<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<?xml-stylesheet type="text/xsl" media="screen" href="/~d/styles/rss2full.xsl"?><?xml-stylesheet type="text/css" media="screen" href="http://feeds.feedburner.com/~d/styles/itemcontent.css"?><rss xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/" xmlns:creativeCommons="http://backend.userland.com/creativeCommonsRssModule" xmlns:feedburner="http://rssnamespace.org/feedburner/ext/1.0" version="2.0">

<channel>
	<title>A Quien Corresponda:</title>
	
	<link>http://lidercorp.org.mx</link>
	<description>Ésta bitácora es responsabilidad de Quien Resulte Responsable.</description>
	<lastBuildDate>Fri, 30 Jul 2010 03:27:37 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.0.1</generator>
		<atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="self" type="application/rss+xml" href="http://feeds.feedburner.com/org/EmBq" /><feedburner:info uri="org/embq" /><atom10:link xmlns:atom10="http://www.w3.org/2005/Atom" rel="hub" href="http://pubsubhubbub.appspot.com/" /><creativeCommons:license>http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/</creativeCommons:license><image><link>http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/</link><url>http://creativecommons.org/images/public/somerights20.gif</url><title>Some Rights Reserved</title></image><feedburner:emailServiceId>org/EmBq</feedburner:emailServiceId><feedburner:feedburnerHostname>http://feedburner.google.com</feedburner:feedburnerHostname><item>
		<title>El Gran Colisionador de Estrellas</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/MOTFbjhIWHg/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/29/el-gran-colisionador-de-estrellas/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 00:37:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[writing for fun and profit]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5307</guid>
		<description><![CDATA[Propuesto en Twitter, no tengo idea de qué se trata este cuento. Sólo sé que es de ciencia ficción y que contiene un gran colisionador de estrellas. Una vez dicho esto, comenzamos a escribir. O más bien, comienzo, que soy uno solo. Yo soy nosotros. Afuera sólo había vacío. Si hubiera tenido una mirilla para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Propuesto en Twitter, no tengo idea de qué se trata este cuento. Sólo sé que es de ciencia ficción y que contiene un gran colisionador de estrellas.<br />
Una vez dicho esto, comenzamos a escribir. O más bien, comienzo, que soy uno solo. Yo soy nosotros.</p>
<p><span id="more-5307"></span></p>
<p>Afuera sólo había vacío. Si hubiera tenido una mirilla para ver, seguramente lo estaría mirando. Afuera no había nada, y sin embargo, na Nada era magnífica en su desolación. Faltaban aún dos horas estándar antes de aterrizar.</p>
<p>Ser el capitán de una nave automática no era en realidad un trabajo estresante. Antes bien era un trabajo aburrido. Se supone que estaba ahí por seguridad, para que el cerebro positrónico que gobernaba la nave no se friera ante un problema aparentemente irresoluble. Se suponía que debía pedir confirmación siempre ante un movimiento dudoso. Pero los movimientos dudosos hacía mucho que se habían agotado y las preguntas que ahora tenían que responder eran, por norma, nunca algo más que un simple «Sí» o «No». Lo que más extrañaba era la plática humana. El capitán robótico &#8211;el piloto automático&#8211; en realidad no era un sustituto aceptable para una buena charla. Así que estaba ahí, aburrido como ostra en marea baja. Nada que hacer ni nadie con quien charlar. Nada más que comer y mirar la pantalla de la computadora. Y el espacio era tan aburrido en la pantalla de la computadora. Tan irreal. Tan falso. Necesito un vicio, pensó el capitán.</p>
<p>Ayer todavía hubiera podido darse el lujo de salir por la escotilla con la excusa de revisar si en el casco no había impactos de micrometeoritos. Ya no. El descenso comenzaría en cualquier minuto y la perspectiva de morir abrasado no era precisamente de su agrado.Anhelaba ver el plasma formándose al descender, como cuando era cadete y debía repetir la maniobra innumerables veces para asegurar que un aparato del tamaño  de un edificio y la maniobrabilidad de una bañera llegara a salvo a tierra. Ahora se limitaba a abrocharse el cinturón de seguridad y quedarse dormido.</p>
<p>&#8211;Bienvenido de vuelta, Capitán Nemo.<br />
&#8211;Sí, sí &#8211;dijo Nemo, con displicencia. Estaba muy ocupado en mirar el cielo azul, una clase diferente de vacío, un vacío que estaba lleno. Lo miró hasta el último instante en que entró al edificio y se enfrentó de nueva cuenta a un encierro aburrido.<br />
&#8211;El coronel Sanders lo espera.<br />
&#8211;¿Sanders? ¿Qué tiene Sanders qué hablar conmigo?<br />
&#8211;Lo ignoro, señor.<br />
&#8211;No importa. Llévame con él.<br />
Nemo y el valet subieron a un transporte. Aceleró con suavidad y pronto se perdió por el laberinto de corredores del edificio.</p>
<p>Sanders miraba por la ventana. No era exactamente una ventana, pero la resolución de la imagen era tal que no parecía haber distinción alguna. Nemo entró.<br />
&#8211;Nemo, bienvenido. ¿Cómo te fue?<br />
&#8211;Supongo que no debo insultar tu inteligencia repitiéndote el mismo informe de siempre.<br />
&#8211;Sé que no es fácil ser el piloto de una nave automática. Incluso en mis tiempos las naves automáticas ya no requerían gran intervención de parte del operador. Pero no es eso para lo que te mandé llamar. Verás, te voy a ascender.<br />
&#8211;Sabes perfectamente bien la razón por la cual fui degradado de comodoro a capitán.<br />
&#8211;Supongo que sí. pero no me importa. Necesito a alguien con tu experiencia y habilidades. Al contrario del resto de capitanes en esta base de pacotilla, tú sí has tenido experiencia en manejo de situaciones de emergencia. Eres, tal vez, incluso más experimentado que yo.<br />
&#8211;Salvando las distancias.<br />
&#8211;No hay distancias que salvar. Si no te hubieras rebelado en aquella ocasión, aunque fuera por los motivos correctos, quien estaría sentado aquí serías tú y no yo.<br />
&#8211;Tal vez. A veces lo dudo.<br />
&#8211;No importa. Mira, lo que te propongo es muy sencillo. Sé que estás desesperado por tomar riesgos. He visto tus grabaciones. Casi te trepas por las paredes. Le has sacado provecho a cosas que no sabía hubiera en una nave. Y necesito de alguien en quien confiar a ciegas para esta misión. No he dejado de pensar que el único hombre que tal vez pueda con el paquete eres tú. Y después un asenso, jubilación anticipada y trabajo de academia. Si alguien debe instruir pilotos, ése debes ser tú.</p>
<p>Nemo se dirigió al gran librero detrás suyo. Ya no contenía libros desde hace mucho, salvo los doce tomos  amarillentos de una enciclopedia y una historia universal estampada en oro. Miró los recueros. Del primer tomo de la historia universal sacó la pequeña botella de licor. Del segundo tomo sacó un par de copas. Vertió una generosa porción de ron en cada una y bebió la primera de un trago. La volvió a llenar. Le ofreció la otra a Sanders, que la tomó y se sentó en el escritorio. Del tomo tres sacó un par de cigarros, y del tomo cuatro, un cenicero y una caja de cerillos de madera. Los dos hombres encendieron sus cigarros y fumaron pausadamente. La alarma contra incendios había sido desactivada temporalmente y el humo llenó la habitación. La ventilación se encargaría de sacarlo sin dejar huella.</p>
<p>&#8211;¿Qué tienes en mente? &#8211;dijo Nemo después de un rato.<br />
&#8211;Conoces el gran colisionador de partículas.<br />
&#8211;Claro.<br />
&#8211;Y conoces el gran colisionador de gluones.<br />
&#8211;Por supuesto.<br />
&#8211;Necesito que transportes un prototipo a un lugar muy alejado y lo actives.<br />
&#8211;¿Un prototipo de qué? ¿Y a dónde?<br />
&#8211;Vas a ir, si aceptas, a Sirio. Y vas a activar un mecanismo sin igual y sin paralelo. El Gran Colisionador de Estrellas.<br />
&#8211;Estás loco.<br />
&#8211;No estarás solo. En Alfa Centauro estará el otro prototipo. Los dos deberán activarse al mismo tiempo y se abrirá un agujero de gusano. Eso dice al menos la teoría. Y entonces el viaje que tardaba entonces varios meses tardará apenas unos segundos.<br />
&#8211;No entiendo de lo que se trata.<br />
&#8211;No lo entiendo yo tampoco. Parece ser que el sistema se carga las leyes de conservación de energía, pero no del todo. Requiere la masa de una estrella entera para funcionar, y cuando realiza su función, restaura la masa entera de la estrella, excepto unos pocos gramos. Huelga decir que es más peligroso que caminar vestido con un traje de tocino en un congreso de vegetarianos. La misma nave que llevarás es experimental y será, de hecho, su vuelo de prueba en el espacio profundo.<br />
&#8211;¿Quién me esperará del otro lado?<br />
&#8211;Creo que ya se conocen.<br />
&#8211;¿Quién me esperará del otro lado?<br />
&#8211;No debería decírtelo.<br />
&#8211;¿Quién carajo me espera del otro lado?<br />
&#8211;Yuko Tatsumoto.</p>
<p>Nemo apoyó los codos en el escritorio, entrelazó las manos, la boca contra los pulgares. Permaneció en silencio por largo rato. Entonces habló.<br />
&#8211;¿Sabe que voy a ir?<br />
&#8211;No. No se lo he dicho. Ella aceptó ayer.<br />
&#8211;A tí no te importa nada, ¿verdad? Siempre y cuando beneficie tu carrera y salves el pellejo no te importa nada.<br />
&#8211;No fue algo personal, Nemo, y tú lo sabes.<br />
&#8211;Necesito pensarlo.<br />
&#8211;Necesito una respuesta.<br />
&#8211;La tendrás mañana a las 1200. Necesito pensar. Necesito estar solo.<br />
&#8211;Necesitas una mujer.<br />
Nemo aspiró profundamente el cigarro. Lanzó la nube de humo en forma de anillo a la cara del coronel y apagó el cigarro en la superficie del escritorio. Salió de ahí sin decir palabra. Afuera, el valet seguía esperándolo.</p>
<p>Le dieron una habitación en lo más alto de la torre habitacional. Se podía ver la base entera y la ciudad circundante, y todos los aterrizajes y lanzamientos. Por supuesto, la habitación estaba insonorizada y el edificio estaba diseñado para resistir las ondas de choque de cincuenta lanzamientos diarios. La mayor parte del peso de la nave era empleado como combustible, y su mayor trabajo era despegar. Casi el 90 por ciento del combustible se quedaba en la Tierra. La contaminación hubiera sido enorme, de no ser porque el combustible era agua pura. Las células de hidrógeno modernas consumían un mínimo de energía en separar al agua en hidrógeno y oxígeno, y al recombinarse, ambos gases producían empuje más que suficiente. La energía excedente se obtenía del sol; el agua abundaba no sólo en la Tierra sino en el Espacio. Marte tenía otra vez atmósfera y océanos desde que las naves comenzaron a llegar en gran escala. Y aunque era aún temprano para decir si se volvería a evaporar, los anillos de Saturno tenían materia más que suficiente como para remplazar la que se perdiera.</p>
<p>En la habitación Nemo meditaba sobre lo que debía hacer. Estaba de pie frente a la ventana, con una cerveza en la mano. Disfrutaba tanto esos pequeños momentos, pero esa vez no le era satisfactorio. Refrenó el impulso de lanzar la botella contra la pared. La dejó en la mesa y se dedicó a golpear la almohada para liberar su frustración. Decidió salir a caminar. Tenía tanto sin hacerlo que tal vez se le había olvidado ya cómo hacerlo. Un transporte al centro de la ciudad lo llevó con rapidez. El autochofer prometió regresar por él. Se dedicó a mirar los letreros, en espera de que alguno atrajera su atención. Pasó por un pequeño local sin señal alguna de vida. Escuchó música de un ritmo familiar. «Por una cabeza». Había escuchado tantas veces esa canción junto a su abuelo, que a su ves la había escuchado de su abuelo, y la canción ya era vieja en ese entonces. Recordó las veces que bailó a su ritmo. Recordó las veces que esa misma canción lo había hecho tan feliz.</p>
<p>Entró. Nadie familiar. Una chica en un rincón. Fue a la barra. Pidió una cerveza. Pagó sin preocuparse del precio: tenía mucho dinero y nada en qué gastarlo. Miró a la chica. Esperaba a alguien, sin duda. Le parecía tan familiar.<br />
&#8211;¿Le molesta si espero con usted? Prometo no hacerle daño y cuidarla de indeseables.<br />
&#8211;Yo&#8230; &#8211;dijo la chica&#8211; &#8230;no, no es molestia. &#8212; Se sonrojó.<br />
&#8211;Nemo, para servirle.<br />
&#8211;Yubi Tatsumoto &#8211;dijo ella.<br />
Nemo contuvo un estremecimiento.<br />
&#8211;¿A quién espera?<br />
&#8211;A mi madre.<br />
&#8211;¿Baila usted tango?<br />
&#8211;No. Mi madre no me permite bailarlo, al menos mientras ella está en la ciudad. Me encantaría hacerlo alguna vez.<br />
&#8211;Cuando tenía su edad era yo un bailarín consumado. Podía atraer a cualquier chica. Lástima que la única que me gustaba siempre rechazó mis avances. ¿Sabe? Se veía usted muy parecida a ella. Pero fue hace 25 años. Nunca la volví a ver.<br />
&#8211;¿Era ella buena bailarina?<br />
&#8211;La mejor.<br />
&#8211;Me gustaría bailar tango una sola vez, para saber lo que se siente.<br />
&#8211;Me encantaría enseñarle. Pero no hoy. Su madre debe estar por llegar.<br />
&#8211;Es usted adivino. Acaba de entrar.<br />
&#8211;Lo sé. ¿Tal vez mañana?<br />
Ella sonrió.<br />
&#8211;Me siento tranquila con usted. Sí, tal vez mañana.<br />
&#8211;Vaya tranquila, yo cubriré su cuenta. Siempre y cuando la vea mañana otra vez a esta hora.<br />
&#8211;Aquí estaré.<br />
Él sonrió, pero no se giró para despedirse. Ella se fue. </p>
<p>Él se quedó largo rato en la barra del bar, hasta que la mayoría de los parroquianos se había ido. Recordaba cuando hace 25 años él le había prometido amor eterno a su novia, y justo cuando iba a prometerle matrimonio, lo enviaron lejos. Nunca más la volvió a ver. Se llevó la mano al cuello. Aún estaban ahí las dos sortijas: una de ellas jamás la había entregado. Ella era igual a su madre, y a su madre le habían sentado tan bien los años. Pidió la última cerveza y llamó al autochofer.</p>
<p>Entró al despacho justo a las 1200 horas. Sanders estaba aún mirando por la ventana. Una columna de humo indicaba que un gran transporte acababa de despegar.<br />
&#8211;Eres despreciable.<br />
&#8211;Lo sé, y mira que no tengo idea de qué hice ahora para merecer ese epítome.<br />
&#8211;Tienes a tu piloto.<br />
&#8211;Gracias.<br />
&#8211;También tienes a mi puño.<br />
&#8211;¿Qué..? &#8211;Sanders se giró para ver a Nemo. Nemo le asestó un recto a la quijada, dio la media vuelta y se marchó.<br />
Cincuenta años, la mitad de ellos en el espacio, y aún pega como una mula, pensó Sanders mientras se sobaba la quijada. Probablemente le había roto algo. Merecido me lo tengo, pensó, y regresó su atención a la ventana.</p>
<p>Era ya noche cerrada cuando Nemo entró al viejo bar. Ella la estaba ahí.  Lo saludó con familiaridad. Él devolvió el saludo.<br />
Le invitó una copa y le explicó lo que era el tango: el tango no era un baile, el tango era un sentimiento. Uno no se equivoca en el tango; es perfecto. Sin prisa ni pausa, el tango es. La llevó al centro de la pista. Volvió a sonar «Por una cabeza». Él cantaba la letra mientras bailaban, ella tímidamente al principio, con mayor entusiasmo después.<br />
«Por una cabeza, si ella me olvida»<br />
Él dejó por un momento de ser el maduro soldado de cincuenta para volver a ser el joven piloto de veinticinco, el joven cadete de veinte.<br />
«Qué importa perderme mil veces la vida»<br />
Era un espectáculo verlos; las demás parejas les hicieron espacio. Cruzaban la duela con una facilidad asombrosa.<br />
«Para qué vivir.»<br />
Parecían dos jóvenes enamorados. Ella se dejaba llevar, él la guiaba. La pista y ellos eran uno solo, la música era exactamente su movimiento. </p>
<p>Nadie quería que terminara el momento. Pero la música terminó. Ella rió. Era la misma risa cristalina y pura de su madre. Él conocía tan bien esa risa. Los ojos se le humedecieron un instante mientras la guiaba de regreso a la mesa. Sus lecciones habían terminado, le dijo. Era hora de marcharse. Él también debería irse pronto, pero antes quería pedirle un favor. Se quitó el collar con los dos anillos y se los entregó.<br />
&#8211;Mañana yo ya no estaré aquí. Estoy seguro que tu madre tampoco. Hazme éste favor: la próxima vez que veas a tu madre entrégale éstos anillos. Ella sabrá qué hacer con ellos.<br />
Ella miró los anillos. Uno de ellos tenía forma de rayo. Había visto ese anillo en la mano de su madre desde siempre, pero ella nunca hablaba de él.<br />
&#8211;¿Qué son&#8230;? &#8211;comenzó a preguntar ella. Pero él ya no estaba. </p>
<p>La nave estaba en órbita ya. Era un prototipo, y era un prototipo que cargaba un prototipo. La nave de Nemo se acopló sin problemas al carguero. Revisó de nueva cuenta todos y cada uno de los parámetros de operación. Todo seguía en estado nominal. El reloj estaba sincronizado. Se había calculado exactamente la desviación que sufriría por los efectos relativísticos del viaje en el espacio. Un viaje de 9 años  reducido a apenas 3 meses. Las matemáticas eran incomprensibles para aquellos sin entrenamiento: involucraba números más allá del infinito y un factor más complejo que las unidades imaginarias. Una computadora cuántica podía resolverlo en instantes; a mano, un hombre tardaría más tiempo que la edad del universo. Nemo dio la orden de acelerar. Había que alejarse lo más posible del agujero gravitacional de la Tierra antes de comenzar el proceso del Salto, en el cual Materia y Energía se intercambiaban y el Tiempo era una dimensión más, que se podía recorrer tan fácilmente como las otras tres. Nemo reprimió una sonrisa. A pesar de salir alejados a toda velocidad del plano planetario, aún tardaría tres meses en alejarse lo suficiente. Tres meses de soledad en los que no tendría mayor cosa qué hacer que estudiar los intrincados planos y la compleja teoría que hacía operar al Gran Colisionador de Estrellas. </p>
<p>Piratas, dijo en voz alta. Daría lo que fuera porque unos piratas intentaran abordar mi nave y me pusieran en situación de peligro. La voz de alerta sonó. El primer oficial le lanzó la espada y él se preparó para repeler la agresión. Era obvio que los piratas no se detendrían por nada, los cañones vaciaban su fuego sobre el otro, pero la carga debía llegar a puerto sana y salva. La lucha era encarnizada. Uno, dos, tres, estiren. Las espadas chocaban, las pistolas disparaban. La sangre teñía el mar de rojo.  Ensartó su espada en el pecho del pirata y le quitó la máscara. Éra él. Yo jo jo jo, pirata quiero ser. La alarma sonó. El Salto sería en cualquier instante y Nemo lanzó un suspiro. Le gustaba tanto soñar aventuras en medio de la soledad del espacio.</p>
<p>El espacio se plegó sobre sí mismo. El hipercubo se dividió en sus componentes y la cinta Möbius ganó una dimensión. La sensación era molesta, pero no mas que eso. Todo estaba blanco. Y así como llegó, la sensación cesó. El paisaje había cambiado. En lugar del viejo y bueno Sol estaba ahora el infierno doble que era Sirio A y B. Sirio B, una estrella del diámetro de la Tierra donde un litro de materia pesaba más de 2000 toneladas. Nemo trató de reaccionar. Estaba cansado. Sentía que la boca tenía un sabor amargo. La cabeza le dolía. También todos los músculos. Estaba aturdido. Eran, claro, los efectos secundarios del Salto. El piloto automático le ofreció algo de beber y de comer. No podía aceptarlos, aunque hubiera querido hacerlo. Los dispositivos electrónicos, aún los más delicados, se había confirmado desde siempre, sobrevivían sin problemas al Salto. Incluso los positrónicos salían impávidos del trance. Pero el tejido vivo siempre presentaba problemas menores. Los nervios, estaban seguros los investigadores, a pesar de reensamblarse correctamente, regresaban sin los neurotransmisores en movimiento. Reestablecer ese flujo llevaba su tiempo. Y durante ese tiempo, todo era un mar de confusión. Nemo se puso de pie. La escasa gravedad de la nave ayudó. Finalmente habló.<br />
&#8211;Necesito un vodka tonic.<br />
&#8211;Inmediatamente, señor &#8211;contestó el piloto automático.<br />
La bebida hizo maravillas por él. Sabía que en otro lado una capitana de otra nave estaba pasando exactamente por el mismo trance y se preguntó por un momento cómo lo superaría.</p>
<p>Llegó el momento de probar el aparato. En órbita sobre Sirio B el aparato esperaba. No sería activado de inmediato, por supuesto, porque debía almacenar la energía necesaria. Nemo llevó a su nave detrás del primer planeta y esperó ahí que el cronómetro le dijera en qué momento debía activar el mecanismo. En Alfa del Centauro otra nave hacía exactamente el mismo proceso. La señal de que el Colisionador estaba listo para funcionar llegó. Lo activó, y éste ensambló su posición final automáticamente. A su debido tiempo el cronómetro llegó a cero y el Colisionador comenzó a operar.</p>
<p>Era magnífico. Un toroide de energía comenzó a orbitar el espacio y de pronto, atrapó a Sirio B. Nada preparó a Nemo para ver el momento en que Sirio B era desgarrado en sus componentes fundamentales y en el centro exacto del toroide una luz blanca se abrió. Era perfectamente plana. Y de pronto la superficie pareció curvarse sobre sí misma y se llenó de estrellas. Nemo se acercó, con cautela. No tenía prisa, le dijeron, porque el Colisionador no desperdiciaba la energía. Era la máquina más perfecta, lo más cercano a la energía de punto cero que se llegaría jamás. Y entonces tocó la punta del agujero de gusano. </p>
<p>Sería injusto decir que la había buscado a propósito. La había tocado y ya. No hubo ninguna molestia, pero el hipercubo se había dividido en sus componentes fundamentales y la cinta de Möbius había ganado otra dimensión. Estaba en el todo y en la nada. No le molestaba nada, no dolía, no se sentía diferente. Su traje aún estaba ahí. Nada iluminaba afuera. No había absolutamente nada en donde estaba, sólo una negrura tersa. Intentó dar un paso. </p>
<p>Y lo dio.</p>
<p>Instintivamente sintió que su paso lo llevó al pasado. Estaba en el tiempo, y el tiempo era una dimensión más. Corrió. Cada paso que daba era regresar en el tiempo. Sintió que los dolores se iban reduciendo, llenándolo de una paz total. Pero los dolores aún estaban ahí. Estaba simplemente haciendo lo que debía hacer y sospechaba lo que lo esperaba al final. </p>
<p>Y ahí estaba.</p>
<p>Era ella. El tiempo había sido amable, pensó. Tras veinticinco años ella aún era una bella mujer. </p>
<p>Élla lo vio. El tiempo ha sido amable con él, pensó. Tras veinticinco años  aún era un hombre apuesto. </p>
<p>Se fundieron en un abrazo. No había necesidad de palabras. Eran sencillamente un hombre y una mujer enamorados. Ella se llevó la mano al cuello. Él hizo lo mismo. Tal vez aún había una segunda oportunidad. Chocaron los cascos. Los labios se acercaron. Tan cerca, y a la vez tan lejos. Sabían que tendrían todo el tiempo que quisieran ahí. Pero también tenían un deber qué cumplir. Las puntas de los dedos resbalaron y ambos corrieron una vez más, tenían cuarenta, treinta, veinte años. Y salieron del agujero de gusano.</p>
<p>No era la misma nave, y sin embargo, era tan parecida. Cuando salió de la Tierra había ido a Sirio. Ahora regresaba vía Centauro. Y allá, en el otro lado de las estrellas, una mujer repetiría el mismo trayecto que él. Eran sólo tres meses de viaje.</p>
<p>El hombre vestido con elegancia esperaba nervioso. A sus espaldas, la multitud congregada esperaba. El hombre intentó sonreír. Las manos le temblaban. Revisó por enésima vez en su camisa si no había olvidado nada. Una joven se acercó, sonriendo, y le acomodó el nudo de la corbata. A la hora señalada, una mujer bellísima, vestida de blanco entró, radiante, por entre la multitud.<br />
El coronel Sanders habló.<br />
&#8211;Hermanos, colegas y amigos. Estamos aquí para unir a nuestros compañeros Omar y Yuko en matrimonio&#8230;</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/P1329mgdqmkh6ZGq3VGbun9rekk/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/P1329mgdqmkh6ZGq3VGbun9rekk/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/P1329mgdqmkh6ZGq3VGbun9rekk/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/P1329mgdqmkh6ZGq3VGbun9rekk/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/MOTFbjhIWHg" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/29/el-gran-colisionador-de-estrellas/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/29/el-gran-colisionador-de-estrellas/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>El Gato de la Nube de Positrones (cuento completo)</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/6eR8oHbg9RE/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/el-gato-de-la-nube-de-positrones-cuento-completo/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 01:41:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[Once, I dreamt]]></category>
		<category><![CDATA[writing for fun and profit]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5292</guid>
		<description><![CDATA[Éste es, si las cuentas no me fallan, el último de los seis cuentos del ejercicio de hace como un mes. ¿O eran tres semanas? No era un gato bonito. Yo tampoco soy bonito, pero no soy un gato. Pinche gato. Apenas entré a la oficina y el gato ya estaba encima de mi escritorio. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Éste es, si las cuentas no me fallan, el último de los seis cuentos del ejercicio de hace como un mes. ¿O eran tres semanas?<br />
<span id="more-5292"></span></p>
<p>No era un gato bonito. Yo tampoco soy bonito, pero no soy un gato. Pinche gato. Apenas entré a la oficina y el gato ya estaba encima de mi escritorio. Y no me podía deshacer de él porque era una prueba más del caso. Y no lo podían dejar encerrado en la sala de pruebas. No por humanidad, o mafufadas de ésas de los ecologistas de hoy en día, sino porque el pinche gato se las arreglaba para salir y entrar siempre a mi oficina justo en el momento en que yo iba entrando.</p>
<p>Me resigné a ver al gato, feo como cobrador en día de quincena, mirándome. Tomé el expediente de la mesa y volví a releerlo. Ya me lo sabía de memoria, pero obedecí al instinto de veinte años de trabajo. El viejo McDonald tenía una granja, IAIAO y todas esas cosas. Un granjero apareció muerto en medio de su rancho, con un agujero en el pecho del tamaño de una bala de cañón. Junto a él, un gato. El pinche gato feo que estaba ahora sentado, mirándome con sus ojos verdes y azules. Nada alrededor del rancho, no al menos en un radio de 5 kilómetros. Diez mil hectáreas y ni un sólo mayordomo del cual sospechar: McDonald vivía solo y atendía él solo toda su granja. Sólo con sus máquinas. Con suficiente dinero para comprar la maquinaria adecuada, un sólo hombre podía cultivar ese rancho.</p>
<p>Miré al gato. Además de rayado, como la mayoría de los gatos, éste era también cuadriculado. Más que cuadros eran manchas. Como si hubieran tomado a dos gatos y los hubieran fusionado en uno solo: a un gato peludo y fino y blanco y a uno rayado y corriente y anaranjado. ¿Pero qué carajo tenía que ver una cosa con la otra? El gato se me quedó mirando y me le quedé mirando. No es que en realidad el gato fuera feo, me di cuenta entonces: es que estaba sucio.  Y así aparentaba ser algo que no era.<br />
&#8211;¡Grimalkin! &#8211;grité. La novata que me habían asignado como compañera entró a mi despacho.<br />
&#8211;Dígame.<br />
&#8211;Dale un baño al gato y  no tires la tierra que suelte. Que le hagan un análisis completo a la mugre esa. Yo voy al INEGI. Allá te espero.<br />
&#8211;¿Qué vamos a hacer en el INEGI?<br />
&#8211;Vamos a buscar en las imágenes de satélite algo que no está en los mapas.<br />
Tomé mi sombrero y me largué. El gato se frotó contra la manga de la blusa de la novata.<br />
&#8211;Bueno, parece que estamos tú y yo solos &#8211;dijo ella, mientras cargaba al gato.</p>
<p>Entrar al INEGI es sencillo si muestras la placa y dejas una identificación en la puerta. Entré directo al despacho de los mapas y llamé al encargado. Solicité toda la información relevante  para el caso, consistente en los mapas más grandes y detallados disponibles de la zona. El director del INEGI local llegó con una torta de jamón en la mano y me preguntó qué estaba haciendo. Lo saludé de mano y procedí a limpiarme los restos de mayonesa y mostaza con un pañuelo, antes de decirle que necesitaba encontrar algo que probablemente no estuviera ahí. Llegar a La Chingada era muy fácil si sabías la ruta, pero En Medio de la Nada era más complicado. La Nada era un municipio de Sonora donde la industria local era la manufactura de  migrantes. Estaba a punto de ser desaparecido como municipio cuando McDonald compró un terreno justo en el centro geográfico del municipio y lo llamó En Medio. No contrató a nadie, pero compró un gran número de piezas de maquinaria y creó una especie de boom local, en la cual los que trabajaban de manera directa para McDonald beneficiaban al resto. McDonald necesitaba que alguien le arreglara sus máquinas, y se descomponían bastante seguido: los ingenieros y mecánicos las reparaban. Ellos necesitaban comer, y había un par de restaurantes para ellos, que además eran clientes del único supermercado, que a su vez era cliente del único centro de distribución de alimentos de la zona, que a su vez compraba todos los productos de McDonald. Era un círculo perfecto y todo funcionaba a las mil maravillas. Nadie tenía motivos para matar a McDonald.</p>
<p>Mas no todo era miel sobre hojuelas, decían en el pueblo. Aparentemente, al mismo tiempo alguien había comprado otro trozo de desierto, pero nadie lo había visto. El dueño del rancho se había ido al otro lado con su dinero y había dejado unas milpas trespeleques que no servían ni para bagazo. Así que era mi turno para contrastar información y ver si había habido cambios en el suelo visto desde el cielo, y ver si en esos cambios había una compraventa sospechosa, o un abandono aún más sospechoso.</p>
<p>Grimalkin llegó varias horas después, con arañazos en los brazos y en la cara. Era evidente que el gato no había querido recibir el baño de buena gana. Me alargó un reporte preliminar mientras buscaba un lugar dónde sentarse. El calor era apabullante y le pedí que dejara abierta la puerta. El reporte no era gran cosa, lo único ligeramente fuera de lo normal era que habían detectado que el gato era ligeramente más radiactivo que el promedio de sus congéneres, pero eso lo mismo podía significar que en el rancho McDonald, IAIAO, SA, había una veta de uranio, que alguien se había equivocado al calibrar el contador Geiger.</p>
<p>Cerca de la medianoche, mientras Grimalkin bebía el último sorbo de la taza de algo similar, pero no por completo, al café, lo encontré. En una de las imágenes de satélite encontré una curiosa construcción que estuvo ahí sólo durante el mes que tardaron en fotografiar toda la zona. Sólo en ese mes. Ni un mes antes, ni uno después. Era también el mes que había sido vendido ese exacto trozo de tierra.<br />
&#8211;Prepara las maletas, Grimalkin, nos vamos de paseo.<br />
Grimalkin me miró y no dijo nada. Se limitó a dejarme puesta la mirada, y me recordó al pinche gato de la comisaría, no sé por qué. Luego habló:<br />
&#8211;¿A dónde?<br />
&#8211;Vamos a visitar la escena del crimen antes de que el desierto se trague todo.<br />
Desperté de una patada al guardia y recogimos las identificaciones, y nos marchamos de ahí. Iríamos en dos autos, para mayor seguridad.<br />
Eran las tres de la mañana cuando llegamos. Dejé que la novata se durmiera un poco en el auto mientras yo investigaba la zona del crimen. Como es natural, ya habían estado ahí los del ejército, peinando la zona con su pinche juguetito disfrazado de detector molecular. Una persona con dos dedos de frente sabría que el GT 200 no era más que una varilla de zahorí modernizada, un fraude de cien mil dólares cada unidad que hubieran sido más útiles entrenando perros de búsqueda o comprando auténticas narices electrónicas, pero inteligencia militar siempre ha sido un oximoron y no tenía caso emprenderla contra los soldados, que después de todo no hacían mas que cumplir órdenes. Los buenos eran aquellos que se fijaban más en las pistas que en el puto detector, y como era natural, acertaban más seguido que los que no tenían cerebro.</p>
<p>En el caso del rancho, a la luz de los faros del auto no se veía una chingada, pero la luna llena permitía ver mejor. Encontré sin problemas el punto donde habían encontrado al viejo McDonald, y pude observar, sin duda alguna, la trayectoria del proyectil. Bastante lejos de donde habían encontrado al cadaver, había un hueco de gran tamaño que penetraba bastante profundo en tierra, y debía de haber estado muy caliente porque la arena estaba convertida en vidrio en la zona de la entrada. Llamé a la novata, y llegó tallándose los ojos con la linterna que le pedí.<br />
&#8211;Sé buena e ilumíname aquí, ¿quieres?<br />
Grimalkin iluminó el hueco. Era exactamente del tamaño que uno esperaría, tomando en cuenta el boquete en el pecho de McDonald, pero la profundidad no me cuadraba.<br />
&#8211;¿Qué le parece si usa la cinta métrica como sonda? Va para abajo el hueco, si no se ha derrumbado a lo mejor podemos ver si encontraron el proyectil.<br />
&#8211;Bien. ¿Tienes un cigarro?<br />
&#8211;No, no fumo.<br />
&#8211;Cuando termines tu entrenamiento querrás haber empezado desde antes &#8211;dije, sacando un puñado de tabaco para mascar de la billetera. Metimos la cinta métrica al suelo y  cuando llegamos a los tres metros nos miramos a los ojos. Medimos la distancia hasta onde estaba todavía la mancha de sangre que marcaba el lugar donde había caído McDonald, y resultaron ser más de cien metros. Eso, definitivamente, no era normal. La Luna estaba bajando por el horizonte por detrás de la casa de McDonald, y miré un efecto curioso: entre maquinaria, un árbol y la casa podía ver un punto de luz de Luna, oculta en su mayor parte por las paredes. Un rápido vistazo confirmó que la casa había sido atravesada por el mismo proyectil que había atravesado al árbol, que a su vez había atravesado la trilladora, y seguramente también había pasado por McDonald.</p>
<p>Llegó el día. Grimalkin se comía perezosamente una manzana. La había cortado del árbol atravesado y era curioso que el manzano hubiera crecido en esa zona. Había naranjos, perales, ciruelos, nogales y cerezos. McDonald debía ser un genio agricultor para que aquello funcionara. Pero yo estaba más preocupado haciendo pruebas con mi apuntador laser: el hueco estaba ligeramente desviado, como si hubiera sido atrapado por la gravedad. Era un tiro parabólico. Hice un cálculo rápido: ¿A qué distancia debía de dispararse un objeto que se moviera en un sólo eje, y estuviera sujeto sólo a la acción de la gravedad, si entraba en la tierra con un ángulo de 5 grados? Justo a la distancia en que había encontrado el terreno que localicé en el mapa del INEGI.</p>
<p>Ordené a Grimalkin que fuer apor refuerzos. Los militares todavía debían de estar cerca. Yo me dirigí al rancho El Murmullo. La carretera era un trozo de queso gruyere y salir a la terracería primero y a la arena después no fue precisamente lo más cómodo, pero necesitaba llegar lo más cerca posible. A menos de 100 metros del rancho detuve mi auto y avancé. La única señal de que el rancho estaba ahí era una cerca de piedra y arena con una especie de puerta. Ni siquiera me molesté en quitarla: pasaba cómodamente por debajo. Dejé una seña con los pies en dirección a donde me dirigía. La construcción era una cabaña cubierta por la arena del desierto. El dueño del Murmullo debía estar muy desesperado si quería sembrar algo ahí, y la milpa que crecía no parecía capaz de quitarle el hambre a un insecto, menos aún a un humano. La puerta de la cabaña aún estaba ahí, mientras que las restantes tres paredes y el techo estaban cubiertas por arena. El cielo no amenazaba con soltar una tormenta de arena en cualquier momento, así que me relajé. Podría salir de ahí sin problemas. Pero aquello era muy inusual. ¿Por qué la arena no habría sepultado también la puerta?</p>
<p>¿Debía tocar? No parecía que viviera nadie. Aún estaba lejos de la puerta, pero sospechaba algo muy gordo ahí. El local olía a narcotráfico sin necesidad de varitas de zahorí glorificadas. Desenfundé la Glock reglamentaria y verifiqué que tuviera balas. Podría matar a cincuenta siempre y cuando se estuvieran quietos y no repelieran la agresión&#8211;fat chance, como dirían los gringos.<br />
Me acerqué a la puerta, buscando cámaras de seguridad. Ni una. Abrí la puerta de una patada. Nada adentro. Estaba vacío pero no al borde del colapso: alguien había colocado cuidadosamente puntales sosteniendo el techo y había una puerta en el piso. Hice más marcas en el piso y abrí la puerta. Abajo, unas escaleras. Genial. Mis sospechas se habían confirmado.</p>
<p>Entré con cuidado y en silencio. Siempre me habían regañado por usar tenis en el trabajo, pero ahora convenían. Me había ganado el apodo del Infarto porque siempre llegaba cuando menos lo esperas. Abajo, apenas a 12 escalones, otra puerta. Esta vez, la abrí con cuidado, buscando alguna alarma que alertara de mi presencia. Nada. Era un bunker enorme y oscuro. Estaba vacío. Esperé que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad y coloqué el filtro rojo a la lámpara. La introduje con cuidado y después miré. Parecía ser todo un arsenal, pero no había nadie.</p>
<p>Entré, la lámpara en una mano y la Glock en la otra. Barrí al mismo tiempo con la lámpara y la Glock, alerta ante cualquier ruido. Entonces lo vi: un rayo de luz en la pared, que entraba y daba justo en un cañón corto. Me acerqué, aún con cuidado. Era, sin lugar a dudas, un arma restringida. Había evidentes marcas de quemaduras en el suelo. Manchas de sangre. Seguramente un idiota que la había disparado sin asegurarse de no tener balas. Nunca, nunca dispares un arma en un lugar cerrado. Entonces los escuché.</p>
<p>Pasos, sin duda. Y pasos de botas. Y varias. Sin decir ni siquiera «¿Quién vive?» los idiotas dispararon. Logré agacharme a tiempo y refugiarme detrás de un bidón. Estaba seguro que era alguna sustancia explosiva, y me contuve de responder el fuego. Me arrastré hasta un lugar seguro, pero no lo encontré. Vaciaron los cargadores, me puse de pie y disparé. Cinco gemidos, cinco balas. Al suelo. Cuernos de chivo mínimo. Me cago en las muelas de Kalashnikov. Las ráfagas terminan pronto. Son menos. Son idiotas. Disparan a donde estaba: Yo ya me moví y disparé desde un pasillo. Dos gemidos, cinco balas. Quedan menos. Me quedan dos balas, una en el cargador y otra en la recámara. Disparo al aire y siento que cae arena. Los cabrones sólo taparon con arena el bunker. Chingada madre. En lo que recargo uno de los pistoreros me encuentra y trata de dispararme. Su cuerno no tiene balas. Me da un cachazo. Alcanzo a dispararle en una pierna antes de caer al suelo, y todo se puso negro.</p>
<p>Desperté en el hospital militar. Grimalkin está junto a mí. Me mira como si fuera yo un héroe, alguien fuera de serie.<br />
&#8211;Te cargaste a siete de los ocho sicarios &#8211;me cuenta. Viejito suertudo.<br />
Cuando ella llegó con los militares no encontró gran resistencia. El único que sobrevivió no pudo salir de ahí.<br />
&#8211;Fue un tiro genial.<br />
&#8211;¿Por qué? Sólo le dí en la pierna.<br />
&#8211;Le disparaste en un testículo.<br />
Me echo a reír.<br />
&#8211;¿Le jodí las joyas de la familia? Vaya.<br />
&#8211;Terminé la investigación. Era una armería, no un laboratorio. La bala que mató a McDonald salió del cañón que estaba ahí, y era de uranio empobrecido. El idiota que la disparó murió con quemaduras de tercer grado: se colocó justo detrás y disparó sin querer. Lo habían llevado al hospital, pero murió antes de llegar, así que lo arrojaron en la calle. Encontraron el cadáver el mismo día que nosotros estuvimos ahí.<br />
&#8211;Por eso el gato era más radiactivo de lo normal.<br />
&#8211;Sí.<br />
&#8211;¿Cerraste el caso?<br />
&#8211;Claro.<br />
&#8211;Bien. Te tocarán cerrar más. Ya estoy muy viejo para ésto. Me voy a jubilar.<br />
&#8211;¿Y quién me va a enseñar entonces?<br />
&#8211;Yo. Te voy a asesorar. Serás como la hija que nunca tuve.<br />
&#8211;Papá &#8211;dijo Grimalkin&#8211;, creo que tus conocimientos de genealogía se vieron un poco afectados por el golpe.<br />
&#8211;Tal vez sea eso.<br />
Me da un beso en la mejilla y se marcha. La veo marcharse y hablar afuera con el médico. Se parece tanto a su madre&#8230; pero tiene los ojos de su padre. Quienquiera que el cabrón haya sido.</p>
<p>Miro a mi derecha. A mi lado hay un gato feo, de ojos azules y verdes, cuadriculado.<br />
&#8211;Sea &#8211;digo, levantando la mano. El gato ronronea y se hace ovillo entre mis piernas.</p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/fYO4qsvkaBiKvlaPpBABcih4-8Q/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/fYO4qsvkaBiKvlaPpBABcih4-8Q/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/fYO4qsvkaBiKvlaPpBABcih4-8Q/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/fYO4qsvkaBiKvlaPpBABcih4-8Q/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/6eR8oHbg9RE" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/el-gato-de-la-nube-de-positrones-cuento-completo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/el-gato-de-la-nube-de-positrones-cuento-completo/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>Crónica anacrónica de su sincrónica displicencia (cuento completo)</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/opfGDSvsUmE/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/cronica-anacronica-de-su-sincronica-displicencia-cuento-completo/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 22:48:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[Once, I dreamt]]></category>
		<category><![CDATA[writing for fun and profit]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5291</guid>
		<description><![CDATA[Completemos, pues, este cuento histórico. Apenas habían bajado del globo donde habían pasado 8 semanas de luna de miel, y ya las cosas pintaban mal para el ingeniero Remontel y su esposa Magdalene. Primero, habían perdido los pasaportes, después, las llaves del globo, y además, lo habían dejado estacionado en doble fila. El agente de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Completemos, pues, este cuento histórico.<br />
<span id="more-5291"></span> </p>
<p>Apenas habían bajado del globo donde habían pasado 8 semanas de luna de miel, y ya las cosas pintaban mal para el ingeniero Remontel y su esposa Magdalene. Primero, habían perdido los pasaportes, después, las llaves del globo, y además, lo habían dejado estacionado en doble fila. El agente de tránsito ya mostraba los dientes cuando Remontel encontró las llaves y, tras dejar a su esposa frente a la casa, estacionó el globo en un lugar apropiado y le puso monedas al parquímetro. Aprovechó para amarrarlo. El agente de tránsito de la Sûretê dijo algo en un francés que hubiera hecho sonrojarse a un carretonero y se fue.</p>
<p>&#8211;¡Por fin en casa! &#8211;dijo Remontel, mientras buscaba las llaves. Como era de esperarse, no las encontró. Pero Magdalene, siempre previsora, llevaba una copia en su bolso y procedió a abrir la puerta ante la mirada impotente de su marido. Caía la noche en París y Remontel se dedicó a bajar las maletas. Se habían ido con dos y habían regresado con 24. Remontel estaba seguro que las maletas se habían cruzado, pero no tenía pruebas porque nunca las pudo agarrar en el acto.</p>
<p>El matrimonio entró a su casa en completa oscuridad. Remontel, impaciente, avanzó en la oscuridad y tropezó con la orilla de la alfombra, cayendo poco después al suelo.<br />
&#8211;Cuidado, cherie, que te estás dejando la levita hecha un asco.<br />
&#8211;¡Dionisio! &#8211;tronó el ingeniero&#8211; ¡Baja con una luz!<br />
&#8211;Buenas noches, señor &#8211;dijo Dionisio, que acababa de encender el quinqué detrás de su patrón&#8211;. Me permití aderezarle ya la ropa que deberá portar hoy para la cena en la embajada inglesa a la cual usted y madame han sido invitados.<br />
&#8211;¿De qué hablas, Dionisio? ¡Pero si no debemos estar allá sino hasta el día 20!<br />
&#8211;Hoy es 20, señor. Le dije que viajara usted por la agencia de viajes Fogg &#038; Passpartout y con ella ganaría un día de tiempo en su viaje.<br />
&#8211;Basta ya de charla inane &#8211;interrumpió madame Magdalene&#8211;, y vamos a cambiarnos. ¿Por qué tanta urgencia por esa reunión, cherie?<br />
&#8211;Los ingleses han inventado algo llamado «piebalón», una especie de juego o deporte, y quieren que un representante de Francia acuda al juego inaugural de algo que llaman «Eliminatorias» de una «Copa del Mundo».<br />
&#8211;¿Y cuál es el problema, cherie?<br />
&#8211;Que el partido inaugural de dicha copa se juega en 1930.</p>
<p>El ingeniero Remontel y señora llegaron puntuales a la embajada inglesa, y Lord Cock en persona los recibió.<br />
&#8211;Ah, madame, está usted casi tan bella como las Islas Británicas &#8211;galanteó Lord Cock, inclinándose para besar la mano de Magdalene.<br />
&#8211;Vengan, por favor. Mi estimado ingeniero Remontel, ha venido porque tengo un negocio qué proponerle.<br />
&#8211;Usted dirá, Excelencia.<br />
&#8211;Oh, no me trate de excelencia, por favor. Al menos no en privado. Llámeme Tricky.<br />
&#8211;Usted dirá, Tricky.<br />
&#8211;He conseguido que su compañía sea la elegida para perforar un túnel por debajo del Canal de la Mancha. Usted partirá de Calais y se encontrará con el túnel de otra empresa que partirá de Dover. Se encontrarán a la mitad.<br />
&#8211;¿Tiene usted planos detallados?<br />
&#8211;Se los mostraré en la biblioteca. Pero antes, pasemos a cenar. Madame, usted se sentará a mi derecha.  </p>
<p>Pasaron todos al gran salón comedor de la embajada británica en París. En el comedor había una mesa larga y ovalada con exactamente 32 lugares, de los cuales uno estaba reservado para Lord Cock, y el otro, el más alejado, para Lady Dick. Cada asiento tenía una tarjeta de presentación con el nombre del invitado, y estaban perfectamente asignados. Lord Cock y Lady Dick recibieron a sus invitados de nombre y con gran familiaridad, pero sólo después de que el mayordomo los hubiera presentado, pues de otra manera hubiera sido tremendamente impropio e indigno de personas finas y educadas. Magdalene se sentó a la derecha de Lord Cock y Remontel a la izquierda. A la izquierda de Remontel estaba Monseur Ramón, de quien corrían rumores que había sido pirata hasta una noche en que una bala de cañón le pegó en la mano y se la dejó caída.  Nadie ofrecía más información al respecto y nadie preguntaba, por cortesía, aunque a todo mundo se le hacía muy sospechoso que la mano caída tuviera pintadas las uñas de color de rosa.</p>
<p>La cena, para beneplácito de los anfitriones y sufrimiento de los invitados, consistió en deliciosos y delicados platillos de las más finas recetas inglesas. Todos los invitados tuvieron que hacer un gran esfuerzo para decir que las costillas de cordero en salsa de menta, la tarta de riñones, el agua caliente, el vino tinto frío y la cerveza tibia estaban deliciosos. Al terminar la cena, mientras los invitados aprovechaban para tomarse un remedio alemán contra las agruras, malestares estomacales y acidez, Remontel, Lord Cock, Lady Dick y Magdalene se refugiaron en la biblioteca. El mayordomo aprovechó para llevarles discretamente a los invitados un alka seltzer junto con el té.</p>
<p>&#8211;Ingeniero Remontel &#8211;dijo Lord Tricky Cock&#8211;, he decidido otorgarle a usted y su empresa la oportunidad de hacerse millonarios. La idea es sencilla, tan simple como una receta de cocina bretona: vamos a construir un túnel bajo el Canal de la Mancha que permita unir al Continente con Inglaterra, en beneficio, claro está, del Continente. Mi gobierno ha decidido que privar al mundo de la cultura bretona sería una maldad indescriptible.<br />
Magdalene ahogó una risita. Se cubrió discretamente la boca con la mano y expresó sus excusas más sinceras: la cerveza tibia siempre la hacía repetir. Dio un sorbo a su té para disimular y le solicitó a su anfitrión que continuara.<br />
&#8211;Como le decía, ingeniero, partiremos de Dover y Calais simultáneamente. La idea será encontrarnos justo a la mitad, pero si no nos encontramos, no importa:  tendremos dos túneles en lugar de uno.<br />
&#8211;¿Tiene usted los planos, milord? Encuentro fascinante el problema y nada me gustaría más que participar, pero me temo que no comprendo los procesos para que el aire sea renovado por dentro.<br />
&#8211;¡Charmín! &#8211;gritó Lord Cock.<br />
&#8211;¿Llamó usted, excelencia?<br />
&#8211;Traeme los planos del túnel del canal que dejé sobre la mesita de noche.<br />
&#8211;Enseguida, excelencia.<br />
&#8211;Mientras llegan déjeme hacerle un plano en esta servilleta. Aquí está francia y aquí esta la gloriosa Inglaterra. Pasaremos por abajo del mar, y aquí unos carruajes tirados por caballos &#8211;dibujó un caballito de palitos&#8211; lo llevarán al otro lado, y aquí vamos a poner lámparas &#8211;dibujó bolitas a lo largo del túnel&#8211; y además vamos a poder viajar al amparo de los elementos  sin importar si hay sol &#8211;dibujó un solecito con una sonrisa&#8211; o tormentas &#8211;dibujó una nube enojada&#8211;.<br />
Magdalene y Remontel se miraron un instante. Lady Dick había comenzado su tejido y estaba completamente absorta en bordar un retrato de la reina Victoria.<br />
&#8211;Pero si hemos resuelto ya la iluminación, milord &#8211;dijo Remontel, esperando que los planos fueran más realistas&#8211; ¿cómo resolveremos el tránsito?<br />
&#8211;Tendremos que cambiar eso en el Continente, es evidente. Todo mundo sabe que el modo correcto para conducir es el inglés. Como mi abuelo solía decir, «The Right Side is on the Left».<br />
Magdalente y Remontel intercambiaron miradas francamente preocupadas.</p>
<p>El mayordomo llegó con los planos y otro sirviente llegó con un inmenso platón de sandwiches de pepino y más té. Le ofreció unas servilletas de papel a los invitados. Magdalene olió el papel, con delicado aroma primaveral, y preguntó al mesero cómo se llamaba la marca de servilletas.<br />
&#8211;Pétalo, madame &#8211;dijo en voz baja el sirviente&#8211;. Yo las fabrico, personalmente. Pero si cree que éstas son fabulosas, permítame que le regale estos pañuelos desechables que hace la hija de mi cuñado, Kleenex, y no deje de probar el rollo de papel de baño que fabrica el señor Charmín especialmente para el embajador. Algún día hemos de poner nuestra fábrica, ya contamos con ayuda de una acaudalada viuda, la señora Kimberly Clark, que nos permitirá iniciar la producción en masa.<br />
Pétalo y Charmín se alejaron en silencio y Remontel y Lord Cock discutían sobre el punto de inicio de las  excavaciones. Mientras que Remontel indicaba que hacían falta más análisis de suelo y que se debía encontrar una veta de tierras duras que soportaran el peso de la construcción, Lord Cock indicó que bastaba que comenzaran a cavar, pues el suelo inglés era, sin duda, apropiado.<br />
&#8211;Me temo que eso será problemático, milord. Recuerde usted el peso de las aguas.<br />
&#8211;Ustedes los franceses siempre poniendo pegas a todo. No. Se hará así como le digo: y cuando el túnel esté listo comenzaremos a cambiar la circulación por la izquierda en este continente.<br />
&#8211;Es que así no funcionará, milord.<br />
&#8211;Paparruchas, paparruchas. En Dover ya llevamos 300 metros de construcción y el único problema que nos hemos encontrado es que hay una fuente de agua que no hemos podido agotar aún.<br />
&#8211;No será agua salada, ¿verdad?<br />
&#8211;Ingeniero Remontel, veo que no me he equivocado al escogerlo a usted. Conoce usted todas las cosas que pudieran afectarnos. Pero no se preocupe, los excelentes ingenieros ingleses ya están resolviendo esos pequeños detalles. Pasemos a otros negocios &#8211;dijo, sin dejar que Remontel dijera ni una palabra más&#8211;, ¿Ya está su país preparado para la Copa del Mundo?<br />
&#8211;Es bueno que toque usted el tema &#8211;dijo Remontel&#8211;, porque aún no tenemos idea cierta de qué tipo de futbol vamos a jugar. A mi escritorio han llegado no menos de 5 tipos de reglas diferentes: Soccer, Association, Rugby, Sheffield, y Cambridge. También han llegado reglas alternas al estilo americano, canadiense, australiano e irlandés, e incluso uno que dice que es celta. Las medidas de las canchas también son diferentes, y hay una cancha de pasto, otra de duela de madera, una de cemento, y una más que propone se juegue en el pavimento rodeado de vehículos automotores. Si bien mi firma será capaz de construir todo eso, tenemos el problema de que no sabemos qué cosa es un vehículo automotor, aunque un tal señor Ford, en asociación con un militar, el general Motors, me parece, ya está trabajando en un prototipo.<br />
El embajador extraordinario y plenipotenciario del Imperio Británico, Lord Trickson Cock, se quedó meditando unos instantes.<br />
&#8211;Eso es muy importante, ingeniero. Muy importante diría yo. ¡Charmín!<br />
&#8211;¿Llamó usted, excelencia?<br />
&#8211;Pon un telegrama al 10 de Downing Street inmediatamente. Explícale al Primer Ministro que debemos resolver inmediatamente, antes incluso que el túnel, qué reglas de futbol y qué tipo de estadio debe emplearse para la copa del mundo.<br />
&#8211;Sí, excelencia.<br />
&#8211;Es más, no lo envíes. Iré personalmente. Esto no se le puede confiar a un simple criado, no. Excúseme un momento, ingeniero.<br />
Charmín y Lord Cock salieron de la habitación a paso veloz.<br />
&#8211;¿Qué opinas, querida? &#8211;preguntó Remontel, en francés.<br />
&#8211;Creo que al embajador le hacen falta un par de papitas fritas para ser cajita feliz&#8230;<br />
&#8211;¿Te parece que la Reina Victoria está bien así, querida? &#8211;interrumpió Lady Dick, en perfecto inglés de Oxford.<br />
Magdalene miró el perfil y le pareció que la reina se parecía más a François Miterrand que a la reina Victoria, pero optó por no contradecir a su anfitriona y dijo que estaba igual a su retrato del billete de 10 libras. Lady Dick volvió a su tejido, visiblemente complacida.<br />
Magdalene y Remontel se sirvieron otra taza de té, y Remontel se llevó discretamente la mano al estómago. Sentía venir una úlcera péptica, la sentía venir sin duda alguna.</p>
<p>Instantes después llegó Lord Cock.<br />
&#8211;He recibido confirmación del 10 de Downing Street de que es imprescindible  dedicar todos los esfuerzos disponibles al asunto del estadio y del deporte en sí. Mucho me temo que vamos a cancelar el túnel hasta nuevo aviso. Pero confío en contar con su ayuda invaluable, ingeniero.<br />
&#8211;Por supuesto, milord.<br />
&#8211;Tricky, se lo ruego.<br />
&#8211;Por supuesto, Tricky.<br />
&#8211;Comprenderá usted que es necesario resolver estos asuntos antes de pasar a palabras mayores. Si no podemos ponernos de acuerdo en algo tan básico como las medidas de un estadio y el tipo de suelo, ¿cómo podremos hacer que el Continente cambie sus normas de manejo al lado correcto del camino?<br />
&#8211;Concuerdo perfectamente, Tricky.<br />
&#8211;Además, tenemos el tiempo encima. Sólo faltan 42 años antes de que de inicio la Copa del Mundo, y es impensable que nos tome poco preparados. Imagínese usted el caos que sería que un equipo llegue con casco y el otro con zapatos de tachones. O que tengamos la mitad de la cancha de asfalto y la otra de césped. O incluso que jueguen al mismo tiempo Cuahutémoc Blanco y el Bofo Bautista con Michael Ballack y Thomas Müller, siendo que el partido es Brasil contra Japón.<br />
&#8211;Completamente de acuerdo con usted, Tricky.<br />
&#8211;Me alegra saber que puedo contar con usted, ingeniero. No siempre es fácil encontrar mentes que piensen parecido.<br />
Magdalene soltó otra risita ahogada.<br />
&#8211;Perdón, milord. La cerveza, usted sabe&#8230;<br />
&#8211;Usted no tiene nada qué perdonar, señora mía.<br />
&#8211;Pues, si no tenemos más asuntos qué tratar, excelencia, nos retiramos.<br />
&#8211;Adelante, adelante. Le haré llegar las comunicaciones más recientes. ¿Prefiere usted el Post, el Punch o el Times? No importa, haré que lo suscriban a los tres&#8230;<br />
Con paso veloz, Magdalene y Remontel se alejaron de la embajada inglesa, justo  antes de que Lord Cock invitara una nueva ronda de cerveza tibia y sus invitados prefirieran hacer discreto mutis.<br />
&#8211;¡Ah, curioso! &#8211;diría Lady Dick&#8211; Cualquiera diría que no parecía gustarles la cerveza tibia.<br />
&#8211;Ya lo vez, querida, no son gente correcta en el Continente. </p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/bBuhoMODroeoxdweQyy5hoKm6pE/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/bBuhoMODroeoxdweQyy5hoKm6pE/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/bBuhoMODroeoxdweQyy5hoKm6pE/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/bBuhoMODroeoxdweQyy5hoKm6pE/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/opfGDSvsUmE" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/cronica-anacronica-de-su-sincronica-displicencia-cuento-completo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/cronica-anacronica-de-su-sincronica-displicencia-cuento-completo/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>Flexografía del Informático Frustrado (Cuento completo)</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/LqZ-4RSJcWM/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/flexografia-del-informatico-frustrado-cuento-completo/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 21:08:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[Once, I dreamt]]></category>
		<category><![CDATA[writing for fun and profit]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5290</guid>
		<description><![CDATA[Completando el cuento. Había terminado ya la escuela. Su título de ingeniero aún rezumaba tinta, y sentía ya el síndrome de abstinencia. ¿Qué haría ahora? Las largas noches de estudio, las largas horas de trabajo de becario, las molestas pequeñas cosas que hacían su vida miserable se habían acabado. ¿Qué carajo haría ahora? No le [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Completando el cuento.</p>
<p><span id="more-5290"></span></p>
<p>Había terminado ya la escuela. Su título de ingeniero aún rezumaba tinta, y sentía ya el síndrome de abstinencia. ¿Qué haría ahora? Las largas noches de estudio, las largas horas de trabajo de becario, las molestas pequeñas cosas que hacían su vida miserable se habían acabado. ¿Qué carajo haría ahora?</p>
<p>No le quedaba más remedio que buscar un nuevo empleo, remunerado. Estaba claro que no iba a seguir en el empleo de becario: los becarios en esa empresa eran seres despreciables de usar y tirar. Ser reconocido por el gerente, eso era otra cosa. Pero a él no lo habían reconocido. Alban era uno más de los becarios invisibles que tenían menor valor que el tapete de la entrada. </p>
<p>Se dedicó durante algunos meses a enviar solicitudes y curriculos a medio mundo. Solicitó trabajo en América, Europa y Asia. Incluso envió una solicitud a Australia y otra a Sudáfrica. La cuenta del piso se vencía y tampoco había podido conseguir a nadie que lo compartiera. Definitivamente ése no era su año.</p>
<p>Financial Insurance  and Social Holdings, Inc, respondió. Estaban interesados en contratarlo. La cifra no era mala, y las condiciones, aunque abrumadoras, no eran más duras de lo que ya había soportado. Sería como volver a la rutina. Se presentó a la entrevista de trabajo y observó que era el único entrevistado. Trató de impresionarlos. Lo logró. Comenzaría a trabajar al día siguiente. </p>
<p>La empresa tenía como cilentes a varios bancos y era su deber mantener todos los sistemas en orden. También observó que la empresa no era muy grande. Podría ganar una millonada en cuanto se convirtiera en socio, pero antes tendría que soplarse 18 horas diarias de trabajo y eso le permitiría deshacerse de su piso: no lo necesitaría. Las 18 horas no eran requisito laboral: eran obligación por ser el único programador, el único ingeniero informático, que sabía todavía trabajar en COBOL. Cobraría por horas. Lo asignaron en un cubículo ridículo y le ofrecieron una computadora que distaba mucho de ser de última generación, pero no tendría problemas. Estaba acostumbrado. Miró el teclado, un viejo Space Cadet, y casi lanzó un grito de placer. Se contuvo. Nadie quería esa computadora: era un suplicio trabajar con ella. Alban estaba encantado. Le gustaba el dolor que se sentía al teclear en ese teclado 18 horas seguidas, era para él una fuente de placer, una necesidad. Sería imprescindible contenerse. </p>
<p>Vendió sus cosas y abandonó su piso. Sólo descansaba los fines de semana en un hotel barato. Guardaba su ropa en un locker en la estación de autobuses y se daba duchazos rápidos en el gimnasio más cercano: El costo combinado era menor de lo que pagaba por su antiguo apartamento. Su cubículo estaba lleno de latas vacías de Mountain Dew y Red Bull, botellas de Listerine y vodka barato, cajas de pizza y pollo frito. Trabajaba y facturaba 48 horas seguidas, descasaba los miércoles en la noche hecho ovillo bajo el escritorio de su cubículo, 56 horas seguidas, hasta el sábado en la mañana, y a medio día se registraba en el hotel y dormía hasta las 7 de la mañana del siguiente lunes. </p>
<p>No era fácil mantener el ritmo, pero menos fácil aún era mantener contento al gerente. Exigía más horas. Era el único que podía hacer las cosas, pero en lugar de contratar a alguien más, exigía más horas de Alban. Era obvio que no podría mantener el ritmo si quería mantener su salud y cordura. Los cheques con bonificaciones llegaban uno tras otro, elevados cada vez: cien, mil, cinco mil piedrólares.  Pro el gerente quería más. Alban perdía kilos. El dolor era extremo. Pero sonreía. </p>
<p>Llegó el sábado. Alucinaba en la cama, producto de las horas de insomnio acumuladas. La serpiente con botas se le acercó con un látigo. El elefante rosado del sombrero de copa lo tomó entre sus manos y lo inmovilizó. La serpiente lo azotó sin piedad. Cuando despertó, la mancha aún estaba ahí, entre sus piernas. Pero sabía lo que tenía que hacer. Uno solo no podía hacer las cosas, pero dos, tres, cuatro unidos: ero era trabajo en equipo, era una base en común, era&#8230; un framework.</p>
<p>El lunes llegó dos horas tarde a la oficina. A las nueve de la maana. Quiso hablar con el gerente. Llevaba una pila de papeles. Un proyecto impresionante que había desarrollado el fin de semana, mientras la mitad de su cerebro dormía y la otra mitad tomaba el control del cuerpo. No era de extrañar que el proyecto fuera poco convencional: una parte estaba cuidadosamente descrita en palabras, y la otra, en símbolos y dibujitos. Pero era perfectamente comprensible. Un framework para que todos los bancos se actualizaran, y permitieran un rápido desarrollo de modificaciones a sus sistemas. Un framework que acabaría con todos los problemas de interoperabilidad de todos los bancos. Y él podría desarrollarlo, él sólo, con una seguridad sin precedentes, y el gerente podría venderlo a todos los bancos a sobreprecio, y la junta directiva poría retirarse a descansar a las islas del Caribe con el dinero ganado.  Pero el gerente no quería oír hablar de él. Más horas era lo que necesitaba facturar Alban, no nuevos proyectos. Más horas. Gates lo sacó de su oficina entre cajas destempladas.</p>
<p>Rechazado por el gerente, pero lejos de desanimarse, Alban acudió con la señorita Choksondik, su última esperanza de que su proyecto no fuera cancelado. Pero fue desaprobado con más fuerza aún, diciendo que era una pérdida de tiempo, dinero y esfuerzo que podría ser aprovechado en otras áreas. Alban cerró los ojos y se contuvo, pero una cuidadosa inspección hubiera revelado una sonrisa. Le gustaban tanto esas batallas verbales que sabía perdidas de antemano, pero no podía evitarlo. Pero antes que renunciar a su obra, renunció a su empleo. Todas y cada una de las entrevistas de trabajo con empleadores abusivos lo llenaban de satisfacción, lo hacían desear comenzar a trabajar ahí, aunque sabía que muy probablemente no lo emplearían nunca. Necesitaba un jefe para el cual la sumisión y el temor que mostraba fueran deseables; que el abuso que estaba dispuesto a asumir él como empleado fuera el mismo que el empleador estuviera dispuesto a impartir, por gusto, por deseo, por autoridad; lo encontró en Hasefroch, Inc. Ninguno de sus nuevos jefes lo trataría como a un ser humano: era un simple camarón con anteojos, un patético remedo de programador, una basura que sabía teclear con un mínimo de faltas de ortografía. Ninguno de sus jefes asumiría su defensa ante otro, y eso le gustaba. Había encontrado por fin el empleo que su naturaleza había perseguido por tanto tiempo, en el que se desarrollaría, oh paradoja, bajo la bota de hierro de sus superiores.</p>
<p>Fue una noche. Gates entró a su cubículo una noche, justo en el momento en que Alban subía el código de su proyecto a Sourceforge. No hay palabras para describir el arranque de ira que se apoderó de Gates. Sin importarle si era algo hecho en tiempo personal o no, Gates montó en cólera y arrastró a Alban fuera del cubículo por las solapas de la chaqueta, ante la mirada atónita de la señora de la limpieza, la única otra persona que quedaba en el edificio. Alban sonreía.</p>
<p>Gates atacó con saña a Alban, «¡Más horas facturadas!» dijo Gates, «¡Debías facturar más horas!» Alban sonreía. El dolor era su amigo, lo bendijo y entonces, como una saeta, se lanzó a Gates, lo tomó de los puños, se flageló con aquellos puños de hierro, se lanzó a la pared, se lanzó al suelo, se golpeó contra la computadora, arrancó el teléfono y se colpeó la cara con él. Se tiró al suelo. Reía con locura y chorreaba sangre de la boca. «¡Sangre, Gates! ¡Sangre!» Se tomó de Gates, y se dejó caer encima suyo justo cuando llegó Seguridad.</p>
<p>Gates fue despedido y Choksondik le ofreció a Alban que hiciera su proyecto a cambio de que no demandara  al a compañía. ¿Pero cómo podría demandarla si lo disfrutó profundamente? Sonrió, la boca aún llena de sangre, y se fue a trabajar. Era tiempo de hacer algo más que un simple framework. </p>
<p>Mientras trabajaba, el personal de ventas colocaba el framework en el mercado. Como siempre, estaba lleno de requerimientos imposibles. Los comerciales siempre hacían eso. Nadie quería a los comerciales tanto como Alban, eran ellos los que le daban su fuente de placer. Era adictivo resolver en 15 minutos lo que otros hubieran necesitado 30 horas. Claro que su solución era sucia, fea, impráctica, pero increíblemente, funcionaba. Ya lo corregiría en la siguiente versión. Adoraba las revisiones. Le fascinaba el sonido que hacían las fechas límite al pasar volando. Y, por supuesto, era su código. Código que nadie más podía entender. </p>
<p>De pronto, un día, Alban no fue más al trabajo. No dio explicaciones. No dejó notas. Sólo dejó un pulcro bloque impreso de papel donde detallaba las funciones de cada una de las funciones de su framework y sus aplicaciones. Se fue. Con los 40 millones que se había llevado rasurando los intereses de sus bancos clientes.</p>
<p>Era el Caribe. En la isla, nadie más. Sólo caña de azúcar y cocoteros. Caminar era doloroso. Trabajar bajo el sol quemante, también. La caña cortaba su piel, las palmeras lastimaban su espalda. Y en medio de la isla, un chalet pequeño y funcional, lleno de computadoras y comunicaciones vía satélite, desde donde Alban controlaba sus finanzas y se hacía asquerosamente rico. ¿Había acaso algo más delicioso?</p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/aQWaMhfqaQw8IMMp2wxnCbTxfzs/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/aQWaMhfqaQw8IMMp2wxnCbTxfzs/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/aQWaMhfqaQw8IMMp2wxnCbTxfzs/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/aQWaMhfqaQw8IMMp2wxnCbTxfzs/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/LqZ-4RSJcWM" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/flexografia-del-informatico-frustrado-cuento-completo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/flexografia-del-informatico-frustrado-cuento-completo/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>How to lose things.</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/OQfqpQVe5mU/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/how-to-lose-things/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 20:15:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[casos y cosas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5289</guid>
		<description><![CDATA[Perder cosas es algo de lo más agradable en el mundo mundial y sus pintorescos alrededores. También requiere maestría en ese arte. No es sencillo perder cosas. Es un complejo proceso por el cual debe meterse la pata sin ser consciente de ello hasta que se ha logrado el objetivo, algo que no es fácil [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Perder cosas es algo de lo más agradable en el mundo mundial y sus pintorescos alrededores. También requiere maestría en ese arte.<br />
<span id="more-5289"></span><br />
No es sencillo perder cosas. Es un complejo proceso por el cual debe meterse la pata sin ser consciente de ello hasta que se ha logrado el objetivo, algo que no es fácil de lograr. Un ejemplo sencillo es el ir a pagar al banco y perder el recibo. </p>
<p>Como todo mundo sabe, perder las cosas, en este caso el recibo, llega a ser fuente de dolores de cabeza. Pero se requiere realmente ingenio para procurarse esos dolores de cabeza sin darse cuenta. Un ejemplo al canto, el del recibo, merece ser explicado con todo detalle.</p>
<p>Tome usted un cheque y comprométase a depositarlo en el banco. Acto seguido, vaya usted al banco. Deposítelo y obtenga el recibo. Hasta aquí, todo bien. Ahora vaya usted a otro lado. Recomiendo caminar una distancia de al menos un kilómetro para que los resultados sean mejores y eficientes. Al finalizar el kilómetro, revísese usted la ropa para localizar el recibo. Si usted lo hizo bien, el recibo no aparecerá nunca.</p>
<p>Ahora, para hacer ejercicio y procurarse ese dolor de cabeza, recorra la misma ruta de antes y trate de localizar el recibo. Si lo hizo usted mal, encontrará el recibo. Si lo hizo bien, el recibo habrá ido a ese lugar del cielo reservado a los recibos, donde todo mundo necesita el recibo y el recibo siempre está ahí, disponible. En resumen, habrá ido a un lugar mejor. </p>
<p>Ahora bien, perder un recibo solo no requiere mucho esfuerzo. Después de todo, en las grandes urbes hay ingentes cantidades de energía, de cualquier tipo, entre ellas lumínica, sónica, eólica, mecánica, electromagnética y magufa, capaz de mover de un lugar a otro el recibo para que no aparezca más. Pero un verdadero maestro no pierde un único recibo, no. Hoy, por ejemplo, logré acumular suficiente energía como para que no uno ni dos, sino cinco recibos y una copia de mi estado de cuenta se me perdieran. Lo que no logré que se me perdiera fue una copia de mi contrato de arrendamiento. De esta manera, me acabo de procurar un mes de dolores de cabeza, pues es menester que llegue el recibo del siguiente mes para demostrar que ya no tengo deudas con una tarjeta de crédito y hacer que me la cierren sin procurarme todavía más dolores de cabeza. </p>
<p>Como siempre, se requiere de gran habilidad para hacerlo. Yo, que ya estoy a niveles avanzados, he logrado perder cachuchas que estoy usando y celulares por los que he estado hablando, pero definitivamente no he llegado a los extremos de don Clodomiro Gamesa, que un día, iba caminando, perdió el apellido, y cuando lo volvió a encontrar, varios meses después, ya era marca registrada de una empresa galletera.</p>
<p>Ni modo, así es la vida. Seguiremos informando.</p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/hx-ueUGEHu7nVtr5pm19VMM4LNM/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/hx-ueUGEHu7nVtr5pm19VMM4LNM/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/hx-ueUGEHu7nVtr5pm19VMM4LNM/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/hx-ueUGEHu7nVtr5pm19VMM4LNM/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/OQfqpQVe5mU" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/how-to-lose-things/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/28/how-to-lose-things/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>891 Días para el Fin del Mundo (cuento completo)</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/gEgMWLaNL9k/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/891-dias-para-el-fin-del-mundo-cuento-completo/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 01:35:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[Once, I dreamt]]></category>
		<category><![CDATA[writing for fun and profit]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5287</guid>
		<description><![CDATA[Comenzando una de las futuras tradiciones abandonadas de quien ésto escribe, en vivo se transmitió todo el proceso de escritura del cuento apropiadamente intitulado «891 Días para el Fin del Mundo». Comenzó el día como solían comenzar sus días. El sol se filtró por la ventana, por entre las cortinas, y eso causó que se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Comenzando una de las futuras tradiciones abandonadas de quien ésto escribe, en vivo se transmitió todo el proceso de escritura del cuento apropiadamente intitulado «891 Días para el Fin del Mundo».</p>
<p><span id="more-5287"></span></p>
<p>Comenzó el día como solían comenzar sus días. El sol se filtró por la ventana, por entre las cortinas, y eso causó que se girara un poco hacia su derecha. Abrió los ojos perezosamente y la miró. Descansaba con ese desparpajo que sólo los gatos y unas pocas mujeres tienen. La observó largo rato mientras despertaba completamente. Aún no eran las siete de la mañana. Sonrió.</p>
<p>Se levantó con cuidado del lecho y se dirigió al baño. Como siempre, sus esfuerzos por no hacer ruido se frustraron por el escaloncito de la entrada donde siempre se tropezaba. Ella se giró al otro lado, dispuesta a seguir durmiendo. Él entró en la ducha. Como siempre su ritual incluía el limpiar cuidadosamente los dientes antes de darse un rápido duchazo; en la regadera, mientras el champú hacía su trabajo, se afeitó.</p>
<p>Ella, en cambio, tardó más en despertar. Lo primero que vio, como todas las mañanas, fue la fotografía en su mesita de noche. Se levantó perezosamente y se dirigió al cuarto de baño. Como siempre, su primer impulso fue tirar de la cadena para que el bañista sufriera frío. Lo pensó varios segundos y lo hizo. Adentro, The Jab lanzó un quejido. Ella rió.</p>
<p>Los dos terminaron su rutina matutina, como siempre, con un beso. Él se marchó a su oficina disfrazado de gente decente. Ella se quedó en casa, a cumplir su papel de esposa abnegada y madre de familia. Siempre cumplían esa rutina meticulosamente cuando sabían que los vecinos los miraban. Sólo cuando todos habían iniciado sus rutinas normales ella salía por la puerta trasera y se montaba a su auto deportivo.</p>
<p>El edificio de oficinas no tenía nada de inusual. Era un edificio como tantos otros, de ladrillo rojo y granito gris. La puerta era guardada por un tipo que no tenía aspecto de policía y ni siquiera desempeñaba funciones  de guardia de seguridad: simplemente le habían permitido vivir en el edificio a cambio de que cambiara las lámparas, limpiara los baños, destapara los caños y abriera la puerta. Vivía de las propinas y la amabilidad de un extraño. Jab le entregó un sandwich y un refresco y Clodomiro le agradeció como un condenado a la pena de muerte que acaba de ser indultado. Y probablemente lo era. Ella llegó unos minutos después. Le entregó el periódico del día y le entregó un puñado de monedas. Él estuvo a punto de besarle los pies. Como todos los días que ella iba, que no eran muy comunes. Sus negocios eran radicalmente distintos a los de su pareja.</p>
<p>Jab recibió de manos de su secretaria una pila de papeles. Le disgustaba profundamente tener que depender de ella para manejar su negocio, pero sin su ayuda hace mucho que su negocio hubiera fracasado Ella valía cada uno de los centavos que ganaba. Firmó lo que tenía que firmar y dictó algunas cartas. Recibió su agenda, canceló un par de citas y se dispuso a trabajar. Pero no podía. Algo lo molestaba.</p>
<p>Tiburcia abrió la puerta del despacho y entró, silenciosa. Adentro, mirando a la ventana, Jab meditaba sobre la conveniencia de dejar de una vez por todas el negocio de rabitos para boinas y dedicarse a la importación de pelusa para el ombligo. Tiburcia se acercó por detrás y tapó los ojos de Jab.</p>
<p>&#8211;Adivina quién soy, The.<br />
Jab sonrió, tomó con sus manos aquellas que se posaron encima suyo, y con un ágil movimiento giró la silla para que Tiburcia cayera cómodamente sentada sobre sus piernas. Tomó su cara y la acercó, lentamente, hasta que los labios de ambos estuvieron a punto de tocarse. La miró a los ojos, con la lujuria reflejada en ellos.<br />
&#8211;¿Sabes lo que hubiera dicho mi novia si hubiera entrado por esa puerta?<br />
&#8211;¿Qué?<br />
&#8211;«Adivina quién soy, The.»<br />
Ambos se besaron con fuerza y pasión desencadenada. El mundo no les importaba, era una ínfima parte de la realidad que no tenía importancia. Tiburcia acarició los bronceados brazos de Jab, que la camisa arremangada dejaba al descubierto. Parecía relajado. Jab acariciaba la piel morena de la joven por debajo de la blanca blusa de lino y luchaba por desabrochar los botones. Ella lo detuvo. Tenía que marcharse o perdería su orgullo. Pero no podía hacerlo. Estaba hechizada por las ásperas caricias alrededor de su cintura, su cuello, sus piernas, sus manos. Él se detuvo.<br />
&#8211;¿Eres valiente, Tiburcia? ¿Eres tan valiente como para jugar un juego?<br />
&#8211;Sí, lo soy &#8211;dijo ella, sin pensarlo.<br />
&#8211;Verdad o reto.<br />
&#8211;Verdad.<br />
&#8211;¿Amas a alguien más? &#8211;preguntó Jab, su mirada dura como el hielo.<br />
Ella se sonrojó y desvió la mirada.<br />
Miró de reojo el calendario. Decidió contestar con la verdad: después de todo, sólo quedaban 891 días para el fin del mundo.<br />
Lo miró a los ojos.</p>
<p>&#8211;Sí.<br />
Lo había dicho y ya no podía tragarse sus palabras. Él la miró a los ojos. Cerró las persianas. Echó el cerrojo. Ella sintió que se le aflojaban las piernas. El olor que emanaba de Jab era intoxicante para ella. El olor que emanaba de Tiburcia era intoxicante para él. Acercó sus labios a los suyos.<br />
&#8211;¿A quién más amas?<br />
&#8211;A mis hijos, tontito &#8211;dijo ella tocándole la punta de la nariz con el dedo índice y sonriendo. Se besaron con pasión desencadenada; era un amor más ardiente que una plancha que llevaba una hora conectada. Una cosa era jugar un juego de niños y otra, muy diferente, jugar con sus sentimientos.<br />
&#8211;Mi turno &#8211;dijo ella&#8211;. ¿Verdad o reto?<br />
&#8211;Reto &#8211;dijo él.<br />
&#8211;Bésame. Bésame como nunca antes me has besado.<br />
Él la miró de arriba a abajo. Se acercó. Ella cerró los ojos. Él abrió la boca y la besó en el puente de la nariz. Ella rió.</p>
<p>El teléfono sonó. Jab se levantó con rapidez, golpeándose la cabeza con el borde del escritorio. Con una lagrimita contestó. Era la escuela de sus hijos: los chicos estaban otra vez haciendo enojar a los curas. Jab amenazó de nueva cuenta con sacar a los chicos de la escuela y llevarse todo su dinero si los curas no dejaban que sus hijos practicaran el pastafarismo, por más privada y católica que fuera la escuela. Tiburcia reía con risa contenida, escuchando a su pareja despotricar. Era todo un reto para la tolerancia religiosa en las escuelas, y valía cada centavo.</p>
<p>Se abrazó a Jab, y lo tiró a la alfombra justo cuando él colgaba el teléfono. Con la respiración agitada, Jab rodó y se puso al lado de ella. Le quitó un rizo de la cara y la misó a los ojos. Ella se estremeció, él la besó.<br />
&#8211;¿Sabes lo que acabamos de hacer?<br />
&#8211;Sí. Repetidas veces.<br />
Jab besó su mejilla, su barbilla, su cuello. Siguió descendiendo.<br />
&#8211;Tu secretaria debe estar esperándonos.<br />
&#8211;Me perteneces y te pertenezco &#8211;alcanzó a decir él mientras ella clavaba sus uñas en su espalda.</p>
<p>Ella salió antes que él, como de costumbre. Él se quedó un rato más en la oficina. Cuando observó que ella se perdía en el horizonte, su semblante cambió. Marcó un número en su teléfono y enlazó de inmediato.<br />
&#8211;Mi parte del trato está hecha. Tu turno.</p>
<p>Tiburcia sabía que algo estaba mal en el auto. Se detuvo en un estacionamiento y salió de él. Apenas salir, el auto fue presa de las llamas. Ella se quedó ahí mirándolo. Sacó el teléfono del bolso y llamó al seguro. Había un mensaje de voz.<br />
»Mi parte del trato está hecha. Tu turno.<br />
Ella repitió varias veces el mensaje. No podía entenderlo. Pero sospechaba algo muy malo desde el fondo de su corazón.<br />
Él se dio súbita cuenta de que había presionado el botón equivocado. Se maldijo: aquello no afectaba su plan, pero sí prometía noches de insomnio. Se maldijo de nueva cuenta.</p>
<p>Mientras tanto, Tiburcia se dirigía a casa de su madre. Necesitaba que ella le ayudara a dilucidar el problema. ¿Por qué Jab habría dicho eso? ¿Sería su culpa que el auto se hubiera incendiado? Una gruesa sombra ensombrecía su corazón.</p>
<p>Llegó a casa de su madre y no había nadie. Nunca habían sido muy cercanas, pero ella siempre había estado ahí. Recordó el día. Estaba en el salón de té. Le asombraba que aún hubiera un salón de té en la ciudad, pero su madre era aficionada al te lady grey con sandwiches de pepino mientras jugaba canasta uruguaya. Llamó a otro taxi.</p>
<p>Jab recibió una llamada del seguro y se dirigió, con gran rapidez, al estacionamiento. El auto era una simple masa de fierros retorcidos. Se tranquilizó al saber que la habían visto salir por su propio pie y llamar al seguro. ¿Habría sido ella quien encendió el auto? ¿El mensaje que acababa de enviar era el culpable de lo que acababa de suceder? No pudo evitar relacionar una cosa con la otra. Él lo hubiera hecho. Sabía el día y la hora y sabía que ella habría ido a ver a su madre, y que su madre estaba en el salón de té. Se dirigió hacia allá a toda velocidad, pero a medio camino lo pensó mejor y regresó. Después de todo, aún tenía que terminar un trato.</p>
<p>Jab sentía demasiada culpa. Por querer arreglar las cosas estaba seguro de haber metido la pata hasta la axila, posiblemente más profundo, y había roto, indefectiblemente, la confianza que Tiburcia había depositado en él. Jugueteó con el cuchillo de la mantequilla y se dedicó a hacer bolitas de migajón con el bolillo. Su socio comercial lo miró preocupado.<br />
&#8211;¿Qué te pasa?<br />
&#8211;¿Qué duele más? ¿Un cuchillo largo o un o corto, si los dos te hieren en el corazón?<br />
&#8211;Yo lo único que sé es que nada duele más que jalarse un pelito del yasabes con el asiento del baño.<br />
Él rió un poco y  continuó haciendo bolitas de migajón.<br />
&#8211;¿Qué duele más? ¿Malinterpretar lo que dijiste en pocas palabras o no comprender lo que quisiste decir con un gesto suntuoso?<br />
&#8211;¿Qué te pasa? No eres así normalmente.<br />
&#8211;Vendí mi empresa para estar cerca de mi mujer y de mis hijos.  Y tal vez, al cerrar el trato, los perdí.<br />
&#8211;A ver, creo que ya se lo que pasa &#8211;dijo el socio, llamando a la mesera&#8211;. Hija, tráeme una botella de Chateau Radiador cosecha 2005, sé que queda una en la bodega, y aquí al joven tráele más migajón para que haga bolitas.<br />
&#8211;Sí, señor &#8211;dijo ella y fue a cumplimentar la orden.<br />
&#8211;¿Tiene esto que ver con la llamada que me hiciste a media mañana?<br />
&#8211;Sí. Cuando llamé marqué su número y no el tuyo.<br />
&#8211;¿Y qué dijiste?<br />
&#8211;Exactamente lo que te dije a ti.<br />
La mesera llegó con la botella y la destapó. Sirvió dos copas. Ambos hombres las bebieron de un trago. Ella sirvió otras dos copas y se marchó, llevándose las bolitas de migajón y dejando más en la mesa. Jab siguió con su labor.<br />
&#8211;No sé qué decirte. Si bien a mí me confundió de manera inicial, yo sabía de lo que se trataba. Ella debe estar confundida, ¿y qué?<br />
&#8211;Su auto se incendió.<br />
&#8211;¡Coño! &#8211;dijo el socio&#8211; Ahora veo el problema. Como la mafia. ¿Ya fuiste a buscarla?<br />
&#8211;No. Temo que me odie.<br />
&#8211;Hijo mío, es la inactividad la que causa las desaveniencias maritales. Lo sé de buena fuente. Por eso a mi avanzada edad decidí sentar cabeza.<br />
&#8211;¿Ah, sí? ¿Y quién es la afortunada?<br />
&#8211;Es más o menos de mi edad, no malos bigotes, y curiosamente es muy aficionada al té. Hoy mismo se reunió con su hija en el Konditore para anunciarle que se iba a casar conmigo, el nuevo flamante dueño de la que fue tu empresita importadora de rabitos para boinas.<br />
Jab lo miró incrédulo, y entonces soltó una carcajada.</p>
<p>&#8211;¡No lo puedo creer, mamá! &#8211;decía Tiburcia entre risas&#8211; ¿Te vas a casar con el padre de mi marido? ¿Y The le vendió la empresa? ¡Con razón tanto secretismo!<br />
&#8211;Ay, hija, si algo aprendí cuando tu difunto padre murió al fallecer, es que a los hombres hay que tratarlos como niños y cuidarlos como adultos.<br />
El teléfono sonó. Tiburcia contestó.<br />
&#8211;¿Ya te enteraste? &#8211;dijo la voz al otro lado de la línea.<br />
&#8211;Sí.<br />
&#8211;¿Dónde te gustaría celebrar el colapso de pedigrí en nuestros árboles genealógicos?<br />
&#8211;Tal vez en casa. O en la escuela de los niños. Será interesante ver la cara de los curas cuando se enteren que tu padre y mi madre son nuestros padres.<br />
&#8211;Me encantas &#8211;dijo él, y cortó la llamada.</p>
<p>Ya habría tiempo para celebrar.</p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Z6tOXJL1vMPMg-GdALLtRvXU1pw/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Z6tOXJL1vMPMg-GdALLtRvXU1pw/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Z6tOXJL1vMPMg-GdALLtRvXU1pw/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Z6tOXJL1vMPMg-GdALLtRvXU1pw/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/gEgMWLaNL9k" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/891-dias-para-el-fin-del-mundo-cuento-completo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/891-dias-para-el-fin-del-mundo-cuento-completo/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>52 days</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/UUJDqYSL7IM/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/52-days/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 17:14:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[Como perros y gatos]]></category>
		<category><![CDATA[quickies]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5281</guid>
		<description><![CDATA[Últimamente, Merle Ivonne tiene una curiosa tendencia a quedarse dormida donde no solía quedarse dormida, y mucho más tiempo del que solía quedarse dormida. Lo cual me tiene preocupado. Donde en realidad tenga la fábrica de cachorros funcionando a todo lo que da, ya bailó Bertha. Como tengo pleno conocimiento del día y la hora [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Últimamente, Merle Ivonne tiene una curiosa tendencia a quedarse dormida donde no solía quedarse dormida, y mucho más tiempo del que solía quedarse dormida. Lo cual me tiene preocupado.<br />
<span id="more-5281"></span><br />
Donde en realidad tenga la fábrica de cachorros funcionando a todo lo que da, ya bailó Bertha. Como tengo pleno conocimiento del día y la hora en que los hechos sucedieron, y también conocemos más o menos el tiempo en que tarda en desarrollarse el asunto, la predicción más probable me dice que Merle Ivonne me va a joder el día de la Independencia. A mí y a algún desafortunado veterinario. Mientras tanto, a la condenada perra no se notan aún cambios apreciables en la circunferencia del vientre, pero sí una tendencia curiosa a comer sandwiches de mantequilla de cacahuate con pepinillos encurtidos.</p>
<p>Me temo que pronto vamos a ser un chingo en mi casa.</p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/mRrLhbr14hQOQFf1MYp_9XPDalY/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/mRrLhbr14hQOQFf1MYp_9XPDalY/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/mRrLhbr14hQOQFf1MYp_9XPDalY/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/mRrLhbr14hQOQFf1MYp_9XPDalY/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/UUJDqYSL7IM" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/52-days/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/52-days/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>First ustream experiences</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/X4c2tPtw-xc/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/first-ustream-experiences/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 16:23:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[quickies]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5285</guid>
		<description><![CDATA[Ayer fue la transmisión cero de Writing for Fun and Profit!, y me dejó varias experiencias interesantes. Ustream sucks. La idea era que cualquiera entrara en el chat y pudiera platicar conmigo mientras escribía. Sólo pudieron hacerlo quienes tenían cuenta (y fue sólo uno de ellos quien logró conectarse) así que dependía más de twitter [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ayer fue la transmisión cero de Writing for Fun and Profit!, y me dejó varias experiencias interesantes.</p>
<p><span id="more-5285"></span></p>
<ul>
<li>Ustream sucks. La idea era que cualquiera entrara en el chat y pudiera platicar conmigo mientras escribía. Sólo pudieron hacerlo quienes tenían cuenta (y fue sólo uno de ellos quien logró conectarse) así que dependía más de twitter para recibir retroalimentación.</li>
<li>Ustream Producer sucks. El programa tiene pocas opciones, lo que no es malo per se, si al menos esas opciones fueran flexibles. Pero poner al mismo tiempo video y audio resultó complicado y trababa la transmisión. A final de cuentas terminé abriendo micrófono y poniendo Winamp, por lo que se escuchaba mi incesante teclear y la música no se escuchó muy bien.</li>
<li>My setup sucks. Hice que se capturara toda la pantalla y no se veía nada. Hice que se capturara sólo la ventana donde estaba escribiendo y el texto no se veía bien. Capturé sólo un segmento de la pantalla y el programa se trabó. Terminé aumentando el tamaño de la letra y capturando pantalla completa para poder transmitir el final.</li>
<li>I type kinda 1000 words an hour. Empecé a las seis. Terminé a las nueve. En el interín tuve que hacer tres pausas obligadas, por fallas en el programa o similares. Hice una más para ir por agua. Sin embargo, me las arreglé para escribir tresmil palabras.</li>
<li>My live storytelling sucks. Y finalmente, escribir en vivo fue complicado. Tuve que poner lo primero que se me ocurrió y el resultado fue menos que satisfactorio, aunque divertido. De cualquier manera no es como si ésto fuera material para premio Nobel. Espero que por lo menos Kalepsheel  aprecie que haya concluído su historia.</li>
</ul>
<p>En un rato más iniciaré una transmisión de prueba más, para probar si con una modificación al arreglo soy capaz de ver el chat y el twitter en vivo mientras escribo en la pantalla. Sería más fácil con dos pantallas pero sólo tengo una.</p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/F-o_HPPeuOmLYDAopAJOBkQ66W8/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/F-o_HPPeuOmLYDAopAJOBkQ66W8/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/F-o_HPPeuOmLYDAopAJOBkQ66W8/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/F-o_HPPeuOmLYDAopAJOBkQ66W8/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/X4c2tPtw-xc" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/first-ustream-experiences/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/27/first-ustream-experiences/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>El Camino a la Escalera al Infinito (cuento completo)</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/4GMvFl9WI7g/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/26/el-camino-a-la-escalera-al-infinito-cuento-completo/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 02:06:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[Once, I dreamt]]></category>
		<category><![CDATA[writing for fun and profit]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5283</guid>
		<description><![CDATA[Lo prometido es deuda. A manera de entrenamiento para éste su seguro servidor, escribiré los cuentos que se me ocurran basándome en los fragmentos que escribí hace unas semanas. Dado que ya escribí «La Amigdalitis de la Libélula», que por otro lado fue el cuento ganador en el concurso, toca esta vez el segundo lugar, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo prometido es deuda. A manera de entrenamiento para éste su seguro servidor, escribiré los cuentos que se me ocurran basándome en los fragmentos que escribí hace unas semanas.</p>
<p>Dado que ya escribí «La Amigdalitis de la Libélula», que por otro lado fue el cuento ganador en el concurso, toca esta vez el segundo lugar, de Kalepsheel.<br />
<span id="more-5283"></span><br />
Capítulo I</p>
<p>&#8211;¿Escucha usted algo? &#8211;preguntó la chica a su acompañante en el elevador.<br />
Era un elevador de cristal panorámico, y ambos estaban solos. El acompañante era un tipo viejo, con cabello enmarañado y un cierto aspecto de Einstein tercermundista.<br />
&#8211;No, nada. &#8211;respondió él. La chica miraba para todos lados, estaba claramente asustada.<br />
La puerta se abrió. El vejete salió y le deseó buenas tardes a la chica.<br />
Ella se quedó en el elevador, observó cómo las puertas se cerraron, y continuó el viaje.<br />
En algún punto entre el piso 13 y el piso 18 las cámaras de seguridad se apagaron. El cronómetro indicaba que no habían pasado ni cinco segundos. Los vigilantes perdieron la señal esos cinco minutos. Y en algún punto del trayecto entre esos pisos, la chica había desaparecido.</p>
<p>La movilización fue inmediata. Pero nunca la encontraron. Fue, sencillamente, como si se hubiera desvanecido en el aire.</p>
<p>Capítulo II</p>
<p style="text-align: center;">«Kalepsheel»</p>
<p style="text-align: center;">«Investigador privado»</p>
<p>Nada más había en la puerta. Jessica no tenía otra opción. Era la única puerta al final de la escalera, y salvo un pequeño descanso, no había nada más. Podía regresar o podía tocar. Decidió tocar. Apenas iba a levantar la mano cuando una voz masculina sonó por dentro.<br />
&#8211;Adelante. Está abierto.</p>
<p>Jessica se sentó en el destartalado sillón de cuero rojo que le ofreció el investigador. Rechazó el cigarrillo pero aceptó la copa de brandy barato. Era evidente que algo le preocupaba. Kalepsheel se ajustó el cuello de la camisa y se sentó.<br />
&#8211;A sus órdenes.<br />
&#8211;Yo&#8230; verá, sr. Kalepsheel&#8230;<br />
&#8211;Llámeme por mi nombre de pila. Eveready.<br />
Ella rió. Kalepsheel notó que la chica se relajó.<br />
&#8211;¿En qué puedo ayudarla?<br />
&#8211;Verá, es mi hermana. Hace un año entró a un centro de artes marciales llamado «Gu Lao Rou Chin Gon» y desde hace dos meses no la hemos visto.<br />
&#8211;¿Alguna señal de que ella estuviera inconforme en su casa?<br />
&#8211;No. Pero sí comenzó a actuar más rara. Practicaba sus artes marciales todos los días en la sala de la casa y levantó un altar junto a la escalera que daba al tinaco, marcándolo con una especie de camino.<br />
&#8211;«El Camino a la Escalera Al Infinito». Los conozco. La policía también. Sugiero que se ponga en contacto con ellos.<br />
&#8211;Ellos me sugirieron que viviera con usted.<br />
&#8211;No será económico.<br />
&#8211;Tengo dinero. Mi padre lo tiene.<br />
&#8211;El dinero de su padre está en peligro. El Camino a la Escalera Al Infinito es una secta que exprime a los familiares de sus víctimas hasta del último centavo. Quizá reconozca usted el caso de Nelson Rockefeller. Llegó a ser el hombre más rico del mundo, y al final de su vida apenas podía comer caviar una vez al día. Sé que no parece mucho, pero hay una gran diferencia entre ser asquerosamente millonario y millonario a secas. Pero recuperaremos a su hermana. Quinientos  pesos al día mas gastos, una semana por anticipado, garantizo mi trabajo.<br />
Ella sacó varios billetes y los dejó en el escritorio.<br />
&#8211;El nombre de su hermana.<br />
&#8211;Olive. Olive Green.<br />
Kalepsheel contuvo un temblor en su mano izquierda.<br />
&#8211;Venga a verme mañana. Traiga todos los papeles, notas, registros, todo lo que tenga sobre las actividades de su hermana.<br />
&#8211;Bien.<br />
&#8211;No se preocupe. Todo va a salir bien.<br />
La escoltó a la salida, hasta la planta baja. Subió y cerró la puerta detrás de él. Sacó su cartera, miró una fotografía, apretó los dientes y descargó un puñetazo sobre los billetes.</p>
<p>Conocía a Olive Green. Vaya si la conocía bien. Aquello iba a ponerse interesante pronto.</p>
<p>Capítulo III</p>
<p>Cuando llegó a la oficina la señorita Green ya estaba ahí. Había reunido una pila de papeles impresionante. Kalepsheel se mesó la escasa barba y pensó que debía haber una mejor manera de empezar el día. Lamentablemente, le había dado el día a su secretaria y tuvo que prepararse él solo el café. Sabía a calcetín sudado pero le bastó para despertar.  Lo primero que tomó fue el reporte policiaco de la desaparición y la declaración jurada de los vigilantes del hotel. El misterio parecía insoluble para todos excepto para él: nada más sencillo que interrumpir la transmisión y colocar una grabación del elevador vacío mientras raptaban a la chica. Entonces leyó que la cámara estaba intacta y no había señal de manipulaciones para que se descorazonara un poco. Pero no se iba a dar por vencido: era demasiado fácil modificar esas grabaciones. Había qué hablar con los testigos. Envió a la señorita Green a su casa y se dispuso a tomar su gabardina y salir al hotel.</p>
<p>No era un hotel común. Era un hotel de gran lujo y los pisos superiores eran oficinas para ciertos corporativos multimillonarios. Entre ellos, los Fantasiólogos.</p>
<p>Se presentaban como un corporativo de psicólogos de amplio prestigio mundial. Sun embargo, era muy común que simplemente desplumaran a sus pacientes y después, con la excusa de que estaban curados, ingresarlos a la organización como socios. No podías demandar a tu socio, y menos sí éste te había mostrado el Camino a la Escalera al Infinito. Kalephsheel ya se había enfrentado con ellos antes y estuvo a minutos de que lo convencieran de que se uniera a la organización. Lo salvó el hecho de que no tenía en qué caerse muerto, y tras la decepción inicial investigó al grupo. Lo que aprendió lo dejó sin dormir por varios días. </p>
<p>Era tiempo de hacerles otra visita. Pero antes que nada, dejó la cartera en la caja fuerte y cargó su fiel Smith and Wesson. No quería sustos.</p>
<p>Capítulo IIII.</p>
<p>Entrar al Gran Hotel Reina María Cristina y del Cantábrico fue pan comido. Cruzar seguridad fue más complejo, en especial porque no tenía dinero para sobornar a los guardias. Sin embargo, se las arregló para cobrar un par de favores y entrar. El Consorcio Psicológico S. A. estaba ubicado en los pisos 33 a 38 del Hotel, y el elevador de cristal sólo llegaba al piso 33. A partir de ahí debías subir una escalera hasta la oficina de Jran Gefe, el presidente de la franquicia. Gefe no parecía alemán, ciertamente, y es hecho de parecerlo hubiera sorprendido a muchos, tomando en cuenta que había nacido en Liberia y era ciudadano inglés, por añadidura. Pero antes de llegar a él debía evitar a otro montón de subordinados. Lo cual era, hasta cierto modo, necesario para él: así se evitaba que le dieran un tiro.</p>
<p>Kalepsheel decidió sólo llegar al piso 13. Había que comenzar la investigación por el principio. Detuvo el elevador en el piso doce y dejó que subiera un piso más solo. Aguzó el oído. Nada. Llamó el ascensor y presionó el botón 13.  </p>
<p>Al abrirse las puertas una ráfaga de aire caliente penetró el cuerpo del elevador. Aquello parecía un horno. Kalepsheel, aún cubierto por la gabardina, entró al piso, propiedad de Altos Hornos de México. La temperatura era para que se fueran acostumbrando los nuevos empleados reclutados.  Kalepsheel miró entonces a la secretaria. Era una cara familiar.</p>
<p>&#8211;Nunca olvido una cara bonita &#8211;dijo, acercándose con el sombrero de ala ancha cubriéndole los ojos &#8212; y tú no serás la excepción.<br />
&#8211;Kalepsheel &#8211;dijo ella, mascando chicle ruidosamente.<br />
&#8211;De todos los lugares del mundo tenía que encontrarte en éste.<br />
&#8211;La última vez me dijiste que me amabas.<br />
&#8211;Mentí, nena.<br />
&#8211;Yo también te mentí cuando te dije que era virgen.<br />
&#8211;Lo averigüé a la siguiente semana, cuando mi médico me dijo que esa enfermedad venérea era nueva.<br />
&#8211;¿A qué vienes?<br />
&#8211;Vengo por una chica, nena. Desapareció entre los pisos 13 y 18. Éste es el piso 13. Tenía que empezar por algún lado.<br />
&#8211;¿Una chica? ¿Qué chica?<br />
Por toda respuesta, Kalepsheel sacó una fotografía de Olive Green.<br />
&#8211;A ella, nene, la he visto. Una vez. Pero no puedes olvidarla cuando lo vez. Ni aunque quieras limpiarte los ojos con cloro.<br />
&#8211;Es ella, ciertamente.<br />
&#8211;No está aquí, nene. Prueba en los pisos superiores.<br />
&#8211;¿Cómo sabes que no está aquí?<br />
&#8211;Una chica de plástico como ésa no duraría aquí ni quince minutos.<br />
&#8211;Tú has durado aquí, nena.<br />
&#8211;Lo mío es silicón de primera calidad.<br />
Kalepsheel volvió a mesarse la barba.<br />
&#8211;Creo que eso es importante, nena. Te veré algún otro día.<br />
&#8211;Si no te molesta, que no sea demasiado pronto.<br />
Kalepsheel se metió en el elevador y presionó el botón del piso 14.</p>
<p>Capítulo V</p>
<p>En el piso un papel en blanco. Todo estaba negro. Kalepsheel se dio cuenta de que debía haber traído su lámpara de bolsillo. Sacó el teléfono celular y con la débil luz de la pantalla se adentró en la oscuridad. Nada había ahí. Recogió el papel y lo leyó: «Nos cambiamos al piso 33.»<br />
Sacó su Smith and Wesson y quitó el seguro. Aguzó el oído. Avanzó un poco hasta donde creyó que había una pared. Ahí estaba el interruptor principal de la luz. Lo encendió. Las luces a lo largo y ancho del piso comenzaron a encenderse, una por una.  Estaba completamente vacío, a excepción de una silla al final. Decidió ir hacia ella e investigar. No guardó la mitigüeson, pero sí el celular. </p>
<p>Caminó con pasos estrechos y cuidadosos. Pero pronto llegó al final y la silla estaba enteramente vacía. Estaba plenamente seguro de que todos los pisos del hotel tenían grandes ventanas; éste parecía ser la excepción. Tal vez por la mala suerte asociada al piso trece: desde que el dueño de un hotel se arrojara precisamente desde ese piso, agobiado por sus deudas. Pero eso no era el caso. Revisó cuidadosamente la pared: era yeso. ¿Por qué? Un golpe con la cacha de la pistola reveló que detrás del yeso había cristal. Creyó escuchar un sonido a su derecha, se puso en posición de tiro y observó. Nada. No podía disparar contra la ventana: alguien podría resultar lastimado. Retiró más yeso y la luz del sol entró en todo su esplendor.  No había más que hacer y decidió regresar.</p>
<p>Entonces se dio cuenta. ¿Dónde estaban las escaleras de emergencia?</p>
<p>Capítulo VI</p>
<p>Rápidamente revisó los planos mentales del edificio y los comparó con la realidad. Las escaleras debían estar hacia el lado norte. Pero en el lado norte sólo había un ventanal de vidrio cubierto por yeso. Pero también estaba cubierta de yeso la ventana junto a los elevadores. Eso le dio una pista: el elevador ce cristal era el más nuevo, pero había al menos otros dos elevadores, el de servicio y el antiguo. El de servicio debía estar en la esquina noroeste y el antiguo en el sur. El antiguo era el que estaba más cerca. Raspó el yeso y no vio luz: un boquete más grande y observó que era un panel de tablarroca. Lo partió de una patada y se introdujo como pudo. Al otro lado, a un metro de distancia, una ventana, cubierta por yeso. No había luz. Pero al raspar el yeso, la luz entró a raudales y dejó ver que no había nada. Raspando yeso avanzó, hasta llegar al cubo del elevador antiguo. Satisfecho, partió de otra patada el panel de yeso y avanzó a donde estaba el elevador de servicio.</p>
<p>Y lo volvió a escuchar. </p>
<p>De nueva cuenta se puso en posición de tiro, y se acercó cuidadosamente al lugar de donde había escuchado el sonido. El elevador de servicio no podía ser: era un ruido ligero. Tuvo una idea.<br />
Se acercó al elevador principal a paso firme, sin despegar la vista de la zona donde creyó haber escuchado el ruido.<br />
Entró al elevador de cristal y presionó el botón del siguiente piso. Pero no ascendió con él. Esta vez escuchó claramente un ruido distinto al del ascenso y se acercó sigilosamente a la pared. </p>
<p>Se tiró al piso justo en el segundo en que creyó que le iban a disparar, y un instante después la bala pasó silvándole. Disparó un único tiro justo a donde había salido la bala y el grito ahogado por el yeso y el sonido del cristal al romperse le confirmó que había dado en el blanco. </p>
<p>Escuchó un sollozo al otro lado de la pared. No iba a ser tan estúpido como para entrar solo a un lugar desconocido, así fuera un espacio de un metro en el borde de un edificio protegido por cristal<br />
antihuracanes. Escribió un mensaje de texto y lo envió a un amigo de la policía que le debía un favor. Si le hacía caso, atacaría. Si no, al menos lo habría intentado.</p>
<p>Nada pasó por unos minutos que le parecieron eternos, y se acercó hacia el hueco de la pared. Con la cámara del celular tomó una fotografía y vio que el vidrio estaba roto y manchado de sangre. Escuchó el ulular de las sirenas y se atrevió a romper el yeso.</p>
<p>Era un tipo bastante entrado en kilos y carnes el que estaba detrás del yeso, con la mano destrozada por el tiro de Kalepsheel. Junto a él, una chiquilla.  No podía tener más de 15 años y probablemente menos. Observó entonces que el gordo estaba apoyado en la puerta de emergencias. Un secuestrador, pensó. A nadie se le hubiera ocurrido buscar en la esquina de un piso modificado mientras no se rentara. Pero la chiquilla no era Olive Green. Le quitó la mordaza y la sacó de ahí. Pronto llegaron los refuerzos: el personal de seguridad del edificio. Ellos se harían cargo del gordo. Él tenía más cosas qué hacer. </p>
<p>Capítulo VII</p>
<p>La puerta de emergencias no estaba conectada al alambrado de emergencias.  Esto implicaba una posibilidad de que el gordo hubiera desactivado la cámara, pero no parecía muy probable. Revisó y encontró una cucaracha. La pisó. </p>
<p>Subió al piso 15. Abrió la puerta y observó que eran oficinas. Un periódico. Tal vez una revista. Cerró la puerta y continuó al piso 16. Algún día tenía que hacerse ver por un psiquiatra, de los de verdad, sobre su miedo a los periódicos de papel, desde aquella noche en que había soñado que era mosca. </p>
<p>El piso 17 estaba a oscuras. Entró con cuidado, sin hacer ruido. No encendió la lámpara: había la suficiente luz como para ver y ser visto, pero no la suficiente como para despertar a un durmiente. O velar una fotografía: el tono era rojizo. ¿Quién empleaba filme en estos días de tecnología digital? Alguien con mucho apego al pasado y mucho dinero como para crear su propia minifábrica de celuloide y filme.  El olor acre de los químicos se mezclaba en el aire y se impregnaba en su ropa. Cerró la puerta y continuó. </p>
<p>Fue en el piso 18 cuando observó una enorme cantidad de computadoras. Tal vez un proveedor de servicios de telecomunicaciones. ¿Pero a dónde irían todos los cables? Aquello no tenía sentido. No, lo más probable es que fuera una granja de computaoras para calcular algo. Tal vez el render de alguna película. Entró con cuidado y tecleó al azar una clave en el teclado de la puerta. </p>
<p>Sin quererlo, le dio acceso.  Kalepsheel entró, la pistola en la mano pero con el seguro puesto. Trataba de permanecer en calma. El aire fresco le pegó en la cara y lo hizo sentir un escalofrío a lo largo de la espina dorsal. Entró a un cubículo vacío y se sentó detrás del pequeño escritorio. Movió el ratón y la terminal le dio acceso: No tenía contraseña porque el dueño acababa de ir por un café, seguramente. </p>
<p>Y en la pantalla, dividida en 15 y con un pequeño recuadro a manera de chat, se veían las imágenes del rescate de la chiquilla, varios pisos abajo, y de varios pisos arriba. Y la escalera de emergencia. Lo habían visto venir. Se maldijo y se preparó para la emboscada.</p>
<p>Capítulo VIII</p>
<p>Pero la emboscada no vino. </p>
<p>Todos los cubículos estaban vacíos. Sin excepción. Ero, al igual que la defensa Chewbacca, no tenía sentido. Revisó en cada uno de los lugares del piso a los sospechosos comunes y no los encontró. No había nadie, ni un alma. Ni siquiera había nadie registrado en la entrada desde hace cinco horas, sin contar su propio acceso.</p>
<p>Y entonces notó que el elevador de cristal del edificio no tenía puerta ahí. </p>
<p>Si no le habían disparado hasta el momento es porque no había nadie para hacerlo, pero sí podía dejarles un recuerdo de su visita. La puerta estaba tapada por un panel de yeso. Sacó su navaja suiza, montó la sierra más filosa en posición y cortó el yeso. Efectivamente, el hueco del elevador estaba ahí, no así el ascensor. Súbitamente supo cómo se habían llevado a Olive Green y supo cómo podría engañarlos. Regresó a la terminal sin contraseña corriendo y montó una grabación del hueco del elevador. Tardó cinco segundos en hacerlo: el mismo tiempo que faltaba en la grabación de seguridad. Si Olive había subido en el ascensor, al llegar al piso 18 perfectamente podían haberla sacado sin dejar huella. ¿Por qué otra razón habían puesto la placa de yeso? Para ocultar que ahí había alguien, o que la puerta había sido manipulada. </p>
<p>Ahora le faltaba ver quién había sido.</p>
<p>Capítulo IX</p>
<p>Llamó al ascensor. Éste subió con velocidad desde los pisos inferiores, y Kalepsheel se subió a él justo cuando disminuía la velocidad. Ahora era sólo cuestión de esperar a que alguien lo llamara de un piso superior. Eso, o trepar. Decidió esperar.<br />
No tardó ni dos minutos cuando el ascensor comenzó a subir. Las puertas estaban marcadas con los pisos, y así pronto se encontró conque el elevador se había detenido en el piso 33: la puerta marcaba 34. Arriba esperaba la gloria y no tendría que pasar por los otros pisos. Entonces se dio cuenta: lo iban a buscar. Comenzó a trepar rápidamente por los alambres de acero y  alcanzó a abrir el piso 36 antes de que el elevador pasara rápido junto a él.<br />
Sabía que habría una lámina de yeso esperando al otro lado de la puerta. La rompió y se tiró al suelo. Las balas volaron desde ambos lados de la puerta.<br />
&#8211;¡Idiotas! &#8211;gritó Kalepsheel. Nadie lo escuchó. Los dos lados se habían acribillado mutuamente, con la esperanza de agarrarlo en medio del fuego cruzado. Por lo menos ahora tenía pruebas de que los Fantasiólogos eran una organización violenta. </p>
<p>Se abrió paso por entre los cadáveres y se encontró con una puerta de acero en mal estado. Estaba oxidada. No tenía sentido, pero muchas cosas no lo tenían ese día, así que lo dejó pasar. Abrió la puerta y se encontró al aire libre. Eso explicaba la corrosión. Afuera, la antena del telecomunicaciones, y en ella, apoyada contra la base, una escalera. Los fantasiólogos habían quitado cuidadosamente todo el elemento estructural no necesario para sostener la torre y habían construido una escalera que los elevaría al cielo. Al Infinito.</p>
<p>Trepó por la escalera hasta lo que debió ser la azotea. Por supuesto, ahí estaba Olive Green. </p>
<p>Capítulo X</p>
<p>Sin guardar la pistola Kalepsheel oteó el horizonte. Olive estaba sola. Estaba atada de pies y manos. Se veía severamente deshidratada. No tenía vida en los ojos: como si no quisiera que Kalepsheel se le acercara, desvió la mirada. El detective privado cortó las vendas dep pues y manos y después quitó la mordaza. ella lo miró. Luego miró su escalera. Kelepsheel miró con ella: en la antena, un cadáver. De seguro con varios días de evolución. Olive aprovechó para hacerse de la pistola de Kalepsheel, pero las manos le fallaron. La pistola cayó al suelo y ella se echó a llorar. Kalepsheel trató de calmarla, pero no pudo: ella se retiró, paso a paso, hasta el final de la azotea. Y se lanzó.</p>
<p>Kalepsheel tomó su pistola, sacó de nueva cuenta su celular e hizo tres llamadas. </p>
<p>La primera, a la policía. Que enviaran al servicio médico forense ellos. La segunda, a la familia Green. La identificación tardaría un poco, pero era positiva. La tercera, a la pizzería. Quería una grande con todo. Calculó que, una vez que bajara a Olive Green de la reja de seguridad, podría llegar con ella a la oficina en menos de treinta minutos. Se preguntó si debía hacer una cuarta llamada para que la pizza tardara más. Luego se dijo que no importaba: iban a pagarle una pasta gansa. </p>
<p>Se deslizó por el techo hacia el enrejado y sacó a la chica de ahí. Había sido un largo día. Y todavía faltaban las explicaciones.</p>
<p>Quedo de ustedes:</p>
<p>Quien Resulte Responsable.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/1q1LosFreYbf3fFaEquiLB2nZCA/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/1q1LosFreYbf3fFaEquiLB2nZCA/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/1q1LosFreYbf3fFaEquiLB2nZCA/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/1q1LosFreYbf3fFaEquiLB2nZCA/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/4GMvFl9WI7g" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/26/el-camino-a-la-escalera-al-infinito-cuento-completo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/26/el-camino-a-la-escalera-al-infinito-cuento-completo/</feedburner:origLink></item>
		<item>
		<title>Atento aviso:</title>
		<link>http://feedproxy.google.com/~r/org/EmBq/~3/hjRBFxf4qB0/</link>
		<comments>http://lidercorp.org.mx/2010/07/26/atento-aviso/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 26 Jul 2010 23:02:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quien</dc:creator>
				<category><![CDATA[quickies]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://lidercorp.org.mx/?p=5275</guid>
		<description><![CDATA[A los chivas que van a ir a la inauguración de la bacinica de King Kong, les informo que la única avenida se inunda cuando llueve, así que en lugar de llevar bicicletas lleven traje de baño. Esto ha sido un servicio social de un atlista preocupado por su salud.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A los chivas que van a ir a la inauguración de la bacinica de King Kong, les informo que la única avenida se inunda cuando llueve, así que en lugar de llevar bicicletas lleven traje de baño.</p>
<p>Esto ha sido un servicio social de un atlista preocupado por su salud.</p>

<p><a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Jb3wwZKu9xArMT9Rr6BFeTDmOkI/0/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Jb3wwZKu9xArMT9Rr6BFeTDmOkI/0/di" border="0" ismap="true"></img></a><br/>
<a href="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Jb3wwZKu9xArMT9Rr6BFeTDmOkI/1/da"><img src="http://feedads.g.doubleclick.net/~a/Jb3wwZKu9xArMT9Rr6BFeTDmOkI/1/di" border="0" ismap="true"></img></a></p><img src="http://feeds.feedburner.com/~r/org/EmBq/~4/hjRBFxf4qB0" height="1" width="1"/>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://lidercorp.org.mx/2010/07/26/atento-aviso/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		<feedburner:origLink>http://lidercorp.org.mx/2010/07/26/atento-aviso/</feedburner:origLink></item>
	</channel>
</rss><!-- Dynamic page generated in 0.934 seconds. --><!-- Cached page generated by WP-Super-Cache on 2010-07-29 22:28:53 -->
