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Meditaciones Dominicales
Yo estaré con vosotros (Mt 28,16-20)
Ascención del Señor - 4 de mayo de 2008 "Jesucristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre". Este es un artículo de nuestra fe que profesamos en el Credo. Nadie puede negar que esta verdad acerca de Jesucristo está revelada en la Escritura. En efecto, en la conclusión del Evangelio de Marcos leemos: "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles (a los once apóstoles), fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16,19). La misma conclusión leemos en el Evangelio de Lucas: "Mientras Jesús los bendecía (a los Once y a los que estaban con ellos), se separó de ellos y fue llevado el cielo" (Lc 24,51). Así está expresado el misterio de la Ascensión de Jesús al cielo, que celebramos este domingo. Pero sin duda el relato más explícito de este evento lo encontramos en el comienzo de los Hechos de los Apóstoles: "Fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos" (Hech 1,9). Este libro es el segundo tomo de la obra de Lucas. El primer tomo es el Evangelio, donde Lucas trata "sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que... fue llevado al cielo" (Hech 1,1.2). Después de este hecho comienza Lucas a relatar lo que "hicieron y enseñaron los Apóstoles" en cumplimiento del mandato de Jesús: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hech 1,8). La Ascensión es el hecho demarcatorio entre la obra de Jesús y la de los apóstoles. Los relatos de la Ascensión son unánimes en afirmar que Jesús fue llevado al cielo en presencia de sus discípulos, que en ese momento eran once. Para acentuar esta circunstancia el primer "hecho de los apóstoles" que relata este libro después de la Ascensión de Jesús fue la restitución del número doce de los elegidos por Jesús, llenando el lugar que Judas con su traición había dejado vacío. El Evangelio de hoy, tomado de la conclusión de Mateo, no incluye una afirmación explícita del hecho mismo de la Ascensión, pero al transmitirnos las últimas instrucciones que Jesús resucitado da a los Once, la da por supuesta. Después de las palabras que Jesús pronuncia, que son claramente las últimas, ya no se puede esperar nada más que su subida al cielo. Jesús había dicho a los miembros del tribunal que sentenció su muerte: "Veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes del cielo" (Mt 26,64). Esa afirmación fue tan explícita que los jueces consideraron que era una blasfemia que lo hacía reo de muerte. Jesús resucitado había dado cita a los Once en Galilea, mandandoles decir: “Allí me verán” (Mt 28,10). Los Once fueron al monte indicado y allí lo vieron, “y al verlo lo adoraron...”. No cabía otra reacción. La apariencia de Jesús debió ser muy distinta que la última imagen que ellos conservaban de él. Entonces lo habían visto maltratado, golpeado, humillado, cubierto de sangre; “su aspecto no era ya el de un hombre” (Is 52,14). Ahora lo ven lleno de vida y de belleza. Por eso, “algunos dudaron”, dudaron de que fuera él. Pero toda duda se disipó cuando Jesús comenzó a hablarles. Debieron ser impactantes sus primeras palabras: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Tener “todo poder en la tierra” es algo que tal vez alguien podría pretender; pero Jesús no sólo tiene todo poder en la tierra, sino también “todo poder en el cielo”. Esto nadie lo puede pretender, fuera de aquel por quien y para quien todo ha sido creado (cf. Col 1,16). Por eso ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en adoración, en los cielos, en la tierra y en los abismos (cf. Fil 2,10). Puesta esta premisa, Jesús les encomienda una misión: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizandolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñandoles a guardar todo lo que yo os he mandado". Jesús puede pretender esta universalidad –que los hombres y mujeres de todos los pueblos sean discípulos suyos- porque él tiene pleno poder en toda la tierra. Cada maestro de esta tierra puede aspirar a tener un número limitado de discípulos; Jesús los quiere a todos, sin excluir a ninguno. Y ¿qué es lo que tienen que enseñar los apóstoles a estos discípulos? Responde Jesús: “A guardar todo lo que yo os he mandado”. Lo mandado no es mucho en cantidad; pero infinito en profundidad: “Este es el mandamiento mio: que os améis los unos a los otros como yo os he amado... Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15,12.17). Por eso Jesús no los envía a enseñar simplemente lo mandado, sino a “enseñar a guardar lo mandado”. Saber lo mandado compromete el intelecto; guardar lo mandado compromete la vida. El amor no se adquiere sino con la entrega de la vida. El ser humano no puede guardar lo mandado por Jesús sin una ayuda sobrenatural. Para que alguien pueda amar como Cristo ha amado es necesario que sea incorporado vitalmente a Cristo, que él viva en Cristo y Cristo en él. En realidad, tiene que ser Cristo mismo quien actúe. Jesús indica cuál es el medio para que esto se realice: “Bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. La eficacia del bautismo cristiano fue conquistada por Cristo con su muerte en la cruz. Por eso él sabe lo que dice al recomendar este medio. Por medio del bautismo se realiza lo que afirma San Pablo: “No soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). A esta presencia en el corazón de los discípulos se refiere Jesús cuando promete: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Después de dar estas últimas instrucciones y ofrecer garantías para la misión de los Once, Jesús ya podía ascender al cielo y volver junto a su Padre. No tenemos ya su presencia visible; pero está con nosotros y en nosotros. + Felipe Bacarreza Rodríguez |
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