Víctor Gago

Lo de Krahe

ESPAÑA-JAVIER KRAHELo de Javier Krahe. Tengo algunas objeciones a considerarlo sólo desde el punto de vista de la libertad de expresión. Tampoco creo que asar un Cristo en un programa de televisión sea un acto de libertad religiosa de un ateo o, en el supuesto de que ésa hubiese sido su intención, es evidente que se trata de un ateísmo desquiciado que se reafirma en lo irracional; una presencia que, por otro lado, se jacta de negar con más luces que nadie. De locos, vamos.

Mis objeciones a la libertad de Krahe para cocinar un Cristo en un programa de televisión son las siguientes:

1.    O la libertad integra la dimensión sobrenatural de la vida humana, o no es libertad, sino reglamentación materialista, una forma tan arbitraria como cualquier otra de convivir. Cientos de millones de personas en el mundo asumen lo sobrenatural como una cualidad de sí mismos, igual que el color marrón de los ojos o el genio para tocar el piano. Para esas personas, especialmente si son cristianas, lo sobrenatural no es sólo palabra, sino palabra encarnada, física, contante y sonante, viva y coleando en el mundo. Mientras no se entienda esto, no se entenderá por qué Krahe ha podido agredirlas personalmente, es decir, a sí mismas, a todas y cada una, a lo que esas personas son, y no sólo a lo que sienten.

2.    La conducta humana no se realiza en un espacio puro donde sólo cuentan variables físicas o racionales. La conducta individual es histórica. Krahe no actúa inspirado sólo por el vuelo de la razón atea, al igual que el clima de odio previo a la persecución religiosa desatada durante la II República y la Guerra Civil no obedece al triunfo de la libertad sobre el oscurantismo, sino del oscurantismo sobre la libertad. La conducta de Krahe se produce en un contexto preciso. Sin ir más lejos, hoy, en el diario Público, uno de sus columnistas, el sr. Manuel Saco, llama al Vaticano “Estado terrorista”. No ver lo que pasa alrededor de la conducta individual es dejar al cuadro sin trama.

3.    El señor Krahe no usa sólo su libertad, sino también la de los demás. Su representación se produce en un canal de televisión que, como todos los canales de televisión y de radio en España, es una concesión temporal del Estado.  Mientras las reglas de juego sean ésas, alguien a quien se le ocurra, por ejemplo, aparecer en un programa de televisión escenificando un empalamiento de las hijas del presidente del Gobierno o representando a las ministras en un burdel, no podrá hacerlo. Mientras las cartas estén marcadas de esa forma, el análisis del caso Krahe como un caso de libertad de expresión no se sostiene.

4.    Tampoco acepto, racionalmente,  que se equipare a la caricatura de Mahoma con una bomba encendida en el turbante. Se insiste últimamente en esa equiparación, lo mismo por clérigos cristianos que por observadores progresistas y liberales.  Ya sea para no tocar el velo de las niñas en las escuelas o para reconvenir a los caricaturistas del Profeta. Y me asombra, por una sencilla razón: ningún católico oirá jamás una orden de matar al blasfemo, y es harto improbable, a menos que sea un tarado, que vaya a casa de Javier Krahe a rebanarle el cuello, o se haga estallar con un cinturón de explosivos en el metro en plena hora punta. Conviene distinguir la descripción del insulto. Mahoma con una bomba en la cabeza es descripción.  Krahe cocinando un Cristo es agresión.

Creo que la blasfemia no debe perseguirse penalmente en una sociedad de personas libres. El caso Krahe no debería haber llegado a los tribunales en ese mundo utópico, en el que, por otra parte, sería legítimo defenderse de una agresión por cualquier medio pacífico, incluido el derecho a insultar y humillar. No seré yo quien lo reduzca todo a un simple ataque más a la libertad de expresión.

En el colmado invisible

Magritte - La traicion de las imagenesEn el colmado invisible,  se han dejado visible la sobrasada.

Se lo hago saber a la dueña confidencialmente, para no perjudicar la reputación de su laborioso modo de vida.

Señora, la sobrasada se ve, no es digno de su establecimiento, le susurro aparte, interrumpiendo la cuenta de una clienta obesa y malencarada: tocino, queso de bola, un cuarto de mantequilla fresca, nata montada, todo pulcramente invisible.

Oh, eso es imposible, caballerete, me dice, soltando el boli en el mostrador y poniéndose en jarras para examinar el expositor de fiambres invisibles. Desde que mi difunto abuelo, al que Dios tenga en su gloria, abrió este colmado para aliviar con buenos productos y justos precios la escasez de los tiempos del racionamiento, sepa Usted que la sobrasada invisible ha sido uno de nuestros manjares más apreciados, no sólo en el barrio sino en la mismísima Casa Real.  Mi abuelo era de Deia y sirvió durante años nuestra deliciosa sobrasada a Robert Graves, que la exalta en uno de sus poemas.

Discúlpeme, repongo, no pretendía ofenderla. Aprecio sinceramente la excelencia de su despensa invisible, pero es que estoy viendo ahí mismo, frente a Usted y a mí, en este preciso instante, un mazo artesano de apetitosa y brillante sobrasada roja de cerdo mallorquín.

La dueña del colmado se enfureció. La clienta obesa me miró con impaciencia y asco.

Salga inmediatamente de mi tienda, caballerete, o llamaré a un guardia.

Me di por vencido y pensé, pequeña Norah, que aquella sobrasada que yo veía delante de mí no era en realidad sobrasada, no sé si me explico.  Algo así como en el cuadro de Magritte sobre una pipa que en realidad no es una pipa.

Tenlo muy presente, en todo caso, cuando juegues en tu cuarto con las cosas invisibles. Procura no verlas nunca, o verlas con los ojos de ver lo invisible, como sólo logran los reyes y los poetas.

El gran desconocido

Les contaré algo que escribí anoche en mi cuaderno con hojas de rayas. No por nada, no porque tenga algún interés lo que ahí se cuenta, sino porque tengo algunas puntualizaciones que hacer, y voy a hacerlas sin dilación.

Dice así: (Entre corchetes, gran público, las oportunas puntualizaciones)

Ahora mismo estoy tranquilamente en el sofá después de un duro día de paro [a ver, capullo, tú no estás en el paro, tú no tienes ni idea de lo que es pasar un duro día de paro] medio sentado medio tumbado. La carne es triste y ¡ay! todo lo he leído. [¡Fantasma! Es de Mallarmé, y ni siquiera lo has leído directamente, sino citado por Roberto Bolaño en un cuento titulado Literatura + Enfermedad = Enfermedad]. Estoy tan ricamente viendo un programa de TeleMadrid que se llama Alto y Claro [sí, lo conozco: instructivas y amenas tertulias a la hora del vermout, estupenda Curry Valenzuela, gran profesional. ¡Qué pasa!] en horario de redifusión [Redifusión: dícese de las emisiones del mismo programa en distintas horas]. Me gustan las redifusiones, hacen que me pregunte, con cierta actitud ensoñadora: ¿Qué estará haciendo ahora Curry Valenzuela? ¿Estará reunida con su equipo, analizando la actualidad? ¿Verá su propio programa con el ojo clínico de los profesionales exigentes, delatándose a sí misma con implacable rigor: aquí farfullas, aquí deliras, ¡ese flequillo!? ¿Habrá algo para cenar o tendrá que hablarle alto y claro a su familia para que no la dejen sola con todo? ¿Realmente es feliz Curry Valenzuela? [tú eres gilipollas o qué: las redifusiones son una gran idea de la televisión moderna]. Las redifusiones son una gran idea de la televisión moderna: gracias a ellas, aumentan las opciones de ver lo mismo a distintas horas, de la misma forma que con la TDT aumentan las opciones de ver lo mismo en distintos canales. No soy un experto en televisión, ni siquiera veo más de 15 minutos al día, pero he entendido que el pluralismo consiste en redifundir la misma mierda a distintas horas y por distintos canales. [El típico snob que despotrica de la televisión. No me extraña que, con esa actitud tan negativa, te pases tirado en un sofá un viernes por la tarde en la flor de la vida].

El hecho es que estoy tirado en el sofá un viernes por la tarde en la flor de la vida, viendo cómo Curry Valenzuela y sus tertulianos afrontan en redifusión el análisis de la palpitante actualidad, que hoy ha estado marcada por la entrega del Premio Cervantes de Literatura al señor José Emilio Pacheco. “Un gran desconocido”, lo despacha un tal José Antonio Vera, de labios gruesos y pelo brillante y romántico. “Un gran desconocido”, asiente una señorita cuyo nombre no recuerdo que alega pasarse la vida entre informes del Fondo Monetario Internacional. Hay dos tertulianos más, callados como putos ante el enigma del “gran desconocido”: el sr. Rodríguez Braun, profesor de Historia de las Doctrinas Económicas, y el sr. Marhuenda, director de un importante diario, La Razón [Si hablan, porque hablan; si callan, porque callan como "putos": tú nunca estás contento. Una salida de tiesto más, y te quemo el cuaderno]. “Este año, el Premio Cervantes ha recaído en un gran desconocido. La anécdota del día ocurrió cuando se le cayeron los pantalones. José Emilio Pacheco pidió excusas a los periodistas y explicó que no llevaba tirantes”. Enorme Curry Valenzuela. Cada día más resuelta. Ganando en cada redifusión.

Ahora glosan el discurso de Su Majestad el Rey. No tienen ni idea de quién es el “gran desconocido” de las letras hispánicas, no han leído un sólo verso suyo, pero siguen el canon literario del Rey como si el Rey fuera Harold Bloom y no un Rey al que le han escrito un discurso de circunstancias. [Te estás pasando. Su Majestad ha leído mucho]. Su Majestad ha leído mucho, casi tanto como Mallarmé, aunque no considere “triste” la carne. [Te estás pasando cuatro pueblos. Te lo advierto: voy a meter tus sarcasmos en la trituradora de papel]. Es lógico que le escriban los discursos, un Estadista tiene otras responsabilidades aparte de ser la wikipedia de los tertulianos, por mucha Poesía que haya leído y por contenta que esté su carne en el ancho mundo.

Lo gracioso es que Curry y sus contertulios sigan el discurso del Rey para poder decir algo sobre José Emilio Pacheco y no sigan el discurso de José Emilio Pacheco para poder decir algo sobre la Poesía, aunque sea en redifusión.

A lo que íbamos…

Las bolsas de Eroski son un dolor de abrir. No hay quien separe las comisuras. Son tan finas y transparentes, están tan juntas, que hay que tener filamentos en vez de dedos para meter una cuña y conseguir que cedan al tetrabrik de leche, los plátanos, el pack de latas de Pepsi, todo lo resistente en una bolsa, todo lo que no se escacha ni gotea. Luego, hace falta otra: señorita, espere, no se abre. Traiga acá. Dedos ágiles, nadie lo diría con esas manazas, la roña de contar dinero, esas uñas desconchadas de esmalte barato y chillón. La bolsa abierta como un pez globo. ¿Tarjeta Travel? Aquí lo frágil, lo frío y lo que gotea: los yogures en oferta, la pizza romana, el queso [¿El queso? Odias el queso. Siempre lo asocias al sarampión que tuviste siendo niño].

El queso tierno, blanco, comprado sólo por tocarlo a través del plástico, y luego sin el plástico, suave, mullido, redondo, como el hombro de una chica. Cuando el órgano sexual se usa sólo para mear, el queso, no para comerlo, sino para tenerlo en casa, a la vista, al alcance de la mano, llenándose de moho, consumiéndose en su propia fermentación, es un buen disolvente del deseo. [Mi tolerancia y liberalidad han llegado a un límite. En contra de mi propio principio de conducta, abierto a la sana trasngresión, he puesto "órgano sexual" donde escribiste "polla". No puedes ir por ahí escribiendo alegremente sobre tu "polla". ¿A quién le importa lo que haces o no haces con ella? Y, sobre todo, ¿qué tiene que ver tu "polla" con el Premio Cervantes?]

Creo que la soledad radical vuelve inútil el “órgano sexual” [sic] como vuelve inútil los dedos ante las bolsas del supermercado. Se puede ser un gran bioquímico, un candidato al Nobel como Michel Djerzinski en Las partículas elementales de Houellebecq y, al mismo tiempo, haber perdido toda sensibilidad electrostática en las yemas de los dedos, haberlo leído todo y tener la carne más triste del mundo.

Roberto Bolaño o quien quiera que sea la voz que habla en el cuento tituladoLiteratura + Enfermedad = Enfermedad, dice: “Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa”.

Hay que volver a dilatar el instante como se dilatan las bolsas de Eroski. Hay que abrirlo con los dedos más educados o más toscos del mundo, aunque sea soplando aire caliente, para meter dentro todo lo pequeño, lo frágil y lo que gotea o sangra.

De eso creo que va la poesía del gran José Emilio Pacheco. [Chico, estás desconocido]

‘Carnaval y otros cuentos’, de Isak Dinesen

‘Carnaval y otros cuentos’, de Isak Dinesen. Traducción de Jaime Silva. 333 páginas. Nórdica, 2010.

isak-dinesenHay algo en los cuentos de Isak Dinesen que remite, sin nombrarlo, a un mundo más antiguo y más hondo que las palabras. Lo que muestran me parece siempre un fragmento bien proporcionado de una realidad más vasta que queda fuera de foco. La voz que nos cuenta la historia se diría que viene de muy lejos, y lo que nos dice sugiere un mundo anterior que esa voz ha venido contando a través de la línea del tiempo, aunque nosotros nos topemos con ella aquí y ahora, y veamos sólo su fulgor instantáneo. Parte de la perfección de su arte creo que radica en su talento para disponer la luz y las sombras sobre los escenarios y los caracteres humanos de sus relatos. Posee un don, que no he visto igualado, para hacernos ver las cúpulas tensas de arquitecturas espirituales sumergidas, cuyas dimensión y esplendor nos incita constantemente a intuir. Sus cuentos son, en este sentido, un juego con lo visible y lo invisible, una aproximación de puntillas, sobre agua quieta, a un glaciar purísimo con irisaciones cambiantes sobre la parte del alma humana que queda bajo la superficie y la sostiene.

Once cuentos escritos a lo largo de la vida de la autora componen este volumen. La variedad de temas (la losa de la reputación en las sociedades cerradas, la incapacidad de la justicia humana para entender  la conducta, un amor infantil conjurado contra la muerte, el fiasco de la inmortalidad, la imaginación como un lazo para atrapar la conciencia de un asesino,…), de registros (la fábula moral, el ambiente histórico o literario, lo sobrenatural y lo truculento,…)  y de escenarios  y épocas (Londres, Amsterdam, Oslo, Copenhage, Marsella,…) no impiden apreciar algunos rasgos estéticos y ciertas meditaciones constantes en el arte de la señora Dinesen.

En primer lugar, destacaría que una de las lecciones de sus cuentos es que el mundo real y acordado, el mundo de las convenciones físicas y morales, no debe mezclarse con el mundo de las excepciones, de lo extraordinario o lo milagroso. Cuando lo hacen, cuando se interfieren, la consecuencia es, en el mejor de los casos, el malentendido y, en el peor, una variada gama de desastres.

En segundo lugar, sobresale la idea de que representar la naturaleza no consiste en imitar sus formas, sino en crear, a partir de ellas, un mundo aparte, autónomo, coherente, configurado para ordenar e iluminar la materia misteriosa del mundo visible. Un mundo fuera del tiempo (de ahí, la impresión que dejan estos cuentos de estar escuchando voces de una tradición muy antigua), pero hecho con realidades físicas reconocibles por el lector.  “Las únicas cosas verdaderamente reales son las que uno inventa y que no se parecen a las demás”, dice el personaje de Los caballos fantasmas. Si son “verdaderamente reales”, es decir, si son una representación genuina del mundo y no simple imitación, “poseen aroma, cantan, y se arrojan al río con gracia y naturalidad”.

En tercer lugar, prevalece en todos estos relatos el hecho de que lo relevante de un cuento es la forma, no la trama. A lo largo de este libro, queda claro que las anécdotas en las que se ven incursos sus personajes carecen por sí mismas, en la mayoría de los casos, de una dimensión extraordinaria o un desenlace sorprendente. Lo que las convierte en algo misterioso y les da una singular vibración espiritual es la técnica con que están contadas, el dominio de su autora sobre los resortes del cambio, la descripción, la caracterización y el suspense. En El segundo encuentro, último de los cuentos de este libro, el constructor de marionetas que dialoga con Lord Byron en Génova le explica el secreto por el cual el misterio de Pentecostés resulta tan cautivador. Cuando el Espíritu Santo desciende sobre la primera congregación de cristianos, hay una gran agitación entre los personajes de la escena evangélica. Los doce apóstoles caen de bruces ante el poder del Espíritu, algunos se parten la crisma al dar contra el suelo;  mientras tanto, “sólo una graciosa y delicada figura se mantiene serena en el momento del huracán”. Se trata de la Virgen, que recobra el color de sus mejillas y el aspecto de una doncella de quince años. “¿Eres tú, Señor? ¿Eres tú después de estos treinta y cuatro años?”,  pregunta en voz baja. Para un escritor, la historia, el relato, el cuento, es lo que ocurre entre el primer y el segundo encuentro de ambos personajes.

La depurada técnica del relato seguida por la señora Dinesen consiste en ordenar los elementos visibles, disponerlos en el tiempo, seguir el curso de sus potencias naturales, de tal forma que lo invisible esté expresándose constantemente en ellos y lo milagoroso o sobrenatural se produzca conforme a una lógica que inaugura su propia coherencia. Lo que sucede entre el primer y el segundo encuentro es lo que cuenta.
En cuarto lugar, merece que se resalte el lenguaje inocente, humilde y cristalino con que están escritos estos cuentos. No hay alardes verbales, ni la subjetividad febril de muchas ficciones modernas, ni se desafía al lector con distintos planos de conciencia o con largas frases. Su voz habla un hechizo ancestral, en el que las palabras parecen pulidas de su humilde origen por una mano artesana y las frases más puras se encadenan para levantar mundos de una eficacia expresiva y una vibración espiritual conmovedoras. Las palabras de estos cuentos parecen nacer directamente del manantial del silencio. Su necesariedad y precisión consiguen el efecto descrito al principio: que parecen emerger de un mundo más hondo y más denso que el que vemos en la superficie.

Isak Dinesen nació Karen Christence Blixen-Finecke en Rungstedlund, Dinamarca, en 1885, en el seno de una familia de la aristocracia. Casó con su primo, y juntos se dedicaron al cultivo del café en Kenia. En 1925, la señora Blixen y su esposo se divorciaron y ella quedó al cuidado de la plantación hasta que, en 1931, debido al hundimiento de la cotización del café en el contexto de la depresión económica mundial, se vio obligada a vender la granja y regresar a Dinamarca. Su carrera literaria, apenas tentada con la publicación de algunos relatos antes de ese momento, se inicia en serio en esta época. Usó varios pseudónimos, siendo el más célebre Isak Dinesen, con el que publicó algunos libros autobiográficos sobre su vida en Áfica, así como la novela que le ha dado mayor fama, Memorias de África. Brilló particularmente en el arte del cuento, un género en el que destacan libros suyos como Cuentos de invierno, Siete cuentos góticos y Anécdotas del destino. Falleció en su localidad danesa natal, en 1962.

Lector: abra este libro por cualquiera de sus cuentos y goce de vetas de placer y conocimiento suscitadas por unos mundos originales y misteriosos. Su perfección técnica y su hondura espiritual se revelarán con renovada frescura en cada incursión.

‘Cuatro hermanas’, de Jetta Carleton

‘Cuatro hermanas’, de Jetta Carleton (Novela). Traducción de María Teresa Gispert. 412 páginas. Libros del Asteroide, 2010

El título original de esta novela publicada en 1962 es Moonflowers vine, algo así como “Enredadera de Flores de Luna”. Si le han puesto Cuatro hermanas como título de la edición española, supongo que será porque la traducción literal de Moonflowers vine les habrá parecido ñoña. Sospecho que el editor deseaba evitar que el lector confundiese esta agridulce historia de una familia rural de Misuri con una novela de Bárbara Cartland o de Isabel Allende. La alternativa escogida, sin embargo, tiene dos inconvenientes: sortea la cursilería para abrazar la insignificancia; y lo más grave, prescinde de una imagen clave, que expresa la delicada estructura de la novela como una enredadera cuyos personajes van abriéndose y cerrándose, hablando y callando, iluminándose unos a otros, como esa especie floral, la ibomea alba, que se abre al anochecer y aparece en el título original de esta novela.

La historia de Cuatro hermanas es la de una familia en un pueblo granjero de Missouri, en el corazón de Estados Unidos, entre finales del siglo XIX y los primeros años de la década de 1950. Está formada por Mathew, el padre, Callie, la madre, y sus cuatro hijas: Leonie (la mayor), Jessica, Mathy y Mary Jo. El relato arranca un verano de principios de los años 50, cuando disfrutan de la tradición de reunirse y pasar juntos unos días de vacaciones, en la granja familiar a las afueras de Renfro. Mathew y Callie tienen más de 70 años y viven solos, enteramente dedicados a la prosperidad doméstica: la tierra, el ganado, la casa. La voz que nos habla es la de Mary Jo, la menor de las hermanas, de 29 años de edad. Vive en Nueva York, trabaja en una agencia de publicidad, tiene un MG rojo, descapotable y, al igual que a sus hermanas, se le ocurren muchas maneras mejores de pasar las vacaciones que volver a casa, comer hasta reventar, cuidar de las gallinas, pelar manzanas, bañarse en el arroyo, ir a los oficios religiosos y ser tratada como una niña por su madre.  La acompañan Leonie y su hijo Soames, recién alistado en la Fuerza Aérea y a punto de embarcarse hacia la Guerra de Corea, una decisión que ha contrariado la ilusión de su madre de que llegue a ser un barítono famoso; está, además, Jessica, la soñadora, resignada a una “vida corriente de mujer de mediana edad”. De Mathy, la hermana rebelde, sabemos escuetamente que falleció.

He aquí una familia rural americana, una de tantas. Padres tradicionalistas y abnegados, hijos complacientes y comprensivos aunque dispersos por los afanes, el recuerdo de una herida. Una familia unida por el amor de sus integrantes y la Fe de sus padres. Las labores del campo, el conocimiento de la naturaleza, la rutina doméstica marcada por el ritmo de las estaciones, los salmos  al Dios providente y misericordioso, … Todo lo que se repite, todo lo que gira, se oculta y vuelve en la ceremonia de dar vida funciona en esta novela como suelo fértil para el amor de estos personajes. La naturaleza y sus ofrendas tejen una robusta enredadera que une a los miembros de la familia. Aunque les da pereza hacer la maleta cada verano para regresar a la granja, una vez allí, las hermanas suspenden el tiempo y dejan de ser fragmentos dispersos para ser vida vuelta a nacer, belleza, unidad recobrada. Como esa enredadera cuyos capullos se abren una noche al año, los personajes de esta familia florecen con su propia gota de rocío, su vida propia, en una parra frondosa de fuertes raíces. En esta novela de delicada estructura vegetal, la naturaleza se manifiesta como un milagro que maravilla y sana.

Cada capítulo está dedicado a un miembro de la familia. Si en el primero hemos visto la floración de la enredadera en la noche, en los capítulos siguientes observaremos detenidamente cada flor con su propio secreto, su gota de rocío. Cambian la voz y el punto de vista. Ya no es Mary Jo quien nos habla. Ahora la historia fluye a través de una voz impersonal que va cambiando de punto de vista. El tiempo avanza y retrocede: saltamos de 1950 a 1896, para conocer al joven Mathew, luego a 1910, 1930, 1950 y, de nuevo, a 1930. La estructura de la novela representa esa enredadera pegada al tiempo, que florece en el crepúsculo de la vida, y lo hace sólo para sanar. Son muchas, y profundas, las heridas que esta naturaleza nos va desvelando. Seres queridos que mueren, infidelidades, desamores, contradicciones, sueños malogrados, crisis de fe, pasiones inconfesables, … Cada flor de la noche lleva dentro su gota de sufrimiento o de culpa. La más hermosa de todas, la imaginativa e inquieta Mathy, siempre leyendo a Shakespeare, siempre subiendo a los árboles de noche, huida por amor con un aviador acrobático, es también la que entrega su vida, la que se consume en el mundo por puro amor.

Una voz impersonal, externa a los personajes pero que mira a través de sus ojos, es la mejor consejera para no juzgarles. En esta novela, los vemos engañar y engañarse, sufrir y dañar, sentir deseo y culpa al mismo tiempo, sin que la voz que nos cuenta la historia caiga en la vulgaridad de censurarles o compadecerles. Tal vez por eso resulta tan conmovedora: porque la luz del amor que brilla en cada una de las flores blancas de la enredadera de esta granja familiar sólo se cumple enteramente en las sombras de la noche.

“Amo tu mundo”, le dice Callie al buen Dios, al contemplar uno de sus regalos en la naturaleza, una garza blanca entre la luz verde de los sauces. La naturaleza, en esta novela, es la cuarta o la quinta hermana, y también el vehículo y el lenguaje fundamental que usa el amor para redimir. Lo que nos dice este relato de delicada estructura y compleja unidad vegetal es que, sea cual sea nuestro secreto doloroso o culpable, Dios nos ama y lo manifiesta en los pequeños dones naturales: la familia, la belleza, el perdón, las flores,…

La señora Jetta Carleton sólo publicó esta novela. Nació en Holden, Misuri, en 1913 y falleció en 1999. Como en todo arte verdadero, hay un origen personal inequívoco en Moonflowers vine. También la señora Carleton se crió en una granja junto a sus hermanas mayores. Estudió Literatura y ejerció como profesora durante algún tiempo. Al igual que Mary Jo, la hermana pequeña de esta novela, se mudó a la costa Este de los Estados Unidos y se dedicó a la publicidad. La novela se publicó en 1962 y se convirtió, rápidamente, en un éxito editorial. Su editor, el señor Robert Gottlieb, célebre director literario de Knopf, dijo de esta obra: “De los cientos de novelas que he editado, Moonflowers vine es realmente la única que he releído en varias ocasiones desde su publicación y, cada vez que la leo, me emociona tanto como la primera vez”.

Apreciado lector: le recomiendo encarecidamente esta novela, sencilla sólo en apariencia, llena de dolor y belleza, que le hará comprender un poco mejor la contradictoria intimidad del corazón humano y le transformará en una persona más sabia y mejor.

¿Cómo dialogamos con esto?

damien_hirst_death_explained-thumb-500x320Hace unas semanas, tuve el honor de asistir a un almuerzo organizado por HazteOir.org con el rector de una universidad católica de Madrid. Acababa de visitar ARCO, la Feria de Arte Contemporáneo, y aún le duraba el impacto de la inmersión en ese parque de atracciones bizarro e histérico de las formas artísticas modernas, en el que nunca sabes si estás ante una genialidad o un timo. Se exhibían obras de, entre otros, Damien Hirst, que embalsama tiburones e incrusta de diamantes calaveras, por las que el mercado paga cifras mareantes que rompen marcas de cotización. También se había hablado, en aquellos días, de una escultura naif, una especie de ninot fallero, que representaba a un judío sentado sobre los hombros de un cristiano, a su vez encaramado a los hombros de un musulmán. “¿Cómo dialogamos con esto?”, nos preguntó el señor rector. No era una pregunta retórica. Había asombro, sí, pero también un propósito sincero de empatía, de entender esa realidad para poder conversar con ella desde la cosmovisión propia de un hombre de Fe. Durante el encuentro, uno de los más enriquecedores a los que he asistido por mi profesión de periodista, el profesor insistió en varias ocasiones en que uno de los desafíos de los católicos del siglo XXI es ese diálogo con realidades seculares que nos resultan ajenas, extravagantes, incluso ofensivas. “¿Cómo dialogamos con esto?”, nos interpelaba. No soy un entendido en el pensamiento del Papa Benedicto XVI, pero he leído su célebre diálogo con Jürgen Habermas, en el que esa actitud de conversación permanente con la realidad se me aparece como la clave del modelo de sociedad secularizada que postula el entonces cardenal Ratzinger. No se trata de llegar a una Verdad acordada, no se trata de convencer ni de ser convencidos; se trataría, simplificando mucho el razonamiento de Su Santidad, de reconocer al otro, condición indispensable del diálogo con el mundo, en cuya realidad el cristiano está obligado a situarse y actuar. La actitud de reconocimiento comienza con esa pregunta del señor rector: “¿Cómo dialogamos con esto?”. Asume que ahí, frente a nosotros, hay una realidad que no comprendemos, que de entrada nos parece extraña, incluso hostil, pero a la que que no podemos ignorar y con la que debemos razonar porque la misión del discípulo de Cristo es dar testimonio en medio del mundo, y no frente al mundo o contra el mundo.

El asesinato de imagen emprendido contra el Papa y el ataque a la Iglesia Católica (en rigor, es una reanudación, por otros métodos y a escala planetaria, de la cacería histórica de la izquierda anticlerical española) subraya, a mi juicio, la importancia de renovar esa actitud de reconocimiento del otro como fundamento moral de un orden político laico en el que quede garantizada una verdadera libertad religiosa. El linchamiento periodístico y político del predicador del Vaticano por citar la reflexión de un amigo judío que ha comparado el acoso a los católicos con la shoah muestra en toda su crudeza la faz del nuevo totalitarismo y, paradójicamente, confirma el diagnóstico del confidente citado por el pastor. Un modelo de legitimidad moral en el que los más feroces y viscerales antisemitas (sí, la izquierda europea que niega constantemente a Israel el derecho a defenderse del terrorismo islamista, con el señor Zapatero y el diario El País a la cabeza, algunos de cuyos editoriales, columnas y viñetas recientes no habrían desentonado en la noche de los cristales rotos) se erigen en administradores del monopolio del sufrimiento, estigmatizan y caricaturizan a sus víctimas, presentándolas como extraviados, locos o usurpadores, es ciertamente un lugar terrible y opresivo en el que no existe la posibilidad del diálogo como reconocimiento del otro, del que nos habla Benedicto XVI.

No es que haya que dialogar con quienes te machacan. De lo que se trata, según he meditado a partir de la interpelación del señor rector, es de que en la agenda política del cristiano debe figurar hoy, como prioridad, la promoción racional de un auténtico orden político laico en el que el cristiano pueda reconocer otros sistemas de representación del mundo y razonar con ellos; un orden en el que “ningún Gobierno se interponga entre Dios y el individuo”, como dijo el arzobispo de Nueva York a propósito de una de las intentonas del señor Obama para recortar la libertad religiosa en Estados Unidos, fundamento de la Constitución política de esa nación. Una sociedad en la que el Gobierno entra en esa intimidad es una sociedad vigilada, en la que el reconocimiento se torna miedo y opresión.

La pregunta del señor rector, “¿Cómo dialogamos con esto?”, me parece pertinente, también, en nuestra relación con las manifestaciones artísticas contemporáneas. La actitud censora que he creído observar en algunas opiniones recientes que interpretan novelas, poemas y otras manifestaciones artísticas por sus valores “morales” me parece que no apunta en la dirección adecuada. Juzgar una novela como Lolita, de Vladimir Nabokov, como una apología de la pederastía es, amén de una tergiversación del sentido de la novela, un parámetro desenfocado para dialogar con la realidad artística. A finales del siglo XIX, se juzgó en audiencia pública a Gustave Flaubert bajo la acusación de fomentar el adulterio con su novela Madame Bovary. Más recientemente, en España, se recordará el episodio del PSOE, en su faceta feminista e inquisidora, pidiendo el secuestro de una novela titulada Todas putas, que había sido publicada con una ayuda a la edición concedida por la Administración del señor Aznar. Confundir la opinión, la lógica y el destino de los personajes de ficción con la opinión, la lógica y el destino de los autores es un grave error de apreciación que lleva a conclusiones falsas y suscita tentadoras oportunidades de tachar sin contemplaciones todo lo que no entendemos. Una cosa es defenderse de una exposición objetivamente blasfema y ofensiva, en la que se representa a Jesús como un chapero y a la Virgen María como una prostituta, como la que se abrió durante unas horas en una sala de la Universidad pública de Granada, y otra muy distinta juzgar las representaciones de la vida con criterios exclusivamente morales. La novela, dijo Henry James, es una representación de la vida. En la vida existen el mal, la corrupción, el escándalo, la traición, la infidelidad, lo feo,… ¿Qué debe hacer el artista con esa materia prima? ¿Debe ignorarla y dedicarse a trazar jardines con simetrías, laberintos, estanques, ninfas de mármol y templetes griegos? ¿O, por el contrario, debe representar la vida tal y como es?

Ante el sincero empeño artístico, la respuesta no es el lápiz rojo de tachar, sino la pregunta del señor rector: “¿Cómo dialogamos con esto?”

Bajo la marquesina

I.

Hay resistencias absurdas a adquirir ciertos conocimientos prácticos. Entre las mías, una de las más contumaces es aprender el maldito horario de autobuses. Cuando lo examino, reconozco sin dificultad un patrón temporal tan sencillo, que cualquier niño podría adoptarlo. Está claro que los días laborables pasa cada hora a las menos cinco y los festivos, también. Entonces, ¿por qué llego siempre cinco minutos después de que haya pasado?

El martes, no, fue el miércoles cuando había tres hombres sentados y otro de pie bajo la marquesina. Algo era distinto: un sol de cosquillas te acariciaba la sien con guedejas cristalinas. La luz parecía recién nacida desde detrás de unas pocas nubes altas y redondeadas que iban desprendiéndose como un cascarón. El color de las cosas se desperezaba: el chopo de la plaza tintineaba de esmeraldas mojadas, el cielo era un pozo azul, los campos de trigo retozaban con la brisa como un cachorro de león. Fue el miércoles, seguro, porque el martes todo era igual que antes, recuerdo perfectamente que aún duraba el invierno.

Uno de los hombres tenía el mentón apoyado en las manos cruzadas que, a su vez, descansaban en la cabeza de un bastón. Se polemizaba sobre cómo cultivar tomates con el menor esfuerzo posible. Se puede plantar matas aeropónicas, con las raíces al aire, sin apenas cavar, sostuvo el que estaba de pie, calibrando el palmo del terreno y los dos golpes de sacho que serían necesarios para que los tomates de ensalada brotasen del aire. Eso es un disparate, objetó uno de los que estaban sentados, dos ranuras socarronas tras unos cristales ahumados, gorra castiza a cuadros, el único sin bastón. El problema es el sabor. Los tomates ya no saben a nada, terció a su lado el que llevaba un mono azul de faena y unas pantunflas de pana. Prosiguieron la cháchara y los puyazos, con ramificaciones hacia el precio de las mandarinas o sobre dónde comprar papas nuevas en Colmenar de Oreja.

En la marquesina de Chinchón, decir “Colmenar de Oreja” o “Villaconejos” o “Aranjuez”, y no digamos “Madrid”, sigue siendo para los mayores un símbolo de aventura. Pasan autobuses, suben y bajan jornaleros ecuatorianos y eslavos a trabajar en los viñedos y los olivos, madrugan universitarios de la Rey Juan Carlos, oficinistas van y vienen rutinariamente de Madrid, … pero ellos, los hombres de la marquesina, están atentos a la variación de las cosas que no cambian. Incluso el movimiento (que nos parece ciego y disolvente) de las masas de la vida moderna sigue un orden inmutable hecho de repeticiones en las formas de la supervivencia y la felicidad. Patrones de autobuses y tomates, que los hombres de la marquesina -alguien tiene que hacerlo- custodian por todos nosotros.

He dicho que eran cuatro.

Uno de ellos mira lejos, mudo. La bufanda de cuadros engulle como a un tuareg la mitad de su cara cetrina y huesuda. El resto, lo que se ve, es una frente dorada y pecosa subiendo por una irregular escalera de surcos hasta que, hacia los lados y hacia atrás, brotan unos pelitos finos y cortos como un césped de ceniza perfectamente cortado. Usa gafas con montura de metal antiguas, demasiado grandes para una cara ínfima que parece que va a desvanecerse de un momento a otro, dejando en el aire la bufanda y la montura de un hombre invisible.

Ha recostado el bastón entre la acera y el asiento de la marquesina, y tiene las manos juntas. Más pecas y huesos y, no obstante, unos dedos largos y educados que contrastan con las mazas de labranza de sus amigos. Un discreto, prácticamente imperceptible, gesto con los dedos, imposible decidir si recorriéndolos falange a falange o estrujándolos en bloque, es el único signo de vida, pero qué signo: una llama. La mirada en algún punto lejano, impenetrable. Silencio ardiente entre la caterva frutal de los paisanos.

Todos hemos observado a ancianos que prefieren escuchar a hablar, que siguen la conversación de sus pares sin apenas intervenir, cuando se encuentran a diario en el parque o en la asociación de jubilados. Si llego a esa edad y me encuentro un día supervisando las cosas inmutables, me gustaría ser como uno de esos ancianos silenciosos y tener amigos que me eximan del penoso e inútil empeño de decir. Pero, aunque sólo permanecí bajo la marquesina 55 minutos, estoy en condiciones de asegurarles que el silencio de este hombre era de una naturaleza distinta; no el típico de los que siguen la corriente por comodidad o timidez, sino uno de cuerdas tensas y vibrantes, como hecho de aceptación e inminencia.

Se fueron marchando: el que apoyaba la barbilla en el bastón, a preparar el caldo para el almuerzo; el de la chispa en los ojos, al centro de salud; el del mono azul y las pantunflas anunció, finalmente, que se acercaría a la plaza mayor a comprar pan. A todos les dije adiós con una amabilidad sobreactuante, más que nada porque, ante la imperturbable fijeza del de la bufanda, me sentía obligado a ser cortés por los dos.

Nos quedamos solos bajos la marquesina, en silencio. No me atreví a abrir Undécima poesía vertical, de Roberto Juarroz, que había dispuesto como lectura del bus para el viaje de ida y vuelta de ese día. Las manos de aquel hombre reposaban ahora en el aire, colgadas de las dos rodillas. No sabría decir cuánto tiempo pasó antes de que oyera por primera vez su voz, pero fue un buen rato de meditación y pájaros. Me cogió desprevenido cuando, sin dejar de mirar al frente, dijo: “Ya han puesto el quiosco de los helados”.

En la esquina del almacén de aceite, han traído una caseta de Frigo, cerrada y con el cable eléctrico enrollado en el techo. Ese lugar resulta normalmente intransitable: aparcan coches sobre la acera y la lluvia forma charcos inmundos. Tras las últimas nevadas, se desarboló el patrón de paso de los autobuses y cambiaron de sitio la parada.

II.

Este viernes leí en El País un diálogo de los señores Krystian Lupa y José Luis Gómez sobre el estreno de Final de partida, de Samuel Beckett, el próximo 10 de abril en el teatro de La Abadía, en Madrid. No había oído hablar del señor Lupa, pero eso no importa, porque la periodista de El País asegura que es uno de los directores de escena más importantes del mundo. El caso es que, a medida que voy leyendo el artículo, me interesan más y más las réplicas del señor Lupa al señor Gómez.

Todo el mundo conoce la acción de Final de partida, publicada en 1957: Hamm, un anciano ciego e inválido, convive con Clov, su criado, también aquejado de una rara invalidez que le impide sentarse. Hamm no puede ponerse en pie y Clov no puede sentarse. Ambos se detestan, particularmente Clov a Hamm, pero por alguna razón que no queda del todo clara, están condenados a esperar el final juntos. Hamm es cínico, nihilista, despiadado y, no obstante, pide a su siervo algo que le evoque un corazón. Clov, por su parte, amaga siempre con dejarle, llega hasta la puerta, la abre y, al final, se queda. También están Nagg y Nell, los padres de Hamm, que viven en sendos cubos de basura y carecen de piernas.

El señor José Luis Gómez, que interpretará a Hamm, cree que los símbolos de la obra de Beckett tienen que ver con el horror de la II Guerra Mundial. El señor Lupa no lo tiene tan claro, al autor irlandés no le gustaba que se interpretara su obra con claves extrañas a lo que ocurre en la escena. No obstante, el célebre director concede que la Guerra produjo tal catástrofe moral que, de alguna forma, sus secuelas se vislumbran en la atmósfera nihilista de Final de partida.

Hasta la II Guerra Mundial estuvimos arraigados en la ilusión de que todos somos buenos, piadosos y humanos. Entonces, millones de estos piadosos obreros y sastres empezaron a matar a otros obreros y sastres de una forma que ni ellos mismos han podido comprender. Hemos encerrado la bestia en una jaula, pero no la hemos transformado”, comenta el señor Lupa.

Poco después, el señor Gómez insiste en que el arte debe servir a la memoria histórica. En España, sostiene, “seguimos tropezando con una sociedad heredera de otra que pasó y hasta vemos cómo un partido como la Falange presenta una querella contra Garzón, el único juez que ha intentado investigar los crímenes de guerra. Para poder vivir tranquilos siempre hace falta un proceso de reparación”.

El director no acepta, no traga, no se rebaja a ser cómplice de la vulgar manipulación política: “… ese proceso [de reparación] siempre será insatisfactorio”, le replica al actor.

“Hace falta un nuevo campo para que nazca un nuevo ser humano. Nosotros estamos demasiado aterrorizados. Y bajo esa oscuridad, bajo ese miedo, el ser humano ya no puede ver a otro ser humano. Sólo vemos enemigos. En Final de partida, la relación entre el miedo y el poder es muy interesante”.

Seguimos avanzando en el diálogo. Ahora hablan de Simone Weil. Al parecer, para el señor Lupa, polaco de nacimiento y experiencia, el pensamiento de Weil está siendo de enorme utilidad para entender la sed de espiritualidad que atraviesa el drama de Beckett por debajo de su silencio nihilista. Los personajes están “moralmente despiertos”. Hamm es “un rebelde que ha llegado al mal y después no sabe cómo desprenderse de él. Algo que a menudo nos ocurre: nos convertimos en recipientes del mal y los caminos al bien nos parecen hipócritas y repugnantes”. El caso es que en los ensayos se cita a menudo a la autora de Espera de Dios.

El señor Gómez acepta el catolicismo de Weil como una referencia inesperada para iluminar a Beckett, pero sólo como exponente de “un cristianismo herético”. Y, una vez más, vuelve al lugar común de la consigna medrosa: “En Polonia, la Iglesia fue beligerante con la dictadura, mientras que en España fue colaboradora con el régimen. En cualquier caso, mi sensación es que la Iglesia ha dejado poco camino para la espiritualidad…”

Esta mezcla de sectarismo y creatividad, de odio a la propia tradición y emulación snobista de todo lo foráneo, de falsificación e impostura, define el estado de la inteligencia artística media en España. Mentes superdotadas se obturan por las orejeras de la ideología. Reducen todo símbolo a alegato cerril, arrastran la imaginación por el lodo del panfleto. Es nuestra fijeza, nuestra inmutabilidad, nuestra contextura vital, nuestro patrón de paso. Seguimos usando “las palabras como pedradas” (María Zambrano). Percibir cualquier movimiento en ese drama, celebrar la novedad por fuera de la arenga excluyente, hallar un corazón entre la molicie mezquina que domina la inteligencia española, es nuestra expectativa de ciudadanos silenciosos y alertas.

III.

Dos mujeres se han acercado a la marquesina. Una resulta ser la esposa y la otra, la hija del hombre cuya voz acabo de oír celebrar el temblor del paisaje creado por la simple llegada del quiosco de helados para los meses del buen tiempo.

La mujer mayor se plantó de pie, delante del marido. Se quedó mirándolo un buen rato con una sonrisa llena de dulzura y, al final, le preguntó: “¿Qué hay, joven?” El hombre murmuró algo que me sonó a: “Bien”, aunque no estoy seguro.

La más joven de las dos abrió una de las bolsas de Eroski, sacó una caja de bayas rojas y la abrió para él. Fue depositándolas en su boca con una delicadeza que me hizo pensar que así es como deben alimentar a los pájaros inapetentes cuando están en cautividad.

-Toma, papá. Marijose nos dijo que son buenas, pero no me acuerdo de para qué. La llamaré luego para que me diga para qué son buenas las bayas.

Mutantes

La lectura de los diarios  y la escucha de los políticos nos ha educado en el trato con la mentira. Somos una generación distinta a la que creía en el valor de la palabra como vehículo de la verdad. Hoy abrimos un periódico o atendemos a un dirigente con la certeza de que nos están mintiendo. Y no sólo eso: identificamos con naturalidad la forma de cada mentira y resabiamos su espuria motivación entre las incontables líneas de la trama de toscas invenciones a que se reduce la práctica del poder. Somos capaces de deconstruir cada falsedad y encontrarle su sentido en el retablo de la gran farsa. Hemos aprendido a reconocer la verdad de las mentiras.  La mentira ha modificado el mundo entero y nosotros somos una humanidad mutante que, en un teatro de sombras, sobrevive gracias a las garras hipertrofiadas de la desconfianza y el cinismo. La mentira, como advirtió J.F. Revel, sigue siendo el motor que empuja el mundo moderno. Lo es desde Maquiavelo y su precepto al buen príncipe para que disimule sin remordimientos. La novedad estriba en dos hechos que estimo complementarios: por un lado, la traición de la Prensa, los “intelectuales” y no pocos científicos a la Verdad y, por otro, nuestra condición de primeros humanos en asumir el orden de la mentira sin melancolía ni indignación.

El País, hoy:  “El FBI detiene a extremistas cristianos que planeaban atentados contra el Gobierno”.

En El regreso del soldado, de Rebecca West, la protagonista aparece, en una escena,  tocando al piano una zarabanda de Purcell. Estamos en Inglaterra, durante la Gran Guerra, e interpretar a Beethoven, como a ella le habría gustado, se consideraba antipatriótico.  Un día no muy lejano lo será, entre nosotros, leer a Ortega o ir a Misa. Jenny, nuestro personaje, imagina el mundo que inspiró a Purcell aquella alegre pieza. Un mundo de bailes en una vieja posada, jarras de cerveza, sol y campos de mayo. La generación de Jenny, la que vivió la  Guerra, es la primera en darse cuenta de que, si hubo una edad de la inocencia, ésta se extinguió por la vida moderna, que trajo consigo “estos horrores que hacen que las antiguas tragedias parezcan espectáculos de guardería”. El mundo moderno, con su promesa de poder ilimitado, alteró el mundo exterior,  todo “lo que engendra la vida”.  Florecieron industrias de muerte y mentira en aquella ilusión creada por la codicia. Se desarrollaron juntas la tecnología de la propaganda y la del exterminio.

En el mundo postmoderno, que es el nuestro, el recuerdo de la pureza (sol y campos de mayo) se ha borrado del todo. No conocemos más verdad que la mentira, ni llevamos más vida que la de lo muerto.

Síntomas

Una tos acolchada, deslizante, espeleóloga. Una tos como de pozo. La de esconder la tripa, la fugitiva del mazo o el temblor. Tos escarmentada, asustadiza. Una tos que busca la tos definitiva, golpe de pecho del silencio. Tos con trazas de vocal, de sollozo, de suspiro, de risa. Tos que habla un dolor desconocido. Oigo toses que son voces. La clase de tos que arrastra escombros de un alma como el viento el matorral.

Ignoro si es grave.

La manzana

¿No les ha ocurrido nunca ser observados como si fueran otra persona? A mí, ayer. Iba en el Metro y entraron dos chicas en Avenida de América. Se sentaron junto a mí y empezaron a acicalarse. Una llevaba una bolsa de deportes, negra por fuera y rosa por dentro. Sacó unas zapatillas Converse de cuadros y un neceser que cedió mecánicamente a su amiga. Ésta abrió la cremallera, metió la mano y sonaron estuches chocando. Al fin, dio con un espejo de mano y un alargador de pestañas, que se aplicó con pulso firme, inexpugnable al bamboleo del vagón zumbando por las tripas de Madrid. Luego sacó un gloss. Era un violeta pálido perlado por diminutos granos de luz. Sus labios se contorsionaron hasta quedar uniformemente ungidos de un brillo glacial. Para entonces, su compañera se había quitado las botas, de ésas que parecen de gnomos o mosqueteros, y llevaba puestas las bambas psicodélicas sin cordones sobre unos leotardos negros que remontaban sus largas piernas, perdiéndose hasta su naciente por la gruta de una minifalda vaquera. La coordinación de las adolescentes era perfecta. Ejecutaban de memoria una coreografía probablemente antigua en sus vidas. En ningún momento, perdieron el hilo de la conversación.

-… Es un cerdo, tía. No voy a la Sierra ni de coña. Paso de que me esté controlando.  Prefiero irme a Tabernes con el Iván, el Mauri y Carlota. Tía, no me digas que no vas a venir. Tienes que venir sí o sí. ¿Llamo al Strawberry para que te dé caña?

- ¡Me da un asco!

- Mira que eres zorra…

Guardó las botas de gnomo y sacó una manzana de una bolsa de Ahorra Más. Una manzana roja, brillante, moteada por pintas de color pardo en la zona del ombligo o como se llame la parte superior de una manzana, ésa que se hunde como un cráter y de la que sale, a veces, el corte de una rama. Ésta no tenía rama. Empezó a mordisquearla, mientras escuchaba la repulsión de su amiga por el pelo grasiento del Strawberry y, aun así, su adicción a las dotes amatorias del chico Fresa.

Recordé, de buenas a primeras, una historia de la que fui testigo en mayo o junio de 2008. No les podría decir por qué lo recordé justo ayer, justo en ese vagón. Ni siquiera sabía que el recuerdo se conservaba en un lugar de mi mente. Por aquel entonces, trabajaba en el gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Soto del Real. Todos los días cogía un autobús en Plaza de Castilla, en el que volvía al final de la tarde. Una vez, al regresar, había una anciana en la primera fila de asientos, hablando con el conductor. Yo procuraba sentarme en la otra primera fila, justo detrás del cristal del conductor donde se pegan carteles con las tarifas vigentes y cambios extraordinarios de recorrido por obras o procesiones. Me gusta ese puesto porque es uno de los más estables y recogidos del autobús. Ahora vivo en Chinchón y sigo sentándome en ese asiento del autobús siempre que está libre. Algo sé de autobuses interurbanos. Sé, por ejemplo, que a medida que te metes hacia el fondo, el autobús se va llenando de gente más ruidosa e incómoda de aguantar, bien por su descuido de la higiene, bien porque hablan a viva voz por el móvil o lo usan para poner música, bien porque van en grupo y con actitud tabernaria. Si quieres leer en el autobús, lo mejor son las primeras filas. Un viaje de 50 minutos de ida y otro de vuelta sentado en las primeras filas es una experiencia de lo más provechoso para un lector. Sin embargo, ese día no leí, sino que me fijé en la anciana que hablaba al conductor. Tenía puntos de sutura en el mentón, negros y espinosos como una alambrada, circundados por un cerco de Betadine. El ojo izquierdo estaba encharcado en sangre y los párpados conservaban un rastro amarillo y carmesí de lo que, sin duda, había sido  un ojo amoratado. El antebrazo izquierdo estaba escayolado y con la mano derecha sostenía una muleta. La señora estaba prácticamente calva. El pelo, color ceniza, le nacía más allá de la frente, como una hierba escuálida. Tendría unos 70 o 75, según la recuerdo.

Hablaba al conductor de lo que acababa de ocurrirle, el incidente que la había obligado a coger un autobús a Madrid a las 7 de la tarde. Se había dejado las llaves en casa. Salió a comprar un trozo de calabaza, un poco de col y unos garbanzos para un cocido que quería preparar a sus nietas, que venían a comer el sábado. Olvidó las llaves. Desde que empezó con la quimio, no era la misma.  Se caía, se olvidaba las cosas. Dos sesiones por semana. Notaba que no era la misma, ella, que no le gustaba depender de nadie y hacía todo sola desde que enviudó. Iba a encontrarse en Madrid con su hijo, que tenía una copia de la llave. Él la esperaba en la parada. Le daría la llave y ella podría volver en el mismo autobús. La observé, intentando hacerme una idea de cómo aquella señora, rota por tantos sitios, calzada con unas zapatillas raídas, llena de varices, con una mano inútil y la otra agarrada a una muleta, podía haber subido a aquel autobús. Hablaba con orgullo de su hijo. Trabaja en La Paz, ¿sabe? Es uno de los jefes. Siempre fue bueno para los estudios. Y mis nietas, preciosas, una está ya en la Universidad, va para ingeniera de caminos. Sale a su padre. Me espera en la parada con las llaves. El conductor escuchaba sin escuchar. De vez en cuando, soltaba un “sí”, o un “claro”, o un “aha”. Al llegar a la parada que está junto al hospital de La Paz, se abrió la puerta y subió un hombre de unos 45 o 50 años. Gordo, brusco, resoplante. Se quedó en el estribo del primer escalón y le tendió con impaciencia la llave a su madre. Ni un beso, ni un saludo. La madre le preguntó por “la niñas”, empezó a contarle que haría buñuelos para el sábado, pero él la cortó abruptamente, recriminándole que lo entretuviera, recordándole que estaba de servicio y afeándola a grito limpio por haberse olvidado las llaves. Se bajó de espaldas y noté cómo rebotaba el autobús por la liberación de aquel peso. Lo último que vi fue la seña que le hacía al conductor para que cerrarla puerta y siguiera su ruta. La madre intentó decirle algo, pero la puerta ya se había cerrado y el autobús volvia a ponerse en marcha. La mujer entró en un silencio ensimismado, abriendo y cerrando los dedos lentamente alrededor de la empuñadura de la muleta. Luego volvió a hablarle al conductor de sus nietas. También le dijo que había olvidado comprar un poco de carne para el cocido.

No sé por qué recordé esta historia justo ayer, justo al ver a aquella adolescente comiéndose la manzana. En realidad, no son historias lo que uno recuerda, sino sensaciones vinculadas a los hechos. En mi caso, fue humillación. Una punzada de rencor por la crueldad humana. La chica había mordisqueado la manzana y se había cansado de ella. En la estación de Sainz de Baranda, al abrirse las puertas, hizo un amago de salir a tirarla en una papelera y volver a entrar antes de que se cerraran las puertas. Su amiga la disuadió, no quería arriesgarse a que el tren saliera sin ella. Iba a dejarla en el suelo del vagón y me sorprendí a mi mismo pidiéndosela, pidiéndole su manzana mordisqueada. Las dos chicas se miraron con cara de “yo lo flipo”. La de la manzana me preguntó asqueada si era una especie de pervertido o qué, pero accedió a dármela con una actitud de “tú mismo, tío guarro”. Abrí la palma de la mano y ella la depositó allí como quien se desprende de un animal muerto tirándolo a un pozo. Sentí la humedad fría de los salientes. Hay una clase de dolor que sólo termina cuando lo transformas en compasión. Es un pasadizo secreto. El pasadizo del rencor a la compasión está hecho de palabras.

Las chicas salieron pitando del vagón. Giré la manzana sobre su eje hasta dar con el punto de sangre por donde debía acabar mi historia. Una madre intentó distraer a sus hijos de la escena, llamando su atención sobre un anuncio de osos panda. ¿Nunca les ha ocurrido que les confunden con otro?