sin yo dije esto y tú dijiste lo otro. Sin quién es esa que te saluda tan sonriente y sin quién es ese que te mira el culo. Sin tenemos que hablar y sin nos estamos tomando un tiempo. Ese amor callado, sufrido, no correspondido. Ese amor que te hace soñar con su mano y su mejilla. Esperando en la sombra un gesto, una sonrisa, un guiño. Ese amor que te eriza la piel cuando hueles su colonia Disney o el aroma de su champú Johnson&#39;s.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche la vi bailar. Ahora lo recuerdo. Se movía rápido al son de la música. No recuerdo la canción ni la letra. Sin embargo la puedo ver como si estuviera pasando ahora mismo. Aquí, justo delante de mí. Jeans ajustados, camiseta negra, jersey amarrado en la cintura y calzado deportivo blanco. Hubo un tiempo no muy lejano en el que las niñas de 14 años vestían así. Sin insinuaciones ni escasez de tela. Y allí estaba yo a escasos metros. Mirando. Sin bailar. Sin hablar. Sin respirar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella nunca sintió nada por mí. Es cierto. Sus ojos siempre eran para otro, nunca para mí. Siempre en el banquillo esperando mi oportunidad. Siempre en la sombra, en segundo plano. Siempre era otro el titular, el que jugaba y anotaba los goles. Siempre otro el guapo, el bueno, el listo. Cada verano un rival distinto. Cada verano esa amarga sensación de saber que nunca saltarás a la cancha por mucho que trabajes en los entrenos. Y así fue pasando el tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tarde cualquiera de un agosto cualquiera me pidió una goma para el pelo y yo se la presté. En aquella época una de las modas consistía en llevar gomas de pelo a modo de pulsera sin distinción de sexo ni de longitud de pelo. El caso es que me la pidió y yo no me lo pensé dos veces. Era azul celeste. Cuando me la quiso devolver le dije que no, que se la regalaba. En un intento vano de aparentar ser el tipo duro que nunca fui, añadí que tenía tantas gomas que me sobraban, que una más, una menos, daba igual. &quot;Vale, pues gracias&quot;, me dijo. A los pocos días volví a encontrarme con aquel regalo celeste que le había hecho pero no estaba en su pelo ni en su muñeca. La goma estaba en la muñeca de otro. Uno de tantos compañeros de batallas que se convertían en enemigos cuando era ella la conquista. Aquello me partió el alma. Recuerdo que se la pedí al nuevo propietario con alguna excusa tonta y una vez en mi poder de nuevo, la quemé. Era mi pequeña e inútil venganza. Mi modo de desahogarme. Como aquella otra vez...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días atrás, uno del grupo nos contaba al resto, con tono orgulloso y valiente, cómo había estado la noche anterior compartiendo estrellas y besos con ella. Mientras él contaba la historia, los celos y la rabia contenida me revolvían las entrañas. Contaba además que cuando se despidieron, ella le había dado como recuerdo un anillo que le había regalado su madre. Quédatelo unos días, dijo ella, para que te acuerdes de mí y de esta noche. Mientras hablaba nos mostraba sonriente su dedo meñique en donde reposaba el anillo. Recuerdo que todos le miraban con cara de admiración. Todos menos yo, que en ese punto ya estaba invadido por el sabor amargo de una nueva derrota. A los pocos días sin saber cómo ni dónde, aquel niño perdió el anillo. Nos lo contó en voz baja y con miedo de que ella se enterase. Confieso que me alegré al saberlo. Lo siento pero me alegré mucho. El desamor despierta en uno el lado malvado del ser humano. Aquel mismo día en una de mis zambullidas en la piscina noté algo al intentar tocar fondo con los píes. Me sumergí para echar un vistazo pensando que era una piedra o algo similar sin sospechar lo que me esperaba en la profundidad. Y lo que había no era otra cosa que el anillo. Juró por Dios que allí estaba el anillo. En el fondo de la piscina cual tesoro de navío español esperando ser rescatado. Supe nada más verlo que era el anillo de la niña de mis sueños imberbes. Lo supe. No podía ser otro. En aquel momento no fui del todo consciente pero según pasan los años aquel acontecimiento se vuelve más inverosímil cada vez que lo recuerdo. Cuando eres niño crees en todo pero no crees en nada. Crees que todo es posible pero tus creencias sobre la vida aún están por formar. Ahora, como adulto, no creo en las casualidades porque creo que todo ocurre por un motivo, todo tiene un por qué. Pero la verdad es que aún hoy no encuentro el maldito sentido de aquello. Rescaté el anillo del fondo y lo guardé en el bolsillo del bañador antes incluso de salir a la superficie. Éramos niños y todos éramos amigos de todos. La amistad no tiene el valor ni el significado que tiene cuando eres adulto, pero aún así aquel niño que me había robado la ilusión era mi amigo. Sé que debí contárselo. Sé que debí portarme con lealtad y devolverle el anillo. Pero no lo hice. Quizás porque nunca acepté aquella derrota o quizás porque sentía que ese anillo debía tenerlo yo. El caso es que no dije nada a nadie y esa misma noche me fui a hablar con ella a solas. Le devolví el anillo y le dije que tuviera más cuidado la próxima vez que regalaba algo a alguien. Con gesto de sorpresa me dio las gracias y sin más, me fui. Y me fui con esa chulería tímida de quién deja a alguien en evidencia, pensando que después de aquello se enfadaría con él y vendría corriendo a mis brazos. Me equivoqué. Claro. Desconozco sí ella estaba al corriente del extravío de su anillo o si no sabía nada. Al día siguiente mi amigo, que era mayor que yo en edad y altura, me agarró por el pescuezo y me amenazó sin pronunciar una sola letra. No llegó a articular palabra aunque no le hizo falta. Me zarandeó levemente mientras se mordía el labio inferior. Sus ojos desprendían odio. Sin más me soltó y se fue. Quizás sintió lástima de mí o quizás pensó que no merecía la pena pegar a un amigo por algo así. O quién sabe, quizás pensó que a ella no le parecería bien que me diera una paliza. Nada cambió y todo siguió como estaba. Ella recuperó el anillo, él no perdió a su chica y yo seguía sentado en ese banquillo de suplentes que nunca abandoné.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ocurrieron unas cuantas historias más entre ella y yo que ahora no quiero recordar. Distintas situaciones pero idéntico final. Después de varias derrotas y otras tantas desilusiones, por fin llegó mi oportunidad. O al menos eso pensé en aquel verano del 96. El terreno estaba despejado. No había moros en la costa ni pretendientes con ramos de flores. Nadie había movido ficha. Solo estaba yo y me la tenía que jugar antes de que alguien se adelantase. Era mi turno. No podía permitirme otra derrota. O al menos no sin luchar. Si pierdo, que sea con barro en las botas y el cuchillo entre los dientes. Y así fue como llegó mi error. El gran error. Una noche de luna llena le confesé lo que sentía por ella. Le eché un par de huevos, me armé de valor y entre tartamudeos y cosquilleos de estómago me sinceré. Le abrí mi corazón y lo dejé al descubierto sin escudos ni protección. Solté todo de carrerilla sin que ella dijese absolutamente nada. Después de un silencio incómodo todo se terminó. Para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No recuerdo sus palabras exactas pero en aquel preciso momento supe que nunca estaríamos juntos. Cavé mi propia tumba aquella noche de verano en la que confesé mi amor por ella. No la culpo. Nunca lo hice. No se puede culpar a nadie por no quererte ni tampoco obligar a que te quieran. Eso es fácil de entender pero difícil de asimilar. Aquella noche lloré. Así, tal cual, como suena. Solo, en la cama, antes de dormirme. Lloré como el niño que era por algo que ni los adultos saben asimilar. El rechazo. La derrota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero volver atrás por unos segundos, viajar en el tiempo. Quiero colarme en esa habitación y hablar con ese niño. Quiero consolarle, decirle que la vida está llena de sinsabores pero que el mundo no se acaba por mucho que te parta el corazón la niña de tus sueños. Quiero decirle también que en el amor no hay derrotas ni vencidos, ni rivales ni enemigos. Que no hay titulares ni suplentes. Que no hay más que dos y que el resto del mundo no importa. Quiero que aprenda a asumir el rechazo y a levantar la cabeza. Que sepa que el primer amor siempre duele, que no es nada extraño el dolor que siente y que otros muchos lo sintieron antes o lo sentirán después. Vendrán tiempos mejores y otros rostros iluminarán su vida. Sobre todo quiero decirle que no se culpe por nada, que se sienta orgulloso de haber hablado con el corazón. Si alguien te gusta, hay que decirlo. Siempre. No sea que la otra persona sienta lo mismo. Eso quiero decirle para que no lo olvide nunca, pero... Está medio dormido. Quizás sea mejor no despertarle y dejar que la vida le enseñe todo esto poco a poco, paso a paso. Que aprenda a base de tropezar y que las derrotas le hagan fuerte y sabio. Tal vez así cuando crezca y se haga mayor no necesite buscar un rincón en internet como este para escribir y desahogarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tiempo después de aquella noche, un viejo amigo que estuvo con ella me contó que antes de que ocurriese nada entre ellos, él le habló de mí. Le dijo que yo era su amigo y que no quería hacerme daño. Ella le contestó: &quot;Él ya sabe lo que hay&quot;. Y sí, claro que lo sabía. Siempre lo supe.&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2010/05/el-ya-sabe-lo-que-hay.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>20</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-3978058296749560529</guid><pubDate>Sun, 13 Sep 2009 22:29:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-04-11T21:37:33.505+02:00</atom:updated><title>Insomnio</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Son las cuatro menos cuarto de la madrugada de un martes que no quiere llegar y Tristán no puede dormir. La última media hora la ha vivido con los ojos como platos y las pupilas clavadas en los números rojos de su radio despertador. Decidió quedarse quieto después de recorrer mil veces la cama de un lado a otro intentando encontrar una postura para dormir. Probó incluso el viejo truco de cerrar los ojos con fuerza como hacía en aquellas largas noches de infancia cuando esperaba ansioso la llegada de los Reyes Magos. Nada. Cuanto más empeño ponía más aumentaba su desvelo. Lo malo es que, a diferencia de antaño, esta noche tanta angustia no encontrará una recompensa envuelta en papel de regalo. La luz naranja de las farolas se abre paso entre las rendijas de la persiana. A través de las ondas alguien habla de mitología y héroes del pasado pero hace rato que Tristán dejó de escuchar la radio. La situación empeora cuando empieza a contar mentalmente los segundos que pasan. Uno por cada vez que parpadean los puntos rojos que separan las horas de los minutos. Y mientras lo hace se da cuenta de algo: intentar dormir a la fuerza es como obligar a alguien a quererte. Inútil. Llegado a este punto, decide rendirse. Enciende la luz de la mesita, apaga la radio y un suspiro inunda la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay muchas personas que aseguran no poder tomar café por las noches porque éste les arrebata el sueño. Tristán sabe que ese no es el motivo. Nunca lo fue. Hace tiempo que se volvió inmune a la cafeína. Cuando otros niños de su edad tomaban Cola Cao, su abuela materna ya le preparaba una tacita de latón con leche caliente y unas gotas de café. Aún recuerda aquel aroma y aquellas manos que le atusaban el pelo mientras él sorbía poco a poco, con cuidado de no quemarse la lengua. Tristán sabe que su desvelo tiene un origen distinto. Hace tres meses se quedó sin trabajo y desde entonces todos sus intentos por encontrar sitio en otra empresa han sido inútiles. A veces tiene la extraña sensación de estar perdido en una isla desierta y que todos los mails que envía con su curriculum y su esperanza no son más que mensajes que lanza al océano infinito dentro una botella. Solo papel mojado. El tiempo pasa y Tristán sigue en su destierro particular esperando una respuesta que le rescate del naufragio. Los días avanzan lentamente y las noches son desiertos sin horizonte. Su fracaso laboral ha abierto además una vieja herida que creyó olvidada. El día que su jefe le comunicó el despido, éste puso cara de lástima, como dando a entender que aquello le dolía más a él que al propio Tristán. Como diciendo te quiero como a un hijo y esto no es fácil para mí pero… tienes una hora para dejar tu mesa libre. &quot;Será cabrón, si nunca le caí bien&quot; pensaba mientras metía sus cosas en una pequeña caja de cartón. Algo parecido sintió aquella tarde de lunes cuando Susana se fue de casa. Antes de cruzar el umbral de la puerta y llevarse para siempre su aroma y su ropa interior, ella le dijo: &quot;Sabes que siempre te querré, nene&quot;. La misma cara de lástima. La misma falsedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El problema de tener tanto tiempo libre no es caer en el aburrimiento. El problema es pensar demasiado. En todo. En nada. En cosas en las que hasta entonces nunca antes habías reparado. Pensar en pasado, presente y futuro para acabar arrepintiéndose de lo primero, maldiciendo lo segundo y temiendo lo tercero. Vueltas y más vueltas. Todo inútil. Todo en balde. Sucede que en muchos casos la cabeza va por un lado y el corazón por otro. Y mientras tanto el cuerpo se queda inmóvil en medio de ambos sin saber muy bien qué hacer y qué camino tomar. En las tardes interminables, cuando se cansa de auto compadecerse y de actualizar su bandeja de entrada, agarra el teléfono y llama a un amigo. Uno de los eternos, de esos que te quieren incondicionalmente. Eso le alivia. Y mucho. Su lista de pelis pendientes se acabó hace tiempo y sus viejos discos de Dylan ya no le animan como antes. Tener todo el día libre supone también quedarse sin excusa para no atender las llamadas diarias de su padre o de su madre. Sin remedio alguno, se resigna a escuchar las palabras de alguien que desde el otro lado no entiende que siga viviendo solo si no tiene un trabajo que cumplir ni un sueldo que recibir. Ni nadie que le espere o alguien a quién esperar. Pero volver sería rendirse. Dar la razón. Rebajarse. Y el orgullo siempre fue su bandera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las mañanas, Tristán acude puntual a su cita con nadie en el Café Da Vinci, justo en frente de su portal. Con leche. Dos de azúcar, por favor. Revuelve con parsimonia el café mientras finge leer el periódico. Sus ojos miran al papel pero su mirada busca el rostro de la camarera. Alicia. Ese es su nombre. Tristán lo supo el día que ella le explicó el por qué de esa letra A tatuada en su tobillo. Aquel día Tristán notó algo en sus ojos. Él nunca se lo dijo, y no se atrevería aunque quisiera, pero siempre sospechó que esa A era el recuerdo de un tipo que la abandonó por otra una fría mañana de otoño. Alicia es una de las dos cosas positivas de su inactividad. La otra es no tener que madrugar. Verla cada mañana es una de las pocas cosas que Tristán puede hacer sin precisar compañía alguna. Otras actividades requieren la ayuda de sus amigos y éstos, por suerte para ellos, aún conservan sus trabajos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro menos cinco de la mañana. Después de una breve visita al baño, Tristán atenta contra su salud ignorando los consejos de los posters que adornan las consultas de los médicos. Taza de café en mano, cigarro, mechero y cenicero. Y así, cual alma en pena, deambula por el pasillo huérfano de luz arrastrando por la alfombra el cordón del albornoz. La idea de sentarse en el sofá la descartó en seguida porque sospechaba que acabaría encendiendo la televisión. Y la oferta televisiva a ciertas horas (últimamente a todas) perjudica seriamente la salud mental. Mucho más que fumar y tomar demasiado café. Definitivamente a Tristán no le ayudaría nada la visión de un fulano volviéndose loco y pidiéndole a gritos que por favor llame para resolver el gran enigma: animal de cuatro letras que empieza por VA y acaba por CA. Pista: tiene cuernos, da leche y muge. Ni siquiera contempló la idea de buscar algo de sexo en algún canal local. A diferencia de aquellos tiempos de espinillas (también llamados pornocos), en los que no emitían cine erótico y lo poco que había era codificado, ahora lo emiten en abierto. Incluso en más de un canal. Pero tampoco es algo que necesite en estos momentos y además entre tanta ventana, tanta publicidad subliminal, tanto colorido, tanto número y tantos mensajes uno acaba perdiendo el hilo de la película. Que es lo que verdaderamente importa. O sea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus pasos le llevan ahora a la sala del ordenador. Amaga con encenderlo cuando, al sentarse en la silla, su píe tropieza con algo. Ese algo no es otra cosa que una vieja caja de zapatos (él prefiere llamarla su pequeño baúl de los recuerdos) donde guarda retales y recuerdos de su pasado. Penúltimo sorbo de café. Tristán sufre un ataque de nostalgia y pone la caja encima de la mesa. En este punto ya olvidó su deseo de encender el ordenador. Retira la tapa y de repente un leve aroma añejo le golpea en la cara. Un aroma a hierba seca y tierra recién mojada. Su cuerpo sigue presente pero su alma se ha ido lejos, a otro lugar, a otro tiempo. Mira adentro. Revuelve con mimo. Despacio. Cartas y más cartas de un tiempo en el que el correo llegaba escrito en papel y sólo una vez al día. Hay más. Mecheros, cientos de ellos, todos sin gas. Hojas sueltas con nombres y direcciones de aquellos días de campamento. Una postal de Buenos Aires que dice &quot;Si estuvieras acá, los tangos de Florida no sonarían re melancólicos&quot;. Una caja de cerillas sin usar de marca Payasos que le regaló su compadre Nelson cuando conoció el nuevo mundo. Fotos sueltas sin orden ni sentido ni rostros repetidos. Fotos de épocas y vidas distintas. Un calendario del 99. Una cajita vacía de Capitán Gaucho (Dulce de leche con solo 88 calorías). Otra postal, esta de Turquía, con la firma de una amistad eterna. Un boleto de avión con aroma a Pacífico. Una pulsera. Un collar. Un pequeño anillo de plata que el tiempo ha ido pintando de verde. Un cartón de bingo. Una púa de guitarra esperando ser usada. Un recorte de periódico que le recuerda que hubo un tiempo no muy lejano en el que fue una promesa del fútbol. Una entrada de cine rasgada por la mitad. Un posavasos firmado. Una llave de su viejo auto con el que aprendió a conducir y a amar. Una moneda de la Abadía de Saint Michelle. Un billete de 5 quetzales y otro de 2 lempiras con el rostro de Marco Aurelio Soto. Tristán sigue rebuscando y cada hallazgo es un halo de alivio, de calma, de sosiego. Ya no recuerda el por qué de lo que hace ni lo que hacía media hora atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro y veinte de la madrugada. Su cuerpo está ahora mucho más relajado. Sus músculos se han liberado de la tensión que no le dejaba encontrar postura en la cama. Encuentra por último su vieja libreta con pastas de cartón con la imagen de la Torre Eiffel por un lado y una pegatina con el escudo del Real Madrid por el otro. Ahí está, esperando agazapada en el fondo de la vieja caja de zapatos. Allí dentro descansan letras de canciones traducidas de español a inglés y viceversa. Hay también historias, cuentos, palabras sueltas. Frases que ahora carecen de sentido pero que en su día seguramente lo tuvieron. Y mucho. Escondido en las últimas hojas hay unos folios doblados por la mitad. Tristán saborea el último trago de café y enciende otro pucho. La intriga le invade. Desconoce por completo la procedencia de aquellas hojas. Las desdobla y al hacerlo se le escapa una carcajada tímida. Justo después se muerde el labio inferior. No podía creerse que aquel documento aún existiera. Otra carcajada esta vez acompañada de un suave &quot;¡Madre mía!&quot;. Allí estaban las mil veces que copió a modo de castigo paternal el número de teléfono de la casa del pueblo. Mil veces. Ni una más ni una menos. Aquel bendito número se grabó a fuego en su memoria. Cómo olvidar aquellos dígitos y cómo olvidar aquel día…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corría el año 98. Todo el mundo tiene su verano y aquel fue el de Tristán. Francia ganaba su primer mundial de fútbol después de avasallar a Brasil en la final disputada en el Stade de France. A varios miles de kilómetros de allí estallaba en la corazón de África uno de los conflictos bélicos más mortíferos y sangrientos de la historia de la humanidad. Una guerra que algunos bautizaron como Guerra Mundial Africana y que a su paso dejaría en el camino casi cuatro millones de muertos. Ajeno a todo aquello, Tristán saboreaba su adolescencia en el pueblo que vio nacer a su padre entre bicicletas, zambullidos, deportes y hormonas desperezándose. Una tarde de aquel verano del 98, él y sus amigos decidieron montarse en sus bicis y poner rumbo a un pueblo vecino. La versión oficial hablaba de un partido de fútbol contra los chavales del lugar. La versión extraoficial consistía en aprovechar el viaje y cortejar con las chavalas del lugar. El caso es que el regreso se demoró y la noche se les vino encima. Para empeorar la situación entró en escena una de esas tormentas de verano que son breves pero que tienen muy mal genio. Además, son como esa visita que se presenta en casa sin avisar y pilla a uno en calzoncillos y sin cerveza en la nevera. La distancia que separaba a Tristán y sus amigos de casa era pequeña, apenas seis kilómetros. Al final resultaron ser los seis kilómetros más largos de sus vidas. A los diez minutos de empezar el viaje el cielo se cerró por completo y la tormenta terminó de explotar con toda su rabia. Empapados de agua fría y miedo avanzaban entre la lluvia y la oscuridad sin dejar de pedalear ni un solo instante. A mitad de camino se detuvieron en una gasolinera para resguardarse del temporal. A esas alturas del partido, la humedad y el agua ya encogían todos sus músculos. Alguien dijo: &quot;valor y al toro, tíos, que aquí no hacemos nada, en cuanto pare un poco seguimos que ya estamos cerca, mirad, ya se ven las luces del pueblo desde aquí&quot;. Sin perder apenas tiempo, volvieron a subirse en las bicicletas y pusieron rumbo a casa. Circulaban en fila india. Sin luces ni chubasquero. Sin casco ni ropa reflectante. Sin pronunciar palabra ni cántico alguno como otras veces. La cabeza gacha y los ojos medio cerrados para combatir la lluvia. Las luces del pueblo cada vez estaban más cerca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Tristán enfocó su calle, miró a lo lejos y un respigo le recorrió el cuerpo al ver cierto jaleo en la puerta de su casa. Familiares y amigos esperaban nerviosos y preocupados la vuelta de los chavales del pueblo. Nadie sabía dónde estaban, nadie les había visto partir. Nadie sabía nada y las familias se pusieron en lo peor. Tristán no tuvo tiempo de pronunciar palabra alguna. Cuando llegó a la altura de los ojos de su padre, éste fusiló a su hijo con la mirada. Una vez dentro de casa estalló una nueva tormenta. Han pasado muchos años desde aquello. Muchos. Casi media vida. Aún así, Tristán lo recuerda cómo si fuera hoy. Nunca antes de aquella noche había visto a su padre así. Y nunca más desde aquel día su padre volvió a gritarle como aquella noche. Tristán no esperaba una fiesta de bienvenida tipo &quot;Welcome, Mr. Marshall&quot; pero tampoco podía imaginarse aquella bronca paternal. Una vez se calmaron un poco los ánimos su padre le preguntó por qué no había llamado para avisar de la situación. Tristán cogió aire, miró al suelo y dijo: &quot;es que… no sabía el número&quot;. La tormenta volvió a explotar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su mirada se torna melancólica y piensa en algo que vio días atrás. Tristán saboreaba su café matinal en el Da Vinci. Mientras buscaba con la mirada la silueta de Alicia, vio a tres señoras con sus hijos sentados todos ellos en una mesa. Pudo observar cómo, mientras ellas hablaban sin parar, los niños permanecían sentados a su lado. Uno jugaba con su Nintendo DS. Otro se concentraba en su PSP. Y un tercero escribía un sms en su móvil de última generación. Ni una sola palabra entre ellos. Los críos de ahora lo tienen todo más fácil. Y entonces no puede evitar pensar que aquel mal trago del verano del 98 se hubiera evitado con un simple sms. Con quince míseros céntimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&quot;Papa,nos piyo la tormenta,pueds venir a buskrnos?Gracias&quot;&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2009/09/insomnio.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>13</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-2936291880471473438</guid><pubDate>Tue, 09 Jun 2009 08:40:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-09-28T14:30:58.087+02:00</atom:updated><title>Julieta</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Conocí a Julieta una fría tarde de lluvia. Sus ojos me secuestraron y supe entonces que todo el oro del antiguo Perú no podría pagar mi rescate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me he pasado la vida negando el amor a primera vista, desconfiando de flechazos certeros, burlándome de ese niño con alas llamado Cupido y dudando de quienes aseguraban haber sucumbido con una sola mirada, con un solo gesto. Con un instante. Nunca comprendí enamorarse sin un nombre, sin una palabra, sin un por qué. Sin el roce de una piel, sin el sabor de unos labios. Sin amaneceres compartidos y noches que nunca terminan. Sin dulces prendas invadiendo la alfombra de la habitación. En una ocasión Ismael Serrano preguntó a su público si creían en los amores a primera vista. Antes de que los allí presentes pudieran expresar su respuesta con gestos o palabras, el artista respondió con otra pregunta: &quot;¿Es que acaso existen otros?&quot;. Recuerdo haber sonreído al escucharlo. Y recuerdo también haber contestado a su pregunta en voz alta. Solo, en mi habitación. En otro momento, en otro lugar. Y dije no. No creo. Claro que no. Y si, por supuesto que hay otros. Ese amor que nace de la confianza, de la convivencia. Que crece con el tiempo, día a día, gesto a gesto. Ese amor de cafés, de cine y palomitas, de &quot;si quieres te acompaño hasta tu portal&quot;. Ese amor que se construye a base de sueños que provocan suspiros y miedos que amenazan con romperte el alma. Ese amor que sube, que avanza firme, que no se detiene. Que no quiere rendirse ante la adversidad. Que salta muros y derriba barreras. Ese amor que se apoya en la confianza que uno siente cuando sabe a quién ama, cuando conoce cada rincón de la otra persona. Ese amor de sol y tormenta, de sonrisas y lágrimas, de luces y sombras. Ese amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo eso pensaba y en todo eso creía… hasta que una tarde de invierno la lluvia me trajo a Julieta. Y entonces todo cambió. Cuesta toda una vida forjar tus creencias y tus principios. A veces basta solo un segundo para que todo se tambalee y nada de lo creído tenga sentido. Cuando uno escupe hacia arriba, la saliva termina cayendo en su cara. Nunca falla. Tarde o temprano. No es ley de Murphy, es ley de vida. En una ocasión una señora del barrio de La Sultana en Bogotá aseguraba haber visto la imagen de la Virgen María en las alas de una mariposa mientras limpiaba el cuarto de sus hijos. Sin perder un instante acudió al párroco del barrio para contarle el milagro pero éste se negó a ir a la casa para comprobarlo porque según él &quot;estas cosas no son reales&quot;. Yo era ese párroco solo que en mi caso no pude cerrar los ojos al sentir a la mariposa revoloteando a mi alrededor. No tuve opción de eludir su encuentro. Y miré. Y encontré a Julieta escondida en sus alas. El mundo está lleno de ironías, de sucesos que te abren los ojos y te obligan a creer en todo aquello de lo que siempre renegaste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca supe realmente lo que sentía por ella hasta que me mandó al olvido. A ese profundo y oscuro olvido donde habitan los corazones rotos y los amores no correspondidos. Me doy cuenta de algo. Estoy contando el final sin contar el principio. Desvelo el amargo desenlace casi sin presentar a los personajes. Lo sé. Pero casi nada tiene sentido en esta historia atípica que terminó antes de empezar y que empezó antes de contemplar el rostro de Julieta por primera vez. Porque ahora sé que la quise antes de aquella tarde de lluvia. Qué extraña sensación querer antes de conocer. Cómo expresar este sentimiento y ser comprendido. En el intento de explicar, fracasaré, me faltarán palabras y quien me escuche asentirá con la cabeza mientras finge entender. De repente un día, cuando menos lo esperas, conoces a alguien y en ese mismo instante, justo ahí, experimentas esa sensación. Esa extraña certeza de saber que ella existía mucho antes. Que siempre existió, que siempre estuvo ahí. Escondida. Esperando el momento para doblar la esquina y cruzarse en tu camino. Para dar respuesta a tanta pregunta. Para dar sentido a tantas historias inacabadas. Entonces el mundo se detiene y todo pasa a un segundo plano. Todo. Y ya no te parece tan absurda esa estúpida idea de enamorarse en un solo instante. A lo lejos te parece escuchar el suave revoleteo de unas alas y una dulce carcajada de niño se burla de ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vuelvo atrás. Un minuto antes de ver a Julieta por primera vez deambulaba por la calle maldiciendo mi suerte. Corrijo. Maldiciendo la idea de venir a este lugar dejado de la mano de Dios para celebrar con mis amigos que un año más se nos va de las manos para siempre. Quería huir de mi norte por unos días. Quería ver el sol, quería olvidarme de la lluvia, quería recibir el nuevo año con cierto aroma a sur. Quería desconectar. Nada. No pudo ser. Ni sur, ni sol, ni aroma. La lluvia me pega con cierta violencia en la cara. Empiezo a empaparme y una vez más juro que nunca dejaré los planes sin hacer hasta última hora. Una vez más juro vengarme de esta maldita pereza que siempre me invade. Intento ser positivo, intento cambiar mi cara de cárcel pero es difícil. El viaje ha sido duro y no encuentro la maldita casa donde aguardan mis amigos. Mis viejos amigos. &quot;No tiene pérdida&quot;, me dijeron. Debí desconfiar. Seis menos cuarto de la tarde. Oscurece y como siempre seré el último en llegar. Últimamente tengo la amarga sensación de llegar tarde a todos los lugares. Los invitados a la fiesta me llevan ventaja. En tiempo y en alcohol. Me canso de dar vueltas y saco el móvil. Agenda. Guille. Llamando. No hay respuesta. Cojonudo. Prosigo mi marcha sin rumbo y después de dos pasos levanto la mirada. A lo lejos veo unos brazos agitándose enérgicamente, intentando llamar mi atención. Es Guille y viene acompañado. Distingo detrás de él dos siluetas femeninas. &quot;Coño, Moro, ya pensábamos que no venías, tú siempre tan puntual&quot;. Nos abrazamos. Habían pasado cuatro meses desde nuestro último encuentro y quizás por eso cierro los ojos al hacerlo. María aparece sonriente y me planta en la cara dos besos. Está como siempre, quizás con el pelo más oscuro. Y guapa, muy guapa. Al verla pienso que mi amigo Guille es un tipo con suerte. Y entonces apareció ella. &quot;Ah, mira, te presento a la hermana de María. Julieta, Moro. Moro, Julieta&quot;. Lo que sentí en ese instante ya lo he contado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche fue larga e intensa como lo son siempre las últimas noches de cada año. Antes de sentarnos a la mesa nos pusimos al día entre cervezas, embutido y carcajadas. &quot;Si seguís comiendo ahora no vais a cenar después&quot; nos recriminó María. &quot;Déjales, más para nosotras&quot; comentó Lucia. Martín contaba su último e ingenioso chiste convencido de tener éxito mientras yo improvisaba unos innovadores canapés. Julieta ponía la mesa y yo acompañaba con suspiros sus idas y venidas. Nos sentamos a cenar con un ojo puesto en el viejo reloj de pared temiendo no llegar a tiempo a las campanadas. Once y veinte de la noche. Quedan cuarenta minutos para el fin del mundo. Bon appétit. Todo estaba exquisito incluyendo mis elaborados canapés. En un momento de la cena me quedé callado mirando a un lado y a otro y me invadió la emoción de ver sentados alrededor de la misma mesa a mis viejos y eternos amigos. Después de tantos años y tantas batallas ya no somos los mismos pero seguimos aquí. Juntos. De vez en cuando, entre sorbo y sorbo, aprovechaba para buscar a Julieta con la mirada. Reía, hablaba, bebía y volvía a reír. Y todo envuelto en una dulzura inusual. Quien me conoce sabe que no suelo quedarme en blanco sin saber qué decir, sin embargo durante el tiempo que duró la cena no se me ocurrió una maldita frase ocurrente que pronunciar. Llegaron las campanadas y antes de engullir la última uva pensé que ojalá esta fuera la primera de infinitas nocheviejas junto a Julieta. Habían pasado escasas horas desde aquel momento en que la conocí y el primer deseo del año ya era por ella. El ron y la música acudieron en mi auxilio y nuestros cuerpos se fueron acercando con cada nota, con cada trago. Poco a poco hasta dar con nuestros huesos bajo las mismas sábanas. Bailamos, reímos y nos confesamos. Me habló de su vida en el sur y me contó que quería darle un giro a su mundo. Cambiar. Escapar de la rutina. Entonces me sentí aliviado porque aún estaba a tiempo de subirme al tren y huir con ella. Donde fuera. Donde ella quisiera. Buscaba un cambio y yo quería formar parte de él. Y así pasamos la noche. Las primeras horas del año se fueron consumiendo y poco a poco nos fuimos quedando solos. Ocho menos cuarto de la mañana. Todos duermen. Todos menos Julieta y yo. Nos miramos y sin palabras decidimos apagar la música y beber el último trago. Sin más nos fuimos a la habitación. Recuerdo que subí las escaleras siguiendo su estela mientras intentaba con todas mis fuerzas reunir el valor suficiente y necesario para impedir que la noche, nuestra noche, terminase allí. Ella caminaba peldaño a peldaño y yo volaba sin pisar el suelo. Un millón de palabras no hubieran bastado para explicarle lo que sentía por ella. Supongo que Julieta pensaba lo mismo porque justo en la frontera que separaba nuestras habitaciones, se giró y sin que ninguno de los dos pronunciase palabra alguna, ocurrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando desperté Julieta ya no estaba. En algún momento de mi letargo ella se deslizó hasta su cama para impedir que todos supieran lo ocurrido. Era tarde para eso. Todos los allí presentes no necesitaban vernos compartir lecho porque les bastó ser testigos de tantas miradas y tantos gestos de complicidad que iluminaban el salón de baile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ocurrió lo inevitable. Ocurrió lo que siempre ocurre en estas historias de una noche. Eso que a veces se busca y otras se teme. El adiós. El deber nos llamaba sin remedio y mientras el sur reclamaba su presencia yo debía partir de vuelta a mi norte. Me despedí de todos entre abrazos y besos. Julieta aguardaba arriba. Bajo ese mismo techo que nos vio soñar. Sola. Esperando que mi último adiós fuera para ella. Un adiós que con el tiempo se tiñó de un amargo hasta siempre. Y así, sin más, sin menos, me fui. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera noche lejos de Julieta apenas pude conciliar el sueño. Entonces fui consciente de la inmensa distancia que separaba nuestros alientos. Una distancia que en pocas horas había cambiado de unidad. De milímetros a kilómetros. Recuerdo aquella noche, durmiendo a ras de cielo, intentando organizar pensamientos. Meditando. Tratando de asimilar. Dando vueltas. Mil vueltas. Suspirando. Y sobre todo, luchando por creer, buscando la fe necesaria para encarar esa batalla que nadie te aconseja librar. La batalla de amar desde más allá del horizonte. Pasaron los días, las semanas. Mensajes, mails y llamadas que escondían entre líneas un deseo irrefrenable de aguantar el tirón, de contener las ganas de vernos y de superar la tentación de dejarlo todo y apostar por aquella historia. Después de un tiempo, Julieta se rindió y entonces llegó la tormenta. Lo peor de todo es que no pude hacer nada para evitar su rendición por mucho que la viera venir. Carlos Chaouen escribió que &lt;i&gt;el amor son tres flores que se riegan a diario&lt;/i&gt;. Y es que el amor, de existir, es algo que ha de cultivarse día a día. Cuidarse. Mimarse. No hay amor sin lucha y no hay lucha sin dolor. Es así. Sospecho que de eso hablan las palabras del maestro gaditano. No existe el amor a distancia porque con la distancia, llega el olvido. Y después del olvido, no hay nada. O casi nada si contamos el dolor. En esto no hay discusión. Distancia y amor son palabras que juntas en la misma frase vaticinan un final. El agua que ha de regar esas tres flores se seca si tiene que recorrer un largo camino. No llega. Se evapora. La distancia enfría los corazones y destruye las más bellas y sinceras promesas. &quot;Te esperaré siempre&quot;, le dijo Susannah Fincannon a Tristan Ludlow aquella primavera en la que él se perdió en el horizonte a lomos de su caballo. Incluso en el cine, donde todo es posible y donde nos engañan con finales felices y leyendas de pasión, hay amores que tampoco sobreviven a la distancia. Años después, a su regreso, ella le dijo &quot;&lt;i&gt;siempre&lt;/i&gt; resultó ser demasiado tiempo, Tristan&quot; mientras acariciaba con sus dedos la alianza de otro hombre. Son tres etapas, una por cada flor. La primera está llena de luz, de promesas, de valentía. En la segunda llegan las dudas, el miedo. El frío. Cuando llega la tercera, se acabó. Pueden pasar semanas, meses, años o una eternidad. El caso es que uno siempre sabe dónde está el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lope de Vega escribió: &lt;i&gt;el amor tiene fácil la entrada y difícil la salida&lt;/i&gt;. ¿Cuánto tiempo dura un &quot;Hola&quot;? ¿Un segundo? ¿Medio? Ese fue todo el tiempo que necesité para volverme loco por ella. Sin embargo, tardé días en dejar de soñarla. Semanas en borrar sus mensajes. Hoy, por fin, borré su última foto. Al hacerlo el ordenador me preguntó tres veces si estaba seguro. Supongo que incluso a él le cuesta creer que todo se acabe. Que no haya más Julieta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que ya no importa confieso que siempre dudé. No por desconfianza sino por miedo. Ese miedo que te paralizaba, te bloquea. Te obliga a ser otro, a no ser tú. Era tan dulce que no podía ser real. Quizás nunca lo fue. A esta hora, en este bar, sentado en la mesa más triste del local, me invade la amarga certeza de que nunca fuimos nada. Fuimos, somos y seremos nada. Ahora lo sé. La camarera me mira como queriendo entender, intrigada. Como si fuera la primera vez que ve a un tipo solo y sobrio escribiendo en una servilleta de papel. Y yo la miro sin mirarla, ausente, pensando en Julieta y queriendo creer que todo aquello que me dijo era cierto. Y me cuesta un mundo. Y pido otra Quilmes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace años, muchos, un amigo de aquellos días de instituto me confesó una noche que mataría por su chica. Recuerdo que era preciosa. Una de esas caras por las que un tipo pierde el norte. Semanas más tarde ella le fue infiel. Todo el mundo lo sabía pero nadie hablaba del tema. Tabú. Sucede que el último en enterarse siempre es el más interesado. Y lo pasó mal. Muy mal. Pero no mató a nadie. No corrió la sangre. Nadie resultó herido. Tan solo su orgullo. Y su palabra. Pero la tormenta se fue y nuevos soles iluminaron su cielo. Porque nunca es el mismo sol ni el mismo cielo. Han pasado muchas lunas desde aquello. Después de tiempo y tiempo sin saber de él, hace días me lo encontré en la parada del autobús y me contó que el próximo verano se subirá a un altar y dirá &quot;Si, quiero&quot; a unos ojos distintos de aquellos por los que juró matar. A veces uno dice cosas que no siente. A veces exageramos nuestros sentimientos para que parezcan sinceros. Creíbles. A veces, las muchas, creemos que nos va la vida en algo y con el tiempo descubrimos que no era para tanto. Eso es lo que me parte el alma. Recordar cada palabra de Julieta antes de rendirse. Antes de cansarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay noches que aún la sueño. Sueño que nada de esto ocurrió. Que nunca me fui de aquella habitación. Que nunca me olvidó. Hay noches que no sueño porque me pierdo en los bares con mis viejos amigos. Bebemos. Bailamos. Engañamos a mujeres con palabras bonitas. O al menos lo intentamos. Pero sucede que a ellas no les suenan tan dulces nuestras voces. A veces, borracho, ebrio, envalentonado, les hablo de Julieta. Me confieso entre trago y trago, entre empujón y empujón, entre canción y canción, en la oscuridad, cuando nadie nos ve, cuando a nadie le importa nuestra presencia, cuando nos volvemos transparentes para el resto de la gente que hay en el bar. Les rodeo con mis brazos y les confieso al oído que aún la quiero y que aún espero su llamada. Un mensaje. Un mail. Cualquier mínima señal de vida. Soy demasiado orgulloso para dar la razón a mis padres cuando sé que la tienen pero no para volver a ella. Sin palabra, sin honra, sin honor… pero con ella, a su vera. Qué importa. Si no puedo estar con Julieta, de qué me sirve el orgullo. Renuncio a ser hombre. Que se burlen de mí los demás, que digan que no tengo palabra. &quot;Compadres, ¿cómo olvidar a quien nunca te amó?&quot; Ellos, mis viejos amigos, que nunca se callan, que siempre tienen algo qué decir, que se sienten incómodos ante los silencios… ellos, los mismos, se quedan mudos. Durante unos eternos segundos se debaten entre la sinceridad y el cariño. Encojen los hombros con la esperanza de que yo sepa interpretar su gesto y no tengan necesidad de decirme lo que piensan. Lo sé. Sé lo que piensan y también sé que no lo quieren decir por miedo a encoger, no solo sus hombros, sino también mi alma. En realidad, era una pregunta retórica. Todo lo que ellos me puedan decir ahora y aquí yo ya lo pensé un millón de veces. Decido poner fin a este silencio incómodo. Por ellos. Por mí. Suenan las trompetas. Cambio de tercio. Me vengo arriba y con gran entusiasmo casi grito: &quot;Bebamos para no olvidar… ¿qué tomáis, compadres?&quot; Sus rostros reflejan cierto alivio. Sonríen. Para esa pregunta si tienen respuesta.&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2009/06/julieta.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>3</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-2798090849085887766</guid><pubDate>Tue, 12 May 2009 10:13:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-06-09T10:43:50.566+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Antonio Vega</category><title>Descanse en paz, maestro</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Amanezco con esta noticia... &lt;i&gt;El músico Antonio Vega Tallés ha fallecido esta mañana en Madrid a la edad de 51 años víctima al parecer de una dolencia pulmonar. Vega llevaba días en estado crítico ingresado en el hospital Puerta de Hierro de Madrid. En el momento de su fallecimiento estaban junto a él sus hermanos y su novia.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sirva como humilde homenaje este video. Una canción que habla de ese lugar soñado al que uno siempre quiere regresar y donde uno se siente como en casa. Existen infinitos lugares, uno por cada alma. El mio se llama Matanza de los Oteros, donde todo comenzó. Descanse en paz, maestro.&lt;br&gt;&lt;br&gt;&lt;center&gt;&lt;object width=&quot;340&quot; height=&quot;285&quot;&gt;&lt;param name=&quot;movie&quot; value=&quot;http://www.youtube.com/v/lSrQtx7BFQU&amp;hl=es&amp;fs=1&amp;rel=0&amp;color1=0x006699&amp;color2=0x54abd6&amp;border=1&quot;&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name=&quot;allowFullScreen&quot; value=&quot;true&quot;&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name=&quot;allowscriptaccess&quot; value=&quot;always&quot;&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src=&quot;http://www.youtube.com/v/lSrQtx7BFQU&amp;hl=es&amp;fs=1&amp;rel=0&amp;color1=0x006699&amp;color2=0x54abd6&amp;border=1&quot; type=&quot;application/x-shockwave-flash&quot; allowscriptaccess=&quot;always&quot; allowfullscreen=&quot;true&quot; width=&quot;340&quot; height=&quot;285&quot;&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;/center&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2009/05/descanse-en-paz-maestro.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>1</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-796573038118775629</guid><pubDate>Mon, 02 Mar 2009 20:45:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-03-04T12:36:27.503+01:00</atom:updated><title>Escribir es quedarse solo</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Escribir es quedarse solo. Romper los lazos con el exterior, oler la tierra recién mojada, afrontar la debilidad, abrir la nevera vacía, vencer la cobardía. Dejar volar el alma lejos, muy lejos. Buscar una noche más el sentido, el por qué. Rastrear. Remover. Perseguir el silencio. Sin compañía, sin barreras, sin reparo. En definitiva, sobrevivir al caos, al olvido, al desánimo. Escribir se convierte, en ocasiones, en un acto de arrogancia que implica un cierto rechazo por lo que uno es y una cierta nostalgia por lo que uno nunca fue y por aquello que uno nunca será. Escribir por escribir es faltar al respeto, perder el tiempo, talar un árbol en vano. Hace falta un por qué, un motivo, un móvil. Sea lo que sea. En la pista de baile él agarró su mano y ella le susurró al oído, ruborizada: &quot;No, por favor, bailo fatal&quot;. &quot;Qué importa eso&quot;, contestó él, &quot;cierra los ojos y baila como si nadie te estuviera mirando&quot;. En cierto modo, escribir es igual que bailar. No importa la belleza de las palabras. Tampoco la estructura del texto ni la rima de los versos. No se trata de calidad sino de contenido. Sueños, pensamientos, miedos, estados de ánimo. Historias propias y ajenas. Y con eso basta. Nada más. A partir de ahí entra en juego la habilidad de cada uno a la hora de expresarse. El que baila solo para ser visto deja de sentir la música, pierde la concentración, tropieza. Cae al suelo o lo que es peor, cae en la vanidad absoluta. El que escribe sólo para ser leído corre el riesgo de convertirse en ese político que dice solo lo que la gente quiere oír para terminar escribiendo algo que nunca pensó, sintió o soñó. Escribir solo para ser leído es hablar sin escuchar. Abrir la boca solo por el simple hecho de oír la propia voz. En ese punto se pierde el respeto y ya no hay nada más. A partir de ahí, nada importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta fría noche de invierno siento que necesito profanar esta pantalla en blanco para poder conciliar el sueño. Dormir es quitar la corriente, bajar la verja. Rendirse. Pero no puedo sin antes sacar lo que llevo dentro. No puedo. A estas horas en las que casi todos engañan a sus amantes mis dedos se deslizan por el teclado con escasa fluidez. Pero necesito escribir. El inquietante silencio de la calle entra por mi ventana y me golpea en la cara. Cuando me atasco, enciendo un pucho y me asomo al mundo exterior. Al abismo mundano. Nada. Ni el más mínimo rastro de vida humana en las ventanas ajenas. Persianas bajadas y luces apagadas. Un conductor se salta un semáforo en rojo convencido de que nadie le ve. Se equivoca. Siempre hay alguien observando. A lo lejos, una joven pareja se despide en un portal. Sus caricias y gestos iluminan por un instante la triste oscuridad callejera. Ajenos a mi indiscreta mirada se abrazan como si el mundo se fuera a acabar mañana. Quizás sepan algo que el resto de los mortales no sabemos. Recuerdo algo que una chica me dijo en una ocasión: &quot;Bésame como si fuera la última vez&quot;. Y lo hice, o al menos esa era mi intención. Con el tiempo comprendí que todo debería hacerse como si fuera la última vez. Por si acaso. Besar, bailar, jugar, reír, llorar, abrazar, amar, soñar. Todo. Quizás en eso pensaba la joven pareja. Se despegan por fin y un absurdo halo de lástima recorre mi cuerpo. La oscuridad del portal engulle la silueta de ella mientras la mirada de él se pierde en el horizonte de la calle. La frustración de quien deja algo a medias invade su rostro acalorado. Se siente derrotado porque no puede evitar imaginar esa suave piel de aceituna deslizándose entre sus manos. Quiero escribir, si, pero todo y nada. Todo lo que me arde en el pecho. Nada que tenga sentido y orden. Pensamientos sin conexión, sin relación alguna. O quizás sí. Escribir, por ejemplo, que no hay sorpresa sin miedo y que lo opuesto al miedo es la certeza. Certeza de poco es lo que tengo hace algún tiempo. Solo una cosa: últimamente lo hago todo al revés. Aquello que creía verdad es mentira. Incierto. Todo lo que daba por sentado, ahora se tambalea. Se difumina. He perdido el rumbo y navego a tumba abierta hacia donde me lleve la corriente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acuden a mi mente, en este mismo instante, aquellas promesas que escribí y que prometía no cumplir. Y así fue. Solo cumplí una, la última. El 2008 se fue de mis manos sin poder grabar esa última muesca en mi revólver. Otra vez será. Eso mismo pensé aquella tarde de sábado. Aquella tarde de verano de 2004. Minuto 68 de partido. Ser o no ser. Marcar o no marcar. A veces la línea que separa el éxito del fracaso es tan delgada que a penas la vemos. La cruzamos sin darnos cuenta, incluso sin saber en qué lado caímos. El tiempo resuelve la duda. Yo fracasé y no hubo una segunda oportunidad. El gol que nunca marqué. Hoy la historia sería distinta. O quizás no. Quizás peor, quien sabe. A veces, a solas, sin nada en qué pensar, aburrido, distraído… me viene a la mente aquella jugada. Incluso alguna noche la sueño. Y vuelvo a fallar. El balón golpea una y otra vez en el cuerpo del portero. Nunca sobrepasa la línea. Nunca besa la red. Ni en sueños. Recuerdo ahora un lindo cuento que escribió Mario Benedetti llamado &quot;El césped&quot;. El tema principal, el fútbol. Entre líneas, la vida de un jugador profesional contada desde la persona que hay dentro. Un cuento de fútbol que habla de amor, amistad, compañerismo, sueños... Copio y pego un pedazo de la obra (con su permiso, maestro): &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Nunca se lo he confesado a nadie, dijo Benja, pocos días más tarde mientras desayunaban en la cocina, pero a vos quiero contártelo. Tengo sueños, ¿sabés? Todos tenemos, dijo Ale. Sí, pero los míos son sueños de fútbol. Qué romántico, dijo ella riendo. No te burles, contigo no necesito soñar porque sueño despierto&lt;/span&gt;. Mágico. Elegante. Una declaración de amor imprevista. En la cocina, desayunando, hablando de fútbol. De repente, de la nada, sin más. Las mejores y más sinceras declaraciones de amor no entienden de atardeceres, flores y poesía. No siempre. Aparecen donde uno menos se lo espera, de cualquier forma y con palabras simples, no rebuscadas, no recargadas. Sin te quieros, sin amor mío, sin volcar cielos y bajar estrellas. Sin promesas que no se pueden cumplir, sin palabras difíciles de entender, sin rimas, sin versos. Hay un tema de Revólver. Disco “Básico 2”. Pista 6. El mejor ejemplo de lo que hablo. Es de esas cosas que con poco lo dice todo. Rescato una frase: &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Ya no hay miedo que me acose al despertar, a menudo a media noche por esta maldita tos, ella cuidará mi pecho hasta esconderme de nuevo, como un niño entre sus brazos y su olor… porque ella es tanto yo como mi voz, ella es y será todo para mí&lt;/span&gt;. Sin Edenes, sin paraísos, sin necedades. Abro el &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;winamp&lt;/span&gt; y empieza a sonar un tema del maestro Carlos Chaouen que dice que todos los caminos llevan a Roma pero pasan por tu cama. Echo un ojo a la lista de reproducción. Después sonará otra vez la misma voz y el mismo aroma a sur, esta vez diciendo que si vuelvo a nacer, te busco, sin duda, detrás de la luna del amanecer, donde te desnudas, donde tengo las de perder. Me relajo. Disfruto del arte. Recapacito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los recuerdos se encadenan y me atacan a cámara lenta. Ahora. Esta noche. Aquí. Hace muchos años, cuando las niñas querían ser princesas y los niños caballeros del Zodiaco, un amor de campamento me mandó una postal: &quot;Aunque no te escriba quiero que sepas que no me olvido de ti&quot;. Realmente lo creí. Lo juro. Y viví mucho tiempo con el convencimiento de que ella pensaba en mí, que me recordaba, que se moría de ganas por verme. Años más tarde la tortilla se dio la vuelta y era yo quien escribía esas mismas palabras a una chica interesada en mí. Otra chica, otro tiempo. Y entonces lo supe. Descubrí la verdad. Lo que yo sentía en ese momento era lo mismo que años atrás aquella niña de ojos de miel sentía por mí: compasión. A veces decimos cosas que no sentimos ajenos al alcance del daño que podemos provocar. Incluso, la mayor parte de las veces, lo hacemos con la mejor intención posible. Por no hacer daño. Por no decir la verdad. Esa verdad que duele: &quot;Lo pasé muy bien en el campamento. Me reí mucho contigo. Eres muy simpático. Fue genial la noche que pasamos a la orilla del río bajo aquel manto de estrellas. ¿Te acuerdas? Pero ahora es invierno, estás lejos y no sé cuando te volveré a ver. Además, no te lo dije, tengo novio. Ups!&quot;. Golpe seco. ¡Zas!. Directo. Los siguientes días serán duros pero el trago ira pasando. Primero olvidas su olor. Luego su sonrisa. Y un día, de pronto, amanece y ya no puedes recordar su rostro. Y eso te alivia. Cuando te quieras dar cuenta ya no quedará ni rastro de suspiros ni quejidos ni lamentos. Seguirá habiendo sueños pero ya no será ella quien los ocupe. El maestro Neruda escribió: &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;De otro, será de otro, como antes de mis besos&lt;/span&gt;. Recordarás con nostalgia aquellos días y sonreirás. Incluso le estarás agradecido por su sinceridad porque con ello impidió que construyeras castillos en el aire. Esos castillos que duele tanto derrumbar. Olvidar a quien se amó es difícil. Olvidar lo que pudo haber sido, imposible. No decir la verdad es lo mismo que mentir. Falso. Es peor. Mentir, al menos, implica en cierto modo un gasto de imaginación, de ingenio. Un cierto esfuerzo por ser original y no lastimar. Valor para mentir. No decir la verdad implica cobardía. Evadirse. Escurrir el bulto, lavarse las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alzo la vista: la cama, los libros que nunca leí, las películas que esperan por mí, los discos, el poster que me regaló mi amiga invisible, la foto con mi hermana, la chaqueta colgando de la puerta, le tele sin voz. En la pantalla un anuncio de coches. Y pienso. Me gusta conducir solo. O al menos sin nadie en el asiento de copiloto. Desde el asiento de atrás no se ven las lágrimas del conductor. Cuando alguien viaja conmigo no soy yo el que conduce, es un tipo en tensión que intenta no cometer ni un solo error, ni un solo volantazo, ni un solo descuido para que los demás se sientan seguros y piensen: &quot;Qué bien conduce, sí señor&quot;. Querer ser otro nunca funciona, es un error grave. El otro día, una chica corría desesperada, el tren a punto de salir. Y a medida que su paso aminoraba, aumentaban mis ganas de gritar. Para aplaudir su esfuerzo. Para alentarla. Para que el maquinista detuviera el tren. No pudo ser. Al volverse, acalorada, sonrió. Sospecho que justo antes de romper a llorar pensó que otro tren pasaría más tarde. Otra oportunidad. Carlos Goñi escribió: &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;La fortuna le da a cada hombre una oportunidad&lt;/span&gt;. Por suerte, la vida es más generosa. Debo intentar no implicarme en la vida de gente que no conozco. A veces se pasa mal. Una mañana, en el autobús, medio dormido, no pude evitar escuchar a una pareja discutir. Más bien, era ella quien discutía. Él, escuchaba y callaba. Sentí lástima por él. No pongo en duda la falta de razón de la chica pero en ese momento todo lo que yo sabía era lo que veía. Y lo que veía era la cara de un tipo humillado, derrotado, entregado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace un par de semanas sentí vergüenza y rabia. Vergüenza ajena, rabia por el mundo que hemos creado. Serían más o menos las seis de la tarde. Me disponía a arrancar mi coche cuando de repente alguien golpeó la ventanilla. Era un chico de, calculo, treinta y pico años. Vestía de sport, pantalón de chándal negro y sudadera roja. En su rostro podía verse cierta desesperación. Mi primera reacción fue de susto. La segunda, desconcierto. Bajé la ventanilla y me explicó. Me explicó con voz triste y agotada que llevaba todo el día intentando que alguien le echase una mano con su coche. No podía arrancarlo. Estaba seguro de que la batería estaba descargada. Lo único que necesitaba era un alma caritativa que le dejara su coche para poder usar las pinzas. Me contó que le esperaba un largo viaje y que debía llegar a su destino antes de que terminase el día. &quot;Llevo desde las doce de la mañana, estoy desesperado, hermano, todo el mundo me dice que no puede, que tiene prisa, que se lo pida a otro…&quot;. Era sábado, añado. Con extremo rubor y vergüenza reconozco que al principio dudé. Pensé en escabullirme. Lo cual, hoy, ahora, al recordarlo, me hace renegar de mi mismo. Arranqué mi coche y lo situé justo al lado del suyo que se encontraba aparcado a escasos metros. La matrícula de su coche hablaba otro idioma. &quot;Es que me están esperando allí y tengo que llegar hoy como sea, hombre, nadie me quiere ayudar, no entiendo, no pido mucho, entiendo de coches, sé lo que hay que hacer, tengo las pinzas para colocar en la batería, solo necesito otro coche, no pido mucho, hermano&quot;. Hablaba nervioso. Acelerado. Abrí el capó del motor y él se ocupó de todo. Lo único que tuve que hacer fue arrancar mi coche. A los cinco minutos el suyo también arrancó y una sonrisa iluminó su cara. Y la mía. No tuvimos tiempo de charlar mucho. Me dio las gracias efusivamente. Le ofrecí mi mano y él me abrazó. Le deseé buen viaje. Él me deseó suerte. En la vida, supongo. Se limpió las manos y se perdió para siempre entre la caravana de coches. Antes de marcharme de allí, eché un vistazo a mí alrededor. Vi aceras llenas de gente, vi cientos de coches yendo y viniendo, vi bares y terrazas rebosantes de personas que charlaban, miraban y bebían. Vi una parada de taxis con siete coches blancos con el cartel de libre esperando futuros viajeros. Vi taxistas que releían el periódico, que charlaban entre ellos, que contemplaban el infinito con la mirada perdida. Vi a dos agentes de la ley retirando un vehículo estacionado en doble fila. Vi un millón de personas pero ni rastro de una sola alma caritativa que le echase una mano a aquel hombre desesperado. Quizás si fuese una mujer rubia y atractiva y luciese un generoso escote hubiera tenido más suerte y a esas horas ya estaría llegando a su destino. Es posible. Quizás si fuese... blanco. De lo que si estoy seguro es que aquel coche con matrícula extranjera hubiese arrancado muchas horas antes si su dueño no fuera negro. En ese momento comprendí que aquello que había en su mirada no era desesperación, era incomprensión. Impotencia. Frustración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay algo de lo que estoy seguro: quiero vivir cerca del mar. De un mar, no importa cuál. Sea el que me vio nacer o sea otro. Un océano serviría también. En esencia hablo de agua y horizonte. Horizonte infinito. Sin barreras. Sin topes. Sin límites. Cuando conocí el viejo continente, los nativos me dijeron: &quot;El Pacífico no tiene memoria&quot;. Sería terrible vivir sin memoria… aunque a veces duela. Quien no puede aspirar a la básico, encuentra insuficiente lo extraordinario. No pido demasiado. Creo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2009/03/escribir-es-quedarse-solo.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>16</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-6204750172051399641</guid><pubDate>Tue, 25 Nov 2008 00:04:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-27T22:44:49.979+01:00</atom:updated><title>Blade Runner</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Hay una película. &lt;span style=&quot;font-weight:bold;&quot;&gt;Blade Runner&lt;/span&gt;. Es una de esas películas con la etiqueta de &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;Imprescindible para frikies&lt;/span&gt;. Películas como &lt;span style=&quot;font-weight:bold;&quot;&gt;Star Trek&lt;/span&gt;, &lt;span style=&quot;font-weight:bold;&quot;&gt;La Guerra de las Galaxias&lt;/span&gt; o &lt;span style=&quot;font-weight:bold;&quot;&gt;El Señor de los Anillos&lt;/span&gt; forman también parte de ese grupo. Debo confesar que no he visto la mayor parte de ellas. Soy un informático atípico, lo sé. Pero con &lt;span style=&quot;font-weight:bold;&quot;&gt;Blade Runner&lt;/span&gt; hice una excepción. Más bien tres o cuatro, tantas como veces la he visto. Nominada en su día a dos Oscar, &lt;span style=&quot;font-weight:bold;&quot;&gt;Blade Runner&lt;/span&gt; se ha convertido con el tiempo en un clásico de la ciencia ficción. La película, dirigida por Ridley Scott y basada en la novela de Philip K. Dick, &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?&lt;/span&gt;, relata un futuro (año 2019) en el que los seres fabricados a través de ingeniería genética, denominados replicantes, son empleados como esclavos en trabajos peligrosos y arriesgados. En un momento cumbre del largometraje, el replicante interpretado por Ruger Hauer pronuncia unas palabras que ahora quiero recordar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;&quot;He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir...&quot;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Brillante actuación pero debo discrepar. Totalmente. No todo está perdido. Nos queda la memoria. Los recuerdos imborrables. Alguien dijo alguna vez que &lt;span style=&quot;font-style:italic;&quot;&gt;&quot;un hombre nunca estará solo si en su mente habitan buenos recuerdos&quot;&lt;/span&gt;. Matanza de los Oteros es para mí, además de mi pequeño paraíso, un almacén de historias. Como ese desván donde apilas cosas y cosas de las que nunca te quieres desprender. Como ese baúl donde guardas con cariño y nostalgia la última carta que ella te escribió, una vieja foto con tus amigos añejos cuando aún quedaban retazos de inocencia o aquella pinza del pelo que un día ella te regaló. En cada rincón de mi pueblo encuentro un retal de mi pasado, un trocito de mi vida. No, no todo está perdido. Puede que aquel buen ambiente de antaño ya no exista. Puede que la ilusión se haya ido de la mano de la cordialidad y fraternidad. Puede que los necios insistan en politizar todo. Puede que el ansia de poder envenene el ambiente. Puede ser. Pero lo que nunca podrán quitarnos son los recuerdos. Porque son nuestros. Muy nuestros. Solo nuestros. Recuerdos de una época en que fuimos libres, grandes... ¡eternos!. Aquella época en la que a los niños le gustaban las niñas y en la que jugábamos a fútbol día y noche. Todo lo que hemos vivido nos ha unido para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada uno tiene sus recuerdos. Puede que los tuyos sean distintos a los míos. O no. Quien sabe. Eso es lo de menos. ¿Sabéis que es lo mejor de todo? ¿Lo que realmente importa? Que cada uno de vosotros aparecéis en los míos. Que todos aparecen en los de todos. Que yo aparezco en los vuestros. Y eso tiene un valor incalculable. Imborrable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo aquellas viejas porterías de madera en aquel recién inaugurado frontón. Nuestro último baño en la maltrecha piscina de abajo y nuestro primer chapuzón en la nueva. Recuerdo las moras que recolectábamos por el camino que llegaba al valle y la cantidad de azúcar que echábamos como condimento. Aquellos primeros botellones. Las frías tardes de invierno intentando entrar en calor. Las primeras noches por Valencia de Don Juan intentando engañar al reloj. Aquel verano en que me hice mayor y aquel otro en que los sapos nunca bailaron flamenco. Recuerdo aquella misteriosa rubia que Xuanan buscaba por Las Pérgolas y que nunca más volvimos a ver. El primer agosto que Posi estuvo en Matanza. Todas las veces que Vituky y yo nos enfadábamos por el amor de una chica. El cambio radical de la noche a la mañana de Dani a Pelón. Las increíbles historias que nos ha regalado Javi año tras año. La timidez y dulzura de nuestra querida &quot;francesa&quot;, Jara. La sonrisa de Mercedes. Recuerdo el verano que Aly y Marta se unieron a nosotros para darle más vida al grupo. La infinita simpatía de Lara. Los bailes de Anytta. El humor socarrón y buen corazón de Manuel y Floren. La manera que tenía Miguel de hacerme reír cuando yo solo era un canijo. Recuerdo el chiringo de Jose María. Las locas ideas de Pedro. Los bailes con Iñaki y su contagiosa sonrisa... No sé, ese tipo de cosas. Pequeños detalles que jamás se perderán en el tiempo. Detalles ínfimos que dan sentido a la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, no todo está perdido.&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/11/blade-runner.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>19</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-3241008497554584136</guid><pubDate>Tue, 11 Nov 2008 17:11:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-18T14:48:46.634+01:00</atom:updated><title>Anoche la soñé</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Anoche la soñé. Juro por Dios que la soñé. Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella, que no pronunciaba su nombre, que no sentía la extraña necesidad de volver a verla. Ya han pasado más de dos años desde aquella fría noche de noviembre en que la conocí. Sospecho que nunca podré olvidar aquel momento. Era jueves. Caía la noche en la capital del Principado y una tímida neblina acechaba sobre nuestras cabezas. Empezábamos a impacientarnos por la espera cuando de repente surgió de la oscuridad la blanca caravana con aromas de sur. Siete personas viajaban a bordo de ella y solo un rostro era familiar. Las prisas, el frío y la emoción me impidieron fijarme en ella. Ni en ella ni en ninguno de los demás extraños. Todo fue muy rápido. Tanto que cuando quise darme cuenta ella estaba metida en mi coche dirigiéndose a mi por mi mote con un extraña e inusual confianza. Las sílabas de mi nombre nunca sonaron con tanta dulzura y con tanta gracia como esa vez. Aquellos ojos color cielo se metieron en mis entrañas desde el mismo instante que se cruzaron con los míos. En aquel momento supe que nunca podría olvidarlos. Y así ha sido hasta el mismo día de hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquellos cinco días pasaron demasiado rápido. Fugaces como las estrellas que rompen el cielo de Matanza en las noches cálidas de verano. Fue tan breve aquel tiempo que no pude disfrutar de su presencia tanto como hubiera querido. Todo el tiempo del mundo no hubiera sido suficiente para contemplarla. Aquel rostro, aquella sonrisa, aquella mirada, aquella forma de acariciar mi mano al pedirme fuego. Recuerdo cada instante en que su silueta rondaba la mía. Carlos Goñi escribió que uno siempre sabe dónde está el final. Para mi desgracia supe el mismo día que la conocí que aquella historia nunca tendría un final porque nunca comenzaría. Entre ella y yo no solo había química, también un gran muro levantado por las circunstancias adversas. Demasiadas. Dicen que si hay amor no hay fronteras pero a veces uno sospecha de la certeza de esas palabras. Porque nada es para siempre y porque la distancia y el tiempo enfrían los corazones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos lunas después de conocerla nos dijimos adiós sin habernos rozado los labios. Sin tenerla. Sin estar un ratito a solas. &quot;No era un buen momento para mi, Moro&quot; me dijo tiempo después vía mail. Supe entonces que aquel tren nunca volvería a pasar por mi estación. Era noche cerrada en la cuna de Guzmán el Bueno. Aquel sábado de noviembre, rodeados de murallas y empapados de ese frío leonés que te cala hasta los huesos, sus ojos azules se fueron de mi vida para siempre. Los días siguientes fueron extraños, vacíos, insípidos. Recuerdo que empleaba todos mis esfuerzos en convencerme a mí mismo de que aquella historia nunca había ocurrido porque no podía ocurrir. Porque demasiados factores dejaban la ecuación sin solución posible. Es mejor así, no podía ser, es mejor así... Me repetía una y otra vez. Durante mucho tiempo llegaban a mi bandeja de entrada noticias del sur. Leía y releía sus mails, sus mensajes. Memorizaba cada conversación telefónica. Ahora sé que mantener viva la llama no fue buena idea. Mejor hubiera sido cortar por la sano y pasar página. Pero... cómo olvidar aquella sonrisa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco, día a día, golpe a golpe, su recuerdo se fue diluyendo. Borré todas sus fotos, escondí sus mails y mensajes en lo más profundo del baúl de mis recuerdos. Otros cuerpos rozaron mi piel. Comprendí con resignación que nunca haría aquel viaje que tanto soñé a tierras del sur porque entendí que ella ya no me esperaba. Destruí todos los castillos que un día le prometí que visitaríamos. Otros lo harán vistiendo nuestros cuerpos. A veces las historias más bonitas son las que nunca han pasado porque no las vivimos, las imaginamos. Aquella historia yo la imaginé muchas noches. Y era hermosa. Era perfecta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer la soñé. Entraba en su casa y contemplaba las fotos de la pared. Estaba nervioso esperando su llegada. Recuerdo que me escondí para darle una sorpresa. Sentí la puerta y de un salto me planté en el pasillo de la entrada. Hola! grité. Y allí estaba ella. Guapa como el día que la conocí. Parecía cambiada. Tenía la mirada triste, cansada. Pero era ella, no había duda. Venía acompañada, no recuerdo por quien. Solo la recuerdo a ella. Me besó en la mejilla y el despertador me hizo saltar de la cama. 8:23 AM. Hora de levantarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que algunas historias no pueden ser reales ni siquiera en sueños.&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/11/anoche-la-so.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>19</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-1022379282352787337</guid><pubDate>Mon, 03 Nov 2008 23:13:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-11T18:13:52.658+01:00</atom:updated><title>Soledad, olvido y memoria</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Ahora que este atípico mes de octubre disfrazado de duro invierno apura sus últimos latidos me viene a la mente una canción de Ismael Serrano que lleva por título &quot;Aquella tarde&quot;. Un tema que trae consigo un mensaje entre líneas. Una letra que habla de una jóven pareja y de una tarde como otra cualquiera. Una tarde de cine, café y sexo. Una de tantas tardes en las que las aceras arden y el ritmo frenético de la ciudad avanza con paso firme. Gente yendo y viniendo de un lado para otro. Autobuses repletos de almas y coches que esconden miradas perdidas. Nada nuevo. Nada extraño. Al mismo tiempo en otro lugar del planeta los B-52 vacían sus vientres sobre la ciudad de las mil y una noches. Y todo ello sucede mientras en algún rincón más lejano un niño cae vencido a los píes del hambre. Un mismo momento pero distintas historias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pasado martes la ciudad que me vio nacer ponía punto y final a sus fiestas patronales. Pasada la media noche el cielo se pintó de mil colores. Los fuegos artificiales anunciaban que, un año más, las fiestas de San Agustín llegaban a su fin. La suave lluvia intentó sabotear la celebración fracasando en el intento. En esta tierra ya estamos demasiado acostumbrados a las inclemencias del tiempo. Nada pudo impedir por tanto que, como cada año, el resplandor pirotécnico iluminase las aguas de la Ría así como el océano de paraguas que resguardaban a los presentes. Todo esto sucedía mientras un servidor contemplaba el cielo avilesino desde la ventana de su habitación. Ajeno a la multitud, lejos del mundanal ruido. Recuerdo la estampa. Mi calle guardaba un silencio sepulcral alterado solo por algunos personajes variopintos que entraban y salían de cierto antro extraño. Gentes sin alma más ajenos aún que yo al festival de luces y colores. Recuerdo que buscaba con la mirada alguna señal de vida en las ventanas del edificio de en frente. Alguna luz. Algún rostro. Nada. Me sentí solo. Muy solo. Y por extraño que parezca, aquella soledad me hizo sentir realmente bien. Con la mirada ya perdida, casi ajeno al cielo coloreado, fumando un cigarrillo empecé a recordar. Hice una especie de recuento final de este último verano que se nos fue de las manos no hace tantas lunas. &quot;Cómo han cambiado las cosas…&quot; murmuré. Los veranos de hoy no son como los de ayer. No son mejores. Tampoco peores. Distintos. Y lo son porque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Lejos quedan aquellos niños cuyas vidas eran semejantes. El paso de los años les ha obligado a tomar caminos dispares. Hoy aquellos niños son jóvenes a punto de dar el salto al mundo real cansados de ser señalados con el dedo por adultos que les dan por perdidos. Por fortuna y a pesar de las vueltas que da la vida, algunos de aquellos niños aún se dejan ver por las calles de Matanza de los Oteros en esa época del año en la que el sol pinta de amarillo los campos. Ayer, veranos eternos. Hoy, fugaces. Pero intensos, muy intensos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exhorto en tantos recuerdos perdí la noción del tiempo. Cuando volví al mundo real los fuegos artificiales ya habían acabado. Los portales engullían a la gente que volvía a sus casas con la resignación de saber que a la mañana siguiente la vida volvería a la normalidad. Día laborable. &quot;Mañana tengo que madrugar, me voy a la cama&quot;, pensé. Pasaban varios minutos de la una de la madrugada. En el ambiente aún flotaba cierto olor a pólvora. Cerré la ventana dejando al otro lado el abismo de la ciudad y los recuerdos veraniegos que durante un tiempo dieron sentido a mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace días en la pared de un bar de copas de Avilés leí lo siguiente: &quot;El olvido no es victoria sobre el mal ni sobre nada y si es la forma velada de jubilarse de la historia. Para eso está la memoria, que se abre de par en par en busca de algún lugar que devuelva lo perdido. No olvida quien finge olvido sino quien puede olvidar&quot;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo no puedo olvidar.&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/11/soledad-olvido-y-memoria.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>3</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-2527527973849733292</guid><pubDate>Fri, 24 Oct 2008 16:20:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-11T18:14:17.583+01:00</atom:updated><title>Allí donde quiero volver</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;&quot;All I want is to be back where things make sense&quot;. Esas son textualmente las palabras que pronuncia Morgan Freeman en su papel de Ellis «Red» Redding en un momento de la película &lt;span style=&quot;font-weight:bold;&quot;&gt;Cadena perpetua&lt;/span&gt; (Sueño de libertad). Una obra maestra. Por momentos yo también tengo ese mismo deseo. Por momentos daría cualquier cosa por viajar a ese lugar donde las cosas tengan sentido. Sospecho que no es tarea fácil encontrar ese sitio en el mundo en el que vivimos; en esta vida a ratos dulce, a ratos insípida. Incluso en mi pequeño paraíso llamado Matanza de los Oteros hoy las cosas a menudo parecen no tener demasiado sentido. Empiezo a dudar, por tanto, que exista ese lugar en este presente, en nuestro presente. Rebuscando en el pasado encuentro un tiempo en el que todo era mucho más fácil, mucho más sencillo. Allí es donde quiero volver de vez en cuando, al lugar donde las cosas tenían sentido. Un sentido a veces ilógico pero sentido al fin y al cabo. Un lugar donde todo tenía un por qué. Un lugar donde...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...miraba la parte de abajo del MikoLápiz antes de abrirlo porque alguien me había dicho que si había cierto número tocaba premio seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...intenté besar a mi novia de parvulitos en la boca porque el día antes descubrí en la tele que eso era lo que hacían las parejas. Aún me duele el bofetón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...me esforzaba al máximo jugando al fútbol en el frontón o en el patio del colegio convencido de que las chicas me miraban, convencido de que ellas soñaban con jugadores de fútbol de recreo que regresaban al aula sudorientos y acalorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...me enfurecía cuando mis compañeros de 5º de EGB afirmaban que los niños no venían precisamente de París. En mi cabeza me inventé la idea de que las mamás se quedaban embarazadas porque los papás les besaban en la boca. Solo por eso. Cuando descubrí la verdad un pedazo de mi inocencia se perdió en el olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...la primera vez que besé a una chica como mandan los cánones lo hice porque alguien más experimentado que yo me contó que la lengua no solo servía para chupar helados y pegar sellos. Aquello ocurrió en La Comarcal. Nunca lo olvidaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...con 7 años le grité a mi madre al bajarme del autobús de la escuela, ante la sorpresa de los allí presentes, que a pesar de su edad aún podía tener hijos. La profesora había resuelto mi duda horas antes sobre a qué años una mujer ya no puede quedarse embarazada. Aquel día el cielo se abrió para mí. ¡Por fin podría tener ese hermano pequeño tan deseado! Qué sabía yo de todo lo que acarreaba tener un hijo. Solo sabía que mi madre aún estaba a tiempo y mi único deseo era comunicárselo lo antes posible por si acaso ella aún no lo sabía. Ella aún hoy recuerda la vergüenza que pasó aquel día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...siendo un canijo hice célebre una frase. La pronunciaba cada vez que veía un chapuzón cerca, bien en la bañera, bien en la playa o bien en la piscina. Era propia, genuina, única. Y mía, solo mía: &quot;Al nene pal&#39; agua, apunbale p&#39;agua&quot;. Esa fue la primera vez en mi vida que me sentí realmente incomprendido. Todos reían a mí alrededor pero nadie tenía ni idea de lo que quería decir. ¡Qué gran frustración!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...mi abuela Mercedes siempre que venía a visitarnos a Avilés me traía chucherías. Pero unas en concreto. Siempre las mismas. Ella las llamaba castañas. Nunca compredí el por qué del nombre, quizás por la apariencia similar a una castaña asada. De todas formas, aquella dulce chuchería consistía basicamente en un pedacito de galleta bañada en chocolate. Recuerdo que nadie más en el mundo las llamaba así. Los compañeros del cole se reían de mí y decían que aquello no existía. &quot;Que si, tontos, que mi abuela me las trae siempre y se llaman así&quot;, insistía yo enfurecidamente. Nadie iba a poner en duda la sabiduría de mi abuela. ¡Nadie!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...siendo un crío sufrí una herida profunda en la frente de la cual hoy guardo una marca de recuerdo. Todo por hacer el papel de héroe defendiendo a una niña del colegio del ataque del matón de la clase. ¿Por qué lo hice? Seguramente porque en alguna serie de la tele vi que así es cómo se comportaban los tíos duros y apuestos que siempre se quedaban con la más guapa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...con 8 años hice el viaje en ascensor más largo de mi vida. Solo eran cinco pisos. A penas un minuto que me pareció una eternidad. La compañía de un hombre de raza negra me hizo pasar auténtico miedo. Y todo porque algún día del pasado escuché cómo algún hijo de puta definía a &quot;esos dichosos morenos&quot; como &quot;gentuza muy peligrosa&quot;. Mi compañero de ascensor me miraba con ternura y simpatía mientras el temor de que me hiciera daño se apoderaba de mí. Supongo que él se dio cuenta de ello. Lo debió notar en mis ojos y en la expresión de mi cara. No lo recuerdo pero seguro que su rostro reflejaba también cierto miedo. Miedo de qué este puto mundo no vaya a cambiar nunca. Los adultos nunca aprenderán que los niños lo escuchan todo. Hacen y dicen lo que ven y oyen. Ese es uno de nuestros pecados: dar mal ejemplo al futuro del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si señor, en aquel lugar todo tenía un por qué.&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/10/all-donde-quiero-volver.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>8</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-8710959449281926026</guid><pubDate>Mon, 07 Jul 2008 14:04:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-13T07:00:35.866+01:00</atom:updated><title>Premio inmerecido</title><description>Hace pocas lunas decidí adentrarme en el infinito universo bloguero con el único e inocente deseo de lanzar al vuelo todas esas historias que rondan por mi cabeza y que de un tiempo a esta parte escribo en márgenes de libretas, servilletas de bar y apuntes infumables de cálculo y electrónica. Cansado de no ser escuchado y comprendido. Cansado de ciertos lugares en donde la gente solo observa una foto y opina banalidades sin importar el texto que acompaña a la imágen. Cansado de superficiales e hipócritas. Cansado de gritar al viento. Cansado de todo y de nada decidí abrir este escaparate para almas anónimas y dejar colgado en él los retales de mi vida para que sean leídos y compartidos. Sentidos y comprendidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar del infinito alcance de los brazos de internet no podía imaginar que mis palabras fueran leídas más allá del horizonte, más allá de los confines de la tierra. Nunca, y lo digo con la mano en el corazón, pensé que este humilde blog pudiera llegar a tener un puñado de lectores tan cariñosos y encantadores. Uno de ellos, en este caso una dama, ha tenido la inclinación y el dulce detalle de premiar este sombrío lugar con el premio Brillante Weblog. Gracias de corazón, Julia querida. Gracias. Por el premio. Por tus firmas. Por acercarme un poquito más la tierra de Dieguitos y Mafaldas que tanto admiro. Por permitirme conocer tantos bloqueros geniales. Por compartir tus historias. Por todo. Poco más puedo decir. Aqui muestro orgulloso el premio para que brille con luz propia en medio de este negro paisaje...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;center&gt;&lt;img src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0UbxWbvfIrazx-1GMrFmnhTLt3wjztu7G0afwwyjeP_C_ZLPrwAfSQUlMB1k33-dZ67wjC3yjYtbrgT_Mg1AMAVK_n2evBv29CFK_az8YF2cCvquIqykJli-iubBWRn-mPRxDljdplo2v/s1600/premioremake.jpg&quot; /&gt;&lt;/center&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;u&gt;Consignas del creador del premio&lt;/u&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Premio Brillante Weblog es dedicado a webs y blogs que resalten por su brillantez tanto en temática como en diseño. Y con el mismo propósito de promocionar entre todos una vez más la blogósfera mundial.&lt;br /&gt;&lt;ol&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;Al recibir el Premio, se ha de escribir un post mostrando el Premio y se ha de citar el nombre del blog o web que te lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web que te nombra ganador.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;Elegir un mínimo de siete blogs (pueden ser más) que creas que brillan por su temática y/o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos. Avisarles que han sido premiados con el Premio Brillante Weblog.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;Opcional. Exhibir el Premio con orgullo en tu blog haciendo enlace al post que tú escribes sobre él.&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ol&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;u&gt;Blog que me otorga el premio&lt;/u&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://lashistoriasdejulia.blogspot.com/&quot;&gt;Historias de encuentros&lt;/a&gt; contadas por &lt;a href=&quot;http://www.blogger.com/profile/14212726487308278385&quot;&gt;Julia&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;u&gt;Blogs premiados por mi&lt;/u&gt;&lt;/b&gt;&lt;ul&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://conotronombre.blogspot.com/&quot;&gt;Como si fuera tan fácil&lt;/a&gt; piensa &lt;a href=&quot;http://www.blogger.com/profile/14826314544684426369&quot;&gt;La Luna&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://pandemia-xl.blogspot.com/&quot;&gt;Pandemia&lt;/a&gt; sufre &lt;a href=&quot;http://www.blogger.com/profile/07175519771978599843&quot;&gt;Pandemia&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://sowingtheseedsofblog.blogspot.com/&quot;&gt;Sowing the seeds of blog&lt;/a&gt; sembrado por &lt;a href=&quot;http://www.blogger.com/profile/07832126721198982837&quot;&gt;Hernán&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://usadasdecerca.blogspot.com/&quot;&gt;Usadas de cerca&lt;/a&gt; por &lt;a href=&quot;http://www.blogger.com/profile/16332571850394911942&quot;&gt;Cecil&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://eldesvandelpoeta.blogspot.com/&quot;&gt;El desván del poeta&lt;/a&gt; al que nos invita a entrar &lt;a href=&quot;http://www.blogger.com/profile/07893458320391667433&quot;&gt;Ramón Martínez&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;a href=&quot;http://auxipajuelo.blogspot.com/&quot;&gt;Caminando en sueños hasta aquí...&lt;/a&gt; de la única y genuina &lt;a href=&quot;http://www.blogger.com/profile/01129471246190616741&quot;&gt;Auxi&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/li&gt;&lt;br /&gt;&lt;/ul&gt;Gracias de corazón a todos y todas los citados y citadas. Gracias por acercarme la certeza de que otro mundo mejor es posible... o al menos por hacerme creer que aún merece la pena pensar en ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Besos para vosotras y abrazos para vosotros</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/07/premio-inmerecido.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0UbxWbvfIrazx-1GMrFmnhTLt3wjztu7G0afwwyjeP_C_ZLPrwAfSQUlMB1k33-dZ67wjC3yjYtbrgT_Mg1AMAVK_n2evBv29CFK_az8YF2cCvquIqykJli-iubBWRn-mPRxDljdplo2v/s72-c/premioremake.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>19</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-5458995868800418016</guid><pubDate>Mon, 07 Jul 2008 10:18:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-11T18:14:54.563+01:00</atom:updated><title>Promesas que no cumpliré</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Esto es algo que escribí en una de las primeras lunas del nuevo año 2008...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camino por las calles de la capital del Principado en estos primeros latidos de 2008 con la mirada perdida. Camino buscando el coche que me devuelva a mi villa aún con el dulce sabor en los labios que me dejó la noche pasada. Camino recordando aquellas sabias palabras de mi abuela que venían a decir que si los ingredientes son buenos, la comida será buena por mal que uno cocine. Amigos de ley, buena compañía, ron, música, el roce de una piel y un motivo en común qué celebrar. Ese motivo no era otro que recibir con los brazos abiertos y con una sonrisa en la boca un nuevo año. Uno más. Uno menos. Por suerte, diferente. No digo ni mejor ni peor. ¿Quién sabe? El tiempo dirá. Hay quién desea, sueña o pide a su Dios que el nuevo año sea mejor que el anterior. Ojalá siempre fuera así. Yo, por mi parte, viendo cómo está el patio y cómo la vida golpea a algunos, solo pido que no sea peor. No es pesimismo, es realismo. Porque si no tengo motivos reales para quejarme, ¿para qué pedir más? Con el tiempo uno aprende que siempre hay personas con mucho más motivo para lamentarse. Para pedir un año mejor. Para rogar que la suerte se cuelgue a su espalda también. Por eso, quejarse siempre por todo no es inconformismo… es egoísmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un año puede ser muchas cosas. Puede ser el tiempo que a uno le resta de contrato. También lo que falta para que llegue el día de tu boda. A veces un año es mucho tiempo. Demasiado si es lo que tardarás en volver a verla. Otras, en cambio, es poco. Muy poco si eres joven y te das cuenta de que los mejores años de tu vida se pasan volando. En estos días de sentimientos contrapuestos me doy cuenta de que un año no es más que el período de tiempo que uno tiene para incumplir las promesas hechas en las últimas horas del año que se va. Ahí van las mías…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo dejar de fumar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo espantar los pájaros de mi cabeza y derrumbar los castillos que construí en el aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo viajar a la capital del reino y cumplir así la visita que tantas veces prometí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo dejarme la piel en los apuntes y cruzar por fin la meta de esta bendita carrera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo olvidarme de mi dulce niña gallega. Para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo dejar el fútbol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo ser menos ñoño y sentimental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no soñar con Buenos Aires y dejar de imaginarme tomando mate en la calle Florida mientras una pareja baila un tango para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no insistir con las mujeres que nunca querrán estar conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo seguir hablando pero también callar más. Porque callar es de sabios pero no hablar es de maleducados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no gritar a mi madre cuando creo que no tiene razón. Las madres siempre tienen razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no enfadarme cuando mi padre cumple su papel y me insinúa que ya va siendo hora, moreno, que ya te vale, o sea. Tiene toda la razón del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no exigir a mis amigos más de la cuenta. Más de lo quieran darme. No se puede obligar a nadie a quererte más o menos. No se puede forzar a nadie a expresar sus sentimientos con palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo volver a un cine algún día. Y prometo hacerlo sin compañía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no volver a escribir una nota anónima. Jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no saludar a la niña de mis imberbes serenatas hasta que ella no me salude a mí… aún sabiendo que nunca lo hará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no reprochar a ningún amigo su deseo de compartir la vida con una chica. Aunque me afecte. Aunque me duela. Aunque ella ocupe ahora el lugar que era mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo cumplir con mi deber de primo mayor mejor de lo que lo he hecho hasta ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo no ser tan pesado con las historias y recuerdos de Matanza de los Oteros o al menos, si lo soy, prometo dejar ese tono nostálgico y melancólico. El pasado, pasado es. Lo que tenga que venir, vendrá. Y los que tengan que estar, estarán. Nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prometo… no cumplir todas mis promesas.&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/07/promesas-que-no-cumplir.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>4</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-3674340254298298886</guid><pubDate>Mon, 23 Jun 2008 07:55:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-11T18:15:25.964+01:00</atom:updated><title>Perdido en un autobús</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Escribo estas líneas sentado en un asiento cualquiera de un autobús cualquiera en este día que nos trae los últimos latidos de noviembre. Han pasado muchos años desde que recorrí por primera vez este trayecto que une mi casa con la facultad de Informática. Aquel sueño dorado fue destiñendo poco a poco, adquiriendo cierto tono gris a medida que pasaban los suspensos y los no presentados. La luz al final del túnel por momentos se apagaba. Ha cambiado la empresa de transporte más de una vez pero para mí este autobús siempre ha sido el mismo. Casi todos los rostros de aquellos compañeros de viaje han desaparecido. Inconscientemente trato de encontrar con la mirada alguno de ellos. Supongo que buscando ese alivio absurdo que produciría en mi saber que no soy el único de aquella generación que aún sigue en la batalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi cuerpo conoce a la perfección el camino. Siempre sabe cuándo despertarme del sueño para no pasar de largo mi parada. Hoy, sin embargo, no quiero dormirme. Hace un par de horas una chica de instituto me ha tratado de usted. Yo estaba compartiendo conversación y penas con Lolovic en el café DaVinci y las palabras exactas fueron: &quot;Disculpe señor, ¿esta silla está ocupada?&quot;. Dudo que el motivo fuera mi aspecto adulto, más bien me inclino por pensar que se trataba de una niña muy educada, de esas que llevan los buenos modales hasta el extremo. En cualquier caso, sus palabras causaron en mí cierta pesadumbre. Es por eso que ahora busco el desahogo de un folio en blanco. Aquí y ahora. Sentado en este autobús en el que llevo encerrado más de siete años. No es lamento. Cada uno tiene lo que se merece. No es remordimiento. Hace años tomé una decisión y lucho para que ésta por fin tenga sentido. No es arrepentimiento. Arrepentirse es reconocer al mundo que has malgastado tiempo de vida. No es autocompasión. No es llanto ni quejido. Es… cansancio. Físico pero sobre todo mental. Estoy cansado de escuchar tonterías de bocas ajenas que no saben de qué hablan. Y también de &quot;escuchar&quot; las que no llegan a mis oídos. A veces uno puede llegar a adivinar las palabras que se clavan en la espalda. Esas palabras que duelen sin ser oídas. Pero hace tiempo comprendí que si no quieres quedarte solo, es mejor no abrir la boca y dejar que la vida siga su curso. Mejor callarse ciertas cosas y admitir que nada ni nadie es perfecto. Ni siquiera el calor de una madre. Ni siquiera un beso en un atardecer. Al fin y al cabo la belleza reside en las imperfecciones. No hay más verdad que esa. Y no la hay porque el amor nace de la virtud y crece con el defecto. No creo en el amor a primera vista. No creo en medias naranjas. No creo en ángeles que disparan flechas. Creo firmemente que amar a una persona no es más que descubrir sus defectos y admitirlos. Quererlos. Hacerlos propios. Incluso extrañarlos. Las manías, vicios y miedos de familiares, amigos y mujeres son para mí lo que convierte a cada uno de ellos en seres especiales, únicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volviendo al autobús… me pregunto si seré el único que contempla por la ventanilla los infinitos rostros que habitan en los coches al otro lado del cristal. Es una manía personal. Una de tantas. Sentarme siempre en la parte de atrás es otra. Hay quien dice que en caso de accidente los viajeros de la cola tienen más probabilidades de no contarlo. Quién sabe. Lo cierto es que mi tendencia se debe simplemente a cierto odio a ser observado. No soporto saber que hay ojos clavados en mi nuca. En las aulas, me ocurre lo mismo. Prefiero ver que ser visto. Confieso que lo que más me llama la atención son los coches ocupados por dos personas con la mirada de ambos fija en el horizonte mientras esperan a que cambie la luz del semáforo. Solo eso. Ni una sola palabra es pronunciada. Quizás un simple &quot;¿qué tal el día de trabajo?&quot; que obtiene por respuesta un frío &quot;ptsé, como siempre&quot;. Parece que conversan pero la mente de ambos está cada una en un lugar distinto y lejano. Muy lejano. Después de tantos años, la rutina acaba haciendo mella en los corazones. Hay coches llenos de carcajadas, música y cánticos. Los hay con mareos, discusiones y lágrimas. Hay quién va solo y tamborilea el volante con sus dedos al son de una canción. Hay quien fuma pensativo con la ventanilla bajada. Hay de todo. Sin faltar el clásico conductor que se hurga la nariz con mucho afán en busca de algún tesoro convencido de que nadie le observa porque todo el mundo está demasiado ocupado cantando, fumando, discutiendo o callando. Al fin y al cabo se trata de un universo de historias esperando a que el semáforo se ponga verde. Una por cada rostro, por cada mirada. Nadie sabe que son observados por mí. Nadie excepto esas mujeres, como decía el abuelo de Pérez-Reverte, &quot;de bandera&quot; cuyo instinto femenino les dice que siempre hay algún iluso mirándolas embobado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pregunto si a mí también me observa alguien cuando se cambian los papeles y soy yo el que está dentro de un coche.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;En algún lugar, una fría mañana de Noviembre de 2007&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/06/perdido-en-un-autobs.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>10</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-943405745087952620</guid><pubDate>Fri, 20 Jun 2008 22:41:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-05-04T19:31:31.697+02:00</atom:updated><title>La chica del sauce</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Era preciosa, suspiró. Tanto que ni él mismo sabe cómo la había hecho suya. Aquel cuerpo, aquellas piernas, aquellos ojos. Era preciosa, si, pero sobre todo, era suya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado más de 15 años desde la última vez que se sentó al píe de este sauce llorón. Su mirada se pierde en el horizonte mientras intenta rescatar de su memoria los restos del naufragio. De vez en cuando los pájaros y el viento se ponen de acuerdo para dejar hablar al silencio y es entonces cuando cree oír al sauce llorón preguntándole por ella. Aquel ángel al que tanto amó bajo sus ramas caídas. Una noche, de casualidad, fumando en la ventana se quedó perplejo contemplando la luna y soñó que ella hacía lo mismo en ese instante. Cometió el error de pensar que ella aún le recordaba. Y por eso hoy ha vuelto. Pero aquí ya no queda nada. Ni nadie. Hace no muchos años este lugar era un hormiguero de gente y siempre era primavera. Después de varias lunas él le preguntó si aquello era algo más que un amor de verano. Ella vaciló. No dijo nada. Sus ojos hablaron por ella. Y él se echó a temblar porque se había enamorado locamente de aquella niña. Se temía lo peor. Él soñaba con escapar con ella y ella con huir sin él. El tiempo le dio la razón y su alma se rompió en añicos cuando ella dijo adiós. Te olvidarás de mi muy pronto, dijo ella. Sabes que siempre te querré, añadió sin reparo. Imposible querer a alguien para siempre… cuando nunca le has querido, pensó él. Finalmente ella voló en busca de aquel mundo que él no le podía dar. Y lo hizo dejando un aroma que aún hoy él lleva grabado en el alma. Quería ver mundo, viajar. Conocer lugares y cuerpos anónimos. Experimentar. Y en ese sueño no había sitio para él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha pasado una eternidad desde entonces y aún hoy, en este mismo lugar, cree estar viendo la ropa de ambos desparramada por el suelo. Recuerda ahora con sabor agridulce tantas noches. Como aquella en la que un descuido casi les cambia la vida para siempre. Me muero si me quedo embarazada, exclamó ella. Y yo me muero por ti, susurró él. Vuelve ahora a este lugar como quien nada temiendo morir en la orilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su madre hace años que sufre sordera aguda y cada vez le cuesta más entenderle y a su padre sólo la pesca y el fútbol consiguen ya dar color a su vida. Sus amigos, los de antaño, ya no son los mismos. A ellos no les fue mal y hoy son hombres de provecho con mujer, niños, dúplex y perro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trata de imaginar en qué lugar estará ella ahora. A dónde le llevaron sus aires de grandeza. Lo último que supo, recuerda, fue que vivía al otro lado del horizonte y que salía con un tipo mayor que ella y rico. De esos que tienen el dinero por castigo. De esos a los que apenas les cuesta esfuerzo hacer reales esos sueños que son imposibles para otros. De eso hace ya mucho tiempo. Después solo rumores. Nada más. La imagina al volante de un BMW camino del colegio para recoger a unos niños uniformados y con el pelo engominado. Asistiendo a cenas de lujo y fiestas de postín agarrada del brazo de su brillante marido. Iluminando cada rincón con su presencia. Provocando la envidia de los colegas de pádel de su esposo. Pablo Neruda escribió… &quot;de otro, será de otro&quot;. Y así es. Y así debía ser. Porque al final el tiempo coloca a cada uno en su lugar. A ella en ese mundo de color rosa y a él en este otro donde toca levantarse a las 7 de la mañana para aguantar la soberbia de un jefe cuya afición en esta vida es amargar la de los demás. En este mundo se viaja en Metro y la corbata solo se desempolva para asistir a la boda de un amigo que creías perdido en el tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cansado de auto compadecerse, decide partir y dejar atrás para siempre aquel bendito lugar y aquel viejo sauce. Con 36 tacos, ya va siendo hora de pasar página y dar carpetazo a su pasado. Dejó allí para siempre caricias, gestos y gemidos para que dejaran de revolotear en su cabeza y dar esquinazo a la tentación de volver a buscarla. Abandona su paraíso ajeno a la puta realidad. Un día, hace cuatro años, alguien intentó ponerse en contacto con él para darle un mensaje. Si su madre no estuviera presa de esa maldita sordera o si su padre no se hubiera ido a pescar aquella tarde, hoy, entonces, sabría que una fría mañana de otoño la luz de la niña de sus sueños se apagó para siempre. Una extraña enfermedad hizo que pasara los últimos días de su vida postrada en la cama de un hospital. Durante aquellas horas de angustia eternas y mientras su cuerpo permanecía inmóvil, su mente volaba lejos, buscando los brazos de aquel chico imberbe que se llenaba la boca jurándole amor eterno. Supo entonces que nunca volvería a verle y se culpó por ello. Pensó entonces en todas aquellas noches y un amargo lamento recorrió su pecho al recordar el día que le abandonó para siempre. El día que le dijo adiós a él y a aquel sauce llorón que aún hoy espera su regreso. El mismo árbol que ahora él deja atrás para siempre.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;                                                         Clase de Cálculo, un lunes cualquiera de 2006&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/06/la-chica-del-sauce.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>4</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-1029290772178277389</guid><pubDate>Thu, 19 Jun 2008 18:34:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-11T18:16:38.893+01:00</atom:updated><title>Al otro lado del mundo</title><description>&lt;div align=&quot;justify&quot;&gt;Cae la noche y la lluvia golpea con violencia el cristal de la ventana. El cielo está triste y en su búsqueda de desahogo decide descargar su lamento sobre este lugar perdido de la mano de Dios. Los truenos suenan a quejidos y hacen retumbar los cimientos de la casa. La luz que desprende cada rayo ilumina por unos instantes este hermoso paraje a orillas del Pacífico. A pesar del festival de luces y sonido, Martín permanece inmóvil junto a la ventana contemplando el espectáculo. Fuma tranquilo, sin prisa, como si no existiese el tiempo. Saborea cada trago de Zacapa como si fuera el último. Cierra los ojos al inclinar hacia atrás su cabeza para sentir cómo se precipita cada gota de ron por su garganta. Al otro lado del cristal el mundo parece estar a punto de explotar y sin embargo su única preocupación es dibujar con los labios perfectos aros de humo. Hace calor, como siempre en esta tierra. Por un instante siente el deseo de cruzar la puerta y salir al exterior para empaparse de todo ese llanto de cielo y sentirse vivo. Los altavoces de su ordenador esparcen por toda la estancia las notas de una triste canción que habla de un soldado al que se le escapa la vida en el campo de batalla y cuya última imagen es el rostro de una mujer que ama con locura y a la que, sin quererlo, condena a esperar su regreso eternamente. Suenan los primeros versos: «Gonna close my eyes, girl, and watch you go running through this life, darling, like a field of snow». Martín está solo, igual que la mujer del soldado. Declinó la oferta de sus amigos de quemar esta extraña pero tentadora ciudad por cuyas calles deambulan de la mano la tristeza y la pasión.&lt;br /&gt;&lt;p&gt;«Perfect summer&#39;s night, not a wind that breathes, just the bullets whispering gentle &#39;mongst the new green leaves». Sigue viva la agonía del soldado y Martín no puede evitar pensar en cómo era su vida antes de cruzar el charco y venir a esta parte del planeta. Siempre quiso viajar y conocer mundo pero nunca encontraba el momento oportuno. Había demasiadas cosas que le ataban a su tierra: su familia, sus amigos, su paraíso y un trabajo soñado. La treintena se le venía encima y Martín se había acomodado hasta el punto de que ya no le importaba no cumplir su sueño de emigrar. Su vida era intensa. Trabajaba de día y vivía de noche. No recuerda cómo ni cuándo pero de repente las mujeres empezaron a encontrarle muy atractivo. Puede que las horas de esfuerzo en el gimnasio hicieran por fin efecto. Quién sabe. El caso es que ni siquiera él acierta a contar cuántos cuerpos desnudos se deslizaron por las sábanas de su cama en aquel piso coqueto que compartía con su amigo de la infancia Guille. El éxtasis llegó cuando aquella atractiva jefa, odiada por todos y que rondaba los cuarenta, le propuso hacer horas extras en su chalet de ensueño. La vida le sonreía. Todo iba bien… hasta que se cruzó en su camino Lucía. De tez morena y larga melena rizada, Lucía es una de esas mujeres que te cautiva aunque uno no quiera. Sonreía como ninguna y cuando se atusaba el pelo el mundo parecía detenerse envuelto en un silencio sepulcral. Era perfecta… salvo por un detalle. Lucía era la novia de Guille. Todo hubiera sido distinto si aquella noche no se hubiera quedado a dormir en el piso a pesar de que Guille tenía turno de noche. Aquel cálido martes de Junio la vida de Martín dio un vuelco horrible. Dios sabe que empeñó todo su esfuerzo en no desear a aquella mujer pero cuánto más lo intentaba más la deseaba. El vino, la suave voz de Diana Krall y la temperatura ambiental se encargaron de casi todo. La lujuria hizo el resto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martín supo al amanecer del día siguiente que su vida nunca volvería a ser la misma. La jornada fue un infierno. En la oficina la pantalla del ordenador temblaba antes sus ojos mientras el fuego de la traición le escocía en el alma. No hay excusa para esto, se repetía una y otra vez. Llegó a la conclusión de que sólo le quedaban dos opciones. Una, echarle cojones, agarrar el toro por los cuernos y apechugar con su pecado aún a riesgo de perder para siempre una amistad de un cuarto de siglo. La otra opción, huir. Toda la valentía que tuvo la noche que traicionó a su amigo se convirtió a la mañana siguiente en cobardía. Así que, huyó. Es lo mejor para todos, escribió en la bandeja de entrada de Lucía. Aunque me temo que aún estando en el fin del mundo, seguiré huyendo toda mi maldita vida, concluyó. Lucía fue la única persona que entendió su decisión de partir. El resto, familia, amigos y compañeros de curro aún hoy se preguntan por qué Martín decidió alzar el vuelo cuando su mundo lucía un intenso color rosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El temporal amaina. La canción llega a su fin: «Next wave coming in like an ocean roar. Won&#39;t you take my hand, darling, on that old dance floor?». Martín desliza la cremallera de su maleta y extrae una carta. La tormenta parece resurgir cuando abre el sobre y saca la invitación de boda de su viejo amigo Guille. Una invitación que nunca podrá aceptar.&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;p style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;Matanza de los Oteros, una noche calurosa de 2006&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/06/al-otro-lado-del-mundo.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>3</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-947942335396634957</guid><pubDate>Wed, 18 Jun 2008 21:51:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-06-22T10:25:08.801+02:00</atom:updated><title>En un mundo perfecto...</title><description>&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;Tiene el pelo negro como el mismo carbón que se esconde en las entrañas de mi tierra astur. Los ojos bañados en un intenso marrón que hipnotiza cuando te miran. Su tez morena le da un toque exótico a ese cuerpo esculpido a base de curvas vertiginosas. Es atractiva pero discreta. Es hermosa pero le encanta disimularlo. Cuando mueve la cabeza y su pelo baila con el viento, el tiempo se ralentiza y mi mundo empieza a moverse a cámara lenta. Su piel desprende cierto aroma a sur y esconde un ligero sabor a salitre. Qué puedo decir de ese dulce acento porteño que heredó de la tierra que vio nacer a Borges. Cuando sonríe, te regala el mundo. Hace que te sientas invencible, inmortal. Eterno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su manera de caminar me hace perder la poca cordura que me queda. Recuerdo ahora la primera vez que la vi. Bailaba despacio pero con ritmo en un rincón de un pub que yo visitaba por primera vez. Allí estaba rodeada de sus amigas quienes conscientes de su atracción sobre los hombres lucían sus mejores galas. Sin embargo, ella vestía sencilla sin el menor atisbo de maquillaje en su rostro. Engañado por la escasa claridad y envalentonado por el ron me acerqué a ella como depredador que ataca a su presa convencido de salir victorioso. Cuando la luz de un foco descubrió su rostro ya era tarde para tocar retirada. Justo en ese momento, a diez centímetros de su cuerpo, me sentí pequeño. Minúsculo. Vencido. La presa resultó ser un lobo disfrazado de cordero que estaba a punto de devorar al confiado y presuntuoso depredador, o sea, a mi. Pensé que de perdidos al río y le solté una de esas típicas frases absurdas que los tíos empleamos para ligar o mejor dicho, para hacer el ridículo. No recuerdo muy bien cuales fueron mis palabras. O tal vez no quiera acordarme. El caso es que aquella noche Dios estaba en mi equipo y por eso media hora más tarde de aquel encuentro acelerado ella y yo compartíamos un fernet en la barra de aquel pub. En aquel rincón apartado de la multitud que bailaba y cantaba canciones de los 80 nos confesamos nuestras vidas. Le dije que no podía creerme que estuviera a mi lado y ella me dijo que no podía creerse que fuera tan pelotudo. Entonces, sucedió. Y desde aquella noche esta historia nos ha traído jugando a eso que llaman amor hasta el día de hoy. De un lado para otro, de acá para allá. Entre tardes de cielo anaranjado y noches en vela. Entre amaneceres llenos de bostezos y mañanas apáticas. Entre versos de Sabina y escenas de Darín. Entre cenas románticas y desayunos con mate. Pasado un tiempo me confesó que aquella noche cuando me vio acercarme hacía ella con paso torpe pensó que yo era el típico baboso que acecha a todas las mujeres del bar hasta que una cae en sus redes. Insisto, Dios aquella noche estaba conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La quiero. Lo confieso. Y la quiero porque conoce los rincones más profundos de mi ser. Conoce mis miedos, mis temores, mis defectos, mis pecados. Y aún así, me quiere y me acepta tal como soy. Hace mucho tiempo comprendí que no hay amor si no hay respeto. Y ella me respeta. A mí y a todo mi universo. Un universo donde no solo vive ella. Un universo en el que habitan también mi familia, mis viejos amigos, mi fútbol y mi pequeño paraíso. Sabe que no la cambiaría por nadie pero también sabe que todo mi tiempo y esfuerzo no son solo para ella. Si me arrebata alguna parte de mi mundo ya no seré yo al que ame. Será un tipo muy distinto del que ella se enamoró una noche de primavera. La quiero porque no es como las demás. Y no lo digo solo desde la devoción o debilidad sino también desde la experiencia propia y ajena. Con el paso del tiempo entendió que si apretaba la correa más de lo necesario yo saldría corriendo para no volver. Acordamos no pronunciar palabras como nunca, siempre o jamás. Acordamos también ceder siempre a partes iguales para que la balanza no siempre callera del mismo lado. Por todo eso y más, la quiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un mundo perfecto el Tibet sería libre y no habría ni una maldita guerra en este mundo. En un mundo perfecto… ella sería real. Por desgracia este mundo se aleja bastante de la perfección. Los monjes tibetanos se temen lo peor, miles de personas siguen muriendo con un fusil en las manos y ella… no existe. Solo es un producto de mi imaginación. Una fantasía que aparece en determinados momentos de mi vida como las aburridas tardes de sábado o algunas frías noches de viernes. Un sueño que pido a gritos cuando me siento solo, cuando mis amigos me abandonan, cuando nadie me entiende. Al final siempre acabo rindiéndome a la puta realidad. Esa que dice que la palabra relación es sinónimo no solo de respeto, amor y placer sino también de renuncia, olvido y rendición. Alguien dijo: &quot;quien bien te quiere, te hará llorar&quot;. Probablemente fue la misma persona que afirmó que la sarna con gusto no pica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;Avilés, una tarde lluviosa de Marzo de 2008&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/06/en-un-mundo-perfecto.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>1</thr:total></item><item><guid isPermaLink="false">tag:blogger.com,1999:blog-6849008641872127817.post-7993141017747270867</guid><pubDate>Wed, 18 Jun 2008 11:56:00 +0000</pubDate><atom:updated>2010-06-04T20:44:46.285+02:00</atom:updated><category domain="http://www.blogger.com/atom/ns#">Mi pequeño paraíso</category><title>Cuando pienso en Matanza de los Oteros</title><description>&lt;div style=&quot;text-align: justify;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en mi abuela Consili y en ese hombre que recibió de manos de su nieto Alberto la placa de &quot;Abuelo del año&quot; en aquel verano del 91; pienso en mis padres, en mi hermana, en unos amigos... en mis amigos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en un frontón maltrecho, en una piscina; pienso en una Comarcal, en unas Bodegas, en unos remodelados columpios; pienso en una Carralina, en una antigüa piscina abandonada y en ese sauce que aún hoy llora a su lado; pienso en un valle que tantas veces visitamos antes de que una carretera nacional le partiese el alma en dos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en un verano... en todos los veranos de mi vida, en unas gélidas Navidades, en Semanas y Semanas Santas y cómo no, pienso en ese mes de Octubre y en su primer fin de semana y al hacerlo pienso también en un pregón, en una procesión, en varias orquestas, en una discoteca móvil llamada MC-5, en unas barracas; pienso en infinitos bingos perdidos y tan sólo uno ganado, pienso en un karaoke, en una hoguera, en unos fuegos artificiales; pienso en unas patatas preparadas con todo el esmero del mundo, en un jóven campeón de rana contra todo pronóstico (nunca olvidaré cómo Posi lo gritaba a la cámara mientras se fumaba un puro); pienso en castillos hinchables y en juegos para niños... y no tan niños; pienso en un almuerzo con chorizo, patatas y alguna copa de más alrededor de unas brasas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en una niña de 13 años, en mi primer amor; pienso en mi primer beso, en mi primer cigarrillo, en mi primer estado de embriaguez, en mi primera calabaza, en mi primera y última infidelidad; pienso en mil y una noches perdidos por Valencia de Don Juan, en mil y una fiestas de pueblo, en mil y una carreras de bici haciendo trampas, en mil y un partidos de fútbol; pienso en un maratón de fútbol en Valderas, en una morena malagueña que conocimos entre partido y partido, en un Renault Laguna blanco convertido en bungaló, en una inoportuna enfermedad de Posi, en las 18 horas que me costó recuperarme de aquello; pienso en un campeonato perdido en Alcuetas cuando aún eramos jóvenes promesas el día que Vituky se ganó el cariñoso sobrenombre de Judas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en todos y cada uno de los rincones donde nos reuniamos para intentar solucionar el mundo... un local en la Comarcal, un remolque abandonado en las eras muy bien acondicionado, un consultorio del que nos echaron injustamente, unos árboles en la Carralina (en realidad, aquello solo fue un proyecto que nunca se llevó a cabo); una Cañamona de la que fuimos nuevamente expulsados, un chalet en las afueras del que nos echaron a &quot;tiros&quot;, nunca mejor dicho... tantos lugares!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en una Puch modelo &quot;Caribe&quot;, mi &quot;Puchina&quot;, en una mala frenada en un camino de tierra (verdad, Floren?), en un buen rasguño en mi pierna, en la voz de Jose María diciendo &quot;Me la pegué&quot;, pienso en la búsqueda inútil de un camino de tierra que uniera Zalamillas con Alcuetas en compañía de Xuanan.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en un cielo increiblemente naranja anunciando la llegada de la noche en los oteros, pero al mismo tiempo pienso también en un amanecer, en varios amaneceres, en ese que nos deleita al dar los primeros pasos del senderismo o en ese otro que nos acompaña en nuestra retirada a bordo del Gato y que paradojicamente nos desea felices sueños y leve resaca. Situaciones diferentes pero igual belleza y encanto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en excursiones nocturnas entre Matanza y Zalamillas entonando aquel &quot;Querida Enriqueta, con estas te escribo...&quot;, pienso en una escapada nocturna a Valdespino y en el mal trago que supone pasar al lado de la granja de Chorete en medio de la inmensidad de la noche (Vituky, repetimos?), pienso en una inoportuna tormenta de verano sorprendiendonos entre Alcuetas y Zalamillas y en fin, pienso en las 100 veces que copié el número de teléfono de mi casa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Cuando pienso en Matanza de los Oteros no pienso en un pueblo, pienso en... mi pequeño paraíso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=&quot;font-size:100%;&quot;&gt;Pero, creedme, sobre todo pienso en todas esas personas que he conocido gracias al pueblo donde mi padre vio la primera luz. Yo les llamo amigos y amigas. Gracias por todo. Os quiero.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;font-size:90%;&quot;&gt;&lt;i&gt;Gracias a Quique González por la inspiración&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://elmorodematanza.blogspot.com/2008/06/cuando-pienso-en-matanza-de-los-oteros.html</link><author>noreply@blogger.com (Moro)</author><thr:total>9</thr:total></item></channel></rss>