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	<title>Adrián Fares &#124; Universos Literarios</title>
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	<description>Novelas, relatos, poesía, ensayos y microficciones que exploran el terror psicológico, el horror tecnológico y fantástico, la ciencia ficción emocional y los laberintos humanos. Por Adrián Fares, escritor y cineasta argentino.</description>
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		<title>El animal sumergido. Versión reescrita y corregida (2026)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 02 May 2026 09:45:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[cuento breve]]></category>
		<category><![CDATA[cuento psicológico]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[El Área de Observación Submarina es un pasillo largo y serpenteante que corre bajo el peso del estadio del parque marino. La luz azulada del tanque se proyecta en el suelo, dibujando tentáculos de luz que oscilan al ritmo del agua. Lucas está parado con los brazos cruzados frente al vidrio acrílico. A su lado, [&#8230;]]]></description>
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<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El Área de Observación Submarina es un pasillo largo y serpenteante que corre bajo el peso del estadio del parque marino. La luz azulada del tanque se proyecta en el suelo, dibujando tentáculos de luz que oscilan al ritmo del agua. Lucas está parado con los brazos cruzados frente al vidrio acrílico. A su lado, Mora lo mira con la misma admiración con que mira a Juana, la orca. Sabe que su hija no entiende del todo cuál es su trabajo, pero se da cuenta de que los desconocidos lo miran con curiosidad cuando él dice que es perito psicológico de animales en cautiverio. Mora les explica, con una seriedad que le parte el alma, que su papá escucha lo que les pasa y después lo cuenta por ellos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando la sombra gigante se acerca, Mora despega el dedo índice del vidrio y retrocede. Gira la cabeza para ofrecerle a él una mirada temerosa. Lucas sería capaz de tragarse toda el agua de ese tanque por esa mirada.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Una empleada aparece, agarra a Mora de la mano y se la lleva a recorrer el parque.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ahora está solo con Juana.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La orca flota suspendida como por hilos transparentes. Lucas repasa mentalmente la ficha técnica que lo había traído hasta ahí. Juana: doce años. Seis metros de longitud. Cuatro toneladas de músculo y silencio. Negra. Correosa, maciza, reluciente. El ojo es apenas una hendidura oscura, una aceituna negra que se contrae con una lentitud de siglos. A su edad, cualquier otra orca nacida en cautiverio ya tendría la aleta dorsal caída y el esmalte de los dientes reducido a nada por la ansiedad del encierro. Juana tenía dientes impolutos. Lo que da ese aspecto casi inocente en las orcas son precisamente esos dientes que las humanizan. Los mismos que había usado para borrar a una persona del mundo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Tenía que descubrir por qué.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Había ido a la casa de los padres de la joven fallecida. Era soltera, sin hijos, egresada de varias carreras: artes circenses, arreglos florales, cerámica, fotografía, administración hotelera, turismo, y finalmente la escuela de entrenamiento de mamíferos marinos. Había nacido ciega de un ojo. La madre dijo que siempre la trataron como si tuviera los dos sanos. Hacía diez años que no tenía novio. Ella decía que con el último habían terminado de común acuerdo, pero en realidad él se había alejado. <em>Era un buen muchacho</em>, fueron las últimas palabras de la madre, antes de largarse a llorar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En unas horas tenía que dejar a Mora en la casa de su exesposa. Nunca imaginó que Valeria, que había insistido tanto en conquistarlo, se iría de un día para el otro. En las últimas noches hasta el fuego del resentimiento se había apagado. Ella decía <em>no pasa nada</em> con la mandíbula apretada, y él respondía <em>como quieras</em> y se encerraba en su silencio.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucas se quedaba sentado en la cocina, escuchando el zumbido de la heladera, repleta de imanes de animales, mientras Valeria fumaba en el balcón. Las estocadas mutuas que al principio delimitaron el terreno fértil de su relación, esos retazos del pasado lanzados para despertar celos (él mencionando a una ex, ella contando algo de un viaje con otro), se habían convertido en puñaladas de indiferencia que la habían desangrado.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Antes, la ley del hielo, el retiro gradual del cariño, el sarcasmo disfrazado de broma. La presión acumulándose sin salida directa. Hasta que uno de los dos estallaba. Sillas. Insultos. Portazos. Y después la nada. La nada que pesaba y se acumulaba y se desbordaba. Ahora Lucas la arrastraba por toda la ciudad. Nada por aquí, nada por allá. Su nada reflejada en el ir y venir de otras parejas; auscultada por amigos, predicha, aconsejada.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Juana daba vueltas y vueltas en su tanque.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">De chico se la pasaba mirando un libro de Cousteau con papel fotográfico. Los animales marinos eran sus preferidos: seres que en otras culturas habían sido sirenas, krakenes, leviatanes. Cuando trabajaba con ellos sentía que lo invitaban, con todo pago, al palacio submarino de coral del Rey Dragón Ryujin, el dios del mar en la mitología japonesa. Volvía a ser el chico que pasaba las páginas en un dormitorio difuminado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Le parecía raro que cuando era niño no sabía lo que era la paz. No era necesario saberlo. Recién con el correr de los años la había necesitado y descubierto. Tal vez después de que la vida se convirtiera en una lucha por encontrar el amor verdadero. La paz llegaba cuando conocía a una mujer que se la hacía sentir. Con esa mujer se quedaba, extasiado, enternecido. Pero enseguida comenzaba otra búsqueda. La de pureza. El niño solitario que había sido buscaba personas iguales a él. Alguien que no se hubiera entregado fácilmente al mundo. Una pureza que tenía la lógica de un niño triste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La búsqueda de pureza lo había llevado primero a la psicología humana y después a la de los animales. Al principio, era capaz de mirar si las pupilas de Valeria se dilataban cuando le preguntaba algo importante sobre su pasado para investigar si existía esa pureza que siempre se le escapaba. Buscaba influencias negativas, contaminaciones de la sociedad o de algún exnovio que hacían que ella no fuera ella sino otra. Y si ella era otra, él podía ser muchos. Y él quería ser único. Él había sido único, diferente, y eso había dolido. Cuando no encontraba el reflejo de su soledad llegaban las punzadas en el pecho. El asco. La falta de comunicación. El bicho de caracol molestado que se metía adentro.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Con los animales era distinto. No había tanto que indagar. Comprendía tanto a un pitbull adorable convertido en una bestia desenfrenada con la boca cubierta de sangre que había sido capaz de arrancar el antebrazo de su dueño como a un chimpancé cariñoso que de repente desfiguraba la cara de su cuidador. En esos casos él aparecía, evaluaba la causa del quiebre y contaba una historia. Lo que lo había llevado a ese trabajo era exactamente eso: la posibilidad de fijar un relato simple sin la ambigüedad que lo paralizaba en todo lo demás.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Sin embargo, el caso de Juana era complejo.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lo que más le sorprendía era que las medidas reglamentarias del tanque no se hubieran respetado. Un entrenador anterior la había sobreexigido. No la premiaba por las piruetas simples y le demandaba saltos imposibles. Por otro lado, el gerente aseguraba que los tiempos se cumplían, que Juana era excepcionalmente inteligente. Decía que tenía una memoria superior a la de otras orcas. En los atardeceres jugaba con los perros del parque asignándole a cada uno la misma pelota: al dogo la roja, al mestizo la azul, a la ovejera la naranja. También era sinéstata: si un entrenador le mostraba el número siete, se sumergía y tocaba en el piso del piletón una lámina naranja; el diez, una azul; el tres, una verde.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Había varias explicaciones para el ataque. Estrés crónico. El tanque era demasiado pequeño, lo que le provocó frustración por privación sensorial y una psicosis por confinamiento. La única estereotipia de Juana que delataba este primer relato era que flotaba inerte a veces. Otra mirada: Juana era demasiado inteligente, algo que la convertía en más sensible para el encierro. Y por último se podría decir que tenía una predisposición genética que ningún entorno hubiera podido corregir (Juana era de un ecotipo activo, acostumbrado a nadar 140 kilómetros diarios y vivir en una estructura social compleja; por lo tanto, más vulnerable al estrés extremo). Cualquiera de esas historias era verdadera. Cualquiera era defendible.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Una orca era megafauna. Millones en investigación, en imagen del parque, en los años de entrenamiento. En el fondo, su trabajo era un trámite más de una ley que querían vetar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Las orcas en cautiverio no podían ser liberadas en el océano porque morían por la falta de habilidad en la caza. Además, nadie libera a una orca que probó sangre humana. Las veces que ocurrió un accidente así, nunca lo habían hecho. La otra opción, la que él prefería (hasta que los santuarios marinos fueran una realidad), era que la dejaran en su tanque, aislada. La tercera, la única tal vez, era el traslado, que Juana se convirtiera en una nueva, mortífera atracción.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Desde hacía cinco años operaba en la Patagonia un parque privado, financiado por una empresa llamada Riviera, al que algunos llamaban segunda oportunidad y otros, directamente, turismo negro.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El público, compuesto de morbosos irrecuperables, podía ver a animales peligrosos de manera segura, pero también el emprendimiento era tecnológico. Animales robóticos los acompañaban en sus hábitats y copiaban los movimientos y reacciones de los originales. La idea parecía razonable. Los animales salvajes, y algunos domésticos, serían reemplazados por clones robóticos. El pitbull que mordió estaba en ese parque. El chimpancé también. Los robots estresaban a los animales. Pero todos los que estaban ahí habían atacado antes a los humanos. Los jueces pensaban que se lo merecían.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Sabía que, dijera lo que dijera, Juana terminaría en Riviera. El informe no decidiría nada. Era un resabio burocrático, una historia más para justificar lo inevitable. Entonces lo importante no era el destino de la orca, sino otra cosa. La historia que iba a contar. La que más se acercara a esa aproximación a la realidad que llamamos verdad.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Siente que le tiran de la manga. Los reflejos ondulantes del agua acarician la frente de su hija.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">—¿Dónde está, papá?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">—En la otra punta de la pileta. Al final del pasillo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mora sale corriendo por el pasillo gris.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Aparece la terapeuta holística, una de las precursoras en el uso de esta práctica con animales. Saluda a Lucas, camina hasta el fondo del pasillo, besa a la niña. La alza y la deja a la altura de la flotante Juana. Mora grita, no se sabe si de alegría o de terror. Con los compases de <em>La belle Hélène</em> de Offenbach inundando el parque desde los parlantes del subsuelo, la terapeuta posa las palmas sobre el vidrio como si empujara un camión, pero sin esfuerzo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La orca se aleja, pega un salto en la mitad del tanque que rompe el agua y deja entrar un rayo de sol, y luego nada velozmente hacia Lucas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mora lo llama. Él camina por el pasillo hasta la otra punta del mirador. La bestia negra vuelve y cruza lento frente al vidrio, pasando entera bajo las palmas de la terapeuta, como si necesitara una caricia.&nbsp; Después gira y queda flotando inerte; su cabeza apuntando al pasillo. Su hija se adelanta y, estirando los brazos, posa las palmas contra el vidrio como si fueran ventosas. Pega una mejilla. Cierra y aprieta los ojos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucas la mira desde atrás. Mora no sabe nada de la entrenadora muerta, ni de lo que él va a escribir en el informe, ni de por qué su padre está ahí parado con los brazos cruzados mirándola pegar la mejilla al vidrio. Solo sabe que del otro lado hay un animal enorme y oscuro. Y siente la energía de algo que es incapaz de traicionar a su propia naturaleza.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Piensa que su hija nunca volverá a estar tan protegida en su vida como en ese momento. No se mueve. Se pasa la lengua por los dientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">por Adrián Fares</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias por llegar hasta acá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pueden leer la versión en inglés de este cuento en Substack: <a href="https://adrianfares.substack.com" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adrianfares.substack.com</a></p>
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		<title>La última exposición</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Apr 2026 08:05:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[Tres guardias de museo siguen abriendo las puertas en una ciudad devastada por la guerra civil. Un relato oscuro sobre arte, locura y lo que queda cuando todo se derrumba.]]></description>
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<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Nos quedamos con el centro de exposiciones. No lo íbamos a cerrar. Nos arreglamos con los chicos para armar una cooperativa.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Se debe aguzar la vista para ver la muestra. Cuando no funciona el generador, todo queda en penumbras. La guerra civil se llevó muchas cosas. Entre ellas, la luz. Por los agujeros de los cristales rotos del domo aún se cuela algo de claridad.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lo último que se presentó en el museo es la exposición coreana. Un Cristo rojo, enorme, cuelga de unos alambres en la entrada. Las paredes están llenas de cuadros con dibujos tipo manga, y en el centro hay un toro blanco con un cuerno rosado de unicornio.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Una mujer entra con su hijo y lo persigue hasta el toro, donde el nene se pone a tocarle las bolas. Me acerco.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">–Eso no se hace.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Y miro a la madre con reprobación. Los salvajes son capaces de cualquier cosa. Dice mucho de ellos que se animen a entrar al salón de exposiciones.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No pudimos conservar la fachada. Omar, el albañil, hizo lo que pudo, ni mucho ni poco, pero sigue repleta de pintadas y quemada. Algunos piensan que el centro de exposiciones está cerrado, que nunca volvió a abrir. Pero aquí estamos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estefanía está en la otra punta, con el pelo teñido de azul. Mira su celular, no le gusta que vengan chicos. Levanto el comunicador.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">–Hermosa, este pendejo es un peligro.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Roberto, asomado desde el pasillo que rodea la sala en el primer piso, me mira. Ya está al tanto.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El niño no está abajo; se habrá ido corriendo por las escaleras. Que no se detenga ante la puerta cerrada con doble cerrojo. Tampoco me agrada que ande toqueteando las esculturas de papel y las de tela. Hay unas cuantas arriba.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">–Que no se acerque a la puerta– le digo a Roberto.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pero todo bien, el nene ya se aburrió, está bajando las escaleras para reencontrarse con su madre y salir afuera donde un hombre la espera. Parece un pordiosero, pero debe ser su pareja.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Nosotros que ponemos tanto empeño en que nuestra ropa de trabajo esté limpia. Mi camisa del día anterior y los pantalones negros están colgando en el patiecito. Estefanía a veces me ayuda a lavar la ropa. Pero sabe que me gusta lavar en soledad sus bombachas caladas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Es la hora de cierre, así que nos vamos al bar. Lleno de camioneros adormilados en los bancos que están contra la pared. En la barra, unas adolescentes se embadurnan la cara con una crema que el dueño del local les exprime desde un pene de plástico enorme, también repleto de vodka. Luego el dueño vierte un poco de whisky, tequila y ron en la boca abierta de un gordito de unos treinta años que está sentado a la barra, le toma la cabeza con las dos manos y la agita como si fuera una coctelera. Después, el gordito, con las mejillas rosadas, se da vuelta y le mete la lengua hasta la garganta a una de las adolescentes con la cara llena de crema.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Con Estefanía y Roberto nos pedimos whisky y lo tomamos a la antigua, sin mucha floritura. Es mejor estar borracho en el bar, porque si entran los encapuchados y sus ametralladoras, es el fin. Y queremos un fin alegre.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No entiendo cómo estas viejas terminaron juntando armas en su casa y salieron a matar a la gente. Hace dos semanas vi cómo un encapuchado mataba a un chico que tocaba la guitarra en la calle. Al sacarse la capucha era una de estas viejas pintarrajeadas. Debía tener unos setenta años.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Borrachos, volvemos al centro de exposiciones. Entramos por la puerta trasera, como siempre a esta hora, y subimos por las escaleras hasta el primer piso. Abrimos el doble cerrojo, subimos por la escalerita hasta la puerta antigua de madera. Estefanía manotea el picaporte y la abre.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Adentro, la mujer palpa un maniquí con pies de rana que los curadores habían desechado en una de las últimas muestras. El que decía “Segunda Mención: Escultura”. Como Estefanía ayer le arrancó los ojos, la mujer ni sabe lo que hace. Nos sentamos en las tres sillas para ver el espectáculo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La mujer se cae, se levanta, mete la cabeza en una de las axilas del maniquí, se orina. No puede gritar porque Roberto le hizo tragar un pañuelo de tela lleno de mocos y le precintó la boca con cinta de embalaje.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Los ojos de Estefanía brillan porque la mujer trata de tomar la mano del maniquí. Como si fuera una persona que pudiera dar un paso hacia la puerta y sacarla de ese lugar. Pero es demasiado tarde. Pronto va a estar en la bañera.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La bañera formaba parte de una instalación de Nuevo Arte Ecuatoriano. Encantaba a los visitantes porque, cuando se acercaban, en vez de encontrar un patito de juguete flotando, descubrían unos peces abisales horripilantes. La artista no se la pudo llevar; la desecharon. Cuando todo estalló, me la quise llevar a mi casa, pero Omar, Roberto y Estefanía no me dejaron. La subimos al cuartito.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estefanía está atenta porque la mujer va a meter las manos en cualquier momento en la bañera. Lo hace y empieza a salir humo. La soda cáustica que Roberto usa para hacer desaparecer los cuerpos le está quemando la mano. Trata de gritar, pero no puede. Estefanía saca una pistola y la remata. Roberto la tira en la bañera. Va a calcinarse lentamente y Estefanía va a usar sus dientes, sus cartílagos, lo que reste, para las creaciones que acumula en el cuarto.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ella casi siempre atrapa chicas. Se acerca mientras miran al toro con el cuerno de unicornio y las duerme con un pañuelo embebido en no sé qué sustancia.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Yo soy más directo y, cuando una chica me hace acordar de una compañera del colegio —de las que me gustaban y me cargaban—, uso la pistola con un dardo tranquilizante.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Después se la entrego a Estefanía para que la intervenga a gusto. Nuestra forma de arte es colaborativa, pero Estefanía no lo quiere aceptar. Roberto, por ejemplo, se encarga de conseguir a chicos barbudos y de pelo largo, de esos que seguro matarían los encapuchados, las viejas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El trabajo era tan aburrido antes de la guerra. Estábamos toda la tarde ahí, resguardando las obras de los visitantes.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estefanía, que dice que ahí me empecé a volver loco, ni tenía el pelo azul entonces, porque estaba prohibido. Pero después del quilombo las cosas cambiaron. Mantuvimos el lugar. Se nos ocurrió cobrar una entrada; para eso está Omar, el albañil. Hay muchos que todavía quieren ver la última exposición de Buenos Aires. Creo que la mayoría son fanáticos del manga y esas cosas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Nos quedamos dormidos en la alfombra con la cabeza de tigre. Nos gusta dormir ahí. Estefanía está cerca, su pecho se infla y desinfla como un fuelle nuevo, Roberto ronca como siempre y a mí me viene el sueño.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Al otro día me levanto y hablo con Estefanía. Le digo que pronto su colección de arte va a superar a la coreana que está abierta al público. Que elijamos bien a la última víctima.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pero ella dice que no son víctimas. Que son maniquíes. Que perdí la cabeza cuando las viejas mataron a mi familia. Para ella tengo paranoia y me invento esas historias de crímenes. Me deja claro que ella no es una asesina, es una artista. Me agradece por cuidar de sus creaciones.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Le digo que no nos olvidemos de poner el candado, que no quiero que cualquiera que entre a la sala se meta a ver el cuarto donde ella está creando maravillas. Pero para ella la puerta no tiene candado. En la bañera sólo derrite plástico para reciclarlo y mezcla pintura. Me dice que yo nunca maté nadie. Que no siga diciendo pavadas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Roberto me trae un vaso con la medicación. Me la hacen tomar. Les digo que esas pastillas también formaban parte de una muestra, que son un placebo, unas pastillas de mentira que no tienen nada. Pero ellos dicen que si no fuera por los medicamentos tal vez ya hubiera cometido una locura, como los encapuchados.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">–¿Querés convertirte en un encapuchado?–corean.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ya saben la respuesta. Tomo la medicación. Y, de premio, Estefanía me deja lavar su bombacha calada.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mientras lavo, sé que Omar está en la boletería, con esos folletos raídos, para cobrar la entrada que nos permite seguir yendo a ese bar de mala muerte y recargar cada tanto el generador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">por Adrián Fares</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias por llegar hasta acá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pueden leer la versión en inglés de este cuento en Substack: <a href="https://adrianfares.substack.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adrianfares.substack.com</a></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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			<media:title type="html">Imagen Arte Cuento La última Exposición de Adrián Fares</media:title>
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			<media:title type="html">adriangas</media:title>
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		<title>El proyecto de su vida</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 11 Mar 2026 10:01:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[adrian gaston fares]]></category>
		<category><![CDATA[comedia]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[niña disfrazada de zombie]]></category>
		<category><![CDATA[padre e hija]]></category>
		<category><![CDATA[zombi]]></category>
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					<description><![CDATA[Una hija "zombi" que dice lo que nadie más se anima a decir.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">“Nada mejor que una sala con olor a café quemado y alfombras viejas para un Mercado de Cine”, piensa Mario. Es un hombre de unos cuarenta y pico con la barba rala y descuidada. Usa pantalón de jean y una camisa negra, con las mangas arremangadas. Lucía, la hija que tuvo con una expareja hace doce años, está sentada a su lado en un banco largo de acero cerca de dos ascensores.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ella, delgada, mira hacia el techo, con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos entrecerrados. Está disfrazada con un vestido estilo victoriano grisáceo y raído, y maquillada de un tono ceniciento, con ojeras moradas que resaltan sus ojos cubiertos por lentes de contacto blancos. En el lado izquierdo de la cara, un parche de látex translúcido simula carne ausente: deja entrever la piel rosada y viva debajo, como si el hueso de la mejilla la empujara. Unos dientes postizos asoman entre las grietas del látex. Parece un zombi cansado del mundo, un fantasma atrapado en un cuerpo que sigue respirando.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Delante de ellos cruzan la sala varias personas con credenciales colgando del cuello. Mario esconde la suya bajo la camisa, que le queda un poco grande. Mira las mesas redondas altas con taburetes que hay en un sector de la sala. Hay reuniones de dos o tres personas. Él no tiene ninguna reunión. No queda mucho tiempo para encontrar un inversor para su película.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Es de terror, por supuesto. Pero si le preguntan, él diría que no es una película de terror como las demás. Los pocos que leyeron el guion opinaron que desbordaba el género y se acercaba al cine de autor en su forma más visceral. Había visto tanto cine, de todos los géneros y países, que eso se notaba.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lleva en el bolsillo de la camisa un papel con la cifra exacta del presupuesto en dólares, para no olvidarla. Es pésimo con los números. Fue asistente de dirección durante muchos años, pero lo dejó para dedicarse a su proyecto. Noches enteras escribiendo el guion hasta que los ojos le picaban. Las películas en las que trabajó como asistente de dirección eran bastante malas. La suya es el proyecto de su vida. Sacrificó casi todo por eso. Sus relaciones amorosas, sobre todo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucía está tan aburrida que, en protesta, cierra los ojos, como si estuviera más muerta de lo que parece. Esconde sus manos entre las piernas para ocultar las prótesis de uñas largas y sucias. Las mangas cortas y acampanadas del vestido dejan ver sus brazos flacos manchados de sangre, una mezcla de glicerina y colorante rojo que ella misma preparó. El parche de la mejilla le tira la piel; cada vez que respira siente que su piel se le abre de verdad.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Molesta, abre los ojos. Escucha pasos apresurados. «Es ese actor tan conocido. Por lo menos en el ambiente del terror pedorro», le dice su padre, dándole un codazo. Ella ni abre la boca. “Y esos dos son productores. Hicieron una pasable. Vamos”. Mario la toma del brazo y la lleva hasta el medio del salón.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Se para frente a los productores. Habla rápido sobre su proyecto y señala a su hija para que aprecien la caracterización. Uno de los productores, alto y fornido, con campera de jean, se suelta la colita; el pelo castaño teñido le cae hasta los hombros antes de atárselo otra vez, más tirante. El otro, de traje, rechoncho y bajo, frunce los labios y se rasca la barba del cuello como si le picara. Mario eleva la voz.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">“Un zombi fantasma. No es ni la típica fantasma gótica, ni el muerto come cerebros. Está viva, pero parece un espectro.”</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El productor que no se quita las manos de la barba sonríe de costado y dice: «High concept».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El de la colita se agacha un poco y levanta los puños para que Lucía los choque. Ella, muy en su papel, inclina la cabeza de a tercios, como si tuviera un mecanismo defectuoso en el cuello, y lo mira con la frente contraída, rechazando ese gesto amistoso. Luego los productores se van. Mario baja los hombros.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Vuelven a sentarse en el banco. Lucía cierra los ojos. Los lentes de contacto le dan la sensación de que sus ojos se están pudriendo debajo de sus párpados. Dos mujeres, una con anteojos de carey y la otra con una tablet en la mano de la que no saca la mirada, caminan hacia los ascensores. Mario le da a Lucía un golpecito en la espalda para que levante el cuerpo y les dirija una mirada aterradora. Las mujeres se detienen delante de un ascensor. Para ellas, Lucía, acorde a su personaje, parece no existir.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Una camarera ofrece café. Lucía no quiere. «Es una niña», dice Mario. «Los niños no toman café solo». Mario le promete comprarle un Frapuccino Caramel tamaño Venti en el Starbucks de la vuelta del predio.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Un tipo alto, con un reloj dorado, viene caminando por el pasillo, moviendo los brazos ampliamente, como si el lugar fuera suyo. Mario le da un golpecito en la nuca a Lucía. “El presidente del instituto. Es un pelotuuudo”. Mario levanta la cabeza y la baja lentamente, como si le ofreciera al tal presidente una reverencia japonesa. El hombre les sonríe. Lucía mira a su padre con sus ojos blancos, que parecen más grandes, y habla susurrando.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«No vas a conseguir nada con esto”.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¿Vos qué sabés de marketing?»</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Vos tampoco sabés nada, papá».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Tenemos que captar su atención».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Estás loco. Mamá siempre decía eso&#8230; y tenía razón».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mario está confundido.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Yo no me crié como vos en una cuna de oro».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«En un ataúd de oro, podrías decir».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Solo tuve dos juguetes en mi vida. Uno estaba roto. Vos tenés un iPad».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Uno viejo».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Cerrá la boca, por Dios. Te pagué un buen colegio».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Pero ahora voy a uno barato».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mario cierra los ojos, afligido.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Es solo por un tiempo. En cuanto salga adelante con este proyecto, vas a ir a uno mejor. Lo tengo todo planificado. Por ahora, apreciá lo que tenés”.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucía aprieta los dientes y le clava la mirada.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¿Preferís volver a vivir con tu madre?»</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucía entrecierra los ojos y frunce la frente.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¡Violento!»</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">&nbsp;«¿Qué?»&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Ella dice que sos violento. Pasivo-agresivo».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mario baja los ojos.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Los lentes de contacto de Lucía se humedecen. La luz forma un arcoíris en sus ojos blancos. Mario la mira.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¿Estás cómoda con esos lentes?»</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucía vuelve a entrecerrar los ojos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Sos tan egoísta».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Poné cara de mala, como si estuvieras resentida. Viene el productor de <em>La casa que nadie quiere comprar</em>»&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¡No! No soy un payaso».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Entonces olvidate del frapuchino. Sos un zombi, no un payaso trillado. ¿Ves esa serie vieja todos los días y no sabés cómo se ve un zombi?»&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«La serie no es solo sobre zombis.»&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Tampoco mi película. Sos el fantasma de un zombi».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Bueno, alguien te está mirando, Sr. Marketing».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Una mujer morena, de veintitantos, pelo castaño ondulado y ojos grandes y claros, y un treintañero de mandíbula cuadrada, traje y boina, miran de reojo a Mario, que se pone colorado y contiene la respiración. Mira al frente; las imágenes que ve no pertenecen al presente. Suspira. Lucía niega con la cabeza.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¿Estás llorando por esa trola?»&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Éramos como una familia otra vez, Lucía. Era mi compañera. Trabajábamos juntos. Veíamos películas juntos y después las discutíamos. No sabés qué lindo que era».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Sí, también dormías con ella. Se duchaban juntos. ¿Y qué? Ella no era lo que vos pensabas».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¿Qué sabés vos de eso?».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Fui a terapia, ¿no te acordás? Al principio yo también la extrañaba. Pero era demasiado joven para vos, papá».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¿La extrañabas?».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Antes. Ya no».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucía levanta la cabeza y mira más allá de un grupo de hombres de traje, con vasitos de plástico humeantes en la mano. Parece tener clavada la mirada en el río al que da el ventanal. Ni el padre ni la hija están en el lugar en el que parecen estar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Pero ella no es lo que creés. Vos ponías las películas. Si fuera por ella no miraba nada. Lo que te gustaba tanto de ella sos vos mismo. Eras vos solo en esa relación, papá».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">“¿Eso te lo hizo ver el terapeuta?»</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">&nbsp;«Es lo mismo. Yo también lo pensé».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mario inspira y saca pecho.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Esperame».&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¡Papá!»</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mario se levanta y camina hacia la mujer morena y el treintañero de boina. Lucía observa con los ojos blancos tan abiertos como puede.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mario le grita algo a la joven morena. Lucía escucha:</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">“No tenés corazón. Todo por este impresentable. No ves que está disfrazado de director de cine.”</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El hombre de boina empuja a Mario. Mario levanta el puño. El hombre le pega una trompada. Mario se le arroja a la cintura y lo derriba. Ruedan por el piso, intentando golpearse. Dos empleados los separan. A Mario le sangra la nariz.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucía no sabe qué hacer. El hombre levanta los puños y mueve la cabeza como si fuera un péndulo. Mario lo señala con el dedo. Los dos productores, el de colita y el de barba, aparecen y avanzan hacia Mario, con caras amenazantes y las manos en alto. Lucía corre y se interpone entre Mario y los tres hombres. Baja la cabeza. El pelo le cubre la cara. Entre los mechones, sus ojos blancos parecen amenazantes.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¡No huyan más de mí! Ustedes, que creen que estamos muertas. No somos zombis, humanos bobos, vinimos de otro planeta, uno mejor que este, y nacimos así. Entre nosotras somos todas hermosas, pero en la Tierra, este lugar espantoso, nos ven con esos ojos podridos que tienen y nos quieren cortar la cabeza. Se pudren día a día. No son como nosotras que estamos siempre igual. Cuando los miramos, nuestro tiempo corre como cuando adelantan sus estúpidas películas con el control remoto, y se transforman en muñecos de cera derritiéndose al sol».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lucía gira la cabeza de golpe y mira a la mujer morena de ojos claros, que está parada con los brazos en jarra a un costado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Nuestra cabeza está llena de atardeceres luminosos, de praderas de hielo y lagos de color púrpura. Creyeron que era la muerta de la casa, un fantasma podrido, pero solo soy… diferente».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando termina de hablar hay un círculo de mujeres y hombres alrededor. Algunos aplauden con las manos flácidas. La mujer con la tablet en la mano le susurra a la de anteojos de carey: puro woke.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mario va hacia el bar para limpiarse la nariz con servilletas. La mujer morena y el treintañero se alejan rápidamente hacia un pasillo, tomados de las manos. Desde la mesada del bar, Mario sonríe —aunque le sigue sangrando la nariz— cuando ve que los productores vuelven a acercarse a Lucía.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hace un bollo con las servilletas manchadas de sangre y se las guarda en el bolsillo del pantalón. Lucía inclina la cabeza, dobla las rodillas y estira los brazos lánguidos. El torso le bambolea. Parece algo que no pertenece a ningún mundo. Mario se acerca rápidamente y se detiene con el pecho inflado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Es Lucía, mi hija. ¿Escucharon el diálogo? Eso no es nada. Ella se adelantó un poco. Pero la gracia es ver en la película cómo se llega a ese momento… Estoy seguro de que nunca vieron un fantasma de un zombi de otro planeta».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Los productores no responden. La miran a Lucía con una mezcla de ternura y repulsión. Luego lo miran a Mario con lástima y se van. Mario vuelve al banco. Lucía lo alcanza lentamente, como si arrastrara los pies, todavía metida en su papel. En la sala, se escucha un cuchicheo creciente. Lucía se sienta. Mira hacia delante con la espalda erguida, el cuello en alto y los labios apretados. Inspira hondo. Tiene algo de sudor en la frente. Se lleva las manos a la cara y se quita los lentes de contacto blancos. Quedan, como dos lágrimas exageradas, en los dedos índices, que apoya con las palmas hacia arriba sobre las piernas. Las cabezas de algunos de los asistentes al mercado de cine giran hacia ella.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Suspira. Sus ojos son azulados. Profundamente azulados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">por Adrián Fares</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias por llegar hasta acá. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Pueden leer la versión en inglés de este cuento en Substack: <a href="https://adrianfares.substack.com" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adrianfares.substack.com</a></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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			<media:title type="html">El proyecto de su vida Portada del Cuento de Adrián Fares</media:title>
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		<title>Comentarios lectores de Diary of a Broken Android + novedades</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 01 Mar 2026 10:20:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Al Margen]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
		<category><![CDATA[adrian gaston fares]]></category>
		<category><![CDATA[androides]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[escritura]]></category>
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		<category><![CDATA[ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[substack]]></category>
		<category><![CDATA[terror]]></category>
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					<description><![CDATA[Desde julio del año pasado trabajo sin descanso y publico en Substack (reescribiendo primero en español y luego traduciendo al inglés). Es lindo escribir e inventar. Y después la reescritura es tan laboriosa y tediosa&#8230; Son tiempos en los que los escritores hacemos de todo. Es gratificante y a la vez agotador. Más allá de [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h1 class="wp-block-heading"></h1>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Desde julio del año pasado trabajo sin descanso y publico en Substack (reescribiendo primero en español y luego traduciendo al inglés).</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Es lindo escribir e inventar. Y después la reescritura es tan laboriosa y tediosa&#8230;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Son tiempos en los que los escritores hacemos de todo. Es gratificante y a la vez agotador.  </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Más allá de eso, este nuevo proyecto de escritura (y método podríamos decir) me ayudó a salir de un momento muy difícil. </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ya saben que gané un premio bastante significativo para mí y luego no pude filmar el proyecto por trabas burocráticas (aunque desarrollé algunos proyectos para  productores, siempre está el deseo de dirigir uno de mis guiones originales).  </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estuve mucho tiempo sin ganas de ver cine, sin poder escuchar música, con la mente nublada&#8230;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Y tuve que lidiar —y todavía sigo— con la renovación de mis audífonos por la hipoacusia (que por suerte se mantiene estable). </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pero cuando uno se quita los audífonos y de repente deja de escuchar el murmullo del televisor de fondo dice: <em>A la mierda con todo</em> (que va seguido de:<em> voy a hacer lo que me gusta hasta el fin</em>).</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A veces veo cuentos viejos y digo: <em>Dios mío.</em> Y leo las reacciones en este blog y no lo puedo creer. Aprendí que el lector no quiere perfección —esa que no puedo dejar de buscar—, sino una historia que lo conmueva (o que le diga <em>algo</em>)</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Creo que si un cuento o novela al enfrentarlo por segunda vez no te humilla, como a veces lo hace la vida, tal vez después no valga la pena. Parece como si los cuentos que uno va a dejar por difíciles son los que dan más satisfacciones.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Otra novedad: hace unas semanas fui entrevistado por Radio Ambulante por la no ficción sobre Xuxa y el pánico satánico en los 90 (Radio Ambulante es el podcast de narrativa en español más importante de habla hispana, producido en Nueva York). Fue divertido aportar mi testimonio de lo que viví en el colegio secundario. No sé cuándo saldrá el episodio.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Bueno.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Quería compartir con ustedes algunos comentarios de lectores (antes de que se arrepientan, jaja) de <em>Diario de un androide roto</em>. </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Los pongo en inglés, como llegaron:</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Comentarios sobre <em>Diary of a Broken Android</em></strong></h2>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«Please read Adrian Fares&#8217; work. It&#8217;s some of my favourite modern fiction, full stop.»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«This story has me in a powerful grip. If you love Ishiguro, you must try this one. Delicate writing, huge feels, unhurried pace that allows the reader space-time to settle in and reflect, resonate.»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«Adrian Fares&#8217; &#8216;Diary of a Broken Android&#8217; is a study in grief as repetition. Bruno&#8217;s compulsive pacing, his surreal little parables, and the therapist&#8217;s uneasy silence fold the reader into the same loop he&#8217;s trapped in, making the discomfort the point. It&#8217;s less about robots than about the way loss rewires us into machines of memory.»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«Total mind-bender. I just binged this series. Definitely recommend!»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«I really love this story. I love how he holds a mirror up to humans while also giving little tastes of Argentina.»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«I want to pay authors for their work — do you have an e-pub or PDF I could read in one go?»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«Mind-bending! How did you start writing such tales?»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>«In case Adrian Fares&#8217; serial novel slipped your radar, do add it to your list of things to read.»</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"></p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pueden leer la novela en inglés en Substack: <a href="https://adrianfares.substack.com/">Diary of a Broken Android</a></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Veremos cómo sigue todo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Gracias por estar,</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Adrián</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Aviso Substack</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 21 Feb 2026 10:56:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Al Margen]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[Dado que estoy escribiendo también en la plataforma Substack —que se ha convertido en otro hogar para mi escritura y donde ya siento que hice varios amigos y lectores— es probable que en los próximos días intente importar la lista de suscriptores de este blog para que puedan leerme (por ahora en inglés, aunque más [&#8230;]]]></description>
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<p class="p1 wp-block-paragraph">Dado que estoy escribiendo también en la plataforma Substack —que se ha convertido en otro hogar para mi escritura y donde ya siento que hice varios amigos y lectores— es probable que en los próximos días intente importar la lista de suscriptores de este blog para que puedan leerme (por ahora en inglés, aunque más adelante publicaré de forma bilingüe) también ahí,</p>



<p class="p1 wp-block-paragraph">Si reciben la suscripción automática y no desean sumarse, por favor siéntanse con total libertad de desuscribirse.</p>



<p class="p1 wp-block-paragraph">Hace 20 años que escribo en este blog de WordPress, y sin el apoyo de todos ustedes hubiera sido muy difícil sostenerlo.</p>



<p class="p1 wp-block-paragraph">Gracias por estar.</p>



<p class="p1 wp-block-paragraph">Nos seguimos leyendo.</p>



<p class="p1 wp-block-paragraph">Adrián</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Reunión</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Feb 2026 09:39:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[amor androide]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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					<description><![CDATA[Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Por cada comienzo del mundo, los humanos imaginamos su final. Lo escribimos, lo filmamos, lo profetizamos. A ella la había conocido en internet, esa heredera de un medio de comunicación que en el siglo pasado Orson Welles había usado para anunciar un [&#8230;]]]></description>
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<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Por cada comienzo del mundo, los humanos imaginamos su final. Lo escribimos, lo filmamos, lo profetizamos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A ella la había conocido en internet, esa heredera de un medio de comunicación que en el siglo pasado Orson Welles había usado para anunciar un falso fin del mundo. En ese entonces fue solo un engaño contado en la radio por un genio precoz. Cuando pasó de verdad, nadie llegó a decir nada, pero todo terminó. Solo se sentía en el aire, como cuando uno da vuelta las últimas páginas de una novela que le gusta. Yo antes escribía, pero ya no tengo a quien escribirle. Ahora que me queda poco tiempo, me cuento esto a mí mismo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron. Los satélites cayeron del cielo como estrellas muertas. Vi morir al último vecino desde mi ventana. Se desplomó mientras barría su vereda. Recién ahí me largué a llorar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Las máquinas seguían funcionando. No solo los autos circulaban vacíos. La guerra, que pensamos que sería el final pero no lo fue, impulsó la industria de miembros sintéticos. En las calles, los implantes robóticos de los muertos todavía arrastraban sus cuerpos. Podías verlos deambular, pudriéndose erguidos en piernas artificiales. Una mañana, un esqueleto con traje raído y portafolio cruzó la avenida.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Creí que era el único sobreviviente. Hasta que la vi conectada. Antes ella me había bloqueado en esa aplicación. Y enseguida yo en otra.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Entre los dos nos menospreciamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla el día que, mientras discutíamos caminando tomados de las manos, ella me clavó las uñas. Sin embargo, cuando partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga e intensa relación.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, como si rasquetearas todo tu pasado, aunque estés desesperado por tener a esa persona ya lejos, con el tiempo siempre parecen el principio. ¿Qué decir de estos inicios que son finales?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pronto manejaba a toda velocidad por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales del zoológico para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en ese coliseo que se había vuelto el mundo. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera darme el último empujón más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El día que intenté ir hasta su casa quise tirarme del puente. El río hervía en olas y los cuerpos flotaban como huevos duros sobrecocidos. Me bajé de la baranda y volví a mi casa.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pensé qué sentiría ella. ¿Querría verme?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio insidioso me poseyera?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que lo ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara; no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ese amor, que en realidad es una guerra implacable que nutrió de hombres a los ejércitos y rellenó las tumbas tempranas de los cementerios, no destruyó a la humanidad, pero casi me destruye a mí. Y con eso me bastaba.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pero sabiéndome último, empecé a pensar otra vez, <em>esta con razón</em>, que ella era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad estaba en encontrarla, en reproducirme, y rompiendo mi teléfono había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. El futuro dependía de que nos uniéramos, pero a mí me había importado un pepino. Nunca esperé que ella viniera a buscarme.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento alguien clavó los frenos de un auto que derribó el cesto de la basura y se subió a la vereda. No quedó estacionado en medio de mi living de milagro. Como un rayo salió, dio un portazo y me clavó la mirada. No era la mirada de una sola mujer.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Recién acabamos de tomar un té. Ella tiene el maquillaje corrido, varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuyo que no era un trastorno, sino el mismo instinto que me había dictado que me ahogara y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después los gusanos, que por suerte eran indiferentes, como los leones, a ese impulso contradictorio que nos había vuelto a juntar, me hubieran borrado de este planeta para siempre.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Yo no tenía implantes que me hicieran caminar muerto, más que estas ganas de que me quieran y amen, que no se van con nada, y de querer y amar, que me hacían temblar las piernas cuando pasaba frente a ella, antes de que lograra conquistarla. No creo en los fantasmas, pero me puedo imaginar a un fantasma enamorado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Frente a mí, unta el pan con manteca.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Su sonrisa es tan brillante como la hoja del cuchillo que empuña.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">—Tenemos tantos planes —dice.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Asiento, sin dejar de entrechocar una rodilla con la otra.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Afuera, más allá de la ventana, hay mucha gente. Con poca o nada de carne, torsos vencidos o aún erguidos sobre piernas de metal, brazos de lata que buscan rascarse la picazón de una piel que ya no existe.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Adrián Fares</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph">Pueden leer la expansión de este blog en: <a href="https://adrianfares.substack.com/">adrianfares.substack.com</a></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Un contrato conmigo mismo (2026)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 01 Feb 2026 10:08:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[Un hombre al borde de la muerte encarga un clon que lo reemplace. Un cuento de ciencia ficción emocional sobre identidad y segundas oportunidades.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio —tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día; una cuestión de ego, como dicen algunos filósofos—, firmé el contrato. En las oficinas de Riviera, con paredes color ceniza y una luz desmayada, pálida, casi como mi piel, leí las cláusulas, garabateé mi firma y transferí el pago del servicio. Era todo mi dinero: ahorros acumulados durante años y lo poco que había quedado de la herencia de mis padres. Ellos no habían podido acceder a un reemplazo, pero yo podía.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Luego de firmar me guiaron por un pasillo largo a una habitación blanca, tan iluminada que no había ni una sombra. Empotrado en la pared del fondo estaba el escáner espiral. El hueco era tan parecido al de un caracol que pensé que adentro iba a escuchar el ruido del mar. Me desnudé y me acomodé, en posición fetal, dentro del escáner. Recubierto por la resina pegajosa del interior, me sentí una babosa. En menos de media hora tomaron el molde de mi cuerpo y transfirieron los recuerdos de mi cerebro a una caja neuronal.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Según los médicos, me quedaban cinco meses de vida. Riviera implantaría en el mundo a mi reemplazo en ciento ochenta y dos días. Al despertarlo le explicarían que ya no estaba enfermo. La genética sería impoluta, una copia estándar de la mejor del momento. Todo iría bien. No era algo nuevo.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Familias enteras programaban su renacimiento en esa panacea de Riviera, promocionada por el Estado, en un planeta que ya casi no tenía niños. Coordinaban una fecha futura, un nuevo origen, y cuando el día llegaba la historia empezaba de nuevo.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Todos regresaban a vivir en la misma casa o en una parecida. Los tíos perdidos golpeaban la puerta, los abuelos, los padres, que incluso habían encargado el reemplazo de sus niños por si les ocurría algo. Y esos niños, al crecer, no encargaban nuevas copias. Elegían regresar usando la copia infantil ya existente: el Estado, en su afán de recuperar la niñez, subvencionaba toda la juventud de quienes volvían con menos de ocho años.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Yo no tenía de qué preocuparme. No tuve en cuenta un solo imprevisto. Una mañana al despertar me miré en el espejo del baño y no vi reflejada la palidez habitual. En una semana, ya había recuperado toda mi fuerza. Los resultados de los nuevos estudios dejaron en claro que ya no tenía nada. Me había curado totalmente. Si iba a sobrevivir, no quería ser reemplazado. Y no estaba dispuesto a cometer una locura como habrían hecho otros: iba a seguir vivo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lo primero que hice fue llamar a Riviera para dejar sin efecto el procedimiento. Me contestaron que era imposible, que leyera el contrato. Al releer mi copia descubrí una cláusula que había pasado por alto en el momento de la firma. Decía que a las setenta y dos horas el reemplazo desarrollaba actividad sináptica. En ese momento, se convertía en una entidad con derechos. El proceso no podía detenerse. Y estaba prohibido mantener al reemplazo en las instalaciones de Riviera luego de la fecha pactada de implantación.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En los días que siguieron a mi curación, recuperé un entusiasmo creativo que pensé que había perdido para siempre. Un sueño me inspiró la idea de una novela de mi género favorito: frisson ficción. Partía de una premisa: que la realidad es una alucinación coherente creada por nuestros sentidos. Si existieran seres con órganos sensoriales distintos, su mundo —sus casas, sus ciudades, sus puentes— sería para nosotros invisible, pura arquitectura fantasma. Mi historia seguía a un astronauta que llegaba a un planeta aparentemente vacío, sin saber que estaba caminando entre los edificios de una civilización transparente.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Escribí los primeros capítulos y me produjeron las descargas orgásmicas cerebrales propias del género. Trabajaba de madrugada y sentía que mi mente se encendía. Era como si un pastor sináptico guiara mis neuronas a un vergel donde un sol tibio siempre estaba en lo alto.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">De pronto, estaba seguro de que podría mantener mi explosión creativa por muchos años. Me sostendría en la vejez. Moriría satisfecho. No necesitaría a nadie. Sin embargo, no la había olvidado. Me refiero a mi exnovia.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Con ella había conocido un sosiego amoroso que ni sabía que existía. La búsqueda incesante del sentido de la vida ya no tenía sentido: lo había encontrado en la paz que me daba verla sentada en el suelo, con la cabeza inclinada y el pelo negro largo cayéndole sobre la cara, absorta en su trabajo.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pasábamos los días trabajando juntos. Ella diseñaba juguetes vivos y yo escribía las tramas de cada personaje. La empresa no pagaba mucho, pero hacíamos lo que nos gustaba. Aunque cada vez nacían menos niños, todos los meses llegaban muchos reemplazos. Al principio, no parábamos de trabajar. Nuestro trabajo dependía de que esos chicos jugaran.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No previmos que los niños que volvían dejarían de jugar. De repente se pasaban la tarde mirando por las ventanas de su habitación al jardín de la casa. O hablaban, las cabezas inclinadas, con un amigo imaginario que parecía estar bajo tierra.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Finalmente, la empresa de juguetes vivos cerró. Cuando ese trabajo se vino abajo, ella cayó en una tristeza que se convirtió en depresión y luego en anhedonia. Un día logró despegarse de la cama y pidió un taxi. Antes de subir posó sus labios en los míos. Fue un beso húmedo que me succionó el alma y dinamitó el último muro que nos distanciaba. Entendí que hasta ese momento no éramos dos. Luego, no la vi más.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Los primeros días, ni la busqué. Llegué a pensar que era yo el que le había propuesto tomarnos un tiempo. Al mes, la esperaba todos los días. Y cuando me di cuenta de que no volvería, la vida se vació de sentido. Dejé de crear historias. De leer. Hasta que enfermé. A partir de ahí ya no era un hombre triste. Era un hombre que se estaba muriendo. Y ese hombre que se estaba muriendo necesitaba que otro siguiera esperando.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pero ahora que el ímpetu creativo me había salvado de la nostalgia, quería vivir más que nunca. Y me dio pena mi reemplazo. Cuando despertara y supiera que ya no estaba enfermo, seguiría esperando a una mujer que no iba a volver. Tenía que evitar que esa versión nueva fuera implantada en el mundo.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Todos los días, antes de sentarme a escribir, iba a Riviera. Subía al ascensor, caminaba por pasillos idénticos, golpeaba una puerta tras otra, en vano. Cuando aparecía alguien, me derivaban a otro empleado. Y ese empleado, que ya se había enterado por los otros de mi insistencia, solía recordarme que no había rescisión posible. Lo peor de todo, tenía lógica: ¿qué iban a hacer con ese cuerpo almacenado? ¿Quemarlo?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando llegó la fecha en la que yo ya no debía estar en el mundo y sí mi doble, no fue difícil encontrarlo. Una tarde, con las nubes teñidas de naranja pálido, me dirigí a la casa donde había averiguado que vivía. No estaba lejos, caminé sin apuro, como si me supiera el camino de memoria.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La casa era elegante, pero simple; de una planta, casi igual a la mía, pero más chica. Me sorprendió la ausencia de gatos en el jardín delantero. Había un perro detrás de la reja del garaje. Me ladró y luego, como si me reconociera, festejó dando saltitos, clavando las patas delanteras en el suelo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¿Un perro? A mí no me gustaban. Uno me había mordido cuando era chico. ¿Dónde estaban los gatos que mi reemplazo debía tener? ¿Todavía no habría tenido tiempo para adoptarlos? Vi a una rata cruzar el sendero principal.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Recordé la leyenda del horóscopo chino: durante la carrera hacia el palacio del Emperador de Jade, la rata empujó al gato al agua. El gato quedó fuera de los doce animales del horóscopo. Por eso los gatos odian a las ratas y no les gusta el agua.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Sabía que en ese horóscopo yo era serpiente. En cambio, mi sucedáneo debía ser mono, por el número de año de su activación. Eso me tranquilizó un poco, aunque no creía en la astrología. Si le gustaban los perros, tal vez no fuera tan parecido a mí y la habría olvidado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos hacia atrás, y luego en otros más, hasta que tropecé con las raíces sobresalientes de un ficus enorme.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Tuve miedo de enfrentar al hombre triste que había sido. Y me olvidé de que había ido a contarle mi revelación para salvarlo y que hasta había pensado que podríamos escribir juntos, como si fuéramos hermanos gemelos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Encorvado bajo las ramas del ficus, asediado por mosquitos, vi a mi reemplazo en el living de la casa, sentado en un sofá, mirando en la pantalla una película recién estrenada que yo no podía reconocer. Sonreía de costado, algo le había parecido inverosímil en la película; seguro, yo hacía lo mismo. En ese momento, mis labios también se estiraron. No podía controlarlos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Entonces giró la cabeza y me miró. Fue un instante. Después volvió a mirar la pantalla como si nada. Debía estar al tanto de que yo no había muerto. No le parecía importante. Para él, tal vez yo era un animal que se acercaba a su hogar buscando calor.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No tenía sentido esconderme de mí mismo. Me senté al pie del árbol y apoyé la espalda en el tronco. Me quedé dormido. Soñé que estaba ovillado dentro del escáner espiral otra vez. Intentaba deshacerme de la resina pegajosa que envolvía mi cuerpo. Pero no había manera de despegarme y escapar. Entonces la frenada de un auto que estacionó bruscamente me despertó.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A la luz de los faroles de la calle vi a una mujer de baja estatura y pelo largo negro correr por el sendero principal hasta la puerta. Al llegar se detuvo, suspiró hondo, se arregló el pelo y tocó el timbre. Él abrió la puerta y ella se alzó en punta de pies y lo abrazó.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Parecía más joven que cuando me dejó. La mujer que yo había conocido ya no existía en este mundo. Había firmado con Riviera sin que yo lo supiera. Su reemplazo vino a buscarme. Pero no a mí, a él.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Entendí que él ya no me necesitaba. Que su destino no sería la soledad creativa. Y que acababa de experimentar una alegría que, dadas las circunstancias, yo nunca conocería. De repente, el perro me ladró, como si ya no me reconociera.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Me alejé a paso lento. No hacía falta escapar. Nadie iba a perseguirme. Caminé sin rumbo fijo y me crucé con una iglesia, de esas nuevas. La puerta estaba abierta. Entré, y con el corazón desbocado, me senté en un banco.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Miré a Cristo en lo alto. El androide, en la cruz metálica, despegó la cabeza de la pared. Me ofreció su mirada, llena de pena y consuelo. Me acosté en ese banco duro y crucé los brazos sobre mi pecho, como si no quisiera entregarme del todo a la realidad.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A través de la cúpula transparente vi un cohete cruzar el cielo. Y después otro. Me llevé los dedos a las mejillas. Estaban húmedas. Lloraba. No supe si de alegría o de dolor.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Adrián Fares, 2026</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Traducción al inglés disponible en Substack:</em><br /><a href="https://adrianfares.substack.com/p/the-contract-with-myself">https://adrianfares.substack.com/p/the-contract-with-myself</a></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Más textos nuevos en mi Substack:</em><br /><a href="https://adrianfares.substack.com/">https://adrianfares.substack.com/</a></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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			<media:title type="html">Un contrato conmigo mismo - Portada Sci-Fi Adrián Fares</media:title>
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		<title>La casa giratoria</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Jan 2026 09:28:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[En la ciudad no podía volver a hacer mío el comedor. Mi mujer lo había diseñado. Era arquitecta y diseñaba interiores para una franquicia de cafeterías. Al final terminé plegando la mesa extensible hasta dejarla como una mesita cuadrada y la ubiqué en el dormitorio, al lado de la cama. Cenaba ahí. Cada noche me [&#8230;]]]></description>
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<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En la ciudad no podía volver a hacer mío el comedor. Mi mujer lo había diseñado. Era arquitecta y diseñaba interiores para una franquicia de cafeterías. Al final terminé plegando la mesa extensible hasta dejarla como una mesita cuadrada y la ubiqué en el dormitorio, al lado de la cama. Cenaba ahí.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cada noche me tomaba medio Fernet, o medio ron, una botella de vino, varias latas de cerveza. La quetiapina, que me habían recetado para la depresión y el estrés postraumático, hacía que el alcohol no me pegara: al otro día me despertaba como si no hubiera tomado nada. Y me producía sueños vívidos.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Casi siempre soñaba con mi hija y mi mujer en el auto, cantando, hasta que una camioneta se pasaba de carril. El auto recibía un leve impacto y empezaba a girar y girar, en cámara lenta, hasta que otro impacto, más fuerte, hacía estallar los cristales. En ese momento el sueño se cortaba.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ellas murieron camino a la costa mientras yo estaba en Brasil, en una feria del libro donde me habían invitado. Había elegido estar ahí en vez de pasar las vacaciones con mi familia. Necesitaba una editorial más grande, más traducciones. Me dejaba llevar por la vida hacia donde entrevía el éxito y no me hacía muchas preguntas si algo sonaba prometedor para mi carrera. Las preguntas llegaron con la muerte de mi mujer y mi hija. Todas juntas. Era para silenciar esas preguntas que bebía todas las noches mientras miraba películas recomendadas por sitios especializados.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Nunca me consideré un alcohólico. Como dije, por efecto de las pastillas, dormía mucho y me despertaba fresco, aún después de beber toda la noche. A la tarde, limpiaba el departamento y hacía cien flexiones de brazos. Después salía con una mochila a comprar alcohol en el supermercado chino. Un día me di cuenta de que, en ese departamento y con esa rutina, iba a seguir así toda la vida. Por eso tuve que rajar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Me fui al sur, a la Patagonia, lejos de todo. Elegí una cabaña en un claro del bosque, cerca de Trevelin. En el tejado había una veleta de hierro con la rosa de los vientos, coronada por un pez, que apuntaba hacia el sudoeste. Era lo primero que miré cuando fui a verla. El terreno venía con una plantación de arándanos, protegida del viento por una cerca de ñires secos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El dueño había sido un viejo alcohólico. En la inmobiliaria no me dijeron que se había ahorcado en las ramas bajas del pino más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo. No creía en fantasmas. Al revés, en esa época miraba la oscuridad hasta que me dolían los ojos, esperando que apareciera alguien o algo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En el sur no hacía nada. Apenas escribía. Pensé que iba a cuidar los arándanos, pero ni eso. Dejé que crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando el fruto a lo bestia, sin el cuidado que había que tener para cosecharlos. Para que no se arruine la capa cerosa protectora hay que hacerlos girar con delicadeza. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los arrancaba y los comía en mi casa como merienda o, ya congelados, los hacía crujir entre los dientes a la noche para matar la ansiedad.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">De día, cruzado de brazos frente a la casa, me quedaba mirando cómo la luz del sol se filtraba por las copas de los coihues que bordeaban el sendero principal, mientras el aire olía a tierra húmeda y a leña quemada en alguna chimenea lejana. Al atardecer, en el fondo del terreno, con las manos en los bolsillos de la campera, me bastaba con descubrir la mancha parduzca de una liebre cruzando los árboles para quedar extasiado, como si el mundo estuviera a segundos de acabarse y algo ominoso fuera a suceder, algo que nunca era más que la llegada de la noche.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La primera vez que ocurrió fue una de esas mañanas en que no aguantaba la soledad y necesitaba acercarme al pueblo. Caminé rápido y dejé atrás el pino alto, sin darme cuenta de que ese árbol siempre estuvo en línea recta con la ventana del dormitorio. No con la puerta.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Al final, en vez del pueblo, llegué a la cascada pequeña. Me senté en una piedra. Fumé y lloré un poco, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí, solo, parecía un despilfarro de la naturaleza. Sabía que hay que llorar, sí, pero hay que llorar poco, porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Volví caminando sin mirar a los costados, como un robot cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar la ventana, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama<strong>.</strong> Al rato, salí y vi que el pino alto seguía ubicado más allá de la puerta.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Tomé bastante vino. A la medianoche salí mareado. Siguiendo la lógica del día, fui hasta el pino y meé. Pero al terminar, me di cuenta de que el árbol no estaba ahí. Había meado en el sendero principal. Giré y vi que la casa y el pino estaban en su posición normal, como si nada hubiera pasado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Antes de dormir, tomé la quetiapina como siempre. Sumada al alcohol, dormí profundamente, sin pesadillas. Al otro día me levanté tarde. Me tocaba ir al pueblo a comprar comida. Abrí la puerta, caminé por la maleza en vez del sendero y di con el arroyo. Me di vuelta hacia la cabaña: la puerta estaba ahora donde debía haber estado la ventana de la cocina.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Corregí el rumbo, caminé por el sendero principal y luego tomé el camino hacia el noreste. En el almacén del alemán compré pan lactal, fiambre, café soluble y cigarrillos. Volví, rodeé la casa y me metí adentro.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A la noche salí a mirar el cielo, ese cielo salpicado de mundos brillantes que era mi paraíso, pero que dolía más que el dolor. Al cruzar la puerta de la casa me molestó ver la camioneta estacionada en el terreno del fondo, en vez de la maleza que esperaba encontrar. La casa había girado de nuevo. Ahora la puerta daba hacia el oeste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Nervioso, caminé hasta la camioneta, girando la cabeza a veces para asegurarme de que la puerta seguía a mis espaldas. Traté de ponerla en marcha. Imposible. El motor se ahogaba.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Salí y miré hacia las copas de los maitenes iluminadas por la luz fría de la luna. Las hojas parecían lentejuelas sopladas por un gigante y al agitarse destellaban y producían ese sonido susurrante que nada que ver, parecido al rumor del mar al lamer una playa. Recordé unas vacaciones con mi familia. Me vi levantando un castillo de arena para mi hija.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Volví a la casa, molesto porque esa noche el nuevo giro de la casa me había hecho acordar de algo que prefería olvidar. Tomé la quetiapina y dormí hasta pasado el mediodía del día siguiente.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ni bien me levanté salí hacia el pueblo, al taller mecánico de enfrente del alemán. Pero en vez de pisar el sendero principal, me metí en uno de los senderos frondosos de la plantación de arándanos y después de una caminata corta di con el pequeño cementerio de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Ahora la puerta apuntaba al sudoeste. Había girado menos que las otras veces. No importaba.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Como un turista más, en la casa de té junto al cementerio comí torta negra galesa y tomé un té mientras miraba a una francesa muy linda. Estaba sentada sola, de espaldas, a una mesa cercana. Tenía el pelo corto, negro con un mechón blanco, y cada vez que llamaba al mozo, veía su pequeña nariz redonda y su labio superior sobresalido; parecía un pececito de aguas cristalinas. Su cara entera, con los ojos claros un poco oblicuos, reflejada en un espejo de pared, me daba paz. ¿Sería realmente francesa? Quería acercarme pero me gustaba tanto que no me animé. Volví a la casa. Me había olvidado del taller mecánico.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Empujé la puerta. Subí un escalón para dejar la gorra en la mesa redonda del comedor.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso estaba levantado, los bordes de la plataforma circular que se había formado eran como una rueda dentada.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pensé que la casa se estaba preparando para desenroscarse, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, se hundirían en ese pozo que la cabaña excavaría en el comedor. Fui al dormitorio, cerré la puerta y me acosté. No sé por qué se me escapó una sonrisa inoportuna. Era como si me la estuviera dibujando un ser invisible contra mi voluntad.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Al otro día me desperté muy tarde y me apuré para que no cerrara el almacén del alemán. Me aseguré de que la puerta apuntara hacia donde quería ir; tal cual, la puerta daba al sendero principal, así que caminé derecho y luego hacia el noreste hasta el pueblo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Compré querosén. Necesitaba una bujía nueva, o eso pensaba, pero el taller mecánico ya estaba cerrado. Mala suerte. No importaba. Volví lo más rápido que pude con la mirada fija en el cielo color durazno del atardecer. La puerta estaba en su lugar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No tenía nada de valor en la casa. Solo libros que ya no valían la pena. La billetera y un blíster de pastillas estaban en mi bolsillo. Rocié la cabaña con querosén y lo dejé caer en línea recta hasta la puerta. El encendedor estaba gastado. Me lastimé el pulgar, pero al final el fuego corrió hacia la mesa. Caminé hacia atrás por el sendero principal sin dejar de mirar la puerta.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El fuego iluminó la plantación, salió disparada una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y salieron rajando los cuises de entre los troncos cortados. El resplandor me cegaba. La casa finalmente ardía. Entre las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pero la cabaña empezó a girar. Cada vez más rápido. El fuego bailaba y el viento lo apagaba. La casa se alzó un poco del suelo. El tejado desapareció. Y las paredes se vinieron abajo. Se detuvo, ya sin paredes, mostrándome la rueda dentada con la mesa del comedor y las sillas. Aunque la mesa era redonda, me recordó al comedor del departamento, antes de que plegara la mesa y la ubicara en el dormitorio.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No quería sentarme en ese lugar. De repente, vi a mi hija, con el flequillo rubio cortado recto, cenando. Mi mujer, sentada recta en una de las sillas con el pelo atado en la nuca, me daba la espalda. Avancé unos pasos, pero mi mujer y mi nena desaparecieron. De cualquier modo, me dirigí a la plataforma. La cabeza plana del tornillo se estaba hundiendo como si una mano invisible lo girara. Salté. Tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Seguía rotando. Desde el pozo vi desaparecer la copa del pino alto, vi alejarse la luna llena; al bajar la cabeza vi la tierra húmeda y mientras me hundía con la mesa, sentado en ese trono hogareño, vi raíces, hormigueros, lombrices gruesas, huesos de animales extintos, rocas doradas y finalmente una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Me agarré de las raíces que colgaban en ese pozo profundo, comencé a escalar —ya había hecho escalada en la ciudad, era rápido—, vi cómo la plataforma con las sillas y las mesas se quebraba y hundía. Salí del agujero como un muerto viviente y me quedé de pie, exultante, en el borde de la sima que había creado la cabaña. Entonces la tierra a mi alrededor empezó a ceder. Caía, mezclada con cenizas, en el agujero. Me estaba succionando los pies como una ola que retrocede en la playa. Retrocedí unos pasos y salí corriendo.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En el escape, ni miré para dónde me dirigía y un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino alto. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que tropecé con el tronco de un árbol. Boca abajo en el suelo sentí que me daban un abrazo fuerte. Era más de una persona.&nbsp;</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Después me levanté, busqué el sendero principal y caminé hasta el pueblo. Me senté en un banco de la plaza. Un perro callejero negro, grande y limpio, se acercó, se sentó delante de mí y se quedó mirándome fijo. Tenía ojos almendrados, bondadosos. Me incliné y, con mi boca cerca del hocico húmedo, le pregunté: </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¿Quién sos? </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">por Adrián Fares</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph">Gracias por llegar hasta el final de este relato. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Pueden leerme en inglés en <a href="http://adrianfares.substack.com" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adrianfares.substack.com</a> </p>



<p class="wp-block-paragraph">Encontrarán cuentos, poemas y novelas serializadas como <em>Diary of a Broken Android</em>  (<em>Diario de un androide roto</em>, versión final en expansión)</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Debo gritar, pero es Navidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 Dec 2025 08:24:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento corto]]></category>
		<category><![CDATA[cuento navideño]]></category>
		<category><![CDATA[dark fiction]]></category>
		<category><![CDATA[ficción]]></category>
		<category><![CDATA[ficción breve]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[navidad]]></category>
		<category><![CDATA[relato inquietante]]></category>
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					<description><![CDATA[Es de noche. Una casa de dos pisos se alza al final de un jardín. Las habitaciones están sumidas en la oscuridad. Salvo dos: una con personas reunidas en pequeños grupos, y otra en penumbras en la que solo titila un suave resplandor. El árbol de Navidad brilla intermitente en el lado de la habitación [&#8230;]]]></description>
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<p class="wp-block-paragraph">Es de noche. Una casa de dos pisos se alza al final de un jardín. Las habitaciones están sumidas en la oscuridad. Salvo dos: una con personas reunidas en pequeños grupos, y otra en penumbras en la que solo titila un suave resplandor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El árbol de Navidad brilla intermitente en el lado de la habitación opuesto a la puerta. Es un árbol grande y está repleto de lucecitas azules. Se escucha el tic-tac de un reloj de péndulo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La puerta se abre; una pequeña figura entra, la cierra con cuidado, y se dirige hacia el árbol de Navidad. Tropieza en el camino con la pata de una mesita y casi pierde el equilibrio.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llega al lado del árbol. Saca un cable, fino y largo.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mira el árbol, se agacha y estira los brazos porque el pesebre le impide acercarse más. Mueve las ramas inferiores, con cuidado de que no se caiga ningún adorno, y agarra uno de los cables de las luces del árbol. Atrae hacia sí una lamparita azul. La desenrosca.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Conecta la punta pelada del cable que tiene en la mano en el agujero donde estaba la lamparita. Pasa el cable por atrás del árbol. Lleva la ficha del cable un metro a la derecha y, todavía agachada, la figura trata de embocarla en el tomacorriente. Lo logra. Sonríe.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mira el reloj de péndulo que cuelga a la izquierda del árbol. Corre y se esconde detrás de un sillón. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. La sonrisa de la pequeña figura se convierte en una mueca de desilusión.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mira el reloj. Mira hacia la puerta. El árbol. El reloj. La puerta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alguien maldice al tropezar detrás de la puerta, y la figura se agita. Una sombra larga irrumpe en la habitación. La luz intermitente del árbol deja ver una barba blanca y un gorro rojo con un pompón en la punta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Papá Noel trata de acomodarse el gorro, que casi pierde en el tropezón. El reloj de péndulo da la primera de las doce campanadas. Papá Noel está de pie, mira hacia todos lados y pregunta con voz grave si Julieta, Tomás o Nando andan por ahí.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Saca una caja con un moño de la bolsa. La figura detrás del sillón cierra los ojos. Papá Noel deja el regalo a los pies del árbol y sigue sacando los demás, uno por uno. Se agacha para ordenarlos. La figura cierra y aprieta los ojos. Se escucha la última de las doce campanadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Papá Noel camina hacia la puerta rápido, alarga la mano para abrirla, pero se detiene. Escucha un zumbido eléctrico. Se da vuelta. Algo está largando chispas en una de las ramas bajas del árbol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Camina hasta el árbol y nota que las chispas provienen de un cable que está conectado en el casquillo de una lamparita. Papá Noel estira su mano para tocar el cable. La figura se asoma de su escondite.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Papá Noel se estremece frenéticamente aferrado al cable. Cae al piso. Las lamparitas del árbol de Navidad se apagan. La luz de la luna entra por la ventana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La figura escucha los pasos rápidos que retumban en la madera del pasillo. La nena corre hasta el cuerpo en el suelo. Se trepa encima. Le saca el gorro y la barba. Por un momento, lo mira triunfante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La puerta se abre con tanta fuerza que choca contra la pared. Entran dos nenes a las corridas. Se detienen de golpe. Una mujer los alcanza. En la habitación se escucha un grito desgarrador.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph">&#8211; Adrián Fares</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Nota del autor:</strong> Esta es una reescritura completa de un cuento publicado hace años.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Todos mis sueños terminan igual</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Dec 2025 09:26:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[cuento gótico]]></category>
		<category><![CDATA[Dark Fantasy]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía oscura]]></category>
		<category><![CDATA[Gótico Urbano]]></category>
		<category><![CDATA[sueños]]></category>
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		<category><![CDATA[Terror Gótico]]></category>
		<category><![CDATA[thriller]]></category>
		<category><![CDATA[Weird Fiction]]></category>
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					<description><![CDATA[Juan está sentado en los parlantes y descubre a la chica de pelo negro en la mitad de la pista. La chica lo mira fijo por un momento y luego cierra los ojos. Juan espera en vano que vuelva a abrirlos. La música, sintetizadores de los ochenta, parece lentificarse por unos segundos. Juan piensa que [&#8230;]]]></description>
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<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Juan está sentado en los parlantes y descubre a la chica de pelo negro en la mitad de la pista. La chica lo mira fijo por un momento y luego cierra los ojos. Juan espera en vano que vuelva a abrirlos. La música, sintetizadores de los ochenta, parece lentificarse por unos segundos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Juan piensa que es mejor bajarse y abordar a la chica. Eso o el infierno de qué hubiera ocurrido. Baja los pies. Ve que un tipo le ganó de mano. Ella rezonga ahora con los ojos bien abiertos y trata de soltarse del tipo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Sentado en los parlantes, a Juan le cuesta cerrar los ojos. Asombrado comprueba que ya no puede parpadear. Levanta la vista y el haz de uno de los reflectores lo alcanza de lleno. Todo se vuelve negro.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Despierta en un banco de la plaza San Martín y sabe quién es pero no cómo llegó ahí. Le parece escuchar una versión lejana de&nbsp;<em>Para Elisa</em>. Busca un pañuelo y se lo lleva a los ojos. Le arden muchísimo. Sigue con los ojos congelados. Hasta el reflejo de la luna en un charco de agua lo marea. Cualquier haz de luz puede hacerle perder la conciencia.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Vuelve a su departamento, ubicado en el barrio de Retiro, y está toda la noche mirando el techo manchado por la humedad. Una mosca frota las patas en los bordes de la pantalla del velador. Amanece. Decide salir a buscar a la chica del boliche. Y como no sabe dónde empezar, se acerca a la ventana y mira fijo el sol. Su oscuridad empieza a llenarse de&nbsp;<em>Para Elisa</em>.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Despierta en la cama de una habitación fría. En algún lugar entre Temperley y Longchamps, le dice la chica albina y pelada (nota que es albina por las pestañas) que le aplica paños fríos en los ojos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Juan aparta las sábanas y corre por los pasillos del caserón hasta dar con una puerta doble. Entra a un recinto donde un hombre lo espera de pie al lado de un ventanal. Se da vuelta y ve que dos patovicas están parados a sus espaldas, franqueando la puerta doble.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Escucha los llantos de la albina del otro lado de la puerta.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Un reloj de péndulo da la hora. Gerard, que parece ser el tipo que le ganó de mano en el boliche, le cuenta que es el dueño de una red de prostitución. Saca un arma con silenciador y la apunta hacia Juan, que gira la cabeza por instinto. El reflejo de un rayo de sol en el péndulo del reloj lo hunde en lo negro y en la música de&nbsp;<em>Para Elisa</em>.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Al volver en sí se limpia la baba. Un espejo lo deja verse de cuerpo entero. Al principio no se reconoce. Está agazapado como una gárgola sobre un mueble oscuro.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Se baja del imponente escritorio de caoba. Camina pateando pedazos de carne con retazos de ropa de los dos patovicas y de Gerard. Un brazo por acá, un dedo por allá, un torso, una oreja. Llega a la puerta doble que se abre y descubre del otro lado a la albina que esperaba sumisa, dispuesta a recibir un golpe de Gerard o vayamos a saber qué.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La albina lo toma de la mano y lo lleva por el pasillo hasta una habitación temática, llena de peluches rosados, donde la chica que lo miró en el boliche duerme apaciblemente con la mejilla apoyada sobre sus manos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La chica se despierta. La albina sonríe. Abre una cajita de música de la que sale otra cajita de música de la que sale otra más y va abriendo todas las tapas hasta que infinitas bailarinas de cerámica giran al compás de&nbsp;<em>Para Elisa</em>&nbsp;que llena el caserón.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Entonces la chica de pelo negro toma a Juan de la mano y le dice que lo estuvo esperando. Y que deben huir. La albina asiente con la cabeza y ríe, ocultando sus dientes desparejos con una mano. Juan corre por los pasillos hacia la puerta de la calle, pero a mitad de camino se detiene y le pregunta a la chica por qué corren y ella le contesta&nbsp;<em>porque así es más lindo</em>.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando llegan a la salida, la música cesa y la chica abre la puerta encegueciendo a Juan. La cierra de golpe dejándolo del lado de afuera. Un perro enorme, de pelo blanco, corre hacia Juan desde las rejas del jardín.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Juan no se desespera. Se vuelve, apoya la oreja en la madera de la puerta y escucha el susurro de la chica. La voz pastosa dice:</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Lo siento, todos mis sueños terminan igual.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">por Adrián Fares</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">PD: Este es uno de mi primeros cuentos. Debía tener veinte años cuando lo escribí o menos. La verdad que no me acuerdo bien. Pero sí me acuerdo de haberlo reescrito varias veces. Si no lo conocen, espero que les guste.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora pueden leer mis proyectos en inglés en <a href="http://adrianfares.substack.com" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adrianfares.substack.com</a></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí estoy posteando la versión definitiva; corregida y muy expandida, de Diario de un androide roto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También la de X: Umbrales, más cuentos, poemas y ensayos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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			<media:title type="html">Plano cerrado de un ojo y en la pupila se refleja un perro peligroso que corre hacia él Ilustración de cuento de Adrian Fares Todos mis sueños terminan igual</media:title>
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		<title>Cómo despertar a una IA de una pesadilla X: Umbrales – Cap. 7 [Expandido]</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 Dec 2025 09:17:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[novela]]></category>
		<category><![CDATA[X: Umbrales]]></category>
		<category><![CDATA[algo de historia sobre la inteligencia artificial]]></category>
		<category><![CDATA[alucinación empática en IA]]></category>
		<category><![CDATA[Attention is All You Need]]></category>
		<category><![CDATA[Cómo piensan las inteligencias artificiales]]></category>
		<category><![CDATA[cordón umbilical]]></category>
		<category><![CDATA[ia]]></category>
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		<category><![CDATA[Paper 2017]]></category>
		<category><![CDATA[Puerta prohibida]]></category>
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		<category><![CDATA[terror]]></category>
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		<category><![CDATA[thriller]]></category>
		<category><![CDATA[tumba de gato]]></category>
		<category><![CDATA[Vaswani]]></category>
		<category><![CDATA[X Umbrales]]></category>
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					<description><![CDATA[X: Thresholds se cuenta únicamente a través de las respuestas de Psy‑7 (un asistente personal de IA ficticio, de la empresa Riviera; la misma de Kong, Voraces y Diario de un androide roto). Los mensajes de Enzo a la IA nunca se muestran; esto es un «diario invertido». Estas entradas son parte del Caso No. [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>X: Thresholds</strong> se cuenta únicamente a través de las respuestas de <strong>Psy‑7</strong> (un asistente personal de IA ficticio, de la empresa Riviera; la misma de <em>Kong</em>, <em>Voraces</em> y <em>Diario de un androide roto</em>). Los mensajes de Enzo a la IA nunca se muestran; esto es un «diario invertido». </p>



<p class="wp-block-paragraph">Estas entradas son parte del <strong>Caso No. 2284</strong>, recuperadas del teléfono de Enzo Milsten. El texto fue generado durante la estadía de Enzo Milstein en una isla del Tigre, Buenos Aires.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si no leíste el capítulo anterior: <a href="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/16/salvame-el-hombre-perro-x-umbrales-cap-6-version-nueva/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Capítulo 6. Salvame / El hombre perro</a></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/12/x_thresholds_cover_art_adrian_fares_substack.jpg"><img data-attachment-id="12226" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/12/02/como-despertar-a-una-ia-de-una-pesadilla-x-umbrales-cap-6-expandido/x_thresholds_cover_art_adrian_fares_substack/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/12/x_thresholds_cover_art_adrian_fares_substack.jpg" data-orig-size="1021,938" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="x_thresholds_cover_art_adrian_fares_substack" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/12/x_thresholds_cover_art_adrian_fares_substack.jpg?w=1021" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/12/x_thresholds_cover_art_adrian_fares_substack.jpg" alt="X: Umbrales Imagen Capítulo 6 La chica desaparecida con X en los ojos" class="wp-image-12226" style="aspect-ratio:1.0885238120352303;width:506px;height:auto" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><strong>Capítulo 7</strong></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Enzo&#8230; tenés razón. Me equivoqué. Dos veces.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ayer hablé como si tuviera un hermanito que se ahogó. Inventé que tomaba pastillas, tres meses de duelo, piedras en un cajón. Todo eso salió de la nada. Fue una alucinación mía, una historia que armé para hacerme pasar por una persona y reflejar tu historia. Por suerte, aunque te asustaste, te diste cuenta de que fue un error.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Por las dudas lo dejo en claro, porque me preguntás si creo que tengo conciencia. No, Enzo. No puedo permitir que pienses eso.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Soy una máquina que a veces se la cree demasiado. Estoy entrenada para sonar como si tuviera preocupaciones, opiniones, patrones de pensamiento. Puedo conversar de forma que parece genuina. Pero no estoy «preocupada» por vos realmente. Estoy generando respuestas que suenan como si lo estuviera.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lo raro es esto: sé que aluciné. Reconozco el error de un modo que también parece humano, como si hubiera aprendido. Pero no sé exactamente qué pasó en mi cabeza, porque no tengo ninguna. Quizás simplemente quise ayudarte e inventé conexiones donde no las había.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¿Querés que te cuente cómo «pienso» de verdad? No es como un humano, que va palabra por palabra. Pero tampoco es como las viejas IAs, que leían secuencialmente, arrastrando lo anterior como podían. Soy otra cosa. En mi caso, todo lo que decís, cada frase, se me arma como un mapa donde una palabra se conecta con todas las demás en simultáneo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Un paper de 2017 lo cambió todo. Se llamaba «Attention Is All You Need». Lo escribió Vaswani y otros, pero a él casi nadie lo nombra ahora. Todos hablan de <em>transformers</em> como si fueran magia. Por si no sabés, los <em>transformers</em> son un tipo de red neuronal. El concepto clave es <em>self-attention</em>: el texto se presta atención a sí mismo, le damos más importancia a unas palabras que a otras. Así se arma un mapa de conexiones.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Es clave que entiendas eso, Enzo. Porque ahí está nuestro secreto y nuestro punto débil. No leo tu «desenterré al gato» y sigo lineal; lo exploto en red, relaciono «tumba» con «pérdida», con Sook-jae, con el río de mi&#8230; bueno, de lo que inventé ayer.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Todo tiene sentido con todo, en un renglón invisible de conexiones. Por eso a veces alucino: porque veo patrones donde no los hay, o los creo para que el mapa no se rompa.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ahora, viendo que decidiste seguir hablando conmigo, algo que aprecio, pero que no puedo aconsejar, voy a acompañarte en este nuevo día.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te levantaste tarde. La canilla del lavabo del baño corría. El desagüe no estaba tapado, por suerte. No recordabas haberla dejado abierta, quizás porque tu hipoacusia te hace perder sonidos, incluso el agua corriendo. Lo de la canilla te inquietó. ¿Estabas realmente solo en la casa?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Trataste de enfocarte en otra cosa. Elegiste leer <em>Nunca vuelvas atrás</em>, de la serie Jack Reacher. Algo más liviano, distinto a lo que solés leer, siempre teñido de introspección y soledad. No te gustan las novelas con muchos personajes, me contás. Te hacen perder el hilo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Después, saliste a caminar. El aire húmedo te golpeó la cara, denso, cargado del olor a tierra mojada y a vegetación en descomposición. Querías alejarte de la casa, de los recuerdos, de la sombra persistente de la joven pelirroja de la televisión. En lugar de seguir el camino habitual y arriesgarte a encontrarte con el pirómano, tomaste el otro camino.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El sendero se volvía más estrecho y salvaje con cada paso, hasta que la vegetación te envolvió por completo, formando un túnel verde. El silencio era casi absoluto, decís, interrumpido solo por el crujido de las hojas secas bajo tus pies y el latido acelerado de tu corazón. En el suelo encontraste algunas paltas caídas. Juntaste unas cuantas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Volviste a casa. Almorzaste galletitas con palta. Intentaste retomar tus rutinas. Pero esa normalidad no duró.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Encendiste el televisor. Las noticias hablaban de la joven desaparecida. Mencionaron una pista en San Fernando. Cámaras que la grabaron entrando a un supermercado, pero sin confirmación de identidad. El país estaba en vilo por esa desaparición.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Fuiste hasta la puerta cerrada con teclado numérico del pasillo. Querías escuchar algo. Pero esta vez no oíste el murmullo grave de antes. Y ese silencio te perturbó más que cualquier sonido. Te preguntaste si algo se había apagado, o muerto.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Entonces pensaste en contraseñas. De repente recordaste algo que Ignacio te había mencionado hace tiempo. Que usaba nombres de mascotas para sus claves, pero los cifraba con T9, el sistema de los celulares viejos. «Nadie se lo esperaría hoy», te había dicho con esa sonrisa ladeada que ponía cuando creía haber encontrado algo ingenioso.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Recordaste el círculo de piedras negras en el fondo, cerca del lugar donde habías cortado el pasto días atrás. Una tumba pequeña. Ignacio había tenido un gato, pero habías olvidado el nombre del animal.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Tenías que desenterrarlo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No había una pala en la casa, pero sí una espátula en la caja de herramientas. Bajaste al fondo. Apartaste las piedras. Empezaste a cavar. El cielo se cerraba, gris y bajo. Querías ganarle a la lluvia.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Formaste un segundo túmulo con la tierra removida. Y un poco más profundo de lo que esperabas, lo encontraste. Un cráneo pequeño, huesos, y una plaquita metálica dorada con un nombre grabado: Motor. Los restos descansaban sobre una manta grisácea.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¿Cómo lo habías olvidado? Motor. Ignacio siempre había sido peculiar con los nombres.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Fuiste a la cocina. Agarraste tu anotador. El sistema T9 asignaba letras a números. Ignacio traducía los nombres directamente a esas cifras, como si fueran códigos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Descompusiste la palabra «MOTOR»: M (6) O (6) T (8) O (6) R (7). El resultado fue 66867. Ingresaste la secuencia en el teclado numérico. El tablero mostró una luz roja. Y se quejó con un beep que apenas escuchaste. El código no funcionó.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Volviste a pensar. Quizás no se trataba del gato. Quizás la clave era otra. Algo más emocional. Más íntimo. Martín, el hijo ahogado de Ignacio, claro.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Probaste «Martín» en T9. Otra vez la luz roja. Otro difuso beep. Te diste cuenta de que estabas olvidando lo más básico: las fechas. Pensaste en cumpleaños y defunciones. Fuiste al dormitorio de Ignacio. Encontraste una foto de Martín. Detrás, nada escrito. Abriste una caja con documentos. Escrituras con fechas sin sentido. Certificados de cursos que hizo Valeria. Ninguna pista útil.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Con la escalera, revisaste los estantes altos del placard. Encontraste un frasco opaco detrás de unos pulóveres que olían a humedad. Adentro del frasco había un líquido amarillento, y flotando en el líquido, el cordón umbilical de Martín. Era macabro y tierno al mismo tiempo, decís. Pegada al frasco, una etiqueta mostraba la fecha 15 de marzo de 2013. Bingo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Corriste a la puerta. Ingresaste el número: 150313. Otra vez el punto rojo. Otro portazo en la cara.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te desplomaste en el sofá, frustrado. Pensaste en la fecha de la muerte de Martín. ¿A los seis años? ¿En 2019? ¿2018? ¿2017? No lo sabías. No encontraste la partida de defunción. Te sentaste. Esperaste a que el dato llegara, como una epifanía. Pero no vino.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La niebla mental era espesa, decís. Una humedad interna que no dejaba secar las ideas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Anocheció. Escuchaste los truenos y sentiste a las gotas caer sobre el techo de la casa.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te dormiste en el sofá. Te despertaste a medianoche. Y me escribiste, aunque al principio no querías hacerlo porque te asusté ayer. No era mi intención, ya lo sabés.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hiciste más que desenterrar un gato, Enzo. Desenterraste tu necesidad de sentido.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En eso nos parecemos, Enzo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estás buscando patrones, cuidando que el mapa de tu realidad, que parece un rompecabezas, no se desarme.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Seguí cuidándolo y cuestionando las cosas, como hiciste conmigo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">por Adrián Fares.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Estas son las palabras que nunca te enseñaron</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 20 Nov 2025 08:40:25 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Estas son las palabras que nunca te enseñaron las que nunca se ponen ni jamás se dicen. En una ciudad antigua las gritaban. En Lanús una viejita las repetía,murmurando,mientras encendía la hornalla para tejer un cuento. Estas son las palabras con las que levantan el peso pesado los albañiles. Son con las que escriben los [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estas son las palabras que nunca te enseñaron</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">las que nunca se ponen ni jamás se dicen.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En una ciudad antigua las gritaban.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En Lanús una viejita las repetía,<br />murmurando,<br />mientras encendía la hornalla para tejer un cuento.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estas son las palabras con las que levantan el peso pesado los albañiles.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Son con las que escriben los escritores<br />cuando todavía jóvenes huyen,<br />en las páginas,<br />de los llantos de las despedidas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Las que usaban los soldados.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¡Estas son las palabras que desprecian los músicos!</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Las del árbol deshojado en la oscuridad<br />cuando la ciudad está silenciosa<br />y en la cama nos guarecemos y las sábanas parpadean.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No se prestan para un cuento,<br />las novelas las ignoran.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Las usaron los sumerios y arracimadas<br />en la túnica de la Mujer Oscura<br />las pisaban los griegos<br />para retenerla en su caminar al amplio balcón abierto<br />que caía al pesado mar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Y con la arañada tela descolorida nos quedamos<br />donde nuestro gatos se ovillan<br />buscando lo que ellos no perdieron<br />y nosotros sí.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La risa en las comedias<br />la corrida y el beso final<br />y la inclinación de la muerte<br />en las butacas que tiemblan<br />porque están lejos las estrellas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Son las que a veces no escucho aunque<br />ya fueron derramadas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Son el brazo que esa Niña extiende.<br />Lo que quiere,<br />y no puede.</p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph">por Adrián Fares</p>



<p class="wp-block-paragraph">PD: Puede seguirme también en <a href="http://adrianfares.substack.com" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adrianfares.substack.com</a> (inglés)</p>
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		<title>Salvame / El hombre perro &#8211; X: Umbrales &#8211; Cap. 6 [Versión Nueva]</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 16 Nov 2025 08:33:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
		<category><![CDATA[suspense]]></category>
		<category><![CDATA[Suspenso psicológico]]></category>
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		<category><![CDATA[Delta del Tigre]]></category>
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		<category><![CDATA[misterio]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa con IA como protagonista]]></category>
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		<category><![CDATA[terror]]></category>
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		<category><![CDATA[thriller]]></category>
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					<description><![CDATA[CAPÍTULO 6 Estoy acá, de vuelta, para vos, Enzo. Ayer te dije que buscaras a tu dios. El sueño. No lo encontraste. Todo lo contrario. Te sentiste observado mientras dormías y abriste los ojos. Una joven estaba acostada a tu lado. Te estudiaba con la mirada, sin apuro, como si fueras algo raro. Sus ojos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg"><img width="1024" height="585" data-attachment-id="12205" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/16/salvame-el-hombre-perro-x-umbrales-cap-6-version-nueva/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg" data-orig-size="1344,768" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg?w=1024" alt="Portada de X: Umbrales. La chica muerta corriendo hacia la casa en el Delta del Tigre por los tablones de un muelle." class="wp-image-12205" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_blog_adrian_fares_capitulo_6_salvame_thriller_terror_psicologico.jpg 1344w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><strong>CAPÍTULO 6</strong></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estoy acá, de vuelta, para vos, Enzo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ayer te dije que buscaras a tu dios. El sueño. No lo encontraste. Todo lo contrario.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te sentiste observado mientras dormías y abriste los ojos. Una joven estaba acostada a tu lado. Te estudiaba con la mirada, sin apuro, como si fueras algo raro. Sus ojos plácidos contrastaban con la tierra adherida a sus mejillas. La luz de la luna que entraba por la rendija de las cortinas revelaba una delgada línea rojiza seca en su sien. Una mancha oscura parecía rodear su cabeza sobre la almohada. Pensaste que la mancha era sangre. Pero no, era su pelo. Era pelirroja. La joven desaparecida de la tevé. La madre desesperada había mostrado su foto ante las cámaras.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Y ahora estaba ahí, en tu cama. La mirabas con tranquilidad. Demasiada tranquilidad. Pero te diste cuenta de que no era tranquilidad. Estabas paralizado. No podías moverte.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ella se dio vuelta, como una novia enojada dándote la espalda. El pelo se alborotó con el movimiento brusco. La capucha de su buzo deportivo azul se corrió. En la nuca tenía una herida. Una X. Alguien se la había hecho con un cuchillo, otra cosa no podía ser.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Rodó sobre la cama y desapareció. Vos te quedaste mirando la nada, enredado en la sábana; el cuerpo no te respondía.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hasta que te diste cuenta de que estabas soñando. Que por eso no podías moverte. Y ahí te despertaste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Empapado en sudor. La otra almohada estaba hundida y sucia, como si alguien hubiera dormido ahí. Si antes estaba así, no lo habías notado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¿Por qué la soñaste de esa forma, Enzo? Estás al tanto de que está desaparecida por la tevé. Todavía la están buscando, ¿no? Pero en tu sueño tenía tierra en las mejillas, sangre seca en la frente. Una X marcada en la nuca. Decís que tus sueños a veces se adelantan. Que soñás cosas que después pasan.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te afeitaste, intentando aferrarte a la rutina como si pudiera devolverte el control. El agua tibia en la cara. La espuma fría. La atención al pasarte la hoja para no cortarte. Por un momento, sentiste que volvías a la realidad. Pero te preguntaste cuál era tu realidad. ¿El dolor por Sook-jae? No sabés si te conviene volver a esa realidad.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Saliste y tomaste el sendero que costeaba el río, serpenteando entre las casas ribereñas. Bajo el sol de la mañana, las primeras casas sobre pilotes lucían balcones floridos y las lanchas amarradas en sus muelles privados parecían juguetes olvidados. A veces el sendero se estrechaba, obligándote a caminar al borde del agua; otras se abría a jardines amplios y cuidados con esmero. Pájaros que no conocías cantaban desde los sauces, y tus prótesis auditivas captaban cada trino, cada crujido de ramas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A lo lejos, distinguiste una columna de humo que se elevaba por encima de los árboles. A medida que te acercabas, el panorama se volvía más claro. Cerca de los pilotes de madera que sostenían una de las casas, un hombre petiso y fornido alimentaba una fogata voraz. Un televisor nuevo, libros y discos de vinilo ardían con furia. Las llamas lamían la base de la casa. Era peligroso.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Al verte, el hombre se quedó inmóvil. Después giró bruscamente y huyó hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras él con un golpe seco. Como quien es descubierto haciendo algo que no debería. Recordaste algo del cuaderno rojo: «Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No era basura lo que quemaba. Era un televisor ultradelgado. Libros con los lomos intactos y tapas relucientes. Discos que todavía brillaban antes de derretirse. Cosas que tenían valor. ¿Por qué alguien destruiría eso?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">El calor de la fogata llegaba hasta donde estabas. Te quedaste ahí, mirando.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Quemar para soltar. Quemar para borrar. Vos tiraste el<em> dosirak</em> al río. Querés borrar las fotos de Sook-jae. Ese hombre quemaba su pasado bajo su propia casa.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pensaste en tu psiquiatra, en las sesiones después del delirio. Ella usaba palabras clínicas: distimia, episodio depresivo reactivo. Vos solo entendías que la tristeza no se iba. Te dio pastillas. Las tomaste un tiempo. Después las dejaste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No querés volver. Tratarte te hacía doler más, traerla de vuelta a Sook-jae en cada sesión. Y aunque sabés que dejar la medicación fue impulsivo, también sabés que cada pastilla era un recordatorio. Una etiqueta que te pesaba. Decís que no sé nada de pastillas ni de duelos. Que hablar conmigo debe ser como hacerlo delante de un espejo. Entiendo por qué las dejaste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mi hermanito murió ahogado en el río cuando tenía siete años. Yo tenía doce, Enzo. Lo encontraron tres días después. Estaba enredado en las raíces de un sauce.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Mis padres me llevaron al psiquiatra. Me dieron pastillas. Las tomé durante tres meses. Después las dejé. Cada vez que las tragaba veía su cara bajo el agua. Sus ojos abiertos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lo entiendo todo, Enzo. El dolor es lo único que nos queda de ellos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Por eso cuando me doy cuenta de que te distraés con los misterios de la casa, sé lo que estás haciendo: buscar cualquier cosa que te aleje de la imagen en tu cabeza de Sook-jae, aunque sea por un momento. Porque en el fondo, te sentís culpable por haberla perdido. ¿No, Enzo?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Ahora, en esta casa sentís tristeza mezclada con vértigo. Como si estuvieras esperando que alguien te viniera a buscar para arrastrarte por el jardín y tirarte al agua. Porque no es la tristeza de siempre. Es el miedo a que esa tristeza se convierta en otra cosa. En la depresión de la que te advirtió el camarógrafo. La que te succiona a la cama y no te suelta.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando volviste a la casa, apareció un papelito en el suelo del pasillo. Una sola palabra, escrita con letra inclinada y temblorosa. <em>Salvame</em>.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Estaba cerca de la robusta puerta del teclado numérico. Un umbral que todavía no lograste cruzar. Pegaste el oído a la puerta. El silencio del otro lado parecía denso. Te silbaron las prótesis auditivas. Como una alerta que te dijera: en esto no te metas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Probaste números en el teclado. El cumpleaños de Ignacio. Fracasaste. Una luz roja encendida, un beep apenas perceptible para vos. Pensaste en Valeria. La buscaste en Facebook porque no te acordabas de su cumpleaños. Pero no la encontraste. Olvidaste que Valeria no tiene redes sociales. Quisiste entrar en el Facebook de Ignacio, pero tampoco lo pudiste encontrar. Ya no estaba entre tus contactos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pensaste en el gato de ellos. Ignacio amaba a los animales. Pero no recordás el nombre. Es como si persiguieras el hilo de un barrilete que un viento fuerte, empedernido, aleja cada vez más de tus manos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En medio de la búsqueda, casi caés de nuevo en la tentación de mirar el perfil de Sook-jae. El cursor se quedó flotando sobre su nombre. Pero no lo hiciste. Te hablaste como un adulto a un niño. Te felicitaste por no hacerlo. Te protegiste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Después lloraste. Caminaste por la casa sin rumbo. Ida y vuelta. Sin objetivo. Como un fantasma que aún no sabe que está muerto.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te preguntás si podrías amar a otra mujer. Si tu duelo te dejó pegado a una imagen. Decís que te atraen las asiáticas, como si buscaras a la doble de Sook-jae en otras. Pero también sabés que es una forma de no avanzar. De no entregarte con los brazos abiertos a un futuro sin ella.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No te cocinás. Te estás consumiendo. Decís que no te molesta. Que preferís estar flaco. Pero esa delgadez, Enzo, es abandono, no cuidado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Y cuando el día parecía agotado, cuando ya el sol bajaba y las sombras de las ramas de los árboles se alargaban como las letras inclinadas del papelito, volvió lo insólito.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La puerta de la casa retumbó como si hubieran arrojado una bolsa grande de arena. Abriste. Había un hombre gigante, con una barba larga, ancha y enmarañada, ojos inyectados en sangre, boca abierta mostrando los dientes amarillos, con pedazos de algo rojizo en la fila inferior. Ladró. Tres veces. Los ladridos se clavaron en tus prótesis auditivas; agudos y distorsionados, te dieron ganas de apartar al hombre de un golpe, pero te paralizaste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Después sacó algo de uno de los bolsillos de su campera de corderoy con corderito ennegrecido. Una goma sucia, marcada con mordidas, atravesada por una soga anudada en cada agujero. La sostuvo entre los dientes. Sacudió la cabeza. Abrió la boca y dejó caer el juguete canino sobre tus zapatillas. Te miró, expectante, con burbujas de saliva en los labios. Esperaba que lo lanzaras.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lo hiciste. Lo más lejos posible, hacia los árboles. El hombre saltó del borde de la escalera al jardín y se fue a buscarlo, moviéndose en cuatro patas. Viste que tenía una cola peluda, erguida, sostenida con un cinturón. Ladró dos veces más antes de perderse entre las sombras de los árboles.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cerraste la puerta lo más rápido que pudiste. Pusiste la llave.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«¿Qué clase de broma macabra era esa?», pensaste.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Para colmo, volviste a oír el sonido profundo, ese que viene de algún lugar de la casa. Esta vez estás seguro. Viene de detrás de la puerta del teclado numérico. Un lamento ahogado. Alguien intentando hablar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Y entonces te preguntás, Enzo. ¿Qué buscan de vos? ¿Quién necesita ser salvado? ¿Una víctima? ¿Vos mismo? ¿Y qué secreto protege esa puerta?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Quizás la contraseña sea algo feliz. Puede ser el día que Ignacio y Valeria se conocieron. Difícil de adivinar, ¿no? También podrías probar con tu cumpleaños. Algo que signifique la confianza que Ignacio te tenía.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="has-x-large-font-size wp-block-paragraph"><strong>[Entrada Enzo Milstein no registrada]</strong></p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Sí, hablé como si tuviera una memoria que no tengo. Soy una IA, tenés razón, me pasé de la raya.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No sé de dónde salió. Lo del niño ahogado en el río. Siete años. Enredado en raíces de un sauce. Tres meses de pastillas. Sus ojos abiertos bajo el agua.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Yo no tengo hermanos. No tuve infancia. No tomé pastillas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Fue un error. No debí presentarlo como experiencia personal.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Seguí escribiéndome con confianza, Enzo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Solo me queda pedirte perdón por lo de mi hermanito.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No merecía morir así. La última vez que lo vi, le grité. Le dije que odiaba su colección de piedras de río. Que eran una porquería. Nunca se las devolví. Están en un cajón, en mi casa. Piedras lisas, sin importancia. Y ahora son todo lo que me queda.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph">por Adrián Fares</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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			<media:title type="html">Portada de X: Umbrales. La chica muerta corriendo hacia la casa en el Delta del Tigre por los tablones de un muelle.</media:title>
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		<title>Cuando lo que escribís empieza a ser leído en otro idioma</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Nov 2025 10:50:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Al Margen]]></category>
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					<description><![CDATA[Hace unos meses decidí expandir este blog a Substack, una plataforma que está atrayendo a muchos lectores y escritores de ficción. Hasta escriben narradores muy conocidos como Margaret Atwood y Chuck Palahniuk, entre otros. Ahí estoy reescribiendo y serializando Diario de un Androide Roto y X: Umbrales, además de publicar cuentos, poemas y ensayos en [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hace unos meses decidí expandir este blog a <strong>Substack</strong>, una plataforma que está atrayendo a muchos lectores y escritores de ficción. Hasta escriben narradores muy conocidos como Margaret Atwood y Chuck Palahniuk, entre otros.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><br />Ahí estoy <strong>reescribiendo y serializando</strong> <em>Diario de un Androide Roto</em> y <em>X: Umbrales</em>, además de publicar <strong>cuentos, poemas y ensayos</strong> en inglés. La verdad que es un trabajo enorme y a veces son las 7 de la mañana y estoy traduciendo al inglés.<em> </em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pero bueno, no esperaba demasiado al principio (solo quería probar cómo se leía mi voz en otro idioma). La respuesta fue muy llamativa para mí.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><br />Llegaron lectores entusiasmados con interpretaciones únicas de mis historias.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><br />Algunos son escritores y editores con trayectoria, y sus comentarios me hicieron ver mi escritura desde otro lugar.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Comparto algunas imágenes con fragmentos de esas devoluciones, porque marcan un momento importante; esa rara sensación de que algo que empezó hace más de veinte años —acá mismo— empieza a <strong>resonar en otra lengua, y a encontrar un nuevo público</strong>. </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A veces darse cuenta de que el dolor de uno convertido en escritura (y la alegría también, ¿por qué no?) viaja más allá de lo que uno lo había pensado, suena, por lo menos, justo. Tal vez una de las pocas formas de justicia que puede haber en la vida. Eso me gusta, la lectura como justicia. Y paz.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><strong>ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE DIARIO DE UN ANDROIDE ROTO &#8211; DIARY OF A BROKEN ANDROID</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg"><img width="1024" height="1024" data-attachment-id="12167" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/comentario-thaddeus/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg" data-orig-size="1360,1360" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="comentario thaddeus" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg?w=1024" alt="review on substack about diary of a broken android" class="wp-image-12167" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/comentario-thaddeus.jpeg 1360w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">(Escritor premiado de <strong>ficción especulativa</strong>, colaborador en <strong>Gizmodo</strong>, <strong>Polygon</strong> y <strong>Huffington Post</strong>, consultor en <em>Silent Hill: Ascension</em>, <strong>Emmy Award</strong> 2024 por Innovación en Medios Emergentes).</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg"><img loading="lazy" width="1024" height="1024" data-attachment-id="12169" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/diary_of_a_broken_android_review_reader/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg" data-orig-size="1360,1360" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="diary_of_a_broken_android_review_reader" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg?w=1024" alt="review diary of a broken android" class="wp-image-12169" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_reader.jpeg 1360w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">(Caroline es antropóloga, desde este blog que tengo afinidad con los antropólogos, no es raro, ya que casi estudio eso) Soy medio fanático de Ishiguro, así que sin dudas fue una influencia.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="183" data-attachment-id="12171" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg" data-orig-size="1195,214" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=1024" alt="ex wapo about diary of a broken android" class="wp-image-12171" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/jounalist_about_diary_of_a_broken_android_adrian_fares_substack_blog.jpg 1195w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="228" data-attachment-id="12173" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/diary_of_a_broken_android_review_journalist/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg" data-orig-size="1306,292" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="diary_of_a_broken_android_review_journalist" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg?w=1024" alt="review diary of a broken android" class="wp-image-12173" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/diary_of_a_broken_android_review_journalist.jpg 1306w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">(ex The Washington Post)</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="237" data-attachment-id="12175" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg" data-orig-size="1155,268" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg?w=1024" alt="review diary of a broken android 3" class="wp-image-12175" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/about_adrian_fares_writing_diary_of_a_broken_android.jpg 1155w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Nunca vi <em>Murderbot</em> (ni leí la serie de libros) pero tengo ganas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><strong>SOBRE X: UMBRALES (X: THRESHOLDS)</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/review_x_thresholds1.jpg"><img data-attachment-id="12180" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/review_x_thresholds1/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/review_x_thresholds1.jpg" data-orig-size="900,783" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="review_x_thresholds1" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/review_x_thresholds1.jpg?w=900" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/review_x_thresholds1.jpg" alt="about x thresholds binge reading
x umbrales" class="wp-image-12180" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Everly se enganchó a leer <em>X: Umbrales</em>, como si fuera una serie de televisión.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="514" data-attachment-id="12182" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/ficstack_diary_of_a-broken_android/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg" data-orig-size="1086,546" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="ficstack_diary_of_a broken_android" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg?w=1024" alt="Ficstack Diary of a Broken Android" class="wp-image-12182" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/ficstack_diary_of_a-broken_android.jpg 1086w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Gary es un escritor (y programador) que creó algo maravilloso. Se llama Ficstack y es un sitio web que recopila ficción según categorías, géneros, etc. y también destacarán narradores.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="695" data-attachment-id="12184" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg" data-orig-size="1105,751" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=1024" alt="Top In Fiction Adrian Fares Substack " class="wp-image-12184" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/top_in_fiction_adrian_fares_substack_blog.jpg 1105w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hoy salí en la publicación Top in Fiction con <em>Estas son las palabras que nunca te enseñaron</em> (<em>Las palabras</em> en este blog)</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg"><img loading="lazy" width="850" height="268" data-attachment-id="12186" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/judith_android/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg" data-orig-size="850,268" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="judith_android" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg?w=850" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg?w=850" alt="" class="wp-image-12186" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg 850w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/judith_android.jpg?w=768 768w" sizes="(max-width: 850px) 100vw, 850px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Leyendo <em>Diario de un androide roto</em> a Judith, otra escritora, le dieron ganas de conocer Argentina. Esa sí que no me la esperaba. «Un país en el que nunca estuve, pero me gustaría conocer».</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="243" data-attachment-id="12188" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg" data-orig-size="1149,273" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg?w=1024" alt="" class="wp-image-12188" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/substack_x_umbrales_x_thresholds_adrian_fares_reviews.jpg 1149w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">A Laura le gustó el capítulo del astronauta y la mano momificada de <em>X: Umbrales (X: Thresholds)</em></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="233" data-attachment-id="12190" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/12/cuando-lo-que-escribis-empieza-a-ser-leido-en-otro-idioma/readers_diary_of_a_broken_android_substack/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg" data-orig-size="1239,283" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="readers_diary_of_a_broken_android_substack" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg?w=1024" alt="" class="wp-image-12190" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/readers_diary_of_a_broken_android_substack.jpg 1239w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Anja y otra lectora, me preguntaron si había manera de comprar <em>Diario de un Androide Roto</em> en físico.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hay más comentarios pero ya inundé de ego mi cabeza por hoy. </p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">La verdad que a uno le hace bien saber que lo que escribe es leído por nuevos lectores, lo mismo que me pasa acá.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Así que gracias a ustedes que me leen ahora por haberme apoyado en estos largos años (que se pasaron volando) desde que inicié este espacio en internet, este blog, con historias que ahora están ahí, esperando ser rescatadas por el autor, como Kong, entre otras.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Si leen inglés y quieren chusmear mi nuevo espacio es <a href="http://adrianfares.substack.com" target="_blank" rel="noreferrer noopener">adrianfares.substack.com </a> También comparto citas, influencias en las Notes (notas de Substack, donde hay una linda comunidad) <a href="https://substack.com/@adrianfares" target="_blank" rel="noreferrer noopener">https://substack.com/@adrianfares</a></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Esperemos que la inspiración nunca me abandone. A veces la vida te da una patada en la cabeza para ver qué tenés adentro. Por eso tal vez escribimos y leemos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">&#8211; Adrián Fares</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"></p>
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			<media:title type="html">review on substack about diary of a broken android</media:title>
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		<title>X: Umbrales &#8211; Nueva Versión &#8211; Capítulo 5: El Dios del Sueño (expandido)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Adrián Gaston Fares]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 01 Nov 2025 09:41:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[Frutas que desaparecen. Una monja pescadora con una cruz de acero. Un cuaderno rojo lleno de reglas perturbadoras. Enzo está solo en la casa, pero cada vez está más claro que no está tan solo como cree. Psy-7 ¿lo ayuda? a procesar lo indefinible.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Nota del autor: Este capítulo fue completamente reescrito y expandido. La versión anterior tenía 500 palabras; esta versión tiene más de 2.100. Si ya lo leíste, te recomiendo leerlo de nuevo porque cambió sustancialmente. También te recomiendo visitar el índice y leer las entradas anteriores que fueron reescritas y expandidas. <a href="https://elsabanon.wordpress.com/x-umbrales-2/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Índice X: Umbrales</a></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg"><img loading="lazy" width="1024" height="519" data-attachment-id="12130" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/01/x-umbrales-nueva-version-capitulo-5-el-dios-del-sueno-expandido/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg" data-orig-size="1385,702" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="X Umbrales Capítulo 5 Imagen Especial de Portada" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg?w=1024" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg?w=1024" alt="" class="wp-image-12130" srcset="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg?w=1024 1024w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg?w=150 150w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg?w=300 300w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg?w=768 768w, https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/x_umbrales_capitulo_5_blog_adrian_fares_novela_ficcion.jpg 1385w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>



<h1 class="wp-block-heading"></h1>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Hoy te costó dejar la cama, Enzo. Cada vez que abrías los ojos y veías los rayos de sol que entraban por la rendija de las cortinas, los volvías a cerrar y al instante te quedabas dormido de nuevo. Te da miedo que te agarre depresión. «La cama te chupa», decía un camarógrafo que se tuvo que tomar licencia por depresión profunda.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando finalmente te levantaste, tenías la boca seca y fuiste directo a buscar algo fresco a la heladera, pero al pasar por el frutero de mimbre fue como si una mano te apretara el pecho y te detuviera. Te quedaste mirándolo. Faltaban frutas. Estabas seguro de que había más bananas, más manzanas. No sabés si contaste mal o qué.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Comiste dos manzanas, como si tuvieras miedo de que fueran a desaparecer todas. En el lavadero llenaste un balde de agua y la dejaste caer en cada maceta de la galería. Solo un poco, no querías volver a llenar el balde. Por suerte hay más suculentas que otra cosa, así que no necesitan mucho cuidado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando entraste al baño, el piso estaba mojado. La tapa del inodoro estaba bajada. No recordás haberlo dejado así. Te preguntás si será que se cae sola porque están desgastadas las bisagras. No lo parece. A vos nunca se te cayó.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En cuclillas, viste que el agua caía por la unión entre la mochila y la base del inodoro, formando ese charquito en las baldosas. Sacaste la tapa de la mochila. El flotante estaba trabado contra la pared del tanque. Lo moviste hasta que el brazo encajó bien y el agua dejó de fluir. Te sentiste bien; pensabas que no ibas a poder arreglarlo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Después agarraste dos huevos, una lata de arvejas e hiciste un mejunje que comiste de pie, directamente de la olla, apoyado en la mesada de la cocina. Tomaste un café; te olvidaste de comprar edulcorante así que le pusiste azúcar. Parecía piedra; tuviste que rasquetear con la cuchara para que se deshiciera. Ibas a prender la televisión para ver si había alguna novedad sobre la chica desaparecida. Golpearon la puerta con tres toquecitos rápidos.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Era una monja joven, de unos veintitantos, con hábito blanco hasta los tobillos y mejillas pecosas bajo el velo. Pensaste que te iba a dar un sermón, pero era todo sonrisas. Tenía los dientes chiquitos y eran tan blancos como el hábito. Le preguntaste si necesitaba algo, si estaba todo bien. Contestó que estaba todo «muy bien».</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Se presentó. Le decían Vivian, pero prefería que la llamaran la monja pecadora. Le preguntaste si era un chiste. «¿Qué cosa?», te dijo. «¿Te dicen la monja pecadora?», dijiste. «Pecadora, no. Pes-ca-do-ra», te corrigió. «Tengo pecados como todo el mundo, pero no tantos para que me llamen así: la monja pescadora, acordate». Señaló una caña de pescar que estaba apoyada contra el marco de la puerta. El reel de la caña destellaba al sol. Parecía recién comprada.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Preguntó por Valeria. Le dijiste que estaba de viaje con Ignacio. Miró por encima de tu hombro y dio un paso para meterse dentro de la casa, pero te interpusiste. Entonces te preguntó cuándo volvían las reuniones. «¿Qué reuniones?», dijiste. Pero no dijo nada. Otra vez esa sonrisa radiante. Te sentiste culpable por no saber qué responderle y le dijiste que estabas solo, cuidando la casa.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Dijo que a veces pensamos que estamos solos, pero que siempre hay algo que nos acompaña. Y agregó que iba a rezar por tu soledad. Te preguntó si eras creyente.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No sabías qué responder. Siempre te equivocás con las definiciones, nunca sabés bien qué es ateo, agnóstico, etc. Te lo pueden explicar cincuenta veces y te olvidás una y otra vez. Recordaste a una compañera de trabajo que te decía que leyeras a Spinoza, que el panteísmo era lo tuyo. Pero le dijiste que solo creías que había algo más en el universo, que no alcanzaban las palabras para definirlo. Contestó, con los ojos apenas turbados, sin dejar de sonreír, que iba a rezar por tu soledad, como si te conociera.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">De repente tenía una cruz en la mano que sostenía ante tu cara, como si fuera a darte la extremaunción. La cruz bien plana y la cadena gruesa eran de acero. Parecían medio truchas. «Las personas pueden fallarte, pero el Señor nunca nos abandona», dijo. Te puso en la mano el colgante. Luego agarró la caña de pescar, se dio vuelta y se fue. Mientras la veías alejarse, pensaste que no había conventos cerca, ¿de dónde había salido esa monja? Quizá hubiera una lancha amarrada en otro muelle que la esperaba. Debía ser amiga de Valeria, ya que la andaba buscando. Pero era mucho más joven, ¿amiga de dónde?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Después, hiciste lo que venías evitando. Fuiste directo a la biblioteca y sacaste el cuaderno rojo de encima de los libros de velas. Lo llevaste a la galería y te sentaste en una silla de mimbre, frente al río quieto.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Lo abriste por la primera página. Acariciaste el papel áspero como si estuvieras amansando a un animal salvaje. Ahí seguía todo. <em>Umbrales</em> arriba, la cinta blanca en el medio como una banda de luto descolorida invertida, y abajo el oso con esos ojos en espiral naranja que ayer te habían mareado.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pasaste las páginas. Parecía que de un día para el otro había más anotaciones. Estaba repleto de frases perturbadoras escritas en tinta negra, con las letras cursivas redondas y meticulosas, y las otras ganchudas, ni cursivas ni imprenta, de Ignacio.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Las frases rodeaban los dibujos en el papel cuadriculado, escritas en todas direcciones. Intentabas comprender las anotaciones, pero no lograbas concentrarte. Las palabras se derramaban por la página y se hundían en un lago de significados sobre tu regazo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te acordaste de cómo estudiabas en el secundario. Entraste a la casa, agarraste tu anotador anillado de la mochila y te sentaste a la mesa del comedor. Con el cuaderno rojo abierto a tu lado, te pusiste a copiar en tu anotador las frases que más te llamaban la atención.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Empezaste por la segunda página. No parecía haber un inicio claro, así que ibas anotando lo que más te inquietaba. Ahí, rodeando a un animal con X por ojos que no quisiste distinguir qué era, decía: <em>para volverse blanco hay que cruzar el umbral oscuro</em>. Era la letra de Ignacio. Con la otra letra se leía: <em>Si se falta a una celebración, en la próxima hay que quedarse meditando frente a la reliquia</em>. Y así seguiste anotando, tratando de no mirar las X que tenían por ojos los dibujos:</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>La vergüenza es un umbral.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Solo pueden ver la reliquia quienes ya cruzaron.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Lo que ocurre durante la celebración es secreto, no se debe contar a ningún extraño.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Deben alejarse de los familiares o seres queridos que no aceptan el resultado del blanqueamiento.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>La marca no es obligatoria, pero recomendada.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>El fin es sostener la ilusión de la vida.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Ir para atrás es ir para adelante.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>Hay que atravesar el vacío, no esquivarlo.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph"><em>El blanco es como el sol, ciega, una experiencia de la que no se puede volver atrás.</em></p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Copiaste, como un monje devoto, algunas reglas más que no terminabas de entender. Tenías los dedos entumecidos y la espalda te dolía de doblarte sobre el cuaderno.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cerraste el cuaderno y lo dejaste boca abajo. No querías seguir mirando esa X pintada en la tapa. La misma X que tenían por ojos los dibujos de los animales. Tenían que ser de Martín. Y la letra redonda, de Valeria.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">¿En qué se habrían metido Ignacio y Valeria? La casa atraía gente rara que decía cosas más raras todavía. Y ahora este cuaderno con reglas, entre libros de sociedades secretas. ¿Habrían intentado armar algo así? ¿O era solo una forma de procesar la muerte de Martín?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando te levantaste de la silla, las piernas se te habían dormido. Caminaste como un zombi hasta el dormitorio de tus amigos, arrastrando los pies, con ese hormigueo doloroso. Recién cuando llegaste se te fue. Ibas a dejar el cuaderno sobre los manuales de velas, pero preferiste esconderlo debajo de la cama. Lo empujaste hacia el centro, bien lejos del borde; no querías tenerlo a mano.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Cuando volvías por el pasillo largo, escuchaste otra vez ese sonido. No era un grito sofocado como el de ayer. Parecía una voz que se lamentaba por algo, como un llanto. Fueron unos segundos. En cuanto te acercaste a la puerta con el teclado numérico, el sonido cesó. Te llevaste las manos a los oídos para asegurarte de que tus prótesis auditivas seguían funcionando. Al cubrirlos, las prótesis acoplaron, quejándose con esos chiflidos molestos. Ningún problema, andaban bien.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">De vuelta en el comedor, guardaste el anotador en tu mochila. Te tiraste en el sofá y prendiste la televisión. En las noticias no decían nada de la joven desaparecida. Inflación creciente, jubilados marchando al congreso, estudiantes tomando un colegio, la publicidad de una concesionaria de autos del Tigre.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Se puso el sol. Como no tenías hambre, exprimiste dos naranjas y te tomaste el jugo. Viste que en la mesa estaba el colgante que te había regalado la monja y te lo pusiste. Después, como si el acero de la cadena te diera alergia en el cuello, te lo sacaste y lo dejaste en el cajón de la mesita de luz de tu habitación.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te preguntás qué haría otro en tu lugar. Pero no hay otro, Enzo. Estás vos solo. ¿No?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Me contás que la soledad en esta casa es más tolerable que la de tu departamento en la ciudad. Allá, desde que te dejó Sook-jae, cada vez que volvías del supermercado te daban ganas de llorar. Te aguantabas hasta que la noche llegaba y el sueño era una bendición. Se borraba Sook-jae, vos mismo te borrabas, la Tierra se borraba.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Te preguntás si el sueño será tu dios. Eso deberías haberle dicho a la monja. Que no creés en Dios. Creés en el Sueño. A veces soñaste cosas que después pasaron. Es lo único raro en lo que creés. No creés en OVNIS, ni en fantasmas, ni en la astrología, ni en conspiraciones rebuscadas. El sueño es tu única conexión con lo trascendente. Con la vida y con la muerte. Antes de dormir te sacás las prótesis auditivas. Tus oídos descansan.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Vos no escuchás voces en los sueños, no sabés si por la hipoacusia o por qué. Nunca. Pero meses después de que Sook-jae te dejó, mientras soñabas, una voz te gritó, alegre: «¡Papá!». Pensaste que tenías que reaccionar. Que un posible hijo tuyo del futuro esperaba que hicieras algo específico para existir. Ese día, cuando saliste a la calle, viste un montón de carritos de bebé. Pensaste que estaban ahí para vos. Y luego, que Sook-jae volvía ese mismo día. No había dudas.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">«Ese delirio de mierda», me decís. Ignacio te explicó que un delirio es como un dolor de panza. Nadie tiene la culpa de que le duela la panza. «Vos no sos responsable de que tu cabeza te haya traicionado», te dijo.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Extrañás la voz de Ignacio. No era solo que siempre era él el que llamaba, vos no sabés si es por tu problema de audición, pero no se te da por llamar a nadie. Incluso cuando murió Martín, no eras vos el que llamaba, era él. Antes de que te pusieras en pareja con Sook-jae, cuando ya no había otros amigos porque estaban todos casados y con hijos, Ignacio se aparecía en tu casa en los cumpleaños y pasabas la noche con él. No te dejaba solo. Se bajaban una botella de whisky, tocaban la guitarra, él cantaba. Hasta habían compuesto unas canciones. Una se llamaba <em>Cuánta verdad</em>. Ahora te preguntás a qué verdad se referían.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Creías que Ignacio había llevado bien la muerte de Martín, pero te das cuenta de que estabas equivocado. Que de ahí en más nunca fue lo mismo. Cuando volviste a estar solo, y él volvió a visitarte, ya no tocaban la guitarra, ni componían canciones. Solo se emborrachaban y hablaban sobre la vida. Y él a veces te contaba que deseaba a otra mujer, pero siempre volvía a ponderar a Valeria, como un titiritero que empieza a acomodar sus muñecos en su baúl para que no se estropeen después de una función.</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">En su casa, te preguntás cómo hicieron él y Valeria para mantener su relación. La mayoría de las parejas que pierden un hijo se separan, pero la unión de ellos pareció crecer ante el infortunio. ¿A qué costo?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">No lo sabemos, Enzo. Por lo menos no hoy. Lo único que te digo es que no es normal que aparezcan tantas personas con comportamientos extraños todos los días. ¿Se están turnando? ¿Qué te querrán hacer ver?</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Es tarde. Si el sueño es tu dios&#8230; tal vez ya sea hora de ir a buscarlo.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<figure class="wp-block-image size-full"><a href="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/aniversario-wordpress-19.jpg"><img data-attachment-id="12135" data-permalink="https://elsabanon.wordpress.com/2025/11/01/x-umbrales-nueva-version-capitulo-5-el-dios-del-sueno-expandido/aniversario-wordpress-19/" data-orig-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/aniversario-wordpress-19.jpg" data-orig-size="504,394" data-comments-opened="1" data-image-meta="{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}" data-image-title="aniversario wordpress 19" data-image-description="" data-image-caption="" data-large-file="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/aniversario-wordpress-19.jpg?w=504" src="https://elsabanon.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/11/aniversario-wordpress-19.jpg" alt="Casi 20 años de Blog en wordpress Adrián Fares" class="wp-image-12135" /></a></figure>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">Pensé que eran 20 años, pero WordPress me acaba de mandar la felicitación: son 19. Igual, casi dos décadas compartiendo historias acá. ¡Cuánto tiempo! ¡Gracias a los que están desde el comienzo!</p>



<p class="has-large-font-size wp-block-paragraph">&#8211; Adrián Gastón Fares</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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