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	<title>La Callecita</title>
	
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	<description>Si te digo que no me acuerdo es que no ha pasado</description>
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		<title>Reyes (1)</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jan 2012 11:21:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No, no me pasa nada. Es solo que&#8230; Reyes siempre me pone un poco triste. Melancólico. ¿No te lo he contado nunca? Pues porque&#8230; Yo solo recuerdo la amarga pérdida de la inocencia. Seguramente la perdí demasiado pronto. Dices que todos la perdemos demasiado pronto. Sí, puede ser. El caso es que yo perdí pronto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No, no me pasa nada. Es solo que&#8230; Reyes siempre me pone un poco triste. Melancólico. ¿No te lo he contado nunca? Pues porque&#8230; Yo solo recuerdo la amarga pérdida de la inocencia. Seguramente la perdí demasiado pronto. Dices que todos la perdemos demasiado pronto. Sí, puede ser. El caso es que yo perdí pronto la inocencia&#8230; y algo más.</p>
<p>Lo curioso es que aquel día empezó bien. Yo debía tener siete u ocho años y era un loco del fútbol. Del fútbol y sobre todo del Real Madrid. Acababa de empezar a entrenar Del Bosque, el Madrid ilusionaba en Europa y el equipo enganchaba con una mezcla de canteranos y estrellas extranjeras. Zidanes y pavones, en efecto, aunque yo creo que eso vendría luego. Yo hablo del año que debutó Casillas. Mi padre me había llevado una vez al Bernabéu, un partido de liga contra el Zaragoza. No era un partidazo, pero el Zaragoza de entonces tenía mucha más chicha que ahora, había ganado no hacía mucho la Recopa&#8230; La verdad es que en aquellos días parecía que cualquier equipo podía ganar, no eran todo goleadas del Madrid y el Barça. En fin. Fuimos al Bernabéu una fría noche de diciembre, con bocadillos que nos había hecho mi madre. Bocadillos de chorizo, todavía me acuerdo, y unas latas de Coca-Cola. En la entrada nos dijeron que no podíamos pasar latas, aunque por suerte solo vieron una. Nos la bebimos allí y pasamos la otra riéndonos bajito, cómplices. El estadio era enorme. Me impresionaba la cantidad de gente por todos lados: en el metro, en la Castellana, en los accesos, en los vomitorios&#8230; Aunque luego la grada estaba a media entrada. Nosotros estábamos en el gallinero, lejos del césped pero con una perspectiva fabulosa. No se podían ver los detalles como en la tele, pero a cambio podías ver todo el juego a la vez, la disposición de cada equipo sobre el campo, cómo se desmarcaban o tiraban el fuera de juego. Cuando llegamos los jugadores estaban calentando y yo me puse a cien intentando distinguirlos en la distancia y en chándal. A pesar de que el estadio estaba lejos del lleno, había un gran ambiente, cánticos de un fondo y otro, la ola que veíamos venir a lo largo de toda la grada&#8230; Yo disfruté como el enano que era. Luego el partido fue un desastre: nos metieron un 1-5 en casa. Estaba claro que Del Bosque tenía trabajo por delante, aunque si te digo la verdad no seguía mucho todo el circo alrededor del equipo. A mí lo que me gustaba era el fútbol. Recuerdo que tenía una camiseta blanca y un balón que llevaba con celo al colegio, un regalo de mi padre que cuidaba hasta la náusea. Una vez llegué a recriminarle a un compañero que iba a estropearlo porque le pegaba demasiado fuerte. Pero me gustaba todavía más que jugar verlo por la tele con mi padre. Era el único momento que compartía con él. Cuando me despertaba él ya se había ido a trabajar y por la tarde no volvía hasta después de la merienda, poco antes de la cena. Muchos fines de semana me dejaban con la abuela. En cambio las tardes de partido nos juntábamos siempre en el sofá para ver juntos al Madrid, con unas patatas fritas y una Coca-Cola. La única Coca-Cola de la semana, salvo que hubiera un cumpleaños. Él tomaba cerveza, pero para mí el fútbol siempre ha sabido a Coca-Cola y las patatas de la churrería del barrio. Luego cerró y ya no he vuelto a probar unas patatas así. Ya, ya, las hay mejores, pero no son las que tomaba de pequeño. Aún puedo sentir el sabor salado en la punta de la lengua, el tacto grasiento, el crujido con el que se rompían al partirlas porque no me cabían enteras en la boca.</p>
<p>Pues aquella víspera de Reyes mi padre me llevó a ver el entrenamiento del Real Madrid en la Ciudad Deportiva, un regalo adelantado. Era bien temprano por la mañana, el cielo estaba brumoso al principio, pero acabó aclarando y convirtiéndose en el típico día luminoso y frío de invierno en Madrid. En las gradas nos apiñábamos un montón de chavales y padres animando a nuestros ídolos como posesos. Casi todos gritaban a Raúl y a Morientes, los delanteros. Sin embargo, yo prefería la autoridad de Hierro en la defensa, el control del balón y el juego de Redondo, el delicado regate del frágil brasileño Savio. Aunque si te digo la verdad, por quien sentía verdadera debilidad era Iván Helguera, un chaval de figura desgarbada que empezó en el centro del campo y se fue haciendo imprescindible para apuntalar la defensa. No sé bien por qué. Me caía simpático con su aspecto nervioso, en tensión, como si estuviera un poco perdido en esos estadios grandiosos entre tanto atleta de alto nivel, y siempre llegaba al cruce para cortar o despejar los balones peligrosos. En fin. En medio de aquel griterío mi padre permanecía impertérrito, envuelto en su bufanda y con las manos en los bolsillos. Yo lo recuerdo siempre serio y tranquilo, salvo cuando veíamos el fútbol o las noticias, que se encaraba a gritos con la tele llamando sinvergüenza al árbitro o al político de turno. En casa era normalmente mi madre la que derramaba sonrisas y alegría. Al final del entrenamiento los jugadores se acercaron a la grada y se pusieron a lanzar camisetas y balones. La gente enloqueció, todos se pegaban por los regalos con auténtica furia. Yo hacía lo que podía, pero como apenas levantaba un palmo del suelo todo acababa en manos de niños mayores y padres. Tras unos segundos de titubeo, como venciendo la vergüenza, mi padre también empezó a intentar cazar algo, sin éxito. El último balón lo tenía Iván Helguera y miraba indeciso buscando dónde mandarlo. Yo grité como el que más: “¡Iván! ¡Iván! ¡Aquí, Iván!”. Y por alguna razón, Iván Helguera me miró, me sonrió y me lanzó el balón. Estiré las manos para cogerlo. Mi padre se separó un poco mirándome satisfecho. Pero cuando ya lo rozaba con las yemas de los dedos, unas manos surgidas de lo alto lo hicieron desaparecer. Me di la vuelta desconcertado. Un señor con bigote le daba la pelota a su hijo, un niño de cuatro o cinco años más con toda la indumentaria oficial del Real Madrid de la temporada: bufanda, gorro y la camiseta por encima del abrigo. Aunque yo me quejé, les dije que era mía, me ignoraron completamente. Intervino entonces mi padre, indignado y muy tranquilo:</p>
<p>—Oiga, que la pelota iba para el chaval.</p>
<p>—La pelota es para quien la coja primero, caballero –respondió el señor del bigote. Cogió a su hijo por el hombro y se largaron.</p>
<p>Yo mientras miraba desolado a Iván Helguera. Los demás jugadores se marchaban ya hacia los vestuarios, pero él seguía allí contemplando la escena. Examinó la hierba alrededor, buscando algo que pudiera quedar. Pero ya no quedaba nada ni nadie. Se encogió de hombros, me dedicó su mirada lastimera y se fue trotando a reunirse con los otros.</p>
<p>—Vámonos, anda –dijo mi padre.</p>
<p>Nos volvimos a casa cabizbajos, como un mes antes habíamos vuelto del Bernabéu. Mi padre se pasó el resto del día más callado de lo habitual. Por la tarde me llevó a la cabalgata de Reyes del barrio. Al despertarme la mañana siguiente al amanecer no había regalos en el salón. Fui corriendo a la habitación de mis padres y me encontré a mi madre sola. Le conté preocupado que los Reyes no habían venido. Luego le pregunté dónde estaba papá y fue ella la que se preocupó. Ese día aprendí que los Reyes guardaban los regalos tras los trajes de mi padre. Aprendí además que mi madre también podía ser callada y seria.</p>
<p>Aquel año el Madrid ganó la Copa de Europa. Yo vi el partido solo, con mis patatas y mi Coca-Cola.</p>
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		<title>Ay poetas</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 11:21:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Desde mi primera adolescencia me he sentido irremediablemente atra&#237;do por las poetas, a pesar de no llegar a comprenderlas, o quiz&#225;s precisamente por ello: forman un misterio completo pues, adem&#225;s de no entender sus motivaciones, tampoco entiendo sus palabras. As&#237; puedo renunciar sin remordimientos a desentra&#241;arlas y entregarme por completo al disfrute irracional de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde mi primera adolescencia me he sentido irremediablemente atra&iacute;do por las poetas, a pesar de no llegar a comprenderlas, o quiz&aacute;s precisamente por ello: forman un misterio completo pues, adem&aacute;s de no entender sus motivaciones, tampoco entiendo sus palabras. As&iacute; puedo renunciar sin remordimientos a desentra&ntilde;arlas y entregarme por completo al disfrute irracional de la belleza, la suya y la de sus frases indescifrables, como se disfruta un vino o una sinfon&iacute;a.</p>
<p>Digo poeta porque Minerva Luengo me ense&ntilde;&oacute; pronto que poetisa era una palabra &ntilde;o&ntilde;a y usada a menudo de forma despectiva, como si una mujer no pudiera ser poeta. Minerva, de improbable nombre, empez&oacute; a salir con Eduardo Aguiar, mi mejor amigo del instituto. Nos sacaba un a&ntilde;o, fumaba porros, ten&iacute;a opiniones sobre todo y una energ&iacute;a inagotable. A nosotros, hasta entonces abstemios y con m&aacute;s afici&oacute;n a la literatura que al mundo real, nos pareci&oacute; tan ex&oacute;tico como un hurac&aacute;n tropical, a cuya destrucci&oacute;n nos ofrecimos con devoci&oacute;n. A la salida del colegio nos le&iacute;a sus t&oacute;rridos poemas sin que aquellos ojos azules apenas se posaran sobre el papel. Yo sufr&iacute;a unas erecciones tremendas, no sab&iacute;a si por sus palabras o por la imp&uacute;dica forma de mirar mientras las pronunciaba, que ten&iacute;a que aliviar en cuanto llegaba a casa. Sus grandes ojos fijos y sus labios moldeando obscenidades con deleitosa suavidad me persegu&iacute;an por las noches.</p>
<p>Para intentar impresionarla cambi&eacute; las novelas por los grandes poetas de las letras espa&ntilde;olas, pero mientras yo solo ve&iacute;a lo m&aacute;s obvio, ella escarbaba en todas las sutilezas. Tambi&eacute;n me explic&oacute; que hay dos tipos de poes&iacute;as: las que dicen <i>&iquest;follamos?</i>&nbsp;y las que dicen <i>mira qu&eacute; sensible soy, &iquest;follamos?</i>&nbsp;Mis excitadas hormonas adolescentes se apuntaron con entusiasmo a la tesis. Hasta los poemas que no ten&iacute;an interpretaci&oacute;n sexual posible estaban en el fondo motivados por el sexo. La poes&iacute;a era una herramienta atemporal para llevarse una chica a la cama.</p>
<p>Me entregu&eacute; a su lectura con pasi&oacute;n, llegando a la desoladora conclusi&oacute;n de que no entend&iacute;a nada porque me faltaba experiencia de campo. Minerva, en cambio, parec&iacute;a poseer una sabidur&iacute;a profunda de las razones humanas y los ritos m&aacute;s ancestrales y, lo que era peor, Eduardo entend&iacute;a cada d&iacute;a m&aacute;s. Yo sent&iacute;a c&oacute;mo iba qued&aacute;ndome atr&aacute;s, ajeno a un secreto que no me pod&iacute;an elucidar. La mujer era un misterio que iba a tener que penetrar por mi cuenta.</p>
<p>Ya por aquel entonces padec&iacute;a de exceso de realismo, as&iacute; que eleg&iacute; una v&iacute;ctima para mis poemas m&aacute;s con la cabeza que con el coraz&oacute;n. Eva Vela estaba fuera de mi alcance, no ser&iacute;an sensibles a la caricia de mis palabras sus dorados cabellos ni sus pechos terr&aacute;queos, dos hemisferios con toda una geograf&iacute;a de meridianos y paralelos por la que aquel joven Livingstone so&ntilde;aba con perderse durante las interminables clases del instituto. Las cumbres nevadas de aquellos dos kilimanjaros me hac&iacute;an perder el sue&ntilde;o y un par de puntos en cada asignatura en la que coincid&iacute;amos. Sin embargo, Eva, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Garcilaso_de_la_Vega">m&aacute;s dura que m&aacute;rmol a mis quejas</a>, compartir&iacute;a mis versos con sus amigas entre risas o, peor, con alguno de sus muchos amigos -Eva <i>Veleta</i>, la ll&aacute;mabamos- y acabar&iacute;a siendo motivo de escarnio p&uacute;blico. Seguramente de aquellos d&iacute;as viene esta sensaci&oacute;n de que las rubias son fr&iacute;as figuras para admirar en la distancia que se mueven en una realidad paralela a la que m&aacute;s me vale no intentar acceder si no quiero salir escaldado. Era inexperto y enamoradizo, pero no completamente idiota. No del todo. Necesitaba una chica no acostumbrada a recibir la atenci&oacute;n de los chicos, modosa y con la delicadeza suficiente para mantener un posible rechazo en la intimidad. Una chica como Almudena Gracia.</p>
<p>Dediqu&eacute; el d&iacute;a siguiente a observar a Almudena para sacar algo de lo que escribir. Alguna virtud ten&iacute;a que poseer, m&aacute;s all&aacute; de ser una v&iacute;ctima propicia. No ten&iacute;a grandes curvas, ni unos rasgos en especial armoniosos, ni siquiera <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Neruda">unos ojos oce&aacute;nicos en los que poder echar mis tristes redes</a>. A pesar de todo, no deca&iacute; y segu&iacute; mirando a Almudena en clase y cuando hablaba con sus amigas en los descansos y durante la comida y mientras se marchaba a su casa. Llegu&eacute; a la m&iacute;a algo abatido, incapaz de extraer alg&uacute;n recuerdo memorable. &iquest;Era realmente una chica tan anodina? Intent&eacute; ponerla a trabajar en mi mente, pero solo consegu&iacute; una paja triste y sin convicci&oacute;n. &iquest;As&iacute; c&oacute;mo iba a inspirar ning&uacute;n poema?</p>
<p>Eduardo tuvo que sufrir el relato de mis cuitas aquella tarde. Su recomendaci&oacute;n pasaba por olvidarme de la personalizaci&oacute;n y decir cualquier cosa vaga, copiando a quien tuviera que copiar, pues lo importante era tir&aacute;rmela, el poema en s&iacute; era lo de menos. Era cierto que &eacute;se era el objetivo y que Almudena no me gustaba realmente, pero reducir la poes&iacute;a a un simple medio me incomodaba. Deb&iacute;a ser tambi&eacute;n un fin en s&iacute; mismo, una b&uacute;squeda de la verdad o la belleza, si es que eran cosas diferentes. Aunque quer&iacute;a escribir un poema para llevarme una chica a la cama, quer&iacute;a hacerlo con un buen poema. De lo contrario ser&iacute;a inapropiado. Qu&eacute; le voy a hacer: ten&iacute;a diecis&eacute;is a&ntilde;os y era un rom&aacute;ntico.</p>
<p>Fue Minerva quien vino a mi rescate con &aacute;nimos y consejos m&aacute;s pr&oacute;ximos a los que quer&iacute;a escuchar. Que me diera tiempo, que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Antoine_de_Saint-Exup&eacute;ry">lo esencial es muchas veces invisible a los ojos</a>, que hace falta paciencia para esperar a que se manifieste y estar preparado cuando el momento llegue.</p>
<p>En efecto, el momento lleg&oacute; al d&iacute;a siguiente, sentado tras Almudena en una aburrida clase de Historia. Mientras la profesora disertaba en tono mortecino sobre el reinado de Felipe III, ella se recogi&oacute; el pelo en una coleta y de pronto apareci&oacute; ante m&iacute; una nuca desnuda, una oreja desguarnecida, el conmovedor &aacute;ngulo de una mand&iacute;bula apretada en la concentraci&oacute;n. Era algo vagamente familiar y reconciliador, como volver a casa tras unas largas vacaciones. Quise acariciarlo y olerlo, comprobar el contorno de los muebles, que a pesar de la prolongada ausencia todo sigue en su sitio. Aqu&eacute;l debi&oacute; ser el comienzo de un fetichismo que posteriormente se extender&iacute;a hasta los hom&oacute;platos. Cada uno encuentra su hogar donde puede. Yo acaba de encontrar el primero en Almudena Gracia.</p>
<p>Los siguientes pasos fueron rodados. Dej&eacute; un poema en su mochila durante un recreo, ella me busc&oacute; con la mirada, escrib&iacute; otro al d&iacute;a siguiente, ella me busc&oacute; a la salida, nos vimos en el parque, nos besamos, repetimos, nos fuimos encontrando en otros bancos, recorrimos la ciudad cogidos de la mano y seguimos perfeccionando nuestros besos, explorando con torpeza nuestras anatom&iacute;as por encima de la ropa, hasta que por fin mis padres se marcharon un fin de semana.</p>
<p>La invit&eacute; a comer, tomamos algo de vino y le le&iacute; un poema de Neruda. <i>Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos</i>. Y lo hice. Lo hicimos. Recuerdo unos pezones enormes y claros, casi carne, que habr&iacute;an resultado grandes en cualquier pecho y ocupaban por completo aquellos dos breves senos. Recuerdo la incomodidad al mostrar mi desnudez, el repentino fr&iacute;o de la habitaci&oacute;n y la calidez de sus ojos y el calor de su sexo. Una uni&oacute;n tosca, tierna, fugaz, que no decepcion&oacute; a ninguno porque tal vez, a pesar de todo, no ten&iacute;amos grandes expectativas. Recuerdo su abrazo posterior, con brazos y piernas, lo inc&oacute;modo de la postura y no sentir el menor deseo de moverme. Recuerdo una breve paz similar al anhelo de estar muerto y ver todas <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bola&ntilde;o">mis esperanzas de paz</a> estallar momentos despu&eacute;s con una nueva erecci&oacute;n y la lucidez de saber en ese instante que ser&iacute;a as&iacute; toda la puta vida.</p>
<p>Seguimos descubri&eacute;ndonos y aprendi&eacute;ndonos, entregados a la cartograf&iacute;a de nuestros cuerpos, que eran todos los cuerpos. El resto del tiempo solo parec&iacute;a un inc&oacute;modo intermedio.</p>
<p>En uno de aquellos descansos me llam&oacute; Minerva Luengo. Apenas nos hab&iacute;amos visto &uacute;ltimamente, por qu&eacute; no iba a su casa y nos pon&iacute;amos al d&iacute;a. Lo encontr&eacute; una buena excusa para posponer a&uacute;n m&aacute;s estudiar el examen de Matem&aacute;ticas del d&iacute;a siguiente, algo que Almudena hab&iacute;a considerado irrenunciable. Habl&eacute; de ella y hasta acab&eacute; recitando alg&uacute;n poema ante su insistencia. Su cr&iacute;tica, como acostumbraba, fue despiadada, honesta pero completamente falta de tacto: no llegaba a mediocre en el mejor de los casos. Tampoco hice mucho por defenderme.</p>
<p>Cre&iacute; que se arrepent&iacute;a o al menos se apiadaba ante mi desaz&oacute;n. Con una sonrisa me invit&oacute; a seguirla para mostrarme algo que me ayudar&iacute;a. Cerr&oacute; la puerta de su habitaci&oacute;n y se deshizo de su vestido con sorprendente agilidad. Algo entre mis piernas empez&oacute; a inspirarse. Mientras yo me preguntaba en qu&eacute; momento mi vida se hab&iacute;a convertido en una pel&iacute;cula porno, ella se quit&oacute; el sujetador. Todav&iacute;a tuve unos instantes para pensar en Almudena y mi amigo del alma Eduardo Aguiar mientras dos afilados pezones me miraban fijamente, pero pronto sali&oacute; de sus bragas con una estrecha tira de bello p&uacute;bico que a m&iacute; me pareci&oacute; el colmo de la sofisticaci&oacute;n y una invitaci&oacute;n -por aqu&iacute;, gritaba- irrechazable. Al fin y al cabo, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Guy_de_Maupassant">la tentaci&oacute;n existe para que cedamos a ella</a>.</p>
<p>Para qu&eacute; voy a mentir: la tentaci&oacute;n cumpli&oacute; todas sus promesas de perdici&oacute;n. Sin embargo, en la celebraci&oacute;n posterior, cuando mi dedo todav&iacute;a se demoraba sobre un conciso pez&oacute;n, Minerva borr&oacute; mi sonrisa bobalicona levant&aacute;ndose &nbsp;bruscamente. <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Federico_Garc&iacute;a_Lorca">Sucia de besos y arena</a>, se puso el vestido con otro movimiento preciso y cruel, un s&uacute;bito eclipse. Sin mirarme, sali&oacute; de la habitaci&oacute;n y me abandon&oacute; a un estado de confusi&oacute;n y oscuridad en el que en ocasiones todav&iacute;a creo que me hallo.</p>
<p>Nada fue ya lo mismo luego. <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Hern&aacute;ndez">Besarte fue besar un avispero</a>. Tras haber probado las mieles de una diosa griega, bella y caprichosa, los labios mortales de Almudena Gracia sab&iacute;an a ceniza. Me encontraba demasiado a menudo pensando en Minerva Luengo, en sus ojos antiguos y azules, en <a href="http://www.google.com/url?q=http%3A%2F%2Fgrooveshark.com%2Fs%2FDi%2Bas%2BQue%2BSe%2BEscapan%2F2KayYl%3Fsrc%3D5&amp;sa=D&amp;sntz=1&amp;usg=AFQjCNEhMYbaQclF-vKLqIto-oAjaQxFMg">la destreza de sus manos lentas</a>, en la depilada <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Ram&oacute;n_Jim&eacute;nez">rosa de su pubis</a>, en su voz ronca. Pensaba en Minerva al levantarme, durante las clases, mientras hablaba con Eduardo, cuando escrib&iacute;a poemas febriles en vez de estar estudiando, y sobre todo en el momento en que eyaculaba dentro de Almudena. Me sent&iacute;a constantemente culpable. As&iacute; que hice lo que cualquier idiota que ha le&iacute;do demasiados libros sin extraer ense&ntilde;anza alguna har&iacute;a: contarlo. Como si el verbo sirviera para lavar las culpas.</p>
<p>Reun&iacute; toda mi cobard&iacute;a para hablar con Eduardo en un descanso entre clases, sabiendo que as&iacute; no podr&iacute;a montarme una escena, que no se atrever&iacute;a a gritarme o pegarme delante de todo el colegio. Fue peor. No me dijo nada. Me mir&oacute; fijamente a los ojos mientras intentaba explicarle, sin despegar los labios, sin interrumpirme como ten&iacute;a por costumbre cada vez que discut&iacute;amos tonter&iacute;as. Eduardo siempre se hab&iacute;a caracterizado por poner m&aacute;s inter&eacute;s en hablar que en escuchar los argumentos o historias del otro, al menos en apariencia, luego pod&iacute;a volver d&iacute;as despu&eacute;s a rebatir o apostillar algo que ni recordabas haber dicho. Su silencio me pon&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s nervioso. Acab&eacute; de farfullar mi relato, mis disculpas, mi s&uacute;plica y &eacute;l sigui&oacute; mir&aacute;ndome muy quieto, sin gesto alguno. Al cabo de unos segundos, o minutos u horas, no lo s&eacute;, cerr&oacute; los ojos y se fue meneando la cabeza. Lo vi alejarse clavado en el sitio, helado de terror. En alg&uacute;n momento son&oacute; la campana y volv&iacute; a clase.</p>
<p>Vino a buscarme al final de la jornada, muy derecho, y me interpel&oacute; muy serio: <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Gustavo_Adolfo_B&eacute;cquer">&iquest;A qu&eacute; me lo dec&iacute;s? Lo s&eacute;: es mudable</a>. Remat&oacute; la frase arroj&aacute;ndome un guante surgido de la nada, impropio para la primavera ya bien entrada. <i>Pero&#8230; &iexcl;es tan hermosa!</i>, me defend&iacute; yo, que tambi&eacute;n me sab&iacute;a mi B&eacute;cquer. Era todo tan absurdo y tan literario y tan intenso. Me agach&eacute; a recoger el guante y &uacute;nicamente pregunt&eacute; &iquest;cu&aacute;ndo?. Despu&eacute;s de comer, en el descampado. &iquest;A primera sangre?, dije imbuido del esp&iacute;ritu decimon&oacute;nico. Y una polla.</p>
<p>Ni que decir tiene que apenas pude comer. Remov&iacute; la comida en la bandeja, pregunt&aacute;ndome qu&eacute; pasar&iacute;a si realmente vivi&eacute;ramos en el XIX, si Eduardo Aguiar, adem&aacute;s de poder hacer aparecer un guante en un caluroso d&iacute;a de mayo ser&iacute;a capaz de presentarse con un par de pistolas o de sables. Sab&iacute;a que en la pared del sal&oacute;n colgaban dos sables cruzados de su abuelo militar. Quiz&aacute;s tambi&eacute;n ten&iacute;a dos rev&oacute;lveres reglamentarios de los que nunca me hab&iacute;a hablado. O peor: quiz&aacute;s solo ten&iacute;a uno.</p>
<p>Acud&iacute; a la cita dibujando escenas y ramificaciones cada vez m&aacute;s violentas, pero ni se me pas&oacute; por la cabeza no ir. Hab&iacute;a desarrollado ya una sensibilidad fatalista por lo tr&aacute;gico, o tal vez simplemente ten&iacute;a demasiado miedo para pensar con claridad.</p>
<p>Llegu&eacute; primero. El cielo empezaba a emplomarse de nubarrones. Me sent&eacute; a esperar en unos ladrillos de hormig&oacute;n que llevaban all&iacute; desde tiempos inmemoriales, de alguna lejana &eacute;poca en la que alguien proyect&oacute; construir en el descampado. Lo &uacute;nico que hab&iacute;a crecido eran hierbajos salvajes de medio metro de altura y tres montones de basura que los vecinos se encargaban de alimentar diligentemente con todos los trastos a los que ya no encontraban utilidad. Nosotros recuper&aacute;bamos los muebles y hab&iacute;amos montado una suerte de sal&oacute;n de ajuar dispar y mugriento, una disparatada habitaci&oacute;n sin paredes ni techo en medio de un solar rodeado de antiguos chalecitos que nos serv&iacute;a como lugar de encuentro secreto a un selecto grupo de iniciados. Una vez hab&iacute;a llevado a Almudena y lo hab&iacute;a mirado con cara de asco. Permaneci&oacute; de pie, sin poner un dedo en nada en el poco rato que aguant&oacute; all&iacute;. Hoy yo tampoco quer&iacute;a sentarme en nuestro grotesco sal&oacute;n. No quer&iacute;a sentirme c&oacute;modo.</p>
<p>Por fin apareci&oacute; Eduardo, solo, sin sables ni arcabuces, constataci&oacute;n que solo me proporcion&oacute; un fugaz instante de tranquilidad. Me puse en pie y sal&iacute; a su encuentro. &Eacute;l sigui&oacute; caminando impasible. Cuando lleg&oacute; a mi altura me lanz&oacute; un pu&ntilde;etazo a la mand&iacute;bula. Alc&eacute; los brazos para protegerme la cara y me machac&oacute; las costillas. Yo empec&eacute; a seguir la acci&oacute;n desde fuera. Sin instintos que poner en marcha, pues nunca nos hab&iacute;amos pegado, ni entre nosotros ni con nadie m&aacute;s, que yo sepa. Nunca hab&iacute;amos pasado de los rejonazos verbales digeridos con deportividad. Formaba parte del juego. Aquella danza con Eduardo era mucho m&aacute;s primitiva y yo no consegu&iacute;a seguir el ritmo, solo que en vez de pisarle los pies a mi pareja lo que hac&iacute;a era llegar tarde a cada golpe. Tampoco puse ning&uacute;n inter&eacute;s en contraatacar. En realidad, consideraba todo merecido, una justa expiaci&oacute;n.</p>
<p>Eduardo culmin&oacute; un elaborado combo con un directo al est&oacute;mago que me dej&oacute; doblado en el suelo luchando por respirar. Mientras boqueaba angustiado, Eduardo se palp&oacute; los nudillos enrojecidos. Me has hecho da&ntilde;o, cabr&oacute;n, se quej&oacute;. Permaneci&oacute; all&iacute; hasta que volv&iacute; a ser capaz de meter aire en mis pulmones con normalidad, gir&oacute; sobre sus talones y sali&oacute; del descampado.</p>
<p>Decid&iacute; que aqu&eacute;l era un sitio tan bueno como cualquier otro para recuperar el aliento, tambi&eacute;n porque no me sent&iacute;a capaz de moverme. Contempl&eacute; la posibilidad de morirme de alguna herida interna y no me import&oacute; mucho, no a m&iacute;, no ser&iacute;a una experiencia que yo viviera. Me preocup&oacute; el vac&iacute;o que iba a dejar en el mundo con mi ausencia, lo que iban a sufrir mi familia y amigos, Almudena Gracia -o no tanto si enteraba del motivo-, todo lo que se iba a perder porque ya nunca lo har&iacute;a, qu&eacute; tragedia, con el potencial que ten&iacute;a. Empez&oacute; a llover, primero una gota y luego otra, y luego todas seguidas, gotas gordas, de tormenta de verano. A m&iacute; me pareci&oacute; muy apropiado que la lluvia limpiara mis heridas, un po&eacute;tico final, con su plano cenital alej&aacute;ndose, hasta que me di cuenta de que todo se estaba embarrando e iba a acabar ahogado de no moverme.</p>
<p>Hice inventario de mi cuerpo, sin detectar nada roto. En alg&uacute;n momento hab&iacute;a temido que me rompiera la nariz o las costillas, pero tampoco deb&iacute;a pegar muy fuerte. Eduardo ten&iacute;a manos de pianista.</p>
<p>Busqu&eacute; refugio en casa de Almudena, o tal vez en Almudena a secas. Chorreando, apenas fui capaz de pronunciar un hola antes de que me hiciera pasar con gesto preocupado, &iquest;qu&eacute; te ha pasado? Por alguna raz&oacute;n, no se me hab&iacute;a ocurrido que mi lamentable aspecto despertar&iacute;a interrogantes. Tal vez los golpes en la cabeza s&iacute; me pasaban factura. Estaba tan cansado que no ten&iacute;a ganas ni de mentir. Sonre&iacute;, no sabiendo por d&oacute;nde empezar, y a continuaci&oacute;n lo solt&eacute; todo, pose&iacute;do de una fiebre kamikaze. Minerva, ella, yo, Eduardo, ella, yo, yo, yo. Minerva. A medida que lo contaba iba sinti&eacute;ndome cada vez m&aacute;s gilipollas, pero no pod&iacute;a parar. Tampoco me hubiera dejado ella.</p>
<p>Para cuando acab&eacute; sab&iacute;a, en uno de esos extra&ntilde;os ataques de clarividencia, que la hab&iacute;a perdido y que su ausencia me doler&iacute;a m&aacute;s que la paliza de Eduardo. <i>Asomaba a sus ojos una l&aacute;grima</i>, reincid&iacute; en mis s&uacute;plicas de perd&oacute;n. Ella enjug&oacute; el llanto para pasar a una furiosa frialdad. Que le daba igual, qui&eacute;n me hab&iacute;a cre&iacute;do que era, que estaba conmigo por follar nada m&aacute;s, sab&iacute;a que no era guapa y no le sobraban precisamente los chicos, que le hab&iacute;a provocado cierta ternura al principio con mis poemas cursis y si no se re&iacute;a era por no querer ofenderme, que era un listillo y un pedante viviendo en mi burbuja literaria, siempre jugando, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jaime_Gil_de_Biedma">que la vida iba en serio</a>. No pude evitar una risita ante su inadvertida cita. Yo y mi sentido de la oportunidad y mi debilidad por las contradicciones. Eso la espole&oacute; un poco m&aacute;s. Que llevaba enamorada de Julio desde los trece a&ntilde;os y pensaba en &eacute;l cada vez que lo hac&iacute;amos para excitarse, que le daba asco, que hab&iacute;a decidido dejarme hac&iacute;a semanas y no lo hab&iacute;a hecho por pereza, porque prefer&iacute;a estudiar para los ex&aacute;menes, que me fuera a la mierda, que me fuera a follarme a Minerva o a Eduardo o a quien me diera la gana, que lo mismo le daba.</p>
<p>Entre tanto ataque rabioso sab&iacute;a, aunque no lo pensar&iacute;a hasta mucho m&aacute;s tarde, que hab&iacute;a parte de verdad y parte exagerada para herirme, para intentar hacerme tanto da&ntilde;o como yo le hab&iacute;a hecho a ella. Dijera lo que dijera, hab&iacute;a disfrutado de mis atenciones, se hab&iacute;a estremecido con mis caricias y hab&iacute;a vuelto a buscar m&aacute;s. Tal vez estaba enamorada de otro, y qu&eacute;, yo estaba colado por Minerva desde que apareci&oacute; en mi vida y aun as&iacute; quer&iacute;a a Almudena. Ya estaba aprendiendo que los amores no tienen por qu&eacute; sucederse en armon&iacute;a.</p>
<p>En cualquier caso, ella hab&iacute;a sugerido con delicadeza que abandonara su vida, dese&aacute;ndome una pronta neumon&iacute;a en la vuelta a casa. Musit&eacute; un &uacute;ltimo lo siento y obedec&iacute;, llev&aacute;ndome un te quiero apretado entre los labios.</p>
<p>Durante los d&iacute;as siguientes intent&eacute; hacer caso a mis padres y centrarme en los inminentes finales encerrado en casa, pues hab&iacute;an acordado con el instituto que era mejor que no volviera a clase. Solo consegu&iacute; abrazarme a la soledad y la desesperaci&oacute;n, con esa creencia en que todo es definitivo que nos aflige en la adolescencia. Ni siquiera pod&iacute;a escribir, distracci&oacute;n habitual en los periodos de estudio, atenazado por el miedo a ser realmente tan malo como afirmaban Almudena y Minerva. Me limitaba a pasar las hojas de apuntes y las horas, sintiendo que la vida se me escapaba entre las manos.</p>
<p>El resultado de los ex&aacute;menes fue el esperado. Al ruinoso estudio se sum&oacute; la inquietante presencia de Eduardo y Almudena en la misma aula, a quienes no hab&iacute;a vuelto a ver desde la tormenta. Total: dos para septiembre y mucho aprobado raspado. Se avecinaba un verano fabuloso. Todos ten&iacute;an planes salvo yo. Minerva Luengo emprend&iacute;a un largo viaje con sus amigas y a la vuelta se ir&iacute;a a la capital para empezar la universidad. Almudena Gracia iba a la casa de sus abuelos a orillas del Mediterr&aacute;neo. Eduardo&#8230; Eduardo y yo tambi&eacute;n hab&iacute;amos hecho grandes planes.</p>
<p>Poco a poco todos se fueron marchando, las calles se fueron vaciando y yo me fui dejando caer en la dulce pereza de la melancol&iacute;a, arrastrado por la levedad de los largos d&iacute;as de peri&oacute;dicos fam&eacute;licos y aceras ardiendo. El mundo en calma parec&iacute;a aguardar agazapado.</p>
<p>Una ma&ntilde;ana de mediados de julio encontr&eacute; a Eduardo frente al portal. Era demasiado guapa, me dijo. &iquest;Para ti o para m&iacute;? Para ser fiel. Me encong&iacute; de hombros y ech&eacute; a andar hacia la panader&iacute;a. Eduardo se puso a mi lado. No fuiste el &uacute;nico, ella misma me hab&iacute;a hablado de lenguas de fuego, oc&eacute;anos y acantilados, pero no quise entender, prefer&iacute;a pensar que eran celos infundados, lo que nunca me esperaba es que se acostara contigo. &iquest;Era demasiado guapa? Eres mi amigo. El tiempo verbal no pas&oacute; inadvertido y sonre&iacute; a mi pesar, mirando hacia la calle para disimular. Me alegro de que me lo dijeras y me alegro de que fueras t&uacute;, confes&oacute;. Pegas como una ni&ntilde;a.</p>
<p>Reanudamos nuestra amistad como si no hubiera rencor entre nosotros. Seguramente no lo hab&iacute;a. Aunque aquel verano nuestros planes se hab&iacute;an malogrado, la vida nos ofreci&oacute; sus frutos en abundancia. No en vano, &eacute;ramos dos adolescentes con una ciudad a nuestros pies. Sin clases y solo con la lejana sombra de septiembre en el horizonte, la eternidad parec&iacute;a al alcance de la mano. Llegar&iacute;an m&aacute;s libros, m&aacute;s mujeres, m&aacute;s ciudades, tragos dulces y amargos, siempre mejores con la presencia, incluso en la distancia, de mi amigo Eduardo.</p>
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		<title>El Parque</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Apr 2011 19:27:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Segundo de Chomon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ministerio de lo Interior]]></category>

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		<description><![CDATA[1. Miro el reloj y son más de las tres de la mañana. Ya se nos ha hecho tarde otra vez. Otra vez casi sin darme cuenta. A veces el clima y la conversación no acompañan y el tiempo pasa más despacio, pero hoy realmente me lo he pasado bien. El problema es que a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>1.</strong></p>
<p>Miro el reloj y son más de las tres de la mañana. Ya se nos ha hecho tarde otra vez. Otra vez casi sin darme cuenta. A veces el clima y la conversación no acompañan y el tiempo pasa más despacio, pero hoy realmente me lo he pasado bien. El problema es que a estas horas difícilmente vamos a encontrar un bar abierto.</p>
<p>Sobre las baldosas de la acera se ha ido diluyendo el agua derretida de la bolsa de hielos dibujando una especie de laberinto inconcluso, lo que me ha recordado que tengo que mear. Así que despacho la conversación con un escueto ahora vuelvo y me acerco a unos setos para orinar. En este mismo lugar, hace años había un banco donde bajábamos a fumar canutos después de clase. Yo me esforzaba por parecer interesante. Inventaba anécdotas y sucesos  ficticios sobre mi vida para aparentar.</p>
<p>Cuando voy borracho encuentro la vegetación extraordinariamente fresca y atractiva. No consigo establecer claramente la conexión, pero de algún modo estos arbustos junto a los efluvios alcohólicos me trasportan a un bosque, a un recuerdo de mi niñez. Puedo visualizarlo, es una noche de verano y apenas tengo cuatro años. Mi madre me ha llevado esa misma tarde al campo, a hacerle compañía a mi padre que durante esa época del año trabaja duramente para sacar  adelante a la familia. Cuando la noche ha invadido de lleno toda la llanura del páramo castellano, mi padre decide que es hora de irse a casa, detiene el tractor y me baja en brazos de la cabina protegiéndome de una caída. Después me dice algo y desaparece por unos instantes. Me quedo solo y observo el manto de plomo fundido que invade la dehesa y más concretamente una encina polvorienta que yace en el centro de la parcela. Mas allá hay unos peñascos que anuncian una depresión del terreno donde comienza una arboleda que se pierde  en el horizonte. Elevo la mirada, el cielo está despejado y descubro una inmensa bóveda de estrellas que no he visto hasta entonces. La oscuridad del bosquecillo se vuelve extraordinariamente atractiva y un impulso irrefrenable me empuja a salir corriendo unos cientos de metros hacia la espesura.  La mano de mi padre aparece como de la nada e interrumpe mi huída con una sonrisa.</p>
<p><strong>2. </strong></p>
<p>Desde este parquecito de barrio de clase media no se ven las estrellas. Hasta en las noches más despejadas la contaminación lumínica puede llegar a hacerte creer que no existe astro en el cielo más allá de la luna y la luz tenue de la estrella polar. Pienso esto mientras vuelvo hacia el grupo de gente que ahora está más disperso. Me doy cuenta que apenas reconozco a nadie, parece que mis amigos se han marchado en el impasse en el que me he ausentado. Decido que es hora de volver a casa y atravieso el parque. Conforme avanzo encuentro a grupitos de adolescentes bebiendo y gritando.</p>
<p>Una extraña sensación entre el pudor y la nostalgia me acecha al observarles: podría ser uno de ellos hace diez años y sin embargo aquí estoy, deambulando un poco ebrio por el mismo parque y en circunstancias similares. Es como cuando te metes con el coche a una ciudad que no conoces: durante un rato crees que sabes donde vas, más o menos juegas a sentirte seguro dejándote llevar por tu sentido de la orientación, por el instinto, hasta que de repente te topas con el mismo semáforo por el que habías pasado media hora antes.</p>
<p>Atravieso la piscina de arena y es extraño porque los dos columpios que hay junto al parque infantil se están moviendo levemente de un lado a otro.  En un principio lo achaco al viento, pero al moverme unos metros me percato de que junto a los columpios hay una muchacha, que mira hacia la parte de arriba de parque infantil. Se han debido de separar voluntariamente del último grupito que me he encontrado en mi trayecto camino. Allí, a unos tres metros de altura, en la cima de la estructura de madera hay un muchacho que le ofrece la mano animándola a subir, pero parece que en un principio ella lo rechaza prudente.  El chico insiste sonriendo y ella al fin accede. Se agarra fuertemente a su mano y trepa temerosa entre los listones de madera hacia la cúpula del parquecito. Justo cuando eleva una pierna para salvar el balcon de la cima, una de sus bailarinas resbala y se precipita de espaldas al vacío.  Todo transcurre en centésimas de segundo, pero cuando mi estómago se contrae ante la inminencia brutal de la caída, el muchacho, en un alarde de agilidad estira su otro brazo y la agarra por la camiseta. El cuerpo de la joven queda suspendido en el aire, asido únicamente a los brazos del chico, que  asegura la sujeción abrazándola por el torso. Ahora los dos cuerpos, ruborizados e inmóviles, se miran durante unos instantes hasta que él acerca sus labios a los de la chica. Es un beso tosco e improvisado, estoy seguro de que es la primera vez que se rozan esos labios. Me fijo en sus piernas, siguen suspendidas en el aire, inertes, como las de un maniquí.</p>
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		<title>Amores a cuatro manos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Apr 2011 03:08:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nihilia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ministerio del Ensayo y el Error]]></category>

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		<description><![CDATA[Y llegó el momento, me besó y no dijo nada. Se separó de mí y me mantuvo la mirada, quién sabe si con gesto desafiante o implorante. Aparté las manos que rodeaban mi cintura. Si se sintió decepcionado, no lo hizo notar; quizás fui yo la que esperaba mayor insistencia por su parte. ¿Por qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Y llegó el momento, me besó y no dijo nada. Se separó de mí y me mantuvo la mirada, quién sabe si con gesto desafiante o implorante. Aparté las manos que rodeaban mi cintura. Si se sintió decepcionado, no lo hizo notar; quizás fui yo la que esperaba mayor insistencia por su parte. ¿Por qué estoy aquí? Él lo sabe todo: lo mío con Alfredo, los años que llevamos juntos, el comienzo fulgurante y prometedor y el lento tedio que se ha ido apoderando de nuestra vida; quizás no de forma definitiva pero, en cualquier caso, de forma dolorosamente rutinaria. Me voy. Estoy llegando a la puerta cuando me doy cuenta que sus labios siguen entreabiertos. Me espera, me anhela. Busca redención, catársis, épica. Como yo. Me pregunto si dos personas que buscan los mismo pueden obtenerlo el uno del otro. ¿Cómo se llamará ella?</p>
<p>Me separo de él de un empujón. No se cuál de los dos se tambalea más. Creo que le odio, y me parece ya muy lejano el momento en que me regaló aquella camiseta roída. Si no la llevase puesta en este momento, con gusto se la tiraría a la cara. En vez de eso, empiezo a acariciarle. Él parece desconcertado durante apenas un segundo, después me embiste suavemente con su lengua.  Sus dedos me duelen apenas un momento,después me derriten. Me siento floja, débil y febril; me abandono. Mientras pensaba en Alfredo, descubrí algo debajo de la almohada. Eran las claves del gobierno Khordiano que llevaba buscando desde que abandoné el sistema Beta-Sigma. Así que, ¡él era el traidor! ¡El conspirador de la Alianza Velvet-Gamma!</p>
<p>¡Yo os maldigo, Velvet-Gamma!</p>
<p>¡Me arrebatásteis a mi familia!</p>
<p>Pues aquí hay un chocho que no probaréis los de la Alianza.</p>
<p>VENDETTA.</p>
<p><em>Escrito y publicado a cuatro manos y en estado de total embriaguez por Nihilia y Mrs. N. (firma invitada).</em></p>
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		<item>
		<title>Cuarto capítulo</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Mar 2011 21:32:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ministerio del Ensayo y el Error]]></category>

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		<description><![CDATA[[Uno, Dos, Tres] La espera no es difícil. Hay gente que se aburre si no tiene nada que hacer o que se pone ansiosa anticipando lo todavía por venir. Desde pequeño, en mi casa estaba prohibido aburrirse, era un crimen aborrecer el tiempo libre, algo tan preciado para los demás. Como ocurre con la comida [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>[<a title="Primer capítulo" href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/primer-capitulo/">Uno</a>, <a title="Segundo capítulo" href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/segundo-capitulo/">Dos</a>, <a title="Tercer capítulo" href="http://lacallecita.es/ministerio-del-ensayo-y-el-error/tercer-capitulo/">Tres</a>]</em></p>
<p>La espera no es difícil. Hay gente que se aburre si no tiene nada que hacer o que se pone ansiosa anticipando lo todavía por venir. Desde pequeño, en mi casa estaba prohibido aburrirse, era un crimen aborrecer el tiempo libre, algo tan preciado para los demás. Como ocurre con la comida y los niños desnutridos de África -“¿Con el hambre que hay en el mundo te vas a dejar eso?”, “¿Sabes lo que daría un niño de África por ese plato de acelgas?”-, en mi familia ocurría con el tiempo y los niños explotados de China: “¿Con los niños que hay trabajando doce horas al día en el mundo te quejas de que no tienes nada que hacer?”, “¿Sabes lo que daría un niño de China por poder aburrirse?”. El tedio, por tanto, era inconcebible. Y si uno cometía el error de pronunciar la frase fatal “me aburro”, lo mandaban a paseo con un simple “pues cómprate un burro”. Los padres, en ningún caso, tenían la obligación de entretener a los hijos programando actividades a todas horas: era tarea de cada uno aprender a ocupar su tiempo. Libros, videojuegos, televisión, riñas con los hermanos, fútbol con los amigos eran lo más habitual. De vez en cuando una tía abuela aparecía con ganas de echar una partida de cartas y sólo en ocasiones inexplicables y gozosas el padre o la madre se unía a un juego.</p>
<p>La lección quedó aprendida y, durante mi vida adulta, me he acostumbrado a hacer pasar los días sin recurrir a nadie. Por eso cada hora pasada con un amigo es un regalo a hacer valioso y atesorar. Por eso cada minuto con Julia fue precioso, incalculable. Lo malo, claro, fue acostumbrarse, dar por hecho que ella seguiría ocupando mis días, sin pensar, sin querer concebir que algún día podría decidir retirarme su gracia tan rápidamente como me la había concedido, sin querer saber que siempre no es posible, que siempre es mentira.</p>
<p>Sin embargo, el minuto transcurrido desde que sonó el telefonillo hasta que por fin escuché el timbre de la puerta fue eterno, el corazón se me aceleró y el tiempo se expandió, como si entre latido y latido siguiera pasando un segundo. El mundo se movía a cámara lenta mientras mi cabeza bullía a toda velocidad, creando una angustiosa sensación de irrealidad, de vivir atrapado en un mundo que responde a un ritmo equivocado. Toda la ansiedad que no había sentido en los días anteriores se manifestó junta. Para cuando Julia llegó estaba sudando.</p>
<p>-Hoy sí que tienes mal aspecto -me dijo nada más abrir.</p>
<p>-Gracias. Tú sigues estupenda.</p>
<p>-No, en serio. ¿Te encuentras bien? Estás pálido.</p>
<p>-Sí -mentí sin convicción-. Pongámonos a la tarea.</p>
<p>Julia siempre había sido más práctica, más apegada a las cosas mundanas. No es que yo no supiera hacerme un huevo frito, pero hay un montón de situaciones en la vida que nunca te planteas hasta que te encuentras con ellas en el camino y te das cuenta de que no tienes ni idea de cómo actuar, de que no había ninguna asignatura o libro que explicasen los pasos a seguir. De alguna manera ella sí parecía saberlo, siempre.</p>
<p>Qué hacer cuando mi familia muriera y yo heredase la casa y todas sus pertenencias, tengo que admitirlo, es algo a lo que hasta entonces no había dedicado muchos pensamientos. Julia en cambio tenía unas cuantas ideas al respecto. Aunque cierto es que en este caso contaba con la ventaja de ya haber pasado por una situación similar con la muerte de su padre unos años antes, no quiero quitarle méritos. Me puso a separar aquello a conservar de lo que deshacerse. Lo que no conservara se podía tirar, reciclar o donar. Parecía fácil. Salvo por que había decidido empezar por la habitación de mis padres. Ella y su manera de coger el toro por los cuernos, no hacer fintas y practicar la honestidad brutal. Por eso la había traído.</p>
<p>-Después de esto, lo demás será coser y cantar.</p>
<p>Abrí el armario de la ropa y comencé a sacar trajes, camisas, corbatas, zapatos de mi padre. Todos a la misma caja.</p>
<p>-¿No quieres guardar nada? Seguro que muchas de estas cosas te están bien -tomó una chaqueta y la sostuvo entre mí y sus ojos-. Debéis tener la misma talla. Sobre todo ahora que has echado definitivamente tripa.</p>
<p>Era una pulla antigua. Decidí seguirle el juego y contestar con el retruque de costumbre. Salvo que ya no era costumbre. Descubrir una brasa de complicidad en aquella hoguera que daba por extinguida hacía tanto era desconcertante.</p>
<p>-Mis buenas cervezas me ha costado.</p>
<p>Ella sonrió, una sonrisa infinitamente triste. Cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va? Parece que a ningún lado. Se seca y no es fácil extirparlo. La gente suele tener miedo de olvidar, pero lo verdaderamente doloroso es recordar. Los aciertos y los errores, todos en un pasado inalcanzable, imposible de modificar. Los recuerdos son cicatrices de la memoria y acariciarlos, a veces, revivir un dolor amortiguado. Otras veces son heridas abiertas que sangran y sangran. Intenté no descomponer el gesto.</p>
<p>-No podría ponérmelo. No quiero llevar la ropa de un muerto.</p>
<p>Reanudé la tarea bajo su mirada. Qué daría yo por no recordar, por volver a empezar de cero cada día sin la pesada carga del pasado, por construir continuamente el futuro sin rémoras enganchadas al ayer. Creo que por eso quería deshacerme de todo. Que los objetos dejaran de recordar tantos días vividos, de contar tantos secretos guardados. Es asombrosa la biografía que pueden reconstruir las cosas, sobre todo cuando el dueño ya no puede corregir ni matizar impresiones.</p>
<p>O al menos que ella olvidara, poder conocerla de nuevo por primera vez, sin que en sus ojos pesara el juicio de los años. Seguramente a estas alturas ya estaba todo perdonado, pero no olvidado. Sin hostilidad, mas separados por un océano de recuerdos. Hay ocasiones en que el sistema métrico debe rendirse y aceptar la inutilidad de sus pretensiones objetivas, ceder a nuevas formas de medir distancias, pesos, volúmenes. A unos centímetros de mí, pero a mil errores de distancia. Dos cuerpos con masa, pero incapaces de atraerse mutuamente. Compartiendo el mismo espacio, pero en momentos diferentes.</p>
<p>Era odioso. No podía soportarla allí parada y juzgando y sabiendo, así que, más por mantenerla ocupada que otra cosa, le sugerí buscar entre la ropa de mi madre algo que le gustara. Aceptó, pero yo seguía con la sensación de que me observaba, que tan solo fingía trasegar en el armario para poder espiarme más a gusto. Apenas llevaba cinco minutos allí y ya me estaba arrepintiendo de haber pedido su ayuda.</p>
<p>-Este abrigo es una maravilla.</p>
<p>-¿Cómo puedes estar pensando en abrigos en agosto? ¿Has visto la que está cayendo?</p>
<p>-No seas tonto. Hay que pensar en el futuro.</p>
<p>Por supuesto que tenía razón. Y yo se lo había pedido. Pero eso no era motivo para dársela.</p>
<p>-Mira, me queda perfecto.</p>
<p>Eso era más de lo que podía soportar. La agarré de las solapas. Su boca estaba peligrosamente cerca. Podía sentir sus pechos bajo mis nudillos.</p>
<p>El timbrazo del telefonillo vino a darnos una tregua. En el portal de casa estaba Carlos, el novio de mi hermana.</p>
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		<title>Gnothi tu madre</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Mar 2011 01:06:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ministerio de lo Interior]]></category>

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		<description><![CDATA[Quién sabe dónde se encontrará mi kibbutz del deseo. A pesar de estar encantado de haberme conocido, tengo ganas de perderme una temporada de vista, de rotar el cultivo del amor propio, de abandonarme a los demás, por una vez, y no en mí mismo, de diluirme y flotar ingrávido, separando, por una vez, los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quién sabe dónde se encontrará mi kibbutz del deseo. A pesar de estar encantado de haberme conocido, tengo ganas de perderme una temporada de vista, de rotar el cultivo del amor propio, de abandonarme a los demás, por una vez, y no en mí mismo, de diluirme y flotar ingrávido, separando, por una vez, los pies del suelo, ver más lejos de mis narices que a estas alturas ya huelen, y probar otras orejas y otras bocas, conversaciones o silencios distintos, intentar  encontrar el centro en la periferia y no en el corazón.</p>
<p>Empiezo a hartarme de las recomendaciones de Delfos.</p>
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		<title>And if a double-decker bus…</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Dec 2010 09:45:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Londres]]></category>
		<category><![CDATA[Pareja]]></category>

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		<description><![CDATA[Pasearon de la mano por Hyde Park. Y por Notting Hill. Y por el British Museum. Y por Oxford Street. Y por la rivera del Támesis. Se besaron en Picadilly Circus. Y en Covent Garden. Y en Trafalgar Square. Y en el Tower Bridge. Y bajo la sombra del Big Ben. Y frente a un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pasearon de la mano por Hyde Park. Y por Notting Hill. Y por el British Museum.  Y por Oxford Street. Y por la rivera del Támesis.</p>
<p>Se besaron en Picadilly Circus. Y en Covent Garden. Y en Trafalgar Square. Y en el Tower Bridge. Y bajo la sombra del Big Ben. Y frente a un guardia impasible del Buckingham Palace. Y en oscuros pubs de suelo pegadizo.</p>
<p>Todos dijimos que no lo habíamos visto venir, pero no es cierto. Yo sí vi venir el autobús rojo cuando ellos cruzaban sólo pendientes de su amor. Dudé un instante. Sentí el frío de acero extendiéndose en mi corazón. El rojo se esparció por la calzada.</p>
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		<title>Como en los erizos</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Dec 2010 09:01:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Timoteo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El frío busca los resquicios donde besarte como un amante los portales oscuros. Palpa y palpa hasta que lo apartas de un manotazo, pero sabes que volverá por más. Cualquier resquicio en la bufanda y hacia el pecho, un desajuste en el abrigo y sube por la espalda, incluso a través de la ropa, las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El frío busca los resquicios donde besarte como un amante los portales oscuros. Palpa y palpa hasta que lo apartas de un manotazo, pero sabes que volverá por más. Cualquier resquicio en la bufanda y hacia el pecho, un desajuste en el abrigo y sube por la espalda, incluso a través de la ropa, las piernas son cada vez menos tuyas. Todo lo quiere.</p>
<p>Marina hunde un poco más la barbilla en la bufanda intentando hurtar su cuello al viento y se arrebuja en su enorme abrigo. Aprieta las manos enguantadas en los bolsillos contra su vientre. Aprieta los dientes. Sobre el Sena, sin resguardo y con el aire volviéndose agua, el invierno se ensaña. Cristales de hielo entran hasta los pulmones. El frío también ataca desde dentro.</p>
<p>Pasos rápidos. Marina sabe que la clave es no parar, aunque las sombras del puente le llamen para que se pare a contemplar las gélidas aguas. Las mismas sombras que en verano le hacían promesas de amor hoy murmuran entre los listones, donde el río lame los pilares con su lengua eterna.</p>
<p>A la manera de una hormiga, había estado cosechando amor durante todo el verano con la esperanza de usarlo de combustible invernal. Ella mencionó Rayuela, él rió, habló de encuentros casuales y causales y se descubrieron cómplices. Encontró su andar desgarbado en todos los horizontes de la ciudad. Sus ojos de miel la fotografiaron por los jardines de agosto. Por las noches, revelaba su sonrisa contra el techo de la habitación. Las lluvias del otoño lo empaparon todo, dejándolo inservible. No apto para consumo humano. Ahora un corazón calado apenas desprende calor y cruzar el Pont des Arts es más duro que atravesar París entero.</p>
<p>Una tarde de esos últimos días de otoño en que el verano vuelve para despedirse, tras ver a los árboles comenzar a despojarse de sus hojas sobre el canal Saint-Martin, Luis le dijo que estaba enamorado. Marina le cogió la mano y, antes de que pudiera responder nada, él precisó que de otra. Mantuvo la sonrisa como pudo. Le estaba pidiendo su consejo de amiga. Aguantó el resto de los golpes como un sparring profesional. Se negó con suavidad a dar consejos, como siempre hacía por principio, pues apenas sabía tomar decisiones en su propia vida. Él no quería asesoramiento, sino oírse decir ciertas cosas en alto y convencerse de que venían de fuera. Al final de la conversación se dio cuenta de que no le había soltado la mano.</p>
<p>Las siguientes semanas fueron lluviosas. Marina veía las ventanas impregnarse de humedad a través de sus ojos empañados. Luego el agua fue dejando paso al frío. Tuvo que subir la calefacción y sacar otra manta, con la caída del sol parecía filtrarse hasta los huesos.</p>
<p>Ya las palabras se congelan al contacto con el aire. Deja suspendido un suspiro cuando alcanza la otra orilla. Ha conseguido cruzar una noche más.</p>
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		<title>Basado en hechos reales</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Nov 2010 20:26:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nihilia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ministerio del Ensayo y el Error]]></category>
		<category><![CDATA[agujero]]></category>
		<category><![CDATA[Grecia]]></category>
		<category><![CDATA[hoyo]]></category>
		<category><![CDATA[Tales]]></category>

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		<description><![CDATA[Prólogo de &#8220;El Mutista&#8221;. No esperen pronto el resto. El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Prólogo de &#8220;El Mutista&#8221;. No esperen pronto el resto.</em></p>
<p>El manto estrellado de Morfeo titilaba sereno sobre los campos de olivares, mecidos por la brisa nocturna del Mar Egeo. El único obstáculo reseñable a su avance era la ciudad de Mileto, fundada en la noche de los tiempos por un apuesto y bien formado efebo, que escapaba de un admirador demasiado fogoso y regio para su gusto y de su demasiado sanguinario y bien entrenado ejército.</p>
<p>Dos figuras cruzaban la acrópolis sin demasiada convicción; al menos una de ellas parecía no tenerlas todas consigo. Era una pareja compuesta por una vieja aristócrata, de cuya belleza podía decirse que era legendaria por la cantidad de tiempo que hacía que había abandonado el barco, y un prometedor estudiante con pinta de encontrarse en una situación para la que no había sido debidamente instruido.</p>
<p>- Señora, empezamos a alejarnos bastante del ágora, ¿no puede enseñarme lo que sea aquí mismo?</p>
<p>- No te preocupes, mi impulsivo doncel. Una pequeña caminata no debe ser obstáculo para un joven tan fornido y apuesto como tú.</p>
<p>La anciana hundió un poco más sus dedos huesudos en el brazo del estudiante e, ignorando los quejidos que emitía su joven erómeno, lo arrastró hasta un balcón delicadamente engalanado con enredaderas y flores aromáticas, desde el que se divisaba toda la ciudad. Una vez allí, la anciana se volvió hacia su acompañante al tiempo que acariciaba un ánfora de forma pretendidamente insinuante.</p>
<p>- Entonces, ¿todos los estudiantes lucen atributos tan apolíneos como los tuyos, o debe considerarse como una atención especial de los dioses?</p>
<p>El estudiante se acariciaba el brazo, que aún guardaba la memoria de los huesos de la anciana en su carne.</p>
<p>- Honestamente, no se si apolíneo es el adjetivo más adecuado…</p>
<p>- Por favor, la humildad es el consuelo de los que no tienen nada de qué presumir. Vuestra silueta, en cambio…</p>
<p>- Señora, me parece que esperáis ser complacida de alguna manera que no me atrevo a imaginar, y mañana tengo que…</p>
<p>- Oh, no os riáis de mí. Sin duda una mente tan despierta como la vuestra debe conocer infinitas maneras para satisfacer a una dama.</p>
<p>En la despierta mente del estudiante hacía un rato que se agolpaban imágenes de terribles accidentes de carretas y emboscadas a la vuelta de un matorral traicionero.</p>
<p>- Quizás si fuéramos a un lugar más iluminado y concurrido podría leerle algún pasaje de…</p>
<p>- Observo que te falta perspectiva, gorrioncillo.</p>
<p>La anciana  puso los brazos en ánfora y decidió pasar de los dobles sentidos de alcoba a los de campaña. Con cada frase suya enviaba un par de caballos de Troya dialécticos hasta arriba de soldados hacinados, acalorados, hambrientos, probablemente con urgencias fisiológicas que aliviar desde hace horas y que matarán por un poco de aire fresco. El estudiante era el mocoso que se pone a jugar al frontón usando el caballo de pared.</p>
<p>- Una mente tan brillante e inquieta como la vuestra debe alumbrar gran cantidad de excitantes proyectos. Proyectos que se beneficiarán enormemente del apoyo financiero que puede aportar una dama como yo.</p>
<p>- Señora, dadme tan sólo una rama seca y tierra en la que poder dibujar; nada más necesita el verdadero sabio: quebrantará así la lengua de los charlatanes.</p>
<p>- ¿Y las influencias? No podéis negar que no todos los oídos son igual de valiosos, y que más vale predicar un vez en el foro adecuado que mil veces entre cardos y alimañas.</p>
<p>- Si una idea es cierta, se sostiene y difunde por sí misma: lo más veloz es el entendimiento, que corre por todo.</p>
<p>- Pero bueno, ¿afirmáis entonces que no os interesa nada de lo que os rodea?</p>
<p>El estudiante levantó la mirada hacia el firmamento y dejó que la luz de miles de estrellas bañase su rostro, otorgándole la prestancia de un semidiós esculpido en piedra.</p>
<p>-A veces, cuando contemplo la inmensidad de la cúpula celestial, las estrellas observándonos impasibles desde el firmamento como los fríos ojos escrutadores de Minerva…</p>
<p>-Lo que vos digáis&#8230; Esta túnica me aprieta; a ver si aflojándola un poco…</p>
<p>-… y los mecanismos que gobiernan la naturaleza, toda esta diversidad  animada por un único mandato ignoto&#8230;</p>
<p>-… entre las cataratas y el tembleque esto es toda una hazaña &#8230;</p>
<p>-… o el voluptuoso caudal de las aguas, origen, sustrato y causa de aquello que nos rodea…</p>
<p>-… ¿eso era un zafiro o mi prótesis dental?…</p>
<p>-… la humedad de la que proviene toda vida, toda esta belleza y armonía…</p>
<p>-… oh, vaya. Me silban los oídos…</p>
<p>-… a veces me pregunto qué es, en realidad, todo esto.</p>
<p>-¿Y no sientes curiosidad también por todo ESTO?</p>
<p>La túnica, el peplo, el himatión, y saben los dioses cuántas prendas más, yacían en los tobillos de la anciana, que se ofrecía con los brazos abiertos al aterrorizado estudiante. Horrorizado, arrancado de su arrebato místico por un desnudo que haría gritar de agonía a los tres jueces del Inframundo, el estudiante echó a correr de la forma en que la trigonometría más básica le aconsejaba: en línea recta hacia el punto de fuga.</p>
<p>Acto seguido, el firme devino en éter y el estudiante se precipitó en la oscuridad nada confortable de una zanja. Desde el fondo, aún confuso sobre la posición y el estado general de varios de sus miembros, pudo ver cómo la anciana se asomaba sujetando su túnica con las manos y exhibiendo la amplia sonrisa desdentada por la que, según decían, el Hades en asamblea extraordinaria había decidido otorgarla una moratoria indefinida, hasta que no quedase más remedio que aceptarla. La anciana profería grandes risotadas y silbaba entre dientes:</p>
<p>- ¿Cómo pretendes, Tales, saber acerca de los cielos, cuando no ves lo que hay debajo de tus pies?</p>
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		<title>Carta</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Nov 2010 17:46:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Segundo de Chomon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Inclasificables]]></category>
		<category><![CDATA[Ministerio de lo Interior]]></category>

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		<description><![CDATA[Querida Clara: Tengo aquí sobre el aparador el crisma con la bola de nieve con mecha que me mandaste las últimas navidades, cual bomba de relojería a punto de estallar. Aunque desentone un poco, pues ya han pasado tres meses desde que terminaron las navidades, me pone de muy buen humor dejar las llaves nada [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Querida Clara:</p>
<p>Tengo aquí sobre el aparador el crisma con la bola de nieve con mecha que me mandaste las últimas navidades, cual bomba de relojería a punto de estallar. Aunque desentone un poco, pues ya han pasado tres meses desde que terminaron las navidades, me pone de muy buen humor dejar las llaves nada más entrar en casa y encontrarme con esos garabatos tan preciosos de Gonzalo. En el trabajo aún se ríen cuando guardo tal o cual regalo de los clientes (algún detallito, cosas sin importancia, no te preocupes) para mi ahijado. Pensamos mucho en él (y en vosotros, obvio) y no te lo vas a creer, pero Laura y yo nos pasamos muchas cenas imaginando los sitios a los que le llevarán sus padrinos este verano cuando vengáis de visita. Aunque todavía es pequeñito tiene que conocer los sitios donde creció su madre, ¿no te parece? De todos modos no te voy a martirizar con planes a seis meses vista.</p>
<p>Yendo pues, un poco más al grano, tengo que confesarte que me sorprendió el interés que mostrabas en tu anterior carta por Tomás. Pensé que todavía resultaba un recuerdo demasiado doloroso después de lo que ocurrió, pero no me había dado cuenta de que han pasado ya nueve años. ¡Nueve años,Clara!. El tiempo pasa de forma atroz. Nueve años y vivir a cinco mil kilómetros de distancia surten un efecto lo suficientemente balsámico para alejar a los fantasmas. A veces yo mismo pienso en marcharme una temporada. Pero ¿de quién huir? Casi todos os habéis marchado de Madrid. Supongo que es mi designio, quedarme aquí, como guardián de la morada, esperando vuestra vuelta algún día.</p>
<p>Respecto a Tomás sigo visitándole regularmente. Cuando digo regularmente, digo dos o tres veces al año. Sigue viviendo en General Lacy, en ese piso que tú conoces tan bien. Sigue estando tan desordenado como antes, pero ya no transpira tanta vida, se ha convertido en una cueva. La verdad que todavía no sé por qué sigo yendo. Cuando hago sonar el telefonillo (3º C, acuérdate), ya advierto la escena que me voy a encontrar. Seguro que me recibirá en bata. Seguro que con un pito en la mano y un libro. Nos sentamos en el sofá y la conversación no arranca hasta que, después de haber escuchado mis divagaciones, mirando hacia la pantalla del televisor apagado, (es decir, no escuchándome, porque creo que la medicación le ha lastrado bastantes cualidades comunicativas además de hincharle la cara) me contesta sin venir a cuento acerca de un poema de Holderling. Como comprenderás nunca hablamos del pasado, y raro es el día que consigo sacar una conversación que no gire entorno a la poesía. Después aspira otra calada y sus ojos se encuentran fijamente con algo. No sé si es la luz que entra por la ventana o la enciclopedia de sánscrito, pero le vuelve a atrapar durante treinta segundos.Parpadea una o dos veces. Es un parpadeo lentísimo, como si cada músculo óptico tuviera que levantar en vilo la mesa del comedor y la televisión, y toda su colección de libros, y después volver a bajarla. Como la situación es incómoda intento soltar alguna broma para oxigenar la habitación y él sonríe complaciente. Estoy seguro que no le ha hecho gracia, pero sonríe.</p>
<p>Sigue siendo un fumador compulsivo, eso no ha cambiado. Se echa uno detrás de otro, sujetando el cigarro con esas manos grandotas de agricultor que parecen morcillas, como las de su padre. Casi hablo más con sus padres que con Tomás. Me cuentan que con ellos está un poco irascible. Comen juntos todos los martes, pero rara es la vez que no se despiden con una bronca casi siempre vinculada a la medicación. En realidad todas las crisis que ha tenido han sido por dejar de medicarse. Sería tan fácil que simplemente la tomara.Podría llevar una vida relativamente normal. Un día me explicó que deja de hacerlo porque no le permite pensar, como si le hubieran enjaulado las ideas. Él nota que están ahí pero no puede acceder a ellas, no puede verbalizarlas.</p>
<p>Como ves, lo que te cuento no es demasiado agradable y estoy seguro de que en estos momentos estás lamentando haberme preguntado, pero tampoco puedo mentirte.</p>
<p>¿Te he contado que de vez en cuando me gusta entristecerme recordando el fulgor de antaño, como cuando nos emborrachábamos con mezcal ‘Los suicidas’ y recitábamos a grito pelado a César Vallejo? Me parece una conducta penosa, pero este aburrido y detestable estanque dorado de la madurez no da para mucho. Ojalá estuvieras aquí.</p>
<p>Mándale un abrazo al soplagaitas de tu marido y dile que no espere ganar una copa del mundo en su puta vida mientras sigáis teniendo ese despojo futbolístico llamado Maradona de entrenador.</p>
<p>Lo mismo para Gonzalo, dile que le quiero y vete explicándole en qué consiste el parque de atracciones.
</p>
<p>A ti no te mando nada, hipoteco mis abrazos y mis besos hasta que no te vea pisar el aeropuerto de Barajas.</p>
<p>Un abrazo,<br />
el padrino.</p>
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