<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:blogger='http://schemas.google.com/blogger/2008' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697</id><updated>2026-06-22T21:19:58.708-04:00</updated><category term="CUENTOS"/><category term="MUNDO"/><category term="YOLOVí"/><category term="ALMACéN"/><category term="BRADY BUNCH"/><category term="DESCONTROL REMOTO"/><category term="EL PUPILO"/><category term="BAIRES"/><category term="FULBO"/><category term="NERD"/><category term="LOS ONETTI"/><category term="EL MUNDO"/><category term="MIAMI"/><title type='text'>UN COMENTARIO POR VEZ</title><subtitle type='html'>blog de Javier Lentino</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://www.javierlentino.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default?redirect=false'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25&amp;redirect=false'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>200</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-5038523796988400443</id><published>2025-06-06T16:55:00.002-04:00</published><updated>2025-06-06T19:25:26.368-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>El gitanito</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;La última vez que lo vi al gitanito José Luis fue en el cumpleaños de Betina Baygorria, en enero del 82. Recién había terminado el secundario y hacía changas de verano trabajando de mago en fiestas infantiles. Yo tenía diez y Betina cumplía once años ese día.&lt;/p&gt;&lt;div&gt;El gitanito vivía a la vuelta, en una casa enorme, con un jardín adelante vacío de plantas y sin pasto, repleto de autos buenos en malas condiciones.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El papá fumaba todo el día sentado en la puerta, cuidando esos coches destartalados, juntándose con tipos que parecían familiares. La madre leía las manos, decía adivinar el futuro. Caminaba el barrio en sandalias bajas, con un vestido de mil colores, ancho y largo hasta el piso. Era linda Zaira, la mamá del gitanito. El pelo oscuro, largo, casi siempre suelto o atado en una cola baja. Las pulseras le tintineaban en los brazos morenos, brillaban con el sol los aros de argollas. Tenía un acento distinto, un castellano curioso, de palabras raras. &quot;Son moros que vinieron de Andalucía&quot;, comentaban las señoras en el barrio. Decían que José Luis tenía dos hermanas que nunca conocí y que él, el gitanito, era el único que había nacido en Argentina.&lt;span&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Nadie era muy amigo de los gitanos, pero eran pocos los que se animaban a negarle el horóscopo mensual a Zaira. Muchos malos augurios había soltado la gitana en el viento; eran demasiadas las tragedias que había pronosticado.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Mi vieja siempre le pagaba cuando pasaba. De vez en cuando le compraba comida en el almacén y se la dejaba en la puerta de la casa; hasta le regalaba los martes la revista Gente de la semana anterior. Era creer o reventar, pero a mi papá le iba bien en el trabajo, teníamos salud, y a mi hermana la cuidó, vaya a saber quien, el día que una camioneta se la llevó por delante en la esquina.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Con el gitanito pasaba un poco lo mismo; no había uno que le sacara una fiesta. Igual, se le daba bastante bien lo del ilusionismo. Tenía una rutina variada, a la que agregaba trucos para no repetirse. Yo ya lo había visto en el cumpleaños de un amigo del club, y también en lo de Laurita.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se vestía todo de negro para trabajar, con corbata y todo. Era muy parecido a Zaira, educado y de sonrisa fácil; le brillaban los dientes blancos cuando se reía. Decía mi vieja que siempre lo veía leyendo un libro en la parada del colectivo, que le había comentado que quería ir a la facultad y que esperaba la confirmación de la prórroga que había pedido por el servicio militar.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El día de la fiesta lo vi llegar a lo de Betina arrastrando un carro de feria, de esos altos y de dos ruedas, todo envuelto en tela negra. Arriba del carro, atada a la manija, llevaba una jaula con una paloma blanca que revoloteaba inquieta de un lado para el otro.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se acomodó en un rincón del living con un vaso de Fanta naranja en la mano. Lo dejó en el piso, desató la jaula y entró a sacar las cosas del carro. Primero armó una caja grande que le llegaba hasta la cintura, de dos puertas y pintada de negro. La abrió al medio, como un botiquín, y la orientó para su lado. Arriba de la U que se formaba, apoyó una tabla forrada en terciopelo y le quedó un escritorio. Ahí dejó la galera gastada, una varita mágica de puntas blancas y dos mazos de cartas de póker. En el carro buscó algo que no encontró, un pañuelo rojo, escuché que le decía al padre de Betina cuando se acercó para ayudarlo. Con paciencia el gitanito vació el carro: un manto enorme doblado en cuatro, dos cajas más chicas llenas de porquerías. Como el rojo no aparecía, se conformó con uno más grande de seda blanca. Lo escucharon decir que ya no tenía tiempo de ir hasta su casa para buscar el otro. También dijo que no se preocuparan, que con ese era lo mismo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La función empezó con un globo que infló Laurita. El mago lo pinchó con un alfiler y se quedó con una flor. Aplaudimos mucho cada uno de los trucos, todos sentados de piernas cruzadas en el piso. Ni siquiera los más grandes podían entender cómo hacía para adivinar las cartas, o para que las monedas que se comía aparecieran en las orejas de Betina. Para el acto final, sacó la paloma de la jaula con cuidado y, con el mismo esmero, la envolvió en el pañuelo grande de seda blanca. Lo ató con tres nudos firmes y lo sostuvo en su mano izquierda. Se sacudía la paloma encerrada.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y ahora —dijo en voz alta—, le voy a golpear la cabeza contra el escritorio, para que se calme.&lt;/div&gt;&lt;div&gt; —No —gritamos nosotros y el gitanito se rió.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sin dejar de sonreír, pasó a la paloma encerrada de una mano a la otra y se acomodó en un costado para que veamos el golpe de frente a la mesa.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Abracadabra —dijo una vez y levantó la varita. Sin querer y al pasar, pateó el vaso de Fanta que había dejado en el piso, pero no se dio cuenta. “Pata de cabra”, nos pidió que dijéramos. Tocó el pañuelo dos veces con la varita, mientras el bicho se seguía sacudiendo, y lo levantó en el aire. Al bajar el brazo de golpe, patinó con el líquido del piso y se desestabilizó apenas. Sentimos el golpe seco en la tabla forrada de negro.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Con manos temblorosas y sin preámbulos, el gitanito desató los tres nudos y desenvolvió el pañuelo sobre el escritorio improvisado; la sonrisa se le había borrado de repente. Ahí estaba la paloma con los ojitos cerrados, el pico a medio abrir, una mancha de sangre chiquita cada vez más roja entre tanto blanco.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Betina se llevó las manos chiquitas a la boca y cerró los ojos lo más fuerte que pudo. Algunos varones se acercaron para ver y Laurita lloraba sentada en el piso. A los demás nos sacaron al patio medio a los empujones. Afuera, una tía aplaudía para que le prestáramos atención; la puso a contar a Betina contra la pared del fondo, quería que jugáramos a la escondida. Mientras mi amiga contaba hasta cien y yo buscaba un lugar para esconderme, vi cómo el mago juntaba de a poco sus cosas y metía todo en el carrito negro.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dicen las señoras en el barrio que el gitanito arrastró el carro como pudo hasta la casa despintada de la vuelta, que gritó el nombre de su madre ni bien llegó a la puerta y que le entregó la paloma muerta, todavía arropada en el pañuelo manchado. Que ella lo abrazó un rato largo. Que juntos, después, hicieron un pozo y que enterraron a la paloma envuelta en seda, pegada a una pared, en un costado del jardín sin pasto. La vieron a Zaira murmurar oraciones en su castellano de palabras raras; la vieron también rociar el piso de tierra con aceite, tapar la tumba chiquita con granos de sal.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El mes de febrero pasó sin horóscopos, ni presagios, no la vieron a Zaira caminar por el barrio, poco se supo del gitanito y sus trucos. La primera semana de marzo, una carta le confirmó que había aprobado el ingreso a la facultad; se la mostró a mi mamá en la parada del colectivo. Le duró poco la alegría. A los dos días, un telegrama lo convocó a presentarse en el regimiento Patricios.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Fue solo y llegó a las siete de la mañana en punto como le habían pedido. A las ocho lo llevaron a la enfermería, en calzoncillos esperó parado en una fila. Después de revisarle la garganta, los oídos y los ojos con una luz, le dieron un uniforme verde para que se vista, un bolso y una campera del mismo color. Esa misma tarde, y con el pelo negro recién rapado, lo trasladaron al sur en un Hércules gris con una escarapela argentina pintada de cada lado. El avión se sacudía entre las nubes; iba lleno de chicos.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El gitanito le mandó una carta a Zaira desde Comodoro Rivadavia, le contó que hacía frío, que la extrañaba y que estaba bien. &amp;nbsp;El 6 de abril, otro avión lo llevó a Malvinas.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Zaira le había acariciado la cara el día que enterraron juntos a la paloma. Con lágrimas en los ojos le había dicho que se quedara tranquilo, que no pasaba nada, que seguro se iba a enamorar ese invierno.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/5038523796988400443'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/5038523796988400443'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2025/06/el-gitanito.html' title='El gitanito'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-487902026749145292</id><published>2025-05-16T13:48:00.003-04:00</published><updated>2025-05-16T13:48:18.381-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Los impacientes</title><content type='html'>&lt;p&gt;El sábado pasado, antes de desayunar, pasé por lo del relojero a cambiar la pila de un Casio y me encontré con el local cerrado, casi vacío. La luz de tubo seguía encendida, pero ya no estaban las herramientas, ni la lupa gigante con la que Elías arreglaba los relojes. Se habían llevado también su silla, el cartel de representante de Rolex, los relojes digitales y las calculadoras para vender. Quedaba el mostrador de fórmica percudido, desolado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nunca había visto las paredes color vainilla tan desnudas. Solo un póster de Citizen descolorido por el sol y un diploma de un torneo de dominó. Alineadas en lo alto de la pared del fondo, cinco manchas redondas idénticas, grandes como discos de vinilo. Eran las huellas indelebles de cinco relojes, de la hora de cinco ciudades.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Gracias por estos 30 años&quot;, decía el cartel escrito en inglés, pegado en la puerta de vidrio.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se murió Elías, pensé, y me dio lástima. Ya van varios de estos negocios viejos que cierran en mi barrio. La mayoría en ese mismo centro comercial: la modista, la casa de deportes, una pastelería. Los viejos se mueren y los hijos no quieren seguir, la mayoría vive en otro lado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El shopping donde estaba el relojero es el típico paseo americano de compras: todos los locales iguales y una calle interna donde la gente estaciona los autos de frente. De los negocios originales, queda el 7-Eleven y, más hacia el fondo, el restaurante al que voy a desayunar de vez en cuando; un diner.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me gusta ir solo los sábados a la mañana. Prefiero despertarme de a poco, tranquilo, a fuerza de huevos fritos y una endovenosa de cafeína. Mis hijos duermen, mi mujer prefiere correr en ayunas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El aire acondicionado me golpeó el pecho ni bien tiré de la puerta, y un cóctel narcótico de panceta y huevos fritos me inundó el alma. Serían como las diez y no había tanta gente como otras veces; solo tres lugares juntos entre los veinte bancos redondos y fijos que completan el mostrador hasta el fondo. Elegí el taburete del medio para estar más cómodo, les sonreí a mis vecinos y solté las llaves del auto, los anteojos y el teléfono en la barra gastada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Good morning&quot;, me dijo la camarera, y yo contesté lo mismo. La señora pasó un trapo húmedo por mi lugar y dejó un menú plastificado de una sola página. Volvió al rato con un vaso de agua con hielo y una taza de café de filtro llena hasta arriba. Tomé un sorbo largo y ella la volvió a rellenar sin siquiera preguntarme. Pedí dos huevos vuelta y vuelta, bacon y pan tostado. Me acomodaba los anteojos para leer las noticias cuando una señora flaca, alta y de pelo blanco bien cortito me pidió si me podía correr un lugar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿No te molesta, verdad? —decía y miraba la puerta de entrada—. Somos dos, mi esposo ya viene. Está aparcando el carro en este momento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le dije que no me molestaba para nada y corrí mis cosas al banco de la derecha. La señora se sentó al lado mío y apoyó la cartera en el otro. Con más agilidad de la que esperaba se estiró por sobre el mostrador para saludar a la camarera con un beso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después suspiró profundo y, tomando del café que le habían servido, arrancó a contarle de la mudanza. Que una compañía había sacado las cosas del local y que todo ya estaba en un warehouse cerca del aeropuerto. Hablaba de Elías. Fue en ese momento que me di cuenta de que el relojero no se había muerto y que ella era su mujer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sabe —le dije—, me alegra mucho que su marido esté bien. Pensé, al ver el local cerrado, que le había pasado algo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ay no, mi cielo, Dios nos libre. —Se persignó y miró el techo. Después me agarró el antebrazo con su mano arrugada y tibia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No se va a morir, tengo que aguantarlo unos cuantos años más. —Le dio gracia su comentario, se rió y tomó un poco más de café.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le pregunté por qué habían cerrado el local.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La camarera se interesó por mi pregunta y fue ella la que dijo que a Elías el trabajo le sobraba. Juntó los platos de una pareja sentada dos bancos más al fondo y se quedó cerca para escuchar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me tiene muy preocupada —dijo la señora, bajando la voz un poco y mirándome a los ojos—. A mi esposo se le acabó la paciencia de un día para el otro. No puede esperar, dice que no tiene tiempo. Todo lo que hace tiene que ser ya, ahora. Tú tienes que hablar con un doctor, le dije el otro día. Un psicólogo, o mejor un psiquiatra, para que te dé una medicina. —Me agarró el antebrazo otra vez—. ¿A ti no te parece una paradoja, que un hombre que es capaz de componer el tiempo, esté tan preocupado por los minutos? —Se quedó en silencio, pensando y miró hacia la puerta —. Hace dos semanas fue su cumpleaños. Lo celebramos aquí mismito en la mañana, con un cake precioso. El restaurante estaba lleno, la gente le cantaba el &quot;Happy Birthday&quot; y mi Elías soplaba las velas en la mitad de la canción. ¿Tú te puedes creer eso? No pidió ni un deseo. Hasta los niños se reían. La tuvimos que cantar tres veces.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo también me reí, le dije que eso no me parecía tan grave. Ella me miraba por encima de la taza, tomaba café de a sorbitos y se le empañaban los anteojos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Tú recuerdas los relojes con la hora de otras ciudades que teníamos allí colgados? Estos dos últimos años les cambió la hora dos días antes del Daylight Savings, de la hora de verano, esa jodedera que se inventaron en este país. A ti te parecerá una bobería, pero para mí que lo conozco bien, eso es bien importante. No podía esperar para cambiarlos, mi niño. Yo le decía, vete el allí el domingo tranquilo, Elías, y lo cambias en la mañana. Pero no. ¡Ay, Jesús bendito! Yo aquí hablando contigo y no ordené su comida. Discúlpame un momentito, mi cielo. Deja que ponga la orden de una vez, así no se pone bravo cuando llegue.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La camarera anotaba, la señora explicaba. Pidió panqueques sin manteca para ella y un omelette de claras de huevo y turkey bacon para Elías. Dos veces le aclaró lo del turkey bacon y algo también le dijo de la cantidad de aceite del omelette y el colesterol.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Él se empecina en comer tocino y ya no puede. Escucha esto otro, hablando de comida. Nosotros tenemos una sola hija, Janette; ella vive en Carolina del Sur, con su esposo y mi nieto. — Sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y me mostró una foto de un chiquito muerto de risa. —Tiene solo cuatro años. Estas últimas Christmas fuimos nosotros para allí. Mi yerno, que cocina muy bien, hizo lechón, yuca, maduros, etc. Tú sabes, lo típico cubano. Mi hija, que es bien americana, no quería que mi nieto comiese comida con tanta grasa. Le preparó unos nuggets de pollo de esos con forma de dinosaurio, con papitas y unas zanahorias. ¿Tú te puedes creer que Elías le robaba la comida al niño?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se terminó de un trago lo que le quedaba en la taza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Me das un poco más de café, mi cielo? — La camarera rellenó la taza y desapareció otra vez. La mujer de Elías me preguntó si me aburría que hablara tanto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le dije que no, que estaba muy entretenido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—El día de su ochenta cumpleaños —siguió entonces—, hace hoy justo tres años y dos semanas, dejó de usar el Rolex y se puso un Casio de esos que él vendía. Lo tiene puesto ahora mismo, fíjate cuando lo veas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Le da miedo que le roben el Rolex?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué miedo, mi niño? Si algo tiene bueno Elías es que nunca tuvo miedo de nada. Llegó aquí en una balsa con gente que ni conocía. Vivió en un hotel lleno de maleantes, esos moteles de antes que había en la playa. Allí había drogas, mujeres, pistolas. Usa ese reloj porque dice que los de cuarzo son más precisos. Que los automáticos adelantan y que él no está en condiciones de perder minutos de su vida. ¿Tú puedes creer semejante tontería? Yo puedo aceptar que eso me lo diga un ignorante, ¿pero un relojero profesional, un hombre que sabe de tiempo? Me cuenta la vida de a minutos, mi cielo. Diez para esto, doce minutos tardamos para lo otro. Alarma para almorzar, para despertarse. No puede dormir si sale el sol, se levanta al amanecer. Estoy deseando que llegue el invierno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Traté de explicarle que la impaciencia era ansiedad, que eso era bastante normal para una persona de la edad de Elías. También le pedí que me aclarara, que no terminaba de entender qué tenía que ver la impaciencia con el trabajo, con el cierre del negocio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Es para tanto? —le dije.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cerró los ojos y sacudió la cabeza, frustrada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué si es para tanto? Estropeó cinco relojes que le llevaron para servicio, los armó de nuevo con partes que no eran de ellos. Apurado por terminar, hizo cualquier cosa. Un Cartier de esos caros, caros, directamente lo rompió el mes pasado; ya no sirve. El dueño se encabronó y tenía razón; tuvimos que reponerlo, comprar uno nuevo de paquete. Los otros cuatro los volvió a reparar y, mal que mal, quedaron bien.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—La verdad que tiene razón.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo misma tomé la decisión de cerrar. ¿Sabés lo que hizo hace diez días? Apurado por irse, por cerrar a las seis en punto, dejó la puerta abierta, la luz prendida. Y en la mesa de trabajo, un Rolex Daytona Panda primera serie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Es muy caro?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Medio millón. Toda la vida le confiaron relojes caros. Elías dice que tuvo suerte, yo digo que somos bendecidos. Con un negocio pequeño, con las joyerías buenas, esas de los judíos en el downtown, las boutiques de Coral Gables. Aun así, los relojes buenos siempre terminaban en sus manos. Y ese Panda, que no te puedo decir de quién es, pero como te imaginarás es de un hombre de mucho billete, se lo confiaron porque mi Elías de relojes sabe mucho; o sabía, ya no lo sé. Fue una bendición, mi cielo. Solo por la gracia del Espíritu Santo que nos protege desde arriba —se persignó otra vez y volvió a mirar el techo—, nadie se dio cuenta y no pasó nada. Pero ya. Enough is enough.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Terminó de decir eso y me encontré cara a cara con Elías. Creo que hasta debe haber escuchado algo de lo que su mujer me contaba. Me saludó con una sonrisa y hasta me dio la mano. Después se sentó al lado de su mujer y llamó a la camarera. La señora ya venía con el café.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya sale su orden, señor Elías —le dijo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Olvídate de lo que te haya pedido mi esposa, yo eso te lo pago, tu no te preocupes. Usted, señor ¿qué fue lo que pidió? —me preguntó de repente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Dos huevos vuelta y vuelta, bacon y dos tostadas. —La miré a la camarera, que ahí esperaba, y los dos nos reímos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me traes lo mismo que a señor. Idéntico. ¿Cuánto se tarda?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Cinco minutes — dijo e hizo el número con la mano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vi desde mi lugar cómo el relojero encendía el timer de su Casio digital para cronometrar el tiempo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De tanto café que me había tomado, tuve que ir al baño. Al volver, desde lejos, vi cómo la camarera dejaba mi desayuno, también a Elías estirarse por delante de su mujer y arrastrar el plato hasta su lugar. Elegí esperar un poco para que el robo no fuera tan evidente y sin querer me tenté. Cuando por fin me volví a mi lugar, el relojero comía mis dos huevos vuelta y vuelta con ganas. Partía el “tocino” que le hacía mal con las manos y lo ponía sobre una de las tostadas. Su mujer miraba para adelante, tenía las manos arrugadas juntas arriba del mostrador y los cachetes colorados.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El Casio de Elías pitó tres veces. Se habían cumplido los cinco minutos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/487902026749145292'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/487902026749145292'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2025/05/los-impacientes.html' title='Los impacientes'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-8310402805079710835</id><published>2024-12-24T00:53:00.011-05:00</published><updated>2024-12-25T11:38:16.654-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>El buzón</title><content type='html'>&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Hace unos días, un amigo me presentó a Papá Noel en el Mall de las Américas. Lo encontramos almorzando y medio de casualidad. En realidad, él nos vio primero; estaba escondido atrás de unos maceteros, en el fondo de la plaza de comidas, con anteojos de sol y una gorra del Inter Miami.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Levantó el brazo bien alto al vernos; hacía señas para mostrarnos que tenía lugar para nosotros en su mesa. No era fácil reconocerlo sentado y desde lejos, a pesar de la barba blanca y la nariz como la de Elton John. Se había sacado el saco y apenas se le veían las botas por encima del pantalón rojo de terciopelo.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Al ver que encarábamos para su lado, acomodó un libro de tapas de cuero en una de las sillas. Barrió al piso con la mano las migas del pan con bistec que se comía y nos esperó sentado derecho, con una sonrisa de oreja a oreja y las manos entrelazadas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Mi amigo se inclinó para que no se parara, y los dos se abrazaron. A mí me dio la mano apenas dejé la bandeja en la mesa. —Nice to meet you —me dijo y que se llamaba Claudio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Era argentino Claudio, como mi amigo Ricardo, como yo. Hablaba bien en inglés, con poco acento, pero cambió rápido al español en cuanto pudo. Ricardo contó que se conocían desde hacía rato, que lo había contratado una vez para una fiesta de su empresa y que desde entonces se veían bastante.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Siempre me gustaron los chicos —decía Claudio al rato y mordía el sándwich—. Trabajé de mago, de payaso, hice la caravana de los Reyes Magos como diez años. —Buscó el celular en la silla y nos mostró una foto vieja—. Este es el chino Fernández, que hacía de Gaspar; Waldemar, un uruguayo amigo, Baltasar. Mirame de Melchor, Ricky. Que locura, pesaba treinta kilos menos —se golpeó la panza y sacudió la cabeza resignado—. En esa época tenía una empresa de animación de fiestas infantiles. Andaba bien, la gente en Argentina tenía plata. Me acuerdo que para un cumpleaños así nomás, te pedían un disc jockey, dos animadoras, la Pantera Rosa y el Hombre Araña. Yo tenía un cliente que me llamaba cada vez que al hijo se le caía un diente. Quería que el Ratón Pérez lo despertara y le diera la plata. Le cobraba quinientos dólares cada vez que iba, me daba cincuenta de propina. Después vino la crisis, la devaluación, en menos de ocho meses nos quedamos sin nada. Era una empresa linda, llegamos a tener diez empleados, una oficina en el centro. Créeme, yo siempre fui un enamorado de la Argentina, pero la cosa no daba para más. Pensamos en mudarnos a España, a Barcelona, más que nada por el idioma. Fue mi mujer la que me convenció para venir acá. El padre había trabajado para la Ford en los sesenta y ella, de casualidad, nació en Chicago. En menos de dos semanas me dieron la Green Card. Llegamos en diciembre de 2001. —Levantó la lata de Coca para darle un sorbo y el dibujo de Papá Noel le hizo gracia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Empecé a hacer de Santa hará cuestión de diez años. Hace dos semanas cumplí sesenta y cinco; acabo de aplicar al Medicare. —Dos chicos se acercaron a la mesa para sacarse una foto. Claudio se los sentó arriba de las rodillas, se sacó los anteojos de sol, la gorra y sonrió para la cámara—. Allá no me lo pedían nunca a Papá Noel —me dijo cuando le pregunté—. Ahora se ven mucho más, por la calle, en los shoppings. La moda empezó cuando los padres pudieron disfrazarse, cuando aparecieron los trajes bien hechos. ¿No vieron que ahora en Argentina festejan Halloween? El índice de pobreza no para de subir y la gente se disfraza adentro de los countries.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Me llamó la atención que Claudio conservara el acento después de tanto tiempo, que supiera tanto de las cosas que pasaban en Buenos Aires.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Yo sigo extrañando mucho y, si pudiese, volvería. Pero estamos bien.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;— Se quedó pensando un momento.&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Acá e&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;l festejo de la Navidad es cultural y, para esto que yo hago, mucho más profesional. ¿Sabés cuántos Santas oficiales somos en Miami?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Me animé a decirle cincuenta, y Ricardo dijo que para él no llegaban a treinta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Ciento doce anotados en el Santa Registry de Miami-Dade —levantó las cejas y se comió una papa frita—. No es fácil ser un &quot;Certified Santa&quot;, es muy competitivo. Tenés que dar el examen todos los años, hablar bien en inglés, te pesan, hay que blanquearse el pelo, tenerlo del largo justo, la ropa exacta, lustradas las botas. Es la ilusión completa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Ricardo se paró para ir al baño y nos preguntó si queríamos café.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—¿No me traés algo de postre? Te juro, no veo la hora de que llegue diciembre para ponerme esta ropa. —Ahora Santa me miraba a los ojos, se comía lo que le quedaba del sándwich, se sacudía las migas que le habían quedado en la camiseta —. ¿Y a vos? ¿Te gusta esta época del año?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Me gustaba mucho —le dije seguro—. Pero desde que mi mamá no está bien, la Navidad ya no es lo mismo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—¿Qué le pasa? ¿Está enferma?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Le dije que sí con la cabeza. —Ya casi ni nos conoce. Antes lo pasábamos en su casa y éramos un montón. Decoraba mucho mi mamá, le encantaba. Toda la casa de Navidad, adornos por todos lados, igual que acá. Llenaba de luces los árboles del jardín, tenía renos, compraba regalos para todo el mundo. —Tomé un poco de agua y me quedé mirando la gente—. Fui a verla estos días.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Claudio se había sacado los anteojos de sol otra vez, ni pestañeaba, tenía los ojos azules.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—¿Y usted? —Ya no tenía más ganas de hablar de mi mamá—. ¿Trabaja de Santa todo el año?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Pero claro, hombre. Medio millón al año me paga la Coca-Cola. El veinticinco a la noche volamos con el trineo al Polo Norte. Tengo una mansión allá; ahora estamos en un pied-à-terre que tenemos en Bal Harbour —se tentó de golpe y nos reímos un rato—. Ojalá —dijo y se secó las lágrimas con la servilleta—. Esto es por un mes, mes y medio a lo sumo, más alguna cosita que te piden a veces en la tele, en Univisión.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Le pregunté por qué lo hacía. —Es muy sacrificado —le dije—. Son como seis, siete horas atendiendo chicos sin parar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Mucho más, son turnos de diez, once horas, a veces. Pero vale la pena. No hay nada más lindo que leer las cartas que te traen, verles las caritas, que te pidan un regalo al oído. ¿Sabés los dibujos que me regalan? Es un mes intenso, pero a mi me encanta. Ojo, no es mi único laburo. Tengo también un trabajo de verdad, una compañía de envíos acá cerca, en el Doral. Mandamos paquetes, documentos a toda América Latina. Es un depósito chico con un local a la calle. Alquilo lockers, direcciones virtuales. ¿Viste que ahora la gente compra mucho por Amazon desde afuera? Me lo mandan a mí, yo lo guardo hasta que vengan o se los mando al hotel.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Un nene de rulos se acercó de la mano de la mamá y le dio a Claudio un papelito para que le firmara un autógrafo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Merry Christmas. Lindo pibe ¿Sabés qué tengo también? Un buzón pintado de rojo en la puerta del local, igualito a los ingleses de antes, al del workshop que me armaron acá los del mall. Los chicos tiran cartas todo el año y yo las leo todas, me las guardo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—¿Qué hablaban? —mi amigo Ricardo volvía con tres cortados y dos pastelitos de guayaba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Nada, charlábamos de todo un poco, de la Navidad, le contaba cómo era mi vieja antes de enfermarse.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Qué bueno que te haya reconocido —dijo Ricardo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Les conté que no estaba seguro del todo, que creía que me había conocido el primer día. Les dije también que a veces lloraba, que se reía, pero que casi no podía hablar. Que, a pesar de todo, había sentido un chispazo, una conexión.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Le di un beso cuando ya me iba, me dijo gracias.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Ricardo, que la conoce desde hace mucho, torció la boca, no dijo nada. Les mostré una foto que me había sacado con ella y los dos se miraron.&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Claudio cortó uno de los pastelitos con un cuchillo de plástico y se comió un pedazo, y como vio que me había quedado sin muchas ganas de hablar, me ofreció a mí también.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—¿Te contó lo del buzón rojo que tiene en la puerta de la oficina? ¿Que elige diez cartas de todas las que le dejan y les lleva personalmente el regalo que le habían pedido?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Elijo solo diez, las mejores. No te exagero, recibo más de mil todos los años. Compro regalos chicos: una Barbie, un Lego. Nunca vi qué pasa cuando abren el paquete, pero debe ser lindo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Miró la hora, se terminó el cortado de un sorbo y, ya parado, se puso el saco encima de la camiseta blanca. Después se calzó el gorro y nos dijo que tenía que volver a trabajar a las 3 en punto. Me golpeó la espalda y se fue caminando contento; los chicos lo saludaban mientras pasaba entre las mesas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Nosotros también nos levantamos y juntamos las cosas de la mesa. Como a Ricardo le faltaba comprar un perfume y yo quería tomar otro cortado, quedamos en encontrarnos en el auto. Pasé tomando del vaso de telgopor por delante del Santa’s Workshop. Claudio ya estaba sentado en el sillón de cuero, conversaba con una nena de un vestido a cuadros, medias blancas y dos colitas. La fila que tenía afuera le pegaba la vuelta al hall central del mall. En la puerta de entrada, justo abajo del letrero y rodeado de nieve falsa, estaba el buzón rojo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Sin dudar, caminé el pasillo entero hasta la otra punta. Me metí en el CVS, compré una tarjeta blanca sin dibujos, una lapicera, y escribí lo primero que se me ocurrió. Cerré el sobre, le puse la dirección de casa en el remitente y lo metí rápido, disimulando y de espaldas al buzón.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Fue mi mujer la que me trajo el paquete el veinticinco a la mañana.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Para vos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—¿Lo trajo el correo?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;—Hoy no vienen. Un señor mayor, con una camioneta roja. Me hizo acordar a Hemingway.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;Rompí el papel como pude, me temblaban un poco las manos. Mis hijos me preguntaban qué era, quién me lo había mandado. Les dije que lo había comprado; me dio vergüenza contarles la verdad. Lo apoyé en la mesa para verlo bien. Era un cartelito de madera para poner en un estante. Rectangular y con algo de volumen; un poco más grande que una caja de perfume. Estaba pintado de negro, y las letras blancas gastadas decían: &lt;b&gt;GRACIAS&lt;/b&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/8310402805079710835'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/8310402805079710835'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2024/12/el-buzon.html' title='El buzón'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-256348968694205631</id><published>2024-10-25T15:49:00.017-04:00</published><updated>2024-12-24T09:55:27.315-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="MIAMI"/><title type='text'>Purple Heart</title><content type='html'>&lt;p&gt;It’s November 21 and still hot. Dennis Almada reads the Miami Herald seated in the rocking chair he keeps on the front porch of his house. “Qatar 2022— Argentina’s last chance” — reads the sports supplement; a giant drawing of Messi covering the front page.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis woke up early today, combed his white hair back with water and swallowed six pills down with coffee. His glasses are greasy, and they don’t sit straight; he doesn&#39;t even care about the green filth that has collected around the hinges. His mind is focused on one thing only —He needs to be certain he can watch the rest of the World Cup for free.&amp;nbsp;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;He checks his watch for the fifth time, —already 9:45, and Walter hasn’t arrived— reaches for the mug he left on the floor, takes a sip of coffee and scratches his neck. He usually shaves twice a week, but this is not one of these days. Dennis has been looking forward to this World Cup for the last two years, counting the days these past six weeks. Argentina’s national team is the only thing that keeps him going, the only reason to be alive.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Walter and Dennis are good friends, he lives by himself across the street in a two bedroom prefab. He was born in Cuba and came to Miami with his parents with the early rounds.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis stands up, walks up to the railing of the porch to check on his friend’s house, but one of his Crocs gets stuck in a raised nail. He curses, releases the rubber clog, and checks it for damage. The deck needs work, and so does his outfit —He’s been wearing those shorts he bought at Kohl’s for the past four days.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A woman from the neighborhood passes by and says “good morning”; her little dog pees a bit farther down. Dennis acknowledges the greeting with a nod, but turns his back on her and gets in the house. He doesn’t feel like talking, not even waving, mornings haven&#39;t been good for quite a while now.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;He comes back with the coffee pot and an empty cup in his free hand. Walter has finally arrived and is sitting in the other rocking chair. He is checking something on his phone and has a paper bag on his lap. Dennis pours coffee in the empty cup and handles it to his friend. “This is the device that you need,” Walter says tapping the bag and accepting the cup; greetings seem redundant. “With this little box, you can watch anything. 657 free channels.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Let’s get inside,” Dennis gets the cup he left on the floor and opens the screen door for his friend. “I don’t want to talk about this here. Can you set it up?”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“It’s working already. Plug and play. A friend of mine bought it in Hialeah. I paid him cash”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis’ living room looks tired, exhausted; a lot like him. The sectional leather sofa is all scuffed, and the recliner part is open. The wooden coffee table just in front, piles some books, and ten or so old National Geographic magazines. A giant amber ashtray full of coins, a lighter, and some small wrenches sits right in the middle, seems bolted there. The wood surface is dusty, stained with rims of wine, water and coffee. The empty and dark fireplace covers most of the right wall. On top of it, a display of old family pictures, school trophies, and memorabilia. There is a framed photograph of a soldier in uniform on the top shelf, along with a lit candle and a vase with fresh flowers.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Walter sat on the edge of the sofa and set his mug on the table. “What is this obsession with soccer, anyway?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“First of all don’t say soccer anymore. Basta. It’s football.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Ok, whatever. It’s just a sport.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“It is not just a sport. Football is life, faith, devotion, unconditional love. For us, football is like religion. Larger than asado and mate, even greater than the flag. It is difficult to understand, I know. it all begins the day you are born.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Walter reached for his cup and took a long sip. “No te entiendo.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Every Argentinean is born into a club — a team. You don’t get to choose. You have the honor, by blood, to be a fan of the team your dad supports — or your family if your father died, left you, or some other tragic reason — an uncle can also assume that responsibility, or an elder brother, even your mom. But you cannot choose by yourself.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“I don’t believe you.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Well, you can do whatever you want, they won’t kill you.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Walter laughed and took another sip. “¡Me imagino! So, they decide for you?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Yeah, and you keep that team for life — changing is even worst. Treason! You get to enjoy, suffer, grieve if your team goes to second division.” Dennis twisted his mouth, nodded looking away. He continued. “Mine did when I was ten, I cried for almost a week. Mom was so worried, she made me breakfast in bed, didn’t even make me go to school.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“And the National Team? Esta locura I see on the news?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Club and team extend to National Team! All that faith, that devotion, that unconditional love, goes beyond the realm of your family and friends. It transcends in every neighborhood, in every city, and turns into a national craziness. For Argentineans, the winning of the world cup is larger than life. We live, suffer, and die for those little stars we collect on top of the AFA badge.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Ok, got you. I still don’t understand why we need to watch the game here. Why can we just go to the Argentinean Bakery and avoid this aparatito thing. Every single soul in that shop will be Argentinean. You have the passion, same locura you told me. They even have a giant screen!”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“The one on 52nd? Ni loco. I was there yesterday for the opening match. Too many kids, too many women. We stay here, we can curse, shout …&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Walter untangles the power cord, connects the device to the HDMI output on the rear of the TV. “Oye, with this you can watch everything. Movies, series, Netflix, Hulu.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Telemundo?” Dennis refills his mug and stands by him; he munches a chocolate chip cookie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Of course. Let me ask you something?” Walter takes a sip of coffee and doesn’t wait for an answer. “We paid $200 for this aparatito; basic cable is only $29 per month, including Telemundo. You keep it for a month, then you cancel.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“It is not about the money. I don’t want to give anything to the government.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Hold it there for one second. Dionisio, it is not the government you are giving the money to, these are private companies, stock corporations.” Walter closes his eyes, breathes twice, trying to keep his cool. He is the only that calls him Dionisio. That is Dennis’ real name —Dionisio Ricardo Almada. Dionisio was born in Argentina, moved to the United States in 1982 in a bit of a rush; he had just turned 18 and the military drafted his whole generation to fight in the Malvinas war. He bought a plane ticket the very same day he received the telegram, and he never looked back. In Miami he got himself into community college, graduated and found a job as a teller at a small bank in Coral Gables. A Cuban girl named Lizbeth called him Dennis one night at a club and he liked it. A year after he went all the way, dropped the Ricardo and threw away his Argentinean documents. He even cried at the naturalization ceremony when they played the National Anthem.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“And who runs the stock market?” Dennis still has his mouth full, but is now yelling and the crumbles fall on his shirt. “Don’t you see this isn’t about the money? I don’t want to give them anything. You hear me? Nothing, nada. And you know why? Because they took it all.” His eyes suddenly flood and he twists his mouth in a sterile effort not to show he is about to cry. “They took away my wife — they ripped me apart from me the person I treasured the most.” He walks to the wall with the family pictures, and his fingers barely touch the dusted photograph of his son smiling in uniform.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Walter lowers his gaze and pretends to check the connection on the back of the TV. Dennis goes to the kitchen, throws the mug into the sink and slams his hand on the countertop.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Perdona, I didn’t mean to.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis hugs his friend. “I am the one that needs to be sorry. You always help me, you are the only friend I have.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Have you called her? You said you would”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“She doesn’t want to talk to me, Walter. It’s been 12 years.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“She still loves you”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“How do you know.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Dionisio, por favor. She’s my cousin. She talks to me; she asks about you. I know.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“She cares for me. I’ll give you that. But she still thinks it was my fault.” He opens the cabinet and reaches for two clean cups, replaces the filter of the coffee maker, and adds to scoops of Folgers.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“We lied to her,” he kept on saying, “we both lied to her, when I took Richard to the tryouts. I even bought tickets to the Daytona 500 to create the full illusion.” Dennis is now refilling the machine with water, closes the lid, and hits the “brew” button.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“I didn’t know that.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis nods. He put his hands in his pockets, he doesn’t want to look up.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“We told her we were going to the races,” he keeps on saying, his eyes on the floor, “and instead, we headed to the Marine Corps tryout in Fort Lauderdale. And you knew Richard, he was the best, the best at everything. He got in with flying colors, they offered him a full ride. Lizbeth cried the day we told her, and not because of joy. She was so pissed with both of us. One thing led to the other, he graduated top of its class, went to Miramar and became a pilot. Before we knew it, he was flying in Iraq” He points again to the wall full of his son’s photographs.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“But Richard made a choice, he could have chosen any other path—”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“I pushed him, Walter, and he was fearless. No tenía miedo de nada. Fear can be good sometimes, it protects you. But I pushed, and pushed —and he trusted me. The kid believed in me. If it weren’t for all the pressure, and my own frustration —my fear and my shame— he could have been whatever he wanted, a writer, a journalist, a filmmaker. Now he’s wrapped in a flag” His words suddenly stumble, and he can’t help it—he just loses it.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;They hug again for a bit, finish the coffee in silence, Walter goes to the living room and powers the TV. Going through the guide, he finds Channel 51, click it and the screen fills all its 54 inches with a Telemundo signal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis tapped Walter’s back. “Thank you, buddy. Thanks a lot. Are you coming on Saturday?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Dale. At what time?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“You need to be here at 5:00 for the national anthems.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Perfect. I’ll bring you some wine.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“5:00 in the morning, Walter. Better bring una colada, pastelitos”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Cinco de la mañana, ¿tu estás loco? I retired two years ago, so I don’t have to wake up early ever again. You can tell me the score later.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis woke up at 4:00 that Tuesday. The sun hadn’t risen yet, but the sky was clear, and the air was crisp. Still in his pajamas, he prepared the usual pot of coffee, took his pills, showered and shaved. He unpacked a brand-new Argentina jersey, with a black number 10 on the back and the word MESSI sitting right on top. The navy shorts were new as well.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;He lit the candle by Richard’s picture, left the pot of coffee and a small plate with cookies in the center table. He powered the TV with the remote, but Telemundo wasn’t there anymore. He tried to change stations, but the blue screen didn’t even flicker. He, therefore disconnected Walter’s device, plugged it back again, and waited for the system to boot as his friend had taught him. Nada, a giant “BIOS ERROR” right in the center of the screen. He went to his bedroom, took his wallet, phone and the car keys. On his way out he blew out the candle by Richard’s picture and touched it briefly; he mumbled a prayer, took his son’s medal and fold the purple ribbon around. “For good luck”, he said out loud, and off he went.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis arrived at the bakery right on time, parked in a hurry and was lucky enough to find the last empty spot at the high-top table in the center of the room.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;The little placed was packed, adorned with Argentine flags and filled by families, including women and children exactly as Dennis had predicted. A girl with a high ponytail, in a blue and white apron approached the table to take his order. Dennis asked for a café con leche, a glass of water and three medialunas. Just beside him, a boy of about ten, was dressed just like his father in a blue Messi jersey, denim shorts and black Nikes; he kept looking at the screen and crushed a blue bucket hat with his hands.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Don’t be nervous.” Dennis placed his big hand on top of the boy’s head and messed his hair. The kid acknowledged, smiled.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“I’m afraid” he said.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“It’s ok to be afraid, this is an important match. But whatever happens, we still have time. It’s only the first match” The kid raised his eyebrows and bit the inside of his cheek. “What’s your name?” The screen was now showing a Wendy’s commercial, and everyone seemed to decompress for a moment. “Pablo —Paul.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“I like Pablo a lot better than Paul”, said Dennis and the boy shrugged. “I am Dionisio. Nice to meet you.” The kid’s father gave Dennis a wink.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;The match started shortly afterwards, and Argentina lost 2 to 1 that day.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Twenty minutes after the game, Dennis asked for yet another café con leche –his third –and waited patiently to pay his bill while the tables slowly emptied. He texted Walter “1-2 — sad emoji”, signed the credit card slip, crushed the receipt and headed out. In the street he saw Pablito and his father. They were both seating in the curve of the road, sharing a ham and cheese sandwich. Pablo had the blue bucket hat on and was crying. Dennis approached them and kneeled in front of the boy. When the little one looked up, he took Richard’s medal out of his pocket and gave it to him. The kid got curious and dried his tears with the jersey. He carefully unfolded the ribbon and showed the Purple Heart Medal to his dad. “We cannot take it, sir”, the guy told Dennis the moment he realized what the present was. “Please, pa. Can I keep it?” The boy tears have gone, and he was now smiling. “Por favor”, said Dennis. “This is the first time this medal has brought happiness to someone.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dennis carefully pinned Richard’s medal to Pablo’s shirt. “Mark my words, if you use it from now on, we will win this cup.” The boy smiled broadly this time.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;On the way to his car Dionisio took out his phone and dialed the only number he knew by heart.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/256348968694205631'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/256348968694205631'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2024/10/purple-heart_25.html' title='Purple Heart'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-7095254547748438702</id><published>2023-12-24T18:44:00.005-05:00</published><updated>2023-12-25T15:41:08.292-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Cora</title><content type='html'>&lt;p&gt;Es l&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;unes y Cora se baja del colectivo que la trajo desde Rafael Castillo. El sol recién sale y no hay ni una nube; todavía está fresco para diciembre.&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;font-family: Georgia;&quot;&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;El tráfico pasa lento y los camiones levantan la tierra que quedó en la avenida después de la tormenta. Algunos de los que caminan por la vereda rota entrecierran los ojos, otros se sacuden la ropa. El gobierno acaba de cambiar, pero todo sigue más o menos en el mismo lugar. Las caras felices de los candidatos, en los afiches de campaña, contrastan con las de la gente; por la calle nadie sonríe, ninguno usa corbata. En los cercos de los baldíos, en los muros de la estación, las promesas recién pintadas se mezclan con otras viejas e incumplidas. Faltan dieciocho horas para la nochebuena.&amp;nbsp;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;Cora va de mangas cortas, pero casi ni se nota; tiene los brazos tatuados hasta las muñecas. Se acomodó la mochila bien alta en la espalda y camina rápido para entrar en calor. Se frota los brazos de vez en cuando, pero no se queja. Nunca se queja. Sonríe, en cambio, con un gesto distinto al de los candidatos. A Cora se le ilumina la cara. Es la única que aceptó trabajar el 24 de diciembre, a pesar de un marido y los mellizos que la esperan. Como tantos otros días hoy le toca quedarse con Lourdes.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Hace más de tres años que la cuida dos veces por semana y no le pesa. Prefiere la mirada perdida y el dialogo incoherente, que los días difíciles en la granja de rehabilitación. No es fácil lidiar con adictos que ya no son chicos, con la agresividad, con los insultos. Su marido quiere que cuide gente “sin tantos problemas”. “No es un capricho,” le dice Cora cada vez que conversan. “¿Que harían sin mi?”&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Para en un kiosco, compra un paquete de caramelos y dos turrones. Mientras espera por el cambio se ata el pelo y la camiseta gris se le levanta apenas. El sol de la mañana le da justo en la espalda, ilumina la rosa de los vientos que tiene tatuada en la nuca. Es un dibujo simple y no muy grande. Lo vio en un libro en la casa de Lourdes, se lo hizo hace solo diez días.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;El chofer la espera como siempre en la plaza. Lourdes ya está despierta, se enoja, no quiere desayunar con la cuidadora de la noche.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Cora cruza el parque de la casa con paso firme y vuelve a sonreír. Salta en el lugar para acomodarse la mochila, se acaricia el tatuaje de la nuca, deja ahí su palma un momento. Le pica y no quiere rascarse. El pasto húmedo le cubre las Converse. Son diez los jardineros que barren las hojas, los que juntan las ramas tiradas de la misma tormenta de Rafael Castillo. Los pinos del parque están enormes. Fue Lourdes la que los plantó hace más de diez años. Son de navidad, no tienen luces, ni adornos. La casa crece a medida que Cora avanza, se hace grande, gigante. Lourdes está sentada en la galería, la chica que la cuida no para de mirar el celular.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Feliz Navidad, Lourdes, buen día.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;La otra chica saluda a la pasada, ya no está.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Te traje un cascabel — Cora se sienta y busca en su mochila, consigue uno atado a una cinta roja.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Lourdes se ilusiona con el regalo, lo sacude una y mil veces para escucharlo sonar. Cora mientras tanto la peina, la ayuda a tomar el té, le corta en pedazos una galletita de agua. A Lourdes le molesta la pulsera de su brazo derecho, la manga de la camisa se le engancha, no deja que nadie la toque, ni siquiera Cora. Es un brazalete ancho de plata. Está abollado en algunos lados y ya no brilla. Lo lleva desde hace mucho, contaba siempre que una señora se lo había regalado una Navidad.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;El día pasa lento, como el sol del verano. Ahora las dos caminan sin destino, juntan flores en una canasta, le tiran pan a las palomas, comparten los caramelos. Se sientan en un banco del jardín, cantan con la música que sale del parlante cansado del teléfono de Cora.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Son nuevos los autos que salen del garage, dos chicas de servicio llevan pan dulce, preparan bandejas para la noche. Cora saluda con su mano en alto, Lourdes dice “chau” pero no los mira. Después encuentra el cascabel, ya no le interesa. Ahora recorre con el dedo los tatuajes en los brazos de Cora. La bandera argentina, una corona de espinas, una cinta que se enrosca en el antebrazo y tres elefantes. —¿Te gustan? Este es mi marido y estos dos iguales son mis hijos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;La tarde se cierra y las dos pasean por la casa vacía. Ya no suena la FM de fondo, ni tienen arrugas los sillones. Las botellas del bar se destiñeron y el polvo se juntó en los portarretratos. Lourdes se para en el arbolito, acaricia un adorno que dice 2018, es el último que colgó.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;De la mano se sientan juntas en un sillón a ver la tele. Cora tiene los turrones que compró a la mañana, los parte en trozos iguales y los deja en un platito. —Feliz Navidad, — dice y sonríe. Lourdes mastica despacio y las migas se le pegan en sus labios gruesos. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Feliz Navidad — repite una vez más y la ayuda con un poco de agua. Son las doce en punto, en la tele pasan Mi Pobre Angelito. Afuera se escuchan los cohetes, el silbido de los fuegos artificiales, las voces amortiguadas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Ahora el sonido de la tele sube solo, de golpe. Baja igual de rápido, hasta quedar en silencio. Arde el tatuaje de Cora, tanto quema que le duele. Cora cierra sus ojos, encoge los hombros por instinto.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Feliz Navidad, linda — Lourdes acaba de pararse sin ayuda. Tiene una mano en la cintura, su voz es grave y ya no tiembla. —¿Qué le pediste a Papá Noel?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Cora sonríe raro por primera vez en el día; tiene la sonrisa dibujada de los candidatos.&amp;nbsp; Busca el control remoto entre los almohadones, se para también, por que no sabe muy bien que hacer. —Nada — dice por decir. Lourdes es ahora más alta que de costumbre. Se ríe. Le causan gracia las zapatillas negras que lleva puestas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Papá Noel no existe — dice seria y sopla hacia arriba con la boca torcida para que el flequillo se le acomode en la frente. —Eso me decían todos siempre. No armaban el árbol, no querían regalarse nada. Decían que era todo mentira. Qué lindo si existiera ¿no?&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Cora no dice nada, solo asiente con la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—A mi me tocó ser la Navidad de mi familia… y el de algunas otras también. — Se quedó pensando y agarró un pedazo de turrón del plato chiquito. —Vos sos la Navidad. Pasás la nochebuena conmigo, sola. En tu casa te esperaban tus elefantes. Quiso sonreír, pero se le inundaron los ojos grandes.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—No llores Lourdes, son chiquitos, no se dan ni cuenta. Mañana es lo mismo. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—No es lo mismo. —Se sacó la pulsera y se la mostró por dentro. Su rosa de los vientos gastada brillaba fuerte. —Hoy la mía se apaga, ¿sentís como arde tu tatuaje?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;font-family: Georgia; font-feature-settings: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-size-adjust: none; font-stretch: normal; font-style: normal; font-variant-alternates: normal; font-variant-caps: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-ligatures: normal; font-variant-numeric: normal; font-variant-position: normal; font-variation-settings: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;No dijo nada más y, solita, se sentó otra vez a su lado. La tele recuperó el volumen de a poco y Lourdes se la quedó mirando.&amp;nbsp; Tenía otra vez la mirada perdida y los pedacitos de turrón pegados en los labios.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7095254547748438702'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7095254547748438702'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2023/12/cora.html' title='Cora'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-7024114464345574916</id><published>2023-03-09T10:11:00.004-05:00</published><updated>2023-04-21T12:15:11.654-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>La amistad al palo</title><content type='html'>&lt;p&gt;Estamos en un restaurant y somos seis, tres parejas que salieron a cenar. Es bueno cuando los varones son amigos entre sí, mucho mejor cuando las mujeres se quieren. Nos sentaron en una terraza que da al río, en las afueras de la ciudad. Los mozos van y vienen entre las mesas, la luna nueva es enorme. Se siente íntimo, a pesar de la gente, a pesar de la música.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otra botella de vino y ya son tres; se suman a las copas que tomamos en el bar. A algunos el alcohol los pone contentos, a otros los tranquiliza, a mí suele sincerarme. Estoy sentado en la cabecera de la mesa, mis amigos uno de cada lado; las chicas repiten el triángulo en la otra punta. Ya pasó un brindis por el viaje, otro por la amistad; este que viene ahora es por la vida. Levanto mi copa y digo que pensaba que no se podía torcer el destino. Los demás sonríen, no me entienden. Romi me mira confundida; no le gusta que hable para llamar la atención.&amp;nbsp;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No comulgo con el silencio, su vacío me desborda y disparo lo primero que se me cruza por la cabeza. Gaby, una de las chicas, se enojó conmigo el otro día. “No podes hablar solo de fútbol, de ese Olmedo, de Buenos Aires; no somos todos argentinos”. La miro de reojo mientras sonríe y levanta su copa al cielo. No se lo dije nunca, pero la respeto mucho a pesar de la vehemencia. Valoro su honestidad frontal, así sin mucha vuelta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Creo que lo que tengo para decir ahora es importante, no es para llamar la atención, no es por el vino. Entonces arranco por mi amigo de la derecha: “Yo me acerqué a vos por interés. Nos juntábamos una vez por semana en la cocina de tu casa; quería venderte un seguro de vida”. Qué paradoja asegurar la vida, pienso apenas termino de decirlo. Como si alguien pudiera. Sus ojos se clavan en los míos, espera por mis palabras, no es de esos que interrumpe. Pareciera que no prestara demasiada atención, pero aprende mirando, estoy seguro. No dice tanto, ni cuenta mucho. No termino de entender muy bien que le hace retener sus palabras, el por qué de su silencio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sigo porque el vino me ayuda: “A medida que pasaban las reuniones, las preguntas, más incómodo te ponías. Te dije que prefería la amistad, a la posibilidad de hacer un negocio. Podría haber seguido insistiendo; casi seguro me hubieses comprado. Fue el impulso del momento, me pareció que era lo mejor.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pasó un mozo y se llevó mi plato, otro me volvió a llenar el vaso de agua y me salpicó las manos. “Y porque nosotros elegimos ser amigos, este grupo se terminó de formar. Me acuerdo que organizaste una cena como esta cerca de casa y que casi no sabíamos de qué hablar. Como las chicas se conocían de antes, no paraban de reírse. A nosotros tres nos costó un poco más. El tiempo y las discusiones nos fueron juntando.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un día me empecé a sentir mal y te fui a ver, volvías de la clínica, tu delantal en el asiento del acompañante. “No me gusta,” decían tus ojos. “Sería bueno que te revisen.” insististe. Y tu pálpito era cierto. Tumor maligno detallaba el reporte.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mesa hizo una pausa incómoda. “¿Algo de postre?” repetía el mozo ahí parado sin que nadie le contestara nada. Creo que pedimos un volcán de chocolate. Fue mi otro amigo el que volvió a encarrilar la conversación.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Me llamaste temprano esa mañana, no estaba en el hospital porque habíamos viajado a Savannah. ¿Te acordás, Pili?” Pili dijo que si y cerró sus ojos, casi como si pudiera respirar tranquilidad. Pili es la rueda de auxilio espiritual de este grupo, tiene una bolsita con runas, entiende de los males del alma y cree en el poder de la tierra. Ayuda a los que le piden, por nada, para ayudar. Quizás no lo sabe, pero ella y Gaby fueron importantes para Romi. A mi mujer se le había muerto su papá y no sabía que podía pasar conmigo. No la vi bajar los brazos ni un día.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Habló con el cirujano apenas cortó con vos,” dijo Pili. “Temblaba, pobre. No es fácil para el cuando algo le pasa a sus amigos.” Después le agarró la mano a su marido, lo tenía al lado. El me miró a los ojos y brindó solo conmigo. “Por tu salud”, me dijo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mis amigos entienden el verdadero valor de un momento. Todos los días curan a contrarreloj, revisan reportes, imágenes, comparan valores; no hay lugar para el error. A veces no les queda mas que mirar cómo el tiempo se les escurre a sus pacientes.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por ellos dos me operaron rápido, un día antes de que el mundo entero entrara en pandemia. Veinticuatro horas más y me quedaba sin diagnóstico, sin cirugía, sin pulso. Me salió un “gracias” y las otras cinco copas chocaron con la mía en el aire. Romi me guiño el ojo del otro lado de la mesa. “Un día más y que en paz descanse.” Hice el chiste y me reí. Después no pude parar de llorar.&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7024114464345574916'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7024114464345574916'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2023/03/la-amistad-al-palo.html' title='La amistad al palo'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-7810890841780265517</id><published>2022-12-24T11:29:00.001-05:00</published><updated>2022-12-24T11:29:07.806-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>El enano</title><content type='html'>&lt;p&gt;Una pelota Tango como la del mundial ‘78 era todo lo quería Ricardito para su cumpleaños. Se tuvo que conformar con un póster de la selección y una Pulpo comprada en el kiosco de la esquina. El problema de ser chico y cumplir los años una semana antes de la Navidad; siempre te tocan dos regalos de morondanga.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Igual andaba contento. La pelota no era del tamaño reglamentario, pero tampoco del todo chica para poder jugar en la calle. Como era de goma no había que inflarla y las rayas finitas disimulaban la mugre. Eso si, rebotaba como loca en el asfalto y era difícil de controlar sobre todo cuando venía rápido o mojada. Era lindo pegarle fuerte y verla abollarse contra la pared. O mirarla cuando corría bien pegada al piso, ligera y diligente, casi como si tuviese vida propia.&amp;nbsp;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El verano recién arrancaba y, como estábamos de vacaciones, nos pasábamos el día entero pateando contra el garage de la casa de Ricardo. El portón de madera era para nosotros un arco profesional como el de la final contra Holanda; un frontón de cuatro metros por dos que sonaba como un bombo cada vez que la Pulpo pegaba en los listones.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando los goles eran muchos y el portón rebotaba demasiado, la mamá de Ricardito salía a la vereda a los gritos. Puta y otras barbaridades le decía Ricardo al verla. Pero a Alicia los insultos poco le importaban; le tiraba del pelo o de la oreja, después se llevaba la pelota y nos quedábamos sin jugar hasta nuevo aviso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El consultorio del doctor Baygorria quedaba en la misma cuadra, a dos casas de la mía y en frente de lo de Ricardo. Vivíamos en un pasaje angosto, sin tráfico, metido entre dos cortadas. La calle estaba siempre vacía, casi como una plaza privada de cemento. Pero los lunes y miércoles, como a eso de las cinco, el pasaje se llenaba hasta arriba. Los autos de los pacientes estacionaban de los dos lados, apretados entre si y casi no dejaban lugar para jugar. Por suerte el arco de la casa de Ricardo era un garage que tenía que quedar libre y los pelotazos contra el portón seguían como si nada.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hasta ese lunes 23 de diciembre. Era un lunes más, de esos llenos de autos; los pacientes del doctor llegaban todos juntos. Ricardito hacía jueguito con la Pulpo en la mitad de la calle, esperaba por un coche que maniobraba para estacionar. La subía, la bajaba, la golpeaba de vez en cuando con la cabeza, era bastante hábil. Yo solo esperaba parado el portón, al arco, atento al disparo. Cuando el tipo se bajó del auto, Ricardito paró a la Pulpo de pecho. La pelota de goma levitó sobre su cabeza por un instante y después empezó su descenso recto, suave. Sin sacarle la vista de encima, sin mirar el portón, la agarro de volea como venía, dándole de lleno con todo el empeine. La Pulpo salió como un misil, recta, cortando el aire de la tarde. No llegó nunca al portón. Se estrelló entera contra la puerta de una camioneta roja que acababa de llegar.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El estruendo en la chapa dejo a la cuadra en silencio. Los pacientes que esperaban por sus turnos fumando en la vereda se quedaron quietos, nosotros también paralizados. Tan muda quedó la cuadra, que lo único que se escuchó fue el rebote de la Pulpo en el asfalto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La pelota quedó ahí cerca, apoyada contra una de las ruedas de la camioneta. La puerta recién abollada se abrió de par en par, y un enano con cara de enojado saltó a la calle. Aterrizó con sus dos pies juntos, levantó la pelota con una sola mano y, sin decir nada, la tiró adentro de la camioneta. Después cerró con llave, estirado en puntas de pie, y se metió en la sala de espera del Dr Baygorria.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un “hijo de puta” tibio y sin convicción quedó suspendido en el aire, pero fui yo el único que lo escuchó. Y ahí nos quedamos, los dos en la calle, mirando la puerta abollada y otra vez sin la pelota; esta vez para siempre. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Jodete por pelotudo, — dijo Alicia cuando fuimos a contarle. —Metete vos en el consultorio y decile “puto” como me decís a mi. O contale que sos el hijo de Kempes, por ahí tenés suerte y te la devuelve. Y se quedan acá, no salen más. Lo único que falta que este tipo sepa donde vivimos y que por recuperar esa pelota de mierda tu padre tenga que pagar el arreglo de una camioneta nueva.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Apenas Alicia volvió a la cocina, le dije a Ricardito que había que abrir la camioneta. Se mordía los labios y, sin mirarme, solo negaba con la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Así de limpia la tiene que tener guardada. Y si tiene garage en la casa, la deja abierta, con la llave puesta. Hay que averiguar donde vive. Mañana hablamos con Betina.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Betina era la hija del doctor; una gorda simpática que estaba enamorada de Ricardito y que, de vez en cuando, ayudaba a su papá en la oficina. Los Baygorria vivían arriba del consultorio, habían convertido la vieja cocina de planta baja en oficina y el living en sala de espera.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Estaba feliz con la visita; hasta nos preparó leche chocolatada con vainillas. Para disimular un poco le habíamos dicho que queríamos hablar con ella para organizar la fiesta del cumpleaños de Ricardo que, todavía, no se había podido festejar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con la boca llena de una vainilla recién ensopada, empezaron las preguntas. “Un enano” … “con una camioneta roja”. Betina nos explicó que las fichas de su papá no decían si los pacientes eran enanos o de que color era la camioneta que tenían. Yo dije que tenía la ropa muy colorida y Betina se quedó pensando. —Mi viejo habla de un paciente que siempre viene vestido de verde. ¿Era verde la ropa?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mario Hansen tenía 38 años y vivía en Mataderos, como a unas cincuenta cuadras de casa. “Soltero”, rezaba la ficha. —Tenía que vivir solo este enano hijo de mil puta — me dijo Ricardito ni bien Betina cerró la puerta —. Anda a buscar la bici que salimos ya.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Vos estás en pedo, mi vieja no me deja ir tan lejos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Decile que vamos a la plaza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y si llegamos y no está?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿No leíste la ficha?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿La de Betina? Si. Mario Hansen, 38, soltero.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Domicilio comercial? ¿No lo viste? El mismo de la casa.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Andá a buscar la bici y decile a tu vieja que vamos a la plaza. En dos horas volvemos con la pelota.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El enano vivía en una casa recién pintada con un patio adelante. Ricardito tenía razón, ahí estaba estacionada la camioneta roja.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Vos sos boludo? Si tocamos el timbre no sale. Para que va a salir si nos puede ver desde adentro. Con esta reja de punta a punta no hay lugar para esconderse. Le pregunté por las bicis. —Las atamos al palo de la esquina — me dijo como si todo lo tuviese planeado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El cable con candado que había llevado no alcanzaba para las dos bicicletas, así que atamos la mía y apoyamos la otra bien cerca para que pareciera que estaban aseguradas las dos juntas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nos trepamos por la reja a la pared medianera y de ahí saltamos al patio justo en el espacio que quedaba entre la camioneta y el muro. Tiré de la manija de la puerta del acompañante. Cerrada. Ricardito ya se había trepado a la parte de atrás y abría la ventana corrediza de la luneta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se metió de golpe sin abrir del todo y quedó trabado a la altura de la cintura. —Abrila más —me decía. A medida que yo corría el vidrio un poco más, se estiró hasta alcanzar el volante y meterse del todo; en ese momento se abrió la puerta del frente de la casa de par en par. Seguro era el enano, pero desde arriba de la caja no lo veía. Lo que si vi fue un ovejero alemán desesperado raspando la camioneta para trepar por la parte de atrás. &amp;nbsp;Me metí al habitáculo por la misma ventana chiquita y Ricardo pudo cerrarla justo antes de que el perro impactara contra el vidrio.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ladraba sin parar, la baba, los dientes, el vapor, el hocico golpeando la ventana. Fue en ese momento que sentí el motor encenderse. Ricardo estiraba las piernas para llegar a los pedales, con el motor en marcha forzaba la palanca de cambios del volante. La carrera de piloto le duró cinco segundos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De golpe pararon los ladridos; por mirar a mi amigo no me había dado cuenta de que el perro ya no estaba arriba de la caja.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Ustedes dos otra vez? ¿Son pelotudos? ¿A quién carajo se le ocurre meterse en una casa con un perro como este? —. Gritaba como loco y sostenía al ovejero del collar de estrangulamiento, pero su tono era compasivo. —Bajen, bajen. Tranquilos que no pasa nada, no muerde si está conmigo. La pelota está ahí en el tablero. ¿Cómo te llamás? —. Yo contesté rápido, pero el tarado de Ricardo se tentó con el tono nasal de su voz. —Dame la pelota pendejo —. El enano ahora estaba más caliente que al principio. —Tirala ahí y rajen de acá ya mismo si no quieren que les suelte el perro —. El ovejero mordió la Pulpo cuando la vio rebotar y la pinchó, después empezó a ladrar otra vez, como si entendiera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No nos daban las piernas para correr hasta la esquina. Me subí a la bici que había quedado desatada y Ricardo se trepó atrás. Sin decir nada pedaleamos un rato cada uno, hasta llegar a casa justo para almorzar. Ricardo había pronosticado bien, dos horas en ir y volver. Pero la pelota seguía en lo del enano y ahora mi bici estaba atada al palo de la esquina de su casa.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me da miedo volver —, me dijo mi amigo al otro día y la verdad que que yo también estaba asustado.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El resto de la semana pasó sin pena ni gloria. Sin bici, sin pelota, sentados en la vereda descartando planes imposibles. El 24 a la tarde no tuvimos mejor idea que subir a la terraza de casa para tirarle piedras chiquitas a los que pasaban por la vereda. Apenas nos asomamos vimos la camioneta roja estacionada contra el cordón; la puerta abollada como el primer día. Lo paré. Ricardo estuvo a punto de vaciarle el balde entero con piedras en el techo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El enano estaba otra vez vestido de verde, su perro caminaba la caja de la camioneta en círculos, las orejas en alto, alertas. El tipo charlaba con Alicia que miraba para todos lados, buscando a su hijo, se mordía el labio y secaba sus manos con un trapo que traía de la cocina.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Cagamos — me dijo. —Vino a buscar la guita del arreglo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Ricardooooo,” gritaba Alicia al viento. Siempre salía a la calle para llamarlo a la hora de comer; esta vez era para darle otro tipo de bife.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Acompañame que me mata.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cruzamos la calle callados, Ricardo medio escondido atrás mio, atento a su madre, las manos fuera de los bolsillos para cubrirse por si le revoleaba un tortazo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—El señor dice que es amigo de ustedes dos — dijo Alicia levantando las cejas apenas nos vio —. Ella mejor que nadie sabía quien abollado la camioneta. —Dice que tiene algo para ustedes, que se los quiere dar por la Nochebuena.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Somos grandes nosotros dos, eso son cosas de chicos chiquitos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Grandes y pelotudos — Alicia le dio con el trapo en la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El enano festejó el castigo y abrió la puerta de la camioneta. Nos dio una bolsa de plástico blanca a cada uno: dos pelotas Tango nuevas, divinas, igualitas a las de la final—La bici se la dejé a tu mamá. — me dijo y me pasó la mano por la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿No le van a decir nada al señor? — Yo dije muchas gracias dos veces. Ricardito le dio un beso al enano y los cachetes se le pusieron colorados de repente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Una pregunta, señor — Ricardo sostenía la Tango con las dos manos y la golpeaba contra uno de sus muslos sin sacarle la vista de encima. —¿Ustedes son los que trabajan con Papá Noel?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Alicia le dio de nuevo con el trapo para pararlo, pero el enano ya lo había escuchado. Se dio vuelta y se quedó ahí por un momento, serio, mirándolo directo a los ojos. Después se llevó las manos a la cintura, buscó el cielo y respiró hondo. —¿Vos querés que te vuelva a soltar el perro?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7810890841780265517'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7810890841780265517'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2022/12/el-enano.html' title='El enano'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-711196847882674340</id><published>2022-08-26T15:21:00.009-04:00</published><updated>2022-09-03T10:37:42.564-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Bondi Crush</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;Agustina espera el colectivo temprano como cada martes. Textea con los auriculares puestos, una medialuna a medio comer y la mochila colgada de un hombro. Se hamaca sin querer, al ritmo de la música que escucha en el celular, apoyada de cara al sol en una de las columnas de la parada. Usa el pelo suelto, una remera de los Rolling Stones y las zapatillas desatadas. Acaba de cumplir 24, pero todavía tiene cara de nena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desde que se separó hace dos años, volvió a vivir con sus padres en un departamento con vista al rio, en su cuarto de la escuela secundaria, con un auto nuevo guardado en el garage del primer piso.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras se termina la medialuna, el 102 azul y rojo de Gustavo acelera por Las Heras. Agustina no lo sabe, pero el colectivero no puede dejar de pensar en ella desde ese primer martes que la vio. Aunque sea bastante más chica, aunque se haga la que no tiene plata, aunque no le pertenezca ni un poco.&amp;nbsp;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Gustavo pasa finito en el tráfico para cumplir su cronograma, mira el reloj, espera lo justo en cada parada. Ahora suena el timbre de la puerta de atrás. Es una madre con dos chicos. Gritan y se empujan, mientras bajan los escalones a los saltos. Gustavo espera paciente, los mira por el retrovisor, sonríe sin querer. Nada le hubiera gustado más que tener un hijo, una familia que lo esperara todos los días. Pero las bocinas lo devuelven a la ciudad, entonces cierra la puerta, pone primera y arranca una vez más.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Está ahí sentado desde las 6 de la mañana y va concentrado; la vida le enseñó a manejar de memoria, sin mirar mucho a nadie. Antes los amigos llenaban sus días, era todo corazón y se reía de los problemas. Pero su mujer se murió en un accidente. Y así se quedó solo una tarde, con las tazas del desayuno en la mesa, con su perfume en las sábanas, acariciando la letra de maestra de los cuadernos recién corregidos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hoy solo piensa en la chica que sube los martes. También un poco en su mujer, aunque ya hayan pasado 10 años. Quizás vaya al cementerio el sábado y le cuente lo que le está pasando. Se acomoda el pelo en el espejo y abre un poco más la ventana. No hace tanto calor. Endereza la foto que lleva en el tablero, la acaricia sin querer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En la parada, Agustina se pone en puntas de pie para buscar al 102 de Gustavo en el fondo de la avenida. No para de textear mientras mira el horizonte, sus pulgares se mueven rítmicos sobre la pantalla como si tuviesen vida propia. Se tendría que haber puesto los otros jeans, piensa. Se mira las manos, se toca el cuello. No quiere reloj, ni collares; los usa tanto que se olvida que los tiene puestos. No quiere que el colectivero sepa que tiene plata y se espante, no quiere que los chicos de la escuela, donde hace las pasantías de la facultad, la subestimen.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llega un colectivo, pero no es el 102 que ella espera; este lo maneja un señor que parece su papá. Qué HORROR que me guste un colectivero!!!!!, escribe en el celular y agrega dos emojis, mientras se corre a un costado y la gente se pone en fila para subir. ¿Qué le diría su mamá si se enterase que le gusta un tipo así? ¿No era la mucama la que estaba de novia con un colectivero?, piensa y tuerce la boca.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Gustavo acaba de darse cuenta de que se manchó la camisa con café. Se mira en el espejo central y se ve gordo. Piensa en las milanesas de su mamá, en la chica de los martes, otra vez mira, acomoda la foto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Solo quedan cuatro personas en la parada cuando Gustavo acerca su colectivo al cordón. Agustina apura el paso cuando lo ve, se pisa un cordón y tropieza al subir.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tenés las zapatillas desatadas —le dice el que viene detrás. Ella se ríe, se saca el pelo de la cara y le dice que ya sabe, que las usa así.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Te vas a matar — insiste el pibe, pero Agustina ya no le presta atención. Tiene la mente puesta en la máquina, en la tarjeta SUBE que nunca le anda.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Al revés —, dice Gustavo bajito desde el asiento del conductor; no puede parar de mirarla.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;La piba le sonríe, cierra los ojos un instante y parece poder contener el calor que le invade el cuello y la cara. La tarjeta se le va de las manos al sacarla, cae justo debajo de la máquina. Agustina se agacha y ahora es uno de sus auriculares el que rebota dos, tres veces en el piso de goma. Con el audio libre el celular suelta una canción por el speaker, la gente mira, la fila se frena, se atora apilada detrás de ella. Junta todo como puede, mete las cosas en la mochila y se tira en el primer asiento despeinada, resoplando. Con el colectivo en marcha cierra los ojos, se ajusta los auriculares una vez más y pone play; la música la protege de la vergüenza, de lo real, del miedo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No hace tanto que volvió a vivir con sus viejos. Se casó joven, rápido quizás. Lo encontró a su marido con una mina en el auto ese que ahora tiene en el garage. Volver a la facultad la ayuda, pero no puede vivir sola, No se anima.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Su teléfono no para de desplegar mensajes: emojis de colectivos, corazones y signos de pregunta iluminan la pantalla sin parar. Agustina se ríe al leer, revolea los ojos, se muerde el labio y responde.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Gustavo espía una vez más por el espejo y la encuentra mirando por la ventana. Le gustaría saber qué pasa por su cabeza, cuántos años tiene. Dobla en una esquina, saluda a un chofer de otro colectivo y piensa: ¿Qué diría mi vieja si me aparezco con esta pendeja en casa? Quizás se alegre ¿No tengo derecho a empezar de nuevo?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Agustina hace un globo con el chicle, juega con su pelo. ¿Le pido el teléfono? ¿La llamo, o le tengo que mandar un mensaje? Es linda cuando se ríe. ¿Qué le causará tanta gracia?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A dos cuadras de la parada Agustina se para en busca del timbre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;— La mochila —, le avisa Gustavo al ver que la deja abierta en el piso, un delantal blanco asomando arriba de todo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ay Dios, gracias; hoy estoy más pelotuda que nunca —. Se la cuelga de un lado y piensa que el colectivero tiene linda voz.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bajá por esta puerta, no hay problema. ¿Sos maestra?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Estoy en eso, volví a estudiar hace poco. Me llamo Agustina, ¿vos?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Gustavo. ¿Te gustan los Stones?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Más o menos, es la remera nada más.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Gustavo frena, abre la puerta. Agustina hace chau con la mano y baja la escalera.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Te veo el martes? — le dice él desde el asiento apenas la ve pisar la vereda. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Agustina se da vuelta, sonríe y el celular vuelve a iluminarse en su mano. Quiere decir algo, pero el mensaje suena otra vez. Mira la pantalla, se tienta, textea y levanta la vista. De frente solo le quedan los autos que pasan. El colectivo de Gustavo se pierde en el tráfico, acelera en busca de la próxima parada.&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/711196847882674340'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/711196847882674340'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2022/08/bondi-crush.html' title='Bondi Crush'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-3246450976718635008</id><published>2022-07-02T19:35:00.001-04:00</published><updated>2022-07-04T00:47:46.173-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>El Topo</title><content type='html'>&lt;p&gt;En el barrio casi nadie sabe que Gabriel Restelli era ladrón de bancos. Ladrón profesional, de esos que entran por un túnel cavado durante meses.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vive con una mujer a la que adora en una casa recién pintada, con algo de verde y flores adelante y un jardín grande en la parte de atrás. Están casados y tienen un hijo al que llevan todo el tiempo en brazos. Es raro verlos por la calle; su mujer juega con su hijo en el fondo y Gabriel se pasa el día entero sentado en un escritorio que mira al frente, haciendo rayas en un cuaderno y cuentas en una calculadora. Antes de mudarse, cercó el terreno con una reja alta, puso alarma y cámaras de seguridad.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para la banda Gabriel era el Topo. El apodo nada tenía que ver con los túneles que diseñaba, era un mote que traía de chico. Se lo puso su hermano Sergio por bajo y morrudo, y por ese achinar los ojos que hacía para ver mejor de lejos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se parece más a un topo con el pelo rapado. Los dos hermanos iguales. Su mamá les cortaba el pelo con una máquina para ahorrarse la peluquería, los piojos y los problemas con los milicos; no secuestraban a los pibes, pero Sergio parecía más grande.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuánto lo quería el Topo a ese hermano mayor. Copiaba sus gestos, su forma de hablar, se le iban los miedos de solo estar con el. Es que para Sergio todo era fácil. Las chicas lo miraban, jugaba bien a la pelota, sabía trepar y era valiente. Leía libros prohibidos, revistas importadas y le gustaba la política. Tenía pinta de policía; quizás era la parada, la ropa bien planchada, pero la revolución le corría por las venas. Se la pasaba hablando de derechos, de injusticia, de juntar plata y repartirla entre todos por igual.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una tarde, así sin más, los juntó a sus amigos en la esquina; traía una cartulina enrollada bajo el brazo y a Gabriel caminando a su lado. Desplegó un plano con flechas, dibujos y anotaciones sobre la vereda sucia. “Robar no”, le contestó al primero que se atrevió a preguntar, “Vamos a hacer justicia”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los hermanos y sus tres amigos hicieron un juramento, incluso se cortaron las palmas un poquito para que el apretón de manos fuera con sangre:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Nos llevamos lo que sobra: comida, ropa o plata. Nunca sacamos nada de una escuela, ni de un hospital. Somos invisibles. No pegamos, no atamos, no llevamos armas. Si alguno cae, los demás siguen, siempre”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se repetían el manifiesto como un mantra, día tras día, hasta que por fin lo aprendieron de memoria.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con un plan cada vez más elaborado, con la estrategia que Sergio diseñaba en sus rollos de cartulina, cinco chicos se llevaban cosas de las casas, de los locales, de las oficinas; sin romper nada, sin lastimar a nadie. Eran todos topos como Gabriel, topos justicieros. Se repartían lo que les gustaba y, el resto, lo regalaban por las casas del barrio, dejando en cada puerta bolsas de tela blancas, atadas con dos nudos y un sello con un círculo y dos rayas horizontales como los ojos de Gabriel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con la práctica y el tiempo, los planes fueron mejorando, más sofisticados y demandantes se volvieron la estrategia y el ensayo. Fue por esa época que los Restelli empezaron con los túneles. Pasaron de llevarse ropa usada, comida y electrodomésticos, a bolsos llenos de joyas, cuadros, relojes y hasta oro en lingotes. Pero cada vez les resultaba más difícil vender aquello que otros habían perdido, reducir botines sin levantar sospechas. Con veinticinco y veintitrés recién cumplidos, Sergio y Gabriel Restelli dejaron Ciudad Evita y se mudaron a un PH en Almagro; corría el año 92.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con más recursos los túneles llegaron a los bancos, a las sucursales de los barrios donde no había tanta plata, pero la seguridad era también menor. Eran tan técnicos, tanto practicaban, que era imposible rastrearlos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hasta esa noche de fin de año en Liniers. Era un golpe grande. La idea original la había traído el Pipi Quinteros. “Mi tío dice que son unos caños enormes de cemento que quedaron enterrados ahí desde el año treinta”. Hablaba de la tubería de un ramal secundario del arroyo Maldonado. Parte del entubado original que nunca se había completado. La obra inconclusa recorría casi sesenta metros por debajo de la calle Timoteo Gordillo, justo en el cruce con el pasaje Las Tunas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para cerciorarse de la existencia de los tubos, alquilaron un local vacío, justo en la esquina frente al banco. El primer día pintaron los vidrios de negro por dentro, rompieron el piso del depósito y cavaron hasta encontrar el cemento de la tubería, casi tres metros más abajo. En los días siguientes perforaron la losa con un martillo neumático.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“El tubo nos deja pegados a la pared del subsuelo del banco, tiene cinco metros de diámetro y lo podemos iluminar si cableamos desde el tablero del local. El trabajo de verdad empieza ahí. Tenemos que volver a romper con el martillo y cavar horizontal hasta encontrar el concreto del edificio. Hay que aprovechar el ruido de la obra que construyen al lado, de noche nos pueden escuchar y necesitamos abrir un boquete de medio metro de diámetro y seis de largo”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El plan de Sergio los dejaba en el hall de acceso a las cajas de seguridad del Banco Credicoop. El Pipi sabía como descifrar el código de ocho dígitos casi sin mirar. Después cada caja podía abrirse con una barreta común.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Esa noche, como a eso de las once, Nico y el Topo van a entrar por arriba, por la puerta principal. Un contacto me consigue una patrulla y uniformes de la federal, de otra manera los dos guardias no les van a abrir la puerta. Tienen que tener armas por si se les complica, los dos gordos son pesados. Para asustar, no hay policías que anden sin revólver. Salimos caminando con los bolsos por la puerta principal y nos vamos en el auto que trajimos. Vamos a simular que nos llevan presos por si hay gente en la calle. Los que van de policías se sientan adelante, nosotros hacemos de detenidos atrás; yo llevo tres pares de esposas. Quiero que dejen la patrulla arriba de la vereda, con la sirena prendida y el motor en marcha.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El muro de concreto explotó a la hora 00:00 del 1 de enero de 1993, junto con los cohetes, con todas las bombas de estruendo del año nuevo. Mientras los vecinos brindaban, tres topos entraban al hall chiquito del banco Credicoop. Por las escaleras bajaban Gabriel y Nico después de haber atado y amordazado a los guardias en la planta baja.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La celebración anticipada y los abrazos, el exceso de confianza y el Pipi Quinteros que marca los ocho números de la combinación distraído, hablando sin parar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Puede que haya sido la mufa de cambiar lo prometido, o las vueltas del destino. Un descuido tonto, una simple desconcentración, el octavo número que no era y la alarma. Gabriel corrió por la escalera y fue el primero en ganar la calle. No pudo ver bien, eran dos las sirenas que ahora titilaban sin parar, cuatro los focos de los patrulleros que lo apuntaban de frente y no hacían más que encandilar.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Quiso retroceder, volver a entrar, pero se topó con los demás que salían detrás de él. Sin querer, los acorraló a todos entre la entrada y los coches. Gritos, tiros y Sergio despatarrado en la vereda, contorsionando con los ojos bien abiertos, su pecho perfecto desgarrado, partido en dos, la sangre a borbotones pasando entre los dedos torpes del Topo. Su revolver en el aire, un grito de ira que no se oye y el cargador completo en los cuerpos de los policías que avanzaban confiados por su uniforme, los mismos dos que habían abatido a su hermano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“¡Topo! ¡Vamos!” grita Nico desde el volante. Gabriel duda, su hermano le suelta la mano, lo arrastran del brazo y adentro del auto. Las gomas de la patrulla que rechinan en el asfalto y el motor que se aleja hasta perderse. Después el silencio, el silencio sordo de la noche solo interrumpido por cohetes lejanos, las luces azules y rojas de la sirena del patrullero verdadero barriendo la calle, la sangre en el piso, las paredes del Credicoop. Y Sergio tendido cerca de los policías muertos, con lo último que le queda de vida repite una y otra vez: “si alguno cae los demás siguen, siempre”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hace tiempo que Gabriel ya no roba, todavía puede ver a su hermano tirado en la calle, sentir su sangre caliente, las manos pegajosas. Sentado en su escritorio dibuja cartulinas y las enrolla, desestima planes, compara las instrucciones de tantos golpes, pero ya no se anima. Con la muerte de Sergio se le deshilachó el coraje; sin su guía no es mas que Gabriel.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cada tarde camina hasta el cuarto acorazado que tiene en el fondo, revisa la escotilla del túnel de escape. Después abre la caja que esconde detrás del tablero de herramientas, con un código de doce dígitos, cuenta el dinero que deja, anota los gastos en un cuaderno y vuelve a cerrar la caja fuerte atiborrada de plata, lingotes y obligaciones negociables. Ya no quiere regalar, ni compartir nada con nadie. Se convence de que es solo por precaución. Después vuelve por el jardín hasta su casa con las manos en los bolsillos, le da un beso a su mujer y le acaricia la cabeza a su hijo. Tiene el pelo algo más largo y usa anteojos grandes de pasta para ver bien. Parece haberse acostumbrado a convivir con el dinero, con la culpa, encerrado en una casa, controlando un túnel como si fuera un topo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras el sol tiembla y se esconde atrás de la cerca, activa la alarma perimetral, el voltaje que asiste la reja y se asegura de que las cámaras estén encendidas. No quiere que le roben, no quiere que le saquen eso que necesita y que tanto le costó conseguir.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/3246450976718635008'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/3246450976718635008'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2022/07/el-topo.html' title='El Topo'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-926692788526716593</id><published>2022-05-15T23:45:00.006-04:00</published><updated>2022-05-18T19:53:49.510-04:00</updated><title type='text'>Panic attack</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;span style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia;&quot;&gt;—Buenos dias, un cortado por favor&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia;&quot;&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia;&quot;&gt;— Claudia dejó sus cosas en una silla vacía.&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia;&quot;&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Para mi otro café con leche — le dijo Vicente al mozo, mientras la saludaba con un beso. —Gracias por venir.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Con lo que insististe, estaba para decir que no. Tomá, te traje tu bufanda —se sentó y le dio una bolsa de papel, de esas de los negocios. —Me salvaste la vida el otro día ¡qué frío por Dios! La lleve a la tintorería para que no le quede mi perfume. Encontré algunas canas. ¿No se te está cayendo mucho el pelo?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Ni me hables. — se pasó la mano por la cabeza —Y vos que parece que dormís en la heladera&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Qué pasa ahora? ¿No te alcanzó con lo que hablamos el otro día?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—No tuve todo el tiempo que necesitaba. Hablar así, a la pasada, no es lo mismo. Quería contarte un poco más. Vos sos la única que me puede entender.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Qué tengo que entender, Vicente? Pasaron 20 años.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Me asusté, Claudia. Cuando se me vino la fecha arriba, el juramento ante Dios, no pude. Te juro que no pude.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Pero la dejaste en la iglesia, te podrías haber asustado un poco antes ¿no?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Me dio un &lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;panic attack&lt;/span&gt;. Por que fue eso lo que tuve. En ese momento ni se conocía la condición, pero fue pánico, creéme que fue pánico puro.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Pánico, mirá vos. ¿Y que mi familia fuera del conurbano no tenía nada que ver?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Entre vos y yo, un poco si. No lo tomes a mal, pero las dos eran un poquito así.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Así como?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Así… —sacudió la cabeza y miró el techo—¿cómo explicarte? Te lo digo con respeto, ojo; claramente ustedes no tuvieron la educación que me dieron mis padres. Aunque con los años mejoraste mucho.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Se supone que eso sea un piropo?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Por supuesto. Las dos mejoraron mucho. Vos siempre tuviste tu &lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;charme,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;esas ganas de ser mejor, y Lucrecia compensaba por ser mona. Groncha, pero monísima. Con sus cosas: el perfume, el chicle con la boca abierta, las risotadas. Vos sabés bien que en casa se respetaba un protocolo; las caras que ponía mi padre cuando tu hermana venía a comer. Y mamá, bueno. En paz descanse pobrecita, pero nunca la pudo tolerar. Por mi parte, nunca más pude amar a alguien como amé a tu hermana. Me di cuenta a los golpes y no me da vergüenza decirlo: ¡Estoy enamorado!&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¡Bajá la voz! Nos está mirando media confitería.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Qué miren, ¿qué me importa? ¿Esta mal que quiera pasar el resto de mi vida con tu hermana? ¿A vos qué te parece?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Acá lo que a mi me parezca no sirve de nada.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;&amp;nbsp;—¿Cómo que no va a servir? Ella a vos te escucha. No fue mi culpa, creeme que no fue mi culpa.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Yo te creo, pero…&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—No puedo más, Claudia —se detuvo un momento y buscó el techo para esconder sus lágrimas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Bueno tampoco hace falta que llores.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Fueron muchos años de presión. Mamá en mi contra, el &lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;gossip&lt;/span&gt; de mis amigos, el compromiso eterno. Me tuve que cuidar, de alguna manera me tuve que proteger.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿No te había dado un &lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;panic&lt;/span&gt; &lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;attack&lt;/span&gt;?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Lo que quiero decir es que me equivoqué, punto. Y que si pudiese cambiar una sola cosa de mi vida, te juro que iría a esa iglesia y me casaría con tu hermana. Pasaron muchos años, el tiempo todo lo cura.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Vicente se dio vuelta por instinto y ahí estaba Lucrecia, parada justo detrás suyo con los brazos cruzados.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;&amp;nbsp;—La verdad, no sé muy bien por donde arrancar —, dijo mientras se sacaba el abrigo y un pañuelo enorme. —No te pares, corazón, quedate ahí sentado que para mi es mejor. Te escuchaba con atención…&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Escuchaste todo?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Eso de que te arrepentís, que tu vieja era una hija de puta, que querés volver conmigo y toda la sarta de boludeces que decías ¿Te cuento algo? Me acabo de separar por segunda vez, me vendría bien tu propuesta.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¡A los dos nos vendría bien!&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Te digo más&amp;nbsp; — se quedó pensando un momento. —Debo haber soñado con este momento mil veces. Algún día va a volver, me decía a mi misma, algún día va a recapacitar, nos va a tocar el timbre y nos va a pedir perdón.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Esta es mi forma de pedir perdón, dame otra oportunidad.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Mirá que te llamé, fui años a tu casa a pedirte por favor que te hicieras cargo, a bancarme que la mucama me dijera que no estabas. Lo único que le pedía a Dios era que me pasara esto. Y ahora que lo escucho, ahora que te tengo acá, arrodillado, no sé si lo quiero.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Cómo que no?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Quizás sea medio boluda, porque convenir, me conviene. Me junto con vos, a los diez años te morís de un infarto y yo me salvo para siempre. Pero a esta altura de mi vida, lo último que necesito es tu ayuda condicionada.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Vicente dijo algo que Lucrecia ni escuchó.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Como te reías de mi con tus amigos ¿te acordás cuando me cargabas porque pronuciaba mal en inglés? Groncha y todo&amp;nbsp; te morías por mi. Pero le tenías miedo a tu mamita, al que dirán de los pelotudos esos con los que compartís tu vida. Y como no te podías permitir un hijo oscurito, y no tuviste las bolas para dar la cara, te&amp;nbsp; escapaste como una cucaracha el día del casamiento. Embarazada de seis semanas y con el vestido puesto me dejaste; las boludeces que me habías prometido.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Ahora cambié.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Ahora cambiaste? Ahora tu mamá se murió, es eso lo que cambió. No hay nadie que pueda horrorizase de mi perfume, de mis tetas hechas, entonces vos querés volver conmigo. Me das gracia, Vicente. A mi tu ... ¿como fue que dijiste? ¿tu &lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;panic attack&lt;/span&gt;? No busques palabras raras para decir que toda la vida fuiste un cagón —. Corrió una silla para sentarse y se agitó los rulos un poco. —Decime una cosa. Si me voy con vos ¿que hacemos con mi hijo? — el escote de Lucrecia lo miraba a Vicente de frente. Acababa de cumplir 49 y todavía era una bomba.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Vicente abrió la boca para contestar pero Lucrecia solo siguió.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Podríamos hacer de cuenta que no paso nada, que no estaba embarazada. Vamos a suponer por un momento que no dijiste que era una trola.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Yo nunca dije eso.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Hacerte el boludo y decirme puta es más o menos lo mismo. Pero vamos a hacer de cuenta que todo eso haya pasado. Qué como dijiste hace un rato, el tiempo haya podido curar las heridas, erradicar mi rencor. ¿Está bien dicho erradicar? Decime, dale, vos que sos tan culto. Podríamos vivir en una casa grande, usar el campo de tu familia, ir a la mierda esa de Punta del Este todos los veranos, viajar a Europa, hacer de cuenta que somos felices. Te vuelvo a preguntar ¿qué hacemos con mi hijo?&amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;¡Contestame de una vez y dejá de mirarme las tetas!&amp;nbsp;— golpeó la mesa con toda la mano y la confitería se quedó en silencio una vez más.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Bueno el ya tiene 20 ¿no?&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—21. Cumplió 21 el mes pasado.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Podría darle una mensualidad.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Lucrecia tomaba un poco de agua del vaso de su hermana y casi escupe de la risa.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Una mensualidad? Vos me estás jodiendo. Es tu hijo Vicente. ¡Aunque sea mayor de edad sigue siendo tu hijo!&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—Ya hablamos de esto hace mucho y eso no está comprobado. Eras mi novia, es cierto, pero te la pasabas todo el día escuchando música en la casa de ese Claudio.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;—¿Claudio? ¡Claudio!— La confitería entera se dio vuelta otra vez. —¡Claudio es mi primo! ¡Mi primo hermano! y ademas ¡es puto! ¿Vos te pensás que yo soy pelotuda? No solo vas a tener que seguir cogiéndote al bagayo de tu mujer, sino que le vas a tener que dar a tu hijo todo lo que le corresponde, hasta el último centavo — sacó de la cartera un sobre grande y lo tiró arriba de la mesa —¿Sabés que es eso? Tu prueba de paternidad, corazón. 100% metiste. ¡Qué campeón! Por suerte el chico salió lindo como la madre. Negrito, pero lindo. Eso sí, ahora va a ser millonario como vos, igualito a su papá. Y no pongas esa cara de boludo, hicimos el ADN con los pelos tuyos esos blanquitos de la bufanda. ¡Con dos pelitos nada más!&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Agarró su abrigo y se ató el pañuelo. —Tomá agua, corazón. Respirá; no vaya a ser cosa que te de otro &lt;span style=&quot;font-style: italic;&quot;&gt;panic attack&lt;/span&gt;. No te saludo con un beso para que no te quede mi perfume. Vamos Claudita, dejalo que lea tranquilo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px; min-height: 13.6px;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;-webkit-text-stroke-color: rgb(0, 0, 0); -webkit-text-stroke-width: initial; font-family: Georgia; font-stretch: normal; line-height: normal; margin: 0px;&quot;&gt;Vicente agarró el sobre, pero no se animó a abrirlo. Entonces lo volvió a dejar sobre la mesa. Lucrecia y su hermana ya se abrían paso entre las mesas.&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/926692788526716593'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/926692788526716593'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2022/05/panic-attack.html' title='Panic attack'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-6990862736143893457</id><published>2022-04-29T11:46:00.004-04:00</published><updated>2022-04-29T19:09:00.432-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Tres veces soledad</title><content type='html'>&lt;p&gt;Me llamo Luis Alberto Freire, pero soy el padre Luis. Desde mi consagración estoy a cargo del Sagrado Corazón de Jesús, una parroquia despintada que queda en Vedia, Provincia de Buenos Aires. El nuestro es un pueblo chico y olvidado donde todo el mundo se conoce, una parada más de la ruta 7. Alguna vez alguien nos dijo que éramos el futuro de la nación; ahora se piensan que no nos damos cuenta que quieren esconder cuarenta años de crisis con una bandera nueva flameando en la plaza y los troncos de los arboles pintados de blanco.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hace rato que dejé de ser un sacerdote tradicional. Me saqué la sotana y ando vestido con jeans y zapatillas. Los domingos, en lugar de dar sermones vacíos, le dedico mis palabras a la gente que está sola, olvidada como Vedia. Hay muchos que vienen a escucharme, me siguen confiando a sus hijos, a pesar de las barbaridades que ha cometido la iglesia. Pero cada día que pasa es un poco más difícil, sobre todo con los jóvenes. Hay algunos con los que ya perdí la esperanza. Pasan por la plaza, cerca del amanecer, a todo lo que da en esos ciclomotores chinos. Insultan y tiran latas contra las paredes. No los culpo, miran el cielo borrachos desde la moto, pero no distinguen si es de día o de noche.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora estoy desempleado. Ya vamos para más de un año de pandemia y todavía no me dejan abrir la parroquia. Me cuentan los que andan por Buenos Aires que los bares ya están abiertos, que hubo marchas en la Plaza de Mayo y una multitud en el sepelio de Maradona. Parece que veinte personas en una iglesia sigue siendo un atentado contra la salud nacional.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Destrabo las puertas todos los días sin abrirlas del todo, a ver si alguien pasa y se anima a meterse, por eso lo de ayer no fue del todo sorpresivo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Recién me había acostado y estaba leyendo, cuando escuché que alguien aplaudía en la iglesia para llamar la atención. Bajé sin miedo, entusiasmado, arropándome con una bata por sobre el piyama. No era un vagabundo, solo un hombre común. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se tomó el vaso de agua que le ofrecí con manos temblorosas y lo invité a que nos sentáramos en un banco de los del fondo. Arrancó disculpándose por la intromisión, por la hora. Hice algo malo, decía. Pobre, temblaba. Para que se tranquilice le pedí que empezara contándome quién era, cómo se llamaba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Gustavo, me dijo después de un rato de silencio, tenía la vista clavada en la cruz arriba del altar y murmuraba cosas que no podía entender. Soy de acá, pero vivo afuera, dijo al rato. Estoy de paso, usted todavía no estaba cuando me fui con mi familia. Lloraba por momentos y se frotaba las palmas contra el jean, sobre los muslos. Me dijo después que se había separado de una tal Gabriela, sonrió al hablar de sus hijas mellizas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando vi que estaba más tranquilo, le pregunté por aquello malo que había hecho. Se largó a hablar y ya no pregunté más.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Paré a cargar nafta en la YPF del cruce, como a las 11 de la noche. Como vi que había gente en el &lt;i&gt;shop&lt;/i&gt; entré a tomarme una cerveza. Me acomodé en una mesa contra el vidrio para poder mirar el auto; hoy te roban en cualquier lado. Después tomé otra más.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras pagaba llegó una chica sola. No sé qué edad tendría, pero más de dieciocho seguro porque el cajero le pidió el DNI para venderle alcohol.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se sentó en la mesa de al lado y puteaba mientras tomaba del pico. Machista de mierda, decía para sí misma mirando el celular, pasando páginas con el pulgar. Quizás la conoce: pelo hasta los hombros, oscuro, muy oscuro y un mechón violeta. Los ojos muy pintados, pálida. Tenía las zapatillas sin calzar del todo, jeans rotos. Y una musculosa negra de esas como de tela de camiseta, sin corpiño, sin ningún reparo. Si fuese mi hija la mato, pensé.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Estábamos sentados frente a frente, separados por dos mesas, pero ni me miraba. No tenía reloj, ni collares; tatuada, eso sí. No con dibujos elaborados, como esos de ahora, sino palabras sueltas esparcidas por sus brazos, por sus dedos. Me llamó la atención que tuviera cosas escritas en las palmas de la mano. Se me vino de golpe la escuela, los deberes, cuando me anotaba cosas para no olvidarme.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al rato entró uno que al parecer era el novio, venía con un amigo. Dejaron una motito estacionada al lado de mi auto. Estos sí estaban tatuados hasta el cuello, aros, cejas afeitadas. Trajeron cerveza y cigarrillos. La chica se presentó, pero no escuché su nombre, estaba claro que recién se conocían. Después se sentó a upa de su novio y lo empezó a besar. El pibe la agarraba, la manoseaba, ella seguía, abría su boca como si no hubiese nadie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando hablaba lo hacía bien, como si hubiera estudiado. Se llenaba la boca con palabras pomposas como “individualidad”, o “personería”. Levantaba el tono para hablar de la potestad de su cuerpo, de los derechos de la mujer, de la libre elección.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Habremos estado ahí como una media hora, me compré una bolsa de papas y otra cerveza más para tratar de no pensar tanto. Las mesas no estaban tan pegadas, pero la conversación se escuchaba como si nos hubiésemos sentado juntos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo traje a Pedro para que vayamos a su casa, dijo el novio de la chica, miró para todos lados e hizo un gesto con las manos que no alcancé a ver ¿Te prendés? Tenemos merca. Y la piba, que se estaba tomando lo que le quedaba, dejó la botella y contestó: bueno, dale. Se levantaron de golpe y se fueron, pero el celular quedó ahí. Me paré para alcanzárselo, pero ella ya volvía. Era una nena. Una nena maquillada tomando decisiones muy complejas, difíciles como sus palabras vacías. Me salió tomarla del brazo, decirle que se estaba equivocando.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Soltame, me dijo y tironeó, pero yo estaba borracho y no la dejaba ir. Soltame forro, te dije, y me escupió. Le pegué en la cara. Como si mi propia hija me hubiera faltado el respeto. ¡Le pegué! Se cayó al piso y reculando por el suelo con manos y piernas, se volvió a parar casi en la puerta. Hago lo que quiero, machista hijo de mil puta, me gritó. Después se agarró la entrepierna con toda la mano, como si tuviese bolas. Salió disparada y se fueron los tres en la motito. Me olvidé del auto y caminé sin destino, terminé acá, masticando culpa e impotencia, llorando de bronca en la puerta, hasta que me di cuenta que estaba abierto.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando Gustavo terminó su relato no le dije nada. Le salió darme un abrazo y ahí se quedó por un tiempo. Gracias, decía; yo también quería agradecerle.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al día siguiente volví a la parroquia más temprano que de costumbre, apenas despuntaba el día. Me encontré con una chica sentada en el primer banco. Lloraba sin parar y decía que no era religiosa, quería aprender a rezar para que Dios la ayudara. Te puedo escuchar, le dije.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tenía la remera negra estirada, tironeada, el aliento a cigarro, a alcohol. Cuando nos sentamos pude ver sus tatuajes por todos lados, las palabras en su cuerpo. Las frases al azar estaban escritas dentro de su propio rango de visión, para que sea ella la destinataria de su lectura. No había tinta en el cuello, ni en los hombros. Todo concentrado en la parte baja de sus brazos. Sus dedos, sus manos garabateadas en cursiva, eran anotaciones como de agenda. &amp;nbsp;Se frotaba la palma izquierda sin parar, en un ir y venir frenético.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le pedí que me mostrara que decía su mano. Me la ofreció despacio, llena de su saliva y sus mocos. “LOVE”, rezaba la piel mojada; el verde azul de las letras brillando aún más con el sol de la mañana. Pasé mi mano por su cabeza para darle tranquilidad y un mechón violeta se enredó en mis dedos. Su voz de nena ya resonaba en los techos de la iglesia, pedía perdón mirando al cielo. Repetía sin parar que, una vez más, había olvidado de quererse.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6990862736143893457'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6990862736143893457'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2022/04/tres-veces-soledad.html' title='Tres veces soledad'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-4836209973732299730</id><published>2022-04-02T15:45:00.003-04:00</published><updated>2022-04-02T16:11:15.007-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Cisne negro</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;Me da vergüenza decirlo, pero este último tiempo ando imaginando cosas. Puede que sea la edad, los nervios del trabajo, no sé. La cuestión es que me hago la película constantemente, me enrosco con cualquier cosa, veo amenazas, peligro en cada esquina. Andate un tiempo, me dijo la psicóloga. Desconectate, salí. Por eso vinimos a Cancún. Para descansar y cargar las pilas, para ver si se me van estas pavadas de la cabeza. Las vacaciones son seguras. ¿Qué te puede pasar cuando estás de vacaciones?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Veníamos bien. Contentos, tranquilos, durmiendo hasta tarde, la semana ideal. Hasta que se acabaron y tuvimos que volver.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es domingo a la tarde en en el aeropuerto de Cancún. Estamos esperando la salida del vuelo de vuelta. La gente bosteza, come porquerías, algunos se retuercen buscando confort en las sillas duras que se alinean frente al mostrador de embarque.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Voy al baño solo para escaparme, para que el tiempo se consuma de alguna manera. Vuelvo al rato despacio, esquivando a los que están tirados en el piso, a los que cargan el teléfono apoyados contra la pared y me quedo mirando una revista en uno de esos puestos que hay por ahí. Compro pastillas de menta y una botella de agua. Termino de pagar y escucho el anuncio del embarque. Me doy la vuelta con mi bolsa, y con el apuro, me choco con un tipo con una mochila colgada del pecho. Le digo “sorry”, pero me mira indiferente. Está con otros dos. Uno tiene barba sin bigotes, el otro va rapado con un gorro de esos blancos que parecen tejidos al croché.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hablan difícil, en un idioma que no entiendo. Las jotas raspan filosas en sus palabras, y las sílabas que usan, están llenas de eles, de bes y son todas con a. No se ríen, incluso parece que discutieran. El rapado del gorro lleva su boarding pass apretado en la mano, junto a un libro chiquito de hojas doradas. ¿Árabes en Méjico?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ya pasó el grupo 2 cuando llego a la puerta de embarque. Ahora llaman al 3, al 4 que es el nuestro. En la cola para subir, justo adelante, una señora con un carry on de marca espera con las manos en los bolsillos del jean. Tiene el pelo recogido en una cola, zapatillas caras y una campera corta de seda con un cisne negro bordado en la espalda. Se voltea al vernos llegar y sonríe. Yo mientras tanto ordeno las tarjetas de embarque y le pido a mi hijo que, por el amor de Dios, deje de usar el teléfono. “Qué cosa esto de los controles para entrar a Estados Unidos”, le digo para sacudirme los nervios, mientras avanzamos despacio. “Está cada vez peor. Lo hacen por la droga ¿Ustedes viven allá?” “Hace más de veinte años ¿Vos también?” “No, no. Yo aquí, en Cancún.” “Ah. ¡Qué lindo! ¿De qué trabajás?” “Soy traficante.” Se quedó seria un momento y siguió. “Esta valijita, así como la ves, va llena de coca.” Quiso hacer durar el chiste, pero se tentó de golpe. “Soy medica, cardióloga. Trabajo en el Hospital Central.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me río con ella y busco refugio en mi teléfono solo por vergüenza ajena. Como si uno estuviera para estos chistes. Después miro en puntas de pie, busco, me doy vuelta, pero ya no veo a los árabes por ningún lado. Quizás viajan en otro vuelo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me los encuentro arriba del avión, los tengo a los tres sentados justo en la fila de atrás. El de barba mira por la ventana, el de la mochila va en el medio, y todavía la tiene colgada en el pecho, el del gorro me mira serio. Acomodo mi bolso arriba y mi mujer me reta porque no puedo sacarles la vista de encima. “Correte”, le digo, “en el pasillo me quiero sentar yo.” La gente pasa y el avión se llena de a poco. Una chica me choca sin querer, un pibe viene con la máscara mal puesta y una señora de ojos grises me pide ayuda para subir su equipaje del otro lado del pasillo. Me dice gracias con acento y se sienta en la ventana. Llega después una pareja, ella es linda y joven, mucho más joven que él. Parece la hija.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El avión rueda camino de la cabecera mientras se alinean los respaldos y se terminan de abrochar los cinturones. En un asiento del pasillo, tres filas mas adelante, la de la campera del cisne no para de textear cuando ya no se puede. La señora a la que le subí la valija mira su teléfono medio escondida. ¿Están hablando entre ellas? Las dos siguen, como si nada, mientras los motores del avión se enroscan y rugen camino al cielo. Ya estamos en el aire cuando por fin la de la campera guarda el celular en el bolsillo. Tengo que bajar la paranoia ¿Y si son amigas y hablaban entre ellas, que? ¿Qué pasa? ¿Revienta el mundo?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La nave sube, trepa, se sacude por momentos y gira en redondo hacia el oeste. El último sol de la tarde ya no tiene luz y se guarda en el horizonte. La pantalla de mi asiento pasa un anuncio de una tarjeta de crédito que regala millas. Mi hijo ya duerme adentro de sus auriculares gigantes y mi mujer busca películas en su monitor.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando por fin pasamos las últimas nubes, se apaga la señal de cinturones y el avión se nivela. Un comandante de abordo corre la cortina que separa la business y una azafata con un cárdigan azul pasa repartiendo auriculares.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora el capitán nos da la bienvenida, nos cuenta la ruta, dice que esta re lindo para volar. Antes del “relax, enjoy your flight”, nos cuenta que ya estamos en territorio americano. USA dice. Que si miramos por las ventanas de la izquierda podemos ver el golfo de Mexico y como el Río Grande se recorta en el continente. Si los árabes hubiesen querido volar el avión ya lo hubieran hecho. Estamos en Estados Unidos, el avión es de American.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Busco las pastillas que compré y ofrezco a los que tengo cerca. Del otro lado del pasillo, la chica joven acepta, también su novio, la señora a la que le subí la valija estira la mano por sobre ellos dos, pero empieza a temblar sin parar. Cae hacia atrás y golpea su cuerpo contra la pared de su ventana, convulsiona sin control, los ojos se le dan vuelta y pierde el sentido. Somos varios los que apretamos el botón azul de arriba de nuestro asiento. La chica linda grita “HELP”, la gente se da vuelta para ver qué es lo que pasa.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llega la azafata del cardigan azul, el que acaba de correr la cortina trae un maletín rojo para emergencias. Mientras mis vecinos salen disparados de sus asientos, los tripulantes se meten arrodillados. &amp;nbsp;Sacan un tubo de oxígeno, guantes y una máscara amarilla de goma. El altavoz pide por un médico en el pasaje.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una señora levanta la mano bien adelante, pero mi amiga de la campera del cisne negro llega primera. “I’m a doctor”, dice y se arremanga. ¿Estará arreglado esto? Una escena para distraer. Ella se descompone, la otra la atiende, el avión baja y ¡pasan la droga de la valija! Si me lo confesó abajo. A ver, a ver. ¿Quién va a ser tan elemental de contarle al primer pelotudo que se le cruza que está traficando droga? Pobre señora, está re mal y yo viendo fantasmas otra vez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los árabes se paran en sintonía, al parecer el de la mochila quiere ir al baño, ¡o eso intentan hacernos creer! Va para adelante, hacia el toilette de la business. Pasa la cortina como si nada. ¡Claro! no hay nadie que lo pare. Todos los tripulantes están ayudando. ¿Por que no la dejan sola y hacen su trabajo? ¡Es cardióloga! Entretanto la doctora hace preguntas, ilumina los ojos grises de la señora con una linterna chiquita y espera los resultados del medidor de presión. En la fila de atrás quedó el barbudo de la ventana. Ahora es el rapado del gorro de croché el que se abre paso hacia el fondo del avión. ¿Y este? ¿Para qué va para atrás?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;¿Soy yo el único que parece atento a todo? ¿Serán solo mis miedos? Tienen que ser. La mayoría duerme o mira la tele, algunos comen, otros conversan parados en el pasillo. Esos se ríen. Si se ríen no están preocupados. Si el capitán estuviese preocupado hubiera encendido la señal de los cinturones ¿Y si son terroristas y estos no se dan cuenta? Qué suerte que esta señora era médica, ¿no? le digo a mi mujer, para distraer mi cabeza. Me dice que si, me da su mano fría. Esta emocionada por la película que mira y las lágrimas se le escurren por debajo de sus anteojos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La doctora le dice algo a la azafata del cardigan azul. La tipa se para y sus tacos repiquetean diligentes camino de la cabina. ¿Qué le dijo? ¿Estará todo bien? El avión comienza a bajar antes que la chica vuelva y la voz del capitán dice que tenemos que parar en Texas. Texas, ¿no te digo?. Justo por donde se entra toda la droga. Nos están haciendo bajar a propósito ¿Y si los árabes las están ayudando? No hay árabes narcotraficantes. Fundamentalistas o nada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora todos, por fin, toman conciencia del problema mientras el avión desciende sobre territorio americano. ¿Ahora se preocupan?, ¿ahora aprietan el botón de la azafata? La vengo viendo hace una hora. Están arregladas, ¡no cabe duda!&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las azafatas repiten el mismo discurso una y otra vez. “En el avión la autoridad máxima es la del comandante. Si el considera que tenemos que bajar, es su decisión. ¿Qué pasaría si fuese usted? Asegúrese de que su máscara también le cubra la nariz. Cierre la mesita, por favor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mirá, justo la señora recobró el conocimiento para llegar ¡Qué casualidad! Ya se curó. Se estaba por morir y se curó de golpe. La doctora le dejó la máscara de oxígeno para disimular ¿Nadie se da cuenta de que los árabes no volvieron a sus lugares?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se abre la puerta en la manga, suena la señal de cinturones y se prenden las luces, pero nos piden que nos quedemos sentados. Suben dos paramédicos extra large con una silla de ruedas para aviones que no vi en mi vida. Entre los dos sacan a la señora de su lugar y la sientan en la silla angosta, finita como el pasillo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Avanzan despacio, mientras algunos le dicen “good luck” y otros aplauden. ¡Nos están metiendo falopa de contrabando y estos boludos aplauden! ¿No hay marshalls en este avión? Al pasar por el lugar donde estaba sentada, la doctora de la campera del cisne negro saca su carry on del compartimento superior. El grupo entero pasa la cortina de la business, cuando el rapado del gorro de croché pasa rápido por al lado mio. En ese mismo momento, adelante de todo, el baño se abre y el otro árabe de la mochila invade el pasillo. Quedan atrapados en el medio, el árabe del gorro de un lado, el de la mochila del otro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“FBI” grita el de adelante y levanta un emblema dorado para que todos lo vean. En la segunda mano tiene un revolver, pero no apunta. El del gorro se acerca rápido, saca a los paramédicos del medio y esposa a la doctora“¿Se puede saber que significa esto?” grita la señora mientras retuerce sus brazos atados. “I need to go to the hospital”, se queja la “enferma” mientras el de la mochila la arresta también.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El último de los árabes, que había quedado en la ventana de atrás, se para despacio y junta sus cosas. Tiene el mismo emblema dorado enganchado en el cinturón. Me pasa por el costado y me guiña el ojo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al llegar a la puerta usa el micrófono que le alcanza la azafata. “Perdón por las molestias”, dice y se pierde por la manga con los demás.&lt;/p&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/4836209973732299730'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/4836209973732299730'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2022/04/cisne-negro.html' title='Cisne negro'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-6628888960859969281</id><published>2021-12-22T11:25:00.005-05:00</published><updated>2021-12-22T11:35:17.689-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Azúcar</title><content type='html'>&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Este relato de Navidad fue publicado en la web de Suburbano el 20.12.2021 - &amp;nbsp;link de la publicación original&amp;nbsp;&lt;a href=&quot;https://suburbano.net/azucar/&quot;&gt;https://suburbano.net/azucar/&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Faltan solo dos días para Nochebuena y hace algo de frío en Miami. La tarde del viernes se cierra rápida y miles de luces chiquitas ya se encienden en los árboles, en cada balcón y en los techos de las casas, anticipando la celebración.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dani García acaba de bajar del bus de la escuela que lo trae a su casa desde el sur de la ciudad. Camina desganado, con sus zapatillas caras, desatadas a propósito, y una mochila repleta de libros a cuestas. Va con un buzo azul que le queda enorme, de esos como de canguro, las manos guardadas en el único bolsillo central. Su cabeza cubierta por la capucha se mueve despacio, al ritmo que le proponen unos auriculares inalámbricos. Tiene poco más de 14 años y anda enojado por momentos, contento de vez en cuando y frustrado con la vida; su mamá dice que es por la edad, pero él no está del todo convencido. Se puso alto de golpe, le crecieron las manos, le cambió la voz y los pantalones del uniforme le quedan cortos desde hace rato. Usa el pelo largo, despeinado con intención y está seguro de que le gustan las chicas. Quisiera tener novia, pero le cuesta animarse.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como cada tarde, camina dos cuadras de más solo para pasar por el &lt;i&gt;7-Eleven&lt;/i&gt; y comprarse algo; una dona con azúcar y un &lt;i&gt;Slurpee&lt;/i&gt; hacen que la vuelta a casa se vuelva más llevadera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Happy Holidays!”, le dice la cajera cuando se acerca para pagar. Dani se baja la capucha, sonríe sin ganas y silencia sus auriculares por educación. No la conoce, debe ser nueva, piensa. Una señora mayor, bajita, con anteojos de mucho aumento que le agrandan los ojos azules. Está sentada en una banqueta alta, usa un collar de cuentas rojas y verdes, y una vincha con los cuernos de un reno hechos de pañolenci. No para de sonreír mientras escanea la compra y tararea la canción de Navidad que suena en los parlantes. Tres con cincuenta marca el display y ella lo señala con el dedo. Dani paga con un billete de cinco dólares y espera el vuelto. “¿Quieres donar el cambio para un niño que no tenga un regalo de Navidad?”. Dani se queda pensando por un momento, después revolea los ojos y asiente con la cabeza mirando para otro lado. Levanta el vaso con una mano y se pone la dona en la boca para guardarse la billetera con la otra. “¡Ay mi cielo, muchas gracias! ¡Qué nice!”. Dani mastica un “you’re welcome” sin mucha convicción y se acomoda la mochila saltando en el lugar. “¡Ojalá todos los niños fueran como tú! Toma, mira: un cupón de regalo para estas Christmas. Con eso te dan tres donas y una bebida. Una soda, un café, lo que tú quieras. O un sandwich de desayuno; pero a ti te gustan las donas, ¿verdad?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dani agarra el cartón, vuelve a dejar el vaso en el mostrador y se suelta la mochila de un lado para correr el cierre. Lo mete entre dos libros. “Solo lo puedes usar en la mañana del día de Navidad. Ahí lo dice, hasta la 1pm. Oye, mi vida”, sigue la señora mientras le entrega el recibo, “ya que estás aquí y eres así de bueno, ¿no me ayudas con unas cajas del depósito? Son muy pesadas para mí”. Dani se acomoda el pelo, no sabe cómo decir que no. Le da un mordisco a la dona y avanza como un autómata, a la par de la cajera, que ya camina hacia el fondo del local del otro lado del mostrador.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se encuentran cuando termina la división y la señora es todavía más baja de lo que parecía. Dani la mira desde arriba, se tienta cuando los cuernos de reno le tocan la cara.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“A ver, mi vida, es por aquí”. La señora sigue un poco más y dobla a la derecha, entre unos tubos de gas para inflar globos, hasta dar con una puerta doble. La música cambia y ella mueve la cabeza con cada Merry Christmas que le canta Dean Martin. Después acerca su cara al tablero digital y achina sus ojos. Dani se para a su lado y espera, le da otro mordisco a la dona, chupa el &lt;i&gt;Slurpee&lt;/i&gt;, mira hacia arriba y resopla; quiere llegar a casa para jugar a la play y el tiempo no hace más que escurrirse. La señora marca cuatro, seis, ocho números, con infinita paciencia; la puerta zumba y la traba se libera por fin.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Son esas cuatro que están en el piso”, dice y se acomoda los anteojos. Se queda sosteniendo la puerta con su cuerpo, con sus manos en la cintura, los brazos en jarra. Dani apoya el vaso en un estante cualquiera y termina la dona de un solo bocado. Sacude sus manos entre sí y se agacha en busca de la primera caja.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“¿Tienes novia?”, dispara la señora que no para de sonreír. Dani solo sacude su cabeza y avanza con la caja en brazos. “Déjala al lado de los tubos para hinchar globos. Pero ¿cómo puede ser?, ¡un chico tan handsome como tú!”, le grita para que la escuche. &amp;nbsp;“¿Y la muchachita esa que a veces viene contigo?”. “Es una amiga”, dice Dani seco. Las pocas ganas de hablar que tenía, acaban de extinguirse, y la frustración esa que le viene de a ratos, lo invade de repente. Ya tiene la segunda caja en la mano y pasa rápido por al lado de la señora. “No me refiero a la de rulos que viene en el bus contigo. Yo digo una rubia alta, muy bonita. Te he visto con ella hablando en el &lt;i&gt;Starbucks&lt;/i&gt;.” Dani se la queda mirando, sacude la cabeza y cierra los ojos. “Mira, voy a buscarte otra dona de esas que te gustan a ti, a ver si te animas y me cuentas”. La señora sale disparada y vuelve con una espolvoreada de azúcar, envuelta en una servilleta. “Toma, mi cielo. Deja las cajas un momento y dime, ¿qué fue lo que pasó?”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dani la da un mordisco, toma un poco más del líquido celeste y se apoya contra una pared. “No pasó nada. El único problema es que a ella también le gustan las chicas.” Levantó las cejas otra vez, resopló, se acomodó el flequillo y se rio sin ganas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Ay, mi cielo. Y tú te habías enamo…”. &amp;nbsp;La señora se tapó la boca con las manos y no dijo más. La cara de Dani se puso roja de repente, se quedó mirando el piso, pateando una caja, mirando cómo se movían los cordones desatados. “No te preocupes, corazón. Con tanta muchacha bonita que anda por ahí. Ya verás que alguna aparece”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El pibe se la quedó mirando no muy convencido, comió lo que le quedaba de la dona, se chupó los dedos y fue en busca de una caja más. “Ay mi niño, disculpa que sea tan metida ¿y la morena esa que te espera aquí, sentada en el banco de cemento?”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dani ya tenía la tercera caja cargada y el flequillo le tapó los ojos cuando se detuvo a escuchar. Se lo sopló hacia arriba y sacudió la cabeza para atrás para que el pelo no le molestara. “Yo no conozco a ninguna morocha”, dijo seguro. “No me pares bola, quizás soy yo la que está confundida. Estoy medio vieja, sabes; no me hagas caso. Mira, con la conversación se nos fue pasando el tiempo y ya solo te queda la última. De verdad mi niño, muchas gracias. ¿Te guardaste el cupón que te di? Ven por tus donas antes de la 1. Toma, no te olvides el vaso. Bye corazón, gracias de nuevo ¡Merry Christmas, mi cielo!”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;***&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;Dani se despertó pasadas las 12 el día de Navidad. Había dejado la cortina abierta y el sol le pegaba en la cara. Toda su familia se había acostado después de las tres de la mañana. Sus hermanas dormían todavía, sus padres seguían en su cuarto hablando bajito para no despertar a nadie. “Merry Christmas”, escuchó que le decía su mamá al pasar por su puerta. Dani solo levantó la mano como respuesta y fue hasta la cocina. Se sirvió un vaso de leche fría y se lo tomó en dos tragos. Miró uno, dos videos en el teléfono, hasta que la batería se le acabó de golpe. Entonces lo revoleó arriba de la mesa y, una vez más, se sacó el pelo de la cara. Buscó cereales, pero no encontró. Manoteó un pan de la noche anterior y un poco de queso que había quedado con otras sobras. Se quedó masticando, apoyado contra la mesada de la cocina. Miró, sin querer, el reloj del microondas: 12.45pm. ¡Las donas! Un jogger, la remera del día anterior, las zapatillas de los cordones desatados. No se lavó los dientes, no se peinó, ni siquiera se puso desodorante. Buscó el cartón en la mochila y, sin mirarlo, lo dobló en dos partes y se lo metió en el bolsillo del pantalón. Salió disparado con la bici, mirando la hora una vez más, contento, pedaleando como un loco.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al llegar encontró el local cerrado. Un solo auto en el parking frente al &lt;i&gt;7 Eleven&lt;/i&gt;. “It’s Christmas”, dijo y golpeó el manubrio. “Fuck that old bitch”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Are you Dani?”, le dijo una chica que estaba sentada en el banco de cemento. Un hoodie de otro color, los jeans ajustados y unas Converse azules, gastadas y también desatadas. “Abuela me pidió que te trajera these doughnuts”. &amp;nbsp;Sacó una caja blanca de cartón de la mochila y la dejó sobre el banco. “I thought you wouldn’t make it”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dani dejó la bici en el piso y se acomodó el pelo por enésima vez. Sacó el cupón del bolsillo y esta vez sí lo leyó con cuidado. Las letras doradas seguían todas ahí. Era una promoción de Navidad de una casa de muebles: -50% OFF &amp;nbsp;– NO PAYMENTS FOR A YEAR- . “The GOAT”, dijo para sí mismo y sonrió fácil por primera vez en muchos días. Se sentó junto a la chica. “Merry Christmas”, le dijo ella y abrió la caja. Dani se sopló el pelo para arriba, se puso colorado como siempre y, sin sacarle los ojos de encima a la morocha, agarró una dona llena de azúcar.&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6628888960859969281'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6628888960859969281'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/12/azucar.html' title='Azúcar'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-6129465803372260427</id><published>2021-12-07T16:07:00.012-05:00</published><updated>2021-12-07T16:31:21.168-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>38 horas</title><content type='html'>&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Esta es la versión original del cuento que publicara, en inglés, University Press en la antología&amp;nbsp;&lt;b&gt;&quot;Home in Florida - Latinx Writers and the Literature of Uprootedness&quot;&lt;/b&gt;, editada por la gran Anjanette Delgado.&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Todavía me cuesta creer que un cuento mio se acomode ahí, pegado y abrazado con los de todos estos fenómenos. La descripción completa del libro, sus autores y lo que significa la literatura del desarraigo, en este link:&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://upf.com/book.asp?id=9781683402503&quot;&gt;https://upf.com/book.asp?id=9781683402503&lt;/a&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;.....&lt;/p&gt;&lt;div class=&quot;separator&quot; style=&quot;clear: both; text-align: center;&quot;&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p&gt;El stretcher rueda por los pasillos del hospital camino al quirófano. Sus ruedas grandes se deslizan silenciosas sobre el piso de hule que brilla de tan limpio, de tanta luz LED.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Voy lleno de cables, reclinado hacia adelante, casi sentado como en esas propagandas de colchones inteligentes que salen en la tele cada dos por tres. Tiro un poco de la sábana para taparme las piernas y después me acomodo la bata del hospital con las dos manos, casi como si fuese un blazer, en un esfuerzo estéril por intentar lucir lo menos enfermo posible.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las sonrisas de compromiso y los pulgares arriba se repiten calcadas en cada corredor, mientras mi camilla corre ágil a su destino por las entrañas del edificio. Mi mujer camina a mi lado y sonríe de vez en cuando. Tiene las manos heladas. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hace 36 horas me dijeron, en inglés, que tenían que operarme de un tumor y, aunque parezca mentira, estoy tranquilo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es una calma curiosa la mía. Es esa calma del equilibrio justo entre el caos y la quietud, o como la de esos días de pleno sol, sin viento, horas antes de un huracán. Si fuese un poco mas snob, diría que es la paz de estar presente. Yo estoy bien, con lo justo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;¿Uno deja de ser extranjero cuando logra sentirse seguro en un hospital? ¿Aunque no recuerde el nombre del doctor que lo va a operar? Todavía guardo imágenes difusas de los hospitales de Buenos Aires. Llevo impregnado ese olor a enfermedad de los pasillos, mis fantasmas de niño, la antesala de otras operaciones, esas sábanas que no eran las mías y el “quedate tranquilo” de mi mamá.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No le conté nada a mi vieja ¿Para qué? ¿Para que se angustie a cuatro mil millas?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Te llamó alguien? —le pregunto a mi mujer porque ya no tolero el silencio. Me quedo sin respuesta. Ella va sumida en lo suyo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El stretcher rueda y rueda por corredores idénticos, calcados, interminables. Gente sana, gente enferma, sillas de ruedas, muletas, familias de visita y un doctor con una lata helada de Diet Coke. Laboratorio, Rayos X, Traumatología, Diagnóstico, Oncología, Oncología, Oncología, Oncología.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Muestras de arte infantil inundan las paredes. Pienso en mis hijos, en las cosas que aún les quedan por vivir ¿Podrán sin mí?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las puertas se abren automáticas al ritmo del swipe de la credencial de mi conductor.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No le voy a desear buena suerte porque no la necesita — me dice en su inglés bien de Miami mientras esperamos el ascensor. Se acomoda la cofia descartable que contiene su pelo y vuelve a verificar la información en mi pulsera. &amp;nbsp;—Suerte necesitan los que no tienen la seguridad de estar con los mejores — sigue con el discurso estudiado, pero yo ya no quiero escuchar más.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Suelo ser proclive al small talk. Charlo con Uber drivers, en salas de espera y hasta con desconocidos en la cola del supermercado, pero hoy solo siento mis dedos cruzarse instintivamente para evitar las malas vibras. Me acecha mi fetiche latino, el ritual de la vela encendida, la virgen y las tres persignaciones. Busco la cruz en mi pecho desnudo, pero todos mis amuletos quedaron en el cuarto, con mi ropa, con la alianza. Voy solo y sin protección, con mis cábalas instauradas en mi ADN, como en los aviones con turbulencia, como en el examen de ciudadanía, como esa vez que un cuñado de turno me regaló un ramo de flores minutos antes de que naciera mi hija.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por fin llega el ascensor y el camillero maniobra el stretcher marcha atrás pegando fuerte contra una de las paredes de metal. &quot;Menos mal que este no me opera&quot; pienso y me río solo como un tarado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Sabe por qué entramos hacía atrás?¿Por qué me paro junto a usted? — dice y se acomoda a mi lado. —Si hubiese una emergencia, o fuego aquí dentro, yo tengo que empujar para salir. Si alguien queda entre la camilla y la puerta puede morir aplastado. Aquí todo está pensado por seguridad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Sos de acá? —pregunto porque ya no soporto una nueva posibilidad de muerte. Mi mujer revolea sus ojos y tuerce la boca como cada vez que hablo por hablar. —Born and raised, pero mis padres son cubanos —. Cuando le confirmo que soy argentino dice algo más del asado, que estuvo en Buenos Aires una vez cuando era chico, pero las puertas se abren otra vez y vuelvo a convertirme en un paciente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Más pasillos, el mismo piso de hule, ya no sé muy bien dónde estamos. - SURGERY - AUTHORIZED ACCESS ONLY, dice el cartel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;— Nombre y fecha de nacimiento— dispara una chica mientras estaciono una vez más en un cuarto sin puertas ni ventanas y el elenco médico se renueva como si hubiese un cambio de turno. El último en entrar cierra la cortina. Es un petiso musculoso, con un sombrero de Peanuts y un iPad lleno de stickers —¿English? ¿Español? Soy el anestesista — dice con una sonrisa de customer service. —¿Cómo se siente?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El tipo arranca en español, pero cambia de idioma sin darse cuenta entre “so” y “so”. Yo solo firmo papeles que no leo. Son muchas instrucciones, demasiadas preguntas para mi inglés que todo lo entiende, pero que no tiene alma y nada sabe de sentir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—We are ready— dice una enfermera por fin y todos se alejan un poco. Los pulgares arriba, las sonrisas, todo se repite. A mi mujer le dan un buzzer como el de los restaurantes y le hablan al oído. Ella pregunta. —No más de dos horas —le dicen. El stretcher rueda una vez más. Yo digo chau y no la miro. Si la miro, llora.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El quirófano parece un estudio de televisión de tanta pantalla, o quizás es igual a todos los quirófanos de este país. Se escuchan voces en español y suena de fondo un reggaeton lento, estoy seguro porque sonrío casi sin querer y todavía no me drogaron. Busco al doctor que acabo de conocer, pero no lo reconozco entre tanta cara cubierta y tanto gown monocromático.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tranquilo bud, we’ll take care of you. A bit of a warm feeling, no te preocupes que es normal. Now relax, deep breath, will see you in no time.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por tierra los fetiches, enterradas las cábalas. Quiero hablar pero no puedo, ni siquiera en español. No rezo, no quiero, no creo. Ya no pienso ¿Para qué? Se van las pantallas, el ruido, la gente y las luces se bajan lentas, sin apuro. Entonces no queda mas que cerrar los ojos y esperar. Cómodo, tibio. No sé si será muerte o vida, no debería darme igual. No logro darme cuenta cuál de las dos es la más difícil.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6129465803372260427'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6129465803372260427'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/12/38-horas.html' title='38 horas'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-8182665647633344380</id><published>2021-10-12T15:41:00.009-04:00</published><updated>2021-11-23T17:20:47.387-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Charito</title><content type='html'>&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: arial;&quot;&gt;🅴 Contenido explícito&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al poco tiempo de cumplir catorce, fuimos con unos amigos a debutar a un sauna que quedaba en la calle Campichuelo. Nos convenció Dieguito Baygorria durante el verano; tenía el dato porque ya había ido con un primo más grande. Nos dimos la mano, nos juramos discreción y fijamos la fecha para el último lunes antes de empezar las clases. Como no teníamos un mango y no queríamos pedir para no levantar la perdiz, se nos ocurrió lavar coches ofreciendo el servicio por el barrio. Lavamos un montón durante dos semanas, hasta juntar lo necesario.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con la guita repartida en partes iguales, nos tomamos el tren vestidos de grandes, los cuatro con el mismo perfume y el pelo mojado. En casa dije que iba al cine con los pibes y unas chicas del colegio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dieguito viajaba sobrado, el codo en la ventana abierta, contestando preguntas y evacuando nuestras dudas de último momento. “Es como un club privado” decía, mirando para afuera, mientras se acomodaba el pelo que no paraba de volarle en el viento. “Pagamos en la puerta y nos dan un llavero con fichas de colores. La ropa queda toda en en un vestuario. Salimos en bolas, con la toalla atada alrededor de la cintura, directo al salón principal. Descalzos no, te dan ojotas. Cada ficha del llavero vale por una consumición. Jugamos al pool, se puede mirar la tele ¿Qué partido, tarado? Películas porno pasan, sin sonido. No se ve un carajo, mucha luz roja y esa violeta; luz negra, como de bailar. Hay música, un bar y las minas están todas en bikini dando vueltas.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nos bajamos en la estación Caballito a pleno sol. Apurando el paso, caminamos cuatro cuadras hasta el parque Rivadavia y lo cruzamos en diagonal. “Depende”, seguía explicando Dieguito cuando ya estábamos por llegar. “Si no querés, no decís nada. ¡No te la tenés que levantar!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo mismo toqué el timbre a las cinco en punto. Como no contestaba nadie, Dieguito tocó de nuevo y después golpeó. Se escucharon unos ladridos, un “ya va” desganado, un pasador, y la puerta doble crujió libre. Nos recibió un tipo con la camisa abierta, el poco pelo despeinado, en chinelas y un cigarrillo sin encender en la boca. A su lado un perro de esos marrones de la calle, de patas cortas y orejas levantadas. Miraba interesado de un lado al otro, como si entendiera la conversación. “Pueden pasar”, dijo el tipo al final y se peinó para atrás con una mano, “Tienen que esperar, las chicas recién llegan a las seis.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los pibes pasaron primero, a mí me retuvo el perro, que me olía, daba vueltas y no me dejaba pasar. “Charito”, le gritó el pelado de lejos y los dos se perdieron por un pasillo. En menos de cinco minutos, salimos al salón vestidos de romanos. Nos resaltaban los dientes en la oscuridad, las toallas deshilachadas parecían nuevas bajo la luz negra. Las teles arriba de la barra ya pasaban las películas que había anticipado Dieguito. Empezaron a sonar los Bee Gees, giró la bola de espejos, cambiamos una ficha por un whiscola y nos pusimos a jugar al pool.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Bien seguros, con las minas encerradas en los televisores, jugamos la revancha. Otra ficha, otro whiscola, un brindis y más pool. Hasta que sentí un perfume que venía de atrás y una mano tibia me acarició la panza. Me di vuelta rápido, con el pito parado y la toalla a medio colgar. Me encontré con las tetas más grandes que había visto en mi vida. No vi nada más. Metí la cara ahí, en el medio, hasta sentir el calor intenso en las orejas, igual a ese que te dan las almohadas de cuello, que la gente usa para dormir en los aviones.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La tipa bailaba o se movía. Y yo me movía también. Sentí los dedos, sus pulseras tintinear, las uñas largas enmarañarse en mi pelo mientras yo seguía ahí, agarrando una teta, después la otra, prendido como un ternero.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me dejó un rato más, me separó con cuidado y me susurró en el oído: “Me llamo Marita.” Me sacó del salón de la mano, y agarró a la pasada mi llavero multicolor. Nos perdimos por otro pasillo, hasta entrar en un cuarto chiquito, lleno de cortinas, más luces rojas, humo y olor a incienso. Me tiré boca arriba en una colchoneta sobre el piso alfombrado y ella se arrodilló a mi lado, soltándose el cordón de la bikini de un lado, hasta quedarse solo con una camisola de gasa, transparente y negra, como su pelo. No me acuerdo de su cara, guardo el perfume, el destello del glíter, su aliento a cigarrillo y alcohol, el tacto ininterrumpido, liso y sin marcas, ese de la piel que es joven.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Marita me acariciaba, me acercaba de nuevo las tetas. No me alcanzaban la lengua, las manos. Me faltaba el aire, me deshidrataba a medida que la sangre se concentraba en mi pito primerizo. Me lo veía enorme, más rojo que nunca; brillante, aceitado, a punto de reventar. “¡Qué lindo este panchito bien listo”, ronroneó con voz afónica y se lo metió en la boca. El calor se ahogó en su saliva, en sus manos que frotaban, que me tocaban por todos lados. Temblé de frío y me volvió el calor, hasta que abrí los ojos para intentar que todo durara un poco más. Me lo encontré a Charito mirándome de frente, moviendo la cola, jadeando con la lengua afuera. Su pito finito goteando, más parado y más brillante que el mío.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De golpe ya no sentí la lengua, se fue el calor, el frió, el temblor. Cedió la presión, la magia por completo. “¿Qué pasó? dijo Marita secándose la boca con el dorso de su mano ¿Te asustaste mi vida?” “El perro”, alcancé a decir señalando al vació, recostado sobre mis codos. La cortina se movía y Charito ya no estaba. “¿Qué perro? ¿Cuánto whisky tomaste?” La voz de Marita había vuelto a ser la de ella y ya se parecía bastante a la de mi maestra de historia de cuarto grado. “Si me ayudás, el panchito levanta”, dije y me reí. No había tiempo para chistes. “Hasta acá llegó mi alma, corazón”, dijo Marita y se cerró la camisa por sobre sus tetas enormes. “Picá, pendejo. Tomatelás”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con los cachetes colorados de bronca, encaré el pasillo. Pasé por dos, tres puertas, desorientado, hasta encontrar el vestuario. Sin ducharme, me vestí lo más rápido que pude. Gané la calle acomodándome la remera, chancleteando las zapatillas desatadas. No era de noche, aunque la tarde ya se cerraba rápido mostrando las primeras estrellas. Me quedé masticando angustia, apoyado contra un poste de luz. Después leí los carteles de la calle, fui hasta la parada del colectivo, hasta la esquina, a mirar discos por la vidriera de un negocio cerrado.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esperé en el umbral de al lado, sin mucha noción del tiempo que faltaba para que salieran los demás. La puerta de madera crujió una vez más. El pelado lo sacaba a Charito a pasear, atado a una correa. Me paré rápido para esconderme en el rellano. Pasaron por adelante mío, camino de la esquina y, al percibir mi presencia, el perro amagó a acercarse. El viejo no me vio, lo enderezó de un tirón y se alejaron unos metros. Bajé el escalón sigiloso para darle un voleo al perro y salir corriendo. Se lo merecía, por hijo de puta, por cagarme la noche de esa manera. Me acerqué lo más que pude y tiré mi pierna para atrás con tanta fuerza, que me pisé los cordones en el intento y caí de culo en la vereda.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me arrastre dolorido como pude al mismo umbral y creo que lloré de dolor, o de rabia, no sé. Al rato salieron los chicos abrazados, a pura carcajada. Me encontraron ahí sentado. Uno se acomodó junto a mí y me palmeó el muslo dos veces. Siguieron hablando de lo buena que estaba la brasileña, de las gemelas, de una tal Moira. “¡Qué linda la tetona tuya!” dijo Dieguito y todos asintieron al unísono “¿Cómo se llamaba?”. Me quedé pensando por un momento y los demás esperaron en silencio. “Charito”, les dije seguro. “La mía se llamaba Charito”.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/8182665647633344380'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/8182665647633344380'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/10/charito.html' title='Charito'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-4437223838844765335</id><published>2021-09-20T15:17:00.003-04:00</published><updated>2021-09-21T21:14:52.138-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>El sibarita</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;&quot;Milanesas de soja comimos ayer&quot;, me decía Fede Gastesi en el patio del colegio, mientras esperábamos que izaran la bandera. Desde la muerte de su papá se quejaba casi todas las mañanas. No era solo por tristeza, de alguna manera se había acostumbrado a que ya no esté; pero con su viejo también se habían ido los viernes de restaurantes, los ravioles, y hasta el asado del fin de semana.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mamá de Fede solo pudo llorarlo un día. Después, con la tristeza a cuestas se metió en el consultorio a atender pacientes. Era médica, y abrumada por la responsabilidad y con el miedo impregnado en el cuerpo, decidió que los Gastesi fueran vegetarianos. De un día para el otro vendió la parrilla y nunca más compró un bife, ni pollo, ni siquiera pescado.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fede sufría, pobre; era sibarita, igual que su papá. Y eso de andar comiendo plantas todo el día, no le resultaba un tema menor. Ya desde chico se había acostumbrado al pan del día, al fiambre antes de la comida, a un postre que no fuera fruta. En cada recreo, mientras nosotros mirábamos revistas de autos masticando caramelos, el se compraba un pebete de jamón y queso y lo comía despacio, para que le dure lo más posible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Contaba que todavía seguía soñando con milanesas, con papas rejilla, que se despertaba en el medio de la noche transpirado y masticando aire. En los ratos en los que se quedaba solo en su casa, se preparaba tostados con el jamón cocido que se compraba a la vuelta y traía escondido en la mochila. O se caminaba diez cuadras, solo para comprar un pancho con mostaza en el bar de la estación. Pero su obsesión máxima era el asado. Lo había perdido por completo y lo extrañaba de verdad. Las costillas anchas, el vacío, los chorizos. Prender el fuego con su papá, poner la carne con cuidado, filetear las mollejas y ser el primero en probar ese pedacito recién salado, tan caliente que hasta valía la pena quemarse la lengua.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El viejo de Fede había sido constructor y, los fines de semana, lo llevaba a visitar las obras en las que trabajaba. En esa época, no había una sola obra sin asado. Se sentaban a almorzar con los albañiles, con una madera y un cuchillo para cada uno que guardaban siempre en el auto. Algunos días compraban la carne temprano, otras veces le dejaban dinero al capataz. “Comé despacio”, le decía su papá. “Respirá y disfrutá este momento que ya no vuelve.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al menos todavía le quedaba el comedor del colegio. No eran esos asados de la obra, mucho menos el de su papá de los domingos, pero comparado con las porquerías que comía en su casa, el menú era un lujo. Nos daban pollo con ensalada, pizza, pasta boloñesa y casi todos los miércoles, carne al horno con papas. Fede llegaba corriendo al mediodía, se sentaba cerca de la cabecera y elegía primero. Era gracioso verlo acomodarse la servilleta y comer despacio, igualito a como su papá le había enseñado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comedor, igual, tenía sus sorpresas. Cada dos o tres semanas aparecían, sin aviso, unos canelones de espinaca que eran un espanto. Cansado de tanta planta, Fede no corría riesgos y andaba siempre preparado. Bien temprano cada mañana, se tomaba el trabajo de caminar los seiscientos metros que separaban el patio principal del comedor, solo para que le contaran el menú. Esos días en los que había canelones, sacaba de la mochila un talonario de recetas (robado del consultorio de su madre), escribía que estaba con dieta de enfermo, ponía la fecha y falseaba la firma. Ni bien sonaba el timbre del recreo, corría hasta la enfermería y la hacía sellar. Así evitaba los canelones y, en cambio, se aseguraba un bife de cuadril con puré, y una manzana asada de postre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para no abusar de la estrategia y no pedirle plata a la madre, a veces vendía las recetas. Con la información de primera mano, se compraba un sandwich para el almuerzo y después dejaba los canelones. Tenía su clientela y se ganaba lo suyo. Le vendía a cualquiera, a todos menos a Celicorni.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Celicorni era un pibe con rulos del mismo año, pero del otro curso; lo veíamos en gimnasia y en mecanografía. Uno de esos que nunca tuvo nombre, que se sacaba buenas notas y no tenía amigos. Lo cargaban por el pelo, por tanto rulo. Oveja, le decían. El pibe quería comprar recetas pero, para Fede, era como si no existiera. Ni le contestaba. Un día nos quedamos los tres solos en una clase y no le quedó más remedio que hablar. “A vos no te vendo Oveja” le dijo seco, “ni aunque me la pagues el doble.”&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando nos quedamos solos le pregunté porque tanta bronca con el pibe. “El padre lo cagó a mi viejo.” No dijo más nada y se quedó mirando al vacío como si, de repente, se le hubiesen acabado las palabras. La oveja ya no preguntó, y yo tampoco.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un lunes de agosto, arrancó la construcción de uno de los edificios nuevos de la escuela de arte. Con los primeros ladrillos, los obreros no tardaron en improvisar una parrilla. El humo del asado empezó a aparecer en el recreo de las once y media. El olorcito de la carne se metía en el patio, en las aulas, en el puesto donde se vendían los sandwiches. &quot;¡Sentí!&quot;, decía Fede extasiado. &quot;¡Sentí qué maravilla!”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Día por medio lo tenía que acompañar hasta la obra solo para que pudiera ver el asado de cerca. La parrilla no era más que una reja levantada con tres ladrillos de cada lado y dos pedazos de carne. Fede estaba fascinado y se enojaba cuando yo insistía para que volvamos al patio. A mí solo me preocupaba que nos mandaran a dirección y que se enterara mi vieja. Pero a Fede poco le importaba. Se quedaba hablando con el capataz. Le preguntaba por su familia, por los tiempos de la obra. “Me gustaría ser arquitecto”, le decía al despedirse. Pero en realidad lo único que quería era rapiñar un choripán.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A medida que pasaron los meses, el edificio nuevo fue progresando y, pasada la primavera, en la obra armaron el encofrado para llenar la losa del techo. “¿Ves?”, me decía señalando. “Esas maderas van armando un molde, después se llenan de cemento y terminan el techo”. De tanto ir, nos habíamos hecho amigos del capataz. El tipo nos dejaba pasar el cerco de seguridad y de vez en cuando nos cortaba un pedacito de carne para que probemos. “Les va quedando lindo”, decía Fede serio, mirando todo desde la mitad del terreno “¿Cuánto tiempo cree que falte para techar?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un día, justo antes del almuerzo, me pidió que vaya directo y lo espere en la obra. “No seas cagón”, me dijo al ver que dudaba. Encaré el camino de la escuela de arte y crucé la cancha de fútbol corriendo para que los celadores no me vieran desde la oficina. Apenas pasé la puerta de chapa, vi que los obreros habían armado una mesa larga de tablones y que, por primera vez, se acomodaban a la sombra del techo de cemento recién terminado. El asado no era el asado chiquito de todos los días. Era una parrilla grande como para quince personas. Mucha más carne que de costumbre, chorizos y morcilla. Había botellas de Coca de dos litros, pan francés y hasta latas de duraznos en almíbar. Me senté mirando todo en uno de los bancos destartalados, mientras los albañiles brindaban y el capataz traía la comida a la mesa. Era la primera vez que lo veía sin el casco. Me reí solo al ver que los rulos apretados le habían quedado marcados con la forma ¡parecía un huevo! Fede llegó enseguida, con dos platos del comedor y un juego de cubiertos para cada uno. &quot;Me los prestó mi amigo de la cocina&quot;, me dijo agitado y se sentó.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Hoy a la mañana, cuando fui hasta el comedor, vi que llegaba el camión mezclador con el cemento.” Me acercó la panera para que me agarre un bollo y se agarró uno para él. &quot;El día que llenan el encofrado, que se termina el techo de una obra, el constructor o el capataz tienen que pagar el asado. Es un código de honor, me lo enseñó mi viejo.&quot; Cortó el pedazo de carne que le habían dejado en el plato y levantó la mirada al cielo. “Comé despacio.&quot;, me dijo con la boca llena “Respirá y disfrutá este momento que ya no vuelve. Hoy el asado lo paga esa oveja.” señaló al capataz con el cuchillo y se rió de golpe.&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/4437223838844765335'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/4437223838844765335'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/09/el-sibarita.html' title='El sibarita'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-3030063383962640270</id><published>2021-04-16T18:30:00.006-04:00</published><updated>2021-04-17T19:11:32.722-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>La llave de la felicidad</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;Apenas terminó el funeral, se le acercó un tipo de traje. “Su padre quería que te entregara esto”. Se fue sin dar tiempo a mucha pregunta y se perdió por los corredores del cementerio. Marcelo abrió el sobre con dedos temblorosos. Encontró una llave rara, digital, sin dientes ni marcas, y un papel con un nombre y una dirección.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ni Marcelo, ni su padre solían ir mucho al centro. Se habían acostumbrado a vivir en el barrio, con poco, con lo que ganaban en la ferretería. Se sentó en la camioneta que hasta unos días habían compartido. Acarició el asiento del acompañante y después se aferró al volante. Miró la cintita con la bandera española colgada del espejo retrovisor y rompió en un llanto silencioso.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El edificio de la calle Arenales era tan lujoso que tuvo que constatar la dirección para asegurarse de que fuera la correcta. “¿Señor?”, le dijo un tipo ni bien entró y lo tomó con fuerza del brazo. Marcelo le mostró el papel y también la llave. El grandote dijo “perdóneme” y otra vez “señor” y repitió las dos palabras de nuevo, por las dudas. “Por acá”, afirmó diligente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Marcelo subió solo en un ascensor, otro guardia idéntico lo esperaba en el cuarto piso. Lo acompañó en silencio hasta un salón de conferencias todo vidriado. Apenas cerró la puerta, las cortinas de privacidad comenzaron a bajar solas. Marcelo caminó alrededor de la mesa, rodeada de sillas modernas, mirando la calle por los ventanas que corrían de piso a techo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le ofrecieron algo de tomar, Marcelo dijo que no gracias, que no quería nada. Y se quedó ahí parado, abstraído con su reflejo en una pared de vidrio, los ojos todavía hinchados, el pantalón de trabajo todo manchado de grasa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una señora entró y se presentó. Le pidió que se sentara y, mientras servía agua para los dos, de una jarra que ya estaba en la mesa, le preguntó si sabía porque estaban ahí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Este banco administra, desde hace muchos años, el dinero de su padre.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El padre de Marcelo había sido uno más de esos inmigrantes españoles que llegaron después de la guerra. El gallego Baygorria la conoció a Teresita en un bar de Flores y, al poco tiempo, se casaron.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Trabajo en este banco hace 30 años y le puedo asegurar que no hay ningún error.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Compró una casita con patio que él mismo arregló. Con la ayuda de un amigo desmontaron el portón del garage y armaron la ferretería en la que viviría toda su vida.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—El estado de cuenta está en la primera página, junto con los documentos que, a partir de hoy, acreditan su titularidad. Cada una de los anexos muestra los fondos en los que el dinero ha sido invertido.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los Baygorria guardaban los pocos ahorros que tenían en una lata de aceite marcada y escondida entre todas las demás. Todos los viernes, el gallego separaba lo necesario y le daba el resto a Teresita para que lo guardara. Fue con ese dinero que compraron la primera camioneta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Aproximadamente unos 45 millones. Sí, sí, de dólares.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Marcelito creció en esa misma casa, porque el gallego nunca se mudó. De chico era todo talento. Se la pasaba dibujando cómics en galaxias que se inventaba, historias manuscritas de ciencia ficción que acumulaba a medida que crecía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Las cuentas fueron abiertas hace poco más de 35 años, dos meses antes de que Usted naciera.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como no había plata, las navidades eran todas parecidas. No eran muchos de familia, pero se juntaban con los primos en el patio del fondo. La mesa destartalada, un rejunte de vasos y platos de todos los colores. Teresita le ponía magia a todo. Armaba un árbol de navidad con cosas de la ferretería y un cielo entero hecho de bombitas de luz, que desarmaba apenas terminaba el 24, &amp;nbsp;para poder devolverlas a las bateas del negocio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Sí, el dinero fue invertido en una sola transferencia ¿El saldo inicial? Dejeme ver los papeles. Aquí lo tiene, unos diez millones aproximadamente.&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los regalos solían ser algunas herramientas y muchos lápices de carpintero, que Marcelo afilaba con una navaja, porque los buenos para dibujar eran carísimos. Tenía pasión por la música y por los juegos electrónicos que, por entonces, ya empezaban a conectarse a los televisores. O mejor dicho, a la única tele que tenían, con el control remoto envuelto en plástico y que había que desenchufar después de usar para que no gaste tanta electricidad. Marcelo veía el esfuerzo de sus padres y nunca se quejaba. Aprendía leyendo revistas prestadas, jugando de a ratos en lo de algún amigo de la escuela.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—No lo sé con exactitud, pero fue una herencia que recibió de un familiar de España.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Apenas terminó la secundaria, Marcelo empezó a trabajar con su papá. De un día para el otro dejó de dibujar y se olvidó de escribir historias. Se había ilusionado con la idea de ser arquitecto, de regalarle una casa grande a su mamá. Pero cuando quiso hablar con su viejo, solo encontró silencio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Se juntó una vez en esta misma sala, con un abogado de inmigración. Quería saber los requisitos para que Usted pudiera estudiar en los Estados Unidos.&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Estuvo mirando los horarios de la noche, pero se juntaban mucho con los de la ferretería. En la semana cerraban a las 8 y las clases empezaban a las 7, del otro lado de la ciudad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Nunca retiró un peso. No pidió, siquiera, que le imprimiéramos cheques, ni tarjetas de crédito.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hacía algo más de 10 años que la madre de Marcelo había muerto. Complicaciones renales que traía desde chica, la pusieron en diálisis a la espera de un transplante que nunca llegó. Falleció en el hospital Vélez Sarsfield con apenas 60 años.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Lo siento mucho Señor Baygorria, nunca supimos que su madre necesitaba un trasplante. Sepa Usted comprender que son cosas que no están a nuestro alcance.&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—¿Quiere que lo deje solo? ¿Pasar un momento al baño? ¿Le pido un té? ¿un poco más de agua?&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El hombre de traje, que había conocido esa mañana en el cementerio, entró a la sala después de golpear dos veces. Marcelo no había notado el acento español.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Esa llave que ahora tienes en tu poder, nada tiene que ver con los documentos, ni con el dinero que tu padre te dejó. Si me lo permites, te puedo acompañar para que tú mismo verifiques el contenido de la bóveda de seguridad.&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Marcelo recibió los documentos que la señora le entregaba y se despidió. Caminaron en silencio por un pasillo lleno de puertas cerradas. Tomaron otro ascensor, que bajó hasta el tercer subsuelo. Al salir los recibió un guardia, igual al de la entrada, o quizás era el mismo. El grandote los dejó solos frente a una puerta blindada con dos cerraduras.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Yo era amigo de tu padre, del pueblo. Crecimos allí, vinimos juntos de Asturias. Hasta hoy, era el único que conocía de la existencia de su fortuna.&lt;/i&gt; — sacó una llave idéntica a la de Marcelo y le pidió la suya. — &lt;i&gt;Intenta no juzgarlo, Marcelo. Se encontró con todo el dinero de golpe&lt;/i&gt; — giró las dos llaves al mismo tiempo y la puerta pesada comenzó a abrirse sola.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Marcelo entró al cuarto chiquito y una luz de LED helada lo inundó todo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Mira, todo esto lo compró para ti.&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En los estantes &amp;nbsp;grises de metal encontró cajas enormes de lápices de colores, frascos con bolitas japonesas, grafitos para dibujar, carbonillas, hojas canson y pinceles.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—No te lo pudo dar, no es que no quisiera. La gente habla. Ya sabes como somos los de pueblo. Si malgastas, muchos piensan que no has trabajado, otros te envidian.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;También dos equipos de audio, parlantes, cientos de vinilos, singles y cassettes importados. Muñecos chiquitos de la guerra de las galaxias, naves, figuritas. Un equipo de VHS, videos y CDs. Super héroes articulables, pósters de películas y autitos de colección. Una computadora Commodore de las primeras, un Atari sin abrir y un montón de cajas de zapatillas importadas. También revistas, montones de libros, cómics originales en inglés. En el centro del cuarto un tablero de dibujo, de esos que usan los arquitectos; ahí, las llaves de un Peugeout y una cédula verde a su nombre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;—Chaval, trata de entender. Tuvo mucho miedo&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Miedo? ¿Mucho miedo? ¿De qué mierda tuvo miedo? ¿De que mi vieja se muriera?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Buscó aire apenas ganó la calle y vomitó en un rincón. La gente le pasaba por la espalda, ajena a lo suyo, entretenida, contenta quizás, como alguna vez había estado su mamá en esas noches del cielo de bombitas. Caminó dos cuadras hasta encontrarse solo, se apoyó contra la pared y, de a poco, se dejó caer hasta sentarse en la vereda. Lloró un rato largo, para intentar ahogar la bronca. Estuvo ahí tanto tiempo, que hasta perdió la cuenta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fue hasta la costanera cuando caía la tarde. Se compró un choripán en un carrito y se quedó mirando el río y el sol que se iba, sentado en la baranda de cemento, pateando piedritas y tirándole pan a dos gorriones que quedaban. Cuando terminó, juntó los documentos, rompió los papeles en 2, 4, 8 pedazos y los soltó en el agua. Después buscó la llave en el bolsillo del pantalón, tomó envión y la tiró lo más lejos que pudo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/3030063383962640270'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/3030063383962640270'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/04/la-llave-de-la-felicidad.html' title='La llave de la felicidad'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-1507808610585457746</id><published>2021-04-09T12:19:00.006-04:00</published><updated>2021-04-16T18:31:09.070-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Condena Suburbana</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;El ramal de tren Sarmiento une el oeste de la provincia de Buenos Aires, con el centro de la ciudad. Es una arteria troncal, un recorrido largo e importante que conecta a la Capital Federal con uno de los partidos más poblados de la provincia. En una época, este mismo tren supo ser el orgullo de todo un país. Era cómodo, moderno y sus estaciones recién terminadas se parecían un poco a las de Inglaterra. Pero pasaron tantas cosas, tantos años y tantos gobiernos, que la gente ya ni se acuerda. Entre todos, y de a poco, lo fueron rompiendo. Se puso feo y peligroso. Los vagones van cargados hasta arriba, las puertas ya ni cierran, la gente viaja apretada, colgada de los estribos, a veces hasta de las ventanas. Los asientos están tajados, las paredes meadas, pintadas con aerosol. Los chicos de la villa suben y bajan cuando quieren, saltan los molinetes, se meten para robar. Buscan lo que sea: billeteras, teléfonos, cualquier cosa les viene bien, hasta un sándwich. Los ladrones más grandes van armados, caminando los vagones y los andenes en grupos. Andan escondidos por los túneles, pasados de todo. Amenazando a los guardas y apretando gente en los baños. No le tienen miedo a nadie, ni siquiera a la policía. Pegan, por dos billetes de 100. Lastiman y hasta matan si la droga es mucha, o el botín es poco.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lucía también vive en la villa, pero trabaja en uno de esos bares que divide el andén de la estación Caballito, en el corazón mismo del ramal. Todas las mañanas corre de un lado al otro, sirviendo café con leche y medialunas. Conversa y sonríe, a pesar de todo, mientras saca platos y pasa el trapo para el próximo cliente. Parece desatenta, infantil por momentos, con el pelo atado en dos colitas, las zapatillas y una remera de las chicas superpoderosas, pero conoce bien la estación. Saluda a medio andén cada mañana y sabe quien es amigo y quien es ladrón. No le da vergüenza reírse a carcajadas, o saludar a un cliente con un beso, estirando todo su cuerpo por arriba del mostrador; pero no le tiembla la mano si tiene que poner a algún vivo en su lugar, o agarrar del pelo a un pibe de estos y arrastrarlo por medio andén para que devuelva lo que se robó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente viaja en el Sarmiento todos los días. Tiene un negocio a la calle, que queda cerca de la estación de Lucía, a cuatro cuadras nada más. Arregla aspiradoras, lavarropas y electrodomésticos en general. Vive lejos, en Merlo, casi en el arranque del recorrido. Le gusta viajar parado, acomodado en ese recoveco que se arma entre la puerta y el último asiento. Acaba de cumplir 29, pero parece un señor: usa la camisa abrochada hasta arriba y el pelo peinado con agua para un costado. Hace tanto que no se ríe, que parece haberse olvidado. Le gusta Lucía, aunque ella todavía no lo sepa. Vicente anda siempre con una mochila negra, llena hasta arriba de cosas: herramientas, cables y unas postales grandes de propaganda, que el mismo diseñó. Las reparte en la calle, o las engancha en las ventanas de los coches. A veces las deja tiradas en el piso de la estación. La gente las agarra porque, de lejos, parecen billetes, pero tienen la cara seria de Vicente estampada en blanco y negro. Lleva siempre un montón para que no le falten, en una pila atadas con una banda elástica.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El tren avanza y Vicente conoce de memoria el recorrido. Letreros de inmobiliarias, alambres con enredaderas que crecieron sin que las planten, las barreras que nunca andan y los limpiavidrios que piden en los semáforos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Ahí viene el cementerio”, piensa apenas encaran el descampado. Cierra los ojos fuerte y las manos se le ponen frías. No tenía ni diez, cuando su abuela lo llevó a ver el lugar donde estaba enterrada su mamá. “Hablale”, le decía, “Contale como te está yendo en la escuela”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Son pocos los que bajan cuando las puertas se abren en la estación Liniers, entonces el vagón se llena casi de repente. Sube una gitana gorda y Vicente la reconoce. Es la misma que visitaba a su mamá, a lo último, cuando ya estaba muy mal. Está igual que entonces, como si los 20 años no hubiesen pasado. La vio por primera vez un día desde la esquina, cuando llegaba de la escuela. La gorda explicaba, con infinita paciencia, algo que no se podía escuchar. La madre de Vicente lloraba sin parar, juntaba sus manos como rezando, le tomaba los brazos a la gitana, pero ella solo decía que no con la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por las puertas de atrás del vagón se meten otros dos. Son grandotes, pero no tienen ni quince años. Empujan de más y usan zapatillas caras. Son nuevas y robadas. Uno está todo tatuado, hasta la cara. Y una de sus cejas afeitada por la mitad. El otro tiene el pelo rapado a cero y un piercing como una lanza, que le atraviesa la oreja de lado a lado. Se acomodan cerca de Vicente, apoyados contra la puerta. Vienen de la villa del Bajo Flores, la que queda justo en frente de la cancha de San Lorenzo. Ahí también vive Lucía con su familia. Su mamá ya está cansada de tanto fregar y sus hermanos mellizos acaban de cumplir nueve. El padre los dejó un día sin avisar y, hasta hace un tiempo, tenían un hermano más grande.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La gitana que Vicente conoce intenta abrirse paso entre la gente. Va vestida de verano, aún en pleno invierno, con una camisa de mangas anchas y con la misma pollera multicolor que usaba entonces. Está bronceada, llena de collares, anillos y pulseras. Se detiene por un momento al lado de Vicente. Quiere pasar, pero no puede, los dos pibes le cortan el paso sin querer. Entonces, espera sin decir nada, se acomoda las horquillas del rodete y sus pulseras tintinean por sobre el murmullo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Cu-cuidado que la señora no puede pasar —le dice Vicente al rapado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Cu-cu-cuidado —se mofa el otro y los dos se ríen fuerte— ¿Qué tomaste flequillo? ¿Qué señora?, si somos todos hombres. ¿Sos puto? —Lo empuja contra la pared, los dos se ríen y vuelven a lo de ellos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente baja la cabeza y pide perdón en un susurro. Se queda ahí, apichonado. Anda con miedo desde chico, como esos perros de la calle a los que la gente quiere acariciar y se encogen por las dudas. Quizás sea porque el padre le pegaba a su mamá cuando venía borracho.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El viaje es siempre el mismo y Vicente no hace más que pensar en Lucía. En poder verla, en escuchar su voz, aunque sea solo por un rato. El tren ahora aminora la marcha porque, ya casi, llegan a Caballito. La estación está sola, esperando el aluvión de gente de cada día. El sol de la mañana barre el piso de cemento y deja ver el polvo que flota en el aire. Vicente se descuelga la mochila de un lado, corre el cierre y acomoda el fajo de tarjetas arriba de todo, para tenerlo a mano al bajar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con el tren todavía en movimiento, baja de un salto, apenas las puertas se abren. Va zigzagueando entre la gente, con las manos colgadas de las correas de la mochila, caminando rápido para encontrar un asiento en el bar de Lucía. La puede ver de a ratos, mientras avanza entre el tumulto. La piba va de un lado al otro, anotando pedidos en su libreta, llevando vasos y platos, alcanzando servilletas. Los de las zapatillas robadas bajan atrás de Vicente. La gitana también. Caminan cerca, pero Vicente ni se entera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es sabido en el bar, que al hermano de Lucía lo mataron unos pibes parecidos a estos. Le metieron un puntazo en la panza, justo en la puerta de la casilla donde vivía. Le sacaron la plata y lo dejaron tirado para que se muriera. Lucía fue la primera en llegar. Quería parar la sangre con las manos, mantener su corazón latiendo, pero no supo cómo. No se lo perdona. Solo pudo quedarse ahí hasta lo último, rogando que la mirara y no se durmiera, implorando por una ambulancia que nunca llegó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente se sienta y deja la mochila tirada en el piso, justo entre sus piernas. Pero se vuelve a parar como un resorte cuando ve a la gitana detrás de él.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—La señora no es clienta y no se puede sentar —dice Lucia mirando a la gorda con desprecio—. Ella no se sienta —sigue desafiante, con las manos en la cintura y subiendo el tono—. ¡Viene solo para molestar! Sentate.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente hace caso. El tatuado llega también y se acomoda dos asientos más allá, al lado de una señora que come un tostado. Su amigo se queda parado más atrás, pegado a la gitana que sigue ahí, sin inmutarse. El del aro mira para todos lados y se acomoda un poco el pantalón, esconde algo en la espalda. Lucía pasa el trapo en el lugar de Vicente y sonríe para disimular. “Cuidado”, le dice sin que se escuche. Vicente no entiende y le pide un café con leche, pero vuelve a tartamudear. Baja la vista por vergüenza y se seca las manos en el pantalón. Disimula como puede, buscando la mochila entre sus piernas. Corre el cierre y saca el fajo grande de tarjetas. Entonces siente que la cara le hierve de repente, que un golpe seco y un frío helado le golpea la espalda. Puede ver la taza, el plato que trae Lucía en su mano, caer, estallar en silencio en el mostrador de acero. Mira el café que se desparrama, que corre por el metal y los pantalones se le mojan de golpe, pero el líquido no lo quema. Lucía grita, su cara se deforma en cámara lenta, pero para Vicente no hay sonido. Todo se nubla, se vuelve borroso, blanco y después negro.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando recupera el sentido, cuando sus ojos se acomodan a la luz, encuentra a la estación desierta. Vacío también está el bar. Alguien limpió el mostrador, no siente las manos y sus pantalones ya no están mojados. Gira sobre sí mismo, en el asiento redondo y sin respaldo. El tren se fue. No hay nada, ni nadie, más allá del andén; solo un telón velado que parece envolverlo todo, tan claro y tan blanco que hasta encandila. Vuelve a girar confundido, buscando respuestas y encuentra a la gitana en el lugar de Lucía. La gorda lo mira de frente, seria, sin siquiera pestañear. Está comiendo una de esas galletas grandes de panadería, la camisa de colores le vuela despacio en el viento. “Hola Vicente”, le dice con la boca llena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente saluda casi por inercia, mira en el piso una vez más, buscando su mochila que ya no está “¿Qué pasó?” dice por fin y las palabras, esta vez, le salen limpias. La gorda muerde otra vez la galleta con una parsimonia que sorprende. Mira el vacío más allá, casi como si Vicente no existiera. El solo sigue sus ojos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora un grupo de gente se arremolina muy cerca del bar, hay gritos, pedidos de ayuda, una chica se separa, corre y le pasa muy cerca. Tres personas intentan ayudar a alguien que está tirado en el piso. Desde su asiento, Vicente solo puede verle las piernas, el pantalón de vestir arrugado, sucio, lleno de la tierra del andén. Se para despacio para poder ver mejor, se acerca un poco. Ahí está Lucía, arrodillada junto al tipo, tirando fuerte de su camisa para romper los botones. También le afloja rápido el cinturón, le suelta los pantalones para que pueda respirar lo mejor posible. La chica que recién pasó, vuelve corriendo con trapos y una botella grande de agua mineral. Ella también se arrodilla para ayudar. Lucía pasa su mano por debajo del cuello del hombre y lo levanta despacio para ayudarlo a buscar aire. Vicente reconoce su cara, su pelo despeinado de las mañanas. El celeste de su camisa solo se distingue en el cuello y en las mangas arremangadas. El resto está empapado en sangre, tiene sus ojos cerrados y los brazos le cuelgan del cuerpo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No te queda tanto tiempo. Si esta chica no para la hemorragia del puntazo con esos trapos, si te quedás sin aire…&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente solo mira ahí parado, casi con indolencia. La gitana se acomoda a su lado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Siempre pensé que la muerte sería diferente —dice y se pone las manos en los bolsillos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No sos el primero que me lo dice. Todos esperan a una flaca escuálida, vestida de negro, pálida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo decía morirse. Nunca pensé que uno pudiera verse de esta manera, como un espectador. ¿Siempre es así?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿La muerte o yo? —la gitana se ríe de su propio chiste—. No siempre. Esto pasa cuando la gente se debate entre la vida y la muerte. Si no fuese así, yo ni vengo. ¿Sabés la cantidad de gente que se muere por día en esta ciudad?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo que no entiendo es porqué la conozco. ¿Por qué la pude ver a usted con mi mamá?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—En el tren, el único eras vos. Acá, en la estación, solo Lucía. Me vio por primera vez cuando murió el hermano y, desde entonces, me trata mal cada vez que vengo. En este ramal pasa de todo. Hace un rato, estos dos pibes que te afanaron a vos dejaron en coma a una chica en Liniers. Estuve con ella en el hospital y, al parecer, zafa. Tres tenía para hoy—. Sacó una libreta del bolsillo y achinó los ojos para poder enfocar mejor—. Esta piba que te digo, vos y un señor más grande cerca de Plaza Once, pero ese es un accidente recién a las 6 de la tarde.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y yo? ¿Puedo zafar?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Estás en las manos de esta chica, lo del destino es todo un cuento. Yo estoy acá por las dudas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente la miró por un momento.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pensé que tendría miedo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tenés. ¿Te sentís las manos frías?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vicente negó con la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—De este lado no se siente nada. Las sensaciones las tiene ese Vicente— señaló y sus pulseras tintinearon una vez más—. Uy mirá, parece que la hemorragia paró. Respiración boca a boca, nena. ¡Dale!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A Vicente se le nubló la vista una vez más. Y lo borroso se volvió blanco y después negro otra vez. Al despertar se encontró con los ojos de Lucía. Le tosió en la cara, pero ella se rió y los demás aplaudieron. Entonces tembló fuerte por el dolor, por el frío, o por todo. Y volvió escuchar voces, el ruido del tren, y una sirena a lo lejos. Y sintió sus manos heladas de siempre, la camisa mojada de sangre y sus pantalones empapados con mucho más que café. Buscó a la gitana en el tumulto, la gorda ya se escabullía de nuevo entre la gente.&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/1507808610585457746'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/1507808610585457746'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/04/condena-suburbana.html' title='Condena Suburbana'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-6646590071422158175</id><published>2021-02-12T17:06:00.004-05:00</published><updated>2021-02-12T19:04:57.325-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Oscar y Delfina</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;“Lo felicito, es un varón”, le dijo la enfermera apenas se lo encontró caminando por el pasillo “¿Qué nombre le va a poner?”. “En realidad no sé”, contestó con lagrimas en los ojos, “le tendría que preguntar a mi mujer.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fueron caminando juntos hasta el cuarto, y se quedaron parados en la puerta sin decir nada. Al ratito llegó Delfina reclinada hacia adelante en una camilla, cansada pero contenta, con su hijo recién nacido en brazos. Se saludaron con un beso y los dos lloraron juntos. &quot;¿Qué nombre le ponemos?,” le dijo él con la voz quebrada. Delfina se quedó pensando por un momento y sonrió. “Oscar”, dijo por fin. “Le vamos a poner Oscar” “¡Qué lindo!” dijo la enfermera que había entrado al cuarto con ellos para ayudar “¡Igual que Usted! ¡Me encanta que los hijos se llamen como los padres! El día que yo tenga un hijo…” “Yo no me llamo Oscar” “¿Cómo que no?, si lo acabo de llamar por ese nombre hace un ratito; si su mujer le dijo así cuando entraba a la sala de parto.” “Eso es por otra cosa. Yo me llamo Francisco.” Se sentó en un sillón que estaba bien pegado a la cama y soltó todo el aire de golpe. “Es una historia linda&quot;, dijo y miró para arriba. “Si tiene tiempo, quédese que le cuento.” La enfermera dudó por un momento. “Dele, si ya son las dos de la mañana ¿Anda con tanto trabajo a esta hora?” La enfermera se acomodó el sombrerito blanco, se estiró el delantal y acercó una silla. Se sentó derecha, con las rodillas bien juntas. “La verdad que no”, dijo entusiasmada.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Yo soy el más chico de 5 hermanos”, arrancó Francisco embalado. “El nene, me dicen en mi casa. Pero, por ser el menor de tantos varones, nunca estuvieron muy pendientes de mí. Siempre me la tuve que rebuscar bastante solo. No la quiero aburrir con todo el cuento desde mi infancia ¿Seguro se puede quedar?” La chica la miró a Delfina, al bebé, estiró el cuello para pispear el pasillo y dijo que si varias veces con la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Siempre fui muy inquieto y hasta lindo de pibe.&quot; Sacó la billetera del bolsillo del pantalón y le mostró una foto de un chico en el sulki. “Acá no se nota tanto, pero era bien rubio, y hasta tenía rulos, mire ¿No negra que yo era rubio?” Su mujer estaba tan embobada con su bebé, con la teta, con la mantita, que ni siquiera le contestó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Me quedé pelado bien joven, eso si”, dijo y se acarició la cabeza. “Papá era pelado como yo, y muchos de mis hermanos también. Pero eso, aunque usted no lo crea, siempre fue una ventaja. La gente pensaba, ¡piensa!, que soy más grande de lo que soy; y eso a veces sirve. Usted, ¿cuántos años me da?” La piba iba a arriesgar un número, pero Delfina interrumpió aclarándose la garganta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“¿Querida?, o vos Oscar, que no estás haciendo nada, ¿por qué no vas a buscarme un vaso de agua?”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Francisco se paró como un resorte y salió rápido, sacando pecho; con esa parada típica de los petisos que nunca quieren regalar ni un centímetro. Volvió enseguida, con el agua en un vaso de vidrio y una jarra enorme, “Por si necesitas más,” dijo comedido y dejó todo en la mesita. Delfina no le dijo ni gracias.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“¿En qué estábamos?” “En que le gente pensaba que usted era más grande. Que parecía más mayor.” “Ah si, si. A mí siempre me gustaron los deportes. Todos los deportes: El fútbol, el básquet, la caza, la pesca, el atletismo, pero sobre todo la gimnasia” “¿No me diga? la chica se cruzó de piernas. “Mi novio es gimnasta. De Velez, del equipo.” “¡Qué casualidad! Seguro lo conozco ¿Cómo se llama de apellido? Yo trabajo en la comisión del club. Pero sigo con la historia que la van a llamar para una urgencia y se va a perder el final.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un día tomando un café en la pizzería. Ah ¡no le dije!, yo soy el dueño de la pizzería Velez Sarsfield, en Liniers ¿Conoce por ahí?” La enfermera dijo que si rápido con la cabeza sin pestañear ni una sola vez. &quot;Bueno, sobre Rivadavia, a media cuadra de Tellier, pegada a la heladería, justo en frente de la vía, está la pizzería. Pase un día con su novio que la invito; después se lleva una torta de ricota. No sabe lo que es, tengo un repostero que es un espectáculo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le contaba, que estaba en la pizzería; no hace tanto de esto, hará tres, cuatro años como mucho, y aparece mi amigo Oscar Cameselia. Buen tipo Oscar, unos años más grande que yo, tiene un negocio de proveduría deportiva ahí por la calle Lima. Anda muy bien. Preste atención que acá viene el tema ese que le digo de la edad y lo que la gente piensa. Cuestión que me dice, así como de la nada: Nene ¿sabés que hace un año que me hice socio de Ferro y no fui ni una sola vez? Un año tirando la plata. Ni a la cancha voy. Me había anotado por los bailes, para ir los fines de semana a la pileta pero, al final, no fui nunca.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se me encendió la lamparita ahí mismo; ¿vio que le decía que siempre me la tuve que rebuscar medio solo? Entonces le digo: Cameselia ¿No me prestás el carné así lo uso yo? Se quedó callado comiendo pizza, me miraba el gordo y masticaba. Yo callado, no le decía ni mu. Y estuvimos así como dos minutos. Al final, sacó la billetera del bolsillo y me dejó el carné de Ferro ahí sobre la mesa. Te regalo el almuerzo cada vez que vengas, le tuve que decir; pero no aceptó. Así como se lo cuento ¡Qué buen tipo este Cameselia! Y como él también es pelado, yo parezco más grande y las fotos que tienen los carné son en blanco y negro, la raspamos un poquito con una llave y más o menos quedó. Me tuve que afeitar el bigote, eso sí.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Te queda mejor así, parecías una caricatura con esos bigotitos” dijo Delfina y tomó un poco más de agua.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“El primer día me anoté en gimnasia acrobática y en saltos ornamentales. ¡Y hasta competí federado para el club! Tengo medallas en casa, ¡copas!, con el nombre de Oscar Cameselia.” Le dio risa y quiso agarrar el vaso de agua, pero Delfina no lo dejó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“No va que un día la conozco a ella en un baile.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;Yo estaba con mi hermana&quot;, dijo Defina en un susurro, porque el bebé se había dormido en su pecho. “Nosotros éramos socias de toda la vida.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“¿Te acordás, Negra? ¡Qué linda época! Te hiciste la difícil como un mes seguido. Al final, una noche de Carnaval, en el medio del recital de Alberto Castillo, le pude robar el primer beso ¿Qué pasa? No me llore nena, ¡qué es una historia linda!”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Es que le juro que me emociona” dijo la enfermera y miró para arriba para que las lágrimas no se le caigan.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Espere que todavía falta lo mejor. El día que la conocí, me presenté, como un caballero y le dije que me llamaba Oscar, con apellido y todo ¿Qué le iba a decir? si estaba todos los días en el club y todos me conocían por ese nombre.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;“¿Y yo que nombre te dije?”, dijo Delfina ahora más interesada en la historia, sonriendo por primera vez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Delfina, me dijiste”. dijo Francisco y se rió una vez más.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&quot;¿Ella se llama Delfina no?, preguntó la enfermera confundida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“No se adelante. Se la hago corta porque si no, no terminamos más. Nos pusimos de novios y, justo un año después, le propuse casamiento en otro baile, en ese mismo gimnasio.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“¿Te acordás? Te habías venido con esa corbata marrón finita.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“¿Y no le dijo nada de lo de Oscar?” preguntó la enfermera que había ido hasta la puerta a verificar el pasillo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“No me animé. Además ella pensaba que yo era más grande. Estuve dando vueltas como tres meses para ver como le decía, pero de tanto pensar se me vino la fecha encima. No me quedó más remedio que contarle el día del casamiento. La esperé en la puerta del registro civil, ahí en la calle Uruguay.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Delfina hay algo que tenés que saber, le dije apenas la vi con su trajecito celeste. Me miró con esa cara de enojada que tiene siempre y los ojos chiquitos se le pusieron más chiquitos todavía ¿Qué pasa?, me dijo con voz de pito. Le conté la historia lo más rápido que pude, casi sin respirar. Y también le dije que tenía 6 años menos. Me miró seria por un rato y a mí se me puso la panza dura. Después se rió con ganas. Me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso fuerte en la boca.” “Vamos dale, que llegamos tarde, dijo y me agarró de la mano. “Yo me llamo Serafina y tengo 4 años más de los que te dije.”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Enfermera, la buscan de maternidad,” dijo un señor que pasaba por la puerta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La chica se paró y, otra vez, se acomodó el sombrerito y el delantal. “Bueno, los felicito,” dijo, “a los tres” Se tocó apenas los ojos para que las lágrimas no le estropeen el maquillaje “¿Puedo pasar mañana para que me cuente la historia del nombre de su mujer?”&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6646590071422158175'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6646590071422158175'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/02/oscar-y-delfina.html' title='Oscar y Delfina'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-8658109822069123906</id><published>2021-02-05T10:34:00.004-05:00</published><updated>2021-02-05T10:34:51.361-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Clase a medias</title><content type='html'>&lt;p&gt;Una tarde de las primeras del invierno, mi viejo se apareció con un auto japonés de dos puertas con levanta vidrios eléctricos. Yo tendría nueve, diez años y mi hermana un poco más de seis. Hasta entonces habíamos sido una familia de clase media. Vivíamos en una casa chica, en un barrio común de la Capital Federal. Ese año también compramos un terreno para construir algo más grande y a mi mamá se le metió en la cabeza coleccionar revistas de decoración y unos fascículos para una enciclopedia de protocolo y buenos modales.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Empezamos a recorrer los barrios lindos de Buenos Aires. &quot;Para mirar, para buscar ideas&quot;, decía mi mamá ilusionada. Íbamos los cuatro en el auto nuevo recién lavado, bien vestidos para la ocasión. Después de una vuelta aburrida de como tres horas, terminábamos tomando algo en una confitería de esas paquetas del centro. Mi mamá se esforzaba por aplicar las lecciones aprendidas de la enciclopedia y nos retaba si hacíamos ruido al tomar la leche, o no nos poníamos la servilleta doblada sobre la falda. “Miren, presten atención. No es lo mismo una taza de té, que una para café con leche”, decía mostrando la suya en el aire. “No comas la torta con la cuchara, para eso te dejaron el tenedor mediano.” Mi viejo revoleaba los ojos y los dos nos reíamos sin que nos viera, pero mi hermana estaba encantada. “Ponete derecho nene, así no”, se enojaba. “No agarres el vaso con las dos manos”.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;¡Pobre mi vieja! Quería que pasáramos lo más desapercibidos posible en lugares que no nos pertenecían ni un poco. Pero se notaba que teníamos la ropa recién planchada y las zapatillas demasiado nuevas. Es que a pesar del auto japonés, los diferentes tamaños de cubiertos al lado del plato y la casa en construcción, seguíamos siendo la misma familia de clase media, con una vida de clase media, con vacaciones de clase media.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pasábamos casi todo el verano en Buenos Aires. Y salvo dos semanas de febrero, que nos íbamos a Mar del Plata, el resto era casi todo en casa. No había vecinos que tuvieran pileta, no teníamos ni un conocido con una casa de fin de semana. Y como para mi vieja yo era todavía demasiado chico para pasar todo el día solo en la colonia del club, me quedaba jugando en la calle con mi hermana y mis amigos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mi abuelo Francisco todavía era joven y, por entonces, trabajaba para el Sindicato de Luz y Fuerza. Como todos los empleados públicos tenía un montón de días libres. Pasaba por casa todos los días a buscar el diario que mi papá le dejaba. Un viernes de enero apareció más temprano que de costumbre, con mis dos primos saltando adentro del auto y cuatro entradas para una pileta municipal que le había conseguido un compañero de trabajo. Mi vieja medio que no nos quería dejar ir, pero le pedimos tanto y estábamos tan entusiasmados que al final no le quedó más remedio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nos acomodamos los cuatro apretados en el asiento de atrás, ya vestidos de pileta. Sin cinturón, sin aire acondicionado y con los muslos pegados a la cuerina del asiento de tanto calor que hacía. Aburridos, nos cambiábamos de lugar cada cinco minutos, sacando los brazos por las ventanas para jugar con el viento. Enfundado en una camiseta de Velez con un 9 en la espalda, mi primo se pasaba al asiento de adelante y puteaba desaforado sacando medio cuerpo por el techo corredizo. &quot;No digan malas palabras, no coman el chicle con la boca abierta&quot; gritaba mi hermana indignada y se acomodaba el solero cortito sobre las rodillas como si fuera una señora grande.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llegamos a eso de las dos. Desde el estacionamiento podíamos ver los trampolines altos y las filas interminables que hacían grandes y chicos para subirse. Estaba lleno de micros, de camionetas destartaladas. De lejos se escuchaban los chapuzones, los gritos, las risas y había olor a asado. Entramos con un grupo grande, todos del Sindicato. Un gordo pelado nos recibió con un beso transpirado en la puerta y nos dio unos vales de cartón celeste para la merienda. Ya en el borde de la pileta, mi abuelo juntó toda nuestra ropa en un bolso y se sentó en una mesa a la sombra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y así, sin crema en la espalda, sin antiparras, sin guardavidas y sin revisación médica, nos metimos todos al agua. La pileta era enorme, casi tan grande y tan salada como el mar de Mar del Plata, pero no había carpas, ni una sola sombrilla y, en lugar de arena, solo tierra que se te metía entre los dedos de los pies. Un montón de gente por todos lados y la pileta tan llena que casi ni se podía nadar. No vi árboles, ni reposeras para tomar sol. No había música, ni siquiera un bar para comprar una Coca. “Ni se les ocurra abrir los ojos abajo del agua” había dicho mi abuelo, “miren que se pueden enfermar”. Nos encantaba el agua bien fría, el viento al salir, acostarnos a charlar cara a cara, con la panza y el pecho bien pegados contra el cemento calentito del borde, y secarnos sin la toalla.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Jugamos toda la tarde y hasta pudimos tirarnos dos veces del trampolín más alto. A eso de las seis, rojos de tanto sol, nos sentaron con otros chicos en una mesa larga para tomar la merienda. Dos señoras pasaban con un carro grande, lleno de jarros de lata todos abollados, gastados de tanto uso. Y una tetera enorme, también de metal, que tiraba vapor sin parar. Cuando me tocó el turno, mostré el vale que me había guardado mi abuelo y pedí un Nesquik, pero la coordinadora sonrió, me acarició la cabeza con toda la mano y me dejó uno de los jarros de lata lleno de mate cocido; y también un sandwich de salchichón y queso envuelto en polietileno. Mi hermana, con cara de asco, dijo que no quería el sandwich, pero estaba encantada con el mate cocido. Lo tomaba de a sorbitos con una sola mano y hasta quiso repetir, pero no se podía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llegamos a casa casi de noche. Mi hermana y mis primos se durmieron en el auto y yo me vine sentado adelante, secándome el pelo con la ventana abierta, charlando de todo con mi abuelo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al día siguiente, y como todos los fines de semana, volvimos a dar la vuelta aburrida por Buenos Aires. A mirar casas lindas, a buscar ideas para la nuestra y terminamos en una confitería de la Avenida del Libertador. Nos sentamos en una mesa en la vereda, debajo de una sombrilla enorme color crema.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;—¿Señora? — le preguntó el mozo a mi mamá, acomodándose el chaleco.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Un té con limón, por favor y una botella de agua sin gas que no esté fría — contestó y se puso la servilleta blanca en la falda.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Para mí un cortado — siguió mi viejo y encendió un cigarrillo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y para los chicos? ¿Señorita?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mi hermana esperó la aprobación de mi mamá para poder contestar y se sentó derecha como le habían enseñado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;—Para mí un mate cocido — dijo y se quedó pensando.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El tipo se dio media vuelta, y ya se iba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Señor — siguió con la voz finita —¿puede ser en taza de lata?&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/8658109822069123906'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/8658109822069123906'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2021/02/clase-medias.html' title='Clase a medias'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-4237674325936656936</id><published>2020-12-28T13:12:00.007-05:00</published><updated>2021-04-19T10:43:45.163-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="EL PUPILO"/><title type='text'>¡Qué Dios te ampare, Martín!</title><content type='html'>&lt;p&gt;Este es otro capítulo de &quot;El Pupilo&quot;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Martín Molina está a punto de casarse. Mientras espera por la que será su mujer, en esos 45 minutos, repasa el último año y todas las cosas que le pasaron en su intrincado camino al altar. Habla de sus miedos a lo nuevo, de lo tanto que la extraña a Mora, de lo grande que es Julio Iglesias, y de la complicada relación con su suegro Tito Lopez Audet.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En el capítulo anterior, Martín se sincero con el negro. Tomó coraje y se sacudió la culpa de las mentiras que lo atormentaban, refugiado en la oscuridad de su bicicletería. Habló de las cosas que le pasaban con Fabiana, de lo que no pasaba con Esperanza, de todo lo nuevo que ahora pasa por su cabeza. Su amistad con el Negro está a salvo, pero el plan que los une se volvió a poner a riesgo. Existe la posibilidad de que Fabiana haya escuchado toda la conversación, solo por culpa de un teléfono inalámbrico que nunca se decide a funcionar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Si preferís leer la historia desde el principio, recién lo conocés a Martín, te salteaste algún capítulo, o no te acordás de absolutamente nada, porque hace mucho que salió el capitulo anterior, podés empezar desde el principio de la historia en este link: &lt;a href=&quot;https://www.javierlentino.com/p/el-pupilo.html&quot;&gt;https://www.javierlentino.com/p/el-pupilo.html&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y si te quedan ganas o te entusiasmaste, te dejo la banda de sonido de la novela en este otro enlace: &lt;a href=&quot;https://www.youtube.com/playlist?list=PLG3GJZT8W54jmA-ZiSozBig94a8JVGO5R&quot;&gt;https://www.youtube.com/playlist?list=PLG3GJZT8W54jmA-ZiSozBig94a8JVGO5R&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora si, lo que sigue:&lt;/p&gt;&lt;span&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;p&gt;Sábado 18 de agosto de 1987.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Buenos días querido — dijo Tito soltando el aire mientras se sentaba. Venía de correr, vestido con pantalones cortos blancos y un buzo azul, de esos de cuello alto, cerrado hasta arriba. Bronceado a pesar del invierno, el pelo blanco bien peinado para atrás.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Qué tal López ¿Cómo le va? — el mozo se distraía con la gente que pasaba por la vereda y se acomodaba la servilleta que llevaba doblada en el antebrazo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué tal López? Primero, me decís buenos días. — Se lo quedó mirando desafiante y el pibe ensayó un saludo tartamudeado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Así está mejor. Y para vos es señor López Audet. Nunca te olvides el señor, porque yo podría ser tu padre, y tampoco el Audet. El mío es un apellido compuesto ¿Sos nuevo no? ¿Vos te pensás que mi madre vino sola desde Francia para que un maleducado que sirve café me diga López? ¿Dónde está el agua mineral? Andá a buscar el agua y volvé.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El pibe salió disparado y Tito abrió el diario que estaba sobre la mesa. —Pendejo maleducado —, decía para si mismo mientras pasaba las páginas sin leer —¡Qué tal López! Así estamos. Un país sin tradición, sin valores. Igual que el tarado de mi yerno y ese inútil que trabaja con él. Esta es la generación que vota a estos delincuentes. Le pegó a la página del diario indignado y miró la hora. —. Y éste que encima llega tarde.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito intentaba desayunar en una confitería pegada a los bosques de Palermo, sentado en una mesa de la vereda, aprovechando el sol lindo del invierno. &amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No pasó ni un minuto que un cura de su edad se le acercó por la espalda.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Perdoname la demora Tito, no encontraba remise por ningún lado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito se paró rápido y le estrechó la mano con fuerza. —Padre Mario, qué gusto. Muchas gracias por venir. Siéntese, por favor. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El mozo llegó con el agua mineral y un vaso lleno de hielo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por fin apareciste ¿Usted qué toma padre? ¿Quiere comer algo?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Un cortado nada más. Ya desayuné hace rato. Estoy despierto desde las seis de la mañana.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo no sé como hacen para despertarse tan temprano. Mire que ya estoy grande pero, por mucho que intente, me cuesta levantarme antes de las siete y media. A mi traeme un café con leche con dos medialunas de grasa. Bien caliente el café, mirá que si no lo vas a tener que traer de nuevo. El suyo padre, ¿bien caliente también?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Cortado con leche fría, por favor.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El pibe anotó todo en un papelito y desapareció lo más rápido que pudo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Gracias de nuevo por venir &amp;nbsp;— arrancó Tito apenas se quedaron solos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por favor, si no es ninguna molestia. Con las veces que colaboraste con nosotros. Me gustaría verte por misa un poco más, eso si. Me encuentro mucho con Morita, con Mabel, pero con vos poco y nada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, estuvimos en familia para Semana Santa. Sabe que pasa, ando con mil cosas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me imagino. Hablando de tu familia, al que no veo hace tiempo es a Martincito.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llegó el mozo una vez más y empezó a dejar las cosas sobre la mesa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Anda bastante ocupado con el negocio. Me quiere demostrar que puede.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si, se nota que es muy trabajador. Contame ¿Qué andás necesitando?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Mire padre, lo que le quería pedir no es algo muy común. Me tomo el atrevimiento por que es usted y por la relación que tenemos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por favor ¡Con toda la confianza del mundo¡ Si lo que me pedís está a mi alcance…&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito acercó su silla un poco más y se inclinó por sobre la mesa para no hablar tan alto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No sé si usted sabe, pero toda la familia de mi mujer es de Lincoln —, tomó un poco de café con leche y agarró una de las medialunas —. Eran una familia enorme. Los viejos se murieron y los chicos, de a poco, se vinieron todos para Buenos Aires. La única que quedó allá es mi cuñada Susana.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Creo que Mabel me la presentó hará cuestión de dos o tres años ¿Puede ser?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si señor, vino para Navidad. Ella tiene una sola hija. Una chica de la edad de Morita que todavía vive con ella. Un poco ligerita la piba, pero nada para preocuparse. Resulta que hará cuestión de tres meses, la madre se enteró que andaba con un tipo más grande que ella.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, en estos tiempos eso ya es bastante común.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—El problema es que este es un atorrante. Un tipo casado, más grande que ella, que le hace el novio y le promete que se va a divorciar de la mujer. La misma historieta de siempre. Mi sobrina se ilusiona y la pobre de mi cuñada que no sabe que hacer. Cada vez que la quiere aconsejar la cosa termina a los gritos. Me llama todas las semanas, a veces dos y tres veces por día. Habla conmigo porque está divorciada hace rato y el ex marido, el padre de la chica, es un pelotudo que no entiende nada. Está desesperada. La última vez que hablamos, el martes, le dije que me la mande para acá en micro ¡Mire que de esto Mabel no sabe nada!&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito tomó un trago largo del agua con hielo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo había pensado mandarla a la casa que tengo en el country. Por un tiempo, hasta que se le pase esta locura. Que cambiara un poco el aire, que corra, que tome sol. Pero después me dije ¿qué hace una chica de 28 años sola en una casa de 300 metros cuadrados? Es un barrio cerrado, pero ¿vio como están las cosas ahora? Lo único que me falta es que encima se la violen.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El padre Mario solo asentía y tomaba café. Tito mordió entonces una medialuna y siguió con la boca llena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—A mi se me había ocurrido, le pido por favor que no tome esto como un atrevimiento de mi parte, ingresarla como novicia en una parroquia de barrio. Con la excusa de que está aprendiendo, que tiene la ilusión de ser monja alguna vez. Una suerte de &lt;i&gt;training&lt;/i&gt;, ¿me entiende?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pero ella quiere ser monja?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Mire, por ahora, la verdad que no. Pero uno nunca sabe. De chiquita ayudaba en la misa. Quizás estando ahí se vuelve a entusiasmar. Y si no, qué mejor lección para una chiquita descarriada que conectarse con los valores mas importantes, con ella misma, con Dios.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito se quedó callado mirando la avenida, esperando que el padre Mario digiriera su idea.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Padre yo sé que es un favor grande —, siguió después de un momento agarrando la segunda medialuna. Acuérdese de &amp;nbsp;la donación anual, las de todos estos años, y ese dinero que siempre me pide para su hermano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El padre Mario levantó su mano derecha y miró para todos lados a ver si alguien los escuchaba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Te pido que ese tema lo mantengamos en la más absoluta reserva —, dijo en un susurro.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si, por supuesto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Dejame pensar como podemos hacer —, el cura apoyo sus dos antebrazos en la mesa y se mordió el labio. No puede ser una iglesia del centro. Los cardenales andan siempre dando vueltas y no quiero que nadie me pregunte. Pero, por otro lado, tiene que ser en la Capital. No tengo jurisdicción en la provincia de Buenos Aires.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Claro, bien lejos de todo. Además, como le comenté, mi cuñada no quiere que sepa Morita, mucho menos Mabel ¡No vaya a ser cosa que se la encuentren disfrazada un domingo! ¿No le gusta esa iglesia linda que queda cerca de la estación Floresta? Por ahí por Yerbal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Nuestra señora de la Candelaria decís vos?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Esa misma! Una que queda cerca de las vías, medio apartada.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No estaría mal. Ahí me parece que está este chico Damián, un alumno mío del seminario.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Le pido por favor, padre. Serían dos meses nada más, a lo sumo tres. Le garantizo que va a pasar muy desapercibida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y para cuándo lo necesitás?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Y, si se puede, ya mismo. Ella llega de Lincoln esta noche.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El padre Mario se quedó pensando otra vez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tendría que llamar a Damián, arreglar los papeles esta tarde…&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Vamos a hacer una cosa. Usted trabaje tranquilo y me llama en cuanto tenga el tema solucionado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito levantó la mano y pidió la cuenta.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Quiere que lo alcance hasta San Martín de Tours?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si no es molestia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El BMW color ladrillo aceleró por Pampa, pegado a los bosques de Palermo, enroscando el cuenta vueltas hasta arriba en cada cambio. Tito tenía la costumbre de andar con la ventana medio baja para escuchar el escape y poder fumar. María Marta cantaba &lt;i&gt;“Perdida”&lt;/i&gt; por sobre el ruido de la calle y la sotana del padre Mario se agitaba con el viento. Pero el cura tarareaba la letra y sonreía con ganas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Le gusta la gorda, Padre? —gritó Tito soltando el humo por la ventana.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me encanta. Pero difícil escuchar un cassette a tan alto volumen en el convento. Hay cosas de la religión que ni yo las entiendo. Después pretenden que los jovencitos vengan a misa. — sacudió la cabeza resignado y agarró un cigarrillo del paquete de Tito que estaba en la consola central. &amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿No hay problema, no?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito solo le ofreció fuego con el encendedor del auto mientras paraban en un semáforo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Decile a tu sobrina — siguió el cura mientras aspiraba profundo —, que pase por la parroquia mañana a primera hora, antes de la misa de las 9 y que vaya directo a la oficina. Yo le voy a dejar ahí un paquete color madera con los hábitos, un rosario simple y los papeles de transferencia para que presente al llegar. Que no se me aparezca con un bolso grande, ni de muchos colores, a los sumo dos o tres mudas. Estas chicas usualmente tienen muy poco ¿Decimos que viene de Lincoln?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo preferiría que sea de otro lado. De una provincia del medio, de Santiago del Estero.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Vamos a decir que es de La Pampa, que casi ni tiene acento. Total acá nadie conoce ¿Qué te parece?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sensacional.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora el auto pasaba por el hipódromo de Palermo rumbo del monumento de los españoles y paraba de vez en cuando por el tráfico. Tito abrió el techo y el sol del mediodía se metió con todo, entibiando los asientos de cuero negro.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Qué lindo día! —dijo Tito y bajo la ventana del todo apoyando el brazo en el marco de la puerta con la vista clavada en la plaza Alemania —. No se puede creer las pendejas que salen a correr los fines de semana. Mire que espectáculo. Diga que uno ya está retirado.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un chico que pedía se acercó del lado del cura en la luz roja siguiente y el padre Mario cerró su vidrio rápido.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Cada vez hay mas de estos pibes —, dijo Tito sacudiendo la cabeza, mientras doblaba en Salguero y frenaba para dejar pasar a un viejito que cruzaba despacio. —¡Más mendigos y más viejos! Mire este hombre. Encima que uno lo deja pasar, camina despacio y no dice ni gracias. Vamos señor, que no tengo todo el día.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tres cuadras más, y el BM de Tito paró justo en frente de San Martín de Tours.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Gracias por todo padre — el cura bajo con agilidad y se quedó parado en la vereda —. Le mando a la piba mañana bien temprano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pará Tito, me olvidaba — ¿Cómo se llama tu sobrina? El padre Mario volvió sobre sus pasos y apoyó sus manos en el marco de la ventana abierta de Tito.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Amparo. Amparo Rivera. Pero no sé si es bueno que use su nombre, mire si el tipo la rastrea. Otro nombre mejor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y qué nombre le ponemos?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ni la menor idea ¿A usted se le ocurre alguno? —Tito le ofreció un cigarrillo más y el cura accedió.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Te gusta Esperanza? Es bien de monja.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tito se rió con ganas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me parece espectacular. Esperanza Rivera. Me llama cualquier cosa. Lo dejo que Mabel me espera para almorzar.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El cura abrió la puerta de rejas pegada a la capilla y saludó con su mano en alto desde el patio. Entonces el auto arrancó despacio. Tito cantaba solo, pero no podía parar de reírse.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/4237674325936656936'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/4237674325936656936'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2020/12/que-dios-te-ampare-martin.html' title='¡Qué Dios te ampare, Martín!'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-5623440346894829468</id><published>2020-12-16T16:27:00.001-05:00</published><updated>2020-12-16T16:56:21.738-05:00</updated><title type='text'>Ni agua, ni café</title><content type='html'>&lt;p&gt;Perdí toda la valentía al llegar a la puerta de la casa de Julia. Me quedé parado en el umbral mismo de su edificio, mirando mi reflejo borroso en el portero eléctrico gastado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Habían pasado 30 años desde la primera vez y, si bien estaba al tanto de sus cosas, porque uno no lo dice pero siempre sabe algo de las mujeres que estuvieron con uno, no hablaba mucho con ella desde entonces.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuánto más fácil me resultaba tocar el timbre en lo de cualquier otra mina. Una de esas de estos últimos meses, sin cara, sin mucha pregunta. Relaciones plásticas, sin pretensiones, que no suelen entender mucho de nada y no se entreveran nunca con los sentimientos. Yo no estaba para que me pregunten cuántos hijos tengo o de qué signo soy. Y eso que yo era de los que contaba todo, de los que lloraban de emoción.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Andaba triste, desencantado con la vida. Me había quedado solo desde hace un tiempo. Viejo y solo.&amp;nbsp;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No, mi mujer no se murió. Ni siquiera se enfermó. De hecho, está bastante mejor que muchas de su edad. Susana tiene 58, dos años menos que yo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Contra todos los manuales nos separamos después de treinta años. Después de la crisis de los cuarenta y cinco, cuando ya el barco camina solo, con guita, con los chicos grandes, con cinco nietos. Pensé que habíamos crecido juntos. Que lo poco o mucho que teníamos era mérito de los dos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De chico creía en eso de ¿qué vas a hacer cuando seas grande? ¡Lo tenía tan claro! Como si solo llegar hasta ahí fuese suficiente. Casarme, formar una familia, tener un buen trabajo. Quizás porque a mi viejo siempre le costó, o porque la veía a mamá trabajar de sol a sol cosiendo ropa en una maquina destartalada hasta las 2 de la mañana.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me había obsesionado con la idea de que nunca falte nada. Entonces estudié fuerte y me recibí de arquitecto. Ahorré todo lo que pude, compré un departamento y con solo 24 años le propuse casamiento a Susana. Nos habíamos conocido en la facultad, dos años después de lo mío con Julia. Susana era tan distinta. Una de esas minas libres, progresistas, adelantadas a su tiempo. Llena de opiniones, de proyectos. Nunca estuvo muy preparada para ser madre, mucho menos ama de casa.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo trabajaba como un burro, sin tregua, sin descanso, hasta que tuvimos una casa grande. Susana quiso volver a estudiar, buscarse un trabajo de pocas horas, pero yo insistí para que se quede en casa. La plata era mi responsabilidad y mis hijos necesitaban a su mamá.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nunca dejamos de esquiar, ni de tener vacaciones en el verano. Hasta me di el lujo de hacer una fiesta grande para mis bodas de plata y otra para festejar los 50 de los dos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pude pagar los casamientos de mis hijos y hasta les regalé un departamento para que pudieran arrancar sin tanto esfuerzo. Fuimos a Europa, a Disney con los nietos, a Japón, al culo del mundo porque Susana quería. Hice todo como lo había planeado, como dicen que hay que hacerlo y, así y todo, me cagaron.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No es normal que los jovatos como nosotros decidan divorciarse. Esas cosas les pasan a los actores, a los millonarios, pero ¿a los boludos como yo? Más normal sería que mi mujer se hubiese puesto gorda, que uno de los dos se enferme, ¡o se muera!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A mí, en cambio, me sentaron en el living de mi casa una tarde apenas llegué del estudio. Susana con la cara desencajada, mi mejor amigo sentado junto a ella —Sacate el abrigo —, me dijo apenas entré —Sentate, vení ¿Querés un vaso de agua? ¿Un café?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dije que si solo para postergar lo inevitable. Mientras Susana me servía en una bandeja preparada para un invitado, atiné a buscar los ojos de mi amigo. Quiso sonreír pero no pudo. Creo que era un día lindo, porque había sol, pero solo recuerdo el color deslucido del pasto y del cielo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De un día para el otro, sin siquiera darme cuenta, me explotó la vida en la cara. “Queremos contarte nuestra verdad”, me dijeron mientras mi café se enfriaba en la taza y el vaso de agua fría transpiraba tanto como yo. Hubiese preferido una mentira. Una que no convirtiera en falsos todos mis recuerdos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No me quedó otra que barajar y dar de nuevo. Volver a un departamento como ese que tenía de soltero. A comprar comida hecha, a sentarme en una mesa sin mantel, a ser el único que va solo al cumpleaños de un amigo. No quería ni que viniesen a limpiar. Dejaba la cortina cerrada todo el día, la cama sin hacer, los platos sin lavar y pasaba muchas tardes oscuras de invierno con las luces apagadas y el destello del televisor sin volumen inundándolo todo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por primera vez estuve confundido. Cuestioné mis convicciones, mi conducta, mi lealtad, el valor del esfuerzo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vivía deambulando por la ciudad, acelerando a fondo en la madrugada y tomando más de lo que debía. Lagrimeando de vez en cuando y refugiado en amores de un día; buscando donde no había nada que encontrar, atrapado en los laberintos oscuros de mi propia pena.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Anduve con locas, pendejas, separadas, veganas, y hasta alguna que otra señora potente que se me regalaba por la calle solo por el auto alemán y el sobretodo italiano con el cuello levantado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Experiencias efervescentes, lindas para contar, pero interesantes solo para mis amigos. Ninguna era como Susana. Me la encontraba en todas las camas, en cada hotel, me la confundía con otra en la calle. Quedé para siempre preso de su embrujo, de su discurso inteligente, de su voz ronca. Porque, muy a pesar de su traición, la amaba con el alma.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero ahí estaba, de todas maneras, batallando mis demonios, parado en la puerta de la casa de Julia. Tenía ganas de sanar, de volver a ilusionarme. Y no me quedaba otra que apostar al pasado conocido. Porque me había enamorado dos veces en la vida. Y de esos dos amores, ya solo me quedaba el primero.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Perdone, ¿va a usar el portero?— me dijo un señor sacándome de mi confuso trance pasional. La pregunta me devolvió al umbral de la casa de Julia, &amp;nbsp;a la espera de una inyección de coraje que no llegaba por ningún lado. Le pedí disculpas, y me senté en los escalones que bajaban a la vereda.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Julia y yo habíamos aprendido juntos con el amor de chicos. El primero del secundario. Ese genuino, de compromiso tácito, de amigos y confidentes. El de las risas contagiosas, el de los llantos desconsolados. El que nos hacía compartir el chicle, y el de las llamadas de teléfono tan largas como la cantidad de monedas que tenías en el bolsillo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ese mismo amor que se renovaba todos los días, que era pura pasión y nunca tenía vergüenza. Que se alimentaba del desenfreno, y se fogueaba con besos que duraban horas, pero que nada entendía de tiempo, mucho menos de modales o de protocolo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El mismo que nos encontraba en la plaza del barrio, en la parada del colectivo o en un banco del colegio. Ese mismo amor que Julia y yo encontramos una tarde linda de febrero, uno más aterrado que el otro, en la cama chiquita de mi cuarto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me acuerdo que la esperé sentado en un banco de la plaza, como cada sábado. Llegó puntual, casi corriendo, con su solero de lino turquesa; y solo eso tenía puesto. Su pelo perfecto recogido alto, sus sandalias bajas de niña y el perfume de mujer grande. Prestado, quizás robado; pero que se había puesto solo para mí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Caminamos de la mano, besándonos en cada esquina, riendo como tontos y burlándonos de las señoras que nos miraban horrorizadas. Aprendimos juntos esa tarde, jurando amor sin fin . De nuestra respiración agitada, de nuestros cuerpos empapados, del miedo que teníamos. No nos cansamos nunca, y hasta celebramos brindando con una Fanta naranja que encontramos en la heladera porque, por entonces, era lo único que tomábamos&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esta vez fue una bocina la me devolvió a todo lo que hoy me separaba de Julia. A los escalones de su casa, a su vereda, y a la valentía que todavía no encontraba por ningún lado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Levanté la mirada al cielo y cerré los ojos resignado, riendo solo de mi propia ingenuidad. No debe haber muchos pelotudos que todavía crean en el amor, mucho menos en el primero del colegio. Me había quemado con leche y todavía tenía el descaro de apostar por otro lado, de reírme a carcajadas delante de las vacas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al abrir los ojos me encontré con Julia ahí parada, mirándome en silencio. El sol de la tarde le golpeaba de lleno en su espalda y la rodeaba por completo de una luz linda y nueva. Se le inundó la cara con esa sonrisa enorme; tan particularmente suya.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Hola bombón —, dijo como si no hubiese pasado ni un solo día —¿De qué te reías?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llevaba su pelo recogido en una cola alta. Perfecto, igual que en esa tarde mágica. Flaca como siempre, con jeans gastados y un chaleco negro de esos de plumas por encima de una campera ajustada de corduroy.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Dale, levantate ¿Podés solo? —, me dijo ofreciendo su mano y se tentó de su ocurrencia &amp;nbsp;—. Tengo la heladera llena de Fanta naranja.&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/5623440346894829468'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/5623440346894829468'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2020/12/ni-agua-ni-cafe.html' title='Ni agua, ni café'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-7809175737274838614</id><published>2020-11-20T18:18:00.003-05:00</published><updated>2020-11-21T08:22:43.905-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Patito feo</title><content type='html'>&lt;p&gt;&amp;nbsp;A los 13 años Patricia Mora no era ni muy linda, ni muy alta. Todavía no había terminado de crecer, o al menos eso era lo que decía el pediatra cada vez que sus padres lo consultaban. Los argumentos profesionales parecían sólidos. Patricia aún no se había indispuesto y tampoco tenía que depilarse o usar desodorante. La preocupación principal, lo que motivaba tanta pregunta, tanta consulta reiterada, era el tamaño de sus tetas.&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;¡Pobre Patricia! Andaba siempre de brazos cruzados, llevando los libros de la escuela en un bolso colgado del hombro. No quería usar mochila, la traumatizaba eso de los breteles anchos y la espalda derecha. Y siempre con una bufanda, un pañuelo grande o un buzo atado sobre los hombros, incluso en verano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tenés que tener paciencia, Patito —, la consolaba su mamá mientras le hacía la merienda —. Cuando termines de crecer, vas a ver que todo se compensa. Viste que en la familia somos todos altos. Además, la tía Tita era igual a vos. Con gimnasia y deporte, vas a estirar.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero a pesar de las palabras de aliento de su madre y el esfuerzo de cada día, Patricia Mora no terminaba de crecer. Y sin altura, no había forma de esconder semejante delantera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después de la escuela, pasaba las tardes en la sociedad de fomento del barrio, colgada de las barras. O jugando al volley, saltando de acá para allá para que su cuerpo se estire y crezca por fin. Igual estaba incómoda, se sentía pesada, hasta gorda. Por más apretado que usase el corpiño, por más camisetas que se pusiera, las tetas le rebotaban por todos lados y los pibes se volvían locos. Se juntaban a verla sentados en las gradas del gimnasio, riendo como tarados. Y la pobre se debatía entonces, entre su falta de autoestima y la bronca por el deseo desenfrenado de sus compañeros.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Claudio, su amigo de la cuadra, era el único que podía ver un poco más allá. El que se ponía mal cuando la veía llorar. Por que la quería desde chico, desde los cinco, de toda la vida. La quería así, como era. Con los ojos chicos, con los rulos alborotados, desde mucho antes de las tetas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y a Patricia Claudio también le gustaba un poco. Era su amigo de siempre, el que la entendía un poco más. Con el se reía sin miedo, aunque se le viera el chicle, aunque no estuviese muy arreglada. Y era el único al que abrazaba sin pensar. Pero hacía ya un tiempo que no podía confiar ni en su propia intuición ¡Y no era para menos! ¿Quién la iba a querer por su personalidad? ¿Por ser ella misma? Si no podían, siquiera, mirarla a los ojos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una tarde a la salida del entrenamiento, uno de los eternos tarados de la tribuna se le acercó de más en la puerta del gimnasio.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Dale saltá un poquito —, le decía mientras Pato lloraba de nervios —. Sacate el buzo así te puedo ver bien.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El acoso le duró dos oraciones. Claudio que ya era grandote y justo pasaba por ahí le retorció el brazo por atrás de la espalda hasta que el pibe dijo perdón.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Volvieron a casa juntos, caminando en silencio por un rato, comiendo masticables de naranja. Para acortar el camino, cruzaron la plaza del barrio en diagonal hasta llegar al monumento. Patricia se sentó en un banco y sin decir nada empezó a jugar con las piedras del piso empujándolas con la punta de sus zapatillas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pasa algo? — preguntó Claudio preocupado mientras se acomodaba junto a ella.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Nada —, dijo segura. Y le dio un beso lleno de caramelo, mojado; de esos que salen mal porque son los primeros.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aprendieron juntos esa tarde y todas las demás del mes siguiente. Hasta ese viernes del último día de clase. Hasta ese día que los Mora decidieron mudarse a Mar del Plata. Sin preámbulo, sin siquiera avisarle a Patricia levantaron toda la casa cuando el año ya terminaba. Y en solo dos días ya estaban listos para irse.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Solo les dio tiempo para un beso más, y un “te amo” susurrado. Pato le dio un papel doblado en 4, con un teléfono de pocos números y un “esperame” escrito en letras grandes y con marcadores de colores. Y el pibe se quedó ahí solo, sentado en su bici azul que ya le quedaba medio chica, mirando la rural Peugeot cargada hasta arriba alejarse para siempre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como en su casa Claudio no tenía teléfono, fue hasta lo de su tía esa misma semana y marcó el número cortito; pero una operadora monocorde dijo que algo estaba mal, que algún dígito le faltaba. Agregó un cero adelante y probó de nuevo, pero nada. A la semana intentó con un prefijo 23 y con un 32. Pero todos las combinaciones terminaban en el mismo mensaje.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llegó la navidad de ese año. Pasó enero, febrero y también marzo. Pero Pato y su familia nunca aparecieron. Algunos días caminando, otros días con la bici azul, Claudio pasaba por la casa de los Mora buscándola en vano, con la esperanza de encontrarse, al menos, con algún familiar, con alguien que le pudiese dar el número de teléfono correcto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A 400 kms de Buenos Aires, del otro lado de la ruta 2, Patito se fue acomodando como pudo a Mar del Plata. Después del verano, la anotaron en un colegio de monjas y sin tanto acoso, de a poco se adaptó. La rutina, las amigas nuevas, el mar y la playa de los fines de semana, la hicieron olvidar su barrio, el volley, los espaldares de la sociedad de fomento. Y así, lo de Claudio y ese beso pegoteado en la plaza, se volvió un recuerdo lindo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Siguió saltando con su camiseta apretada, corriendo olas en una tabla, o colgada del barral de alguna carpa en la playa, más por costumbre que por convicción. Y casi sin darse cuenta su cuerpo por fin se estiró.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En Buenos Aires, la vida de Claudio siguió casi toda igual. La sociedad de fomento, las ranas del arroyito, la bici azul, la plaza y ese bendito banco. Fue difícil dejarla ir; porque olvidarla de verdad nunca pudo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y Pato al final se estiró. Se puso alta y flaca como su mamá le había prometido. Su piel se había vuelto morena por el sol, sus piernas fuertes, sus brazos largos. Con su seguridad renovada, usaba siempre unos jeans todos rotos y apretados. Y el pelo siempre suelto, largo; manchado casi sin querer de mechones rubios de tanta playa, de tanto mar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con 18 recién cumplidos la facultad la llevó de vuelta a la capital. Cargó hasta arriba un Fiat 147 que le habían regalado y alquiló un departamento en el centro con dos amigas. Para Pato era otra Buenos Aires, una vida nueva, una vez más.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A los pocos meses volvió una tarde a su barrio, por nostalgia nomás, para ver de cerca la casa donde había crecido. Dio una vuelta por el colegio, por la sociedad de fomento. Dejó el auto parado y caminó por la plaza. Se sentó sola en el banco del monumento como el día de los caramelos, y los recuerdos de esa tarde le vinieron de todos de golpe.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sin dudar apuró el paso hasta la casa de Claudio y tocó el timbre, acomodándose el pelo con una sola mano para lucir lo mejor posible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fue su amigo de toda la vida el que contestó la puerta. El que dijo “hola” sin saber muy bien a quien saludaba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Hola —dijo Pato entusiasmada, parada derechita para impresionar. Se rió de golpe y sus dientes blancos inundaron su cara bronceada —¿No me reconocés? Soy yo —, se acercó para saludarlo con un beso, pero Claudio se quedó quieto, incómodo — ¿Qué te pasa? Te estás haciendo el bobo ¿no? Soy Patricia, Patricia Mora ¡Mirá cómo crecí!— Se paró en puntas de pie, para lucir aún más alta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Claudio la miraba, buscando su propia voz, intentando conectar sus recuerdos. —Vos no sos Patito —, dijo serio —. La que yo esperaba me necesitaba un poco más, me dejó un papelito que decía que la espere con letras grandes, un número de teléfono equivocado. Todavía creo que lo tengo guardado por ahí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tenía 13, no sabía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me podrías haber escrito una carta, un telegrama ¿No hay correo en Mar del Plata?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pato se quedó ahí, sin saber muy bien que decir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tengo caramelos masticables —dijo y miró para arriba —. Y un número nuevo de Buenos Aires.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No sé —, dijo Claudio —. Si te hubieses venido con un buzo atado en los hombros, o un pañuelo. Pero con esos jeans, así tan suelta, me hacés dudar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pato se quedó callada un momento sin dejar de sonreír&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y si salto un poquito?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7809175737274838614'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7809175737274838614'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2020/11/patito-feo.html' title='Patito feo'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-7743072146601650459</id><published>2020-11-06T13:06:00.004-05:00</published><updated>2020-11-07T13:39:50.380-05:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>Chapitas</title><content type='html'>&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Como todos los barrios, el mío también tenía un elenco estable. Gente que era de otro lado, que aparecía de vez en cuando, pero conocida para todos. El diariero, el botellero, el del camión de soda, el que hacía el reparto de vino los sábados a la mañana. Los pacientes del doctor Baygorria, los alumnos de la maestra particular de matemáticas, y un loco. Por que en todos los barrios siempre había un loco. Por casa pasaba uno que juntaba chapitas. Chapitas de botella, esas tapas a presión de metal que tenían todas las gaseosas y que ahora solo se usan para las cervezas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Miguel se llamaba. Un tipo flaco, de unos 40 años, siempre bien arreglado, siempre bien peinado. Andaba con un changuito de esos de hacer las compras. No era un carro del super; en esa época todavía no había supermercados. Este era de los que se llevaban a la rastra, a la feria. Alto y de solo dos ruedas, hecho de reja y con una bolsa cuadrada de tela a rayas que se acomodaba contra las paredes.&amp;nbsp;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Como a eso de las seis de la tarde, el loco pasaba por las veredas desparejas del barrio, haciendo ruido como una pandereta y camino de la pizzería de la vuelta. Ricardito y yo andábamos bastante por ese lado; sobre todo los martes y los jueves que teníamos karate.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;La academia quedaba justo arriba de la pizzería, en un primer piso con ventanas grandes que daban a la calle. Se subía por un escalera pegada a la puerta de chapa de la cocina, que siempre estaba abierta por el calor del horno.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Después de la clase, nos metíamos por ahí todavía con el uniforme blanco y comíamos una porción cada uno con una Mirinda; charlando con el pizzero que nos conocía de memoria.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;La mayoría de los días Miguel ya estaba ahí sentado solo con su changuito bien cerca. Ricardito se acercaba, lo saludaba por su nombre y le daba la chapita de nuestra botella. El loco solo agradecía con una sonrisa tibia y tiraba la tapa en la pila, pero nunca decía nada. Ni hola, ni chau. Nada. El mozo al rato le dejaba una porción de mozzarella y una Pepsi fría sin abrir.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Miguel comía la porción completa a dos por hora, masticando despacio, cada bocado cortado con cuchillo y tenedor, sin siquiera mirar la Pepsi. Al terminar, corría el plato a un costado y, con un destapador propio que llevaba en el bolsillo, le daba a la chapita de la Pepsi despacio, girando la botella, siempre para el mismo lado, hasta que la tapa finalmente cedía. Se reía solo mirando su trofeo y tomaba de la botella, disfrutando cada trago como si fuera el último, hasta no dejar ni una gota.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;En ese momento el dueño le traía una bolsa de papel con todas las chapitas que le había guardado y nunca le cobraba. El loco examinaba la mercadería con cuidado, como si fuese un joyero. Descartaba rápido esas destapadas a las apuradas, casi dobladas por la mitad y las corría a un costado. El resto, las arrastraba todas adentro del changuito. Y de ahí salía haciendo ruido como un sonajero, caminando para el lado de Rivadavia, hasta fundirse con la noche.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Un jueves, después del entrenamiento, después de la pizza, llevé una nota a casa que me habían dado en la academia. Aparentemente nos habían invitado a una demostración de habilidades en el Borda. Mi vieja salió disparada a tocarle timbre a la mamá de Ricardo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—Decime una cosa, Alicia — se quejaba parada en la vereda y con el papel en la mano —¿A quién se le ocurre llevar a dos chicos de 10 años a un manicomio?&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Hablaron las dos con el sensei y, después de una deliberación que duró como 20 minutos, nos dejaron ir. Fuimos un grupo grande de todas las divisiones, metidos en un micro naranja de escuela. Y la verdad que era feo el Borda. Feo como cualquier hospital del estado; pero encima viejo, triste. Edificios cansados, gastados por el tiempo. El pasto más largo de la cuenta y mucha gente enferma caminando por el parque. Las nubes bajas del invierno poco ayudaban y nuestros uniformes blancos parecían fosforescentes entre todo ese gris.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Me quedé mirando las ventanas de un pabellón de muchos pisos, con rejas oxidadas en las ventanas, pensando en la gente que dormía ahí cada noche y la panza me hizo ruido. Unos internos caminaban despacio de la mano de sus enfermeros. El personal uniformado de un verde sin esperanza; los pacientes sin color. Un tipo joven quiso correr, pero fue contenido y empezó a llorar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Me distrajo Ricardito que calentaba y estiraba en el lugar, tirando patadas al aire como si hubiésemos llegado a las olimpiadas de Tokio. No éramos los únicos invitados. Atrás nuestro llegaron varios micros más: La banda de música de un colegio, unas chicas que hacían gimnasia acrobática y los familiares de muchos de los internos. Mi amigo se reía y decía que era el día del loco, pero celebraban el día de la familia, o algo así.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;En el parque central, una carpa grande vendía panchos, tortas y bebidas. Se organizaba un concurso de dibujo, carreras de embolsados, un campeonato de truco y otras actividades.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Nos quedamos por ahí, esperando el turno para nuestro show y nos dieron una bolsa de papel con un sandwich de salchichón y unos palitos salados. Metí la mano y me encontré con dos chapitas pintadas de azul.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—Con eso te dan dos jugos chiquitos en el puesto de bebidas —dijo una señora gorda vestida de enfermera y señaló la carpa —, o una Pepsi fría.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Fuimos a buscar una gaseosa para cada uno y caminamos hasta encontrar un lugar para sentarnos. Llegamos a un patio de baldosas, lleno de mesas y bancos amurados al piso. Muebles de cemento, cuadrados y gordos, como esos de las plazas. La gente se iba sentando de a dos, enfrentados para jugar un campeonato de damas que se había organizado. El tablero estaba pintado en cada mesa. Las fichas otra vez eran chapitas pintadas de negro y de blanco. Sentados un poco más allá, otros jugaban al truco. Los puntos también se contaban con chapitas, pero rojas o verdes.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—Se ve que lo de las chapitas es cosa de locos — dijo Ricardito con la boca llena, tentado de su propia ocurrencia. Se reía con ganas y yo con él, hasta que se quedó serio de golpe. —¿Ese de allá no es Miguel? —dijo señalando a un tipo a lo lejos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—¿Qué Miguel?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—Miguel, el del carrito que hace ruido, ¡el loco de las chapitas!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Nos acercamos despacio. El loco estaba sentado en un banco largo tirándole migas de pan a unas palomas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—Perdón doctor, tenían hambre pobrecitas —nos dijo asustado al vernos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—Somos nosotros, Miguel —le dijo Ricardo — los de la pizzería ¿No nos reconocés?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Miguel sonrió y puso sus manos abajo de los muslos, sacudiendo la cabeza. —Uuuuu, ¡qué susto! Me confundí con la ropa blanca ¿Vinieron a traerme chapitas?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—No. Estamos con la academia de ...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—Estamos de visita — interrumpió Ricardito —¿Vos vivís acá?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;—No, yo no. —dijo y se nos quedó mirando por un momento —. Acá vive mi hermano. Mi hermano gemelo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7743072146601650459'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/7743072146601650459'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2020/11/chapitas.html' title='Chapitas'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7209828998052188697.post-6684298290873020408</id><published>2020-10-30T17:00:00.001-04:00</published><updated>2020-10-30T17:00:06.233-04:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="CUENTOS"/><title type='text'>La noticia rebelde</title><content type='html'>&lt;p&gt;M&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;e llamo Luciana García y soy la directora de noticias de un diario de la mañana. Un diario de esos chiquitos, con letras grandes y de colores, lleno de chismes y noticias sensacionalistas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Nací en Carmen de Areco, un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, como a 150 kilómetros de la capital. Me vine sola a la ciudad, a los 18 recién cumplidos, desafiando la autoridad de mi viejo, consentida por las lágrimas y el silencio de mi madre, pero con la firme ilusión de escapar y convertirme en periodista. No sé muy bien de dónde viene ese romance con el periodismo. Para mí tiene un poco que ver con esa necesidad de denuncia que llevo encima desde los 15, con levantar la voz en nombre de mi hermano Miguel.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;a name=&#39;more&#39;&gt;&lt;/a&gt;Es que la mía es una familia de esas de antes, tradicional por donde la mires. Padres de la misma edad, que hasta se parecen de tanto estar juntos y mis cuatro hermanos: Pancho que trabaja en el campo con mi papá. Miguel, que viene justo después de mí y es el cura del pueblo, Mariana que está casada y tiene 3 hijos, y Pili que acaba de tener su segundo bebé.&amp;nbsp;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Papá vivió toda la vida para su trabajo y poco entiende de ser padre, nunca lo entendió. Y mamá, pobre, fue madre como pudo y ahora solo quiere ser abuela. A mis hermanos varones los criaron en el campo y a nosotras nos enseñaron a cocinar, a planchar, a juntar huevos y a poner la mesa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Desde que me fui a Buenos Aires, allá, en Areco, todo sigue igual que siempre. Asado en el campo los los sábados al mediodía y ravioles caseros cada domingo. Después, todos juntos, caminando a la misa de 6 que da mi hermano.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt; Dicen en la redacción que mi trabajo no es fácil. Puede ser, pero a mi no me pesa. Reconozco que hay que saber manejar la información. A veces el orden de las cosas, lo que no se dice, puede cambiar la percepción por completo. Mas difícil es volver al pueblo de vez en cuando y enfrentar la mirada silenciosa de mi papá.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Yo me quejo, pero Miguel la tiene bastante más complicada. Cada siete días tiene que convencer a un pueblo entero de que es mejor irse al cielo, y de que hay que vivir sufriendo en la tierra para poder subir. Se decidió rápido por el seminario, apenas cumplió 16. Y ahí se quedó, entregando su amor al cielo, disfrazado de cura, escondido para siempre debajo de un altar. Me lo tendría que haber llevado conmigo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Extraño un poco el campo, porque siempre me gustó. De chica me levantaba a las cuatro de la mañana para tomar mate con mi viejo ¡Éramos tan compinches! Me contaba historias del pueblo, de la yerra. Corríamos carreras con los caballos, o saltábamos por los fardos que apilábamos en la puerta del galpón. Pero cuando cumplí quince y quise seguir arriando, subida al tractor primero que nadie; cuando más lista estaba para ayudarlo, cuando me di cuenta que trabajar en eso era lo mío, me cambió por mi hermano Pancho. Y a mí me dejó sentada en casa, vestida de mujercita, aprendiendo a tejer con mi mamá, horneando pastelitos y tartas para el próximo 25 de mayo. Lloré tanto, tanto me quejé que una de esas mañanas, sentados en la mesa de la cocina, me dijo: “si no te gusta, te vas.”&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Ahora vivo de noticias que hacen ruido; pero este trabajo me enseñó a no gritar, a no hablar de más como entonces y a buscar mi lugar. Nunca es bueno dar más información de la que se necesita. En el diario aprendí a pegar justo con un titular, a guardar lo que no sirve, a contar, siempre, la parte buena de una historia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Por eso quería que esta noticia no les llegara tan de golpe. Porque pude encontrarme en la ciudad, pero sigo enamorada del campo como siempre, y porque quiero cuidar a mi familia de la misma manera que cuido a mis lectores.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Ayer levanté el teléfono y le pregunté a mi hermano Miguel si podía casarme en el campo, con un altar de campaña. También hablé con Pili, a ver si se ilusionaba con ser la madrina de mi hijo. Los dos solo dijeron que si. Y también fui hasta el pueblo para tomar mate con mi viejo, y preguntarle si le gustaría ser abuelo una vez más. Pobre, no podía parar de llorar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;font-family: inherit;&quot;&gt;Al él no le conté que me casé hace un año con Mariela por civil, y que acabo de quedar embarazada de un huevo de ella ¿Para qué? Cuando vea al bebé quizás sea el momento. Un poco como en el diario: me guardo cosas que no hace falta decir.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6684298290873020408'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7209828998052188697/posts/default/6684298290873020408'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.javierlentino.com/2020/10/la-noticia-rebelde.html' title='La noticia rebelde'/><author><name>Javier Lentino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06316780929250344835</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjgnx3SFyTSXDtuzt8bk0vo6tq9t6l4-_zsEebUSwrFYaMN8JSbq4BAmML4rwitIql4Y_I4TS6inL1SkM4oqkwiTZe3fHg3MG2vRDsu6R_X1F6XIqmyTZTrXQ2_8vd9UyU/s220/SNC11620.JPG'/></author></entry></feed>