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	<title>Patologías urbanas</title>
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	<description>Ecografía de una sociedad desestructurada</description>
	<lastBuildDate>Fri, 21 Jan 2011 12:26:32 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Villa Amalia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 18:18:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Hace pocos días tuve la suerte de ver una película que me inspiró profundamente: Villa Amalia. No voy a desvelarles el final por si tienen ocasión de verla, pero básicamente trata de una persona que, por un hecho concreto, aunque &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/villa-amalia">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignleft" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100715/lgsaramago.JPG_lite011.jpg" alt="" width="350" height="240" />Hace pocos días tuve la suerte de ver una película que me inspiró profundamente: <a href="https://www.youtube.com/watch?v=hJKNCk6oWZw" target="_all">Villa Amalia</a>. No voy a desvelarles el final por si tienen ocasión de verla, pero básicamente trata de una persona que, por un hecho concreto, aunque esa a mi entender fue la excusa, la gota que colma el vaso de la insatisfacción, decide desaparecer.</p>
<p><span id="more-5"></span></p>
<p>Desaparecer no es fácil, aunque pueda parecerlo. Al terminar la película, al salir del cine, sentí una tremenda paz no sólo por el buen hacer de la cineasta, Benoît Jacquot y de su protagonista, Isabelle Huppert, que ha vuelto a sorprender a la crítica y <a href="https://www.noticine.com/internacional/38-internacional/13405-bertrand-tavernier-dialoga-con-isabelle-huppert-sobre-qvilla-amaliaq.html" target="_all">hasta a Tavernier</a>&#8211; sino porque me sentí tremendamente identificado con el paisaje que escoge su protagonista para desvanecerse: una isla. En cierto modo tiene mucho sentido, pensé: ¿qué otro paraje geográfico lleva escrito en su ADN un código genético de mayor aislamiento? Probablemente se les ocurran unos cuantos, no digo que no, pero a mi las islas siempre me han parecido lugares fascinantes para perderse. Puede que fuera porque de pequeño leía a <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Enid_Blyton" target="_all">Enid Blyton</a>, algunas de cuyas estupendas aventuras de &#8220;Los cinco&#8221; sucedían en una isla. Igual sucedía con de los estupendos relatos de Hitchcock en su serie <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Los_tres_investigadores" target="_all">&#8220;Los tres investigadores&#8221;</a> Mas luego, ya de mayor, la fascinación por las islas no sólo permanece sino que aumenta a medida que crezco.</p>
<p>Ya sé que a muchas personas les produce una irremediable angustia el hecho de sentirse aislados y confiesan sin ningún pudor que jamás podrían vivir en una isla. Conscientes de que su movilidad está condicionada a un avión o un barco cuya frecuencia escapa a su control; necesitan saber que, por ejemplo, en cualquier momento pueden bajar al garaje, tomar su auto y conducir a donde les plazca. Como si eso fuera sinónimo de algo No sé, quizá hay gente que encuentra en ese pequeño gesto de libre albedrío un gozo que les permite respirar tranquilos de continuo. Pero no es mi caso. Es más, creo que en ningún lugar me he sentido tan libre como en una isla. Durante un tiempo viví en una y creo que ha sido uno de los momentos de mi vida en que me sentí más libre. No puedo explicar bien la sensación, y además, no todas las islas son iguales. No todas son obviamente- una estampa idílica en la que rodar uno de esos programas en los que famosos <em>juegan a buscarse la vida</em> en taparrabos. No, eso es otra cosa.</p>
<p>Para mí las islas son casi un estado de ánimo, que permite o al menos así lo siento yo, vaya usted a saber por qué- y hasta propicia un diálogo con uno mismo. El hecho de estar rodeado de mar, conectado con la naturaleza y desconectado del artificio, se me antoja el escenario perfecto para encontrarse con el interior. Es como si esas condiciones <em>un poco diferentes</em> que genera el hecho de tener una conexión limitada con el exterior, provocara un cambio de <em>tempo</em>; un oasis de calma que no hallo en otros lugares. Entiendo que también muchos pensarán que para conectar con uno mismo no hace falta ir a ningún lado, ni mucho menos aislarse. Completamente de acuerdo. Lo idóneo es estar conectado con uno mismo allá donde uno esté y hay mil lugares que propician el recogimiento interior. Pero en mi caso, las islas lo fomentan.</p>
<p>Quizá por ello me atrapó sobremanera &#8220;Villa Amalia&#8221;. No sólo por el arrojo y la firme decisión que conduce a la protagonista a conseguir su propósito lo cual ya es de admirar en cualquier ámbito de esta vida, y perdonen que no desvele detalles para no chafar su visionado- sino que también me resultó fascinante la estupenda lectura que durante toda la película se hace de conceptos como la renuncia, el desapego, la motivación, el arraigo y muchos otros temas tan íntimamente ligados a un ser del nuevo milenio que, deslumbrado por órbitas como la del hiperconsumo, la hiperformación u otras similares, naufraga constantemente en lo que a la gestión de las emociones o la búsqueda de la felicidad en meros gestos cotidianos, por no ser muy ambiciosos, se refiere. Al salir del cine, pensé en la cantidad de gente que hace un esfuerzo por estar, por aparecer, por aparentar en vez de por ser.</p>
<p>También me vinieron a la mente otro tipo de personas que transitan por la vida con tan buen saber hacer que, pese a desaparecer, continúan estando entre nosotros. Podría hablar de muchas en general- y seguro que a cada lector se le ocurrirán varios nombres. Pero no quiero terminar estas letras sin mencionar a una persona concreta: a <a href="https://www.elpais.com/especial/jose-saramago/obra.html" target="_all">José Saramago</a>. Una extraña coincidencia hizo que el día de mi cumpleaños volara hacia <em>su isla</em> -que en cierto modo siento también como mía y disculpen <em>los conejeros</em> por esta <em>apropiación indebida</em>, pero es una tierra que siento como si fuera mía- cuando me enteré que él se marchaba. Desconcertado, me llegó la noticia entre mensajes, mitad de felicitación, mitad de sentimiento por la pérdida. Como me dijo una amiga, &#8220;para mí tu cumpleaños estará ya para siempre estará ligado al de una fecha tan literaria&#8221;. La despedida, pero no desaparición, de tan célebre escritor a quien tantos admirábamos y que conocía bien la libertad que <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Saramago" target="_all">una isla puede llegar a dar</a>. &#8212;</p>
<p>¡<a href="https://www.patologiasurbanas.com/" target="_all">Patologías urbanas</a> cumple 6 años! Unos 300 artículos, un blog, un programa de radio, un libro y, sobre todo, un buen puñado de amigos que me acompañan semanalmente en este recorrido incierto por el corazón de las ciudades. A todos, de corazón: mil gracias.</p>
<p>Y tras seis años un merecido añado yo- descanso estival ¡Feliz verano!</p>
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		<title>Al campo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 17 Jun 2010 11:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Hay mucha gente que sueña con el campo. No, tranquilos. No voy a hablarles de fútbol, que ya estamos ahítos. Me refiero a esa idea recurrente, mezcla de deseo y utopía, que algunos urbanitas albergan. Creo que sería difícil cuantificar &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/al-campo">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="alignleft" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100617/txpato17061011.JPG" alt="" width="350" height="240" />Hay mucha gente que sueña con el campo. No, tranquilos. No voy a hablarles de fútbol, que ya estamos ahítos. Me refiero a esa idea recurrente, mezcla de deseo y utopía, que algunos urbanitas albergan. Creo que sería difícil cuantificar la cifra de los que guardan ese sueño en un cajón dorado, como ese &#8216;Plan B&#8217; que quizá un día les ayude a escapar de la artificial y estresante rutina de las ciudades.</p>
<p><span id="more-6"></span></p>
<p>Durante las últimas décadas el éxodo del campo a la ciudad ha sido imparable. Aparte de la dureza que ya de por sí supone vivir en -y sobre todo de- el campo; la espantada de sus pequeños núcleos rurales hacia las ciudades, ha provocado una paulatina anorexia en las villas y una elefantiasis de las metrópolis. Para quienes vinieron del campo a la ciudad en busca de una vida con más oportunidades, sería casi una vuelta natural a su lugar de origen. Éstos probablemente han entregado parte o gran parte- de sus vidas a un entorno que quizá les resulte hostil, infranqueable, pernicioso y devorador pero que, al mismo tiempo, emite unas invisibles ondas que atrapan a las personas: la ciudad.</p>
<p>Irresistible polo de atracción para unos, devorador de existencias para otros, la urbe va camino de convertirse, si es que no lo es ya, en el espacio de <a rel="nofollow" href="https://www.elpais.com/articulo/portada/desafio/convivencia/elpepusoceps/20100502elpepspor_9/Tes" target="_all">mayor densidad de población</a> del globo. A principios del SXXI, esos inmensos <em>hormigueros humanos</em> llamados ciudades albergan nada menos que al 50% de la población mundial y las previsiones conservadoras, diría- vaticinan que para 2050 más del 70% de los habitantes del planeta vivirán en ciudades. ¿Qué misterioso hechizo les convierte en un imán para la vida? Probablemente la primera respuesta, la razón que ha provocado este <em>éxodo masivo</em> del campo a la ciudad haya sido el trabajo. Además hay otras colaterales derivadas de este primer motivo, como son los estudios, la oferta cultural, los servicios, el comfort, etc.- pero la primera de todas las razones, <em>la razón-nodriza</em>, la que da sentido a todo el sistema es el trabajo. Con trabajo hay acceso al menos en teoría- a todos esos dulces prometidos. Igual que un niño con dinero en el bolsillo se siente un poco rey en una <em>tienda de chuches</em>, cuando uno tiene trabajo, puede acceder a diversos bienes.</p>
<p>Pero, ¿qué ocurre cuando el principal atractivo de las ciudades mengua o va <a rel="nofollow" href="https://www.elblogsalmon.com/economia/hacia-el-fin-del-trabajo" target="_blank">a los diarios</a> para hallar las múltiples respuestas a esta pregunta. Cuando el trabajo escasea el escenario se complica y esa complicación puede llegar a niveles de deshumanización terribles. Es entonces cuando algunas personas rescatan el clásico ¿<a rel="nofollow" href="https://loloarrones.wordpress.com/" target="_all">qué hago yo aquí</a>? Y medio en broma, medio en serio, empiezan a imaginarse en <a rel="nofollow" href="https://www.vidasencilla.es/" target="_all">un proyecto de vida más amable</a>.</p>
<p>El sueño puede ser compartido por muchos, pero hay por así decirlo- una tipología diversa de personas que estarían dispuestas a volver al campo. Por un lado, están los que un día tuvieron que abandonarlo y cambiarlo por la ciudad y simplemente echan de menos su espacio natural. Otros, en cambio, son urbanitas a veces muy sofisticados- que gracias a las nuevas tecnologías y fórmulas similares, pueden permitirse trabajar a distancia de sus oficinas y sus clientes. Suelen ser unos privilegiados aunque también los hay osados que arriesgan por nuevos modelos de vida- y simplemente cambian el entorno rural por el urbano, pero suelen seguir teniendo un modo de vida sofisticados. Son los conocidos como <a rel="nofollow" href="https://www.plusesmas.com/familia_psicologia/entorno/neorrurales_cambiar_de_vida_a_cualquier_edad/298.html" target="_blank">neorrurales</a>. Y por último, estarían aquellos que, sin ser de campo ni pretender vivir como en la ciudad, deciden volver al campo o a un pueblo pequeño en busca de una vida más tranquila, equilibrada, armoniosa y natural. Y sí, es posible que no dispongan de todas las comodidades que tenían antaño: pero su apuesta personal <a rel="nofollow" href="https://lacomunidad.elpais.com/jesusgarcia2553/2007/10/20/hay-volver-al-campo-alli-permanece-dormida-memoria" target="_all">les merece la pena</a>.</p>
<p>En algunos casos pertenecen a movimientos tipo <em><a rel="nofollow" href="https://movimientoslow.com/es/filosofia.html" target="_all">slow</a></em> o similar, que apuestan por una vida más simple. En otros, suelen estar ligados a una muy fuerte conciencia ecologista como por ejemplo los integrantes de las <em><a rel="nofollow" href="https://www.ecoaldeas.org/ecoaldea.htm" target="_all">ecoaldeas</a></em>&#8211; y buscan un modelo de vida mucho más sostenible y menos invasor para con el planeta que todos habitamos. A todo este elenco, ahora podríamos añadir los que simplemente <a rel="nofollow" href="https://www.europapress.es/catalunya/noticia-crisis-economica-hace-volver-campo-jovenes-otros-sectores-llobregat-maresme-barcelona-20080925135323.html" target="_all">se han quedado sin trabajo</a> y que ven cómo tanto las ciudades como el Estado de Bienestar agonizan ante un modelo que parece <a rel="nofollow" href="https://www.kaosenlared.net/noticia/muerte-del-estado-de-bienestar" target="_blank">estar en las últimas</a> y en el que no ven cabida.</p>
<p>Algunas personas como Roger Gómez, co-guionista y director de la serie &#8216;<a rel="nofollow" href="https:// www.xtvl.tv/programes/elpobledelcostat">El poble del costat</a>&#8220;, piensan que en un futuro próximo las personas demandarán &#8220;tiempo y espacio&#8221;, tiempo para ser y espacio para desarrollar ese ser. Y sin buscar un <em>campo de diseño</em>, ni necesariamente una conciencia ecológica radical, simplemente emigrarán <em>en sentido inverso</em>, para ver si por fin, en algún lado, son capaces de construir un relato vital más sencillo, ajeno a las infinitas presiones diarias que la sociedad ejerce en los más diversos puntos cardinales y ordinales- de los ciudadanos. Una fuerza centrípeta les expulsa fuera del sistema casi por necesidad, pero en el fondo late la idea de poder encontrarse de nuevo con ellos mismos, en algún lugar donde el tiempo sea tiempo, donde el espacio no sea ínfimo y donde el oxígeno aún pueda respirarse sin morir en el intento. Donde la naturaleza aún sea un poco generosa y permita soñar con la idea de empezar de nuevo. Y lo que es mejor, sin tener que pagar tan alto peaje por ello.</p>
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		<title>Usar y tirar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 May 2010 00:21:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Ayer leía una noticia que me puso un poco triste. Ya sé que muchos pensarán que eso no presenta mayor interés, ya que tal y como están las cosas, podríamos abrir los diarios casi por cualquier página para toparnos de &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/usar-y-tirar">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100521/abblog21051011.JPG" alt="Javier Castañeda" />Ayer leía una noticia que me puso un poco triste. Ya sé que muchos pensarán que eso no presenta mayor interés, ya que tal y como están las cosas, podríamos abrir los diarios casi por cualquier página para toparnos de bruces con un sinfín de párrafos que invitan a la tristeza, letras sedientas de lágrimas, que parecen escritas para llamar al drama.</p>
<p><span id="more-7"></span></p>
<p>Pero aunque el menú de opciones por las que entristecerse sea más amplio que el de un <em>buffet libre</em>, mi noticia o lo que es lo mismo, ese instante de nostalgia que me sobrecogió al leerla- no era por algo muy grave o desastroso, sino por un nimio detalle: en breve los clásicos autobuses de dos pisos londinenses serán sucedidos por unos <a rel="nofollow" href="https://es.cars.yahoo.com/18052010/233/autobuses-futuristas-calles-londres.html" target="_blank">modelos futuristas</a>. Ya sé, ya sé muchos pensarán que con la que está cayendo reparar en algo así es una tremenda patochada. Y probablemente lo sea, aunque realmente no sentí preocupación, quizá tampoco tristeza. Probablemente sólo fuera un breve ataque de nostalgia al comprobar cómo cambia uno de los populares iconos que personalmente asociaba tan singular paisaje. En cierto modo, las calles de Londres sin los clásicos buses rojos de dos pisos se me antojaron vacías; probablemente hasta que me acostumbre a los nuevos. Pero al pensar en algunas de las inspiradoras sensaciones que tuve al coger un bus rojo por vez primera y lo fácil que resultaría que desaparecieran del inconsciente colectivo o lo rápido que se adaptarán nuestras rutinas a lo nuevo; me sobrevino a la mente la inquietante imagen de las mil y una cosas que de modo habitual asociamos a otras, bien porque forman parte de nuestros recuerdos o bien de nuestra realidad cotidiana. Entonces, por unos instantes, intenté imaginar lo complicado que resulta a veces deshacerse de esas conexiones o simples connotaciones mentales.</p>
<p>Intuyo que resultará más fácil y probablemente los nuevos sean más sostenibles- llevar los simpáticos autobuses rojos <em>al cementerio de los buses</em>, es decir, al desguace, que mantenerlos circulando por la City. Allí al menos, una vez que pasa el crujido de la chatarra cuando queda reducida a un cubito de hojalata, no hay almas, rostros o semblantes a los que añorar. En cuestión de segundos, como mucho de minutos, todo habrá terminado. Limpio y fácil, como gustan las cosas actualmente: todo cómodo, sencillo, sin complicaciones. Quizá la idea de lo fácil que resulta hoy deshacernos de lo que nos sobra y reponerlo por algo nuevo, haya sido todo un símbolo de estatus, audacia y confort durante las últimas décadas. Pude constatarlo el otro día al ver un afilador por el barrio. Pensé que ya eran una <a rel="nofollow" href="https://blogs.elpais.com/micrografias/2010/05/especies-en-extinci%C3%B3n.html" target="_blank">especie en extinción</a>, pues si preguntáramos por ahí, probablemente muchos nos dirían que han requerido poco sus servicios, cada vez menos; pues resulta infinitamente más barato comprar un cuchillo nuevo que afilar uno gastado. Imagino que son modas, o bien leyes de mercado, las que consiguen que el coste de lo nuevo sea tan bajo, <a rel="nofollow" href="https://www.infobae.com/general/308504-100804-0-Conviene-comprar-o-arreglar-electrodomesticos-rotos" target="_blank">que apenas compense reparar nada</a>, pues el sentir popular es que &#8220;no merece la pena&#8221;. Esta premisa ha arrasado sin resquicios y calado en el horizonte de muchos- al comprobar que se cumplía en los más diversos ámbitos, desde un simple cuchillo a un televisor; del microondas al automóvil y del móvil al ordenador, etc. </p>
<p>Los precios de cosas que antes eran caras o consideradas valiosas y difíciles de reponer, por un lado bajaron considerablemente, mientras que por otro, el poder adquisitivo crecía. Todo este entramado ya un modo de sentir colectivo- operaba prácticamente sin cortocircuitar en la mente de muchos, pero se terminó la bonanza y llegó la crisis. ¿Y que ha sucedido? No voy a hacer de <em>gurú de maceta</em> y pensar que exactamente lo opuesto, pero una lectora el otro día me comentaba que &#8220;había vuelto a ver cola en el zapatero remendón&#8221;, quien inusitadamente- ve crecer la demanda de sus servicios, cuando hace ya años que tuvo que dedicarse simultáneamente al negocio de las llaves y otros menesteres apócrifos, a fin de no echar el cierre. La misma suerte corren las tiendas de arreglo de ropa y zurcidos: lo que antes se tiraba o se desechaba a veces incluso sin haberse llegado a estrenar, como si estuviéramos en una versión de <em><a rel="nofollow" href="https://www.imdb.com/title/tt0088763/" target="_blank">Back to the future</a></em> las cosas vuelven a repararse. Imagino que a medida que el poder adquisitivo de la población siga bajando, la gente se pensará dos veces si tirar algo o repararlo. E incluso hay quien se siente feliz de volver a sacarle a las cosas todo su provecho hasta el final y no tirarlas a medio uso, simplemente por capricho o cansancio.</p>
<p>¿Imaginan que sucediera lo mismo con las personas?</p>
<p>____________<br />
 <span class="ladillo">Presentación de &#8220;Patologías Urbanas&#8221;<br />
</span>El próximo miércoles 2 de junio, a las 19.30h.<br />
FNAC <br />
L&#8221;Illa, Avenida Diagonal, nº 557</p>
<p>Conversación con Francisco Jarauta (prologuista), sobre la génesis del libro y algunas de las tendencias que conforman <em>esta sociedad desestructurada</em>.</p>
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		<title>¡No quiero!</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 May 2010 21:14:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Confundir la asertividad con decir siempre que sí, vendría a ser algo así como confundir el tocino con la velocidad. Es cierto, y nunca mejor dicho, que hasta el diccionario asocia la palabreja con la cualidad de los seres capaces &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/%c2%a1no-quiero">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100513/noquiero4.JPG" alt="Javier Castañeda" />Confundir la asertividad con decir siempre que sí, vendría a ser algo así como confundir el tocino con la velocidad. Es cierto, y nunca mejor dicho, que hasta <a href="https://buscon.rae.es/draeI/" target="_all">el diccionario</a> asocia la palabreja con la cualidad de los seres capaces de afirmar su personalidad; pero obviamente, y pese a que las tripas del aserto ya albergan en su interior los tesoros de la afirmación y la aseveración, no siempre lo que se afirma ha de ser algo positivo.</p>
<p><span id="more-8"></span></p>
<p>Es más, intuyo que en más de una ocasión, la afirmación de la personalidad se muestra infinitamente más al decir que no, que al consentir. Así, al escuchar a otros hablar de alguien con la capacidad de decir que no, no sólo cuando toca, sino cuando le viene en gana, resulta muy común escuchar que tiene &#8220;arrestos&#8221;, que está &#8220;bien plantao&#8221;, que &#8220;sabe lo que quiere&#8221;, etc. Diríase que la capacidad de negarse a las demandas de otros, tiene un cierto halo de dignidad o de reconocimiento; mientras que el asentir fácilmente, suele asociarse a seres carentes de personalidad. Obviamente no hay que hacer caso ni de todo lo que se lee, ni de lo que se ve, ni de lo que se escucha; pero sería fácil llegar al consenso de que muchas veces la afirmación supone una disolución de cualquier ápice de conflicto, mientras que el &#8220;no&#8221; suele tener asociadas las más remotas connotaciones de gresca, forcejeo, intolerancia y hasta de lucha de poder, en según qué casos.</p>
<p>Pues bien, durante las últimas décadas, muchos vendedores se han aprovechado de la buena educación, de las buenas personas o, simplemente, de las pocas ganas de pelea de muchos. Así, al tropezarse con cualquiera de las múltiples personas que, por eludir un mal rato, empiezan diciendo que sí a todo, siguen diciendo sí a todo y finalizan diciendo sí a todo; simplemente por evitar el conflicto&#8230; los que forman parte del club más pesado del mundo, es decir, los que intentan <em>vender motos</em> hacían su agosto. Mientras eran cuestiones que se resolvían cara a cara o persona a persona, podría incluso tener cierta gracia algunas veces- ver a estos chiquilicuatres intentar abordar a sus presas. A veces todo quedaba en un simpático <em>gag</em> y otras, en cambio, daban paso a situaciones realmente embarazosas. Pero todas solían tener un principio y un fin. Y, sobre todo, alguna persona ante la que poder dirimir el conflicto.</p>
<p>Ahora en cambio, desde que la <em>maquinización</em> arrasa con los sistemas de comunicación personales, se generan mil y una situaciones de indefensión en las que el calificativo &#8220;surrealista&#8221; se queda corto. ¿Aún hay quien piensa que la agresividad como herramienta de persuasión comercial funciona? Pues debe de dar resultado a juzgar por lo mucho que la siguen empleando tantas empresas, de esas que uno podría calificar de &#8220;serias&#8221;. Máxime en los tiempos que corren, que todo el mundo está como loco por vender sus productos para surfear la crisis, cualquiera podría pensar que es hora de ampliar miras y<a href="https://www.escuchatucliente.com/" target="_all">escuchar a los clientes</a>, intentar conocerles, ver qué necesitan y, sobre todo, no marearles. Pues nada más lejos. Es más, sólo por la cantidad de llamadas que recibimos a diario para intentar vendernos cosas que ni hemos pedido, ya dan ganas de darse de baja de cualquier base de datos. Aparte de despistar bastante con la mezcla de servicios: &#8220;Le llamo del banco X, porque tenemos en oferta una cristalería de bohemia que hará sus delicias&#8221;; &#8220;Le llamo de su seguro para venderle un viaje&#8221;; &#8220;Le llamo de una compañía aérea para venderle un móvil&#8221; y así un largo, etc.; al menos a mí, más que afinidad, me generan un enorme rechazo.</p>
<p>Pero si algo se lleva la palma, son las cartas en las que unilateralmente- te anuncian que van a hacer tal o cual cosa con tus datos y que, si no quieres que eso suceda, has de enviar una carta escrita para pedirles que por favor dejen de repartir tus datos personales por medio mundo, como si fueran octavillas a la puerta del Metro. Tal es el caso de un gran grupo de telefonía, que recientemente ha decidido unificar todos sus servicios bajo una <em>piel común</em>. Sí, ya sé, probablemente hayan pensado lo mismo que yo, ¿cómo una compañía que se postula líder en comunicación en pleno SXXI no es capaz de ofrecer esta posibilidad de decir &#8220;<a href="https://www.google.es/search?hl=es&amp;q=no+quiero&amp;start=0&amp;sa=N" target="_all">no quiero</a>&#8221; por correo electrónico? Esa sería la pregunta básica.</p>
<p>La avanzada sería, ¿cuándo la legislación va a cambiar este perverso mecanismo que permite a las empresas mover los datos del usuario? ¿No sería más lógico que fuera al revés, es decir, que el usuario si quisiera darse de alta en algo, lo hiciera por su propio pie y las empresas que tomaran esta iniciativa de mover sus datos, aún consultando <em>a posteriori</em>, fueran severamente multadas? ¿No se les ocurre pensar que, actualmente, si alguien quiere suscribirse a algún servicio lo tiene más fácil que nunca? ¿Por qué hacer enfadar gratuitamente a los clientes y provocar un rechazo furibundo hacia la marca? No tengo las respuestas a estas preguntas, pero sólo puedo intuir que, o se creen los amos del mundo y les sobran los clientes O que, realmente, por mucho que nos quieran <a href="https://www.emprendedor.com/articulos/turnaround/el_cliente.htm" target="_all">vender la moto</a>, lo que sienta el cliente les importa bien poco. Por favor, pónganlo fácil a la hora de decir ¡no quiero!</p>
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		<title>Ilusionarte</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 May 2010 17:01:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Hastiados por el desencanto, abatidos, tristes, alicaídos Cada vez resulta más fácil hallar personas sumidas en la sórdida profundidad de sí mismas. Cansados de bregar con el día a día y tras quizá, haber degustado reiteradamente todo el menú de &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/ilusionarte">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100506/txh2006051011.JPG" alt="Javier Castañeda" />Hastiados por el desencanto, abatidos, tristes, alicaídos Cada vez resulta más fácil hallar personas sumidas en la sórdida profundidad de sí mismas. Cansados de bregar con el día a día y tras quizá, haber degustado reiteradamente todo el menú de una carta de <strong>desengaños</strong>, se sienten sin fuerzas para afrontar con la ilusión necesaria, un día a día que a veces se antoja más escarpado que la cara norte <a rel="nofollow" href="https://www.google.es/images?rlz=1T4WZPA_enES209ES209&amp;q=annapurna&amp;um=1&amp;ie=UTF-8&amp;source=univ&amp;ei=ud3iS52SGJT2mAPx5dQx&amp;sa=X&amp;oi=image_result_group&amp;ct=title&amp;resnum=7&amp;ved=0CC4QsAQwBg" target="_all">del Annapurna</a>. <span id="more-9"></span></p>
<p>Motivos no faltan. Es más, seguro que cada arruga de un triste rostro podría relatar una truculenta historia de decepción. Hay para todos los gustos: desengaños amorosos, sueños aplazados <em>sine die</em>, incomunicación, relaciones frustradas, seres perdidos, promesas incumplidas, deseos rotos, incomprensión, enfermedades imposibles, abruptos cambios de trazado Mil y una vidas se resquebrajan cada día con microfisuras que no parecen poder pegarse ni con <a rel="nofollow" href="https://www.loctitesuperglue-3.com/" target="_all"><em>Super-Glue</em></a>. Y así, la ilusión que otrora fue motor del ánimo, parece quedarse atascada, inválida, desvencijada como sin pilas. Y las vidas se quedan ajadas, los rostros sempiternamente vacíos; presos de una zozobra de difícil remiendo. Pero, ante tamaña gravedad, ante semejante peso, ¿cómo seguir viviendo sin parecer la fotografía andante de un cadáver o la <a rel="nofollow" href="https://www.google.es/images?rlz=1T4WZPA_enES209ES209&amp;q=zombie&amp;um=1&amp;ie=UTF-8&amp;source=univ&amp;ei=1t7iS53MJpzcmgPWj5E2&amp;sa=X&amp;oi=image_result_group&amp;ct=title&amp;resnum=1&amp;ved=0CBMQsAQwAA" target="_all">asimétrica fisonomía</a> de un <em>zombie</em>?</p>
<p>Hace años, si escuchaba algún alma maltrecha pregonar que se hallaba &#8220;muerta en vida&#8221;, mi reacción inmediata era intentar desoír lo que esos interlocutores balbuceaban a través de esas bocas inermes, pese a que realmente podían estar desconectados de cualquier ápice de vida; pues la simple idea de que hubiera gente con un sentimiento de destrucción tan potente me parecía, no sólo muy triste, sino altamente venenosa para el interior. No quería creer que existiera ese tormento. Ahora <a rel="nofollow" href="https://www.abcfrases.com/frase/se-puede-estar-muerto-en-vidacuerpo-sin-alma-corazon-roto-mente-cansada/52293/" target="_all">sé que existen</a>, sé que hay muchas personas que desde que se levantan hasta que se acuestan -aunque lo más probable es que la noche tampoco les conceda descanso alguno- sienten su vida como un peso atroz con el que han de cargar a cuestas. Y sufren con un llanto interno y eterno. Algo así como ese susurro lastimero que en las películas de miedo solían adjudicar al fantasma del castillo abandonado; pero con la clara diferencia de que todos y cada uno de esos seres desesperados son reales. Y ese dolor que les mortifica o bien es real, o al menos seguro que cada una de esas personas lo siente tan real como si su existencia hubiera decidido vivir sentada sobre el colchón de clavos de un fakir.</p>
<p>Entiendo que hay gente tan sola, tan cansada y tan desesperada que pueda pensar que no le importan a nadie en este mundo, pero probablemente, en muchos casos, no sea del todo cierto. Como <a rel="nofollow" href="https://www.eduardpunset.es/5581/punset-en-los-medios/%C2%BFtodos-vemos-la-misma-realidad" target="_all">recuerda Punset</a>, aunque en otro contexto, &#8220;no todos vemos la misma realidad&#8221;; aunque imagino que este aserto le servirá de bien poco a quien se siente desdichado, al margen del grado de desdicha, o del grado de realidad del objeto o sujeto que le provoca esos penares. Ante esta tesitura, probablemente la cuestión más importante al menos para mí- es intentar recobrar ese sutil ingrediente que, pese a no parecerlo, es el motor de la vida. Como dice un buen amigo filósofo, &#8220;las grandes adhesiones conllevan grandes decepciones&#8221;. Y en muchos casos, esa tristeza deriva de una decepción generada al constatar que las cosas no son como habíamos imaginado que serían y, de ahí, surge la incapacidad tanto de aceptar esa diferencia entre lo real y lo imaginado, como de reponerse a la decepción. Así, esa ilusión que de pequeños permite ver y afrontar todo desde la perspectiva del vaso lleno o medio lleno, podría decirse que, a medida que crecemos tanto en edad como en experiencias, empieza a menguar y a palidecer, e incluso desaparece.</p>
<p>Pero al igual que en alguna fase de nuestra vida normalmente niñez, adolescencia y/o juventud, donde la ilusión casi es puro derroche- a veces hemos de controlar para que un exceso de ilusión mal entendido no nos haga saltar por un barranco al pensar al más puro <a rel="nofollow" href="https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%8Dcaro" target="_all">estilo Ícaro</a>&#8211; que nuestra ilusión por volar nos ayudará a mantenernos en el aire; del mismo modo, a partir de según qué experiencias o sobre todo cuando veamos encenderse el <em>piloto de reserva</em> en <a rel="nofollow" href="https://www.google.es/images?rlz=1T4WZPA_enES209ES209&amp;q=el+principito&amp;um=1&amp;ie=UTF-8&amp;source=univ&amp;ei=ZeLiS7GYOZWMmwPo9IlC&amp;sa=X&amp;oi=image_result_group&amp;ct=title&amp;resnum=4&amp;ved=0CCQQsAQwAw" target="_all">el bidón de las ilusiones</a>; deberíamos intentar plantar ilusiones nuevas, regarlas, abrazarlas y cuidarlas con mucho mimo, para garantizar que no la perderemos en un traspiés, dado en cualquiera de los muchos callejones mal iluminados que abundan por la vida.</p>
<p>Sin ánimo de ofrecer recetas de mercachifle, creo que la ilusión se halla, en primer lugar, dentro de cada uno. En muchas ocasiones, pese a parecer apagada, sólo está agazapada, que casi tiene las mismas letras pero no es lo mismo. Y aunque parezca extinta, basta una flor en primavera, una brisa en verano, un poema en otoño o un cálido beso en invierno, para que vuelva a lucir con fuerza. Eso sí, volver a sentir esa luz requiere animarse y no encerrarse en la idea de haber perdido la esperanza. Mas, como todo el mundo sabe: la esperanza es lo último que se pierde Y además, se puede recuperar. Como si fuera una delicada planta, aprender a cultivar la ilusión es todo un arte y, por mucho que todo parezca perdido, siempre puedes volver a aprender: aprender a ilusionarte.</p>
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		<title>Colas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Apr 2010 13:32:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Una de las cosas que más me sorprendió la primera vez que visité Londres, fue encontrarme con punkies de verdad. No es que los de aquí no lo fueran, que también, sino que aquellos parecían serlo más. Pero en verdad &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/colas">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100430/dr_PU_30042010011.jpg" alt="Javier Castañeda" />Una de las cosas que más me sorprendió la primera vez que visité <a href="https://11870.com/k/en/uk/london" target="_all">Londres</a>, fue encontrarme con <em>punkies de verdad</em>. No es que los de aquí no lo fueran, que también, sino que aquellos parecían serlo más. Pero en verdad no me sorprendieron esas <a href="https://images.google.es/images?rlz=1T4WZPA_enES209ES209&amp;q=crestas%20punkies&amp;um=1&amp;ie=UTF-8&amp;source=og&amp;sa=N&amp;hl=es&amp;tab=wi" target="_all">crestas perfectamente aposentadas</a> sobre cabezas rapadas, ni sus <em>chupas de cuero rococó</em>, ni tan siquiera sus tan raídas ropas. <span id="more-10"></span></p>
<p>No: Lo que realmente me sorprendió fue tropezarme con decenas de ellos -con sus pelos de colores, imperdibles como para no pasar un control de aeropuerto en varias vidas, collares con pinchos imposibles y botellas de cerveza en ristre- perfectamente alineados en la puerta del <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Club_Marquee" target="_all">emblemático Marquee</a> sobre las cinco de la tarde la hora del té, para más inri- sobre las desgastadas aceras londinenses. Tranquilos, sin molestar a nadie, completamente <em>a su bola</em> y, sobre todo, tremendamente concienciados de que para ser de los primeros en poder entrar en <em>su antro</em> favorito, lo más efectivo era esperar paciente y ordenadamente, uno tras otro, sin rechistar. Ahora pienso que si <a href="https://efimer.wordpress.com/2010/04/07/desubicados/" target="_all">Miguel Trillo</a> hubiera estado por allí, hubiera obtenido material como para una de sus <a href="https://images.google.es/images?hl=es&amp;rlz=1T4WZPA_enES209ES209&amp;q=miguel%20trillo&amp;um=1&amp;ie=UTF-8&amp;source=og&amp;sa=N&amp;tab=wi" target="_all">fabulosas series</a>. Aunque si lo pienso bien, seguro que también estuvo. Y aunque yo no coincidiera con él, seguro que nuestros zapatos recorrieron prácticamente las mismas huellas, al menos en tan emblemática zona, por aquél entonces.</p>
<p>Apenas sumaba dieciocho y era mi primer viaje al extranjero, pero recuerdo que me sorprendió tremendamente lo concienciada que parecía estar la gente del orden. Al menos en sus movimientos urbanos. Guardaban cola para sacar un billete de autobús, en las escaleras del metro se alineaban perfectamente a un lado y dejaban un espacio libre para subir y bajar. A la hora de entrar a los restaurantes Lo de los <em>pubs</em> ya era otra cosa, pero ¿quién no sospecharía de alguien que guarda cola para pedir una copa? En la noche <a href="https://www.articulo.org/articulo/10661/vampiros_los_senores_de_la_noche.html" target="_all">los vampiros</a> tienen vida propia y rigen otras normas. Pero de día es otra cosa El caso es que al volver a mi ciudad, sentí que todo era un poco más caótico y que gestos tan simples como dejar libre uno de los lados en las escaleras del metro, podía ayudar mucho a mitigar los cuellos de botella y embudos que con tanta habitualidad se formaban. Por eso -y quizá sea algo un poco extraño, lo sé- me puse muy contento cuando por fin se importaron de Inglaterra, o del lugar que fuere, los hábitos de echarse a un lado para dejar pasar al peatón que va más aprisa.</p>
<p>Las colas suelen ser algo inherente a la ciudad. No es que en otros sitios no las haya, sino que en las ciudades, como cada vez hay más concentración de habitantes en menor espacio, pues quizá resulta un fenómeno más frecuente. Así es posible ver colas en todas partes: en los mercados; en la oficina del paro desgraciadamente abundantes- máxime debido a la elefantiasis que el desempleo sufre en estos días; en las taquillas de un buen concierto o espectáculo, donde la gente es capaz hasta de hacer noche por no quedarse sin una entrada de su ídolo favorito y hasta, ¿por qué no?, en la puerta de un bar donde se puede ver por televisión la final de <a href="https://www.mundodeportivo.com/gen/20100429/53918349715/noticia/la-prensa-internacional-analiza-el-barsa-inter.html" target="_all">un partido esperado</a>. Y al igual que me viene a la mente esa imagen del centro de Londres, un Londres archiordenado para su época; con la misma nitidez recuerdo el que quizá sea casi el extremo opuesto: mi primer viaje a la India. Al poco de llegar a <a href="https://images.google.es/images?rlz=1T4WZPA_enES209ES209&amp;q=goa&amp;um=1&amp;ie=UTF-8&amp;source=og&amp;sa=N&amp;hl=es&amp;tab=wi" target="_all">Goa</a> tras dejar atrás el trepidante Mumbai, fuimos a por unos billetes de tren. Pues bien: resultaba materialmente imposible que toda aquella gente que deseaba al igual que nosotros- comprar un billete, hiciera algo siquiera parecido a una cola. Resultaba tan violento intentar establecer el más nimio turno -relacionado con el orden de llegada o el tiempo que habíamos permanecido en la oficina de venta de billetes- y era tal la anarquía reinante, que te sentías completamente inerme ante el caos.</p>
<p>Curiosamente, y en cierto modo, la crisis ha cambiado algunas de estas normas. La cola del paro sigue intacta e incluso según reflejan los datos- sigue engordando pero hay muchos otros lugares en los que solía hacer falta esperar, que en cambio están bastante despejados. Imagino que no siempre debe ser fácil prever cuando un servicio va a adolecer de desbordamiento por exacerbación sobrevenida de la demanda, ya que de ser así, rápidamente el mercado viraría presto para acaparar la atención y los bolsillos- de todos esos clientes que pueden perderse por falta de paciencia o ante la ineficacia en la gestión. El mejor ejemplo lo tenemos en el reciente <a href="https://www.elpais.com/articulo/internacional/nube/ceniza/volcan/islandes/amenaza/extenderse/sur/Europa/elpepuint/20100416elpepuint_3/Tes" target="_all">caos de tráfico ocasionado por un volcán</a> con nombre de mueble de Ikea, que ha tenido en jaque a medio mundo. Lo más curioso era escuchar a personas quejarse y echar la culpa a las autoridades, como si la erupción de un volcán fuera algo que se puede controlar fácilmente. En la vida hay cosas previsibles y otras que no lo son. Hay cosas que son controlables y otras que escapan a nuestro control Pero si hay algo más sencillo que controlar a la madre naturaleza, es reeducar la paciencia; aunque haya que aprender de los <em>punkies</em> del Marquee.</p>
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		<title>Lovework</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Apr 2010 19:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Dicen que el trabajo es salud. También dicen que el trabajo dignifica. Y lo cierto es que desde niños en el entorno flotan mil y una canciones que ensalzan las alabanzas del trabajo. No es de extrañar porque en gran &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/lovework">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100415/abjavier15041011.JPG" alt="Jsvier Castañeda" />Dicen que el trabajo es salud. También dicen que el trabajo dignifica. Y lo cierto es que desde niños en el entorno flotan mil y una canciones que ensalzan las alabanzas del trabajo. No es de extrañar porque en gran parte es así; quiero decir que, tener trabajo, máxime en tiempos de escasez laboral -o lo que es lo mismo, de elevados índices de desempleo- es más que nunca un preciado bien. A la vez, resulta más fácil encontrar gente que se siente mal, personas que se sienten hasta indignos, por no tener trabajo. <span id="more-11"></span></p>
<p>Eso provoca que el trabajo esté mucho más valorado, por ejemplo, que hace unos diez años. Quizá por ello resulte mucho más difícil que nunca intentar exponer, que ni siempre el trabajo es necesariamente sinónimo de salud, ni mucho menos, se puede afirmar que, en determinados casos, no sea algo nocivo. Sobre todo en aquellos supuestos en los que la dedicación al trabajo excede con mucho los límites, si es que la normalidad existe, de lo conocido como <em>relativamente normal</em>. La sociedad está programada para premiar al muy trabajador, aunque sea con un premio moral que, en la mayoría de ocasiones, jamás se traducirá en ningún rédito tangible o monetario, ni intangible siquiera. Entonces, ¿de dónde surge esa obligación eternamente perpetuada que, en ocasiones, conduce a escenarios que simplemente rozan pero que en otras trascienden con mucho- lo patológico?</p>
<p>Intuyo que puede proceder de una responsabilidad mal entendida que, normalmente, tiene su origen en el núcleo familiar o en el entorno educativo. Al menos en nuestro país, aunque también ocurre en otras culturas como la japonesa, siempre han tenido una excelente consideración las personas muy trabajadoras. Esto ha provocado que en ocasiones se haya transmitido normalmente de padres a hijos, aunque también el origen puede ser otro- una noción mal entendida de <a href="https://www.grupoblc.net/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=354:lovework&amp;catid=5:libroarticulo">elevada autoexigencia</a>, que arroja a algunos individuos a entregar y consagrar, literalmente, su vida al trabajo. Que nadie piense que esta efímera reflexión es un elogio de la pereza: en absoluto. Tiene más bien un cierto sabor a resquemor que proviene de la facilidad con que es posible tropezarse con gente que devora horas, días, meses y hasta vidas; entre océanos de incertidumbre laboral en los que no hay inicio ni metas, fin ni cabo, valles ni mesetas. No hay nada: nada más allá que satisfacer diariamente esa <em>nueva dosis</em> en la que se ha convertido el hecho de trabajar.</p>
<p>Al adentrarnos en ese peligroso terreno de las adicciones, para muchos sería bien fácil distinguir, localizar y/o describir algunas: por ejemplo, sería sencillo hallar quórum sobre la heroína o la cocaína. Tampoco sería complicado, pese a ser un hábito social legal y tolerado, detectar quien tiene un problema con la bebida. Igualmente existen comportamientos adictivos que desvelan problemas de fondo en muchos de los visitantes asiduos de las tragaperras, etc. Pero, ¿qué ocurre si aquello que nos desestabiliza personal y emocionalmente no es sólo algo legal, sino que encima está bien visto y es tan habitual como la comida o el trabajo? Entonces, concretar la frontera entre lo normal y lo patológico presenta una dificultad añadida que estriba en vencer una resistencia histórica; ya que, al pensar en actividades como el trabajo, reverberan ecos de normalidad entre rutinas cotidianas, mas ello no impide que puedan ser desorbitadas, como el caso de aquellos que confunden pulsión con compulsión.</p>
<p>Cada vez más estudios afirman que un mayor número de horas en el centro de trabajo, no implica un mayor rendimiento. De hecho, el <em>presentismo laboral</em> castiga el esquema de eficiencia de algunos de los países donde la crisis muerde con más fiereza. Pero por mucho que algunos expertos opinan que ya se avecina un cambio de tendencia, que cada vez se trabaja más por objetivos y la conciliación familiar es ya una realidad; lo cierto es que las medidas destinadas a intentar racionalizar los horarios tardan en calar en la epidermis del tejido social y empresarial. Y si damos un paso más, para aquellos que sienten que son <a href="https://www.elpais.com/articulo/sociedad/Adiccion/trabajo/malo/ti/empresa/elpepisoc/20100409elpepisoc_1/Tes">adictos al trabajo</a> o que puntúan demasiado alto en el <a href="https://www.psiquiatria.com/noticias/adicciones/otras/46827/">test DUWAS</a> (Ducth Work Adicction Scale), puede resultar interesante leer el artículo &#8220;Psicothema&#8221; del pasado mes de febrero, en el que se resalta &#8220;el carácter patológico del comportamiento de esas personas que viven sólo por y para trabajar, ya que, el trabajo les destroza la vida, lo que disminuye tanto su salud como su felicidad&#8221;.</p>
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		<title>Pali-pali</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Apr 2010 13:40:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Me encanta volver a Seúl. Quizá porque pese al largo trazado que, tanto en horarios como en distancia separa nuestro país de Corea, la energía de tan vibrante ciudad nada más llegar se te cuela por dentro. Incluso noqueado por &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/pali-pali">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Me encanta volver a Seúl. Quizá porque pese al largo trazado que, tanto en horarios como en distancia separa nuestro país de Corea, la energía de tan vibrante ciudad nada más llegar se te cuela por dentro. Incluso noqueado por el <em>jet-lag</em>, resulta imposible no percibir el enorme dinamismo que impregna un lugar tan aséptico como suele ser el aeropuerto.</p>
<p><span id="more-12"></span></p>
<p>Todo parece suceder a cámara rápida. Basta acercarse a un mostrador de información, intentar alquilar un móvil, sacar un billete de autobús o cambiar dinero, para descubrir que la ciudad ha cambiado mucho desde mi última visita, hace apenas dos años. No es que antes no te vendieran un billete o que te dieran mal la información, no: es una transformación mucho más sutil, casi intangible. La percepción al menos la mía- es como si alguien hubiera barnizado todo con una discreta pátina de eficacia, de internacionalización. La atención al cliente, en este caso al viajero, es mejor; la gente joven habla más inglés y resulta más fácil dentro de la obvia dificultad de un idioma como el coreano- comunicarse. Es como si alguien les hubiera soplado al oído que es tiempo de poner en práctica el eslogan que baña sus ojos desde hace años. Así, el cartel que figura por doquier <em>Dynamic Korea</em>, parece haberse desprendido del rótulo para saltar al suelo y bañar a la gente con un dinamismo imparable.</p>
<p>Al comentar con Paul, un australiano que dirige un ejército de cocineros en un prestigioso hotel, sobre la vertiginosa velocidad con que la ciudad transforma su epidermis -quizá porque sus habitantes se prepara para la recepción de una exposición universal en 2012 o simplemente porque la urbe se rinde ante la globalización- su respuesta resulta tan impredecible como simpática: &#8220;cuando llegué aquí hace unos ocho años, era de los pocos en usar gel fijador para el pelo. ¿Habéis visto los peinados que lleva cualquier joven? Es cierto que los coreanos suelen arreglarse mucho, pero también lo es que ahora todos llevan fijador&#8221;. Un simple detalle que, como casi todos los detalles, revela mucho en poco espacio: la <em>occidentalización</em>, o casi mejor decir la fascinación ante el imparable modelo global, por parte de la juventud coreana, no deja lugar a dudas. Se puede constatar tanto por su afición a las marcas globales, como por los múltiples cafés tipo <em>Starbucks</em> que florecen por toda la ciudad.</p>
<p>También me ha llamado la atención comprobar la eficacia de este lema <em>pali-pali</em> si lo decimos tal y como suena fonéticamente, o también <em>palli-palli</em> en inglés- cuya traducción sería &#8220;deprisa, deprisa&#8221; o &#8220;rápido, rápido&#8221;. Funciona de perlas en los taxis otro de los principales territorios habitualmente gobernado por el <em>lost in translation</em>&#8211; pero que, al escuchar las palabras mágicas, parecen poner alas a los taxis y vuelan, casi literalmente, hasta el destino indicado (si es que los embotellamientos de la ciudad lo permiten, claro). Pero la velocidad también se aplica, para mi sorpresa, a la construcción. Tuvimos ocasión de ver las obras de un edificio que, dentro de unos 15 años, ya no existirá. No daba crédito, pero es así. Los coreanos, además de su pasión por las grandes marcas, valoran mucho ese ritmo cambiante de la sociedad y ya construyen un edificio, pensando en la posible explotación comercial del mismo, a la par que prevén el tiempo en que tardará la gente en cansarse. Y entonces, una vez amortizado, lo tirarán y construirán otro.</p>
<p>Para evitar malentendidos, probablemente esta sea una práctica que sólo opera en edificios o proyectos emblemáticos, pero que ayuda a entender el enorme dinamismo que gobierna sus principales variables. Siempre tengo la sensación de que en Asia y en este caso esa percepción se ha confirmado completamente en Seúl- todo se mueve muy aprisa. Inevitablemente, en un escenario global un ritmo más lento puede verse penalizado por la pérdida de oportunidades; lo que resulta una curiosa contradicción para el hombre de nuestro tiempo: por un lado, nos falta tiempo para procesar los excesivos estímulos que pueblan nuestro día a día. Por otro, el escenario global amenaza con dejar fuera de juego a todo aquél que no pueda seguir el ritmo de un escenario altamente cambiante. ¿Cómo compatibilizar pues el ritmo del progreso con el más lento metabolismo del <em>tempo humano</em>?</p>
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		<title>Emocionalmente</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Mar 2010 17:25:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Hay cosas en la vida, como la genética, que vienen dadas &#8220;de serie&#8221; y con o contra las que uno parece tener poco que hacer. Te toca lo que te toca. Por herencia. Y la realidad resulta tan terca y &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/emocionalmente">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100318/txyonkis18031011.JPG" alt="Javier Castañeda" />Hay cosas en la vida, como la genética, que vienen dadas &#8220;de serie&#8221; y con o contra las que uno parece tener poco que hacer. Te toca lo que te toca. Por herencia. Y la realidad resulta tan terca y tan inmutable que, en ocasiones, por mucho que te machaques en el gimnasio o que te gastes la hijuela en una clínica de estética, lo más probable es que tus genes, tarde o temprano, muestren abiertamente quien tiene el poder, quien controla.</p>
<p><span id="more-13"></span></p>
<p>Otras cosas en cambio, como la educación, querría pensar que son maleables y que, en función de muchos factores, permiten a veces en mayor, otras en menor medida- cambiar el <em>código fuente</em> asignado a cada cual; bien por decreto expreso de la naturaleza o bien por ósmosis familiar. Ya que, si bien estamos acostumbrados al mítico &#8220;de tal palo tal astilla&#8221;, estoy seguro de que existen infinidad de casos en los que &#8220;las astillas&#8221; de ninguna manera siguen el camino de &#8220;los palos&#8221;; en unos casos por superación, y en otros por simple y voluntaria elección de caminos diametralmente opuestos a los ya trillados o sempiternamente conocidos desde la infancia.</p>
<p>Infancia ese mágico y a veces inexpugnable- territorio donde todo parece gestarse. Leo con interés a <a rel="nofollow" href="https://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&amp;idioma=CAS&amp;idnoticia_PK=696628&amp;idseccio_PK=1477&amp;h=" target="_all"><strong>Eduardo Punset</strong></a> cuando comenta que el límite para poder inculcar, casi &#8220;de serie&#8221;, el sustrato emocional capaz de proporcionar una base de felicidad una vez adultas- a las personas, se sitúa si le he leído bien- en los siete años. Ese sustrato -que habría que intentar garantizar a los niños- se compone de dos ingredientes imprescindibles: por un lado, &#8220;una cierta autoestima y seguridad en sí mismo&#8221;, lo cual según <a rel="nofollow" href="https://www.eduardpunset.es/" target="_all">Punset</a> se obtiene a base de transmitir una cierta confianza en sus propios recursos; por otro, el niño habría de ser tratado &#8220;de forma tal que le queden ganas de seguir profundizando en el conocimiento de las cosas y de los demás&#8221;. Menciona verbos tan deliciosos como aprender, soñar, predecir e imaginar. Repaso mentalmente el eco que produce en mi interior el intentar conjugar cada uno de esos verbos y respiro tranquilo al comprobar que, no sólo no hay ausencias irremediables al repasar dicha lista, sino que algunos de ellos los suelo conjugar a menudo y disfruto enormemente al hacerlo.</p>
<p>No tengo tan claro si saldría igual de bien parado al comprobar como el que comprueba el nivel de aceite de un auto antes de salir de viaje- la primera variable. Intento no pensar en ello, me concentro en leer la entrevista y vuelve a sorprenderme la afirmación de tan reputado experto cuando dice que &#8220;el cerebro más inteligente es el más flexible&#8221;. Inmediatamente me asalta la lectura de un estupendo reportaje de <strong>Guillermo Abril</strong> titulado <a rel="nofollow" href="https://www.elpais.com/articulo/portada/Generacion/noqueada/elpepusoceps/20100314elpepspor_9/Tes" target="_all">&#8220;Generación noqueada&#8221;</a>, ya que en algún momento del mismo se menciona que &#8220;la flexibilidad sobrevenida que nos cogió con el pie cambiado&#8221;. Obviamente esta frase está en otro contexto, pero no puedo evitar relacionar esa flexibilidad laboral que para muchos trabajadores es como una enorme losa apuntalada bajo el peso de las inercias- con esa otra flexibilidad cerebral. Sin embargo, el nexo común entre ambas es que los que la tienen, bien &#8220;de serie&#8221; o bien como perla cultivada, parece resultar que son más felices. Entonces pienso hasta qué punto esa relación directa entre la felicidad y la facilidad para adaptarse a los cambios tiene o podría tener- una base científica.</p>
<p>Lo que no me aclara el artículo aunque estoy seguro que el autor tiene más datos- es si una vez sobrepasada esa edad, la felicidad puede aprenderse. Me viene entonces a la mente otra entrevista, en este caso realizada a <a rel="nofollow" href="https://www.robertrowlandsmith.com" target="_all"><strong>Robert Rowland Smith</strong></a>, filósofo y profesor de la &#8220;Escuela de vida&#8221; tan de moda en Londres- cuando afirma que &#8220;tratan de ayudar a la gente a superar los retos de la vida moderna, asuntos como el amor o la frustración laboral, y hacerles comprender que no todas las respuestas están en el dinero&#8221;. En ese momento, me gustaría que los mapas fueran de chicle y poder estar en Londres para inscribirme en esa &#8220;Escuela de vida&#8221; que ahora tiene una sede física concreta, tras muchos años de escuchar que simplemente era la calle, sin <em>geolocalización</em> concreta, ni paradero determinado. Aunque si tuviera que elegir entre ejercitar <em>ese nuevo negro</em> que es la inteligencia y aprender a interpretar <em>lo que me dicen mis tripas</em>, creo que apostaría por el aprendizaje emocional similar al que propone un Punset fascinado por la plasticidad del cerebro- quizá porque, en un entorno hipersaturado de información encuentro más útil aprender a escuchar a nuestra intuición y a interpretar nuestras emociones, ya que probablemente- en ellas resida la raíz de nuestras decisiones.</p>
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		<title>Ahora</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Castañeda]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 19:32:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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					<description><![CDATA[Transcurren días inciertos en los que cada vez es más común encontrar gente muy preocupada por el futuro. Esto no es nuevo. Siempre hubo quien bien por inquietud, bien por escapismo, buscan consuelo al proyectarse en un futuro mejor. Y &#8230; <a href="https://blogs.lavanguardia.com/patologias-urbanas/ahora">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" src="https://imagenes.lavanguardia.es/lavanguardia/img/20100311/flores_castaneda5.JPG" alt="Javier Castañeda" />Transcurren días inciertos en los que cada vez es más común encontrar gente muy preocupada por el futuro. Esto no es nuevo. Siempre hubo quien bien por inquietud, bien por escapismo, buscan consuelo al proyectarse en un futuro mejor. <span id="more-14"></span></p>
<p>Y si esa proyección no lleva asociada ninguna acción encaminada a cambiar las cosas, allá por algún lugar próximo a Babia, podremos encontrarles: todo el día imaginando lo bonito que va a ser todo cuando esté perfectamente colocado tal día de tal año. A veces es tan exagerado que puede resultar hasta peligroso realizar algún comentario que dé al traste con esa personal visión de lo proyectado, ya que, esos sujetos que viven por y para sus sueños, e intentar cambiarles su visión de ese <em>futuro perfecto</em>, puede ser considerado un ataque personal en toda regla.</p>
<p>También los hay que tienden a quedarse siempre mirando atrás. Rezagados, como anclados en el pasado, incapaces de aceptar los cambios y rezongando siempre aquél clásico que ensalza los buenos y viejos tiempos. Tampoco estos seres parecen posicionarse en muy buen lugar ante su existencia, pues por mucho que uno insista, e incluso consiga <em>congelar</em> lo más posible su estancia, resulta inevitable sucumbir más tarde o más temprano- al paso del tiempo. Pero lo cierto es que, sin que suene lúgubre, somos perecederos. Y salvo <em>milagros antiaging</em> u otros remedios similares, que lo único que permiten es driblar algunos retazos al calendario, algunas arrugas a la cara o robar algunos instantes al tiempo, resulta imposible e inevitable conseguir que éste pase. Luego, no parece servir de mucho quedarse anclados en el allá.</p>
<p>No crean que hablo desde esa distancia que da el saberse lejos de según qué fenómenos. Es más bien al contrario. Encuentro tan frecuente entre todas las personas que conozco y me incluyo- el vivir inclinados hacia uno de esos dos extremos del tiempo, e incluso saltar de uno a otro, según los casos, que lo infrecuente es encontrar gente ubicada en el &#8220;ahora&#8221;, es decir, en el momento presente. No se trata de no tener sueños. No se trata de no tener pasado. Simplemente se trata de transitar con mayor frecuencia por el presente, aunque sólo sea por hacer justicia a la realidad, ya que es el único momento cierto que tenemos. Nuestra única certeza, podría decirse</p>
<p>Disculpen esta emoción casi infantil ante algo que quizá para muchos puede resultar muy obvio, pero es que, al igual que Sabina &#8220;huyendo del frío buscó en las rebajas de enero&#8221;; quizá huyendo del desgaste que provoca ese balanceo entre tan intangibles extremos, hace no mucho que me tropecé con el <em>ahora</em> y reconozco que intentar vivir un poco más centrado en el momento presente al fin y al cabo lo único que tenemos- resulta, al menos para mí, una opción mucho más grata y certera que intentar desgranar esas briznas de vida apostado hacia cualquiera de los otros dos.</p>
<p>Durante mucho tiempo he pensado que era magnífico poder desenvolverse de un modo muy acorde con los tiempos, como es la <em>multitarea</em>. Pero cada vez descubro un mayor encanto en intentar prestar <em>atención plena</em>, a algunos de los más preciados instantes de vida. Así, cualquier gesto cotidianodesde una copa de vino, hasta un paseo o un amor- tomado con atención, no sólo cobra una intensidad inusitada en el momento en que surge, sino que permanece prácticamente intacto como parte de nuestra esencia. Quizá porque, como recuerda Jon Kabat-Zinn, en su último libro titulado <a href="https://www.paidos.com/ficha.aspx?cod=39256" target="_all"><em>Mindfulness en la vida cotidiana</em></a>, &#8220;la mejor manera de captar pensamientos es prestar atención y así es como cultivamos <em>atención plena</em>, que significa estar despierto: saber qué estamos haciendo; porque cuando empezamos a fijarnos en qué está tramando nuestra mente, volvemos a funcionar con el modo de piloto automático y nos desconectamos de lo que estamos haciendo&#8221;. Quizá para recobrar el ser, haya simplemente que volver a ser. Sin más.</p>
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