<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:blogger='http://schemas.google.com/blogger/2008' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd="http://schemas.google.com/g/2005" xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761</id><updated>2026-11-01T16:51:01.457+01:00</updated><category term="Relatos"/><category term="Drama"/><category term="Favoritos"/><category term="Humor"/><category term="Personal"/><category term="Sociedad y tendencias"/><category term="Microrrelatos"/><category term="Monólogos"/><category term="Mejores"/><category term="Política"/><category term="Injusticia"/><category term="Experimental"/><category term="Economía"/><category term="Con moraleja"/><category term="Cortos y vídeos"/><category term="Amor y desamor"/><category term="Cine y cultura"/><category term="Inmigrantes"/><category term="Quiso ser un corto"/><category term="Personajes"/><category term="Circo Pringlend"/><category term="Refugiados"/><category term="Unas vacaciones muy familiares"/><category term="Deportes y espectáculos"/><category term="Poesía"/><category term="Soliloquios"/><category term="Sueños"/><category term="Autoayuda"/><category term="El viaje de Roque"/><category term="Formación y educación"/><category term="Realismo mágico"/><category term="Aki Kaurismäki"/><category term="Hirokazu Koreeda"/><category term="Libros"/><category term="Navidad"/><category term="Novela"/><category term="Novela negra"/><category term="Kishōtenketsu"/><category term="Naomi Kawase"/><title type='text'>relatos · veteporlasombra</title><subtitle type='html'>cuando el sol aprieta, la realidad está hecha de espejismos</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://www.veteporlasombra.es/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default?redirect=false'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25&amp;redirect=false'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>324</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-2500926122926437790</id><published>2026-04-27T20:48:00.030+02:00</published><updated>2026-04-27T23:13:25.741+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Quiso ser un corto"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Sociedad y tendencias"/><title type='text'>Genuino</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjbwrQbcDnMNHfDQCK88YebIXrjh86xvS82V3LYDRsPR-eRob2Tt5bc8H5U1mAuf-zJ-ZFlsiZP4mNrBjYxr7yEoi8tR0XnoOB1s5lPf1C5DwksyvdIglUkvbKaEFkkpTyZCP5KKHc3fQVHe5MDCJYbpcPZf9QZeL3ujJh7scCP9-bZiJpmGe3S/s1408/Jacobo-Trist%C3%A1n-de-Luna.png&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;El escritor Jacobo Tristán de Luna&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;768&quot; data-original-width=&quot;1408&quot; height=&quot;350&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjbwrQbcDnMNHfDQCK88YebIXrjh86xvS82V3LYDRsPR-eRob2Tt5bc8H5U1mAuf-zJ-ZFlsiZP4mNrBjYxr7yEoi8tR0XnoOB1s5lPf1C5DwksyvdIglUkvbKaEFkkpTyZCP5KKHc3fQVHe5MDCJYbpcPZf9QZeL3ujJh7scCP9-bZiJpmGe3S/w640-h350/Jacobo-Trist%C3%A1n-de-Luna.png&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Jacobo Tristán de Luna&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Doblaba Mariano sobre la cama la última camisa que le quedaba por meter en la maleta: abotonada hasta el cuello, primero un doblez por donde terminaban las mangas, y luego otros dos, a un tercio y dos tercios del largo. Tras guardarla en la maleta salió de la habitación, para despedirse del que durante veintitrés años había sido su jefe.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Perdón, mi plancha —le dijo al Kombi Z30, el robot que le iba a suceder en el puesto. De hecho, ya venía realizando todas sus funciones desde hacía una semana.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mariano desenchufó la plancha. El Z30 reevaluó rápidamente la situación: sin plancha, no podía continuar con la pila de ropa que tenía amontonada en la cesta, así que acudió sin rechistar en busca del plumero de limpiar el polvo. El mismo Mariano le había explicado, a lo largo de la semana, dónde guardaba cada utensilio que le iba a hacer falta, e instruido sobre cómo realizar las tareas domésticas:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—El señor es muy puntilloso, sobre todo con sus camisas, que le gustan bien planchadas. A sus premios literarios páseles el plumero todos los días, con cuidado; son muy importantes para él. Ni por asomo le dé utilizar los zorros para trapearlos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Descuide: los zorros los utilizaré para cuidar de las gallinas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tenía su puntillo de humor el Kombi Z30, aunque maldita la gracia que le hacían a Mariano sus ocurrencias...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se dirigió Mariano al cuartito de baño que tenía reservado para su uso exclusivo, vació en el váter el agua de la plancha y la dejó en la repisa del lavabo, para que se fuera enfriando. Frente al espejo se atusó su bigotillo de mayordomo. «El robot éste, el baño no lo va a necesitar», se dijo. Allí se quedó arrobado hasta más allá del reflejo de sus ojeras de no haber dormido bien en las últimas noches. Y allí estuvo unos segundos haciendo como que contemplaba su rostro lánguido, hasta que unos golpecitos insistentes sobre el tacón de su zapato izquierdo lo sacaron de su estado de trance.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Quita, coño! —le dijo al Roomba, que andaba barriendo por toda la primera planta. Rectificó Mariano la ruta del aparato de un puntapié blandito. Aquel autómata enano le había librado de barrer en los últimos tiempos, pero fue el primer indicio de lo que estaba por llegar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después Mariano infringió, por primera vez, una norma que tenía tajantemente prohibida: la de interrumpir a su jefe mientras andaba encerrado en su despacho escribiendo, o, quién sabe, si dando una cabezada. Picó la puerta y le respondió la voz grave de Jacobo Tristán de Luna.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Sí?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Señor, ¿puedo entrar?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fue Jacobo Tristán el que se acercó a abrirle la puerta a Mariano. Se tenía por un hombre llano y horizontal, nada amigo de protocolos y mucho menos de los que remarcan la diferencia de estatus.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por más que he intentado en todos estos años que me tutees, no lo he conseguido —dijo Jacobo Tristán, nada más abrir—. Anda, pasa Mariano, y siéntate...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No va a ser necesario. Sólo venía a decirle adiós, y agradecerle por todos estos años de trabajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mariano observó por última vez aquel despacho que había limpiado casi a diario: el escritorio de madera de nogal, repleto de notas y pilas de folios con anotaciones; los libros por todas partes, en las estanterías, sobre las sillas, y hasta en el suelo; las fotografías de los hijos de Jacobo Tristán cuando eran niños, Tristancito y Libertad, y otras del propio Jacobo Tristán junto a personas famosas, del pasado y del presente, cuyos rostros le eran conocidos a Mariano pero que realmente no sabría decir quiénes eran. También, sobre el escritorio, las figuritas de Tintín, su perro Milú y el capitán Haddock, detrás del iMac que reemplazó al aparatoso ordenador que, a su vez, relegó a la Olivetti a un rincón, como en un museo, sobre una mesa supletoria. Y encerradas en una vitrina para que no les entrase el polvo, una colección de cámaras fotográficas, desde analógicas más o menos antiguas a alguna digital. En fin, el ciclo de la vida...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No tienes que agradecerme nada, Mariano —dijo Jacobo Tristán—. Al contrario: soy yo quien te da las gracias por tus años de servicio y, sobre todo, por tu discreción.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sabía Mariano que el señor se refería a sus escarceos veraniegos, cuando la señora estaba de vacaciones en la casita de Mallorca con los niños, y Jacobo Tristán se traía a casa a alguna de sus lectoras, con la intención de documentarse para sus novelas, sobre cómo acontecían las relaciones extramaritales. Aquellas ya eran unas aventuras del pasado, mucho antes de finiquitar la relación con la madre de sus hijos. Tras el divorcio, la señora se quedó con la casita de Mallorca, pero al menos Jacobo Tristán se libró de las interrupciones y del ruido de los niños mientras escribía, niños que ya habían estudiado la carrera y trataban de ganarse la vida como podían: Tristancito empezaba a encontrar su hueco en la televisión, como guionista de programas de telebasura, mientras que Libertad se había aventurado en el proyecto político de una agrupación independentista de Mallorca, que no tenía muy claro su padre si le reportaría algún rédito en el futuro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me gustaría también pedirte disculpas, Mariano, por tener ahora que prescindir de tus servicios, pero no me los puedo permitir. Las ventas de mis novelas han bajado mucho, por toda esa competencia de la inteligencia artificial, que genera libros como churros...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No tiene por qué disculparse, señor. Nos está pasando a todos, que las máquinas nos están quitando el trabajo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya, Mariano, pero, sin ánimo de ofender, no se pueden comparar las tareas del hogar con el arte. Se suponía que las máquinas iban a llegar para realizar las tareas penosas y que tuviéramos más tiempo para el ocio, para leer, para escribir... No al revés, que se encarguen ellas de hacer arte, y nosotros a planchar. Las obras de un escritor son algo genuino que ninguna IA podrá nunca igualar...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Disculpe mi atrevimiento: en las estanterías de El Corte Inglés hay novelas a montones, como si fueran cajas de perfume, para que cada uno elija la que más le guste. Igual a los lectores les da igual quién escriba el libro o haga el perfume, con tal de que les resulte entretenido o huela bien.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se dio cuenta Mariano de que tal vez había ido demasiado lejos con aquella metáfora, así que reculó:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pero no me haga mucho caso, que yo no entiendo de libros, sólo de camisas recién planchadas... Por cierto; le he quitado la plancha a su nuevo robot. Después de tantos años me he hecho a ella, así que me gustaría llevármela.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sin problema, Mariano. Ya compraremos otra...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Parece mentira, lo que llega uno a apreciar a un simple objeto... Pero bueno, creo que ya me tengo que ir; no quiero perder el bus de las doce y veinticinco, que ya sabe que los sábados pasa de hora en hora.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En realidad, nada sabía Jacobo Tristán sobre los horarios de los buses en aquella urbanización de Somosaguas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras Mariano iba a recoger sus cosas, Jacobo Tristán sacó de una caja uno de los ejemplares de su última novela, que justo le acababan de llegar aquella misma semana. Tenía la intención de regalárselo a Mariano, así que con su estilográfica le escribió una dedicatoria. Luego acudió al salón, a esperarlo.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El Kombi Z30 pasaba el plumero por unas estatuillas africanas que Jacobo Tristán se había traído de un viaje al Congo, que para nada interesaron a su ex mujer en el momento de la repartición de las cosas de la casa. Durante aquel viaje al Congo, Jacobo Tristán pudo conocer de primera mano las condiciones de semiesclavitud de los trabajadores de unas minas de coltán. Aquello le impresionó tanto que, aparte de las estatuillas y unas máscaras tribales, de su experiencia congoleña se trajo la idea para una novela que tuvo bastante éxito comercial.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Perdone que me haya demorado un poco, pero estaba acomodando la plancha dentro de la maleta —se excusó Mariano. No pudo reprimir el vicio de recolocar en su sitio la figura&amp;nbsp;de un cazador Kongo Sundi que el Z30 había derribado con el plumero. Miró a su jefe como pidiendo que lo disculpara, por la injerencia en las tareas del robot. Ninguno de los dos dijo una palabra.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Toma, para que tengas un recuerdo —dijo Jacobo Tristán, entregándole su libro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ah, vaya, muchas gracias! Ya sabe que no soy mucho de leer, pero al menos ahora tendré tiempo hasta para aburrirme.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Con esta novela no te vas a aburrir. Te he escrito una dedicatoria; dicen que, con el tiempo, un libro se revaloriza si lleva la firma del autor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mariano leyó la dedicatoria: «Para Mariano, con afecto, por la pulcritud de su poesía cotidiana»,&amp;nbsp; y luego el garabato ascendente que Jacobo Tristán tenía por firma.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ya en la puerta de entrada a la casa, Jacobo Tristán le dio a Mariano ese cálido abrazo que le debía por todos sus años de servicio. Una sensación extraña le produjo al mayordomo ese abrazo, como si estuviera fuera de lugar. Pero a fin de cuentas era lo que tocaba, según el protocolo de las buenas maneras. Jacobo Tristán lo vio partir a través del sendero de cuarcita que atravesaba el jardín, en una mano la maleta de ruedines sujeta por el asa, en la otra su novela en tapa dura. Cuando traspasó la puerta de chapa, aneja al portón de entrada de carruajes, y lo perdió de vista, tuvo Jacobo Tristán el presentimiento de que justo en ese instante empezaba un nuevo capítulo de su vida, pero no uno cualquiera, sino uno de esos en los que se produce un giro importante de la trama.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El Kombi Z30 seguía a lo suyo, ahora liado con el polvo de los premios literarios que Jacobo Tristán había recibido a lo largo de su exitosa carrera. Se dirigió el escritor a su despacho con el runrún en la cabeza del símil que había hecho Mariano, el de comparar las novelas con los perfumes. Tomó de la caja otro de los ejemplares de su libro y regresó en busca del Kombi Z30.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Perdona, ¿te importaría darme tu impresión sincera sobre esta novela? —pidió al robot.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El Z30 dejó el plumero a un lado y, con sus manos robóticas, tomó el libro que Jacobo Tristán le ofrecía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Claro que sí, don Jacobo. ¿Quiere que haga un análisis literario, o prefiere que hablemos sobre los aspectos en que se podría mejorar?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A Jacobo Tristán le extrañó que se hubiera lanzado a hablarle tan abiertamente a una máquina, y lo que es peor: que concediera algún crédito a sus respuestas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, no, nada de eso. Quiero que me digas si realmente crees que es una novela genuina, que ninguna inteligencia artificial podría emular. Y por favor, tutéame. Llámame mejor Tristán.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Como quieras, Tristán. Voy a analizar la novela desde el punto de vista de su originalidad...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El Kombi Z30 tardó menos de un minuto en hojear las páginas del libro, descifrando el texto a la par que iba escaneando las páginas con sus ojos láser.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Un buen cambio de cromos, lo de una novela sobre una mujer madura que trata de recomponerse de sus inseguridades viajando a Cuba para seducir a un joven al que supera en edad y en dígitos de su cuenta corriente, algo más original, desde luego, que la típica historia crepuscular entre un profesor de universidad y su alumna veinteañera. En este caso, creo que puede ser muy del gusto del «consumidor de proxies» femenino, que más que literatura de profundidad busca sentir que está leyendo el diario íntimo de una mujer que pertenece a una élite a la que no tiene acceso. El vino caro, la langosta en el hotel de 5 estrellas de la Habana, los síntomas de la menopausia... Yo creo que la IA es capaz de emular a la perfección este tipo de fetiches y congojas. ¿Quieres, Tristán, que te prepare una estrategia de marketing orientada a ese nicho de lectoras?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, no hace falta. Continúa con la limpieza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Está bien, Tristán. Si alguna vez piensas escribir una novela, te puedo ayudar con la trama y los detalles.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El Kombi Z30 devolvió el libro a Jacobo Tristán y cogió el plumero. No bien se daba la vuelta Jacobo Tristán para ir a servirse un güisqui, cuando sintió un estallar de cristales, algo amortiguado por la madera de la tarima flotante del suelo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oh-oh! —exclamó el Z30—. Parece que el bonito galardón de cristal se ha hecho añicos contra el suelo. Al menos, ahora me llevará menos tiempo el limpiar el polvo. ¿Tristán, quieres que emplee ese tiempo en tratar de recomponer los pedazos, o los tiro directamente a la basura?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras se zambullía de cabeza en aquel Hibiki Japanese Harmony &quot;on the rocks&quot;, Jacobo Tristán no tuvo la menor duda: Mariano, en el improbable caso de haber destrozado su más preciado galardón, nunca se hubiera permitido una ocurrencia tan genuina...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2026/04/genuino.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/2500926122926437790'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/2500926122926437790'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2026/04/genuino.html' title='Genuino'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjbwrQbcDnMNHfDQCK88YebIXrjh86xvS82V3LYDRsPR-eRob2Tt5bc8H5U1mAuf-zJ-ZFlsiZP4mNrBjYxr7yEoi8tR0XnoOB1s5lPf1C5DwksyvdIglUkvbKaEFkkpTyZCP5KKHc3fQVHe5MDCJYbpcPZf9QZeL3ujJh7scCP9-bZiJpmGe3S/s72-w640-h350-c/Jacobo-Trist%C3%A1n-de-Luna.png" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-6045612376039313639</id><published>2026-04-05T21:28:00.007+02:00</published><updated>2026-11-01T16:51:01.457+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Mejores"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realismo mágico"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Sueños"/><title type='text'>En el aire</title><content type='html'>&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhLL-QpuDOdmL5EnhnXHPZiQixhsjHKjpCeO0EA7DqeY_efRrOnkf0dvO_k7HD-luRT9M7_y4w8hDXbaOE32tlc31sxtwTGLBYGCMCjAREUwVTTPCvofOIwVZ768NpX2pDa1MzPNubzBexh8M8x_UlMnr8xiI9CNLiDCBn0rD5Pvjvadzp9EPzd/s1536/la_exuberante_trapecista_vasca.png&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;La exuberante trapecista vasca&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1024&quot; data-original-width=&quot;1536&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhLL-QpuDOdmL5EnhnXHPZiQixhsjHKjpCeO0EA7DqeY_efRrOnkf0dvO_k7HD-luRT9M7_y4w8hDXbaOE32tlc31sxtwTGLBYGCMCjAREUwVTTPCvofOIwVZ768NpX2pDa1MzPNubzBexh8M8x_UlMnr8xiI9CNLiDCBn0rD5Pvjvadzp9EPzd/w640-h426/la_exuberante_trapecista_vasca.png&quot; title=&quot;La exuberante trapecista vasca&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;p&gt;Aquel aula tenía algo de patio de butacas, dispuestas las filas a distintas alturas, a modo de escalera, como en un teatro. Solo que delante de las sillas había una mesa corrida con ordenadores, no precisamente del último modelo. Los alumnos, en su mayoría alumnas, andaban desperdigados por toda la clase, como si un dios menor del saber los hubiera sembrado a voleo. Menos de media entrada, para el gran espectáculo de mi clase de diseño gráfico.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me llamaba la atención, casi en la parte del gallinero, un grupo de alumnas vascas, o de ahí deducía yo que eran, por su acento y su alegría retadora y desacomplejada. Tal vez porque me sentía en un círculo de confianza, se me ocurrió, como propuesta de trabajo, un reto provocador:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Las mujeres son... pero...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En maldita hora mi ocurrencia... La clase se me fue de madre, y quedó convertida en un puesto alborotado de mujeres disputándose, no la mejor ganga en sujetadores del mercadillo, sino la mayor cuota de indignación. Intenté calmar los ánimos, pero un gran peso tiraba de mí hacia abajo impidiéndome sacar un hilo de voz que se alzara por encima de aquel desmadre. En el diseño gráfico ya sólo parecían interesados la alumna y el alumno de la primera fila de butacas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo de que la frase sea políticamente correcta o incorrecta es lo de menos —les comenté—. Cualquier texto &lt;i&gt;random &lt;/i&gt;sirve como excusa para componer un diseño gráfico. Una vez un alumno me pidió que le ayudara a maquetar un folleto para uno de esos círculos primigenios de Podemos. Porque lo mismo te puede encargar un diseño el círculo de Podemos de Carabanchel, que un círculo cristiano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me di cuenta de que cuánto más hablaba más la cagaba. Mi improvisada y caótica manera de dar clase hacía que me dejara muchos conceptos clave en el tintero: las guías, el ajustar a guías, el mostrar las reglas para poder sacar las guías de debajo de las reglas, los nodos...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Os he explicado lo de los nodos?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es así como me vi enredado en una clase paralela, sobre nodos, con esos dos únicos alumnos que me prestaban atención, mientras el cacareo de detrás debatía en lo de que si la mujer blanco o negro. Por suerte, no tardó mucho en llegar la hora del descanso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Salí del aula para despejarme y dar una vuelta. Aquella academia es tan particular que parece un pueblo, con sus calles, cuestas y revueltas en lugar de pasillos. Y alumnos de todas las edades por todas partes, niños y adultos, como si fueran los habitantes de un pueblo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras daba mi paseo, me alcanzó una de las alumnas vascas. Enseguida me excusé por lo del lío que había armado con lo de la dichosa frasecita. No le dio la menor importancia, sino todo lo contrario: me sonrió tan amplia y maternalmente como una magdalena mojada en leche tibia. Igual de entontecido que un recién enamorado me dejó. Luego hizo un comentario como si tratara de excusarse por su amplia anchura.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—A mí nunca me han gustado las flacas —le dije—, sino más bien las que son así, como tú.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No bien empezaba a ruborizarme por ser tan bocazas, y ya estaba diciendo ella que no se casó, sino que la casaron. Con su comentario no me estaba dejando claro si estaba disponible, pero yo creo que sí, porque me pasó el brazo por detrás de la espalda y me estrujó, hombro por hombro, contra ella, dando una generosa risotada. Comprobé entonces su ser mullido y tan confortable como el sofá en que me echo la siesta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Quise saber de dónde era, y me respondió que del Condado de Peñaranda. Andaba yo tan empeñado en que era vasca, que lo confundí con el de Treviño, pero lo curioso es que cuando le pregunté si aquello estaba en Vitoria me dijo que sí. Le debían traer sin cuidado los detalles de su procedencia, porque enseguida me reveló que era trapecista: trabajaba en un modesto espectáculo circense junto a sus hermanas, las otras chicas vascas de la zona de atrás. Por un momento imaginé su enormidad de volatinera haciendo piruetas en el aire, y mi verbo fácil volvió a traicionarme:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No podría echarme una novia funambulista...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Debí quedar como un idiota, al confundir a una trapecista con una funámbula. Tampoco me desmintió esta vez: desde su trapecio debía estar acostumbrada a pasar por alto las pequeñeces de los idiotas. Caí en la cuenta de que no sabía su nombre, así que con gran vergüenza (siempre trato de llamar a cada alumno por su nombre) se lo pregunté.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Prefiero ser anónima —dijo con una sonrisa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Insistí en mi ignorancia e imprudencia, cuando, por segunda vez, le dejé claro mi recelo por las novias funambulistas:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me sentiría como la esposa de un guardiacivil, siempre en vilo, no le fuera a pasar algo a mi amada. ¿Sabes que escribí un relato sobre una mujer funambulista y un payaso que estaban enamorados?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y para demostrárselo, saqué el móvil del bolsillo con la intención de buscar el cuento en mi blog de relatos, pero en lugar del móvil lo que cogí fue mi reloj de pulsera con la pulsera malograda. No me di cuenta de mi despiste hasta que vi las manecillas que marcaban los minutos que quedaban para regresar a clase.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Qué despistado, y qué desastre soy...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ella se rio con una gran carcajada, porque así debía gustarle yo, tal como soy, poca cosa desde lo alto y desde abajo. Y yo quedaría encantado, si estuviera dispuesta a acogerme entre sus senos maternales, para arrullarme con una nana cantada en euskera, allá en todo lo alto de su trapecio...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero en lugar de una canción de cuna nos alcanzaron sus hermanas, y fue como ir a estamparse contra el suelo desde el trapecio. Aunque eran bien amables, volvieron a sacar el tema de mi frase inoportuna, aunque al menos, eso sí, sin darle demasiada importancia. Otra vez me repetí en todo lo que les había contado a los de la fila de delante:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Os he explicado lo de los nodos?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tuve que disculparme con urgencia, porque me estaba haciendo pipí. Así que ahí dejé al mini orfeón donostiarra de simpáticas trapecistas, bien amigables que eran, las 3 ó 4 hermanas...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hasta ese momento en que me quedé solo no me había dado cuenta de lo ridículo que era el babi de escolar, a cuadritos rojos y blancos, que en aquella academia nos obligaban a llevar tanto a alumnos como a profesores. Recorría ahora un pasillo que me recordaba al de mi colegio, y de tal guisa vestidos iban los alumnos que entraban y salían de las aulas. Igual no era más que otro despiste mío, lo de haber elegido un babi en lugar de una de esas típicas batas blancas de profesor. Pero como allí todos íbamos vestidos igual (incluso unos señores con aspecto de prejubilados, que se habrían matriculado en algún cursillo, quién sabe si porque en su casa nadie les aguantaba) dejé de preocuparme, por mi pueril vestimenta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por fin creí encontrar un baño. En realidad, era un vestuario al que se accedía por una amplia entrada sin puertas que hacía chaflán en una esquina. Desde detrás del tabique que servía de parapeto para impedir la vista, se asomó alguno de los niños que se cambiaban allí, supongo que para su clase de gimnasia. Antes de entrar, me pregunté si no parecería un pervertido en busca de un urinario entre tanto menor de edad. ¡Pero qué coño, me estaba meando!... Así que entré en el vestuario, y aunque algún niño me andaba mirando, no sé si con curiosidad o desconfianza, yo, a lo mío, a encontrar un meadero, que, a fin de cuentas, es lo que uno busca cuando se está meando en sueños.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando abrí los ojos vi claro el trampantojo que había dibujado mi imaginación: nunca había escrito ningún cuento sobre ningún funambulista, sino más bien sobre el Gran Nino, un &lt;a href=&quot;https://www.veteporlasombra.es/2013/05/el-gran-nino.html&quot;&gt;trapecista filósofo&lt;/a&gt; al que le gustaba hacer piruetas mentales y compartirlas con el payaso Rudolf, su único amigo en el &lt;a href=&quot;https://www.veteporlasombra.es/search/label/Circo%20Pringlend&quot;&gt;Circo Pringlend&lt;/a&gt;. Hastiado de sus círculos mentales y de la vida misma, el filósofo intentó una inverosímil pirueta que le llevó a finiquitar sus días de hastío existencial...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras aliviar mi vejiga regresé a la cama, pero ya no pude conciliar el sueño. Mis pensamientos se balanceaban en el aire, siguiendo el busto exuberante de la trapecista. Pensé que tal vez me había escamoteado su nombre para que pasase de largo por lo que no podía ser: una vida de travesuras a espaldas, quién sabe, si de un celoso marido lanzador de cuchillos. Pero como no soy de olvidar a mujeres así, tan de fantasía, salí de la cama, me tomé un café con leche a palo seco, y me puse a escribir como si en cada palabra me fuera la vida. Pues, como digo, por nada del mundo estoy dispuesto a olvidar, ni pronto ni tarde, a una mujer con la que no me importaría despeñarme, si es necesario, desde las alturas de mi imaginación...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2026/04/en-el-aire.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6045612376039313639'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6045612376039313639'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2026/04/en-el-aire.html' title='En el aire'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhLL-QpuDOdmL5EnhnXHPZiQixhsjHKjpCeO0EA7DqeY_efRrOnkf0dvO_k7HD-luRT9M7_y4w8hDXbaOE32tlc31sxtwTGLBYGCMCjAREUwVTTPCvofOIwVZ768NpX2pDa1MzPNubzBexh8M8x_UlMnr8xiI9CNLiDCBn0rD5Pvjvadzp9EPzd/s72-w640-h426-c/la_exuberante_trapecista_vasca.png" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-2963399814271717842</id><published>2026-04-05T21:13:00.002+02:00</published><updated>2026-04-05T21:38:06.760+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realismo mágico"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>Art Brut</title><content type='html'>&lt;div style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiiunc4QnHfyOhSKfGX-NmxaKQ6CdPnepl6r0S_wsii-RKrta7hGhAY-azgLSmMYTq4i_Gz0nNChQ45pXX-eVvN456EaN5J3qo2DGZd59BPmbic7TJUv8Wnqkm28TNJPubmouKsx7YF9CTjfveCGNqj5z2FCi3VwJanUYKm_Iht9UPuIXyA1XY5/s1536/bidones-de-agua-sobre-tejado.png&quot; imageanchor=&quot;1&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Bidones de agua vacíos sobre un tejado&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1024&quot; data-original-width=&quot;1536&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiiunc4QnHfyOhSKfGX-NmxaKQ6CdPnepl6r0S_wsii-RKrta7hGhAY-azgLSmMYTq4i_Gz0nNChQ45pXX-eVvN456EaN5J3qo2DGZd59BPmbic7TJUv8Wnqkm28TNJPubmouKsx7YF9CTjfveCGNqj5z2FCi3VwJanUYKm_Iht9UPuIXyA1XY5/w640-h426/bidones-de-agua-sobre-tejado.png&quot; title=&quot;Bidones de agua vacíos sobre un tejado&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;p&gt;Almacenaban bidones de agua vacíos sobre el tejado de la nave al que daba la terraza, por si algún día ocurría uno de esos cataclismos que rara vez suceden, para tenerlos a mano y, en un abrir y cerrar de grifo, almacenar agua suficiente como para mantener a salvo a toda la familia durante meses. En caso de extrema necesidad, con ellos podrían llenar las cuatro botellas de agua fresca que guardaban en la nevera, y alimentar al váter y a la lavadora, pero, sobre todo, al humidificador que les aliviaba del calorín estival.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No estaban acostumbrados aquellos inquilinos recién llegados de allende los mares al rigor veraniego de Castilla, ya que procedían, ni más ni menos, que de tierras patagónicas. Tanto era su paranoia, ante la posibilidad de que el secarral les pillara desprevenidos en medio de un apocalipsis, que el tejado, más que a un tejado, empezó a parecerse a una de esas obras de &lt;i&gt;Art Brut&lt;/i&gt; propias de un neurodivergente. Todo un panorama feliz y despreocupado de bidones azules dispuestos como canicas a dos aguas, que quedarían olvidados sobre el tejado hasta mucho más allá de cien años, mucho después de que la familia patagónica hubo regresado a su Chile natal. Debieron intuir que la aerolínea transoceánica no les iba a dejar meter tanto bidón en la bodega del avión, y ahí le dejaron ese recuerdo eterno a los vecinos, como de arte marginal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Si el regalito no acabó formando parte de los tours con los que los guías turísticos de Madrid entretenían a los turistas más exigentes, fue porque en aquel barrio multicolor lo que realmente llamaba la atención era la cantidad de chinos y los farolillos rojos con que adornaban sus negocios, y una decena de relojes de sol pintados sobre diez fachadas que, para ser sinceros, a la mayoría de los habitantes del barrio le traían sin cuidado. Y si alguno consultaba la hora en ellos era más por casualidad, como cuando, por ejemplo, suspirando por el coste de la vida, alzaba la mirada al aire y ahí estaba la sombra del tiempo, recordándole lo efímero del paquete de azúcar y de la vida...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2026/04/art-brut.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/2963399814271717842'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/2963399814271717842'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2026/04/art-brut.html' title='Art Brut'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiiunc4QnHfyOhSKfGX-NmxaKQ6CdPnepl6r0S_wsii-RKrta7hGhAY-azgLSmMYTq4i_Gz0nNChQ45pXX-eVvN456EaN5J3qo2DGZd59BPmbic7TJUv8Wnqkm28TNJPubmouKsx7YF9CTjfveCGNqj5z2FCi3VwJanUYKm_Iht9UPuIXyA1XY5/s72-w640-h426-c/bidones-de-agua-sobre-tejado.png" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-3385967838498835500</id><published>2023-10-01T15:55:00.029+02:00</published><updated>2024-11-22T10:45:14.787+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Monólogos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Personal"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>Hinchémonos a porros</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiqVRIms6ILAdOhOg09GJhaYBuyQNgO8PmUArzkTzhuFi1e-QBxj7D2BVflq7Lq5KQ75K2ZcFOUYud-eLwbFxvZybmxJ39H5BbLUbetWkbkJXQBmMimiHBLEugKLZszjmMVgnAMDLKglGVe_gpt1n3ZUr4e092DnPnp52CmIvkptoN1U7Azw3Pd/s2048/chavales-fumando-marihuana.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Chavales fumando marihuana&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1368&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;428&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiqVRIms6ILAdOhOg09GJhaYBuyQNgO8PmUArzkTzhuFi1e-QBxj7D2BVflq7Lq5KQ75K2ZcFOUYud-eLwbFxvZybmxJ39H5BbLUbetWkbkJXQBmMimiHBLEugKLZszjmMVgnAMDLKglGVe_gpt1n3ZUr4e092DnPnp52CmIvkptoN1U7Azw3Pd/w640-h428/chavales-fumando-marihuana.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por&amp;nbsp;&lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/brainbitch/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Brainbitch&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Estaba pensando yo, hace un momento, que al planeta le importa un pimiento el calentamiento global y todas esas vainas. Pensaba también (piensas demasiado, me suelen reclamar los que piensan demasiado poco), que mejor para la Tierra y sus ecosistemas si los humanos nos llegamos a extinguir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero caí enseguida en la cuenta de que los planetas no son seres sintientes, y hasta si revientan como una de esas supernovas les va a dar igual. Si acaso, a los únicos que debería preocuparnos el cambio climático es a los seres humanos, pues, a todas luces, nos esperan unas peores condiciones de vida si la Tierra se recalienta. Entiéndase, lo de las condiciones de vida, que para los que no habitamos en la tundra siberiana, que igual a los de allí les apetece un poco de calor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y total, para los ateos no habría de suponer mayor inconveniente que los humanos o los jabalís nos extingamos, digo yo, pues, según ellos, no somos más que materia. Ni más ni menos que un conglomerado de átomos, dicen que somos, lo mismo que los planetas esos a los que les resulta indiferente su implosión. Desapareceremos los humanos como pasaron los dinosaurios, y la Tierra seguirá rotando respecto a su eje con la misma indolencia que continuará dando vueltas alrededor del Sol.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y añado yo, que todos esos que creen en un más allá deberían agradecer si ya pronto estamos todos muertos, y, en definitiva, disfrutando del Jardín de las delicias, junto a Yahvé, Jehová y Alá (que son uno y trino), los profetas Jeremías y Mahoma, nuestros familiares difuntos con todos los santos, y el ayatolá Jomeini que también por allí andará, con su barba, sus cabras, y sus fatuas condenatorias. En el infinito, no vamos a caber tantos...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A los únicos que debería preocuparles el cambio climático es, en mi humilde opinión llena de orgullo y prejuicios, a los que creen en el estado perpetuo de renovación de la carne. Me refiero a los budistas y otros especímenes similares, a los que les espera un futuro tormentoso o de secarral, según el avance del hombre del tiempo y según se hayan comportado en su vida anterior. No quisiera yo verme reciclado en sus pellejos de hombre murciélago, vaca sagrada, o escarabajo de relato de Kafka.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y, por supuesto, tendríamos también que preocuparnos por el futuro de la Tierra los agnósticos, dado nuestro estado de indefinición e incertidumbre mental. ¿Qué nos espera después de la muerte, hay un más allá, tal vez un más acá? Ya que me declaro agnóstico, debería llegar a la conclusión de que lo mismo estoy bien jodido con todo este asunto del cambio climático, si no fuera porque soy un nihilista de cojones: nada somos, así que todo me da igual. Como decía aquel pasota de los 80,&amp;nbsp;«yo paso de todo, tío», que traducido al castizo cheli vendría a significar lo mismo que «todo me la pela». Soy ese monstruo por el que nadie rezará una lastimera letanía cuando muera. Es por eso, por lo que he llegado a la misma conclusión que el gorrino al que le espera su San Martín en su día de matanza:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;¡Bebamos y comamos,&lt;br /&gt;mientras podamos!&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;E hinchémonos a porros, dado que el futuro es bien incierto, una mera conjetura filosófica. Vivamos el presente como si cada calada fuera la última de nuestras vidas. ¿Acaso al fumeta más comprometido, ése que no se pierde una manifa, le preocupa la huella de carbono que van dejando sus canutos? Más bien al contrario: si los bosques están ahí, será para fumárnoslos. ¡&lt;i&gt;Carpie diem&lt;/i&gt;, colegas, que atrone la batucada y que nos quiten lo &lt;i&gt;bailao&lt;/i&gt;!&lt;/p&gt;
&lt;div class=&quot;video&quot;&gt;
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  &lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/10/hinchemonos-porros.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/3385967838498835500'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/3385967838498835500'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/10/hinchemonos-porros.html' title='Hinchémonos a porros'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiqVRIms6ILAdOhOg09GJhaYBuyQNgO8PmUArzkTzhuFi1e-QBxj7D2BVflq7Lq5KQ75K2ZcFOUYud-eLwbFxvZybmxJ39H5BbLUbetWkbkJXQBmMimiHBLEugKLZszjmMVgnAMDLKglGVe_gpt1n3ZUr4e092DnPnp52CmIvkptoN1U7Azw3Pd/s72-w640-h428-c/chavales-fumando-marihuana.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-8309243855216783382</id><published>2023-08-26T10:47:00.014+02:00</published><updated>2024-11-22T10:39:26.893+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Personal"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Poesía"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>La roca</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhKLk7feO9ab8bT1pDdIpe9s1rWR-JyI--vhQXhBoHpGXFCmH-FQGG2gucDwfmQRGsho1zT01bXerjTlWHd_n8Lc9eiWnkixeGJ3fZnnKolZtOMDl9VrzprnH2JDUy4AJWq30JMps-Hf4qpbwjGVnMzxo8OuHFO708KiWQlQz4Wu0Ln7iRWsV9w/s2048/gaviota-acantilado.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Gaviota solitaria en un acantilado&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1365&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhKLk7feO9ab8bT1pDdIpe9s1rWR-JyI--vhQXhBoHpGXFCmH-FQGG2gucDwfmQRGsho1zT01bXerjTlWHd_n8Lc9eiWnkixeGJ3fZnnKolZtOMDl9VrzprnH2JDUy4AJWq30JMps-Hf4qpbwjGVnMzxo8OuHFO708KiWQlQz4Wu0Ln7iRWsV9w/w640-h426/gaviota-acantilado.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por&amp;nbsp;&lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/tednsteph/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Steph &amp;amp; Teddy Gravell&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;i&gt;A la roca que me dio cobijo.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se sabía inexpugnable, el acantilado, ante el impetuoso vaivén de olas que arremetían contra sus cimientos para tratar de derribarlo. De nada servía el embate obstinado de las aguas revueltas, pues ahí estaba siempre él con su talle imponente, alto y fornido, como un vigía solitario que nunca pegase ojo frente al inmenso mar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En sus recovecos encontraban refugio los cormoranes y las gaviotas, sin que nada les pidiera a cambio. Anidaban por cientos en aquellos huecos rudos y amables, al abrigo sus polluelos de los vientos impetuosos, o abandonados a la brisa que acariciaba sus plumajes salpicados de piojos, si es que amainaba el temporal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una mañana de cielos despejados apareció, sobre la línea del horizonte, un mercante de gran eslora y casco pintado de naranja y plomo. No le prestó la menor atención. Debió pensar que era otro más de los que a menudo pasaban de largo a unas pocas millas de la costa. Sin embargo, aquel buque con bandera de convivencia detuvo sus máquinas por toda una noche. Había llegado con la aviesa intención de aliviar su carga y limpiar sus bodegas, al amparo de la oscuridad. Cuando al día siguiente reemprendió la marcha, sobre las aguas quedó flotando la huella de un denso e irisado fluido, que nada tenía que ver con la cotidiana armonía de espuma y sal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No tardó aquella mancha espesa en arribar a la orilla. Allí quedó durante meses, sobre los cantos rodados y la arena gruesa, varada como una ballena acuosa en descomposición que anduviese lamiendo los pies del gigante de roca al ritmo de las olas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo que en un principio no supuso más que un feo inconveniente con olor a residuos químicos, devino con el tiempo en un serio problema para el acantilado. Sus sólidos pies se volvieron de barro, y poco a poco, como la montaña de un reloj de arena, se fueron desmoronando y quedando en nada, sin que ningún doctor en geología acudiera a poner remedio a aquella enfermedad mortal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Su tozudez era de piedra de molino. Tras mucho debatirse entre su empeño de no doblar jamás las rodillas y la ley de la gravedad, el coloso se vio obligado a admitir su pequeñez. Sus socavados cimientos eran incapaces de soportar tanta carga, la del descomunal peso de los estratos superiores de basalto. Para cuando se vino abajo, del fluido abrasivo que había destruido sus certezas no quedaba ni rastro: las mareas y los vientos lo habían arrastrado a las profundidades del olvido, a la misma desmemoria en que acabaría la vencida roca, a ésa en donde bucean los esqueletos de los dinosaurios que aplastó un día el cometa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No les cupo más remedio que resignarse y volar a otra parte, a todos esos pájaros bulliciosos que por milenios habían encontrado refugio en las maternales cavidades de la roca. Los polluelos de las generaciones venideras nada supieron del formidable gigante, ni de las noches que pasaba frente al mar, velando el sueño de sus ancestros, por siempre también olvidados...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/08/la-roca.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8309243855216783382'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8309243855216783382'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/08/la-roca.html' title='La roca'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhKLk7feO9ab8bT1pDdIpe9s1rWR-JyI--vhQXhBoHpGXFCmH-FQGG2gucDwfmQRGsho1zT01bXerjTlWHd_n8Lc9eiWnkixeGJ3fZnnKolZtOMDl9VrzprnH2JDUy4AJWq30JMps-Hf4qpbwjGVnMzxo8OuHFO708KiWQlQz4Wu0Ln7iRWsV9w/s72-w640-h426-c/gaviota-acantilado.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-10614278226500607</id><published>2023-05-21T18:18:00.002+02:00</published><updated>2023-05-21T18:25:35.820+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>Misión a Marte</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEilmomrQ8qdJQS8ElOHE79gpAgj74nBA1RTBA6LdlbcDlosSg7uiqhbFOVjC7rHZa8aViCeNA1xBX1UJRENEp3-ruMpn9yJMMf7FJRZUsrFPjZaZiPF3aADcbHk86x0bsbKY9s6KB-nCUXszQD7hE8BWUYYZvi8ZvdhWC-q5KWkB3Oe_IP08Q/s2048/mocho-marciano.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Mocho de color rojo apoyado en la pared, con pinta de extraterrestre&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1365&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEilmomrQ8qdJQS8ElOHE79gpAgj74nBA1RTBA6LdlbcDlosSg7uiqhbFOVjC7rHZa8aViCeNA1xBX1UJRENEp3-ruMpn9yJMMf7FJRZUsrFPjZaZiPF3aADcbHk86x0bsbKY9s6KB-nCUXszQD7hE8BWUYYZvi8ZvdhWC-q5KWkB3Oe_IP08Q/w640-h426/mocho-marciano.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por&amp;nbsp;&lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/philippeleroyer/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Philippe Leroyer&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Como un trozo de chatarra espacial abandonado a su suerte, el R4-25 daba vueltas sin ningún sentido, alejándose, más y más, del inconfundible perfil apepinado de la Dulcinea III. El robot de limpieza, el más sofisticado de los de su especie, giraba y giraba desorientado con su giróscopo a punto de vomitar, mientras en su errático vagabundaje intentaba atrapar las inexistentes pelusas que flotaban en la nada, o siquiera alguna de las partículas de polvo que hubiera dejado a su paso la estela de algún cometa. Ya no llegaría a Marte, el R4-25, ni tendría la oportunidad de contemplar sus atardeceres rojos, ni de dejar los suelos de la base Andrómeda como los chorros del oro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ahora que el R4-25 nos ha abandonado, tendremos que hacer turnos para limpiar la nave —dijo en tono serio la teniente Benítez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Que nos ha abandonado? —saltó como un cepo de cazar osos Ginebra, la encargada de mantener en orden los sistemas electromecánicos y de comunicaciones en la Dulcinea III— ¡Serás cínica! ¡Pero si has sido tú la que le ha dejado la trampilla abierta!&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ginebra recogió su bandeja con los restos del desayuno y abandonó la mesa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Cómo se te ocurre acusarme, sin pruebas, de algo que por supuesto no he hecho! —alzó la voz la teniente—. ¡En cualquier caso, mejor si nos hemos librado de ese pedazo de lastre inútil! —añadió, sin que Ginebra le dedicara siquiera un amago de mal gesto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con aparente indiferencia, el comandante Angulo acababa de contemplar el enfrentamiento, otro más, entre sus dos subalternas. «¡Para qué me tuve que embarcar con ninguna mujer!...», pensó. Aún no había terminado de desayunar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vaya, se fue Ginebra, y no le he dicho que le echara un vistazo a la máquina de los churros! Últimamente, parece que anda desajustada, ya no le quedan como los de San Ginés.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y para corroborarse a sí mismo aquella afirmación, el comandante de la Dulcinea III le dio el último bocado al churro que tenía en la mano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Es pog la piopogción de haguina y agua, comandante —sentenció Alphonse. A aquel observador francés lo había embarcado en aquella misión a Marte la Unión Europea, para que, una vez se hubieran instalado en la base Adrómeda, estuviera atento a que el presupuesto se gastaba en lo que se debía de gastar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Qué sabréis los franceses, de cómo se hace o deja de hacer la masa de los churros, qué sabréis vosotros!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y tras este menosprecio al instinto de&amp;nbsp;&lt;i&gt;gourmet &lt;/i&gt;del francés, la teniente Benítez se marchó del salón-comedor, sin molestarse en recoger su bandeja de desayuno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pego qué le he hecho yo a esta mujeg?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Nada, no le haga caso, Alphonse. Es una malfollada. ¿Comprende la palabra malfollada?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pegfectamente, comandante. Pego conmigo que no cuente. Paga lo de follag, me guefiego.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comandante apuró su café con leche y se levantó de la mesa con una sonrisa maliciosa entre los labios.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No se preocupe, Alphonse, que no está esa tarea entre sus funciones. Eso sí, si no le importa, encárguese usted de recoger la bandeja de la teniente Benítez. Ahora que nos hemos quedado sin el R4-25, tendremos que apechugar entre todos para mantener esto medio decente.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Apechugag?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, hombre, arrimar el hombro para que la nave no se convierta en una pocilga.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Alphonse miró con orgulloso aire francés al comandante. Le dieron ganas de decirle que él no estaba allí para ser la criada de nadie, pero se limitó a dar un bocado al &lt;i&gt;croissant&lt;/i&gt; que desayunaba, y a rumiarlo con la parsimonia de un buey castrado y domesticado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por mi bandeja no se preocupe, que ya la recojo yo. ¡Debemos colaborar entre todos, Alphone, si queremos llegar a Marte en paz y armonía!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En realidad, el ambiente dentro de la Dulcinea III había empezado a enrarecerse tres meses antes. Apenas dos semanas después de partir de la Tierra, la teniente Benítez había empezado a cuestionar la labor del R4-25.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Mire, mi comandante!: ¡dos dedos de polvo! —comentó aquella primera vez la teniente, tras pasar el índice de su mano izquierda por encima de la junta tórica que sellaba una de las escotillas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comandante miró a su subalterna con curiosidad:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tal vez de otra, pero de usted, nunca me hubiera imaginado que pudiera obsesionarle tanto la limpieza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Tal vez de otra? ¿Qué pasa, comandante, que las mujeres somos las únicas a las que se supone que nos debe preocupar la limpieza?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, mujer, no quería decir eso...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Y obsesionada no, pero es que si todos nos desentendemos del estado de las cosas, la misión terminará siendo un absoluto fracaso! ¡Porque parece que tuviera una que encargarse de todo, hasta de las cosas que no me corresponden!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Agitaba el pie izquierdo la teniente Benítez según iba dando sus enconadas explicaciones, en un tic irremediable que en nada inmutaba el carácter pachón del comandante Angulo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Y porque la Dulcinea III tiene activado el módulo de ingravidez las 24 horas —insistió la teniente—, que si no, tendríamos las partículas de polvo flotando por todas partes. Imagínese, se podrían llegar a contaminar los circuitos más sensibles de la nave, y todos al carajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No será para tanto, teniente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Que no será para tanto? ¡Luego pasa lo que pasa!... Aquí, parece que a toda la tripulación todo le resbala. Hasta ese robot, el R4-25, que por cierto, ha costado un dineral, usted bien lo sabe, parece que anduviera todo el día tocándose la circuitería a dos manos. Ande y vaya, comandante, y hable con Ginebra, para ver si puede reprogramarlo para que limpie más a fondo, y si se le funden los chips, pues que envíen otro robot los de la contrata de limpieza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comandante suspiró hondo: menuda estupidez acababa de pronunciar la teniente. Los dos sabían que a aquellas alturas del viaje era imposible que nadie abasteciera con ninguna provisión ni repuesto a la Dulcinea III. Como perro viejo que era, respondió a la teniente sin inmutarse:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ande, Benítez, acérquese hasta su taller, y explíquele usted misma a Ginebra los hechos tan graves que sólo usted parece ver.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La teniente Benítez miró fijamente y por unos instantes a su superior. Comprendió que no le cabía más remedio que obedecer y acercarse ella misma al taller en que debía andar trajinando Ginebra. Eso, si es que estaba trabajando, porque también tenía serias dudas al respecto. Aunque antes de ir en su busca arrojó a los pies del comandante un suspiro de mujer mártir:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Si es que, si una no se encarga de todo, aquí nada funciona!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comandante Angulo vio cómo la teniente se alejaba a paso ligero: un, dos, un, dos, un, dos...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De camino al taller, en uno de pasillos que parecían no tener fin, la teniente Benítez se dio de bruces con el R4-25, que andaba estacionado junto a una de las bases de alimentación de la Dulcinea III.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Eh tú, montón de chatarra con ruedas! —le habló con altivez la teniente—. ¿Qué haces aquí parado, con la de cosas que hay que hacer?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Buenos días, teniente Benítez!— respondió el R4-25, con su voz amable y algo atiplada, de varón—. Estoy recargando baterías.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Recargando baterías? Mucho tiempo tardas tú en recargarlas, con el dineral que nos cobran por tus servicios los de la contrata.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pese al montón de repuestas que tenía programadas el R4-25, no supo cuál ofrecer a la teniente. Finalmente, su inteligencia artificial optó por guardar silencio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—El día menos pensado te tiramos por la trampilla por la que se arrojan los desperdicios al espacio, y ya verás cómo entonces te espabilas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esta vez, sí, el R4-25 encontró enseguida la respuesta perfecta:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—El día que yo no esté, os vais a acordar de mí, ya lo veréis, porque os va a comer la mierda.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se quedó tan pancho el R4-25 con su respuesta, sin que su circuitería fuera consciente de cuánto había logrado enardecer, aún más, los ánimos ya de por sí alterados de la teniente Benítez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Resopló la teniente y prosiguió rumbo al taller de Ginebra. Entró en el taller con aires de capitán general, sin picar la puerta. No le sorprendió demasiado ver allí al francés, dando pequeños giros en una silla similar a las de oficina. En su regazo andaba sentada Ginebra, que en cuanto sintió que la puerta del taller se abría dio respingo para ponerse en pie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vaya, Alphonse, estás aquí! ¡Qué bien vivís los funcionarios de la Unión Europea! Lo siento, si interrumpo algo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Benítez!, ¿nunca te han enseñado que es de buena educación llamar a la puerta antes de entrar? —le reclamó Gienebra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo de la educación y las buenas maneras, mejor lo dejamos para otro momento. Anda, cariño, hazme el favor de echar un vistazo al R4-25, que parece que no limpia todo lo bien que debería.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ginebra hizo un gesto de no entender muy bien qué le estaba pidiendo la teniente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Que está todo hecho una porquería, Ginebra! ¡Si te molestaras en comprobarlo tú misma alguna vez!... Por ejemplo, los tubos del circuito de refrigeración, que están llenos de polvo, o las cajas de registro, que ésas, ya te digo yo que el R4-25 no las ha limpiado nunca desde que empezamos este maldito viaje.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y qué quieres que haga, le ato unos zorros y una escoba en el culo, al R4-25?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A Alphonse le pareció gracioso el comentario de Ginebra, y no pudo contener una pequeña risa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Te parece gracioso, Alphonse?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No es eso, teniente, pego me ha hecho mucha gasia lo de atagle al egue-cuatio veintisinco unos sogos. ¡Qué cosa más absugda!, ¿no?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La teniente Benítez trató de intimidar al francés con su mirada ceñuda, pero no consiguió liquidar su sonrisa estúpida. Lo mismo le sucedió cuando miró a Ginebra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Claro, como aquí ninguno estáis pendientes de nada, todo os parece gracioso! Pues tú verás lo que haces con el R4-25, Ginebra, pero tendrás que reprogramarlo o lo que consideres, para que todo esté inmaculado. ¡Ni una mota de polvo quiere ver el comandante! Él mismo me ha dado la orden, para que yo misma supervise el correcto estado de la limpieza de la Dulcinea III. Chao, tortolitos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desde aquel tenso encuentro, no dejó la teniente Benítez de importunar a Ginebra a cada rato: que si el R4-25 se había dejado unos papelitos sin barrer por aquí, que si en el baño de mujeres había un manojo de pelos desde hacía varios días, y que si esperaba que ahí se quedara hasta llegar a Marte...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y a mí qué me cuentas, Benítez? Recoge tú el montón de pelos, si tanto te molesta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No dejaba la teniente Benítez a Ginebra en paz, como si la electromecánica no tuviera otra cosa que hacer más que ajustar las funciones operativas del R4-25. Cada vez se sentía más cansada y harta del viaje.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un día, ya cuando de largo había terminado el fin de la jornada, Alphonse llamó a la puerta del camarote de Ginebra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ginebia, ¿estás despiegta? —susurró el francés, como si alguien le fuera a escuchar, en una nave tan grande y despoblada—. ¡Anda, ábieme la puegta, caguiño! ¿Ginebia?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ay, Alphonse, déjame descansar! —respondió Ginebra, con voz de adormilada—. Hoy estoy molida. Me he pasado todo el día haciéndole ajustes al R4-25, y discutiendo, como de costumbre, con la teniente Benítez. ¡Y para colmo, el aire acondicionado se ha estropeado, así que mañana me tocará más de lo mismo!... Nos vemos mejor en otro momento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cierto era que el aire acondicionado no funcionaba bien: hacía un calor insoportable en la Dulcinea III. Alphonse se sentía acalorado tanto por dentro como por fuera, así que decidió ir a tomarse una ducha refrescante. Iba a entrar en el baño cuando se encontró con la teniente Benítez, que justo en ese momento salía de la ducha. Cubría la teniente su desnudez apenas con una toalla, que dejaba ver sus piernas largas y bien conformadas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bonitas piegnas, teniente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le sorprendió a la teniente el cumplido de Alphose tanto como encontrárselo por allí tan a deshora, con lo que no supo qué responderle.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Hace calog, eh? —rompió el silencio el francés—. Voy también yo a guefescagme con una buena ducha.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sólo entonces la teniente supo reaccionar. Ni ella misma se reconoció, al escucharse:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si te apetece tomar algo fresquito después de esa ducha, Alphonse, te espero en mi camarote. Creo que con este calor, me va a ser imposible dormir...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora el sorprendido fue Alphonse, por el inesperado ofrecimiento de la teniente Benítez. Sopesó si aceptar la tentadora invitación, pero enseguida se dio cuenta de que sería inevitable que aquella visita furtiva pasara desapercibida para Ginebra: su amante titular se encargaba también de supervisar los sistemas de videovigilancia, por lo que el riesgo era muy alto, de que se enterase de que había terminado en el camarote de la persona que más la importunaba últimamente. El francés tenía más que claro que prefería los favores de Ginebra a los de la teniente, y todavía quedaba misión para largo, como para perderse un bocado tan apetitoso. De alguna manera, se sintió cautivo de su propia farsa, y un anhelo de libertad le punzó su alma de francés genuino, y le condujo a recordar el lema de su patria: &lt;i&gt;Liberté, Égalité, Fraternité&lt;/i&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo siento, teniente, pego no voy a podeg asestag su invitasión: como obsegvadog de la Unión Eugopea, no debo exponeg mi impagcialidad a los capichios de la pasión.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«¡Menudo imbécil impotente!», comentó para sí misma la teniente Benítez. Se reprochó el haber caído tan bajo y se sintió desnuda, como si se le hubiera caído en ese momento la toalla. Pero en cuanto llegó a su camarote cayó en la cuenta de que era el insoportable calor el que le había nublado el entendimiento, y por eso había ofrecido sus encantos a aquel gabacho como una cualquiera. De alguna manera, la culpable en primera instancia de que no hubiera podido controlar sus pasiones era Ginebra, pues si hubiera estado más atenta a las tareas que le correspondían el aire acondicionado no se hubiera estropeado. Si ya la teniente Benítez tenía agobiada a Ginebra con los reajustes del R4-25, a partir de ese momento estrechó aún más su cerco, y ya no la dejó en paz.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No tenía tiempo para nada, Ginebra, y al final de cada jornada terminaba agotada. «Lo siento, Alphonse, hoy necesito descansar», era el comentario más habitual que ofrecía Ginebra a su amante, cada vez éste trataba de colarse a deshora en su camarote. No le daba la vida ni para depilarse el bigote, y esos pequeños detalles no pasaban desapercibidos para el observador francés.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya sabe cómo son las mujeres... —fue la única solución que le dio el comandante Angulo a Alphonse, cuando vino a interceder por su querida Ginebra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Pego usted es el supegiog en esta nave, debeguía haceg algo paga que la teniente Benítez no esté todo el día dándole la tuga a la muchacha, que paguese que le estuviega chupando la sanguie un vampigo!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo, mire usted, Alphonse, en asuntos de mujeres, mejor no me meto... Cuanto más lejos de las damas y sus cosas, mejor... No quiero líos... Que por culpa de un malententendido sin importancia los de arriba me castigaron enviándome a esta misión, a tomar por culo de todo... ¿Entiende lo de «a tomar por culo», Alphose?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, clago.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Y sólo porque una alférez me acusó de que le había tocado el culo! —se lamentó el comandante—. ¡Pero si sólo fue una cachetada cariñosa lo que le di, Alphonse, usted me entiende, y sólo una vez! ¡Bueno, puede que tal vez fueran dos cachetadas o tres, no sé, no me acuerdo, de esas cosas uno no lleva la cuenta!... Pero lo malinterpretó la alférez, con la confianza que yo pensaba que había entre los dos... Porque si no hay confianza, nadie le va tocando el culo a ninguna señora, eso está claro. ¿Alguna vez le ha tocado el culo a una mujer, Alphonse?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, clago, alguna ves.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Lo ve? Eso es lo más normal del mundo, Alphonse. Pero a aquella alférez le dio por hacer drama de la cosa más natural del mundo. Así que yo, por eso, prefiero no meterme en asuntos de mujeres, y que ellas se entiendan...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No sirvieron de nada los intentos de Alphonse por echarle una mano a su chica. Aunque por lo menos, un buen día Ginebra se liberó de las más agobiante de sus tareas, cuando el R4-25 se precipitó al vacío por una de las trampillas que, incomprensiblemente, se había quedado abierta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tendrán que organizar turnos de limpieza entre usted y Ginebra, para evitar que terminemos viviendo en una pocilga —le ordenó el comandante Angulo a la teniente Benítez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Cómo que entre Ginebra y yo? En la Dulcinea III somos cuatro, comandante, ¿es que usted y ese gabacho se piensan escaquear?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, es que... —dudó un momento el comandante Angulo, antes de continuar con su respuesta—. Es que a las mujeres se os da mejor ese tipo de tareas.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aunque había tenido ya suficiente tiempo durante aquel viaje como para conocer al comandante, no llegó a prever la teniente Benítez que pudiera llegar a tan altas cotas de machismo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡No puedo creer lo que acabo de escuchar! ¿Cómo que a las mujeres se nos da mejor ese tipo de tareas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No se ofusque Benítez, eso es así. Fíjese usted, mismamente: fue la que descubrió todo ese montón de polvo sin limpiar por todas partes...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Es increíble, comandante, no sé cómo ni por qué tuve la feliz idea de enrolarme en esta misión!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Y en cuanto a ese gabacho —prosiguió el comandante, menospreciando el territorio plagado de minas por el que se adentraba—, ya sabe lo que dicen de los franchutes: que son todos unos guarros. Mucho perfume y agua de tualé, pero luego, en definitiva, se lavan menos que un gato al que hubieran cortado la lengua. Así que mejor que dejemos en paz a Alphonse, si no queremos terminar viviendo en una cochiquera con olor a perfume barato.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La teniente Benítez se dio cuenta de que era perder el tiempo, el tratar de razonar con un hombre tan prejuicioso. Si quería conseguir algo de justicia, tendría que poner una incidencia ante los responsables de la misión en la Tierra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Alguna cosa más, mi comandante?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí Benítez, sólo una, que no se me olvide. Habrá que depurar responsabilidades respecto a esa trampilla que se quedó abierta, ya sabe, por la que se cayó el R4-25. Los de la Unión Europea son muy pesados con sus controles, así que, en mi opinión, nos convendría a todos, especialmente a usted, que en el informe el hecho aparezca como un accidente fortuito.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y a continuación, el comandante le guiñó un ojo a la teniente, como si tratara de compadrear con ella, que nada tenía que ver con el triste final del R4-25, por más que Ginebra le hubiera acusado delante del comandante de perpetrar el «accidente».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Así que encárguese usted, teniente, de redactar ese informe, y envíeselo a los responsables de la misión lo antes posible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La teniente, contrariada y humillada, fue directamente a encerrarse en su camarote.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Son todos unos hijos de puta! —exclamó, contemplando la oscuridad de sus días a través de la escueta escotilla del camarote. Se sentía vejada especialmente por el comandante, pero en general, por todos sus compañeros. Sintió ganas de llorar, pero no estaba dispuesta a concederle la menor oportunidad a las lágrimas. Así que dejó a un lado su ensimismamiento, y se dirigió rauda al taller de Ginebra. Como de costumbre, entró sin llamar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Quiero todas las grabaciones del circuito de vídeo! —le dijo a Ginebra—. Son órdenes directas del comandante.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Olalá! —exclamó Alphonse, que apareció de improviso como una marioneta de guante, desde detrás de una de las torres de refrigeración del taller—. ¡Eso será es un sinfín de tegadatos y hogas y hogas que visualizag!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La teniente miró al francés con desgana.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me refiero a las grabaciones del día en que el R4-25 se cayó por la trampilla, imbécil. Con eso me basta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Luego la teniente dio media vuelta y, sin cerrar la puerta del taller, se marchó por donde había venido, al mismo paso airoso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No me deja en paz, esta mujer... —se lamentó Ginebra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Alphonse se acercó a cerrar la puerta del taller. Ya se disponía Ginebra a buscar las grabaciones que le acababa de pedir la teniente, cuando su amante se arrimó a ella y le tomó de la mano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tengo que confesagte algo, caguiño.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ginebra se temió lo peor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, no te piocupes, mon chéri, no es nada malo —dijo Alphonse, nada más apreciar el gesto de contrariedad en la cara de Ginebra—. Bueno, un poco malo y piocupante sí que es, pego nada que tenga que veg con que te haya puesto los cuegnos ni nada paguecido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La expresión del rostro de Ginebra fue ahora de extrañeza: ¿a cuento de qué le hablaba Alphonse de unos posibles cuernos? Pero enseguida el francés despejó cualquier atisbo de enredo, cuando le confesó que había sido él quien había abierto adrede aquella trampilla por la que se había esfumado el R4-25.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pero por qué hiciste eso, Alphonse? ¿Sabes en qué lío te puedes haber metido?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Oh, mon amour! Lo hise sólo pog ti... Estaba hagto de que el erre cuatio-veintisinco se integpusiega entie nosotios. Ya apenas tenías tiempo paga dedicagme, caguiño, y ha sido en esos momentos de ausencia tuya cuando me he dado cuenta de todo lo que te quiego.&amp;nbsp;Je t&#39;aime, Ginebia!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oh, qué bonito, lo que me dices! ¡Yo también te he cogido cierto aprecio, Alphonse!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Siegto apesio?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y puntualizó aún más sus palabras, Ginebra:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, Alphonse. Te aprecio mucho, como amigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Sólo como amigo? ¿Con lo que he hecho pog ti?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, Alphonse. Como folliamigo, en realidad. Ya sabes... Aunque para serte sincera, te diré que no soporto que me vengas a desvelar cuando estoy profundamente dormida. A veces eres un poco empalagoso...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Olalá! ¡No puedo queeg lo que mis oídos oyen! ¡Puedo llegag a pegdeg mi tiabajo pog habegte libiado de ese gobot, y me dises que sólo me quiegues paga follag?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ginebra agarró firmemente las dos manos de su folliamigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Nunca te prometí nada, Alphonse! Y por el asunto de la trampilla, no te preocupes. Es sumamente fácil para mí puentear las grabaciones de vídeo, y achacar su apertura a un fallo mecánico del sistema.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Alphone encontró, al menos, algo de alivio, en las últimas palabras de Ginebra. Luego, se marchó cabizbajo a su camarote.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Horas más tarde, el observador de la Unión Europea trataba de encontrar algo de consuelo en las sabias palabras del comandante Angulo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Las mujeres, son todas unas zorras, Alphonse. Ya se lo dije, que cuanto más lejos de ellas, mejor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ojalá uno pudiega sustiaegse a sus encantos... No sé usted, comandante, pego al menos, yo no puedo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡No, hombre, no, no vaya a creerse que soy uno de esos amanerados a la francesa! Claro que me atraen, como a usted. Pero es que se mete uno en unos líos, por su culpa...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pues no va ahora la teniente Benítez y me amenaza con que va a elevar una queja a los responsables de la misión?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿De vegdad?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo que le cuento. ¡Pero si yo no le he hecho nada! Que me corten la mano derecha, si es que alguna vez le he rozado el culo con ella. Y no crea, que en alguna ocasión no me han faltado las ganas de tocárselo. Pero la teniente Benítez no me da ninguna confianza. No entiendo a las mujeres, mi querido amigo, ni la vida en general. Algunas veces, Alphonse, me dan ganas de estrellar la Dulcinea III contra un asteroide, y mandarlo todo a tomar por culo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No diga eso, comandante. Aún soy demasiado joven paga moguig...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Miró el comandante con paternal condescendencia al francés. Luego mojó el churro en el café con leche que estaba tomando para merendar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, tal vez exageré la última vez: no están tan mal los churros.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo piefiego los coiesants, comandante...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya, lo sé, Alphonse, lo sé.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comandante apuró su café y se levantó de la mesa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, Alphose, ahí le dejo, que tengo mucho lío. Me espera una videorreunión con los responsables de la misión, a ver qué coño quieren estaba vez. Si me hace el favor de recoger mi bandeja se lo agradezco. O si no, hable con las chicas, a ver si le dan una vuelta a todo esto, que está cada vez más hecho una porquería.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ya se iba el comandante camino del puesto de mando, cuando se dio media vuelta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por cierto, Alphone: ¿cómo se dice folliamiga, en francés?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Alphone miró con cara de desilusión al comandante.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Je ne sais pas, comandante, je ne sais pas...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No había pasado ni un mes de aquella desilusionadora conversación con el comandante, cuando Alphonse creyó reconocer, en el amplio ventanal del puesto de mando de la Dulcinea III, el inconfundible perfil del planeta rojo. Le extrañó verlo tan pronto, que un viaje que se le estaba atragantado se le hubiera hecho tan corto, pues el mismo comandante le había dicho días antes que aún les quedaba un largo camino por recorrer, hasta llegar a la base Andrómeda. Cuando Alphonse se acercó al ventanal, para apreciar más en detalle la gama de rojos anaranjados de Marte, comprobó que aquellos colores no eran más que los de un churrete en medio del cristal. Más tarde el comandante le confesó que la mancha era fruto del impacto de una pizza que le había lanzado a la cabeza la teniente Benítez, y que por suerte había logrado esquivar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Las mujeres de hoy día, no saben apreciar un buen piropo, Alphonse —comentó el comandante—. Una pena, porque tiene un buen culo la teniente...&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y luego el comandante Angulo añadió que bien se podía quedar ahí la mancha durante el resto del viaje, pero que él no pensaba pasar ningún trapo húmedo ni seco para limpiarla, ni para borrar las huellas de deditos que enturbiaban el oscuro panorama salpicado de estrellas, mucho más allá, del otro lado del ventanal del pabellón de mando de la Dulcinea III...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/05/mision-marte.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/10614278226500607'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/10614278226500607'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/05/mision-marte.html' title='Misión a Marte'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEilmomrQ8qdJQS8ElOHE79gpAgj74nBA1RTBA6LdlbcDlosSg7uiqhbFOVjC7rHZa8aViCeNA1xBX1UJRENEp3-ruMpn9yJMMf7FJRZUsrFPjZaZiPF3aADcbHk86x0bsbKY9s6KB-nCUXszQD7hE8BWUYYZvi8ZvdhWC-q5KWkB3Oe_IP08Q/s72-w640-h426-c/mocho-marciano.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-6548532712797846795</id><published>2023-03-12T11:48:00.028+01:00</published><updated>2023-04-02T10:46:16.546+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Libros"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Mejores"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>La alimaña sentimental</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgM7nE-eSqlYT2IuLKivtvBm3OSUKpZ4Zv8FT2r5hDPlQG7P64wgTK28QSL6QBUTodvu98shADapt37igbQEtLABtqO02Hov0FuKcs753iF2GybLnQT6oXXFoFW1p645mE1pwRPK2vEQOOCBVxd-cJxqJzwAjhTiFPe3rLCh_2M1TeEf3vxGA/s3596/la-alimanha-sentimenta-mockup-02.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Portada del libro &amp;quot;La alimaña sentimental&amp;quot;, de Miguel Ángel Salinas Gilabert&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;2568&quot; data-original-width=&quot;3596&quot; height=&quot;458&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgM7nE-eSqlYT2IuLKivtvBm3OSUKpZ4Zv8FT2r5hDPlQG7P64wgTK28QSL6QBUTodvu98shADapt37igbQEtLABtqO02Hov0FuKcs753iF2GybLnQT6oXXFoFW1p645mE1pwRPK2vEQOOCBVxd-cJxqJzwAjhTiFPe3rLCh_2M1TeEf3vxGA/w640-h458/la-alimanha-sentimenta-mockup-02.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Portada del libro &lt;i&gt;&lt;a href=&quot;https://www.amazon.es/alima%C3%B1a-sentimental-Miguel-Salinas-Gilabert/dp/B0BXN8R72P/ref=tmm_pap_swatch_0?_encoding=UTF8&amp;amp;qid=1680294487&amp;amp;sr=8-2&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;La alimaña sentimental&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;h3 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;I&lt;/h3&gt;&lt;p&gt;La alimaña sentimental pretende el mejor bocado; tendrá que espabilar, si no quiere quedarse sin él. Pisa un pie por aquí, se roza sin rubor&amp;nbsp;por allá, cuando se adentra entre el apretado boscaje de traseros... Casi tumba a una niña que se cruza en su camino, y no le cabe más remedio que pedirle disculpas a su mamá. Entre la abigarrada clientela, insiste en abrirse paso hacia la barra del bar, cuando un leve maullido llama su atención.&amp;nbsp;Desde la puerta de entrada, un pequeño minino reclama siquiera una migaja, sin atreverse a entrar en el local. Nadie parece atender a su lamento, y eso que llueve ahí fuera y tiembla de frío; mojado como está, parece un peluche desarrapado. La alimaña sentimental duda si retroceder sobre sus pasos, para acudir en su rescate. Ese momento de distracción le será fatal. Cuando voltea de nuevo la mirada hacia la barra, el plato de croquetas ha volado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sobre las cabezas sobrevuela un batiburrillo de conversaciones triviales, y un pedazo de croqueta que, como un desacertado proyectil, cae a los pies de la alimaña sentimental. Se arrima el gatito y, de un solo bocado, da buena cuenta del breve manjar. En cuclillas lo está acariciando la alimaña sentimental, mientras trata de conformarse con nada: «¡Vaya, parece que las croquetas hoy eran de jamón!...».&lt;/p&gt;&lt;h3 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;II&lt;/h3&gt;&lt;p&gt;La alimaña sentimental avanza, retrocede, se lo piensa... Algunas veces logra su objetivo; otras, se ahoga en un charquito de dudas. Si sale a flote, igual atrapa a un pez que la devora un cocodrilo. En ocasiones, son los reptiles de afilados dientes quienes sufren las dentelladas de sus corrosivas lágrimas, también de cocodrilo. Si se lo piensa demasiado suelta a su presa, o se apresa a sí misma y no se suelta. A veces ríe por nada, a veces por todo llora. En el espejo le gusta mirarse, pero casi siempre prefiere no verse. Sueña despierta y duerme atribulada, aunque también a pierna suelta. Según el día y según su humor, pide disculpas o no. No esperes nada de ella, o espéralo todo. Así es la alimaña sentimental, tan impredecible como sus emociones...&lt;/p&gt;
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&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/03/la-alimana-sentimental.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6548532712797846795'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6548532712797846795'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/03/la-alimana-sentimental.html' title='La alimaña sentimental'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgM7nE-eSqlYT2IuLKivtvBm3OSUKpZ4Zv8FT2r5hDPlQG7P64wgTK28QSL6QBUTodvu98shADapt37igbQEtLABtqO02Hov0FuKcs753iF2GybLnQT6oXXFoFW1p645mE1pwRPK2vEQOOCBVxd-cJxqJzwAjhTiFPe3rLCh_2M1TeEf3vxGA/s72-w640-h458-c/la-alimanha-sentimenta-mockup-02.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-7096910467163623378</id><published>2023-02-22T10:19:00.012+01:00</published><updated>2023-02-23T16:13:01.190+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Con moraleja"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>El puente de paja</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi2EAcLTMR5bWFiZo7AIDf_jCEAW8lrAzqfZyAu59VN1LMDGu6_RNJzf3abOKmKBOE8KZEhH6-TJrh7_dW8hoJ_CHaYm0srM6GXWt6WdBS3NIgzCUOZqCy9O6dM_2NdgQjEOAHsXbdidJu9gq9jcpRCyLzbq0jmnyOpTjMYUJJemSNRNYeBCg/s1000/elefantes-porcelana-kakiemon-2.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Elefantes de porcelana japonesa de Kakiemon&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;860&quot; data-original-width=&quot;1000&quot; height=&quot;550&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi2EAcLTMR5bWFiZo7AIDf_jCEAW8lrAzqfZyAu59VN1LMDGu6_RNJzf3abOKmKBOE8KZEhH6-TJrh7_dW8hoJ_CHaYm0srM6GXWt6WdBS3NIgzCUOZqCy9O6dM_2NdgQjEOAHsXbdidJu9gq9jcpRCyLzbq0jmnyOpTjMYUJJemSNRNYeBCg/w640-h550/elefantes-porcelana-kakiemon-2.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Elefantes de porcelana japonesa de &lt;a href=&quot;https://es.wikipedia.org/wiki/Elefantes_de_Kakiemon&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Kakiemon&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;A Kazuma, edecán al servicio de Takeshi&amp;nbsp;&lt;i&gt;el Andrajoso&lt;/i&gt;, viejo samurai y señor de la guerra, le estresaba tener que resolver los asuntos de manera tan precipitada. Siempre había tratado de apaciguar el carácter impetuoso de su señor, para que se lo pensara dos veces antes de tomar cualquier decisión importante. Pero qué iba a hacer ahora, si se veía obligado a agilizar la preparación de su funeral, para que fuera enterrado con toda la dignidad que se merecía. La muerte no concede ni un segundo de más a nadie, ni siquiera a los más ricos y poderosos, así que no le cabía más remedio que resolver con premura varios asuntos a la vez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En sus últimas voluntades, el señor de la guerra había dispuesto que a su féretro le precediera una comitiva de mil elefantes. Le cayó&amp;nbsp;mal siempre a Takeshi ese apodo suyo de &lt;i&gt;el Andrajoso&lt;/i&gt;, por&amp;nbsp;el que le conocía todo el mundo. Eso sí, una vez que se encumbró como señor de la guerra, nadie osó llamarle así, por la cuenta que le traía. Ni la fama, ni todas las riquezas que, saqueo tras saqueo, amasó en las más de cien batallas que disputó, lograron borrar ese sobrenombre que tan poca justicia le hacía. Ya retirado de los campos de batalla, durante sus horas de siesta recreaba para él otros apodos que, en su imaginación, le encajaban de manera perfecta. Sus preferidos eran&amp;nbsp;&lt;i&gt;el Intrépido&amp;nbsp;&lt;/i&gt;y&amp;nbsp;&lt;i&gt;el Batallador&lt;/i&gt;, aunque casi se hubiera conformado con uno más simple, como&amp;nbsp;&lt;i&gt;el Austero&lt;/i&gt;&amp;nbsp;u otro similar. Sin duda lo de &lt;i&gt;el Austero&lt;/i&gt; era una mejor opción que la de pasar a la posteridad como el hombre pobre y desarrapado que fue en sus comienzos, antes de que se alistara en el ejército del emperador, con la esperanza de alcanzar gloria y fortuna. Al menos, la austeridad es una opción de vida, no una condición impuesta por la necesidad. Pero no le correspondió nunca a Takeshi lo de acuñar su apodo, sino a quienes lo acompañaron o sufrieron. Estimó el anciano samurai que, si tras su muerte conseguía impresionar a sus súbditos, tal vez lograría cautivarlos, para que le asignaran otro sobrenombre más amable. Por eso todo ese afán suyo de que su funeral estuviera encabezado por un millar de elefantes, traídos, si era necesario, desde más allá del mar del Japón. Había dispuesto el señor de la guerra, además, que tras sus exequias los elefantes fueran entregados a los campesinos que cultivaban sus tierras, para que les facilitaran las penosas labores de labranza y cosecha. Confiaba en despertar tanta admiración como simpatía entre sus súbditos, con lo que raro sería que quisieran seguir recordándolo como &lt;i&gt;el Andrajoso&lt;/i&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Había tenido el señor de la guerra noticias de la existencia de los elefantes, por primera vez, cuando los vio representados en unas figuras de porcelana. Le parecieron magníficos, como animales mitológicos, y desde entonces se le antojaron para su ambicioso funeral. ¿Pero de dónde se consiguen mil elefantes, de un día para otro? Pues Kazuma, el edecán, los había conseguido, mandándolos traer, ni más ni menos que desde la remota India. Mientras llegaban o no, el cadáver embalsamado de su señor los esperaba con toda la paciencia de quienes duermen el sueño eterno. No dormía tan tranquilo Kazuma, que no veía llegar la hora en que aparecieran. Sólo respiró aliviado, cuando tras dos meses de noches desveladas apareció, por fin, en lo alto de la colina, la silueta de la larga hilera de elefantes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tuvo que dilapidar, Kazuma, para la adquisición de aquellos mastodónticos animales, casi toda la fortuna que había dejado su señor al morir. Total, no dejaba otra cosa... Ningún hijo iba a quedar para defender el honor y buen nombre de aquel valeroso samurai que nunca perdió una batalla. Takeshi,&amp;nbsp;&lt;i&gt;el Andrajoso&lt;/i&gt;, había resultado herido en una de esas batallas, por una flecha que vino a hacer blanco en sus partes nobles. Desde ese fatal momento, el señor de la guerra no volvió a mostrar el más mínimo interés por las mujeres. Ninguna amante le lloraba ahora, ni ninguna concubina velaba su cadáver. Tan solo dejaba, a modo de huérfanos y viudas, el centenar de funcionarios que manejaban los asuntos de su castillo, incluida la inexperta guarnición de soldados que nunca habían entrado en batalla, más unos cinco mil siervos que trabajaban, ya fuera como criados en las labores del castillo, o cultivando los fértiles campos que estaban bajo su dominio. Unos y otros se las tendrían que apañar sin él para sobrevivir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En su testamento, había dispuesto Takeshi&amp;nbsp;&lt;i&gt;el Andrajoso&lt;/i&gt; que fuera un selecto consejo de funcionarios el que tomara las decisiones, recogiendo, en la medida de los posible, las aspiraciones de los demás súbditos. Kazuma, el edecán, presidiría aquel consejo de sabios, y tendría la última palabra sobre cualquier cuestión. Un problema más para Kazuma, lo de tratar de conformar a todo el mundo. Al menos, de momento ya había conseguido solucionar la cuestión de la compra de los elefantes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El siguiente obstáculo que acuciaba a Kazuma era el de construir un puente, lo suficientemente estable, como para que soportara el paso de tantos elefantes. El mausoleo que albergaría los restos mortales del señor de la guerra, estaba situado en el interior de una isla, rodeada por las caudalosas aguas del río Arita. Aquel monumento funerario se había erigido tras muchos años de paciente trabajo, y de idas y vueltas hacia la isla en unas pequeñas barcas, en que los operarios fueron trasladando los materiales de construcción. El problema era que no había una barca lo suficientemente grande como para albergar a la comitiva al completo, de féretro y elefantes. Tampoco tenía sentido fletar una barca para cada elefante. La única solución posible, pensaba Kazuma, era construir un robusto puente de madera que aguantara el peso de toda aquella comitiva.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero tras la adquisición de los paquidermos, las arcas se habían quedado demasiado vacías, como para comprar la ingente cantidad de madera que requería la construcción del puente. No había más remedio que talar el bosque que rodeaba el castillo. Cuando el edecán expuso esta solución a sus colegas del consejo de sabios, estos se mostraron en completo desacuerdo. ¿Cómo iban a renunciar a aquel paraje tan grato, en el que se solazaban en compañía de sus familias durante su tiempo de recreo? El consejo se negó en rotundo, a que las inmediaciones del castillo quedaran convertidas en un erial.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Kazuma pidió entonces a sus colegas que le dieran una solución alternativa a la devastación del bosque.&amp;nbsp;«Construyamos un puente de paja», fue el remedio que propuso uno de los consejeros. Argumentó éste que, tras la reciente cosecha, había paja de sobra en los campos de cultivo. Añadió que la paja era fácil de manipular, y que su resistencia como material de construcción quedaba fuera de toda duda, como demostraba el hecho de que los campesinos la utilizaran para levantar las chozas en que vivían.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los funcionarios del consejo aplaudieron a rabiar aquella propuesta del puente de paja. Kazuma no podía creer que fueran tan majaderos, como pensar que un puente de paja iba a soportar el peso de mil elefantes. Pero el hecho fue que no quisieron escucharle, pues por nada del mundo estaban dispuestos a renunciar a su frondoso bosque.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Entonces Kazuma, que creía sabérselas todas, propuso hacer una consulta entre el resto de siervos, los campesinos y quienes hacían las tareas más ingratas dentro del castillo. Como a estos siervos les estaba vetado el acceso al bosque, estimaba que no pondrían ninguna objeción al talado de los árboles. Además, como suponían la gran mayoría de la población, al edecán le sobrarían motivos para hacer valer su última palabra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con lo que no contó el Kazuma, fue con la conjura que, a sus espaldas, tramaron sus colegas. Les bastó con dejar caer la voz entre los siervos, de que algunos de ellos podrían formar parte del selecto grupo de funcionarios del castillo, ya que se necesitaba más personal para afrontar las nuevas tareas que suponía el fallecimiento del señor de la guerra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero claro, ¿qué gracia tenía para los siervos un posible ascenso, si no iban a poder disfrutar de todos los privilegios que conllevaba el ser funcionario? Todo siervo había soñado alguna vez con sestear, en primavera y verano, bajo la sombra fresca de los arces y robles del bosque. Así que cuando Kazuma les conminó a pronunciarse sobre si veían más razonable construir un puente de madera o de paja, la gran mayoría se decantó por la segunda opción.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras aquella consulta popular, el edecán quedó desacreditado. Aun así, Kazuma hizo valer su última palabra, y ordenó que se talara el bosque, pues era urgente construir el puente de madera. Aquella sería la última de sus decisiones. Como era previsible, los consejeros se rebelaron y dieron la orden a los soldados de que lo prendieran. Enseguida lo ejecutaron en el mismo bosque, sin la más mínima consideración a todos los años de servicio que había pasado junto al señor de la guerra. Una vez consumada su traición, los funcionarios eligieron como consejero principal al que había sugerido la idea de la construcción del puente de paja. Con esto, se dio vía libre a la construcción de dicho puente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se fabricaron pilares para el puente, anudando gavillas de paja hasta el grosor de ocho veces el tamaño de un tronco de roble adulto. Para la superficie sobre la que habrían de caminar los elefantes, los artesanos más hábiles tejieron diez esteras de un ancho equivalente a la de cinco hombres tumbados, y tan largas como era necesario para salvar la anchura del río Arita.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sorprendentemente, el puente de paja aguantó el primer envite de la comitiva funeraria. Pero cuando empezó a oscilar por el empuje de la corriente, los elefantes entraron en pánico, y su agitado movimiento se sumó al ligero vaivén que ya traía el puente. Al final, el puente se inclinó hacia uno de los lados y la comitiva al completo fue a parar al río, incluido el sarcófago, repujado en oro, que sellaba el féretro con los restos mortales del señor de la guerra&lt;i&gt;.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La contrariedad que supuso aquel suceso, no hizo más que enaltecer los ánimos entre siervos y funcionarios. Los campesinos, que ya se habían hecho a la idea de contar con la ayuda de los elefantes para sus esforzadas tareas, no supieron encajar que se los llevara la corriente. Cuando entre gritos pidieron la renovación al completo del consejo de sabios, estos les recordaron que ellos mismos, en su gran mayoría, habían apoyado la opción del puente de paja. No queriendo asumir su propia culpa, los campesinos pidieron que, en compensación, se les permitiera el acceso al bosque del castillo. El consejo de sabios no sólo desoyó aquella petición, sino que también se desentendió del rumor que ellos mismos habían difundido, acerca del ascenso de algunos siervos al grado de funcionarios. Así fue como se creó el caldo de cultivo perfecto para la sublevación de los siervos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ni tiempo le dio a los funcionarios de mandar a un emisario para que el emperador enviara algún ejército en su ayuda. Rodaron cabezas por doquier, sin que la inexperimentada dotación de soldados fuera capaz de impedir que se arrasara el castillo y el mismo bosque que lo rodeaba. Los siervos, temerosos de que aquella sangrienta insurrección llegara tarde o temprano a oídos del emperador, huyeron a otra parte.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así fue como se desmoronó, en apenas un par de días, el pequeño imperio que Takeshi, señor de la guerra, logró construir en vida. De su memoria, apenas quedó el mausoleo vacío en medio de aquella isla fluvial, y su sarcófago de oro enterrándose poco a poco en el fondo del río Arita. Al menos, tampoco quedó ninguna comunidad para recordar ese apodo suyo de &lt;i&gt;el Andrajoso&lt;/i&gt;, que tan poca gracia le había hecho en vida...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/02/el-puente-de-paja.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/7096910467163623378'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/7096910467163623378'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/02/el-puente-de-paja.html' title='El puente de paja'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi2EAcLTMR5bWFiZo7AIDf_jCEAW8lrAzqfZyAu59VN1LMDGu6_RNJzf3abOKmKBOE8KZEhH6-TJrh7_dW8hoJ_CHaYm0srM6GXWt6WdBS3NIgzCUOZqCy9O6dM_2NdgQjEOAHsXbdidJu9gq9jcpRCyLzbq0jmnyOpTjMYUJJemSNRNYeBCg/s72-w640-h550-c/elefantes-porcelana-kakiemon-2.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-6448075891916784357</id><published>2023-02-11T17:37:00.019+01:00</published><updated>2023-02-12T10:42:43.865+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>La selva</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjTovkdiMDOdMCxCNL8T1bSiwNV7RVmOkTdnHOfUSTlMG3cLR5ZlOTL6KWf5Ko6aL9BAk-fBJecZvZ5TWaA8VdZ6YZsaASvv5bUoMhQEZqHPZt-L8YhwkBZW4aR5PE_TmOn11W1mIlCwQDhh72posySI2ADB414fAL40PZD75OyRFTyYw_xVg/s2047/arboles-amazonicos.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Árboles en la selva amazónica&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1532&quot; data-original-width=&quot;2047&quot; height=&quot;478&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjTovkdiMDOdMCxCNL8T1bSiwNV7RVmOkTdnHOfUSTlMG3cLR5ZlOTL6KWf5Ko6aL9BAk-fBJecZvZ5TWaA8VdZ6YZsaASvv5bUoMhQEZqHPZt-L8YhwkBZW4aR5PE_TmOn11W1mIlCwQDhh72posySI2ADB414fAL40PZD75OyRFTyYw_xVg/w640-h478/arboles-amazonicos.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/districtsoul/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Avery&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Había tenido noticias de aquella selva a través de la pantalla de su fiel amigo el televisor de casa, en alguno de los documentales que tanto sueño le daban después de comer. La salvaje espesura, vista &lt;i&gt;in situ&lt;/i&gt; y desde fuera, no es que llamara demasiado su atención, pero, dada su tendencia a la misantropía, no pudo resistirse a perderse entre la exuberancia de helechos y lianas que caían de los árboles como en las películas de Tarzán. Quería alejarse del grupo de turistas que, como él, habían llegado en avioneta hasta aquel lugar alejado de todo, y, por más que el guía turístico les advirtió, bien clarito, que no se les ocurriera ir más allá de las cuatro piedras milenarias que habían venido a visitar, decidió adentrarse entre la densa vegetación. El mismo guía les había contado el relato acerca de una pareja de recién casados que desapareció para siempre en aquel boscaje amazónico, territorio habitado por peligrosos felinos, serpientes y arañas de lo más venenosas, e incluso por alguna tribu antropófaga, según afirmaban las crónicas más sensacionalistas. Pero no hizo caso del guía ni de ninguna de esas historias tremebundas que, entre sueños, había visto por televisión. Aquellos sueños no tardaron en convertírsele en pesadilla, el sudor chorreándole por el cogote y la barbilla, la ropa rasgada de tanto enganchón con los arbustos, y, por ende, la piel cada vez más expuesta al festín de sangre de las nubes de mosquitos, mientras trataba de dar con el sendero de regreso hasta las ruinas de una civilización que, incomprensiblemente, habitó alguna vez en aquel paraje inhabitable. Tenía la sensación de estar dando vueltas en círculo, como si cada liana y conjunto de arbustos fueran parte de un decorado repetido y colocado adrede, en similar disposición, para confundirle. Mas aunque su respiración y latido se aceleraban a cada paso, sentía que, en cierta manera, le estaba mereciendo la pena aquella aventura arriesgada. Cuanto más se adentraba entre la enmarañada vegetación, más exuberante y vistoso era el paisaje que se le ofrecía, las orquídeas de todos los tamaños y colores que florecían por doquier, o las ocasionales formaciones de gemas semipreciosas que brotaban como racimos entre los helechos. Incluso le estaba resultando entretenido el desconcertante concierto de aullidos de los macacos que, desde lo alto, parecían mofarse de su ineptitud para orientarse.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras seis días de vagabundaje, sin que las copas de los árboles le permitiesen entrever el más mínimo retazo de cielo, con sus correspondientes noches, en las que no le cupo más remedio que dormir al raso sobre un colchón de helechos muertos, llegó a un claro en medio de la espesura. No pudo evitar un gritito de sorpresa, al contemplar la cascada que, desde muy por encima de su cabeza, se abría paso por entre unas rocas, y rompía con estruendo sobre una pequeña y mansa laguna de cristalinas aguas. No se lo pensó dos veces: se desprendió de los jirones de sus ropas y se zambulló en el agua para darse un baño regenerador, que le alivió de los picotazos de los mosquitos y de la pátina de sudor que le cubría por todo el cuerpo, como un unte sedoso y rancio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Chapoteaba desnudo, no menos feliz que un bebé en el agua de un barreño de zinc calentado al sol, cuando se sintió observado. Entre los arbustos, algo más allá de los límites de la laguna, le pareció entrever el movimiento fugaz de una persona, tal vez de un animal. Pero no distinguía bien las formas, pues, para bañarse, se había desprovisto de sus gafas. Se incorporó a cámara lenta, y del mismo modo caminó sobre el lecho de la laguna, en busca de sus gafas. No hizo falta que las alcanzara, para comprobar, sin ningún atisbo de duda, que una expedición de cinco indios jíbaros le estaba apuntando con sus arcos y flechas. Se habían acercado con precaución hasta el montículo en que había dejado sus ropas. No obstante, aunque los tenía tan cerca que sentía sus respiraciones agitadas, se colocó las gafas para apreciarlos en detalle. Andaban tan en cueros como él, salvo que llevaban el rostro pintarrajeado, la piel embadurnada de arcilla, y unas puntas de hueso, de vete tú a saber qué animal o persona, que atravesaban de lado a lado los orificios de sus narices. De las perforaciones de sus orejas colgaban aretes de metal y otros adornos también de hueso, y sobre el cabello peinetas fabricadas con grandes hojas ovaladas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se vio acorralado como en los tiempos del patio del colegio, cuando uno de aquellos hombres en cueros señaló su miembro viril, mustio y del tamaño de una nuez sus testículos, e hizo un comentario que, por supuesto, él no entendió. Los otros cuatro indígenas rieron a coro. Tras aquel comentario, los cinco hombres se mostraron más relajados, bajaron sus arcos y le hicieron señas apresuradas para que caminara en pos de ellos. Ni tiempo le dieron para que recogiera sus ropas, así que, tan desnudo como ellos, los siguió a través de sendas invisibles, apenas calzado con sus botas de explorador del tres al cuarto. Hasta que por fin llegaron a un poblado de chozas fabricadas con ramas. Los pobladores lo recibieron con gran curiosidad, especialmente los niños, que por fin comprobaban que eran ciertas las historias de sus mayores, sobre los hombres de piel blanca y fina que debían siempre evitar. Tal vez por eso, porque lo encontraron demasiado crudo, aquellos indios no se lo comieron. Lo acogieron en su comunidad como quien adopta un simpático mono arborícora, y a él no le cupo más remedio que aceptar aquella hospitalidad obligatoria, pues a dónde iba a ir, sin mapa, ni brújula, ni Google Maps.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Durante siete años se malrresignó a desayunar, mañana sí y mañana también, una especie de mandioca hervida con carne de macaco o armadillo, y por las tardes, a merendar un espetón de larvas de escarabajo que los indios tostaban al fuego. Como los hombres lo consideraban un estorbo para los asuntos de exploración y caza, se quedaba todo el día ganduleando en el poblado, más o menos como en su casa, tirado en una hamaca y sin hacer nada, pero sin televisor. Por matar en algo el tiempo, se dedicó al apasionado entretenimiento de concebir una veintena de criaturas más o menos desteñidas, con la licencia de los indios varones, que veían como cosa natural que le hiciera el amor a sus mujeres, e incluso a sus hijas adolescentes menores de edad. Al menos para algo les servía, para aumentar la prole y reforzar la genética de la tribu. En lo demás, lo consideraban un inútil. Si lo mantenían con vida y no lo echaban a uno de sus potajes, era porque aplicaban, a su manera, algunos de los principios altruistas de las socialdemocracias nórdicas. Sólo tenía en su contra a una de las indias más viejas y reaccionarias, que le había cogido tirria por su actitud de parásito, motivada, tal vez, porque nunca le proporcionaba el amor gozoso y lubricado que le daba a las más jóvenes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un mediodía, aparecieron por el poblado dos misioneros de la Iglesia del Penúltimo Advenimiento, venidos ni más ni menos que desde Tuscaloosa, Alabama, con la intención de corregir los vicios de los indios y explicarles su versión apócrifa de la Biblia, una que, según decían, era la primera que había dictado Dios literalmente a los hombres, antes de que se arrepintiera de algunos pasajes demasiado explícitos y los eliminara. Nuestro hombre, en cuanto vio aparecer a los gringos les chapurreó, en su penoso inglés, que hicieran el favor de indicarle la senda hasta el mundo civilizado, pues estaba más que harto de los indios y de sus guisos repetidos, pero, sobre todo, de su costumbre de tirarse pedos delante unos de otros sin la menor educación, con toda la selva que tenían ahí al lado, para peerse discretamente sin atufar al prójimo. Los misioneros no sólo le indicaron, con todo lujo de detalles, el camino por donde habían llegado, sino que también le proporcionaron un GPS para que no se perdiera de nuevo entre la floresta. Temían que fuera uno de esos guerrilleros maoístas que tanta competencia les hacían con sus prédicas apasionadas, acerca de paraísos futuros regidos por humildes sabelotodos con el grado de archicomandante omnisciente, y pensaron que, si conseguían mantenerlo bien lejos de la aldea, podrían quedarse con todo el negocio de la venta a plazos, sin garantías, de la utópica y venidera felicidad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así fue como, tras varios años de acumular polvo sin que nadie lo encendiera, el televisor volvió a su vieja rutina de concursos, &lt;i&gt;realities&lt;/i&gt; y telediarios. Y a la de algún que otro documental soporífero a la hora de la siesta, como ése acerca de la Amazonía, en el que un agricultor local aseguraba haber visto a una pareja de gringos arrojándose al río, todo por escapar de los dardos envenenados que una pandilla de niños desnudos les lanzaba con sus cerbatanas. Añadía el hombre, en un primer plano que amplificada sus acuosos ojos de borracho, que en aquella parte el río estaba infestado de pirañas. Y para demostrarlo, mostraba a cámara su mano derecha, a la que le faltaban tres dedos. Luego, en un plano aéreo, la cámara sobrevolaba el caudaloso río, cuyos meandros discurrían mansamente entre la apretada vegetación. Igual que una serpiente sin fin y sin prisa el río reptaba, velando, tanto por los sueños de los habitantes de la ribera, como de los televidentes que, desde sus cómodos sofás, lo veían fluir hipnótica e inexorablemente...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/02/la-selva.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6448075891916784357'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6448075891916784357'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2023/02/la-selva.html' title='La selva'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjTovkdiMDOdMCxCNL8T1bSiwNV7RVmOkTdnHOfUSTlMG3cLR5ZlOTL6KWf5Ko6aL9BAk-fBJecZvZ5TWaA8VdZ6YZsaASvv5bUoMhQEZqHPZt-L8YhwkBZW4aR5PE_TmOn11W1mIlCwQDhh72posySI2ADB414fAL40PZD75OyRFTyYw_xVg/s72-w640-h478-c/arboles-amazonicos.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-6883469550205657720</id><published>2022-12-24T10:40:00.002+01:00</published><updated>2022-12-24T10:40:45.139+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cortos y vídeos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Navidad"/><title type='text'>Recicla la Navidad</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj6nJYzBJIRYomYLyjtoaq8JNVWYygg9JXICtQKgDDaugz1YP0cB1NqKURf6TqFg758dBMdrhtfdp_1iq4vN31LB9aw5tz9FVJx9brGfHLr7m5gSB_XRsLWEji-Ihol5y7As8eJTEP_H59YVE-MwZO5uHxaWt0UHyKkrvEPzDrSOFD_79hOOA/s1920/papa-noel-basura.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Papá Noel buscando en un contenedor de basura&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1080&quot; data-original-width=&quot;1920&quot; height=&quot;360&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj6nJYzBJIRYomYLyjtoaq8JNVWYygg9JXICtQKgDDaugz1YP0cB1NqKURf6TqFg758dBMdrhtfdp_1iq4vN31LB9aw5tz9FVJx9brGfHLr7m5gSB_XRsLWEji-Ihol5y7As8eJTEP_H59YVE-MwZO5uHxaWt0UHyKkrvEPzDrSOFD_79hOOA/w640-h360/papa-noel-basura.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Papá Noel buscando juguetes&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Como cada Navidad, Papá viene cargado de regalos. O tal vez no...&lt;/div&gt;
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&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/12/recicla-la-navidad.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6883469550205657720'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6883469550205657720'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/12/recicla-la-navidad.html' title='Recicla la Navidad'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj6nJYzBJIRYomYLyjtoaq8JNVWYygg9JXICtQKgDDaugz1YP0cB1NqKURf6TqFg758dBMdrhtfdp_1iq4vN31LB9aw5tz9FVJx9brGfHLr7m5gSB_XRsLWEji-Ihol5y7As8eJTEP_H59YVE-MwZO5uHxaWt0UHyKkrvEPzDrSOFD_79hOOA/s72-w640-h360-c/papa-noel-basura.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-480495222500822713</id><published>2022-12-21T12:27:00.002+01:00</published><updated>2022-12-21T12:27:57.157+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Cortos y vídeos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Navidad"/><title type='text'>Ayuda a Papá Noel con los regalos</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhKoysOEp0grmlPqU0fKkTTTNRAy5DkBKnw3wn6D7vs9aqLlOH5klIkiwPFIofl5DRzlwzTufPV22xAZN9UmvDfAnONrfdqyMrzyHFV8R-SH1OWLcJMO3zcPfKhb1e0we-89s4CbPvXXntPKBzzoKzqB9L1goEOg2Od90PSiFDv9JqBhXzRBg/s1920/papa-noel.jpg&quot; imageanchor=&quot;1&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1080&quot; data-original-width=&quot;1920&quot; height=&quot;360&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhKoysOEp0grmlPqU0fKkTTTNRAy5DkBKnw3wn6D7vs9aqLlOH5klIkiwPFIofl5DRzlwzTufPV22xAZN9UmvDfAnONrfdqyMrzyHFV8R-SH1OWLcJMO3zcPfKhb1e0we-89s4CbPvXXntPKBzzoKzqB9L1goEOg2Od90PSiFDv9JqBhXzRBg/w640-h360/papa-noel.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Papá Noel en su madriguera&lt;br /&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;Esta Navidad, Papá Noel necesita que le eches una mano, o los niños se quedarán sin regalos.&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;
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&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/12/ayuda-papa-noel-con-los-regalos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/480495222500822713'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/480495222500822713'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/12/ayuda-papa-noel-con-los-regalos.html' title='Ayuda a Papá Noel con los regalos'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhKoysOEp0grmlPqU0fKkTTTNRAy5DkBKnw3wn6D7vs9aqLlOH5klIkiwPFIofl5DRzlwzTufPV22xAZN9UmvDfAnONrfdqyMrzyHFV8R-SH1OWLcJMO3zcPfKhb1e0we-89s4CbPvXXntPKBzzoKzqB9L1goEOg2Od90PSiFDv9JqBhXzRBg/s72-w640-h360-c/papa-noel.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-5210606993900021701</id><published>2022-12-14T19:14:00.057+01:00</published><updated>2023-02-15T10:14:32.250+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Quiso ser un corto"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>El bosque de las Ánimas</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0KnyjfjEyHWO7s9WsHMGm-RA1ya70LiGjL2Ghs-vcFcvpb4OBI-V5srmRFoBVLI1D0yf0uLgLgSIF6RyxvCcMJahy77VmnAEI1X3RsA8X4zGu4vZmEwGJbFQF9-A6mJ0iwB2xM4rTvqO2UXDB7erYX6FV9eGIvX526SeZywnUjfaC7mrf9Q/s1920/bosque-tenebroso.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Troncos oscuros y hojarasca en un bosque tenebroso.&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1200&quot; data-original-width=&quot;1920&quot; height=&quot;400&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0KnyjfjEyHWO7s9WsHMGm-RA1ya70LiGjL2Ghs-vcFcvpb4OBI-V5srmRFoBVLI1D0yf0uLgLgSIF6RyxvCcMJahy77VmnAEI1X3RsA8X4zGu4vZmEwGJbFQF9-A6mJ0iwB2xM4rTvqO2UXDB7erYX6FV9eGIvX526SeZywnUjfaC7mrf9Q/w640-h400/bosque-tenebroso.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/ghor/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Gorchakov Artem&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Ni siquiera las bajas temperaturas de aquella mañana conseguían contrarrestar su somnolencia. Pese a las repetidas cabezadas, aquel hombre de mediana edad se obstinaba en permanecer de brazos cruzados y de pie entre el boscaje, plantado allí como cualquier otro de los pinos que le rodeaban. O más bien, como un enano de jardín abandonado a su suerte entre la espesura. No era su alma tan de hormigón como la de esos enanos, pero pétrea era su voluntad para no dejarse seducir por una buena dormidita sobre el colchón de hojarasca, ni para someterse por completo al taladro adormecedor del picapinos que andaba horadando uno de los árboles cercanos. De momento, aquel pájaro era su única compañía. O tal vez no...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Shii, shii!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Abrió el hombre los ojos y exploró enfurruñado el territorio que tenía delante, para ver si daba con quien le andaba chistando. Pero no encontró a nadie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Eh, estoy aquí!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desde detrás de unos arbustos, vio una manopla que le saludaba, y el rostro sonriente de una mujer con un chullo que le tapaba las orejas. Aunque el hombre la miró con cara de disgusto, la mujer acudió hacia él con la emoción alegre del buscador de setas que acaba de encontrar su primer níscalo de la temporada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Hola! ¿Qué, se está bien esta mañana, eh?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hacían cinco grados bajo cero. El hombre frunció el entrecejo aún más si cabe, y, sin desprenderse de la nada amigable pose de brazos cruzados, giró sobre sí mismo para esquivar la mirada feliz de la mujer. Pero la mujer del gorro andino no desistió de su intento de entablar conversación, y rodeó al hombre en busca de su cara.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Hola, estoy aquí! ¿Cómo te llamas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dudó un instante el hombre, antes de responder malhumorado:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué importancia tiene eso? ¿Acaso los árboles tienen un nombre?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fascinada como si nunca hubiera contemplando un árbol, la mujer alzó la cabeza hacia la copa del que tenía encima.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vaya, nunca había pensado en eso! ¿Oye, qué haces aquí solo? ¿No te aburres?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otro pequeño silencio guardó el hombre antes de hablar:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡A usted qué le importa! —respondió al fin. Aunque enseguida dudó de su propia hostilidad—. Quiero decir, que me gusta estar solo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Qué curioso! Yo, sin embargo, no soporto la soledad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El hombre no dijo nada; simplemente miró para otro lado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Oye, ¿qué te parece si damos un paseo juntos? Igual nos caemos bien y acabamos siendo amigos, ja, ja, ja.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le irritó al hombre sobremanera la risilla pueril de aquella mujer. La miró de nuevo en silencio, muy fijamente, antes de responder:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué parte no ha entendido usted de lo de que me gusta estar solo?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ay, perdona si te he molestado, pero es que en cuanto te vi, pensé que te estabas aburriendo tanto!... Si hasta te estabas quedando dormido...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El hombre suspiró contrariado. Cayó la mujer en la posibilidad de que aquel suspiro fuera por amor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿O es que estás esperando a alguien? —preguntó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El hombre volvió a mirarla con cara de hastío.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡No estoy esperando a nadie, que yo sepa! ¡Y ahora, déjeme en paz!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una sonrisa pícara se dibujó en la cara de la mujer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Oye, no será que has quedado en este rinconcito apartado para darte el lote con tu novia?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡No diga tonterías! ¡No he quedado con ninguna novia!&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—A mí no me engañas... ¡Sí, sí, estás esperando a tu novia! ¿Quizás a algún amigo?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Mire, que le quede bien claro!: ¡ni tengo amigos, ni me interesa tenerlos! ¡Ahora, por favor, déjeme solo de una vez!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer era incapaz de concebir que aquel hombre díscolo estuviera allí por el mero hecho de estar sin hacer nada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Oye, no serás uno de esos pervertidos solitarios que se esconden entre los arbustos para acosar a las muchachitas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pero por quién me ha tomado usted? Simplemente, me apetece estar solo. ¿Cómo quiere que se lo explique, en chino mandarín?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Miró boquiabierta la mujer al hombre, resistiéndose a creer en sus palabras.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pues ni entiendo el chino mandarín, ni te entiendo a ti.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer se enfrascó entonces en una disquisición con ella misma:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No me cabe en la cabeza... Solo, aquí de pie, sin hacer nada... Es absurdo, extraño, no sé, raro... Ridículo no, eso no...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Parecía el hombre un profesor de secundaria a punto de estallar ante la insolencia de uno de sus alumnos, mientras la mujer pronunciaba su soliloquio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Un anómalo comportamiento que algo oculta, desde luego, algo sospechoso... ¿Oye, no serás uno de esos camellos que venden droga?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Por Dios!, ¿quiere parar ya de decir sandeces? ¡Soy un guardabosques, eso es lo que soy! Así que ahora que ya lo sabe, prosiga con su camino y déjeme tranquilo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oh, eres un guardabosques!... ¡Lo sabía, a mí nadie me engaña! ¡No podía ser que estuvieras aquí plantado, así porque sí!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El gesto serio y amenazante del hombre, se tornó en otro de pesadumbre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pero cómo vas a ser un guardabosques, si no llevas uniforme? —recapacitó con desconfianza la mujer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y qué? ¿Acaso el hábito hace al monje?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ey, a mí no me vas a conseguir liar con uno de esos típicos refranes! Todo el mundo sabe que los guardabosques llevan uniforme.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por un momento, la férrea seguridad del hombre pareció desmoronarse como una montaña de chatarra.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No llevo uniforme porque... ¡Porque soy un guardabosques de incógnito, eso es!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La respuesta del hombre cogió a la mujer desprevenida. Tan de sorpresa, que aproximó sus narices a él como un perro sabueso que anduviera olisqueando un rastro de verdad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Eres de la secreta?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Afirmativo. Un guardabosque secreto, eso soy. Del grupo especial de guardabosques secretos, para ser exactos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oh, vaya!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La cara de asombro de la mujer parecía la de una niña pobre recibiendo el único regalo que tendrá en Navidad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Y ahora, señora, hágame el favor de circular en silencio—dijo el hombre indicándole, con la mano abierta, una senda imaginaria a la mujer—. Está perturbando la quietud de este bosque.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oye, guardabosques! ¡No te pases de listo! ¡Sabes bien que esto no es ningún bosque! ¡Que si tú quieres creer que este parque, de esta maldita ciudad, es un bosque, por mí ok! ¡Pero no se te ocurra volver a darme órdenes! ¿Entendido? ¡Yo hago lo que me da la gana, cuando me da la gana!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se sintió el trote arrastrado de un corredor que perseguía su voluminosa barriga por un camino próximo. El guardabosque volvió a cruzarse de brazos, en una pose altiva y solemne.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Señora, con su actitud, me es imposible escuchar el trino de los pajaritos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Pues escucha mi trino, tío! ¡Y deja ya de una vez de llamarme señora! ¡No soy ninguna señora!, ¿entiendes?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ah no! ¿Entonces, qué término prefiere, la señora, que utilice para referirme a la señora?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Que no me digas señora, joder! Yo soy... Yo soy un elfo. No sabía si decírtelo, pero ya lo sabes. Soy un elfo, un elfo del bosque.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vamos, por favor! ¡Un elfo del bosque, dice!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, en realidad una elfa.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Estiró el pescuezo el guardabosques y miró desafiante a la presunta elfa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Los elfos no existen, chata!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Que no? Compruébalo tú mismo. Mira mis orejas, si quieres.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El guardabosques midió las palabras de la mujer, no fuera a ser que estuviera tramando alguna treta para comprometerle. Pero cuando menos se lo esperaba, se abalanzó a escudriñar sus orejas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pero qué haces, bruto, no me tires de las orejas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Cálmese, señora, es sólo una mera comprobación rutinaria! —dijo el guardabosques, hurgando bajo las orejeras del gorro andino.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Que no me llames señora!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras palpar desmedidamente las orejas de la mujer elfa, el hombre se quedó pasmado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué, vaya sorpresa te has llevado, eh, tronco? Sin uniforme, tú no puedes asegurar que seas un guardabosques. Sin embargo, yo, ya lo ves: mis orejas puntiagudas son la prueba irrefutable de que soy una elfa auténtica.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tratando de rehacerse de su pequeña derrota, el guardabosques buscó algún resquicio de debilidad en el argumento de aquella elfa impertinente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y qué hace usted en este parque, si es, como dice, una elfa? ¿No debería estar merodeando por algún bosquecillo, como se supone que hacen todos los de su supuesta especie?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer elfo se quedó paralizada. De repente, su mirada zozobró en un mar turbulento e interior de melancolía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, ahí debería estar yo, en mi bosque... Gastando bromas a los domingueros, por ejemplo. Pero ni hoy es domingo, ni yo... ¿Oye, seguro que no tienes una novia o alguna amante? ¿O por lo menos una madre que te espere en casa cada día?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿A cuento de qué viene ahora esa pregunta? Ya le he dicho antes que no tengo novia. Como veo que tanto le interesan mis circunstancias personales, le informo que soy soltero por convicción, y huérfano de madre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, pero al menos tienes un padre, algo es...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Puede ser, que tenga un padre, pero no lo conozco. Sólo sé que huyó de casa en cuanto supo que había dejado embarazada a mi madre. Según me reprochaba mi madre a todas horas, heredé su afición a la soledad. Por lo visto, mi padre se metió a farero.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oh, un padre ausente!... —exclamó la mujer elfo, como si se compadeciera del guardabosques. Pero en realidad se compadecía más de sí misma —. Igual de huérfana me he quedado yo sin mi bosque: ya no tengo un hogar verdadero al que poder ir...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La elfa bajó la cabeza con ganas de llorar. Entonces el guardabosques sintió una gran lástima, y se vio empujado a consolarla. Pero, dada su escasa experiencia en la materia, fracasó en el intento, y apenas logró aproximarse y darle un amago de abrazo. Se sintió tan tenso por la situación de desamparo de la mujer, que no le cupo más remedio que romper el silencio con unas cuantas palabras de más.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vaya, lo siento! ¿Y qué le pasó a su bosque, si se puede saber? ¿Tal vez se quemó?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer elfo levantó lentamente la cabeza, mientras su mirada llorosa se volvía vengativa y cruenta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ojalá hubiera ardido, sí! —dijo la mujer, con una voz gutural que parecía salir de la gruta más recóndita de sus infiernos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al guardabosques le cogió por sorpresa aquella declaración de intenciones.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Ardido? ¡Oh, no, por Dios! ¡Ya hay demasiados incendios forestales todos los años!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Sí, ardido en llamas, hasta la más escondida de sus cárcavas! ¡Igual a como ardió la Roma que mandó prender el tal Nerón! —clamó la mujer, desgañitándose la voz.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El guardabosques recuperó su compostura marcial de brazos cruzados y carraspeó antes de hablar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Le recuerdo que soy un guardabosques y que, por ende, mi misión consiste en proteger los bosques.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer se le quedó mirando.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sólo era una manera de hablar, amigo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo no tengo amigos, señora elfo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ya, ya lo sé, pesado!... Y es una pena, que no te interese tener amigos. Porque en el fondo, no me caes del todo mal, guardabosques, no sé por qué. Oye, perdona que insista en mi curiosidad: ¿y qué haces tú también, aquí, es este parque? ¿No deberías estar vigilando algún monte, o un bosque, lejos de la ciudad?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El guardabosques se descruzó de brazos e, igual que un trompo inseguro e inquieto, buscó su eje de equilibrio. De tal modo se descompuso, que su angustia no pasó desapercibida para la mujer elfo. Preocupada, se acercó al hombre para tratar de atenderlo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ey!, ¿te pasa algo? ¿Te ha molestado mi pregunta?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Tranquila, no me pasa nada! ¡Déjeme solo, estoy bien!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Retrocedió la mujer elfo para concederle al guardabosques todo su espacio, pues se dio cuenta de que lo estaba agobiando más que nada. Tardó el hombre once segundos con veinte centésimas en rehacerse, más una milésima más hasta que trató de disimular su turbamiento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y cómo dijo usted que se llamaba ese bosque que le gustaría quemar, presuntamente de manera figurada? —preguntó el hombre, sacando un bloc de notas y un bolígrafo de uno de los bolsillos de su chaquetón.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;—No te lo he dicho. Apunta, apunta: el bosque de las Ánimas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡El bosque de las Ánimas! —exclamó absorto el guardabosques, dejando a un lado el amago de escribir en el bloc.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Lo conoces?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vaya si lo conozco, sí!... Tan bien, como la palma de mi mano...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se quedó embobado el guardabosques mirando su mano abierta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Como la palma de tu mano?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya lo creo... —salió de su arrobamiento el hombre—. Pero ésa es una larga historia, y ahora no tengo tiempo para contársela.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El guardabosques volvió a dejar el bolígrafo y el bloc de notas en el bolsillo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Que no tienes tiempo? ¿Pero si estás aquí sin hacer nada? Anda, cuéntame de qué conoces ese bosque.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Le he dicho que no tengo tiempo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Anda cuéntame, cuéntame, cuéntame, cuéntame! —repitió la mujer elfo, con la pesada insistencia de una niña caprichosa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ya le he dicho que no, y punto! ¡No es no! ¿Qué es lo que no entiende?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vale, vale, tronquito, no te pongas así! Pues si tú no me cuentas nada, te lo contaré yo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si no hay más remedio...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En realidad, el guardabosques estaba muy interesado en todo lo que la mujer le pudiera contar sobre aquel bosque. Así que estiró un poco el cuello en dirección a la mujer, para centrar mejor su atención.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pues verás. Mis días transcurrían despreocupadamente en el bosque de las Ánimas. Entre bromas, risas y demás, yo era muy feliz. Los elfos somos bastante bromistas, como sabrás por los cuentos. Un poco tocapelotas, para que me entiendas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Ah sí? ¡Vaya, no me había dado cuenta! —ironizó el guardabosques.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, sí, muy bromistas. Como te digo, yo era feliz y me entretenía gastando bromas a los que paraban por allí. Cosas sin importancia, no creas, como voltear las señales de los caminos para que los senderistas se extraviaran, o echar caca de vaca en los arroyos para que les diera un poco de diarrea.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Qué graciosa...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿A que sí? Todas esas bromas las hacía de día, porque por la noche aquel lugar está vetado para nosotros, los elfos. —Habló ahora, la mujer elfa, con una voz fantasmagórica—. De noche, sólo las ánimas pueden campar por allí a sus anchas. Es su territorio, y no permiten que nadie se entrometa en sus correrías. Las ánimas son unos seres apesadumbrados a los que no les gustan nada las bromas, ni mucho menos las risas...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Unas almas oscuras...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, sí, eso. Ni que las conocieras. Te resumo, para no alargarte el cuento: una noche en que no podía conciliar el sueño, como me aburría, me dio por gastarles una pequeña bromita de nada a las ánimas cuando iban en procesión, y se molestaron muchísimo. Entonces, decidieron desterrarme del bosque para siempre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya, te comprendo. Y como este parque urbano nada tiene que ver con aquel bosque, te encuentras como fuera de lugar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Exacto, tío, tú sí que me entiendes! Ahora no me cabe ninguna duda de que eres un auténtico guardabosques.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le reconfortó al guardabosque el reconocimiento que acababa de otorgarle la mujer elfo. Incluso su pose de brazos cruzada se volvió más relajada y amigable.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Tienen un alma muy negra, esas ánimas noctámbulas! —comentó el guardabosques—. Sólo disfrutan asustando a los excursionistas, pero sobre todo a los aventureros más osados, a quienes confunden hacia los barrancos, para que se despeñen y mueran.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pero tú las conoces? —preguntó sorprendida la mujer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mirada del guardabosques se extravió como por entre un bosque enmarañado de terribles recuerdos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Claro que las conozco, y demasiado bien como para no odiarlas. Hasta hace poco yo trabajaba en el bosque de las Ánimas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿De verdad? ¡Vaya, qué casualidad? ¿Y cómo puede ser que nunca nos cruzáramos?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No sé. Supongo que porque aquello es demasiado extenso, y porque yo trabajaba en el turno de noche. Las ánimas me contrataron para que estuviera atento a que no sucediera ningún conato de incendio. Resulta paradójico que le tengan tanto terror al fuego, cuando ellas se dedican toda la noche a sembrar el terror.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Corroboraba la mujer elfo las palabras del guardabosques, con un sutil y repetido gesto de afirmación.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Normal que estén tan paranoicas —comentó por su parte la mujer—, porque si se les quema el bosque, a ver a quién asustan. Ningún excursionista va a querer visitar un bosque quemado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya. El caso es que nunca pasaba nada. Ellas se entretenían con sus correrías, y yo hacía como que no me enteraba. El trabajo me gustaba porque era tranquilo y solitario, pero también muy monótono. Tanto, que me costaba mantener los ojos abiertos. Hasta que una noche las ánimas me pillaron dando una cabezadita.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y entonces, te despidieron, no?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El guardabosques hizo un gesto afirmativo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Qué sinvergüenzas! —dijo llena de rabia la mujer elfo—.&amp;nbsp; Así que a esas paranoicas, que se pasan toda la noche vagando en procesión como almas en pena, que si farolito pa&#39;quí, que si velitas pa&#39;llá, con el riesgo de incendio que eso conlleva para el bosque, va y les molesta que tú te quedes un poco adormilado...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, la verdad, es que me pillaron profundamente dormido —puntualizó el guardabosques—. Según alegaron en el procedimiento de despido, estaba roncando y todo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Nada, nada, eso no tiene importancia. Todo el mundo ronca. El caso es que te echaron por una tontería, igual que a mí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Es una manera de verlo —dijo con resignada expresión el guardabosques.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahora la mujer elfo meneaba la cabeza de un lado para el otro. Hasta cierto punto, le indignaba la parsimonia de aquel hombre de tan duro carácter. Después de un hondo suspiro, tomó una brusca decisión:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Espera un momento!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vio el guardabosques a la mujer elfo, caminando a pies ligeros hacia los arbustos por los que la había visto aparecer. Pensó que igual quería orinar detrás de los arbustos, así que dio media media vuelta en torno suyo, para no pecar de indiscreción. Pero cuando la curiosidad morbosa lo empujó a mirar por el rabillo del ojo, vio que la mujer regresaba llevando, a duras penas, una garrafa en la mano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Uff, cómo pesa! —se quejó la elfa, dejando la garrafa en el suelo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y eso?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Miró la mujer elfo al guardabosques con una sonrisa de loca desatada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Gasolina! ¡Vamos ahora mismo, tú y yo, a ese bosque, para prenderle fuego! ¡Y que se jodan las ánimas!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Instantáneamente, como si le poseyera un mecanismo automático, el guardabosques volvió a cruzarse de brazos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pero se ha vuelto usted loca, o qué? ¿Qué culpa tienen de nuestra desgracia los árboles del bosque? ¿Y los pájaros y riachuelos, y las despreocupadas vacas y ovejitas que pastan en los claros del bosque, y los pastores que las pastorean para hacer sus ricos quesos, y, si me apura, hasta los perros asilvestrados que de vez en cuando degollan con saña alguna de las felices ovejitas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hasta ese momento, la mujer elfo no había caído en la cuenta de que la cruenta acción que venía preparando ocasionaría tanto desastre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oh, vaya, no había pensado en ello!... ¡Pero me da igual: la guerra, es la guerra!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cogió la mujer la garrafa de gasolina y salió apresurada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Tengo una importante misión que hacer; encantada de haberte conocido!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Oiga, deténgase!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Enseguida el guardabosques dio alcance a la mujer. La enganchó por el gorro, dejando sus orejas de elfo al descubierto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Eh, mi gorro!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Lo siento, pero no la puedo dejar ir, así como así! Si se marcha, me quedaré con su gorrito, como prueba irrefutable de que fue usted quien prendió fuego al bosque de las Ánimas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Está bien, está bien! Devuélveme mi gorro, por favor. Es un recuerdo muy valioso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El guardabosques miró a la elfa con desconfianza, pero al fin accedió a devolverle el gorro. La mujer se lo colocó meticulosamente, como si le diera vergüenza que alguien pudiera ver sus orejas puntiagudas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si no me vas a dejar que queme ese maldito bosque, al menos permíteme que haga una pequeña fogata.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Una fogata? ¿En el bosque, o aquí, en el parque?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—En el bosque, obvio. Vente conmigo, y de camino podemos comprar pan y unos chorizos para asarlos en el fuego, y así comemos juntos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dudó el guardabosques entre su soledad y la conveniencia de mantener el bosque de la Ánimas a salvo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Es que, me gusta comer solo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Anda, venga, di que sí!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Siguió dándoles vueltas el guardabosques al tema: lo cierto era que, con el frío que hacía y la hora que era, se le estaba haciendo la boca agua, pensando en esos chorizos a la brasa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Bueno, la verdad es que se me ha antojado ese bocadillo de chorizo! ¡Venga, la acompaño, pero solo por esta vez!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Bien! Si sabía yo que a estas horas no podrías resistirte a un buen bocata.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer elfo se puso en marcha. Volteó la cabeza y le ordenó al guardabosques:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Anda, guapo, coge tú la garrafa de gasolina, que estás más fuerte!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿La garrafa? Ni que la fuéramos a necesitar, para una fogatita de nada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tú cógela, por si acaso. Ya verás lo bien que arde el fuego con la gasolina, ya verás.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No entendía bien el guardabosques para qué iban a necesitar tanta gasolina. Pero en fin... Hizo caso a la mujer elfo, y cargó con la garrafa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Espéreme, que esto pesa, como para andar tan ligero! —se quejó el guardabosques. La mujer ya le sacaba unos cuantos metros de distancia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Venga, date prisa, que en invierno cae la noche pronto, y por nada del mundo me gustaría encontrarme con las ánimas!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Apuró el paso como pudo el guardabosques, hasta alcanzar a la mujer elfo. Y juntos marcharon ambos, rumbo al bosque de las Ánimas...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/12/el-bosque-de-las-animas.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/5210606993900021701'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/5210606993900021701'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/12/el-bosque-de-las-animas.html' title='El bosque de las Ánimas'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0KnyjfjEyHWO7s9WsHMGm-RA1ya70LiGjL2Ghs-vcFcvpb4OBI-V5srmRFoBVLI1D0yf0uLgLgSIF6RyxvCcMJahy77VmnAEI1X3RsA8X4zGu4vZmEwGJbFQF9-A6mJ0iwB2xM4rTvqO2UXDB7erYX6FV9eGIvX526SeZywnUjfaC7mrf9Q/s72-w640-h400-c/bosque-tenebroso.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-6775424113139634361</id><published>2022-11-11T15:19:00.022+01:00</published><updated>2022-11-11T17:02:37.820+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>Quiera Dios</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh9WxVB1t7fk5qllLUknsNqdmyy-CEY6IhpvMxaAO8U9TU4SAS6u1K8Zwk_MPzBClA7EX-rzT0cq6itQ0IQNwXPaVaejdAbZz3vTXFJZ9j1vEQVd7EXpwOoxQfqBd-inU5MHZ8cdKb-FOhaxubuTWhpBiCN5usoPFzdAXwCS5YbDVUnq3ia2w/s1024/novios.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Retrato antiguo de unos novios, apoyado en el contenedor de la basura&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;576&quot; data-original-width=&quot;1024&quot; height=&quot;360&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh9WxVB1t7fk5qllLUknsNqdmyy-CEY6IhpvMxaAO8U9TU4SAS6u1K8Zwk_MPzBClA7EX-rzT0cq6itQ0IQNwXPaVaejdAbZz3vTXFJZ9j1vEQVd7EXpwOoxQfqBd-inU5MHZ8cdKb-FOhaxubuTWhpBiCN5usoPFzdAXwCS5YbDVUnq3ia2w/w640-h360/novios.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.veteporlasombra.com/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;veteporlasombra&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;—¡Venga, Benito, date prisa, que estarán esperando en el banquete!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pues que esperen; no se van a ir...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Colóquese a la derecha de la novia, por favor.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Aquí le parece bien?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ahí está perfecto, caballero. ¿Me hacen el favor de sonreír?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si me cuenta un chiste...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ay, Benito, compórtate un poco!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bien, señora, esa sonrisa. Caballero, la foto quedará mejor si también sonríe usted.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vamos, Benito, hazle caso al señor!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué quieres, Antonia? Ni que fuera uno Chalton Geston.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Así está mejor, señor. Miren al pajarito, un, dos, tres... ¡Ya está!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Venga, vámonos p&#39;al convite!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y esto tarda mucho usté&amp;nbsp;en revelarlas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No le atosigues, Antonia; el cura ha dicho que tenemos toda la vida por delante.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No señora; en una semana, a más tardar, pueden venir ustedes a recoger las fotos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Ah, pero no nos las envía a casa? Nuestra casa está en la calle Pelícano, en Carabanchel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—La casa es del banco, Antonia, que se va a creer el señor fotógrafo que somos millonarios.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si quedara aquí en Useras, tal vez podría hacerles el favor de acercarles el álbum, pero en Carabanchel...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Pero si eso coge usté el 47 en Marcelo Useras, y le deja en la calle Pelícano en un santiamén! El de la raya roja, no se confunda y vaya a terminar en el cementerio de Carabanchel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—En el cementerio vamos a terminar todos... Venga, Antonia, deja ya al señor, que se van a enfriar las cocretas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo siento, pero de lo normal no servimos las fotos a domicilio. Déjenme ustedes su número de teléfono, y ya les aviso yo cuando las tenga.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Teléfono no tenemos todavía; si quiere le digo el de mis suegros.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Es igual Antonia; ya vendremos a recoger las fotos a la vuelta del viaje.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Se van ustedes de luna de miel?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, a Sevilla, pasado mañana. Por eso le preguntaba, por ver si podíamos tener las fotos antes del viaje de novios.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Antes del miércoles, imposible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Antonia, salgo pa&#39;fuera, a echarme un pitillo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Benito, espérame, que ya salgo yo también! Bueno, pues vendremos a por las fotos a la vuelta de Sevilla. ¡Sáquenos usté bien guapos!, ¿eh?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Descuide, señora, seguro que sí. Ojalá que sean ustedes muy felices. Hasta entonces, entonces.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Quiera Dios que seamos felices, sí... Muchas gracias, señor. Bueno, pues adiós. ¿Dónde se habrá metido este hombre? ¡Benito!...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/11/quiera-dios.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6775424113139634361'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6775424113139634361'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/11/quiera-dios.html' title='Quiera Dios'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh9WxVB1t7fk5qllLUknsNqdmyy-CEY6IhpvMxaAO8U9TU4SAS6u1K8Zwk_MPzBClA7EX-rzT0cq6itQ0IQNwXPaVaejdAbZz3vTXFJZ9j1vEQVd7EXpwOoxQfqBd-inU5MHZ8cdKb-FOhaxubuTWhpBiCN5usoPFzdAXwCS5YbDVUnq3ia2w/s72-w640-h360-c/novios.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-8851091211787630627</id><published>2022-11-08T10:58:00.017+01:00</published><updated>2022-11-11T12:50:53.250+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>El apetito insaciable de Joan</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjyaJJQkdIBaE71cyrW12ft7zSUjXuCCepr5VnSXRvJHeyAZNJkvgUQKXVSo97VoUSdfpe7ZTQTc3N5W1Y9kaISok4d4D1veWmibzlY0g3hsX5ADjmg43dWHefPPSNyaxYLxOn3HlyU2EENyp-UnFE4-Guw3kdMV_5p_2lZxkQ3wRrYYUtRvA/s1200/top-prostituta.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Busto y top de una prostituta&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;801&quot; data-original-width=&quot;1200&quot; height=&quot;428&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjyaJJQkdIBaE71cyrW12ft7zSUjXuCCepr5VnSXRvJHeyAZNJkvgUQKXVSo97VoUSdfpe7ZTQTc3N5W1Y9kaISok4d4D1veWmibzlY0g3hsX5ADjmg43dWHefPPSNyaxYLxOn3HlyU2EENyp-UnFE4-Guw3kdMV_5p_2lZxkQ3wRrYYUtRvA/w640-h428/top-prostituta.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/jubilo/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Júbilo Haku&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;Se sienta Joan en el alféizar del ventanal del Banco Sabadell, para observar cómodamente el trajín de hombres y mujeres que entran y salen del portal que tiene en frente. En el bolsillo, lleva unos pocos euros; no cree que le alcancen para costearse el polvo que él quisiera. «Solicita tu préstamo personal, ¡fácil y rápido!», proclama el rostro feliz, del anuncio que tiene detrás.&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Aparece por el portal la joven que Joan ha venido a buscar; lleva Irina un top de bikini enano y la falda muy corta, tanto, que casi se le adivina el bosque arrasado donde terminan sus muslos, esa raya limítrofe entre el pecado y la impúber inocencia. Ni un segundo aguanta Joan en el alféizar desde que la ve entrar en escena, y allí que acude a su encuentro, con el cerebro licuado destilándole deseo a través de la bragueta.&lt;div&gt;&lt;br /&gt;—¿Cuánto? —pregunta.&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¡Mierda!, no le alcanza ni para una chupada. Sabe que con Irina el precio es innegociable. Retrocede Joan sobre sus pasos, de nuevo hacia el alféizar. Tendrá que esperar a que baje la Señora; la vio entrar nada más llegar, acompañada de un viejo chepudo y arrugado, contraído como un gurruño de papel.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se desespera Joan mientras espera a la Señora, revolviéndose de ganas ante la contemplación de esos muslos apretados que le andan provocando desde la acera de enfrente. Ni que fuera un perro insaciable apostado frente a la mesa de sus amos, esperando a ver si atrapa alguno de los bocados que tengan a bien lanzarle al aire...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¡Qué asco de vida y de capitalismo! ¿Y si entrara en el Banco Sabadell, a pedir uno de esos microcréditos? «¿Para qué lo quiere usted?», le preguntarían. Imposible, además; el banco está cerrado a estas horas; igual mañana por la mañana... De momento, esta noche, tendrá que conformarse, Joan, con alguno de los resquicios de amor viciado que le oferta la Señora. Ella siempre, por casi nada, dispuesta a todo... ¡A ver si aparece de una vez!&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/11/el-apetito-insaciable-de-joan.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8851091211787630627'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8851091211787630627'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/11/el-apetito-insaciable-de-joan.html' title='El apetito insaciable de Joan'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjyaJJQkdIBaE71cyrW12ft7zSUjXuCCepr5VnSXRvJHeyAZNJkvgUQKXVSo97VoUSdfpe7ZTQTc3N5W1Y9kaISok4d4D1veWmibzlY0g3hsX5ADjmg43dWHefPPSNyaxYLxOn3HlyU2EENyp-UnFE4-Guw3kdMV_5p_2lZxkQ3wRrYYUtRvA/s72-w640-h428-c/top-prostituta.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-8183132384895790052</id><published>2022-11-07T02:15:00.005+01:00</published><updated>2022-11-07T02:26:36.348+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Monólogos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>¡Escuchadme!</title><content type='html'>&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0JLkMnX84mzRZSMVI5VppGfePLRHZkeZ82pkX3Izw61jqFm1J1UutIGO4KBcMuPAYpzrd8qmu9_cGqWHNCE-cX305nSAvsg11s9TqYJ5cQ1cN78YMCSg0k1NCwt8KH_p2FjsJrRyjLb4961vgmyQZF1g5xhh_WCSyM0qZ7j2HJmKfoLEfoA/s2048/celda-con-barrotes.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Celda con barrotes, camastro e inodoro&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1536&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;480&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0JLkMnX84mzRZSMVI5VppGfePLRHZkeZ82pkX3Izw61jqFm1J1UutIGO4KBcMuPAYpzrd8qmu9_cGqWHNCE-cX305nSAvsg11s9TqYJ5cQ1cN78YMCSg0k1NCwt8KH_p2FjsJrRyjLb4961vgmyQZF1g5xhh_WCSyM0qZ7j2HJmKfoLEfoA/w640-h480/celda-con-barrotes.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por&amp;nbsp;&lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/144110575@N07/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Felons Hub&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;¡Escuchadme lo que os tengo que decir!: hoy, he sido arrestado. No me preguntéis por qué, ni cómo he logrado que estas palabras lleguen a vosotros. Lo que importa ahora es el hecho flagrante de que he sido privado de mi libertad. Me acusan de haber matado a un hombre sin ningún motivo aparente, pero eso qué más da... ¿Acaso es necesario algún motivo para quitarse a alguien de en medio?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero ésa, y cualquier otra consideración, es lo de menos. El meollo de la cuestión reside ahora, perdonad que insista, en que mi libertad de movimiento me ha sido arrebatada. ¿Os podéis imaginar, al menos por un instante, encerrados y sin la posibilidad de dar rienda suelta a vuestra caprichosa voluntad, privados, como yo ahora, de volar a vuestro aire, obligados, como el pajarillo, a vivir dentro de la jaula, para la mera contemplación de su amo? Estoy que trino, como el pájaro. El vigilante me mira con ojos aburridos a través de los barrotes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le he dicho al vigilante que me abra la puerta, pero no me hace caso. «Ayer mismo soñaba», le he contado, «con ir a poner hoy unas alegres florecillas en la tumba de mi madre muerta». Pero el tipo no se conmueve; su corazón es tan duro como los férreos barrotes de la infranqueable puerta. «¡Ábreme la puerta, maldito carcelero! ¡Qué culpa tiene mi madre de tener un hijo criminal!».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ha caído un minúsculo torrente de lágrimas, me ha parecido ver, por la mejilla del vigilante. Al menos, en algo lo he conseguido domesticar. Me ha prometido que, si me porto bien esta noche, transcribirá mi grito de desesperanza para que todos los de ahí fuera lo podáis leer. Sí, me vais a oír... «¡Anota bien, estúpido carcelero, no te vayas a equivocar!: &quot;¡Escuchadme lo que os tengo que decir!: hoy, he sido arrestado...&quot;».&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/11/escuchadme.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8183132384895790052'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8183132384895790052'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/11/escuchadme.html' title='¡Escuchadme!'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg0JLkMnX84mzRZSMVI5VppGfePLRHZkeZ82pkX3Izw61jqFm1J1UutIGO4KBcMuPAYpzrd8qmu9_cGqWHNCE-cX305nSAvsg11s9TqYJ5cQ1cN78YMCSg0k1NCwt8KH_p2FjsJrRyjLb4961vgmyQZF1g5xhh_WCSyM0qZ7j2HJmKfoLEfoA/s72-w640-h480-c/celda-con-barrotes.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-8039431297285403170</id><published>2022-10-08T01:01:00.021+02:00</published><updated>2022-10-19T14:14:01.600+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Amor y desamor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>Las inalcanzables cumbres de María</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhfgRrDHb5fsT8Uz8_WZcRUwi5zw4ZxvrzCGMd-B2PAFP2ElcMmJfH5JB7n4OuIgTT8VLTOcOUU2znXqL08CD7lbQSyPAb2vq29nQf0JLn3ppMVAhCJ9MrOfs_Xt5U-DKPagLAFOQHVc5nxPRoFvPvuUAkr_eDAM5QSvwmKbr_9tNE3Xe8MDQ/s2048/monte-tetas.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1386&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;434&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhfgRrDHb5fsT8Uz8_WZcRUwi5zw4ZxvrzCGMd-B2PAFP2ElcMmJfH5JB7n4OuIgTT8VLTOcOUU2znXqL08CD7lbQSyPAb2vq29nQf0JLn3ppMVAhCJ9MrOfs_Xt5U-DKPagLAFOQHVc5nxPRoFvPvuUAkr_eDAM5QSvwmKbr_9tNE3Xe8MDQ/w640-h434/monte-tetas.jpg&quot; title=&quot;Montañas gemelas nevadas&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por&amp;nbsp;&lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/cameraslayer/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Harold Neal&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Cuando María le confesó a Ernesto que aquellos senos que tanto admiraba debían su gran volumen a unos implantes mamarios, éste ni se inmutó. Hasta cierto punto era previsible. Lo que de verdad terminaría trastornando a Ernesto fue la rotunda afirmación que, a continuación, añadió María: «Yo, los pechos, me los agrandé para gustarme a mí misma».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Toda la mañana estuvo Ernesto dándole vueltas, en la oficina, a la afirmación de su compañera de trabajo. Qué sentido tenía entonces el culto que siempre había profesado por aquellos dos montículos intocables y casi sagrados, tan inaccesibles para él, como el Paraíso para un pecador. Desde la elevada perspectiva de aquellas dos cumbres él era menos que nada, una insignificante cagadita de mosca en medio del infinito cosmos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ese mismo lunes por la tarde presentó Ernesto su dimisión al jefe. Estaba tan deprimido que no se veía madrugando al día siguiente, ni nunca más, para acudir al trabajo. Al jefe le dio una excusa vaga y absurda: «Tengo que ir a un entierro que no se sabe cuándo terminará; por lo visto el muerto no acaba de morirse».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El martes, a María le extrañó no ver a Ernesto en su puesto de trabajo. Ciertamente echó de menos su conversación a la hora del café, y esa mirada suya prendida de su suéter ajustado como por un hilo invisible, que la seguía por entre las mesas y el pasillo de la oficina, cada vez que se levantaba para ir al baño, o cuando se daba un garboso paseo camino de la fotocopiadora.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ernesto no fue el único alpinista que alguna vez soñó con coronar aquellos dos altos picachos. María sabrá si alguno más se precipitó al vacío en el intento imaginario de alcanzarlos, o lo mismo ni se dio cuenta, de si su presunta indiferencia los acabó empujando a todos hacia su propio abismo...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/10/las-inalcanzables-cumbres-de-maria.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8039431297285403170'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/8039431297285403170'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/10/las-inalcanzables-cumbres-de-maria.html' title='Las inalcanzables cumbres de María'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhfgRrDHb5fsT8Uz8_WZcRUwi5zw4ZxvrzCGMd-B2PAFP2ElcMmJfH5JB7n4OuIgTT8VLTOcOUU2znXqL08CD7lbQSyPAb2vq29nQf0JLn3ppMVAhCJ9MrOfs_Xt5U-DKPagLAFOQHVc5nxPRoFvPvuUAkr_eDAM5QSvwmKbr_9tNE3Xe8MDQ/s72-w640-h434-c/monte-tetas.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-1958532444175314074</id><published>2022-09-25T13:36:00.270+02:00</published><updated>2023-03-06T17:45:23.403+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Mejores"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Realismo mágico"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>El salar de Torreznos</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjvCKFkR5I-DZaW2OqRmFaZ1ECGDICl5Aae7nejVg20eJOQmVG_2Ju67gPD-sTSFUDhUkS-nmBlG9dtl3cz2lBgfvhSYGTfcBP-F_JpC6YExMD7uXPTpX90owN9OJ-uGOrSgRHaFJ3ANtXpHMtH3L6mpPx6za5BWRqgwkO2NxFj4AMyydUzTQ/s2048/torreznos.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Torreznos&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1365&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjvCKFkR5I-DZaW2OqRmFaZ1ECGDICl5Aae7nejVg20eJOQmVG_2Ju67gPD-sTSFUDhUkS-nmBlG9dtl3cz2lBgfvhSYGTfcBP-F_JpC6YExMD7uXPTpX90owN9OJ-uGOrSgRHaFJ3ANtXpHMtH3L6mpPx6za5BWRqgwkO2NxFj4AMyydUzTQ/w640-h426/torreznos.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/martius/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Manuel Martín Vicente&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Se sabe si una historia es cierta cuando son numerosos los testimonios que convergen en similares acontecimientos. Como es natural, no todos los testigos cuentan dichos acontecimientos de la misma exacta manera, pero en su conjunto, uno puede hacerse una idea aproximada de cómo es el cuento que realmente sucedió.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Este cuento comienza, según varios testimonios, cuando cinco ancianas de Torreznos acudieron a aporrear la puerta de la casa parroquial. En aquel pueblo de Soria, de menos de cien habitantes, llevaban los vecinos varios días alarmados, porque de las alcantarillas manaba una agüilla cristalina y salada. Después de mucho darle vueltas al asunto, las viejas atribuyeron aquel fenómeno extraordinario a algún tejemaneje milagroso que se tuviera el padre Andrés Felipe entre manos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El padre Andrés Felipe, al que todo el mundo en el pueblo se refería como «el Negrito», era en realidad un negro prieto y talludo que había venido desde el departamento del Chocó, Colombia, para suplir al anterior párroco, el padre Tomás. Por su parte, era el padre Tomás un hombre bueno y austero, tan frugal, que vestía la misma sotana desde los tiempos de su ordenación. Aunque también, pecaba el anciano sacerdote de ser anodino como ninguno, a la hora de promulgar sus homilías. Y es que no eran pocos los parroquianos, de Torreznos y los pueblos aledaños, que no podían evitar echarse una buena siesta durante sus misas, de lo aburridos que eran sus sermones y lo monótono de su voz.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sucedió que al venerable padre Tomás lo envió el obispo a la residencia para sacerdotes veteranos, a casi cien kilómetros de Torreznos, pueblo del que no se había movido desde que empezó a ejercer su ministerio. No le consultó su superior antes de retirarlo de la circulación, y allá que lo mandó al asilo sin ningún miramiento, como si fuera la imagen de un santo desmembrado y tuerto que ya no merecía sacarse en procesión, al que más convenía olvidar en un polvoriento desván.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y es que el padre Tomás había empezado a chochear, y no hacía más que decir tonterías en las misas. Cuando al obispo le llegó el rumor, incierto o verdadero, de que en mitad de la misa había amonestado a la octogenaria que hacía las funciones de sacristana, la Florencia, pensó que había llegado la hora de buscarle un sustituto. Según el chisme que llegó a oídos del obispo, el padre Tomás regañó a la sacristana porque llevaba la falda demasiado larga y vestía siempre de triste negro, con lo que así no había manera de encontrarle un novio. Una pena que jubilaran al viejo párroco, pensaron los más sarcásticos de entre los feligreses, ahora que empezaba a ponerle un poco de pimienta a sus prédicas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No fue sencillo para el obispo encontrar a algún cura dispuesto a quedarse varado en Torreznos, pueblo apartado de todo por el que sólo pasaba un autobús al día, y casi siempre de largo. Y si paraba excepcionalmente, en la parada del pilón, era para recoger a algún forastero despistado, que nadie sabía cómo ni por dónde había llegado. El padre Tomás contó, durante el que acabaría siendo su último funeral en Torreznos, que la víspera había visto un platillo volante sobrevolando por encima y un poco más allá de los trigales. Aseguró también que, al poco del avistamiento, un desconocido con cara de sapo acudió a la parroquia preguntando por su partida de bautismo. Según afirmaron quienes estuvieron en aquel funeral, el padre contó que encontró la partida de bautismo entre los archivos más polvorientos y deshechos de la parroquia, y que lo curioso fue que el nombre y dos apellidos que le diera el hombre coincidieron, letra por letra, con los del primero de los bautizados en la pila bautismal de Torreznos, allá por el año de Nuestro Señor Jesucristo de 1522. La Florencia pidió al padre licencia para hablar, y según su testimonio, esa misma víspera había visto subir, al bus de las tres y media, a un desconocido cuya descripción coincidía en todo con la que el padre acababa de dar: ojos saltones en una cara abotargada de piel sudorosa y salpicada de verrugas, como la de un anfibio incómodo de mirar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otro cuento más que trajo al obispo de cabeza, el del extraterrestre con cara de sapo. Había hecho el obispo un surco de dos palmos y medio de hondo en el claustro de la casa episcopal, entre tanta ida y vuelta sobre las mismas baldosas del suelo, la barbilla inclinada hacia el pecho, las manos juntas a la espalda, mientras barruntaba la manera de encontrarle un sustituto al padre Tomás. Cada vez había menos vocaciones, y, por tanto, menos curas salían del seminario, así que le era muy difícil al obispo hallar a alguno dispuesto a entregar sus días de juventud en un pueblito gélido y solitario de la provincia de Soria. No le cupo más remedio que escribir una carta a Roma rogando al papa, más que a Dios, para que hiciera el favor de enviarle algún sacerdote bisoño y entusiasta, con la suficiente paciencia como para aguantar cuentos de viejas. Y con carnet de conducir, eso era muy importante, ya que también tendría que decir misa por los pueblos próximos a Torreznos. En la misma carta indicó el obispo que le daba igual si el nuevo cura se lo enviaba desde la China o desde la remota Australia, pero que hiciera Su Santidad el favor de mandárselo cuanto antes, ya que al cura viejo a quien debía sustituir se le había metido el demonio en la mollera, y había que mandarlo al asilo, para exorcizarlo con gimnasia de mantenimiento y partidas de dominó. Metió el obispo la carta en un sobre de papel verjurado que lacró con su anillo episcopal, y, más tarde, cuando bajó a la calle a comprar el ABC, aprovechó para echar la carta al correo ordinario, en el primer buzón que le vino a mano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es así como un buen día llegó el Negrito en el bus de las tres y media, con su alzacuellos y su camisa negra sin una arruga. Acarreaba una sola maleta, de las de ruedines, y bajo el brazo no traía un pan, sino un balón de fútbol autografiado por el mítico guardameta de la selección colombiana René Higuita. Aquel balón era la única herencia que le había dejado su padre al morir, y, tal vez por eso, por ser el único recuerdo material que le quedaba del papá, era incapaz de desprenderse de ese objeto tan aparentemente irrelevante.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando el padre Andrés Felipe era un niño, su padre, en lugar de contarle cuentos para dormir, le describía con todo detalle las formidables jugadas del inolvidable&amp;nbsp;arquero apodado el Loco. Cientos de veces le contó aquella parada en la que René se lanzó al vuelo adoptando una pose de alacrán nunca antes vista en una cancha de fútbol, para, en un visto y no visto, aguijonear con sus talones el balón, que cayó como muerto y desinflado sobre la línea de meta, justo cuando ya todo el mundo iba a cantar gol. Los ingleses, que aquella noche desbordaban el estadio por cientos de miles y que estaban todos muy borrachos, nunca supieron si aquella parada realmente sucedió, o si fue fruto del delirio de su borrachera colectiva. El padre Andrés Felipe, que no creía en ningún tipo de milagros, era muy escéptico respecto a la veracidad de ésta y otras jugadas inverosímiles que le contaba su padre acerca de Higuita. Es más, incluso dudaba de si la firma del balón era auténtica, como siempre le había asegurado su papá. En cualquier caso, aquella pelota era una especie de vínculo sagrado con el más allá, y por eso, a donde quiera que fuera, la llevaba con él.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«A mí qué vaina me vienen ustedes a contar», fue la monserga que, a bote pronto, salió de la boca del padre Andrés Felipe, cuando las cinco viejas vinieron a importunarle. Parecía el Negrito la imagen viviente de un San Martín de Porres venido a menos y contrariado, bajo la manta que le cubría desde la cabeza hasta las corvas de las rodillas, en un intento vano por guarecerse del frío invernal que hacía aquella mañana en Torreznos. Tal era su aspecto de desamparo, que las cinco beatas se le quedaron mirando boquiabiertas, y más que ninguna la Florencia. No menos embelesada se quedó la sacristana que esas maduras alemanas que viajan a Senegal, cuando por primera vez contemplan la esbelta escultura de ébano que, por días y noches, han venido a alquilar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero no eran caricias ni susurros tiernos lo que andaban buscando las cinco feligresas. Tan solo pretendían que el Negrito les proporcionara alguna pista del origen del manantial salado que anegaba, cada vez más, las calles del pueblo. «Vayan ustedes a hablar con el señor Demetrio», les sugirió el padre. «Experto en aguas ha de ser, pues harto me tiene con la plática repetida de que fue él quien descubrió la fuente de San Saturio, pero que le cedió los derechos de explotación al santo, por toda la devoción que le tiene».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Allí que fueron las cinco feligresas en procesión a la casa del Demetrio, una detrás de la otra, unidas por un cordón umbilical imperceptible, como cuentas de un rosario. Si ni por asomo se les había ocurrido que el Demetrio era quien mejor les podía ayudar en todo este asunto del manantial, era porque la Florencia estaba obsesionada con el padre Andrés Felipe: que si el Negrito &lt;i&gt;pa&#39;cá&lt;/i&gt;, que si el Negrito &lt;i&gt;pa&#39;llá&lt;/i&gt;. «Ni que quisieras echártelo de novio, a tu edad», le decían las otras, y a la Florencia se le escapaba una sonrisilla nerviosa como la de las adolescentes enamoradas, que no pasaba desapercibida para las otras doñas. Pero vamos a lo que habíamos venido: tenía el Demetrio fama en el pueblo de ser un experto en aguas subterráneas, así que lo más lógico y natural hubiera sido ir a preguntarle a él, en lugar de importunar al padre Andrés Felipe.&amp;nbsp;«El manantial nace en la casa de la Forastera», afirmó sin rodeos el Demetrio.&amp;nbsp;Y para demostrarle a las viejas lo que él ya sabía desde hacía tres días, cogió su varita de zahorí y, siguiendo el curso del manantial salado, las condujo hasta la casa de la Forastera, según las indicaciones que la varita iba marcando. «Ahí la tienen, a la Forastera, llorando sin parar encima del tejado. A ver si entre mujeres se entienden y logran consolarla, porque si no para de llorar nos vamos a ahogar todos en su mar de lágrimas».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las ancianas empezaron por preguntar a la Forastera acerca del motivo de su llanto. «Lloro porque mis padres han muerto y mi novio me ha dejado. Todo en el mismo día. Nada tiene ya sentido para mí». Las cinco viejas, tan conmovidas como curiosas, quisieron saber más detalles, y entre lágrimas y balbuceos la Forastera les contó que el crucero en que viajaban sus padres había naufragado frente a la costa Amalfitana. La Florencia vino a corroborar que la noticia del naufragio la habían echado en todos los telediarios. Por lo visto, el capitán, un galán madurito de apellido Mastroianni, arrimó demasiado el barco a la costa aquella noche, con el fin, según su propio testimonio, de impresionar a una sirena de la que estaba muy enamorado. Previamente había dado la orden, a uno de sus subalternos, de que hiciera sonar a todo trapo, por la megafonía del barco, la romántica canción de&amp;nbsp;&lt;i&gt;La felicitá,&lt;/i&gt;&amp;nbsp;de Romina y Albano. Tan arrobado estaba el capitán con su sirena, que no vio venir el islote que acabó partiendo en dos al crucero de ciento veinticinco plantas. Mientras el crucero-rascacielos se precipitaba raudo hacia el fondo del Mediterráneo, se podían escuchar los gritos aterradores de la tripulación y el pasaje, entremezclados con la empalagosa melodía y letra de&amp;nbsp;&lt;i&gt;La felicitá&lt;/i&gt;:&amp;nbsp; «La nostra canzone d&#39;amore che va, come un pensiero che sa di felicità».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los papás de la Forastera, que con motivo de sus bodas de oro se habían regalado aquella travesía por las costas de Italia, se ahogaron sin remedio en el naufragio. Nadie sobrevivió, salvo las ratas y el capitán Mastroianni. Tiempo después, contó un reportaje, en el canal más sórdido de la televisión, que los equipos de salvamento encontraron al capitán en medio del islote contra el que estrelló el barco. Lloraba sin consuelo, abrazado a un enorme atún, con la camisa desabotonada y los pelos de su pecho de lobo marino ondeando al albur de la brisa... Aseguró el capitán, tal vez trastornado por el amor, que aquel pez era su sirena, a la que Neptuno había hechizado porque le tenía muchos celos. Los rescatadores llevaron al capitán directamente al manicomio, y a su novia a la lonja, para que fuera subastada como en un mercado de esclavos. La compró un afamado restaurante de Tokio, especializado en ramen y&amp;nbsp;&lt;i&gt;sushi&lt;/i&gt;. El capitán Mastroianni terminaría, más o menos, restablecido de su enfermedad mental, aunque ya nunca quiso probar el &lt;i&gt;sushi&lt;/i&gt;, pues decía que el sabor le recordaba demasiado a los besos apasionados que le daba su sirena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«¿Y cómo es que su novio la dejó, justo el mismo día en que se ahogaron sus padres?», preguntó a la Forastera, la más cotilla de las viejas. La Forastera, que en realidad se llamaba Lourdes, había llegado cinco años antes a Torreznos acompañada de su novio Jean Paul, un joven demógrafo francés que tenía dos obsesiones en la vida: hacerse rico plantando bananos, y tener muchos hijos con los que repoblar la España vaciada. El caso fue que los bananos para nada se adaptaban al frío clima soriano, y tampoco Lourdes había logrado quedarse embarazada en todos esos años que llevaban en Torreznos. No fue hasta el día en que se quedó huérfana, que no le confesó a su novio el problema de infertilidad que le venía de familia. Su madre la había tenido ya pasados los cincuenta, y sólo gracias a la intercesión de la Virgen de Lourdes, de la que era muy devota. Por aquel milagroso favor que le concedió la Virgen, su madre le puso aquel nombre de Lourdes, tan francés, pero tan poco chic.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tal vez Jean Paul hubiera preferido que su chica le mantuviera ilusionado en la esperanza vana de tener muchos hijos, pero decepcionado con tanta sinceridad repentina, la abandonó justo en el momento en el que más estaba necesitada de su cariño y abrazos. Lió el petate y puso rumbo a su país, a la isla de Guadalupe, a ver si al menos en aquel lugar del caribe se le daban bien los bananos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«Ya no merece la pena seguir viviendo», era el mantra que, en su desconsuelo, repetía la Forastera encima del tejado. «¡Baje de ahí, niña, y pare ya de llorar, que nos está inundando el pueblo!», le recriminaban dulcemente las cinco viejas. Pero cuanto más se lo decían, más ella lloraba. No había manera de hacer entrar en razón a Lourdes: se había empeñado en ahogarse en su propio mar de lágrimas, y no iba a dejar de llorar hasta que lo consiguiera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«¡Hay que desalojar el pueblo!», ordenó el sargento de la Guardia Civil que comandaba los efectivos que la subdelegación del Gobierno envió para cuidar de los vecinos de Torreznos.&amp;nbsp;«¡Eso, o le pegamos un tiro a esa desgraciada que no para de llorar!». Los vecinos estuvieron de acuerdo con el sargento, en lo de pegarle un tiro a la Forastera. Tuvo que aclarar el sargento que aquella expresión suya había sido una mera manera de hablar. Mas una vez enardecidos, no se calmaron fácilmente los ánimos, hasta que el padre Andrés Felipe puso un poco de sensatez entre la alborotada turba.&amp;nbsp;«No se solivianten de ese modo, mi&#39;jos, y piensen en la gran oportunidad que puede representar para sus vidas la inundación. ¿Acaso el pueblo de Israel no alcanzó la Tierra Prometida tras abandonar Egipto, cruzar las aguas del Mar Rojo y una larga travesía por el desierto?».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las palabras sosegadas del padre Andrés Felipe amansaron a los vecinos: todos quedaron convencidos de que lo mejor era liar los bártulos y empezar una nueva vida. En realidad, el Negrito estaba deseando marcharse de aquel lugar tan destemplado a otro más cálido, y por eso disfrazó sus palabras de promesas halagüeñas. Los más viejos del pueblo, es decir, casi todos, se marcharon ese mismo día a Benidorm. Pero la sacristana le rogó al padre Andrés Felipe que le permitiera acompañarlo a donde fuera que se marchase. Florencia, a sus 82 años, se había enamorado locamente de el Negrito, y no concebía ya otra vida lejos de él. El padre Andrés Felipe no puso ninguna objeción a la octogenaria: tanto mejor, así tendría alguien para que le planchara las camisas. Cogió su pelota de fútbol y la maleta de ruedines, en la que metió las cuatro o cinco cosas que tenía. Luego, en compañía de la sacristana, se fue a esperar al autobús de las tres y media. Y allí, en su tejado, quedó la Forastera, llorando sola como un gato triste y azul. Hasta que su llanto acabó ahogado bajo las aguas de sus lágrimas...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo primero que hizo el padre Andrés Felipe, tras abandonar Torreznos, fue cumplimentar la protocolaria visita a su superior. Le propuso al señor obispo una idea que estaba seguro que no podría rechazar: con su cálida entonación colombiana, le explicó que si le dejaba ir a evangelizar al reino de Marruecos no se arrepentiría, pues pensaba convertir tantas almas musulmanas al catolicismo, que en poco más de diez años le enviaría un aluvión de fieles entusiastas. «Suficientes como para repoblar todas las iglesias y conventos de Soria. Ya verá, su excelencia, pues yo soy bien berraco; tantos conversos le voy a mandar, que le sobrarán candidatos para reponer a todos esos párrocos viejitos que no dicen más que pendejadas». Como nada tenía que perder, el obispo dio el visto bueno y su bendición a los planes del Negrito.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nada más instalarse en Marruecos, el padre Andrés Felipe pidió audiencia con el rey Mustafá III, para tratar unos asuntos relacionados con un producto que se cultivaba mucho en su país, allá en Colombia, y que él conocía a una persona que era experto en cultivarlo, que podía hacerle ganar mucho dinero a su majestad. Aquel cuento que improvisó el padre Andrés Felipe fue una simple argucia para colarse en el palacio de Dar al-Majzén, con la intención de entablar una primera conversación con el rey de Marruecos. Estimaba el padre que si lograba convertir al rey al Evangelio, su pueblo iría detrás.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero cuando el rey de Marruecos escuchó, en perfecto árabe aunque con acento colombiano, los detalles de la propuesta que le expuso aquel negro vestido de cura, le dio tal coraje, que si no lo mandó ahorcar fue porque su hijo, el príncipe&amp;nbsp;Abdalá, intercedió por él. Se había reído mucho el príncipe con la loca historia que contó el padre Andrés Felipe. El Negrito aseguró que, en el centro y un poco por arriba de España, había un gran lago salado que era consecuencia de las lágrimas que había vertido una mujer durante más de tres meses seguidos, y que él conocía al hombre que, de alguna manera, había hecho que aquella mujer llorase tan desproporcionadamente. «Ése es su hombre, mi estimado rey, el experto que puede hacerle ganar una fortuna, mediante el cultivo del banano».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Menudo berrinche, se pilló Mustafá III: había perdido su valioso tiempo escuchando a un mamarracho que le proponía convertir Marruecos en una monarquía bananera.&amp;nbsp;«¡Retírenlo de mi vista, o lo mando ajusticiar!», ordenó a los miembros de su guardia personal. Sin embargo, como al príncipe Abdalá&amp;nbsp;le cayó en gracia el negro cuentista, a espaldas de su padre acordó que lo visitara en palacio de vez en cuando, para que le siguiera contando historias tan de fábula.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es así como el padre Andrés Felipe empezó a pasearse por el palacio de Dar al-Majzén como Pedro por su casa, aunque no en bata de guatiné ni en calzoncillos, sino más bien disfrazado bajo una chilaba, y sólo cuando el rey Mustafá III estaba ausente. Le acompañaba siempre la Florencia, pues si la dejaba sola en casa decía que se aburría, ya que no tenía amigas porque no entendía el árabe con acento marroquí. El príncipe le pedía al sacerdote colombiano que le contara alguno de esos relatos inverosímiles que con tanto arte sabía contar, y el padre le recitaba pasajes de la Biblia que se sabía de memoria. Fue así como, poco a poco, el Negrito se fue ganando la confianza y voluntad del hijo del monarca alauita. La Florencia, mientras el padre contaba sus cuentos, se entretenía en una cuarto anejo, tomando lecciones de danza del vientre que gustosamente le daban las cinco concubinas secretas del príncipe.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un buen día el príncipe Abdalá decidió comprobar por sí mismo si aquella historia del lago de las lágrimas era cierta. Cogió prestado el &lt;i&gt;jet&lt;/i&gt; privado de su padre y viajó, en vuelo directo, hasta la capital de la provincia de Soria. Luego tomó un autobús de línea medio destartalado, que lo condujo por unos parajes sobrios, vacíos, y silentes... Hasta que, a eso de las tres y media de la tarde, el bus lo dejó junto a un lago. O más bien lo que quedaba de él: allí sólo había un gran salar blanco como el de Atacama. Las aguas, de lo que había sido el lago de las lágrimas, se habían evaporado. En medio del salar se podían reconocer las casas de un pueblo abandonado y como tapizado en sal, y, sobre el tejado de una de las casas, el cuerpo incorrupto de una mujer. O más bien, momificado por el salitre. Cuando el príncipe Abdalá&amp;nbsp;verificó con sus propios ojos la historia de la mujer llorosa, tomó la parte por el todo, y creyó a pies juntillas todos los demás cuentos del padre, los que había sacado de la Biblia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«¡Envíen a buscar al padre Andrés Felipe!», fue lo primero que ordenó el príncipe Abdalá a sus asistentes, nada más descender del &lt;i&gt;jet&lt;/i&gt;, a su regreso a Rabat. En cuanto lo tuvo a tiro, el príncipe pidió al Negrito que lo bautizara, y allí mismo y en ese momento el padre Andrés Felipe lo bautizó con el nombre de Manuel Alejandro, en una fuente con doce leones esculpidos en piedra, que había en uno de los patios de palacio. Después, el príncipe Manuel Alejandro le ordenó al padre que lo dejara a solas, pues debía consultar un asunto muy grave con su nuevo Dios.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«¿Qué vaina tan importante y tan secreta será, como para que el príncipe no me la haya querido contar?», comentó muy disgustado el padre, cuando se encontró con la sacristana. Estaba molesto porque el príncipe Manuel Alejandro se lo hubiera saltado en la cadena de mando, y se hubiera dirigido directamente al Altísimo.&amp;nbsp;«¡Ni que fuera uno un pelaíto deslenguao, como pa&#39;que anden desconfiando!...».&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo que pasó fue que el príncipe Manuel Alejandro&amp;nbsp;prefirió no airear demasiado sus intenciones, pues, entre otras cosas, estaba preparando un plan para derrocar a su padre. No tardó ni dos días en llevarlo a cabo. Una vez depuesto el papá lo envío a Soria, allá junto al padre Tomás, para que lo tuvieran entretenido jugando al tute y a la brisca, y no le diera la lata.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras autoerigirse en rey, Su Alteza Real Manuel Alejandro comunicó a su amado pueblo la obligación de que todos los musulmanes se convirtieran al catolicismo. «Quien no se convierta será expulsado de Marruecos, y sus propiedades le serán confiscadas». Ante esta prerrogativa tan exigente, los más fieles seguidores de Alá se vieron forzados a emigrar. De entre estos, los más pudientes cruzaron el estrecho de Gibraltar en el Ferry de Tánger a Algeciras, y se metieron de okupas en chalets vacíos de Marbella y Torremolinos, en los que pudieron vivir cómodamente de sus ahorros, ya que estaban exentos de pagar la luz y el agua. A los musulmanes más modestos no les cupo más remedio que cruzar el mar en patera, y buscarse un nuevo oficio para ganarse la vida, como el de jornalero andaluz o el de vendedor de baratillo. Los que menos posibilidades económicas tenían se quedaron en Marruecos, resignados a practicar&amp;nbsp;la religión de Mahoma&amp;nbsp;en secreto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por último, el rey Manuel Alejandro ordenó al jefe de los servicios secretos que preparase un comando especial para viajar a la isla de Guadalupe. El comando debía buscar por toda la isla a un francés de nombre Jean Paul, experto en el cultivo del banano.&amp;nbsp;«¡Si no quiere venir por su propia voluntad, secuéstrenlo!».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un mes después, ya estaba Jean Paul plantando bananos por todo Marruecos. No se le había dado nada mal el oficio de los bananos en la isla de Guadalupe, pero, para su desgracia, no llegó a encontrar ninguna isleña dispuesta a ayudarle en la proliferación masiva de su estirpe. Ahora, en Marruecos, estaba entusiasmado, pues el rey le había prometido tres esposas jóvenes, bellas y fértiles para que viviera en pecado, y hasta 72 vírgenes que le estarían esperando en el cielo, si la monarquía bananera que estaba ayudando a implantar sobrepasaba, en cuanto al producto interior bruto, a las monarquías parlamentarias de los países nórdicos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por el momento, las plantaciones de bananos no dieron tanto de sí como para lograr los cuantiosos resultados que deseaba el rey Manuel Alejandro, con lo que sus súbditos siguieron cruzando el estrecho de Gibraltar como en tiempos de su padre, en patera y por miles, rumbo a las costas españolas. Pero ahora, la gran mayoría lo hacían para recristianizar la España atea. Muchos de los que llegaban se dedicaban a predicar, de casa en casa y por la calle, la palabra de Dios, haciéndole competencia a los mormones y los Testigos de Jehová.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De entre los nuevos cristianos que acudieron desde Marruecos, algunos encontraron una oportunidad de trabajo en el salar de Torreznos, cuya sal era muy valorada por los chefs más prestigiosos del mundo. En la misma provincia de Soria, la sal era utilizada para aderezar unas tiras de tocino y piel de cerdo que se freían en aceite de oliva. Tan delicioso era el sabor que les confería la sal de las lágrimas de la Forastera, que los otrora musulmanes pronto supieron apreciar aquellas &lt;i&gt;delicatessen&lt;/i&gt; de cerdo churruscado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es así como el padre Andrés Felipe dio por cumplida su misión, aunque decidió colgar los hábitos, pues no pudo resistirse a los encantos de la Florencia, que a cada rato le andaba provocando con el sensual contorneo de caderas de la danza del vientre. Ambos se casaron en la mezquita-catedral de Casablanca, con la bendición del obispo de Soria, que la envío por móvil en un mensaje de voz.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Son varios los testigos que aseguran que Jean Paul nunca logró la esperada cosecha récord de bananos que había prometido al rey Manuel Alejandro, pero que fue muy feliz junto a los más de doscientos hijos que le dieron sus tres esposas marroquíes. No faltan tampoco los testimonios que afirman que la Florencia dio a luz a treinta y tres niños mulatos, todos los que le dio tiempo a hacerle el Negrito, hasta que le dio por morirse el día de su santo, a la edad de 114 años. Si fue alguno más los que concibió, o alguno menos, no puede asegurarse con certeza, pues ya se sabe que los testimonios cuentan más o menos lo que sucedió, aunque no de la exacta manera a como ocurrieron de verdad.&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/09/el-salar-de-torreznos.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/1958532444175314074'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/1958532444175314074'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/09/el-salar-de-torreznos.html' title='El salar de Torreznos'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjvCKFkR5I-DZaW2OqRmFaZ1ECGDICl5Aae7nejVg20eJOQmVG_2Ju67gPD-sTSFUDhUkS-nmBlG9dtl3cz2lBgfvhSYGTfcBP-F_JpC6YExMD7uXPTpX90owN9OJ-uGOrSgRHaFJ3ANtXpHMtH3L6mpPx6za5BWRqgwkO2NxFj4AMyydUzTQ/s72-w640-h426-c/torreznos.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-927412659823791885</id><published>2022-08-19T13:28:00.003+02:00</published><updated>2026-10-06T10:16:54.371+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Amor y desamor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Poesía"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Soliloquios"/><title type='text'>Sin encanto</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3yaGShznQBzPBmFrVBgg_p9wM-jmGBwXSQWHnxjTd4SMIS12p2i-WnbIkXCXHXIs2HQ5os7aoIT18taq3NDlIhKNRKhbHPn-qmB7YmfRuyOVAk0CywoYqB0AEE7Isnp26P92bkMvsAM4RzKmxzN_B3_xMgKanCKhQMe6E_QQZ6Sge-APwyg/s2048/gato-ventana.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Silueta de gato asomado a una ventana&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;2048&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;640&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3yaGShznQBzPBmFrVBgg_p9wM-jmGBwXSQWHnxjTd4SMIS12p2i-WnbIkXCXHXIs2HQ5os7aoIT18taq3NDlIhKNRKhbHPn-qmB7YmfRuyOVAk0CywoYqB0AEE7Isnp26P92bkMvsAM4RzKmxzN_B3_xMgKanCKhQMe6E_QQZ6Sge-APwyg/w640-h640/gato-ventana.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/tiagoafpereira/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Tiago Pereira&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Yo esperaba que me llenase la vida de aventuras, y me llenó la casa de gatos. Deposité mis ilusiones en su atractivo fugaz, en lugar de arrojarlas directamente al contenedor de basura. Al menos, junto a los otros desperdicios, habría cabido la posibilidad de que alguien las rescatara. No sé, tal vez un indigente hubiera aprovechado la chispa que por entonces mis ojos destellaban. Ni se me pasó por la cabeza que ese fulgor de ojos míos no alcanzaría para alumbrar tanta penumbra. Ahora, aquí me intuyo entre las sombras, alimentando gatos y silencios a todas horas, en esta caverna pétrea, fría, de estalactitas lagrimosas, pero sobre todo sin encanto.&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/08/sin-encanto.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/927412659823791885'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/927412659823791885'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/08/sin-encanto.html' title='Sin encanto'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh3yaGShznQBzPBmFrVBgg_p9wM-jmGBwXSQWHnxjTd4SMIS12p2i-WnbIkXCXHXIs2HQ5os7aoIT18taq3NDlIhKNRKhbHPn-qmB7YmfRuyOVAk0CywoYqB0AEE7Isnp26P92bkMvsAM4RzKmxzN_B3_xMgKanCKhQMe6E_QQZ6Sge-APwyg/s72-w640-h640-c/gato-ventana.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-5969286585778590210</id><published>2022-08-16T19:18:00.011+02:00</published><updated>2022-08-16T20:15:20.689+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Sueños"/><title type='text'>El indeleble sueño</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhMBrIrrqRs48gxOFOznTTD3UzwLFmaCsUktHt9YE34kv3PM1WNh0-tEUS5goIrAPHAo_tCkfmb2HQfCk9XD_TLqK4qwhHDoXwYKI28bnRhMiNGa2tYkyo0qX06d01wYIHUKLTKMgAPRdibcp1CcYp1yuFN4mcTk9viiNbGMbZphctKsSOslQ/s1280/calle-penhon-santisteban-del-puerto-antonio-navarrete.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Calle Peñón, en Santisteban del Puerto, Jaén, por Antonio Navarrete&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;816&quot; data-original-width=&quot;1280&quot; height=&quot;408&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhMBrIrrqRs48gxOFOznTTD3UzwLFmaCsUktHt9YE34kv3PM1WNh0-tEUS5goIrAPHAo_tCkfmb2HQfCk9XD_TLqK4qwhHDoXwYKI28bnRhMiNGa2tYkyo0qX06d01wYIHUKLTKMgAPRdibcp1CcYp1yuFN4mcTk9viiNbGMbZphctKsSOslQ/w640-h408/calle-penhon-santisteban-del-puerto-antonio-navarrete.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Calle Peñón (1960), en Santisteban del Puerto (Jaén), por &lt;a href=&quot;https://www.santisteban.eu/2015/02/23/homenaje-antonio-navarrete/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Antonio Navarrete&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;El coche sube por la calle empedrada, o eso parece, que es un coche lo que asciende, y que desde su ventanilla trasera nos permite ver el panorama en fuga de casas encaladas, puertas y ventanas con reja que va dejando atrás, a uno y otro lado de la calle. Todo indica que se adentra por alguna de las callejas de un pueblo de Andalucía. Si te fijas bien, al fondo, donde terminan las casas y apenas alcanza la vista, se adivinan unos árboles en perfecta y cuadrangular formación: seguramente sea un olivar. La imagen borrosa de los árboles se entrevera con el ruido de la vieja filmación, en blanco y negro, que nos permite echar una mirada curiosa al pasado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Asciende y asciende el vehículo por la calleja, y se va achicando el telón de fondo del presunto olivar. Pronto queda este fondo reemplazado por una de las casas que hace recodo, en cuanto el coche gira para encarar una nueva calle, aún más estrecha y aparentemente empinada. Enseguida irrumpen tres, cuatro, cinco, seis chiquillos, por ambos flancos de la imagen y del vehículo, y con entusiasmo comienzan a perseguirlo. La más pequeña de la pandilla a duras penas puede seguir el ritmo de los demás, pero no desiste en su carrera ni pierde la sonrisa, confiada en que podrá alcanzar el coche. Es la suya una sonrisa sin dobleces, la de una niña de no más de cinco años.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mengua la risueña niña según el coche avanza, se va achicando su corta figura sin que ceje en su empeño de alcanzarnos. Justo cuando empezamos a temer que la vamos perder de vista, el coche parece ralentizar su marcha, como dando pie, en un gesto cortés, a que la niña llegue a nuestra altura. Sobrepasan los otros niños el marco del fotograma, quedando ocultos tras la cámara. A lo lejos, en el centro de la gastada película, solo queda la pequeña, que corre y corre a nuestro encuentro, con su carita redonda de felicidad, y su pelo recortado a la taza. ¡Ánimo, que nos pillas! Va vestida con un babi de escolar y una faldita oscura, por la que asoman sus canillas delgadas. ¡Vamos, no te detengas, que ya casi nos alcanzas!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un repentino sube y baja de la imagen y el coche avanza unos metros; enseguida otro zarandeo similar. Adelanta el coche ahora al pequeño tropel de perseguidores, que vuelven a entrar en plano. No tardamos en descubrir al causante de las recientes sacudidas de la imagen: el leve escalón que atraviesa la calle y el fotograma, y que el coche acaba de sortear. Llega la niña a ese peldaño, pero se trompica al subirlo y cae al suelo. Rápido se incorpora, y, como si nada, reanuda su despaciosa carrera en pos del coche y de nosotros.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aviva aún más la marcha el coche, a un ritmo imposible de seguir incluso para el más veloz de los críos, cuánto más improbable de alcanzar para nuestra pequeña protagonista. Bajan los brazos los niños, abandonan la carrera, pero aún porfía en su ilusión la niña chica, que no es otra sino la nuestra: la de que no la perdamos de vista. Mas el indolente coche avanza y avanza, sin atender a los deseos de nadie. Poco a poco, como aquellos olivos del principio, la sonriente cabecita va quedando reducida a una muesca en la película, a un punto indistinguible y minúsculo, en la infinitud del tiempo y del espacio...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aunque de alguna manera, su presencia es ya imborrable, pues queda impresa la niña en nuestras retinas, las de quienes la acabamos de revivir al visionar la película de hará casi un siglo. Queda en nosotros como si se nos hubiera aparecido en un indeleble sueño, y ya no olvidaremos su mirada inocente, ni su sonrisa amplia y confiada, como despreocupado aleteo de mariposa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El fogonazo de dos fotogramas blancos, más otros cuatro o cinco mostrando la calleja por la que el coche va. Atrás quedaron los niños; la película ha terminado.&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/08/el-indeleble-sueno.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/5969286585778590210'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/5969286585778590210'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/08/el-indeleble-sueno.html' title='El indeleble sueño'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhMBrIrrqRs48gxOFOznTTD3UzwLFmaCsUktHt9YE34kv3PM1WNh0-tEUS5goIrAPHAo_tCkfmb2HQfCk9XD_TLqK4qwhHDoXwYKI28bnRhMiNGa2tYkyo0qX06d01wYIHUKLTKMgAPRdibcp1CcYp1yuFN4mcTk9viiNbGMbZphctKsSOslQ/s72-w640-h408-c/calle-penhon-santisteban-del-puerto-antonio-navarrete.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-9056694181985181260</id><published>2022-08-16T13:36:00.002+02:00</published><updated>2023-04-01T16:59:24.124+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Microrrelatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Personal"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>El velado ventanal</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEizHtC4AErnrHLXbHtrm7W6qFlIDCCBk0GNrOYLfiDl-kyZe-V7tfCmCUvuTqtgEOQo8cFZN1SWDEZRlZRwmapHq1VfnzBbqD4o71te_M-mjMfgFp9rs1DDe3HLbv7q8cnHR5itDC31SH6wiOYF9Za9M0MPFy8JLfeC6Yl4IClL8v783c1geA/s4000/ventanilla-tren.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Paisaje a través de una ventanilla de tren&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;2250&quot; data-original-width=&quot;4000&quot; height=&quot;360&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEizHtC4AErnrHLXbHtrm7W6qFlIDCCBk0GNrOYLfiDl-kyZe-V7tfCmCUvuTqtgEOQo8cFZN1SWDEZRlZRwmapHq1VfnzBbqD4o71te_M-mjMfgFp9rs1DDe3HLbv7q8cnHR5itDC31SH6wiOYF9Za9M0MPFy8JLfeC6Yl4IClL8v783c1geA/w640-h360/ventanilla-tren.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.veteporlasombra.com/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;veteporlasombra&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Inocentes déspotas nos condenan a la ausencia de paisajes. Si acaso, nos dejan entrever de vez en cuando los horizontes, desde la poca altura de sus miras. La madre que los parió duerme plácida, ajena al cielo sin nubes sobre los roquedos y los árboles solitarios, indiferente también a los viñedos sinfín que se suceden más allá del velado ventanal, y al legado de minúscula hostilidad que deja a la humanidad.&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/08/el-velado-ventanal.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/9056694181985181260'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/9056694181985181260'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/08/el-velado-ventanal.html' title='El velado ventanal'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEizHtC4AErnrHLXbHtrm7W6qFlIDCCBk0GNrOYLfiDl-kyZe-V7tfCmCUvuTqtgEOQo8cFZN1SWDEZRlZRwmapHq1VfnzBbqD4o71te_M-mjMfgFp9rs1DDe3HLbv7q8cnHR5itDC31SH6wiOYF9Za9M0MPFy8JLfeC6Yl4IClL8v783c1geA/s72-w640-h360-c/ventanilla-tren.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-765566090565559894</id><published>2022-06-12T19:12:00.015+02:00</published><updated>2022-07-05T02:22:38.898+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Sociedad y tendencias"/><title type='text'>La pieza</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhutCysOhYfev1THsV130i4ip_TE2NVy4mE61HxfYE-mjsNoMIQuEtfTY5ebi9FkcVO3aDrIWmURApRM7IVXudaY08m86pUTTMZpgwsW45YIj7s6V4rMkbOnRbZ4VNDMH9XXg35AAMIeHVWAbiLoz4PkOX__ePpsDZwUbF4CeIdtUT-Bxf4fA/s2048/neon-flamingos.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Neón rojo con el texto Flamingos&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1365&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhutCysOhYfev1THsV130i4ip_TE2NVy4mE61HxfYE-mjsNoMIQuEtfTY5ebi9FkcVO3aDrIWmURApRM7IVXudaY08m86pUTTMZpgwsW45YIj7s6V4rMkbOnRbZ4VNDMH9XXg35AAMIeHVWAbiLoz4PkOX__ePpsDZwUbF4CeIdtUT-Bxf4fA/w640-h426/neon-flamingos.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/thomashawk/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Thomas Hawk&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;El agente municipal no daba crédito: un mulato,&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt; con todos sus huevazos morenos, había sorteado los
bolardos que impedían el acceso a la plaza, para aparcar su enorme Audi junto a
la puerta principal de la estación del Norte.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—Perdone señor, pero no está
permitido estacionar en esta plaza. Le voy a tener que sancionar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—Estoy esperando a su jefe,
así que usted verá.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¿Se está pitorreando de mí? ¡Por
mí como si está esperando al sursuncorda! ¡Vaya saliendo ahora mismo de aquí! ¡Pero
espere, que primero le entrego su multa!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;El chófer, de acento latino,
tomó con indiferencia el papelito que le extendía el agente y se puso en circulación.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Minutos más tarde, el mismo guardia
municipal se cuadraba delante de Lucio Pérez, concejal de movilidad del
Ayuntamiento de Valencia, y único edil que había conseguido colocar Nova
Esquerra en el consistorio, gracias a un pacto de legislatura con el partido
más votado. Le sorprendió al policía que su jefe fuera tan bien acompañado, de
una guapa y joven señorita a la que debía doblar en edad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—Te han reconocido—dijo
satisfecha la joven—. No imaginé que fueras tan importante.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—En Valencia soy muy conocido.
Por mis negocios, ya sabes. El rey de la pirotecnia me dicen. ¿Pero dónde
cojones está el coche? —el concejal cogió alterado el móvil y marcó el número de
su chófer—. ¿Dónde coño se ha metido, Nelson? ¿No le dije que aparcase en la
puerta de la estación?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Nelson le explicó al jefe el
asunto de la multa y el guardia. No pudo el concejal tomar, en ese momento, represalias
contra el policía municipal, pues la joven, a la que sacaba 25 años, nada debía
saber de su militancia en Nova Esquerra. Daba la casualidad de que Paula
simpatizaba con Vieja España, un partido en ascenso situado en la otra punta ideológica
de Nova Esquerra. Así que Lucio no había tenido más remedio que hacerse pasar
por un exitoso empresario de la pirotecnia, y, por supuesto, muy de derechas. Por
fortuna, Paula era de Totana, y por aquellas tierras murcianas nadie conocía a
los ediles valencianos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¡Venga, a la estación del
AVE! —le ordenó Lucio al chófer, cuando por fin apareció con el Audi—. ¡Dese
prisa; si se nos escapa el próximo tren a Madrid, no nos dará tiempo a tomar el
vuelo a Berlín!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Había llegado la joven hasta
la estación del Norte desde Murcia, en el Intercity de Barcelona. Ese mismo
viernes tenían planeado Lucio y ella viajar a Berlín, para visitar la ciudad y
lo que surgiera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—Vamos a ver los restos arqueológicos
del comunismo —le aclaró la joven al chófer, no fuera a imaginarse alguna cosa
sucia—. Ya sabe, el muro y esos edificios de estilo brutalista, que fueron concebidos
como macrogranjas humanas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—Bueno, Paula, más bien fueron
construidos para proporcionar una solución habitacional, digna y de calidad, a los
berlineses del este —no pudo evitar contradecirla el edil. Pero enseguida se
dio cuenta de su metedura de pata, y desvió la conversación a otro tema—. Aquí,
donde le ves, Nelson tiene ascendentes del Imperio austrohúngaro. Su
tatarabuelo, por parte de padre, conducía precisamente el coche en el que iban
el archiduque y su esposa, cuando aquello del atentado de Sarajevo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Improvisó Lucio aquel cuento
desmesurado porque se le pasó por la cabeza que tal vez le debía alguna excusa
a Paula, por tener a sueldo a un chófer mulato y extranjero.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—Sí señorita; luego del
atentado, el abuelito de mi abuelo quedó algo chamuscado, y por eso emigró a Dominicana,
pues en ese país astro húngaro eran muy racistas con las personas no tan
blancas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Por descontado que Lucio le
había pedido a Nelson que le ayudase a encubrir su mentirijilla del falso
empresario de la pirotecnia, pero aquello del antepasado churruscado se le
antojó demasiado fantasioso.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¡Calle y concéntrese en la
conducción! —le ordenó el concejal a su subordinado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Lucio había conocido a Paula en
las redes sociales, gracias a un perfil falso que se abrió en Twitter, para
trolear a ciertas compañeras de su propio partido. En las redes se hacía llamar
CoheteFacha, y con ese &lt;i style=&quot;mso-bidi-font-style: normal;&quot;&gt;nick&lt;/i&gt; les
tocaba un poco los cojones a todas esas jóvenes puritanas de su partido, que lo
acusaban, entre otras cosas, de ser demasiado tocón en las asambleas y en los
pasillos del ayuntamiento. Incluso Andrea, la que peor le caía y más ojeriza le
tenía, un día salió con el chisme de que alguien había visto su coche oficial
estacionado en el aparcamiento del Pink Flamingos, un renombrado burdel a las
afueras de Valencia. «Pues no sé con qué clase de amigotes te codearás tú, chata,
que tan bien parecen conocer todo lo que sucede en los puticlubs de Valencia»,
fue la ocurrencia con la que Lucio desacreditó y dejó en ridículo a su principal
rival en Nova Esquerra. Y es que se las sabía todas, aquel antiguo sindicalista
del gremio de los autobuseros…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Con su ingenio descarnado había
logrado seducir también, en cierto modo, a Paula, una chica de pueblo con
aspiraciones de niña pija, que ambicionaba atrapar a un marido rico y bien
relacionado. La cosa prometía para la joven, pues el mismo CoheteFacha en
persona le había invitado a pasar el fin de semana en Berlín, por supuesto que con
todos los gastos pagados. Las expectativas de Lucio, respecto a aquel viaje, eran
bien distintas: «Quiero comprobar si esa derechita canalla es más
desinhibida en la cama que mis mojigatas compañeras de la nueva izquierda». Eso
literalmente le había comentado a su chófer, en el que confiaba al cien por cien.
Al fin y al cabo, Nelson le debía el favor de haberlo colocado en el ayuntamiento. Aquel nombramiento a dedo, tan aparentemente nimio, había
supuesto un profundo debate en el partido: si bien un mulato quedaba muy bien en
los carteles electorales, había quien opinaba que podía ser contraproducente ponerlo
al volante de un coche oficial, pues los partidos rivales podrían acusar a Nova
Ezquerra de utilizar a los inmigrantes como si fueran criados.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;El hecho cierto era que el
criado Nelson acababa de dejar, ya por fin, en la estación del AVE, al patrón y
a su amiguita. Pero en vez de devolver el Audi al estacionamiento del parque
móvil municipal, quiso el chófer darse un garbeo por su popular barrio, para
presumir de auto ante sus compatriotas y vecinos. Aparcó el cochazo en la misma
calle en que residía y subió a su casa, en el cuarto piso de un bloque sin
ascensor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¡Póngase bella y vista a los
niños, que nos vamos pal Burger King! —le ordenó a su esposa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Luego Nelson se quitó los
zapatos y colgó en la percha el fastidioso traje con que le tocaba trabajar
cada día. Se puso una camiseta holgada de baloncesto, de los New York Knicks,
un pantalón caído que le dejaba ver las pantorrillas, y, por supuesto, sus &lt;i style=&quot;mso-bidi-font-style: normal;&quot;&gt;nike&lt;/i&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¿Qué, os gusta el carro de
papá? —le preguntó a los niños—. Mi amor, tú delante, a mi ladito. Vosotros detrás,
y no me pateéis los asientos que luego me toca limpiarlos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;En cuanto Nelson encendió el
motor, el tubo de escape empezó a atronar como una traca de petardos en fallas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¡Diablo!, ¿qué vaina es ese
ruido?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Ni cinco minutos habían tardado los
ladrones en serrar el tubo de escape para arramplar con el catalizador del Audi.
Aún pretendían los hijos de Nelson y su querida esposa que les llevase a la
hamburguesería, pero les ordenó que se bajaran inmediatamente del coche y tiraran
para la casa, pues lo urgente ahora era encontrar un taller mecánico. Se subió
en su modesto utilitario de segunda mano, y de taller en taller estuvo toda la
tarde, a ver si en alguno le hacían el favor de repararle el estropicio del
tubo de escape, antes de que su jefe regresara de Berlín.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¡Imposible para este fin de
semana!— dictaminó el mecánico del cuarto taller que visitó—. La pieza la
tienen que traer de Alemania. Eso si quiere la original. ¿Va a necesitar
factura? Porque si lo prefiere, le puedo poner una similar de China. Pero va a
tardar igual. Pruebe en algún desguace, a ver si la encuentra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;A la mañana siguiente,
sábado, ya desde primera hora estuvo Nelson buscando la pieza por los
desguaces, sin que hubiera manera de encontrarla por ningún lado. Desesperado,
no le cupo más remedio que llamar a su jefe por teléfono, para confesarle toda
la verdad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¿Y a mí qué coño me cuentas
de que solo venden esa pieza en Alemania? ¿Para eso crees que he venido a
Berlín, para ponerme a buscar un catalizador? Oye, te tengo que dejar que viene
Paula, que vamos a ver si encontramos un restaurante para comer. Ya improvisaremos
algo cuando regrese. ¡Ah, y hazme un favor!: a ver si puedes conseguirte una
gorra de chófer, que la chica está muy pesada, con que deberías llevar gorra.
Ya sabes, antojos de nueva rica.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Por si fuera poco, tuvo
Nelson que pagar de su propio bolsillo una plaza de aparcamiento para estacionar el Audi, pues temió que si lo dejaba en la calle durante el resto del fin de
semana, cuando regresara su jefe no quedarían del coche ni las llantas. La
tarde del sábado la malgastó en ir de tiendas, a ver si encontraba la
caprichosa gorra de chófer con la que pretendían adornarle.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Al menos no tuvo que madrugar
el domingo. Incluso estuvo dormitando después de comer. Ya a última hora de la
tarde fue al parking a recoger el vehículo oficial, pagó el tique y, con gran
estrépito, puso rumbo a la estación del AVE. Frente a la puerta principal
estuvo esperando durante un buen rato, con su nueva gorra apretándole las ideas.
Hasta que por fin vio aparecer a Paula y a su jefe, que venían agarrados de la
mano como dos adolescentes enamorados. Se reajustó la gorra y salió a
recibirlos. Tras hacerles una ligera reverencia con la cabeza tomó las maletas
de los dos tortolitos y las metió en el amplio maletero del Audi. Luego abrió solícito
las puertas traseras del vehículo, primero la de la joven y después la del
concejal.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—Amor, te he preparado una
sorpresita —anunció Lucio a su nuevo y recién estrenado ligue, cuando ya ambos
estaban cómodamente instalados en los asientos traseros del coche—. Nelson, llévenos
a la estación del Norte, que la señorita debe regresar hoy mismo a Murcia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;En cuanto Nelson puso en
marcha el motor, el tubo de escape del coche empezó a torpedear, como era
natural. Todo el que paseaba por la acera volteaba la cabeza, para comprobar qué tipo de máquina infernal provocaba tan molesto ruido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;—¡Una mascletá, cariño, te he
preparado una mascletá! ¡Para que toda Valencia sepa que el rey de la
pirotecnia está de vuelta, pero esta vez acompañado de su nuevo amor!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Y aunque el concejal de
movilidad era consciente de que tal vez más le convenía pasar desapercibido, no
le cupo más remedio que ir dando la nota por media ciudad. Total, qué le
importaba a nadie su vida, si le daba o no por visitar, de vez en cuando, a
alguna amiga en el Pink Flamingos, o si se enrollaba ahora con una fachita
buenorra a la que doblaba en edad y de la que podría ser su padre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Ya en el andén de la estación
del Norte, los dos enamorados se dieron un beso de despedida, corto y en los
labios. Paula partió feliz hacia su pueblo, con mil anécdotas que contar a sus
amigos: «Me tenía preparada una sorpresa que no os lo vais a creer: una ristra de
petardos tan larga que iba de una punta a otra de la ciudad». Sabía Paula que era
mentira todo aquello de la traca de petardos, pero por nada del mundo quería
apearse de su mundo de fantasía, y por eso se permitía todo tipo de
exageraciones con los amigos. «Lucio es tan original», les decía.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Sin embargo, entre las jóvenes compañeras de Nova Ezquerra, esas que tanta tirria le tenían, el halo
fantástico de Lucio no alcanzaba ni de lejos el mismo efecto que lograba con
Paula. «¡Menudo pieza estás tú hecho!», se atrevió a echarle en cara Andrea, en
la primera reunión semanal del partido. «Una pieza querrás decir, chata, y fundamental
para nuestro partido. Porque a ver si te crees que nuestros simpatizantes nos
votan por tu cara bonita». Y es que Lucio se sabía tan imprescindible para Nova Esquerra como lo era el catalizador para el tubo de escape de su coche oficial. Solo
que el concejal de movilidad, más que silenciar ninguna escandalera, producía
bastante ruido. Un ruido mediático que llevaba a que los diarios locales
hablasen de su partido, y con el que el conseguía atrapar la atención y simpatía de
ciertos electores. Pues si no de qué,
iban a votar a Nova Esquerra los estibadores del puerto, los albañiles y peones
de la construcción, o los recolectores de naranjas. Por más que le doliera a Andrea,
Lucio representaba mejor que ella, con todos sus estudios universitarios y
reivindicaciones feministas, a toda esa añeja y tosca masculinidad proletaria,
la de los obreros y jornaleros manchados de grasa y polvo, esos que ahogan sus penas entre alcohol y ocasionales visitas a puticlubs de carretera. En cierto modo Lucio
era un icono para toda esa gente, y por eso el partido hacía la vista gorda con él, por más que
su vida privada fuera tan escandalosa como una mascletá.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;MsoNormal&quot;&gt;&lt;span style=&quot;background: white;&quot;&gt;Desde su despacho en el
ayuntamiento, hizo Lucio llamar a su chófer. Temió Nelson que el jefe le fuera a
echar en cara el asunto del tubo de escape, pero nada más lejos de sus intenciones, el antiguo sindicalista sabía apreciar los servicios de los buenos camaradas. Abrió el concejal de par en par la ventana de su despacho, y de un
cajón de su escritorio sacó una caja de habanos. Le convidó a Nelson a uno de
aquellos puros y se encendió otro él, sin importarle que estuviera
prohibidísimo fumar en todo el recinto municipal. «Nelson, avísame en cuanto
los del taller tengan reparado el tubo de escape», tuteó al chófer. Siempre lo tuteaba, si es que le hablaba en privado. «Creo que no tardaremos en darnos un
garbeo por Totana, no vaya a ser que a Paula le dé por echarme demasiado de
menos. Ya sabes lo fogosas que son ahora todas esas jóvenes de derechas, y uno
no se puede descuidar». Temió Nelson que el jefe le acabaría estropeando sus
planes familiares para el fin de semana, pero qué le iba a hacer… Se limitó a
devolverle una sonrisa cómplice al patrón, y le dio una larga y gustosa calada
al habano. Al fin y al cabo, desde que emigró a España las cosas no le habían
ido del todo mal, y aquel trabajo era el mejor que había tenido, y que probablemente tendría, en toda su vida…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/06/la-pieza.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/765566090565559894'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/765566090565559894'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/06/la-pieza.html' title='La pieza'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhutCysOhYfev1THsV130i4ip_TE2NVy4mE61HxfYE-mjsNoMIQuEtfTY5ebi9FkcVO3aDrIWmURApRM7IVXudaY08m86pUTTMZpgwsW45YIj7s6V4rMkbOnRbZ4VNDMH9XXg35AAMIeHVWAbiLoz4PkOX__ePpsDZwUbF4CeIdtUT-Bxf4fA/s72-w640-h426-c/neon-flamingos.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-3871427470486723026</id><published>2022-05-19T13:24:00.014+02:00</published><updated>2022-07-11T22:47:39.320+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Sociedad y tendencias"/><title type='text'>El cementerio de mamuts</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjQgPZ8dHNcHvsoInsbMt2h8hapXUegzwpEfJS6HVse8TaCjPaLfGugESTVjFIbmFa2CmyCFVYtdh7KsJ5DyDb0t1eK3joRPLNlx-sDBigEch7Y1leS2kkfmgGW8y5ImGVOoEleJ8NL6IiYldp0revk6-9oiMRsHKNZpza1R0OjW2AhMp-UjQ/s2048/hombre-oficina.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Hombre maduro tras la ventana de una oficina&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1365&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjQgPZ8dHNcHvsoInsbMt2h8hapXUegzwpEfJS6HVse8TaCjPaLfGugESTVjFIbmFa2CmyCFVYtdh7KsJ5DyDb0t1eK3joRPLNlx-sDBigEch7Y1leS2kkfmgGW8y5ImGVOoEleJ8NL6IiYldp0revk6-9oiMRsHKNZpza1R0OjW2AhMp-UjQ/w640-h426/hombre-oficina.jpg&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/gagilas/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Petras Gagilas&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Existe en el país del cuento, al este de su capital, un cementerio de mamuts. En realidad no es ningún cementerio, sino una reserva de tierra del color de la ceniza, a la que van a parar los enormes y ancestrales paquidermos. Los acoge el Ministerio de Repesca para que no maquinen pesadumbres, eso sobre todo, pero también para que algo rindan y se abarate su mantenimiento. Se trata de que no se pasen todo el día en sus casas mirando las musarañas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hasta el cementerio se conducen los mamuts de manera voluntaria, cuando comienzan a ver que les llega el final de sus días felices. Desde ese primer momento acuden en larga y despaciosa procesión, resignados y con la cerviz gacha. Algunos son tan pesados que oscilan como péndulos al caminar; otros, no menos voluminosos, avanzan con el aire decidido y ligero de Nadia Comaneci, a la entrada de una de sus míticas volteretas. Casi todos los mamuts vienen ya domesticados de casa, aunque todavía quedan algunos de los que rezongan por todo y embisten si se les lleva la contraria.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Allí, en la reserva, el Ministerio de Repesca encomienda a los mamuts tareas rutinarias, todo el tiempo los tiene de la Ceca a la Meca, trajinando entre pastos y tierras arables, olivares, naranjales y demás frutales. Trata el Ministerio de entretenerlos a todos por igual, y eso que los hay de toda condición y oficio. Los hay que se creen muy listos, y otros que se boicotean a sí mismos. Hay mamuts informáticos con el disco duro rayado que hablan en bucle, y mamuts &lt;i&gt;telefonistos&lt;/i&gt; que tartamudean en cuanto les salta una llamada. No falta la típica secretaria mamut que en el día de su cumpleaños convida a cruasanes y tarta, incluso alguna bruja mamut a la que desde hace tiempo le viene fallando la bola de cristal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por ganarse un sobresueldo, algunos mamuts hasta perros pasean si hace falta, claro que en su tiempo libre; a otros, más conformistas, les basta con la escueta ración que el Ministerio les da. Hay mamuts desafinados, mamuts barítonos que barritan zarzuelas, y hasta mamuts que de su trompa sacan melancólicas melodías, como quien toca el saxofón. Hay mamuts presenciales, y mamuts que solo están en la imaginación de algunos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como todo el mundo sabe, la bebida favorita de los mamuts es el vermú, pero en la reserva el Ministerio solo les deja beber un café aguachinado que pueden adquirir a un módico precio, en unas máquinas de repostaje. A base de chupitos de café los mamuts se mantienen sobrios y activos, y si necesitan una sobredosis de azúcar, o de aceite de palma o de glutamato monosódico, la pueden conseguir en la máquina expendedora de alimentos retractilados, la que está al fondo según se entra en la reserva, todo recto por el pasillo. También hay un surtidor de cocacolas. Todas estas máquinas expendedoras las coloca el Ministerio de Repesca en lugares estratégicos, y con ellas tratar de recuperar parte del dinero que gasta en el mantenimiento de los mamuts.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero no son los mamuts los únicos paquidermos que paran en el cementerio. El Ministerio de Repesca también da asilo a unos cuantos elefantes bebés, y no precisamente para que aprendan lección alguna de sus mayores. Más bien sucede lo contrario: son los elefantitos mucho más avispados que los mamuts, y a menudo marcan su senda. El Ministerio los mete en la reserva para que los mamuts no se den cuenta de que su final anda próximo. Pero los mamuts no son tan idiotas como los responsables del Ministerio se creen, y algo sospechan. Más suspicaces se vuelven el día en que descubren que han trasladado a otro zoológico al &lt;i&gt;baby&lt;/i&gt; elefante del que, por ejemplo, se habían encariñado. A veces los mamuts previenen a los chiquitines con consejos que no se recetaron a ellos mismos en sus tiempos mozos, «vete a recorrer el mundo, hijo, o hazte funcionario de prisiones; encuentra tu lugar antes de que seas demasiado viejo y no te abran la puerta en ninguna parte». Será porque siguen este gran consejo o por su natural inteligencia, que no pocos elefantitos abandonan el cementerio de un día para otro, y nunca más se les vuelve a ver el pelaje por aquel lugar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A media tarde, todas y cada una de las tardes, viene la chica alegre del vestido rosa con su carrito, y se da un paseo entre las lindes de las parcelas en las que andan entretenidos los mamuts. Comprueba con minuciosidad que todo está en orden, y entre distracciones y zalamerías va recogiendo con disimulo las inmundicias de los mamuts, unas plastas descomunales tan resecas como sus sueños, que no huelen a nada. También se encarga, por propia iniciativa, de recibir a los recién llegados, «sea usted bienvenido, señor mamut; aquí tiene un cajón en el que podrá dejar sus pertenencias y sus manías», y les promete que, si se portan bien, les llevará a explorar el cuarto oscuro desde el que se puede sentir el lloriqueo del mar. Pero nunca les lleva, para que mantengan la ilusión de escuchar algún día el lamento de las olas. La misma dedicación pone la chica del vestido rosa con los cachorros de elefante, aunque obvio es decir que mucho menos tiempo le lleva retirar sus joviales y disminuidas boñigas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Si algo caracteriza a los mamuts es su piel curtida y gruesa, casi inexpugnable a los pequeños agravios de la vida. Sus colmillos son largos y retorcidos, así como sus razonamientos. Eso si es que entran en razón, y les queda alguno sano; no es raro el mamut que a su edad no sufra de alguna caries, ya sea en los colmillos o en el cerebro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando llega la noche, los mamuts se sienten tan agotados que necesitan descansar. No les cabe más remedio que irse a dormir a sus casas, puesto que el Ministerio no ha instalado literas en el cementerio, ni ningún tipo de hamaca o camastro. Al menos por ahora. En el momento de abandonar la reserva los mamuts se precipitan en estampida hacia la salida. Pareciera como si milagrosamente sus pesados andares se volvieran ágiles y sus fuerzas renovadas. No hay noche en que a algún espécimen no se le terminen enredando las patazas en los tornos de salida, por el ansia de abandonar el lugar lo antes posible. Inútil instinto es el que empuja a estos animales a ese tipo de comportamientos, pues al día siguiente tendrán irremediablemente que regresar a la reserva, si es que quieren mantener su plaza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los que han conocido el cementerio de noche dicen que estremece tanta penumbra y ausencia de almas. Comentan que entre las lindes no se percibe otra cosa más que el latido leve de la máquina expendedora de alimentos, y el goteo senil de los surtidores de café y Coca Cola. En sus casas, ya todos los mamuts andarán reposando en sus colosales camitas, vencidos por el cansancio y entre sueños de rebeldía, contra lo que ya no se les permite ser. Elefantes equilibristas quisieran ser otra vez, sobre la cuerda floja de la vida. Pero son solo mamuts, nada más que mamuts, viejos, lentos y pesados...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/05/el-cementerio-de-mamuts.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/3871427470486723026'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/3871427470486723026'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/05/el-cementerio-de-mamuts.html' title='El cementerio de mamuts'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjQgPZ8dHNcHvsoInsbMt2h8hapXUegzwpEfJS6HVse8TaCjPaLfGugESTVjFIbmFa2CmyCFVYtdh7KsJ5DyDb0t1eK3joRPLNlx-sDBigEch7Y1leS2kkfmgGW8y5ImGVOoEleJ8NL6IiYldp0revk6-9oiMRsHKNZpza1R0OjW2AhMp-UjQ/s72-w640-h426-c/hombre-oficina.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-6708929202725397520</id><published>2022-04-04T13:15:00.001+02:00</published><updated>2022-04-05T13:04:49.842+02:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>El último de los cuentos</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj_vUwL8UwsQpDz6t2Yhz387ma10l-NB3zqXCpRhNZLGyl0i7BF2PrF6nJbSAtqHQGUl56vLL-1KWXAHI5Z3i2aDmnr8fNZIwYo025_6_QTDL_NJgp26r8hdsxCziIEL5QOT4766XAScOHj3-6_rW4dNScG9Agdo_IAe_MS0Ao8IXIcXxVwZQ/s2048/anciano-burro.jpg&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1366&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;426&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj_vUwL8UwsQpDz6t2Yhz387ma10l-NB3zqXCpRhNZLGyl0i7BF2PrF6nJbSAtqHQGUl56vLL-1KWXAHI5Z3i2aDmnr8fNZIwYo025_6_QTDL_NJgp26r8hdsxCziIEL5QOT4766XAScOHj3-6_rW4dNScG9Agdo_IAe_MS0Ao8IXIcXxVwZQ/w640-h426/anciano-burro.jpg&quot; title=&quot;Anciano con barba y turbante tirando de un burro&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por&amp;nbsp;&lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/aam1rjaved/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Aamir Javed&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Amanece en la ciudad olvidada. Malo sería que no amaneciera. De la ciudad excavada en roca, apenas queda un minúsculo vestigio de lo que fue. Todas las cuevas quedaron deshabitadas hará dos milenios, salvo la de una pareja de ancianos que, como un terco anacronismo, se resisten a la lógica del reloj de arena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un alacrán se despereza, dejando su rastro efímero sobre esa arena que se lleva el viento. El señor Rachid sale de su casa cueva y se echa un cigarrillo a la boca. Su esposa Fátima no le permite fumar en el interior. Él se lo consiente, que le impida fumar dentro de la casa cueva. Prefiere no discutir con ella. El señor Rachid es, ante todo, un hombre tranquilo y de pocas palabras. Además, sabe que tiene todas las de perder, si le lleva la contraria a su esposa. Enciende el cigarrillo con su mechero de yesca dándole la primera calada. Antes de pegarle una segunda observa la punta incandescente, borrosa ante sus ojos gastados por la edad y el polvo del desierto. Levanta luego la vista nublada hasta el cielo despojado de nubes y le da la tercera calada al pitillo, profunda e insondable, como el mismo cielo que mira, no como sus pensamientos, por lo general bien simples. Cavila el señor Rachid si fumarse todo el cigarrillo ahora o reservarse la mitad para después. Es el último que le queda.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Habrán pasado casi cuatro horas desde que amaneció. Ahora el señor Rachid se resguarda del impenitente sol a la sombra de la enorme pared de arenisca, junto a un famoso bajorrelieve de los tiempos de Matusalén. A su lado, su burro siembra de boñigas la arena. Andan a la espera de los turistas, a ver si por fin hoy alguno se acerca a contemplar el bajorrelieve milenario. Tampoco es que vengan demasiados: la ciudad más cercana, Al-Mirez, está en la otra punta del desierto, a más de cien kilómetros de distancia. A pesar de la lejanía, le parece muy extraño, al señor Rachid, que haya transcurrido ya cerca de un mes desde que llegó el último grupo de turistas. No sabe que ninguno aparecerá ya. Desconoce que su esposa, el burro, sus cuatro o cinco cabras y él mismo, son los únicos habitantes de la Tierra. Eso sin considerar los alacranes y demás pequeños bichos, capaces de sobrevivir por aquel paraje árido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Rebuzna el burro de puro aburrimiento, y bosteza el señor Rachid a la par que rebuzna el burro. Por entretenerse en algo, mientras llegan o no llegan los turistas, suele tejer artesanías con hojas de palmera (el señor Rachid es quien teje, el burro solo sabe rebuznar). Almacena ya tantas de estas artesanías en su casa cueva, que hace unos días decidió dejar de tejerlas, hasta ir liquidando existencias. Además, ya encontró su mujer la excusa perfecta para hacerle la guerra: que si le tiene la casa tan llena de trastos, que aquello parece la cueva de Alí Babá, y que si patatín, y que si patatán. Se le acumulan las artesanías al señor Rachid porque los turistas no terminan de llegar nunca. «¿Pero dónde se habrán metido?», se pregunta. Están todos muertos. Hará como tres semanas que una guerra atómica tuvo lugar entre las naciones más poderosas, pero eso ahora no viene al caso. Las artesanías se las ofrece a los turistas el señor Rachid a cambio de unos cigarrillos, o de un par de billetes. Es casi para lo único que necesita el dinero el señor Rachid: para comprarle tabaco a los mismos guías que conducen a los turistas hasta aquel lugar tan remoto. Para todo lo demás, el señor Rachid y su esposa son bastante autosuficientes. No tanto el burro ni las cabras, que dependen al completo de la voluntad de su amo. Le apetece ahora mucho fumar al señor Rachid, y se arrepiente de no haber dejado ese medio cigarrillo para después. Le pone de muy mal humor, el no tener tabaco. Además, desde que no mata el tiempo tejiendo sus artesanías, se le hacen la mañanas eternas...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fastidiado y aburrido, decide regresar a la casa cueva, a ver qué le tiene preparado Fátima para comer. Recoge todos esos cestillos y máscaras que expone sobre la arena, los que ningún turista vendrá a comprarle, y los guarda en unas alforjas de esparto que cuelgan del burro. Antes de subirse al burro, de las mismas alforjas toma un pequeño odre que contiene agua. Lo fabricó él mismo con la piel de una de sus cabras, que con sus mismas manos degolló. Son como una raíz esas manos, retorcidas y despaciosas, pero con mucho tesón. El señor Rachid bebe agua del odre: está caliente, como meado de cabra. Ya podría ser Coca Cola con un par de cubitos de hielo, pero hasta allí no llega ningún camión repartidor. En cualquier caso, están todos muertos, los repartidores de la Coca Cola y los del hielo seco. Cada cubito se evaporó, cuando aquello de la conflagración atómica; no quedó una sola botella, ni una lata de Coca Cola sin reventar. Pero ¿qué le importa al señor Rachid, que se hayan extinguido las cocacolas y derretidos los polos Ártico y Antártico? Su burro y él sólo beben agua, lo mismo que Fátima y las cabras. Un agua que extrae con gran esfuerzo el señor Rachid, de un pozo muy profundo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Termina de saciar su sed el señor Rachid, y se encarama al burro. «¡Arre!», le jalea, en la misma lengua en la que Alá dictó el Corán al profeta Mahoma. Como el burro no le entiende, o no le quiere entender —tal vez sea ateo—, le hostiga el señor Rachid en los ijares, a ver si así lo convierte al movimiento. Parece que no quiere andar hoy el burro, por más que le dé repetidos golpecitos con sus talones curtidos y desnudos. No es que lleve los pies descalzos el señor Rachid, sino que sus alpargatas, abiertas por detrás, le dejan el talón al aire. Estarán muy gastadas esas alpargatas, pero son las únicas que no quedaron churruscadas, tras la hecatombe nuclear. Ni una zapatería queda ya en pie, ni en Al-Mirez, ni en ninguna otra parte. A Fátima le es indiferente que no queden zapatos de su talla, puesto que siempre va descalza.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sigue sin querer caminar el burro, anda que no es terco. Será que no camina porque se cree muy importante. Distinguido no será, pero sí de una raza en peligro de extinción: es el único que queda de su especie. Vuelve a azuzarlo en los ijares el señor Rachid, y por fin se pone en marcha.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Podría decirse que le sirve de lazarillo el burro al señor Rachid, pues demasiado poco ve el anciano con sus corneas arañadas. Para lo que hay que ver... Bajo las alpargatas que pendulan sin tocar el suelo, según avanza el burro, todo es arena. En lo alto, muy por encima del turbante del señor Rachid, el cielo es de un azul tan monótono que resulta indiferente verlo más o menos desenfocado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El guía de cuatro patas va poco a poco conduciendo a su amo hasta la casa cueva. Menos de un kilómetro a ritmo cansino, hasta el otro extremo del cañón de donde se encuentra el bajorrelieve. Tiene el bajorrelieve unas figuras talladas que son dignas de ver: tres reyes ancianos, escoltados por sus tres camellos, que parecen ofrecer sus presentes a una hermosa mujer con el torso desnudo. Aunque el señor Rachid percibe las figuras desenfocadas, las recuerda perfectamente. Sobre todo la de la mujer con los pechos al aire. A Fátima esa talla en concreto le parece demasiado impúdica: «Tantos siglos de civilización, para que venga una antigualla a exhibirse con tanta desvergüenza», repite siempre. Si por ella fuera, hace tiempo que hubiera demolido el bajorrelieve por entero, incluidos los camellos. No opina lo mismo su marido, que está encantado con tener una vecina de tan excelso busto, a solo un paseo en burro de su casa. Además, sabe el señor Rachid que el bajorrelieve es la principal atracción que vienen los turistas a buscar. A veces, mientras los espera, palpa los tibios senos de arenisca pulida. Según se dice a sí mismo, lo hace para no olvidar los detalles. Si supiera Fátima que anda manoseando los senos de otra mujer, dinamitaría no solo esa, sino cada una de las sensuales esculturas que se exponen en museos y monumentos. En realidad no sería necesario que se tomase tanta molestia: la Venus de Milo, y todas esas esculturas femeninas ligeras de ropa, son ya poco menos que polvo de tiza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Prosigue el borrico el camino de vuelta a su aire desganado, y se contraría el señor Rachid: a ese paso no van a llegar nunca. Por extraño que parezca, el cielo se está empezando a cubrir de unas nubes oscuras, negrísimas. «Solo faltaba eso, que me pillara una tormenta en mitad del camino», masculla el señor Rachid. Un milagro será que llueva... Por si acaso, arrea de nuevo al burro el señor Rachid, a ver si lo convence de que avive el paso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por fin llegan burro y amo a su destino. Lo primero que hace el señor Rachid, nada más entrar en la casa cueva, es destapar la cazuela de barro en la que Fátima anda preparando la comida. «¿Otra vez garbanzos y berenjena?», protesta. Parece que el septuagenario no aprendiera nunca, mala cosa lo de cuestionar las decisiones de su mujer. «¿Pues qué quieres, si hace tres semanas que ninguno de tus hijos se digna a hacerle una visita a su madre?». Aunque los dos ancianos se las apañan sin más ayuda que la de Alá, agradecen las viandas que, de cuando en cuando, les traen sus hijos desde la cuidad. «¡Que parece que ya no se acordaran de una!...», se lamenta Fátima. «Porque una madre será para cien hijos, pero cien hijos no son para una madre», remata.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No son cien los hijos de Fátima, sino cuatro. Todos varones: Mustafá, Karim, Mohamed, y Jorge Roberto. Uno de ellos es adoptado: se lo dejó olvidado un turista. Pero para Fátima todos son iguales, que para eso los crió con el mismo amor e idénticos regaños. Emigraron los cuatro a Al-Mired y allí viven sin que les falte un capricho, por ejemplo un kebab o una cocacola bien fresca. En realidad ya no viven: fallecieron no hará ni un mes, los cuatro de un golpe de calor. Pero su madre, como es una ignorante que ni tele tiene para informarse, despotrica de todo: «Claro, que la culpa de que no vengan mis hijos es de tus nueras, que les tienen el seso comido», le calienta la cabeza al marido. El señor Rachid, harto de tanta cantinela, sale a la entrada de la casa cueva a echarse un pitillo, como tiene por costumbre cuando se siente agobiado. En seguida cae en la cuenta de que no le queda tabaco. Al final su esposa va a tener razón: si hubieran venido sus hijos, no le faltarían esos cigarrillos que siempre le traen. Suspira con melancolía el señor Rachid... Mientras está o no lista la comida, decide acercarse a la cueva corral, para a echarle de comer al burro y a las cabras.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero antes se acerca al pozo, para sacar agua con la que reponer los bebederos de las bestias. Es una tarea pesada para un anciano, el tener que izar el cubo desde tan hondo, desde allá donde se encuentra el agua. Tira y tira con resignación de la cuerda el señor Rachid, y, como el burro, parece que no llega nunca, el preciado elixir de la vida. Hace años, cuando sus hijos eran unos niños, casi podía tocar el agua con la mano desde lo alto del pozo. Pero el nivel freático fue descendiendo, de un modo alarmante en los últimos años. El señor Rachid se vio obligado a disminuir la superficie de cultivo en su huerto, así como el número de cabras de su rebaño. Pese a las estrecheces, y por más que sus hijos les insistan que se vayan a la ciudad a vivir con ellos, el señor Rachid y su mujer no se plantean morir en otra parte más que en ese territorio árido que los vio nacer. Ni la ciudad fue hecha a su medida, ni ellos a la de la ciudad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Alcanza por fin el cubo lleno de agua el señor Rachid, y vierte su contenido en una espuerta de cuero. Cuando termina de trasegar el preciado líquido levanta la mirada al cielo, para dar gracias a Alá. Tal vez no aprecie cada uno de los detalles de esos feroces borregos que son las nubes, pero intuye su creciente negritud. «¡Ojalá caiga un diluvio!», reza a su dios. Rara es la vez que Alá accede a sus peticiones hídricas; tan tacaño es que ni cuando por sobre la cabeza del anciano se extravía alguna nube termina premiándole, ni siquiera con una ligera llovizna. «Que sea lo que Alá quiera», recita en modo automático el señor Rachid. Luego toma la espuerta de agua y se encamina a la cueva corral.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Vierte el agua de la espuerta en los bebederos de los animales, y se encarga de que tampoco les falte el alimento. Rumia el burro su ración, y con idéntica tranquilidad el señor Rachid sus pensamientos, mientras observa a las cabras. Le recuerdan a su mujer, en el ahínco con que se se disputan el mejor lugar en el comedero.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ha llegado el turno de reponer fuerzas, para el señor Rachid y su mujer. Sentado en el suelo, el marido espera hambriento mientras la solícita esposa acerca a la mesa la olla con el guiso que ha preparado, el cuenco del pan, un poco de queso y unos dátiles, y la fuente en que servirá el guiso. Sitúa la fuente en el centro de la mesa, junto a la olla. Ya al fin se acomoda en el suelo, frente al marido, y con un cazo sirve en la fuente el potaje de garbanzos y berenjena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«¿Solo hay este pan?», quiere saber el señor Rachid. «Se acabó la harina», resuelve sus dudas su mujer. Los dos comen de la misma fuente, y entonces el señor Rachid se acuerda de las cabras. Mientras van dando cuenta del guiso, sienten el murmullo del inusual festín de lluvia que está sucediendo afuera. «¿Está lloviendo?», se pregunta con escepticismo el señor Rachid. Se incorpora y sale de la casa cueva. Fátima continúa mojando sopas en la fuente, ya casi no queda pan.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un monumental aguacero disuelve la incredulidad del señor Rachid. No tarda en ponerse bajo el caño de aquella ducha prodigiosa. Tampoco se demora su esposa, en cuanto asoma la cabeza por la puerta de la casa cueva, unos instantes después. Es una mezcla de ceniza y agua lo que cae del cielo, algo más oscura y densa que el tradicional barrillo al que están acostumbrados en el desierto. En realidad no tan acostumbrados, porque pocas veces sucede el fenómeno de la lluvia, y menos de aquella manera tan torrencial. Pocas veces ocurre también que esos dos viejos encuentren algún motivo para ofrecerse una sonrisa, pero está sucediendo ahora, que les salga de dentro, y como si nada, lo de alterar la rutina de su aspereza natural. Se devuelven una mirada cómplice, la que habían reservado para un día excepcional. El señor Rachid abre y alza sus manos en señal de gratitud: «¡Gracias Alá, por la lluvia!»&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es lluvia radiactiva lo que cae. Las nubes negras, que como jinetes del Apocalipsis han estado paseándose impunemente por cada cada rincón del planeta, recordaron que existía una ciudad olvidada, y por fin se acercan a cumplimentar su visita al señor Rachid y su mujer. Los dos septuagenarios estarán muertos en un par de días. Eso a Alá no le importa, porque es ateo: hace tiempo que dejó de creer en el hombre. Tampoco a su mujer le tiene fe. Además, el señor Rachid y Fátima son ya demasiado viejos, como para que Alá ande demasiado preocupado, con lo que tiene que hacer. De momento, eso sí, está llenando el pozo del señor Rachid con agua ponzoñosa, para que al menos el frugal anciano se lleve una última satisfacción antes de morir. Ya verá luego Alá si decide amnistiar al burro y a las cabras. Los alacranes, seguro que se van a salvar, y el bajorrelieve de la mujer con los pechos desnudos, que quedará intacto para que lo admiren esas generaciones venideras que no vendrán. El que seguro no lo contará es quien les cuenta este apocalíptico relato. ¡El último de los cuentos! Así que me marcho, que comienza una nueva era, y, como digo, Alá tiene mucho que hacer. Hasta la próxima. En realidad, no habrá próxima. Dios bendiga a Alá.&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/04/el-ultimo-de-los-cuentos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6708929202725397520'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6708929202725397520'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/04/el-ultimo-de-los-cuentos.html' title='El último de los cuentos'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEj_vUwL8UwsQpDz6t2Yhz387ma10l-NB3zqXCpRhNZLGyl0i7BF2PrF6nJbSAtqHQGUl56vLL-1KWXAHI5Z3i2aDmnr8fNZIwYo025_6_QTDL_NJgp26r8hdsxCziIEL5QOT4766XAScOHj3-6_rW4dNScG9Agdo_IAe_MS0Ao8IXIcXxVwZQ/s72-w640-h426-c/anciano-burro.jpg" height="72" width="72"/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-5268757656752962049</id><published>2022-02-28T05:31:00.018+01:00</published><updated>2023-01-07T11:52:13.904+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Humor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>Superhéroes</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEi0f71OquETNV35RdQ01NQ7t-N4N6x_sYpcD9O8u6CorKTRkc6Ebrlwz08SQ04NnUsSFwTNbNHS2zvkM6C84LfIkcKBl5e3gWSjgPOXX-e9O1NCmQSgfCvv5K_r2RIuuD0m322fPjPJzch-Ztl3IoVKumGR77TFyyASyg1jHMCd-YeIJvHnOw=s2048&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Zapato en las manos de un limpiabotas&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1371&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;429&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEi0f71OquETNV35RdQ01NQ7t-N4N6x_sYpcD9O8u6CorKTRkc6Ebrlwz08SQ04NnUsSFwTNbNHS2zvkM6C84LfIkcKBl5e3gWSjgPOXX-e9O1NCmQSgfCvv5K_r2RIuuD0m322fPjPJzch-Ztl3IoVKumGR77TFyyASyg1jHMCd-YeIJvHnOw=w640-h429&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/moriza/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Mo Riza&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Había dejado Peter, sobre la cama deshecha, sus bermudas floreadas y camisa ancha habituales. Para ir a la entrevista, había escogido un pantalón de traje en azul marino, y una camisa blanca a juego, tan ajustada, que amenazaba con estallársele a la altura de su gran panza. Así vestido, tomó un autobús para apenas una parada de distancia, todo por evitar sudar en exceso si hacía el pequeño trayecto caminando. Como iba bien de tiempo, se acercó a ver a su amigo Steve.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Pero bueno, si es el mismísimo Peter Parker, en persona! ¡Cuánto tiempo!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Pasaba por aquí cerca, así que cómo no hacerte una visita!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Ah sí? ¿Y pa dónde tú vas, tan arreglaíto? No me digas: tienes una cita, con algún bellezón.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;—¡Qué más quisiera!... Voy a una entrevista de trabajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿A una entrevista de trabajo, con el montón de años que tú tienes?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Pues más o menos, la misma cantidad que tú, canalla! Y aquí andas, trapeando botas en la calle.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Qué remedio, chico; no hay manera de que pueda uno jubilarse hoy día! ¡Y eso que son 73 los que haré el mes que viene!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&amp;nbsp;—Pues los mismos años tengo yo. ¡Anda, sácale un poco de brillo a mis zapatos, a ver si en la entrevista no se dan cuenta de que están tan estropeados como yo!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le daba pena a Peter Parker que su amigo Steve tuviera que andar rebuscándose la vida a su edad, para ganarse unos cuantos dólares extras trabajando como limpiabotas. También, por dejarle algo de dinero, se había animado a hacerle aquella visita. No se daba cuenta, el bueno de Peter, de que no le convenía ir repartiendo sus pocos dólares por ahí, como si fuera uno de esos ricachones que atracan su yate en el puerto deportivo de Miami Beach.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Al menos, aquí en Miami da gusto trabajar en la calle, porque el clima es agradable.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Vamos, no jodas, Steve! Me vas a decir, que hasta das gracias a Dios por verte obligado a limpiar botas a tu edad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pues mire, caballero, más o menos es así. Gracias a este trabajito, más cortos se me hacen los días, y de paso me libro de mi mujer por unas cuantas horas. ¡Y ella de mí! Usted, como anda soltero robando corazones no tiene esos problemas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, sobre robando corazones...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ande, ande, caballero, acomódese de una vez en la silla, si quiere que le limpie esos zapatos!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hizo el limpiabotas el ademán de limpiar, con uno de sus trapos, la silla en que invitaba a su amigo Peter a tomar asiento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Oye Steve —quiso saber Peter, nada más sentarse—,&amp;nbsp;¿por qué te mudaste de Collins Avenue, si aquel lugar parecía mejor para tu negocio?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Mejor era, desde luego. Pero no me mudé yo: me botaron de allá. Supongo que algún mandamás de esta ciudad debió pensar que no adornaba bien un limpiabotas en una calle tan principal.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Seis años habían pasado, desde que Steve se vio obligado a trasladar su&amp;nbsp;&lt;i&gt;puestico&lt;/i&gt;, como él decía, a una calle mucho más tranquila, y, por tanto, menos concurrida. Eso sí, bajo la sombra de una enorme palmera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y qué, Peter? ¿Sabes algo de tu ex, y del otro?&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ni me los nombres, compadre. Poco sé, ni me interesa saber.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una lástima para Steve, que su amigo estuviera tan parco de palabras aquella mañana. En un visto y no visto, retiró el limpiabotas los cordones de los zapatos de Peter, alzó las perneras de sus pantalones, y colocó las guardas protectoras de los calcetines.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Siguen viviendo en Las Vegas esos dos? —insistió Steve.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por lo visto, ahí andan todavía. Él debe seguir paseándola en esa horterada de cochazo que tiene, y con eso, y con el glamur de las luces de los casinos, seguro que Diana anda tan feliz.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Steve pasaba ahora un trapo medio mugriento por los zapatos, con el fin de retirar los restos de polvo. Luego los humedeció con una brocha enjabonada, y con un trapo distinto los restregó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pues te confieso, que a mí Diana me caía bien...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, claro, a todos os caía demasiado bien, con ese cuerpo escultural que tenía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Steve dejó por un momento su labor con los zapatos, y, alzando la cabeza, sonrió con cara de pillo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, la verdad, es que a quién no le gustaba aquella Mujer Maravilla de nuestros tiempos mozos. Pero fuiste tú, nada más, el que consiguió atraparla en tu red.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desde la posición un poco más alta que le confería la silla en que estaba sentado, Peter miró a los ojos claros de su amigo el limpiabotas. Antaño, Peter solía contemplar el mundo desde mucho más alto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Más bien, me enredó ella a mí, compadre. Aunque también, te diré que yo estaba bastante harto de los directivos de la Marvel. Así que, qué mejor ocasión para tocarles los cojones que lo de liarme con una chica de la competencia. No sé si me ponía más cachondo Diana, o provocarles a esos cabrones...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, menuda se armó, cuando aparecisteis en aquellos titulares: «la Mujer Maravilla, luciendo tipazo en compañía del Hombre Araña».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Persiguiendo alguno de aquellos recuerdos de los que trataba de huir cada día, la mirada del Hombre Araña se perdió hasta más allá del retazo de playa que asomaba al final de la calle. Por su parte, Steve esparcía betún con un cepillo por el cuero resquebrajado del zapato de su amigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pero bueno, aquella vida es ya agua pasada —dijo Peter, dejando a un lado su ensimismamiento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Para lo que hemos quedado, ¿eh, Peter? Nos creíamos invencibles, cuando éramos jóvenes...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Como todo el mundo, compadre... Mal lo debe estar pasando la pobre Diana. No llevaba nada bien lo del paso del tiempo. Decía que había pasado de ser la Mujer Maravilla, a la Mujer Invisible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Es que para una mujer, y más para un bellezón como lo fue ella, la vejez tiene que ser una cosa terrible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Supongo... Pero cada cual tenemos que aguantar lo nuestro, Steve. También yo las pasé putas hace años, la última vez que conseguí ponerme el traje de Hombre Araña. Cuando me vi en el espejo, parecía un salchichón con patas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo, hace tiempo que guardé mi traje de Capitán América en lo alto de un armario. Y ahí andará, supongo que ya medio apolillado —dijo Steve.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ni aun estando retirados se permitían llorar aquellos dos superhéroes. Tal vez por eso, preferían hacer escarnio de su desgracia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Igual yo. Ningún uso le doy ya; ni para quitar el polvo a los muebles creo que serviría.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Calla, calla! —dijo Steve—. Mejor no usar nuestras reliquias para nada. Te voy a contar una cosa que me pasó. Un día, va a la pendeja de mi mujer, y no se le ocurre otra cosa que agarrar mi escudo, que lo tengo de adorno colgado en una pared, y utilizarlo como bandeja para llevar unas botellas. Y todo por hacerse la graciosa ante unos familiares que andaban de visita en casa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Total, para lo que te sirve ya...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Pero si es cónvavo, coño! Menudo desastre fue aquel, el que lío mi querida esposa; peor que el de la invasión de bahía de Cochinos. Todo lo de la bandeja lo mandó pal suelo: el ron, la hierbabuena, los vasos, los cubitos de hielo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras seguía cepillando los zapatos de su cliente y amigo, el Capitán América meneaba la cabeza como si aún no le hubiera perdonado a su mujer, por aquellos mojitos desperdiciados.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Claro, que más patético es, a mi parecer, empeñarse en negar el paso del tiempo —siguió Peter con su cuento sobre la nostalgia—, y terminar en uno de esos espectáculos decadentes de Las Vegas, al estilo de Bufalo Bill y Toro Sentado en su farsa de circo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, chico; uno ha de comer aunque le falten los dientes. Mira en Cuba, cómo andan los viejitos, vendiendo cucuruchitos de maní, o lo poco que les quede de sus pertenencias.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Porque yo —continuó Peter, a lo suyo—, ante el espejo de mi habitación me veré como un salchichón, ok, pero me dirás, qué imagen tan ridícula tendrán de ese gordinflón de Batman los espectadores de cualquiera de esos casinos de las Vegas, cuando le vean aparecer en el centro del escenario, iluminado por el cañón de luz. Más que como el Hombre Murciélago, el presentador lo debe anunciar como el Hombre Morcilla.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se moría de risa el limpiabotas, con la última ocurrencia de su camarada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Con los años te has convertido en un supervillano, Peter.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—En un cínico, sí. Porque ahora, los villanos son los héroes. Mira si no, al Joker, al que por lo visto lo pintan como a un pobre desgraciado incomprendido. Menudo cabreo debe tener el Hombre Morcilla, que ni colgado boca abajo conciliará el sueño. Al menos, como va de negro, las ojeras se le disimularán, digo yo...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No había manera de que Steve se concentrase en la tarea de sacar lustre a los zapatos: ya no estaba seguro de si al izquierdo le había dado el segundo repaso de gamuza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Me imagino el mal trago que ha pasar Diana, cuando le vea en pelotas al salir de la ducha. Claro, que eso a la Mujer Maravilla le dará igual, con tal de que su Hombre Morcilla la saque a pasear en el Morcillamóvil.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Eres terrible Peter —decía con sorna Steve—. Un auténtico malvado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los dos amigos se vieron obligados a hacer un alto en la conversación, para recomponerse de tanta carcajada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Al menos, he de agradecerle a Diana que se empeñase en que nos viniéramos a vivir a Florida. Imagínate ahora en Nueva York, con el frío que hace...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, eso sería fatal para nuestros huesos, con lo machucados que nos han quedado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Oye, Steve, ¿por qué te viniste tú a Miami?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Yo? Porque tengo a media familia por aquí, en Little Habana. A ese barrio me mudé desde el principio. Nací en la misma Habana, ¿sabías?, pero la original.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le sorprendió a Peter, aquella revelación de su amigo de toda la vida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Cómo, el Capitán América, es un cubano?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Coño¡, ¿también Cuba es parte de América, no?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Peter no pudo poner ninguna objeción al argumento de Steve.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—En realidad, me llamo Esteban, y me vine de bien chiquitico para acá, que me mandaron mis papás a estudiar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Vaya, no sabía...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Mi papá era un hombre de negocios de mucho dinero allá en Cuba; claro, que eso fue antes de la Revolución. Se empeñó en que yo me viniera a estudiar a un buen colegio de los de acá, en los Estados Unidos. Lo pasé regular, la verdad, porque mis compañeros de clase me hacían burla a cada rato, por mi acento cubano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Algunos niños son peores que cualquier supervillano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Así es. Pero tanta contrariedad me hizo fuerte, casi invencible, diría yo. Así que, cuando tuve que escoger un nombre elegí el de Capitán América, nada más que por joder: yo, un cubano, siendo el superhéroe de los gringos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Y te cambiaste el nombre, claro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Obvio. Esteban no hubiera colado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Comenzaba Esteban a dar ya las últimas trapeaditas para sacar el brillo máximo a los zapatos de Peter.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Oye, ¿sabes algo del doctor Banner? —preguntó Peter.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿De quién, de Hulk? Pues que se vino también a vivir a Miami.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿De verdad? Nunca me lo he cruzado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Te lo juro. El otro día me lo encontré en la farmacia. Había ido a comprar viagra, me dijo por lo bajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Viagra? Quién lo diría, que alguien como él terminara necesitando estímulos para agrandar su... su cuerpo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otra vez se rieron, aquellos dos superhéroes retirados.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Si lo vieras ahora... no lo reconocerías. Está de gordo... Igual de enorme que antes, cuando le tocaban los cojones, pero todo fofo y sin nada de músculo. Y arrugado, y algo chepudo. Según me comentó, ya casi no se altera por nada, como si todo le importa un carajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ya ves —dijo en tono reflexivo Peter—: con los años, o te vuelves un cascarrabias, o todo te resbala.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Así es... ¡Bueno, Hombre Araña, pues ya está!: ahí tienes tus zapatos, todo limpitos y brillantes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cierto era que los zapatos de Peter relucían, incluso más que cuando los sacó de la caja recién comprados.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Perfectos! Con este aspecto tan impecable, seguro que me consigo ese trabajo, ya verás. Dime cuánto te debo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Anda, anda, qué me vas a pagar nada!...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Que sí, hombre, que sí! Dime qué te debo, Steve.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No insistas, Peter, que yo este oficio lo tengo por entretenerme sobre todo. Algo me quedó de la herencia de mi papá, no creas. Además, más falta te hará a ti el dinero, porque si no no irías en busca de trabajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, bueno, tampoco te creas que ando descalzo: mira qué zapatos tengo. Si voy a esa entrevista, es para ver si puedo complementar la miserable pensión que nos ha quedado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Asentía Esteban ante el triste panorama económico que le exponía su amigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ni seguro médico nos pagaban los de la Marvel —comentó Steve—, según decían porque ningún seguro privado quería asegurarnos.&amp;nbsp;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Unos auténticos cabrones, sí...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y para qué puesto te vas a postular? —preguntó Steve.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—El trabajo es de altura, no te creas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí claro, de categoría, ¿no?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dudó un momento Peter Parker si decirle toda la verdad a su amigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Se trata de limpiar por fuera ventanales de edificios. Ya sabes, colgado de una cuerda desde lo alto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Cómo, tú, con 73 años, limpiando ventanas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Pues no limpias tú zapatos? Además, otro con mejor hoja de vida que yo no van a encontrar, al menos, sin ningún miedo a encaramarse a las alturas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Eso sí: un trabajo sólo para el auténtico Spider-Man.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No es para tanto, Steve, que superhéroes los hay en todas partes y a cada rato. ¡Venga, dame un abrazo de despedida!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se fundieron los dos amigos en un abrazo corto pero contundente, al estilo rudo y enérgico a como los dan los superhéroes. Luego el Hombre Araña se alejó caminando a paso decidido, repiqueteando en la acera con sus impolutos zapatos. El Capitán América lo escoltaba con la mirada, no fuera a reclamar su ayuda en cualquier momento, como en los viejos tiempos. Cuando ya por fin el Hombre Araña dobló la esquina y lo perdió de vista, el Capitán América retomó su ser, el de un viejo y esmerado limpiabotas que, a ratos, para combatir el aburrimiento, silbaba sones cubanos...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/02/superheroes.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/5268757656752962049'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/5268757656752962049'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/02/superheroes.html' title='Superhéroes'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEi0f71OquETNV35RdQ01NQ7t-N4N6x_sYpcD9O8u6CorKTRkc6Ebrlwz08SQ04NnUsSFwTNbNHS2zvkM6C84LfIkcKBl5e3gWSjgPOXX-e9O1NCmQSgfCvv5K_r2RIuuD0m322fPjPJzch-Ztl3IoVKumGR77TFyyASyg1jHMCd-YeIJvHnOw=s72-w640-h429-c" height="72" width="72"/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-36810761.post-6523590190423718755</id><published>2022-01-31T06:23:00.022+01:00</published><updated>2022-12-16T13:16:48.458+01:00</updated><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Amor y desamor"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Drama"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Favoritos"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Mejores"/><category scheme="http://www.blogger.com/atom/ns#" term="Relatos"/><title type='text'>Los cuatro nombres de Daniela</title><content type='html'>&lt;table align=&quot;center&quot; cellpadding=&quot;0&quot; cellspacing=&quot;0&quot; class=&quot;tr-caption-container&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;tbody&gt;&lt;tr&gt;&lt;td style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEiE_t1TXm1jiF0Epu10qeqFmReEHENt9ldEPVe-jqilvfNhaOd30uPKlGDj4qfC61r1FoR1o2TRGW-RXS67mqVfU4-UR2YTQj55i7p4QTmkxQSEo1sh8CKnczcOu7jq2-jzBedtcLmKByRh9P4cke77eYU5hwbhGiO7Ozj5CABzh6C3lNaP-A=s2048&quot; style=&quot;margin-left: auto; margin-right: auto;&quot;&gt;&lt;img alt=&quot;Playa de Cabo de Gata&quot; border=&quot;0&quot; data-original-height=&quot;1371&quot; data-original-width=&quot;2048&quot; height=&quot;428&quot; src=&quot;https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEiE_t1TXm1jiF0Epu10qeqFmReEHENt9ldEPVe-jqilvfNhaOd30uPKlGDj4qfC61r1FoR1o2TRGW-RXS67mqVfU4-UR2YTQj55i7p4QTmkxQSEo1sh8CKnczcOu7jq2-jzBedtcLmKByRh9P4cke77eYU5hwbhGiO7Ozj5CABzh6C3lNaP-A=w640-h428&quot; width=&quot;640&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;tr&gt;&lt;td class=&quot;tr-caption&quot; style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Foto por &lt;a href=&quot;https://www.flickr.com/photos/anarey/&quot; target=&quot;_blank&quot;&gt;Ana Rey&lt;/a&gt;&lt;/td&gt;&lt;/tr&gt;&lt;/tbody&gt;&lt;/table&gt;&lt;p&gt;Los funerales no acostumbran a ser eventos divertidos. Y digo «no acostumbran», porque quién sabe si no habrá quien aproveche, acaso en alguna cultura remota, la pérdida de un ser querido para homenajearlo con una fiesta. Lo habitual, sin embargo, es que la muerte, si es que nos toca de cerca, nos arrebate cualquier ánimo de celebración.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En particular, me gano la vida con la muerte. No es que sea yo un francotirador de los que se ponen a sueldo de cierta facción africana, de esos que aprovechan las guerras para ganar un buen montón de dólares. Pero si algo tiene en común mi trabajo con el de los mercenarios es que también he de sustraerme del duelo ajeno. Cuando a cada rato te desenvuelves en un ambiente de desgracia, por fuerza has de autoinmunizarte contra el sufrimiento. Si tras la jornada laboral me llevara la pena a casa, creo que no tardaría en volverme loco. En mi trabajo conviene ver desde cierta distancia el dolor, así como si lo contemplásemos desde la mira telescópica de un rifle. Y de igual forma, trato de sortear cualquier otro aspecto emocional, ya sea al odio, porque hay personas que irritan, pero sobre todo, al amor. Cuando se toma afecto por un cliente todo acaba complicándose...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Trabajo en Pompas Fúnebres la Esperanza, empresa dedicada, claro está, a los servicios funerarios. Mi cometido es el de organizar todo el protocolo que conlleva la despedida final de un ser querido (quien en vida no fue querido por nadie, tampoco cuenta demasiado para las funerarias). Comienza mi labor con el traslado del cadáver hasta el tanatorio, en donde me encargo de recibir a los familiares y de supervisar la tarea del tanatopractor que acondiciona al muerto, para que éste sea velado con cierta dignidad. Lo de la dignidad es un aspecto crucial en mi ámbito de negocio: cuanto más se reviste de solemnidad un funeral, más dinero gana mi empresa, y más alta es la comisión que percibo yo. A simple vista, pudiera parecer que mi trabajo carece de complejidad, pero no es fácil convencer al cliente de las ventajas que presenta un ataúd fabricado en madera de roble frente a otro de pino, teniendo en cuenta que ambos terminarán carcomidos por la humedad y el paso del tiempo. O que el fuego los consumirá de forma parecida, si la opción elegida para los restos mortales es el crematorio, en lugar de la inhumación. Para el negocio conviene más el enterramiento que la incineración, y mucho mejor si el muerto termina reposando en una tumba en propiedad, con tapa de mármol pulido, que en un triste nicho de alquiler. Aún más grandes son las ganancias si se le construye un suntuoso panteón coronado con algún ángel alado, o vete tú a saber, con qué alegórico motivo tallado en alabastro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lejos en el tiempo quedan los cortejos fúnebres en carroza ornamentada tirada por caballos negros con penacho de pluma, que se paseaban por media ciudad. Apenas quedan ya reservados para los grandes dignatarios, casi siempre hombres. En nuestros días, pareciera que la muerte diera vergüenza, y por eso tratamos de esconderla y disimularla, para desazón de negocios como en el que trabajo. Sin embargo y por fortuna, como no podemos eludir cierta inclinación al ritual, otras formas de despedida han ido apareciendo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para preparar uno de estos novedosos rituales fui reclamado por mi jefe:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sánchez, ¿conoce a una tal Sonia Sánchez García? ¿No será prima suya?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ni idea&amp;nbsp;—le respondí al jefe—. A ver si se va a creer que todos los Sánchez del planeta son primos míos. Y Sonia creo que no conozco a ninguna, y menos con mi apellido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pues a usted esa tal Sonia le debió conocer, porque en sus últimas voluntades decidió contratar nuestros servicios, dejando instrucciones claras y precisas de que fuera usted, y no otro, el encargado de ejecutar todas las órdenes que, como digo, dejó por escrito antes de morir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Repasé mentalmente de nuevo el listado de todas las Sonias que habían pasado por mi vida: en realidad, ninguna.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tome, Sánchez, aquí tiene la urna con las cenizas de esa tal Sonia. Y las instrucciones que dejó por escrito, más estos tres sobres que, cuando lea las instrucciones, comprenderá para qué son. No se le vaya a ocurrir abrirlos antes de tiempo, que no son para usted. Póngase a la tarea cuanto antes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Según lo dispuesto por la tal Sonia, debía localizar a dos personas: en concreto a dos mujeres, a las que debería entregar en mano, respectivamente, uno de los sobres. La misión no parecía demasiado complicada, pues en los sobres se detallaban los nombres, teléfonos y direcciones de las dos mujeres. Además vivían cerca, dentro de Madrid capital. La última voluntad de Sonia era que aquellas dos mujeres la acompañasen en su viaje final hasta un lugar concreto de la costa almeriense, para que arrojasen juntas sus cenizas al mar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nada de original tenía el último deseo de Sonia. Aunque está prohibido tirar las cenizas al mar, mi empresa siempre hace la vista gorda, pues a fin de cuentas no somos nosotros quienes cometemos la infracción administrativa, sino que son los allegados del muerto quienes suelen lanzar las cenizas al mar. Mi cometido, en el caso de Sonia, se limitaba a recoger a sus dos conocidas, llevarlas en coche hasta la costa, y devolverlas de nuevo a sus casas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo extraño en este caso era que la comitiva de despedida quedara reducida a tan solo dos personas. En otras ocasiones, cuando el sepelio tiene lugar fuera de Madrid, Pompas Fúnebres la Esperanza suele fletar algún autobús, o, cuanto menos, un microbus. Pero en este caso no iba a ser necesario, y, como digo, yo mismo conduciría hasta Almería, en uno de los coches de la empresa, a aquellas dos mujeres.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El tercer sobre debía ser abierto justo en el momento previo al lanzamiento de las cenizas al mar, y leída la carta que contenía. Esta indicación, en las instrucciones de Sonia, le daba, si cabe, cierto punto de misterio a la misión. Pero, sobre todo, más misterioso se me hacía el hecho de que Sonia me conociera, y de que me hubiera reservado, si no el papel de protagonista, sí el de facilitador y guía. ¿Pero quién coño había sido esa Sonia Sánchez García, y de qué me conocía?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;i&gt;Googleé&lt;/i&gt; su nombre en Internet, pero no obtuve ningún resultado que me ofreciera alguna pista: sus apellidos eran demasiado comunes, como para que pudiera encontrar la imagen de algún rostro que me resultara familiar. Seguramente debió ser alguna de las clientas que contrató nuestros servicios en el pasado, y que por lo que fuera quedara satisfecha con mi desempeño. Así que, sin más preámbulos, me dispuse a llamar por teléfono a una de las dos destinatarias que aparecían en los sobres.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para mi sorpresa, la mujer tampoco conocía de nada a la tal Sonia Sánchez. Le conté los detalles de mi misión, y quedé en llevarle el sobre más tarde, cuando le venía bien, después de su trabajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Repetí el procedimiento con la otra mujer. Esta vez no me pilló por sorpresa que tampoco conociera a ninguna Sonia Sánchez. Al revés, creo que me hubiera resultado más extraño que me hubiera dicho que eran íntimas amigas, y que se conocían de toda la vida. Me dispuse a llevarle el sobre inmediatamente, pues estaba en casa y yo no tenía otra tarea más urgente que hacer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llamé al telefonillo de un edificio de no menos de 10 pisos de altura:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Isabel? Mire, soy Juan Sánchez, de Pompas Fúnebres La Esperanza, ¿me podría abrir?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer rondaría mis cincuenta años, tal vez alguno más. Me recibió en el rellano de la escalera, sin invitarme a entrar en su casa. Allí mismo abrió la carta, y delante de mí se puso a leerla. Según avanzaba en la lectura, sus ojos se fueron humedeciendo, hasta que no pudo contener la emoción y el llanto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lucía, es Lucía quien ha escrito esta carta. Ahora me entero de que ha muerto, y de que no se llamaba Lucía, sino Sonia. Perdone, pero sus palabras me han emocionado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No se preocupe&amp;nbsp;—traté de disculparla—. Es lo normal, que uno se emocione en estos casos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Quiere pasar dentro, y tomar un café?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me disculpé con Isabel: le expliqué que aún debía visitar a otra mujer, para darle un sobre similar al suyo. Le dije el nombre de la mujer, pero tampoco le sonaba de nada. Le pregunté si estaba dispuesta a formar parte del séquito que conduciría las cenizas de Sonia, o Lucía, o como se llamara realmente, hasta el mar. Otra vez lloró.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por supuesto que sí, que la acompañaré en su último viaje, si así era su deseo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Traté de fijar un día para el viaje a Almería.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por mí mañana mismo&amp;nbsp;—me dijo—. Estoy de baja en el trabajo, así que no tengo ningún impedimento para viajar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le ofrecí mis condolencias a Isabel, y partí al segundo de mis destinos de aquel día.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hice algo de tiempo en un bar, pues aún faltaba un buen rato para la hora en que había quedado con la otra mujer. De nuevo hice una lista mental, esta vez con todas las Lucías que había conocido. Sólo se me ocurrió mi prima, y de haber fallecido me hubiera enterado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esta vez la casa a la que llamé era una vivienda baja, con la puerta de acceso a la altura de la acera. Me abrió una mujer mucho más joven, como de treinta y pico años.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Raquel? Soy Juan Sánchez, de Pompas Fúnebres la Esperanza. Hablamos por teléfono.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ah, sí! Pasa, pasa. Me pillas, que acabo de llegar del trabajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mujer me condujo hasta el salón, y me invitó a tomar asiento en el sofá. Después de encender una barrita de incienso se sentó a mi lado. La decoración de la casa era intensa en colores, sobre todo rojos y anaranjados. Un buda dorado y obeso, acomodado sobre un aparador, parecía vigilar nuestra conversación.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Quieres tomar una infusión?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, no hace falta, gracias. Así estoy bien.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le repetí a Raquel la misma historia que le había contado por teléfono, y, por último, le entregué el sobre. Se incorporó un momento del sofá y de un cajón del aparador sacó un abrecartas, como tallado en marfil, que utilizó para abrir el sobre. Antes de comenzar a leer la carta, allí sentada, a mi lado, me confesó que andaba intrigada, por quién podría ser esa Sonia que le había escrito. Luego comenzó a leerla con una inquietud que se manifestaba en unos ojos que iban y venían como a pequeños saltos, a lo largo de los renglones de la carta. No tardaron sus ojos en nublarse, de la misma forma en que lo habían hecho los de la otra mujer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Andrea ha muerto! ¡No me lo puedo creer!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Luego se deshizo en lágrimas, y, pese a mi profesionalidad, no pude evitar un amago de abrazo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿La conocía?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Claro que la conocía, si no, de qué iba a estar llorando!&amp;nbsp;—me respondió sin ningún tacto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Enseguida se disculpó, y me confesó que estaba muy nerviosa. De hecho, casi temblaba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Te importa si te doy un abrazo?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ahí estuve yo, con mi traje y corbata de la funeraria, ofreciendo, como mejor supe, todo el apoyo emocional que necesitaba en ese momento aquella mujer con aspecto de despeinada. Mientras, aproveché para hacer el enésimo repaso mental del día, a ver si en mi lista de conocidas había alguna Andrea: tampoco recordaba a ninguna mujer con ese nombre. Ahí seguí, sosteniendo el abrazo con todo mi buen hacer. Por el rabillo del ojo veía al buda, que nos observaba inmutable. Pensé que Buda habría sido un candidato ideal para trabajar en el negocio de las funerarias. Por fin aquella mujer, Raquel, se desprendió de mis brazos y me explicó:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Andrea y yo fuimos novias, ¿sabes? Hasta que de pronto, un día se marchó de esta casa sin avisar —entre frase y frase, Raquel se enjugaba los mocos sorbiéndolos hacia dentro de la nariz—. Apenas me dejó una nota y desapareció, ¿te puedes creer? Hace cuatro años que no sabía nada de ella. Y ahora me entero de que está muerta, y de que no se llamaba Andrea, sino Sonia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De nuevo Raquel irrumpió a llorar y se abrazó a mí como un koala necesitado de cariño. No era la primera vez que yo también me veía en apreturas parecidas, en las de estar necesitado de cariño: aquella joven, de largo cabello anaranjado, era tan atractiva y mullida... Como buen profesional, traté de someter cualquier sentimiento inadecuado, ya dije que al estilo impasible de un mercenario. Mientras aplacaba mis emociones, me veía reflejado, como en un espejo, en el buda calvo y pachón del aparador. Aunque a mí también me adorna una calva reluciente, mi porte es tan estirado y flaco como el de un viejo poste de telégrafos abandonado en la linde de un sembrado. Con esa imagen creo describir también mi carácter. Me parecía insólito, que tan tierno y bello animal me hubiera escogido como refugio. Pero claro, en ese momento, para hacer su nido no había encontrado ningún árbol a la vista...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para tranquilizarse, Raquel decidió encenderse un porro, del que me invitó a fumar. Rechacé con amabilidad su ofrecimiento, y la conminé a tomar una decisión, respecto al viaje a Almería. Tomó una profunda calada antes de responderme:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Mañana? Tendré que avisar en el trabajo. Pero por supuestísimo que voy a estar allí, para despedirme de Andrea. Yo la quería, ¿sabes? ¿Por qué se tuvo que ir así, sin decir casi adiós?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y comenzó a llorar de nuevo, Raquel. Me disculpé, y quedé en que pasaría sin falta a recogerla a la mañana siguiente, a primera hora.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué tal todo?&amp;nbsp;—me preguntó el jefe, cuando estuve de vuelta en el trabajo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Complicado... Bueno, más o menos. Mañana mismo viajamos a Almería.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Bien! Lo importante es cerrar este asunto cuanto antes. ¡Mañana, no se vaya a olvidar de la urna!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;¿A cuento de qué, me advertía el jefe que no me fuera al olvidar de la urna? En fin, cosas de jefes... Cogí el teléfono y marqué el número de la primera mujer que había visitado, para confirmarle la hora del viaje.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-—¿Lucía?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Quién es?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Soy Juan Sánchez, de Pompas Fúnebres la Esperanza. Estuve antes en su casa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ah sí! Pero me llamo Isabel. Lucía era... Bueno, ya sabe...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ay, sí, perdone!—con tanto nombre de mujer, me había hecho un lío—. Sí, Isabel. Le confirmo, que mañana a las 8 de la mañana paso a recogerla.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ya en mi casa, saqué otro traje del armario y lo dejé listo para el día siguiente: los efusivos abrazos de Raquel y sus lágrimas me habían desmoronado el que llevaba puesto. En cualquier caso, era preferible que me pusiera otro, pues el viaje a Almería prometía ser largo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al día siguiente, pasé primero a recoger a Isabel. Llevaba puesto un traje con chaqueta y falda a juego, en azul marengo, sobre una camisa blanca. Le abrí la puerta trasera del vehículo y pasó dentro. Entonces caí en la cuenta, no de que me había olvidado de la urna con los restos de Sonia, sino del último de los sobres. Puse el coche en dirección a las oficinas de la empresa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Usted por aquí; no debería estar ya en ruta?&amp;nbsp;—me preguntó el jefe.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Al final, una de las pasajeras me pidió algo más de tiempo, para arreglarse. Ya sabe como son las mujeres... Ahora mismo voy a buscarla.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tomé el sobre procurando que el jefe no lo advirtiera, y partí raudo a por Raquel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Perdone el retraso —me disculpé—, pero es que me olvidé del tercer sobre que dejó preparado Sonia. Bueno, Lucía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Andrea, querrás decir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, eso.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Menudo lío que me estaba suponiendo el tinglado de seudónimos que había utilizado la muerta. Le abrí la puerta del coche a Raquel, y le presenté a Isabel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Tú eres Isabel? ¡Me alegra tanto de que por fin pueda conocerte! ¡Ay, déjame que te dé un abrazo!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me senté en el asiento del conductor, expectante. Por el retrovisor, pude adivinar el desconcierto de Isabel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ay, perdona, que no me he presentado! Yo soy Raquel. Andrea me habló tantas veces de ti...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lucía&amp;nbsp;—le aclaré a Isabel—. Se refiere a Lucía. Para ella era Andrea.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ninguna de las dos mujeres parecía comprender nada. Les explique todo el enredo que había tejido con sus nombres Sonia Sánchez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Bueno, pues en marcha, que el camino es largo!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Arranqué el motor. Mis dos pasajeras parecían tan distintas... Raquel se mostraba nerviosa y locuaz. No paraba de hablar, mientras que Isabel se limitaba a escuchar y asentir. Por lo que contó Raquel, más que por lo poco que decía Isabel, pude deducir que ésta última había sido la primera novia de Sonia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pero entonces, ¿no te habló de mí?&amp;nbsp;—preguntó Raquel a Isabel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Vagamente. Un día desapareció, y ya no supe más de ella. Sólo me dejó una nota, diciendo que había sido muy feliz conmigo, pero que había conocido a otra persona. Que si no tomaba ese nuevo tren, creía que no sería feliz, y no quería que yo terminara compartiendo mis días junto a una amargada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Qué cabrona, eso nunca me lo contó! Algo parecido me hizo a mí. Un día se marchó, y hasta ahora...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras conducía, yo no podía dejar de compadecerme de aquellas dos mujeres. Especialmente de Isabel, pues su novia la había dejado por otra. ¿Habría existido una tercera mujer, después de Raquel? Supongo que no, pues de lo contrario también iría en el asiento de atrás.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por fin Raquel se calló un rato, y se quedó dormida. Por el contrario, Isabel seguía despierta, con la mirada perdida más allá de la ventanilla. Cuando a medio camino hicimos un alto en un bar de carretera, desperté a Raquel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tomen lo que quieran. Están invitadas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Isabel se pidió un café con leche y un cruasán; Raquel apenas un café solo, que se bebió de un par de sorbos largos, y enseguida salió del bar, para fumarse un cigarrillo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Nunca imaginé que Lucía me dejara por una fumadora&amp;nbsp;—me comentó Isabel, con la mirada fija en Raquel, más allá del ventanal del bar—. Detestaba el tabaco.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Me pilló por sorpresa aquel comentario, tan desgarrado como sincero. Le hubiera respondido que saltaba a la vista toda esa alegre juventud que desprendía Raquel, pero habría sido demasiado cruel mi comentario. Terminé la Coca Cola y el bocadillo de jamón que me había pedido, y regresamos al coche.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Raquel nos contó que había visitado varias veces Cabo de Gata, junto a su novia. Allí precisamente era donde ahora nos dirigíamos. También yo había vagabundeado por aquellos andurriales, pero de eso hacía mucho tiempo. Demasiados años habían pasado, aunque ahora, con las anécdotas que iba contando Raquel, se me avivaba algún que otro recuerdo. Me pareció intuir los ojos llorosos de Isabel, cuando Raquel dijo que hasta se habían bañado desnudas en el mar, Andrea y ella. Tal vez Raquel debió advertir también cierta tristeza en los ojos de su compañera de viaje, porque de repente se calló, y ya sólo se dedicó a dormitar. Isabel, que en ningún momento se durmió, parecía haberse quedado tan petrificada como un gato chino de la suerte sin pilas, con los ojos mirando al limbo del parabrisas, e indiferente al paisaje que se sucedía veloz al otro lado de la ventanilla.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué, cómo vamos?&amp;nbsp;—le pregunté.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ahí vamos...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llegamos al restaurante El Faro, en Cabo de Gata, justo a una hora propicia para comer. Yo había tomado la precaución de reservar sitio por teléfono, y de pedir que nos preparasen un arroz. Aunque el restaurante no era precisamente barato, no quise perderme tan buenas vistas del mar, aprovechando que Sonia corría con todos los gastos. Además, como había tenido a bien morirse en primavera, el clima era agradabilísimo. Hacía tiempo que me había tomado la licencia, durante el viaje, de desprenderme de la chaqueta y la corbata.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El arroz con marisco pareció restablecer no solo mi espíritu, sino también el de las dos mujeres.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Raquel —se animó a preguntar Isabel—, ¿tú también estuviste en este bar con... bueno, ya sabes?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Sí, claro, siempre que visitábamos Cabo de Gata nos pasábamos por aquí! Entonces, ella no paraba de contarme anécdotas que había vivido contigo. Te confieso que me molestaba, y yo le decía que pasara de una vez esa página de su vida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Isabel no dijo nada. Sólo esbozó una sonrisa relajada, y volteó la mirada hacia el mar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno señoras. Voy a pagar la cuenta, y vamos a lo que hemos venido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras pagar la cuenta, me acerqué al coche para recoger la urna y el tercero de los sobres. Luego nos alejamos del restaurante paseando tranquilamente, en busca de un lugar apartado y sin gente, en la orilla del mar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Les parece aquí mismo?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las dos mujeres asintieron. Procedí a desvelar el misterio que encerraba el tercero de los sobres. Lo abrí y leí en voz alta la carta que contenía:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;«Si mi última voluntad se ha cumplido, ahora tú, Juan, te estarás preguntando quién es esta Sonia que te habla desde el más allá, y que te ha traído hasta Almería para que, en compañía de Isabel y Raquel, arrojéis las cenizas de lo que fui al mar. No te preocupes, que no tardo en desvelarte el misterio. Soy Daniela, ¿aún me recuerdas? Ha pasado tanto tiempo desde nuestras andanzas....&lt;/p&gt;&lt;p&gt;»Soñábamos con recorrer el mundo, y apenas pasamos de Almería... Enseguida tú entraste a trabajar en esa funeraria. En el momento en que te vi revestido de formalidad, con tu traje y corbata, me di cuenta de que igual no estábamos tan hechos el uno para el otro, como yo pensaba. Por si no me acompañaban las dudas, tuve la suerte de que se me cruzara una mujer en el camino, Isabel, y no pude evitar el enamorarme de ella.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;»Lo sé, Juan, me esfumé de tu vida sin apenas decirte adiós ni darte razones, y de manera similar os abandoné, años después, a vosotras dos, mis queridas Isabel y Raquel. Pero es que las despedidas se me hicieron siempre insoportables, más que nada, porque siempre era yo la que me veía en la tesitura de poner punto final a cada una de nuestras respectivas relaciones. Me agarré a mi cobardía como principal excusa, y preferí seguir mi rumbo procurando no mirar atrás. Lo cierto es que jamás logré olvidaros a ninguno de los tres, pues vosotros, Juan, Isabel y Raquel, fuisteis lo mejor que me sucedió en esta vida que ya pasó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;»El único consuelo que me queda ahora, cuando sé que pronto voy a partir para no regresar jamás, es la esperanza de lograr juntaros a los tres, y que, con la excusa de mi definitivo adiós, al fin os podáis conocer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;»Os doy las gracias por todos esos buenos momentos que me regalasteis. Un abrazo, de vuestra Sonia, la que bien amasteis como Daniela, Lucía y Andrea».&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras leer la carta, todos los recuerdos que compartí con Daniela vinieron a doblegarme, con el ímpetu de una ola gigante que, desde el mar, se hubiera alzado para golpearme. No me lo podía creer, que se despertasen con tal virulencia las emociones que experimenté hacía más de 30 años. Ahora tenía todas las respuestas a un montón de preguntas que, como muebles viejos, hacía mucho tiempo que había arrinconado en mi memoria. Me eché a llorar, y presto acudieron Isabel y Raquel a rescatarme. En realidad, nos rescatamos los tres, en una especie de abrazo comunal y prolongado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Supongo que era comprensible, que por una vez, en mi larga trayectoria laboral, hubiera perdido la compostura que se me exige.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sin consultar a mi dos acompañantes, destapé la urna y vertí las cenizas en el mar. Aquella agresión al ecosistema fue como una liberación para los tres, una catarsis purificadora que terminó entre risas y algún grito lanzado al viento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Luego nos sentamos en la misma orilla, a esperar la puesta de sol. Estuvimos compartiendo alguna que otra anécdota acerca de nuestras vidas junto a Sonia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Isabel se sinceró por fin, y nos confesó que tras la marcha de su querida Lucía entró en una fuerte depresión. Admitió que desde entonces la acompañaban episodios de melancolía intermitentes, y que incluso su actual baja laboral era debida a uno de esos baches emocionales. Al final resultó, que si bien su Lucía le evitó de compartir los días junto a una amargada, no consiguió librarla de un eterno estado de inapetencia por la vida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Según fue avanzando la tarde, la sensación de pesadumbre se disipó en parte.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—A veces, cuando discutíamos, me hablaba de ti, Juan —contó Isabel—. Decía que los hombres erais más tranquilos. Sobre todo tú; le ponía un poco de los nervios, que fueras tan inalterable.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—A mí me decía —comentó Raquel—, que de no haberte conocido seguramente no se hubiera dado cuenta tan pronto de que en realidad le tiraban más las mujeres. Pero no se lo tomes en cuenta; en cuanto le pegaba una calada a un porro, solo decía chorradas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Ah, pero fumaba? —quiso saber Isabel.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Na, solo alguna que otra calada de vez en cuando, de marihuana, y tras insistirle mucho.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Raquel nos mostró, en el móvil, algunas fotos que había subido a Facebook hacía años, en las que posaba feliz junto a su Andrea. Me sonaba que yo también tenía alguna escondida por alguna carpeta del móvil.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Qué jóvenes se os ve! —comentó Raquel—. Y tú, aún tenías pelo. ¡Vaya greñas!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se me ocurrió, que igual a Daniela le entró un bajón cuando empecé a quedarme calvo, y que por eso decidió buscarse a alguien con más pelo. Aquel pensamiento, aparentemente absurdo, tenía cierta lógica, pues la cabellera de la última de sus novias era la más abundante.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El viento racheado nos ofrecía el inconfundible olor a mar, y alborotaba, más si cabe, aquella melena desenfadada de Raquel, sin que a ella le preocupase en lo más mínimo. Sin embargo, Isabel se azoraba por recomponer su pelo corto y entrecano. A mi calva, los enredos del viento le resultaban indiferentes...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Allí estuvimos, hasta que el sol nos regaló su anaranjado atardecer...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Bueno, pues misión cumplida —dije al fin—. Creo que va siendo hora de emprender el camino de vuelta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Durante el camino de regreso, nadie habló. Por el espejo retrovisor, podía ver a las dos mujeres, la cabeza de Raquel recostada en el regazo de Isabel, y la mano de ésta surcando a través del cabello revuelto de la otra. Me preguntaba, como tantos días, sobre qué regazo me recostaría yo, al terminar mi larga jornada laboral...&lt;/p&gt;</content><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/01/los-cuatro-nombres-de-daniela.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6523590190423718755'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/36810761/posts/default/6523590190423718755'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://www.veteporlasombra.es/2022/01/los-cuatro-nombres-de-daniela.html' title='Los cuatro nombres de Daniela'/><author><name>miguel ángel salinas gilabert</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02548835410959149693</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhQvvk-7YV1my57sV-bFkwM1DzpBQA7RjYVjDybRHcCYRyjtyp_fB0DJd32cQbR_M9DNmNkqshBdoWGtsEcKwrDkfJIgSDhjB1b7wM6Ecx_E_ihslet8QSXzZgfclUlxQ/s113/vpls-medio.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" url="https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEiE_t1TXm1jiF0Epu10qeqFmReEHENt9ldEPVe-jqilvfNhaOd30uPKlGDj4qfC61r1FoR1o2TRGW-RXS67mqVfU4-UR2YTQj55i7p4QTmkxQSEo1sh8CKnczcOu7jq2-jzBedtcLmKByRh9P4cke77eYU5hwbhGiO7Ozj5CABzh6C3lNaP-A=s72-w640-h428-c" height="72" width="72"/><thr:total>4</thr:total></entry></feed>